Los Antepasados, a lo largo y más allá de la historia Argentina. #3

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Carlos F. Ibarguren Aguirre

LOS ANTEPASADOS A lo largo y más allá de la Historia Argentina Genealogía de sus respectivos linajes

“Que nuestra tierra quiera salvarnos del olvido por estos cuatro siglos que en ella hemos servido” Leopoldo Lugones (“Dedicatoria a los Antepasados: 1500 — 1900”)

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Esta ediciรณn de Los Antepasados fue editada por Alfonso M. Beccar Varela, que ha puesto a disposiciรณn de todos estos y otros datos genealรณgicos en www.genealogiafamiliar.net Visite la pรกgina para encargar otras copias de este libro Febrero 2008

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A la memoria de mis padres: Carlos Ibarguren y María Eugenia Aguirre. A mis abuelos: Federico Ibarguren y Margarita Uriburu; Manuel Aguirre y Enriqueta Lynch. A la solidaridad permanente de Estela, mi mujer. A la paz de “El Retoño”, poblada de recuerdos.

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INTRODUCCION Esta larga Summa genealógica, esta profusa serie de biografías históricas, este enorme “Mamotreto” impublicable elaborado tenazmente durante más de un cuarto de siglo, requiere, o merece por lo menos, una corta introducción. El autor proviene de un hogar tradicional, y prácticamente desde la cuna estuvo familiarizado con la historia. Su padre, historiador eminente, le transmitió, por contagio o misteriosa ley hereditaria, esa curiosidad hacia los hechos del pasado, esa vocación que convoca a las generaciones desvanecidas en el tiempo y revive con amor, en definitiva, las sombras de los muertos. En su juventud lejana el adolescente, en medio de un aluvión de lecturas — ya dejados atrás Dumas y Julio Verne — tropezó con la Historia Argentina del viejo López y la prosa subyugante de Groussac, quienes abrieron para él los horizontes de una animada y colorida narrativa que estimuló su inclinación a borronear papeles. Así se proyecta en el muchacho la tendencia a aprender y luego a escribir historia; y así descubre, más tarde, que su familia tenía raíces históricas; que muchos de sus antepasados habían sido, cuando no actores principales, protagonistas o testigos de los acontecimientos que, a través de cuatro centurias, han ido configurando la patria argentina. Entonces, exultante de entusiasmo, el vástago de aquellos remotos seres que de pronto se instalaron en su magín, dióse a recorrer archivos y a leer y copiar añejos documentos y escrituras; y al cabo de tal pesquisa, quizás, como el caballero de la Mancha, se haya distraído de la realidad; pués lo cierto fué que se pasaba las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio escribiendo — fruto de esas investigaciones — su “Mamotreto” descomunal. De tal suerte, durante el transcurso de tres décadas, quedó concluída dicha tarea. Y terminado el arduo empeño, le asalta la duda al responsable de la empresa de coincidir con Don Quijote cuando dice: “Hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que, después de sabidas y averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria”.

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Diré sin embargo, en primera persona, que recluído en “El Retoño” cual mi distante antecesor Lope García de Salazar en su “Torre de Muñatones”, me puse yo también a elaborar, con incansable obstinación, mis propias Bienandanças e Fortunas; que contienen, con mucha historia y mucha genealogía, infinidad de nombres, de fechas y precisiones nada entretenidas para un lector corriente, aunque, de cuando en cuando, junto a tanto dato frio, suele aflorar la evocativa calidez de no pocos recuerdos de personas, de cosas y sucesos que alcancé a ver, pude conocer, o se encontraban en la tradición doméstica de mi casa. Confieso que no he gastado lápices para divertir a nadie, sino porque al escribir me divertía a mi mismo en una especie de regodeo solitario. De algún modo pude haber sentido el fervor de aquel monje cronista Johanes Talpa — caricaturizado por Anatole France — que al margen del mundo compuso en su abadía las Gestas Pingüinorum. Afuera, los “marsuinos”, unos guerreros del norte, habían puesto sitio al monasterio; que asaltaron luego destruyéndolo todo; matando y violando a religiosos y moradores sin respetar edad ni sexo. Y mientras los arcos góticos de la capilla se desplomaban con estrépito, y ardían las vigas gigantescas de madera y los gritos y clamores de muerte resonaban entre las llamas, el viejo Talpa, sordo en medio de la horrorosa baraúnda, abstraído en su celda casi derruída, continuaba escribiendo su voluminosa cronología. Devoto de Cervantes, tengo siempre presente su consejo: “Deben ser los historiadores puntales verdaderos y nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les hagan torcer el camino de la verdad, cuya madre es la Historia: émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir”. Al cabo de tan admirables palabras — y de haber cedido, sin vanidad ni petulancia, al impulso natural de rendir homenaje a la trayectoria histórica de mis antepasados, doy fin al prefacio de esta “opera magna”, destinada, seguramente, al anonimato y al olvido. Carlos F. Ibarguren Aguirre Domingo 2 de enero de 1983

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D E L A C A MA R A MO R E L SA N C E T E N A En campo de gules una aspa de oro, bordura también de gules con ocho aspas doradas, son — según Argote de Molina en su Nobleza de Andalucía — las armas de la Casa de de la Cámara; de los Cámara de Baeza, Castilla y Laredo - precisa Julio de Atienza en su Diccionario Heráldico. Por tanto, como el antepasado que encabeza la presente genealogía era natural de Alcalá de Henares, en Castilla la Nueva, le adjudico a su linaje, prima facie, dicho escudo nobiliario. I — ANTONIO DE LA CAMARA — de distinta prosapia que la del sevillano Alonso de la Cámara, conquistador de gran parte del territorio argentino en el siglo XVI — nació por 1680 en la ilustre ciudad universitaria, cuna de Cervantes. El pródigo datista de la historia de Salta Carlos G. Romero Sosa, me escribió en 1962; “Su antepasado de Ud. Don Antonio de la Cámara no era salteño. En un juicio de deslinde de la chacra y potrero de Quijano — escritura (17-II1762) de la que tomé datos en Salta en 1938 y que poseía el Sr. Félix Usandivaras — consta que era oriundo de las Cortes de Alcalá de Henares y figura como vecino de Salta en 1707”. Por otra parte, en el Indice de alumnos de los Colegios Mayor de San Ildefonso y Menores de Alcalá — que publicó en 1946, en Madrid, el Marqués de Ciadoncha — aparecen varios de la Cámara nativos de la villa complutense; Diego de la Cámara, colegial de San Antonio en 1610; Martín de la Cámara Cianca Jiménez, estudiante de Teología en 1610; y los hermanos Blas y Cristóbal de la Cámara Velasco, cursantes en el Colegio De la Cámara

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Madre de Dios, nacidos en Alcalá en 1631 y 1628 respectivamente. Nuestro Antonio de la Cámara, por 1719 contrajo enlace en Salta con Gregoria Ruiz de Elizondo y Butron, descendiente de Miguel de Elizondo, Regidor de esa ciudad en 1651, valeroso Capitán en la guerra calchaquí, encomendero y Sargento Mayor en 1670; casado con una hija (Catalina?) de Pedro Gómez de Butron, vecino principal de la ciudad de Talavera de Madrid (Esteco) y de su mujer Isabel de Chaves; la cual testó en Salta en 1650, ante Juan Castellanos, declarándose “hija legítima de Antonio Núñez de Chaves y de Beatriz de Ayala Villavicencio, naturales de la ciudad de Mérida, en los Reynos de España”; y madre de once vástagos americanos; Polonia, Catalina, el Capitán Mateo, Micaela, Beatriz, Paula, Juana, Gregoria, Antonio, Juan e Isabel; “todos los hijos con estado, excepto Isabel.” Antonio de la Cámara fue Maestre de Campo en 1721, Alcalde ordinario en 1743 y 1751 y encomendero de Chicoana y Atapsi, en el valle calchaquí, a partir del 21-V-1740, por gracia del Gobernador Santiso y Moscoso, después de la muerte de Juan Ramón Castellanos Gallo, y tras un discutido trámite. La encomienda fuele confirmada a dicho feudatario por el Rey en 1744. Poseyó de la Cámara una buena fortuna. Además de “las casas de su morada” en Salta, era dueño de una chacra “poblada y bien aparejada” en el “Paraje del Pucará”. Tal finca (que heredaría su hijo Valentín) la compró don Antonio a Mónica Navamuel, mujer de Bernardo Acosta, el 14-XII1725, por ante el Escribano Gregorio Peralta. Tenía mi antepasado, “como a tres o quatro leguas del Pucará”, otra estancia llamada “El Potrero del Candado”, cuyas tierra hubo por compra a Juan Leviano, adquiridas por éste de Bernardo Pinto Rengel, el cual, a su vez, las adquirió de Bernarda María Zorrilla, que las recibiera de merced del Gobernador Luis de Quiñones Osorio el 2-VII-1616. Ese “Potrero del Candado” ubicábase en “la Quebrada y camino de las tropas”, y su superficie era “más o menos como de seis leguas”, cuando recayó en los descendientes de de la Cámara; junto con otros 12

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potreros anexos llamados “Góngora” y “Cerro Redondo, desde la boca de la Quebrada del Pirú” (hoy del Toro); potreros que la mujer del causante heredó de su antepasado el Capitán Miguel de Elizondo. Testó en primer término Antonio de la Cámara en 1744, ante el Escribano Antonio Pérez Palavecino. Luego, el 5-XI-1748, ante el Alcalde ordinario de Salta Gabriel García, don Antonio, conjuntamente con su esposa Gregoria de Elizondo, otorgó nueva escritura testamentaria, firmando por la señora ese instrumento, su yerno Francisco Xavier de Ibarguren. En virtud del mismo, los referidos cónyuges fundaron una Capellanía de misas, “por los parientes más cercanos y virtuosos”, de la cual se autonombró 1º Patrono Antonio de la Cámara, y dijo era su voluntad, para después de su fallecimiento, que le sucedieran “sus hijos y nietos y demás descendientes por vía de varón, unos después de otros, prefiriendo el mayor al menor, y si faltaran los varones buelba a los descendientes de varones por vía de hembra”. Capellán inicial de la pía entidad fue designado el Maestro Gabriel Gómez Recio, “hijo del Capitán Gabriel Gómez Recio y de María de los Cobos”. Por su parte doña Gregoria hacía donación de todos sus bienes al Colegio de los jesuítas. La señora debió fallecer al poco tiempo, ya que tres años más tarde, el 11-IX-1751, Antonio de la Cámara, viudo, otorgó un tercer testamento ante el Escribano Francisco López Zevallos. Ordenó entonces que sepultaran su cadáver en la iglesia del convento salteño de San Francisco, amortajado con hábito seráfico, y declaró por hijos legítimos a Margarita, Juan Joseph, Balentín, Josefa, Antonio, Lorenza, Felipa y Petrona; amén de reconocer a una hija natural Juana, “viuda de don Martínez de Iriarte”. He aquí algunas referencias acerca de esos vástagos declarados como suyos por Antonio de la Cámara al protocolizar su última voluntad: 1) Margarita de la Cámara Elizondo. Murió soltera el 5-XI1783 en Salta.

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2) Juan José de la Cámara Elizondo. Se casó en Salta el 12-II1741 con Rosa Gómez de Alarcón (hija de Andrés Gómez y de Bárbara de Alarcón). Fueron sus hijos: A) Manuel de la Cámara Alarcón, Maestro clérigo. B) Manuela de la Cámara Alarcón, que casó el 2-VII-1779 con Andrés Avelino Castellanos Arias Velázquez. Luego de sus esponsales, Manuela fue dotada por su tía Lorenza de la Cámara, con un capital de 4.952 pesos y 7 reales, mediante escritura que pasó, el 1-IV-1780, ante el Escribano Gil Infante. Su sucesión se consigna en el apellido Castellanos. C) Bernardo de la Cámara Alarcón, menor de edad en 1762. D) Francisca de la Cámara Alarcón, esposa de Gregorio González y madre de: a) Gregorio González de la Cámara, presbítero. b) Clara González de la Cámara, que casó en febrero de 1781 con Juan de la Torre (hijo de Domingo de la Torre y de María Robledo). Clara otorgó testamento el 16-V-1810, ante Mariano Cabrera, y un codicilio en 1812, ante José Ignacio Molina. 3) Valentín de la Cámara Elizondo — mi antepasado —, que sigue en II. 4) Josefa de la Cámara Elizondo, casada con Antonio de Ocón y Leiva. 5) Antonio de la Cámara Elizondo. Fue marido de Francisca Duarte. Heredó de su padre las tierras lindantes por el sur con el “Potrero del Candado” (incluído en la hijuela de su hermano Valentín), y por el extremo norte con “la Serranía que divide la cumbre de la Zierra”. En 1789 aún vivía Antonio. Hijo suyo fue: A) Enrique Lisardo de la Cámara Duarte, nacido hacia 1756. 6) Lorenza de la Cámara Elizondo, la cual se desposó 1º con el “Alcalde Provincial propietario, Theniente de Governador, Justicia Mayor y Capitán a guerra de esta ciudad” de Salta, “Joseph de Cabrera” — quien debe ser el mismo “Capitán José de Cabrera y Mendoza, nativo de Córdoba 14

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(vástago, sin duda, del ilustre linaje del Fundador de esa ciudad), que en 1694 residía en Salta donde otorgó, ante el Escribano Pedro Pérez del Hoyo (mi antepasado), carta de pago a favor del Capitán Juan Arechavala. Joseph de Cabrera, por ante el notario Francisco López Zevallos, y los testigos Valentín de la Cámara, Luis de Aguirre y Juan Antonio Vaquero, vendió el 21-IX-1756 al “Capitán de la Guardia” Francisco Xavier de Ibarguren Castañares (su concuñado), “y a sus herederos y subsesores, la estancia nombrada el Bañado y los potreros y estancia nombrados Osma, San Simón y Zuri Potrero”. Cabrera había adquirido “el Bañado” del Maestre de Campo Antonio Arias Velázquez, el 11-XII-1754, ante López Zevallos; y los otros referidos potreros fueron comprados por el vendedor a Domingo Díaz Zambrano, ante el mismo Notario, el 22-VII-1756. Todas estas tierra adquiríalas Ibarguren mediante el precio de 4.500 pesos de plata corriente, y tomaba a su cargo un censo, o pia memoria, de 500 pesos que gravaba a dichos inmuebles a favor “del Convento de Nuestra Señora de La Merced de la ciudad de San Miguel de Tucumán”. Dos años más adelante, el 3-X-1758, Joseph de Cabrera testó en Salta — octogenario quizás — ante el Escribano López Zevallos y “los testigos llamados y rogados Santiago Pucheta, Alguacil Mayor del Santo Oficio, Diego de Urrusti y Thomás Prieto”. El causante declaró ser casado con Lorenza de la Cámara — sin hijos — y, tras nombrar a su esposa heredera de su fortuna, señaló diferentes legados para sus sobrinas “Teodora y María Cecilia, solteras, hijas de Antonio (?) y de Gabriela Arias”; y “María Rosa” — otra sobrina — “hija menor de mi prima María Cabral y de Domingo Abila, difuntos”. Una cláusula del testamento expresaba; “Declaro que con mi hermano Don Francisco Xavier Ibarguren he tenido cuentas de resultas del Bañado, que le bendí con sus ganados que en ella tenía, que todo importó de siete a ocho mil pesos. Y por vale que está entre mis papeles, constará el finiquito y liquidación que tubimos de dichas cuentas”. De la Cámara

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Fallecido Cabrera, Lorenza de la Cámara pasó a segundas nupcias, en 1760, con el Sargento Mayor “de vatallones” Francisco Rodríguez de Sinde, “natural del Reyno de Galicia”. Viuda otra vez al morir este segundo marido, la señora contrajo un tercer casamiento con el Maestre de Campo Miguel Ruiz Gallo (hijo de mis antepasados el Capitán Lucas Ruiz Gallo y Jerónima Martínez de Iriarte Diez Gómez — ver estos apellidos). Con ninguno de sus tres consortes doña Lorenza hubo sucesión. Ella testó en dos oportunidades; el 2-XI-1755, ante López Zevallos, en cuya escritura declaró que prohijaba a 4 huérfanos; Tomás, al cual se proponía darle estudios de clérigo, Antonia, Bentura y Juan; y finalmente consignó su última voluntad bajo sobre cerrado, el 29-XII-1784. El historiador salteño Bernardo Frias la pinta en sus Tradiciones, a doña Lorenza, como a una neurótica orgullosa y dura, que “a sus esclavos por correctivo ya no le bastaba ni el grillete, ni el ayuno, ni los azotes, ni estirarlos al sol, sino que les hacía pasar por las nalgas desnudas una plancha caliente!”. “Ella — copio a Frias — creía en los infiernos y creía salvarse de sus penas y tormentos. Sus víctimas creían en ellos también; y creían que allí era el lugar a donde habría de ir a parar el alma de doña Lorenza, si es que había Dios”. Cuando la señora rindió el último suspiro, sus restos recibieron sepultura en la Iglesia Matriz de Salta, en un lugar reservado para los difuntos de rango. Cuenta Frias que en vez de amortajar su cadáver con hábito monjil, se lo vistió “con negra saya de seda, dejándole en el cuello, en los dedos y en las orejas, las alhajas que usaba de diario, y que eran de subido precio”. Al día siguiente del entierro encontróse la tumba violentada y el cuerpo de la muerta “tirado sobre la tierra revuelta y despojado de cuanta prenda de valor le habían dejado los vivos”. Esta profanación impresionó muchísimo, y entre la gente del pueblo corrió “el rumor de haberla visto a doña Lorenza, arder esa noche un poco más allá de la esquina del cerro de San Bernardo, sitio — señala Frias — en que la supertición de esos días colocaba a la Salamanca que vomitaba llamas, 16

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y donde el Diablo celebraba sus acuerdos de gabinete, y hacía su justicia bailando con las diablas que tenía a su disposición”. Leyendas aparte, lo cierto es que doña Lorenza falleció muy poco después de su disposición ológrafa de 1794. En tal documento de piadosísima redacción, la causante ordenaba establecer una Capellanía “sobre el valor de mis viviendas ... para que con sus réditos se diga perpetuamente la misa de doce en esta Iglesia Matriz todos los días de fiesta. Nombró albaceas a Gabriel Güemes Montero y a Antonio Gil Infante, y como primer capellán de aquella devota institución “a mi sobrino nieto Don Juan José Castellanos, hijo de mi sobrina Doña Manuela de la Cámara; por defecto de éste lo sucederá el más pobre o desvalido (aspirante a sacerdote) de esta Ciudad, que carezca de congrua para ordenes, sea o no pariente mío”. Más adelante, en otra cláusula testamentaria, la causante revocó la designación del preste Castellanos, y dispuso que en su lugar fuera Capellán otro sobrino suyo; Juan Antonio Peralta, hijo de José Porcel de Peralta de la Cámara y de Máxima Francisca de Córdoba. Ya finada la testadora, en septiembre de 1796, sus albaceas otorgaron la escritura de fundación de la referida Capellanía, el 13-III— 1797, en el protocolo del Escribano Gil Infante. Queda así documentada la piedad sincera de Lorenza de la Cámara, noble señora que fue, el 11-II-1773, madrina de bautismo de mi tatarabuela Manuela del Carmen Hoyos y Aguirre - futura consorte de José de Uriburu y Bazterrechea, y sobrina del tercer marido de doña Lorenza; el Maestre de Campo, Miguel Ruiz Gallo. 7) Felipa de la Cámara Elizondo, que el 18-XI-1743 se casó con el Capitán Juan Martínez de Iriarte y Vera, vecino encomendero de San Miguel de Tucumán. A raíz de ese matrimonio, Antonio de la Cámara y Gregoria Ruiz de Elizondo dotaron a Felipa, su hija, con un capital de 6.000 pesos, cuya entrega se protocolizó en febrero de 1744, ante el Escribano Antonio Pérez Palavecino. La descendencia de los cónyuges Martínez de Iriarte - de la Cámara se deDe la Cámara

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talla en el capítulo que dedico al linaje del marido. Doña Felipa testó el 21-VII-1801, ante el notario de Salta Marcelino Miguel de Silva. 8) Petrona Dominga de la Cámara Elizondo, celebró en Salta tres matrimonios. El primero con el “Capitán de la Guardia” Francisco Xavier de Ibarguren Castañares (hijo del Maestre de Campo Juan Bautista de Ibarguren y de María de Castañares Martínez de Iriarte Frias Sandoval). El 27-I-1748, ante el Alcalde de Salta Gabriel García, Antonio de la Cámara y su mujer Gregoria Ruiz de Elizondo, transfirieron la dote que habían asignado a su hija Petrona, al futuro marido de ésta, Francisco Xavier de Ibarguren. Tal dote sumaba 6.000 pesos; 2.000 en plata sellada, “y el resto en esclavas, en una tienda con su trastienda con más un quarto, que todo está en las casas que fueron de mis suegros” — al decir de Ibarguren en su testamento, otorgado el 8-III-1760, ante el Escribano Miguel Ruiz de Llanos. En la misma disposición — luego de enumerar sus bienes, créditos y deudas — el causante agregó; “Nombro por mi legítima y unibersal heredera a mi esposa doña Petrona Dominga de la Cámara, no obstante no haber tenido durante nuestro matrimonio hijo alguno, pero assi por haber adquirido toda la combenienza que tengo en su compañía, como por lo fiel y amante que me ha sido, es mi voluntad el que gose mis bienes para siempre, con la bendisión de Dios y la mía”. A Francisco Xavier de Ibarguren se lo llevó la muerte el 27-V-1760, y su cadáver fue sepultado en la Iglesia Matriz salteña, amortajado con hábito franciscano. Doña Petrona contrajo segundas nupcias con el Maestre de Campo y Alcalde de Salta en 1761, Juan Hernández o Fernández Enríquez, con el cual hubo solo una hija; Luisa Catalina. Muerto Hernández, su viuda, el 6-XI-1770, tomó por tercer esposo al Teniente Coronel Agustín de Zuviría, nacido en la villa navarra de Echalar (hijo de José Vicente de Zuviría y de María Josefa de Marticorena), con el cual doña Petrona no dejó sucesión.

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Testó la Señora en dos oportunidades; el 10-I-1771, ante el escribano López Zevallos; y el 15-X-1777, ante el colega Gil Infante; para expirar el 14-II-1778. Por su parte Agustín de Zuviría pasó a segundas nupcias con Feliciana Castellanos Plazaola (hija de Pedro Castellanos Zerda y de Magdalena Plazaola Saravia). Entre la numerosa descendencia de esas nupcias, destaco al hijo prócer Facundo Zuviría; a la nieta escritora Juana Manuela Gorriti Zuviría; al bisnieto amigo de la investigación genealógica, Raúl de Zuviría; y al tataranieto Gustavo Martínez Zuviría — “Hugo Wast” — gran novelista y gran argentino. Hija única de Petrona de la Cámara, fruto de su segundo himeneo resultó: A) Luisa Catalina Hernández de la Cámara, que casó con Juan Vidart y Linares, donador, el año 1764, del hermoso cuadro titulado “La Divina Pastora”; Virgen que se veneraba en Cádiz como protectora de los navegantes. En el ángulo derecho de esa tela al óleo, figura, fielmente pintado, en actitud de orar, Juan Vidart y Linares. Fueron sus hijos: a) Juana Manuela Antonia Vidart Linares Hernández de la Cámara, que casó el 8-I-1793 con Mateo Gómez Zorrilla, nacido en Quisicedo, Arzobispado de Burgos (hijo de Inocencio Gómez Zorrilla y de Angela Martínez de la Peña), quien fue Alcalde, Regidor y Gobernador interino de Salta en 1810. Fallecida doña Juana Manuela Antonia, Zorrilla contrajo segundas nupcias, en 1795, con Josefa Manuela Arias Rengel Martínez Sáenz; y un tercer casamiento con Juana Manuela Torino. El 14-IV-1818 Mateo Gómez Zorrilla dispuso su testamento ológrafo. Hijo de su primer enlace fue: a1) Juan Marcos Salomé Zorrilla y Vidart, quien con su primera esposa Carmen Aramburú Frias, hubo al Dr. Benjamín Zorrilla, Gobernador de Salta y Ministro de Interior del Presidente Avellaneda. Casó con Amalia Uriburu, y hubo con esta señora conocida sucesión que consigno en el apellido De la Cámara

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Uriburu. En su segundo matrimonio con Feliciana Zerda Racero, Juan Marcos Salomé Zorrilla procreó a Manuel Marcos Zorrilla, quien en su unión marital con Petronila Flora de Labougle Lagraña prolongó descendencia. Del segundo enlace de Mateo Gómez Zorrilla nació: a2) María Mercedes Zorrilla Arias, consorte de Martín Torino Arias Velázquez, en el que hubo sucesión. Hijos del tercer matrimonio de Mateo Gómez Zorrilla fueron: a3) Pedro José; María Rosa; y Mateo Ladislao Zorrilla Torino; los dos primeros solteros, y el último casado con Carolina Alisedo Sancetenea (hija de Francisco Alisedo y de Juana de Sancetenea Morel). Con sucesión. b) José Domingo Vidart Linares Hernández de la Cámara, casó en Salta, en febrero de 1810, con Manuela Matorras (hija de Domingo Matorras y de Angela Tapia). Alistado en el ejército realista de Tristán, José Domingo Vidart, con el grado de Subteniente, peleó en la batalla de Salta (20-II-1813); cayó prisionero y juró no tomar jamás las armas contra los patriotas revolucionarios. Dejó sucesión y no cumplió su palabra. c) Juan Vidart Linares Hernández de la Cámara. Contrajo nupcias con Basilia Ruiz Carbajal y Gómez, nativa de Salta (hija del Maestre de Campo Antonio Ruiz de Carbajal y Díaz Ibáñez y de María Cecilia Gómez Gallardo, baut. en Salta el 25-XI-1736, que testó allí el 18-XI-1813, ante el Escribano Félix Ignacio Molina). Juan y Basilia fueron padres de Josefa Vidart Ruiz, baut. en Salta el 29-IV-1796, que casó el 6-X-1810 con Rafael Eguren Portal. Hubieron descendencia. 9) Ignacia de la Cámara Elizondo. Contrajo matrimonio con Santiago Porcel de Peralta (hijo de Tomás Porcel de 20

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Peralta y de Petronila del Castillo). Santiago Porcel de Peralta fue dueño de una chacra en la Caldera, que después vendió en 400 pesos a su cuñado Valentín de la Cámara. La descendencia suya se registra en el apellido Porcel de Peralta. 10) Juana de la Cámara, era hija natural de Antonio de la Cámara, según lo declaró éste en su testamento. Estuvo casada con un Martín Martínez de Iriarte, cuya filiación ignoro. Hijo legítimo de Juana y del incógnito Martínez de Iriarte resultó; Francisco Xavier Martínez de Iriarte y Cámara, baut. en Salta el 20-XII-1737. II — VALENTIN DE LA CAMARA ELIZONDO — mi 6º abuelo — fue “casado y velado según orden de nuestra Santa Madre Iglesia, en primeras nupcias”, en Salta, el 19-VI1745, con Juana Crisóstoma de la Corte y Palacios, hija de Antonio de la Corte y Rozas y de María Palacios y Ruiz de Llanos (ver los apellidos de la Corte y Palacios), siendo padrinos de esa boda Gaspar de Mendiolaza y Gregoria de Elizondo, la madre del contrayente. La novia, en tal oportunidad, aportó por vía de dote 800 pesos, “que se le adjudicaron en unas casas de esta ciudad”, a las cuales, posteriormente, el marido cambió con los coherederos de aquella, “dando 100 pesos más”, por el predio rural denominado “Potrero de la Caldera”. Es que don Balentín — así con “B” larga escribíase entonces su nombre — era un rico propietario de fincas campestres que heredara o fueron luego adquiridas con el fruto de su trabajo de estanciero, según lo revelan su testamento e inventarios que corren agregados al respectivo expediente sucesorio. Fallecida doña Juana Crisóstoma, el cónyuge supérstite volvióse a casar con Petrona Ruales, “quien trajo al matrimonio las casas de su morada y una esclava llamada María Antonia”. Con esta segunda consorte mi antepasado no dejó prole. El 1-IX-1776 Valentín de la Cámara “estando enfermo en cama” pero “en mi libre juicio, memoria y entendiDe la Cámara

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miento natural”, otorgó su testamento, ante el Escribano salteño Antonio Gil Infante, y los testigos Manuel Pucheta, Eduardo Burela y Pedro José Saravia. En dicha escritura el testador ordenó ser sepultado en la Iglesia Matriz, o donde lo dispusieran sus albaceas, amortajado su cadáver con hábito “de Nuestra Señora de Mercedes”. Declaró haber procreado por hijos legítimos solo estos 9 de su primer matrimonio; “Petrona, Luisa, Agustina, Balentín, Francisco de Paula, Marcos, Juan Thomás, Juan de Dios y Fernando de la Cámara”. Enumeró luego como bienes suyos; el sitio y “casas de su morada” en la ciudad; una chacra poblada en “La Caldera”, que comprara a su cuñado Santiago Porcel de Peralta, con un potrero contiguo, proveniente de la dote de su difunta mujer Juana de la Corte; otra chacra en “el Pucará”, que había heredado de su padre; así como el potrero “El Candado”, con los denominados “Cerro Redondo y Góngora, que todo lo tengo adjudicado a mi hijo Balentín”. Nombró tutor de sus hijos menores a su yerno Francisco Forcada, y por albaceas, en primer término a su cuñado Agustín de Zuviría, en segundo al dicho Forcada y en tercer lugar a su esposa Petrona Ruales, a quien, además, dejaba “el remanente del Quinto de mis vienes”. Dos meses más tarde ya se había extinguido la vida de don Valentín, puesto que, el 18-XI-1776, sus herederos iniciaron la correspondiente sucesión, por ante el Alcalde ordinario de 2º voto de Salta, Juan Palacios, y el Escribano Gil Infante. La relación del haber hereditario de mi antepasado, la suma y valor de los bienes, ganados y enseres domésticos que se inventariaron en sus fincas “El Pucará”, “El Candado” y “La Caldera” y en su casa mortuoria ciudadana, perdura manuscrita en las fojas amarillas del respectivo expediente judicial. Pero sobre todo, como recuerdo suyo, hoy sigue perdurando una obra suntuosa y única. Me refiero a esa joya barroca que es la puerta del convento salteño de San Bernardo, mandada tallar por don Balentín, y que ostenta su nombre destinado a resistir la prueba de los siglos. Dicho nombre, sin embargo, ha sido mal examinado por los historiadores y críti-

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cos que se ocuparon en dar realce a las excelencias ornamentales de aquel monacato carmelita. En efecto; Bernardo Frias, en sus Tradiciones, fue el primero en estampar que cierto señor, a quien llama “Bernardo de la Cámara”, alcanzó celebridad “con solo grabar su nombre en el marco (de aquella puerta) en que se embelesaba su orgullo”. Miguel Solá — en Arquitectura Colonial de Salta y en su prólogo al cuaderno La Ciudad de Salta, de la colección de Documentos de Arte Argentino — repite que dicha puerta con friso y follaje serpenteante “perteneció a Don Bernardo de la Cámara”. También José León Pagano, en su Arte de los Argentinos, apunta que la famosa puerta “fue construída en 1762 para mansión de don Bernardo de la Cámara”. Y vienen reiterando lo mismo, una tras otra, distintas publicaciones, enciclopedias y guías para turistas. (1) Pues bien; esa puerta, de oscura madera de cedro, luce en la parte superior del marco labrado el escudo de la Compañía de Jesús; y en el medallón de la derecha se lee en abreviatura, sin mayor dificultad, el nombre verdadero de su donador; Don Balentín de la Cámara; mientras el otro medallón a la izquierda indica la fecha en que se fabricó la lujosa armazón; “Año de 1762”. Hay que poner entonces en claro la incuestionable identidad del donante del tallado marco de entrada al monasterio carmelitano de Salta, y no repetir por rutina “Bernardo”, donde dice claramente Balentín. Las estancias de mi antepasado En los autos sucesorios de don Valentín, el Maestre de Campo Juan José Arias Velázquez Vidaurre inventarió las instalaciones, implementos y haciendas de la finca “El Pucará”. Ese prolijo detalle registra primero a “la Sala”, vivienda 1 Destaco una excepción; Monseñor Miguel Angel Vergara, en su estudio “San Bernardo de Salta”, señala que la inscripción del portalón de los Cámara nombra a “Don Pedro Balentín de la Cámara”. El “Pedro” está demás; Vergara ha confundido, en la abreviatura, con una “P”, la “o” metida dentro de la “D” del “Don” Balentín de la Cámara. De la Cámara

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principal de tres tirantes con alcoba y otro cuarto vecino, sus alacenas, puertas con cerraduras, un mojinete, y una pieza de dos tirantes. En el patio interior de altas paredes, techado al costado con ramada nueva, hallábanse tres hornos de amasar pan y el “cepo de algarrobo con aldaba y gozne”, purgador de las faltas graves del personal. Al extremo de ese patio, una “puerta de mano” (tranquera) daba entrada a la huerta; y en el lado opuesto encontrábase la troja cerealera de tres tabiques. Circuía todas aquellas construcciones “un corredor bien enmaderado y retejado”, y en el traspatio proporcionaban sombra “un nogal, dos alvarillos (albaricoques), un granado, un limón y un duraznero de la Virgen”; frutales anexos a “una sidra y una manzano dulce, y unas matas de romero arruinado”. Ahí también crecían nueve limoneros chicos, tres nogales, una higuera y ocho naranjos — tres dulces y agrios los restantes. Frontero al patio levantábase el Oratorio de “El Pucará”; “bien azeado”, con techo de tejas, puerta “de dos manos”, suelo de ladrillos, ventanas con balaustres y una espadaña de la que colgaban tres campanas consagradas. Dentro de la capilla se exponía una imagen de “Nuestra Señora de Dolores, de cera de Castilla”, con su Cristo en brazos; junto a “un Santo Cristo de plata, en una cruz de palo embutida y cantoneada de plata”, y a trece “cuadros de lienzo nuevos”. En el mojinete del altar destacábanse 36 estampas de papel, medianas. Y como ornamentos de celebrar, registra el inventario “una ara consagrada”, en armatoste de tabla con dos cajones a los lados; unas vinajeras de cristal; una campanilla de fierro; una casulla vieja de “perciana colorada” con estola, manípulo y dos “tapa Cáliz, el uno bien tratado y el otro viejo; un frontal nuevo de melanita (granate oscuro), entre nácar y azul; dos palias (colgaduras) de bretaña, ordinaria la una y la otra del mismo frontal; dos albas, una guarnecida de encajes y la otra sin ellos por debajo”; un cáliz, patena y cucharita de plata, pertenecientes a la señora Lorenza de la Cámara, hermana del finado don Valentín; “una bolsa con sus corporales viejos”; dos candelabros de fierro; “un misal bien tratado, con sus gonces de plata y su atril nuevo; un plumero de plumas de 24

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avestruz”; doce libras de cera y un escaño de tres y media varas de largo, nuevo. Más allá del Oratorio y del patio veíanse los corrales “de paredes medianeras con sus puertas de marco”, y un “perchel retejado y enmaderado de varasón de siete tirantes, formado con pies de gallo, y con puertas de dos manos grandes con aldabas”. Inmediato a estas instalaciones había otro corral, más espacioso, de pared con cimientos de piedra, bien tratados; y, algo más lejos, “a la parte del poniente”, una ramada de horcones con techo de paja. La “cocina de media agua, bien tratada”, miraba al naciente, con puerta de aldaba y techumbre de totora. Como a dos cuadras de ella tenía su asiento el molino aguatero de cal y canto, con su “cárcava”, el batán de madera y su rueda moledora. Mirando al norte se registraba otra vivienda con pared buena; y, a continuación, el terreno de los sembradíos, zanjeado en su mayor parte por acequias; con la huerta de “duraznos frutales”, tres perales, diez nogales, diez manzanos agrios, cinco ciruelos y algunos membrillos. Por ahí cerca verdeaba el “alfalfar nuevo” y en distintos canteros multiplicábanse las legumbres, todas en sazón; como el maizal que rendía “dos almudes de semilla”, próximo a una sementera de trigo ya para segar, y a un compacto cañaveral azucarero. Fuera del capataz de la hacienda, Pedro Josef Chaves, y de los peones libres asalariados, vivían en “El Pucará” los siguientes esclavos de propiedad del causante; la negra María, como de 35 años de edad; el negro Bautista, como de 40 años; y otro moreno llamado Manuel, como de 20. En el campo, se recontaron 208 yeguas, “las más de ellas Aguilillas” (de paso rápido); a cuyo número se agregaban los potros chúcaros de la misma calidad; como asimismo 47 potrancas, 11 padrillos “peoneros”, entre mansos y redomones; 10 mulas mansas, incluso 3 “de adición”; 6 mulas chúcaras de año para arriba; 139 cabezas de ganado vacuno, entre machos y hembras; 37 bueyes y 55 ovejas. Después, en “los retazos de Estancia” conocidos por “El Candado”, “Góngora” y “Zerro Redondo”, el mismo inven-

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tariador Arias Velázquez recontó 41 vacunos y 803 yeguarizos. Por otra parte, el Sargento Mayor Fermín de la Corte tuvo a su cargo el inventario de la chacra “La Caldera” y del potrero contiguo a ella, distantes como a 4 leguas de la ciudad de Salta. En “La Caldera” fue recibido de la Corte por Joseph Patricio Lazo, encargado de la finca, quien, previo juramento, manifestó solo estos bienes de su difunto patrón; Un rancho casi demolido, una “azuela vieja” y 12 vacas de año para arriba. Y en el potrero anexo a dicha chacra, luego de recogida y encerrada la hacienda por los peones en el “corral de orquetería y su trascorral de rama”, llevóse a cabo el recuento con este resultado; 606 cabezas vacunas de año para arriba, inclusive 27 bueyes; 35 caballos viejos muy mal tratados; 42 yeguas “de hierra” (es decir orejanas) y dos machos, uno manso “lunanco”, y el otro de 2 años, “chúcaro”. Por último, el 25-I-1777, el Teniente Alguacil José Casanueba, en la no tan nueva casa mortuoria de Balentín de la Cámara en la ciudad, tomó declaración a la viuda Petrona Ruales, la que dijo que en esa morada de propiedad suya no había bienes muebles adquiridos por el difunto durante el matrimonio, salvo algunas mejoras, como ser; “una despensita de media agua; una ramada de orcones; las chapas y llaves que se contienen en todas las puertas; dos alasenas sin serraduras ni llaves; una Barbacoa, que así mesmo construió de su peculio el finado, con excepción de las tablas de que se compone y toda la teja con que se tejó lo perteneciente a la sala”. Valentín de la Cámara y su primera esposa Juana Crisóstoma de la Corte y Palacios hubieron — cual se dijo anteriormente — estos nueve vástagos: 1) Petrona de la Cámara y de la Corte, que casó en Chicoana, el 9-VI-1769, con Hilario de Ubierna; hijo de Antonio de Ubierna y de Teresa Padilla, casados en Salta el 10-IV1718; nieto paterno del Capitán Miguel de Ubierna y de Magdalena de Lasarte; nieto materno del Maestre de Campo Bernardino de Padilla y de Eufemia Caso; y bisnieto, por la línea paterna, del Teniente de Gobernador de 26

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Salta Antonio de Ubierna Frias Sandoval y de su mujer Francisca de Medina Pomar y Zurita. Cuando Petrona celebró sus esponsales, su padre le anticipó a cuenta de su herencia, “ropa de vestir y otros trastes, 180 pesos, una negra llamada Cathalina de edad de 30 años, y un sitio edificado compuesto de tienda y trastienda”. Del matrimonio Ubierna - de la Cámara provienen: A) Exequiel de Ubierna y Cámara, que casó con Lovelia Plazaola Saravia. Con sucesión. B) Gaspar de Ubierna y Cámara, baut. en Salta el 13-I1778. A su debido tiempo se ordenó de clérigo en el seminario de Córdoba. En 1802, por muerte del primer Capellán Juan Antonio Porcel de Peralta y Cámara — su tío segundo —, a Gaspar le correspondió la tenencia de la Capellanía que fundara su tía abuela Lorenza de la Cámara en 1794. Para hacerse cargo de ella, el candidato tuvo que acreditar su filiación y su derecho al beneficio, y, como el mismo dijo; “entre todos los parientes que existen de la finada mi tía, no hay otro más inmediato que yo, además de apto, digno e idóneo ... disto (de la Fundadora) en tercer grado de consanguinidad, por ser hermana de mi abuelo materno Don Balentín de la Cámara ... a que se agrega la evidente pobreza mía y de mi casa, compuesta de una madre ansiana y viuda y de tres hermanas desvalidas, sin más amparo que la Providencia y el de mis débiles fuerzas”. Y en la posterior información que el Obispo Videla del Pino mandó levantar al efecto, el testigo Maestro Isidoro López, declaró conocer a Gaspar y a sus padres, “de igual nobleza y honradez, que ninguno de ambos tiene raza de negro, mulato, indio, ni moro, y que jamás ha oído decir hayan sido causados, ni penitenciados por el Santo Oficio”. El clérigo Gaspar fue puesto en posesión de la Capellanía familiar el 21-II-1810, por el Obispo Videla del Pino. Posteriormente, desde 1829 hasta 1832, Gaspar se desempeñó como cura párroco de la Iglesia de San Carlos, en el valle calchaquí. De la Cámara

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C) Mariana de Ubierna y Cámara, que casó con José Francisco Gozalvez Arias. Sin hijos. D) Máximo de Ubierna y Cámara, marido de María Antonia Arias Velázquez. Con sucesión. E) Josefa de Ubierna y Cámara, que casó con N.N.Caro. Hijo suyo resultó el Coronel de las milicias de Güemes Norberto Caro, quien falleció en Chicoana el 10-VII1824. Con su esposa Francisca Morales, Norberto dió vida a Gabriela Caro Morales, que se casó con Gerónimo Zambrano. Fueron estos cónyuges los abuelos de mi amigo fallecido el Dr. Rafael Zambrano. Por lo demás, todos los Caro de Salta descienden del matrimonio Caro - Ubierna. F) Manuela de Ubierna y Cámara, casada con José Vicente López Burela Aguirre (hijo del Maestre de Campo José López Burela y de Inés Luisa de Aguirre Fernández Cabezas). Su sucesión se registra en el apellido Aguirre de Talavera de la Reina. G) Emeterio de Ubierna y Cámara. H) Petrona de Ubierna y Cámara, que casó con José Domínguez Morón, español, educacionista. Su nieta Clara Orihuela Morón contrajo nupcias con su pariente David Zambrano. Son estos los padres de mi recordado amigo Rafael Zambrano Orihuela. I) Bautista de Ubierna y Cámara. J) Norberto de Ubierna y Cámara, marido de Mercedes Estefanía Martínez Arias Velázquez. Una de sus hijas, Bárbara de Ubierna Martínez Arias se casó con Mariano Cabezón Outes, latinista y matemático. De ellos vienen los Cabezón Castro Sancetenea, Solá Castro, Remy Araoz Solá Castro, Lupión Castro, etc, etc. 2) Luisa de la Cámara y de la Corte — mi antepasada —, que sigue en III. 3) Valentín de la Cámara y de la Corte, el cual nació en Salta hacia 1753. Su progenitor, el viejo don Balentín, expresó en su testamento de 1776; “declaro haber tomado estado de matrimonio el dicho mi hijo Balentín, y le tengo dado quatrocientos pesos, según consta en mis apuntes, con más 28

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el Potrero del Candado, incluso el Cerro Redondo, desde la boca de la Quebrada del Perú, conforme lo he posehido, en ochocientos pesos, con más una manada de yeguas, con veinte o veinte y cinco cavesas, a doce reales, y ochenta y tres cavesas de ganado bacuno, a tres pesos cavesa”. Tres años después, el 31-XII-1779, ante el Escribano Antonio Gil Infante, “Balentín de la Cámara y Corte” vendió a Pedro de la Zerda el “Potrero del Candado” (2), que heredó de su padre y de su abuelo; menos un “retazo” de esas tierras que el vendedor había transferido a su cuñado Hilario Ubierna, que caía “al poniente de las de esta venta y hace un triángulo, y se halla naturalmente dividido; por un lado el río nombrado del Zerro Negro, por otro la Quebrada de las Tropas, y por otro un riachuelo de agua colorada”. Ignoro el nombre y filiación de la esposa de Valentín “el mozo”, y si hubo descendientes. 4) Agustina de la Cámara y de la Corte, que casó con Francisco Forcada. A raíz de su casamiento Agustina recibió en dote de su padre un “sitio” ubicado al fondo de la casa que éste diera a su otra hija Luisa, “para que lo edificase”, con 2 El “Potrero del Candado” fue vendido así en 1779 a Pedro de la Zerda, quien, en la misma fecha y ante el mismo Escribano, dijo en otra escritura que había adquirido ese campo para Juan Torres, al que por 800 pesos Zerda le traspasó todos los derechos de propiedad y dominio sobre el terreno referido. Veinte años más tarde, el 8-VII-1799, la viuda de Torres, María Mariano Lázara, vendió el “Potrero del Candado” al Teniente Coronel Manuel Antonio de Tejada - suegro de “Macacha” Güemes Goyechea de la Corte, prima segunda de Valentín de la Cámara de la Corte. A su vez, la enajenante María Mariano Lázara, era una india vecina del paraje “de la Zilleta”, la cual luego de enviudar de Juan Torres pasó a segundas nupcias con el “cholo” Fermín Farfán. Los 800 pesos conque comprara su marido “el Potrero del Candado” los había heredado María de su padre; el indio Matías Mariano. Ahora bien; a raíz de la última compraventa, Manuel Antonio Tejada le quedó debiendo 100 pesos a María Mariano Lázara; pero un yerno de ella, otro indio de nombre Francisco Bruno, le robó a su suegra el documento donde constaba la referida deuda, seguramente para cobrar Bruno esos 100 pesos. Tejada se negó a pagar dicho precio si no se le presentaba el comprobante respectivo. La india María, entonces, representada por “Bentura Ruiz de Llanos”, reclamó su derecho ante el Gobernador José Medeiros y, finalmente en 1807, quedó cancelada la deuda en cuestión. De la Cámara

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el uso de la misma puerta de calle para ambas hermanas. Además, formaban parte de la dote de Agustina “como 50 pesos en ropa de vestir”, y una esclava llamada María de 30 años de edad. El 1-IX-1776, en su testamento, Valentín de la Cámara “el viejo” nombró a su yerno Francisco Forcada tutor de sus hijos menores; y también su albacea en segundo término. Forcada, a la sazón, era Corregidor en la provincia altoperuana de Lipez, y allí estaba en 1777, ignorándose en Salta el tiempo en que regresaría al valle de Lerma. Debió volver a su hogar o falleció antes de 1781, puesto que ese año ejercía el corregimiento de Lipez Salvador Pacsi y Perernau, a quien degollaron los indios rebelados por Tupac Amarú. 5) Francisco de Borja de la Cámara y de la Corte. Casó con Gabriela Mí (hija de Mateo Mí Gallinato y de Gabriela Rodríguez Gaete). Gabriela Mí era viuda de Luis Ruiz de Llanos Fernández Pedroso. Una de las cláusulas del testamento del viejo Balentín de la Cámara expresaba; “Declaro ser mi voluntad que al referido mi hijo Borja se le adjudiquen por taxación la Chacra y Potrero de la Caldera”, menos “todo el ganado que (ahí) se halle”, cuyos animales destinaba el causante a sus otros hijos menores; Marcos, Juan Tomás, Juan de Dios y Fernando. Hubo Francisco de Borja estas tres hijas: A) Feliciana de la Cámara Mí, casada con José Lorenzo Doncel Villena. B) Petrona Ignacia de la Cámara Mí. C) María Clemencia de la Cámara Mí. 6) Marcos de la Cámara y de la Corte, era menor de edad en 1777, y su padre le adjudicó en su testamento, conjuntamente con sus otros hijos menores, Juan Tomás, Juan de Dios y Fernando, la importante chacra “del Pucará”, además de toda la hacienda que pastoreaba en los campos de “La Caldera”. 7) Juan Tomás; 8) Juan de Dios; y 9) Fernando de la Cámara de la Corte.

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III — LUISA DE LA CAMARA Y DE LA CORTE fue bautizada en Salta el 8-VIII-1750. A su debido tiempo contrajo enlace con Marcos Morel. Su padre, don Balentín declaró en su testamento, el año 1776, haber casado “a mi hija Doña Luisa con Don Marcos Morel, ya difunto, a quien le tengo dado a cuenta de su legítima herencia como 250 pesos, en ropa de bestir y otros trastes al tiempo de su matrimonio, y una esclava llamada Teresa como de 25 años, y un sitio edificado y concluído, compuesto de una tienda y trastienda de un tirante, su trastienda de dos, saguán y puerta a la calle con cerraduras y llaves corrientes, cuio sitio comprende de fondo, de Norte a Sur, 30 varas con lo edificado”. Casi nada sé de mi antepasado Marcos Morel, salteño nativo y, según creo, hijo de Pedro Morel, fundador de su apellido en Salta. Este Pedro Morel era francés, originario de “la ciudad de Canú” (debe ser Concarneu mal escrito), “en Bretaña, del Reyno de Francia”. El 6-IX-1711, el forastero pidió licencia a la Curia de Salta para tomar estado con Bárbara de Alarcón. El solicitante había venido de Bretaña en un navío que conducía géneros y mercaderías de su país al puerto de Buenos Aires. Aquí se detuvo tres meses y medio, y luego prosiguió su travesía por el Atlántico ingresando al océano Pacífico por el estrecho de Magallanes, para desembarcar en “Concepción del Reyno de Chile”. Más tarde nuestro bretón atravesó en mula la cordillera de los Andes y estuvo en Mendoza y San Juan. De este último punto vino a radicarse en Salta; “residente de dos años a esta parte de este reino”, dice el interesado en su solicitud para casarse con Bárbara Alarcón (cuyo documento se conserva en el archivo del Obispado salteño). Vale decir que el hombre llegó a Salta en 1709. Doña Bárbara era viuda de primeras nupcias de Andrés Gómez, con quien hubo a Rosa Gómez Alarcón, que en 1741 se casaría con Juan de la Cámara Elizondo, cual apuntamos más atrás. Señalo sin embargo que aquel año 1711, María Aldave, esposa del Capitán Joseph de Pineda, dió un poder para testar a “su yerno Pedro Morel” (sic). Por tanto si éste llegó a casarse con Bárbara Alarcón, parece que era viudo de una De la Cámara

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señora de Pineda y Aldave. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que poco después, el 26-X-1712, ante el Alcalde de 2º voto Josef Fernández Pedroso, Pedro Morel, “vecino de Salta”, otorgó una obligación de pago a favor del Maestre de Campo, Caballero de Santiago y Gobernador del Tucumán, Esteban de Urizar y Arespacochaga; y que doce años más tarde, a fines de 1724, ya no vivía el bretón Pedro Morel, puesto que el 5-I1725, ante el Escribano de Salta Gregorio Peralta, se hizo presente el mismo Urizar y Arespacochaga en una escritura relativa a los bienes hereditarios de Francisca Morel, hija del finado don Pedro, en su carácter de albacea de éste, instituído por otra escritura anterior del 27-IV-1724, ante Francisco López de Fuenteseca. El causante por lo demás, había dejado dos hijos; Marcos — futuro marido de Luisa de la Cámara — y Francisca Morel, la cual, no obstante ser ella propietaria de una hacienda llamada “El Rosario”, el viejo “Baletín” de la Cámara, en su testamento de 1776, dispuso; “se le dará de limosna a Doña Francisca Morel cinco varas de bayeta de la tierra, y el resto del rollo se le entregará a mi hijo Hilario (Ubierna) para que tenga con que segar el trigo, con lo que ha de mantener a su madre y a mis chicos”. Mi quinto abuelo Marcos Morel ingresó en el sepulcro en 1769. Corridos nueve años, el 22-XII-1778, en Salta, su viuda Luisa de la Cámara contraía segundas nupcias con Manuel Francisco de la Vega Velarde, “natural de los Reynos de España”, de la parroquia de San Juan de Tamón, del Consejo de Carreño en Oviedo (hijo de Pelayo de la Vega y de María Leonarda Velarde). Bendijo la boda el cura Gabriel Gómez Recio, y fueron testigos de la misma Antonio de Figueroa y Francisco Costas. Once meses atrás (el 18 de enero) Manuel Francisco de la Vega, ante el Escribano Antonio Gil Infante, había adquirido de los herederos de Balentín de la Cámara, por el precio de 4.000 pesos, la finca nombrada “Pucará”. Luisa de la Cámara y de la Corte — que falleció pasado el año 1797 — hubo con Marcos Morel, su primer marido, los siguientes hijos:

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1) María Manuela Morel de la Cámara — mi antepasada — que sigue en IV. 2) María Francisca Morel de la Cámara, que se casó en Salta el 5-III-1788 con Juan Nadal y Guardia, “natural del Principado de Cataluña”, de la villa de Calaf, provincia de Barcelona (hijo de Ramón Nadal y Guardia y de María Gisande y Montt). Juan era propia hermano de Jaime Nadal y Guardia, rico comerciante y vecino influyente de Salta, quien incursionó por el Gran Chaco a las órdenes del Coronel Francisco Gabino Arias, escribiendo luego un Diario, donde quedaron registradas las peripecias de esa campaña militar. Fue este Jaime el que encargó a otro hermano suyo, Ramón Nadal y Guardia, residente en Madrid, le remitiera a Salta la imagen de la Virgen llamada “de la Soterranía”, que, en el convento dominicano de la villa española de Nieva, se veneraba como neutralizadora de los rayos, centellas y tormentas del cielo. Estas descargas eléctricas habían provocado en Salta una horrorosa tragedia; fulminaron de muerte, la noche del 23-XII-1786, a Pedro del Castillo (marido de María Antonia Ibarguren Fernández Argañaraz) y a tres de sus hijos, cuando volvían de su estancia del río Ubierna a la ciudad. La imagen de Nuestra Señora de Nieva fue entronizada solemnemente en la Iglesia salteña de San Francisco, el 9-I-1790, y don Jaime se reservó para sí y sus herederos el patronato de la referida estatuilla y del altar de su veneración. Posteriormente Jaime Nadal y Guardia instalose en Buenos Aires. Acá, después de la primera invasión inglesa, organizó el “Tercio de Catalanes o Miñones”, uno de los regimientos mejor armados y equipados para la defensa de la ciudad. En 1810, dicho catalán resultó electo Regidor del Cabildo porteño, y, al producirse la revolución de Mayo, la Junta, el 17-X1810, los tomó presos a los capitulares del antiguo régimen, siendo Jaime Nadal y Guardia confinado al Fortín de Ranchos. Tiempo más tarde pudo, el personaje, volver a Salta, pero regresó a Buenos Aires donde murió el 4-XI1814. De la Cámara

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De actuación mucho más modesta que la de su hermano, Juan Nadal y Guardia, lejos “del mundanal ruido” de la política, aunque ocupara el cargo de Regidor de Salta, fundó su hogar en esa ciudad con María Francisca Morel de la Cámara, y testó el 24-XII-1829, ante Félix Ignacio Molina. Estos resultaron sus hijos: A) Juan Francisco Nadal y Morel, baut. en Salta el 17-IV1792. Falleció infante. B) Saturnino Nadal y Morel, baut. en Salta, el cual más tarde, bajo la influyente protección de su tío Jaime, se instaló en Buenos Aires, donde, el 24-XII-1811, se casó con María Petrona de Oromí y La Sala (hija del caballero catalán de la Orden de Carlos III, Ramón de Oromí y Martiller y de la porteña Indalecia Agustina de La Sala - Lassalle - y Fernández Larrazabal). Su hijo fue: a) Juan Ramón Nadal y Oromí, militar que sirvió a Rosas y después a Urquiza. Peleó en la guerra del Paraguay; y luego, hasta el fin de sus días, su carrera se realizó en la provincia de Buenos Aires y en la Capital, donde, con el grado de Coronel, murió el 12-XI-1886. Habíase casado en el pueblo de Exaltación de la Cruz, el 25-IV-1838, con Manuela Moll, porteña (hija de José Moll y de Manuela Arriaga). Son los padres — entre otros hijos — del Coronel Marcial Nadal, que sirvió al gobierno de la Confederación, combatió luego en la guerra del Paraguay y, después, en las luchas del desierto contra los indios, hasta la campaña final de 1879 que comandó el General Roca. Siguió sirviendo Nadal en la frontera patagónica y desempeñando también otras importante comisiones hasta su fallecimiento, ocurrido en Buenos Aires el 28-IX-1900. Estuvo casado , desde el 26-I-1878, con Dolores González Soto (hija de Mauricio González Soto y de Dolores Andrade). C) José María Nadal y Morel, baut. en Salta el 9-IX-1794. D) Ramón Ignacio Senén Nadal y Morel, baut. en Salta el 9-II-1797.

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E) Romualdo Nadal y Morel, que murió soltero en Buenos Aires. F) María de los Angeles Nadal y Morel; creo era la esposa del Coronel realista Melchor Lavín, pasado después a los patriotas y herido mortalmente en el Cuzco, el 22III-1821. G) Josefa Luisa Nadal y Morel; fue, si no me equivoco, consorte de Gaspar Claver, diputado de Olañeta que suscribió el armisticio del 15-VII-1821, con el representante patriota Facundo Zuviría, a raíz del cual las fuerzas realistas abandonaron el recinto urbano de la ciudad salteña que habían ocupado. H) Benedicta Nadal y Morel, que casó con Napoleón Güemes, baut. el 1-XI-1805 (hijo del tesorero Gabriel Güemes Montero y de la Bárcena y de Magdalena de Goyechea y de la Corte). De ese casamiento de un tío con su sobrina nacieron: a) Amalia Güemes Nadal, que casó en Salta el 8-II-1848 con Isaac de Gurruchaga (hijo del prócer Francisco de Gurruchaga y Fernández Aguirre y de Agueda Guerrero de la Rosa). Hubieron conocida descendencia; nieto de don Isaac y de doña Amalia es mi distinguido amigo el historiador Atilio Cornejo Mollinedo Valdés y Gurruchaga. b) Adela Güemes Nadal. Casó en Salta el 30-XI-1856 con su primo hermano — por la línea paterna — y primo tercero — por la materna — Martín del Milagro Güemes Puch (hijo del caudillo Martín Miguel de Güemes y de su mujer y sobrina tercera Carmen Margarita Puch Velarde y de la Cámara). Martín del Milagro fue Gobernador de Salta de 1857 a 1859. I) Juan Mariano Nadal y Morel. J) Jaime Nadal y Morel. K) José Manuel Nadal y Morel. Hijos de Luisa de la Cámara y de la Corte procreados con su segundo marido Manuel Francisco de la Vega Velarde fueron: De la Cámara

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3) Francisco de la Vega Velarde de la Cámara, nacido el 18X-1781. Jefe de Maestranza y Comandante de las milicias gauchas que acaudillaba su sobrino Martín Miguel de Güemes. Casó con Juana Cornejo (hija de Juan José Fernández Cornejo de la Corte y de Gertrudis Medeiros Martínez de Iriarte de la Cámara). Con larga progenie. 4) Tomás de la Vega Velarde de la Cámara, que casó en Salta el 9-VIII-1816 con María Mercedes Fresco. Con sucesión. 5) Dorotea de la Vega Velarde de la Cámara, casada en Salta en julio de 1791 con Domingo Puch, español, nativo del barrio de Olaveaga, municipio de Bilbao en Vizcaya (hijo de Gerónimo Puch y de María de Izuleta). Domingo Puch, aunque europeo, apoyó la revolución americana, y después de testar el 13-IV-1821, ante el Escribano Mariano Nicolás Valda, murió en Salta el 25-III-1827, y lo enterraron en la Iglesia del convento de La Merced. Doña Dorotea habíasele anticipado en el viaje sin retorno, el 28-XII-1815. Estos resultaron sus hijos: A) Gerónimo Puch Velarde, el primogénito, que falleció el 26-X-1862. B) Carmen Puch Velarde (foto), nacida en Salta el 21-II-1797. Allí se casó el 10-VII-1815, con su pariente Martín Miguel de Güemes, Gobernador y Caudillo magno de Salta. Dejó de existir doña Carmen el 3-IV-1822 en su ciudad natal. Procreó estos hijos: a) Martín del Milagro Güemes Puch, nacido en Salta el 2-IX-1817, quien fue Gobernador de la provincia de 1857 a 1859. Estuvo casado como vimos, con su prima Adela Güemes Nadal. b) Luis Güemes Puch, nacido en Salta el 21-VII-1819. Se casó el 7-VIII-1850 con su múltiple parienta Rosaura Castro Sancetenea (hija del Coronel Pedro Antonio Castro y de Matilde de Sancetenea y Morel de la Cámara 36

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mis tatarabuelos). Su descendencia se registra en el apellido Castro. c) Ignacio Güemes Puch, fallecido en tierna edad. C) Manuel Puch Velarde. Militante unitario en las luchas políticas lugareñas por la conquista del poder. “Célebre por su espíritu populachero y dado a las revueltas capitaneando a la plebe” — lo recuerda Bernardo Frias. Casó con Juana María Gorriti Zuviría (hija del Abogado y General, congresista de Tucumán en 1816 y luego Gobernador de Salta, José Ignacio Gorriti Cueto y de Feliciana de Zuviría Castellanos). Don Manuel murió el 20-XI-1870. D) Juan de la Cruz Puch Velarde. Activo participante como sus hermanos, en las revoltosas viscisitudes de la política salteña. Habíase casado el 21-XII-1823 con María Manuela Arias (hija de Nicolás Arias Castellano y de Vicenta de Zuviría Castellanos). Don Cruz falleció en Salta el 18-IX-1859. E) Dionisio Puch Velarde, nacido en Salta el 9-X1804. Comenzó su carrera de hombre público sublevándose contra el Gobernador Arenales, junto con su hermano Manuel y el aventurero colombiano Coronel López Matute. Exiliado en Bolivia, desde allí se dispone, más tarde, a levantar el norte argentino contra Rosas. Del otro lado de la frontera organiza golpes de mano e invade la provincia salteña. Una de esas aventuras le reporta, en forma efímera y violenta, el gobierno de Salta en 1841. Fracasadas sus intentonas armadas, vuelva a refugiarse en Bolivia, y después viaja a Europa. Caído Rosas retorna a la patria; es elegido Gobernador de Salta en 1856, pero dimite al poco tiempo el 7-VI-1857, a causa de su salud, alejándose de sus lares. Viajero tan inquieto De la Cámara

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como político, el General Dionisio Puch se encaminó al otro mundo en Lisboa el 17-IX-1873. F) Domingo Puch Velarde, del cual carezco de noticias. IV — MARIA MANUELA MOREL DE LA CAMARA contrajo matrimonio con José Antonio Calixto de Sancetenea, al cual con estos nombres lo bautizaron en la madre patria el 15—X-1777, siendo sus padres Francisco Javier de Sancetenea Berrotarán (3) y Antonia de Ugalde y Yarza. El hogar de los Sancetenea — según el linajista guipuzcoano Juan Carlos de Guerra — era oriundo de Fuenterrabía. (Sancetenea, quiere decir en vascuence “el de Sancet o Sancho, el de la casa de Sancho”). Don José Calixto debió de radicarse en Salta hacia el año 1790. Poco después, él contraería allí aquel enlace. Tuvo casa propia en la ciudad, y en sus afueras la “chacarita de Mamaolalla”, que perteneció luego a su concuñado Domingo Puch, padre político del caudillo Martín Miguel de Güemes. En 1797, nuestro personaje fue nombrado “Ayudante Mayor” en la administración salteña. El 5 de diciembre de ese año, Tadeo Fernández Dávila, asesor del Gobernador de Salta Rafael de la Luz, le expresaba al Virrey Olaguer Feliú; “Acompaño el título de Ayudante Mayor librado a favor de Don Calixto Sancetenea y suplico a S.E. se sirva confir3 He aquí tres eslabones genealógicos del linaje vascongado que me ocupa: I - Los cónyuges Pedro de Sancetenea y Magdalena de Guevara procrearon por hijo a: II - Miguel de Sancetenea Guevara, quien casó primero con Dorotea de Silva y no hubo hijos con ella. Después pasó a 2as nupcias con Francisca Antonia de Berrotarán y Lizardi, pariente en 4º grado (hija de Antonio de Berrotarán y Arzua y de Ana María de Lizardi). Miguel y Francisca echaron al mundo 9 vástagos; Ana Francisca, María Bautista, Francisco Javier, (que sigue en III), María Magdalena, María Ignacia, José Tiburcio, Francisco Antonio, María Francisca Antonia y Pedro Ignacio. III - Francisco Javier de Sancetenea Berrotarán casó con Antonia de Ugalde y Yarza (hija de José de Ugalde y de Ana Francisca de Yarza. Fueron sus hijos; Francisco Javier, Miguel Damián, José Antonio Baltasar y mi 4º abuelo José Antonio Calixto de Sancetenea y Ugalde. 38

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marlo”. Con posterioridad ejerció mi ascendiente las funciones de Subdelegado del “Pueblo de la Rinconada” (hoy departamento provincial de Jujuy, a 35 kilómetros de Cochinoca, antigua encomienda minera regida por un Teniente Gobernador de Minas, donde había — o aún hay — yacimientos auríferos). El Gobernador Rafael de la Luz, se dirige al Virrey Avilés y le “avisa haber dado a reconocer a Don José Calixto de Sancetenea por Subdelegado del Partido de la Puna, en cumplimiento del título que V.E. se ha dignado expedirle”. En ese carácter de Subdelegado de rentas, ese 4º abuelo mío, tenía facultad para entender en primera instancia, en las causas de contrabando y defraudación cometidos en su distrito en perjuicio de la Real Hacienda. Por otra parte, el 29III-1803, Don José Calixto, ante el Escribano de Salta Marcelino Miguel de Silva, dió poder a Jaime Nadal y Guardia, vecino de Buenos Aires, a fin de que recurriera “ante Su Magestad y sus Reales Consejos, Audiencias y Chancillerías y demás Tribunales superiores e inferiores”, y lo represente en todos los asuntos a tramitarse en ellos en que el poderdante fuese parte. En 1808 Sancetenea integró como Regidor el Cabildo salteño, presidido entonces por el Gobernador Intendente interino José Medeiros, y compuesto además por los capitulares Lino Rosales, Hermenegildo Hoyos, Mateo Saravia, José Vicente Toledo, Calixto Gauna, Francisco Antonio Valdés y el Escribano Marcelino Miguel de Silva. Durante la revolución emancipadora Al tenerse en Salta conocimiento de los sucesos porteños del 25 de Mayo de 1810, “todas las clases sociales, todos los rangos y jerarquías se pronunciaron por la revolución con un entusiasmo y una decisión insuperables” — generaliza el historiador salteño Bernardo Frias. “El Rey de España no contó en Salta con un solo partidario” — exagera don Bernardo — “exepción hecha — agrega — de Isasmendi, de los Costas y los futuros coroneles D. Saturnino y D. Pedro Antonio Castro (mi tatarabuelo), entre la gente visible”. El De la Cámara

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exaltador de Güemes, en páginas más adelante de su conocido libro, amplía el número de los realistas de la clase principal lugareña, entre otros con; José Uriburu (mi tatarabuelo), Tomás de Archondo, Matías Linares, Juan y Jaime Nadal, Marcos Beeche, José Antonio Chavarría, Manuel Antonio y Francisco Tejada, Antonio San Miguel, Francisco Ansede Graña, Fernando Aramburú, Francisco Avelino Costas, Francisco Valdés y Calixto Sancetenea, “como que todos ellos eran españoles” - dice. Y cuando Frias alude a don José Calixto como progenitor de Joaquina Sancetenea, de la cual refiere estaba enamorado el Coronel Saturnino Castro, afirma que la niña era “como su padre realista hasta los huesos”. En rigor de verdad, esas clasificaciones en montón resultan aventuradas y muy relativas, ya que, durante el lapso que va de 1810 a 1816, tanto los partidarios de los sucesivos gobiernos con sede en Buenos Aires, cuanto los que se opusieron a esas Juntas, Triunviratos y Directorios, luchaban, unos por la conquista del poder y otros por conservarlo. Todos pretendiendo o pretextando gobernar todavía en nombre de Fernando VII; Los españolistas, en brega para imponer acá la constitución sancionada por las Cortes de Cádiz en 1812; los que se declaraban patriotas americanos, en apoyo del remedo de aquellas Cortes gaditanas que fue la Asamblea bonaerense del año XIII, que no llegó, sin embargo, a dictar ninguna constitución. Producido en 1810 el cambio de autoridades en la capital rioplatense, con la deposición del Virrey Cisneros, en Salta Calixto Sancetenea dona 10 pesos “para auxilio de la Expedición a las Provincias interiores” — cual estampó la “Gazeta de Buenos Ayres”. A partir de entonces, no solo habrían de acentuarse los tremendos trastornos en el mundo y en la sede virreinal, sino que también los desórdenes, combates y altibajos revolucionarios estuvieron en Salta a la orden del día. Así, el 9-I-1813, los miembros de su Cabildo; Bruno de Oro, Miguel J. Gómez, Manuel Fernando Aramburú, Francisco Avelino Costas, José Antonio Chavarría, José de Uriburu, José Domingo García, Francisco Lezama y Francisco E. Martínez, en sesión extraordinaria presidida por el 40

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Gobernador interino José Márquez de la Plata, tras escuchar la lectura de “un pliego cuyo contenido era la constitución de la Monarquía ... acordaron su cumplimiento, ostentando públicamente su alegría y adhesión a este Código Nacional, cuya publicación se hará a la mayor brevedad, según se ha acordado, y con toda solemnidad, avisando al público para su asistencia”. De consiguiente “se publicó solemnemente en los parajes públicos la Constitución sancionada en Cádiz (el 18-III1812) por las Soberanas Cortes y Rejencia del Reyno”, para que el vecindario manifestara su regocijo iluminando sus casas por tres noches. Por fin el 30 de enero, “colocado el cuerpo capitular y el Sr. Gobernador en un magnífico tablado en la Plaza Mayor, en concurso de mucho pueblo, se leyó y publicó en alta voz la Constitución Política de la Monarquía. Concluído este acto, con repiques de campanas y salvas de artillería y un escuadrón de caballería, se repitió la misma publicación en la Plazuela de la Iglesia de Mercedes. Y el día 31 se celebró Misa solemne en acción de gracias, se leyó la Constitución antes del ofertorio, y concluída, el Dean celebrante, de capa y coro, se acercó a una mesa dispuesta en el Presbiterio con los Santos Evangelios, y juró bajo la forma prescripta. Hizo lo mismo el Gobernador, y recibió este juramento al clero, vecindario, Ayuntamiento, al Señor Provisor del Obispado, Cabildo Eclesiástico, comunidades de San Francisco, Merced y Belén, y a todos los empleados. Enseguida se cantó un Te Deum, con lo que se concluyó el acto”. Y para constancia de ello lo certificó el Escribano Isidoro Matorras, cual lo registra el acuerdo capitular del 3-II-1813. Y bien, exactamente 17 días después de las ceremonias transcriptas, el ejército del Segundo Triunvirato de Buenos Aires, al mando del porteño Belgrano, derrotaba en el campo de Castañares a las fuerzas que, obedientes a las autoridades de Lima, comandaba el arequipeño Pio Tristán. En consecuencia, los Regidores fieles a la Constitución de Cádiz resultaron barridos de sus cargos, para ser reemplazados, ipso facto, por otros considerados “patriotas”; los cuales constituyeron nuevo Cabildo el 23 de febrero (a los tres días de la batalla triunfal) integrándose el cuerpo de esta manera; Juan De la Cámara

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integrándose el cuerpo de esta manera; Juan Antonio Alvarez de Arenales y Gerónimo López como Alcaldes, y Calixto Sancetenea, Juan Manuel Quiroz, Fructuoso Figueroa, Mateo Jimeno y Juan Antonio Alvarado como Regidores. ¿Que fue lo primero que hizo el flamante Cabildo al día siguiente de su establecimiento? Leamos el Acta respectiva; “En la ciudad de Salta, capital de la provincia de su nombre, a 24 de febrero de 1813, estando en esta Sala Capitular los Señores del muy Ilustre Cabildo Justicia y Regimiento, presididos del Señor Brigadier General en Jefe del Ejército de la Patria, Don Manuel Belgrano, con todas las corporaciones seculares, eclesiásticas, regulares y vecindario, a efectos de reconocer y jurar la autoridad Soberana representada en la Asamblea General Constituyente de las Provincias Unidas del Río de la Plata; el espresado General en Jefe recibió juramento en forma solemne al Ilustre Cabildo secular, Curas, Rectores, Canónigos y demás eclesiásticos seculares y regulares; y en seguida lo verificó en igual forma el Alcalde ordinario de 1º voto a todo el vecindario representado en las cabezas de familia, quienes reconocieron y juraron unánimemente con demostraciones de júbilo y placer. Concluído este acto, se dirigieron a la Santa Iglesia Catedral, donde con presencia del Santísimo Sacramento se cantó el Te Deum, quedando así perfectamente concluído tan solemne acto, con repiques generales y salvas; habiendo acompañado al espresado Señor General a su posada, de donde se retiró el Muy Ilustre Cabildo a estas casas consistoriales, habiendo mandado antes la iluminación de esta ciudad por tres días. Y lo firma el Señor General e Ilustre Cabildo, doy fé; Manuel Belgrano; Juan Antonio Alvarez de Arenales; José Calixto Sancetenea; Gerónimo López; Fructuoso Figueroa; Mateo Jimeno; Ysidoro Matorras, Escribano”. De lo expuesto se comprueba que el Regidor “patriota” Sancetenea no fue tan “realista hasta los huesos” como en esa circunstancia lo era el destituído Regidor José de Uriburu, a quien, sin embargo, la Junta revolucionaria de Buenos Aires, sometida al influjo de Mariano Moreno, había declarado nada menos que “benemérito de la Patria”, el 20-IX-1810. 42

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¡Cosas de la política!; de la Revolución emancipadora, mejor dicho, confusa, contradictoria, llena de equívocos en sus comienzos, como toda verdadera Revolución!. José Calixto de Sancetenea y su mujer María Manuela Morel de la Cámara — de quienes el que esto escribe resulta chozno — hubieron los siguientes hijos: 1) José Manuel Matías de Sancetenea y Morel de la Cámara, baut. en Salta el 8-VIII-1795, bajo el padrinazgo de sus tíos Juan Nadal y Guardia y María Francisca Morel de la Cámara. 2) Matilde de Sancetenea y Morel de la Cámara, que sigue en V. 3) Joaquina de Sancetenea y Morel de la Cámara, que casó el 12-VII-1821 con Francisco Alisedo, Comandante realista que guerreó contra los patriotas revolucionarios (hijo de Manuel de Alisedo y de Escolástica Cisneros; n.p. de Lucas de Alisedo y de María Sánchez de Salazar; n.m. de Vicente Cisneros y de Josefa Paredes). Testó doña Joaquina en Salta, el 16-VI-1866, ante el Escribano José Carlos Córdoba, y nombró albaceas a sus sobrinos carnales Luis y Baldomero Castro Sancetenea. Estos resultaron sus hijos: A) Carolina Alisedo Sancetenea, nacida el 21-IV-1822 en Tupiza. Fueron padrinos de bautismo sus tíos y tatarabuelos míos, el Coronel Pedro Antonio Castro y Matilde Sancetenea. Casó en 1848, en Salta, con Ladislao Zorrilla (hijo de Mateo Gómez Zorrilla y de Juana Torino). B) Federico Alisedo Sancetenea, nació en Chuquisaca el 22-VII-1823. Murió infante. C) Petrona Alisedo Sancetenea, nació en La Paz el 22-II1825. D) Federico Alisedo Sancetenea, nacido en Salta el 8-VI1826; allí falleció el 4-I-1911. Casó el 31-VII-1862, en Salta (representado por Ramón Sanmillán), con la jujeña Damiana González Sarverri (hija de Mariano González de la Torre Varela y de María Manuela Sarverri De la Cámara

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Mendizábal; n.p.de Felipe González y de M.J. Martínez y Medina; n.m.de Agustín Sarverri Hereña y de María Manuela Mendizábal López de Velasco). Con sucesión. Entre sus hijos: a) Lia Patricia Alisedo González, consorte de Enrique Celestino Pérez Millán (hijo de José Gervasio Pérez Rivas y de Eva Millán Cuenca). Son los padres de Alicia Ernestina María Pérez Alisedo, casada en Jujuy el 30-IV-1911 con Miguel Zenarruza Blas Eguren. Con descendencia. Uno de sus hijos es mi amigo el genealogista investigador de la historia de Jujuy Jorge Zenarruza Pérez Alisedo, marido de doña Laura Celia Salas López Méndez. E) Isaac Alisedo Sancetenea, nació en Salta el 13-VI-1828. F) Benjamín Alisedo Sancetenea, nacido en Salta el 29VII-1831. G) José Alisedo Sancetenea, nació en Salta el 19-IX-1833. H) Francisco Benjamín Alisedo Sancetenea, baut. en Salta el 13-II-1836, apadrinado por sus primos — mis bisabuelos — Juan Uriburu y Casiana Castro Sancetenea. I) Leonidas Alisedo Sancetenea, nació en Salta el 2-VIII1841. Murió párvulo. J) Mariano Alisedo Sancetenea, nacido en Salta el 30-XII1842. 4) Faustina de Sancetenea Morel de la Cámara. Casó en Salta, el 12-VIII-1836 con Mariano Linares y Toledo Pimentel (hijo de Matías Gómez Linares y de Gregoria Toledo Pimentel Burela Aguirre). Estos fueron sus hijos: A) Segundo Linares Sancetenea, nació en Salta el 1-VI1837 y murió en Jujuy el 5-VI-1910. Periodista, político y Senador Nacional por Salta (elegido en 1875 para completar el período de mi abuelo Federico Ibarguren, que renunció esa representación). Casó en Salta, el 24X-1868, con Lucía Uriburu Arias (hija de Pedro Uriburu Hoyos y de Cayetana Arias Cornejo de la Corte). Fueron sus hijos:

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a) Rosa Linares Uriburu, casada con Albín Prebisch. Entre sus hijos; Raúl Prebisch Linares, financista internacional, y el arquitecto Alberto Prebisch Linares, realizador del “Obelisco” de Buenos Aires y después Intendente Municipal de la Capital. b) Ester Linares Uriburu, esposa de Víctor Quintana, Diputado jujeño, que era viudo de Isabel Eguía Graz (hijo de Antonio Quintana Echavarría). Con sucesión. c) Angela Linares Uriburu, consorte de José María Altea. Con hijos. d) Lucía Linares Uriburu, casada con su primo hermano Julio Pedro Cornejo Uriburu, Gobernador de Salta (hijo de Pedro Cornejo Ceballos y de Rita Uriburu Arias). Padres de los Cornejo Linares. e) Rita Linares Uriburu, casada con Mario González del Solar. f) Segundo Manuel Linares Uriburu, que casó con Carmen Quintana Eguía (hija de Víctor Quintana y de su 1ª esposa Isabel Eguía Graz Iturbe y Zegada). Con sucesión; los Linares Quintana. g) Francisco Linares Uriburu. Casó con María Canaveri. Hija de ellos es Ada Lucía Linares Canaveri casada con Bernardino Montejano. Padres de; Francisco, Raúl, Alberto, Esther y María Elena Montejano Linares. B) Matías Linares Sancetenea, que fue — al decir de Juan Carlos Dávalos — “más que un sacerdote, un asceta, en la medida que su destino se lo permitiera, y más que un apóstol, un santo”. Primo hermano de mi bisabuela Casiana Castro Sancetenea de Uriburu, el presbítero Linares, el 21-IV-1867, consagró el vínculo que unió a su sobrina Margarita Uriburu con Federico Ibarguren, mis abuelos. Y el 18-IV-1877, no bien nació mi padre, Carlos Ibarguren, en casa de sus abuelos maternos, fue el tío Matías quien lo bautizó de socorro, en previsión de alguna ulterioridad fatal. Canónigo y después Obispo venerado en Salta, Monseñor Linares De la Cámara

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falleció el 24-IV-1914, siendo inhumados sus restos en un sepulcro detrás del altar mayor de la Catedral salteña, sede de su diócesis. C) Samuel Linares Sancetenea, casado con Angela Carrillo Valle. Con sucesión. D) Calixto Linares Sancetenea, que casó con Florencia Fowlis Calvimonte. Padres de: a) Calixto Linares Fowlis, nacido en Salta en 1884. Fue, sobre todo, periodista y poeta. Falleció en su provincia natal el 4-XI-1944. b) Florencia Linares Fowlis, que casó con Lubín Arias Royo, con quien prolonga descendencia. 5) Josefa — Pepa — de Sancetenea y Morel de la Cámara. 6) Juan Mariano de Sancetenea y Morel de la Cámara, quien casó en Cochabamba el 14-II-1834, con la boliviana Josefa Gamucio (hija de José Gabriel de Gamucio y de María de los Angeles Echichipea La Plaza). Con sucesión en Bolivia. 7) José María de Sancetenea y Morel de la Cámara. V — MATILDE DE SANCETENEA Y MOREL DE LA CAMARA fue bautizada en Salta “de un día”, el 3-III1797, con el nombre de “Florentina Matilde”, siendo sus padrinos su tío político Juan Nadal y Guardia y su abuela materna Luisa de la Cámara y de la Corte. Matilde de Sancetenea contrajo matrimonio hacia 1812, de 15 años de edad, con Pedro Antonio Castro y González, futuro Coronel realista, y después patriota, desde 1824. Son ellos mis bisabuelos paternos maternos y su descendencia prosigue en el apellido Castro. Doña Matilde falleció en Salta el 27-II-1858.

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Fuentes Documentales y Bibliografá Principal Archivo Histórico de Salta. Archivo Parroquial de la Iglesia de La Merced de Salta. Atienza, Julio de; Nobiliario Español, Madrid, 1948. Autos sucesorios de “Balentín de la Cámara”, que conservaba en su poder mi amigo el Dr. Rafael Zambrano, su descendiente. Boletín del Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios históricos de Salta, nº 16,17,20,21 y 22. Cornejo, Atilio; Contribución a la historia de la propiedad inmobiliaria de Salta en la época virreinal. Bs. As. 1945. Datos facilitados al autor de este trabajo por don Raúl de Zuviría, y por el investigador jujeño Jorge G.C. Zenarruza. Frias, Bernardo; Historia de Güemes y de la Provincia de Salta; Tomo 3. Salta, 1911. Frias, Bernardo; Tradiciones Históricas. Bs. As., 1923. Guerra, Juan Carlos de; Ensayo de un Padrón Histórico de Guipuzcoa, según el orden de sus familias pobladoras. San Sebastián, 1928. Referencias genealógicas dadas al autor de este trabajo por el publicista salteño Carlos G. Romero Sosa. Reyes Gajardo, Carlos; Apuntes Históricos sobre San Carlos del valle Calchaquí de Salta. Bs. As., 1938. Yaben, Jacinto R.; Biografías Argentinas y Sudamericanas. Bs. As. 1937/40. Zorreguieta, Mariano; Apuntes Históricos de la Provincia de Salta en la época colonial, 3ª edición. Salta, “Imprenta Independiente de P. Sarapura”, 1877.

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ESCOBAR DE CASTELLANOS El Rey de Armas de Don Alfonso XIII, Félix de Rújula, en una Certificación de Genealogía, Nobleza y Armas, dada en Madrid el 12-III-1921 a favor de Doña Matilde de Anchorena y Castellanos, estampó que la “Noble Casa de Castellanos, ostenta por armas: En campo de gules un castillo de oro con puertas y ventanas de azur; superado de un águila explayada del mismo metal, saliente del homenaje; bordura de plata con 8 leones rampantes de púrpura. Tal lo registran los Nobiliarios originales de Miguel de Salazar, de Diego Hernández de Mendoza, de Juan de Buegas, de Frias de Albornoz, de Juan Francisco de Hita y de Francisco Zazo y Rosillo, estos dos últimos, Reyes de Armas de los Monarcas Felipe IV y Felipe V. Por su parte el apellido Escobar — según el Nobiliario Español de Julio de Atienza — es de origen castellano, de las montañas de León y pinta sus armas: En campo de plata 5 escobas de sinople, atadas con cinta de gules y puestas en sotuer. La presente genealogía arranca con: I — DIEGO MARTIN CASTELLANOS, casado en Andalucía, España, con Martina o Marina García. Ambos cónyuges fallecieron antes de 1655 y resultaron padres de: 1) Diego de Castellanos. Castellanos

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2) Leonor Castellanos. 3) Juan Castellanos, del que me ocupo a renglón seguido en el punto II. II — JUAN CASTELLANOS, nació en Cazalla de la Sierra, Andalucía. Fue Capitán y “Escribano del Rey Nuestro Señor”. Casóse primeramente por 1625, en Gibraleón, municipio de la provincia andaluza de Huelva, con Isabel de Abreu y Tenorio — hija de Juan de Escobar y de María de la O —, con la cual hubo sus 3 hijos mayores; Tomás, Juan y Alonso, quienes por intermedio del tío clérigo, Licenciado Pedro de Escobar — hermano de la madre de ellos — realizaron una “Información” en Gibraleón el 2-XI-1653. De viudo Juan Castellanos se trasladó a América con sus tres nombrados hijos; casándose en segundas nupcias en San Salvador de Jujuy, hacia 1652, con Josefa Ortiz de Luyando, la cual murió un año después de tomar estado — hija del “General” Cristóbal Ortiz de Zárate y Luyando (sobrino carnal del Adelantado del Río de la Plata Juan Ortiz de Zárate por ser hijo de la hermana de éste Ana Ortiz de Zárate y de su marido Juan de Luyando) y de Dorotea del Campo, nativa de Santiago del Estero, avecindada en Jujuy (ella había sido esposa de 1as nupcias de Pedro Martínez de Tejada) —hija del Capitán Cosme del Campo y de María Carrizo de Garnica, hija ésta del veterano conquistador del Tucumán —y antepasado mío— Nicolás Carrizo. En 1647 los indios del Chaco mataron, “cerca de las juntas del río Alisos con el Grande”, al Regidor perpetuo del Cabildo jujeño Luis González de Tapia, quedando aquel cargo vacante. En agosto de 1652, el Capitán Juan Castellanos trató de comprar dicho cargo en Potosí; mas a raíz del fallecimiento de su esposa desistió de su propósito y se fue a vivir a Salta; por lo que adquirió el referido oficio capitular, el 19-VII-1653, el vecino de Jujuy Juan de Gaitán Arias. Testó nuestro Capitán el 14-VI-1655 en Salta, nombrando albaceas a su hijo Tomás de Escobar Castellanos y al Sargento Mayor Juan Francisco Sabino Montenegro; y 52

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cinco meses después, el 6-III-1656, el causante entregó su alma a la misericordia de Dios. Aquel mismo año de 1656, los albaceas del difunto vendieron, ante el Alcalde Sebastián Diez Zambrano, una esclava negra y sus crías, al precio de 850 pesos, a Bartolomé Benegas de los Ríos. Vástagos del primer matrimonio andaluz del Capitán Juan Castellanos con Isabel de Abreu y Tenorio fueron: 1) Tomás de Escobar Castellanos que sigue en III. 2) Juan Castellanos, que nació en Gibraleón y murió sin descendencia en Salta. 3) Alonso Castellanos, nativo de Gibraleón, que falleció sin herederos legítimos en Salta después de 1684. Hubo una hija natural; Lorenza Castellanos que casó en setiembre de 1689 con Lorenzo Ortiz Gorosito, vecino de Santiago del Estero. Hijo de las 2as nupcias de Juan Castellanos con Josefa Ortiz de Luyando fue: 4) José Castellanos nacido en Jujuy y que allí murió en edad temprana, después de su madre, heredándolo su padre. III — TOMAS DE ESCOBAR CASTELLANOS Y ABREU vino al mundo hacia 1631 (4) en Gibraleón, municipio de la provincia andaluza de Huelva. Por 1640, ya huérfano de madre, el muchacho — como se dijo — pasó a Indias con su padre y sus hermanos, avecindándose en Salta antes de 1649. Su progenitor — ya lo sabemos — había contraído 2as nupcias en San Salvador de Jujuy, con Josefa Ortiz de Luyando o Luyando Ortiz de Zárate, la cual, el 4-XI-1652, por escritura pública, en cumplimiento de “lo prometido por 4 En la “Información” matrimonial del Capitán Bartolomé Peredo, levantada en junio de 1681, existente en el archivo del Arzobispado de Salta, el testigo Tomás de Escobar Castellanos dijo tener 50 años, “poco más o menos”. Castellanos

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estar ya casada con don Juan Castellanos”, fue dotada de una finca.Muertos la señora y su marido, los hijastros de aquella, Tomás y sus hermanos — “todos nosotros somos mayores de veinte y cinco años” —, al no dejar herederos la finada, mediante escritura fechada en Salta el 13-VIII-1661, devolvieron esa propiedad dotal de su madrastra a una sobrina de ella, Dorotea del Campo y Zárate, por las muchas atenciones recibidas, y por que estaba cargada de hijos, y “con cuatro doncellas de dar estado”. Agrego que a Josefa de Luyando la presumo descendiente (bisnieta?) de los cónyuges, primos entre sí, Pedro de Zárate Salazar y Lucía de Luyando; hijo aquel del Oidor Pedro Ortiz de Zárate (tío materno y tutor de Juan de Garay) y de Catalina de Salazar. Los feudos de “Chicoana” y “Atapsi” Poseyó Tomás de Escobar Castellanos, en el valle calchaquí, las encomiendas de “Chicoana” (ahora San Isidro, que hace siglo y medio conformó con Seclantás la estancia de mi bisabuelo Ibarguren) de “Atapsi” (hogaño adyacente a Molinos), concedidas el 4-V-1646 por el Gobernador Gutierre de Acosta y Padilla, por haber vacado a raíz de la muerte de Juan Arias Velázquez, sucesor en segunda vida, de dichos indios y de los de “Payogasta” que fueron encomendados al padre de éste, Hernando Arias Velázquez. Esas tres encomiendas habíaselas dado primitivamente de merced, en 1588, Ramírez de Velasco a mi remoto abuelo Gonzalo Duarte de Meneses, por lo que la hija de éste, Valeriana, reclamaba su disfrute. Empero el Gobernador Acosta y Padilla resolvió otorgar los feudos a Tomás de Escobar Castellanos “con cargo (sic) de que haya de casar con doña María de Sotomayor” (hija de Antonio Luis de Cabrera y de Valeriana Duarte de Meneses, y nieta de don Gonzalo, primer feudatario de “Chicoana”, “Atapsi” y “Payogasta”), “y por defecto de no hacerlo así, se le haya de dar y pagar dos mil pesos de a ocho reales para ayudarle a tomar estado por vía de pensión”. Ante este dilema terminante, Tomás no vaciló en formalizar su unión con María de Sotomayor y 54

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Cabrera Duarte de Meneses. Por tanto, dichos repartimientos quedaron confirmados por el Rey el 25-XI-1649. La merced de “Ampascachi” y las encomiendas de “Bombolán” y “Abimaná” Fue dueño más tarde Tomás de Escobar Castellanos, de las tierras de “Ampascachi”, en el valle de “Guachipas, cuyo rio remonta su caudal hasta la confluencia de las aguas del Cajón y el Calchaquí. Tal dominio fuele otorgado a mi pretérito ascendiente el 24-V-1660, y de él tomó posesión edificando una capilla. A su vez, desde 1660 Tomás de Escobar Castellanos figura como encomendero de los pueblos de “Bombolán” y “Abimaná”, en mérito de haber contribuído — con otros vecinos de Salta — a la formación de los contingentes que emprendieron la guerra calchaquí, bajo el estímulo “de que en remuneración de estos servicios se les habría de dar en Encomienda las naciones de dichos indios calchaquíes que se desnaturalizasen”. Así ocurrió, y los indios vencidos fueron fueron trasladados a las respectivas estancias de los vencedores, donde se los redujo a “pueblos” y “tuvieron tierras de pan llevar y estuvieron en Doctrina bajo la Cruz y bajo campana”. Después de esto, durante el segundo gobierno de Alonso de Mercado y Villacorta, al llegar a su término la guerra aludida (1666), dejóse constancia oficial de que en ella personalmente “se distinguió el Maestre de Campo Tomás de Escobar Castellanos, ayudando a la defensa de la ciudad de Esteco, al frente de los indios Pacciocas, Colalaos y Tolombones”. (Una centuria más adelante — 1779 —, Félix Apolinar Arias Rengel, marido de la bisnieta del encomendero Tomás de Escobar Castellanos, litigó ante la justicia salteña contra el portugués José Antonio Cruz — esposo heredero de María Ignacia Martínez Sáenz — a quien el primero acusaba de haberle despojado los indios de su encomienda de los pueblos de “Bombolán” y “Abimaná”. El historiador Atilio Cornejo ha resumido ese largo pleito en su libro “Con-

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tribución a la historia de la propiedad inmobiliaria de Salta en la época Virreinal”). Otras constancias acerca de mi antepasado. Su matrimonio, testamento y descendencia En los protocolos que guarda el Archivo Histórico salteño encontré una curiosa y pintoresca escritura que otorgó el “Capitán Tomás de Escobar Castellanos, vecino encomendero de esta ciudad de Lerma, valle de Salta”, el 11XII-1665. En ese documento don Tomás — timbero empedernido, según parece — se obligaba en forma vitalicia, a pagar 250 pesos a cada uno de los Mayordomos de las Cofradías del Santísimo Sacramento y de las Animas del Purgatorio, si incurriese en “juegos de naipes, de pintas y pechigonga o de primera”; amén de abonarle 50 pesos “a la persona que me viere jugar dichos juegos y fuese y denunciase de ello a dichos Mayordomos”. Autorizó el solemne compromiso — a falta de “Escribano Real” — “el Sargento Mayor Francisco de Palacios (también antecesor mío), Teniente de Gobernador y Capitán a guerra de Salta”, ante los testigos Capitanes Pedro de Toro, Diego Diez Gómez (yerno del otorgante y mi 8º abuelo) y Juan de Aibar y Castro. Tomás de Escobar Castellanos fue — como se dijo — Capitán, Sargento Mayor, Maestre de Campo y Teniente de Gobernador a guerra de Salta durante los años 1660 a 1681. En 1679 integraba el Cabildo salteño presidido por el Gobernador Juan Diez de Andino, y compuesto, además, por los regidores Melchor Diez Zambrano, Hernando de Villegas, Juan González y el Escribano Antonio Velasco. Ese mismo año el Gobernador Diez de Andino resolvió llevar una guerra ofensiva contra los indios “mocobíes” del Chaco; guerra que costearon los vecinos pudientes de Santiago del Estero, La Rioja, San Miguel de Tucumán, Salta, San Salvador de Jujuy y Talavera de Esteco. Como vecino de Salta, Tomás de Escobar Castellanos cooperó en dicha empresa bélica “gastando mucha parte de su caudal”.

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El dadivoso personaje — como dijimos — había contraído matrimonio, entre los años 1649 y 1654, con María de Sotomayor y Cabrera, apellidada también Luis de Cabrera, hija del Sargento Mayor, encomendero en La Rioja, Antonio Luis de Cabrera Manrique de Lara Osorio y Chaves, y de su mujer Valeriana Duarte de Meneses Cepeda Villarroel. (Ver los antecedentes genealógicos inmediatos de ambos cónyuges en los linajes de Cabrera y de Meneses). Doña María usó el apellido Sotomayor en recuerdo de la madre de su tatarabuelo Ñuflo de Chaves; la trujillana María de Sotomayor García de Chaves. Para sus esponsales con Escobar Castellanos, ella — huérfana de padre y madre — fue dotada por su abuela y tutora Teresa de Cepeda Villarroel, con la suma de 5.000 pesos. Y el año 1656, ante el Alcalde salteño Sebastián Diez Zambrano, Tomás de Escobar Castellanos, “vecino feudatario y Alcalde ordinario de Salta”, y su esposa María de Sotomayor y Cabrera, otorgaron todo su poder a Bernabé Salinas, vecino de La Rioja, a fin de que en esta jurisdicción atendiera sus intereses. Testó don Tomás en Salta, el 2-XII-1684, ante el Alcalde Vélez de Alcocer y los testigos Juan de Hoces Lavayén, Pedro de Lacerda, Capitán Alonso Castellanos (hermano del otorgante), Agustín Martínez Ratero y Josef Suárez. Cuatro años después (1688), el causante entró en la eterna quietud. Estos fueron sus hijos habidos en María de Sotomayor Luis de Cabrera: 1) José de Escobar Castellanos y Cabrera, que sigue en IV. 2) Valeriana de Escobar Castellanos y Cabrera — mi antepasada —, que sigue en IVa. 3) Ignacia de Escobar Castellanos y Cabrera, que casó con Francisco de Ceballos y no dejó sucesión. 4) Juan Ramón de Escobar Castellanos y Cabrera, Presbítero, quien murió en 1689 en La Paz, Alto Perú. 5) María de Escobar Castellanos y Cabrera. Se casó con el Maestre de Campo José de Arregui (hijo de Antonio de Arregui y de Juana Gutiérrez de Paz — ver el apellido Castellanos

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Gutiérrez). Para su enlace a doña María sus padres la dotaron con un capital de 10.500 pesos. Ella testó en dos oportunidades; el 19-VIII-1724, ante Gregorio Peralta, instituyendo una Capellanía a favor de su sobrino tercero Juan de Adaro y Arrásola; y ya “viuda del Gobernador Joseph de Arregui”, enferma en cama y en trance de muerte, otorgó otra disposición última, el 26-VI-1735, ante Felipe Páez de Hermosilla. No dejó hijos. 6) Francisco de Escobar Castellanos y Cabrera, padre jesuita. 7) Agustín Clemente de Escobar Castellanos y Cabrera — también antepasado mío —, que sigue en IVb. 8) Tomás de Escobar Castellanos y Cabrera, que sigue en IVc. IV — José de Escobar Castellanos y Cabrera nació en 1660. Fue Sargento Mayor y luego Maestre de Campo, encomendero de “Chicoana” y “Atapsi”, Familiar del Santo Oficio, Alcalde y Veedor del ejército. Casó en primeras nupcias con Josefa Manchano Gallo (hija de Santiago Manchano Gallo y de Constanza de Frias Sandoval — ver el apellido Frias Sandoval). Fallecida su consorte, don José pasó a segundas nupcias con Isabel Moreno Maldonado (hija de Francisco Antonio Moreno Maldonado y de Francisca Bazán de Pedraza Tejeda y Guzmán — ver el linaje de Bazán). Isabel, al enviudar de Escobar Castellanos, se desposó el 24-XI-1728 con Juan Manuel de Astigueta y Cortazar. Hijos del 1º matrimonio de don José resultaron: 1) Ramón Castellanos Gallo, encomendero de “Chicoana” y “Atapsi” en última vida, en 1719, por los méritos y servicios de su abuelo “el General Tomás Castellanos”. Tuvo Ramón un hijo natural con Maria Bernal: A) Bernabé Castellanos Bernal, que se casó el 10-I-1741 con María Ruiz (hija natural de Gregorio Ruiz y de Juana del Sueldo). De ellos vienen los Castellanos Ruiz del Sueldo, Castellanos Ruiz Morillo, etc. etc..

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2) Santiago Castellanos Gallo. Se casó en 1727 con Catalina de Aguirre (hija de Juan de Aguirre Calvo de Mendoza y de su primera consorte Laurencia de Pedrozo y Sierra — ver el apellido Aguirre). Doña Catalina, siendo viuda, dió poder para testar a su hijo José Antonio Castellanos el 17V-1760, ante Miguel Ruiz de Llanos. Fallecida la señora, dicho apoderado extendió el testamento respectivo el 19 de julio siguiente, por ante el mismo Escribano Ruiz de Llanos. Estos fueron los hijos de la causante: A) Josefa Jacinta Castellanos Aguirre, que casó con Antonio de Oro Rodríguez. “Jacinta Castellanos” testó el 27-IV-1782, ante Gil Infante. No dejó sucesión. Una hija adoptiva suya; Josefa Antonia de Oro casó, en octubre de 1790, en Salta, con Francisco Peñalva (hijo adoptivo también de Juan Antonio Peñalva Carvajal y de María Crisóstoma de Aramburú Lisperguer). B) José Antonio Castellanos Aguirre, Alcalde de Hermandad y apoderado y albacea de la sucesión de su madre en 1760. C) Gerónima Castellanos Aguirre, que casó con Vicente Silvestre Alvarez. Testó ella el 21-VI-1796, ante José Antonio Molina, declarando por sus hijos a; Santiago Apolinario y Vicente, fallecidos en tierna edad; al presbítero José Silvestre; a Micaela, viuda de Andrés Fernández; y a Manuela Alvarez Castellanos, D) Clara Castellanos Aguirre, baut. en 1746. Casó en febrero de 1760 con Rafael Toledo (hijo de Jacinto Toledo y de Ana Domínguez). 3) Francisco de Paula Castellanos Gallo. Casó con su prima Eulalia Frias Castellanos (hija de Manuel de Frias Quejana y de Rosa Valeriana de Escobar Castellanos Moreno Maldonado). Hubieron por vástagos a: A) Francisco Hermenegildo Castellanos Frias. Fue “Visitador de Tabacos” en Salta, y su nombramiento se aprobó por Comunicación Real del 5-I-1786. Casó con Francisca de Córdoba Arias Velázquez (hija de Juan Miguel de Córdoba Gaete y de Ana María Velázquez

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Gómez Vidaurre — ver el apellido Fernández de Córdoba). Son los padres de : a) Santiago Castellanos Córdoba. b) María Josefa Castellanos Córdoba, que casó el 7XII-1802 con José Antonio de Elizondo. c) María Encarnación Castellanos Córdoba, baut. el 20VI-1795. B) Jerónima Castellanos Frias, que contrajo enlace en Salta el 24-VIII-1789 con Miguel García y García. Hija de ellos resultó: a) Mónica García Castellanos, desposada en Salta, en octubre de 1806, con José Mariano de Hoyos y Aguirre (hijo de Domingo González de Hoyos y de Francisca de Aguirre — hermano por tanto, José Mariano, de mi tatarabuela Manuela del Carmen de Hoyos y Aguirre de Uriburu). El matrimonio Hoyos Aguirre — García Castellanos prolongó descendencia. 4) José de Escobar Castellanos Gallo que casó con María Ignacia Arias Velázquez Gómez Vidaurre (hija del Capitán José Arias Velázquez Ratero y de Teresa Gómez Vidaurre Olmos de Aguilera Frias Sandoval). Hubieron los siguientes hijos: A) María Teresa Castellanos Arias Velázquez. Se casó el 17-II-1751 con el Maestre de Campo y Alcalde de Salta, Antonio Fernández Cornejo y Rendón (hijo de Juan Fernández Cornejo Escudero y de Juana Martina Josefa Rendón de Igarza Delgadillo). Fueron padres de: a) Gabino Fernández Cornejo Castellanos, Capitán de Milicias de Caballería salteña en 1811, Teniente Coronel en 1824. Casó con María del Carmen Torino Sánchez (hija de Manuel Torino Viana y Loza Bravo y de Angela Sánchez). Con descendencia numerosa. Nieto de ellos fue Abraham Cornejo, Gobernador de Salta, casado con Lastenia Isasmendi, con sucesión. b) Justo Pastor Tomás Fernández Cornejo Castellanos, n. en 1754. Casó el 26-XI-1795 con Evarista de El60

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gueta Sánchez (hija de Hipólito Sánchez y de Agustina Fernández). Con sucesión. c) María Ignacia Fernández Cornejo Castellanos, n. el 27-XII-1754. Casó con Antonio Pardo (hijo de Francisco Pardo de Santallana y de Manuela Sáenz de la Maza). Con sucesión. De ellos vienen los Pardo Cornejo, Pardo Saravia, Pardo Ormaechea, Aramburú Pardo, Pardo Corte, Pardo Almeyra Demaría (cuya descendencia desarrollo en el apellido Demaría), Pardo Torino, etc. d) Magdalena Fernández Cornejo Castellanos, que casó con Francisco Javier Figueroa (hijo de Antonio de Figueroa Mendoza y Suárez Cabrera y de María de Toledo Pimentel Hidalgo Montemayor). Con descendencia. Una de sus nietas; Mercedes Cornejo Figueroa casó con Antonino Díaz Ibarguren, Gobernador de Salta y Senador Nacional, con sucesión. e) Lucía Fernández Cornejo Castellanos. Casó con Juan Pablo Arias Rengel (hijo de José Manuel Arias Rengel Hidalgo Montemayor y de Margarita Sánchez). Fueron padres de: e1) José Manuel Arias Cornejo Castellanos, casado con Salustiana Murúa Costas. Padres de los Arias Murúa, entre ellos, Salustiana 2ª esposa de Antonino Díaz Ibarguren, viudo de Mercedes Cornejo; Carmen, casada con el General José María Uriburu Arias; y Nicolás, marido de Sofía Uriburu Castro, tronco de los Arias Uriburu. e2) Cayetana Arias Cornejo Castellanos, que casó con Pedro Uriburu Hoyos (hijo de José de Uriburu y Bazterrechea y de Manuela de Hoyos Aguirre). Ver su descendencia en la monografía referente al linaje de Uriburu. f) Micaela Fernández Cornejo Castellanos. Casó con su primo Gaspar Fernández Cornejo de la Corte (hijo de Juan Adrián Fernández Cornejo Rendón y de Clara de la Corte y Palacios). Con sucesión.

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g) Sinforoso Fernández Cornejo Castellanos. Casó con Josefa San Millán Figueroa (hija de Antonio González Sanmillán y de María Antonia de Figueroa Toledo). Con sucesión. h) Mateo Fernández Cornejo Castellanos, Alcalde de Hermandad en Rosario de la Frontera. Murió en 1807. Hijos del segundo matrimonio de José de Escobar Castellanos y Cabrera fueron: 5)

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Rosa Valeriana de Escobar Castellanos Moreno Maldonado, la cual casó en Salta, en 1728, con Manuel Tomás de Frias Quejana, n. en Haro, Castilla la Vieja (hijo de Domingo José de Frias Rodrigo y de Catalina de Quejana Yangües). Fueron padres de: A) Ignacia de Frias Castellanos, baut. el 6-II-1730. B) Isabel de Frias Castellanos, baut. el 8-VII-1736. C) José Domingo de Frias Castellanos, nac. en 1737. El 22-IV-1760, por escritura pasada en Salta, ante López Zevallos, sus padres le adelantaron su patrimonio a fin de que pudiera ordenarse de sacerdote en el Colegio de Monserrat de Córdoba. Un “Informe” del Obispo de Tucumán Juan Manuel Moscoso dirigido al Ministro de Indios José Galvez, con fecha 4-V-1777, expresa sobre Frias: “Eclesiástico de ejemplar vida, de distinguido talento, de juicio y prudencia digno para que lo coloque en alguno de los coros de la Iglesia de este Reyno. Es de edad de cuarenta años”. Fue José Domingo Frias, Cura Rector en Salta y Jujuy; Rector del Colegio Seminario de Loreto’ Provisor y Vicario General de la Catedral de Córdoba y Juez de Temporalidades. El 21-VIII-1771, en la Catedral de Salta, el Cura “Joseph Domingo de Frias” exorcisó, bautizó y puso óleo y crisma a mi tatarabuela; María Bernarda Delgado y Porcel de Peralta. D) Manuela Estefanía de Frias Castellanos, que en enero de 1767 casóse en Salta con el jujeño Francisco Javier Tomo III


del Portal Vieyra (hijo de Antonio del Portal Arduz y de Josefa Vieyra Tobalina Ibarguren). Su sucesión se consigna en el apellido Ibarguren. E) Hipólito de Frias Castellanos, baut. el 13-VIII-1745. Casó en 1768 con María Agustina Vélez de Alcocer Olmos de Aguilera (hija de José Vélez de Alcocer Elizondo y de Polonia Olmos de Aguilera Frias Sandoval Medina Pomar). Hubieron estos vástagos: a) María Dominga de Frias Vélez y Castellanos, nacida en 1770. b) Francisca Solano de Frias Vélez y Castellanos, nacida en 1772, que casó el 24-I-1804 con José Antonio María Lahore y Arias. c) Pedro José de Frias Vélez y Castellanos, nacido en 1776. Teniente Coronel. Contrajo enlace en octubre de 1806, con María Loreto Sánchez de Peón y Avila (hija de Ramón Sánchez de Peón y de María Antonia Avila). Son los padres, entre otros hijos, del guerrero de la Independencia y del Brasil Teniente General Eustoquio Frias (1801-1891), quien fue casado 1º con Florencia Pérez Rios (hija de Justo Pérez y de Florencia de los Rios), y en 2as nupcias con Juana Sauco y Galvez, en la cual hubo por única hija a Estela Frias Sauco. d) Justa Margarita de Frias Vélez y Castellanos, nacida en 1778. Casó en 1799 con Francisco Avelino Costas Gauna (hijo de Manuel Francisco Costas, nac. en Vigo, Galicia, y de María Ignacia Ruiz de Gauna Báez Moreno — ver el apellido Báez). De ellos vienen los Costas Frias, Peró Costas, Peró Beeche, Uriburu Peró, Peró Dorado Uriburu, Peró Siegner Uriburu, Fernández Cuello Costas, Gasteaburu Costas , Costas Figueroa Güemes, Patrón Costas, Patrón Uriburu, Dávalos Patrón (el poeta Juan Carlos), Costas Diez, Cornejo Costas, Patrón Costas García Pinto, Murúa Figueroa Costas, Murúa Ovejero Lacroix, Cornejo Isasmendi Murúa, Ibarguren Murúa, Colombo Murúa, etc, etc. Castellanos

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e) Anselma de Frias Vélez y Castellanos, nacida en 1780. f) José Rosendo de Frias Vélez y Castellanos. Se avecindó en San Juan de Cuyo, donde casó el 3-IV1800 con María Agustina Rosalía Jofré (hija del Sargento Mayor José Jofré Riberos y de María Dolores Piña). Falleció José Rosendo en el pueblo de Belén, el 2-IV-1841. Con sucesión; los Frias Jofré, Frias Ceballos, etc, etc. g) Ana María de Frias Vélez y Castellanos, que casó en San Juan el 27-X-1802 con Juan Sánchez Gutiérrez. h) Manuela Ignacia de Frias Vélez y Castellanos. i) Gabriela de Frias Vélez y Castellanos. Casó con Tomás Sánchez. Fueron padres de Angela Sánchez Frias, esposa de Félix Arias Rengel; y de Perfecta Sánchez Frias, mujer de Manuel Fernando Aramburú. Con sucesión. j) Estanislao de Frias Vélez y Castellanos. Casó con Clara Torino Rios (hija de Jerónimo Torino Viana y de Agustina de los Rios Padilla). Con sucesión. k) José Segundo de Frias Vélez y Castellanos. Casó en 1823 con Luisa Castro. F) Rosa Valeriana de Frias Castellanos. Fue consorte de Gabriel de Palacios (hijo de Francisco de Palacios Ruiz de Llanos y de María de Medina Pomar). Con sucesión. (Ver el apellido Palacios). G) María Josefa de Frias Castellanos. Casó con Jacinto López Porcel de Peralta (hijo de José López Aguirre Villanueva y de Sabina Porcel de Peralta Juárez — ver los apellidos Aguirre y Porcel de Peralta). Fueron padres de: a) Gregorio López Frias, casado en 1782 con Francisca Plazaola Saravia. Con sucesión; los López Plazaola, Larramendi López, Saravia López, Diez López, Usandivaras López, San Millán López, etc, etc. b) Ignacio López Frias, que casó con Margarita Gómez. Con sucesión; los López Gómez, López

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Plaza, López Hoyos Zabala Ruiz de Llanos, López Figueroa Cornejo, López Sanabria, etc, etc. c) Petrona López Frias, casada con Remigio Francisco de Goyechea Ordóñez (hijo de José Antonio de Goyechea Argañaraz y de Josefa Antonia Ordóñez. Ver el linaje de Argañaraz y Murguía). H) Eulalia de Frias Castellanos. Casó — como vimos más atrás — con Francisco de Paula Castellanos Manchano Gallo. Con sucesión. I) Josefa Antonia de Frias Castellanos. Casó en 1768 con Nicolás Ignacio de Aramburú Lisperguer (viudo de Rosa Fernández Cabezas Manchano Gallo e hijo de Marcos de Aramburú Urdanirrea, n. en Irún, Guipuzcoa, y de la salteña María Bernarda Lisperguer Díaz de Loria). Con sucesión. Padres de: a) Manuel Fernando de Aramburú Frias, Coronel realista. Casó con su sobrina Perfecta Sánchez Frias (hija de José Tomás Sánchez y de Gabriela de Frias Vélez). Con descendencia. b) Felipe de Aramburú Frias, hacendado en Cachi. c) Bartolomé de Aramburú Frias. Casó en 1810 con María de los Angeles Pardo Fernández Cornejo (hija de Antonio Pardo y de María Ignacia Fernández Cornejo Castellanos). Con sucesión. d) María Antonia de Aramburú Frias, casada con Gabino de la Quintana, Coronel de Güemes. Con posteridad. e) María Teresa de Aramburú Frias, casada con Hilario Santos León. Con hijos. J) Manuel Atanasio de Frias Castellanos, nacido en 1742. Casó en abril 1774 en Salta, con María Bernarda de Aramburú (hija de Nicolás Ignacio de Aramburú y de su 1ª esposa Rosa Fernández Cabezas Manchano Gallo). Hubieron 11 hijos, de los cuales destaco 7: a) Tomás de Frias Aramburú, casado con Teresa Fernández Hoyos (hija de Juan Antonio Fernández, Teniente de Gobernador de Chuquisaca y de Jujuy, y de Aurelia González de Hoyos Torres Gaete). Con Castellanos

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sucesión; los Frias Fernández Hoyos, Frias Mollinedo, Frias Fernández Hoyos Ormaechea Toledo Pimentel (el salteñísimo historiador Bernardo Frias), Frias Zapata Corbalán, etc, etc. b) Valeriana de Frias Aramburú, esposa de su pariente José de Aramburú. Padres de: b1) Carmen de Aramburú Frias, 1ª consorte de Juan Marcos Salomé Zorrilla y Vidart de Linares. Su hijo fué el Dr. Benjamín Zorrilla Aramburú, Gobernador de Salta y Ministro del Interior del Presidente Avellaneda, marido de Amalia Uriburu Uriburu. Ver su descendencia en el linaje Uriburu. b2) Felipe de Aramburú Frias. Casó en 1828 con su prima Irene de la Quintana Aramburú (hija del Coronel Gabino de la Quintana y de María Antonio de Aramburú Frias). c) Pedro José Miguel Melisio de Frias Aramburú. Casó con su sobrina Francisca de la Quintana Aramburú Frias (hija del Coronel Gabino y de María Antonia de Aramburú Frias). De ellos vienen los Peñalba Aramburú Aramburú Diez, etc, etc. d) María de la Trinidad de Frias Aramburú, que casó el 5-XII-1817 con Santiago López Carvajal (hijo de Gregorio López Porcel de Peralta Aguirre y Juárez y de Manuela de Carvajal Fuenterrubia Delgado). Con sucesión; los Torino Santibáñez López Frias, Figueroa Goyechea López Frias, López Frias Castro, López Frias Saravia, etc, etc. e) Manuel Prudencio de Frias Aramburú, quien casó con Manuela Nieves Llobet Plazaola (hija de Jaime Llobet Galcerán, n. en España y de María Ignacia de Plazaola Saravia). f) Nicolás de Frias Aramburú, que contrajo enlace en 1821 con Juana Valdés Hoyos (hija de Francisco Antonio Valdés Fernández y de María Josefa de Hoyos Torres Gaete Fernández de Córdoba).

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g) Luisa de Frias Aramburú, casada con Teodoro López Plazaola (hijo de Gregorio López Frias Porcel de Peralta y de Francisca Plazaola Saravia). Con sucesión. 6) José Miguel Castellanos Moreno Maldonado. (A este José Miguel el genealogista Carlos Calvo le llama solamente “José” y dice se estableció en Santiago del Estero, identificándolo con “Joseph Castellanos”, marido, después de 1739, de Clara López de Velasco y tronco de la rama santiagueña de los Castellanos. En el presente trabajo se filia a dicho “Joseph”, avecindado en Santiago del Estero, como hijo en 7º lugar de Agustín de Escobar Castellanos y de María Rosa Martínez de Iriarte De este “Joseph” y de su descendencia trato más adelante en su precisa ubicación genealógica). 7) Juan Castellanos Moreno Maldonado, el cual dió un poder a favor de su hermano Pedro Francisco en 1736. 8) Pedro Francisco de Escobar Castellanos Moreno Maldonado. Fue Maestre de Campo y encomendero de “Bombolán” y de “Abimaná” en el valle Calchaquí. Habíase casado primeramente con Petrona Moreno y en 2as nupcias con María Arias Velázquez Vélez de Alcocer Elizondo. Hijos del primer matrimonio resultaron: A) María Martina Castellanos Moreno, casada con Pascual Zamora. B) Petrona Castellanos Moreno, que casó con Francisco de Borja Arias Rengel Hidalgo Montemayor, baut. en Salta el 18-V-1734 y fall. ahí el 30-V-1807. Fue él Maestre de Campo y Alcalde lugareño, y en doña Petrona hubo 11 hijos, de los cuales anoto 3: a) María Josefina Arias Castellanos, baut. el 5-X-1770. Casó el 18-VIII-1800 con José Francisco de Boedo Aguirre (hermano de Mariano José Boedo, que sería Diputado en el memorable Congreso de Tucumán en 1816; hijo de Manuel Antonio de Boedo y de María Magdalena Aguirre). Fueron padres de los Coroneles, guerreros de la Independencia, Mariano Castellanos

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Fortunato y José Félix Boedo Arias Castellanos. (Ver el apellido Aguirre). b) Manuela Arias Castellanos, baut. el 8-VI-1775. Casó primero el 4-XI-1799 con Pedro Pablo Arias Velázquez Saravia y en 2as nupcias con Carlos Sevilla. De su primer enlace provienen los Arias Arias Velázquez Castellanos y, entre otros, los Arias Tobal, Ocampo Giménez Arias, Arias Cornejo Dávalos, Arias Herrera Vegas Pereyra Iraola, Martín y Herrera Arias Herrera Vegas Bunge Urquiza Arias Herrera Vegas, Arias Colombres, etc, etc. c) José Félix Arias Castellanos. Casó con Angela Justina Sánchez Palacios (hija de José Tomás Sánchez de Junco y de Gabriela Palacios Frias Castellanos; hija esta de Gabriel Palacios Medina Pomar y de Rosa Valeriana de Frias Castellanos). De ellos vienen los Arias Castellanos Sánchez, Zavalía Arias, Arias Tejada Moldes, Cortázar Arias, Arias San Millán, Ortiz Arias, Babio Arias, Huertas Arias, Arias Giraldez, Mendoça Arias, Alais Arias etc, etc. Hijos de las 2as nupcias de Pedro Francisco de Escobar Castellanos fueron: C) Martina Castellanos Arias Velázquez, baut. el 21-XI1740. Casó con Marcos Luján y Gutiérrez. D) Juan Bautista Castellanos Arias Velázquez, Maestre de Campo. Casó con Juana Francisca de Saravia Arias Rengel (hija de Justo Saravia Martínez Sáenz y de María Arias Rengel Pardo de Figueroa) Fueron sus hijos: a) Juan Esteban Castellanos Saravia, baut. el 7-VIII1771. Cura ordenado en Córdoba, en cuyo Colegio de Monserrat se recibió de Bachiller de Filosofía y Artes en 1791 y estudió Teología en 1792. b) Luis Bernardo Castellanos Saravia, nacido el 1-XI1773.

