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ESPADAS Y ESCUDOS

ALFONSO SASTRE HIGUERA


3.

El Libro Sagrado de los hombres contaba el relato de la creación de todas las cosas. Comenzaba hablando del surgimiento de los dioses y las feroces criaturas con las que estaban emparentadas pero contra las que a la vez habían combatido en infinidad de ocasiones, la eterna lucha entre el bien y el mal. Después relataba la creación de los ekhanys, seres hermosos, justos, inmortales, hechos de luz, que fueron creados para gobernar la tierra y cuidar de ella y del resto de las criaturas que la poblaban, incluidos los hombres, aquellos seres de aspecto similar al de los ekhanys pero sin alas, sin belleza, incapaces de mantener paz duradera, mortales. Fue en medio de ambas etapas, la creación de los ekhanys y la de los hombres, un período de tiempo de miles de años, que el ser conocido como Abikhtan, hijo del dios Tekade y la estrella Persga, bajó del cielo el metal con el que los dioses forjaban sus armas para crear las suyas propias. Abikhtan se había desposado con la ekhany Mirsaïm, un amor prohibido por los dioses por ser la unión de dos criaturas diferentes, y sentenciaron a ambos a muerte. Enviaron a las hordas de Kutuma, seres que habitaban las cavernas de la profundidad de la tierra; a las has’veix, aves con cabeza de mujer humana y patas de lagarto; a los gigantes de doce brazos, hermanastros de Abikhtan; y finalmente el propio dios de la guerra, Surna, fue en busca de Abikhtan y su esposa ekhany para darles muerte. Sin embargo, Abikhtan sobrevivió a todos ellos gracias a sus armas forjadas con metal divino que lo hacían invencible. Finalmente, los dioses decidieron dejarle a su suerte cuando él amenazó con subir hasta el mismísimo cielo y acabar con todos ellos, amenaza que profirió con su espada ensangrentada en una mano y la cabeza del dios Surna en la otra. De la unión infame de Abikhtan y la ekhany Mirsaïm surgieron cuatro seres singulares, la semilla de una nueva estirpe que tal vez algún día caminaría sobre la tierra. El mayor de ellos era un ser de cuatro brazos y la piel pétrea como una roca al que llamaron Ukitran. Su pelo negro crecía con rapidez hasta el punto de que debía trenzárselo en trece trenzas distintas. Medía más de dos metros y desde muy joven descubrió el don que poseía, propio de los ekhanys: podía comunicarse con los árboles y los bosques. Fargal era su hermano pequeño, creció tan alto como Ukitran pero mucho más esbelto. Era más veloz y escurridizo. Se movía igual que las llamas del fuego de las que aprendió a danzar y contornearse. Además poseía un color de piel y cabello similar al


del fuego. Sus brillantes ojos azules resplandecían en medio de su rojizo rostro que parecía desprender calor. Por último, Abikhtan y Mirsaïm tuvieron dos mellizos. Kaaru, que significa “El poder del Agua”, y su hermana de piel púrpura, Rua’ak, que quería decir “El agua es Poder”. Un juego de nombres que significaban lo mismo de diferentes formas. Los mellizos habían nacido a orillas del lago Chaj, cuando su padre ayudaba a los hombres comandados por el héroe Disanver en la lucha contra la serpiente gigante Kroot. Fue en esa aventura de hacía mil años que Abikhtan perdió su ojo izquierdo ganándose el sobrenombre de El Tuerto. Así concluía La Abikhtania, el relato recogido en el Libro Sagrado que narraba la historia de Abikhtan y sus hijos. Una historia que muchos hombres conocían y pocos creían, considerándola un relato mitológico que tal vez nunca hubiera ocurrido. Sin embargo, en el Bosque de los Mil Álamos, entre la frontera de los reinos Tarsesh y Karsia, el hombre llamado Galaad Ga’wein podía atestiguar que aquello era cierto. Él mismo había conocido al propio Abikhtan y éste le había obsequiado con la espada que ahora empuñaba. Una extraña criatura de piel púrpura y rasgos como de mujer se mantenía en pie frente a él. Ella, junto con sus tres acompañantes, había atacado el grupo de Espadas de Oro que Galaad comandaba y estaban a punto de acabar con ellos cuando detuvieron la lucha sin previo aviso, igual que como la habían comenzado. Los hombres trataron de reagruparse. Gullinorn Mulhonin se levantó del suelo algo magullado y se apostó frente a la criatura que le había derribado, un gigante de cuatro brazos que parecía estar hecho de piedra, y blandió su espada contra él, listo para la batalla. Pero aquellos seres surgidos de entre los árboles no tenían intención de seguir guerreando. −¿Quién dices que te dio esa espada? –Preguntó el ser de cuatro brazos. −Ya os he respondido que fue el propio Abikhtan el Tuerto, hace cinco años cuando descendí con él a la Caverna del Fuego en busca del pan de Ghez. –Respondió Galaad con firmeza. Las cuatro criaturas intercambiaron una mirada silenciosa entre sí. −No hay duda. –Dijo la criatura púrpura. –Entonces tú eres Galaad Ga’wein. −Y nosotros hemos jurado que jamás levantaríamos nuestra mano contra ti y cualquiera que te pertenezca, de modo que este combate ha de cesar. –Decretó la criatura grisácea.


