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LIBROS Y NOMBRES DE CASTILLA-LA MANCHA SEXAGÉSIMOSÉPTIMA ENTREGA

67. Año III/ 10 de mayo de 2012

Escalona 1083-1554 Oscar López Gómez y otros Ayuntamiento de Escalona, 2012 Como muchos de ustedes saben, en mayo de 2010 comenzamos una andadura investigadora en este pueblo a la que su gente en todo momento nos ha respondido con simpatía y entusiasmo, como acreditamos también hoy; lo que, desde luego, nos anima a seguir por la senda marcada. Dos años después de haber iniciado los estudios sobre los documentos y la historia de Escalona, ¿cuál es el balance? Sin duda, es positivo, y el libro que aquí se presenta es una evidencia. Se trata de una publicación en papel, revisada y mejorada, de los textos que se editaron en formato digital en el DVD que se presentó hace un año en este mismo sitio, en el que

se resaltan algunas de las peculiaridades históricas de Escalona, que la hacen, si no única, sí al menos muy especial. La primera peculiaridad es el trabajo impagable con que los responsables históricos de su archivo municipal, los escribanos del Ayuntamiento, custodiaron sus escritos, lo que ha hecho que, a pesar de los expolios, tengamos hoy mucha documentación antigua. Una segunda peculiaridad es el carácter de Escalona como escenario histórico. Por este pueblo pasaron algunos de los personajes más conocidos de nuestra historia, sobre todo en lo siglos XIV, XV y XVI: desde don Juan Manuel, escritor y guerrero, hasta el rey Juan II y su célebre valido, don Álvaro de Luna; desde el astuto marqués de Villena hasta Lázaro de Tormes, personaje literario, sí, pero de una rotundidad casi de carne y hueso. Personajes que dejaron una huella evidente, o no tanto; como Juana Manuel, esposa de Enrique II de Trastámara y señora de este pueblo; o Juana la Beltraneja, que estuvo en el castillo de Escalona durante un tiempo. Personajes casi anónimos, como los monjes del monasterio que hoy no se conserva, que estaba enfrente del colegio, cuyas ideas atrevidas hicieron de su institución uno de los primeros focos de iluminados de toda España, convirtiéndolos en antecesores del luteranismo. Y por si fuera poco, Escalona, y en concreto su castillo, fueron durante el siglo XV emblema del poder de los nobles más poderosos, además de la cabeza de un señorío que actuaba como un verdadero estado cuasi-independiente. (… … …) El libro que hoy se presenta es el más completo publicado hasta ahora sobre la historia de Escalona, y además, su edición, sin duda, está a la altura de su contenido. Hay que agradecer el esfuerzo realizado por la Diputación de Toledo y el Ayuntamiento de Escalona a la hora de sacar un libro de tal calidad. Del mismo modo, tenemos que agradecer el trabajo de la Editorial DB comunicación, responsable de la elaboración de la obra. Con respecto a su contenido, nunca tantos especialistas, y de ramas tan diferentes (medievalistas, modernistas, paleógrafos, arqueólogos, archiveros), habían participado en un proyecto de análisis sobre


la historia de Escalona. El libro que hoy se presenta es, sin duda, un paradigma de trabajo interdisciplinar. Mi propia aportación a esta obra lleva por título “Control político y relaciones de poder en una villa de los marqueses de Villena: Escalona, 1477-1489”. Empezaré refiriéndome a las fechas: 1477-1489. ¿Por qué esas fechas? Se trata del intervalo histórico que abarca el libro de actas municipales más antiguo de la villa, es decir, el primer tomo que se conserva sobre las actas de las reuniones de los dirigentes de Escalona. Dicho con otras palabras: conocemos todo lo que trataron los gobernantes de Escalona desde 1477, lo cual es verdaderamente extraordinario. Piensen que para una ciudad de la importancia de Toledo no se conservan actas municipales seriadas hasta bien entrado el siglo XVI, y lo mismo ocurre con otras ciudades como Madrid. Además, esta documentación municipal se ve acompañada en el archivo de este pueblo por otra documentación ingente de la época en torno a la definición del término municipal, el uso de tierras comunales, el tráfico de ganado, el urbanismo, la hacienda pública, etcétera, que nos ofrecen un panorama ciertamente próximo a la realidad de otros siglos. La documentación, por tanto, es enorme, y a mi entender hay que estudiarla desde dos puntos de vista: - Uno puramente empírico, es decir, con la finalidad de conocer nuevos datos sobre la historia de Escalona. En este sentido, la labor es apasionante. A día de hoy no es fácil toparse con archivos prácticamente vírgenes, como el de este pueblo, en los que poder analizar decenas y decenas de documentos inéditos. Los datos que se desconocen son muchísimos, y están ahí, recogidos en la documentación conservada; una documentación de una valía tal que puede decirse, sin reparos, que a día de hoy, a 28 de abril de 2012, la historia de Escalona está aún por conocerse. - El otro punto de vista sería más teórico. Por sus características Escalona es un banco de pruebas

excepcional para la aplicación de las novedosas directrices de la historiografía contemporánea. Su documentación ofrece la posibilidad de estudiar temáticas de reciente desarrollo que en los últimos tiempos están modificando, yo diría que de forma radical, la percepción de muchos hechos del pasado. En Escalona se pueden estudiar cuestiones como las redes clientelares del señor de la villa, la cultura pactual que favorecía la resolución sosegada de los conflictos, las formas de ver la vida de los pecheros, las reglas del poder señorial o, en fin, las estructuras de poder en que actuaban los dirigentes de la villa. Sobre esto último, precisamente, es sobre lo que versa mi aportación al libro. Escalona en el pasado estaba dividida en dos grandes sectores, en los que el poder se ejercía de forma diferenciada: el sector militar, el castillo, lo que la documentación llama los alcázares de la villa; y el sector civil, el resto del pueblo. Ambos sectores incluso estaban separados por un foso. En el sector militar gobernaba directamente el duque de Escalona, que delegaba su dominio en un alcaide con una hueste de soldados. Los alcaides eran hombres leales a su señor hasta el extremo. A fines del siglo XV hubo dos cuyos nombres se hicieron célebres en toda Castilla: Juan de Luján, cuyas insubordinación frente a Isabel la Católica precisamente en este pueblo hizo que la reina le despreciara durante años; y Pedro de Baeza, que antes de llegar a Escalona también sublevó Trujillo frente a la reina Isabel, y que fue el principal responsable, y este es un dato muy curioso; el principal responsable nada más y nada menos que de la muerte del poeta Jorge Manrique. Fue ese hombre, la persona que comandó la tropa que acabó con la vida del poeta, la que estuvo de alcaide de Escalona desde 1479 hasta más allá de 1500. En el otro sector del pueblo, en el sector civil, gobernaba el poder vecinal, si bien de forma delegada, es decir, con el beneplácito del señor de la villa. El gobierno en Escalona y su comarca se ejercía desde tres instituciones: el Ayuntamiento, que tenía el poder ejecutivo; el Concejo, formado por


