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LIBROS Y NOMBRES DE CASTILLA-LA MANCHA CUADRAGÉSIMOSEGUNDA ENTREGA 11 de noviembre de 2011

Félix Grande y su libro: Foto José Belló LA POESÍA MESTIZA DE FÉLIX GRANDE Félix Grande, Biografía (1958-2010), Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2011. 492 págs. Prólogo de Ángel Luis Prieto de Paula. Como otros autores contemporáneos de obra poética no muy extensa (Claudio Rodríguez o Diego Jesús Jiménez) Félix Grande goza de un lugar detacado en la lírica española. La notoriedad, en su caso, procede sobre todo, como él mismo confiesa, de la novedad que supuso en su día la aparición de Blanco Spirituals (1967), poemario que, como ha venido haciendo notar la crítica, coincide en fecha de composición con Blues castellano de Gamoneda, aunque la publicación del libro del leonés se demorara hasta 1982.

Blanco Spirituals, publicado un año después de Arde el mar, es uno de esos libros que a su valor intrínseco añaden el mérito de ser balizas que señalan un cambio de época. Pero la vigencia de la obra de Félix Grande no reside en lo señero de un único libro, sino que, como la de los autores antes citados, se sustenta en la intensidad de su propuesta, la excepcionalidad en su exploración del lenguaje y el situarse de alguna manera a contratiempo de su entorno. Estamos, además, siguiendo el paralelismo con los mentados autores, ante una obra de marcado carácter orgánico que se disfruta mejor en una lectura de conjunto que con el acercamiento a libros o poemas sueltos. En el caso de este extremeño criado en Tomelloso tal rasgo es si cabe más definitorio, pues toda su producción poética ha ido creciendo en torno a un único título, conservado a lo largo de las sucesivas ediciones: Biografía. De hecho, algunos de sus poemarios no han visto edición exenta fuera de esta obra global. Aunque su producción abarca diversos géneros (novela, ensayo, relatos) y es un reconocido experto en el campo del flamenco, y editor y estudioso de Luis Rosales, sin embargo Félix Grande ha escogido la poesía para explorar las zonas más íntimas y cordiales del ser y la relación con el tiempo que le ha tocado vivir, aunque sin renunciar al juego de máscaras y espejos, como lo demuestra la invención de Horacio Martín, apócrifo autor de las Rubáiyátas. Puesto que en toda biografía que se construye en torno a la memoria hay olvidos y añadidos, ahora el poeta, como ocurría en las anteriores versiones de esta obra en marcha, también ha introducido variaciones, suprimido y añadido poemas. Según indica, ha retirado de Música amenazada y de La noria unos cuantos poemas, siendo este último el libro más alterado; pero


también lo ha hecho, aunque no lo dice, con las Rubáiyátas, de donde desaparece entera la “carta a Doina” que cerraba el libro en ediciones anteriores. Desaparece igualmente un libro-poema completo, Film, del que se nos decía en la edición de 1989 de Anthropos: “la causa de su redacción fue un asunto enojoso para algunos seres queridos”, lo cual da fe de lo imbricadas que están obra y vida. Pero la novedad más destacable es la inclusión del largo poema de aliento celaniano: La cabellera de la Shoá, fechado en 2010. Estas ligeras variaciones no merman, desde luego, el carácter orgánico de la obra y sus señas de identidad, que podemos resumir en los siguientes rasgos. En primer lugar, a cualquier lector llama la atención el tono conversacional de la obra. Es esta una característica que Félix Grande había aprendido de la poesía social, pero a la que da un nuevo impulso y un nuevo sentido, por influencia sobre todo de César Vallejo. Podemos detectar, no obstante, otra influencia más lejana y no sé si más significativa. Coleridge escribe entre 1795 y 1807 ocho poemas que la crítica ha reunido bajo el epígrafe común de “poemas conversacionales”, aprovechando el título de uno de ellos: “The Nightingale: a Conversation Poem”. Respondían estos textos a la propuesta de su amigo Wordsworth de recuperar para la poesía el lenguaje común de la gente, frente a los moldes anquilosados del clasicismo. Félix Grande desarrolla este estilo suelto para enfrentarse a otro “clasicismo” de signo contrario, el de la poesía social en boga durante su formación como poeta, en ocasiones prosaico y en ocasiones grandilocuente. Lo que logra nuestro autor es un lenguaje inédito en su época, que conserva el aire del coloquio informal pero elevado a dimensión estética gracias a la riqueza léxica, la ruptura en diversos planos formales y la

inmediatez de la percepción. Baste recordar un inicio antológico: “Hoy el periódico traía sangre igual que de costumbre / venía chorreando como la tráquea de un ternero sacrificado” (p. 179). Sin olvidar otra afinidad con los poemas de Coleridge, como es la continua alusión a las realidades familiares, y la apelación a la esposa e hija en los versos. No es únicamente Vallejo la fuente de la que procede ese característico tono conversacional, sino que este se nutre de toda una tradición vigente en la poesía hispanoamericana contemporánea, que Fernández Retamar había definido y de la que participan Enrique Lihn, Oscar Hahn, Mario Benedetti en la versión más amable, Juan Gelman y un largo etcétera. Y es que Félix Grande (como segundo rasgo caracterizador de su poesía) es el poeta de su generación más atento a lo que se estaba haciendo en la América Hispana (no en vano Blanco Spirituals recibe el premio “Casa de América”). Si la renovación novísima de finales de los 60 partía mirando hacia Europa y Estados Unidos, Félix Grande ya había iniciado su propia renovación del lenguaje lírico sumando al magisterio de Antonio Machado las nuevas voces que venían del otro lado del Atlántico, y que se expresaban en un lenguaje directo, diario y realista. Un último rasgo general de esta poesía es su carácter altamente comprometido, como demuestra el libro, inédito hasta ahora, que cierra el volumen: La cabellera de la Shoá. El modelo ahora es Celan y su Todesfuge; lo que demuestra que eso que Manuel Rico llama, para la poesía de Félix Grande, actualidad pasa primero por un compromiso con el lenguaje y con los modelos poéticos que le anteceden. Queda perfectamente plasmada esta actitud en el poema “La patria” de Las rubáiyátas de Horacio Martín (p. 291) donde el poeta declara “yo no he

