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EL

COLOMBIANO

, edición 492

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The New York Times

Recuerdos imperfectos, pero mágicos, con una histórica llamada Polaroid por MICHAEL KIMMELMAN

En los próximos meses terminará una era que empezó hace sesenta años con un artefacto llamado cámara Modelo 95. Esta máquina de fuelle producía fotografías al instante a un costo equivalente a 850 dólares actuales. El modelo SX-70, que echaba fotos a color, llegó en 1972. La vida estadounidense de fines del siglo XX había encontrado a su más fiel biógrafo.

Todo eso es cierto. Nos recuerda el desdén de los pragmáticos por los discos de vinil cuando salieron los compactos. Pero después, los DJ y los melómanos revivieron los LP, debido en parte precisamente a las virtudes de sus defectos.

La popular cámara de fotos instantáneas tiene sus días contados inimaginable popularidad en nuestra era de olvido y de cambios extremos, lo digital se desempeña a la perfección. En cambio, las Polaroid, por reflejar nuestras imperfecciones, nos recuerdan nuestra humanidad. Talismanes brillantes en colores irreales, tan efímeros como el vaho en el cristal, las Polaroid causaban estragos en nuestras emociones por ser tan modestas y comunes. Uno de los fotógrafos menos sentimentaloides de la historia, Walker Evans, pasó sus últimos años tomando unas 2,500 fotos Polaroid. A principios de los años setenta, para promover su nuevo producto, Polaroid distribuyó el modelo SX-70 (en la foto), con película ilimitada, entre fotógrafos eminentes; Evans fue uno de ellos.

La desaparición de las cámaras Polaroid de película instantánea se veía venir desde hacía años. La tecnología digital le dio la puntilla. La compañía fundada por Edwin Land tomó este año la decisión de dejar de fabricar la película, cosa que dejó en la orfandad a los devotos que crecieron con las impresiones Polaroid de borde blanco. Por miles aportaron su apoyo como miembros del sitio Save Polaroid.com. Las cámaras digitales que imprimen fotografías al instante ya se materializaron para llenar el vacío y constituyen un substituto práctico. Pero como en la mayoría de las cosas del corazón, la lógica está más allá de todo argumento. A lo largo del año pasado, blogueros de sangre fría criticaron los reveladores de Polaroid que se chorreaban y la imposibilidad de hacer copias a partir de impresiones con película instantánea o de manipularlas. Esto, por cierto, es la razón de que los fotógrafos de la policía las prefirieran para las escenas de crimen y los retratos de delincuentes. El otro día, un amigo se quejó de que las Polaroid salían amarillas y de que, si se dejaban a la intemperie en el porche o pegadas en la puerta del refrigerador junto a las listas de compras y las boletas de calificaciones, terminaban desvanecidas y rizadas.

CRÓNICA / 9

Para entonces, él ya tenía problemas para manejar cámaras grandes y, por engorrosa que pudiera ser, la SX-70 le dio nueva vida. Su tecnología de apuntar y disparar se acomodaba bonitamente con su magro y democrático escrutinio del mundo, reduciendo a las fotografías a su más pura esencia. Era una máquina prosaica para un arte sobre cosas prosaicas en el que, como la cámara misma, Evans encontró una grave elocuencia. Todavía puedo ver a mi padre con su cámara Polaroid. “Digan whisky”, decía y la máquina zumbaba antes de expulsar una impresión con el negativo aún adherido, obligando al fotógrafo aficionado a esperar un tiempo prescrito antes de despegarlo. Mi padre consultaba su reloj y sacudía la instantánea cubierta como si fuera un termómetro. Después, en el momento preciso, con las delicadas manos de un cirujano, separaba el negativo en un solo movimiento y revelaba ... bueno, lo que fuera. Eso era parte de la belleza de la Polaroid. El misterio pendía de cada imagen inminente conforme ésta tomaba forma, la cámara conjuraba imágenes de lo que estaba frente a

los ojos, justo frente a los ojos. El milagro de la fotografía, expuesto de inmediato en la Polaroid, nunca perdía su magia primitiva. Y lo que resultaba, como lamentan ahora muchos sentimentales, era un recuerdo que se enfocaba en un pequeño rectángulo de papel. O quizá no. La tecnología digital ahora justifica nuestros errores con demasiada facilidad: la borrosa toma de la tía Ruth trastabillando en el campo de prácticas; la del primo Jeff el día de su graduación, en la que un frisbee al pasar le tapó la cara; o la de Seth en su camisa a cuadros dirigiéndose a su primer evento social, la imagen blanqueada por las luces delanteras del auto de Burt que venía

por la entrada; o nuestras imágenes junto al árbol de Navidad, con el cabello hecho una desgracia. Las cámaras digitales nos permiten deshacernos de cualquier cosa que pensemos que esté mal, y así borramos los traspiés que, no con frecuencia, sino cada día de San Juan, se deslizan en la película y que sólo tiempo después apreciamos como obras maestras accidentales. De hecho, la nueva tecnología quizá no sea más conveniente, sino menos de lo que eran las cámaras de película instantánea Polaroid, considerando las impresoras, los cables y demás artilugios electrónicos que ahora se requieren. Pero para el acto de destrucción, una de las causas de la

Inconformista, él también se adhirió a sus colores desentonados y le gustó el hecho de que muchos otros fotógrafos no tomaran en serio este dispositivo del hombre común. Junto con algunos acercamientos de ojo de pescado de jóvenes bonitas a quienes trataba de impresionar, Evans compuso viñetas abstractas y tomó letreros de calle que le permitieron juguetear con palabras y chistes, como había hecho muchos años antes y por lo general mejor. Pero también tomó excelentes fotografías de cosas ya hechas, como la dientona parrilla de un deteriorado Ford rosa estacionado en un montón de hierba, agridulce elegía de un país desaparecido que en sus manos se mantenía al margen de la nostalgia. Página 20...

Es decir, los LP, como las Polaroid, implicaban ciertos rituales obligatorios. Hacia el final de su vida, Igor Stravinsky pasaba las tardes confinado a una silla. Solía escuchar a Beethoven. Su asistente, Robert Craft, alineaba los discos y después, cuando terminaba un lado, se levantaba de su asiento, cuidadosamente le daba la vuelta al disco de vinil, colocaba la aguja en el principio, y se volvía a sentar al lado del compositor, en un sencillo acto de devoción requerido por las limitaciones de la tecnología del LP, repetido incesantemente hasta que se convirtió en una rutina que unió a Stravinsky y Craft como a padre e hijo.

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Del 16 al 22 de enero de 2009

EL COLOMBIANO • Semana del 16 al 22 de enero de 2009  

Primera Publicación Colombiana en Estados Unidos