Los Antepasados, a lo largo y más allá de la historia Argentina. #2

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Carlos F. Ibarguren Aguirre

LOS ANTEPASADOS A lo largo y más allá de la Historia Argentina Genealogía de sus respectivos linajes

“Que nuestra tierra quiera salvarnos del olvido por estos cuatro siglos que en ella hemos servido” Leopoldo Lugones (“Dedicatoria a los Antepasados: 1500 — 1900”)

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Esta ediciรณn de Los Antepasados fue impulsada por Alfonso M. Beccar Varela, que ha puesto a disposiciรณn de todos estos y otros datos genealรณgicos en www.genealogiafamiliar.net Noviembre 2007

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A la memoria de mis padres: Carlos Ibarguren y María Eugenia Aguirre. A mis abuelos: Federico Ibarguren y Margarita Uriburu; Manuel Aguirre y Enriqueta Lynch. A la solidaridad permanente de Estela, mi mujer. A la paz de “El Retoño”, poblada de recuerdos.

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INTRODUCCION Esta larga Summa genealógica, esta profusa serie de biografías históricas, este enorme “Mamotreto” impublicable elaborado tenazmente durante más de un cuarto de siglo, requiere, o merece por lo menos, una corta introducción. El autor proviene de un hogar tradicional, y prácticamente desde la cuna estuvo familiarizado con la historia. Su padre, historiador eminente, le transmitió, por contagio o misteriosa ley hereditaria, esa curiosidad hacia los hechos del pasado, esa vocación que convoca a las generaciones desvanecidas en el tiempo y revive con amor, en definitiva, las sombras de los muertos. En su juventud lejana el adolescente, en medio de un aluvión de lecturas — ya dejados atrás Dumas y Julio Verne — tropezó con la Historia Argentina del viejo López y la prosa subyugante de Groussac, quienes abrieron para él los horizontes de una animada y colorida narrativa que estimuló su inclinación a borronear papeles. Así se proyecta en el muchacho la tendencia a aprender y luego a escribir historia; y así descubre, más tarde, que su familia tenía raíces históricas; que muchos de sus antepasados habían sido, cuando no actores principales, protagonistas o testigos de los acontecimientos que, a través de cuatro centurias, han ido configurando la patria argentina. Entonces, exultante de entusiasmo, el vástago de aquellos remotos seres que de pronto se instalaron en su magín, dióse a recorrer archivos y a leer y copiar añejos documentos y escrituras; y al cabo de tal pesquisa, quizás, como el caballero de la Mancha, se haya distraído de la realidad; pués lo cierto fué que se pasaba las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio escribiendo — fruto de esas investigaciones — su “Mamotreto” descomunal.

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De tal suerte, durante el transcurso de tres décadas, quedó concluída dicha tarea. Y terminado el arduo empeño, le asalta la duda al responsable de la empresa de coincidir con Don Quijote cuando dice: “Hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que, después de sabidas y averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria”. Diré sin embargo, en primera persona, que recluído en “El Retoño” cual mi distante antecesor Lope García de Salazar en su “Torre de Muñatones”, me puse yo también a elaborar, con incansable obstinación, mis propias Bienandanças e Fortunas; que contienen, con mucha historia y mucha genealogía, infinidad de nombres, de fechas y precisiones nada entretenidas para un lector corriente, aunque, de cuando en cuando, junto a tanto dato frio, suele aflorar la evocativa calidez de no pocos recuerdos de personas, de cosas y sucesos que alcancé a ver, pude conocer, o se encontraban en la tradición doméstica de mi casa. Confieso que no he gastado lápices para divertir a nadie, sino porque al escribir me divertía a mi mismo en una especie de regodeo solitario. De algún modo pude haber sentido el fervor de aquel monje cronista Johanes Talpa — caricaturizado por Anatole France — que al margen del mundo compuso en su abadía las Gestas Pingüinorum. Afuera, los “marsuinos”, unos guerreros del norte, habían puesto sitio al monasterio; que asaltaron luego destruyéndolo todo; matando y violando a religiosos y moradores sin respetar edad ni sexo. Y mientras los arcos góticos de la capilla se desplomaban con estrépito, y ardían las vigas gigantescas de madera y los gritos y clamores de muerte resonaban entre las llamas, el viejo Talpa, sordo en medio de la horrorosa baraúnda, abstraído en su celda casi derruída, continuaba escribiendo su voluminosa cronología. Devoto de Cervantes, tengo siempre presente su consejo: “Deben ser los historiadores puntales verdaderos y nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les hagan torcer el camino de la verdad, cuya ma-

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dre es la Historia: émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir”. Al cabo de tan admirables palabras — y de haber cedido, sin vanidad ni petulancia, al impulso natural de rendir homenaje a la trayectoria histórica de mis antepasados, doy fin al prefacio de esta “opera magna”, destinada, seguramente, al anonimato y al olvido. Carlos F. Ibarguren Aguirre Domingo 2 de enero de 1983

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AGUIRRE DE DONAMARIA Don Félix de Rújula Martín Crespo Busel y Quirós, Cronista Real de Armas del Rey de España Don Alfonso XIII, en un despacho confirmatorio de hidalguía y blasones, dado en Madrid en 10-XII-1901, a pedido de mi abuelo materno Manuel Juan José Aguirre y Anchorena, estampa que en las adiciones al Diccionario de Antigüedades de Navarra, el historiador y Secretario de la Diputación de dicha provincia, José Yangüas y Miranda, afirma que de las constancias del Archivo de Comptos, impreso en 1845, se desprende que Aguirre o Daguerre es antigua familia; que en 1364 Pedro Aguerre era guarda de la fortaleza de la Casa de Leiza (caja 18 nº 63); que Juan Martínez de Aguirre figura como Alcaide del Castillo de Ozcorroz (caja 34 nº 17); que la Casa de Aguirre de la tierra de Arberoa (cantón del departamento francés de los Bajos Pirineos, en la orilla derecha del rio Nive) obtuvo privilegio de hidalguía en 1435 (caja 104 nº 42); y que el Señor de Donamaría, el Señor de Aguirre y el Señor de Ursua, están citados en la Relación de los Gentileshombres de la merindad de Pamplona. El etimólogo vizcaitarra Isaac López Mendizábal considera que Aguirre es “apellido antiquísimo, tal vez el más extendido en todo el país vasco”. Los hermanos García Carraffa, por su parte, en su Enciclopedia Heráldica y Genealógica Hispano Americana, indican que el linaje de Aguirre — aunque también tuvo casas en Guipuzcoa — está considerado como navarro, pués en Navarra radicaron sus solares más antiguos. “Entre estos — precisan dichos autores —

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la Casa Palacio de la Villa de Donamaría, del partido judicial de Pamplona. Descendientes de esta casa matriz pasaron al lugar de Gaztelú, del Ayuntamiento de Donamaría, siendo los primeros que allí poblaron, creando a la vez nueva casa solariega. Del mismo solar de Donamaría dimanó la casa de Aguirre del lugar de Cia, en el Ayuntamiento de Gulima y partido judicial de Pamplona”. “La familia Aguirre, o sea la rama de nuestra familia, de varias casas solariegas que tuvo — apuntó Manuel Rafael García Aguirre, entonces (1874-84) Ministro diplomático argentino en Gran Bretaña —, existía en el pueblo de Donamaría de Navarra, y hoy se conserva su solar en estado de abandono”. “Burgos y Ferrer (éste es Francisco Piferrer) que han escrito de Heráldica — prosigue García — hablan de esta familia y describen su noble estirpe y bueno hidalguía, y expresan que hubo varias ramas. Su escudo, o sea el de los del citado punto de Donamaría, es en cuatro cuarteles divididos perpendicularmente por una faja (palo) azul. En el primero, en campo de oro (es de gules) las cadenas de Navarra (estas sí de oro), privilegio que los Reyes de aquel Reino concedían a los de estirpe Real o a los nobles feudales que se hacían acreedores por sus hechos de armas. El segundo cuartel, en campo rojo un castillo, y saliendo de sus almenas un brazo guerrero blandiendo una espada. El tercer cuartel, en campo de oro una loba con su cría al lado de un árbol (es el escudo primordial de los Aguirre). Y el cuarte, un tablero de damas azul y blanco”. Así interpretó el Rey de Armas, el sentido de las figuras de dicho blasón: “Las cadenas representan haber concurrido con Don Sancho VIII, Rey de Navarra, el año 1212, a la batalla de las Navas de Tolosa contra Aben Mahomet Miramamolín, Rey de Marruecos (cuyo campamento estaba defendido por 10.000 berberiscos y numerosas cadenas). El castillo con el brazo armado es jeroglífico de grandeza y elevación. El árbol y la loba significan lealtad y fidelidad. Y el ajedrez es símbolo de la milicia, por representarse un campo

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de batalla, y se daba a los valientes y esforzados guerreros por señal de su valor y osadía”. A ello añado que en vascuence Aguirre — de ager, aguir, — según el etimologista Luis Michelena, se traduce por “manifiesto”, “patente”; el Padre Soloeta lo explica como “descampado”; e Isaac López Mendizábal amplía su acepción a “campo”, “pradera”, “pastizal”. La averiguada genealogía de mi linaje materno comienza con: I — JUAN MARTINEZ DE AGUIRRE, Señor del Palacio de Aguirre en Donamaría, y su consorte María de Goyeneche y Echegoyen. Ambos “figuran en una información testifical autorizada por comisión del Tribunal de Comptos Reales del Reyno de Navarra en el año 1553” — cual lo registra el genealogista argentino don Ricardo de la Fuente Machain en su importante obra Los Sáenz Valiente y Aguirre. Donamaría es lugar con Ayuntamiento en la provincia de Navarra, valle de Santesteban de Lerín que pertenece a la diócesis y partido judicial de Pamplona (Iruña, en eúskaro), situado entre las estribaciones del monte Aritz y las montañas que lo separan por el Oeste del valle de Baztán. Riegan a Donamaría varios manantiales y corre por su costado izquierdo el rio Gualbayalarre, afluente del Bidasoa, junto al camino que conduce a Oiz. Produce trigo y castañas, posee minas de hierro sin explotar, y allá se crían ganados vacunos, lanares y porcinos. Su iglesuca parroquial están consagrada a la Asunción de Nuestra Señora. “Los Palacios de Cabo de Armería — transcribo al historiador y linajista navarro Argamasilla de la Cerda y Bayona —, primitivos asientos de los caudillos vascones que iniciaron la reconquista de España, al mismo tiempo que el godo Pelayo la iniciaba en los montes asturianos, encerraron, durante muchos siglos, el secreto de una nobleza privilegiadísima y señorial, a la vez que sencilla y benéfica; tan encumbrada como accesible, tan distinguida como exenta de toda clase de

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afectación; una nobleza, en fin, verdaderamente cristiana y patriarcal, como patriarcal y cristiano era el pueblo de que era cabeza y dirección, sostén y ornato”. Aquellos Palacios se denominaba así porque blasonaban sus fachadas con las armerías de sus Señores, cabos o cabezas de linaje. Dichas construcciones fueron, en la Edad Media, verdaderas fortalezas de almenadas torres y defendidas por numerosos matacanes y sumido foso que dificultaba su principal entrada. Por fueros, tales Palacios eran considerados exentos de toda jurisdicción Real, y podían servir de asilo a los criminales que se refugiaran en ellos. Estaban también exentos de pagar tributos y donativos al Rey, y sus dueños tenían voz y voto en las Cortes Generales. En la segunda mitad del siglo XVII, existían en Navarra 150 Palacios de Cabo de Armería. Entre los establecidos en el valle de Santesteban de Lerín, en la merindad de Pamplona, señalo a los de Donamaría y de Oiz pertenecientes a Francisco de Aguirre y Ursua; al de Bertiz, de Juan Francisco de Alduncín y Bertiz; al de Oteiza, de Diego Martínez de Reparaz; y al de Reparaz, de Juan Bautista de Uztáriz. Contaba Navarra, en aquella época, con 124 Casas con derecho a asiento en Cortes, entre las cuales la de Aguirre, por el referido Palacio armero de su apellido en Donamaría (1). Juan Martínez de Aguirre y María de Goyeneche hubieron estos hijos:

1 “La Casa de Donamaría es antiquísima”, estampa el genealogista Argamasilla de la Cerda, y da como Señor de ella, en 1418, a Ochoa de Donamaría, Caballero navarro. Este Ochoa resulta 6º abuelo de Joaquín Francisco de Aguirre y Santa María, Corregidor de Guipuzcoa, del Consejo de Su Majestad y Caballero de Santiago, primer Conde de Ayanz, por despacho del Rey Carlos II “el Hechizado” de fecha 25-XI-1699, con el Vizcondado previo de Orioiren. Dicho Conde fué marido de Lupercia Enríquez de Lacarra Nabarra y Ezpeleta, en la que prolongó descendencia. Es actualmente, desde 1947, 10a Condesa de Ayanz, Isabel de Elío y Gaztelú Magallón y Maritorena.

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1) Juan Martín de Aguirre, baut. en Donamaría. Paje del Condestable de Navarra Conde de Lerín. Falleció soltero y joven. 2) María de Aguirre, que sigue en II. 3) Otras dos hijas que murieron sin haber tomado estado. II — MARIA DE AGUIRRE o María Martínez de Aguirre y Goyeneche, Señora del Palacio armero de Aguirre. Casó en Donamaría con Miguel Periz de Ursúa y Oiz (hijo de Juan de Ursúa y Arano Aguerre y de María de Oiz — ver el linaje de Ursúa). Testó María de Aguirre el 20-XI-1553, ante el Escribano Ezaiz, ordenando sepultar sus restos en el enterratorio familiar de Donamaría. Hijos suyos fueron: 1) Juan Martínez de Ursúa. 2) Juana Martínez de Ursúa y Aguirre, que sigue en III. 3) Graciana Martínez de Ursúa. 4) Catalina Martínez de Ursúa. 5) María Martínez de Ursúa. III — JUANA MARTINEZ DE URSUA Y AGUIRRE se casó antes de 1584 con Miguel de Cenoz apellidado con el nombre de un lugar en el término municipal de Ulzama, diócesis de Pamplona, de donde sin duda era oriundo. El lugar de Cenoz dista sólo 15 kilómetros de Donamaría. Figura Miguel de Cenoz como Señor de dicho Palacio de Aguirre, “según resulta de los Libros de la Protonotaría del Reyno de Navarra, correspondientes al llamamiento a Cortes por el Estado Militar o de los Caballeros, en el año 1593, y continúa repitiéndose su llamamiento con el mismo título (de Señor del Palacio de Aguirre) hasta 1604” — cual lo constató el acreditado genealogista argentino Ricardo de Lafuente Machain en los archivos de Pamplona. Hijo de ellos resultó:

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IV — JUAN MARTIN o Martínez de Aguirre y Cenoz, Señor del Palacio armero de Aguirre y sus pertenecidos. El Libro de Llamamiento a Cortes lo registra al susodicho desde el año 1607 hasta 1642. Casó con Catalina de Bertiz y Arrechea. Otorgó testamento el 10-I-1645, ante el Escribano Juan de Almandoz, designando a su esposa fidei comisaria y con poder para elegir y nombrar sucesor al Palacio de Aguirre, y a la mitad del lugar de Oiz, con sus pechas y molino, que había heredado el causante de su abuela paterna. A su vez Catalina de Bertiz testó el 8-XI-1678, ante el Escribano Sancho de Ascó y Ursúa, y luego de instituir por herederos a sus nietos Francisco y Ana Matea de Aguirre Ursúa, dió facultad a la madre de ellos, María Rosa de Ursúa, para elegir el sucesor de los bienes del referido Mayorazgo. El hijo de Juan Martínez de Aguirre y de Catalina de Bertiz se llamó: V — JUAN MARTINEZ DE AGUIRRE Y BERTIZ, Señor del Palacio de Aguirre y de la mitad del lugar de Oiz. Lo bautizaron en Donamaría el 6-III-1616 (Libro I folio 13 de Bautismos), y se casó el 4-X-1655 en Arrayos (Libro I folio 44 de Matrimonios de esta localidad, adjunta al municipio de Baztán, a 3 o 4 kilómetros de Donamaría) con su prima 3a María Rosa de Ursúa, bautizada en Arrayos el 10-III-1615 (hija de Tristán de Ursúa y Arrosagaray, dueño del Palacio de Zubiría, y de María Martínez de Larralde Juareguizar, casados en Arrayos el 2-II-1614 — ver el linaje de Ursúa). El Señor de Aguirre asistió a Cortes en 1677, y su muerte se produjo muy poco tiempo después, sin testar. Hubo dos hijos legítimos y una hija natural, a saber: 1) Francisco de Aguirre Ursúa, que sigue en VI. 2) Ana Matea de Aguirre Ursúa, que casó en Donamaría con el Licenciado José de Echauri (hijo de Marcos de Echauri y de Graciosa de Garay; n. p. de Martín de Echauri y de María de Velloso). Por el pertinente contrato matrimonial,

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celebrado en el Palacio de Aguirre el 27-IV-1677, se le daba de dote a Ana Matea la mayor parte del mayorazgo citado. Ello originó un pleito con su hermano Francisco, transado luego entre éste y su sobrino Manuel Ignacio Echauri por la suma de 2.200 ducados, pagados por el tío, según escritura pasada el 27-III-1721, ante Mateo Juárez, en Pamplona, según lo consigna Lafuente Machain. De los cónyuges Echauri-Aguirre nació: A) Manuel Ignacio de Echauri y Aguirre, Licenciado del Consejo de S.M. y su Oidor Togado en la Cámara de Comptos. Casó con María Josefa Martínez de Corres y Aldui (hija del Licenciado Pedro Martínez de Corres, del Consejo de S.M. y su Asistente Mayor en el Reino de Navarra, y de Josefa de Aldui). Hijo de ellos fué: a) Juan de Echauri Martínez de Corres y Aguirre n. en Pamplona en 1725, quien ingresó de Guardia Marina el 30-I-1741 y pasó de Teniente al Ejército el 24-II1748. 3) María de Aguirre fué la hija extramatrimonial de Juan Martínez de Aguirre y Bertiz, habida en Mariana de Alzualde, “a la cual se entregó la suma de 100 ducados para ayudar a su alimentación y vida”. Casó con Juan de Ursúa Larralde y Juareguizar, hermano de la legítima mujer de su padre, María Rosa de Ursúa. De la sucesión de Juan de Ursúa y de María de Aguirre, o Martínez de Aguirre, trato en el linaje de Ursúa. VI — FRANCISCO DE AGUIRRE Y URSUA nació en Donamaría el 15-III-1659. (Libro I folio 75 de la parroquia lugareña). Sucedió a su padre como Señor del Palacio de Aguirre, por cesión de su madre mediante escritura del 6-II1688, ante el Escribano Domingo Gayarre. En mérito de ello fué convocado a Cortes hasta el año 1743. Con su hermana Ana Matea litigó sobre el mejor derecho al Palacio de Aguirre. El hijo de esta, Manuel Ignacio Echauri — como se

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dijo más atrás — desistió de sus pretensiones después de recibir 2.200 ducados. Francisco de Aguirre Ursúa, por tanto, quedó como exclusivo dueño del bien familiar. Habíase casado el 30-IV-1690, en la parroquia de San Juan de Pamplona (Libro II de Matrimonios, folio 161 vto. de la Catedral), con María Francisca de Gaztelú o De Arguinerena, cristianizada en la misma Iglesia el 4-XII-1666 (Libro Bautismal V, folio 121). Hija de Domingo de Gaztelú, llamado indistintamente De Arguinerena y de Catalina de Irisarri y Larrasaña, casados en la Catedral pamplonesa el 27-XII-1650 (Libro II folio 11 de Matrimonios). Francisco de Aguirre, las vísperas de su boda, celebró con Francisca de Gaztelú contrato nupcial, el 3-III-1690, ante el Escribano de Pamplona Juan de Echegoin, aportando la novia una dote de 3.000 ducados. El año 1691, ante la Audiencia Real de Pamplona, Francisca de Gaztelú y sus hermanos Tomás Domingo y Juan, tramitaron información de nobleza sobre su línea materna, apellidada Irisarri. En cuanto a Domingo de Gaztelú o Arguinerena — padre de Francisca — fué bautizado en Gaztelú el 22-V-1622 y falleció el 9-IX-1695. (Era hijo de Juanes de Arguinerena y de Fermina de Berueta Hernandorena, vecinos de Gaztelú). Y la mujer de don Domingo, Catalina de Irisarri — bautizada en Pamplona el 9-IX-1629 — tenía por padres a Alonso de Irisarri y a María Larrasaña y Aguinaga, casados en la Iglesia de San Juan de Pamplona el 5-IV-1624. Testó Francisca de Gaztelú Arguinerena el 14-V1722, ante Juan Francisco de Aoiz, Escribano de la villa de Lerín, y dejó por heredero a su marido. Este, a su vez, por escritura pasada ante José de Perosena, en Pamplona, dispuso que el Mayorazgo familiar recayera en cabeza de su 4º hijo Joaquín Ventura, bajo condición de que si moría sin hijos, le sucediera el mayor de sus hermanos (Francisco Antonio mi 6º abuelo) si vivía, o en su defecto los hijo de él; o sino los hijos de María de Aguirre (que no los hubo en su connubio

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con Julián de Ursúa); a elección de Joaquín Ventura. A los varones del abolengo les concedía el derecho de ser enterrados en la sepultura del Palacio de Aguirre. Francisco de Aguirre Ursúa y Francisca de Gaztelú Arguinerena fueron padres de: 1) Francisco Antonio de Aguirre y Gaztelú, que sigue en VII. 2) Juan Antonio de Aguirre y Gaztelú, que fué bautizado en “la Parroquia de la Asunción de Nuestra Señora del lugar de Donamaría”, según consta en esta partida: “En veinte y cuatro de Septiembre de mil setecientos y tres, bautizó con licencia de mi el infrascrito Fray Francisco de Ripalda, Vicario de la Parroquial de Eugui, a Juan Antonio de Aguirre, hijo legítimo de Dn. Francisco de Aguirre y Dña. Francisca de Gaztelú, su legítima muger, siendo padrinos Dn. Francisco de Aguirre Ursúa (debe ser el presbítero Francisco de Ursúa Aguirre, primo hermano del padre del neófito) y Dña María de Aguirre, y les advertí el parentesco espiritual. Dn. Joseph de Artieda — hay una rúbrica” (Libro II de Bauts. folio 18 vta.). El año 1742 Juan Antonio ingresó como Caballero de Santiago. A tal efecto, las informaciones sobre su legitimidad, cristiandad y nobleza resultaron aprobadas por el Consejo de Ordenes, y sus originales se guardan en el Archivo Histórico de Madrid, legajo 12 nº 135. En esas actuaciones declararon los testigos que los antepasados del candidato “descendían del Palacio de Aguirre, que era Cabo de Armería con asiento y llamamiento a Cortes; que siempre habían gozado de las demás exenciones, con escudo de armas; y que don Esteban Gayarre, Secretario del Tribunal de la Cámara de Comptos de Navarra, con fecha 28-III-1442, expidió una certificación de que los Palacios de Aguirre y de Zubiría eran Cabos de Armería con llamamiento a Cortes”. Sobre ser, Juan Antonio de Aguirre, Caballero santiaguista, fué Gentilhombre de Cámara del Rey. Murió soltero.

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3) José Ignacio de Aguirre Gaztelú. Profesó en Religión, llegando a Rector de la parroquia de Urroz, y tuvo a su cargo una Capellanía que fundara su tia Beatriz de Ursúa y Larralde de Ezpeleta, cuyo patronato se dispuso para el Señor del Palacio de Zubiría. Falleció el presbítero José Ignacio el 20-V-1772. 4) Joaquín Ventura de Aguirre Gaztelú. Nació en Donamaría el 26-X-1708 (Libro II de Bauts. folio 21). “Su padre — dice el investigador Lafuente Machain — hizo uso de la facultad que le acordaba el fuero de Navarra y le instituyó por heredero del Mayorazgo y Señorío de sus antepasados, con prelación sobre sus hermanos mayores”. Casó con María Josefa de Uztáriz (ver el apellido Uztáriz), hermana del 1º Conde de Reparaz, e hija de Juan Bautista de Uztáriz y Bertiz, Caballero de Santiago, y de María Francisca de Gaztelú, Señora del Palacio de Reparacea, del lugar de Oyeregui, con sus dos gemelas torres cuadradas en los ángulos, hogaño transformado en hotel para turistas. El respectivo contrato nupcial para la boda de Joaquín Ventura, se firmó el 3-XI-1743, y “en él — transcribo a Lafuente Machain — se estipulaba la cesión de los Palacios de Aguirre y demás Mayorazgos a favor del contrayente, salvo el usufructo que se reservaba el padre, lo mismo que la libre disposición de ciertos bienes de menor categoría, y fijaba la sucesión de otros hermanos para el caso de no tener hijos el beneficiario. Los padres de la novia, por su parte, le acordaban como dote la suma de 2.200 ducados, arreos, ropa blanca, correspondiente a tres camas según uso en los Palacios, 12 cucharas y tenedores de plata, y si falleciera sin hijos, o los dejara en edad de no poder testar, podría ella disponer libremente de 400 ducados y las arras. Lo restante sería devuelto al Palacio de Reparaz”. Patrono fué también Joaquín Ventura de la Capellanía que estableciera su tia Beatriz de Ursúa, con 600 ducados de principal, de la que era Capellán su hermano el clérigo José Ignacio de Aguirre.

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El matrimonio Aguirre-Uztáriz procreó los siguientes hijos: A) Juan Pedro de Aguirre Uztáriz, que nació en Donamaría, y en sus mocedades — por 1768 — pasó al Rio de la Plata con su primo 2º (por Uztáriz) y sobrino 2º (por Aguirre), de edad pareja a la suya: Agustín Casimiro de Aguirre Micheo Bengoechea y Uztáriz (mi 4º abuelo); ambos como representantes de la compañía naviera Uztáriz (del Marqués de Echandía, y de los primos hermanos de éste, del Conde de Reparaz y Juan Felipe Uztáriz, hermanos entre sí; todos ellos tios de los jóvenes Aguirre). En estas tierras rioplatenses, Juan Pedro sentó reales en Montevideo; mientras su pariente y compañero de negocios vino a radicarse a Buenos Aires. Muchas referencias precisas acerca de las actividades desplegadas por los dos consignatarios de la empresa marítima Uztáriz en las orillas del Plata, irán indicándose más adelante, en la biografía de mi antepasado Agustín Casimiro de Aguirre. Ahora sólo apuntaré lo atinente a Juan Pedro. Así, en una escritura otorgada en la vecina orilla, el 26-VI-1782 ante el Notario Zenzano, dicho corresponsal naviero, “hijo legítimo y primogénito de don Joaquín de Aguirre y de doña Josefa Ustáriz, dueños que fueron del Palacio de Cabo de Armería denominado Aguirre, enterado de la última voluntad de doña María de Aguirre, mi tia, mujer que fué de don Julián de Ursúa, según su testamento de 26-V-1773, y codicilo del 14-III-1779, en el cual hizo varias mandas, mandando se entregaran a los dueños de ese Palacio de Aguirre 350 ducados de plata, un aderezo de diamantes con su cruz y pendientes, y una joya de perlas, cuyas disposiciones podían declararse nulas por falta de los requisitos necesarios”, en cuyo caso debía de recaer ese legado en el otorgante y demás hermanos suyos, por muerte de sus padres. Considerando entonces

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que esto había de ventilarse ante la Justicia, Juan Pedro de Aguirre, a ese efecto, daba poder “a Pedro Fermín Martínez de Elizalde, mi tío, (casado con María Josefa de Uztáriz, hermana de su madre) único dueño del lugar de Zuasti, Reino de Navarra”, para que lo representara y firmara todos los documentos necesarios. El 6-VI-1784, Juan Pedro se casó en Montevideo con María Margarita Gabriela de Viana y Alzaybar, hija del Mariscal de Campo José Joaquín de Viana Sáenz de Villaverde, nacido en el valle de Lagrán, provincia de Alava, Caballero de Calatrava, que fué Gobernador Político y Militar de Montevideo, y de su esposa “la Mariscala” María Francisca de Alzabar Ealo y Guesala, nacida en la Anteiglesia de Lemona, Señorío de Vizcaya; n. p. de Gregorio de Viana Pérez de Pariza y de María Sáenz de Villaverde Martínez del Campo; n. m. de Juan de Alzaybar Arteta y de María Ealo y Guesala. Juan Pedro de Aguirre Uztáriz falleció en la ciudad montevideana el 19-III-1796, sin posteridad, después de haber alcanzado respetable fortuna. Su viuda pasó a 2as nupcias, el 4-XI-1804, con el Oficial de Marina Agustín de Abreu y Orta, nacido en 1766 en Tarifa, Andalucía (hijo de Juan de Abreu Cebada Gatón Bermúdez Robles y Mendoza, y de Ana de Orta Arcos Gómez y Bravo Sandoval). Agustín de Abreu murió en 1807, en combate, cuando los invasores ingleses asaltaron Montevideo. Tiempo después, Margarita de Viana contraía un 3º enlace con Agustín Estrada. No dejó sucesión con ninguno de sus maridos. B) Juan José de Aguirre y Uztáriz. Vino al mundo en Donamaría el 3-I-1754. Abrazó la carrera de las armas hasta alcanzar el grado de Sargento Mayor de Artillería, con el cual se retiró. Trocó entonces los cañones por el sayal franciscano, consagrándose a Dios en el monasterio seráfico de Sevilla, bajo el nombre de fray José de

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Navarra. Murió el 21-XII-1789 en el convento de su orden en Granada, con fama de santidad, y sus objetos personales y trozos de su hábito se repartieron como reliquias. En dicho convento se conserva el retrato de su cadáver yacente, pintado al óleo, con un crucifijo entre las manos. C) Juan Bautista de Aguirre y Uztáriz. Nació en Donamaría el año 1756. Ingresó de Guardia Marina en el Colegio Naval el 31-VII-1772, y fué alcanzando los grados de Teniente de navío, Sargento Mayor del Cuerpo de Artillería en 1785, tiempo en que cedió a su hermano menor, José Joaquín, sus derechos de Mayorazgo, por escritura otorgada en la Plaza del Ferrol, ante el Escribano Domingo Antonio Vázquez. “Se distinguió mucho — señala Lafuente Machain — por su comportamiento militar, mereciendo especial mención el apoderamiento de una balandra enemiga armada de 22 cañones, que apresó frente a Cádiz”. Al cabo de casi dos décadas de servicios guerreros, buscó paz en el Convento de capuchinos de Sevilla, al que ingresó como lego, para después pasar a una frailería de Córdoba, donde probablemente dejó de existir. D) Juan Francisco de Aguirre y Uztáriz vió la luz primera en Donamaría el 18-VIII-1758. No había cumplido aún 14 años, cuando ingresó en la Real Compañía de Nobles Guardias Marinas como “caballero aspirante”, el 3-IV1772, figurando en el catálogo respectivo (nº 1673) con los nombres de “Juan Ignacio Francisco”. Hizo su estreno como Oficial de la armada, en un viaje a Filipinas a bordo de la fragata “Rosalía”, que mandaba el célebre Juan de Lángara y Huarte, entonces Capitán de Fragata. Al año siguiente realizó cruceros científicos y de observación por el Mediterráneo y las costas africanas en la fragata “Cármen”, siendo ascendido a Alférez de Fragata. Tomó parte más tarde en la malhadada campaña contra Argel, subordinado al Jefe de Escuadra

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Pedro González Castejón, y bajo el mando militar supremo del Teniente General Alejandro O'Reilly. En 1776 le llegan los despachos de Alférez de navío, e integrando la dotación del “Astuto” zarpa hacia el Perú. De vuelta recibe en Cádiz su ascenso a Teniente de Fragata, y, a mediados de 1779, en la guerra de España aliada de Francia contra Inglaterra, nuestro hombre participa en ella, embarcado en el “San Miguel”; cuyo navío, a órdenes del Brigadier Juan Joaquín Moreno, incursiona por el canal de la Mancha y vigila el estrecho de Gibraltar. En 1781, al ya Teniente de Navío Aguirre se le confiere el nombramiento de “Comisario”, con encargo de emprender la tarea de marcar la frontera entre España y Portugal en sus posesiones de Sud América, conforme al tratado preliminar de San Ildefonso, que ajustaron, el 1-X-1777, las potencias Católica y Fidelísima, a través del Conde de Floridablanca y de Francisco Inocencio de Souza Coutinho, respectivamente. Dicho tratado, en su artículo 15, establecía la designación, por parte de los altos contratantes, de “Comisarios de conocida providad, inteligencia y conocimiento del País, juntándose en los parages de la Demarcación”, para trazar la línea fronteriza que garantizase “la recíproca seguridad y perpetua paz y tranquilidad de ambas naciones”. Así — en momentos en que su Rey acababa de concederle la merced de un hábito en la Orden de Alcántara, y estaba el interesado preparando las pruebas correspondientes para su ingreso — tuvo Juan Francisco que partir al lejano virreinato rioplatense. Y como España mantenía su beligerancia frente a Inglaterra, el flamante Comisario debió salir de Cádiz (14-XI-1781) hacia Lisboa. Allá, luego de entrevistarse con el Embajador de su país Conde de Fernán Núñez, Aguirre con algunos compañeros de misión (el Comandante José

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Varela y Ulloa, los hijos de éste José y Joaquín; el Teniente Coronel, trocado en Teniente de Fragata, Félix de Azara; el camarada de igual rango Rosendo Rico y Negrón; un “oficial de relojería llamado José Santaella”; además de los pasajeros Luis de Urriola, nombrado Oidor para Chile, y el Canónigo Gabino de Echeverría que iba al Paraguay) se hizo a la mar rumbo a Rio de Janeiro, bajo bandera neutral, a bordo de la fragata “Santísimo Sacramento” del Capitán mercante lusitano Torcuato de Silva, el 23-I-1782. En la pintoresca ciudad carioca, los oficiales españoles (junto a otros pasajeros y a la familia de Miguel Sánchez Moscoso, asesor del Virrey de Buenos Aires) fletaron una corbeta que, en 37 días, los trajo a Montevideo, donde fueron recibidos por el Virrey Vértiz — primo 2º de Josefa de Uztáriz y Gaztelú Vértiz y Albirena, la abuela materna de Aguirre. Este, por lo tanto, en su detención montevideana, se alojó, probablemente, en casa de su hermano Juan Pedro, casado con Margarita de Viana Alzaybar, criolla de alto copete lugareño (cuyo padre es recordado por Aguirre en su famoso Diario, cuando a propósito de los indios minuanes dice que “hacían daño como enemigos, hasta que el Sr. D. José Joaquín de Viana, Gobernador de buena memoria, hizo una expedición en que los aniquiló, y los pocos que quedaron se sometieron a la paz”). En ese hogar fraterno se estuvo el viajero ocho meses, en tanto el Virrey Vértiz organizaba las distintas comisiones que habrían de dar principio a los trabajos demarcatorios en la frontera del Brasil. Juan Francisco — junto con Azara, Diego de Alvear y Rosendo Rico — se trasladó en febrero de 1783 a Buenos Aires; y aquí — es tradición doméstica — recibió hospitalidad en casa de su pariente (primo por Uztáriz y sobrino por Aguirre) Agustín Casimiro de

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Aguirre, mi 4º abuelo; vivienda ubicada al costado del Cabildo, con frente también a la Plaza Mayor. Seis meses más tarde (17-VIII-1783), ante el Escribano porteño José García Echaburu, compareció “Juan Francisco de Aguirre y Uztáriz, Teniente de Navío de la Real Armada, nacido en Dona María, hijo legítimo de D. Joaquín de Aguirre y de Dña. Josefa Uztáriz, dueños que fueron del Palacio de Cabo de Armería denominado Aguirre, sito en el mismo lugar” — cual expresa la pertinente escritura. Y el nombrado marino dijo: “Que por cuanto Juan Pedro de Aguirre y Uztáriz, mi hermano, ha hecho cesión a mi hermano menor José Joaquín de Aguirre (el 19-IX-1782, en la ciudad de Montevideo ante el Notario Zenzano) del mayorazgo que le ha tocado y correspondía por su mayoría, en el referido lugar de Dona María, con su Palacio de Cabo de Armería que le pertenece por razón de la herencia”; a fin de que tuviera efecto dicha cesión y no la embarazase el hallarse de por medio el compareciente, éste, “versus propia voluntad”, le transfería, cedía y traspasaba al hermano menor suyo José Joaquín, para él y sus herederos, el derecho al Mayorazgo y al Palacio de Aguirre. Por esos días, don Juan Francisco apuntaba en su Diario que en Buenos Aires la cuadra de Agustín Casimiro de Aguirre, sita “en la calle principal”, así como las demás “calles principales, tienen vereda o buen empedrado o enladrillado; pero hablando en general, son malas en tiempos de lluvias o de seca, pues cuando cesan aquellas por ésta, se levantan polvaredas tan sutiles que incomodan … Las casas principales dan, por zaguán, entradas a un patio, al que cáen las viviendas … Son buenas casas y capaces; la mayor no ocupará media cuadra”. Describía luego, el recién llegado, las características de la capital del Virreinato: Su puerto, sus embarcaciones menores de trasbordo; el Fuerte, las Iglesias y

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conventos; la organización de sus gobiernos civil y religioso; las chacras y pampa circundante; sus estancias donde se criaban mulas que se vendían en los mercados de Salta y Jujuy, destinadas al Alto y Bajo Perú; su comercio, producción y volumen de los negocios; los negros esclavos y el tráfico de estos extendido desde el Africa. Y antes de entrar a ocuparse de todo el Virreinato, de su parte norte hasta las regiones mineras altoperuanas, y de su parte patagónica hasta las Malvinas, Aguirre, con acento personalísimo, manuscribe esta serie de comentarios y de datos acerca de la ciudad cabecera del Plata que, a manera de pantallazos, transcribo a continuación: En Buenos Aires — anota el viajero — “no se ve lo magnífico, pero tampoco lo miserable … no hay casa de Mayorazgo; sólo hay dos vecinos cruzados (2)” … El vecindario urbano “se viste a la moda de España, y singularmente al estilo de Andalucía, a cuyos hijos se parecen en muchas cosas los de este puerto. Buenos Aires es una ciudad en que se verifica al pie de la letra el refrán que dice: el padre mercader, el hijo caballero y el nieto pordiosero … La población — según los informes que he podido adquirir — se regula de 30 a 40 mil almas de toda especie de gentes. Entre ellas la blanca o española es la más considerable, o a lo menos la mitad, y la otra mitad de negros, mulatos y pocos indios, que sólo hay los forasteros. La especie española se divide en 2 En 1783 esos cruzados serían Marcos José de Larrazabal, Caballero de Santiago, y el propio Virrey Vértiz, que lo era de Calatrava; ya Domingo Alonso de Lajarrota, Caballero de Alcántara había muerto 3 años atrás. Y si de porteños se trata, más tarde, en 1788, se cruzarían en la Orden de Carlos III, Manuel de Basavilbaso y Urtubía; en la de Santiago, Miguel Fermín de Riglos y San Martín en 1790; en la de Alcántara Miguel de Irigoyen de la Quintana en 1794; y en la de Carlos III, León de Altolaguirre en 1798.

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las dos clases: de Europeos y Americanos que se dedican al comercio, a las artes y a la labranza. La especie parda es única casi para el servicio…” Entre los hombres transmigrados de España para mejorar de fortuna, “vienen algunos conocidos y muchísimos que no lo son; y según las utilidades con que se levantan en sus girso, se levantan también las casas de este país, donde se regulan las primeras las más ricas. La riqueza en todo el mundo es principio de nobleza, y si estos principios son más sensibles aquí que en otras partes, es porque todo país de poca población está más proporcionado para tales establecimientos … De cualquier manera las gentes de Buenos Aires se ven llenas de urbanidad y atención, manifestándose con la misma civilidad que en las mejores ciudades de España … Por el libre comercio … y por la declaración de Buenos Aires capital del Virreinato … no hay uno que no se asombre de su transformación casi de repente … Todos sus hijos montan a caballo, pero se puede decir que ya lo más general es unicamente para fuera de la ciudad, pues dentro de ella se anda a pie, unos con capa y otros en cuerpo, hechos unos gentiles petimetres. En esta parte de vestir y tratar, puede Buenos Aires pasar por una ciudad de la Península … Aún en el modo interior de adornar las casas, comer y demás usos domésticos, se parece al de Andalucía, bien que sujeto por los accidentes locales a variedad. La plaza de Buenos Aires es abundantísima de verduras, frutas, carne, pan, pescado, aves, leche, etc.. Se matan para el abasto de la ciudad, diariamente, cerca de 1.000 reses en los corrales de la cercanía … El agua es menester tomarla de los negros aguateros que la cojen a la orilla del rio … Actualmente se ha determinado haya casa de comedias; empiezan a representar en un teatro hecho de paso; todos hombres, pero en breve se espera haya mujeres, quedando establecida esta diversión para siempre … Por el tiempo del patrón (San

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Martín de Tours) hay toros, que se corren en la plaza que se arma al propósito … La costa, así llamada la orilla del rio, es paraje poblado de chácaras, y a donde pasan, algunos, temporadas de campo. Hombres y mujeres son de mérito personal, de buen cuerpo y manejo; rara será la casa de tal cual viso no tenga clave (piano) … En Buenos Aires de tropa veterana hay sólo dos compañías de fusileros, un destacamento de dragones y otro de artillería … La milicia de Buenos Aires se compone de dos regimientos, con uniforme de casaca y calzón azul, chupa, collarín y vuelto de grana; la caballería tiene solapa y botón de plata. Sólo cuando hay necesidad urgente de Indios, acude a la defensa esta gente. En Buenos Aires se ve mucha oficialidad; sus hijos son amantes de la carrera militar y hay algunos que siguen en el ejército y armada … Ultimamente en Buenos Aires hay ya cafés, confiterías y posadas públicas…”. A la sazón, el Virrey Vértiz, debido a la poca diligencia que ponían los portugueses en concretar el envío de comisiones a la zona fronteriza con Paraguay, despachó a Félix de Azara hacia Rio Grande do Sul, a fin de combinar con las autoridades allá, la forma de dar principio a los demorados trabajos demarcatorios. Y como Azara volviera a Buenos Aires con la noticia de que en São Paulo estaban a punto de salir las esperadas comisiones lusitanas, nombró el Virrey las cuatro partidas expedicionarias españolas, cuyos respectivos Jefes o Comisarios fueron: de la 1ª, el Capitán de Navío José Varela y Ulloa; de la 2ª el Teniente de Navío Diego de Alvear Fernández Ponce de León; de la 3ª el Capitán de Fragata Félix de Azara, y de la 4ª nuestro Teniente de Navío Juan Francisco de Aguirre Uztáriz, al que se le subordinaban el Teniente Coronel ingeniero Julio Ramón de César, el Alférez de Fragata geógrafo piloto Pablo Zizur, el oficial de escolta Teniente de Infantería Santiago Gómez, el Capellán Ramón Varela, el provee-

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dor Lorenzo de Figueroa, el cirujano Vicente Berduc — con “9 caxas” de botica —, el sangrador Domingo Cabrera, el panadero José Rodríguez, el cantero Ramón Solla, el carpintero Manuel Palomares y dos prácticos de rio que habían de conchabarse en el Paraguay. El destacamento de tropa se componía de “1 Sargento, 2 Cabos y 17 infantes del Fixo”. Y cada partida debía de llevar una colección de instrumentos para observaciones astronómicas y meteorológicas, y para los cálculos planimétricos; cuyas colecciones — según estampó en su Diario el Teniente de Navío Diego de Alvear — “se componían de 12 caxas de instrumentos y libros, que se hallaban acomodados primorosamente con toda seguridad y precaución de las humedades”. El 30 de diciembre de aquel año 83, el Comisario Aguirre al frente de su 4ª partida y de la 3ª de Azara — quien por tierra se adelantaba hacia la Asunción — salió con toda esa gente en dos barcos, desde el fondeadero de Las Conchas, con destino al Paraguay. Y tras 116 días de navegación fluvial — incluídas 29 paradas — arribaron, Aguirre y los suyos, a dicha ciudad paraguaya el 25-IV-1784 a la mañana. (El 2 de mayo siguiente llegó también ahí Azara, a encabezar su facción). Ambas expediciones iban a recorrer sobre el terreno toda la línea — no definitivamente ajustada en el tratado de San Ildefonso — que arrancaba del primer rio de gran caudal situado al oeste del Paraná, hasta el desaguadero del rio Jaurú. Mas la demora de los portugueses en acudir a esa frontera se prolongaba deliberadamente, pués estimó su gobierno que lo convenido en 1777 desfavorecía sus intereses en América. Los “fidelísimos” vecinos, por lo tanto, daban largas a la traza de límites en el norte paraguayo, a la espera de otro tratado de paz general — ahora entre España, Francia e Inglaterra — del que se podría obtener, de rebote, alguna ventaja mayor.

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Debido a dichos motivos, Juan Francisco de Aguirre hubo de permanecer dos años en la Asunción; y allí se dió a los estudios históricos, a rebuscar documentos y toparse con la crónica descubridora y de la conquista rioplatense — La Argentina — manuscrita por Ruy Díaz de Guzmán. Con todo, pese al sinfín de dificultades opuestas por los poderes lusitanos, nuestro marino — fuera de algunas salidas menores — realizó dos grandes incursiones terrestres. La primera el año 1791, junto con Azara, alrededor de la controvertida y difusa raya limítrofe del Brasil, más allá de la región de Curuguaty, viejo dominio de indios tobatines, hasta las márgenes del rio Jejuy, afluente del Paraguay, donde los portugueses no acudieron a la cita. Y la segunda correría la efectuó Aguirre con su destacamento en 1793, por la cordillera y sus ramales que se empinan cerca de Villa Rica. En ambas exploraciones el Jefe verificó numerosos cálculos, mensuras y reconocimientos, que dejó consignados en su inseparable Diario viajero. Luego de esas, en verdad, laboriosas campañas, el hombre quedó convencido de ser ya practicamente inútil su permanencia en aquellas guaraníticas latitudes. Sus planos y comprobaciones topográficas estaban terminados, y a ellos se unía — como escribe Groussac — “el deseo de volver a Europa, después de tantos años, con su respectiva cosecha de observaciones y trabajos personales, en que cifraba para su nombre la gloria, o por lo menos la notoriedad”. Por tanto, los Jefes de la 4a y 3a partidas, Aguirre y Azara, pidieron el relevo, que les fué concedido; y ambas facciones se fundieron en una sóla, “cuyo Comisario designado — cito a Groussac — “fué el Capitán de Fragata don Juan Gutiérrez de la Concha, más tarde soldado de la Reconquista, Gobernador de Córdoba y compañero de Liniers en la catástrofe como en la gloria”.

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Por fin, vuelto de su peregrinaje sudamericano, Aguirre pisó tierra gallega en la Coruña, el 31-III-1798. Promovido a Capitán de Fragata, le nombraron Director de las Reales fábricas de artillería y municiones, existentes en la villa santanderina de Liérganes y en el valle de la Cavada. Al producirse la invasión napoleónica a España, Aguirre pidió su reemplazo al Gobernador de Santander, Coronel Francisco Amorós y Ondeano, el 4II-1809; pero este conspicuo funcionario afrancesado le instó a colaborar con los invasores, lo cual el hidalgo patriota navarro rechazó de plano. Malquisto con los franceses, el hombre buscó refugio en cierta alquería de Cabarga, en Asturias, donde en febrero de 1811 la muerte le acogió en sus brazos, solterón empedernido, sin haber llegado todavía a cumplir cincuenta y tres años. Aquellos hispánicos Comisarios, que durante casi dos décadas trajinaron por el Virreinato del Rio de la Plata, a efectos de demarcar sus fronteras con el Brasil, debían, a expreso mandado de la Corona, asentar en un Diario todos los sucesos producidos y observaciones y datos que pudieran ser de utilidad para mejor conocimiento de la vasta región en que iban a desarrollar sus trabajos. Así Juan Francisco de Aguirre, puntualmente, fué llenando, página tras página, lo que a la postre resultó frondoso mamotreto o compilación de apuntes referidos a incidentes de camino, a descripciones de territorios y ciudades, a notas sobre historia olvidada o desconocida, a usos y costumbres de sus habitantes, a formas de gobierno anacrónicas o contemporáneas de diverso carácter, recogidas en los lugares recorridos. A lo largo del memorial aludido, abunda, por sobre todo, un profuso acopio de cálculos astronómicos, de coordenadas, rumbos, cómputos de distancias y triangulaciones; empero, entre tantas exactitudes matemáticas, nuestro incoercible geódeta incluyó su Diario

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Histórico: suerte de rapsodia de la añeja crónica de Ruy Díaz de Guzmán, seguida por comentarios inherentes a ocurrencias más modernas. Ese ensayo retrospectivo — opina con justicia Rómulo Carbia, en su Historia de la Historiografía Argentina — “tiene un mérito resaltante: el de ofrecernos el texto de algunos documentos que su autor copió en la capital paraguaya, y que hoy ya nadie podría hallar … Aguirre tomó como base a Ruy Díaz, y sobre su contenido realizó una tarea no acometida nunca. Iba ella dirigida a depurar de errores al cronista prístino, y hay razones para considerar que el comisionado de fines del siglo XVIII, a distancia de un siglo y medio, modestamente antecedió a Groussac en ese empeño”. Este ilustre polígrafo francés, sin embargo, amputó aquel Discurso Histórico al publicar, por primera vez, un fragmento del Diario de Aguirre en los Anales de la Biblioteca que dirigía. El manuscrito de mi lejano pariente está dedicado “el Rey N.S.” con estos párrafos de lealtad hacia Carlos IV: “Señor: La honrra de haber trabajado mi Diario en servicio de V.M. y su augusto Padre, me anima a presentarlo a Vuestros Reales Pies, ya que por su composición no es digno de tanta exaltación. La generosidad de V.M. lo reciva con aquel amor que lleva el pequeño don, ofrecido por quien no puede más, y es tan espresivo que no se conoce mayor aún entre los respetos de Dios y los hombres. Su Divina Magestad conserve a la Monarquía la preciosa salud de la vuestra, los dilatados años de su dignación. Señor. A los Rs. Pies de V.M. — Juan Francisco Aguirre”. En 1815, tres años después de muerto el autor, los originales de su obra fueron a parar a la Real Academia de la Historia madrileña, legados por el difunto Capitán de Fragata que había sido nombrado miembro correspondiente de dicha corporación. En 1873, el Director

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de la Biblioteca Pública de Buenos Aires, Vicente G. Quesada, cumpliendo instrucciones del entonces Ministro de Gobierno de la Provincia, Dr. Amancio Alcorta, hizo sacar copias, en Madrid, del referido Diario en tres gruesos volúmenes que hoy se guardan en esa institución porteña. En 1905, en el Tomo IV de los Anales de la Biblioteca, Groussac publicó sólo el primer libro completo del Diario de Aguirre, con una Noticia Biográfica y crítica acerca del autor y su obra. En 1911, en el Tomo VII de los mismos Anales, entresacó Groussac mutilados algunos capítulos del antedicho Diario, omitiendo el Discurso Histórico. Este fragmento se vió recién en letras de molde en 1937-38, en la Revista de la Biblioteca Nacional, que dirigía Gustavo Martínez Zuviría. Con posterioridad — 1947 — la Colección Austral de Espasa Calpe Argentina, reprodujo íntegro el Discurso Histórico. Finalmente la Revista de la Biblioteca Nacional, los años 1949 a 1951, dió a la estampa los tres volúmenes completos del interesante Diario de Aguirre, precedidos por excelente prólogo de Felipe Barreda Laos. E) José Joaquín de Aguirre y Uztáriz nació en Donamaría. Fué Señor del Palacio de Aguirre, por cesión de los derechos a dicho Mayorazgo que le hicieron — según se dijo más atrás — sus hermanos Juan Pedro y Juan Francisco, y debido a que sus otros hermanos Juan Bautista y Juan José profesaron en religión, con voto de pobreza. También José Joaquín, tras un pleito, obtuvo la propiedad del Palacio de Juareguizar en Oiz, con sus pechas y alcábalas; y heredó el Palacio de Zubiría, por fallecimiento de su pariente Juan Francisco de Irigoyen Ursúa, conforme a lo establecido en el vínculo de fundación. Posteriormente vendió el Palacio de Zubiría, el 12-III-1818, a Timoteo de Maritorena; y el de Juareguizar, el 5-XI-1831, a María Pilar de Zarandía.

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Nuestro “palaciano” habíase casado primeramente con Xaviera Josefa Micaela Pérez de Tafalla y Olazábal, con contrato nupcial celebrado el 3-I-1799 en Pamplona, ante el Escribano Nicolás de Echeverría. Doña Xaviera falleció bajo testamento otorgado en Donamaría el 24-II-1801, ante Miguel Joaquín de Echeverría. Entonces José Joaquín, ya viudo, uniose en segundo casamiento con Manuela Moriones, la cual dejó de existir el 9-XI-1840, en Donamaría, bajo disposición testamentaria que otorgara allí, el 17-XI-1838, ante el Presbítero Ambrosio Alizugaray, Beneficiado de la Iglesia parroquial. Por su parte José Joaquín de Aguirre Uztáriz testó el 17-VII-1841, dejando por heredero del Palacio de Aguirre al mayor de sus hijos varones. Tres vástagos le nacieron de sus dos enlaces: a) María Luisa Gonzaga Bernardina de Aguirre y Pérez de Tafalla, la cual contrajo matrimonio con José Ramón Ochoa de Alza, Coronel Capitán de la Guardia de Honor de Infantería de Su Majestad. Con él procreó descendencia. b) Juan José de Aguirre y Moriones, nativo de Donamaría y Señor del Palacio de Aguirre, según lo establecido en el testamento de su padre. Fué Oficial de caballería y alcanzó el grado de Brigadier, después de combatir en las filas carlistas durante la primera y segunda guerra civil. Casó con Graciosa de Echeverría y Jáuregui, oriunda de Almandoz, en el Baztán. Fueron padres de: b1) Norberta de Aguirre y Echeverría, heredera del Palacio de Aguirre, nacida en Donamaría el 6-VI1850, y fallecida en 1917. Estuvo casada con Manuel de Albistur y Boloqui, natural de Lesaca, Vicepresidente de la Diputación Foral y Provincial de Navarra. Manuel y Norberta hubieron dos hijos: Asunción y Gracián de Albisur Aguirre.

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Este Ingeniero Agrónomo y Profesor en la Universidad de Pamplona. Ambos solteros y últimos propietarios del Palacio de Aguirre, actualmente convertido, a la muerte de ellos, en casa de Religiosas de Caridad. De la rama argentina de nuestra familia, primera visitante del Palacio armero de sus mayores fué mi “Tia Tó” — Victoria Aguirre Anchorena —, a principios de octubre de 1913. Ella peregrinó a Donamaría desde Biarritz en su Rolls Royce conducido por el fiel chofer José Casal, y la acompañaban Manuel Augusto — “Mangolo” — Rodríguez Pividal y Otilia Alcorta, su mujer. Años más adelante, también pasaron por aquellos lares solariegos y conocieron a sus parientes “palacianos”, las Leloir Aguirre de Buenos Aires.

En cuanto a mí, el mes de agosto de 1928 — pleno verano — visité el Palacio de Aguirre, en Donamaría, con mis padres y hermanas y mi tío Rafael Aguirre Lynch. Después de almorzar en Hendaya, cruzamos la frontera en automóvil por Irún, y tras un recorrido de 37 kilómetros a través de las localidades de Vera, Sumbilla y Sant-

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esteban, que jalonan el delicioso paisaje montañés, llegamos a Donamaría. El Palacio de Aguirre que se nos presentaba a la vista, había sido reedificado en 1786, sobre el mismo lugar y en reemplazo de la añeja Torre armera que destruyeron sucesivas invasiones francesas. El vasto caserón enclavábase de espaldas al declive de una colina verde poblada de robles, hayas y castaños; en cuyas otras estribaciones desperdigábanse alquerías con sus sembraduras en madurez; y toda la perspectiva del grandioso panorama tenía por fondo, recortados contra un cielo azul, los soberbios picachos del “frio y silboso Pirineo” — como lo adjetivó Don Quijote. La hidalga mansión de los Aguirre configura un paralelogramo de compacto volumen. Firmes paredes blanqueadas a la cal, y puertas y ventanas de distintos tamaños, en la planta baja del edificio como en los dos pisos superpuestos, se coronan, a cuatro aguas, con techumbre de tejas. El frontis — como de treintitantos metros de largo — destaca en su centro al portalón de entrada principal claveteado de hierros. Encima suyo, el gran balcón del primer piso con barandilla corrida, sostenido por talladas ménsulas de roble, ostenta, en bajorrelieve de mármol, el primitivo escudo de los Aguirre: una loba amamantando dos crias, junto al tronco de una encina. La añosa vivienda contenía, a nivel del suelo, amplios locales destinados a cochera, establos, granero y depósito de herramientas de labranza. Ascendida la escalera, en el primer piso hallábanse salas de recibo; dormitorios y aposentos con paredes de más de un metros de anchura, resistentes al rigor invernal de la montaña;

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sólidos muebles y armarios con viejos papeles, que remontaron la imaginación del visitante a los aguerridos tiempos de la Casa-Torre de sus antepasados, cuando en pos del Alférez Mayor de la comarca — cual poetizaba Lope de Vega — “cien soldados nabarros le seguían, del valle de Baztán hidalgos todos”. Como a dos o tres kilómetros del solariego caserón, en torno a la Iglesia lugareña consagrada a la Asunción de Nuestra Señora, extendíase el recinto vecinal de Donamaría, con sus barrios — Arce, Igunín, Azcárraga, Gaztelú — que, según recuento practicado entonces — sumados los caseríos dispersos por el campo —, totalizaba 331 edificios, para una población de poco más de 600 almas. c) Juan Bautista de Aguirre y Moriones — hijo segundo de José Joaquín de Aguirre Uztáriz y de Manuela Moriones — fué Comandante del 5º batallón de voluntarios carlistas de Navarra, en la guerra por los derechos de don Carlos María Isidro de Borbón al trono de España. Juan Bautista murió soltero en avanzada edad. F) María Francisca de Aguirre y Uztáriz. Casó con Ramón Vicente de Larrache, vecino de Vera. Fué dotada con 6.000 pesos por su hermano Juan Pedro, que era Jefe, a la sazón, de su Casa. Por lo demás, el 16-VIII-1790, ella cedió a su hermano José Joaquín los derechos que pudiera tener sobre sus paternos bienes. G) Josefa Antonia de Aguirre y Uztáriz. Monja en el Real Monasterio de Santa Engracia, a extramuros de Pamplona, donde otorgó la misma renuncia a la heredad familiar que sus hermanos. VII — FRANCISCO ANTONIO DE AGUIRRE GAZTELU ARGUINERENA, nació en Donamaría, y en su

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Iglesia lo bautizaron como consta en esta partida: “El día catorce de Mayo de mil seiscientos noventa y tres fué bautizado Francisco Antonio de Aguirre, hijo legítimo de D. Francisco de Aguirre y Da. Francisco de Gaztelú, su muger, siendo padrinos Domingo de Gaztelú (su abuelo) y Da. María de Aguirre (su tia). Y en fé de ello firmo yo, D. Juan de Istillarte” (Libro II de Bautismos, f. 12 vta.). Pese a ser vástago primogénito, su padre dispuso que el Palacio de Aguirre recayera — según vimos — en el hijo menor suyo: Joaquín Ventura. Fue Francisco Antonio, en cambio, Señor de la Casa de Juanenea, sita en el barrio de Arce de Donamaría; Consejero Real de Hacienda y Oidor de la Cámara en Navarra; y lo nombraron Corregidor — in partibus, diré, pués nunca vino a Indias — para el distrito de Maule, en Chile. Se casó mi antepasado el 11-VI-1714 en la Iglesia de Donamaría (Lib. II de Matrimonios fs. 65) con María Josefa de Bengeochea y Perurena, bautizada en la misma parroquia el 19-III-1682 (Lib. I de bautismos fs. 1 vta.), hija de Juan de Bengoechea y de su mujer María de Perurena, ésta hija de Bernardo de Perurena y de María de Almandoz. La respectiva partida marital de Francisco Antonio y María Josefa reza literalmente así: “El once de Junio de mil setecientos catorce, yo el infrascripto Rector de Donamaría asistí al matrimonio que contrageron entre sí Francisco Antonio de Aguirre y María Josefa de Bengochea, naturales de este lugar en el barrio de Arce, habiendo precedido las proclamas en tres días festivos al tiempo del ofertorio de la Misa popular, como lo manda el Santo Concilio de Trento, siendo testigos Juan de Almandoz y Pedro de Almandoz, y oyeron la Misa nupcial. Don Joséf de Artieda”. Hay una rúbrica. El linaje de Bengoechea era oriundo de Guipuzcoa. Su primitiva Casa se localiza en el lugar de Berrobi, jurisdicción de la villa de Tolosa (a 26 kilómetros de Donamaría), y sus armas pintan de oro una banda de gules y dos lobos de sable, en cada hueco. (Nobiliario de Guipuzcoa T 148, folio 369).

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Algún miembro de la familia fundó el barrio de su apellido en la provincia de Vizcaya, partido judicial de Bilbao, Ayuntamiento de Galdeano y feligresía de Nuestra Señora de la Asunción; y en el archivo de Guernica se halla la ejecutoria de nobleza de Pedro Bengoechea y Arilza, litigada en 1754. Otra rama de la estirpe pasó a Navarra. De ella procedía mi antepasado Juan de Bengoechea, vecino de Donamaría. Los cónyuges Aguirre-Bengoechea perpetuáronse en: 1) Francisco Casimiro de Aguirre y Bengoechea, que sigue en VIII. 2) María de Aguirre y Bengoechea, que fué dueña de la Casa de Juanenea. Murió soltera de más de 90 años, bajo disposición testamentaria otorgada el 26-IV-1812, ante el Escribano de Santesteban, Miguel de Echeverría. Nombró por su heredero universal a José Joaquín de Aguirre, Señor del Palacio de Aguirre, su sobrino, salvo de las mandas pias y legados que había instituido en una escritura anterior, de fecha 13-V-1801. Debo precisar que doña María recién poseyó el Palacio de Juanenea después de 1808. En efecto: dicha heredad mayorazga había recaído en su hermano Francisco Casimiro, quien a su vez la dejó por testamento del 27-II-1800, a su nieto mayor José Agustín de Aguirre, vecino de Buenos Aires (hijo de Agustín Casimiro, mi 4º abuelo). El 22-VI-1808 José Agustín dió poder a su hermano Manuel Hermenegildo (tatarabuelo mío), entonces en España, para que en su nombre tomara posesión del referido bien; tal posesión nunca se hizo efectiva, por lo que la Casa de Juanenea quedó a favor de María de Aguirre y Bengoechea, tia abuela de los Aguirre argentinos. VIII — FRANCISCO CASIMIRO DE AGUIRRE Y BENGOECHEA, nació y lo bautizaron en Donamaría. Su partida bautismal copiada a la letra del Libro parroquial nº II, folio 31 vto,. dice así: “El quince de Marzo de mil setecientos

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veinte y tres, yo el infrascripto Rector de Donamaría, bauticé a Francisco Casimiro de Aguirre, hijo legítimo de Francisco Antonio de Aguirre y de Josefa de Bengochea, siendo padrino Dn. Francisco de Aguirre y Graciosa de Bengochea, y les advertí el parentesco espiritual. Dn. Joseph de Artieda”. Hay una rúbrica. Fué Francisco Casimiro Señor de la Casa — dicha también Palacio — de Juanenea, sita en el barrio de Arce de Donamaría, cuyo bien heredó de su padre. El antepasado de que trato se casó dos veces: Primero el 6-IX-1743, en Gastelú, con María Micaela de Micheo y Uztáriz (hija de Fernando de Micheo y Dolarea, Señor de Micheorena, y de Catalina de Uztáriz y Bertiz — ver los respectivos linajes); y de viudo Aguirre pasó a segundas nupcias, en Donamaría, con María Martina de Juriorena, la cual no le dejó descendencia. Testó Francisco Casimiro el 27-II-1800, ante el Escribano Miguel Joaquín de Echeverría. En tal instrumento público dispuso que sus bienes recayeran en el nieto mayor de su hijo Agustín Casimiro — que se había casado en Buenos Aires y aquí murió —, siempre que dicho nieto americano fuera a tomar posesión y fijar residencia en la Casa de Juanenea, dentro de los cuatro años de producido el fallecimiento del otorgante, pués era “su intención el que conserve su hacienda y Solar nativo de su padre con estimación, renovando su memoria”. Si ninguno de sus nietos cumpliera — como no cumplieron — esa condición de afincarse en Donamaría, el bien pasaría a la hermana del testador, María de Aguirre, o a sus sobrinos José Joaquín, Juan Francisco y María Francisca de Aguirre y Uztáriz. Además el causante establecía una fundación “de aniversario de Tabla” (prebenda religiosa), con un capital de 50 ducados, y ordenaba que sus restos fueran sepultados en el enterratorio familiar. Estos resultaron los hijos del matrimonio Aguirre Bengoechea-Micheo Uztáriz:

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1) Agustín Casimiro de Aguirre y Micheo, que sigue en IX. 2) Josefa Manuela de Aguirre y Micheo. 3) Juan Francisco de Aguirre y Micheo, a quien su padre declaró en su testamento haberle dado “carrera para su buena suerte de vivir con modo muy brillante, proporcionándole intereses ventajosos en giro de comercio para las Américas”. Durante los años 1766 a 1779, el gobierno español concedió licencia de asiento de negros a favor de Juan Francisco de Aguirre y de Lorenzo de Aristegui, del comercio de Cádiz, con privilegio exclusivo para introducir esclavos a puertos de las Antillas y América Central: Panamá, Veracruz, Habana, Cuba, Cartagena, Portobelo, Honduras, Campeche, Cumaná, Santo Domingo, Trinidad de Barlovento, Margarita, Santa Marta y Puerto Rico. Juan Francisco de Aguirre murió soltero y seguramente rico. 4) Josefa Antonia de Aguirre y Micheo, la cual profesó en religión. IX — AGUSTIN CASIMIRO DE AGUIRRE MICHEO BENGOECHEA Y UZTARIA dió sus vagidos en Donamaría, y en su Iglesia parroquial de la Asunción de Nuestra Señora fue llevado a la pila, como consta en la siguiente partida: “En ocho de Septiembre del año de mil setecientos cuarenta y cuatro, bautizó con licencia de mí el infrascripto Rector, Dn. Tomás de Micheo (tío abuelo del neófito) Rector de Gaztelú, a Agustín Casimiro de Aguirre, hijo legítimo de Francisco de Aguirre y María Micaela de Micheo. Abuelos paternos Francisco de Aguirre y María Josefa de Bengochea. Maternos Fernando de Micheo y María Catalina de Uztáriz, siendo padrinos Dn. Juan Agustín de Uztáriz (tío abuelo del párvulo) y María Catalina de Uztáriz (la abuela materna); les advertí el parentesco espiritual. Y firmé: Dn. Juan Martín de Ibero — Hay una rúbrica”. El primer documento que registra la actividad de Agustín Casimiro de Aguirre en el Rio de la Plata, se re-

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monta al año 1768. Es un comprobante donde figura mi antepasado como “sobre cargo” del navío “Oriflame”, y en tal carácter, desde Montevideo, pedía permiso para desembarcar en Buenos Aires 14 de los 30 pasajeros que venían de España en dicho velero. Acaso fuera el “Oriflame”, de la Compañía Uztáriz, el barco que trajo a mi 4º abuelo — de Cádiz, seguramente — a estas playas argentinas, en función de “sobrecargo”: vale decir, mandatario o factor de los Uztáriz — sus parientes —, al cuidado de los intereses comerciales de esos navieros, y, a nombre de ellos, con capacidad jurídica para concertar toda clase de diligencias y contratos, siempre que los mismos recayeran sobre negocios relativos al tráfico de la empresa. Ese tráfico marítimo practicábase en navíos que cruzaban el Atlántico hasta Montevideo, y en este puerto de aguas profundas se transbordaba la carga en barcos de menor calado para llegar a Buenos Aires con las mercaderías y los pasajeros. Aquí, el 17-IV-1769, Agustín Casimiro de Aguirre y Juan Pedro de Aguirre Uztáriz, como apoderados de la empresa Uztáriz, ante el Notario José Zenzano dijeron en escritura pública: Que Jerónimo Matorras (futuro Gobernador del Tucumán, casado con Manuela Francisca de Larrazabal Avellaneda — ver el apellido Avellaneda), había otorgado en Cádiz, el 30-X-1767, ante el Escribano Antonio de Inarejos Moreno, un documento por el cual se obligaba a pagar al Caballero de Santiago Juan Felipe de Uztáriz y a su Compañía, titulada “Uztáriz Hermanos y Cia.”, la cantidad de 4.487 pesos y 4 reales; y como ambos comparecientes acababan de recibir en Buenos Aires íntegra aquella suma, cancelaban, en nombre de Uztáriz, dicha obligación, confiriendo la condigna carta de pago.

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Litigios y constancias notariales En mis pesquisas por los archivos de los Tribunales y General de la Nación encontré muchas escrituras y documentos relativos al quehacer comercial de mi antepasado Aguirre, algunas de cuyas referencias compendio a renglón seguido. El 20-X-1769, ante el Escribano porteño Eufrasio José Boyso, Tomás de Indá “natural de esta ciudad y tratante a la de Salta”, se obligó a pagar en efectivo y sin pleito alguno a “Juan Pedro de Aguirre y a Agustín Casimiro de Aguirre y Compañía, registrantes en ésta, la suma de 4.646 pesos, 3 reales y 3 cuartillos plata corriente, que por hacerme amistad y buena obra me han suplido y prestado en dinero contado”. Tal suma debía de abonarse “en la misma especie de plata acuñada o en doblones”, parte a los 18 meses de la escritura, y el resto se pagaría en Salta, en el mes de enero de 1770, por mano de Miguel Vicente Solá (sobrino carnal de Indá) a la persona que los acreedores dispusieran. El deudor no cumplió con esa obligación, y tres años más tarde, el 23-X11-1772, don Agustín Casimiro se hizo presente ante el Alcalde de 1º voto Felipe Santiago del Poso solicitando la detención del empleado de Indá, Pedro Montesa, y el embargo de los bienes que tuviera en su poder, por ser éste cómplice y habilitado de aquel que había huido de Buenos Aires “sin haber entregado los caudales que trajo de diferentes sujetos”. El Alcalde del Poso trasládase entonces a la casa de Montesa, embarga los efectos que allí encuentra, dejando como depositario de ellos a Ignacio Bermúdez, y lleva presos a Montesa y a Manuel Caballero — ambos dependientes de Indá — quienes son entregados en la Real Fortaleza al oficial de guardia.Seguidamente, Aguirre pide se interrogue a los detenidos. Montesa declara ser empleado de Indá, con el cual efectuó dos viajes a Jujuy (donde Indá vivía con su esposa María del Carmen Cobos de la Corte y Rozas); confiesa que su patrón fugó para eludir a sus acreedores, y que tal escabul-

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lida se produjo desde una casa “junto a Santa Lucia”, en Barracas. (¿La histórica quinta “La Noria” de Martín de Alzaga, futuro sobrino político de Indá, por casamiento en 1780 con Maria Magdalena de la Carrera Indá?). A su vez el sirviente Caballero expuso que a su amo le prestó el recado de montar, y que éste, con un peón, salió una mañana a caballo hacia la Recoleta, y de ahí para la Capilla del Rosario, ignorando el declarante su posterior paradero. Sigue su curso el proceso ante el Alcalde Luis de Gardeazabal. Con el acuerdo de Aguirre recobra Montero la libertad bajo fianza; y tanto él como Bermúdez — depositario de los bienes que dijimos — ponen a disposición de Adrián de Aramburu Zabala, apoderado de los demandantes, 2.513 pesos y 5 reales, a fin de que se distribuyera esa suma entre Aguirre y los demás trampeados acreedores de Indá, quien se había hecho perdis. Agrego que el 15-1-1773, ante García Echaburu, Agustín Casimiro de Aguirre y Domingo Belgrano Peri (padre del futuro General creador de nuestra bandera) otorgaron poder a José Zamalloa, vecino de Jujuy, para que cobrara, recibiera o demandara a Tomás de Indá, por las cantidades que debía a los poderdantes. Vinculado a Francisco Llano San Ginés, “próximo a hacer un viaje a los reinos de España”, don Agustín Casimiro recibió de aquel, mancomunadamente con Sancho de Larrea y Ramón de Anchorís, un poder general de administración, otorgado el 18V111-1770, ante el Escribano porteño Martín de Rocha. Era Francisco Llano San Ginés (Conde de Torre Alegre desde 1779) socio del Marqués de Echandía, cuya firma, en el comercio de Cádiz, titulábase “Juan Agustín de Uztáriz, San Ginés y Compañía”. (3) 3 En virtud de ese mandato, Agustín Casimiro de Aguirre, “cargador matriculado en la carrera de Indias”, canceló (23-1X-1771, ante Eufrasio Boyso) una obligación por 4.500 pesos que Carlos de San Martín, Canónigo de la Catedral de Charcas, le debía a San Ginés. Y (10-1-1772,

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Tratos y contratos de la Casa Uztáriz El 19-X-1770, desde San Lorenzo del Escorial, el Teniente General Julián de Arriaga, Ministro de Marina e Indias, le comunicaba al Gobernador de Buenos Aires Juan José de Vertiz y Salcedo, que los navíos “El Prusiano” y “La Concepción”, de la compañía de Uztáriz, navegaban hacia el Río de la Plata transportando las siguientes fuerzas militares: A bordo del “Prusiano”, la mitad del batallón de voluntarios de infantería de Cataluña, al mando de un teniente, con dos sargentos y 40 soldados de artillería, y una carga de 50 quintales de pólvora; en tanto “La Concepción” cargaba el resto del batallón — 3 oficiales, 68 soldados y clases — y 150 quintales de pólvora “para lanchas corsarias”. Corría por cuenta de la Casa Uztáriz “la subministración de mesa y víveres” para diante el mismo Notario) Aguirre por si y por San Ginés, dió un poder general a José de Ascazubi, residente en Potosí, y a Juan Antonio de Lezica, vecino de Buenos Aires. Asimismo don Agustín Casimiro otorgó poder, en el registro antedicho, a favor de Fortunato Ruiz de Arellano y de Marcos Salinas, del comercio de Paraguay. Y (15-II-1772, ante Rocha) mi antepasado dijo: que José Dacosta Ferreyra debía entregar a la Cia. Uztáriz unos 30 o 40 mil cueros suyos de pelo de toro y novillo, de acuerdo a un contrato firmado en Cádiz el año anterior, al precio de 12 reales de plata por cada cuero; y como en Buenos Aires Martín de Sarratea, Francisco Cabrera y Manuel Martínez de Ochagavia eran deudores de San Ginés, dichos comerciantes pagaban lo que adeudaban con aquella corambre, y Aguirre les cancelaba sus respectivas obligaciones. Y (28-VI-1774, ante Boyso) don Agustín Casimiro, en nombre de San Ginés, declaró que Bernardo de Alcalá, “Ministro de Marina de los vageles del Rey”, habiase obligado a pagarle a su mandante 6.200 pesos, y que habiéndolos recibido en mercaderias llegadas a este puerto en el navio “Limeña”, daba carta de pago por la deuda aquella. Y (13-X-1775) canceló también Aguirre, ante Boyso, un préstamo de 5.800 pesos dobles, que Casimiro de Ozta recibió en Cádiz de la empresa naviera “Juan Agustín de Uztáriz, San Ginés y Cia.”, que Ozta satisfizo en Buenos Aires. Y (9-VII1777, ante Rocha) mi lejano abuelo sustituyo el poder de San Ginés en Martín de Sarratea, a la sazón Alcalde de 2º voto bonaerense. Y (11-X-1780, ante Boyso) dicho consignatario de Llano San Ginés, Conde de Torre Alegre, y de “Uztáriz y Cia.”, canceló a favor del Oidor de Charcas, Juan Calvo de Antequera, una deuda de 8.138 pesos dobles.

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cho belicoso conjunto, que llegaba a reforzar la vigilancia de la provincia rioplatense en los parajes que Vertiz considerase más amenazados, pues recelábase un rompimiento con la corte de Londres. El Ministro Arriaga ponía también en autos al Gobernador, que la Casa Uztáriz, por gracia del Rey, gozaba de la franquicia de hacer regresar sus naves a España cargadas de cueros libres de derechos. A raiz de ese permiso exportador de corambre a la madre patria, el 15-III-1771, los representantes de la Compañía Uztáriz en Montevideo y Buenos Aires, Juan Pedro y Agustín Casimiro de Aguirre, elevaron una nota al Gobernador Vertiz donde expresaban: Que tienen entendido hay orden general para no dejar salir de estos puertos barco ninguno, a excepción de los Avisos, y como esa orden comprendía a “El Prusiano” y a “La Concepción” que están a nuestro cargo y son pertenecientes a dicha Casa y Compañía”, y navegaron al servicio del Rey conduciendo tropas —, ambos consignatarios navales solicitaban el cumplimiento de la promesa real de dejar zarpar dichos navíos con cueros libres de derechos hacia la metrópoli. Acerca de la situación guerrera con la Inglaterra, los factores Aguirre anunciaban que la Casa Uztáriz se comprometía a correr con los riesgos en caso de que esos veleros fueran capturados por los ingleses. Puesto el asunto a dictamen del Auditor de Guerra Juan Manuel de Labardén, éste con los “Profesores” (asesores) José Pablo Conti y José Luis Cabral, llamados a consulta, dictaminaron que como dichos navíos corrían por su exclusiva cuenta con los riesgos de guerra, “y cargan frutos de la tierra sin llevar caudales en dinero, y no ofrecen al enemigo fomento para continuar la guerra por su corto valor, son de parecer que V.S. Ies conceda el permiso que solicitan”; permiso que Vertiz concedió el 2 de mayo siguiente. En consecuencia, “El Prusiano” zarpó para España, sin registro, con 503 “quintales” de cueros y 20 libras de hierro, por vía de lastre. A propósito de los empresarios navieros que representaba mi antepasado — y primo de ellos — diré que el Rey

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concedió, el 22-II-1781, a Juan Agustín de Uztáriz y Micheo, Marqués de Echandía, la gracia de extraer un millón de pesos fuertes en plata y oro y 80.000 cueros de las provincias del Virreinato y conducirlos a España por vía de Portugal. Posteriormente murió el Marqués de Echandía, pero la voluntad del Monarca fué que su empresa marinera disfrutara del mencionado premio, como indemnización por los daños y pérdidas sufridas en la guerra contra Gran Bretaña. Así, el expresado privilegio recayó en Juan Bautista de Uztáriz y Gaztelú, Conde de Reparaz — primo del Marqués de Echandía y de mi 4º abuelo Aguirre. La Casa Uztáriz había soportado pérdidas considerables por el apresamiento del navío “El Buen Consejo”; por la detención de sus buques y caudales en las dos Américas; y, ultimamente, por el naufragio en el Río de la Plata de su fragata “La Victoria”, cargada con 64.000 cueros. Esta sucesión de desastres hubieran ocasionado la ruina de los nombrados traficantes, si Su Majestad, protector de sus leales vasallos, no les franqueara auxilios capaces de restablecer de algún modo su giro. Por tanto autorizó al Marqués de Echandía a sacar ese millón de pesos fuertes en plata y oro y pasarlo al Brasil, para ser conducido luego a España. En virtud de ello, en adelante, el Conde de Reparaz despachaba desde Montevideo a la metrópoli, por vía de Portugal, partidas de cacao o quina de Lima; y grandes cantidades de cueros que, a nombre de testaferros lusitanos, en naves con la bandera rojiverde de estos, había fletado previamente en Lisboa. Jugosas informaciones de un corresponsal privado Datada del 14 al 17 de septiembre de 1773, Miguel de Learte envió desde Buenos Aires a sus hermanos Gerónimo y Martín — el primero radicado en Sanguesa, Navarra, y el otro jesuita expulso, residente en Bolonia, que entonces pertenecía a los Estados papales — una carta pintoresca muy interesante, con juicios personalísimos acerca del momento social y religioso de las provincias rioplatenses, en cuya misiva, de paso

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se nombra a Agustín Casimiro de Aguirre. Era Miguel de Laerte sagaz prosélito de Mercurio, y actuaba en nuestro medio desde 1750. Nativo de Sanguesa, embarcóse para América ya cincuentón cumplido. Acá trajinó por el país, de Buenos Aires hasta Potosí, avecindándose por fin en Córdoba, en cuya ciudad fué Ayudante del Procurador del Colegio Máximo y Universidad de los Jesuitas; y mediante tal ayudantía se hizo rico ayudándose a sí mismo. En 1767 contaba con apreciable fortuna, y en los doctos círculos cordobeses se le tenía por individuo hábil en asuntos económicos. Expulsada la Compañía de Jesús de los dominios españoles, tanto Fernando Fabro, Lugarteniente de Bucarelli en Córdoba, como el Gobernador del Tucumán Juan Manuel Fernández Campero, ávidos de posesionarse de los bienes jesuíticos, persiguieron sañudamente a Learte, creídos que ocultaba fuertes sumas de dinero. (Ver Las Aventuras de Learte, publicadas por el P. Grenón S.J., en sus Documentos Históricos, Córdoba 1927). La interesante carta aludida, cuyos párrafos más jugosos transcribo a renglón seguido, la publicó la revista Archivum, Bs. As., 1945-59; encontrándose el documento original en el Archivo de Loyola. en Azpeitía, Guipuzcoa. Escribe Learte: “Van triunfando Bucareli, Berlanga, Campero, Fabro y sus allegados. En la expulsión de los jesuitas y ocupación de sus temporalidades entraron a saco como en campo enemigo; hubo libertad de despojos, porque todos iban a quien más robaba, y por consiguiente a quién más perseguía. Cada colegio y sus estancias era para ellos como una ciudad ganada por asalto. Dos fines han conseguido con estos hurtos y persecución: con el uno enriquecerse, y con el otro no tener quién deponga … sólo Fabro tiene recusados 76 sujetos de Córdoba sacados de la nómina, dejando únicamente a los Allendes, Arrascaetas, Uriartes y Jigenas, sus parciales ... Son de ver cómo han dejado los Colegios y sus templos en establos. Al de Córdoba el Obispo dejó lo que no pudo llevar por no poderlo sacar, pues hasta el cancel pasó a su Catedral. El púlpito, retablo y leones del pretil de Santa Catalina y el

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Lignum Crucis los destrozaron; y no ha sido malo que la Sábana Santa no la hayan partido. La sacristía en cuerpo y alma (la saquearon), porque primero le sacaron el corazón, tripas, ojos, etc.; colgaduras, cornucopias, acheros, alfombras, frontales, láminas, imágenes ... El Colegio, cuartel de soldados; los aposentos, vinos, cocina, otros de despensa, y los más de muladar; la huerta y patio, sin parras, convertido en bosque de maleza. El Noviciado sirve de tribunal y cárcel; por la antecapilla — cuyo retablo está en San Francisco — han abierto puerta a la calle, y ahora se pretende sirva de Administración de tabacos, dedicando la Iglesia por almacén ... Calamuchita compró Ortiz — alias cordonero — en 36 mil pesos ... Santa Catalina D. Francisco Díaz en 50 y tantos mil; Alta Gracia D. José Rodríguez en 40 mil pesos; Jesús María, no ha habido quien la compre y está arrendada en 600 pesos al año ... en 30 Santa Ana, y la Candelaria se va vendiendo por puestos ... El Bañado (en Salta) se arrendó en 400 pesos. Figueroa lo compró en 8 mil. ¡Qué destrozos y qué esparramo de esclavos; y con qué inhumanidad dividían los hijos e hijas de sus padres; porque la que escogía el comprador, esa daban! Rara pieza pasó de 200 pesos, pocas llegaron, y los más bajaron de 150, y casi todos llevaron al Perú, quedando en Calamuchita 36, en Altagracia 70, en Santa Catalina 19 y en Jesús María 40 ... Esta Iglesia de aquí (San Ignacio de Buenos Aires) es la única que está abierta y como estaba antes de la expulsión, a excepción de la plata labrada. Van diariamente muchos clérigos a decir misa y a confesar, enseñando primeras letras, latinidad, retórica y filosofía. Dicen que el año que viene enseñarán teología. Lo hacen los directores Montero, Rodríguez de Vida y otros dos de oficio. La Universidad de Córdoba tiene los franciscanos, que desengañados de sus métodos se han visto precisados a seguir el jesuítico... Las Misiones del Uruguay y Paraná, y por consiguiente las reducciones, están poco menos que disipadas ... Después de la ida de Bucareli entró Vertiz en este gobierno. Es hombre bueno, y tanto que para nada es bueno, porque para nada tiene resolución, y sólo se hace lo

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que sus allegados mandan ... Más daño ha hecho éste (Vertiz) con su bondad e inacción que Bucareli con su robar y atropellar ... Con más espotiquéz (?) reinan ahora los Bucarelistas que cuando reinaba éste, porque ahora tienen más la mano que tenían antes ... De dicho Caballero Vertiz se figuró la Anatomía siguiente (prosigue Learte inspirado en el famoso óleo de Rembrandt), que la expongo por lo mucho que significa. Lo figuran tendido en una mesa: Don Agustín Casimiro Aguirre — que es su pariente y de los Uztáriz de Cádiz consignatario, apoderado de Sanginés que con dichos Uztáriz tiene Compañía — le abre el pecho; D. José Albizuri — actual Secretario — le registra el corazón; D. Manuel Labardén el brazo derecho, porque providencia que éste pone a ciegas firma; Aldao, cuñado de este fiscal de temporalidades, la cabeza; Manuelito Basabilbaso, el brazo izquierdo; y los pies Altolaguirre y Salas, porque estos son de la Junta (de Temporalidades) los que mandan, los que destrozan y a nosotros nos aniquilan. Cómo irá la danza con tales panderos. Estos fueron colegas de Bucareli y ahora Jueces. Cómo han de salir bien … así todo se va arruinando...”. El solar del ex Asiento Negrero Inglés fué durante tres años de los Aguirre El 9-V-1775, ante José Zenzano, los primos y socios Juan Pedro y Agustín Casimiro de Aguirre, “residentes en esta ciudad de Buenos Aires y del comercio de la Universidad de Cádiz”, vendieron a Vicente de Azcuénaga, en 8.000 pesos corrientes, “el sitio y casas que fueron del Real Asiento de Inglaterra”, que los Aguirre habían comprado en pública almoneda a la Real Hacienda el 20-V1-1772. Se trataba de un terreno de 75 y 1/2 varas de frente y 98 de fondo, con varios edificios y una huerta; lindante por el Norte, que era su frente, calle en medio, con la casa de Lorenza Acasuso; por el Este, camino del bajo adyacente al rio; por el Sur con la ranchería de Santo Domingo; y por Oeste, calle en medio, con la “cerca”

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del convento dominicano; cuyo sitio y casas estaban libres de hipoteca, empeño, censo y todo gravamen. En 1740 dicha propiedad había sido confiscada a la “Real Compañía de la Gran Bretaña de la Trata de Negros”, por la autoridad bonaerense, cuando se tomó esa medida general contra los enemigos ingleses. Tal caserón — con frente a la antigua calle de Santo Domingo, hoy Belgrano — no es otro que el denominado “Aduana Vieja” — construido en 1705 y lamentablemente demolido después de 1860 —, el cual, antes de pertenecer a Azcuénaga — quien en 1782 levantó el airoso portalón barroco que admiramos en fotografias —, sirvió a la Real Hacienda, como a los Aguirre, de depósito de mercaderías. (4) 4 He aquí, puestas en orden cronológico, algunas transacciones comerciales de Agustín Casimiro de Aguirre, que saqué y resumí, hace años, de los antiguos protocolos depositados, entonces, en el Archivo de los Tribunales de la Capital Federal; a saber: El 31-X-1772, ante García Echaburu, el susodicho antepasado y Miguel Ausel, Gabriel Costa y Manuel Antonio Barquín vendieron a Domingo de las Caxigas, “residente en esta ciudad, próximo a caminar para el Reyno de Chile”, un mulato llamado Miguel, de 30 años, que les adjudicó a aquellos Xavier Saturnino Saraza por una deuda. El 14-VI-1773, ante Boyso, don Agustín Casimiro sustituyó un poder general que !es dió a él y a su primo Juan Pedro de Aguirre Uztáriz, el tío de ambos Juan Antonio de Aguirre Gaztelú, soltero, Caballero de Santiago y vecino de Sevilla. Ese poder se sustituía en Tomás de Erquicia, vecino de Potosí. El 27-1X-1773, ante Boyso, Aguirre daba poder general a José Ramírez y a Pedro de Barrenechea, residentes en Montevideo. El 14-XII1773, ante Boyso, Juan Pedro y Agustín Casimiro de Aguirre otorgaron poder a José Sebastián Sotomayor y a Pedro Ortiz, “habitantes y comerciantes de Cuyo en la ciudad de Mendoza”. Y en otra escritura de igual fecha, ante el mismo Notario, ambos Aguirre daban su poder a Joseph Gana y a Salvador de Trucios comerciantes de Chile. También ese año 1773 don Agustín Casimiro demandó por cobro de pesos a Silvestre Martínez Rivas, residente en Cádiz y propietario del navío “San Miguel”, quien debía pagar varios riesgos contratados en escritura que autorizó el Consulado gaditano. El 18-II-1777, ante Boyso, mi 4º abuelo Aguirre dió un poder general a su tío Juan Tomás de Micheo y Uztáriz, Caballero de Carlos III, vecino de Cádiz. El 14-VII-1779, ante Boyso, don Agustín Casimiro, como consignatario de Joseph Valenciano — pariente de los Uztáriz y suyo —, dió carta de

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Otros negocios de mi antepasado registrados en los libros fiscales El 19-I-1776, los Oficiales de la Real Hacienda Pedro Medrano y Martín de Altolaguirre, anotaron en el libro de “Cajas Reales” la partida enterada por Juan Manuel de Lamas, encargado de recaudar los “derechos de guerra” que adeudaban 2.744 cueros que se embarcaron con destino a España en el navío “La Victoria”: 1.668 de esos cueros correspondían a Agustín Casimiro de Aguirre — “sin incluir 3.000 que se concedieron para aforros de la bodega de dicho buque libre de derechos”. El 7-III-1776, también aquellos Oficiales Reales, con guía de la Guardia de Luján, cobraron derechos de alcábala a pago a favor de Roque Sánchez por una deuda de 3.540 pesos, contraída en Cádiz, en concepto de compra de mercaderias. El 16-II-1781, ante Boyso, mi antepasado Aguirre dijo que Juan Agustín de Uztáriz, Marqués de Echandía, vecino de Cádiz, le había otorgado en dicha ciudad, el 22-V1771, un poder general amplio para pleitos y cobranzas, con facultad de poderlo sustituir. En tal virtud, el compareciente sustituía ese mandato en Juan Bautista Lemoyne, vecino de La Plata. El 1-III-1782, en Madrid, Felipe del Arco, Caballero de Carlos III y del Consejo de Cámara de S.M. en el Supremo de Indias, y José Ibáñez, Marqués de Valbuena del Duero, Coronel de los Reales Ejércitos y Capitán de la Guardia Real Española, manifestaron en una escritura: Que Mateo Ibáñez, sobrino de ellos, Corregidor que fué de Carangas, en el Perú, había puesto en 1769 en poder de Agustín Casimiro de Aguirre, “vecino de Buenos Aires”, por medio de Francisco de Cevallos, “que lo es de Potosí”, 4.000 pesos fuertes para ser remitidos a España, a manos de aquellos tios para pagar ciertas deudas que el sobrino había contraido en Madrid, antes de partir a América. Pero como dicho Mateo Ibáñez falleció, y un acreedor “de esos países” — altoperuano, sin duda — exigía se le pagara su deuda con aquellos 4.000 fuertes que Aguirre retenía en custodia, el Consejero del Arco y el Marqués de Valbuena daban su poder: 1º a Agustín Casimiro de Aguirre; 2º al Arcediano Miguel José de Riglos; y 3º a Miguel Fermín de Riglos, “Coronel de Caballería Beterana”, todos vecinos de Buenos Aires, para que saldaran con la expresada suma, la obligación de su finado sobrino. Y Aguirre, a ese propósito, sustituía el poder de referencia en Juan Bautista Lemoyne, representante en Charcas de la empresa Uztáriz.

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Josef Argumeda, venido de la ciudad de Mendoza con su tropa de 13 carretas en las que transportó, entre frutas y fardos de azúcar para distintas consignaciones, 147 barras de cobre y dos cajones de loza para Agustín Casimiro de Aguirre. El 21-V111-1776, Matías de Abaroa Barrena, Regidor, Alférez Real y Tesorero, comisionado por el Cabildo de recaudar, para el ramo de “Propios”, los derechos de anclaje correspondientes a los navios de registro que llegaban a Buenos Aires, comunicó a la referida corporación capitular, que muchos de aquellos barcos “por pura tolerancia y conveniencia anclan en el Puerto de Montevideo, desde donde introducen sus efectos a esta Ciudad”, por lo cual, el susodicho, decía haber reconvenido, entre otros “maestres” a “Don Agustín Casimiro de Aguirre”, apoderado responsable de la fragata “Toscano”. Plena confianza y gran amistad le dispensaba el Gobernador Vertiz a su sobrino Aguirre (32 años entonces éste, 57 cumplidos aquél), a quien había nombrado su mandatario particular. Y así, ese año 1776, los Oficiales de la Real Hacienda Martín José de Altolaguirre, Pedro Medrano y Alejandro Ariza, consignaron puntualmente en el libro de Tesorería de las “Cajas Reales”, las distintas “datas”, reintegros y pagos de sueldos vencidos, “entregados a don Agustín Casimiro de Aguirre a nombre y como apoderado del Señor Govor. y Capn. General de esta Provincia D. Juan Jossef de Vertiz”. La actividad militar de don Agustín Casimiro Revistaba, por esas fechas, mi 4º abuelo Aguirre, como Capitán de la 4a Compañía del Batallón de Milicias de Infantería de Buenos Aires, con 100 hombres bajo su mando inmediato; pero en septiembre de 1776, en que dicha fuerza debía pasar a la plaza de Montevideo, el Comandante y Gobernador interino Diego de Salas, reemplazó al Capitán Aguirre por el Capitán Mateo Ramón de Alzaga. Ello dió

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lugar a una protesta de aquel (18-IX-1776), dirigida al mencionado Salas, que no prosperó; aunque al poco tiempo mi antepasado fuera ascendido a Comandante y Teniente Coronel de aquellas milicias porteñas. Mi antepasado se casa, y en tierra firme prosiguen sus actividades navieras El 17-V-1777, en la Catedral de Buenos Aires, el Arcediano Miguel José de Riglos — tío abuelo de la novia —, “previa disposición de confesión y comunión”, bendijo la boda de Agustín Casimiro de Aguirre, nacido en “la Villa de Donamaría, obispado de Pamplona”, hijo de “Francisco Casimiro de Aguirre y de María Micaela de Micheo Uztáriz”, con “María Josefa Xaviera Engrasia de Lajarrota y Rozas”, hija de “Domingo Alonso de Lajarrota y Rozas, Cavallero del Orden y Hábito de Alcántara”, y de “María Josefa de la Quintana Riglos”. Actuaron como testigos los padres de la contrayente. La niña — con 20 abriles cumplidos — había nacido el 16-IV-1757, festividad de Santa Engrasia, y la cristianó, tres días más tarde, en nuestra Iglesia matriz, el Padre jesuita Joseph de Angulo, bajo el padrinazgo de su abuelo Nicolás de la Quintana y de su abuelastra materna Rosa Alvarado de Riglos. Justo al mes del casamiento suyo, don Agustín Casimiro, el 17 de junio, en nombre también de su primo Juan Pedro de Aguirre, “residente en Montevideo”, encargado como él “de las expediciones de la Casa Uztáriz, Sanginés y Companía de Cádiz”, se presentó ante el flamante primer Virrey del Río de la Plata Pedro de Cevallos, y dijo: Que noticiado de la venida de los navíos “Victoria”, “Hércules” y “Toscano”, de dicha Casa naviera, el primero de éstos debía regresar a España con efectos, en tanto los otros dos se incorporarían a la armada puesta bajo el mando de Cevallos. Así las

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cosas, “procedí mucho antes del arribo de V.E. a estas provincias, por mano del panadero Sebastián Rodríguez (4º abuelo de Estela, mi mujer), a la compra del trigo necesario para el indispensable viscocho de los expresados tres bajeles”. El proceder de Aguirre desobedecía al Ministro de Marina Bernardo de Alcalá, quien había dispuesto no se sacaran víveres de Buenos Aires, y que los barcos españoles fueran avituallados en Montevideo. Sin embargo — explicaba mi ascendiente — “como semejante providencia, hablando con el debido respeto, es perjudicial a los dueños de los dichos navíos, así por la diferencia de calidad del viscocho, como por el precio a que tengo entendido le carga el Intendente ... pido, porque de ello no resulta ningún gravamen al real servicio, se me conceda el permiso de despachar” — en resumidas cuentas — la excelente galleta marinera de Sebastián Rodríguez. (Como apunté más atrás, el navío “La Victoria” naufragó en el Río de la Plata cargado con 64.000 cueros ... junto con los bizcochos de Rodríguez. Por tal motivo, y por haber caído varios barcos de la empresa Uztáriz en manos del enemigo inglés, el Rey les concedió, a dichos empresarios, aquella franquicia de despachar mercaderías y caudales de sus dominios americanos, directamente por vía Portugal, en buques portugueses). En agosto de 1777 figura Agustín Casimiro de Aguirre en la Nómina de vecinos que contribuyen para la obra del muelle, aportando 200 pesos; suma — después de la de 300 que dió Bernardo Sancho de Larrea — la más alta que abonaron; con Aguirre, otros siete contribuyentes, entre los 82 registrados en la lista de referencia. Nuestro personaje solicita mercedes y ascensos al Rey Mediante una Real Orden fechada el 2-II-1779, el Rey le prometió a Aguirre un “Corregimiento” en el distrito virreinal del Plata, para cuando hubiese alguna vacante. Sucedió

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que, tiempo atrás, don Agustín Casimiro habíase dirigido a la Corona a raíz de una “instancia” anterior que remitiera su suegro, Domingo Alonso de Lajarrota, “Comandante del regimiento de Milicias de Caballería de Buenos Aires”, quien solicitó se le concedieran algunos Corregimientos en jurisdicción rioplatense, y un ascenso militar. Pero como el solicitante había muerto, su yerno Aguirre pedía recayera en él cualquier gracia que el Rey hubiese concedido a su difunto suegro. La antedicha vaga promesa del Monarca, de satisfacer las pretensiones de Aguirre, le fué comunicada al Virrey de Buenos Aires, Pedro de Cevallos, el 6-VIII-1779, desde San Ildefonso, por José de Gálvez, secretario de Estado del Despacho Universal de Indias, Caballero de Carlos III, Superintendente de la Real Hacienda de las Américas y Filipinas, y futuro Marqués de Sonora. La familiar mansión ciudadana donde se instaló Aguirre El 8-III-1779, ante José Zenzano, Domingo Alonso de Lajarrota, pocos días antes de morir, declaró haber comprado para su yerno Aguirre la casa que fuera de su suegro Nicolás de la Quintana y, anteriormente, del suegro de éste Miguel de Riglos. (Ver el capítulo que corresponde al linaje de Riglos, en cuyo Apéndice desarrollo la referencia históriconotarial del antiguo solar en el que se levantaba esa construcción). Tal morada — “casas principales altas y bajas” - hacía esquina a la Plaza Mayor, y lindaba, entonces, “por el Levante, que es su frente, con “casas del Secuestro de las Temporalidades”, que pertenecieron a los jesuitas; por el Norte, calle real de por medio, con el edificio del Cabildo y casas de Manuel de Bustamante; al Sud, con casa del Arcediano Miguel José de Riglos; y al Oeste, “que es su fondo”, con casa “de los herederos de Pedro García Posse “ A aquella vivienda, pues, habíase mudado don Agustín Casimiro en 1778, de otra anterior, junto con su mujer María

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Josefa de Lajarrota, de 21 años, y con la hija primeriza de ambos: María de Aguirre, de 8 meses; y los esclavos — todos negros — Francisco de 32 años, Antonio de 32 también, Mateo de 34, Joseph de 40, Martín de 41, Agustín de 20, otro Joseph de 10, Simón de 10, y Ambrosio de 22 — según los registró el Padrón urbano de aquel año, “cometido” por el Regidor Francisco Antonio de Escalada. Antes de fallecer el suegro Lajarrota, dejó nombrados albaceas testamentarios, a su mujer María Josefa de la Quintana y a su yerno Agustín Casimiro Aguirre, quienes, desaparecido el causante, tuvieron que intervenir en un desagradable litigio judicial que les entabló, por alimentos, Isidora Lajarrota de Prudant, hija natural del finado don Domingo. (Ver el apellido Alonso de Lajarrota). En tales autos, los testigos Tomás Rodríguez y Alejo Caxaravilla, entre otras atestaciones, declararon que Aguirre hizo a sus expensas las mejoras en la casa de su suegro “vastamente arruinada en todas las viviendas principales”. En ella refaccionó un corredor que “tenía alicaídas las tejas”, y fueron renovados varios techos. Esos mismos testigos, y el Coronel Marcos José de Larrazabal, los hermanos Francisco Antonio y Antonio José de Escalada (mi antepasado), el Deán Miguel José de Riglos y el Presbítero Juan Cayetano Fernández de Aguero, reconocieron, además, que Aguirre satisfizo todas las deudas que dejó al morir su padre político. Diversas constancias documentales tocantes a mi 4º abuelo En 1779 don Agustín Casimiro, como “apoderado del Real Consulado y universidad de cargadores a Indias de Cádiz”, se presentó a la autoridad porteña solicitando se le exonerase de la contribución sobre los cueros que tenia acopiados “antes de la publicación del Bando que ordenaba su satisfacción”. Y en 1780, demandó permiso, al Virrey Vertiz, para retirar los caudales encerrados en varios navíos surtos en

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Montevideo, de la empresa Uztáriz, que no podían zarpar para España a causa de la guerra con Inglaterra. El 12-II-1782, desde Montevideo, el Virrey Vertiz se dirigió al Ministro Secretario del Consejo de Indias, Joseph de Gálvez, remitiéndole un petitorio en el que Agustín Casimiro de Aguirre solicitaba, al Rey, la plaza de Alguacil Mayor de la Audiencia que se erigiría próximamente en Buenos Aires. También “en la ciudad de San Felipe de Montevideo”, el 22 de marzo de ese año 82, ante el Notario José Zenzano, compareció el Marqués Rafael de Sobremonte, “Teniente Coronel de los Reales Ejércitos, Secretario de Cámara de S.M. del Virreinato de la Provincia del Río de La Plata”, y dijo: “Que por cuanto tiene contratado y ajustado contraer matrimonio con doña Juana María de Larrazabal y Quintana ... dá poder a don Agustín Casimiro de Aguirre, para que pueda percibir su dote en Buenos Aires” — que alcanzaba a la suma de 19.178 pesos corrientes de a 8 reales, en dinero, alhajas, plata labrada y otros bienes muebles. Era Juanita María de Larrazabal y Quintana prima hermana de María Josefa de Lajarrota y Quintana, la mujer de Aguirre, a quien Sobremonte designaba representante suyo para cobrar el haber conyugal prometido. El casamiento de don Rafael con Juanita tuvo efecto al mes siguiente, el 25 de abril. Colaborador oficioso de su pariente el Virrey Vertiz, el antepasado Aguirre elevó el 12-V11-1782, el siguiente parte a la superioridad: “Ayer tarde 11 de julio habiendo pasado a la Caballeriza del Exmo. Sr. Virrey a dar algunas providencias, entre ellas la de reconocer la pieza o cuarto donde se guarda la cebada, cuya llave tenía y ha tenido mucho tiempo el cochero Juan Quiroga, y habiéndosela quitado por algunos indicios de falta de legalidad, mandó pasar la citada llave al criado de Su Excelencia Agustín Morel. En este estado le han participado, bajo secreto, que anoche tuvo el expresado Quiroga el atrevimiento de romper el candado de dicho cuarto de cebada, y quitado alguna cantidad de ella. A fin de que no quede sin castigo semejante maldad, se lo hace presente a V.S. para que

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sirviéndose cometer su comisión al Ayudante Mayor Alfonso de Sotoca, y practicada la correspondiente averiguación, se proceda al castigo de los que resultaren reos”. El 8-V-1783, Agustín Casimiro de Aguirre fletó en los navíos “El Brillante” y “Ulises”, con destino a Cádiz, una partida de lana de vicuña y varios cajones de “cascarilla” del Perú (corteza de quinas y chinchona para uso medicinal), remitidas a su primo Juan Bautista de Uztáriz y Gastelú, Conde de Reparaz. Y el 21-I-1784, ante el Escribano porteño Josef García Echaburu, don Agustín Casimiro manifestó que, como apoderado del Conde de Reparaz, él y su primo Juan Pedro de Aguirre, residente este último en Montevideo, hicieron fletamento de numerosas partidas de lana de vicuña y de cascarilla en los barcos portugueses “Nuestra Señora de la Soledad”, “Nuestra Señora de la Concepción”, “San Francisco de Paula”, “Señor de Ganaberde”, “Nuestra Señora de la Esperanza”, “Nuestra Señora del Carmen”, “San Joseph”, “Animas”, “Nuestra Señora de la Piedad”, “Buen Jesús de Boucar y “Santa Rita Lucitania”. Que en mérito de ello, el otorgante remitía las libranzas respectivas para que, llegados a destino los cajones de chinchona y sacas de lana, el Conde de Reparaz y Juan Tomás de Micheo, a cuyos nombres iban despachadas las órdenes de pago, abonaran los derechos y gastos efectuados en ese importante negocio por sus parientes Aguirre en el Río de la Plata. El 12-IV-1784, ante el Escribano Manuel Joaquín de Toca, los primos Agustín Casimiro y Juan Pedro constituyeron en Montevideo una “compañía general” de comercio, que duró cuatro años. En efecto: el 31-I-1788, ante el Notario porteño José García Echaburu, el primero declaró que esa “compañía general” quedaba disuelta de común acuerdo, y que, en adelante, mi antepasado respondería a los créditos y obligaciones de su giro con sus bienes propios: “la casa que habita actualmente en esta ciudad y fue comprada a los herederos de don Nicolás de la Quintana y de doña Leocadia Riglos”, así como los esclavos, muebles, efectos, dependen-

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cias y demás bienes que “posee en Lima y en España”, “siendo a cargo del compareciente disponer por sí sólo cuánto debe”. Ese año 84, cuando el Virrey Vertiz cesó en sus funciones y se alejó del país, dejó nombrado a su sobrino Agustín Casimiro apoderado suyo para el juicio de residencia, y también para que le cobrara los sueldos de Virrey que quedaban pendientes; cobros que Aguirre hizo efectivos a su debido tiempo. Por otra parte, don Agustín Casimiro, “representante del Real Consulado de Cádiz” en Buenos Aires, tuvo a su cargo designar “Maestres de Plata”: o sea individuos encargados del despacho de barras de metal a España, en distintos bajeles, mediante el cobro de una comisión. Para la urca real “Santa Rita”, nombró en 1784 a Martín de Urdaneta, a Rafael Riglos y a Pedro de Nevares; para la urca “Amelia” a las mismas personas, aunque en orden inverso; para la fragata “La Perfecta” a José de Echeverría; para la fragata “Santa Sabina”, en 1786, a Baltasar de Arandía, a José María Calderón y a Francisco Castilla; para el navío “Nuestra Señora de la O”, en 1789, a Manuel de Acevedo, a Anselmo Sáenz Valiente y a Francisco Valdéz; y para la “Santa Sabina”, en 1790, a Juan Felipe de Elizalde Uztáriz, a Ramón de Anchoris y a Antonio Martínez de la Torre. En 1785 don Agustín Casimiro, como apoderado de Juan Pedro Aguirre, había solicitado pasaporte para despachar a España el paquebote “Santa Teresa de Jesús”, perteneciente a su nombrado primo. Y dos años más tarde, el 7-II-1787, el mismo apoderado, ante García Echaburu, dijo haberle dado Juan Pedro, “vecino de San Felipe de Montevideo”, un poder especial para que vendiera, “en los puertos de Lima y Chile”, aquel paquebote, que Juan Pedro comprara en almoneda de la Real Hacienda con otras embarcaciones portuguesas de comiso. A tales efectos, Agustín Casimiro sustituía dicho mandato en Salvador Trucios y José Ramírez, de mancomún, vecinos de Chile, y en el Conde de Premio Real, José Antonio de

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Lavalle y Cortes, y en Antonio y José Matías de Elizalde, establecidos en Lima. En ese año 85, el personaje de quien soy chozno, junto con un grupo de fuertes mercaderes porteños (entre ellos mis antepasados Juan Esteban de Anchorena y Juan Martín de Pueyrredón Labrucherie) suscribió (el 7 de julio) un poder, ante Pablo Beruti, a favor de Manuel Rodríguez de la Vega, de Bernardo Sancho de Larrea y de Martín de Sarratea, a fin de que estos gestionaran, ante el Rey y demás funcionarios competentes, la instalación de un Consulado de Comercio en Buenos Aires; corporación mercantil que recién se estableció en la capital del Virreinato de 1794, cuatro años después de la muerte de Aguirre. Don Agustín Casimiro rechaza dignamente el nombramiento de Alcalde El 19-I-1787, nuestro hombre resultó electo Alcalde de 2º voto del Cabildo porteño, en reemplazo de Pablo Ruiz de Gaona, que se excusó “por achaques habituales que padece”, certificados por los médicos Joaquín Terreros, Miguel de Roxas y Miguel O'Gomman. Don Agustín Casimiro presentose entonces al Gobernador Intendente Francisco de Paula Sanz, contradiciendo la elección hecha en su persona, porque el Cabildo — dijo — “olvidando sin dudas las notas con que me tiene sindicado, ha intentado hacerme el honor de elegirme por uno de sus Miembros en sus elecciones anuales”. “El mismo Cabildo — expresaba Aguirre — se empeñó en desacreditarme, cuando su Procurador Gregorio Núñez”, en 1776 mediante nota a “la Audiencia de La Plata”, lo calificó “de individuo perjudicial, “que haciendo valer el inmediato parentesco con el Sr. Mariscal de Campo don Juan José de Vertiz, Gobernador de esta Provincia, me esforzaba, en todos los años, para que fuesen Cabildantes hombres míos, a fin de que no hubiese miembro que declarase contra las negociaciones en que trataba, respecto a faenas de cueros, ni quien representase

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la injusticia y perjuicios que con ella recibía el Público”. “Estas expresiones — proseguía el agraviado — que son puntualmente las que a nombre del mismo Cabildo se estamparon en aquel tiempo, ante el recto Tribunal ... manifiestan el concepto, exageradamente falso y calumnioso, que hace a mi conducta ... y un hombre que perjudica al Público, y que sin respeto ni consideración a esta privilegiada causa prefiere, aún por medios injustos, sus particulares ingresos, no puede ser a propósito para Juez”. Por tanto “pido y suplico se sirva haber por deducida mi contradicción”; pues con aquella tacha de influyente nepote del Gobernador Vertiz, “le parece — al infrascripto — no debe admitir ningún cargo de república entretanto (el Cabildo) no se justifique de esa nota y se le declare indemne de ella”. El Ayuntamiento, en descargo suyo, le dirigió (3-II1787) un oficio al Gobernador Intendente, para que desestimase la negativa de Aguirre a aceptar la vara de segundo voto. Alegaba esa corporación, “que en los Libros Capitulares, donde sientan todos sus Acuerdos, no hay cláusula alguna de las que se refiere dicho Don Agustín Aguirre, ni circunstancia que pueda ceder en demérito de su individuo, ni menos ha otorgado poder para que en su nombre se haya representado en la Real Audiencia de La Plata lo que en dicha representación se explica, y ésta es la razón porque se procedió a nombrarle de Alcalde de segundo voto para este año y el siguiente, porque en él concurren las circunstancias que son necesarias para el efecto. Si alguna cosa se representó sobre el particular ... sería tal vez por algunos particulares de cuyas operaciones no puede responder este Cabildo”, que “en el mismo hecho de haberle elegido para Alcalde ... quedaba a salvo todo su honor y conducta, y ... finalmente, ésta que llama tacha el Don Agustín, no le sirvió de embarazo para obtener el honroso empleo de Teniente Coronel de las Milicias de esta Ciudad”. Por ello, los cabildantes suplicaban al Gobernador Intendente, determinara lo que estimase justo, “preveniéndole al dicho Don Agustín que en lo sucesivo pro-

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ceda en sus Informes con la mayor pureza, porque no es regular que se tolere el que se suponga, en este Muy Ilustre Cabildo, hecho alguno incierto, que no resulta de sus Acuerdos, y en que no ha tenido parte alguna”. Firmaban la nota Antonio García López, Diego Mantilla de los Rios, Manuel Joaquín de Zapiola, Manuel de Arana, Miguel González de Noriega y Josef Martínez de Hoz, ante el Escribano del cuerpo Blas Zamorano. Francisco de Paula Sanz debió de aceptar la excusación de Aguirre, pues éste no integró el Cabildo como Alcalde de 2º voto los años 1787-88. Aguirre revee su actitud, y en carácter de Alférez Real proclama a Carlos IV Sin embargo en 1789, don Agustín Casimiro se avino a formar parte del Ayuntamiento como Regidor y Fiel Ejecutor — el último cargo por 4 meses. De consiguiente prestó el juramento acostumbrado ante el Regidor decano Gregorio Ramos Mexía; y compartió así el gobierno de la ciudad con sus colegas Miguel Sáenz de Herce, Miguel de Azcuénaga, Diego Mantilla de los Rios, Francisco Ignacio Ugarte, Cristóbal de Aguirre, Josef Ramón de Ugarteche, Diego Aguero, Francisco de Mata Bustamante, Estanislao Zamudio y Juan Antonio de Lezica. Ocho meses después, el 5 de agosto, el Regidor Aguirre entró de turno como Alférez Real, sucediendo al colega Juan Antonio de Lezica; y llamado por el Alcalde Miguel Sáenz de Herce para prestar “el pleito omenage”, don Agustín Casimiro “se incó con ambas rodillas, y metiendo sus manos entre las del Señor Alcalde comicionado, el qual tenía las suias sobre el Real Estandarte, se leyó por mi (el Escribano Pedro Núñez) la fórmula prescripta para semejantes casos, cuio tenor es el siguiente: V.S. jura y hace pleito omenage como Alférez Real en manos del Exmo. Señor Virrey, y en su nombre en las del Señor Alcalde de primer Voto Dn. Miguel

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Sáenz, según fuero y costumbre una, dos y tres veses, de tener por nuestro Católico Rey y Señor el Real Estandarte de esta Ciudad, manteniendo con la fidelidad devida por S.M., hasta derramar la última gota de Sangre, y a no entregarlo sin que primero se le alze el pleito omenage y juramento que hace por quien tenga facultad para ello?; y aviendo dicho sí juro y amén, y hago pleito omenage de cumplirlo así, se le hizo entrega del referido Real Pendón”. A los tres días de este ritual consuetudinario, cumplidos por otra parte los lutos y suntuosos funerales por la muerte del Rey Carlos III, tuvo lugar en Buenos Aires la clásica y solemne proclamación del nuevo Monarca Carlos IV. A ese fin, la vivienda del Alférez Real Aguirre, contigua al Cabildo y frente a la Plaza Mayor, fué iluminada profusamente durante “los tres días (noches, más bien) que duró la función”. Sus balcones, en los que se colocó el Pendón Real, se engalanaron con “colgaduras vistosas y lucidas”, y, como término de fiesta, dió el Alférez en su propia morada “un espléndido refresco al numeroso concurso en la tarde y noche de la Proclamación”. Tal ceremonia, expresiva de la lealtad porteña hacia su Soberano, llevóse a efecto el 8-VIII-1789. A las tres y media de la tarde, el Virrey Marqués de Loreto salió de la Fortaleza acompañado del Obispo, del Regente y Oidores de la Audiencia y de un brillante séquito de militares y funcionarios civiles y eclesiásticos, de los profesores y alumnos del Colegio San Carlos, y de muchos vecinos distinguidos. A esa comitiva se incorporó para atravesar la plaza — ornamentada con tres arcos de triunfo — el Alférez Real Agustín Casimiro de Aguirre, “vestido con uniforme plateado de fina tela, sosteniendo con ambas manos el estandarte real”. Escoltábanlo los Alcaldes empuñando los cordones del regio lábaro, adelante de los Ministros de la Real Hacienda y de los Regidores del Cabildo, ataviados de gala: “casaca y calzón de terciopelo negro, chupa y vuelta de tisú de oro y medias blancas”; tras los

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cuales marchaba el cortejo popular al son musical de una orquesta. Rodeada de tropas, alzábase una tarima junto a las casas capitulares, y hacia ella enderezó la procesión. Sobre ese tablado, el Escribano Pedro Núñez, con palabra tonante, exclamó: “Silencio, oíd, oíd, oíd”. Enseguida, el Alférez Real Aguirre “haciendo una mui reverente venia a la Majestad que se representaba en un retrato, dixo: Por Nuestro Rey Católico el Señor Don Carlos quarto, ¡viva, viva, viva!”; mientras hacia tremolar el estandarte en medio del griterío fervoroso de la multitud y el tronar de los cañones del Fuerte. Este pleito homenaje volvió a repetirse en la plazuela de Santo Domingo y en el atrio de La Merced. Ahí se desconcentró la gente, “sirviéndose poco después — es José Torres Revello quien lo relata en su libro Crónicas de Buenos Aires Colonial — en el salón principal del Cabildo, un refresco a los acompañantes, el que fué seguido de un baile digno de recordación”. Pues bien: se equivoca aquí el prolijo evocador, ya que ni el refresco ni el baile memorables se dieron en el Cabildo sino en los salones de la casa de Agustín Casimiro de Aguirre. En efecto: este Alférez Real solicitó y obtuvo del Cabildo, el 28 de setiembre siguiente, una certificación, la cual, con modernizada ortografía y subrayados míos, expresa: “Certificamos que don Agustín Casimiro de Aguirre, Regidor y Alférez Real en turno por falta de propietario de esta Ciudad, tuvo el alto honor de proclamar a nuestro augusto Monarca el Señor Don Carlos IV, que Dios guarde, por Rey de Castilla y de las Indias, el día ocho del mes de Agosto de este año, con toda aquella pompa y magnificencia que se acostumbra en estos actos, habiendo proporcionado, por su parte, que la función se hubiese verificado con el mayor lucimiento; para cuyo fin impendió generosamente de su peculio cuantos gastos se ofrecieron para el adorno de la Sala de acuerdos y su entrada. Iluminó con igual hormosura y generosidad las casas de su morada los tres días que duró la función;

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adornó de colgaduras vistosas y lucidas los balcones de dichas casas donde se había de colocar al Pendón real; fabricó de terciopelo galoneado de oro el docel donde se expusieron al público los reales bustos de Sus Majestades; el tablado que se construyó y erigió en la Plaza de la ciudad, y le adornó vistosamente para hacerse la proclamación; gratificó con abundancia a los músicos que compusieron la orquesta en los tres citados días; y en la tarde de la proclamación, en las Casas Capitulares y en los atrios de los Conventos e Iglesias de Santo Domingo y Mercedes, arrojó abundante y generosamente al público monedas de plata, en los tres actos de la Proclamación. Distribuyó del mismo modo a los Jefes, Tribunales, Cabildos y principales de la ciudad, las monedas (medallas) de oro y plata que hizo acuñar, con permiso, con el real busto de Su Majestad; socorrió con abundante limosna de pan a los pobres encarcelados, por el decurso de cinco días continuos; gratificó y dió la comida a toda la guardia que custodiaba el Real Pendón; y, en fin, dió un espléndido refresco en su casa al numeroso concurso en la tarde y noche de la proclamación; de modo que todos estos gastos, excesivos verdaderamente y propios del alto honor que mereció, son dignos de la mayor recomendación, por lo cual le manifestó el Muy Ilustre Cabildo toda su gratitud”. Agrego que para aquella oportunidad el Cabildo dispuso reemplazar el antiguo estandarte, “ya con el uso mui ajado”, por otro que “lo haga nuebo el sr. dn. Agus. Casimiro de Aguirre”. Lo cierto es que la insignia mandada confeccionar por mi antepasado, y que en sus manos tremoló tan fastuosamente en loor de Carlos IV, era “de Terciopelo carmesí con las Armas Reales por un lado, y por el otro con las de la Ciudad, pintadas en un lienzo de tafetán” — “interinamente”, porque no hubo tiempo para hacer bordar los escudos antes de la solemne proclamación. Más adelante (3 de octubre) Agustín Casimiro de Aguirre y Diego de Agüero fueron nombrados por el Cabildo

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“Diputados para la actual expedición a las Salinas”. Ambos Regidores diéronse entonces a la tarea de convencer al Virrey lo conveniente que resultaba realizar, sin tardanza, esa expedición que el Cabildo había demorado por carecer de medios para poderla costear. Como las milicias ya se hallaban listas y sólo esperaban la orden de marcha, los Diputados urgieron el despacho de una libranza de 2.000 pesos del ramo de Guerra, a favor del Cabildo, a fin de disponer la reunión de las carretas y suministrar todos los gastos necesarios “a tan interesante objeto”. Testamento y muerte de don Agustín Casimiro El 20-I-1790, ante el Escribano Joseph García Echaburu, compareció Agustín Casimiro de Aguirre y dijo: Que “hallándome gravemente enfermo, y por lo mismo prevenido de los facultativos de Medicina que me asisten de que no me ataree ni atienda a los negocios del giro de mi comercio, antes sí que abandone todo trabajo y que salga de esta ciudad a tomar ayres del campo consultando mi salud”; debido a ello daba un poder general a Andrés Cajaraville, “mi confidencial dependiente ... por las repetidas pruebas que me ha dado de fidelidad, amor y lealtad”. Empero, como la salud del otorgante se agravara sin remedio, una semana más tarde, “en cama de enfermedad natural que Dios Nuestro Señor se ha servido darme”, el paciente volvió a conferir, ante el mismo Escribano, otro poder, destinado a que doña María Josefa, su esposa, y el fiel Cajaraville, redactaran su testamento conforme a las instrucciones que les había indicado. Y a los dos meses de esto, el 14-III-1790, la hora del gran reposo sonó para don Agustín Casimiro, cuyos despojos mortales fueron sepultados en la Iglesia de “nuestro querúbico Santo Domingo”, pues era “hermano de dicha sagrada religión”. . No se había cumplido un mes de ese entierro, cuando los albaceas del difunto en el protocolo de García Echeburu, y ante los testigos: clérigo Juan Nepomuceno Solá, Sargento

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Mayor de Asamblea de Infantería Francisco Rodrigo, José Antonio Lascano y Ramón de Anchorís, en virtud del poder conferido, llevaron a escritura pública las disposiciones encomendadas por el causante. Tras enumerar los hijos legítimos herederos del finado: María Josefa, Martina Gertrudis, Casimira, Manuela Isidora, José Agustín y Manuel Hermenegildo, “y el póstumo que naciese de dicha mi mujer que se halla en cinta”, ambos albaceas manifestaron que don Agustín Casimiro les había declarado que al tiempo de casarse no bajaba su capital de 60.000 pesos, y que se aumentó luego en el matrimonio a 110.000; de cuyos gananciales (50.000 pesos) la mitad correspondían a su esposa. Que ésta recibió de herencia a la muerte de su padre, pagadas todas las deudas, 3.999 pesos y 3 reales. Que Aguirre cuando se casó “no hizo capital por depender entonces de riesgos de mar, de remesas a España y comisiones por cobrar, tan falibles en el giro del comercio de sus bienes”. Que las propiedades declaradas por el causante fueron: su casa habitación, en la esquina de la Plaza, libre de gravámenes, cuyo valor se regulaba en 35.000 pesos, “por las muchas mejoras que hizo”, y los esclavos domésticos, muebles, alhajas, plata sellada y labrada, que se encontraban en dicha vivienda; exceptuando los objetos y moblaje que dejó su suegro Lajarrota. Que el testador había establecido una tienda en su propio domicilio, en el que moraba también Cajaraville con su familia, el cual era su empleado y llegó a ser socio suyo, pues partía con él la utilidad de sus negocios (5). Que Aguirre 5 Andrés Cajaraville o Cajaravilla era español y estaba casado con María Engracia Miguens (hija de Marcos Miguens Mariño, natural de Tuy, Galicia, y de la criolla Juana María Reinoso Barragán de los Santos y de la Cruz). Entre los hijos de aquel dependiente y socio de mi antepasado Aguirre, pasó a la historia el bravo Coronel, guerrero de la independencia, Miguel Cajaraville Miguens (1794-1852). También fue hija de dichos cónyuges Juliana Cajaravilla Miguens, que casó en 1822 con el catalán barcelonés Gregorio Vicente Mouján y Ambrios: son ellos tronco de los Mouján argentinos.

