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LIBROS Y NOMBRES DE CASTILLA-LA MANCHA NONAGÉSIMOQUINTA ENTREGA

95 Año III/ 7 de diciembre de 2012

pensionados o solicitantes, de la mano de ochenta autores provenientes de campos diversos. El paso del tiempo de elaboración y otras circunstancias añadidas, le han otorgado al trabajo reseñado, el aroma y el carácter de una reflexión diversa, sobre la evolución de la Ciencia, la Cultura y el Pensamiento en la España del primer tercio del siglo XX. En clave parecida, aunque con otra estructura formal, con la ensayada por José Carlos Mainer en 1979 con su trabajo 'La edad de Plata (1902-1939). Ensayo de un proceso evolutivo'. Evolución la del texto presente que, más allá de los sobresaltos periódicos producidos entre 1907 y 1939, tiene un final estruendoso a caballo de la finalización de la Guerra Civil y a manos del peor reaccionarismo intelectual, esgrimido por el músculo franquista. Y tiene, como no podía ser por otra parte, un paralelismo temporal con el marcado por Mainer en su ensayo ya canónico.

ISIDRO SÁNCHEZ SÁNCHEZ (Coordinador) Educación, Ciencia y Cultura en España: Auge y colapso (19071940). Pensionados de la JAE Almud ediciones y Centro de Estudios de Castilla-La Mancha, 2012.

Plata y plomo Puede que este trabajo naciera en 2007, con una finalidad visible y sonada: la de capturar las biografías de los pensionados de la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), que contaron con alguna pertenencia y vinculación a Castilla-La Mancha. Trabajo plural y colectivo que, finalmente, ofrece doscientos y un perfiles biográficos de

Estas serán, tal vez, las razones que hacen que, la presentación del Coordinador de la obra, Isidro Sánchez Sánchez, se demore muy particularmente en ese momento que él denomina, desde la mutación violenta de los tiempos, como 'El final de la JAE y el triunfo del integrismo', en detrimento de otros pormenores y episodios de los treinta años precedentes, desde su fundación en 1907. El caudal de acontecimientos que se despliegan en la Cultura española, desde dicha fecha fundacional de la JAE, es abrumador, y puede decirse que no tuvieron parangón con otros momentos históricos. Por ello la denominación afortunada de 'Edad de Plata' para parte de dicho periodo, aplicada por Mainer, aunque reconozca que no es de su autoría. Y va desde la creación del Centro de Estudios Históricos en 1909, hasta la inauguración de la Residencia de Estudiantes en 1910; desde la aparición


de la revista 'La España Moderna' en 1914, a la presentación del Primer Manifiesto del Ultraísmo en 1918 y a la fundación del Instituto Escuela el mismo año; desde la aparición de la revista 'Cosmópólis' en 1919 y de la 'Revista de Occidente' en 1923, hasta la creación del „Archivo Español de Arte y Arqueología‟ en 1925 o la exposición ese mismo año de la Sociedad de Artistas Ibéricos. De 1926 es la aparición en Málaga de „Litoral' y la publicación de 'Las reglas y consejos para investigación científica' de Ramón y Cajal. En 1927 ve la luz 'La Gaceta Literaria', se produce el homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla y surge la Escuela de Vallecas. En 1928 se publica en Barcelona el 'Manifest Groc' y en 1929 se presenta 'La rebelión de las masas' de Ortega y surgen pequeñas editoriales como Zeus, Cenit o Historia Nueva. Para acabar ya en 1932 con la fundación en Barcelona de ADLAN (Asociación de amigos de las Artes Nuevas) y en 1933 con más revistas innovadoras, como fueran 'Octubre', 'Cruz y Raya' y 'Al-Ándalus'. Una suma, pues, de acontecimientos y de actividades, de Manifiestos y publicaciones, de exposiciones y de organismo nuevos, producidos y surgidos todos en paralelo con los diferentes Movimientos, Manifiestos y proclamas de las diferentes Vanguardias europeas del Pensamiento y de las Artes. Acontecimientos, actividades, Manifiestos, publicaciones y exposiciones que tienen la rara virtualidad de su coincidencia temporal con similares hechos europeos, y la muy acusada voluntad de la cultura española del momento por abrirse a Europa y al Universo; en abierto contraste con la cerrazón que vendría después, en ese titulado 'Final de la JAE'. Final de la JAE, obviamente, referido al proceso incoado por las fuerzas colaboradoras en ese 'Nuevo retorno de los brujos', que caracterizó en el campo de la Cultura y del Pensamiento, la victoria militar de los sublevados en julio de 1936. Victoria que, no

contentos sus artífices, con la gloria sola de la milicia armada, quisieron llevarla a todos los territorios y rincones de la vida civil, social e intelectual. Por ello el afán destructor y revisionista de todos los materiales precedentes, y muy particularmente de todos los materiales relacionados con la Educación, la Cultura y el Pensamiento. Afán destructor que llega aún a 1951, como aconteció con el debate de la I Bienal Hispanoamericana del Arte; donde se formularon en el diario „Madrid‟, en el mes de noviembre, afirmaciones tremendas por boca de Juan Puyol, como: “…Esa especie de ofensiva suburbial que habiendo fracasado en el terreno militar y político, ha buscado en España el aparentemente neutral terreno del arte para tomar su revancha…”. Todo ello bajo un título despectivo y acusatorio como fuera „La venganza de los chíbiris’; y ya se sabe el significado de chíbiris: miembro de las Juventudes Socialistas. Idea, la de la derrota bélica como fundamento de la supremacía cultural, que se repite tres días después en el mismo diario, en un escrito colectivo denominado „Nosotros no’. “Asistimos a una contraofensiva roja, no en el terreno de las armas, donde fracasó en la guerra y en sus escaramuzas posteriores, sino en el aparentemente inocuo del arte…”. Haciendo ver, con todo ello, lo afirmado por Chueca y Montoro cuando señalan “la extraordinaria importancia del origen bélico y castrense de la dictadura franquista”. Importancia bélica de los orígenes del franquismo, que modularan durante largos años, la entera actividad de la producción cultural de España y marcaron sus limitaciones ideológicas y doctrinales.

