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sábado 9 de noviembre de 2013 b07

LABERINTO

de portada

Marcel y Gaston

ESPECIAL

*

QUERIDA, ESCUCHA Roberto Pliego robertopliego61@gmail.com

ESPECIAL

La siguiente es una reconstrucción sobre el encuentro entre el entonces inédito Marcel Proust y su futuro editor Gaston Gallimard. Pese a su minada condición física, el gran espíritu que era Proust impresionaba a muchos. La cordial relación entre ambos no se vio enturbiada pese al rechazo del manuscrito de Marcel en la Nouvelle Revue Française Pierre Assouline

Para el prestigiado editor francés, el rechazo de Por el camino de Swann fue un error que reparó de inmediato

D

urante mucho tiempo, Gaston Gallimard se refirió a Marcel Proust como el más grande autor de su catálogo, el escritor NRF por excelencia y aquel cuyo encuentro más lo había marcado. ¿Admiración fingida o sincera? A menos que no fuera ésta, más prosaicamente, circunstancial y oportunista. Sin embargo, el estilo del editor de la rue Sebastian–Bottin1 y la génesis de los encuentros entre ambos hombres confirman tal admiración. En privado, Gaston reconocía que Gide era el embajador privilegiado de la casa y que, en su panteón personal, colocaba a Fargue y Larbaud2 por encima de todos… Tanto Proust como Gallimard asistieron al liceo Condorcet, pero no pudieron coincidir debido a los diez años de diferencia en la edad. Cuestión de generaciones: en su tiempo, Proust se cruzaba en el peristilo de la escuela con jóvenes como Robert de Flers, Henry Bernstein o André Tardieu, en tanto que Gaston se codeaba con Roger Martin du Gard, Jacques Copeau o André Citröen. Gaston y Marcel se conocen en 1907–1908. El hecho ocurre en Blonville, Normandía, en la casa de Robert Gangnat, representante de la sociedad de dramaturgos. Gaston Gallimard, de veintiséis años, acudió como vecino, desde la finca en Bénerville donde pasa sus vacaciones de verano. De improviso, por el camino de Villiers, ve llegar a un hombre de aspecto incongruente y encantador, demasiado arropado pese al sol, con un sombrero de paja descolorido y muy inclinado sobre el rostro. Ha venido a pie desde Cabourg. Gangnat hace las presentaciones: “Gaston Gallimard… Marcel Proust…” Dos ilustres desconocidos. A Gaston lo sorprende de inmediato la ternura de la mirada de Proust, la indiferencia y la despreocupación de su aspecto, y considera que su forma de vestir tiene un cierto estilo. Es seducido cuando Proust menciona el motivo de su visita —“Vine a invitarlo a cenar al Gran Hotel”— Gaston a penas puede disimular que él también quisiera asistir pero no se atreve a decirlo. Proust lo comprende y “no omite invitarlo con toda la gentileza e insistencia sutiles que solo pueden provenir de un hombre mayor que yo”. Gaston está feliz. Por la noche, está extasiado. Proust recibe a sus invitados con una cortesía que él pensaba desaparecida: “Nos dijo el nombre de cada uno de los comensales. Nos dio su perfil y la historia de cada uno. Pero sobre todo nos habló ampliamente del marqués de N. que era de los nuestros, todo un personaje, arruinado, abandonado y enfermo navegaba como un náufrago por la inmensa mansión.”3 Gaston estaba deslumbrado por la conversación, la facilidad y la elocuencia de Proust y, cuando unos y otros evocaron sus viajes y el escritor recitó de memoria una página de Pierre Loti sobre Constantinopla, Gallimard no pudo disimular su admiración. “Lea el indicador Chaix4 , es mejor, le dijo Proust antes de recitarle nombres de lugares…”5 Este primer encuentro quedará grabado en la memoria de Gaston Gallimard. Nunca vacilará para contarlo. Pero, en los primeros años del siglo XX,

