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sábado 9 de noviembre de 2013 b09

LABERINTO

en librerías

El triunfo de la poesía basura

El oficio de escribir

CRÍTICA

AMBOS MUNDOS ESPECIAL

Víctor Manuel Mendiola mendiola54@yahoo.com.mx 

E

n la apreciación creciente de los libros Beso eterno, Aullido de cisne, la antología Jeta de santo1 y, ahora, la nueva selección Arte & Basura de Mario Santiago Papasquiaro (1953-1998), en selección y prólogo de Luis Felipe Fabre y publicada en una atractiva edición por Almadía, lo inesperado no es la transformación de este infrarrealista en una figura de culto; lo sorprendente es la curiosa metamorfosis donde el poema, en vez de significar la forma más elaborada del lenguaje, representa de manera esencial toda clase de fallas y equívocos. Un “arte” que celebra el desecho y lo inacabado. Explicar el interés en Mario Santiago es muy simple. La asociación amistosa y textual de éste con Roberto Bolaño, el autor de Los detectives salvajes, lo vuelve un punto de atracción inevitable. Sin la fama del escritor chileno, el poeta mexicano casi no existiría o tendría una relevancia mucho más pequeña. Sería otra referencia más en el anecdotario de los decimonónicos beats mexicanos de finales del siglo xx y principios del xxi. Explicar el interés editorial de Mario Santiago tampoco es muy complicado. Es un efecto oportunista —natural y comprensible. Los editores tienen en este caso la coyuntura propicia de ofrecer al lector un poeta que ha sido exhibido, como personaje, en un libro muy bueno de resonancia internacional y comercial. Con Mario Santiago, el azar ha creado una red de oportunidades post mortem. Lo fascinante de este juego de espejos es cómo la jeta de Bolaño —para usar el lenguaje zambombo de los infrarrealistas y del propio Mario Santiago— levanta, amplía, magnifica la jeta de “Santo” de Papasquiaro. La escritura de Bolaño hace visible la escritura de Mario Santiago y, al mismo tiempo, la oculta. Al leer los poemas del poeta infrarrealista no leemos los poemas, volvemos a leer la novela de Bolaño. En el desarrollo del poema-novela seguimos al investigador poético en sus pensamientos y en el momento cuando escribe sus rápidas notas. Lo vemos vagar por la ciudad de México, lo vemos correr a toda velocidad en su moto/mota hacia un Norte terrible o hacia una frontera edénica. Contemplamos, asimismo, a este eufórico e intemperante “Colombo” viajar a Israel para buscar a la mujer que ama. La realidad se introduce en la ficción. El poema se introduce en la narración. De este modo, las composiciones de Beso eterno y Aullido de cisne comienzan a existir en una extensión o en un capítulo de la novela publicada por Anagrama. El poeta mexicano se traviste del narrador chileno. ¿Pero qué sucede realmente en los poemas de Mario Santiago? ¿Estos textos están poseídos también por la eficacia poética del escritor chileno? En este remolino o tolvanera, que sustituye un término por otro, es fácil confundirse. Si leemos con cuidado los textos de Mario Santiago, si logramos desembarazarnos de Los detectives salvajes, si no sustituimos al personaje por el o los poemas, lo que queda de los textos de Papasquiaro es muy poco o nada. Su poesía está fundada en la creencia de que la combinación de frases cerriles con alusiones culturales, con un carnaval de figuras literarias y mediáticas, ataques a la “moral”, frases medio imaginativas, diagonales (símbolo de “corte”) y el número “1” en lugar de los artículos “un” o “una” y la ligadura en inglés “&” en vez de la conjunción “y” en español, expresan una

