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DO

YOU

REMEMBER

FRANCO?


Do

you

remember

Franco? E

n 1963 Phil Ochs grabó en Florida la canción Spanish Lament en On My Way (1963 Demo Session), que también sería conocida como Spanish Civil War Song. En ella se pregunta —25 años después del golpe de Estado contra el Gobierno del Frente Popular de la II República—, si aún se recuerda a Franco, el aliado de Hitler; si se recuerda cómo acabó con la democracia española cometiendo cientos de miles de crímenes; si se recuerda el papel de la Iglesia católica. Se pregunta si recordamos la lucha contra el fascismo y su incomprensible y paulatino reconocimiento internacional. Se pregunta por qué el olvido es el precio que pagamos para lavar nuestras conciencias. Se pregunta si alguna vez nos hemos preguntado el porqué; si alguna vez nos hemos parado a pensarlo; si nos hemos parado a llorar. Y hoy seguimos sin ser capaces de dar ninguna respuesta. Amordazados. Mudos. Ni siquiera somos capaces, aquí y ahora, en el año 2021, de formularnos las mismas preguntas que se hizo Phil Ochs, verdaderos tabúes para la sociedad española. Do you remember Franco? es una mirada crítica documental del fotógrafo Clemente Bernad a los 3 monumentos más relevantes del franquismo cuya significación continúa vigente en 2021: el Valle de los Caídos, el Arco de la Victoria de Madrid y el Monumento a los Caídos de Pamplona/Iruñea. Bernad merodea como un perro callejero por sus alrededores, cuestionando cómo ocupan el espacio público y el entorno urbano, y poniendo de manifiesto a través de imágenes complejas

y contundentes el anacronismo y la violencia política que supone la presencia de estos monumentos franquistas en nuestra vida cotidiana. Las fotografías se relacionan entre sí -puede elegirse cualquier combinación entre ellas puesto que no se presentan encuadernadas imponiendo un discurso fijo- tejiendo una intrincada red de interacciones y correspondencias que nos habla de la perversa y pegajosa herencia de la simbología franquista en nuestra sociedad. Su persistencia incólume nada menos que 46 años después de la muerte de Franco supone un déficit democrático incuestionable. El Valle de los Caídos (San Lorenzo de El Escorial, Madrid) es el monumento de exaltación al fascismo y al nacionalcatolicismo más grande del Estado. Fue construido entre 1940 y 1958 principalmente con mano de obra de presos políticos republicanos. En sus criptas reposan los restos de 33.847 personas que fueron trasladadas desde cementerios militares, civiles y fosas comunes, muchas de ellas víctimas de la represión franquista y sin conocimiento de sus familias, para ser enterradas junto a los restos de quienes perpetraron el golpe de Estado. Junto a su altar reposó el dictador Francisco Franco hasta que fue exhumado el 24 de octubre de 2019. Sin embargo, el fundador de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, sigue enterrado en el mismo altar, en el centro de un complejo monumental creado para glorificar al régimen franquista y cuya significación continúa plenamente vigente, a la espera de que se decida algún tipo de actuación sobre él. El Valle de los Caídos, compuesto por la basílica, la abadía y el conjunto monumental, está presidido por



















































Do r e m e F r a * ¿Para qué sirve un mármol tallado, una estatua ecuestre, una inscripción en piedra, un arco que se levanta varios metros sobre el suelo? ¿Para qué se hacen? Pero, verdaderamente, ¿para qué se hacen? ¿Por qué una institución, un Estado, decide poner ese mármol ahí, esa estatua ahí, ese arco ahí? * ¿Depende la respuesta de si esa institución es una institución fascista? * Esas, más o menos, debieron ser las preguntas que empezaron a circular después de la segunda guerra mundial. Y con esas preguntas, una sospecha: los monumentos son tan rígidos, tan estables, tan permanentes, que no pueden sino establecer un único significado de la historia. Son tan fríos, tan pétreos, tan grandiosos, que solo podemos relacionarnos con ellos desde el sometimiento: los miramos siempre desde abajo, desde nuestra escala de simples personas ante la magnitud de lo tallado en piedra. Se miran pero no se tocan; su lección no se puede rebatir, ni cuestionar, sino solo asentir, acatar, memorizar. Memorizar: lo opuesto a hacer memoria. ¿Y si las formas monumentales tradicionales fueran, en esencia, totalitarias? * ¿Cómo hacer honor a las víctimas del totalitarismo con formas que son, en esencia, totalitarias? ¿Abandonamos la mera posibilidad de conmemorar las grandes revoluciones, de honrar la memoria de las personas desaparecidas? Más allá del homenaje privado, íntimo, familiar, ¿cómo recordar?

