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ALFONSO SASTRE HIGUERA


9.

El príncipe Sirh apenas contaba con nueve años y su cabello negro era corto como el del resto de los hombres de Tarsesh. Algún día heredaría el trono de su padre Durkandar y su cabello tendría que regirse por la corona que vestiría: en tiempos de paz tendría que dejárselo crecer. Únicamente podría cortárselo en época de guerra. Aquella mañana había despertado y se había sorprendido de no encontrar a su padre al lado de su madre durante el desayuno. La reina Lia tenía el semblante bañado en absoluta seriedad y le comentó que su padre no desayunaría esa mañana con ellos. Estaba reunido con sus hombres más leales y aún estaba por ver si no tendría que ausentarse del hogar por una temporada. El joven príncipe era lo bastante pequeño como para no entender el alcance de lo que se avecinaba, de modo que su madre no mencionó la palabra “guerra” que era la que más flotaba en el aire desde hacía unas semanas, desde la llegada de un guardia procedente de un puesto fronterizo, malherido y con la noticia de que las tropas de la nación rival se aproximaban a Tarsesh. De modo que Sirh tomó su desayuno con rapidez y salió de la estancia corriendo. Sabía cuál era el lugar que su padre elegía para encontrarse con sus amigos y hacia allí se dirigió. La Sala de Reuniones del palacio Kandar se hallaba una planta por debajo de la Sala del Trono. Era una inmensa sala circular donde bien podían caber cincuenta hombres en pie. Aquella mañana, reunidos en torno a la mesa sobre la que se hallaban desenrollados decenas de mapas, no había tantos hombres pero a Sirh le pareció que debía de ser un millar. Le parecieron enormes en cuanto a estatura, grandes y gordos, y terriblemente viejos pese a que el más anciano de todos no superaba los cincuenta años. Las cabezas se fueron volviendo hacia el pequeño a medida que iba avanzando entre ellos, como si caminara por entre los árboles de un bosque, hasta llegar a su padre. −¡Papá! –Exclamó Sirh tirando de la capa rojiza que el rey llevaba colgada del cuello. El rey Durkandar se volvió extrañado hacia la conocida voz de aquel diminuto hombrecito al que tanto amaba, deteniendo sus explicaciones sobre emboscadas y el terreno que sus soldados debían proteger y su rostro cambió automáticamente de expresión, de la hosca sobriedad a la sonrisa risueña de un padre que ama a su único hijo. −¡Sirh, hijo mío! –Exclamó el rey alzando a su hijo por los aires como si no pesara más que una pluma. −¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar ya en la escuela?


−No has venido a desayunar, papá. –Le espetó su hijo. −¿Es que los reyes no desayunan? Algunos de los hombres allí reunidos no pudieron reprimir la risa. Sirh era pequeño pero inteligente, tenía una mente muy aguda. Los mejores maestros del reino se ocupaban de su enseñanza preparándole para afrontar la responsabilidad de gobernar, pero por descontado era un niño muy listo y algo pícaro. −Te prometo que iré a desayunar tan pronto como pueda, hijo, pero antes hay algunas cosas que debo atender. –Le explicó Durkandar. –Ve a reunirte con tu madre. Dile que yo mismo la pido que te lleve al Patio Exterior para que contemples lo que he de hacer. El año que viene cumplirás diez años y es tiempo de que te conviertas en un hombre. – Durkandar se volvió hacia uno de sus hombres. – Fénzar, ¿puedes acompañarle hasta los aposentos de la reina? −Solo si puede cantarme una canción, majestad. –Dijo el soldado con la confianza que tenía en su amistad con el rey. El rey sonrió mientras dejaba a su hijo en el suelo. −No imaginaba que, además de príncipe, fueras trovador. –Le dijo el rey a su hijo. –A ver qué sabes hacer. Sirh le mostró la más grande de sus sonrisas. La música y las canciones era algo con lo que el pequeño disfrutaba en grado extremo. Casi tanto como con los juegos. Abrió los ojos como platos y echó un rápido a su auditorio. Reconoció a algunos de los hombres que estaban allí: algunos eran padres de sus amigos y compañeros de clase, otros eran rostros conocidos por su repetido paso por el palacio. Todos ellos eran hombres valientes, soldados. Eso Sirh lo sabía. Lo que ignoraba era que aquellos hombres ostentaban las posiciones más elevadas dentro del ejército de Tarsesh, Las Espadas de Oro. Entre ellos estaban Galaad Ga’wein a quien todo el reino conocía y tenía en alta estima por su bravura y coraje. Se hallaba el grueso Gullinorn Mulhonin cuyos hijos Sirh conocía aunque no eran de noble linaje y no compartían escuela con él. Estaban Scyfo el Rojo y Scyfo el Calvo. El apodo del primero de ellos resultaba del color de su cabello y barba, rojizos como el fuego; el porqué del apodo del segundo Scyfo resultaba algo más obvio. También estaban Fénzar, Ocasith y Perástates, padres de algunos de los compañeros de juegos del joven príncipe. Sin demorarse más, Sirh cantó: Las Espadas de oro son, resplandecen bajo el sol. Los soldados avanzan sin temblar


