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Mostrad el rostro de la Palabra Jesucristo el Señor Resucitado! De la “Dei Verbum”(Divina Revelación) al Sínodo sobre la Palabra, la “Verbum Domini” bajo la guía del Espíritu Santo “En el principio ya existía la Palabra”(Jn1,1ss) Nos sentimos envueltas/os por el Espíritu del Resucitado, el protagonista de la Misión (cfr Redemptoris Missio cap 3,) que nos capacita para una mirada evangélica sobre el mundo de hoy, para reconocer la insistente llamada de la humanidad herida, excluida, dispuestas/os a dar con prontitud respuestas carismáticas y proféticas con el testimonio, el anuncio y el diálogo involucrándonos a nivel personal y de comunidades. Debemos “ponernos al servicio de la Resurrección”, allá donde emergen las débiles esperanzas humanas, donde está en juego la causa de la humanidad herida, donde existe el anhelo de un poco más de justicia, un poco más de humanidad. Es en esta tensión anhelada por el ser humano, donde se abren espacios en los que podemos colaborar con el Espíritu, para que la creación pase del caos del abismo, a la luz del nuevo día. Animadas/os por los Hechos de la Iglesia primitiva, nos sentimos animadas/os a vivir una renovada profecía a través de la fidelidad a la Palabra, la interculturalidad y el diálogo para responder a las exigencias de la misión hoy. Dejémonos guiar por el libro de los Hechos de los Apóstoles: un texto que nos permite confrontar nuestra vida como comunidades, llamadas a ser presencia del Resucitado entre los pueblos; a tener el oído atento a su clamor, apostando por un presente que tenga futuro.

PROFECIA DE LA PALABRA

L A P A L A B R A A A

P A A L A A B R

Al inicio del libro de los HECHOS tenemos la conciencia que la Iglesia tiene de sí misma: ”Se les apareció vivo” (v.3). Cristo Palabra está vivo entre sus discípulos y la iglesia se define como la comunidad recogida entorno a Aquel que es el Viviente, el Cristo muerto y resucitado. “hemos visto al Resucitado”. Es esta convicción la que construye nuestra pertenencia en la espiritualidad, en la misión, en la comunidad y en nuestro crecimiento. La conciencia de que el Cristo Palabra es el Viviente, genera en la Iglesia primitiva una historia nueva, hace que nazcan comunidades capaces de un testimonio de vida que empuja a algunos, en Su Palabra, a partir hasta los extremos confines del mundo. El autor del libro de los Hechos dice: “en mi primera palabra, querido Teófilo, ya he hablado…” o sea, ha habido una primera palabra que es el Evangelio,(ver “La Palabra que si hizo carne. Jn1,ss), ahora hay una segunda palabra que son los Hechos. La palabra que es Jesús no excluye otras palabras, más bien es al contrario, genera nuevas “palabras” que encarnan el Evangelio. El plan de Dios, que tiene a Jesús en el centro, abraza también a los apóstoles y a la Iglesia que lo acoge y lo anuncia. Cristo y la Iglesia son dos tiempos del único misterio de Dios que habla y que se manifiesta. Estas dos palabras no son intercambiables y al mismo tiempo no son separables. La invitación frecuente a poner la Palabra al centro desemboca en la conclusión que repropone la invitación del Sínodo sobre la Palabra: “Mostrad el rostro de la Palabra: Jesucristo. Nutriros de la Palabra, para ser “siervos de la Palabra” en el compromiso de la Evangelización. La Palabra de Dios personificada “sale” de su casa, del