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c) Gaspar Melchor Baltasar Castellanos Saravia, nacido el 25-IX-1775. Casó el 22-XI-1815 con Juana Manuela Saravia Tineo, baut. el 18-II-1798 (hija de Pedro José Saravia Arias Velázquez, Caballero de Carlos III y de Bárbara de Tineo Castellanos). Integró Gaspar el Cabildo salteño y falleció después de 1825. Había testado siendo soltero el 28XII-1810, ante el Escribano Félix Antonio Molina. Hija suya fue; Mamerta Castellanos Saravia, casada el 24-II-1843 con Telésforo Cornejo Usandivaras. Con numerosa y conocida sucesión. d) María Inés Castellanos Saravia, baut. el 13-VIII1776. E) Manuela Escobar Castellanos Arias Velázquez, así apellidada. Primero se casó con el Sargento Mayor y Alcalde de Salta Félix Apolinar Arias Rengel Hidalgo Montemayor, en 2as nupcias con Marcos Luján de Medina. Testó doña Manuela el 14-VIII-1819, ante el Escribano Félix Ignacio Molina. Hijos de su primer matrimonio fueron: a) Manuela Arias Rengel Escobar Castellanos. Casó con Enrique Aresti Plazaola. Ella ya había fallecido en 1823. Con sucesión. b) Pedro Pascual Arias Rengel Escobar Castellanos, Cura y Vicario del Obispado de Vilque, en el Cuzco. c) Josefa Faustina Arias Rengel Escobar Castellanos, baut. el 15-III-1776. Casó primero con Ramón Helgueros, y en 1823 su marido era Mateo Ximeno. No tuvo hijos. d) Inés Arias Rengel Escobar Castellanos, casada con el Abogado Juan Esteban Tamayo, nac. en Moquegua, Perú. Fueron padres de; I) Vicente Tamayo Arias, Gobernador de Salta en 1848, marido de Virginia Gurruchaga; y II) Juana María Tamayo Arias, esposa del “General” Pablo Alemán.

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e) Mariano Arias Rengel Escobar Castellanos. Murió internado estudiando en Córdoba, soltero y sin sucesión. f) Nicolás Arias Rengel Escobar Castellanos, baut. el 22-I-1780. Casó con Vicenta Zuviría Castellanos (hija de Agustín de Zuviría Marticorena y de Feliciana Castellanos Plazaola). Con sucesión. g) Alejo Manuel Arias Rengel Escobar Castellanos, que se casó el 15-III-1810 con Josefa Saravia (hija de Martín Saravia y de Petrona Gallo); y en 2as nupcias con Justina Torino. h) Josefa Manuela Arias Rengel Escobar Castellanos, baut. el 22-I-1789. Casó con Francisco Alberro Hernández. i) José Domingo Arias Rengel Escobar Castellanos. Hija del 2º enlace de doña Manuela con Marcos Luján de Miranda fue: j) Josefa Marta Luján Escobar Castellanos, baut. el 29VI-1792. F) Andrés Avelino Castellanos Arias Velázquez, baut. el 10-XI-1749. Casó el 2-VII-1779 con Manuela de la Cámara (hija de Juan José de la Cámara Elizondo y de Rosa Gómez de Alarcón). El 1-IV-1780, ante el Escribano Gil Infante, Manuela fue dotada con 4.952 pesos y 7 reales por su tía Lorenza de la Cámara. Estos fueron los hijos de dicho matrimonio: a) Manuel de la Asunción Castellanos de la Cámara, baut. el 4-VIII-1780. b) Juan José Castellanos de la Cámara, baut. el 6-V1781. Sacerdote, Doctor en Teología, egresado en Charcas, después de haber estudiado en el Colegio cordobés de Montserrat. Fue Capellán del ejército de Belgrano, Cura en San Carlos de Calchaquí y Canónigo en la Catedral de Salta. Su tía Lorenza de la Cámara le había designado en su testamento — cuando él era novicio — titular de una Capellanía que en 1797 ordenaba fundar, pero después la causante revocó el nombramiento. El Cura Juan 70

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José fue también Diputado a la Legislatura salteña y ferviente federal partidario de Rosas. Testó dos veces; el 1-IX-1845 y el 9-XI del mismo año. Murió el 11-V-1857. c) Manuela Castellanos de la Cámara, baut. el 4-VI1789. Casó con Francisco Claudio Castro en 1808, Abogado recibido en Chuquisaca en 1799, Ministro de Güemes en 1817 (hijos de Claudio Castro y Aguirre y de la altoperuana Manuela de la Quintana). Testó Manuela Castellanos en Salta el 7VIII-1823, y luego de su muerte ese testamento ológrafo fue protocolizado, el 14-I-1824, por ante el Escribano Félix Ignacio Molina. Su sucesión se consigna en el apellido Castro. d) Bernardo Santiago Castellanos de la Cámara, baut. el 24-V-1797. Peleó en las batallas de Tucumán y Salta y alcanzó el grado de Capitán. Contrajo nupcias en 1821 con Ursula Fernández y falleció en 1826. e) Josefa Benita Castellanos de la Cámara. Casó con José Domínguez Morón, nativo de España, quien testó en 1827. No dejaron descendencia. f) José Félix Castellanos de la Cámara. G) Santiago Castellanos Arias Velázquez, baut. en 1752. Casó con Josefa Narcisa Arias Castellanos, sobrina carnal suya (hija de Félix Apolinar Arias Rengel y de Manuela Castellanos Arias Velázquez). Son los padres de: a) José Félix Castellanos Arias, que casó con Juana Eloísa Figueroa Cornejo, baut. el 25-VI-1804 (hija de Javier de Figueroa Toledo Pimentel y de Magdalena Cornejo Castellanos. Con sucesión. De ellos vienen los Castellanos Figueroa; Castellanos Luna Matorras; Castellanos Luna Costas Murúa; Esquiú Medina Castellano Figueroa; Castellanos Figueroa Gutiérrez Castro; Castellanos Gutiérrez; Araoz Usandivaras Castellanos Gutiérrez; Lobo Castellanos Gutiérrez; Castellanos Gutiérrez Peñalba Castellanos

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Herrera (Elvira, casada con el General Gregorio Vélez, Ministro de Guerra del Presidente Roque Sáenz Peña, con suc.); Castellanos Gutiérrez Solá Curth; Gallo Castellanos Gutiérrez; Castellanos Figueroa Esquiú Jáuregui; Castellanos Esquiú Healy Duncan; Castellanos Esquiú Cornejo Dávalos; Martínez Sylvester Castellanos Esquiú; López Figueroa Castellanos Esquiú; etc. etc.. b) Pedro Pascual Castellanos Arias, baut. el 6-V-1802. Casó el 6-I-1828 con Manuela Delgado. Padres de los Castellanos Delgado; I) Bruno Federico; II) Tomás Adolfo, que se radicó en Catamarca, casando allí con Argentina Díaz de la Peña , con suc. Su hijo Flavio fue Gobernador de Catamarca (1879-99). III) Delia y IV) Santiago, Teniente Coronel. c) María Rafaela Castellanos Arias. Casó el 27-IV1825 con José Domingo de Goyechea López (hijo de Remigio de Goyechea y de Bernarda López). Con sucesión. d) Juan José Castellanos. Lo presumo hermano de los anteriores. Peleó en las batallas de la Independencia incorporado al ejército del norte. Después, a las órdenes de Güemes, alcanzó el grado de Capitán; y subordinado al General Alejandro Heredia tomó parte en la guerra contra la Confederación Perú Boliviana. (A este Juan José algunos biógrafos confundidos le adjudican la filiación que corresponde a su pariente homónimo y contemporáneo; el Cura Juan José Castellanos de la Cámara, Capellán del Ejército de Belgrano y posteriormente ardoroso partidario de Rosas). H) Vicente Castellanos Arias Velázquez (otro de los hijos de Pedro Francisco de Escobar Castellanos y de su 2ª esposa María Arias Velázquez) nació en 1753. Casó el 19-X-1777 con Rosa Alvarez Campos. Son los padres de Mariano Castellanos Alvarez, baut. el 30-IX-1788.

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I) Gabriel Castellanos Arias Velázquez, n. el 21-VI-1756. Bachiller en Filosofía y Artes del Colegio Montserrat de Córdoba en 1788. J) María Teresa Castellanos Arias Velázquez. Casó con Antonio Fernández Cornejo Redón. Con sucesión. K) Francisco Javier Castellanos Arias Velázquez, nacido en 1757. IVa — VALERIANA DE ESCOBAR CASTELLANOS Y CABRERA — mi antepasada — contrajo matrimonio el 30-IX-1674, en Salta, con el entonces Teniente de Caballería Diego Diez Gómez. Había éste nacido en la ciudad de Córdoba del Tucumán hacia el año 1649; hijo del Capitán Francisco Diez Gómez y de Magdalena de Argüello y Mansilla, que al enviudar de su nombrado marido pasó a segundas nupcias con Jacinto Ladrón de Guevara, con quien hubo también sucesión. En 1674 doña Magdalena ya no alentaba en el mundo. El día anterior a su casamiento (29-IX-1674) los padres de doña Valeriana, Tomás de Escobar Castellanos y María de Sotomayor Luis de Cabrera, la dotaron a ella con 7.000 pesos; 2.175 en dinero efectivo y 4.825 con los siguientes bienes y efectos: Una negra esclava llamada “Pasquala”, de 30 años de edad, junto a una mulatilla de 4 años de nombre Teresa (valuadas en $900). Un cuarto de vivienda con sala y aposento, que formaba parte de las casas donde moraban los padres, entrando por la puerta de calle a mano derecha, con la mitad del patio de dichas casas (tasados en $500). Una estancia en el valle de “Guachipas”, cuyo campo compró su padre a los jesuitas del Colegio de la Compañía en Salta (valuado en $600). Un vestido de lana “cabellada” y otro de lana plateada de Francia, guarnecidos con puntas negras ($375). Otro vestido negro de terciopelo liso ($100). Una mantellina de felpa nácar, con cinco puntas de oro y plata finos ($120). Una pollera de escarlatilla colorada, con tres guarniciones de puntas de oro ($50). Un manto nuevo, hecho con su corte de puntas, grande ($80). Seis camisas de mujer labradas, con tres Castellanos

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pares de enaguas ($300). Un par de sábanas deshiladas y puntas, con cuatro almohadas de deshilados guarnecidas de puntas, con encajes ($200). Otro par de sábanas de Ruán con cuatro almohadas ($100). Dos pañuelos de Cambrai con deshilados, y dos paños de manos labrados ($70). Dos colchones, una fresada de Lima y una sobrecama carmesí bordada, con su pabellón de Cajamarca ($280). Seis sillas de sentar, grandes, y seis taburetes, un escaño y una caja ($140). Dos escritorios, uno grande y otro pequeño, de madera del Brasil ($80). Una caja grande del Brasil con su cerradura y cantoneras ($30). Veinticinco marcos de plata labrada, llana ($200). Tal “Carta de Dote” y sus respectivas tasaciones fueron aceptadas por el contrayente, quién, era propio hermano de los Capitanes Gregorio y Francisco Diez Gómez, y de Lucía Diez Gómez, casada con el Capitán Francisco de Molina Navarrete Peralta y Cabrera; todos y Diego nietos maternos de Luis de Argüello y Taborda, natural de ciudad Rodrigo, en Salamanca (hijo de Francisco de Argüello y Acosta y de la portuguesa Luisa de Taborda y Aguiar), venido al Tucumán a fines del siglo XVI, donde se unió en matrimonio con Lucía o Luisa de Mansilla, nativa de Santiago del Estero, hija del Capitán conquistador Sebastián Príncipe de Dueñas y Bobadilla y de María de Mansilla García de la Jara (ver los antecedentes genealógicos y biográficos de estos antepasados, en el capitulo que corresponde a los conquistadores Bartolomé Mansilla y Jerónimo García de la Jara). Respecto a mi lejano abuelo Diego Diez Gómez, diré que sirvió en la milicia desde el grado de Alférez hasta alcanzar la alta jerarquía de Maestre de Campo y Gobernador de Armas de la provincia del Tucumán y sus fronteras. Gran parte de su vida guerreó contra los indios del Chaco y del valle Calchaquí. El Gobernador Angel Peredo (1670-1675) designó al Alférez Diez Gómez Teniente de Caballería de su guardia, porque éste, “en sus cortos años había servido en diferentes ocasiones en la conquista de los indios del Valle Calchaquí, y al par por la provincia del Chaco; lo mismo en 74

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la provincia de Córdoba contribuyó con donativos a S.M. y con otros servicios de igual correspondencia”, todo “muy a satisfacción, con lustre de su persona, armas y caballos”. Subordinado al Gobernador José de Garro (16751678), Diez Gómez “siguió al alcance de los enemigos fronterizos hasta sus tierras, yendo a esa empresa en el carácter de Capitán de Infantería”. Y el Gobernador Juan Diez de Andino (1678-1681) ascendió a don Diego a “Sargento Mayor de las armas y batallón de la gente de guerra”. Con ese grado “entró al castigo de los indios enemigos que se apropiaron de las armas , caballos y de la mayor parte del caudal que había en la Capitanía General”. Nuestro hombre era — en opinión del Gobernador — “persona de bastantes méritos y servicios y experiencia militar ... afianzado con la calificación de sus servicios en diferentes tiempos y ocasiones, con puestos y cargos militares; así en la ciudad de Córdoba del Tucumán, donde ocupó el de Alférez y Teniente de Infantería y Caballería para los socorros del puerto de Buenos Aires, como también el de Capitán de Infantería Española de número, en la ciudad de Salta, en donde con legítima causa se halla en dicho puesto, con crédito y estimación de la buena cuenta que ha dado de dichos cargos, a satisfacción de sus superiores, en la guerra que siguió para el alcance y castigo de los enemigos fronterizos hasta sus mismas tierras, consiguiéndose así evitar su osadía”. Mas tarde, cuando Fernando de Mendoza y Mate de Luna tuvo noticia de las bárbaras y sacrílegas muertes del Venerable Pedro Ortiz de Zárate y del Padre Solinas, consumadas por los indios mocovíes el 27-X-1683, “en el término de 24 horas — según dijo aquel Gobernador — conseguí poner en marcha , con el Sargento Mayor Diego Diez Gómez, bastante gente, para retirar los cuerpos y castigar a los enemigos si los encontrase”. El Sargento Mayor Lorenzo Arias y mi antepasado Diez Gómez hallaron los restos de ambos mártires, que fueron transportados seguidamente a Jujuy y a Salta. Por este cometido, y el socorro que prestó a la guarnición española del Fuerte de Zenta, más el escarmiento llevado a cabo contra los indómitos aborígenes chaqueños, “que Castellanos

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mataron un religioso de la Compañía de Jesús y al Cura de la ciudad de Jujuy, que estaban doctrinando y enseñando la ley evangélica”, el Gobernador Mendoza Mate de Luna promovió a Diez Gómez a Maestre de Campo, “con todas las atribuciones y preeminencias de dicho cargo”. Con el Gobernador Tomás Félix de Argandoña (16861691) Diez Gómez efectuó “una entrada a la provincia del Chaco para castigar a los indios mocovíes y demás naciones que la habitaban, por las muertes, robos en las estancias y otros delitos que de muchos años a esta parte había ejecutado su cruel barbaridad”. El enemigo llegó “casi a la ciudad y fundación nueva de San Miguel de Tucumán, a distancia de media legua, y mató y degolló a cuarenta y tres personas, haciendo estragos; causa por la cual se vió obligado (Argandoña) a entrar a dicho castigo con gente española y el ejército formado; convocando para ello a las ciudades de Santiago, San Fernando (Catamarca), la del valle de Choromoros (fortín salteño) y las de Salta y Jujuy”. Al contingente de milicianos de Salta condújolo a la lucha el Maestre de Campo Diez Gómez, diestro Capitán de guerra ... que desde sus tiernos años se había dedicado al Real servicio con todo amor, a su costa, con armas y caballos”. Era mi lejano abuelo, al decir del Gobernador; “de noble calidad ... descendiente de pobladores y conquistadores de calificados servicios, como el de Maese de Campo Bartolomé Mansilla”. En mérito de todo esto, Argandoña designaba a Diez Gómez “Capitán a Guerra de Salta”, en presencia de los Maestres de Campo Antonio Quijano, José Luis de Cabrera y Diego Vélez. Y el Gobernador Juan de Zamudio (1696-1702) nombró en 1697 a mi antepasado Teniente de Gobernador en “la ciudad de San Felipe de Lerma Valle de Salta, la más populosa en comercio y gente después de esta de Córdoba”, habida cuenta de los “antecedentes de sangre y méritos propios del Maestre de Campo General D. Diego Diez Gómez, Encomendero y vecino de dicha ciudad, de la que fue Alcalde, fomentando la construcción de la Iglesia parroquial y conventos, distinguiéndose también en actos de guerra, en la que agotó parte de su caudal”. 76

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En otro orden de cosas, señalaré que Diez Gómez había sido agraciado con la merced de “Molinos”, en el valle Calchaquí hasta la cordillera Nevada, en cuyas tierras asentó la hacienda de “San Pedro Nolasco”. Cree el historiador Atilio Cornejo que “vinculándose Diez Gómez, como lo hizo en Salta, pues era natural de Córdoba, y por su matrimonio con Doña Valeriana de Escobar Castellanos, se hiciera cargo de la merced y encomienda citada. Recuérdese — añade Cornejo — que esta última fue hija del Maestre de Campo Don Tomás de Escobar Castellanos, que se distinguió en la campaña contra los calchaquíes”, y fuera también encomendero de los pueblos de “Chicoana” y “Atapsi”, pertenecientes a los indios “pulares”, en el citado valle. En consecuencia la hacienda y encomienda de Molinos — según Cornejo — “se habría transmitido sucesivamente del Maestre de Campo Don Tomás de Escobar Castellanos a su hija Doña Valeriana de Escobar Castellanos y Luis de Cabrera y al esposo de ésta Maestre de Campo Don Diego Diez Gómez; de éste a su hija Doña Magdalena Diez Gómez de Aguirriano y Garro, luego de Isasi Isasmendi; de ésta a su segundo esposo el General Don Nicolás Severo de Isasmendi”. Esto no pasó tan exactamente como lo supone don Atilio. Ya se dijo más atrás que las encomiendas de “Chicoana” y “Atapsi” vinieron a recaer en el hermano mayor de doña Valeriana, José de Escobar Castellanos y Cabrera, aunque “el Churcal, antigua sala de Atapsi”, lindaba por el sur con la “Hacienda de Molinos”. El Maestre de Campo Diego Diez Gómez — cuya vida se extinguió en Salta “la noche del 3 al 4 de enero de 1709” — y su mujer Valeriana de Escobar Castellanos y Cabrera, procrearon un varón y dos hembras, de los que me ocupo a continuación: 1) Diego Diez Gómez y Castellanos Cabrera, a quien, siendo menor de edad, el Gobernador Tomás Félix de Argandoña, hacia el año 1688, le otorgó la encomienda de indios pulares que fuera de su abuelo Tomás de Escobar Castellanos. Diego, (hijo) falleció a mediados de 1694, y la tituCastellanos

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laridad de dicha merced vacante, “en la Hacienda San Pedro Nolasco de Molinos”, pasaría a nombre de su padre, el cual tomó posesión del feudo el 15-XI-1695. Lo creo al muchacho padre o abuelo del Sargento Mayor Francisco Diez Gómez, casado en Salta, en septiembre de 1742, con Juana Torena y Saravia (hija de Martín Miguel Torena y de María Saravia). 2) Antonia Diez Gómez y Castellanos Cabrera — mi antepasada — que se casó en Salta el 2-III-1699 con Agustín Martínez de Iriarte Frias Sandoval (hijo de Agustín Martínez de Iriarte y de Felipa María de Frias Sandoval — ver dichos linajes). Tras de su boda, doña Antonia fue dotada mediante escritura del 2-IV-1699. Al tiempo del referido enlace, Agustín Martínez de Iriarte Frias Sandoval era viudo de Lucía Ramírez de Baquedano Velázquez de Ovando, con la cual había procreado sucesión. Murió don Agustín hacia 1720, tramitándose su testamentaría en 1725. Por su parte, Antonia Diez Gómez testó y falleció en Salta una década después que su marido, el 1-VII-1730. Estos resultaron sus hijos: A) Jerónima Martínez de Iriarte Diez Gómez, que contrajo nupcias en Salta el 22-IX-1714 (dotada el 3-IX1714) con el Capitán Lucas Ruiz Gallo, nativo de las Montañas de Burgos. Son los padres de: a) Juana Ruiz Gallo Martínez de Iriarte, casada con el Maestre de Campo Juan de Aguirre Calvo de Mendoza (viudo a la sazón, de Laurencia de Pedroso y Sierra); padres a su vez, de Francisca de Paula de Aguirre Ruiz Gallo, mujer de Domingo González de Hoyos y del Hoyo, de quienes el autor del presente trabajo resulta chozno. (Los respectivos antecedentes genealógicos y posteridad de estos antepasados las consigno en los apellidos Aguirre, Hoyos y Uriburu). B) Diego Tomás Martínez de Iriarte Diez Gómez. Teniente de Gobernador de Jujuy en 1748. Casó en Salta el 9-IX-1724 con Paula de Córdoba, viuda del Sargento Mayor Gregorio Luis de Villegas (hija de mis 78

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7º abuelos, Juan de Córdoba y Ubierna y de Josefa Laurencia Ruiz de Llanos). Su descendencia se detalla en el linaje de Martínez de Iriarte). 3) María Magdalena Diez Gómez y Castellanos Cabrera. Se casó primero en Salta, en agosto de 1699, con José de Aguirriano, nacido en la villa de Escoriaza, Guipuzcoa, en 1672 (hijo del Capitán Juan Martín de Aguirriano y de María Garaycoa). José de Aguirriano llegó a Buenos Aires por febrero de 1698 en los navíos de registro de Carlos Gallo Serna, con cartas de recomendación de su deudo el Caballero de Santiago José de Garro, entonces Gobernador de Gibraltar, que fuera de 1675 a 1681 Gobernador del Tucumán y del Río de la Plata. Doña María Magdalena heredó de su padre la “Hacienda de San Pedro Nolasco de Molinos”, y el 27-VII-1711, ella, ante el Alcalde Bernabé Saravia, otorgó un poder para testar a favor de su madre “Baleriana de Escobar Castellanos”, de Joseph de Aguirriano, su marido, de Agustín de Escobar Castellanos, su tío carnal, y de Agustín Martínez de Iriarte, su cuñado. También ese año 1711, ante el Escribano Juan Antonio Gutiérrez, “el Capitán José de Aguirriano Garro” suscribió un poder general a favor de su esposa, de su suegra doña Valeriana y de José de Escobar Castellanos, su tío. Fallecido Aguirriano, su viuda pasó a 2as nupcias, el 16-VII-1726, con el guipuzcoano Domingo de Isasmendi, Teniente de Gobernador de Salta (hijo de Cristóbal de Isasi Isasmendi Echave y de María de Ormazabal y Alzaga). Finalmente el 4-III-1739, María Magdalena Diez Gómez ingresó en el sepulcro sin haberle dado sucesión a Domingo de Isasmendi. Este, un lustro después de heredar a su esposa, contrajo nuevas nupcias en 1744 con Josefa Gertrudis de Echalar y Morales, oriunda de Tarija (hija del Maestre de Campo Juan de Echalar y de Bartolina Gabriela Morales). De ellos provienen los Isasmendi Echalar, que prolongaron la estirpe; entre los cuales destaco a don Nicolás Severo, último Gobernador Intendente de Salta por el Rey, en quien recayó el feudo de Molinos. Castellanos

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IVb — AGUSTIN CLEMENTE DE ESCOBAR CASTELLANOS Y CABRERA, o, mejor dicho, Agustín de Escobar Castellanos, se casó en Salta el 25-XI-1691 con María Rosa Martínez de Iriarte Frias Sandoval (hija del Maestre de Campo y Teniente de Gobernador Agustín Martínez de Iriarte y de Felipa María de Frias Sandoval Pineda y Montoya, vecinos de Salta, fallecidos antes de 1685). Para su boda la contrayente fue dotada mediante escritura del 31-XII-1691, que pasó ante el Escribano Pedro Pérez del Hoyo (antecesor mío). María Rosa era, a la sazón, menor de edad, y su marido solicitó se le entregaran los bienes heredados por ella, que estaban en poder del tutor y cuñado de la muchacha; el Capitán Martín de Castañares. Este y su esposa Gabriela Martínez de Iriarte, fueron padrinos del referido casamiento, actuando como testigos del mismo el Maese de Campo Diego Diez Gómez, cuñado del novio, el Sargento Mayor Alonso Ruiz de Llanos (8º abuelo mío) y el Capitán Bartolomé Ramírez de Montalvo, tío político de la desposada. Fue Agustín de Escobar Castellanos, guerrero, gobernante y colonizador. Su actuación militar se documenta con los siguientes testimonios: El 16-VI-1700, ante el Escribano público Pedro Pérez del Hoyo, el Maestre de Campo Francisco Antonio Melgarejo, Teniente de Gobernador, Justicia Mayor y Capitán a Guerra de Salta, dejó constancia de que “el Capitán Agustín de Escobar Castellanos, vecino de esta ciudad, en todas las espediciones que se ofrecieron para refrenar y castigar al enemigo Mocoví y del Gran Chaco, por las hostilidades que hacían en estas fronteras, ha salido con su compañía de infantería a su costa, y con su asistencia rechazamos al enemigo; y en otras ocasiones fue por mi orden a dichas tierras del enemigo a evitar los daños que hacían; en cuyas espediciones me consta que ha gastado mucha parte de su caudal”. Una década después, el 13-V-1710, el Gobernador del Tucumán Esteban de Urizar y Arespacochaga, en despacho que autorizó el Escribano de la Gobernación Juan Francisco 80

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Martínez Sáenz, expresaba; “Por cuanto me hallo próximo a ejecutar mi marcha al Real Presidio de Nuestra Señora del Rosario de Esteco, a recibir los tercios para la entrada a la frontera del Chaco, a cargo de mi Lugarteniente, y quedar esta Ciudad (de Salta) sin Oficial Mayor de Guerra, y conviene al Real servicio nombrar persona que gobierne con celo y haga la puntual remisión de gente, bastimentos y demás que sea necesario. En nombre de S.M. nombro por Maestre de Campo y Gobernador de Armas de esta Plaza y su jurisdicción, al Capitán D. Agustín E. Castellanos”. Cinco meses más adelante, el mismo Gobernador Urizar, en una resolución fechada el 15-X-1710 “en el campo sobre el Río Grande, en la espedición al Chaco”, disponía lo siguiente; “Por cuanto soi informado que algunos vecinos por fines particulares embarazan las ejecuciones tocante a la remisión de los materiales de guerra, que conducen a la conservación de la paz y administración de Justicia; Ordeno y mando al Gobernador de Armas, D. Agustín Castellanos, que en todas las disposiciones que mande ejecutar, obre con plena jurisdicción, castigando a los inovedientes”. Por último, la eficaz actuación guerrera de mi 7º abuelo, se prueba con esta honrosa carta del Rey Don Felipe V, que textualmente dice; “D. Agustín de Escobar Castellanos.- Habiéndome notificado mi Junta de Guerra de Yndias, el informe que hizo el Brigadier D. Estevan de Urizar y Arespacochaga, Gobernador y Capitán General de esa Provincia, de todos los Oficiales Mayores que le asistieron en las dos campañas que ejecutó contra los Indios bárbaros del Gran Chaco, que infestaban y horrorizaban esa Provincia; y reconociéndose por él, el celo y aplicación con que os dedicasteis a cuanto condujo a mi real servicio en diferentes empleos, y especialmente en el de Maestre de Campo General que os confirió; he resuelto, entre otras cosas, daros las gracias, como por la presente lo hago, y manifestaros la gratitud que quedo de la fidelidad, celo y valor que manifestasteis a mi servicio, en la pacificación y sosiego de esa Provincia, lo que espero continueis hasta que enteramente se estermine de ella a los Indios bárbaros, y se logre su reducción a nuestra Castellanos

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Santa Fé; y estareis advertido como en Despacho de la fecha de éste, ordeno a mi Gobernador y Capitán General de esa Provincia, tenga presentes vuestros méritos para conferirles el premio y ascensos que merecen.- Fecho en Madrid a 13 de Febrero de 1716.- Yo El Rey.- Por mandado del Rey mi Señor; Francisco de Castejón - Hai cuatro rúbricas”. Como gobernante, ya vimos que Agustín Escobar Castellanos desempeñó el alto cargo de Teniente de Gobernador y Capitán a guerra de Salta en 1710; como así también el de Alcalde del Cabildo salteño en 1717, junto con Francisco de Aguirre Calvo de Mendoza, y los Regidores José de Escobar Castellanos (su hermano), Gregorio Ruiz de Villegas, Francisco Gómez Vidaurre, el Procurador General y el Escribano capitular Francisco López de Fuenteseca. A propósito de las actividades de encomendero y colonizador del personaje de esta historia, éste, en 1711, presentó al Gobernador de la Provincia, Urizar y Arespacochaga, una solicitud donde expresaba; “Que declarados vacos los Indios de Pulares y citados los beneméritos para ser recompensados con los tributos de dicha Encomienda, por los servicios de mis padres, abuelos y antepasados, y los propios adquiridos en la guerra pendiente con las Naciones bárbaras del Chaco, formo oposición a la vacante, para lo cual presento los papeles originales; en ellos verá Usía los servicios de mi padre D. Tomás de E. Castellanos, que fue nombrado por el Gobernador D. Juan D. Andino, Gobernador y Capitán a guerra de esta ciudad, y asistió a las espediciones, remisión de gente y armas en la entrada general que ejecutó al Gran Chaco, gastando mucha parte de su caudal; ser descendiente de D.Gerónimo Luis de Cabrera (en realidad descendía directamente del hermano de éste Antonio Luis de Cabrera), que sirvió en el Perú en aquellas conquistas, y fundó la ciudad de Yca y Pisco, y pasó a estas Provincias por Gobernador, sucediendo en el gobierno a don Francisco de Aguirre, que fundó la ciudad de Santiago del Estero, y prosiguiendo las conquistas las adelantó hasta el Río de la Plata, y fundó la ciudad de Córdoba; por todo lo que a Usía pido me tenga por

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opuesto a la vacante de los Indios Pulares”; que señoreó el extinto Bernardo Vélez de Alcocer. Al mismo repartimiento vaco pretendía, por méritos propios y heredados, el Capitán Lázaro Arias Rengel Aguirre (hijo del Maestre de Campo Juan Arias Renjel y de Gregoria de Aguirre Fonseca, bisnieta del conquistador Francisco de Aguirre). En vista de ello el Gobernador Urizar, tiró el siguiente “Decreto”, fechado “en el real Presidio de San Estevan de Valvuena, frontera del Chaco”, el 9-VI-1711, en donde hacía estas consideraciones; “Que habiendo visto los autos de la vacante de los Indios Pulares, cuya encomienda se ha solicitado por el Capitán Lázaro Arias Renjel y el Maestre de Campo Agustín de E. Castellanos; alegando el primero ser hijo de D. Pedro Arias Renjel, que sirvió en la guerra pendiente desde sus tiernos años y ocupando los cargos militares hasta Sarjento Mayor, que entró de Capitán en las entradas al Gran Chaco, y en lo político fue Regidor, etc, etc.; y con tan noble ejemplo Lázaro Arias Renjel, desde sus tiernos años, ha servido también entrando de Capitán de guerra en la campaña pasada, a su costa, y se halla pronto y aviado para entrar en esta actual campaña, con compañía; y que uno de sus ascendientes fue D. Francisco de Aguirre, primer Gobernador y Capitán General, etc, etc. Y que D. Agustín de E. Castellanos es hijo de D. Tomás de Escobar Castellanos, que en lo militar ejerció el cargo de Lugarteniente de Gobernador y Capitán de guerra de esta ciudad, descendiente de D. Gerónimo Luis de Cabrera (Agustín era tataranieto de Antonio Luis, hermano de Gerónimo Luis) ... y del General D. Félix de Mendoza, que sirvió más de veinte años, especialmente en Santa Cruz de la Sierra, ocupando todos los cargos militares, fue descubridor y conquistador de la Provincia de Mojos, y fundó la ciudad de la Santísima Trinidad, y acudió al castigo de los indios Chiriguanos; que ejerció el cargo de Lugarteniente de San Miguel del Tucumán, defendiéndola de los Aconquijas, Pipanacos y Colpes; cuyos servicios continuó su hijo don Antonio, en el alzamiento general de los Calchaquíes; y por lo que toca a la presente guerra que se sostiene contra los bárbaros del Chaco, ha serCastellanos

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vido don Agustín Castellanos de Capitán de infantería a su costa, en todas las ocasiones que se han ofrecido”; el Gobernador — sin desconocer los méritos de Arias Renjel —, concedía la encomienda de Pulares a favor de Agustín de Escobar Castellanos. El 25-VIII-1719, el mismo mandatario Urizar le remitió a Su Magestad una “Carta”con todas las encomiendas existentes en el Tucumán, distinguiendo el valor de cada una de ellas, número de indios que las componían y personas que las gozaban. En tal nómina, el feudo o pueblo de Pulares aparece redituando tributaciones por 112 pesos anuales, y con una dotación de solo 32 indios, adoctrinados por su respectivo Cura. Gozaba entonces la encomienda “en primera vida, el General Agustín de Escobar Castellanos ... y se le hizo esta merced por sus propios méritos y servicios en la presente guerra del Chaco, en que ha servido todos los puestos militares desde Alférez hasta el de Maestre de Campo y Lugarteniente de Gobernador y Capitán General, en cuyo actual ejercicio se haya relecto con aprobación de la Real Audiencia del distrito, y su feudo parece confirmado por Real Cédula; su fecha en el Pardo a 28 de Junio de 1716”. Con los años la encomienda de referencia pasó a uno de los hijos del agraciado; Juan Ramón de Escobar Castellanos; y luego a su nieta, Rosa de Escobar Castellanos López de Velasco, esposa del Gobernador Juan Victorino Martínez de Tineo; y finalmente a la bisnieta de aquel primer titular; María Felipa Martínez de Tineo, que casó con Miguel Vicente Solá. A más de aquel feudo de Pulares, Agustín de Escobar Castellanos fue propietario de varias estancias; “Tres Cerrillos”, que compró al tío de su mujer Juan de Frias Sandoval — casado con una tía suya, Catalina de Cabrera Duarte de Meneses —, cuyo campo lindaba al Norte con el río Vaqueros, al Sud con la “Quebrada de los Puercos”, perteneciente al Convento de La Merced, y después a Martín de Castañares; al Este con el mismo Castañares — concuñado de don Agustín —, y al Oeste con Juan Pardo de Figueroa.

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“La Quesera” (que pasaría más tarde a su nieta Manuela de Tineo, la cual legó dicha finca al Colegio de Jesús); “Las Higuerillas” y “Papagayos”; el “Pucará de Buena Vista” y el “Morro de Nicuesa”. En la chacra “El Pucará de Buena Vista” — así lo declaró don Agustín en su testamento, en 1720 —, “tengo edificadas casas con altos, corredores, cancha, almona, oficina de jabón, molino y huertas de arboledas y tierras de pan llevar y todos los aperos”. También la estancia “Gonzalera” estuvo bajo el dominio de mi antepasado, quien la compró, el 15-V-1709, a Antonio Navarro, abuelo de los hermanos Cristóbal, Isidro y Santos Gerez, por ante el Teniente de Gobernador de Jujuy, Maestre de Campo Antonio de la Tijera. La “Estancia de la Gonzalera” se componía originariamente de “dos suertes con un potrero a sus espaldas”; de todo lo cual, por si no fuera bastante la anterior compra, le hizo nueva merced, a Escobar Castellanos, el Gobernador Urizar y Arespacochaga, el 11IV-1710, tomando el interesado posesión de las tierras el 2 de junio de ese año, por ante el Escribano Juan Antonio Gutiérrez. Y en 1711, ante el Escribano Bernabé Saravia, nuestro hombre adquirió de Josefa Abreu de Figueroa y de su marido el Capitán Francisco López de Fuenteseca, la estancia “Los Papagayos”, llamada también “Higueritas”. En tres oportunidades testó en Salta don Agustín; el 1I-1701, en el Registro de Pedro Pérez del Hoyo (mi remoto antecesor); y el 21-VII-1720 y 13-VII-1724, ambas veces ante el Escribano Francisco López de Fuenteseca. En el último testamento nombró por albaceas a sus hijos Juan Ramón y Presbítero Francisco de Paula Escobar Castellanos. Falleció antes de 1725, y el 13-III-1728, sus herederos se distribuyeron sus bienes. La esposa del causante; María Rosa Martínez de Iriarte, había ya muerto en 1716, previa disposición testamentaria del 26-VIII-1714. Los cónyuges Agustín de Escobar Castellanos y Cabrera y María Rosa Martínez de Iriarte Frias Sandoval hubieron los siguientes hijos:

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1) Martín Castellanos Martínez de Iriarte, nacido en 1692. Falleció en su juventud. 2) Juan Ramón de Escobar Castellanos Martínez de Iriarte, que nació en 1694. El Gobernador Urizar y Arespacochaga lo nombró “ Capitán de la Compañía de Infantería del Real Presidio de Nuestra Señora del Rosario de Esteco”, el 12-XII-1716, debido a su actuación en la guerra del Chaco. Fue además Regidor y Alcalde Provincial de la Santa Hermandad en 1720. En 1724 resultó instituído , con su hermano el clérigo Francisco, Albacea testamentario de su padre; más antes de la partición de los bienes de éste, murió Juan Ramón, el 9-VIII-1727. Habíase casado en Santiago del Estero con Francisca Plácida López de Velasco. Estos fueron sus hijos: A) Tomás de Escobar Castellanos López de Velasco, marido de Bartolina de la Zerda. Son los padres de: a) Domingo Castellanos Zerda que casó con Bernarda Arias, en la que hubo a; Dominga Castellanos Arias, casada con Gregorio Robledo; y Rosa Castellanos Arias, casada con Bernardo Urías. B) Agustín de Escobar Castellanos López de Velasco. C) José de Escobar Castellanos López de Velasco, sacerdote ordenado en la Universidad de Córdoba, quien en 1740 recibió una donación de 4.000 pesos de su tío carnal el Presbítero Francisco de Paula Castellanos Martínez de Iriarte. D) Pedro de Escobar Castellanos López de Velasco. E) Rosa de Escobar Castellanos López de Velasco, que casó con Juan Victorino Martínez de Tineo, Gobernador del Tucumán, Presidente de la Real Audiencia de Charcas (hijo de Diego Martínez de Tineo, Capitán de Granaderos de Castilla, que actuó en 1714 en el sitio de Barcelona, natural de Cangas de Tineo en el Principado de Asturias y de Teresa López de Molina, oriunda de Murcia). Testó doña Rosa, enferma en cama, el 31X-1790, ante el Escribano Francisco Antonio Llanos. Hubo 10 hijos. De ellos destaco 4:

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a) María Felipa Bernarda Tineo Castellanos, casada con Miguel Vicente Solá (hijo de Miguel Solá y Solá y de Juana de Indá y Tirado). Con sucesión. De ellos vienen los Solá Tineo, Solá Saravia Tineo, Ulloa Lesser Solá Saravia, Solá López Diez, Toledo Pimentel Solá Tineo, Solá Tineo Chavarría Moldes, Solá Tineo Rincón Otero, Araoz Usandivaras Solá, Araoz Solá Fleming, Torino Santibáñez Solá Chavarría, Torino Solá Uriburu Matorras, Torino Uriburu, Solá Patrón Costas, etc, etc. b) María Manuela Basilia Tineo Castellanos, fundadora del Colegio de Jesús en Salta. Falleció ahí soltera en 1827. c) José Francisco de Paula Venancio Tineo Castellanos, que casó con Magdalena Goyechea de la Corte, viuda, a la sazón de su primer marido; el Tesorero Gabriel Güemes Montero, quien la había hecho madre del famoso futuro Caudillo Martín Miguel de Güemes. La señora hubo en sus 2ª nupcias con Francisco Tineo Castellanos, a Cupertino de Tineo Goyechea, muerto en la infancia. d) Bárbara Javiera Tineo Castellanos, que casó con Pedro José de Saravia, Caballero de Carlos III (hijo de José de Saravia Porcel de Peralta y de María Josefa Arias Velázquez Per Afán de Ribera). Con sucesión. Los Saravia Tineo, Solá Tineo Saravia, Castellanos Jáuregui Saravia Tineo, Cornejo Usandivaras Castellanos Saravia, Ormaechea Torres Saravia Tineo, Fernández Botello Saravia Tineo, Saravia Gallo Saravia Tineo, Valdes Hoyos Saravia Tineo, Valdes Saravia Aranda, Valdes Aranda Uriburu Uriburu, Valdes Uriburu, etc, etc. 3) Francisco de Paula Castellanos Martínez de Iriarte, nacido en 1696. Sacerdote. Acabó sus estudios en la Universidad de La Plata — Charcas — antes de 1720. Fue Cura Vicario, Juez Eclesiástico de Diezmos y Comisario del Santo Oficio en Salta, en 1740. Su padre, don Agustín, le nombró albacea en su testamento de 1724, junto con su herCastellanos

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mano Juan Ramón, asignándole una renta de 4.000 pesos sobre la chacra “El Pucará de Buena Vista”; en cuya chacra, precisamente, “distante como a dos leguas de la ciudad de Salta”, testó, “enfermo en cama”, el 2-VII-1773 ante el Escribano Gil Infante, el presbítero Francisco de Paula. Fue su albacea el Brigadier Francisco González de Tineo. 4) María Francisca Castellanos Martínez de Iriarte, que casó primeramente con José González de Herreras o Ferreras, para cuyos esponsales fue favorecida por sus padres mediante “Carta de Dote” que pasó, el 19-VII-1710, ante el Escribano Juan Antonio Gutiérrez. De viuda María Francisca pasó a segundas nupcias con el Sargento Mayor Lauro de Cabanillas y Zevallos (hijo de Antonio de Cabanillas y Ampuero, natural de Valencia y de María de Ceballos y Quevedo, casados en Córdoba del Tucumán el 13-VI1672.). En 1730 Lauro Cabanillas, en trance de muerte, dió su poder para testar, ante el Escribano Iñigo de la Pascua, a su esposa. Esta señora, por su parte, testó siendo viuda en dos oportunidades; el 17-IX-1730, ante Iñigo de la Pascua, y el 16-III-1754, ante López Zevallos; falleciendo el 1º de abril de ese año. No hubo hijos de sus primeras nupcias. Del segundo matrimonio nacieron 7, de los cuales anoto 3: A) Rosa Cabanillas Castellanos, casada con Juan Antonio Torres Córdoba, con sucesión. (Ver el linaje de Torres Salazar). B) Micaela Cabanillas Castellanos, que casó con Joseph de la Casanueva, en octubre de 1757, Alcalde ordinario de Salta (hijo de Marcos de la Casanueva y de Catalina de Quinta y Rozas). Ignoro su sucesión. C) Juan Crisóstomo Cabanillas Castellanos, que casó en Salta en junio de 1757 con María Luisa Arias (hija de Bernardino Arias Velázquez Vélez de Alcocer y de Isabel Moyano Cornejo Olmos de Aguilera). Fue su hija: a) María Josefa Cabanillas Arias, que casó en agosto de 1773 en Salta, con Francisco de Anzede y Graña, 88

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natural del lugar de San Martín de Pacios, en Galicia, siendo hijo de Pedro Anzede y de María Graña. Don Francisco testó en Salta, el 23-VI-1786, ante el Escribano Antonio Gil Infante. No tuvo hijos y declaró ser propio hermano de Juan Anzede y Graña (sin duda el padre del Dr. José Benito Graña, jurisconsulto salteño), y haber criado a una niña; Martina Graña, de 6 años de edad en 1786. 5) Jerónima de Escobar Castellanos Martínez de Iriarte — mi antepasada —, que sigue en el punto V, al final de la presente reseña. 6) Agustín Castellanos Martínez de Iriarte, Alcalde ordinario de Salta en 1749 y Maestre de Campo en 1751. 7) José Castellanos Martínez de Iriarte, el cual (me escribió el escrupuloso investigador don Raúl de Zuviría sin precisar detalles) otorgó en Salta “poder a sus hermanos Francisco y Pedro el 13-III-1736”. Radicóse luego, nuestro hombre, en Santiago del Estero, donde contrajo matrimonio, después de 1739, con Clara López de Velasco (hija del Maese de Campo Joseph López de Velasco y de Magdalena Sánchez Zambrano; n.p. del Capitán Francisco López de Melo y de Sebastiana Ramírez de Velasco; n.m. del Maese de Campo Juan Sánchez Zambrano y de Josefa Maldonado de Saavedra Villarroel; chozna del Gobernador Juan Ramírez de Velasco, por la rama del padre, y 5ª nieta del mismo y de Diego de Villarroel y de Jerónimo Luis de Cabrera por la rama materna). José Castellanos fue “Theniente Capitán de Reformados”, Alcalde de 2º voto y Alférez Real en el Cabildo santiagueño en 1740; Maestre de Campo en 1742; Familiar del Santo Oficio en 1746; Alcalde de 1º voto en 1748 y Teniente Tesorero Oficial Real en 1750. Era dueño de una estancia llamada “Cálox”. Murió en Santiago el sábado 9-X-1751. Su viuda Clara López de Velasco pasó a 2as nupcias con el General Juan José de Paz y Figueroa, con quien hubo solamente al que fuera presbítero Juan Gregorio Paz. Con José Castellanos había procreado estos hijos:

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A) José Domingo Castellanos López de Velasco, presbítero, que hizo sus estudios en Córdoba. B) Ana María Castellanos López de Velasco, que murió soltera. C) María Magdalena Castellanos López de Velasco, fallecida soltera también. D) María Dominga Castellanos López de Velasco, que murió sin tomar estado. E) Mariano Luis Castellanos López de Velasco, Maestre de Campo y Regidor. Casó con Catalina de Medina y Trejo (hija de Antonio de Medina Montalvo Villafañe y de Juliana Trejo). Son los padres de: a) Javiera Castellanos Medina, soltera. b) Margarita Castellanos Medina, casada con Pedro Cathedra, español. Era viuda sin hijos en 1838. c) Severo Castellanos Medina, Capitán guerrero de la Independencia, soltero. d) Simón Castellanos Medina, Cabildante en 1819. Belgrano lo comisionó para remitir unos oficiales realistas prisioneros a Córdoba en 1815. e) Teodora Castellanos Medina, casada con Joseph de Achaval y Sasturri, baut. en la localidad de Ea, Vizcaya, sobre el mar Cantábrico, el 22-IV-1757 (hijo de Antonio de Achaval Baraiza y de Ana de Sasturri Onzueta). Con sucesión (5). 5 Joseph de Achaval pasó a Indias y se radicó en Santiago del Estero a fines del siglo XVIII. Ahí se casó y fue Defensor de menores en 1786, y Alcalde ordinario en 1787-88. Murió asesinado el 12-V-1800 por un pariente político de su mujer, Josef Amero, “reo preso y asegurado en estas Reales Cárceles”, como consta en el respectivo sumario instruído por el Alcalde de segundo voto Martín Herrera. Uno de sus hijos, José Blas de Achaval Castellanos, Regidor, que en 1810 formó parte de la Junta de Gobierno santiagueño, se casó en 1811 con Jacoba de Iramain y Borges (hija de José Domingo de Iramain Díaz Gallo, Teniente de Gobernador de Santiago, y de Francisca de Borges Urréjola). Aquellos cónyuges radicáronse en Buenos Aires. El menor de sus 16 hijos era; Toribio de Achaval Iramain, n. en 1842, que casó en 1875 con la irlandesa Delia Ryan O’Donell, nacida en 1850 en Annegrove, Condado de Clare (hija de Miguel Ryan y de Juana O’Donell Joynet). El 3º de sus hijos; Toribio Miguel de Achaval Ryan, n. 90

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f) Juan José Castellanos Medina, que casó con Mercedes Amero. De ellos fue hijo; Crisójono Castellanos Amero. Con descendencia. g) Martín Castellanos Medina, marido de Gregoria López Caballero. Con sucesión; los Castellanos López Caballero, Lugones Castellanos Caballero, Díaz Castellanos Caballero, Castellanos Caballero Corbalán, etc, etc. h) Gerónimo Castellanos Medina, quien casó con Carmela Herrera. De ellos descienden los Castellanos Herrera, Saravia Castellanos Herrera, Saravia Castellanos Goicoechea del Campillo, Saravia Goicoechea Echenique Deheza, Achaval Medina Castellanos Herrera, Achaval Castellanos Lami, Contreras Castellanos, etc, etc. Y entre los hijos del matrimonio Castellanos-Herrera señalo a: h1) José Castellanos Herrera, casado con su parienta Petronila de Achaval Medina Trejo (hija de José Manuel de Achaval Castellanos y de Juliana en 1879, con su mujer de 1ª nupcias Beatriz Vivanco Alzaga (hija de Federico Vivanco Moreno Guerrico y de María Gregoria Celina de Alzaga Piñeyro) hubo a; Delia María de Achaval Vivanco, la cual casó con Alejandro Alberto de Estrada Elía (hijo de Alberto Salvador de Estrada Estevez Perichón de Vandeuil y Rubio, y de Angélica Natalia de Elía y de la Cárcova). Son los padres de Delia de Estrada Achaval, mujer de mi hijo Hortensio Ibarguren Schindler, quienes dieron vida a mis nietos; Cecilia de las Nieves, Delia María Eugenia, Guadalupe, Carlos Hortensio, Mercedes, Rosario y Alberto Ibarguren Estrada. Estos chicos, por la línea genealógica materna, desciende de célebres conquistadores y pobladores del norte argentino y del litoral rioplatense; resultan 14 º nietos de Francisco de Mendoza, de Juan Gregorio Bazán, de Jerónimo Luis de Cabrera, de Juan Ramírez de Velazco y de Diego de Villarroel; 13º nietos, por otro costado materno, de los mismos Cabrera, Ramírez de Velazco y Villarroel y de Ñuflo de Chaves, de Alonso Díaz Caballero y de Bernardo Sánchez “el Hermano Pecador”; 12º nietos de Antonio Luis de Cabrera, Alonso de Cepeda, de Sancho Paz de Figueroa y de Juan Barragán; 11º nietos de Félix de Mendoza Zúñiga y Cabrera, de Gonzalo Duarte de Meneses, de Alonso Ibáñez de Castrillo, de Martín de Ledesma Valderrama y de Diego López Camelo; y 8º nietos de Agustín de Escobar Castellanos. Son, además, 6º nietos del Virrey Liniers y del Alcalde Martín de Alzaga, y choznos de José Manuel Estrada. Castellanos

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Medina Trejo; n.p. del vizcaíno Joseph de Achaval Sasturri y de la santiagueña Teodora Castellanos Medina; n.m. de Antonio Medina Trejo y de María Teresa Trejo Ibáñez). Son aquellos los padres de: 1h) Telasco Castellanos Achaval, n. en Atamisqui, Stgo del Estero. el 14-VII-1846; fall. el 1-III-1897. Ministro de Gobierno de Santiago y Diputado Nacional por Córdoba. Casó con Ercilia Salvatierra (hija de Domingo Salvatierra y de Eulogia Palacio Gastañaduy). De ellos vienen los Castellanos Salvatierra, Ruiz Moreno Castellanos, Ruiz Moreno Baires, Ruiz Moreno Racedo, Castellanos Salvatierra Aubone Garmendia, Sosa Araujo Castellanos, Tey Fierro Castellanos, etc, etc. 8) Pedro Castellanos Martínez de Iriarte, casado con María Magdalena Jáuregui. 9) Bárbara Castellanos Martínez de Iriarte, casada y dotada el 30-X-1720 y 8-XII- respectivamente. Fue su marido el Capitán Bernardino Ruiz de Llanos (hijo de mis antepasados Alonso Ruiz de Llanos y Agustina de Albarracín). Doña Bárbara ya era viuda en 1763. Hijos suyos fueron: A) Francisco Bernardino Ruiz de Llanos Castellanos, nacido en Salta en 1726. B) María Josefa Ruiz de Llanos Castellanos, casada con Francisco Javier de Aguirre Fernández Cabezas. Con sucesión. (Ver los apellidos Aguirre y Fernández Cabezas). IVc — Tomás de Escobar Castellanos y Cabrera, nació por el año 1674. Casóse en Salta el 24-IX-1697 con María de Peñalva Frías Sandoval (hija de Pablo Pérez de Peñalva y de María Frías Sandoval; nieta paterna de Domingo Pérez Piñán de Sierralta y de Casilda de Peñalva Tres Palacios). El 22-III1703, ante Pedro Pérez del Hoyo, Tomás de Escobar Castellanos les compró a los hijos de mis antepasados Ventura de Aguirre y Catalina Calvo de Mendoza, al precio de 2.000 92

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pesos y 8 reales, unas casas de altos con balcón, en la ciudad de Salta, que lindaba por el Poniente con solar del Convento de la Merced; por el Sur con la plazuela de dicho Convento; por el Oriente con casas del Sargento Mayor Joseph de Escobar Castellanos, hermano del adquirente; y por el Norte con unas casas que se le daban de dote a María de Aguirre, hermana de los vendedores, a punto de casarse con su primer marido Francisco Fernández Cabezas. María de Peñalva Frías Sandoval de Escobar Castellanos otorgó su testamento el 21-X-1744, ante el Escribano Antonio Pérez Palavecino, declarando estos hijos: 1) María de Escobar Castellanos y Peñalva, que casó con el Capitán Francisco de los Reyes y no dejó posteridad. 2) Lorenzo de Escobar Castellanos y Peñalva, casado con María Lorenza de la Zerda Mirabal. Lorenzo otorgó poder para testar, el 27-IX-1752, a favor de su hijo el clérigo Manuel Castellanos, quien, después del fallecimiento de aquel, ocurrido el 29-V-1753 en Chicoana, extendió la escritura respectiva en el protocolo del Escribano López Zevallos. Por su parte María de la Zerda testó en 1776. Declaró ella ser hija de Bernardo de la Zerda Mirabal y de Luisa Alvarez de Toledo, y haber procreado en su matrimonio 12 hijos, de los cuales apunto 8: A) Bartolina Castellanos Zerda, soltera, mayor de 40 años el 15-XII-1801, fecha en que donó, ante Mariano Cabrera, una casa suya y 4 esclavos a Juan Castellanos Saravia, sobrino de ella, a quien “a criado con toda voluntad y en remuneración de los buenos servicios, comedimiento y atenciones con que (Juan) la ha cuidado”. B) Agustina Castellanos Zerda, casada con Ambrosio Fernández Saravia (hijo de José Fernández Pedroso y Albernas y de Teresa Saravia Porcel de Peralta). Testó Doña Agustina el 27-VIII-1791, ante el Escribano Francisco Antonio Llanos, y no dejó hijos. C) Manuel Castellanos Zerda. Clérigo Presbítero. Para su ordenamiento, su padre don Lorenzo le asignó una Castellanos

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renta o congrua el 24-X-1747, por escritura ante Manuel de Frías. D) Bernardino Castellanos Zerda, también sacerdote. Matriculado en el Colegio cordobés de Monserrat de Bachiller en Filosofía y Arte en 1767, y de Doctor en Teología en 1768. E) Pedro Castellanos Zerda, nacido en 1734. Casó con María Magdalena Plazaola Saravia (hija de Juan Plazaola Martínez Sáenz y de María Francisca Saravia Ruiz de Llanos). Murió don Pedro en Guachipas el 20VI-1805. Fueron sus hijos: a) Juan Manuel Castellanos Plazaola, baut. el 7-VII1771. Casó con Petrona o Rosa Castro. Echaron al mundo 10 criaturas, de las cuales anoto 4: a1) Miguel Gregorio Castellanos Castro, baut. el 26-V-1796. Casó el 11-VIII-1842 con Encarnación Segovia. a2) Roque Castellanos Castro, que pasó a la defensa de Montevideo como Capitán. Fue su mujer Rosa García Matorras (hija de Domingo García Matorras y de María de los Angeles Tapia). Son los padres de; I) Mariano Castellanos García Matorras, militar que peleó en Ituzaingó contra los brasileros, y casó con Basilia Sosa San Martín. De este enlace vienen los Castellanos Sosa, Castellanos Guido Spano, Castellanos Harson, Basabilbaso Castellanos, etc, etc. a3) Juan María Castellanos Castro, marido de Cecilia Sosa, en la que hubo a Mariano Castellanos Sosa, que casó en Bs.As. con Flora de la Sota Ruiz Moreno el 21-XII-1830. Con sucesión. a4) María del Tránsito Castellanos Castro, baut. el 1-X-1807. Casó el 6-IV-1824 con Juan Esteban Cornejo Elgueta (hijo de Justo Pastor Tomás Cornejo Castellanos Arias Velázquez y de Evarista Elgueta Sánchez Fernández). Con sucesión.

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b) Pedro Regalado Castellanos Plazaola, baut. el 23-V1776. Presbítero como su hermano Juan Manuel. c) Feliciana Castellanos Plazaola, que casó primero con el Teniente Coronel de Milicias Agustín de Zuviría Marticorena, nacido en la villa navarra de Echalara (viudo, sin sucesión, de Petrona Dominga de la Cámara Elizondo, e hijo de José Vicente de Zuviría Elizalde Iturri y de María Josefa Marticorena Elizalde Echenique). Fallecido Zuviría, su viuda pasó a 2as nupcias con Vicente Toledo Pimentel (hijo del Maestre de Campo Francisco de Toledo Pimentel Burgos de Celis y de Juana Crisóstoma Hidalgo Montemayor). Doña Feliciana en su primer enlace con Agustín de Zuviría hubo estos hijos: c1) Feliciana de Zuviría Castellanos, que casó el 9X-1802 con el General José Ignacio de Gorriti Cueto, guerrero de la Independencia y Diputado al Congreso de Tucumán en 1816 (hijo de Ignacio de Gorriti Arambarry, n. en Ascoytía, Guipuzcoa, y de la jujeña Feliciana de Cueto Liendo Argañaraz). Son los padres de los Gorriti Zuviría; I) Juana María, casada con el General Manuel Puch Velarde (hijo del bilbaíno Domingo Puch Izuleta y de la salteña Dorotea de la Vega Velarde de la Cámara y Corte), con sucesión. II) Juana Manuela Gorriti Zuviría, escritora de novelas t recuerdos. Casó el 30-X-1804, en Sucre, con el General Isidoro Belzú y Humeres, Presidente de Bolivia, con sucesión. c2) Manuela de Zuviría Castellanos, casada con Nicolás Arias Castellanos (hijo de Félix Apolinar Arias Rengel Hidalgo y de Manuela Castellanos Arias Velázquez). Con sucesión, c3) Facundo de Zuviría Castellanos (1794-1861). Abogado, Legislador y Presidente de la Legislatura salteña; representante de Salta en el Congreso Constituyente de Santa Fé, al que presidió en 1852. Ministro de Relaciones Exteriores e InCastellanos

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strucción Pública de Urquiza; Senador Nacional y primer Presidente de la Suprema Corte de Justicia en el Paraná. Fue, además, padrino de tesis de mi abuelo Federico Ibarguren cuando este se doctoró en 1860 en Montevideo. Habíase casado el 2-II-1821, en Salta, con María Carolina de Lezama Quiñones (hija de Gregorio Lezama y de Ursula Carolina de Quiñones Arcos). Con sucesión; los Zuviría Lezama, Escalera Zuviría, Zuviría Isasa, Martínez Zuviría (Don Gustavo, “Hugo Wast”), Zuviría Martínez Castro, Zuviría Ayestarán (mi amigo don Raúl, escrupuloso genealogista), Zuviría Zavaleta, Zuviría Gómez, Zuviría Uriburu, etc,etc. En su 2º himeneo con Toledo Pimentel doña Feliciana Castellanos Plazaola procreó a: c4) José Tomás Toledo Castellanos, que se casó el 12-V-1826 con Jacoba Ibazeta Figueroa (hija de Pedro José de Ibazeta Aguirre y de Vicenta Figueroa Toledo Pimentel). Con sucesión. c5) Pedro José Toledo Castellanos. Casó el 7-IV1825 con Concepción Araoz Figueroa (hija de Francisco Javier Araoz Sánchez de la Madrid y de Trinidad de Figueroa Toledo Pimentel). Con sucesión. c6) Florencio Toledo Castellanos. Casó el 10-I-1831 con Lucía Gauna Bárcena (hija de Calixto Ruiz de Gauna Graña y de Manuela de la Bárcena). d) Marcos Marcelino Castellanos Plazaola. Clérigo. e) Nicolás Tolentino Castellanos Plazaola. F) Juan Esteban Castellanos Zerda. Se casó tres veces; 1º con Casilda Saravia y Aguirre; 2º, con María Josefa Niño Córdoba (ver sus antecedentes genealógicos en el apellido Niño ); y 3º con María Rosa Legarribay, con esta última no hubo descendencia. Testó don Juan Esteban el 3-VII-1795, ante el Escribano Marcelino Miguel de Silva. Hijos del 1º matrimonio fueron los Castellano Saravia; a) Manuel Antonio, estudiante de 96

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Teología en 1805 en el Colegio Monserrat de Córdoba; b) José; c) Inés; d) Domingo; e) Juan Eusebio; f) Catalina; y g) Josefa. Hijos de las 2ª nupcias de don Juan Esteban, los Castellanos Niño, resultaron; h) Pedro Ignacio; i) Eustaquia; y j) Antonia. G) Tadeo o Mateo Castellanos Zerda. Casó con Toribia Fernández Quijano (hija de Manuel Fernández — que testó en 1779, ante López Zeballos — y de Gerónima Quijano). Doña Toribia otorgó sus últimas disposiciones en 1811, ante Félix Ignacio Molina. Fueron sus hijos los Castellanos Fernández; a) Nicolás Severo, n. en 1774, que casó en 1790 con María Francisca Medina; b) María Luisa, n. en 1775; c) Lorenza, n. en 1776; d) Agustín, n. en 1779; e) José Gregorio, n. en 1780, que casó con María Teresa García Rodríguez, con sucesión; y f) María Bernarda. H) Juan Bautista Castellanos Zerda. Era Licenciado. Casó 1º con Matilde Jáuregui (hija de Martín Jáuregui y de Francisca Bernal); después, ya viudo, don Juan Bautista pasó a 2as nupcias con Juana Francisca Saravia Aguirre. Estos resultaron sus hijos: a) Marcos Castellanos Jáuregui, que se casó el 10-VII1801, en Salta, con Magdalena de Velasco. Fue su hijo: a1) Aarón Castellanos Velasco, baut. en Salta el 19XI-1799 y fall. en Rosario de Santa Fé el 1-IV1880. Colonizador y hombre de negocios, fundador en 1856 de la colonia agrícola “Esperanza” — origen de la ciudad santafesina del mismo nombre — y Jefe Político de Rosario, nombrado por mi abuelo Federico Ibarguren, cuando este fue Gobernador interino de Santa Fé en 1868. Casó en Bs.As. el 17-VI-1826 con Secundina de la Iglesia y Castro, n. en Las Conchas, Tigre, el 21-I-1810 y fall. en la flamante Capital Federal el 1-X-1883 (hija de Joaquín de la Iglesia Camacho, n. en Cádiz, y de la criolla Juana María Castro del Castillo). Son los padres de: Castellanos

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1a) Ezequiela Castellanos de la Iglesia, baut. en Bs.As. el 17-IV-1827 y fall. el 28-III-1899. Casó el 16-IV-1846 con José Genaro Yañiz Zemborain (hijo de Martín Gregorio Yañiz y Sola, n. en Uterga, Navarra, Alcalde de 2º voto en Bs.As. en 1810, y de la porteña Agueda Ramona de Zemborain y Sánchez de Cueto). Con sucesión. 2a) Joaquín Nicolás Castellanos de la Iglesia. Murió en la infancia. 3a) Aarón Dionisio Castellanos de la Iglesia, baut. el 20-III-1830. 4a) Magdalena Castellanos de la Iglesia, baut. el 27-IX-1831. 5a) Ladislao Castellanos de la Iglesia, baut. el 27-VII-1835. 6a) Elena Agustina Castellanos de la Iglesia, baut. el 25-II-1836 y fall. el 19-I-1899. Casó con John Henry Scribiner (mal escrito Scrivener), médico n. en 1806 en la Gran Bretaña. En nuestro país fue secretario de su colega Diego Paroissien, con quien expedicionó por Bolivia y el Perú. Anciano (1873) publicó en inglés sus Memorias, en las que relata sus viajes y correrías através de las provincias argentinas del interior. Radicado en el partido bonaerense de Las Conchas, prestó grandes servicios durante las epidemias de cólera los años 1866 y 1867. Falleció en 1882, dejando descendencia. 7a) Secundina Paula Castellanos de la Iglesia, baut. el 25-II-1836. 8a) Juliana Belén Castellanos de la Iglesia, baut. el 29-I-1839. Casó con Carlos Martínez de Hoz Fernández de Agüero, el 24-IX-1864 (hijo de Narciso Alonso de Armiño Martínez de Hoz, n. en Huéspeda, Burgos, y de la

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porteña María Josefa Fernández de Agüero y Agüero). Sus hijos se radicaron en París. 9a) María Luisa de las Mercedes Castellanos de la Iglesia, baut. el 24-IX-1840, Condesa Pontificia, fall. en Bs.As. el 9-VII-1920. Se había casado con Nicolás de Anchorena y Arana. Su descendencia se registra en el capítulo que dedico al linaje de Anchorena. 10a) Sofía Castellanos de la Iglesia, baut. el 3XI-1841, fall. el 28-IV-1924. Casó el 28-I1889 con Bartolomé Martínez Arana. Sin hijos. 11a) Lucila Micaela Castellanos de la Iglesia, fall. el 9-VI-1889. Casó con José Carlos María de Alkain, Vizconde de Castello Albo, n. en Portugal. Con descendencia. 12a) Miguel Matías Castellanos de la Iglesia, baut. el 5-IV-1843 y fall. en 1927. Casó el 26I-1885 con Angela Josefa Cullen Nicolorich (hija de José María Cullen Rodríguez del Fresno, Gobernador de Santa Fé —1867-68 — y de Angela Nicolorich Sierra). Sin sucesión. 13a) Alberto Agustín Castellanos de la Iglesia ,baut. el 13-IX-1844. 14a) Máximo Carlos Castellanos de la Iglesia, baut. el 5-I-1846. 15a) Emilia Elisa Castellanos de la Iglesia, baut. el 28-VIII-1848. Juan Bautista Castellanos Zerda hubo en su 2ª esposa Juana Saravia estos hijos: b) Antonio Castellanos Saravia, que casó el 15-VII1820 con Josefa Dominga Plazaola Toranzos (hija de Severino Plazaola Saravia y de Petrona Toranzos del Castillo). Fueron padres de: b1) María Isidora Castellanos Plazaola, baut. el 15V-1821.

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b2) Josefa Adelaida Castellanos Plazaola, baut. el 2-III-1823. Casó con José María Verduga. Con sucesión. b3) Juan Esteban Castellanos Plazaola, baut. el 4IX-1824 y fall. el 4-VI-1890. b4) Mariano Castellanos Plazaola, baut. el 18-XII1826. b5) Gil Apolinario Castellanos Plazaola, baut. el 18-II-1830. b6) Leovigildo Castellanos Plazaola, baut. el 14-II1832. b7) Silvio Castellanos, también fue hijo de Antonio Castellanos Saravia. Se casó con Luisa Burela, en la que hubo al poeta y Gobernador de Salta Joaquín Castellanos Burela (1861-1932), quien casó con Elvira Uriburu Avila (hija de Vicente Uriburu Hoyos y de Juliana Avila). De ellos vienen los Castellanos Uriburu, Castellanos Cornejo Costas, Uriburu Valdez Castellanos, etc, etc. c) Gabriela Castellanos Saravia, casada el 14-V-1825 con Juan Francisco Toranzos del Castillo (hijo de José Gabriel Toranzos y de María Martina del Castillo). Con sucesión. d) Josefa Castellanos Saravia. e) Francisco Remigio Castellanos Saravia (según lo filia la mayoría de sus biógrafos; Atilio Cornejo, sin embargo, lo hace hijo de Juan Esteban (sic) Castellanos Zerda y de Matilde Jáuregui), nació en Salta el 1-X-1779. Se recibió de abogado en Chuquisaca y fue Asesor del Cabildo de Buenos Aires de 1810 a 1818; Diputado por Salta al Congreso Constituyente de 1824 a 1826, y después Ministro del Superior Tribunal de Justicia de Montevideo, donde se radicó. Falleció ahí el 14-IV-1839. Habíase casado en Chuquisaca el 9-VI-1807 con la charqueña Manuela Elías Larreátegui — que usaba el apellido de su padrastro el Dr. José Eugenio Elías (hija de 100

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Juan Antonio Zevallos y de Isabel Larreátegui Colón, descendiente legítima del descubridor de América Cristóbal Colón). Ella murió en Montevideo el 16-I-1858. Toda su progenie numerosa se halla extendida hoy en el Uruguay, y la consignó el investigador uruguayo Ricardo Goldaracena, en los Boletines nº 16, 17, 18 y 19, año 1971, del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas. f) Juan Antonio Castellanos Saravia, nació en Salta el 20-II-1782. Fue médico cirujano. Actuó en las invasiones inglesas y en las guerras de la Independencia y del Brasil. Entre sus pacientes históricos de Salta se cuentan; Güemes — a quien había combatido políticamente — y Arenales. Casó en 1821, en Rosario de Lerma, con una Plazaola Saravia (prima de la mujer de su hermano mayor Antonio), y murió en su ciudad natal el 11-V-1838. g) Gaspar Castellanos Saravia, que nació en Salta hacia 1784. Casó con Juana Manuela Saravia Tineo, con la cual hubo estos hijos: g1) Carmen Castellanos Saravia. g2) Mamerta Castellanos Saravia, que casó el 24-II1843 con Telésforo Cornejo Usandivaras (hijo de José Antonio Fernández Cornejo de la Corte y Josefa de Usandivaras y Figueroa Allende y Toledo Pimentel). Padres de los Corneo Castellanos; Telésforo, casado con su parienta Amalia Cornejo Figueroa Usandivaras Ovejero, con sucesión.; Gaspar, fall. en 1877 en Pisagua, (Perú); Rosa, casada con Adolfo Martínez; Mercedes, casada con Delfín Leguisamón, con sucesión; Emilio, casado con María Torino, con sucesión. Juana, casada con Manuel Araoz, con sucesión; y Mamerta, soltera. V — JERONIMA DE ESCOBAR CASTELLANOS MARTINEZ DE IRIARTE Y FRIAS SANDOVAL (hija — como se apuntó más atrás — de los cónyuges Agustín de Castellanos

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Escobar Castellanos y Cabrera y María Rosa Martínez de Iriarte Frias Sandoval). Contrajo matrimonio en Salta el año 1720, con Antonio Niño de Aguilar y Guzmán. La posteridad de estos 6º abuelos míos, con los antecedentes genealógicos del marido, se continúan en el apellido Niño.

Fuentes Documentales y Bibliografía Principal Archivo Histórico de Salta y Archivo Parroquial de la Iglesia salteña de Nuestra Señora de La Merced, cuyos respectivos libros y legajos revisó personalmente el autor del presente trabajo. Actas capitulares de Santiago del Estero, Tomos I y II, publicados por la Academia Nacional de la Historia. Bs.As., 1941-42. Azarola Gil Luis Enrique; Crónica y linajes de la Gobernación del Plata. Bs.As., 1927. Calvo Carlos; Nobiliario del Antiguo Virreinato del Río de la Plata. Cornejo Atilio; Contribución a la historia de la propiedad inmobiliaria de Salta en la época Virreinal. Bs.As., 1945. Cornejo Atilio; El Maestre de Campo Don Diego Diez Gómez, en el volumen II de trabajos presentados al Congreso de Historia Argentina del Norte y Centro. Córdoba, 1944. Cornejo Atilio; Genealogías de Salta; Los Fernández Cornejo. 2ª Edición. Salta, 1972. Cornejo Atilio; La encomienda de Bombolán; un litigio del siglo XVIII, en el Boletín del Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta. Nº 11. Año 1943. Documentos del Archivo de Indias para la Historia del Tucumán. Siglo XVIII, por el Padre Agustín Larrouy. Tolosa, 1927. Documentos y datos facilitados al autor de este trabajo por don Raúl de Zuviría y por don Teófilo Sánchez de Bustamante, sacados de los archivos de Salta y Jujuy, respectivamente.

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Certificación de Genealogía, Nobleza y Armas, dada en Madrid el 12-III-1921 a favor de doña Matilde de Anchorena y Castellanos por Félix Rújula, Rey de Armas de S.M. Don Alfonso XIII. Doucet Gastón Gabriel; Un feudo salteño; la encomienda de pulares y tonocotés de los Diez Gómez e Isasmendis, en Publicaciones del Instituto de Estudios Iberoamericanos. Bs.As., 1984. Figueroa Andrés; Linajes santiagueños, Córdoba, 1927. Fortuny Pablo; Nuevos descubrimientos en el Norte Argentino, Ediciones Paulinas, 1972. Goldaracena Ricardo; Descendencia uruguaya de los Castellanos de Salta, en los Boletines Nº 16, 17, 18 y 19 del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas. Bs.As., 1971. Peñalva Torino Antenor; Peñalva. en el Boletín del Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta, Nº 7, Salta 1941. Torre Revello José; Esteco y Concepción del Bermejo, Dos ciudades desaparecidas. Bs.As., 1943. Zorreguieta Mariano; Apuntes Históricos de la Provincia de Salta en la época colonial; 3ª edición. Salta, Imprenta Independiente de P. Sarapura, año 1877.

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CASTRO Las primitivas armas del antiquísimo linaje castellano de Castro son: En campo de plata, seis roeles de azur puestos de dos en dos. Con ese escudo genérico y tradicional encabezamos este capítulo referente a una familia americana de Castro, cuyo desarrollo genealógico comienza con: I — JUAN BAUTISTA DE CASTRO Y CEVALLOS, nacido en Córdoba del Tucumán y casado allí a fines del siglo XVII con María Ana Moyano y Salguero, cordobesa también, así como sus padres; el Sargento Mayor Ignacio Moyano y su mujer Leonor de Salguero. (Seguramente doña Leonor — aunque no he podido precisar el entronque — pertenecía a la familia del Maestre de Campo, Teniente de Gobernador y encomendero de Córdoba, Diego Fernández de Salguero; cuyos descendientes se emparentaron con los Cabrera y los del Corro. José Toribio del Corro, que en 1816 fue Oficial de la secretaría del Director Supremo Pueyrredón, era “primo” del doctor Manuel Antonio Castro, bisnieto, este, de María Ana Moyano y Salguero). Los hijos de los cónyuges Castro Cevallos - Moyano Salguero fueron: 1) Francisco de Castro y Moyano, que casó en Catamarca, donde se radicó. 2) Juan de Castro y Moyano, que sigue inmediatamente en II. II — JUAN DE CASTRO Y MOYANO, nació en Córdoba y contrajo matrimonio en el Alto Perú con Anselma de Aguirre y Martínez de Mendieta; hija de Pedro de Aguirre y de María Martínez de Mendieta, vecinos de La Plata; nieta materna del bilbaíno Bartolomé de Mendieta y de la charqueña Antonia Camacho. Castro

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Entre los hijos procreados por los cónyuges Castro Moyano- Aguirre Martínez de Mendieta anoto a: 1) Domiciano de Castro y Aguirre, que fue padre de: José María y de Domiciano Castro. 2) Feliciano de Castro y Aguirre, que sigue en III. 3) Claudio de Castro y Aguirre, que casó en el Alto Perú con Manuela de la Quintana, en la que hubo a: A) José Francisco Claudio de Castro y Quintana — dicho habitualmente Francisco Claudio Castro —, el cual nació allá en el Alto Perú por 1776. Se graduó de Abogado en la Universidad de Chuquisaca en 1799, y fijó después su residencia en Salta, donde ejerció su profesión. Güemes lo hizo su Ministro de Gobierno en 1817; pero se distanció más tarde del Caudillo por razones políticas. Colaboró en 1823 con el Gobernador José Ignacio Gorriti, quien le nombró miembro de una comisión que resultaba el primer Tribunal de Justicia ordinaria de Salta y Jujuy, independiente de los Cabildos. En 1825, durante el gobierno de Arenales, presidió la Cámara de Justicia. Falleció por 1828. Habíase casado en Salta, hacia 1817, con Manuela de Castellanos y Arias Velázquez (bautizada el 4-VI-1789); hija de Andrés Avelino Castellanos Arias Velázquez y de Manuela de la Cámara Alarcón. Fueron sus hijos: a) Juana Antonia Castro Castellanos, que casó con Juan Manuel Quintana, boliviano. Entre sus hijos anoto a: el Doctor José Manuel Quintana y Castro, nacido y casado en Bolivia con Delfina Avaroa. Son los padres de Virginia Quintana Avaroa, mujer de Juan Martín Leguizamón Todd, de María y de Delfina Quintana Avaroa. b) Serafina Castro Castellanos. c) María Escolástica Castro Castellanos. d) Juan Francisco Castro Castellanos, que nació en Salta en 1824. Cursó sus estudios en Sucre y Chuquisaca y se ordenó de sacerdote. Radicado luego en su ciudad natal, fue Canónigo de la Catedral. Junto con su tío segundo el Coronel Pedro Antonio Cas108

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tro — mi tatarabuelo — y otras personalidades salteñas, integró como convencional la Asamblea que dictó la Constitución de la Provincia el 6-XI-1855. Tres años después, fundó y regenteó el Colegio particular “San José”, donde los jovenes más conspicuos de su terruño cursaron los estudios secundarios. Más tarde, en 1865, el establecimiento “San José” se transformó en Colegio Nacional, del que el presbítero doctor Castro fue el primer Rector — y mi abuelo Federico Ibarguren uno de los profesores fundadores. Falleció el clérigo Juan Francisco Castro el 3-I-1881. e) Eleuteria Castro Castellanos. f) Jose Luis de Castro Castellanos. 4) Andrés de Castro y Aguirre, quien casóse en Salta con Tomasa Arias, y se avecindó en Chicoana (dato del publicista salteño Carlos G. Romero Sosa). Su hija Francisca de Paula Castro Arias tuvo por marido a Francisco de Zuviría Castellanos, el cual, por su parte, había sido casado en 1806 con Genara Carmen Caso. III — FELICIANO DE CASTRO Y AGUIRRE — mi antepasado —, nació en Potosí. Allá en el Alto Perú contrajo nupcias con una señora cuyo nombre desconozco, y, posteriormente, en Salta, tomó por esposa a Margarita González y de los Reyes. La partida matrimonial respectiva expresa: “En esta Santa Iglesia Matris de Salta, en diez y seis días del mes de Enero de mil setecientos setenta y cuatro, yo el Teniente de Cura Mitro. Bernabé Saravia, con voleto del colector, corridas las tres proclamas en tres días festivos, y no resultando impedimento, casé y velé a Dn. Feliciano Castro, natural de la Villa de Potosí, residente en esta Ciudad, con Da. Margarita González, hija legítima de Dn. Juan González y de Da. Petrona Reyes, naturales de esta Ciudad; presentes Dn. José Aldunate, Dn. Bartolo Juárez y Dn. Agustín Delgado (4º abuelo mío), y para que conste lo firmo; Mtro. Bernabé Saravia” (libro correspondiente, folio 17).

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Era Margarita González — según vimos — hija de Juan Anselmo González y de Petrona de los Reyes, casados el 6-I-1727 en Salta; nieta materna de Cristóbal de los Reyes y de Ursula Avila; bisnieta materna paterna del Maestre de Campo Gregorio de los Reyes y de Ana Díaz de Loria; hija ésta de Pedro Díaz de Loria “el Viejo” y de su mujer Polonia de Hervas y Andrade, de cuya sucesión me ocupo en el apellido Díaz de Loria. En 1832, aún vivía en Salta la señora Margarita González de Castro. Del primer enlace de “Pheliciano” de Castro proviene: 1) Juan José Antonio Castro, graduado de Abogado en Chuquisaca el 12-I-1775, Doctor en jurisprudencia y luego en la Universidad de Charcas. De las 2as nupcias de Feliciano con Margarita González nacieron: 2) Manuel Antonio Castro y González, que sigue en IV. 3) José Ramón Castro y González. 4) Juan Saturnino Castro y González, que seguirá en IV.a. 5) María Isabel Castro y González. 6) Pedro Antonio Castro y González — mi tatarabuelo — del que me ocupo en IV.b. 7) Faustino Castro y González. 8) Ester Castro y González. 9) María Inés Castro y González. IV — Manuel Antonio Castro y González, nació en Salta el 9-VI-1776 (no en 1772 como estampa el Doctor Levene, cuando se refiere al personaje en su estudio sobre La Academia de Jurisprudencia). Según yo vi en el Libro Nº 6 de Bautismos de la Iglesia de La Merced de Salta, al folio 177 consta que el 12-VI-1776 fue cristianado, por el Maestro Francisco Toledo, Manuel Antonio, “criatura de tres días”, hijo legítimo de Pheliciano Castro y de doña Margarita González; fueron padrinos del párvulo el Maestre de Campo Miguel Gallo y doña Angela Gallo. 110

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Después de recibir nociones primarias y secundarias de escolaridad en su ciudad natal, el joven Manuel Antonio ingresó a los 17 años, el 21-II-1793, al primer curso de Teología de la Universidad de Córdoba, para continuar el siguiente hasta fines de 1794. Entre sus compañeros de clase que se destacaron más tarde como sacerdotes, citaré a su comprovinciano José Domingo Hoyos y Aguirre, a Miguel del Corro — deudo lejano de Castro —, célebre orador diputado por Córdoba en el Congreso de Tucumán, y a Ildefonso Muñecas, el cura tucumano que fue uno de los propulsores del movimiento cuzqueño en 1814, y luego famoso guerrillero de indios en las luchas por la independencia, hasta que lo asesinaron en 1816. Sin embargo, nuestro alumno quería seguir la carrera de Derecho, que no se cursaba en Córdoba. Allí, a los 21 años, ya había alcanzado rango de catedrático. En efecto; el 4-IV-1797, el Gobernador Intendente de Salta, García Pizarro, le comunicaba al Virrey Olaguer Feliú “haber trasladado la orden de V.E. de 23 de Febrero del Maestro de Artes don Manuel Antonio Castro, para que continúe regenteando la cátedra de Filosofía”. Así y todo éste abandonó la “Casa de Trejo” y pasó a la Universidad de Chuquisaca, donde el año 1805 — uno después de Mariano Moreno y Antonio Sáenz, y dos antes que Tomás de Anchorena — Castro se recibió de abogado. (Con él también los salteños Mariano Joaquín de Boedo, futuro Diputado al Congreso de Tucumán, y José María de Otero Torres). El doctor Castro se inicia en la función pública El historiador Vicente F. López pintó a don Manuel Antonio de esta manera en cuatro párrafos, sin demasiada simpatía; “Tenía una frente angosta y elevada, pómulos saliente, carrillos enjutos, cejas arqueadas y altas, ojos convergentes como los coyas, pero grandes y con forma de almendras; color bilioso, oscuro, busto tieso y cabeza ensimismada. Hombre serio y de probidad intachable, gozaba de mucha reputación y respeto ... Su estilo era árido y campanudo, de poca inventiva en el desarrollo y poca extensión en el movimiento de ideas ... Estaba habituado a hablar con imaginación y gusto literario, Castro

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su frase era casi siempre afectada, engreída y pretenciosa, aunque correcta, honrada y regular”. Así pues, con su título doctoral debajo del brazo, no permaneció Castro inactivo en el Alto Perú. El Virrey le nombró subdelegado ante las autoridades de la Paz, de la región de Yungas; y el Gobernador Intendente de la Paz y Presidente de la Audiencia de Charcas, García de León Pizarro, lo convirtió en su secretario de confianza. Por entonces, García Pizarro y el Arzobispo de la Plata Benito María Moxó y Francolí, eran sospechado de “carlotistas”, y de ser meros instrumentos del Virrey “francés” Liniers. El 25-V-1809 una pueblada, dirigida por los Oidores y el bajo clero, al grito de “quieren entregarnos a los portugueses!”, “viva don Fernando VII!”, irrumpió por las calles de Chuquisaca. Las turbas se apoderaron del palacio; el Presidente García Pizarro fue hecho prisionero; la Audiencia quedó a cargo del gobierno, y el Coronel Arenales tomó el mando de las milicias lugareñas, a fin de salvaguardar el orden y sostener la rebelión. A raíz de este ruidoso motín, Manuel Antonio Castro, el leal secretario de García Pizarro, se alejó del Alto Perú y vino a refugiarse a Buenos Aires, donde el Virrey Cisneros lo recibió con los brazos abiertos; resultando, a la postre, en la capital del Virreinato, uno de los colaboradores más íntimos del excelentísimo don Baltasar. De la pluma suya salió el borrador de una nota reservada con instrucciones que el Virrey envió, el 27-II-1810, al Gobernador interino de Charcas, Vicente Nieto, referente al “tumulto de los cholos”. Asimismo, mi tío, redactó el oficio por el cual Cisneros le pedía al Cabildo testimonios del expediente actuado sobre su cesación en el mando; y también le escribió la protesta que hizo el Virrey cuando le exigieron la renuncia el 25-V-1810. Asimisno, tras la detención y extrañamiento sorpresivo de don Baltasar, Castro concurrió a la casa de la Virreina en desgracia, Inés de Gaztambide, a testimoniarle su amistad.

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Nuestro hombre experimenta los procedimientos del “nuevo sistema” Todo eso le valió a Castro la inquina de Mariano Moreno — que fuera igual que él consejero de Cisneros la víspera de su caída. Por tanto Moreno, de su puño y letra, redactó el decreto de la Junta, de fecha 24-VI-1810, que ordenaba la prisión preventiva del “Abogado fugitivo de la ciudad de Charcas, por haberse constituído internuncio de órdenes y noticias a fomentar la división entre los Pueblos interiores y la Capital”. Y al siguiente día “siendo como las onze y media de la noche”, el conjuez audencial José Darregueira, con el Sargento Mayor Manuel Rafael Ruiz, el Escribano José Ramón de Basavilbaso y un pelotón de milicianos del cuerpo de Patricios, allanaron la casa de Manuela Ovarrios, donde se alojaba mi pariente salteño, y se incautaron de todos sus papeles. Castro intentó huir, vistió apresuradamente “los calzones y fraque”, y se arrojó desde los altos de su cuarto al corral de abajo. Tuvo mala suerte en el salto, pues lo encontraron Darregueira y sus acompañantes con “el pie derecho recalcado del golpe que recibió, y todo su cuerpo sumamente estropeado”. Llamóse a un “facultativo” (se me ocurre que a Justo García Valdéz, muy amigo del contuso), el cual le aplicó “algún medicamento”, y, enseguida, el maltrecho legista fue conducido en brazos de cuatro soldados al “quartel del regimiento Nº 3” (de “Arribeños”, que mandaba el morenista French), donde quedó incomunicado y prestó declaración indagatoria ante Darregueira. También en 1811 “el nuevo sistema” — o sea el Primer Triunvirato a instancias de Rivadavia y de Chiclana — lo confinó a Manuel Antonio Castro lejos de Buenos Aires, pero Pueyrredón lo “redimió” de tan dura penitencia. Concrétase la vocación forense de don Manuel Antonio Tras haber sido promovido nuestro doctor, en 1812, como “Elector” para designar a la “Junta de la Libertad de Imprenta”, acompañado, entre otros, por mis antepasados Juan José de Anchorena y Antonio José de Escalada, el Castro

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periódico El Censor — de Pazos Kanki — publicó una serie de siete artículos titulados “Reflexiones sobre el Reglamento de Institución y Administración de Justicia”, que — presume Ricardo Levene — fueron escritos por Manuel Antonio Castro, los cuales quedaron interrumpidos a causa de la extinción de esa hoja política. Lo cierto es que, poco después (24-V1813), el gobierno lo nombró a Castro vocal de la Cámara de Apelaciones. Más adelante, el 25-II-1814, decididas las autoridades a poner remedio al estado decadente en que se hallaba el poder judicial y la ciencia del derecho, aprobaron un proyecto para establecer una “Academia de Jurisprudencia” que le fue presentado por la Cámara de Apelaciones, y cuyo inspirador resultaba Castro; Quien como era lógico, quedó nombrado director perpetuo de dicha corporación. Por su parte la Asamblea “del año 13” — en 1814 — sancionó el Reglamento de Adminstración de Justicia, con muchas reformas proyectadas por Castro. Agrego que por esas fechas aquella Cámara de Apelaciones estaba formada por Manuel Antonio Castro, Francisco del Sar, José Miguel Díaz Vélez, Gabino Blanco y José Miguel Carvallo. Y en 1815 la integraban — con el vocal Castro — Matías Oliden, José Darregueira, Alejo Castex y el Agente Fiscal Matías Patrón. Todos obligados a llevar “vestido corto de color negro y usarán bastón, que es la insignia de la jurisdicción que exercen”. El 21-XII-1815, por iniciativa del Padre Castañeda, el Director del Estado Alvarez Thomás inauguró una “Sociedad Filantrópica”, destinada al fomento de la agricultura, la industria y el comercio. Socios natos de la institución fueron el Dean Funes, el Camarista Manuel Antonio Castro, el Rector del Sagrario Julián Segundo de Agüero y el Secretario Antonio Alvarez. El Congreso de Tucumán y el monarquismo de Castro Cuando el 22-VIII-1815 fueron convocados por el Cabildo en sesión solemne los “Electores” — 12 por la capital y 11 por la campaña — para proceder a la elección de los dipu114

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tados porteños al Congreso General que se reuniría en Tucumán, Manuel Antonio Castro solo cosechó dos votos; el de José Arévalo y el de Juan José Puy. Sabido es que la representación de Buenos Aires al magno Congreso quedó integrada por estos 7 ciudadanos; Pedro Medrano, Juan José Paso, Antonio Sáenz, fray Cayetano Rodríguez, José Darregueira, Tomás Manuel de Anchorena y Esteban Agustín Gazcón. A esa altura de su vida, el doctor Castro — 40 años de edad, casado y con hijos, otrora colaborador virreinal de García Pizarro y de Cisneros — era monárquico y pueyrredonista, enemigo de caudillismos autocráticos y de tumultos populares; y su mayor aspiración consistía en que el inevitable tránsito del antiguo régimen a la nueva realidad social, que nos traía la independencia política, se efectuara en orden, sin apartarse, la flamante Nación, de la mejores tradiciones, jerarquías y valores del tiempo de nuestros mayores. Por eso fue monárquico — como San Martín, Belgrano, Rivadavia, Pueyrredón y tantos y tantos más. Por eso le escribió, el 3-VIII-1816, al diputado Darregueira — su encarcelador antaño, ahora amigo suyo —, quien con sus colegas acababa de proclamar la independencia en Tucumán: “Se dice que el Congreso piensa seriamente en la Monarquía Constitucional, con la mira de fijar la dinastía en la familia del Inca ... Vd. sabe mi opinión en este gran negocio ... Monarquía, compañero monarquías nuestras bajo de una Constitución liberal, y cesarán de un golpe las divergencias de opiniones, la incertidumbre de nuestra suerte y los males de la anarquía ... después de haber probado todas las formas republicanas infructuosamente. Todos los patriotas de juicio están decididos por esta opinión. Ella hará tomar a la masa general de los indios el interés que hasta aquí no han tomado por la revolución”. Y refiriéndose a sus dudas sobre la firmeza de Darregueira y de Paso en pronunciarse por la independencia, agregaba Castro; “Le pido a Vd. perdón y a mi compañero Passo por el concepto de tímidos en que los tenía. ¡Cáspita! ahora los tengo por héroes, cuando los he visto atarse los calzones y decir somos independientes!”.

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Marginal disquisición monárquica Me aparto un momento de Castro para tratar aquella propuesta de monarquía incaica — que hoy nos parece estrafalaria — sometida por Belgrano a consideración del Congreso de Tucumán; que de haberse convertido en realidad, como lo dijo el diputado Tomás Manuel de Anchorena (12-VII-1816) en carta a su hermano Juan José; “todo el Perú se conmueve y la grandeza de Lima tomará partido en nuestra causa, libre ya de los temores que le infundía el atolondramiento democrático”. Dicho planteo de Belgrano mereció, tres décadas más tarde, un comentario despectivo del mismo Anchorena, al afirmar que de imponerse en 1816 aquella coronación aborigen — por llamarla así —hubiéramos tenido “un monarca de la casta de los chocolates, cuya persona probablemente tendríamos que sacarla borracha y cubierta de andrajos de alguna chichería, para colocarla en el elevado trono de un monarca”. Exagera, don Tomás, al formularle semejante apreciación a su primo Rosas en 1846. Un escudriñeo genealógico nos lleva a conjeturar quienes, en un orden dinástico o sucesorio, pudieran haber sido — entre otros — candidatos en 1816 al trono de Manco Capac. He aquí algunos de los descendientes del linaje de los hijos del Sol que, si hubieran conocido su origen, acaso no les faltaría razones para invocar, en esas circunstancias, “derechos eventuales” al cetro del quimérico imperio sudamericano. Por de pronto — ante el estupor mayúsculo de los diputados directoriales — el “principe de los anarquistas” y caudillo de los orientales, José Gervasio Artigas; hijo de Juan Antonio Artigas y de Ignacia Javiera Carrasco; hija ella del Capitán Salvador Carrasco y de Leonor de Melo Coutiño; hija ésta de Simón de Melo Coutiño y de Juana de Ribera; hijo aquel de Francisco de Melo Coutiño y de Juana Gómez de Saravia; hijo dicho Francisco, de Juan de Melo Coutiño y de Juana de Holguín y Ulloa; hija ésta del conquistador Martín de Almendras y de Constanza de Orellana; nieta, Constanza, del conquistador del Perú Pedro Alvarez Holguín, quien se

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casó con Beatriz Tupac Yupanqui, hija del Inca Tupac Yupanqui (1471-1493). Otra candidatura escandalosa podría haber sido la del General montonero chileno José Miguel Carrera; hijo de Ignacio de la Carrera y Ureta y de Francisca Javiera de las Cuevas; aquel hijo de Miguel de la Carrera y Elguea y de Josefa de Ureta Prado; hija ésta del Capitán José de Ureta y de Francisca Prado; hija ella de Pedro Prado de la Canal y de María de Lorca; hijo aquel de Pedro Martínez de Prado de la Canal y de Petronila de Garnica; ésta hija del Capitán García de Medina y de María de Garnica; hijo ese García del conquistador del Tucumán Gaspar de Medina y de Catalina de Castro; hija Catalina del descubridor de Chile, con Almagro, García Díaz de Castro y de su mujer Bárbola Coya Inca, nieta de Manco II Inca (1534-1544). Otro vástago distinguido de Tupac Yupanqui era el clérigo liberal José Valentín Gómez; hijo de Jacobo Felipe Gómez y de Juana Petrona Cueli Escobar; hija ella de Manuel de Escobar Bazán y de María Carrasco Melo Coutiño; hija del Capitán Salvador Carrasco y de Leonor Melo Coutiño, cuya ascendencia, a partir de esta señora, es la misma que la de Artigas, hasta llegar al Inca Tupac Yupanqui. Descendiente de la “casta de los chocolates” era también el Coronel José Matías Zapiola; hijo de Manuel Zapiola Oyamburu y de María Encarnación de Lezica y Alquiza; hija ella de Juan de Lezica y Torrezuri y de Elena de Alquiza Peñaranda; hija esta del Maestre de Campo Felipe de Alquiza y de Juana María de Peñaranda Rengifo; ella hija del Maese de Campo Juan de Peñaranda Valverde y de Elena Rengifo y Avendaño, hija de Juan de Rengifo de Avendaño, encomendero en el Cuzco, y de María Josefa de Ampuero y Yupanqui; que tenía por padres al conquistador del Perú Francisco de Ampuero y a Inés Yupanqui Huaillas Inca, princesa hija de Huaynas Capac Inca (1493-1527). El último Inca reconocido como tal en la clandestinidad, fue Tupac Amaru I, ejecutado en 1571 por el Virrey Toledo. Una hija suya, Juana Pilcohuaco, tuvo por marido a Diego Felipe Condorcanqui, cacique de Surinama. Tataranieto Castro

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de ellos fue el famoso José Gabriel Condorcanqui, el Tupac Amaru de la rebelión de 1780. Dominado ese alzamiento, al cacique revolucionario que se titulaba “Don Juan I por la gracia de Dios, Inca Rey del Perú, Santa Fé, Quito, Chile, Buenos Aires y continentes de los mares del Sur”, se le arrancó la vida con cuatro caballos que tiraron a la cincha de sus extremidades hasta despedazarlas. También resultaron ajusticiados entonces la mujer del pretendido Inca; Micaela Bastidas, sus hijos Hipólito y Fernando, su cuñado Antonio Bastidas y el tío Francisco Tupac. En 1816 solo vivía de dicha familia; Juan Bautista Condorcanqui — hermano del desdichado Tupac Amaru —, el cual — dice Mitre — “hacía treinta y cuatro años yacía cautivo en las mazmorras españolas”, y no tenía herederos. Y continúo con la historia de Castro En septiembre de 1816, días después de jurar nuestra independencia que había proclamado el Congreso de Tucumán, el doctor Castro, en su carácter de presidente de la Cámara de Justicia, pronunció un discurso considerando a la lucha por la emancipación política como contienda fratricida — no internacional como ahora enseña nuestra historia oficial —, y aludió al bravo Coronel realista Saturnino Castro — ultimado en 1814 a raíz de esas desinteligencias internas — con estas emocionadas palabras; “El Camarista que habla así, perdió un hermano muy amado, víctima de su patriotismo, y ha llorado la desolación de toda su familia”. Por entonces Castro había fundado El Observador Americano (apareció el 19-VIII-1816 y tiró 12 ejemplares hasta el 4 de noviembre siguiente), periódico destinado a defender el proyecto monárquico constitucional de Belgrano en el Congreso de Tucumán, sobre la base de la dinastía incaica. Le replicaban a Castro en La Crónica Argentina, su director Pazos Kanki (Vicente Pazos Silva) y Pedro José Agrelo, quienes, sin pelos en la lengua, fustigaban la coronación del Inca, ponderando el sistema republicano de Norteamérica, y violentamente le caían a Pueyrredón. 118

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Un curioso documento escrito en esa época por un informante hispánico antirevolucionario anónimo, así define a los tres periodistas nombrados; “Don Manuel Antonio Castro; Talento y puede sacarse partido de él. — Pazos, Don Vicente; natural de La Paz, clérigo apóstata que estubo en Londres y volvió a Buenos Aires vestido de pisaverde, insultando a la Religión y mofándose de las costumbres puras (se alude a que en Inglaterra se hizo protestante y de allí trajo una mujer). Todo hombre honrado le mira con horror; es licencioso, dado a todos los vicios, patriota desenfrenado, calumniador; suena como Editor de la Crónica Argentina, no siendo más que un testaferro, porque es bastante estúpido”. De yapa, el “Doctor Agrelo; Abogado, intrigante, sanguinario (como Juez de la conspiración de Alzaga) enemigo acérrimo de todo Europeo, a quienes afligió, robó y asesinó. Es detestado en el País y se le conoce por Robespier; tiene talento regular y moderada instrucción en derecho pátrio. Aborrece a España mortalmente, porque teme el suplicio; fue editor del Periódico atroz titulado la Crónica Argentina”. Misión a las provincias de Córdoba y Salta A fines de 1816, Pueyrredón envió a Castro y al Deán Funes a Córdoba, con encargo especial de mediar en una revuelta cuyos protagonistas eran el Gobernador Ambrosio Funes — hermano del Deán — y el Coronel Juan Pablo Bulnes. Llegados los mediadores a destino, el orden ya estaba restablecido, por lo que ambos prosiguieron viaje hasta Tucumán. De ahí nuestro jurisconsulto pasó a Salta, para entrevistarse con Güemes — viejo amigo suyo. En los diálogos confidenciales que mantuvieron don Manuel Antonio y el Caudillo del Norte, éste recogió de labios de aquel sus impresiones acerca del estado del país. Quedó informado sobre los propósitos de los gobernantes bonaerenses de rechazar a los portugueses de la Banda Oriental; y acaso convencido de que el Congreso, con el Director surgido de su seno, era entonces la única posibilidad de salvación común.

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Güemes, por su parte, habríale asegurado a su paisano la absoluta lealtad de Salta para con el resto de los pueblos argentinos, y que en tanto la provincia permaneciera bajo su jefatura, “no se separará de la unión y ovediencia a las autoridades supremas, por más que algunos de los enemigos de la felicidad general se atrevan a intentarlo”. Esa resulta, en síntesis, la versión que surge de los documentos transcriptos por los historiadores Bernardo Frías y Levene a propósito de aquella entrevista. (Historia del General Güemes y La Academia de Jurisprudencia, respectivamente). Sin embargo, Ricardo Caillet-Bois en su monografía sobre el Congreso de Tucumán (Historia de la Nación Argentina Tomo VI), anota que “Castro se trasladó a Salta, tratando de obtener la incorporación de Güemes a la Logia. Esto era vital — agrega —pues el Congreso podía estar a merced de un golpe de mano afortunado del Caudillo”. Tal interpretación corre por cuenta del señor CailletBois, gustoso de hacerla partícipe a la Masonería en los acontecimientos importantes de la historia patria. Si con posterioridad Güemes ingresó a la Logia Lautaro — y ello no supone necesariamente ligamiento con el sectarismo masón —, Manuel Antonio Castro nunca perteneció a esa sociedad política secreta. En efecto; el 26-VIII-1816, Castro le escribió desde Buenos Aires al diputado José Darregueira que estaba en Tucumán, estas recomendaciones; “procure Vd. ganar a los jefes militares para que la fuerza física sostenga la fuerza de la opinión ... si por otra parte San Martín no tiene inconveniente, sería el más adecuado a las circunstancias, a pesar de que, por lo respectivo a mi individuo, no me sería muy favorable porque sus amigos no son los míos”. A todas luces, tales “amigos” de San Martín son los cofrades de la Logia Lautaro que, como lo confiesa el propio corresponsal, no le eran muy favorables, no concordaban con él.

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Preside Castro a la provincia de Córdoba. Hace después periodismo en Buenos Aires, reanuda su actividad judicial, y lo eligen Diputado al Congreso Nacional En 1817 el gobierno de Pueyrredón designa a Castro Gobernador Intendente de Córdoba en reemplazo de Ambrosio Funes. En la provincia mediterránea Castro restableció el orden; y en materia cultural reformó el plan docente de la Universidad y organizó la Biblioteca Pública en la ciudad de su mando. Estuvo al frente de Córdoba — y resultó ser el último de sus Gobernadores Intendentes — hasta que el día siguiente de la sublevación del Ejército del Norte en la posta santafesina de Arequito (8-I-1820); ocasión en que el General Juan Bautista Bustos, el Coronel Alejandro Heredia y el Comandante José María Paz, interpretando el sentir de las tropas, se negaron a participar en la guerra civil a favor de los proyectos centralistas y monárquicos del gobierno directorial. A raíz pues de dicho suceso, regresó Castro a Buenos Aires, donde publicó cuatro cartas en defensa de su amigo el General Belgrano, que formaron el opúsculo titulado; “Desgracias de la Patria. Peligros de la Patria. Necesidad de salvarla”. Posteriormente Manuel Antonio se asoció con Bernardo Vélez y con Buenaventura Arzac. Arrendaron la Imprenta de los Niños Expósitos a fin de editar — bajo la dirección de Castro — La Gazeta; desde el 29 de abril hasta el 12 de setiembre de 1821; fecha en que el otrora vehículo doctrinario de Mariano Moreno dejó de aparecer, por decidir el gobierno que el Registro Oficial cubría de sobra la información gubernativa. He aquí el texto de la renuncia de Castro dirigida al Ministro Rivadavia; “En 12 de septiembre de 820 me encargó el gobierno superior de la provincia la redacción de la Gaceta ministerial, y tuve que aceptarla sin embargo de mis muchas ocupaciones, porque se me exigió este servicio especial en circunstancias muy peligrosas, porque nada quedase por mi parte de cuanto pudiese contribuir al restablecimiento del orden y de la tranquilidad pública. Pero hoy que felizmente se ha conseguido, y Castro

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que el Registro Oficial hace menos necesaria la edición de la Gaceta, debo hacer presente que me distrae en parte de las serias y delicadas atenciones de la magistratura, con cuyo ejercicio no es muy conciliable, y me quita el corto tiempo de reposo que me dejan las funciones de mi empleo. Suplico a V.S. se sirva ponerlo en consideración del Exmo. Señor Gobernador y Capitán General, a efecto de que se digne, como firmemente espero, relevarme de este encargo. Dios guarde a V.S. muchos años”. Rivadavia aceptó la renuncia por decreto ese mismo día, señalando que Castro había desempañado la dirección de La Gaceta, “de un modo correspondiente a sus luces y delicadeza, y tan a satisfacción del gobierno y del público”; y como “el Registro Oficial, nuevamente establecido, llena los objetivos de aquel periódico, este queda suprimido desde el día de la fecha”. Finalmente en La Gaceta, bajo el título El Editor al Público, Castro se despidió de sus lectores con estas líneas; “Dejo de escribir con la satisfacción de que nunca tomé la pluma sin tener muy presente el respeto que se debe al público, y el que debe un hombre a otro; nunca la tomé con otro interés que el del bien y felicidad común; que siempre la tomé con firmeza para combatir los errores y los crímenes; y que al escribir he procurado purgar mi ánimo de pequeñas pasiones, sacrificando toda personalidad a la nobleza del objeto. Si alguna vez se han interpretado siniestramente mis escritos, mi intención ha sido pura como son puros mis deseos ...”' Dedicado al ejercicio exclusivo de Camarista, Castro fue promovido a Presidente Perpetuo de dicho Tribunal. Con posterioridad lo eligieron representante por Buenos Aires al Congreso Nacional (1824-1827), de cuya Asamblea resultó el primer Presidente.

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La pérdida del Alto Perú. Patriótica actuación parlamentaria de Castro El Congreso Nacional se declaró constituyente; no sin antes haber dictado una “Ley Fundamental” con propósito de afianzar “la independencia, integridad, seguridad, defensa y prosperidad de las Provincias Unidas del Río de la Plata”, a punto de lanzarse a la guerra contra el Brasil en procura de reconquistar la Banda Oriental del Uruguay, ocupada por el Imperio de los Braganza. Para dicha “Ley Fundamental” integralista, sin embargo, fue letra muerta el destino de las provincias del Alto Perú — abandonadas a su propia suerte y luego sustraídas de la Patria común por un Mariscal de Bolívar —, mientras se votó otra ley que vino a convertir en Presidente de la República a Bernardino Rivadavia; y se federalizaron también la ciudad y parte de la campaña de Buenos Aires, lo que implicó la cesantía de sus autoridades locales y la división del territorio bonaerense en dos fracciones, quedando la más pobre y despoblada en situación de tener que organizarse de nuevo como distrito provincial. Un año antes de estas innovaciones — que resultaron novatadas funestas para el país — se supo en Buenos Aires que la guerra contra España había terminado en la llanura de Ayacucho. Entonces el gobierno de Las Heras le ofició al Gobernador de Salta, General Arenales, para que contemplara la posibilidad de marchar al frente de una fuerza militar al Alto Perú, con amplios poderes, a fin de requerirle a Olañeta una capitulación generosa o, en su defecto atacarlo y liberar esas cuatro provincias “altas”, las cuales, libremente, deberían resolver su futuro, integrando la vieja unidad rioplatense. Téngase en cuenta que dichas provincias argentinas, ocupadas por Olañeta, participaron con sus hermanas del sur en la Primera Junta de 1810, donde el Presidente Saavedra era potosino. tuvieron como representante en la segunda Junta, o Junta Grande, al diputado por Tarija José Julián Pérez; y la Asamblea del año XIII se integró con delegados de Mizque, Charcas y Potosí, sin que les fuera posible incorporarse a los Castro

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colegas de Cochabamba y Santa Cruz de la Sierra. En el Congreso de Tucumán, que declaró la independencia de las Provincias Unidas en 1816, tomaron parte, junto con los diputados de las provincias “abajeñas”, los representante de La Plata, Cochabamba, Charcas, Chichas y Mizque. En la convención constituyente de 1819, que procuró estructurar el Estado bajo un régimen centralista, uno de sus más destacados voceros fue el chuquisaqueño José María Serrano. Y si tales antecedentes no bastaran para justificar una entrañable solidaridad revolucionaria, los hijos del Alto Perú, en todas sus clases sociales, habían combatido, y en ese momento proseguían la lucha emancipadora, enarbolando la común divisa azul y blanca ideada por Belgrano. Así pues — luego de aquella nota con instrucciones de Las Heras a Arenales — Manuel Antonio Castro, en su carácter de diputado, presentó al Congreso Nacional, en la sesión del 11-II-1825, el siguiente proyecto de decreto; “Artículo único: El Gobierno encargado del Poder Ejecutivo General proponga urgentemente, y con toda preferencia, los arbitrios y medios que puedan adoptarse para estrechar al General Español (Olañeta) que oprime todavía a las cuatro provincias del Alto Perú, y cooperar eficazmente a su más pronta libertad”. Al fundar Castro esta moción, dijo entre otras consideraciones; “Después de la victoria de Ayacucho ... parecería natural esperar que el General Olañeta pensase a transigir de algún modo, pero por sus proclamas y diferentes cartas que de Salta han llegado, se ve que todavía bravea y que trata de sostenerse ... lo conseguirá y tendrá mucho de su parte si nosotros no ponemos mucho de la nuestra ... las cuatro provincias del Alto Perú que ocupa Olañeta han pertenecido y pertenecen hasta hoy a nuestro territorio. Ellas tienen un derecho a esperar todos los esfuerzos posibles de nosotros para su libertad, y nosotros tenemos un deber de dárselo, por haberlas llamado, provocado y comprometido a la causa de la revolución. Si antes de la disociación funestas de nuestras provincias y la falta de un gobierno general nos había impedido continuar la guerra que empezamos en 1810, hoy felizmente las provincias están 124

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reunidas, hay una autoridad central, y en estas circunstancias nosotros no tendríamos excusas manteniéndonos en estado de indiferencia. Por lo tanto, yo considero de absoluta necesidad que la fuerza que esta hoy en Salta ... se ponga en movimiento para poner a Olañeta en el último conflicto de abreviar la libertad de las provincias de la Sierra del Perú”. Por su parte el Canónigo Juan Ignacio Gorriti, diputado por Salta, apoyó los conceptos e iniciativa de Castro. El representante de San Juan, Bonifacio Vera, a su vez, presentó otro proyecto que renovaba la declaración de guerra “a la nación española”, y daba facultad al Poder Ejecutivo para organizar “una división de tropas con destino al Alto Perú, contra el General Olañeta”. Los diputados por Salta, Córdoba y Corrientes (Francisco Remigio Castellanos, Dalmacio Vélez Sársfield y José Francisco Acosta), manifestáronse de acuerdo en que las mociones de Castro y de Vera se trataran “sobre tablas”. Mas Julián Segundo de Agüero, porteño, y Santiago Vázquez, oriental que representaba a La Rioja, enfriaron aquel ambiente cargado de generoso patriotismo; y sus colegas se dejaron convencer por ellos de que el pronunciamiento del Congreso sobre la expedición libertadora al Alto Perú debía de quedar aplazado hasta que dictaminara al respecto la comisión de asuntos militares. En realidad el país era una Babel, pese a la aparatosa ficción de un Congreso Nacional, cuyos integrantes, poco después, eligirían como Presidente de una utópica República a Bernardino Rivadavia. Por cierto que para intervenir militarmente en el Alto Perú faltaba dinero; elemento que en escasa proporción solo poseía el gobierno de Buenos Aires, absorvido, a la sazón, en imponer el régimen centralista y en prepararse para la guerra contra el Brasil, a fin de arrojarlo de la Banda Oriental. Por eso la comisión compuesta por los diputados Lucio Mansilla, Juan José Paso, Alejandro Heredia y Ventura Vázquez, siete días después, eludió toda responsabilidad en apoyar aquella iniciativa de Castro, enderezada a que fuerzas argentinas cruzaran la frontera salteña en procura de liberar a sus hermanos del Altiplano. En consecuencia, aconsejó pasar “el expediente de esta moción al gobierno de la provincia, encargado del poder ejecutivo, para que tomándola Castro

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cia, encargado del poder ejecutivo, para que tomándola en consideración provea a sus objetos en cuanto estime conveniente y esté al alcance de su poder”. El abogado Paso, con prudencia “pilatesca”, argumentó que nuestras posibilidades eran meramente defensivas; que ningún ataque a Salta debíamos temer por parte de Olañeta; y que era “muy verosímil que el ejército de Lima, mandándolo el libertador Bolívar u otro General, crea que no ha concluído su obra mientras deje una fuerza que debe destruir”. Por lo tanto, no bien Bolívar tomara la iniciativa, “será preciso que obremos en acuerdo con la fuerza del Perú”. Esto significaba, lisa y llanamente, colocarse al margen del conflicto; dejar las provincias altoperuanas a merced de los acontecimientos, abandonadas a la buena voluntad de las tropas de Colombia y del Perú, que asumirían los riesgos de la guerra. “Yo no proponía solamente la defensa de nuestro territorio libre — le replicó Castro al leguleyo porteño —, sino la restitución de nuestro territorio ocupado ... Yo no he podido jamás desconocer la obligación en que están las provincias del Río de la Plata de socorrer a las provincias oprimidas del Río de la Plata ... Se ha dicho que no es presumible que el General vencedor, que ha libertado el Perú, se contente con eso y deje a Olañeta sin hostilizarlo ... ¿y nosotros nos hemos de aquietar a la vista de estas tropas que ocupan parte de nuestro territorio?”. “Me hago cargo — proseguía mi ilustre tío — que por de pronto no se puede ocurrir a los gastos que exige la formación de un ejército grande ... Pero ¿será difícil al Congreso General, bajo las garantías de las rentas que ha de tener el Estado, hallar cien mil pesos para un caso de esta naturaleza, y que tal vez no volverá a venir?. Si fuese preciso echemos mano del empréstito de Londres reconociéndolo, y reconociendo sus intereses. ¿Importa tan poco la libertad de cuatro provincias muy numerosas, que extenderían nuestro limitado comercio?”. Paso insistió en que para “obrar hostilmente internándose hasta Potosí” se necesitaba cuanto menos 5.000 hombres y 500.000 pesos para armarlos y equiparlos; y el bienpensante 126

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doctor unitario, a propósito de esa expedición guerrera, agregó estos conceptos blanduchos; “Yo no se si sería política, y si nos autorizarían los títulos de la unión pasada para hacerla, pues, a mi juicio, la libertad del Perú ha sido obra del ejército de Colombia, y cuando le falta un resto para concluírla no debía quitársele esta gloria”. Aclaró Castro entonces que él nunca pretendió arrebatarles la gloria a Bolívar y a Sucre; “He dicho que se coopere con ellos; y esto no es quitarles el derecho; es sí, ayudarlos a pelear, es hacer lo que tantas veces han solicitado. Porque el ejército libertador empezó la guerra en el Perú, ¿nosotros no hemos de tener el derecho y el deber de cooperar a la libertad de esas cuatro provincias?”. Pero enseguida el orador sacó a relucir ese complejo pacifista que — exceptuada la gestión internacional de Rosas — caracteriza a la diplomacia argentina; “No digo que vamos con el título de conquista; no por cierto, porque ya hemos sentado el principio del que quisiera no nos desviásemos jamás, y es el de no obligar a los pueblos a una asociación que debe ser el resultado de su libre voluntad”. Terciaron luego en el debate los diputados Heredia, Gorriti, el deán Funes y Arroyo, quedando el proyecto “defensivo” y espectante de Paso aprobado por el Congreso. Era una manera de “salir del paso”. Dos meses más tarde (8-IV-1825), el Gobernador de Salta Arenales recibió del Poder Ejecutivo central instrucciones en el sentido de manifestarles a los municipios de La Paz, Oruro y Santa Cruz de la Sierra, “que estaban en libertad para adoptar la forma de gobierno que creyeran más conveniente a su felicidad”. Y 22 días más tarde, ante una consulta de Arenales al Congreso referente a ese punto, dicho cuerpo — por intermedio de otra comisión formada por Manuel Antonio Castro, Juan Ignacio Gorriti, José Manuel Zegada, Manuel Antonio Acevedo y Elías Bedoya — se expidió así; “Se ha presentado ante todo a la comisión la idea de que las provincias del Alto Perú, desde el tiempo de la dominación española, pertenecían a un mismo gobierno con las nuestras; que hecha la revolución en ésta y demás provincias del Río de la Plata, aquellas las siguieron inmediatamente y comprometieron e Castro

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identificaron con nosotros su suerte y su destino. Estos fuertes motivos conmovieron al Congreso en los momentos siguientes a la gran victoria de Ayacucho ... El primer y principal objeto de la expedición (de Arenales) es la absoluta libertad de las provincias hermanas del Alto Perú ... En cuanto a su destino, ellas deben elegirlo. El Congreso ha reconocido y consagrado el principio de que el origen legal de toda sociedad política es la libre elección de sus asociados”. Esta resolución pudo, quizás, haber obedecido al temor de que las provincias “altas” fuesen anexionadas al Perú por Sucre, que las ocupaba con el ejército colombiano. La socorrida retórica de marras, sin embargo — además de atentar contra la unidad nacional —, perdía autoridad moral aplicada por un Congreso que, poco después, por sorpresa y a la fuerza, les impuso a las provincias argentinas un régimen centralista unitario, con Bernardino Rivadavia como Presidente de la República; ello sin tener en cuenta para nada, “el principio de que el origen de toda sociedad política es la libre elección de los asociados”. “De una sola plumada — estampa el historiador boliviano Numa Romero del Carpio — el Congreso General Constituyente desbarató la visión genial del Congreso de Tucumán, y destruyó una estructura política de gran velamen y magnífico porvenir”. Y don Vicente Quesada razona a propósito de lo mismo, en su Historia Diplomática Latinoamericana; “Estas teorías disolventes de la nacionalidad no prevalecieron en la guerra de secesión de los Estados Unidos del Norte; y si en vez de esa libertad desquiciadora se hubiera conservado la unidad histórica y tradicional, no habría perdido la República las 4 provincias del Alto Perú, la provincia de Montevideo, la del Paraguay y la misma Tarija … Esas doctrinas emitidas y sancionadas por el Congreso — concluye Quesada — eran una amenaza para la unión nacional; y así resultó el desquicio y la caída del Congreso y la Presidencia, por no atender la opinión popular dominante. El localismo engreído y victorioso, en una palabra, venció al unitarismo doctrinario, imprevisor y petulante”.