El diagnóstico de la intelectualidad victoriosa, parte del profundo mal infligido en espiritualidad española, tanto por la Institución Libre de Enseñanza (ILE), como por la Junta de Ampliación de Estudios. Posiciones que aparecen explicitadas en los materiales aportados y que nos dan una visión combativa de los


propagandistas del momento. Propagandistas como Suñer Ordoñez, Entrambasaguas o MartínSánchez Juliá y Artigas Ferrando. Autores, todos ellos, de libelos incendiarios de largo alcance, como munición civil de una posguerra sostenida. Tanto alcance tuvieron en sus afirmaciones los libelistas, como falsedades y prejuicios contenían sus opiniones. Del último de los citados es la perla carpetovetónica siguiente. “A la revolución roja, el socialismo le ha dado las masas y la Institución Libre de Enseñanza, le ha dado los jefes”. Lo que finalmente emerge a la altura de 1939 y de 1940, con Europa en llamas, es el fracaso del proceso de modernización cultural y social en España. Proceso modernizador que trunca y quiebra la sublevación de julio de 1936 ,y que motiva, ya antes de la victoria militar, el retorno a las esencias del integrismo conservador; un integrismo que se reviste de Nacional Catolicismo. Ese combate, que no sólo es militar e ideológico, tiene obviamente sus derivadas culturales, como viera y mostrara Andrés Trapiello en su trabajo de 1994 „Las armas y las letras. Literatura y guerra civil, 19361939‟. Resueltas las batallas de obuses y bombas, habría que continuar con la lucha de ideas y conceptos, habría que masacrar al enemigo lejos de las trincheras. Y de aquí, de ese combate silencioso y ya no bélico, la emergencia de nuevas visiones y la dualidad de interpretaciones posteriores. Como ocurriera con las visiones de Gregorio Morán („El maestro en el erial. Ortega y Gasset y la cultura del franquismo‟, 1998) y las de Jordi Gracia („La resistencia silenciosa. Fascismo y cultura en España‟, 2004).

Visiones que no dejan de prolongar las expuestas por Dionisio Ridruejo en su trabajo de 1972, „La vida intelectual española en el primer decenio de postguerra‟. “Durante casi toda la década las notas características serían éstas: la investigación y la enseñanza se convierte en empresas oficiales de un Estado dogmático que con frecuencia las delega en una Iglesia de cruzada…La especulación teórica se hace penosa por sus condicionamientos doctrinales y la presión de una censura de inspiración predominantemente eclesiástica…Las mismas limitaciones se dan para la literatura propiamente dicha…Por lo que se refiera a los órganos de difusión, los que no eran oficiales estaban oficializados de hecho, como lo estaban las escuelas, los colegios y la Universidad”. Todo ese cuadro esbozado por el que fuera Jefe de Propaganda de FET y de las JONS, no deja lugar a dudas del serio intento, de lo que él mismo llama como “el acabose de la cultura liberal española”. Un „acabose‟ que se debate entre el „erial‟ moranesco y el silencio resistente graciano. José Rivero Serrano


SERGIO ORTIZ: Diez de diez. Poesía española reciente. Tedium Vitae, Guadalajara (México), 2012

pretende ser una selección de los mejores

RUBÉN MARTÍN: Una generación de fuego. Fractal Poesía, Albacete, 2012

muestra de autores representativos. Pero la

poetas españoles, lo que resaltaría más las omisiones que las inclusiones, sino una palabra antología viene del griego y ha pasado por el latín, antes de llegar a nuestro

LUIS BAGUÉ QUÍLEZ: Quien lo probó lo sabe: 36 poetas para el tercer milenio. Letra Última, Zaragoza, 2012

idioma. En su origen, significaba “selección

FLOR DE ANTOLOGÍAS

música, etc” (R.A.E.). Allí donde hay

de flores” y ha terminado siendo una “colección de piezas escogidas de literatura, alguien que “escoge” poemas, hay un

Algunos aficionados a la poesía han

antólogo, aunque no se haya propuesto

preguntado en las librerías y me han

espigar los mejores.

preguntado a mí cómo conseguir la antología Diez de diez, Poesía española

Por ejemplo, Rubén Martín (Albacete,

reciente. Las redes sociales amplifican

1980) ha reunido a quince autores en su

cualquier noticia que surge en el mundo de

“Antología poética” Una generación de

la literatura y poetas como Iribarren,

fuego, un libro con el que la Asociación

Salvago o Pablo García Casado, por

Fractal ha querido redondear su segundo

mencionar a tres de los que estamos

festival de poesía, que ha combinado el

incluidos en la partida, tienen ese grupo de

verso con todas las artes en la ciudad de

lectores fieles, interesados en devorar

Albacete durante la última semana de

cuanto publican. La respuesta es singular: el

octubre y primera de noviembre. Según

libro lo ha publicado Tedium Vitae, una

explica Martín en el prólogo, su objetivo

editorial

la

era poner en relación generaciones distintas

Guadalajara del país azteca. El objetivo,

con la suya, que él llama de fuego. Por eso

que expresa Sergio Ortiz en el prólogo, es

ha buscado todos los contrastes posibles: en

dar a conocer a un grupo de poetas

edad, en experiencia y en procedencia (solo

españoles que no han sido editados en

cinco de los incluidos somos albaceteños).

México o que lo han sido en muy pocos

También ha reducido el

casos. Quiere esto decir que la difusión está

seleccionados con respecto a la primera

centrada en Guadalajara, y por eso su

edición, para que apareciera una muestra

aparición ha coincidido con la Feria literaria

suficiente de cada autor.

mexicana,

radicada

en

más importante del castellano. Pero va a ser complicado, de momento, consultarlo a este lado del Atlántico.

número de

Un objetivo muy diferente ha movido a Luis Bagué Quílez (Palafruguell, 1978) en Quien lo probó lo sabe: 36 poetas para el

Añade Ortiz que no se trata de una

tercer milenio. No se trata de hacerlos

antología, cosa que suelen repetir casi todos

convivir, sino de ayudarse de ellos para

los antólogos para curarse en salud. Lo que

ilustrar su propio análisis de por dónde van

sin duda quiere puntualizar es que no

los tiros en la poesía española del siglo XXI. Bagué que, a pesar de su juventud, se


ha convertido en uno de los observadores de referencia de nuestra poesía, constata que quedaron muy atrás la poesía de la experiencia y su poliédrica rival, la metafísica o de la diferencia, corrientes hegemónicas del último cuarto del siglo XX. El realismo posmoderno, los nuevos simbolismos y la ironía en segundo grado son las tres vías de superación que señala. Y

en

torno

a

ellas

agrupa

a

los

seleccionados (nacidos entre 1962 y 1985) y a otros autores a los que cita. Acepta a

