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SÁBADO 2 DE JULIO DE 2011

El pasado sábado, de 7:00 p.m a 11:00 p.m, solo se vio una vez ingresar la Policía a una calle del sector de La Pelusa. Barras de jóvenes pasaron con sus bafles e inhalando sacol. En las casas la música tropical parecía aislar a sus habitantes del pesado ambiente externo. Contrastes. ALEXANDRA SERNA

L

LA PATRIA | MANIZALES

as casas que quedan levantadas en la Comuna San José se convirtieron en fortines de seguridad para sus habitantes, aunque en algunos casos, cuando quedan como islas en medio de las demoliciones, es preferible irse antes de que los amigos de lo ajeno les quiten lo suyo. En las noches, fuera de las viviendas, el ambiente es hostil. Por algunas calles camina gente extraña, algunos consumen drogas, otros roban. El Macroproyecto de renovación urbana, además de generar el traslado de las familias a otros barrios del sector, comunas y municipios, “reubicó” las barras de jóvenes que buscan las “ollas” más cercanas. Por lo menos esto se vive en una calle del sector de La Pelusa, a un costado del PIC 2 o centro comunitario. “Los muchachos del barrio La Avanzada, que está prácticamente demolida, se vienen para acá porque esto se volvió un corredor hacia el expendio de drogas del barrio Galán”, dice Mariela*, una habitante. Dos cuadras arriba se construye parte del primer kilómetro de la Avenida Colón, obra detonante del Macroproyecto. Allí, la oscuridad contrasta con la luminosidad amarillenta de las manzanas que siguen en pie. De vez en cuando, se alcanza a ver a alguien cruzando la nueva vía de cemento, a través de un sendero provisional. De resto, camina la soledad.

Calle de ambiente

Es sábado (hace ocho días), 7:13 de la noche. Hace frío y el cielo está nublado. Varias personas conversan en los andenes de esa calle de la Pelusa y otras cuantas la cruzan rápidamente. La mayoría de las ventanas de las casas están cerradas, igual que las puertas. Al doblar por una esquina, se ven más personas, y al frente, continúa sola una cancha de microfútbol. En la casa de Mariela se siente más calor y las paredes de color claro despejan la mente. Ella espera a que llegue su familia, así que prende el equipo de sonido para no sentirse tan sola. La música se mezcla con la que sale de una tienda de la cuadra y de otras casas. Es

como si estas ondas alejaran a los residentes de lo que pasa afuera. “Oye men, no le pegue a la negra, no le pegue a le negra, no, no, no...”, suena de Joe Arroyo. Mariela corre la cortina de una ventana de su casa, la abre y mira hacia la calle. Luego se sienta en el comedor y mira el reloj. 7:40 de la noche. “No deben tardar -dijo, refiriéndose a su familia-. Vivo hace varios meses aquí, pero llevo toda mi vida en la Comuna. Esta calle siempre ha sido de mucho ambiente. De pronto hoy por el frío no se vea tanta gente”. A esa hora se ven dos jóvenes “parqueados” en un andén tomando cerveza. Otros, en la calle, hablan y se ríen. Son los “sanitos”, la mayoría conocidos. Un taxi que entra les interrumpe la conversación y se retiran del sitio. Ha llegado la familia de Mariela. “Desde hace un mes y medio el sector se volvió más peligroso. Si antes mi esposo se venía a las 11:30 de la noche, ahora no deja pasar las 10:00”. También relata que días atrás le robaron el bolso a una señora en una reunión de líderes comunitarios y desde la ventana ha visto a jóvenes pasar con tapas de contadores y pedazos de hierro de las casas demolidas, recién robados.

sabatina

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HABITANTES DE LA COMUNA INSISTEN EN LOS PERJUICIOS DEL MACROPROYECTO

Cuatro horas nocturnas de hostilidad en San José

8:10 de la noche del pasado sábado. En una calle del sector de L a Pelusa, dos barras de jóvenes o “visajosos”, como expresa alguno, empiezan a discutir. Uno consume sacol y observa el cruce de palabras.

Calle de sacol

8:04 de la noche. Cuatro jóvenes caminan por la calle, uno lleva un bafle y los otros avanzan rápidamente hacia la cancha de ‘micro’, pero se detienen. Acaba de entrar otra barra, con su propio bafle, y se les acerca. No cruzan palabras. Se miran. Los primeros gritan y alzan los brazos, como si trataran de marcar el territorio. Todos siguen caminando. Varios minutos después reaparecen. Algunos sacan una bolsa de plástico de la que inhalan sacol o pegante, y la empuñan fuertemente. En su mayoría parecen ser menores de edad. - “Somos visajosos”, le dice uno del primer grupo al otro. Lo repite más duro. Quiere llamar la atención. - “May, qué, ¿muy envuelado?”, le replica alguien. Se lo dice otra vez, sacando pecho. En cuestión de segundos se retan ambos grupos. Y en un abrir y cerrar de ojos un mu-