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Castro se opone al proyecto de capitalización de Buenos Aires El 22-II-1826 se trató en el Congreso la ley llamada “de capitalidad”, enviada por el gobierno de Rivadavia, la cuál declaraba a la ciudad de Buenos Aires capital del Estado nacional, nacionalizando todos sus establecimientos y dándoles por límites el territorio comprendido entre el puerto de Las Conchas (el Tigre) y el de la Ensenada de Barragán, y desde la costa del Río de la Plata hasta el Puente de Márquez. Defendió ese proyecto de ley en el recinto parlamentario el Ministro Julián Segundo de Agüero, y el legislador Castro — diputado por Buenos Aires, precisamente se opuso a aquella decapitación porteña con el argumento irrebatible de que “quedaba por este proyecto violado el pacto y la condición con que Buenos Aires entró a ser representada por el Congreso”. Si la Constitución unitaria, que además se propiciaba, fuera repudiada por los pueblos — argüía Castro — “¿no queda ya deshecha la provincia de Buenos Aires antes de dada la Constitución?”. Al desaparecer la Junta de Representantes y demás organismos provinciales bonaerenses, según lo proyectaba la ley del Poder Ejecutivo, quedaría Buenos Aires sin instituciones para poder aceptar aquella Carta constituyente. “Hay una razón robusta de ilegalidad que es la siguiente” — puntualizaba nuestro escrupuloso legista entre dos raciocinios; “No sabemos hasta que la forma de gobierno sea designada, si la República quedará en clase de gobierno representativo republicano de unidad, o federal. Yo por mi parte, desde ahora digo que jamás creeré al país feliz con la forma federal. Mi opinión es que debe regirse por un gobierno de unidad; mas esto todavía no se ha sancionado; y si no se establece un gobierno federal ¿como es que se quita a la provincia de Buenos Aires el derecho de entrar a componer la federación como Estado soberano?”. Tal actitud parlamentaria de Manuel Antonio Castro en ese debate, en el que defendieron y votaron entre otros, y a favor del proyecto rivadaviano los diputados Valentín Gómez, Francisco Remigio Castellanos, Eduardo Pérez Bulnes, SantiCastro

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ago Vázquez, Manuel Bonifacio Gallardo, Lucio Mansilla, Dalmacio Vélez Sársfield, Jerónimo Helguera, Elías Bedoya y José Francisco Acosta; y — como el salteño Castro — señalaron su discrepancia los colegas Gregorio Funes, Diego Estanislao Zavaleta, Manuel Vicente Mena, Juan José Paso, Mariano Lozano, Juan Ignacio Gorriti, Mariano Sarratea, Francisco Delgado, Juan Ramón Balcarce, Manuel Moreno y Mateo Vidal. A par de los cuales, sumóse la protesta del Gobernador Las Heras, en defensa de las leyes de la provincia. Pero de nada valieron esos disensos, ni las públicas peticiones desaprobatorias de tantos conspicuos ciudadanos (ver las monografías acerca de los Anchorena y de Manuel H. de Aguirre), pues, el 4 de marzo, quedó sancionada la ley de “capitalidad” que el P.E. promulgó dos días más tarde, quedando, en consecuencia, cesante el Gobernador Las Heras y disuelta la Junta de Representantes porteña. Falta agregar, que la Constitución unitaria que sancionó el Congreso el 24 de diciembre siguiente, fue elaborada por nuestro jurisconsulto salteño, junto con sus colegas de comisión, los diputados José Valentín Gómez, Francisco Remigio Castellanos, Eduardo Pérez Bulnes y Santiago Vázquez. Y resultaron Castro y Gómez, sin duda, los principales artífices de esa Carta presidencialista, puesto que ambos, — inspirados en la Constitución monarquizante de 1819 — sostuvieron ardorosamente los debates y lograron hacer aprobar su proyecto. Los legisladores abogan en las provincias a favor de la Constitución unitaria Entre tanto las discordias civiles agitaban el interior del país. El Congreso resuelto a neutralizar la hostilidad de los pueblos arribeños hacia el constitucional engendro que había sancionado, despachó a varios representantes suyos a las provincias contrarias al sistema unitario, para dar explicaciones y lograr la adhesión de los Caudillos a la política oficial. Así resultaron enviados Manuel Antonio Castro a Mendoza; Juan Ignacio Gorriti a Córdoba; Diego Estanislao Za130

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valeta a Entre Ríos; Francisco Remigio Castellanos a La Rioja; Manuel de Tezano Pinto a Santiago del Estero (Ibarra lo recibió en calzoncillos); Mariano Andrade a Santa Fé; y Dalmacio Vélez Sársfield a San Juan. Este acompañó a su amigo Castro hasta Mendoza, desde donde dirigiose por nota a Quiroga que estaba en San Juan. Facundo desairó a Vélez, devolviéndole el pliego, sin abrir, por mano del gaucho Cecilio Berdeja, y con una apostilla jactanciosa plagada de faltas de ortografía, a tono con el cerril mensajero. Llegado a Mendoza el 16-I-1827, el diputado Castro tuvo entrevistas con el Gobernador Juan Corvalán, jaqueado, a la sazón, por los montoneros de Quiroga que operaban en territorio sanjuanino. Expuso, el miembro del Congreso unitario ante la Junta de Representantes mendocina, la situación por la que atravesaba la República, en guerra con el Imperio brasilero, y acerca de la “necesidad de una cooperación activa por parte de las provincias a la defensa del Estado”. En otra sesión, analizó Castro las razones que tuvo el Congreso en aprobar la “forma representativa de unidad”, y acabó persuadido — como después informaría a sus comitentes de Buenos Aires — que no obstante haber quienes “hagan sorda oposición al Código constitucional”, el “voto general del Pueblo de Mendoza” era que su apoyo al orden nacional “no se desmentirá cuando se trate del honor y destino de la República”. Castro — al revés de algunos de sus colegas en otras provincias — fue recibido cordialmente por los mendocinos. Empero sus esfuerzos dialécticos resultaron inútiles. Poco más tarde, tras la infortunada primera tentativa de paz con el Brasil, caía el Presidente Rivadavia, y con él el Congreso, la famosa Constitución y el partido unitario. Postreros años y muerte de don Manuel Antonio Vuelto a sus cargos de Presidente del Tribunal de Justicia y de Director de la Academia de Jurisprudencia, el abogado Castro apartose definitivamente de la política. En esa etapa, la última de su vida, se dedicó a concluir el Prontuario

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de práctica forense, el mejor de sus trabajos que resultó póstumo, y su viuda encargaríase de editarlo. Queda dicho con ello que nuestro personaje arribó a los 56 años de su edad con la salud quebrantada; acaso le había recrudecido cierta “enfermedad de la orina” o unos “cólicos biliosos” que lo aquejaron en 1816, según reveló entonces en cartas íntimas. Así pues agravados aquellos males sin remedio, don Manuel Antonio, el 16-VIII-1832, por ante el Escribano Luis López, titular del Registro Nº 1, otorgó su testamento. En esa escritura de última voluntad, el testador declaró ser “Presidente de la Exma. Cámara de Justicia en esta Provincia, vecino de la misma, natural de la ciudad de Salta, hijo legítimo de don Feliciano de Castro, ya finado, y de doña Margarita González, que hoy vive”. Hallándose enfermo en cama, ordenó que su cuerpo fuera sepultado en el cementerio público, y que sus funerales se realizaran en la Iglesia de San Francisco, “con la mayor moderación posible”. Dijo haber sido casado primeramente con “Doña Petrona Biyota” — Villota —, “de cuyo matrimonio legítimo tengo dos hijos menores nombrados don Manuel Antonio y don Tomás Felipe de Castro”. Luego contrajo segundas nupcias con “Doña Gertrudis Biyota”, hermana de su finada esposa, la que no le dió descendencia. Aclaró no poseer más bienes que sus muebles y “alhajas peculiares precisas de mi empleo, como son un par de evillas de oro, un bastón de oro y otras así de esta especie, de que están instruidos mis albaceas”. Llamábase su suegro “don Tomás Biyota” y sus cuñados “Estanislada Biyota, viuda de José García, y Alejandro Biyota, que se halla en Lima”. Finalmente nombró por albaceas, mancomunadamente, a su mujer doña Gertrudis y al señor Manuel José García — su compañero de causa en el Congreso de 1824 —, éste como curador de sus hijos; o, en ausencia suya, al doctor Marcelo Gamboa, prestigioso Juez y civilista. Testigos del acto fueron; Juan de Garay, Domingo de Escovedo y Francisco Luis de Chas; de todo lo cual dió fé el Escribano Luis López. Antes de una semana, el enfermo dejaba de existir, ya que el siguiente 22 de Agosto se reunieron los miembros de la 132

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Academia de Jurisprudencia con motivo del fallecimiento de su fundador, a fin de tratar sobre “el modo y forma en que debían acompañar los restos”. Se rindió el condigno homenaje fúnebre, y los académicos (Agustín Ruano, José Barros Pazos, Gregorio Gómez, Dalmacio Vélez Sársfield, Gabriel Ocampo, Manuel Belgrano — sobrino del General — y Juan Antonio Saráchaga, entre otros colegas) acordaron que la Institución “en cuerpo debe dirigirse a la seis a la casa mortuoria (calle Potosí Nº 11) y traer el cuerpo a la Iglesia de San Francisco, donde quedaría depositado hasta mañana, en que también deberá concurrir a oír misa que por su alma se dirá”. IV.a — Juan Saturnino Castro y González, nació en Salta el 23-XI-1782, y si bien lo bautizaron con esos dos nombres, siempre se le llamó únicamente Saturnino o Saturno. Contaba 27 años cuando, a mediados de junio de 1810, se supo en su ciudad nativa que el Virrey Cisneros había sido destituido en Buenos Aires y que una Junta vecinal porteña se aprestaba a gobernar el Virreinato en reemplazo de aquel mandatario. El Ayuntamiento de Salta, entonces, convocó a Cabildo Abierto a los vecinos principales del distrito, quienes, presididos por el Gobernador Intendente Nicolás Severo de Isasmendi, proclamaron, por gran mayoría, el 19 de junio, su “mismo sentir” con la determinación bonaerense, y que se mandarían allá “los diputados que se ordenen, con el poder e instrucción debida”. Saturnino Castro acogió, sin duda, con simpatía, este pronunciamiento de sus paisanos, de expresa lealtad a la Junta de Buenos Aires y a la persona del Monarca cautivo. En aquel tiempo el hombre estaba dedicado al comercio de mulas en gran escala. Así lo revela un contrato que celebró en Salta (5II-1811) con José de Gurruchaga, en virtud del cual éste le hizo entrega de 5.000 pesos, para hacer frente a los gastos de un arreo mular, que Saturnino iba a conducir personalmente a la ciudad de La Paz, con propósito de vender allá los animales y repartir luego, por mitades, entre él y Gurruchaga, la ganancia que se obtuviera. Un mes después (2-III-1811) Saturnino mandó contratar, en el valle de Lerma, 600 mulas mansas para Castro

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el ejército de la “Expedición Libertadora” que encabezaba Castelli. Y el 22-IV-1812, desde Livilivi, pequeño poblado en los términos de Potosí, al sur de la cordillera de Chichas, le escribió Castro a su socio José Gurruchaga; “Es constante que dí mil mulas al Señor Castelli ... el adeudo a mi favor sobre esta cantidad de mulas no me satisfizo hasta que pedí libranza para Potosí, en vista de que el ataque se daba pronto en el Desaguadero, y que si eran derrotados los de abajo, como en realidad lo fueron, podía retardarse mi satisfacción” (de esa deuda). La venta del millar de mulas para el ejército de Castelli, la había formalizado Castro en el Desaguadero el 16 de abril, o sea cuatro días antes de la desordenada fuga de los patriotas en Huaqui. Castelli estorbó luego el tránsito de otros solípedos que Castro conducía para venderlos en el Perú; por ello el acemilero tuvo que invernar las bestias en Yungas. Ahí, a consecuencia del revés de Huaqui, sucedió un alzamientos de indios, que obligó a Castro a abandonar el arreo, y a ponerse a combatir con su gente en defensa de su vida; “Después de andar veinte y tantos días rodeado de indios y en furiosos combates, donde me mataron hasta el último hombre que tenía, salvando yo apenas herido, no acaso por ser de más valor que los demás, sino por más afortunado; tomé por dentro de unas montañas, en donde anduve tres días sin un compañero, sin tropa, sin ningún alimento, ni más bienes que la vida y mis papeles. Así arribé a Irupana de Yungas, y de allí salí para Potosí”. (Tal consigna aquella carta despachada en Livilivi para el socio Gurruchaga). Posteriormente — en mayo o junio del año 12 — Saturnino Castro tornó a Salta. Aquí, los revolucionarios venidos de Buenos Aires “lo estorbaron”, sospecharon de él, le impidieron salir en busca de sus recuas a Yungas, y, de yapa, lo metieron preso. Castelli — escribió Saturnino — “me tomó todas las mulas ... prometiendo pagar el mejor precio que se pueda”; más los indios se las robaron, y el animoso chalán — a quien “metieron la mula” — vino a sufrir un descalabro económico.

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Castro resuelva guerrear contra los porteños desde las filas realistas De tal suerte, aquella simpatía inicial que pudo albergar Saturnino por los revolucionarios “de abajo”, quienes positivamente acababan de arruinarlo, se trocaron en profunda decepción. No le fue posible soportar más las pedanterías filosóficas de Castelli y de Monteagudo, el jacobinismo ateo de éstos y otros jefes, y, sobre todo, las jactancias sacrílegas y corrupción insolente de aquellos demagogos que se arrogaban la representación de la patria. Y lleno de rencor huyó de Salta, resuelto a ofrecer sus servicios a Goyeneche, convencido de la necesidad de aplastar a los que juzgaba funestos innovadores de Buenos Aires, enemigos de Dios y del Rey. De ahí que al tomar resueltamente la ofensiva el ejército de Goyeneche, a órdenes del “pariente” suyo Brigadier Pío Tristán (6), marchara incorporado a su vanguardia el Comandante de caballería Saturnino Castro. Toda esa fuerza deja atrás a la quebrada de Humahuaca y a Jujuy, para entrar en la 6 Los arequipeños Goyeneche y Tristán eran parientes bastante remotos; no eran “primos” como dice García Camba en sus Memorias sino que Pío resultaba tío 4º de José Manuel, al tener ambos por antepasados comunes a los cónyuges Juan Moscoso y María de Butrón y Mujica, su mujer. En efecto: Pío Tristán y Moscoso era hijo del Regidor Perpetuo y Alcalde de Arequipa José Joaquín Tristán Caraza y de la arequipeña María Mercedes Moscoso y Pérez; nieto materno del Maestre de Campo Gaspar Moscoso y Zegarra y de Petronila Pérez; bisnieto materno paterno de Juan Moscoso y Butrón, Alférez Real en Arequipa y de Petronila Zegarra de la Cuba Maldonado; y tataranieto de Juan Moscoso y de María Butrón y Mujica. Por su parte José Manuel de Goyeneche y Barreda — futuro Conde de Guaqui — tenía por padres a Juan Crisóstomo de Goyeneche y Aguerrevere, nativo de Irurita en Navarra, y a María Josefa de Barreda y Benavídez, nacida en Arequipa; por abuelos maternos al Maese de Campo Nicolás de Barreda y Ovando y a María de Benavídez y Moscoso, ambos arequipeños; por bisabuelos maternos maternos al Alcalde de Arequipa Diego de Benavídez y a su mujer María Josefa Moscoso y Maldonado; por tatarabuelos a Diego Moscoso y Butrón de Mujica y a María de Maldonado Cárdenas; y finalmente era chozno de Juan Moscoso y de María de Butrón Mujica. Como se ve, Tristán pertenecía a una generación más arriba que la de su Jefe Goyeneche, lejano sobrino suyo. Castro

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ciudad de Salta, donde — la verdad sea dicha — Tristán y sus hombres son acogidos con expresivas muestras de alborozo. El General invasor reorganiza el Cabildo salteño y pone provisionalmente el gobierno político y militar de la región en manos de su segundo, el 4º Marques del Valle del Tojo Juan José Fernández Campero, con el cual permanece el Comandante Castro, al frente de su escuadrón, para resguardo de la plaza conquistada. Tristán, a todo esto, con lo principal de sus efectivos continúa la marcha rumbo al sur, hacia Tucumán, donde Belgrano le cierra el paso, derrotándolo el 24-IX-1812. Seguidamente Arenales — el destituido Alcalde de 1º voto de Salta — mediante un sorpresivo golpe de mano se apodera de la capital salteña; en tanto también penetra en ella un destacamento patriota al mando de Díaz Vélez, que venía hostilizando a la retaguardia de Tristán y se le había adelantado por el camino de la Pedrera. Mas interviene Castro con presteza, desbarata el copamiento y recupera la ciudad. Arenales, que casi pierde la vida, se esconde, huye, y a duras penas logra reunirse con las tropas de Belgrano. A su turno Díaz Vélez se corre hasta la estancia “El Bañado”, donde Castro lo ataca y lo obliga a replegarse a Tucumán. Díaz Vélez documenta la presencia de su enemigo en un parte del 14 de Octubre, mandado desde la “Puerta de Díaz” a su jefe, en el que, entre otras cosas, le dice; “hasta la fecha no ha salido fuera del pueblo mas partida que la de Castro, compuesta por 100 hombres”. Y La Madrid, en sus Memorias, estampa que “en los diferentes encuentros que hubieron en el camino hasta Salta, nos retiramos por el camino de la cuesta, perseguidos por el Coronel Castro, hasta el Bañado, (Hacienda de Figueroa); en este lugar empeñé una fuerte guerrilla con dieciseis dragones para proteger una partida de nuestros cazadores que venían a retaguardia, y hubo de ser tomada por la caballería enemiga” (de Castro). La batalla de Salta Cuatro meses después, en la lluviosa mañana del 20-II1813, los ejércitos de Belgrano y de Tristán se encuentran 136

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frente a las puertas de Salta, resueltos a dirimir supremacías. Iníciase la acción con el avance a la bayoneta de los “cazadores” de Dorrego, apoyados, sable en mano, por los “dragones”, montados de Zelaya, que en la segunda carga arrollan al Marqués de Yavi y a sus 500 tarijeños a caballo, que formaban el ala izquierda realista, sobre los arrabales de la ciudad. Debido a este descalabro, el centro de la línea “española” — mal dicha así, ya que la integraban los batallones peruanos “Cuzco”, “Abancay”, “Cotabamba”, “Chilotes” y “Granaderos de Paruro”, bajo el supremo comando del arequipeño Pío Tristán, a las inmediatas órdenes del vasco — jujeño Olañeta y de su segundo, el salteño Saturnino Castro —; dicha línea “española” del centro — decía —, ante el peligro de ser envuelta, se desbanda también precipitadamente, empujada por los regimientos “castas” de Superí y No 6, cuyas unidades bajo al conducción de Forest y Pico irrumpen por las calles suburbanas. Por su parte Tristán, Olañeta y Castro tratan de cubrir la retirada que manda ejecutar el primero; mas ya las formaciones se han deshecho y la batalla está perdida; aunque al pié del Cerro de San Bernardo, el flanco derecho realista, compuesto por los regimientos “Puacartambo”, de peruanos, y “Real de Lima”, de españoles, resista todavía obediente a su Comandante Antonio Lesdael. Pactada la capitulación — luego de enterrar los 584 muertos de ambos bandos, en una gran hoya común, bajo la misma cruz — las tropas derrotadas salieron al campo de batalla a rendir sus banderas, armas, parque, maestranza y demás pertrechos bélicos a sus vencedores, y a jurar, desde el General hasta el último soldado, no volver a combatir contra el gobierno revolucionario de Buenos Aires, bajo cuya sola condición quedaban libres para retornar a sus hogares. Belgrano al darle cuenta de su victoria al Segundo Triunvirato decía; “El Dios de los ejércitos nos ha echado su bendición; la causa de nuestra libertad e independencia se ha asegurado a esfuerzos de mis bravos compañeros de armas”. Y, más tarde, a su amigo Chiclana le escribió justificando su generosa conducta con los vencidos, que fuera tan criticada en lo círculos políticos bonaerenses extremistas: “Siempre se diCastro

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vierten los que están lejos de las balas, y no ven la sangre de sus hermanos, ni oyen los clamores de los infelices heridos; también son esos los más a propósito para criticar las determinaciones de los jefes: por fortuna dan conmigo que me río de todos, y que hago lo que me dicta la razón, la justicia y la prudencia, y no busco glorias, sino la unión de los americanos y la prosperidad de la Patria”. El perjurio atribuído a Castro En lo que toca a Saturnino Castro, sus enemigos de entonces y la mayor parte de los que posteriormente han escrito la historia argentina, le endilgan el apodo de “Perjuro”, con la tacha de infidente violador del compromiso (que los derrotados de Salta pactaron en común, el 21-II-1813), de no volver a pelear contra sus vencedores; el cual voto — forzoso, si bien se considera — quedó dispensado mas tarde por los Obispos Moxó y Francolí y La Santa, en Charcas y en La Paz. La enfática acusación que los historiadores le hacen a Castro, resulta, a siglo y medio de distancia, un aspaviento de fariseos. Belgrano, sin ir mas lejos, juró en 1810, como vocal de la Primera Junta — libre de coacción alguna — (sic) “conservar íntegra esta parte de América a nuestro Augusto Soberano el Señor Don Fernando Séptimo y sus sucesores, y guardar puntualmente las leyes del Reyno”. Belgrano no cumplió el solemne ofrecimiento — que hizo de rodillas, con las manos sobre los Evangelios — y jamás nadie puso en tela de juicio el buen nombre y honor del antagonista de Castro y creador de nuestra bandera independiente. Cabe destacar, que el documento suscripto el 27-II-1813 — a siete días de ocurrida la batalla de Salta — por el jefe patriota Eustoquio Díaz Vélez, titulado Estado que manifesta los jefes, oficiales y soldados del ejército de Lima que a consecuencia del tratado del 20 del corriente prestaron juramento de no tomar las armas contra las Provincias Unidas del Río de la Plata, en que comprenden, Potosí, Charcas, Cochabamba y La Paz (2.152 hombres en total, cuya lista en138

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cabeza el General Tristán), no figura registrado Juan Saturnino Castro, aunque sí el Teniente “Don Pedro Castro”, su hermano menor. En ese papel tampoco aparecen los nombres de los Coroneles Felipe La Hera — parlamentario de Tristán ante Belgrano —, Juan José Fernández Campero — Marqués del Valle del Tojo o de Yavi —, Pedro Antonio Olañeta y Antonio Lesdael, todos ellos con mando de tropa en la aludida batalla. Del ejército realista capitulado en Salta, solo 7 oficiales sobre un total de 129 — y 300 soldados de los dos mil y tantos reunidos — violaron la fé de su juramento — según lo asegura Mitre en su Historia de Belgrano. Y añade que con los vencidos que se prestaron a la “sacrílega sugestión” — de quebrantar su juramento —, Goyeneche organizó un cuerpo especial: el “Batallón de la Muerte”, que se “vistió con sus fúnebres atributos”. Inspirada en esta fantasía de don Bartolo, la señorita Renée Pereyra Olazabal, en su novelón histórico El Perjuro, lo hace jefe de dicha macabra unidad — cuya enseña resultaba una bandera negra con calavera y dos tibias cruzadas bordadas en blanco — al Comandante Saturnino Castro. Tal formación o truculenta comparsa no es más que pintoresca fábula, imaginada o ingenuamente creída por los publicistas nombrados. La acción de Vilcapujio Como se sabe, después del contraste de Salta, Goyeneche declinó el mando del ejército realista, y su reemplazante, el Brigadier de Artillería Joaquín de la Pezuela y Sanchez de Aragón — futuro Marqués de Viluma — llegó al terreno de la guerra (Ancacato) el 7-VIII-1813. Entre las reformas que el nuevo General en Jefe creyó conveniente verificar en la organización de las tropas, una de ellas fué crear un escuadrón de dragones que se denominó “Partidarios”, a cuyo frente colocó a Castro. Enseguida adelantó su ejército hacia Condo Condo resuelto a esperar al enemigo que venía marchando por el camino de Potosí y de Chayanta. El “Escuadrón de Partidarios y su valiente comandante D. Saturnino Castro” Castro

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— dice García Camba en sus Memorias — se hallaba en Pequereque, y al comprobar que más de 2.400 indios insurgentes del cacique Baltasar Cárdenas (hecho Coronel por Belgrano) habían alcanzado Ancacato, cayó sobre ellos por sorpresa y los dispersó a sablazos con sus “Partidarios”. Por algunos heridos interrogados y por los papeles que Castro tomó en esa acción, supo Pezuela que Belgrano pensaba atacarlo en Condo Condo. El ejército patriota, momentáneamente, estaba acampado en el llano de Vilcapujio a cuatro leguas de Condo Condo, pues había detenido su avance a la espera de que se le incorporara Zelaya con refuerzos que traía de Cochabamba. Pezuela, enterado, — gracias a Castro — de la situación e intenciones del enemigo, resuelve tomar la iniciativa; salir en busca de Belgrano y precipitar la batalla pendiente. Así lo ejecuta. En la madrugada del 1º de Octubre, sus tropas comienzan a bajar por los senderos de los cerros que conducen a la pampa de Vilcapujio. Advertido a tiempo Belgrano de esta inesperada y decisiva maniobra, dispone sus fuerzas para la lucha; y al sol radiante de aquella mañana, en ese páramo circuído por imponentes montañas, se empeñó con furia el combate. Castro, a todo esto, hallábase con su escuadrón y dos compañías de infantería, en Ancacato, y había recibido la orden de Pezuela de que — transcribo a García Camba — “acudiese a Vilcapujio, antes del amanecer del 1º de Octubre, para poder entrar oportunamente en acción. Cumplió puntualísimamente por su parte; reconoció de muy cerca el campo contrario sin ser sentido; y no percibiendo señal alguna indicativa de la proximidad de las tropas leales temió que se hubiese suspendido el movimiento y se retiró antes de venir el día. Esta determinación bien entendida — es Camba quien lo dice — influyó poderosamente en el feliz éxito de la batalla de Vilcapujio”. Entretanto, en el campo de la lucha, el ejército real soporta en el centro de su línea un fuego tremendo que origina la muerte del bravo Coronel La Hera, de 3 capitanes y de 33 soldados, además de gran cantidad de heridos, lo que obliga a 140

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retroceder; el Coronel Lombera, que acudía con su batallón, cae herido, y toda la línea se desbanda en el mayor desorden. Pezuela y su segundo Ramírez corren entonces velozmente a contener la fuga, “pero — refiere García Camba — la reserva había huído también sin disparar un tiro, todos sus nobles esfuerzos habrían venido a ser estériles si la Divina Providencia no protege a las armas de España, guiando a Castro al combate en tan crítico momento. Este jefe, de un valor acreditado y de una resolución admirable, atraído por el fuego que había oído, volvió de nuevo sobre Vilcapujio, apareció con su escuadrón por retaguardia del flanco derecho de Belgrano, cargó resueltamente, y acuchillaba al enemigo en medio del triunfo, de tal modo que introdujo en sus filas la mayor confusión y le obligó a un precipitado retroceso. Este dichoso incidente y las ventajas que continuaba reportando nuestra derecha — a cargo de Picoaga y Olañeta — aceleraron la reunión de los dispersos y cambiaron completamente la escena, convirtiendo a su vez en vencedores a los mismos vencidos”. Los patriotas, a quienes la victoria — ya cantada — se les escapó de las manos, abandonaron el campo creídos de que habían dado muerte a estos jefes enemigos: Picoaga, Lombera y Castro — lo que no resultó cierto. (En sendas cartas, fechadas el 4-X-1813, dieron esa falsa noticia a Chiclana, José María Somalo — su yerno — y Apolinario Figueroa, ambos actuantes en la batalla). Ayohuma y la verdad sobre el mulataje de Castro Ascendido a Coronel, Castro se lanza con su hueste montada, por el camino de Potosí, tras de Díaz Velez, quien, con parte con los vencidos, se puso en retroceso hasta Yocalla, distante seis leguas de la villa del cerro Potosino. “A mediados de Octubre — transcribo a Mitre — aparecieron sobre Yocalla el escuadrón de Castro, quien dirigió a Díaz Velez un reto caballeresco, desafiando con cien dragones a toda su división, con campo a su elección. Díaz Velez fortificado en la ciudad, y creyendo que aquella era la vanguardia de todo el ejército real, que debía suponer en movimiento, contestó al Castro

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arrogante guerrillero que no le reconocía sino por un perjuro a la capitulación de Salta, digno solo de ser ahorcado si caía en sus manos”. El desplante del Jefe porteño hizo creer a Castro que aquel disponía de gran poder numérico y abundantes armas, por lo que se retiró hacia sus posiciones de Condo Condo. Después, el 14-XI-1813, en la batalla de Ayohuma, las tropas de Belgrano experimentan otro revés. El Coronel Castro, en consecuencia, con su caballería, emprende la persecición del ejército en derrota, cuya retaguardia cubren el Coronel Cornelio Zelaya, y sus Capitanes Domingo Soriano de Arévalo y José María Paz, al mando de unos cuantos dragones. Recuerda éste último oficial cordobés en sus Memorias Póstumas, que “fuera de algunos tiros disparados al acaso, estaba reducida la persecución a una multitud de dicterios que se decían Zelaya y el Coronel enemigo Saturnino Castro, en que lo menos que se oía era los dictados de porteño cobarde, disparador; y de ladrón, mulato Castro; hasta hubo un desafío personal y singular entre ambos, que no tuvo efecto por que no se les dejaba solos, y porque era una majadería que no consentíamos los circunstantes. Al fin se cansó Castro de perseguirnos y gritar, pero el coronel Zelaya no se cansó de hacer ostentación de su poca prisa en retirarse, etc, etc”. Y bien: este incidente circunstancial, que Paz salvó del olvido, no nos autoriza a suponer que Zelaya fuera cobarde ni disparador, ni Castro ladrón y mulato. Sin embargo, de los gritos injuriosos de Zelaya se ha hecho eco, últimamente (1955), Ramón Luis de Oliveirar César en su novela histórica Gloria sin Huella. Aparece en ella “el mulato Castro” al cual Olañeta “no podía escuchar sus consejos”, porque “los mulatos no comprendían el sentiudo del honor, disciplina y jerarquía que un hombre de bien debía necesariamente poseer en el ejército real”. Tales conceptos de Oliveira César no son para tomarlos en serio, ya que a este escritor le faltó el propósito deliberado de infamarlo a Castro; solo quiso fabricar un mestizo resentido y feroz, suerte de villano pintoresco, nunca desdeñable en

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ficciones literarias, donde la imaginación corre a rienda suelta en detrimento de la verdad. No tenían los Castro sangre ni rasgos o estigmas africanos. Ello puede comprobarse en el fidelísimo retrato a la acuarela del doctor Manuel Antonio Castro, debido al artista Carlos Ernesto Pellegrini, quien lo pintó enjuto de carnes, con pelo lacio, frente despejada, pómulos salientes, labios finos, aquilina nariz y unos ojos pardos muy abiertos y abstraídos que dan expresión a su semblante trigueño, empalidecido por vigilias estudiosas. A su vez Pedro Antonio Castro mi tatarabuelo, en un excelente cuadro al óleo de autor anónimo — que conservaba su bisnieto Juan Arias Uriburu y cuya copia fotográfica poseo —, aparece con el mismo corte facial descarnado de Manuel Antonio, idéntico mentón y parecida nariz aguileña, aunque más fina en el hermano menor, asi como la boca de labios comprimidos. Solo los ojos de mi tatarabuelo son completamente distintos a los del modelo de Pellegrini: celestes, chispeantes; como también es otro el color del pelo y las patillas de Pedro Antonio ondulados, de un tono castaño, tirando a rubio. Por su parte Saturno Castro — según lo describe Bernardo Frías, que conocía como nadie la tradición histórica y social de Salta — era de “estatura desarrollada y fuerte; la lengua desenvuelta y dura, y la voz sonora; su ánimo colérico y de grandes energías; siendo el color propio suyo y el de todos los de su casa, el cobrizo americano, y no poco cargado. Poseía — sigue Frías — las propiedades de un gran jinete, y la astucia y recursos de que dió prueba constante aquella gente en la guerra; teniendo Castro por ésta, y por la política, ardiente entusiasmo que lo apasionaba”. Según se ve, por los testimonios pictóricos recordados y la referencia escrita de Bernardo Frías, los Castro no participaban del menor vestigio de la raza negra; eran sí — Saturno sobre todo — de un color cobrizo americano subido, lo cual denuncia a la sangre indígena; que se sospecha además en la nariz aguileña y facciones finas y huesudas del retrato de Manuel Antonio, pintado por Pellegrini. Castro

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Aclarado, no el tinte sino el típico carácter americano del pigmento que atezaba la piel de Saturnino Castro, continúo con la biografía militar de dicho Jefe, luego de Ayohuma, persiguiendo muy de cerca a los efectivos en retirada de Belgrano por territorio jujeño, para alcanzar el Valle de Lerma. La resistencia nativa. Castro y la “guerra gaucha" Un oficio de Rondeau (28-VIII-1814) al Director del Estado, lo ponen al corriente de que “las fuerzas del ejército de Lima, cuando bajó a Jujuy, se componía de 4.050 hombres”, subordinados a esta plana mayor; “Primer General don Joaquín de la Pezuela; segundo, el señor Tacón; tercero, don Juan Ramírez. Sus Coroneles; don Pedro Antonio de Olañeta, don Saturnino Castro y don Antonio María Alvarez. La vanguardia, compuesta de partidarios, dragones y vallistas, la mandaba Castro”. Esta vanguardia a caballo, subordinada a dicho Coronel, se internó en territorio salteño, y por espacio de tres días consecutivos (19, 20 y 21 de enero de 1914) trabose en escaramuzas con los jinetes patriotas de Dorrego, que se escabullían cada vez, rehuyendo el combate; en las lomas de San Lorenzo y de Medeiros y en la “Quinta Grande”, al sur de la población. Finalmente, sin resistencia, la ciudad de Salta cae en manos de Castro y de sus 800 dragones “Partidarios”. Pero al poco tiempo los víveres empiezan a escacear, y Castro organiza algunas salidas por el Valle de Lerma en procura de alimentos y de cabalgaduras. En un de esas expediciones, en la estancia “El Bañado” — entonces de Figueroa — los realistas se incautaron de varias bolsas de trigo y de unas cuantas vacas. Con tan mediocre botín volvían ellos a Salta, cuando de pronto, al bordear la espesura de un monte, la descarga cerrada de enemigos invisibles les mató al Capitán José Lucas Fajardo y a 10 hombres; 14 soldados quedaron gravemente heridos en el campo; parte del arreo fué dispersado y, de añadidura los atacantes sorpresivos — que capitaneaba Apolinar (Chocolate) Saravia — se dieron el lujo de capturar a 27 prisioneros. La “guerra gaucha” había comenzado. 144

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El joven Luis Burela (yerno de Calixto Gauna) y el viejo Pedro Zabala (“curandero de profesión” — según Dámaso Uriburu — y propio hermano del deán Alonso), cada cual independientemente, crearon las dos primeras falanges guerrilleras, con peones gauchos de sus estancias, para hacerles la vida imposible a las tropas regulares realistas, vencedoras en Vilcapujio y Ayohuma, que hollaban el terruño salteño. “A imitación de Burela — escribió Miguel Otero en sus Memorias — se levantaron otras dos o tres partidas más de paisanos de la campaña de Salta, poseídos por el mismo entusiasmo y valor por la causa de la independencia. El General don José de San Martín sucedió a Belgrano en esos días, y tomó el mando del ejército en Tucumán. San Martín, buen militar y político, vió la trascendental importancia de sostener y fomentar las partidas levantadas en Salta contra el ejército real. Tenía conocimiento de la capacidad y valor del veterano Güemes, que se hallaba a la sazón en Santiago del Estero, sin destino ... y lo nombró de Comandante General de dichas partidas, para organizarlas y darles dirección”. Adviértase que Güemes era un militar de carrera y que no tomó el mando de las milicias gauchas por sí y ante sí, sino por nombramiento y autoridad del General San Martín. Aquel Caudillo unificó la “guerra gaucha”, que ya se había desatado a sangre y fuego. Para un hombre de exaltación quijotesca como era Castro (su desafío a Díaz Vélez de pelearlo con 100 dragones, y el reto a Zelaya para batirse con él a vista de sus respectivas tropas, lo pintan de cuerpo entero), esa lucha emboscada, desleal, de matar por sorpresa, y si es posible a mansalva, para huir enseguida del enemigo; esa contienda irregular, montonera, en que el merodeo, la artería y el espionaje constituían sus recursos habituales, debía de repugnar, necesariamente, su temperamento. Equivocadas o no las actitudes del Coronel que me ocupa, respondieron siempre a sus impulsos caballerescos. Güemes acosa a Castro y lo desbarata En lo que a la guerrilla de paisanos respecta, diré que en la madrugada del 29-III-1814, algunos gauchos de Güemes, al Castro

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mando del sargento mulato Panana, se acercaron hasta las puertas del cuartel de Castro, en Salta, para tirotear a los centinelas. Decidido a vengar semejante insolencia, el propio Coronel, con 80 jinetes de su regimiento, salió tras la partida montonera. Al galope llegaron los realistas hasta el “campo de Velarde”, donde Castro — gaucho él también, no así sus soldados — receló una emboscada y mandó hacer alto. Güemes, en efecto, lo esperaba oculto entre la maraña de un “tuscal” frontero. Ver, el Caudillo, la vacilación de su enemigo y cargarlo a toda furia, fué todo uno; y hasta la margen del río Arias los hombres de Castro se desbandaron despavoridos; escapando éste milagrosamente de ser capturado por “Pachi” Gorriti; no sin perder en la refriega a más de la mitad de su gente, que quedó prisionera con armas, fornituras y caballos. Dentro de los estrechos limites de la ciudad de Salta imperaba, de tiempo atrás, un tremendo espíritu de discordia. Los contrastes militares de Vilcapujio y Ayohuma habían desatado el furor de los patriotas contra los realistas lugareños, y aquellos le instaron al gobernador Chiclana dispusiera el extrañamiento de todos los españoles europeos que tan eficazmente cooperaron con el enemigo en la invasión anterior. So capa de patriotismo — escribió Dámaso Uriburu en sus Memorias — se pretendía “cubrir innobles venganzas y otras viles aspiraciones”. Los “demagogos” obligaron “tumultuariamente al gobierno a la horrorosa proscripción de una inmensa multitud de hombres de todas clases y condiciones, y hasta muchas mujeres. El autor de estas memorias, muy joven aún — recuerda Dámaso —, tuvo que acompañar a su padre, que fué desgraciadamente comprendido en la numerosa lista de los proscriptos de Salta, a la ciudad de San Juan, adonde llegaron a fines de noviembre de 1813”. Así, cuando Castro vino a adueñarse con sus tropas de la capital salteña, prodújose la violenta reacción de los perseguidos de la víspera, con su cortejo de delaciones y represalias, de encarcelamientos y persecuciones a los espías, que eran castigados con azotes y pena de muerte, aunque pertenecieran al sexo llamado débil. A tal ambiente sobresaltado por odios y recelos, se sumó la escasez de alimentos para la población entera, 146

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asediada por el gauchaje de Güemes; sobre todo después del combate del “Tuscal de Velarde”. En consecuencia, a los realistas no solo les resultó imposible avanzar hacia Buenos Aires, sino que ni siquiera pudieron mantenerse en Salta; por lo que el 24-VII-1814 comenzaron a retirarse rumbo a Jujuy. Un profundo desaliento se apoderó de Saturnino Castro por la derrota que le infringiera Güemes y los continuos reveses que sufrían sus destacamentos — ahora a las órdenes de sus segundos Martínez de Hoz, Marquiegui y Matorras, como ayer de Ezenarro y Fajardo — siempre sorprendidos por los montoneros de Burela, Zavala, “Pachi” Gorriti y “Chocolate” Saravia. Ellos rompieron “la orgullosa división compuesta toda de godos” — decía un parte de Güemes al General Francisco Fernández de la Cruz —, con su Comandante Martínez de Hoz y el principal, el Coronel Alvarez, sobrino de Pezuela. Se comprueba la deposición de Castro y demás criollos, porque en la tal partida, que había sido como de 400, entre caballería e infantería, no ha salido un oficial criollo”. Efectivamente, esa cruenta, ininterrumpida y humillante sucesión de fracasos le valió, a nuestro Coronel el ser relevado de su jefatura de vanguardia, a más de un arresto de diez días que le impuso Pezuela no bien Castro llegó a Jujuy. Impelido por el desengaño, Castro planea volcarse a las filas de la patria. Fracasa y es fusilado Según el historiador Bernardo Frías, el contraste de Velarde sumió a Castro “en larga noche de dolor y remordimiento. Esa derrota empañó su prestigio militar, precisamente allí en la tierra donde había nacido, y donde de corazón impetuoso quedó prendado”. Frías recoge el chisme retrospectivo del embeleso de Saturno hacía la bella Joaquinita Sancetenea, “joven de muy pequeña estampa, hija de español y, como éste, realista hasta los huesos”. El retroceso del ejército real separó a Castro de su novia, no pudiendo llevarla consigo,

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por lo que “las sombras de la ausencia amargarían más su suerte, desesperándolo”. (7) El 23-VII-1814 capitulaba la plaza de Montevideo, y la impresión que dicho suceso causó en el ejército realista del Perú fué enorme. Por esas fechas también retirábanse de los pagos de Güemes las tropas maltrechas de Pezuela, y, cuarenta y un días más tarde, el 3 de agosto, una rebelión popular a favor de la causa de América estalló en el Cuzco, promovida por los oficiales capitulados y juramentados de Salta — como se ve, la magnanimidad de Belgrano maduraba en frutos políticos —, cuyos cabecillas más notorio resultaron los hermanos José y Vicente Angulo, el cura guerrillero Ildefonso Muñecas, el poeta Mariano Melgar y el cacique Mateo Pumacahua. Entre tanto, desde mediados de 1813, el perseguido cisnerista de anteayer, doctor Manuel Antonio Castro — hermano de Saturno — colaboraba estrechamente con el gobierno de Buenos Aires, que lo había designado vocal de la Cámara de Apelaciones, para pasar más adelante a la dirección de la Academia de Jurisprudencia; así como la soberana Asamblea de año XIII recabó, de dicho jurista, asesoramiento en las materias de su especialidad. Todos esos factores, y tal vez — cual comenta Frías —, “aquel amor que dicen mortificaba como una espina su corazón por la ausencia de su Joaquina”, gravitaron sobre el ánimo de Saturnino Castro, al punto de que se propuso suble7 Joaquina Sancetenea y Morel era hermana de Matilde, la esposa de Pedro Antonio Castro — mis tatarabuelos —; él, hermano menor de Saturnino. Matilde y Joaquina tenían por padres a José Calixto de Sancetenea y a María Manuela Morel y de la Cámara. El guipuzcuano Sancetenea no fué “tan realista hasta los huesos” como lo supone Frías, ya que en 1813, a raíz de la batalla de Salta, integró el Cabildo “patriota” como Regidor, junto con Arenales, Jerónimo López, Juan Quiróz, Fructuoso Figueroa, Mateo Jimeno y Juan Antonio Alvarado. Después de que lo fusilaran a Saturno Castro, Joaquinita Sancetenea se casó con el Comandante español Francisco Alisedo. Por lo demás, bajo el título de El Perjuro (Bs.As. 1954), la Señorita Renée Pereyra Olazabal tejió un romance a propósito de supuestas relaciones amorosas entre el Coronel Castro y la mestiza, espía de los criollos insurrectos, Toribia “la Linda”. Históricamente considerados esos amoríos pertenecen a la leyenda. 148

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var el ejército real y volcarlo a las filas revolucionarias mandadas por Rondeau. El guerrero de la independencia Nicolás Villanueva (1790-1874), al recordar la campaña de Sipe-Sipe (18111816), escribió: “El jefe de la vanguardia del ejército enemigo era un coronel Castro, salteño, que nos había hecho gran mal en las campañas anteriores, por su valor, por su conocimiento práctico del terreno, y por ser el coronel más importante de la caballería con que contaba el ejército español. Este importantísimo jefe estaba ganado por el General Alvear (Presidente, a la sazón, de la Asamblea del año XIII), y solo esperaba la inmediata aproximación de nuestro ejército para incorporarse a él con su fuerza. El medio de que se había valido Alvear para atraerse a este jefe, fué su hermano, el célebre jurisconsulto don Manuel Antonio Castro, patriota muy decidido que ocupaba los primeros puestos en Buenos Aires; él lo convirtió a la causa que tanto había perseguido”. (Manuscrito publicado en 1888 en el Tomo VII. de la Revista Nacional, que dirigía Adolfo P. Carranza). Así pues, esperando contar Castro con el 1º batallón del regimiento Cuzco como base para iniciar el alzamiento general del ejército realista, se puso al habla con Rondeau por intermedio del abogado salteño Lorenzo Villegas, quedando convenido que Rondeau avanzaría sus tropas en apoyo de Castro en la noche del 1º de noviembre de aquel año 14, fecha fijada para la sublevación. Todo esto maquinaba nuestro Coronel en disponibilidad, cuando a fines de agosto el Padre Archondo, salteño y capellán realista — cuyo progenitor servía como edecán de Pezuela — le dió a su paisano la noticia de que su conspiración había sido descubierta y que sería detenido. Castro, entonces, en vez de buscar refugio en el campo patriota, precipitó los acontecimientos. Con algunos soldados adictos llegó a Mojos, donde su antiguo cuerpo de caballería estaba acantonado, y lo sublevó en parte, secundado por su hermano Pedro Antonio, Capitán de uno de los escuadrones. Inmediatamente dió a publicidad una proclama en la que afirmaba que la insurrección del Cuzco había vencido en toda la línea, Castro

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que Arequipa se plegaba a la causa de Buenos Aires y que Lima sacudía también el yugo virreinal. Asimismo el rebelde intimó a Pezuela y a sus oficiales a entregarse si querían salvar sus vidas. Acto seguido, acompañado por el Teniente Matorras, Castro se trasladó a la localidad de Moraya, al campamento del batallón Cuzco, seguro de que dicha unidad se plegaría a la revolución, ya que sus componentes — salvo el jefe, Coronel Manuel Bernedo — eran americanos. En tal sentido le exigió perentoriamente a Bernedo resignara el mando de la tropa en el Mayor Antonio Novoa; más aquel jefe pidió negociar y tratar el asunto con sus oficiales, dando a entender apoyaría el alzamiento si fuera cierto el triunfo de la insurrección cuzqueña. Castro perdió tiempo con estos parlamentos, deseoso de convencer a sus camaradas que la causa política que defendían, a la larga o a la corta sería derrotada. A fin de reforzar sus argumentos arrimose a su caballo para sacar de la grupa de su montura ciertos papeles comprobatorios de lo que les decía. Bernedo y los otros oficiales, entretanto, interrogaron a Matorras, quien les confesó que Lima aún obedecía al Virrey Abascal. No bien oyeron esto, el Mayor Novoa, un Capitán y varios soldados, corrieron a prenderlo a Castro; el cuál tuvo la mala suerte de que su caballo se espantara y lo dejara a pié, frente a las pistolas encañonadas de sus capturadores. Conducido en forma vejatoria al cuartel general de Pezuela, en Suipacha, el héroe de Vilcapujio asumió toda la responsabilidad de su conducta, negándose a revelar el nombre de sus cómplices. Un juicio sumarísimo lo condenó a muerte. El Coronel Bernedo reclamó para su regimiento “el honor” de pasarlo por las armas; y en Moraya, el primer día de septiembre de 1814, firme en su magnífica altivez, cayó el reo atravesado por las balas de los cuzqueños que quiso acaudillar. Tal, a grandes rasgos, la trayectoria militar extraordinaria de Saturnino Castro, ajusticiado en plena juventud, antes de cumplir 32 años de edad. Para escarmiento del ejército del Rey, su cabeza fué cortada y públicamente exhibida. He aquí la información sobre el hecho que le pasó el Mayor Alejandro 150

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Heredia a Güemes el 5 de septiembre; “Ha llegado de Mojo, con dos días y medio de camino, un soldado que fué del número seis y ha presenciado la decapitación del Coronel Castro en el pueblo de Moraya; refiere el suceso de esta suerte; Hallándose Castro en Suipacha, tuvo su desavenencia con Pezuela, lo desafió y emprendió con su escuadrón y artillería una marcha secreta y retrógrada el 31 de agosto; a las cuatro de la mañana llegó a Moraya, y formando su tropa en la margen opuesta al río, pasó en persona a seducir la gente del Coronel Bernedo, que se hallaba en el pueblo; casi al realizarse su proyecto, fué descubierto y perseguido; en su fuga a pié, encontró un zanjón que le detuvo, y recibiendo una herida de piedra fué aprehendido; se dió parte a Pezuela y vino orden para que lo decapitaran y llevaran la cabeza; en el mismo día entró a capilla, y el 1º del corriente lo sacaron al cadalso, donde dijo a los soldados que si lo querían no pidiesen por él: El que trae las noticias se hallaba en Mojo, en el escuadrón de Marquiegui, y marchó con él a presenciar el castigo que se ejecutó en domingo por la noche. Dice más, el pasado; que en la vuelta se dispersó mucha tropa, y que algunos vienen para acá, quedando presos los dos hermanos de Castro (Pedro Antonio y Faustino). Mañana marchará el pasado a disposición de usted bajo la seguridad correspondiente”. Análisis acerca de la personalidad histórica de Saturnino Castro En el breve lapso de 19 meses — desde la derrota realista de Salta, en febrero de 1813, hasta su fusilamiento en septiembre de 1814 — aquel activo ex ganadero salteño improvisado en militar, combatió sin tregua jugándose la vida hasta que la perdió. Su denuedo oportunísimo ganó una batalla — Vilcapujio — que admitían ya los suyos como desastre. Díaz Vélez, Zelaya y Dorrego, uno tras otro, cedieron terreno al empuje de sus cargas, antes y después de Ayohuma. Y si el Coronel famoso no pudo más tarde vencer el hostigamiento implacable de los gauchos de Güemes, ello no desluce su prestigio, ya que nadie, ni el Genio de la guerra, con escasos eleCastro

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mentos, es capaz de vencer en los continuos entreveros y emboscadas de una lucha irregular contra todo un pueblo sublevado; el ejemplo de Napoleón en España resulta concluyente a ese respecto. Por último, digamos que el plan de Castro de atraer para la Patria al ejército americano de Pezuela — que pudo ser factible, dadas las circunstancias de tiempo y lugar — hubiera sellado la suerte de esta parte de América diez años antes de Ayacucho, promoviendo a su ejecutor a un rango histórico de magnitud imprevisible. En efecto; analisemos el momento en que Castro preparó su audaz golpe insurreccional: Año 1814. Las fuerzas que Pezuela tiene bajo su mando son americanas en su gran mayoría; todos los soldados son “cuicos"; cuzqueños y potosinos, principalmente. Han ganado dos batallas campales en el Alto Perú, y su vanguardia penetra en Salta, donde sufre una serie de reveses — Chicoana, El Carril, Guachipas, San Bernardo, La Pedrera, Tuscal de Velarde, Sumalao, El Pongo, Pitos, El Pasaje, Anta, Santa Victoria, Cuesta Nueva, Merced — hasta que el 3 de agosto, maltrechos, los destacamentos realistas abandonan la ciudad y territorio salteños, que quedan en manos de Güemes. Arenales, más al norte, el 25 de mayo, destrozó completamente en el combate de “La Florida” al Brigadier Manuel Joaquín Blanco — muerto en la acción —, consolidándose en la provincia de Cochabamba. En tanto que desde Santa Cruz de la Sierra hasta Cinti, el país se revuelve en guerrillas de “republiquetas”, acaudilladas por Warnes, Padilla y Juana Azurduy, su mujer, Lanza, Camargo, Avila, Cueto, Mercado y otros jefezuelos patriotas. El 23 de junio Alvear, violando su firma puesta en un armisticio, se apodera de Montevideo, formidable reducto español en la boca del Río de la Plata, considerado inexpugnable con sus 6.000 soldados europeos de Vigodet que lo defendían. Y el 3 de agosto estalla la insurrección popular del Cuzco, que se extiende clamorosa por Huamanga, Andahuaillas, Arequipa, Puno y La Paz, rodeando a Lima. Pezuela con su ejército sobre el río Desaguadero queda cortado, incomunicado del Virrey Abascal, en una situación verdaderamente 152

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dramática, pues, como dijimos, sus tropas eran casi todas americanas. Por lo demás en Chile — antes de Rancagua (2-XI1814) — aún el gobierno trasandino obedecía a los criollos independientes. Mientras que allá en la Metrópoli, volvía Fernando VII a acomodarse en el trono luego de su desairado cautiverio napoleónico, y, el 4 de mayo, mediante una de sus regias órdenes, anulaba la Constitución de 1812 y los decretos de las Cortes, proclamándose Rey absoluto de España e Hispanoamérica. Ante tal panorama político, en los postreros días de agosto, es descubierto el plan de Castro convenido con Rondeau para la noche del 1º de noviembre siguiente, y la rebelión militar en gestación — que no era una locura ni un absurdo — aborta con la captura del conspirador y su inmediato fusilamiento. Otros juicios sobre mi tío tatarabuelo Apenas corridos 27 días de la ejecución de Saturnino Castro, La Gazeta Ministerial del Gobierno de Buenos Aires — que dirigía su hermano Manuel Antonio —, en su edición del miércoles 28-IX-1814, publicó un artículo necrológico anónimo, sin duda debido a la pluma del propio director. He aquí alguno de sus párrafos, cuya objetividad aparente, va de suyo, encubre una profunda congoja: “Son bien notorios los grandes servicios con que se distinguió el Coronel Castro a favor de su Exército, especialmente en las acciones de Vilcapujio y Ayohuma según los mismos partes del General Pezuela. Sus esfuerzos no han sido interrumpidos hasta su muerte, y es indudable que sin ellos las ciudades de Salta y Jujuy habrían sido evacuadas tiempo ha ... Pero lejos de atraerse la consideración de los Xefes Españoles por su ardiente zelo, cada día excitaba más su desconfianza, y el único fruto de su conducta era la odiosa preferencia que hacían de su persona para los planes subalternos de agresión. Resentido al fin de este desprecio, no pudo ser insensible a la queja, y desahogando su corazón con otros Oficiales Americanos que se lamentaban de igual suerte, alarmó la suspicaz Castro

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nos que se lamentaban de igual suerte, alarmó la suspicaz tiranía que estaba ya ansiosa de encontrar crímenes en los que reclamaban premios ... El Coronel Castro había excitado más que nadie los zelos y rivalidad de los Oficiales Europeos, no solo por sus servicios, sino quizás también por su intrepidez. Por lo mismo era de esperar que él fuese la primera víctima del odio, y que fraguándole en secreto una causa de conspiración, legalizasen el escándalo suponiendo crímenes imaginarios ... A consecuencia de un violento proceso fué condenado a muerte, la cual se executó el primero del que corre en el Pueblo de Moraya, entre diez y once de la mañana, después de haber rogado Castro a sus soldados que si le amaban no pidiesen por él. En las cárceles de Tupiza y Suipacha quedaban presos cerca de setenta Oficiales por figurar sospecha de complot, y el Exército se hallaba en grandes convulsiones al ver destruida su fuerza moral ...”. Tres lustros más tarde, el historiador español Mariano Torrente, en su Historia de la revolución hispanoamericana (Madrid, 1829), estampó refiriéndose a Castro; “Así murió este malogrado guerrero que tanto aprecio había llegado a merecer de los buenos realistas por su fiel y bizarro comportamiento, hasta que las venenosas doctrinas de los buenosaireños llegaron a pervertir su juicio”. El General Andrés García Camba, veterano del ejército de Lima, destaca en sus Memorias el “valor acreditado y resolución admirable” de Castro, le atribuye el triunfo de Vilcapujio, y agrega que “alterado su buen juicio por la imponente insurrección del Cuzco, concibió el criminal proyecto de mover el ejército todo a que abrazara el partido de la revolución”. Su enemigo de entonces, el cordobés José María Paz, recuerda que el valeroso salteño ingresó en el ejército real “por resentimientos personales”, y que más tarde “en el Cuartel General de Pezuela se tramaba una conspiración a cuya cabeza estaba el célebre coronel don Saturnino Castro, que tantos y tan distinguidos servicios había hecho a la causa real"; que el letrado Lorenzo Villegas “se pasó a nosotros mandado por Castro, para noticiar al General Rondeau sus 154

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planes y pedir la protección de un cuerpo de nuestras tropas que se aproximase a apoyar su movimiento. Ignoro — añade Paz — las causas que influyeron para que nada hiciese el General Rondeau en protección de Castro; pues no se movió la fuerza que pedía, y cuando llegó el caso se vió solo y abandonado”. Don Vicente Fidel López lo retrata a Castro como “hombre de una bravura instintiva y febril, que arrebatado por puras personalidades se hallaba inconcientemente unido a los realistas; pero ya fuese que tocado — según se dijo — por el influjo de una bellísima joven con quien se amaba; que dominado su espíritu por la posición encumbrada de su hermano mayor; o que su conciencia se afectase de verse sirviendo la causa de una dominación forastera ... el hecho fué que la victoria de Montevideo, la retirada desastrosa de Pezuela, la brillante figura de Güemes, el entusiasmo y la bravura indómita que sus comprovincianos de Salta estaban desplegando, la gloria de Arenales y el espíritu dominante en todo el país a favor de la independencia nacional, ganaron el corazón del joven jefe, que regresó de Salta en las filas de Pezuela decidido ya a dar un gran golpe y encabezar el pronunciamiento de los cuerpos americanos que actuaban en las filas realistas”. Mitre reconoce que Castro debido “a su valor impetuoso, a su destreza en el caballo, o a la audacia de sus correrías, era reputado por el primer guerrillero del ejército realista. Apasionado de una belleza salteña, lloraba la ausencia de sus amores y ansiaba abrirse el camino de la ciudad natal, o por el triunfo o por la defección de la causa del Rey ... Concibió el atrevido proyecto de sublevar el ejército realista y pasarse con él a las banderas de la revolución; pero habiéndose frustrado completamente su plan, fué preso y fusilado en el pueblo de Moraya, y murió así, — concluye Mitre siempre dogmático y solemne — a manos de sus antiguos correligionarios políticos, traidor a su patria y perjuro a su fé”. El historiador peruano Manuel de Mendiburu admite que Castro decidió la batalla de Vilcapujio; “a esta victoria — dice — debieron los españoles el no perder todo el Perú en

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circunstancias tan críticas como las que les rodeaban entonces”. Mi abuela Margarita Uriburu de Ibarguren, sobrina nieta de Manuel Antonio y de Saturnino Castro, se enorgullecía de que el primero de sus tíos fuera prócer de la república; del otro, como justificándolo, un día me dijo que había sido “un equivocado”. Sin mengua del procerato indiscutido del hermano mayor, sostengo yo que quien se ha equivocado es la justicia histórica respecto a la valoración patriótica de Saturno Castro; heroico en su vida al servicio del Rey, y sacrificado finalmente a balazos por volcarse a la causa americana, la misma causa que fundamentaría, más tarde, el renombre universal de San Martín y de Bolívar. IV.b — PEDRO ANTONIO CASTRO Y GONZALEZ — mi tatarabuelo — nació en Salta por el año 1790. En 1811 sentó plaza de Sargento en la “Tercera compañía del Segundo Escuadrón de Patricios”, cuyo regimiento, como es sabido, integró la expedición a las provincias norteñas, bajo el mando militar, entonces, del General Antonio González Balcarce, y la orientación ideológica de Juan José Castelli. Hacia el año 1812 el muchacho se casó con Matilde de Sancetenea y Morel de la Cámara, quinceañera niña de notoria relevancia social; bautizada, “de un día”, el 3-III-1797 (hija de José Calixto de Sancetenea, nativo del país vasco, y de la salteña María Manuela Morel de la Cámara). Poco después, impulsado por su hermano Saturnino, Pedro Antonio se pasó al ejército realista, y en clase de oficial subalterno participó en la batalla de Salta. Así consta en el documento “Estado que manifiesta los jefes, oficiales, sargentos, cabos y soldados del ejército de Lima que, a consecuencia del tratado de 20 del corriente, prestaron juramento de no tomar las armas contra las Provincias Unidas del Río de la Plata'; documento que firmó el Mayor patriota Eustoquio Díaz Vélez, el 27-II18133, y donde figura el Teniente “don Pedro de Castro”. Vencido y capitulado en dicha jornada, el prisionero, al recobrar su libertad, trasladose con su joven esposa a Charcas, 156

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donde el Arzobispo Moxó y Francolí absolvió colectivamente de su juramento inhibitorio a los derrotados por Belgrano. Ello descargó de escrúpulos la conciencia de mi tatarabuelo, que incorporado a las tropas de Pezuela asistirá a los triunfos de Vilcapujio y Ayohuma, lo cual le valió el ascenso a Capitán. El año siguiente, Pedro Antonio toma parte en la sublevación de su hermano Saturno, destinada a sacarle los efectivos a Pezuela a fin de apoyar y decidir con ellos la causa revolucionaria americana. Pero — como sabemos — fracasa la intentona. Al Coronel responsable “lo pasaron por las armas el día primero de éste en Moraya a las diez del día; su hermano está preso y otros varios oficiales en Suipacha y en la cárcel de “Tupiza” — según información recogida, días más tarde de un desertor realista, por el Comandante patriota Alejandro Heredia. Al poco tiempo, sin embargo, Pedro Antonio Castro fue indultado; y como lo consigna su camarada García Camba, “continuó sirviendo con honra en el ejército real, hasta la funesta disidencia del General Olañeta"; aunque José María Paz, en sus difundidas Memorias, apenas lo aluda a mi tatarabuelo — que alcanzó el grado de Coronel —, y diga que los españoles “jamás le confiaron puestos ni mando de importancia”. Las sucesivas invasiones realistas A partir de 1810 las invasiones militares “godas” sobre el actual territorio argentino del noroeste, siempre rechazadas por los guerrilleros de Salta y Jujuy — solos o en cooperación con los ejércitos regulares de la patria — fueron 9, a saber: 1ª.- La que comandó el General Vicente Nieto, desbaratada por las tropas de Buenos Aires al mando de Balcarce en Suipacha el 7-XI-1810, en cuya acción Güemes participó decisivamente al frente de las milicias de Tarija y Salta, las cuales sufrieron el mayor porcentaje de bajas. Es de notar que en el parte de batalla redactado por Castelli, se

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omite el nombre de Güemes, lo que se presta a todo género de suspicacias. 2ª.- La que trajo el General Pío Tristán y resultó derrotada por Belgrano en las memorables batallas de Tucumán y Salta (24-IX-1812 y 20-II-1813). En la última acción peleó por el Rey, con el grado de Teniente, Pedro Antonio Castro. 3ª.- La de los Generales Pezuela, Ramírez y Tacón, después de Vilcapujio y Ayohuma, rechazada en 1814 por los gauchos de Güemes. Aquí no me consta la participación de mi tatarabuelo en la vanguardia que operó en Salta a las órdenes de su hermano Saturnino. 4ª.- La del General Pezuela, cuya avanzada quedó deshecha en Yavi, el 14-IV-1815, en el “Puesto del Marqués” (del Valle del Tojo) por una columna patriota subordinada al General Fernández de la Cruz. Güemes resultó el campeón en dicha sorpresa; con una carga fulminante de sus gauchos arrolló completamente a los realistas. Creo que en este combate no intervino Pedro Antonio Castro, detenido, como estaría, después del abortado golpe insurreccional de su hermano Saturno, en septiembre de 1814. 5ª.- El último intento de Pezuela, luego de sus éxitos de Venta y Media y Sipe Sipe, antes de entregarle el mando a La Serna. Esta ofensiva fué contenida en los límites de Jujuy el año 1816 por los guerrilleros de Güemes. Ignoro si mi antepasado Pedro Antonio combatió en esas circunstancias, pero se me ocurre que no. 6ª.- La gran entrada de La Serna, con 4 ó 5 mil hombres hostilizados día por día, desde enero hasta julio de 1817, y repelidos finalmente gracias a las montoneras salteñas y jujeñas que comandaba Güemes. En dicha invasión sí tomó parte, ya como Coronel, Pedro Antonio Castro, y en ella lo hirieron y quedó mutilado para toda la vida. Tal contratiempo y otros lances bélicos de mi tatarabuelo realista, se detallarán como es debido, más adelante. 7ª.- Los ataques conjuntos del Brigadier Pedro Antonio Olañeta y del Coronel Jerónimo Valdés (futuro Conde de Torata), quienes ocuparon la ciudad de Jujuy el 14-I-1818, pero mediante cruentas refriegas resultaron rechazados 158

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por las milicias gauchas el año 1819. En estas guerrillas no estuvo Pedro Antonio Castro, convaleciente de su grave herida en la garganta recibida en la campaña anterior. 8ª.- La invasión del ejército de Ramírez de Orozco, de Canterac y del mismo Olañeta el año 1820, fuerte en 5.000 hombres, de cuyas resultas aquellos jefes se apoderaron de la ciudad de Jujuy el 24 de mayo, y seguidamente de la de Salta, el 31 de dicho mes. Los invasores, luego de soportar duros encuentros, evacuaron a Salta el 5 de julio, y se retiraron hostigados sin cesar hasta Tupiza. En esta campaña actuó el Coronel Pedro Antonio Castro, pues, en febrero 1820, con su regimiento de “Dragones Americanos”, capturó en Chocoite — hoy departamento de Yavi, entonces feudo del célebre Marqués — a una partida de 23 guerrilleros con su jefezuelo, un coya llamado Chuichuy, vástago del cacique Cochinoca. (García Camba recuerda en sus Memorias esta acción, y por error dice “Chucuity” en vez de “Chocoite”, y así lo repite también Yaben en sus importantes Biografías). 9ª.- La entrada de Olañeta en 1821, cuyas fuerzas invasoras enfilaron por la Quebrada de Humahuaca en continuas luchas con el gauchaje nativo. El Coronel Guillermo Marquiegui, cuñado de aquel jefe, avanzó con una columna hacia Jujuy, pero en el paraje de “León” fué rodeado, derrotado y rendido (24 de abril; “Día Grande de Jujuy") por el Gobernador José Ignacio Gorriti, sustituto de Güemes. Guillermo Marquiegui había perdido un brazo en Sipe Sipe, y perdió en León el sano que le quedaba, y manco del todo cayó prisionero, juntamente con su hermano Felipe, mal herido también en la pelea. Olañeta entonces replegose hacia Tilcara; y poco después, desde la frontera del Alto Perú, despachó una división de 600 infantes a órdenes del Coronel José María Valdés, alias “el Barbarucho”, quien avanzó por Purmamarca, costeó la serranía de las Tres Cruces y del Chañi, dejó atrás el cerro Negro y el de las Nieves, y por las quebradas de Lesser y de los Yacones se descolgó sigilosamente hacia la ciudad de Castro

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Salta. En una verdadera “operación de comandos — que diríamos hogaño — penetró “el Barbarucho”, agazapado de noche al recinto urbano el 7-VI-1821; y sus hombres se tirotearon con el propio Gobernador Güemes, alcanzándolo con el balazo de cuyas resultas, diez días más tarde, moriría el Caudillo salteño. Es de advertir que el nombre de mi antepasado Castro no figura en ninguno de estos ataques dirigidos por Olañeta y rematados en aquel audaz golpe de mano. Algo más sobre los Generales Pezuela y La Serna Como es sabido, para suceder al Marqués de la Concordia José Fernando de Abascal, la Corona designó Virrey del Perú al General Joaquín de la Pezuela Sánchez de Aragón. (Poco antes de su muerte, el 8-II-1830, don Joaquín fué agraciado con el título de Marqués de Viluma, nombre con que el vencedor recordaba a la batalla de Sipe Sipe; siendo, por tanto, 2º Marqués, su hijo Juan Manuel de la Pezuela y Ceballos, futuro Conde de Cheste, militar, político, traductor, poeta y comediógrafo de conocida figuración). Instalado Pezuela en Lima al frente del Virreinato, y, por otra parte, habiendo sido nombrado el segundo jefe del ejército altoperuano, Juan Ramírez de Orozco, Presidente de la Real Audiencia de Quito, tomaron a su cargo aquellos respectivos comandos vacantes, el General La Serna y su segundo el Coronel Jerónimo Valdés; a quienes vinieron a quedar subordinados los aguerridos cuerpos americanos que — bajo al inmediata responsabilidad del Brigadier Olañeta — condujera Pezuela repetidas veces a la victoria: los “Partidarios del Rey”, los “Cazadores de Castro” (8) y el batallón “Cuzco”, todos de infantería; constituyendo la tropa montada los escuadrones “San Carlos”, “Cazadores a Caballo”, 8 Que nada tenían que ver con los Coroneles homónimos de mi familia; su nombre toponímico provenía de un cerro peruano llamado “Castro”, en el distrito de Piura, provincia de Tumbes, próximo a la frontera con Ecuador. 160

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“Chichas” y “Dragones Americanos” — estos últimos mandados por el Coronel Pedro Antonio Castro. Todas esas unidades recibieron el refuerzo de cuatro contingentes españoles, fogueados en la guerra napoleónica, y que acababan de triunfar en Venezuela a las órdenes del General Pablo Morillo (futuro Conde de Cartagena y Marqués de la Puerta), a saber; “Húsares de Fernando 7º”, “Dragones de la Unión”, “Gerona” y “Extremadura"; amén de los “Granaderos de la Guardia”, la disciplinada escolta de La Serna. En su totalidad, dicho ejército en operaciones se aproximaba a los 7.000 hombres, con 12 ó 16 piezas de artillería, maestranza e impedimenta — caballos de pelea y mulas de marcha —, cuya fuerza debía abrirse paso hasta Córdoba, donde esperaba reunirse con otro ejército igual, que vendría de Chile, por Mendoza, para caer ambos conjuntos armados sobre Buenos Aires, y sofocar allí definitivamente la revolución. A tal propósito el Virrey Pezuela había despachado para Chile el famoso regimiento “Talavera” mandado por el no menos célebre Brigadier Rafael Maroto, quien sería derrotado por San Martín, el 12-II-1817, en la batalla de Chacabuco, que le abrió al General argentino las puertas del país transcordillerano. El nuevo Comandante General José de La Serna y Martínez de Hinojosa (futuro Virrey del Perú y, tras ello, Conde de los Andes) era un artillero distinguido, cuyo valor habíase probado en el sitio de Zaragoza, a las órdenes de Palafox, contra las tropas francesas de Napoleón. En la ciudad heroica, él hizo volar personalmente un puente en defensa de los conventos de San José y de Capuchinos, y se sostuvo también aferrado a los torreones de la gloriosa “Puerta Quemada”, hasta que cayó prisionero. Cuando la guerra allí hubo concluído, el Rey lo ascendió a General, con encargo preciso de aplastar, en estos dominios americanos, la insurrección separatista que se impulsaba desde Buenos Aires. Según descripción hecha al historiador Bernardo Frías por algunos viejos allegados a la familia de los Valdés Hoyos, en cuya casa La Serna se hospedó en Salta, éste era “un militar como de 45 años, basCastro

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tante cano, de regular estatura, un poco grueso, moreno, bizarro y buen mozo”. Y Dámaso Uriburu Hoyos recuerda en sus Memorias que La Serna “era un hombre alto, de majestuosa presencia y de una fisonomía de las más nobles que haya visto jamás el autor”. Pónese en movimiento la invasión de los “maturrangos” El 24 de diciembre de aquel año 16, el Brigadier Olañeta — con su vanguardia fuerte en 2.000 hombres, incluído el regimiento “Dragones Americanos” a cargo del Coronel Pedro Antonio Castro, y 6 cañones — avanzó decididamente sobre Humahuaca, derrotando a su guarnición y apoderándose de la villa al día siguiente. Luego de este éxito inicial, Olañeta, a fin de despejar el flanco izquierdo de su tropa, despachó para Orán un destacamento a las órdenes de su cuñado el Coronel Guillermo Marquiegui, en tanto él proseguía su arrolladora marcha, dispersando a las distintas partidas de gauchos que trataban de detenerlo, para entrar en la ciudad de Jujuy el 6 de enero. La Serna, a todo esto, se hallaba en Yavi con el grueso de su ejército. Confió al General Tacón la defensa de las provincias de Charcas y Potosí, y al Brigadier O'Reilly el mando de las subdelegaciones de Chichas y Cinti, y con el resto de sus fuerzas penetró por el áspero desfiladero humahuaqueño rumbo a Jujuy, detrás de la división de Olañeta que acababa de allanarle el camino. El ejército realista estableció entonces su Cuartel General en San Salvador, constantemente hostilizado por los comandantes de Güemes; Francisco Pérez de Uriondo, desde el norte por Tarija; Manuel Eduardo Arias — quien detuvo el avance de Marquiegui en Orán, y, reforzado por Juan Antonio Rojas, logró desbaratar a Olañeta que había acudido en socorro de su cuñado, y, más tarde, Arias tuvo la fortuna de apoderarse de Humahuaca, a retaguardia del enemigo. Por el lado de Jujuy, guerrilleaban José María Pérez de Urdininea, Bartolomé de la Corte, José Gabino Quintana, Angel María Zerda, Vicente y Jorge Torino; alcanzando triunfos parciales 162

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en “El Molino”, “Los Alisos”, “Perico” y “San Pedrito"; mientras Francisco “Pachi” Gorriti y Apolinario “Chocolate” Saravia desplazábanse, de acá para allá, al frente de las reservas patriotas. No obstante esa seguidilla de contrastes, La Serna — aunque convencido de que por la inesperada victoria de San Martín en Chile ya no le sería posible llegar con sus legiones a Córdoba, y mucho menos plantar sus banderas en Buenos Aires —, decidió avanzar el 13 de abril sobre la ciudad y valle de Salta, a fin de darle a Güemes el golpe de gracia. Las partidas gauchas, por su parte, hostigaron sin tregua la embestida de los “godos” — o “maturrangos” como se les decía —, redoblando su resistencia hasta “La Caldera”, en cuya localidad pernoctaron los invasores el día 14, para reanudar la marcha el 15, fecha en que todas las tropas de La Serna desembocaron “en la gran llanura o pampa de Castañares”, extendida frente a la ciudad de Salta. Las tácticas de Güemes y una equivocación sangrienta de Castro y de García Camba En ese punto el Gobernador Güemes había desplegado en línea su caballería — cerca de 2.000 jinetes, sin contar a las guerrillas dispersas —, aparentemente decidido a defender a la población; cuyos edificios altos, sus torres, azoteas, tejados y miradores, estaban atestados de curiosos — viejos, mujeres y niños — dispuestos a “balconear” la inminente pelea; mas cuando los realistas se lanzaron a la batalla, Güemes deshizo su formación, y sus hombres se internaron por las calles de la ciudad, atravesándola de parte a parte, mientras los soldados de La Serna trataban de dar alcance a esos gauchos que se les iban de las manos. Cuenta García Camba en sus Memorias, que los primeros que atravesaron en la forma dicha la traza urbana y salieron al campo llamado de las Carreras, por cuyo extremo corre el río Arias, fueron el Coronel Pedro Antonio Castro, el Capitán de “Dragones de la Unión” José Auxeró, y el

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propio Andrés García Camba — entonces Capitán de los “Húsares de Fernando 7º” — con algunos soldados a caballo. Entre los grupos enemigos que por diferentes calles también desembocaban al campo citado, notose a un jinete que llevaba poncho color de rosa y sombrero redondo de felpa, y el Coronel Castro dijo; “Ese es Güemes”. El Capitán Camba que montaba un raudo bridón regalo del Virrey Abascal, contestó inmediatamente; “Si ustedes me sostienen, le alcanzo”. Recibida la respuesta afirmativa todos dieron rienda suelta a sus corceles. Poco tardó Camba en ponerse al costado del presunto Güemes, mandándole detener y que ser rindiese; mas el hombre, sin contestar, si bien disminuyó la velocidad de su cabalgadura, echó mano a una pistola en ademán de servirse de ella. Recibió entonces un sablazo en la mano, que lo obligó a soltar dicha arma, en tanto un húsar que seguía a su Capitán disparó la tercerola y derribó al enemigo que ofrecía rendirse ya herido de muerte. “Castro — prosigue García Camba — en lugar de Güemes, como había creído, reconoció a su paisano Senarrusa (Pablo), oficial de caballería enemiga, que fué seguidamente conducido a su propia casa y asistido con esmero por los facultativos españoles, aunque inutilmente, porque aquella misma noche expiró en los brazos de sus inconsolables madre y hermanas, quienes informadas por el Coronel Castro de las circunstancias de la desgracia que lloraban, hacían justicia a los vencedores”. Así cayó Salta en manos de La Serna, perdiendo — según García Camba — entre muertos, heridos y prisioneros, más de 100 hombres los patriotas y poco más de 30 los del ejército real. En seguida con el doble propósito de surtir a las tropas de ganado vacuno y de dar con los hombres de Güemes en campo abierto, a fin de inflingirles, a sablazo limpio, un escarmiento definitivo, el mando español despachó una serie de expediciones escalonadas. La primera de ellas salió de la ciudad el 17 de abril, bajo la responsabilidad del Coronel Antonio Vigil. Incursionó 5 leguas sobre los cerros del suroeste, hacia el paraje “del Encón”, sin hallar oposición ninguna, regresando al punto de partida con algunas reses de consumo y unas pocas mulas mansas. 164

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La segunda columna expedicionaria realista púsose en marcha el día 18, a las órdenes de mi tatarabuelo, el Coronel Pedro Antonio Castro, quien, luego de un merodeo por el camino de la Pedrera, hacia la Isla, y por la “Hacienda de Burgos”, entre el río Arias y las serranías del naciente, tornó a Salta sin novedad. Otra columna subordinada al Coronel José Carratalá intentó desplazarse hacia la “Hacienda de Martiarena” el día 19 de abril, más al vadear el río Arias resultó tiroteada por los gauchos del Comandante Burela, que obligaron a Carratalá a replegarse después de sufrir serias bajas entres su gente. En la tarde del mismo 19, salió la cuarta expedición compuesta por el batallón “Gerona” y 180 hombres a caballo, al mando del Coronel Vicente Sardina, rumbo a la estancia “El Bañado”, a 10 leguas de Salta, donde Güemes había establecido su cuartel general. Sardina marchaba con la idea de sorprenderlo a Güemes, pero éste fué quien lo sorprendió a él. Escondidos en un bosque, los montoneros de poncho y tacuara cargaron repentinamente sobre los españoles a lanzasos. Persistió Sardina en avanzar hasta la quebrada de Escoipe, que da acceso al valle Calchaquí. En los “Cerrillos” sufrió otro cruento entrevero, a consecuencia del cuál el Coronel resultó alcanzado por un balazo mortal. Otra sorpresa les estaba reservada a los invasores en “El Bañado"; y otra en Chicoana; y otra en el cerro de Pulares; y otra en la Viña, con cinco emboscadas seguidas en Rosario de Lerma, desde cuyo punto se volvieron los expedicionarios maltrechos a Salta; agonizante Sardina en una camilla, para morir a las pocas horas de llegar a la ciudad. Se retira el ejército del Rey. Castro es herido de gravedad Constantemente hostigado por las partidas gauchas, La Serna comprendió cuán ineficaz había sido esa invasión al territorio salteño, y lo imposible que le resultaría adelantarse a Tucumán. Por lo demás, el 2 de mayo se supo concretamente en Salta la noticia de la ocupación de Chile por San Martín. En tal circunstancia la campaña dispuesta por La Serna ya no Castro

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tenía razón de ser. Así pues, el referido Jefe, dispuso la retirada total de sus fuerzas hacia las posiciones de Mojo y Talina; y el 4-V-1817, por la noche, los soldados del Rey partían más o menos subrepticiamente del valle de Lerma. Con su retaguardia picada sin cesar por enjambres de enemigos, los españoles llegaron dos días después a Jujuy, y como aquí tampoco podían conservarse, el 13 de mayo, la otrora arrogante hueste ofensiva rompió la marcha hacia el Alto Perú. Durante 18 días interminables, penosamente hubieron de recorrer dichas formaciones la quebrada de Humahuaca. El 1º de junio todo aquel ejército — sus distintos cuerpos, hospital, parque y bagajes — quedó reunido en Tilcara. Pero como las subsistencias escaseaban, al otro día (2 de junio) el Coronel Pedro Antonio Castro salió de Tilcara al frente de 220 hombres, hacia la “Quebrada del Durazno” en busca de ganado para racionar a la tropa; “operación — comenta Frías — a la que se ofrecía con señales de ventaja por ser salteño y, por lo mismo, gaucho, sin duda algo práctico en tales correrías”. (“Durazno” queda en la falda Este de los cerros atrás de Tilcara, a unos 60 kilómetros de este pueblo, y era, a la sazón, estancia del Capitán jujeño Manuel Alvarez Prado, oficial de milicias del Comandante Arias). La susodicha hacienda resultó saqueada por Castro, mas este solo logró apropiarse de 20 vacunos. Entretanto el Capitán Alvarez Prado y sus “payucas” en armas, reforzados por la partida del Teniente José Ximénez, acechaban detrás de las montañas. Y el 6 de junio, no bien tuvieron a tiro al piquete depredador con su escaso arreo, “en un punto algo favorable — según el parte de dicho Capitán a Güemes — tuvimos una guerrilla fuerte con las pocas municiones que nos acompañaban, y estas, en los primeros tiros, dieron fin, y empezamos a hacerles rodar piedras en las faldas, y de este modo conseguí tomarles 4 prisioneros con sus fusiles, 10 muertos, y de igual modo abandonaron todas las cargas de víveres que llevaban”. Consecuencia de esta sorpresa fué que Pedro Antonio Castro, “hombre iracundo, de palabra áspera y agresiva — al 166

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decir de Bernardo Frías —, saliera gravemente herido, y que llevara por todo lo que le restaba de vida el recuerdo de esta jornada, como que una bala de la Patria le entró por el cuello, y atravesándole la lengua, se la dejó para siempre torpe para hablar”. Ello resultó así, en efecto; y ahora me explico yo porque, siendo niño, en ocasión de atorarme con la comida, o cuando debido a una papa caliente que bailaba sobre mi lengua profería algún sonido gutural, mi abuela Margarita me decía por broma; “es la bala del abuelo Castro m' hijito”. La ruptura de Olañeta con La Serna Tras de aquella cruenta y desastrosa campaña de La Serna, Pedro Antonio Castro siguió incorporado a las filas realistas, tomando parte en acciones militares, menos intensas y más breves que la de 1817, hasta que la insubordinación de Olañeta, ocurrida en 1824, lo indujo a abandonar las anarquizadas legiones del Rey para abrazar, por fin, la causa de la independencia argentina. La Serna gobernaba al Perú como Virrey desde el 28-I1821, fecha en que un “planteo” — para decirlo a la moderna — de los jefes del ejército real, acantonado en Aznapuquio, provocó el reemplazo de Pezuela por aquel General que le seguía en orden jerárquico. Dicha exaltación revolucionaria de La Serna al supremo mando virreinal, fué luego confirmada por Fernando VII, y resultaba, en esa jurisdicción americana, una consecuencia directa del famoso pronunciamiento sucedido en la villa andaluza de “Las Cabezas de San Juan”. En efecto; el 1-I-1820, el Coronel Rafael Riego — integrante de la expedición militar que en Sevilla se estaba organizando a las órdenes del General O' Donell, Conde de La Bisbal, para aplastar la insurrección separatista en el Río de la Plata — se amotinó en el referido municipio, y logró restaurar el régimen de las Cortes y Constitución de 1812. Tal triunfo liberal tuvo en el Perú aquel coletazo que dijimos: la sustitución del “apostólico” Pezuela por el “masónico” La Serna. Empero, apenas un trienio después (1823), con el auspicio de Castro

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la mayoría de las grandes potencias reunidas en “Santa Alianza”, prodújose en España la reacción absolutista; las tropas francesas — “Los cien mil hijos de San Luis” — cruzaron la frontera española para derrocar a los constitucionalistas y dejar entronizado allá, de nuevo, el poder absoluto. En el Alto Perú, mientras tanto, Olañeta permanecía vigilante en su cuartel general de Oruro, al frente de 4.000 hombres que cubrían las provincias del otro lado del río Desaguadero. A principios de 1824, dicho Comandante en Jefe, por sorpresa, despoja violentamente de sus cargos a los Gobernadores de Potosí y de Charcas, nombrados por el Virrey, Generales La Hera y Maroto; reemplazándolo, a este último, por su cuñado Guillermo Marquiegui. Como si no existiera la autoridad en Lima, Olañeta prodiga empleos y grados entre sus partidarios y parentela. A otro cuñado suyo, Felipe Marquiegui, y al concuñado Masias, los asciende a Tenientes Coroneles; al sobrino Casimiro Olañeta lo hace su secretario, cuando ya Gaspar, el hermano de éste, gobernaba Tarija. Se confirma entonces la noticia del restablecimiento de la monarquía absoluta en la Península; y Olañeta, por sí y ante sí, declara abolido el régimen constitucional, y decide proclamarse “único defensor del altar y el trono”, contra “liberales, judíos y masones”. Es célebre su manifiesto del 4-II-1824, A los pueblos del Perú. Expresaba ahí: “¡Viva la Religión! Os hablo por primera vez y no dudo que escuchareis mi voz ... consecuente a los principios de la Religión en que desde mi infancia he sido educado, y fiel al Soberano por inclinación y convencimiento, no me es posible disimular ya por más tiempo la escandalosa corrupción en que algunos novadores querían sumergirnos. Ellos han derramado todo el veneno de la falsa filosofía que abrazan en su corazón ... La Religión y el Rey, objetos los más sagrados, han sido profanados con desvergüenza. Mis soldados y yo trabajamos con heroico entusiasmo por la Religión, por el Rey y la Nación española a que tenemos el honor de pertenecer”. Y “a los soldados del ejército constitucional” — vale decir a los de La Serna — en otro documento les decía; “Sois mis compañeros antiguos, y todos juntos hemos llenado de glorias a la Nación española ... Yo he 168

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proclamado la causa de la Religión ..., si sordos al clamor de la razón, vuestros jefes quieren sostener ese papel titulado Constitución, estad seguros que mis tropas en su fidelidad han resuelto morir, y espero que vosotros no manchareis vuestra manos con sangre de amigos ...; os aguardamos con los brazos abiertos, estrechaos en ellos, seamos felices”. Tales actitudes de Olañeta implicaban su determinación de quedarse con el mando absoluto en las provincias que militarmente controlaba; Potosí, Charcas, Santa Cruz de la Sierra, Cochabamba y La Paz, separándolas de la autoridad del Virrey, a quien retaba a guerra con 4.000 hombres bien armados. La Serna, a su vez, luego de agotar los modos conciliatorios, le ordenó a su segundo Valdés marchar al Alto Perú con una fuerza equivalente a la del rebelde, a fin de someterlo a obediencia. Así la lucha de “masones” contra “serviles” se entabló en el país altoperuano, entre los soldados de Fernando VII divididos en dos bandos, en beneficio de los insurrectos criollos, los cuales viéronse libres de más de 7.000 enemigos. Abiertas las hostilidades en el campo realista, las acciones de mayor importancia libradas por aquellos rivales ideológicos fueron las de Tarabuquillo y La Lava, donde ambos chocaron sangrientamente, sin definir el problema de fondo. Pero como ya los contingentes americanos de Bolívar amenazaban por el norte, el Virrey le ordenó a Valdés replegarse hacia el Cuzco, lo cual significó dejar el Alto Perú en manos de Olañeta. A raíz de estos sucesos políticos y militares, el Coronel Pedro Antonio Castro abandonó la causa de la monarquía española, que proyectaba los odios y conflictos metropolitanos a más de 2.500 leguas de distancia. En razón de este motivo, ante la coyuntura producida, sintió que su deber era pasarse a las filas argentinas, donde sus paisanos lo recibieron con todos los honores, las vísperas decisivas de Ayacucho.

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Circunstancias en que mi tatarabuelo cambió de banderas Conforme a los pocos datos que tengo, trataré de desentrañar la verdad sobre el preciso momento en que se produjo tan significativa mudanza. Jacinto R. Yaben, al ocuparse en sus Biografías del intrépido guerrillero paceño José Miguel Lanza, escribe que en 1824 éste mantuvo en auge toda la zona próxima al Cuzco, dando terribles golpes de mano a las tropas virreinales. “Se apoderó de Coroico — cito textualmente a Yaben — en el momento en que el Coronel realista Castro se aprestaba a hacer ejecutar simultáneamente un centenar de prisioneros patriotas, que habían quedado en poder de los realistas a consecuencia de la sublevación del Callao, y que habiéndose evadido, por haber sorprendido a sus guardia, se habían diseminado por la montaña de Songos, donde habían sido capturados como fieras salvajes. La oportuna intervención del General Lanza en ese trance — prosigue el mismo autor — salvó la vida de aquellos infelices, que fueron conducidos por Castro a La Paz, punto en donde debió retirarse a causa del imprevisto ataque de aquel guerrillero. Y bien; apenas necesito puntualizar que la referencia histórica transcripta carece de lógica respecto a las intenciones que le atribuye a Castro; “ejecutar simultáneamente un centenar de prisioneros patriotas”. Tal drástico propósito resulta incongruente si se cotejan las fechas y los hechos que culminan con la pasada de dicho Coronel al ejército independiente. De haber Castro estado decidido a fusilar a esos 100 cautivos, le resultaba mucho más sencillos matarlos por el camino de Coroico a La Paz — 75 kilómetros — que cargar con ellos, en apresurada fuga, distrayendo para su custodia por lo menos a 20 hombres — la columna no pasaría de 200 soldados — que le serían utilísimos en la tarea de frenar las embestidas de los guerrilleros de Lanza, a lanza y tercerola. Lo cierto es que Castro, con verdadero sacrificio, les salvó la vida a aquellos prisioneros. Por esto los patriotas le reconocieron más tarde su rango militar, y le confiaron inmediatamente distintas misiones de responsabilidad; de lo contrario, los propios con170

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denados a muerte habrían denunciado a quien — antes de la intervención de Lanza — “se aprestaba” a ejecutarlos en masa. En tal caso muy otra hubiera sido la suerte de mi tatarabuelo. Pero cotejemos fechas, a fin de deducir el momento en que Castro abandona la causa de Fernando VII; el 4 de febrero (de 1824, se entiende), Olañeta, Jefe de las fuerzas realistas del Alto Perú, desconoce, públicamente en un manifiesto la autoridad del Virrey La Serna. El 5 de febrero, en el Callao, un negro argentino, el sargento Moyano, del 11 de infantería (el glorioso regimiento de Las Heras), subleva la guarnición y entrega la plaza a los españoles. Dos o tres meses más adelante, los patriotas que lograron fugar del Callao son capturados por Castro en las montañas de Songo, cerca de La Paz; en cuya región, al mismo tiempo, dicho Coronel mantiene algunas escaramuzas con los guerrilleros de Lanza. Un testigo de tales ocurrencias, el viajero inglés William Bennet Stevenson, nos asegura, en sus Memorias, que por entonces “Olañeta había realizado su conjunción con el coronel patriota Lanza, y parecía hacer causa común con él”. De ahí que aquella tentativa de inmolación del centenar de patriotas que se le atribuye a Castro no parezca probable. Creo que fué antes del mes de agosto de 1824, cuando mi antepasado realista emprendió, desde La Paz, su “camino de Damasco”, tirándose el lance de allegarse al caudillo Lanza. Yaben expresa al respecto que aquel “era Coronel en 1824, y mandaba las fuerzas que operaban en combinación con el célebre guerrillero Jose Miguel Lanza, en la zona de La Paz”. Así, en el encarnisado combate del 16 de agosto en La Lava, donde se acometieron Valdés y Olañeta, Castro ya no acompañaba al último sino que había abrazado la causa de la patria. Actuación militar del Coronel Castro en la emancipación altoperuana Las batallas de Junín (1º de agosto) y Ayacucho (9 de diciembre) en el Bajo Perú, despejan el panorama de la guerra. Castro

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Gracias a haberse dividido en dos bandos el ejército del Rey — “masones” y “serviles” — los separatistas criollos consiguen esas dos victorias definitivas. Sin embargo Olañeta — adalid de los “serviles” — no admite la capitulación firmada por sus adversarios ideológicos, los jefes liberales subordinados al Virrey; ni piensa renunciar a su dominio sobre las 4 provincias que, por tradición e historia, pertenecian a la Unión argentina; Potosí, Charcas, La Paz y Cochabamba; dispuesto a campear allá, tozudamente, por los fueros de la Monarquía absoluta. Más el Cuzco, Arequipa y Puno también se rinden y proclaman la independencia, cerrándole a Olañeta el camino del mar, o sea el de su esperanza de recibir refuerzos de España. Así las cosas, el 12-I-1825, Sucre, por intermedio de su emisario el Coronel Elizalde, estipula con Olañeta una tregua de cuatro meses, que no se cumple, pues a los pocos días, violando lo pactado, el héroe de Ayacucho, al frente de sus tropas cruza el río Desaguadero. Ello implicaba convertirse en árbitro de los destinos del Alto Perú. Desde la provincia argentina de Salta, a mediados de marzo de ese año, el Gobernador Arenales le ordena al Coronel José María Pérez de Urdininea — altoperuano nativo — se ponga en movimiento por la quebrada de Humahuaca hacia las regiones del norte, al frente de la “División Auxiliar del Sur” — fuerte de 1.569 hombres — a objeto de cooperar con los guerrilleros paceños y cochabambinos que, enarbolando la bandera azul y blanca, combaten contra Olañeta. Marchaba también con las tropas argentinas el Sargento Mayor José de Arenales — hijo del Gobernador de Salta —, dispuesto a negociar con el cabecilla absolutista español el término de la guerra, y la entrega del territorio que ocupaba a los independientes. Iba, asimismo, como segundo jefe de dicha división, al frente del regimiento “Cazadores”, el entonces flamante Coronel José María Paz. Jacinto R. Yaben, en sus Biografías, al ocuparse de Pedro Antonio Castro estampa que “era Coronel en 1824 y marchó ese año con la división del General Pérez de Urdininea, desde Salta, a cooperar en la liberación del Alto Perú”. Y 172

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agrega seguidamente: “Mandaba fuerzas que operaban en combinación con el célebre guerrillero José María Lanza en la zona de La Paz, sirviendo el Coronel Castro bajo el mando del General Rudencindo Alvarado, y desempeñando las funciones de Comandante de la División vanguardia, en enero de 1825. (9). Esta última referencia — no la primera — es la correcta. Ya vimos como, a partir de agosto de 1824, Castro, que operaba en la región de La Paz, habíase entendido con el guerrillero Lanza. Erra, por tanto, Yaben, al hacerlo marchar a mi tatarabuelo desde Salta con la columna de Pérez de Urdininea en 1824, ya que esa “División Auxiliar” salteña se puso en movimiento tres meses después de Ayacucho; a mediados de marzo de 1825. En el expediente No 2325 de la Contaduría General de la Nación, referente a la pensión de Margarita de Castro, como hija soltera legítima del guerrero de la independencia Pedro Antonio Castro, corren agregados algunos documentos originales sobre la actuación de éste. Por ejemplo, la carta que Castro le escribió al General Lanza, datada el 28-XII-1824 en Guancañé, provincia de Larecaja, departamento de La Paz, anunciándole que acababa de sublevar y ocupar dicha villa. 9 El General Alvarado en 1824 era Gobernador de la plaza fortificada del Callao. Cuando el 5 de febrero se produjo ahí la llamada “sublevación de los negros"; motín del batallón argentino de “Castas”, encabezados por los Sargentos Moyanos y Oliva al grito de ¡Viva el Rey!; dicho Gobernador y los oficiales patriotas de la guarnición fueron tomados presos por los insurrectos, so color de que ellos y el gobierno se atrasaban en pagar los sueldos. A raíz de este lamentable episodio, Alvarado fué confinado por el Virrey La Serna a la ciudad de Puno. La victoria de Ayacucho le devolvió la libertad; y en ocasión de la llegada de Sucre con el ejército libertador del Perú, el antiguo guerrero de San Martín y demás compañeros de cautiverio, subordináronse al Mariscal venezolano, para marchar con él hacia el Alto Perú, hacia La Paz, ciudad que, por otra parte, ya había ocupado el guerrillero Lanza — secundado por Castro — el 25 de enero. Sucre confió a Alvarado el mando de su vanguardia; dos batallones, con los cuales el General argentino avanzó sobre La Laja y estableció contacto con la “republiqueta de Lanza”. En tal oportunidad, el veterano Coronel Pedro Antonio Castro quedó bajo el comando inmediato de don Rudencindo, su comprovinciano e ilustre enemigo de la víspera. Castro

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Lanza le contestó a mi antepasado, el 8-I-1825, que la “plaucible noticia y sus acaecimientos me llenan de alegría y me animan a libertar mi Pueblo (La Paz), prometiéndome un suceso tan favorable como el que V. ha tenido”. Por su parte, de acuerdo a las instrucciones del General Alvarado, el Coronel Castro, al frente de su destacamento, recorre y separa del gobierno español a los pueblos y localidades de Guanche, Moco-moco, Carabuco, Omasuyos, Larecaja, Apolo, Ancoraime, La Laja, Chacaltaya, Amputasi y, finalmente, junto al Genral Lanza — a fines de enero — ocupa La Paz. Correspondencia de Castro con los Generales Alvarado y Lanza, y posterior reconquista de Oruro por mi tatarabuelo El 25 de enero, desde Puno, Alvarado habíale escrito a su comprovinciano; “Si al recibo de este aún no se hubiese V.S. reunido con el Sr. Gral. Lanza, y Olañeta a retirado todas sus tropas de La Paz, procurará desde luego tomar dicha ciudad con la fuerza que existe a sus órdenes, y conservar en ella el orden hasta tanto llegue el ejército, o lo ocupe dicho Sr. Gral. Lanza”. (10)

10 El 17-I-1825, desde la localidad de Lampa, en el departamento de Puno, el General Alvarado le remitió al Coronel Castro las siguientes instrucciones: 1) Emprenderá su marcha el día de mañana con 50 hombres de infantería. Con ellos se dirigirá a Guancañé, partido de Larecaja, y desde allí procurará ponerse en comunicación con el General Lanza, a cuyas órdenes debe de estar. (Como vimos Castro ya había sublevado dicho paraje — Guancañé — y estaba en contacto con Lanza). 2) A su paso por los pueblos procurará aumentar su fuerza con los hombres montados que le darán los Caciques y Alcaldes decididos por la Patria, cuyos nombres lleva. 3) Sus jornadas procurará hacerlas con rapidez, pero siempre consultando la conservación del soldado. 4) Reunido con el General Lanza no perderá ocasión de hostilizar al General Olañeta, más nunca comprometiendo su fuerza decisivamente. 174

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Lanza, a su vez, le decía (26 de enero) a mi antepasado; “Amigo muy querido; Me ha llenado de la mayor gloria, tan luego que he leído su carta del 24 del corriente, considerando tener a mi lado un compañero y amigo de toda mi satisfacción, y mis deseos se aumentan por momentos para darle un fuerte abrazo, que espero lo conseguiré en breve (lo consiguió en La Paz 3 días después), y pondré a su disposición la división de mi mando. He aceptado mucho que V. separe los Partidos (localidades) que me indica del gobierno español ... Ya contemplo haya llegado a noticia de V. la revolución hecha en Cochabamba a favor de nuestra causa ... por estos sucesos toca Olañeta los último extremos de su desesperación; y esto ya pronto concluye y regresaremos tranquilamente a nuestros hogares”. El 30 de enero Alvarado, aún en Puno escribíale a Castro: “Los movimientos de V. están buenos y espero que hará lo posible sin comprometer nada (es decir, sin pelear a fin de no romper una negociación secretamente iniciada), para evitar que Olañeta benga a impedir el paso del Desaguadero al Exército (de Sucre). Este ha empezado a salir y nada tardará en ponerse sobre La Paz”. A principios de febrero el Coronel Castro al frente de la división de vanguardia — que le facilitar el General Lanza — ocupa la ciudad de Oruro. El Cabildo local le manifiesta entonces (11 de febrero) a su libertador “la satisfacción que recive de su livertad por medio de las tropas de la Patria que 5) Dirigirá, con la continuación que pueda, sus comunicaciones al General (Lanza) avisándole de cuanto haya hecho, de cuanto sepa y de cuanto observe. 6) Pagará su tropa pidiendo a los Intendentes el preciso dinero para hacerlo, y llevará cuenta de lo que reciba y entregue, pasando revista mensual donde pueda hacerlo. El socorro del soldado será un real diario, y con medio les dará rancho, siempre que pueda hacerlo. 7) Procurará por cuantos medios estén a sus alcances, fomentar en los Pueblos el Patriotismo, entusiasmarlos, animarlos y decidirlos. Les manifestará el estado en que se halla el ejército y les hará saber su aproximación para quitarles todo temor y desconfianza. 8) Estará muy a la mira de que no lo sorprenda alguna Partida de Olañeta, para lo que tendrá siempre espías de toda confianza. Castro

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V.S. dignamente comanda, reciviendo los cordiales afectos de éste Ayuntamiento y de su vecindario”. Firman la nota estos capitulares: Tadeo de Tobar y la Torre, Josef de Arzave, José Delenos, Gregorio Zemportagui, Juan Nepomuceno Liza, Luis de Alcocer, Joaquín Villegas y Narciso de la Serna. Castro nombra enseguida Gobernador interino de la ciudad y provincia orureña al Alcalde Tobar y la Torre. Pero fechada el 10 de febrero en el cuartel general de La Paz, le llega al Coronel una comunicación del Mariscal Sucre, quien le ordena entregar el gobierno de Oruro y todas las fuerzas de su mando, al Coronel Ortega, y que se presente inmediatamente en La Paz. ¿Qué había sucedido? Según el historiador Bernardo Frías, “Alvarado ocupó La Paz y desde allí trató de persuadir a Olañeta (en esto debió prestar sus buenos oficios mi tatarabuelo, viejo camarada del jefe absolutista) era mas justo sellar la paz que continuar la guerra por una causa perdida; mientras negociaba también, en aquellas provincias, se reconociera el pabellón argentino”, pues dichas provincias habían formado parte del extinguido Virreynato de Buenos Aires. “Al conocer Sucre estos trabajos — sigue Frías — contrarios a los planes de Bolívar, a quien Sucre servía con toda obsecuencia, y halagado ya con los trabajos que en contrario a los de Alvarado hacía el Dr. Olañeta (Casimiro), sobrino del General, tomó inmediatamente la providencia de separarlo a Alvarado del mando de la vanguardia y de todo servicio en el ejército, reemplazándolo con el General O'Connor”. Acaso aludan a esta intriga los siguientes párrafos de una carta escrita por Alvarado, desde Arequipa el 12-III-1825, a mi tatarabuelo Pedro Antonio: “Amigo mío: La de V. de 24 del pasado me llena de satisfacción porque presta la ydea cabal de sus honrados sentimientos y la mejor garantía conque un hombre honrado se satisface entre las negras calumnias que la maledicencia infiere, ella no ha sido capas de variar el justo mérito que a V. creo, y me lisonjeo, haya sucedido del mismo modo con el General (Lanza). Salude V. con un fuerte abrazo a mi nombre a Matilde, asegurándole mis respetos, y V. ocupe la voluntad franca de su paisano y amigo: R. Alvarado”. 176

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Y el 27 de abril, también desde Arequipa, Alvarado volvió a escribirle a su “querido paisano y amigo”. “Con gusto — decía — he recivido la de V. de 19 del corriente, y esta sea una prueba de que a sus comunicaciones las miro con interés, y que jamás me robarán el tiempo. Aún dudo de mi destino, por lo que no puedo asegurar a V. mi marcha a Salta tan próximamente como deseo … Actualmente sufro una fiebre bastante incómoda ... Mis respetos a Matilde y a V. la fina voluntad de su paisano y amigo: R. Alvarado”. El desenlace histórico que culminó con la independencia de las 4 provincias argentinas del Alto Perú El 9-II-1825, Sucre, en La Paz, dicta un trascendental decreto, cuyos considerandos expresaban: “Que al pasar el Desaguadero, el Ejército Libertador, ha tenido el solo objeto de redimir las provincias del Alto Perú de la opresión española y dejarlas en posesión de sus derechos. Que no corresponde al Ejército Libertador intervenir en los negocios domésticos de estos pueblos. Que es necesario que estas provincias dependan de un gobierno que provea su conservación ... Que el antiguo Virreinato de Buenos Aires, a quien ellas pertenecian ... carece de un gobierno general que represente completa, legal y legítimamente a la autoridad de todas las provincias, y que no hay por consiguiente con quien entenderse para el arreglo de ellas. Que por tanto, ese arreglo debe ser el resultado de la deliberación de las mismas provincias, y de un convenio entre los Congresos del Perú y el que se forme en el Río de la Plata”. (Por lo visto, Sucre ignoraba que, desde el 16-XII1824, funcionaba un Congreso General en Buenos Aires). A tal fin el Lugarteniente de Bolívar hizo convocar una Asamblea de representantes de la provincias altoperuanas que debían decidir sobre el futuro de ellas. Sucre se erige así en árbitro de los destinos de esas 4 provincias argentinas; mientras que — no obstante el diligente patriotismo del Gobernador de Salta, Arenales — el gobierno bonaerense y el Congreso centralista — compuesto en su gran mayoría por rivadavianos —, en vez de mandar un ejército que Castro

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le arrebatara a Olañeta el territorio que ocupaba — lo cuál les hubiera cubierto de prestigio —, quedáronse remisos, a la espera de la actitud que tomaría Bolívar, sin siquiera aspirar a compartir los riesgos de la liberación con éste y con Sucre; quienes, por otra parte, al frente de sus tropas colombianas y peruanas habrían de convertirse en Libertadores de aquellas regiones nuestras, en contraposición a una encogida política argentina que, justa o injustamente, se calificó entonces de egoísmo porteño. A dos meses de su famoso decreto, lo tenemos a Sucre, con su poderoso ejército, dueño de las zonas y ciudades de La Paz, Oruro, Cochabamba y Chuquisaca, y de todo el norte altoperuano; a Olañeta acorralado en Potosí, con una fuerza de 2.000 hombres que se amengüaban día a día por la deserción; y a la modesta columna argentina de Arenales, mandada por Urdininea, que por el sur, desde la frontera de Salta, avanzaba hacia la Villa Imperial, con ánimo — más que de llegar a un choque armado — de negociar un acuerdo honorable con Olañeta — paisano de Arenales, al fin de cuentas! — que resolviera la incorporación de las provincias en disputa a la tradicional unidad rioplatense. Impaciente por llevar a cabo sus propósitos, Arenales asume en persona el comando de su pequeña fuerza; y desprende de ella una vanguardia de caballería, que conduce el Coronel Urdininea, a fin de apresurar su contacto con los efectivos de Olañeta; cuya situación, a todo esto, se torna desesperada. Entonces, uno de los subalternos del Jefe absolutista, el Coronel Carlos Medina Celi, se subleva el 29 de marzo en Tumusla, cerca de Potosí, resuelto a pasarse al ejército Libertador. Olañeta corre a Tumusla a reducirlo; el 1º de abril prodúcese un tiroteo, y el último General del Rey en tierras sudamericanas cae herido de muerte. “Las tropas lo abandonaron — anotó José María Paz en su Diario de Marcha — y él siempre pertinaz y obstinado se mantenía con un puñado de hombres sin querer capitular ni rendirse, hasta que una bala lo puso fuera de combate”. Urdininea, el Jefe de la vanguardia argentina, al saber el desenlace de Tumusla lo alcanza a Medina Celi, confraterniza 178

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con este — eran altoperuanos nativos los dos —, y juntos se pasan al vencedor de Ayacucho. Que no se equivocó Urdininea en sus cálculos y ambiciones personales al abandonar las filas argentinas, lo prueba el hecho de que, tres años más tarde, luego de la renuncia de Sucre como Presidente, el propio Urdininea quedó a cargo del gobierno de la flamante República de Bolivia. La muerte de Olañeta y la actitud de su Jefe de vanguardia lo pusieron a Arenales — según Paz — “en perplexidad”. El 4 de abril, dicho “perplexo”, informó al Congreso Nacional “la deserción del Coronel don José María Pérez de Urdininea con 200 Dragones de su mando, después de seducir una compañía de paisanaje que debía de acompañarle”. Y con el estado de ánimo que es de imaginar, don Juan Antonio aceleró su marcha a fin de encontrarse con Sucre. En eso, el 8 de abril, recibe estas instrucciones del gobierno de Buenos Aires: “Empleará solo sus esfuerzos y respetos para proteger el orden y dejar la libertad a los pueblos para que adopten la forma de gobierno que crean más conveniente”. Ello significaba entregar 4 provincias argentinas — incondicionalmente — al arbitrio del César venezolano. Bolívar, entretanto, con temor a complicarse con la república del Sur, reprueba la conducta de Sucre y sus planes emancipadores del Alto Perú. El 21 de febrero, desde Lima, le escribió a su Mariscal; “Usted está a mis órdenes con el ejército que manda y no tiene que hacer sino lo que yo le mando ... Ni usted, ni yo, ni el Congreso mismo del Perú, ni el de Colombia, podemos romper y violar la base del derecho público que tenemos reconocido en América. Esta base es que los gobiernos republicanos se fundan entre los límites de los antiguos virreinatos, capitanías generales o presidencias ... el Alto Perú es una dependencia del virreinato de Buenos Aires ... según dice usted, piensa convocar una asamblea de dichas provincias ... llamando usted estas provincias a ejercer su soberanía, las separa de hecho de las demás del Río de la Plata. Desde luego usted logrará con dicha medida la desaprobación del Río de la Plata, del Perú y de Colombia ... Por supuesto, Buenos Aires tendrá mucha justicia, y a el Perú no le puede Castro

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ser agradable que con sus tropas se haga una operación política sin consultarlo siquiera. Usted tiene una moderación muy rara ... yo sentiría mucho que la comparación fuese odiosa; pero se parece a lo de San Martín en el Perú. Le parecía a él muy fuerte la autoridad de General Libertador, y por lo mismo, se metió a dar un estatuto provisorio, para lo cual no tenía autoridad ... Yo he dicho a usted de oficio lo que usted debe hacer, y ahora lo repito. Sencillamente se reduce a ocupar militarmente el país y esperar órdenes del Gobierno ...”. Sucre le contesta al Libertador, desde Potosí, el 4 de abril; “Mil veces he pedido a usted instrucciones respecto del Alto Perú, y se me han negado, dejándome abandonado ... En Yacán, pueblo cerca de Yanahuanca, me dijo usted que su intención para salir de las dificultades del Alto Perú era convocar una asamblea de estas provincias ... Después de estar aquí, y no sabiendo que hacer sin presentarme con un aire aborrecible al pueblo, tomé el camino más noble y generoso, que fué convocar a la asamblea ... Yo no sabía que hubiera Congreso en Buenos Aires, ni creo que lo haya sino de nombre; yo estoy ya lidiando con los de allí (Alvarado y Arenales), y lo veo así. En mi triste opinión encuentro haber hecho un servicio al país, a Buenos Aires y a la América con la convocación de esta Asamblea. Estas provincias siguiendo el funesto ejemplo de disolución de Buenos Aires ya me han incomodado. Los Cabildos se han creído representantes de la soberanía en el sistema federal que han concebido, y por fuerza los tengo que mantener en unión ... En fin, yo puedo haber errado ... con un paso que evitaba las facciones y tumultos. Mi decreto esta concebido en cuanto a lo esencial: ... que la suerte de estas provincias será el resultado de la deliberación de ellas mismas, y de un convenio entre los Congresos del Perú y el que se forme en el Río de la Plata ... La Asamblea solo tiene poderes para organizar un Gobierno provicionalmente, hasta saber en que quedan Buenos Aires y el Perú ... Desde ahora le advierto que ni usted ni nadie las une de buena voluntad a Buenos Aires, porque hay una horrible aversión a estos vínculos; si usted tiene idea de unirlas, puede decir a Buenos Aires que manden 180

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un fuerte ejército para que lo consigan, pues de otro modo es difícil ...”. Bolívar, que en febrero de 1825 lo censuraba a Sucre por temor a que los mangoneos de éste en el Alto Perú le acarrearán conflictos con la Argentina, nunca pudo imaginarse la falta de reacción del gobierno de Buenos Aires a ese respecto; y mucho menos que los políticos nuestros le brindarán a él como Libertador del Norte, ese territorio rioplatense, a fin de que, sometido a su influencia, se desgajara del tronco común. Sucre, en cambio, bien informado, así se lo advirtió en una carta (25 de junio); por si su egregio Jefe conservaba aún cualquiera de aquellos escrúpulos iniciales referentes a la independencia altoperuana; “Parece que la provincia de Buenos Aires ha calculado que no esta en sus intereses la reunión de estas provincias a la República”; a la República de Rivadavia, se entiende. A propósito de todo esto, ¿que ocurría en nuestro anarquizado país? Era cierta la información de Sucre. En la capital del Sur, entre los dirigentes unitarios — salvo excepciones honrosas, como la del diputado Manuel Antonio Castro —, la mayoría de esos próceres se desinteresaron de un pleito vital para la grandeza futura de la Nación. No sucedía lo mismo en Salta, donde el Gobernador Arenales, desde antes de Ayacucho, trabajaba sigilosamente para llegar a un acuerdo con Olañeta acerca de la restitución de las provincias del Alto Perú. En su Diario de Marcha, el entonces Coronel José María Paz, a la sazón (1824) acantonado con su regimiento en la ciudad norteña, apuntó estos sabrosos y sugestivos comentarios: (14 de Julio) — “Por el mes de abril de este año se cargó en la calle pública un excelente piano que mandaba el comerciante D. ... para la mujer del feroz General Olañeta”. (11 de Agosto) — “Recibo carta de José M. Moscoso dirigida desde Humahuaca donde ha recalado con el Dr. Usin, Castro

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secretario y consejero de Olañeta. Pide un asilo en esta provincia que dice se le ha concedido. El mismo Olañeta escribió pidiéndolo para su mujer, y también ha sido concedido. El gobierno escribe a él, haciéndole entrever que aún él será bien recibido. Sin duda, alguna mira política ocupa a el gobierno a este respecto. Algunos esperan de los apuros de Olañeta que abrace la independencia, pero esto es un delirio. Unicamente podremos creer que se eche en brazos de los americanos cuando no le quede otro recurso, y eso como un asilado, y no como un renegado del Realismo”. (24 de Agosto) — “Llega don Manuel Bárcena que por un efecto de sus infinitas aventuras estaba al servicio de Olañeta. Se aloja en casa, y a la noche llega Usin, a quien los salteños comerciantes festejan cuanto pueden ... Han llegado Jefes beneméritos de la Patria sin que se les haya dispensado el menor obsequio, pero a los relacionados con Olañeta, que quizás han deservido la causa de la Independencia, se les hacen convites, se les brindan, los cortejan, adulan, etc. ¡Que vergüeza! Todo esto en una frontera de los españoles y en medio de la revolución, y cuando aún se hace con vigor la guerra de la Independencia!”. (25 de Agosto) — “El Señor Usin ha ido convidado a comer en casa del Dr. Zuviría (Facundo) ... este Señor se distinguió también mucho con el Dr. Olañeta (Casimiro), secretario de su tío el General”. (22 de Octubre) — “Se empieza a traslucir que Ximenes ha traído contestaciones favorables de Olañeta; es decir, que éste acérrimo español parece prestarse a un acomodamiento con los patriotas, plegándose al partido de la Independencia. Sea lo que fuere, no tengo la menor duda que no renunciará sus ideas de opresión sino en el caso de no quedarle la menor esperanza de restablecer la dominación de la metrópoli. Y en este estado, ¿cual será el mérito de su desición?”. (23 de Octubre) — “Se generaliza más la voz de que hablé ayer, pero siempre rodeada de misterios. En esto hay una cosa notable. Los secretos del gobierno por más que quieran guardarse, empiezan muy pronto a traslucir, y gener182

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alizarse, quizás entre personas que no deben merecer toda confianza”. Tales notas del Diario de Paz, escritas en 1824, evidencian los contactos del Caudillo realista con el Gobernador salteño y otros comprovincianos influyentes. La muerte de Olañeta, ocurrida cinco meses más tarde, el 1-IV-1825, en Tumusla, en circunstancias en que Arenales iba a negociar una paz honorable con él, resultó — a mi no me cabe duda — fatal para los intereses argentinos en el Alto Perú. Así las cosas, Arenales el 18 de abril arribó a Potosí donde tuvo una entrevista muy cordial con Sucre. Siete días después, ambos personajes se trasladaron a Chuquisaca, y ahí fueron recibidos con fiestas en medio de un espontáneo regocijo popular.Sucre, entretanto, había suspendido aquella convocatoria de la Asamblea constituyente altoperuana, a la espera de Bolívar, y hasta que el gobierno nacional argentino se pronunciara sobre el asunto. Pero ya Arenales guardaba en su cartera esas instrucciones de Buenos Aires; “dejar la libertad a los pueblos para que adopten la forma de gobierno que crean más conveniente”. No tenía pues, don Juan Antonio, nada que hacer en Chuquisaca y se volvió a Salta, dejándoles el campo libre a Bolívar y a Sucre. Posteriormente, luego de algunas dilaciones lastimosas, el 10-VII-1825, en la ciudad de los cuatro nombres (Chuquisaca, Charcas, La Plata y Sucre), la Asamblea dispuesta por el Mariscal de Ayacucho declaró la independencia altoperuana, bautizando al nuevo Estado con el nombre de “República de Bolívar”, dándole a éste Libertador, entre premios, honores y ditirambos, los títulos de “Padre” y “Protector de la Patria”, cuya endeble soberanía — desgajada del tronco ríoplatense — quedaba aún sujeta al visto bueno del Congreso del Perú.. Retorna mi tatarabuelo a Salta Después de haber ocupado Oruro (10-II-1825) con la división que le confiara el General guerrillero Lanza, y de donde Sucre dispuso su relevo inmediato, Pedro Antonio Castro — al cabo de más de una década de vida trashumante Castro

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atada al destino de la guerra — volvió a Salta, a radicarse definitivamente con su familia. A poco de arribar a su ciudad natal, el “hijo pródigo” vióse obligado a tomar de nuevo las armas, a raíz de la llamada “sublevación de los colombianos”. En la información sobre sus servicios militares, levantada años más tarde (1-III1880), el ex Gobernador de Salta José María Todd, previo juramento ante el Escribano de Gobierno José Guzmán, declaró; “Que sus recuerdos individuales no pasan del año 1825, siendo por esto, que en épocas anteriores no podía informar en que grado ni cuanto tiempo sirvió el Señor Coronel Don Pedro Antonio Castro; pero que sí puede asegurar que por conversaciones repetidas que tuvo con el General D. Rudecindo Alvarado, que el año 1825 mandó desde el Alto Perú varias partidas en persecución del General Olañeta, que desconocía o no se conformaba con el tratado de Ayacucho, ordenándoles que hostilizaran a Olañeta que se retiraba con su ejército en dirección a la República Argentina, y le obligaran, por la razón o por la fuerza, a que respetara y obedeciera el tratado de Ayacucho. Que entre los jefes comisionados a este objeto, figuraba el Señor Coronel Don Pedro Antonio Castro. Que conoce también por documentos fehacientes, que el año 1826, cuando la sublevación de los Colombianos, fué empleado dicho Coronel Castro por el Gobernador de Salta, General Arenales, en sostener el sitio a que se hallaba reducida esta Plaza, haciendo varias salidas y sosteniendo los parciales combates que diariamente se trababan con los sitiadores. Que después también, y hasta su muerte, ha visto al Señor D. Pedro Antonio Castro servir en varios puestos y comisiones civiles y militares, siempre en clase de Coronel, desempeñándolas con honor, decisión y patriotismo”. “Intermezzo” de Matute y sus colombianos en la política salteña La historia de esta banda de forbantes merece recordarse. Entre las tropas que habían respaldado a Sucre para crear la flamante “República de Bolívar” — después Bolivia 184

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— se contaba un regimiento de llaneros de Colombia. A esta unidad pertenecía el Teniente mestizo Domingo López Matute, quien resentido por considerarse postergado en un ascenso, desertó con un escuadrón de 160 granaderos, con los cuales — luego de derrotar al Coronel O'Connor que pretendió reducirlo — se internó en territorio argentino, dispuesto, quizás, a probar fortuna con sus hombres en la guerra contra el Brasil. Llegado a Salta, Matute le pidió asilo y ofreció sus servicios al Gobernador Arenales. Este aceptó la oferta, y mandó incorporar a los desertores a las fuerzas de La Madrid, quien, desde Tucumán, acababa de desatar la guerra civil, y se disponía a emprender un ataque contra los caudillos federales Quiroga, Bustos e Ibarra. Matute, sin embargo, no llegaría a destino; en el trayecto hacia Tucumán, en Pozo Verde, coaligóse con Manuel Puch y los Gorriti a fin de derrocar a su bienhechor Arenales. Con tal propósito los revolucionarios pusieron sitio a la ciudad de Salta; en cuyas circunstancias mi tatarabuelo Castro , en sostén de Arenales, efectuó varias salidas y mantuvo algunos combates parciales contra los alquiladizos dependientes de Matute. Los partidarios del Gobernador legal, entretanto, resultaron vencidos en Chicoana, y su jefe Francisco Bedoya muerto en la acción. Tras del desastre, el héroe de La Florida, Pasco y Nazca, vióse obligado a emigrar a Bolivia, para morir finalmente en Moraya, el 4-XII-1831. En lo que concierne a Matute y su pandilla colombiana — “quilombiana”, diríase mejor —, ellos se juntaron con La Madrid para hacerle la guerra a Quiroga; más el Tigre de los Llanos los descalabró completamente en el encuentro de “El Rincón”. Vuelto Matute con su banda a Salta, enamorose de Luisa Ibazeta Figueroa; y como debido a su condición de “pardo”, el padre de la novia le hiciera oposición, el audaz galán raptó a Luisita y apresuradamente se casó con ella, ante la rencorosa impotencia de los Ibazeta y los Figueroa. Siempre inquieto Matute, se puso a conspirar contra su aliado de la víspera; el Gobernador José Ignacio Gorriti. Descubiertos sus manejos fué encarcelado y condenado a morir. Castro

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El 17-IX-1827, día de su fusilamiento, pidió oír misa en el convento de San Francisco. No bien el sacerdote acabó la consagración, corre Matute hacia el altar y arrebata el cáliz, bajo amenaza de derramarlo si no se le perdonaba la vida. Frente a tamaño sacrilegio quedó suspendido el santo sacrificio, en medio del estupor general. En un santiamén llevose el caso a consulta del Canónigo Juan Ignacio Gorriti, hermano del Gobernador; “Que lo fusilen con cáliz y todo”, dijo el cultísimo presbítero sin vacilar. Ante actitud tan decidida, Matute devolvió el sagrado vaso. Lo condujeron hasta la chacra de Costas, y allí, bajo un verde sauce llorón, recibió el reo los cuatro tiros que merecía. Vicisitudes de mi antepasado en la última etapa de su existencia Durante la tremenda pugna política que dividió a una generación de argentinos después de la guerra de la independencia, ¿que partido tomó mi tatarabuelo, el antiguo oficial del Rey?, ¿ fué federal? ¿fué unitario? Su yerno Juan Uriburu perteneció a una familia de notoria filiación rosista; en cambio a Luis Güemes, el otro yerno de Castro, por su estrecha vinculación con los Puch y los Gorriti, podríamos incluirlo en el bando unitario. Si bien a lo largo de toda la época del “Restaurador de las Leyes” don Pedro Antonio revistó en las fuerzas armadas nacionales de la Confederación, con el grado de Coronel; en las luchas internas de la provincia estuvo complicado en la llamada “Revolución de Castañares”, dirigida por Cruz Puch y Napoleón Güemes contra el Gobernador federal Pablo La Torre; intentona que resultó vencida en el combate de “Pulares”, el 8-XI-1832. A causa de esto, mi antepasado puso pies en polvorosa hacia el Perú en 1833. Radicado en “Cerro de Pasco”, Castro le escribió el 1V-1843 a Manuel Solá — tres años atrás Gobernador unitario de Salta, acérrimo enemigo de Rosas — refugiado, a la sazón, en Bolivia; “Cansado de estos climas y diez años separado de mi familia, me he resuelto regresar a mi país, mis compromisos son muy remotos y por eso creo que tal vez no se meterán 186

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conmigo; mi familia me llama a verla después de tantos años y mi salud quebrantada me obliga a dejar este maladado temperamento. Debo pues verificar mi marcha en todo octubre, y tendré el gusto de ver a usted en mi paso por Cobija, y en Salta veré si en algo puedo serle útil a mi señora Pepa (Josefa Chavarría Moldes, la esposa de Solá) y a usted, en cuanto quiera ocuparme ... Me escribe mi hijo político don Juan Uriburu, que salía de Salta para Valparaíso en abril ppdo. A esta fecha lo considero en Cobija, y para quien le adjunto esta carta, estimando se la entregue, y la que va para Matilde (Sancetenea, la mujer de Castro), se la dirijo (a Salta), ya sea por el correo o por otro conducto”. A la caída de Rosas, el Gobernador federal salteño José Manuel Saravia resultó depuesto, mientras una pueblada en la plaza aclamaba a Tomás Arias como sustituto de aquel; en tanto el Coronel Pedro Antonio Castro asumía la Comandancia general de las fuerzas de la provincia, “para sostener el solemne pronunciamiento en favor de la Libertad y organización de la República, proclamados por el vencedor del tirano Juan Manuel de Rosas, esclarecido General Don Justo José de Urquiza”. Tomás Arias recibióse efectivamente del cargo el 1º de mayo de ese año 1852, y diez días más tarde, don Pedro Antonio renunció a su Comandancia. En la aceptación de esa renuncia, el Gobernador Arias le expresaba a mi tatarabuelo; “Altamente satisfecho el Gobierno de la patriótica decisión de V.S. por tan gloriosa causa y de los importantes servicios que como Jefe de las fuerzas de la Provincia ha prestado V.S. al restablecimiento de la Libertad y orden Constitucional en ella, le es muy sensible su separación de ese puesto, que tan dignamente ha desempeñado, y propendería eficazmente a su conservación en él, si no obstara a ello una ley vigente, cuya observancia pudo solo suspenderse por imperio de las circunstancias extraordinarias en que se ha encontrado la Provincia, por los dos meses que han precedido. A la par que sensible es para el gobierno, hallarse en el caso de admitir la renuncia que hace V.S. del cargo de Comandante General, le es satisfactorio al infrascripto expresarle las muy justas consideraciones que de él, y de la Provincia, se ha granjeado V.S. en el desemCastro

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peño del cargo, y la alta estimación que dá al patriótico ofrecimiento de su cooperación e importantes servicios”. Durante la siguiente gestión gubernamental de Rudecindo Alvarado, tuvo efecto la Convención Constituyente de la Provincia, que presidió Evaristo Uriburu, siendo vice presidente 1º José María Todd y 2º Gaspar López, y secretario José Evaristo Uriburu (hijo). Entre los convencionales de esa asamblea figuran; el Coronel Pedro Antonio Castro; su yerno Juan N. Uriburu; sus sobrinos, el clérigo Juan Francisco Castro y José — “Pepe” — Uriburu; y Pedro Antonio Pardo, Isidoro López, Vicente Anzoátegui, Benedicto Fresco, José Manuel Fernández, Juan Pablo Saravia y Celedonio de la Cuesta. El 6-XI-1855 dictóse la Constitución provincial, que una vez sancionada por el gobernador Alvarado y su Ministro Juan de Dios Usandivaras, y aprobada por el Congreso de la Confederación, se juró en Salta el 8 de diciembre del mismo año. Pedro Antonio Castro falleció repentinamente en Salta el 15-X-1867, a consecuencia de la impresión que le produjo la muerte de su hijo Baldomero, baleado por la horda montonera de Felipe Varela, cinco días atrás. Estuvo casado como dijimos con Matilde de Sancetenea y Morel de la Cámara (hija de Calixto de Sancetenea y de María Manuela Morel de la Cámara, de cuyos antecedentes trato en el apellido de la Cámara). Doña Matilde había abandonado este mundo el 27-II-1858, nueve años antes que su marido, a los 61 años de su edad. Ellos procrearon los siguientes hijos: 1) Margarita Castro y Sancetenea, la cual hizo traer — seguramente del Perú — para la Virgen salteña del Milagro, un lujoso manto de piedras preciosas que costó 3.000 pesos. Ella, ya anciana, por medio del señor Pedro Arévalo, solicitó en 1881 al gobierno una pensión como hija soltera de un Coronel guerrero de la Independencia. Al efecto, junto a ese pedido, se acompañaron varias notas que dirigieron a su padre los Generales Alvarado, Lanza, Sucre y otros personajes. Previos los dictámenes del Inspector General de Armas, Coronel Joaquín Viejobueno, del Jefe de la Con188

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taduría señor Cortínez, del Procurador del Tesoro Santiago M. Bengolea y del Auditor de Guerra y Marina Cosme Beccar, el Poder Ejecutivo Nacional, por intermedio del Ministerio respectivo, dictó el siguiente decreto; “Bs.As. 23 de Septiembre de 1881; De conformidad con los informes y dictámenes precedentes, se acuerda a la hija soltera del Coronel de los Ejércitos de la Independencia don Pedro Antonio Castro, la pensión de sueldo íntegro de la causante, con arreglo a la ley de la materia. Comuníquese a la Comandancia Gral. y pase a la Contaduría Gral. a sus efectos: Roca — Benjamín Victorica”. Ello consta en el expediente de la Contaduría de la Nación número 2325. Doña Margarita murió en Salta el 24-XII-1895. 2) Casiana Castro Sancetenea — mi bisabuela —, que sigue en V, al final del presente capítulo. 3) Rosaura Castro Sancetenea — la “Ñaña Rosaura” — que se casó en Salta el 7-VIII-1850 con Luis Güemes Puch, hacendado (hijo del célebre Caudillo Martín Miguel de Güemes — enemigo tenaz del Coronel Pedro Antonio Castro — y de María del Carmen Puch y de la Vega Velarde). Son los padres de: A) Martín Miguel Güemes Castro, baut. en Salta el 29-V1854. Padre de: a) Pedro Güemes, casado con Angélica Saravia Usandivaras (hija de Pablo Saravia, Diputado Nacional, caudillo radical salteño, y de Rosa Usandivaras). Con sucesión. B) Carmen Güemes Castro, baut. el 16XII-1852. Casó el 16-XII-1882 con Aniceto La Torre Arias, n. en 1853 en la estancia paterna “La Calavera” y fall. en Salta en 1920 (hijo del General Aniceto La Torre y de Lorenza Arias de la Corte). Sin hijos. C) Luis Güemes Castro, n. en Salta el 6-II1856 y fall. en Bs.As. el 9-XII-1927. Médico famoso, Decano de la Facultad de Medicina y Senador Nacional. Se casó en Castro

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Bs.As. el 26-VI-1893 con Marta Ramos Mexía Lavalle (que era viuda de Santiago María Bengolea e hija de Ezequiel Ramos Mexía Segurola y de María del Carmen Lavalle Oyuela). Fueron sus hijos: a) Luis Güemes Ramos Mexía, n. en Bs.As. el 18-IV1894 y fall. el 15-IX-1975. Abogado e historiador. Casó el 21-VI-1920 con Laura Ayerza Jacobé, n. el 1-VII-1896 (hija de Francisco Ayerza Zabala y de Josefina Jacobé Iraola). Son sus hijos: a1) Luis Güemes Ayerza, casado con María Elena Gallo Lastra (hija de Vicente Gallo Gallo Colombres y Lagos y de María Elena Lastra López). a2) Francisco —"Pachi” — Güemes Ayerza, casado con Fanny Gómez Seeber (hija de Daniel Gómez Pombo y de Fanny Seeber Demaría). Con sucesión. a3) Laura Güemes Ayerza, que casó con Alberto Ruete. Con sucesión. a4) María Teresa Güemes Ayerza, casada con Federico Lanusse, (hijo de Roberto Lanusse y de Ester Sumbland). Con sucesión. a5) Gabriel Güemes Ayerza, casado con Silvia Zorraquín (hija de Eduardo Zorraquín Lynch y de Josefina Nazar Anchorena). Con sucesión. b) Ester Marta Julia Güemes Ramos Mexía, baut. en Bs.As. el 27-I-1896. Casose el 10-VII-1919 con Francisco Costa Paz (hijo de Julio Costa Islas, Gobernador de Bs.As., Diputado y Senador Nacional, y de Agustina Paz Cascallares). Sin hijos. D) Domingo Güemes Castro, n. en 1857 en Salta y fall. en Bs.As. el 2-XI-1923. Ministro de Gobierno de Salta. Casó ahí el 27-V-1893 con Francisca Torino Solá, fall. el 1-V-1934 (hija de Zenón Torino Santibañez y de Francisca Solá Chavarría). Padres de: a) Carmen Rosaura Güemes Torino, baut. en Salta el 23-V-1894.