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templo, y se lanza por los caminos del mundo para encontrar la gran peregrinación que los pueblos de la tierra han emprendido en busca de la verdad, de la justicia y de la paz… escuchar, no callar, gritar con fuerza, anunciar la Palabra en el momento oportuno y en el no oportuno, ser centinelas que rasgan el silencio de la indiferencia”. El gran personaje del libro de los Hechos, no son los apóstoles (de hecho son citados sólo algunos y sólo en relación a alguna acción suya, no todas) sino la Palabra de Dios que camina para llegar a donde quiere transportada por la comunidad: “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los extremos confines de la tierra” (1,8) Al inicio y al final del libro de los Hechos, Lucas hace referencia a la salvación que es gloria de Israel, pero al mismo tiempo es para todas las gentes. Y el libro de los Hechos cuenta cómo el Evangelio sea capaz de superar los confines, de entrar en diálogo con los diversos pueblos, con las diversas exigencias, con las diversas ciudades y culturas, encuentra diversas personas, encuentra exigencias y resistencias y entra en diálogo con todo, no sin choques y oposiciones. Entonces, una comunidad, la de la Iglesia naciente, que está llamada a vivir la profecía del anuncio, a abrir de par en par las puertas del Cenáculo para hacerse vehículo de la Palabra para todas las gentes. Una comunidad, la de los Hechos, que vive la teofanía de Pentecostés como una alianza renovada. Es el alba del día de Pentecostés y los seguidores de Jesús están reunidos esperando y orando. El nuevo día empieza con una explosión de sonidos desde el cielo y de viento (2,2). Las perspectivas se ensanchan, se abren. Puede tratarse del mismo viento que, en la primerísima mañana de todas las mañanas, aleteó sobre las aguas tenebrosas. El viento de la creación (Génesis 1). Una vez más, el viento aporta algo nuevo a la vida. Lo que primero se ha oído y después visto, son lenguas como de fuego (2,3), pero sólo en el v.4 venimos a saber que esta extraña irrupción es el Espíritu Santo prometido. El Espíritu, milagrosamente, hace capaz de hablar a la asamblea. El primer don del Espíritu, que irrumpe en la comunidad, es el don de la palabra, el don de expresarse en diversas lenguas, el don de la proclamación. La escena se mueve rápidamente del interior del cenáculo, donde los discípulos estaban reunidos, al exterior, a la calle, donde el mensaje evangélico está atrayendo ya a una multitud. En el evento de Pentecostés de Jerusalén, la bajada del Espíritu Santo cumple definitivamente la “nueva y eterna” alianza de Dios con la humanidad establecida “en la sangre” del Hijo, como momento culminante del “don de lo alto” (cfr. Sant. 1,17) En esta alianza, Dios “se dona” no ya sólo al pueblo elegido, sino a toda la humanidad. La profecía de Ezequiel: “Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios” (Ez 36,28) encuentra entonces, una dimensión nueva y definitiva: la universalidad. El Espíritu es “la nueva ley escrita en los corazones”, que había sido prometida por medio de los profetas (Ez 36,27), que consagra a los discípulos de Jesús como asamblea de la nueva alianza. “Mientras estaba cumpliéndose el día de Pentecostés, se encontraban todos juntos en el mismo lugar” (2,1): aquellos “todos” (que comprende también Maria y las mujeres) reunidas/os no obstante la diversidad de las propias historias, habían hecho la experiencia de haber encontrado a Dios, no solo en la ley, sino también en Jesús. En el Evangelio de Juan, el don del Espíritu es dado la tarde de Pascua (Jn 20,22) a un grupo de discípulos encerrados y paralizados por el miedo. Son acentuaciones diferentes del mismo misterio del Espíritu Santo, fruto y don del Resucitado para lanzar a la comunidad de los creyentes más allá de sus fronteras confiándoles la misión de Cristo. El don resplandece en la pobreza de quienes lo reciben: Tenemos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que esa fuerza tan extraordinaria es de Dios y no viene de nosotros” (2Cor 4,7); “Dios ha escogido lo necio del mundo para humillar a los sabios; y lo débil del mundo se lo escogió Dios para humillar a los fuertes; y lo plebeyo del mundo, lo despreciado, se lo escogió Dios y lo que no es nada para anular lo que es” (1Cor 1,27-28). La comunidad de los Hechos nace abierta a todas las gentes. El grupo originario narra “las grandes obras de Dios” (Hch 2,11), comenzando a “hablar en otras lenguas” (At 2,4). Pedro hace resonar el primer anuncio del Evangelio ante una multitud de personas “de toda nación que hay bajo el cielo” (Hch 2,5). Muchos de ellos aceptan el mensaje y se hacen bautizar. El Espíritu reconduce a la unidad a las tribus separadas y ofrece al Padre las primicias de todas las gentes. Es iniciativa de la gracia la que suscita la respuesta de la fe. Nacida del viento, surgida del fuego, la Palabra se abre espacio. Una palabra El tan nueva que tiene que ser gritada a todos los rincones de la tierra; una palabra densa, Esti luminosa, transformante. El anuncio de Pentecostés nace después de un grande silencio, lo de VID A

