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Punta del Diablo

LA ALDEA QUE VIVE COLGADA DE UN BARRANCO

Por Luciana Abreu

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s un pequeño pueblo de pescadores levantado alrededor de antiguas formaciones rocosas. Se llama Punta del Diablo. ¿Quién le puso ese nombre? Alguien que, seguramente, quería que sus habitantes recordaran todos los días las amenazas que sopla el viento. Todo es exagerado en esta aldea: las casas son ranchos, el invierno es feroz, el mar es riquísimo y los pescadores son expertos cazadores de tiburones. osé es uno de los pobladores más antiguos de esta región ubicada casi en el límite de la frontera uruguaya con Brasil. Tiene la cara

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llena de secretos a descifrar, un rostro ajado casi sin color, como si fuera un mapa de su eterno y diario itinerario. Cada mañana oscura y temprana, él y sus “compadres” se meten al mar tras alguna corvina o “criolla”. Pero estas son sus presas más chicas. En los días menos aciagos, suelen cazar tiburones. A José le gusta acompañar a los visitantes en sus caminatas y contar la historia de su amada aldea. Hoy me invita a pescar (¿tiburones?). Acepto. El viaje comienza, como siempre, al alba, con el frío en los huesos por un nuevo día.

Este lugar parece el comienzo del mundo. Olor a sal. Rugidos del mar que parecen canciones lejanas de marineros que esperan en otras orillas, como si sus voces viajaran en el viento, como si advirtieran y guiaran a los navegantes con la luz del día y también a su regreso, escondidos tras alguna estrella. El motor del pequeño barco rojo y amarillo ronca apresurado mientras se pierde mar adentro. Sobre la arena, las gaviotas aprueban el viaje sólo con la promesa de que volveremos llenos de regalos marinos para que ellas también puedan deleitarse.


Punta del Diablo - Uruguay

“Yo ayudaba a mi padre a limpiar el pescado; después hacíamos tasajo, poniéndoles muchas capas de sal. También teníamos que reparar las redes, porque antes eran hechas de hilo de algodón, no como ahora, que son de nylon. Las cosíamos con agujas de remallar, y mi madre se pinchaba los dedos porque no veía bien con la luz de la vela”, recuerda José. Como todos los compadres, heredó el oficio de su familia.

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a conversación va y viene también en oleadas, que por momentos ahogan toda estridencia. “Tenemos una laguna que se llama Laguna de los Difuntos. Algunos la llaman la Laguna Negra. Así se llama por los esqueletos de indios y sepulturas de piedra encontrados hace unos años”, detalla José, y se divierte contando sus historias. Un extraño pez luna, el cráneo de una ballena que midió 18 metros y la mandíbula de otra que alcanzó los 31, restos todos encontrados

en las playas, por los niños que juegan con las redes de pesca a atrapar a las medusas violáceas, que se contornean y retuercen sobre la arena, sin poder retornar al agua. Los arpones se preparan para atrapar la mejor presa que será la delicia de los posteriores festejos. Contengo el aliento y espero. Gritan que ¡ahora es el momento!: coletazos, vaivenes y sacudidas. El pequeño barco rojo y amarillo parece una cáscara de nuez. El gran tiburón no quiere morir. Esperan los “cumpas” a que cese el estruendo. Al cabo de unos minutos, el gigante flota en el agua. Vencido. Las olas, como uñas blancas, rasgan el océano y rasgan sus escamas, que parecen una tela lívida color rojo sangre. Lo suben a cubierta, junto a los otros peces. Derroche y ebriedad de alegría. Hora de volver. Nos siguen las gaviotas: un cielo

de plumas corteja a la cáscara de nuez roja y amarilla como si nuestra pequeña barca fuese un carro fúnebre del cual los pájaros harán un tímido festín. Los pescadores les ofrendan sus restos, a modo de embrujarlas para no ser abandonados por ellas, las que nos guían de vuelta a casa, señalando con sus alas el camino de regreso a tierra firme. Una forma de conjurar cualquier peligro en las nerviosas aguas del mar enfurecido en días de tormenta, de fuerte mar en días de sol, de océano azul como los ojos de José. Mónica, la que hoy repara las redes de mi amigo el pescador, saluda desde la orilla con un sombrero de ala ancha. Su mano acaricia el aire blando. Su voz casi logra convertirse en un chirriar de aves que bajan en remolino. Es el turno de los caballos y los carros: hay que llevar todo a los saladeros. De ello se encargan los otros: los pescadores siguen siendo héroes. 25


