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AOLDE

aL OTRO LADO DEL ESPEJO

REVISTA DE RELATOS, CUENTOS Y OTRAS HIERBAS

ESPECIAL FIN DEL MUNDO


c/ San Vicente Ferrer 34 - 28004 Madrid


Desde la puerta eché todavía una mirada a aquel interior de porcelana; del espejo, como de una ventana oscura, me miré mi cara, rota en planos fluidos; era debido a las propiedades del cristal, pero yo creí verla sumida en las heladas llamas del miedo. Estuvimos mirándonos, yo y yo, y así como antes me fui metiendo desde dentro, si puede decirse, en la piel un tanto incómoda de un traidor, ahora observaba los cambios ocurridos en mi exterior. La idea de que aquella cara afeada por el miedo, reluciente como si estuviera mojada, dejaría de existir, no era desagradable. De hecho, llevaba tiempo sospechando que mi asunto iba a terminar de este modo.

Memorias encontradas en una bañera,

Stanislaw Lem (1921-2006)

aL OTRO LADO DEL ESPEJO Año 3. ESPECIAL FIN DEL MUNDO. Mayo 2012. Revista multidisciplinar y estacional orientada al cuento y la ilustración.

Edita: Asociación Cultural LA VIDA RIMA. Nº nacional de asociación: 590513 C.I.F. G-85383537 Madrid e-mail:

Todos los textos y obras publicadas son propiedad de los autores. aL OTRO LADO DEL ESPEJO y LA VIDA RIMA no tienen por qué hacerse responsables de ninguna de las opiniones publicadas, ni identificarse con ellas. aL OTRO LADO DEL ESPEJO y LA VIDA RIMA no se hacen responsables de ninguna suplantación de identidad o autoría de las obras publicadas.

Arte y diseño: Luis Morales Equipo lector: Reyes Monje - Rosa Naveiras - Jara Bédmar Web / Ilustradores: Mayte Sánchez Sempere Corrector: Ilkhi Carranza Asesores literarios: Mariano Zurdo - Miguel Ángel Martín Marketing y difusión: José Naveiras

da: Ilustración de porta fERNANDO nAVEIRAS

revista.alotroladodelespejo@gmail.com

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D e ITORIAL

afronta una nueva etapa y todavía no se nos ha caído el mundo encima, o al menos eso parece de momento, y así lo constatamos aquí y ahora, mientras el destino o el azar, la Providencia o el porvenir o lo que sea nos permite seguir apretando las teclas, prolongar nuestro deliberado juego de literatura e imagen, instalados en una dinámica de creación e independencia, como siempre. No se nos ha caído encima el mundo, no, aunque a veces resulte difícil creerlo. Que sí, que aquí hay algunos que quieren hacernos creer que el fin del mundo está cerca. Ya están aquííííííííí, como bien decía la niñita de Poltergeist acojonándonos un poco a todos a la espera del siguiente efecto especial. Ya están aquí los de siempre levantando la liebre, preparándonos para lo peor, encendiendo la cerilla y prendiendo el bosque si se tercia para buscar la imagen o la noticia o el batiburrillo más espectacular. Se equivocó Nostradamus, fallaron las profecías de San Malaquías, se columpiaron los que descifraban el código secreto de la Biblia y los que esperaban un Papa negro. Ni por esas deponen su actitud. La Tierra tiembla (como si nunca lo hubiera hecho), los mares agitados azotan las costas (como si jamás lo hubieran hecho), el Sol se estremece, los polos magnéticos se invierten, la capa de ozono se ensancha, los pueblos y los hombres se enfrentan y destruyen tanto en la paz como en la guerra, como si nunca lo

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hubieran hecho. Dichosos tiempos de crisis. Los tabloides amarillean a la fructífera caza de lectores ávidos de sucesos más o menos suculentos, los mismos contertulios de siempre se forran a nuestra costa con sus peroratas incandescentes que no aportan nada más allá de una absurda crispación, los empresarios aprovechan para sanear sus cuentas y echarnos a todos a la calle, los noticiarios amenazan con inminentes glaciaciones tan solo porque el día que nevó un poco de más nos pilló a todos con el pie cambiado, los vociferantes locutores retransmiten en directo el estrépito de los cohetes... ES-TO-ES-ES-PEC-TÁ-CULO. Batallas campales, recesiones, cementerios nucleares, hambrunas, deflagraciones, hundimientos, dermatitis atópicas, caídas libres, tsunamis financieros, quiebras técnicas, despidos masivos, motines políticos, muertos vivientes, padres solteros, abortos, religiones, porrazos, gorrazos, fraudes, paralelepípedos, espantapájaros, ornitorrincos... El mundo está cada vez peor. Y de España mejor ni hablar. Los cascarrabias augures del Apocalipsis se frotarían las manos ante un panorama tan desconcertante. Arrabal es solo un fauno borrachín y simpático al lado de nuestros ilustres aguafiestas diarios. No puede ser. No puede ser que AOLDE haga oídos sordos al clamor popular que solicita, exige y espera con fervor nuestra propia versión sobre EL FIN DEL MUNDO. Por eso nos hemos puesto manos a la obra


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aprovechando la enésima profecía milenarista, esa que marca la rueda calendárica maya al cerrarse como quien no quiere la cosa el próximo 20 de diciembre de 2012. Os preguntaréis qué va a pasar el día 21. No entendemos muy bien la razón, pero auque los mayas solo estuvieran pensando en un cambio de ciclo, en una vuelta a la casilla de salida en el juego de la Oca, nosotros nos empeñamos en imaginar todo tipo de cataclismos globales. En el fondo nos gustaría experimentar ese momento de destrucción compartida, no nos conformamos con la íntima y anodina muerte personal que nos pueda visitar cualquier día, en cualquier esquina. O tal vez esperemos sobrevivir a la calamidad. Algunos ya han llenado los búnkeres de conservas en lata y enseres básicos para mantener la dignidad de la vida humana una vez llegado el día después. Y luego está la ficción. La literatura. Y también, sobre todo en estos tiempos, el cine y la televisión. La idea del desastre apocalíptico se ha alojado desde siempre en la cabeza de los inventores de historias. Tal vez porque tiene (incluso hoy día) muchas posibilidades creativas. El primero que se nos viene a la cabeza es H.G. Wells explorando una era post-civilización en La máquina del tiempo o convirtiéndonos en alimento para alienígenas en La guerra de los mundos. Legendaria es la adaptación radiofónica de la misma que Orson Welles llevó a cabo el 30 de octubre de 1938 provocando el pánico en las calles de Nueva York y Nueva Jersey. En cuanto al cine, la nómina de películas que asolan el planeta, derriban el Capitolio, inundan Manhattan,

(editorial) detienen el movimiento de rotación de la Tierra, pronostican la colisión de un asteroide o plantan en el cielo sus naves nodriza aprovechando el tirón milenarista es interminable. Y también están las películas del día después... la sociedad desaparecida como tal, la vuelta a las cavernas, la ley del más fuerte, Mad Max en la carretera... la cabeza de la estatua de la Libertad encallada en una playa cualquiera... A unos meses de la fatídica fecha señalada por los mayas AOLDE propone en este número especial una revisión del concepto FIN DEL MUNDO, y lo hace con los textos de un buen puñado de escritores que nos han dado su propia y alucinante versión en forma de relato. No podía faltar aquí el maestro de maestros, apuntado más arriba. H.G. Wells nos sorprende con el desasosegador relato La estrella. Será la mejor puerta de acceso para este viaje más o menos cercano, más o menos desastroso, con paradas obligadas en cada uno de nuestros cuentistas. Juan Carlos Pérez Medina, Carmen Lafuente, Ramón G. del Pomar, Eric F. Luna, Héctor Álvarez, Mayte Sánchez Sempere, Manuel Espada, Paloma Hidalgo, Pablo López Cortina, Pedro Luis Martínez Manjarín, Xavier Blanco y Chica Metáfora (ganadora del 2º concurso de microrrelatos organizado por AOLDE) profundizan, cada uno a su modo, en el antes, el durante o el después de una posible destrucción global, con un resultado fascinante. Ya están aquííííííííí... ¿Os atrevéis a adentraros en su mundo? Si es así, ánimo, pero no esperéis demasiado. Tal vez el 21 de diciembre sea demasiado tarde.•

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(índice)

mAESTROS

LA ESTRELLA (hERBERT gEORGE wELLS)

LOS rELATOS

LA PIEDRA (jUAN cARLOS pÉREZ mEDINA) GAMUZA INTERGALÁCTICA (cARMEN LAFUENTE) ¡A LA MIERDA! (rAMÓN g. dEL pOMAR) INGRID Y EL CAMINO A NINGUNA PARTE (eRIC f. LUNA) PLAN B (hÉCTOR áLVAREZ) PROGRAMACIÓN ESPECIAL (mAYTE sÁNCHEZ sEMPERE)

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LOS mICROS

HIDRODINÁMICA O LA TRAYECTORIA DE LOS FLUIDOS INCOMPRENSIBLES (mANUEL eSPADA) 21 DE DICIEMBRE DE 2012 (pALOMA hIDALGO) DIES IRAE (pABLO LÓPEZ cORTINA) LA NIÑA (pEDRO LUIS mARTÍNEZ mANJARÍN) RATTUS RATTUS (xABIER bLANCO) SIN MÁS (cHICA mETÁFORA) 2º CONCURSO DE MICRORRELATOS “AOLDE”

LOS iLUSIONISTAS

ILUSTRAN ESTE NÚMERO

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MAESTROS

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ESPECIAL FIN DEL MUNDO


LA ESTRELLA

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(maestros)

H.G.WELLS

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ue el día de Año Nuevo cuando tres observatorios anunciaron casi simultáneamente que los movimientos del planeta Neptuno, el más exterior de los que giran alrededor del Sol, se habían vuelto muy irregulares. Ogilvy ya había llamado la atención sobre una sospechosa disminución de su velocidad en diciembre. Semejante noticia apenas si estaba pensada para interesar a un mundo en el que a la mayor parte de sus habitantes les pasa desapercibida la existencia del planeta Neptuno, ni fuera de la profesión astronómica el subsiguiente descubrimiento de una débil y remota mancha de luz en la región del perturbado planeta causó ninguna gran excitación. Los científicos, sin embargo, consideraron la información bastante notable incluso antes de saberse que el nuevo cuerpo se hacía rápidamente más grande y brillante, que sus movimientos eran completamente diferentes del ordenado progreso de los planetas, y que la desviación de Neptuno y de su satélite adquiría proporciones sin precedentes. Poca gente sin preparación científica puede darse cuenta del enorme aislamiento del sistema solar. El Sol, con sus manchas de planetas, su polvo de planetoides y sus impalpables cometas flota en una inmensidad vacía que casi derrota a la imaginación. Más allá de la órbita de Neptuno hay espacio, vacío hasta donde la observación humana ha penetrado, sin calor, ni luz, ni sonido, puro vacío, con una extensión de veinte millones de veces un millón de millas. Ése es el cálculo más bajo de la distancia que hay que atravesar para llegar a la más próxima de

