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PUBLICACIÓN CULTURAL DE “LA INDUSTRIA” Chiclayo-Trujillo (Perú), noviembre de 2012. Año 34 No 407

UN ARTISTA, UN POETA: Y

ANTONIO

CARLOS

CISNEROS

BARDALES


Homenaje

Antonio Cisneros (1942-2012)

El último de los beatniks Guillermo Niño de Guzmán ntonio Cisneros era un poeta a carta cabal y, sin embargo, no lo parecía. En todo caso, su imagen no coincidía con la del lugar común: es decir, el poeta como un individuo frágil y melancólico, torpe y despistado, que vive en las nubes. Por el contrario, Toño era un hombre fuerte y orgulloso, muy seguro de sí mismo, ejecutivo y pragmático, con los pies bien firmes sobre la tierra. Tal como dijo en una entrevista, “la literatura es importante, pero no me come la vida como a algunos colegas que no sa-

ben cuánto cuesta el pan ni dónde para el ómnibus”. Inteligente, rápido y sagaz, Toño tenía un verbo afilado que daba en el blanco sin pestañear. Su actitud recordaba la mirada alerta e inquieta de un gallo, siempre dispuesto a dar la pelea. No es que fuera belicoso, pero perdía la paciencia con los tontos y los necios. Más aún, detestaba a los quejumbrosos y llorones. Quizá por ello se inclinaba por la finura y sutileza de Eguren y Westphalen antes que por un Vallejo doliente y des-

El poeta Antonio Cisneros visitó Chiclayo en varias oportunidades. En junio de 1995 llenó el Teatro 2 de Mayo junto con Alfredo Bryce Echenique, con el que hizo una gira por el norte del país.

Certificado de Depósito Legal Nº 2001-2957 Nº de Registro del Proyecto Editorial 31401001000491

Publicación Cultural de La Industria Editado e impreso por: Empresa Editora La Industria de Chiclayo S.A. Nº 407 AÑO XXXIV

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Dirección y Edición María Ofelia Cerro Moral Fundadores = Nicanor de la Fuente Sifuentes Glicerio García Campos Jorge Eduardo Eielson Colaboraciones en Trujillo Luis Eduardo García Colaboraciones en Lima Antonio Cisneros Guillermo Niño de Guzmán

carnado. Desde luego, no ignoraba la contribución singular del autor de “Trilce”, sino que cuestionaba sus lastres de sensiblería, su “tristeza machacona”. Una vez, en casa de Javier Sologuren, fui testigo de un curioso diálogo con Eielson, quien visitaba el Perú por última vez, a fines de 1987. “Sabes, Jorge Eduardo, yo creo que tú eres mejor poeta que Vallejo”, le confesó Toño. Eielson se sintió incómodo y se ruborizó: “¿Qué quieres que te diga? ¿Cómo puedes decir una cosa así?”. Cisneros, sin inmutar-

se, repitió el elogio. Un elogio que, al provenir de alguien que no hacía concesiones cuando se trataba de poesía, solo podía ser veraz. Con el tiempo entendí que el rechazo de Toño no era literario sino de otro cariz: se resistía a aceptar el mito de Vallejo como víctima de la sociedad y su imagen de vate pobre, enfermo y abandonado. “Pero, ¿cómo iba a ser de otra manera? -me dijo-. ¡Si Vallejo nunca trabajó!”. En su opinión, ese retrato miserable perjudicaba el oficio. De ahí su

Otra presentación apoteósica: Cisneros acompaña a Julio Ramón Ribeyro en el mismo escenario el 2 de mayo de 1993. Ambos fueron presentados por María Ofelia Cerro, directora de Lundero.

Javier Silva Meinel Luis Enrique Tord Mario Vargas Llosa Rafael Vargas Diagramación Staff Lundero (Chiclayo) © Los contenidos de Lundero no pueden ser reproducidos total ni parcialmente sin autorización de la editora.

noviembre de 2012

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Carátula: Mikael, obra mixta sobre tela (195 x195 cm) de Carlos Bardales. Con su última exposición, en la galería Enlace de Lima, el artista ha confirmado su madurez expresiva. Dueño de un lenguaje y estética propias, su trabajo incide en el universo mitológico, ritual y religioso de nuestro legado cultural desde una perspectiva contemporánea. Esta edición está dedicada a Antonio Cisneros, quien falleció el 6 de octubre último. Poeta y periodista de altos vuelos, mantuvo un vínculo muy estrecho con esta publicación y el norte peruano.


esfuerzo por demostrar que un poeta podía ganarse el sustento como cualquier otro ciudadano digno, lo que lo llevó a asumir una diversidad de ocupaciones (como profesor, traductor, hombre de prensa, radio y televisión, promotor cultural). Entre tanto, fue capaz de desarrollar una de las propuestas más innovadoras de la poesía hispanoamericana y llegó a alcanzar un reconocimiento unánime, poco habitual. Admirado y traducido a varias lenguas, honrado con varios premios y distinciones, en sus continuas giras por otros países era aclamado por una legión de fervorosos seguidores como si fuese una figura del espectáculo. Y, claro, Toño no solo leía muy bien sus poemas, sino que contaba con un dominio de escena excepcional. A lo largo de su carrera, Antonio Cisneros siempre fue consciente de sus posibilidades creativas y acometió su tarea con honestidad. Nunca publicó por el mero hecho de mantenerse en el candelero. Siguió el principio de dar un libro a la imprenta solo si tenía algo importante que expresar. De otro modo, prefería quedarse callado. Dueño de un estilo propio desde muy joven, su originalidad y la rotundidad de su voz asomaron en una época de cambios trascendentales como fueron los sesentas. Cisneros impuso un lenguaje distinto, marcado por la ironía y la parodia, donde el tono coloquial alternaba con referencias cultas. Su frescura e irreverencia significaron no solo una ruptura acorde con el espíritu

de su tiempo, sino la asunción de una nueva manera de hacer poesía y de enfrentarse al mundo. Toño vivió a plenitud, con frecuencia hasta rozar el límite. Había en él algo de viejo beatnik, de rebelde que se resiste a claudicar. Sencillo y ajeno a la solemnidad, confraternizaba fácilmente con la gente (no importaba si no lo habían leído, bastaba con que supieran que era el Oso Hormiguero de la radio). Gran conversador, unas cervezas podían ser el pretexto para iniciar animadas charlas en las que nunca hablaba de literatura sino de fútbol, comida o las ocurrencias de sus nietos. Sabía de todo, o pretendía saberlo. Cuando se entusiasmaba, cantaba valses criollos con una voz aguda, un tanto desafinada, pero llena de senti-

Aficionado al fútbol desde su infancia, Cisneros fue un hincha entusiasta del club Sporting Cristal.

El poeta con el autor de la nota, en un restaurante de Huanchaco, en 1995.

El presidente de Chile, Sebastián Piñera, le entrega al escritor peruano el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2010.

miento. Tendía a ser cálido y afectuoso, aunque a veces no podía con su genio y sacaba a relucir su implacable sarcasmo. Antonio Cisneros fue ejemplar en la hora de su muerte. En alguna oportunidad me había dicho que quería morir rodeado por sus seres más queridos. Y así fue. Pasó sus últimos días en la casa de su anciana madre, donde pude verlo la noche de su fallecimiento. Su estoicismo me conmovió. Estaba lúcido, extrañamente sosegado. Insistió en hablar largo rato, pese a su debilidad. En determinado momento, alzó los ojos y me dijo: “¿Sabes que este era mi cuarto? Y ahora voy a morir aquí, en el lugar de mi infancia. Es como volver a los orígenes…”. Raro privilegio, que solo podía serle concedido a un poeta tocado por la gracia. Es difícil morir, pero se aprende.

