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Colección Boutade Ilustraciones: César Oroz © Prólogo: Mikel Zuza Colabora: Grupo AN Diseño y maquetación: Boutade Impresión: Gráficas Ulzama ISBN: 978-84-92870-77-6 Depósito legal: NA 610-2012 Reservados todos los derechos. No se puede reproducir ninguna parte de este libro, ni almacenar en cualquier sistema de reproducción, ni transmitir de ninguna forma, bajo ningún concepto, mecánicamente, en fotocopias o de ninguna otra manera, sin el permiso del propietario de los derechos de autor.


Prólogo4 Cronograma histórico 10 Acuarelas Fernando El Católico 12 Catalina I 14 Luis de Beaumont 16 Duque de Alba 18 Miguel de Espinal 20 Juan de Labrit 22 Papa Julio II 24 Sr. de Garro 26 Arzobispo de Zaragoza 28 Sr. de Eza 30 El almirante de Roncal 32 Coronel Villalva 34 Juan de Jaso 36 Sr. de Góngora 38

Sr. de Lizaur 40 Diego López de Ayala 42 Sr. de Baquedano 44 Diego Martínez de Álava 46 Juan Rena 48 Cardenal Cisneros 50 María de Azpilicueta 52 Francisco de Xabier 54 Mariscal de Navarra 56 Iñigo de Loyola 58 General Asparrots 60 Vélaz de Medrano 62 Pedro de Navarra, hijo 64 Enrique II de Navarra 66 Juana III de Navarra 68 Enrique III de Navarra 70 Bibliografía72


La Conquista de Navarra, o el arte de dar pacto por liebre Mikel Zuza Escritor, bibliotecario e historiador Pamplona, 14 de marzo de 2012 en la primavera del año siguiente un ataque desde Guipúzcoa con sus propias tropas y con otras de refuerzo proporcionadas por su suegro. Pero el rey Fernando tampoco pensaba exclusivamente en Italia, sino que vio en ese despliegue militar junto a la frontera navarra la ocasión perfecta para hacerse definitivamente con un reino que llevaba acechando desde hacía tanto tiempo…

Agradezco la oportunidad que el autor me brinda de escribir este prólogo para su exposición “¿Por qué lo llaman Anexión cuándo quieren decir Conquista?”, ahora que se cumplen quinientos años de aquellos acontecimientos que supusieron un cambio tan importante para la historia de Navarra. En los treinta protagonistas seleccionados, y en las actitudes que adoptaron, encontraremos todas las emociones que en aquel triste inicio del siglo XVI se desbordaron en Navarra: la codicia, la soberbia, el miedo, el servilismo, pero también el valor, la esperanza, el afecto o la fidelidad a las propias convicciones.

Con ese fin, el rey Fernando solicitó al Papa el envío de dos bulas. Una que concediese la indulgencia plenaria a todos los que luchasen contra Francia y otra elaborada ex profeso para Navarra, excomulgando a quienes ayudasen al rey de Francia o estorbasen el paso del ejército anglo-castellano hacia Aquitania.

Y sí, puede que la historia la escriban siempre los vencedores, pero como nadie dijo nunca nada sobre quién debía dibujarla, César Oroz aprovecha para mostrarnos su muy certera visión de lo ocurrido.

El detonante final de la invasión fue la firma por los reyes de Navarra y Francia del tratado de Blois, por el cual ambos se comprometían a ayudarse con todas sus fuerzas contra ingleses y castellanos. Un gravísimo error diplomático en esas circunstancias, pues daba al rey Fernando la excusa que tanto tiempo llevaba buscando…

Viajemos pues de su mano a los albores del año 1512, cuando los conflictos italianos entre la corona francesa y la castellana habían llegado a su punto álgido, y una vez más los reyes de Navarra –Juan de Labrit y Catalina de Foix- se esforzaban por mantenerse al margen, negociando a la vez con ambas potencias para conservar una independencia que muy trabajosamente, pero con éxito, habían conseguido salvaguardar hasta entonces. Aunque esta vez el rey Fernando el Católico no estaba dispuesto a consentirlo…

Los castellanos se pusieron en marcha hacia Navarra el 19 de julio y cruzaron la frontera por Ziordia el 21 del mismo mes. Constituían sin duda el mejor ejército de Europa en su tiempo, con su veintena de piezas de artillería, sus 6.000 infantes y sus 3.000 jinetes, muchos de ellos curtidos en las guerras de Italia y del norte de África. El tercer conde de Lerín encabezaba la formación. Éste, a cambio de franquearles el paso y de que sus partidarios les sirviesen de guías, iba a recuperar finalmente los privilegios confiscados a su progenitor. Para ello sólo tuvo que llevar hasta el extremo la política de caballo de Troya que su padre –secundado siempre por el rey Fernando-, había ejercido durante los últimos cuarenta años contra los soberanos navarros.