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b) Francisca Güemes Torino, baut. el 7-V-1895. Casó el 12-XII-1918 con César Allende Echaniz. Con sucesión. c) Martín Güemes Torino, baut. el 9-VI-1900. Falleció soltero. d) Carlos Güemes Torino, baut. el 5-III-1907. e) Jorge Güemes Torino, baut. el 27-V-1912. Cadete Militar, muerto en la revolución del 6 de septiembre del 30, en el tiroteo de Plaza del Congreso. E) Francisca Güemes Castro, baut. el 23-XII-1862. Casó el 18-VIII-1890 con Juan Pablo Arias Romero de la Corte, Médico (hijo de Juan Pablo Arias de la Corte y de Dolores Romero de la Corte). Sin sucesión. F) Rosaura Güemes Castro, baut. el 25-VIII-1865. Murió en tierna edad. G) Hortensia Güemes Castro, baut. el 19-V-1868. Falleció también niña. H) Julio Güemes Castro, baut. el 30-X-1872; Fall. en Bs.As. el 29-I-1906. Casó aquí el 22-XI-1900 con Carmen Bengolea Ramos Mexía (hijastra de su hermano Luis e hija de Santiago María Bengolea Llobet y de Marta Ramos Mexía Lavalle). Padres de: a) Julio Güemes Bengolea, que casó el 14-IX-1926 con la cordobesa Susana Rueda Cuenca (hija de Pablo Guillermo Rueda Argüello y de Rosario Cuenca Juárez). Con descendencia. b) María Luisa Güemes Bengolea, n. el 10-V-1903. Casó el 2-V-1928 con Sixto Ovejero Ortiz (hijo de David Ovejero y de Candelaria Ortiz). Con sucesión. c) Esther Güemes Bengolea, baut. el 1-XII-1904, casada con un Allende. I) Adolfo Güemes Castro, n. el 28-VII-1874. Médico, Gobernador de Salta y conspicuo dirigente del partido radical. Falleció soltero el 4-X-1947. 4) Luis Castro Sancetenea, quien casó en Salta con Dámasa Máxima Cabezón (hija de Mariano Cabezón Outes — 1790/1852 —, educacionista, latinista y matemático en Salta, Buenos Aires, Chile y Bolivia, afiliado al partido Castro

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unitario, y de Bárbara de Ubierna y Martínez Arias Velázquez, casados en Salta en 1838; nieta paterna de José León Cabezón -1760/1849- n. en Logroño, Castilla la Vieja, que llegó de España a Salta en 1783 como comerciante, revelándose allí como notable educador y latinista; pasó luego a Chile donde murió el 10-VI-1849. Habíase casado en Salta, en 1788, con María Martina Outes, que pertenecía a una familia de origen gallego). Por su parte Luis Castro dedicábase al comercio. Después de la derrota sufrida por los Uriburu tras el golpe de Estado que dieron en 1864, la tienda de don “Pepe” fué embargada por el gobierno de Cleto Aguirre, y vendida luego. La compraron entonces Luis y Baldomero Castro y el primo de ambos Calixto Linares Sancetenea. Casi seis lustros más tarde, el 15-X-1891, mi bisabuela Casiana Castro de Uriburu le escribía a su hija Margarita Uriburu de Ibarguren; “vieras al pobre de mi hermano Luis, postrado en una cama con una erupción que le trae un dolor tan fuerte que no le deja pegar los ojos; a más con 6 hijos y sin más que 160 pesos de sueldo, que no le alcanza ni para comer, por lo caro que hoy está la plaza”. Y el 2 de noviembre siguiente; “Luis sigue enfermo sin que se sienta mejoría ninguna, pasando noches malísimas”. Sin duda moriría al poco tiempo. Fueron sus hijos: A) Luis Castro Cabezón, quien se casó con N.N. y procreó hijos en Formosa. B) Ester Castro Cabezón, esposa de Julio Solá Terán. Fué hija de ellos Julia Ester Solá Castro, la cual con su marido Eduardo Remy Araoz hubieron entre otros hijos al actual (1963) Comisionado federal en Salta; Pedro F. Remy Solá, con descendencia. C) Julia Castro Cabezón, soltera. D) Rita Castro Cabezón, que contrajo nupcias con Manuel Lupión de Alba, con quien dejó posteridad. E) Manuela Castro Cabezón, la cual estuvo casada con Pío Morales, con el que hubo descendencia. Pío Morales fué “persona muy popular en su época — me apunta mi primo Francisco Uriburu Michel —, gran guitarrero y 192

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autor de tonadas y chilenas de muy delicada composición, que por desgracia se han perdido, dado que el no conocía música y nunca escribió lo que había compuesto”. F) Delfina Castro Cabezón. Murió soltera. G) Celina Castro Cabezón. También falleció célibe. 5) Baldomero Castro Sancetenea, vino al mundo en Salta en 1842, y allá se casó, el 16-VI—1860, con su sobrina carnal Francisca —“Pancha”— Uriburu Castro, hija de su hermana Casiana. Cuando el 10-X-1867 los vecinos de Salta defendieron valientemente a la ciudad contra la montonera de Felipe Varela, que la ocupó a sangre y fuego, saqueándola después, Baldomero Castro hízose cargo del comando de la trinchera Nº 3 — denominada “Santiago” —, junto con Victorino Solá y 20 combatientes. Murió peleando, de un balazo en la cabeza. “Todos han sostenido sus puestos con honor, y a todos los he visto desafiar el peligro impávidos y serenos” — expresaba el parte del General Nicanor Flores, jefe de la defensa de la plaza. “El malogrado y valiente joven don Baldomero Castro, se condujo de la misma manera, atendiendo tan pronto la barricada que comandaba, como el ataque que nos traía el enemigo por los techos de las casas, habiendo sido muerto en una azotea en el momento de tirar sobre los que nos asaltaban. Salta vió en ese día regadas sus calles con la sangre de sus mejores hijos — dice el parte del Jefe de Estado Mayor, Juan Martín Leguizamón —. Tuvo más de 60 muertos y heridos, y como 50 prisioneros. El enemigo no solo conocía nuestra situación lo mismo que nosotros (255 armas de fuego, entre fusiles, escopetas y rifles, y medio paquete de municiones por plaza) sino que lo sabía todo, y nos conocía perfectamente, uno por uno. Así que se vió proferir en gritos salvajes cuando el malogrado Baldomero Castro cayó sin vida al pié de su trinchera, y amenazar con la muerte a sus amigos que sabía debían oponerle igual resistencia. Así se oyó también su brutal algazara cuando conoció que nuestras municiones

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se habían concluído, y que era imposible resistirle por más tiempo”. El Gobernador de la Provincia Sixto Ovejero también le informaba acerca de los sucesos al Ministro de Guerra interino José María Moreno, el cual debía ponerlos en conocimiento del Vicepresidente Marcos Paz, en ejercicio del Poder Ejecutivo Nacional. “El 8 del corriente — decía Ovejero — ordené la resistencia con barricadas, sin la más remota esperanza de triunfar sobre el enemigo que nos traía 800 bandidos, y la plaza solo contaba con 250 Guardias Nacionales con malos fusiles y poquísima y pésima munición de pólvora de minas ... El día 9 de octubre, hacia las 9 de la mañana, nos puso sitio el enemigo en los mismos momentos en que terminaban los trabajos de fortificación. Al medio día, intentaron un ataque con flojedad, más para reconocer nuestras posiciones que con la decidida de avanzar, y los pocos que osaron ponerse de frente pagaron con la vida su temeridad, porque nuestros rifles eran manejados por jovenes inteligentes. En la tarde se retiraron al campo a gran distancia, dejando sin embargo en las goteras de la ciudad como unos 200 tiradores a caballo. El día 10, de imperecedera gloria para Salta, regresó todo grueso de la fuerza de Varela a las 8 de la mañana, y dió principio al ataque. Trató de flanquear distintas barricadas, introduciéndose en las casas por retaguardia, y de todas ellas fué desalojado por un puñado de valientes que, guardando escasa munición, solo disparaban a quemarropa. El ataque recio se intento por el Norte, pero aterrados por el horrible estrago que les hicimos, abandonaron dicho rumbo y atacaron por el Sur. A la una del día pereció desgraciadamente el intrépido joven Baldomero Castro, comandante de una de las barricadas, al propio tiempo que se concluyeron las municiones a sus 12 fusiles, por lo que cayó dicha barricada en poder del enemigo. Se lucho para reconquistarla hasta que se quemó el último cartucho de las barricadas próximas. En tal estado, ya no era posible resistir más, y una a una fueron cayendo todas en poder del enemigo, quien ocupó la plaza en el mismo momento, salvándose 194

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nuestros valientes con fuegos de retirada hasta que consiguieron introducirse en el convento de San Francisco, donde habríamos sido víctimas de su ferocidad, como lo fueron otros en las calles, a no mediar los religiosos, y el haber sentido la llegada de las fuerzas del General Navarro. Una hora escasa han ocupado la capital, y los estragos y saqueos que en ella han perpetrado rayan en los límites de lo imposible. A la entrada de la división del General Navarro huyeron los bandidos, cargados de botín, con dirección a Jujuy ... Es casi fabuloso, Exmo. Señor, el estrago que hemos hecho en las hordas de Varela. Sin temor de equivocarme puedo asegurar a V.E. que le hemos puesto 200 hombres fuera de combate, pues hemos enterrado 70 y tantos muertos en el acto del combate, y sé que llevan dos carretadas de heridos de gravedad y 67 van a caballo. Por nuestra parte hemos tenido 12 hombres muertos y 30 heridos. No quiero desaprovechar esta ocasión para recomendar al Exmo. Gobierno Nacional las viudas de esos 12 soldados de la ley y de la libertad, muy especialmente la del malogrado joven don Baldomero Castro; señora pobre, cargada de niños pequeños, y, por su rango en la imposibilidad de buscar por su mano el alimento para sus hijos”. Mi abuela Margarita, por su parte, me relató muchísimas veces como ella con sus padres, hermanas y demás allegados, se refugió en la Iglesia de la Merced. (Su marido, mi abuelo Ibarguren, encontrábase entonces en Santa Fé, desempeñando el cargo de vocal del Supremo Tribunal de Justicia de aquella Provincia). A la luz mortecina de los cirios, de hinojos ante los altares, mi abuela — embarazada de 4 meses de su primerizo — rezaba y rezaba, en medio de una multitud de mujeres sollozantes, hacinadas en las naves del templo; mientras afuera retumbaban los disparos del combate. De pronto “Pancha” su hermana se yergue desencajada y con patética voz exclama; “Lo han muerto a Baldomero”. A los pocos instantes su presentimiento quedó confirmado; y “Pancha” Uriburu, hecha un mar de lágrimas abrazaba el cadáver sangriento de su marido.

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Solo dos hijos quedaron del matrimonio entre el tío y la sobrina; A) Baldomero Castro Uriburu, que ya de muchacho mostró síntomas de anormalidad mental. En 1891 la locura hizo crisis y perdió la razón hasta el fin de sus días. B) Pedro Antonio Castro Uriburu. Un pobre de espíritu que dejo una familia legítima y otra por detrás de la Iglesia. Su hija Anita Castro casó con Tomás de la Zerda, con quien prolongó sucesión. V — CASIANA CASTRO SANCETENEA — mi bisabuela — nació en la minera villa de Oruro, el 13-VIII1815, en tiempos en que esta población estaba bajo el dominio del ejército realista del General Pezuela, a cuyo mando obedecía su padre como Capitán. Durante casi tres lustros ininterrumpidos, ella y su familia anduvieron errantes por el Alto Perú, lejos del terruño salteño de sus mayores, en pos de las tropas del Rey, sujetas a las azarosas contingencias de la guerra. En 1825 tuvo oportunidad de conocer a Bolívar, cuando el héroe venezolano entró victorioso a Potosí. “Ella como otras niñas vestidas de ángeles se aproximaron al Libertador y le dieron flores y palma de laurel al pasar éste bajo el arco de triunfo que se había levantado frente al Cabildo, mientras las campanas de las iglesias y conventos tocaban a vuelo y los cañones tronaban en salvas que hacían estremecer los tapices y colgaduras de seda puestas en las ventanas y balcones” — refiere su nieto Carlos Ibarguren en La historia que he vivido. Instalada desde 1826, con los suyos en Salta, ahí contrajo matrimonio a los 21 años de edad, el 29-XI-1834, con Juan Nepomuceno de Uriburu Hoyos. “Petisita”, rubia y de ojos celestes, Máma Casiana, dentro de lo frágil de su envoltura externa, albergaba una fuerte personalidad, dotada del agudo ingenio que proyectó espontáneamente en su correspondencia familiar. Respetada y reconocida como uno de los puntales de la sociedad salteña, concitó, en torno suyo, el amor solidario de sus 13 hijos y 35 nietos que constituyeron, mientras vivió, su descendencia inmediata — sin contar los hijos fallecidos en la edad infantil 196

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que, con aquellos 13, llegaban a 21 los dados a luz por sus fecundísimas entrañas. Criáronse también en casa de la matrona, algunos hijos de los esclavos de sus padres; “la Cuma” o “Cumita”, “la mulata María”, “el Trompa”, “Tata José” y “Máma Inés”, estos últimos que fueron progenitores de “Pancha”, madre ella de la zamba “Benita Soles”, la fiel doméstica de mi abuela Margarita, que vivió con nosotros hasta la muerte de ésta, en 1924. Cargada de recuerdos y de experiencia, después de 86 años en los que tantas veces se puso a prueba su abnegación ejemplar; asmática y diabética — enfermedad que transmitió a no pocos de sus vástagos —, Máma Casiana Castro, conservando hasta su hora postrera lucidez mental, dejó de existir en Salta el 15-VII-1901. Su sucesión prosigue en mi monografía sobre el linaje de Uriburu.

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APENDICE I

Algunos camaradas de Castro en el ejército realista Por dos lustros y pico — incluída en ese lapso su participación en el complot de su hermano Saturnino — sirvió mi tatarabuelo Castro en el ejército realista, logrando todos sus ascensos — de Alférez a Coronel — en los campos de batalla, donde, además, derramó su sangre para quedar lisiado hasta el fin de sus días. A lo largo de aquel tiempo ¿quienes fueron sus amigos, sus camaradas de armas y de bandera en las horas jubilosas del triunfo o amargas de la derrota, durante las zozobras del combate, en el duro trajín de las marchas, en la rutina de los ejercicios cuarteleros, o en las vigilias tensas de los vivaques, siempre amenazados por los gauchos de Güemes? : Un famosísimo conjunto de veteranos, — jefes y oficiales del Rey en el Alto Perú —, muchos de los cuales llegaron lejos en la carrera de los honores y en las bregas políticas de España; cuando no fueron criollos que, aunque pelearon contra la Independencia junto con mi antepasado, inscribieron sus nombres en la historia sudamericana. Cabría mencionar, por lo pronto, a ambos Comandantes de Castro, los Generales Pezuela y La Serna (11), — de los 11 Joaquín de la Pezuela y Sánchez de Aragón (1761-1830), estuvo casado con una señora de Ceballos Olarría, y poco antes de morir se le agració con el título de Marqués de Viluma, el 8-II-1830 (Real Decreto del 31-III-siguiente). Resultó , por tanto, 2º Marqués de Viluma el hijo del favorecido: Juan Manuel de la Pezuela y Caballos Sánchez Capay y Olarría — futuro Conde de Cheste —. En cuanto a Don Joaquín — trigésimonoveno Virrey del Perú — era hijo de Juan Manuel de la Pezuela Muñoz de Velasco, Caballero de Santiago, y de María Sánchez Capay y Aragón; nieto de Juan Manuel de la Pezuela y Miera, Tesorero de rentas en Zaragoza, y de María Dionisia Muñoz Isla y Velasco; bisnieto de Manuel de la Pezuela Muñoz y de Teresa de Miera Sota y Acevedo; Tataranieto de Pedro de la 198

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que ya me ocupé en este trabajo —, quienes recibieron sendos títulos de Castilla: Marqués de Viluma y Conde de los Andes, respectivamente. Luego, entre aquellos guerreros más arriba aludidos, destaco en primer término, al Brigadier tocayo del Coronel Castro: Pedro Antonio Olañeta, nativo de Elgueta, en Guipúzcoa, quien habíase casado en Salta, el 11-XI-1810, con la jujeña Pepa Marquiegui, prima suya, puesto que él tenía por padres a Pedro Joaquín de Olañeta y a Ursula Marquiegui; por abuelos a Juan Ignacio de Olañeta Albistegui y a María Antonia de Obiaga, desposados en Elgueta en 1755; y por bisabuelos de la rama paterna a Agustín de Olañeta y a Antonia de Albistegui Gallastegui, y a Agustín de Obiaga y Dominga de Sostoa Aramburu; todos vecinos de Elgueta. “Durante mi permanencia en Suipacha — recuerda Tomás de Iriarte en sus Memorias — pasó por allí el Brigadier Olañeta, Jefe de la vanguardia, con su esposa doña Pepa Marquiegui, natural de Jujuy. Era esta una de las hermosas más hermosas que he conocido, y su traje marcial la hacía aún más bella. Vestía un rico batón de grana guarnecido con el bordado de Brigadier”; en cambio “su estíptico marido era un mico viejo, sucio y asqueroso”, el cual — prosigue Iriarte — “abrazó con calor la causa del Rey, y ascendió hasta la clase de Brigadier. Cuando yo le conocí era ya un hombre acaudalado, pero sus deudas estaban impagas. En la vanguardia todos los vivanderos eran sus dependientes, y así hizo gran negocio, pues el sabía muy anticipadamente, por su posición en el ejército, cuando, como y que clase de efectos había que acopiar. Olañeta era un hombre muy común pero tenía su gramática parda. Murió peleando por la causa que había abrazado con fanatismo, y a buen

Pezuela Villar y de María Muñoz y Rada; y chozno de Pedro de la Pezuela y de Ana de Villar. A su vez, José de La Serna Martínez de Hinojosa — cuadragésimo Virrey del Perú — obtuvo el título de Conde de los Andes, con la Grandeza de España, el 17-XI-1824 (Real Despacho del 30-VIII-1825).

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tiempo, porque la bala que lo hirió, creo que fué la última bala que se disparó en la guerra de la Independencia”. “Aunque español de nacimiento — escribe Don Vicente López en su Historia Argentina — Olañeta no era un verdadero militar español sino un vecino realista de Salta. Para él Salta concretaba todos sus anhelos y los propósitos de su porvenir y de su persona. Había pasado allí toda su vida; tenía extensas relaciones de familia y estaba casado con Pepita Marquiequi, que según se decía en el ejército realista no solo era bella sino la más artera de las mujeres de la América del Sud. Así para Olañeta la guerra de la independencia era menos que una guerra civil entre argentinos, y nada más que una reyerta de vecinos — de salteños localizados en aquella frontera. Con tal de gobernar Salta con la familia de Marquiegui y con su partido, habría pospuesto todos los derechos del Rey de España ... Antes de que el Alto Perú contase con un ejército profesional compuesto por tropas europeas, Olañeta había sido el alma y el apoyo de todos los esfuerzos que los realistas de aquellas cuatro intendencias habían hecho contra las invasiones revolucionarias de las tropas de Buenos Aires. Y sin embargo no había sido jamás militar, ni otra cosa más que un simple traficante de Salta. Ligado, antes de la revolución, con las Casas de Comercio de Gurruchaga y Moldes, había pasado una vida activa haciendo el comercio de negros, de ganados, de géneros y de pastas metálicas entre Salta, el Alto Perú y Lima: negocio eslabonado con el contrabando de Buenos Aires. Por su actividad personal y por las extensas cuadrillas de peones que había formado, se hizo Olañeta en poco tiempo uno de los adalides más famosos de la causa del Rey; y lo curioso es que, al mismo tiempo que se entregaba todo entero a la carrera militar, adquiriendo en ella una notable competencia y merecidísimos grados, seguía sus negocios con mayor anhelo, tenía sucursales más o menos declaradas y públicas en todas las plazas del Perú; cuadrillas de contrabandistas; y era, por medio de sus agentes, proveedor de las tropas y surtidor general de los mercados interiores”. “Guerrillero incansable — continúa López — se batía con el denuedo de un jefe de banda, a pesar de toda su riqueza, de sus numerosas casas de 200

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comercio y de su elevado rango de Brigadier en el ejército del Rey. Se convendrá en que si todo esto era sumamente novelesco era también una faz extraña de la guerra de la independencia en aquella frontera ... Al principio este doble carácter de guerrillero y comerciante le daba a Olañeta grande importancia en el ejército real del Perú. Cuando el se arrojó con tanto ardor a la causa reaccionaria, llevó al ejército no solo a todos sus empleados, dependientes y peonadas, sino a todos los miembros de su familia, entre los que sobresalía el bravo Coronel Marquiegui, cuñado suyo y oriundo de Salta, como Castro y otros ... Todos los viejos jefes realistas lo habían aceptado hasta entonces en su doble carácter de General y proveedor o banquero, sin oposición ni escándalo ... pero La Serna, Canterac, Valdés, Tacón, Espartero y demás jefes últimamente venidos de la Península Ibérica, miraban como una violación escandalosa a la disciplina esta mezcla irregular de comerciante y de General conque figuraba Olañeta ... Con varios pretextos procuró La Serna separarlo de las fronteras de Salta ...; todo fue inútil: Olañeta persistió francamente en no separarse de allí donde lo ligaban sus intereses, su influencia y el crecido número de parciales exclusivamente suyos ... Los liberales o jefes nuevos no tuvieron más remedio que seguir contemporizando a la espera de una mejor ocasión para separarlo”. Se separó aquel, sin embargo, de estos, en 1824, a raíz de haber abolido Fernando VII en España la Constitución liberal. El suceso dió motivo a que el acriollado caudillo desconociera la autoridad del Virrey La Serna. Entretanto Bolívar supo aprovechar la desunión de sus enemigos, y abrió la campaña rematada con las victorias de Junín y Ayacucho. Por su parte Olañeta, tras firmar un armisticio con los patriotas, se enfrentó de nuevo con ellos, negando validez a la capitulación de Ayacucho firmada por los realistas liberales. Estrechado por Sucre que venía del norte, y por Pérez de Urdininea y las tropas argentinas que avanzaban desde el sur, la situación del obstinado absolutista tornose insostenible. Su segundo, el Coronel Carlos Medina Celi se sublevó en Tumusla, cerca de Potosí; y al acudir Olañeta para reducirlo, resultó mortalmente herido en el tiroteo, el 1-II-1825, falleciendo al día siguiente. Castro

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Pedro Antonio Olañeta no dejó descendencia. Su hermano Gaspar Antonio — estafeta del ejército realista en 1812, al que tomaron prisionero los patriotas en la batalla de Tucumán —, fué el padre de Casimiro Olañeta, que tendría tan destacada actuación en la historia de Bolivia, la tierra de su nacimiento. También el famoso Brigadier guerrillero era primo hermano de José Mariano de Olañeta y Ocampo, nacido en el Cuzco en 1795, el cual se radicó en España en 1827; Abogado, Comendador de la Orden de Isabel la Católica y de la Flor de Lis de Francia, Consejero de Su Majestad, Auditor de Guerra, Alcalde Mayor de Jerez de la Frontera y Caballero de Carlos III. Una hermana de este personaje — y prima hermana de Pedro Antonio Olañeta —, la cuzqueña María Josefa de Olañeta y Ocampo, nacida en 1810, casó en 1838 con Antonio Bonifacio González, político y diplomático español, 1º Marqués de Valdeterrazo. Un hijo de los susodichos; Ulpiano González de Olañeta, 2º Marqués de Valdeterrazo y Vizconde de Antrinez, Grande de España, nacido en Madrid en 1847, en sus segundas nupcias con Isabel de Ibarreta y Uhagón, tuvo por hija a María Isabel González de Olañeta e Ibarreta, nacida en 1895, quien casaría en 1923 con Su Alteza Real Fernando de Orleans y Orleans, Duque de Montpensier. Por lo demás, aquella abuela de la Duquesa de Montpensier — María Josefa de Olañeta y Ocampo — era nieta de Sebastián José de Ocampo, Regidor en el Cuzco. Este señor y su mujer María Josefa de Navia y Quiroga procrearon a Manuel José de Ocampo, quien desde el Perú se vino a Buenos Aires, y aquí se casó con Vicenta Ramona de Ugarte Uriarte. De viudo pasó a Córdoba, donde contrajo segundas nupcias con Ursula González de Hermida y Arias Cabrera. Los Ocampo argentinos descienden de don Manuel José. Guillermo y Felipe Marquiegui — jujeños y cuñados de Olañeta — eran hijos de Ventura Marquiegui, natural de Elgueta en Guipúzcoa; hijo él a su vez, de Agustín de Marquiegui y de Ana María Sostoa. Don Ventura fué casado primeramente, el 23-X-1775, con María Gregoria Iriarte Goyechea, con la cual solo tuvo un hijo; el futuro General re202

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alista y Presidente de la Audiencia de Charcas Guillermo Marquiegui. Fallecida su esposa en 1778, el transitorio viudo tornóse a casar con su cuñada María Felipa Iriarte Goyechea, y la hizo madre de 12 hijos, de los que sobrevivieron 8, entre ellos Juan Casimiro, Felipe Bartolomé — camarada de Castro — y Josefa Raimunda; o sea, “Pepa” Marquiegui, la mujer de Olañeta. Todos estos Marquiegui eran primos segundos de Güemes — por los Goyechea — y en su correspondencia, ellos y Olañeta, le llamaban “pariente” al caudillo salteño. (Ver el apellido Martínez de Iriarte). Agustín Gamarra nació en el Cuzco el 27—VIII-1875, hijo de Fernando Gamarra y de Josefa Petronila Messía. Incorporado a las tropas del Rey, peleó en Huaqui, Tucumán, Salta, Vilcapujio, Ayohuma y otros combates de menor cuantía en el Alto Perú, hasta 1821 en que se pasó al ejército patriota. Entre 1812 y 1820, en una de las tantas invasiones realistas a Jujuy, contrajo enlace ahí con una niña de distinguida familia lugareña, como apunto más adelante. Jefe de Estado Mayor de los independientes en Ayacucho, Gamarra fué más tarde Mariscal y, por dos veces, Presidente de la República del Perú; de 1829 a 1833 (como sucesor de La Mar, a quien depuso revolucionariamente), y desde 1839 (luego de la victoria de Yungay, en la que al frente de fuerzas chilenas desbarató al Jefe de la Confederación Perú - Boliviana, Mariscal Santa Cruz, hasta 1841, año en que Gamarra cayó derrotado por el General Ballivián en la batalla de Ingavi, donde encontró la muerte el 18 de noviembre. Agustín Gamarra habíase casado con la jujeña Juana María Alvarado Sánchez de Bustamante, nacida el 8-VI-1797; hija de José Alvarado, nativo de la villa de Limpias en Santander, y de Segunda Sánchez de Bustamante y González de Araujo, natural de Jujuy, quienes se casaron en 1780; nieta paterna de Francisco de Alvarado y de María del Rivero, cántabros los dos; nieta materna de Domingo Manuel Sánchez de Bustamante, santanderino también, nacido en Cabezón de la Sal el 21-X1733 (de unos padres que se llamaron Francisco Sánchez de Bustamante y María de la Cuesta), el cual se radicó en San Castro

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Salvador de Jujuy, contrayendo allí nupcias el 18-X-1756 con María Tomasa González de Araujo y Zárate. Esta señora era chozna del famoso Pedro Ortiz de Zárate (de viudo sacerdote y mártir “venerable") y de Petronila de Ibarra Argañaraz (ver los linajes de Aragañaraz y Murguía y de Mexía Mirabal). Por último diré que el cuzqueño Agustín Gamarra y la jujeña Juana María Alvarado y Sánchez de Bustamante dieron vida a Andrés Gamarra Alvarado, quien se casó en el Perú con Manuela — “Manonga” — Saravia, prolongando con ella descendencia. Andrés Santa Cruz nació en La Paz el 30-XI-1792; hijo del Maestre de Campo José de Santa Cruz y Villavicencio, Caballero de Calatrava, creado Conde del Cañete del Pinar, en 1688 — y de Juana Basilia Calahuma — hija de un rico cacique de la estirpe imperial de los Incas. Como noble que era, el mestizo abrazó la carrera de las armas y la causa del Rey desde 1810. Sus primeras campañas las llevó a cabo en el ejército del Alto Perú, en la frontera del norte argentino, donde el paceño luchó junto con mi antepasado Pedro Antonio Castro. “Cuando yo lo conocí — recuerda amenísimamente el General Iriarte — servía en un escuadrón de milicias de caballería montado en mulas que mandaba el Coronel Vigil; era entonces Santa Cruz un oficial tan obscuro que, sin que se me crea jactancioso, habría yo desdeñado de alternar con él, a pesar de su clase que era la de Capitán graduado de Teniente Coronel ... Destinado a Tarija, fué hecho prisionero por La Madrid y conducido a “Las Bruscas” (en Dolores), depósito de prisioneros españoles en la provincia de Buenos Aires”. De allí fugó, pasó a Montevideo, a Río de Janeiro y a España, y regresó al nuevo mundo para reincorporarse al ejército realista del Perú. “Una feliz casualidad — cuenta Iriarte — le sacó de su posición insignificante ...; tuvo él la fortuna de hacer una gran ganancia al juego; se puso bajo un pié más espectable, contrajo buenas relaciones, se introdujo en la alta sociedad”. Cuando San Martín encargó a Arenales desembarcar sus tropas en la costa del Pacífico a fin de emprender la llamada “campaña de la Sierra”, en Pasco, cayó prisionero 204

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Santa Cruz, por segunda vez de los patriotas. A partir de entonces, el cautivo solicitó y obtuvo su ingreso en el ejército libertador; y Pichincha, la nueva expedición a los Puertos Intermedios, Zepita — victoria de Santa Cruz contra Valdés, y por la cual mereció el grado de Mariscal — Junín y Ayacucho, jalonaron su trayectoria bélica a favor de la independencia de América. Nombrado Presidente del Consejo del Estado peruano, en 1826, en tal carácter desempeñó la Presidencia de la República, cuando Bolívar se trasladó a Colombia. En 1829 fue Presidente de Bolivia. Durante su gestión creó la Confederación Perú-Boliviana, que englobaba el Bajo y Alto Perú en un solo Estado. Tal política integradora de gran envergadura, le valió la guerra que le llevaron sus opositores del Perú y las repúblicas de Argentina y Chile, en 1837. Derrotado definitivamente en Yungay (20-II-1838), por el Mariscal peruano Gamarra, buscó el destierro a raíz de ese contraste. Luego de varios fracasos políticos, Santa Cruz murió en Francia en 1865, donde estaba acreditado como Ministro plenipotenciario de Bolivia ante Napoleón III. Habíase casado con Francisca Cernadas, la cual señora le dió numerosos hijos, entre ellos; el Coronel Andrés Simón Santa Cruz, con actuación en nuestras luchas por la organización nacional, quien fue, de 1880 a 1887, Director del Colegio Militar Argentino, y estuvo casado con Juana de Urquiza — hija legitimada de don Justo José — sin dejar sucesión; Oscar Santa Cruz, el cual coleccionó y publicó en un volumen los documentos relativos al gobierno de su padre; y acaso Isidoro Santa Cruz, pintor que vivió en Salta y allí lo tenían por hijo del Mariscal; fue autor del retrato al óleo de mi bisabuelo Antonino Ibarguren, hoy en poder de la señora Nélida Sánchez Granel de Díaz Ibarguren. Miguel Otero, que nació en Salta en 1790, hijo de Pedro José Otero, natural de la villa de Llanes en Asturias, y de la salteña María Ignacia Torres y García Varela; hija, esta señora, de los primos segundos Gabriel Torres Sánchez de Loria y Petronila García Varela Sánchez de Loria, casados en 1757; nieta paterna del Maestre de Campo Gabriel Torres Gaete (ver los apellidos Torres Gaete, Gaete, Izarra, HurCastro

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tado de Mendoza, Irala, etc. etc.) y de Victoria Fernández Sánchez de Loria Arias Velázquez; nieta materna de Vicente García Varela y de Antonia Fernández Sánchez de Loria Arias Velázquez; etc., etc.. Así, pues, Miguel Otero, descendientes de tan ilustres prosapias conquistadoras, “era — según lo pinta Bernardo Frías — bajo de estampa, culto como una dama, inteligente como Salomón, movedizo como su abuelo — Torres —, que había llegado hasta Méjico en mula. Su semblante era respetable, su expresión vivísima, su tez blanca, y abundante y ondeado el cabello”. En 1810 la revolución le sorprendió en Salta y, siendo sus cuñados realistas, el simpatizó con el “nuevo sistema”. Pero los “desaciertos del gobierno de la Capital, y más que esto los atropellos, las vejaciones y las injusticias — los calificativos son de Frías — que sus agentes militares y políticos cometían contra la dignidad de las provincias, los derechos de los ciudadanos y los intereses de la patria amada”, le hicieron cambiar de opinión, “indignado al ver como a la tiranía española se la quería substituir por otra más desordenada, más ruinosa y más cruel”. Por eso Miguel Otero, “decepcionado y horrorizado con tanta iniquidad”, no pudo ocultar su júbilo cuando llegaron las tropas de Tristán y — con sus cuñados Domingo Olavegoya y José Rincón — tiró “veinte y tantas balas contra las fuerzas de Belgrano desde las trincheras de la ciudad el 20 de febrero de 1813”. Sus brillantes dotes intelectuales — estudió en Córdoba y en Chuquisaca — le valieron, en 1814, el nombramiento de Ministro del gobierno que colocó Pezuela en Salta, cuando, después de Vilcapujio y Ayohuma, ocupó la ciudad por intermedio de Saturnino Castro. “Adquirió grande amistad con los Jefes españoles — cuenta Frías — y su casa fue una de las mansiones preferidas para honrar a los Jefes del Rey”. En 1817 partió Otero al Perú en busca de mejor fortuna. Allí se hizo millonario, explotando las minas del cerro de Pasco. Cambió asimismo su orientación política, y como agente secreto de San Martín conspiró en Lima. Debido a sus trabajos, el batallón Numancia y el General Gamarra se pasaron a las filas independientes. Agregado civil en el gobierno del Protector y Libertador del Sud, nuestro hombre prestó 206

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también su colaboración al Libertador Bolívar, hasta el fin de la guerra emancipadora. Después, vivió en el Perú dedicado a la atención de sus empresas mineras. Empero, en 1840, el Mariscal Presidente Gamarra lo desterró de allí y le confiscó todos sus bienes. Entonces retornó el despojado a Salta, en los días en que la lucha entre unitarios y federales era más intensa. Como ciudadano neutral, los salteños lo eligieron Gobernador de la provincia en marzo de 1841; mas a los tres meses de haber asumido el mando, La Madrid lo derrocó para imponer a los de la facción unitaria en el poder. Vencido, a su vez, el tucumano por Oribe, este lo restituye a Otero en su puesto, con la plenitud de sus atribuciones. Tan ello resultó así, que a uno de los jefes de la vanguardia oribista, el Comandante Sandoval — entregador de Marco Avellaneda — que había cometido actos de pillaje en su tránsito por Salta, Otero lo hizo prender y lo mandó fusilar. Diré, de paso, que el único cargo oficial que ocupó mi bisabuelo Antonino Ibarguren durante su vida, fue el de miembro de una Comisión encargada de estudiar el aprovechamiento de las aguas del río Calchaquí; que el 31-XII-1841, fundó el gobierno federal de Miguel Otero. En 1842, Otero delegó el mando y pasó a Buenos Aires, donde Rosas lo nombró (1846) Ministro Plenipotenciario de la Confederación Argentina ante las autoridades de Chile. No habría de cruzar la cordillera, sin embargo, pues el Dictador lo retuvo a su lado como consejero en materia de política internacional sudamericana. La batalla de Caseros y sus consecuencias políticas sumieron a nuestro salteño definitivamente en la pobreza y en el olvido. Dejó de existir en Buenos Aires el 13-VII-1874. Miguel Otero habíase casado en 1823 en Lima, con la chilena Mercedes Lagui — de quien luego se divorció de hecho —, hija de José Lagui, italiano de Roma y de Carmen Pizarro, oriunda de Chile. En 1873, en su testamento, Otero declaró que le sobrevivían dos hijos; Rosa y Rafael Otero Lagui, residentes en Chile y en Montevideo respectivamente. Por lo demás, los Otero Torres — 6 hermanos de los cuales Miguel resultó el quinto — fueron estos, a saber; I) Benjamina Otero Torres, casada con el Teniente Coronel realista Juan Castro

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Ramón Viola, del que me ocupo a continuación, así como de su calificada descendencia. II) Felipa Otero Torres, casada con Domingo Olavegoya, cuyo hijo Demetrio se radicó en Lima. III) Micaela Otero Torres, que casó con José Rincón, de ellos vienen los Gómez Rincón y los Solá Rincón. IV) Pedro Otero Torres, fallecido en Lima. V) Miguel Otero Torres, el hombre de esta nota. Y VI) José María Otero Torres, abogado recibido en Chuquisaca en 1805, junto con Manuel Antonio Castro. Juan Ramón Viola nació en Buenos Aires, y aquí fue bautizado el 10-VII-1785; hijo de Juan Viola y de María Ignacia Ibáñez Echavarri; hija de Pascual Ibáñez Echavarri, Regidor de Buenos Aires, y de María Gabriela de Basabilbaso Urtubia, casados en 1751 en la ciudad porteña. A su vez los padres de María Gabriela eran Domingo de Basabilbaso y de la Presa, nacido en 1709 en San Pedro de la Mura (Llodio) y María Ignacia de Urtubia y Toledo, que nació en Buenos Aires en 1704, donde se casaron ambos en 1730. Fué don Domingo de Basabilbaso un verdadero magnate en el Río de la Plata; comerciante acaudalado, patrono de las obras que levantaron la Catedral, Alcalde del Cabildo y primer Administrador General de Correos y Postas rioplatenses, cuya vasta jurisdicción marítima y terrestre, abarcaba desde España hasta Chile. Así pues, el susodicho Juan Ramón Viola — bisnieto de Basabilbaso — de muchacho fue enviado por sus padres a estudiar a España; y estaba de vuelta en el país cuando estalló la revolución en 1810. Uno de sus hermanos, el presbítero Domingo Viola, asistió al Cabildo abierto del 22 de Mayo, pero se retiró sin votar. Poco después, las autoridades revolucionarias fusilaron a otro hermano suyo, Basilio Viola, y al español Juan González, acusados ambos de conspirar con Liniers contra el “nuevo sistema”. A raíz de este episodio, Juan Ramón Viola brindó sus servicios a los jefes realistas en el ejército del Alto Perú, en el cual ingresó como oficial, hasta llegar a edecán de Olañeta. Cuando aquella ocupación de Salta en 1817, en la que entraron juntos mi tatarabuelo Pedro Antonio Castro y Buenaventura García Camba, este último en sus Memorias, lo trata a Viola con muy poca simpatía; “Muy 208

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contados eran los hombres que se veían en la ciudad — recuerda Camba —; entre estos había motivos de recelar que alguno se hubiese quedado de acuerdo con el Gobernador Güemes, y eran naturalmente mayores las sospechas que recaían en Viola por su conocida conducta y sus frecuentes pasos del uno al otro bando. Mas adelante, cuando el General Olañeta negó la obediencia al Virrey La Serna para desgracia de España, se hallaba Viola de su Ayudante de Campo, siendo de notar que ni Olañeta desconocía la desacreditada reputación de este sujeto, ni ignoraba sus anteriores y antiguas relaciones con los enemigos”. En el armisticio concluído el 15-VII-1821 entre Olañeta y José Antonino Fernández Cornejo — Gobernador de Salta luego de la muerte de Güemes —, al lado del jefe realista estaba Juan Ramón Viola. Este tuvo por consorte a la salteña Benjamina Otero Torres — hermana de Miguel Otero, cuyos antecedentes genealógicos se apuntaron más atrás — y con dicha señora procreó a; I) María Ignacia Viola Otero, casada el 1-XII-1847 con Victorino Mollinedo y Ormaechea, Toledo Pimentel y Torres García Varela; ambos cónyuges primos segundos. Su hijo Benjamín Mollinedo y Viola no tuvo sucesión. Y II) Candelaria Viola Otero, casada el 2-IX-1844 con Serapio Ortiz Santos. Entre los muchos Ortices como hay — o había — en Salta, son ellos los padres de Serapio, Miguel, Nolasco, Benjamina, Ignacio, Abel, Mercedes (ésta la mujer de Francisco —"Pancho"— Ortiz Alemán Tamayo, primo suyo y acérrimo enemigo de los Uriburus en 1864), Margarita y Luis Ortiz Viola, de quienes deriva conocida y numerosa descendencia. Por lo demás, los Viola Ibáñez Echavarri Basavilbaso, todos porteños, fueron; 1) Francisco, nacido en 1772; 2) Domingo, nacido en 1774, clérigo. 3) María del Rosario, nacida en 1776; 4) Basilio Antonio, nacido en 1778, fusilado en 1810 como dijimos. 5) Basilia, casada con Domingo Somellera, con quien dejó sucesión; 6) Juan Ramón, el cual, como sabemos, casose en Salta con Benjamina Otero; 7) María del Carmen, que casó con Miguel Villodas; 8) Dolores; y 9) Concepción, esposa del Oficial de la Real Armada Domingo María Navarro y Torres Ponce de León; de ellos vienen los Navarro Viola. Castro

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Tomás de Arrigunaga y Archondo era natural de Guecho — frente a Portugalete, río Nervión en medio —, Señorío de Vizcaya, donde naciera hacia 1763; hijo de Sebastián de Arrigunaga y de Juana Bautista Archondo. Radicado en Salta, cuando aún no había cumplido los viente años, participó en la campaña destinada a sofocar el alzamiento de los indios sublevados por el famoso Tupac Amaru. Dedicado al comercio, don Tomás acumuló una buena fortuna en la ciudad de su arraigo, donde, además, dada su espectable posición económica y social, en distintas oportunidades le fueron encomendadas las funciones de Alcalde ordinario, Alférez Real, Fiel Ejecutor, Síndico Procurador del Cabildo y Gobernador Intendente en 1807. Producida la revolución de 1810, Archondo se opuso resueltamente a la Junta de Buenos Aires. Con las armas en la mano asistió a la batalla de Salta (20-II1813), y derrotados sus camaradas juró con ellos no volver a combatir contra los criollos insurrectos. Sin embargo, como edecán de Pezuela estuvo en Sipe Sipe (29-XI-1815), experimentando al pié de la cuesta de Viluma la gran satisfacción de desquitarse del anterior contraste en la pampa de Castañares. Con los Castro quedó vinculado durante esos trajines bélico. Cuando al frente de la vanguardia real Saturnino ocupó Salta en 1814, Archondo le auxilió con importantes entregas de dinero; como lo hiciera antes con Tristán, y, posteriormente, en varias ocasiones, solventara los gastos de las tropas realista; contribuyendo, por ejemplo, a vestir los escuadrones de “Cazadores” y de “Dragones de San Carlos”. Ello consta en los trámites que el interesado realizó ante las autoridades virreinales de Lima, a fin de cobrar los anticipos aludidos. En un reclamo fechado en Arequipa el 5—VI-1822, el infrascripto invocaba el testimonio de los Coroneles Francisco Martínez de Hoz, Fernando Aramburú, y Pedro Antonio Castro, quienes, por su parte, corroboraron las aseveraciones del acreedor. Archondo llegó asimismo a ostentar el grado de Coronel, y a desempeñarse como Aposentador general y Juez de Policía en el ejército de Pezuela. Sus servicios a la causa española no se limitaron a meros adelantos de plata; según dijimos combatió 210

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en las batallas de Salta y Sipe Sipe; con riesgo de su vida ocultó en su casa, durante 14 meses, al Obispo salteño Nicolás Videla del Pino; y siendo sub delegado en Cinti cayó prisionero de los patriotas. Al recordarle, en 1816, al general La Serna sus méritos y servicios en pró de Fernando VII, Archondo decía; “He sufrido de los insurgentes por mantener indelebles los imprescriptibles derechos del Soberano, prisiones, afrentas, bochornos, multas, pensiones, gabelas, secuestros, confiscaciones y un sin número de males ... pero ni estos, ni la pérdida de mis bienes, ni la conspiración de mis propios hijos contra mi existencia, ni la persecución de mis domésticos, ni el haber estado proscripto y condenado a muerte por el caudillo Belgrano y Dorrego, ni el haber estado metido en una gruta separado del resto de los demás ... me harán desistir un momento de sacrificar cuanto tengo, y hasta mi propia existencia ... en la defensa del Rey y sus derechos ... Por delación de mis hijos, José Aniceto de 24 años y Angel Rosendo de 18, acusándome de realista al Gobernador Chiclana, fuí apremiado a dar veinticuatro uniformes completos de paño ... fuí perseguido terriblemente por el caudillo Belgrano, quien, unido con mis hijos, confiscó mis intereses, dejándome sin recursos y sujeto al dominio de mi hijo mayor como tutor y curador de mis bienes, dejándome de pupilo de un hijo rebelde”. Un drama de familia, como se ve. Estaba don Tomás en Salta cuando el golpe de mano del “Barbarucho” Valdés (7-VI-1821), tuvo por desenlace la herida y posterior muerte de Güemes. Entonces, el asaltante, adueñado de la ciudad, lo nombró Gobernador interino al empedernido Archondo; “un hombre — según lo pinta Bernardo Frías — de estatura pequeña pero robusta como su salud; y se distinguía entre los seres humanos por tener una frente ancha, saliente y enorme, conque remataba su figura. Era vizcaíno, natural de Potugalete, y contaba a la sazón 58 años de edad. Su primera medida una vez Gobernador — señala Frías —fue dictar un bando preñado de castigos aterrorizadores; como que amenazaba con la pena de confiscación de bienes a los dueños de casa que permitieran se hiciera fuego desde sus habitaciones, y a los que ocultaran en ellas armas o soldados; y Castro

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con entregar al saco sus moradas a quienes facilitaran la fuga de los que no se habían presentado y hecho acto de homenaje al invasor”. Pero a los pocos días Olañeta entró triunfalmente en la ciudad, hízose cargo del gobierno, y mudó por completo de política; al terror creyó oportuno sustituirlo por la benevolencia. Tomás de Arrigúnaga y Archondo habíase casado en Salta, el 3-III-1786, con la salteña Josefa Eulalia Ruiz Gómez (hija de Antonio Ruiz Carbajal, Alcalde de Salta, y de María Cecilia Gómez Arias Rengel). Bendijo su boda el cura Dr. Gabriel Gómez Recio, y fueron testigos de la misma Joseph María Ruiz de Carbajal y Rafael González. Resultaron sus hijos; 1) Antonia; 2) José Aniceto, nacido en 1792; 3) Mariana, casada con Mariano Lequerica, con quien dejó sucesión; 4) Salvador, acaso el Capellán del ejército realista que avisó a Saturnino Castro que su conspiración estaba descubierta por Pezuela; 5) Atanasio; 6) Angel Rosendo; 7) Lucía; y 8) Nicolás Archondo y Ruiz Gómez. Testó el viejo Archondo el 7-X-1847 en Salta, ante el Escribano Agustín José de Arteaga. Dispuso amortajaran su cadáver con el hábito de San Francisco y que lo sepultaran en la Catedral la pié del altar del Señor del Milagro, “en razón de haber contribuído con 350 y tantos pesos para la fábrica se su altar”. Francisco Elías Martínez de Hoz nació en Huespeda, Partido de Villarcayo, en la Provincia de Burgos; hijo de Mateo Martínez de Hoz y de la Hoz, y de Agueda Alonso de Armiño; nieto paterno de Mateo Martínez de Hoz y de Antonia de la Hoz; y materno de Francisco Alonso de Armiño y de María Martínez. Fué, Francisco Elías, Coronel en el ejército realista del Alto Perú, camarada y gran amigo de Saturnino y de Pedro Antonio Castro. Como se había avecindado y casado en Salta, y como un primo suyo resultó después el tronco de su apellido en Buenos Aires, al militar referido lo incluyo entre los “realista americanos”. Se casó el 27-VII1810, con la salteña Juliana de Tejada Salvo (hija del Teniente Coronel Manuel Antonio de Tejada Martínez de Herrera — fundador de su linaje en Salta — y de Juana Antonia Salvo, su 212

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mujer de 3as nupcias). El único vástago del Coronel Martínez de Hoz fue; Manuel José Martínez de Hoz y Tejada, nacido en 1814, que murió sin sucesión. Un primo hermano del militar español, llamado Narciso Alonso de Armiño y Martínez de Hoz — oriundo de Huespeda — se radicó en Buenos Aires, donde casó el 13-XI-1820 con la porteña María Josefa Fernández de Agüero. Sus descendientes perpetúan en la Argentina el apellido Martínez de Hoz. Manuel Fernando de Aramburú nació en los valles calchaquíes, donde sus antepasados habían sido ricos propietarios y encomenderos; hijo de Nicolás de Aramburú y Lisperguer y de Josefa Antonia Frías y Escobar Castellanos; nieto paterno del Maestre de Campo Marcos de Aramburú y de María Bernarda de Lisperguer Aguirre y Díaz de Loria (descendiente de los Díaz de Loria Hervas Andrade y del famoso conquistador de Chile el teutón Pedro Lisperguer y Birling); nieto materno de Tomás Manuel de Frías Quejana, hidalgo de Castilla la Vieja, y de Valeriana de Escobar Castellanos Moreno Maldonado, la cual descendía de conquistadores del Norte argentino y del Río de la Plata: Antonio Luis de Cabrera, Ñuflo de Chaves, Gonzalo Duarte de Meneses, Diego de Villarroel y don Francisco de Mendoza, vástago del Conde de Castrojeriz). Cuando en Salta se tuvo noticia del pronunciamiento ocurrido en la capital del virreynato el 25-V-1810, y se recibieron los oficios de la Junta gubernativa y del Cabildo porteños, el Ayuntamiento local resolvió convocar, también allá, un “Cabildo abierto” similar. Esta Asamblea realizóse el 19 de junio, y a ella asistieron los Alcaldes y Regidores, además del Obispo Videla del Pino, de los dignatarios eclesiásticos, los jefes castrenses y algunos vecinos de pro, todos presididos por el Gobernador Intendente Nicolás Severo de Isasmendi. Entre los militares asistentes estaba Manuel Fernando de Aramburú, en su carácter de oficial veterano del regimiento de voluntarios, quien prestó su adhesión a que se conservaran estos dominios para el Rey cautivo Fernando VII. Tal sentimiento de lealtad a la Corona lo impulsó, después, a Castro

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colaborar con el ejército realista. Ocupada Salta por las fuerzas de Tristán en 1812, y formado su Ayuntamiento con cabildantes contrarios a los insurrectos de Buenos Aires, Manuel Fernando de Aramburú integró esa corporación, junto con; José de Uriburu (mi tartarabuelo), Francisco Avelino Costas, José A. Chavarría, Bruno Oro, Francisco Lezama, Miguel J. Gómez, José A. García y Francisco E. Martínez. Cesante de dicha actividad municipal, tras el triunfo de Belgrano (20-II1813) y la toma de Salta por las fuerzas de éste, Aramburú se dispuso a seguir la suerte de las armas del Rey en los campos de batalla. Al efecto organizó, a su costa, una agrupación de caballería, a la que dió el nombre de “Escuadrón de San Carlos”, en homenaje al pueblo calchaquí donde don Manuel Fernando ejercía su influencia patronal indisputable, y de cuya localidad sus milicianos eran oriundos. Con estos “vallistos” sumóse a las huestes de Pezuela; “sirviendo aquellos salteños — advierte Bernardo Frías — hasta el término de la guerra, luchando ya con sus propios paisanos, ya con los de Sucre y Bolívar, hasta acabar su estéril sacrificio en Ayacucho, rindiéndose juntamente con España”. Manuel Fernando de Aramburú y Frías fue casado con su sobrina Perfecta Sánchez Frías (hija de María Frías Vélez, prima hermana de Aramburú, y de Juan Sánchez Gutiérrez), y en su matrimonio procreó a José Gregorio Antonino Aramburú y Sánchez, que falleció sin herederos; y a José Ildefonso Aramburú y Sánchez, casado con su parienta Celestina López Frías; la cual, al enviudar de aquel, contrajo 2as nupcias con Sigifredo Brachieri, pionero de la industria vinícola en Salta, en su finca “La Rosa” — que fuera de Manuel Fernando Aramburú —, en Cafayate, antaño del curato de San Carlos en el Valle Calchaquí. José Domingo Vidart de Linares y Hernández nació en Salta, por 1780; hijo de Juan Vidart y Linares y de Luisa Catalina Hernández o Fernández Enríquez de la Cámara; nieto materno de Juan Hernández o Fernández Enríquez y de Petrona de la Cámara Elizondo. Esta señora estuvo casada primeramente con el Capitán Francisco Xavier de Ibarguren y 214

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Castañares, con quien no tuvo descendencia. Pasó a 2as nupcias con el Maestre de Campo Juan Hernández o Fernández Enríquez, con el cual únicamente procreó a Luisa Catalina; la madre de José Domingo Vidart de Linares y Hernández. Viuda por segunda vez, doña Petrona de la Cámara contrajo un tercer enlace con el Teniente Coronel Agustín de Zuviría, al que no le dió hijos. Era, doña Petrona, hija del Maestre de Campo Antonio de la Cámara y de su mujer Gregoria Ruiz de Elizondo y Butrón, de quienes trato en el linaje de la Cámara. José Domingo Vidart de Linares, al producirse la revolución emancipadora el año 1810, abrazó la causa realista, en cuyas filas hizo toda la guerra, combatiendo hasta el final contra la independencia americana. Fue compañero de Espartero en aquella entrevista que dicho Jefe mantuvo con Las Heras el 7-XII-1823. Así lo recuerda García Camba en sus Memorias. “Llegó — dice este autor — Espartero a la ciudad de Salta acompañado del Coronel D. José Domingo Vidart, natural del mismo pueblo, fiel a la España, adonde vino a continuar sus servicios y a morir después de la batalla de Ayacucho, a la que asistió”. El Coronel realista que me ocupa contrajo matrimonio en Salta, en julio de 1806, con Manuela Matorras; hija de Domingo Matorras y de Angela Tapia. Agrego que fue hermana de José Domingo, María Antonia Vidart de Linares y Hernández, esposa de Mateo Gómez Zorrilla; ambos resultan los abuelos paternos del Dr. Benjamín Zorrilla Aramburú Vidart de Linares y Frías, Ministro del Interior de Avellaneda cuando la federalización de Buenos Aires en 1880, y marido de Amalia Uriburu Uriburu Poveda y Arenales, en la que prolongó sucesión. Rufino Valle Gordaliza había nacido en Tucumán y, en 1810, se enroló en la fuerza militar salida de Buenos Aires para imponer la revolución en las provincias del norte. Combatió en Cotagaita, Suipacha, Huaqui (aquí se desbandó como sus camaradas frente al enemigo), Las Piedras, Tucumán, Salta y Vilcapujio, en cuya acción resultó herido. Repuesto de Castro

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su lesión se pasó — por resentimientos personales, sin duda — al ejército contrario. “El Capitán don Rufino Valle, de mi regimiento — dice Paz en sus Memorias—, un Capitán García, de infantería, ambos tucumanos, y un Teniente Rodríguez, viejo inútil y europeo, desertaron a sus banderas y pasaron a servir a la causa que habían combatido. Nada supe después de los dos últimos; pero Valle apenas llegó a Comandante en el ejército Real, en que sirvió muchos años, hasta que vencidos los españoles en 1825, volvió a Jujuy, donde vivía al lado de una joven con quien se había casado”. Así, ese desertor casi paisano de Pedro Antonio Castro, vino a pelear en las mismas filas que este. García Camba recuerda que el General Canterac le encomendó al Comandante Rufino Valle la misión de salir con una columna de Tupiza para batir al guerrillero patriota José María Chorolque, a quien Valle derrotó completamente en el combate de Rincón (10-XII-1819), tomándolo prisionero con su mujer, 24 hombres, 17 fusiles, una caja de guerra, todas sus caballerías y 2.000 cabezas de ganado lanar — cabras, seguramente. Habíase casado Rufino Valle en Jujuy, el 31-V-1812, Justina Hereña Goyechea; hija de Pedro Antonio Hereña y de María Francisca Goyechea, nacida en 1763; hija esta señora de José Antonio de Goyechea y Argañaraz y de Paula Cueto. Resultaba, pues, la mujer del tucumano, prima segunda de Güemes, el caudillo máximo de los patriotas. Concluída la guerra, Valle retornó al terruño de su mujer y de sus hijos. El 18-XI-1834 cooperó con su antiguo camarada realista el Coronel Fascio, a la sazón Alcalde de Jujuy, en el pronunciamiento que trajo al autonomía jujeña como provincia argentina independiente de Salta. A ese propósito, Rufino Valle, Manuel Ignacio del Portal y Pablo Soria, fueron comisionados por Fascio para tratar con Pablo Latorre, Gobernador de Salta, quien se encontraba en el lugar de Los Sauces, acerca de la federalización anhelada; sin éxito, porque el asunto se ventiló en batalla campal. Posteriormente Valle con el grado de Teniente Coronel, mandó un batallón en el conflicto armado de nuestro país contra la Bolivia del Mariscal Santa Cruz. Diputado y Presidente de la Legislatura de su provincia adoptiva en varias oportunidades, Rufino 216

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Valle Gordaliza, propietario de la gran finca “Caspalá” — que fuera de los Goyechea y los Portal — murió en Jujuy, el 23-I1861. Su hijo Rufino, que nació en Jujuy en 1826, estuvo casado con Benita Castro Zamudio, boliviana de Sucre, aunque de familia salteña. Gozó de buena fortuna, y entre otros cargos importantes, fue Diputado Nacional por Jujuy de 1868 a 1872. Otra de las hijas del ex Comandante realista fue Elisa Valle que se casó con Wenceslao Quintana Echavarría, y con él dejó sucesión. José María Fascio de la Fuente, aunque europeo de nacimiento, puede considerárselo americano por su actuación. Vino al mundo en San Lucar de Barrameda, el 4-VII-1787, hijo de Juan Nepomuceno Fascio Infanta y de Petronila de la Fuente y Abad; nieto paterno de Ramón Fascio y de María Josefa Infanta; y materno de José María de la Fuente y de Antonia Abad; todos de San Lucar de Barrameda, en la provincia andaluza de Cádiz. José María peleó en el ejército realista del Perú hasta alcanzar el grado de Teniente Coronel y caer derrotado definitivamente en Ayacucho — fue uno de aquellos 68 Tenientes Coroneles que capitularon allí, el 9-XII-1824. Terminada la guerra, en vez de embarcarse para España o quedarse en territorio peruano, el referido Jefe en disponibilidad se radicó en San Salvador de Jujuy, cuya ciudad conocía bien por haberla invadido en repetidas ocasiones, y por tener entre su gente muy buenas amistades; como que era — o sería mas tarde — concuñado del ex realista y entonces prominente patriota, el cuzqueño Agustín Gamarra. Acaso llegara Fascio al norte argentino en compañía del tucumano Rufino Valle — futuro amigo político suyo —, y a la sazón su camarada en la derrotada causa del Rey; como lo fueran también los Marquiegui — jujeños ellos —, y Pedro Antonio Castro, el salteño que oportunamente se pasó a las filas independientes. Como es sabido, el 18-XII-1834, Fascio, que era Alcalde de Jujuy, convocó a un Cabildo abierto que declaró la autonomía de la Provincia y le nombró Gobernador y Jefe de las fuerzas locales que en la batalla de Castañares derrotaron al Gobernador salteño Pablo Latorre, el cual se negaba a reconocer Castro

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dicho pronunciamiento político. Latorre, herido, cayó prisionero, siendo conducido a un calabozo de la ciudad de Salta; donde en la cama, cobardemente, sus enemigos lo ultimaron a lanzazos el 29-XII—1834. Poco después de su gobierno, Fascio se ausentó para España, y allí murió en 1840, a los 53 años de edad, sin poder regresar a Jujuy donde quedó su familia. José María Fascio habíase casado con una jujeña de ilustre prosapia; Juana María Alvarado y Sánchez de Bustamante — propia hermana de la mujer del Mariscal Gamarra, cuya genealogía inserté al final de la nota dedicada a ese personaje. Sus hijos resultaron; 1) Ramón Fascio Alvarado, que casó 1º con Elisa Gurruchaga Araoz y de viudo con Eva Pérez Millán, la cual le dió posteridad; 2) Emilio Fascio Alvarado, que casó 1º con Josefa Belaunde Eguía, y en 2as nupcias con la madre de sus hijos, Sara Rufina Millán Echavarría; 3) Justiniano Fascio Alvarado, marido de Josefa Patricia Arenas Iriarte Marquiegui, y con ella hubo con sucesión; 4) Trinidad Fascio Alvarado, soltera; y 5) Belisario Fascio Alvarado, nacido en 1833. Félix de la Roza y de la Quintana era porteño, nació por 1792, hijo del Coronel de los Reales Ejércitos y, después, Administrador de Correos de Lima, Félix de la Rosa y Sande y de María Fermina Josefa de la Quintana y Aoiz, casados el 14IV-1788 en Buenos Aires. Doña María Fermina, por su parte, era hija del Brigadier General José Ignacio de la Quintana y Riglos y de Petronila de Aoiz y Larrazabal; nieta paterna del Veedor del Presidio de Buenos Aires y prominente vecino Nicolás de la Quintana y Echeverría, y de su mujer Leocadia Francisca Javiera de Riglos y Torres Gaete (de cuyas genealogías respectivas me he ocupado extensamente en lugar aparte); y nieta materna del General y Regidor bonaerense, aunque madrileño de nacimiento, Pablo de Aoiz y de la Torre, y de Tomasa de Larrazabal y Avellaneda Lavayan. Resultaba, pues, Félix de la Roza y de la Quintana, primo hermano de Remedios Escalada y de la Quintana de San Martín, y primo segundo de mi tatarabuelo Manuel Hermenegildo de Aguirre y Lajarrota de la Quintana. No salido aún de la 218

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adolescencia, Félix fue enviado por sus padres a España, a la Academia Militar de Segovia, donde egresó como oficial de artillería. Con el grado de Capitán graduado de Teniente Coronel lo destinaron a prestar servicios en el ejército realista del Alto Perú. Allí, en el cuartel general de Cotagaita lo encontró en 1816 su antiguo compañero de estudios, paisano y amigo desde la niñez Tomás de Iriarte, quien afectuosamente lo recuerda en sus Memorias. “La Roza — escribe dicho militar — era Comandante general de artillería y por lo tanto más antiguo que yo. Me hospedé en su casa; nos queríamos como hermanos ... desde mi primer encuentro con aquel amigo tan querido, le descubrí mi corazón, asegurándole que mi venida a América tenía por objeto no pelear contra los independientes sino unirme a ellos; él me manifestó que sus sentimientos eran igualmente patrióticos, pero que no podía hacer el sacrificio de separarse de su familia que pertenecía al partido del Rey; le eché en cara haberse batido contra los patriotas en Sipe Sipe, y esta reconvención lo exasperó en alto grado; me dijo que era más patriota que yo, y en prueba de ello me propuso que volásemos los almacenes y parque del ejército, que de este modo la ruina del ejército real era segura. Si yo le hubiese dado mi palabra, La Roza era capaz de llevar a efecto una proposición tan diabólicamente desatinada; pero yo al mismo tiempo que le hice ver lo inicuo de un proceder semejante, rechacé el medio como indigno de un hombre de honor. La Roza lo tenía, pero en aquel momento había perdido la razón, transportado de enojo por mi reconvención. Esta acalorada discusión concluyó por comprometernos entrambos a tomar partido con nuestros paisanos, y yo quedé muy contento del nuevo prosélito que acababa de hacer para la causa de mi país, porque La Roza era oficial valiente y de conocimientos en su profesión”. Cuando la gran ofensiva de La Serna a los territorios del norte argentino — en la que participó mi tatarabuelo el Coronel Castro —, La Roza quedó al frente de un destacamento en Humahuaca, con la misión de sostener este punto a retaguardia, mientras las tropas Reales avanzaban hacia Jujuy y Salta por la quebrada epónima. En la noche del 1-III—1817, aquel punto fortificado fue sorpresivamente tomado por una Castro

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partida de gauchos que mandaba Manuel Eduardo Arias, dirigidos por el Teniente jujeño Manuel del Portal, quien, poco antes, había caído prisionero de Olañeta y logrado escapar de Humahuaca, por lo que conocía bien sus fortificaciones. “A los primeros disparos de los centinelas — refiere Iriarte — La Roza, que estaba alojado en una casa al pié del morro de Santa Bárbara donde había una batería que yo construí, salió con dirección a esta batería. Portal lo alcanzó en la cuesta y le intimó rendición; La Roza le dijo; no me mate usted que soy porteño, soy primo del General San Martín, y no había acabado de hablar, cuando el indigno Portal lo había asesinado. La pérdida de Humahuaca hacía muy difícil la posición del ejército español; era aquel el único punto intermedio de comunicación con las provincias del Perú, y por consiguiente el ejército quedaba aislado y sin noticias del interior”. Meses después, los efectivos de La Serna en plena retirada pasaron por Humahuaca; “el pueblo estaba enteramente solitario — recuerda Iriarte —; muchas de las habitaciones conservaban los vestigios sangrientos de la noche de la sorpresa. Me dirigí al morro de Santa Bárbara en cuya falda sabía que estaba sepultado el cadáver de La Roza, y de otros desgraciados que habían perecido la misma noche. Después de haber reconocido varios esqueletos encontré el de mi amigo; otro que yo no lo habría conocido, porque estaba desfigurado, pero yo tenía signos inequívocos, le faltaban algunas muelas; lloré sobre los restos de aquel amigo desgraciado que la hoz de la muerte había segado en una edad tan temprana, y al que había estado unido desde la infancia; y volví a sepultarlo en el mismo sitio, despidiéndome de él para siempre”. Tomás José de Iriarte, el futuro Brigadier General argentino, era porteño, nacido en Buenos Aires el 7-III-1794; hijo del Coronel comandante del Real cuerpo de artillería de aquella plaza, Félix de Iriarte y Aymerich, nacido en Gerona, y de la criolla Josefa Somalo y Arroyo, casados en la capital del virreinato rioplatense el 5-V-1782; nieto paterno de José de Iriarte, nativo de Mendiondo, en Vizcaya, y de Antonia de Aymerich, catalana de la conocida estirpe de este apellido; 220

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nieto materno de Juan Francisco de Villoslada Somalo y Pérez de Allende, y de Juana de Arroyo y González de Cossio. De muchacho, Tomás de Iriarte, fue enviado por sus padres a España. Allí ingresó en la Academia Militar de Segovia, de la cual salió como oficial de artillería. Hizo sus primeras armas contra los franceses, cuando Napoleón ocupó la península en 1808. En 1816 se vino a América con la expedición de La Serna, y en el ejército realista del Alto Perú participó en las invasiones a Jujuy y Salta de 1817 y 1818, pasándose luego a las filas independientes el 25-XII-1818. Sus famosas Memorias llenas de color, de gracia y de veneno, no nombran para nada a mi tatarabuelo el Coronel Pedro Antonio Castro, al que, sin duda, conoció en los cuarteles de Cotagaita o de Tupiza, o durante aquellas campañas invasoras; sobre las cuales, por lo demás, Iriarte pasa como sobre ascuas, pues solo se limita a criticar a sus camaradas y a relatarnos sus incidentes personales con ellos, omitiendo la descripción de los combates contra los patriotas, donde él tuvo participación activa. Como la biografía del referido personaje es de sobra conocida, me circunscribiré a señalar algunos herederos suyos, y a resumir la genealogía de la familia Cires, con una de cuyas niñas, Francisca Eugenia, Tomás de Iriarte se casó. Ocho fueron los hermanos Iriarte Somalo; 1) Félix, del cual y de su sucesión me ocupo en el punto I. 2) Tomás José, que sigue en el punto II. 3) Juan, Capitán de artillería. 4) Antonio, muerto en la batalla de Maipú. 5) Margarita, que casó con José de Abreu y Barros, militar portugués. 6) Dolores, esposa del Capitán de Fragata español José Fernando Posadas y del Castillo. 7) Encarnación, casada con el Teniente de Navío de la Real Armada Pedro Hurtado de Corcuera y Alcivar. Y 8) Josefa, —“Pepa” — Iriarte Somalo. I — Félix Iriarte Somalo, guerrero contra el Brasil. Casó el 1-II-1831 con Dominga Rivadavia y Cires (hija de Santiago Rivadavia y Rivadavia — propio hermano de don Bernardino — y de Isabel Cires y de la Cruz). Fallecido Félix en 1842, su viuda pasó a 2as nupcias el 4-VII-1844 con Bernardino Rivadavia y del Pino (hijo del famoso prócer), del que Castro

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luego se separó sin dejar sucesión. Los Iriarte Rivadavia, vástagos del enlace de Félix de Iriarte con Dominga Rivadavia fueron; 1) Hortensia Iriarte Rivadavia, n. en 1831. Casó el 3-VIII1852 con el comerciante Cayetano Barbosa. 2) María Rosario Iriarte Rivadavia, n. en 1833 y fall. en la infancia. 3) Edelmira Iriarte Rivadavia, ahogada en el Río de la Plata el 28-XI-1855, frente a la vieja quinta de Otárola. De la muerte de dicha muchacha, y del proceso que esa tragedia desató, con la prisión de su madre Dominga Rivadavia y del yerno de esta Cayetano Barbosa (presuntos amantes) acusados de haber asesinado a la desventurada Edelmira, me ocupo más adelante al referirme a la abuela de ella, Isabel Cires. II — Tomás José Iriarte Somalo, ascendido a General en Ituzaingó, más célebre por sus Memorias que por sus hazañas militares o políticas de federal “lomo negro”. Se casó en Bs.As. el 1-XII-1823 con Francisca Eugenia de Cires Ugarte, cuya genealogía trato más abajo. Del General Tomás Iriarte, entre otros, son descendientes; el Obispo de Mercedes, Monseñor Juan José Iriarte Amadeo; los Iriarte Udaondo; los Allende Iriarte; y Enrique Iriarte Guién, médico y genealogista entusiasta. Los Cires, por su parte, tuvieron por antecesores inmediatos a Juan Eusebio Cires de Cossio, nacido en 1718 en la provincia española de Santander, y a su consorte Bernardina de la Cruz, nacida en 1748. Padres fueron de 7 hijos; 1) María Manuela Cires y de la Cruz, n. en 1763 en Buenos Aires. 2) Tomás Cires y de la Cruz,n. en 1769 en Bs.As. Después militar de alta graduación en España. 3) Matías Cires y de la Cruz, porteño también, n. en 1771. Capitán de Patricios en 1806, fallecido en 1809. Casó con la criolla María Mercedes de Ugarte y Uriarte (hija de Francisco Ignacio de Ugarte y de Ramona de Uriarte). De viuda María Mercedes volvióse a casar con Mariano Vidal, 222

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nativo de Montevideo (hermano del canónigo Pedro Pablo Vidal). Fueron los Cires Ugarte; A) Francisca Eugenia, n. en 1806, la esposa del General Tomás Iriarte y Somalo, con sucesión; B) Pascuala; y C) Francisco. Por su parte los hermanastros de ellos, Vidal Ugarte, nacidos en Montevideo, se llamaron; D) Julio; E) Angel: F) Margarita; y G) Mercedes. 4) María de la Encarnación Cires y de la Cruz, n. en 1773. Se casó con el rico comerciante, armador y Regidor del Cabildo de Buenos Aires, Gabriel Real de Azúa y Garrastazú, nativo de Bilbao. Dichos cónyuges son los antepasados de los Real de Azúa argentinos y uruguayos. 5) Juana Petrona Cires y de la Cruz, n. en 1776. 6) Esteban Cires y de la Cruz, Teniente de las milicias urbanas porteñas en 1808. 7) Isabel Cires de la Cruz, la cuál fue bínuba, vale decir que casó dos veces. 1º con Santiago González de Rivadavia baut. el 18-III-1777 y fall el 26-II-1823 (propio hermano de don Bernardino), y en 2as nupcias, ya viuda, con Pedro Jimeno, Teniente Coronel de Marina, Capitán del Puerto de Buenos Aires y edecán del Gobernador Rosas. Jimeno era de humilde origen; había trabajado de “mozo” en el Café de la Victoria, y posteriormente de vendedor ambulante y empleado en el Teatro Viejo. Ingresó más tarde a revistar en el escalafón de la marina, y su probada lealtad hacia el “Restaurador de las Leyes” le llevó a los altos cargos apuntados. Tuvo por padres al Sargento retirado de caballería Hipólito Ximeno, natural de Castilla la Vieja, y a María Nicolasa Borques. Isabel Cires en su primer enlace con Santiago González de Rivadavia, echó al mundo a aquella Dominga Rivadavia y Cires, de histórica mala fama, viuda — según vimos más atrás — de Félix Iriarte y Somalo, y separada después de Bernardino Rivadavia y del Pino (vástago del “más grande hombre civil de los argentinos” — la frasesita no me pertenece — y de Juanita del Pino, hija del Virrey don Joaquín). Dominga fue acusada de haber asesinado a su propia hija Edelmira Iriarte, en complicidad con su amante Castro

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Cayetano Barbosa, que era yerno suyo, a causa de haber Edelmira descubierto los amores ilícitos de la madre. El proceso — en el que no se pudo probar el crimen que aparecía como suicidio — resultó escandaloso. Eduardo Gutiérrez, más tarde, argumentó con ese drama dos folletines truculentos; La infamia de una madre y Dominga Rivadavia. Isabel Cires con su 2º marido Pedro Jimeno, Capitán del Puerto, no tuvo más que una hija: Melchora Jimeno y Cires, nac. en 1822, la cual se casó en Bs. As., en pleno apogeo federal, con Joaquín Rivadavia y del Pino, hijo de don Bernardino. Joaquín, pese a la tradición unitarísima de su casa, no desdeñó vincularse estrechamente con la hija de un fervoroso rosista. — — — o0o — — — Ahora he de pasar revista a algunos ilustres militares españoles, camaradas de mi tatarabuelo Castro; a “los Ayacuchos”, que así fueron despectivamente motejados por los politicastros de Madrid, cuando aquellos Jefes retornaron a la península después de haber vendido cara su derrota en ese desolado “rincón de los muertos"; Ayacucho (en quichua; aya, muerto, y kucho, rincón); al cabo de casi tres lustros de incesante guerrear entre pueblos insurreccionados, y a más de 2.500 leguas de distancia — océanos de por medio — de la metrópoli; vale decir, cortados totalmente del centro principal que debía suministrar los recursos para mantener la trascendental campaña, en la que se lidió por la posesión de medio continente. Baldomero Fernández Espartero — en primer lugar — nacido en Granátula (Ciudad Real), el 27-X-1793; hijo de un modesto carretero que aspiraba verlo sacerdote, pero que en 1808 el destino el puso al muchacho las armas en la mano para siempre, desde un batallón estudiantil organizado para luchar contra los franceses. Como Capitán se embarcó, en 1815, para América con el General Morillo. Estuvo en Vene224

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zuela y después pasó al Perú, incorporado al ejército de La Serna. (En 1816, en el campamento de Cotagaita, seguramente se conocieron Espartero y Castro). El granatuleño participó entonces en muchos combates al invadir el Norte argentino. En octubre de 1820, con pleno éxito, supo mandar una columna que salió de Oruro con la misión de limpiar de guerrilleros los valles de Moya y de Yungas. Dos años más tarde, como consecuencia de la política liberal española que impuso el golpe de Riego, el Virrey La Serna lo nombró a Espartero para que se entrevistara con el General Las Heras, el cual venía comisionado por el gobierno de Buenos Aires, a fin de negociar una tregua de 18 meses, que sería preliminar al anhelado arreglo de paz definitivo. Las Heras y Espartero conferenciaron el 7-XII-1822 en Salta. El General Paz en sus “Memorias” escribe al respecto; “Ambos jefes se encontraron en Salta, y haciendo servir esas relaciones misteriosas, que cada uno avalúa según su modo pensar, estuvieron antes de dos horas los mejores amigos del mundo. Generalmente se creyó que el General Las Heras dió demasiada importancia a las mentidas promesas de Espartero, y se dejó conducir hasta Tupiza, halagado con la esperanza que llegaría al Cuzco, donde estaba el Virrey”. En Tupiza, sin embargo, el Virrey le envió un mensaje a Las Heras, comunicándole que aquella entrevista quedaba suspendida hasta tanto aquel recibiera nuevas instrucciones de su gobierno; por lo que el Jefe argentino se despidió de Espartero sin haber concretado nada práctico. En 1823, con el grado de Coronel y luego de recibir graves heridas en su campaña americana, Baldomero regresó a su patria, donde, después de la muerte de Fernando VII se dedicó a la política como ardiente partidario de Isabel II contra los carlistas. Su personalidad se impone, a partir de entonces, con relieves singulares en la historia de España, durante más de un cuarto de siglo. Llegó a ser Presidente del Consejo de Ministro y, nada menos que Regente único del Reino en 1841. La sucesión de triunfos — con algunas excepciones — que fue su vida, le valieron, al hijo del pobre carretero, la Grandeza de España, y los títulos de Conde de Luchana, Duque de la Victoria y Príncipe de Vergara, con el Toisón de Castro

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Oro; el preciado carnerito de los Duques de Borgoña que ostentaban los Reyes y Emperadores, los Infantes y Príncipes de sangre real, los Jefes de Estado, y unos pocos caballeros de esclarecida nobleza. Pérez Galdós lo pinta, a don Baldomero, como un hombre bien plantado, de apostura gallarda y ojos negros brillantes. En 1837 aún no gastaba perilla sino mosca, y — dicen — que “el recortado bigote de moco daba a su fisonomía carácter militar, dentro del tono especial de la época; casi todos los sargentos de su ejército le imitaban en aquel estilo de decoración personal. Resultaban caras enjutas, secas, con algo de simbolismo masónico en la disposición triangular de los adornos capilares, y expresión de tenacidad y constancia”. Murió el grande hombre en Logroño, el 8-I-1879, a los 85 años de edad. Habíase casado con Jacinta Santa Cruz, hija de un rico propietario logroñes; la cual no le dió hijos. Lo heredó, pues, su sobrina Eladia Fernández Espartero y Blanco, quien casó con Cipriano Segundo Montesino. Ella y sus descendientes prolongan los títulos nobiliarios del famoso Caudillo; desde 1941, Luis Montesino y Fernández Espartero es el 4º Duque de la Victoria y 3º Conde de Luchana; esta casado con Ana Averly y Lasalle. Jerónimo Valdés y Noriega nació en Villarín (Asturias) el 4-V-1784, y estaba a punto de recibirse de abogado, cuando la invasión de los franceses a su patria lo impulsó a trocar la carrera de las leyes por la de las armas, en cuyo ejercicio alcanzó el coronelato batiéndose valerosamente contra las legiones imperiales de Napoleón. Pasó luego al nuevo mundo, a combatir a los separatistas hispanoamericanos y, en 1816, asumió en el Alto Perú el mando como 2º Jefe del ejército realista, con el grado de General; ejército en el que mi antepasado Pedro Antonio Castro revistaba como Coronel. “Valdés — anota Bernardo Frías — era de pequeña estatura, delgado y un poco inclinado hacia adelante. Su rostro tostado por el sol de las campañas, era grande y un tanto alongado, la nariz alta, huesosa y de corte noble. Y aunque sus ojos fueran pequeños, daban, sin embargo, a su semblante, una animación viva y atrayente, con su mirada tranquila, fuerte y penetrante. 226

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Usaba el cabello corto, y la patilla tan corta que le llegaba apenas al pie de la oreja. Era franco y sin doblez y bastante verboso; y en el mando se conducía con severidad inflexible”. Después de sus campañas en la frontera argentina, se trasladó al Perú, con orden de desbaratar a la expedición del General Rudecindo Alvarado sobre Puertos Intermedios. Con ese propósito libró las encarnizadas batallas de Torata y Moquehua, el 19 y 21 de enero de 1823; tan cruentas las dos que Alvarado que contaba con 4.000 hombres quedó reducido solo a 1.000. En Torata Valdés fue herido y le mataron 3 caballos; uno de estos lo apretó en su caída, pero Espartero rescató a su Jefe y camarada en peligro, salvándole la vida. En Larin, Chancay, Zepita, Altos de Oruro, Sicasica, Apocayo y Viacha, batióse Valdés con su proverbial arrojo contra los patriotas; en Tarabuquillo y La Lava tuvo que enfrentarlo al rebelde Olañeta; y triunfó luego, por última vez, sobre los independientes, en Matará, el 3-XII-1824; pero, apenas 6 días más tarde, se produjo el encuentro decisivo de Ayacucho, en cuya acción, el General asturiano desafió furiosamente a la muerte. Vuelto a España, Valdés ocupó los más altos comandos peninsulares; en Cartajena, Navarra, Valencia, Galicia y Cataluña; llegó a Ministro de Guerra y, posteriormente, a Capitán General de la isla de Cuba. Era Senador vitalicio y el pecho de su uniforme estaba cuajado de condecoraciones. Su fin sobrevino en Oviedo el 14-X-1855. El Rey lo había hecho Vizconde de Torata y Conde de Villarín. En 1856 dicho Condado tomó el nombre de Torata. Así lo heredó el hijo del prócer; Fernando Valdés, Coronel de Caballería. Sucedióle a éste, como 3º Conde, un hijo suyo; Jerónimo Valdés y González, marido de Carmen de Ibargüen y Pérez Seoane. Desde 1936 es 4º Conde de Torata el bisnieto del famoso guerrero; Fernando Valdés Ibargüen González y Pérez Seoane, casado con Olga Wachtin y Schmidt. Buenaventura Andrés García Camba nació el 20-X1791, en la ciudad gallega de Monforte, extendida por el valle de Lemos. Pertenecía a un noble linaje galaico, entroncado con los Enríquez, los Heras y los Sequeira. En 1810 — es Castro

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decir a los 18 años de edad — abrazó la carrera de las armas, a fin de combatir contra los franceses invasores de su patria. Ya con el grado de Teniente 1º, en 1815 se embarcó para Venezuela en la expedición del General Morillo. De ahí pasó a Lima y al Ejército del Alto Perú, con el Regimiento Húsares de Fernando VII, participando en la gran ofensiva realista de 1817 sobre los territorios argentinos de Jujuy y Salta. En esta campaña hízose amigo del Coronel Pedro Antonio Castro, al que, García Camba, nombra repetidas veces en sus Memorias — siempre con consideración y respeto; y junto con aquel mi antepasado salteño, el Capitán gallego resultó protagonista del erróneo lance para capturar a Güemes que dejó escrito en su obra de recuerdos acerca de Las Armas Españolas en el Perú. Luego, García Camba, tuvo que guerrear en la costa peruana del sur, en las expediciones sobre Chancay y el Callao, y en los combates y batallas de Ica, Tapacú, Viscamachay, Calana, Torata, Moquehua y otros, de cuyas acciones salió con los galones de Coronel. En Ayachcho era Brigadier y, como tal, batióse al frente de una brigada de caballería, haciendo — son sus palabra — “terribles pero infructuosos esfuerzos contra fuerzas duplicadas”. En 1825 se lo destinó a Filipinas, y allá se estuvo 10 años hasta su retorno a España con el cargo de diputado a Cortes. En 1836 ascendió a Mariscal de Campo; luego ocupó el Ministerio de la Guerra y fue Capitán General de Filipinas, hasta 1838; Senador del Reino; Capitán General de Guipúzcoa; Ministro de Marina; Capitán General de Galicia; Presidente de la Audiencia y Gobernador de Puerto Rico. Era Caballero de Santiago y ostentaba numerosas condecoraciones, entre ellas la de San Fernando, que testimonia el valor heroico desplegado en la guerra. Escribió sus interesantísimas Memorias para la historia de las armas españolas en el Perú, y dejó de existir el 6-X-1861, en vísperas de cumplir los 70 años de edad. José Manuel Carratalá nació en Alicante, el 14-XII1781. Estudió derecho en la Universidad de Valencia, se recibió de abogado, y pensaba dedicarse a la jurisprudencia, cuando la invasión de los franceses trastornó sus planes. In228

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gresó, entonces, en la milicia, y litigando valerosamente con las armas contra los soldados de Napoleón, consiguió sus ascensos hasta el grado de Teniente Coronel. En 1815 pasó a América, a Costa Firme, en la expedición del General Morillo. Hecho Coronel, con su regimiento “Extremadura” fue destinado a reforzar el ejército realista del Alto Perú. En 1817, al frente de dicha unidad y bajo el comando supremo de La Serna, invadió los territorios argentinos de Jujuy y Salta. En esa campaña los Coroneles Carratalá y Pedro Antonio Castro — Jefe, éste, de los “Dragones Americanos” — actuaron codo con codo, por decirlo así, contra los guerrilleros de Güemes; al mando, cada cual, de sendas divisiones destinadas a procurar recursos para la asediada población de Salta. “El Coronel Carratalá — escribió Iriarte en sus Memorias — era un valenciano ligero de cascos y muy pedante; eramos tan amigos cuanto pueden serlo dos personas de principios diametralmente opuestos, pero no obstante teníamos mucha franqueza; pero era acérrimo enemigo de los americanos, y yo siempre estaba en guardia. Un día me comprometió altamente en presencia de La Serna ... habló con despreció de los americanos, y yo no pude contenerme; para defenderlos dije más de lo que era necesario ... a la salida tuve un disgusto con Carratalá”. (Valdés y otros oficiales de la logia — Carratalá e Iriarte eran masones — arreglaron el entredicho). “Desde este lance estrechamos más nuestras relaciones y fuimos buenos amigos. Era exaltado en sus opiniones, pero delante de mí se reprimía”. A pesar de ese desprecio suyo por los americanos — que destaca Iriarte — Carratalá se casó en 1817 novelescamente en Salta con una criolla; Anita Gorostiaga y Rioja, nacida el 16-V-1795; hija del “donostiarra” José Ignacio de Gorostiaga, radicado en Salta y de la salteña Clara Rioja Isasmendi; nieta paterna de José de Gorostiaga y de María de Amézaga, vecinos de San Sebastián; y nieta materna del sevillano Sinforoso Joseph de Rioja y de la salteña María Josefa de Isasmendi y Echalar. Esta, hija, a su vez, del General Domingo de Isasmendi y Ormazabal, guipuzcoano que pasó a Salta, y de su segunda mujer, la tarijeña Josefa Gertrudis de Echalar y Morales. Tomás de Iriarte, en sus Memorias, nos Castro

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hace el pintoresco relato de aquel casamiento, consagrado por el Capellán del ejército realista, previo consentimiento dado por el General de La Serna, el mismo día (5-V-1817) que evacuaban la ciudad de Salta las tropas del Rey. “Yo los acompañé (a los recién casados) — dice Iriarte — hasta el momento de la partida. Anita montó a caballo muy envuelta en un capotón de barracán de su querido esposo; la noche era fría en extremo. A la media hora ya oímos el tiroteo con las partidas de Güemes. El resto del ejército se puso en marcha al amanecer. El rastro que había dejado Carratalá era bien sangriento; cadáveres de los desgraciados que habían muerto en la escaramuza de la noche, enfermos y heridos que habían quedado helados, otros expirantes. ¡Que buena noche de novios tuvo Anita!” Carratalá continuó posteriormente batallando en el Perú. Ocupó Arequipa en 1820; y, el 17-XII-1821 arrasó el pueblito de Cangallo; “reducido a cenizas y borrado para siempre del catálogo de los pueblos, en castigo de su rebeldía” — como le ofició el propio demoledor al Virrey La Serna. Por eso una calle de Buenos Aires inmortaliza el nombre de Cangallo. (¡Escribí esto mucho antes que Cangallo fuera “peronizada”!). La actuación militar en América de Carratalá termina con las batallas de Ica, Torata, Moquehua, Zepita y Ayacucho. A este último choque, que selló la independencia de los pueblos hispánicos del nuevo mundo, Carratalá asistió como Sub Jefe de Estado Mayor del ejercito Real; y después del desastre, fue encargado de escribir el texto de las capitulaciones, que firmaron, por cada parte, Sucre y Canterac, éste último en representación del Virrey La Serna, herido en la refriega y prisionero de los patriotas. Vuelto a España nuestro personaje luchó contra los carlistas, derrotándolos en Mayals, Gambils y Orgaña. Más tarde, en colaboración con su viejo camarada Espartero, al frente de las tropas liberales, inflingió un serio castigo a Zumalacárregui en Ormaiztegui, el 2-I-1835. Sucesivamente, Capitán General de Extremadura, Valencia, Murcia y Castilla la Vieja; Ministro de la Guerra y Senador del Reino, Carratalá terminó sus días en Madrid en 1854; cargado de honores, pues poseía, entre

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otras dignidades nacionales y extranjeras, las grandes cruces de San Fernando, San Hermenegildo e Isabel la Católica. José Canterac nació en 1787 en Guien (Guyena, Francia), vástago de una familia de la antigua nobleza rural que emigró a España a causa de la revolución jacobina. Al servicio de Carlos IV de Borbón, ingresó como Cadete en el cuerpo de Walones; los aristocráticos Guardias de Corps, escolta personal — digamos así— de Su Majestad Católica. Cuando se produjo la invasión napoleónica a la península, Canterac era Teniente en un regimiento de artillería. De 1806 hasta 1813, el oficial guyenés combatió por España contra el aventurero corso, recibió cuatro heridas y logró todos sus ascensos batallando. Ya con el grado de Brigadier pasó a América, destinado a cooperar en la guerra que la Metrópoli mantenía aquí para someter a sus dominios insurrectos. Luego de pelear durante casi doce años contra las fuerzas patriotas de Colombia y Venezuela, Canterac se incorporó — en Mayo de 1818 — al ejército realista del Alto Perú, como Jefe del Estado Mayor; y en septiembre de 1820 lo sustituyó a La Serna como Comandante en Jefe. Junto con Valdés y Olañeta invade repetidas veces el territorio salteño, teniendo bajo sus órdenes a mi tatarabuelo el Coronel Pedro Antonio Castro. Más tarde, participó en las operaciones militares contra San Martín y Bolívar, con suerte varia. En Junín (1-VIII-1824), fue vencido por Bolívar que mandaba un ejército compuesto por colombianos, peruanos y argentinos. Y cuatro meses después, en la batalla de Ayacucho — cual lo expresa el parte de Sucre a Bolívar — cayeron en poder de los independencientes americanos: “Los Tenientes Generales La Serna y Canterac; los Mariscales Valdés, Carratalá, Monet y Villalobos; los Generales de Brigada Bedoya, Ferraz, Camba, Somocurcio, Cacho, Atero, Landazuri, Vigil, Pardo y Tar; con 16 Coroneles; 68 Tenientes Coroneles; 485 Mayores y Oficiales; más 2.000 prisioneros de tropa; inmensa cantidad de fusiles, todas las cajas de guerra, municiones y cuantos elementos militares poseían; 1.800 cadáveres enemigos y unos 700 heridos, han sido en la batalla de Ayacucho las víctimas de la obstinación y de la teCastro

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nacidad española. Nuestra pérdida es de 309 muertos y 670 heridos ... Según los estados tomados al enemigo, su fuerza disponible en esta jornada era de 9.310 hombres, mientras que el ejército Libertador formaba 5.780 ... La campaña del Perú está terminada; su independencia y la paz de América se han firmado en este campo de batalla ...”. Vuelto a España en 1825, Canterac se casó años después en Valladolid con una señorita de familia lugareña: Manuela Domínguez y Llorente Navas y Padilla. Luego ocupó varios comandos importantes: en la frontera con Portugal y en el llamado “campo de Gibraltar”. En 1834 era Capitán General de Castilla la Nueva, y al presentarse solo para sofocar una sublevación que se había producido en la Casa de Correos de Madrid, el 11-I-1835, cayó muerto por una descarga que le mandó disparar un Teniente Cordero, que llegó andando el tiempo a General. Por Real Despacho del 17-I-1848, la Reina Isabel II le confirió a la viuda de Canterac el título de Condesa de Casa Canterac, con el Vizcondado previo de la Lealtad. Miguel Tacón y Rosique nació en Cartagena, el 10-I1775, en una familia hidalga; hijo de Miguel Antonio Tacón y Foxá, Brigadier de la Real Armada y Regidor perpetuo de Cartagena, nacido en 1747, y de María Francisca Rosique y Rivera; nieto paterno de Francisco Tacón y Grimau, Regidor Decano y Teniente Corregidor de Cartagena, y de María Francisca de Foxá y Mora, nativa de Barcelona; nieto materno de Francisco Rosique y Gilabert, Caballero de Santiago, Regidor perpetuo de Cartagena y Alguacil Mayor del Santo Oficio, y de Juliana de Rivera y Montemayor, oriundos ambos de Cartagena. Así, pues, Miguel Tacón siendo mozuelo de 14 años ingresó de Guardia Marina en la Compañía de Cartagena, el 17-X-1789; y ya como oficial, luchó dieciséis años más tarde en el combate de Trafalgar; ascendiendo a Teniente de Navío en 1806, fecha en que también ingresó como Caballero de Santiago. Poco después cambió la marina por el ejército de tierra, y en el arma de Infantería revistó como Capitán graduado de Teniente Coronel. En 1810 fue nombrado Gobernador político y militar de Popayán, en Colombia, en cuya 232

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localidad y con dicho cargo le sorprendió la guerra separatista de los americanos. Derrotado por los insurrectos se refugió en Lima, y de ahí pasó a prestar servicios al ejército realista del Alto Perú, hasta alcanzar el grado de General. En 1814, después de Vilcapujio y Ayohuma, los Generales Pezuela, Ramírez y Tacón llevaron a cabo una infructuosa ofensiva sobre Salta, cuyo jefe de vanguardia fue el Coronel Saturnino Castro. Más tarde, a fines de 1816, en vísperas de emprender La Serna su gran invasión al territorio de Jujuy y Salta, confió al General Tacón la defensa de las provincias de Charcas y Potosí. Por esos años — 1814 a 1816 — el oficial de Dragones Americanos Pedro Antonio Castro estuvo indirectamente subordiando al enérgico futuro Duque de la Unión de Cuba; que regresó en 1819 a España, ascendiendo a Mariscal de Campo. A partir de entonces, la carrera política de Miguel Tacón y Rosique se torna brillante: Gobernador de Málaga y, después de Sevilla, alcanza los entorchados de Teniente General y es enviado a Cuba como Jefe Supremo de la Isla. Gobernó con mano de hierro durante cuatro años (1834-1838); impuso el orden en ese país desquiciado, garantizando el bienestar general. Su gestión administrativa en beneficio del progreso material de esa insula antillana fue notable; pero castigó con la misma vara al delincuente y al opositor de sus ideas: vale decir, a masones, comuneros y agitadores que trabajaban por la independencia cubana. Para la mentalidad liberal del siglo XIX, un hombre como Tacón que trató desesperadamente de apuntalar un Imperio que se desmoronaba, es un tirano. Nosotros, a esta altura de la historia — sin absolverlo en sus excesos —, no podemos desconocer que era un patriota. En la última etapa de su vida, aquel veterano guerrero del Alto Perú, fue Gobernador de las Baleares y Senador del Reino. Doña Isabel II habíale concedido los títulos de Marqués, y luego Duque de la Unión de Cuba, con el Vizcondado previo de Bayamo; además de la dignidad excepcional de Caballero del Toisón de Oro. Falleció en Madrid en 1855. Era casado y hubo descendencia con María Polonia García Socolí, nacida en Cartagena el 10-II-1783 (hija de Patricio García Lisón, natural de Murcia, y de María Anastasia Socolí, oriunda de Castro

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Cartagena). Desde 1941, su tataranieta María Ana Tacón y Rodríguez de Rivas, nacida en Madrid en 1904, es la 5ª Duquesa de la Unión de Cuba y Marquesa de Bayamo. Su marido se llama Luis Bernaldo de Quirós y Bustillo. Rafael Maroto y Sern, nació en Lorca el 18-X-1783, hijo de Rafael Maroto nativo de Zamora, y de Margarita Sern, oriunda de Barcelona; nieto paterno de Rafael Maroto, nacido en Beas, Andalucía, y de Gracia González, natural de Algeciras; nieto materno de Antón Sern, catalán como su mujer la barcelonesa María Pallés. Siendo Rafael casi un niño abrazó la carrera militar, para destacarse luego en la guerra contra Napoleón, especialmente en el memorable sitio de Zaragoza, adonde lo hirieron y cayó prisionero. Pasó más tarde al Perú, como jefe del regimiento de infantería “Talavera”. Allí lo destinaron, en 1814, a reconquistar la Capitanía de Chile. Peleó en la acción de Rancagua, y poco después se caso con una señora chilena: Antonia Cortés y García. Tras un breve viaje a España, Maroto volvió al Perú, incorporándose al ejército de Pezuela, a cuyas órdenes, como Mayor General, tomó parte el la batalla de Sipe Sipe (29-XI-1815). Posteriormente ya Brigadier, el Virrey lo envió de nuevo a Chile; y el 12-II-1817 se enfrentó con San Martín en la cuesta de Chacabuco, y fue derrotado y herido de un sablazo. Luego reorganizó el regimiento “Talavera”, y en 1818 es nombrado Gobernador Intendente y Presidente de la Audiencia de La Plata, sin perjuicio de proseguir el combate contra los patriotas insurrectos; en la misma campaña en que participaba entonces mi tatarabuelo el Coronel Pedro Antonio Castro. Su valeroso comportamiento fue premiado con el ascenso a Mariscal de Campo; además del destino de Comandante provincial en Puno. A raíz de Ayacucho, regresó Moroto a España, donde se le encargó la comandancia militar de Toledo; más al estallar la guerra civil plegóse al carlismo, y don Carlos lo hizo Comandante General de Vizcaya. Sin embargo, debido a los fracasos del ejército carlista que conducía el General Juan Antonio Guergué, este fue reemplazado en la conducción suprema por Maroto; el cual, desde enero de 1839, entró en tratos secretos con su ene234

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migo el General Espartero — antiguo camarada suyo en las luchas del Perú —, en tanto en las filas partidarias se conspiraba para derrocar a Maroto. Aquellas negociaciones — que significaban una infidencia de Maroto hacia don Carlos — materializáronse en el “convenio de Vergara” (31-VIII-1839); el célebre “abrazo” de don Rafael con don Baldomero, los dos veteranos de la contienda sudamericana. Para el carlismo Maroto simboliza la traición más ignominiosa, aunque sus gestiones dieran fin a una guerra que él consideraba perdida. Isabel II lo nombró Ministro del Superior Consejo de Guerra y Marina, y lo hizo Vizconde de Elgueta y luego Conde de Casa Maroto. Habíase casado — como se dijo — en Santiago de Chile, el 21-III-1815, con Antonia Cortés García, baut. allí el 7—III-1799 (hija de Juan Antonio Cortés Madariaga Cartavio y Lecuna, y de Mercedes García Lara y Aristegui del Pozo y Silva Riberos). En 1847 viajó Maroto de España a Chile, por asuntos de familia; ahí murió el 25-VIII-1853, en Valparaiso. Su hija Margarita Maroto y Cortés casó con un señor chileno de apellido Borgoño. Vicente Sardina nació en Valdeaveruelo. Era labrador y la invasión francesa de Napoleón lo transformó en soldado. Tuvo actuación descollante como brazo derecho del famoso guerrillero Juan Martín “El Empecinado”. Luego pasó al Perú, al ejército de La Serna con el grado de Coronel, y participó en la gran ofensiva contra Salta en 1817 junto con su camarada Pedro Antonio Castro. El 19 de abril de ese año, salió de la ciudad a la cabeza de una expedición compuesta por el batallón “Gerona” y 180 hombres a caballo. Al día siguiente, en la estancia “El Bañado”, a diez leguas de Salta su fuerza fue sorprendida por una partida de gauchos, y el Coronel Sardina resultó herido de muerte. Después de soportar tremendas emboscadas — de los destacamentos patriotas mandados por Burela, Zabala, La Torre, Rojas, Leytes (caído en el combate), Olivera, Torino y Bonifacio Ruiz de los Llanos, quien con 30 “vallistos” mató a diez realistas y se apoderó de todas sus armas — los españoles tornaron maltrechos a Salta, con el

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Coronel Sardina agonizante, que expiró a las pocas horas de llegar a la ciudad. Era Sardina — según lo describe Pérez Galdós en sus inolvidables Episodios Nacionales — “un hombre enteramente contrario a la idea que hacia formar de él su apellido; es decir, voluminoso, no menos pesado que un toro, bien parecido, con algo de expresión episcopal o canonjil en su mofletudo semblante, muy risueño, charlatán, bromista y franco hasta lo sumo”. “Yo tomé las armas por un sentimiento vivísimo de odio a los invasores de la patria” — le hace decir Galdós —. “Soy de Valdeaveruelo; dióme el cielo abundante hacienda; heredé de mis abuelos un nombre, sino retumbante, honrado y respetado en todo el país; y vivía en el seno de una familia modesta, cuidando mis tierras, educando a mis hijos y haciendo todo el bien que en mi mano estaba. Mi anciano padre, retirado del trabajo y atención de la casa por su mucha edad, había puesto todo a mi cuidado. La paz, la felicidad de mi hogar fue turbada por esas hordas de salvajes franceses, que en mal hora vinieron a España, y todo concluyó para mí en julio de 1808, cuando se apoderaron de mi pueblo ... Mi buen padre había sido asesinado por los gabachos, saqueada mi casa, incendiadas mis panera ... Aquí tiene usted la explicación de mi ingreso en la partida. Dijéronme que mi compadre Juan Martín andaba cazando franceses ... Cogí mi trabuco y juntéme con él ... Hemos organizado entre los dos esta gran partida que ya es un ejército ... Hemos dado batalla a los franceses, nos hemos cubierto de gloria ... ; pero, ay!, él y yo no ambicionamos honores, ni grados, ni riquezas, y solo deseamos la paz, la felicidad de la patria, la concordia entre los españoles, para que nos sea lícito volver a nuestra labranza y trabajo honrado y humilde de los campos, que es la mejor y única delicia de la tierra”. No lo quiso así el destino; Sardina continuó guerreando y vino como Coronel a América; y aquí, en Salta, lejos del terruño, dejó los huesos para el día del Juicio Final. — — — o0o — — —

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Cabe recordar, por último, que igualmente guerrearon en el Alto Perú, al mismo tiempo y bajo la misma bandera que defendió el Coronel Pedro Antonio Castro, los ilustres militares: Diego de O'Reilly, el Brigadier a quien La Serna puso al frente de Chichas y de Cinti las vísperas de invadir a Salta en 1817, y a quien Arenales, en 1820, derrotó en la batalla de Pasco. Mariano Ricafort Palacín y Abarca, segundo Jefe del ejército altoperuano en 1821, quien sería, después de combatir en América, Teniente General, Gobernador de Filipinas y Capitán General de Cuba, Galicia, Canarias, Andalucía, Aragón y Extremadura. José Ramón Rodil y Galloso, General que llegaría a ser en España Ministro de Guerra, Presidente del Consejo de Gobierno cuando la Regencia de Espartero, Virrey de Navarra, Diputado a Cortes y Capitán General de Extremadura, Aragón y Castilla la Nueva. Valentín Ferráz, futuro Mariscal de Campo, Diputado y Senador, Presidente del Consejo, Alcalde de Madrid y tres veces Ministro de Guerra. Juan Lóriga, Coronel en el ejército del Alto Perú junto con Castro, que salió en 1820 de Tupiza e incursionó contra los guerrilleros patriotas que merodeaban por San Antonio de los Cobres: su nieto homónimo, militar también, fue creado Conde del Grove, en 1902. Y Rafael Cevallos Escalera, Comandante realista en nuestra frontera norteña, que llegó después en España a prestar importantes servicios en el bando liberal, dirigido por su viejo camarada Espartero. Murió asesinado en 1837, en Miranda del Ebro, durante un amotinamiento cuartelero.

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APENDICE II

Fuentes Documentales y Bibliografía principal Anales de la Universidad de Córdoba por el R.P. Fr. Zenón Bustos. 3º Volumen. Córdoba, 1910. Apuntes Genealógicos sobre la familia de Castro, facilitados amablemente al autor del presente estudio por el publicista salteño Carlos G. Romero Sosa. Archivo General de la Nación; Diario de Marcha del General José María Paz. Publicado en Bs.As. en 1938. Archivo de los Tribunales de la Capital Federal. Archivo Parroquial de la Iglesia de San Juan Bautista de la Merced de Salta. Asambleas Constituyentes Argentinas. Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras; Director Emilio Ravignani. Tomo I. 1813-1833. Bs.As, 1937. Bennet Stevenson; Memorias sobre las campañas de San Martín y Cochrane en el Perú. Biblioteca Ayacucho. Madrid. Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras; Una información secreta de origen realista sobre los principales revolucionarios del Río de la Plata, comentada por Ricardo Caillet Bois. Tomo XXIII. Bs.As., 1938-1939. Nos 77-80. Binayán, Carmona Narciso; Sobre el plan de coronación del Inca en 1816. En el diario La Nación de Bs. As. 1958. Caillet Bois, Ricardo; El Directorio, las Provincias de la Unión y el Congreso de Tucumán (1816-1819). En Historia de la Nación Argentina, publicada por la Academia Nacional de la Historia. Bs.As. 1944. Burdett O'Connor, F. Recuerdos de la Independencia Americana. Biblioteca Ayacucho. Madrid.

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Castro, Manuel Antonio de; Cartas al Dr. Darregueira, en Revista Nacional dirigida por Adolfo P. Carranza. Tomo III. Bs.As. 1887. Castro, Manuel Antonio de; Prontuario de Práctica Forense, con noticia preliminar del Dr. Ricardo Levene. Bs.As. 1945. Centeno Francisco; Virutas Históricas. Tomos I y II. Bs.As. 1929. Colección de Obras y Documentos para la Historia Argentina. Guerra de la Independencia. Tomo XV de la Biblioteca Mayo, editada por el Senado de la Nación. Bs.As. 1963. Documentos agregados al Expediente No 2325 de la Contaduría de la Nación, relativo a la pensión de Margarita de Castro, hija del Coronel Don Pedro Antonio, cuyas copias fieles me facilitó mi pariente y amigo don Luis Güemes. Cornejo, Atilio; Actuación de Juan Saturnino de Castro en la Guerra de la Independencia, Artículo para el Boletín de la Academia Nacional de la Historia. Bs.As. 1974. Finot, Enrique; Nueva Historia de Bolivia. Bs.As. 1946. Frias, Bernardo: Historia del General Don Martín Güemes y de la Provincia de Salta. Tomo III. Salta 1911. García Camba Andrés: Memorias para la Historia de las Armas Españolas en el Perú. Tomos I y II. Biblioteca Ayacucho. Madrid García Carraffa, Alberto y Arturo; Enciclopeida Heráldica y Genealógica Hispano-Americana. Madrid. López, Vicente Fidel; Historia de la República Argentina; Su origen, su revolución y su desarrollo. Tomo III, Bs. As. 1883. Levene, Ricardo: La Academia de Jurisprudencia y la vida de su fundador Manuel Antonio de Castro. Bs.As. 1941. Mendiburu, Manuel de: Diccionario Histórico Biográfico del Perú. Lima, 1864. Mitre, Bartolomé: Historia de Belgrano y la Independencia Argentina. 5ª Edición. Bs. As. 1902. Paz, Luis: La Universidad Mayor Real y Pontificia de San Francisco Xavier Capital de los Charcas. Apuntes para su historia. Sucre, 1914.