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Homenaje

En Londres, el poeta Cisneros ha sorteado dos amenazas Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa recibió a Antonio Cisneros en la estación Victoria de Londres, cuando el poeta llegó a esa ciudad en 1967. Hasta entonces solo se habían conocido por carta y, a partir de ese momento, entablarían una amistad basada en la admiración mutua, como se desprende de este artículo escrito por Vargas Llosa para celebrar el premio Casa de las Américas de Cuba-muy prestigioso en esa época- que Cisneros obtuvo en 1968. La nota apareció en la revista Caretas Nº 381, el 26 de setiembre de 1968.

or primera vez un peruano ha ganado uno de los premios literarios que convoca anualmente la Casa de las Américas de La Habana, y en condiciones que significan una auténtica consagración internacional: entre 211 concursantes y por unanimidad. El Jurado que concedió el Premio de Poesía a Antonio Cisneros (por un libro presentado con el espartano título de En memoria, pero que se llamará, más risueña y felizmente, Canto ceremonial contra un oso hormiguero) estuvo integrado por la salvadoreña Claribel Alegría, el ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, el colombiano León de Greiff, el chileno Juvencio Valle y el cubano FayadJamís, poetas de generaciones distintas, de convicciones estéticas poco conciliables, por lo que la coincidencia en este fallo, que asegura a Cisneros, además de una recompensa de mil dólares, una edición de varios miles de ejemplares, resulta todavía más significativa y honrosa. Todo esto es, sin duda, muy halagador para la poesía peruana, que, con la excepción de Vallejo, sólo en contadas excepciones ha alcanzado otros públicos y ha vivido dentro de las fronteras nacionales, enclaustrada y heroica, gracias a ralos puñados tenaces de creadores que eran también –o poco menos- sus únicos lectores. Pero lo es más, el hecho de que este premio, que brinda notoriedad y audiencia americanas a un joven poeta peruano, haya recaído en un libro de poesía excelente y singular, en la que admirablemente se condensan la observación inteligente y la dicción elocuente de la realidad que preocupa al poeta, la libertad 4

El poeta en un recital en la ciudad de Rotterdam en 1972, donde fue aclamado como si fuera un cantante de rock.

con que éste desvela sus nostalgias, sus cóleras, sus dudas y ambiciones íntimas , y la felicidad imaginativa y la seguridad verbal con que proyecta la descripción de su mundo personal en el plano de auténtica creación, es decir de intuiciones universales y formas artísticas originales y bellas. Antonio Cisneros nació en Lima, en 1942, estudió Literatura en la Universidad Católica y en San Marcos –también nueve desganados meses de Derecho-, fue profesor de castellano en la Universidad de Ayacucho y ha publicado tres colecciones de poemas: Destierro (1961), David (1962) y Comentarios Reales (1964). Por este último libro obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 1964. El año pasado vino a Londres, con la beca Javier Prado, y es actualmente lector de español en la Universidad de Southampton, en la que pasa tres días por semana, adoctrinando pérfidamente a sus alumnos para que descuiden los estudios literarios españoles y se ocupen más de autores latinoamericanos. Largo, afectuoso, casi escuálido, apasionado de la literatura y la amistad) los poemas de su último libro están dedicados a sus compañeros de generación, y dos de ellos tienen como motivo profundo la amistad), ha viajado por Francia y España, y asistió, hace poco, al Congreso Cultural de La Habana, de donde vino conmovido. En las desvaídas, destempladas mañanas de

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este punzante invierno británico, resultaba muy grato y cálido demorarse con él, en los inhóspitos locales de las inmediaciones de Earl´sCourt, conversando alrededor de unas ácidas tazas de té. Dos reacciones extremas amenazan a los jóvenes sudamericanos que llegan a Europa: una feroz melancolía provinciana que los catapulta en la soledad y en la neurosis más paralizantes, o en una euforia ecuménica de bárbaros hechizados por los prestigios más artificiales y llamativos de la vida bohemia, que lleva a perderse, a disolverse en un cosmopolitismo invertebrado e irreal. Cisneros ha sorteado felizmente estas dos trampas, y aunque corta, su experiencia europea le ha sido sumamente provechosa: ha ensanchado su visión del mundo, ha disciplinado su vocación, ha fortalecido espiritual y emocionalmente su personalidad de creador. La trayectoria de este enriquecimiento puede advertirse con nitidez en las tres partes que componen Canto ceremonial contra un oso hormiguero. La más antigua, es una versión más ceñida y castigada de un poema que apareció en una revista limeña hace tres años: “Crónica de Chapi, 1965”. El título alude a una matanza de campesinos operada por las “fuerzas del orden” en la época de las guerrillas, y el poema es, en el fondo una elegía, un canto fúnebre a


frente al mar, sobre arenales candentes. Esta facultad de trasponer en alegorías poéticas, en construcciones verbales independientes, en objetos artísticos autónomos, las preocupaciones que conforman su mundo interior, alcanza en la tercera parte del libro de Cisneros –casi todos son poemas escritos luego de su salida de Lima- un desarrollo notable. Doce poemas integran “En memoria” y todos ellos constituyen, por separado, una flagrante hazaña creadora. Incluso el menos importante de ellos, el que da titulo al libro – una abominación de humor negro contra un “oso hormiguero”, que puede ser un ser particular, o el mundo de la maledicencia y el chisme limeño, o la simple estupidez humana- es una pieza maestra de dominio verbal, de coherencia intelectual y soltura rítmica. Hay un elemento racional que prevalece siempre en los poemas de Cisneros, un control riguroso de la razón sobre Antonio Cisneros es una de las voces más descollantes y originales de la la imaginación y las emociones, y ésta es uno de los Generación del 60. Su obra ha influido decisivamente en la poesía en lengua española a ambos lados del Atlántico. factores de la originalidad de su poesía, en un mundo, como el de la poesía de lengua española, donde la una prisión, en la que el poeta se siente encarcelado, tendencia predominante es más bien la contraria. como Jonás en el vientre del soberbio mamífero mari- Pero el hecho de que las ideas desempeñen un papel no, a oscuras y enterrado vivo en el corazón de un hor- primordial en su poesía, no ha restado en ésta ni osamiguero, condenado a morir víctima de esa araña que día imaginativa ni ha mermado su vitalidad. Al con“almuerza todo lo que se enreda en su tela”. Intensa trario: en poemas como “Paris 5 e” y “Karl Marx Died porque el poeta sufre en carne propia ese encierro des- 1883 Aged 65”, el desarrollo de una meditación pertructor que contamina también la vida de su tribu (“Y fectamente lógica, cobra una jerarquía artística sobreestoy por creer que vivo en la barriga de alguna balle- saliente porque cada uno de los pensamientos que la na/ con mi mujer y Diego y todos mis abuelos”). Pero componen genera imágenes, asociaciones inesperadas se trata, asimismo, de una realidad estrecha, limitada e insolentes, se dispara en direcciones múltiples de la por implacables barrotes. Los seis poemas son variacio- realidad, en fantasías oníricas, en símbolos, en metáfones –sumamente hábiles, lúcidas, imaginativas- sobre ras, sin que estas audacias desvíen u opaquen el transun tema único: el disgusto de una sociedad hostil, el re- curso de la reflexión. El tema solitario de “Animales chazo de esa vida que lo atenaza como una camisa de domésticos” se ha convertido ahora en un abanico fuerza, y que le ofrece, como única y furtiva compensa- vasto que abraza temas múltiples: una melancólica ción, un placer animal: abrazarse bajo el sol, tumbado evocación ominosa de Lima, un examen de conciencia ante una amistad que se ha roto, las primeras impresiones europeas, una averiguación de las luchas, dudas y pasiones políticas que agitaron los años de adolescencia, añoranzas personales y paisaje de la ciudad abandonada un año atrás, una interrogación ante el problema de la cultura y el destino de América, una definición frente a Cuba. Individuales o colectivos, culturales o políticos, los temas que constituyen la materia de estos poemas se encarnan siempre en formas verbales compactas, de ejecución tan perfectamente adecuada al pensamiento y la emoción que los informa, que se emancipan totalmente de la experiencia particular del autor. El verso -casi siempre largo, de música grave y adusta- adopta a veces un tono confidencial, suavemente patético (“Yo vi a los manes de mi generación, a los lares, cantar en ceremonias…”); otras, es irónicamente marcial (como cuando el poeta evoca sus luchas contra la modorra, a la que corporiza en un monstruo zoológico, el Rey de los Enanos): otras se disfraza de fábula mítica, canto religioso o soliloquio. Esa diversidad, sin embargo, no revela una búsqueda, sino la riqueza de movimientos, la flexibilidad de matices y maneras de una voz que ha conquistado El premio Casa de las Américas 1968 catapultó la carrera del autor peruano. En la foto, posa en una calle de La Habana vieja junto con el historiador Alberto una poderosa u original madurez. Flores Galindo, el sociólogo Sinesio López y el cineasta Alberto "Chicho" Durant.