siguiendo los pasos del rey Kandar. Aunque vivan, aunque caigan Todos luchan por Tarsesh. Con arrojo y valentía hasta la victoria su lucha es.

Era una cancioncilla infantil que los niños solían entonar cuando jugaban con espadas de madera a que eran héroes legendarios que mataban monstruos. Fénzar, así como el resto de los hombres, no pudieron reprimir una sonrisa. Finalmente acompañó al joven príncipe al encuentro con su madre mientras el rey ultimaba los preparativos.

El Patio Exterior se encontraba entre el palacio y su muralla de protección. Era una amplia extensión de terreno empedrado que el rey aprovechaba para dirigirse a sus súbditos y hasta allí habían venido una gran multitud de personas procedentes de todo Tarsesh. Algunos eran meros comerciantes, zapateros, herreros o granjeros, pero otros muchos eran miembros de La Espada de Oro. El palacio se elevaba unos cincuenta peldaños en una elegante escalera que conducía directamente a la entrada del hogar de la familia real. Allí arriba esperaban algunos de los generales de la orden de La Espada y también estaban la reina Lia y su hijo Sirh. La esposa del rey trataba de disimular su gran preocupación mientras aguardaba en silencio la llegada de su marido. Su hijo pequeño, en cambio, estaba emocionado por la gran multitud que se había reunido para saludar a su padre. El rey no se hizo esperar y por fin atravesó el umbral hacia el exterior. Desenvainó su sable dorado que daba nombre al cuerpo de soldados del reino y lo elevó sobre su cabeza apuntando al cielo. Un instante después la multitud que se había congregado en el patio rompió en vítores y aplausos. Entre el clamor, Durkandar no se olvidó de dirigir una mirada a su familia. Sirh, sonriente, le saludó con la mano efusivamente. En cambio, el rey no supo interpretar la mirada de su esposa. ¿Era preocupación? ¿O tal vez estuviera molesta por haber permitido que su hijo pequeño estuviera allí presente? Cuando la gente se hubo calmado el rey pudo comenzar a hablarles: −Gentes de Tarsesh. –Dijo alzando la voz. – Los habitantes del vecino reino de Karsia están avanzando hacia nosotros con gran ímpetu, sin detenerse. Por tierra, es probable que ya se hayan internado en las profundidades del Bosque de los Mil Álamos. Por mar, sus naves se aproximan a nuestra costa.


>>De todos nosotros es conocida la abierta hostilidad que los karsianos nos profesan y el único motivo de su incursión en nuestras tierras es el de declararnos la guerra. >>Se aproximan días oscuros. Días en los que avanzaré, seguido de vuestros hijos, vuestros padres, hermanos y esposos, hacia la batalla. ¡Hacia la victoria! ¡No dejaremos que Karsia nos sojuzgue como a perros! Con un efusivo ademan, volvió a alzar la espada dorada apuntando al cielo y la multitud volvió a aclamar a gritos. Uno de los soldados de más alto rango dio un paso hacia el rey y éste le ofreció su sable. El soldado lo aceptó y se colocó detrás del monarca. Durkandar dirigió la vista a sus súbditos sin pestañear mientras el soldado agarró su larga trenza con una mano y la cortó con el sable dorado a la altura del cuello del rey. La melena del monarca había sido cortada. La guerra había comenzado.