¿Cómo debe recordar un Estado? ¿Debe recordar un Estado? * ¿Depende la respuesta de si ese Estado es un Estado fascista? * Conocemos bien la etimología: la hemos oído en la radio, nos la contaron en la escuela, la hemos visto impresa en tazas. Recordar: volver a pasar por el corazón. Se dice corazón y ya suena un violín: la simple mención al órgano parece desarticular, automáticamente, cualquier posibilidad crítica. Y sin embargo: recordar como agitación, como aquello que descoloca lo que parece estar en su lugar, como acto insubordinado. Lagunas, fragmentos, cualidad dúctil: no es posible reconstruir el pasado porque solo existe en nuestra relación con el pasado. La memoria como una conversación entre los vivos y los muertos. La memoria como ese proceso en el que el presente extrae del pasado las razones -las opresiones, las semillas- para cambiarlo. * ¿Cómo hacer esto sin caer en el relativismo, en la ahistoricidad, en la imposibilidad de recordar como comunidad? * De preguntas parecidas, en las últimas décadas del s. XX empezaron a surgir formas de conmemorar como lagunas, como fragmentos, como más preguntas. Formas abstractas, dialógicas, frágiles. ¿Eran monumentos o eran otra cosa? En lugar de dominar el paisaje, se funden con él o incluso desaparecen; no imponen lecturas, sino que nos invitan a ser parte del proceso, que ponen la carga de la memoria sobre


you m b e r n c o? nosotras; formas que huyen de significados unívocos y son complejas y en proceso, como la propia memoria. Ahí está el Monumento contra el fascismo, la guerra y la violencia: una columna de 12 m que invitaba a los habitantes de Hamburgo a inscribir en ella sus nombres como promesa de que estarían atentos ante el fascismo. Hoy de esa columna no queda nada. Así lo querían los artistas, Esther y Jochen Gerz: según se fuera llenando de nombres, la columna iría descendiendo hacia un hueco construido bajo la tierra. Ahí está la Fuente de Aschrott de Horst Hoheisel: en 1939, un grupo de nazis destruyó una fuente en el centro de Kassel, porque la había financiado un empresario judío. En el lugar donde había estado la fuente, aún marcado en el suelo, las autoridades nazis plantaron flores: como si nada hubiera pasado. En 1963, el ayuntamiento decidió reconstruir la fuente tal y como era en 1939. Así, construida, destruida, reconstruida, la fuente callaba las décadas de nazismo que había campado en la ciudad —y en el país—. En 1987, Horst Hoheisel, invitado por el ayuntamiento, decidió hacer otra cosa: horadó el suelo y, en ese hueco, instaló la misma fuente, pero invertida, soterrada. El mecanismo del agua sigue funcionando igual, pero al revés: quien pasee hoy por el centro de Kassel, verá unos huecos en el suelo y oirá agua, pero no podrá verla. «La única manera que conozco de visibilizar la pérdida es mediante un espacio vacío que represente el espacio que antes estaba ocupado», dice Hoheisel. * Algunos los llaman contramonumentos, pero podrían tener muchos otros nombres: quizá gestos, quizá miradas, quizá preguntas. * Pero, ¿qué pueden esas formas frágiles, fragmentarias, inconclusas, abiertas, frente a la grandiosidad del mármol, frente a la precisión de un cincel?

¿Cómo combatimos la lectura hegemónica del pasado con materiales tan sutiles, tan tenues, tan endebles? ¿Podemos construir formas de memoria nueva con las herramientas del amo? ¿Debemos hacerlo? ¿Depende la respuesta de si ese amo es un amo fascista? * Llevamos ya un tiempo a vueltas con lo de resignificar. Resignificar: no una pátina de novedad, no una mano de pintura, sino una demolición, en sentido figurado. Clemente Bernad disentiría conmigo en esto: él, lo sé, es más partidario del sentido literal de demoler. Pero a veces una demolición es tan leve como un cambio de lugar. Un cambio de mirada. Seguir con los ojos el contorno de un edificio de corte fascista, un fresco en el techo de una catedral, y que los ojos acostumbrados se encuentren con algo que no esperaban: una marquesina con un anuncio de coches, un grafiti ilegible, los ojos, entre fijos y perdidos, de un chico que espera al autobús. Y que en esa ruptura de sentido haya que hallar uno nuevo, uno que aún no ha sido creado. Do you remember Franco? And how do you remember Franco?