Esther Ginés publica 'El sol de Argel',

regañadientes la condición de antólogo, pero advierte de las limitaciones de su estudio: “Huelga decir que la ubicación de los

antologados

en

uno

u

otro

compartimento es un ejercicio voluntarista y, en buena medida, arbitrario.” Para cualquier poeta, ser incluido en una antología es un espaldarazo: te hace sentir que no estás solo, que formas parte de algo, de una corriente, de un grupo, cualquiera que sea el criterio que haya utilizado el antólogo. Para los lectores, las antologías son a menudo el mejor camino para descubrir voces nuevas o contrastar las que ya conocían. En las tres aquí mencionadas encontrarán

muchas

de

las

infinitas

posibilidades. Sí, también en Diez de diez, al menos en Albacete y Chinchilla, a cuyas bibliotecas públicas pienso donar sendos ejemplares que me han hecho llegar los amigos mexicanos. Arturo Tendero

Una intrigante obra psicológica sobre el peso de la identidad: “La literatura es una tabla de salvación en medio de la tormenta” dice su autora. La escritora ciudarrealeña Esther Ginés acaba de publicar El sol de Argel, una intrigante novela psicológica sobre el peso de la identidad con tintes detectivescos. Publicada por Ediciones Carena, esta primera novela de Ginés “arranca desde muy abajo”, del shock que supone el suicidio de Matías, un arquitecto de 30 años con una prometedora vida por delante, y conforme su hermano gemelo, Martín, va tirando de los hilos en la investigación de lo sucedido el libro crece en intensidad, así como las sensaciones de expectación. En la obra hay un inquietante juego de espejos ya que Matías y Martín, ambos arquitectos, estaban muy unidos, eran muy similares físicamente al ser gemelos idénticos y tenían, a priori, dos personalidades parecidas. No obstante, esa apariencia se derrumba con la muerte de Matías que conduce a Martín a meterse de lleno en la existencia de su hermano gemelo en sus últimos meses de vida, lo que le lleva a descubrir que no eran tan idénticos como él pensaba. El suicidio del hermano sirve de punto de partida para “una trama en torno a la


identidad, sobre quiénes somos realmente y quiénes nos decimos que somos”, explica Ginés, que indica que en la novela hay intriga y tensión, y se habla de las relaciones familiares y la soledad, así como de “las diferencias entre la máscara con la que nos mostramos a los demás y cómo realmente somos”. “Ahondar en la identidad de su hermano muerto, lleva a Martín a ahondar en su identidad propia, replanteándoselo todo”, lo cual es una especie de viaje al interior de uno mismo “doloroso y también muy revelador y necesario” para el protagonista, agrega Ginés, que realiza en la novela una homenaje a la literatura como “tabla de salvación en medio de la tormenta”. Así, Martín, que se encuentra muy solo en la investigación, se agarra en el transcurso de las indagaciones, en el libro El extranjero ya que el protagonista de la obra de Albert Camus le recuerda mucho a su hermano gemelo. Así mismo, la literatura en general tiene una relevante presencia en la novela ya que ambos hermanos crecen en un ambiente muy literario, comenta Ginés, que empezó a crear esta novela en 2004 inspirada por lo que le sugería un céntrico edificio de Madrid, próximo de donde residía, que estaba un tanto olvidado y abandonado. Escribió unas 80 páginas, dejó aparcada su elaboración y no fue hasta 2009 cuando regresó de nuevo a esta historia, dejando únicamente de la idea original la relación entre los dos gemelos y ese edificio -el Instituto Homeopático y Hospital de San José-, al que conducen todas las pesquisas en la investigación de Martín sobre el fallecimiento de Matías. Ágil ritmo Escrita con un ritmo ágil, dinámico y sonoro, la novela invita a la reflexión sobre que “no hay que dar nada por

sentado, que estamos en constante evolución, nada es eterno y es la vida la que va diciendo un poco en cada momento cómo somos”, comenta Ginés, que presentará El sol de Argel -título que hace referencia a El extranjero, de Camus- el viernes 30 de noviembre en la madrileña Casa del Libro de la calle Fuencarral, mientras que la puesta de largo en Ciudad Real será el viernes 21 de diciembre. Ginés, a quien le gusta desde la narrativa del boom latinoamericano de autores como García Márquez, Onetti, Vargas Llosa o Rulfo, a escritores estadounidenses como Faulkner o Hemingway, está inmersa en la creación de una nueva novela muy diferente a la de su debut y quiere editar un libro recopilatorio de relatos. Lanza 18-noviembre 2012

Para mi amigo y maestro Manuel Osuna No puedo estar contigo Manolo esta noche, pero créeme, que casi prefiero no poder estar, porque no llevaría bien ningún tipo de despedida ni nada que tenga que ver con celebrar que ta has jubilado de la arqueología o de los museos, aunque sea para bien y lo hagan tus amigos y la gente que te queremos, como Baquedano ese inspector de policía creado por Leguina y


que ahora de mayor le ha dado por ser sabio. Mientras en el Prater de Viena da vueltas la noria que inmortalizó “El Tercer Hombre” en este peregrinar que me ha traído a representar al Museo Sefardí a los Museos Judíos de Viena, también mi memoria da vueltas por las cloacas por las que Harry Lane intentaba escapar de un destino implacable. Era un malo que a mí me parecía bueno, mejor que los buenos que hacían la guerra. Tú siempre me pareciste un bueno que era bueno y hacía de bueno. Y allí estaba yo en la noria dándole vueltas en Die Stadt Wien y Der Ring (El Anillo) de la Viena histórica, a la memoria de mi relación con Manuel Osuna, la persona que me enseñó a ver la arqueología de un modo diferente al que me habían enseñado los libros y con la que he compartido muy buenos ratos en mi vida, desde las míticas excavaciones en Ercávica a la vera del pantano, a las agitadas noches de Valeria, de los montajes del Museo de Cuenca a sobre todo aquella exposición Bellas Artes 83 que el otro Manolo mítico de la arqueología española, Fernández Miranda sirvió en bandeja a los museos de España cuando fue Director General. He sido aprendiz, amigo, colega, subordinado, jefe, admirador, compañero de muchas cosas, incluso de partido, he ido con él de vacaciones a Burriana, a su Córdoba natal a que me enseñara las casitas blancas en las que vivió de niño mientras cantaba la canción de las casitas a Franco(todavía se la sabe). Le he visto nacer hijos, a veces los he criado con él, él también a los míos, pero sobre todo ha visto y de eso si me alegro, como crecíamos profesionalmente los que nos formamos a su alrededor desde Angel Fuentes a un humilde servidor, que llegó a ser Subdirector General de Museos y ahora es feliz director del Sefardí de Toledo; por ser hemos sido hasta vecinos en la casa de c/Alfonso VIII en Cuenca. Tengo muchos recuerdos de todo lo bueno y lo malo que nos ha deparado el destino, pero quizás ninguno tan fuerte como el de la noche del