(maestros) las estrellas. Y, salvo algunos cometas más inmateriales que la llama más liviana, ninguna materia, que se sepa, había atravesado jamás este abismo espacial hasta que al comienzo del siglo XX apareció este extraño trotamundos. Era una ingente masa de materia, voluminosa y pesada, que salía sin avisar del negro misterio del cielo precipitándose en la luminosidad del sol. El segundo día del año era claramente visible con cualquier telescopio decente como una mancha de diámetro apenas apreciable en la constelación de Leo, cerca de Régulo. Al poco se le divisaba con gemelos de ópera. Al tercer día los lectores de periódicos de los dos hemisferios fueron alertados por primera vez de la importancia real de esta inusitada aparición celeste. Una colisión de planetas titulaba la noticia un periódico de Londres, y proclamaba la opinión de Duchaine de que este extraño planeta nuevo probablemente chocaría con Neptuno. Los escritores más leídos abundaron en el tema. De forma que en la mayoría de las capitales del mundo el tres de enero había una expectación, aunque vaga, de algún inminente fenómeno en el cielo, y a medida que la noche seguía a la puesta de sol por todo el globo, miles de hombres volvieron sus ojos al cielo para ver... únicamente las viejas estrellas familiares de siempre. Hasta que amanecía en Londres y se estaba poniendo la constelación de Pólux y las estrellas, arriba, empezaron a palidecer. Era un amanecer invernal, una pastosa acumulación de luz diurna que iba filtrándose, y la luz del gas y de las velas brillaba amarilla en las ventanas mostrando dónde la gente estaba

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(maestros) en movimiento. Pero el policía que bostezaba lo vio, las atareadas muchedumbres de los mercados se quedaron con la boca abierta, y los obreros que iban temprano al trabajo, los lecheros, los repartidores de periódicos, los disipados que volvían a casa hastiados y pálidos, los vagabundos sin techo, los centinelas en sus rondas, y, en el campo, los labriegos pateando el campo, los furtivos volviendo sigilosamente a casa, por todo el país que latía en la oscuridad podía verse -y en el mar por los marineros que vigilaban la llegada del día-, ¡una gran estrella blanca que entró de repente en el cielo por el oeste! Era más brillante que ninguna otra estrella de nuestro cielo. Más brillante que Venus en su ápice de fulgor. Todavía relucía, blanca y grande, no una mera mancha de luz que pestañea, sino como un pequeño disco redondo, claro y refulgente, una hora después de haber salido el Sol. Y donde la ciencia no ha llegado los hombres miraron y temieron, hablándose unos a otros de las guerras y las pestes que son anunciadas por estas terribles señales de los cielos. Robustos bóers, oscuros hotentotes, negros de la Costa de Oro, franceses, españoles, portugueses estaban en pie en la cálida salida del sol observando cómo se ponía esta extraña estrella nueva. En cientos de observatorios había habido una contenida excitación, que casi alcanzó el nivel del grito, cuando los dos remotos cuerpos se habían precipitado el uno contra el otro, y apresurados ires y venires para conseguir espectroscopios y aparatos fotográficos, y este aparato o el otro para registrar esta novedosa

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y sorprendente vista, la destrucción de un mundo. Porque era un mundo, un planeta hermano de nuestra Tierra, mucho mayor, desde luego, que nuestra Tierra, el que tan de repente se lanzaba como un rayo a una muerte flameante. Neptuno era el que había sido alcanzado de lleno por el extraño planeta venido del espacio exterior, y el calor de la colisión había convertido atropelladamente los dos sólidos globos en una vasta masa incandescente. Ese día, dos horas antes del amanecer, la grande y pálida estrella blanca giró alrededor del mundo, apagándose sólo cuando desaparecía por el oeste y el Sol se elevaba sobre ella. En todas partes los hombres quedaron maravillados, pero de todos los que la vieron ninguno más sorprendido que los marineros, vigilantes habituales de las estrellas, que lejos en alta mar no habían tenido ninguna noticia de su llegada y la veían ahora levantarse como una Luna pigmea y ascender en dirección al cenit y colgarse allá arriba y desaparecer en dirección oeste con el paso de la noche.


Cuando a continuación se elevó sobre Europa por todas partes había multitudes de observadores en laderas de montaña, en tejados, en campo abierto escudriñando por el este la salida de la gran estrella nueva. Salió con un resplandor blanco delante de ella, como el brillo de un fuego blanco, y aquellos que la habían visto nacer la noche anterior, al avistarla, gritaron: -¡Es mayor! -gritaron-. ¡Es más brillante! Ciertamente la Luna en cuarto creciente y desapareciendo por el oeste tenía un tamaño en apariencia sin comparación, pero en toda su anchura apenas si tenía tanto brillo ahora como el pequeño círculo de la extraña estrella nueva. -Es más brillante -gritaba la gente apiñándose en las calles. Pero en los oscuros observatorios los observadores contenían la respiración y se miraban unos a otros. -¡Está más cerca! -decían-. ¡Más cerca! Una voz tras otra repetía: «Está más cerca», y el tintineo

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(maestros) del telégrafo recogió la expresión, y tembló por los cables del teléfono y en mil ciudades sucios cajistas seleccionaban los tipos. Está más cerca. Los hombres que escribían en las oficinas, asaltados por un extraño convencimiento, tiraron las plumas; los que charlaban en mil lugares encontraron de repente una grotesca posibilidad en esas palabras: está más cerca. Las palabras corrieron por las calles que despertaban, fueron gritadas por los senderos cubiertos de escarcha de las tranquilas aldeas. Los hombres que las habían leído en la palpitante cinta del telégrafo se quedaron en los portales iluminados con amarilla luz de gas gritando la noticia a los transeúntes. Está más cerca. Mujeres hermosas, coloradas y resplandecientes, oyeron la noticia bromeando entre baile y baile, y fingieron un inteligente interés que no sentían. -¡Más cerca, desde luego! ¡Qué curioso! ¡Qué listísimos deben de ser esos señores para encontrar cosas como ésa! Los vagabundos solitarios que caminaban en la noche invernal murmuraban aquellas palabras para consolarse -mirando al cielo: -Más cerca tendría que estar, porque la noche es tan fría como la caridad. No parece que dé más calor con estar más cerca, de todas formas. -¿Qué me importa a mí una nueva estrella? -gritaba una mujer que lloraba arrodillada junto a su muerto. El estudiante, que se había levantado temprano para preparar sus exámenes, solucionaba el problema por su cuenta -con la gran estrella blanca

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(maestros) brillando, ancha y reluciente, a través de las heladas flores de la ventana. -Centrífuga, centrípeta -dijo con la barbilla apoyada en el puño-. Detener a un planeta en su curso, robarle su fuerza centrífuga, ¿qué ocurrirá después? ¡Domina la centrípeta y caerá contra el Sol! ¡Y ésta...! ¿Nos encontramos nosotros en su camino? Me pregunto... La luz de aquel día siguió el camino de los anteriores y con las últimas guardias de la helada oscuridad salió de nuevo la extraña estrella. Ahora era tan brillante que la Luna, en cuarto creciente, no parecía sino un amarillento y pálido fantasma de sí misma, colgando enorme en el crepúsculo. En una ciudad sudafricana un gran hombre había contraído matrimonio y las calles estaban iluminadas para darle la bienvenida de vuelta con su novia. -Hasta los cielos se han iluminado -dijo el adulador. Bajo Capricornio dos amantes negros, desafiando a las bestias salvajes y a los malos espíritus por amor, se agacharon juntos en el cañaveral donde se cernían las luciérnagas. -Ésa es nuestra estrella -susurraron y se sintieron extrañamente consolados por el dulce brillo de su luz. El gran experto en matemáticas estaba sentado en su despacho y apartaba de él los papeles. Había terminado ya los cálculos. En una pequeña ampolla blanca todavía quedaba un poco de la droga que le había mantenido despierto y activo durante cuatro largas noches. Todos los días había dado clase a los estudiantes, sereno, categórico y paciente como siempre, y luego había vuelto

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inmediatamente a los trascendentales cálculos. Tenía el rostro grave, un poco demacrado y febril a causa de las drogas para mantenerse activo. Durante algún tiempo pareció abstraído. Después se acercó a la ventana y la persiana subió con un chasquido. A medio camino allá arriba en el cielo, sobre los apiñados tejados, chimeneas y campanarios de la ciudad, colgaba la estrella. La contempló como se podría mirar a los ojos de un valiente enemigo. -Puede que me mates -dijo tras un silencio-. Pero ya te tengo, como a todo el universo por lo demás, atrapada en este pequeño cerebro. No cambiaría. Ni siquiera ahora. Miró a la pequeña ampolla. -Ya no necesitaré dormir más -dijo.


Al día siguiente al mediodía, puntual al minuto, entró en el anfiteatro donde daba la clase, dejó el sombrero en el extremo de la mesa como de costumbre, y con mucho cuidado seleccionó un gran trozo de tiza. Sus estudiantes contaban la broma de que no podía dar clase sin un trozo de tiza entre los dedos y que una vez que le habían escondido la tiza había quedado reducido a la impotencia. Entró y miró bajo las cejas grises las hileras superpuestas de frescos rostros jóvenes hablando con la acostumbrada y estudiada sencillez de expresión. -Han surgido circunstancias... circunstancias ajenas a mi voluntad -dijo haciendo una pausaque me impedirán terminar el curso que había programado. Al parecer, señores, para decirlo clara y brevemente... el hombre ha vivido en vano. Los estudiantes se miraron unos a otros. ¿Habían oído bien? ¿Estaba loco? Había ceños fruncidos y muecas en los labios, pero uno o dos rostros permanecieron atentos al tranquilo rostro bordeado de gris. -Será interesante -decía- dedicar esta mañana a una exposición, todo lo clara que pueda, de los cálculos que me han llevado a esta conclusión. Supongamos... Se volvió hacia el encerado, meditando sobre un diagrama como acostumbraba. -¿Qué era eso de que ha vivido en vano? -susurró un estudiante a otro. -Escucha -respondió el otro, afirmando con la cabeza en dirección al conferenciante. Y pronto empezaron a comprender. Aquella noche la estrella salió más tarde porque su propio movimiento hacia el este la había arrastrado algo a través de la constelación

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(maestros) de Leo hacia la de Virgo, y brillaba tanto que el cielo se tornó de un azul luminoso a medida que salía y todas las estrellas quedaron a su vez ocultas con la sola excepción de Júpiter cerca del cenit, Cabra, Aldebarán, Sirio y los Lebreles. Era muy blanca y hermosa. En muchas partes del mundo aquella noche la rodeaba un pálido halo. Era perceptiblemente mayor, desde el cielo claro y refractivo de los trópicos parecía como si fuera casi un cuarto del tamaño de la Luna. La escarcha cubría todavía el suelo en Inglaterra, pero el mundo estaba tan brillantemente iluminado como si fuera mitad de verano a la luz de la luna. Con aquella luz fría y clara se podían leer tipos de letra completamente corriente y en las ciudades las farolas ardían amarillas y pálidas. En todas partes la gente estuvo despierta esa noche y por toda la cristiandad un sombrío murmullo andaba suspendido en el sutil aire del campo como el zumbido de las abejas en la colmena, y este tumultuoso murmullo se convirtió en clamor en las ciudades. Era el tañer de las campanas de un millón de campanarios y espadañas convocando a la gente para que no durmiera más, no pecara más y se congregara en las iglesias a rezar. Y arriba, cada vez más grande y más brillante a medida que la Tierra giraba en su órbita y pasaba la noche, se elevaba la deslumbrante estrella. Las calles y las casas estaban iluminadas en todas las ciudades, y los muelles de los puertos resplandecían de luz y todas las carreteras que llevaban a las montañas estaban iluminadas y abarrotadas de gente toda la noche. Y en todos los mares, en

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(relatos) torno de los países civilizados, barcos con vibrantes máquinas y barcos con hinchadas velas atestados de hombres y de criaturas vivas luchaban por salir al océano, hacia el norte. Porque el aviso del gran experto en matemáticas había sido ya telegrafiado a todo el mundo y traducido a centenares de idiomas. El nuevo planeta y Neptuno, fundidos en ardiente abrazo, giraban vertiginosamente cada vez más deprisa en dirección al Sol. Esta masa incandescente volaba ya a cien millas por segundo, y cada segundo su terrorífica velocidad aumentaba. Tal y como volaba ahora, ciertamente, tenía que pasar a un centenar de millones de millas de la Tierra y apenas si podía afectarla. Pero cerca de su determinada ruta y aún sólo ligeramente perturbado, giraba el poderoso planeta Júpiter y sus lunas deslizándose espléndidas alrededor del Sol. A cada momento crecía ya la atracción entre la ardiente estrella y el mayor de los planetas. ¿Y el resultado de esa atracción? Inevitablemente Júpiter sería desviado de su órbita haciendo una elíptica y la ardiente estrella, separada notablemente de su precipitada carrera hacia el Sol, describiría una curva y quizá colisionaría con nuestra Tierra, desde luego pasaría muy cerca de ella. Terremotos, erupciones volcánicas, ciclones, grandes olas marinas, inundaciones y una constante elevación de la temperatura hasta Dios sabe qué altura -eso es lo que profetizaba el gran experto en matemáticas. Y arriba, para llevar a cabo la previsión, solitaria, fría y lívida, resplandecía la estrella de la inminente catástrofe.

