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EL CABALLERO DE LA «MAISON ROUGE» LOS VOLUNTARIOS EL DESCONOCIDO

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ra la noche del 10 de marzo de 1793. En Notre Dame acababan de sonar las diez, y cada hora, descolgándose como un pájaro nocturno lanzado desde un nido de bronce, había

volado triste, monótona y vibrante. Sobre París había descendido una noche fría y brumosa. El mismo París no era en absoluto el que conocemos, deslumbrante en la noche por mil luces que se reflejan en su fango dorado; era una ciudad avergonzada, tímida y atareada, cuyos escasos habitantes corrían para atravesar de una calle a otra. Era, en fin, el París del 10 de marzo de 1793. Tras algunas palabras sobre la extrema situación que había ocasionado este cambio en el aspecto de la capital, pasaremos a los acontecimientos cuyo relato es el objeto de esta historia. A causa de la muerte de Luis XVI, Francia había roto con toda Europa. A los tres enemigos con los que había combatido al principio, Prusia, el Imperio y d Piamonte, se habían unido Inglaterra, Holanda y España. Sólo Suecia y Dinamarca, atentas al desmembramiento de Polonia realizado por Catalina II, conservaban su neutralidad. La situación era alarmante. Francia, temida como potencia física, pero poco estimada como.

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Alexandre Dumas potencia moral tras las masacres de septiembre del 21 de enero, estaba literalmente bloqueada por toda Europa, como una simple ciudad. Inglaterra se hallaba en las costas, España en los Pirineos, el Piamonte y Austria en los Alpes, Holanda y Prusia en el norte de los Países Bajos, y en un solo punto, entre el Rin y el Escalda, doscientos cincuenta mil soldados avanzaban contra la República. Los generales franceses eran rechazados en todas partes, y Valence y Dampierre se habían dejado arrebatar parte de su material durante la retirada. Más de diez mil desertores habían abandonado el ejército, dispersándose por el país. La única esperanza de la Convención era Dumouriez, al que había enviado un correo tras otro ordenándole abandonar las orillas del Biesboch, donde preparaba un desembarco en Holanda, y regresar para tomar el mando del ejército del Mosa. En el corazón de Francia, es decir, en París, repercutía cada golpe que la invasión, la revuelta o la traición le asestaba en los puntos más distantes. Cada victoria era una conmoción de alegría, cada derrota una sacudida de terror. La víspera, 9 de marzo, había tenido lugar en la Convención una de las sesiones más borrascosas: todos los oficiales habían recibido la orden de incorporarse a sus regimientos a la misma hora; y Danton, subiendo a la tribuna, había exclamado: «¿Decís que faltan soldados? Ofrezcamos a París una ocasión de salvar a Francia, pidámosle treinta

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4 / Alexandre Dumas mil hombres, enviémoslos a Dumouriez, y no sólo Francia estará salvada, sino Bélgica asegurada y Holanda conquistada. » La proposición había sido acogida con gritos de entusiasmo. En todas las secciones se habían establecido oficinas de alistamiento. Los espectáculos se habían cerrado para impedir cualquier distracción y la bandera negra había sido izada en la alcaldía en señal de alarma. Antes de medianoche se habían inscrito treinta y cinco mil hombres; pero al inscribirse, igual que en las jornadas de septiembre, los voluntarios habían pedido que, antes de su partida, se castigara a los traidores. Los traidores eran los contrarrevolucionarios, los conspiradores que amenazaban desde dentro a la Revolución amenazada desde fuera. Pero la palabra tomaba toda la amplitud que querían darle los partidos extremistas. Los traidores eran los más débiles. Y los montañeses1 decidieron que los traidores serían los girondinos. Al día siguiente —10 de marzo— todos los diputados montañeses asistían a la sesión. El alcalde se presenta con el acuerdo del ayuntamiento confirmando las medidas de los comisarios de la Convención y repite el deseo, manifestado 1 Miembros del partido de la Montaña, llamado así por ocupar los escaños más elevados del Juego de Pelota. (Nota del traductor.)