Había acordado éste con el papa Julio II, con el dux de Venecia y con su yerno el rey Enrique VIII de Inglaterra, la formación de una “Santa Liga” con el fin aparente de proteger a la Iglesia, aunque la verdadera razón fuese expulsar a los franceses de Italia. Por supuesto Enrique VIII no tenía interés alguno en Italia, sino en los territorios del suroeste francés que hasta muy pocos años antes habían pertenecido a su corona, y que ahora pensaba recuperar iniciando

Frente a todos ellos Navarra sólo podía oponer su anticuadísima red de castillos y villas fortificadas, 4


menos honrosos) para conseguir un determinado fin. Viendo todo lo que fue capaz de intrigar para hacerse con Navarra, y cómo utilizó a los beaumonteses como factor de desestabilización constante, animándoles a rebelarse y luego presentándose como el único capaz de mantenerlos a raya, podría pensarse que, de todos los títulos que ostentaba, el de rey de los sicilianos era sin duda el que le definía con justicia más poética.

incapaces de resistir a artillería tan moderna como la que traían sus enemigos, las contadísimas tropas de caballería que podían levantar el rey y sus nobles más principales, y una infantería armada poco más que con lanzas, espadas y herramientas de labor, que se movilizaba sólo durante los breves periodos de tiempo obligatorio que establecía el Fuero. Juan III de Labrit y Catalina I de Foix se aprestaron pues a afrontar el acontecimiento que marcaría definitivamente sus vidas. Llevaban casi treinta años reinando y residiendo prácticamente de continuo en Navarra. Su enemigo Fernando de Aragón, en cambio, sólo pasó un único día en el reino: el 4 de octubre de 1512 vino a Tudela para asegurarse personalmente de su completa sumisión.

En cuanto a Catalina de Foix, ¿cómo no imaginársela abandonando a toda prisa junto a sus hijos el reino del que era propietaria para no caer en manos de los invasores? Debió tener muy presente el trato concedido anteriormente a su pequeña hija Magdalena –rehén de los Reyes Católicos durante sus nueve años de vida-, y prefirió evitar una situación parecida para el resto. Que apuraron todo lo que pudieron la partida lo demuestra el que otro de los infantes, Francisco, muriera por las penalidades sufridas en tan apresurado viaje. Y es que los reyes de Navarra tuvieron 14 hijos, de los cuales al menos 9 nacieron y fueron educados en el propio reino, lo cual sirve también para responder a aquellos que les acusan de preferir la estancia en sus dominios al otro lado de los Pirineos. Es más, en un curioso giro del destino dos de esos hijos, los príncipes Andrés y Martín Febo, descansan en el panteón real del monasterio de Leyre junto a los restos de nuestros primeros reyes, los Iñigos y Jimenos, Aristas y Abarcas, a los que se unieron como viniendo a cerrar el ciclo histórico de la monarquía navarra…

El proceso de “boabdilización” al que se sometió desde muy pronto la figura del rey de Navarra en las crónicas castellanas (y aun en alguna local deseosa de halagar a los nuevos dueños del reino), tildándolo de débil de carácter, de ser tan afable que muchos se aprovechaban de él, de cobarde y de no saber imponer su autoridad, tan sólo buscaba minusvalorarle frente a Fernando, que para los mismos autores pasó a encarnar justo los valores contrarios, que serían precisamente los que le habrían permitido culminar con éxito empresas como la conquista de Navarra. Pero había sido precisamente Juan de Labrit quien consiguió poner fin a la enquistada guerra civil que había durado más de cincuenta años, y para ello debió ponerse varias veces personalmente al mando de las tropas, como cuando conquistó Viana, plaza que todo un famoso condottiero como su cuñado César Borgia no había sido capaz de obtener. Sí, puede que no le gustase la guerra -algo de lo que también le acusaron sus adversarios, obviando siempre que él fue el atacado y no el atacante-, pero eso todavía nos lo hace mucho más simpático y cercano a nuestra mentalidad actual, y hasta lo define en su justa medida frente a Fernando, que es el prototipo de todos aquellos gobernantes que no reparan en emplear cualquier medio (aún los

Quedó pues Juan de Labrit solo en Pamplona, pero comprendiendo que la defensa de la ciudad era imposible, la tarde del día 23 de julio salió hacía Lumbier para intentar organizar desde allí la contraofensiva. La mañana del día 24, los pamploneses, a los que el rey había pedido que resistiesen cuanto pudieran, vieron acampar en la Taconera al grueso del ejército invasor. Buscando ganar tiempo, los representantes de la ciudad, Miguel de Espinal y Juan de Gúrpide, intentaron negociar ciertas garantías con el duque de 5


entregándose al duque de Alba. Para final de mes, sólo la Ribera tudelana, Tafalla, los valles de Salazar y Roncal, la Baja Navarra y puntos aislados como la fortaleza de Estella resistían aún al invasor.

Alba, pero éste les indicó que: “eran los vencedores los que solían dar órdenes a los vencidos, y no los vencidos a los vencedores”. En esta implacable respuesta del comandante castellano iba también implícita la réplica perfecta a quienes tiempo después elaborarían las edulcoradas teorías jurídicas de que Navarra se había unido a Castilla mediante pacto o de igual a igual.

Para ayudar a aflojar esa firmeza, llegó desde Roma una de las bulas solicitadas desde hacía meses por el rey Fernando, la “Pastor ille Celestis”, que excomulgaba a todos aquellos que se aliaran con el rey de Francia, pudiendo ser confiscados todos sus bienes. A pesar de que no se citaba nominalmente a los reyes de Navarra, la posición de éstos quedaba seriamente afectada, pues la propaganda castellana podía cebarse en su supuesta condición de “cismáticos.” De hecho Fernando no tardó en invocarla para tomar definitivamente el título de Rey de Navarra.

El hecho cierto es que el duque se mostró inflexible y exigió la rendición, amenazándoles con que si así no lo hacían “se preparasen a ser cercados, pues Pamplona sería saqueada con toda crueldad”. Ese ultimátum acabó por decidirles a entregar la ciudad, que de todas maneras malamente podía pensar en defenderse cuando contaba con una población menor a la de las tropas que la rodeaban. El 25 de julio, a las diez de la mañana, “con grande estruendo de trompetas y atabales y otros ministriles”, los castellanos entraron finalmente en la capital.

