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ntre los grandes atractivos de los viajeros que arriban a la ciudad elegida, visitar las casas y las tumbas de los artistas que admiran están entre las actividades favoritas. Tal vez con la intención inconciente de reconstruir la epifanía que despertó semejante fascinación. Pisar el césped que William Shakespeare recorría mientras cotejaba ideas para Hamlet, fantasear con las andanzas sexuales del Marqués de Sade en el castillo de La Coste o dejarse transportar por esa especie de anticuario al aire libre que son las calles de Florencia. ¿Existe un secreto a develar en esas fachadas, recovecos y recuerdos? Lo que podría confundirse con un examen a la Historia, a las confrontaciones político-ideológicas que surcaron tantos siglos de civilización occidental, quizás implique una ubicación o una descolocación de parte del atribulado visitante en las fauces de su fetiche personal. Transportarse en esas vertientes de romance e intensidad, de lucha y resistencia, de camaradería y progenie, asemeja a un acto de resarcimiento. Una virtual compensación por no haber estado ahí, por no haber sido Shakespeare, Danatien Alphonse François de Sade o Paolo Uccello. Más acá, el Manhattan de las películas de Woody Allen se hace realidad para el debutante en las comisuras del arca de Noe de la posmodernidad. El Liverpool de los Beatles, La Habana de la revolución cubana y el ya inexistente Muro de Berlín son postales que sincopan hitos históricos y de las cuales no sólo se desprenden consignas, sino que materializan el trasfondo de las ilusiones y los deseos de millones. No se trata de profanar la gloria, sino de aspirar el halo o el misterio que envuelve a esa geografía, a esas paredes, a esos monumentos a la memoria; beber de los delicados márgenes para verse contenido sería el fin. Contenido pero sin contención. Porque es más fuerte lo indescriptible y lo inmutable que la reparación en sí. El filósofo alemán Walter Benjamin ya advirtió varias décadas atrás en su célebre ensayo sobre el aura en la era de la reproducción técnica, el pesar –no como algo negativo, sino como aspecto transformador– que recaía sobre los seres humanos ante el hecho de convivir con la copia y no con el original.

Estábamos en lo curioso que es para muchos turistas o viajeros conocer tanto las casas como las tumbas de sus artistas predilectos. Ese arco que une la vida y la muerte, en el reposo y con la fecundidad de haber despertado todo tipo de sensaciones y generado valores y contribuido a crecimientos personales, se atesora ahora, en la visita al lugar de los hechos, como un bien preciado. Recuerdo cuando me enfrenté con la tumba de Jim Morrison, héroe de nuestra juventud rockera. No sé qué esperaba, como tampoco sabía bien qué estaba haciendo esa tarde que me dirigí con unos amigos al cementerio de Père-Lachaise. No era macabro mi paseo. Aún no se había popularizado su vida con la biopic de Oliver Stone –que no me gustó nada cuando la vi en el cine–, pero yo estaba ahí, recorriendo tumbas como si el Rey Lagarto fuese un familiar. El tío díscolo que nunca conocí. El cuadro no era muy alentador: botellas vacías, colillas de cigarros, cartas lúgubres, pintadas y más pintadas, un busto a punto de eclosionar. Mi libro de cabecera de esa época era Antología de Spoon River, del poeta norteamericano Edgar Lee Masters (1869-1950), una colección de epitafios concebidos a la manera en que fueron preservados en la Antología griega, en la que cada difunto habla de sí mismo; al estar entrelazadas entre sí, estas breves evocaciones personales presentan una suerte de historia local de una pequeña y típica comunidad norteamericana que exhibe sus aspectos más corrientes y distintivos. Pero Jim era un desterrado. París no era una fiesta. Y él quería desaparecer. Dejar atrás el vendaval de fama y miseria. Su deseo era ser poeta. Un poeta invisible e invencible. Pero la muerte sólo lo hizo más visible y santuario de la faceta terminal del flower power. Jim no estaba en París para dibujar una ciudad desconocida (como sí tal vez lo hizo Julio Cortázar), sino para perderse en ella. Como el flaneur que investigó Walter Benjamin a la sombra de Charles Baudelaire. No es fácil detectar, en mis movimientos por esas callejuelas del cementerio de la Ciudad de la Luz, que estaba detrás de mi anhelo de ser poeta. Aunque algo me dice que tendré que seguir viajando. Y extraviándome en cementerios… Gustavo Alvarez Núñez

ALMA MAGAZINE 41 - OCTUBRE 2009  

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