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A muchos que la observaron aquella noche hasta que los ojos les dolían, les pareció que estaba aproximándose visiblemente. Y aquella noche también cambió el tiempo, y la escarcha, que se había apoderado de toda la Europa central, Francia e Inglaterra, se derritió. Pero el lector no debe imaginarse, porque haya hablado de gentes rezando durante toda la noche, gentes embarcando y gentes que huían precipitadamente h a c i a las montañas, que todo el mundo estaba ya aterrado a causa de la estrella. De hecho, la costumbre y la necesidad todavía regían el mundo y, salvo por la charla en momentos de ocio y el esplendor de la noche, nueve de cada diez seres humanos estaban todavía entretenidos en sus ocupaciones habituales. En todas las ciudades las tiendas, excepto alguna por aquí y por allá, abrían y cerraban a las horas acostumbradas, el médico y el funerario ejercían sus oficios, los obreros acudían a las fábricas, los soldados hacían ejercicio, los investigadores estudiaban, los amantes se buscaban, los ladrones acechaban y salían volando, los políticos organizaban sus proyectos. Las rotativas de los periódicos rugían toda la noche y más de un cura de esta o aquella parroquia no abría su sagrado edificio para fomentar lo que consideraba un pánico estúpido. Los periódicos insistían en la lección del año 1000, pues entonces también la gente había previsto el fin del mundo. La estrella no era tal -puro gas-, un cometa, y aunque fuera una estrella no podía chocar contra la Tierra. No había ningún precedente de cosa semejante. El sentido común era tenaz en


todas partes, desdeñoso, con burlas y algo inclinado a perseguir al miedoso obstinado. Esa noche, a las 7:15 hora de Greenwich, la estrella estaría en su punto más próximo a Júpiter. Entonces el mundo vería por dónde iban a ir las cosas. Las sombrías advertencias del matemático eran tomadas por muchos como puro y elaborado autobombo. El sentido común por fin, un poco acalorado por las discusiones, dejó sentadas sus inalterables convicciones yéndose a la cama. De la misma manera también, bárbaros y salvajes, cansados de la novedad, se volvieron a sus importantes negocios, y salvo por algún perro que aullaba acá y allá el mundo salvaje se despreocupó de la estrella. Y no obstante, cuando por fin los observadores de los estados europeos vieron salir la estrella, una hora más tarde, es verdad, pero no mayor de lo que había sido la noche anterior, había todavía muchos despiertos para reírse del gran experto en matemáticas -para dar el peligro por pasado. Pero de ahí en adelante la risa cesó. La estrella crecía, crecía con terrible regularidad hora tras hora, un poco mayor cada hora, un poco más cerca del cenit de medianoche, y cada vez más brillante hasta que hubo convertido la noche en un segundo día. De haber venido directa hacia la Tierra en lugar de describir una curva, si no hubiera perdido velocidad por la atracción de Júpiter, debía de haber saltado el abismo intermedio en un día, pero tal como fue tardó cinco días en acercarse a nuestro planeta. La noche siguiente había alcanzado el tamaño de un tercio de la Luna antes de ponerse ante ojos

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(maestros) ingleses, y el deshielo estaba asegurado. Apareció sobre América casi con el tamaño de la Luna, pero de un blanco cegador y ardiente, y una corriente de aire caliente sopló ahora acompañando a su aparición y robustecimiento, y en Virginia, y Brasil y el valle de San Lorenzo brilló intermitentemente a través de un hedor torrencial de nubes tronantes, de parpadeos de rayos de color violeta y de granizo sin precedentes. En Manitoba hubo un deshielo y devastadoras inundaciones. En todas las montañas de la Tierra la nieve y el hielo empezaron a fundirse aquella noche, y todos los ríos que nacían en las montañas corrían crecidos y turbios, y pronto, en las cuencas altas, con árboles arremolinados y los cuerpos de bestias y de hombres. Se elevaron constantemente, bajo el continuo brillo fantasmal, y finalmente empezaron a rebosar por encima de sus márgenes a espaldas de la población de los valles que huía. A lo largo de la costa de Argentina y subiendo por el Atlántico sur las mareas eran más altas de lo que nadie podía recordar, y las tormentas empujaron las aguas en muchos casos muchísimas millas tierra adentro, sumergiendo ciudades enteras. Tanto había subido el calor durante la noche que la salida del sol fue como la aparición de una sombra. Los terremotos comenzaron y se multiplicaron hasta que por toda América, desde el Círculo Ártico hasta el Cabo de Hornos, las laderas estaban deslizándose, se abrían fisuras, y casas y muros se desmoronaban totalmente. Todo el lateral del Cotopaxi se deslizó en una vasta convulsión y un tumulto de lava brotó tan alto, ancho, rápido y líquido que en un día alcanzó el mar.

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(maestros) Y así la estrella, con la pálida Luna saliendo, cruzó el Pacífico, arrastró las tormentas de truenos como el dobladillo de una falda y las crecientes olas de la marea que avanzaban penosamente detrás de ella, espumeantes y ansiosas, cayeron sobre una isla tras otra dejándolas barridas de hombres. Hasta que finalmente llegó aquella ola -en medio de una luz cegadora y con el aliento de un horno llegó rápida y terrible-, una muralla de agua de cincuenta pies de alto, rugiendo hambrienta, sobre las largas costas de Asia, y cruzó arrasando las llanuras chinas tierra adentro. Durante un tiempo la estrella, ahora más ardiente, grande y brillante que el Sol en toda su fuerza, mostró con su brillo implacable el extenso y populoso país, ciudades y aldeas con sus pagodas, árboles, caminos, extensos campos cultivados, millones de personas sin dormir mirando con terror impotente al cielo incandescente, y después, sordo y creciente, llegó el murmullo de la inundación. Y eso fue lo que les pasó a millones de hombres esa noche... la huida a ninguna parte, con los miembros pesados por el calor y la respiración furiosa y escasa, y la inundación como una muralla blanca y rápida detrás. Y luego la muerte. China estaba iluminada por un resplandor blanco, pero sobre Japón y Java y todas las islas del este de Asia la gran estrella era una bola de sordo fuego rojo a causa del vapor y el humo y las cenizas que los volcanes escupían para saludar su llegada. Arriba estaban la lava, los ardientes gases y las cenizas, y abajo las bullentes aguas, y toda la tierra oscilaba y retumbaba con las sacudidas de los terremotos. Pronto las inmemoriales nieves

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del Tíbet y del Himalaya estaban derritiéndose y precipitándose por diez millones de canales que se hacían más hondos y convergían sobre las llanuras de Birmania y el Indostán. Las enmarañadas cumbres de las junglas de la India estaban en llamas en mil sitios, y debajo de las apresuradas aguas en torno de los tallos había objetos oscuros que todavía se agitaban débilmente y reflejaban las lenguas rojas de sangre del fuego. Y en desordenada confusión una multitud de hombres y mujeres huían por los anchos márgenes de los ríos hacia la última esperanza de los humanos... el mar abierto. Mayor y mayor se hizo la estrella, y más calurosa y brillante, ahora con una rapidez terrible. El océano tropical había perdido la fosforescencia, y el remolino de vapor se elevaba en espirales fantasmales desde las negras olas que caían incesantemente, moteadas de barcos sacudidos por la tormenta. Y luego llegó el misterio. A los que en Europa vigilaban la salida de la estrella les pareció que el movimiento de rotación de la Tierra debía de haber cesado. En miles de sitios en campo abierto de las tierras altas y bajas a los que la gente se había dirigido huyendo de las inundaciones, de las casas que se hundían y de las laderas de los montes que se desplazaban, esperaron la salida en vano. Una hora siguió a otra en medio de un terrible suspense y la estrella no salió. Una vez más los hombres vieron las viejas constelaciones que daban por perdidas para siempre. En Inglaterra la atmósfera estaba caliente y despejada aunque el suelo temblaba constantemente, pero en los trópicos, Sirio, Cabra


y Aldebarán se veían a través de un velo de vapor. Y cuando por fin la estrella salió con un retraso de casi diez horas, el Sol salió muy cerca de ella y en el centro de su blanco corazón tenía un disco negro. Fue sobre Asia donde la estrella había comenzado a quedarse rezagada en relación con el movimiento del cielo, y luego, de repente, mientras estaba sobre la India, su luz se había velado. Toda la llanura de la India desde la desembocadura del Indo a la del Ganges era aquella noche un yermo poco profundo de brillantes aguas del que sobresalían templos y palacios, montes y montículos, negros de gente. Cada minarete era una arracimada masa de gente que caía, uno tras otro, en las turbias aguas a medida que el calor y el pánico los dominaban. Todo el país parecía estar gimiendo, y de repente una sombra cruzó aquel horno de desesperación, y de la enfriada atmósfera salió una ráfaga de aire frío y una congregación de nubes. Los hombres, que miraban arriba, casi cegados, a la estrella, vieron que un disco negro cruzaba lentamente la luz. Era la Luna que se interponía entre la estrella y la Tierra. Y hasta cuando los hombres clamaban a Dios por este alivio, por el este, con extraña e inexplicable dulzura, salió el Sol. Y entonces estrella, Sol y Luna cruzaron precipitadamente los cielos al mismo tiempo. Y así fue cómo al poco, para los observadores europeos, la estrella y el Sol se elevaban muy cerca la una del otro, avanzaron precipitadamente durante un rato y después más despacio, y finalmente pararon, estrella y Sol se fundieron en un resplandor de fuego en el cenit del cielo. La Luna ya no eclipsaba

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(maestros) a la estrella, sino que había dejado de ser visible en el celeste resplandor. Y aunque los que todavía estaban vivos lo miraron, en su mayoría, con esa obtusa estupidez que engendran el hambre, la fatiga, el calor y la desesperación, todavía hubo hombres capaces de percibir el significado de estas señales. La estrella y la Tierra habían alcanzado el punto más próximo, habían girado una sobre la otra, y la estrella había pasado. Ya estaba retirándose, cada vez más rápida, en la última etapa de su precipitada caída hacia el Sol. Y entonces se juntaron las nubes obstruyendo la visión del cielo, los rayos y los truenos tejieron una tela en torno al mundo. Por toda la tierra hubo tal diluvio como los hombres no habían visto jamás, y donde los volcanes lanzaban rojas llamas contra el dosel de las nubes descendieron torrentes de lodo. Por todas partes las aguas abandonaban torrencialmente las tierras dejando a su paso ruinas cubiertas de cieno, y la tierra llena de basura como una playa batida por la tormenta con todo lo que flotaba y los cuerpos muertos de hombres y bestias, sus hijos. Durante días las aguas estuvieron escurriéndose de las tierras arrastrando a su paso suelo, árboles y casas, y amontonando enormes terraplenes y excavando titánicos barrancos por los campos. Esos fueron los días de tinieblas que siguieron a la estrella y al calor. Durante todos ellos, a lo largo de muchas semanas y meses, continuaron los terremotos. Pero la estrella había pasado, y los hombres, impulsados por el hambre y recobrando fuerzas muy poco a poco, pudieron volver

