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ANTOLOGÍA DE CUENTOS DE TERROR

“MONSTRUO ES UNA METÁFORA DEL RECÓNDITO INTERIOR DEL SER HUMANO”

ALITZEL AISLINN SÁNCHEZ AGUILAR


ESCUELA SECUNDARIA LUIS GUEVARA RAMÍREZ #43 ANTOLIGÍA DE RELATOS DE TERROR ESPAÑOL III 3º “F” TURNO MATUTINO


Índice Prólogo……………………………………..4 No sólo los perros lamen…………………..7 A lado de la cama…………………………..8 Pesadilla infinita……………………….........9 Los extraños……………………………….15 El payaso en la mecedora…………………30 La estatua del payaso……………………...32 Colaboradores……………………………..34 Fuentes…………………………………….35


Prólogo Esta antología contiene la mejor compilación de relatos de horror y suspenso, no solo escritas por autores reconocidos y famosos, si no por personas como tú y como yo, que demuestran que los fantasmas, bestias infernales y demonios no existen si no que estos se encuentran en nuestra

cabeza,

convirtiéndose

en

seres

espantosos

plasmados en el papel que les da la vida. Los autores de estas obras considerados locos, imaginativos o de mentes perturbadas hacen que estas historias cobren vida y cause a sus lectores espantosos escalofríos e imponentes pesadillas. Estas historias tienen como propósito causar emociones terroríficas en los lectores o público que disfrute de estas historias, estas emociones irán de acuerdo con el sentido de la historia y se desarrollo captando así la atención del público.


Pensamos que gran parte de los jóvenes se sienten atraídos hacia estas historias por su naturaleza misteriosa y oscura, fomentando así la lectura en ellos. Y a continuación encontrarás los más escalofriantes relatos, desde la aparición de lugares enigmáticos, encantados y llenos de misterios por descubrir, hasta el misterio de una visita inesperada y oscura…

Saber que vamos a morir lo cambia todo. Sientes las cosas de un modo diferente y las hueles muy distintas. Sin embargo la gente no aprecia el valor de sus vidas. Siguen bebiendo un vaso de agua sin saborearlo -Saw, Juego del miedo, 2004


Una niña se encontraba en su habitación jugando con sus muñecas, cuando escucha el grito de su madre que la llamaba a cenar, pero cuando iba bajando las escaleras es jalada, era su madre que le dijo shh yo también escuche eso.


No solo los perros lamen Era una niña de 9 años, hija única de padres de gran influencia en la política local; esta niña tenía todo lo que hubiese querido y deseado una niña normal con buena educación, pero con una soledad incomparable. Sus padres solían salir a fiestas de caridad y reuniones del ámbito político, y la dejaban sola. Todo cambió cuando le compraron un cachorro de raza grande (esto para que cuidase de la niña cuando creciera), pasaron los años y la niña y el perro se volvieron inseparables. Una noche como cualquier otra los padres fueron a despedirse de la niña; el perro, ya acostumbrado a dormir con la niña, se postraba debajo de la cama. Los padres se fueron y pronto la niña se sumió en un sueño profundo, ya aproximadamente como a las 2:30 de la madrugada, un fuerte ruido la despertó, eran como rasguños leves y luego más fuertes. Entonces, temerosa, bajó la mano para que el perro la lamiese (era como un código entre ella y el perro) y lo hizo, entonces ella se tranquilizo y durmió otra vez. Cuando ella se despertó por la mañana descubrió algo espantoso: En el espejo del tocador había algo escrito con letras rojas, era sangre que decía así: NO SOLO LOS PERROS LAMEN. Entonces dio un grito de terror al ver a su perro crucificado en el suelo. Cuando los padres la encontraron, la niña estaba arrodillada en un rincón de su habitación. Solo decía ¿Quién me lamio? Nunca volvió a ser la misma, tratando de olvidar lo sucedido. Hay otras versiones que cuentan que la niña se volvió loca y quedo encerrada en un manicomio de por vida.


A lado de la cama El celular empezó a sonar. La chica en la cama se revolvió inquieta y llamó a su pareja con voz adormilada. -¿Jake, no escuchas? Contesta- Silencio. Se removió un poco más y se decidió a pasar el brazo alrededor del bulto que había a su lado para tomar su celular. Se preguntaba quién podría estar llamándole a tal hora de la noche. -¿Bueno? -¿Jess? Soy yo, Jake, me falta todavía un poco de trabajo para terminar, te llamo para que no me esperes despierta…-pero ya no escuchó más, el celular cayó a su lado y volteó hacia el bulto que se encontraba a su lado y que ahora sabía que no era Jake.