Isabel Cadenas Cañón



















































Ai, ai, ai, ai-Did you wonder why? Did you ever pause and cry? And don’t forget the churches and the sad role that they played: They crucified their people and worked the devil’s trade; But now the wounds are healing with the passing on of time So we send them planes and rifles and recognize their crime

Gracias a BRIZZOLIS ARTE EN GRÁFICAS

Oh, say do you remember 25 years ago They fought the fascist army, they fought the fascist foe? Do you remember Franco, Hitler’s old ally? He butchered Spain’s democracy, half a million free men died

Ai, ai, ai, ai-Did you wonder why? Did you ever pause and cry? So spend your tourist dollars and turn your heads away Forget about the slaughter, it’s the price we all must pay For now the world’s in struggle, to win we all must bend: So dim the light in Freedom’s soul: sleep well tonight, my friend Ai, ai, ai, ai-Did you wonder why? Did you ever pause and cry?

del mundo, visible a más de 40 kilómetros de distancia. Es propiedad de Patrimonio Nacional. El Arco de la Victoria de Madrid es un arco de triunfo construido entre 1950 y 1956. Se trata de una obra conmemorativa de la victoria del bando sublevado contra la II República y se erigió precisamente en el lugar donde tuvo lugar la batalla de la Ciudad Universitaria, paradójicamente en el centro de la Avenida de la Memoria, llamada así desde 2017. El Arco tiene una altura total de 49 m. y posee ornamentos alegóricos, inscripciones y simbología franquista. Se encuentra a 800 m. del Palacio de La Moncloa, pero ningún Presidente de ningún Gobierno desde el fin de la Dictadura parece haberse sentido molesto por la presencia del mismo ni ha tomado medidas para quitarlo o cambiar su significado, que no es otro que glorificar a quienes acabaron con un régimen democrático y asesinaron a más de ciento cincuenta mil civiles. El Arco es propiedad del Consorcio Urbanístico de la Ciudad Universitaria de la Universidad Complutense de Madrid. El conocido como Monumento a los Caídos de Pamplona/Iruñea -oficialmente Navarra a Sus Muertos en la Cruzada-, se levantó tras la Guerra Civil por iniciativa de los requetés carlistas de Navarra con el fin de rendir homenaje y dar sepultura al general Emilio Mola, que fuera el Director del golpe de Estado de julio de 1936 y quien llegara a un pacto de sangre con los carlistas para derrocar a la II República. Es el segundo mayor monumento de exaltación fascista más grande

del Estado, solo por detrás del Valle de los Caídos, pero es el único que se encuentra en un entorno urbano, dominando la ciudad de Pamplona/Iruñea desde el fondo de una de sus principales arterias, la Avenida de Carlos III. En su cripta estuvieron enterrados hasta 2016 los genocidas Emilio Mola y José Sanjurjo, junto a otros voluntarios requetés y falangistas fallecidos en combate. A pesar de que el edificio fue donado por el Arzobispado de Pamplona y Tudela al Ayuntamiento de Pamplona/ Iruñea, y de que este lo utilizara en ciertas ocasiones como sala de exposiciones, se mantienen las pinturas apologéticas del golpe de Estado de su cúpula y se conserva, aunque tapada, toda su simbología original, incluyendo las placas con los nombres de todos los navarros golpistas muertos en combate. En la cripta -cuyo uso se reservó el Arzobispado tras la donación- la Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz celebra misas todos los días 19 de cada mes en homenaje a quienes perpetraron el golpe de Estado y fueron responsables en Navarra del asesinato de más de 3500 personas, lo que constituye una clara incitación al odio, una humillación a las víctimas y una flagrante violación de los Derechos Humanos. Clemente Bernad fue condenado en 2019 a un año de prisión por tratar de grabar la misa franquista de la cripta el 19 de marzo de 2016 para el documental A sus muertos. Alkibla Editorial, 14 de abril de 2021

Fotografías: Clemente Bernad

Edición de 100 ejemplares ISBN 978-84-949355-2-7 Dep. Legal: DL NA 597-2021

Phil Ochs. Spanish Civil War Song


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