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(maestros) dirección a los polos. Se ocupa únicamente de la llegada y el paso de la estrella. Los astrónomos marcianos -pues hay astrónomos en Marte, aunque sean seres muy diferentes a los hombres- estuvieron naturalmente muy interesados en estos fenómenos. Por supuesto, los vieron desde su propio punto de vista. Considerando la masa y la temperatura del proyectil que fue lanzado a través de nuestro sistema solar contra el Sol -escribía uno de ellos- es sorprendente el escaso daño que ha sufrido la Tierra, con la que no se estrelló por muy poco. Todas las familiares delimitaciones continentales y las masas de los mares continúan intactas, y ciertamente la única diferencia parece consistir en la disminución de la mancha blanca (que se suponía ser agua helada) alrededor de los dos polos. Lo que sólo muestra lo pequeña que puede parecer la mayor de las catástrofes humanas a una distancia de unos cuantos millones de millas.• iderado, junto a H.G. Wells es cons s de los precursore o un e, rn Ve o li Ju ficción. Le avalan del género cienciaquina del tiempo, novelas como La má e o La guerra de El hombre invisibl los mundos. Fue un izquierdista co nvencido, y no du dó en cr it ic ar la hipocresía y rigide z de la sociedad victoriana, así como el imperialismo brit ánico. “La estrella” está incluido en Cuentos del Espacio y el Tiempo (1899). Web de la H.G. Wells Soci ety: http://www.hgwellsusa.50meg s.com/

lentamente a las arruinadas ciudades, los enterrados graneros y los empapados campos. Los pocos barcos que habían escapado a las tormentas llegaron aturdidos y desmantelados, sondeando con cautela la ruta por las nuevas marcas y bajíos de los otrora familiares puertos. Y cuando las tormentas remitieron, los hombres se dieron cuenta de que en todas partes los días eran más calurosos que antes y el Sol mayor, y la Luna, encogida a un tercio de su tamaño anterior, ahora tardaba ochenta días en pasar de luna nueva a luna nueva. Pero esta historia no dice nada de la nueva fraternidad que pronto surgió entre los hombres, ni de la preservación de las leyes, los libros y las máquinas, ni del extraño cambio que habían sufrido Islandia y Groenlandia y las costas de la bahía de Baffin, de forma que los marineros que iban allí pronto las encontraron verdes y gráciles y apenas si podían creer lo que veían. Ni tampoco de la migración de la humanidad ahora que la Tierra era más calurosa, hacia el norte y hacia el sur, en

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LOS RELATOS

AOLDE

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ESPECIAL FIN DEL MUNDO


LA PIEDRA

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JUAN CARLOS PÉREZ MEDINA A

nte sus ojos se presentaba la inmensidad del lago. Desde aquella altura, acomodado a la sombra de un frondoso árbol su mirada se perdía hacia las transparentes aguas varios kilómetros hacia el oeste, bajo la vigilancia de dos inmensos acantilados acompañando al sol en su fuga hacia nuevas tierras. El cielo violáceo, bañado por los últimos rayos del sol servía de escenario a numerosas bandadas de aves siguiendo la luz. A ambos lados se elevaban, como emergiendo de las aguas del lago, dos gigantescas montañas, vigilantes, cubiertas de una espesa verde capa de bosque de donde provenían mil y un sonidos, de una diversidad de animales que refugiados entre la maleza ponían música a la escena más importante en la vida de Daniel. Sólo había contemplado un espectáculo semejante en unas vacaciones en Brasil donde podo recorrer y contemplar la grandiosidad del Amazonas con su selva auténtico pulmón de su planeta. Y sólo había sentido aquella sensación de libertad indescriptible, aquella música en el estómago de quien sabe que es el primero en llegar, el día

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que puso sus pies en Marte hacía ya más de siete años. Pero ahora las circunstancias habían cambiado: con esa piedra entre las manos y con la paz que le trasmitía la vista de aquel atardecer, Daniel comenzó a pensar todo lo sucedido en los últimos meses como quien recuerda una película de terror que aún produce escalofríos. Por su mente desfilaban agolpados, como guerreros en una batalla, infinitud de recuerdos, de imágenes, de emociones intensas que pugnaban por luchar y tuvo que hacer un gran esfuerzo por ordenar sus pensamientos. Miró y acarició con ternura la grisácea piedra de nuevo y recordó como él, el más distinguido piloto de la Agencia había sido elegido para probar junto a otros cinco compañeros el último milagro de la técnica: una nave capaz de viajar trascendiendo la velocidad de la luz a partir de los últimos descubrimientos científicos en partículas subatómicas. Cuando se la mostraron por vez primera la contempló como quien contempla a un ser especial de la naturaleza, como quien contempla la mutación positiva de un animal.


(iLUSTRACIÓN DE jOSÉ LUIS LÓPEZ aNAYA)

Mientras pensaba, Daniel no podía evitar dejar de acariciar la piedra que cuidaba con mimo entre sus manos como quien acaricia a un hijo, como quien acaricia a su propia esperanza. Vo lv ió a r eco rdar a q u e l l o s días y sintió de nuevo ese frío mortal en la sangre, ese vértigo que se adueña de las entrañas como cuando soñaba que caía en el vacío y despertaba sobresaltado. Por unos instantes volvieron a resonar en su cerebro las sirenas, los ruidos de las bombas, los gritos de los niños en las calles, el pánico que se adueñó en pocos días del mundo entero. Una pesadilla de la que pudo ser afortunado en despertar. Recordó la reunión clandestina con sus compañeros de trabajo en aquellos momentos de locura mundial. En pocas semanas la tensión internacional había crecido hasta tal punto que una inminente guerra sería una noria en espiral de la que ya no se podría parar. Daniel no recordaba como empezó todo, tan sólo que un terrible monstruo se había escapado al control. Recordó como en aquella reunión tomaron la decisión de apoderarse de la nave recién terminada y a punto para su primera prueba. La vigilancia era mínima y ellos conocían las claves. Entre resplandores que rasgaban el aire como cuchilladas mortales

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de asesino, entre ruidos infernales y lamentos de desesperación en las calles, Daniel y sus compañeros junto con algunos familiares, amigos y algunos vigilantes que en el último momento se les unieron, lograron apoderarse de la nave un grupo total de veinticinco personas para un prodigio de la técnica con capacidad incluso mayor. Fuera de la atmósfera terrestre, Daniel pudo contemplar la destrucción de su Planeta Azul, y al recordarlo, con la piedra entre las manos y los ojos fijos en el lago, no pudo evitar que dos atrevidas lágrimas emprendieran una carrera como queriendo ser las primeras en pisar ese desconocido suelo. La piedra le quemaba con su fuego de incógnitas, miedos y esperanzas entre los dedos y por su mente pasaron días y días de penoso deambular en lo desconocido, rumbo a destinos sólo conocidos en las frías ecuaciones de un papel, a la deriva en el espacio, supervivientes de una muerte, pero tal vez, inauguradores de otra. Revivió las tensiones, las desesperanzas, los buenos y malos momentos y el suspiro de júbilo al encontrar aquel planeta, apto para vivir, tan similar a su desaparecido hogar. Y ahora, en ese preciso momento, acompañado sólo por su soledad, con la piedra que acababa de encontrar entre las manos; una piedra inteligentemente tallada y afilada, con manchas aún húmedas de sangre de algún animal que sirvió posiblemente de alimento a algún ser racional Daniel comprendió todo. Se sintió como si hubiese vuelto a nacer, a otra vida, a otro mundo. Pero mirando detenidamente la piedra comprendió que tenía dos caras: la cara del

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carrusel que siempre se repite, monótono de volver al mismo principio, al mismo final del círculo vicioso pero también tenía la cara de la esperanza, de la segunda oportunidad, y en sus manos tenía esa importante labor para intentarlo de nuevo. Depositario de una gran responsabilidad, de un maravilloso destino, quizá inteligentemente previsto, en lo más hondo de su corazón, de su orgullo quizá, Daniel no pudo evitar sentirse un dios.•

qUIÉN

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jUAN cARLOS pÉREZ mEDINA

(Madrid, 1970) Diplomado en Trabajo Social y licenciado en Antropología Social y Cultural, trabaja como profesor de formación profesional en la especialidad de Intervención Sociocomunitaria. Tiene publicados artículos y un libro en el ámbito de la sociología y la intervención social. En el plano netamente literario, empieza a escribir poesía y relatos a intervalos desde los 18 años. Pero no es hasta el verano de 2007 que comienza a recitar en las Jam´s Session de poesía y relatos del Bukowski Club, en Malasaña, que retoma con cierta continuidad la escritura y que la da a conocer en distintos recitales por diversos locales de Madrid. Participa en la obra colectiva Jam session de poesía 06-08 Bukowski Club, editada por Ediciones Escalera así como en distintos eventos de la Asociación Cultural La Vida Rima. Actualmente se encuentra preparando la autoedición de sus poemas y relatos. El relato “La piedra”, que se publica en esta edición, es del año 1993.

EN RED: Todo lo que sé


GAMUZA INTERGALÁCTICA CARMEN LAFUENTE

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a ciudad amaneció cubierta de una neblina especial. Los transeúntes se dirigían a su trabajo, envueltos en esa bruma, sin apenas distinguir lo que sucedía a su alrededor. Mirna Poussière entró en el self service donde desayunaba habitualmente. Provista con la prensa del día, el café y la tostada se sentó en una mesa, y entre sorbo y sorbo comenzó a ojear las noticias. Como de costumbre no presagiaban nada bueno. Llevaban meses anunciando que algo extraño estaba sucediendo que superaba los límites del mundo conocido. Días atrás el observatorio espacial notificó que habían detectado la desaparición repentina de la galaxia “Cúmulo 4”. Ahora se observaba donde antes estaba ubicada un brillo inusual y en su interior una especie de silueta.

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Pues bien, la noticia de hoy era más espeluznante si cabe. De nuevo el observatorio emitía un nuevo comunicado, se trataba de la desaparición de la galaxia “Cúmulo 6”. Al igual que en la anterior su ubicación presentaba una nitidez sobrecogedora conteniendo una imagen en su interior. El problema era acuciante, ya que “Cúmulo 6” era la galaxia vecina. Por lo tanto la amenaza destructora se acercaba sin remisión. La noticia venía acompañada con relatos extraídos de antiguas crónicas donde un suceso parecido acabó con la vida conocida. Los escasos supervivientes del desastre dejaron constancia del hecho como testimonio y advertencia para las generaciones venideras. Según relataban, de repente una masa procedente del espacio moviéndose sinuosamente a una velocidad vertiginosa comenzó a golpear y destruir todo a su paso

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(relatos) absorbiendo a su vez las virutas que generaba en cada impacto... Mirna acabó su desayuno y salió a la calle. Caminaba impresionada recordando lo que acababa de leer. Se detuvo en un semáforo para pasar a la acera de enfrente. Ante ella un espectáculo lamentable. Los vehículos estaban atascados en una hilera interminable, así que se dispuso a cruzar. En ese momento se levantó un viento furioso plagado de partículas. Miró hacia arriba y vio una especie de ameba gigante que abarcaba todo y se acercaba velozmente... ¡¡¡Mama, sorpresa!!! Ya no te quejarás, acabo de limpiar mi habitación. He quitado el polvo de todas las estanterías y figurillas. Después he pasado el aspirador. Ha quedado todo reluciente.•

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cARMEN LAFUENTE

icas y Licenciada en Ciencias Económ o Analista Empresariales y ejerciente com s en que la Programador desde los tiempo informática hoy, de estaba en pañales hasta el día de te tarea de siempre me interesó la gratifican muy a menudo escribir, actividad que realizaba és abandoné por en la adolescencia y que despu completo. a sentir la Desde hace dos años he vuelto ma, ahora es el necesidad de rascar ya no la plu relatos teclado, para elaborar pequeños que aman la y compartirlos con las personas lectura. ritora, soy una En absoluto me considero esc o dar un aficionada que disfruta intentand sentido a las palabras.