Pesadilla infinita Entonces me desperté. Eran antes de las nueve de la mañana cuando amanecí, mareado y adolorido, tirado al lado de una vasija grande, al interior de la casa de mi novia, cercano a la puerta principal. Me dolía el cuerpo, y me sentía extraño, me sentía, de hecho, diferente. Me levanté muy lentamente, apoyándome con cuidado, y miré alrededor, con mi mano izquierda sobre mi frente. Sí, no cabía duda, había amanecido al lado de la puerta de entrada, pero ¿cómo? La casa de mi novia, o mejor dicho, de los padres de mi novia, es una antigua casa colonial muy grande, que casi se podría considerar mansión. Era de acabados brillantes en madera, con muchas ventanas, un patio muy verde y plagado de pinos, dos pisos (nosotros dormíamos en el piso de abajo, los padres de mi novia arriba) y muchas salas. La puerta principal estaba escoltada por dos enormes floreros (yo amanecí apoyado en uno), y sobre ellos había un puente perteneciente al segundo piso. Amanecí debajo de la escalera (una elegante escalera de madera en espiral, con múltiples pilares que sostenían el puente que iba a la pieza de mis suegros), medio doblado, y por esto con un gran dolor de cuello. Más bien me dolía todo el cuerpo. Hablando de mi cuerpo, éste me pesaba, pero de alguna manera también se sentía muy liviano. Sentía que me sobraban pedazos de piel, además me sentía hinchado, sobre todo en los brazos y muslos. Me parecía también que era ahora más alto. Por otro lado, la cabeza me daba vueltas y la visión se me nublaba de vez en cuando. Entonces abrí mucho los ojos, y pensé en la posibilidad: había consumido drogas. Me extrañaba, pues que yo recordara nunca había fumado ni consumido nada, así que no era posible que me


hubiera drogado repentinamente por mi propia voluntad… Quizás había sido mi novia… esa mujer, en cuanto la viera se enteraría. Me desdoblé, estirando mi espalda, y casi choco contra el puente de la segunda planta. De veras que sí estaba más alto. Me rasqué la barbilla, y no alcancé a moverme cuando escuché unos pasos por el pasillo; miré en esa dirección, y de pronto apareció mi novia, con cara de sueño y una taza de café en la mano. Caminaba arrastrando los pies y tenía la cabeza gacha y los ojos achinados por el sueño y las ojeras, que se le habían generado por el mal dormir. Ella siempre dormía mal. Sonreí y avancé un paso. Abrí ligeramente mi boca, y en un tono bajo y susurrante le dije (desde varios metros de distancia): —Buenos días. De pronto mi novia miró en dirección a donde yo estaba, y se puso a buscarme entre la oscuridad. Entrecerró los ojos para ver mejor y, de pronto, pegó un leve salto por la impresión, y se alejó al trote por el pasillo. Yo me escondí entre los pilares de la escalera para pasar desapercibido (pues al parecer ella estaba jugando), y apenas dio la vuelta por el corredor, me dirigí hacia ella. Me sorprendí de lo fuertes que eran de pronto mis piernas, pues al pisar el suelo hacían mucho ruido. Balanceé los brazos de lado a lado, distraído y mareado como estaba, y luego me la encontré de espaldas, todavía entre las sombras. —Oye, tú —le dije, y ella volteó. Cuando me vio a media luz chilló con fuerza y miedo, y corrió hacia nuestra pieza, botando mucho café en el recorrido. Sinceramente no entendía el juego. Me rasqué el cabeza, pensativo, y avancé un par de pasos torpes. Entonces, por un pasillo paralelo, vi pasar una visión de horror: era una figura alta,


delgada y desecha, que caminaba encorvada. Me miraba a mí, y pude ver su rostro: era demacrado y roto, con mejillas hundidas y ojos de párpados quemados, la piel parecía estarse descomponiendo. Al verme, saltó hacia atrás con miedo, y así lo hice yo también. Se arrimó a la pared y me miró alarmado, como rogando que no lo atacara, haciendo una burlesca mímica de todos mis movimientos. De pronto lo entendí, y eso me llenó de terror: la figura no era un monstruo que vagaba en los pasillos paralelos, era yo, que me miraba reflejado en un espejo grande del corredor. Me tomé la cara con asco y me pregunté qué había ocurrido. Estaba confundido. Me restregué contra la pared, al borde del llanto, y me tomé mi deforme cara con mis largas y asquerosas manos. Miré otra vez en qué me había convertido, y rápidamente empecé a buscar culpables. No era por qué, era quién me había convertido en bestia. Me levanté, iracundo, y me dirigí hacia mi pieza, donde estaba mi mujer, buscando explicaciones. Empujé la puerta con fuerza, y ésta se rompió como si se tratara de una tostada. Ahí estaba ella, sentada en mi cama, besándose con otra persona: era yo. Se besaba conmigo, en mi forma humana y bella, pero ese no podía ser yo, pues yo estaba aquí; ese hombre era un impostor. Y quizás no sólo eso, ese hombre me podría haber transformado a mí en bestia para quedarse con mi novia. Todo parecía cobrar sentido, así que me acerqué. Ambos me miraban ya hace un par de segundos, confundidos y asustados. Quité a mi mujer de en medio, tomándola del brazo, y éste brazo cedió y se destruyó como si se tratara de un tubo de cartón. No le presté atención y simplemente la quité del medio. Me subí a la cama, iracundo, mientras mi mujer lloraba de dolor y el usurpador me miraba casi gritando de miedo. Lo miré, acerqué mi cara a la suya, y le grité:


—¡¡SAL DE MI CAMA, Y DEJA A MI MUJER!! ¿¡CÓMO ME TRANSFORMASTE EN ESTO!? El tipo no respondió, y me vi obligado a tomarlo del cuello, acercarlo a mí, mirarlo a los ojos por última vez, apretar con fuerza, y… Entonces me desperté. Era temprano en la mañana, y yo dormía apaciblemente en mi cama cuando me despertó el lejano grito de mi novia. “¿Qué pasa, vio un ratón?”, pensé soñoliento. Me senté sobre las sábanas, y entre la penumbra de la mañana de invierno pude ver la pieza muy desordenada. De pronto mi puerta se abrió, y entró mi novia, con cara de confusión, una bata blanca y una taza de café. Me miró extrañada, y luego sonrió. Se acercó hacia mí y me dirigió esa sonrisa que tanto me gustaba. —Buenos días —le dije —Buenos días —me respondió. Se sentó al lado mío y me miró contenta con su taza de café en la mano. —¿Por qué gritabas? —La miré fijo. —No pasa nada, es que tengo sueño —me dijo, y se limitó a sonreírme. Estuvimos unos segundos así, hasta que le solté: —Tuve un sueño muy raro. —¿Sí, y de qué era? —Me miró con ternura. —Eso no importa ya —le dije, y por simple impulso la empecé a besar. Ella dejó su café en el velador y me devolvió todos los besos, y estuvimos un rato así, fundidos ambos como osos, cuando de pronto la puerta se hizo pedazos. Miramos ambos aturdidos, cuando


de entre el hollín y la sombra surgió una figura alta y desecha. Su cara era hundida, sus ojos de párpados negros y su piel estaba en descomposición. Me invadió de pronto el miedo más horrible, y solté a mi mujer, que estaba quieta como estatua. De la nada, la bestia cargó hacia nosotros, y con su fuerza de bruto le quebró el brazo a mi mujer y la empujó con fuerza contra la ventana. Ella lloraba, y entonces el monstruo se paró sobre la cama y me miró con odio. Yo estaba al borde de gritar, cuando el monstruo puso su deforme cara a escasos palmos de la mía y rugió con fuerza, de una forma infrahumana y con un tono de voz imposible. Gorjeaba con furia y escupía, y su aliento asqueroso me mareó. De pronto me agarró del cuello, me miró con un odio que no entendía, y empezó a estrujarme. Me estrujó, y… Entonces me desperté. Eran antes de las nueve de la mañana cuando amanecí, mareado y adolorido, tirado al lado de una vasija grande, al interior de la casa de mi novia, cercano a la puerta principal. Me dolía el cuerpo, y me sentía extraño, me sentía, de hecho, diferente…


El infierno está aquí, entre nosotros. Detrás de cada pared, de cada ventana...Es el mundo detrás del mundo. - John Constantine – Constantine


Los extraños Mi nombre es Andrew Erics. Viví, alguna vez, en una ciudad llamada Nueva York. Mi madre es Terrie Erics. Si alguna vez vas a la ciudad, y lees esto, por favor, encuéntrala. Ella está en el libro amarillo. no le muestres esto, pero dile que la amo, y trato de volver con ella. Por favor. Todo empezó cuando decidí, al cumplir 25, que era tiempo para dejar de llevar la mochila donde cargaba mis libros para ir a trabajar. Me haría lucir más maduro, pensaba. Por supuesto que eso significaría también que tendría que dejar de leer en el metro durante las mañanas y tardes. Un portafolio hubiera parecido un poco raro debido a que trabajaba en una fábrica, y un bolso de mensajería se hubiera visto, no lo sé, raro a mi gusto. Tenía un reproductor de mp3, el cual me ayudaba a pasar el tiempo por un rato, pero se descompuso después de un tiempo. Así que cada mañana, me sentaba en el metro por medias horas que se me hacían eternas, con nada que hacer más que ver pasajeros subir y bajar del metro. Era bastante tímido, y no me gustaba que me miraran, así que siempre buscaba la manera de taparme estando en público. Rápidamente me percaté de que no era la única persona que se sentía poco confortable en público; Me di cuenta que había personas que se cubrían de distintas maneras, pero aprendí a distinguirlos. Estaban los nerviosos que no podían estar cómodos de ninguna manera, moviendo sus manos, cambiando su posición, y mirando para todos lados. Después de ellos, estaban los falsos-dormilones, los cuales normalmente corren a su asiento y cierran los ojos inmediatamente. La mayoría no dormía sin embargo. Los que realmente se quedaban dormidos se movían menos y generalmente se despertaban de repente cuando el tren llegaba a su estación. Por último estaban los adictos al mp3, los ocasionales usuarios de laps o tablets y los que venían en grupos y hablaban muy fuerte. Eso sin contar los adictos


al celular que parecían no poder cerrar la boca por menos de 2 minutos. El observar gente era horriblemente aburrido. Hasta que encontré mi primera incongruencia. Un hombre de edad media con cabello café de tamaño y peso promedio, el cual se vestía de manera muy casual. Lo extraño en él, es que parecía quizá, demasiado normal. No tenía ninguna característica remarcable, ningún manierismo, como si estuviera designado para desvanecerse en la multitud. Eso fue lo que hizo fijarme en él. Yo trataba de ver de manera intencional, como era que la gente actuaba en el metro. Y él no actuaba para nada. No reaccionaba para anda. Era como ver a alguien sentado frente a la TV, viendo un documentario de peces; No estaba excitado, ni involucrado, pero tampoco miraba a otro lado. Presente pero distante. Él siempre estaba en el metro por las tardes. Llevaba más de un mes con mi experimento de observación a la gente, antes de que lo notara, porque no tomaba el mismo metro cada día, y nunca me sentaba en el mismo vagón de manera consciente. La primera vez que lo vi fue un lunes, me parece, y la segunda, fue el jueves de la misma semana. El obviamente tomo el mismo tren, y se sentó en el mismo lugar -incluso en el mismo asiento-. Como me llamo tanto la atención la primera vez, le preste más atención la siguiente. Francamente, él era perturbador. Se sentaba allí, sin hacer nada, sin cambiar su expresión, con la cabeza derecha, sin importar lo que pasara. Recuerdo a una mujer con un niño llorón que se sentó detrás de él, y aun así, nada. El no movió su cabeza, ni cambio su gesto en molestia. Él niño era jodidamente molesto! Para cuando llegaba a mi parada, me sentía con náusea, y mis manos temblaban como si tuviera un ataque de nicotina. Algo acerca de ese hombre estaba “mal”. Él era, pensaba, una especie de freak. Un sociópata quizá, uno de esos tipos callados que guardan docenas de cabezas de mujeres en un refrigerador, con su madre como primera víctima. Por un tiempo, me dedique a holgazanear de manera intencional después del trabajo. Me paraba en los centros comerciales y kioscos


