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Camino En Espiral


Reflexiones Ante El Espiral De Mi Epitafio

Alejandro Arquid Sánchez Echavarría CAPÍTULO I ¡Qué triste se siente la felicidad cuando se le admira encapsulada en fotografías y videos caseros! incluso dar un recorrido montado en la máquina del tiempo del cerebro un viernes a las tres de la madrugada o los miércoles amueblados de insomnio. ¡Qué más da! Cuando el alma se le dé la gana ponerse melancólica y empiece a llorar lagrimas que ya antes había llorado no hay nada que pueda hacer más que disfrutar del espectáculo, sentir una a una las gotas que ya se saben de memoria la senda desquebrajada de mis mejillas en donde el pasado se pasea en forma de brisa y ecos de voces ancestrales, cortantes y letales como cuchillos de mago.

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No hace mucho que caminaba tranquilo por las calles de conformismo y el bienestar individual. Colmado de la belleza de hacer lo que a uno se le dé la rechingada gana, cantaba como petirrojo y silbaba como el mismísimo viento. Sí, mi forma era como el viento, estaba hecho de aire puro y nadaba y volaba. Podía estar en lo alto de un rascacielos besando a las nubes y al mismo tiempo merodear etéreo el margen de las faldas de alguna desconocida y justo cuando se electrocuta al pensamiento ¡Zas! Quedaba completamente descubierta y sonrojada por un ventarrón proveniente de quién sabe dónde. Los días transcurrían apresurados y acalorados, sofocantes como edificios envueltos en llamas y en las noches quedaba un leve reposo de calor combinado de oscuridad y olores que sólo despertaban a ciertas horas de la madrugada como muertos vivientes paseándose por las narices de los


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mortales sonámbulos. Yo era uno de éstos últimos. Vivía, o mejor dicho, me mantenía despierto las veinticuatro horas esperando la señal que me indicara el comienzo de mi aventura, el suceso que marcaría un parteaguas en mi historia, la misma que sobreviviría a mi muerte con mi nombre y juntos engendrarían un bastardo destinado a habitar en todas las bocas apestosas que contarían lo que aquel joven loco y despreocupado hizo en nombre de la libertad (o el libertinaje). A veces dormitaba en los microbuses o en los largos viajes sin sentido que sucedían en el metro pero mantenía mis oídos siempre alerta para que en cualquier momento despertaran a mis ojos y les indicaran el camino que había tomado mi destino. No pasó nada.

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Por muchos soles permanecí sentado frente a mi ventana o deambulando en avenidas abandonadas, lavándome la cara para saber si podía enjuagarme este rostro y al pasar la toalla descubrir uno nuevo, el rostro original que había estado escondido debajo de la máscara compuesta por hipocresía, costras y mugre. También me pasaba horas enteras frente al ordenador esperando que alguien acudiera a mi llamado o con una página en blanco de Word observando su línea vertical parpadeante, por si mi destino no estuviera en los alrededores del mundo sino en lo profundo de mi cabeza y ésta se manifestara en símbolos o jeroglíficos, en un lenguaje nuevo, tan desafiante como emocionante. No pasó nada, ni escribí nada, ni llegué a ningún lado. El reloj me mataba con su denso navegar, hacía de las tinieblas un abismo y de las


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manecillas monstruos celestes, hoyos negros devoradores de vidas completas. Yo sabía muy bien que lo que me pasaba no podía adoptar el nombre de vida, solamente era un estado de transición entre un letargo existencial y la profecía de un nuevo nacimiento. Me sentía, me sentaba, reposaba en el útero de la humanidad, dentro de la placenta de mi bañera se empezaba a gestar un corazón nuevo con sus arterias y mucosidades, esperando para latir sin reparos y dudas estúpidas, convencido de vivir y siempre fugarse de cualquier intento de infarto. Los meses desaparecieron como aves migratorias al igual que mis esperanzas de llegar a ser inmortal. En ese mismo instante, en el momento de abrazar a la desgraciada realidad, hubiera podido tomar orina o agua de manantial, me daba lo mismo, con tal de saciar la temible sed que tenia de existir, de sentirme 6


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completamente pleno aunque supiera mi irrefrenable estado de descomposición. Dos años pasaron antes de salir del pozo en forma de sarcófago, su profundidad parecía de kilómetros completos. Entre tanto, salía de la superficie cubierto de tierra, sangre, moretones y cansancio generalizado. Seguía viviendo con mis padres y prácticamente era el mismo perdedor sin dinero y sin esperanzas en el bolsillo pero ya para entonces me había alejado de las ideas heroicas y monumentales con las que había bañado mis pies. A principios de año me puse a buscar trabajo incansablemente y recibí muchas negativas en el intento. Mientras caminaba a mi siguiente rechazo pensaba que por lo menos ya me había ganado el NO de las personas. Entonces se me había ocurrido comenzar a disgustarles con comportamientos poco comunes como llegar a las entrevistas desaliñado o con el


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aliento insoportable, prendiendo un cigarro mientras me ponían a hacer exámenes inútiles o en caso de que las personas que me atendieran fueran mujeres, desviar la conversación hacia un plano más personal: “A propósito, ese uniforme se vería mucho mejor desordenado en el suelo de mi habitación mientras nos conocemos con mayor profundidad” o “Apuesto que esa lengüita es mucho más eficaz haciendo malabares en la zona de mi bragueta que elaborando preguntas absurdas” Por supuesto no duraba mucho en las oficinas cuando ya tenía a los guardias detrás o el personal hacia todo lo posible por sacarme lo más cordial y apresuradamente. Al poco tiempo de mis malas experiencias en la búsqueda de trabajo encontré a una mujercita sumamente agradable que no se molestó en absoluto por las insinuaciones mudas de mis pies con sus tobillos que jugaban y se entendían a la perfección por debajo del escritorio donde pretendíamos platicar e interesarnos de mis 8