esas víctimas, pero su apariencia inmediata es la narración grave, impersonal, de una marcha sonámbula y heroica: un grupo de combatientes avanza, perseguido, por el paisaje frugal y muy áspero, que a alguno de ellos le recuerda el mar, con un fondo de lamentos indígenas. Aunque ninguna declamación, grandilocuencia o arrebato lírico interrumpe la severa, escueta relación, a veces, bajo la contenida solemnidad de las palabras, entre los acentos casi religiosos y la monotonía lúgubre del ritmo, asoma, en un sarcasmo hiriente, en una imagen lapidaria, el sentimiento de ira y de solidaridad honda que mueve la mano del poeta, en estado puro, disociado del mundo verbal, enfrentado a él. Esos momentáneos desajustes entre emoción y expresión, no frustran el poema, que tiene el mérito de conseguir casi siempre comunicar la pasión con una belleza discreta y digna, pero conviene mencionarlos para destacar más el logro posterior de la poesía de Cisneros: el perfecto equilibrio entre las ideas y emociones y la palabra poética que las expresa. La segunda parte del libro reúne, bajo el título de “Animales domésticos”, media docena de poemas –algunos aparecieron en la revista “Amaru”- más breves y menos ambiciosos temáticamente que “Crónica de Chapi”, pero en los que se siente al poeta mucho más seguro de sí mismo, más diestro y audaz en el uso de los medios expresivos, y más original en sus hallazgos. Una ojeada superficial a sus títulos y motivos, a la fauna que los puebla, al tono ligero, leve, alegre que adoptan a veces, podría hacer creer que se trata de brillantes juegos ingeniosos, de alardes. En realidad, son trabajadas alegorías: una realidad intensa y dramática late debajo de ese territorio de “cangrejos muertos ha muchos días”, arañas groseras y malhumoradas, ballenas hospitalarias y hormigueros capaces de hospedar a un hombre. Dramática, porque esa realidad es

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Homenaje

Canto ceremonial para Antonio Cisneros Rafael Vargas

El poeta y ensayista mexicano Rafael Vargas fue agregado cultural de su país en el Perú entre 1987 y 1989. En ese lapso trabó una estrecha amistad con varios escritores y artistas locales, entre ellos Antonio Cisneros, a quien siguió frecuentando en las décadas siguientes. Como sabe, en México se editaron diversos libros del autor peruano y se le otorgaron importantes distinciones. Vargas alcanzó a ver a Cisneros en Lima, pocos días antes de su fallecimiento, y nos ha entregado el homenaje que ofrecemos a continuación. I ace apenas dos meses Antonio Cisneros presentó en la Feria Internacional del Libro de Lima la edición conmemorativa de Canto ceremonial contra un oso hormiguero, el libro de poemas que le valióel premio Casa de las Américas en 1968 y dio a conocer su nombre en todo el mundo de habla hispana. Su muerte resulta doblemente dolorosa por inesperada y prematura. Nadie sabía que le carcomía el pulmón izquierdo un tumor canceroso de nueve centímetros, mal que empeoraba una fibrosis. Por ello fue tan afortunado como oportuno que el sello peruano PEISA decidiera rendirle ese homenaje a los 44 años de la aparición de esa obra, con una nueva edición que incluye dos textos introductorios: uno del poeta cubano FayadJamís, miembro del jurado que le otorgó el premio a Cisneros, y otro de Mario Vargas Llosa, escrito también en 1968, para el semanario limeño Caretas, en el que el novelista demuestra ser un estupendo lector de poesía. Vargas Llosa y Cisneros se conocían desde antes de que este último ganara el premio. No habían sido amigos en el Perú, aunque se habían conocido a través del poeta Emilio Adolfo Westphalen. Inglaterra los acercó. Vargas Llosa fue a recibir a Cisneros a la Victoria Station cuando éste llegó a Londres en 1967, gracias a una beca Javier Prado para seguir estudios de posgrado, lo suficientemente buena como para que un joven viviera un año en Europa (una de esas becas le permitió a Vargas Llosa instalarse en España). Escribe Vargas Llosa: “Dos reacciones extremas amenazan a los jóvenes sudamericanos que llegan a Europa: una feroz melancolía provinciana que los catapulta en la soledad y en la neurosis más paralizantes, o en una euforia ecuménica de bárbaros hechizados por los prestigios más artificiales y llamativos de la vida bohemia, que lleva a perderse, a disolverse en un cosmopolitismo invertebrado e irreal. Cisneros ha sorteado felizmente estas 6

Desde muy joven, Cisneros sintió el llamado de las musas, lo que no le impidió llevar la vida corriente de cualquier muchacho miraflorino de su edad.

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dos trampas, y aunque corta, su experiencia europea le ha sido sumamente provechosa: ha ensanchado su visión del mundo, ha disciplinado su vocación, ha fortalecido espiritual y emocionalmente su personalidad de creador. La trayectoria de este enriquecimiento puede advertirse con nitidez en las tres partes que componen Canto ceremonial contra un oso hormiguero.” En ese Londres Vargas Llosa le presentó a Guillermo Cabrera Infante. En ese Londres Cisneros coincidió con José Carlos Becerra, con Hugo Gutiérrez Vega, con José Emilio Pacheco. (De paso: es interesante estudiar las afinidades entre el Canto ceremonial… y No me preguntes cómo pasa el tiempo, de Pacheco, más allá de la coincidencia temporal en la redacción de ambos y de la inusitada longitud de sus títulos). II Habituados a leer poesía en la que suele primar un “yo” lírico emotivo que narra su confrontación con el mundo en términos románticos, los lectores de habla hispana se vieron sorprendidos al internarse en las páginas del Canto ceremonial… y descubrir una voz que privilegia el escepticismo y la ironía con una hondura de la que sólo es capaz una conciencia que discierne que todo drama personal se rompe los dientes en las interminables escalinatas de la historia colectiva. Su dueño era un hombre joven de 26 años de edad que desde mucho tiempo antes gustaba de leer libros de historia, de viajes, de enciclopedias; que conocía bastante bien su país, que se interesaba por las ciencias sociales —desde mediados de los años 50 para acá la fragilidad de América Latina ha hecho que la mayoría de sus escritores sean economistas y politólogos aficionados—, y que además de entonar su oído con la poesía clásica española había leído con atención la obra de Bertolt Brecht, la obra de Nicanor Parra, la obra de EzraPound, de T. S. Eliot, de Robert Lowell. (De la importancia que la poesía de lengua inglesa tiene para Cisneros es testimonio, asimismo, la extensa antología de Poesía inglesa contemporánea, que empezó mientras vivía en Londres y Barral publicó en Barcelona en 1975.) En México su obra tardó en difundirse y en llegar a un número amplio de lectores. Del Canto ceremonial… prácticamente no llegaron a librerías ejemplares de la edición de Casa de las Américas y sólo hasta 1972, con la aparición de la edición española en la célebre colección Ocnos y con Poesía hispanoamericana 1960-1970. Una antología a través de un certamen continental (1972), hecha por Saúl Yurkievich para Siglo XXI Editores, empezó a conocerse de manera un poco más extensa.


Muchos lo habrán visto citado por primera vez en uno de los poemas de Pacheco, “Birds in thenight”, de la sección final de Irás y no volverás, publicado en 1973, mismo año en que apareció la primera nota mexicana sobre un libro de Cisneros, escrita por David Huerta a propósito de Como higuera en un campo de golf (sexto libro de Cisneros).1 Alcanzó a los lectores más jóvenes en la segunda parte de los años 70, como lo muestran las extensas notas de Jorge Boccanera y de Guillermo Sheridan,2 y la edición de una pequeña revista de poesía hecha por Mario Alberto Mejía, Isabel Quiñónez y Eduardo Langagne titulada El oso hormiguero, cuyo primer número, dedicado íntegramente a Cisneros, apareció en diciembre de 1977. En 1981, la editorial Premiá, dirigida por el también peruano Fernando de Tola Habisch, publica Crónica del Niño Jesús de Chilca, el primer libro de Cisneros impreso en México (aparece en nuestro país antes que en el Perú), y a lo largo de esa década poemas suyos

III Cisneros solía recordar que al terminársele la beca Javier Prado ya había conseguido un trabajo en la Universidad de Southampton como Lector en el Departamento de Español (detestaba a los poetas que no sabían ganarse la vida), pero el sueldo era magro y para redondear los ingresos consiguió un trabajo como lavaplatos en un Wimpy Bar (parte de una de las primeras cadenas estadounidenses establecidas en Inglaterra), en Shirley High Street. De día se convertía “en el mejor lavaplatos del barrio” y por la tarde daba clases. No tenía empacho en confesar que nunca había sido un profesor apasionado, aunque la vida académica habría de ser parte importante de su sostén tanto en aquel Londres, como en el Perú, en Hungría y en los Estados Unidos. Lo que sí le apasionaba era el periodismo. Para ser más exactos, el periodismo cultural. Tuvo un magnífico maestro: Emilio Adolfo Westphalen, con quien colaboró como secretario de redacción en los comienzos de la extraordinaria revista Amaru.