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llamado patria más que a ti y al idioma”, una declaración civil donde se pueden atisbar curiosos ecos del Rubén Darío de Cantos de vida y esperanza: “Celebrar como a un dios el fuego de la mano, / sentir por las palabras un respeto profundo: / sólo así el transeúnte puede ser nuestro hermano / y nuestros camaradas la materia y el mundo”. Como en el nicaragüense, el amor resulta un espacio de excepción, fuera de leyes y legislación, lugar de insurrección y combate contra la realidad adversa. La sensación de “presencia” que se consigue con tan difícil equilibro entre la atención a lo cotidiano y la permanencia estética de un lenguaje manejado con pulcritud pero también con nervio, que supera lo anecdótico, sirve en este caso para transmitir la urgencia del dolor y la condición del hombre moderno como insomne. La pérdida del sueño, en el doble sentido de la palabra, abre el espacio de la escritura y pone de manifiesto el espanto del vivir. Como en Vallejo, el mundo se presenta como un lugar de dolor y sufrimiento, y si en Vallejo hay más ternura, en Félix Grande hay más conciencia y más circunstancia. El resultado de todo ello es una sensación de mestizaje o de fusión, incluso en el sentido musical, pues junto a los poemas en verso libre de andadura en ocasiones cercana a la prosa, encontramos la influencia del flamenco y de la copla. Las formas no rimadas conviven con la rima asonante, muy presente en Taranto, y con la rima consonante y formas cerradas que ocupan gran parte de La noria. Curiosamente son los poemas de circunstancias incluidos aquí (“José Hierro obtiene la jubilación”, por poner un caso) los que se ajustan principalmente a los patrones métricos tradicionales. Se diría que este libro misceláneo contiene la música que se ha ido escamoteando al resto de la

producción. Un verso de Blanco spirituals nos da la clave: “quisiera ser melódico, soy atonal, contemporáneo, duerme” (p. 205). Incluso cuando Félix Grande se decanta directamente por el poema en prosa, como en Puedo escribir los versos más tristes esta noche (título contradictorio y juguetón, en consecuencia), su dicción raya a una altura más lírica (en el sentido tradicional) que en el resto de sus versos. Merece la pena, pues, releer esta Biografía de cuerpo entero, con precisa introducción de Ángel Luis Prieto de Paula, para volvernos a explicar la segunda mitad del siglo XX con palabras que todavía hieren y alientan. Ángel Luis Luján Atienza, profesor de Literatura de la UCLM. Reseña aparecida en Revista de Libros; noviembre 2011

Juan Moraleda y Esteban, Leyendas históricas de Toledo Edición, introducción y notas de Juan Carlos Pantoja Rivero Ediciones Covarrubias, Toledo, 2011; 96 p.; 10,50 €

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Desde su segunda edición, publicada en 1892, las Leyendas históricas de Toledo, de Juan Moraleda y Esteban, habían permanecido inéditas e inaccesibles; tan solo algunas bibliotecas y archivos conservan ejemplares de aquel ya lejano paso por la imprenta. La edición que ahora nos brinda Ediciones Covarrubias pretende llenar el vacío de tantos años y ofrecer al lector el texto de Moraleda puesto a punto, actualizado y precedido de una introducción, escrita por Juan Carlos Pantoja Rivero, en la que se hace un breve estudio de la obra que valora su aportación al género de las leyendas, sobre todo desde el punto de vista del tiempo en el que se escribió, en pleno tránsito entre los siglos XIX y XX, una época que fue muy fructífera en la creación de leyendas toledanas, al amparo de un romanticismo muy tardío y al hilo de las creaciones de Bécquer. Pocos años después de la muerte de este, Eugenio de Olavarría publicó sus Tradiciones de Toledo (1880), abriendo el camino a todos los que, tras él, escribieron leyendas y cuentos impregnados de misterio y ligados a la ciudad de Toledo. En esta línea se debe insertar el libro de Juan Moraleda, que recoge seis relatos breves en los que predomina el componente legendario, desde el misterio inquietante de leyendas como La luz del Valle, La casa del duende o La fuente misteriosa, hasta la narración romántica de La cruz verde, pasando por dos textos de exaltación mariana en los que el relato sucinto de algunos milagros de la Virgen mantiene un endeble punto de unión con la leyenda. Con estas Leyendas históricas de Toledo, Ediciones Covarrubias inicia una colección, de nombre “Biblioteca de Clásicos Toledanos”, que pretende sacar a la luz las obras que, relacionadas con Toledo, se escribieron, fundamentalmente, en la encrucijada de

los siglos XIX y XX, para ofrecérselas al lector remozadas y puestas al día. Como tónica general, la colección busca mantener el espíritu de los originales, más allá del facsímil, respetando en la medida de lo posible el formato de la página. Una introducción y un aparato de notas aclaratorias dispuesto al final del texto completarán cada volumen. Eds. Covarrubias

La era de la Globalidad Antonio Vereda del Abril FIDE, Fundación Iberoamericana para el Desarrollo; 2008: Formato Rústica: 20 € / Tapa dura: 25 € En la era de la Globalidad, el homo creator puede forjar nuevas circunstancias, donde los ciudadanos globales comunicados, con conocimientos y medios, e impulsados por utopías posibles, el pensamiento y el caráctar emprendedor, luchen por un mundo sin fronteras. Un mundo de libertad e igualdad de acceso, de derechos, obligaciones y oportunidades. Solidario y sostenible, de progreso y prosperidad. Sin pobreza en la presente generación, con la inclusión educativa, social y económica de las mayorías. Es posible y deseable hacer Otro Mundo mejor, desde abajo y desde adentro. Construir el nuevo Sistema Global sustentado en el conocimiento científico, las innovaciones tecnológicas, las creaciones culturales y las nuevas estructuras sociales en forma de redes. Asentar la Sociedad Global