cerca del metro sin intenciones de comprar nada. Por un par de semanas, evadí tomar el metro a esa hora, y siempre que me encontraba en la parada, titubeaba para entrar en él. Me asegure de siempre tomar el carro más lejano del cual había visto al hombre. Entonces, una mañana, vi a otra persona que alarmo las campanas de emergencia de mi cabeza. Una mujer, que lucía tan simple, tan fuera de lugar, y tan ignorante de la conmoción de su alrededor. Me di cuenta entonces, que reconocí a la mujer en el momento en el que mi obsesión de mirar a las personas empezó nuevamente, debido al aburrimiento. Lo más grave, es que este hobby de observar a las personas se había vuelto una especie de religión para mí; Me di cuenta que no podía entrar al metro o a un autobús sin examinar a todos, llenando listas mentales en mi cabeza: Colores sólidos y simples, no usaba bolsa, pulseras o accesorios. No miraba casualmente a las ventanas o hacia otros pasajeros. Empecé a llamarlos los extraños. No los veía a diario, ni cuando empecé a utilizar el metro aun cuando no lo necesitaba. Pero estaban allí, de manera constante. Ver uno de ellos hacia que la mandíbula se me trabara, mis palmas sudaran y que mi garganta se secara. Si alguna vez has dado un discurso en público, sabes cuál es la sensación. Ellos no me prestaban el más mínimo de atención, a pesar de que sentía que estaba en display para ellos. Como era posible que ellos no me notaran? No me notaban, al menos no de una manera que yo pudiera sentir. Eventualmente, mi curiosidad supero a mi miedo, y decidí seguir a uno. Elegí al primero que encontré, el hombre del tren de la tarde que siempre se sentaba en el mismo lugar. Tome un asiento, y me senté detrás de él. Llegando casi al final de la línea, él se levantó y camino antes que yo. Manteniendo distancia entre nosotros, lo seguí, pero él no llego muy lejos. Se sentó en una banca cercana, tan poco expresivo como siempre. Así que me puse detrás de una esquina y espere, tratando de parecer indiferente. Después de unos minutos, llego el siguiente metro lo vi tomarlo, sentados en el mismo asiento. No tuve el valor para seguirlo otra vez.


¡Simplemente tomo el metro al final de la línea y ya! Y ¿luego qué? ¿Se fue de regreso? ¿Por qué haría eso? Me preguntaba durante el camino a mi casa y mientras trataba de dormir. No podía dejar esto así, no hasta saber un poco que estaba pasando. Me sentía más que confundido: ¡Estaba realmente enojado! Porque este extraño tipo sacado del valle desconocido tomaba el tren de ida y regreso sin ir a ¡ningún lado! Recuerdo leer en algún lado que la mente rechaza ciertas cosas simplemente porque son agravantes; Por ejemplo, las arañas perturban a muchas personas, especialmente las grandes… Lucen simplemente extrañas, alíen para nosotros. Ese era el efecto de los extraños en mí. Ofendían a mis sentidos! Lo seguí nuevamente el día siguiente. Y otra vez el día siguiente. Todos los días por al menos una semana; Los dos hacíamos nuestros viajes silenciosos juntos. Para el fin de semana, lo seguía por horas hasta que el último tren se detenía cerca de mi departamento. Nos movíamos de un lado de la ciudad al otro, y de regreso. Ya no miraba a las personas. No tenía ojos para nadie más, aunque si notaba algunas miradas confusas hacia mí. Fuera de eso, nosotros podríamos ser las únicas personas del planeta por lo que me importaba. Perdí mi trabajo la siguiente semana. Mi jefe fue amable, tímido pero firme. No me concentraba. No tenía enfoque. No estaba siendo productivo. Fue de hecho, un gran discurso, me parece, pero apenas podía oírlo. Solo podía pensar en mi “Trabajo” nuevo, mi vigía… Que es lo que hacia ese hombre, esa cosa en el metro cuando no estaba yo para observarlo? Deje el trabajo por última vez casi al anochecer ese día. Desearía haber prestado más atención aquel día. Estaba soleado? Era verano? Pude haber tomado un helado y cappuccino, o ver a algunas chicas bonitas para sacar esa obsesión de mi cabeza. O quizás encontrar un nuevo trabajo y esta vez, dedicarme a leer en los trenes y autobuses. En lugar de eso, espere. Espere en la estación hasta que lo vi en una ventana. Me subí al vagón del tren y note por primera vez que mi piel no estaba pegajosa, ni mis manos húmedas ni mi corazón latía fuertemente. Por primera vez, me senté justo frente a él,