El novelista en 1891

CÉLESTE ALBARET, LA DONCELLA DE LA CASA PROUST Una de las personas que más interactuó con Marcel Proust fue su camarera Céleste Albaret, quien trabajó para él de 1913 a 1922. Proust decía que era una de esas personas del campo voluntariamente ignorantes, que no habían aprendido nada en la escuela, y cuyo lenguaje tenía, sin embargo, algo muy literario. Se dice que Proust tomó el habla de su doncella para dárselo al personaje de Françoise. Céleste, por otro lado, admite que fue Proust quien la modeló como persona, pues aún era joven e ignorante, una chica sin historia que se apegó a él como un niño a su madre. Según la doncella, Proust era un hombre que siempre estaba enfermo, el asma lo ataba al lecho. Pero también era alguien decidido, alguien a quien no le gustaba esperar. Sabía lo que deseaba, y lo que más le importaba en la vida era su obra. Como empleada fue abnegada en la medida en que Proust fue heroico al escribir sus libros desde el lecho. Durante diez años no durmió de noche, permanecía al pendiente del autor que prefería la noche para escribir. Solían hablar tres o cuatro horas, y Proust le contaba todo sobre sus libros, los personajes, cómo lo inquietaba cada uno de ellos. Pero sobre todo le contaba su agitada vida social, las recepciones, los salones, y se volvió un poco la confidente. De hecho, ella asegura que tanta vida social era solo para buscar personajes y estudiarlos. En realidad, la vida de Proust era triste, una vida de sombras pues la casa permanecía a oscuras casi siempre. Céleste Albaret nunca leyó a Proust, pero irónicamente es una de las personas que tal vez han comprendido mejor sus libros. era el hombre quien lo había impresionado, no el escritor, aún no. Sus reuniones, algunos años más tarde, son profesionales. El escritor se dirige al editor debutante, gerente de la sede editorial de la NRF. En noviembre de 1912 le escribe en dos ocasiones para pedirle un consejo y una breve entrevista, y le ruega verlo en su recámara, en el boulevard Haussmann. Proust tiene dos inmensos manuscritos, de quinientas cincuenta páginas cada uno, que quisiera enseñarle, pero ya desde entonces se muestra muy puntilloso sobre el aspecto técnico de la edición, los detalles tipográficos, el precio, la manufactura… Su decisión está tomada: si no respetan sus precisiones, no se tomará la molestia de pedirle el manuscrito al editor Fasquelle a quien, lo lamenta, se dirigió por consejo y recomendación de su amigo Calmette, director de Le Figaro.

Al parecer, Gaston ya es un notable redactor de cartas pues, luego de haber recibido su respuesta, Proust le escribe: “Sus palabras son las más simples y eficaces para disipar el ligero malestar moral que sentía, y se lo agradezco sinceramente.” Pero Gallimard no parece darse cuenta de la amplitud del trabajo de Proust, pues le propone ir él mismo por los manuscritos y ¡traerlos bajo el brazo! Se conocen poco, y sin embargo se tienen confianza. Lo que Gaston representa, stricto sensu, la NRF, es una manera de escribir y de reflexionar que seduce a Proust. Este último no vacila en hacerlo partícipe de sus confidencias y le da a

RESEÑA

leer la segunda parte de su libro, la cual podría causar molestia debido al personaje del barón de Charlus, “pederasta viril” que detesta a los afeminados. “Podrá pensar que el punto de vista metafísico y moral predomina en toda la obra, escribe Proust. Pero es verdad que se ve a este señor maduro levantar a un portero y mantener a un pianista. Antes prefiero prevenirle sobre todos los aspectos que podrían ser desalentadores.”6 Si bien le reitera su confianza a Gallimard, Proust le pide guardar el secreto hasta la publicación y, para mostrarle el valor que le otorga a su juicio, cita algunas frases de una crítica firmada por el editor en la NRF de agosto de 1912 ¡sobre una exposición de Bonnard! Se le nota sinceramente conquistado pues algunos días más tarde, escribe a Jacques Copeau, uno de los padres fundadores de la NRF: “[…] aparecer en la Nouvelle Revue Française es aún más tentador para mí luego de que me han dicho que mi lector y editor sería M. Gallimard. Coincidimos una vez y conservo de él una muy buena impresión, esto, para un enfermo como yo, a quien asusta tratar con los editores, simplifica y armoniza todo si el editor es él”.7 Poco después, un jueves, en la reunión del consejo editorial de la NRF en la rue d’Assas, en casa de Jean Schlumberger, luego de que se ha dado la orden del día, es citado el nombre de Proust: “Entonces, ¿respecto a los cuadernos que trajo Gallimard? “Están llenos de duquesas, no es para nosotros… Y además, está dedicado a Calmette, el director de Le Figaro…” Este juicio definitivo se le atribuye a Gide. Gaston toma los manuscritos y se los lleva a su autor quien, decepcionado pero no desalentado, los publica finalmente en edición propia con Bernard Grasset. Por el camino de Swann es bien recibido, incluso por la revista NRF. ¿Y si se han equivocado? Ghéon8 da a leer el libro a Jacques Rivière que a su vez presiona a Gide para que lo “relea”. Gallimard y Rivière hablan largamente al respecto y aceptan el error cometido por la casa editorial: “Una locura… ¡es una obra capital, mucho mejor de todo lo que hacen nuestros amigos!”9 Gaston visitará de nuevo a Proust para expresarle su molestia y las disculpas de la editorial y, por consejo de Proust, entrará en contacto, por primera vez, con Bernard Grasset con el fin de comprar los derechos y el stock de Swann y de publicar íntegro El tiempo recobrado. En cuanto a Gide, aceptará su mea culpa escribiendo a Proust: “[…] el rechazo de este libro quedará como el más grave error de la NRF y (pues en buena medida yo soy el responsable) uno de los arrepentimientos, de los remordimientos más amargos de mi vida.”¹2 André Gide no era el único culpable. Es verdad que se había aburrido con la descripción de una cena de esnobs durante páginas y páginas o molestado por expresiones como “una frente donde las vértebras se transparentaban”. Pero tenía sus excusas: el manuscrito era desmesurado, hirsuto, difícilmente descifrable, con muchas correcciones y el autor se había opuesto de antemano a cualquier recorte; la carga financiera habría sido muy importante para una joven casa editorial aún con cierta