Uno de sus amigos más cercanos fue César Calvo, con quien aparece a raíz de un homenaje a otro compañero de generación: el poeta Javier Heraud.

aparecen con cierta frecuencia en suplementos y revistas. En 1983 empieza a visitar México como participante de festivales internacionales de poesía (vino por primera vez en 1978, pero de manera privada) y su contacto con nuestro país se vuelve cada vez más estrecho. Así lo prueba la edición, en 1989, de Por la noche los gatos. Poesía 1961-1986, bajo el sello del Fondo de Cultura Económica, con prólogo de David Huerta y epílogo de Julio Ortega. El vínculo mexicano se consolidaría en los siguientes años a través de Marco Antonio Campos, autor de una de las últimas y mejores entrevistas con Cisneros (disponible en el enlace http://circulodepoesia.com/nueva/2012/ 10/marco-antonio-campos-entrevista-a-antonio-cisneros/) y gestor de la edición de la antología Propios como ajenos, que la Coordinación de Humanidades de la UNAM publicó recientemente en la colección Poemas y Ensayos.

Con base en esa experiencia, consolidada en los años 70 al frente de semanarios como Marka, y Monos y Monadas, entre 1980 y 1984 dirigió un suplemento cultural semanal que hasta hoy es considerado como uno de los mejores que haya tenido la muy calificada (hay que decirlo) prensa peruana: El Caballo Rojo, parte de la edición dominical de El Diario. A la manera de México en la Cultura, el gran suplemento de Fernando Benítez, El Caballo Rojo era una especie de biblioteca para la gente que no tenía el hábito o el dinero para comprar libros. Igualmente notable era la sección cultural del semanario Sí, de César Hildebrandt, que editó en la segunda mitad de esa época. Y se solazaba escribiendo columnas y crónicas. Parte de ellas ha sido reunida en libros como El arte de envolver pescado (1990) y El libro del buen salvaje. Crónicas de viaje / Crónicas de viejo (1994). Su prosa

es tan notable como sus versos y hace gala de idénticas cualidades: inteligencia, humor, incisividad (se me dirá que las tres son una sola). Aunque fueron escritas de cara a los lectores peruanos, trascienden por mucho el ámbito estrictamente local y merecen verse reunidas en un solo volumen que circule entre quienes admiran su poesía fuera del Perú. En los últimos años su quehacer periodístico se trasladó de la página impresa a las pantallas televisivas, con el programa “Esta noche con Antonio Cisneros” (2001-2002), y como columnista, hasta el año pasado, de Cable TV, y a la señal radiofónica, con “La crónica del oso hormiguero”. Hacia el final de su vida, sobra decirlo, Cisneros se había convertido en uno de los poetas más populares y queridos del Perú. IV Nacido el 27 de diciembre de 1942 (enemigo de celebrar su cumpleaños) Antonio Cisneros Campoy fue siempre un muchacho, “un viejo muchacho de barrio”, como él mismo se definió alguna vez. Sencillo, afable, divertido, informadísimo siempre, con una inteligencia veloz, amante de la conversación, de la música, de la comida, de la larga sobremesa, del “mar marrón de Lima”, que veía todos los días desde el ventanal de su sala, era un hombre de familia, adorador de Nora Luna, su mujer (“la Negra”, una hermosa cajamarquina), de sus bellas hijas, Soledad y Alejandra, ambas artistas plásticas, y de Diego, su primogénito, a quien los dioses —como quería su padre— le han sido propicios. Y era también un capitán entre sus amigos. Todos reconocían que había en él un narcisista, pero disimulado de tan cariñoso que era, incapaz de incomodar a nadie —se prodigaba en la amistad, que supo convertir en una de sus artes. Fumador irredento, la enfermedad lo tomó por sorpresa, al igual que a todos los que estaban cerca de él. Hasta sus últimos días se veía siempre fuerte, si bien dependía de la suministración permanente de oxígeno. Supo, desde que le dieron el diagnóstico de sus males, que la muerte estaba próxima, y la esperó con entereza. No se hacía ilusiones. Por desgracia, el tiempo nunca es suficiente. La vida nunca es suficiente. No lo fue para él, ni para quienes esperaban disfrutar más de su presencia. Antonio Cisneros murió en casa de su madre, quien lo sobrevive, en la calle de Chiclayo, en la misma recámara que habitó durante su infancia. Le expresó su asombro por este hecho al narrador y ensayista Guillermo Niño de Guzmán, uno de los más cercanos amigos de Cisneros, el único orador en la ceremonia fúnebre que tuvo lugar el 7 de octubre en un cementerio de La Molina. V Desde el año 2005 Cisneros se desempeñaba como director del Centro Cultural Inca Garcilaso del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú. Sobra decir que con él han perdido a uno de sus mejores embajadores. 1 La Cultura en México, núm. 579, suplemento del semanario Siempre!, 14 de marzo de 1973 2 Jorge Boccanera, “Antonio Cisneros y la unión mundo-poesía”, Revista Mexicana de Cultura, núm. 409, suplemento del diario El Nacional, 5 de diciembre de 1976; Guillermo Sheridan, “El libro de Dios y de los húngaros, de Antonio Cisneros”, Vuelta, núm. 23, octubre de 1978

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Artes

Cusco h nuevo ren HIEROFANTE, mixta sobre tela, 200 x 250 cm.

o hay duda de que estamos asistiendo a un poderoso renacimiento de las esenciales energía siempre latentes del Cusco. Luego de un largo lapso de adormecimiento desorientador retornan las preguntas fundamentales y reaparecen lenta pero firmemente las respuestas que el hombre posee dentro de sí, y que esperaban para ser pronunciadas las llaves maestras contenidas en los símbolos y las palabras adecuadas. Varias veces en su venerable historia esas respuestas ellas brillaron, y luego se opacaron, para volver a relucir intensamente dejando atrás el estruendo del vacuo mundo de las volátiles apariencias. En este ir y venir de la aventura humana el arte ha jugado en el Cusco un papel primordial gracias a su enorme capacidad para proyectar en el alma humana, a través de las formas, las sugerencias que son umbral de ingreso a lo más valioso de la actividad espiritual: la comprensión del sentido de la existencia. Ya los griegos habían razonado que de los cinco sentidos el de la vista era el del conocimiento. Por ella “ingresa” el mundo al interior del hombre, a su alma. Por ella, por la vista, desde que nace el hombre aprehende la forma, el volumen, el color, la distancia con respecto a los seres vivientes las cosas y el universo. Pero en rigor lo que ingresa en el interior del hombre no es por cierto el mundo en si mismo, sino su imagen. Y por ello reside en ella, en la imagen, en su dominio y trabajo meticuloso, la clave del arte. Y como consecuencia la responsabilidad y poder del artista. Y por ello es tan importante la acción de aquel arte que se aboca al rescate de las formas significantes, de las que tienen verdadero valor para el hombre, es decir, de aquellas que lo acercan a las respuestas que hoy, más que nunca, trata de reencontrar una humanidad que se halla contradictoriamente atascada entre un extraordinario avance tecnológico y una asombrosa pobreza espiritual. 8

En el meollo de este esperanzador esfuerzo se sitúa la obra plástica de Carlos Bardales quien con notable energía e independencia se ha liberado de la pesada carga de nuestra época que tienta reiteradamente con su canto de sirena a los creadores a emplear lenguajes que interesan cada vez menos debido a su banalidad y patética carencia de sentido. Bardales, más bien, ha optado por transitar disciplinadamente por caminos que parecían abandonados y que, de pronto, se abren una vez más entregando aquella riqueza intelectual y poética que las viejas herencias han preservado.

AWSANGATE, mixta sobre tela, 160 x 300 cm.

ROSA, ROCÍO MERCURIAL, mixta sobre tela, 195 x 195 cm.