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tenía efectos e intereses pendientes en Potosí, Cádiz y Lima, a cargo de los apoderados Clemente de Echenique Micheo, su primo hermano, Francisco de Borja Lisaur y Juan Antonio de Lavalle, Conde de Premio Real, respectivamente, en cada una de esas plazas. Hizo saber don Agustín Casimiro a sus albaceas, que habiendo fallecido su hermano Juan Francisco, el haber hereditario de éste correspondía a su padre Francisco Casimiro de Aguirre, vecino de Donamaría. Que la madre Micaela Michea Uztáriz, había muerto, sin saber Agustín Casimiro a quien ella dejó por heredero, y que no obstante haber el testador “socorrido a sus padres con más cantidad que el importe de la testamentaría”, se sometía a lo que acordaran, con su progenitor, los apoderados suyos en España: Juan Thomás de Micheo y Francisco de Borja Lisaur. Dispuso Aguirre que con el quinto de sus bienes se pagara su “entierro, funeral, misas y lutos sin fausto alguno”, y se efectuaran estos legados: Al primo José Francisco de Echenique 3.000 pesos, “por lo bien que le havía servido”. Mil pesos debían darse a “doncellas pobres, virtuosas de esta ciudad, con obligación de que lo encomienden a Dios”. A la muchacha Estefania Centurión, “que por pobre se ahijó en la casa, por sólo la pensión”, y allí se alimentaba y vestía, legábale 1.000 pesos, por lo bien que ella lo había servido. Pero si Estefania hubiera salido de su casa antes de su fallecimiento, esos 1.000 pesos se entregarán “para el sustento de la casa de Niños Expósitos”. A Mariquita Encarnación Moya, “que por pobre se ahijó en su casa, al lado de su suegra, se le debían entregar 500 pesos; pero si después de la muerte de Aguirre ella hubiese abandonado su servicio, dichos 500 pesos serán “para asistencia de los pobres enfermos del Hospital al cargo de los religiosos Belermitas de esta ciudad”. Con el resto del 5º se darán 500 pesos “al Convento de Santo Domingo, para alumbrar al Santísimo Sacramento”, y lo demás repartirse en limosnas “a viudas pobres, virtuosas, cargadas de familia, residentes en esta ciudad, no excediendo el socorro, a cada

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una, a más de 500 pesos, a fin de que las limosnas toquen a varias, con la obligación de que lo encomienden a Dios”. Encargaba el testador a su primo Juan Pedro Aguirre Uztáriz le cobrara, en Montevideo, unas comisiones por efectos que le consignó Miguel de Goyeneche, del comercio de la Coruña, como también una factura de dos cajones de libros de Casimiro de Hosta. Era dueño, el causante, de una media acción de 5.000 pesos de la Compañía de Seguros del Conde de Reparáz, aunque no estaba integrada. Le había puesto pleito a Manuel Correa Morales, quien pretendía que Aguirre “le abonase la exorbitante comisión de 30% de todos los cueros que le entregó”, pretensión que el testador consideraba injusta. Comunicó el causante a sus albaceas que “Isidora de La Jarrota, con título de hija natural de su difunto suegro”, seguía pleito contra los albaceas de dicho finado, sobre pretender ella que se le diese pensión por alimentos; y expuso Aguirre que Isidora litigaba sin fundamento, y que si resultaba algo favorable a la susodicha, debía de pagarse de los bienes de Domingo Alonso de Lajarrota. Era, don Agustín Casimiro, apoderado del “Consulado de Cádiz”, por lo que disponía se separaran todos los papeles de esa entidad, que él guardaba en su poder, y se entregasen a su sucesor. Era asimismo — como sabemos — consignatario factor de las compañías navieras de Cádiz en Buenos Aires: “Uztáriz Hermanos” y “Uztáriz Sanginés”. Declaraba, el causante, que el “Negro Sebastián” estábale debiendo 120 y tantos pesos, que le prestó “para hacerle bien, para hacer velas de sebo”, y mandó se le cobrara lo que buenamente pudiera pagar. Mandó también se remitiera, por mano de Juan Tomás Micheo y de Francisco Borja Lisaur, a su padre Francisco Casimiro de Aguirre, una obligación del difunto Francisco Gortari, que murió insolvente en Cádiz o en San Lucar, deudor de su finado hermano Juan Francisco de Aguirre, por 18.424 reales de plata. Comunicó el testador a sus albaceas, que Isidoro Lorea debíale 100 pesos “que le prestó después de la jura de Nuestro Católico Monarca Carlos IV”, y que, a su vez, él era deudor de Lorea por “la compos-

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tura del tablado que trabajó para dicha jura”, por encargo suyo cuando fué Alférez Real. Finalmente recomendaba Aguirre, a los encargados de darle fuerza legal a su testamento, que compensaran esas deudas. Entretanto el Cabildo, en su acuerdo del 9-XI-l 790, resolvió que por “haber fallecido el Regidor Alférez Real del año anterior Don Agustín Casimiro de Aguirre, en cuya casa se halla el Real Estandarte”, correspondía al Alcalde de 1º voto Cecilio Sánchez de Velasco, ir en busca de dicho emblema y traerlo a la Sala capitular, para que el Regidor Juan Agustín Videla y Aguiar prestara el juramento de estilo como nuevo Alférez Real. Todo lo cual se verificó momentos más tarde. Sucesión de Aguirre; albaceazgo de su viuda; pensión de ésta y otras referencias El 2-V-1791, ante Josef García Echaburu, Pedro Antonio Herrera, que regresaba de la Asunción del Paraguay, dijo que debía a la sucesión de Agustín Casimiro de Aguirre, por varios negocios, la suma de 4.815 pesos con 4 1/2 reales corrientes; deuda que protocolizó en escritura otorgada el 23-XII1786, a favor de Aguirre. Como pago de esta obligación, Herrera le transfería a María Josefa Lajarrota, albacea de su finado esposo, una casa y sitio en la traza de la ciudad, barrio que llaman “de la Plaza Nueba de San Nicolás”, abonando l.000 pesos, además de la entrega de la casa, en compensación de aquella deuda. El edificio constaba de un cuarto a la calle con azotea, y más adentro sala y recámara, tres aposentos, cocina, los “lugares comunes”, pozo de balde, horna de cocer pan y un corral. Medía el terreno 16 varas de frente al Este y 35 de fondo al Sur. El transmitente del inmueble, sin embargo, quedó debiendo un saldo a la testamentaría de Aguirre. En consecuencia, el 17-V-1793, ante García Echaburu, María Josefa Lajar-

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rota, viuda y albacea del causante, dió poder al primo de su difunto marido, Juan Francisco de Aguirre Uztáriz, “Capitán de la Real Armada” — que entonces, como sabemos, residía en la Asunción del Paraguay — a fin de que cobrara allí a Pedro Antonio Herrera el resto de su deuda. Igualmente facultaba a dicho mandatario para que requiriera de Gregorio Larrea, vecino del Paraguay, el pago de 2.168 pesos y 6 octavos reales, que Larrea debía a don Agustín Casimiro, según lo reconoció en escritura del 16-1V-1790, otorgada en la Asunción, ante el Escribano Manuel Bachicao. (6) El 12-IX-1793, el Virrey Arredondo remitió a España un expediente por el cual Josefa de la Quintana, viuda del Comandante que fué del Regimiento de Caballería de Buenos Aires, Domingo Alonso de Lajarrota, solicitaba que la pensión que le correspondía a su marido en el ejército, se hiciese extensiva a su hija María Josefa de Lajarrota, viuda del 6 Con relación al albaceazgo de doña María Josefa, anoto cuatro escrituras otorgadas ante García Echaburu, a saber: I — El 9-VII-1794, Bernardo Artayeta — talabartero francés — y su mujer Estefanía Centurión — legataria de don Agustín Casimiro — se comprometieron a pagar, “sin pleito alguno”, a María Josefa de Lajarrota de Aguirre, 500 pesos en plata acuñada, moneda corriente, en el término de 4 años La deuda recién se canceló el 15-VI-1809, ante el Escribano Antonio Agrelo. Fué Bernardo Artayeta — fundador de la familia argentina de su apellido — natural de Navarra, hijo de Juan Artayeta y de Juana Aranziaga, y aquí, en Buenos Aires, se casó el 23-V-1791 con la mencionada Maria Estefanía Centulión, hija, por su parte. de Pedro Centurión y de Manuela Martínez, según consta en el Libro 5 de Matrimonios de la Iglesia de La Merced. II — El 27-1X-1794, Juan Agustín Videla y Aguiar y Juan Bautista Otamendi, próximos a viajar a España, se obligaron a pagar a María Josefa de Lajarrota, viuda de Aguirre, 3.000 pesos en plata acuñada en el término de 2 años. La deuda se cancelo ante Agrelo, el 18-VIII-1811. III — El 20-X-1794, María Josefa de Lajarrota, por si y como albacea testamentaria de su marido, dió poder a Francisco Lois de Gestal y a Anselmo Sáenz Valiente, “residentes en la Villa de Potosí”. IV —El 26-1X-1797, también doña María Josefa, en el mismo carácter, otorgo poder a Fernando del Signo, del comercio de Tucumán.

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Coronel de Milicias de Infantería Agustín Casimiro de Aguirre. Y enterado el Rey de los buenos servicios de dichos Jefes, y de que sus viudas no tenían derecho al Montepío Militar, por no haber contribuido ni gozado aquellos de sueldo alguno, “ha venido S.M. a conceder a la expresada Doña Josefa de la Quintana 175 pesos de pensión anual, sobre el ramo de vacantes mayores y menores de cualquiera de los Obispados de ese Virreinato, en calidad de que a su muerte recaiga en su hija Josefa de Lajarrota, en caso de mantenerse viuda”. Y esta resolución soberana le fué comunicada al Virrey Olaguer Feliú, por oficio que firmó en Madrid, el 6-VIII1797, Eugenio Llaguno y Amírola, primer oficial de la secretaría del Estado y despacho universal. En 1798 Josefa de Lajarrota y su hija Martina de Aguirre, figuran en una larga nómina de “Señoras que caritativamente se han hecho cargo de proveer de camas ... a las pobres enfermas del Hospital”, dependiente de la “Hermandad de Caridad”. Esas camas, conforme al reglamento de dicha institución benéfica, “habrán de guardar la más perfecta igualdad, y se compondrán de colchón de lienzo de algodón, como más proporcionado para lavarse, siempre que se desocupe; almohada de pontevi o bretaña común; sábanas de lienzo de algodón, y quando más de lienzo lino; y manta o fresada de Córdoba”. No se permitían “lazos de cintas, encaxes, bolados, colchas, ni otro ornato que manifieste distinción, pues cuidadosamente ha de evitarse todo cuanto dé idea de luxo, o se aleje de la caritativa asistencia”. “El costo que podrá tener cada cama, compuesta de las piezas que quedan expresadas, no podrá exceder de doce pesos”. Para la asistencia de las pobres enfermas había tres salas en el Hospital de Mujeres, llamadas: “Nuestra Señora de los Remedios” (a la que prestaban ayuda, entre otras matronas, Tomasa de la Quintana de Escalada — madre de Remedios, la futura mujer del General San Martín — y mi antepasada Rita Dogan de Pueyrredón); sala “Santo Tomás”, y sala “Del Señor San Joseph” (a la cual,

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con 4 damas, proveían de recursos mi 4a abuela Josefa de Lajarrota de Aguirre y su hija Martina, señora de Cajigas). Doce años después, el 5-VI-1810, en otra lista de muy distinto carácter, figura en la Gaceta de Buenos Ayres — órgano periodístico de la flamante Junta revolucionaria —, el nombre de “Doña María Josefa Lajarrota”, que prometía hacer donativo de “una onza de oro, todos los meses, mientras dure la expedición” — a las Provincias del Norte, de las fuerzas enviadas por las autoridades porteñas para imponer allá la Revolución. Había heredado dona María Josefa un vasto terreno de “dos cuadras al frente Este y cuatro de fondo al Poniente”, al que se llegaba entonces por “la calle recta de la Piedad, en dirección al Hospicio de los franciscanos” —que se localizaría hoy en la esquina de las calles Bartolomé Mitre y Azcuénaga. La superficie de dicha heredad abarcaba las 8 manzanas que atraviesan actualmente, de Este a Oeste, las calles Bartolomé Mitre, Cangallo y Sarmiento, y de Norte a Sur, las de Rodríguez Peña, Callao, Riobamba, Ayacucho y Junín. El terreno aquel, antaño, ubicábase en las orillas de la ciudad, y dentro de su perímetro contenía a tres quintas llamadas “Los Olivos”, “Santa Lucia” y “La Pita”. Hubo tal terreno doña María Josefa, “por vía de mejoras”, de sus padres Nicolás de la Quintana y Leocadia de Riglos, el 13-II-1757, mediante escritura que autorizó el Escribano José Ferrera, con motivo de haberse casado ella, 9 meses antes (12-V-1756), con Domingo Alonso de Lajarrota Ortiz de Rozas. Esas “cuadras” pertenecieron anteriormente a Miguel de Riglos — padre de Leocadia y bisabuelo de la viuda de Aguirre — por merced y posesión “ynmemorial”; que confirmó luego el Gobernador Miguel de Salcedo, el 14VI-1735, a favor de los esposos Quintana-Riglos. Más tarde, fallecida su dueña, el terreno de quintas se subdividió por completo en gran cantidad de lotes destinados a venta, cuyas escrituras fue otorgando a los respectivos ad-

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quirentes, el hijo, heredero y albacea de la causante, Manuel Hermenegildo de Aguirre Lajarrota — mi tatarabuelo — a nombre de la sucesión materna; y, durante los años de 1823 a 1831, a par del fraccionamiento aludido, abriéronse calles a su través; llamadas entonces “De la Piedad” (ahora Bartolomé Mitre), “Cangallo” (hogaño “peronizada”), “Cuyo” (actual Sarmiento), y “Garantías” (al presente Rodríguez Peña). Testamento y muerte de la señora. Capellanía ordenada por ella Muy quebrantada de salud, el 31-X11-1821, ante el Escribano Narciso Iranzuaga, mi antepasada María Josefa Lajarrota de Aguirre otorgó su testamento. Luego de enumerar a sus herederos legítimos, nombró por albaceas, en primer lugar, a sus hijos Manuel Hermenegildo y Manuela, ambos de mancomún; en segundo término a su hija Casimira, “residente en los Reinos de España”; y en tercero a Antonio de las Cajigas, viudo de su hija Martina. Dispuso la causante que su entierro fuera en la Iglesia de San Ignacio, “amortajada con el Hávito de Dolores, de quien soy Cofrade”. Separó el quinto de sus bienes para ser “aplicado en beneficio de mi alma, conforme a la instrucción que dejo por separado”. Y finalizó diciendo: “El testamento de mi finado Marido está cumplido en la parte que me ha correspondido como Albacea, y como he podido. Quedan algunas deudas que cobrar, como se verá en los papeles. Si acaso aparece alguna contra mí, de que no me acuerdo, no se abonará sin documento justificativo, a menos que no pase de doce pesos. De la que me acordase, cuidaré de apuntarla en la instrucción sobre la distribución de mi quinto, para descargo de mi conciencia'. Al mes siguiente, o un poco más adelante, fallecía doña María Josefa. En seguida, su testamentaría se inició extrajudicialmente, para quedar concluida el 29-IX-1823. A casi tres lustros de muerta la señora, el 26-XI-1836 — “año 27 de la libertad, 21 de la Independencia y 7 de la Con-

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federación Argentina” —, ante el Escribano Público Manuel de Pio y los testigos Manuel Carriego, Manuel del Rio, Patricio Lajarrota y Nicolás Martínez, comparecieron Manuel Hermenegildo de Aguirre y Manuela, su hermana — ésta con venia de su esposo Manuel José García —, y en su carácter de hijos herederos y albaceas de mancomún de la finada Josefa Lajarrota de Aguirre, dijeron: Que el testamento que otorgara su madre el 31-XII-1821, ante Narciso Iranzuaga, habíase extraviado, y lo encontró el entonces Juez de Subalternos Dr. Agustín Gazcón, cuyo documento fué archivado por el Escribano José Cabral, quien certificó que en la cláusula 7a de dicha escritura la causante ordenaba “se separe todo el quinto de la herencia que le corresponde de dos hijas menores que fallecieron, y su importe se invierta en beneficio de su alma”. Que cumpliendo la voluntad de la testadora, ambos albaceas instituían “una pía memoria lega de misas”, con un capital de 7.000 pesos en fondos públicos al 6% de interés, para que con sus rentas se rezara una “misa solemne el día de la festividad de N.S. del Tránsito, en la Iglesia de San Ignacio”. Que otra misa solemne debía de oficiarse en la Iglesia de San Francisco, “el día de la festividad de San Agustín, en memoria de nuestros finados padres Don Agustín Casimiro de Aguirre y Doña Josefa Lajarrota y de nuestros hermanos Doña Maria y Don Agustín Aguirre”. Igualmente el día de San Agustín debían “distribuirse 120 pesos entre todas las viudas, las más pobres y honestas, con la obligación de asistir a la misa de nuestra familia”. Que otros 100 pesos más, “se destinarán para el vino de misa, en cada año, en la parroquia de Sn. Isidro”. El patrono para hacer cumplir este legado será “Don Manuel H. de Aguirre, y por su falta, su hijo mayor, y así sucesivamente”. Tal Capellanía se fundaba “a beneficio de las almas dichas, y demás deudos que fueran sucediendo por perpetuidad de tiempo, sin que ninguna persona tenga derecho a revocar esta institución, decir de nulidad de ella, ni contradecirla de manera alguna; y si tal sucediere seria nulo y de

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ningún valor ni efecto, porque queremos sea firme y subsistente en todo, sin alteración, modificación ni revocación ninguna, para lo cual los otorgantes nos obligamos a su cumplimiento, para que se cumpla como un deber con nuestras personas y por lo que hubiese y pueda haber en forma y conforme a derecho; y a más encargamos, los patronos, a nuestra conciencia, para el debido cumplimiento de todo ello”. Y firmaron, ante Escribano y testigos, Manuel H. de Aguirre, Manuela Aguirre y Manuel J. García. Agustín Casimiro de Aguirre y María Josefa de Lajarrota — mis 4º abuelos — hubieron los siguientes hijos: 1) María Josefa Francisca Javiera de Aguirre y Lajarrota, baut. el 10-VII-1778. Falleció por el año 1796. 2) Martina Gertrudis de Aguirre y Lajarrota, baut. el 16-X11779. Se casó el 11-XI-1796 con Antonio de las Cagigas del Castillo. Dos días antes de la ceremonia, ante el Escribano Mariano García Echaburu, el inminente cónyuge de 25 años, natural de la villa de Escalante, Obispado y montañas de Santander, hijo legítimo de Antonio de las Cagigas Agudo y de Francisca de Castillo Sentelices, dijo: Que estando por casarse con Martina Gertrudis de Aguirre, hija legítima de Agustín Casimiro de Aguirre y de María Josefa Lajarrota, quiere hacer constar por escritura pública que su futura suegra le tiene prometido entregarle por dote y caudal de la dicha Martina, la parte hereditaria de los bienes de su padre, una vez efectuadas las respectivas hijuelas de sus hijos herederos, las que calculadas en globo ascenderán a 19.624 pesos por cada heredero; de la cual suma se le adelantaron 12.000 pesos en plata acuñada y moneda corriente, lo que Cagigas reconoce haber recibido a su entera satisfacción. Era don Antonio un hombre importante en la sociedad de Buenos Aires. A poco de haber llegado de España, el 2VIII-1790, ante Pablo Beruti, junto con un grupo prestigioso de traficantes porteños, suscribió un poder a favor de

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Manuel Rodríguez de la Vega y de Martín de Sarratea, para que ambos gestionaran ante el Rey y demás funcionarios competentes, la instalación de un “Consulado y Tribunal de Comercio” en la capital del Virreinato, “como le hay en estas Indias en las ciudades de Lima y México”. Y Carlos IV, por Real Cédula del 30-I-1794, satisfizo ese anhelo de sus púnicos vasallos bonaerenses. El 27-VI-1795, Antonio de las Cagigas solicitó, al Ayuntamiento, la toma de razón en los Libros Capitulares “de los títulos de nobleza, Idalguía de sangre que acompañaba y acreditaban la Información que produjo, y a birtud de la qual obtubo de la Real Chancilleria de Balladolid la correspondiente Real Provisión de amparo, para que teniéndosele por tal Noble Hijo Dalgo, se le guarden sus excepciones y privilegios”. Y los cabildantes acordaron hacer lugar al pedido. Más adelante Cagigas fué Teniente de Sindico y Sindico titular del Consulado; Regidor y Alférez Real del Cabildo en 1799; cuyo organismo le encargó también, en 1806-07, “la administración de los ramos de alumbrado, carros de limpieza y empedrado de la ciudad”. En el desempeño de esas tareas nuestro hombre puso a prueba su patriotismo, cuando frente a los ingleses que se disponían a atacar por segunda vez a Buenos Aires, él dirigió personalmente, de noche, la iluminación de los lugares y calles en que se colocaron cañones y se cavaron zanjas e improvisaron barricadas, para la gloriosa Defensa y memorable victoria del 5-VII-1807. Y al saberse aquí que por Real Orden del 22 de febrero anterior, el Marqués de Sobremonte había sido suspendido como Virrey, éste nombró apoderado suyo a Antonio de las Cagigas, a fin de que cobrara los haberes correspondientes a su grado militar ante la Real Hacienda. En 1808 de las Cagigas le compró, por 10.000 pesos, al futuro prócer Juan José Castelli, una casa y terreno en la calle de las Torres, a 3 cuadras y media de la Plaza Mayor,

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cuyo terreno — a espaldas de la iglesia de San Miguel — medía 15 varas de frente y 70 de fondo. El vendedor lo hubo por cesión que le hizo su madre María Josefa Villarino González, en la testamentaría de su consorte, el médico Angel Castelli; quien habíalo adquirido de Antonio Párraga. Acabó sus dias Martina Aguirre a los 22 años, el 23XII-1801. Sus cenizas reposan en la Catedral Metropolitana, al pie del altar de Nuestra Señora del Cármen, sobre el costado izquierdo de la nave central, bajo lápida de mármol con el escudo labrado de los Cagigas: una encina con un lobo pasante al pie del tronco. Don Antonio, ya sesentón, contrajo segundas nupcias el 18-III-1821, con María de la Cruz Loaces Arandía (que era viuda de Patricio de Beldón e hija de Francisco Loaces y de Ana Antonia de Arandía Ruiz de Arellano). Testó don Antonio, el 25-II1828, bajo sobre cerrado, y falleció septuagenario en su casa de la calle Potosí 34 (ahora Alsina), el 27-VIII-1834. Hijas de su primer enlace resultaron: A) María del Cármen de las Cagigas Aguirre. Murió en Mendoza, el 18-I-1824, donde fué con su marido en busca de salud. Habíase casado el 20-VIII-1814 con su tío 2º Matías de Irigoyen de la Quintana. Su sucesión la registro en el apellido De La Quintana. B) Martina de las Cagigas Aguirre, b. 11-XI-1799. Murió soltera. C) Dominga María de los Dolores del Corazón de Jesús de las Cagigas Aguirre, muerta al poco de nacer. Con su segunda consorte don Antonio hubo a: D) Maria Manuela Dolores del Corazón de Jesús de las Cagigas Loaces n. 23-XII-1822. Falleció soltera. E) Antonio Andrés de las Cagigas Loaces, n. 3-II-1826. 3) Casimira Francisca Xaviera de Aguirre y Lajarrota, baut. el 5-III-1781 por su tío bisabuelo el Arcediano Miguel Jose de Riglos y bajo el padrinazgo de Manuel Micheo y de

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María Josefa de la Quintana y Riglos, su abuela materna. Cumplidos los 25 años, Casimira se casó en la Catedral de Buenos Aires, el 30-V-1806, con el Capitán de Fragata de la Real Armada y Caballero de Santiago, José de Laguna y Calderón de la Barca. Bendijo la boda el Capellán José Reyna, siendo testigos de la misma Antonio de las Cagigas y Josefa de Lajarrota y Quintana de Aguirre, madre de la contrayente. Dicha señora, dos meses antes del casamiento de Casimira, solicitó al Alcalde Francisco de las Llagas Lezica, testimonio (que autorizó el Notario Mariano García Echaburu el 6-III-1806) acerca de una anterior “Información de legitimidad, limpieza de sangre, nobleza, hidalguía y demás distinciones de nacimiento”, de todos sus hijos los Aguirre Lajarrota, que acreditaba la calidad familiar de la futura consorte de José de Laguna. (7) Este había nacido en 1759 en Badajoz, la plaza fuerte y capital de la provincia de su nombre, a orillas del Guadiana. Hijo del General Manuel de Laguna Becerra y Moscoso n. en Badajoz en 1727, y de María Antonia Cal7 En efecto: doña María Josefa, tras el fallecimiento de su marido don Agustín Casimiro, quedó como tutora y curadora de sus hijos menores, y en tal carácter pidió al Alcalde de lº voto Juan de Videla y Aguiar, el diligenciamiento de la aludida “Información” de legitimidad, nobleza e hidalguía; la cual, por mandato de ese Juez, llevose a efecto, ante el Escribano Josef García Echaburu, los días 8, 9,11,12,13 y 17 de agosto de 1796; en cuyas fechas declararon, respectivamente, los calificados vecinos Martín de Sarratea, Pedro de Albarado, Manuel Martínez de Ochagavia, Gaspar de Santa Coloma, José de Gurruchaga y Miguel García de Tagle, quienes, de modo unánime, acreditaron el linajudo origen de los Aguirre Lajarrota. Dos años más tarde, a pedimento de la misma Señora, ante el Alcalde Antonio García López, se sustanció otra probanza análoga a favor de José Agustín de Aguirre, ausente entonces “en los Reinos de España”, por si allá “tomase carrera”, y le fuera preciso acreditar su filiación y limpieza de sangre. En esta segunda constancia reiteraron sus declaraciones los mismos testigos que depusieron en la primera, ante el mismo Escribano. De estas diligencias judiciales librose un tercer testimonio en 1806.

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derón de la Barca y Chamucero n. en el municipio badajozano de Don Benito. Enrolado don Manuel en los clásicos tercios españoles de infantería, guerreó en su juventud contra los ingleses; y ya con el grado de Brigadier, mandó un cuerpo de ejército durante la campaña de Portugal. También comandó don Manuel a las milicias provinciales de Badajoz, y fué Regidor perpetuo de ese Ayuntamiento, Alguacil Mayor del Santo Oficio de la Inquisición de Llerena, Caballero de Santiago y Gran Cruz de Carlos III. Murió en 1790. A su vez los abuelos paternos de José de Laguna se llamaron: Pedro de Laguna y Baamonde n. en Badajoz y Regidor perpetuo allí y Alcalde del Estado Noble (hijo de Manuel de Laguna n. en Madrid y de Francisca Ramírez Baamonde n. de Badajoz) y Josefa Becerra y Ortiz de Moscoso n. en la villa badajocense de Acehuchal (hija de Rodrigo Becerra, Alférez Mayor de Badajoz, y de María Jesús Ortiz Moscoso n. en Fuente del Maestre). Y los abuelos maternos de José fueron: José Calderón de la Barca Guevara n. en Don Benito, y Leonar Chamucero de la Rocha, n. en La Gata (hija de Juan de Chamucero, Caballero de Alcántara y Gentilhombre de Cámara de S.M.). José de Laguna y Calderón de la Barca, por su parte, ingresó el 6-XI-1777 en la Real Compañía de Guardias Marinas (mediante Real Orden expedida en San Ildefonso, el 13 de septiembre anterior, por el Marqués José González de Castejón, Secretario de Estado y del Despacho universal de Marina”), y egresó de dicho instituto como Alférez, embarcando en la corbeta “Santa Elena”. Durante su larga vida de marino, don José tomó parte en numerosas campañas corsarias por el Atlántico y el Mediterráneo, a bordo de los navíos “San Carlos”, “San Julián”, “Rayo”, “Colón” y “San Telmo”; participando en el combate de la Punta de Europa y en distintas acciones y bombardeos llevados a cabo contra Argel y Orán; como también supo cumplir otras tareas importantes en La Habana y en Inglaterra. En

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el puerto de Cartagena tuvo igualmente destinos militares de responsabilidad; lo mismo que en los arsenales del Ferrol. El 31-VII-1786 se cruzó como Caballero en la Orden de Santiago, y vino al Río de la Plata en tiempos del Virrey Melo de Portugal, para servir durante esa administración y las sucesivas de Olaguer Feliú y del Marqués de Avilés. El 5-X-1802, el Rey firmó en Barcelona sus despachos de Capitán de Fragata, con cuyo grado fué Comandante militar de Matrícula del puerto de Buenos Aires, y Juez para las primeras apelaciones del Tribunal del Almirantazgo. Antes de formalizar su enlace, nuestro marino elevó al Rey, el 12-III-1806 (por intermedio del Brigadier Pascual Ruiz Huidobro, su superior jerárquico, Gobernador militar de Montevideo), una instancia en la cual “con profundo respeto expone que ha contratado Matrimonio con Doña Casimira de Aguirre, hija legitima de Don Agustín Casimiro (ya difunto) y de Doña Josefa de Lajarrota, en cuya persona concurren las circunstancias de esclarecido nacimiento ... en esta virtud a V.M. rendidamente suplica se digne concederle su Real Licencia para efectuarlo, cuya gracia espera alcanzar de la innata piedad de V.M.”. Doce días antes de esta súplica, aquí en Buenos Aires, el 1-III-1806, ante Mariano García Echaburu, se otorgaron dos escrituras: en una de ellas María Josefa Lajarrota daba “su benia, permiso y licencia” a su hija Casimira Francisca Xaviera de Aguirre, para casarse con José de Laguna, Capitán de Fragata de la Real Armada; y en la otra escritura, Antonio de las Cagigas “otorga, confiesa y declara que resive en depósito ahora en contado, de Doña María Josefa Lajarrota ... la cantidad de tres mil pesos moneda columnaria de plata fuerte, como correspondientes a la dote del Señor Don José de Laguna... para entregarlos a dicho Señor luego que obtenga licencia de Su Magestad para contraer lexítimo Matrimonio con Doña Casimira Francisca Xaviera de Aguirre y Lajarrota”.

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Efectuado el matrimonio, el 30-V-1806 — cual apuntamos más atrás —, la dote completa llegada a manos de Laguna se quintuplicó, alcanzando a redondear la suma de 15.000 pesos fuertes de plata columnaria. Así lo declaró el interesado en la escritura de recibo pertinente, otorgada el 22-VI-1808, ante Mariano García Echaburu; que consigna además una sortija de brillantes regalada a la novia por su madre. Cuando los ingleses invadieron a Buenos Aires por primera vez, José de Laguna se incautó de las lanchas y barcos mercantes surtos en el puerto; y con esta flotilla improvisada bajo su mando, se estuvo los días 25, 26 y 27 de junio guardando la Boca del Riachuelo para impedir la entrada de los enemigos por ese acceso fluvial. La capitulación de la ciudad, sin embargo, convirtió en buena presa de los invasores aquellos barcos de cabotaje puestos en trance de guerra; mas Beresford, en favor del comercio local, dió orden a José Laguna y a Martín Thompson de devolver tales embarcaciones a sus respectivos dueños. Caído prisionero, nuestro personaje, como todos los oficiales vencidos, dió su palabra de honor de vivir en Buenos Aires sin sueldo, y de no participar en la lucha contra los británicos hasta ser canjeado; compromiso que hubo de firmar en un libro ante el Capitán Alejandro Gillespie. Por eso, sin duda, el nombre de Laguna no aparece para nada en los episodios posteriores de la Reconquista. Con todo, terminadas las Invasiones Inglesas, en la lista de “Oficiales de la Real Armada y otros individuos de ella que son dignos de las piedades de S.M.” — es decir dignos de recompensa — figura “el Capitán de Fragata D. José Laguna”, con la siguiente anotación de Liniers: “Aunque su calidad de juramentado, en la dicha ocupación de esta ciudad por las Armas Inglesas, se ocupó hasta el momento de su ataque en el desempeño de su encargo de Sub Delegado de Matricula y lo considero acrehedor de las gracias de S.M.”.

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Años después, el 1-I-1809, durante aquella estrepitosa alcaldada que pretendió derrocar al Virrey Liniers, nuestro marino sostuvo a su camarada, el gobernante francés, y resultó ascendido por éste. Así lo escribió el propio Laguna, el 16 de enero, a su paisano Martín Garay, a la sazón Vocal de la Junta Central de Sevilla, en estos términos: “si los Xefes militares no hubiéramos sostenido la autoridad Real depositada en el Excelentísimo Señor Virrey, después de correr mucha sangre se hubiese perdido esta América; pero quiso Dios que se cortase y desbaneciese un atentado tan horrendo, de cuyas resultas el Excelentísimo Señor Virrey ha tenido a bien ascender a sus inmediatos grados a aquellos Oficiales que más se distinguieron, siendo yo uno de los comprendidos en esta gracia”. En 1810, nuestro Capitán de Navío concurrió al Cabildo abierto del día 22 de mayo. Allí reprodujo el voto del Oidor Manuel Reyes; vale decir “que no encontraba motivos para la subrogación del Virrey Cisneros, pero en caso de que la pluralidad de los asistentes a la asamblea juzgaran lo contrario, se nombrasen de adjuntos al propio Virrey, al Alcalde de 1º voto y al Sindico Procurador general, para el despacho del gobierno”; moción, ésta, que expresaba el sentir del grupo españolista más recalcitrante. Al producirse el derrocamiento de Cisneros, José de Laguna permaneció fiel al Virrey en desgracia, su antiguo compañero de armas; y decidido a combatir a la Junta porteña buscó refugio en Montevideo. Empero, al rendirse esta plaza en 1814, después del asedio que le pusieron las fuerzas de Buenos Aires, Laguna estuvo entre los prisioneros. Logró fugar, sin embargo; y luego de correr muchos peligros y vicisitudes, desembarcó en Cádiz sano y salvo. En lo que respecta a Casimira de Aguirre, la esposa criolla del prófugo realista, ella sufrió aquí muchos disgustos morales y apuros económicos antes de reunirse con su marido en Badajoz, lo que por fin logró después de 1817. Entretanto, apuntemos algunas urgencias monetarias y con-

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tratiempos derivados de la política, que atribularon la existencia de mi tía tatarabuela, en sus últimos años vividos en su ciudad natal. El 12-VIII-1807, el Capitán de Fragata Laguna había colocado a réditos en el-Cabildo, 11.000 pesos fuertes en dinero efectivo, pertenecientes a la dote de su mujer, por el término de tres años, al 5% de interés. Y a los cinco meses de ello (22-I-1808) el mismo inversionista reforzaba su préstamo con 6.000 pesos fuertes más, también al 5% anual, a nombre de su consorte. Corren los años, y el 18-III-1813 — ya en pleno desbarajuste revolucionario y en medio de tremenda inestabilidad política y económica — la señora de Laguna se presenta al Cabildo y pide que del dinero que tiene colocado en el Ayuntamiento “se le entreguen por ahora quatro mil pesos que necesita”. Los Regidores, frente a tal petición, acuerdan: “que con respecto a la escasez de fondos, se entreguen por el Tesorero a la suplicante, mensualmente, dos mil pesos, hasta el completo de los quatro que exige”. Lo cual se cumple, pero el 17 de agosto siguiente vuelve doña Casimira a solicitarle al Cabildo, que a fin de aliviar “sus urgencias se le entreguen los dos mil ciento ochenta pesos que restan del principal”. Y así, en sólo cinco meses, se fueron consumiendo aquellos 6.000 pesos de la mujer de Laguna. Como si esto fuera poco, el 23 de diciembre de ese mismo año, doña Casimira promueve ante el Cabildo otra instancia. Ahora referida al otro préstamo de 11.000 pesos fuertes de su dote, puestos en 1807, por su marido, a réditos en los fondos capitulares. De esa suma, la señora pedía “se le entreguen cinco mil pesos que necesita, para ocurrir a los gastos de una Obra a que ha dado principio”; pedido que los Regidores mandaron hacer efectivo sin objeción alguna. Pero ello no fué cumplido por el Cabildo, puesto que, al cabo de 13 meses, precisamente el 13-I1815, dicha corporación dió curso a “un escrito de Doña

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Casimira de Aguirre en que solicita se le manden satisfacer los intereses de un año vencido, correspondiente al principal de Once mil pesos que tiene puestos, y éste Exmo. Cavildo reconoce, sobre sus fondos: Y los Señores acordaron se satisfagan con las formalidades de estilo”. Mas las formalidades y el estilo de entonces — como el de hogaño en la administración pública — dejaba mucho que desear; y, todavía, en 1817, el Cabildo continuaba en mora respecto del pago de esos intereses a la esposa de Laguna; la cual, una y otra vez (4 de enero y 19 de agosto), volvió a la carga con sus reclamos, hasta que el 14 de noviembre siguiente, los munícipes porteños resolvieron “se paguen según lo permita la caxa y está mandado en dos Decretos de los años de ochocientos trece al presente”. Paralelamente a estas tramitaciones, impelida por sus “urgencias” pecuniarias, doña Casimira requirió del Ministerio de Hacienda — cuya Secretaría ocupaba Domingo Trillo — la constancia y pago de lo que se le debía a su marido por sueldos atrasados, así como por las presas que se hicieron a los ingleses después de la Reconquista, con las cuales Laguna no se había beneficiado por el juramento que prestó, de no tomar parte de ellas. Y el 17-III-1813, el Contador Roque González y el Tesorero José Joaquín de Araujo, certificaron que al Capitán de Fragata José de Laguna se le debían 170 pesos mensuales, “a buena cuenta del sueldo que disfrutaba, cuyo ajuste final correspondía al Ministerio de Marina, de cuyo goce y términos expresados se le pagó hasta fin de Diciembre de 1808”. Pero como dichos burócratas “tenían órdenes en contrario”, no le pagaron nada a la señora; aunque dijeron “lo hubieran ejecutado hasta el mes anterior de la instalación de la Junta Gubernativa de estas Provincias, si hubiera ocurrido el interesado”. Para colmo de desdichas las autoridades revolucionarias del Segundo Triunvirato acusaron a Casimira de Aguirre Lajarrota de tener ocultos, en el Consulado, caudales de su marido, siendo, por tanto, ella, infractora al Bando del 13-

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I-1812, que ordenaba la manifestación de bienes pertenecientes a las personas sometidas al Gobierno y contrarias a la revolución. Sucedió que José de Laguna, el 23-VIII-1807, había colocado a réditos, en aquel Tribunal mercantil, la suma de 2.060 pesos, al 5% de interés; empréstito recibido, mediante escritura pública, por el Prior y Cónsules de esa institución. Así las cosas, puesta doña Casimira en tan incómodo trance — en el, para ella, fatídico año 13 —, rechazó la imputación de infractora, cargo — alegaba — “hijo de un espíritu ligero, antes que de un verdadero celo patriótico”, demostrando que aquel dinero era suyo, como constaba en su Carta Dotal protocolizada. A raíz de este proceso, pudo saberse asimismo que el 2VI-1810, el comerciante inglés Jorge Dixon le había facilitado a la señora de Laguna el dinero necesario para que su marido escapara a Montevideo. Comoquiera, a fin de cuentas — o de cuentos —, los Jueces de la Comisión de Denuncias, José Francisco de Ugarteche y Manuel de Luzuriaga, el 6-IV-1813, mandaron archivar las actuaciones, por haber doña Casimira demostrado la procedencia de aquel dinero impuesto a réditos en el Consulado. Por último — como dijimos — después de 1817 pudo la señora juntarse con su marido en Badajoz. Allí los cónyuges Laguna Calderón de la Barca-Aguirre Lajarrota vivieron la última etapa de su existencia (don José falleció en 1828 con el grado de Brigadier, ostentando muchas condecoraciones). Ellos procrearon sólo dos hijos: A) José Casimiro de Laguna y Aguirre Lajarrota, que murió soltero. B) Dolores Josefa de Laguna y Aguirre Lajarrota, que se casó con José Rodrigo de Vaca y Brite, 2º Marqués de Fuente Santa, y con el cual hubo descendencia.

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Manuela Juana Isidora Nepomucena de Aguirre y Lajarrota, baut. en Buenos Aires el 15-V-1782. Se casó el 5-III-1825 con Manuel José García Ferreyra, porteño también, baut. el 8-X-1784 y fall. el 22-X-1843 (hijo del Coronel Pedro Andrés García de Sobrecasas, n. en 1758 en Carranceja, Asturias de Santillana, Santander, y fall. en Bs. As. en 1833, Comandante del Cuerpo de Cántabros durante las Invasiones Inglesas, y de Clara María Coelho de Ferreyra y Freyre de Landien, n. en Bs. As. en 1761 y fall. en 1843; n.p. de Esteban García de Sobrecasas Sánchez de Bustamante y de María Ana García de Sobrecasas Bonego; n.m. de Custodio Coelho de Ferreyra Lima, Capitán portugués venido a Buenos Aires entre los prisioneros de la Colonia del Sacramento, y de Francisca Guiomar Freyre de Landien). Es, sin duda, Manuel José García, uno de los personajes más discutidos de la Historia Argentina. Como Talleyrand, era hombre del viejo régimen (el Virrey Liniers le nombró subdelegado de Porco y de Chayanta en el Alto Perú), y si el político francés sirvió sucesivamente a la Revolución regicida, a Napoleón durante el Consulado y el Imperio, a los borbones restaurados con Luis XVIII, y a la Monarquía burguesa con Luis Felipe de Orleans, el político argentino — magistrado, diplomático, ministro de Hacienda y de Relaciones Exteriores — colaboró con ambos Triunviratos,

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con los Supremos Directores Posadas y Alvear, con los Gobernadores unitarios Martín Rodríguez y Las Heras, con el unitarísimo Presidente Rivadavia, y con Juan Manuel de Rosas, el Restaurador al rojo vivo de la Santa Federación. Los actuales historiadores revisionistas consideran, en general, a Manuel José García, como el prototipo del “vendepátria”, colonialista y medroso, que entregó al Brasil la Banda Oriental del Uruguay, para evitar —es cierto — la alianza temida de Portugal con España, y deshacerse al mismo tiempo de Artigas, a quien el diplomático porteño tachaba de bárbaro caudillo anarquista. De García dió Gervasio Posadas esta definición en tres frases implacables: “Un jesuita lleno de miedo, de pluma bien cortada, no sirve para grandes compromisos; tiene un alma fria para las cosas de la patria”. Tomás de Iriarte le llama en sus Memorias: “hombre sagaz, intrigante y de más alcances que Rivadavia”. Lord Ponsomby le escribió a Canning: “El Dr. García es el hombre más ilustrado de la nación”. Y un anónimo espía o informante realista le apuntaba a su gobierno hacia 1817: “Don Manuel García ... notado de españolísimo en otro tiempo, en el día es portugués. Por su conducto ha corrido la correspondencia entre la facción portuguesa de Buenos Aires. Tiene talento y regulares conocimientos políticos. Nunca ha sido adicto declarado de la Revolución, aunque la ha seguido”. Mitre opinó sobre García en estos términos: “era de los hombres más notables de su época. Patriota decidido, hombre de elevación moral, cabeza de inteligencia poderosa ... escritor literario con nervio ... penetración profunda para juzgar a los hombres y las cosas ... verdadero hombre de Estado ... de bella y distinguida figura, realzada por modales dignos y una conversación chispeante de ingenio y de amenidad. Con todas estas dotes ... no era hombre de iniciativa ni de lucha. Carácter flexible, se doblaba a impulso de las circunstancias; conciencia flotante que buscaba su equilibrio en el término medio de los hechos consumados,

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o que tenían la sanción de la fuerza”. Y un historiador de vehemente patriotismo localista, como Vicente Fidel López, escribió: “Cualquiera que sea el juicio que se haga de la misión que Don Manuel José García desempeñó en Rio de Janeiro el año de 1816, será siempre de admirar el tino y la firmeza con que la condujo, de acuerdo a las circunstancias en las que se hallaba y con los fines que se propuso alcanzar: impedir la confabulación de España con Portugal y exterminar a Artigas”. Y concluye don Vicente: “el amor de la independencia y el deseo de que su triunfo fuese también el triunfo de la cultura y del orden social que caracteriza a los pueblos libres, resume, por decirlo así, en dos grandes capítulos, el sentido fundamental y precioso de los trabajos del Comisionado Argentino en Rio de Janeiro. Su tarea de arruinar a Artigas y de contener a España, llevada a cabo en su doble dirección con hábil persistencia y con espíritu varonil, hace el elogio del Estadista, y lo justifica en la historia. Eso fué lo que nos puso en condiciones de superar los tremendos y vergonzosos contrastes del orden interno, y de la bancarrota del Año XX. Sin eso, Artigas hubiera prevalecido; hubiera asolado la tierra argentina; desbaratado todo el orden civil y doméstico de nuestras ciudades; sujetándolo todo al Imperio Bárbaro y Guerrero con que soñaba; habría reducido nuestras provincias urbanas a la vida de tribu y de aduar; y en pos de él se habría eslabonado una cadena no interrumpida de gobiernos bárbaros con todas las eventualidades del acaso ... y sólo Dios sabe qué rumbos miserables pudiera haber tomado esa nacionalidad de que hoy nos enorgullecemos”. “He navegado — estampó García en uno de sus informes — en un mar proceloso e inconstante, sorteando las olas y evitando los escollos sin perder mi camino ... Vendrá la verdad; y con la verdad la justicia y la honra para mi nombre”. Y asimismo su correspondencia contiene la siguiente reflexión de total estoicismo, en la que don Manuel José alude a sus tramitaciones diplomáticas: “Los

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sacrificios más heroicos son los que no tienen recompensa de gloria ni de fortuna. Una cosa es el patriotismo que inspira el valor de morir por su país, y otra el que hace capaz de conocer bien los intereses de la patria. Conozco por experiencia que los proyectos más sutiles y benéficos suelen repentinamente mudarse en delito, y que hoy conduce al cadalso lo que mañana habría elevado a la mayor gloria”. En cuanto a Manuela Aguirre de García, ella — aparte de ejemplar esposa y madre de familia — fué una de las damas fundadoras de la Sociedad de Beneficencia que, por inspiración de Rivadavia, se instaló en Buenos Aires el 18II-1823, con esta primera Comisión Directiva: Presidenta, Mercedes de Lasala y Riglos; vicepresidenta Maria Cabrera de Altolaguirre; secretarias, Isabel Casamayor de Luca y Joaquina Izquierdo; vocales, Cipriana Viaña de Boneo, Manuela de Aguirre y Lajarrota, Josefa Gabriela Ramos Mejia, Isabel Aguero de Ugalde, Maria Sánchez de Mendeville, Bernardina Chavarria de Viamonte, Maria del Rosario de Azcuénaga, Justa Foguet de Sánchez y Estanislada Cossio de Gutiérrez. Desde entonces, durante más de un siglo, siempre una Aguirre — hasta mi madre María Eugenia Aguirre de Ibarguren — integró aquella benemérita institución caritativa; suprimida cuando el primer gobierno de Perón; vuelta a implantarse a la caída de éste, aunque despojada de casi todos sus bienes, recursos y prerrogativas. Manuel José García y Manuela Aguirre Lajarrota hubieron un sólo hijo: A) Manuel Rafael García Aguirre (foto), nacido en Buenos Aires el 24X-1826, siendo padrino de su bautismo el tío carnal Manuel Hermenegildo de Aguirre. Fué Manuel Rafael, Abogado, Diplomático, Ministro Plenipotenciario ante los go-

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biernos de Washington, Madrid, Londres y Viena, donde falleció el 4-1V-1887. Fué asimismo jurisconsulto, historiador, y publicó sendos artículos sobre el régimen colonial americano, en La Revista de Buenos Aires, la Revista del Rio de la Plata y otros órganos de cultura. Habíase casado en la Iglesia porteña de San Miguel, el 31-I-1855, con Eduarda Damasia Mansilla y Ortiz de Rozas, baut. el 11-I-1835; hija del General Lucio Norberto Mansilla Bravo, y de su 2a esposa Agustina Ortiz de Rozas López de Osornio, hermana menor del “Restaurador de las Leyes”. Lucio Mansilla peleó bravamente en las invasiones inglesas, y después, en la guerra de la independencia; como también guerreó contra el Imperio del Brasil, y, más tarde, enfrentaría a la flota combinada Anglo-Francesa, en el heroico combate de la Vuelta de Obligado, al mando de las fuerzas argentinas. Entre otros importantes cargos, se desempeñó como Diputado al Congreso General y como Gobernador de la provincia de Entre Rios. Eduarda Mansilla Ortiz de Rozas, fué literata, autora de novelas: El médico de San Luis, Lucia Miranda, Pablo au la vie dans les pampas, RecuerRecuerdos de viaje, La Marquesa de Altamira (drama) y varios cuentos. Cultivó también la música: alumna de Massenet, de Gounod y de Rubinstein, entre sus composiciones musicales figuran: Brunete, balada para piano; Octubre, roromanza para canto y

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piano; y Cantares, con letras de Adolfo Mitre. Falleció en Buenos Aires el 20-XII-1892. Estos hijos quedaron de su matrimonio: a) Eduarda Manuela Agustina Nicolasa García Mansilla — “Eda”, de sobrenombre — baut. en Bs. As. bajo el padrinazgo de su tío Manuel Aguirre Ituarte — mi bisabuelo. Murió en Francia el 20-III-1945. Se había casado en Paris, el 8-VIII-1876, en la Iglesia de St. Pierre de Chaillot, con Charles Jules Michel Marrier de Lagatinerie, Barón de Lagatinerie, n. el 29-X-1843 y fall. el 2-XII-1921, en Francia, su patria. Salido de la escuela de Saint-Cyr, Charles, con el grado de Teniente, pasó a Africa, a órdenes del General Gastón de Sonis. Después, en la guerra contra Prusia (1870-71), incorporado como Capitán al Ejército de la Loire, tomó parte en la sangrienta batalla de Patay. Cuenta Daniel García Mansilla (en Visto, oído y recordado), que cuando murió Rosas en Southampton, el 14-III-1877, “mi madre, su sobrina predilecta, sufrió una gran pena, y no pudiendo trasladarse a Inglaterra para asistir a los funerales, envió, en representación nuestra, a mi cuñado de Lagatinerie, con encargo de entregar a su querida prima Manuelita una suma de cinco mil francos, ayuda que la pobre señora harto necesitaba en tales circunstancias, y que agradeció profundamente”. El noble francés que me ocupa, luego de abandonar la carrera militar, fué “Conseiller General” del Morbihan, en Bretaña, Caballero de la Legión de Honor, de San Gregorio el Grande y de Carlos III de España. Era hijo de Charles Jean Jacques Marrier de Lagatinerie, n. en Fontainbleau el 11-I-1784 y fall. ahí el 28-X1868, Comisario General de Marina, Comendador de la Legión de Honor y de la Orden de Isabel la Católica, Caballero de San Luis, y 1º Barón de La-

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gatinerie, por “ordonnance” del Rey Carlos X fechada el 23-IV-1829, y esposo de Marie Margerite Eugénie Gallian, fall. el 31-X-1897; n.p. de Jacques Marie Marrier de Lagatmerie (1746-1828), Capitán de Navío y Jefe de los Ingenieros de Marina de Guerra, y de su esposa Sophie Dubois d'Arneuville. Jacques Marrier de Lagatinerie fué expedicionario descubridor de las islas Kerguelen, en el océano Indico Meridional, en 1772, junto con el Capitán Kerguelen Tremarec y el Teniente du Cheyron du Pavillón. El linaje de los Marrier figura en los viejos papeles de Orleans a partir de la segunda mitad del siglo XIII, pero su documentada filiación genealógica arranca con Martín de Marrier, nacido en 1470, que se radicó en París en 1503, y estuvo casado con Perrette Seudra. Estos cónyuges resultaban los 8º abuelos del Barón Charles de Lagatinerie, marido de “Eda” García Mansilla -prima 2a de mi abuelo Aguirre —, cuya posteridad francesa es la siguiente: al) Guillemette Marrier de Lagatinerie García Mansilla, literata y novelista como su abuela argentina: entre sus obras Lokoma, premio “des Lettres Francaises” en 1935, La Ridondaine, La roue du destin, Las hijas de Don Quijote, Nous n'irons plus au bois, Contrabandiers d'Honneur, Melanie la Solitaire. Falleció en París en 1962. Estuvo casada desde 1900 con Henry Marie Bourgois n. 19-V11-1875, Coronel de Artillería, Oficial de la Legión de Honor; literato al igual que su esposa, bajo el seudónimo de “Jean Labadye”. Murió en París en 1945. Era hijo de Louis Marie Bourgois, Teniente Coronel artillero, Oficial de la Legión de Honor, Gran Oficial de la Orden de Isabel la Católica de España y de la de Cristo de Portugal,

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y Comendador de las de Santa Ana y San Estanislao de Rusia, y de su mujer Louise Marie Bertrand de Launay; n.p. de Simeón Bourgois, Almirante, Consejero de Estado, Gran Oficial de la Legión de Honor, tenido en Francia como inventor del submarino y otros adelantos para la marina de guerra, y de Caroline Baleste d'Astier d'Ussel; n.m. de Louis Pierre Bertrand de Launay y de Louise Julie Emilie de Labadye. Los esposos Bourgois-Marrier de Lagatinerie resultaron padres de: 1a) Antoinette Louise Eda Bourgois Marrier de Lagatinerie, que casó el 14-V-1923 con Etienne Nicolás Georges Tabard, Teniente Coronel, Oficial de la Legión de Honor. Padres, a su vez, entre otros hijos de: Guillemette Anne Pierrette Tabard n. 6-V11-1926. Casó el 18-V-1945 con Claude Louis Marie Robert Ract-Madoux n. 13-1-1921, Teniente Coronel de Caballería, Caballero de la Legión de Honor (hijo de René Theodore Marie RactMadoux, General de División, Comendador de las Ordenes Legión de Honor, y de la Estrella de Rumania, y de su esposa Jeanne Marie Madeleine Chantre). Con sucesión; entre sus hijos el primogénito, mi joven amigo epistolar Patrice Jacques Marie Francois Ract-Madoux, el cual en 1970, siendo estudiante graduado en la Universidad de Stanford, California, me proporcionó los presentes datos acerca de sus antecesores franceses; y a quien yo llamaba en mis cartas “estimado y lejano sobrino nieto”, y él me correspondía con un “muy estimado Señor y remoto tío abuelo”.

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b) Manuel José Julián García Mansilla, nacido en Bs. As. el 17-II-1859 y fall. aquí el 18-VIII-1910. Ingresó en la Marina de Guerra en 1875 y concluyó sus estudios en la Escuela Naval de Brest, en Francia. Embarcado en distintos navíos de la escuadra francesa, en cierta travesía de práctica por el Mar Rojo, salvó la vida a un marinero caído al agua, cuya hazaña le valió ser condecorado con la Legión de Honor. Aquí, en la Argentina, recorrió brillantemente todos los grados del escalafón, hasta alcanzar el de Contralmirante. En 1884, a raíz de ciertas apreciaciones respecto de la armada, fué provocado y tuvo un duelo con el entonces Mayor Carlos Sarmiento — quien una década más adelante mataría en otro lance de honor a Lucio V. López —, resultando Sarmiento con varias heridas, y nuestro marino ileso. En 1893 estallada la revolución radical en Rosario, que dirijía Leandro Alem, intervino García Mansilla a favor del gobierno nacional, y como comandante del cazatorpedero “Espora” libró combate contra el monitor acorazado “Los Andes”, rindiendo a los tripulantes rebeldes de esta nave, después de un cañoneo de una hora en que, el “Andes”, recibió un proyectil de grueso calibre en el compartimento de máquinas. A continuación, el Teniente de Navío García Mansilla tomó los centros vitales de Rosario, al frente de 50 hombres y alguna artillería que desembarcó, para entregar luego la ciudad a las tropas leales del General Bosch, venidas desde Tucumán a sofocar la revuelta. Manuel José García Mansilla habíase casado en Bs. As. el 11-IV-1887, con Angélica Jovita García

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Cortina, baut. el 26-XII-1869 y fall. el 2-VII-1931; hija ella de Juan Agustín García Seoane, Ministro de Hacienda de la Nación, y de Jovita Gregoria Cortina y de Diego. Estos fueron los hijos del matrimonio García Mansilla-García Cortina: b1) Manuel Rafael García Mansilla y García, baut. el 30-XI-1887 y fall. el 8-IV-1936; Historiador y Genealogista, Diputado Provincial de Corrientes por el partido Liberal. Casó el 5-X-1912 con Josefina Matilde Mantilla Pampín n. Bs. As. el 9IV-1888 (hija de Manuel Florencio Mantilla Benítez de Arriola, historiador correntino, Ministro en su provincia natal y Senador Nacional, y de Rosalía Pampín y Lagraña). Con sucesión. b2) Angélica Jovita García Mansilla y García n. 24II-1889. Falleció soltera. b3) Agustina Julia García Mansilla y García, n. 3-III1891 . Casó con Juan Ramón Mantilla Pampín. Con sucesión. b4) Juan Andrés García Mansilla y García, n. 9-VI1892, Arquitecto. Casó el 6-VI-1919 con Amalia Stegmann Anasagasti (hija de Narciso Stegmann Monhaupt y de Amalia de Anasagasti Ferrán). Con sucesión. 5 b ) Jovita Julia García Mansilla y García, n. 10-XII1894. Casó el 10-IV-1919 con Federico Bemberg Elortondo, n. Bs. As. el 3-V111-1885, renombrado banquero (hijo de Otto Sebastián Bemberg Ocampo y de Josefina Leona Elortondo Armstrong) . Con sucesión. b6) María Rosa Lucila García Mansilla y García, n. 30-IX-1896; soltera. b7) Elvira García Mansilla y García, n. 27-IV-1899; soltera.

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b8) María Teresa García Mansilla y García, n. 16VI-1906; soltera. c) Rafael García Mansilla, baut. el 19-1-1865. Capitán de Corbeta de la Armada Argentina. Falleció trágicamente el 18-IV-1894 en Washington, donde cumplía funciones de agregado naval, al desbocarse los caballos del coche en que viajaba. Era soltero y no dejó descendencia. d) Daniel García Mansilla, nació en París el 12-X-1866. Diplomático de larga carrera, Embajador Argentino en el Vaticano y en Madrid; escribió versos en francés y unas memorias, salpicadas de anécdotas, que tituló Visto, oído y recordado, editadas en Bs. As. en 1950. Habíase casado el 21-I-1905 con Adela Rodríguez Larreta y Maza (hija de Carlos Rodríguez Larreta y de Adela Agustina Maza y Oribe). Al morir su mujer y no dejar hijos, don Daniel, gentilhombre cortesano a la antigua y ferviente católico, abandonó la vida mundana y por favor especial del Papa fué ordenado sacerdote, el 26-IV-1953. Y el 23-VI-1957, cuando le faltaban cuatro meses para cumplir 91 años, su espíritu bondadoso y fino, lleno de confianza en la misericordia de Dios, se enfrentó con el misterio de la muerte. e) Eduardo García Mansilla, baut. en Washington el 7-I1871. Diplomático, Secretario y Consejero de la Legación Argentina en la Rusia imperial de los zares. Músico de nota, fué discípulo de Massenet, Saint Saens y Rimsiky Korsakov. Compuso las óperas Iván y La angelical Manuelita — inspiradas,

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aquella en una leyenda rusa y esta en otra argentina sobre su tia Manuelita Rosas. Fué autor, además, de una serie de fugas, himnos, marchas y tocatas de carácter religioso y profano. Se casó en San Petesburgo con Natalia Ivanova de Ossipow (hija de Iván Petrovich, Barón de Ossipow, Jefe de Policía del Imperio Ruso, y de su mujer Natalia Nicolanova). Falleció Eduardo en París, el 7-V-1930. Estos fueron sus hijos: el) Daniela García Mansilla Ossipow, n. Berlín el 30-IX-1898. Se casó en Roma, el 5-X-1922, con Mario Pallavicini, de los Marqueses Pallavicini, una de las más rancias familias feudales italianas. Con sucesión. e2) Rafael García Mansilla Ossipow, n. Roma el 1OII-1905 y fall. en Bs. As. en 1975 . Casó con Magdalena Bosch Marín baut. el 23-IV-1903 (hija de Samuel Fortunato Guillermo Bosch Peña y de Mercedes Jorgelina Carmen Marín y Porcel de Peralta Arriola). Con sucesión. f) Carlos García Mansilla, baut. en Bs. As. el 25-VIII1875. Cónsul Argentino en Bayona. Casó en Paris, el 27-IV-1904, con María Rey Roize, hija del Barón de Rey Roize, que era viuda del Marqués Luigi Paulucci di Cálboli, de la antigua nobleza de Ravena, Italia. No tuvo posteridad. 5) José Agustín — “Xabier” — de Aguirre y Lajarrota vió la luz del mundo en Buenos Aires, y aquí fué cristianado solemnemente en la Catedral, el 10-III-1784, por su tío bisabuelo el Arcediano Miguel José de Riglos, quien le adicionó el nombre de “Xabier”, por haber venido el neófito al mundo durante la “Novena de la Gracia”, que se celebra desde el 4 al 12 de Marzo, aniversario de la canonización de San Francisco Javier. Fueron padrinos del párvulo el caballero navarro José de Echenique y Micheo y la señora

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María Josefa de la Quintana y Riglos, tío segundo paterno y abuela materna del recién nacido. El año 1797 — a los 13 de su edad — “José Aguirre”, junto con su hermano Manuel Hermenegildo, ingresó en el curso de Gramática del Real Colegio de San Carlos, pero aquel dejó de seguir estudios regulares, puesto que en seguida se embarcó para “los Reinos de España”, llevando consigo un testimonio de la Información de legitimidad y limpieza de sangre sustanciada — cual dimos cuenta anteriormente — en el Juzgado del Alcalde porteño Antonio García López, con declaración de calificados testigos ante el Escribano García Echaburu, ello por si el interesado “tomase carrera” en la metrópoli. Seis años más tarde, sin embargo, “José de Aguirre” hallábase en Buenos Aires, y, junto con otros aspirantes, resultó admitido para rendir examen de ingreso como profesor del Colegio carolino; prueba que se llevó a cabo el 22-XI-1803, a las 9 de la mañana, en la Sala del Cabildo, con asistencia del Alcalde de 1º voto Francisco de Mata Bustamante y del Síndico Procurador; actuando de examinadores el Maestro Gregorio Francisco Xavier Argerich, el Escribano Justo José Núñez y José Nadal y Campos. Las invasiones inglesas de 1806 y 1807 tuvieron la virtud de sacudir el ánimo de los jóvenes porteños; y con la emulación heroica de las hazañas y riesgos compartidos en los combates, se despertó en ellos esa solidaridad de armas que, más allá de la disciplina, da cohesión moral a las unidades militarizadas. Frutos de una entusiasta movilización popular, tales cuerpos marciales, llevados por las circunstancias a influir decisivamente en los destinos del Virreinato, convirtiéronse, a partir de la Reconquista, en verdaderas agrupaciones de acción política, intérpretes, a su modo, de las distintas opiniones en que se dividió entonces la clase dirigente local. Así, dentro de ese proceso belicoso y cívico a la vez, José Agustín de Aguirre se inicia en la vida pública ciudadana con el grado de Capitán del 1º

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batallón de Patricios, cuyos despachos otorgó el Virrey Sobremonte, el 8-X-1806, en mérito a ser, el referido oficial, “persona de conocido valor, conducta y aplicación”. En consecuencia, el 29-I-1807, va nuestro Capitán al auxilio de Montevideo, en la expedición que comanda Liniers; con Saavedra a la cabeza de 600 Patricios, amén de pequeños destacamentos de otros cuerpos y un escuadrón completo de Húsares. Y en los días inolvidables de la Defensa de Buenos Aires (del 2 al 7 de julio), el Capitán Aguirre defiende a balazos, palmo a palmo, las calles que circundan su cuartel; especialmente el día 5, en que apostado con sus hombres en una de las azoteas inmediatas al convento de Santo Domingo, sostuvo un nutrido fuego que logró rendir a los ingleses. A órdenes del Capitán Aguirre pelearon en dicha acción los Tenientes Mariano García Echaburu y Vicente López y Planes: Escribano aquél y éste Poeta. Alcanzada la victoria total sobre los invasores, en lo que al cuerpo de Patricios tocaba, su Comandante Saavedra se define como conductor político de aquella unidad armada. Por eso, tres años más adelante, en el Cabildo abierto del 22-V-1810, don José Agustín hizo suya la opinión de su jefe al decir: “que en todo se conforma con el dictamen del Señor Don Cornelio Saavedra, y que tenga voto general en los asuntos el Señor Síndico Procurador”. El 25 de Mayo siguiente, nuestro Capitán estampa su firma en la 2a foja vuelta del cuadernillo con la famosa nota revolucionaria en que “vecinos, comandantes y oficiales de los cuerpos voluntarios” pedían al Cabildo el nombramiento de la Junta patriota encabezada por Saavedra. Y poco más tarde, José Agustín y su hermano Manuel Hermenegildo pusieron sus personas a disposición de dicha Junta, y donaron 200 pesos fuertes para costear la expedición militar a las provincias interiores.

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Dos años antes de estos acontecimientos revolucionarios, el 8-III-1808, había otorgado José Agustín de Aguirre, en el registro del Escribano Mariano García Echaburu, “todo su poder a Manuel de Aguirre — su hermano — residente en la ciudad de San Sebastián, dominios de España”, para que en su nombre “resiva el Palacio Mayorazgo que su Padre Abuelo Dn. Casimiro Aguirre (sic) le dejó, titulado Juanenea, en el lugar de Donamaría y su barrio de Arze, llamado a su goze, como hijo primo génito de su padre Dn. Agustín Casimiro de Aguirre, tome posesión de él pasiva, y cobre sus rentas, y finalmente intervenga en todo lo demás que fuese concerniente a la posesión, tenencia de dichos vienes y posesión de sus rentas y absoluto manejo y administración de ellas, con arreglo a las dichas sus instrucciones” etc., etc.. Mi tatarabuelo Manuel Hermenegildo de Aguirre, debió realizar su viaje a España después de 1807, ya expedita la salida al mar de enemigos británicos, y regresó a su patria a fines de 1809 o principios de 1810. A raíz de los sucesos provocados por Liniers en Córdoba, el gobierno de Buenos Aires, con fecha 6-VIII-1810, creó una milicia cívica revolucionaria, cuyo decreto fundador decía: “No pudiendo mirar esta Junta con indiferencia los repetidos ofrecimientos de muchos jóvenes que pretenden con entusiasmo hacer un servicio de armas que sea compatible con sus profesiones y destinos, ha resuelto formar dos compañías patrióticas de cien hombres cada una, de los que voluntariamente quieran alistarse, las cuales auxilien las tropas de la guarnición en rondas y demás actos concernientes a la pública tranquilidad. La Junta ha nombrado capitanes de dichas compañías a don José Aguirre, de la primera, y a don Pedro Lobos, de la segunda, los cuales nombrarán dos tenientes y dos alféreces para su arreglo; y ambas compañías harán sus servicios bajo las órdenes del señor vocal don Manuel Belgrano”.

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Empero, Aguirre no capitanearía a esa legión de muchachos armados que, para mantener “la pública tranquilidad”, organizó el “nuevo sistema”. Doce días más tarde, el 18 de agosto, la Junta, a instancias sin duda de Saavedra, lo designó, junto al comerciante inglés Tomás Crompton, representante suyo en Londres, a fin de conseguir allí pertrechos de guerra “para sostener la justa causa en que se hallan empeñadas estas Provincias por los derechos del Señor Fernando 7º”. Esa misión de Aguirre y de Crompton a la Gran Bretaña (algunos de cuyos documentos publicó en 1937, bajo el título de Misiones Diplomáticas, el Director del Archivo General de la Nación Héctor C. Quesada) no ha sido estudiada por nuestros historiadores. Adelanto aquí que dichos comisionados bonaerenses, el 23-XI-1810, le comunicaban desde Londres a la Junta, haber llegado a la capital inglesa y presentado sus credenciales al Ministro de Relaciones Exteriores Marqués de Wellesley, a quien “le informamos individualmente de las generales ocurrencias que dieron margen a la innovación de gobierno y establecimiento de esa muy respetable Junta, bajo el nombre del Señor Don Fernando 7º”. “El Señor Ministro — agregaban Aguirre y Crompton — nos manifestó que la Nación Británica contribuiría en todo a la seguridad de esos dominios, y que era un deber de esos habitantes consultar la seguridad del país al Señor Don Fernando 7º”. “En orden a la continuación del comercio libre con esos paises, el Sr. Ministro ha mirado con satisfacción las disposiciones de V.E. (la Junta), manifestándonos su disgusto a la oposición del gobierno de España”. “Por último nos ha prometido a que se realice nuestra solicitud ... procurando siempre la conservación de esos dominios al Sr. Dn. Fernando 7º, y reconocer al gobierno legitimamente constituido, sin dejar de sostener el derecho de esos Pueblos como parte integrante de la Metrópoli”.

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Bastante ambiguas, según se ven, las declaraciones de Wellesley con respecto a la actitud de Inglaterra en el pleito hispanoamericano; aunque el referido Marques les prometiera, a su compatriota Crompton y al criollo Aguirre, considerar la situación de las Provincias del Rio de la Plata en una entrevista posterior. No sabemos si los enviados rioplatenses conferenciaron, otra vez, con el titular del “Foreign Office”. Pero lo cierto es que José Agustín de Aguirre zarpó de Portsmouth con destino a Buenos Aires, el 15-I-1812, en la fragata “George Canning”. Con él viajaban algunos oficiales que venían a ofrecer sus servicios a la Patria; y, entre ellos, un Teniente Coronel llamado José de San Martín. Tan poco conocido, tan poca relevancia tenia entonces el futuro Capitán de los Andes, que Manuel Moreno, nuestro representante en Londres, le escribía a Tomás Guido — el cual más tarde seria confidente entrañable de San Martín — este párrafo a propósito del viaje en cuestión: “Mi querido Guido ... Después de tu salida he escrito a Buenos Aires por varias ocasiones, y actualmente lo hago por el George Canning, en que se dirigen los amigos Larrea, Aguirre, Zapiola, Alvear, Vera, Chilavert y otros cuantos oficiales escapados de Cádiz. En el mismo barco, el cual saldrá dentro de seis días, van dos familias inglesas y una española — la de Alvear — a establecerse en nuestro país”. Ninguna otra referencia sobre el pasaje del velero británico, y la personalidad más vigorosa de la inmediata historia argentina, ignorada entre unos “cuantos oficiales escapados de Cádiz”! El 9-III-1812 la fragata “Canning” fondeaba en la rada de Buenos Aires y, veintidós días más tarde, José Agustín de Aguirre votó a favor del presbítero Luis de Chorroarín y del poeta Vicente López y Planes — el antiguo Teniente de su compañía de Patricios — para electores de los miembros de la Asamblea recordada como “del año 12”. Después, el hombre no tarda en desempeñar las funciones de “consiliario” en el Tribunal del Consulado, cuyo organismo, el

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6 de junio, lo designa “regulador de la Contribución directa”, en compañía de Ambrosio Lezica. Por lo demás el 12 de ese mismo junio figura su nombre en La Gaceta como donante de una onza de oro con destino al costeo de la guerra; y asimismo, el 18 de septiembre siguiente, contribuye con 16 pesos fuertes destinados a la compra de caballos para el ejército. A consecuencia de la revolución del 8 de Octubre contra el Primer Triunvirato, que encabezaron San Martín y Alvear, sus compañeros de viaje, José Agustín, el primer día de 1813, resultó electo Regidor del Cabildo, para todo ese año, junto con los Alcaldes de 1º y 2º voto, Joaquín Belgrano y Agustín Wright, los Regidores Manuel de Lezica, Rafael Pereira Lucena, Salvador Cornet, Fermín de Tocornal, Mariano Conde, Pedro de Lezica, José Ignacio de la Rosa, Juan José de Sarratea — que sería reemplazado por Juan de Bernabé y Madero — Luis María Posadas y el Síndico Procurador Felipe Arana. Al recibirse de capitular — el 4 de enero — Aguirre “antes de prestar el juramento expuso que en la actualidad ejercía el cargo de primer Consiliario de la Junta de Govierno del Consulado, lo qual desde luego le parecía impedimento para admitir y entrar a ejercer el de Regidor; y haviéndosele hecho presente que no era un impedimento, y que podía jurar y tomar posesión vajo protexta, lo verificó en estos términos”. Dieciocho dias más adelante, luego de haberse elegido diputados por la ciudad para la próxima Asamblea — que lo fueron José Valentín Gómez, José Julián Pérez, Vicente López y Planes e Hipólito Vieytes —, el Ayuntamiento dió una comida, preparada y puesta en la mesa por el “fondero” Juan Apatic — francés, a no dudarlo —, encargándose de proporcionar las botellas de vino el Regidor Aguirre, al precio de 29 pesos y 4 reales; cuyo importe le fué restituido, después, por la entidad anfitriona. El 16 de marzo recibióse en el Cabildo un decreto del “Supremo Poder Ejecutivo en que aprueva el obsequio de-

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terminado de bastón y pistolas para el Señor General Don Manuel Belgrano”, que la corporación municipal dispuso regalar al vencedor de Salta. A tal efecto se les encargó a los Regidores José Agustín de Aguirre y Juan de Bernabé y Madero “no pierdan momentos en preparar el Obsequio”. Y el lº de junio siguiente, don José Agustín fué nombrado Conjuez del Tribunal de Concordia, organismo que trataba de llegar siempre a un avenimiento que evitase el litigio judicial entre las partes en pugna. El 3-IV-1814, el Cabildo y una junta designada a ese efecto, propusieron el nombre de José Agustín de Aguirre, con los de otros calificados vecinos, para elegir entre ellos la diputación porteña a la Asamblea general. A ese fin, quienes formaban dicho colegio electoral, metieron dentro de un saco unos papelitos que individualizaban a los escogidos, y procedieron a su respectivo sorteo consagratorio. Pero la suerte ya no estaba de parte de nuestro candidato, cuyo destino terrenal quedó tronchado para siempre dos meses más tarde. El tomo XI de Difuntos Españoles de la Catedral al Norte contiene un acta que dice literalmente: “En veinte y uno de Julio de mil ocho catorce murió D. José Aguirre, de estado soltero, hijo legítimo del finado Dn. Casimiro Aguirre y Da. Josefa Lajarrota, sepultóse en el cementerio, habiendo recibido los sacramentos, y por verdad lo firmo. Dr. Grego Alvarez”. Era, el fallecido, un muchacho todavía con sus 30 años en flor. 6) Manuel Jose Hermenegildo de Aguirre y Lajarrota, que sigue en X. 7) Angel Lucio de Aguirre y Lajarrota, bautizado el 10-III1788, que murió en la niñez. X — MANUEL JOSE HERMENEGILDO DE AGUIRRE Y LAJARROTA nació a la noche, el 12-IV-1786, en Buenos Aires, en la casa paterna que hacía esquina a la Plaza Mayor, con frente a la entonces calle llamada “Santísima Trinidad” —

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hoy Bolívar —, siendo cristianado al cumplir un día en la Catedral, como consta en la partida que corre al folio 96 del Libro 16 de Bautismos, archivado ahora en la Iglesia de La Merced, que transcribo a renglón seguido: “En trece de Abril de mil setecientos ochenta y seis años, el Señor Miguel de Riglos dignidad de Arcediano de esta Santa Iglesia Catedral (tío bisabuelo del párvulo), bautizó, puso óleo y crisma, á Manuel Jose Hermenegildo, que nació el día doce a la noche, hijo legítimo de Don Agustín Casimiro Aguirre y de doña María Josefa Lajarrota; sus abuelos paternos Don Francisco Casimiro de Aguirre y Doña María Micaela Micheo; abuelos maternos Don Domingo Alonso de la Jarrota y Doña María Josefa de la Quintana; fueron padrinos Don Juan Felipe de Elizalde y doña María Josefa de la Quintana, de que doy fé: Vicente Arroyo”. El Colegio carolino A los cuatro años de edad, Manuel Hermenegildo quedó huérfano de padre, y había cumplido los once años cuando ingresó como alumno pupilo en el Real Colegio de San Carlos. Por inspiración y empeños del Virrey Juan José de Vertiz — pariente de los Aguirre, cual es sabido —, sobre la base del convictorio de los jesuitas proscriptos — comúnmente llamado colegio grande de San Ignacio, anexo su edificio a la Iglesia de este nombre —, habíase fundado, catorce años atrás, el 3-XI-1783, el Real Colegio de San Carlos, “para eternizar la

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memoria del Señor Don Carlos Tercero que, desde el solio de España, por bondad del cielo nos rige”. La dirección de ese centro educador fué puesta a cargo del clero secular de Buenos Aires, pero bajo la superintendencia directa de los Virreyes del Rio de la Plata. En sus aulas se enseñaba gramática latina, filosofía y teología, y su reglamento interno impuso a los colegiales una rígida disciplina, casi monacal. Al ingresar en 1797 al Colegio el jovencito Aguirre, quedó incorporado al curso de Gramática dictado por el clérigo Pedro Fernández. Ejercía entonces el gobierno de la Casa, el presbítero Luis José de Chorroarín. Ante este Rector y el Vice, padre Cirilo Estanislao Garay, ante el cuerpo de profesores y el conjunto de alumnos, reunidos todos en la Capilla del establecimiento, el flamante pupilo trocó su indumentaria mundana por la “opa” (hopalanda, loba o ropón talar de paño negro) y el gabán (de paño “musgo”, que “encubría cualquier mancha”). Así vestido el novicio de riguroso luto, tercióse al pecho la “beca encarnada” (banda distintiva del Colegio), se puso “del lado del corazón” un escudo de plata con las armas reales y, tocado con bonete de picos, prestó de rodillas este juramento indispensable: “Yo Manuel Hermenegildo de Aguirre, natural de Buenos Aires, hijo legítimo de don Agustín Casimiro de Aguirre y de doña María Josefa de Lajarrota, juro por Dios nuestro señor y la gloriosísima Virgen Maria, y por los bienaventurados San Pedro y San Pablo, y por el glorioso San Carlos Borromeo, Patrón de este Colegio, que desde esta hora en adelante, seré obediente fiel al Rey nuestro señor, y a su Virrey de estas Provincias, así Dios me ayude y estos Santos Evangelios. También prometo obedecer al Sr. Rector y Vice-Rector que presentes son y en adelante fueren, en todas las cosas del mayor servicio de Dios y de su Iglesia, y del mayor culto y veneración de su divina Magestad, según lo ordenan las Constituciones, las cuales guardaré inviolablemente. Y con todas mis fuerzas defenderé el misterio de la Inmaculada Concepción de María Santísima, y procurare la honra, libertad y preminencia de este Real Con-

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victorio, mientras viviere en cualquier estado o dignidad en que me vea constituido, y lo ampararé siempre. Así mismo prometo manifestar y decir siempre, con toda fuerza, al señor Rector y Vice-Rector, cuanto parezca convenir al buen gobierno o a que se corrijan las graves transgresiones de los díscolos”. No está demás añadir que, tal como en los Colegios Mayores de España, el haber cursado en nuestro Real Colegio carolino, otorgaba a los alumnos patente de hidalguía, ya que fué requisito necesario para la admisión, presentar testimonios fehacientes de ser “christianos viejos y limpios de toda mácula y raza de moros y judíos y recién convertidos a nuestra Santa Fé Católica, y que no tienen su origen de penitenciados por el Santo Oficio, ni hayan ellos o sus padres tenido oficios infames”. Como es notorio, de aquellos claustros salieron muchos de los personajes descollantes a quienes consagra próceres la Historia Argentina: Cornelio Saavedra, Mariano Moreno, Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Manuel Alberti, Juan José Passo, Vicente López y Planes, Feliciano Chiclana, Hipólito Vieytes, Francisco de Paula Castañeda, Juan Martín de Pueyrredón, Manuel Dorrego, Tomás Guido, Felipe Arana, Esteban de Luca, y tantos y tantos otros, más estos antepasados míos: Juan José de Anchorena, Mariano de Zavaleta y Patricio Lynch. Al cabo de tres años (1797 a 1799) matriculóse Manuel Hermenegildo de “gramático”. De 1801 a 1803, se graduó en Filosofía, materia que enseñaba el clérigo Gregorio Gómez; y, durante el año 1804, nuestro muchacho recibió lecciones de Teología, dadas por el octogenario sacerdote Matias Camacho y por el Dr. Mariano Medrano, futuro Obispo de Buenos Aires. En estas o en aquellas disciplinas Aguirre tuvo como condiscípulos a Tomás Manuel y Nicolás de Anchorena, a Bernardino y Santiago Rivadavia, a Manuel José García, a Luis Dorrego, a Juan Ramón Rojas, a Buenaventura Arzac, a Francisco Narciso Laprida, a Miguel Estanislao Soler, a

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Matías Patrón, a Pedro León Banegas, a Francisco Planes, entre los de mayor renombre. Emancipación y viaje a España Hacia el mes de junio de 1807, Manuel Hermenegildo le facilitó al Ayuntamiento local, en calidad de préstamo, la suma de 6.500 pesos fuertes, pertenecientes a la herencia paterna; herencia que el mozo recibiera, previa venia de edad, obtenida legalmente para una emancipación voluntaria, de acuerdo al viejo derecho español. Y a fines del mismo año — ya derrotados los ingleses de la segunda invasión — el joven Aguirre viajó a España, y poco después se hallaba en San Sebastián, según consta en el poder que su hermano José Agustín otorgó en Buenos Aires, el 8-III-1808, mediante el cual éste lo facultaba para que tomara posesión del Palacio Mayorazgo de Juanenea, sito en el barrio de Arce de Donamaría, que al poderdante le dejó, por testamento sujeto a ciertas condiciones, su abuelo Francisco Casimiro de Aguirre. Era tradición repetida en la familia — la oí de labios de mi tío Julián, quien de igual manera la recogió de su padre —, que Manuel Hermenegildo estuvo en aquella época por incorporarse a los Guardias de Corps, el escogido regimiento de origen francés organizado en España en 1706 durante el reinado de Felipe V. Constaba dicha unidad militar de tres compañías: dos nominalmente formadas por hidalgos de sangre valona e italiana, y la otra donde se confundían peninsulares y americanos nobles. En las postrimerías del siglo XVIII y principios del XIX, la tropa de Guardias de Corps alcanzaba a cerca de 1.000 plazas. Los soldados de tan selecta escolta de Casa Real, tenían categoría de oficiales, los cadetes rango de capitanes, los ayudantes, de tenientes coroneles, los simples tenientes equivalían a generales, y eran los capitanes de dicha fuerza nada menos que Grandes de España, al par que Capitanes Generales del Ejército.

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Empero, lo cierto fué que mi tatarabuelo Aguirre no portaría nunca espada ni lució — como el caraqueño Manuel Mallo y el salteño José Moldes — el vistoso uniforme de los Guardias de Corps, bajo cuyo atavío habíase encumbrado, hasta el supremo poder de España, un modesto hidalgüelo extremeño: Manuel Godoy, amante de la Reina convertido en Primer Ministro y Príncipe de la Paz. Así, pues, al finalizar el año 1809 o quizás a comienzos de 1810, Manuel Hermenegildo estaba de retorno en Buenos Aires. Aquí, de llegada nomás, se vinculó a alguno de los activos grupos secretos precursores del movimiento revolucionario de Mayo, y a la oficialidad del cuerpo de Patricios, del cual su hermano José Agustín era Capitán. Conspiraciones y conspiradores Tomás Guido en su Reseña acerca del histórico acontecimiento emancipador argentino señala, como verdaderos impulsores del mismo, a una pequeña minoría de patriotas y a la fuerza militar de los batallones criollos, cuyo factor principal y decisivo resultó la unidad armada que tenía por Comandante a Cornelio Saavedra. En sus recuerdos lejanos, escritos en 1855, Guido destaca la preponderancia que adquirió el regimiento porteño de Patricios sobre los tercios españoles, después de haber sofocado el motín del 1º de enero de 1809 dirigido por el Alcalde Alzaga para deponer al Virrey Liniers, y que “ello reveló al pueblo de Buenos Aires la existencia de un poder que hasta entonces no había tenido ocasión de ensayar, y la autoridad del Virrey vino a quedar bajo la única salvaguardia de los batallones nacionales. Resuelto así un problema que pendiera de este hecho — sigue Guido —, empezaron a trabajar más desahogadamente, aunque en reuniones secretas, los pocos ciudadanos preocupados de la idea grandiosa de la emancipación de la patria. La casa del señor Vieytes en la calle de Venezuela, y la de don Nicolás Rodríguez Peña en la calle de la Piedad, tras la Iglesia de San Miguel, servían frecuentemente de punto de reunión a los iniciados en el pensamiento de formar un gobierno independiente

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de la antigua metrópoli. Se inventaban excursiones al campo y partidas de caza para disfrazar el verdadero intento de este figurado pasatiempo”. El historiador Martín V. Lascano — masón indubitable y patriota sincero, a quien conocí en sus últimos años — afirma, con verdad en su obra Las Sociedades Secretas Políticas y Masónicas de Buenos Aires, que “fué foco incubador de la independencia”, el trabajo subterráneo y político de pequeñas minorías idealistas provenientes de “capas elevadas”, y no “de anónimas muchedumbres de sentimientos rudimentarios”. Sostiene Lascano, convencido, que el núcleo revolucionario precursor se aglutinó en la misteriosa logia “Independencia”, de neto corte masónico, practicante del Rito Azul de origen francés; pero, en términos más claros, admite más adelante que (sic) “la revolución de Mayo fué una revolución religiosa”. “Hemos visto — puntualiza el venerable don Martín — a los hombres de Mayo, masones y no masones, para la realización de su grandiosa obra, apoyarse en la religión, por ser, entonces, ésta, la columna más fuerte social y politicamente”. Y con respecto a la presunta hermandad secreta llamada de la “Independencia”, Lascano estampa nombres de posibles integrantes de la misma, entre ellos el de Manuel Aguirre, junto a los de Feliciano Antonio Chiclana, Matías y Manuel de Irigoyen, Antonio Luis Beruti, Ignacio Iñarra, Juan Madera, Fray Manuel Torre, José Darregueira, Florencio Terrada, Martín Thompson, Ramón Vieytes, Juan Ramón Balcarce, Martín Rodríguez; además de los componentes de aquella supuesta “Sociedad de los Siete” que — según Lascano — surgió del conciliábulo de la logia “Independencia”, como comisión ejecutiva de este “taller”, con amplias facultades de acción revolucionaria, y formada por Manuel Belgrano, Nicolás Rodríguez Peña, Agustín Donado, Juan José Passo, Hipólito Vieytes, Juan José Castelli y el cura Manuel Alberti. “La Sociedad de los Siete es una fábula destituida de todo arraigo”, enfatiza el investigador Juan Canter, especial-

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ista en la materia; y creemos que le asiste razón, pues ninguna Memoria, Autobiografía ni documento de aquel tiempo registra al septeto conspirador de marras; aunque el General Enrique Martínez, en sus Observaciones a las Noticias Históricas de Ignacio Núñez, recuerde, al pasar, que “desde una época remota existía en Buenos Aires la sociedad masónica (que no nombra) y Peña y Vieytes pertenecían a ella, y fué la que les sirvió para reunir a sus amigos”. Cabe advertir, que de haber funcionado aquí la aludida logia dentro de las clásicas formalidades masónicas, su estructura tendría la férrea organización jerarquizada que caracteriza a tales sectas: con un Gran Maestre o Jefe supremo, coordinador de la acción política del bloque de cofrades. En consecuencia, de militar en la masonería — cual pretenden algunos historiadores — los patriotas, cuyos nombres se dieron más arriba, hubieran uniformado su votación en el Cabildo abierto del 22-V-1810, en vez de dispersar sus sufragios, sin concierto previo, en pos de opiniones de éste o de aquel personaje, o en forma individual — como lo hizo mi tatarabuelo Aguirre —; lo que patentiza la ausencia, detrás de ellos, de un alto jerarca rector. Y mucho menos podríamos admitir que a esos congresales se les hubiese jabonado el cerebro en lo de Vieytes, a fin de inculcarles el sistema moral y las alegorías rituales de una institución cosmopolita, que, al preconizar el culto abstracto de la Humanidad, desvanece la idea concreta de Patria — sin perjuicio de la explicable influencia que sobre muchos próceres pudieron ejercer algunas cogitaciones filosóficas, relativamente heterodoxas, de Montesquieu, de Rousseau y de Raynal, los trabajos económicos de Campomanes y Jovellanos, la crítica social de Cadalso y del regalismo afrancesado de Macanáz: sea ahora nombrado este apellido libre de todo argentinismo malicioso. Pero dejando tendencias de lado, lo cierto fué que los patriotas de la primera hora — “nuestros gigantes padres” — no se atrevieron a consumar la revolución en aquella asamblea del 22 de Mayo: “Tenían miedo — dice don Vicente F. López

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concluyente —, temblaban, no por cobardía delante del peligro, sino por la inmensa responsabilidad que asumían si se echaban a derrumbar con un empuje repentino la armazón venerable de tres siglos, bajo cuya sombra habían nacido, que los había cobijado hasta entonces, y que poco antes habían defendido con las armas. No estaban seguros del estado general de la opinión en las provincias, ni contaban con su cooperación para emprender una lucha a muerte entre la Rebelión y la Legitimidad”. Cabildo abierto y Revolución de Mayo Ese 22 de Mayo tuvieron los revolucionarios todo a mano para dar el golpe decisivo al régimen virreinal: mayoría en el Cabildo abierto; tropas en su apoyo que se salían de la vaina en los cuarteles; copada la Plaza Mayor por 600 “chisperos” armados, gente de acción movida por French y Beruti; y vacilaron sin embargo. Enrique J. Quintana, en un muy interesante estudio vindicatorio del Síndico Procurador Julián de Leyva — inédito supongo, pues lo encontré escrito a máquina entre los papeles de mi padre —, hace certeras reflexiones cuando analiza la actuación de los próceres “mayos” en aquel Cabildo abierto memorable, al que concurrieron “sin ponerse previamente de acuerdo en lo que iban a resolver, y lo que es más asombroso, sin llevar en sus cabezas, no ya un plan premeditado, sino — y esto es muy grave —, ni siquiera una idea política o de gobierno definida. Si se piensa que los componentes de esa sociedad (alude Quintana a la ilusoria de los 7) venían imaginando su proyecto desde el año 1808, y que habían comprometido a su favor el apoyo de los cuerpos militares y de la masa toda de la población americana (?), hay que concluir reconociendo que los dirigentes del movimiento se comportaron como unos ineptos o como unos irresponsables ... La verdad, que se encuentra perfectamente documentada en el acta capitular del 22 de Mayo, es que los patriotas, en lugar de

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votar una fórmula única revolucionaria que tuviera candidatos propios e ideas definidas de gobierno, delegaron en el Ayuntamiento la tarea de reformar el gobierno, entregando en manos del Síndico una revolución en proyecto para que éste se las devolviera ya consumada, demostrando que no tenían el menor concepto de la grave responsabilidad que ante el pueblo habían asumido ... Esta es la verdad y la única explicación lógica del resultado de aquel célebre Cabildo abierto, y debe decirse de una vez por todas en obsequio de la verdad histórica, aunque nos duela reconocer la debilidad e ineptitud que demostraron en este primer ensayo revolucionario, los padres de nuestra libertad”. En la deliberación de referencia, el voto de mi antepasado figura escrito así en el acta capitular respectiva: “Por el Señor Don Hermenegildo Aguirre se dixo: que en concepto a haver caducado la Soberanía en la Suprema Junta Central, es su dictámen se subrrogue provicionalmente el Govierno general del Exelentísimo Señor Virrey al Exelentísimo Cavildo, previas las circunstancias de acompañar a éste Exelentísimo Ayuntamiento, en calidad de Consejeros, por lo que pertenece a lo político del govierno, el Doctor Don Julián de Leyva, el Doctor Don Juan José Castelli, el Doctor Don Juan José Passo y el Doctor Don Mariano Moreno; y en lo militar Don Cornelio Saavedra; todo esto provisionalmente, hasta la formación del nuevo Govierno”; o sea que mi tatarabuelo propuso, concretamente, substituir a Cisneros por una Junta compuesta por el Cabildo y cinco Consejeros, los cuales — excluido Leyva — integraron, tres días más tarde, como núcleo ejecutivo, a la Primera Junta revolucionaria. Por su parte Cornelio Saavedra opinó “que deve subrrogarse el mando Superior que obtenía el Exelentísimo Señor Virrey en el Exelentísimo Cavildo de esta Capital, interin se forme la corporación o Junta que deve egercerlo; cuia formación deve ser en el modo que se estime por el Exelentísimo Cavildo, y no quede duda de que el Pueblo es el que confiere la autoridad o mando”. Y a ese parecer de Saavedra adhirieron

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totalmente, o con pequeñas variantes, los presuntos logistas Fray Manuel Torres, Juan José Castelli, Matías de Irigoyen, José Agustín Aguirre, Martín Thompson y Florencio Terrada. A su vez Martín Rodríguez, si bien dijo “que reproducía en todas sus partes” el voto de Saavedra, agregó “que el Señor Síndico tenga voto activo y decisivo en su caso”; y este sufragio tuvo apoyo, entre otros, de los hipotéticos masones José Darragueira y Francisco Passo. Asimismo Manuel Belgrano hizo suyo el criterio de Saavedra, con una adición muy parecida a la de Martín Rodríguez; y a Belgrano se plegaron Antonio Luis Beruti y Agustín Donado, supuestos logistas también. Feliciano Chiclana se inclinó por el voto de Pascual Ruiz Huidobro, con ligeras modificaciones, y le siguieron Juan Ramón Balcarce, Nicolás Rodríguez Peña e Hipólito Vieytes. El cura Alberti, con otros congresales, se sumó prácticamente a la fórmula propuesta por el presbítero Juan N. Solá, de que el gobierno debía subrogarse en el Cabildo provisionalmente, con voto del Síndico, hasta la elección de una Junta con diputados del interior. Como se vé, si bien, en conjunto, los revolucionarios llamados precursores coincidieron en separar al Virrey del mando, sus pronunciamientos en el Cabildo abierto se expresaron de distinta manera, votando mociones diversas, aunque todas le endosaban al Ayuntamiento la responsabilidad de nombrar una Junta de gobierno. ¿Qué pasó entonces? Inspirado en la pública opinión del clérigo Bernardo de la Colina — cuñado precisamente del Procurador Leyva —, el Ayuntamiento designó, el 23 de mayo, aquella Junta gubernativa presidida por Cisneros — el cual trocaba su titulo de Virrey por el de Presidente — asociado a los “quatro individuos” representativos que sugirió Colina: un eclesiástico, que fué el cura Juan Nepomuceno Solá; un militar, el comandante Cornelio Saavedra; un jurisconsulto, el doctor Juan José Castelli y un comerciante, José Santos Inchaurregui.

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Acto seguido — en tanto se comunicaba la novedad al público por un bando — el Cabildo pide la opinión de los Comandantes de las fuerzas militares urbanas, quienes contestaron “que aquel arbitrio era desde luego el único que podía adoptarse en las actuales circunstancias, como el más propio a conciliar los extremos que debían constituir nuestra seguridad y defensa; que no dudaban seria de la aceptación del pueblo”. Y el día 24, a la tarde, jura la Junta que encabeza el ex Virrey y se instala en el Fuerte sin oposición a la vista. Esa noche, sin embargo, se produce un tremendo alboroto en los cuarteles por no haber sido excluido Cisneros “del mando de las armas”. “Creció la agitación; los ciudadanos concurrían al cuartel de Patricios que era el punto de reunión y la tribuna de aquel tiempo, y se habían constituido en conferencia permanente junto con los oficiales del Cuerpo y otros militares, hasta horas avanzadas, discurriendo con ardorosa irritación sobre los medios de encaminar las cosas a un desenlace inmediato” — relata Manuel Moreno. Y entre los ciudadanos reunidos en el cuartel de Patricios se encontraba Manuel Hermenegildo de Aguirre. Un grupo de oficiales de esas milicias criollas acude al Fuerte a poner a Saavedra en antecedentes de la grave turbulencia cuartelera, que, por lo pronto, reclamaba que Cisneros dejase “el mando de las armas”. Castelli, entretanto, va a lo de Rodríguez Peña, y allí sus amigos lo enteran de dicha efervescencia castrense. Seguidamente, Saavedra y Castelli alléganse a Cisneros y le dan cuenta de la “agitación en que se halla alguna parte del pueblo” — “especie de conmoción y gritería”, cual la llamaría Posadas más tarde. Tras esto, el Presidente y los cuatro miembros de la Junta renuncian a sus cargos, y remiten las dimisiones al Cabildo. “En aquella noche — informaría al mes siguiente el depuesto Virrey a las autoridades de España —, al celebrarse la primera sesión o acto de gobierno, se me informó por algunos de los vocales, que alguna parte del pueblo no estaba satisfecha con que yo obtuviese el mando de las armas; que pedía mi absoluta separación, y que todavía

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permanecía en el peligro de conmoción, como que en el cuartel de Patricios gritaban descaradamente algunos oficiales y paisanos, y esto era lo que llamaban Pueblo...” Ante el inesperado aborto de la Junta que había concebido, el Ayuntamiento procura contener la insurrección amenazante. El día 25, a la mañana, convoca otra vez a los mandos militares para saber si aún era posible contar con ellos. Concurren a la cita los siguientes Jefes: el 2º del cuerpo de Patricios Esteban Romero; Pedro Andrés García, de “Montañeses”; Francisco Antonio Ortiz de Ocampo, de “Arribeños”; Juan Florencio Terrada, de “Granaderos de Fernando 7º”; Martín Rodríguez y Lucas Vivas, del 1º y 2º escuadrón de “Húsares”; Pedro Ramón Ruiz, de “Naturales”; Gerardo Esteve y Llac, de los “Artilleros de la Unión”; José Merelo, de “Andaluces”; Alejo Castex, de “Migueletes”; Antonio Luciano Ballester, de “Lavradores voluntarios de Caballeria”; Francisco Orduña, comandante del cuerpo de “Artillería”; Bernardo Lecoq, de “Ingenieros” y José Ignacio de la Quintana; de “Dragones”. Todos aquellos — menos estos tres últimos “que nada dijeron” — manifestaron “que el disgusto era general en el pueblo y en las tropas ... que no sólo no podían sostener el Gobierno establecido, pero ni aún sostenerse a si mismos”. El triunfo de los patriotas, a partir de ese momento, era inevitable. Carlos Ibarguren, en un estudio sobre Mariano Moreno, señaló con verdad: “El 25 de mayo el pueblo no apareció en parte alguna. Un grupo alborotador formado por jóvenes entusiastas, algunos religiosos, vecinos y comandantes y oficiales de los cuerpos militares fué el que tomó la voz del pueblo exigiendo por escrito a los cabildantes que reconocieran como gobierno a la Junta que proponían. La ausencia del pueblo está protocolizada en el acta del 25 de mayo, sobre todo en la pregunta del Sindico Procurador ¿dónde está el pueblo?”. “El número de facciosos es tan corto — informó el ex Virrey Cisneros en su memoria al Consejo de Regencia gadi-

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tano — que apenas alcanzará a trescientas personas con ocho o diez caudillos que llevan la dirección del proyecto, pero como hasta el día cuentan con las fuerzas de las armas que están por ellos, he aconsejado y persuadido, cuanto me ha sido posible, al vecindario a que no aventure un paso que por ahora no tendría más éxito que desgracias y desastres~. Y Carlos Ibarguren, en su estudio aludido, acota: “La minoría autora del movimiento se impuso con la cooperación de las milicias, mediante amenazas de violencia. La intimidación fué el procedimiento empleado desde el primer momento para hacer triunfar el nuevo sistema, en un medio displicente para la novedad, como era el de Buenos Aires”. Y en tren intimidatorio irrumpe en el Cabildo un bullicioso tropel subversivo en pos de Beruti, quien en la sala capitular — según infiere Mitre — “iluminado por una de esas inspiraciones súbitas que definen una situación, tomó la pluma y escribió varios nombres en un papel. Era la lista de la futura Junta revolucionaria, que fué aceptada por aclamación popular. Groussac destruye la fantasía con su habitual gracejo: “No es admisible en grado alguno — dice — que los organizadores de un movimiento, cuyo objetivo único era la creación de una Junta gubernativa, discutiesen durante toda una noche de invierno sin entrar a tratar el asunto que los reunía, dejando que una inspiración de lo alto iluminase al chispero Beruti!”. Consta, sí, que los cabildantes, tras discordar verbalmente con el “chispero” del revuelto enjambre, manifestaron “que para proceder con mejor acuerdo, representase el pueblo aquello mismo escrito, sin causar el alboroto escandaloso que se notaba”. Y fué así como, con la premura del caso, se redactó en el cuartel de Patricios la “petición del pueblo” requerida por el Cabildo, que firmaron los revolucionarios allegados ahí; la cual comenzaba de esta manera: “Exmo. Señor: Los vecinos, comandantes y oficiales de los Cuerpos Voluntarios de esta Capital de Buenos Aires que abajo firmamos, por nosotros y a nombre del pueblo, hacemos presente que

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hemos llegado a entender que la voluntad de éste ... quiere que V.E. proceda a manifestar, por medio de otro bando público, la nueva elección de vocales que hace de la Junta de Gobierno que ha de regir y gobernar, compuesta por los señores don Cornelio Saavedra, para Presidente de dicha Junta de Gobierno y Comandante de Armas; doctor don Juan José Castelli, doctor don Manuel Belgrano, don Miguel Azcuénaga, doctor don Manuel Alberti, don Domingo Matheu y don Juan Larrea; y para Secretarios al doctor don Juan José Paso y doctor don Mariano Moreno ... etc., etc.”. En el primer cuadernillo del referido documento, estampó su firma “Hermenegildo Aguirre” (sic), y, antes y después de la rúbrica suya, aparecen la de su hermano José Agustín — Capitán en dicho regimiento —, y las de sus compañeros conspiradores Nicolás Rodríguez Peña, Hipólito Vieytes, Feliciano Chiclana, Miguel de Irigoyen, Antonio Luis Beruti, Agustín José Donado, Marcos y Juan Ramón Balcarce, Ignacio Iñarra, Juan Madera y Tomás Guido, entre 400 firmas. “Qué el cuartel de Patricios y la mayor parte de los oficiales del Cuerpo decidieron la caída de Cisneros y la creación de la Junta Patria, es punto que nos parece resuelto” — afirma el historiador Roberto H. Marfany. “La petición del pueblo entregada al Cabildo, fué escrita por el Subteniente Nicolás Pombo de Otero, del 1º batallón de Patricios. Pombo era hijo de una hermana de Hipólito Vieytes”. Instalado el gobierno revolucionario, en una colecta hecha entre los vecinos a fin de contribuir al costeo de la expedición militar que se enviaba a las provincias interiores, los hermanos José Agustín y Manuel Hermenegildo de Aguirre donaron 200 pesos fuertes y pusieron sus personas a disposición de la Junta; en tanto la madre de ambos, doña María Josefa de Lajarrota, suscribíase también con una onza de oro, pagadera “todos los meses mientras dure la Expedición”.