23-F que la pasamos juntos, mientras montábamos el Museo de Cuenca, a mano, con letraset, y haciendo los mangos de hachas con palos de escoba, un clásico de Osuna, mientras Milans leía el famoso bando de mierda y Guerra Campos, nuestro vecino del Museo, nos ofrecía asilo y de verdad, curiosidades de la vida, mientras recibía por otra puerta a los de Fuerza Nueva. No creo que nos hubiera denunciado, ya tuvo unos años a un destacado miembro del Partido Comunista del Alentejo en su casa episcopal y luego yo conocí al tipo en cuestión en París y me lo confirmó. Yo quería ser arqueólogo desde que un panadero de mi pueblo, Carrascosa del Campo, le contó a mi padre Maestro Nacional, el hallazgo de unas vasijas con cenizas que se le deshacían en las manos en mi finca de Las Madrigueras, la primera excavación de por aquel entonces Martinito Almagro. Soy arqueólogo mas por poesía que por otra cosa, aquel relato de una necrópolis soñada y la donación de mi padre del famoso ídolo de Chillarón, con el que partíamos las nueces en mi casa, allá la pátina y las cuitas de los restauradores, me llevaron al Museo de Cuenca y ese fue como en Casablanca el inicio de una larga amistad que por supuesto no se ha acabado porque Manolo se traslade a Huelva o a Miguelturra (CR), tanto da. Al final, sin embargo, pesó más en mí que la arqueología, la profesión de contador de historias, la más antigua del mundo, sí; por mucho que digan que hay otra profesión que es la más antigua del mundo, no es verdad, porque lo primero es contar historias y después ya viene lo que quieran. Por eso me hice conservador... de museos, que no de la vida ni de la política. Y me ayudó mucho a decidirme la mente abierta de Osuna, su forma diferente de ver los museos como procesos, como lugares donde se cuentan historias, mas que como contenedores vacuos de piezas y de


yacimientos, lugares en los que como dijo el otro Manolo Fernández Miranda se respiraba la libertad de los pueblos, en aquel bendito prólogo de la Ley de Patrimonio Histórico 16/85. Hoy se que uno de los museólogos más prestigiosos del siglo XX Kennte Hudson dice que los museos son los lugares donde tendrán lugar los grandes debates del siglo y pide “charme and chairs”, encanto y sillas, lo mismo que Osuna ya hacía en la sala Segóbriga del pequeño y entrañable Museo de Cuenca, que hoy quieren trasladar a Ars Natura para que las piezas decoren aquello. Recuerdo que por aquel entonces, con una única Subdirección General de Arqueología para toda España, se acusaba veladamente a Manolo Osuna de tener Cuenca cubierta de agujeros, porque había abiertas más de 20 excavaciones, hecho insólito en aquellos tiempos y no de catedráticos famosos como era el uso, sino de gente muy profesional que apuntaba buenas y revolucionarias maneras como Maribel Martínez Navarrete, Santiago Valiente, Jorge Juan Fernández o gente común sin curriculum a los que no le importó nunca dar la oportunidad como al Platanito, un afamado maletilla de la España profunda. Otra cosa que me sorprendió de él fue la capacidad de adelantarse a los tiempos actuales, en los que parece normal que artistas, actores, músicos, poetas y otras gentes de malvivir usaran de los museos como si fuera su casa, por ejemplo montó con Pacheco un taller mítico de grabado por el que pasaron muchos artistas conquenses y de toda España y parte del extranjero. Intentó performances y acciones que hoy son parte de las actividades normales de La Casa Encendida o Tabacalera, pero que entonces eran vistas con mucho recelo. Era alérgico a los poderes establecidos, incluidos los de museos, con los que nunca se llevó bien lo mismo que con los Gobernadores civiles de la época, de los que fue azote, sobre todo cuando había visitas oficiales, caso de SM

la Reina a la que le dijo que el Museo estaba desnudo, como el niño del cuento y ella además le hizo caso y le ayudó y consiguió sacar adelante un presupuesto y un montaje digno. Cuando fue Delegado de Cultura intentó montar un Consejo Asesor y hacer cultura y consiguió cambiar la triste faz de la antigua Delegación de Juventudes y de la OJE con algunos murales de artistas contemporáneos. Tuvo buen talante para trabajar con aquellos „funcionatas‟ del antiguo Régimen, abuelos de los actuales y me consta que consiguió reciclar a más de uno, lo que tiene su merito. Siempre luchó por aquello que creía en el MAN, en los Museos de Cuenca, Huelva o Ciudad Real. La última vez que charlé con él fue en la Merced en la inauguración de la expo temporal del Greco, primer acto del preludio del Greco 2014. No sé donde está ahora, ni lo que hará, pero es mi amigo y lo llevo en mi corazón. Le debo mi pasión por los museos, que es también la mía y como diría un intelectual de pro, Torrente, para no decir más mariconadas, baste este poema de Antonio Colinas un poeta que nos gusta mucho a los dos y que venía a recitar en las Jornadas de Poesía que organizábamos en el Museo. El primer panfleto de una actividad que yo hice como director del Museo de Cuenca, fue un ciclo sobre “Poesía y Arqueología” y lo inauguró otro amigo de ambos, también hoy jubileta, y muy conocido en esta ciudad, Rafa García Serrano. Para los dos va ese final teórico,

que no real, con todo mi cariño y admiración: Del „Libro de la Mansedumbre‟, de Antonio Colinas: Excavación Todo el día hemos estado arrodillados abrazando la tierra: la buena tierra y la tierra infecunda, la que oculta cenizas, la que guarda


tesoros. Hundimos nuestras manos en la tierra más negra y hacia el atardecer, como polvo de oro, la alzamos a los ojos. ¿De dónde éste perfume, la ternura del monte? ¿Y de quien esos huesos astillados? No han durado más ellos que esa plata ligera que bien pudo ceñirlos; esos huesos que un día acaso fueron labios que en otros labios iban mordiendo adolescencia. Cae el sol y nosotros caemos abatidos

La Sierra contra Franco

sobre esta mansa noche de la tierra

Benito Díaz y Juan Pedro Esteban

que todo nos lo explica y todo nos lo allana. Y sentimos el sueño que fluye hacia los párpados, y el oído se pega a la tierra y escucha el murmullo indecible deun tiempo que no muere.