La humanidad en general agradecerá siempre al Papa Julio II que decidiese encargar a Miguel Ángel la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina, pero los navarros en particular no tienen por qué guardar gran recuerdo suyo, pues él fue el enterrador que con sus bulas, la ya citada y la “Exigit Contumacium”, del año siguiente, clavó la tapa del ataúd de las legítimas reivindicaciones de los monarcas destronados. No deja de ser triste que alguien como Juan de Labrit, al que hasta sus enemigos reconocían su gran religiosidad, acabase considerado como “hereje” por un pontífice mucho más preocupado por bailarle el agua al poderoso rey de Castilla que por servir a la verdad.

Sometida Pamplona, el resto de villas y localidades navarras irían cayendo una tras otra en manos de los invasores. Esa era la táctica prevista desde el principio por Fernando el Católico, que sabía muy bien que quien dominara la plaza más fuerte, se haría también con todo el reino, como finalmente acabó sucediendo. El 30 de julio salió el rey Juan hacia el Bearne, y al día siguiente Fernando fijó unas cláusulas durísimas: le serían entregadas todas las villas y fortalezas, toda la población debía sometérsele como depositario temporal de la corona navarra que era, los principales partidarios de los Labrit y sus hijos debían quedar bajo custodia, y el propio príncipe heredero, Enrique, sería su rehén para que fuese educado como el rey de Castilla dispusiese. Si se le concedía todo esto, “quedaría después a la voluntad y disposición del rey Fernando, el cuándo y la manera en que habría de devolver el dicho reino...”

La ciudad de Tudela seguía resistiendo cuando prácticamente todo el reino había claudicado ya. El tres de septiembre escribieron su último mensaje a los reyes de Navarra: “No podemos sin grandísima lástima y dolor que a nuestros corazones aflige escribirles esta, pero como vemos que todo este vuestro reino ha jurado al rey Fernando por su rey y señor, y también los caballeros, y los alcaldes y los del Consejo todos le han jurado y se han dado a él, y que quedamos nosotros sin esperanza de remedio, sino sola la fe que en Vuestras Excelencias tenemos, y viendo que más ya no podemos hacer, hemos acordado darnos y entregar esta vuestra

Juan y Catalina, de nuevo juntos, rehusaron tal “oferta”, y a lo largo de agosto el resto de villas y ciudades, imitando el ejemplo de Pamplona, fueron 6


día 5 de noviembre un primer asalto fue rechazado. Los franceses querían dar por terminada su campaña, pero los navarros se resistían a abandonar una meta que veían tan cercana, así que el rey de Navarra decidió intentar un nuevo asalto el día 27. En cabeza de sus tropas iban el mariscal Pedro y muchos otros caballeros naturales suyos que llevaban “una bandera colorada, con ciertas bandas de oro en ella, a la cual todos guardaban y juraron no desamparar…”

ciudad al rey Fernando, confiando en que Vuestras Altezas prefieran hallar más poblada esta ciudad de nuestros hijos, que no de extranjeros.” El día nueve de septiembre, Tudela capituló. En esos mismos días el grueso del ejército castellano pasó el Pirineo por Roncesvalles para someter Ultrapuertos. Para ello no se vaciló en sembrar el terror por medio de la detestable actuación del coronel Villalba, que ordenó asaltar el valle de Garro “dando licencia a sus infantes, con mucha crueldad. Los moradores del valle fueron metidos a saco, pegando fuego a las casas, que sus llamas todo el monte alumbraban. El coronel mandó hacer esta crudeza para que escarmentasen los comarcanos y a la obediencia del rey Fernando viniesen. Los infantes no cesaban de robar cuanto podían, y como la licencia se lo permitía, muchas doncellas y otras mujeres fueron violadas…”

Tras un ferocísimo combate, los franco-navarros no pudieron entrar en la ciudad y tuvieron que retirarse. El rey marchó hacia el norte por el camino de Baztán, acompañado de muchos de sus más fieles seguidores. En ese repliegue, que transcurrió bajo el continuo hostigamiento de los beaumonteses, al fin y al cabo perfectos conocedores del terreno, se perdieron doce cañones que, andando el tiempo, iban a hacer correr ríos de tinta. Y es que los señores guipuzcoanos de Lizaur y de Berastegui, al grito de “¡España, España!”, atacaron a la retaguardia, que abandonó las doce piezas sin presentar batalla. Y como debieron sentirse muy orgullosos los participantes en hazaña semejante, en poco tiempo pasaron los doce cañones de marras a ser representados en las armas de Gipuzkoa. Hoy en día sobreviven únicamente pintados en los escudos que decoran el hermoso puente de Santa Catalina en San Sebastián. Y están allí, de adorno, mucho mejor que bombardeando ciudades, dónde va a parar…

Viendo los ingleses que los castellanos sólo estaban interesados en someter Navarra, decidieron volverse a su país sin combatir. Los franceses tenían ahora el campo libre para volcar sus fuerzas en ayuda de los reyes de Navarra, que comenzaron a preparar su retorno… El ejército franco-navarro acordó dividirse en tres columnas, una que invadiese Gipuzkoa para impedir que desde allí llegasen refuerzos a los ocupantes de Navarra, otra que hiciese salir a las tropas del duque de Alba de su acuartelamiento en San Juan de Pie de Puerto, y una última al mando del propio Juan de Labrit que, pasando el Pirineo por el valle de Salazar, se dirigiera rápidamente hacia Pamplona cortando de esta forma la retirada del ejército castellano. Pero el rey, al retrasarse sitiando el castillo de Burgui, concedió un tiempo precioso al ejército del duque de Alba, que a marchas forzadas pasó por Roncesvalles hasta lograr refugiarse dentro de las murallas de Pamplona, al amanecer del día 24 de octubre.