En efecto, en su obra apreciamos el uso de materiales tradicionales, la vinculación de elegantes formas modernas que recrean propuestas permanentes aunque hoy opacadas por la trivialidad, el audaz trabajo de un artista en busca de su propio lenguaje en un espacio interior en que confluyen diversos senderos –los caminos prehispánicos, las sugerencias renacentistas y barrocas, la herencia cabalística judía, las fusiones entre los aportes occidentales y los nativos, la escuela Cuzqueña de Pintura, la tecnología actual puesta al servicio de la obra de arte- que constituyen un enorme patrimonio

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ARMADURA DE LUZ, mixta sobre tela, 200 cm de diámetro.

que felizmente está siendo revisado por una juventud que se ha rebelado, ¡al fin! contra el marasmo y la sofocación cultural provocados por un positivismo ingenuo, elemental y empobrecedor. Los textos que acompañan habitualmente sus exposiciones son cabal evidencia de la manera de ser de un


hacia un nacimiento Luis Enrique Tord

LUZ, mixta sobre tela, 180 cm de diámetro.

Carlos Bardales Lima-Perú 1971

KOMX. LUZ QUE SE PRECIPITA EN EL ÚNICO RAYO, mixta sobre tela, 250 x 250 cm.

artista que busca cultivar su espíritu con obras de especial sutileza y profundidad, y que sustenta la expresión de sus formas en contenidos que se vinculan a importantes legados del pensamiento tanto de la antigüedad como del mundo contemporáneo.

Hay que saludar efusivamente este persistente y original empeño artístico nacido en una ciudad y en una región que contienen los elementos esenciales para el hallazgo de lo trascendente. Siempre y cuando se la sepa comprender y escuchar.

Ha centrado su atención en la recuperación e interpretación del simbolismo y sus aplicaciones en el arte tradicional. Su formación incide en el acercamiento a las estructuras profundas del universo mitológico, ritual y religioso en distintas vertientes culturales del Viejo y el Nuevo Mundo. Su búsqueda se halla lejos de la pura nostalgia por el pasado, de manera que no duda en recrear un lenguaje contemporáneo que imprime continuidad a significados primordiales que vinculan el esfuerzo comprehensivo de la humanidad como tal. Realizó estudios de pintura en la Escuela Nacional Superior Autónoma del Bellas Artes del Perú de 1989 a 1993; Taller de Iconografía Religiosa en Ámsterdam, Holanda, en el año 1998 y Análisis del Arte Virreinal desde sus contextos locales en el Museo de Las Américas de Madrid, España, en el 2010. Cuenta con numerosas exposiciones colectivas, siendo la presente su séptima exposición individual. Su residencia en la ciudad del Cusco, durante los últimos diez años, le permitió impulsar actividades de producción y desarrollo cultural, entre las que destacan instalaciones audiovisuales y diversos festivales de arte abordando temáticas como: “Tradición Andina”, “Artes y oficios en los Andes Contemporáneos”, El Arte en Movimientos Indígenas de resistencia Cultural”. Actualmente es editor de “Túpac Yawri. Revista Andina de Estudios Tradicionales”, publicación anual que abarca la problemática andina a través de investigaciones académicas sobre los Andes en tiempos prehispánicos y contemporáneos; es integrante en calidad de Investigador Asociado del “Centro Andino de Estudios Tradicionales” del Cusco- Perú, desde el 2006 a la fecha. Además, nutren su experiencia vital, recorridos incesantes por las regiones de la costa peruana, el altiplano peruano-boliviano y la región amazónica.

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Homenaje

Memoria de un fiel lector Luis Eduardo García o llegué a ser su cómplice, pero me hubiera gustado serlo. Conversé muchas veces con él en Lima, Huanchaco y Trujillo, pero no era alguien a quien yo podía confiarle mis secretos literarios. Bebimos algunas veces ¯una de ellas frente al mar, en compañía de Gonzalo Rojas, Walter Curonisy y Elvira Roca Rey¯, sin embargo nunca llegué a traspasar los linderos de su amistad más profunda. Hace algunos meses volví a verlo en Trujillo. Estaba con Alonso Cueto y parecía más alto y más viejo que de costumbre. Fuimos a almorzar a un restaurante criollo, ocasión en la que pude conocer más de cerca su ironía y sus ganas de consumir todos los placeres de la vida en un solo instante. Desde ese momento presentí que podía llegar a ser su amigo, ignorando que la muerte viajacasi siempre más rápido que el pensamiento. En realidad, lo que he mantenido con Antonio Cisneros es una inveterada relación de admiración por más de cuarenta años. Como todo poeta de su importancia, él nunca conoció cuánto bien podía hacerle su obra a los lectores. Yo fui todo el tiempo uno de los beneficiarios de su genio poético, alguien que nunca pudo o tuvo la oportunidad de decirle en vivo y en directo, sin que sonara a cumplido o sobonería, que su poesía y su actitud frente al mundo lo habían ayudado a sentirse menos solo en un lugar donde se admite todo, menos la soledad de los poetas. Yo admiraba en Antonio Cisneros su aire de rock star, su manera de apropiarse de los escenarios donde vivía, su historial de poeta antisolemne (pelo revuelto y cigarrillo en mano), así como la atmósfera de creador cosmopolita que llevaba a cuestas con mucha naturalidad. En 1985 yo tenía 22 años y acababa de ganar un premio importante en Trujillo. Tras emitir el fallo que me daba como ganador, los poetas César Calvo, Antonio Cisneros y Reynaldo Naranjo, acompañados del fotógrafo Carlos “Chino” Domínguez, fueron en mi busca a la pensión donde yo vivía. Para mi mala suerte, me encontraba de viaje en Lima y había olvidado por completo que ese día iban a anunciar los resultados del premio. ¿Qué hubiera pasado si yo hubiera estado presente cuando la tribu de poetas tocó la puerta de la casa donde vivía? ¿Habría cambiado mi visión del mundo solo por conocer en persona a mis ídolos literarios? Estoy seguro que sí. La experiencia me indica que la literatura está llena de este tipo de oportunidades que pueden torcerle el cuello al destino, y hay que vivirlas de todas maneras porque nunca nos dan una segunda oportunidad. Quizás me habría hecho amigo de Antonio Cisneros, quizás habría escrito más, quizás me habría marchado de Trujillo. En realidad, ese encuentro es algo que sigo lamentando hasta ahora. El autor de Crónica del Niño Jesús de Chilca fue sin duda uno de los poetas peruanos más admirados de mi generación. Conservo con esmero ediciones prínci10

Reunión cumbre en la III Bienal de Arte de Trujillo (1987). Fue una ocasión única en la que Antonio Cisneros leyó sus poemas junto con Blanca Varela, Jorge Eduardo Eielson, Javier Sologuren, Rodolfo Hinostroza y Abelardo Sánchez León.

pes de sus primeros libros comprados en librerías de segunda. Debe ser el autor de quien conservo la mayor cantidad de libros y obras completas. Y todo para estudiar cómo se redacta un poema, cómo se matan las frases cursis y romanticonas, cómo se incorpora la oralidad, cómo se despliega la elegancia de la ironía y cómo se asume una voz colectiva sin necesidad de ser retórico e ideologizante. Esa lección la aprendí desde el principio, cuando di con la edición cubana de Canto ceremonial contra un oso hormiguero, un libro escrito en los utópicos años 60 y una muestra de que su autor era un heterodoxo intelectual de izquierdas. Toda la obra de Antonio Cisneros es importante, pero los lectores han vuelto míticos un libro y tres poemas: Comentarios reales, “Tercer movimiento affettuosso”(Para hacer el amor), “Cuatro boleros maroqueros” y “Entonces en las aguas de Conchán”(La ballena). Del primero dijo: «…un libro al que, francamente, no le guardo demasiado aprecio. Sin embargo, es una de mis obras más recordadas, citadas y, eventualmente, festejada por el lector». De los poemas, era consciente que «no tenían pierde». Yo lo oí leer unas seis veces estos poemas y los efectos fueron distintos cada vez; nunca parecían los mismos ni él parecía el mismo autor. La ocasión más memorable fue en 1987, en el patio de la casona que alberga las oficinas del Banco Central de Reserva en la Plaza de Armas de Trujillo. No leyó solo, lo acompañaron Jorge Eduardo Eielson, Javier Sologuren, Blanca Varela, Rodolfo Hinostroza y Abelardo Sánchez León. El público quedó muy impactado por el énfasis con que su voz ronca y pausada marcaba el ritmo de los versos. Después de esto lo oí un par de veces más, pero nunca llegó, creo, al nivel de esa memorable noche trujillana de 1987. Es probable que exagere y que mi admiración haya hecho lo suyo; lo cierto es que quedé cautivado, como siguie-

