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Alma de Poesía Venezolana

Del Amor y Fantasías Cuento Breve

Jose Franco


De cualquier manera, no pensaba exigir, la vida tenía un gusto diferente, las apariencias se dejaron atrás justo aquellos días en que el amor lo elevó al cielo y lo arrojó tan fuerte contra el suelo que lo dejó herido en su musculo más débil. Como proxeneta de un cuento de nunca acabar se hizo un escéptico del mar que lo rodeaba, se sumergió en las profundidades de su soledad para vivir solo con sus pensamientos y sus recuerdos de mil y una noches. Llegó un día preguntando por mi, quería escribir, deseaba una orientación, anhelaba relatar. Recordé a un genio de la literatura universal y sus excéntricas frases, “Cualquiera que desee ser escritor, sólo debe relatar su vida y tendrá una obra de arte en sus manos” Quizás lo dicho alguna vez por Oscard Wilde, me elevó por las nubes de los sueños mientras anhelaba una oportunidad para escribir algo. Ese día tomaba café, mientras fumaba un cigarrillo, al mismo tiempo leía con unos espejuelos un periódico de hacía justamente nueve meses, recuerdo que leí la fecha exacta. Me relató un poco de su vida, con palabras coloquiales y frases refinadas, también me contó sus sueños. -La vida es bastante corta para arrepentirse, para extraviarse las noches buscando en los espacios olvidados de los pensamientos un motivo para volver atrás, quizás para ir al frente o tal vez para no llegar a ninguna parte. La vida es muy larga cuando no se vive, demasiado sin sentido. Caminó de mi lado muchas veces, muchas veces hicimos el amor, muchas veces dormimos y soñamos en la misma cama, quizás yo soñaba con ella y ella con otro soñaba, quizás fui muy egoísta y pensaba que la poseía como mis manos. Ahora me descubro, solitario, vagabundo, escéptico, envalentonado. Ella fue mía pero nunca para mi. – Así explayó


un primer párrafo. Luego de un trago de ron y de encender un cigarrillo. Continúo. - En las noches de soledad, las más del año, puedo morir tranquilo, puedo ahogarme en llanto, pero también me pregunto, como las personas pueden olvidarte, como pueden dejar de amarte, como en su corazón no extrañan tu cariño, en los oídos tus palabras, en la piel tu caricias, en la mañana un beso, en la noche un deseo. No he muerto, pero moriré tranquilo, desconocía el amor, desconocía el sufrimiento, fui un probeta del destino, aunque a veces lloro cuando veo la soledad de mis días, cuando veo el amanecer sin su sonrisa, cuando escucho una canción que tanto le gustaba. Dígame Luis, ¿usted puede entenderme? - Me preguntó, con ojos llorosos y manos tremulosas, quizás sosteniendo el llanto en ese momento. A pesar de ser muy joven para hablar con un viejo marinero de mar, de esos que siembran amores en cualquier tierra, un poco de mi experiencia de viaje, un poco de cultura aprendida por los afanes de la vida, por los sueños de escribir y que quedarán en la historia como simple experiencia de vida, algo le dije. -Si logro entenderlo, entiendo todo lo que usted me dice, comprendo su escepticismo, su llanto, sus lágrimas pero déjeme explicarle algo que aprendí un día por tierras foráneas. Alguna vez aprendí en las antiguas tierras mesopotámicas, que aquello que se va, nunca había estado, era un engaño al que te mantienes atado hasta que finalmente descubre la falsedad de tus propios pensamientos. Lo que siempre estuvo, aunque sea el viento te lo traerá, aunque sea la luna te dejará ver su rostro esas noches en que el insomnio aparezca y justo ese momento, lo sentirás de nuevo tuyo y tu corazón latirá tan fuerte que, creerás poseerla, pero no como su dueño, sino como la persona que alimenta tus sueños, que endulza tu vida, que alegra tus noches, que


