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“Él era un hombre demasiado violento, cada vez que tenía problemas agarraba contra los muebles, rompía las cosas y después me cogía a golpes. Después de mucho tiempo, decidí separarme, conseguí un abogado, busqué trabajo y me fui a vivir a otra casa. Pero él iba todos los días a buscarme, a obligarme a volver con él y como no le permitía entrar, sacaba un arma y disparaba contra la casa. Una tarde, a las seis, cuando salía de la oficina, un encapuchado me disparó, la policía capturó al hombre: era mi ex esposo”. Cada trece minutos en Colombia una mujer, al igual que Alexandra Jiménez, quien narra el anterior suceso, es maltratada por su cónyuge. Es decir que diariamente ciento diez mujeres son atacadas por sus compañeros sentimentales. En el mes la cifra puede llegar a más de tres mil casos. Según el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses, durante 2010 el 68% de los dictámenes de violencia intrafamiliar correspondió a violencia conyugal; el 93% se ejerció contra mujeres. La historia de Alexandra no sólo se repite a diario sino que va en aumento, especialmente en mujeres menores de 35 años. Las cifras de Medicina Legal, recogidas en la Dirección Nacional para la Equidad de la Mujer en un informe presentado ante el Comité para la Eliminación de Todas las Normas de Discriminación contra las Mujeres, muestran el grave aumento de la violencia contra las mujeres: en 2012, por ejemplo, se registraron 47.390 casos de violencia contra ellas, de las cuales 37.855 había sido ejercida por su esposo o compañero


sentimental. Por estos hechos las capturas fueron de 8.131; quedando en la impunidad el 83% de los casos. Muchas de esas agresiones (el 12%) terminan en muerte. El hogar se ha convertido en un lugar inseguro para las mujeres. Para la Escuela de Estudios de Género de la Universidad Nacional hay una necesidad urgente de que haya un "cambio cultural profundo" para evitar las formas de venganza en las relaciones de pareja, que siguen generando feminicidios, es decir, el asesinato de mujeres por el sólo hecho de ser mujeres. SEXO VIOLENTADO Ante las altas cifras de violencia intrafamiliar, la Fiscalía General de la Nación decidió crear desde 1998, la Unidad Especializada en Delitos contra la Violencia Intrafamiliar. En sólo tres meses los fiscales trabajaron 4.394 casos, 3.515 de ellos tenían como víctimas a mujeres y niños. “Las mujeres siguen siendo víctimas del maltrato porque los hombres todavía conservan el concepto del machismo, ellos son los dominantes por su fuerza física. Pero como ellas ahora aportan a la economía del hogar, trabajan, hablan de sus conflictos y forman redes de apoyo con sus compañeras, los abusos se están denunciando”, reconocía Diógenes Villa, fiscal de esa unidad. “La violencia también es sexual. Es frecuente que el marido obligue a su esposa a tener sexo anal u oral con él o simplemente a tener sexo cuando ella no quiere”, agrega Villa. En el 45% los casos, el abuso se comete contra niñas de 5 a 14 años. La mayoría de los agresores son personas conocidas por sus víctimas. ARRANCADAS DE SU TIERRA El desplazamiento forzoso se ha convertido en una de las causales fundamentales de violencia contra las mujeres colombiana. Según Elsa Gladys Cifuentes, directora de la Oficina de Equidad para las Mujeres, “esta situación implica rupturas y destrucción del tejido social que se manifiestan en los cambios de las estructuras familiares”. En estos casos, las mujeres, muchas veces, deben no sólo sobrellevar una prematura viudez, sino también


garantizar la subsistencia de la familia, pues se convierten en jefes de hogar. Generalmente, la reorganización se dificulta, pues la gran mayoría, viven de medios rurales, tienen bajos niveles de educación (sólo un 7% de las desplazadas ha hecho el bachillerato) y deben enfrentarse a medios extraños y hostiles. Carmen Alicia Miranda, la esposa del alcalde de una población de zona roja, asesinado tres meses antes de que él culminara su gobierno sabe lo que esto implica. “El único pecado de él fue haber sido alcalde de un municipio azotado por la guerrilla, paramilitares y narcotráfico. Un viernes de octubre lo vi nervioso, “me van a matar, dicen que de esta semana no paso, yo me voy en la madrugada”, me dijo. Me dio un abrazo, me besó y salió. Dos minutos después se oyó una balacera, pensé que era la guerrilla que se había entrado al pueblo, salí corriendo y lo encontré tirado en el piso. Lo llevamos al puesto de salud, pero no había quien lo atendiera, tuvimos que trasladarlo al hospital del pueblo vecino, a una hora de camino. Allí murió. Yo tuve que salir del pueblo de un día para otro con mi hijo, me contaron que tres tipos nos estaban buscando para matarnos, no sé si era cierto, pero no quise arriesgarme y decidí venirme para Bogotá. Llegué a una residencia; después, con la plata del seguro de mi esposo, pude poner un negocio, pero ya lo vendí. Ahora estoy pensando qué hacer, no sé que va a pasar con mi futuro, pero no quiero volver al pueblo. Mi hijo quiere regresar, se siente solo aquí, allá están sus amigos”. Carmen Alicia hace parte de los casi cinco millones de colombianos desplazados por la violencia. Ella también forma parte de ese 58% que corresponde a las mujeres y al 36% que son jefes de hogar. Aunque la mujer colombiana cuenta cada vez con mas herramientas para defenderse (entre ellas la Acción de Tutela y la Ley 1257 de 2008 que la protege de la violencia de género) hay comportamientos que solo cambian con profundas reformas sociales y educativas.


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