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con la extensión de los derechos humanos, la democracia y el desarrollo. El capitalismo ha cambiado sustancialmente y se ha extendido por todo el mundo. La crisis financiera global que estamos sufriendo nos indica que es necesario hacer "un nuevo sistema global" transformando desde abajo y desde adentro el Imperio del Capital. Ante las nuevas realidades que han traído los procesos de globalización, el socialismo tiene que ser civilizatorio, humanista, laico y democrático para aportar sus valores a las nuevas formas de vivir, para mejorar el comportamiento humano, para la mejor utilización de los recursos naturales y para utilizar los descubrimientos científicos y tecnológicos en beneficio de todas las personas, y para que "el nosotros global" de la nueva civilización global sea capaz de superar la dominación, la explotación y la esclavitud de unos seres humanos contra otros. Con la Globalidad los españoles tenemos nuevos retos, como: la explosión demográfica, ya que para 2010 seremos 50 millones de habitantes más los turistas, la competencia global, la integración de los inmigrantes, pasar de la economía del ladrillo a la economía del conocimiento y de los emprendedores, altamente competitiva, con más inversiones en investigación, innovación y desarrollo, apoyo a los emprendedores, científicos, ingenieros y creadores culturales. El autor propone más desarrollo con más estado de bienestar, política sin fronteras y más cultura; donde la extensión del español sea un asunto de estado, construir el espacio electrónico del conocimiento en español para que sea la lengua de la globalidad. Necesitamos infraestructuras de alta capacidad, porque en la era de la globalidad las actividades que generen más valor estarán articuladas en redes globales, y las redes están hechas de

nodos y de conexiones entre nodos que requieren de las infraestructuras. Propone la creación de fondos financieros en régimen privado para "direccionar" 500.000 millones de euros para más Desarrollo, durante una década. De esta manera, dispondríamos de más dinero público para más estado de bienestar con el que atender a la explosión demográfica, consolidar una sólida política sin fronteras y para poder participar en la elaboración de la cultura de la globalidad. El futuro está abierto. Pero no habrá futuro para nadie si las mayorías resultan ser las perdedoras en este nuevo mundo global. Por tanto, la elaboración del nosotros global deberá formar parte de la nueva Civilización que podemos conformar en la era de la Globalidad. Antonio Vereda del Abril nació en Pareja (Guadalajara). Ingeniero de Caminos, es presidente de la Fundación Iberoamericana para el desarrollo (FIDE) http://www.fundacionfide.org/

Víctor de la Serna Nuevo viaje de España: La Ruta de los Foramontanos y La Vía del Calatraveño Ediciones de la Librería Estudio; Santander, 2011; 354 pags.; 22 €

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La reciente reedición del libro de Víctor de la Serna “La vía del Calatraveño” ha abierto algunos interrogantes singulares. Entre otros, el del sonoro silencio tributado en los medios escritos regionales y en el mancheguismo militante por el que fuera recibido, allá por mayo de 1953, en olor de multitudes. Comenzaba -o mejor continuaba- De la Serna esa peripecia viajera que reseñaba diariamente ABC; crónicas dictadas telefónicamente y volcadas al olor de tinta de la letra impresa del diario madrileño. El proyecto viajero de De la Serna, según nos cuenta su hijo Alfonso en el prólogo del texto de Maeva, pretendía retomar otro viaje ilustrado como el realizado a finales del XVIII por Antonio Ponz en su “Viaje de España” y que se denominó ya “Nuevo Viaje de España”. Proyecto que sólo contó con dos entregas “La ruta de los foramontanos” con prólogo de Gregorio Marañón y “La vía del calatraveño”; y unas crónicas andaluzas -”Marina de Andalucía”, que se agregan a la edición que venimos comentando-. La muerte de De la Serna en noviembre de 1958 interrumpió el proyecto viajero y lo dejó, obviamente, inconcluso. Y quizás incomprendido. Había comenzado De la Serna sus crónicas para “La ruta de los foramontanos” en abril de 1953 desde la Venta de Tajahierro. Sin embargo, y de forma sorprendente, suspende sus relatos cántabros, astures y castellano viejos y decide, en un esforzado movimiento, alterar el programa y trasladarse a La Mancha. Así lo anticipa la crónica firmada en Madrid el 15 de mayo de 1953 que llama “Saldo de retales”: “Ha salido cara. Toca La Mancha”. Dando a entender que el cambio de sesgo es fruto de un juego de azar que asume una moneda volandera y caprichosa. ¿Y si hubiera salido cruz?, ¿se hubiera vuelto a Pravia en lugar de viajar a Puerto Lápice? y hubiera aguardado otra primavera. Pero salió