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Manuel Hermenegildo: revolucionario

Regidor

y

Alférez

Real

El 17 de octubre — después de haber removido por sorpresa y extrañado fuera de la ciudad a los Alcaldes y Regidores del antiguo régimen (ver el apellido Anchorena) — la Junta revolucionaria expidió el siguiente decreto: “Exigiendo el orden público la remoción de los individuos que formaban ese Exmo. Ayuntamiento, por los repetidos ultrajes que se han inferido a los derechos de este pueblo, y residiendo en esta Junta una representación inmediata del pueblo, que la constituye órgano legitimo de su voluntad, ha separado a los expresados Capitulares, con expresa declaratoria de que jamás puedan exercer cargo concejal en esta ciudad, ni en ninguna otra de su distrito; y en su lugar ha elegido, a nombre del pueblo, a D. Domingo Igarzabal, Alcalde de 1º voto; D. Atanasio Gutiérrez, Alcalde de 2º voto; D. Manuel Aguirre, Regidor Alférez Real; Regidores: D. Francisco Ramos Mexía, D. Ildefonso Passo, D. Eugenio Balbastro, D. Juan Pedro Aguirre, D. Pedro Capdevila, D. Martín Grandoli, D. Juan Francisco Seguí, y Síndico Procurador al Dr. D. Miguel Villegas”. Dentro de esa tónica, y así renovado el Cabildo, el Alférez Real revolucionario — paradojas del destino —, veintidós días más tarde, ante el Alcalde de 1º voto, rendía pleito homenaje y se recibía del Real Estandarte tan ceremoniosamente como lo hicieron cada uno de sus antecesores desde los tiempos de Juan de Garay. Entre el crecido número de disposiciones tomadas por el cuerpo edilicio que integraba mi antepasado, señalo la restitución del badajo, que a raíz del motín de Alzaga, en 1809, se le había quitado a la campana del Cabildo para guardarlo en el Fuerte, y acallar así esa voz de bronce, cuyos tañidos anunciaban al vecindario los días fastos y nefastos de la historia ciudadana. También se adoptó para uso de las escuelas de enseñanza primaria (adviértanse las sinuosidades de la que al-

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gunos llaman ahora “línea o ideario de Mayo”) el Tratado de las obligaciones del hombre, obra del discutido e intrigante canónigo Juan Escoiquiz, que fuera preceptor nada menos que ... de Fernando VII. En cuanto a reformas didácticas, fué consultada la opinión del Dean Funes, suerte de Escoiquiz cordobés, según lo presentan muchos historiadores. Con motivo de la llegada a Buenos Aires de la bandera tomada a “los reveldes del Perú” en la batalla de Suipacha (7XI-1810) — primera victoria de las armas de la Patria — la Junta gubernativa resolvió que dicha enseña quedase depositada en la “Sala Capitular”. En consecuencia, el 2 de diciembre, Manuel Hermenegildo de Aguirre y sus colegas, congregados en ese recinto, mandaron adornar la galería del Cabildo con colgaduras y dispusieron la venida de instrumentistas para acoger con música aquel estandarte conquistado al enemigo. La Junta de gobierno, a su vez, salió del Fuerte en dirección al Ayuntamiento, “por entre un numeroso concurso que, con signos, voces y demostraciones, manifestava el júvilo y contento de que se hallavan penetrados sus corazones al verse en posesión de tan glorioso trofeo, devido a los sudores y fatigas de los buenos y verdaderos Patriotas”. Simultáneamente Manuel Hermenegildo y sus pares, en “traje de ceremonia”, enfilaron hasta media Plaza al encuentro de los miembros del Poder Ejecutivo que traían el esperado pendón. Cumplidos los saludos de rigor, tornaron todos al edificio del Cabildo; y allí, en el salón de los acuerdos, instalados los gobernantes bajo dosel, el Secretario Mariano Moreno leyó estos renglones, producto de su ardorosa literatura: “La Junta ha recivido en la bandera de los reveldes del Perú el premio de sus tareas patrióticas, el fruto de los travajos militares de este gran Pueblo, el anuncio más seguro de la livertad permanente de estas Provincias, y el más precioso presente que nuestros bravos guerreros podían hacer a su Patria. La Junta, después de aceptar con ternura tan glorioso trofeo, ha resuelto depositarlo en la Sala Capitular, no creiendo

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pueda encontrarse mejor custodio de las glorias de los hijos de Buenos Ayres que el Cuerpo Municipal que los representa”. Agradeció las palabras de Moreno el Alcalde de 1º voto Igarzabal. Luego, el Presidente de la Junta Cornelio Saavedra salió al balcón empuñando la bandera, y arengó al pueblo, instándolo a sostener la “justa causa en que estaba empeñado”. De tal manera, la enseña ganada en Suipacha “quedó expuesta al Público por todo el día en el balcón principal para dar más ensanche al regocijo del Pueblo, y por tres días consecutivos hubo iluminación general con música en los balcones del Cavildo”. Y agrega el acta respectiva que cuando finalizó la solemne ceremonia, “se retiró la Exelentísima Junta acompañada del Cuerpo Capitular — el Regidor Alférez Real Aguirre inclusive —, entre mil victores, aplausos y vivas en que se desacía el Pueblo”; y la comitiva en pleno, con Saavedra a la cabeza, encaminóse a la casa de “Doña Dominga Buchardo, consorte del mayor general del ejército vencedor Don Antonio Balcarce, a felicitarla por tan plausible suceso”. Puja facciosa de “morenistas” y “saavedristas” Como es sabido, entre contradicciones, sobresaltos y choques armados, la Revolución fué imponiéndose con sangre a lo largo del Virreinato. En Buenos Aires, mientras tanto, los integrantes de la Junta Provisoria Gubernativa habíanse dividido en dos bandos de tendencias opuestas e irreductibles: “saavedristas” y “morenistas”; conservadores moderados y extremistas efervescentes, cuyas facciones, al correr del tiempo, con distintos nombres, se seguirán enfrentando durante toda la historia argentina. No se puede tratar la Revolución de Mayo y eludir esa profunda disidencia política que, latente en el seno de la Junta, saldría a luz después del 2 de diciembre, en que al final de una comida en el cuartel de Patricios, el Capitán Atanasio Duarte — “cargado de vinos y licores” — brindó “invitando al Coronel Saavedra a ceñir la corona de América”; mientras gal-

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antemente le ofrecía a doña Saturnina Otárola, esposa de aquel jefe, una coronita de azúcar que adornaba la torta del postre. El episodio baladí fué aprovechado por Mariano Moreno, cuatro días más tarde, para provocar un alboroto, y arrancarle a la Junta el famoso decreto que suspendía los honores a su Presidente Saavedra; en tanto declaraba reo de cadalso al Capitán Duarte, aunque “por el estado de embriaguez en que se hallaba se le perdonaba la vida, pero se lo desterraba perpetuamente de esta ciudad, porque un habitante de Buenos Aires, ni ebrio ni dormido, debe tener expresiones contra la libertad de su país”. A partir de entonces cobra incremento en los cuerpos armados la oposición a la “ebriedad” ideológica y terrorista de Moreno; y tal repudio se hace carne en la gran mayoría del vecindario, que miraba con horror al “systema Robespieriano que se quería adoptar en ésta, a imitación de la rebolución francesa” — como le escribiera Saavedra a Chiclana. De esta discrepancia con el jacobinismo del Secretario de la Junta, resultó la incorporación de los diputados de las ciudades interiores; lo cual fué causa de la renuncia de Moreno, al ver su influencia desautorizada de modo aplastante en el gobierno. Nace así la Junta Grande, y su vocero más conspicuo será el Deán Funes, venido de Córdoba como diputado. La noche anterior a la dimisión de Moreno (producida el 18 de diciembre), el “morenista” Domingo French, jefe del regimiento de “la Estrella” o “América”, fracasa en el intento de sublevar las tropas de la guarnición a favor del númen suyo en derrota. Este, un mes más tarde (21 de enero), junto con su hermano Manuel y Tomás Guido, se embarca rumbo a Inglaterra en misión diplomática; pero muere en el trayecto a bordo de la fragata “Fama”, el 4 de marzo. Dicen que dijo: “viva la Patria aunque yo perezca”; mas en definitiva a su cadáver lo arrojaron al mar envuelto en la bandera inglesa. Algún fabulador de la historia hizo correr la anécdota que Saavedra, al enterarse de la muerte inesperada de su rival, soltó la siguiente frase: “Se necesitaba tanta agua para apagar

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tanto fuego”. Acaso pertenezcan también a la fantasía las palabras atribuidas a Moreno en momentos de subir al barco: “Me voy, pero la cola que dejo atrás es larga”. Dicha cola, en verdad, quedó prolongada en la “Sociedad Patriótica”, cuyo punto de reunión era el café de Mallco (8), donde los jóvenes “morenistas”, acaudillados por los albaceas políticos del fogoso personaje desaparecido (Monteagudo, Julián Alvarez, Agrelo, French, Arzac, Beruti, Donado, Felipe Cardoso, Francisco Planes) planeaban insurgencias entre peroratas furibundas contra el gobierno, mientras bebían “copas de aguardiente francés”, para salir luego a repartir pasquines jacobinos que infamaban a Saavedra y a los diputados de la Junta Grande. Algunas cuestiones que ocuparon al Cabildo patriota Durante el breve lapso en que Mariano Moreno le imprimió fuerza ejecutiva e ideológica al gobierno revolucionario, el Cabildo del que formaba parte Manuel Hermenegildo de Aguirre — se encargó de contratar la reimpresión de 200 ejemplares de El Contrato Social de Rousseau, prologado por el mismo Moreno — no traducido por éste, como a menudo se afirma. El cajista Jaime Mora, de la Imprenta de los Niños Expósitos, puso manos y dió fin a dicha labor. Concluidas y entregadas las publicaciones, ocurrió que el prologista del filosofo ginebrino viose obligado a dejar el mando. Entonces mi antepasado Aguirre y demás señores del Ayuntamiento, el 5-II-1811, “refleccionaron que la primera parte reimpresa del Contrato Social de Rousseau no era de utilidad a la juventud, y antes bien pudiera ser perjudicial, por carecer ella de los principios de que debiera estar adornada para entrar a la lectura y estudio de semejante obra”. En consecuencia, los capitulares hicieron venir al impresor Mora, le devolvieron los 8 Pedro José Mallco o Marco fué un catalán cuyo negocio, con dos mesas de billar, tenía salón abierto en la esquina de las calles Victoria y Alzaga —hogaño Bolívar y Alsina — frente a la Iglesia de San Ignacio.

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200 libros “perjudiciales” para que los vendiera por su exclusiva cuenta, mientras el hombre reintegraba a la Tesoreria del cuerpo 224 pesos, importe de tan comprometida tirada. Diez días más adelante, el Regidor Manuel de Aguirre se hizo cargo del Juzgado de 1º voto y prestó el juramento competente, debido a que el titular Igarzabal hallábase enfermo. Poco después Igarzabal vuelve a ejercer sus funciones, pero al ser elegido el Alcalde de 2º voto Atanasio Gutiérrez vocal de la Junta Grande, Aguirre asume el puesto y empuña la vara judicial de Gutiérrez. El 21-III-1811, la Junta Grande tiró un decreto fijando tres días para que los españoles solteros abandonaran la ciudad; y esa tarde, los muchachos “morenistas” desataron un tremendo batifondo en el café de Mallco contra la Junta. Entretanto, gran número de “españoles europeos”, afectados por la expulsión, invaden la plaza y se agolpan frente al Cabildo, advirtiendo a los capitulares “que ellos no havían dado la menor nota de su conducta con respecto al Govierno; que por el contrario havían manifestado adhesión a nuestra presente causa”; cual lo podrían acreditar cada uno de los Alcaldes de Barrio; que la expulsión les acarrearía “grande e irresarcible perjuicio, obligándolos a dexar abandonadas y cerradas sus tiendas, pulperías, almacenes, casas de taller y de otros oficios mecánicos”. De consiguiente los manifestantes solicitaban que el Cabildo se dirigiera a la Junta, por medio de una diputación, pidiendo dejara sin efecto aquel bando expulsador. Puesto el asunto a votación, los capitulares opinaron en discordancia: unos que debía el Cabildo apadrinar a los españoles solteros ante la Junta; otros que nó, que aquellos hicieran su pedido directamente al poder ejecutivo. El parecer de Manuel Hermenegildo de Aguirre — al que se sumó el Regidor Pedro Capdevila — fué: “que siempre que los Españoles Europeos que no hayan dado sospechas de oposición a la causa pública ofrezcan pruevas reales y efectivas de adhesión al Sistema Actual, se suplique al superior Govierno

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por la suspensión de la providencia que ha expedido, relativa a esta clase de individuos”. Así las cosas, el Cabildo destacó ante la Junta al Regidor Ildefonso Passo y al Síndico Procurador Miguel de Villegas. Ambos recibieron de Cornelio Saavedra las seguridades de que la orden de expulsión no comprendía a “los ancianos, enfermos, imposibilitados, ni a aquellos que huviesen manifestado adhesión al actual sistema, o diesen pruevas reales de contribuir a nuestra causa”. Disconformes los munícipes con esta solución, volvieron a tratar el asunto al día siguiente, y “meditaron por mucho tiempo sobre el modo más adequado de conciliar los extremos y evitar los perjuicios que forzosamente van a experimentar los que hayan de ser expulsados, y aún el público de esta ciudad”. Se acordó entonces pedir la suspensión lisa y llana de la drástica medida, y se propuso que los peninsulares comprendidos en ella prestaran “un juramento solemne ante esta corporación de obedecer religiosamente en cualquier tiempo todas las órdenes y disposiciones emanadas de esa superioridad; y de que lejos de atentar directa ni indirectamente, contra nuestro sistema actual, contribuirán a su consolidación ... hasta el extremo de tomar las armas en defensa de la patria, o lo que es lo mismo, de nuestra causa, siempre que lo determine ese superior gobierno”. Ante tales empeños del Cabildo y tras el alboroto provocado por los “morenistas” en el café de Mallco, cuya algazara — es sabido — contaba con el respaldo del regimiento “La Estrella”, obediente a las directivas políticas de French, la Junta Grande no tomó en cuenta el pedido cabildeño. Por otra parte, esa condescendencia del gobierno con las reclamaciones bochincheras del circulo opositor sería momentánea, y la reacción de los “saavedristas”, concluyente y popular, tomó cuerpo el 5 y 6 de abril contra aquella “Sociedad Patriótica” congregante de una minoria ilustrada y liberal de porteños centralistas que, al modo de los clubes de la revolución francesa, proponíase la reconquista del poder que

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se le había ido de las manos al quedar eliminado Moreno de la Junta. Pronunciamiento orillero-militar del 5 y 6 de Abril El 5 de abril, en las últimas horas de la tarde, desde las quintas y chacras suburbanas, acuden a caballo a concentrarse en los corrales de Miserere grandes grupos de pueblo, para de allí, al promediar la noche, afluir a la Plaza de la Victoria. Llegaban esos hombres de poncho y chiripá, conducidos disciplinadamente por el Alcalde de quintas Tomás Grigera, criollo rico y con prestigio, a quien secundaban el doctor Joaquín Campana — “saavedrista” neto, sobrino político del Deán Funes — y los Alcaldes de Barrio Rafael Ricardes, José Bernabé Mármol, Alejandro Lima, Pascual Suárez, Francisco Dias, Pedro Fernández, y el de Hermandad Andrés Hidalgo. ¿Por qué avanzaba decidida aquella cabalgata de más de 1.500 orilleros emponchados?; porque se había corrido la voz de que French intentaria derrocar a Saavedra mediante un golpe de cuartel. A par de esta movilización arrabalera, pronunciábanse también en favor del Presidente de la Junta, los Comandantes de los cuerpos de la guarnición: Marcos y Juan Ramón Balcarce, Juan Florencio Terrada, Francisco Fernández de la Cruz, Ignacio Alvarez Thomas, Juan Bautista Bustos, Francisco Pantaleón Luna, Bernabé San Martín y Francisco Pico. Estos jefes sacan las tropas a la calle — Patricios, Húsares del Rey, Granaderos de Fernando 7º, Arribeños, Pardos y Morenos, Artilleros de la Unión — y al frente de sus regimientos marchan a la plaza a “fraternizar con el pueblo”, en una “alianza de charreteras y chiripás” — como dice Ignacio Núñez en sus Noticias Históricas. Entretanto Manuel Hermenegildo de Aguirre y sus compañeros de capitulo son llamados por la Junta a la Fortaleza, después de las 12 de la noche, “para acordar y expedir las providencias oportunas” que los acontecimientos re-

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querian. Y allí deliberaban ambas autoridades cuando, desde la calle, irrumpen cerca de 40 individuos encabezados por el Coronel de Húsares Martín Rodríguez y por el doctor Campana, los cuales “expusieron a voces que el Pueblo se hallaba congregado en la Plaza de la Victoria para representar al Gobierno lo conveniente a sus derechos, y que lo haria precisamente al amanecer del día siguiente, por medio del Exmo. Cabildo, que debía retirarse desde aquel instante a su Sala Capitular”. Así lo hicieron Aguirre y sus pares — eran las 3 de la mañana —, y al atravesar la Plaza en corporación, observaron “que en ella habia formado un quadro de gente a caballo que ocupaba los quatro ángulos, sin notarse la menor voz, ni susurro alguno”. Y reunidos después los cabildantes en la sala de acuerdos de su caserón, el doctor Campana “a voz y nombre de muchos Alcaldes de Barrio y de la multitud agolpada en la Plaza” — que reclamaban “cabildo abierto” — les entregó a los Regidores un memorial — mejor dicho pliego de condiciones — con 17 pedidos imperativos. El largo petitorio — rubricado en primer término por el Alcalde quintero Tomás Grigera — contenia cerca de 150 firmas de Jefes militares, del paisanaje nutrido y los Alcaldes suburbanos, apiñados todos y a la expectativa, en el ágora porteña. El aludido documento, entre solicitaciones perentorias, requeria la expulsión de los extranjeros europeos que no acreditasen de modo fehaciente su lealtad al Gobierno; el otorgamiento, en plenitud, a Saavedra, del mando político y militar que “se le sustrajo”; la separación de los vocales de la Junta, Vieytes, Azcuénaga, Larrea y Rodríguez Peña, quienes serían reemplazados por Chiclana, Atanasio Gutiérrez, Juan Alagón y el doctor Joaquín Campana, éste último como Secretario en el puesto que ocupara Moreno; la disolución del regimiento de “la Estrella”; el exilio inmediato de French, Beruti, Donado y Posadas, vale decir de todos los “morenistas” que actuaban en el gobierno y en la milicia. Se

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enjuiciaría también a Belgrano, por su deslucida campaña en el Paraguay (pero una semana más tarde, el Cabildo, los milicos y ediles de barrio, declararon que Belgrano se habia “conducido con valor, celo y constancia, dignos del reconocimiento de la patria”). Creabase asimismo un Tribunal de Seguridad Pública, encargado de “velar contra los adversarios del sistema político”. Al presentarse al Cabildo ese memorial con las exigencias de la coaccionante multitud, se retiraron de la sala el Alcalde Domingo de Igarzabal y el Regidor Eugenio José Balvastro, exponiendo que “no debían tomar conocimiento de aquella representación”, por ser el primero suegro de Nicolás Rodríguez Peña, y pariente el otro de Posadas y de French, todos ellos condenados a cesantía y destierro en el documento de referencia. Los demás capitulares, mal que les pesara, acordaron remitir los pliegos sediciosos a la Junta Grande gubernativa, y a tal fin se designó una diputación compuesta por los Regidores Manuel de Aguirre y Juan Francisco Seguí y por el Síndico Procurador Miguel de Villegas. Estos señores trasladáronse en seguida al Fuerte, y entregaron a Saavedra las peticiones de los Jefes militares identificados con el alzamiento callejero y con la “ínfima plebe del campo” (que de esta despectiva manera la llama Juan Manuel Beruti en sus Memorias Curiosas). La Pirámide de Mayo y otras cuestiones comunales Tiempo atrás, a fin de celebrar el primer aniversario del 25 de Mayo, la comisión de festejos del Cabildo dispuso sustituir una “pirámide figurada”, que se había levantado en medio de la Plaza con carácter transitorio, por otra de material firme y duradero; “y que las inscripciones que han de ponerse, han de ser contraídas a nuestra reconquista del doze de Agosto de ochocientos seis, defensa de cinco de Julio de ochocientos siete, e instalación de la Junta de veinte y cinco de Maio de ochocientos diez”, habiendo de colocarse, en uno de los ángu-

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los, “las Armas de la Ciudad”. Al efecto, el Cabildo encargó a los Regidores Manuel de Aguirre y Martín Grandoli entenderse con el alarife Francisco Cañete, el cual proyectó la construcción de un obelisco de ladrillos, al estilo romano, con la sola inscripción alusiva al 25 de Mayo. Para ello destináronse 6.000 pesos, y para pagar también parte de los gastos del Coliseo de Comedias, que edificaban el mismo Cañete y su sobrestante Martín José de Torres. Estos expertos en albañilería — inspeccionados por Aguirre y Grandoli — pusieron manos a la obra y construyeron el primer “Altar de la Patria”, de apenas 8 varas de altura, cuya modesta pirámide coronaba su punta con una pequeña bola de argamasa. Por otra parte, en el acuerdo del 22 de mayo, el Regidor Pedro Capdevila hizo presente “que aproximándose como se aproximan los días del aniversario del beinte y cinco de Mayo, en que todo el Pueblo a porfía se prepara para regosijos públicos correspondientes a la Celebridad de tan plausibles dias, parecía regular que el Exmo. Cavildo enjugase las lágrimas de muchas familias qe. existen en esta Ciudad cargadas de aflicciones por la expulsión de sus maridos, Padres, parientes y deudos; y qe. por lo mismo creia una acción propia de este Exmo. Ayuntamiento en semejantes circunstancias, el que interpusiese su valimiento con el superior govierno para obtener la gracia, de que sean restituidos a sus Casas los Capitulares confinados del año de ochocientos diez, y algunos otros individuos particulares, en quienes sea compatible indulto con la seguridad de nuestros derechos, en atención a la grandeza del día, a tener ya de algún modo compurgado su delito, y a que ésta será para los demás Pueblos una prueva muy relevante de la generosidad con qe. en todo procede el de Buenos Ayres”. Los munícipes del “nuevo sistema”, con la única excepción de mi tatarabuelo Aguirre, consideraron “inoficioso” aquel pedido de clemencia, y que no debía hacerse dicha gestión ante la Junta por intempestiva. Don Manuel Hermenegildo, contra todos sus colegas, en apoyo de la moción de Capdevila, “dixo: que siendo compatible con los interezes de

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la Patria, es su dictámen, se solicite de la Exma. Junta la suspensión del destierro de los Capitulares expulsos del año de mil ochocientos diez, en atención a lo grande del dia qe. se celebra”. Anteriormente los Regidores Manuel Aguirre y Pedro Capdevila habían sido comisionados para atender la obra del nuevo Coliseo, tarea que el primero hubo de suspender desde el 19 de abril hasta el 11 de mayo, pués un “decreto superior de la Exma. Junta Gubernativa” le concedió “permiso para retirarse por un mes al campo a restablecer su salud quebrantada”. Cumplida la licencia, Manuel Hermenegildo tornó al ejercicio de sus responsabilidades edilicias. Intrigas “carlotistas” y bombardeo de Buenos Aires por las navios de Montevideo En sus Noticias Históricas, recuerda Ignacio Núñez que, en aquel tiempo, “el presidente Saavedra, como jefe del partido que aspiraba a sofocar las ideas liberales de la revolución, se hizo por consiguiente un objeto de las más agrias acriminaciones de sus contrarios, y en este concepto se levantó también contra su persona, entre los pueblos y el ejército, la acusación de estar vendido a la reina de Portugal doña Carlota, atribuyéndose la separación y confinación de los vocales del gobierno en la conspiración del 5 y 6 de abril, al único interés de remover estorbos para la realización de aquel plan”. En torno a ello, en la sesión celebrada el 27-VI-1811, con asistencia de Manuel de Aguirre y demás titulares del cuerpo comunal, el Síndico Procurador Villegas hizo presente que “tenia noticias seguras, tomadas del mejor origen, sobre un movimiento que habia habido en el Perú, trascendido a las Tropas del Exercito auxiliador, a mérito de falsa noticia generalizada alli, de que se trataba de entregar esta Capital y las Provincias del antiguo Virreinato del Plata a la Serenísima Señora Princesa del Brasil”. A juicio del Síndico, el Ayun-

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tamiento debía contribuir “al remedio de unas conmociones verdaderas emanadas de unos principios tan falsos”; por lo que “contemplaba necesario se oficiara al Exmo. Señor Representante en el Perú (Castelli) y al General en Xefe. del Exército Auxiliar (Balcarce) haciéndoles entender la falsedad y malicia con que acaso algunas plumas díscolas, descontentas y mal avenidas, se han producido para una impostura que quizás no tendrá semejante en su clase”, pués tanto el Gobierno como el Cabildo “vigilan incesantes sobre la felicidad de estas Provincias, y de llevar a cabo el sistema de su suerte sancionado el veinte y cinco de Mayo, y que son mui zelosos de sus derechos para que con tanta serenidad se arrastre al yugo portugués”. “Y — sigue el acta respectiva — los SS. acordaron se haga en todo como lo ha propuesto y pedido el Caballero Sindico Procurador general, extendiéndose el oficio con la brevedad que exige la pronta salida del Correo”. A esto se opuso Ildefonso Passo, “quien dixo, que no teniendo el Exmo. Cabildo la noticia por datos ciertos y oficiales, sinó por vagas voces del Pueblo”, consideraba “degradante”, para el Gobierno, que el Cabildo oficiara a Castelli y a Balcarce, y “se trate con el Superior Gobierno este asunto de oficio, o por Diputación, para no exponernos a que se tenga a mal, con lo qual el Ayuntamiento se pone a cubierto”. El 13 de julio, por enfermedad del Alcalde de 2º voto Miguel Grandoli, se depositó la vara de éste en Manuel de Aguirre, quien la retuvo hasta el 22 de ese mes, dia en que Grandoli, ya aliviado de sus males, reanudó el ejercicio de su función. Otro asunto de verdadera importancia en el que intervino mi tatarabuelo Aguirre, como cabildante, fué el relacionado con la guerra empeñada entre los gobiernos de Buenos Aires y de Montevideo, que presidía Francisco Javier de Elio, titulándose Virrey del Rio de la Plata, por nombramiento del Consejo de Regencia de Cádiz.

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El 1-VII-1811, el Ayuntamiento porteño trató una prevención que le hizo llegar la Junta Gubernativa por intermedio de su Secretario Vocal Joaquin Campana. Este expuso: “que haviéndose tenido noticias seguras que Don Francisco Xavier Elio trataba de hacer en esta Capital una imbasión nocturna tentado con la sorpresa, y con el partido que se supone tiene en los Españoles Europeos apoderarse de la Real Fortaleza, verificar lo mismo en los cuarteles que pudiese, y de esta manera, por fin, señorearse de la Plaza; esperaba la superioridad que, en esta virtud, tomase el Cuerpo Capitular las medidas y providencias más activas para la seguridad de la Patria”. Retirado Campana, los cabildantes “entraron a tratar acerca de un asunto tan grave ... y después de oida la exposición del Cavallero Síndico, y ventilada la materia por largo rato, consideraron ... era necesario para la seguridad de la Patria el estrañamiento de los Españoles Europeos solteros a lugares distantes de las costas; esto es aquellos que no sean de la satisfacción de este Cavildo; deviendo permanecer en sus casas los casados, desde la oración en adelante, vajo pena de vida, encargando para el efecto a los Alcaldes de Barrio, vajo la responsabilidad más estrecha, el exacto cumplimiento de esta última parte”. La Junta Grande aprobó tales medidas, al propio tiempo que los señores del Cabildo ordenaban a los Alcaldes de Barrio que durante la noche hagan “con los Patricios las patrullas de primera y segunda ... y que para mayor satisfacción del público y seguridad del Pueblo, empezasen desde mañana a la noche a patrullar los individuos del Ayuntamiento, alternando todos, a exepción de los Señores Alcaldes, a quienes se releva de esta pensión, por las infinitas otras con que están recargados, y por sus notorias enfermedades”. Una semana después (13 de julio) el Cabildo recibió un oficio de la Junta “que avisa acaba aora mismo de saver que los catorce buques salidos de Montevideo para atacar a esta Capital se hallan a la vista de esta Plaza; esperando del zelo del Cavildo tome por su parte las medidas y mejores precau-

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ciones para la seguridad común de este suelo, en defenza de la imbasión enemiga”. Y Aguirre y sus colegas “acordaron no se pierdan momentos para su verificativo, en cuia virtud combocaron a los Alcalde de Barrio para que celasen con el mayor empeño sus respectivos cuarteles, dando cuenta de cualquier novedad que en ellos observasen, haciéndoles entender que éste era el preciso caso en que iba a brillar el desempeño de sus deveres, su patriotismo y la confianza que se havían merecido de esta municipalidad. Acordaron asi mismo rondasen recíprocamente cada uno de los SS, la Ciudad y sus cuarteles, y que para las mejores disposiciones de lo que se huviese de obrar, se mantuviesen firmes en la Sala de este Ayuntamiento todo el tiempo que lo permitiesen las circunstancias, sin omitir, no obstante estas disposiciones, el que cada uno de ellos arvitrase los mejores medios en ofensa del enemigo y en defensa de este suelo”. A vuelta de dos dias (15 de julio), como a las 8 de la noche, se arrimaron a las balizas porteñas 6 buquesillos mandados por Juan Angel Michelena — caraqueño nativo —, y — cuenta Juan Manuel Beruti — “principiaron a las 10 un bombardeo que duró hasta la una de la mañana, en cuyo tiempo despidieron a las ciudad 31 bombas y 3 cañonazos de bala rasa, retirándose después a un punto distante de nuestros fuegos”. “El daño que experimentó la ciudad no fué de consideración en sus edificios, y en sus habitantes solo dos personas fueron heridas de unos cascos de bomba”. Tratativas con Elio Un mes más tarde (13 de agosto) — conocido ya aquí al detalle el descalabro sufrido en Huaqui — el gobierno de Buenos Aires intentó abrir negociaciones de paz con Elio. Al efecto dispuso enviar una diputación a Montevideo, compuesta por el Dean Funes y por los doctores José Julián Pérez y Juan José Paso. El propósito de momento fracasó. Elio quería que la entrevista se realizara a bordo de una fragata

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española frente a Montevideo; los diputados “argentinos” — diré — quisieron que el encuentro tuviera lugar en un barco inglés, neutral. Empero, el terco mandatario montevideano consideró vigorizada su causa con el triunfo obtenido en Huaqui, y lejos de prestarse a un avenimiento con los revolucionarios de esta banda, se dispuso a someterlos por las armas, aliado a Goyeneche, que amenazaba por el norte, y con las tropas portuguesas de Diego de Souza, que invadían el territorio oriental. El Cabildo, al enterarse del propósito de la Junta de enviar aquella diputación negociadora ante Elio, que “tenia en grande espectación al Pueblo”, creyó de su deber dirigirse a ese poder ejecutivo, pues, “desearia este Ayuntamiento orientarse de los motivos que puedan haber influido a tamaña novedad”. Puesto a votación el asunto, el Alcalde de 1º voto Domingo de Igarzabal, fué de parecer se mandase a consultar con la Junta una comisión compuesta por el Regidor Manuel de Aguirre y por el Síndico Procurador Villegas. El Alcalde de 2º voto Grandoli se opuso a ello, considerando que las negociaciones diplomáticas eran del resorte exclusivo del Superior Gobierno, y pueden “ser un sigilo reservado a él”, y que “en este caso no debe el Ayuntamiento quererlo investigar”. La opinión de Villegas y de Igarzabal cosechó 6 votos y la de Grandoli 4. Manuel de Aguirre, en apoyo de la primera propuesta, dijo: “que considera debe este Exmo. Cabildo, como representante nato del Pueblo, imponerse de los asuntos relativos a su seguridad presente y futura; por consiguiente, impuesto de la diputación mandada por la Superioridad a tratar con el Señor Francisco Xavier Elio, sobre los intereses particularmente de este Pueblo, debe instruirse de los fines, modos y términos de la diputación; por cuio motivo se conforma con el parecer del Señor Alcalde de primer voto, con excepción de que en lugar de diputación, se pase oficio (a la Junta) al intento indicado”. Resuelta, por mayoría, “la Diputación que han de componer el Señor Don Manuel de Aguirre y el

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mismo Caballero Síndico”, ambos partieron en el acto a entrevistarse con los miembros del Gobierno, mientras sus compañeros quedaban aguardándolos. En el Fuerte, Aguirre y su acompañante recibieron la siguiente información: Que el propósito de la Junta de parlamentar con Elio habíase originado después de “una entrevista que por disposición de la Superioridad tubieron los Tenientes Coroneles Don Nicolás de Bedia, del regimiento número tercero, y Don Ignacio Alvarez (Thomas), del número quatro, con Don Felipe Contuchi, residente en Caraguatá y en la Hacienda de Doña Margarita Viana” (viuda de 1as nupcias de Juan Pedro de Aguirre Uztáriz, tío de Manuel Hermenegildo, y tia abuela política del florentino Contucci). Que Contucci era “Agente, a lo que parece, de la Serenísima Princesa Doña Carlota Joaquina de Borbón”; y era él quien habia solicitado negociar con el gobierno de Buenos Aires los intereses de la Carlota, sin desdoro de el Brasil; cuya corte reconocía — según Contucci — “mui al revés de lo que se creia, lo sagrado que eran los derechos de la Señora Carlota hacia la Nación Española y sus Indias; y por lo mismo se le debia reconocer y jurar, por el Superior Gobierno y Provincias de su dependencia, por Regenta de las Américas; en cuio caso las tropas portuguesas que se movían por la otra Banda, vendrían en auxilio de las nuestras a reforzar y estrechar el sitio de Montevideo, y acabar con nuestros enemigos”. Oída ésta argumentación por Vedia y Alvarez Thomas, estos le pidieron al oficioso gestor carlotista “el término de quince dias para consultar con el Gobierno, logrando el don Felipe diera la orden para que suspendiera entretanto sus marchas el Exército Portugués, como así lo verificó”. En tal estado de cosas, la Junta revolucionaria bonaerense “habia dispuesto esta ocasión para hacer entender al Señor Elío y pueblo de Montevideo, por los capitulares que éste diputaria, los siniestros designios que traían las tropas que llamaron en su auxilio”.

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Informados los señores del Cabildo por Aguirre y Villegas de esos entretelones escabrosos, “acordaron se tubiese asi entendido, por lo que pueda convenir a los derechos de este Pueblo”. A escasas semanas de esto, Elio se decidió enviar a Buenos Aires una comisión negociadora que integraban José Acevedo Salazar, Francisco Garfias y Miguel Sierra, quienes fueron recibidos en el Fuerte por las autoridades porteñas. Dicha visita trajo por consecuencia la elaboración de un proyecto de armisticio que implicaba el levantamiento del sitio de Montevideo y la entrega del territorio de la Banda Oriental a los dirigentes de esa ciudad, con Elio a la cabeza. Y el 2-IX-1811, a la noche, los vocales de la Junta Grande (Saavedra habia partido a tomar el mando del ejército al Alto Perú) citaron al Cabildo en pleno, a los Comandantes y Jefes de la guarnición, “al vecino Don Manuel de Sarratea” (en rigor vocero de Lord Strangford, embajador inglés en el Janeiro), y en presencia de los comisionados de Elio, reunidos todos en el Fuerte, se proyectó acordar en un tratado (sic) “el reconocimiento de nuestro Soberano Señor Don Fernando Séptimo”. Y luego también a las Cortes de Cádiz con el envio a ellas de diputados, pués los pueblos rioplatenses (sic) “forman un cuerpo de nación como los de España, igualmente que con los demás Pueblos y territorios de ambos continentes de América, fieles a la Dominación del Señor Don Fernando Séptimo”. Las autoridades bonaerenses, de añadidura, reconocían al gobierno de Elío, en los límites propios de la Banda Oriental, quedando el resto del Virreinato bajo la soberanía de la Junta. Nadie seria perseguido por sus opiniones políticas. La Junta ordenaria el levantamiento del sitio de Montevideo; y Elio, a su vez, haría levantar el bloqueo fluvial que afectaba a los puertos de la ribera occidental platense; como asimismo oficiaría al jefe de las fuerzas portuguesas, Diego de Souza, para que suspendiera su marcha por el ámbito uruguayo, hasta que se alcanzara un entendimiento amistoso definitivo.

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El Cabildo reunido en su sede, analizó posteriormente ese proyecto de tratado, y entre las varias modificaciones que sus miembros propusieron a la Junta, se objetó el artículo referente a la jurisdicción de Elío sobre toda la Banda Oriental, reduciéndola únicamente al recinto de la plaza de Montevideo, “y en lo que alcance el tiro de cañón, por no ser propio ni regular que se entreguen bajo su dominación a tantos vecinos y habitantes que, poseídos del más puro patriotismo, se han declarado por la justa causa, de que se podrían resultar consecuencias demasiado tristes”. El Regidor Aguirre y el Sindico Villegas llevaron a la Junta dichas observaciones, las cuales, luego de discutirlas el Gobierno, se aprobaron como suyas; pero no fueron aceptadas por los comisionados de Montevideo; ni tampoco más tarde por Elio, quien, desairando a una delegación plenipotenciaria bonaerense, reanudó en seguida las hostilidades contra Buenos Aires y contra la intransigencia absoluta de Artigas. Destitución de Saavedra y caida de Campana Sumido en un abismo de desgracias — derrota de Huaqui, fracaso de arreglo claudicante con Montevideo, bloqueo y bombardeo de Buenos Aires, y la Junta mostrándose incapaz de reparar los descalabros —, creció en torno del gobierno una fuerte oposición al Secretario Campana — y por ende al ausente Presidente Saavedra, que seria destituido el 26 de agosto —, oposición que fomentaban, en el propio seno oficial, los vocales Juan Ignacio Gorriti, Francisco Antonio Ortiz de Ocampo y José Julián Pérez, ante la pasividad complaciente del Dean Funes. Por su parte, los señores del Cabildo tampoco veían con buenos ojos a Campana, quien, cierta vez, “habia insultado con palabras de ningún comedimento (a los capitulares Ildefonso Passo y Miguel Villegas) ... y por dos ocasiones trató de despedirlos dejándolos con la palabra en la boca ... agraviando

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no sólo al cuerpo sinó al benemérito pueblo de Buenos Aires, digno de ser mejor atendido”. “El secretario Campana — estampa Juan Ignacio Gorriti en su Autobiografía Política — jamás asistia a los acuerdos como debia, y cuando entraba durante ellos era a acusar revoluciones y acusar personas las más respetadas de Buenos Aires. Los que no pertenecíamos al circulo de Saavedra, veíamos la tempestad que se armaba sobre nuestras cabezas … Un domingo por la mañana me encontré en el Fuerte con don Domingo Matheu, español de probidad a prueba, vocal de la Junta, que conversaba con don Manuel Hermenegildo Aguirre de Lajarrota; me asocié a ellos; luego cayó la conversación sobre el deplorable estado de nuestra situación política y la continua alarma en que estaba la capital por los rumores de revolución que esparcia el secretario Campana, según se expresó Aguirre”. Gorriti entonces le dijo a mi tatarabuelo: “Señor Regidor, si el Cabildo conoce esto, en su mano está el remedio, y si no lo toma es responsable al público. — ¿Cómo asi? replicó Aguirre. — Manifestando a la Junta con franqueza y sin rebozo esto mismo” (agregó Gorriti) — ¿Y con qué apoyo contará para hacerlo?, repuso nuevamente Aguirre”. -Señor Regidor (fué la respuesta); que el Cabildo cumpla con su deber y yo respondo del resultado. ¿Me lo promete usted? — Sí, señor! Mañana propondré esto en acuerdo y no dudo que el Cabildo lo haga — dijo Aguirre y se despidió ... Al dia siguiente Aguirre cumplió su palabra y yo la mía. El Cabildo envió una comisión a la Junta para que expusiese y explorase lo mismo que oficialmente decía por escrito contra Campana. Este no supo ni en detalle los puntos de acusación, sino en globo, que el Cabildo lo acusaba, porque se lo mandó salir, entretanto se oía que deliberaba. El terror se apoderó de él; su audacia se convirtió en pusilanimidad; se creia tan universalmente aborrecido que temía ser atacado y asesinado en la secretaria. Suplicó a la Junta que se le custodiase con guardia doble, y que en el mismo día se le hiciese salir

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de la ciudad. En efecto, la acusación tuvo lugar a la una, y a la oración Campana, con una buena escolta, habia salido para Chascomús dando gracias a la Junta”. Aconteció que descabezada la Junta por el alejamiento de Saavedra, y constituida ella en su mayoría por vocales provincianos, suscitóse una gran agitación entre algunos elementos del localismo porteño, quienes llevaron a la calle el alboroto contra el Gobierno. Varios agitadores cayeron presos, y a raíz de esto acudieron a la casa del Sindico Villegas como catorce individuos “exponiendo tenían que representar al Exmo. Cavildo sobre los males de mucha gravedad que sentía este Pueblo, no menos que sobre los remedios que para su extirpación devían aplicarse con la mayor brevedad; que a este fin pretendían se les garantiese sus personas y se alzasen los arrestos de varios ciudadanos”. El Ayuntamiento, diligente, destacó ante la Junta a Manuel de Aguirre y al Síndico Villegas como intérpretes de esa inquietud callejera que presagiaba violentos estallidos pasionales. La Junta pareció dispuesta a atender el reclamo, a condición de que se le presentara un pedido firmado por los reclamantes ante Notario, “encargándoles tengan muy presente la conservación del órden público y los respetos a la autoridad”. Con todo la efervescencia opositora no cesó; y dos dias más tarde (14 de septiembre) los Regidores Aguirre y José Balbastro, ya en franca pugna con el Gobierno, insistieron en “la suspensión de prisiones y arrestos por las circunstancias en que nos hallamos”. Llegadas a este punto las cosas, el 16 de septiembre se presentaron en la Sala Capitular muchos ciudadanos solicitando lo mismo que Aguirre y Balbastro, y que no “tendrá su deseado efecto la solicitud, mientras no se suspenda el ejercisio de su empleo al Secretario de Govierno y Guerra Don Joaquín Campana, y mientras no se asegure su persona”; como asimismo las de Tomás Grigera, Domingo Martínez y Andrés Hidalgo, “por hallarse vendidos a los particulares intereses de aquel”; lo cual fué comunicado por el Ayuntamiento a la Junta Gubernativa, apadrinando asi la iniciativa de expulsar a Campana.

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En la tarde de esa misma jornada, resolvía la Junta “la separación del Doctor Don Joaquin Campana, con orden de salir dentro de quatro horas al Pueblo de Areco, guardando entre tanto arresto en su casa sin comunicación”. Y los señores cabildantes, ipso facto, “a fin de propender por todos los modos a la seguridad y tranquilidad pública, y precaver qualesquiera consecuencias que pudieran resultar de la novedad, determinaron que los SS. Alguacil Mayor (Manuel Mansilla) y Don Manuel Aguirre, patrullen esta noche, acordando entre ellos los barrios, y ocurriendo al Señor Comandante general de Armas, a fin de que imparta las ordenes competentes a los quarteles para que se les franquee tropa y Santo”. El dia 17, la deliberación del Cabildo fue interrumpida por un grupo de ciudadanos: Vicente López, Justo García Valdes, Martín Thompson, Francisco Paso, Juan José Sosa, el doctor Navarro, Francisco J. Planes y Martín de Arandia, que titulándose “diputados del pueblo” exigían “cabildo abierto” para efectuar la elección de Diputados al Congreso General. Los Regidores hicieron saber tal pretensión a la Junta por intermedio de mi tatarabuelo don Manuel Hermenegildo, y el Gobierno dispuso que se suspendiese el “cabildo abierto”, pués la consulta electoral se efectuaría inmediatamente. La primera jornada comicial revolucionaria no fué con voto secreto Desde meses antes de ser destituido Campana, existia una profunda divergencia doctrinaria entre la Junta Grande y el Cabildo. El 22 de marzo la Junta habia manifestado a los miembros del Ayuntamiento que “es llegado el caso de que en esta Capital se proceda al nombramiento de Diputados en ella, para que en el lleno de sus poderes concurran al Congreso que se halla próximo a celebrarse ... y se proceda a las elecciones por el modo y la forma que acaba de practicarse en los pueblos interiores” para la designación de las Juntas provinciales.

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El Cabildo, luego de estudiar el asunto, llegó a la conclusión “que el método propuesto presenta varias dificultades, especialmente en orden a la expresión de la voluntad general de los vecinos de esta ciudad”, y acordó comisionar al Regidor Manuel de Aguirre y al Síndico Manuel de Villegas, a fin de que consultaran con la Junta Gubernativa acerca de los distritos electorales y del voto de los españoles europeos. Así las cosas, después del movimiento antimorenista porteño del 5 y 6 de abril, y de la posterior desbandada del ejército de Castelli en el Alto Perú, la Junta Grande procuró retardar aquella elección de diputados para un Congreso General futuro, en tanto los miembros del Cabildo urgían una pronta consulta popular. Estos señores estimaron (el 31 de julio) “ser ya tiempo oportuno para la elección de Diputados y ser dever de esta corporación el fixar quanto contribuya al mayor orden y acierto, sin perjuicio de la libertad”. En consecuencia, Aguirre y sus colegas de Ayuntamiento propusieron a la Junta “se combide al Pueblo por esquelas” y que “la elección deve hacerse en villetes secretos”. La Junta al responder a tal opinión, manifestó que habia “pendientes ante la Superioridad varias reclamaciones sobre el modo y forma con que ha de procederse al nombramiento de Diputados de esta Capital”, de suerte que “se hace indispensable adoptar un sistema en que, consultando la mayor armonia y dignidad de un acto de tanta importancia, evite los embarazos y parcialidades que se han suscitado con tanto perjuicio de la común tranquilidad”. Nota va y oficio viene, la Junta advierte al Cabildo, el 4-IX-1811, “que la elección ha de ser pública; que el ciudadano puede elegir libremente, siendo el individuo por quien vote Americano de origen”. En definitiva el Gobierno rechazaba el voto anónimo y establecía un referendum a la vista: “cantado”, como decimos hogaño. Pero el Ayuntamiento objetó tal consulta de sufragantes responsables, pues, “haciéndose la elección pública se ponen conocidas trabas al elector, quitándole libertad de votar en un caso en que se hacen

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valer demasiado las relaciones de parentesco, amistad y otros intereses y cábalas”. En mérito de ellos, Aguirre y sus compañeros de capítulo, paladines in illo tempore del voto secreto, “acordaron se le represente enérgicamente (al Gobierno) para que no haya semejante variación”. Todo fué en vano. En el agrio debate que sostuvieron sobre el asunto en el Fuerte, los cabildantes Ildefonso Paso y el Procurador Villegas con los vocales del Poder Ejecutivo, aquellos recibieron “el insulto del Secretario de Gobierno Dr. Joaquin Campana, quien con palabras de ningún comedimiento a la representación que llevaban, por dos ocasiones trató de despedirlos, dexándolos con la palabra en la boca y el negocio con indiscusión”. En resumidas cuentas el Cabildo quedó humillado y derrotado. Caido más tarde Campana, y urgida la Junta Grande por las agitaciones callejeras antedichas, el 19-IX-1811 verificose en Buenos Aires la primera consulta electoral popular — digamos así —, con el concurso de “multitud de pueblo, tanto en la Plaza Mayor como en los arcos de las Casas Consistoriales”, aunque la votación fué “pública”, contra el parecer del Cabildo que abogaba por el “voto secreto”. En la oportunidad, Genaro Ferreyra Igarzabal, uno de los tantos “vecinos americanos electores”, sufragó por Manuel Hermenegildo de Aguirre y por el tocayo de éste Manuel Belgrano, para Diputados de un futuro Congreso que debia constituirse a fin de “asegurar nuestra común felicidad”. Cuatro dias después, la achicada Junta Grande producía el enjuague que dió origen al Primer Triunvirato formado por Paso, Chiclana y Sarratea, como Vocales, asistidos por tres Secretarios, sin voto: José Julián Pérez, de Gobierno; Bernardino Rivadavia, de Guerra; y Vicente López, de Hacienda. Se creó, asimismo, la “Junta Conservadora”, integrada por los Diputados de las provincias y dos por la ciudad capital. Sustraidos por un momento de los graves asuntos de la vida colectiva, Aguirre y sus pares, en una de las últimas sesiones cabildeñas del año 11, consideraron “ser mui gravoso el

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costo de los vestidos de Terciopelo y Paño de seda que usa el Ayuntamiento en sus funciones y concurrencias públicas, por cuia razón deseando por una parte simplificar los gastos de los individuos que obtengan cargos Consejiles, cuio puntual desempeñio les prepara siempre perjuicios de consideración, y por otra dar una prueba pública de moderación y virtud, comenzando por si propio a desterrar el luxo que tráe aparejado aquel Vestuario; acordaron substituir en su lugar un uniforme de Paño negro para todo tiempo, cuyo Vestido, sobre ser honesto, sencillo y decente, se conforma también con el que usa el Superior Govierno, a quien no debe aventajar está Corporación”. Viaje a Londres Tras 14 meses y 14 dias de desempeñarse como Regidor — con cortos periodos en que fué Alférez Real y Alcalde de ambos votos —, Manuel Hermenegildo de Aguirre — calculo que por abril de 1812 — se embarcó para Londres. Ignoro el motivo de ese viaje. Sólo consta que el 17 de marzo el Canónigo Luis Jose de Chorroarin — su antiguo Rector en el Colegio de San Carlos, a la sazón primer Director de la flamante “Biblioteca Pública” —, le entregó 3.500 pesosfuertes para que adquiriera una partida de libros en la capital inglesa, de acuerdo a un catálogo impreso que habia remitido Manuel Moreno, residente entonces en la ciudad del Támesis, quien le daria allí, al viajero, “noticias de la tienda donde se venden”. No era esta la primera vez que nuestro biografiado se interesaba por aquella naciente Biblioteca estatal. Ya en 1810 él había contribuido a su formación con “3 onzas de oro y una obra importante”; y, precisamente en 1812, donó un “Diccionario histórico de los hombres que se han hecho célebres por sus talentos, virtudes, crímenes y errores, compuesto por una Sociedad de Literatos”: obra de 8 tomos en francés.

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Así, con aquellos 3.500 pesos recibidos de manos de Chorroarin, don Manuel se fué a Inglaterra, para retornar a Buenos Aires en los primeros meses de 1813, y rendir las respectivas cuentas a dicho Canónigo sobre cómo se invirtieron aquellos dineros en los volúmenes que recibió aquella institución de cultura desde el viejo mundo, en diferentes buques, por intermedio de la casa Hullet Brothers. Otras actuaciones de Aguirre antes y después de su viaje. Su firme nacionalismo económico en 1815 y 1816 El 31-III-1812 Manuel Hermenegildo — lo mismo que su hermano José Agustín — habia votado por el presbítero Luis de Chonroarin y por el poeta Vicente López para electores de los miembros de la efímera Asamblea llamada “del año 12”. Y cuando la siguiente Asamblea Soberana del 13 y el Supremo Director Alvear resultaron barridos por la revolución de 1815, mi tatarabuelo colaboró activamente con el nuevo orden de cosas, del que nacería el futuro partido federal: ya como elector del cabildante Oliden para el cargo de Gobernador Intendente, ya como vocal suplente de la Junta de Observación, ya como integrante — junto con Felipe Arana y Juan José de Anchorena — de la “Comisión de Secuestros”, uno de los organismos procesadores de los funcionarios del régimen derrocado. En el curso de 1816 don Manuel, por mandato del gobierno, distribuyó dinero entre las familias pobres de Barracas, víctimas de la inundación. Luego el Cabildo le designó, con Miguel Belgrano y con José Olaguer Feliú — los tres habían viajado a Europa — para investigar las cuentas presentadas por Pueyrredón, respecto a la misión suya (180708) ante la Corte de Madrid, cuyos gastos calificaron los revisadores, oportunamente, de “bastante moderados”. También el Ministro Tagle encargó a Aguirre y a Matías de Irigoyen examinaran los comprobantes de lo que gastó Manuel Moreno en Londres por cuenta del Estado. Tras esto, a mi antepasado

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se le designó —junto con 50 ciudadanos — elector de la Junta Protectora de la Libertad de Imprenta. En su nunca bien ponderada Historia de la Argentina, Vicente D. Sierra trata (capitulo 4º del tomo VII) acerca de “La economía en el curso de los primeros años de la Revolución”. Explica Sierra que los mercaderes británicos, admitidos en 1809 en el país por el Virrey Cisneros, abarrotaron la plaza con sus importaciones, y que producida la Revolución de Mayo, practicamente todo el comercio de importación y exportación (cuero y sebo) y el transporte marítimo, fue pasando a manos de los negociantes ingleses. Ello, como es natural, inquietó a los hombres del comercio nativo, aglutinados en el Consulado; pero las autoridades patrias, a la busca del padrinazgo de Inglaterra en el campo internacional, frente a las potencias de la Santa Alianza, no tomaron las medidas proteccionistas que el verdadero interés de las Provincias Unidas reclamaba en la esfera de su economía y de sus finanzas. En 1814, el sindico del Consulado, Carlos Gómez, puso estos conceptos por escrito: “Un Estado en que casi todo su comercio de importación y exportación se hace por manos extrañas, no puede prosperar de modo alguno; está a merced de los que lejos de interesarse en su incremento acaso desean su debilidad, para sacar de ella mejor partido”. Y mi tatarabuelo Juan José Cristóbal de Anchorena presentó, a su vez, un memorial notable, señalando lo funesto que resultaba abandonar la protección de la industria y el comercio locales, en aras de una ilusoria libertad mercantil, sólo beneficiosa para las grandes naciones capitalistas extranjeras. De ello me ocupo con amplitud al historiar a los Anchorena. Pero encuentro en el dicho capítulo de la obra de Sierra, que Manuel Hermenegildo de Aguirre, el 1-IX-1815, leyó en el Consulado una extensa representación, en la cual él demostraba que, desde 1809, el país se habia empobrecido, “haciéndonos lentamente dependientes de unas naciones que nos debilitan con su sistema de comercio”.

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Denunciaba don Manuel Hermenegildo la manera de actuar de los traficantes ingleses, que luego de anclar en Buenos Aires un buque fletado en Inglaterra, “el capitán de él baja a tierra, presenta la correspondencia y conocimiento a varios extranjeros para quienes tráe carga a su consignación. El mismo capitán consigna su buque a extranjero residente aquí. Los interesados, por medio de sus dependientes, también extranjeros, solicitan el permiso para el desembargo. Este se verifica en botes y tripulación extranjera. Entra en la Aduana el cargamento: de alli se conduce a almacenes de extranjeros; se vende por éstos por mayor o por menor, aquí y en el exterior. Los extranjeros ajustan por si los fletes, hacen sus compras por si mismos de los frutos del país que necesitan (si no han hecho ya en sus barracas acopios para este efecto), ya comprando los cueros frescos en los mataderos para salarlos, ya derramando por esta campaña y la otra banda un número considerable de los de su nación para procurar las compras más cómodas. Son tan nacionales, que preferirían marquetas de sebo fabricadas por un paisano (de ellos) a cualquiera otro del país. Hechos los acopios, en lanchas extranjeras embarcan los frutos, y en lanchas extranjeras de guerra embarcan la plata. Resulta, pués, de este examen, que los únicos ocupados en este giro son extranjeros, a excepción de algunos miserables peones, carretilleros y carniceros, que ayudan con su poco lucrativo trabajo”. Posteriormente se organizó en Buenos Aires una junta general de comerciantes hijos del país, y el 4-1-1816, cuatro comisionados de la misma: Manuel Hermenegildo de Aguirre, Ildefonso Passo, Manuel José Galup y Juan Pedro Aguirre, presentaron al Consulado un Proyecto de Reglamento de Comercio para la reforma y mejora del que actualmente tiene y hace la Capital de Buenos Aires. Dicho Proyecto menciona las aspiraciones populares de independencia económica en sus diversos aspectos, que abarcaban a la industria, al comercio, a la desocupación del trabajador criollo, a la marina mercante; ello en amparo del nativo, sin hostigar al extranjero

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ni negarle por eso la tradicional hospitalidad de nuestra tierra. El Proyecto — según lo sintetiza Sierra — limitaba las introducciones de efectos suntuarios, que sólo habían servido para despertar el afán por el lujo y tronchar la industria local, prohibición que alcanzaba a muchos artículos que podían producirse en el país, y gravaba a otros para limitar su consumo. “Para fomentar las fábricas de las provincias de Cochabamba, Tucumán, Córdoba, Mendoza, etc. — decía el documento — serán gravados con un cuarenta por ciento las mantas o frazadas, ponchos, pellones, alfombras de lana, lienzos originales de algodón y todos los tejidos de lana y algodón extranjeros que se asemejen a los de nuestras fábricas”. Se consagraba la libre introducción y exención de derechos para las máquinas destinadas a la agricultura, las artes y las ciencias. Se establecían premios a los cultivadores de lino, algodón, cáñamo, caña de azúcar, tabaco y café; se señalaban medidas en favor del mantenimiento y crecimiento del stock ganadero, se defendía la libertad interior de tránsito para los productos nacionales, asi como la exención de impuestos a su exportación. A los extranjeros se les prohibia tener tiendas de menudeo, pulperias, barracas y fábricas de sebo y velas, e internar productos en las provincias; pero se pedían medidas de protección para que los maestros y oficiales extranjeros pudieran abrir talleres, con la condición de admitir, bajo contrato, a uno o más aprendices hijos del país, hasta que pudieran recibirse como oficiales. A ninguna tienda o taller le estaria permitido tener más de una tercera parte de oficiales extranjeros. Los dueños y capitanes de los barcos de cabotaje, y de los que se ocuparan de la carga y descarga de los navíos de ultramar, debían ser vecinos del país, o sea tener no menos de seis años de residencia en él. Ese Proyecto — cuya tendencia ajustada a la realidad actual podria aplicarse para fortalecer a la Argentina — fué elevado al Supremo Director Pueyrredón, quien lo pasó a informe del Administrador de la Aduana, Manuel José Bonifacio Lavalle y Cortés (padre de Juan Galo el famoso adalid

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unitario), y presumo que Lavalle debió admitir que, dadas las circunstancias por las que atravesaba el país, no era conveniente mutación ninguna en el sistema comercial imperante, a riesgo de encocorar a la blonda y poderosa Albión. Misión diplomática a Norteamérica En mérito de una resolución votada por el Congreso de Tucumán, en la sesión del 26-IX-1816, para que “el Poder Executivo procediese al nombramiento de un enviado cerca del Gobierno de los Estados Unidos de Norte América, para que negocie el reconocimiento de nuestra independencia y logre de aquella Nación las ventajas posibles en favor del país”, el Director Pueyrredón designó a Manuel Hermenegildo de Aguirre — que poco antes declinara un cargo similar en la Corte de Rio de Janeiro — agente diplomático en la república del Presidente Monroe a los efectos antedichos; en tanto San Martín y O'Higgins le encargaban, al mismo agente, la compra de barcos y pertrechos de guerra destinados a la expedición libertadora del Perú. Aquel nombramiento que firmara Pueyrredón el 18-IV1817, refrendado por su Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores Gregorio Tagle, expresaba: “Siendo necesario nombrar una persona que, con el carácter de agente de este Gobierno cerca del de Estados Unidos de Norte América, deba promover cuanto conduzca al progreso de la causa en que están comprometidas estas provincias para su honor y la consolidación de la gran obra de su libertad; teniendo en cuenta las nescesarias cualidades de probidad, capacidad y patriotismo, unidas en el Comisario General de Marina, ciudadano Don Manuel Hermenegildo de Aguirre, lo he nombrado agente de este gobierno, etc., etc.”. En despacho separado, el Poder Público, con las firmas de Pueyrredón y del Ministro del ramo Matias de Irigoyen, habia concedido a Aguirre “los honores de Comisario de Guerra de Marina”.

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Un mes atrás (8-III-1817), el “Director Supremo del Estado de Chile” Bernardo O'Higgins, con el refrendo de su Ministro Miguel Zañartu, otorgaba “toda mi representación con pleno poder y facultades a ... (aquí el espacio se dejó en blanco y fué llenado posteriormente en Buenos Aires, por San Martín, con el nombre de Manuel de Aguirre), “para que contrate y entable todas las negociaciones que sean relativas a la compra de buques de guerra, de fragatas inclusive para abajo, armados y equipados completamente, y a la de toda clase de armamentos, municiones y demás pertrechos útiles al ejército, en la inteligencia que el valor de las especies y su conducción a Chile, que éste encargado comprare o estipulare, ha de ser satisfecho en el acto mismo que se avise su realización, y que al cumplimiento de esta protexta quedan obligados todos los intereses del Fondo Público y del Estado Chileno en general”. San Martín, que acababa de triunfar en Chacabuco, vino apresuradamente de Chile a Buenos Aires, de incógnito casi, con ese mandato de O'Higgins. En los pocos dias de su estada porteña, el campeón de los Andes — según el historiador Alberto Palomeque, que estudió a fondo la misión de mi tatarabuelo a Norteamérica — “celebró reuniones secretas en la propia casa del señor De Aguirre, que actualmente (decía Palomeque en 1905) ocupa su distinguido hijo Manuel Aguirre, rodeado de su bondadosa y humanitaria familia; y alli se convino que San Martín diera poder, a nombre de O'Higgins, llenando el claro que tenia el documento que aquel habia traido consigo, con el nombre del señor don Manuel Hermenegildo de Aguirre”; propuesto por Pueyrredón y aceptado, sin duda, por la Logia Lautaro. Convenio de Aguirre con San Martín y decreto de Pueyrredón El 17 de abril, “el Exmo. Sr. Capitán General Don José de San Martín y el ciudadano de las Provincias Unidas Dn.

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Manuel Aguirre” celebraron un convenio de 16 cláusulas, mediante el cual aquel “en ejercicio de los poderes con que se hallaba investido por el Director O'Higgins”, nombraba a Aguirre agente “para el objeto de comprar o fabricar en los Estados Unidos de Norte América, dos fragatas de guerra de 34 cañones, 115 pies de quilla, 41 de manga ...”; los cuales buques, luego de armados, equipados y tripulados, debia Aguirre enviarlos al Rio de la Plata o en derechura a Valparaiso. Al logro de tal cometido poniase a disposición del agente la cantidad de 100.000 pesos, que él conduciria a los Estados Unidos, y dentro del término de 3 meses de la fecha, se le entregarían 100.000 pesos más; cuyas sumas “se suponen ser suficientes a la compra o fábrica de dos fragatas de primera clase”; suma, la segunda, que recibirá el plenipotenciario viajero por conducta de su apoderado en Buenos Aires don Miguel de Riglos. “Eligirá — aquel — sujetos respetables para oficiales de estos buques, y los tripulará y provisionará en la forma más completa para su viaje de los Estados Unidos a Valparaiso, como propiedad del Gobierno de Chile, bajo cuyo pabellón deben abrir la campaña”. Los sueldos de los oficiales y de la tripulación “serán los mismos que se pagan en la escuadra de los Estados Unidos en tiempo de guerra”; además del disfrute de la mitad de toda propiedad enemiga que apresen, con poder de nombrar sus propios agentes. Dichos tripulantes estarán obligados a servir al Estado de Chile por el término de un año, pasado el cual tendrá facultad cualquier oficial o marinero para dejar el servicio cuando le acomode. Aguirre responsabilizábase “a ordenar se asegure, en la forma ordinaria de comercio, todo el dinero que embarque con este objeto, como igualmente los buques, cargando al expresado Gobierno los premios que se paguen por seguros, fletes del dinero y, en suma, todos los desembolsos que haga en el manejo de este negocio”. “El Gobierno de Chile toma sobre si todos los peligros, accidentes y ocurrencias por mar y tierra que no estén expresados en estas instrucciones”. “Deseando ansiosamente el citado Gobierno que este negocio sea

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conducido pronta y fielmente, se obliga a conceder a Dn. Manuel Aguirre y entregar a su orden, como un extraordinario premio, cien mil pesos en dinero, en el caso de tomarse Lima con el auxilio de los buques mencionados”. Si no encontrara Aguirre exactamente los buques requeridos, se dejará a su juicio que con el dinero que lleva compre los que considere más acomodados. Asimismo “llevará consigo 25 patentes de corso del Gobierno de Chile, y otras tantas del de las Provincias Unidas, con facultad de promover el armamento de corsarios para el mar del Sur, con los premios ordinarios de corso, y a más la gracia de introducir en cualquiera de los puertos de Chile u otros de la costa occidental, que estuvieren bajo las armas de la patria, libres de todo derecho, las presas que hicieren en el mar Pacifico”. San Martín autorizaba a Manuel Aguirre “para tomar cualquier cantidad de dinero en nombre del Gobierno de Chile para completar el armamento de las fragatas”. Si no bastaran aquellos 200.000 pesos puestos a disposición del agente, Chile “garantizará con sus fondos el pago religioso de cualquier cantidad que se le avanzare, hasta con el premio de 60% por este servicio, pagable en dinero o cobres a la orden y a elección de los prestamistas”. “El General San Martín ofrece la garantía de los gobiernos de Chile y de las Provincias Unidas sobre el cumplimiento de todo contrato que celebre Manuel Aguirre. El General San Martín, a nombre del Gobierno de Chile, empeña todo el honor y celo de Don Manuel Aguirre para el exacto desempeño de esta confianza, recomendándose sobre todo la celeridad. Los gastos de manutención y demás para la existencia de don Manuel Aguirre en el Norte de América, durante esta comisión, su pasaje de ida y vuelta, serán de cuenta del Gobierno de Chile, y a su regreso se le entregarán a su orden 12.000 pesos, por via de indemnización de los quebrantos que pueda haber sufrido su giro”. Firmaba el convenio “José de San Martín”, y al dia siguiente el comisionado estampó de su puño y letra, debajo de la rúbrica del Gran Capitán: “Acepto y me obligo a obede-

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cer y a tomar sobre mi toda la responsabilidad que en las antecedentes instrucciones me liga, y a cuyo cumplimiento y exacto desempeño ofrezco todo el celo que merece tan distinguida confianza: Manuel H. de Aguirre”. También el Director Pueyrredón, con su Ministro de Guerra y Marina Matias de Irigoyen, por decreto “dado en el Palacio de la Capital de Buenos Ayres a diez y ocho de abril de mil ochocientos diez y siete”, encomendaba “al ciudadano de este país Don Manuel de Aguirre” — tal como lo hiciera “nuestro íntimo aliado el Reyno de Chile” — “adquirir los recursos y medios vigorosos para la prosecución de la guerra, por mar y tierra, contra los Españoles en tanto no reconocieran la emancipación de la América ... facultándole para empeñar el crédito del Estado de mi dependencia sobre el religioso cumplimiento de lo que de mi orden ha sido garantido por el Capitán General Don José de San Martín, en convenio separado de esta fecha”. Se autorizaba también a Aguirre “para que en el caso de haberse realizado en todo o parte del empréstito de dos millones de pesos, promovido por varios comerciantes de los Estados Unidos, pueda disponer, sobre estos fondos, de las cantidades que sean necesarias para completar el armamento y equipo de dos o más buques de guerra, caso de no ser suficiente la suma de 200.000 pesos que se le entreguen a cuenta del Gobierno de Chile, empeñando a este efecto los respectos y dignidad de la autoridad suprema nacional”. (Aquel empréstito, aludido por Pueyrredón, era el de un grupo de capitalistas yanquis representados por cierto Coronel Devereux, cuya negociación se hizo en Buenos Aires a través del agente comercial norteamericano Thomas Lloyd Halsey, empréstito que luego quedó en la nada). Rumbo al Norte Arreglados, con la premura del caso, sus asuntos particulares; nombrado apoderado general a ese fin su primo Miguel José de Riglos (sobre todo para atender el negocio de

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acopio de cueros que el poderdante exportaba en gran escala a Inglaterra y Francia, por intermedio de la Casa Fermín Fastet y Cia. de Londres. con cuya firma habían surgido dificultades en las cuentas que quedaron impagas, y se cancelarían medio siglo después como lo explico al ocuparme del hijo Manuel Alejandro) Manuel Hermenegildo de Aguirre, el 20-V1817, a bordo del bergantín estadounidense “Emmeline”, zarpó de la rada de Buenos Aires hacia los Estados Unidos. Acompañaba al viajero como Secretario, “en clase de segundo”, José Gregorio Gómez Orcajo, cófrade y amigo de San Martín, cuyo nombramiento hizo la Logia Lautaro “en forma ejecutiva”, oficializándolo en seguida el Gobierno con la retención del empleo y sueldo de vista de la Aduana bonaerense que Gómez disfrutaba a la sazón. Llevó asimismo Aguirre junto a si, “en clase de mi dependiente, por la aptitud y conocimientos que manifiesta tener en el comercio”, a “un hijo de don José Vaudrix” (hermano por tanto, el muchacho, de Angelita Baudrix, la esposa de Manuel Dorrego); a más de dos criados: uno para el titular de la misión, el otro para el secretario Goyo Gómez. Y el 17 de julio — “después de haber sido reconocidos en la Bahia de Chesapeake” — Aguirre y su corto séquito desembarcaron en Baltimore, para de ahí dirigirse a Washington, sede de las autoridades federales del país. Instalado en la capital norteamericana, llega a manos del comisionado argentino una carta, fechada el 4 de junio en la ciudad chilena de Concepción, cuyo texto revela el alto concepto que don Manuel Hermenegildo le merecia al Jefe Supremo de Chile, quien asi lo manifestaba: “Muy Sr. mío de mi primera atención: Apenas fui instruido por el Gral. D. José de San Martín de que a su delicadeza y altos conocimientos se habia conferido la negociación interesante de disponer una esquadra en Norte América que nos diere la dominación del Pacífico, quando di por segura y acabada una empresa que indudablemente va a fixar la Independencia de todo el Mediodia. Reconozco intimamente la generosidad de Ud. en pospon-

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erlo todo a los intereses del Paiz. El mirará en Ud. a su Libertador. Y yo por mi parte protesto cumplir inviolable y religiosamente todos los empeños y comprometimientos que Ud. emprenda en aquella Nación, ratificándolos desde ahora. La atenta consideración de Ud. hacia mi persona, me es de la mayor satisfacción, y doy a Ud. Ias más debidas gracias por el aprecio con que se sirve distinguir mi ningún mérito. Entretanto tengo el honor de ofrecerme a Ud. con la más alta consideración. Su Atento Amigo y afmo. servidor O.B.S.M. Bernardo O'Higgins.” Aguirre inicia sus contactos con las autoridades de la Unión y presenta credenciales y cartas dirigidas a Monroe La doble misión diplomática y comercial del agente que enviaban los gobiernos rioplatense y de Chile a la república norteña, tropezó, desde el primer momento, con serias dificultades, debido, sobre todo, a las equívocas actitudes de los dirigentes estadounidenses que temían contrariar a las grandes potencias europeas, unidas en Santa Alianza contra las revoluciones emancipadoras del siglo. Sin embargo, como Aguirre estaba decidido a no perder el tiempo, a los nueve días de haber pisado tierra, le envió desde Baltimore al Secretario interino de Estado Richard Rush, sus cartas credenciales y demás documentos de presentación. Entre esos papeles tres misivas dirigidas al Presidente Monroe: una de Pueyrredón, otra de O'Higgins y otra de San Martín; con el agregado de una más que lo acreditaba ante los señores Cesar Rodney y John Graham, quienes vendrían como comisionados especiales de la Unión a Sudamérica. Pueyrredón decía a Monroe en un mensaje fechado el 28 de abril: “Cuando los intereses de la nación están de acuerdo con los principios de justicia, nada es más sencillo y placentero que el mantenimiento de la armonía y buena correspondencia entre poderes que están vinculados por estrechas relaciones. Este parece ser el caso en que se encuentran Esta-

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dos Unidos y estas provincias, respecto del otro: una situación halagüeña que da la prueba de nuestro éxito y que forma nuestra mejor apolojía. Es en esta ocasión que el ciudadano don Manuel Hermenegildo de Aguirre, comisario general de guerra, es enviado cerca de S.E. en el carácter de ajente de este gobierno. Si sus recomendables cualidades son el mejor titulo de fiel desempeño de la comisión y de éxito favorable, los rectos y jenerosos sentimientos de S.E. no son menos auspiciosos para ello. La concurrencia de estas circunstancias nos inducen a confiar en el resultado más favorable. Por tanto, espero que S.E. se servirá conceder al citado ciudadano Aguirre, toda la protección y consideración requerida por su rango diplomático y por el presente estado de nuestras relaciones. Este sería un nuevo vínculo con el cual los Estados Unidos del Norte asegurarán más fuertemente la gratitud y afecto de las libres Provincias del Sur”. San Martín comunicaba al Presidente norteamericano: “Encargado por el Supremo Director de las Provincias de Sud América con el mando del ejército de los Andes, el cielo coronó mis fuerzas con una victoria el 12 de febrero contra los opresores del hermoso reino de Chile. Como los derechos sagrados de la naturaleza se han restaurado para los habitantes de este país, debido a la influencia de las armas nacionales y al eficaz impulso de mi gobierno, la suerte ha abierto un campo favorable a nuevas empresas que asegurarán el poder de la libertad y la ruina de los enemigos de América. Con el objeto de asegurar y consolidar esta obra, el Director Supremo del gobierno de Chile ha considerado, como un principal recurso, el armamento en esos Estados de una escuadra destinada al océano Pacífico, la que unida a las fuerzas que se preparan en el Rio de la Plata, debe cooperar al sostenimiento de las ulteriores operaciones militares del ejército bajo mi mando en Sud América; y convencido de las ventajas que nuestra posición política promete, he atravesado los Andes con el objeto de concertar en esta capital (Buenos Aires), entre otras cosas, la garantía de mi gobierno, y el cumplimiento de las

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estipulaciones entre el Supremo Director de Chile y sus íntimos aliados, para llevar a efecto el plan confiado a don Manuel de Aguirre. S.E., que tiene el honor de presidir a un pueblo libre, que luchó y derramó su sangre en causa idéntica a la que están comprometidos los habitantes de Sud América, querrá, lo espero, dignarse extender a la nombrada persona la tal protección que sea compatible con las relaciones actuales de su gobierno; y tengo la alta satisfacción de asegurar a S.E. que las armas de mi país, bajo mis órdenes, no trepidarán en dar valor y respeto a los compromisos de ambos gobiernos”. Y O'Higgins le hacia saber al mandatario de la Casa Blanca que: “Habiéndose restablecido el hermoso reino de Chile el 12 de febrero último por el ejército de las Provincias Unidas del Rio de la Plata, bajo el mando del valiente General José de San Martín, y confiriéndoseme la suprema dirección del Estado por la elección popular, me hago un deber en anunciar al mundo entero el nuevo asilo que estas comarcas ofrecen a la industria y amistad de los ciudadanos de todas las naciones ... Si la causa de la humanidad interesa a los súbditos de S.E., y la identidad de los principios de nuestra actualidad se comprenden en los que en otro tiempo sirvieron a los Estados Unidos para asegurar su independencia, y disponen favorablemente a su gobierno y a su pueblo hacia nuestra causa, S.E. siempre me encontrará abiertamente dispuesto a promover relaciones de amistad y de comercio entre los dos países, y remover cualquier obstáculo para el establecimiento de la más perfecta armonía y buenos entendimientos”. Aguirre oficia al Primer Mandatario de la Unión Tres meses más tarde, el 29-X-1817, ya establecido en Washington, el comisionado de “las Provincias Unidas de Sud América” se dirige por nota el Presidente Monroe. Las expresiones empleadas en ese despacho por el vástago de conquistadores, de colonizadores y cabildantes hispanos; por el ex alumno carolino y antiguo Alférez Real; pertenecen al más

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crudo repertorio de la “leyenda negra” contra España; y su grandilocuencia vituperante — sólo justa para ciertos aspectos de la política de aquella hora — tenía por finalidad halagar al personaje virginiano de raigambre puritana a quien iban dirigidas. He aquí el texto, en castellano, de dicho manuscrito: “Exelentísimo Señor: Tres centurias de opresión colonial por parte de una corrompida, supersticiosa e ignorante nación, cuya porfiada e inicua política siempre ha tendido a envilecer a los habitantes de Sud América, como estando destinados a vegetar en la oscuridad e ignominia: el violento sistema de conservarlos en la ignorancia de toda información incompatible con sus principios de dependencia colonial; la perversa política de negar a los hijos de la madre patria y sus descendientes legales en el continente americano los derechos cívicos en el ejercicio de una práctica igualitaria; el monopolio del comercio despóticamente ejercido, regulado por leyes dictadas solamente en favor de la madre patria, y mantenido al precio de la sangre de víctimas inocentes, nativas del país; la negra ingratitud con que se condujo respecto a la capital de Buenos Aires, después de haber tan gallarda y enérgicamente defendido el dominio español contra el ejercito inglés bajo las órdenes del general Beresford en 1806, y el ejército de 12.000 hombres de la misma nación, mandado por el general Whitelocke en 1807; finalmente el infame compromiso para obligarlos, contra su voluntad, a someterse bajo el yugo que el emperador Napoleón impuso a España para vengar la sangrienta usurpación de los imperios de México y Perú; preparó a esos pueblos, el 25 de mayo de 1810, para la separación de la nación española, inmediatamente conquistada por Francia, no sin admitir la circunstancia adicional de que los habitantes de esas provincias las conservaban para el rey cautivo don Fernando VII y sus sucesores legales. Al restaurarse el rey de España en su trono, había corrido tiempo bastante para darles la oportunidad de volver sobre sus resoluciones, recordando los agravios e injurias hechos, y finalmente para proponerles una honrosa transacción de esas diferencias. Aún no había

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llegado el enviado a la corte de Madrid (Rivadavia), cuando el rey inmediatamente había dictado sus inexorables y sangrientos decretos, y la expedición a las órdenes del general Morillo cruzó los mares para llevar una guerra de devastación a esas comarcas. El derecho natural de propia defensa impuso la necesidad de tomar medidas para repeler la fuerza con la fuerza. Ejércitos hostiles fueron pobres medios que pudieron emplearse para llegar a un arreglo. Cuando el diputado en la corte de Madrid informó al gobierno (criollo) que el rey de España insistía en no dejar otra alternativa que la de la más abyecta sumisión, y que consideraba a esas provincias como propiedad de su corona — indudablemente para hacerlas víctimas de la venganza española —, fué entonces que el Congreso Soberano de esas provincias se reunió, a imitación del ejemplo de sus hermanos y amigos naturales de Norte América, y unánimemente proclamaron en la Ciudad de Tucumán, el 9 de julio de 1816, el acta solemne de su independencia civil de la nación española, del rey de España, los suyos y sucesores, y juraron, junto al pueblo por ellos representado, defender su emancipación política a costa de sus vidas, fortunas y honor. Dios guarde a S.E. muchos años. Manuel H. de Aguirre”. Correspondencia con Adams La callada por respuesta dió Monroe a esa presentación escrita del delegado argentino, el cual entonces cambió de destinatario para concretar sus demandas. Y en sucesivas notas y entrevistas verbales mantenidas con el Secretario de Estado John Quincy Adams (14 de noviembre, 16, 22, 24, 26 y 29 de diciembre de ese año 1817; y 6,13,16 y 21 de enero, 29 de marzo, 5 y 30 de abril, 21 de mayo y 8, 10 y 27 de agosto de 1818), don Manuel Hermenegildo puso a su interlocutor al corriente de los propósitos de su misión, de los obstáculos con que tropezaba para adquirir barcos armados debido a la ley de neutralidad con que los Estados Unidos favorecían a España, de la autorización que traía a fin de negociar el re-

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conocimiento de la independencia de su patria y firmar un tratado comercial con la república norteamericana, cual lo comprueban los documentos que guarda el Archivo Nacional de Washington. Así, el 16 de diciembre Aguirre le decía a Adams: “Habiendo tenido el honor de comunicar a V.E., en octubre último, que las Provincias Unidas en Sud América se habían declarado estados libres e independientes ... V.E. habrá descubierto que aquella declaración no fué prematura, y que las Provincias del Rio de la Plata se abstuvieron de hacerla mientras ella hubiese podido atribuirse a efectos de las congojas en que se hallaba la metrópoli ... prefiriendo agotar antes cuantos medios de consiliación sugiriese la prudencia ... Durante los seis años que precedieron a su declaración de independencia, las fuerzas de aquellas habían obtenido victorias distinguidas en la Banda Oriental; habían obligado a rendirse a una de las más fuertes plazas de nuestro hemisferio y hecho prisionera a la guarnición que la sostenia; y si la victoria no fué siempre compañera inseparable de nuestras armas en el Perú, lo fué más de las veces haciéndonos capaces de rechazar a los defensores de la tirania más allá de nuestro territorio ... Las Provincias del Rio de la Plata no sólo han podido conservar por todo este tiempo los preciosos bienes de su libertad, sino darla, sin auxilio extranjero, a la de Chile, y hacer retirar al Perú a las tropas del rey que, alentadas con nuevos refuerzos, osaron introducirse en nuestro territorio. Es en circunstancias semejantes, después de haber puesto de manifiesto los apoyos de su declaración, y los medios que posee para sostenerla, que mi gobierno ha creido compatible con el decoro de las naciones el manifestar su resolución y solicitar que lo reconozcan como soberano. Al considerar mi gobierno al de los Estados Unidos como uno de los primeros de quienes debiera solicitar aquel reconocimiento, creyó que la identidad de principios políticos, la consideración de pertenecer al mismo hemisferio y la simpatía tan natural de aquellos que han experimentado los mismos males, serían otras tantas razones que cooperasen a

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apoyar su solicitud. Aún existen, aún presiden los Consejos de la Nación norteamericana muchos de los que sostuvieron y sellaron aquí con su sangre los derechos del género humano. Aún existen sus cicatrices, permitame V.E. decirio: sus cicatrices son otros tantos abogados que tiene también aquí la causa de la América española. Al recordar que fueron estos Estados los que nos mostraron más inmediatamente el recto sendero de la gloria y gustaron más de lleno los frutos de la libertad, me atrevo a asegurar que toca a ellos también ser los primeros en revelar que han sabido apreciar nuestros esfuerzos, y alentar asi a las otras Provincias que, menos venturosas, no han podido dar fin todavía a la lucha sangrienta”. Con evasivas y pretextos dilatorios contestó Adams a la nota de nuestro mandatario, “porque — decía — el gobierno de los Estados Unidos deseaba hallarse plenamente informado de los trámites sobre los cuales las Provincias Unidas del Rio de la Plata hacen su solicitud”, y porque también era preciso que “toda duda fuese removida con relación a la existencia real y a la permanencia de las soberanias de dichos gobiernos”. Aguirre, sin tardanza (26 de diciembre), replicó al Secretario de Estado: “Durante más de siete años estas Provincias han llevado adelante una activa y fructífera guerra ... Entre tanto nuestra organización interior ha adelantado progresivamente. Nuestro pueblo ha hecho un ensayo en la ciencia del gobierno y reunido un Congreso de representantes que está empeñado en promover la felicidad general. Se ha formado un plan de defensa militar, en el que antes éramos deficientes, y organizado un sistema fiscal, el cual desde entonces ha sido bastante a proveer nuestras numerosas necesidades ... Las fuerzas de nuestros opresores disminuyen con el aumento de nuestros medios de defensa; sus esperanzas de continuar tiranizándonos por más tiempo declinan; un sistema regular de gobierno, la decisión de nuestros ciudadanos, una renta adecuada, una fuerza organizada suficientemente poderosa para la defensa del territorio, una escuadra a flote, un ejército dispon-

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ible en Chile y otro operando en el Perú, todo esto debe seguramente imponer a nuestros enemigos, si es que la costumbre de gobernar aún los lisonjeara con esperanzas. No obstante la resolución de neutralidad por parte de los Estados Unidos … no querria ofender a V.E. con la idea de que considera necesario el que nosotros debiéramos ofrecer pruebas de la justicia de nuestra causa ... Las Provincias del Rio de la Plata no aspiran a excitar la sensibilidad de los Estados Unidos, sólo reposan en su justicia. La contienda en Sud América no puede ser mirada sino bajo el aspecto de una guerra civil”. Aguirre sostenia que las naciones no pueden ni deben reconocer otro poder soberano sino aquel que lo es de hecho, y no deben averiguar otra cosa que la realidad, sin inmiscuirse en las cuestiones internas de los paises con derecho a ese reconocimiento; que España se habia dividido, de hecho, en dos paises: Sud América y la Monarquia allá en la Península, y “ambas tienen los mismos derechos y se les imponen las mismas obligaciones a las naciones neutrales; y si estas reglas admiten algún cambio, la excepción deberia estar siempre en favor del oprimido y en contra del opresor ... En nuestra última conferencia resultó que V.E. encontraba una objeción en la ocupación de Montevideo por las tropas portuguesas. Pero — arguia Aguirre — “uno de nuestros más distinguidos jefes (alude generosamente a Fructuoso Rivera), ayudado con recursos amplios (versión antojadiza de don Manuel) está ahora empeñado en rechazarlos; y no obstante los dobles vínculos de familia que en la actualidad unen al soberano de Portugal con el rey de España, nuestra existencia nacional, por lejos que quisiera seriamente ser llamada, a causa de la guerra en ese rincón (Montevideo), está fortalecida en ella (en la Banda Oriental) ... Los Estados Unidos — concluia Aguirre — darían un ejemplo de justicia al reconocer la soberanía e independencia de estos Gobiernos que tan gloriosamente y por tan duros sacrificios han sabido ahora cómo se la obtiene”. El 6-I-1818, el agente criollo de las Provincias Unidas del Sur, vuelve a insistir, ante el alto jerarca “bostonés”, mani-

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festando que de acuerdo a las directivas recibidas al partir de Buenos Aires, encontrábase plenamente autorizado para abrir negociaciones con el gobierno de los Estados Unidos, sobre la base de una mutua amistad y de un intercambio económico. Diez dias más adelante (16 de enero) Aguirre hace notar a Adams que la ocupación de la Banda Oriental fué siempre considerada por su gobierno como violatoria del tratado suscripto con Portugal, y que, en consecuencia, el territorio uruguayo invadido pertenecia a su nación. Estas fueron sus palabras: “Señor: Tuve el honor en mi entrevista con V.E., el día 13 del presente, de comunicarle el punto de vista bajo el cual la invasión de una de las Provincias Unidas por las tropas del rey de Portugal fué mirada por mi gobierno; por cuyo hecho se violaba la neutralidad que ellos están obligados a mantener conjuntamente con mi gobierno. De la misma manera me apresuro a informar a V.E. que este acto de invasión por una nación neutral, con el propósito de desmembrar la integridad del territorio de la América Española dentro de sus límites legales, fué considerada, en opinión de mi gobierno, como un acto de hostilidad entre las naciones, y que bajo este principio han regulado su conducta respecto al rey de Portugal”. Añadido a lo antedicho, nuestro agente reiteraba su deseo de llegar a un acuerdo amistoso y comercial con los Estados Unidos. Por su parte Adams, a los concretos argumentos del delegado sudamericano, les opuso, invariablemente, la exigencia dilatoria de que se le demostrara la real emancipación de las Provincias rioplatenses, alegando que si bien Aguirre pretendia representar a todos los pueblos que formaron el antiguo Virreinato, cuatro provincias del Alto Perú estaban aún en poder de España; que Artigas no se sometia a Buenos Aires en la Banda Oriental; y que Montevideo hallábase ocupada por los portugueses. Y cuando, el 25-III-1818, el Poder Ejecutivo yanqui preparaba el envio de su mensaje al Congreso, el habilidoso Secretario de Estado — con la mirada puesta en España, a fin de negociarle las dos Floridas — le aconsejo al

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Presidente Monroe se puntualizase en dicho documento que, “debido al estado inorgánico de las Provincias de la América Española”, “no seria prudente, por el momento, auspiciarles el reconocimiento”. Es que el pragmático Juan Quinciano — para nombrarlo en idioma extraño al de su despejo verbal (mi tatarabuelo entendia inglés, pero creo expediase frente a su interlocutor en francés) — consideraba a don Manuel Hermenegildo “agente público del gobierno de la Plata y privado del de Chile”; asi lo calificó en nota dirigida al Congreso de su país; aunque agregaba que si bien el gobierno rioplatense “exige que (Aguirre) debe ser recibido con la consideración debida a su carácter diplomático, no tiene comisión alguna como ministro público de ninguna categoria, ni ningún poder bastante para negociar como tal”. Adams informó igualmente al Parlamento acerca de las conferencias mantenidas con el enviado argentino, donde se trató “cómo reconocer a su gobierno en caso de ser admisible ... y cuales eran los territorios que él (Aguirre) consideraba como formando el Estado o Nación a reconocerse. Se observó — seguia exponiendo Adams — que la manera en que los Estados Unidos fueron reconocidos por la Francia, fué por un tratado ... en el cual cada uno de los Estados que entonces componían la Unión, fué expresamente nombrado”. Aguirre habiale dicho “que el gobierno cuyo reconocimiento deseaba, era el territorio que fué, antes de la revolución, el Virreinato de La Plata. Se le preguntó por qué no incluia a Montevideo y al territorio ocupado por los portugueses, desde que la Banda Oriental, entendíase, estaba lejos del gobierno español”. El agente argentino “observó que Artigas, aunque en hostilidades con el gobierno de Buenos Aires, sostenia sin embargo la causa de la independencia contra España, y que los portugueses no podrían finalmente mantener su posesión en Montevideo ... Estas observaciones hechas al señor Aguirre — finalizaba Adams — fueron unidas a otras, con referencia a las razones por las cuales el presente reconocimiento del gobierno de La Plata, en cualquier forma no era considerado de

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la competencia del Presidente (Monroe), en atensión a los intereses bien entendidos (de los pueblos rioplatenses) como a los de los Estados Unidos”. Construcción de las fragatas Al propio tiempo que nuestro comisionado tramitaba ante la Secretaria de Estado de Washington el reconocimiento de las Provincias Unidas del Plata, abocábase a la tarea de hacer construir, equipar y armar, dos fragatas de guerra, en cumplimiento de la comisión que le confiriera O'Higgins y con arreglo a las instrucciones recibidas de San Martín, a fin de emplear dichos barcos artillados en la campaña del Pacifico, destinada a independizar al Perú. A propósito de ese asunto, Pueyrredón le escribió a San Martín, que estaba en Chile, el 24-XI-1817: “He recibido las primeras noticias de nuestro Manuel Aguirre ... Se vá a encontrar en apuros de gran tamaño por no habérsele cumplido la promesa de los cien mil pesos que están aún en las cajas de Santiago, y su descrédito va a ser trascendental al de estos gobiernos. Haga usted por Jesucristo que vuele ese dinero a cualquier costo que sea, porque todo es menos que nuestra desopinión. De todos modos el golpe se ha perdido para el tiempo que lo teniamos dispuesto; pero no lo perdamos para siempre, y con él el resto de crédito que podemos conservar y restablecer con los norte-americanos”. Aquellas gestiones las inició Aguirre de llegada al país de los yanquis, pero, anticipándose a cualquier paso decisivo, quiso obtener del gobierno de Monroe las seguridades de que la adquisición de buques armados no se consideraria como contraria a las leyes de neutralidad vigentes en los Estados Unidos. Con ese motivo nuestro agente le dirigió una nota, el 14-XI-1817, al Secretario Adams, manifestando que su misión veiase obstaculizada por el decreto que prohibia a los ciudadanos de la Unión vender barcos a los revolucionarios sudamericanos, debido a la situación de amistad entre los Esta-

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dos Unidos y España. Solicitaba se le aclarara dicha cuestión, pués habia mandado construir en Nueva York un par de embarcaciones que luego no podria llevarlas a los mares del sur. Ocho dias más tarde, mantuvo Aguirre una conversación con el Secretario interino Rush quién, oficioso le aseguró que “buques, cañones, armas y municiones son artículos de comercio permitido por las leyes de este país, y que seria protegido por este gobierno en la ejecución de aquella comisión, siempre que apareciese como una especulación mercantil”; que la política estadounidense “de estrecha neutralidad” era impuesta por el tratado que tenia su gobierno con España, y que tal actitud prescindente — según Rush — “era también la conducta más propia en beneficio de los mismos americanos del sud”. Fué Aguirre informado “que le estaba permitido comprar armas y municiones de guerra a los comerciantes”, mas, en esos casos, “la parte interesada tomaba sobre si el riesgo de llevar el contrabando”. Le fué también dicho “que él estaba en libertad para comprar buques de cualquier tamaño de individuos particulares en nuestros puertos de mar, pero que él no debia armarlos ni de modo alguno equiparlos para la guerra ... que debia moverse al tiempo de hacer las compras, en la mera esfera de un individuo; que mientras asi se condujese, evitando toda infracción a nuestras leyes, su conducta seria aprobada y él mismo protejido; y que si la causa de su patria pudiese ser de este modo beneficiada, yo — Rush — creia que el pueblo y gobierno de los Estados Unidos se hallarían bien satisfechos”. Agregó que, anteriormente, don Manuel Hermenegildo habia puesto en manos suyas las cartas credenciales y misivas para el Presidente Monroe — ausente, a la sazón, de Washington —, las que “fueron empaquetadas con varias otras escritas en lengua española y portuguesa”; sobre cuyos papeles — confesó a posteriori Rush — “fué enteramente la omisión del infrascripto no llamar la atención del Presidente, particularmente a estas cartas”; las cuales, de tal suerte, nunca tuvieron acuse de recibo por parte de Monroe.

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Ley norteamericana de neutralidad. Dificultadas y encarcelamiento de Aguirre El 30 de diciembre insiste Manuel Aguirre, en largo alegato destinado a Adams, acerca de los efectos desastrosos que tendria para la suerte de las armas patriotas la promulgación de una ley sobre neutralidad votada por el Parlamento norteamericano. Ley arbitraria, estimaba Aguirre, pués sus consecuencias serían unilaterales y en detrimento de los pueblos que luchaban por su independencia, privados entonces de comprar material bélico en el más próximo país donde podrían abastecerse. “Bien penoso es para mi tener que ocupar la atención de V.E. — escribiale mi tatarabuelo al Secretario de Estado —, mas yo no corresponderia a la confianza con que me ha honrado mi gobierno y a lo que debo a mi país natal si, instruido de la letra y efecto de la ley de estos Estados, aprobada en tres de marzo último y dirijida a protejer mejor la neutralidad de esta nación, no hiciese presente a V.E. que sus efectos sólo pesan sobre los que luchan por la independencia de la América Española ... Si V.E. me permitiese exponer los efectos de esta ley, aún sobre aquellas provincias que, aunque empeñadas en la misma causa que las del Rio de la Plata, se hallan sin embargo bajo distintos gobiernos, podria yo observar que su armamento es muy inferior al del enemigo; que algunas de ellas no tienen como aumentar el suyo, si la nación neutral más próxima a ellas les rehusa la ocasión; y la ley que las sujeta a esa imposibilidad propende directamente a que sean sojuzgadas.” “La ley priva a muchas de ellas de lo que más necesitan, y no priva a sus enemigos de extraer de aquí provisiones sin las cuales los ejércitos de estos no podrían dar un paso en los territorios adversarios ... Confio en que al informar V.E. al señor Presidente de estas quejas a que me impele la más dura necesidad, le exponga también que en la lucha en que estamos empeñados no sólo defendemos los derechos del género humano y los bienes de la civilización, sino

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que peleamos por la conservación de nuestras familias y por nuestra propia existencia”. Pese a esa norma de “estrecha neutralidad” — en la doble acepción del adjetivo — don Manuel Hermenegildo llevó adelante su resolución de cumplir el peliagudo encargo que habia recibido de San Martín: proporcionar naves artilladas, con tripulación completa y aviamiento guerrero, para la escuadra de Chile. Por lo pronto estudió aquella ley federal norteamericana del 3-III-1817 sobre compra de armas, que estaba en el tapete y tanto le embarazaba; y — cual lo dijo el agente argentino posteriormente en nota a la cancilleria estadounidense — “previo al consejo de los más ilustrados jurisconsultos, ordené la construcción de dos fragatas de guerra en Nueva York, con la intención de despacharlas a Sud América como mercantes con bandera neutral”. Empero, antes de haber tenido listos y armados a dichos navios, nuestro comisionado tuvo que sortear en tierra la mar de dificultades. Por la fragata “Congreso” Aguirre le anticipó noticias de sus trabajos al gobierno de Chile. Así se desprende de una carta suya del 18-III-1818 a O'Higgins: “Sensible me fué — se lee en ese papel — anunciar que me consideraba sumamente embarazado en la ejecución de sus órdenes por falta de cumplimiento de los artículos más esenciales del convenio celebrado entre el señor General don Jose de San Martín, a nombre de S.E. el Director Supremo de las Provincias Unidas del Rio de la Plata, y el infrascripto comisionado, y que me encontraba sin fondos suficientes, y el crédito de ambos gobiernos de Buenos Aires y de Chile en el mayor abatimiento, por irregularidad de las promesas y comprometimientos que el señor don José Miguel Carrera empeñó aquí en nombre de su patria (al armar dos embarcaciones con las que Carrera se vino a Buenos Aires y, según parece, dejó impagas a los armadores yanquis); “como por las relaciones (informaciones) sucesivas que conducen los buques que trafican por las costas de ese Estado (Chile), anunciando la situación más desesperada de medios y recursos para sostenerse ese go-

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bierno en sus empeños y promesas ... El proyecto de la construcción de dos fragatas de guerra de primera clase, y con arreglo a lo que prevenia el citado convenio, fué iniciado (por Aguirre) sobre la base de un fondo cierto y seguro de 200.000 pesos. Partiendo de este principio, se ordenó por mi la construcción de dichos buques por contrata, la que concluida el 20 de noviembre del año anterior, en cuyo tiempo prudentemente suponia la remisión de los restantes 100.000 pesos, con los que debían quedar listas las citadas fragatas para partir a destino (Valparaiso) ... Tengo ahora el honor de comunicar a V.E. que, hallándose las dos fragatas ya concluidas y en las aguas de este puerto (Nueva York) no es realizable su salida por falta de fondos para el efecto, y que los gastos que diariamente aumentan en proporción del tiempo que se hallan aquí detenidas, harán montar su valor a una suma de bastante consideración. Teniendo presente los perjuicios tan considerables ... he considerado conveniente que mi segundo, don Gregorio Gómez, parta con la mayor celeridad a instruir V.E. sobre todos estos particulares, y al mismo tiempo suplicarle se digne cuanto antes V.E. disponer y ordenar su última resolución (de completar aquellos 200.000 pesos), pués son incalculables los perjuicios que deben ser consiguientes, con esta suspensión, a mis intereses particulares”. Por lo demás, Aguirre agregábale a O'Higgins que hubiera deseado incluir al pueblo de Chile en su solicitud, dirigida al gobierno de los Estados Unidos, de reconocimiento de la independencia, pero como carecia de poderes expresos, se habia visto en la imposibilidad de representar a la nación trasandina. Con ese motivo se ofrecia a representarla si se le enviaban “poderes amplios en forma, a lo menos con el carácter de encargado de negocios”. También don Manuel Hermenegildo, por esas fechas, se dirigió al Director Pueyrredón, dándole cuenta de “los enormes entorpecimientos y embarazos en que me hallo para despachar aquellos barcos a su destino”. Exponia que el Secretario interino Rush “me aseguró verbalmente que buques,

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cañones, armas y municiones eran artículos de comercio permitidos por las leyes de este país, y que seria protegido por este gobierno en la ejecución de aquella comisión, siempre que apareciera como una especulación mercantil en buque y bandera neutrales”. Informaba Aguirre que consultó luego con el Secretario de Estado Adams respecto de los veleros guerreros para Chile, y tanto éste como los abogados norteamericanos le manifestaron que “el acto de preparar y despachar buques armados en guerra, equipados y tripulados en puerto neutral, es un acto de hostilidad que viola la neutralidad y quebranta las leyes de este país, por lo que el administrador de esta aduana se halla facultado para detenerlos y confiscarlos, y su valor dividirlo entre el delator y el Estado. Su propietario, o la persona que aparece serlo, debe ser encarcelado por diez años y multado en dies mil pesos”. “No obstante que la ley abre camino a su relajación, sujetado a fianzas de mucha consideración, puede V.E. estar persuadido — le declaraba don Manuel a su eminente futuro tío político — que arriesgaré mi seguridad personal hasta el caso de comprometerla, si es preciso, por cumplir las promesas que ofrecí a V.E., aunque arrancadas como de sorpresa a nombre de la patria”. Y añadía Aguirre, que al no contar “con más fondos que los remitidos hasta aquí por el gobierno de Chile”, le “será imposible, después de satisfacer el valor principal de los barcos, y cubrir las fianzas que es necesario dar en este país, que suben a un valor de mucha consecuencia...”. En tan crítica circunstancia las autoridades de Washington desconocieron a mi tatarabuelo todo privilegio diplomático. De consiguiente éste, a fin de evitarle desaires a su gobierno, se despojó del carácter oficial de Comisario de Marina y de agente de que estaba investido, y devolvió esos despachos a sus mandatarios de Buenos Aires, manifestando “los deseos de conservar únicamente el titulo de simple ciudadano de mi patria, con el que me hallo suficientemente honrado”. En anteriores conversaciones con Adams (13-I-1818), Aguirre habia dicho que la apertura de puertos norteamerica-

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nos a barcos rioplatenses ofrecida por aquel como testimonio de buena voluntad hacia los revolucionarios de Hispanoamérica, no aportaba ningún beneficio a su país, ya que Buenos Aires carecia de poder naval, sin flota mercante propia ni mareantes experimentados, y que si facilitaba patentes a corsarios para hostilizar al enemigo, casi ninguna de las embarcaciones patentadas pertenecían a nativos de su país. Rodeado de dificultades, mi tatarabuelo anticipa, allá en el norte, cinco años antes que Monroe, el fundamento de la “doctrina” epónima A raíz de tratos de un Estado americano con naciones imperialistas europeas para comprarles o venderles territorios continentales, Aguirre, el 22-I-1818, le señalaba a Adams por escrito: (sic) “que su gobierno no podia permanecer indiferente a las transacciones de cualquier potencia respecto a antiguas colonias del Imperio Español, tanto en el Norte como en Sud América” — cuyo argumento, mutatis mutandis, esgrimiria el Presidente Monroe pro domo sua, aconsejado por el Secretario Adams, en su famosa declaratoria de 1823. Ese párrafo de don Manuel referíase a la isla Amelia: de 22 kilómetros de largo y 6 de anchura, situada en la costa oriental de la península española de La Florida; refugio seguro para naves dedicadas al corso y contrabando en perjuicio de España; base estratégica de operaciones que fuera tomada, a nombre de la revolución emancipadora hispanoamericana, por el aventurero escocés sir Gregor Mac Gregor, titulado General, al que respaldaron los representantes criollos destacados en yanquilandia: Lino de Clemente, de Venezuela, Pedro Gual, de Nueva Granada y México, y Martín Thompson, de Buenos Aires — a quien, por ello, desautorizó y destituyó el gobierno de Pueyrredón. (Ver mi libro De Monroe a la Buena Vecindad). A poco andar, otro aventurero titulado “Capitán de Navio de los Estados independientes de México y Nueva Granada”, Luis Aury, apoderóse de la isla con idénticos propósi-

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tos liberadores, desalojando a Mac Gregor. Entonces los Estados Unidos, a fin de impedir que un tercero tomara posesión de lo que deseaba para si, mandó tropas y ocupó el islote — que junto con La Florida compraria, más adelante, en 1819, a España por 5.000.000 de dólares (25.000.000 de pesetas). En razón de aquellas ocurrencias que antecedieron al referido toma y daca, debióse la recordada manifestación escrita de Aguirre al Secretario Adams, en el sentido de que el gobierno de las Provincias Unidas no veia con indiferencia la intervención yanqui en la isla Amelia y el inminente cambalacheo de Monroe con Fernando VII. Los inconvenientes no desalientan a nuestro “ciudadano patriota” En medio de engorros financieros y obstinadas trabas políticas, don Manuel Aguirre logró concretar la hechura de las naves de combate que sabemos; aunque, al no alcanzar el numerario puesto a su disposición por el gobierno chileno, vióse obligado a poner plata de su bolsillo y a reducir el tamaño de aquellas, que tomaron proporción de corbetas; con visos de fragatas; y mi antepasado, inspirándose en la historia de Roma, bautizó a las gemelas: la “Horacio” y la “Curiacio”. (En la vieja chacra de Aguirre, en San Isidro, yo me extasiaba de niño contemplando un antiguo grabado: el juramento de los Horacios, trillizos romanos, antes de lanzarse a la pelea con los Curiacios, trillizos de Albalonga. Creo que esa estampa habia pertenecido a don Manuel Hermenegildo, y reproducia al célebre cuadro de David existente en el museo del Louvre). Como Aguirre se hallaba vigilado en todo momento en Nueva York por los espias del ministro plenipotenciario español Luis de Onis, habia hecho figurar como dueños de aquellas cañoneras a los capitanes destinados a mandarlas: John Skinner de la “Horacio” y Pedro Delano de la “Curiacio”. La escasez de fondos para contratar las respectivas tripulaciones — unos 500 hombres — obligó a hipotecar a la

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“Horacio” en 69.541 dólares y 45 céntimos a favor del prestamista Mateo L. Davis, por el valor de letras de cambio; en tanto el armamento — 36 cañones para cada navío, balas, cuñas, sacatrapos, cureñas, atacadores, etc. se mantuvo oculto en dos paquebotes mercantes de bandera neutral, hasta que pudiera despacharse a Buenos Aires y, de aquí, a Valparaiso. Compelido a realizar esas actividades furtivas, don Manuel, además, estaba generosamente empeñado en todos los sentidos del vocablo cuando (dejemos que él lo relate con palabras de queja, escritas el 10 de agosto, dirigidas al Secretario de Estado Adams): “Hallándose aquellos buques prontos a partir a sus destinos, y con la dotación regular a estilo de comercio, se me comunicó una orden de arresto y prisión por el juez de los Estados Unidos residente en Nueva York comprendiéndose en ella a los capitanes de los buques, y dándose por causa haber sido violadas las leyes del país y haberse cometido delitos de alta traición. Cuatro dias de una custodia inquisitorial precedieron a la declaración del juez sobre la inocencia de nuestra conducta y, por con siguiente, quedamos descargados de tan altos crímenes. En el curso de tales procedimientos se inventaron tormentos hirientes a los sentimientos de delicadeza y honor de todo hombre de principios. Desde entonces los enemigos naturales del país han discurrido y ejecutado, por viles medios de intriga, el entorpecimiento de aquella expedición, unas veces seducidos y corrompiendo a algunos individuos de la tripulación de aquellos buques, otras induciendo y promoviendo cuestiones, directa o indirectamente, con el fin de causar gastos y pleitos, detenciones y demoras. En fin, señor, calculando sobre el principio de agotar los recursos que se hallaban en mi poder, han conseguido reducirme a la alternativa que es imposible proseguir en este empeño sin protección del gobierno general de los ciudadanos de estos Estados, o decidirme por la venta de aquellos buques al gobierno de estos Estados Unidos; pareciéndome, en este último caso, más prudente que el Estado de Chile sufra menos quebranto con esta determinación ... Ha sido tan poderosa la

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influencia de los enemigos comunes de nuestro país, que han conseguido inspirar la más desesperada desconfianza sobre el crédito y recursos de aquellos gobiernos (de Buenos Aires y de Chile); de modo que no siendo hoy en dia los medios efectivos que obran en mi poder capaces de soportar los gastos que originan la intriga de mis enemigos, no encontrando, por otra parte, protección bastante que me escude contra sus proyectos, he meditado, por último, la venta de aquellos buques al gobierno general, en caso de no hallarme capaz de despacharlos a su destino”. Esta nota de Aguirre dedicada al jefe de la Cancilleria de Washington — con el reproche de que “nunca tuve la satisfacción de ser contestado por V.E. sobre este particular” (de hacer construir y armar naves de guerra), lo cual “me colocaba en un estado de duda que equivalia a una prohibición”, fué puesta en conocimiento del Presidente Monroe, y respondida por Adams al infrascripto el 27 de agosto. En su escrito, el Secretario de Estado reiteraba sus anteriores manifestaciones verbales de que el gobierno estadounidense consideraba a la revolución sudamericana como una simple contienda civil entre España y sus colonias, y que la “política declarada de los Estados Unidos, en estrecha conformidad con sus leyes existentes, era observar entre las partes una neutralidad imparcial”; por tanto “el presidente Monroe me ha encargado informar a usted que la administración ejecutiva no está autorizada para hacer compra de las dos fragatas que han sido construidas bajo su dirección en Nueva York”. Adams admitió que Monroe procedia en el asunto “con cautela”: “Usted ha pedido el reconocimiento del gobierno de Buenos Aires como supremo sobre las Provincias del Plata, mientras que Montevideo, la Banda Oriental y el Paraguay no sólo están poseidos de hecho por otros, sino bajo gobiernos que desconocen toda dependencia de Buenos Aires, no menos que de España” mañoseaba, dilatorio, el autorizado vocero de la Casa Blanca, calculando las ventajas del negocio con Madrid acerca de la transferencia de dominio sobre La Florida. Respecto a las in-

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munidades diplomáticas y prisión de nuestro representante, Adams interpretó que las credenciales de Aguirre le daban sólo carácter de “agente”, sin el privilegio de exención de arresto personal. “De que usted haya sido sujeto al inconveniente de un tal arresto agregaba John Quincy es sinceramente sentido por el señor Presidente, pero es una circunstancia que no tiene poder para preveniria. Por la naturaleza de nuestra Constitución, el Superior Ejecutivo no posee autoridad para dispensar la ejecución de las leyes, excepto en los casos prescriptos por las leyes mismas”. Y la nota, luego de considerar al equipamiento de barcos de guerra como acto violatorio de la neutralidad, concluía con estas significativas palabras: “Aún es imposible para mi decir que la ejecución de las órdenes de su gobierno (de comprar buques y armarlos para Chile) sea impracticable; pero el gobierno de los Estados Unidos no puede dar más la cara o participar en modo alguno o que se evada la intención de las leyes, ni menos dispensar su ejecución. De la amistosa disposición del Presidente hacia su gobierno, muchas pruebas han sido dadas. Yo soy encargado por él para renovar la seguridad de aquella disposición y asegurar a usted que continuará manifestándola en todo modo compatible con las leyes de este país y la observancia de sus deberes hacia otros. Yo tengo el honor de ser con alta estima, Señor, su más humilde y atento servidor: John Quincy Adams”. El proceso criminal a Aguirre duró algún tiempo más. Llevado el asunto a la Suprema Corte, el alto cuerpo declaró la inocencia del encausado, fundándose en que si bien el presunto reo habia hecho construir, equipar y dotar de tripulación a los buques antedichos, no se pudo probar que él los hubiera personalmente armado. Consecuencias de la misión de don Manuel Hermenegildo Aquellas patrióticas gestiones de mi tatarabuelo en el país de los yanquis, desarrolladas en medio de tantos bemoles,

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dejaron sin embargo, para el futuro cercano, saldo favorable. Por lo pronto se planteó directamente, ante el gobierno de los Estados Unidos, el reconocimiento, como Nación, de las Provincias Unidas del Rio de la Plata, cuya propuesta formal, tendría por corolario definitivo el mensaje de Monroe reconocedor de la independencia de los pueblos de Hispano América el 8-III-1822. En segundo lugar, esas diligencias y el arresto posterior del comisionado argentino, provocaron una corriente de simpatia en el Parlamento estadounidense, que coadyuvó al logro del reconocimiento pretendido. El diputado Henry Clay, sobre todos sus colegas, con fogosos discursos abogó por la aceptación oficial de las ex colonias hispanoamericanas como repúblicas. Era su tendencia — al decir acertado de Carlos Pereyra en su Mito de Monroe — “formar un grupo de naciones americanas con instituciones semejantes a los de los Estados Unidos; un sistema nuevo, dentro del cual podria desenvolverse el comercio de un modo ilimitado, sin los peligros a que le sujetaban las contiendas de Europa. Los Estados Unidos serían la cabeza del nuevo sistema, y no el ludibrio del europeo”. Asimismo, la presencia de Aguirre en Washington sugirió a Monroe disponer el envio a Chile, al Perú y al Rio de la Plata, del agente William G.D. Worthington, quien arribó a Buenos Aires el 5-IX-l817, sumándose a Thomas Lloyd Halsey, el delegado comercial yanqui malquisto con Pueyrredón. En seguimiento de esto — no obstante haberle negado Adams el exequátur a su compatriota David de Forest, como cónsul general de las Provincias Unidas en el país del Norte —, por iniciativa de la Casa Blanca se despachó para Buenos Aires una comisión de informantes confidenciales, integrada por Cesar Augusto Rodney, John Graham y Teodorico Bland, que llevaron de secretario a Henry Marie Brackenrigde, redactor, a su turno, de un Voyage to South América, suficientemente conocido. Dichos husmeadores oficiosos zarparon a bordo de la fragata “Congress” y tomaron tierra en la sede “directorial” porteña el 28-II-1818. Tras de corta estadia en este medio, el-

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los recogieron datos históricos y recientes noticias políticas, mercantiles y demográficas de las provincias rioplatenses, que, sacados a luz, en informes personales amplios y pintorescos, debieron, en buena medida, contribuir como elementos favorables al reconocimiento de nuestra independencia. Levan anclas las fragatas y llegan a Buenos Aires con Aguirre Cumplido un año y dos meses de permanencia en los dominios del Tio Sam, por septiembre de 1818, cual contrabandista escurridizo, don Manuel Hermenegildo, desde el puerto de Nueva York, a bordo de la “Horacio” al mando del capitán Skinner, pudo hacerse a la mar para Buenos Aires. Simultáneamente soltó cordajes la “Curiacio” a órdenes del capitán Pedro Delano (antiguo deudo de Franklin Delano Roosevelt?); y ambas mellizas náuticas — con el benevolente disimulo de las autoridades portuarias neoyorquinas, sin duda — desplegando sus velas al viento enfilaron sus proas rumbo al sur. Iban las fragatas desarmadas, con falaz apariencia de mercantes, completas sus dotaciones y avios bajo el amparo — supongo — del pabellón neutral de los Estados Unidos. Y el 3 de noviembre, frente al cabo San Antonio, extremo de la ensenada de Samborombón en la costa del Tuyú (hoy partido de Lavalle), Aguirre, embarcado en la “Horacio”, envió por medio de un acompañante suyo, el General colombiano Pedro de Labatut, un mensaje al Ministro de Guerra y Comandante de Marina, Matias de Irigoyen de la Quintana (su tío 2º), informándole “la feliz llegada de la fragata ‘Horacio’ procedente de New York ... y me parece prudente — advertia — recelar que en la entrada del Rio podrían tal vez cruzar buques enemigos de nuestro gobierno, haciéndose necesario, en este caso, prevenir medidas adecuadas de cautela. He encargado muy especialmente a aquel General, me buelba con ésta información lo más brebe que le sea posible; y al mismo tiempo

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suplique a S.E., el Superior Director, se digne dirigir sus órdenes a fin de que dos de los mejores prácticos del Rio pasen a borde de ésta fragata para conducirla a ese puerto con seguridad, pués siendo su calado algo profundo, corre riesgo de encallar en caso de mala dirección. La fragata ‘Curiacio’, de la misma descripción y procedente del mismo destino, si aún no se halla en ese puerto, es muy probable que dentro de pocos dias estará en este Rio, y yo sería de opinión que el buque conductor de los prácticos para la ‘Horacio’, cruzare ocho o quince dias entre los cabos de Santa María y San Antonio, para dirigir aquella fragata a ese destino”. Días después, el Director Pueyrredón le escribia a San Martín lo siguiente: “Don Manuel Aguirre llegó anteanoche en la fragata ‘Horacio’ que dejó enfrente de la Ensenada esperando práctico para entrar; de un momento a otro llegará también la ‘Curiacio’, que salió de Norte América a un mismo tiempo. Ambas son de 36 cañones y en extremo veleras, pero su artillería viene en dos buques mercantes porque no se le permitió salir de otro modo. Me ha hecho ayer (Aguirre) una larga exposición de los contratiempos que ha sufrido y de las dificultades que ha debido vencer para llegar al término de su comisión. Escribe por este correo a O'Higgins, y sólo espera poner aquí listos los buques para trasladarse a Chile a dar cuenta personalmente de su encargo a ese Gobierno”. (Archivo de San Martín, tomo IV, página 601). Correspondencia del agente chileno Zañartu con su gobierno y ulterior destino de las fragatas El representante diplomático de Chile en Buenos Aires, Miguel Zañartu, le hacia saber al Director O'Higgins y a su Ministro Joaquín de Echeverría Larrain, en sucesivas comunicaciones, estos pormenores — pormayores dijérase mejor — acerca de las embarcaciones traidas por Aguirre. • (11-XI-1818) “Se halla ya en la Ensenada el buque en que viene el comisionado de Norte América. Extraordinaria-

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mente he sabido que la artillería correspondiente a las fragatas viene atrás en un buque mercante fletado al efecto. Hasta ahora ignoro si traerá más piezas de las necesarias a la dotación de otros buques, según se le ha encargado”. • (1-XII-1818) “Fondeó el buque fletado para transportar la artillería de las fragatas en esta rada (el 25 p.p.). Desde esa fecha he sido incesante en pedir a este gobierno, por cuenta del Estado, ya por notas oficiales ya verbalmente, el dinero necesario para pagar lo que ha devengado la tripulación, cuya cantidad ascendia a 10.000 pesos hasta el citado 25. Pero la escasez de fondos públicos no ha ayudado los deseos de S.E., y asi es que hasta la fecha insulta la gente, la más insubordinada del mundo y menos capaz de acomodarse a nuestra situación. Combinando los resultados sensibles de esta falta de auxilio, he empeñado el crédito de mi gobierno y del Señor General (O'Higgins?) con algunos amigos que me han ofrecido proporcionarme la cantidad necesaria para pagar el flete de la artillería, lo devengado por la tripulación y su nuevo enganche. No dudo de su desempeño y, en consecuencia, me atrevo a asegurar a V.E. (el Ministro Echeverría) que puede anunciar a S.E. (O'Higgins) saldrán las fragatas dentro de pocos dias, a pesar de estar aún hipotecadas al pago de cantidades crecidas que viene debiendo el Comisionado” (Aguirre). • (18-XII-1818) “Los comerciantes encargados de la suscripción que fueron Dn. Manuel Pinto, Anchorena (Juan José?), Arana (Felipe?), Aguirre (Juan Pedro?), Linch (Patricio?)”, hicieron a Zañartu la propuesta de facilitar dinero, siempre que el gobierno chileno les otorgara privilegio exclusivo de introducir yerba en Chile, libre de derechos, obligándose ellos a no venderla a más de 10 pesos. En caso de concederse la ganga, los comerciantes favorecidos comprometianse a entregar en Buenos Aires, para el gobierno trasandino, la cantidad de 40.000 pesos en efectivo y 80.000 en letras sobre Chile, a 15 y 45 dias vista. “No he querido resolver sin consultar a V.E. — informaba Zañartu —, espero la decisión

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por un extraordinario ... Yo suplico a V.E. que se comparen las entradas de la Aduana, para este ramo, con los 120.000 pesos que donan los proponentes, y me persuado que después de esta confrontación, el ofrecimiento no aparecerá desventajoso como se presenta a primera vista. Aún me restan los extranjeros (mercaderes ingleses, sin duda) a quienes pienso mover en el último caso con la amenaza de que se concederán privilegios exclusivos a los hijos del país, para hacer recaer las ventajas en los que hacen sacrificios”. Pese a las empeñosas recomendaciones de Zañartu, nada de aquello pudo concretarse; como tampoco “el juego propuesto por Dn. Pedro de Lezica, consentido y conocido en Europa baxo el título de Roleta. Es una especie de Loteria, pero su mecanismo más análogo al juego de Banca (lo ilustraba Zañartu a O'Higgins) ... Se ha establecido por el proponente (en Buenos Aires) con la pensión de dar mil pesos mensuales a la Policia, pero con la amplitud de poner quantas cosas guste. En mis extremos apuros por mandar la fragata le propuse (a aquel “roletero” de campanillas: don Pedro Casto de Lezica y de la Torre Tagle) el allanamiento de V.E. para que se estableciese en la capital de ese Estado (Santiago), siempre que se me anticipase, en numerario, igual cantidad de la que aquí (en la porteña sede) exhivia por temporadas. Pero sólo se avanza a dar diez mil pesos por el permiso, haciendo entrar en sus cuentas los gastos de biaje, la incertidumbre de que alli tenga sectarios la invención y otros mil riesgos que entrevea. Como los goviernos nada pierden en estos permisos, pués ya que no pueden evitar los juegos deben regularlos y dirigirlos para moralizar, en cierto modo, a las gentes de esta profesión, yo habria admitido la propuesta ... sin embargo tres días más solo espero el resultado de otras diligencias pendientes sobre dinero, y, si no lo hallo, me tomo la libertad de

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aceptarla como último recurso para despachar esta maldita fragata, detenida solamente por falta de marineros”. (9) Y bien, “esta maldita fragata” era la “Horacio”, cuyos tripulantes impagos habían demandado al gobierno chileno a causa de “los manejos ocultos, fraudes y vicios que embuelbe la contrata” — según opinaba Zañartu. “Pendemos — añadia — de la entrega que debe hacer Aguirre de las cuentas para terminar este pesado negocio. V.E. (O'Higgins) bien advertirá que aún cuando no sea pagable toda la demanda, siempre será preciso satisfacer al contado, sino toda la deuda liquida, al menos una buena parte. Yo no sé de donde sacar este dinero. Este govierno no lo tiene, ni aquí hay quien preste un centavo. Si V.E. resolviera sobre la proposición de la yerba, ya podríamos aplicar a este objeto parte de su producido...”. 9 Apropósito de “roletas” no resisto a la tentación de transcribir el siguiente decreto gubernativo, publicado el 10-V-1820 en La Gazeta Ministerial de Buenos Aires. Dice así: “Decláranse comprendidos entre los juegos de envite que se hallan prohibidos, los que últimamente se han introducido en la ciudad bajo los nombres de roleta y perfecta unión. El Gobierno como empeñado en la felicidad pública, moverá todos los resortes de su autoridad para destruir este germen de desmoralización que ha cundido desgraciadamente en todas las clases de la sociedad. Por tanto, y penetrado del zelo y energía que animan al Regidor juez de policía (Miguel del Mármol Ibarrola), he venido por el presente decreto a autorizarlo bastantemente para que persiga con la mayor eficacia toda casa en que hubiese reunión de esta naturaleza, imponiendo al dueño de ella 500 pesos de multa por la primera vez, y mil por la segunda, que serán aplicados a beneficio de los fondos del ramo; y caso de reincidir tercera vez, se reserva esta superior autoridad imponer las penas que tuviese a bien, según las circunstancias y enormidad del delito. Los útiles que sirvan a tan detestable oficio deberán ser confiscados y quemados públicamente por mano de verdugo, debiendo expresarse en alta voz, al principiar el acto, el nombre del dueño de casa de que han sido extraidos. Y para que tenga su puntual cumplimiento este decreto, transcríbase al Regidor juez de policía, con prevención de que lo circule a los Alcaldes de barrio, encargándoles a nombre del Gobierno el mayor interés y zelo para logro de esta medida que influye tanto en el bien y la salud pública. Rúbrica de S.E. (Ildefonso Ramos Mexía). Luca” (Juan Marcelo de, secretario Interino del Ministerio de Gobierno y Hacienda).