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conocimientos y mi vida en general cuando todo lo que nos importaba era arrancarnos las ropas y probar cada uno la humedad ajena en algún Motel. Las diferencias de nuestra imaginación eran abismales pero el modo de actuar coincidía mucho. Yo vislumbraba un cuarto chico, apenas con suficiente espacio para una cama maltrecha y un espejo, sin más muebles que estorbaran la anatomía de aquel burdo nido de amor y un baño apenas con retrete y lavabo, sin regadera. ¿Para qué la queríamos si nos íbamos a bañar en sudor? A plena luz del día me veía desnudarla y acariciarla, con la ventana abierta en un sexto o séptimo piso, un cachito de aire en donde los ángeles voyeristas se revolcaban de las ganas al vernos hacer el amor. Ella por su parte imaginó un lugar amplio y nuestra llegada al filo de las doce de la noche, con velas y rosas esparcidas a lo largo de toda la alcoba, en medio una gran


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cama mucho más ostentosa que la de mi fantasía, tamaño King Size. Ella vestida de blanco para simbolizar la pureza de nuestro encuentro. El lugar también contaba con una mesita y dos sillas cómodas al filo del balcón para ponerse románticos al charlar o quizás degustando algo de comida para seguirle dando rienda suelta al placer mientras se contemplaba la noche estrellada con su luna de bombilla y las palabras melosas se cruzaban como parejas de baile en medio de la pista con baladas de fondo. De alguna manera, las dos visiones se mezclaban con el coqueteo de nuestras miradas y de ellas nacía un híbrido de locura y amor, de total desenfreno y ternura, salvajismo revestido de sensualidad. Daba la sensación de estar en medio de la furia de un oleaje sádico y al mismo tiempo sentirse ensimismado viajando sobre la suave brisa de un día de playa soleado. En ese momento ya los dos 10


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veíamos, más bien, teníamos el mismo delirio: Hacíamos el amor de manera brutal y apacible, rasguñándonos y acariciándonos al mismo tiempo, revolcándonos a besos y mordidas, gimiendo como si quisiéramos morir o arrancar nuestros sentidos y perdernos junto con la boca o los oídos del otro. Yo encima de ella y ella arriba, sentados con movimientos bruscos de cadera, como perros hambrientos. Y al final eyacular muy dentro de cada uno de sus orificios o en medio de su culo o en sus cabellos rojizos, después tumbarnos hasta recuperar el aliento aparentemente extraviado en medio del laberinto de nuestros cuerpos exudados de savia viscosa. Ese mismo día la invite a salir después de su jornada a tomar un café, cuando hubimos terminado nuestro delirio colectivo, con las manos nerviosas nos despedimos. Ella aceptó verme a las veinte horas en un lugar por el centro de la ciudad. Antes de tirármela quería saber


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qué tan fácil podía ser, de qué familia venía (si existía algún matón en su árbol genealógico que pudiera molestarse por jugar un poco en el coño y en la vida de esa mujer). Lo pasamos a todo dar. La llevé a un lugar pintoresco, con aires de grandeza y un nombre pomposo aludiendo a un libro de Hermann Hesse. Ahí me enteré que le gustaba leer en sus ratos libres lo que le cayera a las manos, también había visto un par de películas de Woody Allen y que sus gustos musicales eran un poco convencionales y cursis. En general, una mujer interesante a mi parecer, un tanto desagraciada en cuanto a su físico: baja de estatura, llantitas sexis alrededor de su cintura, fina del cuerpo, de senos chicos y piel blanca como la leche. Eso sí, portaba un culo que me trajo loco desde el principio. Su sonrisa encantadora e inocente me enamoró enseguida. Parecía que en su boca yacía perlas preciosas exhibidas por la luna menguante que 12


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formaban sus labios cuando algo la ponía contenta o la hacía reír de manera discreta. Sus ojos parecían tener vida propia además de poseer una alegría descontrolada y enigmática que nunca pude descifrar. Su voz también resultaba agradable y entusiasta. Se me figuraba la típica niña amable y optimista cuyo recorrido por la infancia no había sido un viaje placentero. Pensaba mientras observaba sus gestos e histéricas maneras de comunicarse que posiblemente había sufrido algunas adversidades debido a la personalidad autodestructiva de sus padres pero que salió adelante gracias a la confianza y apego que sentía por la vida y a la luz del sol que no la abandonaba día con día y que iluminaba su cara y su piel durante su baño matutino y mientras se desayunaba y viajaba al trabajo en compañía de las letras de Benedetti o García Márquez y sabía que esa luz portadora de esperanzas y sueños fabulosos seguiría ahí, cuando ella la


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necesitara, suspendida en la madriguera de sus oficinas. Me contó que había intentado estudiar arte pero desistió en el primer año debido a la falta de imaginación que se achacaba durante las clases y en las noches que no podía dormir y la poca claridad que opacaba a sus ojos justo en medio de sus pupilas y los lentes que utilizaba (nunca pude entender completamente lo que quería decir con eso). Así que a sus veinte años replanteó su futuro y se metió a estudiar Administración en una universidad de paga y cinco años después se graduó con honores. Una mujer dedicada en todos los aspectos, a veces pienso que ese autocontrol que poseía era lo que no dejaba que su pequeño mundo de galleta se derrumbara, intentar controlar todo y lo más ordenado posible, ¡Vaya que estaba loca! Así era Jimena, o así pretendía ser. Había tenido dos amores significativos en toda su historia sentimental, de eso me 14