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ron quedando cautivados los jóvenes que lo oían por primera vez. Yo empecé a seguir sus huellas en 1980, cuando dirigía el famoso suplemento El Caballo Rojo. Luego me volví un lector asiduo de sus obras: Destierro, David, Comentarios reales, Agua que no has de beber, Canto ceremonial contra un oso hormiguero,El libro de Dios y de los húngaros,Crónica del Niño Jesús de Chilca, Monólogo de la casta Susana y otros poemas y todos los que llegaron en las décadas sucesivas. Con los años, él fue creciendo como autor de poemas memorables y yo como lector de libros memorables. El tiempo transcurrido sirvió también para presenciar su ascenso y expansión entre los círculos de lectores de habla hispana y otras lenguas como el inglés y el francés. Y así seguí rastreándolo hasta que llegué al límite, al muro donde la vida empieza a desvanecerse y la enfermedad se adueña de lo que no le corresponde. Entonces, lejos de sucumbir a los golpes del destino inesperado, Antonio Cisneros se volvió elocuente, irónico y empezó a torear la muerte con serenidad e hidalguía. En estos casos, a los lectores no nos queda sino leer y disfrutar de los hallazgos destellantes de una poesía que se reescribe en su contacto con el tiempo y la realidad. Estimado poeta Antonio Cisneros, el lector que fui en otro tiempo le agradece haberle enseñado las profundidades de la emoción y la escritura de verdaderos tesoros como Entonces en las aguas de Conchán y Cuatro boleros maroqueros. El lector de ahora, a su vez, lamenta que la vida nos haya privado de la compañía de su altísima voz y el placer de disfrutar de esa especial manera que tenía usted de hablar sobre las cosas corrientes y al mismo tiempo memorables. A veces también sobre la negrura del horizonte asoma indestructible el sol de la poesía, esa historia de locos que tanto le apasionaba.


Tres poemas memorables de Antonio Cisneros Entonces en las aguas de Conchán (Verano 1978)

Cuatro boleros maroqueros

Entonces en las aguas de Conchán ancló una gran ballena. Era azul cuando el cielo azulaba y negra con la niebla. Y era azul. Hay quien la vio venida desde el Norte (donde dicen que hay muchas). Hay quien la vio venida desde el Sur (donde hiela y habitan los leones). Otros dicen que solita brotó como los hongos o las hojas de ruda. Quienes esto repiten son las gentes de Villa El Salvador, pobres entre los pobres. Creciendo todos tras las blancas colinas y en la arena: Gentes como arenales en arenal. (Sólo saben el mar cuando está bravo y se huele en el viento). El viento que revuelve el lomo azul de la ballena muerta. Islote de aluminio bajo el sol. La que vino del Norte y del Sur y solita brotó de las corrientes. La gran ballena muerta. Las autoridades temen por las aguas: la peste azul entre las playas de Conchán. La gran ballena muerta. (Las autoridades protegen la salud del veraneante). Muy pronto la ballena ha de podrirse como un higo maduro en el verano. La peste es, por decir, 40 reses pudriéndose en el mar (o 200 ovejas o 1000 perros). Las autoridades no saben cómo huir de tanta carne muerta. Los veraneantes se guardan de la peste que empieza en las malaguas de la arena mojada. En los arenales de Villa El Salvador las gentes no reposan. Sabido es por los pobres de los pobres que atrás de las colinas flota una isla de carne aún sin dueño. Y llegado el crepúsculo no del océano sino del arenal se afilan los mejores cuchillos de cocina y el hacha del maestro carnicero. Así fueron armados los pocos nadadores de Villa El Salvador. Y a medianoche luchaban con los pozos donde espuman las olas. La gran ballena flotaba hermosa aún entre los tumbos helados. Hermosa todavía. Sea su carne destinada a 10000 bocas. Sea techo su piel de 100 moradas. Sea su aceite luz para las noches y todas las frituras del verano. (De Crónica del Niño Jesús de Chilca)

1 Con las últimas lluvias te largaste y entonces yo creí que para la casa más aburrida del suburbio no habrían primaveras ni otoños ni inviernos ni veranos. Pero no. Las estaciones se cumplieron como estaban previstas en cualquier almanaque Y la dueña de la casa y el cartero no me volvieron a preguntar por ti. 2 Para olvidarme de ti y no mirarte miro el viaje de las moscas por el aire Gran Estilo Gran Velocidad Gran Altura 3 Para olvidarte me agarro al primer tren y salgo al campo Imposible Y es que tu ausencia tiene algo de Flora de Fauna de PicNic. 4 No me aumentaron el sueldo por tu ausencia sin embargo el frasco de Nescafé me dura el doble el triple las hojas de afeitar. (De Como higuera en un campo de golf)

Tercer movimiento (affettuosso) Para hacer el amor debe evitarse un sol muy fuerte sobre los ojos de la muchacha, tampoco es buena la sombra si el lomo del amante se achicharra para hacer el amor. Los pastos húmedos son mejores que los pastos amarillos pero la arena gruesa es mejor todavía. Ni junto a las colinas porque el suelo es rocoso ni cerca de las aguas. Poco reino es la cama para este buen amor. Limpios los cuerpos han de ser como una gran pradera: que ningún valle o monte quede oculto y los amantes podrán holgarse

en todos sus caminos. La oscuridad no guarda el buen amor. El cielo debe ser azul y amable, limpio y redondo como un techo y entonces la muchacha no verá el Dedo de Dios. Los cuerpos discretos pero nunca en reposo, los pulmones abiertos, las frases cortas. Es difícil hacer el amor pero se aprende. (De Agua que no has de beber)

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Homenaje

Acho, altar de arena Antonio Cisneros Fotografías de Javier Silva Meinel

Estos textos, poco conocidos, son prosas de alto fulgor poético que Antonio Cisneros escribió para acompañar un libro de fotografías sobre toros de Javier Silva Meinel, Acho, altar de arena, publicado en 1992.

La plaza icen que es la plaza más antigua de América. Dicen también que es la más bella. Pero no dicen que en pleno mediodía aparece alumbrada por la luz de la luna. Ni que sus arcos son un bosque de robles sin talar. Planos de viva luz, transparentes y tercos. Muros de guerra antigua, portalones, columnas, hornacinas. Naturales allí, donde termina el aire. El alto mirador, un palitroque, el rodillo de arena (abandonados) regresan de la infancia. Fiesta del claroscuro congelada. Por fin el redondel. La plaza de una aldea al final de la tarde. Un transeúnte deambula distraído. Algunos barrenderos escarcean la arena sin ningún entusiasmo. Incautos y apacibles, sobre el ojo cerrado de un volcán.

"No es el animal, es la figura. El universo acecha al universo desde el ojo apacible del caballo."

turbas de bronce apachurradas en la celebración. Alguna confidencia, algún aliño. Modesto laberinto que precede al laberinto real. Dos toros en el toril. Helos de pie al mediodía exacto. Atentos a las horas del sol y de la sombra. Saben y asumen su destino final (desprecian a los críticos taurinos).

Los caballos No es el animal, es la figura. El universo acecha al universo desde el ojo apacible del caballo. Lomos y costillar, belfos ariscos, para la gloria de toro y picador. Poco importa. Otro animal, oculto entre su voz, galopa una pradera inacabable. Un caballo de bronce, como el de San Martín corcovea y relincha ante los muros de la plaza mayor. Lleva las crines trenzadas. Y es de bronce. Preparativos Hay un cielo repleto de pequeños infiernos que se corta sobre un cielo de palo. El otro cielo. Crispado y contenido entre los arcos silentes de la espera o las 12

"Se suceden las suertes. Capote, pica, banderilla. El toro cumple también con el ritual."