Aquella noche en los cielos brillaba un escaso cuarto creciente de luna y el silencio se apoderó de las calles del reino. Era como si todos se hubiesen ido temprano a sus casas, cenando con gran solemnidad para dirigir luego una plegaria a sus deidades favoritas, rogando que protegieran a los soldados que avanzarían durante la siguiente mañana. En la zona de extramuros, más allá de la muralla que circunvalaba la ciudad, se hallaba la granja Fa. Una rústica vivienda se alzaba rodeada de un extenso terreno arado que alcanzaba hasta un estrecho sendero que conducía a un solitario camino por donde se llegaba a la ciudad. Allí, sentado frente a la mesa y con la coraza aún sobre el pecho, Karuk había perdido el apetito. −La sopa debe de estar fría ya. –Le dijo Alena, su madre, a modo de reproche. Karuk apartó el plato de delante de sí. −No tengo hambre. Su ceño estaba fruncido y su mente se hallaba a cientos de kilómetros de allí. Apenas oía el ruido que su pequeño hermano de siete años hacía jugando con el perro. Tena se le acercó por la espalda y le abrazó con todo su amor. −Me siento tan contenta de que hayas podido quedarte aquí. –Comenzó a decir. – Imagina cuánto voy a agradecer tu ayuda las próximas semanas. Hay mucho trabajo por hacer. Debemos cambiar una de las ruedas del carro y arreglar la verja, y…


−¡Madre! –Exclamó Karuk enfadado. − ¿Cómo puedes alegrarte de que me quede aquí? ¡Es una deshonra! Se levantó haciendo un brusco ademán, obligando a su madre a soltarle. −¡Karuk! ¡La guerra no es un juego! −Pero yo soy un soldado. Un Espada de Oro. ¡Mi misión es ir al combate detrás del rey! −Tu misión como soldado. ¿Y qué hay de tu misión como hijo? ¿Es tu misión hacer a que te maten y obligar a tu madre a enterrar a otro hijo más? Karuk ya conocía esas palabras. Las había oído decenas de veces. El hecho de que su padre y sus dos hermanos mayores hubiesen muerto sirviendo al rey era algo que no le facilitaba las cosas en su decisión de ser un soldado. −Tú no puedes entenderlo. –Dijo Karuk con cansancio. Sabía que nunca alcanzarían un acuerdo. −¿¡Qué es lo que no entiendo!? –Gritó de pronto su madre. Las lágrimas asomaron en sus ojos sin llegar a derramarse. El pequeño Raktiss se volvió al grito de su madre y Lekel dejó de ladrar. De pronto toda la casa se llenó por la presencia de aquella mujer que había visto el rostro de la muerte demasiadas veces. −¡Tal vez no entiendo las ansias que tienes por ir a matar a otros hombres que también tendrán familia, como tú! ¡Tal vez lo que no entiendo es cómo quieres seguir por ese camino que se tragó a tu padre y a tus hermanos! ¡O tal vez no entiendo por qué quieres reunirte tan pronto con tu amigo Obelyn! –Gritó Alena llena de dolor y pena. Karuk no recordaba haber visto nunca así a su madre, ni siquiera el día que le comunicó su decisión de convertirse en Espada. Una parte de él sentía la misma lástima que ella. Todos los días percibía en su interior ese vacío que su padre había dejado al morir cuando él solo tenía once años y Raktiss estaba recién nacido. Su propio mejor amigo, Obelyn Poltark, había perdido la vida de una forma horrible y violenta en la primera batalla que habían tenido. ¿Por qué seguía empeñado en ser un espadachín? Agradeció cuando su madre se dio la vuelta llevándose al pequeño Raktiss a la cama, dando por acabada aquella conversación. Solo en la habitación, Karuk se dejó caer sobre la banqueta y fijó la mirada perdida en su cuenco de sopa fría. Seguía queriendo ir al combate. Después de todo, era un Espada de Oro.