los hombres de Escalona, que era reunido a petición del ayuntamiento, preferiblemente en domingo, para tratar asuntos importantes; y la Junta de la villa y tierra, una reunión de carácter mensual o trimestral que tenían los dirigentes de Escalona con los dirigentes de los catorce pueblos que pertenecían a su condado; en especial con los de los cuatro más importantes: Almorox, Cadalso, Nombela y Cenicientos. Pues bien, algunas de las preguntas que me hago son: ¿quiénes eran esos hombres que controlaban Escalona y sus tierras a finales del siglo XV? ¿Cómo se habían hecho con ese control? ¿Cómo ejercían su dominio? ¿Cuál era su relación con el duque, con el señor de la villa? ¿Era respetada su labor por sus vecinos? Les adelantaré algunas de las respuestas. La sociedad de Escalona a fines del siglo XV estaba dividida en dos grupos: por un lado los hidalgos, es decir, los descendientes de los caballeros que habían venido a defender el pueblo en los siglos XI y XII, cuando las luchas con los musulmanes. Los apellidos de estas familias, algunos de los cuales se conservan aún, eran los Nava, Sepúlveda, Zazo, Tolosa, Gotor o Verdugo. El otro grupo de la población lo conformaban el resto de vecinos, a los que los documentos denominan el común, con apellidos muy variados. Los dos grupos participaban en el gobierno de la villa de distinta manera, aunque todos sus representantes conformaban una oligarquía, es decir, una élite política y social, cuya labor era controlada por el duque de forma silenciosa; sin que se viese demasiado, a través de los alcaides.

Intervención de Óscar López Gómez en la presentación del libro en Escalona

Patrimonio monumental y minero de Almadén Rafael Sumozas García Pardo Biblioteca de Autores Ciudad Real, 2012

Manchegos,

Antes y después En 1593 se produjo el „Informe secreto’ redactado por Mateo Alemán en su condición de Juez visitador, comisionado por el Consejo de las Órdenes Militares y que vio la luz por manos de Germán Bleiberg. Informe y visita del autor del „Guzmán de Alfarache’ que arrojaba luz tanto sobre los precedentes literarios de la obra de Alemán, como de la realidad de la minería del azogue en la ciudad del cinabrio a finales del siglo XVI. Informe, además tendente a clarificar los abusos de los trabajos forzosos y otras irregularidades de los forzados, que acontecían en las Minas de Almadén, cuyos arrendamientos disfrutaban tanto los Fugger como los Xedler. Motivando todo ello, la estancia de Mateo Alemán en Almagro entre 24


de enero y el 4 de febrero; día en que Alemán en compañía del escribano Juan de Cea, emprenden viaje a Almadén, donde se enfrenta con Luys Herbruguen, contador de los Fugger en la „fabrica minera’. 410 años más tarde, la Dirección General de Bellas Artes a través del Instituto del Patrimonio Histórico Español (IPHE), formulaba el llamado „Plan de Patrimonio Industrial’, cuya finalidad era la “salvar 49 bienes históricos de una ruina segura”. Y entre esos bienes que serían salvados, aparecían muy destacadamente el Canal de Castilla y „el conjunto minero de Almadén’. Del que se señalaba en 2003 que “La empresa pública Minas de Almadén y Arrayanes acaba de terminar el plan director, con la asesoría técnica del IPHE, que va afectar al conjunto de sus instalaciones productoras en la comarca de Almadén, ante el cierre definitivo de las minas en 2004…Ahora se platea una acción social para que se visiten las galerías de acceso y castilletes, las viviendas del pueblo, el hospital y la escuela de minas”. En los años transcurridos, Almadén ha pugnado por la declaración de Patrimonio Mundial de la UNESCO y ha proseguido con el esfuerzo de difusión sobre su Patrimonio Industrial; aunque aún no cuente con alguna protección específica de las contempladas en la Ley del Patrimonio Histórico de Castilla-La Mancha, y sólo se contemple ese dominio bajo la figura vacilante e imprecisa de „Parque Minero’. Baste recordar, por otra parte, que no todo arranca en 2003, en 1986 ya publiqué en la revista „Mancha‟ una reflexión de urgencia que denominaba „La huella del paisaje industrial‟. De fechas posteriores son diferentes trabajos que indagan en la misma onda: desde lo general como fuera el capítulo „La minería’ en „Arquitectura para la