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HOYOS Del lugar de Hoyos, en las Montañas de Santander, proviene la antiquísima familia homónima extendida luego por toda España y por gran parte de América. Algunos caballeros del primitivo solar figuran en el libro Becerro de Castilla , según apuntan los hermanos García Carraffa en su monumental Enciclopedia. De dicha estirpe montañesa procedían Felipe Luis de Hoyos, Comendador de Villarubia, en la Orden de Santiago, en tiempos del Rey Alfonso IX; y también Gómez García de Hoyos, que fue Caballerizo Mayor del Rey Juan II de Castilla, y Gobernador de Galicia. Como en la actualidad derivan de las mismas raíces ancestrales los Marqueses de Hoyos, Grandes de España, los Marqueses de Zornoza y Vizcondes de Manzanera. En Viena, por su parte, los Condes de Hoyos se precian de su remoto origen español. Las armas más generalizadas que ostentaron las casas santanderinas del apellido Hoyos fueron estas; En campo de azur, una banda de plata engolada en dragones de oro, linguados de gules; bordura de plata con ocho armiños de sable. La presente genealogía comienza con: I — NICOLAS GONZALEZ DE HOYOS “natural de las Montañas de Burgos”, vale decir del territorio llamado “Montañas de Santander”, que en épocas pretéritas había pertenecido a la antigua provincia de Burgos. Durante la primera mitad del siglo XVII, el patriarca de esta historia establecióse en Salta. Allí alcanzó el grado militar de Sargento Mayor, y contrajo matrimonio con Polonia Díaz de Loria, hija del país, cuyos padres eran el Capitán Pedro Díaz de Loria y Polonia de Hervas y Andrade, de quienes me ocupo en el capítulo dedicado al apellido Díaz. El 17-XII-1679 Polonia Díaz de Loria otorgó, ante el Escribano de Salta Antonio Quijano, un poder para testar a favor de su marido el Sargento Mayor Nicolás González de Hoyos

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Hoyos, “al presente en Santiago del Estero”. Declaró entonces la señora por sus hijos a Nicolás y a Domingo González de Hoyos, firmando a ruego esa escritura el Capitán Juan Ruiz de Villegas. Empero, la testadora viviría 31 años más a partir de aquella fecha; sepultaría a su consorte don Nicolás, pasaría a segundas nupcias en julio de 1685 con Diego de Isunza (12), procrearía 4 hijos con éste, y, por fin, el 1-III-1710, enferma en cama, luego de otorgar otro poder testamentario a favor de los Sargentos Mayores Francisco de Carvajal y Loria (sobrino suyo) y de Miguel de Gaete (7º abuelo mío); ello ante el Escribano Juan Antonio Gutiérrez y los testigos Capitán Antonio Prieto, Bernardo Blanco, Sebastián Jiménez Pamado y Juan María Sequeiros; la señora sumióse en el sueño eterno. Del matrimonio González de Hoyos-Díaz de Loria quedaron dos hijos: 1) Nicolás González de Hoyos Díaz de Loria, que sigue en II. 2) Domingo González de Hoyos Díaz de Loria. En su segundo enlace doña Polonia concibió a: 3) Diego de Isunza Díaz de Loria, Maestre de Campo. Casó el 6-I-1724 con Ana Hidalgo Montemayor. Ambos cónyuges fueron padrinos, el 26-II-1753 de bautismo de mi 4º abuelo Joseph Niño Córdoba. Era doña Ana hija del Maestre de Campo Juan Hidalgo Montemayor y de María Isabel de Herrera; nieta paterna de Juan Hidalgo Montemayor y de María de Zurita; nieta materna de Martín de Herrera y de María Arias Velázquez; biznieta de Juan Hidalgo, natural de la villa de Magacela, distrito 12 Diego de Isunza nació en 1656 en Labastida, Alava, y vino como soldado a Buenos Aires en los navíos de permiso de Juan Tomás Miluti en 1671 — o de registro de Miguel Gómez del Ribero en 1673 — junto con Francisco Gómez Vidaurre, Matías Pardo de Baños y otros compañeros que luego fueron a radicarse a Salta donde formaron sus hogares. 244

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de la Serena, en Badajoz, y de la criolla Gregoria Zambrano. Diego de Isunza testó en Salta el 2-II-1767, ante el Escribano López Zeballos, y declaró no haber tenido hijos en su matrimonio. 4) Juan de Isunza Díaz de Loria, fraile mercedario. 5) Joseph de Isunza Díaz de Loria, que contrajo nupcias en 1720 con Damiana de Sosa (hija de Antonio de Sosa y de Francisca Cerón). 6) María de Isunza Díaz de Loria, casada con Laurencio Burgos. II — NICOLAS GONZALEZ DE HOYOS — mi antepasado — nació en 1682. En 1726 era Maestre de Campo y, por esas fechas, disponíase a poblar unas tierras “en el valle y llanada que llaman de Ibayacuyo o Baruco”, en los términos jurisdiccionales de Salta, “yendo camino del Perú y pasado el río que llaman de Siancas (hoy Mojotoro), pasado el Cerro o Mogote Redondo”. Al efecto, el Maestre de Campo Ventura de Aguirre Suárez de las Higueras (ancestro mío), comisionado por el Alcalde de 1º voto Marcos Aramburú (marido de María Lisperger Díaz de Loria, prima hermana de Hoyos) se trasladó al nombrado paraje, a darle la posesión del terreno a Nicolás. Sin embargo el preste José Félix de Matos, procurador del Colegio de la Compañía de Jesús, contradijo esa posesión en nombre del Padre Rector Antonio Machoni, pues los jesuitas considerábanse con derecho a tales tierras ribereñas. En consecuencia, a González de Hoyos le malograron los ignacianos su propósito de poblar aquel fértil valle pastoril, en los confines del rio Sancas. Don Nicolás habíase unido en matrimonio con Petronila o Petrona Pérez del Hoyos, hija de Pedro Pérez del Hoyos y de Bernarda de Torres. Mi antecesor Pedro Pérez del Hoyo, vió la luz del mundo en Burgos, y a su debido tiempo pasó a Indias, al “Reyno de Chile”, donde en la ciudad de Concepción casose y enviudó de una señora cuyo nombre desconozco. Posteriormente vino a radicarse a Salta, y ahí contrajo segundas nupcias, en mayo de 1689, con Bernarda de Torres. Había Hoyos

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alcanzado el grado militar de Sargento Mayor y fue Regidor en 1690. Luego, el hombre trocó el sable por la pluma, ejerciendo durante casi dos décadas — de 1691 a 1708 — la profesión escribanil; innumerables escrituras y documentos públicos llevan su firma y rúbrica autorizante. Exhaló don Pedro el último suspiro a fines de 1708. Un año después su viuda Bernarda de Torres, el 30IX-1709, ante el Alcalde salteño Lorenzo Arias Velázquez, otrogó un poder para testar a favor del Capitán Juan del Castillo, Juez Oficial Real, y del Capitán Juan Verdeja. Muerta la causante, su cadáver recibió sepultura en la Iglesia Matriz de Salta; en tanto los nombrados albaceas extendieron su testamento, el 3-I-1710, ante el Escribano Juan Antonio Gutiérrez. Doña Bernarda, entre otros bienes, dejó “las casas de su morada”, edificadas en un solar que recibió de dote en ocasión de su boda con Pérez del Hoyo; y “una suerte de tierras en el valle Calchaquí”, obtenidas por merced, lindantes con tierras del Capitán Antonio Fernández de la Plaza. Dos hijas hubieron el Escribano Pedro y doña Bernarda Torres: Bernarda (13) y Petronila o Petrona — mi antepasada — que casaría con Nicolás González de Hoyos Díaz de Loria. Este 5º abuelo mío, el 22-I-1756, enfermo en 13 Bernarda Pérez del Hoyo casó con Juan del Castillo, finado antes que ella. Era dicho esposo hijo de José del Castillo, Teniente de Tesorero de la Real Hacienda de Salta (quien testó el 20-XI-1709, ante Juan Antonio Gutiérrez, y según apuntamos más arriba, fue uno de los Albaceas de su consuegra Bernarda de Torres), y de Juana de Herrera, los cuales cónyuges, además de Juan, hubieron por hijos a; Joseph, Simón, Ambrosio, Baltasar, Martín y Miguel del Castillo Herrera. Cabe agregar que Bernarda Pérez del Hoyo testó, viuda, el 19-II—1765, ante Francisco López Zeballos. En tal escritura, la otorgante declaró que su cuñado, el clérigo de Jujuy Joseph del Castillo, le donó una chacra junto al río Ubierna, y que otro de sus cuñados, Miguel del Castillo, había heredado la mitad de esa chacra, con 100 cabezas de ganado que pastoreaba allí. La chacra de Ubierna resultó el principal bien de doña Bernarda o “Bernardina del Hoyo”, y pasó a sus hijos herederos, nombrados Albaceas adjuntos a “mi sobrino Carlos Hoyos, clérigo”. Dichos hijos eran; A) Eugenio del Castillo y del Hoyo, sacerdote; y B) Pedro del Castillo y del Hoyo, marido de Antonia de Ibarguren Fernández Cabezas Argañaraz, el cual murió fulminado por un rayo en 1786. (Ver el linaje de Ibarguren). 246

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cama la víspera de su muerte, les otorgó un poder, ante el Notario de Salta Francisco López Zevallos, a su cónyuge doña Petronila, al Maestre de Campo Diego de Isunza, “mi hermano”, y del clérigo Nicolás Carlos de Hoyos, “mi hijo”, a fin de que ellos protocolizaran, después de fallecido, sus disposiciones testamentarias. Trece años más adelante, el 3V-1769, doña Petronila, viuda y enferma en cama, dió asimismo mandato para testar, ante Francisco Briceño, a favor de su yerno Lorenzo Gordaliza y del Maestro Doctor Presbítero Carlos Hoyos, su hijo. Nicolás González de Hoyos y Petronila o Petrona Pérez del Hoyo fueron padres de: 1) Nicolás Carlos o Carlos de Hoyos y del Hoyo, nacido en 1720. Fue sacerdote, titular de la Capellanía del “Potrero de Alemania”, próximo a Cafayate. Con fecha 4-V-1777, un informe del Obispo Juan Manuel Moscoso, acerca de los religiosos de su diócesis, expresa textualmente; "El Maestro Don Carlos Hoyos, Presbítero, es hijo legítimo; no tiene ocupación; es de reprobable conducta y de edad de cincuenta años”. El falible preste se fue al hoyo el 3XII-1785. El acta de su defunción reza así; “Yo, Don Rafael de Hoyos, Notario Eclesiástico y de los Tribunales de Cruzada y del Santo Oficio ... Certifico ... como el día de ayer a las cinco de la tarde ... pasé a la casa donde viviendo moraba el Maestro Don Carlos de Hoyos ... a quien doy fé conocí, y lo hallé que estaba revestido con alba, casulla y todo adherente, con un cáliz en las manos, tendido sobre un féretro con cuatro hachas y veinte velas encendidas, y su cuerpo al parecer cadáver, y, aunque lo llamé por su nombre por repetidas veces en alta voz, no me respondió, ni hizo movimiento alguno; y el día de hoy a la misma hora de las cinco de la tarde, asisti a su entierro y fue su cuerpo en mi presencia sepultado en esta

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Iglesia Matriz ...”. Salta, 4-XII-1785. Firma, “Rafael Hoyos, Notario Público Eclesiástico” (14). 2) Bonifacio González de Hoyos y del Hoyo, que seguirá en III. 3) José Domingo González de Hoyos y del Hoyo — mi 4º abuelo — del que me ocupo en el punto IIIa, al final del presente trabajo. 4) Tomasa González de Hoyos y del Hoyo, que casó primero con Nicolás de Peñaloza y después con Francisco Bernadet, nativo de Cataluña, quien falleció en Salta luego de testar el 19-VIII-1765, ante el Alcalde José Arias Rengel. Por su parte doña Tomasa testó el 24-III-1770, ante el Escribano salteño López Zeballos, declarando no haber logrado sucesión en sus dos matrimonios. Pidió la sepultaran en la Iglesia Matriz con hábito franciscano, y fundó una Capellanía, para lo cual nombraba primer Capellán al primero de los hijos de su hermano Bonifacio que se ordenase sacerdote. 5) Francisco González de Hoyos y del Hoyo, bautizado en Salta el 5-X-1738. 6) Gerónima González de Hoyos y del Hoyo, que casó en septiembre 1758 con el Maestre de Campo Juan Capistrano de Palacios Medina Pomar. El 6-VIII-1806, ante el Escribano Ramón Saravia, testó doña Gerónima. Su descendencia inmediata y los antecedentes familiares de su marido, los consigno en el apellido Palacios. 7) Catalina González de Hoyos y del Hoyo. 8) María Isabel González de Hoyos y del Hoyo, esposa en primer término de Diego de Zamora. De viuda pasó a segundas nupcias en 1761 con Lorenzo Gordaliza, nacido en Villalón, Castilla la Vieja (hijo de Lorenzo Gordaliza y de 14 Este clérigo Rafael Hoyos (pariente de los Hoyos salteños?) era natural de la villa de Pollos, en Medina del Campo, España. Testó en Salta el 11-V-1787, ante José Antonio Molina, declarando ser hijo legítimo de Nicolás de Hoyos y de Magdalena Thomé, fallecidos en España. El testador dejó por "heredera a su alma".

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María Santos León Gil). Hijo del primer enlace de María Isabel fue: A) Pedro Pascual Zamora Hoyos, quien gravemente enfermo testó el 15-IV-1790 ante Francisco Antonio Llanos. Estuvo sucesivamente casado con Antonia de Alva y con Martina Castellanos, sin lograr posteridad. Con Gordaliza María Isabel dió vida a: B) Mariano Gordaliza Hoyos, nacido en Salta. Se recibió de abogado en Charcas el 12-III-1798. Contrajo matrimonio en Jujuy, de donde era oriunda su mujer, María Manuela Otero Goyechea (hija del asturiano Martín Otero y de la jujeña María Luisa de Goyechea Ordóñez). Fue Mariano Gordaliza el primer Teniente de Gobernador de Jujuy después de la revolución de Mayo, nombrado por Castelli, el Comisionado de la Junta bonaerense en el norte. Tiempo más tarde, desde el gobierno jujeño, Mariano Gordaliza se opuso al influjo de Güemes como Caudillo. Sus hijos fueron; José Mariano y Francisco de Paula, muertos sin prole, y Marta Gordaliza Otero, casada con José R. Lozano. C) Micaela Gordaliza Hoyos, que casó con Félix Ventura de Isasmendi Echalar (hijo de Domingo de Isasmendi Ormazabal y de Josefa Gertrudis Echalar y Morales). Hubieron estos hijos: a) Mariano de Isasmendi Gordaliza. Casó en San Carlos en 1829 con Clara de Lea y Plaza (hija de Juan de Dios de Lea y Plaza y de Manuela Zamora). Su descendencia se consigna en el apellido Lea y Plaza. b) Cipriano Isasmendi Gordaliza, que se casó 1º con María Luisa Vélez de Alcocer Rasero (hija de Pablo Vélez de Alcocer Rasero y de Dorotea Isasmendi, hija natural del General Domingo de Isasmendi); y en segundas nupcias se unió con Ramona Solaligue de Sueldo (hija de José Vicente Solaligue y de Gervasia del Sueldo Arce). Con sucesión de ambos matrimonios.

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c) Clara Isasmendi Gordaliza, baut. el 12-VIII-1802. Se casó en el pueblo de Molinos en 1830 con Carlos María Vélez (hijo de Pedro Vélez de Alcocer y de Luisa Rasero). Con descendencia. d) María del Milagro Isasmendi Gordaliza. Con hijos que constan en los libros parroquiales del pueblo de San Carlos. e) María de la O Isasmendi Gordaliza. D) José Lorenzo Gordaliza Hoyos. Presbítero. E) José Torcuato Gordaliza Hoyos. F) Eulalia Gordaliza Hoyos. III — Bonifacio González de Hoyos y del Hoyo, realizó un fecundo matrimonio con Martina de Torres Gaete y Fernández de Córdoba, bautizada en Salta el 15-XI-1731; hija del Capitán José Ignacio de Torres Gaete y de María Ignacia Fernández de Córdoba Gaete Ruiz de Villegas. (Ver los apellidos Fernández de Córdoba, Torres Salazar, Gaete, etc. etc.). Fueron los padres de: 1) María Josefa González de Hoyos y Torres, que contrajo nupcias el 20-XI-1787 con Francisco Antonio de Valdés, nativo del lugar de Antequera, en Asturias (hijo de Juan Antonio de Valdés Acebal y de María Francisca Fernández Tuero). Procrearon los siguientes hijos: A) Juan Francisco Valdés Hoyos, baut. en 10-III-1792 de dos días. Se casó con Inés Saravia y Tineo (hija del Coronel, Caballero de la Orden de Carlos III, Pedro José Saravia Arias Velázquez, y de Bárbara Martínez de Tineo y Castellanos). Con sucesión: los Valdés Saravia, Valdés Frias, Valdés Aranda, Valdés Lozano Soldevilla, Valdés Uriburu, Valdés Butler Fernández, Valdés Fresco Toledo Pimentel, Valdés Fresco Linares, etc. etc.. B) Francisca Javiera Valdés Hoyos, baut. en Salta el 23VIII-1793. C) Lucía Antonia Valdés Hoyos, nacida en Salta el año 1794. 250

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D) Pedro Nolasco Valdés Hoyos, baut. en Salta el 31-I1796, bajo el padrinazgo de Manuel del Rivero y de su tía Serafina Hoyos. Pedro Nolasco fue Regidor en su ciudad natal. Casó el 6-XII-1827 con Nicolasa de Gorostiaga y Rioja (hija de José Ignacio de Gorostiaga Amézaga y de Clara Rioja Isasmendi). Hija de Pedro y de Nicolasa resultó Hortensia Valdés Gorostiaga, esposa de Juan Fernández Cornejo Usandivaras, con sucesión; son los abuelos de mi amigo el distinguido historiador y genealogista salteño Atilio Cornejo. E) José Hipólito Valdés Hoyos, baut. en Salta el 14-VII1797. F) Juana Valdés Hoyos, que casó en Salta el 6-IX-1821 con Nicolás Frias Vélez de Alcocer. 2) Serafina González de Hoyos y Torres, casada en Salta el 9IX-1795 con Juan Antonio Alvarez de Arenales (17701831), futuro General de la Independencia Americana y Gobernador de Salta, nacido en la villa de Reynoso, Arzobispado de Burgos, Castilla la Vieja (hijo de Francisco Alvarez de Arenales y de María González). Testigos de aquella boda salteña fueron los cuñados de la contrayente, Juan Antonio Fernández y Francisco Antonio Valdés. Doña Serafina, ya viuda, testó en Salta el 20-VIII-1834, ante el Escribano Juan José de la Palma y los testigos llamados y rogados; “el Sr. Representante de la Provincia Andrés Avelino Figueroa, Juan de Uriburu Hoyos (mi bisabuelo), y Manuel Grande. De los cónyuges ArenalesHoyos provienen estos hijos: A) Florentín Antonio de Arenales y Hoyos, nacido el 14III-1797 en la villa de San Antonio de Arque, provincia de Cochabamba, intendencia de Charcas, entonces perteneciente al virreinato del Río de la Plata. En 1816 llegó el muchacho a Buenos Aires con su hermano José Ildefonso, y ambos se alojaron en casa de mi tatarabuelo Juan José de Anchorena, a quien los jovenes venían recomendados por encargo de su padre. (Ver el linaje de Anchorena). Tres años más tarde, Florentín enrolado en el ejército porteño combatió en la guerra Hoyos

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civil contra la montonera santafesina de Estanislao López. Posteriormente hizo la campaña libertadora del Perú con el grado de Capitán. Peleó en Casco, Jauja, Tarma y demás acciones de la Sierra a órdenes de su padre. Después, en el Ecuador, batióse en Pichincha y asistió a la toma de Quito. Ascendido a Mayor retiróse del servicio para establecerse en Piura, donde se casó con Jacoba Tabara y allá terminó su vida dedicado a las tareas rurales. B) José Ildefonso Arenales y Hoyos nació el 5-II-1798 en la localidad altoperuana de San Antonio de Arque. En 1816, junto con su hermano Florentín, vino a Buenos Aires alojándose en lo de mi tatarabuelo Anchorena. Aquí diplomóse de ingeniero, y como Teniente de artillería incorporado al ejército de los Andes, acompañó a su padre en la campaña peruana de la Sierra, y en Lima, San Martín le nombró su Edecán. Posteriormente tomó parte en la guerra del Brasil, y terminó sus servicios militares como Coronel condecorado con la Orden del Sol. En 1826 fue Diputado por Salta en el Congreso General Constituyente; y en 1827 era Comandante del puerto de la Ensenada, y luego por espacio de más de 30 años desempeñó otras importantes comisiones, para terminar su vida como Presidente del Departamento Topográfico. Padecía de aguda sordera; por eso lo llamaban “el sordo Arenales”. Murió en Buenos Aires el 14-VII-1862. C) María Josefa — “Pepa” — Arenales y Hoyos, nacida el 1-IX-1807, y tres años después de haber sido bautizada de socorro, le pusieron óleo y crisma en la Catedral de Salta el 16-IV-1810. Arribó al término de sus días el 15-VI-1890 en Buenos Aires. En circunstancias en que el Coronel José María Paz, al mando de una “División de Dragones”, pasó por Salta desde los valles de Sumampa hasta la frontera de Jujuy, se habló mucho en la ciudad salteña de casar a la niña de Arenales con aquel militar cordobés. En su Diario de Marcha — editado por el 252

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Archivo General de la Nación en 1938 — el famoso “Manco”, con fecha 5-X-1824, dejó escrita la siguiente confidencia; “Con motibo del convite en casa del governador (Arenales) de que hise mención el día 3, se ha avivado notablemente la vos, que ya corría, de mi casamiento con una de las hijas de este Señor. En todas partes se hablaba de esto, me lo preguntan, observan lo más mínimo, de modo que me causan la mayor incomodidad. Por otra parte, me es embarasoso para continuar las relaciones con la casa, porque de lo más pequeño pueden resultar consecuencias que acaso desagraden”. La aludida hija casadera de Arenales era “Pepa”, quien contaba entonces sus “16 septiembres”; su hermana mayor Mercedes, hallábase casada desde antes de 1824 con Usandivaras, y a la menor Juanita, aún le faltaban diez años para contraer enlace. Como quiera, seis meses después de aquel apunte íntimo de Paz, el 16-IV-1825, Pepa Arenales sellaba su unión indisoluble con su primo segundo Evaristo de Uriburu y Hoyos, con quien prolongaría ilustre progenie; entre ella figuran dos Presidentes de la República: su hijo José Evaristo, y su nieto el General José Félix. (En el apellido Uriburu estudio con amplitud a esta familia y registro sus líneas genealógicas). D) Juana Antonia Arenales y Hoyos, la cual se casó en Salta el 18-XII-1835, con el Doctor Francisco Martínez de la Rosa y Doblas, médico español nacido en la villa de Iznajar, provincia de Granada, el 3-XII-1788; hijo de Francisco Martínez de la Rosa y de Juana Doblas; emparentado con el conocido político y literato hisHoyos

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pano Francisco de Paula Martínez de la Rosa Berdeja Gómez y Arroyo, que nació también en Granada, el 10III-1787. Francisco Martínez de la Rosa y Doblas, como médico militar, llegó de España al Perú en 1818, y se hizo cargo del Hospital de San Lázaro en Lima, distinguiéndose en combatir una epidemia de disenteria que contaminó ese año los cuarteles. Por ello fue recompensado con la Gran Cruz de Isabel la Católica. Posteriormente, y hasta 1826, se incorporó al ejército realista en pugna sangrienta para aplastar a los revolucionarios independientes; entre los que se contaba, en primera línea, el General Arenales, su futuro suegro. Después de Ayacucho y de la capitulación del Callao, nuestro cirujano pasó a Córdoba del Tucumán y luego a Salta, donde conoció a Juana Antonia Arenales y Hoyos, que había perdido a su padre, y se casó con ella. Más tarde tuvo que viajar a España por asuntos de familia. De allí se trasladó a Cuba, a luchar abnegadamente contra la fiebre amarilla; y en La Habana falleció en 1860. Publicó varios estudios científicos sobre las fiebres tropicales y el cólera morbus. Hijos suyos fueron: a) Serafina Martínez Arenales, la cual daba clases particulares en su casa de Bs. As.; con ella, Carlos Ibarguren — mi padre — aprendió a leer y a escribir; y b) Antonio Martínez Arenales, quien en 1864 era Cónsul General argentino en La Habana. 3) José Gabriel González de Hoyos y Torres, presbítero. Graduóse en Córdoba de bachiller en filosofía en 1782. Condiscípulo suyo fue el venidero dictador del Paraguay Gaspar Rodríguez de Francia. José Gabriel tuvo a su cargo el curato de Talina, actual cantón de Bolivia. 4) Hermenegildo González de Hoyos y Torres. Capitán de las milicias de su ciudad nativa en 1805, y Regidor en 1808, 1822 y Alcalde en 1813. Como vecino principal asistió al cabildo abierto salteño del 19-VI-1810, que reconoció a la Junta revolucionaria de Buenos Aires. Habíase casado con Isabel Ruiz de los Llanos. Uno de sus 254

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hijos, Juan Francisco de Hoyos y Ruiz, se casó en Salta, el 21-V-1855, con Gabriela Zabala, y testó el 19-VII-1857, ante el Escribano Francisco Niño, nombrando albacea a su esposa, a su tío el Canónigo Pío Hoyos y a Pío Tedín. 5) Rafael González de Hoyos y Torres, Notario Eclesiástico en 1774. 6) Petrona González de Hoyos y Torres, casada con el español Pucheta. 7) Juana González de Hoyos, que casó en 1796 con José Ignacio Benguria y Calle, nat. de Leqeitío, en Vizcaya, el cual junto con el vizcaíno José de Uriburu (mi tatarabuelo) se hizo a la vela rumbo al Rio de la Plata. Luego de arribar a Bs. As., ambos amigos se radicaron en Salta, donde fundaron sus hogares con dos primas hermanas criollas de la familia Hoyos. Descienden de doña Juana y del vasco Benguria, entre otros hijos: A) Javiera Benguria Hoyos, casada el 8-VI-1843 en Salta, con el catamarqueño Juan Agustín Augier Correa Soria Medrano. Con sucesión. B) Clemente Benguria Hoyos. Casó en Salta el 24-X-1832 con Gregoria Achaval Iramain. C) Perpetua Benguria Hoyos, esposa de 2as nups. (desde el 28-VIII-1830) del jujeño José Manuel Alvarado de Bustamante, guerrero de la independencia, que se distinguió en el combate de San Pedrito (6-II-1817), y en 1821 Güemes lo hizo Capitán. 8) Manuela González de Hoyos y Torres, consorte de Francisco Gutiérrez Palazuelos, muerto en 1780 por los indios en las revueltas de Oruro, desatadas bajo el influjo de Tupac Amarú. Testó doña Manuela el 1-XII-1834, ante el Escribano de Salta Juan José de la Palma. Tenía un único hijo: Francisco Nepomuceno Palazuelos y Hoyos, cura de Poopó, en Bolivia. 9) Ambrosio González de Hoyos y Torres. Fraile franciscano. 10) Aurelia González de Hoyos y Torres, que casó en Salta, el 12-V-1785, con Juan Antonio Fernández (hijo de Manuel Fernández y de María Valmorio), nat. del Principado de Asturias; el cual en 1816 fue Gobernador de Hoyos

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Charcas y Teniente de Gobernador de Jujuy (desde el 15XII-1823 hasta el 10-II-1825) en reemplazo de Juan Quiroz, y sucedido en el mando por Agustín Dávila. Fueron sus hijos: A) Teresa Fernández Hoyos, casada con Tomás de Frias Quejana Aramburú (hijo de Manuel de Frias Quejana Escobar Castellanos, encomendero de Ampascachi y de su sobrina María Bernarda de Aramburú Lisperguer Frias Castellanos). Con sucesión. Entre sus hijos destaco a Benigo Frias Fernández Hoyos, n. el 13-II1821, que casó el 18-X-1857 con Juana Mollinedo Toledo Pimentel Ormaechea y Torres Gaete; padres, entre otros hijos, de Bernardo Frias Mollinedo, el salteñísimo historiador de Güemes; nacido el 12-VIII1862, que casó en 1904 con Sofía Zapata Corbalán y en ella prolonga descendencia. B) Juan Antonio Fernández Hoyos, nacido en Salta el 1XII-1786. Estimulado por su tío y tocayo Arenales, el joven Juan Antonio ingresó en la Universidad de Chuquisaca, y después en la de San Marcos de Lima, donde siguió la carrera médica, graduándose de Doctor. Pasó luego a España a fin de completar sus conocimientos clínicos. De allá se embarcó para el Río de la Plata como cirujano del regimiento de infantería de Lorca, integrante de las tropas que, al mando del General Gaspar de Vigodet, venían a defender a Montevideo. El 23-VII-1814 se rindió esa plaza con los efectivos realistas entre los que se encontraba nuestro quirurgo. El Director Posadas incorporó entonces a Fernández de Hoyos a las fuerzas patriotas de la Banda Oriental; como también Alvear utilizó sus conocimientos facultativos, designándolo cirujano del regimiento 2 de infantería. Posteriormente el Director Alvarez Thomas promovió al galeno salteño a catedrático del Instituto médico de Buenos Aires; del que en 1824 fue dirigente máximo. Durante la “aventura presidencial de Rivadavia”, el Doctor Fernández desempeñó el cargo de profesor de patología y clínica médica, como asi256

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mismo fue Jefe del Hospital de mujeres; hasta que Rosas dió por terminados sus servicios en 1835. Emigró a raíz de ello el terapeuta cesante a Montevideo, para regresar a su patria con sus amigos los proscriptos unitarios en 1852. El Gobernador interino López y Planes lo hizo enseguida Presidente de la Escuela de Medicina; elevada, el 29-X-1852, a la jerarquía de Facultad. Así, nuestro personaje resultó el primer Presidente de la Facultad de Medicina porteña; por eso un importante Hospital metropolitano — el “Fernández” — lleva su nombre. Habíase casado en Bs. As. con Sixta Isabel de Leyva; hija del célebre Síndico Procurador del Cabildo en 1810, Julián de Leyva, y de su mujer Tomasa de la Colina; cuyos antecedentes genealógicos se registran en la revista “Genealogía”, “Hombres de Mayo”, Bs.As., 1961, a la que me remito. Los cónyuges Fernández Hoyos-Leyva de la Colina procrearon a: a) Julián Blas Fernández Leyva, n. el 2-II-1819. Casó con Margarita Argerich (hija del cirujano Francisco Cosme Argerich Martí y de María Manuela de Obella Ruiz de Ocaña). Con descendencia. b) Nicanor Fernández Leyva, que casó con Benjamina Moreno Achaval. Con sucesión. c) Juan Antonio Fernández Leyva, casado el 26-X1856 con Florinda Torres Fresco (hija de Macario Torres Quintana y de Wenceslada Fresco Toledo Pimentel; n.p. de José Matías de Torres Funes Córdoba Gaete Lemos y de Manuela de la Quintana Allende Sebreros y Vicentelo de la Rosa; n.m. de Teodoro Fresco Subicueta y de Ignacia Toledo Pimentel Porcel de Peralta). De ellos vienen los Fernández Torres, Fernández Guerrico, Fernández Anchorena, Fernández Fernández, Penard Fernández, etc, etc. d) Carlos Fernández Leyva, soltero. e) Celestino Fernández Leyva, casado con Josefa Gaviña. Hoyos

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f) Emilio Gervasio Fernández Leyva. Casó en Montevideo el 11-IX-1859 con Teresa Márquez Guimaraes. De ellos descienden los Fernández Márquez, Fernández Madero, Estevez Rubio Fernández, Butler Fernández, etc, etc. g) Matilde Fernández Leyva, casada con Aureliano García. Con sucesión; los García y Fernández, García Calvo, García Calvo Estrada Borbón, Madero García Calvo, García Calvo Murga, García Calvo Villegas, García Calvo Ramos Mexía, etc, etc. C) Manuela Antonia Fernández Hoyos, baut. en Salta el 17-II-1792. Probablemente murió en la niñez. D) Ignacia o Ana Ignacia Fernández Hoyos, baut. en Salta el 31-VII-1794, bajo el padrinazgo de Pedro José de Ibazete y de Juana de Hoyos, su tía, esposa de Benguria. Casóse Ignacia con Gualberto Escalera. Uno de sus hijos fue: a) Gualberto Escalera Fernández Hoyos, quien contrajo matrimonio el 6-II-1846 con Carolina de Zuviría y Lezama (hija del enaltecido político, jurista y constituyente del 53, Facundo de Zuviría y Castellanos, y de su mujer María Carolina de Lezama y Quiñones; n.p. del Teniente Coronel Agustín de Zuviría Marticorena, n. en Echalar, Navarra, y de su 2ª consorte Feliciana Castellanos Plazaola Saravia; y n.m. de Gregorio de Lezama y de Ursula Carolina Arcos). Desde Córdoba, los Escalera Zuviría escalonan posteridad hasta nuestros días. E) Luisa Fernández Hoyos, baut. en Salta el 25-VIII-1796. F) Encarnación Fernández Hoyos, casada en Salta el 10X-1822 con Ildefonso Alvarez Navarro (hijo de Nicolás Alvarez y de Josefa Navarro). Fueron sus hijos: a) Aurelia Navarro Fernández Hoyos, que casó con Juan José Matorras; hijo de Juan José Matorras Bravo y de Antonia de Femayor Ugarteche; n.p. del santanderino Isidoro de Matorras y Cires — hermano del Gobernador del Tucumán don Jerónimo 258

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— y de su mujer Vicenta Bravo. El Gobernador Jerónimo era tío del General San Martín, pues su prima hermana Gregoria Matorras y Del Ser casó con el Capitán Juan de San Martín, y ambos diéronle el ser al Gran Capitán de los Andes. En efecto; Jerónimo Matorras y Cires (que casó y dejó descendencia con Manuela de Larrazabal, viuda de Juan Fernández de la Cruz), por mayo de 1767, en Madrid, pedía licencia al Rey para llevar consigo a Bs.As. a su “prima Gregoria Matorras ... como de edad de veinte y seis años ... su estado soltera ... “; la cual, como es sabido, en 1770 casaría con Juan de San Martín. Por tanto el Gobernador Matorras y su hermano Isidoro resultaban tíos segundos del Libertador de sudamérica. (Ver el boletín de la Facultad de Filosofía y Letras, volumen XII). Por lo demás, los cónyuges Matorras-Navarro Fernández Hoyos fueron los progenitores de Concepción Matorras — tía “Concha” — mujer de mi tío abuelo Pio Uriburu Castro. (Ver el apellido Uriburu). De ellos vienen los Torino Uriburu, y los numerosos gajos de ambas ramas. b) Martiniana Navarro Fernández Hoyos, que casó con Evaristo González Sarverri (hijo de Mariano González Varela y de María Manuela Sarverri Mendizábal). IIIa — JOSE DOMINGO GONZALEZ DE HOYOS Y DEL HOYO — mi antepasado — recibió las aguas bautismales en Salta el 14-V-1737, siendo sus padrinos de pila el Maestre de Campo Diego de Isunza y su esposa Ana de Hidalgo Montemayor. Hacia 1770, José Domingo contrajo matrimonio con Francisca de Paula de Aguirre y Ruiz Gallo; hija del Maestre de Campo Juan de Aguirre Calvo de Mendoza y de su segunda consorte Juana Ruiz Gallo y Martínez de Iriarte; hija ésta, a su vez, del Capitán Lucas Ruiz Gallo y de Jerónima Martínez de Iriarte Diez Gómez Frias Sandoval Castellanos y Cabrera, cuyos anteHoyos

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cedentes genealógicos se consignan en los respectivos apellidos. Poco, a la verdad, puedo decir de mi 4º abuelo Hoyos. Solo que el 28-III-1779 “Domingo Hoyos”, ante el Escribano Antonio Gil Infante, compró a María y a Juana de los Cobos (hijas del finado Domingo de los Cobos) “un retazo de tierras en la otra banda del río que llaman de Arias, a una legua de la ciudad de Salta”. Dicho campo limitaba por el Norte con “el Manantial” que dividía las chacras que fueron del Maestre de Campo Ventura de Aguirre, (mi antepasado y bisabuelo de la mujer del adquirente) y del clérigo Gabriel Gómez Recio; por el Sur con “el Río Segundo”; por el Oeste con tierras de convento de las Mercedes; y por el Poniente con las chacras de Alfonso de Villar, de Juan Albarez de Alanís y del Capitán Joseph de Echarte. José Domingo González de Hoyos y Francisca de Aguirre generaron 8 hijos, a saber: 1) José Domingo de Hoyos y Aguirre, baut. en Salta el 24-II1772, apadrinado por Manuel Francisco de León Velarde y Manuela Fernández Ipaza. José Domingo fue sacerdote, cura de la Iglesia Matriz salteña. Antes de recibir las sagradas órdenes se matriculó en Teología en la Universidad de Córdoba del Tucumán. Allí (1793-94) tuvo por condiscípulos, entre otros, al clérigo Manuel del Corro, quien sería diputado por Córdoba al Congreso de Tucumán en 1816; a Ildefonso Muñecas, el preste tucumano guerrillero de indios en el Alto Perú, durante las luchas por la Independencia; y al afamado jurisconsulto salteño Manuel Antonio Castro (mi tío tatarabuelo). Años más tarde, dirigió “Domingo de Hoyos” el Colegio que fuera de los jesuitas en Salta; y obtuvo ese puesto por concurso público, en oposición a los maestros Molina, Torres y Caldas. Después de 1810, en la época de la revolución, el ex Colegio jesuítico se transformó en la “Escuela de la Patria”, dirigida por el educacionista Mariano Cabezón. El “viejo tío de los Uriburu” que me ocupa, falleció en Salta el 9-IV-1856. 260

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2) Manuela del Carmen de Hoyos y Aguirre — mi tatarabuela — que sigue en IV. 3) Angela de Hoyos y Aguirre. 4) José Mariano de Hoyos y Aguirre, baut. en Salta el 26-IX1776. Fueron sus padrinos Joseph Fernández y María Francisca de Alzúa. Se casó con Mónica García, en octubre de 1806 (hija de Miguel García y de Jerónima Castellanos Frias). Hubieron estos hijos: A) María Manuela de Hoyos García, soltera, la cual en una escritura otorgada en Salta el 12-VII-1864, ante Manuel N. Quijano, dijo que su tío “el Arcediano de este Coro”, Pio de Hoyos, hizo donación a la hermana de ella Pilar Hoyos, “de la casa grande en que (don Pio) vivía y ha muerto”; que José Uriburu (Poveda), albacea y heredero del Arcediano, suscitó pleito de nulidad de tal donación, en la que María Manuela tenía la cuarta parte, en representación de su padre José Mariano Hoyos. Que la compareciente estaba dispuesta a transar, por 200 pesos, transfiriendo a su hermana Pilar Hoyos todo su derecho que como heredera pudiera tener. B) Pilar de Hoyos García, casada con José Félix Zambrano que a la sazón se encontraba ausente de Salta, en el Perú. 5) Feliciana Martina de Hoyos y Aguirre, baut. en Salta el 5VI-1781, ante los testigos Agustín de Zuviría y Pedro de Elexlade. 6) Pio de Hoyos y Aguirre, era uno de los hermanos menores de la familia. Dotado desde de joven de vocación religiosa, se ignora donde cursó sus estudios. El publicista salteño Romero Sosa presume que el presbítero Otondo lo condujo al Alto Perú, en uno de cuyos obispados — quizás en Charcas — obtuvo su ordenación sacerdotal hacia 1823. De regreso en Salta, se incorpora como Capellán a la división que comanda su pariente el Gobernador Arenales, dispuesta a atacar al irreductible Olañeta en su baluarte altoperuano. Años más tarde, no obstante su amistad con varios próceres unitarios, al cura Hoyos se le Hoyos

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conoce como “federal”. Y así en 1841, cuando La Madrid, manu militari, se apoderó de Salta, Pio Hoyos fue llevado preso a Jujuy — junto con el cura de Cochinoca Juan Manuel Tejada. El Gobernador Roque Alvarado le engrilló y le exigió contribuciones. Luego de los triunfos de Oribe, Hoyos volvió a Salta, y lejos de guardarles rencor a los unitarios en desgracia, y devolverles los agravios de ellos recibidos, mostróse generoso con sus ofensores. “Finos comedimentos hemos recibido de don Pio Hoyos”, le escribía Pio José Tedín a una amigo, relatándole como él, su padre don Toribio y su hermano Zacarías, habían sido apresados por los partidarios de Oribe, y que actitud tuvieron con los unitarios vencidos algunas personas. En 1844 era don Pío párroco de la Catedral salteña. Un lustro después (1849) funda el Hospital del Milagro, a cuyo efecto cede propiedades heredadas de sus mayores para instalar esa casa de salud, frente a la hoy Plaza Belgrano de Salta. “Allí — escríbeme Romero Sosa — se organizaron los servicios para la atención de la población humilde, y allí se trasladaron también a los desamparados leprosos, que hasta entonces vivían miserablemente en los aledaños del Cerro de San Bernardo. Basta esta inmensa obra social llevada a cabo por el Presbítero Hoyos, para convertirlo en uno de los grandes benefactores de la Provincia de Salta. Corpulento y de continente severo, según un retrato que de él se conserva (óleo atribuído a Ignacio Baz), demostraba aspecto arrogante y viril, como roble añoso. Era hosco, poco comunicativo y de ánimo más bien retraído; pero de espíritu bondadoso y sentimientos altruistas” — prosigue Romero Sosa; quien recuerda que don Pío colaboró con el presbítero Isidoro Fernández en la magna obra de la construcción de la Catedral lugareña, “erogando allí los pocos medios de que disponía, después de sus donaciones a favor del Hospital”. En los primeros meses del año 1864, don Pio, sin duda, fue a recogerse al paraíso. 7) José Luis de Hoyos y Aguirre, baut. en Salta el 23-VIII1783. En 1819 fue Regidor, y en tal carácter el 25 de 262

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Mayo de ese año, juró en el Cabildo local la constitución unitaria nacional. Patriota decidido, Güemes lo comisionó ante el gobierno de Mendoza como Diputado Gestor de Empréstitos. Pienso — opina Romero Sosa —que era una especie de oficial de enlace entre Güemes y San Martín”. En Mendoza José Luis se casó con María Magdalena Maza, y ahí le nacieron sus hijos: A) José Ataulfo de Hoyos Maza, que casó con su prima Remedios Maza Anzorena. Una de sus hijas, María Magdalena Hoyos Maza desposóse, en “la tierra del sol y el buen vino”, con Alejandro Mathus. Son los padres del Senador Nacional en 1946, Alejandro Mathus Hoyos, marido de doña N.N. Escorihuela, en la que tiene sucesión. B) José María de Hoyos Maza. C) Simodosea de Hoyos Maza, casada con un señor Maín. D) Urbana de Hoyos Maza. 8) Francisca Ramona de Hoyos y Aguirre, baut. en Salta el 16-V-1788, siendo sus padrinos Luis Bernardo Echenique y Felipa Plaza. Murió probablemente en la infancia. IV— MANUELA DEL CARMEN DE HOYOS Y AGUIRRE nació en la ciudad de Salta en noviembre de 1772, en tan malas condiciones de viabilidad que la bautizó de socorro, en su casa, el tío carnal de la criatura “Maestro Carlos Hoyos”. Tres meses después, el 11-II-1774, en la Iglesia Matriz salteña, la exorcizó y puso óleo y crisma el Presbítero Fernando Arias. Apadrinaron a la párvula en la pila, Manuel Velarde, y Lorenza de la Cámara. Veinte años después, el 10-IX-1792, Manuela fue llevada al altar de la Catedral lugareña por su prometido José de Uriburu y Bazterrechea. La sucesión de estos tatarabuelos míos se continúa en el apellido Uriburu.

Hoyos

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URIBURU La noble y antigua familia de Uriburu o Uruburu — que de ambas maneras su gentilicio se escribió — es oriunda del Señorío de Vizcaya, de su “tierra llana”, cuyos vástagos siempre fueron considerados hijosdalgo notorios de sangre, casa y solar conocidos. Esto consta en documentos numerosos, y “lo confirman los principales nobiliarios originales, entre ellos el Libro Becerro al folio 159 vuelto, afirmando unánimemente es su escudo de armas: en campo de gules (rojo) un castillo de plata puesto sobre un monte de oro, bordura de este mismo metal cargada de ocho estrellas de azur”; cual lo testifica el Rey de Armas de España José de Rújula, Marqués de Ciadoncha, en la Ejecutoria otorgada a favor del diplomático argentino José Evaristo Uriburu y Tezanos Pinto. El apellido toponímico Uriburu combina las palabras vascas uri — villa, poblado — y buru — cabeza, cima, parte superior; por lo que su mejor traducción castellana sería: “Parte superior del poblado”. “Sus primitivos solares — puntualiza la antedicha Ejecutoria — radicaron en la anteiglesia de Axpe de Busturia, jurisdicción de Guernica; otra casa dentro del término de Ajanguiz, aunque perteneciente a Guernica; la tercera en la Merindad de Durango; y es aún conocida una cuarta en el Reino de Navarra, cerca de San Juan de Pie de Puerto”. Según el Nobiliario de Lázaro del Valle y del Dr. Isasi — apunta el Marqués de Cioadoncha —, algunos Uriburu asistieron a la célebre batalla de Beotivar, el 19-IX-1321, ganada por los vizcaínos contra los franco-navarros. Consta en actas originales que guarda el Archivo de la Diputación de Vizcaya, que un muchas oportunidades los solariegos Uriburu ejercieron cargos de Ayuntamiento en distintas villas del territorio vizcaíno y en sus encartaciones, “en cumplimiento y debida interpretación del Fuero del Señorío, especialmente en Uriburu

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la Ley XVI que exije no admitir a las Juntas, oficios y alardes, a ningún vecino que no fuese conocido notorio hijodalgo de sangre, habido y tenido por tal, de sí y sus antepasados, y de carta ejecutoria, excluyéndose a los hijos y nietos de clérigos y bastardos”. A lo largo del tiempo varios Uriburu probaron su nobleza: en 1670, Juan de Uruburu, en un juicio contradictorio sustanciado en Mondragón; en 1671, José de Garro Artola Arcaraso y Uruburu, en la Orden Militar de Santiago; en 1703, Nicolás y Francisco de Uruburu Orozqueta Rementería y Elorriaga, en la Real Chancillería de Valladolid; en 1734, Francisco de Uruburu y Toro, en la Real Chancillería de Granada; en 1795, Vicente de Uruburu Elguezabal Zabala y Urrutia, en la Junta General de Guernica; y en 1818, Domingo y Vicente de Viciola Uriarte Fuldain y Uruburu, en la Junta General de Vizcaya. La casa solar del linaje argentino que me ocupa — lo certificó el Real archivista Rújula — “radica dentro del término de Ajanguiz, aunque correspondiente a Guernica desde época muy remota. Hoy en sus antiguas ruinas se conserva un caserío en mal estado, que por sucesivas reformas ha perdido la traza y estilo primitivos, situado en la ladera de un monte, frente y dominando a Guernica, del otro lado de la Ria, rodeado de sus extensas tierras y propiedades que, aunque ya desmembradas y divididas, sigue siendo uno de los más ricos e importantes de la comarca”. En la Iglesia parroquial de San Miguel, del municipio de Mendata, es donde se encuentran inscriptas las partidas sacramentales de la rama de Uruburu — ahora dicha Uriburu, de la cual deriva el autor de este trabajo. La secuencia hereditaria de esos antepasados comienza con: I — JUAN DE URUBURU, bautizado en San Miguel de Mendata, jurisdicción de Guernica, en el Señorío de Vizcaya. Fue Regidor de Mendata y marido de María de Echevarría (eche, casa; barria, nueva, “de la casa nueva”). Ellos procrearon a:

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II — JUAN DE URUBURU ECHEVARRIA, Fiel Ejecutor de Guernica en 1630. Se casó con su prima Gracia de Uruburu. Ambos fueron dueños de la casa solar de su apellido en Mendata y feligreses allí de la Iglesia de San Miguel. Hubieron por hijos a: 1) Juan de Uruburu y Uruburu, que sigue en III. 2) Pedro de Uruburu y Uruburu, baut. en Mendata en 16-II1616. 3) Domingo de Uruburu y Uruburu, baut. en Mendata el 14-V1623. III — JUAN DE URUBURU Y URUBURU, “heredó la casa solariega de sus mayores y también, como noble vizcaíno originario, hijodalgo de sangre”, resultó elegido Fiel Ejecutor del Ayuntamiento de Guernica el 1-I-1653. Casó con Catalina de Olave y Echevarría (hija de Sebastián Abad de Olave y de María de Echevarría Iturriaga). Olave quiere decir “ferrería de abajo”: ola, ferrería; be, suelo, parte de abajo; Iturriaga significa “junto a la fuente”: iturri, fuente; aga, junto. El matrimonio Uruburu-Olave engendró a: 1) Francisco de Uruburu y Olave, que sigue en IV. 2) Juan de Uruburu y Olave, baut en Mendata el 27-IV-1641. 3) Sebastián de Uruburu y Olave, baut. en Mendata el 13-IX1643. 4) Antonio de Uruburu y Olave, baut. en Mendata el 22-X1647. IV — FRANCISCO DE URUBURU Y OLAVE, “como primogénito heredó la casa solar, ejerciendo como noble, en el Ayuntamiento de Guernica, el cargo de Fiel, según acta original del 1-VI-1667”. Casó con María de Altamira (hija de Pedro de Altamira y de Catalina de Mendata). Dieron vida a estos hijos: 1) Francisco de Uruburu Altamira, que sigue en V.

Uriburu

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2) María Magdalena de Uruburu Altamira, baut. en Mendata el 26-IX-1666, apadrinada por Sebastián de Uruburu y María de Olave. 3) María de Uruburu Altamira, baut. en Mendata el 23-III1673, bajo el padrinazgo de Sebastián de Uruburu y de María de Ugalde. Casó, “en la misma casa solar de Uruburu”, el 28-XI-1715 con Felipe de Obieta y Luno. 4) Catalina de Uruburu Altamira, baut. en Mendata el 16-V1678, siendo su padrino Martín de Altamira. 5) Domingo de Uruburu Altamira, baut. en Mendata el 22-XII1680. Padrinos: Juan y María de Uruburu. 6) Josefa de Uruburu Altamira, baut. en Mendata el 10-V1683. VI — FRANCISCO DE URUBURU Y ALTAMIRA: “Hijo mayor, heredó como tal la casa infanzona de su apellido”. Casó el 12-VI-1702 con Catalina de Urrutia (hija de Gabriel de Urrutia y de Magdalena de Mendieta y Goitía. Urrutia quiere decir “el lejano”, pués deriva de urruti, o sea, lejos; Mendieta viene de mendi, monte, y de eta, plural, es decir “montes”; y Goitía se traduce por “cimas”). Testó Francisco de Uruburu en Mendata, ante el Escribano Bernardino de Zacona, y murió con los Santos Sacramentos el 22XII-1718. Sus restos descansan en la Iglesia de San Miguel de Mendata, en la sepultura de Uruburu, cumplidos sus funerales “con la pompa y solemnidad que requiere su estado”, cual consta en el acta respectiva. Hubo 4 hijos: 1) Francisco de Uruburu Urrutia, que sigue en VII. 2) Gabriel de Uruburu Urrutia, baut. en Mendata el 15-III1706, apadrinado por Juan de Uruburu y Magdalena de Mendieta, su abuela materna. 3) Antonio de Uruburu Urrutia, baut. en Mendata el 5-IV1716. Padrinos: Martín de Urrutia y María de Altamira, su abuela paterna. 4) José de Uruburu Urrutia, baut. en Mendata el 30-VII-1718. El 1-I-1772 resultó elegido segundo Regidor del Ayuntamiento de Guernica, “como vizcaíno noble originario, hijo270

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dalgo de sangre”. Según sus respectivas partidas, los abuelos maternos fueron feligreses de Guernica y de Arrazúa, respectivamente, y vecinos de Ajanguiz. VII — FRANCISCO DE URUBURU Y URRUTIA, recibió las aguas bautismales en Mendata el 14-VI-1703, apadrinado por Gabriel de Urrutia, su abuelo materno y por María de Altamira, la abuela paterna. Casó en la Iglesia de Santa María del municipio vizcaíno de Ibarruri, el 2-XII-1727, con Josefa de Ajuría Auxocoa (hija de Juan de Ajuría Auxocoa y de Magdalena de Iribarri, vecinos de Ibarruri). Fueron padres de: 1) Francisco de Uruburu Ajuría Auxocoa, que sigue en VIII. 2) Juan de Uruburu, pertenece a la misma familia, y al hermano suyo le llamaba “José Francisco”. Era natural “del puerto de Santa María, reino de Andalucía” (Cádiz). Vino a Buenos Aires por 1770, y acá se casó con la porteña María de Sayas, en la que hubo a: A) Romualdo Uruburu Sayas, “natural de Buenos Aires”, quien, en esta ciudad, el 12-XI-1793, ante el Escribano García Echaburu en su registro nº 3, dió poder a Joseph Badía, vecino de Cádiz, para que cobrara y percibiera la herencia de su difunto abuelo “Francisco Uruburu'. Romualdo, cuyo padre ya había fallecido en 1793, mantenía correspondencia con su tío carnal “Josef Francisco Uruburu”. VIII — FRANCISCO DE URUBURU AJURIA AUXOCOA, fué baut. en Mendata el 16-IX-1730, apadrinado por su pariente el persbítero Domingo de Ajuría y por la tía abuela Catalina de Uruburu. Casóse en la parroquia de San Miguel de Mendata el 20-II-1757 con María Cruz de Basterrechea (hija de Martín Lamiquiz de Basterrechea nativo de Mendata, y de María Cruz de Goiría, nacida en el caserío vizcaíno de Gorocica). Basterrechea combina a baster, rincón, orilla, esquina; con exte o eche, casa, y se traduce como Uriburu

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“casa de la esquina”. Sus armas pintan en campo de gules una cruz hueca floreteada de plata, acompañada de 6 panelas del mismo metal puestas en orla, y en punta un lobo de sable. Los cónyuges Uruburu-Basterrechea fueron vecinos de Guernica y residieron en la casa de Uruburu. De su unión provienen: 1) José de Uruburu o Uriburu Basterrechea, que sigue en IX. 2) Juan Antonio de Uruburu o Uriburu Basterrechea, a quien bautizaron de un día el 28-XII-1767 en la Iglesia de San Miguel de Mendata. El 8-III-1794, Juan Antonio solicitó licencia al Consejo de Indias para viajar a América, pués, entre otras razones, “su hermano José de Uriburu, vecino de la ciudad de Salta, en el Reino del Perú, le llamó para ayuda de sus negocios, no teniendo obstáculo ni impedimento que embarace a su embarque, por tener la boluntad de sus padres y estar libre de toda obligación”. El interesado acompañaba su partida de bautismo y, junto a la carta de su hermano, un certificado de libertad y buenas costumbres. Trece días más adelante, el Consejo de Indias dió curso favorable a dicho pedido, y así lo hizo saber al Juez de Arribada de la Coruña, desde cuyo puerto el joven Uriburu debía efectuar su embarque. Llegado el viajero a nuestras playas, se trasladó a Salta del Tucumán, y de ahí a San Juan de Cuyo, donde casó con Magdalena o Isabel de la Maza, y fallecida ella al poco tiempo, el viudo contrajo 2as nupcias, el 26-VIII-1801, con Juana Nepomucena Aberastain (hija del Maestre de Campo Antonio de Aberastain o Berastayn Sarmiento, y de María Angela Benegas, casados en San Juan el 23-XI-1774; n. p. de Luis de Berastayn Azcárate, baut. en Chile, y de Francisca de Quiroga Sarmiento, casados en San Juan el 4-VII-1735; n. m. de Antonio Benegas y Morales y de Isabel de Balmaceda de la Barrera; bisn. p. p. de Martín de Berastayn y de Marcela de Azcárate, cónyuges vascongados que emigraron a Chile; bisn. p. m. del Maestre de Campo José de Quiroga Sarmiento y de Elvira de Ugas). En 1806 Juan Antonio de Uriburu hallábase de paso en Buenos Aires, y participó en la resistencia 272

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armada de la ciudad contra los ingleses invasores. Con el grado de Capitán del cuerpo de Asturianos cayó prisionero del enemigo, al negarse a cumplir la orden de abandonar un vado del Riachuelo que se obstinó en defender sin resultado. De aquel primer enlace sanjuanino de Juan Antonio nació: A) Delfina Uriburu de la Maza, la que casaría en Salta con su primo hermano Camilo de Uriburu Hoyos, del cual y de su descendencia me ocupo más adelante. De las segundas nupcias de Juan Antonio provienen: B) Carlos Uriburu Aberastain, que casó con Ema del Carril y de la Rosa (hija de Pedro Vázquez del Carril Salinas Quiroga y Sarmiento y de Clara Vicentelo de la Rosa de la Torre. Ver el apellido Ibarguren). C) Remigio Uriburu Aberastain. D) Manuel Uriburu Aberastain. E) Manuela Uriburu Aberastain, que casó en San Juan el 31-VIII-1837 con Domingo Godoy nativo de Chile (hijo de los chilenos Santiago Godoy y Francisca Palacio Aguirre). F) José Uriburu Aberastain. G) Benedicta Uriburu Aberastain. H) Camilo Uriburu Aberastain. IX — JOSE DE URIBURU Y BASTERRECHEA — mi tatarabuelo — nació en Mendata el 12-IX-1766 y lo cristianaron ese mismo día como lo expresa su partida bautismal: “El 12 de setiembre de 1766 años, yo Don Pedro de Amesti, beneficiado y cura de esta Iglesia parroquial del Señor San Miguel de Mendata, y Vicario del de Busturia, bauticé en ella solemnemente a un niño que le puse el nombre de Joseph, que según declaración de su nutriz nació a las seis de la mañana de dicho día; hijo legítimo de Don Francisco de Uruburu y su esposa María Cruz de Lamiquiz de Basterrechea, naturales y parroquianos de esta Mendata y vezs. de Guernica, en casa de Francisco de Uruburu (abuelo), natural de esta dicha, y su esposa Josepha de Ajuría y Auxocoa, de la de Ibarruri, parroquianos de esta predicha y vezinos de Guernica; y los maUriburu

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ternos Martín de Lamiquiz Basterrechea, natural de esta Mendata, y su esposa María Cruz de Goiría, de la de Gorocica, vecinos y parroquianos de la primera; fueron sus padrinos Joseph de Lamiquiz Basterrechea y Cathalina de Uruburu, vezinos de esta anteiglesia de Mendata y de la de Arbasequi, a quienes advertí el parentesco espiritual que contrajeron, en cuya fé firmo fha. ut supra: Don Pedro de Amesti”. (Libro de Bautismos nº 3, folio 282, de San Miguel de Mendata). Narra el historiador salteño Bernardo Frías en su Novena Tradición, que titula La Familia Afortunada y versa sobre la de Uriburu, que en los postreros años del siglo XVIII, “hiciéronse a la vela rumbo a América, desde uno de los puertos del mar Cantábrico, dos hidalgos españoles, Don José Ignacio Benguria y Don José Uriburu”. Este último “de casa noble, como su compañero, pero lo aventajaba en que era joven con mayorazgo en España. Tomando para el Río de la Plata entraron en la América. No se desviaron ni él ni Benguria en aquel puerto de Buenos Aires, por llamativo que lo fuera, y adonde han ido a dar cien años más tarde sus innúmeros descendientes, sino que subiendo hacia el norte, donde olía de más cerca el Perú, subieron y subieron hasta que pararon en Salta … Pusieron tienda, y ambos encontraron novia. Había — prosigue Frías — entre las antiguas y ramificadas casas de Salta, una entre las más distinguidas y nobles, de origen puramente castellano, como la de Hoyos … Y los advenedizos buscaron niñas de Hoyos para esposas. Uriburu casó con Da. Manuela, y Benguria con Da. Juana. Pero no eran hermanas sino primas (una Hoyos y Aguirre, la otra Hoyos y Torres); y de quien estuvieran las ganancias de la hermosura, sí que no podríamos afirmar, porque ni dato, ni retrato nos han quedado de ellas”. Esto ocurrió ciertamente, y lo repite de oidas el memorioso don Bernardo, aunque el supuesto “advenedizo” de mi tatarabuelo no viniera a esta parte del mundo sólo a instalar tienda de marchante: vino Uriburu con “cargo en la Administración de las Reales Aduanas del Virreinato del Rio de la Plata”, según se precisa en la Ejecutoria otorgada a pedimento de uno de sus bisnietos, aunque, en rigor, fuera de ese expediente 274

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nobiliario, no he encontrado constancia alguna acerca de tal cargo burocrático. Y ya establecido en Salta, el hombre tomó estado cual lo expresa la siguiente partida de su Iglesia matriz: “En la Ciudad de Salta a diez de Septiembre de mi setecientos noventa y dos años, dispensadas las proclamas por el Señor Vicario Foráneo de esta Ciudad Dr. Dn. Andrés Pardo de Figa., yo, el Dr. Dn. José Gabriel Figueroa de lisencia suya, casé y no velé a Dn. José Uriburu, natural de los Reinos de España, con Da. Manuela Hoyos, hija legítima de Dn. Domingo Hoyos y de Da. Francisca Aguirre, vecinos de esta Ciudad; fueron testigos el Mtro. Dn. Francisco Toledo y Da. Cármen Gallo, vecinos de esta Ciudad, y para que conste lo firmo: Dn. José Gabriel de Figueroa”. (Libro correspondiente, folio 48). Al correr de pocos años — barrunta a la distancia Frías —, “prosperaba la casa de Uriburu en fortuna y social predicamento. Levantó su morada con el lujo de entonces, que era colocarle un altillo con grande balcón sobre la calle, defendido por baranda de hierro vizcaíno y alero sostenido por férreas columnas para resguardo de soles y de lluvias, a pocos pasos del convento de San Francisco, donde acomodó tienda y familia”. A ese tiempo corresponden las siguientes referencias tocantes a mi antepasado. El 1-VIII-1795, en Buenos Aires, ante el Escribano Tomás José Boyso, Juan José de Lezica y Alquiza, como Albacea de su padre Juan de Lezica y Torrezuri — fallecido en 1784 —, otorgó un poder a favor de José de Uriburu, vecino de Salta, para que éste cobrara allá deudas de su testamentaría paterna. Y el 4-V-1796, el Diputado del Consulado en Salta, Manuel Antonio de Tejada, remitió al Prior y Cónsules porteños de esa corporación mercantil — que abarcaba a todo el Virreinato — una representación que le dirigieron los comerciantes salteños, a fin de que se regulara la vara de medir local, que tenía una falla del 3 por ciento respecto de la “vara de la península de España”. Alegaban tales 23 mercaderes de Salta — entre ellos José de Uriburu, Pedro José de Ibaseta, Juan Antonio Fernández, Mateo Gómez Zorrilla, Juan Nadal y Guardia, Sinforoso Josef de Rioja, Ignacio de Benguria, Tomás de Arrigunaga y Archondo, Francisco Ansede y Uriburu

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Graña, Matías Gómez Linares y Juan Antonio Moldes — que “no podemos menos de exponer los perjuicios considerables que experimentamos con la disconformidad de la vara de medir de esta Ciudad con la de los Puertos más inmediatos de España, de donde vienen los efectos y géneros comerciables”. Dos años después, José Uriburu estaba en Buenos Aires, y el 26-V-1798 otorgó, por él y por Agustín Erquiaga, vecino de Salta, una escritura en la cual ambos se obligaban a pagarle 5.446 pesos y 3 reales a Casimiro Francisco de Necochea, cuya cantidad “es procedente de efectos de Castilla que me ha vendido a mi entera satisfacción”. El 6-V-1799, el Gobernador y Capitán General de Salta Rafael de la Luz, informábale al Virrey Marqués de Avilés, “aver puesto el cúmplase al título de Capitán de Milicias que se dirigió en oficio de 28 de febrero a favor de Don Josef de Uriburu, a quien se le entregó, quedando posesionado”. Y el año 1804, “don Josef” trocaba su flamante espada y su vara de medir pañería por la vara de Alcalde de Justicia y Regimiento del Cabildo salteño. También durante el período de 1809 Uriburu ejerció las funciones de Alcalde de 1º voto, por cierto que con la insignia pretorial firmemente empuñada. Cunde la revolución de Mayo. “Corsi e ricorsi” revolucionario Meses más delante, en 1810, un ciclón revolucionario venido de Buenos Aires sacude a todo el interior del país. Uriburu, a las primeras de cambio, adhiere a la Junta porteña que se proclamaba soberana y celosa defensora de los derechos del Rey Fernando VII en el vasto territorio del virreinato. En una “Lista de los que se han suscripto para el auxilio a las Provincias Interiores”, que publicó La Gazeta de Buenos Ayres, se lee: “Don José de Uriburu, vecino de la intendencia de Salta, después de manifestar su más sincera adhesión a la Junta, ofrece pagar 6 soldados en la Expedición, a nombre de 6 hijitos menores que tiene”. Y el 20-IX-1810, la Junta gubernativa, con campanuda retórica — tan del gusto de Mariano

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Moreno —, declaró a mi tatarabuelo “patriota en grado heroico y eminente”. A poco andar, sin embargo, el fusilamiento de Liniers y sus compañeros, el terrorismo jacobino de Castelli y de los secuaces de Moreno, la indisciplina prepotente de algunos oficiales porteños, los reiterados sacrilegios cometidos por Monteagudo y otros demagogos que parecían complacerse en escandalizar a la sociedad culta y creyente del interior provinciano; la suma de todo esto, y de añadidura una persecución implacable a los adversarios políticos, con despojo de sus haciendas, cuando no se los despachaba a la eternidad pegándoles cuatro tiros, hizo que don José — como muchos paisanos suyos y no pocos nativos americanos — renegara desengañado del “nuevo sistema”; no obstante sus hijos, en contradicción abierta con la voluntad paterna, siguieran militando en las filas revolucionarias. Cuando con posteridad al vergonzoso desbande de las anarquizadas fuerzas de Castelli en Huaqui, el ejército realista — originariamente peruano —, que comandaba el arequipeño Pio Tristán, efectuó su entrada en Salta a principios de septiembre de 1812, Uriburu lo recibió con alborozo, mientras las campanas de las Iglesias repicaban a gloria, y la mayoría de las familias pudientes repetían los agasajos, los bailes y los banquetes en sus casonas iluminadas. El 1-I-1813 — como era de rigor al comenzar cada año — se renovó el Cabildo salteño, y, bajo la presidencia del Gobernador Intendente José Márquez de la Plata, quedó integrado así: Alcaldes, Bruno Oro y Miguel J. Gómez; Regidores, Manuel Fernando Aramburú, Francisco Avelino Costas, José Uriburu, José D. García, José A. Chavarría, Francisco A. Lezama y Francisco E. Martínez, y como actuario, el perdurable Escribano Isidoro Matorras. Y justo a los nueve días de asumir sus respectivos cargos, dichos señores se congregaron en solemne acuerdo para escuchar la lectura de “un pliego cuyo contenido era la Constitución de la Monarquía (la de las Cortes de Cádiz, sancionada allá el 18-III-1812), e impuestos de ella acordaron su cumplimiento, ostentando públicamente su alegría y adhesión a éste Código Nacional, cuya publicación Uriburu

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se hará a la mayor brevedad”. Y el 3 de febrero siguiente, Uriburu y sus colegas, consignaban en acta cómo el 30 de enero anterior, “colocado el cuerpo capitular y el Sr. Gobernador en un magnífico Tablado en la Plaza Mayor, en concurso de mucho pueblo, se leyó y publicó en alta voz la Constitución Política de la Monarquía. Concluido este acto, con repiques de campanas y salvas de artillería y con un escuadrón de caballería, se repitió la misma publicación en la Plazuela de la Iglesia de Mercedes; y el día 31 se celebró Misa solemne en acción de gracias, se leyó la Constitución antes del ofertorio, y concluída, el Dean celebrante de capa de coro se acercó a una mesa dispuesta en el Presbiterio con los Santos Evangelios, y juró bajo forma prescripta; hizo lo mismo el Sr. Gobernador, y recibió éste juramento al clero, vecindario, Ayuntamiento, al Sr. Provisor del Obispado (por cautividad del Ilustrísimo Obispo Videla), cabildo Eclesiástico, comunidades de San Francisco, Merced y Belén, y a todos los empleados; en seguida se cantó un Te Deum, con lo que se concluyó el acto”. Después, la bendita Constitución de “las Soberanas Cortes de Regencia del Reyno” fué publicada en los parajes más concurridos de la ciudad, mientras su vecindario adornaba las calles y las casas, y las iluminaba por tres noches en señal de regocijo. Pero es veleidosa la Fortuna, y al cabo de sólo 17 días, las tropas revolucionarias del porteño Belgrano, casi en los suburbios de Salta, destrozaron a los regimientos virreinales del arequipeño Tristán. En consecuencia, aquel optimismo de los Regidores adictos a la Constitución de Cádiz, mudóse en lamentos y en crujir de dientes; ya que todo el grupo, envuelto en el torbellino de la derrota, fue ipso facto destituido. En el mismo escenario bruscamente se dió vuelta la tortilla; y un nuevo elenco consistorial — sea dicho “patriota” — vino a reemplazar al españolista de la víspera; quedando el Ayuntamiento de los triunfadores así conformado: Alcaldes, el General Juan Antonio Alvarez de Arenales y Gerónimo López; Regidores, Calixto de Sancetenea — mi tatarabuelo —, Juan Manuel Quiróz, Fructuoso Figueroa, Mateo Jimeno y Juan

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Antonio Alvarado, amén del Escribano inconmovible Isidoro Matorras. Estos señores, presididos por el General Belgrano, a los cuatro días de la batalla de Salta, en la Iglesia matriz repleta con las mismas corporaciones seculares y eclesiásticas y los mismos curas, rectores y canónicos; tañidas de igual modo las campanas que a idéntico Te Deum convocaban; juraron su fidelidad a la Asamblea llamada “del año 13”, a la sazón legislante en Buenos Aires; tal como mi antepasado Uriburu y sus colegas, pomposa y públicamente, habían jurado, veinticinco días atrás, a la Constitución de Cádiz. (Ver el apellido Sancetenea, en el capítulo que dedico al linaje de De la Cámara). Como gaje inevitable de toda revolución, el clima espiritual de los salteños, exacerbado por la discordia y la sangre derramada, se saturó de odio y de recelos. “La noticia del inopinado contraste que tuvieron las armas de la patria en Vilcapujio — recuerda Dámaso Uriburu en sus Memorias —, exaltó al más alto grado el furor e irritación de los patriotas de Salta contra el partido realista existente allí, pues vieron próxima una nueva invasión del ejército español a mérito de este infausto suceso …, una vez desencadenadas las pasiones populares no hay freno que las contenga, creciendo sus exigencias cada vez más imperiosas … El Gobernador Feliciano Chiclana dispuso la deportación de todos los españoles europeos y otros realistas muy conocidos por su conducta anterior, pero de un modo que pudieran retirarse a las provincias del centro, sin irrogarles otros perjuicios inútiles que comprometieran sus fortunas y la subsistencia de sus numerosas familias. Empero esta era la intención de muchos demagogos, que con la capa del patriotismo pretendían cubrir innobles venganzas y otras viles aspiraciones. Así es que conducidos por un instinto brutal y feroz, obligaron tumultariamente al gobierno a la horrorosa proscripción de una inmensa multitud de hombres de todas clases y condiciones, y hasta de muchas mujeres, que señalaban arbitrariamente el odio, el encono y una ciega parcialidad a una ruina cierta.” “A consecuencia de este trastorno — prosigue mi tío bisabuelo — el autor de estas memorias, muy joven aún, tuvo que acompañar a su padre, que fue desgraciadamente comprendido en la numerosa lista Uriburu

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damente comprendido en la numerosa lista de proscriptos de Salta, a la ciudad de San Juan, a donde llegaron a fines del mes de noviembre de 1813, en circunstancias que acababa de suceder en esta ciudad una convulsión popular, sin otro motivo que el deseo que tenían muchos jóvenes de figurar en la escena política, parodiando las muchas de éste género que tenían lugar en Buenos Aires”. Antes de arribar a territorio sanjuanino con su hijo Dámaso, el ex Regidor realista buscó refugio en Catamarca (calculo su permanencia allí de unos 8 meses, a contar de marzo o abril de 1813). El historiador Enrique Udaondo consigna en su Diccionario Colonial que José de Uriburu “durante la época que estuvo emigrado en Catamarca fundó, el 13 de septiembre de 1813, debidamente autorizado por el Cabildo de dicha ciudad, una escuela en el departamento de Valle Viejo, la que llenó una necesidad desde largo tiempo atrás sentida en aquella localidad, y que reportaría benéficos resultados a la juventud catamarqueña”. Fin y larga progenie de mi tatarabuelo Uriburu Vuelto don José a Salta, ya no habría de intervenir más en política: actividad que absorbió la existencia de tantos ilustres descendientes suyos. A cuidar sus intereses particulares y a la práctica de obras pías dedicó sus afanes, aunque repetidamente se viera sometido — no diría que “en grado heroico” — a las contribuciones forzosas con que Güemes abrumó al comercio local. En 1830 el viejo Uriburu, las vísperas de su muerte, desempeñaba la sindicatura del convento de San Francisco y, en carácter de tal, dió su conformidad para que mis bisabuelos, los esposos Antonino Ibarguren y Elena Díaz Niño, quedaran “como inquilinos” de la estancia “Cachi Pampa”, que reconocía un censo redimible por 2.389 pesos a favor de aquella comunidad. El 10-I-1831, en buena vejez que rebasaba los 64 años, se apagó la vida de José de Uriburu Basterrechea. Con su abnegada esposa Manuela de Hoyos y Aguirre — que después de 1821 le había antecedido en el viaje sin retorno — hubo una decena de hijos, a saber:

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1) Manuela Antonia de Uriburu y Hoyos, baut. en Salta el 16VI-1793. Casó allí el 29-VI-1826 con Juan Bautista de Navea, el cual, según propia referencia, al llegar indigente de Vizcaya a Salta en 1800, comió el primer trozo de pan en casa de su paisano José de Ormaechea. Al andar de los años, Navea amasó consistente fortuna, e hizo buenas migas con los gobiernos federales de la provincia. (”Tiene más plata que Tata Navea”, solía decir mi abuela Margarita Uriburu de Ibarguren cuando la charla recaía en algún ricachón). Hijo del matrimonio de Juan Bautista con Manuela Antonia fue: A) Juan de Navea Uriburu, que casó en Salta el 16-III1860, con su prima hermana Mercedes Rosa de Uriburu Arias (hija de Pedro de Uriburu Hoyos, y de Cayetana Arias Cornejo). Fallecido Navea Uriburu sin hijos, el 11-II-1869, su viuda pasó a 2as nupcias, el 28-I-1880, con Pedro Cornejo Ceballos, y con éste procreó la sucesión que apuntaré más adelante. 2) Dámaso de Uriburu y Hoyos, el cual nació en Salta el 15-I1795, y allí lo bautizaron 14 días más tarde con los nombres de “José Dámaso”, apadrinado por el clérigo Dr. José Domingo Frias Castellanos, “vecino de Córdoba” y por su abuela materna Francisca de Aguirre, ante los testigos el “Doctor y Coronel” Mateo Saravia Jáuregui y “Juana Gallo” (Juan Ruiz Gallo de Aguirre), la bisabuela del párvulo, que murió posteriormente, el 5-III-1796. Cuenta Dámaso en sus Memorias que, a comienzos de 1808, sus padres lo enviaron a Córdoba, donde ingresó en el Colegio de Montserrat. Era entonces rector del establecimiento el Dean Gregorio Funes, y el alumno tuvo como profesor de teología al futuro General y Gobernador de Tucumán Alejandro Heredia, y como condiscípulos, entre otros, a los futuros Generales José María Paz y Rudecindo Alvarado, y al joven Luis Fernández de Córdoba, nacido en Buenos Aires en 1798, futuro diplomático y famoso General en España, vencedor de los carlistas en la batalla de Mendigorría (hijo del General Realista José de Córdoba y Rojas, fusilado por Castelli tras la acción de Suipacha, junto con el Mariscal Uriburu

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Vicente Nieto y el Gobernador Francisco de Paula Sanz). También entre los compañeros “montserratinos” de Dámaso que se adhirieron con él a la Junta revolucionaria porteña en carta a su Presidente Cornelio Saavedra, figuran Bonifacio Gallardo, Cayetano Campana, Leonardo Oro, Juan Francisco Valdés y Juan Francisco Borja Fernández, según lo publicó La Gazeta de Buenos Ayres el 9-IX-1811. En la docta ciudad cordobesa Uriburu había conocido a Liniers, y no pudo “olvidar el aire noble de su fisonomía, el elegante y magnífico porte de su persona, todos accidentes propios de un héroe, que añadía a ellos, para realzarlos, la sencillez y cortesía más francas y la mayor amabilidad”. “Muchas veces tuvo el autor — expresan sus Memorias — la ocasión de ver y admirar a este gran personaje, pués aún estando de Virrey, colocó a sus tres hijos más jóvenes en el colegio”. (José Atanasio, Mariano Tomás y Santiago Liniers y Sarratea). Fusilamiento de Liniers, “sansculotismo” morenista y curso posterior revolucionario El fusilamiento de Liniers y sus seguidores produjo en Córdoba hondo malestar, horror y descontento. “Estaba acuartelado en la casa de ejercicios, contigua al colegio de Montserrat, un batallón del regimiento de patricios — Dámaso comprobó el suceso — y fue preciso encerrarlo en el cuartel y vigilarlo mucho, como a los otros cuerpos estacionados en el mismo cuartel general, temiendo una conmoción a mérito de ese fatal acontecimiento”. “Ese sansculotismo filosófico que había propagado en el mundo el ejemplo de algunos períodos bien lamentables de la revolución francesa”, prevalecía en la Junta gubernativa de Buenos Aires — discurre mi pariente, el cual no hace buena remembranza de “los señores Moreno, Castelli y Vieytes”, quienes, “según se dijo en su tiempo, eran los representantes de la doctrina mal aplicada de esa secta política, que pretendía, a ejemplo de la que le servía de modelo, regenerar el orden político y social de estos países por medio de la sangre y crímenes que jamás han servido 282

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la sangre y crímenes que jamás han servido sino para justo descrédito de la mejor causa”. “No es de extrañar que desde entonces empezase esa numerosa defección, que abandonando la causa de los americanos, ya tiznada con estos sangrientos e inútiles excesos, predispusiese el próximo triunfo de los mandatarios españoles”. “El espíritu público de los pueblos del interior — sigue Uriburu — había singularmente desmayado, en la generalidad, a fines del año 11, sea por los reveses que habían padecido sus armas, sea porque disminuyendo los recursos públicos fue necesario acudir a las propiedades particulares, cosa nueva en estos países en que el derecho de propiedad había sido siempre respetado religiosamente. Pero la principal causa de su desaliento debe encontrarse en la mala conducta de algunos agentes de la autoridad suprema en las provincias, en su inexperiencia y falta de tacto y tino con que practicaban su influencia a hombres sin crédito en ellas, por su notoria inmoralidad”. “Eran contados los patriotas decididos que sostenían con ardor la acción del gobierno. La masa de los habitantes, muy principalmente de la gente de las campañas, sino era hostil, a mérito de las continuas exacciones que sufrían en sus personas, arrancadas violentamente de sus hogares para el ejército, sin regla ni orden alguno, y de sus propiedades que estaban expuestas a los mismos ataques, era indiferente al triunfo de los realistas o patriotas”. Pero cuando vino a ponerse al frente de las fuerzas revolucionarias Belgrano, éste, “con aquella actividad y energía que nadie poseía, se dedicó a aumentar el ejército con reclutas que le fueron de todas partes, a organizarlo e inspirarle esa moral y elevación de sentimiento que ningún General, de los muchos que figuraron en la revolución, supo inspirar tan bien a sus tropas”. Así las cosas, Dámaso Uriburu regresa a Salta sin haber alcanzado a doctorarse en Córdoba. Sus hermanos Evaristo y Vicente revistaban ya como oficiales en el ejército de Belgrano, mientras que el cursante abogadil, debido a su precaria salud, no correría los albures de la guerra. Por tal motivo fue espectador de la batalla de Salta sin riesgo alUriburu

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guno, “desde una altura”; y, más tarde, acompañó a su padre realista al destierro en la provincia de San Juan. A fines de 1814 Dámaso se encontraba en Mendoza, cuando llegó del otro lado de la cordillera, corrida tras la derrota de Rancagua, la numerosa emigración chilena con sus más ilustres jefes que salvaron de la catástrofe: José Miguel Carrera y sus hermanos, Luis, Juan José y Javiera Carrera “muy distinguida por su belleza y por el firme y varonil carácter que desplegó después en el largo infortunio”; Bernardo O'Higgins, “uno de los primeros y más intrépidos campeones de la libertad de Chile”; “el noble Mackenna”, “que al poco tiempo murió en Buenos Aires, en un duelo que tuvo con Luis Carrera”. Güemes y sus gauchos Más adelante, el autor estampa en sus Memorias que en Salta, Martín Miguel de Güemes tenía en continuo movimiento y reunido al paisanaje, a fin de que “sirviera de dócil instrumento para sus miras ambiciosas, que ya empezaban a traslucirse, por la independencia que afectaba de la autoridad suprema de la provincia, por mil ataques que se permitía a los derechos de propiedad de los otros vecinos, que arbitrariamente sacrificaba para remunerar los servicios que habían hecho sus gauchos”. Güemes pertenecía a una familia respetable — admite Uriburu, ya su adversario enconado —, pero lo caracterizaba “un espíritu de insubordinación y una notoria disposición de conducta”. Sus gauchos “cometía muchos desórdenes, exesos y depredaciones, que fácilmente pudieran haberse evitado por el comandante Güemes, si hubiera estado en sus miras y cálculo establecer alguna disciplina entre el paisanaje dócil, moral y susceptible de toda regla que quisiera establecerse, pero era este el sistema que desde entonces empezó a planificar con una perseverancia inalterable”. Si hemos de creerle a Dámaso, la acción gubernativa de Güemes “correspondía exactamente al plan que se había formado de erigir una soberanía independiente en la pro284

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vincia de Salta. Para verificarla empezó haciendo callar todas las leyes, creando nuevos y distintos intereses de los de la comunidad en la milicia irregular, que escogió como un instrumento dócil a sus planes, formando una especie de aristocracia militar compuesta de los comandantes y oficiales de aquella milicia, que a la vez participaba en su señorío, pero en directa dependencia del señor feudal. Llevando a efecto tales proyectos — insiste Uriburu —, concibió Güemes la planificación de una especie de ley agraria, en virtud de la cual se despojaba violentamente a la gran mayoría de los propietarios de la provincia de sus bienes, con el decreto que promulgó e hizo ejecutar, dispensando a todos los gauchos de la obligación de pagar arriendos a los propietarios de las tierras que ocupaban. De este modo, aquellos quedaron dueños de casi todo el territorio de la provincia, y éstos en la infortunada condición de un súbito y completo despojo”. Por lo demás, Güemes hostilizaba a los oficiales del ejército — diremos — “nacional”, que transitaban por territorio salteño. Cuenta Dámaso que el General Martín Rodríguez “marchaba con su secretario el doctor Malavia por el camino real de la posta, entre el punto de la Cabeza del Buey y de Ciénaga, cuando fue atacado por una partida de gente armada, que saliendo del monte les hizo una descarga y los acometió. Prófugos y dispersos, el General Rodríguez y su comitiva se reunieron con mil trabajos en la posta del Pasaje, pero todo su equipaje fue saqueado, y lo más curioso de esta aventura fue que muchas prendas del botín fueron depositadas, de orden del Gobernador, en la aduana de Salta, para que se remataran de cuenta del Estado”. Con tales ocurrencias, que a cada triquitraque sucedían, era muy fácil calcular la proximidad de un choque inevitable entre el ejército y Güemes, que no disimulaban su mutua rivalidad. Y así sobrevino el conocido conflicto entre el Caudillo y Rondeau, y la retirada del ejército del Norte a Tucumán. Las divergencias de los patriotas manteníanse reticentes en aquellas fronteras al tiempo de invadir La Serna, por Jujuy, el territorio salteño. El “abogado del diablo” de GüeUriburu

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mes, lealmente, sin diablura, expresa en sus Memorias: “No se puede omitir, sin contrariar la imparcialidad histórica, el justo tributo de elogio a la conducta hábil, activa e infatigable de don Martín Güemes, quien dando una diestra dirección a la imponderable bravura de los gauchos, desplegó muy especialmente en esta primera época de tan brillante campaña, todas las virtudes y talentos de un hombre nacido para acaudillar y conducir tan esforzado paisanaje … Empero Güemes miraba casi con iguales celos y ojeriza a uno y otro ejército (el realista y el de Buenos Aires), y no quería hacer participar a nadie del honor de defender a la provincia de Salta, que en realidad defendía noble y heroicamente, pero — recalca Uriburu — sus miras no se elevaban más lejos de este reducido objeto”. La Serna en Salta A continuación apunta Dámaso que, el 16-IV-1817, cuando las tropas de La Serna ocuparon la ciudad salteña, en los choques que ocurrieron en las afueras del poblado “hubo de ser envuelto el autor de estas memorias, pués tanto él como muchos otros jóvenes conducidos por un ardor inconsiderado y juvenil, salieron a la escaramuza, y en la confusión de la retirada, fue él y otro compañero (Pablo Zenarruza) cortado por los enemigos: éste tuvo la desgracia de ser asesinado a su vista por el comandante español don Andrés García Camba, en cuyas manos cayó, y el autor debió a la casualidad haber escapado de igual suerte”. “Al día siguiente de la ocupación de la plaza (Dámaso) fué obligado a presentarse al General La Serna, quien recibiéndolo con la bondad y atención que le eran características le tomó personalmente declaración sobre las fuerzas de Güemes, las del ejército estacionado en Tucumán, y muy especialmente, con manifiesto interés, sobre la campaña del General San Martín en Chile, batalla de Chacabuco y ocupación de todo ese país a consecuencia de ella. El autor declaró francamente cuanto sabía — prosigue éste —, y siendo interpelado repetidas veces acerca de dicho último suceso, 286

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como que se dudase de la verdad de su relación, ofreció presentar y presentó las gacetas de Buenos Aires, en que estaba consignado muy circunstancialmente; en vista de ellas cesó toda incertidumbre, y tuvo — el interrogado — la complacencia de ver la desolación y abatimiento que causó en el ánimo del General La Serna la noticia de tan fausto acontecimiento. Este General — agrega Uriburu — era un hombre alto, de majestuosa presencia, y de una fisonomía de las más nobles que haya visto jamás el autor”; que conoció también a Gerónimo Valdés, “entonces jefe del estado mayor del ejército”, e “igualmente a todos los demás jefes recientemente venidos de España, con algunos de los cuales tuvo particular relación, y puede asegurar en general que eran personas muy ilustradas, distinguidos caballeros, y muy dignos de la nombradía y fama que justamente adquirieron después por sus altos hechos”. Asimismo Uriburu recuerda que La Serna, molesto por las continuas guerrillas que les provocaban las partidas de Güemes a sus soldados, resolvió “dar un golpe vigoroso a los gauchos en sus mismas guaridas”. A tal fin dispuso el General, con micho misterio, la salida de una columna de 2.000 hombres al mando del Coronel Gerónimo Valdés, “pero no pudo hacerse el apresto con tanto disimulo que no lo trasluciera y supiera el autor de estas memorias, quién en el acto comunicó este aviso al oficial de gauchos que estaba más cercano a la ciudad, para que lo trasmitiera rápidamente a todo el territorio amenazado”; y a eso de las diez de la mañana siguiente, cuando los españoles acampaban desprevenidos en la hacienda “El Bañado”, a doce leguas de Salta, cayeron sobre ellos los gauchos guerrilleros desbaratándolos por completo. Estos asaltos sorpresivos llevaban miras de no terminar; y “el 6 de marzo a la noche — los párrafos pertenecen a Uriburu — púsose en retirada el ejército bien descalabrado y en un estado de desmoralización consiguiente a los muchos y repetidos contrastes que sufriera … El bravo paisanaje de la provincia de Salta se cubrió, en esta célebre campaña contra uno de los ejércitos del Rey de España más Uriburu

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fuerte, aguerrido y mandado por los mejores Generales, de una gloria espléndida e inmortal … Cábele también a su jefe don Martín de Güemes — se ve obligado a reconocer el cronista — una parte no pequeña en los copiosos e inmarcecibles laureles que se recogieron en esta campaña memorable. Así como los comandantes Manuel Eduardo Arias, Rojas, Angel Manolo Zerda, José Francisco Gorriti, Pablo Latorre, Mariano Zavala, Luis Burela, Pedro Zavala y muchos otros jefes de menos nombradía, que se distinguieron también por rasgos de intrepidez, valor y patriotismo, que fueron generales en toda clase, condición y aún sexo, de la provincia de Salta”. “La Patria Nueva”. Motín contra Güemes. Reacción de éste y su ulterior muerte Lo que quedó en el tintero sin escribirse por nuestro Dámaso, es que él, llevado por los vaivenes de la política, fundó en 1819, junto con Facundo Zuviría, Marcos Salomé Zorrilla y otras personas ilustradas y liberales de Salta, el grupo de “La Patria Nueva” — suerte de réplica del partido que ese año estableció en Buenos Aires la Constitución unitaria, y que luego tuvo por lumbrera encandilante a Bernardino Rivadavia. Los jóvenes de la “Patria Nueva”, dogmáticos y constitucionalistas en abstracto, se oponían concretamente al absolutismo paternal del gobernador Güemes, quien acaudillaba — demagogo a la criolla — a su gauchaje y parciales del bando llamado “La Patria Vieja”, por llevarle la contraria a aquella “Nueva”, de ideológica textura. En 1821 Güemes — a despecho de lo afirmado por Dámaso Uriburu en sus Memorias — proyectaba realizar una campaña sobre el Perú, a fin de combinar sus fuerzas con las de San Martín, y abrirle un segundo frente a La Serna. Estos planes ofensivos fueron obstaculizados por el Gobernador de Tucumán Bernabé Araoz; entonces el caudillo salteño se enredó en un conflicto armado contra el tucumano. Y sucedió que mientras el primero se hallaba cerca de 288

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la raya divisoria con los dominios del otro, el Cabildo de Salta, que integraban los Alcaldes Saturnino Saravia y Manuel Antonio López y los Regidores Dámaso Uriburu, Baltasar Usandivaras, Gaspar José Solá, Mariano Echazú y Francisco J. Maldonado, organizó una revolución, o mejor dicho un golpe de estado. En efecto: el 24-V-1821, esos capitulares conjurados — adeptos al credo de la “Patria Nueva — con apoyo de otros compañeros de causa: Facundo Zuviría, Marcos Salomé Zorilla, Mariano Benítez, José Gurruchaga, Pedro Antonio Arias Velázquez, José María Lahora, Bonifacio Huergo, para citar algunos conocidos, acordaron “cortar la infernal guerra contra la heroica provincia de Tucumán”, y que Güemes “quedase depuesto para siempre, para quedar sacudidos de su abominable yugo”; en tanto nombraban Gobernador interino al Alcalde de 1º voto Saturnino Saravia y Comandante general de armas al Coronel José Antonino Fernández Cornejo. La comunicación oficial a Güemes de su derrocamiento la redactó Dámaso Uriburu, y el caudillo pudo enterarse por ese documento que: “Con todo el lleno de magestad y energía propio de un pueblo cansado de sufrir los males que su capricho le ha causado en los seis años de la más penosa esclavitud en que ha gemido bajo el execrable yugo con que se le ha traicionado, se reunió ayer el 24 del que rige, en la Sala Capitular, a sancionar con el mayor júbilo, la cesasión de la guerra, injustamente en opinión de sus votos, sostenida contra su predilecta provincia hermana del Tucumán; quedando en consecuencia Ud. legitimamente depuesto de la magistratura que no mereció, y borrado en el todo del catálogo de ciudadano, por los crímenes con que ha manchado hasta el nombre americano, como se convencerá por la copia adjunta del acta que le remito para su conocimiento. A vista de ella, requiere e intima a Ud. esta Corporación, a nombre del pueblo, tropas y jefes militares que suscribieron la expresada acta, el cese total del mando a su recibo, sin dilación alguna; retirándose de los confines de la provincia, hasta que ella y según las circunsUriburu

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tancias le ordene su regreso; y dimita igualmente el mando de las tropas que acaudilló para el cúmulo de sus exesos; en la inteligencia que esta provincia, que tuvo la heroica resolución de decretar la proscripción de Ud., sabrá, apoyada en las medidas ciertas de seguridad con que cuenta, sostenerse con todo el despecho de que se haya poseída, llevando a cabo la ruina y exterminio que ha jurado contra el tirano que quiere turbar su sosiego”. — Salta 25 de mayo de 1821. Y firmaban los cabildantes antedichos. (Ciento diez años después, al inaugurarse en Salta la estatua de Güemes, un nieto relevante de don Dámaso, el Presidente de la Nación, Teniente General José Félix Uriburu, acaso sin advertir que contradecía el apasionamiento de su abuelo, dijo estas palabras justicieras: “No puede la historia mencionar la epopeya emancipadora, sin referirse al General don Martín Miguel de Güemes, como no puede nombrarlo sin asociarlo inmediatamente al benemérito pueblo de Salta … Sin el glorioso baluarte del norte, donde se estrelló el genio militar de Pezuela, no habría sido posible la extraordinaria concepción del Gran Capitán y, por tanto, la libertad de los pueblos de América … No fue — Güemes — solamente un conductor de hombres dispuestos a marchar donde el los llevase, sino el creador de una táctica nueva que concibió y realizó en una de las campañas más difíciles y audaces de nuestra historia militar … Güemes encarna y representa el espíritu nacionalista … A él, como a tantos otros varones ilustres le debe la Patria su existencia”). Sabido es que la reacción de Güemes frente a aquel osado levantamiento comunal fue inmediata. A la carrera, seguido de unos 600 gauchos, se vino sobre Salta. Los revoltosos contaban sólo con el cuerpo de “artesanos” — calificado de “patricios” — al que formaron en batalla en aquel campo de Castañares, a la espera del depuesto Gobernador. Y cuando este apareció de repente con sus jinetes el 31 de mayo, aquel aparato belicoso destinado a sofrenarlo, se disolvió sin disparar un tiro. Salvo el balazo que Bo-

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nifacio Huergo le dirigió bajo capa a Güemes, con tan mala puntería como alevosa intención. Bernardo Frias, apologista del caudillo, refiere que este al penetrar en la ciudad dió “licencia a sus gauchos para que entraran al saqueo de las tiendas y casas de sus conocidos enemigos”. Y el pillaje de la soldadesca y de la plebe se hizo realidad en lo de Moldes, en lo de Valdés y en lo de Uriburu. “Con este fin — señala Frias — apareció su propio hermano, el joven don Benjamín Güemes, sobre su caballo blanco, vigilando la operación del saqueo en la casa comercial de Uriburu (de don José padre). La esposa de éste (Manuela de Hoyos) conseguía se le permitiese arrojar, desde el balcón, las piezas de géneros, a fin de evitar que entrando violentamente le hicieran más graves destrozos”. Una semana más tarde (7 de junio), un destacamento de infantería realista, al mando del Coronel José María Valdéz — alias “el Barbarucho”, salteño nativo — mediante temeraria sorpresa se introdujo a media noche en la ciudad de Salta y, tras ocasional tiroteo, una bala alcanzó a Güemes, que apilado en su pingo se alejaba a todo galope para no caer prisionero. La herida resultó mortífera, y después de diez días de desangrarse sin remedio, el 17 de junio, el insigne guerrillero expiró en su campamento del Chamical. Muerto Güemes, sus contrincantes políticos negociaron un armisticio con Olañeta, por el cual se estableció que las tropas realistas evacuaran los territorios salteños. Ulteriormente el Gobernador provisorio Saturnino Saravia, dispuso la convocatoria de una Asamblea Electoral o Junta de Representantes de todos los partidos o curatos de la provincia, de cuyo organismo formó parte, como Diputado por la ciudad, Dámaso Uriburu. Tal asamblea, a rajatablas, dió por bueno un proyecto de Constitución, elaborado por Facundo Zuviría — implacable enemigo entonces, a su decir, del “gobierno arbitrario del ex-Gobernador don Martín Güemes” — estatuto constituyente — observa el historiador Miguel Solá — que fue “un paso hacia el régimen unitario,

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estableciendo desde luego el principio de la unidad nacional”. Conforme a dicha Constitución, la Junta de Representantes — con el voto de Dámaso Uriburu — eligió como Gobernador de Salta al Coronel José Antonino Fernández Cornejo. En 1823, don Dámaso seguía ocupando un escaño en dicha Legislatura; y en el período siguiente — excusado es agregar — prestó su concurso más decidido al gobierno del General Arenales, suegro de su hermano Evaristo. Lucha de Paz contra Quiroga. Don Dámaso y la Liga del Norte contra Rosas El 31-VIII-1830, nueve provincias arribeñas — Córdoba, Salta, Tucumán, Santiago, Catamarca, La Rioja, San Juan, Mendoza y San Luis — celebraron un pacto de alianza mediante el cual se confiaba el “Supremo Poder Militar”, hasta la instalación de una autoridad nacional, al General José María Paz, reciente triunfador de Quiroga en “La Tablada” y “Oncativo”. En esa coyuntura histórica, Dámaso Uriburu, ex compañero de Paz en el Colegio Montserrat de Córdoba, se definió, desde el primer momento, como ardiente partidario de su antiguo amigo, el “Jefe Supremo” unitario. Lo mismo sucedía con el General Alvarado — también anterior condiscípulo de Paz y de Uriburu en los claustros montserratinos — que había asumido la gobernación de Salta en abril de 1831. El “Tigre de los Llanos”, a todo esto, no se daba por vencido. Con enorme prestigio en las provincias cuyanas y en La Rioja, “amontonaba” al paisanaje armado para batirlo a Paz. Quiso el azar sin embargo, que cierto fortuito tiro de boleadoras lograra, al margen del campo de batalla, la importantísima captura del famoso “Manco” en el paraje cordobés de “El Tío”, a manos de un destacamento de gauchos santafecinos de Estanislao López. Lamadrid, entonces — ante semejante chasco que resultaba para el y su causa gravísima realidad y no “cuento del tío” —, se pone al 292

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frente del ejército unitario — manco ahora de su brazo derecho — y se retira a Tucumán. Allí le da alcance Quiroga y lo derrota completamente en “la Ciudadela”, el 4-IX1831; quedando el partido unitario maltrecho y todo el interior del país en poder de Facundo. Alvarado, de prisa, desocupa la silla gubernamental de Salta; la Sala de Representantes entretanto confía el destino de la provincia al General Felipe Heredia y a Francisco de Gurruchaga, quienes pactan con Quiroga y se obligan a desterrar de los límites salteños a los más conspicuos enemigos políticos del vencedor. De ese modo, Dámaso Uriburu fue proscripto y buscó refugio en Bolivia. Algunos “cuenteros de la historia” — la calificación pertenece a Groussac — se han afanado en presentarlo a Dámaso Uriburu como “patriota bueno”; vale decir, recalcitrante enemigo de Rosas, “el tirano malo”. Por consiguiente, dichos publicistas escribieron, con total improvidad, que nuestro expatriado en Bolivia se dedicó al periodismo, y “regresó a Salta después de la batalla de Monte Caseros”. Tal afirmación no pasa de ser una “calumnia de los mitristas”, cual la motejaría, con gracia, uno de esos porteños de viejo cuño que ya no existen desgraciadamente. Verdad es que el aludido personaje, en 1835, se ató a las conyundas matrimoniales en Chuquisaca — hoy Sucre —, y que allí vivió un numero impreciso de años en espléndida mansión llamada “casa de los Uriburu”. Pero también resulta cierto que don Dámaso volvió a Salta cuando le dió la gana, durante la larga era de Rosas, en cuyo transcurso, su hermano Evaristo — rosista de hacha y tiza — empuñó el gobernalle de la provincia dos veces: en 1837 en reemplazo de Felipe Heredia, y en 1844, por breves días, de arrebato a Manuel Antonio Saravia. El caso es que en 1840 Dámaso Uriburu estaba en Salta, y no para conspirar contra Rosas, sino para oponerse al Gobernador Manuel Solá, que maquinaba la gran insurrección unitaria destinada a voltear al “Restaurador de las Leyes”, por medio de la “Coalición del Norte”. Solá había partido de Salta con 500 hombres a incorporarse a las fuerUriburu

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zas de Lavalle y de La Madrid; y el andante mandatario recibió un escrito fechado el 1-XII-1840, en que su ministro Bernabé López le instaba a “que debía hacer alto en Córdoba, y regresar a Salta en razón de las actividades de Dámaso Uriburu” — como apunta el historiador Atilio Cornejo. Y en 1841 don Dámaso, lejos de permanecer en Bolivia haciendo periodismo, se desempeñaba en Salta como Presidente de la Legislatura. De un Diario anónimo que refiere los sucesos notables ocurridos en la capital salteña durante los meses de marzo y abril de aquel año 41 — trascripto por Atilio Cornejo en sus Apuntes Históricos sobre Salta — son estas notas escuetas: “Marzo 15: Es el día designado para la entrada del General La Madrid … en la Plaza principal (éste dijo) que el Presidente de la Sala de Representantes don Dámaso Uriburu era un perjuro solemne …” “Marzo 22: … se apoderaron (los unitarios) de la correspondencia y de 850 pesos que don Vicente Uriburu mandaba, desde Cinti (Bolivia), a sus hermanos Juan (mi bisabuelo) y Dámaso. Aquel aconsejaba a estos últimos que no se metieran en política”. “Abril 8: Se hablaba del plan combinado de los Uriburu y de don Miguel Otero con Rosas y demás federales”. Y al día siguiente el ignoto cronista registró: “Don Bernabé López fustiga a los Uriburu, especialmente a Dámaso, diciendo que sembraba discordia en todas partes … que don Evaristo obraba de federal y don Dámaso de unitario, y los demás hermanos obraban en concordancia con sus ideas…” Posterior actuación, muerte y descendencia de mi lejano deudo Caído Rosas a raíz de Caseros e institucionalizada la República — aunque rota la unidad nacional con la separación de Buenos Aires — Dámaso Uriburu fue elegido, en 1855, Senador por Salta al Congreso del Paraná, a cuyo alto cuerpo se incorporó el 10 de julio de ese año, para ocupar la presidencia de la Comisión de Hacienda. El 3-VII1856, el gobierno de Urquiza, siendo Ministro de Relacio294

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nes Exteriores Juan María Gutiérrez, designó a mi tío bisabuelo “encargado de negocios en misión especial” ante las autoridades de Bolivia. Cumplía con dichas funciones en el país vecino, cuando se cortó el hilo de su vida en Cinti, departamento de Chuquisaca, el 1-V-1857, a los 62 años de edad. Dámaso de Uriburu y Hoyos hubo con Teresa de Poveda Isasmendi a José de Uriburu Poveda, del que me ocupo seguidamente en la letra A. Era doña Teresa hija de Francisco de Poveda Hernández, nativo de Salamanca, y de la salteña Juana Agueda de Isasmendi Echalar, hija ésta, a su vez, de Domingo de Isasmendi y Ormazabal, nacido en Marín, valle de Léniz, Guipuzcoa, y de su segunda consorte la tarijeña Josefa Gertrudis de Echalar y Morales. Posteriormente don Dámaso se unió en matrimonio, el 3-I-1835, en la Catedral de Charcas, con María Rita Cabero Canal (hija de José Francisco Cabero y de Francisca de la Canal). A los Uriburu Cabero los registro más adelante, después de tratar al primogénito de don Dámaso, José de Uriburu Poveda y a la sucesión de éste: A) José de Uriburu Poveda — “Pepe”, el viejo — fue bautizado en Salta el 15-X-1822. Emigró a Chuquisaca en 1831 con su padre, y allá le impartieron “la más fina educación” — al decir de Bernardo Frías. “Cuando volvió a sus lares después de 1840, hecho un jóven amable y elegantísimo — sigue Frías —, recibió de su tío materno D. Isidoro Poveda 40.000 duros. Enorme fortuna era ella, dado el valor que tenían entonces los pesos en plata sellada y brillante … Pepe Uriburu fue así, desde temprano, rico, y como rico elegante y lleno de amigos. Consiguió adueñarse del corazón de una de las jóvenes más bellas e inteligentes de su tiempo en aquella Salta famosa: Doña Serafina Uriburu, nieta del General Arenales por la línea de su madre doña Pepa, e hija del Coronel Evaristo Uriburu”; y el casamiento de los primos hermanos tuvo lugar el 26-XI-1851. Refiere asimismo Frías que nuestro personaje adquirió la casa que fuera de Arenales, el abuelo de su conUriburu

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sorte, a media cuadra de la plaza mayor. Al vejestorio edificio que allí había lo echó abajo, para levantar otro en su lugar, según proyecto del arquitecto francés Soldati, con “altos en el frente”. Y como la construcción era de adobe, sucedió que por 1863, en que la obra se hacía, la fuerza diluvial de un aguacero desmoronó e hizo sopas al salón del alto, no del todo terminado, quedando concluída la casa sólo de piso bajo. “Como hombre de plata — escribe Frías — también don Pepe abrió lujosa y abundante tienda y adquirió, por el lado del poniente, la quinta de Sánchez, con casa de altos, donde agrandando el edificio, estableció una curtiembre, al estilo de aquellas otras de donde salían las tan famosas suelas salteñas, preciadas por su finura, calidad y consistencia en todas las talabarterías y fábricas de la República y del extranjero. Y siguiendo en sus progresos, hizo edificar dos casas más de altos en la ciudad, que existen todavía casi en su mismo estado, revelándose con tanto su espíritu progresista y emprendedor”. Pinta el citado cronista los rasgos físicos del “señor don Pepe, hombre de unos 42 años”, así: “Alto de cuerpo, figurando entre los Uriburus altos, porque había otra falange de petizos; repartido de huesos, encendido de rostro, el pelo lacio y negro, peinado hacia atrás, dejando limpia una atrevida frente; las piernas sí, algo cambadas, y vaya ese sí para significar defectos. Usaba pera y bigote a lo Napoleón III … Vínole a servir a maravilla el imperio de esta moda; porque cubría con los pelos del bigote la boca, que era grande, y sobre todo el labio inferior, saliente, avanzado hacia adelante sobre la línea de su superior jerárquico”. Y en lo moral, lo defino Frías: “hombre de brios, de impulsivo temperamento; bravo de carácter, amigo de sus amigos y enemigo de sus enemigos; era leal y caballeresco; hombre decente, en cuya naturaleza exaltada y pronta, retumbaban con eco profundo las nobles acciones; y a la inversa, encontraban una indignación marcadísima las infames y serviles. 296

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Dimos con él — recuerda don Bernardo — en una de las calles de Buenos Aires, en la mañana del tercer día de la revolución de 1890, estallada en esta ciudad contra el malamente célebre presidente Juárez Celman; y deteniéndonos un momento con él, observamos cómo le asomaban las lágrimas a los ojos movidas por el entusiasmo que, ya en la vejez, todavía le causaban las acciones belicosas y que interesaban tan hondamente la moral administrativa. En suma, era fuerte de carácter, apasionadísimo, audaz y violento de natural, caballeresco de conducta, leal amigo y terrible adversario”. En 1855, a los cuatro años de su casamiento, José de Uriburu integra la Convención que, conforme a los artículos 101, 102 y 103 de la Magna Carta Nacional de 1853, dictó la Constitución de la Provincia de Salta. Presidía esa histórica asamblea su tío y suegro el Coronel Evaristo de Uriburu, y actuó como Secretario de la misma el hijo de éste y primo hermano y cuñado de aquel, Dr. José Evaristo Uriburu — que sería andando el tiempo Presidente de la República. Además fueron convencionales entonces, con don Pepe, su tío carnal Juan Nepomuceno de Uriburu y el suegro de éste, Coronel Pedro Antonio Castro (2º y 3º abuelos míos). Actuación política revolucionaria de don Pepe Primo político del General Anselmo Rojo — sanjuanino nativo, a quien los lances de la política llevaron a Salta, donde casó con Dámasa de Alvarado Poveda Isasmendi —, Pepe Uriburu llegó a tener gran predicamento en la administración de don Anselmo, cuando éste, después de Pavón, fue Gobernador de Salta. Sucedió a Rojo en el alto sitial, al cabo de “elecciones purísimas”, Juan Nepomuceno de Uriburu; y durante la gestión de don Juan, tan llena de agitadas alternativas, el impulsor y principal protagonista de la llamada “revolución de los Uriburus”, resultó su sobrino Pepe, co-

Uriburu

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mo lo relato con amplios detalles al ocuparme de aquel bisabuelo mío, a cuya biografía me remito. Pepe Uriburu, pués, mediante una asonada cívicomilitar, se apoderó del gobierno de Salta, el 8-V-1864, dos días antes que su tío Juan finiquitara su período constitucional, y en vísperas de que la Sala Legislativa eligiera — con todas las de la ley — al nuevo Gobernador; quien iba a ser — era secreto a voces — el doctor Cleto Aguirre; médico masón tildado de ateo, “liberal” tibio — es decir proclive al mitrismo aunque conectado con los urquicistas lugareños; éstos, enemigos acérrimos de los Uriburu y de las autoridades nacionales y provinciales establecidas en la República — menos en Entre Rios — a consecuencia de la batalla de Pavón. Producido el golpe de Estado salteño, José Uriburu le da cuenta del mismo al Presidente Mitre, veinticuatro horas después, por medio de una carta que despacha a Buenos Aires con el “joven Francisco Valdés” — marido de Asunción Uriburu Arenales —, el cual debe entregarla en propia mano al destinatario. Por ella, y por Valdés, se entera Mitre de aquel pronunciamiento que iniciaron el Coronel Pérez y los oficiales de la Guardia Nacional, compuesta por 500 hombres de infantería; quienes le ofrecieron a don José “un nombramiento popular” para Gobernador, que él declinó, luego de poner en seguridad al Mandatario legal Juan Uriburu, “hombre débil y bondadoso, que ha comprometido hasta este extremo la paz de la provincia” — son palabras de don José. Esto porque una Legislatura hostil, cuyos diputados “en su mayor parte enemigos sin rebozo de la actualidad de la República”, se preparaban a darle el mando supremo de Salta a un candidato “de la reacción”, como lo sería Cleto Aguirre. “Tan sólo para evitar las consecuencias desastrosas que sin duda hubieran venido — expresábale don Pepe a don Bartolo —, he aceptado como una transacción el gobierno interino de la provincia”. “No me es desconocido — proseguía aquel — que el hecho del pronunciamiento por si sólo no esta reves298

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tido de la legalidad que exigen nuestras instituciones; pero no por eso carece de justicia, y más que todo de la ley suprema de la necesidad” — o sea la necesidad de impedir el encumbramiento vengativo de los opositores políticos de los Uriburu, que estos habían derrotado en dos alzamientos subversivos un par de meses atrás. Mitre condenó la revolución que “no puede justificarse de ninguna manera — le contesta a Uriburu — ni aún con el temor que Vd. me participa de que la elección del nuevo Gobernador recayese en el señor don Cleto Aguirre, pues no puedo persuadirme de que aún realizado ese temor, pudiera ponerse en peligro la actualidad del país”. Derrota y fuga de don Pepe. Correspondencia con Mitre. Su exilio final Entretanto en Salta se levantan en armas los distritos más importantes de la campaña contra la intentona de Uriburu y, tras un asedio de 20 días a la ciudad por esas fuerzas rivales, don Pepe, su parentela y amigos, acometidos mediante cruentas guerrillas que sin tregua los fueron acorralando hasta el estrecho perímetro de la plaza mayor, no tuvieron más remedio que abandonar su efímero poder, y tratar de salvar sus vidas. “¡Doy mil pesos por la cabeza de Pepe Uriburu!”, le ofertaba al populacho agrupado frente a la casa del vencido insurrecto, uno de los oficiales triunfantes sin bajarse del caballo. Y el populacho a punto estaba de echar abajo la puerta para invadir ese doméstico recinto y registrarlo hasta dar con la presa, cuando — relata Frías — “con asombro de los circunstantes la puerta se abrió naturalmente y apareció la gigantesca figura del canónico Marquiegui, que aseguró que el Gobernador no se encontraba en casa. Esto aplacó a la turba furiosa; pero ya otros habían penetrado por los tejados y, asomándose por las cornizas, hacían oir a la familia alarmada sus voces descompuestas. Para aplacarlos y ponerUriburu

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los en los respetos debidos al hogar, avanzó hacia el patio una hermosa dama, increpó a los audaces mulatos que provocaban así, desde lejos, a D. Pepe Uriburu, y apuntándoles con la pistola que llevaba en la mano, contuvo las iras desbordadas y las soeces expresiones de aquellas lenguas sin freno. Era la nieta del General Arenales, doña Serafina Uriburu, mujer del perseguido don Pepe”. Este, por lo pronto, pasó esa primera noche sobre el techo de la morada de doña Irene Rincón, atrás de los rincones de su casa. Después, consiguió introducirse en la vivienda de José Hilario Carol, lindera con la de Uriburu, casa de San Miguel por medio. Y allí, en un desván, cuyo hueco de acceso se encubría con el lienzo de un Santo, improvisó el fugitivo su escondrijo. “Desde el lugar en que estoy oculto de la tenaz persecución que me hace el partido reaccionario, ofreciendo premio por mi cabeza” — le encabezó así, el 13-VI1864 don Pepe al presidente Mitre otra carta: “No importa que me hayan vencido; por el contrario hemos sido vencedores en los combates del 27 y 28 del anterior, únicos serios que hemos tenido. Pero el partido liberal en esta provincia ha caído, única y exclusivamente por la debilidad del gobierno anterior (del tío Juan), que dejó y consintió en los puesto públicos a todo hombre del partido personal de muchos años atrás. El día 3 del corriente, por la noche — añadía el prófugo —, después de agotar todos los medios de transacción imaginables, tan sólo con el objeto de salvar el honor de las armas nacionales, con los enemigos que nos asediaban desde el 14 del anterior (mayo), resolví disolver los cantones, conociendo ya el desaliento de la tropa por la escases de víveres, antes de rendirme y consentir entregar a los enemigos de la actualidad las armas nacionales. Desocupé la plaza a las 12 de la noche y el enemigo se apoderó de ella al amanecer. No es describible por ahora los atentados y ultrajes a los ciudadanos que se hacen en nombre del gobierno que representa don Segundo Be300

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doya, en cuyo círculo se hallan los personajes más conspicuos del partido personal, como Latorre, Ramallo, López, el autor de la sublevación del 8º (de línea) en marzo pasado, Castro Boedo, el médico Torino, Gutiérrez (Celedonio) que dicen lo han separado, Isidoro López, el asesino del departamento de Trancas y todos los más conocidos aquí por enemigos de la actualidad, como los Figueroa, Centeno y otros de baja ralea”. Y cuatro días más tarde, don Pepe le vuelve a escribir a Mitre: “Si es verdad que los sucesos de Salta son condenables a la simple mirada con la constitución en la mano, no es menos cierto que la revolución que tuvo lugar el 8 de mayo era simplemente la expresión de una necesidad sentida desde mucho tiempo antes; y la defensa natural en lucha armada contra un partido que no ha cesado de combatir por todos los medios en esta provincia a favor de los elementos vencidos en toda la República y que sólo en Salta y Entre Rios quedaban en pie … La provincia de Salta fue una de las pocas que después de Pavón no quedó tranquila … Así vemos a los asesinos del señor Indalecio Gómez pasearse por las calles, a los falsificadores de moneda (alude a Martín Cornejo) dueños ahora de la situación y encarcelando y vejando a gente honrada, juntamente con los revolucionarios de marzo y con los procesados por la sublevación del batallón 8º en aquella fecha en Jujuy … El muy conocido mazorquero Cesáreo Niño, instrumento del señor feudal del departamento de Cachi, que dejó todos estos malos elementos en herencia al joven boliviano Zorrilla (Benjamín, futuro yerno de don Pepe, travesuras del destino!), fue quien por orden de éste levantó las fuerzas de los valles, que se creyó poder dominar en la capital, si como esperaba los gobiernos de Tucumán y Santiago hubieran auxiliádonos, siquiera con el peso de su influencia. De otra manera no nos quedaba otro recurso que transar la cuestión o morir por ella. Así procuré verificarlo, y en contestación a todas las proposiciones que hice se me contestó con intimaciones brutales … A ningún avenimienUriburu

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to pude llegar … Desde el día 4 del presente (hay) en Salta todo género de persecución: los atropellamientos de todas las casas donde se cree hallar comprometidos, los insultos en las calles, los bárbaros tratamientos a los presos, los saqueos, las confiscaciones, las contribuciones, todo, todo, se ha puesto en práctica para aterrorizar al partido liberal y mostrar sus feroces instintos el partido personal … La representación ha sancionado la destitución de diez y seis diputados liberales y ha elegido para su presidente al procesado López (Isidoro); al mismo tiempo el gobierno lo ha nombrado fiscal en la causa de sus enemigos presos, y de Juez de crimen a otro de los que acaban de dejar la espada, el doctor Emilio Torres. Entretanto los presos están incomunicados veintitres días ya, con grillos, insultados y vejados diariamente y en condiciones indescriptibles … ¡Oh señor! — estampa vibrando de indignación don Pepe — no sé cómo conservo la pluma en la mano”. Pero la situación no podía prolongarse en Salta para don Pepe, buscado con saña por sus ahora poderosos enemigos. Era necesario escapar del inseguro escondite a toda costa y lo antes posible. Cierto día — transcribo a Frías — “súpose por la familia perseguida que aquella noche los vencedores debían esparcir el ánimo y dar rienda suelta a su contento, recorriendo las calles de la ciudad en apiñada muchedumbre, y eligieron la circunstancia para que don Pepe salvara. Apostaron a orillas de la ciudad a uno de sus jóvenes primos, Juanito Uriburu” (hermano de mi abuela Margarita, que casaría una década después con Felicidad Gómez, hermana de don Indalecio). A su vez más lejos, campo afuera, en cierto punto convenido, lo esperaría a don Pepe el famoso baquiano Antonio Torres, gaucho valeroso encargado de conducirlo, por rutas extraviadas, hasta Tucumán. Y fue así como, al pasar la pueblada de los vencedores frente a la casa de Uriburu, atronando el espacio con gritos de abajos y mueras, con el Gobernador interino Bedoya a la cabeza, de la cercana vivienda de Carol sa302

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lió un hombre vestido a lo paisano, con poncho, aludo chambergo y envuelto el cuello con bufanda de vicuña. Este sujeto largóse a vociferar también furiosamente: ¡Muera Pepe Oreburo!, ¡Muera la oligarquía!, ¡Abajo los Oreburos!, ¡Viva la libertad!. Era Pepe Uriburu, quien, a las pocas cuadras, se apartó con disimulo del ululante concurso; tomó el camino de los arrabales, y en un callejón solitario alcanzó a distinguir un jinete a caballo, como esperando a alguien. Ese jinete — narra Frías — “era un jovencito, chico de figura, fino de cara”; el emponchado avanzó hacia él — ¡Juanito!, ¡Pepe!. Y sin perder un segundo Pepe montó a caballo y picó a galope hasta encontrar al baqueano Torres, que con felicidad lo sacó del largo tiro: ochenta leguas que separan a Salta de Tucumán. El 9-VIII-1864 — ya en Tucumán — el exiliado vuelve a tomar contacto epistolar con Mitre para insistir en el mismo tema: Sostiene que “a favor de un gobierno tolerante hasta la debilidad” (el reproche le cáe al tío Juan) los enemigos políticos locales nos colocaron “en una pendiente inevitable y en la necesidad de defendernos con las armas antes que entregarnos maniatados a quienes nos amenazaban de muerte por el crimen de haber pertenecido a la causa que V.E. hizo triunfar … No acepto como principio lo que decía el senador Frías que la peor de las tiranías era mejor que la mejor de las revoluciones. Creo que hay revoluciones indispensables, y es en ese sentido que tomé parte después de estallada la del 8 de mayo en Salta, en donde he combatido hasta donde fue posible contra los que gritaban, hasta aturdir con su vocinglería: ¡Viva Urquiza y abajo Mitre! Esto me ha valido la confiscación de mis bienes y la ruina de mi familia … Ruego a V.E. quiera, por humanidad, acordarse de los presos de Salta, cuya comportación es digna del ejército que ha dado glorias a V.E., que en cuanto a mí, que nunca he tenido pretensión alguna que pudiera convenirme en los negocios políticos, estoy satisfecho de haber cumplido, pagando con el Uriburu

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propio sacrifico lo que he creído y creo debido a mis amigos y al partido a que V.E. pertenece”. Un mes más tarde, el 13-IX-1864, don Pepe prosigue dándole, desde Tucumán, explicaciones a Mitre: “Esa revolución — repite — no fué otra cosa que un acto de defensa armada o una protesta que importaba sostener los principios y propósitos de la noble causa que siempre representó el partido liberal … El Gobierno Nacional se verá obligado a tomar medidas, si el prestigio de su autoridad no ha de ser roto por el exceso y violencias cometidas diariamente en los derechos, en las garantías constitucionales de que V.E. es guardián. Las notorias crueldades que se cometen con los oficiales presos del 8º de linea, la violación de las garantías acordadas por la Constitución a las personas y las propiedades que están marcando cada día el camino que lleva el gobierno de Salta, me hacen creer que estoy en el terreno de la justificación de la revolución antes condenada. El último saqueo, que le llamaré judicial, sin que se permita la defensa de los interesas de la casa de José Uriburu y compañía, hecho el 26 del pasado, so pretexto de que he gastado siete mil pesos del tesoro provincial, no obstante que en esa cantidad, pagada en los sueldos a los empleados, figuran más de dos mil quinientos pesos prestados por mí, son cosas, señor, que no tienen ejemplo en la historia de Salta”. En efecto: un decreto firmado por el Gobernador interino Segundo Díaz de Bedoya y su Ministro Andrés Ugarriza, embargó — puso “en seguridad” — los bienes pertenecientes “al cabecilla José Uriburu”, en garantía de “los perjuicios causados a diversos ciudadanos, en saqueos de sus propiedades”. “La tienda — de don Pepe — está sellada” — le escribió (21-VI-1864) Gregoria Beeche de García a su hijo Adolfo, que estaba en Buenos Aires a punto de embarcarse para Europa. Una semana después volvía con noticias del terruño aquella antiuriburista rabiosa: “Ya Bedoya ha hecho desembargar la tienda de Pepe Uriburu, lo que ha producido pro304