El 3 de marzo de 1513 se convocaron unas Cortes bastante anémicas en Pamplona, pues en ellas prácticamente sólo estaban representados los beaumonteses, que naturalmente reconocieron a Fernando el Católico como rey de Navarra. Éste, agradecido, les devolvió el favor y restituyó en agosto de ese mismo año al conde de Lerín todos los títulos y dominios que don Juan y doña Catalina habían retirado a su padre. Eso sí, se cuidó mucho de promover también a los agramonteses que se acogiesen a su perdón, para frenar de esa manera las posibles ambiciones de unos crecidísimos beaumonteses, pues

Perdido el efecto sorpresa, a Juan de Labrit no le quedó más remedio que prepararse para cercar la ciudad. El 7


la fortaleza en nombre del rey de Navarra. Y volverían a hacerlo en 1521…

al parecer ahora le había entrado prisa por asentar la autoridad real que él mismo se había complacido en socavar desde al menos el año 1470.

El mariscal Pedro de Navarra y varios de los más notorios dirigentes agramonteses fueron encerrados en el castillo de Atienza (Guadalajara). En marzo de 1517 fue trasladado al castillo de Simancas, cerca de Valladolid. Y en una de sus celdas, el 24 de abril de 1522, apareció muerto. Suicidado, según quienes debían vigilarlo, o asesinado, según sus partidarios. Se había negado varias veces a jurar fidelidad a Carlos I de España, el nieto de Fernando el Católico. Una de ellas con estas palabras: “Una vez más suplico a Su Alteza, con toda la humildad posible, que se sirva demostrar conmigo la magnificencia que ha de esperarse de semejante Majestad, concediéndome la libertad y el permiso de ir a servir a quien estoy obligado. Así, la fidelidad y la limpieza que su Alteza quiere y estima de sus servidores, yo podré guardársela también a mi rey...”

El 11 de junio de 1515 se reunieron en Burgos las Cortes castellanas, sin la presencia de representante navarro alguno. Allí, Fernando ofreció incorporar el reino de Navarra a la Corona de Castilla, para que tras su muerte fueran su hija Juana y sus herederos quienes lo gobernasen. El abuso de poder que ya se había puesto de manifiesto con el injustificado ataque a un país soberano, se completaba ahora con una decisión absolutamente unilateral que, a pesar de la florida terminología jurídica, suponía pasar por encima de todas las leyes propias del reino anexionado. El 23 de enero de 1516 murió el rey Fernando, y Juan de Labrit vio la ocasión de recuperar su reino. Pero el intento fracasó de nuevo, y esta vez el mariscal Pedro fue capturado junto con varios de sus capitanes el día 25 de marzo de 1516, cerca de Isaba. El rey Juan de Labrit murió apenas tres meses después, y el 12 de febrero de 1517, lo hizo su esposa, la reina doña Catalina.

El mariscal don Pedro es sin duda una de las figuras más atractivas de una época en la que el dinero y los cargos pesaban mucho más que las convicciones. De su actitud –y de la de todos aquellos que se mantuvieron al lado de los legítimos reyes-, lo mínimo que podría decirse es que los vencedores siempre les habrían pagado bien por su deserción. Pero a pesar de ello mantuvieron su palabra de fidelidad, y muchos de ellos hasta la muerte. Su memoria siempre conservará el encanto de la humilde honda de David, frente a la arrogante espada del todopoderoso Goliath.

El cardenal Cisneros, queriendo someter Navarra de una vez por todas, ordenó tras esta nueva intentona la destrucción de todos los castillos, murallas y fortalezas del reino. Uno de los ejecutores principales de la medida, el ya mencionado coronel Villalba, envió al regente una carta con la descripción más amarga que se haya escrito nunca sobre país alguno: “Navarra está tan baja de fantasía después de que vuestra señoría reverendísima mandó derrocar los muros, que no hay hombre que ose alzar la cabeza…”

Muertos don Juan y doña Catalina, sus derechos recayeron en su hijo, Enrique II, que había nacido en 1503 en Sangüesa. Aliado con su protector, el rey Francisco I de Francia, procedió a la formación de un nuevo ejército franco-navarro que, al mando del general Asparrots, se puso en marcha el 9 de mayo de 1521. Todas las fortalezas fueron cayendo una tras otra en manos de los recién llegados, y además las sublevaciones de las distintas villas se sucedieron con éxito, de tal suerte que se recuperó el reino en menos

En esa triste misión se incluyó también el castillo de Xavier, donde su dueña, María de Azpilcueta, y el más pequeño de sus hijos, Francisco, a quien andando el tiempo se le dormiría el brazo de tanto bautizar en el lejano Oriente, vieron caer bajo la piqueta castellana los muros ancestrales de su familia. Sus dos hermanos mayores, Miguel y Juan, habían alzado 8


navarros que llevaban dos años manteniéndola. Con la condición de que jurasen fidelidad a Carlos I de España, y le demostrasen la obligación que tenían de ser “buenos y verdaderos servidores y vasallos suyos…”

tiempo del que al duque de Alba le había costado ganarlo diez años antes. El día 18 de mayo, al grito de “¡Enrique, Enrique!”, fue liberada Pamplona, donde ya sólo resistía la guarnición ocupante encerrada en el castillo, desde donde bombardeaban la ciudad. Allí dentro se encontraba también el capitán guipuzcoano Iñigo de Loiola, que fue herido por una bala de cañón el día 21. La fortificación se rindió el día 25 de mayo.