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enteré después de nuestra primera salida, en donde solamente conseguí un beso fugaz en los labios y una cachetada al pie de su casa, el beso se lo tuve que arrebatar con un movimiento rápido de cabeza en el momento justo, cuando pretendía despedirse de mi con un beso en la mejilla, e inmediatamente después vino a estrellarse la palma de su mano en mi rostro, del lado de la mejilla que se había quedado sin beso, por último la caricia y una cara sorprendida a causa del sonido causado por el golpe en señal de culpa. <<No lo tomes a mal, pero pisas demasiado el acelerador>> Me dijo con su mano todavía aturdida en mi cachete y sus ojos brillosos iluminando a los míos. ¡El mundo se va a acabar de un momento a otro nena! Pensaba al mismo tiempo que nos veíamos quién sabe por cuánto tiempo. Apuntó su número de celular en una servilleta que sacó de su bolso con algo de lápiz labial embarrado y me dio instrucciones de hablarle el próximo


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sábado <<Para ver qué se nos ocurre hacer>>. De regreso a mi casa no podía pensar en otra cosa que no fuera el relieve de sus senos que relucían tímidos detrás de su escote y los lunares que la escondían, como si hubiera sido recortada y hecha por cráteres de luna, bañada en nieve, envuelta en sombras para que la luz nunca la estropeara. Fue la última noche que pude dormir babeando y con la boca abierta la maratónica jornada de seis horas. Me levanté a las diez de la mañana con ganas de seguir echado un rato más pero mis tenis me imploraban una rápida caminata matutina para ver si de casualidad el mundo había cambiado, aunque fuera un poco, o por fin se mostraría apocalíptico ante mi mirada detonando un paisaje tan muerto como vivo por la incredulidad de mis ojos. Al despertar con esa sensación, podía tener la certeza de ser un fantasma ambulante, 16


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perdido en la soledad de la catástrofe buscando otros fantasmas que pudieran darme noticias de lo que había sucedido pero no encontraba más que destrucción en un desierto devastado por la incertidumbre de un pasado desconocido. Grave era mi sorpresa al descubrir a un pajarillo cantando o cagando en mi ventana o escuchar el sonido cotidiano de un claxon, o simplemente llegar a mi ventana y ver que todo seguía tan gris y cotidiano como antes y peor aún, saber que el caos es quizá el orden perfecto para que la supervivencia de seres inexistentes sigamos nuestro curso hacia la búsqueda de la nada y que, si algún día se llega a morir el mundo por completo, seré de los muchos infortunados que no llegaremos a presenciarlo. Le di no sé cuántas vueltas al parque tratando de hilar los sueños que me habían acosado la noche anterior. Podía recordar episodios vagos de un bosque suizo colmado de hadas y antílopes con cabeza


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de pescado. Tenía la misión de buscar a la reina fugitiva pero ni las hadas ni las bestias hibridas me daban razón de ella. Al ver mi cuerpo reflejado en el agua nerviosa me daba cuenta de que tampoco era humano, mi piel era rojiza, llameante como la de un demonio pero tenía alas de halcón. Hasta ese momento supe que tenía el poder de volar y recorrer grandes distancias, hice el intento y salté de la punta de un peñasco en picada, me sentía como un meteorito apunto de impactar contra el suelo y cuando estaba a pocos metros de estrellarme me elevé con una ola de viento frío y caliente que me llevó a recorrer paisajes inhóspitos llenos de colores y formas irregulares. Veía al mundo como lo vería Dios desde sus aposentos. Me sentía Él repleto de fulgor y de amor hacia la naturaleza y la vida, con sólo estimular el pensamiento podía crear formas vivientes nuevas. Ése era mi mundo y lo recorría con la velocidad de un relámpago aunque el tiempo se apreciaba 18


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diferente ante mis sentidos, los segundos podían ser meses o incluso años si así lo deseaba. Cuando me elevaba veía con vista microscópica y telescópica todo lo que había creado: árboles con escamas yacían en la penumbra de un mar anaranjado, dos parpados enormes emulando estrellas pestañeaban incrustados como nubes en el firmamento y el cielo cambiaba constantemente de color. Los chimpancés fornicaban con los paquidermos y de su boca salían bestias peludas con trompas transparentes por donde escupían ácido muriático. Había también perros de piedra y arena y aves con piel, hocico y corazón de cocodrilo. Los que más me gustaban, mis criaturas favoritas, eran los espectros de sal, figuras desfiguradas corroyéndose y al mismo tiempo alimentándose de los océanos desérticos. Deambulaban emitiendo un sonido viboresco y lo que más me amaba de ellos eran los susurros que se les ocurrían en medio de los ecos rompientes suspendidos en los caminos rocosos sin


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salidas. Era como si les llegara un puñetazo de consciencia o mejor dicho, epifanía, y vomitaran su sabiduría hacía el universo. Recuerdo haber sido salpicado por aquel acontecimiento chamánico y en ese momento todo el entorno se volvió repleto de tinieblas y vórtices volcánicos, con resplandecientes fulgores rojizos y amarillentos, parecidos a supernovas acontecidas hace millones de años y sonidos estridentes que me dejaban sordo. Las palabras revoloteaban sin sentido, o yo era el que no les encontraba la dirección o la lógica. El torbellino de ideas y confusiones seguía girando al mismo tiempo que mi cabeza que parecía desatornillarse de mi cuerpo vacío. Podía sentir la ligereza de la música y el viento, mis orejas reventaban y de los orificios salían otras alas más pequeñas que las anteriores. El cuerpo era un estorbo, o en ese instante así lo comprendía. La jaula, el compendio de complejos, la carga más pesada para las cabezas que quieren flotar 20