¡A LA MIERDA! RAMÓN G. DEL POMAR N

unca fui más de lo que mis miserias me imponían para la supervivencia, ni tuve, como persona, mejor conducta que la de una rata merodeando entre basuras y gatos. Nadie habló de mí para decir cosa buena, que yo era cojonudo o chorradas así, salvo si se referían al más cabrón. Mi escuela estaba entre las nubes y el alquitrán. Mis apóstoles eran el Tirillas, el Colino, el Butrones, el Kiwi... Esperpentos de un nivel similar al mío, ángeles caídos. Costras para los escrúpulos de aquella sociedad monárquica y estafadora, de políticos hijos de puta asociados a ladrones vip. Aquel día, cuando vino el fin del mundo, yo jugaba a imaginar que era un guerrero del Bronx. La tarde anterior tuve que salir huyendo y, gracias al pringao que detuvo su moto en el semáforo, pude alcanzar mi refugio. Jamás dije a nadie que conocía esta gruta, bien camuflada entre las oquedades rocosas del acantilado. Fue puesto de vigilancia en la guerra anterior. Mi propio padre, otro asesino por obediencia entre tantos, hizo guardia aquí, alerta del tránsito marino. Él me contó que, en una ocasión, evitó la catástrofe de la ciudad detectando la infiltración del

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submarino que trataba de penetrar hacia la bahía. Según mi madre, el posterior arrepentimiento de aquella hazaña, por la que quedó condecorado y sin paga extra, le llevó al opio que lo mató. Lo perdí de vista a mis nueve años, cuando su hígado reventó. En aquel entonces, la altura del acantilado permitía que la vista llegara hasta más allá del horizonte. Desde hace un mes, solo se ve la caída de copos entre las negruras que dejó como rastro esta última guerra. Duró un día. Aquí estoy hoy —a mis treinta años y al mes siguiente del fin del mundo—, solo y con un perro que se llama Perro. Lo había dejado en casa, atado. No entiendo cómo pudo sobrevivir al holocausto ni cómo, entre el olor a restos quemados o en putrefacción, su olfato le ha servido para encontrarme y tan lejos. Cosa de perros, supongo. El caso es que entre el robo frustrado, la huida y este lugar apartado, me salvé de la catástrofe. Pero para condenarme a vivir sin enemigos y, sin ellos, qué puta vida me aguardaría ¿A quién odiar desde hace un mes? ¿Vivir sin causa ni víctima para matar? ¿A un mierda de perro? A él se le puede joder, es un gilipollas, aguanta lo que le eche.

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Llegué tarde al fin del mundo, o mejor, me pilló fuera de casa. Por eso puedo contarlo. Mi vida fue siempre así, impulsado por los ritmos de la casualidad, sin mi nombre escrito en el buzón de ningún portal. A todo, he llegado tarde, pedo, a destiempo o nunca. Ellas, mis princesas, huyeron cansadas de horas perdidas por esperarme. ¡Que se jodan! Mirad lo que os pasa por llegar a tiempo. Ahí estáis, fosilizándoos entre los escombros y la gentuza de esa ciudad que sometía a la mediocridad de los vendidos por horas y el egocentrismo. Pero nunca freí a alguien que no lo mereciera. No sé qué desató esta guerra, da igual. Fueron ellos, los votados para establecer nuestro destino. Hijos de puta, joderos, la muerte os pilló midiendo vuestra avaricia. Al menos, en lo de follar, bien que estuve a vuestra altura. Sí, claro que sí. Fui yo quien violó, estranguló y acuchilló, a las putas de vuestras esposas e hijas. Con la sangre que derramaban borraba, de sus cuerpos, el pestilente perfume con el que disimulaban la podredumbre de sus entrañas y lucían la codicia, ahora enterrada entre los escombros negros y calcinados. Ya, qué más da ¿De qué sirve lo que fueron y lo que fui? ¡A la mierda todo! Aunque pueda describir la excitación que vivieron mis oídos al escuchar la explosión, y mis ojos al contemplar el hongo que se elevaba sobre un núcleo rojizo en ebullición —como llamas que salieran desde una hoguera gigante—, para dejarse volcar sobre la faz del planeta y aniquilar, sólo yo puedo escucharme. No queda nadie. El esplendor cayó rendido a la oscuridad. Soy la mierda de un moribundo en la nada.

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Como si ya fuera un fiambre, las cucarachas pasan sobre mí y se detienen a husmear en mis llagas. Hasta ayer, Perro las espantaba cuando lamía las úlceras de su cuerpo y el mío. Desde hace horas no alcanza las propias. A estas alturas, qué más da el hambre, la sed o el asco. Moriremos, simplemente. Tirito y sudo a la vez que Perro. Él jadea algo más que yo. De esta no sale. Se despide entre convulsiones, vómitos y quejidos, más atronadores que las olas al romper contra el acantilado. Se acabó su aliento, las cucarachas lo sienten y se ajetrean a formar un manto de luto sobre él. A través de las cagarrutas que, ellas, vayan expulsando por su culo negro, seremos huella para el futuro que aguarda. Cojonudo. Náuseas jodiéndome mientras, como si fuera un leproso, se me cae la carne a cachos. Crece el número de cucarachas, me invaden. Sobre ellas y sobre mí, vomito los trozos de entraña que me abrasan por dentro. Bebo mi propia sangre, el hilo de ella que me brota de la nariz hacia los labios. Todo me sabe a plomo. Acostumbrado a ser ignorado, ignorar y a odiarme a mí mismo tanto como a los demás, hoy, me siento jodido porque no tengo con quién pagar este odio. Llueve, es un día feo para morir. Pero también un momento como cualquier otro para no vivir.•

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rAMÓN g. dEL pOMAR

Cantabria) (Los Corrales de Buelna, inar. es un creador multidiscipl a mític sala Director de eventos de la argord Rock-Ola, la Editorial Am te ha publicado recientemen as de un su trabajo poético, Memori lección Pegaplatos, dentro de la co va Hecho en La pies.


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INGRID Y EL CAMINO A NINGUNA PARTE

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ERIC F. LUNA L a libertad, a veces, se mastica. Aunque deje un regusto amargo. Esta mañana, el aire que se colaba por la ventanilla resultaba tibio al contacto con la piel. Algo extraño en un amanecer invernal como éste. Se trataba de un bochorno atípico, de los que vuelven más denso el aire. Su efecto sobre mí se traducía en un bienestar clorofórmico. Me sentía feliz sin saber por qué. Tenía un horizonte por delante y aunque, dada la situación, las cosas aún podían empeorar, tener un destino ya era algo. Me permití el lujo de esbozar una sonrisa y, por ser una de pocas, la busqué reflejada en el espejo retrovisor. La sonrisa de un

desquiciado. Y tras aquella mueca demencial, un ejército de nubarrones de tormenta que parecía venirnos a la zaga. Ingrid dormía a mi lado con las rodillas encogidas contra el pecho. Pobre niña. Menudo futuro, el suyo. Clavando la mirada en el surco que asomaba por sus bragas de colores, concluí que tal vez yo pudiera cuidar de ella mejor que nadie ahí fuera. Al fin y al cabo, yo no era una mala persona. Solo otro mono civilizado más, educado para aplastar a quien se atreviera a poner las manos sobre mi racimo de plátanos. Otra cucaracha, que se resistía a desaparecer.

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(relatos) Estuve meciéndome en mi ensimismamiento, hechizado por el tedioso gemido del motor, hasta que uno de los pilotos del cuadro del velocímetro proyectó su luz azafrán sobre mí. —Perfecto... ¡Perfecto! —mascullé, golpeando el volante con la palma de la mano—. ¡Estamos jodidos! Ingrid se removió en su asiento, rezongando. Tenía motivos para no abrir los ojos. Tenía motivos para sentirse incómoda, después de la pasada noche. Tampoco teníamos mucho de qué hablar, así que supuse que seguiría intentando abrazar el sueño o hacerse la dormida, hasta que el motor comenzara a toser por la falta de carburante, hasta su último estertor. Recorríamos una autovía vacía, en algún punto en mitad de La Mancha. La gran incógnita era saber cómo de lejos llegarían nuestros cadáveres; en qué kilómetro de este desierto de alquitrán se nos extinguiría la vida. Ok, yo estaba dispuesto a asumirlo. Pero, ¿e Ingrid? No sabía mucho sobre ella. Sabía que el Gran Exilio la había pillado viajando de mochilera. Sabía que se había separado de su pandilla al caer la red eléctrica y durante el caos de los primeros momentos... O esa era la versión que me ofreció cuando acepté llevarla de pasajera. Podía haberme mentido, que yo jamás lo sabría. A ciencia cierta, sólo sabía que tenía el pubis rasurado y un horrible tatuaje de trazo grueso, —un diablillo—, justo debajo de la nuca. La parada nocturna para dormir, irremisiblemente, acabó degenerando en un festival de alientos y vahos que se escurrían sobre las lunas, en el momento en que decidimos

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descorchar dos de los caldos de reserva, con que me había equipado antes de salir de casa. Si éste era el fin del mundo, más nos valía disfrutarlo. No había nada de malo en ello. Yo era un hombre y ella... iba a cumplir dieciocho en un par de meses. Si es que tampoco me había mentido en eso. A mi mujer, —en paz descanse—, no le habría hecho ninguna gracia. Trece años de te quieros con los que matar silencios incómodos y de domingos en casa de los suegros habían sido desatomizados por la primera de una serie de explosiones nucleares. Sin advertencia previa. No supimos nada hasta que las comunicaciones cayeron, las alarmas sonaron y el cielo nocturno se revistió de tóxicos colores iridiscentes. Cerca de la zona cero se encontraba nuestra vivienda. Era como si Dios hubiera hecho caso, al fin, de las plegarias que yo lanzaba tras cada una de nuestras peleas sin sentido. Y, como ya he dicho, una libertad así había que masticarla bien antes de dejarla pasar garganta abajo. Pensar en la muerte me procuraba una extraña paz. Encontrar un salvavidas en mitad del océano me regaló otras hermosas sensaciones, por ejemplo, un cosquilleo inherente al deseo por subsistir. La esperanza por aguantar una semana más, o un día, o al menos una hora aceleró el bombeo de sangre por este saco de grasa que tengo por cuerpo: Como si de un espejismo se tratase, la marquesina de una estación de servicio Shell apareció tras la línea del horizonte. Quinientos metros después, señalizaba mi incursión en la gasolinera a golpe de intermitente, deteniendo


—Y ahora, ¿qué? Di un rodeo en torno a la sección de alimentación. Quedaban algunas Ruffles, Pringles, Donuts, Chips Ahoy! y un paquete de galletas Príncipe. Ni gasolina, ni comida de verdad. Era un final jodidamente triste. —¿Sabes? Ni siquiera me llamo Ingrid... Muy, muy triste. Fui hasta la sección de bebidas alcohólicas. Solo quedaban algunos refrescos y vinos de la tierra. Mondéjar. Crianza. —Aún podemos divertirnos, —dije, alzando aquella botella sobre mi cabeza. Luego, observé aquel líquido oscuro al trasluz durante una hora, un día, o una semana, tal vez.•

eRIC f. LUNA (Alhama de Murci a, 1984) Diplomado en B iblioteconomía y Documentación , posee un Máster en escritu ra creativa. Es autor de varias obras en prosa y de dos po emarios, de los cuales uno (Poes ía de guerrilla) será publicado pr óximamente por la revista “G roenlandia”. Ha sido premiado en varios certámenes de re lato y de poesía.

