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Isla. Delgada línea. La manzana solo cae culpa del viento o de quien corta su quietud. La vida se moldea con choques, infinitas colisiones, con el pánico y la desesperación que exhala la sorpresa, con el abrupto interrumpir de la gota al fuego, el humo que distrae la transformación, el agua que le regala al fuego el don de volar a cambio del calor de su esencia, el fuego, cegado por su propia luz acepta el trato, dejando de lado su ardiente vida terrenal. Muere la llama al unísono con agua y juntos acceden a abandonar sus esencias. El ciclo comienza justo en el momento que termina. Todo nace para volver a morir.


Yo estaba siguiendo el invierno y ni siquiera conozco la nieve.


Una mañana me visitó para seguirte suavemente hasta que el suelo alivianara mis pasos, aliviara mis heridas y el frio se arrastrase en los hilos que deja mi andar, quizás, al ver un bosque en exilio, alguna flor tomara prestado tu perfume, y así, rumbo al sur, cobijaras mis recuerdos. A veces me olvido que las mañanas no existen. Al menos no sin buscarlas.


¿Porque tengo un corazón envenenado? Por tragar volcanes. Por eso el humo acaricia mis labios en retirada. Por eso busco el fuego y lo meto dentro. Porque atrapado en sus llamas me vi arder, y cual ciego que alcanzo a ver algunos colores busco aferrarme al recuerdo y ardo preso de deseo. Buceando las alturas, me entrego en suplicio a las nubes. El dedo pide su boca y siente su falta. ¿De qué sirve poder sentir lo suave, si su ausencia es tan áspera?


Suspiros issuu3