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El Fantasma de Federico

Mª José Pardo Fandiño Mª Lucía Sáez Baquedano


El Fantasma de Federico

Mª José Pardo Fandiño Mª Lucía Sáez Baquedano

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Ese verano Elena, la madre de Laura y Cristina, viajaba con toda la familia a Italia con el objetivo de compaginar las vacaciones estivales con la tesis que estaba escribiendo sobre Federico de Montefeltro, duque de Urbino. La primera parada era Florencia, allĂ­ pasarĂ­an unos dĂ­as visitando la ciudad y el Museo degli Uffizi, donde se encontraba el mejor retrato de Federico de Montefeltro y de su mujer, Battista Sforza. 5


Elena estaba ansiosa por llegar a la sala donde estaba expuesto el cuadro. Quería que sus hijas tuvieran una imagen de “ese señor” al que dedicaba tantas horas de estudio. Cuando llegaron ante el cuadro de los duques de Urbino, Elena les explicó que era una de las más famosas obras de Piero della Francesca. Pero las niñas sólo tenían ojos para la imagen del duque. - Mira Laura, tiene una nariz como la de los loros- señaló divertida Cristina. Elena aprovechó el comentario de la pequeña para explicarles la razón de la extraña nariz del duque: - Durante un torneo caballeresco organizado en honor de Francisco Sforza, duque de Milán, la lanza de su contrincante en el torneo, 6


resbaló al impactar contra la armadura de Federico y atravesó la visera del casco que protegía su cabeza. Montefeltro fue golpeado con tal violencia que la lanza le rompió el hueso de la nariz y penetró en el ojo derecho dejándole una gran cicatriz, por eso solo permitía que lo pintaran de perfil. Después de la “clase” de historia y arte, la familia continuó visitando el magnífico museo florentino deteniéndose en aquellas obras que a las niñas les llamaban la atención, sobre las que su madre les daba una pequeña y sencilla explicación.

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Tras casi una semana en la capital toscana apreciando la belleza de la ciudad y de sus numerosas obras de arte, toda la familia se dirigió a la segunda etapa de su viaje, Gubbio, ciudad natal de Federico. Allí se alojaron en un bonito hotel que se encontraba en el centro de la ciudad, justo enfrente del magnífico Palacio de los Cónsules y muy cerca del que mandó construir el duque de Urbino. Aunque Elena ya conocía la ciudad, siempre le producía una enorme emoción volver, Gubbio había robado su corazón desde su primera visita. 8


Los primeros días los dedicaron a recorrer toda la zona y conocer hermosos lugares y ciudades como Asís o Perugia, pero a ningún miembro de la familia se les escapaba que la verdadera razón de su estancia en Umbría era visitar el palacio de Montefeltro en Gubbio y que su madre prosiguiera con su estudio sobre este personaje. Llevaban cuatro días en la ciudad cuando Elena decidió que era el momento de iniciar la visita al palacio que se había construido a imagen del de Urbino. 9


Empezaron por el gran salĂłn en el que se explicaba la historia de Federico de Montefeltro a travĂŠs de una holografĂ­a en la que unos actores daban vida a los personajes. 10


Continuaron por las diversas salas hasta que llegaron a un pequeño estudio cuyas paredes estaban revestidas con ricas maderas, reproduciendo el original que ahora se encontraba en Estados Unidos. Fue allí donde Laura y Cristina mostraron más interés. Las maderas formaban imágenes muy diversas utilizando las diferencias de colores de los materiales empleados. Laura, fascinada por lo que veía y a la vez cansada de tanto ajetreo, se sentó en el suelo para descansar mientras admiraba el pequeño estudio e imaginaba historias sobre lo que aparecía representado. Cuando su hermana pequeña la llamó, Laura le dijo que siguiera la visita con sus padres, que ella ya los alcanzaría. Pero se quedó dormida y comenzó a soñar que tocaba alguno de los instrumentos o leía alguno de los libros que aparecían representados en las preciosas maderas.