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Así las cosas, el gobierno argentino recibe la noticia del próximo arribo de un ejército de 21.000 soldados españoles, los cuales, bajo la jefatura del General O'Donnell, Conde de La Bisbal, se estaban concentrando en Andalucia, para ser transportados en 4 navios, 6 fragatas, 12 bergantines, otras tantas goletas y 26 cañoneras, surtas en la bahia de Cádiz. Tales poderosos efectivos se destinaban a la toma de Buenos Aires, foco principal de la revolución emancipadora en estas latitudes. (Posteriormente dichos efectivos fueron amotinados por Riego, el 1-I-1820, en “Cabezas de San Juan”, con el propósito de restaurar en España la Constitución de 1812). Comoquiera, aquella noticia, comunicada por fuente segura a las autoridades argentinas, resultaba tremenda. Entonces nuestro gobierno pidió a O'Higgins le cediera la “Horacio” y la “Curiacio”, a fin de integrar con ellas una escuadrilla que obstaculizase el posible jaque mate; mas como al poco tiempo se supo que la expedición enemiga cambiaba de rumbo, y que al Perú vendria un refuerzo de buques con tropas, los gobernantes chilenos reclamaron, otra vez, la pronta salida de aquellas dos naves que trajo mi antepasado Aguirre a Buenos Aires desde Nueva York. “Boy a proporcionarme medios para enganchar la marineria, que es lo único que falta a la fragata que se me ha entregado” — le escribia Zañartu a O'Higgins el 3-III-1819. “Este gobierno no tiene (caudal); los particulares lo ocultan o lo niegan ... de manera que todas mis combinaciones han hallado un obstáculo inbencible. Espero que V.E. no extrañará que hallándome situado de este modo, tome el expediente de solicitar dinero por cualquier partido menos bentajoso”. Zañartu, a renglón seguido, advertia el peligro de “que los Portugueses, resentidos de la prisión que sufre su agente de este pays, intenten una azonada sobre las fragatas, sin respeto a la bandera que las distingue. Esta sospecha está apoyada en denuncias que he tenido ... Por estos principios he mandado doblar la vigilancia a bordo; he aumentado la fuerza y no

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pongo pie en tierra buscando los recursos para hacerlas salir prontamente”. Y los recelos del representante chileno sobre una “azonada” cobraron realidad en la “Horacio”, cuyos oficiales y marineros impagos, al mando del capitán Skinner, cierta noche se sublevaron a fines del mes de junio. Esa fragata — o corbeta —, que aún no habia recibido su armamento, levó anclas sorpresivamente, escapando de su fondeadero rio afuera. Más tarde se supo estaba en “el Janeiro”, y que el capitán Skinner habia hecho entrega del buque al cónsul norteamericano acreditado en la capital carioca, para retornar él a los Estados Unidos. El cónsul, a su vez, ofreció de motu proprio el barco en venta; y el gobierno portugués, haciendo caso omiso de la reclamación diplomática entablada por Chile — que apoyó también el Director Supremo argentino Rondeau, sucesor de Pueyrredón —, sin tomar en cuenta tampoco la carencia de títulos de propiedad y falta de personeria del vendedor, compró a la “Horacio” en 75.000 pesos (de los cuales 65.000 se aplicaron en pagar una hipoteca debida a Mateo L. Davies, según escritura otorgada en Nueva York en 1818). De esta suerte se agregó la nave a la armada “fidelísima” con el nombre de “Maria da Gloria”, en homenaje a una hija del Principe heredero don Pedro — futuro 1º Emperador del Brasil —, nacida tres meses antes. (En 1826, durante la guerra del Imperio brasilero con la República Argentina, la “Maria da Gloria” — ex “Horacio” — hostigó con sus andanadas a la flota del Almirante Brown, en los combates de Los Pozos y Quilmes). En cuanto a la “Curiacio”, de 830 toneladas y artillada con 28 cañones — cuyo envio urgían las autoridades chilenas para sumarla a su marina en el océano Pacifico —, zarpó el 13 de mayo (1819) de la rada porteña al mando del capitán Pedro Delano, y “dió la vela para el puerto de Valparaiso”. “LIeva 213 hombres incluso tropa. La gente escogida y la fragata va bella” — el piropo lo estampó Zañartu en uno de sus habituales informes a los gobernantes de su país. La corbeta — ya

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nunca más la titularían fragata — llegó a destino el 22 de junio siguiente, y trocado el nombre de “Curiacio” por el de “Independencia”, fué incorporada a la escuadra de Cochrane, como lo hizo saber por oficio a su gobierno el representante argentino en Chile Tomás Guido. Después participó la nave en las operaciones del Ejército Libertador del Perú; y el 8-1X1820, en el puerto de Pisco, tras temerarios abordajes, el guerreante velero apresó a dos bergantines y a un guanero enemigos — hazañas que quizás no llegaran a conocimiento de su olvidado padrino tutelar: Manuel Hermenegildo de Aguirre. Trámites y trajines de Aguirre para cobrar su deuda. Enojo con Pueyrredón Estractaré ahora, en la forma más comprimida posible, el largo proceso emprendido por mi tatarabuelo para obtener lo que le quedó debiendo el gobierno de Chile — o en su caso el de las Provincias del Rio de la Plata — por la construcción, armamento, equipo, seguros, fletes y demás gastos desembolsados allá en Norteamérica, para aparejar aquellas dos naves que sabemos, hasta ponerlas, con sus tripulaciones completas, en la rada bonaerense. La cuenta de referencia totalizaba la suma de 318.989 pesos con 61 centavos, de los cuales Aguirre habia recibido 266.891 con 43 centavos, en giros y letras que hizo efectivos en los Estados Unidos, incluyendo aquellos 100.000 pesos que le anticipara San Martín al embarcarse don Manuel para Baltimore. Por tanto, la diferencia de 52.098 pesos con 18 centavos a favor del Comisionado — sin contar gastos personales y la gratificación prometida — era lo que éste reclamaba al Estado chileno. Así consta en la factura que el acreedor presentó, a su arribo de Nueva York, al representante del gobierno trasandino en Buenos Aires, Miguel Zañartu, el 18-XI1818. Pero transcurrieron cerca de tres años, y las diversas gestiones y reclamos hechos por don Manuel, directa o indi-

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rectamente, ante las autoridades de aquende y allende los Andes, para lograr el abono de su deuda, fracasaron del todo. Entonces, el 12-VII-1821, Aguirre presentó un escrito al Gobernador porteño Martín Rodríguez, en el cual decía: Que por convenir al honor y crédito de la Provincia, y al suyo particular, solicitaba que el Director que fué del Estado el año 1817, declare o informe ... si se halló autorizado por el Soberano Congreso para conferir, en los términos en que confirió, la comisión a Norte América en el Infrascripto ciudadano”; el cual aprovechaba “la eventualidad de la permanencia del citado ex Director en el Pays”, para con la declaración de éste, “deducir mis acciones donde corresponda”. El Gobernador Rodríguez, en concesuencia, proveyó mediante decreto que Don Juan Martín de Pueyrredón “informe sobre los particulares que expresa el interesado”. La presentación de Aguirre y el decreto de Martín Rodríguez fastidiaron a Pueyrredón, quien contestó al Gobernador 'Yo estaré siempre tan pronto como gustoso a prestar a V.E., particularmente, cuantos conocimientos y noticias me haga V.E. el honor de suponerme y puedan conducir al mejor desempeño de V.E. en los negocios públicos, pero no me es dado satisfacer de oficio a intereses particulares en materias que tocan directamente mi manejo como Director del Estado. La Autoridad Soberana que me colocó en el mando Supremo, me dió Leyes para mi conducta ... El ex comisionado se halló en esta Capital en el tiempo hábil de mi residencia ... debió entonces exigirme legalmente las noticias que hoy reclama su honor y su crédito particular ... No lo hizo, y expiró exesibamente el término de la Ley que me sujeta a semejantes contestaciones ... La solicitud del ex comisionado a N. América es extemporánea y viciosa, y yo no puedo contestar a ella sin violar las prerrogativas de la Autoridad Suprema que exercí”. “No quiero detenerme — concluia don Juan Martín — en la poca civilidad con que se expresa el ex comisionado en su pedimento, cuando dice que hace ahora esta solicitud por la eventualidad de la permanencia del ex Director en el País,

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por que este concepto es un desaire personal que no conduce al intento, y al que quiero dar el mérito que en si tiene: pero no puedo pasar en silencio la extrañeza con que veo que dos Ministros Letrados (el asesor Alejo Villegas y el fiscal Juan Francisco Acosta) han aconsejado a V.E. ... el decreto citado”. Sin más tardar (17 de julio) Aguirre insistió ante el Jefe de la Provincia a fin de que, conforme a los dictámenes del Fiscal de la Cámara y del Asesor gubernativo, el ex Director Pueyrredón evacuara el informe de referencia. Observaba el interesado que ese asunto no atañía sólo a intereses particulares, sino a públicos entre el Estado, un ex Director y un ex comisionado a Norteamérica; “no obstante — estampaba con acrimonia — es de extrañarse cómo el ciudadano Pueyrredón haya olvidado tan pronto la historia de nuestro país, en la que aspirando él a ocupar la primera página, quiere vendar los ojos a sus ciudadanos sobre su conducta política: Nosotros lo hemos visto en repetidas ocasiones atropellar en otros esas mismas Prerrogativas Supremas que quiere hacerlas tan altas y venerables en su persona; y hemos visto que este Pueblo, justamente irritado, ha encorvado tiranos, y se ha avanzado a pedir razón de su conducta a los Jefes que lo han governado, por Supremos que ellos se creyesen, y por más alta que fuera la Soberania de donde arrancan ellos su poder”. Aguirre sostenia que el ex Director cometia gran injusticia al negarse a declarar en una acción pública relativa a las obligaciones de la Nación con sus servidores. “Si los particulares que hayan sido sacrificados por una Administración arbitraria no tienen el amparo de un gobierno que sostenga sus derechos — continuaba el reclamante —, valdria más el triste desengaño que convenciese y persuadiese la necesidad de mirar cada uno para su propia defensa y seguridad, o la de una absoluta expatriación de un país donde el gobierno no pudiese proteger con la Ley al ciudadano”. “El Ex Comisionado — puntualizaba éste — no habria aceptado la comisión a N. América a saver que el Director se hallaba escudado con una Ley discrecionaria que disminuia, sino lo dispensaba, de toda responsabilidad que era

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anexa a su enorme poder”. Aludia después Aguirre al juicio de residencia que se le hizo a Pueyrredón al ser separado del mando, en cuyo trámite se “podia con livertad formar al ex Director cargos justos o injustos contra su administración, en un tiempo en que en la obscuridad de la noche se suspendia la seguridad individual, y se remitían barcadas de ciudadanos a Martín García: a unos se ponían en prisión por meras sospechas, y a otros se perseguia de un modo sordo y baxo cuerda, hasta ponerlos en estado de perecer de miseria con sus mujeres y sus tiernos hijos”. Y terminaba don Manuel Hermenegildo suplicando al Gobierno no hiciera lugar a la excepción opuesta por don Juan Martín, y se sirviera mandarle evacuar el informe solicitado. Este enérgico reclamo no prosperaria, mas las relaciones entre el sobrino y su tío político quedaron cortadas. Al mes siguiente (27-VIII-1821) nuestro “ex comisionado” presentó otro escrito al Gobernador de Buenos Aires, manifestando resultar “injusta y enormemente onerosa la privación de sus bienes y propiedad por tanto tiempo, por cuyo motivo se halla empeñado su honor y su crédito, no sólo en esta ciudad, sino en los paises extranjeros, donde debió ejecutarse aquella comisión”. En términos estrictos, mi antepasado pedia que reconocida que sea la cuenta presentada, se agregue a la deuda pública del Estado; y que a proporción de los recursos y entradas del erario, se la vaya satisfaciendo lo que resulta a su favor, de modo “que sea posible y conciliable a las urgencias y apuros del gobierno”. Y no le faltaba razón ni derecho a don Manuel Hermenegildo en dirimir el asunto ante el Poder Ejecutivo bonaerense, puesto que el gobierno argentino — por medio de su Director Supremo — habiase comprometido a garantizar el convenio que ajustara con el recurrente, facultándolo “para empeñar el crédito del Estado de mi dependencia (según dijo Pueyrredón) sobre el religioso cumplimiento de lo que de mi orden ha sido garantido por el Capitán General don José de San Martín ... empeñando al efecto los respectos y dignidades

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de la suprema autoridad nacional”. Aval, éste, subsidiario a las garantias que el gobierno de O'Higgins habia otorgado a Aguirre para que en Norteamérica, a nombre de Chile, llevara a cabo sus contrataciones navales. El Gobernador Rodríguez, ante dicha presentación escrita, dió vista de la misma al Fiscal sustituto de la Cámara de Justicia José Francisco Acosta, quien expuso: Que las obligaciones contraidas por nuestro gobierno no eran directas, sino subsidiarias, y para el caso que el Estado de Chile no cubriese el haber del ciudadano suplicante, el cual debia efectuar primero sus reclamos ante el gobierno trasandino. El gobierno porteño (7-X-1821 ) tras este dictámen, por resolución del Ministro de Hacienda Manuel José García (que 4 años más tarde casaria con una hermana de Aguirre), se consideró libre de la garantia de marras. García opinó que la naturaleza de tal fianza no tuvo “legalmente otro objeto que el de asegurar a los gobiernos, o a los particulares extranjeros, para el caso en que subyugada por enemigos la república de Chile fuera imposible alli el pago de las cantidades que se hubiesen anticipado a su agente en los Estados Unidos, las que deberían ser satisfechas entonces por el tesoro de las Provincias Unidas”. Pero al encontrarse en la fecha más asegurada que nunca la independencia de Chile, la provincia argentina se hallaba fuera del caso de la garantia en cuestión. Ello no significaba negarse ese gobierno, “por la protección debida a sus súbditos, de recomendar al gobierno aliado de Chile, si necesario fuese, la preferencia posible en el pago de aquellas cantidades liquidas a favor del ciudadano Aguirre”. La respuesta del interesado contra las razones que aducia este decreto se produjo inmediatamente, y en nota al Ministro de Relaciones Exteriores Bernardino Rivadavia, mi tatarabuelo argumentó de la siguiente manera: “Supóngase, por un momento, que la república de Chile, sin ser subyugada, no pueda o no quiera cumplir sus empeños, ¿seria justo que el agente no pudiera reclamar entonces al garante por el religioso cumplimiento de sus promesas, con tanto mayor motivo

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cuando éste (agente) se halla en el caso de haber contribuido con sus propios intereses y compromisos de su crédito particular para el logro del objeto de su comisión? ¿Con qué medios coercitivos podria él mismo requerir del gobierno de Chile la justicia que reclama, en casos de resistencia? ¿Cómo seria justo que no sólo se viese obligado a ausentarse de su país y familia, sinó que a expensas suyas se mantuviera en un país extraño, entretenido a la discreción de aquel gobierno?”. Y don Manuel terminaba considerando a la interpretación dada a su problema por el Ministerio de Hacienda, “tan ilegal como contraria al tenor de los documentos de referencia”: o sean las garantias que en 1817 estipularon el Director Supremo Pueyrredón y el General San Martín. Formulada esa “apelación a Poncio Pilatos” — redivivo en Martín Rodríguez, Manuel José García y Bernardino Rivadavia — vióse don Manuel Hermenegildo “obligado a ausentarse de su país y familia”, presentó la renuncia de vocal presidente de la Junta Protectora de la Libertad de Imprenta, que ejercia a la sazón, y, “a expensas suyas”, viajó a Chile a fin de hacer valer su derecho frente al gobierno de O'Higgins. Los reclamos se extienden al otro lado do los Andes El 14-III-1822, Aguirre reanuda en Santiago la instancia interrumpida ante las autoridades de Buenos Aires, presentándole al Ministro de Relaciones Exteriores transcordillerano Joaquin de Echeverría, una amplia exposición escrita con su demanda. Manifestaba en ella que desde su retorno de los Estados Unidos habia reclamado el pago del saldo a su favor por los gastos efectuados en el país del norte, y que no podia atribuir el poco miramiento del gobierno hacia su causa, sinó a las premuras que exigia la guerra de la independencia; pero que cesado ya tan poderoso motivo, juzgaba muy del caso fuese atendida su solicitud. “Observará V.S. también — recalcaba Aguirre en su escrito — que el rigor con que se me ha exigido acreditar las cuentas con documentos fehacientes,

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no sólo excede los términos de las instrucciones (de San Martín), en que nada de esto se previene, sino que invade el honor y buena fé que supone por base y fundamento dicha comisión y la naturaleza de la misma”. “En vista de lo perjudicial que me es la permanencia por más tiempo en esta capital, por el abandono en que he dejado mis negocios privados y mi familia en Buenos Aires”, proponiale don Manuel Hermenegildo a O'Higgins — por intermedio del Ministro Echeverría — renunciar al premio extraordinario de 100.000 pesos, a que se habia comprometido pagarle el gobierno chileno en el caso de tomarse Lima, a cambio de “que se me satisfaga en letras o billetes sobre la aduana, el saldo que resulta a mi favor de 52.098 pesos y 18 centavos, que se halla en la cuenta presentada del expediente indicado. El gobierno chileno dió vista de esta presentación al Tribunal de Cuentas, adjuntándole, por separado, las notas que sobre ese objeto recibiera de Zañartu, su agente diplomático en Buenos Aires. Dicho organismo, a su vez, aconsejó a O'Higgins la conveniencia de una transacción con Aguirre, y a propósito de los comprobantes que acreditaban la cuenta de éste, estimó “que eran quasi bastantes, atendida la clase de Comisión, y que sólo había comprobado sus guarismos, por estar en idioma inglés, pués si se hubieran de traducir seria interminable el juicio de la cuenta y siempre vendríamos, en gran parte, a descansar en la buena fé del Comisionado”. Acto seguido, el gobierno designó una junta integrada por el Ministro de Hacienda José Antonio Rodríguez, por el Decano del Tribunal de Cuentas Rafael Correa de Saa y por el Contador de la Casa de Moneda Anselmo de la Cruz, quienes, a continuación, delegaron en el citado de la Cruz y en el Alcalde de la Aduana Francisco del Rio, la tarea de examinar las facturas relativas a la compra de buques en Norteamérica presentadas por Aguirre. Y yendo y viniendo en esto, ambos funcionarios observaron que “aunque dichas cuentas no estaban documentadas bastantemente, tanto por no ser originales los documentos a que se refieren, como por hallarse en otro

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idioma”, ese débito podía aceptarse en principio como válido; mas al no haber arribado la fragata “Horacio” a puerto chileno, había que descontar su precio de los 264.567 pesos que figuraban como el costo que, en Nueva York, pagó Aguirre por esa nave y su melliza la “Curiacio”. De tal forma, cabía reconocer sólo la mitad de esa suma. Tampoco — a juicio de los contadores susodichos — correspondía que Aguirre cobrase la comisión del 5% sobre las partidas recibidas, ya que se le abonaban todos los gastos y un premio de 12.000 pesos. En consecuencia, eliminados los pesos (9.751) tocantes a la comisión, junto con la rebaja íntegra del valor de la fragata “Horacio” (132.333), resultaba un saldo contra Manuel Aguirre, y a favor del Estado de Chile, de 89.937 pesos con 4 reales. A argucias de semejante calibre, amañadas con burocrática impavidez, contestó el reclamante que los documentos originales eran de sobra conocidos por O'Higgins y sus colaboradores inmediatos. Que lo mismo les constaba la llegada de la “Horacio” a Buenos Aires junto con la “Curiacio”, de cuyos navíos se habia hecho cargo, a los pocos dias de anclar en balizas, el delegado chileno Miguel de Zañartu. Recordaba Aguirre que estando hipotecada la “Horacio” por valor de letras de cambio y por el monto de los sueldos de oficiales y marineros, no fué posible nacionalizar a dicha fragata antes de cumplirse, por el gobierno comitente o su garante, las deudas que, a nombre de ambos Estados, habia él contraido como agente de ellos en Norteamérica. Además, el nombramiento de Lord Cochrane para Almirante de la escuadra, efectuado por el gobierno chileno, estaba en oposición con el que hizo Aguirre en carácter oficial, dándole el grado de Comodoro al capitán Skinner de la “Horacio”, “de acuerdo con la prevención que le tenia hecha el General San Martín”. Esto, y la falta de pago al personal navegante, provocaron el motín desertor de la “Horacio”: caso fortuito cuyo riesgo corría a cargo del gobierno de Chile, como lo consignaba el articulo 8º del contrato que celebró Aguirre con San Martín. Por último, la co-

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misión del 5% sobre las partidas recibidas que requería el peticionario, era enteramente conforme a lo prevenido en el articulo 6º del contrato de referencia, y de uso común en el comercio. En cuanto a los 12.000 pesos asignados a Aguirre no tenían carácter de comisión, sino de indemnización, como claramente se expresó en el mismo contrato. Chicana va, chicana vuelve — que no estaba completa ni debía figurar en autos la correspondencia reservada de Zañartu acerca del alzamiento y fuga de la “Horacio”; que Cochrane debía calcular el valor aproximado de la “Independencia”, ex “Curiacio”, y hacer inventario y avalúo del armamento recibido —, los personeros aquellos, nombrados por la directorial voluntad del jefe supremo de Chile, transferían la solución del caso Aguirre para las calendas griegas. Harto de aquel expedienteo interminable, don Manuel Hermenegildo, en virtud de que su convenio equivalía a un tratado público, propuso a las autoridades chilenas una amistosa transacción, que no prosperó de manera alguna. Así las cosas, desesperanzado del éxito de su reclamo, mi tatarabuelo pidió testimonios de las principales actuaciones y documentos obrantes en autos y, a fines de octubre de aquel año 22, con las copias de esos papeles autenticadas por el Escribano mayor de Gobierno Gerónimo Araoz, se vino para Buenos Aires; defraudado por O'Higgins, que otrora lo abrumó con elogios llamándole “Libertador”, mientras prometía “cumplir inviolable y religiosamente todos los empeños y comprometimientos que Ud. emprenda en aquella Nación” (de América del Norte). Reanuda Aguirre sus gestiones en Buenos Aires Una vez en su patria, el 3-V-1823, don Manuel Hermenegildo se dirigió por nota al Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores Bernardino Rivadavia, planteándole de nuevo su caso. De ese documento transcribo los párrafos sustanciales: “Después del periodo de cerca de tres años del

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oneroso entorpecimiento que certifica el expediente que eleva a V.E. el que suscribe; después de la injusta privación de sus bienes y propiedad por igual tiempo; después de sentir empeñado su nombre y crédito en el destino adonde le condujo la agencia del gobierno de Chile y el de su dependencia, ha tenido el desconsuelo de ver interpretados, como nunca esperaba”, el despacho de su nombramiento y garantías dadas por Pueyrredón y O'Higgins, y el convenio celebrado con San Martín. “Partió, pués, el que suscribe, al Estado de Chile; hizo allí cuantos esfuerzos pudo para que se le reconociera el crédito a su favor y se le satisfaciese; sufrió cuanto es decible, y los resultados fueron hostilidades encubiertas y manifiestas para eludir el pago, para desesperarlo y aburrirlo ... Al fin pidió sus pasaportes y se ha retirado entre grandes gastos en su ida, en su permanencia en la capital de Chile, en su regreso y entre no menores perjuicios por la separación en que ha estado de su familia, y por el abandono de sus negocios privados”. Sostenía Aguirre, con verdad, que la alianza de las Provincias Unidas con Chile “nadie la ha contradicho, y la que enlazó la agencia que se le confió (a él en Norteamérica) está descubierta por un conjunto de circunstancias que la evidencian ... que hacen efectiva la garantía del gobierno de quien él (Aguirre) dependía; y son muy luminosas las cláusulas del convenio, de modo que el oscurecerlo es querer inferir restricciones que no son permitidas contra lo que entendieron las partes al tiempo de su celebración y aceptación ... El gobierno de las Provincias Unidas halló razones para ligarse con el de Chile en sus promesas ... y su razón (la de Aguirre) para aceptar la agencia fué bajo terminante garantía del gobierno de las Provincias Unidas, y en igual diploma que el gobierno de Chile” (Lo cual era una verdad de a puño: mi tatarabuelo no lo conocía a O'Higgins ni de vista, y éste extendió el nombramiento para un agente en yanquilandia en blanco, llenado después en Buenos Aires con el nombre de Aguirre por San Martín y Pueyrredón, quienes le pidieron encarecidamente aceptara ese sacrificio con la garantía material y moral del

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gobierno argentino). “Resta pués que V.E. conozca la injusticia del Estado de Chile — proseguía la nota a Rivadavia —, y es ya de estrechante necesidad que V.E. salve el honor de su aliado: ello es muy duro, pero aún lo es más y seria una injusticia pretender que por ser el que suscribe un particular, lleve sobre sus hombros el peso de la injusticia de aquel aliado”. Por tanto, el reclamante pedía a Rivadavia que, sin que sea su ánimo desistir de una transacción sobre el monto de su deuda, “se le satisfaga en proporción a los recursos y fondos del gobierno”. Rivadavia dió vista al Fiscal Francisco Pico del escrito antedicho, y éste reiteró: “Si el Estado de Chile, como se queja el agente, le paraliza el cobro, este gobierno por ahora no debe mezclarse en la justicia o injusticia de tal proceder, dejando al Estado contratante y al agente en libertad de esclarecer y allanar sus gestiones, sin tocar más resortes que recomendar lo que ya ha prometido hacer, si necesario fuese”. Así el Poder Ejecutivo porteño — Pico y Rivadavia mediantes — resolvía una vez más eludir el planteamiento de Aguirre. Pasan cuatro años y el Gobierno decide que en Chile Félix de Alzaga liquidara sus cuentas con dicho país. Entonces acá, el 4-VI-1825, los diputados José de Ugarteche, José Saturnino Hernando y el clérigo Miguel García, proponen en la Junta de Representantes tomar en consideración la causa justa de Manuel H. de Aguirre, “ciudadano recomendable por los distinguidos servicios que rindió, a costa de grandes quebrantos de su fortuna particular, y que el Gobierno autorizara a la misión confiada a Alzaga, mandar hacerle pago (a Aguirre) de los alcances que resultan a su favor, y cuya importancia se agregaría en la cuenta general que tenía con el Estado de Chile”. Empero al debatirse esa propuesta fué desechada, alegando la mayoría de los legisladores que el crédito de Aguirre no estaba comprendido por no haber sido presentado a tiempo. Con posterioridad la casa Taitet y Cia. de Londres exigióle a Aguirre el pago del seguro procedente de los 100.000 pesos conducidos a Norteamérica; seguro que se con-

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trató bajo fé del convenio celebrado en nombre de Chile y de las Provincias Unidas, cuyo cargo ascendía a la suma de 3.531 libras esterlinas y 7 chelines. Don Manuel, en razón de ello, efectuó otro reclamo al gobierno chileno por intermedio de Sebastián Lezica, apoderado suyo en Santiago, a quien se le contestó que allí habían extraviado el expediente original. Por tanto — otra vez de Herodes a Pilatos — Aguirre tuvo que ocurrir al gobierno porteño el 5-IV-1827, a fin de que encarara aquella — diré — endiablada negociación. Dada vista al Fiscal Acosta y al Asesor Pedro Somellera, ambos aconsejaron que debía exonerarse al peticionante de la responsabilidad del pago de tales deudas. Que respecto a aquella de los aseguradores Taitet y Cia., le era preciso al gobierno interesarse con el de Chile para lograr su pago, previniendo también la inconveniencia de retardarlo por el aumento de los intereses. Y el gobierno, que presidía Dorrego (Aguirre integraba entonces la Junta de Representantes) obró conforme al dictamen de sus letrados. Eximió a don Manuel Hermenegildo de la responsabilidad en las consabidas deudas, librando orden de pago a favor de Taitet y Cia. por el valor del seguro e intereses vencidos; mientras su Ministro de Relaciones Exteriores, Tomás Guido, daba curso a una correspondencia oficial con su colega trasandino, sobre reconocimiento y pago de las cantidades adeudadas a los acreedores de Chile, en perjuicio del erario de la Provincia de Buenos Aires. A todo esto los funcionarios chilenos, con una mala fé que asombra, seguían desde una década atrás haciéndole gambetas a aquella deuda flotante; concerniente — valga el retruécano — a las flotantes barcas que sabemos. En un memorial dirigido por don Manuel Hermenegildo al Ministro Guido, el 12-XI-1828, aquel decía que el colega de Chile alegaba “que mi cuenta no es más que un documento confidencial, y que no tiene otro apoyo que mi solo dicho; como si la vista y presencia de dos corbetas de guerra de 861 toneladas, 250 hombres, 36 piezas de artillería, cada una bien municio-

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nada de pertrechos navales de guerra y de boca, dejase de ser un hecho presenciado por todo un pueblo, y el documento más fehaciente y evidente de la cuenta presentada”. Prosiguen las gestiones durante el gobierno rosista Durante la primera administración de Rosas, el Fiscal Pedro José Agrelo dictaminó se cancelara la cuenta de referencia, por “los graves males que se siguen con su demora al benemérito ciudadano don Manuel H. Aguirre”. Tal resolución le fué comunicada al gobierno chileno por el Ministro Guido el 3-II-1830, exponiendo que el pago de dicha deuda “era reclamado por el honor de ambas repúblicas, y por la necesidad de reparar los perjuicios a un ciudadano que se ha distinguido y ha padecido por el servicio de ellas”. Comoquiera el poder público trasandino en manera alguna se ocupó del caso Aguirre, a raíz, sin duda, de las turbulencias que siguieron a la abdicación de O'Higgins, entre “pipiolos” (liberales) y “pelucones” (conservadores). Sin embargo, al restablecerse la calma debida a la acción de Portales, era de presumir que habia llegado la hora de considerar aquella deuda pendiente que jamás se pagaría. Entretanto, en nuestro país, el gobierno del “Restaurador de las Leyes” dispuso que una comisión especial integrada por Mariano Sarratea, Miguel de Riglos y Félix de Alzaga, examinara las cuentas de Aguirre. Dichos caballeros aconsejaron al Poder Ejecutivo transar con don Manuel Hermenegildo, y reconocerle una cuarta parte de sus reclamos originales, sin interés. Ello conformó al interesado, no obstante reservarse el derecho de repetir contra el Estado de Chile por el resto de la deuda. De consiguiente el 15-X-1831 los Ministros de Rosas — a cargo del gobierno, pués don Juan Manuel andava todavía en campaña contra las fuerzas unitarias de Córdoba, en apoyo de Estanislao López — emitieron el siguiente decreto: “Visto este expediente por lo alegado por el ciudadano don

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Manuel H. de Aguirre, comisionado por el gobierno de la República de Chile y por el de las Provincias Unidas del Rio de la Plata para la construcción, armamento y equipo, en los Estados Unidos de América, de dos corbetas de guerra que se consideraban absolutamente necesarias para dominar el Pacífico y proseguir con ventaja la guerra contra la corte de España, hasta asegurar la independencia de Chile, del Perú y la de estas mismas provincias del Rio de la Plata; pesados igualmente los fundamentos asentados por el ministerio fiscal, y atendiendo: Primero: que después de haber el señor De Aguirre cumplido bien y a satisfacción de este gobierno su comisión, armando, equipando y conduciendo hasta este puerto de Buenos Aires las dos corbetas de guerra, ha consumido doce años en dispendiosas e inútiles reclamaciones ante el gobierno de Chile, para que sus cuentas fuesen reconocidas y pagados sus sueldos. Segundo: Que las varias recomendaciones e interpelaciones de este gobierno de las Provincias Unidas al de Chile, para que hiciese pronta y cumplida justicia al ciudadano De Aguirre no han podido surtir su efecto. Tercero: Que después de llenar este gobierno con lo que parecía exijir la consideración y el respeto debido a la dignidad y el honor del gobierno de Chile, ha resultado la ruina del ciudadano De Aguirre, agotada en gastos de pleitos y recursos interminables, con abandono completo de sus negocios y de su carrera mercantil, reducido a cesar en toda gestión ulterior por la imposibilidad de proseguirla en Chile; es llegado el caso de dispensar la protección que el gobierno debe a sus súbditos y que llenan la obligación de honor que ya le resulta con respecto al ciudadano De Aguirre, por la garantía que le prestó formalmente del exacto cumplimiento de las promesas y obligaciones contraídas con su aliado el gobierno de Chile; y porque seria deshonroso e impropio de la lealtad y buena fé de este gobierno, que habiendo el ciudadano De Aguirre confiado en su garantía se le dejase víctima de esa confianza, cuando se han pagado constante y cumplidamente las deudas y

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servicios hechos durante la guerra de la independencia, no sólo a extranjeros y naturales, sino hasta a los enemigos sin excepción. Por todo ello es que habiendo resuelto, a petición del ciudadano De Aguirre, conocer del negocio y nombrar una comisión compuesta de tres ciudadanos que arbitrasen sobre él, por cuya operación resulta un saldo liquido de 27.368 pesos y 3 1/2 reales moneda metálica de oro o plata a favor del mencionado don Manuel H. de Aguirre, con lo que se ha conformado éste; el gobierno, de conformidad con lo informado por la contaduría general, pedido por el ministerio fiscal y dictaminado por su asesor general, acuerda: Que considerando, como considera la justicia, le paguen por la tesorería general de la provincia al ciudadano don Manuel H. de Aguirre los 27.368 pesos ... que resulta alcanzar en las cuentas generales de la comisión a los Estados Unidos de América, con lo que, y salvas las reservas que hace (de repetir contra Chile), debe quedar chancelada y fenecida toda obligación por parte de este gobierno, y agregarse dicha suma a su cuenta pendiente con el de Chile, a quien se dará aviso por turno. Se pase original este expediente a la Honorable Sala de Representantes a fin de obtener la debida autorización para el pago”. Firman: “Anchorena” (Tomás Manuel, Ministro de Gobierno y de Relaciones Exteriores), “Balcarce” (Marcos, Ministro interino de Guerra y Marina), y “García” (Manuel José, Ministro de Hacienda). Y el 31-VIII-1832, la Junta de Representantes aprobó lo resuelto por el Poder Ejecutivo. Tres años más tarde (21 -X1-1835) Manuel Hermenegildo de Aguirre envió a los gobernantes de Chile un largo memorial con el repetido informe de su misión en los Estados Unidos en el cual apuntaba, además, la ulterior serie de trámites realizados para lograr el finiquito de sus cuentas. Pedía ahí, por enésima vez, a los mandatarios de la nación vecina — el Presidente Joaquín Prieto y su célebre Ministro Diego Portales — “una declaratoria sobre el modo de apreciar su comportación, que salvase su honra y dejase una buena memoria para sus inocentes hijos”. Y en diciembre del mismo

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año, Portales le contestó no ser posible deferir su solicitud, por hallarse la gestión promovida pendiente para su resolución ante el Consejo de Estado. Otro escrito despachó enseguida mi tatarabuelo requiriendo a aquellas autoridades recomendasen al Consejo estatal pronto despacho de ese asunto, pués “hacía 17 años que habia tenido el honor de desempeñar la comisión conferida, no habiendo recibido la satisfacción de obtener de ese gobierno la declaración tan justa que expresamente solicita ahora, y es ver si como comisionado de ese gobierno en Norte América he cumplido bien o nó, y a satisfacción del mismo, la expresada comisión. V.E. no puede ignorar que el silencio, en este caso, envuelve un ataque bien manifiesto a mi honor, estimación y crédito, por las sospechas que en sí encierra, y que ha servido de instrumento y arma para lastimar mi reputación”. Aguirre señalaba que los fines de su comisión, admitidos “como contrabando de guerra” por el mismo Estado chileno, requería “se guardase la consideración debida en las formalidades que se exigían para justificar las cuentas”. Que bueno era tener presente que el enganche de 500 hombres en los Estados Unidos, era calificado de “robo de hombres”, por lo cual no pudo Aguirre exigir allá “documentos justificativos de lo que se llama crimen”. Que siempre consideró para liquidar aquella deuda, que lo más honorable para todos seria una transacción, en cuya virtud pudiera el gobierno de Chile, “si no podía satisfacer una suma de consideración de pronto, lo realizara en pequeñas porciones y en distintos y remotos periodos que, como no llevan intereses, debe quedar chancelada y concluida (dicha deuda) en tiempo dado”. La administración chilena, empero, nada resolvió hasta 1840, en que propuso a Aguirre someter sus diferencias al juicio de árbitros, lo cual mi antepasado aceptó; nombrando, por su parte, árbitro suyo al Encargado de Negocios estadounidense en Santiago, Ricardo Pollard, o a quien éste nombrase, y por su apoderado especial a Santiago Ingran.

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Tres años después moría don Manuel Hermenegildo, y su larga demanda ante el gobierno trasandino quedó suspendida. En su testamento (8-XII-1843) manifestó solemnemente el causante: “Se me abonaron por el superior Gobierno 283.520 pesos moneda corriente (¿incluidos a aquellos 27.368 en metálico?), por cuenta de lo que se me debía por mi viaje y comisión acerca del gobierno de los Estados Unidos. Del mismo modo declaro que el gobierno del Estado de Chile” me adeuda 100.000 pesos plata, que prometió pagar por dicha comisión, y aunque considero éste crédito de difícil cobro, encargo muy particularmente a mis Albaceas y a mis hijos, practiquen las diligencias que deben hacer y crean necesarias para hacerlo efectivo”. Tras el extenso relato de la misión de Aguirre en los Estados Unidos, con la secuela de un cuarto de siglo corrido en fracasadas reclamaciones sobre los gastos por él adelantados de su bolsillo para proporcionarle dos naves de guerra a Chile, que Chile nunca pagó; vuelvo a la biografía de mi tatarabuelo, interrumpida a principios de noviembre de 1818, cuando el regreso de éste a bordo de la “Horacio” al puerto de Buenos Aires desde Nueva York. Casamiento do crisis del año 20

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Don Manuel Hermenegildo, antes de partir hacia el país de los yanquis, estaba comprometido para casarse con Victoria Ituarte Pueyrredón, sobrina carnal del Director Supremo. (Ver los linajes de Ituarte y de Pueyrredón). Conforme a ello, al mes de llegar el novio de Norteamérica, formal-

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izó en la Curia porteña su contrato matrimonial con dicha niña, y ambos contrayentes recibieron en seguida la condigna bendición, según lo expresa el documento que original se guardaba en el incendiado archivo del Arzobispado metropolitano (legajo 129, año 1818, nº 107), cuyo testimonio, hoy en mi poder, dice textualmente así: “En Buenos Aires a nueve de Diciembre de mil ochocientos diez y ocho; Don Manuel Hermenegildo Aguirre, natural de esta Ciudad, de estado soltero, de edad de veinte y ocho años, aparroquiado en la Parroquia de la Catedral, hijo legitimo de Don Agustín Casimiro Aguirre y de Doña María Josefa Lajarrota; y Doña Victoria Ituarte, igualmente natural de esta Ciudad, también de estado soltero, de edad de diez y ocho años, feligresa de la antedicha Parroquia, hija legítima de Don Juan Bautista Ituarte y de Doña Magdalena Puirredón, que está presente y le da su consentimiento y licencia; por ante mí el notario de diligencias, habiendo procedido al juramento de estilo dijeron: Que para mejor servir a Dios Nuestro Señor, quieren de su libre voluntad contraer matrimonio, según órden de la Iglesia, mediante a que no tienen impedimento alguno canónico de cuanto se le ha explicado en el acto de esta diligencia, que firman de que doy fé. Manuel H. de Aguirre — Victoria Ituarte — Justo José Viera, Notario de diligencias. “Buenos Aires nueve de Diciembre de mil ochocientos diez y ocho. Mediante lo que resulta de la anterior diligencia practicada de nuestro mandado, y en atención a que por justas causas que se nos han manifestado, hemos dispensado las tres conciliares proclamas; procédase a la autorización del matrimonio que trata este expediente: Doctor Fonseca — ante mí: Silverio Antonio Martínez, Notario Mayor Eclesiástico.” “Nota: Que hoy nueve de Diciembre de mil ochocientos diez y ocho, el Señor Provisor Gobernador de Obispado, autorizó el matrimonio de Don Manuel Hermenegildo de Aguirre con Doña Victoria Ituarte, siendo testigos Don Antonio de las

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Cagigas y doña Magdalena Puirredón, y de mandato verbal del Señor Provisor, lo anoto en este lugar para que conste. Los derechos del Cura no ha pagado.” Firma: “Martínez”. Corren trece meses, y el 1-II-1820 a consecuencia del desbarate militar infligido en la cañada de Cepeda al Director Rondeau, por los caudillos federales de Santa Fé y Entre Rios, Estanislao López y Pancho Ramírez, tanto el régimen directorial como el “Soberano Congreso Nacional” son barridos definitivamente de la escena. El Ayuntamiento bonaerense, única institución que quedaba en pie, se hace cargo entonces de la Provincia con el nombre de “Cabildo Gobernador”, y convoca a votar por electores, los cuales se encargarían de elegir a los futuros mandatarios provinciales. Ramírez y López por una parte, y por la otra el General de las tropas veteranas y de los cívicos locales, Miguel Estanislao Soler — que había firmado un armisticio con dichos caudillos — rechazan la autoridad del “Cabildo Gobernador” y exigen la formación de un nuevo gobierno elegido sin el influjo “de la administración depuesta”. El Ayuntamiento, entretanto, reúne en Cabildo Abierto a 182 ciudadanos — “gente sana del pueblo” — citados por los Alcaldes de Barrio; y tales “vecinos honorables”, presididos por aquel organismo municipal, eligen, el 16 de febrero, por pluralidad de votos (cada asistente votaba por dos nombres) a estos miembros de la Junta de Representantes, flamante institución depositaria de la soberanía provincial: Vicente Anastasio de Echeverría (que obtuvo 50 votos), Juan Pedro Aguirre (43), Victorio García de Zúñiga (35), Tomás Manuel de Anchorena (31), Juan José de Anchorena (30), Antonio José de Escalada (24), Sebastián Lezica, Vicente López y Manuel de Sarratea (14, cada cual), Manuel Luis de Oliden (11), Juan José Passo (10) y Manuel Obligado (9). Tales representantes, a su vez, eligieron veinticuatro horas más tarde, Gobernador de la Provincia a Manuel de Sarratea. Como partícipe de aquella cabildada a toda prisa, Manuel Hermenegildo de Aguirre votó por Victorio García

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de Zúñiga y por Vicente Anastasio de Echeverría; en tanto que por él sufragaron únicamente Domingo Belgrano y Francisco Mansilla. De suerte que en el aludido referendum, mientras mis tatarabuelos Juan José de Anchorena y Antonio José de Escalada alcanzaron 30 y 24 sufragios, uno y otro, el tatarabuelo Aguirre apenas sumó 2. A partir del 28 de febrero, se irán desencadenando en Buenos Aires golpes militares y maniobras políticas, durante cuya anárquica progresión ocuparán alternativamente la silla del gobierno: Manuel de Sarratea (4 días), Hilarión de la Quintana (interinamente una semana), otra vez Sarratea (6 días), Juan Ramón Balcarce (6 días), de vuelta Sarratea (1 mes y 21 días), hasta que, huérfano de apoyo, al discutido personaje lo hicieron renunciar los Representantes el 2 de mayo; mientras Tomas Manuel de Anchorena lo fulminaba con la acusación de intrigante internacional ligado al Conde de Cabarrús. Dos meses atrás, la Junta de Representantes se encontró reducida a cuatro miembros: Sarratea, como Gobernador presidía el Poder Ejecutivo; Echeverría, Paso y Juan Pedro Aguirre habían sido vetados por los caudillos federales triunfantes; Oliden aceptó el cargo de Ministro de Hacienda; y los Anchorena y Vicente López, por último, presentaron sus renuncias. Entonces la Junta decidió renovar sus integrantes y llamar a elecciones a los vecinos de la ciudad y la campaña, quienes designarían por mayoría de sufragios 12 y 11 Diputados, votando cada vecino por 3 candidatos. Y el 27 de abril realizóse el escrutinio de los Representantes urbanos, quedando consagrados miembros de esa segunda Legislatura: Tomás Manuel de Anchorena (con 212 votos), Ildefonso Ramos Mejia (con 180), Manuel Obligado (con 153), Juan José de Anchorena (con 136), Victorio García de Zúñiga (con 127), Juan Pedro Aguirre (con 119), Vicente López y Planes (con 105), Antonio José de Escalada (con 95), Francisco Antonio de Escalada (con 89), Miguel de Riglos (con 79), Juan José Paso (con 71) y Juan Alagón (con 70) . Inme-

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diatamente en pos de Alagón venia Manuel Hermenegildo de Aguirre con 68 votos, sin alcanzar a ser electo. También muy alejado de éste, en la larga nómina de candidatos votados, aparece mi tatarabuelo Patricio Lynch, con sólo 10 sufragios. A todo esto, el Gobernador Sarratea tacha de directoriales, pueyrredonistas y monarquisantes aliados de Portugal, a Tomás Manuel de Anchorena, a Vicente López, a Juan José Paso y a Juan Pedro Aguirre, y pretende procesarlos por “alta traición”. Pero el Cabildo desconoce tal veto, pués considera a la Junta único juez de sus Diputados. No obstante ello, Sarratea hace arrestar a Paso, a López y a Juan Pedro Aguirre, los cuales un día antes de la caida del arrestador recobran su libertad. Desplazado Sarratea, la Junta reunida el 2 de mayo, cubre la vacante de Gobernador, eligiendo jefe interino de la Provincia a Ildefonso Ramos Mejia. Y a los tres dias de ello, el cuerpo legislativo dispone que Manuel Hermenegildo de Aguirre, Manuel Pinto, Nicolás de Anchorena y Joaquín Belgrano o sea los candidatos más votados tras de los titulares — reemplacen a los cuatro colegas enjuiciados. Empero, cinco dias más tarde, don Manuel Hermenegildo se excusaba por nota de incorporarse a la Junta, “por haber sido — decía — enbiado el año diez y siete por el gobierno directorial cerca de los Estados Unidos de Norte América, cuyo hecho supone ignoró el Pueblo quando sufragó a su favor” . Los señores de la Junta estimaron fuera de lugar los escrúpulos del presentante, quien fué llamado en seguida a la Sala, donde “se le recibió el competente juramento”. Acto continuo, a propósito del veto impuesto por Sarratea a los legisladores que sabemos, la Junta acordo nombrar una comisión compuesta por Manuel Pinto y “Man. Hermenegildo Lajarrota” (sic), los cuales debían abocarse a estractar aquel famoso proceso e informar sobre su verdadero mérito a la Honorable Junta.

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En la sesión del 12 de mayo, la Junta recibió una “representación suplicatoria” de los miembros del disuelto Congreso Nacional, destinada a que se hiciese publicar por la prensa “ciertas piezas que señalan de su archivo secreto, desglozadas por el ex Governador Sarratea, quando publicó varias de sus actas” — referentes, sin duda, a las tramitaciones para establecer acá una monarquía. Después de “encendidas muchas y opuestas consideraciones” — según reza el acta del acuerdo respectivo —, Manuel Hermenegildo de Aguirre hizo moción “para que se suspendiese la decisión de este delicado y grave negocio, quando menos por un par de dias”; moción que resultó apoyada “cuasi uniformemente”. Días más adelante (27 de mayo), el diputado Juan José de Anchorena propone a la Junta que siendo necesario tomar “medidas activas capaces de oponer vigorosa resistencia a los insultos y amenazas en que se ve provocada esta Provincia ... se nombre un Governador por ocho meses, con todas las facultades civiles y militares” y que se “nombre igualmente un Consejo cerca de este Xefe, compuesto de cinco individuos, suspendiendo esta Corporación las sesiones por quatro meses”. Tal propuesta dio lugar a “muchos debates y discursos encontrados”, aunque en definitiva los diputados, “quasi por unanimidad”, resolvieron que continuara Ildefonso Ramos Mejia al frente de la Provincia. Solo el representante Aguirre Lajarrota no estuvo de acuerdo con esa decisión, y dió su voto a favor de su colega Juan José de Anchorena. En la inmediata sesión del 29 de mayo, el mismo diputado Anchorena dijo “que no debe considerarse distante de ser atacada esta Provincia” (por las montoneras de Estanislao López, de José Miguel Carrera y de su aliado Alvear), así resultaba preciso “se le franquearan restricciones que fuesen como trabas a la arvitrariedad y despotismo”. A este propósito opinó Aguirre Lajarrota “que juzgaba necesario facultar ampliamente al Sr. Governador, con las restricciones de que no pudiera tener ingerencia en asuntos de justicia civil ni

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criminal, ni tampoco poder cargar impuestos ni contribuciones sin acuerdo de la H.J., a no ser que sea en los momentos de conflicto o alarma, en que sólo podrá hacerlo a consulta de su Consejo”. Planteadas de esa manera las cosas, el 6 de junio, los Representantes designaron Gobernador Titular de la Provincia a Ildefonso Ramos Mejia por ocho meses, y, al propio tiempo, para asesorarlo a éste, establecieron un “Consejo Consultivo” integrado por Juan José Paso, Tomás Manuel de Anchorena y Mariano Andrade, y dos suplentes: Manuel Hermenegildo de Aguirre Lajarrota y el Brigadier Miguel de Azcuénaga. Un par de semanas después (20 de junio), el General Soler se pronuncia contra el gobierno, al frente de sus tropas acantonadas en Luján, y el Cabildo lujanero lo proclama Gobernador de la Provincia. Ramos Mejia renuncia entonces ante la Junta de Representantes; cuyo organismo se declara también disuelto por unanimidad. En seguida el Ayuntamiento de Buenos Aires asume el mando a través de su Alcalde de 1º voto Juan José Dolz. Pero Soler exige ser legalizado gobernante por el Cabildo, y esta corporación — a la que se suman como simples particulares los ex representantes de la disuelta Junta: Manuel Hermenegildo de Aguirre, Juan José de Anchorena, Manuel Obligado, Juan Alagón, Francisco de Escalada y Victorio García de Zúñiga — velando por “el bien y tranquilidad de sus Ciudadanos”, acuerda dirigirse al General Soler para que concurra “a prestar el juramento de ley en esta Sala Capitular”. El caótico proceso referido llegó a su punto más álgido aquel 20 de junio, llamado “día de los tres Gobernadores”: Ramos Mejía (que hasta el momento habia gobernado 1 mes y 18 dias); el Alcalde Dolz (depositario del poder por unas horas); y el General Soler (que a partir de esa fecha gobernaría 10 dias, hasta su derrota por las huestes santafesinas de Estanislao López).

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Otros desempeños públicos y particulares do Aguirre En orden a distintas actividades al margen de la política, agrego que en aquel año 20 don Manuel Hermenegildo, con otras 50 personas, fué nombrado por el Cabildo, el 17 de enero, elector de los 9 individuos que debían componer la Junta Protectora de la Libertad de Imprenta; y que entre aquellos ciudadanos electores figuraban también mis tatarabuelos Patricio Lynch y Juan José de Anchorena. Posteriormente, el 17 de abril, el Cabildo aprobó la diligencia del remate de concesión anual para abastecer de carne a la población urbana, adquirida en 37.200 pesos por Aguirre, con la fianza de su cuñado Antonio de las Cagigas. Sin embargo, corridos dos meses, don Manuel renunció a seguir con ese importante suministro, que no le resultaba negocio, a causa de la “decadencia enorme que sufre su derecho por las escandalosas matanzas en los saladeros de esta ciudad y suburbios con destino al abasto público en corrales particulares, y a las dificultades que oponen algunos abastecedores en los corrales públicos, substrayendo los infractores el derecho establecido”. De yapa, nuestro concesionario habíase atrasado en pagar su deuda al municipio, que, el 16 de diciembre, le canceló el privilegio carnicero, dándole “el plazo de seis meses para el pago de las cantidades en que resultó alcanzado, debiendo cubrirlas por terceras partes cada dos meses”. El l9-VIII-1821 Rivadavia, Ministro del Gobernador Martín Rodríguez, se dirige al Consulado señalando los beneficios que reportaría al comercio bonaerense la instalación de una “Bolsa Mercantil”, que “ha sido en todos los paises cultos uno de los medios que han dado más impulso y rapidez a los negocios”. El Consulado puso buena voluntad en concretar la iniciativa de don Bernardino, y al efecto nombró dos comisiones: una integrada por Miguel de Riglos, Mariano de Sarratea y José María Milá de la Roca, que debía proyectar las bases de la nueva institución; y otra compuesta por José María Rojas y Patrón y Manuel Hermenegildo de Aguirre, encar-

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gada de redactar la ordenanza de corredores. La “Bolsa Mercantil” instalose el 1º de febrero siguiente en la misma casa que ocupaba el Tribunal Consular. Fueron sus 4 primeros corredores: Juan Manuel de Alzaga Cabrera, Camilo Velarde, Miguel del Cerro y Santiago Spenser Wilde. Empero la guerra contra el Brasil y nuestras luchas civiles paralizaron el funcionamiento de aquel ente comercial rivadaviano, que epilogó su sino en la inoperancia y el olvido. Asimismo Rodríguez y su Ministro Rivadavia habían nombrado (9-VIII-1821) una Junta de 12 ciudadanos (6 comerciantes y 6 hacendados) para que asesorara al gobierno en los asuntos de la agricultura, comercio e industria. Los expertos comerciales fueron Juan José de Anchorena, José María Rojas y Patrón, Julián Panelo, Manuel H. de Aguirre, Juan Alsina y Patricio Lynch; y los estancieros Juan Miguens, Joaquín Suárez, Lorenzo López, Agustín Lastra, José Domínguez y Mauricio Pizarro. En enero de 1822 — muy poco antes que Manuel Hermenegildo partiera para Chile a fin de intentar el cobro de lo que el gobierno chileno le debía por la compra y equipamiento, en los Estados Unidos, de aquellas fragatas que sabemos — falleció su madre María Josefa Lajarrota, en el viejo solar de sus mayores. Y cuando mi tatarabuelo estuvo de vuelta del país trasandino, compareció ante el Escribano José Cabral, el 21-I-1823, y en su carácter de Albacea de la finada expuso: Que daba en alquiler toda la casa mortuoria de ésta, “situada en la Plaza Mayor, calle de la Universidad” (hoy Bolívar), a don Félix Castro y Cia.” por el precio de 180 pesos mensuales, “incluido el cuarto que ahora se halla de zapatería y la parte del almacén del Sr Pericena”, “pués las más de las piezas se hallan vacias”. Puntualizó la escritura que por el término de 10 años los propietarios del inmueble se comprometían a no desalojar a los inquilinos, aunque estos podrían dejar la casa al vencimiento de los 6 años del contrato, y no antes. La firma “Félix Castro y Cia.” constituíanla Castro y

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Manuel Hermenegildo de Aguirre, como socios capitalistas, para explotar “la casa de café” intitulada “de la Victoria”. Así, en la tradicional morada de mis antepasados maternos (ver el Apéndice del capítulo referente a Riglos), frente a la Plaza llamada entonces “de la Victoria”, funcionó dicho clásico “Café”, que con el de “Mallco” y el de “Los Catalanes” resultaron, en su tiempo, los sitios públicos porteños más famosos donde se bebía la aromática infusión brasilera. Tres años después (9-VI-1826), ante José Cabral, don Manuel Hermenegildo declaró libre al pardo Timoteo, comprado en 250 pesos a Juan Antonio Chaparro, por la “Sociedad de la Casa Café de la Victoria”. Y el 24-IX-1827 — ahora ante Manuel Cabral — Aguirre hizo cesión, por 6.000 pesos, a León Monguillot, de la parte que le tocaba como accionista de la “casa café” de referencia; ello por liquidación final “de todo cuanto corresponderle pueda por el capital que puso”. Tras de esa venta, mi tatarabuelo quedó separado de la sociedad con Félix Castro. Monguillot llevó adelante el negocio, transformándolo en acreditada confitería. El Banco Nacional En vísperas de “la aventura presidencial del señor Rivadavia” — calificativo histórico que pertenece a don Vicente F. López — el Congreso unitario creó, el 28-I-1826, el Banco Nacional. Su primer directorio, nombrado 5 días después por el Gobernador Las Heras, lo formaron: Juan Pedro Aguirre, como presidente, y Manuel Hermenegildo de Aguirre, Miguel de Riglos, José Maria Rojas y Patrón, Manuel Arroyo, Félix de Alzaga, Pedro Capdevila, Sebastián Lezica, Diego Brittain, Juan Zimmermann, Johsua Thwaites, Juan Molina, Manuel Haedo, Mariano Fragueiro, Braulio Costa, Mariano Sarratea y Francisco del Sar, como vocales. Esa institución se fundó por el término de 10 años, con un capital de 10 millones de pesos fuertes, que en realidad nunca pasaron de los 3 millones incobrables, arrastre de las

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renovaciones del empréstito Baring Bros. de 1824, aportados por el gobierno — al decir del historiador Juan Pablo Oliver. El Banco Nacional — del que mi tatarabuelo se retiró del directorio, al poco tiempo — había tomado a su cargo el activo y pasivo y las acciones del Banco de Descuentos, establecido en 1822, bajo el auspicio de los Ministros del Gobernador Martín Rodríguez, Rivadavia y Manuel José García. Tal Banco de Descuentos, estuvo constituido por empresarios particulares, los cuales en sus tres cuartas partes fueron extranjeros, como su propulsor más efectivo, el británico William Castwright. Habíaselo autorizado para funcionar durante 20 años, con monopolio emisor de billetes, amén de gozar privilegios judiciales y exenciones impositivas. De hecho y de derecho esa sociedad — indica Juan Pablo Oliver — era la reguladora del crédito y economía de la Provincia. Estaba al borde de la bancarrota, cuando se la reemplazó por el Banco Nacional; cuyo destino fué también aciago: cayó en descrédito, paralelamente con la administración rivadaviana, de la que en realidad provenía; sus billetes no merecieron la confianza del público; y una vez que asumió el poder el “Restaurador de las Leyes”, éste, haciendo honor a su apodo, respetó aquel plazo legal de 10 años para el funcionamiento de dicho organismo financiero. Cumplido su término en 1836, el mentado Banco particular — Nacional de sobrenombre — entró en liquidación, creando Rosas en lugar suyo un Banco de Estado, el Banco de la Provincia de Buenos Aires; mientras tomaba el gobierno a su cargo, a través de la Caja de Moneda, la facultad de emitir pecunia, que, como vimos, corría anteriormente por cuenta de agiotistas y comerciantes acaudalados metidos a banqueros. La “capitalidad” de Buenos Aires y el intento de dividir la Provincia en dos El 13-II-1826 Rivadavia, flamante “Presidente de las Provincias Unidas del Rio de la Plata”, envia al Congreso, con

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su firma y la del Ministro Julián Segundo de Agüero, el proyecto llamado “de capitalidad”; el cual, tras apasionados debates, fué ley el 4 de marzo siguiente. La sanción parlamentaria — sin modificar en nada dicha iniciativa del Poder Ejecutivo — designaba a la ciudad y parte de la campaña de Buenos Aires capital de la República y sede de gobernantes nacionales; nacionalizando también todos los establecimientos bonaerenses, y las acciones, deberes y empeños contraidos por la Provincia, así como sus fuerzas militares. La periferia que quedaba “capitalizada” en torno al recinto propiamente urbano, era la comprendida, de Norte a Sur, entre el puerto de Las Conchas (Tigre) y la Ensenada de Barragán (hogaño rio Santiago), y de Este a Oeste, entre el Rio de la Plata y el de Las Conchas hasta el puente Márquez (que une al actual partido de Morón con el de Moreno), debiendo el resto del territorio bonaerense organizarse como Provincia bajo la dirección de sus autoridades. De esta suerte, aquellos políticos y congresistas unitarios le arrebataban a la histórica Buenos Aires su ciudad y su inalienable soberanía, con el propósito de convertir a las Provincias en simples entidades administrativas subordinadas al poder central. Mas no pararon ahí los estrafalarios designios reformistas de don Bernardino, y seis meses después (12 de setiembre), el Presidente eleva al Congreso otro plan encaminado a partir en dos a la Provincia de Buenos Aires, a fin de improvisar dos nuevas provincias: una al Norte, que se denominaría “Provincia del Paraná”, con capital de San Nicolás de los Arroyos; y otra al Sud, nombrada “Provincia del Salado”, con capital en el pueblo de Chascomús. Este intento peregrino (“salado” y que no serviría “para ná”) conmueve a la opinión pública porteña. Los hombres del partido oficial movilizan a un grupo de vecinos de Chascomús y a otros habitantes de la campaña, quienes en sendos memoriales, con 420 firmas presentadas al gobierno, adhieren al plan divisionista rivadaviano. Frente a esa colección de nombres sin relieve mayor (fuera de Joaquín Campana, Manuel

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Ruiz Moreno, Juan Ignacio San Martín y alguno más), Nicolás de Anchorena se encarga de hacer firmar listas de protesta dirigidas al Congreso. Una, fechada el 2 de diciembre, con pedido de gran parte de los principales propietarios de La Matanza, Durazno (hoy Las Heras), Lobos y Navarro, “para que no se sancione el proyecto de división del territorio de Buenos Aires en dos provincias”. Y diez días más tarde, don Nicolás remite cinco legajos al Congreso, con súplicas análogas firmadas por “un crecido número de propietarios residentes en la campaña”, cuyas solicitudes, añadidas a la primera presentación, totalizaban 650 firmas, aproximadamente; entre las cuales hallamos la de Manuel Hermenegildo de Aguirre, quien dejó constancia que “suscribe por la individualidad de la Provincia tal qual ella era antes de la Ley de Capitalización”. La enfiteusis rivadaviana Un documento existente en el Archivo General de la Nación, titulado Relación de los terrenos concedidos en enfiteusis desde el 27 de septiembre 1824 hasta el 1º de mayo de 1827, registra como enfiteuta en el “Partido de Monsalvo” a “M. Aguirre, Rojas y Cia.”. Tal concesión fué puramente nominal; su realidad quedó solo ahí, en ese apunte oficinesco. También en 1826 obtuvo Manuel Hermenegildo 9 leguas cuadradas en enfiteusis en el actual partido de Azul; cuyo derecho transfirió a Felipe Arana en 1828, el cual lo cedió en 1837 a Juan José Lahitte y a Francisco Piñeyro Fernández; quienes adquirieron ese campo en propiedad en 1839. Mi tatarabuelo, por lo demás, nunca llegó a poseer efectivamente ni a trabajar en persona campo alguno de pastoreo, y del referido derecho al uso y disfrute de aquella tierra fiscal en Monsalvo — 100 leguas cuadradas — que compartía con Roxas y Patrón y otras personas, jamás se tuvo noticia en su familia; ni semejante negocio consta formalizado en ningún documento notarial ni en cartas íntimas. Por esos años sus actividades pecuarias consistían en la explotación de un saladero

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con Miguel de Riglos y Prudencio Rosas; como antes hiciera grandes acopios de cueros de novillo para exportarlos a Inglaterra y Francia; y, en 1820, él adquirió “en remate” — por licitación, diré mejor — aquel pasajero derecho a abastecer de carne a la ciudad. Cabe indicar que la imprevisión y el desorden caracterizaron a la ley de tierras públicas — como lo demostró Emilio A. Coni en su irrefutable estudio La verdad sobre la enfiteusis de Rivadavia. A raíz de esa ley de enfiteusis, inmovilizaronse las tierras fiscales que habían quedado hipotecadas en garantía del empréstito inglés: un millón de libras (cinco millones de pesos fuertes). Tal empréstito formalizóse en Londres por intermedio de los banqueros Baring Brothers y Cia. “Para decir estrictamente la verdad — puntualiza Roberto de Laferrere en su notable monografía El nacionalismo de Rosas —, del impréstito inglés lo que realmente entró al país, si algo entró de Inglaterra, fué una suma irrisoria, como que la operación real consistió principalmente en emitir documentos de crédito sobre los comerciantes ingleses de la plaza: ingleses de nacionalidad, pero con capitales formados o acrecidos en el país. Los ingleses, pués, nos prestaron lo nuestro y después nos lo cobraron con intereses como si fuera de ellos”. Aguirre queda viudo. Es elegido Representante luego de la caída de Rivadavia y vota por Dorrego para Gobernador El 5-V-l827 se apagó la vida de Victoria Ituarte, después de dar a luz a su hijita Victoria, que habría de morir párvula. Dos meses más tarde caía Rivadavia del sillón presidencial, a consecuencia de la componenda de paz con el Brasil, que firmó su agente Manuel José García en Rio de Janeiro; pacto lamentable que cedía la Banda Oriental al Imperio enemigo. Aceptada la dimisión de Rivadavia (7 de julio), Vicente López y Planes es nombrado Presidente provisorio de la Rep-

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ública. A los dos dias de ello, se convoca a elecciones para Representantes a la Legislatura; y cumplidos apenas cinco semanas del alejamiento de don Bernardino. el Congreso Nacional queda disuelto. Quince días después, Manuel Hermenegildo de Aguirre resultó electo Representante legislativo junto con Manuel Vicente Maza, Nicolás de Anchorena, Félix de Alzaga, Justo García Valdés, Felipe Arana, Pedro Medrano, Bernabé Escalada, Juan N. Terrero, Angel Pacheco, Victorio García de Zúñiga, Braulio Costa y Felipe Senillosa, entre otros; y estos y demás colegas — en número de 31 — eligen, el 13 de agosto, Gobernador de la Provincia y encargado de las relaciones exteriores nacionales, de paz y guerra, al Coronel Manuel Dorrego. He aquí el voto del Diputado Aguirre, de excelente factura y noble sentimiento: “Señor Presidente (del cuerpo legislativo, Felipe Arana): El individuo por quien estoy determinado a votar para el gobierno de mi país y que nombraré después, es un militar probado que ha hecho servicios distinguidos a la patria; es un ciudadano honrado, que ha defendido los derechos e intereses de la provincia con celo, energía y dignidad que le es debida, y con el suceso que hemos visto; es un padre de familia que llena sus deberes de acuerdo con los principios de moralidad que deben gobernar a toda sociedad bien arreglada. Pero, todo eso no sería bastante para preferir a ese ciudadano a otros de igual mérito que existen en el país. Lo que me impulsa a decidirme por él, es la experiencia que he adquirido de que es imposible gobernar bien a los hombres sin haber cursado antes la escuela de la adversidad y el infortunio; que el que no ha conocido sino la prosperidad — por más ilustración que se le reconozca — es insolente, inaccesible y duro con los desgraciados, e incapaz de buen gobierno. En ella (en la adversidad) lo he conocido y clasificado de hombre fuerte que sabe sobreponerse a la condición de un hombre desgraciado, abandonado a la piedad y a la compasión de unos extranjeros que lo apreciaron cuando conocieron su

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mérito. En ella ha aprendido él la verdadera sabiduría, que consiste en saber sufrir y abstenerse, en la moderación y prudencia con que él ha visto gobernar a los hombres en el lugar de su asilo (los Estados Unidos), y el modo práctico de hacerlos felices. Por todos estos motivos doy mi voto por el ciudadano don Manuel Dorrego”. Aguirre es designado Ministro de Hacienda y no acepta el cargo Aquel mismo día el Gobernador asume el mando, cesa en sus funciones el Presidente provisorio Vicente López, y con él la institución presidencial como suprema jefatura del Estado. Poco después Dorrego forma su primer gabinete con los siguientes Ministros: de Gobierno, Manuel Moreno; de Guerra y Marina, Juan Ramón Balcarce; y de Hacienda, Manuel Hermenegildo de Aguirre. La designación de mi tatarabuelo estaba redactada en estos términos: “Buenos Ays. Agosto 17 de 1827. El Gobernador y Capn. Gral. de la Prova. ha acordado y decreta. Art. 1º: Queda nombrado el Sor. D. Manuel Hermenegildo Aguirre en clase de Ministro Secretario del Departamento de Hacienda. 2º: Estiéndase el correspondiente despacho, comuníquese a quienes corresponde y publíquese: Dorrego: Manuel Moreno”. Y Moreno al remitirle copia del decreto al interesado (en oficio con el encabezamiento de “Viva la Confederación Argentina. Mueran los salvajes unitarios”) le agregaba que el Gobernador espera “querrá admitir un cargo a que lo llaman los intereses del País, y cuyo exacto desempeño es garantía bastantemente por las notorias aptitudes y patriotismo que le acompañan”. Empero diez días más tarde, Aguirre no aceptó el Ministerio ofrecido, “fundado en el mal estado de las finanzas, para las cuales se necesitaba un hombre bien preparado”, como dijo en su renuncia. Y ese “hombre bien preparado” resultó el hacendista José María Roxas y Patrón; prefiriendo el

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dimitente mantenerse como legislador, antes que poner manos en el embrollo financiero que dejara la administración rivadaviana. Aguirre en la Legislatura El legislador Aguirre fue siempre responsable, enérgico y patrióticamente inspirado. En la sesión del 12 de agosto, junto con Felipe Arana y Vicente Anastasio Echeverría, se le nombró para redactar la minuta de comunicación que debía dirigirse a las demás Provincias, avisando el restablecimiento en Buenos Aires de la Junta de Representantes. Y el 17 del mismo mes, mi tatarabuelo fundamenta un proyecto de remoción de los Diputados porteños que integraron el Congreso Nacional. Creía don Manuel Hermenegildo que esos Diputados merecían castigo por haber contribuido a la capitalización de la histórica sede de su Provincia. Su proyecto establecía que: “los que promovieron y cooperaron a la infracción de la ley fundamental; los que acordaron y decretaron la disolución, partición y división de la Provincia, quedarán privados de los votos activo y pasivo hasta tanto justificaran que habían obrado de acuerdo con la voluntad y derechos de la Provincia que representaban”. Y con énfasis porteñista mi antepasado “protestaba, ante los señores Representantes, que el día que viera a su lado en esta Honorable Representación a cualquiera de los que abiertamente se habían declarado en contra de los derechos e intereses de la Provincia, sin haberse purificado y justificado ante ella misma, abandonaría este puesto que creo ahora ocupar con honor, porque me consideraría impropiamente confundido, alternando con los que, en mi opinión, no son acreedores de la confianza pública”. Tal proyecto de inhabilitar políticamente a los ex legisladores comprovincianos del ex Congreso Nacional, fué aprobado por la Honorable Sala. También sus colegas designaron el 1º de septiembre a don Manuel presidente del Crédito Público, en pareja con

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Bernabé Escalada como vicepresidente. Dicho organismo financiero del Estado equivaldría, en cierta manera, al actual Banco Central. No era por cierto don Manuel Hermenegildo un espíritu dado a la contemplación de abstracciones espirituales, ascéticas o místicas; su filosofía — si podemos llamarla de esa manera — era la del siglo de las luces: racionalista, cientificista, con ingenua fé en la libertad, en el progreso, en la filantropía, en la moral práctica; ideales todos ellos encerrados en preceptos para una religión sin misterios, que él vió florecer pujante — y admiró quizás — en los Estados Unidos de Norteamérica. Es así que, al discutirse en la Cámara de Representantes, el 2 y 5 de noviembre, un pedido de autorización para aumentar el número de monjas Catalinas en la ciudad, mi tatarabuelo — fiel a aquella ideología acerca del mundo y de la vida — se opuso a esa demanda. “No es el número —dijo — de 10, 20 o 30 el que yo creo han tenido presente los señores Diputados para oponerse al aumento, sinó los principios; y sobre esto no se ha dicho nada. El primer principio que creo está atacado aquí, es el de la libertad. Yo entiendo por libertad el derecho de poder hacer lo que no ofenda el derecho del hombre. El otro principio es el que los conventos no son la Religión; puede haber Religión Católica, Apostólica Romana en el país, sin que haya conventos. Y el otro, que en un país despoblado como es éste, en que hay para un habitante una legua cuadrada, todo establecimiento que proteja el celibato es antipolítico. Estos son los tres principios que yo he tenido en vista y he aducido en la sesión anterior para oponerme al aumento del número de monjas. Por lo que respecta a la comparación que acaba de hacerse del matrimonio con la profesión de las monjas, yo diré que hay más libertad y más medios de poder remediar cualquier mal que haya en el matrimonio, que no en el monasterio; porque en el monasterio no hay más remedio ni más arbitrio que sufrir o morir o volverse loco. Pero lo principal es la capacidad de esas niñas para hacer esos votos, porque son menores de edad, y no saben lo

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que hacen; por lo que ni la ley civil les permite votos en los juicios. A la verdad, es lo más horroroso que pueda permitirse en un país civilizado, el que una niña de esa edad entre a hacer unos votos que no sabe si podrá cumplirlos o no. Por tanto, mi parecer es que el número de monjas sea el de antes, y no se haga novedad”. En la sesión secreta del 4 de diciembre, a propósito de la Convención Nacional que se había reunido en Santa Fé, con dos diputados por cada provincia, a fin de nombrar al Presidente definitivo de la República, que se organizaría bajo el sistema federal (cuyos móviles frustraron acontecimientos políticos posteriores), don Manuel Hermenegildo observó que en las instrucciones dadas a los diputados de Buenos Aires — Vicente Anastasio Echeverría y Domingo Victorio Achega — nada se les decía acerca de las bases que, en dicha Convención, ellos debían establecer “para que el Poder Executivo pudiese aceptar o negociar la paz con el Emperador del Brasil, y que éste era un punto esencial que no debía omitirse en las instrucciones”. Indicación de Aguirre que no prosperó, por estar — dijo el Presidente de la Sala, Victorio García de Zúñiga — “concluído este asunto”. A lo largo de esos años 1827-28, el legislador Aguirre había intervenido — cual lo apunta Alberto Palomeque en su obra citada — en debates relacionados con la fiscalización del estado del Banco, la enfiteusis de tierras públicas, la reglamentación de las panaderías y las multas a aplicarse a los panaderos, la elección de miembros del Crédito Público, el empréstito de dos millones y la libertad de imprenta. Y al clausurarse la 6a Legislatura, nuestro hombre integró la comisión permanente del cuerpo, junto con Tomás Manuel de Anchorena y Juan José Viamonte. En otra sesión del 18 de septiembre del 28, en la cual el diputado Nicolás de Anchorena propuso un voto de reconocimiento al Gobernador Dorrego — encargado de las relaciones exteriores de la Nación — por los tratados de paz fir-

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mados, en nombre de la República, con el Imperio del Brasil; el diputado Aguirre — según se lee en el acta respectiva — “manifestó estar en oposición a que se obrase en el sentido propuesto”. “Dijo que la ratificación de los tratados era un acto Nacional, y no correspondía a la Sala de esta Provincia. Que si ella había prestado todos los auxilios para la guerra, esto no la autorizaba, ni le daba el derecho de conocer en lo que era esencialmente de la Nación. Que el mismo Emperador no podría ser indiferente a tal conducta; y que sobre todo, vendría el tiempo y la oportunidad de que la Sala tubiese conocimiento de este asunto, y por lo tanto no había necesidad de obrar con anticipación”. La Sala no tomó en cuenta las atinadas observaciones de Aguirre, y apoyó la propuesta de Anchorena. Ese año 1828, Manuel Hermenegildo forma parte, junto con Tomás Manuel de Anchorena y Mariano Sarratea, de la comisión nombrada (4 de noviembre) por Dorrego y su Ministro de Relaciones Exteriores, Tomás Guido, a efectos de conocer los reclamos y liquidar las cuentas que se presentaran contra los armadores de corsarios, por actos ilegales cometidos durante sus cruceros. Y el 12 de dicho mes y año, se le nombra también a Aguirre, en unión de Tomás Manuel de Anchorena, Marcos Riglos y Victorio García de Zúñiga, para examinar el estado del Banco Nacional, y aconsejar al gobierno sus reformas. El motín de Lavalle En la madrugada del 1-XII-1828, las tropas que acababan de llegar a Buenos Aires de la Banda Oriental, concluida la guerra contra el Brasil, son sublevadas por su jefe el General Lavalle, y se posesionan de la Plaza Mayor a fin de deponer al Gobernador Dorrego. Este, sin elementos suficientes para resistir, fuga a Cañuelas resuelto a reconquistar el poder desde la campaña; pero es batido el 9 de diciembre en Navarro; cae prisionero el 11; y lo fusilan el 13: “por mi orden

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y en el término de una hora” — según mandato imperativo de Lavalle. La facción unitaria triunfante dispuesta al exterminio, arremete contra sus adversarios políticos que se han levantado en el interior de la provincia. En el combate de “Las Palmitas”, cerca de la laguna del Potroso (hoy partido de Junín), es capturado el Mayor Mesa, a quien luego se degrada y fusila espectacularmente en la Plaza de la Victoria. A Manuel Hermenegildo de Aguirre, por federal y dorreguista, lo sacan de su casa para embarcarlo preso en el bergantín “Rondeau”. Allí se hallan asimismo detenidos otros conspicuos federales, civiles y militares: Juan Ramón Balcarce, Juan José de Anchorena y su hermano Tomás Manuel, Enrique Martínez, Felipe Arana, Manuel Vicente Maza, Victorio García de Zúñiga, Tomás de Iriarte, Juan Antonio Martínez Fonte, Francisco Antonio Wright, Epitacio del Campo, José Bares. El barco zarpa de la rada el 28 de febrero, a órdenes del comandante Juan Antonio Toll, con su selecta carga de proscriptos. Al día siguiente atraca en la Colonia de Sacramento, donde Toll hace desembarcar a Aguirre, junto con Balcarce, Iriarte y Enrique Martínez. Después el barco se dirige a Bahia Blanca con los demás prisioneros a bordo. Ahí se confina a varios de ellos, y, con el resto, torna el “Rondeau” a Buenos Aires, para fondear en las balizas exteriores del puerto. En cuanto a Manuel Hermenegildo y sus tres compañeros de ostracismo, a los pocos días dejan el pueblo de Colonia y se embarcan para Montevideo, adonde arriban el 8 de marzo. Aguirre en las “Memorias de Iriarte” Tomás de Iriarte relata aquella andanza forzosa en sus muy entretenidas Memorias. A lo largo de 22.000 páginas impresas para la posteridad, el autor exalta constantemente su actuación pública de tercera fila; y atribuye las propias frustraciones de su trayectoria militar y política, a la maldad, la

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estupidez o la ignorancia de los demás. En medio de un conjunto de canallas e imbéciles, él aparece como espejo de rectitud, sabiduría y bravura; lanza reflexiones y advertencias inspiradas, y ningún superior jerárquico las recoge; insulta y provoca a medio mundo, y todos eluden batirse con él. Fuera de Belgrano y el chileno José Miguel Carrera, a gatas se salvan de sus diatribas Dorrego y, en el extremo opuesto Bernardino Rivadavia; el resto de los próceres es fulminado por sus anatemas y sarcasmos resentidos. De Alvear, su protector, lo que menos dice es que era “un depravado e inmoral ... se creía un Federico, un Napoleón, un semidios, y su petulancia era extremada”; y lo más grave que afirma es que “cuando Alvear regresó de Bolivia estaba exhausto de medios pecuniarios ... y no necesitó más de tres meses de ministerio para comprar poco después una casa de treinta mil pesos fuertes, en la que dejó a su familia, cuando marchó al ejército”. San Martín era “hombre de hábitos y tendencias absolutistas”. Pueyrredón “de origen oscuro ... fué ascendido a General, y aunque no hizo la guerra con habilidad, la tuvo para volver la espalda a los españoles, salvando los caudales de las cajas de Potosí, y convirtiendo una carga de oro en plata, al tiempo de hacer la entrega ... él hizo fusilar a un comerciante español ... y después tuvo la avilantez, inmoralidad o como se quiera llamarse, de casarse con su hija, jóven rica de catorce años. Este hecho sólo bastaría para hacer conocer a Pueyrredón, si su vida no fuese un tejido de iniquidades y concusiones”. Güemes, “jefe ambicioso y anarquista ... se hacía adorar, como que era un verdadero tirano ... Si hubiera tenido coraje y puéstose a la cabeza de aquellas partidas ... habría encontrado su sepulcro en Salta; pero jamás expuso su pecho a las balas, y así cada comandante obraba con entera independencia”. Cobardes, pérfidos, ineptos, ambiciosos, soberbios o brutales, en mayor o menor grado, resultan Soler, Mansilla, Rondeau, Las Heras, Viamonte, Chilabert, Manuel José García, Cavia, Chiclana, Manuel Moreno, el Almirante Brown, Arana, los Anchorena, Juan Cruz Varela, Lavalle, Guido, los

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caudillos federales de las provincias de arriba, del medio y de abajo ... y sigue y sigue el desfile de vilipendiados personajes; aunque ninguno de ellos alcance a recibir los atroces epítetos y calumniosas imputaciones que, a mansalva, descarga el incansable artillero contra Rosas en su lucubración solitaria; contra Rosas que lo había ascendido a Coronel Mayor, después que el deslenguado participara en un avance anodino de las tropas porteñas contra Paz. También Manuel Hermenegildo Aguirre cae en la volteada. Iriarte en una anécdota picaresca y divertida — maligna a más no poder — caricaturiza a su compañero de exilio montevideano; y — bravucón post mortem — explaya su grafomanía, destinada a futuras generaciones de lectores, dándose aires de superioridad, mientras pinta a mi tatarabuelo como mamarracho presuntuoso y chupista empedernido. “Aguirre — escribe Iriarte — era un hombre exéntrico y pedante ... Tenía el hábito abominable de la bebida, pero era para nosotros un misterio la hora y el lugar en que se hacía sus libaciones. Se sentaba a la mesa con la cabeza fresca y en buen estado, no se excedia en la bebida, y sin embargo, a los postres mi hombre estaba completamente ebrio con la razón ofuscada. Una noche descubrí el secreto: era ya tarde y yo estaba despierto; mi compañero de habitación se incorporó de su cama, con gran cautela aplicó el oido en dirección de la mía, como para cerciorarse de mi sueño, yo fingí que dormía, a favor de falsos ronquidos. Aguirre se levantó — dormía sin camisa —, era preciso haberlo conocido, era la estampa de una anguila, o con más propiedad de lo que en el país llamamos mamboretá: largo, delgado como un esqueleto, brazos y piernas longitudinales y descarnadas, y desde los pies a la cabeza una serie de eses, corbaturas y ondulaciones — un don Quijote desnudo como vino al mundo. Se levantó en gran silencio, y tomando las mayores precauciones para no hacer ruido y despertarme: abrió su baúl, lanzó una mirada investigadora hacia el lecho en que yo yacía, sacó del baúl una botella de coñac y le dió un prolongado beso; volvió a guardarla.

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Tuve la paciencia de espiarlo una buena parte de la noche, hasta que el sueño me rindió, y conté cinco o seis libaciones consecutivas. Descubrí, pués, el secreto: recordé que durante los postres Aguirre Lajarrota acostumbraba levantarse con frecuencia de la mesa: era para visitar la querida botella que encerraba su baúl. Mucho celebramos con Balcarce y Martínez mi descubrimiento. Este hombre, una tarde que estábamos de sobremesa, se atrevió, bajo el influjo del vino, a faltarme el respeto con expresiones insolentes e insultantes que no tuve sangre fria para soportar, bien que él fuese el blanco de nuestras bromas y sarcasmos. Cuando nos levantamos fui a buscarlo, y lo amenacé con palabras descomedidas, precursoras de una explosión de hecho. Aguirre calló, el miedo lo contuvo a pesar de su caracteristica petulancia y altanería; en seguida le ofrecí una satisfacción a guisa de caballeros: no la admitió, y lo volví a amonestar para lo sucesivo; guardó silencio como un cordero. Todo habia pasado, y ya no me acordaba de cosa de tan poco momento. Cuando por la noche, mientras yo tomaba el fresco en un balcón de la fonda que caía a la calle, se me presentó Aguirre con un par de pistolas cargadas y amartilladas, asestándomelas sobre el pecho al mismo tiempo que me abrumaba de improperios. Yo me creí perdido cuando me vi a la merced de un borracho armado y sediento de venganza, con todas las apariencias de la ira más reconcentrada. Sin embargo, traté, aunque en vano, de imponerle silencio para evitar el escándalo de los que pasaban por la calle, que le daría una satisfacción: él continuaba en sus denuestos los más descomunales, mis observaciones no lo aplacaban, no cesaba de asestarme sus pistolas. Me levanté, fui a mi cuarto para vestirme, él me siguió: yo tomé las botas, y en aquel momento poniéndome las pistolas en la cabeza me dijo que me iba a matar; me creí muerto, el hombre estaba furioso, pero con una bota en cada mano se las descargué en la cara hirléndolo con los tacos con una rapidez uniformemente acelerada, de modo que lo trastorné y se le cayeron las pistolas de las manos. Aguirre se retiró quejándose: entró en un cuarto de

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la fonda que no le pertenecía y cerró por dentro. Poco después se oyó el fracaso de platos y botellas: era un aparador que se habia desplomado al impulso de los descompasados y vacilantes pasos del héroe de las pistolas. Por la mañana se mudó de domicilio, haciendo primero cargar en una carretilla todo su bagaje. Le dirigí una carta insultante y amenazante por medio del carretillero; lo provocaba a un duelo; pero esta carta no fué contestada. Aguirre conservó en su rostro por muchos dias el sello impreso por los tacos de mis botas. No habia tenido valor para tirar del gatillo, sinó me habría muerto. Pués bien, este Aguirre habia sido candidato para el Directorio supremo de las Provincias Unidas. Era un fatuo que se pavoneaba hablando sin cesar de su árbol genealógico; se decía pariente de los Borbones, y más de una vez nos costeó la diversión con sus sandeces aristocráticas. Quedamos libres de su presencia insoportable”. Este hazmerreir grotesco que pintó Iriarte habia sido, en la realidad de su vida, precursor revolucionario cabildante de Mayo; Regidor, Alférez Real y Alcalde de ambos votos; diplomático en los Estados Unidos para negociar con el Presidente Monroe; interlocutor de los Secretarios de Estado John Quincy Adams y Richard Rush; agente en el país del Norte de San Martín y O'Higgins a fin de reforzar con dos fragatas la escuadra del Pacífico; Representante, en sucesivos periodos, a la Legislatura porteña; Ministro de Hacienda de Dorrego y, a poco andar, lo seria de Juan Ramón Balcarce — de Balcarce, tan luego!, el compañero de destierro y presunto testigo de las temulencias del futuro conductor económico de su gobierno...! Derrota de Lavalle. Pactos de Cañuelas y Barracas y sus consecuencias A todo esto, el 26 de abril las tropas que manda Lavalle son derrotadas en los campos de Alvarez (ahora en el partido de Moreno) aledaños al Puente de Márquez, por los milicianos acaudillados por el Gobernador santafesino Estanislao López

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y el Comandante General de Campaña bonaerense Juan Manuel de Rosas. Consecuencia de tal hecho de armas resultó el pacto de Cañuelas (24 de junio), que estipularon Rosas y Lavalle a fin de lograr la conciliación entre los porteños. (Estanislao López habíase retirado a Santa Fé, temeroso de que el General Paz llevara la guerra a su provincia). En dicho pacto de Cañuelas (celebrado por los antagonistas en terreno neutral: la estancia “Nueva Caledonia” del escocés John Miller — introductor de “Tarquino”, el primer toro puro de raza cuernicorta —, se convino públicamente dar por terminadas las hostilidades y que se convocaría a elecciones con arreglo a las leyes. Rosas encargábase de mantener el orden en la campaña, y tanto éste como Lavalle acatarían a quien resultara electo Gobernador; y ningún ciudadano seria molestado por sus opiniones políticas. Junto a ese tratado manifiesto, Rosas y Lavalle acordaron otro secreto, por el cual habría de votarse para Gobernador a Félix de Alzaga, designarse Ministros de Gobierno a Vicente López y de Hacienda a Manuel José García, y elegirse Representantes a los candidatos incluidos en una sola lista, que cada uno de los negociadores haría sufragar por su partido, “siendo ello base fundamental y condición precisa para que tenga efecto lo pactado en el convenio público”. En la aludida lista de Representantes seleccionados de antemano, figuraban, entre otros, los nombres de Manuel Hermenegildo de Aguirre, Tomás Manuel y Nicolás de Anchorena, León Rosas, Felipe Arana, Juan Ramón y Marcos Balcarce, Manuel Vicente Maza, Juan N. Terrero, Diego Estanislao Zavaleta, Juan José Passo, Marcelo Gamboa, Justo García Valdes, Matias de Irigoyen, Victorio García de Zúñiga, Juan José Viamonte, Gregorio Tagle, Pedro Medrano, José María de Escalada, Juan Bautista Peña, Faustino Lezica, Miguel Marín, Braulio Costa y Lorenzo López. Pero he aquí que los empeños de Lavalle por cumplir con lo pactado en Cañuelas viéronse frustrados, debido a la oposición tenaz de sus correligionarios, quienes amañaron una

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elección en la ciudad con lista propia, que el fusilador de Dorrego, exasperado, acabó por anular. Ello dió motivo a una nueva reunión entre Lavalle y sus principales colaboradores, y Rosas y sus amigos en el saladero de Francisco Piñeiro, en Barracas. Ahí se concretó otro pacto (24 de agosto), adicional al de Cañuelas, por el que se nombraba Gobernador provisorio de Buenos Aires, al General Juan José Viamonte, con las “facultades extraordinarias que se consideren necesarias para la conservación de la tranquilidad pública”; organizándose también un Senado Consultivo, integrado por 24 personalidades, siendo miembros natos de dicha corporación, el Presidente de la Cámara de Justicia (Manuel Antonio Castro), el General más antiguo (Miguel de Azcuénaga), el Presidente del Senado Eclesiástico (Diego Estanislao Zavaleta), el Gobernador del Obispado (José León Banegas) y el Prior del Consulado (Faustino de Lezica), escogiéndose los restantes 19 Senadores entre “ciudadanos notables”: militares, eclesiásticos, hacendados y comerciantes. Fueron estos: Manuel Hermenegildo de Aguirre, Juan José Passo, Manuel y Mariano Sarratea, Vicente López, Victorio García de Zúñiga, Pedro Medrano, Mariano Andrade. Miguel Estanislao Soler, Francisco de la Cruz, Juan Ramón Balcarce, Matías de Irigoyen, Roque Illescas, Tomás Manuel de Anchorena, Miguel Marín, Félix de Alzaga, Felipe Arana, Francisco Piñeiro y Joaquín Belgrano. Las atribuciones del Senado eran: Aconsejar al Gobierno en los negocios sometidos a su examen en todos los ramos de la administración interna y política exterior. Proponer al Gobierno todo lo que considera útil para ocurrir a las necesidades ingentes del erario y del crédito de la Provincia, y a la más pronta remoción de los obstáculos que retardaban el establecimiento del orden legal o impidieran la buena ejecución de las leyes. El 16 de setiembre se inauguró el Senado Consultivo. Asistieron el Gobernador Viamonte y sus tres Ministros: Tomás Guido, Manuel José García y Manuel de Escalada. El

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jefe de la Provincia fué quien tomó juramento a los 13 miembros presentes, de los 24 nombrados, en estos términos: “¿Jurais por Dios y prometeis a la Patria desempeñar fielmente los deberes de vuestro cargo y auxiliar con celo al Gobierno para restituir cuanto antes a la Provincia su régimen Representantivo?”. En seguida, tras un discurso del Primer Magistrado, se procedió a elegir autoridades, designándose Presidente del organismo a Manuel Hermenegildo de Aguirre, y Vice a Miguel de Azcuénaga, ocupando este último la Presidencia por ausencia del primero, que se encontraba enfermo. Si bien el Senado Consultivo se abocó al estudio de importantes asuntos que le fueron cursados por el Gobierno, un grave problema político vino a plantearse y a debilitar su eficacia, así como la autoridad del Gobernador Viamonte: la amenaza de que el partido federal se dividiera en desmedro del prestigio de Rosas, fautor, con Lavalle, de los acuerdos de Cañuelas y de Barracas, de los cuales el Senado y Viamonte, como gobernante, procedian. En efecto: el grupo dirigente dorreguista y los “federales de categoría” rechazaban esos pactos en los que se convino llamar a elecciones para establecer una nueva Legislatura, integrada con candidatos mixtos — unitarios y federales — a votarse en una sola lista. Aquellos conspicuos partidarios de Dorrego, negábanse a colaborar con los autores materiales y morales del asesinato del Gobernador legal. Casi todos ellos habían sufrido cárcel, vejaciones y destierro, por parte de los unitarios decembristas encaramados en el poder tras el motín de Lavalle. Así Juan Ramón Balcarce, Pedro Medrano, Victorio García de Zúñiga, su yerno Tomás Manuel de Anchorena y Félix de Alzaga, fueron presentando sus renuncias al Senado Consultivo, hechura del pacto de Barracas. Anchorena estampó en su renuncia que le parecía imposible “organizar el país con asesinos y parricidas, que desde el 1º de diciembre se arrojaron a cometer toda clase de crímenes, y con honrados ciudadanos que han sabido defender a todo trance la autoridad de las leyes”.

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En consecuencia, la suerte del Senado Consultivo estaba echada, lo mismo que la de las elecciones legislativas que acordaron Lavalle y Rosas. Este hizo todo lo posible por cumplir aquellos compromisos apaciguadores, mas no pudo torcer la oposición mayoritaria de su partido que se consideraba vencedor, ni quiso provocar un cisma entre sus amigos. Se plegó entonces a la realidad; como tuvo que plegarse el Gobierno provisorio de Viamonte: no se llevaron a cabo las nuevas elecciones de Representantes capituladas en Cañuelas y Barracas, y la Legislatura derrocada con Dorrego el 1º de diciembre, la legitima, quedó restablecida por decreto. Como derivación de ello, el 23-XI-l829 el Senado Consultivo efectuó su última junta, con asistencia del Gobernador y sus Ministros. En esa oportunidad, Viamonte manifestó que dicho organismo asesor terminaba su misión; que la Provincia recobraba sus instituciones; y que los Senadores habían expedido sus consejos con dignidad, acierto y patriotismo. El Presidente del cuerpo Manuel Hermenegildo de Aguirre, a su vez, contestó al Gobernador con palabras sobrias y juiciosas. Dijo que el Senado prestó su colaboración a las autoridades provisorias, porque no pudo resistir “al clamor de V.E., cuando pidió el auxilio de todos los buenos ciudadanos, en circunstancias que nuestro desgraciado país se hallaba al borde de la ruina”. Reinstalación de la Legislatura. Las facultades extraordinarias. Rosas Gobernador El 1-XII-1829 — aniversario del motín de Lavalle — Viamonte convoca y reinstala a la Legislatura disuelta tras la caida de Dorrego, entre cuyos Representantes está Manuel Hermenegildo de Aguirre. Reunido el cuerpo, el día 5 — bajo la Presidencia de Felipe Arana — el diputado Tomás Manuel de Anchorena, en nombre de la comisión respectiva, pide se le concedan al Gobernador legal a elegirse, las mismas “facultades extraordinarias” de que estaba investido Via-

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monte, por la “necesidad de prevenir los ataques que intentan los anarquistas y afianzar el orden y tranquilidad pública, hasta la reunión de la próxima Legislatura, a la que dara cuenta (el futuro Gobernador) del uso que haga de esta especial autorización” (pués el periodo que completaban los Representantes en ejercicio, caducaba el venidero mes de abril). Estamos — decía Anchorena — frente “a un partido oculto y secreto que no pelea con armas, pero que mueve todos los elementos que están a su alcance”. El diputado Aguirre tomó entonces la palabra, y en forma dubitativa dijo a propósito del asunto de referencia: “No obstante que observo que la situación del país es bastante peligrosa, y que la Sala se ve obligada a crear un gobernante fuerte y vigoroso, desearía que alguno de los Señores de la comisión me salvase una contradicción que yo encuentro. Entre los tópicos que han producido la guerra civil y estas facultades extraordinarias que se tratan de dar al Gobierno, hay dos principales: el uno, derrocando las instituciones y las leyes (como lo hizo el partido unitario), y el otro sosteniendo el restablecimiento de ellas (a cargo de los federales), y no puedo yo convenir cómo habiendo prevalecido aquella parte que había sostenido el restablecimiento de las leyes y de las instituciones, se intenta ahora crear un gobernante sobre toda ley y, por consiguiente, no marchando de acuerdo con las leyes e instituciones de nuestro país; quisiera que se me deshiciera esta contradicción por alguno de los Señores para poder yo arreglar mi juicio”. Al otro día Anchorena insistió: “Estamos en un estado de hostilidad, sin más diferencia que el que antes estábamos frente a un ejército, y ahora estamos frente a un partido oculto y secreto”; las facultades extraordinarias eran “un mal necesario, por cuanto no hay otro medio de evitar la conspiración que amenaza al país, y que producirá el mayor de todos los males, a saber: la pérdida de la patria”. Por su parte el diputado canónigo Pedro Pablo Vidal, aludiendo a Aguirre manifestó. “un Señor diputado, sin hacer oposición al proyecto ...

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con una recomendable conformidad de principios” debería advertir que los unitarios no habían renunciado a reconquistar el poder desde Córdoba con el general Paz, y no creía Vidal que los plenos poderes convirtieran al futuro Gobernador en Nerón o Calígula. Pese a aquel reparo doctrinario de don Manuel Hermenegildo, cuando ese 6 de diciembre le llegó el momento de votar la ley que concedía poderes extraordinarios al inminente Gobernador, mi antepasado votó a favor de los mismos, y, acto seguido, la Sala — con el voto de Aguirre entre 33 favorables — eligió Gobernador a Juan Manuel de Rosas, que tuvo sólo un sufragio en contra: el de su fraternal amigo y socio Juan Nepomuceno Terrero, que se pronunció por Viamonte. Actuación del legislador Aguirre En la sesión del 18 de diciembre se presentaron a la Sala tres proyectos: Uno que declaraba “libelos infamatorios y ofensivos de la moral y decencia pública” a todos los papeles impresos que a partir del cuartelazo de Lavalle, hasta el pacto de Barracas, tuvieran expresiones de menoscabo a la memoria de Dorrego, a la personalidad de Rosas y “de los beneméritos patriotas que han servido en la causa del orden”. El otro proyecto confería a Rosas el grado de Brigadier y se le donaba un sable de oro y una medalla de lo mismo con brillantes y esta leyenda en el anverso: “Buenos Aires al Restaurador de las Leyes”; y en el reverso la imagen de Cincinato con la frase “Cultivó su campo y defendió la patria”. Y el tercer proyecto recomendaba al Poder Ejecutivo provincial una pronta comunicación con la Santa Sede. Aguirre impugnó el primer proyecto, con el argumento de que violaba las estipulaciones apaciguadoras de las convenciones de Cañuelas y Barracas; alegación suya que no fué tomada en cuenta por la mayoría. Respecto a la ley de homenajes a Rosas, el propio don Juan Manuel la rechazó,

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fundado en que “la liberalidad de los Representantes es un paso peligroso a la libertad del pueblo, y un motivo quizás de justa zozobra a los que no descienden a la conciencia del infrascripto, porque no es la primera vez en la historia que la prodigalidad de los honores ha empujado a los hombres públicos hasta el asiento de los tiranos”. La Sala entonces postergó la consideración de aquellas honras; y al debatirse posteriormente el asunto, no pasó lo del ascenso, lo del sable y la medalla de oro, objetados por Aguirre — y por Justo García Valdés y Matías de Irigoyen, con parecidas razones a las que adujo Rosas —, aunque quedó firme la declaración de que “el ciudadano D. Juan Manuel de Rosas ha sido Restaurador de las Leyes e Instituciones de la Provincia”. Aguirre, al discutir dicha iniciativa, rindió homenaje a Rosas, señalando que de los gastos particulares hechos por este durante la guerra civil, nadie había hablado a lo largo del debate ... “porque con honor y dignidad se puede pedir limosna, y con honor y dignidad, solamente, no se come; yo sé que el Señor Comandante Militar ha hecho sacrificios en menoscabo de su fortuna; yo no hablo de compensación, sinó de restitución de lo que ha empleado en objetos de utilidad pública”. En cuanto al pedido de pronta comunicación del Gobierno porteño con la Silla Apostólica de Roma, la opinión de don Manuel Hermenegildo fué la siguiente, que revela sus hondas convicciones federalistas y su auténtico sentimiento nacional: “La religión católica es de todo el Estado, y parecería muy monstruoso que Buenos Aires sóla se pusiera en comunicación con el Sumo Pontífice y que lo hiciera también así cada una de las provincias de la República. Por lo tanto yo sería de opinión que antes de dar este paso el gobierno se pusiera de acuerdo con las demás provincias, como han hecho para reconocer la constitución de la Banda Oriental ... Yo desearía que explicase el señor miembro informante de la Comisión, qué clase de representación tiene la Sala de Represen-

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tantes de la provincia de Buenos Aires, y hasta donde alcanza su soberanía, porque yo entiendo que es por la correspondiente a esta provincia, y nada más. Yo veo que trata de abrir comunicaciones con la corte de Roma, pero he dicho antes que no encuentro, para eso, concentrada la opinión de las demás provincias en ésta (de Buenos Aires) ni le tienen dado su consentimiento a este respecto; y veo que se va a usurpar la soberanía de esas provincias, que tienen tanta soberanía como nosotros tenemos la nuestra. ¿No tienen estas provincias el carácter de soberanas? ... Pués ¿cómo se va a ejercer este acto, que comprende a todas, sin haberles consultado su voluntad? Yo encuentro una monstruosidad en querer ejercer un acto de soberanía, en mi opinión usurpada. Nosotros podremos ejercerlo como Representantes con respecto a ésta provincia, pero no por lo correspondiente a las demás. Así quiero yo que se haga, pero previo acuerdo y consulta con las demás”. La mayoría aprobó el proyecto tal como lo había presentado la Comisión: vale decir que el Gobierno bonaerense estableciera directamente comunicaciones con el Vaticano. Por sendos decretos del 16 de diciembre, el gobierno de Rosas dispuso se levantaran dos monumentos: uno a la memoria del Brigadier General Cornelio Saavedra, y otro a la del Doctor Feliciano Antonio Chiclana. Y cuando en la Cámara de Representantes se dió curso a una solicitud de la viuda de Chiclana, doña Micaela Juana Alcaráz, pidiendo una pensión por hallarse indigente, don Manuel Hermenegildo usó de la palabra y trajo este recuerdo: “testigo de Mayo le he visto (a Chiclana) correr el riesgo, en medio de la Plaza, de pagar con su vida para lograr esta Independencia que no podemos dudar que es un bien: lo he visto también a éste hombre atravesado con dos barras de grillos en Martín García, llevado a un destierro, y luego en Norte América, sufriendo las mayores miserias, después de haber hecho servicios los más eminentes al país ... démosle esos mil pesos (a su viuda), siquiera por una especie de expiación”.