Los cuatro misteriosos seres envainaron sus armas ante la mirada atónita de Galaad y sus tropas. −Aparecéis de la nada y nos atacáis sin motivo alguno… Y ahora de repente decís que la batalla cesa. –Galaad alzaba su espada con incertidumbre, deseando obtener respuestas aunque fuese por la vía más dura, aunque en parte agradecía que aquellos extraños se hubiesen detenido antes de hacer trizas a todos sus soldados. –Por todos los dioses, ¿qué sois vosotros? −Mi nombre es Ukitran y soy el primogénito de los abikhtanitas. –Dijo la criatura gris de cuatro brazos. Los hombres quedaron asombrados. Aquello era algo que jamás hubieran esperado. −Los abikhtanitas… Los hijos de Abikhtan…−Murmuró Galaad. –Pero, ¿por qué nos habéis atacado? Creía que protegíais los bosques. −Eso hacemos. –Dijo la criatura de piel morada, la melliza llamada Rua’ak. –Y eso nos lleva a un dilema, porque si bien hemos jurado no alzar nuestras armas contra ti por otro lado es necesario que nos entregues a aquel que ha cometido un crimen imperdonable. Y si no lo haces tendremos que tomarlo por la fuerza. −¿De qué habláis? ¿Qué crimen? –Exclamó Galaad. −Uno de los hombres que te acompañan manchó de sangre este bosque. Anoche mató a uno de tu especie y esta mañana dio muerto a un ekhany. –Contestó Fargal, el abikhtanita de piel rojiza. −Eso es absurdo. –Protestó Gullinorn. −¡Nosotros no hemos dado muerte a nadie! −¡Los bosques no mienten! –Protestó Kaaru, el mellizo. –Ni los ríos, ni el fuego. −Entonces preguntadles quién de nosotros ha segado dos vidas y con gusto os lo entregaré. –Respondió Galaad confiando en la inocencia de sus espadachines. −Así sea. –Fue la respuesta de Ukitran. Se acercó hasta un árbol inmenso que se erguía imponente sobre la superficie y apoyó su rocosa mano sobre su tronco, como si así pudiera comunicarse con él. Cerró los ojos y escuchó todo aquello que el árbol pudo contarle ante el silencio de los presentes. −En efecto. –Dijo. –El asesino que ha de ser ajusticiado no se encuentra entre tus hombres en este preciso momento, pero sin duda es uno de los tuyos. Uno de los que acampaban anoche con vosotros y que ahora se dirige al norte, hasta el extremo más recóndito del Bosque de los Mil Álamos. Galaad se mantuvo pensativo un instante. ¿Podría ser de verdad que un espadachín hubiese dado muerte a un ekhany? ¿Y quién era el hombre que también había sido asesinado? ¿Podía ser Tran?