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Cuando se despertó estaba muerta de frío. Además ya estaba oscureciendo. - Me he quedado dormida... ¿Dónde andarán éstos, que ni me han despertado? ¡Con el frío que hace!. Incorporándose se dirigió a la puerta del palacio esperando encontrarse con su familia, pero la puerta estaba cerrada. -¡No me lo puedo creer, se han ido y me han dejado aquí dentro... y ni se han dado cuenta de que no estaba! La niña además de su enfado y del frío que tenía empezaba a tener algo de miedo. -Hola, ¿hay alguien? Estoy aquí. ¡Mamaaaaa!. 12


Nada, nadie respondía y lo peor era que la noche se echaba encima y el palacio estaba cada vez más oscuro. Laura golpeó la puerta, empujó y gritó, pero no consiguió que la oyeran. -¿Es que no tienen cámaras de seguridad? ¿No me ve nadie? Finalmente desistió de golpear la pesada puerta de acceso al magnífico edificio y buscó otra salida. Aprovechando la poca luz que entraba en el palacio se encaminó a la gran sala buscando una ventana con la esperanza de poder abrirla y desde allí pedir ayuda. Fue entonces cuando lo vio: alguien acababa de pasar por el fondo de la sala. -¡Oiga! -gritó Laura -Me he quedado encerrada. Pero no obtuvo ninguna respuesta y aunque la niña corrió hasta el fondo de la estancia y pasó a la siguiente, no vio a nadie. Volvió a la sala principal y esta vez creyó oír unos pasos que parecían proceder del estudio. Corrió hasta allí esperando encontrar a un guardia de seguridad, pero tampoco tuvo suerte. No había nadie. De nuevo, volvió a oír pasos, ahora en una de las salas adyacentes. Esta vez fue con más cautela. 13


Por fin, allí estaba, pero no era un guardia de seguridad, era un hombre sentado en uno de los sillones allí expuestos. Tenía la cabeza apoyada en una mano por lo que no podía ver su rostro, pero su indumentaria era muy rara. Laura comprendió que iba vestido con las ropas que vio en la representación holográfica y en el cuadro de Florencia. Parecía el duque de Urbino. Muerta de miedo, esta vez no dijo nada y comenzó a retroceder lentamente para que su presencia no fuese percibida por el hombre de la sala. Estaba ya en el salón principal cuando notó que algo se movía muy cerca de ella. Estaba a punto de gritar cuando apareció Antonio. Antonio era un joven al que Laura ya había visto al entrar en el palacio ducal y en algunas de las estancias. 14


La muchacha se dirigió al chico: -Me he quedado encerrada, no sé cómo salir de aquí, ayúdame. Antonio le dijo que tenían que aguardar a que abriesen el palacio por la mañana. No había ninguna posibilidad de salir de otra forma. -Y tú, ¿qué haces aquí? -le pregunto -¿También te has quedado encerrado? Podemos decirle al hombre de la sala que nos abra la puerta Laura no acababa de aceptar que a quien había visto fuera un hombre de otra época. -¿Quién? - preguntó Antonio sorprendido -Aquí no hay nadie aparte de nosotros. -Ven - dijo Laura- está ahí, sentado en el sillón al lado de la chimenea. Los dos se acercaron a la sala pero allí no había nadie. Laura miró a Antonio y le dijo: -Te juro que estaba ahí, iba vestido de época y... 15


Antonio la interrumpió -¿Lo has visto?, ¡no me lo puedo creer!, llevo meses intentando verlo sin lograrlo y tu vienes un día y te lo encuentras. -¿A quién me encuentro?- preguntó la joven. -A Federico de Montefeltro, claro. -¿Cómo que claro? ¡De claro, nada! ¿Me estás diciendo que he visto un fantasma? -¿No sabes lo que se cuenta?- preguntó el muchacho. 16


-No, -respondió Laura cada vez más enfadada- Si lo que quieres es asustarme, ¡no lo vas a conseguir!, así que es mejor que me digas por donde podemos salir. Mis padres estarán buscándome y se preocuparán si no aparezco. -Ya te dije que no podemos salir y además, no quiero asustarte. Lo que digo es cierto, desde hace mucho tiempo se ve paseando por el palacio una figura, los que la han visto aseguran que es Montefeltro. -¿Y lo han visto muchos? -preguntó Laura con cierta ironía. Y mientras se burlaba del joven se quedó helada: de nuevo estaba viendo una figura al fondo de la sala. Al ver la cara de asombro de la muchacha, Antonio se giró en la dirección en la que miraba la niña, pero allí no había nada. -¿Lo has vuelto a ver?- preguntó Antonio. -No sé que he visto, pero algo se movía en la sala, pero no vuelvas a empezar con eso de los fantasmas, todo el mundo sabe que los fantasmas no existen y seguro que hay una explicación lógica para todo esto, ¿o me vas a decir que las holografías también son fantasmas? 17