Tras casi veinte años de guerra, Navarra perdió para siempre su condición de reino independiente, y vio además como dejaba de ser un único país, pues los castellanos abandonaron en 1527 la Baja Navarra so pretexto de no poder defenderla, dándose desde entonces la paradoja de que existiesen dos reyes de Navarra, uno a cada lado de los Pirineos. La represión se cebó en los partidarios de la dinastía derrotada y muchos fueron los que, perdidos todos sus bienes, debieron emprender el camino del exilio.

Cuando toda Navarra era al fin libre tras diez años de ocupación, el señor de Asparrots decidió sitiar Logroño, lo que provocó una terrible reacción castellana. El día 30 de junio, muy cerca de Noain, ambos ejércitos chocaron frontalmente. El desastre fue completo para los legitimistas, y todo lo conseguido durante el último mes se derrumbó como un castillo de naipes.

Enrique II fue de esta forma el último rey nacido en el territorio peninsular de sus antepasados, y aunque exploró muchas vías diplomáticas para recuperar el trono de sus padres, nunca pudo lograrlo. Lo mismo le sucedió a su hija Juana III, a quien un cínico Felipe II de España llegó a ofrecer, a cambio de la renuncia de sus derechos en Navarra, ilusorias compensaciones en Túnez o Cerdeña. Su radical defensa del protestantismo terminó de sellar el destino de sus reivindicaciones, aunque viendo lo injustamente que había tratado la Santa Sede a la familia real navarra desde 1512, lo raro es que no se hubiese convertido mucho antes…

A finales de septiembre del mismo año, un nuevo ejército franco-navarro, se hizo el día 3 de octubre con la estratégica fortaleza de Amaiur. El día 18 cayó también en sus manos la importante plaza costera de Hondarribia. Esos iban a ser los dos últimos lugares donde ondease la bandera de Enrique II de Navarra… El 13 de julio de 1522, las tropas castellanas, reforzadas con las milicias beaumontesas del conde de Lerín, pusieron sitio al castillo baztanés, defendido por apenas doscientos hombres al mando del capitán Jaime Velaz de Medrano. Durante seis días aguantaron el ataque constante de los sitiadores, hasta que finalmente se vieron obligados a capitular. El tratado de rendición establecía que se perdonaría la vida a los cincuenta supervivientes, que fueron llevados prisioneros a Pamplona. El castillo de Amaiur fue completamente demolido, y a pesar de las garantías ofrecidas, el capitán Velaz de Medrano y su hijo aparecieron muertos en su celda apenas dos semanas después…

Su nieto, Enrique III de Navarra, por una de esas extrañas carambolas de la historia, acabó convirtiéndose en Enrique IV de Francia, y mostrando una sensatez y una anchura de miras muy poco comunes en su época, supo traer la paz y poner fin a las terribles guerras de religión que llevaban ensangrentando aquel país desde hacía tanto tiempo. Pero nunca quiso unir la corona de Navarra a la de Francia, pues siempre fue plenamente consciente de la singularidad de su herencia materna. Su figura, engrandecida por ser un precursor del derecho a la libertad de conciencia, supone un verdadero broche de oro para la monarquía navarra.

El 29 de febrero de 1524, no pudiendo defender por más tiempo ya la cercada fortaleza de Hondarribia, se rindieron al ejército imperial los caballeros 9


CRONOGRAMA ´ HISTORICO

1512 INVASIÓN 21 de julio El Duque de Alba, por orden de Fernando el Católico, entra en Navarra por la Sakana al mando de un ejército de más de 10.000 hombres

25 de julio Rendición de Pamplona

30 de julio El Rey de Navarra Juan de Labrit parte desde Lumbier hacia el Bearne

Agosto Rendiciones de Lumbier, Sangüesa, Olite, Estella...

9 de septiembre Rendición de Tudela

1517

25 de marzo El mariscal Pedro de Navarra es derrotado en Roncal y cae prisionero.

5 de octubre Sublevación de Estella en favor de Juan de Labrit y nueva rendición (28 de octubre)

1521 TERCER INTENTO DE RECUPERACIÓN

SEGUNDO INTENTO DE RECUPERACIÓN Febrero El cardenal Cisneros es nombrado gobernador y regente de Castilla

10 de septiembre Rendición de San Juan de Pie de Puerto

Mayo Cisneros ordena demoler la mayoría de castillos, torres y recintos amurallados de Navarra.

17 de junio Muere Juan de Labrit en su castillo cerca de Pau e instituye como sucesor a su hijo Enrique II de Navarra, Príncipe de Viana

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12 de febrero Muere la reina de Navarra Catalina I en Mont-deMarsan

Mayo Sublevaciones y levantamientos a favor de Enrique II de Navarra. Liberación de San Juan de Pie de Puerto, Pamplona, Lumbier, Liédena, Tafalla... Huída del Virrey, el duque de Nájera, a Castilla

30 de junio Vuelta del ejército castellano a Navarra. Batalla de Noáin. Derrota del Ejército de Enrique II de Navarra


1513

1515

1516

PRIMER INTENTO DE RECUPERACIÓN

21 de octubre El Rey Juan de Labrit entra por Roncal y toma Burgui a los castellanos

1 de noviembre Juan de Labrit asedia Pamplona, defendida por el Duque de Alba

1522

24 de noviembre Muerte del mariscal Pedro I de Navarra en la prisión de Simancas tras seis años cautivo.