industria en Castilla-La Mancha’ de Rafael Villar Moyo (1995), hasta „Arquitectura industrial y ferroviaria en Castilla-La Mancha. 1850-1936’ de Herce Inés (1998); hasta lo particular del trabajo colectivo „La casa Academia de Minas. 225 años de su fundación’ (2002). Ese arco temporal describe con precisión la puesta en valor de la llamada „Arqueología industrial’ y de sus productos edificados hoy en acelerado proceso de desaparición. Describe con precisión la extinción de ciertos modelos industriales, que dieron pie a los usos y abusos de las primeras transformaciones industriales y fabriles de España y, subsidiariamente, de Castilla-La Mancha. Ese relato ya fue esbozado en la recensión del trabajo de 1995 „Arquitectura para la industria en Castilla-La Mancha‟, publicado en el número 10 de la revista „Añil‟ en 1996, bajo la denominación „El drama de la ciudad industrial’, donde podía leerse: “El perfil y la definición de la edilicia industrial, no sólo no estaba suficientemente estudiado, sino que carecía de instrumentos jurídicos de protección. La aparición primero y la consolidación conceptual después de la Arqueología Industrial, nos permite asumir sin ningún tipo de conflicto cultural las aportaciones edificatorias industriales que hoy mayoritariamente están en desuso en unos casos y presas de un abandono evidente en otros. Circunstancias ambas que dificultan la permanencia de las piezas; si su vigencia eficiente carece hoy de relieve, no podemos decir lo mismo de su valor cultural. Valor que podemos asumir en relación tanto con la Historia Industrial como con la historiografía de la Construcción e incluso de la Arquitectura. La matriz de tal abandono, de tal decrepitud y de tal obsolescencia no es idéntica a la que percibimos en presencia de las


ruinas romanas de Segóbriga o ante los restos de Calatrava la Vieja. Aquí y allá hay un claro peso de la Historia y un fuerte determinismo cultural. Su valor conceptual no se cuestiona, aunque la práctica de conservación sea otro cantar. Por contra la visión del Martinete de los Pozuelos de Calatrava o de los molinos harineros del Guadiana en Daimiel, plantea diferentes interrogantes. Son en origen instalaciones o estructuras o construcciones o edificios o acaso arquitecturas -t odas esas acepciones se utilizan por los autores, sin aclarar su continuidad entre el l as - fabriles. Están dictadas y así edificadas, para satisfacer una clara necesidad material: obtener metal, moler trigo, elevar agua. Esta clara servidumbre con lo necesario, produjo no tanto una noción de valor como una noción de uso. Su interés, desde esta perspectiva, será más antropológico que artístico”. El trabajo reseñado trata, por tanto, de ser una apretada puesta al día de los diferentes trabajos que en torno al binomio „Almadén/patrimonio minero’ se han producido. Para lo cual, el relato se estructura en tres apartados temáticos: Las minas propiamente dichas; el ciclo de la minería/metalurgia, con sus aportaciones propias como ocurriera en los hornos Bustamante; y las trazas de todo ello en la Arquitectura y en la ciudad. Trazas que ya fueron tempranamente estudiadas en 1974, por el profesor Antonio Bonet en su trabajo de la revista „Goya‟. La historia del mercurio y del azogue abre el primer apartado genérico y algo breve. El segundo epígrafe está referido a la historia particular de los pozos de explotación de Almadén, su configuración administrativa y la „germanización‟ técnica del siglo XVIII, con nombres como Köehler, Hoppensak y Störr; frente a la germanización técnica, habría que

contraponer la difusión británica de 1775 de William Bowles y su excelente trabajo „Introducción a la historia natural y a la geografía física de España‟, para dar cuenta de la „internacionalización de la minería española desde sus orígenes‟. Para cerrar con el tercer apartado, referido ya al recuento edificado de la ciudad; donde no sólo se pormenorizan los avatares de la minería, sino que se engloban otras presencias diversas, al dar cabida a cuestiones alejadas de la bocamina y del pozo. Para describir finalmente, el tránsito de la extinción industrial, a la manera ya citada de que “El drama de la ciudad industrial es el de destruir - c o m o Saturno devoraba a sus hijos- sus propios resultados y productos”. Y ese es el recuento final: contar una extinción o una desaparición. Para admitir, con Antonio Machado que “se canta [y se cuenta] lo que se pierde”. José Rivero Serrano

La batalla de Almonacid 1809 Leopoldo Stampa Piñeiro Almena Ediciones; Madrid, 2012; 88 pags.; 14 € Ilustraciones de Claudio Fernández Cuando los ejércitos imperiales cruzaron el Bidasoa, en París se pensó que con la ocupación de Madrid y el desguace de la monarquía borbónica, los asuntos de España estarían resueltos en cuestión de semanas. Sorprendió la


resistencia en la capital y el fenómeno que paulatinamente se fue extendiendo en el territorio peninsular. Y en un primer momento, incluso, llegó a infravalorarse. A pesar de las desgarradoras imágenes que Goya nos dejó, síntesis del sacrificio y también la impotencia de los españoles ante la represión francesa, el balance de la primera parte del año 1808 no fue tan malo para los que se alzaron contra la ocupación. Cierto es que hubo alguna batalla, como la de Medina de Rioseco, de arrollador triunfo francés, pero éste quedó compensado por el fracaso de los imperiales ante Valencia, en junio, y por las derrotas que sufrieron en Mengíbar y Bailén al mes siguiente. Los ejércitos imperiales terminaron por retirarse prudentemente al otro lado del Ebro en espera de tiempos mejores. Nunca lo hubieran pensado. "Les affaires d'Espagne" se complicaban. Sin embargo apartir del otoño las tornas cambiaron. Napoleón en persona se dirigió a España para tomar las riendas de la campaña. Zornoza, Gamonal, Espinosa de los Monteros, Somosierra, Tudela y Madrid son nombres de batallas que jalonaron los triunfos imperiales y las derrotas de los ejércitos españoles. Ante ese desgaste, 1809 empezaba con los peores augurios. Y los peores augurios se cumplieron en Almonacid de Toledo. Leopoldo Stampa, experto en el estudio de la Guerra de Independencia Española, vierte en estas páginas sus profundos conocimientos sobre el conflicto. La Batalla de Almonacid tuvo lugar durante la Guerra de Independencia el 11 de agosto de 1809 junto a Almonacid de Toledo. Enfrentó a una Grande Armée francesa de unos 14.000 soldados al mando del mariscal Sebastiani con otro español de unos 22.000 infantes, 3.000 caballos y 29 piezas de artillería al mando del general Venegas. De la web de Marcial Pons