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testas generales”. Dos meses más adelante (8 de Agosto), le enteraba doña Gregoria a su hijo, ahora instalado en Paría: “La tienda de Pepe la compraron en días pasados entre Calixto (Linares), Baldomero y Luis Castro, y dos días después fue sellada por el Estado”. Y el 12 de septiembre la señora reitera el comentario: “Pepe está en Tucumán escribiendo incendios en El Liberal contra don Cleto y sus amigos; ahora con más razón, porque le han mandado embargar, de los efectos de su tienda, una cantidad para reponer 7.000 pesos que tomó de la Caja, y los van a poner en remate”. El 20 de septiembre, don Pepe, desde su asilo tucumano, decíale a Mitre: “Permítame V.E. por un momento hablar, no con el magistrado, sino con el caballero, con el amigo. Necesito hablar de mi persona, y por duro que esto sea para un hombre delicado, llegan momentos en los que se hace necesaria la expansión, cuando el honor comprometido, la posición social perdida, los intereses que representan la subsistencia honesta de una familia son entregados a saco, y, lo que es más aún, cuando los ultrajes y vejámenes inauditos por que está pasando mi familia y todos mis amigos, están llenando de amargura mi existencia … El cargo total que mis enemigos formulan contra mí son 7.200 pesos que dicen he gastado del tesoro provincial, contándose en esa suma más de la mitad prestada a la caja por mi casa … Entretanto, fuera del saqueo que se ordenó de mis propiedades, se han mandado echar abajo las puertas de mi casa de negocio, y por orden del intendente de policía, se han llevado cuanta existencia en mercadería había en el depósito, sin haberme oído en juicio”. Y el 8-I-1865, al responderle al doctor Vicente Anzoátegui que le pedía interceder ante los amigos influyentes de Buenos Aires para conseguir un nombramiento de Juez Federal a su favor, Pepe Uriburu, siempre en Tucumán, se desahogaba con aquel; y, entre consejos y ásperas reflexiones, interponía este amistoso sermoneo: “Los unitarios primero, y los liberales como Ud. desUriburu

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pués, tienen la obligación de saber que la prescindencia de los individuos, cuando se ponen en lucha los partidos, siempre ha sido aquí, como en todo el mundo, presentarse de víctima propiciatoria para alguno de los beligerantes … Ud. antiguo unitario y liberal desde el principio del partido, tenía obligación de saberlo para no hacer el papel de neutral, abandonando el de negociador oficioso y más aún el de ocupado en quehaceres domésticos, cuando el estruendo de las armas había hecho callar todos los principios que Ud. invoca. Así pués a Ud. le ha sucedido lo que a Fragueiro en Córdoba, que el Cándido Cardoso lo tenía en cruces de un gancho, desnudo, herido y estropeado, por creer que la débil planta de la Constitución argentina había arraigado de tal manera, que el huracán revolucionario era impotente para desarraigarla. Aquel magistrado se creyó libre de que lo levantaran de su casa, lo llevaran al cerro incomunicado, lo hicieran bajar a hacer guardia desde el augusto asiento del magistrado. Olvidó Ud., pués, el a, b, c de la política argentina, y pretendió sostenerse en el potro que montaba (el cargo de Camarista), queriendo ser domador de bozal y riendas, con borlas de doctor … Bueno es tener presente que cuando suena la caja, forzoso es formar en una de las filas. En Salta ésta regla tiene sus excepciones, por que allí hay siempre un partido que no tiene designación, ni color … y a ese partido pertenecen, por lo general, los Figueroa, Cornejo, Arias, encabezados por Don Sebero Arias, su tipo más prominente. En el otro forman la minoría. El primer partido reune las simpatías del escribano Niño, los Señores Obejeros y algunos otros; el segundo sólo los hombres cuya sangre tiene color, y son los menos; y a estos se adhieren otros con sus buenos deseos, que quieren tener la consideración del partido y de la opinión cuando triunfa, olvidando que otros juegan su cabeza, su fortuna, su bien estar, por que con eso juegan los intereses de un partido que son muy valiosos, y entre los que se hallan comprendidos los intereses de todos los indife306

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rentes. En esta lucha, pués, de los bárbaros contra la civilización, de los ladrones contra los hombres de bien, de los caballeros contra la canalla y hasta de las prostitutas contra la mujer honesta (porque también ellas tienen su parte) el triunfo no es dudoso y solo necesita tiempo, si la justicia no ha desaparecido del haz de la tierra, de esta bendita tierra en que los bienaventurados maman hasta la edad de 40 años … He escrito a Buenos Ayres a mis amigos, interesándome en que lo nombren a Ud. Juez Federal de esa sección y lo hice con gusto, puesto que si lo consigo llenaré uno de mis deseos … Los traficantes de posiciones que hay en esa, nada han podido conseguir ni con los de allí ni con los que afuera contaban influir. Así pués, Ormaechea, Tedín (Virgilio, que en 1875 casaría con María Uriburu Arenales, prima y cuñada de don Pepe), Don Timoteo, Torres, Isidoro López, han de voltear las orejas a la llegada del embajador que mandaron a Buenos Ayres”. Del enérgico reto a duelo que, tres años después, Pepe Uriburu le planteó a su enemigo Pancho Otriz, al mismo tiempo que Napoleón Uriburu lo provocaba a Cleto Aguirre, y de la falta de reacción de ambos desafiados, frente a la instancia caballeresca que se les propuso, me ocupo documentadamente en la biografía de mi bisabuelo don Juan Nepomuceno, cuando detallo al vivo, con pelos y señales, los prodromos, el desarrollo y las consecuencias inmediatas de la “revolución de los Uriburus”. Años más tarde, Pepe Uriburu vino a radicarse a Buenos Aires con los suyos. La política, que enardeciera sus años mozos y calcinara las ambiciones de su inquieta madurez, había quedado definitivamente atrás para él. Sus mejores esperanzas estaban puestas en el único hijo varón, el menor entre cuatro mujeres: Pepe “el mozo”, que ingresó, para honor de la familia, en el Colegio Militar. Y en los días estremecidos de julio de 1890, mientras el subteniente José Félix Uriburu se jugaba la vida y el destino con los revolucionarios en el Uriburu

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Parque de Artillería, Pepe “el viejo”, sin dejar traslucir su angustia, se repitió de seguro, convencido, retorciéndose la perilla y los largos bigotes afinados con pomada “hongroise” a los Napoleón III: “no creo, como Félix Frías, que la peor de las tiranías es mejor que la mejor de las revoluciones; creo que no carecen de justicia las revoluciones indispensables, que rompen la legalidad para evitar consecuencias desastrosas, obedeciendo a la ley suprema del instinto de conservación nacional”. José Uriburu Poveda terminó su existencia septuagenaria en la Capital Federal, el 23-VII-1897. Con su mujer Serafina Uriburu Arenales (que también habría de morir a los 75 años, el 10-XI-1902) hubo estos hijos: a) Florencia — “Flora” — Uriburu y Uriburu, baut. en Salta el 9-I-1853. Casó el 7-V-1875 con Carlos Ziegner Saeger, nativo de Dinamarca. Su descendencia se prolonga en el reino danés; como aquí en la Argentina, a través de los Ziegner Uriburu Peró, Dedyn Ziegner Peró, Miguens Laboulage Dedyn Ziegner, Llosa de la Serna Dedyn Ziegner, etc. etc.. Créase o no en fenómenos sobrenaturales, los sueños traen, a veces, indicios premonitorios, revelaciones más o menos sibilinas, y nos comunican misteriosamente con el espíritu de algún muerto. El 24VI-1931, Flora Uriburu, desde la población de Orholm en Lingby, Suecia meridional, le escribió a su hermano: “Mi querido Pepe … Te sigo por los diarios, léo tus lindos discursos y arengas y todo tu buen proceder, y me acuerdo de mi mamá y de la cobardía que he tenido de no acabar de oirla hablarme por el susto que tuve. Quizá te haga reir el sueño que tuve un mes antes de la revolución, del que hasta ahora estoy desconsolada. La voz que me llamaba del cuarto inmediato al mío, que es de baño y estaba oscuro, la reconocí que era mi mamá, y la convidé a entrar al mío, que había luz y me preparaba a acostarme. Como no viniese, fuí yo en su busca, y me dice: ‘Flora, vengo a decirte un gran secreto’. En cuan308

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to oí secreto, me desperté de susto, que me dura hasta ahora; y el día que salió la noticia de la revolución en los diarios de aquí, yo estaba aturdida de leer tu nombre y pensar en el sueño de pocos días antes. Nunca he creído en sueños, ni cosa por el estilo, pero de este no puedo deshacerme, y con vergüenza de haberme hecho tan cobarde”. b) Amalia Uriburu y Uriburu, baut. en Salta el 30-X1854. Casó el 16-V-1875 con Benjamín Marcos Zorrilla Aramburú, n. 25-III1840 en Sucre (Chuquisaca) Bolivia: Gobernador de Salta, Ministro del Interior de la Nación durante la presidencia de Avellaneda y de José Evaristo Uriburu, Presidente del Consejo Nacional de Educación en el primer gobierno de Roca (hijo de Juan Marcos Salomé Zorrilla y Vidart de Linares Hernández de la Cámara y de Cármen Aramburú Frías). Groussac, en Los que pasaban, alude así a Amalia Uriburu, cuando se refiere a los colaboradores de Avellaneda, durante la revolución del 80, instalados en el pueblito de Belgrano: “Recordaban, sobre todo, a una encantadora ministrita, blanca y sabrosa como la carne de sus chirimoyas salteñas, y que — bién lo sé yo también — encerraba un ritmo de gracia en el menor ademán, hasta en su tonada provinciana … Ha muerto la encantadora; han muerto los encantados; y si alguno sobrevive, será para suspirar una vez más la queja milenaria de las generaciones, que dice lo breve de las únicas horas dignas de ser vividas y que a nadie consuela ni desanima de envejecer”. Zorilla y Amalia fueron padres de: b1) Amalia Zorrilla Uriburu, casada con Rafael Serrano, en Salta. Uriburu

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b2) Benjamín Marcos Zorrilla Uriburu, n. Bs. As. el 8-XII-1881. Senador Provincial, Jefe del partido Liga Calchaquí, Presidente del Banco Hipotecario Nacional. Falleció soltero. 3 b ) Ricardo Zorrilla Uriburu n. Bs. As. el 19-V1889, Senador y Presidente del Senado de Salta. Casó allí con Clara Figueroa Arias (hija de Antonio Figueroa Cornejo y de Raquel Arias Mollinedo). Son los padres de: 1) Marcos Benjamín Zorrilla Figueroa, casado con Mercedes Saravia Cornejo, sin sucesión; 2) Alicia Zorrilla Figueroa, casada con Mario Diez Sierra, con sucesión; y 3) Ricardo Zorrilla Figueroa, fallecido niño. c) Teresa Uriburu y Uriburu baut. en Salta el 11-VI1859, fall. en Bs. As. el 15-XII-1919. Casó el 19-XI1884, en Salta, con Adolfo Valdés Aranda, n. allí el 20-II-1856 y fall. también allí el 31-III-1930. Médico (hijo de Fausto Valdés Saravia Hoyos y Tineo y de Dolores Aranda Sánchez Moreno). Son los padres de: c1) María Teresa Valdés Uriburu, b. 23-V-1886. c2) María Sara Valdés Uriburu, b. 26-V-1887. c3) Adolfo Félix Valdés Uriburu, n. Bs. As. 27-II1890. Casó con Rosa Butler Fernández (hija de Jorge Butler de las Carreras y de Isabel Fernández Márquez). Padres de Jorge Adolfo y de Adolfo Juan María Valdés Uriburu Butler. c4) Sara Aurora Valdés Uriburu, n. Bs. As. 11-V1892. c5) Alcira Aurora Valdés Uriburu, n. Bs. As. 10-VI1894; fall. niña. c6) Victoria Alcira Valdés Uriburu, n. Bs. As. el 23XII-1896. c7) Julio Benjamín Valdés Uriburu — mi querido “Ñato Valdés —, n. Bs. As. el 16-I-1899. Casó el 9-XI-1931 con María Sartorio. Sin sucesión. 310

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d) Juana Josefa Uriburu y Uriburu, baut. en Salta el 3VIII-1860; fall. el 30-VIII-1897. Casó el 1-I-1881 con David Uriburu Arias, su tío segundo (hijo de Pedro de Uriburu Hoyos y de Cayetana Arias Cornejo). De ellos fue único hijo David Gregorio Uriburu Uriburu, cuya sucesión se consigna al desarrollar la del abuelo de éste don Pedro. e) Félix Ricardo Uriburu y Uriburu, baut. en Salta el 10VI-1862, muerto en la infancia. f) José Félix Uriburu y Uriburu, nació en Salta el 20-VII-1868; Teniente General y Presidente del Gobierno Provisional de la Nación Argentina, desde el 6IX-1930 hasta el 20-II1932. Falleció en Paris el 28-IV-1932, después de una operación de cáncer al estómago. “Perdono a mis enemigos, muero tranquilo”, articuló con sus últimas fuerzas vitales antes de caer en agonía. La vida del Jefe y el análisis documentado de la revolución del 6 de Septiembre de 1930 merecen un libro que no se ha escrito todavía. Si el autor del presente trabajo tuviera veinte años menos, quizás se animara a intentar la tarea … pero ignora el tiempo que le resta por delante, y no está seguro de su aptitud para interpretar ese acontecimiento retrospectivo con la rigurosa apreciación crítica que todo historiador debe exigirse en aras de la imparcialidad. Al cumplir un año su gobierno — que exactamente duraría 17 meses y 14 días —, el General Uriburu, desde un balcón de la Casa Rosada, leyó estas palabras finales de su mensaje, frente a la muchedumbre Uriburu

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que colmaba la Plaza de Mayo: “Conciudadanos … Confío plenamente en el pueblo argentino, cuyas virtudes se han probado este año tempestuoso y duro. La grandeza espiritual de los pueblos, como la de los hombres, se muestran en la adversidad y en el dolor. En las horas más críticas me he sentido profundamente confortado y estimulado con vuestro optimismo, con vuestra fortaleza y vuestra adhesión tan espontánea como calurosa. Confío también en que cuando el ambiente se haya serenado por completo y el arrebato ceda a la razón, las pasiones se habrán sosegado y la concordia, que es mi anhelo y que ennobleció nuestra tradición nacional, unirá fraternalmente a los argentinos. He realizado todas mis promesas. He cumplido el solemne juramento que presté ante el pueblo. Si he debido ser enérgico, he procurado no ser arbitrario. Si me ví forzado a castigar por justicia, jamás lo hice por venganza. Ningún sentimiento ni interés menguado inspiró acto alguno de mi gobierno. He tratado de respetar las leyes; pero ante todo he mantenido el orden y la salud del pueblo; la calumnia no ha podido mordeme, ni la injuria agraviarme. La Revolución terminará su obra con la dignidad y el honor que ella debe a la Patria y a la Historia”. José Félix Uriburu se casó en Buenos Aires el 19XI-1894, con Aurelia Madero Buján, porteña, n. el 22-II-1873 (hija de Eduardo Madero Varela n. 1833, fall. en Génova en 1894, historiador y constructor del puerto de Bs. As. — el “Puerto Madero” —, y de Marcelina Buján Ellauri, n. en Montevideo en 1838, casados allá el 8-VIII-1857; n. p. del gaditano Juan Nepomuceno Madero y Viana y de la porteña Paula Varela Sanxinés y Rodríguez de Vida; n. m. de José Buján Estevez y de Marcelina de Ellauri Fernández, vecinos de Montevideo). El matrimonio UriburuMadero hubo estos hijos:

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f1) Alberto Eduardo Uriburu Madero n. Bs. As. el 6X-1895; fall. 19-VI-1954. Embajador en el Perú y en el Uruguay. Casó el 9-VII-1919 con María Laura Vedoya Zimmermann (hija de José Marcelino Vedoya Sierra y de Laura Leonora Zimmermann Mackinlay). Son los padres de María Laura n. 14-II-1921, fall. 1972 sin sucesión; y de Alberto Uriburu Vedoya n. 9-VI-1923 fallecido niño. 2 f ) Elena Teresa Uriburu Madero n. Bs. As. el 15-X1897. Casó el 8-III-1932 con Gustavo Adolfo Chiappori, Dr. en Odontología y Profesor Universitario (hijo de Domingo Chiappori y de Juana Dellepiane). Sin sucesión. 3 f ) Marta Uriburu Madero n. en Berlín el 20-IX1902. Casó en Bs. As. el 11-VIII-1921, con Alfonso Víctor Ayerza Jacobé (hijo de Alfonso Víctor Ayerza Zavala y de Elena Jacobé Iraola). Con sucesión. Del enlace chuquisaqueño de Dámaso de Uriburu Hoyos con la boliviana María Rita Cabero de la Canal, provienen estos hijos: B) Dámaso Eloy Uriburu Cabero, a quien supongo nacido en Bolivia. Se recibió de abogado en Chuquisaca en 1869. El 15-IV-1878, Rufino de Elizalde, Ministro de Relaciones Exteriores de Avellaneda, le nombró Secretario de la legación argentina en el Perú y Bolivia. Falleció en La Paz. Fruto de su pasaje por la diplomacia fue su libro Guerra del Pacífico: Episodios 1879 a 1881, editado en Buenos Aires en 1899. C) Manuela Uriburu Cabrero, baut. en Sucre (Chuquisaca) en 1836; fall. en Bs. As. el 19-I-1867. Casó en Sucre con Mariano Peró Costas n. en Salta (hijo de Rafael Peró y de Josefa Costas, casados el 11-I-1828; hija ésta de Avelino Costas y de Justa Frías). Del matrimonio PeróUriburu vienen los Peró Uriburu-Muñoz Cabrera, Peró Uriburu

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Uriburu-Arany del Río, Peró Uriburu-Boer, Canedo Bueno-Peró Uriburu, Canedo Peró-Casco, Bacigalup Vertiz-Canedo Peró, Canedo Peró Gómez, etc. etc.. D) Virginia Uriburu Cabero, baut. en Sucre en 1836. Casó allí el 13-IV-1857 con su primo hermano José Evaristo Uriburu Arenales — futuro Presidente de la República Argentina —, del cual me ocupo más adelante. E) Benita Uriburu Cabero baut. en Sucre en 1837; fall. Bs. As. el 16-IV-1909. Casó en Sucre el 1-I-1836 con Joaquín Dorado (hijo de Mariano Dorado y de Manuela Caso). Con sucesión: los Dorado Uriburu, Dorado Uriburu-Zorraquín Machain, Agote-Dorado, SinclairDorado, Dorado Uriburu-Aguirre Herrera, Dorado Aguirre-Frers Lynch, Peró Beeche-Dorado Uriburu, Peró-Dorado, Casares-Dorado Uriburu, Besio MorenoDorado Uriburu, Dorado Uriburu-Livingston, Tuckerman-Dorado, Aramayo-Tuckerman, etc. etc.. F) Carlota Uriburu Cabero, baut. en Sucre. Casó el 25-IX1859 con Ernesto Othón Ruck nat. del Electorado de Hesse, Alemania (hijo de Juan Ruck y de María Amelia Torpina Francke). Con sucesión en Bolivia. G) Benjamín Uriburu Cabero, baut. en Sucre. Casó 1º con Teresa Garzón, y en 2as nups. con Honoria Moscoso (hija de Eustaquio Moscoso y Antonia Ramos). Hijos de los dos matrimonios fueron: a) Arturo Uriburu Garzón n. en Bolivia. Casó el 20-X1910 con María Teresa Hughes. b) Enrique Uriburu Moscoso, soltero. c) Alfredo Uriburu Moscoso, casado con Azucena Rodríguez. d) María Elena Uriburu Moscoso. Casó con Oscar Alvarado Uset, n. en Rosario de Sta. Fé (hijo de Mariano Alvarado Zenavilla Sánchez de Bustamante n. en Tarija y de Rosalía Uset, n. en Rosario). Con sucesión: los Alvarado Uriburu, Alvarado Uriburu-Aller Atucha, Vadillo Cigorraga-Alvarado Uriburu, Kreutser Rauch-Alvarado Uriburu, etc. etc..

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e) Luis Benjamín Uriburu Moscoso n. Bolivia en 1880. Casó en Bs. As. el 15-II-1913 con Florencia Martínez Barroso (hija de Hipólito Martínez y de Josefa Barroso). Padres de Luis Alberto y Silvia Florencia Uriburu Martínez Barroso, nacidos el 26-XI-1915 y 8-XI-1917, respectivamente. f) David Angel Uriburu Moscoso n. La Paz, Bolivia 1888. Casó en Bs. As. el 22-VI-1921 con María Concepción Diehl Sintas (hija de Julio Diehl y de María Sintas). Son los padres: de David Julio Uriburu Diehl, n. 11-VIII-1922, Capitán del ejército, que murió en Córdoba mientras combatía al lado del General Lonardi, en la revolución del 16-IX-1955; y de Marta Celina Uriburu Diehl n. 5-VII-1925. H) Juana Uriburu Cabero, soltera. I) Carmen Uriburu Cabero, soltera. J) Severino Uriburu Cabero, soltero. 3) Evaristo de Uriburu y Hoyos nació en la ciudad de Salta, “a las seis de la mañana”, el 26-X-1796 (día de San Evaristo, Papa y mártir durante las persecuciones del Emperador Trajano, el año 108 de nuestra era). Cuatro días más tarde, en la Iglesia matriz lugareña, al párvulo lo bautizó — con los nombres de “José Evaristo” — el clérigo Domingo de Hoyos, su tío carnal, actuando como padrinos el Maestro Felipe Antonio Martínez de Iriarte y de la Cámara y doña Gerónima Martínez de Iriarte Diez Gómez Castellanos de Ruiz Gallo, tatarabuela casi centenaria de la criatura.

Uriburu

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Tras el aprendizaje de las primeras letras, Evaristo estudió gramática castellana y algo de filosofía — expresan unos apuntes autobiográficos —, y a los 14 años, con sólo aquellas nociones elementales, el muchacho abrazó la carrera militar; convertido en Capitán, mediante un verdadero brinco revolucionario, pués le hubiera correspondido iniciarse como cadete: “vestido, armado y montado por mi padre, con cinco soldados más” — cual lo recordó el beneficiado —; ello en virtud del ofrecimiento que hizo su progenitor, por septiembre de 1810, a la Junta gubernativa bonaerense, de “pagar 6 soldados … a nombre de 6 hijitos menores que tiene”. Guerra y política Incorporado al ejército del Norte, el joven Uriburu participa en la escaramuza de Las Piedras, y en las cuatro batallas de Tucumán, Salta, Vilcapujio y Ayohuma; que arrojaron un sangriento “dos a dos” en la cruenta lucha entre Belgrano, por el “nuevo sistema” de la Pátria, y Tristán y Pezuela por el rancio régimen metropolitano. Siempre en el frente norteño, Uriburu sirvió a las órdenes de San Martín y de Rondeau. En hora menguada asiste a la derrota de Sipe Sipe; y al asumir de nuevo Belgrano la jefatura de las huestes patriotas, en Tucumán, el Mayor Uriburu (graduado de Comandante) es destinado a La Rioja, al mando de 300 hombres de infantería; efectivos que debía incorporar a la división auxiliar del Coronel Francisco Zelada. Con posterioridad, hallóse Uriburu en la toma de Huesco, capital entonces de la provincia de Atacama. De Huesco con su destacamento se corre hasta Copiapó, y de ahí torna a La Rioja, conforme a instrucciones recibidas de San Martín, que acababa de vencer en Chacabuco. Junto al Gobernador riojano, Coronel Benito Martínez, colabora Evaristo en sofocar la sublevación de algunos elementos de tropa volante; cuyos desertores se habían desparramado por los llanos del contorno. Reducidos los rebeldes, Uriburu los conduce a Córdoba; y a lo largo de 316

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22 días — con sus noches — en que duró la ingrata comisión, el jefe casi se estuvo sin dormir, por lo que al llegar a destino cayó postrado, gravemente enfermo y a un tris de ser abatido por la muerte. Al cabo de la convalecencia, regresó Evaristo a Salta, donde continuaron sus servicios militares en estos distintos regimientos: “Decididos”, “Dragones”, “Cívicos del Orden”, “Patricios” e “Infernales” (de Güemes). Fue ayudante del Gobernador interino José Ignacio Gorriti, cuando éste derrotó al Coronel realista Guillermo Marquiegui, en la jornada del 27-IV-1821, que se recuerda como “Día Grande de Jujuy”; y tuvo también asiento, en 1822, en el Cabildo de Salta (que suprimiría por ley, el 24-XII-1825, la Cámara de Representantes provincial). El 1-I-1824 empuñó las riendas del gobierno salteño el General Arenales; y quince meses más tarde (16-IV-1825) éste Gobernador y su consorte Serafina González de Hoyos y Torres (ver el apellido Hoyos), asistieron en la Catedral respectiva al solemne casamiento de su hija María Josefa — “Pepa” —, con el primo segundo de ella, Evaristo de Uriburu Hoyos. Demás está decir que durante la gestión político-administrativa de Arenales, Evaristo y todos los Uriburu apoyaron, sin reservas, al veterano Brigadier General del ejército de los Andes y Gran Mariscal del Perú y de Chile. Derribado dicho prócer de la silla gubernamental, el 9II-1827, a consecuencia de una revolución que le fabricaron los hermanos Puch, el Coronel Pablo Latorre y el Capitán colombiano Domingo López Matute, con sus 200 llaneros mercenarios, Evaristo Uriburu acompañó a su suegro en desgracia al destierro boliviano. Y allá en Moraya estuvo presente cuando el glorioso vencedor de La Florida, Ica, Nazca, Humanga, Juaja y Pasco, agonizaba rodeado por el afecto de su familia, ante la impotencia del médico Juan Antonio Castellanos, y asistido espiritualmente por su cuñado José Gabriel Hoyos, cura de Talina. Por fin, el 6-XII1831, Arenales exhaló el último suspiro; “el mismo día y hora que ganó la batalla de Pasco — anotó don Evaristo en Uriburu

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su autobiografía —, tomando prisioneros al General del ejército español O’Reilly, al jefe de la caballería Andrés Santa Cruz y a todo el ejército realista”. Teniente de Gobernador rosista Entretanto Rudecindo Alvarado — que fuera camarada de Arenales en la guerra del Perú — gobernaba Salta, y como era “General en Jefe del Ejército Nacional”, le extendió (11-VII-1831) los despachos de “Coronel Graduado” a Evaristo Uriburu. Así, con tal ascenso merecido, regresó el yerno de Arenales a sus patrios lares. Y ahí, en uno de los viajes de Alvarado al exterior de la provincia, este delegó el poder ejecutivo de Salta, por breve espacio de tiempo, en el flamante Coronel Uriburu. En 1834 don Evaristo era Presidente de la Sala de Representantes; y en 1837, durante la administración federal salteña de Felipe Heredia, al ser designado don Felipe, por Rosas, 2º jefe del ejército argentino en guerra contra Bolivia — cuyo generalato supremo ejercía el hermano de él, Alejandro Heredia —, nuestro Coronel Uriburu quedó otra vez como Teniente de Gobernador a cargo del mando en la jurisdicción del territorio en que había nacido. En tal carácter, Uriburu — por disposición del titular Heredia que se hallaba en el frente de operaciones — proclamó con gran pompa a la Virgen del Milagro, Generala y Protectora del Ejército de la Provinciañ en especial, por haber favorecido ella a esos dos regimientos de salteños y jujeños, llamados “Cristianos de la Guardia” y “Restauradores de las Leyes”, que frenaron y batieron en Santa Bárbara — quebrada de Humahuaca —, el 13-IX-1838, a las tropas bolivianas del Coronel Fernando Campero. Asimismo, en la propia ciudad de Salta, a pocas horas de dicho combate fronterizo, el Coronel Uriburu tuvo que sofocar un levantamiento del batallón de milicias “Libertad”, tramado a la distancia por el Mariscal enemigo Santa Cruz. Durante toda esa noche don Evaristo y el entonces Coronel Anselmo Rojo, con su compañía “Coraceros de la Muerte”, en318

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frentaron a los rebeldes; los cuales, a costa de sangrientas bajas, fueron sometidos, y, acto continuo, sus cabecillas fusilados. A propósito de la antedicha consagración religiosa, Bernardo Frías en sus Tradiciones, no sin malignidad estampa: “Quiso singulizarse Uriburu en el reconocimiento; y para esto, tras las trilladas ceremonias, decretó que el Señor y la Virgen del Milagro serían, de ahí en adelante, patronos de la Santa Causa de la Federación”. Federal neto, nuestro hombre fue uno de los opositores más conspicuos frente al gobierno de Manuel Solá, que, en 1840, había precipitado a la provincia de Salta contra Rosas; incorporada, junto con Tucumán, La Rioja, Catamarca y Jujuy, en la “Coalición del Norte”; cuya alianza se dispuso correr el albur de las armas unitarias de Lavalle y de La Madrid. Mas los desastres en seguidilla de Quebracho Herrado, San Calá, Lomas Blancas, Machigasta, Sañogasta, San Juan, Famaillá y Rodeo del Medio, dieron por tierra con aquella reacción ilusoria de los enemigos de don Juan Manuel, que sólo provocaron un nuevo y copioso derramamiento de sangre. Agente de Rosas y víctima de La Madrid Durante el cruento desarrollo de esa guerra civil con trabazones internacionales, Evaristo Uriburu llegó a Salta desde Buenos Aires, a través de Córdoba y de Catamarca, donde lo pusieron preso por sospechoso. Dicho tío bisabuelo mío — según parece — venía con instrucciones secretas de Rosas para sus parciales del norte en plena convulsión. En un diario anónimo salteño publicado en 1841, se lee: “Abril 9: Corren rumores que don José Ma. Rodríguez, que huyó de Córdoba y traía correspondencia de Oribe y Pacheco para don Evaristo Uriburu, fue fusilado en Tucumán, por orden de La Madrid. Se habla de un plan combinado de los Uriburu y de don Miguel Otero con Rosas y demás federales”. “Abril 10 … De don Evaristo decía (el Ministro de Solá, Bernabé López) que había recibido 10 mil pesos Uriburu

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de Rosas”. “Abril 17 … Se habla de una comunicación del Gral. Pacheco a don Evaristo Uriburu sobre la elección de Otero para Gobernador, haciéndose las más diversas conjeturas y suposiciones en las conversaciones familiares sobre el particular, y sobre la actuación y planes de La Madrid”. “Abril 20: Llegó de Catamarca el emigrado Pedro González, quien refirió la ejecución de Rodríguez (José Ma.), diciendo que a éste se le tomaron dos comunicaciones, una dirigida a don Evaristo Uriburu y la otra a don Miguel Otero”. Entretanto, La Madrid ya había avanzado sobre Salta, y — refiero Bernardo Frías — “en marcha no más, mandó a su edecán pidiendo la cabeza de Uriburu. Pero como éste había escapado con tiempo, no la pudo haber, ni a la cabeza de Otero, que también la ansiaba, y se le escapó lo mismo”. La Madrid — agrega Frías — “en Tucumán, entre otras menudencias, acababa de fusilar al comandante José María Rodríguez … y le pillaron cartas para Uriburu, que de paso por Córdoba le había encomendado entregar Oribe y también Pacheco … ¿Cómo dejar que aquel Uriburu se quedara sin cabeza y sin castigo? — ¡Que paguen los miembros por la cabeza!, se dijo La Madrid … Con audacia incalificable — son palabras de Frías — estropeó y saqueó a la mujer de Uriburu, la hija del General Arenales, y a sus hijos; uno de los cuales ha llegado, con el correr de los tiempos, a presidir la República Argentina”. A salvo Evaristo en Bolivia, le acompañaban en el exilio sus hermanos Juan (mi bisabuelo) y Camilo, y muchos correligionarios suyos en desgracia, como el Gobernador derrocado de Jujuy Mariano Iturbe. “Malos fueron siempre los emigrados — discurre Frías — porque intrigan desde las fronterasñ y estos se propusieron volver a lo que fueron las cosas. Concertaron en que Iturbe invadiría por la garganta de Humahuaca, y Uriburu por el Despoblado, bajando con fuerzas ambos desde Bolivia y sublevando las poblaciones. El asiento de los conjurados era Tupiza, pueblejo casi en la raya. Iturbe conflagraría Jujuy, y Uriburu a

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Salta, operando simultáneamente, cada uno por su camino”. La Madrid — 75 años antes que Frías — afirmó en sus Memorias: “Uriburu era agente de Rosas, y recuerdo con este motivo que fue tomado en la provincia de Catamarca, marchándose de incógnito a Salta, muy poco después de haber llegado yo a Tucumán desde Córdoba, y que o se fugó de allí, o el Gobernador le permitió pasar sin mi consentimiento”. Añade el espadón unitario que Rodríguez, “un sujeto decente de Salta”, a pretexto de vender mulas a los bolivianos, espiaba a favor de Oribe. Por eso La Madrid lo prendió en Tucumán y lo hizo pasar por las armas. Registrados los papeles del reo, “encontré carta de Uriburu a Rosas, desde Tupiza, como igualmente otra del mismo para el doctor Lahitte” — recuerda el fusilador. Cartas a Rosas y a Felipe Arana He aquí algunas ocurrencias políticas y apreciaciones personales contenidas en dos de las “cartas tupizanas” del desterrado Evaristo Uriburu, y en otra escrita por él en Salta, inflamadas las tres al rojo más superlativo de la exaltación federal. • Tupiza, 30-IV-1841 — “Señor general don Juan Manuel Rosas. Mi general y amigo de todo mi respeto … En virtud del pasaporte generoso que se dignó V.E. darme, vine a Córdoba, en donde permanecí dos meses sin poder acabar de restablecerme. En ese tiempo observé la debilidad del señor Manuel López, gobernador de aquella provincia: la condescendencia con los unitarios y preponderancia de ellos en circunstancias tan difíciles … Vista esta inseguridad para mi persona … e indignado con el traidor pronunciamiento contra la persona de V.E. y nuestra sagrada causa de la Federación del salvaje unitario Manuel Solá, gobernador de Salta, me resolví marcharme a esta provincia por los desiertos de Catamarca y desbaratar tal felonía o perecer, como se lo escribí al señor ministro Arana … Fuí tomado en esa marcha y conducido a Catamarca, cuyo gobernador me demoró y dió cuenta a los Uriburu

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bernador me demoró y dió cuenta a los mandatarios de Tucumán y Salta, y estos determinaron mi permanencia allí en seguridad, como agente que me suponían de V.E.; mas a los quince días pude conseguir se me permitiese por el gobernador de Catamarca pasar a Salta, y lo hice sin pisar en Tucumán, presentándome de sorpresa al traidor Solá, con cuya imbecilidad conté, para hacerlo (a mi vez) con las relaciones y larga familia que tenía en el país. Pidió al otro día de mi llegada facultades extraordinarias a los R.R. de la provincia para desterrarme a Bolivia como agente de V.E., mas los dichos R.R. se las negaron y me hicieron conocer que, a pesar de ser hechuras, contaba en este cuerpo con algunas simpatías. Muy luego se ausentó Solá con una división de la provincia para ir a combatir y robar a Santiago, y aprovechándome de esto, hice que la Sala depusiese a Solá y a su ministro el sabandija unitario Bernabé López, y nombrasen de gobernador a don Miguel Otero, quien me ofreció a mí y a todos los federales el pronunciarse a favor de la federación y la persona de V.E. Los malvados unitarios conflagraron a Tucumán y Jujuy contra esta administración, pero pudimos frustrar sus miras, hasta que después de la brillante victoria de Quebrachito (o Quebracho Herrado) se retiró a Tucumán, con los restos de las hordas que se salvaron, el malvado traidor unitario Madrid, e invadió con ellas y con el auxilio, por haberse pasado a él, del unitario Manuel Puch y Pedro José Figueroa con todas las fuerzas de la frontera de la provincia. Entonces, cuando confiábamos que Otero, declarado traidor por Madrid, se sostuviese y nos sostuviese, y estando a una jornada este malvado de la ciudad de Salta, capitula, entregando el mando al unitario Solá y fugando a esta República. Entonces Madrid mandó un edecán pidiendo mi cabeza y haciendo responsable a la provincia y su pícaro gobernador en caso de que me dejase escapar; mas yo pude hacerlo y fugar para este punto, donde me hallo hace un mes y medio. Tomó el malvado al coronel Cabrera, comandante Hidalgo y mayor Mercado y los fusiló; como lo ha hecho también con el ciudadano don José María Rodríguez, padre de familia dis322

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tinguida, por haberme traído comunicaciones del general Oribe y Pacheco desde Córdoba, que las interceptó dicho Madrid. Tan Luego como he llegado a esta República (Bolivia) he querido hacerme cargo del estado de ella, y he notado con sentimiento que su gobierno está en la mayor debilidad. Que el partido de Santa Cruz, fomentado por el agente de Su Magestad Británica Mr. Wilson, está en el caso de preponderancia, y amenaza todos los días un cambio a la sombra de la apatía del general Velasco, pués se han sofocado tres motines en los cuerpos de más confianza del ejército … Lo que le convendría a este gobierno y a nosotros es que nuestro ejército se aproxime a esta República. Sostendría al gobierno contra el partido de Santa Cruz, que no nos conviene que se entronice, y apoyando nuestras justas solicitudes sobre la devolución de Tarija y demás que puede tener nuestro gobierno … También debo decir a V.E. que la opinión de los pueblos es por la Federación … También he tenido el placer de oir admirar el nombre de V.E. a personas de categoría, y notar el respeto con que lo nombran, lo que me dispensará V.E. le diga que he tenido el gusto de aumentar esa admiración, convenciéndolos de la heroicidad de V.E. en la cuestión con la Francia, que ha asegurado no solo la independencia de nuestro país, sino la de todo el continente americano, como todo el mundo lo confiesa, menos los traidores de algunos de nuestros paisanos. Mañana marcho a tener una entrevista con el coronel Iturbe, que fue desterrado de Jujuy por el malvado unitario Roque Alvarado, que manda allí. Debe asistir también don Fernando Campero, que espontáneamente ha ofrecido entregar la provincia de Tarija cuando V.E. se lo ordenase, y ayudarnos en las empresas que intentemos sobre los malvados unitarios de Salta y Jujuy … Este señor (Campero) es el marqués de Yavi, que aún cuando antes figuró con Santa Cruz, hoy tiene intereses propios que lo obligan a servirnos bien … Mis miras son el convenir con Iturbe que moviendo las fuerzas de la Puna e Iruya, cortemos la retirada al malvado Madrid y sus secuaces; él por el Norte y yo por el Oeste, invadiendo a una vez, él a Jujuy y yo a Uriburu

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Salta, en combinación. Hecho esto tomaremos algunos pájaros de los más cantores, se los remitiremos a V.E., y a los otros les daremos pasaporte al otro mundo. Con esta canalla unitaria no hay otro remedio. A más de este convencimiento, me han estropeado y robado a mi mujer y a mis hijos. Han proscripto, encarcelado, robado e insultado a mis hermanos, y al menor de 15 años lo han desterrado a esta República. (El aludido menor debe ser su sobrino Pepe Uriburu Poveda, hijo de Dámaso el mayor de la familia). Han talado y robado mis estancias y a mi cabeza la han puesto a tasa, de manera que no me han dejado otro recurso que morir o acabarlos … Debe ordenarme lo que sea del agrado de V.E. como su decidido adicto, amigo y servidor Q.B.S.M.: Evaristo Uriburu”. • Tupiza, 30-IV-1841 — “Señor don Felipe Arana. Muy señor y amigo de todo mi respeto … Mañana marcho a Sococha en esta República, a tener una entrevista con el coronel Iturbe … para convenir el mover todo el Norte y Oeste de las provincias de Salta y Jujuy, a ver si podemos (no dejar) escapar a ninguno de los pícaros unitarios a esta República, para donde vendrán, sin duda, cuando los valientes de nuestro ejército los ataquen de frente; por lo que tengo la esperanza de mandarle algunos de obsequio al señor don Juan Manuel, y que otros paguen las muertes y robos con que han desesperado a los pueblos; en los que me prometo que, de hoy en adelante, tendrá el último hombre el mayor rubor de llamarse unitario … Mi más ardiente deseo es manifestar al señor gobernador, a usted y a todos los héroes de la conservación de nuestra independencia, mi mayor gratitud, adhesión y cariño. Lo mismo ruego a usted tenga la dignación de manifestar a mi señora, digna parienta (?), doña Pascuala, y amable Merceditas, mi más profundo respeto y aprecio, y que me prometo que en breve Dios nos ayudará a acabar y no dejar en el último ángulo de la República un solo unitario, y que en otra oportunidad tendré el honor de escribirle, lo mismo que al señor don Francisco y demás familia, de quienes soy tan apasionado … Evaristo Uriburu”. 324

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• Salta, 25-XI-1841 — “¡Viva la Federación! … Exmo. señor brigadier don Juan Manuel de Rosas. Mi general y señor mío de todo mi respeto: Hace un mes que arribé a esta ciudad de la República de Bolivia, a donde fuí en fuga por salvar mi vida de los alevosos salvajes unitarios. He permanecido ocho meses, y en este tiempo he tenido el honor de dirigir a V.E. dos comunicaciones, con el desconsuelo que habrán sido interceptadas por los salvajes … He trabajado sobre Tarija a favor de nuestra República; y después tuve ocasión de verme con el general Trigo, vecino de mucha influencia, y con el general Raña, también vecino de allí, y he conocido a estos y otros señores que conservándoles sus destinos y honores, no dudo que sin un tiro nos haremos de Tarija; pero siempre es necesario apoyarlos con una división de nuestro ejército por los primeros tiempos. ¡Que inmensa gloria para V.E. defender los derechos de la América y la independencia de nuestra República, y reintegrarla en toda su extensión! … Soy apasionado de V.E. y de su respetable familia, por convencimiento, por gratitud y por admiración. He de acreditarlo mientras exista, como ha de ser hasta entonces su muy adicto amigo atento servidor Q.B.S.M. — Evaristo Uriburu”. Testimonios sobre la neta actuación federal de don Evaristo Por otra parte, el 20-XI-1841, el “coronel de línea del ejército de la provincia de Buenos Aires, Evaristo de Uriburu” (sic), había pedido al Gobernador de Salta Manuel Antonio Saravia, recabara el testimonio del Ministro de gobierno Fernando Arias, del Comandante general Agustín Mariano Zerda, del Coronel Mariano Saravia, del Comandante Guillermo Ormaechea y del “benemérito ciudadano” Nicolás Saravia, acerca de la actuación del infrascripto en los recientes sucesos políticos: Si era verdad que, desde la llegada de Uriburu de Buenos Aires, le oyeron a éste “pública y privadamente llamar traidores a los salvajes unitarios que mandaban en esa época, por ser autores y sosteneUriburu

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dores del bárbaro y criminal pronunciamiento del 13 de abril del año 39, y conocieron mi decisión ardorosa por la santa causa de la Federación y por el heroe de la América, nuestro ilustre restaurador de las leyes Exmo. señor don Juan Manuel de Rosas … Si no ha sido público y les consta, que el gobierno del salvaje Manuel Solá y su inmundo círculo me ha presentado al público como agente del Exmo. gobernador de Buenos Aires. Si no es positivo que trabajé e influí en que se trabaje en derrocar una administración tan perniciosa y funesta al país, como la del salvaje Solá, y en la colocación del actual Excmo. señor gobernador, para salvar mi patria de la horrible mancha que le imprimieron los salvajes unitarios, ligándose con un gabinete extranjero. Si no es cierto que para salvar mi vida tuve que fugar a la República de Bolivia, en compañía del señor Ministro de Gobierno doctor don Fernando Arias, cuando invadió esta provincia el salvaje traidor Madrid, a mérito de habérseme querido prender para fusilarme, como públicamente se dijo después de su entrada a esta capital, y si a pesar de hallarme fuera de la escena, en una república extraña, digan si han oído que he sufrido la proscripción de todos mis hermanos, hasta el menor de edad, que quedó en este país; como el saqueo de mis estancias, vendiéndose públicamente mis ganados en esta ciudad; robarnos una cantidad de onzas de oro que trajo para dos de mis hermanos el correo de la República boliviana; y perseguir a mi esposa con contribución e insultos”. Pedía Uriburu que el jefe de Policía Martín Antonio Saravia certificara: “Si a los pocos días de mi llegada a esta ciudad de la de Buenos Aires, para julio o agosto del año 40, tuvimos una conversación en casa del distinguido ciudadano don Hermenegildo Diez y Saravia, delante de este señor, del señor Coronel don Mariano Saravia y otros vecinos, en la que le aseguré que, muy luego, nuestro ilustre restaurador salvaría la independencia de nuestra República, transando la cuestión con los franceses, y tan luego como suceda esto sería completamente destruido el salvaje asesino Lavalle y tranquilizado el país. Que era imposible que 326

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los pueblos que habían alzado el grito de la anarquía, pudiesen resistir a los inmensos recursos de que podía disponer el gobierno de Buenos Aires; que yo estaba perfectamente impuesto de esta verdad, por haber visto las cosas. Asimismo, diga si en una conversación privada con el mismo señor, en la misma época, le repetí lo mismo; como si conoció mi adhesión a la santa causa de la Federación y a nuestro ilustre restaurador de las leyes, y si oyó decir, en ese entonces, que los salvajes que mandaban me tenían por agente del gobierno de Buenos Aires, y si ha oído que después me han perseguido como a tal en mi persona, familia y bienes”. Requería igualmente Evaristo que Casimiro Rodríguez declarara: “Si como vecino de la ciudad de Catamarca, sabe hubiese regalado, a mi pasada por esa ciudad de la de Buenos Aires, una espada al salvaje Cubas, o hubiese brindado en contra de la santa causa de la Federación, de nuestro ilustre restaurador de las leyes o de algún jefe de la Confederación … y si le consta que el salvaje Manuel Solá, que gobernaba en esta provincia, y el de igual clase Bernabé Piedrabuena, que mandaba en Tucumán, se dirigieron al salvaje Cubas para que me prendiese en aquella provincia”. Otro tanto debía preguntársele a Eustaquio Gorostiaga. “Por no cansar la muy ocupada atención de V.E. — concluía Uriburu — no exijo certificados de cincuenta jefes y ciudadanos distinguidos de lo mismo que expreso … y pido solamente a V.E. se ha de dignar expresar en su decreto final si le consta personalmente mi ardorosa adhesión a la santa causa de la Federación … Si he estado pronto, sin fijarme en peligros, en la primera época de su gobierno, a marchar … contra los salvajes unitarios … Por tanto a V.E. pido expida el decreto final … para los fines que me convengan; por ser justicia”. A continuación (6 de diciembre) Mariano Saravia — “coronel del regimiento nº 3, Brigadier Rosas” — declaró ser ciertas la visita y las conversaciones de Uriburu en lo de Hermenegildo Diez Saravia; como también los servicios Uriburu

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que prestó a la causa Federal y las persecuciones y destierro motivados por su militancia a favor de Rosas. También (7 de diciembre) Fernando Arias ratificó lo antedicho, y agregó que cuando “emigramos a Bolivia, huyendo del traidor Pilón Madrid, el Coronel Uriburu no cesó de propagar en todo el camino el deber en que se hallaba todo argentino de oponerse a este salvaje y de consagrarse al servicio de la Santa causa de la Federación, porque era el verdadero camino de gloria designado por la mano sabia de nuestro ilustre restaurador”. Y a estas declaraciones terminantes se agregaron otras del Gobernador de Jujuy, José Mariano Iturbe, fechadas el 17 de noviembre anterior, donde el mandatario jujeño afirmaba: “Que desde el año 33 tuve noticia de la adhesión que el coronel Uriburu tenía a la santa causa federal … Que últimamente, por el mes de abril de este año, estando yo desterrado por los salvajes unitarios en el punto de Yavi, recibí una comunicación del señor Uriburu, por mano de su hermano el doctor don Pedro Uriburu, invitándome a trabajar contra los salvajes existentes en Salta y Jujuy; que con este motivo tuvimos una entrevista en el pueblo de Sococha, en la República Boliviana, al efecto de tratar el modo cómo debíamos sublevar la Puna, Iruya, Humahuaca y todo el Norte y Oeste de la República. Que desgraciadamente fuimos denunciados por el salvaje Marcelino Bustamante al gobierno de Jujuy, y éste transmitió al de Salta, y al salvaje traidor Madrid, con cuyo motivo el primero destacó al salvaje Cirilo Alvarado, con una partida a que nos prendiera y fusile, según la orden que he pillado en el equipaje del citado salvaje Cirilo. Que sin embargo de este desgraciado incidente continuamos trabajando … hasta restituirme al punto que ocupo, por la libre voluntad de la provincia y por los espléndidos triunfos que tan gloriosamente ha conseguido el ejército confederado contra los salvajes unitarios”. Auto de fé federal

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El 25-VII-1842, el Gobernador delegado Manuel Antonio Saravia — reemplazante de Miguel Otero ido a Buenos Aires a entrevistarse con el Jefe de la Confederación Argentina —, hizo quemar, en la plaza pública de Salta, el acta por la cual Manuel Solá, ex mandatario salteño, se pronunciara contra Rosas (13-IV-1840), coaligándose (24-IX1840) con los Gobernadores Bernabé Piedrabuena, de Tucumán, Tomás Brizuela, de La Rioja, José Cubas, de Catamarca y Roque Alvarado de Jujuy. De aquel espectacular auto de fé federal se dejó constancia, a su vez, en otra acta que firmaron el Gobernador Saravia, su Ministro Fernando Arias, varios altos funcionarios y un grupo de ciudadanos de categoría, entre estos los hermanos Evaristo, Pedro y Juan N. de Uriburu (mi bisabuelo). Las artimañas de Saravia y el desventurado levantamiento de don Evaristo contra aquel El Gobernador Miguel Otero, a todo esto, había quedado en Buenos Aires mientras se cumplía lo restante de su gobierno, que finiquitaba el 13-X-1844. Allí, en la sede porteña, Otero fue nombrado por Rosas Ministro plenipotenciario de la Confederación en Bolivia, Perú y Chile; al tiempo que en Salta, el Delegado suyo Manuel Antonio Saravia, aferrado al sillón gubernativo, convocaba a la Legislatura y se hacía elegir Gobernador titular para un nuevo período; aunque se opusiera a ello José Benito Graña (a quien Saravia metió preso), Guillermo Ormaechea (al que expulsó) y un tercer Diputado “perdido entre el natural e inocente olvido de los recuerdos” — según dice Bernardo Frías. En medio de estas ocurrencias, Evaristo Uriburu, que estaba en Tucumán desde diez meses atrás, se había levantado en armas, el 1-IX-1844; y con unos cuantos amigos marchó sobre Salta, a fin de quitarle el mando a Saravia e impedir que éste prolongase su autoridad, haciéndose designar allí, mediante coacción, primer mandatario.

Uriburu

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Pese a que Saravia era cuñado del caudillo santiagueño Felipe Ibarra, don Evaristo considerándose “federal más neto” que aquel, se dispuso a derrocarlo. Empero Saravia — dicho “Guacelencia” en guasa, por guaso — reunió la milicia en defensa de su autoridad. “Yo no llevaba un soldado, no contaba sino con la simpatía de los leales federales” — le escribió don Evaristo al Ministro de Rosas, Felipe Arana. Comoquiera, Uriburu ocupó la ciudad y — tras renunciar “a todo destino que el pueblo me diese” — arregló las cosas para que resultara nombrado Gobernador provisorio el “ciudadano don Francisco Ortiz” (que no debe ser confundido con el gran aborrecedor de los Uriburu, a partir de 1864, el Dr. Francisco — “Pancho” — Ortiz Alemán). Al otro día de esa promoción sediciosa, avanzó Saravia al frente de 1.500 hombres, decidido a retomar el poder. Uriburu sale a contenerlo, seguido tan sólo de 218 combatientes mal armados. El choque inevitable se produjo (9IX-1844); y como en campo raso 1.500 guerreros arrollan siempre a 218, nuestro Coronel no encontró más alternativa que apretarse el gorro hasta Bolivia, para salvar su cabeza de la furia elemental de “Guacelencia”. Este, por cierto, sin pararse en tiquismiquis, derramó sus venganzas sobre los enemigos políticos; a quienes encarceló, engrilló e impuso contribuciones forzosas. A la familia del prófugo Uriburu le arrancó 13.000 pesos fuertes, señalándole además el camino del destierro. Dispuso también Saravia (22-IX-1844), el embargo de los ganados de las estancias “Ampascachi”, en la Viña, y “Pampa Grande”, en Guachipas, que poseía el “cabecilla invasor y anarquista” Evaristo Uriburu. Tales campos pertenecían a la mujer de éste, Josefa Arenales, que los había heredado de su padre, el famoso General. Por tanto, doña Pepa — basada en las leyes provinciales de 1834 y 1840 que prohibían a los Gobernadores confiscar o embargar intereses — presentó una reclamación a la Sala de Representantes. En dicho escrito la señora puntualizaba que su marido “vino a su país a librarlo de una ignominia insoportable, como sal330

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teño y como patriota; vino apoyado en la opinión pública a salvar a sus paisanos de la oprobiosa abyección en que yacían y desasperaban ya de un poder intruso, usurpado y muy mal administrado”; agregando que se alejaba ella, “sin pesar de este teatro de horror (Salta) y de incalculables represalias, para no ser espectadora de desgracias de mi patria; pero llevo gravado en mi corazón el más profundo pesar al dejar una madre sumamente querida, hermanos, deudos, tan amados, de quienes había creído que no podría separarme sino con la muerte. Dejo mis tiernas relaciones — añadía —, dejo mi casa y mis comodidades, a los que estuve acostumbrada desde que nací, porque jamás conocí la escasez. ¡Oh Padres de la Patria — terminaba — poned remedio a tantas calamidades!” Salta y los Uriburu después de Rosas No pasaron diez años, y excusado es decir que la caída de Rosas modificó totalmente la circunstancia histórica del país. Urquiza presidía a la Confederación Argentina constitucionalizada; Buenos Aires habíase escindido del conjunto de las provincias hermanas; todo había cambiado: hombres nuevos o renovados impulsaban la vida nacional dentro de estructuras recientemente importadas; y el veterano rosista Evaristo Uriburu sabría también adaptarse al cambio inevitable; sin mengua de su predicamento político en el escenario salteño. Así, cuando en 1855 una Convención Nacional — conforme a los artículos 101, 102 y 103 de la Constitución Nacional — dictó la Constitución de Salta, Presidente de dicha asamblea fue el Coronel Evaristo de Uriburu; actuando como Secretario el hijo de éste, José Evaristoñ y entre los miembros constituyentes de la misma, figuraron: el Canónigo Pio Hoyos, tío carnal del Coronel Evaristo, sus hermanos Juan Nepomuceno Uriburu (mi bisabuelo) y Pedro Uriburu, el sobrino José Uriburu Poveda y varios deudos más de la politiquera familia que me ocupa. En el curso de aquel año 55, la administración del General Rudecindo Alvarado designó al Coronel Evaristo Uriburu

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Uriburu integrante de dos comisiones: una junto con Francisco Astigueta y Atanasio Ojeda, encargada de la construcción del Cementerio; y otra para proyectar la ley de régimen municipal, en compañía de Andrés de Ugarriza y de Isidoro López. La infausta Revolución de los Uriburu. Don Evaristo es apresado; luego abandona Salta con los suyos y se instala en Buenos Aires hasta el fin de sus días En 1864, el Coronel Evaristo — ya senescente consumado, iba para los 68 octubres — combatió en la “revolución de los Uriburus”, junto a sus hijos, sobrinos y hermanos, en defensa de la parentela que detentaba el mando atrincherada en la ciudad; resistiendo los asaltos del 27 y 28 de marzo, en que las fuerzas atacantes del Coronel Pedro José — “Peque” — Frías y sus subordinados Juan Solá, Emilio Torres, Felipe López, Francisco Centeno y Guillermo Wilde, fueron repelidas con bajas de 9 muertos y 2 oficiales y 20 o 25 soldados heridos — ignoro las pérdidas del bando uriburista que defendía los cantones (el cadete José María Uriburu Arias, futuro General, recibió un balazo en la pierna). Caída la plaza al amanecer del 4 de abril, el viejo Evaristo cayó también prisionero y lo engrillaron con ignominia los vencedores ebrios de venganza — como lo documento, al por menor, en la biografía de mi bisabuelo Juan Nepomuceno. Al cabo de un mes y 14 días de vejaciones, el recluso quedó libre, y con su mujer y parte de los suyos se ausentó a Jujuy. Del epistolario de Gregoria Beeche de García — vivaz chismerío político y familiar de la Salta de entonces, transmitido al hijo Adolfo, andariego negociante —, destaco, con ortografía correcta, estas noticias: (9-VI-1864) “… Siguen los presos (en el Cabildo) pero se dice que don Evaristo sale a la casa de don Victorino Solá que es su fiador. Hasta hoy no le he visto la cara a Manuela, ni a ninguna de esa familia. Los recelo porque dicen que están furiosos to332

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dos”. (Gregoria Beeche, aunque furibunda antiuriburista, era consuegra de don Evaristo, por suegra de Manuela Uriburu Arenales, viuda de su hijo Sergio García Beeche; y aquel Victorino Solá, hospitalario fiador de don Evaristo, era — volteretas de la vida — propio hermano de Manuel Solá que fuera el Gobernador unitario de la Liga del Norte contra Rosas, a quien antaño Evaristo Uriburu contribuyera a derrocar). — (18-VII-1864) “Don Evaristo salió de la prisión dando 500 pesos por junto, y eso de empréstito, y la misma noche se largó a Jujuy con el Evaristo chico”. — (27-IX-1864) “Se ha largado a Jujuy Pepa Arenales con Julia (Uriburu, su hija) y las niñas y Federico (Uriburu, marido de Julia) … En este momento me escribe un papelito Manuela (nuera suya) avisando que la han venido a llevar a Jujuy, y que se marcha ahora mismo. Nos hacen alarmar estas gentes, quien sabe que plan tendrán para estar sacando toda la familia de Salta, y quitarme los niñitos (sus nietos Nicolás y Sergio García Uriburu) que será la muerte para mí”. — (20-XII-1864) “Está trabajando esta casta infernal (sic, la familia de Uriburu) en desviar a los niñitos de mí, y estando Nicolasito en Salta no le veo la cara … Manuela le escribe de Jujuy a Deidamia (García Beeche, la cuñada) diciéndole que decimos a cada paso Uriburu al niño, y que le hacemos odiar el apellido que con honor lleva ella, y de este modo van desviando a los niños, siendo el único consuelo que tengo estas criaturitas … según dicen se piensan trasladar todos a Tucumán … la venida de Julia ha sido vender todo lo que han tenido en la casa, y creo que don Segundo Bedoya ha comprado la casa también en $10.000, así que se van para siempre”. — (17-I-1865) “Hacen 7 días que doña Manuela Uriburu mandó llevar a Nicolasito a Jujuy. Ya se ha mudado Bedoya a la casa de don Evaristo con su familia … Dice Julia que todos se van a Tucumán, que las llama Asunción (Uriburu, la hermana, casada con Francisco Valdés) … A Deidamia le escribe Manuela que ya no piensan volver a Salta, porque no podrían ver en otro poder la casa en que habían vivido con tanta comodidad, pero yo digo siempre que cuando había Uriburu

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de pensar que el pato de la boda era yo, con la ambición de los Uriburus, para que me arranquen a los niños y me amarguen la vida!” Don Evaristo, Pepa Arenales y varios de sus hijos se alejaron pues, de Salta; y, luego de pasar por Tucumán, se instalaron en Buenos Aires, en una amplia casa baja que compró el jefe de la familia en la calle San Martín, entre Tucumán y Viamonte, con frente mirando al Oeste. Allí — dice Carlos Ibarguren en La historia que he vivido — “yo me sentía como en mi casa … Mi tío abuelo el Coronel Evaristo Uriburu tenía entonces cerca de noventa años … En esa casa de la calle San Martín me vinculé fraternalmente, desde mi infancia, con mi primo Alberto Tedín Uriburu … y con otro primo, Eduardo Girondo … La abuela de Alberto y de Eduardo, mi tia Pepa, condecorada por San Martín con la Orden del Sol, que ostentaba en un cuadro, me infundía un cierto temor por su expresión seria, la mirada severa de sus ojos grandes y el tono autoritario de su voz, a diferencia de su marido, cuya faz amable y sonriente denunciaba dulzura y bonhomía; dijérase que el guerrero de la independencia era la hija del rígido Mariscal de San Martín y no su esposo el Coronel don Evaristo. Ese hogar — recuerda Ibarguren — estaba impregnado de tradición y de historia, todo contribuía a ello: el jefe de la familia, el recuerdo vivo de Arenales, los objetos que le pertenecían, la espada de sus campañas libertadoras, que sacábamos a hurtadillas con Alberto para jugar con ella … A ese hogar, con mucho hijos y nietos, pertenecieron personas cuyos nombres ha recogido la historia: el General Napoleón Uriburu, de gallarda silueta, guerrero del Paraguay y conquistador del desierto; su hermano mayor don José Evaristo, que siendo nuestro representante diplomático en Santiago de Chile fue elegido Vicepresidente de la República y la presidió después; el cadete José Félix Uriburu, que visitaba a sus abuelos cuando estaba franco del Colegio Militar, cuyo destino lo llevaría también, mucho años más tarde, a la primera magistratura de la Nación”.

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Evaristo de Uriburu y Hoyos franqueó los confines de la vida en Buenos Aires el 28-VII-1885, al filo de los 89 años de edad. Su mujer, doña Pepa Arenales — que había nacido en Salta el 1-IX-1807 — murió pisando los umbrales de los 83, el 15-VI-1890. Estos fueron sus hijos: A) Manuela Uriburu Arenales, baut. en Salta el 23-X1826. Se casó allí el 20-IV-1857 con Sergio García Beeche — 5 años menor que ella — n. en Salta el 14-IV1831 (hijo de Nicolás García de Villacorta n. en La Rioja y de Gregoria Beeche, baut. en Salta el 10-II-1805, casados el 2-IV-1830; n. p. de Nicolás García Bustamante n. Santander y de la riojana Antonia de Villacorta; n. m. de Marcos Beeche Goitía n. Bilbao y de Josefa Esteves Medina, fall. en abril de 1854). Tres años antes de emparentarse con los Uriburu Arenales (12-VII-1854) Deidamia García Beeche le escribió los pormenores de “las fiestas Julias”, celebradas en Salta, a Adolfo, su “querido hermanito”, que se hallaba por negocios en Cobija (entonces departamento litoral y puerto de Bolivia, después apropiado por Chile, a raiz de su victoria en la guerra del Pacífico). “El nueve por la mañana, al salir el sol, enarbolaron la bandera; los mozos le hacían guardia. La víspera también salieron todos los jóvenes en el bando, haciéndole la guardia a la bandera. Y como te iba diciendo, el 9, a las once, fue la misa con sermón, y fueron al Cabildo donde hubieron muchos brindis. De allí se fueron al patio de Doña Pepa (Arenales de Uriburu), donde estaba dispuesto el ramillete y estaban todas las señoras. Allí cantó la Manuela Uriburu una aria ella sola, y después cantaron a coro una porción de niñas un trozo de Lucía; también bailaron. De allí se retiraron a las tres de la tarde, y a las cinco se fueron todas las señoras muy compuestas a la plaza, donde hicieron los cívicos unas evoluciones muy lindas que les enseñó Mangudo. Sacaron después la bandera y dieron vuelta a la plaza, cantando en cada esquina la Canción Nacional, y a la noche bailaron de improviso en el patio dispuesto para el otro día Uriburu

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que era el gran baile; el que ha estado divino, muy bien iluminado, y todas las niñas muy lindas…”. Algunos párrafos de las cartas enviadas a sus hijos por Gregoria Beeche de García revelan — entre jugosas referencias políticas e intimidades sociales y de familia — cierta benevolencia reticente de la señora, que poco a poco se va trocando en franca ojeriza — hacia quien sería su nuera y hacia el clán de los Uriburu. El 28-III1856, aquella le escribe al hijo Adolfo, a la sazón en Cobija: “Lo que he venido del campo me he encontrado con una estrecha relación en casa de las Uriburus … casi todas las noches vienen acá y toca y canta Manuelita, todos los domingos se vienen desde por la tarde y ya no se van hasta las 10 de la noche … Doña Pepa (Arenales) se ha ido al Valle y han quedado las niñas con su padre … Ha llegado un pianista del Tucumán, que viene a servir de maestro acá. Un porteño … muy joven y muy buen mozo, dicen que es un botarate. Ha tocado el piano acá, lo toca bien, le lleva poca ventaja a Manuelita. Toca un vals muy lindo, compuesto por él. Se lo apuntó a Manuelita, y al otro día ya lo toca ella tan bien como él … Sabrás que estoy celosa con vos, porque creo que todo tu cariño está reconcentrado en Manuela”. El 27 de mayo doña Gregoria seguía informándole a Adolfo: “En estos días ha habido 2 tertulias, la primera fue un convite de don Saturnino Tejada a Sergio para tomar un néctar; y bailaron hasta las 2 de la mañana. la segunda fue el 23 de Mayo en casa de don Evaristo (Uriburu). Nos mandó decir mi comadre (Pepa Arenales) que lleváramos nuestros huéspedes. Así lo hicimos, y habían preparado cerveza, mistela con macitas y el néctar. Bailaron hasta las 12, y tu buen hermanito ha estado como el mismo mandinga. Anoche ha despotizado a Manuelita hasta que más no ha podido. No ha bailado con ella una sola vez, no la ha convidado en toda la noche, y me ha hecho desesperar a mí de aflicción de ver que estaban advirtiéndolo sus padres; y todo era por no se que historias del baile anterior, que no había querido 336

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tomar ella una copa de champán por él. En fin no sé en qué parara esto”. Un mes más tarde, la señora le escribía al hijo ausente: “Veo que tienes mucha razón de estar celoso de tu hermano (Sergio), porque no distingue a una cuarta, tal es el camote que le tiene a la Manuela … El que tu pensaras en la Manuela era un disparate, porque es de tu misma edad, y aún para Sergio es vieja, porque luego se envejecen ellas, y quedará él joven … Me parece mil veces mejor Panchita (Uriburu Castro), porque no hay ese orgullo tan refinado, y en esa familia no se acostumbra a dominar al marido y ponerlo bajo la suela del zapato. También don Juan (mi bisabuelo Uriburu) es una alhaja, hombre capaz de dar la mano al yerno y con su industria hacer mucho”. El 16 de agosto, a vuelta de mensajería, la escribidora insiste con el tema: “No me explico como (Sergio con Manuela) fomenta esa pasión, sabiendo que es preciso tener calzones para entrar en esa casa” (la de Uriburu Arenales). Y el 12 de septiembre la madre le previene al flechado Sergio, que está en Cobija ya decidido a casarse al retornar a Salta: “Un hombre enamorado no vé ni distingue una cuarta; por esto omitiré darte ningún consejo … No tengo otras observaciones que hacerte, sino aquella que recuerdo te hice una vez, de lo mucho que me disgustaba el manejo de mi comadre (Pepa Arenales) con respecto al dominio que tiene sobre su marido. Porque me parece ver un hijo de mi corazón dominado por una mujer, cuyos caprichos tuviera que sufrir. Esto es hijo lo único que me desagrada en esta muchacha (Manuela), que es el retrato vivo de su madre; y tanto más me choca, cuanto yo he sido de la opinión de que la voz del marido ha de prevalecer, y tal ha sido siempre mi sistema en mi matrimonio. Por lo demás, es muy a mi gusto, bien educada y pertenece a una familia digna de enrolarse en ella”. Sergio García Beeche — que apenas llevaba dos años uncido a la coyunda marital con Manuela — falleUriburu

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ció repentinamente en Salta, el 17-V-1859, a la mañana, sentado sobre el mostrador de la tienda que giraba bajo el rubro de “García Hermanos”, mientras departía con algunos amigos. Acababa de cumplir 28 años de edad. Un lustro después, fracasada ya la “revolución de los Uriburus”, Deidamia García Beeche le apuntaba (20-VI1864) a su hermano Adolfo, que se hallaba en Buenos Aires: “La Manuela no pone sus pies en casa desde que han sucedido estas cosas. Dice que tiene vergüenza de salir porque no las quieren saludar las gentes, y como han oído todos los insultos que les han dirigido el día del triunfo, tienen en parte razón, porque les han dicho (a los Uriburu) excomulgados ladrones, y por este tenor improperios, y los llevaban presos con esos insultos, y hasta tierra dice que les echaban los muchachos. Bastante están sufriendo los pobres”. Manuela Uriburu Arenales de García Beeche se alejó de Salta, viuda y con dos criaturas, para radicarse definitivamente en Buenos Aires. Aquí, a la provecta edad de casi 84 años, ingresó en el sepulcro el 25-IX-1910. Estos fueron los dos hijos suyos: a) Nicolás García Uriburu, baut. en Salta el 6-III-1859; fall. en Bs. As. el 13-VIII-1932. Casó el 1-III-1886 con Elina Castilla Aguiar (hija de Martín Castilla Ximénez de las Casas y de Inés de Aguiar Tejedor). Son los padres de: a1) Elina García Uriburu Castilla n. 6-XII-1886; fall. 9-IX-1887. 2 a ) Elsa Josefa Manuela García Uriburu Castilla n. 13-II-1888. Casó el 2-VI-1919 con Wilfredo Genaro Cano Hunter n. 19-IX-1891 (hijo de Juan Cano Díaz Vélez y de María Hunter Arriola Pacheco). Con sucesión. 3 a ) Alicia García Uriburu Castilla, casada con Livio Castilla Fernández Blanco. Con sucesión. 4 a ) Lucrecia García Uriburu Castilla. Casó el 21-VI1915 con Juan Antonio Madero Alzaga n. 7-XI338

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1890 (hijo de Francisco Madero Ramos Mexía y de María Sofía Cayetana de Alzaga Piñeyro). Con sucesión. a5) Jorge Nicolás García Uriburu Castilla. Casó el 16-XI-1927 con Blanca Isabel Roberts Morgan n. en Trelew, Chubut (hija de Juan Roberts y de Isabel Morgan). Con sucesión. 6 a ) Enrique García Uriburu Castilla. a7) Sara García Uriburu Castilla. Casó el 5-VI-1924 con Pablo Cárdenas Altgelt b. 13-I-1900 (hijo de Pablo Martín Cárdenas Cueto y de Adelaida Altgelt Tornquist). Con sucesión. 8 a ) Eduardo García Uriburu Castilla. Casó el 28-XI1936 con Susana Massini Ezcurra Jolly (hija de José María Massini Ezcurra y de Susana Jolly Pérez). Con sucesión. 9 a ) Elvira García Uriburu Castilla, soltera. b) Sergio García Uriburu, que nació póstumo en Salta. Fué baut. el 19-VII-1860 y fall. el 4-XI-1941. Diplomático: Ministro argentino en el Japón y Holanda, Embajador en México. Casó con María Francisca Ernestina Tamini n. Bs. As. (hija de Luis Tamini Alemanini n. Mergozzo, Lombardía, Italia, médico de nota, y de Francisca Sandrin). Son los padres de: b1) Sergio García Uriburu Tamini, casado con Cora Margarita Gibson Chevalier n. 2-XI-1889 (hija de José Drysdale Gibson y de Emilia Chevalier Luro). Con sucesión. 2 b ) Gustavo García Uriburu Tamini. Casó el 28-V1915 con Leonor González Guerrico n. 11-III1891 (hija de César González Segura y de Anatilde Guerrico y Aguirre). Con sucesión. 3 b ) Ernesto García Uriburu Tamini. b4) Raquel García Uriburu Tamini. Casó el 15-XI1930 con Samuel Wenstein.

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B) Serafina Uriburu Arenales, baut. en Salta el 28-IV1827; fall. en Buenos Aires el 10-XI-1902. Casó en Salta el 26-XI-1851 con su primo hermano José Uriburu Poveda, de quien me ocupé anteriormente, así como de su sucesión. Son lo padres, entre otros hijos, del General José Félix Uriburu y Uriburu, Presidente del Gobierno Provicional de la Nación Argentina, 1930-1932. C) Julia Uriburu Arenales, baut. en Salta el 19-VII-1830. Se casó allí el 31-I-1864 con Federico Uriburu Avila, su primo hermano (hijo de Vicente Uriburu y Hoyos y de Juliana Avila). La sucesión de ellos se consigna integrando la descendencia de Vicente Uriburu Hoyos. D) José Evaristo Uriburu Arenales, nació en Salta el 19XI-1831 y al día siguiente fue bautizado en la Catedral lugareña, apadrinado por Juan Navea, su tío abuelo político, y por su tía carnal Mercedes Arenales de Usandivaras. Cursó su bachillerato en el Colegio Junín de Chuquisaca — Sucre —, para emprender luego los estudios superiores en la Universidad de Buenos Aires, en las postrimerías de la época de Rosas; a cargo, esos claustros, del Rector presbítero Miguel García — que reemplazó al canónigo José Paulino Gari, fallecido en 1848. Al ingresar ahí los alumnos debían manifestar — según era de rigor — “sumisión y obediencia a los superiores de esta Universidad”, y su lealtad completa “a la causa nacional de la Federación”. En 1854 — a los dos años de la batalla de Caseros — el joven Uriburu se graduó de Doctor en jurisprudencia. No había concluído todavía sus estudios cuando en 1852 — durante la administración de Vicente López y Planes — le nombraron oficial primero del ministerio de gobierno, que desempeñaba Valentín Alsina. Poco después, el año 53, mientras la ciudad porteña estuvo militarmente sitiada por las tropas de Hilario Lagos, el muchacho sirvió en el batallón de estudiantes, y, posteriormente, el General José María Paz, Ministro de Guerra y Marina, le designó oficial en dicho organismo ministerial. 340

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De regreso a su provincia, José Evaristo actuó como Secretario de la Convención constituyente de 1855 que presidía su padre, el Coronel don Evaristo; y ocupó también una banca en la Legislatura salteña; además de fundar, con el Dr. Pedro A. Pardo, un periódico: El Comercio, de prosaico apelativo. En octubre de 1856 recibió el nombramiento — expedido por el Presidente Urquiza — de Secretario de la legación en Bolivia, siendo el Encargado de Negocios en dicho país su tío Dámaso Uriburu. En la ciudad de Sucre se casó, el 13IV-1857, con su prima hermana Virginia Uriburu Cabero, la hija de don Dámaso — el cual habría de morir diecisiete días después, quedando entonces José Evaristo al frente de nuestra representación diplomática en el altiplano, hasta 1860. Ese año volvió a Salta, y por breve lapso ejerció las funciones de Juez civil; ocupando, en seguida, el Ministerio de gobierno durante los mandatos de José María Todd y de su sucesor Anselmo Rojo. Reorganizada la República a raiz de la batalla de Pavón, vino José Evaristo Uriburu, en 1862, como Diputado de Salta al primer Congreso nacional reunido en Buenos Aires. Fue Vicepresidente de aquella Cámara baja; a la que en 1864 tornó a integrar siempre representando a su provincia.

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Cuando en sus lares norteños se produjo la “revolución de los Uriburus”, José Evaristo se encontraba en Buenos Aires, a 1.500 kilómetros de distancia de aquel trastorno. Bernardo Frías, sin embargo, afirma que el personaje “fue el único Uriburu que condenó la revolución que lleva su nombre, y no quiso tomar participación en el suceso”, y que “la lengua opositora lo metió en ella por la fuerza”, tildándolo irónicamente de “Inmaculado”. Todo esto es fantasía y corre por cuenta de Frías. Lo cierto es que José Evaristo empuñó también las armas en Buenos Aires, y combatió, solidario, en defensa del honor de los suyos. La señora Gregoria Beeche de García — antiuriburista exuberante — le transmitía, desde Salta, a su hijo Adolfo entonces en Paris, esta noticia en carta del 13-XII-1864: “Don Cleto (el Gobernador Aguirre) mandó a Torres (Emilio) a Buenos Aires para cobrar unos 60.000 pesos que deben desde el tiempo de Lavalle a esta provincia. Al pasar por Tucumán, lo volvió a desafiar Pancho Valdés (marido de Asunción Uriburu, hermana de José Evaristo) y Ferreyra, pero al fin se desanimaron. Siguió a Buenos Aires, y allí principió José E. Uriburu a escribir los mayores insultos en la Tribuna, creo; y éste lo desafió, se batieron, y después de tirar dos tiros cada uno, los padrinos declararon concluído el asunto, y los citaron para un convite al día siguiente; pero Torres tuvo el (pretexto) de estar con la cara hinchada, y no asistió, que era lo que quería”. En mayo de 1866 lo eligieron a José Evaristo, Presidente de la Cámara de Diputados, al tiempo que el Poder Ejecutivo presentó, por segunda vez, el proyecto de federalización de Buenos Aires. El doctor Uriburu, fundó su voto favorable al proyecto, y su discurso le trajo una polémica con su colega José Mármol, el novelista de Amalia. Y la carrera pública del salteño sigue en ascenso. En 1867 el Presidente Mitre le llama a colaborar en su gabinete como Ministro de Justicia e Instrucción Pública. 342

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En marzo de 1868 es elegido Diputado a la Legislatura bonaerense, y, a fines de 1871, el Presidente Sarmiento lo hace Procurador del Tesoro. Poco después le vemos como convencional para la reforma de la Constitución de la provincia de Buenos Aires; y, un año más tarde, resulta nombrado Juez federal en Salta, cargo que ejerció hasta enero de 1874 (en dicha judicatura le sucede mi abuelo Federico Ibarguren) para pasar, de nuevo, a la diplomacia, como Ministro plenipotenciario en Bolivia. En agosto de 1876 fue promovido representante argentino en el Perú, conservando la legación en Bolivia. El 15-I-1883 el gobierno de Roca lo traslada a Uriburu a Santiago de Chile con el mismo rango diplomático; y terminada la guerra del Pacífico, tanto la autoridad chilena como la boliviana, escogieron a nuestro enviado extraordinario para árbitro de la comisión internacional mixta creada a objeto de dirimir los conflictos jurídicos que aquella guerra había suscitado; y su fallo se acató por ambos antagonistas sin observación. El 12-VI-1892 los colegios electorales reunidos en Asamblea en el Congreso Nacional, consagraron para Presidente y Vicepresidente de la República Argentina a la fórmula Luis Sáenz Peña-José Evaristo Uriburu; y el 12 de octubre siguiente, ambos mandatarios asumían sus altas funciones gubernativas. Empero, transcurridos 25 meses azarosos, salpicados de revoluciones, el 22-I1895, el Presidente Sáenz Peña presentaba su renuncia al Parlamento — que la aceptó —, “seguro — dijo textualmente don Luis — de que seré más respetado como ciudadano de lo que he sido desde que fuí investido con la autoridad suprema de la Nación”. En consecuencia, José Evaristo Uriburu, por mandato constitucional, pasó a ejercer la Primera Magistratura de la República. “La personalidad del doctor Uriburu — apunta Carlos Ibarguren en La historia que he vivido — ofrecía, en la hora crítica que vivía el país, la seguridad de una inteligencia lúcida, de un carácter firme y templado, la Uriburu

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ecuanimidad de un alto espíritu y la comprensión sutil, en todos los matices, de las opiniones, de las ambiciones y de los anhelos que se agitan en la vida política. Su afable gravedad no dejaba adivinar el lente picaresco con que observaba a los hombres y las cosas. Militante en las luchas cívicas, las conocía a fondo. Era, además, por sus cualidades caballerescas y la nobleza de su alma, un gran señor”. “Su sola presencia en la primera magistratura — agrega Ibarguren —levantó la autoridad del Presidente e infundió el respeto que se le debía. Un episodio que Uriburu aprovechó habilmente para hacer sentir que el jefe del Estado mandaba con firmeza, fue motivado por la visita que el almirante Solier y el general Bosch le hicieron para presentarle sus saludos y expresarle que la Marina y el Ejército se ponían a sus órdenes para sostenerlo. Uriburu, en tono enérgico que contrastaba con su habitual cortesía les dijo: ‘lo que ustedes me manifiestan es un desacato que no puedo admitir; vayan arrestados, el señor almirante al acorazado Almirante Brown, y el señor general al Parque de Artillería, pués el Presidente es el comandante supremo de las fuerzas de mar y tierra, y el ofrecimiento de obediencia que hacen significa subordinarlas al arbitrio de ustedes’. Fue un golpe político maestro, que notificó a las fuerzas armadas que había un Presidente en la Casa Rosada”. En el período de casi cuatro años abarcado por su presidencia, integró sus ministerios con notables personalidades. Se sucedieron como titulares: en el del Interior, Benjamín Zorrilla (cuñado del jefe del Estado) y Norberto Quirno Costa; en el de Relaciones Exteriores, Amancio Alcorta; en el de Hacienda, Juan José Romero y Wenceslao Escalante; en el de Instrucción Pública y de Justicia, Antonio Bermejo y Luis Beláustegui; en el de Guerra y Marina, el Coronel Eudoro Balsa, el Ingeniero Guillermo Villanueva y el General Nicolás Levalle. (Anoto entre paréntesis que uno de los edecanes del Presidente fue su sobrino carnal el entonces Teniente 1º 344

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José Félix Uriburu, que presidiría también a la República siete lustros más adelante). La cuestión de límites con Chile nos colocó en aquellos días al borde de la guerra; y el gobierno de don José Evaristo se dispuso a afrontarla. Adquirió los acorazados “Garibaldi”, “San Martín”, “Belgrano” y “Pueyrredón”, incorporó a la armada la fragata “Sarmiento” y formó una escuadrilla de torpederos. Mandó construir diques, talleres navales y se dió comienzo a las obras del Puerto Militar en Bahía Blanca, bajo la dirección del Ingeniero Luiggi. El ejército fue modernizado en su armamento e instrucción, hubo anuales movilizaciones de la Guardia Nacional en todo el país, y nuevos regimientos de linea quedaron establecidos. En otro orden de iniciativas, durante la administración de Uriburu se fundaron el Museo Nacional de Bellas Artes, las Escuelas Industriales y de Comercio y la Facultad de Filosofía y Letras. Se promulgó la ley de Defensa Agrícola; se rescindieron las garantías a los ferrocarriles; se resolvió la construcción de lineas férreas al Neuquén y Bolivia; y, entre tantos logros progresistas, el proyecto para edificar el Teatro Colón actual tuvo, en dicho lapso, punto de partida. “El 12 de octubre de 1898 — escribe mi padre en La historia que he vivido —, el doctor José Evaristo Uriburu entregó el mando al Presidente electo — General Roca —, después de haber ejercido un gobierno ejemplar que salvó a la Nación del caos político, económico y financiero en que había caido cuando lo recibiera; enfrentó con dignidad y energía el más grave conflicto internacional que amenazaba, y preparó, organizó y dió a la patria todos los elementos para la defensa nacional”. Miembro, el Dr. Uriburu, de la comisión encargada de resolver la cuestión fronteriza de la Puna de Atacama, junto con los delegados argentinos Bartolomé Mitre, Bernardo de Irigoyen, Juan José Romero y Benjamín Victorica, y los chilenos Eulogio Altamirano, Rafael Balmaceda, Enrique Mac Iver, Eduardo Matte y Uriburu

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Luis Pereyra, al no haber acuerdo en las deliberaciones, se resolvió designar a Uriburu y a Mac Iver sostenedores de los derechos argentinos y de Chile ante el árbitro Buchanan, ministro norteamericano en Buenos Aires. Después, nuestro personaje, desde 1901 hasta 1910 — como última dignidad en su carrera de eminentes servicios republicanos — ocupó una banca en el Senado, representando a la Capital Federal. Cuando en 1901 su colega Pellegrini trajo a debate en el alto cuerpo las bases, ad-referendum, de aquella operación de unificar todas las deudas consolidadas o flotantes del país, y pagarlas mediante un empréstito con vencimiento a largo plazo, en cuya garantía se ofrecieron los derechos de aduana de la Nación, todos los senadores aprobaron dicho arbitrio, menos José Evaristo Uriburu, que votó en contra. Retirado a la vida privada al concluir su mandato parlamentario, “tío José” — como le decía mi padre — arribó al término de su existencia un mes antes de cumplir los 83 años, el 25-X-1914, en su casa de la calle Arenales, que recuerda a uno de sus penates ilustres. Otra calle de Buenos Aires — antes Andes — lleva ahora su nombre, y su estatua de bronce — obra del escultor Alberto Lagos — se levanta en una de las grandes plazas metropolitanas. José Evaristo Uriburu Arenales — cual se consignó más atrás — habíase desposado primeramente en Sucre, el 13-IV-1857, con su prima hermana Virginia Uriburu Cabero, allí nacida en 1836 (hija de Dámaso de Uriburu Hoyos y de María Rita Cabero de la Canal). Doña Virginia falleció en Buenos Aires en 1871, a consecuencia de la terrible epidemia de fiebre amarilla, y sus restos descansan en la Recoleta, en nuestra bóveda de Ibarguren. Siete años más tarde, siendo ministro plenipotenciario argentino en el Perú, el viudo pasó a segundas nupcias en Lima, el 18-XII-1878, con Leonor de Tezanos Pinto y Segovia, limeña venida al mundo el 26-VIII1850 y que dejó de existir en Buenos Aires el 13-X346

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1916 (hija de Jorge de Tezanos Pinto y Sánchez de Bustamante n. Jujuy el 23-IV-1816 y fall. en Lima el 29-XI1897, y de la peruana Josefa Victoria Leonor de Segovia y del Rivero del Risco y Gamio). Estos resultaron los hijos del antedicho primer matrimonio: a) Rita Uriburu Uriburu n. en 1858 y fall. en Sucre en 1888. Casó en 1881 con Eduardo Calvo La Torre. Con sucesión: los Calvo Uriburu, Oropeza Calvo Uriburu, Gantier Calvo Uriburu, etc. etc.. b) Sara Uriburu Uriburu, n. en 1860; fall. soltera. c) Jorge Uriburu Uriburu, n. en 1862. Murió de 9 años en 1871, durante la epidemia de fiebre amarilla que asoló a la población de Buenos Aires. Sus despojos reposan en nuestra bóveda de Ibarguren, en la Recoleta, junto a los de su madre, fallecida a los pocos días de resultas del mismo flagelo. d) Carlos Evaristo Uriburu Uriburu n. en Bs. As. el 19X-1866; fall. infante. e) Virginia Uriburu Uriburu n. Bs. As. el 4-VIII-1868; fall. en 1938. Casó el 24-X-1889 con Isaac Aranibar Arce. Estos fueron sus hijos: e1) Virginia Aranibar Uriburu, casada con Pablo Rache. 2 e ) Manuel Aranibar Uriburu. e3) José Aranibar Uriburu, casado con Julia Angélica Bünsow, sin sucesión. 4 e ) Raúl Aranibar Uriburu, casado con Elena Neira Quiroga. 5 e ) Jorge Carlos Aranibar Uriburu. Hijos del segundo matrimonio de don José Evaristo fueron: f) José Evaristo Uriburu Tezanos Pinto, n. en la Legación Argentina en el Perú, el 13-II-1880 y fall. en Bs. Uriburu

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As. el 29-VII-1956. Casó el 15-IX-1903 con Agustina Eloisa Roca y Funes, n. en Bs. As. el 20-VI-1881 y fall. aquí el 11-V-1969 (hija del Teniente General Julio Argentino Roca y Paz, dos veces Presidente de la Nación, y de Clara Funes Díaz y González). José Evaristo (hijo) fue nuestro primer Embajador en la Gran Bretaña, escribió Historia del General Arenales, su bisabuelo, y mandó imprimir las Memorias de su tío abuelo Dámaso Uriburu. Hubo los siguientes hijos: f1) José Evaristo Uriburu Roca n. el 7-VIII-1904, soltero. 2 f ) Alejandro Julio Uriburu Roca n. el 16-III-1906. Murió el 29-VI-1919 mordido por un perro rabioso de la Estancia “La Paz”, en Córdoba. f3) Clara Agustina Uriburu Roca n. 1-IV-1908. Casó en 1939 con Eduardo Cernadas (hijo de Alfredo Cernadas y de María Magdalena Martel). Con sucesión. 4 f ) Julio Argentino Uriburu Roca n. el 8-VI-1909. Casó con Elvira Durand. 5 f ) Guillermo Uriburu Roca n. el 16-X-1910, soltero. f6) Leonor Josefina Uriburu Roca n. el 26-X-1912. Falleció en octubre de 1918 de hidrofobia, mordida por el mismo perro que causó la muerte de su hermano Alejandro. f7) Agustín Uriburu Roca n. el 29-V-1915. Murió en 1969. f8) Agustina Inés Uriburu Roca n. el 16-XI-1917. Casó con Heriberto Duggan Ham (hijo de Juan Duggan y de Margarita Ham). Con sucesión.

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g) Leonor Emilia Uriburu Tezanos Pinto, n. en la Legación Argentina de Santiago de Chile el 30-V-1885. Casó en Bs. As. el 28-V-1904 con Emilio Evaristo de Anchorena Castellanos, baut. en Bs. As. el 11-XI1880; fall. el 17-XII-1916 (hijo de Nicolás Hugo de Anchorena Arana y de Mercedes Castellanos y de la Iglesia). Su sucesión se consigna en el apellido Anchorena. E) Brígido Napoleón Uriburu Arenales — bautizado con tales nombres pero conocido toda su vida solamente como Napoleón — nació en Salta el 8-X-1838. De impetuoso temperamento, desde niño fue muy dado a admirar a su tocayo el genio de la guerra, y a su abuelo, el héroe de La Florida. Con esta inclinación ingresó en la Guardia Nacional de su provincia, y después de oler la pólvora y de correr los riesgos del combate en tres campañas contra indios y “montoneros” riojanos, inicióse militar de profesión en 1863, al formarse el regimiento 8º de infantería de linea. Su jefe, el Coronel Diego Wellesley Wilde (británico de nacimiento, marido de la tucumana Visitación García y padre de Eduardo, hombre público y finísimo escritor) le comunicaba, el 10-VII-1863, desde Salta, al Presidente Mitre: “Cuando llegó a mis manos el supremo decreto ordenando la formación del 8º de linea … deseaba que la mayor parte de los oficiales fuesen formados por jóvenes decentes de estas provincias (Salta y Jujuy), aún cuando tuviese que ponerlos en un largo aprendizaje. Las primeras familias del país ofrecen a sus hijos para ese objeto. Hay dos Tenientes Coroneles de la Guardia Nacional, don Napoleón Uriburu y el doctor don Emilio Echazú, ambos jóvenes Uriburu

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muy distinguidos y que han hecho la campaña a La Rioja. Si V.E. los declara Capitanes del 8º, tendríamos en ello una cosa buena”. Y el 20 de septiembre el referido Coronel lo propuso a nuestro Napoleón para Capitán de la nombrada unidad: “joven — le decía Wilde a Mitre — de mérito, valor y antecedentes conocidos, que ha prestado servicios en dos expediciones sobre los indios bárbaros y ha hecho la campaña última a La Rioja, dejando sus intereses por ser útil a la causa de la República; es nieto del ilustre General Arenales”. El batallón 8º de línea fue luego trasladado a Jujuy, menos su primera compañía — “granaderos” — que quedó en Salta, a las órdenes del Capitán Uriburu. En esa época gobernaba la provincia Juan Nepomuceno de Uriburu (mi bisabuelo) — tío carnal de Napoleón —; y en la noche del 14 al 15 de marzo de 1864, en Jujuy, Isidoro López — yerno del Coronel Wilde, jefe del 8º — y otros enemigos políticos de la situación salteña, amotinaron aquel contingente armado y lo hicieron marchar sobre Salta, a fin de quitarle el mando a su Gobernador. El entonces sargento 1º o “cadete” José María Uriburu Arias — primo hermano de Napoleón — que se hallaba en Jujuy incorporado a dicha tropa sublevada, logró escapar a Salta a uña de caballo, y ahí aviso de lo ocurrido. El Gobernador Uriburu, en consecuencia, moviliza a la Guardia Nacional y a la compañía de línea mandada por Napoleón, y pone ambas fuerzas bajo la jefatura de su sobrino “Pepe” Uriburu Poveda; quien en el acto sale a batir a los insurrectos. Y el 18 de marzo, en el lugar llamado “Los Sauces”, nueve leguas al norte de la ciudad de Salta, la hueste uriburista, tras breve combate, derrota por completo a dicha soldadesca desenfrenada, capturando a casi todos los sediciosos. (Este motín del 8º de línea lo trato, sin omitir detalle, en la biografía de mi bisabuelo Juan N. de Uriburu). Según reminiscencias escritas 32 años después de los sucesos, por un señor Evaristo Moreno, que se dice testigo y demuestra pésima voluntad hacia los Uriburu, 350

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el Capitán Napoleón regresó a Salta “con unos 160 prisioneros que conducía maniatados, entre los cuales clasificó él a los promotores de la sublevación, y los hizo flagelar, aplicándoles en el patio del Cabildo trescientos azotes a cada uno”. Dos meses más adelante (8 de mayo) Napoleón interviene en la “revolución de los Uriburus” (de la que me ocupo en la biografía del Gobernador don Juan). En esa turbulencia política, aquel y toda su parentela gobernante hicieron “pata ancha” acorralados en la ciudad; sitiados por espacio de veintisiete días, hasta que (4 de junio) cayó la plaza en poder de los antiuriburistas — llamados “constitucionales” —, cuyas fuerzas ascendían a 2.000 o 2.500 hombres, frente a 500, aproximadamente, que sostenían a los Uriburu, “la mayor parte de los cuales había sido conducida contra su voluntad” — al decir del testigo ocular Evaristo Moreno. Prisionero de los “constitucionales”, Napoleón Uriburu fue encerrado con grillos en un inmundo calabozo; lo mismo que su padre don Evaristo, su primo hermano “Pancho” Uriburu Patrón, el Mayor Emilio Alfaro, Comandante del 8º (especialmente escarnecido en forma bochornosa), y los oficiales Luis E. Borelli, Ramón Vázquez y José Desiderio Cuevas. Salvo el viejo don Evaristo — que recobró la libertad después de 1 mes y 14 días — y el joven “Pancho” Uriburu — para quien se pedían 7 años de prisión —, Napoleón y demás camaradas del ejército de linea permanecieron en la cárcel de Salta, sometidos a crueles torturas físicas y morales, durante — exactamente — 5 meses y 14 días; al cabo de los cuales fueron entregados por el gobierno salteño a la justicia nacional, tal como lo reclamaba el Presidente Mitre. Sujeto a aquel innoble tratamiento, “Napoleón Uriburu, Capitán de la Nación en activo servicio, preso y engrillado en la cárcel pública”, le dirigió al Gobernador Cleto Aguirre una nota en la que decía: “por sólo haber dicho a mis guardias que no se empeñen tanto en Uriburu

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cuidarme, pues no había de huirme de esta cárcel, porque mi honor me lo privaba, el Capitán Peña me ofreció ponerme mordaza, e inmediatamente don Martín Cornejo me hizo sacar de esta cárcel al patio principal, y delante de toda la tropa me insultó, llamándome bandido y asesino, ordenando a sus soldados que a la primera palabra que dijera me rompieran la cabeza; también delante de la tropa me amenazó con darme quinientos azotes. Aquel que se encuentre en la situación en que yo me hallo, preso, con grillos, teniendo por habitación un inmundo calabozo, por compañeros de prisión hombres perdidos, la hez de la sociedad, ladrones, asesinos, criminales de toda especie; a éste, repito, le es permitido lanzar una palabra de queja bajo la amargura de la situación en que se halla … Si he cometido crímenes pueden fusilarme; espero tranquilo el fallo de los jueces, porque mi consciencia nada me acusa; pueden darme la muerte, y esto será más honroso para mí y para mis guardianes; pero no pueden impunemente ultrajarme como lo han hecho … A V.E., como agente natural del Gobierno nacional, encargado de velar no sólo porque se respete la dignidad humana en la provincia, sino también el honor de los soldados de la Nación, pido se sirva poner el remedio que merece la reprensible conducta del jefe de éste principal”: Martín Cornejo. Ello resultó inútil, Martín Cornejo subió de punto en sus vejámenes. Entonces Napoleón y Pancho tramaron una escapatoria audaz. En octubre de 1864, la recalcitrante enemiga de los Uriburu, doña Gregoria Beeche de García, pintábale a su hijo Adolfo, ausente en Paris, este horrendo panorama: “El 4 del corriente mes descubrió don Cleto una revolución que le habían fraguado dentro del principal, o en la misma prisión, Napoleón y Pancho Uriburu, habiendo seducido 6 cabos y un sargento. Uno de los mismos, que era del país salteño, los vendió, porque los otros eran forasteros, y han descubierto todo el plan. Debían asesinar a puñaladas a Cornejo y a los oficiales del principal, luego al Gobernador 352

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y al Ministro y dar libre saqueo después de recibir cien pesos cada uno, que ya les habían dado algo a cuenta. En el momento les pusieron a todos grillos, y están incomunicados todos, siguiéndoles la causa; pero no creo (sic) que haiga en Salta calzones para fusilar a ninguno. Napoleón ha confesado que es cierto, pero que no pensaba matar a nadie, sino fugar todos los presos cansados con la prisión; y de este modo nos hemos explicado cual fue la precipitación de marcharse a Jujuy toda la familia Uriburu”. Y dos semanas más tarde (24 de octubre) corría de nuevo vehemente la pluma de la señora con estas noticias: “Ante noche resultó otra conspiración en el cuartel. Serafina (Uriburu, hermana de Napoleón y mujer de don “Pepe”, éste ya a salvo en Tucumán) había comprado a un oficial en el cuartel dándole tres onzas y cincuenta pesos en plata y una letra para Tucumán. El oficial le avisó al momento a Cornejo, y el Gobernador le dijo que callara nomás. Se iban a fugar Napoleón y Pancho, para lo que habían puesto en la zanja del Estado 2 buenos caballos, con pistolas y 4 hombres bien armados. Fueron a las dos de la mañana y los tomaron a todos; y se han hecho de buenos caballos ensillados y revólveres los oficiales del cuartel. Muy luego se le presentó Serafina a don Cleto, con esa impavidez que tiene, y le dijo que había pecado, y que la castigaran; que sí le había dado (plata) al oficial por salvar a su hermano, y se echó a llorar. Don Cleto se conmovió, y después de haberle hecho ver que no hacía más que poner en peor estado la causa de los presos con esas cosas, mandó soltar a los que tomaron; es decir a los 4 hombres que iban a acompañarlos. La causa de Napoleón dicen que se ha concluído, saliendo sentenciado a muerte; y Pancho a 7 años de presidio; pero le he oído decir a don Cleto que los vá a mandar a Buenos Aires a todos los presos, para que allí los juzguen en Consejo de Guerra. Nos libraremos de ellos”.

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Familias enemigas de los Uriburu festejaron alborozadas este triunfo de Cleto Aguirre con una excursión campestre. “Al día siguiente de estas cosas — agrega en su carta doña Gregoria Beeche — ha habido un paseo, ayer domingo, que ha sido tan concurrido, poniéndoles a cada familia un plato. A Jacoba (Beeche de Tezanos Pinto) le cupo las sopas, a las Gorostiagas las empanadas, y así a las demás. Ayer era un alboroto de galeras (carricoches): las Gurruchagas, Alemanes (Isabel Alemán Tamayo, casada con Martín Cornejo, y Azucena Alemán Tamayo, madre del Ministro Pancho Ortiz), Ortices, doña Lorenza (Arias de la Corte, mujer de Aniceto Latorre), y Salta entera. Dicen que estaba esa quinta de Graña para retratarla, con más de doscientas personas que formaban el paseo … de regreso combinaron en bajarse todos en lo de las Gorostiagas, y siguieron bailando hasta las 12 de la noche, que sentí a las de casa que regresaron”. Cuatro meses después, la Argentina es provocada y entra en guerra con el Paraguay. El Capitán Napoleón Uriburu — absuelto en la causa por revuelta política que se le siguió — se incorpora (15-IV-1865) al primer cuerpo del ejército, como ayudante del General Wenceslao Paunero. Asiste al asalto y toma de Corrientes y, en adelante, participa en las acciones de Yatay (donde recibe la espada del jefe paraguayo rendido, Duarte, y luego se le asciende a Mayor del batallón 2º de linea), Uruguayana, Pehuajó, Paso de la Patria, Itapirú, Estero Bellaco, Tuyutí, Yatayti-Corá, Boquerón, Sauce y Curupaytí. En 1867 el mayor Uriburu es designado segundo comandante del 1º batallón de Corrientes, y, con posteridad, vuelve a la patria, y queda a órdenes del General Conesa. Viaja a Tucumán, en los primeros meses de 1868. Allí provoca a duelo a Cleto Aguirre, quien — como lo detallo en la biografía de mi bisabuelo Juan N. Uriburu — rehuye el lance, a pretexto de que en su carácter

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de hombre civil manejaba con menos experiencia las armas que un militar. Poco más tarde, de orden superior, se da a la tarea de organizar un regimiento de caballería, formado con nativos de Salta y de Jujuy. En esta última ciudad, contrae matrimonio, el 13-XI-1869, con la jujeña Guillermina Bárcena, baut. el 29-I-1851 (hija de José Benito Bárcena Mendizabal Goyechea López de Velasco, médico, caudillo político, ex Gobernador de Jujuy y Senador Nacional, y de Julia Fernández de los Santos). Ulteriormente aquella unidad montada, con su jefe a la cabeza, se destina a la frontera de Orán. Desde allí recorre Napoleón Uriburu el Chaco hasta Corrientes, y — como sus antepasados conquistadores — somete a once caciques con sus respectivas tribus: miles de indios que serán luego empleados en las zafras azucareras de los ingenios norteños. También en esa campaña, una patrulla de Uriburu despejó el territorio argentino de cierto escuadrón boliviano, subordinado a un Mayor Terán, que incursionaba a través de nuestra desguarnecida raya limítrofe. A fines de 1870, por nominación del Gobierno nacional, Uriburu cubre al puesto de Jefe de la frontera de Salta. Ascendido a Teniente Coronel, pasa, en 1875, a desempañar el cargo de Gobernador del Chaco. En ejercicio de esas responsabilidades, llevó a efecto una batida contra los indios que asolaban algunas poblaciones chaqueñas, y, tras penosa marcha, donde sus fuerzas “quedaron casi a pie”, atacó las tolderías de los caciques “Noiroidife” y “Silketroique”, derrotando en reñidos encuentros a las hordas de esos bárbaros irreductibles. De nuevo en el asiento de su comando fronterizo en Salta, Napoleón Uriburu tercia, con 50 soldados del regimiento 12 de caballería, en la política jujeña, al estar en juego la candidatura a Senador Nacional de su suegro José Benito Bárcena, apoyada en mayoría por la Legislatura, contra la del Gobernador saliente Cástulo Uriburu

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Aparicio. El conflicto originó el envío a Jujuy de la Intervención Nacional, a cargo de mi abuelo Federico Ibarguren, en cuya biografía hago el relato circunstanciado del episodio. En 1879 nuestro Napoleón, al frente de al 4ª división del ejército, marcha a la “Conquista del Desierto”, puesta bajo la autoridad suprema del Ministro de Guerra General Roca. Dicha división salió de San Rafael, Mendoza, “y penetró — indica Jacinto R. Yaben en sus excelentes Biografías — resueltamente en los valles de la Cordillera de los Andes, ocupando los pasos del Sud, por donde los indios arreaban grandes cantidades de ganado a Chile”. Después, Napoleón y sus hombres llegan a “las juntas del Covunco con el Neuquén”; alcanzan luego el “Mangrullo”, siempre sobre la margen derecha del Neuquén, estableciéndose a dos leguas más abajo, en “Los Médanos”. El General Roca, en su parte de campaña elevado desde “Choele Choel”, elogia la conducta de Uriburu y la de los demás jefes y oficiales de aquella división. “Los frios son considerables, hoy tenemos 9° bajo cero” — le escribió Uriburu, el 12-VI1879, al Ministro General Roca, cuando ya había ocupado la mitad del territorio neuquino hasta el río Limay; o sean los dominios del cacique “Purrán”, jerarca supremo de 22 tribus “picunches”, en cuyos valles también residían, como arrendatarios de los salvajes, estancieros y pobladores de raza blanca. “Ricos hacendados chilenos — señala el General Francisco Vélez en su libro sobre Roca —, entre los que se contaban los señores Urréjola, Pray y Bulnes, quienes crearon allí establecimientos ganaderos que les proporcionaban cuantiosas ganancias, pues les servían para engordar el ganado con que abastecían el mercado de Chile, ganado que provenía principalmente de los campos de Buenos Aires, de Santa Fé y Córdoba, que los indios transportaban por millares en cada malón”. Ya promovido a General de Brigada, y a vuelta de desempeñar varios cargos administrativos y la jefatura 356

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de la Iª Brigada del 3° Cuerpo de Ejército, Napoleón participa en la revolución del 90, actuando en defensa del Parque de Artillería. Vencidos los rebeldes, mi tío abuelo fue dado de baja, mas esta medida quedó sin efecto por la ley de amnistía que se promulgó un mes después. En 1891 al General Napoleón Uriburu se le nombra Gobernador del Chaco (Formosa), responsabilidad que ejerce hasta 1894. (Allí llevó como ayudante a un jóven sobrino suyo, el Subteniente José Félix Uriburu, con horóscopo preclaro, qué duda cabe). Su postrer empleo fue el de Director del Arsenal de Guerra. Un cáncer a la garganta le arrebató la vida, el 8-IX-1895, a los 57 años de edad. En su pecho brillaron las condecoraciones de la toma de Corrientes, de la batalla de Yatay — concedida por el Gobierno Oriental —, de la rendición de Uruguayana — que acordó el Emperador del Brasil —, los cordones de plata de Tuyutí, el escudo del mismo metal por el asalto a Curupaytí, las insignias otorgadas al final de la guerra del Paraguay por las autoridades argentinas, brasileñas y uruguayas; además del par de medallas de oro que ganó tras sus campañas del Rio Negro y el Chaco. Paul Groussac, en Los que pasaban, dejó escrita esta aguda y cariñosa semblanza del, para los de mi casa, “tío Napoleón”: “Por esos meses (de 1874) vino a estacionarse en Tucumán el regimiento 12 de caballería … Mandábalo el teniente coronel Napoleón Uriburu, miembro de la poderosa familia salteña … A decir verdad, sus modales desenvueltos de oficial buen mozo y fanfarrón no me atraían. Bello, erguido, ceñido en su galoneado uniforme … con su afilado bigote y su aire conquistador me inspiraba verdadera antipatía, en la quizá entrara cierta envidia mezclada de timidez. ¡Hasta ese nombre de ‘Napoleón’, en un ‘militarcito de tres al cuatro’ me sonaba a mojiganga! … Persistía esta primera impresión, cuando a las cuatro o cinco semanas de estar en Tucumán el regimiento, las circunstancias nos Uriburu

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acercaron. A los pocos días éramos amigos, y para siempre … En la intimidad y descortezado de su exterioridad fanfarronesca, más aparente que real, Napoleón Uriburu presentaba un brillante ejemplar del antiguo oficial argentino: sin más escuela que algunas lecturas y poco sabedor de teorías o cálculos, pero leal, caballeresco, intrépido; a trueque de algo indisciplinado y arrastrador de sable; en la paz siempre listo; en la guerra para cualquier empresa heroica; y si un tanto valentón, ¡tan real y pródigamente valiente! Cuando eran dichos oficiales bien nacidos, como éste (entonces, más que hoy, representaban unidades dispersas entre decenas de bravos acuchilladores salidos de las filas), su trato familiar, mezcla de fina urbanidad, confianza criolla y franqueza militar oliendo a campamento, resultaba singularmente atrayente. Uriburu ofrecía a este respecto, contrastes tan marcados en lo físico (así, v. gr., su vozarrón de soldado, discordando con las finísimas facciones), y que sólo acabé de explicarme más tarde, conociendo, por una parte, a sus consanguíneos de Salta o Buenos Aires, y por la otra, su accidentada y gloriosa carrera — que no era, por cierto, la de un guerrero de antecámara —, desde la campaña del Paraguay hasta la pacificación de la frontera chaqueña. Tanto nos intimamos entonces, que, nombrado gobernador del Chaco en 1875, casi me indujo a seguirle como secretario de la gobernación; se opuso a ello Avellaneda, colocándome en teatro menos agreste. Los años siguientes volvimos a vernos en Santiago, Salta, Jujuy, Buenos Aires. Aquí vivíamos juntos en una casa amueblada, por Lavalle y Florida. Con el insoportable ex mayor y periodista Eliseo Acevedo me asistió en un duelo … Más tarde la vida nos separó … El día de la revolución del 90 nos encontramos en el Círculo de Armas … Sin misión ni compromiso con los revolucionarios, el general Uriburu había acudido al Parque, “marchando al cañón”. Nuevos remolinos de la vida nos separaron. A mi vuelta de los Estados Unidos supe que, llamado a la dirección del Arsenal de guerra, 358

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ya enfermo de la afección que no perdona, había tenido que renunciar, faltándole las fuerzas hasta para el descansado empleo. Confieso que, yendo algunas veces a su casa, me resistí a verle y comprobar lo que, bajo el horrible mal, había quedado del bello y jovial Napoleón de otros tiempos. Murió el 8 de septiembre de 1895, y también en el Courrier Français del día siguiente, dije, mejor que ahora, que fuertes vínculos de simpatía me habían ligado a ese buen soldado argentino y digno descendiente de Arenales”. Napoleón Uriburu con su esposa Guillermina Bárcena — fallecida el 2-II-1902 — hubo los siguientes hijos: a) Guillermina Tomasa Uriburu Bárcena n. en Jujuy el 13-XI-1870; fall. en la infancia. b) Manuela Guillermina Uriburu Bárcena b. Jujuy el 24-XII-1872. Casó en Bs. As. el 12-I-1895 con Pablo Escalada Saavedra, Coronel de la Nación n. Bs. As. el 19-VIII-1867, fall. el 17-XII-1913 (hijo de Pablo Enrique Escalada López Camelo Gadea y González y de Marcelina de Saavedra Haedo Otárola y Soler). Con sucesión: los Escalada Uriburu, Paez Carrillo Escalada Uriburu, Paez Escalada Scaravino, Aguilar Escalada Uriburu, Escalada Uriburu Rodríguez Riglos, Escalada Uriburu Ojea Pacheco, etc. etc.. c) Benito Uriburu Bárcena b. en Jujuy el 12-V-1874; fall. soltero el 19-VI-1919. d) Arenales Uriburu Bárcena b. en Jujuy el 30-I-1875. Coronel de la Nación e Ingeniero civil; precursor de nuestra aeronáutica de combate y Primer Director de la Escuela Militar de Aviación, fundada en 1912 por el Presidente Sáenz Peña y su Ministro de Guerra General Gregorio Vélez, en el campo de “El Palomar”. El Coronel Arenales Uriburu — hoy injustamente olvidado en medio de tantos superhombres de pacotilla — murió soltero, sin sucesión. e) María Uriburu Bárcena, n. Bs. As. el 9-II-1876, fall. párvula. f) Mario Uriburu Bárcena, b. el 18-I-1878, soltero. Uriburu

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g) Napoleón Evaristo Uriburu Bárcena b. 9-X-1880. Soltero. h) Severo Uriburu Bárcena. Casó en Bs. As. con Aurora Eloisa Castro Contreras (hija de Abelardo Castro y de Griselda Contreras). Padres de Sergio Abelardo y de Guillermina Uriburu Castro, nacidos el 19-II1910 y 12-VI-1911, respectivamente. i) Rafael Guillermo Uriburu Bárcena b. el 13-VI-1891. Soltero. F) Asunción Uriburu Arenales n. en Salta en 1838; fall. en Bs. As. el 17-I-1933. Casó en Salta el 3-I-1864 con su primo Francisco Valdés Saravia (hijo de Juan Francisco Valdés Hoyos Fernández y Torres y de Inés Saravia Tineo Arias Velázquez Castellanos). Sin sucesión. G) Florentino Alejandro Uriburu Arenales n. en Salta en 1842, fall. soltero. H) Evaristo Uriburu Arenales n. en Salta en 1845. Casó en Bs. As. el 27-IX-1873 con Sara Appleyard n. en Entre Ríos en 1851, “de religión disidente” (hija de Benjamín Appleyard y de Inés Burns, nacidos en Inglaterra). Fueron padres de: a) Enriqueta Uriburu Appleyard, que casó en 7-XI-1897 con Eduardo García Sobral Tejeiro. b) Asunción Uriburu Appleyard, soltera. c) Jorge Uriburu Appleyard n. Bs. As. el 11-III-1876, soltero. d) Guillermo Uriburu Appleyard, soltero. e) Dolores Josefa Uriburu Appleyard, que casó el 26VII-1913 con Santiago Repetto. f) Sara Uriburu Appleyard, casada con Juan Ripossini. g) María Inés Uriburu Appleyard, casada con Domingo Fratel. h) María Luisa Uriburu Appleyard, soltera. I) Josefa — “Pepa” — Uriburu Arenales. Casó con Juan Girondo Aramburu. Fueron sus hijos: a) Juan Girondo Uriburu, falleció niño. b) Eduardo Girondo Uriburu, Ingeniero. Casó con Elena Lividis, griega. Sin sucesión. 360

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c) Laura Girondo Uriburu. Casó 1º el 17-II-1902 con Jaime Estanislao Mulhall n. 13-XII-1875 (hijo de Edward Thomas Mulhall Flood y de Eloisa Eborall Redding). Después Laura se unió con Axel Paulín, n. en Noruega. Hubo ella 3 hijos: los Mulhall Girondo Uriburu; Josefina, n. 19-V-1903, que casó el 22-XII1928 con Juan Antonio Gowland Grondona, s.s.; Guillermo Federico n. 17-IV-1905, fall soltero el 31I-1958; y Laura, n. 27-IV-1907, que casó el 3-X1938 con Juan Carlos Cerqueira y fall. el 26-VI1975, sin sucesión. d) Rafael Girondo Uriburu, casado con Hebe Pirovano Naón (hija de Juan Pirovano Allena y de Carlota Naón Capanegra). Sin sucesión. e) Lucio Girondo Uriburu, falleció soltero. f) Alberto Girondo Uriburu, que casó con Gloria Alcorta Mansilla (hija de Rodolfo Alcorta Martínez y de María Rosa Mansilla Godoy Ortiz de Rozas Romero Quiroga). Sin sucesión. g) Oliverio Girondo Uriburu, n. Bs. As. el 17-VIII-1891. Poeta lleno de gracia y talento. Una vez, en 1926, Oliverio le dijo a cierto antologista: “Me pide Ud. algo que no tengo: una biografía compacta y precipitada, la que no soy capaz de escribir: sería demasiado deshilvanada y lenta. Atribúyame Ud. la de mi bisabuelo Arenales o la del cotudo que lo asistía; invente la vida más chata y más inútil y adjudíquemela sin remordimientos … cualquier cosa … menos forzarme a reconocer que soy un hombre sin historia…” Casó con la escritora Norah Lange n. en 1906, de padres noruegos. Falleció Oliverio el 24-I1967 sin hijos, y Norah unos años después. J) María Uriburu Arenales n. en Salta el 14-X-1853; fall. en Bs. As. el 29-VI-1881. Casó el 9-VII-1875 con Virgilio Mariano Tedín y Tejada, “el Juez Tedín’, n. en Salta Uriburu

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el 18-XII-1850; fall. en Bs. As. el 19-VI-1893 (hijo de Pio José Tedín Castro y Zabala y de Eulogia Tejada Güemes Fernández y Goyechea). De viudo, don Virgilio pasó a segundas nupcias, el 17-VIII-1884, con María de Zavalía Torres Cabrera (hija de Salustiano de Zavalía Iramain, Ministro del Interior, Vocal de la Corte Suprema, y de Dolores Torres Cabrera Quintana y Gastañaduy). Hijo del primer enlace, pués en el segundo no hubo sucesión, fueron: a) Alberto Tedín Uriburu n. en Bs. As. en 1876; fall. el 30-VI-1911. Casó el 4-V-1905 con Angélica Constanza Bunge Guerrico b. el 27-XI-1885 (hija de Hugo Augusto Bunge Ramos Mexía Basabilbaso y de Mercedes de Guerrico y Aguirre Maza y Manterola. Estos resultan sus hijos: a1) Hugo Virgilio Tedín Uriburu Bunge n. 1906. Casó el 9-V-1932 con Susana Bunge Martínez n. 17-II-1909 (hija de Ricardo Francisco Bunge Chas y de Luisa Martínez Barker Leal). Con sucesión. 2 a ) Alberto Virgilio Tedín Uriburu Bunge n. 7-X1907. Casó el 23-VI-1935, con María Amelia Schindler Rosa n. el 11-VI-1910, (hija de Alberto Schindler Brabo y de María Amelia Rosa Rodríguez). Con sucesión. 3 a ) Horacio Virgilio Tedín Uriburu Bunge n. 7-X1908. Casó con Delia Julia Iriarte Udaondo n. 16VI-1916 (hija de Federico Dionisio Iriarte Arriola y de Amalia Andrea Udaondo Peña Ortiz Basualdo Zelaya). Con sucesión. 4 a ) Virgilio Tedín Uriburu Bunge, n. póstumo el 7XII-1911. Casó con Isabel Marcó Bonorino (hija de Horacio Marcó y de Isabel Bonorino Udaondo). Con sucesión. b) María Tedín Uriburu n. 20-II-1878. Casó 1º con Juan Chapar, y en 2as nupcias con Gregorio Araoz Alfaro, el 26-I-1932, conocido médico, n. en Tucumán en 362

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1870 y fall. en Bs. As. el 25-VIII-1955 (hijo de Gregorio Araoz Zavaleta y de María Susana Alfaro, y viudo, con hijos, de Celina Maturana Ayarragaray). Hubo doña María solamente descendencia de su primer enlace con Chapar: b1) María Lia Chapar Tedín, que casó con Luis González Guerrico (hijo de César González Segura y de Anatilde Guerrico Aguirre). Con sucesión. 2 b ) Juan Chapar Tedín, que casó en 1933 con Carlota Pirovano Pirovano (hija de Aquiles Pirovano Naón y de Catalina Pirovano Alzaga). Hija única: Carlota Chapar Pirovano n. 1934, casada con Juan Gonzáles Aguilar, con sucesión. 3 b ) Sylvia Chapar Tedín, que casó con Ricardo Sunblad Amadeo (hijo de Ricardo Sunblad Ramos Mexía y de Julia Amadeo Rezábal Bustillo). Con sucesión. c) Virgilio Tedín Uriburu n. 1879, fall. el 22-XII-1939. Casó el 12-V-1907 con María Esther Ledesma, con la que no tuvo descendencia; y, en 2as nupcias con Petrona Herrera, quien tampoco le dejó sucesión. Reconoció este hijo: c1) Mario Tedín Uriburu, que casó Esther Furst Zapiola. d) Lia Tedín Uriburu, que casó el 15-VIII-1905 con Mariano Eduardo Obarrio González n. 13-X-1864, fall. 3-VIII-1918 (hijo de Mariano Obarrio Lezica y de Corina González). Procrearon estos hijos: d1) Lia Angélica Obarrio Tedín n. 2-VIII-1906, que casó con Rodolfo Amadeo Battilana (hijo de Raúl Amadeo Rezábal Bustillo y de Josefina Battilana Font). Con sucesión. 2 d ) Celia Susana Obarrio Tedín n. 25-X-1910; fall. 14-VIII-1911. 3 d ) Mariano Virgilio Obarrio Tedín n. 4-VI-1917.