directamente en su línea de visión. Espera por un cambio en sus gestos. Acaso me reconocería? Si lo hizo, no vi señales de ello realmente me fijaba en él. Me imagino la pareja que hacíamos, sentados uno frente al otro mirándonos fijamente. No iba a permitir expresar mi furia interna , pero realmente me esforcé en permanecer tan inmóvil e inexpresivo como él. Pero por dentro, le gritaba. “Reacciona maldito imbécil! Mírame carajo, quiero saber que eres!” No lo hice, y mis demandas silenciosas no fueron respondidas, no en la primera vuelta, o la segunda, o la tercera, ni en la décima. Viajamos mucho esa noche juntos, y en cada terminal, nos bajábamos y esperamos. me sentaba a su lado en la banca, observándolo desde la esquina de mi ojo, y aun así, no obtuve nada de él. Pero dos pueden jugar ese jueguito. Finalmente, realizamos nuestros últimos viajes juntos. Lo tenía, y lo sabía. En el último viaje de los trenes en la noche antes de que estos dejaran de correr. Siempre lo dejaba ir a partir de este punto, porque la terminal representa un largo camino a mi casa, y los autobuses dejan de operar casi al mismo tiempo que el metro. Pero esta vez, lo seguí, para finalmente saber que hacia cuando los trenes dejaban de funcionar. Finalmente obtendría respuestas… Quizá. El tren se detuvo, y la anticipación crecía en mí. El vagón se vaciaba alrededor nuestro lentamente, hasta que solo quedamos los dos observadores silenciosos. Luche internamente por mantener una sonrisa maniática. El extraño no se movió, seguía sin reaccionar. El carro permanecía inmóvil, con las puertas abiertas. Se escuchó el aviso de que habíamos llegado al final de la línea, y que todos tenemos que desalojar el metro. El extraño seguía sin moverse. Finalmente, escuche unos pasos, un conductor o alguien, asomándose para asegurarse que nadie se quedaría en los vagones antes de llevar el tren a donde quiera que lleven los trenes en la noche. Aun así, no quite la mirada de mi acompañante silencioso. Logre ver al conductor desde la esquina de mi ojo cuando finalmente llego a nuestro vagón. Se asomó, puso sus ojos en


nosotros, y puso un gesto de extrañeza en su cara. Parpadeo un par de veces. Espere a que el hablara en el momento que se acercó, pero con una ligera negación en su cabeza, nos dejó. Había un vagón más después del nuestro, y escuche que lo reviso, y unos minutos después, el tren se empezó a mover nuevamente. Avanzamos por un rato, después dio una vuelta, y el tren se detuvo en su aparcamiento. Pude ver a re ojo los demás trenes a lado nuestro. Y entonces, me sonrió. Fue muy ligero, que hubiera pasado desapercibido, si no hubiese estudiado su cara. “Así que”, me dijo en un áspero tono, “Hemos llegado”. Trate de responderle, pero no pude hacerlo. Mi garganta se secó. Me llene de terror. Sentí que la caverna subterránea en la que estábamos, se había derrumbado sobre de mi de repente. tosí, y finalmente, con una vos rasposa, le pregunte lo que me había mantenido despierto y me había llevado casi a la locura, y me atrajo a este momento. “¿Que eres tú?” Me ignoro. Se levantó y las puertas del tren se abrieron. Entonces, de manera sorpresiva, se volteo para mirarme diciéndome, “¿Vienes?” no espero mi respuesta y camino en la plataforma. Temblando, y tropezándome, lo seguí. “Carajo, vamos, háblame, que eres?! Porque viajas en el metro todo el maldito día?!”. No me miro siquiera, ni detuvo su paso. No podía ver su cara, pero me es fácil adivinar que no reacciono en lo absoluto. Lo seguí por un rato, gritándole todavía por un rato, pero eventualmente me rendí. Caminando en la plataforma hasta que llegamos a un cruce. Estábamos ahora perpendiculares a los trenes a nuestro alrededor. El camino estaba iluminado desde arriba, pero no podía ver donde terminaba. Parecía haber demasiados trenes como para servir a la ciudad. Pero no me importaba, mi atención estaba en el extraño. No estoy seguro de cuánto tiempo caminamos. el extraño de repente se detenía para mirar un vagón por un par de minutos, para después seguir su camino. Me tomo un rato entender el porqué, pero eventualmente vi que no todos eran iguales. Largas líneas de ellos lucían similares, pero a veces notaba un modelo diferente. A veces


eran un poco más chicos o más grandes o a veces eran de un modelo un poco diferente. Incluso las cabinas de los conductores eran superficialmente diferentes también. No sabía exactamente que estaba buscando el extraño, porque después de una vuelta, las puertas de un vagón se abrieron frente a nosotros. Entramos y tomamos nuestros asientos. “¿Estás dispuesto a hablar ahora?”, le pregunte. No hubo respuesta. Suspire de frustración y realmente empecé a pensar en darle un golpe en la cara, cuando de repente, las luces del tren se encendieron, y el motor se encendió nuevamente. “¿Qué carajo..?” Me miro de una manera casi triste. “No podrás regresar”. “¿De qué me estás hablando? ¿Regresar a dónde? No me respondió. De repente, el tren se puso en movimiento en dirección contraria de dónde venimos. Al menos, eso creo. Lo mire, y note que su Mirada vagabunda se hacía cada vez más aguda, y por primera vez, tuve la sensación de que me miraba. “Calla, mantente en silencio. No llames su atención”. El tren se detuvo, y las puertas se abrieron, y entonces, ellos entraron como una ola. No sé qué fue lo primero que note –Los extraños ropajes, los brazos demasiado largos, cuyas manos casi se arrastraban por el piso, los ojos completamente negros, o su piel azuleada. Mi cerebro tardo mucho en procesar lo que mis ojos veían, pero cuando finalmente lo hizo, sentí que mi Corazón estallaría. Diablos, creí que yo estallaría por completo. Mis instintos me gritaban –Quédate quieto! ¡No te muevas, no llames su atención!” Viajamos en el vagón del metro quietos y sin expresión por horas, por días quizá. Parecía más larga de la línea que conocía, la línea por la cual seguí al extraño. Esas cosas horribles a nuestro alrededor parecían no prestarnos atención. Estaba tan petrificado, tan asustado, que cuando finalmente regresamos a la caverna con trenes, colapse en lágrimas, con el extraño mirándome impacientemente. Cuando gane control de mí mismo, lo mire y le implore, “Llévame a casa… Por favor…”.