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después de una espera, después de una escucha; responde a una apelación. Es Palabra suscitada por el Espíritu: también ella no se puede agarrar, también ella potente. Guiados por el Resucitado, los doce generan una nueva lengua, en grado de hermanar, de consolar, de reabrir los horizontes. Una lengua materna en la que nuevas relaciones y nueva salvación se declinan: una lengua verdaderamente humana, verdadera “casa de la humanidad”. El c. 2 de los Hechos termina con un sumario sobre la identidad de la comunidad: “Eran asiduos en el escuchar…” (Hch. 2,42-48) Es un cuadro bellísimo: el rostro de la comunidad cristiana primitiva es por lo tanto, el rostro ideal de toda comunidad. En el texto se entrevé la búsqueda de identidad por parte de aquella comunidad (y la cosa nos interesa, porque hoy nuestras comunidades de alguna forma, están buscando su propia identidad "cada día todos juntos frecuentaban el templo” (v.46) En este texto la identidad de la comunidad cristiana se puede definir con cuatro características que tocan la realidad de cada una de nuestras comunidades: a) Ante todo la identidad se define a partir de un encuentro (o de una serie de encuentros) con Jesucristo: “hemos visto al Resucitado”. Pero también podríamos añadir el encuentro con los testigos: los apóstoles que están anunciando y el encuentro con la comunidad que ya existe (los doce, maría y las mujeres, los hermanos de Jesús). Para nosotras/os nuestra historia hecha por mujeres y hombres que, a partir de la experiencia del “viernes santo” han testimoniado la vida, un caminar que “no muere”, sino que genera vida en abundancia en medio de muchos pueblos.

b) La segunda característica de la comunidad cristiana es un cierto tipo de relaciones. Relaciones internas, inspiradas en el modo de actuar y de ser de aquel Jesús, el encuentro con el cual ha dado origen a la comunidad, y relaciones con el exterior, hechas de acogida y de simpatía (“gozando de la simpatía de todo el pueblo”, v.47) pero también de reserva (“había en todos un sentimiento de temor”, v.43). Desde el exterior, esta comunidad, es vista como algo especial, particular.

c) La tercera peculiaridad que caracteriza la comunidad apostólica son los recursos de los que la comunidad vive. Ante todo la Palabra de Dios. La comunidad vive continuamente recurriendo a aquel recurso que es la enseñanza de los apóstoles. No se trata de manifestaciones religiosas, de devociones, sino del encuentro con la Palabra. Y después está la comunión fraterna, de la que en el c.4 se dirá que esto es precisamente la manera de testimoniar la Resurrección. El tercer recurso es la fracción del pan: el pan de la Eucaristía, de la Palabra, de la Fraternidad y del “hacer causa común”. Y en fin, está el recurso de la oración: todas las religiones enseñan alguna forma de oración, pero hay una identidad “cristiana” de la oración que hay que seguir descubriendo de nuevo, aquí en los Hechos se notará precisamente, como la oración misma es acompañada por la escucha de la Palabra, por la vida fraterna y por la fracción del pan.

d) La cuarta característica de la comunidad son las rupturas con algunas realidades. Sobre todo rompe con “esta generación perversa” (v.40), con un cierto estilo de vida que no está en armonía con el Evangelio. En cierto sentido, el Bautismo significa también esta ruptura, el ingreso en una comunidad que vive de la comunión con Jesús, eliminando comuniones alternativas. Además está la ruptura con el judaísmo, que de hecho se ha producido porque los confines del judaísmo eran insuficientes para definir el cristianismo. Aquí se dice que frecuentaban el templo, pero en el curso de la narración se dice que la Iglesia va hasta los confines de la tierra, y de hecho ya no está sujeta al templo: tiene otros horizontes! Con esto se ejemplifican algunas rupturas, pero nosotras podríamos señalar también otras, porque en cada

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comunidad y en cada época hay que decidir qué rupturas son necesarias para ser de verdad la comunidad del Señor Resucitado y no un grupo cualquiera de personas que están juntas por una serie de intereses comunes. ♥ ¿Cómo estas características de la primera comunidad cristiana se convierten en estilo de vida para nuestras comunidades hoy? ♥ ¿Cuáles son las características por las que se distinguen nuestras comunidades?