Un abrazo, maestro.

Santiago Palomero es director del Museo Sefardí de Toledo

A la manera de como trabajan los arqueólogos de emergencia, en una tarea que combina el apremio y la responsabilidad de documentar un patrimonio –humano, histórico y socialque está a punto de perderse, así se han conducido los autores en la investigación y en la escritura de este libro. Les diferencia de aquellos, la gran complejidad que supone trabajar con seres humanos protagonistas, testigos o familiares que experimentaron de modo traumático un tiempo y unas vidas atravesadas por el sufrimiento y el miedo. Los testimonios y recuerdos aquí registrados pertenecen en gran medida a personas que han desaparecido o están a punto de hacerlo. Sin el resultado que nos ofrecen Benito Díaz y Juan Pedro Esteban, una parte importante de nuestra realidad y de nuestro pasado, un conocimiento hasta ahora negado, ocultado o prostituido por los vencedores, sus voceros y cortesanos, no habría sido nunca revelada y se hubiera ido apagando poco a poco, como se van apagando las vidas de esos protagonistas, testigos y víctimas de una condena


adicional: la ignorancia, el silencio y el olvido. Esta obra se enmarca claramente en las aportaciones de la historiografía contemporánea más reciente y novedosa sobre la Europa del atribulado siglo XX, y en particular del período de la II Guerra Mundial, del que se acaban de publicar los imponentes trabajos de Anthony Beevor y de Max Hastings, que comparten una misma perspectiva y sensibilidad: narran esa II Guerra Mundial desde la perspectiva, la experiencia y la memoria de los que la sufrieron, fundamentalmente gentes comunes y anónimas, hasta ahora olvidadas por las obras de la Historia más oficial y convencional. Además La Sierra contra Franco constituye una importante aportación en este momento de intensa y fértil reflexión intelectual e investigadora sobre el campo de la Memoria Histórica ocultada en España. Hace tan sólo unos meses que salió publicado el impactante libro de Paul Preston El Holocausto Español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después (Debate, 2011), y como en una rara sincronía, uno de los autores de estas páginas, Benito Díaz, publicaba su titánica y compleja obra Huidos y guerrilleros antifranquistas en el centro de España 1939-1955 (Tilia, 2011). Hace más de 10 años que soy compañero en la UCLM de Benito Díaz, y sé del tema de investigación al que de modo intenso y extenso ha dedicado la mayor parte de su inteligencia y su trabajo durante todo este tiempo: la guerrilla en el centro de España durante la dictadura franquista - no conozco otro investigador tan conocedor de este campo-. En todo este tiempo me ha ido comentando en ocasiones y fragmentariamente, de modo casual, sus hallazgos, los documentos, cartas, fotografías y especialmente los testimonios de protagonistas, familiares y testigos, que le permitían ir “colocando las piezas” – como si de una especie de puzzle se tratarae ir aumentando su ilusión y esfuerzo por llegar a comprender, y sobre todo, por poner en el mapa y en la historia, las vidas, acciones y sufrimientos de cientos de

personas objetos de olvido, maledicencia e intoxicación, mentiras y especialmente de un proceso de “borradura” o eliminación y manipulación institucional. Entre otros intentos de “borradura” figura el propio término de guerrilla. Resulta paradójico y extraño que un idioma, el nuestro, que ha donado la palabra “guerrilla” al banco conceptual e imaginario mundial, haya tenido que esperar tantas décadas para nombrar claramente la realidad de una guerrilla durante la primera parte del franquismo. Hasta hace bien poco sus componentes han sido etiquetados como “bandoleros”, “huidos marxistas” o “terroristas comunistas”. Benito Díaz posee un perfil de investigador poco frecuente. Perspicaz y persistente, capaz de estar esperando largo tiempo para poder acceder a fuentes (supuestamente públicas por otra parte) de complicado acceso, o enfrentándose a que el funcionario de turno le permita o no la consulta según su antojo, por ejemplo en el Servicio Histórico de la Guardia Civil – cuyos fondos sabemos no están catalogados por archiveros profesionales-. Sirva el siguiente ejemplo para el lector: en el Archivo del Tribunal Militar Territorial Primero (correspondiente a Madrid), solicitó en 2003 consultar 20 expedientes de los sumarios de guerrilleros, no dándole permiso para ello hasta febrero de 2008 (cinco años después). Desde un punto de vista metodológico, nos encontramos con una monografía con una exhaustiva y contrastada información histórica, manufacturada tras largo tiempo de recopilación de testimonios y consulta de expedientes y documentos de archivo, siguiendo un riguroso método histórico, que no tiene complejos en emplear en ocasiones técnicas antropológicas. Los autores hablan, de forma modesta, de que emplean los testimonios orales como fuentes auxiliares del trabajo histórico, con el objetivo de rescatar la voz y la memoria de los olvidados por la historia, de los perdedores y de los grupos sociales excluidos durante décadas de las esferas del poder político. Pero éste es el aspecto que como


antropólogo me resulta más valioso, por su inmensa dificultad: el haber realizado decenas de entrevistas, acumulando más de cien testimonios orales de protagonistas, familiares o testigos de la realidad investigada. Unos testigos que en muchos casos evitaban –o lo demoraban cuanto podían- recordar y hablar sobre un pasado que les duele y afecta todavía, y que como reconocen los autores, convertía las entrevistas y conversaciones en una dura experiencia emocional. Esto dice algo además de la talla humana, calidad personal y moral de estos investigadores, por haber conseguido la confianza de gentes que en ocasiones llevaban décadas en la tarea de callar y olvidar. Los fragmentos de historias de vida o biografías recogidos, más extensos o más breves o fugaces, nos hablan alejado de todo romanticismo, benevolencia o condescendencia, de la extrema dificultad de la vida en la sierra, a la que la práctica totalidad de los calificados como “huidos” se vieron abocados por simple supervivencia, para no ser exterminados frente a tapias de cementerios o en prisiones. Estuvieron obsesionados sólo por conseguir sobrevivir, y más tarde por alcanzar y traspasar la frontera francesa –y no por organizarse militarmente y combatir al régimen franquista-. En esas sierras malvivieron acosados por la Guardia Civil, por las “contrapartidas” de falsos guerrilleros montadas por la Guardia Civil que sembraban el terror y la confusión entre la población civil y así privarlos de su potencial apoyo, pero también zarandeados permanentemente por el hambre, la soledad, la incomodidad e inclemencias del tiempo. A los protagonistas, pero también a los familiares supervivientes y deudos de estos desaparecidos les tocó vivir en el auténtico miedo ambiente que era la España de aquel tiempo, especialmente nocivo y dañino con aquellos que por circunstancias más azarosas que ideológicas en la mayoría de los casos, apostaron o tuvieron que jugarse sus vidas contra el régimen de Franco. Entonces y durante las décadas que siguieron, continuaron sus vidas interiorizando y normalizando la crueldad y prácticas de terror –pero también de