La cena había estado deliciosa, y aunque había comido demasiado, Gullinorn aún se sentía con fuerzas para jugar con sus pequeños hijos Killian y Kolker. Corría detrás de ellos hasta atraparlos y levantarlos en volandas, no se detenía hasta hacerles llorar de la risa. Mientras observaba la escena, Aen recogía la mesa en silencio. No había hablado mucho durante toda la tarde y se había esmerado por preparar los platos favoritos de su marido. Sabía que Gullinorn se ganaba la vida con una espada en la mano y eso significaba que el peligro le acechaba en cada esquina, sin embargo, una guerra era diferente. Su marido estaría lejos de su hogar durante semanas, tal vez meses. No recibiría ninguna noticia de él en todo ese tiempo y tendría que pelear por su vida día y noche sin descanso. Su corazón tenía una amarga pesadez como jamás había sentido. Casi se sobresaltó cuando Gullinorn la abrazó desde atrás y le besó el cuello. −Dime, ¿qué te sucede? –Le dijo con cariño. –Ya he acostado a los pequeños, así que puedes hablar con sinceridad. −¡Oh, Guli! –Exclamó Aen dándose la vuelta y colgándose del cuello de su marido. − ¡No vayas! ¡Por favor, no vayas! Él la abrazó con fuerza atrayéndola hacia su fuerte pecho mientras le acariciaba el cabello con los dedos. −No tienes nada que temer. –Le susurró al oído. –Los dioses me protegerán. Aen no era tan religiosa como su marido y sus palabras no le convencieron demasiado. No obstante, no pudo hacer nada cuando su marido la alzó en sus fuertes brazos y la llevó a su dormitorio. Con el amanecer, Gullinorn se levantaría en silencio y besaría a sus dos hijos pequeños en la frente mientras dormían. Después quemaría incienso delante de la imagen del dios Kharra mientras se arrodillaba y suplicaba que le permitiera volver sano y salvo. No tanto por él, no temía la muerte. Pero le aterrorizaba no saber qué ocurriría con sus hijos y su esposa. Para su sorpresa, Aen llegó y se arrodilló junto a él, en silencio.

La última noche que Galaad Ga’wein pasó en su hogar abrazó a su esposa Zarin con ardor apasionado y la desnudó antes de llegar al dormitorio que compartían. Con ternura, le besó cada centímetro de su turgente cuello mientras ella enroscaba sus piernas en torno a su cintura y le mordía los labios. Ambos estaban llenos de fulgor, eran jóvenes. Zarin era la última descendiente de una larga línea de Espadachines. De haber nacido hombre habría sido un fiero soldado. Sin embargo resultó ser una mujer salvaje, indómita. Toda su furia la reservaba para su


marido. Y la mayoría de las ocasiones, como esa noche, combatían de forma placentera para ambos. Después de haber repetido un par de veces, ambos terminaron exhaustos, abrazados en la oscuridad, con sus pieles cálidas rozándose, sobre la cama desarropados. Contemplándose en las tinieblas de la noche permanecieron en silencio, con la confianza que se tiene con el mejor de los amigos, el mayor de los amantes, la persona en quien más se confía. Almas gemelas. Más tarde hicieron de nuevo el amor y el amanecer les sorprendió sudorosos, jadeantes.

La mano del joven príncipe Sirh acarició el cabello de su padre, que dormía profundamente en el lecho real al lado de su esposa. El rey Durkandar abrió suavemente un ojo, luego el otro. En su visión apareció la figura de su querido hijo que algún día llevaría sobre sus hombros el peso de todo el reino. En sus labios se dibujó una sonrisa. −¿Qué haces aquí, pequeño? Sirh le devolvió la sonrisa sin dejar de acariciarle el pelo. −Nunca te había visto con el pelo corto, papá. El rey se incorporó y quedó sentado sobre el colchón con la espalda recostada sobre la amplia cabecera de la cama. El pecho, velludo y musculoso, estaba desnudo. Cogió a su hijo y lo sentó sobre las sábanas. −Es cierto. Hacía mucho que no se cortaba mi pelo, ¿verdad? Hay una razón para dejárselo crecer, Sirh. Y también hay una para cortárselo en algunas ocasiones especiales. −Yo tengo que cortármelo casi cada mes, papá. ¿No puedo dejármelo crecer como tú? −Cuando seas rey podrás dejártelo tan largo como quieras, hijo mío. Y ojalá que los dioses te concedan que tu cabellera llegue hasta el suelo. Sirh se quedó callado un instante, mirando a su padre a los ojos. −Te lo has cortado porque estamos en guerra, ¿verdad, papá? –Dijo Sirh sin saber bien en qué consistía todo aquello. El semblante de su padre se ensombreció.