PROFECIA DE LA INTERCULTURALIDAD

La comunidad de los Hechos, envía de Jerusalén a Antioquia a Bernabé, su representante. (Hch 11,22.) Hombre bien conocido y estimado en Jerusalén. (cf. Hch. 4,36-37; 9,26-30) por su rectitud y apertura a la novedad del Espíritu, en particular con Pablo convertido. .

La La P P A A L L A A B B R R A A

Bernabé va a Antioquia, ve y reconoce la gracia del Señor y se alegra. Evidentemente tiene una sincera apertura mental y de fe, no juzga en base a lo que se dice, sino verificando, aceptando de estar al servicio de los designios del Señor, sintiéndose enriquecido por la diversidad y por lo que encuentra y que otros han realizado. Por esto juega toda su autoridad poniéndose al servicio de la nueva experiencia, exhortando a “todos a perseverar con corazón decidido en el Señor” (Hch 11,24). Es una exhortación dirigida a todos, judaizantes y helenistas, a perseverar en esta exploración y creación de una comunidad abierta e intercultural, consentida por la situación local menos mono cultural de Jerusalén. Bernabé ha intuido que Antioquia se había convertido en un laboratorio de nueva universalidad, de integración dinámica y prometedora: cosa que no habría sucedido nunca en Jerusalén.

“Después Bernabé partió para Tarso en busca de Saulo” (Hch 11,25) para Pablo, el haber tenido que huir-ser echado fuera de Jerusalén, había sido un trauma para el perseguidor convertido, pero Bernabé, que había entendido el tipo de recurso que era Pablo y se había hecho garante suyo (Hch9,27), no lo había olvidado en absoluto: parte para encontrarlo y reintegrarlo. De hecho desde Antioquia podía lograr reintegrarlo más fácilmente y hacerlo madurar en la actividad común de la predicación. Pero había que ayudarlo también a sanar las heridas sufridas: por eso Bernabé en persona va a buscarlo, lo encuentra lo acompaña en la nueva comunidad y “durante un año entero se reunieron en la asamblea y enseñaron a la numerosa multitud”. Hay una recuperación material del hermano aislado, haciéndole sentir que es buscado y deseado; pero se trata también de una inserción en la común ekklesia, para que sea aceptado y se haga aceptar, y así juntos aprender a vivir y a evangelizar, durante un tiempo suficientemente amplio.

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Podemos reconocer en el procedimiento de Bernabé algunas exigencias importantes: lo que cuenta no es el papel y la distinción, sino la disponibilidad a encontrarse, a reconocerse, a dialogar, para sanar antiguas marginaciones y heridas. Y por esto, hasta Antioquia pasa de momento, a un segundo plano, para encontrar el hermano y darle la posibilidad de sentirse buscado y amado, deseado y acogido. Pero también el

