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Poco después de la coronación de la reina Isabel II de Inglaterra, llegaron unas botellas de obsequio al Palacio de Buckingham. Casi nadie sabía entonces de la existencia del Pétrus, uno de los grandes tintos de la zona de Burdeos con denominación de origen, pero pronto comenzó a hacerse célebre entre los ricos y poderosos como uno de los vinos más concentrados, potentes y tánicos –aunque a la vez sedosos– del mundo. Por su suntuosidad, Jacqueline Kennedy adoraba este Merlot hasta el delirio –96% Merlot y 4% Cabernet, en rigor–, que supo exponer el juego de la oferta (escasísima) y la demanda (enorme) con determinación: en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial los precios se triplicaron sin haber aumentado la producción. Cultivado sobre una “corona” arcillosa de 11,5 hectáreas en medio de la meseta gravo-

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sa de Pomerol, el Pétrus –la palabra Château nunca apareció en la etiqueta– requiere una producción laboriosa y limitada. La vida y obra de los grandes châteaux bordeleses es ventilada como la de las celebridades, y se puede encontrar hasta el más mínimo detalle de su historia y métodos de producción en los libros especializados. Sin embargo, el Pétrus reúne secretos, historias, disputas familiares y particularidades de rango místico. Su producción –que se concentra en un 40% en Francia y de la que Estados Unidos es el primer consumidor mundial–, es “una combinación de arte, naturaleza y religión” según los representantes de la familia Moueix, sus propietarios desde 1964, porque Pétrus es, al fin y al cabo, un santo: San Pedro. Siguiendo paso a paso una liturgia de siglos, el cuidado meticuloso de la viña se convierte en

devoción cuando la mitad de las uvas se podan en verde (éclaircissage), para disminuir los rendimientos de la cosecha y elevar la calidad de las uvas restantes, que después son recolectadas totalmente a mano, durante dos o tres días, y sólo luego del mediodía a fin de evitar que la humedad del rocío permanezca en las uvas. Más tarde fermentan en cubas de cemento a temperatura controlada, para envejecer en una barrica nueva de roble francés a lo largo de 20 meses. Pero algunos métodos extremos lo acercan al fanatismo: según cuentan en la zona de Libournais, han llegado a utilizar helicópteros para generar corrientes de aire que sequen las uvas, a colocarles estufas para evitar las heladas o a alfombrar las tierras con plásticos para que la lluvia no arruine el negocio. Esto último sucedió en 1992. Sin

OCTUBRE 2009

ALMA MAGAZINE 41 - OCTUBRE 2009  

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