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como globos y perderse en el laberinto del viento y las nubes, que quieren soñar con bostezos y llegar hacia las páginas del universo en donde se encuentran todas las respuestas y muchísimas más preguntas. “El cuerpo es el ancla, los pies echan raíces y se apegan al suelo, la mente siempre debe fijar su mirada en lo alto y lo ojos deberán quemarse con la sabiduría de nuestro sol interno, a donde quiera que vayas, llévate tus alas y nunca dejes de admirarte y sorprenderte, nunca dejes el vuelo en el intento”. Las palabras se habían acomodado en mi cerebro como piezas de un rompecabezas santo, me veía envuelto en luz dorada, luz liquida y espesa como la baba de un reptil. Me sentía bendecido y adorado, los espectros de sal no eran más que una extensión mía, quizá mis brazos o mi propia lengua, tal vez neuronas desprendidas y evolucionadas, neuronas con cuerpo y alma. Desperté del sueño en el aire, todavía flotando, ingrávido, las alas ya no estaban incrustadas en mi espalda,


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mientras caía veía las plumas desmoronarse parsimoniosamente, yo me dirigía en picada hacía una colisión inminente, dos o tres segundos duró la caída pero la velocidad era ambigua, lenta o rápida, ya no sabía. El impacto lo sentí en cámara lenta, pude experimentar el golpe desde que mi frente tocó el pavimento hasta empezar a sufrir el dolor con auténtico regocijo. Sentí como mi cráneo se abría poco a poco y también sentí cómo mi sangre se empezaba a escapar en torrentes desproporcionados e irregulares. El suelo y yo nos destrozábamos mutuamente, yo me hundía en sus adentros y él penetraba en mí con mis múltiples fracturas, los dos entes formábamos una mezcla de carne despellejada y trozos de cemento, era una masa, un revoltijo de materia. El dolor no cesaba, me dolía lo que quedaba de mi cuerpo, me dolían los trozos de pavimento, me dolía la tierra y sus criaturas y sus dos soles y el cielo estrambótico. Después de 22


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un momento todo volvía a la normalidad, la luz se apagaba, lo último que percibía era la presencia de algunos buitres montados por las hadas quienes coqueteaban con mi desgracia. Un antílope con cara de pescado se acercó a lo que quedaba de mí y con su voz grasosa y en un idioma irreconocible me dijo: <<No puedes volar porque ni siquiera sabes caminar>> Yo lo alcancé a comprender supongo porque era Mi Sueño. En ese momento me pareció escuchar la voz del mismísimo Dios en el aliento podrido del pescado: <<Sin piernas que sostengan la caída, las alas son tan inservibles como la espada de un manco>> Está bien, tal vez la última frase se me ocurrió cuando observaba a una pareja compuesta por una muchachita bastante antojable y un anciano a punto de llegar a su fecha de caducidad. Ellos se agarraban de la mano y se sumergían en un interminable beso cual quinceañeros calenturientos. Era en este punto cuando las realidades se mezclaban y yo ya no sabía cuál era el sueño y cuál el mundo


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real, y es que tal vez nunca hubo una pizca de éste último en la soberbia de la locura que todo lo puede y todo lo transforma. Un loco bien puede ser Robín Hood o tener la piel de un Rey, o quizá ser fiel siervo de Jesucristo y afortunado al escuchar su dulce y grandilocuente voz. Un loco es tan libre como el polvo estelar o los cometas vagabundos y es aquí cuando llego a la conclusión de que los cuerdos aunque nos enorgullezca sabernos gente normal, estamos más jodidos que aquellos favorecidos desenroscados.

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CAPITULO II Un par de días antes de volver a encontrarme con Jimena fui a visitar a un viejo amigo de la infancia. Hace cuatro o cinco meses lo había agregado a mi Facebook pero propiamente no me había comunicado con él por miedo o por no darle pie a la nostalgia o impedir tratar de quitar la costra de nuestro pasado compartido. Me decidí a enviarle un mensaje por “inbox”. A los dos o tres días me contestó, me pasó su dirección y su teléfono, quería platicar conmigo y a mí me hacía falta quien me prestara un par de billetes para no quedarme corto y


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desilusionar a Jimena en nuestra segunda cita. Mario y yo crecimos juntos, éramos compañeros de clases en la primaria y lo seguimos siendo hasta la secundaria. El primer día de clases nos tocó en el mismo pupitre compartido hasta el final del salón, a los dos nos gustó Lorena al mismo tiempo, cuando se presentó en frente de toda la clase como lo hicimos cada uno, pero ella era especial, la combinación de su cabello negro y sus ojos verdes la hacían parecer una esmeralda única, tan bella como la extensión del Amazonas, tan delicada como el polvo de los diamantes o los copos de nieve. El compromiso que nos unió para toda la vida fue el altercado ocurrido en el quinto grado, causado por los gorilas del salón de a lado después de haber terminado las clases. En otras ocasiones ya habíamos sido agredidos por los mismos sujetos, la 26


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diferencia fue la rabia telepática que estalló en ese mismo instante. Saliendo de la escuela, casi en la esquina del colegio estábamos Mario y yo riéndonos de no me acuerdo qué cuando vemos pasar a Lorena y enseguida al sujeto que nos molestaba, líder de su manada, toma por sorpresa a Lorena por la espalda volteándole bruscamente la cara y pegándole tremendo beso mientras intentaba manosearla, ella se suelta como puede y le araña el rostro con sus garras, el hato de sus cuatro compinches empieza a burlarse de su camarada y éste en respuesta de las burlas y su enojo le suelta una cachetada a su recién agresora y nuestra eterna amada. La sangre empezó a hervir como lava dentro de nuestros cuerpos convertidos en volcanes furiosos al observar el espectáculo completo. Mario sin pensarlo dos veces tomó la patineta de un desconocido, que también se hallaba cerca viendo con morbo lo sucedido, y se lanzó en estampida contra el rasguñado y le sobajó el eje delantero, hecho de metal,


