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entregándose al duque de Alba. Para final de mes, sólo la Ribera tudelana, Tafalla, los valles de Salazar y Roncal, la Baja Navarra y puntos aislados como la fortaleza de Estella resistían aún al invasor.

Alba, pero éste les indicó que: “eran los vencedores los que solían dar órdenes a los vencidos, y no los vencidos a los vencedores”. En esta implacable respuesta del comandante castellano iba también implícita la réplica perfecta a quienes tiempo después elaborarían las edulcoradas teorías jurídicas de que Navarra se había unido a Castilla mediante pacto o de igual a igual.

Para ayudar a aflojar esa firmeza, llegó desde Roma una de las bulas solicitadas desde hacía meses por el rey Fernando, la “Pastor ille Celestis”, que excomulgaba a todos aquellos que se aliaran con el rey de Francia, pudiendo ser confiscados todos sus bienes. A pesar de que no se citaba nominalmente a los reyes de Navarra, la posición de éstos quedaba seriamente afectada, pues la propaganda castellana podía cebarse en su supuesta condición de “cismáticos.” De hecho Fernando no tardó en invocarla para tomar definitivamente el título de Rey de Navarra.

El hecho cierto es que el duque se mostró inflexible y exigió la rendición, amenazándoles con que si así no lo hacían “se preparasen a ser cercados, pues Pamplona sería saqueada con toda crueldad”. Ese ultimátum acabó por decidirles a entregar la ciudad, que de todas maneras malamente podía pensar en defenderse cuando contaba con una población menor a la de las tropas que la rodeaban. El 25 de julio, a las diez de la mañana, “con grande estruendo de trompetas y atabales y otros ministriles”, los castellanos entraron finalmente en la capital.

La humanidad en general agradecerá siempre al Papa Julio II que decidiese encargar a Miguel Ángel la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina, pero los navarros en particular no tienen por qué guardar gran recuerdo suyo, pues él fue el enterrador que con sus bulas, la ya citada y la “Exigit Contumacium”, del año siguiente, clavó la tapa del ataúd de las legítimas reivindicaciones de los monarcas destronados. No deja de ser triste que alguien como Juan de Labrit, al que hasta sus enemigos reconocían su gran religiosidad, acabase considerado como “hereje” por un pontífice mucho más preocupado por bailarle el agua al poderoso rey de Castilla que por servir a la verdad.

Sometida Pamplona, el resto de villas y localidades navarras irían cayendo una tras otra en manos de los invasores. Esa era la táctica prevista desde el principio por Fernando el Católico, que sabía muy bien que quien dominara la plaza más fuerte, se haría también con todo el reino, como finalmente acabó sucediendo. El 30 de julio salió el rey Juan hacia el Bearne, y al día siguiente Fernando fijó unas cláusulas durísimas: le serían entregadas todas las villas y fortalezas, toda la población debía sometérsele como depositario temporal de la corona navarra que era, los principales partidarios de los Labrit y sus hijos debían quedar bajo custodia, y el propio príncipe heredero, Enrique, sería su rehén para que fuese educado como el rey de Castilla dispusiese. Si se le concedía todo esto, “quedaría después a la voluntad y disposición del rey Fernando, el cuándo y la manera en que habría de devolver el dicho reino...”

La ciudad de Tudela seguía resistiendo cuando prácticamente todo el reino había claudicado ya. El tres de septiembre escribieron su último mensaje a los reyes de Navarra: “No podemos sin grandísima lástima y dolor que a nuestros corazones aflige escribirles esta, pero como vemos que todo este vuestro reino ha jurado al rey Fernando por su rey y señor, y también los caballeros, y los alcaldes y los del Consejo todos le han jurado y se han dado a él, y que quedamos nosotros sin esperanza de remedio, sino sola la fe que en Vuestras Excelencias tenemos, y viendo que más ya no podemos hacer, hemos acordado darnos y entregar esta vuestra

Juan y Catalina, de nuevo juntos, rehusaron tal “oferta”, y a lo largo de agosto el resto de villas y ciudades, imitando el ejemplo de Pamplona, fueron 6

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¿Por qué lo llaman anexión cuando quieren decir conquista?  

Cesar Oroz

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