EL GRAN PEZ

Es tiempo de recreos y buñuelos de algas que se compran en puestos callejeros, preparados por las mujeres del lugar. La feria invita a ver sus trabajos manuales hechos de vértebras de tiburón, estrellas de mar, cerámica y madera. Pero no de tortuga, gracias a una campaña de conciencia ecológica que se hizo en el lugar. Ahora es tiempo de navegar un viaje interior hacia la experiencia de haber vivido un día como años atrás lo hicieron los fundadores de esta comarca. Y buscar sus huellas en la arena. Somos todos caminantes y adoradores del sol.

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“Es centro energético”, dicen algunos. “Es el espíritu de Laureano Rocha, su fundador”, contra-argumentan otros. Es difícil precisar la razón que ha motivado, desde comienzos del 1900, a diversas familias a asentarse en tan difícil espacio a ganar a las fuerzas naturales e impiadosas. El escritor uruguayo Humberto Ochoa Sayanes, en su libro “Crónica de Punta del Diablo”, rastrea los primeros asentamientos alrededor de 1935, cuando la familia de un humilde hombre, Laureano, debe trasladarse a la zona costera, durante los veranos, con la esperanza de que así mejorará la quebradiza salud de su pequeño Lirio. Pero ni la muerte de Lirio logra arrebatarlo del pequeño rancho que Laureano construyó con sus manos. Las reservas naturales de peces le ofrecían un promisorio futuro. Alrededor de 1942 algunos pescadores provenientes de departamentos cercanos se afincaron en la zona, para pescar tiburones y venderlos a mercados asiáticos. Las chalanas, pequeñas embarcaciones rústicas a remo con apenas lugar para un hombre, eran el medio natural de acceso a altamar, lo que dificultaba la orientación en el mar. Posteriormente, otras oleadas de pescadores fueron asentándose sobre la zona de la costa, actual centro de la pequeña y sencilla aldea, edificando ranchos precarios frente a la gran Piedra Redonda, y bordeando la pequeña bahía que se encuentra ubicada a la derecha de la actual calle de acceso principal. La perspectiva de una vida mejor, a decir de Ochoa Sayanes, forjó una estirpe de pescadores templados a mar y viento, gracias al valor de los hombres y abnegación de las mujeres.


Proyecto DINARA-GEF-FAO “Desarrollo de estrategias para el manejo Ecosistémico de pesquerías costeras de Uruguay” (De la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos) DINARA está desarrollando un proyecto dirigido a implementar un Manejo Ecosistémico de Pesquerías (MEP) costeras. El objetivo central del proyecto es promover un esquema de manejo sostenible concebido a largo plazo para las pesquerías costeras de Uruguay, teniendo en cuenta la conservación de la biodiversidad asociada a dichas pesquerías, por medio de la incorporación de metodologías explícitas para el desarrollo de sistemas de MEP. El MEP considera tanto el manejo sustentable de las pesquerías como la protección del ecosistema en su conjunto. Al tener una relación íntimamente cercana con el ecosistema costero, los pescadores artesanales resultan actores clave para el diseño e implementación de MEP, así como tienen un rol de suma importancia en el monitoreo de los recursos pesqueros. El proyecto es financiado por el GEF (Global Environmental Facility) y tuvo comienzo de ejecución desde 2009. El proyecto también incluye: delimitación de Áreas Marinas Protegidas (AMPs) y determinadas clausuras espaciales o temporales seleccionadas para proteger áreas que son críticas para la reproducción, desove y reclutamiento de especies de importancia. Periódicamente se llevan a cabo reuniones en referencia al proyecto, para proponer a las comunidades de pescadores artesanales el desarrollo de experiencias piloto de co-manejo en el área e invitándolos a formar parte de ellas. Se intercambian opiniones con los pescadores acerca del proyecto, discutiéndose asimismo las problemáticas locales y sus posibles soluciones

Luciana Abreu Investigadora - Derecho UBA Investigadora en temas de Derecho; UBA. Traductora de Inglés y Diseño de Cursos para Abogados y Asistentes Legales en Morgenstern Group Coordinación y Consultoría en Proyectos de Enseñanza de Inglés como segunda lengua. luciana_abreu@morgensterngroup.com. 27

La aldea que vive colgada de un barranco  

Punta edl Diablo; Rocha, Uruguay