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en los brazos gracias a que se alcanzó a cubrir a tiempo el rostro, de lo contrario hubiera hecho de su cráneo un festín, una piñata de sesos a las afueras de nuestra escuela. Los demás gorilas corrieron a defender a su amigo y yo al mismo tiempo cogí rocas de asfalto de buen tamaño lanzándolas como proyectiles de cañón que alcanzaron a derribar a dos grandulones abriéndole el pómulo a uno y a otro partiéndole la frente. Quedaban dos de pie, Mario había dejado ya la patineta, las manos le temblaban, las sentía extrañas debido al golpe, tal vez se las había torcido. Lorena se había alejado entre gritos y lloriqueos y el público estudiantil parecía inmóvil, como si estuvieran en pausa esperando no perder ningún detalle del desenlace, como si todos se encontraran en un sueño colectivo y sus ojos no alcanzaran a mandar una respuesta coherente a su cerebro de lo que en realidad estaba pasando. No había más ruidos más que 28


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los habituales, los maestros y demás adultos todavía no se percataban, todo andaba tan rápido… En este momento lo recuerdo como si estuviera en la cámara lenta de Dios, como si fuera su episodio favorito de nuestras vidas y lo repitiera una y otra vez. A continuación me vi chocando contra un grandulón, poco después la vista se me nubló por los golpes recibidos, las fuerzas eran infinitamente desiguales, no sentía el dolor por la adrenalina pero mi cuerpo pedía la clemencia la rendición prometida en el suelo, sabía que algo andaba mal en los circuitos por el daño absorbido. Lo último que hice al caer fue acumular todas mis fuerzas restantes en la pierna izquierda mientras iba en picada y solté un puntapié como catapulta que estremeció a mi enemigo al impactar directamente en el área de sus huevos. Tumbado como boxeador noqueado alcancé ver a Mario entre penumbras forcejear con su contrincante, vi como perdía la batalla por un trancazo que fracturó su nariz y caía al igual que yo, en


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forma de bulto, perdiendo el conocimiento instantáneamente. Cerré los ojos. Nuestros padres tuvieron que pagar los gastos médicos y al llegar a casa recibí una buena cátedra acerca de lo bueno y lo malo y lo justo y lo injusto. La directora nos quería expulsar de la escuela pero, al parecer, poco después comprendió la situación por la cual habíamos actuado de ese modo. Nos empezó a ver como héroes o un par de chamacos estúpidos creyéndose héroes al querer rescatar a una chiquilla vulnerable. La suspensión sólo fue para que descansáramos de nuestras heridas. Los abusones la pensaron dos veces antes de volver a meterse con nosotros aunque nunca dejaron de molestarnos así fuera con simples palabras. Al poco tiempo Mario y Lorena se hicieron muy amigos gracias al afortunado infortunio en el que nos habíamos metido. 30


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Tal vez se fijó en él porque fue el primero en acudir a su ayuda o tal vez porque ya le gustaba desde antes y ninguno de los dos se había atrevido a hablar. El caso es que para cuando cumplimos doce años ellos ya eran novios y casi inseparables. Mario y yo no dejábamos de hablarnos y de compartir actividades pero ya no era como antes, nuestro tiempo ya estaba sesgado por su chica y no lo culpo, yo también hubiera preferido estar con Lorena a solas e intentar verle las bragas mientras ella tuviera los ojos cerrados y la boca apretada, o empezar a explorar su bello cuerpo femenino con las manos ciegas en inexpertas. Me empecé a juntar con algunos desobligados y aprendí los placeres de la holgazanería acompañado de risas somnolientas y animalescas, botellas de vodka barato, cervezas, cigarros y, a veces, cuando se podía, la marihuana también se nos unía.


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A los quince años solía pasármelo solo días y meses enteros metido en mis lecturas o perdiéndome en la ciudad sumergido en mis pensamientos. Me imaginaba atrapado en esta gran isla con sus edificios coloniales y sus callejones apestosos, veía a mi futuro yo vociferando frases incoherentes a los chimpancés con traje Armani, colgando de mi cuello un letrero apocalíptico y una botella de aguardiente esperándome al lado del vasito de las limosnas. Mario y Lorena llevaban ya tres años de feliz relación. Él me contaba sus inocentes planes de casarse con ella y formar una bonita familia mientras yo veía consumirse mi cigarrillo entre mis dedos. Mi mejor amigo estaba sumamente enamorado. A veces me ponía a pensar, mientras escuchaba su voz como música de fondo, en los universos paralelos. Como si otra vida se desprendiera de mis ojos y los roles y las historias se intercambiaran, 32


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como si el alma de Mario y la mía hubieran practicado un trueque de cuerpos. Podía verme a mí agarrando esa patineta conductora de un feliz destino y desenlace. Y con los ojos en otros tiempos y espacios, mientras mi amigo seguía hablando, mientras su voz era lo único que me encadenaba a la estúpida realidad, yo jugaba con la posibilidad de haber sido él yo. ¿Estaría ahora en el lugar de Mario? Enfrente, sentado en el sofá desde donde me ve tratando de estudiarme y de reconocerme. Tal vez yo hubiera sido ese joven exitoso y no este cadáver ambulante, mendigo de respiros. El tiempo había pasado realmente lento desde que llegué a su departamento, casi podría decir que apenas el primer minuto de nuestro encuentro estaba a punto de morir, o no le ponía suficiente atención al entorno físico por toda la maraña de recuerdos que me atrapaban y se negaban a soltarme. Nuestros rostros ya no eran infantiles, teníamos arrugas y vivencias que contar, habíamos crecido, endurecido, quizá


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estábamos podridos y no lo sabíamos. No cruzamos una palabra en mucho rato, nuestros cerebros estaban conectados al pasado que nos unió y separó al mismo tiempo, no necesitábamos la boca, ningún lenguaje para reconocernos en los ayeres del otro y al mismo tiempo llorábamos en silencio por esos tiempos atropellados y enterrados en un baúl anónimo. De un momento a otro volvía a escuchar su voz jovial y me seguía preguntando en mi callada mente de púbero si es que realmente estaría igual de enamorado de Lorena como lo estaba él. Ya no sé si recordábamos o viajábamos en el tiempo, o las manecillas del reloj caminaban en sentido contrario a la velocidad de nuestros momentos perdidos para regalarnos otra oportunidad de vivir lo que tanto anhelábamos en los momentos de soledad y tristeza que siempre acompañan a la adultez, aunque ésta sea sólo un espejismo bien o mal intencionado. Ella me 34