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Otra vez las facultades extraordinarias En el mensaje de 3 de mayo a la Junta de Representantes, el Gobernador Rosas manifestó que ese día expiraba el plazo para la duración de las facultades extraordinarias que le fueron conferidas, y que sus Ministros concurrirían a la Sala a dar cuenta del uso que ha hecho de tan “odioso poder”. Y esa prometida información de Rosas a través de sus ministros, tuvo lugar, once días más tarde, en sesión secreta. Poco después, cierto foliculario español llamado José Maria Jardón, colaborador del periódico La Aurora que aparecía en Córdoba — feudo militar del unitario General Paz —, fué encarcelado por el Gobierno. Jardón, entonces, se dirigió en queja a la Legislatura, tachando su arresto de ilegal. El Gobierno a raíz de esto, por intermedio del Ministro Anchorena, mandó un informe que calificaba de grave la ingerencia de una porción de españoles y franceses que cooperaban en “la espantosa división entre federales y unitarios”, y en apoyo del “furor e insaciable sed de sangre que devora a los que se dicen partidarios de la unidad”. Tales extranjeros como Jardón — decía Anchorena — “advenedizos con el distintivo de liberales, que tienen más influjo en nuestra sociedad que los mismos hijos del país”, eran agentes de un plan revolucionario organizado por las sociedades secretas, “de funestos efectos que no hay gobierno que no las tema cuando no está establecido por ellas”. Y refiriéndose a las garantias individuales el Ministro de Rosas manifestaba: “Si a esas garantías hubiésemos de librar nuestra seguridad, sería bien lamentable la suerte de un verdadero federal. Esas garantías que tanto se decantan no son sino el escudo del crimen, y la espada de los malvados contra el hombre de bien”. Al par de esta conjura unitaria, Anchorena denunciaba la amenaza de una recolonización europea en Sudamérica: “La causa de nuestra independencia es causa de casi todas las naciones de Europa, todas tienen interés en ella, y tal vez no habrá una que

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no procure sacar partido de nuestra debilidad. El gobierno ha recibido avisos oficiales que confirman estos asertos”. Abocada la Legislatura al caso Jardón, nombró una comisión compuesta por los diputados Vega, Figueredo, Obligado, Ugarteche y Cavia, cuyo dictamen fué que la Sala debía autorizar al Gobierno para que con “la plenitud de las facultades extraordinarias” adoptara todas las medidas que creyera conducentes a salvar la Provincia de los peligros que amagan su existencia política y libertad civil; que la Sala continuara contrayéndose a los negocios constitucionales, y que fuera compatible su deliberación con el poder discrecional que se otorgaba al Gobierno; que el uso de las facultades extraordinarias cesaría después que el P.E. anunciara a la Sala haber pasado la crisis peligrosa, o desde que, con conocimientos exactos y previo informe del Gobierno, declarara ser ya innecesaria la continuación de ellas”. Al plantearse este asunto en la sesión del 30 de julio, el diputado Aguirre manifestó que “después de oir el dictámen de la Comisión y los fundamentos en que se apoya, es fuera de toda duda que es preciso conferir al Gobierno el terrible poder discrecional de las facultades extraordinarias. Pero, al dar mi voto a favor del proyecto, limitándolo sólo a la suspención de la libertad individual por seis meses, y suspendiéndose entre tanto las sesiones de la Sala, me permitirán los Señores Representantes que observe las razones que tengo para esto y los fines que me propongo. Señor: o el Gobierno es acreedor a la fé pública y a la de los Señores Representantes, o no lo es. Si lo primero, es fuera de duda que se deben conferirle las facultades extraordinarias que se han indicado; si lo segundo, es necesario cambiar la presente administración gubernativa; porque ni al país ni al Gobierno es honorable que continúe, cuando sus miembros no son acreedores a la confianza pública. Señores: no son las facultades que se dan a una República por las vías ordinarias las temibles, sino las que se toman contra las leyes; y si a esto se agrega la usurpación de

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este poder, entonces sí que se puede asegurar que la República se pierde”. Tras de este introito principista, Aguirre vino al terreno concreto, y para que nadie dudara ni se le atribuyera haberse negado a conferir poderes extraordinarios al Gobierno de Rosas, expresó: “Le pido (al P.E.) que al hacer uso de las facultades extraordinarias, tenga muy presente la necesidad de reparar y echar a un lado todo elemento heterogéneo y externo que de intento se haya introducido en nuestros negocios, porque Señores Representantes, a nosotros solos, los de ésta Provincia, nos es dado disputar, discurrir y resolver. Dios solo es nuestro Juez, porque por querer hacer de nuestra patria la patria de todos, confiar nuestros negocios a personas de origen extraño, y que no tienen el interés que nosotros, es porque el país se halla en estas circunstancias. Y últimamente le pido (al Gobierno de Rosas) con el mayor ardor, en honor del pueblo mismo, que haga uso de este terrible poder extraordinario que se le confía, y de la fuerza misma, hasta el rigor, si es preciso, para que restablezca cuanto antes la concordia entre los miembros de esta Provincia despedazada por rencores y opiniones que han debido moderarse; porque no debe haber duda que hay entre nosotros una minoría que, si ha podido errar y ser extraviada sosteniendo con las armas el errado principio de la intolerancia civil, también tienen derechos y servicios que merecen respetarse y considerarse”. Así, en dicha oportunidad, don Manuel Hermenegildo justificó los poderes extraordinarios otorgados al Gobierno de don Juan Manuel, contra las licencias disolventes de la prensa, manejada por “elementos heterogeneos”. “Cuando he hablado de elementos heterogéneos y extraños (había dicho Aguirre en una sesión anterior, al tratarse un proyecto de petición que se reservaba sólo para los nacidos o avecindados en su Provincia) “es en el sentido que veo preparada la tormenta en este país; por que veo una reunión de habitantes de las provincias contra ésta” (la Liga Unitaria comandada por el General Paz), “que nos llama vulgarmente porteños; y como veo que

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ha de haber necesidad de reunir a los porteños en defensa de la Provincia, es que he hablado en este sentido”. Las pasiones que la política había desatado entre unitarios y federales, entre porteños y provincianos, no se dirimían sólo en la escena pública y en los campos de batalla: llegaba también a producir choques y roces en la intimidad de las familias, en el seno mismo de los hogares. Ello se trasluce a través de las siguientes líneas que don Manuel Hermenegildo dirigió a su cuñada Juana Ituarte de Saenz Valiente. Dicen textualmente: “Mi querida Juanita: devuelvo a U. la carta que me entregó ayer: creo que hará U. muy bien de quemar la mía y la adjunta, porque para nada y para nadie sirven. Siento mucho haber incomodado a su amiga, según lo manifiesta su carta; no ha sido esta mi intención: creo que no me ha comprendido bien, y si esto es cierto, habrá penetrado que yo no puedo ni quiero alistarme baxo su bandera; porque su mote es Intervención, Dominio, Sumisión: la mía es Independencia, Amor, Concordia; no estando pués de acuerdo en estos tópicos tan esenciales, aquí quedó concluído este asunto: así también lo manda su amiga de U. y mía. Pero hágame U. el fabor de asegurarle que acepte la verdadera amistad que le promete para en adelante: Su amigo de U. y de ella. Man. H. de Aguirre”. Ese año 1830, a don Manuel Hermenegildo se le volvió a nombrar (11 de mayo) Presidente de la administración del Crédito Público, con Francisco Piñeiro como Vicepresidente. Y el 1º de septiembre, nuestro viudo contraía segundas nupcias con su prima segunda, Mercedes Ibañez Marín (hija del Coronel Pedro Nolasco Ibañez Rospigliosi y de Rosa Marín de la Quintana Riglos), bautizada el 9-IX1805, diecinueve años menor que el contrayente cuarentón. El Pacto Federal El 4-I-1831 se firmó en la ciudad de Santa Fé, entre las provincias de Buenos Aires, Santa Fé y Entre Rios, representadas por José Maria Roxas y Patrón, Domingo Cullen y An-

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tonio Crespo, respectivamente, el tratado conocido por “Pacto Federal” o “Liga del Litoral”, el más importante de los “Pactos preexistentes” aludidos en el preámbulo de nuestra vigente Constitución de 1853. Por dicho tratado se creaba una “Comisión Representativa” de los Gobiernos de las provincias litorales, uno de cuyos atributos (artículo 16, inciso 5º) era el de invitar a todas las demás provincias a reunirse en federación con las firmantes, para que “por medio de un Congreso General Federativo, se arregle la administración general del país bajo el sistema federal”. (Con posterioridad, fueron adhiriendo al Pacto: Mendoza, Corrientes, Córdoba y Santiago del Estero, el 9, 19, 20 y 20 de agosto de 1831; y San Juan, Tucumán, San Luis, Catamarca y La Rioja, el 25 de febrero, 8 y 12 de julio y 12 de octubre de 1832). De acuerdo a la ley, el 13 de enero de aquel año 31, el gobierno de Rosas dió cuenta del famoso Pacto de alianza ofensiva y defensiva, a la Junta de Representantes, cuya Comisión legislativa aconsejó a la Sala la ratificación del mismo, con algunas modificaciones de redacción en los artículos 6º, 7º, 8º, 9º, 10º y 16º, de los 17, más otro reservado que se adicionaba. Y al discutirse en sesión secreta el documento, el 25 de enero, el diputado Manuel Hermenegildo de Aguirre se opuso a las modificaciones aconsejadas por la Comisión, y pidió se desecharan, pues se había omitido una muy principal, a saber, “que después de ajustados los artículos de un tratado por los Diputados comisionados, con entera sujeción a las instrucciones que se les habían dado, no habia facultad en los Gobiernos comitentes para hacer en aquellos alteración alguna”. Al cabo de 7 sesiones y de largos debates en los que tomó también parte el Ministro de Gobierno Tomás Manuel de Anchorena el célebre “Pacto del Litoral” fué aprobado por los Representantes tal como se redactó y firmó en Santa Fé, o sea “sin alteración alguna”, conforme a los fundamentos terminantes del diputado Aguirre.

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Una vez más las facultades extraordinarias En las postrimerías del año 1831, ocurridas la captura a tiro de bolas del General Paz y las victorias de Quiroga en las provincias del interior, mientras que Rosas y Estanislao López hallábanse firmemente asentados en Buenos Aires y Santa Fé, el partido unitario aparecía vencido. Habida cuenta de ello, en la sesión del 17 de octubre, el parlamentario Aguirre obstinado legalista inicia la disconformidad del grupo federal doctrinario a conceder al P.E. derechos ilimitados. Propone, en consecuencia, que “la comisión de negocios constitucionales quedara encargada de informar a la Sala si el Gobierno debía o nó continuar el ejercicio de las facultades extraordinarias”. Fundamentó su iniciativa diciendo que “después que los periódicos nos han ilustrado sobre esta materia, poco puedo yo instruir sobre ella; sólo si, diré, que es una duda en que se ha puesto al publico sobre si el Gobierno debe o no continuar con las facultades extraordinarias. Los Señores Representantes cuando dieron la ley, confiaron al Gobierno el tiempo en que debían cesar, a su juicio, y también se reservaron su propio juicio, y en este estado creo que es preciso satisfacer al público. Para mí es una duda. Yo no sé realmente si el Gobierno tiene motivo para continuar con estas facultades extraordinarias; y cuando él continúa, me parece que realmente tendrá algún motivo. Por tanto, creo necesario, por mi propia conciencia como Representante, salvar este escrúpulo: y no puedo menos que invitar a los individuos de la comisión de negocios constitucionales a que investiguen al señor Ministro de Gobierno el estado de los negocios públicos, y, en cuanto pueda, informe a la Sala, en sesión pública, si conviene o nó continuar esta facultad extraordinaria. Si esta moción merece el apoyo de los Señores Representantes, yo tendré el honor en haberla presentado”. La comisión denegó el pedido de Aguirre. El miembro informante diputado Olavarrieta estimó que ese pedido implicaba una injuria al Gobernador Rosas, y duramente zahirió la

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actitud parlamentaria de don Manuel Hermenegildo, cuya moción fué rechazada por gran mayoría de votos. Al mes siguiente (9 de noviembre) el diputado Pedro Feliciano Cavia pide informes al Gobierno acerca de las facultades extraordinarias, y al discutirse su propuesta, Aguirre la apoya con estas palabras: “Declaro que el motivo que me indujo a votar así (en 1830, a favor de las medidas de excepción) fué el estado peligroso en que se encontraba esta Provincia, amenazada de una invasión exterior por las fuerzas del General Paz, combinadas con los emigrados de la Banda Oriental, y ambas esforzadas por la explosión de una mina interior; y no se negará que contaban con elementos bastantes para sus operaciones”. Empero, esta vez la situación no era la misma: “posteriormente del resultado de la expedición del General Quiroga pregunto yo: ¿existe ahora aquel estado de peligros que precedió al expediente de dar facultades extraordinarias?”. Esta pregunta advertía el orador se la hace el pueblo, y la duda en que se halla el país merece ser satisfecha. “Por eso me he arrojado a presentar la moción que se discute, proponiendo que en lugar del proyecto de la comisión, se sustituyera el otro de: informe el Gobierno”. A esa altura del debate el diputado Aguirre fué molestado con gritos y agresiones verbales que lo obligaron a exigir al Presidente, Felipe Arana, garantías para poder seguir hablando. “Si esto continúa así — recalcó el ofendido — seria más prudente no expresar opinión, sino por la afirmativa o negativa o de ningún modo, si es que no existen las garantías y el respeto que debe haber hacia las personas”. Finalmente la Sala, tras acaloradas discusiones, rechazó el pedido de informes de Cavia, que asimismo habia apoyado Aguirre. El 7-V-1832 el legislador Aguirre es nombrado Presidente de la Junta de Representantes, y Manuel Insiarte Vicepresidente de dicha corporación. Ese mismo día, Rosas devolvió las facultades extraordinarias a la Legislatura, cediendo a la opinión de los “federales distinguidos” cuyo intérprete parlamentario más señalado era sin duda Aguirre — los

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cuales consideraban que terminada la guerra y vencidos los unitarios, los poderes discrecionales de emergencia otorgados al Gobernador no tenían ya razón de ser mantenidos. Rosas, al devolver las facultades extraordinarias decía que: “ha llegado a convencerse de que la parte que tiene el concepto de más ilustrada, y que sin embargo de ser poco numerosa es la mas influyente en la marcha de los negocios públicos, está por la devolución. Pero el Gobernador, respetando, como respeta, el buen juicio de tan distinguidos ciudadanos, teme que, reducido el Poder Ejecutivo a los estrechos límites que le estaban señalados antes del motín del 1º de Diciembre, se desaten sordamente las pasiones, recobren su fruto el imperio de la inmoralidad, y se preparen de un modo progresivo nuevos elementos de combustión que hagan repetir aquella terrible escena. Si juzga necesaria la devolución, es tan sólo por respeto a la opinión de las personas que sostienen debe hacerse”. “Las opiniones en el partido federal, ante esta cuestión tan delicada y tan largamente discutida, se dividieron escribe — Carlos Ibarguren en su libro Juan Manuel de Rosas. “Un grupo selecto y reducido de federales doctrinarios y principistas, que Rosas llamaba irónicamente ‘los hombres de las luces y de los principios’, ‘los botarates’, devotos de las normas liberales, constituyeron una minoría frente a la gran masa que seguía ciegamente las miras y los deseos de su jefe”. Llevada aquella cuestión a la Legislatura, el diputado Aguirre pidió la asistencia de los Ministros a la Sala. Y cuando el 22 de octubre tuvo lugar el apasionado debate acerca de la devolución de las facultades extraordinarias (oponiéndose a su vigencia los diputados Olavarrieta, Lozano, Senillosa, Martínez, Argerich, Vidal y Cernadas, y abogando por su perdurabilidad Baldomero García, Manuel Obligado, Roque Saenz Peña, Bernardo Pereda y Paulino Gari), cuyo resultado final concretó el rechazo de dichas facultades por 19 votos contra 7; el diputado Aguirre que fuera el contradictor

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más definido de tan “terrible poder”, como él lo calificara, no estuvo presente en la sesión decisiva. Ocho sesiones ocupó el debate de referencia, desde el 22 de octubre al 15 de noviembre, y Aguirre sólo concurrió a la del 29 de octubre, sin usar de la palabra. Yo lo supongo enfermo, o que estuviera enferma su mujer, doña Mercedes, la cual siete dias antes (15 de octubre) había dado a luz a su hija primeriza Mercedes, luego de un parto seguramente complicado. Rechazo la idea de que mi tatarabuelo, el más tenaz y notorio campeón impugnador de las facultades extraordinarias, no hubiera concurrido a votar como lo presume con demasiada suspicacia Palomeque porque, un año antes, el Gobierno de Rosas le reconociera la deuda resultante de su misión a los Estados Unidos. Ello no se compadece con la realidad de los hechos. En efecto: aquella deuda se la reconocieron a don Manuel Hermenegildo el 15-X-1831 y, dos días después, en la sesión del 17, “el parlamentario Aguirre — cual lo destaqué en la página anterior — inicia (en la Cámara) la disconformidad del grupo federal doctrinario a conceder al P.E. derechos ilimitados”, con los fundamentos que, a renglón seguido se transcriben. Por lo demás, el voto de mi antepasado no era necesario para vencer en la jornada del 15-XI-1832. Rosas se niega a continuar en el gobierno. Balcarce es elegido Gobernador El 5 de diciembre, en que según la ley debía designar la Legislatura nuevo Gobernador sin facultades extraordinarias, pues Rosas terminaba su mandato, el diputado Aguirre votó por la reelección de Rosas que obtuvo 29 sufragios y 7 otros candidatos. Pero el reelecto, invocando motivos de salud, no quiso admitir el cargo, que la Junta de Representantes — sin conceder poderes excepcionales — insistió por tres veces que aceptara. Ante esa actitud irreductible, la Sala, el 12 de diciembre, eligió Primer Magistrado de la Provincia al Briga-

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dier General Juan Ramón Balcarce, hombre de confianza y Ministro de Guerra de Rosas. Llamado a colaborar Aguirre por Balcarce en el Ministerio de Hacienda de su segundo gabinete, el Ministro renuncia al poco tiempo su cartera, en razón de la profunda crisis política que divide al partido federal; y cae con sus amigos luego de la revolución “restauradora”, donde triunfaron, en toda la línea, los correligionarios del bando “apostólico” que tenían a Rosas por caudillo indiscutido; mientras los federales “doctrinarios” — vale decir antipersonalistas —, calificados por sus rivales de “cismáticos” y “lomos negros”, se ven condenados al ostracismo. Expatriación voluntaria de Aguirre. Su carta a Manuel Vicente Maza El 19-I-1835 llega Manuel Hermenegildo a Mercedes, en el departamento de Soriano de la República Oriental del Uruguay, “después de haber ocurrido con bastante peligro un terrible temporal” en el rio. A partir de entonces finaliza su actuación política. No tuvo, sin duda, mi tatarabuelo, mucha amistad ni menos ciega benevolencia para con su pariente (primo 3º) Juan Manuel de Rosas — siete años menor que él — de temperamento y modos de acción tan diferentes a los suyos. Mas a pesar de ello, a pesar de su definitivo fracaso partidario, correlativo al apogeo del otro como caudillo, Aguirre nunca dejó de considerarse federal. En consecuencia, rechazó indignado los calificativos de “cismático” y de “traidor” con que pretendieron infamarlo los corifeos de la situación triunfante. He aquí una carta de don Manuel Hermenegildo, escrita en mayo de 1835, y dirigida desde la localidad uruguaya de “Higueritas” a Manuel Vicente Maza, Presidente de la Junta de Representantes, que acababa de ejercer el gobierno de la Provincia con carácter interino, para entregarlo a Rosas que lo asumía con la suma del poder público. Esa carta a Maza

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(cuyo original obraba entre los papeles de mi tío Hortensio Aguirre) puede considerarse como el testamento político del remitente; por eso, a continuación, la transcribo del principio al fin. Dice así: “Mi respetable compatriota y amigo:” “Hallándose de vuelta a mis pagos mi familia, la que como Ud. sabe se transportó a este destino a mediados de Enero pasado con el solo intento de que restableciese su salud mi Esposa, entonces con síntomas de una indisposición crónica y de graves consecuencias, según la opinión de los facultativos de ésa; he sabido tanto por relaciones verbales cuanto por los periódicos de esa Capital, todas las variaciones políticas que han tenido lugar en mi Patria, desde aquel período; muy especialmente después de las funestas ocurrencias de Salta y del aleve asesinato del Benemérito Gral. Quiroga y sus compañeros, de cuyas resultas apercibida la Sala y el Pueblo por el Gobierno, a cuya cabeza se encontraba (Maza), habían creído que en tan críticas circunstancias el único arbitrio para salvar el país de la completa ruina era el de conferir, como confirieron, a mi Benemérito compatriota D. Juan Manuel de Rozas, el pesado cargo de Gobernador de esta Provincia, con toda la suma del poder público de que estaba en posesión la Sala de Buenos Aires”. “Hasta aquí, yo me hallaba muy conforme con lo que el Gobierno, la Sala y el Pueblo habían acordado a ese respecto, que si en tiempo tranquilo las leyes y las formas Constitucionales debían ser el fanal por donde se guiasen esos Gobiernos, no lo es menos que en tiempos turbulentos y en que se consideraba comprometida la seguridad pública, mi voto fué siempre por un poder fuerte y único que salvase el País de igual conflicto”. “Pero lo que me ha sorprendido después de la aceptación del mando por el Sr. Rozas, en varios de sus decretos destituyendo de sus empleos a diversos conciudadanos nuestros, es el motivo porque los destituye; es a saber: a unos

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clasifica de unitarios y a otros de traidores a la causa de la Federación”. “En cuanto a los primeros, nada más justo y razonable. y lo que es de sentirse que desde el año 29 no se hubiese ejecutado eso, según se practica en otros paises civilizados como N. América e Inglaterra, con la diferencia en este último, de que los empleados renuncian de si mismos sus destinos, porque tienen a menos servir bajo un Partido a que no pertenecen. Mi opinión a este respecto, desde el año 29, la saben muy bien el Sr. Rozas, Anchorena Don Tomás y Arana, y que a no haber sido la resistencia de Don J. J. Anchorena, entonces miembro de la Administración del Crédito público, yo la habría realizado el primero en aquel Establecimiento. Por lo que respecta a los segundos, es decir por traidores a la causa de la Federación, yo creo que esa calificación corresponde a los que sirvieron en tiempo de la Administración del Sr. Balcarce, y es aquí que entra la duda que me ha sorprendido e inquietado hasta ahora, y la que yo espero con confianza de su amistad me hará el bien de resolverla”. “Tres son las combinaciones de la Administración del Gobierno del Sr. Balcarce: La 1a se componía del Sr. V. García Zúñiga, del Sr. Roxas o Lagos y el Sr. Martínez. La 2a el Dr. Tagle, Ugarteche, Martínez y yo. Y la 3a el Sr. Ugarteche y Martínez solamente. De la 1a y 3a nada puedo decir a Ud. que no lo sepa”. “De la 2a puedo decirle los principios que nos propusimos el Ministerio de Gobierno y yo, como prevaleciendo en aquella composición de Administración, y en los que estuvo de conformidad el Sr. Balcarce a lo menos mientras hablaba delante de nosotros; ellos eran en aquellas circunstancias: 1º Evitar el desorden y división del Partido Federal. 2º En caso de no poder conseguirlo, detener la revolución que amenazaba a aquella Administración, haciendo descender al Sr. Balcarce y sus ministros, antes que despedazarse ambas fracciones del

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mismo Partido, y cuya división siempre la califiqué de suicidio político. Se dirá, tal vez, que esto era un error, o si se quiere una presunción de mi propia opinión o prestigio: la experiencia lo acreditó yá; pero que tales principios nos traigan la infame nota de traidores a la causa de la Federación, es lo que yo no puedo concebir y me confunde. ¿Qué diferencia hay entonces entre los que se unieron con los unitarios para hacer la guerra a Federales de su Partido, desacreditando las reputaciones más bien cimentadas y las más precisas y necesarias para la conservación del Partido? Que estos sufran la pena de su temeridad después de haber probado con las armas y con todos los medios en su poder su debilidad, falta de medios y opinión, creo está en el orden ordinario y común de las guerras civiles, pero que los que se ponen de por medio de dos amigos en actitud de hacerse pedazos, para impedir que se asesinen, porque es preciso confesar, hasta cierto período, a don J. R. Balcarce y otros miembros del Partido Federal, sean clasificados con la denigrante nota de traidores, y esto en circunstancias que fué como imposible descubrir la opinión del Jefe del Partido a la distancia en que se hallaba, es lo que yo no puedo sobrellevar ni soportar, y en este caso, preferiría la resolución de abandonar el país, que vivir en él con tal infamia”. “Si el Sr. Rozas, pués, se halla dispuesto a marcarme así con tanta ignominia, permítaseme desterrarme voluntariamente de mi Patria sin poder jamás considerarlo mi enemigo político, porque un ciudadano que desde el principio de la revolución ha sostenido la causa por la que se le infama, no debe desertar de ella por el error o injusticia de un Funcionario de su propio partido”. “Sufriré el tiempo de su mando, y el tiempo también que dure el feroz y asesino partido Unitario, si por desgracia nuestra y de la Patria llega a entronizarse sobre las ruinas de los Federales. Si por el contrario el Sr. Rozas me considera aunque no amigo de su confianza, porque hasta ahora no ha querido exijirme prueba de ello, pero como ciudadano com-

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prometido hace mucho tiempo por el sistema Federal y que debe correr su suerte desgraciada cuando ello sucediere, y que Dios no permita, entonces conocerá mi disposición voluntaria, dando ejemplo cuantas veces se me presente ocasión de obediencia al primer Magistrado de nuestra Patria, elevado a ese destino con tanto acierto y justicia por el voto del Pueblo y de los Representantes”. “Se dijo en tiempo que me hallaba en el Ministerio de Hacienda, que me habia vendido a la Administración de entonces, con alusión a que el Sr. Balcarce había mandado pagar la deuda del Gobierno resultante de la comisión a Norte América. Esta calumnia deshonrosa se halla desvanecida en el expediente de la materia. Allí se vé que el Sr. Dorrego 1º, después el Sr. Rozas y con especialidad el Sr. Don Tomás Anchorena, fueron los que pusieron este negocio en estado de que se pagase por el Gobierno, y por lo tanto es natural que se me considere fuertemente reconocido a estos Señores. No hay duda que como particular yo le debo al Sr. Balcarce el servicio de haber mandado satisfacer aquel crédito por la Aduana, en letras de la misma a 3 y 6 meses de plazo y sin interés alguno, pero me conoció mal aquel calumniante (Gregorio Gómez Orcajo, que lo acompañara a Aguirre como Secretario a Estados Unidos) cuando creyó, como lo vió al contrario poco después, que sacrificaba mi opinión y Partido a mi interés personal; y desafío a que se me marque un solo hecho en que se me haya visto en contradicción a este respecto, o que no pueda explicarlo satisfactoriamente. Confieso y confesaré siempre que he errado algunas veces, y que mis opiniones no han sido las más acertadas, pero no puedo persuadirme que esto deba atraerme una nota infame, cuando más, me servirá en adelante para no guiarme solo por mi propio consejo”. “Finalmente, mi amigo, le pido encarecidamente me aclare la duda sobre si puedo o no entrar en mi país en calidad de amigo o enemigo del Sr. Rozas y demás Federales; su falta de contestación será lo bastante para que yo me persuada de esto último; y en el caso de que Ud. tenga la bondad de con-

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testarla, mi esposa queda encargada por mi de recogerla y remitirmela a este destino”. “Hágame el gusto de dar mis sinceras expresiones a su señora y demás señoritas, quedando de Ud. como siempre su invariable amigo y affmo. SS.: Manuel H. de Aguirre”. Ultimos años. Testamento, muerte y funerales de Aguirre Relegado a la vida doméstica, mi tatarabuelo le arrendó un campo en “el Arroyo de Azul” a Prudencio Rosas, por 130 pesos mensuales. Allí, hacia el mes de mayo de 1843, vendió sus vacas, ovejas y caballos “y todo lo que haya de mi marca”, al “Sr. Mackinlay”. Siete meses después, en su casa de la calle Chacabuco, el viernes 22-XII-1843, fallecía don Manuel Hermenegildo a los 57 años cumplidos, y sus restos se inhumaron en el cementerio de la Recoleta. Catorce días antes, el hombre enfermo y a punto de morir, otorgó sus disposiciones de última voluntad ante el Escribano Marcos Leonardo Agrelo. Tras el encabezamiento de fé católica, habitual en dichas solemnes escrituras precedido, en esa época, por la leyenda política “Viva la Confederación Argentina; Mueran los salvajes unitarios”, el causante declaróse “hijo legítimo de Don Agustín Casimiro de Aguirre y Doña Josefa Lajarrota, hoy finados”. Dijo haber sido casado en primeras nupcias con “Doña Victoria Ituarte, que falleció intestada dejándome cinco hijos, todos menores de edad”. “Por muerte de esta Señora no practiqué inventario ni división de bienes por no haber gananciales; y por muerte de mi suegra, madre de ella, la Señora Doña Magdalena Pueyrredón, recibí 4.400 pesos moneda corriente ... Reconozco también 1.000 pesos plata que la mencionada Señora Doña Magdalena, viviendo, entregó a su hija y mi esposa, por razón de herencia paterna ... Pasé a segundas nupcias con la Señora Mercedes Ibáñez, de cuyo matrimonio tengo cinco hijos menores de edad ... He

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recibido 3.000 pesos moneda corriente que le han correspondido a mi citada esposa actual por herencia paterna ...; al contraer matrimonio yo tenia 15.000 pesos plata de mi herencia paterna, y a la muerte de mi Señora Madre recibí 107.657 pesos 4 reales moneda corriente; y posteriormente, después de casado con mi segunda esposa, se me abonaron por el Superior Gobierno 283.520 pesos moneda corriente, por cuenta de lo que se me debía por mi viaje y comisión acerca del gobierno de los Estados Unidos. Del mismo modo declaro que el gobierno del Estado de Chile me adeuda 100.000 pesos plata, que prometió pagar por dicha comisión, y aunque considero este crédito de difícil cobro, encargo muy particularmente a mis Albaceas y a mis hijos practiquen todas las diligencias que deben hacer y crean necesarias para hacerlo efectivo. Mis demás bienes aparecerán del Inventario que encargo a mis Albaceas formalicen, con sujeción a mis libros, documentos y papeles ... Lego el remanente del quinto de mis bienes a mi Esposa Doña Mercedes Ibáñez. Es mi voluntad que separando de mis bienes el tercio, se haga de él dos mitades de las que una se adjudique a mis dos hijas mujeres, Doña Mercedes y Doña Josefa Catalina, y la otra mitad vuelva a la masa común para ser dividida entre todos mis herederos ... Ordeno y mando a mis Albaceas, que separen de mis bienes 2.000 pesos plata, con lo que llenaran, a mi nombre, cumpliendo con las disposiciones de mi Señora Madre, todos los objetos de beneficencia que les he comunicado ... Nombro por mis Albaceas, en primer lugar a mi Esposa Doña Mercedes Ibáñez, mancomunada con mis hijos don Manuel Alexandro y don Agustín Casimiro; en segundo a mi Madre Política, mancomunada con mis otros hijos Don Emiliano Camilo y Don Hortensio Aurelio, la Señora Rosa Marín; y en tercero al Señor Don Manuel José García y su Esposa mi legítima hermana Doña Manuela de Aguirre ... Nombro por mis únicos y universales herederos a mis hijos legítimos...”, de ambos matrimonios, cuyos nombres consignó prolijamente el testador; que así lo otorgó y firmó por ante el Escribano Agrelo y los testigos

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Pablo Gómez, Pablo Gómez hijo y Mauricio Cruz, en esta ciudad de Buenos Aires a 8 días del mes de Diciembre de 1843, “año 34 de la Libertad, 28 de la Independencia y 14 de la Confederación Argentina”. Veinte días después, La Gaceta Mercantil publicó la siguiente comunicación: “La viuda e hijos de don Manuel H. de Aguirre (q.e.p.d.) suplican a los señores que por algún accidente no hayan recibido esquelas, se sirvan acompañarlos en los funerales de dicho finado, que han de celebrarse en el templo de Nrt. P. San Francisco, el sábado 30 del corriente a las 9 y media de la mañana, favor que les serán muy reconocidos”. La testamentaria del causante tramitóse en el Juzgado de Primera Instancia Civil del Dr. Manuel Mansilla. Los bienes inventariados en autos fueron: La casa de la calle Chacabuco Nº 59; otra casa en la calle Arenales, sin Nº, esquina al “Hueco de Cabecitas” (ahora Plaza Vicente López); la casa quinta en el mismo “Hueco”, que el finado compró a su suegra Rosa Marín de Ibáñez, el 17-XII-1833, con los edificios contenidos en ella, compuesta de una manzana de terreno, limitada por las calles Santa Fé, al Sud, Arenales al Norte, Uruguay al Este y Paraná al Oeste; asimismo parte de la quinta; heredada de su madre Josefa Lajarrota, en las calles Cangallo y Cuyo; y los muebles, alhajas, libros, loza, batería de cocina, acciones y dinero, que consignan las hijuelas respectivas. Manuel Hermenegildo de Aguirre hubo en Victoria Ituarte Pueyrredón su primera mujer esta posteridad: 1) Manuel Alejandro Aguirre Ituarte, que sigue en XI. 2) Agustín Casimiro Aguirre Ituarte, llamado como su abuelo paterno. Fué baut. el 21-X-1820 con los nombres de Agustín Casimiro Eduardo por el inquieto sacerdote patriota Dr. Ramón Eduardo Anchoris, y bajo el padrinazgo de su tío bisabuelo el Brigadier Nicolás de la Quintana y Riglos y de su abuela María Josefa de Lajarrota y de la

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Quintana. Murió Agustín Aguirre soltero, de 81 años, el 19-XI-1901. 3) Emiliano Camilo Esteban Aguirre Ituarte, nac. el 26-XII1821 y baut. en la Catedral porteña el 3-I-1822, siendo sus padrinos León Ortiz de Rozas y su tia Manuela Aguirre Lajarrota. Casó el 19-IV-1856, en la Iglesia de San Telmo, con Ramona Dolores Herrera y Díaz Herrera, n. Bs. As. el 13-VI-1838, y fall. en San Isidro el 1-V-1902 (hija de José Cruz de Herrera y Ferrá y de la esposa y sobrina de éste Liberata Díaz Herrera; n.p. de Ramón Antonio Luis de Herrera López Castellano n. en Cádiz, y de Escolástica Ferrá y Pasos Peralta, n. en Córdoba del Tucumán; n.m. de Blas Díaz Perafán y Gutiérrez y de María Josefa Ramona de Herrera y Ferrá). Cuando en 1859 a su cuñada Mercedes Anchorena, mujer de su hermano Manuel Alejandro Aguirre, se le adjudicó la parte del campo de “El Tala” o “Las dos Islas” (11 leguas cuadradas que le correspondieron de la herencia paterna sitas en el “partido del Tuyú, sección Dolores”), don Emiliano se asoció a los dueños de ese campo a fin de poblarlo y, sobre el terreno, dirigir su explotación ganadera. A ese fin instalose en la futura estancia, al principio sin su familia, viviendo en un rancho de barro que fuera habitáculo de cierto paisano, medio indio, al que llamaban “Chajá”, porque arreaba a la hacienda emitiendo los estridentes gritos de ese pájaro vernáculo. Aquel rancho primitivo de “El Chajá”, levantado en medio de un rústico contorno, dió nombre perdurable a la estancia de los Aguirre, y no el de “San Esteban” que le pusieron desde Buenos Aires y nunca prosperó. Bajo la dirección de don Emiliano construyéronse allá las sólidas casas del patrón y de la peonada, los galpones, puestos, cercos, corrales y demás dependencias indispensables para la explotación referida. Al “Chajá” llevó el animoso estanciero a su no menos animosa mujer, a sus hijas mayores y al resto de su prole, que se fué aumentando al correr de los años. En 1881, el tío Emiliano entregó el campo dividido

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en dos — “El Chajá” y “El Lucero” — a sus sobrinos Manuel y Hortensio Aguirre Anchorena. (Los antecedentes históricos de dicha heredad familiar van incluidos en el capítulo que dedico al linaje de Anchorena). Al margen de su actividad de hacendado, don Emiliano ejerció desde “El Chajá”, en 1863, las funciones de Juez de Paz del antiguo partido de Monsalvo, como más tarde desempeñaría el mismo cargo, en 1872, en el partido del Tuyú. Agrego que nuestro hombre había adquirido en 1870, una casa en Buenos Aires, en la calle México 144, de la vieja numeración, entre Defensa y Bolívar. Allí alternó, con los suyos, sus estadías urbanas cuando tornaba de “El Chajá” y de “El 1º de Mayo” campo desprendido de “Loncoy” que recayera por herencia a su consorte doña Ramona. Asimismo explotaba, como socio de su hermano Manuel Alejandro, el establecimiento “Arroyo Grande”, en el partido del Tuyú (hoy Coronel Vidal). Aquella casona de la calle México, al transcurrir del tiempo, vino a convertirse en sede de la Sociedad Argentina de Escritores, y fué emotivamente traída al recuerdo en 1953, por la nieta de don Emiliano, Victoria Ocampo. En dicha morada falleció su propietario el 11-VI-1886. Al día siguiente, su hermano Manuel Alejandro le escribió a su querido primo Manuel R. García Aguirre, Ministro argentino en Londres: “Tienes ya por aquí uno menos de tus mejores amigos. Emiliano falleció ayer a eso de las 3 p.m., después de una larga y penosísima enfermedad. Queda Ramona con ocho hijos, de los cuales son ya mayores de edad tres de ellos. Grande es mi aflicción. Tu amigo Manuel”. Cuarenta y ocho horas antes de expirar, el día 9 el enfermo testó, en cama, ante el Escribano José Victoriano Cabral, y los testigos, llamados y rogados, Alejandro Leloir, de 60 años, Félix Bernal, de 78, y Federico Villate, de 59. Sobrevivió al causante su esposa nombrada albacea de éste, en la cual don Emiliano hubo una docena de hijos, a saber:

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A) Emiliano Aguirre Herrera, baut. el 22-V-1857. Murió niño el 11-IX-1860. B) Eduardo Camilo Aguirre Herrera, n. el 17-VII-1859. Murió también infante el 21-XII-1864. C) Adriana Ramona Aguirre Herrera, baut. el 21-1-1862; fall. el 26-XII-1927. Casó el 29-V-1889 con Horacio Harilaos Senillosa, n. el 4-XII-1857; fall. el 31-VIII1923 (hijo de Horacio Harilaos Lemanza n. en Italia, y de Carolina Senillosa Botet, casados en Bs. As. el 15-II1856). Fueron sus hijos: a) Eduardo Dionisio Harilaos Aguirre, n. 26-VII1890; fall. el 4-VII-1909. b) Horacio Demetrio Pedro Harilaos Aguirre, n. 9VIII-1892; fall. 26-VIII-1913. c) Federico Vicente Demetrio Harilaos Aguirre, n. 22I-1895. Casó el 7-IX-1935 con Lucia Navarro Viola Correa Luna, n. Inglaterra el 13-X-1910 (hija de Jorge Navarro Viola y de Ruth Correa Luna). Con sucesión. d) Adriana Delfina Harilaos Aguirre, n. el 3-V-1898. Casó el 24-VI-1922 con Francisco Cirilo Arrillaga, Médico, n. en Tandil el 9-I-1886 y fall. en Mar del Plata el 21-IX-1950 (hijo de Jacinto Arrillaga y Carmen Segurola). Con sucesión. e) Mauricio Dagoberto Ramón Harilaos Aguirre, n. el 12-XII-1899. Casó 1º el 14-VI-1928 con Susana Bombal Hughes, y en 2as nups. el 11-VIII-1959, en Roma, con Celsa Avelina Boas Murphy, n. 22-VI1919 (hija de Edward Charles Boas Batten y de Evelyn Beatriz Murphy Dillon). Sin descendencia. D) Clemencia Ramona Aguirre Herrera, n. el 14-XI-1862 y baut. el 19 XII siguiente bajo el padrinazgo de su tío carnal Manuel Alejandro Aguirre y de su abuelastra Mercedes Ibáñez de Aguirre. Casó el 26-XII-1882, en San Telmo, con su tío 2º Benjamín Antonio Remigio

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Sáenz Valiente, n. 13-VI-1850 (hijo de Casto Sáenz Valiente Pueyrredón y de Juana Magdalena de Ituarte Pueyrredón). Falleció Clemencia el 8-XI-1900. La posterioridad de los cónyuges Sáenz Valiente Aguirre se trata en el apellido Pueyrredón. E) Emiliano Horacio Aguirre Herrera, n. el 24-IV-1864 y fall. el 17-XII-1939. Se casó el 26-X-1895 con Esther Anasagasti de la Serna, n. el 22-II-1877 y fall. el 9-VII1950 (hija de Manuel Anasagasti de la Serna y de Dolores de la Serna Feuredona). Fueron padres de: a) Emiliano Narciso Aguirre Anasagasti, n. el 5-VI1896. Músico y crítico musical. b) Héctor Feliciano Aguirre Anasagasti, n. el 20-X1901 y fall. el 7-X1-1949. Casó el 25-VIII-1941 con Angela Buscaglia Damiano, n. el 15-IV-1918 (hija de Alberto Buscaglia y de Carolina Damiano). Padres de un solo hijo: Emiliano Héctor Aguirre Buscaglia, n. el 14-V-1943. c) María Esther Aguirre Anasagasti, n. el 29-V-1904 y fall. el 30-XI-1983. Se casó el 16-X-1933 con Miguel Angel Brea Badaraco, n. el 30-IV-1897 y fall. el 13-VI-1955 (hijo de Arcadio Brea y de Modesta Badaraco). Hubo un solo hijo: Miguel Emiliano Brea Aguirre, n. el 29-V-1940, casado con Marcela Santa Coloma, con sucesión. d) Manuel Narciso Aguirre Anasagasti, n. el 9-VIII1907. Casó el 30-VI-1951 en Mar del Plata con Elena Rafaela Ramos Leiva, n. en Santa Fé el 30-IX1920 (hija de Regino Ramos y de Felipa Leiva). No hubieron sucesión. F) Ramona Maximina Aguirre Herrera, n. el 8-I-1866, baut. el 1º de febrero siguiente, apadrinada por su tío Nicolás Herrera de 25 años y su prima hermana Susana Aguirre Anchorena de 20 años. Casó el 26-IV-1889 con el Ingeniero Manuel Silvio Cecilio Ocampo y Ocampo, n. el 3-XI-1860 y fall. el 18-1-1931 (hijo de los primos

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Manuel Anselmo Ocampo Lozano y Angélica Gabriela Ocampo Regueira). Murió Ramona Aguirre — “la Morena” — el 10-XII-1935 y fué madre de: a) Victoria Ramona Rufina Ocampo Aguirre, n. el 7-IV1890. Escritora que no necesita presentación. Se casó con Luis Bernardo del Corazón de Jesús de Estrada Gondra, el 8-XI1912, del que se separó después (hijo de Juan Bautista de Estrada Perichón de Vandeuil Liniers y de Augusta Gondra Alcorta). Murió Luis Bernardo — “Monáco” — el 1-III-1933. En su juventud Victoria Ocampo solía adoptar el seudónimo griego de “Niké” (divinidad mitológica de la Victoria), y en cierta ocasión, en 1919, le dedicó un soneto escrito en francés a Enrique Larreta, firmándolo “La Comtesse de Pamplona”, sin duda por atávicas reminiscencias. Su vehemente personalidad rindiose a la muerte, casi nonagenaria, el 27-I-1979, en su quinta de San Isidro que retenía sus recuerdos más entrañables. b) Angélica María Ocampo Aguirre, n. el 19-XII-1891. Falleció soltera en 1980. c) Francisca María Ocampo Aguirre, n. el 5-X-1894. Casó el 10-X-1918 con Benjamín Agustín Carmelo García Victoria, n. el 16-VII-1891 (hijo de Julio Agustín García Cortina y de Silvia Victorica Urquiza). Con sucesión. d) Clara María Leonor Ocampo Aguirre, n el 6-XI1898, y fall. soltera el 16-IX-1911. e) Rosa Ocampo Aguirre, n. el 7-VIII-1896 en Paris. Casó el 5-X-1921 con Juan Carlos Bengolea Arning, n. el 11-V-1892 (hijo de Abel Avelino Bengolea

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Llobet y de Sofía Trinidad Manuela Arning Lawson). Con sucesión. f) Silvina Inocencia Ocampo Aguirre, n. el 28-VII-1903. Poetisa. Casó el 18-I1939 con Adolfo Vicente Perfecto Bioy Casares, n. el 14-IX-1914. Novelista (hijo de Adolfo Bioy Domecq y de Marta Casares Lynch — ver el apellido Lynch). Sin hijos. G) Hortensia Mercedes Aguirre Herrera, n. el 17-III-1868, baut. el 29-IX siguiente, y fall. el 17-II-1939. Casó el 24-IX-1898 con Federico Augusto Rufino Leloir Bernal, n. el 11-VIII-1859 (viudo de Mercedes Florentina Martínez de Hoz, e hijo de Federico Leloir Sáenz Valiente Pueyrredón y de Carmen Bernal Lynch — ver los apellidos Pueyrredón y Lynch). El matrimonio LeloirAguirre e hubo cinco hijos, que registro en el linaje de Pueyrredón, el menor de los cuales, Luis Federico Leloir Aguirre es Médico, y fué agraciado en 1970 con el Premio Nobel de Química. H) María Dolores Aguirre Herrera, n. el 7-IV-1870, fué baut. el 20-VII del mismo año y fall. el 25-II-1926. Casó el 24-XI-1892 con Carlos Octavio Dorado Uriburu, n. el 21-VI-1866, en Valparaiso, Chile, y fall. en Bs. As. el 21-IV-1915 (hijo de Joaquín Dorado Caso y de Benita de Uriburu Cabero —ver el apellido Uriburu). Fueron padres de: a) Carlos María Dorado Aguirre, n. el 5-XI-1893; fall. el 8-VII-1899. b) Alfredo María Dorado Aguirre, n. el 22-V-1895; fall. el 18-I-1950. c) María Dorado Aguirre, n. el 7-XII-1896; fall. tres dias después. d) Luis María Ramón Dorado Aguirre, n. el 6-II-1899; fall. el 17-II-1951. Casó el 17-VII-1926 con Cora

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Frers Lynch Venzano, n. el 29-VII-l 896 (hija de Julián Frers Lynch y de Cora Lynch Venzano — ver el apellido Lynch). Con sucesión. e) Josefina María Ramona Dorado Aguirre, n. el 1-V1900. Soltera. f) Matilde Dorado Aguirre, n. el 8-III-1902; fall. el 25VI-1906, en Paris. g) Carlos María Antonio Dorado Aguirre, n. el 3-IX1911; fall. el 2-IX-1940. h) Ricardo María Dorado Aguirre, n. el 3-IX-1911; fall. el 12-IV-1936 en un accidente de aviación. I) Virginia Clemencia Aguirre Herrera, n. el 14-XI-1872; fall. el 16-I-1897. Casó el 23-IX-1895 con José Luis Acosta Oromi, n. el 1-XII-1868 y fall. el 1O-VI-1938 (hijo de Mariano Acosta Santa Coloma, Gobernador de Buenos Aires y Vicepresidente de la República, y de María Remedios de Oromi Escalada — ver el apellido Escalada). Virginia dejó un solo hijo: a) José Luis Acosta Aguirre, n. el 10-I-1897 y fall. el 2V-1943. J) José Antonio Aguirre Herrera, n. el 5-XII-1875, lo sostuvieron en la pila bautismal el 15-VI-1876 sus padrinos, los tios Manuel Alejandro Aguirre Ituarte y Mercedes Aguirre Ibáñez de Anchorena; y fall. el 21XI-1954. Casó el 7-XII-1899 con María Barreyro Peralta Ramos, n. el 15-I-1877 (hija de Juan José Berreyro Bavio y de Mercedes Peralta Ramos Robles). Fueron sus hijos: a) José Emiliano Aguirre Barreyro, n. el 5-V-1901. Casó el 19-VII-1928 con Felisa Naón Rodríguez Marcenal, n. el 6-VII-1903 (hija de Rómulo Sebastián Naón Peralta Martínez y de Isabel Rodríguez Marcenal). Con sucesión. b) Rolando Julián Aguirre Barreyro, n. el 21-I-1903. Casó el 7-XII-1925 con Ema Coelho López, n. el 4-

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II-1903 (hija de José Coelho Alcorta y de Juana López Saubidet), de la que posteriormente se separó. Con sucesión. c) José Antonio Aguirre Barreyro, n. el 29-VII-1904; fall. el 12-V-1963. Casó el 30-IV-1927 con María Teresa Fitte Dhers, n. el 31-V-1907 (hija de Alfredo Fitte Mignaçabal y de Marcelina Dhers Bars). Se separaron más tarde. Hubieron dos hijas: María Teresa e Inés Aguirre Fitte, casadas en Montevideo con Alberto Armas Haley y con Héctor José León Lapido Díaz, respectivamente, ambas con sucesión. d) Maria Cecilia Aguirre Barreyro, n. el 4-VII-l 905. Soltera. e) Hortensia Mercedes Aguirre Barreyro, n. el 16-IV1908. Soltera. f) Luis Domingo Aguirre Barreyro, n. el 20-XII-1911. Soltero. g) Eduardo Aguirre Barreyro, n. el 8-III-1917. 4) Aurelio Hortensio Aguirre Ituarte, baut. el 26-IX-1823. Falleció párvulo. 5) Hortensio Aurelio Aguirre Ituarte, baut. el 11-I-1825. Fueron sus padrinos Gervasio Rosas y la madre de éste Agustina López de Osornio de Ortiz de Rozas. Siendo adolescente, Hortensio enfermó de tuberculosis. En razón de ello, en 1848 fue a buscar clima propicio para sus pulmones a la provincia de Entre Rios. Mantenía él asidua correspondencia con su hermano mayor Manuel Alejandro, y en carta fechada el 26-XI-1849 en Gualeguaychú — a 14 leguas del palacio “San José” — le relata a mi bisabuelo una visita que hizo a Urquiza, un año y medio antes que don Justo se pronunciara contra Rosas. “De tránsito para este pueblo (Gualeguaychú) — escribe Hortensio — estube en la estancia del Gobr. de esta provincia el Sor. Urquiza, y allí pasé dos días. No puedes figurarte la deferencia con que he sido tratado pr. este Sor. No podía darse

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más atención y más franqueza. Me ha hecho instancias para que de aquí vuelva a su establecimiento a pasar una temporada de campo, donde me tendrá preparada una habitación. Yo te aseguro que a no ser la confianza que inspira este Sor. me hubiera visto confundido. Más de una vez puse en parangón a este Sor. con aquel que tube la fatalidad de tratar tan de cerca pr. tanto tiempo (clara alusión a Rosas). Este (Urquiza) es mil veces más bueno que aquel malo. Es preciso conocerlo y ver su administración, y el buen orden de estos pueblos para desmentir la opinión mala. He hablado mucho con él, particularmente de algunos hechos en que él ha figurado como sanguinario. En fin, querido Manuel, es un hombre el más amigo de los buenos que se puede dar”. Buscando reponerse, el jóven Aguirre se trasladó luego a probar aires de campo al “Rincón de López”, la estancia de su padrino solterón Gervasio Rosas, quien le quería como hijo. Ahí dejó de existir a fines de septiembre o principios de octubre de 1850. El 21-IV-1870, al iniciarse la testamentaria de Hortensio Aguirre, su hermano Emiliano manifestó: que el causante “falleció hace algunos años en el sud de esta campaña, en el paraje denominado Rincón de López, después del fallecimiento de mis padres, soltero, sin dejar sucesión legítima ni natural”. Por lo demás, “el cadáver de Hortensio Aguirre de 20 años de edad, de estado soltero, se ha sepultado en este cementerio del Norte”, cual lo registra el libre de entrada de la Recoleta, con fecha 20-X-1850. 6) Victoria Aguirre Ituarte, baut. de un mes el 8-V-1827 (dos dias después de haber muerto su madre a consecuencia del parto). Fueron padrinos de Victoria, Gervasio Rosas y Damasia Ituarte Pueyrredón. La niña dejó de existir a los dos o tres años. Hijos de las segundas nupcias de Manuel Hermenegildo de Aguirre con Mercedes Ibáñez Marín (que epilogó su vida el 2-XII-1870 de “apoplejía cerebral”, a los 64 años, en su casa de la calle del Parque 63) fueron:

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7) Mercedes Aguirre Ibáñez, baut. el 15 X-1832; fall. el 13VII-1902. Casó el 20-IX-1849 con Pedro de Anchorena Ibáñez, su primo hermano (hijo de Juan José Cristóbal de Anchorena y de Andrea Ibáñez Marín). Su descendencia se trata en el apellido Anchorena. 8) Josefa Aguirre Ibáñez, baut. el 3-XII-1836; fall. el 14-X1870. Se casó el 16-III-1861 con Juan Nepomuceno de Anchorena Arana, su primo segundo (hijo de Nicolás de Anchorena y de María Estanislada Mauricia Arana Andonaegui). Su sucesión la trato en el apellido Anchorena. 9) Manuel Salustiano Aguirre Ibáñez, baut. el 30-VI-1838 y fall. el 3-II-1909. Casó el 30-X-1869 con Carolina Stegmann Pérez Millán (hija de Claudio Stegmann, b. en Hanover, Alemania, y de Narcisa Pérez Millán, casados en Bs. As. el 18-VIII-1830). Fueron padres de: A) Carlos Aguirre Stegmann, n. el 31-V-1871. Murió 6 meses después. B) Carolina Aguirre Stegmann, b. el 15-VI-1872. Casó el 1-IX-1894 con Mariano José Ortiz Basualdo Dorrego, n el 9-IV-1861 (hijo de Manuel María Ortiz Basualdo Segurola y de Angela Inés Dorrego e Indarte) . Sin posteridad. C) Manuel Narciso Aguirre Stegmann, b. el 31-X-1873. Falleció soltero. D) Juan Alberto Aguirre Stegmann, b. el l-X-1876. Murió asimismo soltero. E) Ernesto Cirilo Aguirre Stegmann, b. el 4-X-1877. Casó el 28-XI1904 con Adela Ugarte Tomkinson (foto) (hija de Marcelino Ugarte Lavalle, Gobernador de Buenos Aires, y de Carolina Tomkinson Alvear). Fueron padres de: a) Adela Carolina Aguirre Ugarte,

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b. el 26 X-1905. Murió soltera. b) Carolina Aguirre Ugarte, n. el 11-I-1907. Casó el 26I-1931 con Carlos Santamarina Castañaga. Con sucesión. c) Ernesto Manuel Marcelino Aguirre Ugarte, b. el 28XI-1908. Casó con Mary Wolfe, de la cual se separó. Hubo dos hijos. d) María Teresa Aguirre Ugarte, n. el 7-XII-1910. Casó el 28-XI-1936 con Luis Augusto Huergo Paez. Con sucesión. 10) Rafael Hilarión Aguirre Ibáñez, baut. el 16-XI-1840. Murió a los 36 años, el 15-III-1876, en San Remo, pequeña ciudad litoral de Génova, a la que se había trasladado desde Niza a fin de restablecer su quebrantada salud. Falleció repentinamente a las 8 y media de la tarde, tras un vómito de sangre, al salir para el teatro del Hotel Bretagne, donde se alojaba. Sus restos fueron traidos de San Remo y reposan en el cementerio porteño de la Recoleta. El desventurado Rafael había extendido, el 10-I-1874, este testamento ológrafo: “A mi hermana Mercedes Aguirre de Anchorena. Con el deseo que se respete y cumpla mi voluntad el día de mi muerte, y siendo tu la persona de mi familia en quien espero, he resuelto lo siguiente: 1º Quiero que no valla acompañamiento de ninguna clase, ni que nadie se moleste de ningún modo. 2º Quiero que no se hagan funerales ni cosa que se parezca. 3º Cuanto dejo, deseo sea para beneficio de los inútiles y enfermos que sean pobres. 4º Como es probable que no pueda tener el gusto de morir en mi país, por encontrarme jeneralmente en viajes, deseo se hagan venir mis últimos restos y sean puestos al lado de los de mi madre. Justo es respetar las últimas palabras de un muribundo: Rafael H. Aguirre”. 11) Pedro Crisólogo Aguirre Ibáñez, baut. el 27-XII-1842. Se quitó la vida siendo soltero, de 25 años, el 9-VII-l 868, y su cadáver fué enterrado en la Recoleta. Estaba loco, en tratamiento médico.

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Hubo, además, Manuel Hermenegildo de Aguirre Lajarrota una hija natural: 12) Carmen Aguirre, baut. el 16-VI-1813 y fallecida el 2-VI1883. Casó el 29-VI-1837 con José Eufemio Sánchez Echegaray, n. en la provincia de San Juan (hijo de Ignacio Sánchez Gallén, n. en Montevideo, y de su 1º esposa la sanjuanina Sebastiana Echegaray Sánchez de Loria). Fruto de aquella unión resultó: A) Ignacio Justo Sánchez Aguirre, b. el 9-X-1838 Casó el 14-IX-1876 con Maria Modesta de Elía Illa, b. en Montevideo el 27-VIII-1856 y fall. en Bs. As. el 28-IX-1900 (hija de Angel Germán de Elía Alzaga y de Edelmira Illa Viamonte y Genéz). Procrearon estos hijos: a) Matilde Eusebia Sánchez Elía, b. el 14-IX-1878. Casó el 10-VI-1899 con Alfredo Felipe Méndez Huergo, b. el 22-IX-1866 (hijo de Angel María Méndez Huergo y de Trinidad Huergo Saravia). Estos fueron sus hijos: a1) Matilde Méndez Sánchez — “Matita” — n, el 4VI-1900. Casó lº con Roberto Juan Aguirre Lynch (hijo de Manuel Jose Aguirre Anchorena y de Enriqueta Lynch Lawson), de quien me ocupo más adelante y anoto su descendencia. De viuda “Matita” pasó a 2as nupcias con Alfredo Santamarina Terrero (hijo de Enrique Santamarina Irasusta y de Sofía Terrero Peña). Su hijo Enrique Alfredo Santamarina Méndez, casó con Susana Casado Elía Costa Paz y prolonga posteridad. a2) Alfredo Méndez Sánchez, n. en 1901. Murió soltero. a3) Angel María Méndez Sánchez, n. 1911. Casó con María Rosa Green Devoto (hija de Ricardo Green Mayobre y de María Rosa Devoto González). Con sucesión.

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b) Ignacio Eduardo Sánchez Elía, b. el 20-III-1880. Mi viejo e inolvidable amigo “Cocó Sánchez”, fallecido soltero en 1936. c) Maria Ana Edelmira Sánchez Elía n. el 16-X-1881; fall. el 11-I-1907. Casó el 16-VI-1906 con Justo del Cármen Saavedra, n. 1868 (hijo de Justo Saavedra Ferrás y de Cármen Casco). Sin hijos. d) Angel Sánchez Elía n. el 19-I-1883; fall. el 25-XII1953, Diputado Nacional. Casó el 5-V-1908 con Magdalena Bengolea Ramos Mexía, n. en 1889 (hija de Santiago Bengolea Llobet y de Marta Ramos Mexía Lavalle). Padres de: d1) Maria Marta Sánchez Elía Bengolea, n. el 31-III1909. Casó el 5-XI-1928, y hubo dos hijas, con Enrique Santamarina Terrero (hijo de Enrique Santamarina Irasusta y de Sofía Terrero Peña). María Marta se separó después de su marido. d2) Angel Sánchez Elía Bengolea, n. el 27-VI-1910. Casó con Inés María Sofía Pereda, n. el 21-I-1925 (hija de Celedonio Pereda Girado y de María Adela Ayarragaray Piñeyro). Con sucesión. d3) Santiago Félix Sánchez Elía Bengolea, n. el 20XI-1911; fall. el 12-XI-1976. Casó el 28-IV-1938 con Clara Zuberbulher (hija de Luis Eusebio Zuberbulher Machain y de Maria Zulema Saavedra Lamas). Con descendencia. d4) Magdalena Sánchez Elía Bengolea, n. el 2-VII1913. Soltera. e) Horacio Manuel Sánchez Elía n. el 19-V-1885; fall. en 1975. Casó el 18-XII-1913 con Josefina Celina Victoria de Alzaga Unzué, b. el 8-XII-1893 (hija de Félix Gabino de Alzaga Piñeyro y de Angela Unzué Gutiérrez Capdevila). Padres de:

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e1) Horacio Ignacio Sánchez Alzaga, n. el 11-XII1914, casado con Maria Elena Castellanos Stewart. Con sucesión. e2) Maria Josefina Sánchez Alzaga, n. el 9-VIII-1916. Casó el 8-IV-1937 con Agustín Larreta Anchorena (hijo de Enrique Larreta Maza Oribe y de Josefina de Anchorena Castellanos — ver el apellido Anchorena). Con sucesión. f) Raúl Sánchez Elía n. el 22-X-1888. Casó el 4-VI1918 con Josefina Gainza Paz, b. el 12-VII-1900 (hija de Alberto de Gainza Lynch y de Zelmira Paz Díaz — ver los antecedentes familiares de la señora en el apellido Lynch). Hubieron estos hijos: f1) Raúl Sánchez Elía Gainza, n. el 29-XII-1919. Fué marido de Lily Wood. f2) Maria Sánchez Elía Gainza, n. el 7-XI-1921. Casó con Carlos Indalecio Gómez Alzaga (hijo de Carlos Indalecio Gómez Tezanos Pinto y de María Inés Concepción de Alzaga Unzué). Con descendencia. g) Carlos Alberto Sánchez Elía, n. el 15-I-1889. h) Cármen Adela Sánchez Elía, n. el 12-IX-1892. Casó el 12-XII-1913 con Carlos Mariano Quintana Unzué, n. el 24-I-1890, Abogado y Diplomático (hijo de Manuel Carlos Quintana Rodríguez y de Mercedes Unzué Baudrix). Fueron padres de: hl) Manuel Ignacio Quintana Sánchez Elía, n. el 23X-1914. Casó con: N. Dodge, sin hijos. h2) Carmen María Quintana Sánchez Elía, n. el 27-V1916. Casó con Andrés Barón Supervielle (hijo de J. Barón y de Ana Supervielle). Con sucesión. h3) María Matilde Quintana Sánchez Elía, n. el 16-V1919. Casó con Melquíades Sáenz Briones Soler y Guardiola (hijo de Melquíades Sáenz Briones y de Magdalena Soler y Guardiola). Con posterioridad.

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XI — MANUEL ALEJANDRO AGUIRRE ITUARTE vino al mundo en Buenos Aires el 14-IX-1819, en la casa solariega de su familia paterna, frente a la Plaza de Mayo, con entrada a la calle llamada entonces “de la Universidad”, ahora Bolívar. Dieciocho dias más tarde, al niño lo cristianizaron en la Iglesia Matriz porteña, como consta en la respectiva partida asentada en el Libro 24 de Bautismos, al folio 283, que textualmente expresa: “En dos de Octubre de mil ochocientos diez y nueve, con mi licencia, el Dr. Santiago Figueredo, canónigo Dr. de esta Santa Iglesia Catedral, bautizó solemnemente a un párvulo que nació el catorce de Septiembre próximo pasado y se llamó Manuel Alejandro Santiago, hijo legítimo de Don Manuel Hermenegildo Aguirre y de Da. Victoria Ituarte, naturales de esta ciudad; fueron padrinos Don Pablo Sáenz Valiente (su tío 2º) y Doña Magdalena Pueyrredón (su abuela materna), quienes quedaron advertidos del parentesco espiritual y demás obligaciones que contraían, y por verdad lo firmo: Julián Sgo. de Agüero”. Manuel, llamose en primer término el crio, por ser el primogénito de su padre; Alejandro, acaso por el primo hermano de su madre Manuel Alejandro Pueyrredón; y Santiago, en honor de su bautizante, el Canónigo Figueredo, ex Capellán de las tropas en la Banda Oriental y ex Vicario del Ejército del Norte en el Alto Perú. Acerca de los estudios primarios cursados por mi bisabuelo, el diario El Lucero — dirigido por Pedro de Angelis — decía en 1829 que Manuel Aguirre, Florencio Balcarce, Nicolás Calvo, José Manuel Estrada Barquín, Juan Andrés

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Gelly y Obes y otros, compartieron las aulas en el “Colegio Gimnasio Argentino de la calle Perú 61, frente al Correo Viejo”. Genio y figura Don Manuel Alejandro Aguirre e Ituarte, a quien conocí en su ancianidad — escribió mi padre, Carlos Ibarguren en La Historia que he vivido — “era un gran señor porteño. Alto, erguido, enjuto de carnes, representaba el prototipo del viejo hidalgo con su barbilla blanca y su aspecto grave, austero; su sola presencia infundía el gran respeto de que gozaba en nuestra sociedad. Dueño de considerable fortuna, sirvió al país patrióticamente en asuntos financieros. Afectuoso dentro de su gravedad, conversaba conmigo con su circunspección habitual, abriendo a mis preguntas el ameno caudal de sus reminiscencias de nuestro pasado histórico. Había conocido a muchos próceres de la independencia y me los describía, entre otros al ‘Señor Rivadavia’ — como le llamaba —, a quien veía a menudo durante la presidencia de éste, en casa del ministro Manuel José García, casado con su tia doña Manuela Aguirre; a Pueyrredón, hermano de su abuela materna, cuya chacra en San Isidro — hoy monumento nacional — compró al hijo Prilidiano, el pintor, después de la muerte de aquél, y que durante mas se sesenta años habitó como residencia preferida; a Rosas, su pariente; a Facundo Quiroga, que frecuentaba como huésped, cuando venía a Buenos Aires, el domicilio de don Braulio Costa, marido de su tia la señora Florentina Ituarte. Me refería la pasión de Facundo por el juego, y las partidas de naipes en casa de Costa; relatábame que un día, siendo niño, entró en la sala donde se jugaba y Facundo, que debía de estar ganando en ese momento, porque demostraba locuacidad y contento, le tiro, al verlo, una onza de oro con la exclamación “Tomá, muchacho!”, lo que lo deslumbró, pues nunca había recibido tamaño regalo. Muchas tardes yo le acompañaba a pasear en

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automóvil, vehículo que le encantaba; íbamos al puerto, y al contemplar los grandes y magníficos transatlánticos anclados en los diques me decía: ‘la vejez tiene sus compensaciones y placeres: uno de ellos es llegar a ver los portentos de la civilización moderna, que nunca imaginé cuando hace 80 años vi en el Rio de la Plata, el año 1825, el primer buquecito de vapor que llegó a estas playas’”. (10) Por mi parte, se me aparece un tanto borrosa en la memoria la figura de Tata Aguirre, trajeada de negro en su casa de la calle Bolívar; o en el corredor de la chacra de San Isidro, con saco gris claro de lustrina, sobre la almidonada camisa de cuello duro, recibiendo a la tarde la brisa fresca del rio. Gran jinete, Tata Aguirre montaba en silla inglesa y siempre puso empeño en practicar equitación de alta escuela. De muchacho, cierta vez fué a caballo de un tirón a Chascomús, a la estancia del inglés Josué Thwaites, casado con la porteña Juana Rubio del Ribero, a un baile campestre que estos señores ofrecían para sus hijas Juana, Victoria y Matilde, que casarían respectivamente, después, con Francisco Moreno Visillac, Eduardo Félix Basavilbaso y Federico Gándara. En otra oportunidad paseaba Aguirre a caballo junto con su cuñado Pedro de Anchorena, por Palermo, la quinta de Rosas. De pronto toparon los cabalgantes con el Restaurador de las Leyes, el cual estaba ocupado en podar unos rosales. Este notó en seguida que los jóvenes no llevaban puestas las divisas partidarias, y mandó a su edecán en busca de un par de ellas, que prendió en las solapas de los muchachos, endilgándoles un afectuoso reproche. Al correr de los años, don Manuel, ya 10 Fue el “Druid”, que el 13-XI-1825 zarpó del Riachuelo hacia el puerto de Sarandí, en San Isidro, en un viaje que duro cuatro horas. Entre la lucida comitiva del pasaje iban Bernardino Rivadavia, Matias Zapiola, Joaquín Cayetano Belgrano, Agustín Erezcano y miembros de la colonia inglesa, que financiaron aquel primer ensayo de navegación rioplatense propulsada a vapor, mediante el sistema ideado por el norteamericano Fulton.

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viudo, emprendía galopes de 3 a 4 horas con sus hijas Victoria y Rosa por las lomas de San Isidro, hacia el extremo de sus vastos dominios; o daban un rodeo por el bañado de Las Conchas o San Fernando; o por los contornos del pueblito de San Martín. Y casi octogenario, aún salia a caballo bien temprano de su chacra en compañía de su nieta Maruja — mi madre. A veces recorrían 20 kilómetros entre ida y vuelta hasta Palermo durante el curso de la mañana. Cabalgaba la niña en silla de amazona, con traje de larga pollera y galerita de felpa; en mano las cuatro riendas, atenida a las precisas indicaciones de su Tata; quien no obstante su formal educación europea, hundía sus raices criollas muy adentro en nuestra tierra, lo cual permitíale conocer, a fondo, a los hombres y a las cosas argentinas. Cierta vez, en 1866, él obsequió “un lazo, unas botas de potro y un par de bolas” a un “bibliotecario” de París, coleccionista de objetos exóticos, que le vendiera una lujosa edición del Dante y otros libros finamente encuadernados. “Han sido elegidas esas armas gauchas entre muchas que me presentaron cuando estuve en la Estancia, y eran del servicio del Capataz de campo que Emiliano tiene en el Chajá” — le escribia mi bisabuelo a su primo Manuel R. García, diplomático en Francia, que intervino en el asunto. “Las botas es un regalo que me hicieron. Ya está muy dejado su uso por la bota fuerte, pero los domadores las conservan, y tienen razón, porque les deja más libre el pié para agarrarse en las caronas y el estribo, sobre todo para montar animales ariscos”. Don Manuel, al filo de los 30 años, resolvió compartir el destino con una niña de 23 Obra en poder mío un papel sellado oficial del año 1849, con el ángulo inferior izquierdo completamente quemado, que recogió mi amigo Roberto Vázquez Mansilla de entre los restos, esparcidos en la calle, luego del bárbaro incendio que ejecutaron, en 1955, hordas sacrílegas llamadas peronistas en el templo de San Ignacio. En esa foja mutilada,

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el Obispo Medrano — bajo el consabido lema: “¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los Salvajes Unitarios!” — le hace saber, el 31-VII-1849, al “Canónigo y Cura del Sagrario del Sur”, que Manuel A. Aguirre “se halla expedito para contraher matrimonio con Da. Mercedes Anchorena ... a quienes por justas causas les hemos dispensado el impedimento de parentesco en cuarto grado de consanguinidad, e igualmente de las tres conciliares Proclamas”. Y en el destruido Libro 2º de Matrimonios de aquella parroquia, al folio 104, corría la partida marital de mi bisabuelo redactada en los siguientes términos: “En primero de Agosto de mil ochocientos cuarenta y nueve, Yo Don Felipe Elortondo y Palacio, Canónigo diácono del Senado del Clero de esta Santa Iglesia Catedral y Cura Rector de su Sagrario, desposé por palabras de presente, que hacen verdadero legítimo matrimonio, según forma de N.S.M. Iglesia, a Don Manuel Antonio (sic) Aguirre, natural de esta Ciudad, e hijo legítimo de Don Manuel Hermenegildo Aguirre y de Doña Victoria Ituarte, con Doña Mercedes Anchorena, también natural de esta Ciudad, e hija legítima de Don Juan José Anchorena y de Da. Andrea Ibáñez, habiéndoles dispensado, por justas causas, el Iltmo. Señor Obispo diocesano, el impedimento de parentesco en cuarto grado de consanguinidad con que estaban ligados, oidos y entendidos sus mutuos consentimientos de que fueron reciprocamente preguntados, siendo testigos Don Nicolás Anchorena y Doña Andrea Ibáñez y Da. Rosa Marín (tío carnal, madre y abuela materna respectivamente de la desposada), por verdad lo firmó. Felipe Elortondo y Palacio”.

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Doña Mercedes había sido bautizada en Buenos Aires el 3-II-1826, hija — como sabemos — de Juan José Cristóbal de Anchorena y López Anaya y de su segunda esposa Andrea Ibáñez Marín Rospigliosi y de la Quintana, de cuyos antecedentes genealógicos trato en cada uno de esos apellidos. Y resultaba Mercedes prima 3a de su marido, por ser ambos tataranietos de Nicolás de la Quintana y de su consorte Leocadia de Riglos y Torres Gaete. La incobrable deuda al gobierno de Chile. Caída de Rosas. Posición de Aguirre y otras ocurrencias políticas y personales de mi bisabuelo En 1851 don Manuel Alejandro, encargado de finiquitar la testamentaría de su padre, se dirigió por escrito a su apoderado en Chile Mariano Sarratea, para que tomara contacto con un señor Josué Washington, Albacea del anterior apoderado transcordillerano de los Aguirre, Santiago Ingram — que acababa de morir —, a fin de recabar de dicho Albacea los papeles relativos a la demanda que Manuel Hermenegildo de Aguirre había tenido pendiente contra el gobierno chileno, por saldo de comisión y gastos consiguientes al equipo y construcción, en los Estados Unidos, de aquellas dos fragatas destinadas a guerrear por la independencia en aguas del océano Pacífico. Empero esas tentativas de mi bisabuelo, realizadas a través de Mariano Sarratea en procura de cobrarle la famosa deuda al gobierno de Chile, resultaron vanas: ante un tenaz chicaneo, la reclamación fué definitivamente abandonada por los herederos del defraudado agente argentino. La caida de Rosas modifica por completo el panorama político nacional, y un nuevo proceso histórico se inaugura para el país. Urquiza, victorioso, es ahora el árbitro de la Confederación Argentina, y Buenos Aires, descabezada, se revuelve frente al caudillo entrerriano transformado, de pronto, en hombre del destino.

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El 1-XII-1852, el Coronel Hilario Lagos, jefe del departamento del Centro bonaerense, se subleva en Luján contra el gobierno porteño de Valentín Alsina, fruto de la revolución del 11 de Septiembre que separó a Buenos Aires de la Confederación, desconociendo el Acuerdo de San Nicolás. Cáe entonces Alsina, y el General Manuel Guillermo Pinto, que asume la responsabilidad del mando encarga la defensa de la ciudad al Coronel Bartolomé Mitre. Manuel Aguirre, por sus antecedentes familiares estaba vinculado al partido federal. No era hombre de la política — como su padre —, pero en ese momento, sin duda, sus simpatías se inclinaban hacia el renunciante Ministro Vicente Fidel López, gran amigo suyo, forzado a exiliarse en Montevideo; como así también hacia Nicolás de Anchorena — tío de su mujer —, quien con el General Guido, Manuel Insiarte, Baldomero García, Eduardo Lahitte y Felipe Arana, habían quedado fuera de juego como Consejeros de Estado. Por el mes de Junio de 1853, Manuel Aguirre y su consorte doña Mercedes, viajaron a la vecina orilla embarcados en el paquete “Prince”, con motivo de encontrarse enferma en la capital uruguaya, Rosa Anchorena — hermana de Mercedes —, esposa de Manuel Ibáñez. Este habíale escrito un poco antes (30 de Mayo) a su concuñado Aguirre: “Te aseguro que no has de arrepentirte de dejar el país en el miserable estado del momento y mucho menos si reflexionas que compostura nadie le bé, hasta no quedar la campaña a plan barrido”. Y por carta del 16 de julio siguiente, dirigida a Montevideo, José Damián Gómez Obligado — marido de Manuela Ibáñez Marín —, tío de la mujer de Aguirre, después de transmitirle a éste su parecer acerca de ciertos negocios de familia, le detallaba, opinando, los últimos sucesos políticos ocurridos en Buenos Aires en estos términos: “Te considero completamente instruido del asombroso desenlace que ha concluido la guerra ... Ayer 15 se recibió oficio del Juez de Paz de Luxán en que daba cuenta habérsele presentado el Coronel Lagos con tres ayudantes y sus orde-

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nanzas, pidiéndole pase para fuera de la provincia, encargándole al mismo tiempo que desarmase la gente que cayese por allí, y pusiera el armamento a disposición del Govierno, y los que resistiesen a entregarlo, los mandase se reunieran con Flores”. (El camaleónico General José María Flores) . “Respecto de éste, me dicen que el Govierno le havia mandado el nombramiento de Comandante General de Campaña, y que él lo havia renunciado, y aconsejaba al Govierno no nombrase a ninguno, si quería que no huviesen Caudillos, y que encargase del mando de las milicias a los Jueces de Paz, que deviendo mudarse a menudo, no podrían adquirir un prestigio que era perjudicial ... En la ciudad reina el mayor orden, algunos extranjeros han patruyado por la noche, todo hace creer hasta aquí que no habrá montoneras, y que habrá del todo terminado la guerra ... Entre los prisioneros han caido Pancho Casiano Belaustegui, Vicente Peralta, Eccequiel Paz, Troncoso, Badia, Leens (sic, por Alem), Cuitiño y otra porción de mashorqueros. Los tres primeros han pasado ratos muy amargos, hay otros varios de esa misma clase, y se cree bayan cayendo, porque los más están escondidos. Larrazabal y Moreno se han embarcado con permiso del Goviemo, pero ocultos. Los que están en la cárcel también los harán embarcar, y pues los tienen sólo por su propia seguridad. No puedes formar una idea de toda la importancia del triunfo que se ha conseguido. Si antes con razón se creía que esta tierra no tenia porvenir, hoy es todo lo contrario, pués si el Govierno sabe manejarse regularmente, el Caudillaje habrá concluido para siempre, porque los paisanos están desorganizados y furiosos. Dicen que los Jefes se han enriquecido y después los han abandonado, dexándolos a la misericordia de sus enemigos; así es que no han querido seguir a nadie. Los gauchos de afuera gritan festejando a nuestras tropas: ¡Vivan los Salvajes Unitarios! ¿Qué te parece?, con nombres y apellidos! ¡A quantas reflexiones no da lugar tan inocente como imbécil ocurrencia! ¿Qué puede pesar la opinión de semejantes hombres en la balanza de los partidos políticos? Creo, pués, que el remedio a nuestros

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males no es tan difícil, pués ellos se reducen a la insubordinación de la mayoría ignorante hacia la minoría ilustrada, que es la que govierna las Naciones en todas partes, y hoy creo que ha llegado el caso para nosotros de someter a la plebe”. “Adios querido amigo, memorias a Merceditas y muchos besos a los chicos. Tu afmo. amigo y pariente: J. Damián Gómez”. El 1-X-1853 Manuel Aguirre ingresa como socio al “Club de Progreso”, fundado el 1º de Mayo del año anterior, “con objeto de reunir los caballeros más respetables, nacionales y extranjeros, para mantener y estrechar las relaciones personales, uniformar en lo posible las opiniones políticas por medio de una discusión deliberada, y, de acuerdo con el principio cuyo nombre adoptan por bandera, mancomunar sus esfuerzos para el progreso moral y material del país”. Firman su correspondiente diploma el Presidente Manuel José de Guerrico, el Vicepresidente Daniel Gowland y el Secretario Bernardo Larroudé; y ese despacho lleva sellado a lacre el emblema heráldico de la institución: un barquito a vapor que marcha sereno sobre las olas, porque en lo alto de sus mástiles y chimeneas, cual enorme globo aerostático, se eleva el mundo del porvenir. Poseo en mi archivo una carta manuscrita por el Gobernador Pastor Obligado, fechada el 16-VIII-1855, en la que dicho primer mandatario constitucional de la provincia de Buenos Aires le agradece a mi bisabuelo Aguirre “sus finos y muy oportunos servicios prestados a la causa pública y a la conservación del órden”. Ignoro cuales serían tales servicios. La carta de referencia dice así: “Querido amigo y Señor: Por el cúmulo de recargadas atenciones que constantemente me rodean, no me ha sido posible expresarle mi íntimo agradecimiento por sus finos y muy oportunos servicios prestados a la causa pública y a la conservación del órden. Ya habrá comprendido Vd. cuanta importancia tenia la operación de que Ud. tuvo la bondad de encargarse, y de que el amigo a quien Ud. acompañó pueda expresarle mi reconocimiento,

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recíbalo por éste en nombre de la Patria, en cuyo obsequio tan bondadosamente Ud. se prestó. Salude a Merceditas poniéndome a sus pies, y Ud. disponga de la sincera amistad de su afmo. Q.B.S.M. Pastor Obligado”. Otra interesante carta de aquella época, fué la que le dirigió a mi bisabuelo su amigo José Antonio Eguren, quien, años atrás, había atendido los intereses de Manuel Hermenegildo Aguirre, cuando éste le arrendaba un campo en el Azul a Prudencio Rosas. Ahora, desde “Fuerte Azul”, con fecha 15IX-1855, Eguren transmitía las siguientes dramáticas noticias: “No quiero dejar de comunicarle la imbación que los Indios han verificado, con tendencias tan feroces como nunca ... Hace como 6 dias que en San Antonio de Iraola (hogaño campo de Jacobé, en el partido de Juárez) se havían avistado los Indios, pero desde antes de ayer tenemos la fatal noticia que toda la fuerza que havia en dicho punto, de 130 hombres, han sido sorprendidos y degollados todos, incluso sus Gefes Otamendi y Ramos, y sólo se han escapado dos, uno que pudo disparar y otro que quedó por muerto. Allí yacen pués amontonados unos sobre otros, cuyo espantoso cuadro han presenciado algunos. A continuación han entrado por la costa de Chapaleufú y Huesos hasta la Macedonia (estancia que fué de Vivot), saqueando, cautivando familias e incendiando casas. La División al mando del Coronel Mitre (don Emilio) se movió el 13 a las 7 de la noche; mas el 14 a la noche, ha havido una dispersión de caballadas a causa de haverse entrado en ellas un caballo con un cuero a la cola. Con este motivo ha mandado hoy pedir caballos. Se halla sitiado en Iraola, y no seria extraño que en tal posición sufriera un contraste, y entonces adiós campaña, los Indios serán dueños de toda ella ... La Indiada dicen que es mucha, aunque no se sabe el número cierto. Se dice que van tomando hacia la costa, quien sabe no tenga eso algún objeto particular ... Loor eterno al Ministro de la Guerra (Bartolomé Mitre) que se fué a esa a recoger los laureles que supo ganar en ésta, dejando a los In-

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dios preparados para lo que están haciendo y lo que harán, amén...” Alguien de la familia me contó que cierta vez Prilidiano Pueyrredón estaba de visita en casa de mi bisabuelo — su sobrino —, prácticamente ambos de pareja edad, pués éste era sólo cuatro años mayor que el tío. Hablaban los parientes de cualquier cosa, y, de pronto, Prilidiano cambiando la voz, y casi en tono de ex abrupto, dijo: “Manuel, la chacra de San Isidro me resulta un elefante blanco ¿porqué no me la comprás?”. La oferta se mantuvo cinco segundos en el aire: “Bueno”, contestó Manuel con ese laconismo rotundo, seco, típico de los Aguirre; y el importantísimo negocio de adquirir — diríamos — algo así como un condado a 20 kilómetros de Buenos Aires — mil varas de frente y una legua de fondo — quedó firme sin agregar una palabra más, ni cálculo previo alguno. Posteriormente fijose el precio de 2.500 onzas de oro sellado para la chacra; y el 9-I-1856, la respectiva transferencia de dominio se protocolizó en escritura pública, ante el Escribano Marcos Leonardo Agrelo. (Ver el Apéndice del presente capítulo, donde desarrolla la referencia histórica completa de la chacra y terrenos de San Isidro, desde el primer repartimiento de Garay en 1580, hasta que la venerable casaquinta — hoy monumento nacional — fué expropiada por el gobierno en 1941). Primeros cargos públicos desempeñados por Aguirre El 4-II-1857 el gobierno porteño, mediante decreto de esa fecha, aprobó el nombramiento del “Ciudadano Don Manuel Aguirre”, que había sido electo por el vecindario, miembro Municipal representante de la parroquia del Socorro. Así se lo comunicaba por nota, al interesado, el Ministro de Gobierno Dalmacio Vélez Sársfield. Al año siguiente, Fernando Alfaro, Juez de Paz de San Isidro (que moriría degollado en noviembre de 1859, como “salvaje unitario”, por la soldadesca de Urquiza, luego de la

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batalla de Cepeda y del sitio de Buenos Aires) le informaba a Manuel Aguirre que por orden del Superior Gobierno, debía proceder a nombrar, en su partido, un “Municipal”, en reemplazo del Coronel Granada (reciente inquilino de la chacra que fuera de Pueyrredón, y que acababa de adquirir Aguirre). Dicho Coronel había sido “destinado al Ejército de nuestra Frontera”. “Suplico a V. y aún me atrevo a pedirle a nombre del Gobierno, y por el bien del partido — escribia Alfaro —, quiera U. tener la deferencia de prestarse a mi pensamiento, y al que soy seguro se prestará todo el partido, de admitir este empleo llegando el caso; anticipándome a tomar su consentimiento que nuevamente suplico, por evitar los retardos que traería su renuncia”. Don Manuel aceptó el cargo de edil sanisidrense; y ese año 58 integró la comisión inspectora de las obras del templo lugareño, junto con sus colegas el Cura Diego Palma y Benigno Velásquez. También en 1863, en las sesiones de la corporación aludida, el representante Aguirre planteó y fijó las bases de un proyecto suyo destinado a que la Municipalidad de San Isidro adquiriera del dominio parroquial “los Terrenos del Santo”. Se trataba de redimir 20 cuadras cuadradas alrededor de la Iglesia, que fundara el Capitán Domingo de Acassuso, por escritura del 14-X-1706 ante el notario Joseph Ferrera Feo; una de cuyas cláusulas prohibía la venta de esas tierras que se donaron al santuario del epónimo Labrador; tierras que el Capellán José Eusebio de Arébalo, en el último cuarto del siglo XVIII, decidió otorgar graciosamente a quienes quisiesen avecindarse allí para formar el pueblo. Aguirre propuso el rescate de aquel contorno, a fin de poner al día la situación jurídica de sus ocupantes, compensando por dicha transferencia, el municipio a la parroquia, con otras parcelas situadas en Las Lomas.

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Mensura y deslinde de los campos heredados por doña Mercedes El 17-I-1859, por mandado del Juez de 1º Instancia, Dr. Juan Agustín García, el Agrimensor Raymundo Prat dió fin, sobre el terreno, a la mensura, deslinde y amojonamiento del campo que correspondía a la heredera Mercedes Anchorena de Aguirre, cuya fracción era parte de la estancia conocida como “El Tala” o “Las Dos Islas”, sita en el partido del Tuyú, sección Dolores — ahora General Madariaga. Hasta entonces, dicha vasta heredad — 20 leguas cuadradas — había permanecido indivisa, en condominio, incluida entre los bienes de las respectivas testamentarias de Juan José de Anchorena y de su hermano Nicolás El campo objeto de aquella medición para la señora Anchorena de Aguirre (bautizado “San Esteban”, nombre que no prevaleció ni pudo suprimir el popular de “Chajá”, que le quedo definitivo), tras distintas y posteriores subdivisiones, resultaría estancia madre de “El Lucero”, “El Cardal”, “Cerrillos”, “Hinojales”, “San Mateo”, “El Granado”, “El Galpón “ El Carmen”, “La Verde”, etc., etc. En su plano originario “El Chajá” conformaba un gran trapecio, con una superficie total de once leguas y pico cuadradas; y limitaba, en aquel tiempo, al Norte con “San Simón” de Alzaga; al Este con campos que se adjudicaron a Juan y Nicolás de Anchorena Arana (“El Tala” — propiamente tal —, “La Florida” y “Las Mostazas”); al Sud con “Loncoy” de José Herrera, y con tierras del Estado (que, andando los años, resultarían “La Felicidad”, “La Merced” y “Las Rosas”); por el Oeste también lindaba con términos fiscales (de los que proceden “El Retoño” y “La Fé”), y con “Mari Huincul” de María Antonia Segurola de Ramos Mexía (de cuya estancia, posteriormente subdividida, se originaron “Santa Marta”, “El Espartillar” y “San Enrique”). La historia — por así decirla — de esas propiedades campestres, la tengo escrita en el capítulo que dedico al linaje de Anchorena, donde encontrará más datos y antecedentes el lector.

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Siguen las funciones edilicias de Aguirre, quien, entretanto, pierde a su suegra y a dos de sus hijos El 17-I-1860, Manuel Aguirre es nombrado miembro de una comisión, junto con los vecinos de la parroquia del Socorro Joaquín Cazón y Leonardo Pereyra, encargada de “formar un paseo público en la plaza de Marte”, “obra de ornato tan conveniente para la población de la Capital del Estado” (porteño, se entiende). Firmaban la nota dirigida a mi bisabuelo, el Vice Presidente de la Municipalidad Miguel José Azcuénaga y el Secretario de la misma José María Cantilo. La plaza o “campo de Marte” — frente al viejo cuartel de artillería — no era otra que la actual Plaza San Martín, que así se llama a partir del día 13-VII-1862, en que, a la una de la tarde, se inauguró en ella la estatua ecuestre en bronce del héroe epónimo, obra del escultor francés Louis Joseph Duasnas (11). Asistieron a dicha inauguración, el “Presidente Provisorio Encargado del Poder Ejecutivo Nacional” Brigadier General Bartolomé Mitre; sus Ministros: Eduardo Costa (primo hermano de Aguirre), de Gobierno, Norberto de la Riestra, de Hacienda, y General Juan Andrés Gelly y Obes, de Guerra y Marina; el Obispo Diocesano Mariano José de Escalada; los señores componentes de la comisión del “Paseo de Marte”, entre los cuales mi bisabuelo Manuel Alejandro Aguirre; los guerreros veteranos de la Independencia, presididos por el General José Matias Zapiola; el Escribano Adolfo Saldias que levantó el acta correspondiente, y nu11 Siglo y medio atrás, dicho terreno formó parte de la chacra “El Retiro” de mi antepasado Miguel de Riblos, de quien Manuel Aguirre resultaba chozno. Concursado Riblos, el terreno vino a pertenecer en 1718 a la Compañía Inglesa de la trata de negros, que la Real Hacienda confiscó en 1740. En 1800 comenzó a levantarse ahí la Plaza de Toros; y en 1807 tras memorable combate contra los ingleses, al sitio lo bautizaron “Campo de la Gloria”; hasta 1822 en que Rivadavia le puso “Campo de Marte” — quizás para no chocar a los hijos de Albión.

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meroso concurso de vecinos. Ante las tropas de la guarnición formadas en cuadro, tras una salva de 21 cañonazos, Mitre, descorrido el velo del monumento, pronunció un elocuente discurso inaugural. Hablaron después, sucesivamente, Cosme Beccar, en representación de la Municipalidad, el Brigadier Enrique Martínez, padrino de la ceremonia, el General José Tomás Guido, amigo dilecto de San Martín, el General Lucio Mansilla, que fuera oficial subalterno en la campaña de los Andes, y el Ministro del Perú, quien recordó al máximo prócer argentino y libertador de Chile y de su patria, como “Padre y fundador de tres naciones”. El 11-VI-1862, en su casa de la calle del Parque Nº 61 (hoy Lavalle entre Florida y San Martín), dejó de existir doña Andrea Ibáñez Marín, suegra de Manuel Aguirre y viuda de Juan José de Anchorena. Sepultado el cadáver en la Recoleta, la heredaron sus hijos: Pedro (marido de su prima hermana Mercedes Aguirre Ibáñez), Mercedes (mi bisabuela) y Rosa (casada con su tío carnal Manuel Ibáñez Marín). A Mercedes Anchorena de Aguirre — y por ende a su consorte don Manuel — le tocaron de la sucesión materna los siguientes bienes raices, en condominio con su hermano Pedro: Una finca de altos en la calle Maipú, formando esquina a la de Rivadavia (valuada entonces en cinco millones cien mil pesos moneda corriente); otra finca en la calle Belgrano esquina a la de Perú (valuada en un millón doscientos mil pesos); la “casa quinta del Retiro, en la calle Esmeralda, formando esquina al camino público que vá para Palermo, edificada en altos, con cuanto más le es anexo” (apreciable en quinientos mil pesos); un terreno baldío a inmediaciones de la Recoleta (cuyo valor se calculaba en cuarenta mil pesos); y en el antiguo partido del Tuyú (ahora de Coronel Vidal) 14 leguas cuadradas del campo denominado “Arroyo Grande” o “Carralauquén”, una de cuyas fracciones llamose posteriormente “Arroyo Chico” (hoy General Pirán). Esas 14 leguas fueron divididas entre los herederos de doña Andrea por terceras partes; como de igual modo se dividió un terreno en Ma-

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tanzas, de 3.000 varas de frente por 3.200 de fondo. (De estos dos últimos campos me ocupo, con más detalle, en el capitulo referente al linaje de Anchorena). Año aciago resultó el de 1863 para don Manuel y doña Mercedes. Durante su transcurso perdieron a dos hijitos: Mercedes Victoria, bautizada el 26-IX-1854 y Juan José, nacido en 1857. Ambos esposos además fueron atacados por la viruela, aunque felizmente lograron superarla. A fines de 1865, por iniciativa del Gobierno provincial, sancionose un proyecto de ley que reformaba la Municipalidad porteña; y como había vencido el mandato legal de los miembros del Consejo Municipal, el mismo Poder Ejecutivo creó una Comisión Administradora de la Comuna, compuesta por un Presidente, Juan Bautista Peña, y un grupo de calificados vecinos de cada parroquia, que fueron: Juan de Anchorena, Miguel José de Azcuénaga, Vicente Letamendi, Manuel Aguirre (quien vivía, a la sazón, en la casaquinta de la calle Esmeralda 107, barrio del Socorro), J. Lesley, Francisco Villa, Samuel B. Hale, Juan Lanús, Ventura Bosch, Jorge Drabble, José Herrera y Sinforoso Amoedo. Dos asuntos “prioritarios” (valga el neologismo) a resolver por dichos ediles eran los de dotar de “Aguas Corrientes” y de “Tranways” a la ciudad. Respecto de estas cuestiones, Manuel Aguirre le comunicaba, el 12-V-1866, a su primo hermano Manuel Rafael García, entonces Secretario de la legación argentina en París: “Es un proyecto (el de las Aguas Corrientes) que espero ha de poder realizarse aquí, ya sea por la Municipalidad, como parece más conveniente, o por una empresa particular. Te he de estimar que si puedes darme algunos conocimientos no dejes de hacerlo. También sobre tranways … estamos tratando sobre sus ventajas o inconvenientes, a causa de la angostura de nuestras calles...”. Y quince días más tarde el corresponsal agregaba acerca de los tranways: “Aquí tenemos que lidiar con el interés particular ... Dicen que habrá desgracias por la angostura de nuestras calles, que será un entorpecimiento para la carga y descarga de los carros, y una dificultad para los ma-

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teriales de las obras de edificios, que no podrán permanecer en la calle”. Muere doña Mercedes A la edad de 40 años, el 16-X-1866, concluyó la existencia de Mercedes Anchorena de Aguirre. Cinco días después, don Manuel tomó la pluma y escribió para su hermano Emiliano, radicado con su familia en “El Chajá” como administrador de la estancia, la siguiente carta: “Querido Emiliano: Tengo que darte una muy triste noticia. Mercedes ha muerto. Puedes imajinarte cómo nos habrá dejado. A tí que sabías lo que ella era, qué podré decirte! Sin embargo yo recién creo que he acabado de comprender a esa buena, excelente y santa que fué para mí un ángel, a quien nunca podré llorar bastante. Después de un mes y siete días de enfermedad, de un catarro que la hizo sufrir muchísimo, y cuando ya parecía que había empezado a ceder, el día 16, a eso de las 2 de la mañana, se sintió con alguna fatiga y aunque estábamos ya acostumbrados a verla así con frecuencia, me llamó más la atención su semblante, y produjo mucha inquietud lo mal que lo pasaba. El médico la vió como a las 7 y media de la mañana, y nada me dijo que pudiese alarmarme, nada más sinó lo que había que hacer hasta más tarde, que él pensaba volver. Como esa fatiga iba en aumento a pesar de los remedios que se hacían para calmarla, cuando menos, no esperé lo que me prometió el médico y lo hice llamar, diciéndole lo que pasaba, y cuando la vió después de las 4 de la tarde, vió que no había tiempo que perder para llenar los últimos deberes de cristiano, y que la viesen otros facultativos. Así se hizo, y muy luego empezó la agonía y acabó en mis brazos a las 8 y cuarto de la noche. Se supone que la enfermedad que tenía hace mucho tiempo en el corazón es lo que le ha ocasionado esa muerte tan pronta y sorprendente para todos. Sus hijos la sienten cuanto es natural a la edad de ellos, y mi buena Susana se me ha enfermado de dolor, pero confío que eso pasará pronto

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y la verá entonces haciendo las veces de su madre, en lo que ella pueda, con sus hermanos, especialmente de sus hermanitas. Agustín, puedes figurarte cómo estará el pobre, que no tiene más que gratos recuerdos de ella. Mucho siento que no estés por aquí en estos primeros momentos con tu Ramona. Mercedes los ha querido mucho a Uds. Tu hermano afº. Manuel”. Once meses más tarde (14-IX-1867), la Municipalidad — que había “ordenado la construcción de un nuevo cementerio al Norte, con sujeción a un plano aprobado al efecto, en un terreno situado en las inmediaciones del polvorín denominado de Cueli” — designó una Comisión a fin de encargarle dicha obra hasta terminarse. A tal efecto quedaron nombrados los señores Manuel Aguirre, Cayetano María Cazón y Ventura Bosch. La proyectada necrópolis nunca cobró realidad. El espacio elegido para campo santo fue el que ahora ocupa el Jardín Botánico, lindero, entonces, con la quinta de Cueli, que se ubicaba en la actual esquina de las calles Santa Fé y Canning, prolongando su agreste superficie hasta la que hoy es Avenida Las Heras. Esos terrenos, en tiempos de Rosas, los utilizó el gobierno para pastoreo de sus caballos, y levantó también allí un depósito de pólvora: “el polvorín de Cueli”. Cómo fue cancelada una vieja deuda paterna Al margen de estas actuaciones públicas de Manuel Aguirre, incluyo en la presente biografía una gestión privada que él encomendó a su primo Manuel Rafael García, en aquel tiempo Secretario de nuestra legación en París, cuya jefatura estaba a cargo de Mariano Balcarce. El contenido de las misivas que se leerán, en seguida, es suficientemente explícito y no necesita glosa alguna. A su través ha de apreciarse la escrupulosa delicadeza, la calidad moral del señor Aguirre y de sus hermanos. “En la testamentaria de mi padre — le escribe el 26-1X1867, mi bisabuelo a su primo García — quedó pendiente un

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asunto que deseamos concluir, y que he creído y se lo he dicho a la familia, que tú, tal vez, con ocasión de tener que ir a Inglaterra, pudieras hacernos ese bien. El caso es este: Según los papeles de mi padre, allá por los años de 1816 y 17, tuvo él negocios con la Casa de Fermín Fastet y Cia. de Londres, y habiendo surgido algunas dificultades en sus cuentas, éstas quedaron ilíquidas. Mi padre murió el año 1843, y el siguiente de 1844 se arregló la testamentaría. Los encargados de ella separaron de los bienes la cantidad de 5.762 pesos fuertes, que se consideraron debidos a aquella Casa, y como nadie los reclamase, ni haber dado por otra parte ningún resultado los pasos que los Albaceas dieron entonces para pagar esa deuda, resolvieron ellos, algunos años después, la compra de una casa en esta ciudad, como lo verificaron, y cuyos alquileres, desde entonces, se han repartido entre los herederos. Tenemos entendido que esa Casa de Fermín Fastet y Cia. de Londres, hace ya muchos años que se extinguió; mas es probable que allá en Londres existan, o pueda saberse quienes son sus herederos. Si estos aparecen, estamos dispuestos a hacerles el pago de esa deuda que ha sido reconocida por los herederos de mi padre, esto es los 5.762 fuertes, como también, si se considerase justo, el abono de algún interés sobre la cantidad desde la fecha de su reconocimiento. Espero que si no tienes algún inconveniente, te querrás encargar de arreglarnos ese asunto, o indicarnos el medio que te parezca mejor en caso contrario”. Tres meses después (22-XII-1867), Aguirre responde a la contestación de García: “Veo que en el asunto que te encargué hay muchas posibilidades de llevarlo a cabo, puesto que tienes conocimiento de quien es la persona representante o heredera de los derechos de la Casa de Fermín Fastet y Cia. de Londres. El interés que me indicas de 3 1/2 o 4 por ciento no es ciertamente mucho, y no hay inconveniente para extenderse hasta el 5 si fuese necesario. Mucho me alegraría ver terminado ese asunto que tanto debió mortificar a mi padre, desde antes que yo naciera. Hoy hacen 24 años que él murió”.

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Corren treinta días y Aguirre (23-I-1868) vuelve sobre aquella cuestión: “En cuanto a nuestro asunto, como el heredero de la extinguida Casa de Fermín Fastet y Cia. de Londres, que me dices es el Barón Luis Steiger, residente en Francfort sur Meine; te diré que mis coherederos andan actualmente cada uno por su lado en el campo, y no van a la ciudad, por lo que no les he comunicado, esperando verlos, lo que me dices; y lo siento, por el deseo que tengo de salir de esto. Confio mucho, por lo que me participas, que mediante tu eficaz intervención hemos de salir bien, dejando definitivamente concluido pronto ese antiguo asunto que tantos desagrados causó a mi padre, y del que poco más que eso sé; y menos que yo los demás de mi familia”. Y finalmente (10-IV1868) Aguirre le pone estas cortas lineas a García: “Por el paquete inglés te envio el poder para que puedas dejar concluido el negocio Fastet y Cia. de Londres con su heredero. Si se realiza eso, como tengo la esperanza fundada en lo que me dices en tus cartas, puedes librar contra los albaceas de la testamentaría de mi padre, o si te parece mejor contra mí solo, por el importe que resulta de aquella deuda, con lo que pueda fijarse por intereses y gastos consiguientes”. Así, al cabo de medio siglo, quedó saldada aquella vieja deuda de don Manuel Hermenegildo, cuyos herederos eran en ese momento: sus hijos de primer matrimonio Manuel, Agustín y Emiliano; su viuda de segundas nupcias Mercedes Ibáñez Marín, y los hijos de ella: Manuela, casada con Pedro de Anchorena; Josefa, consorte de Juan de Anchorena; Manuel Salustiano y Rafael Aguirre Ibáñez. La correspondencia de mi bisabuelo con Manuel Rafael García Manuel Alejandro Aguirre era apoderado en Buenos Aires de Manuel García: corría con la administración de los bienes de éste y con la cobranza de sus sueldos diplomáticos, enviándoselos a Paris, donde García desempeñábase como

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Secretario de nuestra legación. Posteriormente, mi bisabuelo hubo de mediar en las complicaciones familiares que a su primo y entrañable amigo le fueron ocurriendo. Del íntimo carteo sólo registraré los escuetos comentarios que aluden a la guerra del Paraguay y a sucesos políticos de entonces. Van pués, a renglón seguido, los fragmentos desgranados de ese epistolario, con la fecha que corresponde a cada cual. • (25-IX-1865) — “El asunto de los paraguayos en Uruguayana concluyó felizmente como se esperaba, y como ni se esperaba, pués no ha costado ni una gota de sangre. La guarnición de esa plaza, compuesta de unos 6.000 hombres, se entregó a discreción. Ya puedes calcular toda la importancia de este gran triunfo en la presente guerra. Por lo que vemos, esos pobres paraguayos caen siempre en los extremos. ¡Qué estrella la de Mitre! Ahora no pienso que pronto hemos de tener nada de gran importancia, no obstante que echemos velas al viento que sopla de la fortuna, por que aún falta el camino más inseguro”. • (19-XII-1865) — “Parece que se trata de avanzar las operaciones de la guerra, y yo supongo que serán los brasileros los de la vanguardia. La caída de López ya no es más que cuestión de tiempo”. • (26-I-1866) — “De la guerra solo puedo decirte que según parece no puede tardar mucho en salir del estado de espectativa en que se encuentra. El Brasil continúa aumentando sus fuerzas navales. No veo transacción posible; sin embargo se deja traslucir a veces la esperanza de la paz”. • (13-II-1866) — “Una batalla sangrienta ha tenido lugar (es Pehuajó) buscada por los paraguayos, quienes han recibido su merecido en el Paso de la Patria; pero no sin pérdidas lamentables de nuestra parte. Según parece no se trata de precipitar los sucesos. Continúan haciéndose los preparativos para atacar por una parte, mientras que por la otra los de defensa. Que López quedará vencido me parece fuera de duda, lo que no es fácil calcular es cuanto costará esta

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guerra a nosotros, y lo que es muy posible, el rebote que puede venirnos”. • (12-IV-1866) — “Poco de importancia lleva este paquete sobre la guerra del Paraguay, pero no parece que tardará mucho en que hayan grandes noticias, al menos todo lo hace creer así. La elección de Gobernador se acerca, parece que nuestro amigo D.P. (Don Pastor Obligado) que parecía que volvía a subir, ya está fuera de combate. Parecen los más posibles Alsina hijo, Acosta y Riestra”. • (26-IV-1866) — “Ya tienes al ejército aliado en campo enemigo y sin que esto haya costado lo que se suponía. Se ha efectuado el tan esperado y temido Paso de la Patria con poquísima pérdida. A los brasileros les ha cabido la gloria de haber ido adelante, y al General Mitre la del feliz resultado obtenido bajo su inspiración. El Paraguay no puede, según parece, resistir ya mucho: los elementos que van sobre él son muy superiores a los medios de defensa que puede oponerles. La hora de López se llega. No sé como podrá el Paraguay pagar la deuda que le va encima; solo el Brasil está gastando diariamente más de cien mil duros, y lleva gastados más de setenta millones! • (12-V-1866) — “Después del paso del ejército aliado al territorio paraguayo, lo notable que hemos tenido ha sido una sorpresa que los paraguayos hicieron a la vanguardia, que se componía de brasileros y orientales, en la que nos causaron, en los primeros momentos, sensibles pérdidas; mas después pagaron como siempre cara su audacia. Este hecho ha sido, tal vez, el más sangriento que hemos tenido, y lo que hace más sensible aún, es que nada decide. Una de las dificultades más grandes que tenemos para la presente terminación de esta guerra, según entiendo, es la dificultad que debe haber para mover todos esos elementos que hay acumulados sobre territorio paraguayo. Por lo demás, no puedo ya poner en duda que esa guerra toca su fin ... Tenemos al Dr. Don Adolfo Alsina Gobernador de Buenos Aires. Su discurso programa al recibirse abre mucha esperanza, que cuando menos hará mejor

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gobierno que el anterior. El tiempo se encargará, como siempre, de decirlo. Los Ministros son: Gobierno, Dr. Avellaneda, y Hacienda D. Mariano Varela”. • (27-V-1866) — “De la guerra ... de un momento a otro se espera que tendremos algo de alguna importancia; pero que se reducirá, me parece, a aumentar el número de nuestros triunfos y el de la sangre derramada. ¡Cuando se acabará esta guerra! Me temo que a pesar de que los aliados avanzarán siempre por el territorio enemigo con paso triunfante, será lenta su marcha, y erizada de dificultades de todo género ... Día 28 — Tenemos noticias. La Tribuna dá un boletín que con muchos cohetes ha anunciado esta madrugada. Según él los paraguayos han sido batidos en sus fortificaciones, en las cuales se presentaron como veinte mil hombres; que han quedado de ellos muertos como seis mil, habiéndoles tomado banderas, cañones, etc. De nuestra parte se dice también que hemos tenido fuertes pérdidas de tropa. Esta noticia se dá por cartas que se han adelantado al parte oficial, que debe llegar hoy mismo. Según ellas el ataque tuvo lugar el día 24 a las 11 1/2, y duró hasta las 5 de la tarde”. (Fué Tuyuti). • (26-VI-1866) — “Poco parece hemos adelantado en estos últimos días en el sentido del deseado término de nuestra guerra. Según entiendo depende el buen éxito de una próxima batalla, sino no es que ya se ha dado, de la escuadra brasilera, que es bastante poderosa para lo que tiene que hacer ... Ya tenemos, como verás por los diarios, la cuestión de la Capital a la orden del día. Se ha presentado un proyecto para llevarla al Fraile Muerto!, con cuyo motivo se han presentado otros varios (proyectos). ¡Que Dios los ilumine!”. • (26-VII-1866) — “Sobre la guerra estamos esperando resultados que no tienen lugar. Veremos si los caballos que se mandan pongan en aptitud de activar las operaciones de la campaña y podamos ver que se va adelante, pues se hace cada día más serio este estado de cosas “ El Dr. Vélez (Vélez Sársfield, abogado de Aguirre y de García), a juzgar por lo que se ve, nada le entretiene más que las plantas, de las que se ha

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rodeado; más parece su casa la de un jardinero que la de un Doctor, y en su biblioteca figuran grandes obras de botánica y jardinería, con que dice se entretiene mucho”. • (11-VIII-1866) — “De la guerra del Paraguay te diré que, según yo creo, en suma lo que ha habido no es más que mucha sangre derramada de una y otra parte, quedándose después cada uno en su puesto, conteniendo sus triunfos para atenuar sus pérdidas. Ahora se pierde más gente y dinero: 3.000 hombres y $ 4.000.000. Yo no dudo del triunfo, si es que triunfo es vencer cueste lo que cueste. El triunfo es para mi obtener el resultado por menos de lo que él vale.” • (12-IX-1866) — “Las noticias de la guerra son más bien malas que buenas. Según entiendo, los aliados no comerán el pan sin el sudor de su rostro. La mejor noticia que llevará el paquete será la inauguración que tuvo ayer lugar, de la sección del F. Carril del Oeste entre la villa de Mercedes y Chivilcoy, 160 kilómetros desde la estación del Parque ... Con Ascasubi de quien recibí el libro que mandaste y agradezco a su nombre por tu ahijada Victoria, te envío un paquete con los papeles que me tienes pedidos”. • (26-IX-1866) — “Después de habernos sonreído por un momento la esperanza de paz con el Paraguay, nos encontramos según parece en momentos solemnes en que, como se suele decir, el cañón tiene la palabra. Se esperan por momentos grandes noticias y muchos heridos, para los que ya se están preparando alojamientos”. • (11-X-1866) - “Hemos tenido un horrible contraste! Nuestro ejército ha hecho heroicos esfuerzos y probado su valor, como el enemigo de sus eficaces medios de defensa de que dispone. La fortificación de Curupaity fué atacada por tierra y por agua por el ejército aliado. Rechazó el ataque, haciendo estragos considerables en el ejército de tierra, que se retiró en orden y bajo el fuego de los cañones que lo barrían con su metralla. La escuadra se volvió a su puesto con poca pérdida, y el General Flores, con alguna fuerza, se retiró a Montevideo, adonde se encuentra. En esto hemos venido a

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quedar después de tanto esperar. Ahora se hace necesario que la República haga nuevos sacrificios de sangre y de dinero para salvar su honor y su seguridad comprometida en esta lucha. El Brasil tendrá que hacer, por su parte, mayores esfuerzos aumentando sus elementos, en los que parece habíamos confiado demasiado. Esa escuadra tan poderosa, no ha dominado los rios más allá de las fortificaciones paraguayas; y no falta quien diga ahora que a esa escuadra y al General Polidoro, que no avanzó con sus 19 mil hombres como debiera, es debido el descalabro sufrido en esa jornada del 22 del pasado Septiembre, que será memorable!”. • (12-XI-1866) — “Sobre noticias del teatro de la guerra poco o nada de importancia lleva este paquete, fuera de la llegada del marqués de Caxías, quien parece asumirá el mando del ejército brasilero”. • (25-XI-1866) — “Parece que la guerra del Paraguay poco adelanta. Sin embargo se dice que ella toca a su término. Eduardo (Costa, primo hermano de Aguirre), que ha venido de estar con Mitre, me decía que seria cosa de mes y medio. En Mendoza ha tenido lugar una revolución. El Gobierno Nacional ha enviado al General Paunero para reprimirla”. • (25-II-1867) — “Del Paraguay nada. De las provincias la desunión se aumenta. Veremos lo que podrá Mitre, que ya abandonó su rango en la alianza para atender ésto”. • (12-III-1867) — “La guerra del Paraguay parece estacionada, no así la de nuestras provincias que se complica cada vez más. Veremos si la presencia de Mitre, que ya está aquí al frente del Gobierno, vence a sus enemigos y se salva de la triste figura que, de lo contrario, habría hecho en el Gobierno. ¡Que Dios le dé acierto!”. • (26-IV-1867) — “La guerra del Paraguay ahí se está, pero ya toca a su fin la del interior, que es mucho! ... Seguimos por aquí con el Cólera, pero felizmente ha declinado mucho de 4 o 6 dias a esta parte. El Viernes Santo fué el día de más casos. Tengo entendido que pasaron de 200 los muertos; ayer solo hemos tenido 50, y de estos 20 son de la marina

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y 7 dudosos; es decir que habrían sido como 25 los coléricos declarados que tuvo la ciudad. Es verdad que cuando menos falta de aquí una cuarta parte de la población, que ha salido al campo. Yo todavía estoy en San Isidro, que es uno de los puntos más felices hasta hoy”. • (28-V-1867) — “Nuestra situación no ha mejorado después de mi última: la guerra del interior que parecía entonces concluída, empieza otra vez a dar señales de vida, y la del Paraguay nada ha adelantado”. • (14-VI-1867) — “Estamos de incendio; la casa del Gobierno Nacional está ardiendo; y según me dice Manuelito, que viene de allá tiznado y mojado, se ha destruido ya gran parte de ella. El Vice Presidente ha presentado su renuncia al Congreso. Mitre parece que volverá al ejército. La guerra, en paz!”. • (26-VII-1867) — “Tenemos a Mitre ya en el Paraguay y debemos esperar se haya ido para hacer algo. La cuestión sobre la Capital está a la orden del día, y según lo quieren los que hoy tienen la palabra y el voto, no será aquí en Buenos Aires. Las Provincias siguen en inquietud”. • (14-VIII-1867) — “Según parece la situación de la guerra del Paraguay es crítica, y se esperan con ansiedad las noticias. Como verás por los periódicos, Mitre ha vuelto a tomar el mando en Jefe”. • (26-VIII-1867) — “Ya tenemos al fin a la escuadra brasilera en movimiento. La primera división forzó el paso a Curupaytí, con buen suceso a lo que parece, y llegó al frente de Humaitá, donde dió principio al bombardeo de esa plaza. Es de suponerse que pronto tendremos de allí importantes noticias. En Córdoba ha habido una nueva revolución en ausencia del Gobernador Luque. Los Revolucionarios prendieron al Ministro de la Guerra (Gral. Julián Martínez) que se encontraba por allá, al Juez Federal de esa sección y a diversas autoridades nacionales. También a nuestro amigo don Adolfo (?), a quien, según se cuenta, han tratado muy mal. El General Conesa ha sido nombrado para ir a restablecer el orden en esa

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Provincia. Por un voto, y éste tal vez debido a los últimos sucesos de Córdoba, se despachó el Senado del Congreso Nacional el proyecto de ley que había sido adoptado por los diputados de la Nación, por el cual debía ser el Rosario la Capital definitiva de la República Argentina. Veremos en que queda ahora este arduo negocio que arañando se ha salvado. En cuanto al otro grave asunto que vendrá pronto, de la elección de Presidente, ha estado en suspenso. El nombre de Sarmiento vendrá de seguro a figurar entre los candidatos; mas no creo que pase de eso, pues considero esa candidatura poco seria ... Un Corredor me ha traído estas noticias que ha recogido en la Bolsa: Que la escuadra no ha pasado Curupaytí. Que Urquiza ha citado sus milicias para el 1º. Que el oro se extrae en fuertes cantidades, y otras cosas que a juzgar por ellas estamos sobre un volcán. Sin poder asegurar lo contrario, recibo estas noticias como de donde salen, sin que esto quiera decir que las desprecio. Entiendo que hay fuertes especulaciones de fondos públicos, y el que me ha hablado parece bajista!”. • (11-IX-1867) — “Nada parece que adelantamos en la guerra con los paraguayos, y más bien hay sospechas fundadas que son ellos los que nos están aventajando. Me parece, por lo que veo, que los aliados no les meten diente sinó hacen mayores sacrificios de hombres y dinero. ¿Cómo saldremos del atolladero en que estamos metidos para gloria de los paraguayos? La revuelta de Córdoba pasó como tormenta de verano. Hemos tenido crisis ministerial, de cuyo resultado no son ya Ministros Elizalde y Castro, y en su lugar están Ugarte y Uriburu”. • (24-IX-1867) — “Estamos alimentando la esperanza de que la guerra del Paraguay va a durar poco yá. Se habla de paz. Parece ser esta la solución más probable, en el estado a que han llegado las cosas. Por el lado de las provincias siempre aparecen nubarrones”. • (22-XII-1867) — “En La Nación del 19 encontrarás una carta de Mitre a Gutiérrez J.M. (José María) relativa a la

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futura elección de Presidente de la República, y la contestación del segundo, que no dudo leerás con interés”. • (23-I-1868) — “Todavía nos encontramos por aquí bajo la funesta presión del Cólera ... Nada nos falta, o poco menos: tenemos guerra, peste y plagas de langosta y bicho moro!”. • (13-II-1868) - “El Cólera va desapareciendo, aunque no muy del todo. El que recrudece es el de los políticos, con motivo de las candidaturas para la Presidencia de la República. Me parece que la de Alsina pierde el terreno que gana la de Elizalde. Muy contento deberá quedar Sarmiento, con las noticias que a su respecto debe recibir”. • (24-III-1868) — “La guerra del Paraguay poco ha avanzado. Hay quien supone será cosa de tres meses para concluir con el poder de López a viva fuerza. La cuestión Presidencia sigue como puedes pensarlo subiendo de punto, y absorbiendo a nuestros políticos y creyentes, como decía Calvo, de la boca abierta. El 12 del próximo Abril está fijado para la elección de electores. La figura de Urquiza se dibuja a veces, en el horizonte político, como posible Presidente, y el nombre también de Fidel López hay quien lo levanta en alto. En fin mi amigo, yo de esto nada sé, pues ni ando tras de bastidores, como sabes, ni puedo ver bien la comedia desde mi rincón; además de mi natural desapego y aversión a esas cosas que chocan con mi carácter!”. • (10-IV-1868) — “Entiendo que la guerra del Paraguay camina con paso de plomo, y el asunto de la candidatura se sigue agitando con todo el poder de la pasión. Dicen que Sarmiento está para llegar y que sus amigos se preparan para recibirlo ... Estuve con el Dr. Vélez, quien me dijo espera un encargo que te hizo de libros para los estudiantes de Córdoba. Sigue muy ocupado, según creo, con la redacción del Código, y siempre te recuerda”. • (12-IV-1868) — “Hemos llegado al día solemne de la elección de Presidente de la República. Es probable que cuando me vaya se sabrá el resultado. Por mi parte estoy vi-

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endo muy probable que tengamos a Urquiza, a no ser que sea el Congreso quien se encuentre en el caso de nombrar, y entonces es muy posible Sarmiento. Lo que parece muy probable es la Vice Presidencia de Alsina, que está a dos anclas, veremos. !Que Dios haga a nuestros desaciertos, por no decir otra cosa, servir de medios para obtener el bien de la paz y tranquilidad que tanto necesitamos!”. • (26-V-1868) — “Nuestra situación política sino empeora, no creo que mejore tampoco. La guerra del Paraguay sigue. Te recomiendo los discursos a la apertura de ambas Cámaras, Provincial y Nacionales. El Gobernador Alsina te mostrará el espíritu que lo anima a él y a su círculo; y el de don Bartolo, como han dado en llamarle, la prudencia y discreción en su fondo y forma, que hace resaltar más la petulancia del primero; y lo triste de la época que atravesamos, que no se puede ocultar, y que por otra parte no creo justo culpar a nuestros gobiernos solamente, por que el mal y corrupción está en otra parte, que es de donde ellos han salido ... Ya tenemos a Don Justo a cara descubierta en campaña a la Presidencia, asociado a Don Adolfo Alsina, esto es, la candidatura reaccionaria asociada a la de contrabando. (Aguirre hace suyos estos calificativos de Mitre en su carta de Tuyú-Cué). ¿Qué hará Mitre? Pronto sabremos quien triunfa. El mate se dará en pocas jugadas, y el próximo paquete llevará sin dudas las noticias de quien ha ganado la partida, que me parece serán las coloradas. La Nación trae hoy su artículo de fondo con el epígrafe “Una gran traición”, sobre este particular y el manifiesto de Urquiza. ¡Qué estómago le harán estas cosas a Sarmiento! ¡Lo compadezco! ¡Qué bien hizo de no venir!”. Esta resulta la última carta de Aguirre en la serie de aquel tiempo, interrumpida por el viaje de él a Europa con su familia. Poco antes (24-III-1868) don Manuel le había escrito a su primo García: “Ayer he mandado al Dr. Vélez el trabajo que yo mismo he hecho del inventario de bienes quedados al fallecimiento de Mercedes, sus tasaciones, división y adjudicación entre los participes, con el correspondiente presu-

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puesto. Ahora espero que me lo devuelva para ponerlo en el papel correspondiente, y hacerlo firmar por los que deben hacerlo conmigo, que será Juan (Anchorena) y algunos otros de la familia. Esto me pone ya en el punto que aguardaba para tomar mi definitiva resolución de viaje. Una cosa temo ¿perderán mis muchachos su año de estudios? ¿Les valdrán para seguir por allá los años que han cursado ya aquí? Veremos como se arregla esto, que como tu comprendes es cosa delicada. Mi gran deseo es que lleguen a adquirir una carrera, no me preocupa cual, sino que se vayan a quedar sin ninguna. En fin, el momento llega, como te lo dije, y veremos como se resuelve ese punto y los que en tal caso han de surgir. Pero puedo decirte que mi voluntad es vencer todo, incluso la tiranía del hábito. Me hace falta salir de aquí.” Posteriormente, estando Aguirre en Londres, el “Doctor Mandinga” — cual se apodaba a Vélez Sársfield — hízose regular suculentos honorarios en aquella sucesión de doña Mercedes Anchorena. Ello provocó este gracioso comentario de mi bisabuelo, dirigido a su primo García: “Emiliano me escribe sorprendido de lo que se ha hecho pagar el Dr. Vélez por sus honorarios en la testamentaria de Mercedes; yo no me admiro de eso, aunque confieso que no lo esperaba de Vélez. Con razón te aconsejó que te fueras a ejercer la abogacía allá. Para poder apreciar lo alto que nos ha parecido la regulación, era preciso que tu supieras cual ha sido el trabajo. Se ha hecho pagar como cierto relojero que le llevaron a componer un reloj, quien soplando quitó un pelo que causaba la paralización de la máquina, y se lo devolvió al dueño cobrando la compostura, como si le hubiera costado mucho, y observándole éste, contestó — ¿Y la ciencia? Bien, por la ciencia hemos pagado a Vélez $120.000. Con que ya vez por ésto que no te aconsejó mal”.