−Así es, hijo. Nuestro deber, como reyes de Tarsesh, es salvaguardar la paz en nuestro reino y nuestro cabello largo es la demostración evidente de todo lo que hacemos por ello. Cortar nuestro pelo le muestra a nuestro pueblo que vamos a pelear por ellos. Por su libertad. −Eso ya lo sé, papá, pero…−Sirh titubeó. −¿Qué ocurre, pequeño? −Estaba pensando… −No tienes que preocuparte por nada. Tu padre volverá sano y salvo antes de que tu madre y tú os deis cuenta de que me he ido. –Durkandar abrazó a su hijo tratando de infundirle confianza y valor. −Eso ya lo sé, papá. Eres el mejor luchador que conozco, no hay quien te venza. Es solo que he estado pensando en todo lo de la guerra y tu pelo… −¿Qué te preocupa, Sirh? −Pues… ¿qué ocurre si el rey de Tarsesh se queda calvo? ¿Cómo podrá dejarse el pelo largo o cortárselo? Durkandar sonrió y luego se echó a reír a carcajadas. La inocencia de su hijo pequeño no dejaba de fascinarle y sorprenderle. Le abrazó con fuerza y le besó la mejilla, aplastándosela. Con suerte, tal vez pudiera regresar a su hogar sano y salvo, junto a su esposa y su pequeño. Cómo agradeció en ese instante haber apartado de allí a su insidioso Srasta. No se atrevía a imaginarse cómo sería dejar el reino en sus manos. De repente sintió unas manos suaves como el marfil sobre su hombro, deslizando finos dedos sobre su nuca limpio de pelo. Su mujer, Lia, se había despertado. −Buenos días, querida. –Le saludó él. −¿Quieres aprovechar que está aquí nuestro hijo para que desayunemos juntos? Ella le susurró al oído: −Dile al niño que se marche. A él le tendré todo el día y también mañana. A ti te pierdo hoy y quiero gozar de tu tacto y tu roce una última vez. Cuando el príncipe hubo abandonado el aposento real, Lia y Durkandar se tomaron el uno al otro. Él con pasión animal, ella con delicadeza, como si estudiase cada rincón del cuerpo de su amado, cada movimiento que hacía. Grababa en su memoria cada beso, cada sabor que alcanzaba a su boca, cada olor que aspiraba. Ella le tuvo con ardor, sí, pero también con miedo, asustada de que fuese la última vez.


Aún no era el mediodía cuando el contingente comandado por más de una docena de capitanes esperaba en el patio del palacio a su señor. Los dos Scyfos, Galaad y Gullinorn, Ocasith, Fénzar y otros más aguardaban a lomos de sus respectivos caballos. Las armaduras resplandecientes, las armas envainadas, los rostros serenos, serios. Cerca de los espadachines crecía una multitud compuesta de familiares, amigos y curiosos que se habían acercado para dar el adiós a los guerreros. Sabían que muchos serían los que tal vez no regresasen. En el pórtico del palacio, en lo alto de las escaleras que desembocaban en el patio, Durkandar apareció de la mano de su esposa. El príncipe Sirh les seguía de cerca. Cinco espadachines les custodiaban de cerca y uno de los comandantes de La Espada, el hombre llamado Perástates, también se hallaba cerca. Separándose de su esposa, Durkandar se aproximó a Perástates, desenvainó y le entregó su sable dorado. El espadachín hizo lo propio, de modo que el rey se quedó con una espada corriente como la de cualquier otro hombre y aquel comandante salvaguardaría la espada de oro. Perástates quedaba a cargo del reino hasta que el rey volviera. Si Durkandar pereciese, Perástates tendría que ejercer de regente del joven Sirh. Tras eso, Durkandar descendió los peldaños dejando atrás a su familia y los centinelas que les custodiaban y llegó hasta el caballo que le esperaba. Tras montar en él, encabezó la marcha de los soldados ante la vista de todos los presentes. −No puedo creer que esto esté sucediendo…−Maldijo Karuk por lo bajo entre los curiosos que se habían acercado a observar la salida del ejército. −¿Tampoco tú vas a la batalla? –Le dijo alguien a su espalda. Una voz conocida que Karuk supo identificar aunque hacía varias semanas que no se cruzaba con él. Era su compañero Jantar, otro de los espadachines primerizos con los que había compartido su primera misión, la funesta expedición al Bosque de los Mil Álamos. Ahora, el rostro de Jantar presentaba una cicatriz en la mejilla derecha, un corte producido en el transcurso de su batalla contra los misteriosos seres que se autoproclamaban como los hijos de Abikhtán. −Jantar… Parece que los novatos nos quedamos en casa… −Supongo que piensan que no sabemos pelear, que nos cazarían como a perros en el campo de batalla. –Repuso Jantar con cierta pesadumbre. –Somos los refuerzos, en caso de que algo vaya mal. Por un breve instante, Karuk deseó con todas sus fuerzas que las cosas fuesen de forma horrible para el ejército de Tarsesh y así tuviesen que enviarles a ellos también.