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4) Vicente de Uriburu y Hoyos, nació en Salta en 1798 y lo cristianaron entonces de socorro. Tres años más tarde, el 20-VII-1801, fue bautizado solemnemente con óleo y crisma, en la Catedral salteña. Tenía sólo 14 años cuando se incorporó al ejército de Belgrano, “en calidad de voluntario”. Peleó en la batalla de Salta y fue ascendido a Alférez. Más tarde formó en el regimiento “Infernales” de Güemes con el grado de Capitán. Su denuedo quedó demostrado, otra vez, en el combate de Huacalera — Tilcara, Jujuy —, “en el cual — transcribo al biógrafo de militares Jacinto R. Yaben — recibió una grave herida y casi hubo de perder la vida a manos de los enemigos, a no haber intervenido oportunamente el bravo Coronel Mateo Rios, que lo salvó ayudándole a levantarse y montar a caballo. En esta oportunidad, el Capitán Uriburu fue ascendido a Sargento Mayor sobre el campo de batalla. Al terminar la guerra de la independencia, en 1825, se retiró del ejército con el grado de Teniente Coronel”. En 1831, luego de la victoria de Quiroga sobre La Madrid en Tucumán y de la renuncia del Gobernador de Salta General Rudecindo Alvarado, la Sala de Representantes de esta provincia “confió — dice el historiador Atilio Cornejo — el gobierno al Coronel Alejandro Heredia y al Dr. Francisco de Gurruchaga, y nombró una comisión legislativa permanente compuesta por don José Tomás de Toledo, don Saturnino Tejada y don Vicente de Uriburu; resolviendo, además, enviar a Quiroga sus proposiciones de paz”. Conforme al tratado suscripto, Vicente Uriburu, su hermano Dámaso y otros adversarios del Tigre de los Llanos se vieron obligados a emigrar a Bolivia. Allí, en Santa Cruz de la Sierra, formó su hogar con Juliana Avila. En 1841 Vicente se hallaba en Cinti y les mandó a Salta 850 pesos a sus hermanos Juan y Dámaso, aconsejándoles no meterse en política. De esos pesos y de toda la correspondencia que traía el correo de Bolivia, se apoderaron los secuaces unitarios de la Madrid, a título de que los Uriburu conspiraban contra los enemigos de Rosas. Una década más adelante, regresó Vicente Uriburu a su provincia natal. 364

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Se instaló en Orán, donde llegó a ocupar el cargo de Teniente de Gobernador. Allá falleció el 19-III-1871, y lo depositaron en una tumba de la iglesia matriz, “con grandes honores”. Estos resultaron sus hijos: A) Federico Uriburu Avila, n. en Santa Cruz de la Sierra. Casé en Salta el 3-I-1864 con su prima hermana Julia Uriburu Arenales (hija del Coronel Evaristo de Uriburu Hoyos y de “Pepa” Arenales Hoyos). Son los padres de: a) Federico Uriburu Uriburu, baut. el 22-XII-1873; fall. infante. b) Vicente Uriburu Uriburu, baut. el 23-X-1875; fall. niño. c) Elvira Uriburu Uriburu, que casó con Joaquín Castellanos y Burela, poeta y Gobernador de Salta. Con sucesión. B) Samuel Uriburu Avila, n. Orán. Casó en Salta el 30VIII-1880 con María Figueroa Espeche b. en Salta el 27-III-1858 (hija del salteño Rafael Figueroa San Millán y de la catamarqueña Carlota Espeche Cubas). El 18IV-1882, ante el Escribano de Salta Mariano H. de Mendoza, “Samuel Uriburu, casado, propietario”, dió un poder a favor de mi abuelo Federico Ibarguren “vecino de Buenos Aires”, para que en su nombre atendiera la liquidación y el pago de las pensiones devengadas que correspondían a su madre Juliana Avila de Uriburu, esposa del guerrero de la independencia Vicente de Uriburu. Estos resultaron los hijos del matrimonio de Samuel: a) Clarisa Uriburu Figueroa, baut. en Salta el 31-III1883. Casó el 8-VIII-1907 con Gabino Ojeda Fresco (hijo de Nicolás Ojeda y de Pilar Fresco). Con sucesión. b) Samuel Uriburu Figueroa, baut. en Salta el 19-IV1886. Casó con Guillermina Sáenz. Hubo posteridad. c) Federico José Uriburu Figueroa, baut. en Salta el 28X-1888. Casó con Paula Rosa Lauth Uriburu (hija de

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Damián Uriburu y Uriburu y de Margarita Mirás). Prolonga descendencia. d) Rosa Uriburu Figueroa, baut. en Salta el 20-V-1890. Soltera. e) María Ester Uriburu Figueroa, baut. en Salta el 17-X1891. Casó con Julio Usandivaras Figueroa n. en 1888 (hijo de Félix Usandivaras Zerda y de María Nicolasa Figueroa Paz). Con sucesión. f) Ernesto Uriburu Figueroa, baut. en Salta el 17-X1893. Casó con María Clotilde Vélez, con la que hubo por hija a Carina Uriburu Vélez, esposa de un Capitán de Aeronáutica apellidado Martearena. g) Juliana Uriburu Figueroa, casada con Conrado Serrey Dávila, con sucesión. 5) Camilo de Uriburu y Hoyos, baut. en Salta el 30-I-1799. Federal, como sus hermanos, sufrió persecución y un destierro a Bolivia con mi bisabuelo Juan Nepomuceno en 1841, a consecuencia de la invasión unitaria de La Madrid a su provincia. Casose en Salta el 3-IV-1846 con su prima hermana la sanjuanina Delfina Uriburu de la Maza (hija de Juan Antonio de Uriburu Bazterrechea y de su primera esposa Magdalena o Isabel de la Maza). Estos resultaron los hijos de Camilo y Delfina: A) Emilio Uriburu Uriburu, casado con Ricarda Torres. Padres de Emilio Nicolás y de Delfina Uriburu Torres, esposa de Jesús Savoy, con hijos. B) Dalmira Uriburu Uriburu, baut. en Salta el 30-IX-1849. Soltera. C) Benjamín Uriburu Uriburu, baut. en Salta el 4-II-1851. Soltero. D) Benjamina Uriburu Uriburu, baut. en Salta el 13-IX1853. Murió niña. E) Camilo Florentino Uriburu Uriburu, baut. en Salta el 5V-1855. Casó 1º con Felipa Romero Quintana y en 2as nupcias con N.N. Sobrevino su muerte en Salta, en 1891, de “el mal del costado” (pulmonía). Fue hijo de su 1º matrimonio: 366

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a) Camilo Uriburu Romero, n. en Salta. Casó en Córdoba con Rita Sánchez Buteler, fall. allí el 26-X-1973. Fueron padres de 9 hijos; el mayor de ellos es José Camilo Uriburu Sánchez Buteler que fue Gobernador de Córdoba en 1971, y está casado con Estela Isabel Montes. De los esposos Uriburu Romero Sánchez Buteler, deriva numerosa descendencia: los Uriburu Sánchez Buteler, Uriburu Montes, Uriburu Fazio Dorrego, Quiroga González Uriburu, Barros Reyes Uriburu, Pesl Merlini Uriburu, Villamayor Uriburu, Méndez Collado Uriburu, García Mansilla Uriburu, Uriburu Pizarro Garayzábal, Sverdlik Barros Uriburu, Algorta Gaona Uriburu, etc.. Hijo del 2º enlace de Camilo Florentino Uriburu, resultó: b) Federico Uriburu, casado con Elena Carra, con sucesión. F) Nicolás Adolfo Uriburu Uriburu, baut. en Salta el 6-XII1856. Fall. niño. G) Damián Uriburu Uriburu, baut. en Salta el 10-V-1858. Casó con Margarita Mirás. Padres de: Guillermina casada con Apolinario Jáuregui; y de Paulina casada con su pariente Federico José Uriburu Figueroa. Ambas con descendencia. H) Francisco Uriburu Uriburu, baut. en Salta el 2-VIII1860. Murió infante. I) Dámaso Uriburu Uriburu, sacerdote, Dean de la Catedral salteña. J) Teodoro Adolfo Uriburu Uriburu, casado con Dolores Valdés, en la que hubo a: a) Teodelinda Uriburu Valdés, casada con Vicente Pérez Cornejo. Con hijos. b) Teodoro Uriburu Valdés. c) Florinda Uriburu Valdés. d) Luis Camilo Uriburu Valdés n. en Salta. Se casó en Paraná, el 20-XI-1930, con Elvira Castellanos Uriburu (hija del poeta Joaquín Castellanos Burela y de Elvira Uriburu Uriburu). Prolongan descendencia. Uriburu

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6) Pedro de Uriburu y Hoyos, nació en Salta el 18-X-1803. Abogado, recibido en Chuquisaca en 1836, estuvo enrolado, junto con sus hermanos, en el partido federal salteño adicto a Rosas. Debido a ello los unitarios lo persiguieron y tuvo que expatriarse a Bolivia. En abril de 1841, de parte de su hermano el Coronel Evaristo, se entrevistó en el pueblo fronterizo de Yavi con el derrocado Gobernador de Jujuy José Mariano Iturbe, a fin de “trabajar contra los salvajes unitarios existentes en Salta y Jujuy”. Luego fue Juez de Alzada y Gobernador interino de Salta en 1850. En 1852 — caído Rosas — acompañó en su gira por Tucumán, Salta y Jujuy, a don Bernardo Irigoyen, a quien Urquiza había comisionado para disipar recelos y encaminar a los respectivos gobiernos provinciales hacia la institucionalización de la República que se proyectaba. En diciembre del año siguiente, dictada ya la Constitución Nacional en Santa Fé, el Dr. Pedro Uriburu es uno de los caracterizados vecinos que en Salta fundaron la “Asociación”: un nucleamiento de ciudadanos que juró, “en nombre de Dios”, lealtad a dicha Carta Magna y a “los principios consignados en ella que forman el símbolo de nuestra fé política”. Con don Pedro firmaron el acta constitutiva de dicha entidad, su tío carnal el Canónigo Pio Hoyos, su hermano Juan Nepomuceno de Uriburu (mi bisabuelo), el suegro de éste Coronel Pedro Antonio Castro, el sobrino de aquellos José Uriburu Poveda y otros parientes más o menos próximos. De 1854 a 1858 nuestro doctor ocupa una banca de Diputado en el Congreso de la Confederación, establecido “en el Paraná”. En 1859 se desempeña como Presidente de la Cámara de Justicia de Salta, de la que también formaban parte los doctores Pio Tedín y Nicolás Carenzo — éste último antiguo condiscípulo en Chuquisaca y correligionario de Uriburu en las filas del rosismo salteño. Más tarde Pedro Uriburu vino a Buenos Aires representando a Salta como Senador nacional, desde 1862 hasta 1871, año en que le sucedió en la senaturía mi abuelo — y sobrino político suyo — Federico Ibarguren.

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La solidaridad de don Pedro con la politiquera familia de su apellido se puso de manifiesto cuando, el 20-VI1865, el Senado tuvo que prestar acuerdo al nombramiento de Apolonio Ormaechea como Juez Federal de Salta. Don Apolonio había tomado parte activísima contra los Uriburu, en la revolución localista de 1864. El Senador de esta progenie, en consecuencia, se opuso a convalidar a dicho candidato: “Yo creo — dijo don Pedro — que el nombramiento que ha recaído en el Dr. Ormaechea para desempañar el Juzgado de Sección en la Provincia de Salta es desacertado, por la parte que el nombrado ha tenido en los acontecimientos que han agitado a la Provincia, que han producido tal división en el ánimo de sus habitantes que dificilmente podrá tener el Juez nombrado a quien juzgar … Hace un año que la Provincia, sin más intervalo que dos meses, atravesó por dos revoluciones sangrientas. En la primera se conspiró contra el Gobernador Constitucional (mi bisabuelo Juan; sublevación del 8º de línea), lo mismo que en la segunda, en la que apareció el candidato que ha nombrado el P.E. para Juez de sección como el más caluroso opositor del Gobierno … La esperanza que tiene el Gobierno de que el Sr. Ormaechea se expedirá con imparcialidad, por cuanto las pasiones políticas se han calmado, es una equivocación, por que las pasiones se agitan como se agitaron al día siguiente de la lucha … Hoy, Señor, a los hombres más distinguidos se les pegan palizas oficiales y se extrañan de la Provincia … De manera que el mal uso que se ha hecho, ha hecho que los hombre más competentes y honrados de aquel partido se hayan alejado completamente, y no rodean al Sr. Aguirre (don Cleto) más que cuatro o cinco hombres. El Dr. Ormaechea es el partidista más apasionado, el que ha contribuido a que se hiciera mal uso del triunfo, por medio de sus escritos por la prensa y con su influencia en los consejos del Gobierno; el Dr. Ormaechea es uno de los que más ha contribuído a crear la situación anormal de la Provincia de Salta”. Cerrado el debate sobre el controvertido Apolonio salteño, aprobóse raspando por 9 votos contra 7 su nombraUriburu

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miento judicial. Así pués, hasta la muerte suya, ocurrida en 1872, Ormaechea fue juzgador federal en Salta. Vino después de él José Evaristo Uriburu; pero en 1874 éste pasó como diplomático a Bolivia, siendo reemplazado entonces en aquel importante cargo judiciario por Federico Ibarguren, previa renuncia de mi abuelo a sus funciones de Senador Nacional. Pedro de Uriburu y Hoyos habíase casado en Salta con Cayetana Arias Cornejo (hija de Juan Pablo Arias Sánchez y de Lucía Cornejo Castellanos; n. p. de José Manuel Arias Rengel Hidalgo Montemayor y de Margarita Sánchez Fernández Cabezas Zambrano; n. m. de José Antonio Fernández Cornejo Rendón y de María Teresa Castellanos Arias Velázquez). Estos resultaron sus hijos: A) Mercedes Rosa Uriburu Arias Cornejo, baut. en Salta el 28-VIII-1842. Casó 1º el 16-III-1860 con su primo hermano Juan Navea Uriburu, sin procrear sucesión. Luego pasó a 2as nupcias, el 28-I-1880 con Pedro Cornejo Ceballos, viudo de su hermana Rita (hijo de Ciriaco Manuel Cornejo Figueroa y de Rosario Ceballos Figueroa; n. p. de Juan Francisco Fernández Cornejo de la Corte Rendón y Palacios y de Petrona Figueroa Cornejo Toledo Pimentel y Cornejo Castellanos; n. m. de Pedro Antonio Ceballos y de Juliana Figueroa Cornejo. Pedro Antonio Ceballos fue baut. en Bs. As. el 21-II-1779: “es hijo natural notoriamente del Exmo. Señor Capitán General y primer Virrey en esta Capital de Buenos Aires, Reyno de Perú, Don Pedro Cevallos, y de Doña María Luis de Pintos Ortega, natural de esta misma Capital”, cual se lee textualmente en su partida respectiva, corriente al folio 176 del Libro 14 de Bautismos, que se guarda en el Archivo de la Iglesia porteña de La Merced). Doña Mercedes Rosa hubo con Pedro Cornejo a: a) Elena Cornejo Uriburu, baut. en Salta el 8-II-1882, fall. en Bs. As. el 8-II-1887. b) Teresa Mercedes Cornejo Uriburu, baut. en Salta el 7-X-1884, soltera. c) Clara Cornejo Uriburu, baut. el 13-X-1885, soltera. 370

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d) Sara Cornejo Uriburu, baut. en Salta y casada allí el 18-IX-1912 con Miguel Fleming Jáuregui (hijo de Manuel Fleming y de Cármen Jáuregui). Con sucesión. B) Pedro José Uriburu Arias Cornejo, baut. en Salta el 24XI-1843. Ministro de Gobierno y Gobernador Delegado de Tucumán en 1874. Casó en Tucumán con Dolores Anabia y Monzón (hija de Manuel Anabia y de Delfina Monzón). Fueron sus hijos: a) Pedro Uriburu Anabia, baut. en Tucumán. Casó en Bs. As. el 2-VIII-1899 con maría Teresa Campos Campos baut. el 25-VIII-1876 (hija de Manuel Ladislao Campos Escobar Ochandátegui y Heredia y de Josefa Delfina Campos López Camelo Ochandátegui y González). Sus hijos resultaron: a1) Pedro Luis Uriburu Campos n. el 21-V-1900. Casó el 24-IV-1924 con Catalina Mac Loughlin Gallagher (hija de Mateo Mac Loughlin y de Julia Gallagher). Padres de María Clara, Susana y Pedro Víctor Uriburu Mac Laughlin, casado con Alicia Lucía Gizzarelli, con sucesión. a2) María Teresa Agripina Uriburu Campos n. el 23VI-1901. Casó el 15-XII-1919 con Enrique Campos. 3 a ) Dolores Aurelia Uriburu Campos n. el 16-VI1903. Casó el 21-XI-1921 con Francisco Vidal Otamendi. 4 a ) María Esther Felicia Uriburu Campos n. el 24VIII-1905, fall. el 29-III-1915. 5 a ) Elba Rosa Uriburu Campos n. el 12-IV-1907. a6) Julio Oscar Uriburu Campos n. el 10-III-1909. Casó con Matilde French Vernet Amadeo (hija de Alberto French Calandra y de María Matilde Vernet Amadeo Cáceres y Saez). Con sucesión. 7 a ) Mercedes Uriburu Campos n. en 1911.

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a8) Evangelina Luisa Uriburu Campos n. el 25-VIII1912. b) Dolores Uriburu Anabia n. en Tucumán, soltera. c) Eduardo Uriburu Anabia n. en Tucumán, soltero. d) Julio Uriburu Anabia, tucumano también, soltero. e) Adolfo Uriburu Anabia, n. en Tucumán, soltero. f) María Cornelia Uriburu Anabia baut. en Tucumán. Casó en Bs. As. el 27-XI-1902 con Julio Blaksley Tabernier. Con sucesión: los Blaksley Uriburu, Blaksley Bazterrica, Blaksley Peralta Ramos, Blaksley Vernengo, Agote Blaksley Uriburu, etc. etc.. C) Lucía Uriburu Arias Cornejo, baut. en Salta el 6-XII1845. Casó el 24-X-1868 con Segundo Linares Sancetenea n.; el 1-VI-1837; Ministro de Gobierno de Salta y Senador nacional que reemplazó a mi abuelo Federico Ibarguren en 1874 (hijo de Mariano Linares Toledo Pimentel Burela y Aguirre y de Faustina de Sancetenea Morel y de la Cámara). Con sucesión. (Ver el capítulo en que trato los apellidos De la Cámara, Morel y Sancetenea). D) José María Uriburu Arias Cornejo — llamado por algunos “el Manchao”, porque tenía una mancha o lunar en la mejilla. Nació en Salta el 1-XI-1848 y fue bautizado tres días más tarde. Se inició en la carrera militar en 1863, en clase de “soldado distinguido” o “cadete” del Batallón 8º de infantería de línea, a las órdenes del Coronel Diego Wellesley Wilde. Cuando esta unidad fue sublevada en Jujuy el 15-III-1864, a fin de derrocar al Gobernador salteño Juan Nepomuceno de Uriburu — mi bisabuelo —, tío carnal de José María, éste pudo escapar y, rápidamente a caballo, llegó a Salta a dar la importante noticia de la revuelta. “Por dos veces — recordó ya General el que entonces era bisoño portaguión del 8º de línea — me lancé a contener el movimiento y caí vencido por el número y la fuerza de los soldados … La segunda vez iba a ser fusilado, y lo impidió el sargento Nepomuceno Visnarez, que se interpuso entre los que querían cometer este crimen. Habiendo escapado de 372

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esta situación tan difícil, mi primera idea fue encaminarme a Salta, a dar cuenta al Gobierno de lo que había ocurrido en Jujuy, pues los amotinados debían dirigirse a aquella capital con la intención de derrocar su autoridad”. En Salta incorporose el joven militar a la compañía que allí mandaba su primo el Capitán Napoleón Uriburu, y marchó con dicha formación a contener a los insurrectos que fueron batidos y hechos prisioneros en “Los Sauces”, a 9 leguas de la ciudad. Dos meses más tarde, José María tomó parte — al lado de su parentela, claro está — en la “revolución de los Uriburus”, siendo herido durante la lucha de un balazo en la pierna derecha, que le quedó algo encogida. Por tal renguera, y con el grado de Alférez, pasó al 1º de Caballería; y, en las filas de este regimiento, peleó en la guerra del Paraguay; de la cual salió con las dos estrellas de Teniente prendidas en sus charreteras, y con tres medallas en el pecho, acordadas por los gobiernos de la Argentina, del Brasil y de la República Oriental; después de mostrar su coraje en Paso de la Patria, Itapirú, Estero Bellaco (donde recibió un sablazo en la cintura), Tuyutí (cuyos cordones de plata pudo lucir en el hombro izquierdo) y Pozo Hondo. Desde 1867 hasta 1870 hizo la campaña contra los montoneros en el interior del país, y a su término, luego de dos ascensos, ostentó el grado de Capitán. En 1871 combate en Entre Ríos para sofocar el alzamiento de López Jordán, y es ascendido a Sargento Mayor, tras de participar en las acciones de CuruzúCuatiá, Pago Largo, La Paz y en la decisiva batalla de Ñaembé. Nombrado Comandante en Jefe de la frontera de Salta, permaneció allá hasta 1874, en cuyo lapso se desplazó repetidas veces con sus soldados a través de territorios jujeños, tucumanos, cordobeses y santiagueños, exigido por distintas ocurrencias revolucionarias. Treinta años consecutivos habría de servir — como 2º y luego como jefe — en el regimiento 12 de Caballería. Durante la revolución del 80, el Teniente Coronel Uriburu, que había bajado con sus hombres a Buenos AiUriburu

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res, intervino en apoyo del gobierno nacional en el combate de Los Corrales. Trasladado muy luego con su unidad a Corrientes, y de ahí al Chaco austral, José María realizó, frente al cuerpo de su mando, numerosos reconocimientos y exploraciones por los dominios indios de “tobas” y “matacos”; y, en primera línea, contribuyó a la conquista definitiva de la región chaqueña, hasta las márgenes del Bermejo y su confluencia con el Teuco en 1883, a las ordenes del Ministro de Guerra doctor Benjamín Victorica. Recibió los galones de Coronel en 1886; después (1895-1899) fue Gobernador de Formosa; y en 1904 alcanzó merecidamente la jerarquía de General. Murió el 1-III-1909, en Jujuy, y sus restos recibieron sepultura en Salta al día siguiente. El General José María Uriburu Arias habíase casado con su prima Cármen Arias Murúa (hija de José Manuel Arias Cornejo y de Salustiana Murúa Costas). Estos resultaron sus hijos: a) Cármen Uriburu Arias Murúa, baut. en Salta el 3XII-1881, fall. el 24-I-1918. Casó el 12-XII-1905 con Florencio Solari González. b) Arturo Carmelo Uriburu Arias Murúa, baut. en Salta el 23-X-1883, fall. el 9-III-1931. Casó 1º con Isabel Pallejá Vidal b. Montevideo (hija de León Pallejá y de Natividad Vidal), y, divorciado, volvió a casarse en Montevideo con Cristina Miray. Sin sucesión. c) Raúl Uriburu Arias Murúa n. en Salta. d) Víctor Uriburu Arias Murúa n. en Salta, fall. en Bs. As. el 8-X-1927. Casó con Agustina Castagnino. Su hija única fue Lidia Cármen Uriburu Castagnino. e) José María Uriburu Arias Murúa n. en Salta, fall. en el Chaco el 5-XII-1930, soltero. E) Carlos Uriburu Arias Cornejo, baut. en Salta el 9-X1849. Diputado Nacional. Casó en Tucumán el 22-IV1868 con Julia López Gramajo (hija de Felipe López Maugin y de Teresa Gramajo Molina, naturales de Tucumán; hija, Teresa, de José Gramajo Argañaraz y de

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Mercedes Molina Villafañe — ver el linaje de Argañaraz y Murguía). Fueron padres de: a) Carlos Uriburu López n. en Tucumán, casado con Amalia Bascary Esteves (hija de Juan Bautista Bascary Díaz y de Cármen Esteves Torres). b) Belisario Uriburu López n. en Tucumán. Casó 1º con María Colombres Lacavera (hija de Virgilio Colombres García y de María Lacavera Cainzo), y en 2as nupcias con María López Islas. Hubo descendencia en ambos matrimonios. c) Teresa Uriburu López, casada en Tucumán con Rufino Cossio Paz (hijo de Rufino Cossio Gramajo y de Dorotea Paz Terán Luna y Cárdenas Alurralde). Con sucesión. d) Jorge Uriburu López, n. en Tucumán. Casó en Bs. As. el 20-XII-1900 con Blanca Peña Rodríguez (hija de Rafael Peña Corte Figueroa y Jeorgina Rodríguez. Con sucesión: los Uriburu Peña, López Peña Uriburu, Uriburu Colombres Newton, etc. etc.. F) Dolores Uriburu Arias Cornejo, baut. en Salta el 1-XII1851. G) David Uriburu Arias Cornejo, baut. en Salta el 29-XII1853, fall. en 1883. Casó el 1-I-1881 con su sobrina segunda Juana Josefa de Uriburu y Uriburu (hija de José — “Pepe” — Uriburu Poveda y de Serafina Uriburu Arenales). Su único vástago fue: a) David Gregorio Uriburu Uriburu, baut. el 8-XII1881. Subprefecto de la Policía de la Capital cuando la revolución de 1930; Interventor en Corrientes a raíz de la revolución de 1943; uno de los precursores del nacionalismo argentino. Casó con Esther Ptasznik. Hubo por hijo único a: a1) Juan Carlos Uriburu, que siguió la carrera de las armas como tantos varones de su familia, hasta alcanzar el grado de General de División: fue Director de Fabricaciones Militares. Está casado con Angélica Paz y con ella prolonga sucesión. Uriburu

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H) Rita Uriburu Arias Cornejo, baut. en Salta el 18-IX1854. Casó el 12-VII-1869 con su pariente Pedro Cornejo Ceballos Figueroa y Pintos, cofundador del Ingenio “San Isidro”, en Campo Santo, quien al quedar viudo de Rita pasó — cual se apuntó más atrás — a 2as nupcias con la hermana de ésta: Mercedes Uriburu Arias Cornejo. Estos resultaron los hijos de Pedro Cornejo y de Rita Uriburu: a) Rita Cornejo Uriburu, baut. en Salta el 8-V-1870, soltera. b) Mercedes Cornejo Uriburu, baut. en Salta el 9-III1873. Casó el 20-VI-1894 con Rafael Figueroa Salguero (hijo de Rafael Figueroa San Milán y de su 3º esposa Dolores Salguero Arce). Con sucesión. c) Julio Pedro Cornejo Uriburu, baut. en Salta el 8-III1875, fall. en Bs. As. el 6-V-1935. Abogado, Diputado Nacional, Ministro de Gobierno y Gobernador de Salta de 1928 a 1930. Casó en Jujuy el 17-I-1900 con su prima hermana Lucía Linares Uriburu (hija de Segundo Linares Sancetenea y de Lucía Uriburu Arias). Son los padres de: c1) Julio Cornejo Linares n. Salta en 1900. Casó con Rita Alemán de los Rios (hija de Horacio Alemán Alvarez y de Cármen de los Rios Hidalgo). Con sucesión. 2 c ) Lucio Alfredo Cornejo Linares n. Salta el 12-I1903. Gobernador de Salta de 1946 a 1949. Casó 1º con su parienta Clara Dávalos Uriburu (hija de Ricardo Dávalos Isasmendi y de Clara Uriburu Gómez). De viudo Lucio pasó a 2as nups. con Annelies Zartmann. Hubo sucesión en ambos matrimonios. c3) Pedro Cornejo Linares n. Salta en 1908. Casó con María Amalia Albrecht Boden. Con sucesión. c4) Arturo Cornejo Linares n. en Salta el 3-IX-1910. Casó con su parienta Emma Juárez Linares (hija

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del General Gil Juárez y de Mercedes Linares Fowlis). Con sucesión. 5 c ) Enrique Alberto Cornejo Linares n. Salta 1913. Casó con Leonor Serrey Uriburu (hija de Conrado Serrey Dávila y de Juliana Uriburu Figueroa). Con sucesión. c6) Juan Carlos Cornejo Linares n. Salta en 1915. Casó con Sara Barni Capobianco. Con sucesión. 7 c ) María Luisa Cornejo Linares, casada con el Teniente Coronel Roberto Pio Juárez Linares, su primo (hijo del General Gil Juárez y de Mercedes Linares Fowlis). Con sucesión. I) Vicente Uriburu Airas Cornejo, baut. en Salta el 9-II1856. Casó en Bs. As. el 30-IX-1880, con Mercedes Demaría Arana n. el 5-I-1858 (hija de Alfonso Demaría y Demaría y de Petrona Rita Arana y Demaría). Son los padres de: a) Julio Vicente Uriburu Demaría n. en Bs. As. el 9-VII1881 y fall. aquí el 2-VIII-1950. Médico dermatólogo. Casó el 3-VI-1908 con Guillermina Médici Boursetty (hija de Juan Bautista Médici, Ingeniero italiano n. en 1843, uno de los constructores del Puerto de La Plata, y de Gemma Boursetty). Son sus hijos: a1) Julio Vicente Juan Uriburu Médici, n. en Bs. As. el 17-XII-1911. Médico cirujano, Presidente de la Academia de Medicina. Casó con María Teresa Nougues Herrera Vegas (hija de Juan Luis Nougues Padilla, Intendente de la cuidad de San Miguel de Tucumán, y de María Teresa Herrera Vegas Pereyra Iraola). Con sucesión. 2 a ) Guillermo Uriburu Médici n. en Bs. As. el 19XI-1917. Casó con Julieta Pech y prolonga descendencia. b) Mercedes Benita Uriburu Demaría, n. en Bs. As. el 16-X-1883. Murió soltera en 1947. J) Luisa Uriburu Arias Cornejo, baut. en Salta el 5-I-1859. Casó el 15-X-1882 con el General, guerrero del ParaUriburu

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guay y Diputado Nacional, Teodoro García, n. en Bs. As. el 4-XII-1840 y fall. el 9-VI-1909 (hijo del Francisco García y de Rosario Alvarez). 7) Juan Nepomuceno de Uriburu y Hoyos — mi bisabuelo — que sigue en X. 8) José María de Uriburu y Hoyos, baut. en Salta el 25-III1807. El 12-VI-1877 testó don José María ante el Escribano salteño Pelayo Villalba. Declaró entonces ser soltero y haber tenido tres hijas naturales, a saber: A) Delfina Uriburu, viuda al morir su padre del boliviano Pedro Valdivieso, quien la hizo madre de: a) Virginia Valdivieso Uriburu, casada con un señor López o Torres. b) Angela Uriburu, habida por Delfina antes de recibir los sacramentos matrimoniales. Angela casó con un señor Echenique y prolongó sucesión. B) Adelaida Uriburu. C) Guillermina Uriburu, ya finada en 1877, que convivió con Belisario López, del cual tuvo tres hijos extramatrimoniales: José María, Mario y Néstor. 9) Casimiro de Uriburu y Hoyos, baut. en Salta el 26-IX-1810. Casó el 9-X-1843 con Mercedes Patrón Escobar (hija de Juan Gregorio Patrón Fernández y de Eugenia Escobar Delgado). Don Casimiro dejó de existir el 26-VI-1864, en momentos en que el poder provincial les había sido arrebatado a los Uriburu por las armas, y en que la familia era infamada públicamente y muchos de sus miembros padecían cárcel y cadenas. Gregoria Beeche de García le escribió a su hijo Adolfo: “Ayer ha muerto don Casimiro Uriburu en su quinta y dicen que no le han permitido a Pancho el que vaya a ver a su padre, ni con fianza, sigue con grillos”. Y también Deidamia García le noticiaba a su hermano: “Ayer temprano murió don Casimiro Uriburu en su quinta, dicen que de un mal viejo que él padecía. No le quieren avisar a Pancho por no aumentarle los sufrimientos, porque ha estado con chucho y de grillos el pobre, pero tarde o temprano le tienen que avisar”. El matrimonio Uriburu-Patrón hubo estos hijos: 378

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A) Francisco Uriburu Patrón nacido en Salta el 13-VII1837. (Además de ser don Pancho tío 2º y marido de una tía carnal de mi padre Carlos Ibarguren, por el distinto nivel genealógico de la línea materna de éste, aquel resultaba su primo 3º: ambos eran tataranietos de los cónyuges Agustín Delgado y Bernarda Porcel de Peralta). Frisaba Pancho en los 27 años, cuando peleó a favor de los suyos en la “revolución de los Uriburus”. Prisionero de los enemigos triunfantes, fue encerrado en la cárcel con delincuentes comunes, engrillado y sistemáticamente escarnecido durante más de cinco meses por los colaboradores dilectos del Gobernador Cleto Aguirre: el Ministro Pancho Ortiz y el Coronel carcelario Martín Cornejo. Tres años más tarde, el 10-X-1867, al producirse el ataque de los montoneros de Varela a Salta, se improvisó rápidamente la defensa de la ciudad inerme, levantándose 14 trincheras. En una de ellas — la nº 2 llamada “Córdoba” — se apostaron 17 hombres bajo el comando de Pancho Uriburu; y en el cantón nº 3 “Santiago”, sus 20 defensores obedecían las órdenes de mi tío Baldomero Castro, que murió heroicamente en el combate. Al paso del tiempo, poco le costaría a nuestro tío Pancho trocar su impulso guerrero por el de empresario industrial. Vino a ser lo que los yanquis llaman un “self made man”; y enérgico hombre de negocios, logró reunir considerable fortuna. Desempeñó asimismo importantes funciones públicas: Diputado Nacional por Salta en 1872. Militante del partido autonomista bonaerense en 1877, apareado a Aristóbulo Del Valle, Roque Sáenz Peña, Vicente Casares, Miguel Goyena, Lucio V. López y a otros jóvenes de renombre, nuestro salteño Uriburu

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discrepó circunstancialmente con Adolfo Alsina. Más tarde, el 1881 a 1882, Uriburu fue Ministro de Hacienda del Gobernador de Buenos Aires Dardo Rocha; y el 18IV-1890, el Presidente de la República Juárez Celman le confió también la cartera de Hacienda, pero al no poder resolver “la crisis del progreso”, renuncia el Ministro el 7 de junio, 49 días antes de la revolución. Después, Uriburu es designado Interventor Federal en Mendoza en 1892, a raíz de un conflicto suscitado entre el Gobernador radical Pedro Nolasco Ortiz y la Legislatura afecta al Presidente Pellegrini. El Comisionado arregló el asunto en dos semanas, llamando a elecciones para diputados y nuevo Gobernador: que resultaría Deoclecio García. En 1895, tras larga ausencia, don Pancho realizó una visita a Salta. Su suegra Casiana Castro de Uriburu — mi bisabuela — le escribía a ese respecto, el 17 de septiembre, a su hija Margarita Uriburu de Ibarguren: “He tenido el gusto de ver a Pancho; ha estado muy cariñoso conmigo y con todos los de la familia. Acá ha sido muy bien recibido; le han dado un banquete de lujo, y lo han visitado; muchos lo han acompañado a la estación en muchos carruajes. Todo esto me ha complacido mucho para que lleve un buen recuerdo de su país y pueda volver sin repugnancia. Sinó hubiera sido la triste noticia de la muerte de Napoleón, que le hizo una gran impresión a Pancho, habría seguido muy contento”. Napoleón Uriburu era su primo hermano, su querido compañero de cárcel y vejámenes luego del fracaso de la cruenta revolución familiar de 1864. En 1898 Francisco Uriburu es elegido Senador Nacional por Salta y muere en ejercicio de ese mandato el 10-II-1906. “La casa de don Francisco Uriburu, tío Pancho como le decíamos — refiere Carlos Ibarguren en La historia que he vivido — era centro dinámico en que se sentía el presente y se presentía el futuro del país, con la actividad que imprimía el padre de la familia a su intensa labor mercantil, industrial y financiera. Mi tío, a 380

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quien yo tenía cariño filial, así como a mi tía Dolores, su mujer, era lo que se llama un hombre fuerte para la lucha de la vida, y un triunfador en ella: enérgico, dinámico, muy inteligente, con visión exacta y real de los hombres y de las cosas. Político, fue Ministro de Hacienda y destacado Legislador; comerciante, presidió bancos y tuvo vastos negocios; industrial, implantó grandes establecimientos: entre éstos, uno de cal en Córdoba y otro vitivinícola en San Juan. No sólo veía la actualidad, sino también el porvenir, y confiado en el país y sus riquezas, contribuyó a la realización de trabajos públicos como el puerto de La Plata. Vivía con esplendidez y refinamiento en su morada de la calle Corrientes, primero, y Lavalle después — alhajadas suntuosamente con hermosas obras de arte —, y en su magnífica posesión de Villa Elisa, cerca de La Plata. A las fiestas y bailes que daba en sus salones, concurría lo más granado de la sociedad porteña. He visto en su mesa a banqueros y financistas europeos, representantes de cuantiosos capitales; a estadistas influyentes, a muchos señores de prestigio social y gran número de personas que encarnaban altos valores de la actividad y el progreso argentinos … El hogar de mi tío Pancho era como el mío propio; el tiempo y la vida todo lo ha extinguido; nada queda de lo que fue un centro característico de la Argentina de esa época y de la cultura social de Buenos Aires”. Francisco Uriburu Patrón habíase casado en Salta el 19-III-1864 con su prima hermana Dolores Uriburu Castro n. en Salta en 1846 y fall. en Bs. As. el 15-III-1913 (hija del entonces Gobernador de la Provincia norteña Juan Nepomuceno de Uriburu y Hoyos y de su mujer Casiana Castro Sancetenea). Fueron sus hijos: a) Elisa Uriburu Uriburu, n. en Salta el 29-XII-1865. Casó en Bs. As. el 19-IV-1884 con Luis Castells, n. en Riudarenas, Gerona, Cataluña; hombre de negocios que con sus audaces especulaciones en la bolsa de Buenos Aires — aquella del año 90 que pintó en Uriburu

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su novela Julián Martel — llegó a ganar millones. Su generosidad fue proverbial. Donó la sede de la Legación de España en nuestra ciudad y el Centre Catalá en la calle Chacabuco. Cierta noche en el corso de flores, dispuesto por la Sociedad de Beneficencia en la Avenida de las Palmeras de Palermo, pagó la entrada de su “drag” con diez mil pesos — de la firme divisa de entonces. Otra vez el anciano gran actor español José Valero manifestó que si él tuviera ahorrados diez mil pesos solucionaría todos sus problemas económicos; Castells sacó al instante su libreta y le extendió un cheque por dicha suma, diciéndole a Valero: “tome amigo y sea feliz”. Las dádivas opulentas del espléndido catalán a las instituciones benéficas de la madre patria en nuestro país — recuerda Carlos Ibarguren — “hubieron de valerle un título nobiliario ofrecido por el gobierno español, que el agraciado declinó a cambio del rango de dama de honor de la Reina, que solicitó y obtuvo para su esposa, mi prima Elisa Uriburu”. Luis Castells se quitó la vida en su quinta de Villa Elisa el 25-II-1897, creyéndose fundido al fracasar su proyecto de Banco Trasatlántico, a levantarse aquí y en Montevideo. Elisa Uriburu — que ostentaba la banda española de Damas Nobles de María Luisa — falleció en Buenos Aires el 2-VII-1910. Este fue su único hijo: a1) Luis Castells Uriburu, diplomático y “turfman” — para su haras de Punta Lara importó los célebres padrillos “Your Majesty” y “Sandal”, adqui382

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ridos luego por el Ojo de Agua. Contrajo matrimonio en Buenos Aires el 18-V-1912 con Josefina Elena Roca Funes n. en Bs. As. el 14-IV-1883 (hija del General Julio Argentino Roca, dos veces presidente de la Nación, y de Clara Funes y Díaz). Son los padres de: 1a) Elisa Castells Roca, casada con Carlos María de Alvear Moreno (hijo de Carlos María Diego de Alvear Elortondo y de María Isabel Moreno Vivot). Con sucesión. a 2 ) Luis Castells Roca, diplomático, que casó con Ann Davis y falleció sin hijos. a 3 ) Clara Castells Roca, casada con Eduardo Delfino González Iturralde. Murió Clara dejando un hijo. Delfino pasó a 2as nupcias con María Teresa Llobet Guerrero. b) Francisco Juan Marcial Uriburu Uriburu — “Pancho”, como su padre — n. en Bs. As. el 22-VIII-1871, en la calle Corrientes 188, y lo bautizaron el 16-I-1872, apadrinado por su tío abuelo el Coronel de la independencia Evaristo Uriburu, de 75 años, y por Petrona Eguía de Molina, de 24. Fue Ministro de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, Diputado Nacional y, sobre todo, famoso periodista. Habíase casado el 14-V-1900 con Teodelina María Florencia del Cármen Lezica Alvear n. el 12-II-1876, fall. en 1963 (hija de Ricardo Luis de Lezica y Thompson Vera y Sánchez de Velasco y de Teodelina de Alvear Fernández Sáenz de la Quintanilla y Coronel). “Era Pancho Uriburu — estampé en mi libro Roberto de Uriburu

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Laferrere — un hombre extraordinario: un “rico tipo” en el mundo de los solemnes figurones. Nacido en cuna de oro, gozador de la vida, culto, refinado, viajero incansable, muy lector y amante de la música, nada de esto pudo contener su pasión por el periodismo; pero no por aquel de gran empresa, que se dice independiente y depende de sus avisadores — expresión del capitalismo internacional —, sino por el suyo personalísimo: el de El País, La Mañana y La Fronda, políticamente comprometido, dispuesto en todo momento para el debate, punzante, burlón, lleno de gracia, desleguado a veces, sin caer en chabacanería. Por esa pasión de hacer imprimir una plana que publicara diariamente sus ideas, sus simpatías o antipatías — con ingenio o violencia, según los casos — Uriburu se fundió en varias oportunidades, disipó su fortuna y tuvo que soportar el acosamiento de sus acreedores. Mas las bancarrotas no lo escarmentaron jamás, y a cada revés económico respondió con la fundación de un nuevo diario, de ninguna manera para rehacerse de las pérdidas sufridas, con avisos o subvenciones oficiales; unicamente para volver a la lucha, en ocasiones completamente solo, como cuando enfrentó al gobierno radical plebiscitado por ‘ochocientos mil papanatas’, que así calificaba él, con irreverencia democrática, a la mayoría del sufragio universal. Ocurrente para hablar y para escribir, Pancho Uriburu, en sus Notas Breves de La Fronda, prodigó sus chistes y sus famosos sobrenombres — Yrigoyen le debe el suyo: ‘el Peludo’. Su ‘violín de Ingres’ fue la crítica musical, que firmaba en el diario con el seudónimo de ‘Ferenk Cumecó’; y su fuerte — aunque parezca paradojal en un hombre tan travieso — eran los sueltos necrológicos, impregnados de intimidad y de ternura, cuando el muerto resultaba una persona querida”. Falleció Pancho Uriburu, sin sucesión, el 30-VI-1940.

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c) Enrique Casiano Uriburu Uriburu, n. en Buenos Aires el 20-XII-1876. Abogado, Presidente del Banco de la Nación y Ministro de Hacienda en el gobierno revolucionario encabezado por su primo el General José Félix Uriburu. Casó el 30-X-1905 con María Eugenia Quintana Rodríguez, n. Bs. As. el 29-VI1881, fall. en 1962 (hija de Manuel Quintana Sáenz de Gaona, Presidente de la República — ver el apellido De la Quintana — y de Susana Rodríguez Viana). “Enrique — escribió su primo hermano Carlos Ibarguren — dotado de talento y de noble alma, llegó a poseer una honda cultura literaria, artística, filosófica y económica. Su carácter enérgico y franco, a veces huraño, con relámpagos bruscos, y su sensibilidad fina, que se estremecía con emoción intensa ante lo generoso y lo bello, daban a su espíritu una peculiar originalidad. Rectilíneo en su proceder, no transigía con la doblez, la mentira ni la farsa; por ellos detestaba a los politicastros. Eludía actuar en la vida pública, lo hizo sólo como sacrificio patriótico en momentos difíciles para el país, en los que desempeñó la presidencia del Banco de la Nación y el Ministerio de Hacienda, donde implantó reformas sustanciales en nuestra organización financiera. Los estudios económicos lo atraían; pero la literatura, sobre todo, satisfacía su inquietud estética; y en las pocas páginas suyas que salieron a luz — algunos discursos y conferencias — brotan de su estilo recio, cortante y original, como su carácter, hondos pensamientos y observaciones sugestivas. Al final de su vida aceptó ser profesor de la Universidad e investigó en la cátedra problemas y cuestiones económicas y financieras, materia que dominaba teórica y practicamente, como estudioso, hombre de negocios e industrial. Maestro con alto prestigio por su saber y autoridad, pudo enorgullecerse de haber formado verdaderos discípulos que recibieron con fervor sus

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lecciones”. Murió Enrique Uriburu en plena madurez, el 17-VI-1936. Estos fueron sus hijos: c1) Francisco Manuel Uriburu Quintana n. el 19-VII1906. Casó con María Florencia Wilson Nevares. Con sucesión. c2) Enrique Uriburu Quintana, n. 1907. Casó el 10XII-1934 con Cármen Llavallol Bowers. Con sucesión. 3 c ) Ricardo Uriburu Quintana n. el 6-IV-1909. Falleció soltero. 4 c ) Eugenio Eduardo Uriburu Quintana n. 9-XII1910. Murió soltero. 5 c ) Susana Dolores Uriburu Quintana n. el 23-XI1912. Es soltera. 6 c ) Elena María Uriburu Quintana n. el 17-IV-1915. Se casó con Charles Lumb, nativo y radicado en Inglaterra. Sin hijos. 7 c ) Teresa Uriburu Quintana n. el 2-I-1917. Casó el 25-XI-1939 con Jorge Lavalle Cobo Lamarca. Con sucesión. 8 c ) Eduardo Juan Uriburu Quintana n. el 14-VIII1918. General de División, ex Comandante del 5º Ejército. Casó con Anita Ritzer. Con descendencia. c9) Sofía Elena Uriburu Quintana n. el 14-XI-1920. Estuvo casada con Carlos Videla Méndez Gonçalvez. Con sucesión. c10) María Luisa Uriburu Quintana n. el 16-XI1922. Es soltera. d) Ricardo César Uriburu Uriburu, baut. en Bs. As. el 30-IV-1880 Murió soltero en 1906. e) Roberto Uriburu Uriburu baut. en Bs. As. el 19-VII1884. Falleció niño. f) María Mercedes Uriburu Uriburu n. en Bs. As. el 30IV-1888. Casó el 13-VI-1910 con Jorge Mariano Ar386

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tayeta Madero, Presidente del Círculo de Armas (hijo de Bernabé Artayeta Castex y de Elena Marta Madero Ramos Mexía). Son los padres de: f1) Josefina Artayeta Uriburu, viuda de Oscar Viel, sin hijos. f2) Elena Artayeta Uriburu, soltera. f3) Jorge Francisco Artayeta Uriburu, casado con Nelly Meincke. Sin sucesión. f4) Marcedes Artayeta Uriburu, casada con Martín Cullen Paunero. Con descendencia. B) Adelaida Uriburu Patrón, baut. en Salta el 8-II-1845, soltera. C) Marcedes Uriburu Patrón, baut. en Salta el 8-VI-1847, soltera. D) Casimiro Uriburu Patrón, baut. en Salta el 17-X-1848, soltero. E) Dolores Uriburu Patrón, baut. en Salta, soltera. F) Abraham Uriburu Patrón, baut. en Salta, soltero. G) Jacoba Uriburu Patrón, baut. en Salta el 29-X-1853, soltera. H) Alberto Uriburu Patrón, baut. en Salta, soltero. Murió demente. I) Juan Antonio Uriburu Patrón, baut. en Salta el 13-VI1859. Casó en Bs. As. el 15-XII-1896 con Rosa Peró Beeche n. Santiago de Chile (hija de Rafael Peró y de Margarita Beeche Nadal). Procrearon una docena de hijos nacidos en la Capital Federal: a) Eduardo Rafael Uriburu Peró, n. el 4-IX-1897. Aviador, deportista y bravo militante del nacionalismo argentino. Casó con Jany Vanandruel y falleció sin posteridad. b) Ernesto Casimiro Uriburu Peró, n. el 21-IX-1898. Navegante y escritor. Capitán del yate “Gaucho” que recorrió 67.000 millas a través de los mares del mundo. Casó 1º con Dorothy Delamater Sanderson y 2º con María Elena Belisari. Falleció sin sucesión.

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c) Juan Francisco Uriburu Peró, n. el 20-IX-1899. Casó con Esther Ezcurra Medrano (hija de José María de Ezcurra Jolly y de María Sara Medrano Castillo). Con sucesión. d) Mario Roberto Uriburu Peró, n. el 8-VIII-1901. Viejo lobo de mar, compañero de su hermano Ernesto en los cruceros y regatas del “Gaucho”. Casó con Jean King y murió sin hijos. e) Alfredo Uriburu Peró, n. el 21-X-1902. Veterano combatiente nacionalista en las filas de la Liga Republicana. Casó con Inés Buztingorri Urquiza. Murió dejando un hijo: Alfredo Uriburu Buztingorri. f) Marcelo Alberto Uriburu Peró, n. el 22-II-1905. Casó con Esther Bellourd Ezcurra (hija de Francisco Bellourd Mardox y de Esther Isabel Mercedes de Ezcurra Jolly). Con sucesión. g) Francisco José Uriburu Peró, n. el 1-VII-1906, casado con Mónica Spiller. Con sucesión. Francisco murió el 1-XII-1987. h) Mercedes María Rosa Uriburu Peró, n. el 26-II-1908. Casó con Víctor Manuel Armando Monneret de Villars. Con sucesión. i) María Rosa Uriburu Peró, n. el 13-XII-1909. Casó con Alberto Ezcurra Medrano, historiador y publicista (hijo de Alberto Felipe de Ezcurra Jolly y de Sara Medrano Mérida). Con posteridad. j) Fernando Uriburu Peró, n. el 4-I-1911. Casó con Berta Mieres, con la que hubo sucesión. k) Dolores Margarita Susana Uriburu Peró, n. el 12-III1912. Con Francisco Bellouard Ezcurra procreó descendencia. l) Rafael Casimiro Uriburu Peró, n. el 17-VIII-1913. Casó con María Susana Curutchet, en la que dejó posteridad. 10) Juana Luisa de Uriburu y Hoyos, baut. en Salta el 8-X1812. Contrajo nupcias allí el 30-IX-1856 con Juan de Inchaustegui y no tuvo hijos.

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X — JUAN NEPOMUCENO DE URIBURU HOYOS — “Tata Juan” para sus descendientes — nació y lo bautizaron en Salta el 18-X-1805. La primera actuación pública suya que conozco — frisaba en los 25 años — ocurrió en 1832, cuando el Gobernador Pablo Latorre fué derrocado por los soldados que custodiaban a sus enemigos políticos presos en la hacienda de Castañares, a cuyo destacamento amotinaron Cruz Puch y Napoleón Güemes. Acéfala, en consecuencia, la provincia, el Juez ordinario Hermenegildo Diez Saravia convocó, el 25-X-1832, a 48 vecinos principales - entre ellos mis dos bisabuelos Juan N. de Uriburu y Antonino Ibarguren —, y tal selecto conjunto, en función de “pueblo”, eligió en el Cabildo de Salta, por pluralidad de sufragios, Gobernador provisorio a José María Saravia hasta que se reuniese la Legislatura. Veinticinco meses después, Don Juan elegía como fiel compañera de su vida a Casiana Castro y Sancetenea, nacida en Oruro, Alto Perú, el 13-VIII-1815, hija de un veterano Coronel realista salteño. (Ver el apellido Castro y el capítulo referente a los De la Cámara, Morel y Sancetenea). La correspondiente partida matrimonial expresa: “En esta Ciudad de Salta a veintinueve de Noviembre del año del Señor de mil ochocientos treinta y cuatro, yo el Cura Rector más antiguo que suscrive, después de corridas las proclamas de derecho y no haber resultado impedimento alguno, previo el mutuo consentimiento y el Sacramento de la Penitencia, desposé y velé in facie Eclesie, a Dn. Juan Uriburu con Da. Casiana Castro, hija legítima de Dn. Pedro Antonio Castro y de Da. Matilde Sancetenea, natural de esta Ciudad; fueron testigos D. Francisco Alicedo y su esposa Da. Joaquina Sancetenea y para que conste lo firmo: Mro. José Manuél Salguero” (libro 8 folio 28). Uriburu

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Don Juan se inicia en política y colabora con los gobiernos federales En 1837 mi bisabuelo era Procurador de la ciudad de Salta. Un decreto promulgado el 11 de febrero de ese año, por el Gobernador Felipe Heredia y su Ministro Marcos Paz, consigna: “Viva la Federación!: Deseando el Gobierno arreglar la Administración de los bienes del Hospital, e imponerse de la inversión que se hace de ellos y de los conventos, he venido a decretar: Art. 1º - Se establece una comisión compuesta por los ciudadanos D. Victorino Solá, D. Andrés Ugarriza y el Procurador de la Ciudad D. Juan Uriburu, para que estos señores eleven al gobierno los informes sobre el particular”. Dos años más tarde, el 2-XI-1840, ante el Escribano Francisco Pinto, Juan N. Uriburu, mediante el precio de 350 pesos, compró “la chacarilla del finado Mariano Díaz” (el abuelo materno de mi abuelo Federico Ibarguren). Ese predio había soportado una Capellanía y el gobierno provincial lo sacaba a venta “a fin de ocurrir a los gastos que demanda el sostén de la causa de libertad y constitución de la República”. Su terreno medía 150 varas de frente y 300 de fondo bordeando el rio Arias. A mi tatarabuelo Díaz le correspondó por compra que hizo a Felipe Pardo, el año 1828. Con posterioridad, el 12-I1849, ante el mismo Notario Pinto, Uriburu transfirió la “chacarilla” en 200 pesos — perdió plata — a Juan Blanco. Fue mi “Tata Juan” “federal neto”, por tanto opuesto a los fautores lugareños de la Coalición del Norte, que pretendía derribar a Rosas; y como él sus hermanos, inclusive Dámaso, otrora enemigo de Güemes y Quiroga. Los apuntes de un diarista anónimo del año 1841, aluden a ciertos manejos conspirativos de los Uriburu contra los unitarios. Y al invadir La Madrid a Salta, con su soldadesca desbaratada y, por lo mismo, ávida de venganza, dichos apuntes registran: “Abril 11 (Domingo) ... Se decretó el destierro de los Hermanos Juan y Camilo Uriburu” — a Bolivia; desde donde el hermano Vicente les aconsejaba a Juan y a Dámaso “que no se metieran en política”, pero como ya estaban los Uriburu tan complicados 390

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en el asunto, fueron todos a parar, proscriptos o huidos para salvar sus pellejos al otro lado de la raya fronteriza. Superfluo resulta agregar, que al restablecerse el gobierno federal en Salta, tornaron a sus hogares la mayor parte de los Uriburu; y así, el 25-VII-1842, en ocasión de la aparatosa quema en la plaza pública salteña, del acta por la cual, el año 40, las autoridades unitarias se habían pronunciado contra Rosas, entre los funcionarios y vecinos de pró asistentes a ese verdadero auto de fé, que dispuso el Gobernador Manuel Antonio Saravia, se encontraban el Juez Pedro de Uriburu, el Coronel Evaristo de Uriburu, y mi bisabuelo Juan de Uriburu. Derribado Rosas, la Constitución de 1853 prescribía, en sus artículos 100 al 103, que las provincias “se dan sus propias instituciones locales”, y que “cada provincia hace su constitución”, que no ha de alterar los principios fundamentales de la general del Estado. Conforme a ello, Salta dictó su ley suprema el 6-XI-1855. La asamblea constituyente respectiva fué presidida por el coronel Evaristo de Uriburu, asistido por el doctor José Evaristo Uriburu, su hijo, como Secretario de la misma; y entre los “licurgos” salteños de ese cuerpo deliberante, destaco a Juan Nepomuceno de Uriburu, y al suegro y al sobrino de él, Pedro Antonio Castro y José Uriburu Poveda. La política salteña en tiempos de Urquiza y Mitre. “Constitucionales” y “Liberales” El 28-X-1856, la señora Gregoria Beeche de García le informaba a su hijo Sergio, de paso en Cobija, que había sido elegido Gobernador de Salta Dionisio Puch, por 21 votos de la Legislatura (Martín Güemes tuvo 13 y Manuel Solá, José María Todd y José Arenales un sufragio cada cual). “Estamos muy contentos — expresaba esa matrona politiquera — y tenemos grandes esperanzas, agregando a esto que se espera a Villafañe (Benjamín), que será el ministro, y don Pedro José Pérez el intendente. Con estas gentes el país marchará a su completo engrandecimiento, a pesar de la rabia que tienen los

Uriburu

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Uriburus, porque no lo pueden pasar a Puch” — claro!, como que Puch nunca dejó de ser un redomado “salvaje unitario”. En 1858 don Juan Nepomuceno era Presidente de dicha Honorable Sala Legislativa. En aquel tiempo gobernaba a Salta Martín Güemes, quien había sucedido a su tío Dionisio Puch. A Güemes lo reemplazó luego Manuel Solá, y a este el sanjuanino Anselmo Rojo, cuyo Ministro fue el joven José Evaristo Uriburu. Rojo dimite en julio de 1861. Asume entonces la autoridad Moisés Oliva, Presidente de la Legislatura, hasta que dicho cuerpo elige Gobernador a José María Todd, el 30-VIII-1861. Pero 18 días más tarde (17 de septiembre), allá lejos en el límite de las provincias de Buenos Aires y Santa Fé, se riñe la batalla de Pavón. Mitre — tras un combate lleno de alternativas — queda dueño del campo, ante la insólita retirada de Urquiza. Cáe, en consecuencia, el gobierno de la Confederación presidido en “el Paraná” por Derqui; y el escenario político del país cambia bruscamente de aspecto. Hasta ese momento Salta respondía políticamente a Urquiza, cuyo partido “constitucional” — los enemigos le llamaban “mazorquero” —, tenía por patriarca al General Rudecindo Alvarado y Toledo Pimentel; y el Gobernador Todd — Toledo Pimentel por su madre — era sobrino de Alvarado, y con Facundo Zuviría, Apolonio Ormaechea, Miguel Araoz, los Güemes, los Puch, Manuel Solá, Bernabé López, Aniceto Latorre, Damián Torino, pertenecía al núcleo directivo de aquella agrupación. A dichos “constitucionales”, orientados por la influencia del gobierno de la Confederación, establecido en el Paraná, se les oponían en Salta los hombres del partido “liberal”, vinculados a los Taboada y a “Pepe” Posse — señores de horca y cuchillo en Santiago del Estero aquellos, y educacionista y gobernante de prestigio en Tucumán el otro —, cabezas de la política de Mitre en el norte argentino. Más allá de los intereses y las personas del localismo, esos “liberales” salteños — “libertos”, al decir de sus contrarios “mazorqueros” — daban, en el orden nacional, apoyo a la bandera de Buenos Aires. Asì el General Anselmo Rojo, el clan de los Uriburu, Hilario Carol, Inalecio Gómez (padre), Segundo Díaz de Be392

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doya, Cleto Aguirre — entonces arrimado a los Uriburu —, los Ugarriza, Pedro Cornejo, Salustio Lacroix, Ramón Zuviría, los Valdez, Desiderio Ceballos, Baldomero Castro, Gualberto Torena, entre los de mayor notoriedad. Todd y sus desafortunadas andanzas El Gobernador Todd, resultaba hechura de su tío el General Alvarado: “hombre de monosílabos que navega siempre a favor de la corriente, el Señor del Milagro en aquella provincia” — cual lo definió “Pepe” Posse al veterano guerrero de San Martín. “En Salta … la mazorca alza insolente la cabeza, ignorando los sucesos de abajo (Pavón) — le comentaba Antonino Taboada a Marcos Paz el 28-XII-1861 —, y entre las medidas violentas que ha tomado, una es la prisión del General Rojo. El General Alvarado, que nunca erró desatinos, ha delegado el mando de las fuerzas de Salta en Latorre, cuyos vicios y relajación conoce usted”. Y Aniceto Latorre — una de cuyas partidas “constitucionales” asesinó a Indalecio Gómes (padre) en su finca de Molinos — invade la provincia de Tucumán, junto al “mazorquero” tucumano General Celedonio Gutiérrez — el “Peludo” de esa época —, y ambos derrocan al Gobernador “liberal” Benjamín Villafañe y a su Ministro el cura José María del Campo. Todd, mientras tanto, en Salta — erróneamente informado y creído que Urquiza había vencido a Mitre — suprime por decreto al partido “liberal” lugareño, considerando ese úcase suyo del 9-XII-1861: “Que dada la Constitución Nacional cesaron y debieron desaparecer para siempre los partidos o bandos políticos que sembraron la discordia y causaron la desunión, el atraso y los mayores desastres de que el país ha sido víctima. Que es un absurdo y un atentado reaparezcan partidos y bandos políticos ante la Constitución jurada…” Por tanto. “Decreta: Artículo 1º — Se prohibe en la Provincia la existencia de partidos políticos. Artículo 2º — Debiendo ser los ciudadanos todos constitucionales, sumisos a la Constitución que nos rige y hemos jurado, el que hoy en adelante proclame algún bando, o se titule del partido liberal será reputado seUriburu

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dicioso y estará bajo la vigilancia de la Policía de esta Capital y de los Jefes Políticos y militares en la campaña. A todo esto el cura Campo, aliado a Antonino Taboada, recupera el gobierno de Tucumán para los “liberales”, derrotando a Celedonio Gutiérrez en “el Ceibal”. Seguidamente se le hace el campo orégano a dicho preste de sable e hisopo — ahora Gobernador de su provincia —, y resuelve tomar venganza por aquellas invasiones a sus lares de los urquicistas salteños que encabezara Latorre. Al efecto dirige su tropa hacia los dominios de Todd. Este sale de la ciudad a fin de contener el desborde del vecino fronterizo. Antes de echarse a andar pone, espectacularmente, su bastón de mando a los pies del Cristo del Milagro, patrono de Salta. Nada le vale, no obstante, a Todd, el recurso de querer complicar a la Divina Providencia en sus malandanzas de político. Su cruzada marcial no fue más que un despliegue aparatoso; aunque le sirviera para abrirle los ojos y hacerle ver la realidad histórica circundante, cambiada de golpe después de Pavón, y, a la cual, trató de acomodarse enseguida, virando en redondo a favor de la corriente mitrista. Sobre la marcha, el mandatario salteño canta la palinodia en una inusitada carta al lugarteniente de Mitre, General Paunero, a quien le dice: “una invasión anónima del gobierno de Tucumán me ha obligado a armar esta provincia y salir en su defensa … parece increíble, pero yo se lo aseguro a usted, a fé de hombre de honor, que recién he conocido la situación de la República, y no me puedo explica cómo ha podido ocultárseme tan bien … he repetido en Salta hasta el fastidio, que los hombre más culminantes y patriotas que había conocido eran Urquiza y Mitre … me presto a un arreglo pacífico que fije de una vez la actualidad de la República … dígame usted todo lo que se requiere porque se hará con la prontitud necesaria, para no diferir la organización nacional”. Y Paunero responde a Todd: “la invasión de Tucumán, que usted llama anónima … fue motivada por los ataques de Salta de que usted es responsable … Tucumán … ha sufrido ocho invasiones lanzadas sobre su territorio por Aniceto Latorre, que ha sido el azote de esa provincia por mucho tiempo. 394

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Esas invasiones dirigidas por el General Alvarado … y toleradas por usted, no le permiten hablar de invasiones, ni recordar siquiera perjuicios ni reclamos, porque eso parece un sarcasmo en boca de usted … Yo no tenía de usted más noticias que la actitud hostil que asumía, enviando al doctor Torino a solicitar la alianza de La Rioja y Catamarca (es decir del “Chacho” Peñaloza y del “Peludo” Guitérrez) para oponerse a la reacción liberal y progresista que inició Buenos Aires … veía, además, un célebre decreto de usted en que abatía completamente al partido liberal, representado por un club que nos era afecto, y prohibía a los salteños hasta el derecho de tener opiniones … Hoy — concluía el exarca de Mitre — que lo veo con placer uniformar su opinión con la de Buenos Aires, como las demás provincias hermanas, no dudo que usted apoyará con todos sus esfuerzos la nueva situación que ha asumido la República”. Cual era previsible, a Todd le fracasa la súbita voltereta, y, a los veinte días de llegar a la ciudad de Salta, de noche y en el mayor sigilo, hace mutis por el foro para refugiarse en Jujuy. “¡Albaricias! — le informa Paunero a Mitre desde Córdoba (8-IV-1862) — Acaba de llegar el correo de Salta y trae la noticia de la fuga de Todd y del presidente de la Sala (Miguel Araoz), de cuyas resultas el pueblo ha nombrado Gobernador provisorio al General Rojo, que ha sido reconocido por toda la provincia. Este cambio no cuesta ni una lágrima ni una sola gota de sangre” Dos meses atrás, en medio de un ambiente cargado de pasión, Todd — que estaba en la frontera — para congraciarse con los recientes triunfadores “pavoneantes”, había permitido, de nuevo, la actividad de los partidos políticos en Salta. La señora Gregoria Beeche de García y su hija Deidamia — urquicistas extremas —, cada una por separado, le hacían al ausente Adolfo García la crónica de esos pormenores del terruño. Escribe Deidamia: “Acá estamos en unos barullos sin fin. El tres de febrero hicieron un baile en el club de los Liberales (los “libertos” estampa en su carta la madre) y hubieron brindis por Mitre (lo vivaron “hasta las niñas” recalca doña Gregoria), y lo hicieron morir a Urquiza y su círculo. Entonces los Uriburu

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Constitucionales se reunieron para contrarrestar a los otros, y convidar a todas las familias tucumanas emigradas (urquicistas). Este baile — prosigue Deidamia — tuvo lugar anoche, y los Liberales hicieron otro en lo de Don Juan Uriburu. Se emborracharon luego estos, y salieron a insultar a los del baile constitucional. Felizmente había guardia, y no los dejaron entrar. Ellos insistieron, y el oficial le dió tres cintarazos a Jándula, y le han lastimado la cabeza; y a otros les tocó también de los palos. Dicen que anoche ha sido una trifulca el pueblo; y por fin hubieron que llevar con gente armada a las señoras a sus casas, de miedo a los insultos de los malcriados que ya tú los conoces. Nosotras estamos muy contentas de estar lejos de las bullas … Acá corre que están en tratos Mitre y Urquiza, pero todas las provincias se han pronunciado por Mitre, hasta Jujuy; sólo Todd a reasumido la soberanía en el gobierno, que él lo tiene hasta que venga una cosa decisiva de abajo. Todavía está en la frontera, y dicen que está en tratados con el clérigo Campo, y que en pocos días más se vuelven (los milicianos) a sus casas … Esto no se entiende de noticias, bullas, mentiras y cuanto hay”. El 13 de marzo doña Gregoria lo enteraba a su hijo de estos ajetreos del mundillo político salteño: “Principiaré por decirte que el Carnaval lo han pasado muy divertido en Cerrillos reunidos puros Constitucionalistas, todas las noches han tenido bailes … Regresó el Ejército la víspera de Carnaval, y desde muy antes ya se ocupaban los Libertos de seducir a éste para hacerle revolución a Todd, pero no lo han podido conseguir. Han seguido en el periódico La Prensa, han hablado las mayores iniquidades del Gobierno y del exterminio para todos los Constitucionales. Estos han formado un otro Club en los altos de Galo (Leguizamón), y hoy sale un nuevo periódico rebatiendo a este. Si hay tiempo te lo mandaré. Por una pura desgracia perdió la batalla el Chacho en Tucumán, y se encuentra en posesión de Tucumán el Clérigo Campo, con motivo de los malditos pronunciamientos de Todd y los demás Gobiernos. El enviado de Mitre, Don Marcos Paz no pasa de la raya de Tucumán y Catamarca, parece que tiene miedo al Chacho que se retiró a la Rioja … En días pasados ha llegado 396

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un correo de Tucumán y han venido algunas cartas que … daban noticias … que el General Urquiza estaba, con un fuerte ejército y 48 cañones, en tratados con Mitre … Ayer recién se ha reunido (en Salta) la Sala. Todos los Liberales iban muy creídos que Todd renunciaría al bastón (de Gobernador), porque no dejan medio para conseguirlo, y para este caso estaba preparado Don Juan Uriburu para recibirlo, y Don Cleto (Aguirre) el Ministerio, pero viendo que no sucedía esto se levantó Don Cleto, tomó su sombrero y salió; lo siguieron otros varios que estaban combinados, y la Sala siguió con casi puros constitucionales. Señalaron las 12 de hoy para reunirse. Quiera Dios que se arreglen y que los hagan callar, a estos hombres, que todos sus proyectos les salen fallidos. Yo doy mil gracias a Dios, a cada momento, de verte lejos en el día”. (Adolfo cobijábase, a la sazón, en la boliviana Cobija). “Te avisaré — le refería el 28 de marzo Deidamia García a su hermano Adolfo — que nuestro Gobernador Todd había estado en conbinación con los liberales para darles el bastón, pero de un modo el más indecente. Todos los constitucionales se reunieron el diez y ocho a la noche, a la instalación de un Club, con el objeto de sostener a Todd; y después de su instalación, como a las doce de la noche, salieron por las calles vivando a todo el mundo, y no hubo un solo muera a nadie. Inter tanto nuestro Todd había estado ensillando su caballo para fugarse, y el otro día no apareció el Gobernador en Salta: se había trocado a Jujuy. Los constitucionales cuanto supieron hicieron un propio a Cerrillos llamando a Don Miguel Araoz como presidente de la Sala, pero no dieron tiempo los liberales: en el acto que supieron se fueron al Cabildo, se apoderaron de las armas, y dijeron que no reconocían la Sala porque era ilegal (es decir por que era la mayoría de constitucionales) y lo pusieron a Rojo de Gobernador interino y a Joaquín (Díaz de Bedoya) de Ministro. Así estamos en Salta, y hasta ahora viene ninguna orden de Mitre, ni de nadies, y no se sabe quien es el que manda por allá, porque los correos vienen y llegan unos con cartas atrasadas, otros con seis o siete cartas, y por fin llegó uno anoche sin ninguna”.

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Mi bisabuelo Uriburu Gobernador de Salta Ocurrió que al haberse disuelto la Legislatura tras la huida y renuncia de Todd, la Cámara de Justicia salteña, único poder público que se hallaba en ejercicio legal, integrada por los doctores Pedro Uriburu, Vicente Anzoategui y Emilio Torres, nombró Gobernador Interino al general Anselmo Rojo. Este, en su corto interinato, preocupóse en reorganizar la Legislatura, quedando como presidente del cuerpo Juan Nepomuceno de Uriburu, quien resultó elegido por los legisladores Gobernador de Salta, en propiedad, el 7-V-1862. “Lo han nombrado de Gobernador legal a don Juan Uriburu y se ha recibido, están en bastante tranquilidad todo esto” — le escribió el 27 de mayo doña Gregoria Beeche a su hijo. Y al mes siguiente, la señora ampliaba su información: “Aquí hacen días que se ocupan de nombrar diputados para el Congreso y para la nueva Sala, como la que echaron abajo cuando se perdió Todd; y se ven en grandes apuros, porque es tan pequeño el círculo de los Libertos. De contado van de diputados Don Cleto, Bedoya y José Uriburu; Senadores Rojo y Don Pedro Uriburu; Don Juan se asegura quedará de Gobernador aquí, pero la más irascible es la Sala. Me han asegurado que es nombrado Torenita uno de los diputados, y también Baldovino. Ningún Constitucional se ha llegado a la mesa a dar su voto, ellos solos están haciendo las cosas”. A su vez Deidamia le ponía a su hermano Adolfo en otra carta: “Este país sigue ahora tranquilo, porque nadie les hace oposición a nada. Están en lo preparativos los diputados para irse a Buenos Aires. Creo que va José Uriburu y Bedoya, o en su lugar don Cleto. Rojo también pretende de senador y están en nombrarlo, y en ese caso queda de Gobernado Don Juan. Lo cierto es que ahora todo esta bueno y antes estaban en barullos. Todd sigue en Jujuy, no sé cuando volverá”. Sentado en la silla del gobierno y ya con el bastón ejecutivo en su puño, don Juan nombró Ministro a José Manuel Arias Cornejo, a quien sustituye el poco tiempo por el presbítero Genaro Feijóo; la Legislatura, en tanto, era presidida por Segundo Díaz de Bedoya, actuando de Secretario del organis398

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mo el sobrino y futuro yerno del Jefe de la Provincia, Francisco — “Pancho” — Uriburu, el cual luego sería reemplazado por Andrés de Ugarriza. El historiador Bernardo Frias esboza, con tintas muy personales, la semblanza del Gobernador Uriburu: “Era comerciante en trapos — plumea displicente el retratista — y, a diferencia de su hermano don Evaristo, alto, elegante, dicen que hasta buen mozo, pareciéndose en todo lo demás, especialmente en aquello que era como atributo predominante de familia: el desenfado, el decir fuerte, el acaloramiento en el debate y el espíritu inquieto y aspirante”. “Desde los tiempos que gobernaba allí el famoso canónigo Gorriti — prosigue Frias —, no se había visto la sotana ocupando los sillones del gobierno civil. Aquí don Juan quiso restaurar la cosa, puesta siempre en desuso, y llevó por su ministro a D. Genaro Feyjóo, doctorado en teología y derecho canónico en la famosa Chuquisaca; canónico ya, en la época de su gubernativa figuración, de la Catedral de Salta”. Feijóo era “coto o cotudo, en mejor castellano; pero a diferencia de su jefe actual, D. Juan Uriburu, petizo, crespo el pelo y renegrido; las facciones finas, vulgar el rostro, suave y retobado de carácter y lujoso y aseado en el vestir”. El 12-VI-1862 Deidamia García comentábale a Adolfo, su hermano: “Dicen que Don Juan se prepara a hacer fiestas para el nueve de julio, y que estrenarán la casa de Gobierno, que ha quedado muy bonita; tienen globos, fuegos artificiales, misa de once y baile de jóvenes en esa sala que dicen tiene diez y nueve varas”. “Hubo algo de notable en la administración de don Juan” — expone sesenta años después el cronista Frias. “No diremos el abrir un pozo en medio de la plaza mayor, angosto y profundo, hasta dar con la capa de agua que por cuatro o cinco metros bajo la superficie visible del santo suelo dormía en los tenebrosos senos virginales de la madre tierra; no tampoco la agradable sorpresa que causó en el público espectador las proezas de acróbatas en aquel mismo sagrado recinto, al ver, al final de la fiesta patria del 9 de Julio, volar, en el acto de recoger en el balcón grande del Cabildo la bandera nacional, bandadas de palomas que, partiendo de los restantes Uriburu

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balcones de aquella histórica casa, cruzaron el espacio pendientes del cuello cintas blancas y celestes, colores significativos de la venerable insignia de la patria; pero sí diremos de frente, que bajo su administración se hicieron las modificaciones al edificio del cabildo en la parte que ya no daba a la plaza, dotándolo de puertas, balcones modernos, cielo-rasos, escalera propia con baranda de hierro y todo lo demás e indispensable para constituir una Casa de Gobierno”. “Hecho este adelanto — nos ilustra Frias —, no más los Gobernadores tuvieron que abrir las oficinas de su despacho en su casa particular, como había sido la costumbre desde que Salta fue Salta, y cada cual siguió en adelante viviendo en lo que era propio, el Gobernador ciudadano en la Casa de Gobierno, y el ciudadano Gobernador en su casa particular, con su mujer y sus hijos”. “Aquel edificio así arreglado por don Juan, para tan públicas y oficiales funciones — sigue Frias con la palabra —, albergó a los Gobernadores que vinieron tras él: D. Cleto Aguirre, Dávalos, Ovejero, Zorrilla, Leguizamón, D. Pablo Saravia, Araoz, Solá, Ortiz, Oliva, Solá en segundas nupcias, como se lo decían, y Martín Güemes, que tuvo la loca ocurrencia de dividirlo en lotes y venderlo en pública subasta, como cosa que se iba a derrumbar y matar gente, y que, sin embargo, pasó él a los reinos de la muerte, hará cosa de 20 años, y el señor Cabildo sigue riéndose del tiempo y de la integridad de la conciencia de aquellos ingenieros que le informaron al vandálico Gobernador, que el edificio se encontraba entre peligros de muerte”. En el año referido — 1-XI-1862 —, ante el Escribano Francisco Niño, Juan N. Uriburu le compró a Carlota T. de Oro, esposa de Juan de Dios navarro, por el precio de 1.700 pesos, un terreno “a espaldas del Convento de la Merced”, de 22 y 1/2 varas de frente al Norte y 42 y 1/2 de fondo; lindante por el Norte con la calle “Real”, por el Sud con el albañil José Ponce, por el Poniente con la casa de Petrona Arias (casada 1º con José Ignacio Sierra y luego con Justo Ruiz de los Llanos), y por el Naciente con “terreno del Colegio” — San José, futuro Colegio Nacional. Ahí, en dicho solar, edificó mi bisabuelo 400

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Uriburu su amplia morada, en uno de cuyos aposentos surgiría a la vida, en 1877, su nieto Carlos Ibarguren. Esa casa familiar, de altos, “descollaba entre las del barrio por lo elevada y soberbia” — consigna Frias (que la ubica frente a la plaza, cuando en realidad se levantaba a dos cuadras y media de la Catedral, en la hoy calle España, entonces “de la Victoria”, antes “de la Independencia” y primitivamente “Real” o “del Yocsi”, vale decir “de la salida”, en quichua). Tal vivienda “llamaba la atención del vecindario por la altura que se le daba — agrega el célebre tradicionalista salteño —; supuesto que, en comparación con las demás salidas de manos españolas, y de sus discípulos, no alcanzaban sino a sus dos terceras partes, siendo, por tal suerte, la más alta, erguida, elegante y atrevida de cuantas a la sazón habían en Salta”. “El Chacho” revuelve las provincias. Luchas contra sus montoneras. Su trágico fin No fue para mi “Tata Juan” poltrona la silla del gobierno. Cuando asumió el mando de Salta el panorama general de la República no podía ser más turbulento. Por marzo de 1863 el “Chacho” Peñaloza habíase vuelto a levantar en armas en La Rioja contra la autoridad nacional, desplazando al Gobernador Francisco Solano Gómez para colocar en su lugar a Juan Bernardo — “Berna” — Carrizo, en tanto preparaba una invasión a Catamarca, a fin de derrocar al Gobernador Ramón Rosa Correa. El 8 de abril, el mandatario salteño Uriburu le comunicaba al Presidente Mitre, estar enterado del “movimiento revolucionario mediante el cual ha sido depuesto el señor gobernador Gómez de La Rioja por las fuerzas de Peñaloza o Chacho, las que amenazan invadir la provincia de Catamarca, para deponer al señor Correa y hacer volver a la escena los hombres que fueron separados a consecuencia del espléndido triunfo de Pavón, y aumentar sus fuerzas para invadir, sea la provincia de Tucumán o ésta” — Salta. “Por la hesitación que estos últimos incidentes ha producido en los malos hombres que tenemos aquí — agregaba Uriburu —, me he visto obligado a mandar salir de la provincia al médico Uriburu

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doctor Damián Torino, joven muy apasionado contra la actualidad”, quien “hizo venir al Chacho a Tucumán a fines del 61 y ofreció 100.000 pesos que sacaría de esta ciudad”. Asimismo don Juan expulsó de Salta a Julio Achaval, que “es un vago y malentretenido, autor de todos los chismes y noticias falsas”. Entretanto el Chacho concreta su ataque a Catamarca, por intermedio de su lugarteniente Felipe Varela, y de Carlos Angel, Severo Chumbita, Jerónimo Agüero, Calancha, Ardiles, Alamo y otros capitanejos. El gobierno nacional, a su vez, nombra director de la guerra a Sarmiento, gobernador de San Juan entonces, y los soldados de línea que comanda el General Arredondo son puestos a las órdenes de aquel que había aconsejado a Mitre “no trate de economizar sangre de gauchos”. Por su parte, los gobernantes “liberales” de Santiago del Estero (Manuel Taboada) y de Salta (mi bisabuelo Uriburu), abren campaña sobre Catamarca para destruir a “los elementos de anarquía”; y Varela sufre una serie de derrotas: en Callecita, Villaprima, Capayán y Chumbicha. El Chacho y sus montoneros, a todo esto, son batidos también por las fuerzas de Manuel Taboada y del Coronel Ambrosio Sandes, en Mal Paso y Lomas Blancas, el 3 y 20 de mayo respectivamente. Al mes de esos contrastes, el caudillo de La Rioja incursiona revolucionariamente hasta la ciudad de Córdoba, aliado a los “rusos” — federales — que encabezados por el Sargento Simón Luengo y el Coronel Pedro Oyarzabal, en complicidad con José Pio Achaval y otros políticos antimitristas, le quitaron el poder al Gobernador Justiniano Posse. Las tropas nacionales del General Paunero, sin embargo, un par de semanas más tarde — 28 de junio —, desbarata a los rebeldes en el combate de Las Playas. Otra vez logra escapar el Chacho Peñaloza, y envalentonado por algún éxito menor, se apodera de San Luis; mas la coyuntura no le es favorable y lo rechazan las milicias puntanas el 26 de agosto. Luego amenaza irrumpir en San Juan, los dominios de Sarmiento; pero en la Puntilla de Caucete su gauchesca hueste resulta sorprendida por un corto destacamento del Mayor Pablo Irrazábal, que la dispersa por completo. Re402

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fugiado, con unos pocos adictos y su familia, en el caserĂ­o de Olta, el famoso guerrillero montaraz, sin posibilidad de emprender nuevas arremetidas, se entrega sumiso a sus vencedores; y el Mayor IrrazĂĄbal, en irracional impulso de bĂĄrbaro absoluto, a lanzasos asesina al rendido en 12-XI-1863.

Uriburu

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Correspondencia de Uriburu con Mitre El 28 de abril anterior, desde su “Cuartel General de Cafayate”, el Gobernador Uriburu habíales escrito al Presidente Mitre: “Después que salí de Salta, a la cabeza de la columna que he movilizado, me he convencido más y más de la necesidad que había de esta medida, pues con ella he hecho desaparecer en estos departamentos los gérmenes de desorden de que algunos enemigos de la actualidad querían aprovecharse con el dañado intento de perturbar la paz pública. Felizmente he salvado ya a esta provincia de la azarosa situación en que ha estado por algunos días, y aunque es indudable que aquí se conspiraba de acuerdo con los anarquistas de La Rioja, puedo asegurar a V.E. que tengo más que suficiente poder para contener a los sediciosos, y que no peligra ya la tranquilidad pública. El movimiento militar que me he visto obligado a hacer, me ha dado a conocer los muchos elementos que hay en esta provincia para sostener el orden de ella y de la Nación; tengo muchos hombres, pero también una gran escasez de armas y demás pertrechos de guerra. Desearía que si Vuesencia lo creyese conveniente y posible, me mande algunos fusiles, pues de quinientos que había en la provincia, sólo trescientos estarán en buen estado. Con el resto de la fuerza que he movilizado, permaneceré en este punto hasta que regrese la vanguardia que ha marchado a Catamarca, y no ofrezca el más remoto cuidado la tranquilidad interna de esta provincia … No hay, como he dicho, cuidado de que los revoltosos triunfen; pronto serán vencidos y escarmentados, y volviendo a gozar de completa paz trabajaremos con ardor por el bien del pueblo”. Dos meses más delante, el 27 de junio, mi bisabuelo le expresaba a Mitre: “Aprovecho la oportunidad de la marcha a esa capital de mi sobrino don José Uriburu para tener la complacencia de dirigirme a V.E. … Sé que V.E. ha tenido repetidas denuncias de los muchos elementos de desorden y reacción que había en ésta, capaces de perturbar la paz pública; no es del todo infundado esto. Mucho he tenido que trabajar para vencerlos y ahora mismo persigo a los cómplices de una revolución que se urdía en la frontera de esta provincia, con rami404

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ficaciones muy vastas en varios otros puntos. Se han tomado tercerolas, fusiles, lanzas, municiones, etc., que debían servir para el movimiento, y ocho de los cómplices están ya en proceso. Sin embargo, no trepido en asegurar a Vuecencia que esos malos elementos están hoy vencidos y en lo sucesivo pueden anonadarse. No descansaré hasta conseguir este objeto por los medios que la ley ha puesto en mi mano. La expedición de las fuerzas salteñas a La Rioja ha hecho que la mayor parte del pobre armamento que tenía esta provincia quede en varios departamentos de Catamarca y la Rioja, así como las municiones que llevaron … Es por esto que encargo a mi dicho sobrino para que solicite a V.E. algunas tercerolas, fusiles y espadas de tropa”. “Cuando entré al gobierno de esta provincia — le agregaba Uriburu a Mitre —, mi principal anhelo era vivificar la acción gubernativa que por tanto tiempo había permanecido en la más completa inercia, gracias a la indolencia de los gobiernos. Este era un pueblo sin monumentos públicos, sin ningún establecimiento de aquellos que más imperiosamente reclama una sociedad civilizada; en fin, parecía que nunca hubiera tenido quien pensara en las necesidades públicas, y que siempre hubiera carecido de elementos para poder llenarlas. Yo me proponía, a fuerza de constante trabajo, cortar esos malos precedentes y dejar terminadas, al salir del gobierno, algunas obras de utilidad pública. Esto no lo deseaba conseguir tan solo para halagar mi vanidad; otro era el principal objeto que le daba: quería que el pueblo se convenciera prácticamente de la diferencia que había hecho entre el partido caído, que nada había hecho en favor de él, durante su largo dominio, y el partido triunfante que en muy poco tiempo había hecho algo en bien de todos: quería que esta provincia, donde tenemos tantos enemigos de nuestra causa, pudiera poner en paralelo la época pasada con la presente, y fallar en vista de los adelantos que hubiera introducido mi gobierno; pues creo que este es el medio más eficaz para persuadir a los pueblos, y engrandecer a los partidos que dominan. Para conseguir esto había vencido los principales obstáculos, regularizando el cobro de las rentas; pero desgraciadamente los últimos movimiento políticos Uriburu

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vinieron a defraudar mis esperanzas. Los gastos que ha sido necesario hacer, me han quitado los recursos con que contaba para realizar mi pensamiento, y hoy nada puedo hacer por falta de recursos, pero ni siquiera pagar con regularidad a los empleados. Mi sobrino José hablará más extensamente con V.E. sobre este importante asunto y le hará presente las necesidades de este gobierno: va suficientemente instruído para ello” — terminaba mi “Tata Juan”, con sus ilusiones frustradas de convertirse en un Pericles salteño. El 8º de línea. Los “constitucionales” conspiran para voltear al Gobernador “liberal” A raiz de aquel levantamiento del Chacho, el Presidente Mitre, por decreto del 10-IV-1863, dispuso la formación del regimiento de infantería 8º de línea, sobre la base de 100 soldados nacionales destacados en Catamarca. Fue nombrado jefe del cuerpo el Coronel Diego Wellesley Wilde, y 2º jefe el Mayor Emilio Alfaro. Con estos comandos dicha fuerza prosiguió la campaña en las provincias del interior. “La indicación de Vd. respecto a la creación de un batallón de línea en esa provincia — le escribió Mitre al Gobernador Uriburu, el 6 de mayo — estaba ya realizada de antemano, nombrando jefe del mismo al coronel Wilde, persona del aprecio de usted, según creo. Dicho batallón residirá en las tres provincias de Catamarca, Salta y Tucumán”. En el 8º de línea — como dijimos en otro lugar — iniciaron su carrera los jóvenes salteños — primos hermanos y futuros Generales — Napoleón y José María Uriburu, sobrinos de mi bisabuelo don Juan. Mientras las armas chocaban con furia, o vomitaban fuego, y corría sangre argentina en La Rioja, Catamarca, Córdoba, San Luis y San Juan, los desplazados urquicistas constitucionales de Salta — ahora frenéticamente “chachistas” — se salían de la vaina para entrar en acción y derribar al Gobernador “liberto” Uriburu, esperanzados en el descalabro del régimen de Mitre en todo el ámbito nacional. José — “Pepe” — Uriburu le escribía a Mitre el 18-IV1863. “Solo en días de conflicto creo conveniente dejar el si406

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lencio de la vida comercial para llamar la atención de V.E. sobre hechos que tienen importante influencia en la mayor de todas las necesidades actuales: la paz de la República … Tenemos el enemigo a 15 leguas de la frontera y en perspectiva de una revolución que, aunque parece comprimida, el gobierno, sin embargo, no ha podido tomar los hilos de ella”. “El Gobernador — dice don Pepe — marcha en persona a Santa María con una división de 1.200 hombre para prevenir la invasión del Chacho a Salta y prestar auxilio al gobierno de Catamarca”. Es de hacer notar que Celedonio Gutiérrez — celebérrimo “Peludo” tucumano — que estaba exilado en Bolivia, se había introducido en Salta, por lo cual las autoridades de Tucumán solicitaron la extradición del personaje en términos amenazantes; cuya nota rechazó, con altivez, el gobierno conminado. El proscripto, entretanto, traspasa la línea divisoria con Bolivia, como también lo hace el ex Gobernador de Córdoba Fernando Allende, según se lo comunicó a Mitre, el 23XI-1862, Pedro Uriburu. Empero, algo más tarde, el errátil Gutiérrez cáe de vuelta al territorio salteño “como peludo de regalo”. Manuel Taboada, desde Santiago del Estero, le da cuenta a Mitre que en la noche del 31-IX-1863, hubo de estallar un complot en Salta, encabezado por el “mazorquero” Celedonio Guitérrez, “prevalido de la extrema bondad y tolerancia de ese gobierno”. Tal maquinación intentó sorprender “a la guardia del principal”, pero fue descubierta a tiempo, y el Gobernador Uriburu apresó al “Peludo” y a varios de sus compinches, encerrándolos en la cárcel pública, “por conato de sedición o revolución contra la actualidad de la provincia”. “Hacen 8 días que hubo un gran alboroto que denunciaba revolución” — consigna una carta de la señora Beeche de García a su hijo Adolfo, cobijado en Cobija. “Mandan traer con una partida a Gutiérrez, que está cazando por la Isla con Cuestas y don Manuel Tamayo; los meten a la cárcel a todos y los ponen incomunicados; levantan sumario a Gutiérrez; por las noches los tiros de costumbre para alarmar al país; y por fin han soltado a todos los presos y nada han podido probarle a Gutiérrez. Reunieron la Sala, en sesión privada, para pedir el Uriburu

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gobierno facultades extraordinarias, y gracias a los esfuerzos de don Isidoro López y Apolonio Ormaechea, que sostuvieron (la oposición), no le han concedido las facultades. De rabia ha estado por renunciar don Juan”. Los siguientes párrafos de la correspondencia íntima de misia Gregoria Beeche — escritos el 25 de octubre y 10 de noviembre es ese año 63 — revelan el estado de ilusión que embargaba a los urquicistas salteños, y con que miraje optimista seguían los acontecimientos políticos en desarrollo, factores de apasionante relieve en aquella etapa histórica de nuestra organización nacional: “La política sigue fermentando; el Chacho hace algunos progresos en su campaña. En el Paraná hubo una serenata donde vivaron al Chacho, a Urquiza y al presidente Berro, por el triunfo completo sobre Flores, y todos los papeles del Litoral descorchan contra Mitre. Ya esto se cáe por su propio peso, y no será extraño que a tu vuelta todo esté cambiado” — pudo leer entonces Adolfo García. “Antes de ayer — 8 de noviembre — llegó la diligencia y trae la noticia del pronunciamiento de Entre Rios. Como 7 jefes se han levantado; protestan que no reconocen autoridad ninguna en Mitre, y animan a sus compañeros de las provincias, con tal entusiasmo, para que sacudan el yugo de los Liberales. Estos jefes entrerrianos tienen a sus órdenes unos 2.000 hombres; otros mil y quinientos hacen la suma de cinco mil y tantos hombres. Al mismo tiempo se asegura la completa derrota que a hecho el Chacho a Arredondo cerca de La Rioja. Esta noticia los ha puesto (a los Uriburu y sus amigos) con las caras de media vara de largo; y como se sabe la conclusión de Flores en las inmediaciones de Montevideo, todo se les ha juntado, y han inventado un alcance, diciendo que hay una carta de Córdoba en la que dice que Urquiza iba a tomar a estos jefes y remitirlos a Mitre para que los juzgue. Todos han hecho una farsa del alcance, y nadie lo crée, porque se asegura que llegaban buques de guerra del Paraguay en protección del General Urquiza. Ya se desmorona esto”.

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Consejos de Taboada. Uriburu enfrenta con mano dura a la oposición A propósito de aquella intentona revoltosa de Celedonio Gutiérrez, que previno mi bisabuelo en Salta, el Gobernador de Santiago del Estero y enérgico adalid de la política mitrista en el norte argentino, Manuel Taboada, le daba estos consejos a su colega salteño, no sin un retintin de censura por el moderado proceder del destinatario: “Gutiérrez y demás que han maquinado esa revolución, han sido, hasta cierto punto, autorizados para ello, pues el gobierno de usted, amnistiándolos, los ha colocado en medio de sus relaciones y de los elementos de que pueden echar mano para trastornar el orden … Gutiérrez y demás cómplices de él, en el movimiento abortado, debían ser entregados para ser juzgados por el juez de letras del fuero criminal … Opino que una vez establecida la justicia nacional y reglados sus procedimientos, es a ésta y no a la de la provincia a quien compete el conocimiento de la causa … Veo también que la Legislatura se había reunido a consecuencia de esos sucesos, sin haber resuelto nada. No entiendo qué rol puede jugar la representación provincial en hechos de esta naturaleza; pues la conservación del orden es un deber atribuido exclusivamente al P.E., y las medidas que al efecto se dicten de resorte puramente administrativo. Los Gobernadores de provincia, como agentes naturales del Gobierno Nacional, a quien compete sofocar y reprimir los conatos de revolución, pueden, en casos como el presente, aun levantar fuerzas para sostener su autoridad, pues es lo que se llama conmoción interior … No veo que necesidad haya de reunir un cuerpo legislativo, que no resolviendo nada, disminuye hasta cierto punto el prestigio moral que debía investir el gobierno … La diversidad de opiniones, a este respecto, no obstará para que le felicite por la oportunidad y acierto de las medidas que han impedido se altere el orden en esa provincia y se comprometa la paz del norte de la República”. Estas moniciones de Taboada produjeron su efecto en el acto, y el Gobernador Uriburu empezó a apretar la mano. Buscó el apoyo de aquel regimiento 8º de línea, que la Nación Uriburu

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había movilizado para combatir contra los rebeldes de La Rioja. “Desde que se inició la creación de este cuerpo hasta el presente — le decía don Juan a Mitre —, no he economizado sacrificio, quizá desatendiendo las necesidades de la provincia, teniendo que hacer uso de mi crédito particular, por la exhaustez del erario provincial, para subvenir sus crecidos gastos, como lo demuestra la letra girada por el Coronel Wilde a favor de este gobierno y a cargo del Ministerio de Guerra y Marina”. La 1ª compañía del 8º quedó para guarnecer a la plaza de Salta subordinada al Capitán Napoleón Uriburu; mientras que las otras dos marcharon a Jujuy, con el ulterior destino de amparar a las poblaciones nacientes de la frontera sobre el Chaco. Por lo demás, contaba el Gobernador de Salta con el batallón de la Guardia Nacional, “de muy excelente infantería, y con los oficiales subalternos que tiene hoy, que son jóvenes decentes y de muchas esperanzas para la patria” — cual se lo adelantó mi bisabuelo al Presidente de la República. El nunca ecuánime Bernardo Frias, estampa que bajo el ala de don Juan tomaron libertad (sic) “los cachafaces”: “un coya Otaiza (es el Coronel José de Oteiza Bustamante) hacía de comisario de policía, sino de Intendente de ella, y tomó buen expediente en zurrar a la gente. Otro de nombre Borelli (Luis E., del 8º de línea), oficialito forastero, también se hacía conocer por el mismo género de diversiones, aplicando palizas por quítame estas pajas … Mulatos alzados — insiste el criticador de ‘La familia afortunada’ — se habían tomado igualmente la libertad de injuriar y aún de herir a los más señalados de los adversarios. Y estaría demás decir que un estado tal de desbordamiento de los chicos, salpicara de culpas la cara de los grandes; y, que, no conteniéndose los males, tomaron éstos vuelo e incremento, y desarrollaron sus lástimas hasta formar un estado de fuerza insoportable”. “La oposición — apunta Frías — hinchó también su cuerpo, tomó cara de fiera, afiló sus garras y bajó a tomar plaza en la arena. El Libre fue el periódico con que se comenzó a fustigar dura, acre y reciamente al gobierno, y el gobierno respondía y atacaba también con voz de trueno. La riña quedó

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con ésto de todo en todo armada. Personas y familias se dividieron con odios y profundos deseos de venganzas”. Frente a los Uriburu aparecían en primera fila alborotando el ambiente estos personajes: el foliculario de El Libre “Pepe” Araoz (José Samuel Araoz Ormaechea), a quien Bernardo Frías califica de “joven resuelto y audaz como cualquier alma de pelea”; el impresor de los brulotes de éste, Román Anzoategui; el tío de Araoz, Apolonio Ormaechea, portavoz urquicista en la Sala de Representantes; el desaforado Isidoro López, “lujo literario de la oposición, … elocuente clarín que sonaba en la Legislatura” — en opinión de Frías; el preste Emilio Castro Boedo, futuro apóstata abarraganado que colgó la sotana e intentó formar una iglesia cismática propia; y Martín Cornejo, “único Cornejo bravo por no ser perteneciente a los mansos que constituyen la dilatada familia que carga el apellido” — al decir de Frías que alcanzó a conocerlo. Los políticos salteños, caídos a raíz de Pavón, habían quedado mascando rabia. Impacientes y esperanzados aguardaron el triunfo del Chacho para prorrumpir, a su vez, contra los agentes locales “de la actualidad”. Pero las malandanzas y el trágico final del errabundo montonero riojano; el amotinamiento abortado del “Peludo” Celedonio Gutiérrez; y, sobre todo, la desconcertante inercia de Urquiza, allá lejos, en su palacio de San José; exacerbaron el rencor de aquellos “constitucionales” de Salta. Día tras día, oleadas de rumores calumniosos, impulsadas por ellos, golpeaban al gobierno a fin de socavar su prestigio. La maledicencia se infiltra en todas partes. Zacarías Tedín, empleado nacional en la aduana, “es enemigo de la actualidad — le avisaba el Gobernador Uriburu al Presidente Mitre —; me he permitido alguna ocasión reconvenirlo particularmente, por sus exageradas noticias, y bien poco he podido conseguir”. Pepe Araoz, entretanto, tonante y fanfarrón, echaba espumarajos en El Libre contra los Uriburu, escudándose en la libertad de prensa. Y como esas escrituras suyas no eran sagradas, y, se me ocurre, difícilmente despertarían la mansedumbre de Job, cierta noche, algunos partidarios de mi bisabuelo realizaron un operativo comando — llamémoslo a la Uriburu

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moderna — contra el local del pasquín: asaltaron su imprenta, cargaron las letras de molde en varios ponchos y, sin más ni más, las arrojaron al tagarete. Manifiesto de Uriburu El 7-III-1864 el Gobernador Uriburu lanzó un manifiesto que decía: “A pretexto de las elecciones para Diputados al Congreso de la Nación (en las que salió electo José Evaristo Uriburu), que tuvieron lugar el 14 de Febrero último, se promovieron reuniones sediciosas, en que se procuraba levantar al pueblo contra las leyes fiscales del impuesto, se le incitaba a la resistencia contra el Gobierno y se propendía a minar la autoridad de éste, usando de la calumnia y de la impostura; … se pretendía operar el extravío total de la opinión en las masas, a fin de conducirlas sucesivamente de la asonada a la rebelión … Para impulsar su obra de desquicio, la facción que pretende levantarse como antagonista del gobierno, tomó por órgano de su propaganda una publicación periódica (El Libre) de que no nos ofrecen modelo ni aún los extravíos más licenciosos de la prensa en parte alguna del mundo civilizado. Inspirándose en el odio y en las pasiones feroces que pervierten el corazón humano, aquella publicación ha soplado sobre la sociedad el aliento de la discordia, propendiendo a dividirla en facciones hostiles entre sí, a quienes se incita todavía a combatir recíprocamente en lucha exterminadora … Esa publicación contiene en cada línea un agravio personal o una infamia a las autoridades … Esa misma publicación hace de mi persona el blanco de sus iras, pretendiendo herirme en mi honor, en mi dignidad y hasta en mis afecciones …, que quiere ultrajar, en mi persona, la autoridad, desprestigiarla por la calumnia y la injuria, para arrojarla después como botín a la turba facciosa, de entre la que se proponen recojerla sus instigadores. En semejante situación, conciudadanos, el primer deber de la autoridad consiste en preservar la sociedad de los furores de la anarquía, y en poner a cubierto el orden público contra los amagos desastrozos de la revuelta … He adoptado sin vacilar las medidas conducentes a devolver al pueblo la tranquilidad 412

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… ordenando la prisión de los ciudadanos Román Anzoategui, Isidoro López, Julio Achábal y José S. Araoz, principales agitadores del pueblo … más sólo en el primero han podido cumplirse las órdenes expedidas, habiendo los otros tres sustraídose por la fuga y la ocultación a la prisión que fue a intimárseles. El grave delito contra el orden público de que aquellos individuos son culpables, sin embargo de ser notorio, quedaría escudado no obstante por la impunidad si se llevase su conocimiento a la justicia ordinaria. Los tribunales, por una aberración inconcebible, han llegado a dejar fuera de toda jurisdicción, y de toda ley, los delitos cometidos por el uso licencioso de la libertad de imprenta; y en cuanto al juzgamiento de los delitos de conspiración o de otros que se relacionan con el orden político, ya el gobierno sabe, por triste experiencia, que ni aun la comprobación de ellos es un obstáculo serio que se oponga a la absolución de sus perpetradores. En casos de urgencia perentoria y de naturaleza análoga a la presente, el gobierno se encuentra inhabilitado para recurrir a la acción de los tribunales … Compatriotas: Me hallo próximo a devolver la autoridad que me confiasteis; hasta que llegue ese caso he de mantener la posición enérgica que he asumido en presencia de la facción reaccionaria que sin cesar conspira, pretendiendo envolvernos de nuevo en los desastres de la guerra civil. Yo os respondo que he de preservar el orden público contra las acechanzas de sus enemigos, mientras llega el momento en que tenga el honor de trasferir la insignia del poder al ciudadano que designen vuestros representantes, por medio del voto libremente emitido para sucederme”. Liberales opositores de Uriburu se pliegan a los urquicistas Lo que alarmaba a mi “Tata Juan”, en ese momento, era la alianza establecida entre el partido constitucional urquicista y los liberales opositores de su política de entre casa; y creyó haberla roto con aquellas drásticas resoluciones. Sin embargo tales medidas de fuerza sólo acentuaron la impopularidad del Gobernador; quien, el 8 de marzo, le escribía al PreUriburu

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sidente Mitre: “Don Isidoro López, hombre de pasiones vehementes y de perversos instintos, pretendía la diputación al Congreso. El partido liberal al que López pertenecía antes, no apoyaba su candidatura. Entonces buscó el apoyo que le faltaba en el partido caído. El partido caído, entre el cual figuraba como director el doctor don Ezequiel Colombres, se puso de pie. López se aprovechó de la prensa, haciendo de ella el uso más infame; pero sin embargo fueron derrotados en las elecciones. La derrota les inspiró mayor osadía y principiaron entonces la conspiración contra las autoridades constitucionales de la provincia para hacerse dueños de ella. Empezaron a predecir la sedición por todas partes; la prensa, con un desenfreno espantoso inducía al pueblo a la sublevación, ofreciéndole la rebaja de los impuestos, exagerando las cargas que pesaban sobre él, desprestigiando y atacando las leyes, ultrajando y calumniando de todos modos al gobierno. El pueblo, alucinado por tan infames promesas, empezaba a dejarse arrastrar por los sediciosos, y el orden público se veía amenazado. Dejándolos en la más completa libertad, permanecí impasible cuando despedazaron con salvaje crueldad mi dignidad de hombre y las más caras afecciones que tenía; pero no pude permanecer lo mismo viendo peligrar el orden público confiado a mi custodia. En casos anteriormente acaecidos, de conspiración comprobada y por desmanes licenciosos de prensa, busqué en los tribunales y en la ley los medios de represión contra los autores de estos delitos ... pero por un conjunto de debilidades, connivencias y errores lamentables, sólo se consiguió que los jueces incompetentes, y sin aptitudes por lo general en estos pueblos, sancionasen la impunidad. Ahora, la proximidad de un conflico probable, me ha inducido a la adopción de medidas directamente encaminadas a conservarlo (al orden), por el alejamiento temporal de los principales instrumentos de la agitación sediciosa … Tal vez ello será calificado de arbitrario, pero mi conciencia reposa tranquila, porque tengo la convicción de que con ello he salvada a Salta del compasivo estado de Córdoba, de mucha sangre que se habría derramado, y de los innumerables males que había de traer una desenfrenada anarquía … Don Isidoro López es yerno de Wilde y se 414

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muestra claramente que ha hecho participar a su suegro de sus planes de anarquía. El Coronel Wilde es hoy una amenaza en vez de una garantía de orden para esta provincia…”. La Legislatura en mayoría se suma a la oposición Tenía razón el Gobernador Uriburu, el aire que se respiraba olía a pólvora. Oliscaban esto también los Honorables Representantes de la Legislatura — calientes “mazorqueros” y “libertos” tibios — que estaban en malos términos con el Primer Mandatario. Y el 10 de marzo — dos días después de aquella carta de mi bisabuelo a Mitre — los Diputados Apolonio Ormaechea, Francisco J. Ortiz, Sixto Ovejero, Luis Alfaro, Francisco Ugarriza, Pedro José Figueroa, Rudecindo Torena, Mariano Cornejo, José M. Fernández, Héctor López y José María Arias, suscribieron un documento que declaraba: “en vista de los hechos que han tenido lugar en estos últimos días, ella (la Legislatura) en manera alguna se hace solidaria de los actos administrativos del Poder Ejecutivo”. Ipso facto “Pancho” Ortiz, Apolonio Ormaechea y Emilio Torres dieron a la estampa ese testimonio, mediante (sic) los “restos de la Ymprenta del Pueblo Soberano oficialmente destruída” — vale decir, con los plomos que quedaron de El Libre en casa del imprentero Román Anzoategui. En dicho impreso se calificaba a la resolución opositora de los Diputados, como “hecho grandioso”; advertía que el Presidente Bedoya y el colega Martínez, adheridos a la misma, “no la han suscrito por motivos especiales”; que la Sala tenía quorum con sólo 14 Diputados (y ya 13 eran adversos al P.E.); y, en conclusión, los firmantes aconsejaban “al pueblo a que no crea en la conveniencia de revoluciones para obtener reparaciones … pues al fin todo cambiará constitucionalmente dentro de dos meses, con la elección de nuevo Gobernador”. De todas suertes, interín estos legisladores en la Sala de Representantes hacían, por anticipado, sus cálculos para acceder al gobierno a través de vías constitucionales cumplido el plazo de dos meses, otros hombres conspiraban impacientes, a fin de derribarlo a Uriburu por la fuerza. Uriburu

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Se subleva el 8º de línea en Jujuy Apenas transcurridos cinco días del manifiesto de los “padres conscriptos” que sabemos, estalló en Jujuy la sublevación del 8º de línea, y, simultáneamente, irrumpen formaciones guerrilleras en los departamentos salteños de Chicoana y Rosario de Lerma; estos grupos y aquella tropa decididos a dar por tierra con la administración de mi bisabuelo Uriburu. Así, los sañudos rivales políticos suyos jugaron la doble carta del procedimiento legal y la rebelión armada, en esos idus de Marzo de 1864. No solo mi Tata Juan — cual se apuntó más trás — desconfiaba del Jefe del 8º de línea Diego Wellesley Wilde. El 1º de enero de ese año “Pepe” Uriburu se quejó a Mitre del Coronel en estos términos: “Su notoria informalidad lo pone en situaciones difíciles a cada instante”. No tiene crédito ninguno, y la gente a sus órdenes “es un grupo de hombres que ni apariencia tiene de tropa, a pesar del constante reclamo que se dice hacen cada día los oficiales”. De las cosas que ocurrían en Salta le informaba por esas fechas el General Anselmo Rojo al gobernante Manuel Taboada. Allí incursionaban “Gutiérrez, Colombres y Cia … Isidoro López les sirve de pantalla por odio personal a los Uriburu”. Un año atrás el tucumano Pedro Garmendia habíales advertido también al Presidente Mitre: “La aparición en Salta de los caudillos caídos a consecuencia de la brillante jornada de Pavón … ha puesto en inquietud y expectativa a los ciudadanos y gobierno de esta Provincia … El señor Uriburu, Gobernador de Salta, tiene muy mala política en admitir a estos hombres”. Pero concretemos los hechos. A las dos de la madrugada del 15-III-1864 se sublevó el batallón 8º de línea acantonado en Jujuy. Desacatados por los clases y soldados, sus oficiales no pudieron sofocar el motín, aparentemente encabezado por un sargento Guzmán, aunque — según afirmación rotunda de José Uriburu — “el Coronel Wilde puso el batallón al servicio de su hijo político don Isidoro López”. La soldadesca hirió de gravedad al sargento italiano Garelli, en tanto el Capi416

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tán Salguero “fue separado por el Coronel por haber querido contener la sublevación, so pretexto que lo habían de matar” — cual denunció Pepe Uriburu. El entonces cadete porta-gión José María Uriburu intentó frenar en vano el tumulto. Algunos exaltados quisieron fusilarlo, mas valientemente lo impidió el sargento Nepomuceno Visnarez, al disuadir a los furiosos. José María pudo así salvar su pellejo; “y mi primera idea — lo recordó él muchos años después — fue encaminarme a Salta a dar cuenta al gobierno de lo que había ocurrido en Jujuy, pues los amotinados debían dirigirse a aquella capital con la intención de derrocar su autoridad”. Entretanto los insurrectos alborotan las calles de Jujuy, y frente al Cabildo reclaman a gritos la paga de los sueldos que se les debían desde varios meses atrás. Al pronto, el Teniente Alejandro Fábregas Mollinedo y el Subteniente Alfredo Wilde aparecen “capitaneando a la jente sublevada por disposición del Sr. Coronel”. (Esta frase reveladora se inserta en una carta del 17 de marzo de Fábregas a su madre Agustina Mollinedo). Y ya sin titubeos, unos 80 “cochinchinos” (tal su mote debido a las polainas blancas que usaban, análogas a las plumosas patas de los gallos de esa raza) “perfectamente armados y municionados”, se ponen en marcha rumbo a Salta en son de riña, para derrocar al gobierno, maliciosamente convencidos por los opositores de que era culpable el gobierno de la no paga del prest; cuando el abono del mismo correspondía al Ministerio de Guerra nacional. En lo que atañe al Coronel responsable de la fuerza anarquizada (padre político de Isidoro López y carnal del Subteniente Alfredo Wilde), él habíase evadido lamentablemente de la escena; y entre las cuatro paredes de su casa le despachó una líneas al Ministro salteño Genaro Feijóo, dándole parte del “tal desagradable acontecimiento”, y que los insurrectos del 8º “han elegido (sic) dos oficiales que los conduzcan … quienes por un acto de abnegación y en el deseo de mantener el orden, se han prestado a conducirlos”, y “por el inminente riesgo que corren estos oficiales en su marcha a Salta con la tropa desbandada, trato de tocar todos los medios para hacerlos regresar”. Y prevenía, el suscripto, a las autoridades salteUriburu

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ñas, tomaran recaudos en procura del desarme de aquella tropa. Con posteridad (25 de marzo, 10 de abril y 10 de noviembre de ese año 64), el aludido Coronel se dirigió epistolarmente al Presidente Mitre, pretendiendo justificar su equívoca conducta en el “desgraciado acontecimiento”, “en que vi disolverse una parte considerable del cuerpo que con tantos afanes había creado”. “La prensa de Salta y su gobierno quieren suponerme hasta enemigo de la actualidad (esto le preocupaba al Coronel), causa a que he pertenecido desde mi infancia, sin haber variado jamás” — decía muy suelto de cuerpo Diego Wellesley Wilde, nativo de la Gran Bretaña y ahijado de Lord Arturo Wellesley, Duque de Wellington, venido crecidito al Río de la Plata antes de 1822, siendo estudiante de ingeniería. Finalmente, el desairado Coronel del 8º de línea — que perdió la idem — solicitaba se investigara su proceder en resguardo de su honor comprometido. Contraataca Uriburu. Combate de “Los Sauces” Pues bien: veamos como continuó la cosa. En tanto aquellos milicos amotinados, por personajes que no daban la cara, avanzaban desde Jujuy hacia Salta para consumar la destitución del Gobernador Uriburu, éste, no bien se enteró de que la soldadesca se le venía encima, dispuso el contraataque. Su sobrino Pepe Uriburu, “Coronel del 2º batallón de la Guardia Nacional”, fue puesto a la cabeza de los “defensores del orden”, con encargo de aplastar “la anarquía armada que levantó el estandarte de la guerra civil”. Don Pepe, aceleradamente, moviliza y pone en marcha una columna de 300 hombres (100 infantes de la Guardia Nacional; media compañía veterana del 8º que guarnecía a Salta, subordinada al Capitán Napoleón Uriburu, y con el primo José María incorporado a sus filas; y 100 milicianos a caballo). El 18 de marzo esa fuerza se topa con los “anarquistas”, al amanecer, en la estancia “Los Sauces”, a 9 leguas de la ciudad. Desde La Caldera, Nicolás Carenzo había partido a avisar a los sublevados que ve-

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nía Uriburu en tren ofensivo, pero al soplón lo pescó y capturó una patrulla, en una senda desviada. Frente al casco arbolado de “Los Sauces”, los efectivos de Uriburu toman posición de ataque. Al centro de la línea, el Napoleón de la familia capitanea a la infantería; apoyada su ala derecha por los jinetes del Comandante Juan Puentes, y en el extremo izquierdo por los del Comandante José Valdés; ambas formaciones a caballo dependientes del Teniente Coronel José Oteiza Bustamante. Bajo copioso aguacero, Pepe Uriburu manda avanzar dobles guerrillas con orden de no abrir fuego mientras no lo hiciera el enemigo. Llegados los infantes como a 300 varas de éste, cargan al trote con la bayoneta calada detrás del Capitán Napoleón, y, a su empuje, se rinden los “cochinchinos” rebeldes en menos de media hora. Todos los vencidos — le informaría después Pepe Uriburu a Mitre — “a una voz declaraban ser inocentes, puesto que ellos habían obrado por mandato expreso de su Coronel, que les ordenaba hacerlo, y que los mandara su hijo el Alférez Wilde y el Teniente Fábregas”. El señor Royo, propietario de la finca “Los Sauces”, al abrir las puertas de su casa, en medio del combate, recibió dos balazos en el pecho que le ocasionaron la muerte. Las familias de Royo y de Zenón Arias — dueño éste del predio vecino “El Angosto” — hicieron causa común con los sublevados, “con quienes mantenían estrecha relación”. “Son las siete de la mañana” —estampaba el Coronel don Pepe en su parte de victoria. “El resultado de este combate son 12 heridos y 4 muertos de los revolucionarios o sublevados del batallón 8º de línea, cuarenta y tantos prisioneros, muchos fusiles, municiones y pertrechos del batallón, cuyo detalle remitiré a V.E. más tarde. Por nuestra parte hemos tenido la fortuna de no perder un sólo hombre … sólo tenemos unos pocos heridos … La división se ha portado con valor … Sensible es no haber tomado ningún cabecilla de los que esperaba encontrar aquí reunidos. Hoy permaneceré todo el día haciendo descansar la tropa, y esperando la invasión del caudillo Gutiérrez, Aniceto Latorre, Belisario López, el mulato Nola, Martín Cornejo y otros que están en este momento nombrando los prisioneros, según les Uriburu

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había dicho el renombrado don Isidoro López, que ha tenido especial cuidado en no mezclarse con el humo de la pólvora. Creo, señor Gobernador, que los malvados han sido escarmentados, y que han de permanecer tranquilos después. Felicito a V.E. por el triunfo obtenido, al partido liberal de la provincia y a la Nación, por el escarmiento de los sublevados”. Simultáneamente a esta insurrección, puesta en marcha desde el norte sobre la ciudad de Salta, políticos opositores del gobierno de Uriburu levantan, de pronto, cuadrillas armadas en los departamentos salteños de Chicoana y Rosario de Lerma, estableciendo un segundo foco revolucionario por el sur. Acaudillan a los revoltosos el cura Emilio Castro Boedo, promotor principal de la revuelta, y el Coronel urquicista Manuel G. Reyes con Lucas Castro, Bernardino Peña, Rosario Córdoba, Silvio Castellanos (padre del futuro poeta don Joaquín, niño entonces de 3 años), Gaspar Burela, Franklin Cuestas, Julio Achával, Jacinto Bernadete. De movida, más de 100 insurgentes arrollan a una partida gubernista del Teniente Coronel Emilio Echazú, que había salido a su encuentro, resultando heridos de lanza el Comandante Arancibia, el joven Fanor Novillo y alguna gente de tropa. Por su parte otro columna de 100 “soldados de la ley”, comandada por Ramón Zuviría, persigue a los guerrilleros hasta el lugar de “El Brete”, y el 19 de marzo, a las tres de la tarde, tras una hora de entrevero, resultan descalabrados los facciosos, con el saldo de 5 muertos, varios heridos y bastantes prisioneros. Manifiesto del Gobernador Uriburu Siete días más tarde, el Gobernador de Salta les dirigió un manifiesto a sus “compatriotas conciudadanos” y a “la Guardia Nacional movilizada”: “… Acabamos de asistir al triunfo definitivo alcanzado por los soldados de la ley sobre la facción anarquista” — decía mi bisabuelo, entre otras cosas. “Nos hallábamos en el momento supremo del peligro para el orden público: el gobierno llegó a adquirir la convicción muy fundada de que la ausencia de medidas enérgicas e instantáneas adoptadas contra los agitadores de la sociedad, espondría 420

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a ésta a presenciar desde luego el espectáculo desmoralizador de la asonada y a conmoverse ante el desastre sangriento de la lucha inminente. Quiso la autoridad, entonces, prevenir el estallido de la revuelta, por el alejamiento de algunos de los principales instrumentos de que se servía la facción anarquista para promoverla … Pero no había contado con la ciega obstinación con que los enemigos de la paz de estos pueblos conspiran a envolverlos en la conflagración de la guerra civil … Les hemos visto hacer estallar en Jujuy un motín militar, que tenían preparado aquí con mucha anticipación, lanzando la soldadesca sublevada contra la autoridad legal de esta Provincia … y también responder a esa invasión levantando montoneras en los departamentos de Chicoana y Rosario de Lerma … Pero los bravos soldados que permanecieron siempre fieles a su bandera, y los generosos hijos del pueblo que forman la Guardia nacional, corrieron presurosos a escarmentar la rebelión … Dos combates necesarios, gloriosos … han anonadado la anarquía armada y afianzado el orden público … El crímen es notorio; sus perpetradores son conocidos de todos; el fallo de la justicia no puede hacerse esperar mucho tiempo, debiendo ser severo y ejemplar, cual lo requiere la naturaleza del delito … Valientes Guardias nacionales … Al dejar las armas que habéis llevado con honor … la gratitud pública ha de seguiros bajo el techo de vuestro modesto hogar, y en todas partes la consideración de los hombres honrados … También debéis contar siempre con la estimación de vuestro compatriota y amigo: Juan N. Uriburu”. Los amigos critican a Uriburu por tolerante; los enemigos lo tildan tirano A decir verdad, las cosas se habían puesto feas para el gobierno de mi bisabuelo. Sus aliados políticos le reprochaban no haber sabido conjurar a tiempo los embates de la oposición, que en Salta llegaron a provocar derramamientos de sangre, y a dividir el partido de los vencedores de Pavón. Un año antes de los cruentos choques en “Los Sauces” y “El Brete”, el Gobernador de Tucumán, José María del CamUriburu

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po, le anticipaba al Presidente Mire: “A estar a los rumores que hace circular el partido federal, y a pesar de las seguridades que me da el Gobernador de Salta de que no se conmoverá allí el orden, abrigo temores de que alguna montonera o alguna perturbación intenten en el interior de aquella provincia, donde tienen base los federales, muy especialmente por los emigrados que allí han ahijado indiscretamente. Muy advertido está de ello el señor Uriburu, para que los sucesos le sorprendan”. Sin embargo, el 22-III-1864, el mandatario se Salta, en carta al caudillo santiagueño Manuel Taboada, admitió que: “A favor de las garantías que el gobierno concedía a los ciudadanos, los anarquistas empezaron a conspirar”; y que en vano se tomó “la medida de alejar temporalmente a cuatro de los corifeos de la oposición, esperando que esta medida sería suficiente para apagar la conspiración”. Y Taboada, por su parte — después de leer en otra misiva de Anselmo Rojo: “la mazorca encontró en don Isidoro López una bandera a quien apoyar … hasta producir una revuelta que empezó por una parte del 8º de línea que se hallaba en Jujuy … y la frontera del Rosario está llena de emigrados tucumanos que indudablemente harán o pensarán hacer su revuelta” –, le acotó a Mitre, sobre el mismo asunto: “La tolerancia del señor Uriburu va dando sus frutos, bien amargos por cierto, que le servirán de lección para lo sucesivo”. Pepe Uriburu, en la hora amarga de la posterior derrota, llegaría a calificar a su tío de “hombre débil y bondadoso, que ha comprometido hasta el extremo la paz de la provincia”; pues “dejó y consintió en los puesto públicos a todo hombre del partido personal (urquicista) de muchos años atrás”; y era “su gobierno tolerante hasta la debilidad”. En cambio Isidoro López expuso muy de otro modo en el papel sus comentarios para Mitre: “La familia de Uriburu, tradicionalmente empeñada en el monopolio de los destinos públicos, dió en perseguir a los que se oponían a ese propósito. Para esto necesitó, el gobierno de esa familia, tener facultades amplias durante la administración Uriburu; y al efecto se buscó el pretexto de un plan de rebelión por el general Gu422

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tiérrez, asilado, hombre sin prestigio alguno; pidiendo de la Cámara Provincial, por medio del ministro y con el nombre de medidas, verdaderas facultades que la ley prohibe. Llenando mi deber de Diputado me opuse a que se acordasen. Allí empezó la persecución de ese gobierno; por que no quise ser uriburista … mandaron una partida armada a matarme en mi casa, de la que salvé por casualidad … Refugiado en Jujuy, presencié la sublevación de las dos compañías del 8º que estaban al mando de mi suegro, el Coronel Wilde. Los Uriburu me calumniaron, imputándome participación en esa sublevación, sólo para deshonrarme … No habría conspirado contra mi causa y contra mi padre político. Los soldados mal pagados, con sueldos atrasados, sufriendo necesidades … rehusaron ir al Chaco, declarando que se volvían a Salta a sus casas … después … se desbandaron en Sauces, sin combate alguno…”. Y el reverendo energúmeno Castro Boedo — después de haber trocado el hisopo y las bendiciones por la lanza y la guerrilla montonera — en sus epístolas a don Bartolo escribía: “Comenzaré por afirmar a V.E. que como el más franco y firme liberal … dí mi voto a don Juan Uriburu para gobernador de la provincia, a don Pedro Uriburu y al general Rojo para senadores, y a Feijóo toda mi influencia para ministro … Que la comprobada anticonstitucional conducta del gobierno Uriburu me compulsó a desempañar el papel de caudillo del pueblo … y trabajé lo posible para que la Legislatura provincial contuviese los desbordes del gobierno Uriburu … Que quedando el pueblo sin representación y en manos del criminal absolutismo del gobierno Uriburu, no había otro recurso que asumir el pueblo de hecho su soberanía … Con ese objeto me puse al frente de las masas populares desde el 15 de marzo, así en la ciudad como en la campaña … y puse de mi parte todos los medios para hacer huir al gobierno Uriburu, y dejar Salta en el libre uso de sus legales funciones … En cada uno de mis actos, a la cabeza del pueblo, mi primer propósito ha sido invocar con respeto y adhesión el nombre del Presidente Mitre…”.