cara, de tal suerte que el 22 de mayo de 1953, De la Serna llegaba a CR para trazar en 14 crónicas vibrantes el perfil del alma de La Mancha. Perfil que a veces se emborrona y deviene un escorzo o un dibujo de bulto y, a veces, una boutade sonora y acústica. Crónicas sernianas que ven la luz entre finales de mayo y mediados de junio de ese año. Prosiguiendo tras esa fecha, y hasta octubre de 1954, con la abandonada ruta foramontana, tan querida para quien creció en Santander. Porque tal abandono de lo planeado es el segundo enigma no resuelto ni explicado por nadie. Y dan por natural saltar, en unos días tan sólo, del borde norte de la Meseta Norte, al borde sur de la Meseta Sur. En 1959 en Ciudad Real, tras la muerte del escritor, la Delegación de Organizaciones de la Jefatura Provincial del Movimiento decide publicar las crónicas en forma de libro, anticipándose a la edición que ya preparaba Eugenio Montes para ‘Prensa Española’, propietaria del diario ABC, y que vería la luz un año después, en 1960. El texto de Ciudad Real con pie de imprenta en la Imprenta Provincial el 27 de junio de 1959, tiene dos particularidades -o tres si citamos el prólogo floreal y tupido de rosas y de sombras y flanqueado por el verbo falangista y azul del Gobernador y Jefe Provincial del Movimiento José Utrera Molina- su nombre y sus ilustraciones. El nombre que adoptan las crónicas sernianas en su edición de Ciudad Real es el de “Por tierras de La Mancha” y cuenta con el subtítulo “Reportajes de viaje por España”, que aparecen ilustradas con 10 dibujos, más la portada, del pintor de Puertollano Fernando Gómez Cuadra, que a la sazón vivía cierta gloria efímera en París. Junto a estas diferencias, es preciso anotar unos esquemas de ruta de las catorce crónicas -realizados con premura y escasa calidad gráfica- y un

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subtítulo de cada capítulo. Subtítulo entresacado de lo más llamativo del texto consecuente. Así. “Polders, arrozales y bosque” para hablar de Daimiel y Villarubia, “Una Ucrania entre dos Prioratos” o “Pólvora, peces y silencio” para retratar los lagos (sic) de Ruidera. El texto de Prensa Española, con prólogo de Eugenio Montes -firmado en Roma en la dulce Epifanía de 1960- y que se publica en ese año se llama, paradójicamente, “La ruta del Calatraveño” y aparece ilustrado con catorce dibujos de Gregorio Prieto, y capitulares y colofones de Bufrau, quien ya había ilustrado la edición de “La ruta de los foramontanos” (Prensa Española, 1955; 4ª edición 1959). ¿Porqué dos ilustraciones para un sólo proyecto?, o ¿ya eran dos proyectos distintos? ¿Porqué dos modelos gráficos en las antípodas expresivas? Todas estas diferencias hacen que “Por tierras de La Mancha” y “La ruta del Calatraveño” sean piezas distintas, aún proviniendo de la misma matriz. Pero pese a esta evidencia, Alfonso de la Serna en su trabajo de recapitulación ni cita siquiera la edición manchega de las crónicas de su padre, que contó con nombre distinto y más ajustado al recorrido verificado: desde Puerto Lápice a Puertollano. Como si tal texto del que conservo un ejemplar no imaginado ni inventado- no hubiera existido, ni mereciera ser tenido en cuenta en la recensión de las ediciones habidas desde 1960. El texto maldito o improbable, con depósito legal CR20/1959, es aún más maldito si conocemos y sabemos que su ilustrador, Gómez Cuadra, el de la gloria efímera parisina, acabó suicidándose en un año incierto, entre 1961 y 1962. Y, probablemente, en un mes también incierto. Como también, es incierta la memoria de los que conocieron de cerca a De la Serna. José Rivero. En Añil nº 21; año 2000

foto: ANA PÉREZ HERRERA Ricardo Martín (a la izquierda) junto al exministro César Antonio Molina y el alcalde de Toledo

Se presenta el libro “Diálogos de agua y piedra. Venezia y Toledo” La Sala Capitular del Ayuntamiento ha acogido la presentación del libro «Diálogos de Agua y Piedra. Venezia y Toledo», obra del fotógrafo Ricardo Martín García, un acto en el que el alcalde, Emiliano GarcíaPage, en presencia del embajador de Italia en España, Leonardo Visconti di Modrone, ha anunciado que iniciará los contactos para que en los próximos años cristalice el hermanamiento entre ambas ciudades. García-Page ha asegurado que Toledo y Venecia son ciudades «únicas, dos ciudades que son una, que tienen alma y con sentimiento de afinidad cultural»; por eso, ha manifestado su intención de formalizar el hermanamiento, que se enmarcaría dentro de las actividades culturales organizadas con motivo del IV Centenario de la muerte del Greco, que se celebrará en 2014. «Nos sentimos muy unidos», ha dicho el alcalde, quien se ha referido al pintor cretense como la figura que une cultural y artísticamente la gran entidad patrimonial e histórica de Toledo y Venecia. En el acto de presentación, además del alcalde, el embajador italiano y el autor del libro, han intervenido el ex ministro de Cultura, César Antonio Molina, y el director general de Cultura de CLM, Francisco Javier Morales Hervás. «Diálogos de Agua y Piedra. Venezia y

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Toledo», resalta las coincidencias geográficas y culturales de ambas ciudades que han hecho que estos lugares tengan «cierto aire melancólico». Editado por «Cuarto Centenario», cuenta con los textos de Antonio Gamoneda, Luis Mateo Díez, José María Merino, Antonio Colinas, Gustavo Martín Garzo y Luis Alberto de Cuenca. Ricardo Martín nació en Madrid en 1951 pero reside en la capital castellanomanchega desde 1984 y ha colaborado en publicaciones como «Castilla La Mancha» y «Viajar». Además, ha ganado numerosos premios, entre los que destaca el «Casiano Alguacil» otorgado por el Ayuntamiento de Toledo. Entre sus obras se encuentran «Cielos de Toledo» y «Toledo entoldado».

ser el nuevo paradigma digital del libro y trazar una topografía de ese nuevo ecosistema sostenible del libro, no es una tarea fácil. Aún así, este trabajo tiene la virtud de identificar algunos elementos estructurales del cambio que, independientemente de las tecnologías que luego se utilicen, serán ya irreversibles. En él los autores analizan, desde su dilatada experiencia en el ámbito editorial, el impacto que el nuevo paradigma digital del libro tendrá sobre la arquitectura del sector y los agentes implicados en la actual cadena de valor. Las nuevas formas de crear, consumir y compartir contenidos llevan al mundo del libro a buscar formas sostenibles de reconfiguración de una industria que no ha visto cambios tan profundos desde su nacimiento, hace ya más de 500 años. El texto invita a una reflexión profunda del sector a abrazar y aceptar los cambios que ya se vislumbran en el horizonte. Se proyectan ideas y reflexiones que, aun reconociendo dudas razonables sobre muchas de ellas, constituyen un toque de atención acerca de la necesidad de reflexionar críticamente sobre un sector impelido a una reconversión muy profunda. Ustedes juzgarán la importancia de este libro y la pertinencia de asumir sus cambios y propuestas.