desorganización. Esto no cambiará nada: el desliz de la NRF pasará a la posteridad como el error de Gide. En una encuesta entre los editores estadunidenses en el número del pasado 6 de mayo, el New York Times Book Review considera que el rechazo de Swann fue debido a… Gide. En cuanto a Bernard Grasset, a quien Gallimard arrebata a Proust definitivamente en 1917, el rumor lo consagrará de mala manera como “el editor que se deshizo de Proust, cediendo los derechos a la competencia, pues no creía en el futuro de ese autor”… Grasset dedicará mucho tiempo a desmentir esta versión de la historia, mientras que Gaston, por su parte, no cesará de recalcar que conoció a Proust antes que nadie, en el camino de Bennerville, y que el rechazo de su manuscrito fue un penoso malentendido, un accidente de trayectoria imputable a la inexperiencia de la casa editorial. Durante mucho tiempo, Gaston Gallimard conservará un excelente recuerdo de Marcel Proust: “¡Muy gentil, Marcel Proust! Nunca me pidió adelanto alguno. ¡Nunca! ¡Ni publicidad!”11 Es verdad que tras el Goncourt de Proust por A la sombra de las muchachas en flor (el primer Goncourt de Gallimard) el escritor pidió a su editor “algunos consejos prácticos” más que un aumento sobre sus derechos. “No es quizá un hombre de negocios quien se lo dice sino la efusión de un amigo suyo”, escribe Proust a Gallimard.12 ¡Gloriosa época! Gaston no olvidará a Proust décadas más tarde, cuando En busca del tiempo perdido seguirá figurando entre las mejores ventas de la editorial. Por ello se entiende que cuando el semanario Marianne pidió en 1939 a tres grandes editores que citaran a su escritor preferido, Eugène Fasquelle haya escogido a Zola, Robert Denoël a Celine y Gaston Gallimard a Marcel Proust. L 1 Sede actual de la editorial Gallimard. (N. del T.) 2 Léon–Paul Fargue (1876–1947) y Valery Larbaud (1881–1957) escritores franceses, entre ambos fundaron la revista Commerce. (N. del T.) 3 Citas extraídas de “Gastón Gallimard conoce a Marcel Proust”, en Marianne, 3 de mayo de 1939. 4 Tabla de itinerarios del ferrocarril (N. del T.) 5 “Primer encuentro”, artículo de Gastón Gallimard en la NRF del 1 de enero de 1923. 6 Cartas del 5 y 6 de noviembre de 1912, en la Correspondencia de Proust, Tomo XI, ed. Plon, 1984. 7 Carta de Proust a Copeau, 24 de octubre, 1912, op. cit. 8 Henri Ghéon (1875–1944) escritor y crítico literario. 9 Entrevista de Gastón Gallimard por Madeleine Chapsal en L’Express, 5 de enero de 1976. 1⁰Proust y la estrategia literaria, Léon–Pierre Quint, ed. Corréa, 1954. 11 En la ya citada entrevista por Madeleine Chapsal. 1² En “Gastón Gallimard conoce a Marcel Proust”, op. cit. *Tomado de Marcel Proust, Ed. Le Magazine Littéraire, 2013. Versión de José Abdón Flores

