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Arquitectura bajo la lupa Realizado por: Carolina González, Santiago Mesa, Alicia Molina y Andrés Valencia

- ¡Llegaste tarde!, le dijo Alicia a Andrés en tono burlón mirándolo desde el piso de la estación Aguacatala del metro. Eran las 9:15 de la mañana y ella, con Carolina, habían llegado antes de la hora en punto. - ¿Me están esperando hace mucho?, preguntó Andrés asombrado y con cierta vergüenza. - ¡No hombre, es molestando!, respondió Carolina y le estiró la mano para que la ayudara a parar. El metro hacia Niquía no tardó en llegar. 15 minutos después se bajaron en la estación “Parque Berrío”. - ¿Aquí entonces?, preguntó Alicia cuando las puertas se abrieron. - Sí, sí,respondió Andrés y las dejó salir a ellas primero. Habían planeado fotografiar algunos de los edificios antiguos del centro de la ciudad. - ¿Hablan español?, preguntó un hombre mientras se acercaba a ellos caminando con un vaivén particular en su cuerpo, unos pantalones anchos, una camisa que le llegaba más abajo de la cadera y un palo de madera que de lejos se veía de diferentes colores y texturas. Los tres se miraron, se rieron y Andrés respondió: - Viejo claro, y estirándole la mano le dijo: “¿Qué más parce?” - Bien, parcero. Vea corrámonos para allí que nos van a mojar, dijo señalando una manguera. Luego le pidió la mano a Carolina y le dijo: para la buena suerte. Cuando el hombre se despidió Andrés, Carolina y Alicia tenían en sus muñecas una manilla de los colores rasta. En la plaza, los acompañaban cientos de desconocidos y las 23 reconocidas esculturas de Botero. A uno de los costados de la Plaza Botero, un edificio de cuadros café y verde oliva, construído en 1925 por el arquitecto belga Agustín Gooaverts, fue lo primero que captaron los lentes de sus cámaras. El edificio se conoce hoy en día como el Palacio de la Cultura, y verdaderamente podría ser un palacio europeo en medio del centro de Medellín. Caminaron durante horas por calles, que vistas desde arriba, parecerían con una alfombra amarilla por la cantidad de taxis que las pisaban. Edificios altos y modernos como el Coltejer y la Plaza de la Libertad, asomaban sus partes altas por entre una hilera de casas viejas, algunas conservando ese estilo tradicional con patio en la mitad y fuente en él. ¿Graffitis? Pocos, al menos no por las calles por las que anduvieron bajo un sol inclemente. Eso sí, un letrero en aerosol negro hecho en el garaje de una casa sí les llamó la atención a todos. Decía: "La paz de los ricos es la guerra de los pobres".


Vendedores de fresas, chicles y minutos ofrecían sus productos parados en las esquinas o en los semáforos. A algunos de ellos, gotas saladas les bajaban por la frente. Hacía calor y había mucho ruido. Por un momento pasaron por Ayacucho, una calle cerca de ese sector de la ciudad al que llaman “El Hueco” y donde se consigue de todo. “A la orden”. Esa es la palabra que más se oye por allí. Pero no sólo los vendedores hablan. Allí también hablan las paredes. O bueno, ellas son al menos las portavoces de sonidos que salen a través de ellas desde adentro. - Chu, cu chú, cu chú, cu chú, cu chú. Eso “cantaba” una pared y eso fue lo que se quedaron cantando y bailando ellos por mucho tiempo. - ¿Podríamos cambiar de canción?, preguntó Carolina después de haber repetido la misma frase más de 20 veces. Todos rieron. Y no, no la cambiaron. No en ese momento y siguieron caminando. - Niños si nos preguntan dónde estamos decimos que en Eafit, dijo Carolina y comenzó a reírse. - ¿En Eafit?, preguntó Ali confundida - Sí, por Junín, respondió Carolina. Efectivamente estaban en la Calle Junín. Caminaban tomándole fotos a los balcones llenos de flores y a la fachada de la vieja sede del Club Unión de la ciudad. - ¡Ey, toménle foto a eso!, dijo Andrés mirando hacia su izquierda - ¿A eso?, preguntó Carolina sin entender a qué Señaló hacia una cafetería donde se leía: Versalles - Anteriormente era un sitio de reunión de los intelectuales. Culturízate con Andrés, concluyó a modo de chiste. Al final de Junín se encontraron con un parque en cuyo centro se destacaba la escultura del libertador de quien hereda su nombre. En La plaza de Bolívar se encuentra la Iglesia más grande de Medellín, “la catedral de ladrillos más grande del mundo”, comentan algunos. Esta edificación fue reconocida como monumento nacional por su valor histórico y arquitectónico en 1982. Entraron por unos segundos. Allí, en la Iglesia, el lente de Andrés captó una excelente toma con un reflejo de luz exquisito. De regreso, entraron por unos minutos al Palacio Nacional también construido por el belga Goovaverts. El sonido del agua cayendo desde una fuente, la voz de un locutor de una emisora, canciones de reggaeton, salsa, merengue y “chucu, chucu”, niños jugando, televisiones prendidas, taconeos, alimentos fritándose, ventiladores y arreglos con martillos y herramientas de construcción era lo que se oía a través de las paredes de