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hermano tiene que aprender a dejarse acoger, a colaborar durante un tiempo largo, estimando las costumbres y los estilos de los demás y hacerlo en armonía y concordia. De esta integración, que se convierte en convivencia de historias y de carismas, curaciones e integraciones, nace una nueva identidad. Tanto que el texto lo expresa con un título que se le da a la gente y que manifiesta bien lo que hay dentro: “por primera vez, los discípulos fueron llamados cristianos” (Hch 11,26). Son cristianos aquellos que han tenido el valor de salir de los traumas que los bloqueaban, que les han hablado incluso los griegos, que han sido confortados y animados por el representante de la institución, que han sabido recuperar el recurso desperdiciado que era Pablo, que han trabajado juntos sistemáticamente y durante mucho tiempo instruyendo a la multitud. Por lo tanto, cristianos como síntesis, son quienes no solo pronuncian el nombre de Cristo, sino que han asumido su estilo de vida. De la periferia y de gente lejana de la propia patria, ha nacido y se ha desarrollado una realidad que es a la vez auténtica y transcultural, pero también capaz de abrirse a otros destinatarios de manera comunicativa y eficaz, capaz de integrar la novedad sin miedo, capaz de poner en juego la propia originalidad para recuperar a quien había sido rechazado y obligado a una marginación humillante. Hch 13, 1-5 Los versículos del capítulo 13 describen bien la comunidad ya consolidada y madura en su identidad multicultural serenamente integrada y en su identidad “cristiana”. Notamos que ahora, los responsables de la comunidad son cinco y cada uno tiene una característica peculiar, que merece ser tenida en consideración, no obstante todos son catalogados como “profetas y doctores”. Cada nombre evoca un escenario específico y diferente. Bernabé de Chipre, levita, emigrado a Jerusalén, enviado a Antioquia, el más maduro y acreditado del grupo. Simeón llamado “Niger”, que significa que es de una etnia completamente diferente, y por lo tanto tal vez con una historia de difícil acogida a causa de su diferente raza. Lucio el Cirenense, o sea, originario de una tierra lejana (Libia), con otras tradiciones y costumbres, de una ciudad conocida por lo emprendedor de sus habitantes. Manahén educado junto al tetrarca Herodes y por lo tanto, ciertamente dotado de una educación refinada y de amistades importantes. Finalmente Saulo, con una formación prestigiosa de rabino, de Tarso y también perseguidor, que ha vivido un periodo de marginación y aislamiento. He aquí entonces, cinco personalidades completamente diferentes, con recorridos de vida muy diferentes: y todavía, aquí son presentados como grupo que se deja plasmar por el Espíritu con confianza recíproca, en la actividad de “doctores y profetas” y también en el discernimiento de los nuevos caminos de la misión. Es precisamente en este contexto donde puede resonar la llamada “subversiva” del Espíritu: “Reservadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado” (Hch 13,2). Se trata de un doble proceso: por una parte, reconocer, discerniendo en clima de oración y sobriedad, el sentido y el desafío de la nueva destinación. También porque se trata de dejar ir a Bernabé, el grande y acreditado responsable, y Saulo, el último llegado, con un pasado poco transparente. Y por otra parte, para la comunidad se trata de encontrar un nuevo equilibrio en la responsabilidad, probablemente asociando a otros que no son nombrados aquí, para poder continuar a ser estables en la evangelización, aunque con nuevos protagonistas y tener confianza en la actividad de los que se han ido, para una aventura con mucha incógnita. El concentrarse de nuevo en la oración y el discernimiento y después despedirse “imponiéndoles las manos” (Hch 13,3), indica un proceso –y no sólo un paso aislado- de corresponsabilidad, de compartir y de disponibilidad y reconocerse en lo que será después un fruto común. Cosa que de hecho, se manifiesta con claridad que se describe a su regreso: “Apenas habían regresado, reunieron a la comunidad y refirieron todo lo que Dios había cumplido por medio de ellos y cómo había abierto a los paganos la puerta de la fe. Y se quedaron durante no poco tiempo junto a los discípulos.” (Hch 14, 27-28) En la comunidad primitiva, a través de varios pasos, no siempre fáciles y serenos, aunque siempre valerosos y creativos, ha ido tomando forma una experiencia de comunidad cristiana empujada “más allá” de los acontecimientos y de las circunstancias. Cada vez, superando las barreras de la costumbre, rompiendo con las seguridades adquiridas con dificultad, reinventando equilibrios y síntesis religiosas y culturales, de relaciones interpersonales y de diversidades entrelazadas. Y se podría seguir descubriendo que estos sucesivos eventos que enfocan la identidad, pero sin congelarla en un esquema fijo, antes bien haciendo descubrir nuevas oportunidades y nuevas aventuras de evangelización, continúan a producirse y a multiplicarse. Pero también generan, a un cierto punto, un conflicto radical, a cuya solución será llamada a participar en Jerusalén con sus jefes (Hch 15, 6-29), y también toda la ekklesia de los creyentes (cf Hch 15,3; 16,4). Una y otra vez, se vuelven a abrir la obra y los riesgos, las aventuras y las resistencias, las ambigüedades mezquinas y las innovaciones guiadas por la “mano del Señor”.