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seguía gustando para ese entonces, mis miradas cuando pasaba a mi lado no lo negaban y hasta cierto punto, creo que Mario también se daba cuenta. A esa edad, en plena etapa de la calentura, me gustaba verla pasear a su bello cuerpo ondulado y perfectamente torneado, con el toque justo y gusto único que puede emanar la piel joven de una quinceañera virgen. A veces soñaba con ella entrando a los baños del colegio, verle desaparecer dejando los pasillos vacíos y sentir un escalofrío recorrer todo mi cuerpo, llegando a estremecer a las paredes que me rodeaban, como si alguien apretara un interruptor y mis pies empezaran a moverse en automático, tumbaba la puerta de una patada, esperando verla frente al espejo recordándose lo bella que podía ser si así se lo proponía. El lugar estaba solitario, tampoco la encontraba sentada en la ventana, usando su pierna de soporte para sus manos que tanto deseaban entrelazarse con las mías y la otra dejándola colgar como péndulo y la mirada


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enfrascada en la sobriedad de la mañana mientras contaba los minutos hasta que yo llegara a rescatarla de su letargo. Avanzaba con cadencia esperando escuchar un ruido o alguna señal que me orientase al lugar de su escondite pero no podía percibir nada, era como si se hubiera detenido el tiempo al momento de hacer estallar la puerta con mi patada y el sonido hubiera muerto con ese temeroso estruendo. Revisaba cada uno de los sanitarios en silencio, la luz del d��a se iba apagando hasta dejarnos en la más hermosa penumbra, y en la penúltima puerta, casualmente entreabierta, encontraba a Lorena con su falda y sus braguitas a la altura de sus pies, sentada en el retrete, sus ojos verdes esmeralda mirándome fijamente y sus manos apretujadas tratando de cubrir lo poco que le quedaba de pudor. Sin decir otra cosa, cerraba pausadamente la puerta tras de mí y desabrochaba mi pantalón sin quitarle la mirada de encima y recorrerla con un 36


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disfrute inmenso. Sacaba mi verga alebrestada, latiendo con furia, ella sabía perfectamente el protocolo y empezaba a lamer y chuparla como niña desesperada intentando disfrutar al máximo de su caramelo. Después se alzaba con el ímpetu de una diosa, imponiéndose ante mi altura, ponía su pierna derecha en el inodoro y me señalaba con sus dedos delgados dónde quería que pusiera mis genitales. “Hasta el fondo” le escuchaba suspirar en mi oído mientras sobaba suavemente su sexo. Se la metía reiteradas ocasiones, ella gemía y se retorcía violentamente, sus brazos me acorralaban entre sus labios, a ratos gritaba “¡Al carajo con Mario!”, mis manos se volvían locas al acariciarle el culo y las tetas. Cuando llegaban al cuello, al instante se detenían para sostenerla, nos besábamos con la intención de atragantarnos el uno del otro, la separaba de mí con brusquedad apoyándola contra la pared de los baños, sus gritos ahogados fallecían en su garganta, el cogote lo


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sentía fracturado y era en ese momento cuando más me sentía excitado. La fricción de nuestros cuerpos hacía del placer una locura interminable y el verla desfallecer en mis manos aumentaba cada vez más la cantidad de disfrute que podía soportar. No sería para nadie más, sólo para mí y de lo contrario se la entregaría a los muertos. Al poco rato yo también gritaría ¡Al carajo con Mario! Cuando ella moría yo me venía en sus adentros con la esperanza de que en ese instante naciera otra Lorena que pudiera joder y matar y seguir con ese linaje interminablemente. Me despertaba bañado en sudor y semen, agitado como un caballo, sintiendo un hueco abominable entre mis sabanas y en ese momento, justo donde la tristeza y la plenitud se mezclaban, sabía muy bien que yo podría amarla igual o más. Fue Mario quien rompió el silencio de la velada, después de haber creído hurgar en mis recuerdos. Volvíamos a ser los adultos 38


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pueriles sin sentido, con un vaso de Whisky en la mano y de la otra colgando la colilla de lo que antes había sido un cigarrillo. Empezó a cuestionarme acerca de mi vida, yo me dediqué a esquivar sus preguntas con respuestas monosilábicas y después de un rato me cansé de su interrogatorio, le conté rápidamente lo que había sido de mí desde que nos dejamos de ver. Él me contó acerca de lo bien que le había ido en su vida personal. Resulta que el tipito había estudiado Negocios Internacionales y obtuvo, poco después de salir de la carrera, un buen puesto al empezar como chalán del Director de su empresa. Nada mal para alguien con un carácter tan pobre como el que tenía Mario, aunque siempre tuvo esa chispa casi imperceptible de terquedad que lo hacía despertar en momentos de lucidez. La terquedad, pienso yo, es lo que mueve al mundo, la pereza es la fuerza que lo frena o lo detiene por completo, el mundo de cada uno de nosotros gira a diferentes


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velocidades, las revoluciones son inconstantes tal como nuestro proceder, en mi caso mi pereza es lo que hace que mis inviernos nunca mueran, que la oscuridad baile y me arrastre a su sombra aun en momentos de sol, la luz se aleja pasiva sin rechistar y los días pueden transcurrir nublados y secos como hojas de otoño sobre el suelo quebradizo. Mario estaba del lado de los tercos soñadores y ahora tenía un piso con minibar incluido y una tele de 42” colgando de su pared aparte de una ventana enorme que más que ventana parecía un cuadro panorámico de toda la ciudad. Me invitó otro vaso de whisky y de alguna manera ofendió mi inclinación por fumar mis tan amados Delicados al ofrecerme un puro de buen sabor. Siguió platicándome de su trabajo y sus viajes, de las extranjeras con las que se había acostado y de su nueva adquisición, una muñequita de apellido Fajardo, hija de un diputadillo. “Tiene 40