construcciones de diferentes colores, épocas y estilos “formales” que no pudieron ver en su segunda parada. Eran casi las 2 de la tarde. El sol había bajado un poco. - ¿Entonces? ¿Santo Domingo o San Javier?, preguntó Carolina mientras caminaban en dirección a una Estación de Metro. - Ya que estamos aquí vamos a Santo Domingo, gritó Alicia que se había quedado al otro lado de la calle. Dicho y hecho. Llegaron a Santo Domingo. No había fila para el metro cable. - ¿Ustedes saben quién pone eso?, preguntó un hombre de piel oscura que iba con sus dos hijos señalando una gran fotografía en blanco y negro pegada en el techo de una casa. Ellos no lo habían notado, pero en ese instante empezaron a señalar cada una de las imágenes que veían. La que más llamó su atención fue una cara con ojos profundos y mirada interrogante. Pronto se presentó ante sus ojos la estructura imponente de color café oscuro conocida como Biblioteca España. Al descender de la estación y dirigirse a ella, un niño pequeño de pelo negro se les acercó y les dio la bienvenida. - ¿Les gustaría que les contara la historia del barrio?, preguntó sonriente - ¿Tú te la sabes?, respondió Caro admirada ante la particular intervención del pequeño . El niño afirmó y todos se mostraron atentos a su relato. Entre otras cosas les enseñó un mural que se encontraba frente a la biblioteca y aclaró la realidad que en el conjunto de dibujos se pretendía representar. Desde el mirador se podía ver una panorámica de la ciudad y el impresionante y contundete contraste entre la arquitectura formal y la informal. Un poco cansados después del trajín de la jornada, pero satisfechos con el resultado de su exploración, se sentaron a tomar un poco de agua en una tienda del barrio Santo Domingo. El dueño -raramente- no fue tan amable como se espera siempre. Sin embargo, allí se sentaron por segunda vez en el día. Eran casi a las 4:30 de la tarde. El cielo se tornaba gris. No era raro, al fin y al cabo estaban en la “Ciudad de la eterna primavera”. Caro y Ali planeaban tomarse una gaseosa pero se sorprendieron al ver sus billeteras vacías. Andrés, quien también se encontraba en quiebra, tuvo que prestarles un poco


de dinero. El metro de regreso sí estaba lleno. La fila para el Metrocable de subida estaba repleto de gente. Algunos son amigos de los policías y no tienen que pagar. Eso le dijo un joven a otro pícara y orgullosamente mientras caminaba hacia la salida de la estación. Con viento de lluvia y olor a humedad en las afueras del punto de encuentro, la Estación Aguacatala, culminó la expedición en la que un trío de jóvenes detectives, con mucha cautela, madrugó un martes Santo a tomar fotos, reconocer huellas, e incluso, grabar -con cierta dificultad- a la sospechosa del crimen: la arquitectura de Medellín.

Arquitectura bajo la lupa  

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