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El acontecimiento de la comunidad de Antioquia nos desafía a aprender el arte de ponernos siempre de nuevo en juego, de poner en tensión fecunda y dialogante las diversidades, de entrelazar culturas y sensibilidades para producir y promover nuevas expresiones culturales y nuevos dinamismos, rompiendo los estereotipos EL rígidos atados a la propia cultura. ESTI La perspectiva intercultural concibe las diversas identidades culturales como LO DE cambiantes y en continua transformación, presupone que la identidad, para poderse enriquecer y desarrollar, necesita de la confrontación con la alteridad. VID La interculturalidad: un camino arduo. A diferencia de la A multiculturalidad que indica simplemente la presencia, en un determinado grupo, de una pluralidad de las culturas, la interculturalidad expresa la inter-relación en el trato, intercambios y comunicación entre culturas diferentes, o sea, un aspecto dinámico de interacción y de reciprocidad que acontece, en realidad, entre personas más que entre culturas. La interculturalidad, de la que tanto se habla desde hace algunas décadas, hay que considerarla un paradigma, un principio que involucra a todos, personas y organizaciones, grupos laicos y religiosos. Se trata de transformar y valorizar la misma multiculturalidad para que se convierta en un enriquecimiento recíproco, de diálogo / confrontación / comunicación interfecundante en la que todo ser humano sea respetado en su dignidad y valorizado en su diversidad, en una palabra donde se promueva y se instaure la convivencia de las diferencias. Es un camino nunca terminado. Por lo tanto, la interculturalidad hay que construirla en todos los frentes, siendo como es un objetivo y un constante camino de intensa espiritualidad, un compromiso, una responsabilidad, un principio formativo inicial y permanente, una tarea irrenunciable para todos. No es correcto clasificar las culturas como más o menos avanzadas a partir de posiciones etnocéntricas, no obstante, es posible confrontarlas con los valores de la persona humana y del Evangelio, como criterios transculturales de madurez. Es alto el riesgo de la calificación inmediata del valor evangélico asignada a aspectos de la propia cultura que sentimos importantes. Tales aspectos deberían estar abiertos a otras dimensiones, percibidas sólo en un contexto no defensivo en relación a las otras culturas. Aun cuando los elementos culturales expresen valores, el problema no ha terminado todavía: ¿Cómo servirse de estos elementos para la edificación del Reino? ¿Sólo hay que respetarlos, o también activarlos en un proceso de ulterior desarrollo que los reconfirma y también los purifica? No es tan simple el individuar los elementos transculturales. A menudo se identifican con “transcultural”, muchas cosas que de hecho son particularidades nacionales o incluso regionales, son producto de un extracto religioso devocionario y para nada purificado por una sana teología de la Iglesia, de la vida cristiana, del testimonio evangélico radical. Sólo con una valerosa “desestructuración” de aquello que obstruye la vitalidad y la originalidad de vida será posible comprender y responder al Espíritu que llama al futuro: “¡Vosotros no tenéis sólo una historia gloriosa que recordar y que contar, sino una grande historia que construir! Mirad al futuro, en el que el Espíritu os proyecta para hacer con vosotros cosas grandes”. (VC 110). El camino hacia una comunidad intercultural no es una metodología, es ante todo una toma de conciencia, es más: se trata de entrar en un proceso, en un itinerario de kenosis. El encuentro entre culturas provoca algunos choques culturales. El encuentro con culturas diversas no es como pegar juntas varias piezas. Ante este choque se puede reaccionar de diferentes maneras: • reacciones de conquista, aniquilación, desvalorización (la otra cultura tiene que desaparecer, no sirve) • Reacciones de dominio, absorción (la persona tiene que ser absorbida por la cultura dominante) • Reacciones de intercambio (nos reconocemos recíprocamente, nos influenciamos, nos enriquecemos, discernimos, convivimos) ¿Qué pasos seguir? A. Mirar con transparencia a nuestra realidad • Descubrir la multiculturalidad del propio contexto de vida (comunidad, territorio, ciudad, País etc) .