silencio y de olvido- tales como persecuciones y encarcelamientos sin motivo, los fusilamientos -más espontáneos y sin farsa judicial, o más programados y amparados por el derecho de los que violentaron esa legalidad-, la exposición pública y hasta su descomposición de cadáveres de esos “huídos” en plazas o cuarteles –cazados y expuestos como alimañas-, los destierros y deportaciones de familiares, y la borradura oficial y administrativa de nombres y apellidos – como a la viuda de Avelino García Romero a la que se le impidió inscribir a su hijo con el nombre de su padre en el registro civil correspondiente-. Se revela así un proceso planificado de borradura institucional de la memoria y de las vidas de miles de personas, donde en ocasiones sus muertes no aparecen inscritas en el Registro Civil, o en otras ocasiones son “matados” ante los ojos de la familia por decreto y registradas sus muertes en dicho Registro Civil cuando en realidad vivían en otra ciudad, o en las partidas de defunción aparecen como causas de la muerte por ejemplo una “bronconeumonía” para el caso de alguna de estas personas “ahorcadas” convenientemente en la celda de su prisión. Recogiendo tan sólo una de las historias del fin de uno de los “huídos” que registra con detalle este libro, en este caso la de Anicio Castillo, resultan impactantes y heladoras las dos notas que dejó al suicidarse, una dirigida a las autoridades y otra a su familia. La lectura de esas pocas líneas nos permite aproximarnos a la crudeza y terrores que le acompañaron en sus últimos días, y como bajo ciertas circunstancias de penuria extrema y de angustia por lo que podía pasarle a su familia por su condición de guerrillero, decidió que esa vida no merecía seguir siendo vivida. Me parece relevante destacar cómo los autores documentan rigurosamente aspectos poco conocidos de la vida cotidiana en esos años cuarenta. Referiré tan sólo los que más me han llamado la atención y sorprendido. Queda clara en la zona analizada la existencia de campos de concentración, de colonias penitenciarias militarizadas, de prácticas de deportación, exilio y destierro de las familias de los huídos, trasladados de


modo forzoso a ciudades lejanas, algunos de sus hijos ingresados en hospicios, y siendo objeto sus bienes de incautación – por otra parte una práctica habitual y por aquellos años ensayada por el régimen nazi con las familias judías-. Resulta extraño como al leer estas páginas no se encuentra apenas rastro de épica – salvo en los informes interesados de la Guardia Civil que falsean y exageran algunos hechos como una hazaña bélica notoria-, ni episodios de honor o dignidad en lo registrado en este libro, sino sobre todo aparecen el sufrimiento, un miedo permanente, diferentes formas de violencia. No hay épica ni honor en el seno de las partidas guerrilleras, ni en las violaciones cometidas, ni en los secuestros, ni en las traiciones y trampas de ex-guerrilleros que colaboran con las contrapartidas o fuerzas que persiguen el exterminio de sus antiguos compañeros. Pero el efecto y la impronta indeleble que queda tras su lectura, es que estos investigadores han conseguido aportar algo de dignidad al hacer entrar la claridad de la Historia y la emoción de la Memoria y registrar aquella realidad. Aportan también honor y reconocimiento a la amargura y al sufrimiento social y estructural –directo y diferido- que experimentaron aquellas personas en su condición de víctimas, y las de sus familiares y deudos.

conocer una realidad abrasada y enterrada, permitiéndonos aproximarnos a una cierta justicia, dignidad y reparación para unos protagonistas convertidos en víctimas. Me gustaría señalar la intuición de que con este libro, los autores, saldan una deuda personal con este objeto de estudio, con ésta época de España, y con las vidas de tantas gentes cuyas vidas fueron truncadas, traumatizadas o eliminadas. Es un ajuste que la ciencia social y humana requería, pero también se trata de un ajuste que tiene algo de personal y apasionado. Decía George Bataille que “Cuando la pasión de que se habla no turba al que razona sobre ella, el conocimiento objetivo, exterior, es posible, pero sólo se alcanza la plena conciencia cuando el deseo es efectivamente experimentado”. Creo que sólo una intensa pasión y compromiso – fundamentalmente con el conocimiento de la realidad, con la verdad- han permitido a los autores dedicar tantos años de su vida a este trabajo y libro excepcional. Valore ahora el lector el resultado.

Juan Antonio Flores Martos. UCLM Talavera

Estos fragmentos del pasado, pasados no estaban, pero ahora nos interpelan con rotundidad y dignidad a nosotros, lectores de otros tiempos –también difíciles en otro modo-, y así queda resguardada la memoria de las vidas difíciles de aquellos hombres y mujeres libres. Dice Santos Juliá: “La Historia lo escucha todo, no busca instrumentalizar el pasado, busca comprenderlo, mientras que la Memoria que tiene en su naturaleza la relación afectiva alimenta la identidad”. Estando parcialmente de acuerdo con la idea, me parece que este libro no sólo es un fiel reflejo de esta idea, sino que nos permite ir un poco más allá. La memoria, fundamentalmente en este campo, tiene una utilidad egoísta a nivel individual –nos constituye en lo que somos hoy-, y colectiva o social, ya que nos sirve para

Toledanos en la División Azul Entre la memoria y el olvido J. Andrés López-Covarrubias Eds Covarrubias, Toledo páginas; Precio: 22 €

2012;