“No puedo” –replico-. “No sé cuál de estos te llevara de regreso, si alguno puede hacerlo”. Se paró y salió del vagón, y entonces lo seguí. Volteo de repente exclamándome ¨Creo que me has seguido suficiente!” La furia que tenía antes con él, la que se disipo por el miedo, regreso nuevamente. “¿Qué?” le grite, acercándome. Lo tome por lo hombros, y con una fuerza que no sabía que estaba en mí, lo empuje en contra de uno de los vagones. “Maldito hijo de puta, que carajos me hiciste?!”. Lo azote una y otra vez. “Llévame de regreso!” Él se quedaba mirándome pasivamente mientras mi furia me dejaba vacío. “Por favor, por favor llévame a casa”. “Así no funciona. Si estamos juntos, es más probable que nos noten. Vete. Quédate quieto y se sutil, y ellos creerán que eres uno de ellos”. “Como me pudiste hacer esto, ¿por qué?!” Me miro casi tristemente. “Tenía que hacerlo. Tú lo harás también. Quedaras… atorado algunas veces”. Se quitó mis manos de mis hombros, y se alejó de mí. Me puse de rodillas, después de perder mi fuerza repentinamente, y lo vi alejarse. “Lo siento”. Y entonces, se había ido. Trate de encontrar el camino por el que había iniciado, encontrar un tren que reconociera, pero no estaba ya seguro de a dónde iba. Finalmente, encontré un tren que parecía vagamente familiar. O al menos estaba tan desesperado que eso quería creer. Cuando me acerque a la puerta, esta se abrió para mí y tome asiento. El metro se movió, y a pesar de ser un ateo de toda la vida, ore por encontrar la salida. El tren se detuvo, y por un momento pensé que estaba salvado. Gente! Seres humanos! Debo ser el hombre más afortunado del mundo! Entonces note los ojos. Específicamente, el gran tercer ojo al centro de sus frentes. “Bien al Diablo contigo, Dios”, pensé. Su tercer ojo parpadeaba independientemente de los otros dos, lo cual encontré nauseabundo. Y cuando uno de ellos sonrió, note que


sus dientes eran filosos y chuecos, y verde-amarillo por la suciedad. Pero aun así fui cuidadoso y selectivamente ciego. Entonces note que no había ni comido ni tomado liquido por horas, quizá días, y sentía que necesitaba comer algo. En la siguiente terminal, decidí tratar de encontrar algo que comer y beber. No sé porque espere, pero me pareció importante – Llegar al final de la línea. Cuando llegue allí, me costó mucho salir del vago; Nunca había visto al extraño salir de bajo tierra; Nunca lo había visto ni comer ni beber. Sin embargo, mi estómago no tomaría un “no” como respuesta. Trate de poner mi cara lo más neutral posible y salí de la estación. Estaba enojado, perdido, hambriento y abandonado a un destino que si no fuese peor que el infierno, era dos veces más estúpido y con tres veces menos sentido. No estaba en mi mejor estado mental. Normalmente trataba de dar vueltas amplias en las esquinas para evitar chocar con alguien o algo. Continúe en la obscuridad por un buen rato hasta llegar a una pequeña abertura en la pared. Hambriento y desesperado, me senté en la pared, con mis piernas totalmente recogidas, imaginándome a mi golpeado al maldito extraño con un martillo hasta la muerte. Era una imagen aliviadora. Una rata estaba merodeando cerca en la obscuridad. Normalmente, la hubiera pateado para espantarla, pero ahora no me moleste ni por eso. Rabia o lo que sea sería una bendición comparada a viajar por subterráneos de mundos desconocidos, solo y perdido. Cuando se me acerco, no la espante, aun cuando se pegó a mi pierna, no me importo. No hasta que un tren paso, y la luz de los vagones iluminaron el lugar en el que yo estaba, y la cosa que yo creí, era una rata. Parecía una rata, sí, pero con facciones arácnidas. Como si alguien las hubiera cruzado, resultando en la horrible abominación que husmeaba por mi pierna. Me pare rápidamente, y la patee como un balón de soccer, al lado opuesto de la pared, y la mire retorcerse hasta que el tren paso regresando la obscuridad.


