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Me llamo Laura y llevo en el mundo de la protección animal desde que tenía unos 15 años (aunque desde pequeña siempre he tenido esa sensibilidad y he salvado y dado en adopción animales a menor escala). En la actualidad tengo 33 años y he dejado el “activismo” para dedicarme tan sólo a la difusión y poco más. El motivo es que año tras año, el ver tanto sufrimiento, el sentirme tan impotente, el verme tan desbordada por tanta muerte y dolor, me hizo dejarlo todo por sentirme incapaz de seguir adelante, me hizo entrar en una profunda depresión aun no superada y con claros síntomas del llamada síndrome de fatiga compasional, así como rasgos de trastorno por estrés postraumático. Soy licenciada en Psicología por la UAM, así que se de lo que hablo. Para que quien lea esto lo entienda, voy a intentar describir lo que pasé a grandes rasgos (si contara todo esto tendría muchísimas páginas, sólo pondré ejemplos). Como antes comentaba, llevo en esto muchísimos años ya, aunque fue cuando empecé a ir a la perrera de Cantoblanco de Madrid (que ya no existe, ahora el centro que se encarga de su función es la perrera de la Fortuna) a sacar una camada de gatitos cuando esto empezó en serio. Antes había esterilizado colonias de gatos pagando de mi bolsillo porque los vecinos los mataban, había dado animales en adopción porque los abandonaban…pero a menor escala. Me llamaron para ir a sacar esa camada de gatitos porque yo era la única que podía ir a sacar animales a la hora que abrían, ya que sólo abrían entre diario y por las mañanas, cuando todos trabajan, en ese momento yo seguía estudiando y podía ir. Antes de entrar a la perrera pensaba que iba preparada para soportar ver lo que iba a ver, para pasar al lado de las jaulas de los animales que no podía salvar sabiendo que si nadie los sacaba los matarían. Sabía que iba a ser duro, pero me imaginaba más o menos lo que podía ver. Pero no estaba preparada para lo que me encontré. Además de los animales intentando llamar tu atención, jaula tras jaula, ladrando, maullando, llorando, para que les sacaras de allí…me encontré un lugar atroz, lleno de suciedad, con animales enfermos, animales muertos, animales muertos de hambre porque no podían tragar el pienso que les daban allí (era de gran tamaño y si eran cachorros o no tenían dientes no podían comer)…Nada más llegar a los cheniles me crucé con un operario que llevaba el cadáver de un perro en una carretilla oxidada y manchada de sangre… Cuando entramos en la zona de cheniles de los gatos metieron la camada en el transportín que llevaba para ello, pero había un gatito blanco de 2 meses que estaba aparte, en otro chenil, y ese también me lo daban. Como el gatito bufaba de miedo, la operaria decidió cogerle con un lazo al cuello…un gatito de 2 meses! Cualquiera que trate con animales sabe que un gatito tan pequeño puedes cogerlo sin problemas por mucho que bufe, no hacía ninguna falta cogerlo así…el pobre gatito medio se asfixiaba hasta que lo metió en el transportín. Allí vi muchísimos gatos, la mayoría mansos, abandonados, casi todos enfermos. Y me enteré de que si a los 10 días de estancia nadie los había sacado los matarían. Como no era capaz de dejarlos allí, apunte todas las fechas de salida, ya que además de tener un plazo de 10 días para ser sacrificados, en caso de ser adoptados sólo podían serlo el mismo día en que cumplía el plazo, nunca antes, ya que “el dueño podía reclamarlos”, con lo que se pueden imaginar las nulas posibilidades de supervivencia que tenían los animales allí…si alguien iba a adoptar,

Testimonio Laura P. B.  
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