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el motor junto al surtidor de sin plomo y trayendo de vuelta a Ingrid al mundo de los vivos, zarandeándola por uno de sus muslos. —Despierta. Si tienes que ir al baño o algo, éste es el momento. Me observó soñolienta y desorientada, como quien espera encontrar a mamá tras una pesadilla y en lugar de ello se topa con el asesino babeante de ojos rojos. No soy una mala persona, insisto. Pero eso Ingrid no podía saberlo. Comprendía que se sintiera incómoda y asustada. Mientras ella salía del coche con paso titubeante y se dirigía a la tienda, yo comprobaba que todos y cada uno de los surtidores de gasolina estaban tan secos como nuestro depósito. De uno de ellos salió un débil borbotón que ni siquiera supe aprovechar. Desafié con la mirada a las nubes negras que nos sobrevolaban. El oxígeno hedía ahora a humedad y a metal. Rebusqué en mis bolsillos y extraje un paquete de Lucky. Encendí uno y retuve el humo en mis pulmones durante varios segundos. Tal vez fuera el último. La vejiga del dios de la destrucción reventó sobre aquel paraje, con un crujido tan violento que debió resonar a kilómetros a la redonda. La lluvia radiactiva nos había dado alcance y no teníamos ningún sitio adonde dirigirnos. Envuelto en escalofríos, alcé el cuello de la camisa y puse rumbo hacia la tienda de la gasolinera. Allí encontré a Ingrid, sentada en el suelo, con el rostro desvaído. Ella también había sabido interpretar el lenguaje de los truenos. Ni siquiera me miró al preguntar: —No hay gasolina, ¿verdad? —No.

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EN RED: R e

y Cerilla

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PLAN B

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HÉCTOR ÁLVAREZ

(iLUSTRACIÓN DE aRNULFO oRTEGÓN mARTÍNEZ)

e encuentro en una sala amplia y muy iluminada. Las cuatro paredes están hechas de cristal y las atraviesa un torrente de luz anaranjada, como un atardecer sin fin. La luz no es natural. No puede serlo a esta profundidad. Estoy tan solo como pueda estar un hombre sin parientes ni amigos, pero no por la situación actual. De hecho, últimamente tengo la agenda más repleta que nunca. Creé, de la nada, una organización diminuta y sin importancia que fue progresando y creciendo hasta alcanzar un tamaño global. Se me conoce en todo el mundo por mis proyectos, inventos, donaciones y afán de superación. Mis críticos y oponentes han intentado hacerme caer a cada paso del camino, denunciándome por prácticas monopolísticas, competencias desleales o cualquier otra estupidez. Nunca consiguieron hacer daño a mi imagen. Al contrario. Gané millones gracias a ellos. Dentro de ocho minutos estarán todos muertos. Y lo saben. Frente a mí tengo un cuadro de mandos con decenas de pantallas que monitorizan las principales ciudades. Todo sigue funcionando porque sus responsables no saben que es para mí para quien trabajan. Por eso aún albergan alguna esperanza.

Hasta hace horas, todo lo que aparecía en las pantallas era gente huyendo, llorando o robando. Ahora, las calles de todas las ciudades y pueblos del mundo están llenas de personas en silencio, mirando al cielo. Esperando que funcione el Plan A, que es al mismo tiempo el B y el C. La roca apareció de pronto en todos los telescopios, con apenas margen de tiempo para poder hacer algo. Aún así, los gobiernos decidieron unirse para lanzar cohetes cargados con bombas nucleares. Consiguieron fabricar o adaptar 23 cohetes. Era, y es, la última esperanza de la humanidad. Los cohetes se lanzaron hace casi 24 horas y están a punto de alcanzar su objetivo. Dentro de seis minutos para ser exactos. Eso es lo que todo el mundo observa. Sin un lugar para esconderse, si el plan de los cohetes sale mal, ¿no es mejor verlo en directo? Así que todos, como hormiguitas repartidas por todo el planeta, tienen levantada la cabeza hacia la enorme roca que alcanza ya casi el tamaño de la Luna. Esperan el impacto de las bombas nucleares y conservan ese pequeño resquicio de esperanza que a mi tanto me incomoda. Por eso he creado todo esto.


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Llevaba tanto tiempo pensando en algo parecido que el asteroide me pilló por sorpresa. Tenía escaso margen, pero me había ido labrando las amistades necesarias. Pedí todos los favores que se me debían y nadie protestó. Cuando el ser humano está sometido a mucha presión, puede conseguirse de él casi cualquier cosa. Todas las agencias estatales de todos los países del mundo tenían los ojos puestos en su propio miedo, en conseguir fabricar y enviar al espacio los suficientes cohetes para salvar a la humanidad. No tenían tiempo de pararse a mirar a su alrededor ni en hacer p r e g u n t as cuand o s e l es s olicitaba determinada información. Así conseguí acceso a varios cientos de armas nucleares en cada uno de los países que posee esa tecnología, y a sus códigos de activación. Moví tantos hilos como pude y éstos, a su vez, movieron los necesarios para darme el control de todo. Los gobiernos fueron incapaces de enterarse de lo que sucedía a su espalda. Si alguno notó algo, debió pensar que ya se preocuparían de ello más adelante, si es que había un “más adelante”. Quedan 4 minutos para saber si ese último esfuerzo mundial nos salva o no. No creo que lo haga, pero ese pequeño resquicio de esperanza me pone muy nervioso. Observo el cuadro de mandos. Aparecen y desaparecen cifras en cada una de las pantallas. Son los códigos de confirmación. Se introducen automáticamente y se ejecutan en los últimos instantes, para que no puedan ser desactivados. En el centro destaca una cuenta atrás que parece avanzar

más rápido, como si los segundos fueran resbalando por una pendiente cada vez más inclinada. Tengo una pantalla desde la que puedo observar el meteorito. Lo contemplo unos segundos y pienso en lo bello que es, en lo que significa en realidad. Pienso en cómo llegó el primero hace miles de millones de años para sembrar de vida la Tierra, y en cómo llega otro ahora (incluso podría ser el mismo) para volver al punto de partida. Volver a empezar de nuevo desde cero, como si lo hubieran enviado a propósito para deshacer lo que había salido mal. Una enorme goma de borrar abalanzándose sobre garabatos humanos, sobre líneas mal trazadas. Algo que cada Dios de cada religión había previsto y sobre lo que se nos había avisado. Los seres humanos, incapaces de unirnos, de crecer juntos, de olvidar diferencias de religión, política y cultura. Los seres humanos, todos, nos merecemos que nos borren, para volver a ser escritos. El cuerpo de mi secretario está en el centro de la habitación. Me giro para observarle, aún tiene los ojos abiertos. No estaba de acuerdo conmigo. No entendía que sólo quiero ayudar a completar el ciclo. Cada cierto tiempo la vida se extingue, y debe ser así. Hay que dejar de cultivar los campos en ocasiones para obtener mejores frutos después. Sólo quiero ayudar. Me acerco a él y le cierro los ojos. Pienso que fue lo más parecido a una familia que he tenido nunca. Se mantuvo a mi lado hasta el último instante, pero no pudo soportarlo. No podía evitar lo inevitable y no quería esperar a verlo. Es una pena, pero al menos no hará


falta limpiar el charco de sangre reseco del suelo. Me giro hacia la pantalla. La cuenta atrás está llegando a cero. Cuando lo haga, mientras miles de millones de personas miran al cielo esperando el milagro, bajo sus pies harán explosión casi todo el arsenal nuclear activo del planeta. No puedo correr el riesgo de que el meteorito falle. Sonrío, porque sé que soy el Plan B del asteroide. Diez segundos. No queda casi nada ya. Cruza por mi mente un instante de duda, pero desaparece pronto. Después, solo la luz.•

S

e qUIÉN

aL OTRO LADO DEL ESPEJO

(relatos)

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TOR áLVAREZ Nací en Oviedo el 7 de Enero de 1978 (A muy temprana edad , como nos contaba Groucho Marx). Empecé a escribir relat ivamente pronto (pero siempre despué s de empezar a leer). Desde entonces he id o publicando relatos y poemas en algunas we bs. Recibí un premio al m ejor relato, en el Instituto “La As unción”, en 1995, aunque lo había escrito algunos años antes. Desde entonces he re cibido varias mencione s en revistas como “Qué leer” y otras online como la prestigiosa “I nsomnia”. Auto-edité una novela corta de ciencia-ficció n, Superficie, que fue poste riormente finalista en los premios Ignotus de Ciencia Ficción de 2008 como mejor nove la corta del género. Últimamente he edita do dos libros de poes ía Tirando de la cadena y To do lo que no habrá, en la Editorial Poesía eres tú. En ambos libros he contado con prólog os de dos genios de la música y la composic ión, Carlos Chaouen y Paco Bello, respectiv amente. He colaborado escrib iendo el prólogo del libro de poesía de Paco Bello El olor de l bosque ha roto mi compu tadora. En la actualidad estoy escribiendo una nuev a novela y tengo vario s proyectos más en men te, entre ellos, reeditar Superficie.

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ez Sán EN RED: Héctor Álvar

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PROGRAMACIÓN ESPECIAL

OJEPSE LED ODAL ORTO La

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MAYTE SÁNCHEZ SEMPERE

—No lo acabo de entender... ¿esto es desde el futuro? —Eso es, en directo. —¿En directo desde el futuro? —Eso han dicho. —Pero no puede ser, en directo sería ahora y eso es el futuro... —Han viajado al futuro y están retransmitiendo en directo lo que pasa... bueno, lo que pasará. Sentados frente al televisor hablamos sin mirarnos, la vista fija en las imágenes que ofrecen para todo el mundo en un programa especial de interés general. Llevan dos días anunciándolo, el último éxito científico, lo más importante desde que el hombre pisó la Luna. —¿Cuándo es exactamente? —No lo han dicho, es El Futuro, en general...