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B.

Tener el valor de la “de-construcción cultural” (demoler y reconstruir) • Cada persona trae consigo su propia herencia cultural con sus riquezas y sus límites. Reconocer los aspectos que hay que valorizar y los que hay que “demoler”.

C.

Abatir el muro de las categorías y de prejuicios • Llamar a las realidades culturales que vivimos con su propio nombre, identificando, nuestros privilegios, nuestros guetos, con todo lo que hay de intolerancia, violencia, discriminación, complejos de inferioridad o superioridad.

D.

E.

Purificar el lenguaje Instrumentos vitales para la convivencia son el lenguaje y las actitudes a través de los cuales revelamos respeto o ignorancia de las culturas que son parte del grupo, superioridad/inferioridad de la propia cultura, tolerancia o indiferencia y exclusión. Es importante crecer en comunidad con una cierta sensibilidad intercultural que lleva a expresarse con lenguajes ante todo educado, para poder llegar a lenguajes comunes que nacen del continuo diálogo, reflexión, compartir… Para llegar a lenguajes comunes puede ser útil un proceso de reconciliación para purificar la memoria, compartiendo las inevitables heridas, recibidas o causadas, aun inconscientemente. Este es un momento privilegiado litúrgico pascual que hay que buscar, preparar, celebrar en la sinceridad y en la misericordia: se convertirá en un camino de liberación personal y de reconciliación recíproca.

Osar la verdad del diálogo • El diálogo es un paso inevitable en el camino hacia la interculturalidad: no es el intento de llevar a la otra/o a comprender y entrar en mi modo de ver y de pensar, sino en el escuchar juntas/os la voz del Espíritu para que nos haga discernir nuevos caminos en la misión común. •

El diálogo debe estar impregnado de verdad, franqueza y sinceridad. Es vital también una actitud de autenticidad en la escucha, superando la actitud de defensa o manipulación. Escuchar con apertura, desinterés, abrirse a la otra persona, ir al encuentro. Una de las primeras condiciones es la de respetar a la otra en su diferencia, en la certeza de que sobre esta tierra todos somos forasteros “No molestarás al forastero ni lo oprimirás, porque vosotros fuisteis forasteros en el país de Egipto”. (Ex 22, 20).

La verdad en el diálogo debe de estar impregnada de humildad y caridad evangélica. Acercarse a la persona de puntillas, conscientes de que nuestro conocimiento es limitado, y que juntas se puede buscar aquello que todavía no se conoce.

La verdad del diálogo es el permitirle al otro decir algo sobre nosotros, su verdad sobre mí. Es entrar en la lógica del dejarse evaluar, del buscar juntos, ahora, nuestra identidad.

El diálogo es un servicio evangélico siguiendo las huellas de Jesús.

La cultura es una realidad viva y dinámica que toca el ser – el sentir-el pensar y se expresa en los valorescreencias-tradiciones, formando así la identidad de un grupo. Es importante una continua formación/crecimiento en valores transculturales que dan razones al vivir. Pero también debemos aprender el arte de permanecer de pié en situaciones de continuo cambio. En otras palabras, a reconocer en el continuo entrelazarse y mezclarse – cada vez con más amplitud e improvisación de culturas y vivencias, caracteres personales y opciones evangélicas, visión espiritual y horizontes de sentido, una llamada a verificar y a ver la gracia del Señor, a alegrarse por la oportunidad de vivir, no simplemente de repeticiones, sino cada día con estupor y creatividad, reinventando síntesis y comunión, búsqueda y posesión, liberación y sanación. ♥ ¿Qué riquezas vivimos y compartimos como comunidades de diferentes culturas? ♥ La realidad de nuestras comunidades ¿interpela a la sociedad en la que

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estamos insertadas/os?

Nota bien: de todo este material escoger una, dos ideas o frases para compartir en el taller y preparar las respuestas a las preguntas escritas

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la Palabra de Dios