ABC Toledo 28/10/2011

Manuel GIL, Manuel y Joaquín RODRÍGUEZ El paradigma digital y sostenible en el mundo del libro

Manuel Gil es natural de Albacete; licenciado en Psicología por la Universidad Complutense. Con más de 30 años de experiencia en el sector editorial. En la actualidad es director comercial de Ediciones Siruela, además de otras labores de consultoría y docencia en el sector del libro. Tiene un blog de reflexión sobre el sector editorial y librerito cuyo nombre es: antinomiaslibro.

Trama editorial, Madrid, 2011; 232 pags. Producción: Calamar; colección Tipos móviles nº 12 Este libro es un texto arriesgado. La enorme volatilidad y ritmo que la revolución digital y la extensión y penetración de Internet imprimen al mundo del libro, solamente pueden conducirnos a un texto necesariamente polémico, e inevitablemente provisional. Intentar definir cuál pueda

De la web de Trama editorial

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y a las ciudades importantes había llegado a finales del siglo XIX, más de cincuenta años antes. Otro dato que nos debe hacer reflexionar sobre las enormes desigualdades que se han vivido en nuestro país, y que han persistido hasta hace bien poco tiempo. Unos años más tarde, quizá en los sesenta, la llegada del agua corriente a las casas, y el alcantarillado; y ya en época posterior, la emigración masiva a las ciudades, la semi-desaparición de las labores agrarias, y toda la cultura y las tradiciones que estas llevaban aparejadas, la invasión de los servicios y el auge de la construcción, en fin lo que todos ya conocemos hoy día. La habilidad del autor es hacer aparecer estos detalles, estos hitos, a lo largo de las sucesivas historias de unas y otras generaciones, de manera que, sin apenas darnos cuenta, van pasando ante nuestros ojos y vamos configurando la historia de esos 60 u 80 años, no tanto en sus grandes acontecimientos pero sí en la repercusión que los mismos tuvieron en una pequeña aldea de Albacete, o de Castilla, o de La Mancha, pues en el libro no llega nunca a concretarse a qué pueblo, en concreto, está Juan refiriéndose. Da la impresión de que el autor va contraponiendo a lo largo del libro lo apacible, lo tranquilo, lo sencillo de la vida del pueblo, pese a sus limitaciones, frente al trasiego, la modernidad, la impersonalidad, la competitividad de la vida urbana. Los personajes (del pueblo) que van a las ciudades, como por ejemplo a Valencia, a Barcelona, o a otras, no parecen ser muy felices en ellas. De hecho, el último personaje -Carmelo Romero- incapaz de encontrar la paz y la estabilidad en Barcelona (donde trabajaba en la Universidad) decide volver a Sarañuela para ver si aquí, donde están sus raíces, es capaz de encontrarse consigo mismo y hallar la paz y el sosiego que en la ciudad había perdido. AGC

Aire solano Juan García Montero Altabán eds., Albacete, 2011; 208 p. Juan Garcia Montero, abogado albacetense, nos presenta su primera novela (ya había publicado un libro de poemas). El libro se puede leer de dos maneras: la trama principal la constituye una sucesión de historias familiares, de vidas cruzadas, de retratos de gentes, de familias: de triunfadores y de perdedores, de éxitos y de fracasos; historias de construcción y de destrucción; en definitiva, lo que constituye el tejido de la vida humana. Pero la otra forma de leerla, en paralelo a la anterior, son los datos, los apuntes históricos que Juan nos va dejando a lo largo del relato: la epidemia de gripe de 1918-19 (la llamaron gripe española, porque al parecer arrancó de aquí de España, y luego se extendió por todo el mundo). Y después las primeros malestares en el mundo rural que dieron lugar a las movilizaciones campesinas de la época de la Segunda República; y luego la dramática Guerra Civil; y la llegada de la luz eléctrica (sí; a la aldea que es el epicentro del relato la luz eléctrica no llega hasta 1943, lo habéis oído bien, mil novecientos cuarenta y tres; cuando a las capitales de provincia 9


ahora definitivamente reformulada hacia la claridad sabia y desnuda, escueta, y lograr así un giro de trescientos sesenta grados en 2011. En efecto, a Los sumergidos les ocurre todo lo contrario. Estamos ante uno de los mejores libros del año, como broche del mismo. No ha cambiado paradójicamente, o tal vez no, la perspectiva de Migue Ángel Curiel: el tono permanece, aunque la desnudez se ha hecho más clara en los versos y en los proemas o poemas en prosa, sin narratividad, pura emoción. Con todo el paseante solitario continúa siendo un solitario anónimo desesperanzado, la naturaleza sigue presente sin amabilidad… pero trae una unidad de sentido y sentimiento del desvalimiento en sus variaciones, reflexiones y memoria, que le hacen ser un poemario completamente distinto. La inteligibilidad y la fortaleza de la herida sabiamente leídas, junto a una sencilla manera de explicar cuanto antes era irresuelto hermetismo, se ha hecho sabia madurez e impuesto la elaboración adensada. Así se nos acerca minuciosamente y se cuenta desde un abanico de circunstancias desde el ayer al hoy. En definitiva, la verosimilitud ha perfilado su fraternidad con el homenajeado espejo donde se refleja Robert Walser, como espejo del sumergido, o azogue de cuantos caminan bajo el agua. O todo ese mundo inestable asido a la nada, donde los demasiado ateridos por su sensibilidad, se contemplan heridos o conmocionados. Algo le ocurrió a Antonio Gamoneda en ese sentido, pero gritó y miró hacia los lados para salvarse. Con todo estamos ante impotentes del salto a la alegría, ante incapaces ante el ensimismamiento que se les pega a la tela de araña de Bourgeois o su dolor, apenas salvado por el poema. Los sumergidos hablan desde esa insoportable levedad del ser,