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—Pero sabrán a qué momento han viajado. —Ellos sí, pero no quieren decirlo, es secreto. —¿Por qué? —Por las paradojas temporales, supongo. —Eso tendría sentido si hubiesen viajado al pasado, pero con el futuro debe ser otra cosa... si estuvieran en el pasado y cambiasen algo desapareceríamos ¿no? —Con el futuro también hay problemas. Podrían condicionarnos... —¿Condicionarnos? ¡Pero si están televisando el fin del mundo! —Por eso mismo, si nos dicen cuándo será podríamos enloquecer o algo por el estilo. En la pantalla se suceden imágenes apocalípticas. Desde la cápsula geoestacionaria los astro-tempo-nautas contemplan y retransmiten. Los océanos se levantan e


invaden los continentes a una velocidad vertiginosa, las manchas de tierra desaparecen tragadas por las aguas y unas nubes extrañas tapan poco a poco áreas cada vez mayores del planeta. —Pero ¿cómo saben que es el fin del mundo? —Habrán viajado más allá y habrán visto que no había nada… —Más allá... ¿cuánto más allá? —¡Y yo qué sé! El periodista que comenta las imágenes explica cómo las zonas más bajas han desaparecido por completo bajo las aguas y enuncia la lista de las ciudades más importantes afectadas por la inundación masiva. —¿Habrá supervivientes? —¿Del fin del mundo? Tú estás tonta... ¡es el fin del mundo, coño! —Vale, vale, no te pongas así.… —Si es que no haces más que preguntar tonterías. Parece que el agua hierve, la imagen se emborrona y desenfoca. Los astro-temponautas tratan de mejorar la emisión, reajustan las cámaras, enfocan hacia distintos puntos. —Y ¿por qué lo televisan? —Es noticia. —Pues no me gusta... si se va a acabar el mundo preferiría no saberlo. Me levanto y me voy a la cocina. Enciendo un cigarrillo y empiezo a hacer la planificación de menús de la semana. Abro el congelador y busco una bolsa de guisantes. —¡Cariño —grito desde la cocina—, hay que descongelar, esto está lleno de hielo! —Pues descongela...

aL OTRO LADO DEL ESPEJO

(relatos) La voz emocionada del locutor me llega amortiguada. Al parecer el agua sigue subiendo, tragándose todo. Traduce las palabras de los científicos: no se sabe de dónde procede tanta agua, es como si se dilatase, como si multiplicase su volumen hasta llenarlo todo. Lleno la olla de agua hasta la mitad, le echo dos cucharadas de sal y enciendo el fuego. Busco en la nevera los filetes de pollo y un huevo para rebozarlos. La olla está llena hasta el borde. El agua empieza a desbordarse... juraría que había puesto menos. Vacío la mitad en el fregadero y vuelvo a ponerla al fuego. Saco la harina del armario. La olla vuelve a estar llena. El agua se sale sin haber llegado a hervir, inunda la vitrocerámica y empieza a escurrir al suelo. Chapoteo en busca de la fregona. La olla sigue desbordándose, el agua mana sin control. —¡Cariño! —vuelvo a gritar, asomando la cabeza por la puerta del salón— ¿estás seguro de que eso es desde el futuro?•

qUIÉN emSAYTE sÁNCHEZ sEMPERE Cuentista y pinturera de nacim iento, siempre quise ser Saturnino Ca lleja, Gianni Rodari o José Ramón Sán chez. Me asaltó después la poesía, per o sigo contando cuentos a grandes y chicos. Algunos de ellos han sido publi cados en la antología Al Otro Lado Del Espejo (Narrando Contracorriente) de Ediciones Es calera. Para los más pequeños he escrito e ilustrado los cuatro títulos de la serie Pol ito, publicados por la editorial Edicions do Cu mio en castellano, gallego y catalán.

ez Sempere

EN RED: Mayte Sánch

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aL OTRO LADO DEL ESPEJO

(relatos)

LOS MICROS

AOLDE

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ESPECIAL FIN DEL MUNDO

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HIDRODINÁMICA

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O LA TRAYECTORIA

DE LOS FLUIDOS

INCOMPRENSIBLES MANUEL ESPADA

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(micros) Un gran tubo sobresale entre las dunas de la playa y desemboca en el mar. Dos fontaneros embutidos en un mono azul trabajan en la tubería. El más rechoncho lleva un palillo en la boca. El otro mete el dedo en un agujero de la cañería. FONTANERO 1: Vas a subir el nivel de las aguas.   FONTANERO 2: ¿En qué te basas?   FONTANERO 1: Según el principio de Pascal, la presión ejercida en cualquier parte de un fluido incompresible y en equilibrio dentro de un recipiente de paredes indeformables, se transmite con igual intensidad en todas las direcciones y en todos los puntos del fluido, con lo que acabarás desbordando el mar con una simple presión de tu dedo índice.   FONTANERO 2: El agua es un fluido incomprensible…

El fontanero 2 saca el dedo de la tubería, produciendo un gigantesco eco de pompa rota. Una gran resaca retira las aguas del océano Atlántico y se repliegan varios kilómetros hacia dentro para, a los pocos segundos, restallar en un estridente ruido de olas incontrolables.•

qUIÉN eS

mANUEL eSPADA (Salamanca, 1974), es Licenciado en Periodismo y Máster en Radio. Lleva quince años trabajando como guionista en programas de entretenimiento y ficción de RNE, TVE, Antena 3, Telemadrid y Telecinco, donde trabaja actualmente. Ha publicado la obra de teatro El tercer día, el libro de humor Un poquito de por favor (Temas de hoy), los libros de relatos El desguace (premio Editorial Grupobúho), Fuera de temario (Talentura) y el libro de microrrelatos Zoom. Ciento y pico novelas a escala (Paréntesis). Ha ganado el II certamen de “Relatos en Cadena” de la SER y el II certamen de microrrelatos de la “Revista Eñe”, entre otros premios. Actualmente trabaja en su próximo libro, Personajes Secundarios. EN RED: La espada oxid ada

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S

on las doce horas, un minuto y quince segundos y todo sigue igual. Necesito pensar con urgencia la manera más convincente de pedir perdón a mi jefe; además de muchas verdades, le dije una ristra de lindezas que ahora pueden costarme muy caras. Luego está lo de mi chica, aunque eso se presenta más fácil: un ramo con sus flores favoritas. Trescientos mensajes diciéndola que la quiero y jurarle por lo más sagrado que no está gorda. El tema de los colegas puede esperar. Ya encontraré la forma de que vuelvan a creer en mí si realmente me hicieron caso y dilapidaron todos sus ahorros ayer. Pero lo que debe concentrar todas mis energías, lo más importante, es convencer a mi madre para que siga llenándome el depósito del coche, planchándome las camisas y dándome sus tupper con las lentejas. De no llegar a conseguirlo, el fin del mundo, el verdadero fin del mundo habrá llegado para mí.•

pALOMA hIDALGO

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PALOMA HIDALGO

21 DE DICIEMBRE DE 2012

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qUIÉN eS

Madrileña por nacimiento y ciudadana del mundo por vocación. Apasionada de la lectura y de la escritura, compagino pintura y literatura. Participo en certámenes literarios desde hace dos años y desde entonces he acumulado más de sesenta menciones y premios de relato, microrrelato y poesía. Puedo destacar haber obtenido el primer premio en los siguientes concursos: En el III certamen de relatos “Los hermanos” de Aldeas Infantiles; en el VII certamen de microrrelatos mineros Manuel Nevado; en el III Certamen de escritura rápida de Valdesaz, en el certamen de microrrelatos de la SER de Madrid en la semana del 20 de Mayo de 2010, en el de la SER de Castellón en marzo 2011, en el II certamen de Fare, en el de microrrelatos navideños de La SER de Madrid, en el de Puente de Letras, entre otros.

EN RED: Un libro es un jardín de bolsillo


PABLO LÓPEZ CORTINA E

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DIES IRAE

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(iLUSTRACIÓN DE rAFAEL aRJONA)

l despertador al fin le hizo abrir los ojos.

Muerto de sueño, miró la hora: no podía creer que ya fuera 2012. Se irguió y alzó Su Mano hacia la bóveda celeste, buscando a tientas el maldito interruptor.•

S e N É I

nas. . e Las Lla e cámara d d a a y ic la s p ú rid. A N I violín y m Asturias, junto a la ente lo es en Mad T e R d O r c io r Z e lm PE n, up pABLO LÓ sturias, es profesor s os en Muros de Naló en Santander y actuaa cine y la poesía. A r ia ñ Nació en otel durante dos a señanza secundar la composición pa orVenir (2012), n h l, e a n e tas P ic Dirigió u música d ción mus b (2011) y Tres Poe e a d t e r r o p s r e e f t ro in lu Ha sido p la docencia con la logías Bukowski C o a t n Compagin o poemas en las a EN RED: Soy tan idiota que soy poeta d a c li s. Ha pub Edicione a ll a n a de C

qU

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LA NIÑA

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PEDRO LUIS MARTÍNEZ MANJARÍN

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(iLUSTRACIÓN DE eLOÍSA sÁNCHEZ)


El relato “La niña” está incluido en Diarios de guerra.

N eS

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pEDRO LUIS mARTÍNEZ mANJARÍN

(14 de Octubre del 1964) Desde muy joven me atrae todo lo relacionado con el arte y la historia. Trabajé en una escuela taller dedicada a la restauración y rehabilitación de edificios históricos. Allí tuve la oportunidad de aprender lo básico en labrado de piedra, forja del metal, vidrieras y más a fondo, la ebanistería y talla de la madera. Desde finales del año 2009, comencé a escribir tanto poemas como relatos cortos en prosa y, en el 2010, creé un blog personal para publicarlos: Alef-Thau: A las puertas del invierno. También colaboro eventualmente en el suplemento dominical de cultura del diario venezolano “Maturín”. Participé en un concurso de relatos cortos convocado por Latin Heritage Foundation, siendo incorporado mi relato, junto a varios autores más, al libro Hijos de la pólvora: Antología de Relatos Hispanoamericanos. En el año 2011 publiqué, como coautor, el libro Anecdotario del Rock, las anécdotas más absurdas de la historia del rock. En la actualidad, sigo escribiendo y pintando para mi satisfacción personal.

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M

e acerco al árbol y observo a la niña jugar. Pasan entre sus delicados dedos, sucios, blancas cacerolas. Diferentes tamaños, demasiado grandes para sus imaginarios comensales. Se llenan y vacían de imaginarios condimentos. Tierra que simula harina, hierbas que son verduras y el agua en la imaginación, esta tierra árida no permite ese malgasto. Pasa un pequeño rebaño de cabras, tres aquí es rebaño, dibujando sus osamentas en la reseca piel. El polvo que levantan amarillea por un momento a la niña con sus blancas cacerolas. Levanto la vista hacia el sol, ni una nube en kilómetros a la redonda. La llanura devuelve el calor y hace bailar las figuras de los pocos árboles, supervivientes, que se ven a lo lejos. Dejo atrás la bendición de la sombra y camino hacía la niña. Le ofrezco un chicle de mi tableta, aún me quedan dos, suficientes para amanecer un nuevo día. Su sonrisa plagada de enormes y blancos dientes oculta la tragedia del entorno. Miro de nuevo esas cacerolas blancas, delicadas... demasiado enormes. Me vienen a la mente ollas de cerámica impolutas en su albura. Recojo la mochila y mi fusil. Camino hacia el blindado donde aguardan mis compañeros. Subo al vehículo y, mientras rueda por la llanura, cierro los ojos y olvido. No quiero recordar que esas cacerolas blancas, delicadas, de distintos tamaños, no tienen tapa que proteja la comida que, la imaginación de la cría, prepara en ellas. De tener tapa, estaría coronada por dos cuencas y una fila de blancos y grandes dientes cerrando las ollas-calavera. Es el fin del mundo en una tierra que agoniza en silencio, donde la muerte solo es un juego entre las pequeñas manos sucias de una niña y los invisibles espíritus invitados a su mesa.•

qUIÉ

o EN RED: Alef-Thau: A las puertas del inviern 43


RATTUS RATTUS XAVIER BLANCO L

(iLUSTRACIÓN DE bEATRIZ cHAVES)

as criaturas todavía dormitan. La madre cabizbaja ausculta sus respiraciones pausadas y observa sus diminutos cuerpos sombreados por la luz mortecina de las bombillas. Intenta sonreír, pero una mueca quebrada corta su cara. No es fácil vivir en un pasadizo oscuro y respirar ese olor descompuesto que invade cada resuello de sus existencias. Los pequeños se remueven en el jergón regurgitando sueños. Pronto abrirán los ojos y sus anatomías famélicas berrearán sustento; no hay más evasivas, tendrá que salir, pero sabe que ahí fuera faltan basuras para tanto apetito. Ya no son los gatos o esos perros desnutridos, ahora también hay que hostilizar contra los humanos —esos seres harapientos, cercados por el miedo, capaces de matar por un trozo de carne podrida—. Los retoños, ya despiertos, lloran. El eco de la memoria martillea el silencio del túnel: ella husmea el olor de la muerte, que avanza sigilosa disfrazada de hambre. En su mente resuenan las historias que relataba el abuelo, cuando sus ancestros, engalanados por el manto de la peste negra, hacían bailar al mundo la danza de los esqueletos.•