Uno vuelve a Marcel Proust como si volviera a las noches de su infancia o a los jardines sin mácula. Uno vuelve a Marcel Proust para certificar el triunfo de la memoria sobre la estupidez y el fastidio. Con la llegada a México de Monsieur Proust (Capitán Swing Libros, España, 2013) sobran aún más los motivos. ¿O quién que es no va de nuevo a En busca del tiempo perdido para encontrarse con las palabras inaugurales del narrador: “Llevo mucho tiempo acostándome temprano”? Monsieur Proust es la versión decantada, pero de ningún modo desfigurada, de las conversaciones —cinco meses, setenta horas— que Céleste Albaret sostuvo con el periodista Georges Belmont en 1973. Céleste: la mucama, cómplice y confidente de Marcel Proust entre 1913 y 1922; la misma que con 22 años y recién casada llegó al número 102 del boulevard Haussmann para trabajar a las órdenes y los caprichos de Marcel Proust, que ya para entonces vivía como recluso en su recámara a prueba de ruidos y molestias del exterior, durmiendo de día y escribiendo de noche. Cómo no dejarse encantar por Marcel Proust, tan seductor aun sin asear, despeinado y bañado en sudor. Céleste se refiere a él como un hechicero y no expresa más que veneración: “Príncipe entre los hombres y príncipe de los espíritus” (un paréntesis dilatado: el celo con el que Luis A. de Villena, autor de la introducción, pretende asomarse a la vida sexual de Marcel Proust parece más propio del matasanos vienés que de un admirador de la gran literatura. La palabra “señorito”, para no ir más lejos, suena indiscriminadamente en cada párrafo, como si contuviera la naturaleza y el origen de la genialidad y sus demonios. Hay que omitir a De Villena y entrar de inmediato en materia.) Céleste rememora con el propósito de combatir rumores, maledicencias y falsos testimonios. Es deliciosamente parcial y no hace nada por ocultarlo. Un biógrafo quisquilloso tendría derecho a juzgar sus palabras con cierta reserva pero un incondicional de Proust no podría menos que inclinarse ante sus evocaciones devotas. Su materia emblemática es la vida cotidiana entre cuatro paredes; una cotidianeidad, hay que aclarar, situada fuera del tiempo y envuelta en el silencio. Se ha ido ya el joven que en su juventud conquistó los salones con una camelia en el ojal para dar paso a un hombre entrado en la madurez que se alimenta solo de café, leche y croissants, tan escrupuloso con la limpieza de sus dientes como con el acabado de hilo de su ropa interior, capaz de ordenar un filete de pescado a las dos de la mañana o de acudir a una cena de gala en mitad de un bombardeo. No es el joven mundano enfermo de literatura, como uno de sus contemporáneos dio en publicar, sino el hombre que postrado en cama erige una catedral con la forma y la consistencia del recuerdo. Nueve años a la sombra de Marcel Proust no pasaron en vano. A paso lento, Céleste Albaret emprende una suerte de búsqueda del tiempo perdido. Hace creer que Marcel Proust es el objeto central de su memoria cuando en realidad cada instante recuperado no es sino un fragmento de sí misma. Una Céleste Albaret ocupa su puesto en el boulevard Haussmann en 1913, una muchacha recién llegada a París, nada hecha para una toca de violetas de Parma o una noche de gala en la Ópera, y otra Céleste Albaret abandona el piso de la rue Hamelin en abril de 1923. Entre el arribo y la partida, ha experimentado una metamorfosis. Si en un principio desconocía la diferencia entre una taza de buen café y un extracto de aguas negras, años después sabría muy bien qué clase de bichos eran Robert de Montesquiou —uno de los modelos del despreciable barón de Charlus— y André Gide. Céleste fue conejillo de Indias, oídos fieles, balanza de las crónicas de familia y de sociedad a las cuales Marcel Proust solía entregarse hasta el amanecer. En las primeras páginas de su obra, Marcel Proust escribió que el pasado emerge a la superficie de la conciencia después de ensayar una decena de esfuerzos infructuosos. Emerge, de pronto, revestido de olores y sabores, venciendo la resistencia del olvido y dejando a su paso “el rumor de las distancias que va atravesando”. Las palabras de Céleste Albaret son hijas de esta especulación literaria: saben que la recuperación del pasado aconseja extraer las últimas gotitas que aún contiene el enorme edificio del recuerdo. L

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