Y en la obscuridad, me llegó un horrible pensamiento; Me pregunto si se podrá comer esa cosa. Me asqueaba el imaginármelo, pero estaba hambriento. Y no había garantía de que encontraría comida en este lugar, o en algún otro momento. La cosa esa era mi única opción. Me mantuve tanto como pude, pero creo que mis instintos de supervivencia triunfaron sobre mi asco. Tenía mi encendedor, pero nada conque encender un fuego. Tome un poco de carne de su cascaron, y la cocine un poco con el encendedor, pero no ayudo mucho. Nada hubiera podido. La carne era fétida, más fétida de lo que puedes imaginarte. He comido muchas cosas cuestionables en mi vida, pero nada tan asqueroso, como la carne de esa cosa. En retrospectiva, Fue ese momento en el que me convertí en un extraño. Antes, me costaba mantenerme sin expresiones como los otros. Destazar y comer una creatura casi alíen en la obscuridad, bajo un mundo extraño, alienígeno, fue cuando perdí toda la cordura. Para cuando deje la obscuridad, y regrese al túnel, estaba tan falto de expresiones y vacío por dentro como el primer extraño que había visto. Eso no fue lo peor sin embargo. Lo peor vino después, la primera vez que me atasque. El extraño la había mencionado, pero en el estado que estaba, casi no lo note, Una noche, al final de la línea, se me pidió abandonar el tren en un mundo casi parecido al mundo normal. Le gente allí era casi humana, por lo que podía reconocer. Eran anaranjados y jorobados, seguro, pero fuera de eso, eran prácticamente “normales” –En el “mundo” que había visitado anteriormente, habitaban criaturas gordas con seis pechos sin nariz, así que los tipos anaranjados lucían bastante hermosos para mí-. Al principio pensé que el conductor le hablaba a alguien más , pero yo era el único en el vagón. Y además, le entendí. Cuando me pare, me di cuenta de por qué no me podía parar derecho: Tenia una joroba, y vi mi reflejo que tenía la piel naranja. Entonces me di cuenta de todo. Atorado significaba, estar atrapado en este mundo. Sería útil de no ser porque es posible dejar la “estación”, pero al momento de poner un pie fuera de ella, te das cuenta de los nauseabundo que es para ti un mundo alienígeno. Tu cerebro hace


comparaciones y trata de establecer normalidad, lo que te pone demasiado nauseabundo. No podía ni quería quedarme en ese lugar. Solo quería una de dos cosas: Encontrar mi hogar, o encontrar al extraño que me puso en este camino, y patearle el trasero. Nada más me daría alivio. Algunas veces me pregunte si podía hacer yo que algún pobre bastardo me siguiera en este inframundo por la eternidad… Si podría atraerlo de alguna manera… Resulta que no tenía que hacerlo. Después de unos meses, uno de ellos, me noto, y si, comenzó a seguirme por semanas. De manera cuidadosa, hice lo posible por parecer que no lo había visto, justo como el extraño había hecho conmigo. Pero estaba indeciso entre el deseo de advertirle o de traerlo al final de la línea para dejar este inframundo de una vez por todas. La última noche, el me siguió al final de la línea, justo como yo lo había hecho alguna vez. No tuvo el valor de sentarse frente a mí, sin embargo. Cuando el tren se detuvo, el huyo rápidamente. Deje el vagón, y el tren se fue sin mí, mientras yo maldecía en mi interior. Mientras caminaba hacia los túneles, el joven que me había estado siguiendo, me ataco. Tenía un cuchillo curvado y me tomó absolutamente de sorpresa. Pero ya he viajado por mundos hostiles por años, así que mis reflejos fueron muy agudos. Peleamos viciosamente, hasta que pude hacer que soltara el cuchillo, el cual tome, y accidentalmente hundí en su cuello. No quería matarlo, ni siquiera estaba enojado. Mientras el yacía en el suelo, desangrándose, me enoje mucho. Lo patee repetidas veces mientras le gritaba, “¡Idiota, se supone que debías seguirme!”. Hui de la escena del crimen, pero no por mucho; era temprano, y podía tomar el primer tren. Así que tome el primer tren, una vez más al final de la línea, a la “central”. Era invisible para el conductor una vez más. Supuse entonces que, para llegar a la “central”, debes de llevar a uno, o matarlo. Era invisible otra vez, pero también era naranja y jorobado, hasta la siguiente vez que me quede atorado. Esta siguiente vez, mate


nuevamente. Ese otro cayó mucho más rápido. No quería que ella me siguiera. Una vez que me reconoció ella como un extraño, yo la reconocí como la “próxima” y tome mi decisión. No voy a atraer a nadie a esto. Me Pregunto ahora del extraño que me introdujo a esto. Como lucia originalmente, y si sabía que podía matarme. Me pregunto también de los otros que vi antes, y de las raras ocasiones que me topé con otros extraños en mis viajes en el inframundo. ¿Matan o los atraen? E independientemente de lo que eligen, ¿lo consideran piedad? No me atrevo a hablar con ellos. Estamos condenados de todas maneras, y los condenados debemos sufrir en soledad. He matado ya a 15, y me he hecho muy bueno en ello. Pero he tomado una decisión. No matare más – inocentes, al menos -. Antes de llegar a la “central” por primera vez, llene mi mochila con tanto papel como pude, y escribí esta historia, cientos de veces, dejándolos en botellas en las estaciones. Esta es una advertencia y una petición. Mi petición, como ya dije, es la de encontrar a mi madre. Una mentira blanca. Dile a mi mama que la amo, y que intento regresar a casa. Quizá le dé un poco de esperanza, o un poco de paz. Ojala fuera verdad. Pero esta es la cosa: Me he visto a mí mismo como Odiseo, tratando de regresar a casa, aunque perdido y sin rumbo. Perdido en túneles interminables, como un laberinto. Pero con una diferencia: Un laberinto es diseñado, construido. Alguien o algo creó este lugar imposible. Me reclutaron como a Teseo, pero no voy a jugar ese papel. Sus extrañas reglas me convirtieron en un monstruo, así que seré el mino tauro de este laberinto. Y si puedo, destruiré todo lo que está a mí alrededor, y destruiré a los que hicieron este lugar. Los haré responsables de esto. Mi advertencia es que debes tener mucho cuidado en lugares públicos, de las personas silenciosas e inexpresivas. Hombres o mujeres. Pueden matarte. O pueden hacerte algo peor. Si los ves, aléjate, huye rápidamente. Pero más importante: No tomes el metro al final de las líneas.