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Andanza europea En junio de 1868 Manuel Alejandro Aguirre márchase a Europa con su familia, y llega al Paris del Segundo Imperio, alojándose en el Grand Hotel. Por cierto que su amigo el Ministro argentino ante esa corte, Mariano Balcarce, le recibe con gran cordialidad; y después de casi cuatro meses de turístico trajín parisino — que se fueron volando —, el viajero con los suyos se traslada a la Gran Bretaña; recorre Escocia e Irlanda y, finalmente, instálase en Londres. Allí visita a Manuelita Rosas, como se lo hace saber (14-1V-1869) a su primo Manuel R. García, a la sazón ministro plenipotenciario argentino en Washington: “Tengo encargo de Manuelita de darles (a García y a su mujer Eduarda Mansilla, prima hermana de la hija de Rosas) sus recuerdos. La veo poco, había estado estos días con su tatita (Rosas), a quien dice dejó muy bien de salud y con apariencia tan buena todavía, que nadie diría que tiene 76 años...”. Posteriormente Aguirre vuelve a la capital de Francia, pero cáe enfermo de cuidado y resuelve tornar a Buenos Aires. Con tal motivo, Manuelita Rosas le envia estas lineas desde Londres, el 7-X-1869: “Muy apreciado amigo: Contamos con que su viaje se complete feliz, pués no pasaran muchos dias antes de verse con su interesante familia en el suelo natal ... A mi regreso a ésta ... encontré el espléndido recuerdo que tuvo Ud. la bondad de traerme de Paris: la grande obra Paris dans sa explendeur. No dude Ud., se lo agradezco de corazón ... Mucho siento no lo completara Ud. con su autógrafo en la página del frontispicio. Las fotografias que me dejó Ud. tienen ya su lugar en mi Album, y es ese un recuerdo más de los buenos momentos que pasamos juntos, pero que fueron tan rápidos. ¿Se renovarán alguna vez?, ¿y donde será? ... Con Máximo y los niños saludamos a Ud. y a todos los suyos, teniendo yo el placer de repetirme. Su afectísima compatriota y amiga: Manuela de Rosas de Terrero.”

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Ya en febrero de 1870 don Manuel y sus hijos hállanse de nuevo en Buenos Aires. Aquella primera andanza por el viejo mundo había durado un año y cinco meses. Don Manuel declina el cargo de Senador. Integra la Comisión de Aguas Corrientes. La Fiebre Amarilla Más adelante, mi bisabuelo fué elegido Senador por la Provincia de Buenos Aires, dignidad que declinó con fundados argumentos. Como derivación de ello, el 29-VIII-1870, el Presidente del alto cuerpo le dirigió, “al ciudadano Dn. Manuel Aguirre”, una conceptuosa nota con estas expresiones: “La Cámara que presido en sesión del 27 del corriente, votó la renuncia que se sirvió elevarle del cargo de Senador para que fué electo, y tengo el honor de comunicarle que ella la ha aceptado, en vista de las razones que lo han obligado a renunciar dicho cargo. Lamentando que la Cámara se vea privada del poderoso concurso de Ud., me es grato saludarlo con mi más distinguida consideración. Andrés Somellera. Ramón de Udaeta, Secretario”. Poco después (7-X-1870) el Gobernador Emilio Castro, gran amigo de mi bisabuelo (casado con una prima hermana de éste, Juana Sáenz Valiente Ituarte Pueyrredón), le nombró a Manuel Aguirre miembro de la “Comisión de Aguas Corrientes, cloacas y adoquinado” de la ciudad, junto con José Manuel de Estrada , José Roque Pérez, Vicente L. Casares y Rufino Varela. En febrero de 1871 una pavorosa epidemia de fiebre amarilla se desparrama por Buenos Aires y mata a más de 14.000 personas, muchas de gran significación social y política. Entre la multitud apestada, cáe abatido por la enfermedad el doctor Roque Pérez, que era presidente de la “Comisión Popular” de lucha contra el flagelo y compañero de Manuel Aguirre en el directorio de las Aguas Corrientes. “La fiebre amarilla — le escribe este (29 de marzo) desde la “costa de San Isidro” a su primo Manuel García, Ministro en Washington — “sigue aumentando el número de sus víctimas: el día 27 hubieron 351 muertos, siendo de notar que la población

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que en la ciudad ha quedado tal vez no es mucho más de un tercio, los otros dos han salido a la campaña. Entre las pérdidas muy sensibles que hemos sufrido hay que deplorar la muy grande de mi amigo Roque Pérez, que ha muerto envuelto en la bandera de la caridad (frase esta de un artículo necrológico de La Nación debido a la pluma de Mitre). Deja una gran familia a quien queda un vacío insondable. Pobre Pérez, lloro su muerte y recordaré siempre su memoria con gratitud”. Segundo viaje de Aguirre al viejo mundo. Compra material para obras sanitarias y gestiona un empréstito inglés Sucede a Roque Pérez en la presidencia de las Aguas Corrientes, Manuel Aguirre. A los pocos meses, sin embargo, éste es reemplazado en la jefatura de dicha repartición por Vicente L. Casares, debido a que, el 14-X-1871, mi bisabuelo se embarca con los suyos para Europa. Le acompañan hasta Rio de Janeiro sus hermanos Agustín y Emiliano y familia, los cuales quedan en la capital carioca; mientras el paquete inglés “Douro” transporta a don Manuel y sus hijos, de nuevo, al viejo mundo. Antes de establecer su residencia entre las brumas de Inglaterra, los Aguirre cumplen un itinerario por tierras y ciudades luminosas del continente: Cádiz, Sevilla, Madrid, Barcelona, Niza, Italia, Roma, Florencia, Suiza ... y luego Francia y París, humilladas, de momento, por la derrota que les infligieron los prusianos. En Londres, Manuel Aguirre estableció su cuartel general en el “Charing Cross Hotel”, pues la Comisión de “las obras de salubrificación y aguas corrientes” de la ciudad de Buenos Aires — que presidía Vicente L. Casares e integraban entonces los vocales Rufino de Elizalde, Manuel Porcel de Peralta, Ernesto Aberg y Mariano Moreno, y el secretario Matias Erausquin — habíale encargado comprar en Inglaterra los materiales que requerían tales servicios sanitarios: bombas elevadoras de residuos. cloacas, caños, tubos de desague, etc., etc.; facultándolo a recibir propuestas y a celebrar contratos con los fabricantes; como también adquirir aquellos elementos

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necesarios para dar impulso a una fábrica de cemento hidráulico y a otra de ladrillos en San Isidro; esto y lo otro de acuerdo a los planos y proyectos del Ingeniero británico Juan Federico Bateman, conocido universalmente en esa época; con quien Aguirre no siempre estuvo de acuerdo, objetándole, por ejemplo, el 8-III-1873, tras de haberla “estudiado atentamente”, una licitación sobre cañerias de fierro, que a su juicio no era satisfactoria. El Gobierno de la Provincia, asimismo, lo comisionó a don Manuel para levantar un empréstito en Londres de 10.000.000 de pesos fuertes — o sean 2.040.800 libras — con destino a las “Obras de Salubrificación” de la “Gran Aldea” porteña; empréstito que fué cubierto por la Casa Baring Brothers. En un distinto orden de cosas, diré que los Aguirre reanudaron en Londres su afectuosa relación con la lejana parienta Manuelita Rosas. El 17-VI-1873 Hortensio le escribe a su Tata, que se hallaba en París: “El domingo fuí a lo de Terrero, a quien no ví porque estaba fuera de la ciudad, pero estaba la señora a quien hice una visita de 2 horas. Estuvo muy amable conmigo. Manuelita manda muchas memorias a vos y a Susana”. Y al mes siguiente (17-VII) mi bisabuelo anotó escuetamente en un “diario” íntimo: “Terrero, familia. Estubimos en casa de él las muchachas y yo, donde habíamos sido invitados por Misia Manuelita, quien estubo, como siempre, muy amable con todos. Fuimos un poco después de las 5 p.m. y volvimos al Hotel después de las 12 1/2. Hubo crocket para las muchachas. Té, después fresas, y en seguida música: un trio de piano, violín y flauta, que tocó el hermano Juan Manuel Terrero, y a eso de las 10 cenamos; con lo que concluyó la fiesta, en que hubo gorros de papel que todos nos pusimos.” Concluída aquella negociación del empréstito con los capitalistas londinenses, el Gobernador de Buenos Aires Mariano Acosta aprobó, con su Ministro de Hacienda Leopoldo Basavilbaso, la gestión financiera de mi bisabuelo, por

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decreto del 29-IV-1874, en los siguientes términos: “Apruébase la conducta observada por el Sor. Dn. Manuel A. Aguirre, en el desempeño de la comisión que le fué confiada por el P.E., para la realización del Empréstito de diez millones de pesos fuertes, con destino a las obras de salubrificación de esta Ciudad: Hágasele saber esta aprobación por el Ministerio de Hacienda, manifestándosele el agradecimiento del Gobierno, por el importante servicio que ha prestado a la Provincia, y líbrese orden a la Contaduría para que liquide la compensación que fué asignada al Señor Comisionado Aguirre, por decreto de 2 de Junio del año ppdo. Acosta. Leopoldo Basavilbaso”. El Ferrocarril del Norte Otro cometido le fué solicitado a don Manuel por las autoridades de su Provincia. Se trataba de desmentir los infundios de una hoja suelta que había publicado como suplemento el Daily News de Londres, bajo la firma de Henry Crabtree, representante en Buenos Aires de la empresa inglesa del Ferrocarril del Norte. Tal publicación menoscababa al Gobierno porteño, “si es que no hay algún móvil oculto de interés individual que sugiera aquel proceder” — al decir del Ministro de Hacienda Basavilbaso. El Ferrocarril del Norte era la línea más corta — 30 kilómetros de Retiro a Tigre — y peor servida de las cuatro que circulaban a través del territorio de la Provincia: por su falta de máquinas, vias defectuosas y pésimo estado de los coches. El 11-III-1869 Emiliano Aguirre le escribió a su hermano Manuel: “El Ferrocarril que está cada día peor servido es el del Norte, es raro el día que anda bien, pués o se descarrila o sufre grandes demoras, ya van unas cuantas sublevaciones de los pasajeros, que han hecho pedazos vidrios y cuanto han podido romper”. Hasta ese momento los gobernantes bonaerenses habían hecho vista gorda a las demasías de la Empresa, que no se ajustaba a las obligaciones del contrato.

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La estación principal de dicho camino de hierro se ubicó en el costado norte de la ciudad, en terrenos del bajo, frente a la Plaza del Retiro. Posteriormente la Empresa solicitó y obtuvo, el establecimiento de un “tranway” desde aquella estación hasta la Plaza de Mayo, por la calle denominada “Paseo de Julio”, a objeto de transportar pasajeros. De tal suerte el vehículo tirado por caballos quedó establecido. Pero, al poco tiempo, el Gerente Crabtree pidió reemplazar la tracción a sangre por el tren a vapor, lo que la Municipalidad le concedió, bajo de ciertas condiciones. El “Paseo de Julio” era recorrido, a la sazón, por todos los pasajeros y marinos que desembarcaban en el muelle, o, desde ahí, subían a las naves surtas en la rada. En verdad, ese tráfico resultaba abigarrado y numeroso, y se hacía necesario tomar precauciones para evitar los accidentes que podría ocasionar “la circulación de lineas movidas por locomotoras pasando a nivel por el centro de la calle”. El Gobierno, atento a ello, le impuso como condición a la Empresa “que había de construirse una baranda o verja de fierro, de uno a otro costado de los rieles, con portones anchos para carros y carruajes en cada cuadra, y angostos para personas a pie, a cada media, con guardas que velaran porque nadie transitara cuando el tren se pusiera en movimiento”. Asimismo se obligó a la empresa a construir un viaducto de acceso al muelle. La compañía foránea, sin embargo, prescindió del viaducto, trazó doble vía del Retiro a Plaza de Mayo, y libró el ferrocarril al servicio público sin poner barrera alguna ni colocar un solo guarda. Ello motivó un Iitigio entre la Municipalidad, que hizo valer sus derechos, y la Empresa, ante el Superior Tribunal de Justicia, que falló a favor del municipio. Entretanto, la crecida del rio y un temporal inutilizaron las vías construidas en infracción, prohibiendo la Municipalidad se repararan las mismas hasta tanto la Empresa cumpliera las condiciones que se le habían exigido. Así las cosas, el 1-II-1874 debían de tener lugar elecciones de Diputados al Congreso, y la exaltación de los parti-

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darios de una y otra candidatura presagiaba serios desórdenes, acaso una revolución. Entonces el Presidente de la República — Sarmiento, huésped incómodo para los porteños, soberanos en su ciudad — creyó conveniente tener a mano una locomotora en la estación Central, frente a la Casa Rosada, para cualquier emergencia. Hizo llamar a su despacho a mister Crabtree, quien le ocultó al Presidente la verdadera razón porque no funcionaban los trenes por esa vía. Sarmiento olvidando que las autoridades de la Provincia eran las “únicas que ejercen jurisdicción sobre los Ferrocarriles Provinciales”, impartió la orden de reparación inmediata de los rieles aquellos. Esto produjo un conflicto de poderes entre el Ejecutivo Nacional y el Gobierno porteño; conflicto que aprovechó el ferrocarrilero Crabtree para difamar a éste último en su publicación de Daily News de Londres. A raíz de ese artículo, el Ministro de Hacienda bonaerense, Leopoldo Basavilbaso, le pidió a Manuel Aguirre, en nombre del Gobernador Acosta, el patriótico servicio de “desmentir oficialmente — en la capital británica — cualquier versión en contrario que pudieran hacer los diarios ingleses, instigados por el Director de Ferrocarril del Norte, con el propósito de desacreditar a la Provincia y a sus autoridades”. Consejos de don Manuel a su hijo. Retorno a la patria y revolución del 74 Desde la casa que alquilaba en Londres (52 Welbeck Street, Cavendish Square, cerca de Regent Circus y de Hyde Park, y equidistante como media milla de Regent Park), don Manuel le escribía, calamo currente, a su hijo mayor, muchacho entonces de 23 años, a quien había mandado estudiar Leyes en Buenos Aires: “Tus noticias han sido para mí muy satisfactorias, sabiendo, por lo que me dices, que aprovechas bien tu tiempo, y por que cuento seguirás adelante en tus propósitos, por cuyo medio no dejarás, seguramente, de

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reportar de las muchas ventajas que dá el saber sobre la ignorancia. Trabaja con empeño, con amor, que es el medio más seguro de vencer en todo lo que nos proponemos, y de tener, al mismo tiempo, tiempo para todo, pues deseo también que lo tengas para todas las diversiones y placeres propios de un jóven, por lo que me alegraré saber que divides bien tu tiempo entre el trabajo y los placeres”. A fines de marzo o principios de abril de 1874, don Manuel y sus “muchachas” llegaban en el “Bayona” a la rada porteña. Seis meses después (24-IX) estalla la revuelta mitrista; y al cuarto día de ello, Aguirre le escribe a su primo Manuel García, a la sazón en la Gran Bretaña, encargado de hacer construir barcos para nuestra marina de guerra: “Los rumores de revolución se convirtieron, como seguramente lo sabrás, en terrible realidad, cuyos resultados nadie los alcanza a medir, ni sus consecuencias. Si te he de decir lo que pienso, diré que me parece que esto se acabará pronto, pero bien puede suceder todo lo contrario, y que tengamos una larga guerra, pues los elementos no faltan para esto último. Sabrás también en que manos han caído las cañoneras que tanto hiciste para que fueran buenas y baratas. Falta ver quien dispondrá de los vaporcitos y encorazados que, según me lo anunciaste, en breve llegarán. ¡Qué impresión tan mala habrá hecho por allá el primer telegrama que hayan recibido sobre la situación! ¡Qué atraso para este país! Como vez te escribo de la Costa donde estoy con mis muchachas. Los muchachos están en Montevideo desde el 23. Todavía no sé la determinación definitiva que me harán tomar las circunstancias, y me temo mucho que tendré que dejar esto, y quizás sea hoy mismo. Ya te harás cargo lo contrariado que debo estar”. Otras anotaciones reservadísimas de don Manuel Leo en las amarillas páginas desprendidas de un Diario íntimo de mi bisabuelo, estos apuntes y reflexiones penetradas de ansiedad, pesimismo y melancolía:

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Lunes 12 de Octubre de 1874: “Hoy es el día en que debe recibirse el nuevo Presidente Avellaneda o ser impedido este acto por la revolución, a cuya cabeza se ha puesto el Gral. Mitre, D. Bartolomé! La lluvia que desde antiayer cáe, ha sido esta madrugada muy copiosa, y grandes y frecuentes truenos y relámpagos. Ha sido un fuerte temporal que ha echado a la costa muchos buquecitos y también uno de los buques de guerra del Gobierno, el “Pampa”, que según entiendo no volverá a servir más. Según todas las apariencias, la recepción del nuevo Presidente parece no será interrumpida hoy; sin embargo no sabemos que plan ni con qué medios cuenta el Gral. Mitre para impedirlo. Manuelito me escribe de Montevideo; me habla del manifiesto del Gral. Mitre, y dice que todo el mundo por allá cree que más es el ruido que las nueces, y que no habrá necesidad de tirar ni un tiro para entrar en la ciudad. ¡Dios lo quiera que así sea, si así conviniese para la mayor felicidad de esta desgraciada tierra que no sabe vivir en paz! ... Espero que después de la actitud que ha tomado, y declaración que ha hecho Mitre en su Manifiesto, Avellaneda no tiene mejor salida que renunciar a la Presidencia, que creo no podría conservar, evitando los males que de otro modo acarrearía al país su empeño de sostenerse, y que sólo podría conseguir retener poco tiempo, con considerables sacrificios y sin gloria para él. Esperemos! El nuevo Presidente se ha recibido hoy del cargo bajo las formas ordenadas por la legalidad. Su discurso está preñado de promesas y esperanzas, como era de esperarse, fundadas en la de poder dominar en breve la tormenta, bajo la cual se ha sentado en la silla presidencial. A mi parecer, el Sr. Avellaneda no habría hecho una mala presidencia, por el contrario, pero mi duda es que no teniendo la opinión de nuestra provincia, es muy difícil que pueda consolidarse todo lo que es preciso, teniendo que estar repeliendo una fuerte oposición del partido que le es adverso”. Martes 13. “El tiempo es muy lindo y ayer después de tan furiosa tormenta, que tanto llovió y cayeron algunos rayos, se compuso y dió lugar a la recepción del nuevo Presidente

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Avellaneda ... La Tribuna trae los discursos de Alsina, Avellaneda y Sarmiento, y una continuación sobre el Manifiesto del Gral. Mitre ... Mi espíritu es cada día menos bueno, y si no fuera el amor de mis hijos y deberes que su destino y bienestar me imponen, no trepidaría en dejar el país, donde nada tengo que me alegre. Si me fuese es muy posible que no volviese más a él, sino de paso. Tengo todos los inconvenientes en él, y ventajas ninguna. El único modo que haría menos penoso el sacrificio de permanecer en él, sería poder vivir siempre en el campo, pero esto no me es posible teniendo hijas. Veremos cómo nos arreglamos; quizás estoy pasando por uno de aquellos momentos de transición en la vida, y me espera un tiempo en que, resignado con mi posición, espere sin deseo ni temor la muerte”. “La situación del país es para mí un problema que cada partido, de los dos en que está dividido, lo resuelve a su favor. Los del Gobierno miran o hacen creer que miran, con el mas alto desprecio al poder de los de la revolución, y estos miran, o hacen los que miran, que soplando desbaratan todo el armazón donde hoy se halla el principio de autoridad. No queda más que esperar para saber de parte de quienes hay más verdad, y no puede tardar en hacerse la luz. Lo que puedo ver claro, es que no pocos de los que tienen que perder, no les haya tocado algo, y por lo que es a mí no es cosa de desprecio la parte que me ha cabido en baja de valores, de títulos, suspención del argentino y estado de la estancia, que después de los estragos de la seca le ha venido la guerra, y no cuento otros muchos pellizcos que de añadidura me alcanzan, y que ya son remediables, ¡Dios quiera que no pasen de ahí! ... Muy disgustado parece que se encuentra el pobre Manuel (García) sin saber a qué atenerse, esperando que dispone el nuevo Gobierno de él. Que cosa tan odiosa sería para mí tener que estar así dependiendo de la voluntad o el capricho de los Gobiernos, como se encuentra él; demasiado tiene uno ya con su familia, que le priva de hacer aquello que más quisiera, sacrificando su

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persona a la conveniencia de ella, que no siempre sabe apreciar ni utilizar el sacrificio”. Miércoles 14. “Nublado y frio ha empezado el día de hoy. Mi espíritu sigue como el tiempo, sólo que éste pasará luego, y yo me quedaré como estoy ... La Revolución: Cuando pienso que Eduardo (Costa) es uno de los primeros hombres que han manejado esto, no puedo menos que temer que salga como salen todas sus cosas, en que se remontan como pandorga sin cola ... Solo confío en la buena estrella de Don Bartolo, aunque no sin temor que se le haya eclipsado al fin, después de tanto brillar, pues ni las estrellas se escapan a la ley fatal de que todo concluye en este mundo”. Viernes 16. “Aniversario es hoy de la muerte de Mercedes, y mis muchachas han estado temprano en San Nicolás y oído una misa por su buena Madre. Todo cuanto yo pudiese decir por ella no sería bastante para tributarle el grato recuerdo de la bondad de su corazón, como madre y esposa, habiendo sido para mí la dicha más grande que he alcanzado en este mundo el haberla tenido por esposa ... Solicita el Presidente (Avellaneda) del Senado, el acuerdo competente para elevar a rango de Coronel Mayor de los Ejércitos de la Nación, al ex presidente Coronel Graduado D. Domingo F. Sarmiento”. Viernes 30. “Ladislao Martínez: He estado con él en la oficina de la Comisión del paseo 3 de Febrero para ver los planos del parque que han presentado varios concurrentes, y de los cuales ninguno me ha gustado, son demasiado estudiados y costosos. De allí nos fuimos a Palermo, donde hemos hecho una crítica de las plantaciones del Sr. Sarmiento, y gastos desatinados que se han hecho sin provecho”. “Sarmiento: Cada vez me persuado más de lo extravagante de este personaje, que acaba de ocupar el primer puesto público en la República Argentina. Las cartas que he leído sobre él del Dr. Alberdi lo pintan admirablemente; mas está visto que para gobernar los pueblos es necesario, más que la espada, cierta

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suerte de charlatanismo; sin esto no se arrastra opinión pública, que es necesaria para elevarse y dominar la multitud”. Miércoles 13 de enero de 1875: “Victoria!: Cumple hoy esta querida hija sus 15 años. Si hay ángeles en la tierra, ella debe ser uno de ellos. Que Dios la bendiga y la libre de los peligros en que entra ya en la vida de este mundo falaz y engañador”. Seguidamente, esas páginas confidenciales registran la profunda tristeza de mi bisabuelo por el casamiento de su hija Susana con Ignacio Gómez. Objetaba aquel dicho enlace — quizás porque Gómez tenía un hijo natural —, en tanto los tios de Susana, Manuel Ibáñez y Rosa Anchorena, le hacían “gancho” a la muchacha con el novio, a espaldas de su Tata. Esta actitud de la hija y de sus cuñados, vino a herir muy hondamente los sentimientos de don Manuel, quien consideró menoscabada su autoridad de padre; y la amargura de su espíritu fue a impregnar los renglones del Diario confidencial. “Manuel Ibáñez: Ha estado a verme (roto) ... para tratarme del Sr. G. Después de una larga conversación que tuvimos, en que lejos de adelantar en su propósito, que era hacerme aceptable esa persona, se retiró desengañado y preocupado de lo que me oyó, que seguramente no esperaba oir. El se disculpó de la conducta observada antes, tanto por él como por Rosita, sobre el asunto consabido, pero sobre este punto, que nunca podrán justificar su falta de prudencia cuando menos, guardé la más profunda reserva, dejándole decir lo que creyó oportuno, pero que sin saberlo era una declaración que no hacía más que probarme la exactitud del juicio que me había formado del proceder errado de todos a los que quería disculpar”. Domingo 1º de Agosto de 1875: “Hoy hacen 26 años de mi feliz casamiento, pues lo fue sin interrupción hasta el fallecimiento de Mercedes, acaecido el 16 de Octubre de 1866, siendo verdaderamente felices hasta que la muerte nos arrebató dos queridos hijos, y vinieron en seguida a la pobre madre enfermedades que destruyeron su salud, que terminaron

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con la muerte. Esta me causó una profunda pena, que solo el tiempo y el cariño que tenia por sus hijos que me habían quedado, pudo atenuar; pues el sentimiento de esa pérdida me acompañará por siempre. Estos hijos queridos, puedo decir que no me han dado más penas que aquellas que son naturales a su edad, como desaplicación en sus estudios, nada más pues no he tenido el menor motivo de desagrado en cuanto a su buena conducta; hablo de los varones, pues las muchachas ni siquiera en lo primero he tenido que sentir, pues sin ser muy adelantadas, como yo lo deseaba, no puedo decir que no hayan hecho algunos progresos que me complazco en ver. Todo, pues, había seguido bien hasta que llegó un día que las cosas han cambiado de aspecto para mi, y cuyo resultado será, según está decidido, el casamiento de mi hija mayor el día de mañana. Esto viene a cambiar mi situación, y sus consecuencias felices o adversas que no es posible preveer desde ahora. El tiempo se encargará de hacerlo”. Lunes 2 de Agosto. “Ventosa mañana, como el día de ayer y antiayer, muy ventosa del N. o N.E. Este día es el día fijado para el matrimonio de mi hija Susana con D. Ignacio Gómez, a las 6 a.m. A las 4 prendí mi vela, que volví a apagar, y a eso de las 4 1/2 volví a encenderla y levanté poco después, y a las 5 me encontraba vestido y paseandome por mi cuarto; primero con luz de mis velas, y después a la escasa que entraba por mi galería del crepúsculo que empezaba a aparecer. Fuera del ruido del viento y unos tres fuegos que se veían en las Islas — uno largo y dos pequeños — nada tenia más de notable la mañana. Abrí un rato mi ventana para cambiar el aire de mi habitación, y seguí mi paseo por ella, cerrándola poco después. Victoria y Rosa se me presentaron a eso de las 6 a darme los buenos dias, y después de ellas entró Susana, vestida con su traje blanco de novia, y saludó dándome los buenos días y besándome como de costumbre, y dijo: “Cuando volvamos vendremos a verte y te escribiré de allá” — “Bueno — le dije — que seas muy feliz”; y se retiró con esto, y seguí yo dando mi paseo por el cuarto como antes que entrase. A las

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6 1/4 entró un carruaje, y poco después salió, y es posible que mientras escribo ésto, el padre les haya echado ya la bendición! Como la luz de mi cuarto era muy escasa y el crepúsculo despedía todavía muy poca, no he visto la cara que tenia mi hija, sólo ví su traje blanco ... Después de las cosas tan desacertadas que a mi parecer se han hecho por todos los que han tomado parte en este suceso, he venido a quedar tan desagradado, que no he esperimentado ningún dolor al ver separarse de mi una hija que tanto he querido. Ella, si quiere volver a ocupar el lugar que tenía en mi corazón, ha de tener que pasar algún tiempo, y darme mayores pruebas que las que tengo de su afecto. No estoy enojado, de ningún modo, con ella; no absolutamente; solamente que su falta de confianza en mí le ha hecho rebajar el afecto que le tenía, y mi corazón se ha cerrado, a mi pesar, para ella; al menos así lo esperimento en este solemne día. En cuanto a los demás, siento por ellos una indiferencia que en nada se parece tampoco al enojo. Y no puede ser de otro modo ¿cómo me puedo quejar siquiera de Rosa y Manuel Ibáñez conociéndolos como los conozco? Seria necedad de parte mía, injustificable a mis propios ojos. A Gómez no lo conozco sino por su falta de tino para entenderse conmigo, y por informes que lo han perjudicado mucho, no habiendo habido una sola persona que haya venido a recomendármelo como habría deseado; pues Ibáñez queriendo hacerlo, me dejó más prevenido que antes con él! En fin, el tiempo me dirá si este día ha marcado un acontecimiento feliz o adverso en la historia de mi familia. Entretanto deseo, como es natural, la realización de lo primero, y espero no me faltará resignación, si tristemente sucediera lo último. Quedo desde hoy sólo ya con mis muy queridas Victoria y Rosa!, ¿ellas darán penas también? Hortensio luego que volvió de la Iglesia subió a verme, y dijo que Manuelito había ido a acompañar a su hermana ... Victoria y Rosa almorzaron conmigo; dimos un paseo con la primera por la quinta; tomé lunch con ella, mientras Rosa dormía pues el madrugón la había rendido; y a las 3 dí un galope con las dos, de 1 1/2 horas, por las Lomas. Son

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las 6 menos 20 p.m., el viento sigue: el rio bajo todavía, y la lluvia empieza a golpear los vidrios de mi galería”. Me apresuro a puntualizar, que el casamiento de Susana con Gómez marcó, sin duda alguna, “un acontecimiento feliz en la historia de la familia”: ambos constituyeron un matrimonio ejemplar. Susana adoró a su marido, que abandonó este mundo en 1889, y tuvo el culto casi religioso de su recuerdo en la viudez, prolongada hasta 1923, en que ella se fué a descansar junto a aquel en la tumba de Aguirre, en la Recoleta. Don Manuel, por su parte, tardaría muy poco en recibir con los brazos abiertos a su hija y a Gómez, el cual, en adelante, resultó su abogado y hombre de consejo en asuntos forenses, sin que jamás tuvieran, suegro y yerno, diferencias por motivos personales o de interés económico. Aquel año 1874 Manuel Alejandro Aguirre se desempeñó como Director del Banco Nacional a par que integraba la Comisión de Aguas Corrientes, de la que renunció en 1878. También, en esos años, fué Presidente del Crédito Público. Don Manuel readquiere la venerable casa de sus antepasados El 17-VIII-1878, mediante escritura pasada ante el Escribano Manuel Garay, recuperó mi bisabuelo Aguirre de la sucesión de José Iturriaga, por el precio de 4.570.000 pesos moneda corriente, la casa de sus antepasados en la calle Bolívar, que en 1843, los herederos de María Josefa Lajarrota de Aguirre le habían vendido a aquel causante. Esto y mucho más lo consigno en la referencia histórica-notarial de ese antiguo solar de mi familia materna; cuyo dominio recayó, en 1673, en Miguel de Riblos, y al cabo de dos siglos y medio, en 1938, los hermanos Aguirre Lynch, 5º nietos de Riblos, transfirieron dicha propiedad a la Comuna de Buenos Aires. (Ver el Apéndice del capitulo relativo a los Riglos).

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“La casa Bolívar y Victoria la tienes ya en demolición — le escribía (15-XII-1879) mi bisabuelo a su primo Manuel García. Sentí cierta tristeza días pasados al pasar por la Plaza y ver sin techo ya aquel antiguo edificio, y que sus paredes seguirían el mismo fin! Si no hubiese sido profanado aquello, desde que salió de las manos de nuestra familia, ni por un momento se me habría ocurrido otra idea que la de restaurarlo. Has de saber también, que siempre miré a más de un viejo con lástima, cuando se ponía a edificar; y no sabía, ni pensé jamás, que yo fatalmente — tengo 60 años cumplidos — tenía que pasar por eso. En fin, ya estamos en ello, y adelante; y como de ilusiones se compone la mayor parte de nuestra vida, quiero figurarme ahora que esa futura casa va a servirme; que todavía voy a vivir muchos años más; y que será muy posible — probable — que tenga el gusto de verte en ella ... A las muchachas les digo que te voy a encargar a tí todo el menage de la casa. Así pués, si esto no se vuelve ilusión, puedes prepararte”. Un año después (12-XII-1880) mi bisabuelo, entre otras cosas, así agradeció a su primo García el haberle remitido documentos acerca de los Aguirre de Donamaría, cuyo auténtico blasón ofrecía hacer certificar: “Te estimo mucho los papeles de familia que en copia mes has mandado y también lo que me ofreces sobre las armas. Los he leído con mucho interés, recordando a mi Padre, a quien tantas veces, siendo yo muchacho, le oí hablar de esas cosas, que me parecían del otro mundo y a las que le ponía poca atención. Estoy seguro que mi hermana Mercedes va a tener mucho gusto de esto, y también te lo va a agradecer. A Manuel y Hortensio, que estaban conmigo cuando recibí tu carta, leí esos papeles, que el primero, sin duda como ya tiene familia, se interesó más, y pidió sacar copia. Pienso que Juan Anchorena no será indiferente sobre el particular, que le participaré después que lo haya hecho a Emiliano”.

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Tercera estadía europea de don Manuel. Compra animales finos. Regresa a los dos años El 5-IV-1882 vuelve don Manuel a Europa con “las muchachas” Victoria y Rosa. A bordo del “Neva” arribaron a Southampton el 1º de mayo. Iban con ellos Félix Bernal Lynch y su mujer Malena Mac Nap Ituarte, prima hermana de Tata Aguirre. En Paris, éste se enferma de bastante cuidado: “de grandes hemorragias de sangre nasal”. Le visitan asiduamente Mariano Balcarce — viudo de Mercedes San Martín, hija del Gran Capitán de los Andes —, Saturnino Unzué y familia y otros componentes de la “colonia” argentina en la “Ville Lumiere”. En Francia recorre, después, “fermes” de lanares, y la célebre e histórica “Bergerie de Rambouillet”, donde compra ovejas y carneros merinos por encargo de su hijo — mi abuelo — que heredó y está poblando “El Chajá”. El negocio se realiza por medio de la casa consignataria parisina Ibáñez Vega. Tras el canal de la Mancha, don Manuel rehalla a Londres. Presidía entonces como Ministro nuestra legación en la capital del Imperio, su primo hermano Manuel García; bajo cuyo patrocinio — diré — se construyó en los astilleros ingleses de “Samuda Poplar”, el acorazado “AImirante Brown” para la escuadra argentina. Sobre el particular, Manuel Aguirre le había escrito, un año atrás desde Buenos Aires, a su primo: “Espero la llegada del Brown para visitarlo. ¡Qué serían aquellos buques a que te refieres, construidos bajo la superintendencia de mi padre, que tantos malos ratos le dieron, al lado de tu Brown! Espero que a tí, aun que pienso cuanto trabajo habrás tenido hasta el momento de verlo partir a su destino, no te pasará lo mismo, sinó por el contrario, te dará satisfacción!”. Con García, mi bisabuelo realiza, en aquel verano del 82, una excursión a la isla de Wight, en la costa meridional inglesa, acreditada por sus playas balnearias y su mundialmente conocida estación de “yachting”: Cowes. Más adelante,

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el viajero no se olvida de peregrinar por los lagos y viejos castillos de Escocia, aunque antes había hecho acto de presencia en “The Killerby Horde”, el mentadísimo aduar o cabaña de bovinos “shorthorn”, criados con impar maestría por su propietario mister John B. Booth — nieto de Thomas Booth, el fundador de esos rebaños, antes de 1790. Ahí, en Killerby, pasó revista mi bisabuelo a fornidos toros, verdaderos exponentes de carne, y a sólidas vacas madres, de abundante leche. “Según pienso — le escribió el visitante a su hijo mayor (31X-1882) — “no me volveré de allí sin haber comprado algunos animales, aún cuando tenga, como creo, que pagarlos caros”. De los cornicortos de la tribu Booth — 4 vacas y un toro que costaron 1.500 guineas —, así como de los ovinos franceses de “pedigree” comprados para mi abuelo Manuel J. Aguirre, me ocupo más adelante, al tratar la acción ganadera de éste en su estancia “El Chajá”. Regresado a su patria a principios de 1884, don Manuel Alejandro es nombrado, el 26 de diciembre de ese año, por el gobierno de Roca, vocal directivo de la Comisión de las Obras Sanitarias; así se lo anunció por escrito el Ministro de Interior don Bernardo de Irigoyen. Llega a presidir la entidad, temporariamente, en 1886, y presenta su dimisión en 1889. Por ese entonces, desde 1883 don Vicente López venía publicando su Historia de la República Argentina. Ya habían aparecido 7 tomos; y el 28 X-1888, el historiador le envia a mi bisabuelo la siguiente misiva: “Mi estimado Sr. D. Manuel: Una verdadera satisfacción he tenido al leer su billete de ayer, pues creo que Ud. sabe en cuanto estimo el poder hacer algo que a Ud. le sea agradable. No le he devuelto a Ud. el precioso volumen de los papeles de familia, por que aun me hace falta para un apéndice que irá en el tomo que ahora preparo, sobre el resultado real en los esfuerzos de su Señor Padre, y la tramitación de sus reclamos. Me permito pués esperar que Ud. me conceda esta prórroga, en la completa confianza de que ese tesoro de familia está en manos de quien sabe valorar lo que

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para sus dueños vale. Como siempre se repite de Ud. Su affmo. amigo y S.S.. Vte. F. López”. El crac del 90. Colabora Aguirre en la gestión flnanciera de Pellegrini Durante la administración de Juárez Celman, la “crisis del progreso” llega a su paroxismo y explota revolucionariamente en julio del año 90. Pellegrini “piloto de tormenta” empuña el timón de la nave a punto de zozobrar; y para poner en quicio a las finanzas nacionales en bancarrota, nombra Ministro de Hacienda a Vicente Fidel López, el viejo amigo de mi bisabuelo Aguirre. Don Vicente asume la conducción económica del país el 6 de agosto, y apenas once días después — el 17 — en una carta “confidencial” a don Manuel Aguirre, le expresa lo que sigue: “Mi querido amigo: Tengo el gusto de participarle el telegrama reservado que he dirigido hoy a nuestros amigos los Señores Baring hermanos, porque deseo que, con la misma reserva, se imponga Ud. de mis ideas y propósitos sobre la reforma que pienso llevar a cabo en el estado de nuestras finanzas; y no solo por amistad, sino por el deseo que sepa los puntos en que pienso pedirle su preciosa cooperación, le encargo a mi hijo Alberto que ponga en sus manos esta carta y también un borrador del principal de esos proyectos por si Ud. desea conocerlo.” “El telegrama dice así:” “Idea suscinta de los Proyectos que el Poder Ejecutivo presentará al Congreso: Establecimiento inmediato de una Caja de Conversión compuesta de once miembros; cinco grandes capitalistas argentinos y afincados y seis entre los jefes de los principales bancos, bajo la presidencia del Señor Don Manuel Aguirre. Centralización en esa Caja de todas las emisiones y de sus garantías para recibir los recursos y amortizar gradualmente los billetes circulantes,

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negociando las garantías dentro o fuera del país, cuando fuere necesario ... etc., etc. ... Plazo de diez años para abrir la convertibilidad de todo el medio circulante en valor oro”. “Hasta aquí el telegrama. Ahora le diré a Ud. que pienso negociar un empréstito para el pago de la deuda esterior en Londres, y sacar al gobierno de la plaza de giros y cambios, a fin de remediar ese factor que perturba enormemente nuestra circulación.” “Ya Ud. vé mi querido amigo, el plan para el que cuento con su nombre y con su valiosísima cooperación”. “Me resta solo darle las gracias por sus buenas disposiciones que son, en el fondo, acto de patriotismo y de una amistad que agradece cordialmente su afmo. servidor y amigo: Vte. F. López -S/c. Callao 1858”. De tal suerte, por ley del 6-X-1890 prohijada por Pellegrini y su Ministro López, se creó la Caja de Conversión, que administraba un Directorio compuesto por cinco ciudadanos nombrados por el P.E. con acuerdo del Senado, cuyo mandato duraría cinco años y era gratuito. Fué primer Presidente de ese Directorio Manuel Alejandro Aguirre, y miembros iniciales del mismo Manuel Anselmo Ocampo, Leonardo Pereyra, Vicente L. Casares y Juan Bautista Arístides Villanueva — todos argentinos; los seis jefes de los principales Bancos quedaron descartados. El flamante organismo (que tuvo como antecedente la Oficina de Cambios de 1867, adscripta al Banco de la Provincia de Buenos Aires) vino a cumplir el fundamental cometido de velar por el exacto cumplimiento de todas las leyes que se refieren a emisión, conversión y amortización de moneda de curso legal, constituyéndose así la Nación, a través de la Caja, en única responsable de los billetes circulantes. Otra ley paralela (10-X-1890) fijaba a los Bancos Garantidos un plazo de 10 años para volver a la conversión, pudiendo eximirse siempre que los fondos públicos que respaldaban lo emitido, se transformaran en propiedad del Estado y se hallaran pagos. Sin embargo, como ninguno de

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esos Bancos llegó a convertir sus emisiones, la Nación tuvo que hacerse cargo de todos los compromisos y celebrar arreglos, cuyos finiquitos se prolongarían más de la cuenta. Por otra parte, una ley del 15-X-1890 fundaba — bajo el impulso creador de Pellegrini y de López y respaldado por la Caja de Conversión — al Banco de la Nación Argentina, que el 1º de diciembre siguiente, a las 10 de la mañana, abrió sus puertas iniciando sus operaciones frente a la Plaza de Mayo — sobre el solar originario que Garay, en 1580, reservara para sí —, en el viejo edificio del teatro Colón, adaptado al efecto, cuya primitiva estructura de gran coliseo se debía al ingeniero pintor saboyardo, Carlos Enrique Pellegrini: padre de quien en esos momentos difíciles ejercía la primera magistratura de la República. Don Manuel preside el Banco de la Nación En noviembre de 1892, Manuel Alejandro Aguirre pasó a regir el Banco de la Nación Argentina — fué el 2º Presidente de la institución, sucesor de Vicente L. Casares. Su permanencia en el alto cargo de tan poderoso organismo de crédito, se prolongó por espacio de siete años; es decir, durante los gobiernos de Luis Sáenz Peña, José Evaristo Uriburu y el del General Roca, hasta el 13-VII-1899. Con esta data, el Ministro de Hacienda José María Rosa le dirigió al señor Aguirre una nota que decía: “Elevada a conocimiento del Sr. Presidente de la República la dimisión que con fecha 7 del corriente, ha hecho Ud. del cargo de Presidente del Banco de la Nación Argentina, ha resuelto aceptarla en vista de las causales aducidas. Al adjuntar copia del decreto aceptando su dimisión, me es altamente satisfactorio participar a Ud. que el Gobierno agradece los muy importantes servicios que Ud. ha prestado al País, en el desempeño del cargo que dimite, y lamenta que el mal estado de su salud le impida continuar prestándolos. Con tal motivo, reitero a Ud. las seguridades de mi mayor consideración y personal estima. Jose Ma. Rosa”.

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Al día siguiente — 14 de julio — el Directorio del Banco resolvió concurrir en corporación al domicilio particular del renunciante, con el objeto de saludarlo y hacerle entrega de una honrosa comunicación redactada en estos términos: “Los que hemos tenido la fortuna de acompañarlo en la dirección del Banco de la Nación Argentina, de que ha sido Ud. digno Presidente durante siete años, sentimos la necesidad de presentarle un testimonio permanente de nuestro respeto y cariño en este momento, en que le es al fin permitido disfrutar, a la sombra de sus años, del descanso acordado a una larga vida bien llenada. Ha sido Ud. siempre uno de nuestros hombres de fortuna que no ha esquivado jamás ninguno de los servicios que el país ha exijido a su inteligencia y honorabilidad. Negociador de empréstitos, Presidente de las Obras de Salubridad, del Crédito Público, de la Caja de Conversión y del Banco de la Nación Argentina, su consagración inteligente y patriótica al desempeño de sus funciones han sido los factores principales del éxito de los negocios que se le han encomendado, y de la prosperidad de las instituciones puestas bajo su dirección, en las que su personalidad respetable ha entrañado desde el principio una prenda de confianza. El Banco de la Nación Argentina, cuya presidencia entró Ud. a ejercer en 1892, a los setenta y tres años de edad, y que ha desempeñado con continua y asidua labor hasta el día de hoy, le debe en gran parte su prosperidad actual, y los que le hemos acompañado en sus tareas, cumplimos con el deber de tributarle la justicia que le es merecida y le presentamos nuestras más distinguidas consideraciones de nuestro respeto y nuestro cariño: Manuel Correa Morales, Carlos T. Becú, Santiago Alcorta, Mariano Demaría, Angel Estrada, Angel de Elía Rivarola, Domingo Frias, Baldomero Llerena, Guillermo Paats, Mauricio Roca, Ignacio Oyuela, Ignacio J. Sánchez, Arístides Villanueva y Mariano Unzué”. Cumplía el Directorio su homenaje, cuando espontáneamente se presentaron los empleados de la Casa Central, a fin de saludar también al ex Presidente. En nombre

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de todos ellos, uno de los secretarios del Banco, Matias Pinedo Oliver, pronunció un discurso salpicado de hipérboles del siguiente tamaño: “a semejanza de aquellos soldados franceses que tenían el derecho de llamarse valientes por haber asistido a la batalla de Austerlitz, nosotros nos podemos titular honestos y dignos diciendo que fuimos empleados del Banco de la Nación en una época en que fué Presidente don Manuel Aguirre”. Por lo demás, el dimitente al despedirse de sus empleados, donó 5.000 nacionales para la Caja de Socorros Mutuos bancaria, como asimismo 2.000 pesos a los ordenanzas del establecimiento. Debo añadir que don Manuel había donado durante 7 años, a beneficio de todo el personal, sin distingos jerárquicos, su sueldo íntegro de Presidente. Hoy, el Banco de la Nación lo recuerda a mi bisabuelo pintado al óleo en espléndido cuadro del retratista francés Gabriel Ferrier, que decora una de las galerías de su presidencia. En cuanto a algunos bienes particulares de don Manuel, diré que al fallecer soltero su hijo Hortensio en 1884, aquel fué declarado único y universal heredero en los autos sucesorios del finado. Por tanto el lote de estancia, en el partido del Tuyú, denominado “El Lucero”, compuesto de 5 leguas y media cuadradas, vino hereditariamente a corresponder al padre de éste; el cual, a su vez, repartió en vida dicha tracción campestre — conforme a la subdivisión que practicó su primo Benjamín Sáenz Valiente Ituarte — entre los cuatro hijos que entonces le restaban. De tal modo, el casco de “El Lucero”, con una superficie circundante de 3.937 hectáreas, quedó para la señora Susana Aguirre de Gómez; las hermanas Victoria Aguirre y Rosa Aguirre de Balcarce recibieron en propiedad 3.946 y 3.944 hectáreas, respectivamente, cuyo conjunto unificado configuraría, más tarde, “El Cardal”; y una larga y angosta franja de legua y pico, se adicionó al costado Este de “El Chajá”, la estancia de mi abuelo materno. El 20-IX-1890, ante el Escribano José Victoriano Cabral, Manuel Alejandro Aguirre compró a la señora Angela Alzaga, viuda de José Gregorio Lezama, una casa en la

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calle Bolívar Nºs 51 al 63, entre Victoria y Alsina — lindera por el costado Norte con la residencia del adquirente. Dicho solar, hoy contrapuesto al City Hotel — medía 31,39 metros de frente al Este y 57,80 metros de fondo. La vivienda la adquirió don Manuel para morada de su hijo mayor — mi abuelo — quien, en seguida, se fué a vivir ahí con su familia. Seis años después, el 21-X-1896, ante el mismo Notario Cabral, mi bisabuelo adquirió, por el precio de 152.000 pesos nacionales al contado, de los hijos herederos de Exequiel Ramos Mexía, la gran casa de la calle Cerrito 271, entre Cangallo y Cuyo. Efectuó don Manuel Alejandro esa compra para que el caserón sirviera de vivienda a su hijo Manuel José, que había acrecentado su progenie. De los antecedentes históricos y características de aquel solar, desde su primer poseedor en 1580 y a lo largo de las posteriores transferencias de su dominio, he de ocuparme en un Apéndice al final del presente capítulo. Epilogo de una noble vejez Tata Aguirre vivió sus últimos años como un patriarca, en su residencia de la calle Bolívar y en su chacra de San Isidro — “la costa”, que así la llamaba —, rodeado por el cariño y el respeto de sus descendientes, y de la vieja sociedad porteña, de la cual era él uno de sus varones más representativos. Gozó de profusa fortuna; sus gustos y su temperamento circunspecto le alejaron de la política activa: ese torbellino despiadado donde se entrechocan las pasiones y ambiciones humanas. Sin embargo nunca excusó su concurso para servir al país y a su provincia cuando las circunstancias lo requirieron y creyó debía cumplir con su deber; sobre todo en los momentos difíciles, como durante aquella tremenda crisis económica financiera del año 90, en cuya oportunidad colaboró en primera linea, con Pellegrini y el Ministro López para sacar a flote a la Nación.

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El 12-I-1911, a los 92 años de edad (atacado por la uremia, según lo certificó el médico Dr. Luis Manzone), apagose la existencia de Tata Aguirre, siendo las 7,05 de la tarde, en su domicilio de la calle Bolívar 107, frente a la histórica Plaza de la Victoria. Con su esposa Mercedes de Anchorena Ibáñez hubo los siguientes hijos: 1) Manuel Juan José Aguirre Anchorena — mi abuelo —, que sigue en XII. 2) Ignacia Aguirre Anchorena, baut. el 10-XI-1851. Murió párvula. 3) Susana Andrea Aguirre Anchorena, baut. el 11-X-1852, siendo sus padrinos los tios carnales Agustín Casimiro Aguirre Ituarte y Rosa Anchorena Ibáñez de Ibáñez. El 2VIII-1875 Susana contrajo matrimonio en la parroquia de San Isidro, con Ignacio Manuel Gómez, soltero de 34 años (hijo de Lorenzo Justiniano Gómez, n. “en el Estado Oriental” y de Mercedes Basaldúa n. en Santa Fé; n.p. de Lázaro Gómez Rospigliosi y de Maria Francisca Obligado Fernández). Fueron testigos de dicha boda: Manuel J. Aguirre de 25 años, hermano de la novia, y Mercedes Basaldúa de 66 años, madre del novio. Ignacio Gómez, por los Rospigliosi, resultaba primo 3º de Mercedes de Anchorena, la madre de Susana, su mujer. Falleció don Ignacio el 22-III-1889, a las 3 de la mañana, en su quinta de San Isidro, de aneurisma. Doña Susana, viuda, le acompañó el sepulcro 34 años más tarde, en 1923. Fueron padres de: A) Ignacio Alejandro Abel del Corazón de Jesús Gómez Aguirre, n. el 5-VIII-1876 y baut. el 7 de octubre siguiente en la Catedral porteña, bajo el padrinazgo de su abuelo materno Manuel Alejandro Aguirre y de su abuela paterna Mercedes Basaldúa. Casó Ignacio el 25XI-1899 con su prima hermana Angélica Gómez Pombo (hija de David Eusebio Gómez Basaldúa y de Jovita

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Pombo Cernadas). Murió Ignacio el 30-I-1924, y hubo estos hijos de su matrimonio: a) Ignacio Gómez Aguirre, n. en 1901. Fué uno de los precursores de la radiotelefonía en el país. Falleció soltero. b) David Alejandro Gómez Aguirre, n. el 29-VIII-1903. Murió el 27-VII-1905. c) Horacio Gómez Aguirre, n. en 1905. Falleció soltero. d) Angélica Gómez Aguirre, n. el 21-V-1907. Casó el 10-V-1930 con Jorge Piñeiro Pearson (hijo de Miguel Piñeiro Sorondo y de Catalina Pearson Hale). Con sucesión. e) Susana Gómez Aguirre. Casó el 12-VI-1935 con Fernando Saguier Correa Morales (hijo de Fernando Saguier Pereyra, Senador Nacional, y de María Correa Morales Somellera — ver el linaje De La Quintana). Con descendencia. B) Susana Mercedes Sofía Gómez Aguirre, n. el 30-IX1877 y baut. en San Isidro el 27 de diciembre siguiente, apadrinada por sus tios Manuel Ibáñez de 62 años y su mujer Rosa de Anchorena de 48. Contrajo enlace Susana en Bs. As. el 4-V-1904, con Nicanor Angel Lorenzo de Elía, n. el 11-VIII-1878 (hijo de Angel Mariano de Elía Rivarola y de Angélica de la Cárcova Arrotea). Fueron padres de: a) Susana Angélica de Elía Gómez Aguirre, baut. el 10VIII-1905. Murió soltera. b) Nicanor José de Elía Gómez Aguirre, baut. el 4-V1907. Casó el 20-XII-1934 con Hebe Lastra Cranwell, n. el 20-VI-1911 (hija de José Rufino Angeles Lastra Olivera y de Amalia Cranwell Rúa). Con descendencia. c) Héctor de Elía Gómez Aguirre, baut. el 29-XII-1908. Casó con Miriam Cavanagh. Prolonga descendencia.

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d) Angel Manuel de Elía Gómez Aguirre, baut. el 15-X1910. Casó con Matilde Fernández Almanza. Con sucesión. C) Mercedes Gómez Aguirre, fallecida en tierna edad en mayo de 1882, de difteria. D) Laura María Felisa del Corazón de Jesús Gómez Aguirre, n. el 21-II-1881 y baut, el 27 de mayo siguiente, siendo sus padrinos el Dr. Alejandro Gómez y Laura Gómez, de 30 y 49 años cada cual. Casose el 30X-1902 con Luis Antonio Quirno Pizarro, n. el 11-I1876 (hijo de Norberto Candelario Quirno Pizarro González de Noriega Monje y de su 2a esposa Ana Vicenta Lugones Carranza Drago y Alcaráz). Fueron sus hijos: a) Susana Quirno Gómez Aguirre, n. el 13-VIII-1903. Casó el 12-1V-1928 con Martín Jacobé Elizalde (hijo de Martín Jacobé Iraola y de Elvira de Elizalde Leal). Con sucesión. b) Alejandro Norberto Quirno Gómez Aguirre — “Viche”, mi amigo de infancia — n. el 22-XII-1904. Casó con Ema Inés Lynch (hija de Eduardo Lynch Ortiz y de Esther Alvarez). Procrearon una hija. c) Luis Miguel Quirno Gómez Aguirre, n. el 10-V11906. Murió 7 días después. E) Lorenzo del Corazón de Jesús Gómez Aguirre, n. el 19XI-1882 y fué baut. en San Isidro el 10-III-1883. Falleció sin hijos. F) Hortensia María Gómez Aguirre, n. el 2-VII-1884 y baut. en San Isidro el 25 de octubre siguiente, apadrinada por sus tios Manuel J. Aguirre y Rosa Aguirre. Casó el 1º-VI-1906 con Jorge Sixto Quirno Lugones, n. el 1-IX-1881 (propio hermano de Luis Antonio, el marido de Laura). Jorge y Hortensia hubieron estos hijos: a) Jorge Norberto Quirno Gómez Aguirre, Médico. Se casó con Sofía Aznar y dejó hijos.

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b) Ignacio Manuel Quirno Gómez Aguirre, casado y separado luego de Nelly Travers Campos Urquiza. Con descendencia. c) Hortensia Susana Quirno Gómez Aguirre, baut. el 23V-1910. Se casó el 29-VII-1932 con Belisario Moreno Hueyo, n. en 1905. Abogado (hijo de Julio Moreno Ruiz, Jefe de Policía y Ministro de Guerra del Presidente Hipólito Yrigoyen, y de María Ignacia Hueyo Alais). Con descendencia. d) Manuel José Quirno Gómez Aguirre, n. el 18-V1911. Casó con Teresa Chillado Biaus. Con sucesión. e) Lorenzo Manuel Quirno Gómez Aguirre, baut. el 27V-1913. G) Manuel Alejandro Gómez Aguirre, n. el 8-VII-1886, baut. el 30 de septiembre siguiente, apadrinado por sus tios Juan José Velázquez y Mercedes Gómez de Velázquez. Casó con Rosa Gardner y en ella prolongó descendencia. H) Mercedes Alejandrina Gómez Aguirre, nació póstuma el 29-V-1889. Casose el 31-X-1908 con Gregorio Juan Lastra Quirno Costa, n. el 21-IX-1881 en Bs. As. y fall. el 14-XII-1919 (hijo de Bonifacio Lastra, Ministro de Hacienda y de Justicia e Instrucción Pública del Presidente Avellaneda, y de Enriqueta Quirno Costa González de Noriega Villagra). Hubieron estos hijos: a) Mercedes Susana Lastra Gómez Aguirre, n. el 11VIII-1909. Casó el 3-V-1930 con Belisario Tiscornia Biaus. Con sucesión. b) Gregorio Lastra Gómez Aguirre, baut. el 20-XI-1910. Casó con Juana Isabel Salas del Carril (hija de Adolfo Faustino Salas Alsina y de María del Carril Martínez Domínguez). Procrearon un hijo. c) Bonifacio Antonio Lastra Gómez Aguirre, n. el 13VI-1913. Casó con Mercedes Guerrico Massini (hija

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de Luis Felipe Guerrico Martínez y de Clara Massini Vidal). Con sucesión. d) Ignacio Manuel Lastra Gómez Aguirre, baut. el 13VI-1913, mellizo del anterior. Casó con Marta Lindstroem y dejó posteridad. e) Susana Leonor Lastra Gómez Aguirre, n. el 16-VII1915. Soltera. f) Enriqueta Lastra Gómez Aguirre. Soltera. g) Victoria Lastra Gómez Aguirre, n. el 19-VIII-1917. Casó con Alejandro Virasoro Basavilbaso (hijo de Alejandro Virasoro y de Juana María Basavilbaso). Con sucesión. h) Manuel Ramón Lastra Gómez Aguirre, n. el 31-VIII1919. Se casó y está separado de Marta Casabal Díaz (hija de León Casabal y de Blanca Díaz Ibarguren). Con sucesión. 4) Hortensio Nicanor Aguirre Anchorena, nació el 10-1-1853, día de San Nicanor, y el 3 de mayo siguiente fué bautizado en la Iglesia de San Ignacio, bajo el padrinazgo de sus tios Emiliano Aguirre y Mercedes Aguirre de Anchorena. Andando el tiempo, Hortensio demostró poseer una personalidad original, un carácter raro, voluntarioso y activo. Su vocación primera inclinose a la milicia. En Inglaterra estuvo a punto de ser dado de alta en el instituto de ingeniería militar de Chatham, frente a cuya escuela se levanta hoy en día, como símbolo del antiguo imperio victoriano y victorioso, el monumento al General Gordon montado sobre un camello, quien había muerto heroicamente en Khartum. En 1873 con su tío Manuel Rafael García Aguirre, representante diplomático argentino en Londres, el muchacho visitó los astilleros de Laird, y diversas fábricas inglesas donde, por encargo del gobierno de Sarmiento, se estaban construyendo armas y cañones para nuestro ejército, y los primeros buques de hierro que conformaron nuestra escuadra: los monitores “Plata” y “Andes”, las bombarderas “Bermejo”, “Pilcomayo”, “Constitución” y “República”, y

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las cañoneras “Paraná” y “Uruguay”, más una flotilla de pequeñas torpederas. Al año siguiente, volvió Hortensio a estos lares rioplatenses, y se encontraba en Montevideo, con su hermano Manuel — mi abuelo —, cuando estalló en su patria la revolución mitrista que se proponía impedir que el Presidente Avellaneda asumiera el poder. En tales circunstancias, mi abuelo le escribió, el 19-XI-1874, a su padre, quien en Buenos Aires seguía con angustia la marcha de los acontecimientos: “He leído la carta que le escribiste a Hortensio respecto del proyecto que tenía de ir a el ejército revolucionario para empezar la carrera militar. Lo mismo que le dices se lo había dicho yo, y otras muchas razones más, pero a mí no me oía, antes al contrario parece que más se aferraba a su idea. Felizmente tu carta lo ha hecho cambiar de pensamiento”. Mas adelante, Hortensio volcó su entusiasmo en la práctica del deporte náutico. Allá por 1877 mandó construir en Italia y traer al país un “cutter” (velero apropiado para largas travesías) al que bautizó “Nemo” (“nadie”, en latín), no por negativismo filosófico, sino en recuerdo del capitán submarinista de las Veinte mil leguas que noveló Julio Verne. Timoneando su “Nemo”, el capitán argentino puso a prueba ese “cutter” en un viaje desde Buenos Aires hasta la estancia “El Rincón de López” de su pariente Benjamín — “Capin” — Sáenz Valiente, sita en la desembocadura del río Salado frente al mar. Emprendió después extensos cruceros por los rios Paraná y Uruguay, y una travesía oceánica famosa a lo largo de las costas patagónicas acompañado por sus amigos Alejandro Castro Sáenz Valiente y Luis García — que aún se recuerda como verdadera proeza. El 2-VII-1883, el intrépido nauta, con varios aficionado que no llegaban a una docena — sus primos Manuel García Mansilla y Alejandro Castro y los señores Lanús, M. Gainza, R. Kinch, M. Salas, Wilding, Penard y Hohlsted — fundó el Yacht Club Nacional, disponiendo que otro barco, el “Ariel” de 5 toneladas — del que Aguirre era codueño — se prestara a los socios.

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Así cobró existencia dicha entidad — que tres años más tarde cambiaría su nombre por el de Yacht Club Argentino —, y a la que el gobierno concedió el uso de nuestro pabellón de guerra. El 7-1X-1884, inesperadamente, Hortensio Aguirre se quitó la vida pegándose un tiro. Era soltero y no dejaba hijos. Su padre, único heredero de sus bienes, hizo donación del “Nemo”, que fondeaba en la Boca del Riachuelo, para sede flotante del incipiente Yacht Club; cuya institución alcanzó pronto intenso desarrollo, mudándose, a principios de este siglo, al actual edificio de la dársena Norte. Hasta hace poco tiempo, el más veterano de los veleros del Club llamábase “Hortensio”, como justo homenaje a su primer presidente, benefactor y hazañoso pionero deportivo de los cruceros fuera de cabos. 5) Mercedes Victoria Aguirre Anchorena, nacida el 9-VIII1854 y baut. el 23 de setiembre siguiente. La sostuvieron en la pila su tío Pedro de Anchorena y su abuela materna Andrea Ibáñez. Falleció la niña en 1863. 6) Juan José Aguirre Anchorena, vino al mundo en 1857 y murió también en 1863. 7) Victoria Aguirre Anchorena nació el 13-I-1860 y la cristianaron en la parroquia de San Nicolás, bajo el padrinazgo de su tío Manuel Rafael García y de su abuelastra Mercedes Ibáñez Marín, viuda de Manuel Hermenegildo de Aguirre. Sesenta y seis años después, estando en Londres, a mi “Tia Tó” le sobrevino un ataque y quedó paralítica, sin habla, aunque sin perder del todo el conocimiento, según se advertía en el brillo de su mirada. En tal estado irremediable trajeron a la enferma para que muriera en su tierra natal, y aquí, el 16-III-1927, exhaló el último suspiro. Encarnó Victoria Aguirre un tipo de mujer que, en su época, fué modelo para la sociedad dirigente argentina (extinguida hogaño sin reemplazo): por su innato señorio y el amor al país donde tan profundamente arraigaba su estirpe; por su cultura, adquirida desde la cuna y acrecentada con

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los viajes y la mundana experiencia de la vida; por la inteligente y hospitalaria sencillez con que presidió aquella muestra de refinamiento que era su casa, equiparada a un verdadero museo; y, sobre todo, por su corazón, cuyos impulsos se tradujeron siempre en acciones altruistas, gracias a la generosidad sin tasa con que supo disponer de su fortuna. Esa caridad suya no se materializó únicamente en los múltiples donativos a la Sociedad de Beneficencia, a cuya entidad pertenecía. Sus dádivas y apoyos económicos también llegaron en forma particular, y muchas veces anónima, a la madre necesitada y al niño pobre; a la escuela humilde y a los asilos y hospitales carenciados; a los artistas y universitarios de exiguos recursos (entre ellos el pintor Quinquela Martín y el ex Ministro Atilio Bramuglia); y a tantas instituciones o centros religiosos, culturales, científicos y deportivos. Así levantó un pabellón de maternidad; dotó a colonias de vacaciones; enriqueció museos, laboratorios y bibliotecas; costeó expediciones de estudio y exploración, y dió estímulo y medios de subsistencia a obras públicas de bien común: la parroquia criolla de Coronel Videl; la iglesuca navarra de Donamaría; el Museo Histórico de Luján; el Etnográfico de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires; el Museo Arqueológico de Lima; el camino misionero hasta las cataratas del Iguazú, desde el puerto sobre el rio Paraná (que por eso, alguna vez, se llamó Puerto Aguirre); el Club Atlético de San Isidro y muchas otras realizaciones testimoniaron,

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años atrás, la cooperación generosa de esa gran dama argentina que fué Victoria Aguirre. 8) Nicolasa Rosa Aguirre Anchorena — dicha siempre Rosa — fué bautizada el 28I-1862 en la Iglesia de San Nicolás de Bari, siendo padrinos de la criatura su tío Manuel S. Aguirre Ibáñez, y su tía política Ramona Herrera de Aguirre. El 7-III1887 Manuel Alejandro Aguirre le escribió estas líneas melancólicas a su primo Manuel R. García, a la sazón Ministro diplomático en Viena: “Tengo que participarte que mi hija Rosa se casa con Don José G. Balcarce. Según parece será a fines del próximo Junio. Acostumbrado a vivir en compañía de mis dos hijas que se han conservado solteras hasta aquí, puedes imaginarte el vacío que va a dejarme ese casamiento. Me queda Victoria, pero si esta la siguiera a su hermana, mi misión, amigo, está concluída”. Rosa, en efecto, celebró su matrimonio el 15-VII-1887 con José Nicolás González Balcarce Uriarte, nacido el 19-X-1854 (hijo de José Patricio González Balcarce Rocamora y de María Salomé de Uriarte y Ugarte; n.p. del General guerrero de la independencia Marcos González Balcarce Martínez Fonte y de su 2a esposa María Bernarda de Rocamora Ibáñez Rospigliosi; n.m.

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de Lorenzo José de Uriarte Ipiña y de María Josefa de Ugarte). José Nicolás Balcarce — “don Pepe” — era primo 2º de Mercedes Anchorena Ibáñez de Aguirre, la madre de Rosa, y resultaba, por tanto, tío 3º de su mujer. Murió “don Pepe” el 13-III-1916 y doña Rosa le acompañó al sepulcro once años más tarde, el 14-III-1927. Ellos procrearon los siguientes hijos: A) José Balcarce Aguirre — “Pepe” — nac. el 5-VIII1888. Casó el 1-XII-1913 con Susana de Estrada y Estrada, n. el 4-VIII-1892 (hija de Carlos de Estrada Acha, Embajador en el Uruguay, España y en la Santa Sede, y de su sobrina 2a Rosario de Estrada Gondra Perichon de Vandeuil Liniers y Alcorta). Fueron padres de: a) José Antonio Balcarce Estrada, n. en 1914. Casó con Mónica Soulás, en la que prolonga descendencia. b) Alejandro Balcarce Estrada, n. el 17-IV-1916. Murió soltero. c) Carlos Balcarce Estrada, n. en 1917. Casó con Mariana Fernández Guerrico Vivot (hija de Rodolfo Fernández Guerrico y de Mariana Vivot Alais). Con sucesión. d) Germán Balcarce Estrada, n. el 15-VII-1919. Casó con Blanca Bustillo Ayerza (hija de Alejandro Bustillo Madero y de Blanca Ayerza Jacobé. Con sucesión. e) Susana Balcarce Estrada n. el 21-X-1922. Casó con Tomás Joaquín Angel de Anchorena Pacheco, n. el 24-I-1927 — su primo 4º por Anchorena — (hijo de Tomás Joaquín de Anchorena Madero Riglos y Arteaga y de Dolores Isabel Pacheco Santamarina Bunge e Irasusta). Con sucesión. f) Juan Balcarce Estrada, n. el 31-X-1924. Casó con Celina Jantus Palacios, en la que hubo descendencia.

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g) Rosa Balcarce Estrada, que casó con Vicente Pereda Ayarragaray, n. el 29-VII-1927 (hijo de Celedonio Vicente Pereda Girado y de María Adela Ayarragaray). Con sucesión. B) Manuel G. Balcarce Aguirre — “Tito” — n. el 4-I-1890. Casó el 12-XI-1913 con Adela Bengolea Arning, n. el 22-VII-1893 (hija de Abel Bengolea Llobet y de Sofía Arning Lawson — ver el apellido Lawson). Fueron padres de: a) Adela Balcarce Bengolea, n. el 13-X-1914. Casó el 14-V-1935 con Federico Peralta Ramos Grondona, n. el 30-IV-1914 (hijo de Alberto Ruperto Peralta Ramos Urdinarrain, acreditado Médico, y de Rosario Grondona Gowland. Con sucesión. b) Marcos Balcarce Bengolea, n. el 18-XII-1915. Casó con Agustina María Isabel de Alzaga Rodríguez Larreta, n. el 12-XI-1921 (hija de Rodolfo de Alzaga Unzué y de Agustina María Rodríguez Larreta Marcó del Pont). Con sucesión. c) Magdalena Balcarce Bengolea, n. el 6-VI-1917. Casó con Alberto Dodero Christophersen (hijo de Alberto Dodero y de Cármen Christophersen Alvear). Con descendencia. d) Manuel Balcarce Bengolea, n. el 5-IV-1919. Falleció soltero. e) Luis Balcarce Bengolea, n. el 6-VI-1922. Coronel de caballería. Casó con Maria Carlota de Urquiza Anchorena, n. el 22-III-1932 (hija de Félix Caseros de Urquiza Anchorena Illa y Aguirre Ibáñez y de María Carlota Eusebia Gowland Peralta Alvear). Prolongan posteridad. C) Enrique Balcarce Aguirre, n. el 6-IV-1894. Casó el 27V-1920 con Celia Sommer Udaquiola, n. el 1-III-1898 (hija de Valdemar Sommer y de Juliana Udaquiola Rios). Su único hijo es:

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a) José Julián Balcarce Sommer, marido separado de Magdalena Vivot Cabral (hija de Alfredo Vivot Alais y de Leonor Cabral Tezanos Pinto). Con sucesión. D) Rosa Florencia Balcarce Aguirre, n. el 2-III-1896. Casó con Luis García Lawson (hijo de Luis García del Molino Guevara, Senador y Gobernador de Buenos Aires, y de María Eugenia Lawson Balbín Demaría y del Caño — ver el apellido Lawson). Padres de: a) Luz García Balcarce, casada 1º con el Capitán de caballería Matias Casares Lynch (hijo del Coronel Samuel Alfredo Casares Lumb y de Hercilia Lynch Mosquera — ver el apellido Lynch). De viuda, Luz pasó a 2as nups. con Miguel Dufaur. Hubo sucesión en ambos matrimonios. b) Fernando García Balcarce, marido de Sara Leloir Anchorena (hija de Alejandro Leloir Martínez de Hoz y de Sara Josefina de Anchorena Madero). Prolongan descendencia. E) Jorge Balcarce Aguirre, n. el 10-III-1899. Casó, se divorcio y hubo dos hijas. XII — MANUEL JUAN JOSE AGUIRRE ANCHORENA nació en Buenos Aires el 4-V-1850, y fué cristianado en el baptisterio de la Iglesia Catedral metropolitana, varios dias después, por el Canónigo Dr. Palacios, mientras sostenían al niño sobre la pila los padrinos: sus tios abuelos Nicolás de Anchorena y la esposa de éste, Estanislada Arana de Anchorena.

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En su adolescencia, “Manuelito Aguirre” cursó, como medio pupilo, estudios de conocimiento general en el Colegio de San José, fundado en 1858 por la congregación de sacerdotes bayoneses — vascos de Francia — que llegaron a la ciudad porteña dos años atrás, requeridos por el Gobernador Pastor Obligado. Al establecimiento lo dirigía el Padre Diego Barbé, y su edificio primitivo siempre estuvo junto a la entonces modesta capilla — ahora Iglesia parroquial — de Nuestra Señora de Balvanera, en la antigua calle de la Piedad — hoy Bartolomé Mitre. Según oí contar como tradición de familia, al chico, por temporadas, lo llevaba a vivir consigo la abuela materna Andrea Ibáñez de Anchorena, a su casa-quinta, próxima a la barranca de El Retiro, “en la calle Esmeralda, formando esquina al camino público que va a Palermo” — actualmente calle Juncal, en cuyo terreno ahora se levantan varios bloques de lujosos departamentos para renta que pertenecieron al Sr. Estrugamou. En aquel quintón suburbano, doña Andrea parece que malcriaba a su nieto haciéndole el gusto en todo — mimos incompatibles con la severa disciplina impuesta en la casa paterna de Aguirre. Murió la señora en 1863; y en 1866 su hija Mercedes también dejó de existir; quedando Manuelito doblemente huérfano, sin madre ni abuela: vale decir, sin cariño maternal a los 16 años. En 1867 escribíale don Manuel padre a su primo Manuel R. García: “Sobre los estudios de Manuel no puedo decirte que estoy muy satisfecho. Asiste a la universidad diariamente (curso secundario) a su clase de filosofía y de historia natural, mas poco provecho saca de allí, así es que persuadido de eso, hoy mismo he ido a ver un maestro que le dé estas mismas lecciones aquí, en casa, donde también recibe lecciones de francés y florete: piensa también tomar maestro de dibujo, del que tiene algunos principios (como se ve, sus gustos artísticos eran innatos); y en cuanto a su aplicación, aunque se la deseo muchísimo mayor, es buena”. Y frisaba el

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muchacho en los 18 años, cuando su padre se trasladó con él y sus hermanos menores a Europa. Su estadía en el viejo continente e islas británicas — interrumpida por un viaje a la Argentina que hicieron los Aguirre en 1870, permaneciendo aquí 15 meses, para volver a embarcarse en 1871 hacia allá — puede calcularse en 4 años, desde 1868 hasta principios de 1873. Fascinación europea París imperial deslumbraba entonces al mundo, y es fácil imaginar la impresión que en la “Ciudad Luz”, impulsora de las manifestaciones más refinadas de la cultura y del subyugante goce de la vida, experimentaría la sensibilidad de un mozo argentino apenas salido de la adolescencia y lanzado de sopetón al alegre bullicio de los bulevares, recientemente abiertos por Hausmann. Entre el ir y venir de la gente por calles, parques, hoteles, tiendas y cafés famosos — “Foyot”, “Helder”, “Maison d'Or”, “de la Paix” —, llamarían la atención del viajero las mujeres elegantes que, con gracia inigualable, meneaban sus crinolinas y polisones, cortejadas por dandys mundanos; cuyo dechado el Duque de Morny, acababa de entrar en el reposo eterno. A lo largo de los Campos Eliseos, el muchacho vio pasar en su “daumont” a la Emperatriz Eugenia, saludando con ligeras inclinaciones de cabeza al público que la aplaudía; como en otra ocasión la divisó de lejos, rutilante de belleza y pedrería, en su palco “avant scéne” del lírico “Theatre Français”. (Al palacio de “L'Opera”, aún lo estaba construyendo Garnier, y recién en 1875, esa espléndida proyección de la época imperial, sería inaugurada por la 3a República). Era nuestro ministro diplomático en Paris Mariano Balcarce, amigo de “Tata” Aguirre, y vinculado a éste por parentesco, ya que su mujer, Mercedes San Martín y Escalada de la Quintana y Riglos — hija del Héroe de los Andes — result-

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aba prima 3a de mi bisabuelo. Hombre circunspecto, don Mariano — de austeridad sanmartiniana, diré —, si bien por obligación de etiqueta asistía a las fastuosas recepciones oficiales en las Tullerías, no participaba de la vida corriente cortesana, presidida por la Emperatriz en Compiegne, Fontainebleau o Rambouillet, rodeada de literatos, de artistas y de caballeros entretenidos y galantes para con Eugenia y sus preciosas damas de honor vestidas de muselina, cual las pintara Winterhalter con amable fidelidad. Obvio resulta apuntar las frecuentes visitas del joven Aguirre a uno de los palacios más importantes de Paris, el Louvre, que, como museo, con la exhibición de cuantiosas muestras culturales, encerraba y encierra todavía artísticas colecciones pictóricas famosas, del y para el mundo entero. Y serían también inolvidables los recorridos que el viajero hizo por lugares impregnados de historia y de bellos paisajes, alrededor de la “Ville Lumiere” y en distintas ciudades y regiones de Francia. Gustaba recordarlas él muchos años más tarde, al filo de la vejez, conversando con mi madre y mi padre. Pero lo que seguramente mi abuelo no le franqueó a su hija, fueron sus “souvenirs de la vie de plaisir” durante el Segundo Imperio, las posibles experiencias cuando, muchacho “buen mozo”, incursionó por el “Café Concert” y el “Folies Bergére”, donde las alegres hijas de Terpsícore bailaban el can can, levantando las piernas entre un revoleo de enaguas blancas y medias negras de seda. Tampoco juzgaría prudente, mi abuelo, referir nada acerca de las tolerantes “maison de randez-vous”, ni de otras aventuras de pecaminosa frivolidad; flores de un día — o de varias noches — impregnadas por el perfume volátil de alguna modesta “cocotte”, antípoda tanto de la dispendiosa Cora Pearl, como de la cantante Hortensia Schneider, estrella, a la sazón, en la opereta “La Duquesa de Gorelstein”, de Offenbach.

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“Restaquoere” Por esos tiempos se daba en el Palais-Royal la opereta “Le Brasilien”, y aparecía ahí el actor Brasseur caracterizando a un personaje inverosímil, recién llegado a Paris desde alguna tierra caliente. El grotesco forastero, asaz negroide, traía aros en las orejas, y todos los colores del arco iris en su chaleco. De pronto, abre el mulato la boca, y para identificarse como “attaché” diplomático, chapurrea en francés: “astequer”, “bon astequer”, que el cómico Brasseur trabucó fuera del libreto en “rastaquoere”. El tartajoso vocablo vino a cobrar rápidamente popularidad a lo largo de Paris. La embajada del Brasil hizo formales reclamaciones ante el “Quai d'Orsay”, intervino la censura teatral, y la dirección del Palais-Royal realizó públicamente un acto de contrición. Era demasiado tarde: “rastaquoere”, “rastacuero” o simplemente “rastá”, quedó impuesto en el argot francés para motejar, no ya a los brasileros, sino, en general, a los guarangos y ostentosos sudamericanos, pululantes entonces, y hasta hace poco, en la dulce Lutecia que, mientras se reía de ellos, les vaciaba diligente las faltriqueras. Vivía, a todo esto en París, el opulento manirroto argentino Fabián Gómez Anchorena — primo de mi abuelo —, el cual habiase hecho amigo del Duque de Sexto y del Marqués de Casa Irujo, quienes le introdujeron al circulo de monárquicos españoles desterrados que, en torno de la exiliada Reina Isabel II, maquinaba la exaltación al trono de España del Principe Alfonso, hijo de la regia señora; a favor de quien ella abdicara sus derechos soberanos. El futuro Alfonso XII andaba, entretanto, corto de fondos y, Fabián Gómez, puso en varias oportunidades cheques en blanco firmados por él a disposición de su Real Alteza. Solía recordar mi abuelo Aguirre que, en cierta ocasión, su primo Fabián lo invitó a un feérico banquete que en su espléndido yacht — anclado en el Sena — ofrecía a sus relaciones parisinas, entre las cuales se contaban muchos nobles emigrados españoles del partido “alfonsino”. A los

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postres de la comilona, el anfitrión tomó una guitarra, adornada con cintas rojas y gualdas, y tras de algunos rasgueos exclamó: “Voy a cantar unas endechas que dedico al Rey mi señor”, y, al punto, así lo hizo lo más campante. Estos devaneos cortesanos y los derroches de lujo y despilfarro de que hacia gala su pariente, chocaban al joven Aguirre, quien, en todo tiempo, tuvo a su compatriota por un botarate incorregible; aunque Fabián llegara a constituir, para la “petite histoire”, el más excéntrico, el más fabuloso de los “rastacueros” argentinos. Como se sabe, en enero de 1875, Alfonso XII ciñió la corona en su patria. Agradecido el Monarca de aquellos cheques desinteresados de Gómez Anchorena, pagó la deuda a su pródigo partidario otorgándole el título de Conde del Castaño. Después, maridóse nuestro Conde con María Luisa Fernández de Henestrosa y Pérez de Barradas, hija de los Marqueses de Peñaflor y de Cortes de Graena; y de ahí en adelante, comienza a declinar la buena estrella del novelesco personaje, que termina muriendo en Santiago del Estero en la indigencia, cual lo relato en mi trabajo sobre los Anchorena. Orden y “fair play” inglés. Arte en Italia Tras el esplendor de Paris — que obscurecería la guerra, la derrota y la humillación que le infligieron los prusianos y, posteriormente, el desborde incendiario de la “Commune” —, Manuel J. Aguirre descubrió, del otro lado del Canal de la Mancha, entre las grises brumas de la Inglaterra victoriana, un orden admirable, una sobria continencia de costumbres, y la férrea voluntad de un pueblo orgulloso de haber alcanzado el rango de imperio, sobrepasando en poderío a todas las naciones civilizadas del concierto internacional. La familia de Aguirre al arribar a Londres alojóse en el “Charing Cross Hotel”, para luego alquilar una casa en “Finchley Road”, en las afueras de la capital, como a 12 kilómetros de “Hyde Park”.

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Sin convertirlo en anglómano ni en hombre práctico, aquella admiración juvenil de mi abuelo por el modo de ser y de vivir británicos — cortés, escrupuloso, razonable — le quedo en su espíritu para toda la vida. En efecto: cuarenta años después de su primer viaje, le escribió, desde Paris, a su hija Maruja: “Como desearía que Ibarguren viviera un año en Inglaterra para que pudiera conocer y admirar ese pueblo. Es lo que yo llamo un pueblo culto; hay que ver el respeto por el prójimo. Aquí (en Paris) es como en nuestro país, el vigilante discute con el carrero, y el cochero con el vigilante. En Londres no se oye una palabra más alta que otra, ese coloso se mueve como una máquina de precisión y con una cultura admirable”. Y refiriéndose a la chacra de San Isidro don Manuel agregaba: “Si viera como se cuidan aquí las cosas viejas!, y pensar que allí no se pueden conservar las casas de sus padres!; en fin, mientras nosotros podamos lo haremos, hasta que vengan otros y las loteen!”. “Aquí me tienes en Londres que admiro cada día más — le decía en breves lineas mi abuelo a su hermana Victoria, en 1911. “Estuve unos días en Edimburgo y en St. Andrews, y no he hecho sino admirar este país, grande en todo y tan educado”. Y a su yerno Ibarguren, por esas fechas, expresábale el suegro: “A cada rato pienso en V. cuando veo tanta grandeza que V. no sospecha, por falta de conocer el idioma. Es una lástima; si V. pasara un tiempo aquí y viera un poco cómo es este gran pueblo, qué chico le parecería el de Francia! ... Allá (en Buenos Aires) se vé el mundo por el ojo francés”. Es que el corresponsal, si bien rendía culto fervoroso a la clara belleza de Francia, no guardaba ninguna simpatía por los franceses; en cambio las francesas eran — según él — “muy lindas”, al revés de las inglesas, generalmente feas y desprovistas de interés. En aquella época lejana, en torno a 1872, el joven argentino recorrió parte de España — Sevilla, Madrid, Barcelona — Niza y la Costa Azul, y luego Italia: que acababa de sellar su unidad y surgía como reino bajo el cetro consti-

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tucional de Víctor Manuel de Saboya. Roma, Florencia, Nápoles, Venecia, provocaron en el viajero nuevos deslumbramientos. Italia despertaría, pujante y para siempre, en Aguirre, la afición por el arte. Allí, en sus floridos años, el mozo aprendió dibujo, tomó clases de pintura, y pintó al óleo un cuadro de excelente calidad: que representa a una joven madre italiana, vestida con típico atuendo campesino, que carga en los brazos su niño desnudo, en la misma actitud que una Madonna del Renacimiento. Esa tela pertenece hoy día a Enrique Ibarguren, nieto de aquel precoz artista de veinte años. Suiza con sus montañas, sus valles, sus lagos azules y bosques de pinos, fué visitada asimismo — hace más de un siglo, en verano — por mi abuelo Aguirre, quien retuvo perdurablemente en la memoria aquellos poéticos paisajes alpestres. Por fin, otra vez en Inglaterra, nuestro muchacho preparaba su vuelta a la Argentina, cuando el 9-1-1873 fallece Napoleón III, en Chislehurst, en la quinta “Camden House”, refugio de sus nostalgias y tribulaciones, a 17 kilómetros de Londres. Y hacia allá vá Manuel Aguirre, para rendir fúnebre homenaje al cadáver del ex Emperador que se velaba en la Iglesia lugareña. Y al contemplar de cerca aquellos yertos despojos, quizás el muchacho se despediría también, definitivamente, con honda melancolía, de aquella Europa deslumbrante para él, donde habían transcurrido los años más felices de su juventud. Vuelta a los patrios lares. Estado del país y revolución del 74 A fines de marzo o principios de abril de 1873, encontrábase de nuevo en Buenos Aires Manuel J. Aguirre. Había viajado solo — su Tata y hermanos quedaron en Londres — a fin de ingresar en la Facultad de Derecho y recibirse de abogado. Se alojó en casa de los Sáenz Valiente Ituarte, pri-

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mos hermanos de su padre (Hortensio Antonio — “Tuco” — de su misma edad, y Damasia, casada con el brasileño Yarbas Alves Muniz Barreto), en el barrio sur, calle Belgrano 193, entre las de Piedras y Chacabuco. En seguida, el recién llegado, inscribiose en la Universidad. Traía, por lo demás, una carta de don Manuel Alejandro para el doctor Vicente Fidel López, en la cual aquel le pedía admitiera al muchacho en su estudio como practicante; sin embargo parece que ya estaba completo el personal en el bufete de don Vicente. El 23-V-1873 don Manuel viejo, le escribía a su hijo desde Londres: “Supe que habias ido con uno de tus primos a pasar la Semana Santa en Córdoba, donde supongo encontrarias que aquellas gentes no eran tan indiferentes como las de Roma a las fiestas de esos dias. Te supongo ya siguiendo tus estudios en la Universidad, y que trabajaras seriamente como es menester para avanzar cuanto puedas en tu camino. Anteayer — proseguía — he visitado la célebre Universidad de Oxford ... habría deseado hubieses sido tu uno de los del (paseo), para que tuvieras una idea de lo que es aquel pueblo de antiguos Colegios, y como viven y se educan aquellos jóvenes estudiantes, que hay allí en número de 3.500, y donde todo no es Griego ni Latín, en lo que ocupan su precioso tiempo”. Por su parte, el repatriado mozo echaba de menos a Europa, y esas añoranzas persistentes, y el alejamiento de su familia, le deprimían y, en cierto modo, retardaban su aclimatación al ambiente porteño. “Mi querida Victoria — estampó romántico de 23 años en una carta del 8-IX-1873, para su hermana que permanecía en el viejo mundo — “He leido el viaje que has hecho por Inglaterra y Escocia ... Aquí la vida es pura prosa, no hay nada que admirar: cuando yo me acuerdo de mi querida Florencia, de Roma, Nápoles, Vevey y tantos otros parajes tan llenos de curiosidades, y que pienso lo lejos que estoy, me vienen unos spleens que me duran dos o tres días, que me dominan de tal modo que no tengo ánimo para hacer nada, y quisiera disparar lejos y meterme de ermitaño

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para estar solo, lejos del mundo. Así es que les aconsejo que aprovechen todo lo que puedan, que pronto se les acabará y después verán que es muy cierto el refrán aquel que dice: nunca se saben apreciar las cosas hasta que se pierden ... Por aquí ha habido muchos bailes este invierno, yo he asistido a muchos para acostumbrarme a tratar con señoras, y porque no me dijeran raro, pués si por mi fuera no existirían tales pantomimas, sin embargo me alegro haber estado porque he podido ver más de cerca la comedia. Espero que siempre tocarás en el piano Le mal du pays que me trae recuerdos tan agradables when I was at my dear Firenze. Te acuerdas aquella noche de luna que fuimos con Hortensio y Rosa a aquel paseo hasta la plaza de Miguel Angel! Tiempos felices!!! Adios ... Tu hermano que te quiere: Manuel”. Hacia esas fechas, en “la Gran Aldea” no todo eran bailes en moradas familiares o en el Club del Progreso. El sábado 23 de agosto de aquel año 73, el Presidente Sarmiento sale a las 9 de la noche de su casa, en la calle Maipú entre Tucumán y Temple (hoy Viamonte), y al cruzar su coche la esquina de Corrientes, dos mercenarios italianos, Francisco y Pedro Guerri, intentan asesinarlo. Francisco dispara su trabuco, pero como había cargado el arma con exceso, la pólvora la revienta en la mano. Mientras tanto allá en Entre Rios cunde por segunda vez la rebelión “jordanista”, que reprime la autoridad federal. Y apenas corrido un año, a raíz de las elecciones presidenciales y de diputados al Congreso — que ganó Avellaneda con mayoría autonomista —, en Buenos Aires la lucha entre los “crudos” de Alsina y los “cocidos” de Mitre llega al paroxismo: gente de acción — “el populacho convertido en agresivo paladín de la calle”, para decirlo como Lugones — recorre la ciudad, y las grescas a tiros y cuchilladas están al orden del día. A cada triquitraque se producen sangrientas trifulcas; los negocios, oficinas y comercios cierran sus puertas; las mujeres aterradas no salen de sus hogares; el Presidente Sarmiento

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moviliza el Ejército y la Guardia Nacional; la guerra civil está a punto de estallar en todo el país a mediados de 1874. En condiciones tan anormales, nadie puede dedicarse con seriedad al estudio. Varios jóvenes entonces: Manuel Aguirre, su hermano Hortensio, y otros simpatizantes de Mitre, a fin de evitar ser movilizados por el Gobierno, se trasladan a Montevideo el 23 de septiembre. Al día siguiente, el Capitán de Navío Erasmo Obligado se subleva en la cañonera “Paraná”, resuelto a impedir que Avellaneda asumiera el mando de la República, so pretexto de que había sido elegido mediante escandaloso fraude electoral. Sucesivamente, los Generales José Manuel Arredondo, Ignacio Rivas, Antonino Taboada y Bartolomé Mitre, se van plegando a la revolución. Mitre, que estaba en Montevideo, desembarca en el Tuyú con un abundante cargamento de armas, y allí se pone al frente de cerca de 10.000 insurrectos que había reunido Rivas, parte de cuya gente acampó durante algunos días en la estancia “El Chajá”, de Aguirre, precisamente en el sitio donde aún está el viejo galpón de los toros. Toda la hueste mitrista marcha luego como 70 leguas hacia el noroeste, y el 26 de noviembre, en los campos de “La Verde” — actual partido de 25 de Mayo — resulta vencida totalmente por las fuerzas del Gobierno — sólo 900 hombre de tropa — que comanda el Coronel José Inocencio Arias; ante quien Mitre, el 12 de diciembre, se rinde en Junín. Un mes atrás, el Coronel Julio A. Roca había dado cuenta de Arredondo en la batalla de “Santa Rosa”, librada en Mendoza; en tanto que el ejército de Taboada, sin combatir, se dispersaba en Santiago del Estero. Por lo que toca a los propósitos de estudiar jurisprudencia del joven Aguirre, ellos quedaron abandonados a poco de haber vuelto él a Buenos Aires: ni siquiera hubo intento de rendir el examen inicial. Fué evidente que su vocación no era para llegar a ser — metafóricamente — hombre de toga cargando borlas de doctor.

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Sin embargo, a principios de 1875 el muchacho hallábase todavía inscripto en la Facultad, y en ese tiempo ocurrió en Buenos Aires un episodio bochornoso, al que me referiré en forma breve, pués el hecho, tan cobarde como salvaje, impulsó al joven Aguirre, con otros condiscípulos de la Universidad, a repudiarlo públicamente. El incendio de El Salvador Las cosas pasaron así: el Obispo Aneiros produjo una carta pastoral que anunciaba la entrega del templo de San Ignacio a los jesuitas y los claustros de La Merced a los frailes mercedarios. Contra la Compañía de Jesús y dicho diocesano — que acababa de ser elegido diputado por el partido autonomista — se desató una escandalosa campaña periodística, encabezada por los diarios Tribuna, de los hermanos Varela, L'Operario Italiano, que redactaba Basilio Cittadini, notorio “manguiapreti”, y El Correo Español, órgano del ex clérigo apóstata malagueño Enrique Romero Jiménez, más voraz “comecuras”, si cabe, que su itálico colega Cittadini. (Romero Jiménez fué muerto en duelo en 1880, por otro energúmeno liberal, José Paul y Angulo, que había instigado en España el asesinato del General Prim). A tal arremetida folicularia vino a sumarse un grupo juvenil de estudiantes anticlericales: Mariano Beracochea, Adolfo Saldias, Antonio Balleto, Telémaco Susini, fundadores de cierto “CIub Universitario”, cuya entidad resolvió organizar un mitín de oposición a Aneiros y a los jesuitas. El acto tuvo lugar el domingo 28-II-1875 en el teatro “Variedades” (calle Esmeralda entre Corrientes y Cuyo, donde después se levantó el “Odeón”). Ahí despotricaron de lo lindo Saldias, Balleto, Romero Jiménez, Susini y el clerizonte salteño Emilio Castro Boedo, que once años atrás, en su provincia, levantara montoneras para derrocar a los Uriburu, y más adelante colgó la sotana, amancebándose muy suelto de cuerpo, y, de yapa, trató de fundar una iglesia cismática al uso suyo.

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Así pués, las arengas del “Variedades” enardecen a los concurrentes, que al salir del recinto son envueltos en la calle por una caterva — en su mayoría de republicanos y carbonarios extranjeros — que obedecía las consignas de Romero Jiménez y Cittadini. Portando banderas argentinas, españolas e italianas, y en alto un gran retrato de Rivadavia, aquella pueblada se encaminó hacia la plaza de la Victoria, a los rugidos de “¡Abajo el Obispo!”, “¡Mueran los jesuitas!”, “¡Separación de la Iglesia del Estado!”. El inefable Jefe de Policía Enrique B. Moreno, entretanto, lejos de poner coto a la peligrosa batahola, exhortaba a los bochincheros mozos del “Club Universitario” con estas palabras: “Mis amigos, yo estoy en la misma corriente que ustedes, pero orden ... orden!”. Y la corriente, vuelta correntada, alcanza la plaza mayor y penetra incontenida en el Palacio Arzobispal, donde rompe muebles, objetos e insignias religiosas que esparce por la calle. Truena en eso una voz de mando: “¡Al Colegio de San Ignacio!”; y allá va la runfla furiosa que destruye parte de los archivos en la oficina anexa al templo. El Jefe de Policía, que recibe la orden perentoria de disolver la manifestación, responde con frase tribunicia: “Es el pueblo que protesta, y mientras yo sea Jefe de Policía ésta no irá contra el pueblo” (sic). De pronto nuevos gritos azuzan estentóreos: “¡Al Colegio del Salvador!”, “¡Mueran los jesuitas!”: y la turbamulta, en pos de Romero Jiménez y de un tal Espinosa Húngaro, se encamina a la calle Callao, entre Parque (hogaño Lavalle), Tucumán y Rio Bamba, y prende fuego a toda el ala izquierda del colegio ignaciano. Por fortuna los alumnos estaban de vacaciones, y tres, que había en la casa, se salvaron. Algunos sacerdotes hicieron frente a los manifestantes enardecidos que intentaban quemar también a la Iglesia en construcción. Otros fueron brutalmente golpeados: el General Vedia les arrebató a los “comunistas” — al decir de una crónica — un jesuita que iba a ser arrojado a las llamas. La mayoría de los padres lograron escapar por una puerta falsa sobre la calle Rio Bamba. Los vigilantes del

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complaciente señor Moreno — “la última Policía del globo”, según el diario La República — nada hicieron para impedir los disturbios. Una hora más tarde, acudieron las fuerzas de línea y despejaron el contorno; pero las aulas, dormitorios capilla, biblioteca, sala de cirugía y cocinas del Salvador hallábanse calcinadas. Dos muertos — un italiano y otro asaltante — y ocho jesuitas heridos y contusos, y un joven escolar con la cabeza partida, fué el saldo de la perversa destrucción realizada con total impunidad. El Presidente Avellaneda — tachado de “fanático religioso” por masones y mitristas — decreta el estado de sitio en acuerdo de Ministros. El brutal episodio ha conmovido a la opinión pública. Algunos universitarios promotores de la reunión en el “Variedades” — como Saldías —, la prensa en general, y no pocos políticos librepensadores que habían alentado el frenesí anticatólico — como Luis V. Varela — se apresuran a repudiar los desmanes producidos. Y un numeroso grupo de jóvenes patriotas, fieles a los valores tradicionales del país — entre los que figura mi abuelo Aguirre — dan a publicidad la siguiente declaración: “Para evitar las erróneas interpretaciones a que pudiera dar margen el título de la asociación ‘Club Universitario’, los infrascriptos de la Universidad de Buenos Aires declaramos que dicho Club no representa sinó a los miembros que lo componen y de ninguna manera a los firmantes, que protestan enérgicamente contra los hechos criminales y organizados que han tenido lugar el día de ayer, y que sublevan la indignación de todo argentino: Emilio Lamarca, Estanislao S. Zeballos, Hugo A. Bunge, José E. Domínguez, Francisco B. Pico, Alejo de Nevares (hijo), Manuel Aguirre, Enrique S. Quintana, Ernesto Pellegrini, José M. Zapiola, Apolinario C. Casabal, Juan N. Terrero, Antonio Sáenz Valiente, Jacinto Fernández, José Marcó del Pont, Ricardo Marcó del Pont, Julio B. Velar (y seguían las firmas)”. Al finalizar aquel verano de ese año 75, Manuel Aguirre se allega a la estancia materna que heredara en el

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lejano pago del Tuyu. Con la data: “Chajá” Marzo 15/75, el muchacho le dirige a su padre las siguientes lineas: “Querido Tata: El 12 llegué aquí después de haber tenido un viaje espléndido y mui cómodo. Emiliano y Ramona (sus tios) me dicen que te anime para que vengas por aquí. El viaje es cómodo; lo malo que hay en Dolores son los Hoteles, que son bastante malos, sobre todo para señoras. El portador de ésta será probablemente el Mayoral Castillo, con quien puedes entenderte si quieres venir. Creo que vale la pena de venir; yo nunca he visto esto tan lindo. Esta carta está escrita a vapor, porque la galera debe llegar dentro de un momento”. El joven Aguirre se casa El penúltimo día del año siguiente, en el domicilio de la novia — edificio de altos con azotea que aun perdura en la esquina noroeste de las calles Defensa y Alsina, haciendo cruz con la Iglesia de San Francisco — mi abuelo se casó en Enriqueta Lynch. La fé de ese casamiento hallábase asentada en el Libro de Matrimonios nº 7 del año 1876, al folio 121, de la Iglesia de San Ignacio, cuyo documento, con todos los del archivo parroquial, fué quemado en el sacrílego incendio de 1955 — semejante a aquel otro de ochenta años atrás, del que acabo de ocuparme. Dicha partida matrimonial expresaba al pie de la letra: “En el día treinta de Diciembre del año del Señor de mil ochocientos setenta y seis, habiéndose dispensado por el Sr. Provisor Dn. Agustín Boneo las tres conciliares proclamas sobre matrimonio que libremente intentaban contraer Dn. Manuel José Aguirre, de veinte y seis años, natural del País, blanco, Estudiante, de estado soltero, domiciliado en la calle Chacabuco, hijo legítimo de Dn. Manuel Alejandro Aguirre, natural del País, y de Mercedes Anchorena, natural del país, finada; con Da. Enriqueta Lynch, blanca, natural del País, de estado soltera, de edad de diez y nueve años, hija legítima de

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Dn. Julián Lynch, natural del País y Da. Trinidad Lawson, finada, natural del País; y no habiendo resultado impedimento alguno canónigo para la válida y lícita celebración de dicho matrimonio, y estando hábiles en la doctrina cristiana y dispuestos por los santos sacramentos de la Penitencia y Eucaristía, enterado de su libre y espontáneo consentimiento, con mi licencia, el Sr. Canónigo y Cura Rector de San Nicolás de Bari, Dr. Dn. Eduardo O'Gorman, los desposé por palabras de presente, in facie Eclesia, según la forma del ritual; siendo testigos Dn. Manuel Alejandro Aguirre, de cincuenta y cinco años de edad, natural del País, domiciliado en San Isidro, y Da. Maria Eugenia Lawson, de cuarenticinco años de edad, natural del País, domiciliada en la calle de la Defensa nº 45. Y en señal de verdad lo firmaron: El Cura de la Parroquia José Cornelio Santillán - Testigo Manuel A. Aguirre - Testigo María Eugenia Lawson”. Bondad, abnegación y delicadeza, fueron las características espirituales de mi abuela materna Enriqueta Lynch de Aguirre; noble señora de cristianas virtudes y relevante distinción personal, que a lo largo de su vida le dió catorce hijos a su marido, para formar con ellos una familia de sólido prestigio en la vieja sociedad porteña. Hija de Julián Pedro Lynch Zavaleta y Riglos y de Trinidad Lawson y Demaría Escalada, mi abuela nació el 23-II-1857, “a las 3 y veinte minutos de la tarde” — según apuntó su padre en una libreta —, “habiendo tenido mi esposa un parto trabajoso. Mi agradecimiento al Dr. Francisco Almeida que la operó, acompañado del Dr. Ventura Bosch, con grande acierto, será duradero mientras viva. El sábado 4 de abril fué bautizada mi primera hija Enriqueta Rosario, siendo sus padrinos sus abuelos Don Patricio Lynch y Doña Isabel Zavaleta de Lynch. Se bautizó en la parroquia de La Merced. Lleva el nombre de Enriqueta en memoria de mi querido y malogrado hermano Enrique”. (Ver los apellidos Lynch y Zavaleta”.

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Después de haber vivido 79 años, mi abuela dejó de existir, el 30-VII-1936, en su casa de la calle Parera 134 de esta Capital. Mas debo volver al tiempo feliz en que Manuel Aguirre quedó uncido al blando yugo matrimonial; cuando se propuso dirigir personalmente su estancia “El Chajá”, en el viejo partido del Tuyú, que heredara de su madre Mercedes de Anchorena. “El Chajá” allá lejos en la pampa Dos días de viaje, lo menos, requería el trayecto entonces para llegar a destino. En 1865 habíase inaugurado la línea del Ferrocarril del Sud, de Plaza Constitución a Chascomús. Ese mismo año los territorios que desde los tiempos de Rosas habían conformado un solo partido, indistintamente con los nombres de Tuyú y Monsalvo (ahora Maipú), se dividieron en dos. De buenas a primeras al partido del Tuyú no se le designaron autoridades. Ello motivó que los estancieros y vecinos del pago — Nicolás y José Herrera, Emiliano Aguirre, Alejandro y Federico Leloir, José y Alejandro Peña, Samuel Sáenz Valiente, José M. Areco, Carlos Guerrero y Luis Potet — solicitaran al gobierno la designación de un Juez de Paz; cuyo nombramiento recayó, el 5-VIII-1872, en Emiliano Aguirre, que administraba “El Chajá”. Sin embargo el partido continuaría por más de tres décadas, hasta 1907, sin traza urbana (su Juzgado de Paz seguiría ambulando de estancia en estancia según donde residiera el titular del cargo: en “El Tala”, “Mari Huincul”, “El Chajá”, “La Unión de Peña”, “Macedo”, “Loncoy”, “La Felicidad”, “La Merced”). Por lo demás, en 1873 las vías férreas entre Chascomús y Dolores quedaron tendidas, y por ellas avanzó la locomotora — “dragón de Hierro”, al decir del periodista Ebelot. Entretanto, los pueblos no alcanzados por los rieles se vinculaban regularmente a través de mensajerías: por caso, “La Invariable Vascongada” — de Vázquez y Aramburu —

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que cubría el tramo Dolores, Ajó, Tordillo y Tuyú; o la “Mensajería Pepín” — de José Devincenti —, cuyas galeras traqueteaban el largo recorrido de Dolores hasta Macedo, pasando por “El Vecino” (Guido), “Kakel”, “Santa Elena”, “Mari Huincul”, “El Chajá” y “Loncoy”. A un costado de la estancia y laguna de “El Chajá”, se encontraba la esquina o pulpería a cargo en 1879 de José Soaje (negocio que antaño, a partir de 1863, regenteó, en carácter de habilitado, el vasco José Beristayn, abuelo del pintor Jorge Beristayn, quien vino a resultar marido de María Luisa Anchorena, bisnieta de Juan José Cristóbal y de Manuel Hermenegildo Aguirre). En dicho almacen campero, a las veces posta, deteníanse las galeras para mudar caballos y proseguir su itinerario invariable: “Loncoy”, próxima parada de ida hacia “Macedo”; “Maipú” si se pegaba la vuelta rumbo a “Dolores”. Pero mi abuelo (por lo menos desde cierta fecha que no puedo precisar) no viajó a su heredad campesina de ese modo: utilizó las galeras sólo como correo de sus cartas y paquetes. A la estación de Dolores — punta de rieles distantes 15 leguas, cortando campo, de “El Chajá” (o luego a Maipú, fundada en 1875, adonde recién llegó el ferrocarril en 1880) acudía a traer y llevar a don Manuel una amplia volanta propia de color marrón, cuyo pescante encabezaba a la amplia plataforma de madera, provista de dos largas banquetas longitudinales paralelas, flanqueadas por seis ventanas y con su puerta detrás. Tiraban del carruaje, a estímulos del cochero, cuatro caballos trotadores, en pos del peón arreador de la tropilla, destinado a mudar las yuntas cansadas por otras frescas, o a reforzarlas con laderos para salvar la cañada del “Vecino” (hoy Guido), los bajos pantanosos que contornan la laguna de “Kakel” y, más lejos, el arroyo del Tigre, también en los dominios de Ramos Mexía. La historia de “El Chajá”, desde sus orígenes, va reseñada en el capítulo que dedico al linaje de Anchorena. No obstante ello, he de reiterar aquí que desde 1858 hasta 1877

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mi bisabuelo Manuel Alejandro Aguirre mantuvo, para explotar el referido campo, una sociedad con su hermano Emiliano, el cual prácticamente puso en marcha a aquella estancia desprendida de “El Tala”. Más tarde, a partir de 1877, se constituyó una nueva sociedad entre don Manuel Alejandro, don Emiliano y los hijos del primero: Manuel José y Hortensio, estos dos como dueños del campo que habían heredado de su madre. Tal asociación duró cuatro años, y se disolvió al dividir el condominio ambos muchachos. En efecto: el 11-VII-1881, ante el Escribano José Victoriano Cabral, comparecieron dichos hermanos y dijeron: “Que por muerte de su madre doña Mercedes Anchorena de Aguirre, en la sucesión de esta ... se les adjudicó por mitades el campo ‘El Chajá’ ... con algunas poblaciones y otras existencias enclavadas en la tierra, cuya área de campo se compone de un trapecio constante de once leguas cuadradas y más dos décimas de legua cuadrada ... de un sobrante que apareció ... y fué comprado al Superior Gobierno. Que han resuelto — Manuel y Hortensio — dividir dicha área de campo, con poblaciones, cercos, corrales y sus respectivos enseres, y han formado dos lotes iguales, bajo los números 1 y 2, compuesto cada uno de cinco leguas y media cuadradas, más el décimo de otra legua semejante. Pero como la fracción 1a estaba en mejores condiciones para proseguir con el negocio rural, mientras que la 2a convenía arrendarla, sus dueños acordaron, ante su padre, justipreciar, en sobres cerrados, el valor de aquel lote nº 1; resultando la oferta de Manuel José mayor en 200.000 pesos que la de Hortensio. En razón de ello se le adjudicó, a mi abuelo, ese lote nº 1, o sea “El Chajá” propiamente dicho, en tanto “El Lucero” (lote 2) quedaba para Hortensio, su hermano. Poco después (21-X-1881), Manuel Alejandro Aguirre y su hijo Manuel José — ante el mismo notario Cabral —, formalizaron otra sociedad pastoril para explotar las 5 leguas y pico de “El Chajá”; bajo el rubro de “Manuel A.

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Aguirre e hijo”. El padre introdujo un capital propio de 2.411.087 pesos papel moneda corriente en haciendas, y el hijo aportó la estancia suya, con todas sus poblaciones, quedando a cargo del padre la dirección del negocio en la ciudad, mientras Manuel J. manejaba, con libre iniciativa, el establecimiento en el campo. Los provechos de la empresa se distribuirían así: el 41% al capitalista Manuel A. y el 50% a su hijo el estanciero ejecutivo, quien, además, percibiría el 9% por su trabajo personal. Los gastos y mejoras corrían por cuenta de éste último, ya que quedaban a favor de la estancia. Al cabo de tres años, a entera satisfacción de las partes, se dieron por liquidadas las cuentas y concluída la sociedad de referencia. De tal suerte, Manuel José Aguirre, en virtud del pago integro que hizo del capital social, quedó como propietario absoluto de todas las haciendas que pastoreaban en “El Chajá”, y de las viejas marcas que usaba el establecimiento: el ocho, los cuatro sietes, la flor, y el tirabuzón. Por esas fechas, un conjunto de poblaciones — “las casas” — daban fisonomía peculiar a la estancia chajeña, al amparo del monte circundante: talas, ombúes, sauces, robles — ahora gigantescos después de más de un siglo —, larga calle de membrillos, álamos, acacias, eucaliptus, pinos, entre la innumerable arboleda que, año tras año, se fué plantando desde los tiempos del tío Emiliano. En un espacio abierto de ese casco, alzábase sólida, de material blanqueado a la cal, la vivienda del patrón (24 varas de largo, 14 de ancho y 3 1/4 de altura), compuesta de siete habitaciones y comedor (gran mesa de caoba y cuatro grabados ingleses de carreras, ya en 1866). Todos los aposentos — menos uno de tablas — con pisos de baldosas y cielos rasos, marcos y contramarcos de madera. Las puertas exteriores se aseguraban con trancas, y con ferreas rejas las ventanas, que por su tamaño parecían puertas. Siete columnas de fierro — otrora sin revestimiento — daban sostén, en la galería delantera, a un techo de ripia que cierta noche, en 1895, se

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prendió fuego, y hubo de ser reemplazado por otro incombustible, de chapas de cinc pintadas de rojo. Al costado del albergue principal, estaba el rancho destinado a cocina y barraca. Sus pisos eran de adobe, los muros de ladrillos y tres mojinetes sostenían su cubierta pajiza. Más allá, como a media cuadra de distancia, levantábase el fogón de los peones, construido de ladrillos, con techumbre de paja y corredor a un costado. Incluía esa edificio el cuarto para el capataz y la cochera con portón de madera; y, a guisa de suplemento, una amplia ramada. También en las cercanías, frente a un pozo de balde, otro rancho con muros y pisos de adobe y techo de esparto a dos aguas, servía de albergue a la peonada. (Entre ella el negro Ciriaco, antiguo mazorquero, cuya fábula legendaria de degollador sólo servía de cuco para amenazar a los niños, cuando se portaban mal). Algo más lejos emplazábase el primitivo galpón, cerrado en sus cabeceras y costados por paredes de ladrillos franceses, con postes de ñandubay, puntales de palmas y tirantes mundays, en los que se apoyaba el techado pajizo. Y no he de olvidar al corral de lanares con lienzos de pino; como tampoco el de encerrar hacienda vacuna, con su transcorral, para el que se utilizó palizada de ñandubay. Lo mismo en el gran palenque de 40 postes de dicha madera incorruptible, cavados en derredor de unos ombúses. Falta agregar que la morada del patrón y la quinta anexa hallábanse protegidas entonces por una zanja y cerco vivo de cinacina, cuyo perímetro se circunscribió con cuatro hilos metálicos. Habían asimismo dentro del casco, dos potreritos y un alfalfar, recuadrados con alambres sostenidos por postes de ñandubay y de madera de coronilla. Cierto inventario de “la estancia principal” en aquella primera época, entre un cúmulo de utensilios, herramientas, aperos y otros elementos imprescindibles en toda explotación rural, consigna, tomados al azar: una carreta de bueyes y un carro de caballos; un lote de

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mangas para jagüeles; cuarenta bebederos de madera y cuatro de fierro. En 1876, Manuel Aguirre se había presentado al gobierno solicitando permiso para alambrar la totalidad de su estancia. Pastaban ahí, en números redondos: 20.000 vacunos bajo marca; 3.500 yeguarizos, distribuidos en 21 manadas, amén de los caballos de servicio, potros sueltos y redomones; y 30.000 lanares, que conformaban distintas majadas de ovejas finas, mestizas y ordinarias: “pampas” o “churras”, descendientes de las que trajeron los conquistadores españoles. Entre aquel crecido número bovino, señalo un rodeo de 494 vacas “tarquinas”, o mejor dicho “tapialeras”, vale decir “shorthorn” puras por cruza (12); y a 81 “señueleros”: novillos mansos acostumbrados a seguir al “madrino”, que llevaba un cencerro y atraía a los animales ariscos a fin de encerrarlos en corrales o potreros. Quince puestos — dos denominados “San Mateo” y “Cerrillos” — se diseminaban por el campo, con sus rancherios de quincho y corrales de duraznillos, a cargo de puesteros ovejeros (casi todos vasco-franceses: Giraud, Arbelech, Cabana, Etcheto, Perochena, Estevon, Vincent, Granier, Cortelem, Echague, Marmous, y sólo cuatro criollos: Moyano, Mendoza, Reyes y Gallego); cada uno de ellos responsable de las distintas majadas. Antaño los campos eran abiertos, señalados únicamente por mojones, y cuando se secaban las lagunas, la hacienda desparramábase a la redonda leguas y leguas. Un recuento 12 “Tarquín” — a la criolla “Tarquino” — fué un toro puro importado de Inglaterra en 1835 por Juan Miller para la estancia “La Caledonia”, en Cañuelas. Era colorado con escasas manchas blancas. Hacia 1860 algunos descendientes de “Tarquin” fueron adquiridos por Isaías de Elía y llevados a su establecimiento “Tapiales”, en el partido de la Matanza. De este plantel provenian las “tarquinas tapialeras” que Emiliano Aguirre compró para “El Chajá”. Durante años se mantuvo aparte dicho rodeo, que yo alcancé a ver, siendo niño, en la estancia de mi abuelo.