Escaramuzas del poeta saturniano (Antonio) Martínez Sarrión dio a su primer diario el título taurino de Cargar la suerte y se autorrecomendó, para evitar "el irresponsable, estéril, frívolo y superficial elitismo", una buena dosis de "independencia, apartamiento alerta, ironía o humor en toda la gama y llaneza". El segundo volumen, Esquirlas, evocaba las astillas que se desprenden de lo que se fractura a fuerza de golpes contra algo más duro: la estupidez ajena o la historia, supongo. Y se encomendaba allí al "adelgazamiento expresivo, economía, transparencia [...], indicios de que un escritor ha logrado la madurez y la maestría". En Escaramuzas, el tercero de los diarios, se acoge a la "claridad, concisión, elegancia y una punta de humor", mientras que el título parece que evoca no tanto el combate como la esgrima ágil y reiterada. De todas estas cosas -lances de lidia, esquirlas y escaramuzas- hay en este tenaz heredero de Juan Benet (la impresión de su muerte abría Esquirlas) y, por supuesto, también están todas esas virtudes del estilo que buscan sus autorrecomendaciones. Del "gran estilo" benetiano queda el empaque sentencioso a lo Quevedo -de quien Martínez Sarrión es fidelísimo-, así


como el arrimo a cierto desgarro culto más que popular. Y, sin embargo, hay una permanente renuncia a la frondosidad divagatoria que no era ajena a Benet. El apunte tiende a ser más esquemático que otra cosa; se prefiere la enumeración de nombres propios a la efusión de adjetivos; la mención escueta de un estado de ánimo o un paisaje al deliquio rememorativo. Supongo que por eso se cita a menudo al lacónico Pío Baroja con encomio. Y el escritor confiesa que, si pusiera mano a una ficción en prosa, le gustaría "ser un Baroja sin su extremado nihilismo o un Pla menos cínico. Por ahí". Por supuesto, desde el diario de 1995 cuyas anotaciones nos llevan de 1968 a 1992- hasta el actual, con textos de 2000-2010-, el talante del escritor se ha hecho más adusto porque el horno no está para bollos y la irritación salta más a menudo. No siempre se comparten los términos de esta: no es lo mismo Camilo José Cela que Vargas Llosa, ni Francisco Umbral que Félix de Azúa, por ejemplo, y quizá fuera deseable que se aplicara a alguno de los zaheridos Espada, Juaristi o Savater- la misma piedad que a Ernst Jünger o a Jorge Luis Borges. Pero es norma que vale para los diarios y una prerrogativa de la sátira moral que sus críticos nos atengamos a la coherencia expresiva y no entremos en la discrepancia ideológica. Por lo demás, el lugar personalísimo desde el que se libran las "escaramuzas" del último diario queda perfectamente delimitado. Con mucha razón, su autor nos recuerda que unos años convulsos en la vida de Francia (la víspera de la guerra de 1939) nos legaron La náusea de Sartre, La conspiración de Nizan, Gilles de Drieu la Rochelle, El tiro de gracia de Yourcenar y Tierra de hombres de Saint-Exupéry. No es mal paisaje literario en lo que toca a la pugna de las ideas y los sentimientos... Y en lo que concierne al motor moral de una poética, recordemos que este

escritor -al que Benet llamaba "el moderno"- vindica todavía la memoria de aquella "absoluta radicalidad estética" que parece "palpar ese extremo de lo expresable con sentido": allí están los suyos, desde Cézanne, Rimbaud y Mallarmé hasta Joyce, Faulkner, Paul Celan y John Cage. Sin olvidar a Robert Bresson y a Andréi Tarkovski. En algunas anotaciones de este diario se apuntan títulos de posibles libros que son muy reveladores -Sin anestesia, Paradero desconocido, Victoria del desollado...porque hablan de aislamiento, resistencia o daño. El último poemario de Martínez Sarrión, sin embargo, se llama Farol de Saturno, lo que también tiene su miga: nos trae una luz aunque sombría y menciona al patrón mitológico de los grandes creadores melancólicos y algo malhumorados. El farol epónimo alumbra dos notables conjuntos de composiciones aparentemente dispares y, sin embargo, complementarios: 'Hábitos de los discípulos de Buda' es una serie de sátiras morales acerca de la sobrevivencia y la segunda parte, sin título, es un inventario de motivos campesinos, modestos y desvencijados recuerdos de la infancia pero profundamente enraizados en la vida, que parecen ser las recompensas de aquellos primeros discípulos de Buda que esquivaron la vida consuetudinaria, callaron casi siempre y procuraron no participar de las injusticias. La apelación a Buda es lo de menos, aunque sirva para subrayar el sesgo laico y utilitario de estos consejos y observaciones. Martínez Sarrión y los discípulos de Gautama son, en rigor, mucho más romanos, de la secta de Juvenal y también sobrinos de Lucrecio, el materialista, y de Séneca, el estoico. No los quieren en los empleos que piden "agresividad, tesón, / disponibilidad fuera de horario, / bien rasurado, polos de Lacoste / y, en cualquier trance, positividad" y, desde


luego, son alérgicos al "teléfono móvil de los huevos, / que hoy se utiliza tanto para un roto: / intercambiar cuatro sandeces / sincopadas sin arte, / como para un descosido: / navegar por la Red o dedicarse al 'zapping".

corrosivo piensa que "celebra lo que fue / su conexión al Todo, / que se verificó con el mínimo coste". Esta diminuta fábula es una joya concentrada de las que sólo la madurez y la maestría producen de cuando en cuando.

El último de los poemas de esta serie nos descubre a dos "claros poetas" que avanzaron por aquella misma senda y "que yo quería faros o atalayas / guiando en plena noche nuestras torpes derivas": Robert Graves y Jorge Guillén. Ninguno de los dos son mala recomendación y, en efecto, bastantes de los poemas campesinos de la segunda parte tienen ecos de la avidez vital de Graves, de la serenidad demorada de Guillén y no poco de la unción emotiva de Claudio Rodríguez, otro poeta apreciado por el autor y varias veces presente en sus diarios. Pero Martínez Sarrión prefiere acercarse sin muletas filosóficas, ni coartadas líricas, a ese mundo en que hay escarabajos, ratas, una jornada de pesca, una hoguera de pastor bien calculada o la carta de una enamorada iletrada. En 'Carretera que serpentea sobre la colina' evita que las "sendas perdidas" tengan que ver con "las que recorría aquel filósofo / de palabra exigente y política errada" (Holzwege, de Heidegger) e incluso prefiere que los "claros del bosque" no recuerden los de "cierta vieja dama / con algo de sibila y pitonisa" (María Zambrano).