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Túnel El túnel, señores míos, el mismo túnel. Desde los altos arcanos de los dioses o el quirófano verde de un oscuro hospital. Los pasos tensos como un arco se aguantan en la sombra. Nada ignoran. La luz de los encuentros, un anuncio, destella entre la tierra apisonada. Se aguantan en la sombra. Ronda de figurantes que repite el viaje inevitable de las almas. De la sombra a la luz (que también es la sombra). Donde termina todo y todo empieza. Ah los rostros, los


muerto. Lomo, cuadril, encuentros, grupa, anqueta, pechos, pernil, brazuelo, médula de la cola, costillar, sangre para morcilla, lengua, anchuras. Cierra la puerta. Smile. Altas horas de la gloria desolladas. No hay más escapularios que un camal.

torsos, las miradas. Esa ciudad, sin luces de bengala ni señales. Atienden al vacío. Aunque nada depende del azar. Se abren las puertas. El aire azul desborda por el túnel. Se parece a la luz. En el ruedo Están en orden detrás de las barreras. Codos y cabezas como un cuadro de Bacon (¿o de Daumier?). Una dama mira el redondel. No la tragedia. Sus ojos se posan en la pantorrilla rosada del matador. Un caballero, tras los lentes oscuros, busca a su infancia: no la encuentra. Todos miran el final del festejo segundos antes de que el festejo empiece. Se suceden las suertes. Capote, pica, banderilla. El toro cumple también con el ritual. Todo se oculta entre la fronda mágica de la luz y la sombra. Y la sangre convoca a la sangre. Las artes del matador (y las del toro) pertenecen ahora al arte mismo de la fotografía. Pases y quiebres, revuelos y denuestos se tornan en inmóvil remolino. Los rojos y los oros son un fuego perpetuo en blanco y negro. El toro, florecido como un sol entre las banderillas, se halla presto a su turno de muerte.

"Todo se oculta entre la fronda mágica de la luz y de la sombra. Y la sangre convoca a la sangre."

Bufones Son los bufones. Enanos y toreros, para más señas. Mirada en ristre. Carta de presentación. Tarifa neta. Nadie ríe por fuera, nadie llora por dentro. Un insolente casco colonial. Llevan trajes de luces y entorchados. Son bomberos de algún extraño reino. Saltimbanquis, músicos de fanfarria, maromeros, meritorios de la corte del gran faraón. Suelen hacer el amor y tener hijos. Y mueren, casi siempre, el día de su muerte. Como usted.

La muerte Toda la plaza (tal vez el universo) gira silente en torno de la punta brillante de una espada y el morro desbocado. No se tocan aún. Vuela el torero ahora, vuela el bicho. Vuela la sangre hirviente a la cita puntual. Es la hora final sobre la Tierra. El toro ha muerto. El movimiento que sigue es sólo un espejismo. Ese bulto que se tambalea y mira entre los aires es el alma animal que honra a su cuerpo. En la fotografía no hay engaño. Ahí puede verse cómo el espíritu navega sobre su propia sombra inmóvil en la arena. Y se oyen los gritos de la plaza. Gritos terribles en la fotografía. Gritos que nadie puede ver. Carniceros Al polvo lo que es del polvo. Matarifes. La sangre se revuelve entre la tierra. La sangre y la loseta. Toros dorados, sangre en remolino, tendones de la furia y el valor son sólo los despojos de un mamífero

"Toda la plaza (tal vez el universo) gira silente en torno de la punta brillante de una espada y el morro desbocado."

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Homenaje

Diario de un diabético hospitalizado Antonio Cisneros

Esta crónica en forma de diario personal fue incluida en la plaquette del mismo título que apareció bajo el sello Colección Underwood en agosto de 2010, junto con otros dos textos en prosa. De hecho, se trata del último título original publicado en vida por Cisneros. 1 scrito está en la primera página de mi manual del buen diabético: “Es importante que se percate de que usted no provocó la enfermedad, no había nada que pudiera hacer para evitarla. No se enoje con usted mismo”. El diabético, como el poeta nace, no se hace. Contundente borrón y cuenta nueva que nos redime de la culpa anterior. Ahora sé que una existencia austera y aburrida hubiese terminado, sin Una tarde de 1995 en la playa de Huanchaco: Rodolfo Hinostroza, Antonio Cisneros, Alfredo Bryce Echenique y Guillermo Niño de Guzmán. remedio, en este mismo mal. No hay entonces nada que lamentar de esas vigilias nocturnas y paganas. Nada que no sea la terri- y en un rapto de furia son capaces de estrellar a sus año en este mismo hospital. Ahora tengo puesta su pijable sospecha de que han llegado a su fin. críos contra cualquier pared. ma turquesa con ribetes azules, regalo de mi hermana 2 Entonces los internan y los atiborran de yodo radio- para sus Bodas de Oro. Mi amado padre. A pesar de la Ignoro cuán siniestro haya sido mi sueño. Sólo sé activo para calmarlos. Pertenecen, igual que los enfer- creciente ceguera y unos cuantos achaques, yo estaba que tuvo algo que ver con unas arboledas, un muro de mos de diabetes, al Pabellón de Endocrinología. Una convencido de su inmortalidad. Aún no entiendo cómo ladrillos del siglo XIX, un tranvía brillante, unas casitas vez sosegados, requeridos tal vez por su mala concien- ese viejo robusto y socarrón fue devorado en sólo un (Bauhaus de pacotilla) con sus ojos de buey. Nada que cia, son personas amables y muy caritativas. Sin em- par de meses. Y creo que él tampoco lo entendió. justifique, en buena cuenta, mi aullido de terror. Des- bargo los diabéticos, huraños por temperamento y vo5 perté, sin embargo, atolondrado, con casi 600 mg de cación, prefieren evitarlos. El joven F.R. ha perdido una pierna por gangreazúcar en la sangre. Hay una joven, víctima del mal, que se la pasa mo- na diabética. 3 viendo la cabeza, enloquecida, dando vueltas y vueltas, Es el rey de la silla de ruedas. Aunque nunca sonLos dolientes de hipertiroides jamás reposan. Su ataviada con un polo raído de Inca Kola a modo de ba- ríe, sus hábiles piruetas le conceden un aire de alegría apetito es monstruoso, igual que su erotismo. Tienen tín. A nadie se le oculta que carece de prendas interiores hasta al más nimio de sus desplazamientos. Es difícil los ojos desorbitados como el fondo de las botellas de 4 creer que ya lleva siete meses de encierro hospitalario. cerveza o un par de huevos fritos. Padecen de calores A menudo pienso en mi padre. Murió hace medio A veces habla de volver a su pueblo. Un lugar impreci 14

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so del desierto del sur. Imaginario. 6 Los diabéticos deben suprimir el azúcar en su alimentación, también los tragos y las grasas saturadas, evitar las frituras, los embutidos, las pastasciutta y el crocante pan. La doctora señala con entusiasmo, las ventajas de la dieta: “Si todas las personas siguieran este régimen vivirían por muchos años más”. Desgraciado de mí, pues aunque sometido a tales privaciones, sólo puedo aspirar (con algo de fortuna) a las flacas edades de aquellos que malsanos se regodean entre los chicharrones y las doradas botellas de cerveza. 7 Yo no sé si esta carne es de vacuno. La dureza marmórea de sus trozos me habla de una bestia fallecida en edad venerable. Pero eso no es todo. El remolino de tuétanos y nervios, las fibras erizadas, son la evidencia de alguna muerte cruel, con un hacha sin filo por ejemplo, en el traspatio oscuro de un camal. 8 Durante mi ilustrada juventud no había viaje, a la sierra o al mar, donde no comprendiese en mi equipaje algunos buenos libros. Dispuesto como estaba en la meditación, solía imaginarme hecho un lobo estepario devorando, a la luz de alguna aldeana vela, los frutos de la ciencia del bien y del mal. Aunque, valgan verdades, una vez instalado en los grandes espacios del paisaje, tiraba por la borda mis sabias intenciones y los libros volvían como habían venido, intonsos, intocados en el fondo del viejo maletín. Aquí en el hospital, otro viejo maletín asoma (¿o es el mismo?) en la puerta del clóset. Además de un par de juegos de pijamas, contiene una esmerada dotación de libros y un gran atlas histórico francés. Al fin y al cabo, no hay como una larga enfermedad (mejor si es incurable) para emprender lecturas apacibles y algunas importantes reflexiones (dijo el doliente, sin mucha convicción). 9 No hay vuelta que darle, la humanidad siempre ha

Portada de una reeedición de El libro de Dios y de los húngaros, uno de los poemarios emblemáticos de Antonio Cisneros, escrito durante su estadía en Budapest a mediados de los años setenta.