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unánimemente la víspera, de un tribunal extraordinario encargado de juzgar a los traidores. Enseguida se exige a gritos un acuerdo del comité. Este se reúne y, diez minutos después, Robert Lindet anuncia que se nombrará un tribunal compuesto por nueve jueces y dividido en dos secciones, encargado de perseguir a quienes traten de confundir al pueblo. Los girondinos comprenden que esto significa su arresto. Se levantan en masa. —¡Antes morir que consentir el establecimiento de esta inquisición veneciana! —gritan. En respuesta, los montañeses piden que se vote a mano alzada. Se vota y, contra todo pronóstico, la mayoría declara: 1.º que habrá jurados; 2.º que el número de estos jurados será igual al de departamentos; 3.º que serán nombrados por la Convención. En cuanto se admitieron estas tres proposiciones, se escuchó un enorme griterío. La Convención estaba habituada a las visitas del populacho. Preguntó de qué se trataba y se le contestó que una comisión de voluntarios deseaba presentarse ante ella. Enseguida se abrieron las puertas y seiscientos hombres medio borrachos, armados de sables, pistoletes y picas, desfilaron entre aplausos, pidiendo a gritos la muerte para los traidores. Collot d’Herbois les prometió salvar la libertad pese a las intrigas; y acompañó sus palabras con una

mirada a los girondinos que hizo comprender a éstos que todavía estaban en peligro. Terminada la sesión, los montañeses se dirigieron a los otros clubs y propusieron poner fuera de la ley a los traidores y degollarlos esa noche. Louvet vivía en la calle Saint-Honoré, cerca del club de los Jacobinos; su mujer entró en el club, atraída por las voces y escuchó la proposición. Subió a toda prisa para prevenir a su marido que, tras armarse, corrió de puerta en puerta para advertir a sus amigos, a los que encontró reunidos en casa de Pétion, deliberando sobre un decreto que querían presentar al día siguiente. Les cuenta lo que ocurre, incitándoles a tomar, por su parte, alguna medida enérgica. Pétion, calmoso e impasible como de costumbre, se dirige a la ventana, mira al cielo y extiende su brazo que retira chorreando. —Llueve —dice—, esta noche no ocurrirá nada. Por esta ventana entreabierta penetraron las últimas vibraciones del reloj que tocaba las diez. He ahí lo que ocurría en París durante esta noche del diez de marzo, haciendo que, en este silencio amenazante, las casas permanecieran mudas y sombrías, como sepulcros poblados sólo por muertos. Los únicos habitantes de la ciudad que se aventuraban por las calles eran las patrullas de guardias nacionales, las cuadrillas de ciudadanos de

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7 / Alexandre Dumas las secciones, armadas al azar y los policías, como si el instinto advirtiera que se tramaba algo desconocido y terrible. Esa noche, una mujer envuelta en un manto color lila, la cabeza oculta por el capuchón del manto, se deslizaba arrimada a las casas de la calle Saint-Honoré, escondiéndose en algún portal cada vez que aparecía una patrulla, permaneciendo inmóvil como una estatua, reteniendo el aliento hasta que pasaba la patrulla, para continuar su rápida e inquieta carrera. Había recorrido impunemente una parte de la calle Saint-Honoré cuando, en la esquina de la calle Grenelle, se tropezó con una cuadrilla de voluntarios cuyo patriotismo se encontraba exacerbado a causa de los numerosos brindis que habían hecho por sus futuras victorias. La pobre mujer lanzó un grito y trató de huir por la calle del Gallo. —¡Eh! ¿Dónde vas? —gritó el jefe de los voluntarios. La fugitiva no respondió y continuó corriendo. —¡Apunten! —dijo el jefe—. Es un hombre disfrazado, un aristócrata que se escapa. El ruido de dos o tres fusiles maltratados por manos demasiado vacilantes para ser seguras, anunció a la pobre mujer el movimiento fatal que se ejecutaba. —¡No, no! —gritó, deteniéndose y volviendo sobre sus pasos—. No, ciudadano; te equivocas; no soy un hombre.