nueva forma de escritura y que la poesía es aullar, insultar, garabatear, desechar, poner jeta de muy malo y, en general, crear un cuerpo de mofas y agravios, de sobras e impurezas. Alguien podría decir que con todo esto se puede hacer poesía y nosotros podríamos pensar que sí, pero solo a condición de que el elemento propiamente poético funcionara de verdad, que la fantasía lírica —hecha de barreduras— lograra darnos un lenguaje veraz y certero en su precariedad. Pero la fantasía lírica en Mario Santiago Papasquiaro es una apariencia tipográfica y falla, tanto en forma aislada como en conexión con los otros elementos. La simultaneidad en sus textos es endeble y mal armada, muchas veces mal escrita. Por ejemplo: “No es Miles Davis el que está tocando / Las llagas de su interior fandango / Sino que hablando en dialecto / De trata de negras / Se trata de lo más barrio meco / De lo más selva urbana de mí / Maffio Santrago / Maffio San Tianguis / Me llaman / Corazón de la dialéctica hasta atrás / Cool-arpón de 1 jazz blues band electrizado.” Aparte de la repetición de los gerundios y de las cacofonías y rimas fallidas, el sujeto de las frases está encajado de una manera inhábil y turbia. La combinación de las groserías, de los números, de las palabras inventadas y de la supuesta rebeldía visionaria no funciona. No hay un pegamento poético que la sustente. Este arte basura es solo improvisación, “espontaneidad”, desplantes, “teatro” duro, populismo. No importa si está bien o mal hecho. Lo que sí importa es que ruja y que ruja fuerte. Y en esto radica el éxito de su culto, si es que de verdad hay un culto. Lo verdaderamente interesante consiste en entender por qué una parte de la crítica no ve las fallas profundas de esta escritura. Quizá la razón estriba en que del mismo modo que la poesía de Papasquiaro abreva en una ferocidad inmediata y en un facilismo cínico, la nueva crítica ejerce un populismo estético donde lo más importante es la espontaneidad y la expresión bárbara y sentimental; donde es posible cualquier cosa porque el valor fundamental es una libertad abstracta; y donde hay un acuerdo general y gratuito para validar ocurrencias y cualquier forma de creación. Es el mundo, aunque se diga lo contrario, de la aceptación y la comodidad. No hay negación crítica. Esta forma de ver las cosas explica el desprecio a la tradición, al oficio, a la duda profunda, a la novedad ilustrada y a la complejidad del Arte. Esta forma de ver las cosas también explica los premios dados a libros grises y deficientes, de los que nadie vuelve acordarse, y nos permite comprender, sobre todo, la incapacidad de la crítica actual para distinguir entre la buena y la mala literatura. El análisis de Gabriel Zaid de Arte & Basura no es la crítica de un fisgón o de un curioso porque no es un acercamiento realizado desde el punto de vista de la convencional opinión “independiente”, es decir, desde el populismo intelectual y artístico dominantes. Si Zaid ha puesto el acento en el autor, y no en la obra, es porque la publicación de Mario Santiago es un cuento del mercado, del discurso hablado, de la biografía, de la anécdota narcisista, del espejo “democrático”, de los paparazzi2. L 1 En la revista Nexos de septiembre de 2008 publiqué una revisión crítica de Jeta de Santo: “Infrarrealismo: la solemnidad masticavidrios” en Nexos, año 31, vol. XXX, núm. 369, septiembre 2008, México, D. F. 2 Yépez, Heriberto, “La crítica Paparazzi”, en Laberinto, núm. 541, México, 2013.

Santiago Gamboa Facebook: Santiago Gamboa–club de lectores

N

o sé si exista alguna otra actividad humana sobre la cual la gente que no la practica legisle tanto y tenga tantas ideas y opiniones como con la escritura. Por supuesto me refiero a la escritura literaria. Pensé esto el otro día, leyendo una entrevista a mi colega Jorge Franco. Le preguntaban por el tiempo que pasaba entre un libro y otro, y el por qué de ese tiempo, pero más que curiosidad se le pedía una justificación. Jorge respondió educadamente e incluso con humor, pero me quedé pensando en esas aseveraciones que uno escucha tan a menudo sobre el oficio de escribir, por lo general transformadas en preguntas. ¿Por qué publica tanto? ¿Por qué publica tan poco? Algunos piensan que quien presenta un libro al año solo puede estar respondiendo a lo que llaman “presiones editoriales”. Otros dicen: “Sospecho de quien escribe más de un libro cada cinco años”. Lo curioso es que, quienes esto afirman, por lo general no han escrito libro alguno, ni cada cinco ni cada diez. Nunca. ¿De dónde les viene, entonces, tal claridad y concisión al respecto? ¿Saben ellos que una autora como Marguerite Duras publicó 50 libros en 52 años de vida literaria? ¿O que Rulfo publicó solo dos y que Italo Svevo publicó el primero a los 65 años? ¿Saben que un genio como Anthony Burgess publicaba dos libros por año, y que otro genio como James Joyce tan solo uno cada diez? Dudo que sepan estas cosas, pues de

saberlas comprenderían que cada escritor tiene su ritmo, y por lo tanto fijarse en eso es completamente irrelevante, por no decir tonto. Lo mismo ocurre con las vidas en general. ¿Por qué trabaja en esto o aquéllo? ¿por qué vive fuera del país? Muchos creen que el estilo de vida del escritor que admiran es el modo en que deberían vivir todos los demás escritores. Y de nuevo los juicios y la manía legislativa: “El verdadero escritor es el que nunca va a un cóctel”, o “el que no va a congresos ni a festivales”, o “el que jamás da entrevistas”, o “el que vive alejado de todo”, juzgando al autor no por cómo escribe sino todo lo contrario: por lo que hace en su tiempo libre. Esto lo conozco bien, pues así pensaba yo de joven. El escritor marginal, incomprendido y con algún tipo de enfermedad psiquiátrica o vicio compulsivo era el más atractivo. Pero luego uno veía a otros grandes autores, por ejemplo a Vargas Llosa o a Saramago, personas refinadas y pulcras, y entraba en absurdas contradicciones: ¿no sería mejor si fueran zarrapastrosos y alcohólicos como Carver, Bukowski o Dylan Thomas? La única verdad es que cada escritor está solo y, de algún modo, es el primer escritor. Cada uno inventa la literatura desde cero y para eso necesita tranquilidad; sobre todo no ser juzgado por la velocidad de sus dedos y mucho menos por sus hábitos o debilidades. Su vida solo debería interesarnos a posteriori, después del libro. E incluso sería mejor si ese interés es póstumo. L


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