José-Carlos Mainer en Babelia (El país) 14 de enero de 2012

Y en 'Pequeña alquería', la tentación de pensar en los paisajes mágicos y levitantes de Joan Miró, le lleva a acumular por el contrario los nombres de otras cosas que prefiere: "petróleo o queroseno, / ropa fuerte y barata, buenas botas / para el agua y el barro" y, sobre todo, "una de esas barajas / que, por lo abarquillada y lo mugrienta, / han dejado de usar en al casino". Cuando en el cierre canta el último grillo del otoño ("sin más propósito ni más postulación de un yo ridículo"), el poeta zumbón y

El color de la tinta (Poesía 19622012) Nicolás del Hierro Ediciones Vitruvio, Madrid, 2012

Pese a pertenecer a la que él mismo denomina una generación nacida a flor de bala, Nicolás del Hierro es un poeta que ha permanecido siempre al margen de esos ficticios, confusos y a veces interesados mapas que son los cuadros generacionales. La suya es la obra de un poeta forjado a sí mismo, que ha ido creciendo a lo largo de cincuenta años


bajo sus propios impulsos creativos, y cuya voz, cimentada sobre el yo autobiográfico, ha estado siempre marcada por un fuerte acento confesional e intimista. Voz que, salvo en la etapa central de su lírica, aparece desnuda de ornato, depurada de todo artificio, y estremecida por una intensa vibración emocional. Una poesía definida por Carlos Murciano como recia y tierna a un tiempo (...) humanísima, conmovida en sus posos, en sus hondas raíces, y, por ello, conmovedora. Su obra se inicia desde una actitud ética y rehumanizadora, y desde el más sincero compromiso de solidaridad con el hombre. En sus tres primeros libros, Profecías de la guerra (1962), Al borde casi (1965) y Cuando pesan las nubes (1971), fluctúa entre su visión crítica de un mundo deshumanizado, y su fe inquebrantable en un futuro de solidaridad, amor, dulzura. Dos impulsos esenciales de su lírica, y dos ejes temáticos que, unidos a un desolado universo existencial, constituyen el armazón de su primera etapa poética. A partir de Este caer de rotos pájaros (1979) se inicia un viraje estético en la obra del poeta, que abandona su sobriedad expresiva para situarse en una línea más innovadora y más atenta al poder de sugestión de las imágenes. Etapa central de su trayectoria poética, que habrá de prolongarse en sus dos libros de tema amoroso, Lejana presencia (1984) y Muchacha del Sur (1987), y a la que también pertenece su cuaderno Los rojos ríos de tus noches, muy tardíamente publicado en 2005. A partir de Cobijo de la memoria (1995) comenzará un nostálgico viaje de regreso a sus orígenes, que se verá interrumpido por sus dos siguientes libros: Lectura de la niebla (1999), que ahonda introspectivamente en el más oscuro desengaño, y Mariposas de

asfalto (2000), donde recupera de nuevo su actitud comprometida y solidaria; pero ese viaje de regreso a los gratos paisajes de la memoria hallará continuidad posteriormente en El latir del tiempo (2004) y Dolor de ausencia (2005). Sus dos últimos poemarios inéditos, Desde mis soledades y El color de la tinta, recogidos por el autor en este volumen, suponen un regreso a su estética coloquial y a su característico confesionalismo, en un proceso de fuerte carga intimista donde la reflexión metapoética, el desencanto o el vacío existencial son el triple reflejo de una actitud cada vez más desengañada ante la literatura y ante la vida. Pedro A. González Moreno (Fragmento del prólogo del libro)

Tras las murallas de Cuenca Michel Muñoz García y Santiago David Domínguez Solera Consorcio de la Ciudad de Cuenca, 2012


Se trata de un libro de estudio y consulta sobre las Murallas de Cuenca, realizado por dos arqueólogos de reconocido prestigio: Michel Muñoz y Santiago Domínguez. Todo un mundo por descubrir tras sus páginas... Como ejemplo del contenido del libro veamos el capítulo 5 del mismo, que comienza exponiendo el significado urbanístico, fiscal, higiénico... y por supuesto militar que tenían las cercas de las ciudades cristianas. Hace luego un repaso a la fortificación del reino de Castilla durante el siglo XII, una centuria muy mal conocida en cuanto a fortificación se refiere. Las palabras no son mías sino de Javier de Castro Por último contextualizamos la obra de la muralla entre las obras defensivas que se dan en la frontera oriental del reino castellano. Frente a los paramentos ciclópeos de Ávila, Plasencia o Bejar, en esta parte los mampuestos son livianos. Su tamaño era el adecuado para ser manejado por un solo alarife, lo cual revela un método constructivo mucho menos sofisticado que el empleado en las anteriores villas reales

En defensa de la biblioteca pública Juan Sánchez Sánchez Almud ediciones de CLM, Biblioteca Añil nº 54; Ciudad Real, 2012; 240 pags.

Juan Sánchez Sánchez presentó en la Biblioteca de Castilla-La Mancha una nueva selección de textos publicados por Almud Ediciones dentro de su colección Biblioteca Añil

Munición para los defensores de las bibliotecas públicas

El acto de presentación estuvo presidido por el alcalde Cuenca Juan Ávila El libro es un encargo del Consorcio de de Cuenca a los arqueólogos Santiago David Domínguez Solera y Michel Muñoz García

Publicado por PAZ RISUEÑO VILLANUEVA en su página web

En defensa de la biblioteca pública, de Almud ediciones (Biblioteca Añil), es la segunda parte de la trilogía de Juan Sánchez Sánchez dedicada «a resaltar los valores de las bibliotecas públicas y a expresar la lucha personal que, como ciudadano o desde puestos profesionales», este autor viene manteniendo desde hace muchos años «para colaborar en la mejora de este servicio público en España».