Los sumergidos Miguel Ángel Curiel Biblioteca Añil Literaria, nº 19. Almud ediciones de CLM, Ciudad Real, 2011 No ha pasado demasiado tiempo desde Mal de altura, (Biblioteca Añil Literaria, 2006), penúltimo libro de Miguel Ángel Curiel, donde el desencanto y la impotencia, o los lugares de la derrota generaban un tono. El de las palabras dichas en voz baja. Se proponía allí, no siempre de manera perfilada, el decir próximo al contemplativo atento, quietista, girando en lo catabático o en cierto agonismo y ensimismamiento desnudo, replegado hacia mundos donde todo es de piedra, sin piedracelismo. Era una línea donde destacaban estupendos poemas, Puente sobre el Tiétar por ejemplo, o una mirada triste como eje del sentido del desánimo: llegan días de polvo/ y se pega el polvo. Sin llegar a ser libro redondo, pues acumulaba sequedades rítmicas o imágenes no resueltas bajo el pathos del dolorido sentimiento del vacío, prometía sentido, con una palabra demasiado hermética en sus sinapsis. Sin embargo rezumaba esa verosimilitud ajena a la mirada del versificador. Erraba sinceramente, por explicar su contarse. O una obsesión

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escribió Kundera, hecha paracaídas o leve tela como poema, canta el inicio. O un puente, recuerda el excelente en prosa posterior de mismo título, el proema o poema en prosa dijo Francis Ponge, pero adoptó Octavio Paz hacia el éxito de la expresión. Y desde ahí, con esas armas métricas en verso libre y desnudo, breve, y con el sentido del valor de la palabra como escudo ante el precipicio existencial, tal vez sosteniendo un mundo, se aventura sin pacto. Desnudamente, sin acritud. Justificando el yo o soportándolo. Siendo fiel a sí mismo.

nadie sino a la sensibilidad de un momento que tal vez esté cambiando, sino de crear una gran poesía de la experiencia del moderno dolor ensimismado. El huidizo personaje de los poemas de Miguel Ángel Curiel, ha investigado a fondo en el yo desde las zarzas de la memoria. Siendo fiel a ese personaje, quién fuera. Sin dejarse tentar por los piedracelismos, o lecturas de la moderna tradición esencial propiciada por José Ángel Valente y Sánchez Robayna en España, que ha leído e interiorizado bien, desde su quietismo como resistencia.

Una tremenda y sobria lacrimosidad (Abril seco) o imposibilidad de huir (Días de Talavera), o conciencia de esa oscuridad desanimada o con otro ánimo o rostro, el de los oscuros, canta. Esa palabras en el aire y la precariedad, que apelan al quietismo como resistencia a veces (Trucha), hablan de esa hipersensibilidad o hiperestesia donde la mano borra (no tapa) el rostro en las despedidas, para no hacerse daño. Es difícil destacar un poema de otro esta vez, pues Curiel ha logrado una excelente regularidad, contando al yo y a los humildes, que pesan. Así canta la pobreza de los humildes y la dificultad hasta construir este espléndido mundo de la precariedad. Por eso vuelve a los mágicos y tristes poemas del pan, de tan deliciosas y delicadas imágenes finales, como en tantos sitios. Todo el libro las posee esta vez, alegóricamente a veces, o el país diáfano de Fontanier. Miguel Ángel Curiel ha escrito este estupendo libro de la precariedad desde los lugares del yo, cuando nadie le esperaba. Ha sabido resistir para darnos esta pequeña dura joya, versátil en formas, imágenes, fórmulas. Madura en sus espléndidos poemas en prosa o proemas, espléndidos versos desde la sensibilidad de quien renuncia, se siente impotente y cuenta su paso deambulante solitario. Con la gran verdad de no parecerse a

Buenos poetas de un lenguaje que a muchos apresó, y dio sentido. En Curiel hay otro temblor menos ácimo, más circunstancial, frágil, un mundo pequeño del hombre, una poética de la precariedad en su circunstancia, y un momento desvalido en su estar. Así se nos acerca su personaje en precario o madurez sin abstracciones, sino con proximidades donde ve el reflejo del abismo. Como Fernando Pessoa ante unos callos fríos a la manera de Porto. Ciertamente la estética de la bosta, el charco y la carroña, tienden a imponerse, pues la herida es demasiado grande, la impotencia, el imán del mal. Ójala no le aprese, ni el ensimismamiento. O la ajenidad de esa mano yéndose del yo, percibida como dolor, para escribirle, y vigilar los espacios, no sea el único consuelo de quien no mira al otro como Manuel Vilas, ni tiene fuerza para la protesta o el alzamiento (Estelas). Sino para dejarnos este esplendido libro al que la crítica deberá tener muy en cuenta. Una joya para siempre dijo con no muy diferente sentido Keats, al hablar de la belleza, de esta tan propia de Curiel regenerando el discurso esencial con la verosimilitud del artista de fondo, que ha sabido sabiamente esperar, para ser. Rafael Morales Barba