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qUIÉN e

Nací en Barcelona. Te ngo tres hijos, y no m xAVIER bLANCO e dedico profesionalm con las letras. Siempr ente a nada que teng e me gustó escribir, a que ver pero en la escuela no ni los de poesía. En ganaba los concurso estos últimos meses s de redacción, he tenido algunas sa finalista o ganar algún tisfacciones, de esas concurso: Wonderla qu e te dan ser nd, Lamicrobibliote Relatos sobre Abo ca, Relatos en Cad gados... ena Ser, Me deleita caminar sin rumbo, con el norte perdido y rondar el rostros que me ilum silencio de la multitud inen. Auscultar las ol , buscando as de l mar acariciando la abate camino del ho orilla y observar cóm rizonte. Me gusta re o el sol se novar constantemen inventar cada momen te la memoria, revivi to, cada intervalo, ca r lo s re cuerdos, da instante. Siempre imágenes, risas, sens indagando ideas, dest aciones que carguen ellos, ráfagas, mi pluma. Viajar a lo mirando el mundo de mos de un unicornio sde arriba, sin cercas ala do, , sin vallas, sin camin los deseos siempre lle os que me coarten. La na. Un cielo azul y un bolsa de papel en blanco, mis Mis textos, quitando tesoros más preciad algunas pequeñas re os. copilaciones en pape encontrar en las sigui l, viven en la red, me entes páginas: “La E po déis sf era Cultural”, “El M breves”, “Químicam icrorrelatista”, “Breve ente Impuro”… s no tan

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EN RED: Caleidoscopio


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2º CONCURSO DE MICRORRELATOS aL OTRO LADO DEL ESPEJO EN fACEBOOK (RELATOS DEL FIN DEL MUNDO)

DESPUÉS DEL ÉXITO DEL PRIMER CONCURSO DE MICRORRELATOS, aL OTRO LADO DEL ESPEJO LANZÓ UNA VEZ MÁS EL GUANTE A SUS LECTORES, ORGANIZANDO EN SU MURO DE fACEBOOK UN NUEVO CONCURSO. EL TEMA ELEGIDO, COMO PODRÉIS IMAGINAR, ES DE LO MÁS ORIGIN AL: EL FIN DEL MUNDO. Y EL GANADOR ES...

SIN MÁS...

CHICA METÁFORA

(fOTOGRAFÍA DE jORGE cOCO sERRANO)

U

n escalón, cien escaleras, una cuesta, laberinto de “síes” y “noes”. Manos que se agrietan y espaldas cansadas, sudor que se convierte en esencia en el descansar de la noche oscura. Siete días de una semana simplificados a cinco de trabajo, consumidos al máximo para llegar a disfrutar con delicadeza de la nimiedad del fin de semana. Montados en el Planeta mientras se destruye y lo autodestruimos a patadas con los derechos y deberes de nosotros mismos. Pasa, paso, y reposamos. Todo con cheque en blanco, pensando que nada es efímero en el infinito de la edad del mundo. Los titulares hacen poso en las hemerotecas y cerramos el ordenador a las doce; ya sábado. ¿Qué pasará mañana? Pospongo la vida hasta el lunes, no creo que nada cambie, ni de modo, ni de forma, ni de sitio. Repetimos hasta morir. En la cama, despertar matutino de domingo, en mi egoísmo de humana resentida, donde me huele a dos tostadas y a zumo de naranja recién exprimido, donde el café nos silba desde la cocina y mientras las sábanas abrigan la desnudez, no veo otro fin del mundo que no sea el día en que este momento no lo pases conmigo.•

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EN RED: Chica Metáfor


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LOSILUSIONISTAS

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(nos ilustran)

fERNANDO nAVEIRAS gARCÍA (EN PORTADA)

Criado en el Cementerio de la Almudena de Madrid, empieza dibujando extraterrestres de grandes ojos para después trabajar de diseñador gráfico e ilustrador en distintas agencias, de lo que queda muy escarmentado, decidiendo a partir de entonces dibujar por libre o por encargo. No es un artista (denominación que odia), es un dibujante al que puedes acudir para que plasme gráficamente y a su estilo tus inquietudes o caprichos. EN RED: http://www.daroca90.blogspot.com

jOSÉ LUIS LÓPEZ aNAYA (pág. 21)

Nací un mayo de 1970 en Figueras (Gerona), soy Licenciado en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, ejerciendo como profesor de Educación Física en un centro de secundaria. Dibujar se ha convertido en mi forma de sentir la vida. En cada trazo va una parte de esos sentimientos que hacen de la realidad un sitio donde el color entrelaza las relaciones entre los estados de ánimo y las situaciones de la vida, o donde unas líneas invitan a dejar volar la imaginación. Hasta ahora he realizado tres exposiciones y mis dibujos han sido utilizados en revistas digitales y en el interior o como portada de un par de libros, si bien estos se han empeñado en vivir en la red, en el blog de amigos microrrelatistas y en el mío propio. EN RED: http://www.dididibujos.blogspot.com

aRNULFO oRTEGÓN mARTÍNEZ (págs. 31 y 33)

Nací el 7 de diciembre de 1991. Me saqué el graduado ya que queria terminar lo más rápido posible los estudios y dedicarme a lo que más me gusta: dibujar. Con 16 años entré en la ESDIP. Desde entonces sigo dibujando y aprendiendo cosas nuevas. EN RED: http://www.dibujos-arnul.blogspot.com

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(nos ilustran)

rAFAEL aRJONA (pág. 41) (Barcelona 1966) Cursó Artes y Oficios en la Escola Massana. Se dedica a la ilustración pero sin olvidar otras disciplinas como la pintura o el diseño gráfico.Ha realizado trabajos de Ilustración para diversas editoriales como Edebé, Teide, Casals, 3.14 Servicios Editoriales, MC, Camaleón Ediciones, C.O.S, etc, así como trabajos de diseño e imagen corporativa para Press-com, Eurogourmet, Moltredi, Tastery, La Galletería, y ArtFrei, entre otros. EN RED: http://www.rafaelarjona.net eLOÍSA sÁNCHEZ (pág. 42) Nací en Madrid, en 1971. Estudié Diseño Interior en la Escuela de Arte nº4 de Madrid. El dibujo, técnico y artístico, siempre ha formado parte de mi vida. Actualmente, junto a mi hermana, desarrollo mi creatividad en “Garabatea ilustra” a través del dibujo y la costura. EN RED: http://www.garabateailustra.blogspot.com

bEATRIZ cHAVES (pág. 45) (Torre del Mar, Málaga, 1982) Doctora en Dibujo, Diseño y Nuevas Tecnologías por la Universidad de Granada, en la actualidad vive y trabaja en Madrid como profesora de diseño gráfico. Esta ilustración es un fragmento del trabajo fresco y de gran intensidad que durante años ha llevado consigo la autora. El Centre D´Art Contemporani ADDAYA actualmente exhibe una de sus obras a través de la exposición colectiva IN SITU. EN RED: http://www.beatrizchaves.com facebook.com/people/Beatriz-Chaves/ jORGE cOCO sERRANO (pág. 47) Perú (1974). Radica en España desde el 2004. Es comunicador social, guionista, poeta y fotógrafo. En Madrid trajo al mundo a su primer poemario: Cotidianidades esquizofrénicas con la editorial Amargord. Ha expuesto en distintas oportunidades: “Fotopoesía” en donde mezcla poesía, fotografía, música y teatro. Forma parte de “Lavarca ebria”, colectivo itinerante de poesía. Piensa que la fotográfica es el medio instantáneo para capturar poesía, ya sea, en la cotidianidad absurda de la vida, en la sensualidad femenina o en la singularidad de la muerte. Está a punto de sacar su segundo poemario, Poébrica, en el cual incluye fotografías y extraños dibujos de personas raras, malvadas y buenas. Aún no ha muerto, pero está en eso. EN RED: http://www.flickr.com/photos/jorgeserranopinto/ http://www.facebook.com/jorgecocoserrano http://www.photocritiq.com/groups/?action=profile

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(agradecimientos y recepción de textos)

GRACIAS, GRACIAS DE NUEVO. GRACIAS, MIL GRACIAS A LOS ESCRITORES E ILUSTRADORES QUE NOS HAN CEDIDO SUS TEXTOS, FOTOGRAFÍAS Y DISEÑOS, PORQUE SIN ELLOS NO SERÍAMOS NADA. gRACIAS TAMBIÉN A LAS LIBRERÍAS Y CENTROS CULTURALES QUE NOS HAN DADO ESPACIO Y TIEMPO PARA LLEVAR A CABO NUESTRAS PRESENTACIONES, A LOS MEDIOS, A LOS HOMBRES Y MUJERES QUE HAN DIFUNDIDO NUESTRA EXTRAÑA EXISTENCIA Y A TODOS AQUELLOS QUE HAYAN ACCEDIDO DE ALGÚN MODO A LA REVISTA HACIÉNDOLA CRECER CADA DÍA Y TRANSFORMÁNDOLA EN ALGO GRANDE. LO REPETIMOS BIEN ALTO. una vez más.•

gRACIAS

al otro lado del espejo se alimenta de vuestros textos.

Es una ventana abierta para vosotros, cultivadores de lo breve. Envío de colaboraciones: revista.alotroladodelespejo@gmail.com Las colaboraciones deberán enviarse por correo electrónico como archivo adjunto y en formato Word. Los cuentos, microrrelatos y reseñas de libros, que serán originales (de eso se responsabiliza cada uno), tendrán una extensión máxima de dos DIN A-4 por una sola cara (cuento) y 200 palabras (microrrelato), escritos a 1,5 espacios en letra Times New Roman de 12 ptos. Cada autor podrá enviar cuantos cuentos o microrrelatos crea conveniente, aunque su envío no compromete a esta Redacción a su publicación. No obstante entrarán a formar parte de nuestro archivo de originales para próximas ediciones, previo consentimiento vuestro. En su momento, los órganos de selección de la revista decidirán sobre la publicación o no de los originales recibidos, independientemente de colocarlos en el blog. Los textos publicados en esta revista son propiedad de sus autores y están debidamente protegidos conforme a la legislación internacional. No pueden ser reproducidos sin permiso expreso por escrito de los autores.•

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Profile for Gsús Bonilla

AL OTRO LADO DEL ESPEJO ESPECIAL FIN DEL MUNDO  

Revista literaria estacional dedicada al relato y la ilustración. Número especial dedicado al FIN DEL MUNDO.

AL OTRO LADO DEL ESPEJO ESPECIAL FIN DEL MUNDO  

Revista literaria estacional dedicada al relato y la ilustración. Número especial dedicado al FIN DEL MUNDO.