440


Después de un arduo trabajo de investigación al que ha dedicado su tiempo durante los dos últimos años el editor, escritor e investigador toledano J. Andrés López‐Covarrubias Martín‐Caro, recientemente nombrado Académico correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, ve la luz el libro “Toledanos en la División Azul. Entre la memoria y el olvido”, un interesante, original y documentado ensayo en el que el lector encontrará, entre otras cosas, el testimonio de la participación de unos cientos de toledanos, y dos toledanas, en una destacada página de nuestra historia más reciente. Quizá no todo el mundo sepa, sobre todo entre las generaciones más jóvenes, qué fue y qué papel jugó en su momento la conocida como “División Azul”. Por eso habría que recordar que a comienzos de la década de 1940, cuando estalla la Segunda Guerra Mundial, España decide mantenerse oficialmente neutral en esta contienda; sin embargo, una división del ejército español compuesta por falangistas y militares se integra en el poderoso ejército alemán del Tercer Reich para combatir contra la Unión Soviética. La División Española de Voluntarios, que así se llamaba esta unidad, fue rápida y popularmente conocida como División Azul. Alrededor de 48.000 españoles llegaron a integrar sus filas; de ellos, cinco mil dejaron su vida en los campos de batalla rusos, eso sin contar con los miles de heridos y mutilados que consiguieron regresar. La mayoría fue a combatir contra el comunismo, aunque hubo otras motivaciones. Como destaca el autor de esta obra, “al fin y al cabo nadie es ajeno al momento histórico que le ha tocado vivir”. Partieron desde todos los pueblos y ciudades españolas, ninguna quiso quedarse al margen. La provincia de Toledo también aportó su cupo de jóvenes idealistas, o aventureros, o necesitados de perdón, pues como acabamos de ver muchas fueron las razones para alistarse. Alrededor de quinientos toledanos formaron parte de este contingente, no todos regresaron a casa. El libro, cuyo ritmo narrativo resulta directo, ágil y ameno, cuenta con los

testimonios de cerca de una decena de antiguos divisionarios toledanos a los que el autor ha podido entrevistar. Algo destacable, sin lugar a dudas, ya que la edad de cualquiera de ellos sobrepasa en la actualidad la barrera de los 90 años. También cuenta con la información facilitada por un buen número de familiares de divisionarios ya fallecidos, así como con la extraída de miles de documentos consultados en archivos militares y en hemerotecas toledanas. A lo largo de sus 440 páginas van desfilando los nombres e historias de todos aquellos jóvenes, y no tan jóvenes, toledanos que un día decidieron emprender esta aventura. Los que estuvieron y regresaron, como el general de la División Azul Emilio Esteban‐Infantes, o sus hermanos Julio y José; el capitán Federico Fuentes Gómez de Salazar; el entonces Jefe Provincial del Movimiento Alberto Martín Gamero; los hermanos José y Rufino Miranda Calvo, o soldados como Ángel Orgaz Camino, Luis de la Peña Torres, José María de Pablos y muchos más. También de los toledanos que murieron en combate y fueron sepultados en suelo ruso, alrededor de cincuenta. Entre ellos el capitán Antonio Martín‐Pintado Ureña o el teniente Eloy Muro Valencia, pero también soldados como Urbano González, José Manuel Castaños, Ángel García‐Ochoa, Mariano de la Peña, Isidro Portaceli, y muchos otros. Según el autor “los soldados, esos jóvenes toledanos que soportaban como buenamente podían la dureza de una de las peores posguerras por las que ha atravesado nuestra nación, son los auténticos protagonistas de este libro; un libro que también pretende ser un canto a la paz, a pesar de que todo transcurra en el contexto bélico de la Segunda Guerra Mundial”. Estructurado en tres partes, el hilo conductor coincide con la propia cronología de la División Azul, aunque Toledo y los toledanos están, como no podía ser de otra manera, presentes a lo largo de toda la obra. La primera parte se centra en el contexto histórico y social, en el clima y la situación que se vive en España y en Europa a principios de la década de 1940 y también en las causas que motivaron la creación de esta unidad militar. Y habla de Toledo, y de los primeros voluntarios toledanos, porque


voluntarios debían de ser todos los que se alistaran en la División Azul. La segunda parte es la más extensa. En ella se van alternando capítulos que describen los diferentes avatares de la División Azul en Rusia, componiendo en su conjunto lo que el autor ha pretendido que fuera la peculiar crónica bélica de esta unidad, con capítulos que se podrían calificar de más testimoniales; por ejemplo sobre aspectos muy concretos de sus protagonistas, considerando aquí a Toledo y a su provincia como unas protagonistas más de esta historia. Desde las reflexiones del ya citado general toledano Emilio Esteban‐Infantes, máximo responsable de la División Azul entre diciembre de 1942 y octubre de 1943, hasta la historia de amor de un cabo de Madridejos, Vicente Martínez de Cepeda, propietario durante muchos años del Restaurante El Trocadero. Desde los actos y movilizaciones que se produjeron en toda la provincia para enviar un aguinaldo a los soldados españoles en Rusia, hasta los recibimientos y homenajes que tuvieron lugar en diferentes localidades toledanas hacia los paisanos que regresaban. Desde los primeros, y posteriores, caídos en el campo de batalla, hasta las reseñas que sobre cualquier aspecto de esta participación aparecieron en la prensa local. Así, las páginas del libro se ven inundadas de testimonios de la época (fotografías, documentos originales, cartas, recortes de prensa…), algo que acerca al lector a una ya olvidada realidad. Por último, la tercera parte está dedicada a la disolución de la División Azul y al regreso de todos los voluntarios entre finales de 1943 y principios de 1944. Uno de los capítulos profundiza en la repatriación, once años más tarde, de los prisioneros españoles que aún se encontraban en los campos de concentración soviéticos. Nada menos que 6 divisionarios toledanos regresaron en 1954 a bordo del buque Semíramis. Junto a ellos vino un piloto de caza republicano, concretamente de Casarrubios del Monte, al que el final de la Guerra Civil había sorprendido en Rusia. Cuando en su momento solicitó ser repatriado a España Stalin lo envió a un campo de internamiento.

La obra se cierra con la relación nominal de los 443 voluntarios toledanos cuya presencia en la División Azul ha podido ser documentada por el autor. Un listado que aporta, entre otras cosas, sus localidades de origen y el intervalo temporal de permanencia en esta unidad. Nos encontramos sin duda ante una obra necesaria, en un momento además en el que se vuelve a hablar sin complejos de la División Azul. Se publican libros, acapara las portadas de las principales revistas de divulgación histórica e incluso sirve de argumento para novelas y guiones cinematográficos. Y a pesar de ello el autor aclara: “Hablamos de un tema que todavía despierta pasiones enfrentadas, contradictorias, injustas a veces. Pero lejos está en el deseo de esta obra, y en el mío propio, provocar polémicas estériles. Simplemente nadie se había ocupado hasta ahora de los divisionarios toledanos, de sus vidas, de su historia. Y esto es, precisamente, lo que pretende este libro. No se trata de una obra más sobre la División Azul, por mucho que en ella el lector pueda encontrar, como no podía ser de otra forma, continuas referencias a sus hechos más notorios; se trata, en todo caso, de una colección de historias particulares, las de nuestros paisanos; y también la de nuestra ciudad y nuestra provincia, presentes a lo largo de toda la obra”.