La estación de las lluvias apenas duró una semana más. Tras las nubes salió un sol brillante cuyos rayos chocaban bruscamente con las altas ramas de los árboles y sus frondosas copas. Sobre el suelo del Bosque de los Mil Álamos aterrizaba una mínima parte de toda la majestuosidad solar. A Gullinorn Mulhonin, a la cabeza de un batallón de ciento cincuenta hombres, seguía impresionándole aquel idílico paisaje lleno de vegetación abundante y de animales veloces y hermosos. El canto de los pájaros se dejaba escuchar desde el laberinto de hojas que se formaba sobre las cabezas de los jinetes. Buscó con la mirada tratando de vislumbrar algún lugar conocido. Le parecía mentira que hacía apenas algo más de dos meses se hubieran batido en ese mismo bosque contra aquellas grotescas criaturas que decían querer venganza contra Virrthan. Los soldados, en su mayoría hombres experimentados pero jóvenes, avanzaban atentos. Su trabajo consistía en llegar todo lo lejos que pudieran, rastreando cualquier indicio de los enemigos que apareciese, hasta dar con ellos y exterminarlos. Debían llegar hasta el mar y allí navegar hasta la isla de Corce en la que había una pequeña población que, sin ser ciudadanos de Tarsesh, habían jurado fidelidad a los reyes de la dinastía Kandar. Según contaban los informes, las tropas de Karsia habían llegado primero a aquel lugar y habían tomado el control de la isla. Desde allí, el resto de las tropas debían de haber seguido avanzando rumbo a la misma Tarsesh. Pasaron unos cuantos días más sin que se produjera ningún incidente. Durkandar daba las gracias por todos y cada uno de los momentos de paz que iba dejando atrás, sabedor de que a cada paso que daban más próximos se hallaban del combate. Fue una mañana, un poco antes del amanecer, cuando Durkandar oyó la llamada de alerta cuando aún dormía. Sobresaltado, se puso en pie de un salto, se calzó y se ajustó su coraza en un santiamén. Aferró su espada y salió de la tienda para comprobar que todo su campamento se movilizaba. −¡Ocasith! –Llamó a uno de sus comandantes. −¿Qué ocurre? −¡Señor! ¡Un destacamento de karsianos nos ha divisado y se acerca hacia aquí! −¡Despierta a todos los hombres! ¡Que se preparen para la batalla! −¡Pero, señor! ¡Los karsianos no han venido solos! Durkandar descubrió cierto temor en los ojos del comandante, algo insólito ya que Ocasith llevaba décadas combatiendo. −¿No lo sentís, Durkandar? ¡El suelo! El rey trató de percibir lo que Ocasith le decía y se sorprendió sintiendo un ligero temblor en el suelo. Como si una manada de toros salvajes corriera hacia ellos en embestida.