Combates por la biblioteca pública en España, que Almud publicó en 2006, fue el primero de ellos. Consistió en una recopilación de trabajos, conferencias y artículos publicados en prensa entre los años 1978 y 2006. El segundo es una novela juvenil, Rebelión en la biblioteca, que muy pronto verá la luz y que describe cómo la directora de una biblioteca es cesada en su puesto y trasladada a dirigir una residencia de ancianos, y cómo un grupo de jóvenes usuarios de esa biblioteca inicia un movimiento de apoyo que consigue concienciar a toda la ciudad, incluidos los más diversos sectores sociales y culturales. En defensa de la biblioteca pública, por último, es una selección de textos recientes -en buena medida publicadas en La Tribuna de Toledo y el resto de cabeceras de este grupo en la región-, «artículos, ficciones, relatos, poemas y propuestas». En otras palabras, munición -y empleamos la palabra con absoluto convencimiento, en los tiempos que corren- para quienes consideren una parte de sí mismos esas instalaciones que, en contra del sentir de muchos (algunos políticos incluidos), ni muerden ni se alimentan del aire. A la selección de artículos de opinión publicados en prensa siguen cuatro relatos que Juan Sánchez Sánchez publicó entre 1992 y 2010, „El niño que acumulaba libros‟, „El corazón de la lectura‟, „Y la Biblioteca cerró sus puertas‟, y „La mordaza y el miedo‟. Las denominadas „Ficciones institucionales‟, dos poemas y la presentación del personaje de Mateo Gómez, en cierta manera un álter ego del autor, creado en 2005 para expresar públicamente sus ideas, completan el bloque „Literatura al servicio de las bibliotecas‟.

La tercera parte del libro se denomina „Nuevas investigaciones y proyectos‟. Este apartado es de especial interés para los profesionales de las bibliotecas, tanto por sus conclusiones como por la metodología empleada y por su reciente elaboración. Juan Sánchez Sánchez (Toledo, 1952) es licenciado en Geografía e Historia. Fue jefe del servicio regional del Libro, Archivos y Bibliotecas de Castilla-La Mancha entre 1991 y 2006. Trabajó en la Biblioteca Pública del Estado y Centro Coordinador Provincial de Bibliotecas de Toledo en los años setenta. Durante el periodo 1984-1990 fue director de gabinete de los consejeros de Educación y Cultura y de Relaciones Institucionales, así como del vicepresidente del Gobierno de CastillaLa Mancha. En la actualidad, es jefe del servicio de Enseñanza Universitaria en la Consejería de Educación. Adolfo de Mingo, en La Tribuna de Toledo, 4 de mayo 2012


José María Alonso Gordo (coord.) El Ocejón y sus juegos populares, 2.ª ed. corregida y aumentada, Asociación Serranía de Guadalajara, 2011, 32 pp. El presente trabajo se editó con motivo de la celebración del IV Día de la Sierra, que tuvo lugar en Majaelrayo, el día 15 de Octubre de 2011 y cuya organización corrió a cargo de la Asociación Serranía de Guadalajara. La primera edición se efectuó muchos años antes, en 1985, con motivo del Primer Día del Ocejón, que también se celebró en Majaelrayo, los días 29 y 30 de junio. En la Introducción, que firma Raúl Conde Suárez como Presidente de la Asociación mencionada, se le indica al posible lector con qué se va a encontrar páginas adentro, es decir, cual es el esquema cultural de la obra, que resume en los capítulos dedicados al estudio o por mejor decir, a la descripción, de los juegos de bolos, la calva, el tiro de la barra, el chito y la burria, así como el de la estornija, el hinque, el de la pelota (o pelota a mano) y el borreguero, detallandose en cada uno de los apartados su reglamento, vocabulario y variantes observadas. Son, por lo general, juegos claramente rurales, que solían practicar los pastores y los cazadores serranos en sus momentos de asueto y siempre de una forma utilitaria, a modo de entrenamiento cara al desarrollo de sus propias actividades laborales, procurando despertar el ingenio, la destreza, la puntería, etc., amén de la diversión. Al parecer, muchos de estos juegos tuvieron unos orígenes tan ancestrales y recónditos que llegaron a perderse en la noche de los tiempos; en algunos casos se dice que ya fueron practicados por grupos de población autóctonos, anteriores a la dominación romana, cosa que quizá pudiera explicarse con cierta claridad a través del análisis de las palabras que suelen usarse durante su práctica, como “birle”, “cinque”, “micha”, “cajo”, “chito”, “burria”, etcétera; otros puede que fueran traídos -y posteriormente incorporados o asimilados- por grupos de repoblación provenientes de las tierras del norte peninsular; de algunos se sabe con certeza que fueron practicados durante la

Edad Media, como así se pone de manifiesto en el Sínodo de Salamanca, de 1451. Veamos, a continuación, los juegos que se incluyen en la presente publicación, así como la autoría de sus correspondientes fichas, que recogen los siguientes datos: el nombre más utilizado (o por el que es más conocido) el juego de que se trate, sus orígenes o procedencia y otros lugares donde se practiqua, la descripción de los elementos que se emplean en él (bolas, bolos, tipo de la cancha, calva, calvo, barra, chito, tejo, burria, estornija, hinque, pelota, borreguero...), las normas o reglamento por el que se rige, a veces el vocabulario que se emplea en su desarrollo, las posibles variantes que se han observado... Octavio Mínguez -“posiblemente, el serrano que más y mejor conoce los entresijos del Valle del Ocejón”, según palabras de Raúl Conde- trata del Juego de los Bolos, cuya implantación en la Sierra se debe, probablemente, a los pastores que la repoblaron en el siglo X y cuyas diferencias con otros juegos de León, Asturias o Cantabria son muy notables. Hablando de las reglas del juego de bolos que se practica en los pueblos del Ocejón, señala que hay cuatro que son comunes a todos ellos: que el jugador no pueda mover el pie del sitio exacto de la “manda” (o el “birle”), en tanto no pare la bola o pase del “cinque”; que tampoco pueda apoyarse en ningún sitio con el brazo libre, a la hora del lanzamiento de la bola; que la bola debe sobrepasar -en la tirada de ida- la línea del “cinque”, y que no podrá cruzar de carrera o calle al tirar desde la “manda”. Otras reglas aunque no son universales están bastante generalizadas, como el que no se contabilicen los bolos derribados por otro bolo (en la tirada de ida), o cuando la bola tirada desde la “manda” rebote en la madera del fondo y retroceda hasta entrar en el área de los bolos. A veces surgen también tipos especiales de “manda”, es decir, que implican obligatoriedad en su cumplimiento y cuya infracción constituye “micha” (falta). Sigue un escueto vocabulario donde aparecen palabras como “birle”, que es la zona o espacio de la “cancha”, entre la raya del “cinque” y la madera (siendo “cinque” la línea marcada en el suelo de la “cancha”, a lo ancho, que debe sobrepasar la bola en