entristece tu vida. Justo en ese momento, debes ir a buscarla, debes seguir tras tus sueños, debes atreverte a cruzar la frontera que los separa. – Se sabía ebrio, hubo bebido mucho, quizás mi recomendación no era la mejor o tal vez, el alcohol estaba hablando por mí, pero no por el viejo. Quizás mis palabras traicionaron un poco lo que me hubo dicho antes, quizás le hicieron ver una realidad que desconocía, tal vez, fue algo que deseó escuchar antes, pero también era muy tarde como para lamentarse. Empezó a notarse preocupado, quizás asintiendo un destino propio de un marinero en el ocaso de sus viajes, su tono de voz sonaba mucho más melancólico, pero aún sus palabras sonaban como poemas de arte mayor escritos a sangre entre besos, soledad y deseos. Pero que sapiencia tan grande, muy a pesar de alto grado de embriaguez, no fue a buscarla, de inmediato se resignó, como dando tiempo al tiempo, en ese momento me entregó un bolígrafo, marcado con las siete letras con las que me identifico mejor, color dorado, oro tallado, muy fino, muy hermoso y, cambiando un poco el tono de la conversación, dejando de lado un sentimentalismo que brotaba desde sus ojos, también me invito a que lo acompañase al barco que estaba varado en el viejo puerto, me obsequió algunos de sus mejores pescados que al día siguiente debía llevar a una isla muy cercana para comercializarlo. Se fue a una cama repleta de aventuras, aguardiente e insomnio, antes me invitó a pernotar en el buque, yo no podía quedarme pues mis tripas bailaban muy rápido la sinfonía y el vaivén de los mares. Me despedí hasta una semana, tiempo en que debía regresar con el dinero ganado de sus faenas como pescador de aguas profundas. En la mañana, me hubo dejado dos cartas con la vecina, quien más pronto y diligente que siempre salió al escuchar que mi nombre vociferaban, claro también para no desaprovechar la oportunidad de


hablar de mí y de mi modo de vida nocturna entre libros y el humo de cigarrillos. De las dos cartas en cuestión, sólo una era para mí, no sólo lo decían las letras escritas a mano, también la vecina me lo hizo saber, aunque todavía tengo la seguridad que muy metódicamente, con sumo cuidado, las aperturó para buscar en ella, alguna pista de algo, algún misterio de que hablar esa noche con las amigas, algo que relatar mientras cosía los trapos de los vecinos pero esencialmente buscando algo que no era de su incumbencia. Regresé a casa y luego de tomar el acostumbrado café mañanero a horas del mediodía, salí con rumbo a la calle Colón a buscar entre las casas, una casa color blanco ocre, la cual daba justo frente a una venta de licor de unos turcos que vinieron a estas tierras a ganarse la vida. Cuando arribé a la casa pude notar el grado de descuido, lo añoso de la construcción y la desolación en la que estaba. Llamé en voz alta tres veces, antes que una señora de pelo blanco, alta y elegante que me hizo recordar a mi abuela, entraba por la puerta casi sin hacer caso de mi presencia. Fue entonces cuando comprendí que su visión estaba un poco nublada y por no llevar sus pesados espejuelos no pudo distinguirme, justo al lado de la puerta de la entrada de su casa. La señora muy amable, me invitó a pasar y con la cortesía típica de los familiares, me ofreció café, el cual, siendo yo un adicto de esa negra sustancia, no desperdicié. Sin embargo, en ese momento, fui un hombre más de esos que se enamoran de las mujeres similares a la madre por eso que llaman Complejo de Edipo, pues quedé enamorado de aquel sabor único que tanto hube buscado desde una mañana de octubre cuando mi madre vieja dio su ultimo respiro y se marchó al cielo. Yocasta, seudónimo que utilizo en alusión a la madre de Edipo y para guardar su verdadero nombre, derramó lágrimas al enterarse del


motivo de mi visita, también me pidió que guardase el secreto de lo que mis ojos leerían en la carta pues ella estaba en las sombras por no saber leer. Leí la carta dos veces, mientras escuchaba el sollozo triste de aquella mujer que con cada oración de mis labios pronunciada, era una lágrima que corría por sus mejillas. Ella me pidió que siempre fuese a visitarla, cosa que hice por tres días consecutivos, hasta que al cuarto día, una mañana de sábado, llegué muy de prisa y unos paramédicos la transportaban en una camilla con unos tubos enganchados a su brazo izquierdo. Al verme, sacó de entre sus senos el sobre donde se encontraba la carta, me la entrego y sin pronunciar palabra alguna derramó un lagrima, apretó mi mano y cerró sus ojos. Como un destino escrito en alguna página de la vida, unas horas antes, aquel noble marinero fue muerto en aguas lejanas en manos de algún Francis Drake de estos océanos, la mujer a la que tanto amó, también murió, quizás con una corazonada, quizás con un pensamiento, tal vez con una premonición atrapada en sus sentimientos. Lo que la carta decía jamás podré revelarlo pues rompería la promesa hecha a la noble mujer. Jose Franco 21-06-2012 Isla de Margarita


Del Amor y Fantasías