19 de julio Defensa y rendición del Castillo de Amaiur tras un año de resistencia desde el desastre de Noáin.

30 de noviembre Retirada del ejército de Juan de Labrit

1523

27 de febrero Los últimos partidarios de Enrique II de Navarra, tras dos años en la fortaleza de Hondarribia, se rinden a Carlos I de España tras negociar el perdón y una amnistía general.

8 de diciembre Ataque en la retirada de Belate. La toma de los doce cañones

1527

3 de marzo Las Cortes de Navarra, con la ausencia de Agramonteses, señores bajonavarros y de algunas ciudades, juran a Fernando el Católico como Rey de Navarra.

1528

Sublevaciones en Baja Navarra a favor de Enrique II y abandono de la misma por parte de Carlos I de España. Enrique II de Navarra gobierna en Baja Navarra.

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Nace Juana III de Albret. Reinará en Baja Navarra y Bearne

Junio Las Cortes de Castilla aprueban unilateralmente la anexión del Reino de Navarra... Ningún navarro, ni beaumontés ni agramontés, estuvo presente

1594

El hijo de Juana, Enrique III de Navarra, alcanza el trono de Francia como Enrique IV

23 de enero Muere Fernando el Católico

1620

Baja Navarra pasa a unirse con la corona de Francia por el Edicto de la Unión.


“...el rey de España despidió luego al Marichal, embajador del rey de Navarra, prometiéndole que él tomaría por fuerza lo que él no quería dar de su voluntad. E luego despachó al duque de Alba, su capitán general, que, con la mayor presteza que pudiere, entrare en Navarra...” (“La conquista del Reino de Navarra”, 1513. Luis Correa, soldado castellano y cronista a las órdenes del Duque de Alba)

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“... el rey llegó a Isaba desde donde la comitiva, ascendió el paso de Arrakogoiti... Apenas unos días más tarde, la familia real navarra se reencontraba en Sauveterre...”. (“La Guerra de Navarra (1512-1529). Crónica de la conquista española”. Peio J. Monteano)

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“Y por esto el Duque de Alba dio la delantera de las batallas a Don Luis de Beaumont (...), al cual tenía desposeído el rey Don Juan de Navarra de toda su tierra...”. (“La conquista del Reino de Navarra”, 1513. Luis Correa, soldado castellano y cronista a las órdenes del Duque de Alba)

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“...el duque de Alba [...] movió con todo el ejército de Vitoria, [...] seis mil infantes en orden levaba puestos en dos escuadrones [...]. Dos mil quinientos eran todos los de caballo [...]. Así mismo iban las guardas [...] que igualaban con el número ya dicho... Todos estos caballeros iban bien parecientes, con los caballos ricamente encubertados de diversas sedas y bracados [...] deseando, con mucha animosidad, verse con sus enemigos”. (“La conquista del Reino de Navarra”, 1513. Luis Correa, soldado castellano y cronista a las órdenes del Duque de Alba)

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“...salieron ciertos jurados de Pamplona... los cuales más pedían que rogaban. A la fin el duque dióles licencia, la ciudad mandó que le entregasen, quedando ellos en sus posesiones y libertades y franquezas, o que al cerco se aparejasen, prometiéndoles que, si la obediencia no traían, la ciudad sería metida a saco con toda crueldad”. (“La conquista del Reino de Navarra”, 1513. Luis Correa, soldado castellano y cronista a las órdenes del Duque de Alba)

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“...Amados nuestros. Como sabéis, no habiendo razón ni motivo, la gente castellana ha entrado en este nuestro Reino y nos ha ocupado nuestra ciudad de Pamplona aún se dice que entenderán en hacernos más daño...”. Carta del Rey de Navarra a las poblaciones de la merindad de Sangüesa. (“La Guerra de Navarra (1512-1529). Crónica de la conquista española”. Peio J. Monteano)

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“...y les probó con textos cómo podían de derecho jurar al rey de España por su rey natural, trayéndoles [...] cosa notoria, el Papa Julio, por su bula le daba y vestía en aquel Reino de Navarra, pues que el rey Don Juan de Albret había seguido el cisma del rey de Francia, e que dándole por tal su reino al rey de España, como bien mereciente dél, y adquistado por güena justa se le daba”. (“La conquista del Reino de Navarra”, 1513. Luis Correa, soldado castellano y cronista a las órdenes del Duque de Alba)

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“...y (el coronel castellano Villalva) dando licencia a sus infantes, con mucha crueldad, los moradores del valle (de Garro) fueron metidos a saco, pegando fuego a las casas... Los infantes no cesaban de robar cuanto podían... E muchas doncellas e otras fueron forzadas”. (“La conquista del Reino de Navarra”, 1513. Luis Correa, soldado castellano y cronista a las órdenes del Duque de Alba)

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“...El 27 de Agosto, el arzobispo exige la rendición de Cascante, Corella y Cintruénigo... El último día de agosto, solo en Tudela ondea el pendón de los Labrit. Desde la ciudad puede ya verse que las tropas aragonesas han llegado a Cascante y sus campos y ganados están siendo saqueados...”. (“La Guerra de Navarra (1512-1529). Crónica de la conquista española”. Peio J. Monteano)

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El 9 de septiembre, Tudela es la última ciudad del Reyno en capitular. “...contra la furia del rey Fernando (el Católico) sólo cuentan sus pocas fuerzas y con la esperanza en el posible remedio que de nuestra majestad (Don Juan de Labrit)”. (Carta de las autoridades de Tudela a los Reyes de Navarra) (“La Guerra de Navarra (1512-1529). Crónica de la conquista española”. Peio J. Monteano)