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veinte años la mocosa pero ha vivido más que los dos juntos”. No cabe duda que el poder puede hacer grandes magnificencias incluso para los que no saben ni siquiera el significado de esa palabra y lo que implica. La niña vivía de la teta del gobierno igual que muchos otros juniors y le daban vuelo a la hilacha, creen tener el mundo en sus manos, son jóvenes dioses, intocables y su palabra es irreprochable, en esta ciudad tan contrastante donde los virtuosos se mueren tuberculosos en callejones sin nombre, estos desfajados son estrellas distantes en el universo, intocables, incluso para Mario que creía poseer a la chica de apellido Fajardo. De los temas que pudo hacerme vomitar fue de mi búsqueda de empleo, de mis padres, mencioné dos o tres veces el nombre de Jimena, quizá por la emoción de saber que dentro de poco la volvería a ver y algo le platiqué acerca de mis intentos fallidos de escribir una novela anticipadamente titulada “La Interminable”


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quizá para burlarme un poco de lo distante que podría ser llegar al final de la última hoja. Justo cuando detecté la baja de defensas debido a los efectos del alcohol y la costumbre de nuestra compañía añeja, fui al grano: “Necesito que me hagas un favor, por los viejos tiempos” le dije mientras chocábamos nuestros vasos para brindar. “ya decía yo que tu visita no era nada más por el simple gusto de vernos las caras”. Me contestó después de darle un buen sorbo a su vaso de Whisky. “Eres alguien especial, sabes” Continuó “ Si tan sólo creyeras más en tus capacidades y te dieras unas cuantas cachetadas después de levantarte para espantar la hueva que traes impregnada en el rostro, no seguirías viviendo con tus papás ni estarías aquí sentado en mi sala pidiéndome un favor por los viejos tiempos, quizá estarías ahora en Grecia o subiendo el Everest con las manos, siempre has sido un alma libre, es 42


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más, eres un escapista, un corredor, un aventurero, siempre he pensado eso de ti, desde que te conozco” Cuando terminó su discurso yo estaba perplejo por lo que había comentado de mí pero me contuve para no realizar ningún gesto, ni bueno ni malo, en cambio, le eché el humo del puro en la cara, haciendo una pared nebulosa entre los dos para tratar de respirar hondo sin que me viera, el no rechistó, seguía inmerso en sus reflexiones. “También eres un desgraciado, un maldito desgraciado de buen corazón pero cínico. Vienes a mi casa a pedirme un favor, lo más seguro es que sea dinero lo que quieres o alojamiento, quizá estás metido en un pedote y no sabes lo que vas a hacer, te estás escondiendo de alguien o de algo” Le dio otro trago a su vaso acabando con lo que quedaba de licor, fumó su puro costoso, continuó: “Cuando recibí tu mensaje, no supe en un principio lo que tenía que hacer, lo primero que se me vino a la cabeza fue mandarte a la chingada e ignorarte, después me envolvió una


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tormenta de ira y los recuerdos se volcaron en mí, fue después de mucho tiempo, trayendo todo al presente, que supe que sólo tú podrías ofrecerme esas respuestas y explicaciones que no pude obtener años atrás. Sí, creo que si te voy a ayudar, pero tú me vas a dar a cambio esas respuestas” Las palabras retumbaban en el pasado de nuevo, su piso de madera brillosa se transformaba y en un pestañeo volvíamos a tener unos diecinueve o veinte años. Las guerras y los grandes altercados de la humanidad, en su mayoría, siempre empiezan por un conflicto o una desilusión amorosa, y no me refiero solamente al romance de pareja o el sensual, puede ser un trauma de padres e hijos o hermanos, cualquier persona que haya significado algo grandilocuente en tu vida la puede joder de la misma manera y con mayor o igual gravedad. Es en ese momento cuando se abren dos caminos en el futuro, o tal vez miles, pero con la misma esencia. 44


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Vivir o morir, resignarse o vengarse, quedarse o seguir, encontrarse o extraviarse y así se puede seguir en un choque constante de contrastes lo que de un momento a otro acabará con la existencia de la víctima que lo sufre y el resultado es tan triste que ni siquiera se dará cuenta cuando tuvo su final un final. Las historias trágicas son sucesos memorables compuestos en honor a la vagina deseada e inalcanzable, ese coño jugoso que no deja de merodear en la verga de aquellos que quieren manchar sus hojas con sangre. La mujer imposible es la más bella, la más deseada por su inconsistencia y el altar donde se le inventan oraciones y rezos es un refugio, un escondite sagrado para seguirla magnificando e idealizando hasta el punto de ya no reconocerla en el plano real, en consecuencia, a la que en verdad se ama es a la fantasía depositada en el cuerpo vacío de la inocente que no sabe de la existencia del fantasma que la habita en


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silencio, que la reviste con otras ropas cambiándole incluso el color de su piel por uno más brilloso y más vistoso para los ojos de quien la ama equivocadamente. Esa imagen la representó Lorena durante mi adolescencia, con sus ojos grandes y verdes y su cabello cuasi negro y su piel pálida, sus labios rosados y carnosos, sus senos de tamaño decente y su sexo en flor que podía oler a cientos de kilómetros de distancia, o eso creía, sus pezones erizados, vistos únicamente en mis sueños, sus piernas largas y brillosas con sus poros abiertos como girasoles dirigiéndose hacia el sol goteando excitados de sudor. Poseída hasta ese entonces por mi mejor amigo Mario, encarcelaba mi deseo cuando ellos se lo pasaban besándose en el cine mientras a pocos centímetros de distancia yo intentaba meterle mano a una fulana desconocida, tan insignificante como su nombre fácil de olvidar. Pero ella no era el 46