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8 / Alexandre Dumas —Entonces, avanza y responde categóricamente —dijo el jefe—. ¿Dónde vas, encantadora dama nocturna? —Pero, ciudadano, no voy a ninguna parte... Vuelvo. —¡Ah! ¿Vuelves? —Sí. —Es un poco tarde para volver una mujer honrada, ciudadana. —Vengo de casa de una parienta que está enferma. —Pobre gatita —dijo el jefe, haciendo un gesto con la mano que hizo retroceder a la asustada mujer—. ¿Dónde tenemos el salvoconducto? —¿El salvoconducto? ¿Qué es eso, ciudadano? ¿Qué quieres decir? ¿,Qué es lo que me pides?. —¿No has leído el decreto del ayuntamiento? La mujer no sabía nada sobre la disposición del ayuntamiento que prohibía circular después de las diez de la noche a toda persona que careciera de salvoconducto. El jefe de los voluntarios la sometió a un breve interrogatorio y sus sospechas aumentaron con las confusas respuestas de la mujer. Entonces decidió conducirla al puesto más próximo, el del Palacio-Igualdad. Se encontraban cerca de la barrera de los Sargentos cuando un joven alto, envuelto en una capa, volvió repentinamente la esquina de la calle Croix-des-Petits-Champs, justo en el momento en que la prisionera suplicaba que la dejaran libre. El

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9 / Alexandre Dumas jefe de los voluntarios, sin escucharla, la arrastraba por un brazo y la joven lanzó un grito mezcla de miedo y dolor. El joven vio el forcejeo, oyó el grito y, saltando de un lado a otro de la calle, se plantó ante la cuadrilla y preguntó al que parecía el jefe quién era la mujer y qué querían de ella. —¿Y tú, quién eres para interrogarnos? —dijo el jefe. El joven abrió su capa y brillaron unas charreteras en un uniforme militar, identificándose como oficial de la guardia cívica. —¿Qué dice? —preguntó uno de la cuadrilla con el acento arrastrado e irónico de la gente del pueblo. —Dice que si las charreteras no bastan para que se respete a un oficial, el sable hará que se respeten las charreteras —replicó el joven al tiempo que retrocedía un paso y, desplegando los pliegues de su capa, hacia brillar un largo y sólido sable de infantería a la luz de un farol. Después, con un movimiento rápido que revelaba cierta costumbre en el manejo de las armas, apresando al jefe de los voluntarios por el cuello de la casaca y apoyándole en la garganta la punta del sable, dijo—: Ahora charlaremos como dos buenos amigos. Y te prevengo que al menor movimiento que hagáis tú o tus hombres, atravieso tu cuerpo con mi sable. Entretanto, dos hombres de la cuadrilla continuaban reteniendo a la mujer.

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10 / Alexandre Dumas —Me has preguntado quién soy —continuó el joven—, y no tienes derecho a hacerlo porque no mandas una patrulla regular. No obstante, te lo voy a decir: me llamo Maurice Lindey y he mandado una batería de cañones el diez de agosto. Soy teniente de la Guardia Nacional y secretario de la sección de Hermanos y Amigos. ¿Té basta con eso? —¡Ah! Ciudadano teniente —respondió el jefe, amenazado por la hoja cuya punta presionaba cada vez más en su garganta—. Si eres realmente lo que dices, es decir, un buen patriota… —Vaya; ya sabía que nos entenderíamos enseguida —dijo el oficial—. Ahora respóndeme: ¿por qué gritaba esta mujer y qué le hacíais? —La conducíamos al cuerpo de guardia porque carece de salvoconducto, y el último decreto del ayuntamiento ordena arrestar a cualquiera que deambule sin salvoconducto. La lucha no podía ser igualada. Incluso la mujer comprendió esto, porque dejó caer la cabeza sobre el pecho y lanzó un suspiro. En cuanto a Maurice, con el ceño fruncido, el labio levantado desdeñosamente, el sable desenvainado, permanecía indeciso entre sus sentimientos de hombre que le ordenaban defender a la mujer y sus deberes de ciudadano que le aconsejaban entregarla. De pronto brilló en una esquina el resplandor de varios cañones de fusil y se escuchó la marcha de una patrulla que, al advertir al grupo, hizo alto a diez pasos. El cabo gritó: «¿Quién vive?»

