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Crónicas

El hacinamiento vertical. El barrio Kowloon llegó a contar con más de 50 mil almas.

pa para asaltar turistas o entregarnos a una red de traficantes de órganos. Sin embargo, no nos dejamos asustar y aceptamos el tour a “la ciudad prohibida” después de regatear el precio. Más tarde supimos que Kowloon había nacido mil años atrás siendo una fortaleza militar y que así habría de continuar por siempre. No obstante, en 1898, la diplomacia británica cometió un error: apurada, presionó a China para que suscribiera a un acuerdo que garantizara el control de Hong Kong por 99 años y olvidó mencionar a la inexpugnable fortaleza de Kowloon. El desliz significó una victoria para China: ese fuerte amurallado con 700 habitantes pasó a convertirse en un enclave dentro del territorio británico. Dicho de forma más cruda: Kowloon fue un grano amarrillo en el blanco trasero británico. Bienvenidos a Kowloon. Así nos dijo Chuang, ahora devenido en guía turístico por el bajo fondo de Hong Kong al llegar a esa mole de cemento compuesta por unos 300 horribles edificios grisáceos. Las paredes del fuerte original habían sido derribadas y como resultado quedó una ciudadela rodeada por el invisible muro de la marginalidad. Sus habitantes habían aumentado hasta juntar 50 mil almas y transformar a ese mamotreto de dos hectáreas y media de largo –equivalentes a dos campos

OCTUBRE 2009

de fútbol– en el sitio con más alta densidad poblacional de la historia de la humanidad. Miles de personas nacían, vivían y morían sin jamás salir de ahí y otros tantos habían llegado escapando de persecuciones políticas o delitos. Adentro no regían las leyes de la reina de Inglaterra ni las del Partido Comunista Chino sino un código elaborado por los mismos vecinos. Reinaba una “armoniosa anarquía” que a veces se chamuscaba con las disputas del Sindicato del Crimen contra otras organizaciones mafiosas. La única norma inglesa que se dignaron a acatar fue “no construir edificios de más de 14 pisos” para evitar problemas con los aviones del aeropuerto cercano. En la puerta de la ciudadela, unos rudos guardias nos detuvieron y temimos que la aventura llegara a su fin, aunque nos dejaron pasar por estar acompañados de Chuang. “Aquí no hay policía y los vecinos deben cuidar”, explicó antes de dar inicio a una caminata por una angosta callejuela cubierta de un aire rancio, caliente y húmedo. Por la gran cantidad de cables, sábanas y balcones que teníamos sobre las cabezas, la luz natural no llegaba al piso y esos tenebrosos laberintos estaban obligados a ser iluminados con tubos fluorescentes. Los únicos que podían disfrutar del sol eran los potentados que vivían en los últimos pisos y contaban con azoteas.

En el camino escuchamos risas y descubrimos que eran unas niñas de 15 años que se dirigían a la ciudad. “Allí son prostitutas. Las encontrarán en Miao y Shanghai Street”, comentó Chuang antes de advertirnos que, presionadas por sus propios padres, debían trabajar cerca de los hoteles más lujosos para atender a extranjeros, magnates y empresarios. Su tarifa era –lo recuerdo bien– 5 míseros dólares de Hong Kong. Al rato, nos cruzamos con unas ancianas que salían de una puerta escondida en el fondo de un callejón. “Algunas de ellas, en sus mejores años, supieron dedicarse a ese mismo oficio hasta que su físico las obligó a cambiar de carrera”, pensé. Lo que no sabía era que, de todas formas, seguían trabajando para satisfacer a los visitantes extranjeros: ahora lo hacían como costureras y en cuestión de horas zurcían trajes de lujo provistos de costosas telas a precios inverosímiles. “En Hong Kong hay muchas normas laborales, antipolución y de seguridad. Como allá es difícil producir, vienen acá”, aclaró nuestro lazarillo. Más tarde supimos que los talleres textiles no eran los únicos que funcionaban sin autorización legal: también los dentistas y médicos que carecían del título habilitante para atender pacientes en Hong Kong terminaban instalando sus consultorios en este submundo. Como a Dante Alighieri, nuestro Virgilio nos sumergió en los círculos más profundos de este infierno oriental. Chuang nos reveló los cañones de bronce del antiguo fuerte, las escuelas atiborradas de niños, varios bares llenos de personajes prostibularios que bien podrían aparecer en un videojuego de karate o al lado de Jackie Chan, quien filmó una película allí. Seguimos internándonos por las estrías hasta arribar al templo de Tin Hau, situado en el centro de la ciudad. Los edificios de su alrededor habían crecido tanto que tuvieron que protegerlo con una red para impedir que cayera basura sobre ese sitio sagrado. Antes de finalizar la excursión, pasamos por un fumadero de opio. Esos pequeños habitáculos estaban repletos de personas atrapadas en sus propios mundos de ensueño. Veinte años después de aquella excursión a los infiernos, el periodismo me llevó otra vez a Hong Kong y quise regresar a “la ciudad de la oscuridad” para buscar a Chuang. Pero allí me enteré de algo que jamás hubiese imaginado: cuando Inglaterra estaba por devolver Hong Kong, China cambió de política y autorizó la erradicación de aquella ratonera gigante. Los pobladores fueron expulsados con una mínima indemnización, los 300 edificios se demolieron y en su lugar se construyó este primoroso parque en el centro de la ciudad. Si uno lo recorre con atención, encontrará a algún melancólico transeúnte que camina con lágrimas en los ojos. Son muchos los que extrañan a Kowloon.

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ALMA MAGAZINE 41 - OCTUBRE 2009  
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