la primera tirada), y las variantes observadas. José M.ª Alonso -que junto a José Fernando Benito es uno de los dos “guardianes del extensísimo legado cultural de Valverde” (Conde dixit)- trata del Juego de la Calva, que -según indica- parece tener una base práctica relacionada con las tareas del campo, puesto que los pastores ejercitaban su fuerza y puntería lanzando piedras a un cuerno colocado en el suelo, con la punta hacía arriba. A la descripción del mismo sigue la relación de los elementos que lo componen: los equipos, la “calva” o “calvo” y el “barrón” o “calvo”, la “cancha”, el “calvero” o árbitro, la “manda” y las partidas o “cajos”, para finalizar con el desarrollo del juego y sus reglas especiales. El mismo José Mª Alonso Gordo analiza el Tiro de la barra, tan extendido a lo largo de la geografía española. José Antonio Alonso escribe acerca del Juego del Chito, quizá uno de los más populares en la provincia de Guadalajara, donde también es conocido con los nombres de “tanguilla”, en Palazuelos; “ahíta”, en Alustante; “galiche”, en Miralrío; “tango”, en Rebollosa de Jadraque y Luzaga; “tejo” o “lita”, en Robledo de Corpes, y “tanga”, en la zona de Tierzo, en el Señorio de Molina (que Santiago Araúz de Robles recoge en su interesante y agotadísimo libro Los desiertos de la cultura). Juego este del “chito” en el que se utilizan dos elementos principales: el propio “chito”, en cuya parte superior se depositan las monedas estipuladas por los jugadores, y el “tejo” (pieza más o menos discoidal) que había que arrojarle desde una distancia convenida para intentar derribarlo y poder ganar aquellas monedas que hubiesen caído más cerca del mismo. José Fernando Benito, -el otro guardián de los valores culturales valverdeños- describe brevemente el Juego de la Burria que, según indica, recuerda al hockey sobre hierba, aunque sustituyendo las porterías por un único hoyo en el que los dos equipos contendientes tratarán de meter una bola de unos siete centímetros de diámetro. Un juego del que no se conserva regla alguna y cuyo palo recuerda claramente a una garrota o cayado pastoril. Un apartado final, que firman J. M. Alonso Gordo, J. A. Alonso y J. F. Benito trata de

Otros Juegos, y en él se recogen el de la “estornija” (un palo de unos sesenta centímetros que debía lanzarse lo más lejos posible al golpearse con otro palo más largo); el “hinque” (que en otros lugares conocemos como el “clavo”); el “juego de pelota” (o pelota a mano), actualmente desbancado por el frontenis, y el “borreguero”, del que tan pocas referencias existen dada su primitiva sencillez, puesto que consiste en colocar en el suelo una piedra alargada, pina, para desde cierta distancia -marcada con una raya- lanzar cada jugador una piedra que, para ganar, debe caer lo más cerca posible de aquella. Completa el trabajo una breve bibliografía así como la referencia a algunos sitios web en los que pueden encontrarse datos acerca de estos juegos.

José Ramón LÓPEZ DE LOS MOZOS RECUPERACIONES CIEN LIBROS CONVENIENTES (PARA MEJOR CONOCER CUENCA) José Luis Muñoz Decir “cien” es una cifra convencional que tiene mucho de artificio rebuscado, como sucede de manera repetida en distintos sectores. Periódicamente se votan las cien mejores películas de la historia, se eligen las cien mujeres más elegantes o guapas o sofisticadas del mundo, nos apabullan con la lista de los cien hombres más ricos, se señalan con mejor o peor criterio los cien momentos culminantes de la humanidad o se invita (a los famosos, claro) a elegir los diez libros que se llevarían a una isla desierta. Por no recordar aquel libro antológico que nos acompañó en los inicios de nuestra andadura lectora, “Las mil mejores poesías de la lengua castellana”. Todo es convencional, claro. Podría ser otra cifra cualquiera o incluso ser una relación abierta, de más o menos, pero parece que la referencia a cien tiene un cierto atractivo, incluso con su componente ligeramente morboso: ¿dónde se acabará esa centena? Es un lugar común decir -a veces sin mucho conocimiento de causa- que en Cuenca se edita mucho. Es verdad, pero no es tanto, si buscamos parámetros comparativos. El repertorio bibliográfico conquense es muy