Por las azoteas: una raro retrato del poeta con barba, captado por la cámara de Daniel Mordzinski.

buscado su consagración a través de las frases geniales. Con frecuencia perpetuadas en letras de molde y, mejor todavía, en mármol o metal. Los peruanos, está demás decirlo, también somos parte de la humanidad. Hasta dos presidentes, que yo recuerde, estamparon, cual graffiti de bronce, el fuego de su numen creador en el salón internacional del Aeropuerto Jorge Chávez.

Asimismo, en la fachada de la Escuela de Altos Estudios Militares se exhibe la sentencia, deslumbrante por cierto, de un importante general: “Las ideas se exponen, no se imponen”. Ahora creo, sin ánimos mezquinos, que han sido superados. En un marmóreo muro del Hospital Emilio Rebagliati hay una enorme placa hecha, a todas luces, para deslumbrarnos: “La limpieza es salud, conserva limpio tu hospital”. Pero ahí no queda la cosa. A diferencia de las máximas presidenciales o de la cita castrense, productos típicos del individualismo, el aporte sanitario es fruto de un trabajo colectivo firmado y fechado: “Departamento de Servicios Generales, 01.03.85”. A este paso, uno de estos días, veremos el conspicuo “Prohibido fumar” esculpido sobre una placa de ónix y rubricado por el ministro de Salud. 10 La vida de hospital es diferente al limbo imaginado, o al remanso vital de las silente ermita. Los días son apenas esa rutina dolorosa y banal, interrumpida por el cambio de suero y algunos sosos sueños. Ninguna pausa noble que convoque a la meditación. Sólo la hora. La hora misma de los condenados. Ahí donde la frase “aúlla de dolor” carece de sentido o, por lo menos, pierde su exclusividad. Entonces son aullidos y bramidos y berridos y maullidos y gruñidos y balidos y mugidos y ladridos y rugidos y chillidos y alaridos. Eso depende de cuál de las innumerables bestias que viven en nosotros se despierta. A menudo, también, los gritos de la bestia desollada se pueden confundir con jadeos de amor apasionado: fantasmas que perturban entre la noche azul del hospital. Lima, 1994

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Homenaje

El poderoso brujo de Ferreñafe Antonio Cisneros omo todos los años, el diario La Industria, que se publica al mismo tiempo en Chiclayo y en Trujillo, había convocado su concurso de cuento y poesía entre los jóvenes norteños. Luego de sesudas deliberaciones, y otras tantas libaciones, los miembros del jurado habíamos llegado, marchas y contramarchas, al sacrosanto veredicto final. Al día siguiente con la satisfacción del deber cumplido, me instalé muy de mañanita, cual morsa jubilosa, en las poltronas que rodean la piscina del Hotel de Turistas de Chiclayo. A mediodía estaba previsto un almuerzo con los autores premiados en la vecina caleta de Santa Rosa, emporio de cangrejos reventados y tortillas de raya. El sol brillaba con enorme descaro en el espacio caliente y azul. Qué lejos estaba yo de imaginar la tenebrosa jornada que me esperaba. Todo era paz y quietud cuando, de pronto, una sombra se agitó en medio del paisaje. Volví la cara y allí estaba sonriente y muy flaco con el aire de un vampiro feliz, mi querido compadre, a quien no había visto en varios años. Era el mismo de siempre, salvo por esa sonrisa curiosa que le ocupaba la mitad de la cara. Detalle al que, por entonces, no le presté la menor atención. Nos abrazamos, celebrando el encuentro. Mi compadre, propietario de un fundo en Ferreñafe, me ofreció un paseo hasta sus tierras en un flamante jeep de doble tracción. Yo acepté encantado, aclarándole, eso sí, el compromiso que tenía a mediodía con los jóvenes autores. «No te preocupes, compadre, que yo mismo te llevo a Santa Rosa». Con esa seguridad y con lo que tenía puesto, mi ropa de baño y un polo adefesiero, me embarqué, sin más ni más, en la bucólica expedición. La ciudad de Chiclayo quedó atrás. El jeep de mi compadre iba viento en popa, entre los campos verdes y ventosos, rumbo a Ferreñafe. Su curiosa sonrisa rampante era más curiosa cada vez. Y me pareció más curiosa todavía cuando detuvo el carro al pie de una colina solitaria que se encimaba sobre los arrozales. Me miró fijamente a los ojos, con un aire imposible de nombrar, mientras me preguntaba si esa colina no me producía algún terror. Yo le dije que no. El fundo de mi compadre era un fundo arrocero. Sin embargo, en el último año, había quemado buena parte de los arrozales para sembrar alfalfa y criar ovejas negras australianas. El agasajo, bajo un hermoso cobertizo con palos de algarrobo, consistió en unos contundentes camarones y un bosque de botellas de cerveza. La charla iba y venía sobre el tiempo que pasó (y no vuelve más) y la salud de nuestros bellos hijos. Aunque muy pronto descubrí que esa conversación era sólo un pretexto. Mi compadre estaba obsesionado con la brujería. Como quien no quería la cosa, tocó el tema una y otra vez. Primero, cauto y complaciente, pero, poco a poco, se envalentonó y terminó en

largas peroratas sobre los encantamientos y los ritos. Parecía un endemoniado. Ante mi manifiesta incomodidad, pasó al tema de su buena mujer. Cambio aparente. En realidad, me explicó, con lúbricos detalles, que su mujer había sido poseída por un brujo muy poderoso y cómo los tres (él, su mujer y el poderoso brujo) se consagraban a oscuras ceremonias, donde no faltaban aullidos y vómitos de sangre. Lo corté, discretamente creo, recordándole mi compromiso en la caleta de Santa Rosa. Tomó una carretera paralela a la ruta del mar. Antes de seguir a la caleta, haría un alto en el pueblo de Ferreñafe para presentarme al poderoso brujo. Secuestrado como estaba, con mi polo y mi ropa de baño, no me pude negar.

mos a un caserío de carrizo entre los arrozales. Mi compadre, que había recobrado su inquietante sonrisa, me rogó que nos tomáramos las últimas cervezas. No. Sí. Bueno ya. En la plaza del pueblo las cadenetas de papel y una modesta banda anunciaban, galanas, que era día de fiesta. No sé lo que pasó, la cosa es que sin qué ni para qué terminamos como miembros del Jurado de un concurso de marinera infantil. Nada que hacer. Entre trago y trago, fui atrapado por la proverbial cordialidad norteña. Al final, un par de niñitos (sospecho que embrujados y, ahora que lo pienso, horrorosos) fueron galardonados ante el aplauso cervecero y general. Seguimos rumbo al mar. Desde una suerte de península pude ver, por fin, bien a lo lejos, al grupo de escri-

El poeta siempre apoyó los concursos literarios infantiles y juveniles de Lundero. En la foto, con una de las niñas premiadas y María Ofelia Cerro.

Nos detuvimos en una casa destartalada. Me dijo que espere. Él bajó del jeep, se demoró una eternidad y salió diciéndome que el brujo estaba en su otro consultorio. Otra casa destartalada. Esta vez bajamos juntos. La sala de espera, repleta de pacientes apilado en sillas contra la pared, parecía la corte de los milagros. Cojos, mancos, tuertos, ciegos a la pesca de algún encantamiento. Mi compadre conversó (discutió más bien) con una dama rechoncha que hacía de asistente. El rechazo fue definitivo: el brujo no lo quería recibir. Cosa que el compadre achacó a mi presencia y, por unos instantes, se apagó su sonrisa de vampiro feliz. El sol ya se inclinaba hacia el oeste, cuando llega-

tores celebrantes entre los toldos y los botes pesqueros de la caleta de Santa Rosa. Pero la hora de las mareas altas no perdona. Y, en cuestión de minutos, el mar inexorable barrió la trocha que hacía de maltrecha carretera. Mi compadre masculló unas palabras. Satanás y el brujo de por medio, y movió las palancas de la doble tracción. Su gran sonrisa era una carcajada silenciosa. Avanzamos, zarandeados por las aguas, unos cincuenta metros, hasta que el jeep, ya sin rumbo, se adentró en el océano, arrastrado por las corrientes todopoderosas. En la orilla del frente, los jóvenes autores brindaban y comían lejanos, diminutos, perdidos para siempre, bajo el cielo enrojecido a la puesta del sol.


Lundero 407 noviembre 2012