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Hasta donde alcanzo a recordar, toda mi vida me ha afectado el sufrimiento animal. El malestar y el desasosiego, la profunda angustia que experimento al ser testigo de numerosos actos de barbarie y de injusticia, y sobre todo, la sensación de impotencia absoluta que me crea el hecho de que ninguna ley me ampare, de que los actos horrendos a los que asisto a diario no van a ser perseguidos, han ido aumentando de manera progresiva a medida que me iba implicando más y empezaba a trabajar como voluntaria. Desde pequeña he experimentado a menudo episodios de ansiedad, insomnio, etc, ocasionados por el sufrimiento animal, absolutamente presente en nuestra sociedad. Un gato torturado con total impunidad por unos niños de mi edad, camadas y camadas de gatitos no deseados ahogados, arrojados en bolsas cerradas a un estanque, una vaquilla ahorcada al intentar escapar para no ser embolada en las fiestas de verano del pueblo de mis abuelos, un toro manso apaleado por los quintos, la cabra que usaban para pedir unos gitanos, llena de quemazos de cigarro y absolutamente desnutrida, los galgos ahorcados por los cazadores, los toros en televisión, ponies esclavizados, condenados a describir el mismo círculo una y otra vez durante toda su vida, amenizando las ferias, animales languideciendo en el circo, dejándose morir, descuidados y enfermos, la llamada "fiesta nacional" omnipresente en televisión, los perros que pasan toda su vida atados o trabajando con un asfixiante bozal por los laberintos del metro, condenados, muertos en vida...Perros abandonados que acaban despanzurrados, aplastados, agonizando en un arcén, sin que nadie se pare siquiera a auxiliarlos, porque "es peligroso" y "está prohibido"...sin embargo, el delito que constituye el hecho de abandonarlos es un delito como de broma, de mentirijilla, jamás perseguido, siempre impune. Ésta es la realidad que habitamos. Estos hechos se producen cada día, y están en conocimiento de todos, ciudadanos y autoridades. Muchas de esas prácticas están institucionalizadas, aprobadas, permitidas, amparadas por la ley. Muchas nos definen como civilización, como nación, como sociedad. Al ser testigo de todo esto y al toparme de bruces con el hecho de que formaba parte de una minoría y que la lucha era y sigue siendo titánica, y cada día que pasaba se cobraba muchos miles de nuevas víctimas, mi salud emocional, mental, psíquica, y por ende, física, empezó a resentirse. A menudo, periódicamente, tengo accesos de tristeza profunda. Me siento sobrepasada. No puedo conciliar el sueño pensando en un perro al que han rociado con ácido en Valencia, y en una denuncia que estamos cursando contra un maltratador. Me despierto sobresaltada acordándome de una de las gatas de una de las colonias (de los millares de ellas que hay sólo en la comunidad de Madrid), que tiene un ojo malo y en cómo costear los gastos veterinarios de la operación de otro al que le rompieron la mandíbula. Sin ninguna ayuda excepto la de otras personas como yo. En tres ocasiones me sometí a terapia psicológica (cognitivo-conductual y gestalt), y en una de ellas, por prescripción de mi terapeuta, acudí a un psiquiatra, para que me tratase un trastorno obsesivo compulsivo y de ansiedad, con fármacos. A estas alturas aún padezco y pero estoy tratando de comprender el origen de mi ansiedad, y también trato de aprender a controlarla, porque he llegado a entender que no soy más útil por sufrir más, sino al contrario. Pero tampoco quiero llegar a desarrollar una especie de insensibilidad, un entumecimiento que he conocido a menudo, que presentan las personas que llevan toda una vida dedicadas a la lucha por aquellos de los que nadie se preocupa. A fuerza de traspasar muchas veces el umbral de sufrimiento y forzar su empatía, llegan a inmunizarse.

Testimonio de Mapi V.  
Testimonio de Mapi V.  

Testimonio Ana Maria J. M.