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“...y Don Juan de Labrit los combatió (...) Y el capitán de la guardia de Fernando (el Católico) fue traspasado de dos saetas y muerto (...) e así se rindieron”. (“La conquista del Reino de Navarra”, 1513. Luis Correa, soldado castellano y cronista a las órdenes del Duque de Alba)

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“...castellanos, valencianos, aragoneses y catalanes loaban al duque de prudente capitán en aquella venida de noche. Teniendo por cierto que, si otro día vinieran, su perdimiento (el de la ciudad) estaba claro, (...) no teniendo a los pamploneses por muy constantes en la nueva obediencia, teniendo al rey Don Juan de Labrit con grueso ejército tan cerca”. (“La conquista del Reino de Navarra”, 1513. Luis Correa, soldado castellano y cronista a las órdenes del Duque de Alba)

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“El rey Don Juan de Labrit puso en la delantera 300 hombres darmas a pie con una bandera colorada, con ciertas bandas de oro en ella, a la cual todos aguardaban y juraban de no la desamparar (...). Ellos nombraban Francia, Alemania, Navarra. Los nuestros España, Castilla”. “Al fin, después de haber porfiado más de una hora, se retiraron dejando en la cava las primeras banderas, sus posesores abrazadas con ellas muertos, y hasta cien compañeros, que por no desampararlas perdieron la vida”. (“La conquista del Reino de Navarra”, 1513. Luis Correa, soldado castellano y cronista a las órdenes del Duque de Alba) 36


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“... el duque Dalba envió llamar al señor de Góngora, que es un caballero navarro de mucho esfuerzo y gran astucia, y mandóle que, tomados algunos parientes y amigos suyos, fuese en seguimiento de los “franceses” [...] lo acetó y siguiéndolos, tantos rebatos les dio que nunca su sueño los dejó dormir seguro...”. (“La conquista del Reino de Navarra”, 1513. Luis Correa, soldado castellano y cronista a las órdenes del Duque de Alba)

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“...viendo la artillería sola, arremetieron a ella con gran alegría diciendo España, España... Vinieron a Pamplona [...] y entró en esta orden: venían en la delantera quinientos lacayos guipuzcuanos que tomaron el artillería. Luego venían doce piezas, ocho sacres y dos cañones y dos culebrinas, que eran las doce piezas”. (“La conquista del Reino de Navarra”, 1513. Luis Correa, soldado castellano y cronista a las órdenes del Duque de Alba)

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“Dio con su llegada gran esfuerzo al señor de Lizaur y al señor de Velástegui [...] y envió tras la artillería otros quinientos vizcaínos para mayor seguridad...”. (“La conquista del Reino de Navarra”, 1513. Luis Correa, soldado castellano y cronista a las órdenes del Duque de Alba)

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“...la rebelión de la ciudad fue hecha un día martes y el viernes siguiente las gentes de armas de su Real Majestad (Fernando el Católico) vinieron sobre la ciudad de Estella y fortaleza para recobrarlas...”. (“La conquista del Reino de Navarra”, 1513. Luis Correa, soldado castellano y cronista a las órdenes del Duque de Alba)

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“...como me escribisteis que esa provincia holgaría que se le diese la empresa de la toma de la fortaleza de Estella. E yo, con la confianza que tengo de los de esta tierra (...), he acordado daros dicha empresa”. (Carta de Fernando de Aragón a Diego Martínez de Álava, Diputado General de Álava)

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“...se deben tomar (las cuentas) según el estilo y orden de Castilla y no según se suelen tomar en Navarra, que es cosa de burla... Yo principié que se tomasen las cuentas..., de unos dineros que yo recibí para espías y mensajeros...”. “...la sospecha de un levantamiento de los naturales, se podría quitar llevando gente de aquí para lo de Castilla, de manera que con ella se hiciese dos frentes, el uno que dispuesto lo teníamos y más útil que en otra parte (...) y el otro que con sacarlos de aquí, la sospecha (de rebelión) se quitaba...”. Informes de Juan Rena al rey de España (Pedro Esarte Muniain. “Juan Rena, clave de la Conquista”)

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“Navarra está tan baja de fantasía, después de que vuestra señoría reverendísima mandó derrocar los muros, que no hay hombre en este reino que alce la cabeza”. (Carta del coronel castellano Villalva al cardenal Cisneros)

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“...las tropas del Rey Católico hará como tres años hicieron demoler el castillo de Xavier (...) la casa palacio de Azpilicueta y la torre de dicho lugar, labradas de sillería, y cuyos daños se calculaban en mil quinientos ducados de oro...”. (“Francisco de Jasso y Xabier y la época del sometimiento español de Navarra”. Pedro Esarte de Muniain).

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“...trabajaron en acabar de derribar las murallas de Sangüesa y la casa de Javier... (22 de mayo de 1516)...”. (“Francisco de Jasso y Xabier y la época del sometimiento español de Navarra”. Pedro Esarte de Muniain)

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“...una vez más suplicó, con toda humildad posible a su Majestad (Carlos I de España), se sirva de demostrar conmigo magnificiencia (...) devolviéndome la libertad entera y el permiso de ir a servir a quien estoy obligado. La fidelidad, la limpieza que su Alteza quiere y estima a sus servidores yo podré guardarla en los míos...”. (Carta del mariscal Pedro de Navarra al rey Carlos I de España)

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“...no hay en todo el reyno un solo navarro de quien podamos fiarnos” (Carta del Virrey, duque de Nájera, al rey Carlos I de España, pidiéndole refuerzos de Castilla para defender Pamplona ante la cercanía del Ejército del Rey Enrique II de Navarra)

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“...la batalla se dio entre los lugares de Esquiroz y Noáin cabe en la ciudad de Pamplona”. (“La Guerra de Navarra (1512-1529). Crónica de la conquista española”. Peio J. Monteano)

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“Abierta la brecha, fue tal la bizarría y arrojo con que los sitiados repelieron los primeros combates, que el Virrey, conde de Miranda quedó admirado, y el Condestable Luis de Beaumont le dijo que no tenía por qué, siendo navarros los defensores, y el Virrey entró en mayor cólera y saña”. (Alesón, Anales del Reino de Navarra, libro XXXVI, capítulo IV).