abundante aunque, por desgracia, en ese amplio contenido no todo lo que existe es merecedor de ser valorado ni tenido en cuenta pues, por desgracia, encontramos en ocasiones aprendices de escritor que acuden a fuentes nada recomendables con las consecuencias imaginables, al enlazar un disparate con otro como en una ristra de chorizos. El trabajo que sigue responde a un criterio absolutamente personal, el de quien lo firma y que por ello mismo asume, desde la primera línea, la responsabilidad inherente a los comentarios, sean censuras o elogios, que pueda recibir y que, con toda seguridad, responderán a criterios igualmente personales, desde luego respetables. He intentado desbrozar, entre la maraña de títulos publicados sobre Cuenca (ojo: “sobre”, no “de” conquenses, que es otra materia), aquellos cien que habiéndome sido provechosos a mí, pienso que lo serán también a cualquiera interesado en conocer las cosas de esta tierra. El catálogo abarca un amplio espectro: historia, arte, geografía, paisajes, viajes, literatura, miscelánea, temas locales, etc., es decir, aquellos libros que pueden aportar un nivel apreciable de conocimiento sobre la generalidad de la provincia o un sector específico de ella. No se han tenido en cuenta las biografías personales, los catálogos de exposiciones (salvo un par de excepciones que se comentarán en su momento) ni las obras de creación literaria, que merecen tratamiento diferenciado ni tampoco los folletos en forma de memorias, programas y demás. Mención aparte merece el prolífico tema de las “historias” locales (y el recurso a las comillas avanza ya una cierta predisposición del autor), de las que están apareciendo docenas en los últimos años. En su mayor parte, son un modestísimo repertorio de costumbres, relación de nombres y apodos o acumulación de documentos sin orden ni concierto, sin que falten los de estructura poética (aunque con escasa poesía interior), libros destinados a satisfacer el ego de los alcaldes de cada lugar y la pequeña vanidad de los vecinos citados en el texto. Es, desde luego, un esfuerzo y una inversión económica desperdiciados. Sólo unos pocos, muy pocos títulos, entre ellos, aportan alguna noticia de verdadero interés sobre los

respectivos pueblos. Eso explica, de otro lado, el abrumador predominio de títulos sobre la ciudad de Cuenca, que sí ha generado (aparte, por supuesto, su propia importancia intrínseca) un considerable número de títulos meritorios. Sería muy deseable que en el futuro quienes financian y promocionan este tipo de obras (Diputación y Ayuntamientos, de manera singular) mostraran alguna preocupación por seleccionar mejor la calidad de los productos pues, en contra de lo que pudiera parecer, no todo vale siempre. Concluida la introducción pasamos al contenido, señalando que el plan de trabajo impuesto prevé la incorporación de un nuevo título cada semana, y así, paso a paso, iremos elaborando esta relación de los cien libros que, a mi juicio, son necesarios y convenientes para mejor conocer la historia y la realidad de la provincia de Cuenca: EN LA WEB DE LA BIBLIOTECA MUNICIPAL DE CUENCA

http://bibliocuenca.blogspot.com

Memorias Históricas de Cuenca y su Obispado. Mateo López. Edición de Ángel González Palencia Instituto Jerónimo Zurita del CSIC/Ayuntamiento de Cuenca, 1949. Biblioteca Conquense, vols. V y VI.


En el año 1787, la Sociedad Económica de Amigos del País de Cuenca convocó un concurso destinado a seleccionar la mejor obra presentada que ofreciera una visión total (histórica, geográfica, civil y eclesiástica) de la provincia de Cuenca. Sólo se presentó un trabajo, firmado por Mateo López (Iniesta, 1750-Cuenca, 1819) y para él fue el premio de 300 reales (más 100 añadidos por “cierta persona”) pero no se concretó el galardón sin duda más esperado y deseado por el autor: la publicación de la obra. Con alguna maldad -propia en todo lugar entre los escritores envidiosos- Muñoz y Soliva insinuará, casi un siglo más tarde, que la no publicación de la obra se debió a su mediocridad, lo que no impidió a ese mismo autor entrar a saco en ella y utilizar generosamente sus materiales para escribir su propia Historia de Cuenca, cosa que pudo hacer (como algunos otros después) dando por supuesto que, como estaba en manuscrito, nadie podría conocerla ni reprochar los plagios. Y así hubiera sido si en 1949 no apareciera Ángel González Palencia, benemérito intelectual por muchos conceptos, para sacar de los archivos el manuscrito de don Mateo y darlo a la imprenta. Gracias a tan singular iniciativa, propiciada por el Ayuntamiento de Cuenca en tiempos felices, el trabajo de Mateo López está hoy a nuestra disposición en algunas bibliotecas. Se trata de una apabullante colección de datos y noticias, algunas de ellas con carácter totalmente inéditos y otras (como muchas de las que remiten a documentos del archivo diocesano) imposibles hoy de comprobar por haber desaparecido los originales. Pero no es un libro si atendemos al significado real de este concepto. Las Memorias no tienen una estructura coherente ni siguen una metodología razonable que justifique una elaboración ordenada, sistemática, atenta a un plan previo y un

desarrollo cohesionado. El autor fue recogiendo noticias dispersas que fue agregando una tras otra, sin atender a criterio alguno e incluso olvidó uno de los requisitos de la convocatoria: “deberá comenzar desde su fundación y terminará con buen orden de cronología en los tiempos presentes”, pues todos los materiales aparecen mezclados y por ello pasa de un tema a otro que introduce otros distintos, sin orden ni concierto. Desde este punto de vista, el propósito de la Sociedad de Amigos del País quedó, evidentemente, frustrado y quizá por ello renunciaron a llevar adelante la edición, condenando al texto a permanecer inédito. Pero para nosotros el trabajo, recuperado por González Palencia sí ofrece un extraordinario interés porque en él aparece una enorme cantidad de datos que son imprescindibles para incorporar, desde nuestra perspectiva (siglo XXI) multitud de datos y observaciones, a lo que ahora se escribe. En especial, tienen un gran valor los que se refieren a la época en que vivió Mateo López (que era, en esos momentos, maestro mayor de obras del Ayuntamiento de Cuenca y del obispado y, por tanto, testigo excepcional de la evolución urbanística de la ciudad). En otros casos, las muchísimas páginas que dedica a las ciudades hispano romanas de Segóbriga, Valeria y Ercávica carecen de suficiente validez, porque la investigación posterior ha desbordado y mejorado aquellas imprecisas noticias. Las Memorias históricas de Cuenca y su obispado son un texto de excepcional valor, como fuente directa para conocer nuestra provincia. José Luis Muñoz en la web de la Biblioteca Municipal de Cuenca http://bibliocuenca.blogspot.com


67 entrega de "Libros de CLM"