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Maurice reconoció la voz de su amigo Lorin y le pidió que se acercara. El cabo avanzó al frente de la patrulla y, al reconocer a Maurice, le preguntó qué hacía en la calle a esas horas. —Ya lo ves, salgo de la sección de Hermanos y Amigos. —Sí, para ir a la de hermanas y amigas, ¿no es así? Maurice le dijo que se equivocaba y le explicó la causa de hallarse allí. Después, Lorin escuchó las explicaciones de los voluntarios sobre la resolución del ayuntamiento y dijo: —Bien hecho. Pero hay otra resolución que anula ésa; hela aquí: Por el Pindo y el Parnaso, Ha decretado el Amor, Que la Belleza, la Juventud y la Gracia Podrán, a cualquier hora del día, Circular sin billete. —¡Eh! ¿Qué dices de este acuerdo, ciudadano? Me parece que es galante. —Sí. Pero no me parece decisivo. En primer lugar, no figura en el Moniteur; más aún, no estamos ni en el Pindo ni en el Parnaso; además, no es de día; y por último, la ciudadana tal vez no es joven, ni bella, ni graciosa. —Yo opino todo lo contrario —dijo Lorin—. Veamos, ciudadana, demuestra que tengo razón, baja

medio de un inmenso estanque. Al oírle, el jefe de los voluntarios le acusó de ser un agente de Pitt, de estar pagado por Inglaterra. Lorin le impuso silencio en tono amenazador y Maurice, en vista del cariz que tomaban los acontecimientos preguntó a la mujer si la causa abrazada por quienes la defendían merecía la sangre que iba a correr. La desconocida le respondió que prefería que la matara él, allí mismo, y arrojara su cadáver al Sena, antes que sufrir las desgracias que su arresto acarrearía a ella ya otras personas. Entonces Maurice ordenó a Lorin que atacara a los voluntarios si proferían la menor palabra; éstos intentaron defenderse, uno de ellos disparó su pistola y la bala atravesó el sombrero de Maurice. Lorin ordenó a sus hombres atacar a la bayoneta. En las tinieblas hubo un momento de lucha y de confusión durante el cual se escucharon una o dos detonaciones, imprecaciones, gritos, blasfemias; pero no acudió nadie, porque se había extendido el rumor de que iba a haber una masacre y se pensaba que ésta ya había empezado. Los voluntarios, menos numerosos y peor armados, quedaron fuera de combate en un instante. Dos estaban heridos gravemente, otros cuatro estaban arrimados a la pared, cada uno de ellos con una bayoneta en el pecho. —Bien —dijo Lorin—. Espero que ahora seáis mansos como corderos. En cuanto a ti, ciudadano Maurice, te encargo de conducir a esta mujer al

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14 / Alexandre Dumas puesto de la alcaldía. ¿Te das cuenta que respondes de ella? Maurice asintió y pidió a su amigo la contraseña; éste le dijo que esperase mientras se desembarazaba de los voluntarios, los cuales le acusaron de girondino. Entonces, Lorin se identificó ante ellos como miembro del club de los Termópilas y les aseguró que la mujer sería conducida al puesto. Unos y otros terminaron abrazándose y decidieron ir a beber unos tragos juntos; prometieron a los heridos enviarles unas camillas y, mientras los guardias nacionales y los voluntarios se dirigían al PalacioIgualdad, Lorin se aproximó a su amigo, que permanecía junto a la desconocida en la esquina de la calle del Gallo. —Maurice —dijo—, te he prometido un consejo y aquí lo tienes: ven con nosotros en lugar de comprometerte protegiendo a la ciudadana que, aunque parece seductora, no deja de ser sospechosa. La mujer le rogó que no la juzgara por las apariencias y que dejara a Maurice concluir su buena acción acompañándola hasta su casa. —Maurice —dijo Lorin—, piensa lo que vas a hacer; te comprometes peligrosamente. —Lo sé muy bien —respondió el joven—; pero, ¿qué quieres? Si la abandono, las patrullas la arrestarán a cada paso. —¡Oh! Sí, sí, mientras que con usted estoy salvada.

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El caballero de la "Maison Rouge"  

Deber

El caballero de la "Maison Rouge"  

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