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Ambos caballeros, acorazados de pies a cabeza, permanecieron observándose, en guardia uno frente al otro durante un pequeño espacio de tiempo. El valiente gesto de Ser Valliant había tocado el orgullo de Guilles, que dejó que su corazón se envileciese un poco más alimentando el odio que albergaba dentro de él y, dejándose llevar por la ira, cargó contra tan noble oponente. El tintineo del entrechocar de los aceros contrastaba con el ruido seco de la espada al golpear contra el cuero de los escudos. Guilles lanzó tres mandobles contra su rival, uno de ellos hacia la máscara inexpresiva que era su yelmo, pero Ser Valliant los paró todos, anteponiendo acero y roble, y tras esquivar una estocada profunda herrada por Guilles, tomó la iniciativa. Atacó el hombro malherido de Guilles, que a duras penas alzaba su escudo. En dos ocasiones la espada de Ser Valliant mordió la coraza de Guilles, que aunque vieja se mostró resistente. Viéndose superado, Guilles se abalanzó con toda su fuerza sobre su enemigo, para forcejear con él. Se sorprendió al comprobar que Ser Valliant cedía con facilidad a su empuje, pero éste golpeó el rostro de Guilles repetidamente, propinándole varios cabezazos con su yelmo en forma de pico de águila, rompiéndole una ceja. Cayó de rodillas de puro dolor, con una mano en la ceja abierta tiró una estocada desesperada totalmente a ciegas. Pero Ser Valliant se había retirado una vez más de manera caballerosa, dando un paso atrás. ¡Maldito seáis! –Prorrumpió con la voz rota de rabia y dolor. Ser Guilles permaneció de rodillas, tapándose con fuerza la sangrante herida de la ceja, mientras su rival seguía a unos pasos frente a él, sacudiendo el yelmo de un lado a otro de manera negativa, como implorándole para acabar con aquello. Por unos instantes sopesó dar por terminado el combate, diciendo las palabras liberadoras, “Me rindo”. Pero Guilles se levantó, empujado por su orgullo, por la soberbia que envuelve la juventud y por su odio a un sistema injusto que daba todo al primogénito y nada a los restantes sin importar sus aptitudes y los obligaba a penar errando, convirtiéndoles en viles pendencieros, obligándoles a servir en ocasiones a señores indignos, despojándoles de todo honor, para alcanzar el tan ansiado nombramiento de caballero del reino.

Ser Guilles se deshizo de su escudo, miró disimuladamente para asegurarse que llevaba su daga atada en la cadera derecha y, tras trazar con su espada una línea en el suelo delante de él, la asió como si de una lanza se tratase, con la mano izquierda hacía la mitad de la hoja, mientras la empuñaba con la derecha, a pesar del calambre que le bajaba por todo el brazo izquierdo desde el hombro. Puede que en aquel momento, Ser Valliant fuese consciente de que el combate solo acabaría con una muerte, porque sin esperar más, se abalanzó descargando con fuerza un mandoble sobre Guilles, que esquivó dando unos pasos atrás, logrando que Ser Valliant perdiese el equilibrio trastabillándose, Guilles lo aprovechó estocando con su espada, logrando hacer caer al suelo de bruces a Ser Valliant, dejando esté la espalda descubierta. Guilles dejó caer su espada y se echó sobre su rival, aprisionándole contra el suelo y, tras desenvainar su daga mantuvieron un intenso forcejeo durante unos instantes, hasta que la hundió en la axila derecha de Ser Valliant, notando como la cota de mallas que la protegía cedía al empuje de su hoja, que se abría paso a través de las anillas de acero, mientras Ser Valliant trataba de moverse desesperadamente. Unos gritos se alzaron de entre los hombres de armas de Ser Valliant. Guilles siguió moviendo la daga alojada en el cuerpo de su rival, hasta que esté dejo de moverse. Tras unos latidos de corazón, Guilles giró el cuerpo de tan noble rival y vio apagarse el brillo de sus ojos a través del visor de su yelmo. Así permaneció unos instantes, observándole. Cuando cayó en la cuenta de que a través de la ranura había dos ojos, recordó que el viejo Lord le había dicho que ¡Ser Valliant era tuerto! El rostro de Guilles se contrajo compungido, notó como le subía un escalofrío por la espalda y un sabor amargo por la garganta, cuando levantó el visor del yelmo del primer ser humano al que había matado, descubriendo el delicado rostro de una doncella con el rictus inmóvil, con la boca abierta manchada de sangre y sus ojos saliéndose de sus órbitas, en un claro gesto de dolor. Aturdido, Guilles vio acercarse al joven paje que momentos antes le había hablado de manera descarada en el puente. -¿Quién es esta doncella, zagal? -se oyó preguntar temeroso de la respuesta.

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Goblin panzudo 2  

Revista friki sobre Wargames, juegos de mesa, juegos de rol y todos esos hobbies que a muchos nos encantan. Realizada por diferentes blogs e...

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