Él estå parado al lado tuyo Actividad paranormal 3, 2011


El payaso en la mecedora Un día estaba una pareja de padres que tenían unos bebes de muy corta edad, trabajaban todo el día para que a sus hijos no les faltara nada y tener un nivel de vida estándar. Después de mucho trabajar una noche la esposa le propone a su esposo salir a divertirse desviarse un rato del trabajo, ir a comer, ir al cine, ir a bailar como lo hacían cuando eran novios para darse un pequeño descanso. Los 2 acordaron hacer eso, ahora solo faltaba quien se iba a quedar con los bebes, a la mama podría decirse se le prendió el foco y llamo una niñera para que viniera a cuidar a su hijo, la niñera fácilmente acepto. Esa noche por asares del destino los bebes estaban dormidos, nunca se dormían temprano pero esta vez estaban dormidos, la niñera se puso a ver la tela, pero cada 30 hora revisaba si los bebes estaban dormidos o despiertos. Repitió los mismo pasos una y otra vez toda la noche. Cuando llego la pareja al ver el buen trabajo que había hecho la niñera decidieron contratarla cada vez que quisieran salir y ese fue el acuerdo que quedo entre la niñera y la pareja. Cada 2 meses la pareja salía a divertirse y la niñera cuidaba a los bebes. Una noche todo cambio mientras miraba la tele como normalmente lo hacía, recordó que tenía que ir a ver a los bebes como lo hacía cada 30 minutos. Camino por los pasillos lentamente para no despertar a los bebes, y abrió la puerta pero lo que se encontró fue algo espeluznante. Halla cerca de la ventana mientras le pegaba la luz de la luna en una mecedora junto con los juguetes de los bebes se encontraba un muñeco grande del tamaño de una persona de verdad. Cuando la niñera observo esto se quedo inmóvil y observaba la sombra que el peluche daba. Salió del cuarto y se regreso a ver la tele, cada 30 horas era un martirio porque tenía que volver a ver a ese maldito payaso hasta que no pudo más. Llamo a la pareja y les


pregunto que si no les importaba que agarrara una sabana y tapara el gigante muñeco de payaso porque me hace sentir mal, un silencio profundo se escucho entre las líneas un silencio prolongado, entonces el papa dice nuestros hijos no tienen ningún muñeco de payaso. En ese momento la comunicación se corta, cuando los padres llegan a la casa encienden las luces, empieza el grito de la madre porque no ve solo el cuerpo de la niñera si no el cuerpo de sus 2 hijos desplomados en charcos de su propia sangre demás esta decir que nunca encontraron ningún muñeco de payaso.


La estatua del payaso Una niñera, que cada sábado por la noche iba a la casa de la misma familia para cuidar a los niños. Ella conocía bien a la familia, y disfrutaba de sus relajantes noches de sábado, ya que los niños se comportaban muy bien. Como cada vez, a las 8 de la tarde fue en coche camino a la casa. Ellos la saludaron en la puerta, le dijeron que cogiese lo que quisiera de la nevera y se fueron a pasar la noche fuera. La chica fue dentro y se sentó en el sofá. El más pequeño de los niños estaba durmiendo, mientras el otro jugaba silenciosamente en un rincón. Ella estaba viendo la tele cuando oyó al más pequeño romper a llorar. La niñera fue arriba, lo calmó y lo tapó con las sábanas. La habitación estaba extrañamente fría. Al girarse para ir a bajar las escaleras, la recorrió un escalofrío. De pie, en la esquina más lejana de la habitación, había la estatua a tamaño real de un payaso. Su pálida cara le sonreía con una macabra sonrisa carmesí, y su exagerada nariz hundía sus labios estirados en las sombras. Él llevaba una simple túnica roja con una flor blanca y un sombrero. El payaso aún reía siniestramente mientras la niñera cogía rápidamente su teléfono. Marcando el número del padre con rapidez, ella dijo: "Perdón por molestarle, ¿pero puedo cubrir con una sábana la estatua del payaso de la habitación de su hijo? Está comenzando a asustarme..." Hubo silencio en la línea. El padre contestó: "Coge a los niños y sal


de la casa. No tenemos ninguna estatua de payaso." Aterrorizada, la niñera cogió a los niños y arrancó a correr. El padre estaba sentado en el restaurante, algo nervioso y preocupado, pero comenzando a relajarse. Su teléfono volvió a sonar. Él contestó inmediatamente, para escuchar una respiración pesada. Alguien rió en silencio. "Perdón por molestarle, ¿pero puedo cubrir con una sábana el cuerpo de su niñera? Está comenzando a asustarme..."


Colaboradores Alitzel Aislinn Sánchez Aguilar Jonathan López Ayala Susana Trejo Trejo María Fernanda Pacheco Martínez Karla Julieta Ávila Sánchez

Fuentes Consultadas *http://www.portodoslosmedios.com/2013/10/las-36-frases-mas-terrorificas-de-laspeliculas-de-terror.html *http://creepypastas.com


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