-Yo no tengo que explicarte nada, ni convencerte de nada. Has sido tú la que me ha dicho que habías visto a un hombre vestido de forma extraña, así que explícame quién era y, sobre todo, dónde está ahora. -¿No puede ser algún guardia de seguridad, o una holografía? -Si fuese un guardia de seguridad ¿no crees que nos habría echado en lugar de desparecer? Y lo de la holografía es imposible. Tendría que haber un aparato que la proyectase y en esta sala no hay ninguno. La única explicación que se me ocurre es que se trata del fantasma. Laura no parecía muy convencida, pero no encontraba otra explicación a lo que había visto. -Está bien- dijo -Cuéntame lo que se dice de ese fantasma. 18


-Bien, pero ya que vamos a pasar aquí la noche será mejor que nos pongamos cómodos. Vamos al cuarto donde hay sillones. Se dirigieron a la sala donde Laura había visto al “fantasma” y se sentaron. Antonio tenía mucho que contar sobre todas las leyendas que corrían entre los jóvenes de Gubbio y que eran la razón por la que esa noche se encontraba en el palacio. -Verás, cómo ya sabes, el duque nació en Gubbio y aquí se trasladó su esposa Battista Sforza para tener a su hijo, al que bautizaron de nombre Guidobaldo en agradecimiento a nuestro patrono, San Ubaldo, al que se encomendó la duquesa para poder concebir un hijo. Pero aquí fue también donde seis meses después del parto murió la pobre con sólo 26 anos. Federico la amaba profundamente. Cuando Piero della Francesca pintó su retrato, la duquesa ya había fallecido y parece ser que utilizó su máscara funeraria para saber cómo era. Y ahí surge la maldición. 19


-¿Qué maldición? -preguntó la joven. -Se dice que al usar la máscara mortuoria de Battista, su espíritu se liberó maldiciendo a Federico, por molestarla en su sueño eterno, a vagar eternamente por el palacio de Gubbio. Y desde entonces se cree que su fantasma pasea por estas estancias intentando obtener el perdón de su esposa. Pero lo más curioso es que el pintor de su cuadro también fue maldecido y su obra se olvidó hasta que en el siglo XIX fue redescubierta y empezó de nuevo a valorarse como uno de los grandes pintores del Renacimiento. Además tuvo que abandonar la pintura a causa de la ceguera provocada por un fuerte catarro. ¡De nuevo la maldición! -O sea, que tanto Federico como Piero sufrieron la maldición. -Sí, Federico murió cuando se encontraba en Ferrara luchando contra los venecianos y Piero se quedó ciego y no pudo seguir pintando, además está lo del espíritu del duque vagando por el palacio. 20


Antonio continuó así toda la noche haciendo gala de un gran conocimiento de la historia y del arte de su país. A Laura se le pasaron rápidamente las horas nocturnas escuchando los relatos de su acompañante. A la mañana siguiente, cuando se reabrieron las puertas del palacio para los visitantes, uno de los guías se encontró a los jóvenes profundamente dormidos en los sillones de la estancia de Federico. Cuando los despertó Antonio le sonrió ya que lo conocía desde que era muy pequeño. Era un vecino de casa. -Buscando al fantasma ¿no? -preguntó al joven - qué ¿ha habido suerte esta noche? -Yo no lo vi, pero mi amiga lo hizo en varias ocasiones, aunque ella no cree en fantasmas. -Entonces ¿qué cree que vio? 21


-No tengo ni idea, es muy terca, tendrás que preguntárselo. Laura miró a sus interlocutores y sonrió. - Quizá tengáis razón y el duque de Montefeltro se pasee por estas estancias -dijo mientras veía una sombra que se dirigía al estudio.

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