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practicado en “El Chajá” hacia 1866, calcula en 2.000 vacunos el ganado disperso. Por eso, de tiempo en tiempo, pedíanse apartes en las estancias cercanas: “El Tala” de Anchorena, “Loncoy” de Herrera, “Macedo” de Sáenz Valiente y de Leloir después, “La Loma de Góngora”, “La Laguna de Juancho”, “La Esperanza” de Zubiaurre, “San Simón” de Alzaga, “Mari Huincul” de Ramos Mexía, “La Felicidad” de Bellido y luego de Pita y Serantes. (13) Se esquilaba una vez al año, al despuntar la primavera. Los vellones, descoles, barrigas, cueros, sebos y demás “frutos”, remitíanse en cinco o seis grandes carretas al puerto de Ajó, consignados a Juan Power, quien debía venderlos en Buenos Aires. Los puesteros iban a medias en el negocio de la lana. Claro que estas ocurrencias y modos de explotación, y aquellas instalaciones fundadoras para darle categoría de gran estancia a “El Chajá”, se fueron quedando atrás, a partir del período que inicia allí mi abuelo Aguirre. En adelante, una nueva dinámica acelera y completa la mestización de la hacienda criolla originaria; se alambra y apotrera el campo con sentido funcional; se instalan molinos, mangas y bañaderos de ovejas; son modernizados los puestos; la superficie de la heredad llegará a redondear 11 leguas, mediante la incorporación 13 Ya dije mas atrás que, hasta 1907, el partido del Tuyú careció de pueblo, de suerte que sus autoridades ejercian las funciones correspondientes en las estancias donde estaban radicados los respectivos Jueces de Paz. En 1882, el Gobierno de la Provincia proyectó expropiar parte del campo de mi abuelo, y parte de los de su hermano Hortensio y de Juan Anchorena — vale decir partes del “El Chajá”, “El Lucero"y “El Tala”, para levantar en esos espacios la cabecera urbana del partido, con sus quintas y chacras anexas. Así se lo comunicó a mi abuelo por escrito, el 6 de julio de aquel año, Gregorio Torres Sáenz Valiente, a la sazón Senador provincial. La cosa, sin embargo, quedó en nada. Con posteridad. en 1893, la Legislatura volvió a tratar el proyecto de establecer un asiento poblado para las autoridades del Tuyú. y si bien la tentativa fué aprobada en la Cámara de Diputados, no alcanzó los dos tercios que necesitaba en el Senado.

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de parte de “El Lucero” (que fuera del hermano Hortensio y le donara su padre a Manuel) y las posteriores compras a Ramos Mexía y a Cabrera, respectivamente, de “El Espartillar” y “El Retoño”; mientras en los enormes galpones del casco alcanzan su apogeo las cabañas de lanares y de bovinos. (El galpón de los toros fué planeado en 1883 por el arquitecto alemán Otto von Arnim, con puertas corredizas, 12 pesebres y altillo forrajero). Así, a justo título, en la historia de la ganadería argentina, Manuel J. Aguirre figura como uno de los principales criadores de la llamada “época clásica”. Los ovinos de lana fina Estanislao S. Zeballos, en su Descripción Amena de la República Argentina, en el tomo III titulado A través de las Cabañas (Bs. As. 1888), discurre largamente acerca de la “Estancia del Chajá”: “que ocupa diez leguas de buen campo, a veces notable en el partido del Tuyú. Fundada en 1857 por acaudalados criadores de la Provincia — escribe Zeballos — pertenece hoy al Sr. Manuel J. Aguirre, hombre jóven, que a pesar de su alta posición social y de fortuna, ha dedicado, con noble espíritu de progreso, una especial atención a la labor rural, en la cual sirve señaladamente a su país. Sobre aquel vasto teatro de explotación agrícola, donde pacen rebaños numerosísimos de razas mayores y lanares, el Sr. Aguirre había intentado fundar una cabaña dedicada a la producción de merinos excelentes. Sus designios han alcanzado ya un éxito que merece consignarse, y que progresa sólidamente. La estancia alimenta treinta mil ovejas mestizas, y su médula es la cabaña merina. El Sr. Aguirre se hizo cargo del “Chajá” en 1881, recibiendo una tropilla Ramboillet introducida en 1858 y denominada las sajonas, descendiente de uno de los lotes de ovejas de ese tipo importadas por el Sr. Federico Plowes. Fué siempre servida esta tropilla por carneros de sangre pura, pero no constantemente de la misma variedad merina. Según los caracteres de la lana, se alternaban carneros Negretti y Ram-

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boillet, obteniendo así los padres que servían en las majadas generales”. “En 1881, apercibido el Sr. Aguirre de la bondad del plantel que recibía, desplegó la competencia y pasión que le son propias, para merecer los nuevos rumbos que hoy prosigue con las variedades merinas destinadas a producir lana fina, y formó dos grupos, el Negretti y el de Ramboillet ... El grupo Negretti procede de 50 ovejas puras compradas al establecimiento “San Juan”, en la Colonia, República del Uruguay (de propiedad entonces del Sr. Lahusen, con rebaños procedentes de las cabañas alemanas Kentzlin, Mollin, Leutschou y Merzin), “y elegidas por el Sr. Aguirre, el Sr. Narciso Lozano director de la Cabaña “PIomer” y el pastor de ésta. El Sr. Aguirre me dice en su informe: “El origen de estos animales, según certificado que tengo en mi poder, procede de 165 ovejas Negretti puras, importadas a ese establecimiento en el año 1865, procedentes de las mejores cabañas Negretti puros de Alemania. Conservo siempre esta tropilla con carneros Negretti de la cabaña del Capitán Maas, en Kentzlin, que, según carta que tengo del Sr. Bohm, es la única que conserva el Negretti puro original”. “Dirije la cabaña el mismo fundador — prosigue Zeballos — y sus productos no están todavía, propiamente hablando, en el comercio. Sus ventas comienzan apenas a realizarse, porque el Sr. Aguirre ha usado los carneros en sus majadas de campo. Esta cabaña que nace irá lejos. El Sr. Aguirre tiene para lograrlo la energía de la juventud, el capital y la competencia necesarios”. Páginas más adelante dice Zeballos: “De las 300 cabezas que componían la majada Negretti sajonas, el Sr. Aguirre eligió 130 animales. En 1882 adquirió 12 borregas Ramboillet de la notable cabaña “Nuestra Señora del Pilar” del Sr. Nazar, y 100 ovejas de la estancia “San Juan”, en el Estado Oriental, a cuyo plantel agregó 12 ovejas importadas de la cabaña Nacional de Francia. Tal el origen de su rebaño. Lo hace servir por dos carneros importados de la cabaña Nacional de Francia y por los merinos alemanes, obteniendo de

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unos y otros satisfactorios resultados. Esta cabaña, a pesar de ser reciente, ha comenzado sus ventas con éxito. Por las primeras borregas obtuvo 40 $m/n, y 80 $m/n por los carneros. El establecimiento no ha enviado aún sus productos a las casas de martillo de Buenos Aires, ni ha concurrido a exposiciones”. Y don Estanislao pone broche a su comentario así: “El Sr. Manuel Aguirre me decía en su carta: “El objeto que me propongo es alcanzar el mayor grado de nobleza en la lana, en cuanto es posible: soy lanero”. Y lo es — concluye Zeballos — sin transacciones, sin mezclar la cuestión cuerpo a su objeto: es admirador y partidario de carneros de Kentzlin!”. Agrego por mi parte, con exactitud histórica, que el verdadero y remoto origen de los rebaños “Negretti”, no arranca de Alemania sinó de España. Dichos merinos se trajeron probablemente a la península, en la Edad Media, del norte de Africa o del Asia Menor. Pero quienes desarrollaron zootecnicamente el tipo de esa variedad lanar — luego muy difundida por Alemania, Austria, Hungría y Rusia — fueron, en el siglo XVIII, los Duques del Infantado y el Conde de Alange, Caballero de Santiago y Grande de España, don José de Negrete y Ampuero, cuyo apellido — Negrete — en adelante sirvió para nombrar aquella raza. En cuanto a los Ramboillet de “El Chajá”, bien apunta Zeballos que 12 ovejas y 2 carneros se importaron de la Cabaña Nacional francesa. El 1O-X-1882, desde París, Manuel Aguirre (padre) le escribía a su hijo mayor: “Ayer he estado en la famosa “ferme” modelo de Ramboillet. El Director de ella, persona que me ha sido simpática, para quien llevé una carta del Ministro Balcarce de introducción, fué sumamente complaciente conmigo”. En la oportunidad, Tata Aguirre eligió personalmente y compró aquel par de carneros “de lo mejor que tenían”, y la docena de pécoras preñadas. De otra carta de mi abuela Enriqueta Lynch a su cuñada Victoria Aguirre, que estaba en Europa, destaco los siguientes párrafos remitidos el 1º-XI-1882, desde “El Chajá”, en la consabida “galera” mensajera: “... San Isidro (la Chacra)

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debe estar ahora muy lindo, aunque dicen muy seco; por aquí también la hay; así es que te puedes imaginar lo que rezongará tu hermano al cabo del día por la falta de agua. Su entusiasmo por la Cabaña no disminuye; por el contrario, ya no le falta sinó llevar su cama al galpón; todo el día se lo pasa allí ... ha tomado un pastor alemán, recién llegado, para cuidar las ovejas finas; se entienden casi por señas, y yo creo que si no fuera por miedo que se rieran de él, se pondría a aprender el alemán”. La cabaña de cornicortos Respecto a los vacunos de “pedigree” — excluido aquel rodeo de puras por cruza “tapialeras”, nombrado más atrás — los primeros ejemplares “shorthorns” importados de Inglaterra con que mi abuelo se inició como cabañero, fueron 4 vacas y un toro “Booth”, comprados en 1882 por su Tata en la cabaña “Killerby”. Sobre este particular, mi abuelo, en la estancia, le escribió exultante a su tío Emiliano, el 7-I-1883: “Recibí su carta del 4 del cte. Siento mucho que los animales que ha mandado mi padre hayan llegado en tan mal estado como me dice. Hágame el favor de mandarlos por aquí para poderlos ver a gusto ... Tata no me dice nada, me manda el Catálogo de la cabaña, pero no me dice los nombres de los animales, ni cuanto han costado; estoy a oscuras. Sin embargo creo que el mejor toro será para mí, por que si, y por que creo estoy llamado a ser uno de los primeros, sino el primer criador de este país. Espero los mande pronto, porque estoy con fiebre por verlos”. Un año más tarde, Rodolfo Peña, íntimo amigo de mi abuelo, le anuncia haberle comprado en la cabaña “Booth” las siguientes vacas puras, todas por el precio de 750 guineas: “Hibernia”, rosilla de 2 años, de la familia “Hécuba”; “Vanity of Fair”, de 2 años, rosilla colorada; “Cora”, rosilla colorada, preñada; “Maid of Britain”, colorada, preñada; “Vesta”, colorada y blanca; y “Victoria Rosea”, rosilla. Estos animales de-

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sembarcaron en Buenos Aires en octubre de 1885, y fueron conducidos a un corralón bajo techo, en la calle Venezuela, perteneciente a la empresa Bullrich, pues el patio principal de esta casa rematadora estaba lleno de caballos de carrera del General Bosch, de Guillermo Kemmis y de otros “turfmen” conocidos. Mi abuelo hallábase, a la sazón, en “El Chajá”, y otro íntimo amigo suyo, José María Lozano, fué el encargado de despachar las vacas a Maipú por ferrocarril. El 6-X-1886 se liquido allá en Inglaterra la famosa cabaña “Killerby” del finado John Booth. En esa subasta se compraron para Manuel J. Aguirre, estas vaquillonas: “Queen Bee”, en 32 guineas; “Gibsies Dora”, en 16 guineas; y “Emmal”, en 42 guineas. Al ocuparse de las cabañas argentinas de “la época clásica”, M.E. Stanwick (seudónimo de Mariano Ezcurra), en su libro Historia del Shorthorn, estampa: “El Señor Manuel J. Aguirre había reunido en su cabaña “El Chajá”, en el partido del Tuyú, un selecto lote de Shorthorns de sangre Booth, adquiridos en Warlaby y en las cabañas de Hugh Aylmer, de Mitchell, de Lord Polwarth, de G.W. Elliot y de Mr. Ackers, figurando vacas de las tribus Blossom, Mantalini, Calomel, Rosebud y Swinton Rose, adquiridas en la cabaña de Tom Willis y, además, representantes de la tribu Princess y de las Brawith Bud (Pure Gold) de Cruickshank.” “Entre los toros padres — sigue Stanwick — “El Chajá” contaba con: “Weal Royal”, un Waterloo (rama Weal de Aylmer), criado en Irlanda por Mr. Humphrey; “Sydney”, criado por H. Smith, en Irlanda; “Dairy King”, de la misma procedencia; “Quarantine” y “Romeo”, también criados por Mr. Smith; “Lord Kenmare”, criado por Mr. Welsted; “Governor” criado por Mr. Smith; y dos toros criados por Booth: “Royalist” y “King Edward” (el favorito de mi abuelo), ambos pertenecientes a la tribu “Hécuba”. Antes del llamado “período clásico”, algunos ganaderos asentaban en libros particulares la identidad y nominación de sus animales de “pedigree”. Así también el dueño de “El

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Chajá”, familiarmente, dió nombres a sus terneras puras primerizas: “la Mercedes”, “la Manola” y “la Maruja”, en cariñoso homenaje a sus tres hijos mayores. Al poco tiempo, Manuel J. Aguirre, Leonardo Pereyra, Juan Cobo, Vicente L. Casares, y Domingo Frias, fundaron la Asociación de Criadores de la raza Shorthorn, y establecieron el “Herd Book Argentino”, libro de registro semejante al de Inglaterra, donde podían anotarse los linajudos cornicortos importados y los nacidos en nuestro país. En 1889 apareció el primer tomo de aquel vernáculo “Herd Book”, cuyos posteriores volúmenes, a cargo de aquellos caballeros, siguieron publicándose hasta 1901, año en que ellos donaron los padrones genealógicos a la Sociedad Rural Argentina. Ulteriormente, Manuel Aguirre adquirió en 20.000 pesos — precio elevadísimo entonces — el toro “Spartan” (22) de la cabaña “El Retiro” de Vivot. Dicho ejemplar — colorado con manchas blancas — resultaba hijo del celebérrimo “Spartan” (71652), gran campeón el año 1898 en la Exposición Internacional de Palermo; padre importado, de pelo rosillo, que nació en 1896, producto del rebaño de la Reina Victoria en Windsor; hijo, a su vez, de “Count Lavender”y de la vaca “Spruce”. Otros buenos reproductores del plantel “chajero”, a comienzos del presente siglo, fueron: “Newton Stone”, “Duke of Barrington” y “Barón Killer”, que — con “Spartan” — fecundaron a las vacas “Colombine”, “Lady Georgina Cromwell”, “Lady Georgina Yeagle”, “Spring Rose”, “Virtue”, “Maudlin 2a” y “Gipsies Olga”, entre otras, cuyos toritos recibirían nombres aborígenes: “Ancatrúz”, “Pichicurá”, “Cayumán”, “Huayna Carú”, “Meliqueo”, etc., etc. Acoto que los toros producidos en “El Chajá” — fuera de los utilizados en el propio establecimiento para encastar a 10.000 vacas — se vendían particularmente. El primer remate público de los Booth de Aguirre se realizó en el patio Bullrich de Buenos Aires, el 24-IX-1891. Se subastaron cinco

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toros de 2 años: “Tripaileo”, vendido en 5.500 pesos a Manuel Durañona — “el precio más alto obtenido por criador argentino”, según destacó el diario La Prensa; “Painé”, vendido a Federico Martínez de Hoz en 3.600 pesos; “Orkeke 2º”, comprado por Federico Urioste en 1.609 pesos; “Rengo 2º”, comprado por Federico Martínez de Hoz en 1.600 pesos; y “Carancho 2º”, también adquirido por Martínez de Hoz en 3.800 pesos. En 1890 don Manuel había pensado mandar algunos de sus productos a la Exposición de la Sociedad Rural en Palermo, pero se echó atrás. Aunque el lector se sorprenda, en aquella época éste resultaba el itinerario y duración del viaje: Se cargaban los toros en pesadas carretas que lentamente recorrían 7 leguas — calculemos en 7 horas — desde “El Chajá” hasta la estación de Maipú. Ahí, tras largo aguardar, efectuábase el trasbordo de las nobles bestias al vagón jaula del Ferrocarril del Sur: cuyo tren — “tren carreta”, por cierto — tardaba alrededor de 24 horas en su trayecto hasta la estación de Barracas al Norte. En este punto, tras detenerse un tiempo impreciso, enganchaban la jaula al Ferrocarril de la Ensenada, que partía rumbo al Retiro. Acá, luego de nueva parada, hacíase el acople de la rodante armazón al Ferrocarril Pacífico. Este convoy, finalmente, depositaba los toros en Palermo. Todo el procedimiento, entre combinaciones, esperas y mudanzas de líneas para llegar a destino, hubiera durado casi tres días. No valía la pena, pués, acudir a un concurso rural con animales desbastados — por no decir devastados — al cabo de semejante trajín. A lo escrito sobre los viejos tiempos de “El Chajá”, quiero por último agregar que la estancia llegó a reunir — además de la cabaña aquella de toros Shorthorns del tipo Booth y de los planteles ovinos Negrete, Ramboillet y, con posterioridad, Lincoln — sobresalientes manadas yeguarizas de Anglo-Normandos, Oldemburgueses, Claydesdales, Percherones y petisos Shetlands — productos estos de un padrillo y tres yeguas zainas, importadas en 1890.

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Las distintas viviendas de la familia de mi abuelo en Buenos Aires De recién casado Manuel Aguirre se instaló con su mujer en una casa de la calle Chacabuco 200, que pertenecía a su padre. Ahí llegó a la vida su hija mayor Mercedes. A fines de 1879 o a principios del 80, los Aguirre se mudaron a extramuros — diré —, a la quinta de la calle Esmeralda 750, entre Juncal y la barranca que caía hasta el bajo del Retiro. Aquella media manzana de terreno, con su añoso edificio levantado dentro de un jardín, había sido morada predilecta de doña Andrea Ibáñez de Anchorena, abuela de don Manuel, y en dicho caserón suburbano vieron la luz primera sus hijos: Manolo, Maruja — mi madre — y Julián. Comenzado el año 85, la familia se mudó al centro, a una casa de altos en la calle Talcahuano Nº 7, esquina a la de Rivadavia, donde vinieron al mundo los hijos: Adriana, Hortensio, Agustín y Eduardo. En las postrimerías del 90, los padres y su ya numerosa prole, ocuparon otra más espaciosa vivienda en la calle Bolívar 171, que había comprado para ellos el Tata Manuel Alejandro a Angela Alzaga, viuda de Lezama, cual lo consigné en la biografía del comprador. En los siete años que en esa casa habitaron don Manuel y doña Enriqueta hubieron cinco hijos más: Roberto, Enriqueta, Elena, Rafael y Victoria. Finalmente el 21-X-1896, para hogar de su hijo Manuel, Tata Aguirre adquirió de los herederos de Exequiel Ramos Mexía Segurola, la gran casa de la calle Cerrito 271, entre Cuyo y Cangallo. En dicha sólida y acogedora mansión, a estilo de las señoriales edificadas durante el último tercio del siglo pasado, nació el hijo número catorce de mis abuelos: Alejandro; como también allí se prolongó la simiente de don Manuel y doña Enriqueta en varios nietos, el mayor de los cuales es quien escribe estos renglones. De modo que el recuerdo del solar nativo resulta para él entrañable e interesante a la vez. Habida cuenta de ello, en un Apéndice al final del presente capítulo,

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el autor ha registrado la historia de aquel terreno a lo largo de las distintas transferencias del dominio, desde su titular originario Lázaro Gribeo, compañero de Garay en 1580 en la fundación de Buenos Aires, hasta el arrasamiento definitivo del edificio, cometido en 1936 por la Municipalidad capitalina, para abrirle paso a la Avenida 9 de Julio. Los automóviles y la quinta en San Isidro Durante tres décadas, sólo cuatro automóviles hubo sucesivamente en la casa de mis abuelos Aguirre: el “Eléctrico”, el “Charrón”, un “Daimler” y un “Cadillac”. El recuerdo de el “Eléctrico”se remonta a mi más tierna infancia. Su grande y lujosa carrocería, con asientos “vis a vis”, estaba tapizada por dentro de cuero negro “capitoné”. El vehículo era puesto silenciosamente en marcha, desde el pescante, por José “el portugués” — antiguo cochero — quien, uniformado de azul oscuro con botones de bronce y gorra de visera, cual un comodoro empuñaba el volante y las palancas propulsoras de la energía encerrada en los acumuladores. Ibamos los niños en el “Eléctrico” a tomar aire y sol a la Recoleta o a Palermo, en cuyos jardines, poblados de gente menuda, corríamos detrás de una pelota o del aro que se hacia rodar a golpes de palito; esquivando gobernantas alemanas, mises inglesas, niñeras gallegas vestidas como “nurses”, profusión de bicicletas y cochecitos con lactantes a cargo de amas tocadas con cofias y lazos de colores, a estilo de aldeanas francesas. Después — heredado de don Manuel viejo — un “Charrón” a nafta — limusina cerrada proveniente de Francia — sustituyó al “Eléctrico”. Y más tarde vino el poderoso “Daimler”, de motor alemán construido en Inglaterra y manejado aquí por el “chauffeur” coruñés Manuel Montes — doble fila de botones en la guerrera y polainas negras. (Los coches oficiales del Presidente Sáenz Peña y de sus Ministros eran todos de la marca “Daimler”). Finalmente mi abuela doña En-

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riqueta, en los últimos años de su vida, movilizábase, hasta la quinta de San Isidro, sobre un cómodo “Cadillac” norteamericano. Era esa quinta de San Isidro parte desprendida de aquella chacra que comprara Manuel Alejandro Aguirre a Prilidiano Pueyrredón el 9-I-1856; cuya histórica trayectoria, escrita a modo de crónica, incluyo en el Apéndice que epiloga esta larga monografía. Tal referencia arranca de las tres “suertes” que otorgó Garay en 1580 a los pobladores Antón Roberto, Pablo Cimbrón y Rodrigo Gómez; “suertes” originarias que se aunaron después, y su superficie integral — 1.000 varas de frente y una legua de fondo — permaneció invariable durante más de tres centurias. Sin embargo en el último tercio del pasado siglo, ocurrieron los sucesivos desprendimientos de su terreno, surgiendo en esos nuevos deslindes quintas espléndidas; que al fraccionarse posteriormente, a su vez, dieron lugar a espaciosos campos deportivos (el Club Atlético San Isidro y el Jockey Club) y a innumerables lotes que, hoy en día, constituyen hermosos barrios parques. Sólo por milagro se salvó del parcelamiento implacable una típica reliquia colonial: la casona de la chacra primitiva, hogaño abierta al público en carácter de Museo Juan Martín de Pueyrredón. Pero vuelvo a nuestra desaparecida quinta sanisidrense,

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cuya extensión de casi 14 hectáreas — precisamente 134.992 m2 — correspondió a mi abuelo Aguirre por herencia de su madre Mercedes Anchorena, a partir de la mensura y división practicada por el Ingeniero Fernando Moog, según consta en el plano que aprobó el Juez de la Capital Dr. Salustiano J. Zavalía, el 25-X-1881 . Junto a esos datos consignados en títulos y documentos judiciales, narraciones de la tradición oral e imágenes lejanas de circunstancias vividas en aquella quinta, irrumpen de nuevo en la memoria como proyectadas por un calidoscopio. La casa, imponente castillo, fué concebida por el ingeniero Manuel Ocampo — marido de Ramona Aguirre, prima hermana de mi abuelo y madre de Victoria y de Silvina —, y se estrenó en 1893. El enorme edificio de dos plantas, con sólidas paredes rosadas de ladrillo, permanece nítido en mi recuerdo. Una larga y sinuosa galería exterior circuía a su perímetro irregular; y el piso de arriba, provisto de terrazas, balcones y ventanas, remataba en la azotea, cuyo parapeto bastillado con almenas semejaba un alcázar feudal. En una saliente de la construcción, levantábase el gran cobertizo de entrada para carruajes, con techo de pizarra sostenido por cuatro columnas. Cinco escalones se contaban antes de pisar el corredor y de franquear la puerta principal de acceso al amplísimo vestíbulo, donde una chimenea insertada en armazón de madera, exhibía en su repisa el marmóreo busto de doña Enriqueta, modelado por su marido. No abrumaré al lector con la reseña de muebles, objetos, grabados y cuadros distribuidos en las distintas habitaciones del caserón de la quinta. Me place, sin embargo, no dejar en el tintero a aquella biblioteca instalada en el “hall”, llena de revistas inglesas encuadernadas, cuyos dibujos, caricaturas y fotografias tantas veces repasé entretenido: Punch, The lllustrated London News, The Tattler, The Sphere, Bystander, Sporting and Dramatic News, además del Figaro de París y de la Ilustración Sudamericana.

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En torno del castillo, el parque se extendía frente al panorama del rio. Su trazado y armónica disposición de árboles y parterres, debiose al paisajista Forquell, traido de Francia por el Jockey Club para delinear los jardines del Hipódromo de Palermo. Forquell era famoso, pués había llevado a cabo una obra maestra de jardinería en los paseos de Monte Carlo, y aquí, en la Argentina — a más de aquellos espacios verdes del Hipódromo y de la labor encomendada por Aguirre en su heredad sanisidrense — formó los parques de mi tío Pancho Uriburu en Villa Elisa, el de la estancia de Manuel Guerrero al borde del Salado, y el del ingenio azucarero de Hileret en Tucumán. Entre el considerable número de plantas mayores y menores de la quinta de mi abuelo, dos añosos pacarás flanqueaban la vivienda familiar; y rescato del olvido al bosquecillo de magnolias; a las frondosas tipas de abovedado ramaje; a las palmeras y al fénix, de tallos cilíndricos y copas parecidas a plumeros gigantescos; al ombú, cuyas raíces se aferraban al talud de la barranca para no venirse abajo; al par de “ginkgos bilobas” japoneses, uno cerca del otro, que nos servían de arco cuando jugábamos al fútbol; al césped de los canteros; a los caminitos llenos de piedritas llamadas granzas; a los macizos de flores; a la colección de claveles y helechos preservados en invernáculos; y al conjunto de frutales en la huerta que brindaban a nuestra glotonería duraznos, damascos, higos y cerezas. Remembranzas que titilan en la lejanía, iluminan por instantes a mi madre: fina, joven, bella, feliz con sus tres chicos que, al aire libre, jugueteaban en una mañana llena de sol. A mi tia Adriana, que como Scherezada nos inventaba cuentos que no terminaban nunca. A esas dos casitas de ladrillo con techos de cinc, en las que dábamos rienda suelta a nuestra imaginación infantil; a las bicicletas; a “Pancho” mi petiso shetland y a las cabalgatas por las lomas con el paisano Gabriel Torres. Revive en mi recuerdo la cancha de tenis; reviven el Carnaval y sus recibos de máscaras (dominós de raso

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negro, disfraces y caretas absurdas); los corsos en el pueblo de San Isidro y, más tarde, aquellos bailes inolvidables del Club Atlético, donde se despertó mi enamoramiento adolescente... De tan lejos aún me llegan ecos de los tangos de Arolas, de Firpo, de Canaro, de Cobián; con los valses de Lehar y de Strauss, que mi tia Adriana tocaba en el piano, junto a las melodías de Fysher y de Cristiné y a otras canciones pegadizas ahora despegadas de la moda actual. Por último no ha de quedar sin mención el cinematógrafo en la quinta vecina de Gómez. Allí Goyo Lastra — marido de Mecha Gómez Aguirre prima de mi madre — proyectaba de noche, a cielo abierto, sobre una sábana blanca puesta en bastidor de madera, vistas de actores cómicos franceses — Max Linder, Toribio Sánchez y Salustiano — filmadas por “Pathé Fréres” y “Lumiére” — antes, claro está, del auge de las películas norteamericanas de Tripitas y de Carlitos Chaplin. “Tu abuelo — me escribió cierta vez Victoria Ocampo — me hacía ruborizar cuando me preguntaba: “que dice la artista”. Yo pensaba que podía estar riéndose de mí. También lo recuerdo muy claramente y como a una persona excepcional. Ninguno de los otros hombres, de los otros ‘señores’ que yo veía en casa se le parecian. Tanto cuando hablaba del golf o de Gobineau, decía cosas. Cosas que me gustaban, me sorprendían o me hacían reflexionar. En una palabra, nada me resultaba más apetecible que pasar mis horas en la quinta de Manuel Aguirre con los Aguirre”. El artista y sus esculturas Pero dejo de lado estas íntimas reminiscencias y torno a la biografía de mi abuelo materno. Hora es ya de señalar que él fué esencialmente un artista. A los veinte años recorrió Francia, Inglaterra, España, Italia y Suiza, y no sólo admiró las bellezas naturales de dichos paises, y el empuje y desarrollo material de alguno de ellos, sinó que en el ambiente de esos focos irradiantes de cultura, encontró nuevos horizontes que

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dieron amplitud a su espíritu; obras de arte y monumentos cargados de historia que estimularon su inclinación estética hacia el dibujo y la pintura; todo lo cual, más adelante, conformaría esa experiencia intransferible que pone sello a una personalidad. La realización de la cabaña en “El Chajá” debiose más al don innato de “creador” del propietario, que el simple menester de traficante “criador” de animales finos. Aunque parezca insólito, tal refinamiento ganadero en la pampa agreste de hace cien años, lo emprendió mi abuelo, ante todo, por amor al arte. Don Manuel había nacido rico, poco le interesaron los negocios ni jamás tuvo apetito de dinero. Desdeñó siempre a los “chalanes” (el calificativo es suyo) que con empaque señorón abundan en la actividad agropecuaria. Pudo mi abuelo tener administradores, arrendar su campo y darse la gran vida viajando por el mundo. No lo hizo. Estanislao Zeballos escribió en 1888 con verdad: “El señor Manuel J. Aguirre, hombre joven, a pesar de su alta posición social y fortuna, ha dedicado, con noble espíritu de progreso, una especial atención a la labor rural, en la cual sirve señaladamente al país”. Y Carlos Ibarguren, en La historia que he vivido', pergeñó la siguiente semblanza: “Mi suegro reunía en su persona al aspecto físico hermoso y viril, las cualidades morales más destacadas del caballero: espíritu abierto, generoso, señoril; desprecio por lo pequeño, lo vulgar y lo mezquino; desinterés por todo lo que significaba utilitarismo y lucro; modestia ingénita que le hacía disimular los grandes valores que encerraba su espíritu. Su temperamento era romántico y su vocación artística. Una vasta ilustración nutría su talento y un innato amor a la belleza lo consagró a la escultura”. Hacia el invierno de 1890, estando don Manuel en “El Chajá”, a causa de un enfriamiento cayó con influenza, y tan agudo resultó el trancazo — como llamaban entonces a la gripe — que vino a complicarse en nefritis. La infección a los riñones era grave. Trasladado a Buenos Aires, el enfermo fué sometido a un tratamiento riguroso y, va de suyo, al empezar

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la mejoría los médicos prescribieron al convalesciente reposo absoluto. En tales circunstancias, aquella vocación artística que se había despertado en Aguirre cuando muchacho, al hechizo de Europa, y que permanecía latente en él desde que aprendiera dibujo y pintura en Florencia, se avivó de nuevo ante el obligado descanso corporal. Entonces, libre momentáneamente de tareas utilitarias, resolvió aprender escultura, como medio concreto de expresar sus inclinaciones estéticas. Maestro suyo en el arte del modelado fué el piamontés José Arduino, autor, entre otros trabajos, del monumento a Mitre colocado en la plaza del pueblo de San Isidro. Completó también Aguirre su aprendizaje con el catalán Torcuato Tasso, a quien, entre su abundante producción se debe la estatua de Esteban Echeverría. José León Pagano, en el tomo III de su importante obra El arte de los argentinos, al ocuparse de mi abuelo escribe: “El nombre de Manuel J. Aguirre debió figurar en el grupo de los organizadores. Actuó junto a ellos en los dias oscuros, cuando todo el panorama del arte era un yermo ... La escultura individualizada por la historia sitúa a Manuel J. Aguirre en un punto inicial. Artista y filántropo, se unió a los benefactores de la sociedad Estímulo de Bellas Artes, centro y foco de toda nuestra cultura artística. Al apoyo moral, tan necesario entonces, añadió el de orden económico, y lo hizo con largueza generosa, sin atuendo, calladamente. Artista de vocación y hombre de mundo, fué plenamente dichoso cuando las circunstancias le permitieron consagrar todas sus energías a la plástica ... Al retrato dedicó sus días de mayor plenitud. Los produjo en bulto redondo y en bajo relieve, ya viriles ya femeninos. Firmó no pocos de varones próceres: Rivadavia, existente en la Sociedad de Beneficencia; Moreno, que se halla en la Biblioteca Nacional; el de Carlos Pellegrini; el de Lucio V. López. A estos se agrega una serie no breve de niños y de señoras. Enérgico o suave, según lo exigían los rasgos del modelo, Manuel J. Aguirre supo definir lo íntimo de cada uno, evidenciando en todos su fina de-

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streza. A la obra del iconógrafo se une la del estatuario. A tal categoría pertenecen: El Atleta y El Pensador, figura de pie aquella, sedente ésta. El Pensador, premiada en la Exposición de Arte del Centenario, en 1910, fué adquirida por el gobierno argentino para donarla a la Cámara de Diputados de Chile”. De las primeras realizaciones del artista son, sin duda, los bustos en mármol de doña Enriqueta, su mujer, y de Manolo, Maruja, Julián y Hortensio, junto al bajorrelieve de Mercedes, sus hijos; así como en bulto redondo las cabezas femeninas de dos modelos: una de contornos opulentos peinada con rodete levantado, la otra de suave fisonomía y cabellos caídos en “bandeaux”. Más tarde cincela los perfiles de su hermana Victoria y de varios amigos suyos: Narciso y José María Lozano, Manuel Ocampo, Juan Manuel de Larrazábal y el prestigioso médico venezolano Rafael Herrera Vegas. Posteriormente plasma la robusta estampa de un toro de su cabaña, y los delicados bajorrelieves de las señoras Clara Ocampo de Rodríguez Larreta y Susana O'Gorman de López; además del precioso busto en mármol de su prima Hortensia Aguirre de Leloir. También fueron obras suyas, en aquellos años, un medallón en bronce que dedicó al malogrado escritor y político Lucio V. López, trágicamente muerto en un duelo a pistola que tuvo con el coronel Carlos Sarmiento; y la cabeza, perfilada sobre tabla de mármol de Eduardo Madero, empresario e historiador del puerto de Buenos Aires. Estas dos obras fueron expuestas el año 1896 en el Salón del Ateneo, entonces sito en la Avenida de Mayo y Piedras; y la Revista de Buenos Aires semanario ilustrado que fundaron Gabriel Cantilo y José María Drago en su número 81 del mes de octubre de dicho año, comentó los “dos hermosos bajo relieves del Señor Manuel J. Aguirre, de un notable parecido ambos”. Y también acerca de esas mismas tallas, Pellegrini a la sazón Senador Nacional, le remitió sendas esquelas manuscritas a “Mi estimado amigo Aguirre”, que expresaban lo siguiente: (21-IX-1896). “Recibí ayer el med-

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allón de nuestro buen amigo el Dr. López. Se lo agradezco doblemente, como un recuerdo de ese amigo y por el placer que me proporciona el tener una obra debida al cincel del mas espontáneo y genial de nuestros escultores, y que tan alto honor hace al naciente arte nacional. Reciba mis más sinceras felicitaciones y creame su affmo. amigo”. (22-V-1897). “Recibí el retrato de Madero. Los dos adornos de mi escritorio que más aprecio y que miro con más satisfacción, son sus dos obras, que prueban que no somos los argentinos huérfanos del arte, pués podemos vanagloriarnos de tener verdaderos artistas como Ud. Soy su affmo. amigo”. El busto do Rivadavia Leo en El Diario de Lainez del 23-XII-1897: “El busto en bronce de Rivadavia ha sido ayer uno de los atractivos de la exposición Witcomb. La Sociedad de Beneficencia bien ha hecho en ponerlo a la vista del público antes de darle el preferente sitio que le corresponde en alguna sala de sus instituciones caritativas. En la ejecución de esa obra se acreditan las cualidades y el talento artístico del señor Manuel J. Aguirre, autor de ella. Otros trabajos del mismo género, presentados como más modestos ensayos, habían ya revelado en el señor Aguirre una feliz disposición por la escultura, siendo de lamentar que se mantenga dentro de un radio limitado de ejecuciones”. A propósito de ese busto de Rivadavia, el realizador recibió las siguientes lineas del maestro Arduino: “Según mi débil criterio, creo que puede ir orgulloso de su modelo, el cual gusta a todos. El señor diputado Machado (don Angel) se quedó admirado cuando supo el nombre del autor del modelo, exclamando pero ¿esto es hecho aquí? Me permite Ud. Señor Aguirre que una mi aplauso a los de todos”. (El busto de don Bernardino se emplaza hogaño en el jardín de entrada del Hospital Rivadavia, sobre la calle Bustamante 2531).

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El busto de Moreno Paul Groussac, director de la Biblioteca Nacional, le pidió a Manuel Aguirre la ejecución de un busto del prócer Mariano Moreno para ser colocada en el recinto de lectura de dicha institución. El 20-III-1901, manifestábale el bibliotecario al escultor, en carta particular: “Mucho me felicito de que se encuentre Ud. dispuesto a ‘ensayar sus fuerzas’ (como dice con sobrada modestia) en la ejecución de un busto de Mariano Moreno, destinado a la nueva sala de lectura de la Biblioteca Nacional. Y nace esta satisfacción mía, no sólo de la natural adecuación de un artista argentino a la representación del prócer que mejor encarna el movimiento de Mayo, sino también de mi confianza en el buen éxito de la obra, después de conocer varias producciones de Ud., y singularmente su vigoroso bronce de Rivadavia”. Y luego de explayarse acerca del carácter íntimo “del formidable Moreno”, el eminente literato e historiador francés termina su misiva con estas palabras: “Sólo me resta ahora reiterarle a Ud. la expresión de mi agradecimiento por la buena voluntad con que se ha servido aceptar mi indicación, y esperar el día no lejano en que, terminada su obra escultórica, y colocado el busto de Moreno en el más noble Santuario de su gloria, me toque unir mi aplauso a los del público congregado para la inauguración de la nueva Biblioteca Nacional”. La ceremonia prevista en el referido “santuario” realizose nueve meses más tarde, en su edificio de la calle México, de fachada con columnas corintias que planeara el arquitecto italiano Carlos Morra — Marqués de Monterochetta — para la Lotería Nacional; pero que a último momento — caprichos de la suerte — ese palacio destinado al juego aleatorio, fue convertido en albergue de miles y miles de libros ordenados para la lectura erudita. Su estreno (27-XII1901) resultó solemne y brillante. Concurrieron el Presidente de la República General Roca, sus Ministros Juan E. Serú, de Instrucción Pública, y Joaquín V. González, del Interior; el

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cuerpo diplomático; delegaciones universitarias y de centros científicos y literarios; amén “de distinguidas damas pertenecientes a nuestro mejor mundo social” — según crónica periodística contemporánea. La orquesta dirigida por el maestro Alberto Williams, interpretó piezas de Mozart y de Grieg; y el director de la Biblioteca, Paul Groussac, tuvo a su cargo el extenso y meduloso discurso de circunstancia, donde alude así a Manuel J. Aguirre: “En el nuevo salón de lectura, se inaugura también en este día el busto de mármol del fundador, esculpido por un artista argentino que nos da el ejemplo saludable de una vocación tenazmente seguida contra las sugestiones emolientes del medio social y la fortuna: obra intencionada y, en mi sentir, singularmente feliz, que amalgama por vez primera la doble exigencia realista e interpretativa, dejando que se transparente, bajo la blandura más o menos auténtica de los contornos físicos tradicionales, el alma tormentosa y febril del gran patricio”. A poco de haber muerto Pellegrini (17-VII-1906), el Jockey Club resolvió erigir un suntuoso mausoleo en la Recoleta, donde serían depositados los restos de su fundador y primer presidente. Al efecto, una comisión especial de socios y amigos de aquel ilustre argentino, tuvo a su cargo concretar dicho propósito. Fueron miembros de ella Exequiel Ramos Mexía, Vicente L. Casares, Manuel J. Aguirre, Bernabé Artayeta Castex, Enrique Acebal, Manuel J. Güiraldes y Santiago Luro. Estos señores encomendaron a nuestro Ministro diplomático en París, Ernesto Bosch, y a Paul Groussac, a la sazón en la “Ville Lumiere”, contrataran con el estatuario francés Antonio Mercié, la realización del sepulcro de referencia. Mercié, de gran renombre en ese tiempo, era autor, entre muchas obras, de las efigies del Rey Luis Felipe y de la Reina Amelia, colocadas en su monumento funerario; de las estatuas del músico Gounod y del pintor Courbet; y del altorelieve “El Genio de las Artes”, que decora el pórtico de una de las fachadas del Louvre.

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El busto de Pellegrini y un admirable discurso de Groussac Por otra parte, como homenaje exclusivamente personal a la memoria de su amigo Pellegrini, mi abuelo Aguirre decidió esculpir su busto; cuya imagen marmórea, una vez terminada, puso él en su escritorio sobre un pedestal de madera. Esa escultura — a mi ver uno de los mejores retratos logrados por Aguirre — permaneció en aquel sitio hasta el fallecimiento del autor, y después en casa de su viuda doña Enriqueta Lynch. Dos reproducciones de bronce del referido mármol original, engalanan, en la actualidad, los jardines de la explanada en Mar del Plata, y una plaza en el pueblo bonaerense de San Fernando. El 7-III-1915 se emplazó, en aquel balneario, la réplica del busto de Pellegrini por iniciativa de Paul Groussac, del comisionado de la Municipalidad marplatense Florencio Martínez de Hoz, del senador Adolfo Dávila, del pintor Carlos de la Torre, de Francisco Beazley, Carlos Dimet, Adolfo Orma, Alberto del Solar y de otras personas cuyos nombres se me escapan. Asistieron ese día a la inauguración del monumento, la viuda de Pellegrini, doña Carolina Lagos, varios miembros de la familia de Aguirre, y, además de los señores antedichos, José María Rosa, Marco Avellaneda, Vicente C. Gallo, Carlos Ibarguren, Emilio N. Casares, Saturnino J. Unzué, Carlos Madero, Enrique de Anchorena, Jacinto Peralta Ramos entre otros caballeros. Groussac, en nombre de la familia de Aguirre, fué el encargado de entregar el busto del prohombre; y lo hizo a través de un largo y hermosísimo discurso, algunos de cuyos conceptos no puedo dejar sin transcribir: “He aceptado complacido — dijo — y vengo a cumplir el honroso encargo de ofrecer a la Municipalidad de Mar del Plata ... el busto en bronce del doctor Carlos Pellegrini, obra del notable aficionado don Manuel J. Aguirre, y que su distinguida familia ha donado a esta ciudad, realizando así la intención del autor,

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quien, como el ilustre modelo, fué también arrebatado prematuramente al amor de los suyos y al respeto unánime de sus conciudadanos. Los antecedentes de esta donación, sencillos y discretos cual corresponde a las personas que en ella intervinieron, se resumen en pocas palabras. Concluido por el señor Aguirre el mármol de su malogrado amigo, quedó expuesto para algunos íntimos en el ese entonces taller risueño de la calle Cerrito, de donde se creía que no debiera salir. El autor, con su modestia acostumbrada, se mostraba perplejo ante los últimos retoques ... En realidad, como podréis apreciarlo, el busto era excelente. En su ejecución, singularmente feliz, las cualidades propias del artista aparecían ‘intensificadas’ por el afecto. Habíase esta vez asimilado, con mayor eficacia que en otras producciones anteriores, el don supremo de los escultores de retratos, que consiste en la interpretación psicológica, mucho más importante y difícil que el parecido inerte de las facciones ... Entre tanto, como viera el mármol el señor Ernesto Tornquist, fiel admirador de Pellegrini e infatigable impulsor de Mar del Plata, pidió y obtuvo que el autor hiciera fundir en bronce un ejemplar ampliado de su obra, destinado a este sitio público. Efectuose puntualmente lo que dependía de la voluntad humana, pero entonces se produjo otra intervención con que no se contaba. Fundido el busto y construido el pedestal donde ahora lo vemos, vino la sucesiva y sentida desaparición del promotor de este monumento, y de su principal autor, a suspender los preparativos de la inauguración, que quedó indefinidamente aplazada. Este año, por fin, alguien que recordando el estado de cosas se propuso reparar el prolongado olvido, encontró tan bien dispuesto el terreno, que ha bastado una indicación para que el señor Comisionado Martínez de Hoz acogiera la idea oportuna y la llevase a la práctica ... Creo que a ninguno de vosotros habrá causado extrañeza el que yo tome la palabra al pie de un monumento consagrado a Carlos Pellegrini: tan notoria es la amistad que nos ligó, que ella forma parte, puede decirse, de mi mediana figuración argentina. Más comprensible sería cierta sorpresa

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por verme aquí en representación de la familia donadora, quien, al confiarme tan alto cometido, sólo ha querido guiarse por el afecto que su llorado jefe me dispensaba, sin tener en debida cuenta la razones que otra designación aconsejaba para el mayor realce de esta ceremonia. No debo, sin embargo, dejaros entender que para arrancarme de mis hábitos de silencio público, fueron necesarias largas y repetidas instancias. Es la verdad — y lo digo al solo intento de no aparecer ponderando este pequeño esfuerzo — que para vencer mi resistencia, háme bastado oir una voz grave y dulce pronunciar con noble sencillez estas palabras: ‘Mi padre lo habría deseado...’. Por ellas, señores (por pedido de mi madre Maruja Aguirre), me encuentro ahora ante vosotros ... No es el caso frecuente en estas inauguraciones ... asociar en un mismo elogio las figuras igualmente simpáticas del personaje representado y de su estatuario...: por el primero conocí al segundo, y nuestra amistad, esquiciada por una carta mía sobre Mariano Moreno, se estrechó con el trato frecuente, mientras él estaba modelando el busto del febril Secretario, que adorna el salón de lectura de la Biblioteca Nacional”. “Por lo demás — continuó el disertante —, ante el ilustrado auditorio que me rodea, huelga recordar de qué clarísima familia porteña, de qué verdadera dinastía patricia era descendiente directo don Manuel J. Aguirre, tercer heredero del nombre que hizo histórico aquel Manuel Hermenegildo, elegido para llevar al presidente Monroe el voto de San Martín y Pueyrredón, y que sacrificó su fortuna en aras de la patria nueva, para dotarla de su incipiente marina de guerra. Es sabido cómo el nuestro, impelido de vocación irresistible, consagró felizmente a la escultura en todas las horas que le dejara libres la gestión de sus cuantiosos intereses, desviando inesperadamente hacia el arte un linaje de próceres coloniales y austeros repúblicos. Por cierto que éstos se nos presentan dotados de aptitudes o aplicaciones tan diversas como los tiempos en que actuaron. Pero ninguno de los que conocemos careció de merecimientos; y todos ellos sin excepción, desde

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el hidalgo navarro agraciado de Carlos III, que edificó la conocida casa solariega — donde ayer se extinguía, desapareciendo casi junto con ella, su ilustre nieto nonagenario —, hasta el hijo predilecto que tan de cerca iba a seguirle, se muestran poseedores de la misma alteza moral, idéntica como su sangre: a la manera de una cadena de oro, hecha con eslabones varios en forma de cinceladura, pero forjados del mismo purísimo metal”. Y Groussac agrega estas reflexiones de sociología política que valen para todos los tiempos: “A Dios gracias, señores, no son únicamente los bienes materiales y los títulos heráldicos los que constituyen el patrimonio de una familia, y suelen transmitirse de una a otra generación, sino también las virtudes paternas — factores presumibles, por otra parte, de las fortunas bien habidas. Tal es el criterio profundo con que la sabiduria popular, cristalizada en el idioma, ha extendido el primer significado genealógico de la palabra “noble”: a la calificación moral de las acciones y sentimientos superiores. Así considerado este componente sociológico tradicional, que no cierra el paso al mérito ascendente, aparece no sólo compatible con la democracia, sino indispensable en una república, para que con su sola acción se mantenga en equilibrio el orden público, condición vital de los Estados impidiendo que los impulsos populares a la utópica igualdad degeneren en demagogia”. Y el orador, en vísperas de la gran avalancha populista que irrumpiría detrás de Hipólito Yrigoyen, discierne con razón: “Por cierto que en estas naciones americanas, de reciente formación aluvial, no asoma el peligro por el lado de una casta patricia impenetrable, sino por el lado opuesto: es decir, por la inconsistencia de una estructura política formada por elementos adventicios, no todos de mala ley, seguramente, pero cuya importancia plutocrática no podría prevalecer, sin menoscabo social, sobre las jerarquías naturales del nacimiento, del carácter y de la inteligencia”.

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Casi en seguida, el discursante precisa que Pellegrini “no era quien, confundiendo los medios con el fin, hubiera colocado en la sola práctica inmediata del sufragio libre, sin condiciones ni restricciones, el bien político absoluto, no previendo o no temiendo, con aquella arma electoral puesta en manos todavía inexpertas, el advenimiento del despotismo popular, hoy mucho más peligroso e intangible que el frágil despotismo gubernativo! Durante su larga y accidentada carrera, creo que Pellegrini no incurrió una sola vez en el desliz de aplicar a las cosas del gobierno la fantasía, confundiendo, a pretexto de soplar arriba y abajo el mismo viento, el aleteo del colorido gallardete con la formidable tensión de la vela gris sobre la nave!”. Más adelante Groussac, con intimidad encantadora, evoca “al Pellegrini marplatense, al asiduo veraneante que, muy lejos de traer aquí sus preocupaciones políticas, salia de Buenos Aires huyendo de ellas, anheloso de esta marina oxigenada que descubrimos juntos, casi treinta años há, piloteados por José Luro; y cuya población balnearia se componía, a la sazón, de una mediana fonda — cuna del “Gran Hotel” — manejada por una robusta pareja vasca; de una barraca destartalada; y del antiguo molino, donde pasamos horas de deliciosa quietud”. Desde 1887, “Pellegrini, prontamente aquerenciado, dió en veranear aquí, año tras año, con la sola excepción de los que pasara en Europa ... A poco se levantaba el “Bristol Hotel”, en cuyo gran comedor y salón de fiestas, tumultuosamente decorados (para no mentar el pecaminoso casino), se concentraba entonces toda la vida social de Mar del Plata ... La Rambla de tablas, con sus tenduchas en cajas de fósforos, no era menos alegre, si menos monumental y concurrida que la presente. Y era allí, sobre todo durante la sesión matutina de diez a doce, entre los corrillos formados en las mesitas de aperitivos, cruzadas las charlas varoniles por la aguda batahola de las bañistas, donde se desbordaba la incomparable popularidad de Pellegrini ... Muchos de los que ahora me escuchan se han sentado en aquellos corros familiares que

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se formaban en torno del ilustre estadista y poderoso orador, que aquí no quería ser sino un bañista en la playa y un paseante de la rambla ... Pero cuantos dé aquellos faltan ya a la lista, algunos por ausencia accidental, otros por la definitiva! ... Con todo, no agregaré más nombres a los dos que hoy conmemoramos, para no espesar el velo de tristeza que, como niebla sobre el sol, empaña por instantes el lustre de esta ceremonia. Sólo recordaremos hoy a los dos amigos que tantas veces contemplaron, desde este mismo sitio, la gloria del cielo azul reflejada en el océano, y ya cerrados los párpados, nos esperan allá donde se duerme el último sueño — sin que por su ausencia, ni por la de otros millares de espectadores que les precedieron y seguirán, la impasible Naturaleza apague un rayo de luz o canto de ave, interrumpa un segundo su obra eterna, que sólo por una hora, y en mínima parte, nos es dado entrever, aunque nunca abarcar su intensidad, ni sorprender su misterio...!”. Y este olvidado discurso de Groussac termina con la siguiente meditación, impregnada de sabiduria y de belleza literaria: “Sicut nubes ... velut umbra … quasi naves...: como la nube que pasa, como sombra que huye, como naves que cruzan a lo lejos: tal es, según el lamento de Job, nuestro breve existir sobre la tierra. No nos rindamos, sin embargo, hijos de otro tiempo y otra raza, a esa filosofía oriental de desesperación y fatalismo, la que, sobre exagerar lo efímero de la vida humana, no ha expresado sino la vanidad del rastro que deja sobre las arenas de Arabia el pastor nómade. Tiene el hombre moderno, reclama el pensador occidental, no sólo el derecho, sino el deber de asignar otra finalidad a su destino. Aún recogiendo esos mismos símbolos del melancólico poema, cabe darles otra y más adecuada interpretación. La nube que pasa se perpetúa en la planta que su lluvia fecundó; la sombra fugaz de hoy anuncia el día de mañana; la nave que cruza el horizonte se caracteriza, mejor que por la estela de espuma que su quilla traza en el mar, por el objeto y consecuencias tal vez inolvidables de su viaje. Y ¡a fé que el

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último concepto se formula por si solo en este recodo de la costa atlántica, a vista de ese cabo Corrientes, reconocido y señalado hace cuatro siglos por la armada descubridora de Magallanes, en el derrotero del periplo inmortal! No es cierto, entonces, que se borre la huella del hombre grande o bueno bajo el tropel de anónima muchedumbre. La obra dura más que el obrero ... Pero aún cuando no llegare nuestro esfuerzo individual a condensarse en producción concreta, tampoco se desvanecerá en el espacio, con nuestra material envoltura, la partícula beneficiosa, y que llamaré divina, de nuestros actos si ellos la contuvieren. Esta también subsiste, como la obra maestra incorporada al caudal colectivo de los siglos que se llama civilización, la cual es, ante todo, un tesoro acumulado de bondad, de altruismo, de nobleza moral, de caridad, mucho más que de ciencia sin conciencia. La cultura integral tiene que ser humana, vale decir emanada a la par de la cabeza y del corazón. El saber sin entrañas, es luz que se convierte en llama de incendio ... Señor Comisionado municipal: me complazco en entregar a vuestro solícito cuidado el monumento erigido a la memoria de Carlos Pellegrini y que la familia de Aguirre ha querido ofrecer a la ciudad de Mar del Plata”. El taller de la calle Cerrito y la muerte del artista Aquel “taller risueño de la calle Cerrito” — traido al recuerdo por Groussac en el discurso que acabo de transcribir — se levantaba en el fondo del jardín de la casa de Aguirre. Era un pabellón o pequeño chalet de tipo suizo, accesible mediante una escalinata en herradura, entre apócrifas rocas de cemento, con dos subidas en cada extremo. Mis lejanas remembranzas lo ven a mi “Tatita” en dicho lugar, vestido con blusa o ropón de trabajo, frente a la plataforma giratoria de un caballete, modelando la cabeza de mi madre, que posaba sentada a corta distancia, mientras el artista, sin dejar de conversar con ella, iba tendiendo con la espátula o animando con sus dedos, porciones de barro

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húmedo sobre el boceto. Y la obra en plastilina se encontraba poco menos que concluída cuando, imprevistamente, ocurrió la muerte del escultor. Poseo una fotografía de ese esquicio inconcluso que el tiempo se encargó de deshacer, en cuya imagen los rasgos de mi madre aparecen con aquel atrayente encanto que irradian las bellas mujeres a los treinta años. Otro busto que Aguirre empezó sin llegar a terminarlo, fué el del General Juan Martín de Pueyrredón, inspirado en el conocido óleo que pintara Prilidiano de su padre ya septuagenario, con levita civil y rigurosamente encorbatado. Mi abuelo siempre donó sus esculturas sin cobrar jamás por su trabajo. El busto de Moreno lo obsequió a la Biblioteca Nacional, y el gobierno, a través del Ministro de Instrucción Pública Juan E. Serú, le agradeció “su donación tan oportuna como desinteresada y valiosa”. Y respecto de la estatua “El Pensador”, premiada en la Exposición de Arte del Centenario, y que el gobierno argentino donó al Parlamento chileno, don Manuel recibió, el 15-X-1910, una nota de la Comisión de nuestra cámara de Diputados que había acompañado al Presidente Figueroa Alcorta en su visita a Chile, con motivo de conmemorarse el primer centenario de aquel país; cuya Comisión — decía la nota — “fué portadora de la obra de arte ‘El Pensador’ de que Ud. es autor, y teniendo en cuenta su desinterés al no querer asignar otro precio que el de los gastos realizados para su ejecución, tiene el agrado de expresar a Ud. su profundo agradecimiento por tan meritorio acto, que pone una vez más de relieve sus altas dotes de patriota y de artista”. En 1937, veinticinco años después de la muerte del escultor, sus hijos, fieles a la norma generosa de aquel, representados por Carlos Ibarguren, ofrecieron donar al Banco de la Nación Argentina el busto original en mármol de Pellegrini. Al aceptar el Directorio del Banco tal escultura, por órgano de su presidente Jorge Santamarina le manifestó al Dr. Ibarguren que “el valor de esa expresión de arte ... tuvo su consagración no sólo en las palabras pronunciadas en su momento por el ilustre escritor y crítico Paul Groussac, sino también por

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la mano del artista que la concibió y la ejecutó, y por la eminente personalidad representada”; que era sumamente grato destacar el alto significado que la donación tenía para el Banco, “en mérito a los vínculos que ligaban el nombre de don Manuel J. Aguirre al Establecimiento”. Poco después, el busto de Pellegrini fué emplazado — y allí permanece al presente — en la entrada del vestíbulo principal de la Casa Matriz de dicha institución bancaria (14). El 23-VII-1912 falleció Manuel Aguirre de embolia cerebral — según certificado médico del Dr. Roberto Wernicke. Tenía 62 años, y el mediodía anterior, al regresar a su casa de una visita que hizo a lo de su amigo Abel Bengolea, cayó desplomado en la entrada al bajar de su coche. No perdió en seguida el conocimiento, aunque sí el uso de la palabra. Los enérgicos auxilios de la ciencia médica resultaron ineficaces, y a la una de la mañana, aproximadamente, dejó de existir. Su cadáver fue sepultado, al otro día, en la bóveda familiar del cementerio de la Recoleta. Manuel Juan José Aguirre Anchorena Ituarte Ibáñez y Enriqueta Rosario del Sagrado Corazón de Jesús 14 Además de su vocación artística y de sus actividades como estanciero, don Manuel fué uno de los primeros argentinos que practicaron golf — deporte hasta entonces jugado sólo por ingleses, en el país: y en 1905, fundó con Ernesto Tornquist, Emilio Mitre, Sixto Quesada, Joaquín Cazón, Pablo Hasperg, Guillermo Aldao, Juan Drysdale y otros aficionados, el Golf Club Argentino, en Palermo, siendo el segundo presidente de dicha entidad. Un año después, Aguirre contribuyó con dinero para inaugurar el Golf Club de Mar del Plata, junto con Emilio Mitre, Ernesto Tornquist, Florencio Martínez de Hoz, José G. Balcarce, Juan Drysdale, James Agar y Carlos M. de Alvear. En sus mocedades mi abuelo había sido practicante entusiasta del juego de pelota vasca. En 1885, un grupo de alumnos y ex alumnos del Colegio San José, fundaron el Club de Pelota y Esgrima, para que en la cancha de la calle Moreno 981 — la más antigua existente de Buenos Aires — jugara el famoso Paysandú. Presidió la naciente institución Manuel J. Aguirre, acompañado por estos “muchachos de antes": Benjamín Williams, Matias Lynch, Santiago Luro, José A. Ayerza, Pablo Egaña, Manuel Lainez, José Güiraldes y Guillermo Torres.

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Lynch Lawson Zavaleta y Demaría Escalada procrearon en su matrimonio catorce hijos, a saber: 1) Mercedes Teresa Aguirre Lynch, nac. el 15-X-1878. Fué baut. el 30-XI siguiente, en el templo de San Ignacio, bajo el padrinazgo de su abuelo Manuel Alejandro Aguirre y de su tia abuela María Eugenia Lawson Demaría. Se casó en la Iglesia de San Nicolás de Bari, el 9-IX-1903, con Leonidas Domingo Agote García, nac. el 25-V-1876 y fall. el 29-IX-1914 (hijo de Pedro Francisco Agote Cubas y de Quiteria García Zedano; n.p. de Manuel José Agote Pando y de Encarnación Cubas y Salas; n.m. de Antonio García de Villacorta y de Justa Zedano de la Torre Gordillo). Murió doña Mercedes el 14-1V-1961, de 82 años. Hubo estas tres hijas: A) Mercedes Enriqueta Agote Aguirre, nac. el 16-XI-1905. Fué baut. el 20-XII siguiente en San Nicolás de Bari, siendo sus padrinos los abuelos Manuel J. Aguirre y Quiteria García de Agote. Casó en la Iglesia de La Merced, el 16-XI-1929, con Ricardo Ballestero Barruti, n. el 6-V-1900; fall. 20-VIII-1976 (hijo de Ildefonso Ballestero Ruiz Huidobro y de Susana Barruti Viña). Murió “Mecha” Agote el 8-X-1975, sin hijos. B) Marta Elena Agote Aguirre, nac. el 5-VII-1909. Fué baut. el 12-IX siguiente en San Nicolás de Bari, bajo el padrinazgo de Adolfo Dávila, su tío político y de Enriqueta Lynch de Aguirre, su abuela materna. Es soltera. C) Susana Victoria Agote Aguirre, nac. el 20-V-1911. Fué baut. el 22-VI siguiente en su casa natal (Cerrito 271), apadrinada por sus tios Pedro Agote y María Eugenia Aguirre de Ibarguren. Es soltera. 2) Manuel Roberto Aguirre Lynch, nac. el 29-VIII-1880. Fué baut. el 28-X siguiente en la Iglesia del Socorro, siendo padrinos el tío abuelo Roberto Lawson Demaría y su tia carnal Victoria Aguirre Anchorena. Falleció “Manolo”

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Aguirre a los 19 años, el 14-1-1899, de fiebre tifus, en la quinta de San Isidro. 3) María Eugenia Aguirre Lynch, que seguirá en XIII. 4) Julián José Aguirre Lynch, nac. 19-III-1884. Fué baut. en la Iglesia del Socorro el 2-X siguiente, por el Presbítero Juan Nepomuceno Terrero, siendo padrinos Francisco Guillermo Arning, “natural de Inglaterra” (sic, por Alemania) y “Encarnación Loza (sic, por Lawson) de Arning”. Casó el 3-XI-1916, en casa de la familia de la novia, con Adela Maria Francisca Ocampo Vedoya, nac.1O-X-1894 y fall. el 15-VI-1965 (hija de Martín Alberto Ocampo y Ocampo y de Josefina Vedoya Sierra; n.p. de Manuel Anselmo Gregorio Ocampo Lozano y de Angélica Gabriela Ocampo Regueira; n.m. de Juan José Vedoya Núñez y de Nemesia Sierra). Julián Aguirre Lynch fué Abogado y Escribano. Heredó el viejo casco de “El Chajá”, con 2.580 hectáreas de campo. Murió de 80 años, el 20-III-1964. Hubo por hijos: A) Adela María Teresa Aguirre Ocampo, nac. el 15-X1917, baut. en la Iglesia de San Agustín, siendo padrinos su tío Eduardo M. Aguirre Lynch y su abuela materna Josefina Vedoya de Ocampo. Casose el 29-V1938 con Fernando Rubio Egusquiza, n. 1O-X-1904 (hijo de Manuel Florencio Rubio y de Carlota Egusquiza Rodríguez Viana). Son los padres de: a) Fernando Rubio Aguirre, nac. 11-IX-1939. Casó y se separó de Susana Granara. Con sucesión. b) Santiago Rubio Aguirre, nac. 7-XII-1940. Casó con María Elena Pimentel (hija de Carlos Pimentel y de María Elena Barreiro). Con sucesión. c) Manuel Rubio Aguirre, nac. el 18-III-1942. Casó con Elena Beláustegui O'Relly (hija de Eduardo Beláustegui Lanusse y de Elena O'Relly). Con sucesión.

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d) José Luis Rubio Aguirre, nac. 2-V-1944. Casó con Maria Marta Bustillo Seré, (hija de Cesar Bustillo Ayerza y de Celina Julia Seré). Con sucesión. e) Alejandro Rubio Aguirre, nac. 29-V11-1946. Casó con Patricia Beláustegui O'Relly (hermana de Elena anteriormente nombrada). Con sucesión. B) Julián Manuel Francisco Aguirre Ocampo, nac. el 3-XII1922, baut. en la Iglesia de San Agustín, fueron sus padrinos los tios Hortensio Aguirre Lynch y Elena Ocampo Vedoya. Casó en 1946 con María Rosa Madero Esteves, n. 23-VI-1922 (hija de Jorge Gregorio Madero Alzaga y de Angélica Esteves Fernández; n.p. de Francisco Domingo Madero Ramos Mexía y de María Sofía Cayetana de Alzaga Piñieyro; n.m. de José Antonio Baltazar Esteves Rubio y de Laura Fernández Piñeyro — ver el apellido Hoyos). Falleció “Juliansito” el 3-IX1983, y dejó estos hijos: a) Julián Jorge Aguirre Madero, nac. el 16-XI-1946. Casó con Marta Gorostiaga (hija de Manuel Norberto Gorostiaga y de Marta Quesada; n.p. de Norberto Gorostiaga de la Riestra y de Angélica Vidal Molina Harris; n.m. de Josué Quesada Casares y de Germana Dagounossat). Con sucesión. b) María Aguirre Madero, nac. el 25-VIII-1948. Casó con Federico Peña Oyuela (hijo de Federico Peña Fauvety y de Sara María Oyuela Bilbao la Vieja). Con sucesión. c) Martín Aguirre Madero, nac. el 29-XII-1950. Casó con Adela Ruete (hija de Enrique Ruete y de Lía Aguirre, uruguayos). Con sucesión. 5) Adriana Trinidad María Aguirre Lynch, nac. el 16-VII1885. Fue baut. el 1O-IX siguiente en la Iglesia de San Miguel Arcángel por el Presbítero Juan N. Terrero, siendo padrinos sus tios abuelos Emiliano C. Aguirre y Ramona Herrera de Aguirre. Tuvo, más adelante, como madrina de

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confirmación a su hermana María Eugenia Aguirre. Se casó en su vivienda de la calle Cerrito 271, el 1O-V191 3, con Alfredo Bonifacio Bernardino Huergo, Médico, nac. el 20-V-1884; fall. el 28IV-1965 (hijo de Alfredo Valentín Huergo Saravia, nac. 19-XII-1844 y de Dolores Berrenechea Ribero, n. 30-III-1850; n.p. de Bonifacio Huergo Cainzo y de Trinidad Saravia Tejada; n.m. de Juan Bernabé Barrenechea Dorrego Churruca y Salas y de Juana del Ribero Fernández Cueli y Chaves). Adriana falleció sin hijos, de 87 años, el 24-VII-1973; legó su estancia “El Cármen” — 693 hectáreas que fueron de “El Chajá” — a sus sobrinos Carlos y Enrique Ibarguren Aguirre. 6) Hortensio Nicanor María Aguirre Lynch (foto) , nac. el 26-VI-1887; baut. en la Iglesia de San Miguel, bajo el padrinazgo de Benjamín Sáenz Valiente Ituarte y de Mercedes Demaría de Uriburu. Hortensio fué Ingeniero Agrónomo y heredó la estancia “Hinojales” — 2.580 hectáreas desprendidas de “El Chajá”. Falleció soltero a los 65 años el 14-VIII-1952. 7) Agustín Casimiro Aguirre Lynch, nac. 21-VI-1888; baut. en la Iglesia de San Miguel, siendo padrinos su tío político Ignacio Gómez y

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María Arning Lawson, prima hermana de su madre. Casó el 31-VII-1915, en la Iglesia del Socorro, con María Luisa García Estrada, baut. el 12-V-1894 (hija del escritor y catedrático Juan Agustín García Cortina y de María Luisa de Estrada Acha; n.p. de Juan Agustín García Seoane, Ministro de Hacienda de la Nación, y de Jovita Gregoria Cortina de Diego; n.m. de Juan Martín de Estrada Barquin y de Eusebia Acha Carretero). Agustín Aguirre heredó la estancia “San Mateo” — 2.525 hectáreas, originarias de “El Chajá”. Falleció a los 45 años el 29-V-1934, sin hijos. Su viuda María Luisa García Estrada pasó a 2as nups. con el Dr. Ricardo Bracht. 8) Eduardo María Aguirre Lynch, nac. el 19-XI-1889; baut. en la Iglesia de San Ignacio, siendo padrinos José María Lozano Plomer y su hermana Mercedes Aguirre. Casó el 8IV-1920 con Helena Bollini Shaw, en casa de Alejandro Shaw, tío de la novia (ella nac. 12-VII-1899, hija de Carlos Bollini Liscar y de Adelaida Shaw Mac Lean; n.p. de Francisco Bollini y de Felisa Liscar; n.m. de John Shaw y de Mary Mac Lean) Eduardo Aguirre heredó la estancia “El Granado” — 2.550 hectáreas que fueron de “El Chajá”. Falleció a los 81 años el 23-II-1971 . Hubo estos tres hijos: A) Eduardo Manuel Aguirre Lynch Bollini, nac. el 28-XII1920; baut. en la Iglesia del Socorro, siendo padrinos sus abuelos Carlos Bollini y Enriqueta Lynch de Aguirre. Casó el 16-X-1959 con Maria Inés Urquiza Gowland, nac. el 8-V-1836 (hija de Félix Caseros de Urquiza Anchorena y de María Carlota Eusebia Gowland Peralta Alvear; n.p. del Coronel Alfredo Froilán de Urquiza Illa y de Lucila Marcelina de Anchorena Aguirre Arana e Ibáñez; n.m. de Alejandro Gowland Buttner y de María Carlota Peralta Alvear Videla Dorna). Sin sucesión. B) Carlos Manuel Aguirre Lynch Bollini, nac. el 2-X-1924; baut. en la Iglesia del Socorro, siendo padrinos sus tios

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Carlos Bollini Shaw y Mercedes Aguirre de Agote. Soltero. C) Manuel Alejandro Aguirre Lynch Bollini, nac. el 12-XI1925; baut. en la Iglesia del Socorro, siendo padrinos sus tios Rafael Aguirre Lynch y Gisele Shaw. Casó el 24-IX-1974 con Bryda Gahan (hija de Patricio Gahan y de Brígida Rooney). Falleció Manuel el 29-III-1975, sin sucesión. 9) Roberto Juan Aguirre Lynch, nac. el 8-II-1891; baut. en la Iglesia Parroquial de San Isidro apadrinado por José G. Balcarce, su tío político, y Susana Aguirre de Gómez, su tia carnal. Casó el 26-VII-1920, en la Iglesia de La Merced, con Matilde Méndez Sánchez Elía, nac. el 4-VI-1900 (hija de Alfredo Felipe Méndez Huergo y de Matilde Sánchez Elía; n.p. de Angel María Méndez Huergo y de Trinidad Huergo Saravia; n.m. de Ignacio Justo Sánchez Aguirre y de María Modesta de Elía Illa). Roberto Aguirre heredó el campo “El Galpón” — 2.525 hectáreas que integraban “El Chajá”. Falleció a los 42 años el 29-II-1932. Su viuda pasó a 2as nups. con Alfredo Santamarina Terrero. Hijos del matrimonio Aguirre-Méndez resultaron: A) Roberto Manuel Aguirre Méndez, nac. el 14-VII-1921, siendo sus padrinos de baut. Hortensio Aguirre Lynch y su abuela materna Matilde Sánchez Elía de Méndez. Casó 20-V-1960 con Lucila Oromi Frers (hija de Federico Oromi Villate y de Susana Frers Lynch; n.p. de Federico Guillermo Oromi Lavié y de Juana Rita Villate Ximénez; n.m. de Julián Frers Lynch y de Cora Juliana Mercedes Lynch Venzano — ver el apellido Lynch). Con sucesión. Murió “Robertito” Aguirre el 27-I-1981. B) Elena Aguirre Méndez, nac. el 1-XII-1924; baut. el 27XII siguiente en la Iglesia del Socorro; fueron padrinos su tío Alfredo Méndez y su abuela Enriqueta Lynch de Aguirre. Casó con Carlos Quesada Acosta (hijo de Carlos Ruperto Quesada Foley y de Celina Acosta Castelli;

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n.p. de Ruperto Quesada del Sar y de Julia Isabel Foley Rubio; n.m. de Eliseo Pablo Acosta Martínez y de Angela Castelli Bois) . Con sucesión. C) Matilde Aguirre Méndez, nac. el 1-XII-1924, melliza de la anterior, se baut. el mismo día, siendo padrinos Carlos Ibarguren, su tío político, y Carmen Sánchez Elía de Quintana, su tia abuela. Matilde es soltera. 10) Enriqueta Francisca Encarnación Aguirre Lynch, nac. el 11-VI-1892; baut. en la Iglesia de San Ignacio siendo padrinos su hermano Manuel Roberto Aguirre y su tia política Francisca Madero de Lynch. “Enriquetita” murió, niña de 3 años, el 26-VIII-1895. 11) Elena Aguirre Lynch, nac. el 26-VI-1893; baut. en la Iglesia de San Ignacio, siendo padrinos sus hermanos Julián Aguirre Lynch y María Eugenia Aguirre. Se casó el 30V-1925 con Alfredo Jacinto Villegas Hamilton, nac. 1892; fall. 20-IX-1959 (hijo de Jacinto Villegas y de Elena Hamilton). Mi tía Elena murió el 9-IV-1984. Hubo estos hijos: A) Elena Maria Villegas Aguirre, nac. el 30-VII-1926; baut. en la Iglesia del Socorro, siendo padrinos sus abuelos Jacinto Villegas y Enriqueta Lynch de Aguirre. Casó el 11-XII-1959 con Tristán José de Achaval Rodríguez Caminos y de Cecilia Ayerza Jacobé; n.p. de Tristán de Achaval Rodríguez y de Victoria Caminos Vidal; n.m. de José Francisco Ayerza Zabala y de Josefina Jacobé Iraola). No tienen hijos. B) Alfredo Jacinto Santiago Villegas Aguirre, nac. el 30XII-1927; baut. en la Iglesia del Socorro siendo padrinos su tío Agustín C. Aguirre y su abuela paterna Elena Hamilton Villegas. Falleció soltero, el 6-VII-1 973. C) Alejandro Federico Villegas Aguirre, nac. el 30-VI1930, baut. en la Iglesia de San Agustín, siendo padrinos sus tios Rafael Aguirre Lynch y Maria Magdalena Villegas Hamilton. Se casó 11-V-1960 con Marcela

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Fernández Rodrigué (hija de Hilario J. Fernández y de Maria Rosa Rodrigué). Con sucesión. D) Josefina Enriqueta Villegas Aguirre, nac. el 17-XI1932, baut. en la Iglesia de San Martín de Tours, siendo padrinos los tios Gabriel J. Martínez Villegas y Mercedes Aguirre de Agote. Josefina es soltera. E) Jacinto Villegas Aguirre, nac. el 12-VII-1934; baut. en la Iglesia de San Martín de Tours, siendo padrinos sus tios Jacinto Villegas Hamilton y María Eugenia Aguirre de Ibarguren. Casó el 1 8-VIII-1972, en Córdoba, con Graciela Sala. Con sucesión. 12) Rafael Ricardo Aguirre Lynch, nac. el 7-II-1895; baut. en la Iglesia de San Ignacio, siendo padrinos el Doctor Rafael Herrera Vegas y su tia Rosa Aguirre de Balcarce. Rafael se recibió de Abogado y heredó la estancia “Cerrillos”, campo de 3.200 hectáreas que integraba “El Chajá”. Murió soltero, sin sucesión, el 31-XII-1984. 13) Victoria Sofía Aguirre Lynch, nac. el 15-IX-1896; baut. en la Iglesia de San Ignacio, siendo padrinos Federico Terrero y Sofía Arning de Bengolea. Casó el 15-VI-1918, en su casa de la calle Parera 134, con Máximo Landivar Monnet, nac. 1889; fall. 14-IX-1950 (hijo de Julio Máximo Landivar Elizalde y de Isolina Monnet del Sar; n.p. de Máximo Landivar Palacios y de Elvira de Elizalde Beláustegui; n.m. de Daniel Monnet Arnau y de Manuela Fortunata del Sar Elias y Colón de Larreategui, descendiente legítima de Cristóbal Colón). Victoria falleció el 16-II-1975 y hubo estas hijas: A) Victoria Enriqueta Landivar Aguirre, nac. el 12-IV1921, baut. en la Iglesia del Socorro, siendo padrinos sus abuelos Julio Landivar y Enriqueta Lynch de Aguirre. Casó el 1941 y luego se separó de Eduardo García Fernández Urdinarrain. Con sucesión. B) Susana Isolina Landivar Aguirre, nac. el 1-IX-1928, baut. en la Iglesia del Socorro, siendo padrinos Julián

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Aguirre Lynch, su tío y su abuela paterna Isolina Monnet de Landivar. Casó y se separó de Rómulo Ayerza Achaval. Con sucesión. 14) Alejandro Martín Aguirre Lynch, nac. el 12-XI-1897; baut. en la Iglesia de San Ignacio, siendo padrinos su hermano Manuel Roberto Aguirre y Julia Lawson, prima hermana de su madre. Fué su padrino de confirmación su cuñado Carlos Ibarguren. Heredó Alejandro el campo “La Verde” — 3.500 hectáreas desprendidas de “El Chajá”. Murió víctima de la tuberculosis a los 22 años, el 18-VII1921. XIII — MARIA EUGENIA AGUIRRE LYNCH nació el 10-VI-1882, en la casa quinta de la calle Esmeralda 705, contigua a la barranca de “El Retiro”. Cinco dias mas tarde (15 de junio) Manuel J. Aguirre le escribió a su padre Manuel Alejandro, que estaba en Londres: “... Enriqueta tuvo una chica el 10 de éste con toda felicidad y sigue hasta ahora mui bien, lo mismo que la criatura”. Tres meses después, la criatura fué bautizada en la Iglesia del Socorro (15). A los quince 15 La condigna partida dice textualmente. “En diez y nueve de Septiembre del año del Señor de mil ochocientos ochenta y dos, el Teniente Cura Don Isidro Buffardi, por el infrascripto Cura de esta Parroquia de Nuestra Señora del Socorro, bautizó solemnemente, puso óleo y crisma, a María Eugenia, de sexo femenino, que nació el día diez del mes de Junio de mil ochocientos ochenta y dos, a las 4 horas de la tarde, en el municipio de la Capital de la Nación Argentina, siendo el 3º hijo de éste matrimonio; hija legítima de Don Manuel Aguirre, natural del municipio de la Capital de la Nación Argentina, de 32 años de edad, de profesión Estanciero, de Religión Católico, que sabe leer y escribir, y de Doña Enriqueta Lynch, natural del

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años la niña hizo su primera comunión, y también la confirmaron bajo el madrinazgo de Maria Arning — señora que seria de Hasperg —, prima hermana de su madre. Y Maruja, ya mayor de edad, se casó con Carlos Ibarguren, el 15-VI-1904, en la Iglesia de San Nicolás de Bari. El Obispo de La Plata Monseñor Juan Nepomuceno Terrero dió la bendición nupcial a los contrayentes, y fueron padrinos de sus hijos, ante el altar, Margarita Uriburu de Ibarguren y Manuel J. Aguirre. Un no pequeño escrúpulo me plantea el intento de esbozar la semblanza de mi madre. Ella — tan discreta — siempre receló de los que validos de la literatura o de la confidencia fácil, desnudan para el público sus sentimientos íntimos, sus afecciones más entrañables. No voy pués ahora, en estos nostálgicos recuerdos trasladados al papel, a exteriorizar el cariño que tuve y guardo hacia quien me dió la vida y, con su ejemplo, me enseñó cómo se la debe vivir. Sólo aquí, en pocas palabras, diré sencillamente que tenia raza, cual lo evidenciaban su figura delgada y esbelta, su pelo moreno, sus ojos castaños iluminándole el rostro de facciones finas; el espigado cuello erguido con natural distinción y aquellas manos blancas, suaves, de largos dedos con uñas combadas, pulidas, perfectas... En 1913 Teodoro Roosevelt — el “riflero terrible y fuerte cazador, con un algo de Washington y cuatro de Nemrod” — al tener a su lado en un banquete oficial a mi madre — joven, bella, elegante, que hablaba fluidamente inglés — le dirigió este piropo justiciero: “Es usted una duquesa, no como municipio de la Capital de la Nación Argentina de 25 años, de Religión Católica, que sabe leer y escribir; domiciliados en la calle Esmeralda 705; siendo padrinos don Julián Lynch, natural de Buenos Aires, de 24 años de edad, domiciliado en la calle de Defensa nº 25, y doña Sara Lawson de Carrega, natural de Buenos Aires, de 30 años de edad, domicilida en la calle Garantias nº 28, a quienes advierto el parentesco espiritual con la ahijada y con sus padres, y la obligación de enseñarle la doctrina cristiana; y por señal de verdad lo firman: El Cura de la Parroquia Jose Apolinario Casas. Padrino: Julián Lynch; Madrina: Sara Lawson de Cárrega”.

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las duquesas son, sinó como deberían ser”. Y en otra comida, el ilustre huésped norteamericano se lamentó de que a la grácil “ministra” el protocolo la hubiera alejado de su cabecera, sentándola al otro extremo de la mesa, entre el general Roca y el ministro Indalecio Gómez. Es que el enérgico “Teddy”, abominador de cobardías y blanduras decadentes, simpatizó al momento con aquella juvenil señora, sobre todo cuando supo que había tenido cinco hijos seguidos. Y cierta tarde en que el prócer yanqui asistía junto al ministro de Instrucción Pública y su mujer, desde la balconada del Consejo Nacional de Educación, a un patriótico desfile escolar en la Plaza Rodríguez Peña, al enterarse que en una sala contigua se hallaban los dos hijos mayores del matrimonio Ibarguren, abandonó el balcón y se vino a conocernos, sellando Roosevelt la despedida con efusivos “shake hands”, mientras desplegaba, de oreja a oreja, una irrefrenable sonrisa alrededor de sus dientes enormes. Mi madre fué profundamente religiosa, y a través de su fé católica esencial, emprendió — intransigente consigo misma — la dura tarea de corregir las que estimó sus imperfecciones. Supo ella, desde luego, asumir las responsabilidades del mundo y atarearse — como Marta — en quehaceres profanos; pero en la intimidad, su espíritu había escogido la mejor parte — como María —, procurando armonizar su medio ambiente con los preceptos evangélicos de Jesús. Fiel militante de la Iglesia, mi madre formó parte de la antigua Archicofradía del Santísimo Sacramento, anexa a la Catedral. Congregación que se fundó en 1633 con el nombre de “Hermandad de la Esclavitud del Santísimo Sacramento”, para dar realce y esplendor al culto de la Eucaristía. Su primer “esclavo mayor” había sido el Capitán Pedro de Giles, y la comunidad se estableció entre nosotros como filial de la instituida en Madrid en 1607, en desagravio del sacrilegio llevado a cabo por la soldadesca antipapista de Jacobo I de Inglaterra, que irrumpió en un templo católico arrojando las hostias consagradas a sus caballos. Asimismo perteneció mi madre a la Archicofradía de la Guardia de Honor del Sagrado Corazón de

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Jesús, canónicamente erigida por el Arzobispo Aneiros en 1889, en la Iglesia de San Francisco; y también fué “Hija de María de la Santa Unión de los Sagrados Corazones”, entidad ésta, destinada a la práctica de ejercicios espirituales y obras pías en homenaje y a devoción de la Virgen. La Sociedad de Beneficencia la contó entre sus damas. Era tradicional en dicha institución, que a algunas descendientes de las matronas fundadoras, o de sus familias patricias, se las eligiera como socias. De tal modo, a partir de 1823, a lo largo de ciento veinticinco años, distintas señoras de Aguirre integraron el benéfico organismo creado por Rivadavia; que, más tarde, dependió del Gobierno Nacional, y tuvo bajo su dirección — a manera de un vasto ministerio de Bienestar Social —, no solo a la Casa de Expósitos y colegios de niñas, sinó a hospitales, consultorios médicos, asilos, maternidades, orfelinatos, manicomios, colonias de vacaciones, escuelas agrícolas y talleres de manualidades; todo ello costeado por la Sociedad con el porcentaje que le asignaba la Lotería Nacional, a más de sus fondos propios, resultantes de legados y donaciones particulares. Justo es reconocer que la administración de tan variados y múltiples establecimientos realizóse honoraria y celosamente por las señoras, con desinterés ejemplar, y un espíritu de caridad hacia el niño y el desvalido exento, por completo, de impasible filantropia burocrática. Otra corporación benemérita en la cual mi madre trabajó con entusiasmo fué el Patronato de la Infancia, constituido en 1892 con el noble propósito de tutelar a criaturas desamparadas. El Patronato, cuya alma mater era doña Teodelina Alvear de Lezica, tuvo y tiene a su cargo salas cunas con asistencia médica gratuita; dispensarios para niños hasta los 14 años; escuelas de puericultura para madres, y de artes y oficios, industriales y agrícolas, destinadas a capacitar a muchachos sin recursos. Y entre tantas fundaciones de bien público, cabe destacar al internado Manuel Aguirre (que recuerda a don Manuel Hermenegildo), construido gracias a

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una donación especial de los herederos de Juan de Anchorena, e inaugurado el 4-XII-1900. Doña Maruja hereda y da vida a “El Retoño” Fallecido su padre, María Eugenia Aguirre de Ibarguren heredó de éste (además de terrenos en la Capital y barrio parque de San Isidro, del condominio indiviso con su madre y hermanos sobre la quinta e histórica chacra en esa localidad, amén del crédito contra la Comuna metropolitana por la expropiación de la casa de la calle Cerrito) una fracción de campo en el partido bonaerense de General Madariaga, antiguo pago del Tuyú, con una superficie total de 1.139 hectáreas, 56 áreas y 15 centiáreas, y las medidas, linderos y circunstancias expresadas en su título. Agrego que en el plano de subdivisión de “El Chajá” — levantado por los agrimensores Josué Moreno y Esteban Panelo — a dicho lote le correspondió el nº XI, y como su forma era la de un trapecio irregular, y aparecía en el dibujo cual botón, capullo o retoño brotado en el flanco sudoeste de la vasta área, también dividida, de la estancia principal. En razón de ello, Carlos Ibarguren al tener ante los ojos, en el referido plano, la fracción que se le adjudicaba a su mujer, exclamó: “Parece un retoño del ‘Chajá’, de ahora en adelante ese campo va a llamarse “El Retoño’”. Mi madre sentía veneración por la memoria de su padre y amaba al “Chajá”, impregnado de reminiscencias paternas, donde ella jugara de niña entre los árboles y recovecos del monte, y con infantil esmero, cerca de la calle de membrillos, a un costado de los añosos robles, cultivó su pequeño jardín, hoy desaparecido, en cuyo sitio todavía florecen y dan fruto los naranjos. Así Maruja, impelida por ese arraigo firme al terruño, cierta tarde otoñal de 1914, acompañada de su marido y sus hermanos Julián y Hortensio, y llevando también consigo a sus dos chicos mayores, salió de “El Chajá” en el coche grande a recorrer aquel “Retoño” de la estancia madre que

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ahora le pertenecía. Como ese campo iba a ser arrendado por el momento, la dueña se propuso reservar 30 hectáreas, a fin de plantar un monte y, quizás, edificar allí, más adelante, una casa de veraneo rodeada por el parque que vislumbraba en su imaginación. De tal modo los excursionistas, después de haber apreciado las distintas perspectivas que a la vista se ofrecían desde algunas elevaciones del terreno, no dudaron en elegir el lugar exacto para el venidero casco: frente al precioso panorama de la laguna Salada, limpia como un lago y casi siempre azul, poblada de pájaros y con las verdes lomas de “Cerrillos” recortando el horizonte. Resuelto el emplazamiento de la futura cabecera de “El Retoño” se alambraron esas 30 hectáreas, que fueron concedidas al “gringo” Santini, quien las disfrutaría sembrando maiz en su exclusivo beneficio, con la única condición de plantar un monte de acacias y álamos en las proximidades y en torno del rancho mandado levantar para él y su familia. Seis años más tarde, encargaron mis padres al arquitecto Roberto Soto Acebal los planos de la casa que, bajo su dirección, quedó terminada en la primavera de 1920. Y una luminosa mañana de diciembre, la familia de Ibarguren se instaló en “El Retoño”, inaugurando esa alegre casona española, que a esta altura del tiempo, sobrepasado el medio siglo, encierra, envejecida como nosotros, un mundo de recuerdos. Huelga decir que al hacer el rápido bosquejo del parque de “El Retoño”, no pretendo deslumbrar a nadie, ni parangonar su equilibrada y graciosa pequeñez con los enormes establecimientos argentinos del tiempo de las vacas gordas, que se mostraban, y se siguen mostrando, a ilustres visitantes extranjeros. Nada de eso. Pero como dentro de su modestia el casco familiar es una creación exclusiva de mi madre, y por tanto lleva el sello de su personalidad que invisible me acompaña y satura la atmósfera moral de la estancia, no puedo dejar de recordar que ella delineó con grande amor sobre contorno virgen, sin asistencia de ningún paisajista profesional, la traza de calles y caminos, y dispuso, con artístico sentido de la per-

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spectiva, la ubicación de cada planta, de cada macizo arbolado, de cada variedad de arbustos en abiertos espacios verdes. De aquí y de allá Maruja sacó ideas para sus combinaciones botánicas: de los establecimientos vecinos y familiares; de nuestra quinta de San Isidro, que proyectó Forquell; de un rincón granadino del jardín de Larreta en Belgrano. Ella misma dirigió sobre el terreno las plantaciones. Los árboles (lambercianas, cipreses, eucaliptus, nogales y robles americanos) en su mayoría se compraron en viveros del Gran Buenos Aires y de Mar del Plata. Sin embargo, también las estancias cercanas y no pocos parientes y amigos de nuestra entusiasta arboricultora, le proporcionaron abundantes ejemplares que, por cierto, darían renovado estímulo a su tarea. Obviamente, los robles europeos fueron retoños de aquellos gigantescos antecesores desarrollados en “El Chajá”. De “La Felicidad” provienen, sin duda, los olmos y las acacias primitivas. De “Hinojales” y “El Granado” vinieron los álamos, algunos pinos, y las araucarias, aromos, paraísos y árboles del cielo. Desde su “Pancho Díaz”, en la Magdalena, Emilio de Alzaga mandó un espléndido cedro azul. Luis Quirno, por su parte, contribuyó con otro magnifico “deodara”, sumado a una remesa de fresnos que hizo traer de “La Larga” de José Uriburu. Hortensia Aguirre de Leloir, a su vez, aportó algunos “pecanes” aclimatados en su chacra de Morón; y Guillermo Zorraquín regalaría quince naranjos de Concordia, de los cuales sólo dos se lograron al margen de la fuente andaluza. Así, con tantos elementos a mano, mi madre — émula heterodoxa de Le Nótre — pudo armonizar felizmente los coníferos de hojas perennes con las especies de caduco follaje; el cedro libanés con el vernáculo aguaribay; el ombú solitario con la abigarrada fronda vegetal. En 1928, mientras la familia viajaba por Europa, la casa de “El Retoño” fué ampliada, de acuerdo al plano del mismo arquitecto Soto Acebal, quedando unida esa segunda construcción con la primera mediante una garbosa torre, que le otorgó renovada belleza y equilibrio al edificio, dentro de su

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doble tamaño. Subsidiariamente — salvo la cochera que data del año 20 —, a lo largo del tiempo fuéronse construyendo los distintos alojamientos y dependencias — “las casas” — que integran hoy el casco de la estancia; con otro recinto levantado por piadosos motivos de tejas arriba: la Capilla (semejante a alguna ermita de Acelain), en cuyo pequeño oratorio frecuentemente se celebraron misas y fueron bautizados e hicieron la primera comunión varios nietos y bisnietos de doña Maruja. Orígenes de nuestra heredad campestre Respecto a esa estancia tan querida — “el condado de Maruja” la llamó Paul Groussac —, ¿cuál fué el remoto pasado de su campo? Antes todo era pampa salvaje. A partir de Garay, que instaló a nombre del Rey de España un incipiente enclave civilizado al borde del platense rio, al desierto terrestre circundante nomináronlo “realengo”. Corre una centuria, y la enorme región, desamparada y baldía, queda a merced de las tribus invasoras araucanas que, a fines del siglo XVIII, alcanzaron con sus malones casi las orillas de Buenos Aires. Después, el espacio vacante se convierte en suelo fiscal — “la tierra pública” — que Rivadavia hipotecó a los acreedores ingleses en garantía de un empréstito. Sancionada la ley de enfiteusis por iniciativa de dicho empecinado promotor de castillos en el aire, cierto vecino de la guardia fronteriza de Chascomús, Jacinto Machado, pobló en 1827 un territorio impreciso, que englobaba al futuro dominio de la señora de Ibarguren, tangente con los campos de Anchorena y de Ramos Mejía. Tuvo por padres Jacinto Machado, a Mauricio Machado, oriundo de Córdoba, y a Teresa Díaz, chascomucera como su hijo. Este se casó con Juliana Lamadrid, que le daría 11 vástagos, a saber: Patricio, Pedro José, Gumersinda, Benito (unitario beligerante y después valeroso coronel en la lucha

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contra los indios), Francisca, Urbana, Ervidio, Matilde, Paula y Petrona Machado Lamadrid. Lanzado el 29-X-1839 el “Grito de Dolores” por los autotitulados “Libres del Sur” — que intentaron voltear a Rosas en connivencia con la escuadra francesa del almirante Le Blanc y sus aliados unitarios de la “Legión Libertadora” al mando de Lavalle —, el eco de ese grito retumbaría, dos días después, en Chascomús, donde unos cuantos hacendados y comerciantes se pliegan a la revuelta. Entre ellos Jacinto Machado, su hermano Mariano y José Cruz Dehesa, cuñado de ambos, miembro de tradicional familia cordobesa y marido de Cármen Machado. Los facciosos declaran caduca la autoridad del Juez de Paz rosista Felipe Girado, y en su reemplazo — escribe Angel J. Carranza en su Revolución del 39 — “el respetable vecino don Jacinto Machado obtuvo el voto unánime de sus convecinos, que le prometieron, en alta voz, ayudarle con entera consagración”. El júbilo antifederal de Jacinto era grande, al punto que engalanó su casa de negocio con pañuelos de espumilla celeste y blanca, a guisa de banderas. Empero, poco duraría la euforia del revoltoso Juez de Paz; cinco días solamente permaneció en el cargo: del 2 al 7 de noviembre, fecha del combate de Chascomús, donde Prudencio Rosas derrotó por completo a los “Libres del Sur”. En consecuencia; Jacinto Machado no fue ya mas libre, cayó prisionero, y sus victoriosos enemigos lo pasaron por las armas en el pueblo de Dolores, el 22-III-1840. De yapa, las haciendas del reo quedaron embargadas: 2.500 vacunos, 1.000 ovejas y 500 caballos, que pastoreaban en “las lomas de Machado”, campo que el poblador enfiteuta había solicitado comprar al gobierno en 1838. Posteriores antecedentes jurídicos de las tierras fiscales en cuestión Transcurre movido, cambiante y violento, más de un cuarto de siglo de historia argentina, y el 5-X-1875 se presenta

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ante las autoridades de la provincia de Buenos Aires Benito Ruiz, apoderado de Patricio Machado, y expresa: Que según constaba en el expediente respectivo, la señora Juliana Lamadrid, viuda de Jacinto Machado y madre de su poderdante, había seguido una larga cuestión, desde 1855, con Juan Antonio Areco y con Dámaso Bellido, acerca del derecho sobre unos terrenos fiscales en el partido del Tuyú, cuya controversia se transó oportunamente en 1869, deslindándose las porciones de cada parte, tras una mensura general del terreno en disputa. Que en mérito de tal arreglo, consideraba llegado el momento de verificar la transferencia, a favor de Machado, de la tierra que le fuera adjudicada. En los aludidos autos, además, constaba que en 1827 el padre de los Machado pobló el campo en cuestión, cuya compra estuvo solicitando a partir del año 1838; y que en 1840 dicho campo había sido embargado, por lo que le alcanzaban los beneficios de la ley que devolvía los bienes a toda persona a quien Rosas damnificara con esa medida. Zanjado pues ese pleito con Areco (el cual — acaso por la constancia con que había porfiado en el litigio de referencia — quedó propietario de dos campos que él llamó “La Constancia” y “La Porfía”) y con Bellido (quien obtuvo “La Merced”, agrandando así a “La Felicidad”, cuyas estancias luego recayeron en su nieta Nicolasa Pita Bellido, consorte de Teodoro Serantes Aristegui, y, después, en los hijos de ellos); la fracción que correspondía a los herederos de Machado — ¡oh ritmo imperturbable de la burocracia! — recién el 5-VII1880 el jefe de la oficina de Tierras Públicas resolvió pasar el expediente respectivo a la mesa de liquidación a fin de que ajustase el precio de ese terreno. Su valor estimativo se verificó sobre una legua cuadrada y 171, 10 milímetros, a razón de 150.000 pesos moneda corriente la legua, o sea la suma de 152.567 pesos, incluídos los arrendamientos; precio que los Machado abonaron en la forma siguiente: 27.427 pesos, importe de la sexta parte al contado, y el saldo restante de 127.140 pesos los compradores lo pagarían en Letras por igual

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valor, en cinco cuotas anuales, hipotecando el bien en garantía de las Letras a vencer. Bajo tales condiciones, el 29-VII-1880, el Vice Gobernador de la provincia José María Moreno, en ejercicio del mando, otorgó — ante el Escribano Pedro Vicente Acevedo y los testigos Nicolás Mariño y Adolfo Mendiburu — la escritura de dominio a favor de la sucesión de Jacinto Machado y de su esposa Juliana Lamadrid, representada por el heredero Patricio Machado, vecino de Chascomús. La superficie que se enagenaba en el partido del Tuyú, componíase a 2.746 hectáreas, 04 áreas y 50 metros cuadrados; lindera al Este con Mercedes Anchorena de Aguirre (“El Chajá”), al Noroeste con los herederos de Juan Antonio Areco (“La Constancia”) y al Sud y Sudeste con Nicolasa Pita de Serantes (“La Felicidad” y “La Merced”, respectivamente). Complementando estas aburridas precisiones notariales, indico que el derecho sobre el campo del que derivan “El Retoño”, “La Fé” y la loma de Matías Elso, había recaido en condominio en los once hijos de los cónyuges Jacinto Machado y Juliana Lamadrid, según división de bienes aprobada en la testamentaria por auto del 4-V-1855, y declaratoria de herederos dictada el 31-III-1868, por los Jueces José A. Acosta y Emilio A. Agrelo de modo respectivo. Posteriormente, Patricio Machado — además de la parte que le correspondía por derecho propio como heredero de su padre —, había ido comprando a sus hermanos coherederos Pedro José, el coronel Benito, Gumersinda, Francisca, Urbana y a la sucesión de Evidio, las porciones de cada cual. Así, al escriturar el gobierno ese campo a favor de los Machado, Patricio resultó dueño de 7 partes; y a la semana de aquella última escritura, el 6-VIII-1880, Patricio vendió tales porciones a Josefa Moreno viuda de Cabrera; la cual, al correr del tiempo, fué adquiriendo por distintas compras las parcelas

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restantes de otros copropietarios (16). Por lo demás, el 16-X1899, ante el Escribano de La Plata Tomás Bravo, convino Josefa Moreno con sus hijos y herederos de su finado marido Segundo Cabrera, que el campo comprado por ella a los descendientes de Jacinto Machado fuera considerado bien ganancial propio. En 1905 falleció Josefa Moreno de Cabrera. De los autos sucesorios respectivos que tramitaron ante el Juez Puig Lomes, resulta que la causante legaba por testamento el 5º de sus bienes al menor Segundo Natividad García, criado y mantenido a su lado, y que los herederos forzosos suyos resultaban los 9 hijos legítimos que ella tuvo con Segundo Cabrera: Ceferino, Domingo, Rudecindo, Agustina, Emiliana, Clara, Marcelino, Serapio y Benito José. Entre los bienes declarados en la testamentaria, encontrábase la fracción de campo conocida como “Lomas de Machado” (que ahora comprende “El Retoño” y la loma de Matías Elso), pués el dominio de casi la mitad del terreno originario, había sido transferido a Domingo Cabrera por su madre en vida. (Esta mitad es la que conforma la estancia sucesivamente llamada “La Cecilia” de Cabrera, “La María Luisa” de Sáenz Valiente, hoy dividida en dos: “La Fé” de Eleonora Guerrero de Schindler, y “La Ernestina” de Héctor Guerrero). Aquella extensión hereditaria dejada por la causante (1.396 hect. y 12a. y 32c., lindante al E. con Manuel J. Aguirre, al N. y 0. con Juan J. Areco, y al S. con Domingo Cabrera), fué repartida entre los coherederos y el legatario de 16 La viuda de Cabrera adquirió la parte de Esteban Machado, el 3X-1881, ante el Escribano Leandro M. González; la parte de María Celina Cony (heredera de Matilde Machado), el 13-VIII-1884, ante el Escribano Ramón Monterroso; la parte de Inés Gándara de Duffy, Jacinta, José Antonio y Benito Gándara (herederos de Paula Machado de Gándara), el 17-X1886, ante el Escribano Tomás Bravo; y finalmente de la testamentaria de Luisa Cabello (sucesora de Petrona Machado de Cabello), el 27-IV-1899, la parte restante, ante el mismo Tomás Bravo.

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la viuda susodicha, pero al no ponerse ellos de acuerdo acerca de su destino común, resolvieron dividirla en dos lotes: uno fué adjudicado a varios condóminos, y abarcaba casi la mitad del actual campo “El Retoño” (sus potreros confinantes con el puente y cañadón del “Toruno”), adjunto a la “Loma de Cabrera” (que hogaño pertenece a Elso), antaño se llamo “La Nueva Porfía”. Respecto al otro lote (que actualmente incluye la loma con el monte del casco de “El Retoño” y casi toda la laguna Salada) fué sacado a remate por intermedio de los martilleros Román Bravo y Cia., comprándolo, en 69.000 pesos m/n, mi abuelo Manuel J. Aguirre. Por tanto, el 15-V-1905, en La Plata, el Juez Tomás Puig Lomes, en los autos “Moreno de Cabrera doña Josefa, su sucesión”, ante el Escribano Isidoro F. Boyé, transfirió a Manuel J. Aguirre, representado en la escritura por Hipólito Oyenard, la propiedad de aquel lote de campo, compuesto de 674 hectáreas, 96 áreas, que lindaba al N.N.E. con el lote que se reservaron los sucesores de la viuda de Cabrera, al E. con campo del comprador (el potrero “Cerrillos” de “El Chajá”). al S.S.O. con Domingo Cabrera (hoy “La Fé”), y al N.O. con Juan José Areco (“La Constancia”). A su vez, el lote pegado al flanco N.N.E. del que acababa de comprar mi abuelo Aguirre, experimentará, en adelante, modificaciones en su dominio y estructura, efectuadas entre los herederos y el legatorio de la causante Josefa Moreno, hasta quedar el hijo de ella Domingo Cabrera, como único dueño de 464 hect. 60 a. y 15 c. que correspondían al lote 11 del respectivo plano de subdivisión. Entonces, el 15XII-1910, ante el Escribano de La Plata Esteban F. Achinelly, Domingo Cabrera, vecino de General Madariaga, vendió a Jacobo Iphar, vecino de Dolores, aquel lote 11, por el precio de 60.000 pesos m/n. Finalmente, el 19-VI-1912, ante el Escribano Alberto M. Haedo, Jacobo Iphar — que figura como vecino de Madariaga — transfirió el lote antedicho, por la cantidad de 74.336 pesos y 24 cents. m/n, pagados al contado, a Manuel

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J. Aguirre. Así, al adquirir mi abuelo aquellas 464 hects. 60 a. 15 c. para sumarias a las 674 hects. y 96 a. Iimítrofes — que antaño comprara a los Cabrera —, redondeó las 1.139 hects. 56 a. 15 c. que conforman la superficie de ese trapecio anexo, como un “retoño”, a su viejo “Chajá”. A par de su heredado “Retoño”, Maruja Aguirre de Ibarguren llegó a poseer, en el partido de General Madariaga, el campo llamado “La Verde”, con una superficie de 881 hects. 8 a. 9c., que fué parte de “El Chajá”, y que heredara Alejandro Aguirre a la muerte de su padre don Manuel. Fallecido Alejandro soltero y sin hijos, “La Verde” pasó a su madre, y al morir doña Enriqueta, el campo en mayor área salió a la venta en 1940, adquiriendo la fracción referida la señora de Ibarguren, como bien propio, de sus hermanos coherederos. Otro de los campos poseidos por doña Maruja fué “Las Rosas”, compuesto de 418 hects. 8 a. 97 c., fracción desprendida de la antigua estancia “La Felicidad”, que perteneciera, sucesivamente, a Bellido, Pita, Serantes y a C.O.F.I.M.A.R., de cuya Sociedad Anónima la hubo por compra Carlos Ibarguren en 1948, a fin de agregar “Las Rosas” a la explotación de “El Retoño”. También heredó doña Maruja, tras la muerte de su hermano Hortensio en 1952, un lote de campo de 258 hects. que era parte del establecimiento “Hinojales”, heredad de éste desprendida de “El Chajá”. Así, pués, estos tres campos reunidos con “El Retoño” sumaban en conjunto 2.716 hects. 73 a. y 11 c., que se explotaron por su dueña y su marido en sociedad con el elaborador de estas referencias. Final de doña Maruja Aguirre y del presente estudio de su linaje paterno Por hábito profesional, sin duda, incurrí en larga y descolorida digresión acerca de los antecedentes y transferencias del dominio de “El Retoño” y demás campos de mi

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madre; sepa tolerar el pegote quien, benevolente, haya avanzado hasta aquí en la lectura de este mamotreto familiar. Cerrando el paréntesis, sólo me resta agregar que doña Maruja, después de sobrevivir seis años a su marido, entró en el misterio de la muerte el 24-X-1962. Al día siguiente el diario La Nación, en nota necrológica sin firma (que luego supimos fué escrita por Adolfo Mitre), así destacaba en términos nada convencionales algunos rasgos característicos de su persona: “La larga enfermedad que había alejado de los círculos de nuestra sociedad tradicional a Da. María Eugenia Aguirre de Ibarguren, y que ayer puso fin a su noble existencia en Buenos Aires, a la edad de ochenta años, no pudo disminuir el interés que rodeaba a su excepcional figura. Desde su casa, en el seno de su familia, prolongaba día a día, para quienes llegaban a su aislamiento, una imagen perdurable de encanto y señorio. Allí se extinguió, entre sus recuerdos y entre quienes llevan en la sangre su claro mensaje argentino, cerca de los retratos y los libros que evocaban la personalidad de su ilustre esposo, el doctor Carlos Ibarguren, y de los testimonios que proclamaban, a lo largo del tiempo, la continuidad de una estirpe vinculada a muchos episodios memorables de la patria ... Poseía una elegancia innata que se evidenciaba en sus menores ademanes ... Desaparece con ella una verdadera señora de Buenos Aires, generosa y fina, bella y bondadosa, dedicada a hacer el bien sin alardes y a ennoblecer, por la sola virtud de su presencia, el medio en el que le tocó actuar y en el que cumplió con dignidad la misión responsable que le correspondía...”. Los hijos, nietos y bisnietos de doña Maruja Aguirre se consignan en el capítulo referente al linaje de Ibarguren, al cual me remito.