“Cuando por fin los sitiados se dieron cuenta de la imposibilidad de resistir más tiempo, se entregaron al Conde de Miranda... Y fueron enviados a la fortaleza de Pamplona (...), donde algunos murieron ‘con sospecha de veneno’”. (“La Guerra de Navarra (1512-1529). Crónica de la conquista española”. Peio J. Monteano).

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“... las tropas abandonaron Hondarribia y marcharon como se había acordado, ‘los franceses a Francia y los navarros a Navarra’ y la fortaleza volvía a quedar en manos españolas... Los navarros se acogieron a la amnistía general decretada en el acuerdo de rendición de Fuenterrabía por el que debían jurar en plazo de veinte días que “...de aquí en adelante seréis muy leales vasallos y súbditos de su majestad el Emperador Don Carlos y a sus sucesores como reyes y señores naturales de Navarra y a la Corona de Castilla, a la cual está incorporada dicho reino”. (“La Guerra de Navarra (1512-1529). Crónica de la conquista española”. Peio J. Monteano).

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“...a causa de estar aquella tierra (Baja Navarra) en la frontera de Francia y que no hay confianza ninguna para resistir a los enemigos que la tiene ocupada...”. (El abandono del rey Carlos I de España de las Tierras de Ultrapuertos)

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“Tras largas negociaciones, Felipe II zanjó el problema con claridad: la Navarra que había quedado en sus manos era indispensable para la Corona española, no la podía restituir a los reyes desposeídos, pero ofreció una compensación, Túnez, que no era suyo, y más tarde Cerdeña”. (“Un ejemplar regio de un libro real”. Fernando Pérez Ollo. “Noveau testament basque”. Joanes Leizarraga)

“...con la vana esperanza de volver a tener nuestro reino más el de Cerdeña, nos dejaron dejar lo cierto para abrazar lo incierto, cosa increíble que pudiéramos jamás darle crédito”. (“Mémoires et poésies”. Juana III de Albret, reina de Navarra)

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Enrique, ya rey de Francia y de Navarra, pretendió mantener separadas del Estado francés sus dominios patrimoniales (...) y se encontró con la resistencia del Parlamento de Francia. En 1620, su hijo Luis XIII, por el Edicto de la Unión incorporará el reino de Navarra y el país del Bearne a la corona de Francia”. (“Un ejemplar regio de un libro real”. Fernando Pérez Ollo. “Noveau testament basque”. Joanes Leizarraga)

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´ PENALTY Y EXPULSION

Tras la sublevación de los pamploneses en favor de Enrique II de Navarra, el capitán guipuzcoano Iñigo de Loyola y la guarnición castellana se encierran en el castillo de Pamplona y bombardea la ciudad. El 25 de mayo de 1521 Loyola cae herido en una pierna y la fortaleza se rinde al asedio del ejército de Enrique II de Navarra.

Bibliografía • “Lealtad y patriotismo tras la conquista de Navarra. El Licenciado Reta y la ‘Sumaria relación de los apellidos’” Alfredo Floristán Imízcoz. Gobierno de Navarra. Institución Príncipe de Viana (1999)

• “La conquista del reino de Navarra” (1513) Luis Correa. Ediciones y libros S.A. Diario de Navarra (2002) • “La Guerra de Navarra (1512-1529). Crónica de la conquista española” Peio J. Monteano. Pamiela (2010)

• “Bearn et Navarre” (1873) Nicolas de Bordenave (1517-1572)

• “Libro de Armería del Reino de Navarra” Gobierno de Navarra. Institución Príncipe de Viana. Introducción, estudio y notas de Juan José Martinena (1982)

• “Juan de Albret y Catalina de Foix o la defensa del Estado navarro (1483-1517)” Álvaro Adot Lerga. Pamiela (2005)

• “Navarra, 1512-1530. Conquista, ocupación y sometimiento militar, civil y eclesiástico” Pedro Esarte Muniain. Pamiela (2001)

• “El castillo de Amaiur a través de la historia de Navarra” Iñaki Sagredo. Pamiela (2009)

• “Francisco de Jasso y Xabier y la época del sometimiento español de Navarra”. Pedro Esarte Muniain. Pamiela (2005)

• “Un ejemplar regio de un libro real”. Fernando Pérez Ollo Nouveau testament Basque. Joanes Leizarraga Caja de Ahorros de Navarra (2007)

• “Amaiur 1522. Los caballeros navarros en la jornada de Maya de Baztán “ Javier de Gallástegui Ucín. (2006)

• Gran Enciclopedia de Navarra (1990) Caja de Ahorros de Navarra • “Juan Rena, clave en la conquista de Navarra (1512-1538)” Pedro Esarte Muniain. Pamiela (2009)

• “Batalla de Noáin. Pérdida de la independencia de Navarra” Prosper Boissannade. Mintzoa (1992) 72


¿Por qué lo llaman anexión cuando quieren decir conquista?  

Cesar Oroz

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