−Por los dioses…−Farfulló Durkandar. −¿Qué sucede? Las voces de los vigías se hicieron oír en el campamento: “¡A cubierto!”, y sin previo aviso tres soldados de Karsia irrumpieron de entre los árboles con gran velocidad, derribando los troncos y arroyando a los soldados de Tarsesh que no lograron apartarse a tiempo. Los karsianos eran hombres corrientes, soldados como sus enemigos, pero las bestias sobre las que iban montadas no eran simples caballos. −¡Por la barba de Agrunik! − exclamó Durkandar al ver a aquellas criaturas tan altas como columnas. − Las bestias de Krôm. El rey reconoció a aquellas fieras en seguida por las leyendas y cuentos que oyó cuando era niño: feroces criaturas de aspecto enorme que habitaban las cavernas de las tierras del fuego, con cuernos en sus cabezas y extrañas capas de tejido metálico sobre sus cuerpos, como si de una armadura que les creciese sobre el lomo se tratase. Las historias decían que los enemigos del legendario Disanver habían cabalgando sobre ellas y hasta el propio héroe, en una ocasión, montó sobre el lomo de una de.esas bestias en su lucha contra la ciudad de Her. Ahora, Durkandar las tenía delante. Solo eran tres, pero su fiereza estaba arrasando todo el campamento. Tres jinetes karsianos las dirigían y las impelían de un lado para otro, derribando con sus duros cuerpos a tiendas y hombres por igual. Un grupo más de karsianos apareció tras ellos. Iban a pie, armados con arcos y espadas. −¡Los arqueros! − Gritó el rey al ver la lluvia de flechas que abatía a sus hombres. − ¡Derribad a los arqueros! Los Espadas acataron las órdenes de su líder y se lanzaron contra los adversarios que tuvieron tiempo de disparar una ráfaga más de proyectiles antes de que los tarseshios alcanzasen la posición que ocupaban. Entonces, cara a cara, comenzó una encarnizada lucha en la que las espadas y los sables entrechocaban sin cesar. Los karsianos habían contado con el elemento sorpresa y con los temibles animales que les acompañaban, por eso en poco tiempo habían causado diversas bajas y arrasado el campamento casi en su totalidad. Sin embargo, los arqueros que luchaban contra los Espadas apenas eran un par de docenas que no pudieron continuar haciendo frente a los numerosos guerreros de Tarsesh. Por el otro flanco de la batalla, el grueso de las tropas tarseshias eran dirigidas por el valeroso Durkandar que luchaba desde el suelo firme contra una de aquellas terribles bestias y sus jinetes. Los Espadas acometían al fiero animal pero sus armas no hacían mella ninguna en su impenetrable coraza mientras que aquel enorme ser batía su larga cola con cuatro afiladas púas que brotaban de su extremo, lanzando a los soldados del rey por los aires o aplastándolos bajo los pies. Galaad participaba en contener a la segunda de aquellas criaturas mientras que Gullinorn comandaba el tercer batallón contra la última de las bestias. Desde los lomos de los animales, fuera del alcance de las armas tarseshias, los jinetes de Karsia disparaban flechas a blancos fáciles de alcanzar.


−¡Acabemos con ellos! − Gritó uno de los jinetes en su idioma al contemplar que sus compañeros que iban a pie eran finalmente reducidos y exterminados. Desde el otro extremo del campo de batalla, el comandante llamado Fénzar agarró uno de los arcos de los soldados karsianos muertos y disparó un certero proyectil contra uno de los jinetes, atravesándole el pecho. El karsiano quedó colgado del lomo de la criatura que cabalgaba, sujeto por las correas que le mantenían firmemente atado al animal. Con el jinete muerto, la bestia estaba fuera de control. Se revolvió bruscamente y los hombres de Tarsesh retrocedieron, temerosos de ser aplastados. El animal pudo echar a correr torpemente, tratando de huir de todo aquel caos y acabó chocando de bruces con otro de los animales, haciendo que se derrumbara. Con un grito al unísono, los soldados de Durkandar se abalanzaron sobre aquella segunda bestia y su jinete, malherido tras la terrible caída en la que casi había resultado aplastado por su propia montura. Con las piernas apresadas por las correas que le permitían mantenerse sobre el lomo de la bestia apenas tuvo ocasión de defenderse. Una lluvia de estocadas tarseshias cayeó sobre él mientras otros Espadas atacaban al animal en la cabeza, atravesando su cara, hocico y ojos hasta causarles la muerte a ambos. La tercera de las bestias se vio rodeada por un gran número de guerreros enemigos que, aunque lanzaban fuentes golpes de espada, no lograban herir la piel del animal. Aupándose todo lo que podían, los tarseshios comenzaron a dirigir sus estocadas a los pies y piernas del jinete karsiano y a cortar los amarres que le sujetaban. El karsiano ya no contaba con flechas que disparar y fue arrastrado hacia abajo, hacia el mar de enemigos que empujaban armas en su contra, listos para engullirle. Su final fue rápido. La temible criatura, liberada de su jinete, echó a correr despavorida. Cuando los tarseshios se dieron cuenta de que la lucha había concluido, Durkandar levantó un brazo ensangrentado y clamó con fuerte voz, victorioso, y sus hombres no tardaron en seguirle, felices de haber sobrevivido a aquella terrible emboscada.

CONTINUARÁ.


Espadas y Escudos #9  
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