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APENDICE I

Crónica de la Histórica Chacra de Aguirre en San Isidro (Hoy Museo Brig. Gral. Juan Martín de Pueyrredón) Arrancan los antecedentes jurídicos — diré así — de la histórica chacra de mi bisabuelo Aguirre en San Isidro, del primer reparto de “tierras y cavallerías y huertas en la ribera del norte”, efectuado por Juan de Garay el 24-X-1580, a fin de premiar los servicios de sus esforzados compañeros de conquista, los cuales, trocados en pobladores — según expresó su Jefe —, “como cosa suya propia puedan en esas tierras edificar, así casas como corrales, y poner cualesquier ganados y hacer cualesquier labranzas que quisieren y por bien tubieren, y poner cualesquiera plantas y arboles, sin que nadie se lo pueda perturbar, como si lo hubieran heredado del propio patrimonio”, ya que esos hombres metidos debajo del estandarte real, “vinieron y están conmigo sustentando dicha población, (Buenos Aires) para cuyo asentamiento realizaron muchos gastos de sus haciendas y pasaron muchos trabajos de cosas que se han ofrecido”. La superficie de la chacra de que me ocuparé en esta reseña, en aquel deslinde inicial de nuestra costa salvaje, abarcaba tres fracciones sucesivas (de 400, 300 y 350 varas de frente, cada cual, por la clásica legua de fondo) que determi-

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nadas de norte a sur, el Fundador adjudicó a sus colaboradores Antón Roberto, Pablo Cimbrón y Rodrigo Gómez, respectivamente. (En términos generales, la antigua chacra que fuera vivienda campestre de mi bisabuelo — con la casa llamada de Pueyrredón y el algarrobo inmemorial — correspondió originalmente a la merced otorgada a Roberto; las siguientes quintas que pertenecieron a sus hijas Rosa Aguirre de Balcarce y Susana Aguirre de Gómez, derivaban de la “suerte” que recayó en Cimbrón; y la otra quinta lindera que fue de mi abuelo Manuel J. Aguirre, traía su origen en la fracción conferida a Rodrigo Gómez). En la nómina de aquellos repartimentos territoriales que hizo Garay, las tres chacras colindantes aludidas medían, en conjunto, 1.050 varas frente al río, por la invariable legua que se internaba en la pampa. Más tarde, la mayor precisión de los “pilotos” agrimensores rectificó la latitud primitiva de la línea de la barranca, que quedó reducida, exactamente, a 1.000 varas de anchura. Agregaré, a mayor abundamiento, que Antón Roberto — hijo de otro Antonio Roberto — fue un veterano conquistador llegado desde España al Paraguay con Alvar Núñez Cabeza de Vaca en 1541; que en la Asunción se convirtió en marido de una tal “doña Catalina”, y de allí salió con mis antepasados Ñuflo de Chaves y Gonzalo Casco a la conquista de los “Xarayes”. Después, con casi cuatro décadas de arraigo americano, el hombre se vino a nuestras playas con la gente de Garay; tal como los otros dos seguidores del caudillo: Pablo Cimbrón — Zimbrón o Simbrón — y Rodrigo Gómez, ambos paraguayos de nacimiento, “hijos de la tierra”, mestizos de capitán español e india guaraní. Esos tres camaradas de aventura — además de las chacras referidas y de campos para estancias que les adjudicó Garay al sud del Riachuelo — recibieron en la traza de la ciudad, que acababan de fundar, las siguientes demarcaciones: Antón Roberto, el solar que hoy forma la esquina S.E. a las calles Reconquista y Cangallo, frente mismo de la iglesia de La Merced, más una manzana para “quinta” encuadrada por las

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actuales calles Esmeralda, Lavalle, Suipacha y Tucumán; Pablo Cimbrón se vió dueño del solar que ahora hace esquina N.O. de las calles Sarmiento y San Martín, y de la manzana limitada por Cerrito, Lavalle, Tucumán y Libertad; y a Rodrigo Gómez le tocó el solar de la esquina N.E. a las calles Defensa y Venezuela, y la manzana que enmarcan las calles Lima, Méjico, Salta y Chile. Tiempo adelante, el “miércoles” 28-V-1582, al instituir Garay a sus hombres como encomenderos, puso en cabeza de Antón Roberto al cacique “Sallvanquén” con sus indios de nación “cabuxe”; y en la de Pablo Cimbrón al cacique “Yaguarec” con su tribu guaraní. Añado que este poblador fue padre de Pedro Cimbrón, maestre carpintero de oficio, designado por el Cabildo en 1616, junto con Mateo Domínguez y Domingo Herrera, para informar sobre el estado de la techumbre de la Iglesia Mayor de Buenos Aires; y los tres peritos, luego de prolija inspección, dejaron constancia que el templo podía venirse abajo en cualquier momento. Individualizados así los propietarios originales de aquellas chacras de la costa norteña, diré que, años más tarde, al terreno de Antón Roberto lo heredó un hijo suyo llamado igual que su padre. Dicho joven Roberto vino al Plata desde la Asunción, con su mujer María Barba, y aquí, en Buenos Aires, poseyó el viejo solar que hace hoy esquina al N.E. con las calles Sarmiento y Reconquista. Testó el 25-X-1605 y de esa disposición de última voluntad surge que el causante era — tal como el hijo del vecino Cimbrón — carpintero de oficio, ya que mandaba a sus herederos cobraran unos trabajos en madera que había hecho, con dos mozos ayudantes suyos, en la chacra de Bermúdez, en el Río de las Conchas. Igualmente trabajó Roberto en las obras de la Iglesia Mayor de la ciudad, “hasta el punto en que está agora”, en puertas, ventanas y tiranterías y quizás en el labrado de algún altar. En cuanto a las dos fracciones contiguas a la de Roberto, que pertenecieron a Cimbrón y a Gómez, fueron a dar: la primera a poder de Leonor Rodríguez, en concepto de

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dote, al casarse con Pedro de Frías. Era éste, vecino de Buenos Aires desde principios del siglo XVII, o fines del anterior, en que llegó del pueblo de Alcocer, en Extremadura, donde había nacido (hijo legítimo de Juan Frías y de Beatriz Fernández de Valverde; hermano entero, por tanto, de Manuel de Frías, Teniente Gobernador del Paraguay). Fue Pedro Frías Regidor en el Cabildo porteño en 1608 y 1615 y Alcalde Ordinario en 1616; estuvo casado primeramente con Isabel de Sotomayor y, en segundas nupcias, con la antedicha Leonor Rodríguez. La otra fracción que fuera de Rodrigo Gómez, pasó después al dominio de Andrés Lozano, natural de Zurita de la Frontera, que vino a Buenos Aires con el Gobernador Valdés y de la Banda, y aquí casó con María Gómez de Saravia y Luis de Figueroa. El 16-IV-1604, Lozano intercambió su “suerte” (350 varas de frente y una legua de fondo, “que es en la Punta Gorda” y lindaba por una parte con “Pablo Simbrón” y por otra con tierras que fueron de Ambrosio Acosta) con Francisco Muñoz, quien a su vez, le entregó unas tierras que poseía en ambas bandas del río de Las Conchas. Era Francisco Muñoz, hijo de Francisco Muñoz Vejarano y de Ana Rodríguez, y consorte de Margarita de Escobar; y el mismo día que adquirió, por trueque, la chacra de Lozano, se la cambió a Manuel Dávila por “dos suertes” de éste, con la añadidura de 50 pesos. Así a partir del 26-IV-1604, quedó como dueño del viejo terreno de Rodrigo Gómez, Manuel Dávila, o de Avila Villavicencio (que testó el 5-IX-1645), hijo de Juan de Avila y de Blanca Luis, nativo de la Isla Terceira en las Azores, que llegara al Paraguay en 1595, casándose en la Asunción con Inés de Payva — acaso prima suya — hija del conquistador Pedro Luis y de Elena Fernández. Con posterioridad, las tres primitivas “suertes” “en la punta gorda, qués a tres leguas desta Ciudad”, pasaron al dominio de Gonzalo de Acosta, unificadas en un solo patrimonio, por haberlas comprado respectivamente a Pedro de Frías, el 22-X-1606, mediante el desembolso de 70 pesos, ante el Escribano Francisco Pérez de Burgos, cuya venta aceptó, el

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siguiente 4 de noviembre ante el mismo actuario, Leonor Rodríguez, esposa del vendedor, por ser el bien enajenado el que “a ella le dieron en dote y casamiento”; a Antón Roberto (hijo) y su mujer, el 9-XII-1609, por la suma de 100 pesos de plata corriente de a 8 reales, ante Martín de Marechaga; y a Manuel Dávila e Inés de Payva, el 3-XI-1629, ante Alonso Agreda de Vergara, por el precio de 100 pesos, a más de 80 fanegas de trigo en grano. Gonzalo de Acosta era portugués, nacido en 1570 en Lisboa, “hixo lexitimo” de Esteban de Acosta y de María González. Llegó a esta tierra con la comitiva del Gobernador Valdés y de la Banda en 1599. Aquí contrajo matrimonio el 30-IV-1605, con Mariana Bermúdez y cuando enviudó de ella pasó a segundas nupcias con Francisca de Melgarejo, viuda de Blas de Mora e hija del famoso conquistador Ruy Díaz Melgarejo y de una “doña Clara”. El 9-VI-1608, registró Acosta en el Cabildo porteño su hierro de marcar ganado, que tenía forma de una X. Fue comerciante en todos los ramos, importador de mercaderías, acaso contrabandista. Figura su nombre entre los “últimos pobladores” en la lista de “permisiones” de 1615, otorgadas a los vecinos de categoría, para exportar frutos del país: harinas, cueros, grasa, sebo, tasajo. Cuando murió, suscitóse un pleito en su testamentaría entre su hijo y los hijos del primer enlace de su mujer — pleito que fue estudiado por el historiador Raúl A. Molina —, donde uno de los testigos declaró que Gonzalo “era hombre pobre que se sustentaba de su trabajo con un rancho y una chacarilla en Monte Grande, sin otros bienes, y que con los bienes que trajo su segunda mujer se enriqueció”. La “chacarilla” tenía “una atahona y (Acosta) se sustentaba yendo en persona al monte para hacer madera y carbón para establecer una viña”. Después de casarse con la Melgarejo, el hombre se hizo rico y, más tarde, compró una estancia en la Cañada de Escobar, lo que le permitió acrecentar su fortuna, para luego disiparla, en gran parte, en el juego.

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Cuando la aplicación del edicto contra los portugueses, a causa de haberse levantado éstos en su patria para separarse de España, nuestro personaje resultó desterrado de Buenos Aires. El registro de los expulsos que levantó el 6-I-1643 el Gobernador bonaerense Jerónimo Luis de Cabrera (nieto), incluye a “Gonzalo de Acosta, natural de Lisboa, de setenta y tres años, labrador; está casado con doña Francisca Melgarejo, hija y nieta de conquistadores y pobladores de estas provincias; tiene unas casas de su morada en esta ciudad, chácara y estancia poblada con mil cabezas de vacas y quinientas ovejas, seis esclavos chicos y grandes; que todo ello y el demás caudal que tiene valdrá cinco mil pesos; y le dieron en dote los mill dellos; y tiene un hijo de trece años; ha cuarenta y cinco que entró en este puerto con el gobernador don Diego de Valdés y de la Banda”. Por lo demás se le incautaron estas armas: “una espada negra vieja y una punta”. Seguidamente el lusitano en desgracia, con un grupo de paisanos suyos, fue despachado a Santa Fe, para internarlo luego en la ciudad de Córdoba del Tucumán. Ahí, nueve años más tarde, Gonzalo de Acosta enfermo en trance de muerte, dispuso su testamento el 24-VIII-1652, por ante el Escribano Público y de Cabildo Juan Albarracín Pereyra. En dicha escritura, el causante declaró poseer “una chacra poblada con casas y arboleda en el Pago del Monte Grande, que tiene tres suertes de tierra y ochocientas obejas, y quatro Esclavos negros y negras, otras alajas de casa y cosas del servicio de dicha chácara”. Declaró, asimismo, el testador, no haber tenido más que “un hijo lexítimo mio y de la dicha mi muger Doña Francisca Melgarejo”, llamado Esteban de Acosta, al que instituyó por universal heredero. Una vez fallecidos sus padres, quedó como legítimo dueño de las tres fracciones unidas en el pago “del Monte Grande”, Esteban de Acosta; mozo de 25 años de edad (lo bautizaron el 1-XI-1628), quien no llegaría a disfrutar los bienes de su hijuela, ya que a los pocos meses, “enfermo de cuerpo”, moriría él también, previo dejar firmado ante el Al-

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calde Ordinario Fernando Nuño del Aguila, el 12-XI-1652, su testamento; por el cual dejaba, entre otras propiedades, la “chácara que está en el Pago del Monte Grande, poblada de Casa y arboleda, viñas y olivares”, a su hija Clara Melgarejo — apellidada como su abuela —, niña de 5 años, habida en su matrimonio con Isabel de Pasos. Y apenas transcurridos siete días del deceso de Esteban, la chiquilla dejaba de existir, por lo que el dominio de los tres terrenos limítrofes que interesan a esta historia, recayó en la viuda y madre de ambos difuntos: Isabel de Pasos (hija legítima del Capitán Cristóbal Rodríguez y de María de Sosa), quien no demoró mucho en contraer segundas nupcias con el Sargento Mayor Manuel Ferreyra de Aguiar. Fue Ferreyra de Aguiar un personaje distinguido entre el vecindario porteño de su tiempo. Nativo de Córdoba del Tucumán, hijo de Manuel Ferreyra de Aguiar y de Inés Caballero (bisnieta del conquistador Alonso Díaz Caballero, que “entró” desde el Perú en 1549 con Núñez de Prado), nuestro Manuel habíase radicado, en ejercicio de su profesión castrense, en la ciudad de La Plata, hasta alcanzar el grado de jefe, vale decir de Sargento Mayor. En Buenos Aires, ocupó en distintas épocas los cargos de Regidor, Alcalde Ordinario, Alférez Real, Fiel Ejecutor y Juez de Menores en el Cabildo; sin perjuicio de haber sido también, un tiempo, el abastecedor de carne de la población urbana, servicio público que se practicaba previo remate (licitación) capitular y donde el concesionario siempre hacía su buen negocio. Por lo demás, el 2-IX1664 presentó Ferreyra de Aguiar, al Ayuntamiento, una petición para que se le declarase “accionero”, a fin de poder “baquear dos mill bacas” que se habían alzado “de la estanzia que llaman de Escobar, que fué de Esteban de Acosta”, en el río Luján, licencia que despachó favorablemente la corporación municipal. Y más tarde, en 1668, Ferreyra solicitaba de nuevo “licencia para poder ir al campo a hacer grasa y sebo y matar para ello cantidad de quinientas vacas de ganado simar-

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rón”, bajo constancia de que su derecho a la “acción” lo compartía con “Doña Isabel de Pasos”, su mujer. Cerca de treinta años disfrutaron Ferreyra de Aguiar e Isabel de Pasos aquella heredad pastoril, desde cuyas barrancas se divisaba el río. Y al testar la señora, el 16-VII-1681, ante el Escribano Juan Mendes de Carvajal, resolvió dejarle a su marido esa “chácara que cáe a tres o quatro leguas de esta ciudad en el Pago del Monte Grande, con todos sus aperos, y como hasta oy la hemos posehido, para que la posea y goze por los días de su vida, sin poderla vender, ni enagenar”; y después de muerto Ferreyra, “mando pase la dicha posesión y uso a las hijas de mi hermana Doña Juana de Pasos (casada con Diego Ferreyra hermano, a su vez, de su marido) … y que mis sobrinas (Isabel, María y Ana) dividan su propiedad por iguales partes”. Tras esto no bien acabó la vida de Isabel de Pasos, decretóse el inventario de sus bienes, y al constituirse el Alcalde Fernando de Sosa y Terra para efectuar esa diligencia en las “tres series de tierra en que está poblada la chacra con monte, arboleda, frutales, que será de dos quadras en quadro”, encontró allí “la casa principal que se compone de una sala, dos aposentos con las maderas bien tratadas, puertas y ventanas, serraduras y llaves”. Así pues, al haber encaminado la causante sus pasos hacia el otro mundo, la nuda propiedad de las tres “series” de chacra en el Monte Grande, se adjudicó a Manuel Ferreyra de Aguiar, “para todos los días de su vida”. Y cuando el fallecimiento de ese Sargento Mayor se produjo, las sobrinas de su esposa, y suyas, heredaron aquellas tierras fraccionadas en esta forma: a Isabel de Pasos Ferreyra, casada con el Capitán Juan de Illescas, le tocó la primitiva merced que fue de Antón Roberto; a María Pasos Ferreyra, la que perteneció a Cimbrón; y a Ana Pasos Ferreyra aquella inicialmente otorgada a Rodrigo Gómez. Esta división, sin embargo, no se prolongaría por mucho tiempo, ya que los cónyuges Illescas-Pasos reunieron de nuevo las partes originales de aquella finca en una sola unidad. En

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efecto: el 22-II-1703, ante el Escribano Francisco de Angulo, Juan de Illescas — que poseía la “suerte” de Roberto — adquirió, de cada una de sus cuñadas, las otras dos fracciones que habían pertenecido en 1580 a Cimbrón y a Gómez. Juan de Illescas y Nieto Agüero — tal el nombre completo del propietario de toda la chacra en 1703 —, fue hijo de Jerónimo de Illescas, natural de Granada, y de Petronila de Agüero, oriunda de Buenos Aires; nieto paterno de Alonso de Illescas y de Ana Nieto. Habíase casado con Isabel de Pasos Ferreyra el 19-VII-1693, y era, sin duda, un hombre caracterizado en el ambiente porteño de su época. En 1718 el Cabildo le adjudicó 3.000 cueros de toro, en la distribución hecha entre un grupo de vecinos participantes de la cuota destinada al “Asiento” negrero de Inglaterra; compañía, esta, que trocaba los pellejos y untos de nuestra hacienda cimarrona por esclavos africanos importados directamente de Angola. Por eso, durante años, Illescas no cesó de presentar al Cabildo memoriales y solicitudes de licencias para hacer sus recolecciones de grasa y sebo en “la otra Vanda del Rio”: las famosas vaquerías en el hoy territorio uruguayo, a fin de completar aquella partida de corambre que se llevarían los monopolistas ingleses de la “trata”. El 17-X-1725, ante el Escribano Joseph de Esquivel, Juan de Illescas y su mujer Isabel de Pasos Ferreyra, vendían a su yerno el Capitán Cristóbal Cabral — marido de Juana, hija de ellos — la “chacra que tienen y poseen en el pago de el Montegrande, tres o quatro leguas de esta ciudad, y se compone de Casa, Cosina y Montes de Arboles frutales … con mil varas de tierras de frente, y el fondo que les corresponde”. Incluíanse en la venta “una piedra de taona con su herraje, un carretón con diez bueyes, una mesa y una caja”, que se encontraban en la finca. Evidentemente, el Capitán y futuro Maestre de Campo Cristóbal Cabral — hijo de Juan Cabral de Melo y de Ana de Saravia — cumplió durante su vida militar una actuación importante al servicio de su Rey y de sus paisanos rioplatenses.

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Nativo de Buenos Aires, se casó primero, en 1717, con Juana Maciel del Aguila, y fallecida ésta, contrajo segundas nupcias, el 5-III-1720, con Juana de Illescas Pasos. Fuera de sus actividades marciales rutinarias, don Cristóbal participó desde 1724 — al igual que su padre y su suegro — en las vaquerías de la Banda Oriental, con una asignación de 3.000 cueros que debían cubrir la cuota del Asiento de Inglaterra. Estas faenas ganaderas y aquellas disciplinas castrenses no lo alejaron de su chacra ni de los intereses “del Monte Grande”: El 5-II-1737, “Xptoval Cabral”, por sí y demás vecinos “del pago de la Costa”, reclamó ante el Cabildo porque el Gobernador Salcedo — a fin de cortar el contrabando con los portugueses — había dado orden “al cabo de la Guardia de Las Conchas”, mandara “aserrar” todas las canoas que fondeaban allí; con grave daño — según Cabral — “para los vecinos que trafican las Yslas del Paraná para abastezer esta ziudad de leña, carbón y todo género de maderas, para la fábrica de todo género de casas, corrales de campaña y cercos de las sementeras”. Tanto afectaba esa drástica medida a los moradores de la ciudad, que se hacía imperioso dejar sin efecto dicha serruchada general de canoas, “dexando libres al traxin las de aquellos vecinos conocidos y arraigados, para que estos respondan por los cargos que se les hicieren”. El razonable petitorio de Cabral determinó al Ayuntamiento resolver, equitativamente, el problema de marras, tan perjudicial a la economía de los ribereños del “Monte Grande” y Las Conchas. En 1741, el estado de la campaña bonaerense era lamentable. Continuos malones de indios asolaban las estancias para robar miles de cabezas de ganado, matar a los valientes pobladores de aquellos reductos civilizados, y llevarse, cautivos, hasta el fondo del desierto, a las mujeres y los niños cristianos que sobrevivían a los saqueos. Hacíase indispensable, por tanto, aplicarles a los infieles un escarmiento ejemplar; sobretodo después de las audaces incursiones que estos efectuaron, ese año, por los campos de Luján y la Magdalena, y por la no-

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ticia que se tuvo en la ciudad de que gran número de salvajes había pasado la frontera de Chile, dispuestos “a matar a todos los que encontraren, y robar de todas partes”. Así, al mando del Maestre de Campo Cristóbal Cabral, se movilizó con rapidez un contingente de más de 500 hombres, “armados y prebenidos”, los cuales como suplemento de su equipo habitual, llevaban carabinas, fusiles, bayonetas, pistolas, espadas y otros implementos guerreros, prestados por el jefe de la escuadra española surta en la Ensenada de Barragán; a más de dos cañones, seis “pedreros” de acompañamiento y las caballadas y bagajes necesarios. Con esa tropa — que acaso el comandante concentrara en su chacra “del Monte Grande”, antes de correrse para el sur — partió Cabral en los últimos días de septiembre, internándose en la pampa hasta las sierras de Cairú (Sierra Chica) y de Casuatí (de la Ventana), “donde nunca havían llegado los españoles”. Y ahí, en plena guarida de los puelches, selló las paces — que resultaron precarias — con el cacique “Cangapol el Grande” — dicho también “Bravo” — y demás jefezuelos de las tolderías de Tandil y de Cairú. En 1745 — por encargo del Cabildo que monopolizaba esos yacimientos — el Maestre de Campo Cabral dirigió una expedición a las Salinas Grandes (ahora en el departamento pampeano de Atreucó), integrada por numeroso personal de peones y milicianos en una caravana de 155 carretas que volvieron abarrotadas de sal para abastecer a la ciudad. Nueve años más tarde, en 1754, dicho Comandante estaba otra vez en la frontera: el 1º de noviembre sostuvo un combate con los indios en el que murieron 16, amén de 2 prisioneros, “los cuales dixeron que los demaz yndios están en las Salinas”. Ello hizo que Cabral despachara una partida de soldados en defensa de los convoyes del gobierno que se aventuraban por esos andurriales. Poco después — 1756 — nuestro hombre, que tendría sus 60 años cumplidos, renunciaba al empleo de Maestre de Campo, poniendo así término a su vida militar.

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Al seguirlo a Cabral en sus andanzas por el desierto, me alejé de su chacra predestinada para la historia, que en un censo de 1726, practicado por el Teniente José Jacinto Valdivia y Vergara, de orden del Gobernador Bruno Mauricio de Zabala, figura como “chacra del Cap. Xptobal Cabral, en el Pago de la Costa”, y con la anotación de que el censista sólo encontró en ella “a sus esclavos, quienes dijeron estaba su amo en el Pueblo, y no supieron dar rasón de los españoles que tenía (el amo) en la otra banda”, parando inmensos rodeos y desjarretando reses en profusas vaquerías. Y en el Padrón posterior de 1744, que mandó levantar el Cabildo, la finca de referencia aparece como: “Estancia poblada en tierras propias del Maestre de Campo Cristóbal Cabral, en la costa del monte grande”, en cuya casa vivían, entonces, el capataz Miguel, indio que frisaba en los 50 años, y un mulato esclavo llamado Juan Castro, de 60, viudo con cinco hijos: Domingo de 20 años, Francisco de 16, Valentín de 10, Agustina de 8 y Clara de 18, respectivamente. Testó Cristóbal Cabral el 23-II-1762, ante el Escribano Francisco Xavier Conget, en el Registro de su colega Juan Antonio Carrión. En dicha escritura, el infrascripto declaró ser casado con Juana de Illescas, en la que hubo por hija legítima a Antonia Cabral Illescas, a la sazón monja en el convento porteño de Santa Catalina de Siena. También el testador reconoció a un hijo bastardo: Juan Cabral de Melo; y entre sus bienes dijo poseer aquella “chacra en el Pago de la Costa, con mil varas de frente y una legua de fondo, la que compré a mi suegro don Juan de Illescas”. Ocurrida la muerte del causante, esa chacra y demás propiedades de su sucesión, por orden del Juzgado Eclesiástico se remataron el 10-XII-1770, resultando adquirente del predio “en el Pago de la costa de San Isidro, cuio terreno se compone de mill baras de frente y una legua de fondo”, el Doctor José Luis Cabral, pariente muy lejano de don Cristóbal, ya que éste resultaba primo segundo del abuelo de aquél.

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A diferencia de su remoto tío, el Doctor José Luis Cabral no empuñó nunca la espada, pero como Abogado de la Real Audiencia que era, solía revestirse con ancha capa negra y la clásica golilla almidonada de los legistas. Sus actividades fueron, así, eminentemente civiles. Ocupó, en 1788, la Asesoría de Guerra en forma interina; en 1790 fue Alcalde de 2º Voto del Cabildo, y volvió a integrar ese cuerpo como Regidor en 1794. En una relación documental publicada por Antonino Salvadores (Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras, nº 47-48), bajo el título de Los caminos de la Costa de San Isidro, encuentro que el 16X-1779, los pobladores del Pago de Monte Grande — entre ellos José Luis Cabral — presentaron un escrito al Virrey Vertiz, con motivo de los perjuicios que les traían los varios caminos, huellas y sendas que atravesaban, en todos sentidos, a las chacras de la costa. Esto había movido a dichos pobladores a solicitar un pronunciamiento de la autoridad sobre si los caminos señalados en el viejo padrón “eran suficientes para el cómodo tránsito y transporte entre San Isidro y las Conchas, o si era necesario abrir otro camino, y, en tal caso, que se indicase el rumbo y distancia a que debía pasar de la barranca”. Considerada la petición en el Cabildo, sus miembros requirieron el dictámen del Síndico Procurador Marcos José de Riglos, quien en su informe estampó el siguiente juicio acerca de San Isidro, que vale la pena transcribir: “El pago de la costa de San Isidro es la despensa de esta ciudad, porque es sin duda el que provee no sólo de trigo, miniestras y berduras, más que otro alguno, sino de pescado y de la fruta primera de durasnos, sandías y melones; leña, carvón y toda la madera y demás frutos que se conduzen de Santa Fé, Corrientes y toda la provincia del Paraguay. Es asimismo, por su amenidad y ermosura, la conbalecencia de los enfermos y la diversión de los sanos que de esta ciudad ban a gozarla en los tiempos buenos”. Y en otro dictamen posterior, agregaba Riglos: “los

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dueños de tierras de la costa de San Isidro (entre los que se contaba él, propietario de los terrenos que cien años después serían de Angel Pacheco, en Martínez) han edificado sus casas y poblaciones sobre la misma barranca del Río de la Plata, donde tienen su frente las suertes de Chacra de aquel Partido, con el objeto, sin duda, de disfrutar del saludable temperamento de los aires húmedos del Río, junto al recreo de la vista y de la comodidad de tener a la mano quanta agua es menester, assí para el uso de la gente y ganados de labor, como para la fábrica de casas y tapiales”. Debido a esto, “abrieron los vezinos, de tiempo inmemorial, un camino dirigido sobre la misma barranca … por el que logran la proporción de proveerse, dentro del día, de quanto necesitan … Por el contrario — sigue Riglos — se retardarían estos recursos … si huviera de alejarse azia el fondo de las suertes de tierras el camino que oi corre sobre la barranca del Río. Por estas consideraciones se hace forzoso reparar el camino antiguo sobre la barranca, por donde han biaxado siempre hasta la Capilla de San Isidro … para que no sientan el perjuicio de tener que dar bueltas perjudiciales al comercio y tráfico de los frutos que produse aquel Partido y se recogen en las casas pobladas sobre la barranca”. Tales gestiones y argumentos dieron lugar a que el Virrey Vertiz ordenara reconocer las tierras de la costa y levantar un plano — que confeccionó el brigadier Joseph Custodio de Saa y Faría, en julio de 1781 — en el que resultaron trazados, tal cual corren ahora, los dos caminos reales “que se dirigen de la quinta de Don Pedro Medrano (hoy cortada por la Avenida General Paz dentro del linde de la Capital Federal con Vicente López) hasta la Capilla de San Isidro”; tanto el que “va por arriba de las lomas”, cuanto “el del bajo que pasa por la Punta de los Olivos”. En 1794, el vecino “de la costa” Doctor José Luis Cabral, en su carácter de Regidor, hizo conocer al Cabildo un informe acerca de las dificultades que se oponían al desarrollo de la agricultura en aquellas chacras, cuyas conclusiones re-

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sultaban el fruto de su experiencia en los laboreos que efectuaba en su predio sanisidrense. “No sólo se deben tener por Labradores los que empuñan la mancera — dijo Cabral — sino también los que labran las tierras por sus criados y familias como el exponente” … “Motivan la decadencia de los Labradores … el haverse convertido en estancias las tierras que, desde la fundación de esta ciudad, se han dedicado para la labranza, manteniéndose más animales que los que son necesarios”. Los chacareros “tienen tal inclinación y apego a estas haciendas que, por no desprenderse de ellas, miran con indiferencia aún el daño que diariamente experimentan sus propias sementeras … Las tierras de labranza están inundadas de gente ociosa y mal entretenida … Lo que más contribuye a la general decadencia de este gremio, son los excesibos salarios que reportan los peones al tiempo de la cosecha de trigo, ganando cinco o seis reales al día, no mereciendo, muchos de ellos, la mitad, dejando como dejan lo más del trigo en el rastrojo por su mucha decidia, sin que los Labradores puedan remediarlo, viéndose, como se ven, en la dura necesidad de disimular y contemplarlos, por que no los abandonen (los peones) como lo hacen por qualesquier leve motibo”. Y el documento proponía finalmente al Cabildo una serie de medidas concretas, conducentes a resolver los problemas de siembra, cultivo, cosecha, almacenaje y colocación de los productos de la tierra. Tres años más tarde, en 1797, a los 64 de su edad, moría José Luis Cabral, después de haber disfrutado de la chacra “del Pago de la Costa de San Isidro” durante casi tres décadas. En esa lapso — 1770 a 1797 — creo yo que mandó construir (en el mismo sitio arbolado con frutales, sobre la barranca, donde se alzó primero un “rancho” y luego “casas” y luego una “casa principal con sala y dos aposentos con las maderas bien tratadas y cocina y taona”) el amplio caserón cuya planta fundamental experimentaría, en posteriores épocas, las sucesivas reformas y modernizaciones introducidas por Tellechea, Pueyrredón y Manuel Aguirre. Por los demás, el Doctor

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Cabral tuvo morada propia en Buenos Aires, en “la calle de la Merced”, “en la acera Norte de la bajada del rio”. Allí vivió con su mujer, María Josefa Baygorri, con sus hijo y una docena de esclavos, negros y mulatos de ambos sexos y distintas edades. En 1806, durante cuatro días — del 5 al 9 de agosto —, la chacra de los herederos de Cabral se convirtió en escenario de la historia grande. A sus tierras empapadas y azotadas por los chabuscos de un persistente aguacero que traía el viento del río, llegó Liniers desde Las Conchas, donde desembarcara la víspera, al frente de aquella división de 1.300 hombres que organizó en la vecina orilla para desalojar a los ingleses invasores de Buenos Aires. En el lugar donde hoy se encuentra el Club Atlético San Isidro, a la vera del camino real, instaló su vivac; en tanto el jefe y la plana mayor buscarían cobijo, probablemente, en la casona de la finca, asentada en la cresta de la barranca. Aquellos milicianos fatigados, cubiertos de barro, se detuvieron en la chacra de los Cabral para tomar aliento, encontrar reparo contra la lluvia, abastecerse de carne fresca, y desensillar los caballos “hasta que aclare”. Ahí, en el campamento sanisidrense, Liniers tomó importantes disposiciones de carácter militar: tales como nombrar a Gutiérrez de la Concha segundo jefe de la expedición; a Juan Martín de Pueyrredón — que empezó a conocer la fama en el mismo sitio en que moriría cuarenta y cuatro años más tarde — comandante de los voluntarios de caballería; y a Martín Rodríguez encargado de las patrullas exploradoras. Por fin, no bien amainaron los chaparrones y se disipó la tormenta, el 9 de Agosto — luego de haberse incorporado unos 200 paisanos y otros dispersos que combatieron en Perdriel —, Liniers y su hueste reanudan la marcha rumbo a la Chacarita, por donde penetran en la ciudad para dar comienzo al ataque reconquistador. He aquí el honroso nombramiento de Comandante General de Caballería a favor de Pueyrredón, que redactó y firmó Liniers en el “campamento de San Isidro” el 6-VIII-1806:

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“Don Santiago de Liniers y Bremond, Capitán de Navio de la Real Armada, Caballero de la Orden de San Juan, Comandante General de Mar y Tierra del Ejército nombrado en Montevideo para la reconquista de Buenos Aires. Por cuanto don Juan Martín de Pueyrredón natural y vecino de Buenos Aires, desde la ocupación de esta ciudad por los ingleses se propuso y comprometío á poner todos los medios que su amor al rey, su patriotismo y acreditado valor le sugiriesen, para logra reunir á su costa y minsión, fuerzas y arbitrios con que hacer una vigorosa repulsa á los enemigos de la corona; lo que conseguido, sostuvo en el campo llamado de Perdriel la acción con un muy corto número de voluntarios el día 1º de agosto del presente año; en que logró destrozar en parte al enemigo; en número de seiscientos setenta y dos hombres, y quitarle un carro de sus municiones de en medio de su artillería, y que retirados estos, tratando siempre de reunirse con su gente al cuerpo de mi ejército, pasó inmediatamente en persona á la Colonia, después de dejar á la espera de nuestra expedición sus partidarios con las prevenciones y preparativos que debían facilitar el desembarco del ejército, que en efecto se verificó, disfrutando los auxilios de un tan buen patriota: vengo por todos estos hechos, que acreditan su celo, pericia y valor, en nombrarlo Comandante General de todos los voluntarios de caballería ligera, que tenía reunida y trajo á mi campamento de San Isidro, y mando á todos los individuos de mi ejército, lo reconozcan y le guarden como a tal todas las prerrogativas y exenciones que le corresponden por razón de este nombramiento que le hice extender firmado de mi mano y sellado con el de mis armas. Santiago Liniers”. Dos años más tarde, en trámite todavía la sucesión de José Luis Cabral, en el Juzgado de 2º Voto a cargo del Alcalde y Juez de Menores José Ramón de Ugarteche, la viuda del causante, María Josefa Baygorri, albacea, tutora y curadora de sus hijos, el 31-V-1808, por ante el Escribano Mariano García Echaburu, vendió a Francisco de Tellechea, “del comercio de esta ciudad”, todo el frente de la chacra que quedó por muerte

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del marido, situada en la costa de San Isidro, cuyo frente se compone de mil varas, con todo lo edificado en ella y comprendido bajo sus cercos hasta el río”. Vale decir, que en tal oportunidad Tellechea adquiría únicamente las 1.000 varas delanteras de la chacra, con vista al río, y su fondo que llegaba solo hasta “el camino que va a San Isidro” — o sea hasta la que después fue Avenida Manuel Aguirre, hoy día del Libertado General San Martín —, antiguo camino real flanqueado de cercos vivos, claramente demarcado, en el plano del Brigadier Saa y Faría del año 1781, donde el inmueble referido figura como del “Doctor Cabral”. La venta a Tellechea se efectuaba por el precio de 3.000 pesos de plata corriente, “siendo a cargo del comprador el pago de los derechos de alcábala y escritura, y también darle a la vendedora una Carreta con cuatro Bueyes para el servicio, sin interés alguno”. El 2-V-1810, fallecida María Josefa Baygorri, sus hijos mayores de edad, presbítero Manuel y Francisco Cabral, y los otros herederos menore, Pablo, María Eulalia, María Josefa y María Antonia Cabral y Baygorri, representados por el Regidor y Defensor de Menores Santiago Gutierrez, vendieron al mismo Francisco de Tellechea, por ante Tomás Boyso, el resto de la chacra antedicha — que ahora arrancaría desde el ángulo N.E. del Club Atlético San Isidro, y, en el extremo opuesto, la esquina S.E. de las calles Libertador General San Martín y Perú, hasta dar con la línea terminal del campo del Jockey Club, o sea en el camino que se llamó “del fondo de la legua”. En lo esencial dice aquella escritura: “que en virtud de la providencia expedida en el Juzgado de 2º Voto, por la que se aprueba esta venta de la Chacra, tratada con don Francisco de Tellechea, por el valor de su justa tasación (3.000 pesos plata), vienen (los herederos de Cabral) a venderle (a Tellechea) unos terrenos para chacra situados en la costa de San Isidro, y se componen de 1.000 varas de frente por 5.800 de fondo que deben contarse desde el camino real que va a San Isidro por los cercos de la Quinta de dichos finados, bajo los mojones que con anterioridad estan fijados … Este terreno lo

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hubo el finado Doctor José Luis Cabral por compra que hizo por pública almoneda, el 10 de diciembre de 1770, ante el Juzgado Eclesiástico de los bienes de don Cristóbal Cabral y doña Juan Illescas, y es el título por donde le corresponde a dicho finado y a sus herederos vendedores”. Así, en el memorable mes de mayo de 1810, el rico mercader vascuence transplantado en Buenos Aires, Francisco de Tellechea, unificaba para su dominio la heredad más importante de San Isidro. Del valle de Olano, municipio de Cigoitía, en Alava, provenía este Tellechea (teilla: “teja”; etxea: “la casa”), de solariega “casa de teja” (hijo de Francisco e Ignacia Echaniz); y acá, entre nosotros — después de atesorar una fortuna en el comercio —, formó su hogar casandosé en tres oportunidades: primero con Matea Gerónima Caviedes y Pizarro, en segundas núpcias con María Manuela de Lezica y Vera, y en tercer término con Mariana Ballesteros Formosel; procreando con dichas señoras once vástagos. Seis hijos hubo el prolífico vasco con Matea Caviedes, entre estos María Calixta (Mariquita), futura esposa del General Pueyrredón; dos con María Manuela de Lezica, y tres con Mariana Ballesteros Formosel. A más de afortunado negociante, Francisco de Tellechea Echániz, fue Regidor del Cabildo porteño en 1777 y 1809, y Alcalde de 2º Voto en 1805. Empero, producidos los sucesos de 1810, el hombre se retrajo disconforme a la vida privada, reticente con aquellos que trataban de implantar aquí “el nuevo sistema”. A fines de junio de 1812, el gobierno aseguró haber desbaratado un complot que intentaba derribarlo para torcer el rumbo de la revolución. Gran número de españoles de positivo ascendiente entre el vecindario y algunos criollos de escasa categoría — como aquel pintoresco Atanasio Duarte, el del brindis a Saavedra que exasperó a Moreno — fueron detenidos. Martín de Alzaga, Alcalde famoso en históricas jornadas; Fray José de las Animas, prefecto de los Bethlemitas; Felipe Sentenach, el bravo catalán de las invasiones inglesas; nuestro Francisco de Tellechea, Matías de la Cámara, yerno de Al-

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zaga, los clérigos Salas y Sopeña y muchos individuos más, aparecian complicados en el proceso. En medio de un verdadero aluvión de delaciones irresponsables, traidas y llevadas por esclavos y sirvientes, no pocos habitantes de la ciudad, a merced de cualquier venganza, vivieron momentos de terror. Los negros esclavos de su chacra y un indio capataz de la barraca donde acopiaba cueros, fueron quienes perdieron a Francisco de Tellechea, en aquel escarmiento tremendo que pasó a la historia como “conspiración de Alzaga”. Detenido don Francisco como notorio realista, el 8 de julio declaró Juan José Diaz, el capataz correntino de su barraca, ante Hipólito Vieytes, comisionado investigador en el proceso de marras. Ese testigo dijo que su patrón había manifestado a Antonio, uno de sus esclavos “que en breve serían libres, pues los necesitaba para soldados”; “que lo que dijo a los esclavos fue en su chacra de la costa de San Isidro”. Agregó Diaz que su señor era “enemigo declarado de nuestro sistema”, y que tenía todas sus esperanzas puestas en el ejército de Goyeneche y en las tropas portuguesas que invadieron la Banda Oriental. Aquel esclavo Antonio, por su parte, a pesar de ser “vosalón”, se explayó de lo lindo, declarando que Tellechea, en presencia de los demás africanos que trabajaban en la chacra, le había dicho: “Antonio, ahora han de ser todos libres para ser soldados y hacer tum tum a los de Buenos Aires”; y que también en la propia chacra quemó su amo una carta venida de Montevideo. A continuación, el sumariante dispuso el interrogatorio de los negros Joaquín, Benito, Valerio y Marcelino, esclavos todos de la chacra de don Francisco; los tres primeros corroboraron las afirmaciones de Antonio. En cuanto a Marcelino — y así consta en autos textualmente — “dijo una geringonza tan confusa que nada más se le entendía que soldados, y otras palabras como que indicaban les había solicitado para que lo fuesen”. Por fin Vieytes ordenó compareciera el reo. Tellechea afirmó ignorar la causa de su encarcelamiento. “Preguntado: Cuando ha sabido de la presente conspiracón por quién y en

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qué términos, dijo: Que el día pasado, y estando en su chacra en San Isidro, supo porque se lo dijo el comisionado Riestra, que había llegado a la noche antes de la ciudad”. Negó terminantemente haber hecho manifestaciones a favor de Goyeneche y de los portugueses, así como tener cualquier connivencia con los realistas de Montevideo. Con respecto a Alzaga expresó: “Que cree hace tres años que no lo vé, y que lejos de haber tenido amistad con él lo ha detestado públicamente, con especialidad desde los sucesos del primero de Enero (de 1809), en que por sus operaciones se le hizo enteramente odioso”. Luego, siempre ante Vieytes, se llevó a efecto el humillante careo del señor en desgracia con sus subalternos acusadores. Aquél sostuvo que sus esclavos mentían; éstos insistieron en sus declaraciones “bozales”, pueriles chismes de negros, que acaso por imprecisas se prestaban mejor a ser utilizadas contra los adversarios políticos. No hubo más testigos, ni diligencias, ni otros elementos de prueba. El Triunvirato, con sólo aquellas imputaciones, con sólo el testimonio de seis negros analfabetos e irresponsables, se dió por convencido. Y el 10-VII-1812 dictó esta sentencia terrible: “Vistos: Por lo que resulta sobre seducción hecha a sus esclavos por el reo Francisco de Telechea, y medidas tomadas por este orden para la conjuración descubierta contra los hijos del país y su Gobierno, se condena a dicho reo a la pena ordinaria de muerte de horca y se ejecute”. Firman: Feliciano Antonio Chiclana, Juan Martín de Pueyrredón y Bernardino Rivadavia. Horas después — 11 de julio — “siendo como las once de la mañana, fue ejecutada la pena de muerte en la persona de don Francisco de Telechea en la plaza de la Victoria, cuyo cadáver quedó pendiente de la horca”. De ello dió fe, en autos, el Escribano Juan Pablo de Merlo. Muy luego de esta tragedia, iniciose la testamentaría del ajusticiado, y la chacra en San Isidro — valuada en 17.491 pesos — pasaría a integrar la hijuela de María Calixta de Tellechea y Caviedes. Para darnos una idea aproximada del terreno, cercos y montes de aquella heredad, a cuyo reparo se

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levantó la casona principal con vista al río, basta con hojear la tasación efectuada para los sucesores del Dr. Cabral en 1799. Ahí — además del área total de la chacra: 1.000 varas de frente y una legua de fondo — están consignados los cercos de tuna que encuadraban a la quinta propiamente dicha, y dividían a los potreros internos; los grandes montes de duraznos y de sauces; los “talas y espinillos en la barranca” (donde sobrevive todavía el algarrobo) y otra tupida arboleda allá en el extremo de la legua. No sé si puede llamarse una ironía del acontecer humano el que un 14-V-1815, casaran a Mariquita Tellechea con quien había mandado balancear a su padre en la horca. Y digo que casaron a la huérfana sus tutores, porque ni en aquel tiempo, ni ahora mismo, ninguna chica de 13 años goza de capacidad para obrar legalmente como le venga en gana; es decir, sin permiso de sus padres o de autoridad competente. El ilustre novio era viudo, veintiséis años mayor que su prometida, y sus antecedentes militares, diplomáticos y políticos pertenecían ya al dominio de la historia sudamericana. Por lo demás, la diferencia de edad de los contrayentes poco parece haber influido en tales circunstancias, como tampoco el fantasma de Tellechea, pues si existieron escrúpulos familiares a este respecto, nadie mentó la soga en casa del ahorcador. Ello debido, por supuesto, a que la sólida figura de Pueyrredón — de retorno de un confinamiento en San Luis — reaparecía en los vaivenes de la vida pública con su prestigio renovado, a punto de asumir posiciones inmediatas y brillantes, que convertirían al candidato en “sol” que iba a calentar a sus nepotes y allegados. Por eso el razonable presbítero Domingo Caviedes y su cuñado Manuel Martínez — marido de Dámasa Caviedes —, tíos de Mariquita, huérfana de padre y madre, fueron sin duda los gestores de su boda con Pueyrredón. Y no calcularon mal esos deudos de la novia acerca del egregio destino que le estaba reservado a su pariente político: en septiembre de 1815 — a los 120 días de bendecida la boda — Pueyrredón aceptaba ser diputado por San Luis ante el Congreso de

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Tucumán, y se despedía de Mariquita para trasladarse a dicho punto. Cuatro meses después, el 3-V-1816, fue nuestro prócer elegido Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Don Juan Martín, a decir verdad, estaba satisfecho de aquella decisión nupcial que había tomado con el beneplácito de los Cavides. Así se lo comunicó a su amigo Dupuy, Gobernador de San Luis, con estas palabras: “Vi una niña, me agradó, nos comprometimos, y hoy hacen ocho días que me casé con doña Mariquita Tellechea y Caviedes, joven que aún no cuenta catorce años, educada en los mismos principios de nuestras familias, y acostumbrada al recogimiento y a la virtud”. La chacra de San Isidro, entretanto, se transformó en residencia del Director Supremo. El viejo caserón y la rústica arboleda circundante fueron puestos a tono con el rango que correspondía al dueño de casa. Durante el tiempo en que poseyó la finca el General Pueyrredón, la fachada del edificio principal, con su amplia galería que mira al río, fue remozada; así como se construyeron de ladrillo las caballerizas y demás dependencias del servicio, antiguamente ranchos de paja y barro. Calles arboladas (tal vez la de pacaráes, que arrancaba del portón y corría paralela a la verja de entrada) y el trazado de un pequeño jardín sobre el filo de la barranca, destacaron su clásica simetría entre añosos durazneros y el ríspido follaje de los espinillos y del algarrobo secular. También, a cierta distancia de la casa, en un alto recodo del terreno, debió de construirse entonces una especie de templete griego que conocí en ruinas, con el nombre de “casino: suerte de belvedere a cuyos pies se extendía el ancho panorama de la costa, con su “Bosque Alegre” y sus islas lejanas, verdes festones en la inmensidad de un río al que pareciera quedarle chico el horizonte. Cuando Pueyrredón se instalaba en San Isidro, traía consigo a la chacra la actividad política y administrativa del gobierno, a par del ambiente amable de cortesanía que nunca

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falta en torno de quien ejerce el poder supremo. Ello, claro está, si el gobernante es una persona culta, y don Juan Martín por sus antecedentes de familia, por su educación, su don de gentes y su experiencia del mundo, lo era en alto grado. De manera, que desde el momento en que la chacra se convertía en sede temporaria del primer magistrado — y a la tertulia de éste le daban gracia y encanto su Mariquita, sus hermanas y sobrinas — llegaban allí, por asuntos de estado y exigencias de la política, los más conspicuos personajes de la vida oficial de entonces. Por de pronto, los sucesivos ministros: Vicente López y Planes y Gregorio Tagle, de gobierno; Manuel Obligado y Esteban Gazcón, de hacienda; Beruti, Terrada y Matías Irigoyen, de guerra; los cuales alternaría sus audiencias con los miembros del partido “congresista” — cofrades todos de la segunda Logia Lautaro, que acababa de reorganizar en Buenos Aires Tomás Guido —, monárquicos en su gran mayoría, adictos al sistema directorial que consideraban como una regencia transitoria. El Director Supremo, a su vez — sin megua de su fidelidad al país —, propiciaba el plan de establecer aquí una monarquía constitucional y parlamentaria, que preservase a la nación del republicanismo montaraz de los caudillos. Referente a las aspiraciones de quienes trabajaban por incorporar los pueblos argentinos a la corona de Don Juan VI de Portugal, Pueyrredón, el 3-III-1817, le escribía a San Martín, monarquista como él, estos patrióticos conceptos: “Yo deseo un soberano para nuestro Estado, pero lo quiero capaz de corresponder a la honra que recibirá en mandarnos; es decir, quiero alguno que sea más grande que Don Juan, y lo quiero para sólo nosotros”. Por eso negoció — entre otras tentativas utópicas — con el agente de Francia, coronel Le Moyne, secundado acaso por Antonio Francisco Leloir, aquella traída del duque de Orleans — futuro Luis Felipe, “Rey de los franceses” — como posible dinasta “para sólo nosotros”. Y no es aventurado imaginar, en la chacra, alguna entrevista de Pueyrredón con Leloir a dicho propósito, sin perjuicio de que

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el extranjero pusiera asimismo sus esperanzas personales, y pasionales, en Sebastiana Sáenz Valiente, sobrina del Director Supremo, con la cual se casó al poco tiempo. Otro episodio vinculado a Pueyrredón y quizá a la chacra de San Isidro, en que la política anduvo mezclada con el amor, tuvo por protagonista a otra sobrina de don Juan Martín. Cuenta el coronel Manuel Pueyrredón en sus Memorias, que el mendocino Tomás Godoy Cruz — delegado de San Martín ante las autoridades centrales — “anduvo por casarse con una prima mía, Victoria Ituarte Pueyrredón, y creía que yo era su rival y el obstáculo a sus amores. Si aquella señorita no lo quiso, fué porque estaba ya comprometida con don Manuel Aguirre, a quien el Director Supremo mandó en comisión a Norte América para alejarlo de Buenos Aires, porque protegía las pretensiones de Godoy. Diré que es cierto que yo estaba enamorado de mi prima, pero enamorado como un loco. Aquel fué mi primer amor, y el recuerdo de esa mujer ejerció sobre mi espíritu un poder tan grande, que ha fijado la suerte de mi vida durante mis primeros y mejores años. Pero nunca pasó de un puro platonismo. Godoy me odiaba, tanto como yo lo detestaba. Varias veces dije a ella: no tengo celos del otro (Aguirre), pero más quisiera verte muerta que casado con éste (Godoy)”. Por su parte el General Pueyrredón en carta a San Martín se refiere a Godoy Cruz en estos términos: “Debe Vd. saber que este jóven, de mi amigo íntimo se ha convertido en enemigo mio. Solicitó casarse con una sobrina mia, le introduje en la casa, me interesé en su enlace, hice los oficios de un hermano, pero la niña comprometida anteriormente con Aguirre, se resistió a toda persuasión y consejo. Desde que él vió destruída su esperanza se retiró de golpe de la casa y empezó a dejarme ver un semblante de desagrado”. En los primeros días de abril de 1817, llegó de huésped a la chacra de San Isidro, el flamante “Capitán de los Andes”, a fin de conferenciar con Pueyrredón. Venía el Libertador de Chile a exponerle al Director Supremo el plan y los ulteriores

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detalles de su proyectada expedición al Perú. Traía también entre sus papeles, las credenciales dadas por O'Higgins, que resultaron a favor de Manuel Hermenegildo de Aguirre, designándo un emisario, con amplios poderes, ante el Presidente de los Estados Unidos James Monroe. Y para que allá en el norte, quien iba asimismo a representar diplomáticamente al gobierno argentino, llevara a cabo “cuantas negociaciones sean relativas a la compra de buques de guerra, de fragatas inclusive para abajo, equipadas con toda clase de armamentos, municiones y demás pertrechos útiles al ejército”, que se destinarían a surcar el Pacífico. La tradición repite que San Martín y Pueyrredón entablaban sus diálogos en la barranca, frente al río, a la sombra del algarrobo famoso; y especifica que mientras aquél exponía su tésis estratégica sobre la manera de consolidarse Chile y aniquilar militarmente a las fuerzas virreinales de Lima, éste lo escuchaba absorto, haciendo tajos con un cortaplumas en el respaldo del rústico banco de madera en que estaban sentados. A propósito de la visita del Libertador a San Isidro, una conseja bastante difundida afirma que cierto día, dentro del campo de Pueyrredón, bajo el tronco de uno de esos gigantes vegetales que soportan el nombre de “Picurnia Phytolacca Dioica” — pero que todo el mundo conoce por ombú —, San Martín, Pueyrredón y Guido interrumpieron su cacería de perdices y, poseídos de súbito patetismo, juraron a trio llevar a efecto la libertad de América del Sud. En consecuencia, la planta del cuento quedó consagrada como “Ombú de la Esperanza”. (17) 17 Aunque de pueriles fantasías que nadie cree se halle plagada la historia argentina, no resulta falso que el tal ombú — que nosotros alcanzamos a ver en los terrenos de Vivot — arraigara por muchos años en los campos de Pueyrredón. En efecto: el 6-V-1826, don Juan Martín — para ampliar su chacra — compró a su hermano Feliciano "unas tierras y casa correspondiente", linderas con las suyas, que dicho reverendo poseía por haberlas adquirido de la viuda de Omar, el 10-VI-1817. Posteriormente, el 21-VII-1848, el General enajenó a favor de Casto Sáenz Valiente, su so-

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Terminadas sus conferencias con el Director Supremo, abandonó San Martín la chacra a mediados de abril de 1817, para seguir la trayectoria de su destino. Pueyrredón, entretanto, continuó aferrado al timón del gobierno con mano dura, como lo requerían aquellos tiempos tormentosos. Sin embargo el caos se expandía incontenible en el país, y la política directorial — interna y externa — mal enfocada por sus mentores de la Logia Lautaro, acercábase a su crisis definitiva. Pueyrredón apreció la magnitud del desastre, así como su impotencia para conjurar la disolución nacional. Por eso, reiteradamente, ofreció sus renuncias al Congreso que al fin, el 19-VII1819, lo relevó del mando. Después de su salida, al grito de “¡Federación!”, el ejército del norte se subleva en Arequito; San Martín se niega a repasar los Andes para apuntalar el régimen tambaleante; y, el 1-II-1820, en la Cañada de Cepeda, al primer embate de las montoneras de Pancho Ramírez y de Estanislao López, el Directorio, prácticamente inerme, deja de existir. La chacra de San Isidro, a todo esto, quedó privada de su dueño, el cual, el 1-II-1820 — el día mismo de Cepeda —, brino, el dominio de las aludidas tierras; parte de las cuales — con "la casa correspondiente" — fueron transferidas por el nuevo dueño, en 1853, a su hermano Pedro Sáenz Valiente. De tal modo el inmueble que me ocupa quedó dividido en dos fracciones: la primera de don Casto — en cuyos fondos estaba el "Ombú de la Esperanza" — resultó luego heredada por la hija de éste, Florentina Sáenz Valiente de Vivot; y el otro lote de don Pedro — en rápida referencia — lo compró (1853) Rufina Herrero de Ramírez, y después (1854) Dorotea Martínez de Ochagavía, para pasar luego a su hermano Diego Martínez, quien lo vendió (1865) a Juan Anchorena, el cual lo traspasó igualmente (1872) a Francisco Bosch, de cuya viuda Rosario Peña de Bosch lo hubo Carlos Becú después de 1894. Otra fracción de aquellas "tierras" que adquiriera de su hermano Feliciano la donó don Juan Martín (2-X-1826) a su hermana Magdalena Pueyrredón de Ituarte, mi 4a abuela. De ella heredaría esa propiedad su hija Florentina Ituarte de Costa, y, al cabo de varias transferencias, parcelamientos y sucesiones, la referida fracción configuró las quintas que, media centuria atrás, fueron de Nelson y "El Cortijo" de Uribelarrea.

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se alejaba del país instado por el Congreso, embarcándose para Montevideo y Río de Janeiro. Un año más tarde — 1821 — con autorización del gobierno de Martín Rodríguez, retornó Pueyrredón a Buenos Aires, y ya sin posibilidad ninguna de actuar en política, fue a refugiarse en su chacra de la costa. Allí, lejos del estrépido de las pasiones, sobre las barrancas silvestres enfrentadas a la vista pintoresca del río, don Juan Martín buscó la paz de la naturaleza. Mas como su carácter distaba de ser contemplativo, dedicóse a la horticultura. Hombre refinado y entusiasta, emprendió la tarea de plantar árboles y cultivar flores, llegando a poseer una magnífica colección de rosales, cuyos primitivos ejemplares le fueron proporcionados por su amigo Tomás Grigera (el antiguo “alcalde de quintas”, caudillo visible en aquella insurrección popular “del 5 y 6 de abril” contra los correligionarios de Mariano Moreno), quien, retirado en su chacra de Lomas de Zamora, no sólo había escrito un Manual de agricultura, resúmen práctico para cada uno de los doce meses del año, sinó que, en concreto, sus almácigos de hortalizas, flores y tubérculos no tenían par, a la sazón, entre nosotros. Quince años permaneció Pueyrredón en Buenos Aires, alternando sus estadas en la ciudad y el campo, hasta fijar su residencia habitual en su casa de la calle Piedad y Reconquista. El 23-I-1823, nació —vástago de la madurez — Prilidiano, su único hijo legítimo. (Antes había tenido cuatro hijos naturales: Juan O'Doghan, un débil mental, y Virginia, María de los Angeles y Elena Pueyrredón, casadas éstas con José María Pelliza, Antonio Antonini y Gil Domínguez respectivamente). Cuando Prilidiano hubo cumplido los 13 años, don Juan Martín dispuso llevárselo a Europa, a fin de que se educara allá, al igual que hizo con él, en sus mocedades, su propio padre. Por lo tanto zarpó para el viejo mundo el General, con doña Mariquita y el muchacho, en 1836. Esta fue (mal que les pese a algunos biógrafos suyos), la causa del extrañamiento voluntario de Pueyrredón, y no su oposición a Rosas, con cuya

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familia y partidarios, al fin de cuentas, mantuvo siempre cordiales relaciones. Oficialmente, por esas fechas, de orden del gobierno, se levantó el censo ideológico — por decirlo así — de los individuos, tanto federales como “salvajes unitarios”, con bienes en el partido de San Isidro. Dicho documento, en la parte que interesa, dice literalmente: “Don Juan Martín de Pueyrredón: tiene casa en las inmediaciones de este Pueblo, compuesta de mil cien varas de frente y una legua de fondo, con casa de material y dos potreros y sauzal en la costa del Rio. Su patria Bs. As. — Hace años se retiró de este destino para la Capital, y ultimamente salió con licencia de este país y se alla ausente en país extrajero — tiene en la ciudad varias fincas y una quinta. Por la razón antedicha no se save cual pueda ser su opinión, y por este motivo se le coloca como que se ignora su opinión”. En 1850 — en pleno auge de don Juan Manuel que triunfaba diplomáticamente sobre Francia e Iglaterra — regresó el viejo Director Supremo con los suyos a la patria, y fue a instalarse en su chacra de San Isidro. Estaba enfermo y no viviría mucho tiempo. El miércoles 13 de marzo, a la una y media de la tarde, en la sala frontera a la barranca, don Juan Martín exhalaba su último suspiro. Los biógrafos del prócer relatan que Prilidiano dispuso el transporte del cadáver de su padre, hasta la Recoleta, en un coche particular, pero que el jefe lugareño del distrito se opuso a ello, alegando que las ordenanzas municipales sobre entierros, sólo autorizaban el uso del consabido carrito fúnebre colorado. La época que podríamos llamar “prilidiánica” de la chacra —aunque el término resulta trabalenguas —, es relativamente breve: de 1850 a 1855, con el paréntesis de un viaje a Europa del pintor y el “interregno” en que la finca estuvo arrendada al coronel Nicolás Granada, cuando éste era jefe mili-

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tar de la ribera (18). De cualquier modo, a pesar de haberla poseído como dueño durante un lustro escaso, la atmósfera imponderable, el alma de la quinta que nosotros conocimos, quedó reflejada para siempre en las figuras y paisajes que animan los lienzos de Prilidiano Pueyrredón. Rincones de vegetación exuberante; tunas y espinillos de la barranca; atardeceres luminosos en la playa del río; fresca espesura de los sauces del Bosque Alegre; retazos de pampa y ombúes corpulentos rebosantes de verdor; todo ese contorno agreste y familiar que Prilidiano llevó a sus telas, permaneció, por mucho tiempo todavía, sugestivamente retenido en el ámbito de la chacra de San Isidro. En cuanto al antiguo edificio colonial — que Nicolás Granada (hijo) recordó en un artículo haber visto “abandonado y casi en ruinas” —, Prilidiano, arquitecto como era, lo refaccionó, modernizándolo — sin alterar su planta originaria —, tanto en sus habitaciones y dependencias internas, cuanto en la ornamentación de la fachada principal. También se deben a iniciativas del joven pintor Pueyrredón, el dormitorio del piso de arriba, y su chato mirador anexo: terraza de 18 Nicolás Granada, el comediógrafo — hijo del coronel — publicó, a principios de este siglo, un artículo periodístico donde decía que "esa casa (de Pueyrredón) que representaría un castillo feudal de nuestros tiempos coloniales, abandonada y casi en ruinas, fué arrendada allá por el año 1856 por mi padre, a la sazón comandante militar de las milicias costeras y antiguo subalterno en las guerras de la independencia del general Pueyrredón". Está errada la fecha. Fue antes de 1856 cuando su progenitor ocupó la chacra y el propio articulista, niño, conoció allí a doña Mariquita y a Prilidiano. El 9-I-1856, precisamente, la aludida propiedad — como se verá más adelante — pasó a manos de mi bisabuelo Manuel Alejandro Aguirre; mientras que, por aquellos meses, el coronel Granada, muy lejos de San Isidro, desempeñaba la jefatura del estado mayor de la frontera del Oeste; y, al año siguiente, expedicionaba en busca de Calfucurá por los campos de Pigüé. Cabe señalar, por otra parte, que en la obra teatral de Nicolás Granada (hijo) "La Gaviota", cuya acción transcurre en la playa del "Bosque Alegre", el autor — según dicen — llevó a la escena muchos recuerdos de su niñez en San Isidro.

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vidrio, encima de la azotea, donde el artista instaló su taller. Una pequeña acuarela suya — hoy en poder de Federico Ibarguren, mi hermano — nos muestra, a la luz de un día de sol, a la chacra vista desde los bajíos del Bosque Alegre: Sobre la altiplanicie verde de la costa — suerte de acrópolis, si cabe la contradicción —, flanqueada por el algarrobo y otros árboles de follaje tupido, la blanca mole cuadrada de la casa en la punta de la barranca, destaca su flamante clasicismo en las columnas toscanas que sostienen su galería; mientras que por el callejón de abajo, al nivel del río y del pintor, un gaucho, montado el caballo en pelo, pasa arriando su tropilla. Ahora, con el descolorido y monocorde estilo que usaba Marcos Agrelo para redactar las escrituras en su Registro nº 6, digamos que, al folio 8 del mismo protocolo, consta que en Buenos Aires, a 9-I-1856, ante el susodicho notario, Prilidiano Pueyrredón vendió a Manuel Alejandro Aguirre aquella chacra de su propiedad, situada en el Partido de San Isidro, cuya área total de terreno lindaba en ese entonces: al Norte con el Río de la Plata; por el costado Oeste con Patricio Brown, Cándido Arnón y Antonio Rodríguez; al Sud con Bernabé Márquez y al Este con Dolores Omar de Martín y Casto Sáenz Valiente; cuyo inmueble — 1.000 varas de frente y una legua de fondo — lo compró Francisco de Tellechea, abuelo del otorgante, en la forma que se dijo más atrás; y a Prilidiano le fue adjudicado en virtud de la división que hicieron de los bienes de su padre, él y su madre María Calixta Tellechea, como consta en la escritura pertinente que éstos otorgaron el 6-VI-1851, ante Manuel José Zeballos. La venta de referencia al señor Aguirre se realizaba por la suma de 2.500 onzas de oro sellado, bajo las condiciones y demás circunstancias que en la respectiva escritura se mencionan. ¿Qué diré yo de mi bisabuelo don Manuel — Tata, por antonomasia — sin desentonar con su modestia y con la rigidez de su carácter austero?: simplemente que era un señor, como lo fueron aquí, en nuestra tierra, y allá en la ancestral Donamaría, los viejos hidalgos Aguirre de su raza. Hijo de

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don Manuel Hermenegildo — prócer de la emancipación argentina — y de Victoria Ituarte Pueyrredón, el nuevo dueño de la chacra, en definitiva, adquiría la antigua heredad sin que su dominio saliera de la familia. Así, durante cincuenta y cinco años, hasta su muerte, Manuel Alejandro Aguirre impregnó a aquella finca — ya tan cargada de recuerdos — con su personalidad de hombre progresista y culto — muy de su siglo —para quien el confort y los adelantos de la técnica no estaban reñidos con la belleza. De modo que la síntesis feliz entre la utilidad y el arte pudo lograrse, en ese rincón de San Isidro, gracias al impulso de quien sería, preponderantemente, el último patrón de aquella chacra. Ya en 1868 (durante la presidencia de Mitre, en plena guerra del Paraguay), entre los bienes de la sucesión de Mercedes Anchorena de Aguirre — mujer de don Manuel, fallecida dos años antes — se incluye a la chacra denominada “del Bosque Alegre”. En el inventario agregado a esas actuaciones (que tramitaron ante el Juzgado Civil del Doctor Miguel García Fernández, bajo el patrocinio del abogado Dalmacio Vélez Sársfield) figuran la mansión principal, el edificio contiguo para el capataz y los peones, las caballerizas y demás dependencias del establecimiento. De la lectura de dicho minucioso inventario judicial surge que, en torno de la casa, sobre el frente de la barranca, el primitivo monte se había transformado, a la sazón, en parque, para prolongarse más atrás en quinta, hasta encontrar el perímetro del camino real. Es de destacar que en ese documento consta la instalación de “una máquina para elevar agua desde el bajo del río, con sus bitoques y depósitos”, lo cual permitía regar el césped y las flores y dar salida a los chorros de la fuente de mármol (que compró en Italia Manuel Rafael García Aguirre, primo hermano de Tata), ubicada en medio de un jardincito romántico, sombreado por cuatro magnolias que emergían entre cercos de boj. Además, estaban ya dispuestos, delante del corredor que mira al río, los pinos parasol — con varios coníferos desparramados por el parque, que se combinaban con tres araucarias

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(una del Brasil y dos exelsas), once árboles del cielo, diecisiete nogales y gran número de paraísos y sauces sin contar el algarrobo, los espinillos autóctonos, los pacaráes de la entrada y los naranjos del patio interior. (19) Aquella nómina de 1868 agrega: treintinueve plantas de camelias, dos de jazmines del Cabo, dos de diamelas y varios arbustos surtidos; así como una colección de rosales y otra de claveles, cuatrocientas cabezas de tulipanes, mil setecientas de jacintos, cien de dalias, doscientas patas de marimoñas, cien anémonas, ciento veintiún gladiolos finos, cuarenta tulipanes punzóes y diversidad de otras flores. Respecto a los frutales de la quinta propiamente dicha, el inventario consigna — además del parral pegado a la casa — ciento sesenticuatro cepas de viña sobre estacas de ñandubay, como más o menos seiscientos árboles de duraznos, damascos y peras, cincuenta y ocho manzanos, dieciséis nísperos y doscientas cuarenta varas de cercos de membrillos. A propósito de cercos, subrayo que en seguida de adquirir don Manuel la chacra en 1856, es decir a los diez años de haber Newton importado los primeros rollos de alambre con destino a preservar las verduras de su estancia “Santa María” en Chascomús, y prácticamente al mismo tiempo en que Halbach — 1856 — alambrara todo el perímetro de su 19 En cuanto a los eucaliptus, todavía en 1868 no se exhibían en la chacra. Poco después, según oí decir, Doroteo García — el abuelo materno de los Becú — le proporcionó a mi bisabuelo las semillas de los vigorosos "globulus" australianos. A ese respecto don Manuel le escribía desde Londres, el 25-XI-1873, a su hijo mayor: "Te incluyo un recorte del Times para que lo muestres a Manuel Ibáñez, como a Don Doroteo, que son tan partidarios de los Eucaliptus — y cuando veas a Giraud (el quintero vascofrancés de la chacra, antiguo puestero en el "Chajá) recomiéndale los plantados, y los que siembre en almácigo para plantar después, cuando yo vaya por allá, que Dios sabe cuando podrá ser". Tampoco figuran en aquel inventario los dos aguaribays, que según es fama plantaron, uno Vélez Sársfield y el otro Sarmiento, ni el enorme cedro del Líbano que hoy se levanta frente al pozo de agua.

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establecimiento “Los Remedios” en Cañuelas, el señor Aguirre, en San Isidro, utilizó también los hilos de acero para deslindar con ellos su propiedad. Por eso, cuando la historia recuerda a los precursores que adoptaron en sus campos aquel sistema de cercado y seguridad, a partir del cual comienza la era moderna de nuestras explotaciones rurales, el nombre de Manuel Aguirre no debe ser omitido. Y para probar nuestro aserto, nada más elocuente que esta enérgica nota dirigida por Mercedes Anchorena de Aguirre, el 5-X-1858, a los munícipes del pago de la costa, cuyo texto es el siguiente: “Acabo de saber con sorpresa, que por orden de la Municipalidad de San Isidro ha ido una fuerza armada a mi chacra, y sin citarme ni oirme, ha procedido a arrancar todo el cerco de alambrado que por consentimiento de esa Municipalidad, y previa delineación que ella misma mandó hacer, puso mi marido D. Manuel Aguirre. Este ataque a mi propiedad y el modo de hacerlo sin guardar una sóla de las formas que las Leyes han establecido en garantía de los derechos del ciudadano — continúa el escrito, posiblemente redactado por Vélez Sársfield, que era abogado de mis bisabuelos —, me fuerzan a dirigirme a la Municipalidad protestando, como solemnemente protesto, contra aquella medida, y contra el modo vejatorio de ejecutarla, suplicando a los Señores Municipales que, en razón de hallarse mi Esposo ausente en sus estancias, se servirán admitirme esta protesta por todos los daños y perjuicios que mi Esposo reclamará ante Autoridad competente, y contra esa corporación colectivamente y contra sus miembros individualmente, porque cuando los procedimientos son del carácter del que se ha ejecutado en mi casa, la Ley dá esta acción al ciudadano. Dios guarde Uds. muchos años”. Firma: Mercedes Anchorena de Aguirre. Ya en 1868 — según consta en el inventario de la sucesión de doña Mercedes —, la chacra en su fracción delantera, contaba con casi 1.500 varas alambradas con líneas de tres hilos, sujetos con grampas a postes de ñandubay y ñapinday,

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entre dos filas de cercos de cina cina. Y en esos potreros del casco pastoreaban los caballos de tiro y silla, los bueyes de labor y “siete vacas lecheras inglesas”: las Guernesey, de cuya raza don Manuel fue el introductor en el país. Fuera de este parcelamiento del terreno comprendido entre el ex camino real y la barranca, el resto de la vasta heredad, hasta el fondo de la legua, incluía a tres puestos o poblaciones: “los Olivos” — más tarde quinta de Gómez Aguirre (“la casa chica”) — con su monte venerable de “setenta y seis olivos viejos”; “la Noria”, con su pozo y aparato correspondiente, instalados en el bajo que pertenecería después a los Balcarce; y “el Quintón”, aquella añeja casa de posta colonial, sobre el camino del alto, cuyo edificio con azotea, altillo y corredores, constituía una reliquia histórica que sacrificaron, imperdonablemente, ciertos dirigentes del Jockey Club para no torcer un poco la entrada del hipódromo. Todas esas realidades, así como tantas cosas que desaparecieron o se dispersaron para siempre, están detalladas con prolijidad en aquellos autos testamentarios: los muebles, los libros, los cuadros, los grabados ingleses y principales objetos que poblaban esa casa. La mesa de caoba “para diecisiete cubiertos”; los juegos finos de porcelana — uno “dorado de colores” y otro de “orilla azul” —; las sillas “de paja de la india”, del corredor; la “tina de mármol” y el “calentador con caño y bitoques” en el cuarto de baño; los candelabros, el “espejo convexo”, el “relox”, el pluviómetro, la caña de pescar; las monturas y los carruajes en la cochera; las herramientas de jardinería y labranza en lo del capataz. Y al repasar de nuevo tales constancias muertas, se me ocurre imaginar una de esas “veladas de la quinta”, en un invierno del año 1867. Naturalmente hace frio, y el viento que afuera estremece los árboles, no logra colarse a través de las espesas cortinas y “alfombras de tripe” que abrigan el confortable escritorio de la chacra. Tata — mi bisabuelo — en un sillón de cuero, ante los ardientes leños de la chimenea, mira abstraído las mudanzas y chisporroteos del fuego, cuyas luces cambiantes brillan tam-

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bién en sus ojos obscuros. Susana, la mayor de sus hijas, en la sala contigua, arranca a la sordina del piano “Pleyel” alguna romanza saturada de melancolía. En este o aquel distinto cuarto, delante de un tablero que alumbra el “quinqué de bronce”, Manuelito — mi futuro abuelo — y el tío Agustín, mueven alternativamente, entre pausas prolongadas, las piezas del “ajedrez de marfil”; pero el muchacho ha de perder la partida, pues su pensamiento, inquieto e imaginativo, está en otro asunto; absorbido, quizás por una de esas inevitables experiencias sentimentales que se viven a los 17 años; o acaso con ganas de repetir la fiesta en el bullicioso mundo nocturno de las bailarinas francesas del can can, que acababan de hacer su estreno en el teatro “Alcázar”, recientemente inaugurado. Victoria, por su parte, reclinada en el sofá, hojea, una a una, las ilustraciones del Correo de Ultramar, y emprende un viaje de fantasía por los cinco continentes. Una niñera, solícita, esmérase en mostrarle a la pequeña Rosa cómo se bordan, a fuerza de paciencia, las flores de un mantel; mientras Hortensio, en el rincón contra la ventana, se ha puesto a leer, en un libro de Julio Verne, las aventuras del Capitán Nemo, a quien espera emular cuando sea más grande… El 14-VIII-1867, Manuel Aguirre le escribía a su primo Manuel García, entonces secretario de nuestra legación en París: “Estoy en una idea y quiero tu juicio sobre ella. ¿Qué te parece que yo le haga su sepulcro a Mercedes en la Chacra? Podría en tal caso destinar un terreno bastante extenso, donde se formaría, haciendo una plantación de árboles, un sitio aislado. De esto solo he hablado con el Ingeniero Arnim y con nuestro buen amigo el Dr. Bosch y mis hijos. Espero que me digas tu opinión”. Y más adelante (10-IV-1868) volvía don Manuel sobre el tema, comentándole a su primo: “El asunto del cementerio en la Chacra, desgraciadamente me ofrece algunas consideraciones que me hacen temer mucho que no pueda realizarlo como lo deseo. He hablado con Vélez (Vélez Sársfield) y con Juan (Anchorena) sobre eso. El primero me ha ofrecido el medio de conseguirse haciendo una Capilla

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donde se diga misa, y no es esto lo que quiero; el segundo, sin atacar mi pensamiento, ha influido en que no me resuelva todavía. Aquí me tienes, pués, pensando, más bien luchando mi deseo presente con las consideraciones del futuro, que no puedo armonizar”. Demás está decir que el referido sepulcro, en la Chacra de San Isidro, quedó sólo en proyecto. Corren los años, y el 25-X-1881 el Juez de la Capital Dr. Salustiano J. Zavalía, en los autos testamentarios de Mercedes Anchorena de Aguirre, aprueba el plano practicado por el Ingeniero Fernando Moog, de acuerdo al cual la vieja chacra familiar se dividía entre los herederos de dicha señora, La histórica casa-quinta que fuera de Pueyrredón, quedaba en poder del viudo de la causante, como bien ganancial, junto con muchos otros terrenos extendidos más allá de los caminos del bajo y del alto, tras las vías del ferrocarril, hasta el fondo de la legua. Por su parte, los hijos de doña Mercedes recibían también amplísimos espacios sobre la barranca, que ellos transformaron en quintas con espléndidos parques. Mi abuelo Manuel J. Aguirre — como lo digo en su biografía — se vió dueño de 14 hectáreas de tierra frente al río, cuya latitud había configurado, tres siglos atrás, la parte delantera de la “suerte” del primer poblador Rodrigo Gómez. Sigue dando vueltas la rueda del tiempo, y a principios de 1902 algunos jóvenes del pueblo de San Isidro — los Becco, Jacinto y Ricardo Malbrán, Rafael Giménez, Julio César Urien, los Sackmann Sala, Horacio Vernet Lavalle y sus hermanos, Juan Goodfelow, los Boggio, los Guppy, Raúl de Martino, los French, los Tiscornia, los Meira, José Bincaz, Eduardo Yanón y otros — apadrinados por el conspicuo vecino Avelino Rolón —, entrevistaron al señor Aguirre. Esos muchachos había descubierto y practicaban un apasionante juego inglés llamado “foot-ball”, y le pedían a mi bisabuelo les prestase un terreno descampado de su extensa chacra, para hacer ahí cancha adecuada y organizar partidos donde dos equipos, frente a frente, luchan con tesón y habilidad a fin de introducir la pelota de cuero en el arco contrario, y defender

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denodadamente el propio, mediante patadas, corridas, cabezasos, pases y gambetas. Don Manuel acogió con simpatía aquel pedido juvenil, y les cedió en préstamo, sin plazo a los entusiastas futbolistas, el terreno solicitado. Así nació el Club Atlético San Isidro: el acreditado C.A.S.I., y dos décadas más tarde, el 31-I-1923, Victoria Aguirre a instancias de Rafael Cullen, presidente del C.A.S.I., cedió las 80.000 varas de terreno — cerca de 11 hectáreas — que el Club venía ocupando desde 1902, cuya fracción doña Victoria heredara de su padre. La generosidad de la señora, por cierto, constituía un estupendo regalo de año nuevo; si bien con la expresa condición — cual consta en la respectiva escritura traslativa del dominio, cuyo borrador redactó, a pedido de la donante, su sobrino político Carlos Ibarguren — de que el Club, bajo ningún concepto podía transferir ni hipotecar dicho terreno, pues en caso contrario el bien habría de pasar a los herederos de la munífica benefactora. El 12-I-1911, a los 92 años de edad, epilogó su vida mi bisabuelo Aguirre. El pueblo de San Isidro honró su memoria, bautizó el tramo del “camino del bajo” que atravesaba las tierras de su antigua chacra, con el nombre de Avenida Manuel Aguirre. En los autos sucesorios del causante, sus hijos Manuel José y Victoria, por razones afectivas y en mérito al valor histórico de la finca, pidieron y lograron se les adjudicara, a ambos en condominio, el casco de la chacra, con el único propósito de preservarlo, y evitar que llegara a venderse a personas que pudieran demoler el venerable caserón y dividir en lotes su contorno. Nosotros los Ibarguren, durante el invierno y la primavera de 1911, fuimos los últimos descendientes de los Aguirre, de los Ituarte y los Pueyrredón, que habitamos la vieja casona colonial, hoy transformada en museo. Veníamos de Alta Gracia, en Córdoba, donde después de pasar largos meses acababa de morir nuestro hermano Manolito, de 3 años, llevado allá enfermo, en busca de un clima propicio que no lo mejoró. Acá en Buenos Aires, en ese momento, carecíamos de vivienda, y

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mis padres resolvieron instalarse en la chacra de San Isidro (la primitiva “suerte” de Antón Roberto), mucho más cerca del pueblo y de la estación del ferrocarril que la quinta (inicialmente repartida a Rodrigo Gómez); pues el jefe de la familia estaba obligado a viajar todos los días a la capital, donde se desempeñaba como secretario de la Suprema Corte de Justicia, y tenía a su cargo, además, la cátedra de Derecho Romano en la Facultad. Con mi hermano Federico dormíamos en un cuarto cuya ventana daba, tras la reja de hierro, al jardín de la fuente de mármol y las magnolias circunscriptas por cercos de boj; y recuerdo que en las heladas mañanas de julio y agosto, a través de los vidrios húmedos y empañados por la escarcha, vislumbrábamos, tiritando de frío, aquel romántico lugar melancólico, que un poco sobrecogía nuestra imaginación infantil. Pero llegaron pronto los días luminosos de septiembre y octubre, y la chacra ya no tuvo misterios para nosotros: la conocimos palmo a palmo, al aire libre, desde su Bosque Alegre a la orilla del río, donde pescábamos mojarritas entre las toscas, hasta los caminitos y vericuetos de la barranca poblada de lagartijas; desde el tambo en que tomábamos leche recién ordeñada de las vacas “Guernesey”, hasta la frontera de alambre tejido sobre la Avenida Manuel Aguirre. Ahí, trepados en un rústico banco que nos servía de atalaya, mirábamos jugar al fútbol a los muchachos del Club Atlético, que lucían vistosas camisetas a rayas coloradas y verdes. (Posteriormente, este equipo adoptó la camiseta celeste, y nosotros, domingo a domingo, a lo largo de varios años, ya fuera en su propia cancha, o en Avellaneda, Palermo, Almagro, Belgrano o Tigre, seguíamos la campaña de aquel cuadro, en la primera división del campeonato argentino; que invariablemente ganaba Racing, llegando San Isidro segundo o tercero; aunque contara con jugadores de prestigio internacional — rioplatense, se entiende —, como Wilson, el “goal keeper”; Sayanes, el “back”; Badaracco, el “half” izquierdo; Elías Fernández el “wing”).

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A comienzos de 1912, el Presidente Roque Sáenz Peña, por intermedio del Intendente de San Isidro, le propuso a Manuel J. Aguirre alquilarle la chacra con el fin de pasar los meses de verano cerca de la capital. Mi abuelo, que rechazó la idea de lucrar con esa “reliquia que deseaba conservar intacta”, ofreció la heredad en forma gratuita para su ilustre amigo, pidiendo no se hiciera ninguna modificación en la estructura de la casa; y como la delicadeza de don Roque desechara el disfrute gratis de la finca, don Manuel convino se entregase el alquiler que se deseaba pagar al intendente Andrés Rolón, quien destinaría los importes de esa locación al Hospital de San Isidro. A ello accedió Sáenz Peña: y dicho centro asistencial lugareño recibió 500 pesos mensuales, durante los dos años que fue inquilino de la chacra el Presidente de la República. He aquí la carta que recibió mi abuelo Aguirre, de puño y letra del Primer Magistrado de la Nación, el 13-IV-1912: “Mi estimado amigo: Mil gracias por sus deferencias y bondades caballerescas. Comprendo perfectamente el motivo filial que motiva su carta al Sr. Rolón y su voluntad de que los alquileres pasen, por intermedio de este señor como Intendente, al Hospital de San Isidro. Todo se hará como Ud. lo ha dispuesto, y la casa será conservada como Ud. lo desea. Otra vez mis agradecimientos. Me dicen que su salud no ha estado bien. Lo siento mucho y le deseo un pronto restablecimiento. Yo parto mañana para la Estancia y por eso no voy a verlo. Tendré el gusto de hacerlo a mi regreso. Con toda mi consideración y reconocimiento me reitero su amigo y condiscípulo: Roque Sáenz Peña”. En seguida, mi abuelo le escribió a su hermana Victoria, que estaba en España, las siguientes líneas, las últimas trazadas por su mano, pues falleció dos meses después: “San Isidro, Abril 1912 Querida Vic: Recién ayer y hoy he salido de mi cuarto después de sesenta días. hace tiempo que deseaba escribirte lo que ya sabrás por las cartas que habrás leído, que he cedido a Sáenz Peña la chacra. Las cosas se han presentado

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de tal modo, que no he podido, por falta de tiempo, consultarlo con vos. No sé si he hecho bien o mal, pero yo lo he resuelto porque creía no poder excusarme, y creo que mi padre me lo aprobaría. Por supuesto que allí no se hará ningún cambio en la casa. La leche, etc., eso queda para nosotros. Siento que por carta no pueda darte todos los pormenores, cuando nos veamos te contaré todo. Veo por tus cartas que estás encantada con España, es una suerte que empieces tu viaje por allí. También es cierto que en ninguna parte serás tan agasajada … Hasta pronto querida Vic, que siga siendo tu viaje tan feliz como hasta ahora. Me cuesta escribir. Recibe un abrazo de tu hermano: Manuel”. El Presidente Sáenz Peña — pese a estar con la salud quebrantada —llevó a la chacra el boato y la pompa con que gustaba revestir a la primera magistratura de la Nación. Rodeado de granaderos, recibía espléndidamente, con mesa puesta y servicio de alto estilo para la atención de las visitas. Al caer la tarde, focos eléctricos iluminaban el jardín, y de noche, en el corredor de adelante refrescado por la brisa del río, sobre una pantalla blanca, proyectábanse las imágenes animadas de esa maravilla — entonces novísima — denominada cinematógrafo. La “presidenta” doña Rosa González, a su vez, un día por semana, ofrecía el consabido té de recibo a las señoras del mundo oficial, y a las de ese pequeño círculo titulado “gran mundo”, de cuyas dos categorías formaba parte la joven y bonita “ministra” María Eugenia Aguirre de Ibarguren. En su fuero interno, Maruja debía admitir, con tristeza, que la voluntad de su padre, respecto a que la casa de la chacra permaneciera intacta, del todo no se había cumplido. Así, en el comedor, en el dormitorio que fuera de Pueyrredón — luego escritorio de su abuelo Aguirre — y también en la sala, se empapelaron las paredes y se introdujeron cielorasos de yeso; el pasadizo que comunicaba la galería externa con la interior fue tapiado en ambos frentes, para convertirlo en bar. A más de estos y otros detalles, la escolta de granaderos instaló su vivac en el monte de eucaliptus, cercano a la casa

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principal y detrás de la caballeriza, y cierto día — o noche — se produjo allí un voraz incendio que quemó numerosas plantas. Producido el deceso de Manuel J. Aguirre (23-VI1912), la chacra quedó en condominio entre Victoria, mi abuela Enriqueta Lynch de Aguirre y sus hijos (Maruja, mi madre y sus hermanos). Más adelante (20-I-1920), Victoria donó a mi abuela la mitad indivisa que le correspondía sobre la chacra, y en posterior escritura de división de condominio entre doña Enriqueta y sus hijos, éstos le adjudicaron a su madre la fracción que encerraba a la histórica vivienda colonial y a su jardín circundante. A todo esto, por aquellos años, las poblaciones de San Isidro y Martínez habíanse extendido considerablemente, los terrenos baldíos iban desapareciendo y la valorización de la tierra era constante. Tal expansión, sin embargo, tropezaba con un obstáculo infranqueable: entre dichas localidades se oponía, como valla a ese fraccionamiento progresivo, la vasta finca de los herederos de Manuel Alejandro Aguirre. Entonces estos herederos — los Aguirre, los Balcarce y los Gómez — se dispusieron a dividir una buena parte de dicha propiedad, y formar, en la zona delimitada por las Avenidas Manuel Aguirre y Eduardo Costa y las actuales calles Sáenz Peña y Perú, un amplio Barrio-Parque. Al efecto, en 1913, la Intendencia Municipal de San Isidro sancionó una ordenanza aprobando el trazado del gran loteo, con la disposición expresa que obligaba a los futuros dueños de las nuevas parcelas, a trazar frente a todas ellas un jardín, y que cada lote no debía tener menos de 15 metros de anchura. Así cobró realidad el hermoso Barrio-Parque que aún lleva el olvidado nombre de “Manuel Aguirre”. El 26-X-1924, se inaguró allí, en acto solemne, la estatua del General Pueyrredón, ante el Presidente de la República Marcelo T. de Alvear, el Gobernador de Buenos Aires José Luis Cantilo, altas autoridades y numeroso público. Descubierto el monumento, obra del escultor Hernán Cullen

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Ayerza, el presidente de la Comisión organizadora del homenaje Adrián Beccar Varela, pronunció un discurso, y al referirse a la política internacional cumplida por el Director Supremo, trajo a colación que, a iniciativa del prócer: “en Norte América el patriota servidor del país Manuel Hermenegildo Aguirre — antecesor del respetable ciudadano don Manuel A. Aguirre, benefactor de este pueblo, cuyo nombre lleva esta plaza — proclamó, sin duda antes que Monroe, los principios de su célebre doctrina, como ya lo hiciera también Pueyrredón en las instrucciones a San Martín”. Más allá del Barrio-Parque Aguirre, tras las vías del ferrocarril y la Avenida Centenario, prolongábanse hacia el Oeste, hasta dar con el camino de afuera o de la Loma, extensas fracciones del terreno que había configurado la parte trasera de la histórica chacra que me ocupa. Ese terreno se componía, aproximadamente, de 316 hectáreas: 71, pertenecientes a los herederos de Susana Aguirre de Gómez (que abarcaban 4 fracciones, con el “Quintón” colonial sobre la Avenida Centenario); 68 (distribuidas en 3 fracciones) correspondían a los sucesores de Manuel J. Aguirre, o sea a mi madre y sus hermanos los Aguirre Lynch; 77 eran del dominio de mi abuela Enriqueta Lynch de Aguirre, por donación que le hizo Victoria Aguirre, su cuñada; y 98, redondeaban la propiedad de Rosa Aguirre de Balcarce. Durante mi adolescencia, casi todas esas fracciones estaban arrendadas a verduleros italianos; salvo unas 40 hectáreas que los herederos de mi abuelos Aguirre alquilaron a cierto nonato “Polo Club Argentino”, proyectado por Alfredo Peña Unzué y Miguel Alfredo Martínez de Hoz; y la fracción de los Balcarce que, por mitades, arrendaban el San Isidro Golf Club y la Compañía Rioplatense de Aviación, que allí instaló sus hangares y el aeródromo. Un camino de tierra orillaba las lomas hasta Boulogne, y para llegar a su cancha desde la estación del ferrocarril, el Golf Club hacía correr, sobre rieles, un tranvía chiquitito tirado por un caballo.

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Así las cosas, el año 1924, la Comisión Directiva del Jockey Club de Buenos Aires — presidida por Miguel Alfredo Martínez de Hoz y de la que era vocal mi padre — encaró las gestiones para adquirir un terreno propio, destinado a Campo de Carreras, de Entrenamiento y Deportes, ya que — huelga recordarlo — el Hipódromo de Palermo, con sus dependencias anexas, pertenecía a la Municipalidad capitalina, y el Jockey lo administraba mediante una concesión del Estado, cuya ley periodicamente se renovaba. Tres, entre varias, fueron las propiedades que se tuvieron en vista para concretar aquella finalidad: los terrenos de Aguirre — 316 hectáreas en las lomas de San Isidro; el campo de Dámasa Zelaya de Saavedra — 215 hectáreas, parte en la Capital Federal y parte en Vicente López; y la estanzuela de Ana Lugones de Quirna — 823 hectáreas en Morón, cerca de la estación de Hurlingham. Luego de laboriosos estudios y trámites, que llevaron a cabo distintas comisiones especiales designadas por el Club, la Comisión Directiva del mismo — a la cual, por delicadeza, había renunciado Carlos Ibarguren — optó por el campo de los herederos de Manuel Alejandro Aguirre, en San Isidro. En consecuencia — previa aprobación de los socios en Asamblea General Extraordinaria (5-XI-1925) del boleto de compra venta ad-referendum, firmado por el Presidente de la entidad Adolfo G. Luro con Julián Aguirre Lynch, Lorenzo M. Gómez Aguirre y Manuel G. Balcarce, apoderados de las distintas ramas transmitentes —, el Jockey Club de Buenos Aires, el 6IV-1926, ante el Escribano Alfredo Darmandrail adquiría aquellas 316 hectáreas en las lomas de San Isidro, que formaron parte de la histórica chacra familiar. El precio total de la operación fue de cuatro millones quinientos mil pesos, que los vendedores se repartieron en la siguiente proporción: dos millones de pesos para los herederos de Susana Aguirre de Gómez; un millón ciento treinta mil pesos para la sucesión de Manuel J. Aguirre; quinientos setenta mil pesos para Enriqueta Lynch de Aguirre; y ochocientos mil pesos para Rosa Aguirre de Balcarce.

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Después, una comisión especial del Jockey Club, integrada por Benito Villanueva, Saturnino J. Unzué, Miguel Alfredo Martínez de Hoz, Joaquín S. de Anchorena, Adolfo Luro, Ignacio Correas y Miguel Angel Juárez Celman, se encargó de acelerar los trabajos para la construcción de tribunas, pistas, parques, jardines y demás instalaciones del Hipódromo, que, reconocido como uno de los mejores del mundo, se inaguró el 8-XII-1935. Entretanto en el golf se modernizaba la cancha, y más adelante (1945) concluíase la espléndida casa, sede del Club en el Campo de Deportes que proyectaron los arquitectos Miguel y Guillermo Madero. Con esas principales y muchas otras realizaciones, la gigantesca obra quedó terminada para prestigio del país, y, pese a los contratiempos del destino, aún perdura en San Isidro como expresión de belleza y de enérgica voluntad de cultura. Con anterioridad a esta adquisición del Jockey Club, tanto las quintas de Balcarce y de Gómez Aguirre, sobre la barranca (que constituyeron en 1580 el frente de la merced de Pablo Cimbrón), cuanto la parcela del “Bosque Alegre” (que había sido el bajo de la “suerte” de Antón Roberto), y, a partir de 1939, la quinta de los hijos de mi abuelo Manuel J. Aguirre (originalmente parte delantera del terreno amojonado para Rodrigo Gómez), se fraccionaron en múltiples lotes que dieron vida a un nuevo barrio-parque, extendido a ambos costados de la Avenida “Manuel Aguirre”, trayecto lugareño, éste, al que en 1950 le borraron el nombre, para llamarlo uniformemente — como a todo el camino desde la Capital Federal hasta el Tigre —, Avenida “Libertador General San Martín”. Tras distintos fraccionamientos y paulatinas subdivisiones en gran escala de la antigua chacra familiar, sólo sobrevivía en un rincón de la barranca, contrapuesto al grandioso panorama del río, el viejo habitáculo histórico de próceres y cabildantes, cual reliquia milagrosamente salvada de aquella colosal atomización.

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He de recordar que, el 5-VIII-1925, en el Congreso Nacional, los senadores Leopoldo Melo y Carlos Zabala presentaron un proyecto de ley autorizando al Poder Ejecutivo “para expropiar la casa histórica que fue del General don Juan Martín de Pueyrredón” cuya iniciativa cinco días después, previo despacho de la Comisión de Negocios Constitucionales, sancionó el alto Cuerpo. Empero, como el asunto no se tratara por la Cámara de Diputados, la patriótica determinación del Senado hubo de morir en el archivo. El senador Zabala al fundar dicho proyecto expropiador, consignó los fastos memorables de la chacra — sin duda con datos proporcionados por el historiador Adrián Beccar Varela — y puso fin a su discurso con las siguientes palabras: “Estos hechos históricos que rápidamente quedan expuestos, nos convencieron de la necesidad de expropiar esa quinta, para completar la obra del pueblo de San Isidro al levantar la estatua del General Pueyrredón en parte de dicha quinta; es decir, en la Plaza Manuel A. Aguirre, ciudadano de exelsas virtudes, descendiente del no menos patriota y servidor del país don Manuel Hermenegildo Aguirre, siendo el primero uno de los benefactores de San Isidro, y quien — como hemos dicho — ha conservado esa reliquia histórica”. El 27-VI-1934, en la sesión de la Cámara de Diputados, el representante conservador José Arce, presentó un proyecto de ley declarando monumento nacional sujeto a expropiación, a la casa-quinta que fuera del Director Supremo Pueyrredón. Y el 28-IX-1935, el diputado Roberto Noble, en nombre del bloque “de la concordancia”, leyó en el recinto los asuntos que merecían preferencia para ser despachados, y entre ellos figuró la “Expropiación de la quinta de Pueyrredón en San Isidro”. Asimismo, ese año 35, el Poder Ejecutivo incluyó como asunto para tratarse en las sesiones extraordinarias, por ser de interés público, “la expropiación de la quinta de Pueyrredón”. Mientras tanto, la familia de Aguirre seguía a la espera de que el gobierno expropiara la chacra, cuyo mantenimiento,

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en esos años de agudísima crisis, resultábale económicamente un “elefante blanco”. A causa de ello se alquiló la finca, por los meses del verano, a la señora Angela Noemí López de Lastra; y más adelante (1935-1938) dióse la casona en locación para sede temporaria del San Isidro Club — el S.I.C. —, entidad formada por un grupo de socios escindidos del Club Atlético San Isidro, disconformes con ciertas medidas, tomadas por las autoridades del C.A.S.I., que afectaban a sus jugadores de rugby. A fines de 1937, debido a gestiones de centros sociales sanisidrenses, tramitóse en la Dirección de Arquitectura del Ministerio de Obras Públicas, la compra por la Nación del bien de referencia. Hortensio Aguirre, administrador de la sucesión de su madre Enriqueta Lynch de Aguirre, en un escrito al Director de aquel organismo oficial, decía: “Que siendo necesario liquidar esta sucesión y no pudiendo esperar la eventual resolución del Congreso, que podría demorarse por un tiempo que no es posible precisar, se ha dispuesto por los herederos la venta en lotes del referido inmueble, la que probablemente traería aparejada la demolición de la casa histórica. Pero si el Poder Ejecutivo estuviera dispuesto a comprar en remate judicial el referido inmueble en un solo lote, la sucesión que administro no tendría inconveniente en convenir con el Poder Ejecutivo la venta en esas condiciones, por el precio de $460.000 m/n”. A partir de ahí, tres años más siguieron esperando los herederos de la señora de Aguirre un pronunciamiento del gobierno acerca de la chacra. Habían corrido dieciséis anualidades desde aquella primera ley expropiadora con media sanción del Senado. Entonces a comienzos de 1941, Carlos Alberto Pueyrredón — Pueyrredón Lynch, primo segundo de los Aguirre Lynch —, a la sazón Intendente Municipal de Buenos Aires, con gran influencia en las esferas oficiales, aconsejó a sus parientes la estratagema de llevar adelante el remate judicial de la finca, colocando, frente al histórico solar llamativos cartelones anunciadores de la subasta. Esta grave alternativa

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obligaría a las autoridades a impedir la amenazante posibilidad de que fuera demolido el venerable edificio. Así, como se esperaba, ocurrió. El hecho vino a conmover al pueblo de San Isidro. En el Club Atlético, un calificado grupo de vecinos reunióse — en cabildo abierto, diré — a fin de encontrar la forma de salvar la casa de Pueyrredón. Y cuando muchos desesperaban sin hallarle solución al asunto, tercieron, en última instancia, el Intendente capitalino Carlos Alberto Pueyrredón y Rodolfo Giménez Bustamante, Interventor en la Municipalidad sanisidrense; y éste, alentado por aquél, firmó con Hortensio Aguirre el boleto de compra-venta de la chacra, a favor de la Comuna de San Isidro. Al 30-XI-1941, en presencia del Vicepresidente en ejercicio del Poder Ejecutivo Ramón S. Castillo, del Interventor Nacional en la Provincia de Buenos Aires Coronel Enrique J. Rottjer, del Intendente de la Capital Carlos Alberto Pueyrredón y demás autoridades, el Comisionado Municipal de San Isidro Joaquín Sorondo, procedió a recibir de los herederos de Manuel J. Aguirre y Enriqueta Lynch de Aguirre — representados por Hortensio Aguirre — la posesión de “la Chacra donde vivió y murió el Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Gral. Juan Martín de Pueyrredón. Chacra — consigna el acta respectiva — que a través de más de un siglo, ha sido conservada intacta como una reliquia, para que los argentinos puedan evocar muchos de los episodios que forjaron su historia, y que será destinada a Museo General Juan Martín de Pueyrredón”. La casa, sus dependencias cercanas y el parque — de dos hectáreas — fueron declarados “Monumento Histórico Nacional”, por Decreto Nº 104.180 del 28-X-1941. Con posterioridad, el 16-IX-1944, el Comisionado Municipal de San Isidro, David E. Jessen, decretaba la creación del Museo y Archivo Histórico Regional Juan Martín de Pueyrredón. Desde esa fecha, la historia — propiamente tal — cesa de fluir en aquella última parcela de la chacra convertida en templo evocativo; y a su conjuro, por cierto, han revivido es-

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tos recuerdos que estimularon mis modestas aptitudes de historiador. “El Retoño”, 1964

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APENDICE II

La Casa de Aguirre en la Calle Cerrito La referencia histórica del solar donde se edificó la casa de mis abuelos Aguirre en la calle Cerrito 271 — en cuya morada nací —, podría resumirse de esta manera: I — El 17-X-1580 Juan de Garay, en el repartimiento que hizo entre sus compañeros fundadores de Buenos Aires, le adjudicó a Lázaro Gribeo la manzana delimitada por las actuales calles Cerrito, Sarmiento, Carlos Pellegrini y Cangallo. Ese Lázaro Gribeo había nacido en la Asunción del Paraguay, y era hijo de Leonardo Gribeo, natural de la ciudad de Besanzón, entonces perteneciente al Franco Condado — hoy departamento francés de Doubs —, quien integró la expedición de don Pedro de Mendoza al Rio de la Plata, y fué — al decir de su descendiente el historiador Raúl de Labougle — “el primer francés que pisó tierra argentina”. Avecindado en la Asunción, tras el fracaso de la empresa conquistadora de su jefe, Leonardo casó allí con Isabel Martín, mestiza guaraní, seguramente, y en ella el trasplantado borgoñón hubo por hijos: al susodicho Lázaro Gribeo, a Maria Gribeo casada con Hernando de Molina, a Leonardo Gribeo fraile franciscano, y a Domingo Gribeo. Lázaro Gribeo, el acompañante de Garay, falleció soltero, heredando entonces sus posesiones bonaerenses su hermano Domingo.

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II — Domingo Gribeo, pués, resultó el segundo propietario de la manzana que me ocupa. Nació, como sus hermanos, en la Asunción del Paraguay. Radicose luego en Buenos Aires, donde tuvo actuación como regidor en el Cabildo y como Capitán en varias campañas contra los indios. Había contraído matrimonio en la Asunción con la paraguaya María de Solórzano (hija legítima de Rodrigo de Esterlin y de Juana de Solórzano, hija mestiza ésta del conquistador Zoilo de Solórzano, nativo de las Islas Canarias, venido con Alvar Núñez Cabeza de Vaca en 1542, y de una india doncella). Domingo Gribeo testó en Buenos Aires el 20-VIII-1647, ante el Escribano Juan Antonio Calvo de Arroyo, y ese mismo día también testó su esposa María de Solórzano, ante mi antepasado Alonso Agreda de Vergara. Ella falleció el 2-IX1649 y Domingo Gribeo dos meses más tarde, el 4 de noviembre. Heredera de todos los bienes de ambos cónyuges fué su hija: III — Juana de Solorzano Gribeo, mujer de Lorenzo Sánchez de Luque. A la muerte de doña Juana, esos terrenos, “en el barrio de San Nicolás”, heredados por ella, que consignó en su testamento otorgado el 7-V-1652 ante el Alcalde ordinario Fernando Nuño del Aguila, suscitaron un pleito entre los hijos de la causante, a saber: Elvira de Solórzano Gribeo, casada con Juan Romero; Isabel de Solórzano Gribeo, esposa de Sebastián de Castro; Francisco de Paula Solórzano Gribeo, soltero, y Lorenzo de Gribeo, marido de Catalina de la Trinidad (hija de Juan Gutiérrez Barragán y de Teresa de Benavidez). IV — Al promediar el siglo XVIII, aquella manzana y “terrenos del barrio de San Nicolás, que habían sido de los Gribeo, pertenecian a Ramona Velázquez. Fallecida esta señora, su Albacea Pedro Antonio de la Cuesta, vendió dichos terrenos, el 9-II-1763, a:

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V — Pedro Ochoa de Amarita, natural del lugar de Amarita, en la provincia de Alava (hijo de Francisco Ochoa de Amarita y de Maria López de Arechaga). Era don Pedro médico cirujano de la Real cárcel de Buenos Aires, y en 1768 tenia en la ciudad, además, una importante botica. Habíase casado con Josefina Antonia Bozo, en la que hubo una hija, Ana María, que falleció en tierna edad. En 1778 nuestro quirurgo farmaceuta moraba, viudo, en casa propia, con 70 inviernos cumplidos — según el censo urbano de dicho año. Poco antes, en 1773, algunos vecinos propietarios de terrenos en el barrio de San Nicolás, por iniciativa de Pedro Ochoa de Amarita, donaron al municipio media manzana, ocupada hoy por las calles Carlos Pellegrini, Sarmiento, Cangallo y Carabelas, para establecer en ella una plaza con un mercado al aire libre. Ese lugar público llevó primero el nombre de su principal donante: “Amarita”, y después, sucesivamente, llamose “PIaza Nueva”, “de la Unión”, “de las Artes”, y, por último, “Mercado del Plata”. Pedro Ochoa de Amarita testó, “enfermo en cama”, el 3-XI-1783, con codicilo del 10 de diciembre siguiente, ante el Escribano Martín de Rocha. Fué su postrera voluntad que su cadáver, con mortaja y hábito de la orden, se sepultara en la Iglesia de San Francisco, delante del altar de Nuestra Señora de Aranzazu. Declaró junto con sus bienes a un terreno “entre la Iglesia de San Nicolás y la Plaza Nueva” — o sea que en tal cuadra estaba comprendido el solar de la presente referencia. Unico y universal heredero del causante fué su sobrino Juan Pedro de Armentia. VI — Doce años más tarde, el 10-IV-1795, ante el Escribano Pedro Núñez, Juan Pedro de Armentia, “residente en Buenos Aires”, vendió por el precio de 1.471 pesos corrientes, a Domingo Mendiburu, aquel terreno compuesto de 43 varas de frente con fondo irregular, “en cuyo sitio se halla una cancha de Juego de Pelota, el cual me pertenece por herencia

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de mi finado tío don Pedro Ochoa de Amarita” — expresaba el vendedor. VII — Fallecido Domingo Mendiburu, lo hereda su única hija Micaela, la cual también fallece más tarde. En consecuencia, el 28-III-1829 Francisco Atucha, como Albacea de la difunta señora, ante el Escribano José María Jardón, transfiere, por la suma de 15.820 pesos y 7 reales, a José de la Cruz, el referido terreno de Micaela Mendiburo, ubicado ya entonces en la calle Cerrito. VIII — Apenas corridos dos meses de esa transmisión, el 20-V-1829 ante el mismo Notario Jardón, José de la Cruz vendió en iguales condiciones el expresado terreno a Ricardo Sutton (hijo); quien, el 19-III-1830, ante Tomás José Boyso, enagena dicho bien a Luis Bossard; y éste, cuatro meses después, el 20-VIII-1830, ante Marcos Leonardo Agrelo, les vendió por 10.000 pesos, a José Julián Beláustegui y Angel del Molino Torres, el susodicho terreno, sito — expresaba la escritura — en la traza de esta ciudad, cuartel 18, calle del Cerrito, y que se componía de 31 varas de frente con fondo desigual. IX — El 28-XII-1832, ante el propio Agrelo, Angel del Molino Torres le vende, por 3.000 pesos, la parte que le correspondía del terreno referido, a su socio José Julián Beláustegui (que acababa de casarse, el 26-VIII-1832, con Teresa López, y era hijo natural de Francisco Antonio de Beláustegui Forúa). X — El 23-IX-1834, también ante Agrelo, José Julián Beláustegui, por la cantidad de 9.500 pesos, le vendía a Pedro Pablo Ponce de León el terreno en el cuartel 18, calle Cerrito nº 83, con las medidas, linderos y demás circunstancias que consigna su título.

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XI — Casi un cuarto de siglo más adelante, el 30-XI1858, ante Mariano Cabral, Pedro Pablo Ponce de León — concursado — enagenó a Gabino Palacios dos casas que había hecho construír en el terreno de 31 varas de frente y 77 varas hacia un fondo de configuración irregular. El precio de la compra-venta fue de 600.000 pesos (400.000 al contado y el saldo de 200.000 se garantizó mediante hipoteca, cuyo gravámen fue cancelado el 30-XI-1859, ante el mismo Notario Cabral). XII — El 21-VI-1864, compareció Gabino Palacios ante el Escribano Laureano Carballeda, y dijo: Que vendía a Ezequiel Ramos Mexía, una casa de su propiedad, situada en esta ciudad, en la calle Cerrito, antes nº 83, entonces 81, 82, 85 y 87, edificada en terreno compuesto de 31 varas de frente, teniendo de fondo 77 varas, abriéndose sobre el mismo costado un contrafrente de 31 varas y media. La venta se realizó por el precio de 510.000 pesos. XIII — Veintinueve años más adelante, el 21-X-1896, ante el Escribano José Victoriano Cabral, comparecieron: por una parte, Marta Ramos Mexía de Güemes, con la venia de su esposo el Dr. Luis Güemes; Alberto José Ramos Mexía; el Dr. Luis de Elizalde, soltero, en representación de María Magdalena Dominga Ramos Mexía de Elizalde, viuda; José Erausquín, en nombre de Exequiel Francisco de Sales Ramos Mexía, casado; y por otra parte Manuel Alejandro Aguirre, viudo; y los señores Ramos Mexía vendieron a mi bisabuelo Aguirre, por el precio de 152.000 pesos m/n al contado, la finca de su propiedad, Parroquia de San Miguel, Sección 3º, calle Cerrito, (antes nº 83-85 y 87, ahora nº 271), entre Cuyo y Cangallo, edificada de altos, en un área de terreno compuesta de 26 metros 846 milímetros, o sean 31 varas de frente al Oeste, teniendo de fondo 66 metros 683 milímetros, o sean 77 varas, y el resto del costado Sud va gradualmente

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abriéndose sobre ese mismo costado, asi que concluye el terreno con un contrafrente de 30 metros 743 milímetros, o sean 35 1/2 varas. Lindando entonces al frente con la calle Cerrito, por el fondo con Esteban Spinetto, los herederos de Esteban Sarco y Teresa Real de Fresco (en uno de estos terrenos habíase levantado, en 1891, el Teatro de la Comedia, con frente a la calle Carlos Pellegrini, actual nº 248); por el Sud con Lorenzo Berisso; y por el Norte con Carlos Peña y Teresa Real de Fresco. Correspondió la finca a los vendedores por herencia de su padre Ezequiel Ramos Mexía, fallecido el 24IV-1896 (marido de María del Carmen Lavalle Oyuela), quien después de comprar el terreno a Gabino Palacios en 1867, echó abajo la primitiva casa que edificara Ponce — entre 1834 y 1858 — para erigir en su lugar la suntuosa mansión que Manuel Alejandro Aguirre adquiría para hogar de su hijo Manuel José. En esa amplia y acogedora morada de mis abuelos maternos — como lo dije más atrás — vino al mundo, el 17-V1905, el primer nieto de ellos, que ahora escribe esta larga monografía familiar. XIV — Finalmente en 1915 la Comuna de Buenos Aires expropió la hogareña residencia, a fin de abrirle paso a la gran Avenida 9 de Julio que estaba proyectada. Mientras tanto se instaló allí un colegio de monjas, y, más tarde, varias oficinas de la Municipalidad; hasta que en 1936, una cuadrilla demoledora comunal — descomunal, monstruosa, diría yo mejor — hizo polvo a toda prisa, en pocos días, a aquella venerable casa de la calle Cerrito 271, repleta de recuardos para la familia de Aguirre.

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APENDICE III

Fuentes Documentales y Bibliografía Principal Acuerdos de la Honorable Junta de Representantes de la Provincia de Buenos Aires (1820 1821), con introducción de Ricardo Levene. Publicación de la Academia Nacional de la Historia. Tomo I, La Plata, 1932. Apolant Juan Alejandro, Génesis de la familia uruguaya, Montevideo, 1966. Archivo General de la Nación, Acuerdos del extinguido Cabildo de Buenos Aires. Archivo General de la Nación, Documentos de la Sala 9. Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, Historia de la Provincia de Buenos Aires, Formación de sus Pueblos. Volumen II. La Plata, 1941. Archivo Parroquial de la Iglesia de La Merced de Buenos Aires: Libros de Bautismos, Casamientos y Defunciones. Argamasilla de la Cerda y Bayona: Nobiliario y Armería General de Nabarra. Madrid, 1899. Barba Enrique M.: EI primer gobierno de Rosas; Gobiernos de Balcarce, Viamonte y Maza. Capítulo I del Tomo VII, de

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Historia de la Nación Argentina, publicada por la Academia Nacional de la Historia. Bs. As. 1950. Calvo Carlos: Nobiliario del Antiguo Virreinato del Rio de la Plata. Canter Juan: Las Sociedades secretas y literarias, en el volumen V de Historia de la Nación Argentina, publicada por la Academia Nacional de la Historia. Bs. As. 1939. Cartas y notas del legajo Correspondencia oficial de los Enviados de Chile a Buenos Aires, años 1818 a 1831, copiadas de sus originales que se guardan en el Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile — Estante n° 2, Tabla 2c — por Juan Draghi Lucero, para mi padre Carlos Ibarguren. Currier Theodore S.: Los Corsarios del Rio de La Plata. Bs. As. 1929. Documentos y cartas de familia. Archivo particular del autor. Documentos y cartas de familia en poder de Eduardo y Carlos Aguirre Lynch Bollini. Diario del Capitán de Fragata D. Juan Francisco Aguirre, publicado en los Tomos XVII, XVIII, XIX y X de la Revista de la Biblioteca Nacional, dirigida por Felipe Barreda Laos. Bs. As. 1949/51. Documentos del Congreso General Constituyente de 18241827, con introducción de Ricardo Levene. La Plata 1949. Garcia Carraffa Alberto y Arturo: Diccionario Heráldico y Genealógico de Apellidos Españoles y Americanos.

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Gorriti José Ignacio: Autobiografía política, publicada por la Biblioteca de Mayo del Senado de la Nación, Tomo III. Bs. As. 1960. Gróussac Paul: Noticia de don Juan Francisco de Aguirre, en Anales de la Biblioteca. Tomo IV. Bs. As. 1905. Hombres de Mayo, en la Revista Genealogía, del Instiuto Argentino de Ciencias Genealógicas. Bs. As. 1961. Ibarguren Carlos: En la Penumbra de la Historia Argentina; La Misión de Aguirre a los Estados Unidos. Bs. As. 1932. Ibarguren Carlos: Estados Unidos ante la independencia de Sud América — La misión de Aguirre a los Estados Unidos La politica norteamericana y la doctrina de Monroe. Bs. As. 1944. Ibarguren Carlos: Juan Manuel de Rosas — Su vida, su tiempo, su drama. Bs. As. 1930. Iriarte Tomás de: Memorias; editadas bajo la dirección de Enrique de Gandía por la Sociedad Impresora Americana. Lafuente Machain Ricardo de: Los Saenz Valiente y Aguirre. Bs. As. 1929. Lascano Martin V.: Las Sociedades Secretas, Políticas y Masónicas de Buenos Aires. Tomo 1. Bs. As. 1927. Levene Ricardo: La sublevación del 1º de Diciembre de 1828 y los gobiernos de Lavalle y Viamonte. Capítulo IV del Tomo VII de Historia de la Nación Argentina publicada por la Academia Nacional de la Historia. Bs. As. 1949.

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Libro de Sesiones Reservadas de la Honorable Junta de Representantes de la Provincia de Buenos Aires — 1822-1833, publicado por el Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires. La Plata, 1936. López Mendizabal Isaac: Etimología de Apellidos Vascos. Bs. As. 1958. López Vicente Fidel: Historia de la República Argentina. Bs. As. 1883/87. Marfany Roberto H.: ¿Donde está el Pueblo?, artículo publicado en la Revista de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata. Tomo XXXI. Bs. As. 1948. Marfany Roberto H.: El Pronunciamiento de Mayo, artículo publicado en la Revista Historia nº 12, que dirigia Raul A. Molina. Bs. As. 1958. Memorias y Autobiografias. Tomo I, publicadas por el Museo Histórico Nacional bajo la dirección de Adolfo P. Carranza. Bs. As. 1910. Michelena Luis: Apellidos Vascos. San Sebastián 1953. Mitre Bartolomé: Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina - 5a edición. Bs. As. 1902. Molinari Diego Luis: La politica lusitana y el Rio de la Plata, Capítulo X del volumen V de la Historia de la Nación Argentina, publicada por la Academia Nacional de la Historia. Bs. As. 1939.

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Molinari Diego Luis: La Trata de Negros - 3a edición. Bs. As. 1944. Núñez Ignacio: Noticias Históricas de la República Argentina, publicadas por la Biblioteca de Mayo del Senado de la Nación. Tomo I. Bs. As. 1960. Palomeque Alberto: Orijenes de la Diplomacia Arjentina Misión Aguirre a Norte América. Tomos I y II. Bs. As. 1905. Quesada Zapiola Carlos: Catálogo de la documentación referente a las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos de América y la República Argentina -1810-1830, Existente en el Archivo Nacional de los Estados Unidos de América, Sección Departamento de Estado. Bs. As. 1948. Ravignani Emilio: Historia Constitucional de la República Argentina. Tomo III. Bs. As. 1927. Real Compañía de Guardias Marinas y Colegio Naval, Catálogo de pruebas de Caballeros aspirantes, recopilado por Dalmiro de la Valgoma y Barón de Finestrat. Tomos II y III. Madrid 1943/45. Real Despacho de Hidalguía y Blasones del Señor Don Manuel de Aguirre, certificado por el Rey de Armas don Félix de Rújula. Madrid 10-XII-1901. Roa y Ursúa Luis de: El Reyno de Chile — 1535-1810. Estudio Histórico Genealógico y Biográfico. Valladolid 1945. Sierra Vicente D.: Historia de la Argentina, Tomos V, VI, VII y VIII. Bs. As. 1962/1969.

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