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CARLOS FLORES VARGAS

LA ULTIMA DEJADA

LA ÚLTIMA DEJADA.

Una figura masculina, de bordes carcomidos contra el crepúsculo pavonado, le hizo señas imprecisas. “¿Quieres o no?” pensó. Consultó después su pequeño reloj de muñeca. “Las seis. Aún no hay peligro.” Tersamente, con la delicadeza de una larga práctica, quitó el pie del acelerador, desembragó fácilmente y dominando con el freno la inercia, se orilló a la banqueta. Nadie aplaudió su pericia. La borrosa figura masculina se individualizó en una cara de juerguista irredento asomada a la ventanilla. —A la Veinte de Noviembre, por el canal. Aliento de ginebra, mirada lasciva, sonrisa alcohólica. —No puedo, voy a entregar. Con la misma delicada pericia, arrancó. “¿Voy a entregar? No. Una última dejada. Si me queda de camino.” La calle, amplia y bien pavimentada, le recibió con agrado. Había sido un buen día. Una cuenta decente, pocos problemas de tránsito y ni un solo cliente irrespetuoso. Levemente perplejos, eso sí. De: CUENTOS DE SEXO

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De cualquier forma, tendría que dejar pronto el oficio. Demasiado cansado, y, algunos días, francamente insoportable. “Como hoy. Tengo el vientre como una pelota con los gases acumulados. La última dejada.” Abandonó el Eje Vial Lázaro Cárdenas y siguió por Reforma, hacia el norte. “Si no fuera por el niño.” —Radio Universidad le invita a escuchar una selección de obras para piano de Wolfang Amadeus Mozart —dijo el locutor en la radio. Le subió al volumen, sin advertir la blanca delicadeza de su mano. El automóvil avanzaba sedosamente y el tintineo gélido de la melodía en el ámbito cerrado le dio una curiosa sensación de intimidad. Se arrellanó en el asiento, dejando escapar parte de los gases acumulados en el vientre. Suspiró con alivio. “Vaya. Menos mal.” Había ya ignorado las señales de varios transeúntes. Hombres solos, parejas sospechosas, jovenzuelos que quizá se pusieran pesados. Allá adelante, dos mujeres le hacían señas desesperadas. Una, delgada y pequeña; la otra, grande, maciza y rubia, con un bebé en brazos. “¿Paro?” La música, precisa, seguía ocupando espacio a su alrededor. “Esas viejas se van a poner a platicar a gritos. Quizás el escuincle se suelte berreando. Y adiós, Mozart.” El semáforo se puso rojo y tuvo que detenerse. —¿A dónde? Unos ojos claros, una sonrisa brillante y una voz queda, levemente masculina, le respondieron desde la ventanilla. —A la Veinte de Noviembre, por el canal. “Otra vez. Me queda de paso, pero… ¡En fin!” Respondió con una sonrisa apenas desdeñosa a la de su De: CUENTOS DE SEXO

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interlocutora, quitó el seguro de la puerta trasera y exclamó: —Adelante. Apenas instaladas sus pasajeras, un olor ofensivo, inconcebible, le saltó a la nariz. “Sudor. Una de estas señoras huele a sudor. Pensó dar una disculpa, decir que se había equivocado, que no le daba tiempo de llevarlas, pero ya el semáforo estaba en verde y a falta de claxon, el chofer del autobús trasero hacía escándalo con sus frenos de aire. Arrancó con un principio de preocupación. —¿Por dónde? —Por la Norte 92 —contestó la pequeña. La música continuaba, el esplendoroso atardecer languidecía y la cinta de asfalto se deslizaba bajo el carro con monótona rapidez. “Figuraciones mías. La última dejada y a casa, tranquilamente.” Se relajó, dentro de la tensa expectativa que representa conducir. “Mañana, mientras hacen talacha al carro, voy a la peluquería… ¡Ese baboso! ¡Qué forma de abrirse!” Encendió un cigarro y, por encima del hombro, sin volverse, ofreció a sus pasajeras. —No, gracias. No fumamos. —Contestó la pequeña. La música, lenta, como indecisa, continuaba. “No platican. Qué raro. La grandota no ha dicho esta boca es mía. Y el bebé ni se mueve. Además, no parecen sorprendidas. No han hecho comentarios.” Se detuvo ante la luz roja de un crucero y, por el espejo retrovisor, observó a la mujer del bebé. Estaba erecta, con la vista al frente y una expresión impenetrable. De repente, miró hacia el espejo y sus ojos se encontraron. Desvió rápidamente los suyos y metió primera, con el corazón golpeándole bajo la ropa. “No es posible. No… no es posible.” Bajo los polvos y los De: CUENTOS DE SEXO

