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A la mañana siguiente, con ojeras en sus rostros, Angus y los Caballeros se pusieron en marcha hacia el cementerio del pueblo, un camposanto de tamaño considerable, pues recibía los muertos de varias poblaciones de alrededor, ya que contaba con el único templo de la comarca, consagrado al dios Morr. El templo que flanqueaba la entrada al cementerio tenía un arco en la entrada, que imitaba las puertas del Jardín de Morr. Un huesudo sacerdote, que oficiaba un entierro, los miró al pasar inquisitivamente. Caminaron en silencio por el lúgubre cementerio, hasta que llegaron a una sencilla lápida con el nombre de Isolina inscrito en ella. Empezaron a cavar hasta que el ataúd de madera quedó al descubierto. Ser Argyll agarró su espada temeroso cuando Angus comenzó a quitar la tapa del féretro. Todos se sobresaltaron al ver la tumba vacía. Angus totalmente ausente y abatido dijo con gran pesar. -Os juro por Shallya que la enterramos aquí mismo, mis hijos me dijeron que habían oído ruido bajo la tierra de su lápida, pero no los escuché. Confundido, Ser Argyll contestó en tono amenazante. -Si esto es una chanza responderás ante el……. -No miente, dice la verdad, su hija es una retornada – era el sacerdote que habían visto oficiando el entierro, un hombre con la cabeza afeitada y abundante barba desaliñada, vestido con una modesta túnica negra, cargaba a su espalda un saco y llevaba colgado un rosario con el símbolo de la guadaña lo que, junto con sus ojos hundidos y su rostro cadavérico, le daba el aspecto tenebroso de ser un emisario de la muerte. -¿Cómo estáis tan seguro? -Preguntó Ser Argyll. -Como sacerdote de Morr es mi obligación, al igual que la de vos como caballero, combatir la maldad en todas sus formas. No es la primera vez que los muertos vuelven a la vida en esta parte del reino, ya lo hicieron con el Duque Rojo. Angus imploró desesperado tirándose de rodillas. -¡Padre ayudadme! ¿Qué podemos hacer para que su alma descanse en los Jardines de Morr? - Debemos encontrar su cuerpo para liberar su alma con el descanso eterno. -¿Pero cómo la encontraremos? –Preguntó Ser Argyll con reticencia. -La buscaremos con vuestras monturas, pero hemos de darnos prisa el camposanto es grande y se acerca el crepúsculo.

Siguiendo las instrucciones del sacerdote, los dos caballeros pasearon sus monturas por el cementerio, haciéndolas pasar por encima de las tumbas. A la altura de un pequeño panteón el caballo de ser Marcell se negó a seguir, encabritándose de terror. -Es el panteón de la familia de mi Señor -Dijo Angus. -¿Ha muerto alguien de la familia recientemente? – Preguntó el sacerdote. -Si padre, su primogénito. -Victima de la epidemia supongo. -Si padre, cuando murió mi señor abandonó estas tierras por miedo al contagio. -¿Cómo se llamaba? -Lord Cédric de Olbiac. -Bien, vamos a entrar, dejad aquí los caballos. -¿Cómo estáis tan seguro que Isolina está ahí dentro? –Preguntó Ser Argyll desconcertado. -Los caballos se ponen nerviosos ante la presencia de depredadores, pueden sentirlos, incluidos los vampiros –Contestó con los ojos encendidos. -¿Vampiros? –Repitió sorprendido Ser Marcell agarrando su colgante de la Dama. -Las dudas os desaparecerán cuando muestre su cuerpo incorrupto. ¿Angus recordáis si antes de llegar la epidemia visitó a vuestro señor una dama de belleza inolvidable que viajaba en un extraño carro tirado por bueyes? -Sí, era bella como decís, pasó unos días en el castillo de mi señor. -¡Lady Jane! su oscuro rastro me ha llevado hasta aquí, ella es la causante del mal que acecha esta comarca. -Ese carruaje, ¿es una diligencia negra tirada por cuatro bueyes? –Preguntó Ser Argyll. -¿Lo habéis visto? Ser Argyll evocó el rostro de la dama de exuberante belleza que les sonrió desde la oscura diligencia. -Ayer, al ponerse el sol. La dama de la que habláis viajaba en él. El sacerdote les contó que llevaba años persiguiendo a Lady Jane de Aledón, que así se llamaba. Aprovechaba las tierras infectadas por la epidemia para pasar desapercibida. También les habló de la costumbre que tenían los no muertos de visitar a sus familiares vivos, que hacían de ellos sus primera victimas y la manera de combatirlos. Después entregó de su saco hachas de mano, mazos y estacas.

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Goblin Panzudo 3  

Numero tres de Goblin Panzudo

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