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auténticos documentos), las ermitas, las fábricas de harinas y “de luz”, etc., además de algunas vistas panorámicas que dan idea de los cambios sufridos por los tres pueblos. Aparece entre estas fotos una en concreto que nos ha llamado la atención. Se trata de una foto, realizada en 1860, de los vestigios de las murallas de la plaza fuerte de Pennafora, (que bien merecería unas excavaciones arqueológicas dignas de su importancia, puesto que en la actualidad, el espacio que ocupaba dicha ciudad está cubierto por un vertedero de basuras que, hasta cierto punto, contribuye a que no se destruya ni sea pasto de los desaprensivos “aficionados” al detector de metales). “Las obras del Canal del Henares y el ferrocarril por el término de Humanes”, es el segundo capítulo o apartado que, como el anterior y todos los que le siguen, comienza con un par de páginas de texto a modo de introducción al mundo fotográfico que sigue. Este capítulo está compuesto por las fotografías que Laurent realizó en otoño de 1866 y 1867; la presa, la trinchera, el túnel…y el mismo canal en tiempos más próximos a nuestros días (1976). También se añade alguna imagen de las pruebas que se hicieron tras la construcción del puente de hierro sobre el río Sorbe en 1915. Y si la construcción del Canal del Henares y el ferrocarril tuvieron tanta importancia para Humanes y otros muchos pueblos de la Campiña, no menos impacto causó entre sus habitantes “La llegada del automóvil y otras máquinas mecánicas a nuestro pueblo”, cuyas fotografías conforman el tercer apartado. Allí pueden verse aquellos automóviles de los años 20, como el del industrial Eliseo Sanchís, y otras matrículas añejas como la SO-314, en una camioneta, ya de los años treinta, o el Citröen B-10 (Z1282), que hoy harían las delicias de los coleccionistas, hasta llegar al utilitario Seiscientos, pasando por las motos (las Guzzi y las Vespa). Un cuarto apartado se dedica, ¡como no!, a los “Festejos taurinos en los diferentes cosos del pueblo”. Desde los encierros por el campo, conduciendo las reses hasta las plazas mayores de los pueblos, rodeadas de carros y talanqueras, hasta el coso inaugurado en las fiestas de agosto del año 1926, donde, por cierto, toreó Saleri. Hay una interesante colección de carteles y

Francisco LOZANO GAMO, (coord.) Humanes, Cerezo y Razbona. Reflejos gráficos de un siglo para el recuerdo 1880-1980 Ayuntamiento de Humanes (Guadalajara), 2011, 292 pp. Francisco Lozano Gamo ha coordinado la edición de este álbum fotográfico que tiene forma de libro. En realidad a él se debe también la digitalización de todas las fotos, así como su maquetación. Es un libro que comienza con una serie quizás excesivamente abundante en presentaciones, prólogos e introducciones, de modo que el contenido Fotográfico del mismo, lo que constituye la enjundia del libro propiamente dicho, da comienzo en la página 13 con el primer capítulo titulado “Nuestro patrimonio arquitectónico y panorámico natural en el condado”. En este primer apartado se dan a conocer algunas imágenes de los años 1917 a 1928. Son las fotos más antiguas de este grupo y en ellas queda constancia de cómo eran determinados edificios representativos de las tres localidades a que atañe el libro: la casa consistorial, la iglesia y sus retablos más significativos (hoy inexistentes, por lo que las fotografías adquieren el valor de

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muchas, muchas fotografías, de corridas de toros y acontecimientos diversos: Desfile de Fantasías, actuaciones de bandas de música, payasos y números circenses, etc. No podían faltar en este álbum “Las labores de siembra, recolección, pastoreo y ganadería de la tierra” destacando por su antigüedad las datadas en los años 1910, 1920 y 1932, correspondientes a la sementera colectiva de “Los Belliscas”, la primera sembradora “Miranda” y a Francisco Meléndez cargando haces de mies en el carro, respectivamente. Algunas más tienen también su importancia: fotos de arada, de parejas de mulas enjaezadas, de la primera aventadora, o esa otra de Emilio Lozano con sus mulas apareadas por el yugo de una sola vara (yugo yugal -para mulas-, en lugar del yugo boyal -para bueyes-, como su propio nombre indica). No falta tampoco el anual rito de la matanza del cerdo, que tanto significó para las familias rurales menos pudientes. Son éstas, fotografías que en poco o en nada se diferencian de otras de igual temática realizadas en otros pueblos. “Los verdaderos reflejos de una sociedad campiñera y activa en el condado de Humanes” es el sexto apartado. En él queda patente la actividad vital de estos pueblos a través de sus habitantes, seres de carne y hueso que trabajan y se divierten a su debido tiempo. Lavanderas del año 45, recién salidas de la peluquería; mamás con sus hijos, sentados en el pilón de la fuente; jornadas de baño en “El Colchón”; amigos y amigas sonrientes frente al objetivo de la cámara; mujeres hacendosas que van a la fuente a por agua, con unos preciosos cántaros (hay buena muestra de alfarería que convendría estudiar detenida y pormenorizadamente); merendolas a la sombra de un árbol. Yo destacaría dos fotografías: la de los vecinos de Razbona tras una larga noche trágica de 1926 y la reunión de la familia Gamo “tratantes de ganado caballar y porcino”, de hacia 1915 y, en la página 135 otra más, de indudable interés por lo que de retrato y recuerdo tiene hacia la figura del doctor Castillo de Lucas, don Antonio, pues no es otro el médico que acompaña a la familia TorresVenries. Llama la atención el espejismo fotográfico de Petra Ródenas, de Razbona, o la vestimenta de los hermanos Luciano y