Editorial Covarrubias


Benjamín REBOLLO PINTADO El yeso en Peñalver Ayuntamiento de Peñalver, 2012, 44 pags.

El autor, “peñalvero” que ya “hizo sus pinitos” en las lides investigadoras con un interesante libro titulado Cuevas y bodegas de Peñalver publicado en la imprescindible colección Tierras de Guadalajara de Aache Ediciones (2006) y que coordinó la edición de Peñalver, tal como éramos, libro eminentemente fotográfico patrocinado por el Ayuntamiento de Peñalver (2010), es también autor del sencillo folleto que ahora comentamos -puesto que por su paginación no podemos llamarlo libro-, del que se ha hecho una tirada de 300 ejemplares. Una obra no muy extensa, aunque profunda, parte del estudio de la piedra de yeso en el término municipal de Peñalver, así como de la huella que dicho material y sobretodo su extracción, dejaron en documentos de tanta importancia para el conocimiento de la economía de un lugar como son las Relaciones Topográficas de Felipe II y el Catastro del Marqués de la Ensenada, es decir, datos correspondientes a la segunda mitad del siglo XVI y mediados del XVIII, respectivamente, para pasar seguidamente a la descripción de las dos canteras que existieron y finalizar la parte principal del trabajo con una detallada explicación del proceso de extracción del yeso. Así, a la pregunta 30 de las Relaciones contestan: “Al treinta capítulos decimos: que los edificios son de calicanto y yeso, que hay mucho en la dicha villa y términos, y maderas; ansimismo que se crían olmos, sauces y robles y carrasca con que se edifica”, sin embargo, el Catastro de Ensenada no indica nada acerca de su existencia, quizá porque las canteras ya no se explotaran en aquellos años.

El autor sigue al pié de la letra lo que dice antes de dar comienzo a su obra: “En este trabajo, el lector encontrará mucha documentación sobre las canteras de yeso que hubo en Peñalver (Guadalajara), así como fotografías del interior y exterior de ellas, con todo ello nos podremos hacer una idea de cómo se trabajaron y su estado actual”, que, al fin y al cabo, no es otra cosa que seguir ofreciendo a los demás el patrimonio y, en general, los aspectos culturales más destacados de Peñalver, aunque en muchos casos, como indica Benjamín Rebollo, solamente queden algunos restos en el recuerdo de los mayores, (en este caso, de quienes fueron los últimos trabajadores, allá por los años 1943 ó 44: el matrimonio compuesto por Fidel Martínez y Milagros Sánchez, ya fallecidos, que tenían 26 y 23 años cuando sacaron el yeso suficiente para construir su casa en la calle de la Peña, 16) de modo que es necesario recoger de ellos estos conocimientos si queremos cederlos a las generaciones venideras y, para que no nos suceda lo mismo, dejando su huella -la huella de ese recuerdo que hemos recibido gratuitamente- a través de libros y publicaciones que, aunque también efímeros, lo son menos que la humana temporalidad. Quiere ser también este opúsculo un sencillo homenaje a quienes trabajaron en las canteras de yeso cuando estaban en su apogeo, con el propósito de poder sacar adelante a sus familias. Hoy, nos dice el prólogo, inactivas y abandonadas, siguen existiendo en el paraje de “La Cantera”, a unos 50 metros una de la otra, en la parte baja de la vega, a unos 200 metros del arroyo o río Pra, como testigos del pasado no muy lejano, pues allí permanecen todavía los restos de los hornos para calcinar la piedra, de la cabaña para guardar y recoger las herramientas, las eras del machacado, con su rulo…, a la espera,


quizás, de que el paso del tiempo y la incuria humana colmaten su entrada o se hundan, lo mismo que puede suceder con el antiguo tejar, la Cueva de los Hermanicos, los ya escasos restos del monasterio de la Salceda y sus ermitas y algunas bodegas y covachones, sabiendo que cuando esto ocurra quedarán documentos, como este libro, que podrán ser consultados por los que vengan después de nosotros.

impurezas; colocar las piedras más grandes y resistentes en la parte inferior del horno, procurando que encajasen bien entre sí; tapar los agujeros que hubiese entre las piedras; mantener constante una temperatura de 160 grados en su interior, y comprobar el tiempo justo de cocción, que podía observarse a través del color más o menos blanquecino del humo que se desprendía).

Cada cantera disponía en sus proximidades de una era para el machacado del yeso cocido, así como de horno propio, -aunque actualmente solo quedan restos de uno de ellos, el de la cantera señalada con el número uno-, que también contaba con una especie de casilla para guardar la herramienta.

Después venía el desmonte del horno, limpiando las piedras y transportándolas hasta la era, cosa que se hacía con mulas, donde se machacaban hasta lograr una gran finura, tras la que venía el cribado, a veces varios, y el almacenado en lugar convenientemente seco, donde era ensacado para su mejor comercialización y transporte, que corría por cuenta del comprador.

Esta mina se trabajaba al aire libre, lo que facilitaba la extracción, mientras que la dos estaba excavada en profundidad, que la dificultaba, aunque a cambio era un material de mayor pureza. Con gran detalle, especialmente de medidas, continua con las descripciones de las canteras y de las demás construcciones auxiliares, así como de las distintas maneras de extraer el yeso, que solía hacerse mediante la utilización de dinamita -que se introducía en agujeros de 10 a 20 centímetros de profundidad-, y a golpes de pico o con mazas directamente sobre la roca. En las páginas 17 y 18 puede verse el plano general de la cantera número 1, de los hornos y de la cabaña en uno de los lados largos del rectángulo que formaba la era o rolladero, y de su sección.

Finaliza el trabajo con una especie de apéndice fotográfico de especial interés etnográfico. En fin, un trabajo que da a conocer con todo detalle otro aspecto más de aquellas economías locales, artesanales, que el tiempo y los cambios sociales han dejado en el olvido, pero que conviene recoger con precisión como huella cultural todavía latente entre los “peñalveros”, que no otro es el deseo de Benjamín Rebollo, su autor: que este estudio sea el comienzo de otros muchos, aún pendientes de realizar, sobre la cultura, las raíces y el patrimonio de Peñalver.

Un deseo que todos compartimos. José Ramón López de los Mozos

Más adelante se describen los distintos procesos de manipulación del yeso, desde su extracción, construcción del horno y colocación de sus piedras, la recogida de la leña, el quemado del yeso (para lo que era necesario extraerlo con el menor número de


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