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Hieronimus nunca había visto al frio asesino tan entusiasmado en todos aquellos años, pero no era para menos. Al ver aquel tesoro fastuoso, su idea sobre el retiro en una pequeña granja se le antojó absurda. Por primera vez en meses se permitió sonreír con su sonrisa de verdad. -Hermanos, siento ganas de volver a la ciudad y besar a ese viejo loco en los morros- gritó Leith¿Baruc? – de pronto paró en seco- ¿Baruc? ¿Te encuentras bien? Todos miraron al enano. Había palidecido de los pies a la cabeza. Tenía la boca abierta, los ojos, tan grandes como huevos cocidos, parecían salirse de las órbitas. Por un momento Hieronimus pensó que el corazón del enano no había soportado la vista de aquel inimaginable tesoro y se había detenido dentro de su fornido pecho. -¡Oro! ¡Oro!- Baruc salió corriendo en dirección a aquella montaña dorada, gritando con toda la fuerza que le era posible. Apenas había traspasado el umbral que daba acceso a la gran sala cuando una monumental pata roja lo aplastó como si fuera un insecto. Su cuerpo quedó sepultado. Su sangre se esparció por el suelo como si alguien hubiera arrojado una botella de vino tinto contra este. Hieronimus sintió como la sangre se congelaba en el interior de sus venas y por un momento su corazón dejó de latir. -Un dragón- dijo lacónico- Nos hemos metido en la guarida de un dragón. Como si la mención de su nombre la hubiera convocado, la enorme criatura se dejó caer desde el saliente en el que había estado agazapada y ocupó la totalidad de la entrada a la gran sala. Hieronimus tragó saliva con gran esfuerzo. Había escuchado historias sobre los dragones, pero siempre las había considerado un mito. Se suponía que aquellas criaturas habían vivido en la antigüedad, pero no conocía a nadie que las hubiera visto en toda su larga vida. Los ojos del reptil le miraron fijamente y el miedo le estrujó como si estuviera hecho de papel. El dragón aspiró con fuerza y abrió las fauces con un tremendo rugido que hizo temblar las paredes. Un chispazo centelleó en su paladar justo antes de que un gran chorro de fuego inundara el corredor.

Su instinto le salvó la vida. Se arrodilló en el suelo, cubriéndose con el escudo. El poder del fuego del dragón castigó su escudo, el poderoso encantamiento de aquella arma apenas pudo contener la violencia del ataque de la bestia. El escudo se agrietó entre sus manos y cayó al suelo destrozado. Hieronimus dio gracias a quien hubiera construido aquella maravilla que acababa de salvarle la vida y que había robado tanto tiempo atrás de la tumba de un rey de oriente. Miró a los lados y su estomago se retorció de dolor y rabia. Los cuerpos de sus amigos estaban tumbados en el suelo, ennegrecidos, con la grasa crepitando, humeando en la sala con un olor que era repulsivo y agradable a un tiempo. El dragón fijó los ojos en él y pareció sonreír. Hieronimus miró la espada que colgaba fláccida en su mano y se lamentó por su suerte. Podría haberlo dejado todo mucho antes. La granja, el retiro, todo aquello no eran más que mentiras que se había contado a sí mismo durante años. Podría haberlo dejado todo mucho antes. Pero cada hombre es lo que es, y eso no puede cambiarse, se resignó. Apretó los dientes con tanta fuerza que sintió como se astillaban en el interior de su boca. Agarró con fuerza la empuñadura y, clamando su grito de batalla, se lanzó contra la bestia. Lanzaba la bolsa al aire, siguiendo el compás y recogiéndola antes de que cayera al suelo, mientras canturreaba una vieja melodía. La paga era cada vez mayor, pensó satisfecho. Si las cosas salían bien, en muy poco tiempo podría dejar todo aquello y volver a su pueblo donde, con el oro conseguido, pasaría con comodidad el resto de los largos días que le quedasen por vivir. El trabajo tenía sus riesgos, pero después de todo y pese a su tamaño, el dragón no era una criatura muy hambrienta. Más bien parecía disfrutar con el momento de la caza, no con la comida en sí. Ahora sólo tenía que inventar un nuevo rumor, volver a contratar otro gancho. La historia de aquel viejo estaba ya muy gastada. Aun así, tenía que reconocer que, el detalle de preparar el encuentro con Rawdolf a base de filtrar información en las tabernas sobre un grupo de idiotas bien equipado que marchaba hacia el norte, había supuesto un extra bastante estimulante y por supuesto lucrativo. Sólo esperaba que los nuevos aventureros fueran un poco más profesionales. A estos últimos casi les había cogido cariño. El alegre hobbit se perdió en la multitud de la ciudad, pensando en cómo gastar su reciente fortuna.

Sergio Pérez-Corvo

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Goblin panzudo 2  

Revista friki sobre Wargames, juegos de mesa, juegos de rol y todos esos hobbies que a muchos nos encantan. Realizada por diferentes blogs e...

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