Gullinorn se le acercó. −¿Uno de los nuestros ha matado a un hombre y un ekhany? –Le susurró al oído. –Si es cierto eso ha de ser uno de los que están con Virrthan, pero por las barbas de Izchigud, si son solo unos críos y esto era una misión de reconocimiento. −Comandada por Virrthan, amigo mío, no lo olvides. Ya sabíamos que ese bandido debía estar planeando algo. –Contestó Galaad. −Si estos… abikhtanitas, o lo que sean, llegan hasta Virrthan y los chicos les harán pedazos a todos, no solo al asesino. −Suponiendo que haya un asesino entre ellos. Galaad se volvió hacia los cuatro hermanos hijos de Abikhtan. −Os he dicho que os entregaría al asesino si se encontraba entre mis hombres, y eso haré. Seré yo quien vaya al norte del Bosque de los Mil Álamos y lo capture. –Les dijo. −¿Qué estás hablando, Galaad? –Le dijo Gullinorn al oído. –No irás a entregarle a uno de los nuestros a estos monstruos, ¿verdad? ¿Y cómo vamos a ir hasta Virrthan con casi todos nuestros chicos heridos? −Nosotros iremos más rápido, Galaad. El bosque es nuestro aliado. –Le respondió Ukitran. −¿Y atacaréis a traición como habéis hecho con nosotros? ¿Y si volvéis a equivocaros? La providencia ha querido que al toparos conmigo hayamos podido salvar nuestras vidas pero ¿qué dirán mis compañeros para salvarse? –Les dijo Galaad. −¿Y qué propones, Galaad Ga’wein? –Inquirió Fargal. −¿Irás tú a traérnoslo? ¿Podemos fiarnos de un hombre mortal? −Un hombre que luchó codo con codo con tu padre, abikhtanita. No lo olvides. – Clamó Gullinorn. −Es cierto, hermanos. Galaad es un mortal digno de confianza. –Le defendió Rua’ak. − Si él dice que irá tras el asesino yo le creo. −Muy bien, humano. Te daremos un día entero para que nos entregues al asesino. Después de eso, nosotros iremos en su búsqueda y acabaremos con todo aquel que se interponga en nuestro camino. –Decretó Ukitran, el mayor de los cuatro. Galaad echó un vistazo a su alrededor. Los cuatro hijos de Abikhtan estaban en pie sin siquiera haber comenzado a sudar mientras que los jóvenes miembros de La Espada de Oro apenas lograban levantarse después del ataque que habían sufrido. −No puedo llevar a los heridos conmigo. –Aceptó Galaad.


−Nosotros les cuidaremos. Tienes nuestra palabra de que nada malo les sucederá. – Prometió Rua’ak. Galaad sabía que su palabra era respetable. De todas las criaturas inteligentes que poblaban la tierra solo los hombres y algunos dioses malvados faltaban a su honor, de modo que podía fiarse de un abikhtanita. −Vendrás conmigo. –Le dijo a Gullinorn. −¿Y los chicos? ¿Les dejamos en manos de estos seres? −Tranquilo, amigo mío. Son hijos de una ekhany, tienen mi más plena confianza. Karuk Fa y Obelyn Poltark avanzaron hasta Galaad y su compañero. −¡Señor! ¡Nosotros todavía estamos en pie! –Exclamó Karuk. −Muy bien. Reunid a todos los que puedan cabalgar y vamos a alcanzar a Virrthan y su grupo. En menos de diez minutos, siete jinetes dejaron atrás a los hijos de Abikhtan y a sus compañeros heridos. Faltaba menos de una hora para el anochecer y se hallaban muy alejados de donde suponían que Virrthan se hallaba. Si conseguía dejar el Bosque de los Mil Álamos sería muy complicado dar con él para que respondiera a todas las preguntas que Galaad quería hacerle.

El extremo norte del bosque colindaba con un río ancho de aguas rápidas y grises. Fue ante su cauce que el grupo de Espadas de Oro comandado por Virrthan se topó cuando salió de entre la última línea de árboles del bosque. El cielo estaba oscureciéndose, señal de que el sol estaba a punto de ponerse. El anochecer era el momento que marcaba la vuelta al campamento y los jóvenes e inexpertos espadachines sabían que ya debían iniciar el camino de retorno. No habían hallado rastro alguno de su compañero desaparecido y se sentían cansados y abatidos. −¡Vamos! –Ordenó Virrthan. −¡Por algún lado hallaremos un puente con el que cruzar este río! −Capitán, ¿no cree que nos hemos alejado demasiado del campamento? ¿Cree que Tran pudo haber llegado hasta aquí y continuar más allá? –Le preguntó uno de los jóvenes. Virrthan sabía que había llegado el momento de contárselo a aquellos muchachos. No podría arrastrarlos más lejos con el engaño de la búsqueda de su compañero. Pero