Felisa Martínez (hacia 1940). Familias completas de todos los tiempos, grupos de niños, amigos, padre e hijo, madre e hija, pequeños bañándose en el barreño, la abuela enferma en cama, aspectos todos del cotidiano existir, del latir constante de un pueblo, que aquí se recoge para la posteridad, como un tesoro comunal. “La industria, el comercio y los oficios rurales del pasado siglo XX” ocupan otro capítulo. Para mí es el grupo fotográfico que quizá tenga mayor interés etnográfico, puesto que en él aparecen fachadas de comercios como el de la Viuda de Gaspar Torres (con la “botarga” del momento a la puerta), el taller de carros de Estanislao Moreno, el zapatero Juan Meléndez, la harinera de “Los Dos Amigos” (hoy sería muy difícil poner un nombre semejante a una empresa similar que, suponemos, utilizaría el sistema Daverio), la peluquería de Manuel Lozano, la panadería y los bollos de la tahona, las confiterías y las tabernas, la churrería sobre ruedas, la hora del vermú, y “el tostonero”, toda una fauna desaparecida ya o tan cambiada, que hoy sería casi irreconocible. Sigue una ingente cantidad de fotografías recopiladas sobre los “Solemnes actos y procesiones con la imagen patronal de Peñahora”, algunas muy interesantes. Hay programas de fiestas, como el de 1928, y placas litográficas como la que recoge el primitivo retablo con la imagen de la Virgen de Peñahora, grabado en 1788 y dedicado a doña Luisa de Borbón, princesa de Asturias. Podría hacerse un completo trabajo sobre iconografía con tanto material como se recoge en este apartado, al que, posiblemente, el siguiente, titulado “Estampas típicas de celebraciones religiosas y anualmente costumbristas”, podría servir de complemento, puesto que en él aparecen las fiestas de carnaval o las procesiones de san Gregorio Nacianceno (Razbona), santa Águeda, la Dolorosa y “las Angustias”, san Isidro Labrador y el Corpus, sin que falten las tradicionales “primeras comuniones” (cuando aún no parecían bodas de alto copete). También tienen sus espacio correspondiente las “Competiciones deportivas y acontecimientos culturales”, basadas las primeras en aquel primitivo fútbol -tan alejado del negocio que actualmente lo

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maneja- y el ciclismo, además de la pesca y la caza, para los hombres, o los concursos de bordado y ganchillo, como el de 1922, para las féminas, además de los consabidos “Cursos de Corte y Confección” y otras actividades llevadas a cabo por las Cátedras Ambulantes de la Sección Femenina, que tanto (y tan poco reconocido) hicieron por el desarrollo de la mujer rural. Hay también fotografías de representaciones teatrales y de cuentos infantiles. No podía faltar, de ninguna manera, la colección de imágenes de colegiales: “Nuestras escuelas, maestros y alumnos”, que comienza en 1912. Las “Reuniones institucionales, hombres y mujeres que dejaron hondas huellas humanas en sus tiempos” quedan reflejados a través de las figuras de los alcaldes, como Eliseo Sanchís (1928), la Comisión Gestora Comarcal y los cargos municipales electos para formar parte del concejo local humanense (1937), amén de una extensísima galería de personajes que destacaron por su quehacer en pro de Humanes: Félix Castellot Lozano; Manuel y Miguel Marchamalo Sanz; Cecilio Marcos Parra; Anselma Meléndez; Estanislao Moreno; el tantas veces mencionado Eliseo Sanchís Carañana; José García Gómez “el tío Josito”; Pedro Maín Simón; Juan Francisco Martínez Catalina; María Luis Ruiz Algora, maestra parvularia e Hija Adoptiva de Humanes; los hermanos Redondo; Concepción Calderón y Carbonell, fundadora del asilo de ancianos que lleva su nombre; Manuel Simón; Leandro Segundo; Cristina Guijarro Heredero; el poeta Miguel Alonso Calvo (Ramón de Garcíasol); Bernabé Relaño; Eusebio Meléndez García; Joaquín José Sáez-Messía y Jiménez, XV conde Humanes, y tantos otros más que harían demasiado extensa la presente relación. “Los comienzos gráficos del asilo Concepción Calderón y Carbonell”, “Las bodas y matrimonios a través de las fotografías” y “Los mozos quintos y su servicio militar”, completan este extenso y completo álbum fotográfico de Humanes y sus agregados, en el que casi nada queda por citarse. Muchas de las fotografías son verdaderamente interesantes, no sólo por su valor fotográfico, sino por lo que aportan en cuanto al conocimiento de aspectos puntuales, tales como las etnografías

diversas: devociones populares, vestimenta, alfarería, aperos de labranza, etc., o lo que hoy viene denominándose como arqueología industrial. Pasando sus páginas puede apreciarse que el compilador de tanta fotografía no ha perdido el tiempo, aunque en algunas ocasiones debería haber sido más selectivo, y ello no desmerezca un ápice el valor que el libro tiene para los humanenses, en primer lugar; para los aficionados y estudiosos de la historia de la fotografía, en segundo, y, en fin, para todos aquellos a quienes les gusta pasar un rato agradable, contemplando las fotos con el detenimiento que este libro requiere.

José Ramón LÓPEZ DE LOS MOZOS

Conocer para aceptar. Enfermedad de Alzheimer Pedro Abizanda y Joaquín Jordán Ediciones de la UCLM; 112 pags; 10 € Después de muchos años de convivir con enfermos con Alzheimer y familiares, el principal reto al que nos enfrentamos es conocer las causas de la enfermedad para intentar descubrir nuevos tratamientos. Los autores, Pedro Abizanda, geriatra, y Joaquín Jordán, farmacólogo, formulan casi un centenar de las preguntas más frecuentes a más de cuarenta profesionales del campo de la enfermedad de Alzheimer. Se trata de una estrategia dirigida a captar la mayor atención por parte del lector sobre la gran cantidad de nueva y fascinante información sobre el campo. Esta publicación intenta abrir unan puerta de entrada a los no iniciados y servir de libro de consulta para los especialistas que deseen revisar la enfermedad de Alzheimer en un contexto más amplio. Ediciones de la UCLM

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