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afeites creyó ver, en la mandíbula de la rubia, una sombra. La música, desbocada en una fuga, continuaba. “¿Y si fuera? Ha habido tantos casos de taxistas asaltados así… ¡La pistola! Traigo una pistola. No me voy a dejar asaltar.” El sol fue tragado por el horizonte y las avenidas dieron paso a las callejuelas. Atrás, la única pasajera a la que podía observar, era una esfinge sombría. “¿Y si las dejo aquí? ¿Y si le doy un cerrón a una patrulla? Nos detendrían. Yo trataría de explicar. Pero… ¿Y si no estoy en lo cierto? ¿Y si…?” Con espantado esguince, pudo apenas evitar chocar contra un camión materialista. Escuchó la mentada de rigor y reaccionó instintivamente: sacó el brazo izquierdo por la ventanilla y con el puño apretado hizo la antigua señal tres veces. —¿Por poquito! —exclamó la pequeña. —Por poquito. —Respondió. “Pero fue mi culpa. Por andar pensando pendejadas.” Tenía el pantalón lleno de ceniza. Con sus dedos imperceptiblemente temblorosos y escrupulosamente limpios, la sacudió. La música continuaba, el sol era ya sólo un recuerdo y una deforme luna flava espiaba desde el horizonte. “Norte 92. A la izquierda y unas cuantas cuadras. Ya mero.” No se había atrevido a espiar a la esfinge otra vez. Con más tranquilidad ahora, miró directamente al espejo. Era sólo un bulto negro. Inmóvil. Súbitamente, un luminoso haz momentáneo bañó la figura. Era exactamente como la recordaba, pero en la oscuridad subsiguiente, una imagen se aferró a su cerebro: a un lado de la oreja sin arete y sin perforación, bajo el cabello brillante, una inconfundible patilla negra asomaba. “¡Una peluca! ¡Tiene una peluca!” Con un principio de pánico, llevó la mano derecha a la bolsa De: CUENTOS DE SEXO

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y palpó la tersa superficie metálica del arma. “No. No me voy a dejar asaltar.” La música, ahora una serie de disonancias temibles, continuaba. —¿Por dónde? —Aquí a dos cuadras, da vuelta a la derecha, —contestó la pequeña. Dos cuadras después, con las palmas de las manos transpiradas, con el aliento entrecortado y la voz alterada, informó: —Ya llegamos. —Le dije que diera vuelta a la derecha. —Contestó la pequeña. —A la derecha está el canal. —De-vuelta-a-la-derecha. Algo frío, metálico, ominoso, se le clavó en la nuca. Cerró los ojos y se mordió el labio inferior, mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla. —Tengo un hijo… —trató de explicar. —A la derecha. —Insistió fríamente le pequeña. “¿Y si me jalo? No se atreverá a disparar con el auto en movimiento. ¿Y si saco la pistola? ¿Y si…?” Arrancó en primera y dio vuelta a la derecha. En la esquina, una especie de páramo tétrico les esperaba. Sombríos montones de tierra, soledad absoluta y olor de excrementos. “Debe hacer mucho frío allí afuera”, pensó. A su derecha, una bestial voz gruesa dijo: —La lana. Ya el bolso estaba fuera de su alcance. —Está en el bolso. Por favor, por favor —sollozó—, no me hagan nada. De: CUENTOS DE SEXO

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—Con que pistolitas, ¿no? —le respondieron—. Ahorita vas a ver para qué sirven las pistolas. Tú, chaparro, quítale los calzones. Lo último que pensó, antes de perder el sentido, mientras dos manos ávidas desgarraban su blusa, le rompían el brassiere, le palpaban los senos, fue: “Me van a violar.” La música, jubilosa, se desangraba en un majestuoso final.

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