tampoco podía decirles la verdad, que él lo había matado para dividir el grupo y librarse de la atenta mirada de Galaad Ga’wein. −No estamos siguiendo el rastro de Tran. –Les confesó Virrthan. –No sé dónde puede estar y su desaparición ha sido de lo más desafortunada pero, gracias a los dioses, seguro que Galaad y Gullinorn ya lo habrán encontrado. Nosotros estamos tras el rastro de una peligrosa ladrona que le ha robado un tesoro de gran valor al príncipe Srasta y que prefiere que mantengamos esta misión en secreto. Según el mapa que el mismo príncipe me ha brindado, más allá de este río se alzan las ruinas de un viejo templo en el que hallaremos un buen refugio para descansar. En verdad existían dichas ruinas a las que se dirigían pero Virrthan no tenía ningún deseo de cobijarse en ellas. Su principal interés era hallar algún rastro que le llevase hasta aquella ladrona, Lylianna, aunque no descartaba que pudiera encontrar la misma Targumá en aquel lugar con lo que su misión habría concluido y podría regresar triunfante a Tarsesh. Espoleó a su caballo con los talones mientras con las bridas le obligaba a seguir el curso del río y los jóvenes espadachines que comandaba no tardaron en seguirle llevando sus monturas al paso sobre la fangosa orilla.

Apenas se lograba divisar un palmo más allá de la nariz en la profundidad del bosque. La noche había caído pero Galaad y sus espadachines debían continuar su marcha si querían dar alcance al grupo de Virrthan. Así lo hicieron. Los caballos siguieron caminando muy lentamente. A la cabeza de la expedición iba Galaad que alumbraba el camino con tan solo una antorcha. Cinco jóvenes le seguían, tan cansados que más de uno cabeceó montado a caballo. Cerraba el grupo Gullinorn, vigilante que ninguno se extraviara en la densa oscuridad. Habían avanzado más de media noche cuando arribaron al final del bosque y descubrieron el río que señalaba el límite norte de aquella región. En medio de aquel manto negro no se alcanzaba a divisar la otra orilla. La llama de fuego de la antorcha se reflejaba en las ondulantes aguas cuyo ruido ayudó a los espadachines que se habían adormilado a que despertaran. −Acamparemos aquí. –Ordenó Galaad. –Amanecerá en unas horas. Tanto los caballos como nosotros necesitamos un descanso. Karuk bajó de su caballo y sintió una aguda punzada de dolor en los muslos y la parte baja de la espalda. Estaba molido. Se dejó caer sobre la orilla y se quedó dormido en cuestión de segundos. Sus últimos pensamientos fueron una oración de agradecimiento a todas las divinidades que pudo recordar por aquella pausa.