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Cleto Aguirre candidato de la oposición. Pepe Uriburu maquina el golpe de Estado Así las cosas — fuera blando o duro el gobierno Uriburu, según ello se mirara con cristal claro u obscuro —, lo cierto es que Salta habíase convertido en un hervidero de pasiones. Abocada la Legislatura a designar el Gobernador reemplazante de mi bisabuelo, que concluía su período legal, los representantes de la oposición, en mayoría, pusieron sus ojos sobre el sagaz oftalmólogo Cleto Aguirre, y acordaron elegirlo para el alto cargo. El hombre resultaba bien visto por los legisladores “constitucionales”, dada su característica de “liberto” tibio en la política de entrecasa; ello sin mengua de un ardoroso liberalismo progresista, como masón activo que era — de mandil, banda y mallete — graduado vaya uno a inquirir en que “taller” extrasalteño. La instalación de don Cleto en el sillón gubernamental de Salta, mediante el voto de los diputados “constitucionales” y “libertos” contrarios al Poder Ejecutivo presidido por Juan Uriburu, traía consigo el fracaso político de éste, y, sin duda, iba a añadir un enredo mayor al contexto general del país en el que Mitre devanaba su madeja. Aquella mudanza de autoridades salteñas, acarrearía — a juicio de Pepe Uriburu, transmitido posteriormente al Gobernador santiagueño Manuel Taboada — “la reacción del partido personal, haciendo de esta provincia el centro de operaciones para perturbar la paz y tranquilidad de las vecinas, envolviendo así a la República en la más desastrosa anarquía”. Comoquiera, el instinto de conservación de los Uriburu se exacerbó ante la posibilidad de que sus encarnizados enemigos, a pique de triunfar legalmente con la candidatura del doctor Aguirre, asumieran el mando de la provincia dispuestos a la venganza, tras de haber sido reprimidas, durante dos años, sus confabulaciones con arrestos y destierros, y vencidos en cruentos entreveros recientes. Por ello, el círculo gobernante, a fin de conservar el poder, preparó un golpe de Estado contra la Legislatura hostil; suerte de 18 Brumario; sólo que Napoleón, en este caso — 424

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con el resto de la parentela y unos cuantos militares adictos — , secundaría al verdadero deux ex machina del brumoso lance: el primo y cuñado suyo, Pepe Uriburu. Mas antes de recurrir al extremo de violar la legalidad, se habían sucedido cabildeos entre diputados y políticos del partido oficial, y el Gobernador don Juan, su Ministro Feijóo y Pepe Uriburu. Este último era el candidato a Gobernador del oficialismo. Sin embargo, muchos correligionarios “libertos” resistían al sobrino como sucesor del tío, y los parciales de don Pepe no cejaban en sus pretensiones de imponerlo a sus objetantes. El Ministro Feijóo y Ramón Zuviría, “cediendo a las influencias del doctor Zorrilla y de otros caballeros que se interpusieron como árbitros componedores”, propusieron la candidatura transaccional del Dr. Juan Pablo Saravia. “Don Juan, el Gobernador — relata Bernardo Frias —, aparentó avenencia con el cambio, y don Pepe por delicadeza, según fue su expresión, aparentó avenir también con los diputados electores sobre la eliminación de su nombre. Fue en seguida como a trabajar en el ánimo de ellos por si aceptaban la novedad, pero los así hablados, antes de aceptar cambios ni majaderías, se mostraron indignados, y que había de ser don Pepe Uriburu y no otro el Gobernador, pese a quien pese y proteste quien proteste; y antes de ceder, resolvieron operar en grande. El cuartel de la guarnición de la ciudad se sublevaría, proclamaría la caída de don Juan y entregaría el gobierno interino a don Pepe, hasta tanto la Legislatura eligiera el Gobernador, que no habría de ser otro”. “Don Pepe — prosigue Frias — en su entusiasmo belicoso llegó a exigirle a su tío don Juan, el Gobernador, a que diera un manotazo, opinando que debía armarse de energías para dominar favorablemente el conflico. Y el tío se asustó y no lo quiso. Pero se convino en que don Pepe hiciera el alboroto y cargara con las responsabilidades, o, como se decía en familia, diera la cara. Y resultó conforme se convino”. Sobre el mismo asunto Segundo Díaz de Bedoya — entonces Presidente de la Legislatura, y Gobernador interino de la provincia tras el uribúrico trastorno — le comentó a Mitre: “Desgraciadamente equivocándose los Uriburu, quisieron Uriburu

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colocar de Gobernador a don José Uriburu, a pesar de conocer que era muy mal querido en el país, y de la oposición franca que hicimos los amigos. Si los Uriburu, conviniendo con sus amigos, hubieran dejado elegir otro candidato, hubiera gobernado éste con ellos, y el partido liberal se hubiera ensanchado”. El golpe de don Pepe Faltaban apenas tres días para que la Sala de Representantes eligiera nuevo Gobernador, y el médico Aguirre era ya el favorito de la mayoría legislativa; en tanto la minoría — sin probabilidad ninguna de triunfo — se mostraba aferrada a dar sus sufragios a Pepe Uriburu. Tensa espectativa saturaba la atmósfera política de Salta. Aquella mañana (8-V-1864) las dos compañías del regimiento 8º de línea de guarnición en la ciudad, al mando del Mayor Emilio Alfaro (que reemplazó al Coronel Wilde, destituído a raíz del amotinamiento expuesto más atrás), salen de su cantón en pie de guerra a pretexto de realizar maniobras, y se apostan en las afueras del poblado. Dichas compañías están subordinadas en forma inmediata a los Capitanes Napoleón Uriburu y Luis E. Borelli, a los Tenientes Ramón Vázquez y José Olivera, al Alférez José María Uriburu y a otros oficiales “troperos”. Horas más tarde, los batallones “Arenales” y Nº 2 de la Guardia Nacional, más varios milicos de policía — unos 500 hombres en total —, encabezados por el Coronel Aniceto Pérez, abandonan también sus cuarteles, ubicados en los bajos del Cabildo, ganan la plaza frontera y, “a nombre del pueblo”, declaran disueltos los poderes provinciales, ponen custodia en casa de quien dejaba de ser Gobernador, don Juan Uriburu (a órdenes la custodia de Baldomero Castro, cuñado e hijo político del protejido) y proclaman mandatario provisorio de Salta a José — Pepe — Uriburu. Tras ello, a tambor batiente, regresa el 8º de línea a la ciudad, con Alfaro, Napoleón Uriburu y demás subalternos, que reconocen al nuevo gobernante impuesto y aclamado por sus camaradas de la Guardia Nacional.

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Adviértase que el 8º de línea formalmente no se sublevó: fuerza regular de la Nación, se pone a cubierto de aparecer como actora desencadenante del conflicto político salteño, alejándose del teatro de los sucesos. Los milicianos de la provincia — Guardia Nacional — son entonces los que se encargan, directamente, de asestar el golpe de Estado. Después, torna el 8º a la ciudad y reconoce y respalda los hechos consumados. Segundo Díaz de Bedoya, Presidente de la Legislatura derrocada, le informó al Gobernador de Jujuy, Daniel Araoz, que al día siguiente de haberse Pepe Uriburu apoderado del mando, “me hizo llamar para que le legalice el motín, haciéndolo presidente de los Representantes, lo que no pudo conseguir, a pesar de sus amenazas. Como amigo le aconsejé que restableciera la autoridad del Gobernador don Juan Uriburu, a lo que se negó de un modo brusco”. Entonces “los Representantes fueron citados a junta electoral que no pudo tener efecto, tanto por la presión de la fuerza cuanto porque el titulado Gobernador quitó las llaves al edecán de la Sala y mandó cerrar las puertas. El 10 — sigue Bedoya — cité a los Representantes a mi casa particular; cuando estábamos reunidos fuimos todos presos y conducidos al Cabildo por orden de aquel. Allí permanecía con centinela a la puerta e incomunicado hasta el día 12 a las 11 de la noche, en que se me condujo a mi casa por el titulado Gobernador don José Uriburu”. Reacciona la oposición “Escapado recién anoche clandestinamente” (13 de mayo) Díaz de Bedoya instalóse en el pueblo de La Caldera — a 2 leguas de la ciudad —, para “ejercer la autoridad que me confiere la constitución provincial”. “Mi programa político — le aseguraba don Segundo a Mitre — estará trazado por las reglas constitucionales y los principios que triunfaron en Pavón”. Pepe Uriburu, tras ganar la primera baza, recibió así un contragolpe tremendo. La constitución salteña de 1855, en su artículo 34, preceptuaba que el Presidente de la Legislatura Uriburu

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debía asumir el gobierno si por cualquier accidente no se verificase el nombramiento de Gobernador en el término de la ley, y, en ese carácter, Díaz de Bedoya, a nombre de la legalidad, acababa de declararse Gobernador interino de Salta en La Caldera; y, en el acto, ordenó la movilización de todas las milicias departamentales, a fin de eliminar a la autoridad facciosa instalada en la ciudad; al propio tiempo que nombraba como Ministros al camarista Pio José Tedín y a Andrés Ugarriza; junto con un Consejo Consultivo, compuesto por la flor y nata enemiga de los Uriburu: Isidoro López, Cleto Aguirre, Francisco — “Pancho” — Ortiz, Apolonio Ormaechea, Coronel Diego Wilde, Damián Torino, Rudecindo Aranda, Juan Pablo Saravia, Domingo Funes y Pio J. Tedín. De tal modo surje dos gobiernos en Salta: el revolucionario que, en su capital, obedece a Pepe Uriburu — asistido por el Oficial Mayor Segundo Linares Sancetenea (marido de Lucía Uriburu, prima de Pepe) —, y el de “los defensores de la ley”, agrupado en torno del presidente de la Legislatura Díaz de Bedoya, con su cuartel general en La Caldera, primero, y después sucesivamente en Castañares, Tres Cerritos y en el Campo de la Cruz. Este movedizo e improvisado Poder Ejecutivo, con más de 1.000 hombres levantados por los Comandantes de campaña Francisco Centeno (de Cerrillos), Alejandro y Pedro Figueroa (de Campo Santo), Pedro José — “Peque” — Frias (de los Valles), David Villagrán (de Guachipas), Juan Solá (de La Caldera); todos ellos bajo la directa potestad del Coronel Martín Cornejo, que hacía de Jefe de Estado mayor; secundado, asimismo, por el clerizonte apóstata Castro Boedo, el infatigable Isidoro López, y el Coronel Wilde y sus hijo Alfredo y Guillermo; a más de Aniceto Latorre y otros capitanejos de la oposición; y, desde luego, con el espectante visto bueno del insigne “mazorquero” tucumano Celedonio Gutiérrez — aunque éste le negara su participación directa en el asunto a Mitre, en carta del 16 de mayo fechada en Jujuy.

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Correspondencia de Pepe Uriburu con Mitre, con Rawson y con Taboada Entretanto Pepe Uriburu, al día siguiente del golpe de Estado, daba cuenta a Mitre de lo sucedido: “La situación azarosa y de lucha que atravesamos, desde marzo pasado — le decía al presidente de la República —, la consideración que me merecen los hombres comprometidos del partido liberal, los que sofocaron la revolución de marzo, los que se veían, en fin, con tres días de término para ser entregados a sus enemigos, pues el Gobernador Juan Uriburu debía entregar el mando mañana, no quisieron seguramente resignarse a esperar la elección que debía practicarse hoy, porque de antemano sabían que el candidato de la reacción, don Cleto Aguirre, con todos los malos elementos combatidos y vencidos en marzo, era el que destinaba la representación, compuesta en su mayor parte de hombres que son enemigos sin rebozo de la actualidad de la República”. Producido ayer tarde el golpe de Estado, “sólo por evitar las consecuencias desastrosas que sin duda hubieran venido, he aceptado como una transacción entre los del pronunciamiento, (milicias cívicas del Coronel Aniceto Pérez) y las fuerzas nacionales a órdenes del mayor Alfaro, el gobierno interino de la provincia. No me es desconocido, señor, que el hecho del pronunciamiento por sí sólo, no está revestido de la legalidad que exigen nuestras instituciones; pero no por eso carece de justicia, y más que todo de la ley suprema de la necesidad”. Y el mismo día que don Pepe despachaba esta carta con el joven Francisco Valdés (marido de su cuñada y prima Asunción Uriburu Arenales), que la llevó a Buenos Aires, remitía aquel otra misiva para el Ministro del Interior, Guillermo Rawson, denunciando la “tenacidad del partido vencido en Pavón, que no cesaba un momento de conspirar contra la actualidad”, y que aprovechándose de la inminente elección de Gobernador constitucional, “trabajaba por colocar en este elevado puesto a un candidato surgido de su seno, para hacer partir de ésta Provincia la reacción a las vecinas, estableciendo aquí un centro para ulteriores operaciones”. El partido liberal Uriburu

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no podía mirar con indiferencia — destacaba Uriburu — que “los hombres de Urquiza y Derqui” llegaran a dominar la situación; por eso los jefes y oficiales de la Guardia Nacional, que habían actuado a favor de la causa de Pavón, llevando sus armas hasta La Rioja contra el Chacho; los vencedores de “Los Sauces” y “El Brete”; al darse cuenta “que la mayor parte de los Diputados a la Sala Provincial pertenecen al partido personal”, aprovechando la ausencia del mayor Alfaro y de su regimiento 8º de línea, dieron el golpe que barrió de la sala aquellos elementos “reaccionarios”. Dos semanas más tarde don Pepe le informaba a Manuel Taboada que se había sublevado la campaña de Salta, no “para deponer al solamente gobierno creado por el pueblo en el pronunciamiento del 8 del corriente; se trata de operar la reacción del partido personal (de Urquiza), haciendo de esta provincia el centro de sus operaciones … El caudillo Celedonio Gutiérrez — puntualizaba Uriburu — es el General en jefe de las fuerzas que sitian la plaza, en número de mil o mil doscientos hombre. Los jefes subalternos son: el clérigo Castro Boedo, Alejandro Figueroa, Pedro José Figueroa, el ex comandante Zenteno, N. Ramayo célebre criminal”, Aniceto Latorre, Martín Cornejo, Rudecindo Aranda, el doctor Isidoro López, “las personas más conspicuas del partido personal, que desde muy atrás trabajan incesantemente por agitar las provincias del norte”. “La presencia de estos hombres funestos a la cabeza de una fuerza de conspiración, amenaza la actualidad de la República”. “Es indispensable que todas las provincias que se encuentran más inmediatas al teatro de los sucesos, acudan presurosas a conjurar la reacción y los grandes desastres que trae consigo la dominación de los caudillos, que tan de cerca nos amenazan.” “Hace días que los enemigos han circunvalado la ciudad. La plaza está regularmente fortificada y contiene en su recinto quinientos infantes. Los enemigos destacan alguna pequeñas partidas, las que están en constante tiroteo en las calles con nuestras guerrillas; quedando todos los días seis u ocho muertos del enemigo, el que vuelve a ocupar sus posiciones tan luego como se les hacen de la plaza tres o cuatro

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disparos de cañón. la plaza podrá sostenerse todo el tiempo que quiere, pués no dudo rechazará cualquier ataque”. Opinan Taboada, Anselmo Rojo y Daniel Araoz sobre el golpe de Uriburu Taboada habíale escrito el 19 de mayo a Mitre que aquel pronunciamiento salteño dió por resultado la deposición del Gobernador Juan N. Uriburu, y que nombró “el pueblo (sic), para sucederlo en ese destino, al señor don José Uriburu”. “Dicho movimiento — explicaba el caudillo santiagueño — ha tenido por orden impedir que nuestros enemigos políticos se apoderen de la situación en aquella provincia, pues habiendo fracasado en su primera tentativa con la sublevación del 8 de línea, habían organizado nuevos trabajos para hacer triunfar una candidatura que los pusiera en posesión del poder que no habían podido alcanzar por las vías de hecho”. El cuerpo legislativo que debió proceder a elegir sucesor de Juan N. Uriburu se ha disuelto. El período de Uriburu ha fenecido el 13 de mayo. Opinaba entonces Taboada que para calmar los ánimos y dar forma legal a los hechos y “salvar a nuestro partido, que se hallaba próximo a caer vencido, no hay más medio que reconocer el poder que inviste el señor Uriburu (Pepe), pues lo tiene al sufragio popular, único medio conocido hasta ahora por nosotros para suplir la falta de los cuerpos deliberantes”. A su vez el General Anselmo Rojo, desde Tucumán, le señalaba a Mitre el 30 de mayo: “Las cabezas del partido personal, obrando a espaldas del señor Bedoya, Presidente de la Legislatura, no dudo que si triunfan van a sobreponerse y organizarse en aquella provincia (Salta) para extender su dominio en las provincias vecinas”. De muy distinta opinión era el Gobernador de Jujuy Daniel Araoz, quien el 16 de mayo, le dió aviso al Presidente de la República de “los graves sucesos que acaban de ocurrir en Salta”. “Así como he sido muy celoso en el cumplimiento de mis deberes — expresaba el mandatario jujeño —, sosteniendo con energía y con una abnegación ejemplar a don Juan Uriburu

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Uriburu, Gobernador de Salta, mientras representaba la autoridad legal … así también hoy que don Juan Uriburu ha sido desnudado de aquel carácter, para colocarse en su lugar don José Uriburu en el gobierno, contra el torrente de la opinión pública, impidiendo por medio de la fuerza la elección de la Legislatura, conculcando la constitución y las leyes … me veo precisado a hacer conocer a V.E. … todas las comunicaciones que he recibido hasta hoy de las autoridades o gobiernos que allí han creado los acontecimientos y la fuerza de los hechos … Adjunto a V.E. copia de la carta que acabo de dirigir a don José Uriburu, y debo prevenir a V.E. que no he contestado ni contestaré las notas que él me ha escrito … Creo conveniente advertir a V.E. que no existe hasta hoy reacción alguna en Salta constituída por hombres que pertenezcan al bando que se ha denominado federal o constitucional … Por datos que tengo juzgo que el señor don José Uriburu ha nombrado en comisión cerca de V.E. y de algunos gobiernos de provincia, a su amigo don Francisco Valdés, con objeto de persuadir a V.E. de lo contrario, y hacerle comprender que se ha visto obligado a apoderarse de Salta para evitar que ella caiga en manos de los que se titula partido personal, federal, etc., calificativos muy gastados ya, y que sirven de fraseología obligada a todos los bandos políticos en lucha”. Y Araoz le transcribía a Mitre el texto de una carta de Díaz de Bedoya, fechada el 14 de mayo en el campamento de La Caldera, donde éste, entre otras cosas, le decía a aquel: “Una escandalosa revolución, que no tiene otro fundamento que el no haber querido los Representantes elegir a D. José Uriburu para Gobernador de la provincia, me ha colocado, por la ley, de Gobernador interino … Todo el pueblo decente de Salta ha desaprobado tanto este motín, que ni un sólo hombre notable le ha acompañado”. Posición de Mitre Mitre, a cuatrocientas leguas de distancia del teatro de los sucesos, recibe esos informes con beneficio de inventario. Cada corresponsal le transmite su versión particular sobre los mismo, de acuerdo con los intereses políticos que defiende. 432

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Comoquiera, hay que reconocer que don Bartolo apreció con claridad la verdadera dimensión del conflicto salteño y sus alcances, que no traspasaría las fronteras lugareñas, por ser aquella pugna fundamentalmente de entre casa, localista, enderezada sólo a conquistar el poder de la provincia. Entonces, el no acarrearle “la revolución de los Uriburus” peligro cierto al status de su gobierno en el orden nacional, colocóse el Presidente en el filosófico terreno de los principios. El 1º de junio le escribió el Primer Magistrado a Pepe Uriburu: “Debo declarar a usted que no he podido mirar tales sucesos, sino en el verdadero carácter que tienen, tal es el de una revolución contra el gobierno legal de esa provincia, que no puede justificarse de ninguna manera ni aún con el temor que Vd. me participa de que la elección del nuevo Gobernador recayese en el señor don Cleto Aguirre, pues no puedo persuadirme de que aún realizado ese temor, pudiera ponerse en peligro la actualidad del país … No es por medios violentos que hemos de alcanzar nunca el remedio de los males que pueden aun afectarnos … uno de los propósitos más firmes de mi administración es … que pueblos y gobiernos no se separen jamás de la senda de la ley … Siendo estas las ideas del gobierno que presido (pontificaba el revolucionario del 11 de septiembre y derrotador a mano armada de Urquiza, Derqui y de todos los agentes de ellos en el interior del país) comprenderá usted bien que por mucho que simpatice con su distinguida persona, así como con todos los amigos que le acompañan, es clara la imposibilidad en que está para prestar su aprobación a los sucedido en Salta”. También ese 1º de junio Mitre le escribe al Gobernador de Santiago del Estero Manuel Taboada: “La revolución que ha tenido lugar en Salta, dos días antes de la expiración del término legal de don Juan Uriburu, ho ha tenido otro objeto, y ella misma lo confiesa en los documentos oficiales, que impedir se consume un hecho pacífico y legal, a lo que parece que el mismo Juan Uriburu no hacía oposición. Esto es lo que se llama una revolución no sólo contra la ley, sino contra los principios democráticos que nos rigen. Los autores de tales

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escándalos, lejos de apoyar la situación y consolidarla, no hacen sino desacreditarla y comprometerla”. El mismo día Mitre le expresaba al Gobernador de Tucumán, José — “Pepe” — Posse, su extrañeza por haber éste aceptado los “hecho consumados” en Salta. “Tal aceptación — opinó — no podrá en ningún tiempo producir ningún bien al país, ni a la actualidad de la República. Ud. sabe, como yo, que no es por el empleo de medios violentos que se remedian los males que puedan aquejar a los pueblos”. En idéntica fecha, Rufino de Elizalde, Ministro de Relaciones Exteriores, reitera los argumentos de su jefe, y le comenta epistolarmente a Taboada: “Tengo el pesar de decirle que no es posible reconocer la revolución de Salta. La fuerza que tiene nuestro partido nos viene no de las personas sino de los principios que representamos. Lo que ha tenido lugar en Salta es contra todo principio, y acatar y reconocer los hechos sería colocarnos en la vía de la violencia y de la fuerza … Por más simpática que nos sea la persona del Sr. Uriburu, hay la Constitución y los principios que nos impiden aplaudir y apoyar la revolución”. El meticuloso especialista Luis H. Sommariva en Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias, consigna que Mitre declaró al principio que el Gobierno Federal iba a abstenerse de intervenir en Salta, y dejar que la Provincia resolviera por sí misma sus problemas internos. Después, sin embargo, el Presidente cambió de pensamiento, e inspirado por su Ministro Rawson, se dirigió al Congreso, por mensaje del 10 de junio, en demanda de venia para efectuar la intervención a Salta, al sólo efecto de restablecer a las autoridades derrocadas: mi bisabuelo el Gobernador y la Legislatura. Introducido ese mensaje del P.E. en el Senado, la Comisión de Asuntos Constitucionales apreció el caso con distinto criterio, recordando que la intervención procedía cuando las autoridades constituídas la requerían; que en el caso de Salta, depuesto el Gobernador Juan Uriburu y disuelta la Legislatura, el presidente de éste cuerpo, Díaz de Bedoya, cumplió con su deber asumiendo el cargo de Gobernador interino y atacando a los sediciosos. Rawson estuvo en desacuerdo, pues creía que la 434

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desaparición de la Legislatura y del Gobernador obligaba la ingerencia de las autoridades federales. Después de todo, acordar la autorización pedida por el gobierno de Mitre resultó inútil, pues mucho antes de producirse el debate, el 4 de junio las fuerzas obedientes al Dr. Díaz de Bedoya se apoderaron de la capital salteña, tras sangrienta lucha. Mi bisabuelo en la mala No habían transcurrido cuarenta y ocho horas de aquellos acontecimiento que desplazaron del juego político a mi Tata Uriburu, cuando éste abandonó la ciudad de Salta en dirección a Tucumán, acompañado por su hijo Pio, además de un tal Maidana, de Nemorio Sánchez y de doce hombres armados con tercerolas y fusiles. Sesentitantos kilómetros más adelante (11 de mayo a las 4 de la tarde), al pasar por La Viña, los fugitivos cayeron prisioneros de una partida mandada por Eugenio Figueroa, por el Coronel Daniel Villagrán y el Teniente Coronel Manuel Gorgonio Córdoba. Empero nuestro improvisado viandante no permanecería muchos días “preso e incomunicado”: pronto lo liberaron sus captores y siguió rumbo a Tucumán. Allí el Gobernador Posse habíase empeñado en “ofrecer una misión confidencial de carácter pacífico, y conciliar a los partidos de Salta, a nombre de los gobiernos de Santiago y Tucumán”. “El Gobernador depuesto don Juan Uriburu, que también se hallaba aquí — escribíale Posse a Mitre —, aceptó el pensamiento. Taboada me contestó formalmente — proseguía la carta — autorizándome para elegir el comisionado”. (Ese comisionado resultó el doctor Uladislao Frias, que arribó a Salta cuando ya los uriburistas habían caído y abandonado la defensa de la ciudad). El 7 de junio el Gobernador Posse le comunicaba a su colega santiagueño Taboada: “Don Juan Uriburu acaba de estar a verme pidiendo muy seriamente la intervención armada de esta provincia para reponerlo a él en el Gobierno. Yo le he contestado que puede ser requerida. Me dijo que contaba con el Gobierno de Santiago y con el General Rojo; le contesté que no creía que ni Ud. ni Rojo cargasen con la responsabiliUriburu

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dad de una intervención que no tiene explicación ni pretexto justificable hasta hoy. Me observó sobre la conveniencia de sofocar la maroma antes que se organizase, abundando en conjeturas sobre la posibilidad de que tal cosa debía suceder. Yo le repliqué que sobre una probabilidad no podía una Provincia levantarse en armas para llevar la guerra a otra, y que para creer en la reacción era preciso que se levantara francamente la bandera colorada, rebelándose contra el orden actual. Aquí terminó el asunto, no sin que se separase el Sr. Uriburu algo desabrido”. Al cabo de tantas vicisitudes, una existencia de aciagos días tuvo que encarar mi bisabuelo en el destierro, y lugo en su provincia junto a su familia, que compartió con él estrechez y amarguras. Cinco lustros más tarde, el 29-XII-1890, mi abuela Margarita Uriburu, ya radicada en Buenos Aires donde acababa de perder a su marido, recibió una carta de su madre que le infundía fortaleza y resignación para sobrellevar su congoja. Máma Casiana, en un párrafo, alude a las malandanzas políticas de antaño que todos los suyos hubieron de padecer: “Recordarás, hija, que hubo un tiempo en que perdimos todos los intereses y nos vimos en la necesidad de ir a mendigar una casa que era poco más que un rancho, y que teníamos muchas cotradicciones, y sin embargo Dios nos protegió y pudimos pasar ese tiempo y pasar a otro”. Reflexiones acerca del golpe uriburiano Tras de su renuncia como primer magistrado de Salta, finaliza la vida pública de mi bisabuelo Uriburu. El golpe de Estado que suplantó el tío Juan por el sobrino Pepe en el mando lugareño, estuvo lejos de ser una frívola comedia nepotista impulsada sólo por tremendo apetito de poder. Los Uriburu se hallaban entonces rodeados por implacables enemigos de alto copete, que no habían vacilado en conspirar, difamar, unirse al “mazorquero” Celedonio Gutiérrez, anhelar el triunfo del Chacho y urdir, por cuenta propia, dos levantamientos armados con el triste saldo de muertos y heridos. Tales enemigos lograron finalmente imponerse como mayoría en la Legis436

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latura, provocando la división del partido liberal, de suerte que, a través del candidato a Gobernador Cleto Aguirre, se aprestaban al apoderamiento del gobierno con todas las de la ley. Conviene tener presente que, en la generalidad de las provincias, las simpatías de la mayor parte de la opinión estaban a favor de Urquiza. Sin los destacamentos de tropas nacionales al mando de Paunero, Arredondo, Sandes, Iseas, Irrazábal, Anselmo Rojo y el 8º de línea de Wilde — que en parte intentó darse vuelta en Jujuy contra las autoridades salteñas — ; sin la poderosa cooperación de los Taboada desde Santiago del Estero; tanto Córdoba, como La Rioja, Catamarca, Tucumán, Salta, Jujuy y las provincias cuyanas, hubieran escapado de la órbita política que giraba en torno a la estrella de Pavón, desplazando a los mandatarios locales adictos al Presidente Mitre. Por lo demás, en aquellos últimos doce años — o sea después de la caída de Rosas —, para los vencidos en las luchas políticas argentinas, el clásico vae victis seguía cobrando su cuota de sangre. En efecto: en dicho lapso fueron ultimadas, por ejemplo, estas personalidades: Martiniano Chilavert y Gerónimo Costa, en Buenos Aires; Juan Crisóstomo Alvarez, en Tucumán; Nazario Benavídez, José Antonio Virasoro y Antonino Aberastain, en San Juan; José Mariano Iturbe, en Jujuy; el Chacho Peñaloza, en La Rioja. Y en 1864, precisamente, Sarmiento renunciaba a la gobernación sanjuanina diciendo que “procedía así porque no tenía cogote de repuesto”. Tal era el panorama que se ofrecía a la vista de los Uriburu, jaqueados por la oposición: meses atrás descaradamente subversiva, y ahora — luego de un par de derrotas campales — acogida al legalismo parlamentario, descontando empuñar el bastón ejecutivo que podía trocarse contra aquellos en garrote. El Gobernador Uriburu, resistente a las acometidas de sus tenaces contrincantes, era tachado por estos de ejercer una insoportable tiranía; mientras los amigos Taboada, Rojo, del Campo y el mismo sobrino Pepe, le reprochaban su lenidad. El propio Mitre habíale sugerido (19-XI-1862) que tirara la pieUriburu

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dra al adversario ocultando la mano. “Mi política será esencialmente constitucional y reparadora” — le escribió don Bartolo a don Juan, con palabras que en el porvenir repitiría Hipólito Yrigoyen —, y “no podría realizarse sino cerrando el período revolucionario y, por consiguiente, las persecuciones políticas”. “Sin embargo de esto — agregaba textualmente el Jefe de Estado —, toda situación tiene sus exigencias … Considero que, cuando en una provincia como la de Salta, se asila un caudillo como Gutiérrez, que ha sido el azote de Tucumán, y que hace diez años que la mantiene en constante alarma y revolución, es un deber de buena vecindad el alejar de su inmediación ese elemento perturbador, por medios indirectos, aunque sin apelar a la violencia, para no dar lugares a reclamaciones y desinteligencias”. Así, “la situación y las exigencias” salteñas, al iniciarse el mes de mayo de 1864, planteaban como único candidato para Gobernador aceptado por los legisladores oficialistas en minoría, a Pepe Uriburu; y sólo a éste se empecinaban en votarlo ellos; desechando el nombre conciliatorio, propuesto por los liberales disidentes, de Juan Pablo Saravia — tan poco de fiar, que lugo formó parte del Consejo Consultivo del gobierno rival de Díaz de Bedoya, con Isidoro López, Cleto Aguirre, Pancho Ortiz y tutti quanti. Aquellos oficialistas netos — exhonerados después como Representantes por los que derribaron al uriburismo — fueron: los primos Pepe y Pancho Uriburu y Juan Navea Uriburu, además de José Hilario Carol, Pedro José Pérez, Aniceto Pérez (el golpista jefe de la Guardia Nacional), Federico Morales, el Presbítero Luis Alfaro y Desiderio Ceballos; 9 votos, contra los 13 que hubieran sufragado por Cleto Aguirre. Enfrentado a esta perspectiva, Pepe Uriburu, ardiente, audaz y agresivo, organizó y dirigió el golpe de Estado para evitar el encumbramiento, en Salta, del partido vencido “en la jornada de Pavón”. Y fue él sólo quien asumió la responsabilidad de empuñar la palanca revolucionaria, ya que su tío no quiso, ni podía moralmente, prolongarse en el mando. Pero el palancazo de Pepe no bastaba para sostener y consolidar el desajuste político promovido, era necesario un 438

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ulterior apoyo de Mitre, de Taboada y de Posse. Uriburu descontaba de antemano ese apoyo, en la seguridad de concitar, a su favor, la intervención del Gobierno Federal, de las vecinas provincias de Santiago y Tucumán, y del Ejército nacional del Norte, cuyo comando ejercía Anselmo Rojo. Se equivocó de medio a medio, sin embargo: y encerrado en la ciudad de Salta como en ratonera, tras veintisiete días de combates sangrientos, con fuerzas que en número triplicaban a las suyas, pagó muy caro su error. Relación de los hechos y combates a través de distintos testimonios He aquí como pinta, el 24 de mayo, el Gobernador de Jujuy Daniel Araoz al Presidente Mitre la realidad salteña: “Hoy sólo queda la plaza y una cuadra en el circuito de la ciudad obedeciendo al señor Uriburu: todo lo demás, es decir la provincia entera, exceptuando esa mínima fracción que acabo de mencionar, obedece completamente al señor Bedoya”. Dos mil hombres de infantería y caballería tenía Bedoya en su campamento; sólo 400 Uriburu, y de éstos sesentitantos de caballería. Su situación era desesperada. La única fuerza de Uriburu que salió el 15 de la ciudad hacia Campo Santo, antes de la concentración de los contingentes de Bedoya, fue batida, hecha prisionera, a excepción de tres hombres, que fueron los únicos que salvaron. Luego de este hecho aislado y significativo no sucedió ningún otro combate serio, ni han vuelto a salir a dos cuadras de la ciudad las pocas fuerzas uriburistas. “No tiene en torno de sí el señor Uriburu — calculaba Araoz — quince personas decentes o distinguidas, exceptuando los de su familia, que lo apoyen o secunden sus miras; todos los demás, especialmente los ricos propietarios, las familias más respetables, la juventud de primera clase, los hombres más notables y, por último, toda la población de la campaña, están decidida y entusiásticamente pronunciados en contra de él, y rodeando al señor Bedoya”. El 31 de mayo los efectivos “bedoyistas” tomaron sitios inmediatos a la plaza, como el convento de San Francisco, que Uriburu

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está a una cuadra exacta de ella. Tal acción produjo pérdidas por una y otra parte, que ascendieron a 26 o 28 muertos y otros tantos heridos. Cien hombres de Uriburu se pasan luego a Bedoya, de manera que aquel solo se queda con 300, pero aún resiste obstinadamente. Por fin el 4 de junio, a las 4 de la mañana, José Uriburu evacuó la capital, y la mayor parte de sus sostenedores se allegaron al campo contrario. Bedoya entonces entró en la ciudad sin disparar un tiro. Corridos cinco meses (el 5 de noviembre), Díaz de Bedoya le sintetisa a Mitre, en una carta, los antecedentes y su actuación en los sucesos de Salta, así: “Agitado el pueblo con las elecciones de febrero, con orgías y después con el mal uso de la prensa, puso al gobierno de don Juan Uriburu en una situación difícil, completamente desprestigiado; creyendo un remedio, exitó el gobierno también al pueblo, hasta que llegó a cometer el escándalo de la destrucción de la imprenta de Anzoategui, que denominaron del pueblo soberano. Este hecho trajo por consecuencia mayor agitación, convirtiéndose después en una revolución armada, que combatido en Los Sauces y Brete restableció bastante el prestigio del gobierno. Desgraciadamente equivocándose los Uriburu, quisieron colocar de Gobernador a don José Uriburu, a pesar de conocer que era muy mal querido en el país … En este estado de efervecencia … estalló el motín del 8 de mayo. Engañados los amigos por una revolución injustificable, comprendimos desde ese momento que no había más medio que encabezar y dar dirección a la contrarrevolución … De los elementos que tuve que usar, muchos fueron de los que traían odio a esta familia, que desde el año 40 había estado figurando en la política de un modo exaltado, tanto en el partido de Rosas como en el liberal … Me habían visto al lado del Gobernador Uriburu hasta la víspera de la revolución — decía Bedoya —, por esto la gente vulgar desconfiaba de mis acciones … A los que estuvieron disidentes con nosotros (los urquicistas) les fue fácil aumentar el plantel de oposición que antes habían tenido reunido contra el gobierno de don Juan Uriburu; fácil les era agitar al pueblo que deseaba ver fusilamientos y reparto de los intereses de los Uriburu”. 440

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De un relato del testigo de vista Evaristo Moreno, anotador tardío en 1896 de la revolución aludida, son los siguiente párrafos: “Las fuerzas de la plaza que sostenían a la familia Uriburu, consistían en uno 500 hombres, formados por el batallón 8 de línea, de vallistos y unos 100 ciudadanos, la mayor parte de los cuales habían sido conducidos contra su voluntad. Esta fuerza bien disciplinada y provista con abundancia de armas y municiones … En una guerrilla el 20 de mayo, cayó herido en una pierna el cadete José María Uriburu … El 26 de mayo, a las 5 de la tarde, penetraron en las calles de Salta las fuerzas del gobierno legal … estableciéndose en el paso de cada bocacalle un nutrido fuego de fusilería, que cesó por la oscuridad de la noche, pero no sin que los asaltantes tuvieran unos 20 o 25 heridos, entre ellos el teniente segundo Guillermo Wilde. A las 5 de la mañana del día 27 se inició otro ataque … el Coronel Juan Solá sufrió un completo descalabro, dejando 200 hombres tirados en las calles, entre muertos y heridos. Todas las compañías fueron completamente rechazadas, con excepción de la del Capitán Chavarría, que logró apoderarse de San Francisco … Emilio Torre (Capitán) desplegó un valor heroico conduciendo a sus soldados hasta la puerta de la botica de Mendioroz, a veinte varas de la trinchera, pero sin otro resultado que dejar el espacio de la vereda sembrado por 32 hombres de la compañía … Estos hechos fueron favorables, sin duda, para los Uriburu … El 29 de mayo, a la tarde, una compañía compuesta de 60 y tantos hombres de la banda de música del batallón 8, al mando de los Tenientes Rodríguez y Generoso Galínez, salió de la plaza en dirección al rio en busca de víveres y forrajes. El Coronel Centeno … dividió su escuadrón de caballería … en un callejón … y cuando la compañía desembocaba en el callejón … Centeno dió tiempo apenas a los infantes para hacer una descarga, el resto fue cuestión de bayoneta, lanza y sable … quedando, en definitiva, muerto el Teniente Rodríguez y 14 soldados … y el resto de la compañía prisioneros o heridos, encontrándose entre estos últimos el Teniente Galíndez. El 1º de junio reorganizadas las fuerzas del gobierno legal, se puso sitio a la plaza a dos cuadras de distancia, y en la madrugadas Uriburu

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del día 4 se rindieron los sitiados a discreción … los fugitivos cayeron en poder del gobierno, con excepción de don José Uriburu y del jefe del batallón 8 de línea, Mayor Alfaro” — quien resultó apresado más tarde. Otro publicista, malqueriente retroactivo de los Uriburu, Francisco Centeno, autor del centón Virutas Históricas, le dirigió, el 30-IV-1925, una carta al General Ricardo Solá. De esa comunicación extraigo estas referencias: “José Uriburu … le echó una zancadilla fingida a su tío don Juan Nepomuceno Uriburu, Gobernador titular; lo que hizo brotar un nuevo gobierno de familia, que desde el negro año 40 se venía entronizando en los destinos salteños … Aquella asonada tuvo la virtud de alzar en armas a toda la provincia como un sólo hombre. Algo más de dos mil ciudadanos rodearon a la ciudad … El batallón octavo de línea, mandado por el coronel Oteiza, Mayor Alfaro, el titulado Gobernador don José Uriburu, Napoleón y José María del mismo apellido, se parapetó detrás de aquellas pétreas barricadas. En la noche el 27 y 28 de mayo, don Juan Solá y otros amigos, seguidos de contada infantería y gauchos desmontados, asaltaron las barricadas siendo repelidos. El 29 del propio mes, el jefe de la división del Sur ‘Defensores de la Ley’, hizo pata ancha entre El Infiernillo y el río Arias, y se enfrentó a los cochinchinos … el entrevero fue a lanza y a sable. El jefe Oteiza (Otaiza, como le decían en Salta) perdió su quepí y la tropa de salida se acogió a las trincheras en completa derrota, dejando el campo con prisioneros, muertos y heridos. El Teniente Rodríguez, de los defensores de la plaza, rindió su vida, y resultó herido el Teniente Galíndez. El gauchaje prosiguió el cerco, hasta el 4 de junio. Don Pepe Uriburu se apretó el gorro para Tucumán, cuya fuga fue algo milagrosa, de que los hombres, sus adversarios — luego que se enfriaron — se felicitaron, ya que, de haberlo apresado, el pueblo lo hubiera linchado”. “No importa, señor, que me hayan vencido — le escribió Pepe Uriburu a Mitre, desde un escondrijo salteños el 13 de junio —; no señor, por el contrario, hemos sido vencedores en los combates del 27 y 28 del anterior, únicos serios que hemos tenido … El día 3 del corriente, por la noche, después 442

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de agotar todos los medios de transacción imaginables, tan sólo con el objeto de salvar el honor de las armas nacionales, con los enemigos que nos asediaban desde el 14 del anterior, resolví disolver los cantones, conociendo ya el desaliento de la tropa por la escases de víveres, antes de rendirme y consentir entregar a los enemigos de la actualidad las armas nacionales. Desocupé la plaza a las 12 de la noche y el enemigo se apoderó de ella al amanecer”. “Llegado el caso de nombrar Gobernador, al expirar el período de don Juan Uriburu — le explicó, después, a Mitre el desapacible Isidoro López, trocado y trucado, de pronto, en bienpensante —, el pueblo en su inmensa mayoría hacía prevalecer su candidato en la Legislatura, pues sólo los diputados de la familia Uriburu opinaban por el gobierno. Fue entonces que don José Uriburu, alucinando al Mayor Alfaro y al Coronel Pérez de milicias, se precipitó al motín del 8 de mayo, que tantas desgracias ha causado y tanta sangre ha hecho verter … Los Uriburu querían otro Uriburu de Gobernador … El pueblo se defendió, sosteniendo en el Presidente de la Sala su Gobernador legal. La compañía del 8º, al mando del Mayor Alfaro, sostuvo la usurpación. Don José Uriburu, que asaltó el mando, pasó noticias falsas a V.E. y a los gobiernos vecinos, hablando de reacción, de reacción federal, invasión y otros planes que no tenían lugar. La sangre corrió abundante”. Y el sacrílego “cura de armas” Emilio Castro Boedo le decía a Mitre: “Que desde el 15 de marzo hasta hoy día (13 de junio), no ha habido más partidarios ni más combatientes que todo el pueblo de Salta contra el gobierno o la familia de Uriburu … que en todo el tiempo de las sublevaciones o expediciones del pueblo contra el despótico gobierno de don Juan y del intruso don Pepe, no se ha cometido, por los expedicionarios, ningún desorden que merezca juicio … que ningún caudillo urquicista, derquista o chachista que figuraron hasta Pavón, ha figurado militarmente en nuestras filas”.

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Denigrante “Manifiesto” contra la familia caida “Del árbol caído todos hacen leña”: astillas de la reputación pública y privada y de los bienes y fortuna de los gobernantes vencidos. Más de medio centenar de jefes y oficiales del autotitulados “Ejército defensor de la Constitución”, dieron a publicidad un Manifiesto, explayando colectivamente su furor contra los derrocados Uriburu. De entre esos campeadores de barricada, predominantes, a la sazón, en el avispero político salteños, destaco algunos personajes conocidos: los Coroneles Pedro José — “Peque” — Frias, Martín U. Cornejo, Alejandro Figueroa, Francisco Centeno, Manuel Tejada; los Comandantes: Antenor Saravia, Manuel S. Burela, Santiago Castellanos, José — “Pepe” —Díaz; el Sargento Mayor Juan N. Solá; los Capitanes: Emilio Torres, Policarpo Ruiz de los Llanos y el Teniente Alejandro Fábregas He Mollinedo. aquí algunos trozos, en do de pecho, de aquella diatriba, que en 1864 tipografió la Imprenta del Comercio: “La familia Uriburu tradicionalmente ocupada en buscar asiento en el Poder Supremo de la Provincia, se aprovechó del triunfo de Pavón para encaminarse a su constante propósito: la dominación absoluta y el monopolio de las funciones públicas. Colocando en el gobierno uno de los miembros de esa familia, los atentados se sucedieron unos a otros, la dignidad del ciudadano fue hollada, la Constitución violada, las leyes pisoteadas, la independencia de los Poderes herida con violencia, la moral ultrajada, el sistema representativo destruido en sus fuentes … Entonces el pueblo de Salta tomó el arma de la ley … ¡Elecciones de Gobernador! Esta voz lanzada por la ley hizo palidecer a los monopolistas del poder; contaron sus sufragios, se vieron perdidos … Entonces sobrevino el escándalo del 8 de Mayo … Este pueblo pacífico … lanzó un grito de indignación, y se citó a la campaña que ha terminado gloriosamente. ¿Contra quién ha luchado? Contra una oligarquía de sangre, que había asegurado 20.000 pesos de renta anual a hermanos, primos y sobrinos, y que usurpando el nombre del pueblo se alzó contra la Constitución, encarceló a la Sala Provincial y se dispuso a resistir a la Provincia levantada en masa. 444

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Sus recursos fueron la traición infame que hizo de sus deberes el Mayor Alfaro … El fue quien sublevó la fuerza del 8º de línea que en hora malhadada le confiara el Gobierno Nacional … con la insensata esperanza de que sería socorrido por los gobiernos vecinos … La familia Uriburu y dos o tres aventureros han compuesto la brillante falange de esta jornada. Los oficiales del 8º de línea habían descendido al papel de sicarios, encargándose de vengar en cuadrilla los rencores de esta familia, y dando palizas en las calles a jóvenes decentes señalados para este ultraje; era de esperar que ellos sostuvieran tenaz lucha contra la parte distinguida de la sociedad que con entusiasmo ha figurado en estos sucesos a la cabeza del pueblo … Declaramos en alta voz que somos adictos al régimen constitucional … Declaramos que nuestro esfuerzo no ha tenido otro fin que derrocar el despotismo de una familia que deshonraba nuestra Provincia y comprometía con sus crímenes el respetable nombre del Gobierno General…”. Por su parte el “gobernador legal de la Provincia”, Segundo Díaz de Bedoya, produjo una Proclama dirigida a los “valientes soldados de la ley”, “ciudadanos armados” y “compatriotas”, cuya “presencia en esta plaza simboliza un hecho grandioso y de inmensos resultados”, por haber cimentado para siempre las instituciones salvadoras del país, y obtenido la admiración de las generaciones venideras”, con “el principio de la ley restablecido y la tranquilidad de la provincia asegurada”. Vejaciones físicas y morales a los presos políticos Entretanto, el 28 de julio, el Presidente Mitre le escribía al señor Bedoya: “Han llegado a noticia del Gobierno Nacional de actos de violencia y persecuciones perpetrados después del triunfo de las instituciones en Salta, que a ser ciertos deshonrarían y pondrían en peligro la causa del derecho, que a usted le ha tocado presidir. Habiendo reprobado desde el primer momento el movimiento revolucionario que tuvo lugar en esa ciudad … no obstante la estimación que he profesado a algunas de las personas que habían tomado parte en él, nada Uriburu

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me sería más doloroso que ver comprometido el triunfo legítimo de la ley con actos poco dignos de un pueblo libre”. Y el 5 de septiembre contestábale Bedoya a Mitre: “Nada de podido conseguir del gobierno y del jefe de la plaza, que es el que maneja estos presos” — o sean Cleto Aguirre, que acababa de ser electo Gobernador y tomado posesión del mando el 3 de agosto, y el jefe de la plaza que lo era Martín U. Cornejo. Pepe Uriburu habíalo puesto en antecedentes a Mitre de cómo los “legalistas” apresaron al Mayor Alfaro, a cuarenta y tantas leguas de la ciudad, en el trayecto hacia Tucumán. El célebre médico Colombres lo hizo prender, y con una barra de grillos remitir a Salta bajo la responsabilidad de Eugenio Figueroa. Una vez llegado frente al cementerio, en las orillas de la población, fue bajado el prisionero de su caballo por una multitud de hombres enmascarados, en medio de pedradas, insultos y de la algazara más salvaje producida por el tumulto. El jefe del 8º de línea, atado, resultó luego subido sobre una mula, y se le condujo — gloso a Uriburu — entre una bacanal hasta la plaza, donde la guardia del jefe del presidio, Martín Cornejo, lo insultó, le dió de culatazos y lo encerró en un calabozo, en cuya cárcel, durante tres días, no se le permitió ni cama, ni un vaso de agua. Cuando lo llevaron ante el Juez, Alfaro no podía hablar, pues tenía la lengua llena de contusiones por los golpes. El Juez mandó llamar a Cornejo para prevenirle que le proporcionara cama y comida al preso, y el impulsivo Coronel, en presencia del Juez, lo llenó de gruesos improperios al Mayor, con la amenaza de darle palos. “¡Oh señor! — le expresó enfurecido, don Pepe a Mitre — no sé cómo conservo la pluma en la mano”. El 5 de julio — por intermedio de su hermano el Capellán don Luis — el Mayor Emilio Alfaro consiguió hacerle llegar a Mitre una carta, donde cuenta sus tribulaciones: “Sumido en un calabozo ha ya más de 20 días sin poder ver la luz del sol, cargado de duros grillos y sin esperanza de libertad”. Y veintiún días más tarde, otra vez escribe Alfaro a Mitre: “Diré cómo hemos sido tratados los oficiales presos: los han hecho pasear frente a todas las fuerzas con cajas y trompa, a 446

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paso de trote, haciéndoles sufrir los mayores vejámenes. Fuí recibido en medio de una multitud de gente puesta ex profeso para dirigirme los mayores insultos. A más de una porción de hombres enmascarados, vestidos de indios, que me rodeaba. Al llegar a la ciudad me hicieron bajar de mi caballo y que ensillase una mula flaca y patria, después de haber andado 48 leguas engrillado. Al entrar en la plaza no pude menos que gritarles que era un pueblo bárbaro, y que su gobierno era un tirano!” Luego el hombre fue arrojado a un inmundo cuchitril, y estuvo tres días sin comer ni tomar agua, por orden expresa de las autoridades. “Hace 13 años que peleo por la causa que triunfamos en Pavón” — concluía el desventurado mitrista. Deidamia García Beeche, criticona pertinaz de los Uriburu, le dió a su hermano Adolfo por escrito la misma noticia el 27 de junio: “Al fin llegó el dichoso Mayor Alfaro. A este infeliz le tocó por su desgracia llegar en los días que hacían la fiesta de San Benito, y es cuando los mulatos se visten de cachis (comparsas enmascaradas). Estos, cuanto supieron que llegaba el infeliz se fueron hasta el portisuelo a encontrarlo, y ha entrado a la plaza en una mulita de mala muerte, y con el acompañamiento de los corcobados. Con sólo esa entrada tan bochornosa creo que ha pagado bastante lo que ha hecho”. El 30 de agosto el Teniente José Olivera, férvido uriburista, le manifestaba en una carta a don Pepe Uriburu, refugiado en Tucumán: “Yo me he propuesto morir o sacar a mis compañeros de esa posición tan humillante en que han tenido la desgracia de caer, en donde se les trata como bandidos y no como caballeros, confundidos entre los más criminales de esta provincia, y sujetos a un verdugo como Martín Cornejo, y en su defecto a Pepe Ovejero, que salen a sus orgías todas las noches y de allí vienen borrachos a sorprender a los pobres presos que están durmiendo; para humillarlos en presencia de la tropa … Hoy descargan su ira contra don Pancho (Uriburu), para hacerlo morir a fuego lento; ya tienen de nuevo los grillos, mandados poner por la pantera de Salta (Isidoro López), ese fiscal miserable que se vale de la ocasión para vengarse de la antipatía que le tiene a don Pancho; sólo en Salta se ve ser juez y parte a un hombre tan miserable como el doctor López; Uriburu

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pero ya ve, todos son leones de la misma camada … Mi vida importa poco cuando se trata de salvar a mis compañeros, y si hasta la fecha no he hecho nada, ha sido debido a que toda la familia Uriburu se hallaba en Salta. Así que le suplico ordene a su familia salga cuanto antes de esta ciudad, que yo me pondré de acuerdo con el Capitán Uriburu (Napoleón) para los fines que me propongo, y, como no dudo, tendré buen éxito”. Poco más adelante los presos políticos se dirigen al Gobernador Cleto Aguirre: “encerrados y engrillados en los calabozos de la cárcel pública”, solicitándole “en el feliz aniversario de la gran batalla de Pavón”, “se sirva ordenar no se nos encierre en los calabozos a las cuatro de la tarde, como de costumbre, sino que se nos deje hasta la caída del sol en el patio de la cárcel … Es tan pequeña y humilde nuestra petición, que no dudamos se servirá V.E. concedernos lo que pedimos”. Firmaban: Emilio Alfaro, Napoleón Uriburu, Luis E. Borelli, Ramón Vázquez — herido en la revolución ‚, José Desiderio Cuevas y Francisco Uriburu. El gobierno ordenó entonces al “jefe principal” (Martín Cornejo) acceda al pedido de los reclusos, “pero — insistieron estos — nuestros guardianes contestaron que no importaba, y fuimos encerrados en los calabozos a la hora de costumbre, y en vez de ser tratados con la consideración que V.E. ordena, se nos privó hasta del aguardiente fuerte, único medio que tenemos de calentar agua, en nuestros calabozos, para tomar mate, té o café”. Mitre — o sea el Gobierno Nacional — exige se pongan a su disposición los oficiales del 8º de línea presos. Cleto Aguirre pretende que a estos militares los deben juzgar los tribunales de la Provincia, y no las autoridades de la Nación. Mitre porfía se “entregue dichos oficiales para que sean juzgados por sus jueces naturales, satisfaciéndose la justicia, y poniendo a la vez término a los crueles padecimientos de que son víctimas desde su aprehensión, pués según noticias fidedignas recibidas en esta capital, esos oficiales han sufrido un tratamiento inhumano, contra lo que prescribía la Constitución Nacional”. Ante el enérgico reclamo cede Cleto Aguirre, y despacha al Mayor Alfaro, al Capitán Napoleón Uriburu y demás camaradas cautivos a Buenos Aires, para ser sometidos 448

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a un Consejo de Guerra. Pero no bien llegaron los encausados a Tucumán, el Poder Ejecutivo los dejó en libertad. El 15 de noviembre, Micaela Gorostiaga Rioja de Carol le escribe, desde Salta, a Pepe Uriburu refugiado en Tucumán: “Deseo que sigas tan bueno como hasta ahora, para que seas la horrible pesadilla de tanto bribón. Hoy con la marcha de los presos hemos respirado a medias, porque Pancho (Uriburu) sigue y seguirá por un tiempo indefinido (en la cárcel); dicen que hasta que se concluya el proceso y juicio de los sargentos que de acuerdo con Pancho iban a hacer una revolución, en la que debía correr mucha sangre … Nosotros seguimos en aislamiento hasta de mi familia; la pobre Serafina (Uriburu, mujer de don Pepe) está extenuadísima, no ha habido día que no le proporcione disgusto”. Y al mes siguiente (20-XII), Gregoria Beeche de García le apunta a su hijo Adolfo, instalado en París: “De Tucumán había marchado el Coronel Elías conduciendo a los presos a Buenos Aires, pero van sin prisiones, y en Tucumán sus deudos les habían hecho bailes a Napoleón, la Asunción y su marido (Francisco Valdés), Pepe Uriburu y todos los que están allí de esta familia”. Empero danzas aparte, un Decreto Legislativo salteño (16-XI-1864) había solicitado al P.E. encausar al ex Gobernador Juan N. de Uriburu y al ex Ministro Feijóo, “por los actos notoriamente refractarios de las garantías constitucionales y de otros muchos artículos o disposiciones de las Constituciones Nacional y Provincial: como atropellamiento a personas, arrestos, prisiones, destierros y otros más ejecutados sin forma ni figura de juicio; allanamiento de domicilio, flagelaciones hasta causar la muerte, tentativas de asesinatos, ataques a la libertad de imprenta y a la propiedad particular, malversación de fondos públicos, participación y connivencia en el motín escandaloso del 8 de Mayo, declaratoria de estado de sitio y arrogación de facultades extraordinarias”. Frenéticas imprecaciones, bromas y ultrajes de “El Libre” Mientras los triunfadores del 4 de Junio se incautaban de los bienes e intereses de don Juan y don Pepe — los cuales Uriburu

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a fin de salvar sus integridades físicas viéronse forzados a buscar asilo en Tucumán —, una porción de calumnias, injurias y deslenguadas burlas contra la familia vencida cubrían las páginas de El Libre. Tengo ante mis ojos el Nº 13, Año II, de ese pasquín, fechado en “Junio 29 de 1864”. Su redactor casi exclusivo era José Samuel Araoz Ormaechea, aunque el periódico recata la identidad del libelista. Sistema Uriburu, titúlase la editorial que, entre otros arrebatos rencorosos dice: “De todas las manchas que han cubierto de oprobio la dominación Uriburu, no atenderemos ni a los vejámenes que sufrió el ciudadano, ni a las exacciones por violencia, ni al peculado de las autoridades, ni al monopolio nepotista; nada de sus antecedentes federales (rosistas), nada de la selecta crianza de los Uriburitos, nada de tantos justificativos de la execración popular en que han caído. Escogeremos un sólo ramo en que han sido fuertes y en que hasta hoy se muestran invencibles: la mentira! … Hay que derrotar a los Uriburu como caudillos de la mentira … han mentido en documentos oficiales, en la prensa, en la Tribuna, en todas partes”. José G —“Pepe” — Ovejero, “Intendente de Policía”, remite al pasquín una nota desvergonzada hacia “varias Sras. madres y esposas de los presos o reos del motín de D. José Uriburu”, que “se quejan de los malos tratamientos que se les dan en su prisión, aseverando al mismo tiempo que, del Intendente abajo, los insultan diariamente, que la comida que les mandan de sus casas no les es entregada, y que no les permiten entrar ni camas”. Según el policíaco jerarca esto no era cierto; y, sin galantería, prosigue así: “De doña Pepa Arenales, su sobrina Mercedes, Delfina Uriburu y alguna otra, no se puede extrañar este proceder“. Ovejero asegura haber tenido con ellas “consideraciones que no merecen, y que ellas no guardaban en sus felices tiempos … Diré de paso a la Oligarquía — agrega el susodicho — que yo jamás espero ver presos a los hombres para injuriarlos … es preciso ser héroe farisaico de Los Sauces para hacer esto. Es preciso saber asesinar ciudadanos indefensos y prisioneros rendidos. En fin, es preciso ser Uriburu y comparsa, para ser capaz de insultar a los hom450

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bres presos indefensos. Pero de algún modo es preciso que desahoguen su despecho estas furiosas (señoras), al ver desvanecidas sus halagueñas ilusiones: el reinado de los veinte años, y, en cambio, ver a sus príncipes reinantes en la cárcel”. Y los distintos sueltos del papelucho están matizados con descargas de este jaez: “José Uriburu … es el monstruo que hace aparecer como Pronunciamiento el golpe bárbaro preparado por D. Juan N. Uriburu, Gobernador que iba a dejar de ser dentro de dos días … No es posible que bribones de esta naturaleza queden sin recibir el tremendo castigo que merecen los crímenes de tanta trascendencia como los perpetrados el 8 de Mayo … El revoltoso D. José Uriburu y su cara mitad el Sargento Alfaro, no han dejado crímen por cometer durante los funestos dos años que hemos aguantado como Gobernador a D. Juan Neque-pomuceno. Entre los oficiales cuyos grados se reconocen por decreto gubernativo de los Srs. Bedoya y Ugarriza, se encuentran el Teniente Coronel Baldomero Castro, el Coronel Jándula, el Capitán Patricio y el Teniente Juanito Uriburu, y otros muchos a quienes el país esta mui reconocido y que, más o menos, representan el círculo bárbaro de la oligarquía que ha caído, tales como los sonsos de los Valdeses”. Libertades reconquistadas el 4 de Junio, expresa el encabezamiento de una enumeración venenosa de hechos atribuídos, por el cronista de El Libre, a mi Tata Juan y a mis tíos abuelos, cuya lectura — confieso a más de un siglo de distancia — no deja de causarme gracia, con la objetiva sospecha de que la irreverente caricatura refleja alguna pizca de verdad. He aquí tales 24 “menudas libertades”, textualmente reproducidas: “1ª) Pasar al lado de S.E. con el sombrero calado hasta las orejas, si así le place a uno, sin que aquel le asiente sendos palos sobre la espalda. 2ª) Andar por las calles con talle esbelto y elegante, y no con los burujones y tapujos a que nos obligaba la necesidad de armarnos de punta en blanco, para defendernos de los Uriburu y de la tropa de línea que nos acechaba por doquier. 3ª) Ir a la retreta sin la exposición de que un Borelli, un Napoleón o un José María Uriburu se echen sobre nosotros a puñaladas y sablazos, con espadas afiladas un Uriburu

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nosotros a puñaladas y sablazos, con espadas afiladas un momento antes en la peluquería de la calle de la Libertad, y afiladas cono navaja de barba, a vista y paciencia de todo el mundo. 4ª) Andar tranquilo, oyendo la música, sin la exposición de que de lo grueso de la concurrencia nos envíen aleves pedradas Pio y Evaristo Uriburu, o de que saliendo de improviso nos suman la boya. 5ª) La de que las Señoras no sean intimadas por los soldados de abandonar los lugares mejores en aquel sitio de recreo, para ser reemplazadas en ellos por la real familia. 6ª) La de que la retreta no se pase en su mayor parte a las puertas de la casita bonita del fallido Juan. 7ª) La de asistir a los conciertos de Frenchel sin tener que devorar el espectáculo tan repugnante para un republicano, de que la familia del Tío Juan no quiera colocarse sino en asientos y colocaciones Uriburiales. 8ª) La de poder tener vidrieras a la calle, sin que Napoleón y comparsa las hagan pedazos. 9ª) La de poder ir a misa, los que temían ser esperados a la puerta para ser objeto de vejámenes. 10ª) La de dormir sin recordar sobresaltado, a cada rato, con los tiros Uriburiales, que el vértigo de ver enemigos hasta en las piedras de Salta, hacía disparar a nuestros opresores sobre cuanto caballo, perro o gato se echaba a andar por la calle, de las 10 de la noche en adelante. 11ª) La de pasar por la calle de los Uriburu: la Cañada de los Nogales, como la llama el pueblo de Salta, aludiendo a aquella famosa guarida de bandidos en Tucumán, por la que nadie podía transitar sino jugando con su vida, sin recibir vejámenes de la real familia. 12ª) La de encontrar las Sras. a algunas de las Sras. Uriburu sin que estas las acosen con insultos. 13ª) La de que el balcón de Navea no pueda volver a servir a nuestro digno Senador, el Cochero de Manuela Rosas, D. Pedro Uriburu, de tribuna para insultar, en medio de la más completa beodez, a todo este pueblo, amenazándole con una dominación uriburil de 20 años. 14ª) La de poder demandar justicia ante los Tribunales, sin que el demandado pueda terminar el juicio apuntando al demandante, sobre la mesa del Juzgado, con un revolver oligarca. 15ª) Libertad en los Jueces para mandar pagar lo que cobren de lo mucho que debe el tramposo Juan, sin que por esto se les declare mashorqueros, aunque jamás se 452

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hayan metido en política, y después les mande saquear 1.500 pesos el sobrino Pepe. Tal cosa le ha sucedido al virtuoso ciudadano Sr. Maldonado. 16ª) La de que los Jueces puedan proceder sin que el pavo Tío Juan vaya a abrirles los expedientes, a insultarlos por los decretos que hayan puesto, y a ponerlos por el suelo por que traten al otro tramposo, al hermano Camilo, como a fallido declarado. 17ª) La de asistir a la Representación Provincial los Diputados opositores, sin tener que salir desde su casa en medio de una numerosa guardia de amigos y de gente patriota del pueblo, para librarse de las tenebrosas acechanzas de los embozados diseminados desde las puertas de sus casas hasta las de la H.R. 18ª) La de reunirse los ciudadanos en casas particulares con el objeto de tomar té o café, sin que esto se califique de sedición, de clubsitos, como decía Tío Juan. 19ª) La de escribir en periódicos sin mostrar primero los originales al pavo Juan, para que éste no mandara a su Fiscal acusarlos como subversivos por este sólo hecho, aunque ellos trataran de las materias más abstractas. 20ª) La de leer periódicos, sin que se quiten yá los números por la Policía, haciendo sufrir un calaboso de 24 horas al lector. 21ª) La de escribir por el correo sin que se pierdan las cartas. 22ª) La de que yá no recibamos abiertas las que nos vengan de otra parte. 23ª) La de que tampoco se las apropie la Policía. 24ª) La de poder hacer bolsear en bailes a Pío Uriburu, sin que éste pueda volver con fuerza armada a apoderarse de su rival y demás danzantes, calificándolos de mashorqueros por el hecho de las calabazas”. Tales brulotes de El Libre, sin embargo, llebavan los días contados. El 18 de julio siguiente le apunta Gregoria Beeche de García esta referencia a Adolfo, su hijo ausente: “Antes de ayer mandó el Gobernador Bedoya sellar la Imprenta del Libre, que está en la casita chica de Da. Rudecinda Ormaechea, y Araoz se ha escondido, porque escribían tales cosas en El Libre en contra del tal Bedoya, y de yapa han transcripto los insultos que les dice El Mosquito a todos estos hombres”.

Uriburu

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Monumento de repudio a los Uriburu, los cuales no abandonan la lucha política Cinco meses más tarde (15 de noviembre), misia Gregoria comunicábale al mismo destinatario: “En medio de la plaza están levantando una hermosa pirámide, encima del pozo, quedando ésta con sólo una puerta. Es en homenaje al 4 de Junio, fecha en que se triunfó y tomó la plaza defendida por los Uriburus. Cuesta 2 mil pesos y la están haciendo unos extranjeros. Don Cleto piensa arreglar muy bien la plaza”. Después de todo, las cosas no estaban para obeliscos de pacotilla, ni para cuchufletas periodísticas, y era más que bastante la “sangre en el ojo” acumulada por los Uriburu, quienes no renunciaban a la brega política. El 2-VI-1867 la incansable escribidora Gregoria Beeche lo enteraba a su Adolfo de que “estaban en un gran trabajo los uriburistas (luego de la muerte del Gobernador Benjamín Dávalos) para que se nombre uno de su partido: Ugarriza, Delfín Leguizamón y Ramón Zuviría, Valdeses, Ceballos y todos los que vos conoces, que son de esa catadura, y repartían papelitos a todo el pueblo para que a las 8 de la noche se reunan en la esquina de Galo (Leguizamón). Dicen que había como 500 hombres reunidos, y presentaron a Joaquín Bedoya para Gobernador … Don Cleto no se duerme, ni Pancho (Ortiz); éste dice que sabe que si vienen los Uriburus le han de quitar todo lo que tiene, y que está dispuesto a gastar el último peso para evitar que vuelvan”. A propósito de los apasionados sucesos expuestos, el 12-X-1867, en otra misiva, Manuel A. Villegas lo enteraba a Adolfo García Beeche que “el cuatro del presente a la madrugada, con motivo de las votaciones para Diputados a la H.R., primeramente el sábado a la noche tuvieron club ambos partidos, el uno era de Constitucionales y muchos Liberales, y el otro partido de Sarmiento con todos los Uriburus … los del club del pueblo, que eran todos los Constitucionales, ocuparon la casa de los Srs. Torinos, y los otros ocuparon una casa un poco más adelante … A las dos de la mañana, empezaron los conflictos. Dn. José Ovejero y Napoleón Peña, y dos artesanos 454

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que los acompañaban, venían a entrar al club del pueblo, y se encontraron con unos cuantos del otro partido en la puerta, que vinieron directamente a insultar, y la salutación que les hicieron fue de tirarle un tiro a Ovejero, una pedrada a Peña y otra a un artesano …, después de esto dispararon a su cuartel. Y Ovejero se entró al Club del Pueblo, y estando allí todos tranquilos, se empezaron a subir por los interiores y tirar de pedradas a los del Pueblo, y entonces se les vió bajar, y tan luego como se bajaron empezaron a tirar con tizones de fuego. Viendo que no se les hacía caso, se callaron un poco. A las cuatro de la mañana salió Ovejero y Peña y cuatro artesanos más a la calle, y cuando los vieron en la calle los acometieron con revolver en mano y puñales. Entonces toda la gente quizo salir, porque le hacían tiros; y Ovejero tenía sólo tres individuos más, que no pudiendo contenerlos se los dejó salir, y cuando salieron afuera se trabó una pelea; y entonces dispararon todos, porque mayor gente tenía el Pueblo, y se metieron en la casa; e inmediatamente que se llegaron a la puerta le hicieron una descarga a los del Pueblo, y en esa fatal descarga le pegaron un tiro a mi hermano mayor que murió, y un artesano más murió, y quince heridos, y son todas las aventuras que han hecho. Y después sale el Gobernador diciendo que se suspendan las votaciones … pero no se le obedeció, y siguieron las votaciones. También diré a Ud. los individuos que estaban allí: el primer jefe Delfín Leguizamón, Salustio Lacroix, Pedro Cornejo, Francisco Ugarriza, y el famoso Gualberto Torena, quien ha muerto a mi hermano, y muchos más”. A la sazón, según se ve, los Uriburu eran partidarios de la candidatura presidencial de Sarmiento — como mi abuelo Federico Ibarguren y su amigo Benjamín Zorrilla. De la correspondencia de la señora Beeche de García entresaco estos párrafos: “Se ocupan con gran afán los Sarmientistas por nombrar Diputados para la Sala, que saquen a Zorrilla de Gobernador, con el plan de que éste haga venir a los Uriburu a Salta y luego renunciar para que lo nombre Senador” (el Senador resultaría mi abuelo Ibarguren). “Los Constitucionales andan con una actividad para cruzarles los planes … A la noticia del nombramiento de Sarmiento, sólo los Uriburu, ZorriUriburu

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lla, Pancho Ugarriza y esos muy conocidos, salieron esa noche de serenata … Yo no sé cómo te figuras que Sarmiento hará nada de provecho — le comenta doña Gregoria a su hijo Adolfo. Te encargo que si de algún modo lo llegas a ver al Gral. Urquiza, le hagas una visita en mi nombre, y dile que en Salta nadie se conforma con otro que él”. De paso sea dicho que los 10 electores salteños en el colegio electoral (Bernabé López, Moisés Oliva, Manuel Arias, Alejandro Figueroa, Miguel T. Araoz, Zenón García, Benedicto Fresco, Cesáreo Niño, Juan Solá y Casiano Goitía), el 16-VIII-1868, votaron para Presidente de la República por Urquiza y para Vice por Adolfo Alsina. Más insultos e incidentes personales En páginas anteriores quedó documentada la saña implacable, con su cortejo de denuestos, calumnias y torturas, físicas y morales, que les causaron, vengativos, los enemigos políticos a los Uriburu. Veamos ahora la reacción personal de dos de ellos: Pepe y Napoleón, frente a Pancho Ortiz y a Cleto Aguirre, cuando, en abril de 1868, estos personajes llegaron a Tucumán, donde los primeros se encontraban. Las cartas y posteriores trámites de sendas provocaciones a duelo que entonces tuvieron estado público, obran en mi poder en un impreso de aquel tiempo, conservado entre los papeles del doctor Andrés de Ugarriza, hasta que una sobrina suya, doña María Susana Castillo de Echegaray, puso el volante en manos del hijo de don Pepe, el Teniente General José Félix Uriburu. He aquí los violentísimos desafíos de Pepe y Napoleón a Pancho Ortiz y a Cleto Aguirre. Sin agregar ni quitar nada, el manifiesto de referencia reza así: “AL PUBLICO” “Ingrata tarea es por cierto llamar la atención pública con asuntos que son puramente personales, pero los agravios que las leyes no alcanzan a castigar, los hechos criminales que se han cometido amparados por el poder, nos ponen la pluma en la mano para hacer conocer al público los incidentes ocu-

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rridos en la provocación que hemos dirijido a D. Francisco Ortiz y a D. Cleto Aguirre.” “No sólo en la ciudad de Salta son ya conocidos los atentados que estos dos señores han perpetrado con todas las personas de nuestra familia; la prensa de aquella ciudad manejada durante cuatro años por estos, ha hecho conocer, con mengua de aquella sociedad, las difamaciones, las calumnias, los más torpes insultos, dirijidos contra señoras indefensas, ultrajadas por estos que han ejercido el poder.” “Si en el curso de estos incidentes nos es forzoso herir a personas que han perdido el derecho de nuestra consideración, no es la culpa nuestra, sino de aquellos cuyos atentados y ultrajes nos lanzan a un camino en el cual entramos, puesto que la justicia es ineficaz contra los que, como estos, son irresponsables ante la ley.” “He aquí nuestras provocaciones:” “Sr. D. Francisco Ortiz:” “La incalificable persecución que Ud. ha hecho a toda mi familia durante cuatro años, la difamación constante que en la prensa ha hecho U. de ella y de mí, las infames calumnias con que U. ha ultrajado el buen nombre y el honor de señoras honorables, los sufrimientos bárbaros que U. impuso a parientes inmediatos míos, a quienes U. oprimió en la prisión que les impuso por medio de un bandido infame, perseguido y condenado por la justicia de dos repúblicas por falcificador de moneda, y ligado a U. por crímenes vergonzosos y por vínculos de sangre (el aludido es Martín Cornejo, marido de Isabel Alemán Tamayo; Pancho Ortiz era hijo de Francisco P. Ortiz Santos y de Azucena Alemán Tamayo): y finalmente el robo escandaloso de mi fortuna, del cual es U. el principal autor, necesitan una reparación que exijo aquí donde se halla U. separado de la fuerza con que U. ha garantido todos sus criminales procedimientos. Un cobarde e infame verdugo de mujeres indefensas como es U., no merece ser provocado como se hace con los que algún resto de dignidad queda en su conducta, y al proceder así, colocándolo en un lugar que un canalla no merece, entenderá U. que lo hago por el respeto que me debo a la sociedad en que vivo. No puede U. negarme la satisfacción Uriburu

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que le ecsijo, si en su alma depravada queda un solo sentimiento y algún resto de pudor, debido siquiera a la mujer que lo acompaña, con cuya presencia ha querido U. estorbar un lance a que ha debido U. ser provocado más tarde o más temprano. Los conductores de ésta, caballeros y amigos míos, van encargados de exijir de U. el nombramiento de otros con quienes se haya de arreglar este negocio. Tucumán, Abril 28 de 1868: José Uriburu.” “Después de la antecedente provocación, he aquí la carta de los padrinos:” “Sr. D. José Uriburu. Presente. - Estimado amigo nuestro: Cumpliendo la honorable misión que tuvo a bien encomendarnos, nos trasladamos ayer a las tres de la tarde al hotel donde para el Sr. Dr. Francisco Ortiz, a quien entregamos personalmente la carta que U. le dirijió provocándole a un duelo, en la que al mismo tiempo consignaba U. los agravios que para esto le daban cumplido derecho.- En esta entrevista hisimos presente al Dr. Ortiz que eramos encargados por U. para arreglar los condiciones del lance. Pidiónos este Sr. una hora de tiempo para contestarnos. A las cuatro y media recibimos la contestación siguiente:” “Señores D. Cesar Mur y D. Emidio Posse.- Señores míos: Adjunto a Udes. la contestación que doy a la carta de que han sido portadores para mí. Si a pesar de ella don José Uriburu insiste en la provocación, sírvanse avisármelo por medio de una esquela aunque sea para arreglar la cosa de otro modo. Soi de Uds. affmo. s. s. Francisco J. Ortiz.- Tucumán, Avril 30.” “Con esta fecha venía la dirijida a U. y que ya conoce, puesto que nosotros, acto continuo, la entregamos a U., y en vista de la cual insistió U. con más violencia para que se llevara a cabo el duelo, pues que reputaba U. justamente esa carta como una nueva injuria que el Dr. Ortiz le injuriere. A las siete pasamos a ver a este Sr. y manifestarle su firme resolución de provocarlo. Díjonos entonces que a las seis estarían los padrinos que iba a buscar a entenderse con nosotros. Desde las seis pués, estubimos en casa de D. César Mur, punto señalado al Dr. Ortiz, y contiguo al hotel en que paraba, esperando a los 458

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caballeros que vinieran a nombre de este Señor. Eran las siete, y no habiendo sido hasta esa hora solicitados por nadie, dirijimos al Sr. Ortiz la siguiente, que, aunque no llegó a su dirección por las razones que ya diremos, la consignamos aquí, sólo como un insidente que arrojará más luz sobre los hechos.” “Señor D. Francisco J. Ortiz: Muy señor nuestro: son la siete, esperamos pués desde hace una hora (la oración) a los señores que con nosotros debieron entenderse. La premura del tiempo de que U. dispone, y la exijencia de nuestro comitente nos hace incomodar a U. haciéndole presente nuestra espera. — Somos de Ud. affmos. S. S. Posse — Mur; Abril 30.” “En el instante mismo que esta carta salía de nuestras manos, un ajente de Policía entregó a D. César Mur, a nombre del Ministro de gobierno don David Zavalía, la siguiente:” “Sr. don César Mur: Sr. mio: esta tarde prometí a Ud. mandar mis encargados a arreglar, a la oración, el asunto de que Ud. fué portador; mas las visitas que desde ese momento he tenido ahora, no me han dejado salir a buscar dos amigos que quisieran aceptar mi comisión. A riesgo de ser impolítico y en casa ajena he pedido un pedazo de papel para satisfacer a Ud., diciendole al mismo tiempo que se sirva decir a don José Uriburu que si no tengo tiempo para mandarle padrinos, acepto en cualquier parte, y a cualquier hora, su reto, hoy, mañana o pasado, o en fin donde me encuentre o yo lo encuentre a él. De Ud. affmo. s. s. Francisco J. Ortiz; Tucumán, Abril 30.” “Vista la cual suprimimos la que ibamos a remitir, y dirijimos la siguiente:” “Sr. don Francisco Ortiz: Muy sr. nuestro: acabamos de recibir la suya de ahora un momento. En contestación decimos a U. que estamos autorizados por el sr. Uriburu para señalar el día de mañana, antes de su partida, para el duelo. Celosos del honor de todo caballero, deseamos que sea U. feliz en encontrar los señores quienes con nosotros desean arreglar, esta misma noche, las demás condiciones del caso. Somos de U. affmos. s. s. — Posse — Mur.” “Esperamos pués a los srs. que el sr. Ortiz nos remitiera. Eran las nueve y media de la noche y aún esperábamos. A esta hora, viendo que el platón de tres horas y media de inútil espeUriburu

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ra era algo más que suficiente para tomar la cosa a lo serio; y teniendo conocimiento, por otra parte, de que el negocio era ya pasto de la conversación en los corrillos de la sociedad, a pesar de la absoluta reserba por nosotros guardad y por U., a juzgar por su circunspección, por el interés que nos había manifestado en que el lance se llevara a cabo, viendo pués todo esto, comprendimos que el Dr. Ortiz no quería entenderse con nosotros, y nos retiramos. Se nos olvidaba consignar que, durante las dos horas y media transcurridas, desde la en que dirijimos al señor Ortiz nuestra última, y en la q’ nos retiramos, solicitamos a esta señor dos veces en el hotel y no lo encontramos. En este instante son las doce y media del día, y no sólo no hemos recibido a ningún Sr. que represente al Sr. Ortiz, sino que no hemos tenido respuesta alguna de este caballero. Nos hemos abstenido hoy de solicitarlo, tanto por que nos parece haverlo hecho ya bastante, cuanto porque esta calle, en la que vive, está custodiada por gendarmes de Policía que parece aguardan algo. Dejando así consignados los hechos en la honorable misión que U. nos confirió, la que creemos que aquellos la dan por terminada, puesto que la dilijencia en que va el Sr. Ortiz parte en este momento, nos repetimos de U. sus affmo. amigos y s. s. Emidio Pose - César Mur.” “Sr. D. Cleto Aguirre. Tucumán Abril 28 de 1868:” “Cuatro años ha perseguido con látigo en mano U., que es un infame, a las mujeres indefensas, a quienes U. jamás mereció mirar. Cuatro años de violencias, de difamación y de la calumnia más constante, no debería tener de mi parte otro proceder q’ matarle a U. de una patada en el estómago; pero el respeto que ésta sociedad me merece, me impone el deber de traerle al terreno de los caballeros, a U. que es un canalla, para que los portadores, capitán D. Lucas Córdoba y D. Juan Nougués, suficientemente autorizados por mí, le pedirán a U. el nombre de los individuos q’ como padrinos de U. deban arreglar el duelo a que, con tan justos motivos, reto a Ud. Tengo la creencia de que Ud., que tan valientemente ha atropellado sin respeto ni consideración a los que oprimidos no podían pedirle cuento de sus atentados en ningún terreno, buscará pretestos para poder evadirse, y no satisfacerme en la justa exijencia 460

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que le hago, pero le prevengo que haré conocer del público esta carta, y las disculpas que Ud. dé, para vindicarme ante él, de la medida que me sea precisado a tomar después de su negativa. Si es q’ entre el cinismo q’ constituye su carácter existe tal vez algún sentimiento de honradez, él lo obligará a Ud. a no escuzar esta cuestión de honor: Napoleón Uriburu.” “Sr. Mayor D. Napoleón Uriburu.- Tucumán Abril 30 de 1968. Distinguido amigo ntro: En cumplimiento de la honorable comisión que se sirvió U. dispensarnos, pasamos hoy a las tres de la tarde a la casa del Dr. D. Cleto Aguirre, a quien presentamos su justa y espresiva carta de desafío, manifestándole a más nuestra adhesión al derecho q’ a U. le asistía de resolver la cuestión pendiente entre ambos en un lance de honor, como también que la deuda q’ había contraído con U. era de tal carácter que no podía tener otra solución. A esto nos contestó el Sr. Aguirre con escusas q’ tal vez en la mente de éste sr. significaban una esplicación satisfactoria para U., pero nosotros penetrados de la gravedad de los agravios recibidos por U., y conociendo su resolución indeclinable sobre el particular, le exijimos una contestación esplísita sobre si acepta o nó el duelo a que era provocado. A esto, el Sr. Aguirre creyó conveniente contestar q’ no se batía; y q’ no podía batirse por ser U. un militar y encontrarse por lo tanto en condiciones superiores a él. — Sin embargo nosotros insistimos en preguntar a este sr. si tal contestación a la carta q’ había recibido le dejaba satisfecho, y dijo q’ sí, y q’ no tenía más que agregar. Quedamos con el sentimiento de q’ por el carácter inacsisible a la vegüenza a q’ le arroja la carta de U., haya quedado sin la satisfacción q’ se promete un caballero, sin el condigno castigo del injuriante. Con tal motivo nos repetimos: sus affmos. amigos s. s.— Lucas Córdoba — Juan L. Nouguéz.” “Quedan así consignados los hechos, y nosotros pedimos disculpas al público por la medidas q’ alguna vez tengamos q’ tomar respecto de las gentes que resisten dar satisfacciones merecidas en el terreno de los caballeros; que se rodean de la fuerza pública en el momento de recibir una provocación lejítima, arrostrando su propia vergüenza y envolviendo en

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ella la dignidad de un Gobierno. Tucumán, Mayo 2 de 1868 — José Uriburu — Napoleón Uriburu.” Tal esta Solicitada — digamos — referida a un par de incidentes ocurridos hace más de cien años; y que protagonizaron dos tios abuelos mios. Por lo demás, como quedó apuntado en el lugar que corresponde, a fines del 1864 en Buenos Aires, José Evaristo Uriburu — futuro Presidente de la Nación — afrontó un duelo a pistola con Emilio Torres, por idénticos motivos, políticos y personales, que impulsaron los reclamos frustrados de Pepe y de Napoleón. También José María Uriburu estuvo a punto de batirse en Salta en 1869. Entre las gecetillas del epistolario íntimo de misia Gregoria Beeche de García, encuentro la información precisa: (13-II-1869). “Antes de ayer hubo de efectuarse un desafío. Había pasádole una carta el Uriburu José Má. a don Claudio Ortiz para las 6 de la tarde de ese día, nombrando de padrinos 2 oficiales porteños. Dn. Claudio le aceptó, y nombró padrinos a Dn. Pepe Obejero y Napoleón Peña. Asistieron al Campo de la Cruz a la hora prefijada, y sólo al fanfarrón Uriburu no le han visto la cara hasta ahora. Los porteños dicen que se afligieron mucho, y pidieron que ellos se batirían por él, que así se acostumbra en esos casos. Le contestaron que nada tenían que hacer ellos, que no lo habían agraviado ellos. Y de ese modo concluyó. Tal vez quiera dar por disculpa el cara manchada (José María) que esa mañana había muerto su primo Navea”. Ultimos años de mi bisabuelo Uriburu Al cabo de tantos pormenores correspondientes a la pugnaz trayectoria política de los Uriburu, desde la época de Rosas hasta la presidencia de Sarmiento, es preciso que vuelva a ocuparme de mi bisabuelo Juan Nepomuceno, quien, a partir de la malaventurada revolución que desataron sus consanguineos, abandonó la vida pública por completo. “Hacia 1877”, Groussac conoció y frecuentó en Salta “a una docena de familias de excelente tono e irreprochable elegancia, entre ellas la de Uriburu. El joven autor de De nuestra tierra (Carlos Ibarguren en 1917) — escribe el ilustre polígrafo francés 462

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— “sólo sabrá de oídas el júbilo sano y cordial que se sentía en el salón de su abuelo, siempre lleno de bellas personas, primas o amigos ... Don Juan, como le llamábamos con afectuosa familiaridad, que no amenguaba el respeto, era la alegría de la casa; divertido, chistoso, con la sonrisa en sus labios finos; listo siempre para lanzar una frase ocurrente o una anécdota oportuna. Era él con sus sesenta y seis años el que nos animaba. Tomando en broma a la política local, recordaba chuscamente el período de su gobierno en tiempo de Mitre, y nos relató un día, riéndose, la revolución de familia que le hizo su pariente don José, menos alegre que él”. En 1882 Tata Juan acompaño a Buenos Aires a su hija Margarita Uriburu de Ibarguren y a sus pequeños nietos Carlos y Rosa Ibarguren, junto con otro de sus hijos, Pío Uriburu. Doña Margarita venía a instalarse para siempre en la flamante Capital Federal, llamada por su marido. El viaje duró más de 15 días: en diligencia hasta Tucumán; en ferrocarril hasta Córdoba y de allí la línea iba directamente al Rosario, donde los pasajeros se embarcaron en vapor hasta Campana, desde cuyo muelle, otra vez sobre rieles, continuaron rumbo a la estación “Central” porteña, en el bajo, frente a la Casa Rosada. Después del largo traqueteo, don Juan permaneció corto tiempo en Buenos Aires, para emprender el tornaviaje a su provincia por le mismo derrotero. Cuatro años más tarde, el 26-XII-1887, mi bisabuelo acabó sus días octogenario, en medio del afectuoso respeto de la sociedad salteña, aventadas ya en humo tenue las pasiones que otrora, en llamaradas, incendiaron su rincón nativo. Su viuda, Máma Casiana Castro, siguió viviendo hasta el 15-VII-1901, y los despojos suyos fueron depositados, junto a los de Tata Juan, en el viejo mausoleo familiar del cementerio de Salta. A propósito de esa muerte, el nieto Carlos Ibarguren, entonces anónimo periodista juvenil, escribió en el diario bonaerense “El País”, una nota necrológica de la que reproduzco los párrafos finales: “La señora Casiana Castro de Uriburu ha visto en su larga existencia todo el proceso de nuestra evolución histórica, y en los momentos difíciles de Uriburu

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aquellas épocas lejanas, en que el interior de la República desgarrábase en luchas, ofreció ella desde su hogar patricio ejemplos de abnegación... Su vejez fué como la tarde apacible de un hermoso día...”. Juan Nepomuceno de Uriburu y Hoyos y Casiana Castro y Sancetenea procrearon los siguientes hijos: 1) Patricio Uriburu Castro n. en Salta. Capitán de milicias provinciales. Dos días después de estallar la “revolución de los Uriburus”, en la capital salteña, el 10-V-1864, a las 7 de la mañana, en las localidades calchaquíes de San Carlos y Cafayate, Cesáreo Nuño tomó presos a Patricio Uriburu, al Teniente Coronel Sánchez, al Teniente Wierna y al Mayor Azcárate, con todo el armamento que tenían. Posteriormente, Patricio se radicó en Tucumán, donde contrajo enlace con Tomasa Padilla (hija de Miguel Padilla García de Cárdenas, Diputado Provincial, fundador del Ingenio “Mercedes”, y de su 2º consorte Tomas de la Puente y Norri). Hubieron estos hijos: A) Casiana Uriburu Padilla, casada con Julio Roveli. Con sucesión. B) Enriqueta Uriburu Padilla, casada con Carlos Correa. Con sucesión. C) Matilde Uriburu Padilla, casada con Santos López. Con sucesión. 2) Francisca — “Pancha” — Uriburu Castro n. en Salta. Ahí se casó el 16-VI-1860 con su tío carnal Baldomero Castro Sancetenea (hijo del Coronel de la Independencia Pedro Antonio Castro y Gonzáles y de Matilde de Sancetenea Morel y de la Cámara). Baldomero Castro murió de un balazo en la cabeza peleando contra la horda montonera de Felipe Varela, el 10-X-1867, en defensa de la ciudad de Salta. Deidamia García Beeche relatándole al detalle los horrores de la lucha a su hermano Adolfo, le decía: “La muerte más sensible ha sido la de Baldomero Castro. Murió por valiente; se estuvo hasta después que entraron los judíos en una trinchera, haciéndoles fuego, y don Pedro Antonio (padre de Baldomero y tatarabuelo mio) de senti464

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miento ha muerto hoy (11-X-1867), de un momento a otro (repentinamente). Pobre su familia, la pobre Panchita está desesperada”. Y doña Gregoria Beeche de García, al año siguiente (12-X-1868) le ponía a su hijo Adolfo: “Antes de ayer 10, hizo la Pancha Uriburu unas honras suntuosas para don Baldomero. Hoy hemos hecho en la Sociedad de Beneficencia otras por todos los que murieron ese día. Ha sido una concurrencia extraordinaria, el cura Castro (Juan Francisco Castro Castellanos) ha dicho una preciosa oración; el Gobernador (Sixto Ovejero) con el batallón de Cívicos asistió, y hubo cañonazos; muy cumplida la función”. Pancha Uriburu de Castro fué el alma benefactora del Hospital del Milagro de Salta. Hubo dos hijos: Baldomero y Pedro Antonio Castro Uriburu (ver el apellido Castro). 3) Pio Uriburu Castro n. en Salta. De muchacho apoyó con vehemencia la gestión política y gubernativa de su padre, encarando en forma personal a los adversarios del partido uriburista. Aún se recuerda en Salta el incidente que tuvo, cierta tarde en la plaza, con Miguel Tedín. Tedín medía como dos metros de alto y su antagonista era de muy petisa estatura. Por ello, cuando la discusión ardió al rojo vivo, Pio saltó veloz a un banco, y así pudo asestarle un sopapo en la cara al gigantesco Tedín. “Esto sigue lleno de enemistades — le escribia (17-IV-1869) Deidamia García Beeche a su hermano Adolfo —, a cada rato hay desafíos y trompadas. En el Casino, anteanoche, se dieron unas buenas Claudio (Ortiz) con Pío Uriburu”. Después de 1880 don Pío forma una sociedad con Pedro Cornejo, Ugarriza, Dorado y otros capitalistas para la explotación del viejo Ingenio azucarero “San Isidro”, en Campo Santo. Fué, además, Diputado Nacional, Ministro de Gobierno, y en 1898 alcanzó a presidir los destinos de su provincia como Gobernador — sucediendo a Antonino Díaz Ibarguren —, hasta 1901, en que terminó su período constitucional con la entrega del mando a Angel Zerda. Habíase casado en Salta, el 29-XII-1870, con Concepción - tia “Concha” - Matorras b. en Salta el 15-VIII-1853; fall. en Bs. As. el 5-VII-1913 (hija de Juan José Matorras Femayor Ugarteche y de AureUriburu

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lia Navarro Fernández Hoyos — ver el apellido Hoyos). El tío Pío Uriburu — padrino de bautismo de mi hermano Enrique — murió en Bs. As. el 1º-VII-1920. Estos fueron sus hijos: A) Aurelia Uriburu Matorras, b. en Salta el 17-VII-1872; fall. en Bs. As. el 26-XI-1930. Casó en Salta el 20-VIII1891 con Damián Manuel Torino Solá b. en Salta el 23II-1863; fall. en Bs. As. el 25-I-1932; Ministro de Agricultura de la Nación durante la presidencia de Manuel Quintana (hijo de Desiderio Torino Santibañes y de Cupertina Solá Chavarría Tineo y Moldes). Son los padres de: a) Aurelia Torino Uriburu, b. 3-V-1893. Casó el 4-VI1923 en Bs. As. con Luis Silveyra Castañón (hijo de Luis Silveyra y de Estela Castañón). Con sucesión. b) Damián Torino Uriburu b. 31-XII-1894. Falleció soltero. c) Enrique Torino Uriburu n. Salta el 14-IX-1896. Abogado, Catedrático de Derecho Civil, Ministro en Córdoba de la Intervención presidida por su tío 2º Carlos Ibarguren en 1930, y, en 1931, sucesor de éste como Interventor. Dicho inolvidable amigo mío, falleció soltero en Bs. As. el 22-VI-1943. d) Francisco Torino Uriburu n. 1898; fall. en 1972. Casó con María Teresa Funes Lastra Ramos Mexía (hija de Alejandro Funes y de la Lastra Moldes Fragueiro y de María Teresa Ramos Mexía de las Carreras Madero Falcon). Con sucesión. e) Diego Torino Uriburu n. 1901. Murió Soltero. f) Sara Torino Uriburu n. 26-I-1903. Falleció soltera. g) Elena Margarita Torina Uriburu n. 7-VIII-1905. Casó el 9-IX-1931 con su primo hermano Carlos Patrón Uriburu. con sucesión. h) Maria Rosa Torino Uriburu n. 5-I-1908. Soltera, fall. 1975. i) Pio Torino Uriburu, n. 16-XII-1910; fall. el 29-II1912.

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j) Ana Luisa Torino Uriburu n. 23-VI-1910. Falleció soltera. B) Ana Uriburu Matorras b. en Salta el 27-X-1873. Casó allí el 20-V-1897 con Domingo Patrón Costas b. en Salta el 19-II-1967, Senador Provincial (hijo de Domingo Patrón Escobar Córdoba Delgado Porcel de Peralta y de Catalina Costas Figueroa Frias y Güemes). Fueron sus hijos: a) Carlos Patrón Uriburu n. en 1900 en Salta; fall. ahí en 1968. Hacendado, industrial, minero y Presidente de la Legislatura. Casó Bs. As. el 9-XI-1931 con su prima hermana Elena Margarita Torino Uriburu. Con sucesión. b) Alicia Patrón Uriburu. casó en Salta y fall. en 1970. Casó en Salta el 27-IX-1928 con Vicente Saravia y Saravia (hijo de Domingo Saravia y de Azucena Saravia). Con descendencia. c) Domingo Patrón Uriburu n. 1904 en Salta y fall. en 1970. Casó con Julia Ester Araoz Saravia (hija de Victor Araoz Arias y de Rita Saravia Costas). Sin sucesión. d) Marcelo Patrón Uriburu, quien casó en Francia con Fernanda Pavé. Con sucesión. e) Sergio Patrón Uriburu. Embajador argentino en Bolivia, el Ecuador y Venezuela. Se casó con su prima segunda Sofía Isabel Arias Uriburu (hija de José Manuel Arias Uriburu y de María Isabel Denevi Agüero). Falleció Sergio en 1971 y deja sucesión. f) Jorge Patrón Uriburu, casado con Clara Ten. Tiene hijos. g) Ana Patrón Uriburu, soltera. C) Pio Uriburu Matorras b. en Salta el 18-IX-1876. Murió niño. 4) Juan Antonio Uriburu Castro n. en Salta por el año 1840 y fall. ahí a fines de 1900 o principios de 1901. En sus mocedades fué quien ayudó a fugarse a Tucumán, proporcionándole un caballo, a su primo Pepe Uriburu, perseguido a muerte luego de la fracasada y sangrienta revolución de Uriburu

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1864. Casóse en Salta el 23-XI-1874 con Felicidad Gómez González que fall. en Salta el 30-VI-1920, y había nacido allí por 1853 (hija de Indalecio Gómez Rios, asesinado en su finca de Molinos por una partida de “constitucionales” urquicistas en 1861, y de Felicidad Gonzáles de Toro, chilena; n.p. de Martín Gómez, n. en España, soldado de las milicias criollas del Coronel Luis Borja Díaz, y de María Andrea Rios n. en el valle Calchaquí, casados en Molinos el 17-V-1820; bisn. p. p. de los españoles Francisco Gómez y Angela Agudo; bisn. p. m. de Antonio Rios y de Petrona Montañéz). Juan Antonio Uriburu era hacendado, y explotaba su finca “La Angostura” en el departamento “vallisto” de San Carlos, sobre el rio Calchaquí. Fué Senador por ese departamento y, junto con su hermano Pio, integró el primer Senado Constituído en la Provincia. Cuando mi abuelo Federico Ibarguren vino a radicarse a Buenos Aires en 1882, Juan Antonio quedó en Salta como apoderado de aquel cuñado suyo. En su matrimonio con doña Felicidad hubo estos hijos: A) Juan Rafael Uriburu Gómez n. en Salta el 11-X-1877 y baut. ahí 16 días después. Casó el 15-XI-1914 con María Isabel Solá Paulucci (hija de Angel María Solá y de Mercedes Paulucci Marquiegui). Murió Juan Rafael el 8-V-1935. Sus hijos son: a) Juan María Uriburu Solá, nac. el 28-IV-1918. Casó 1º con Luisa Reyes, y en 2as nups. con Elena Monasterio Arias. Hijos del 1º enlace fueron: María Luisa, Jorge y María Elena Uriburu Reyes. Del 2º: Rosa, Mario, María Laura y José Evaristo Uriburu Monasterio. Juan María falleció el 16-III-1986. b) Gustavo Angel Uriburu Solá, n. el 28-IV-1918. Abogado, Juez de Minas. Casó el II-X-1952 con María Susana Bazán Vieira. Son padres de: María Isabel, Susana Josefina y María Eugenia Uriburu Bazán Vieira. c) Roberto Uriburu Solá n. el 24-VIII-1919 y fall. el 26XI-1969. Médico. Casó con Elena Stacevich, en la que hubo a Elsa Emilia y Adriana Uriburu Stacevich. 468

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d) Leonor Uriburu Solá n. el 21-IV-1925. Casó 1º con Roberto Klix Arias, y viuda en 2as nups. con Otto Agustín Saravia Cánepa. Sin descendencia. B) Clara Uriburu Gómez, n. el 24-VIII-1879 y fall. el 9XII-1951. Casó con Ricardo Dávalos Isasmendi, fall. el 27-IX-1927 (hijo de José Benjamín Dávalos Molina, que murió siendo Gobernador de Salta el 27-V-1867 y de Ascensión Isasmendi Gorostiaga; hija ésta de Nicolás Severo de Isasmendi, último Gobernador realista de Salta). Fueron padres de: a) Ricardo Dávalos Uriburu, n. el 5-VII-1905 y fall. el 23-XI-1969. Fué mi primo Ricardo uno de los últimos “señores vallistos” en sus posesiones de “Colomé” — vendida más tarde — y de “Tacuil”, en el departamento de Molinos, finca que traspasa los límites salteños internándose en Catamarca. Casóse con Nelly Goytia Host (hija de Casiano Goytia Arias y de Pastora Host). Ricardo y Nelly tuvieron 6 hijos: Ricardo, Federico, Roberto, Raúl, Eduardo y Jorge, todos casados y con sucesión, menos Eduardo que se mantiene soltero. b) Clara Dávalos Uriburu, n. el 9-XII-1907 y fall. el 10IV-1940. Casó con su pariente Lucio Cornejo Linares, que sería Gobernador de Salta de 1946 a 1949 (hijo de Julio Pedro Cornejo Uriburu, Gobernador de Salta de 1928 a 1930, y de Lucía Linares Uriburu). Fueron padres de: Alfredo, Ana María, Mercedes e Inés Cornejo Dávalos, todos casados con descendencia. c) Elena Dávalos Uriburu n. el 22-VII-1910. Casó el 3II-1937 con Carlos Alberto López Sanabria n. el 11VIII-1903 y fall. el 16-I-1976. Juez Federal de Salta (hijo de Bernardo López Figueroa y de María Elena Sanabria Areco). Tuvieron Elena y Carlos Alberto 5 hijos: 1) Clara Elena n. el 28-X-1940, casada con Fernando Isasmendi n. el 13-IX-1936, con 4 hijos. 2) Graciela n. el 28-V-1942, casada con Raúl Medina, n. el 7-III-1935. Médico. Hubieron 4 hijos. 3) Carlos Uriburu

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n. el 25-X-1943. Abogado, casado con María Dubois n. el 7-XII-1951; con 5 hijos. 4) Fernando n. el 25VI-1945. Médico, casado con Ana María Córdoba n. el 13-VI-1950. Y 5) Josefina n. el 4-IV-1949, casada con Fernando Cornejo Usandivaras n. el 25-III-1948; con 4 hijos. d) Luis Alberto Dávalos Uriburu n. el 18-VIII-1912. Casó con Margarita San Millán Bavio n. el 8-X-1925 (hija de Mauricio San Millán y de Modesta Bavio). Procrearon 4 hijas: 1) Margarita n. el 27-VI-1953, casada con Marcos Best, con 2 hijas. 2) Clara n. el 27-XII-1954, soltera. 3) Adriana n. el 19-X-1956, soltera. Y 4) Virginia, n. el 22-IX-1962, casada con Ignacio Mariño Michel, con dos hijos. C) Francisco Martín Uriburu Gómez, n. el 29-I-1881 en la finca “La Angostura” del departamento de San Carlos, y fall. en Salta el 7-VIII-1927. Querido primo hermano de mi padre. Abogado de alta prestigio. Diputado Nacional por Salta entre los años 1914 y 1918. Dos veces Senador Provincial y dos Ministro de Gobierno durante los mandatos de Avelino Figueroa y de Robustiano Patrón Costas. Casó el 31-V-1907 con Elvira Michel Escobar n. el 12-VII-1884 y fall. el 5-V-1940 (hija de Salvador Michel Tula y de Mercedes Escobar Robles; n.p. de Miguel Michel y de Isidora Tula; n.m. de Valentín Escobar Robles Porcel de Peralta Córdoba y de Melitona Bravo Serrano Guerra — ver los apellidos Porcel de Peralta y Escobar). Los esposos Uriburu GómezMichel Escobar fueron padres de: a) José Juan Carlos Uriburu Michel, n. el 20-III-1908. Abogado, Profesor, Fiscal y Presidente de la Corte de Justicia salteña. Casó el 31-VII-1935 con Lucrecia Isasmendi Niño, n. el 23-V-1916 (hija de Domingo Isasmendi Ortiz y de María Rosa Niño Niño). Dieron vida a: a1) Juan Carlos Uriburu Isasmendi, n. el 26-IV-1936 y fall. el 4-I-1984. Abogado y diplomático. Casó el 12-XII-1960 con Lía Susana Clement, de la 470

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cual se divorció. Tuvo 3 hojas: María Uriburu de Padilla, Mercedes y Felicitas Uriburu, solteras. 2 a ) Lucrecia Marta Mercedes Uriburu Isasmendi, n. el 26-IX-1937. Casó el 8-I-1958 con Daniel Antonio Patrón Barni (hijo de Roberto Patrón Costas Araoz Cornejo y de Nelly Barni Capobienco). Tienen 6 hijos: 1) Viviana, n. el 27-XII-1958, casada con Carlos Niederle Bavio; con sucesión. 2) Gustavo, n. el 30-XI-1959. Médico. 3) Esteban, n. el 21-XII-1960, casado con Alicia de los Rios; con sucesión. 4) Silvina, n. el 13-II-1963, casada con Pablo Alurralde,; con sucesión. 5) Daniel, n. el 2-III-1964. 6) Constanza, n. el 27-V-1967. a3) Francisco Martín Domingo Uriburu Isasmendi, n. el 25-VIII-1941. Teniente Coronel de caballería, casado con Laura Silvia Austerlits Gudiño; con sucesión. 4 a ) Margarita Uriburu Isasmendi n. el 23-IV-1943. Casó el 11-X-1967 con Sergio Albarado. Con sucesión. 5 a ) Alicia Uriburu Isasmendi, n. el 19-X-1947, casada con Gustavo Rovaletti; con sucesión. 6 a ) Ricardo Uriburu Isasmendi, n. el 9-V-1954. Abogado. Casó el 8-VII-1982 con Ana Inés Ferreira. Con sucesión. b) Francisco José Melquíades Uriburu Michel — mi querido “Negro” Uriburu - n. el 7-V-1911. Abogado, dos veces Diputado Provincial y dos Presidente del Colegio de Abogados de Salta; profesor secundario y universitario, Presidente del partido conservador “Unión Provincial”; Convencional Constituyente en Santa Fé en 1957; fundador y director del Banco del Norte Argentino, del primer Canal televisivo salteño, y miembro de la Academia de Derecho y Ciencias Sociales. Casó el 6-XII-1940 con María Teresa Torino — la encantadora “Huayti” — n. el 31-VIII-1922 (hija de Julio C. Torino Solá Chavarría, Abogado, Uriburu

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ministro de Hacienda de Salta, y de María Teresa Orús). Sin posteridad. c) Marta Uriburu Michel, n. el 24-VII-1913. Falleció soltera el 3-VI-1932. D) María Uriburu Gómez, n. el 15-X-1883. Murió soltera en 1934. E) Sara Uriburu Gómez, n. el 20-X-1884 y fall. el 5-IV1947. Casó el 20-X-1905 con Rafael María Zuviría Gómez, n. el 16-VII-1876 y fall. el 4-VI-1936 (hijo de Ramón de Zuviría Lezama y de Josefa Gómez González de Toro). Sara y Rafael hubieron a: a) Rafael Ramón Zuviría Uriburu, n. el 14-X-1909 y fall. el 3-I-1963. b) María Sara Zuviría Uriburu n. el 8-I-1911 y fall. el 17-IX-1967. c) Josefa María Zuviría Uriburu, n. el 4-II-1912. Casó con Victor Araoz Saravia. Sin hijos. d) Facundo Zuviría Uriburu, n. el 3-V-1913 y fall. el 6VIII-1980. Casó con Guillermina Arias Villanueva. Con sucesión. e) Juna Carlos Zuviría Uriburu n. el 18-VII-1914. Escribano y Secretario de la Corte de Justicia salteña. Casó 1º con Adela Reboredo, y en 2as nups. con Cándida Barberá. Con descendencia de ambos matrimonios. f) Helena Zuviría Uriburu, n. el 27-II-1916 y fall. soltera el 18-XI-1980. g) María del Cármen Zuviría Uriburu, n. el 28-IV-1917. Soltera. h) Ramón Zuviría Uriburu, n. el 4-IX-1921. Casó con Silvia Peñalba y prolonga sucesión. F) Julia Uriburu Gómez b. el 24-V-1885. Murió en la infancia. G) Luis Bruno Uriburu Gómez, n. el 6-X-1886 y fall. soltero el 23-II-1942. H) Pio Indalecio Uriburu Gómez, n. el 4-VII-1888 y fall. 14-X-1958. Casó el 4-VII-1932 con María Amalia Mascietti n. el 6-X-1910. Son sus hijos: 472

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a) Felicidad Amalia Uriburu Mascietti, n. el 8-III-1933. Casó con Alberto Ribas y tiene 4 hijos. b) Pio Justo José Uriburu Mascietti, n. 28-V-1934. Casó con Mirta Saa y tiene 2 hijos. c) Martín Miguel Lauro Uriburu Mascietti n. 18-VIII1936. Casó con Dora Bulacio y tiene 3 hijos. d) Francisca Sara Uriburu Mascietti, n. 24-V-1937. Casó con Roberto Caprotta y tiene 3 hijos. e) Juan Antonio Uriburu Mascietti, n. el 27-V-1940. Soltero, Abogado, Camarista Penal. f) Ana María Milagros Uriburu Mascietti n. el 15-IX1941. Casó con Alejandro Goytia y tiene 4 hijos. g) Luis Hernando Manuel Uriburu Mascietti, n. el 26III-1943. Soltero. 5) Matilde Uriburu Castro, n. en Salta y murió soltera. 6) Ana Uriburu Castro, n. en Salta y falleció soltera. 7) Dolores Uriburu Castro, n. en Salta en 1846 y fall. en Bs. As. el 15-III-1913. Casó con su primo hermano Francisco “Pancho” - Uriburu Patrón. su descendencia se consignó anteriormente. 8) Mercedes Uriburu Castro, b. en Salta el 9-IV-1847. Murió soltera. 9) Margarita Magdalena Uriburu Castro - mi abuela -, que sigue en XI. 10) Concepción Uriburu Castro b. en Salta el 17-XII-1850. Murió soltera. 11) Juana Luisa Uriburu Castro b. en Salta el 22-VI-1856. Murió soltera. 12) Rosaura Uriburu Castro b. en Salta el 11-VI-1858. Murió soltera. 13) Sofía Uriburu Castro, b. en Salta el 15-I-1859. Casó allí el 20-XII-1884 con Nicolás Santiago Arias Murúa b. en Jujuy el 22-VII-1849 (hijo de José Manuel Arias Cornejo y de Salustiana Murúa Costas). Son los padres de: A) Nicolás Arias Uriburu, b. en Salta el 12-IX-1886. Murió en la infancia. B) Augusto Arias Uriburu, b. en Salta. Lo mataron de un tiro el año 1912, en confusa circunstancia. Uriburu

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C) Juan Arias Uriburu n. en Salta en 1890. Abogado, Senador y Diputado provincial, Vicegobernador y Diputado Nacional. Murió soltero el 12-XII-1956. D) José Manuel - Pichín - Arias Uriburu n. en Salta en 1891. Abogado, Secretario privado de su primo el Ministro de Instrucción Pública y Justicia Carlos Ibarguren en 1913. Falleció en Salta el 17-II-1970. Habíase casado en Bs. As. el 12-V-1923 con María Isabel Rosario Denevi Agüero, porteña, n. el 14-XI-1903 (hija de Ernesto Denevi Díaz y de Isabel Fernández de Agüero Apheca). Con sucesión. E) Nicolás Arias Uriburu, n. en Salta. Médico. Casó el 20XII-1924 con Azucena Saravia Diez (hija de Saturnino Saravia Sánchez y de María Diez Saravia). Con sucesión. XI - MARGARITA MAGDALENA URIBURU CASTRO - “Mamáma”, mi abuela - nació en la ciudad de Salta el 22-X-1848. Cuatro meses más tarde, recibió el santo crisma, cual lo acredita la correspondiente partida: “En esta Santa Iglesia Catedral de Salta a nueve de Febrero de mil ochocientos cuarenta y nueve, olié solemnemente a Margarita Magdalena de cuatro meses, bautizada de socorro por el que firma; hija legítima de Don Juan Uriburu y de la Señora Doña Casiana Castro. Padrinos: Don Luis Castro y Doña Margarita Castro, a quienes advertí su obligación. Conste.Manuel López”. (Libro 18, f. 94) No había cumplido aún 19 años “la Tortóla” - como le decían familiarmente —, cuando el 20-IV-1867, en la casa paterna, la niña contrajo matrimonio con Federico Ibarguren Díaz Niño. El entonces presbítero, tío de la novia, Matias Linares Sancetenea - futuro Obispo de Salta -, les echó la bendición a los contrayentes. Así lo expresa la respectiva acta nupcial, que transcribo en el capítulo dedicado al linaje de Ibarguren. “Mamáma”, evocada por mi en La Casa de Ibarguren en la calle Charcas, sobrevivió treinta y cuatro años a su marido, hasta el 11-VI-1924, en que se apagaron para siempre los 474

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latidos de su generoso corazón. Así despedía Pancho Uriburu, en el diario La Fronda, a su tia Margarita, con estos párrafos en un suelto necrológico: “¿A quién interesa saber, a cierta altura de la vida, sobre qué rodilla jugamos en nuestra infancia?. Por eso, al escribir estas líneas olvidamos que pueden ser leídas por otros, para encerrarnos egoistamente en nuestro dolor. La señora Margarita Uriburu de Ibarguren era una matrona de serena belleza y noble estirpe... El destino le fué áspero y cruel, y así vió morir a sus hijos mayores en plena juventud, en la hora en que debía recoger, con legítima satisfacción, el fruto de sus desvelos y de sus sacrificios. Empero el infortunio no consiguió doblegarla. Ella tenía deberes que cumplir y los cumplió como mujer fuerte del Evangelio... Ya no podrá leer todos los días de tantos años La Fronda, como antes La Mañana y El País, afligirse por nuestra campaña ardiente, hacernos llegar su palabra de inquietud y de maternal consejo, y sonreir, más de una vez, ante el buen humor de los comentarios; pero, en cambio, la recordaremos siempre, y bendeciremos sus manos que nos señalaron el recto camino”.

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APENDICE I

Fuentes Documentales y Bibliografía Principal Archivo parroquial de la Iglesia La Merced de Salta. Archivo General de la Nación: Consulado de Buenos Aires, ActasDocumentos Tomo II, años 1796 a 1797. Bs. As. 1937. Archivo General de la Nación: Protocolos de los Escribanos Públicos. Archivo del General Mitre: Presidencia de la República. Tomos XI, XII, XXV y XXVI. Bs. As. 1913. Arenas Luque Fermín V.: Uriburu, Genealogía. Bs. As. 1943. Calvo Carlos: Nobiliario del Antiguo Virreinato del Rio de la Plata. Tomo II. Bs. As. 1936. Centeno Francisco: Virutas Históricas, Tomos I y II. Bs. As. 1929. Cornejo Atilio: Apuntes Históricos sobre Salta. Bs. As. 1934. Cornejo Atilio: Historia de Güemes. Espasa Calpe Argentina 1946. Cornejo Atilio: Mitre y Salta, en el Boletín de la Academia Nacional de la Historia. Bs. As. 1957. Cornejo Atilio: Salta desde 1821 a 1862 (Síntesis histórica) Boletín Nº 9 del Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta. Ejecutoria de Hidalguía expedida por el Rey de Armas José de Rújula, Marqués de Ciadoncha, a favor de José Evaristo Uriburu y Tezanos Pinto. Epistolario de doña Gregoria Beeche de García y de su hija Deidamia, que se conserva en poder de Roberto García Pinto, tataranieto de aquella señora; muchas de cuyas cartas fueron copiadas para el autor de la presente monografía por su querido primo Francisco Uriburu Michel. Frias Bernardo: Historia del General Güemes Tomo V. Salta 1961.

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Frias Bernardo: Tradiciones Históricas. Bs. As. Edit. Roldán. Ibarguren Carlos: La Historia que he vivido. Bs. As. 1955. Memoria Histórico-Biográfica del Coronel Evaristo de Uriburu, en Documentos del Archivo de San Martín. Tomo X. Pag. 159 y siguientes. Memorias del General Gregorio Araoz de la Madrid Edit. Eudeba. Bs. As. 1968. Rebollo Paz León: El conflicto de los Uriburu, en el diario La Nación Bs. As. 1971. Reboredo R. Florencio: Aberastain, en el Boletín interno Nº 6 del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas. Rios Juan Manuel de los: El primer gobierno constitucional de Salta, Boletín Nº 19 del Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta. Sarrey Carlos: El gobierno del Dr. Cleto Aguirre. Boletín Nº 19 del Instituto San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta. Solá Miguel: Salta (1810-1821), en el Tomo X de Historia de la Nación Argentina. Edit. Academia Nacional de la Historia. Bs. As. 1942. Sommariva Luis H.: Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias. Bs. As. 1929. Udaondo Enrique: Diccionario Biográfico Colonial Argentino. Bs. As. 1945. Uriburu Dámaso de: Memorias 1794-1857. Bs. As. 1934. Yaben Jacinto R.: Biografías Argentinas y Sudamericanas. Bs. As. 1940. Zorreguieta Mariano: Apuntes Históricos de la Provincia de Salta 1877.

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