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Larga y triste fue la batalla, una guerra de desgaste contra las innumerables hordas del conde vampiro Mannfred Von Carstein, pero, al final, sin que nadie se lo esperase, el propio Emperador, Karl Franz, sacrificó heroicamente su vida para terminar con Mannfred y acabar con su legado de muerte. Finalmente, cuando la guerra acabó, las consecuencias fueron desastrosas para todos: moralmente, Valten, Huss, y Volkmar habían muerto presentando batalla al Caos. Y, en cuanto a política, otra guerra se produjo en el seno del Imperio cuando los Duques Electores se pelearon por suceder en el trono a Karl Franz. Fue un acto políticamente estúpido, que, como ya supe en aquel momento, nos iba a llevar irremediablemente a la destrucción. Las hordas del Caos se reunieron de nuevo. Tanto las legiones de los cuatro dioses, como los guerreros y los bárbaros, pasando por los incontables hombres bestia, otra horda del Caos, rejuvenecida, y con ganas de conquista, se reunió de nuevo, lista para conquistar el mundo bajo el liderazgo del Señor del Fin de los Tiempos. Y, una vez más, las fuerzas del orden se unieron contra la adversidad. Los enanos, asediados por todas partes, pudieron aún así enviar un pequeño contingente de barbudos barbaslargas y matadores de Karak-Kadrin. Los altos elfos, asediados por todos los frentes, enviaron una hueste proveniente de las verdes llanuras de Hoeth. Y Kislev, bajo el mando de la Zarina, presentó lanzas frente al enemigo. Los bretonianos enviaron a tiempo los mejores caballeros al servicio del Rey Loeuncouer. Incluso, según la leyenda, el mismísimo Gotrek en persona acudió a la defensa de Praag, el principal núcleo de resistencia, ya que los muros de Middenheim no habían sido reparados ni satisfactoriamente ni a tiempo. Por otra parte, ni los guerreros de Catay ni los de Nippon aportaron sus fuerzas, ya que habían establecido una nueva alianza con el Mal, y tampoco aportó fuerzas el Imperio, profundamente sumido en una guerra civil en la que un servidor estuvo a punto de morir. Esta vez, pese a las menores fuerzas disponibles, creo que los luchadores sabían muy bien a qué atenerse después de la anterior Tormenta del Caos. Muchos de los supervivientes de la batalla de Middenheim volvían a estar ahí, dispuestos a defender el reino de la estúpida humanidad de las hordas del mal y sin duda mucho más avezados en las técnicas bélicas del Caos. Una vez más, la sombra del error hizo su aparición, y una vez más se subestimó al enemigo. Por última vez. No traían nuevas técnicas. No traían nuevos monstruos. Ni siquiera traían nuevos aliados. Pero, aún así, gracias a los testigos que sobrevivieron a la “Batalla Final”, pude saber con certeza que las hordas que esta vez traía el enemigo eran de un tamaño inconmensurable. El Señor del Fin de los Tiempos había reunido de nuevo a sus ejércitos, y, probablemente tras el éxito obtenido en Middenheim, ahora disponía del completo favor de sus malignos dioses, y de enormes fuerzas del mal cuyo poder solo rivalizaba con su villanía. Las fuerzas del orden, en una situación bastante peliaguda, apretaron los dientes, se aferraron a sus armas, y se prepararon para lo que probablemente iba a ser la batalla final contra

el Caos, un Caos tan fuerte que jamás podría ser parado, un Caos suficientemente fuerte como para convertir lo que en un principio iba a ser una batalla igualada en una masacre sin precedente alguno en la historia que aún nos queda. No hubo héroes aquel día, porque, si los hubiera habido, no estaríamos en esta situación. Miles de caballeros rindieron sus pendones antes de rendirse en la muerte. Las banderas de muchas naciones ondearon al viento, orgullosas, antes de quemarse ante el fragor de las llamas. Ni siquiera los magos altos elfos, con su gran poder, o los enanos, con su gran inventiva, pudieron hacer frente de tú a tú al nuevo poder. Hubo hazañas, por supuesto. Miles de héroes anónimos sacrificaron sus tristes vidas por ganar algo de tiempo, o posiblemente para salvar las vidas de inocentes niños inmiscuidos sin querer en la guerra. No fueron pocas las bajas del enemigo, y no fue una sola batalla la que se libró en aquel funesto año, pero, por encima de todas estas heroicidades sin nombre, una brilló por momentos, como un cometa o una estrella fugaz. Probablemente, para transcribir el triste final de Gotrek Gurnisson, el último héroe de nuestros días, pueda recurrir a mi ingeniosa prosa, sin embargo, dadas las circunstancias, me veo obligado a transcribir letra por letra las palabras del célebre cronista Félix Jaeger. Hoy es un día triste Hoy es un día de lágrimas Hoy ha muerto Gotrek Gurnisson. Gran héroe de nuestros tiempos Tuve el honor De pelear junto a él En la Gran Batalla contra el Caos No había nadie que pusiese más empeño en matar que él El enemigo temía el filo de su hacha Y yo tuve el honor de ser su fiel compañero en ese día Más llegó el fin En medio de la batalla Él desafío al matador Era Él todopoderoso Un ser cuya brutalidad carecía de límites Y cuyo talento para el asesinato no tenía parangón en los cuatro puntos cardinales Trabaron combate en medio de la Batalla Fue la suya una grandiosa pelea Gotrek Gurnisson se había pasado muchísimos años buscando la muerte Buscando un rival invencible entre los villanos del Viejo Mundo (Yo mismo pude ver algunas de estas batallas)

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Goblin Panzudo 3  

Numero tres de Goblin Panzudo

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