La mano de Gullinorn Mulhonin le trajo de vuelta a la consciencia unas cuatro o cinco horas más tarde, con la salida del sol. El grueso espadachín había pescado unos cuantos peces del río y estaba asándolos para que sirvieran de desayuno para el grupo. <<¿Es que no está agotado que se levanta el primero después de todo un día cabalgando y pesca para el grupo?>>Se preguntó Karuk mientras alargaba la mano para coger el primero de los pescados que iba a engullir. −Esto es lo que significa ser miembro de La Espada de Oro. –Dijo Gullinorn que podía ver aquella duda reflejada no solo en el rostro de Karuk, sino en el del resto de jóvenes. –No es solo blandir la espada y acometer villanos. Es servir, gastarse por los demás. Especialmente si son compañeros. Galaad se hallaba agachado examinando las pisadas de los caballos que encontró en el lodazal de la orilla del río. Debían de ser Virrthan y el resto de los chicos. Seguían el curso del río. No era difícil adivinar que, si habían llegado hasta allí, al seguir el curso del río lo más probable que buscasen fuera un paso o puente para cruzarlo y continuar más allá, pero, ¿por qué? ¿Qué era lo que había en la otra orilla de aquel río gris para que Virrthan dirigiese una expedición de miembros de La Espada de Oro? ¿Qué era lo que buscaba el amo de aquel capitán, el príncipe Srasta? −¿Qué has encontrado, compañero? –Le preguntó Gullinorn cuando se le acercó seguido de los otros cinco jóvenes. −Su rastro, no cabe duda. Apuesto que han debido cruzar el río por algún lado. – Contestó Galaad. −¿Tienes alguna idea de lo que hay en la otra orilla? −No. Pero lo averiguaremos rápido. En seguida, los cinco jinetes montaron sobre sus animales y siguieron rastreando las huellas hasta dar con un puente de piedras que aparentaba ser terriblemente viejo y que cruzaba a la otra orilla del río. Sin pestañear, Galaad avanzó sobre él seguido de su grupo. Desenvainó y mantuvo su espada lista para herir si llegase el caso. −Estamos abandonando el Bosque de los Mil Álamos y adentrándonos en terreno desconocido. Estad preparados para lo que sea. –Les instó a sus jóvenes compañeros. Estos no tardaron en imitarle. Con una mano guiaban las riendas del caballo mientras que con la otra sujetaban sus armas. Habían salido casi cincuenta espadachines del reino de Tarsesh, ahora solo se hallaban siete. La mitad del grupo parecía haberse extraviado y la otra mitad había resultado herida por un cuarteto de extraños e invencibles seres. Y estaban seguros, aunque no lo hubiesen mencionado, que al menos uno de sus compañeros había muerto: Tran Egledh.


Ninguno de ellos se imaginaba aquello cuando les informaron que tendrían que llevar a cabo una misión de reconocimiento. La otra orilla del río presentaba un paraje mucho más salvaje. Si bien era cierto que el Bosque de los Mil Álamos era un bosque frondoso en él se podía apreciar cierto orden que faltaba en aquel nuevo paraje. Cientos de árboles de diversas especies llenaban el paisaje. Sobre sus ramas se posaban aves de vivos colores, serpientes reptantes y sigilosas, monos aulladores e insectos de diversos tamaños. Todo parecía estar vivo allí. No fue difícil seguir el rastro que perseguían. En medio de toda aquella maleza Virrthan y sus chicos habían tenido que abrir un sendero ayudándose de sus espadas que habían usado para cortar numerosas ramas y raíces. Aquel improvisado camino desembocaba en un claro sobre el que se levantaban unas inmensas ruinas, clara señal de que allí había habitado alguna criatura inteligente. Tal vez hombres, ekhanys o puede que alguna otra cosa. −¿Qué es eso? –Se decían los jóvenes. −Parece un palacio. −Más bien parece un templo. La construcción había sido construida con sólidos bloques de piedra gris que se elevaban en forma de pirámide escalonada en una altura de doce metros y que constaba de una muralla que la circundaba, mucha de la cual se había venido abajo. −¿Qué lugar es este? –Preguntó Karuk intrigado. −Un lugar maldito, chaval. –Le contestó Gullinorn con el semblante serio. –Después de todo, ¿qué clase de dios permitiría que su templo fuese abandonado de esta forma? No deberíamos entrar ahí. −Vamos, Mulhonin. No irás a decirme que un viejo como tú cree en fantasmas. – Bromeó Galaad. –Si Virrthan está ahí adentro, iremos a sacarle. Sabes que no tenemos mucho tiempo. Era cierto. Pronto sería mediodía y tendrían hasta el anochecer antes de que los cuatro hijos de Abikhtan decidieran perseguir a sus compañeros de La Espada de Oro. Galaad fue el primero. Obelyn Poltark quiso demostrar que era un guerrero bravo, capaz de estar a la altura de sus héroes, y no se lo pensó dos veces antes de seguirle. Karuk estaba más dubitativo pero no podía acobardarse ahora. Los otros tres jóvenes también avanzaron y finalmente siguió Gullinorn que cabalgó despacio maldiciendo entre dientes. Atravesaron la muralla y se encontraron en el interior del patio sobre el que se levantaba la torre piramidal. Se podía escuchar el ruido de las aves y de otros animales en la lejanía pero allí no se veía a ninguna persona. Cruzaron el umbral de la entrada y


