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Al regresar, su vecino no le dio más que un puñado de dólares y comprendió que, en este rubro, los que realizan la tarea de extracción se llevan una pequeña tajada en comparación con los intermediarios. En cambio, su mujer le regaló una lluvia de críticas. “Me dijo que sólo se podía huaquear durante la Pascua y el día de Todos los Muertos, porque ahí los espíritus salen de su tumba”, rememora el Cholo mientras su rostro cobrizo se empalidece. Este campesino se lamenta por su error. Si uno de sus hijos contrajera malaria o su amigo fuese arrestado, este huaquero –todavía vinculado vagamente a las tradiciones ancestrales– no dudaría en adjudicar esos hechos a los vengativos espíritus ofendidos por su accionar. El barrendero millonario. En Arica, al norte de Chile, vive Jaime, quien a sus 52 años limpia las calles y veredas de su diminuto y polvoriento pueblo. Habiendo cursado unos pocos años de escuela, con esfuerzo y privaciones, este chileno lograba mantener a sus siete hijos amontonados en una casa precaria. Al ver esa vivienda de techo de chapa, nadie sospecharía que en una oscura sala se apiló una colección de objetos incaicos valuada en medio millón de dólares. La envidia de cualquier museo europeo. Sólo unos pocos meses como peón en

una expedición científica conformada por destacados arqueólogos y estudiantes universitarios le bastaron para aprender todo lo necesario para identificar y explorar sitios precolombinos. Me siento un arqueólogo cualquiera, aunque sin cartón (diploma)”, solía decir el barrendero que –a diferencia de El Cholo–, carecía de conexión cultural con el pueblo saqueado y planteaba su labor con cierta mirada técnica. Si hubiera tenido otras oportunidades en la vida, tal vez Jaime sería un reconocido profesor. Sus vecinos, cada tanto, le golpeaban la puerta para pedirle que les mostrara sus hallazgos, él los enseñaba con pasión. Esa vocación le duró 35 años hasta que su fama de huaquero llegó a oídos de un fiscal que no dudó en ordenar el allanamiento de la casa y, sin ofrecer resistencia, Jaime confesó su afición. Cuando se le remarcó que su colección era demasiado grande, él con orgullo aclaró que “sólo fue hallada la ´grasa´. Lo mejor, el filete ya fue vendido”. Además, el fiscal lo acusó de ser un experto traficante. El se defendió alegando: “Sólo los vendía de cuando en cuando”. Y con cierta vergüenza, aclaró que lo hacía cuando la presión de su esposa y los apremios económicos sobrepasaban lo soportable. Aunque los policías comprendieron sus motivos, tuvo que rendir cuentas ante la ley: Jaime fue el primer condenado por saqueo a

sitios arqueológicos de Chile y afronta 730 días de reclusión nocturna. Los compradores, intermediarios y traficantes se salvaron porque el país no ratificó la Convención de Unesco de 1970 que castiga el tráfico ilegal de patrimonio. Un vacío legal que transforma a Chile en ruta de salida de las piezas robadas en yacimientos y museos de países vecinos. Un traficante legendario. Así podría definirse a Leonardo Patterson. Su rostro caoba en contraste con sus blancos vellos y sus caros trajes le dan un aspecto de caballero colonial. Este costarricense de 62 años, hijo de inmigrantes jamaiquinos, se consagró como el mayor vendedor de arte del circuito intelectual de Estados Unidos y Europa. Nadie puede imaginar que nació en la absoluta pobreza y que jamás asistió a la escuela. Todo comenzó a los 7 años cuando descubrió en un campo de papas su primera pieza arqueológica. Esa experiencia imborrable lo habría llevado a ofrecerse diez años después como guía a un traficante de antigüedades. De forma precoz, por su astucia y olfato se tornó un intermediario capaz de enlazar a los huaqueros y cazadores de tesoros de Centroamérica con los coleccionistas del Primer Mundo. Durante los años 60, en épocas en que los países centroamericanos

El nuevo saqueo del Perú. Por su delicadeza, las artesanías de la cultura mochica atraen a los coleccionistas europeos y norteamericanos.

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ALMA MAGAZINE 41 - OCTUBRE 2009  

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