Fotos | Martha Elena Monroy | LA PATRIA

chacho saca un cuchillo largo, con el cual amenaza a los otros. Se cruzan más palabras, uno intenta calmar los ánimos y al fin la inminente riña se disuade. Los “visajosos” dan la vuelta y dejan de verse. La tienda sigue abierta. De las casas se escucha merengue, salsa y otros ritmos tropicales. El ambiente parece relajarse y el frío vuelve a hacerse consciente. Cruzan otras personas, hasta que a las 8:50 de la noche empieza a lloviznar, y la calle queda desolada. De vez en cuando distrae del “recogimiento” el sonido de los taxis que pasan cerca, pero al instante desaparecen. Más tarde entra otro grupo de jóvenes, también extraños a la cuadra, según Mariela. No llevan bafles. Se dirigen a un planchón, al lado de la cancha de ‘micro’, donde recientemente tumbaron una escuela. En un charco se reflejan sus cuerpos, altos y escuálidos. “De pronto ahí también consumen”, agrega. Como dejó de lloviznar, algunos vecinos salen a la calle. Una pareja de novios y otros amigos salen de una misma casa, muy arreglados, como para rumbear. Luego llegan otros cuatro jóvenes, que caminan sin afán hacia otra casa, donde están de festejo. Circulan más taxis, y uno que otro particular. La música sigue rompiendo el silencio exterior, pues los pasos de quienes cruzan la vía mojada se escuchan “gomosos” y suaves.

Calle de sorpresas

Se aleja la Policía, que apareció en el sector después de cuatro horas de ausencia. 11:00 de la noche del pasado sábado.

Poco antes de las 10:00 de la noche cierran la tienda. Siguen pasando grupos de personas, uno detrás de otro. Es muy escaso ver a alguien que camine

solo, como una joven que acaba de doblar por una esquina, al parecer, hacia su casa. Esta ruta la repiten tres muchachos más. De nuevo se silencia la calle, pero luego se escuchan unos tacones que repican: “toc, toc, toc, toc”. Quien los lleva, una menor de edad vestida con minifalda, se detiene. La acompaña un joven más alto, que fuma algo. Ambos continúan hacia la cancha de ‘micro’, y tras su paso queda una estela de olor a marihuana. Pasa otro taxi y luego una moto. “Ese no es el sonido de las motos de la Policía, por eso sin pararme al pie de la ventana sé que no han venido”, dice Mariela. Desde las 7:13 de la noche, los uniformados no han dado ronda por la calle. De todas formas se acerca a la ventana, a ver si la Policía pasa, pero no es. En cambio, sí ve a un menor de edad que ha cruzado por lo menos cinco veces la calle, de ida y vuelta. Mientras camina se tambalea, tal vez por el sacol. Lo mismo consume otro joven, mayor de edad, que aparece a los 10 minutos desinflando e inflando una bolsa plástica. Inhala y exhala, una y otra vez. A su paso lento se encuentra con otras personas, las saluda y sigue su camino. “Hoy no se han sentado por acá, pero generalmente las barras de esos muchachos drogados se hacen al pie de las casas. Ahí sí ningún taxi se acerca”, asegura Mariela. 10:58 de la noche. Una agrupación de mariachis irrumpe en la calle. Es inevitable acercarse otra vez a la ventana para curiosear, lo mismo hace una vecina. Las rancheras opacan los vallenatos que suenan don-

Otra calle de la Comuna San José por donde el Macroproyecto ha dejado su huella.

de Mariela, pero no importa, porque significa que llegó más compañía. Al fin pasa una moto con dos policías, penetran media cuadra y se regresan. No llegaron hasta la cancha de ‘micro’, donde está concentrada la mayoría de jóvenes que cruzaron la calle horas antes. Sí lo hace un microbús que llega después, y según el conductor: “esos muchachos se asustaron y se dispersaron”. Quizá pensaron que era la Policía.

Suficiente por hoy. Mariela se va a acostar. “Al principio no me dormía rápido, más que todo por el ruido. Ahora, duermo tranquila”. Se demoraría algunos minutos para conciliar el sueño, mientras continuaba la música de los mariachis que, en vez de molestar, la aislaría unos segundos más de esa fría realidad de la calle. * Se cambió el nombre del personaje para protegerle su identidad.

Inseguros en casa Los papás de Mariela*, habitante de la Comuna San José, vivieron un calvario días antes de salir de su casa, también en el sector. Ella cuenta que esa vivienda fue la última en demolerse de la cuadra. “Era una isla. Mis papás se llenaron de miedo y se entraban antes de las 8:00 de la noche. El problema fue que las barras de pelados del mismo barrio empezaron a hacer daños allí, a desvalijar las casas desocupadas y a acechar al resto de habitantes”. Por eso agrega: “el Macroproyecto nos lo vendieron de otra manera, y tendrá cosas muy buenas, pero lo que hoy vemos es más pobreza desubicación y vandalismo”.

Crónica: Cuatro horas nocturnas de hostilidad en San José  
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