se hallaron en el interior de la pirámide. Un lugar oscuro que decididamente estaba vacío. En medio de aquel silencio, cuando uno de los caballos pisó sobre el mecanismo de una trampa, el ruido que se produjo al accionarse ésta resonó con tanta fuerza como un trueno. Galaad sintió el viento soplándole en la cara. Algo se acercaba a gran velocidad. Un proyectil. Un hombre curtido en mil batallas, con su experiencia, actuó movido casi más por un impulso que por un acto pensado. −¡Al suelo! –Gritó lanzándose desde los lomos de su caballo al piso sin que hubiese llegado a ver qué era lo que se le aproximaba. El jinete que iba tras él no fue tan rápido y su cuerpo recibió con horrible violencia el impacto del proyectil: un enorme tronco de árbol cortado que estaba lleno de pinchos y que iba sujeto de los extremos por dos cadenas que lo balanceaban como si de un columpio se tratase. −¡¡¡AAAARGH!!! –Gritó Obelyn con tremendo dolor cuando los afilados pinchos que sobresalían de aquel tronco se ensartaron en su cuerpo levantándolo de su caballo. El animal, preso del pánico, relinchó con fuerza y salió huyendo dejando a su jinete suspendido en el aire. −¡Obelyn! –Gritó Karuk al ver a su amigo tan malherido. Galaad se aproximó hasta el joven que seguía clavado a aquella trampa maldita. −¡Ayudadme a bajarlo! –Gritó. Entre todos consiguieron arrancar al joven Obelyn Poltark, que aún seguía con vida, de aquellas funestas lanzas que le habían atravesado pecho, vientre y brazos. Su cara había quedado arañada. Sus compañeros le depositaron con cuidado en el suelo y vomitó sangre. El dolor debía ser terrible ya que el joven no contaba ni con fuerzas para gritar. −¡Oh, Obelyn!¡No te muevas! ¡Te pondrás bien! ¡Vamos, hermano, saldrás de esta! – Gimoteaba Karuk mientras abrazaba el cuerpo de su amigo. Obelyn cedió a las lágrimas sin siquiera hacer ruido. Simplemente no podía gritar ya. Galaad miró a Gullinorn y éste negó con la cabeza. Parecía claro que el desgraciado Obelyn no sobreviviría. −Toma. –Le dijo Galaad a Karuk tendiéndole una daga. –Acaba con el sufrimiento de tu amigo. −¿Qué? ¡No! ¡No puedo…!−Protestó Karuk en llanto.


−¡Claro que puedes! ¡Se lo debes! –Gritó Galaad. −¡Si de verdad te importa, le ahorrarás este tormento! −¡Pero va a ponerse bien! –Gritó Karuk. −No. No lo hará. Lo sabes. Se está muriendo. Puede durar minutos, nada más, pero seguro que cada segundo que transcurre debe ser una auténtica agonía. Esa maldita trampa no ha debido dejarle un solo órgano sin rajar. −¡No puedo hacerlo! Karuk rompió a llorar. Galaad se acercó hasta él y, sujetándole la mano, le obligó a agarrar la daga. −Hazlo. –Le dijo. –Envíalo a un lugar donde ya no sufra más. Karuk gimió. Le estaban pidiendo que acabara con alguien que era casi su familia, habían crecido juntos Obelyn y él, era como un hermano. −¡Obelyn, perdóname! –Exclamó. Apretando los dedos en torno a la empuñadura de la daga, llevó el filo hasta el pecho de su amigo y hundió el acero en su cuerpo hasta atravesarle el corazón. Obelyn sintió un pinchazo frío, rápido. Y luego, nada. Sus ojos quedaron fijos en el techo de aquel lugar. El dolor había cesado para él. Karuk se aproximó a sacar el arma del cuerpo de su amigo y a abrazarle mientras lloraba con gran amargura ante la mirada triste del resto de sus compañeros. −Sé que ha sido horrible. –Dijo Galaad. –Pero cuando hayan pasado los años y seas un guerrero curtido, no soportarías mirar al pasado, hasta este momento, y recordar que no pudiste hacerle este último favor a tu amigo. Allí quedó tendido el cuerpo de Obelyn Poltark, mientras Karuk Fa y el resto de Espadas de Oro lamentaban su pérdida.

CONTINUARÁ.


Espadas y escudos 3