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problema, el conflicto era que yo quería tener a Lorena desde hace mucho, en mi interior empezaba a gestarse una competencia gradual con las acciones de Mario para intentar poseerla pero a fin de cuentas todo quedaba en la imaginación. La fantasía jugaba sus más inteligentes cartas y al final yo siempre ganaba, pensaba que si en verdad todo lo que pensaba lo actuara en la realidad podría salir airoso pero eso significaría traicionar a mi amigo, casi hermano, eso era lo que me detenía y me hacía reflexionar una vez más y echarle agua fría a mis pensamientos. A lo que quería llegar Mario era al momento de nuestro alejamiento. Esa fiesta a la que habíamos asistido por culpa de un amigo de la escuela de él, yo al no tener otra cosa mejor que hacer decidí acompañarlos y beber un rato. Lorena siempre tan especial y reservada durante el camino no dijo nada, Mario tampoco, se la pasaban susurrando en la parte de atrás


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del carro y riéndose discretos mientras el amigo de mi amigo que manejaba y yo hablábamos de las expectativas del lugar a donde nos dirigíamos. Era en Cuernavaca, una casa rentada, la fiesta duraría un fin de semana y la mayoría de los asistentes ya se encontraban ahí “Seguramente hasta el huevo” en palabras del amigo de Mario. El viaje duró un par de horas y yo intenté apagar mi aburrimiento con las cervezas que me invitaba el conductor mientras íbamos en el camino. Cuando llegamos, las primeras horas de la noche transcurrieron como cualquier fiesta de jóvenes en constante erupción de hormonas y hedonismo. Yo me había alejado de ellos con la esperanza de encontrar a una chica vulnerable, imposibilitada para pensar en la moral o si a la hora de estar encamados usábamos protección. A eso de las dos o tres de la mañana me estaba besando en la cocina, con la luz apagada, una morenita un poco 48


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mayor que yo, no estaba vulnerable ni lo suficientemente tomada, me dijo que ella había nacido para vivir la vida y enseguida le contesté que parte de esa vida tal vez la tenía que pasar conmigo, con alguien divertido y distendido como yo, lo que le causó un poco de risa y así seguimos hasta llegar al punto de interceptarla en su intento de tomar otra cerveza, cogiéndola por la cintura y volteándola bruscamente, sabiendo perfectamente que, aunque no me viera, era yo quien la besaba con astucia. No estábamos solos en la cocina, había muchas personas en la fiesta, así que intentamos disimular intimidad al enroscarnos en nosotros mismos y compartimos nuestros movimientos y sonidos junto con otras parejas furtivas y güeyes perdidos bailando y bebiendo sin ton ni son. Al mismo tiempo, en el jardín que daba a la alberca, Mario se había topado con una chica que desde hace mucho estaba enamorada de él, “flechazo a primera vista”, decía ella cuando lo veía en las clases o los pasillos de la escuela.


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Él nunca le había hecho caso pero aquella era una mujer insistente, terca, como lo decíamos antes, intentaba mover el mundo a su antojo y en la fiesta no perdió oportunidad de insinuársele, incluso estando Lorena presente. Ya borracha la putita esa llamada… Paula, si mal no recuerdo, empezó a bailar sensualmente pasando por una fila de chicos que le aplaudían y aventaban sus mejores piropos y chiflidos para acrecentar la pobre y tambaleante actuación. El objetivo de la muchacha era llegar al cuerpo de Mario y ver qué pasaba, sin importarle un carajo la respuesta de su novia, es más, ahora que lo vuelvo a recordar estoy seguro que en ese estado ni siquiera pensaba, era más bien su coño alebrestado el que conducía sus tristes movimientos, la libido que había depositado en mi amigo era su motor y no se detendría hasta poseerlo. Sin que la pareja se percatase, Paula se enredó con rapidez en el torso de Mario y casi enseguida se pegó como sanguijuela en 50


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sus labios. Lorena enardecida de rabia la sujetó de los cabellos sin titubear y la arrastró por todo el patio, la putita vomitaba por todo el escenario por la agitación y el mareo sin poder controlarse, lo ha de haber pasado de la chingada. Cuando lograron separar a Lorena de Paula, la primera ya le había sorrajado unas cuantas patadas en el abdomen y en la cara. El público saltaba y gritaba y reía y lloraba como una manada de monos descontrolados. A Lorena nunca se le había visto tan furiosa y lo que le enojó más fue que Mario estuviera preocupado por la salud de la otra chica. Estando ya en el tumulto fui testigo de la cachetadota que le soltó Lorena a Mario por haber reprochado su comportamiento. “¡Vete a la chingada, te odio!” le grito Lorena en la cara “Si te interesa tanto la putita esa puedes cogértela con todo y vomito” Continuó diciéndole. No niego haberme regocijado al verlos pelear de esa manera y aún más cuando Mario le contestó que era una pinche vieja loca y que se fuera a


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chingar a su madre mientras ayudaba a los demás a asistir a Paula que lloraba inconsolable. Enseguida, sin que se diera cuenta mi amigo, fui tras Lorena, la busqué por las habitaciones de la casa hasta que la alcancé en el cuarto donde tenía sus cosas para marcharse. Toqué la puerta en repetidas ocasiones hasta que se hartó y cedió. Le pregunté si se encontraba bien, que sólo quería saber si necesitaba hablar o desahogarse. Al principio no me dijo nada y soltó un llanto discreto que duró unos cuantos segundos antes de que la abrazara para consolarla. Cerré la puerta tras de mí, empezaba a verle un leve parecido al sueño. Casi nunca habíamos cruzado palabra y esa ocasión no fue la excepción. No necesitábamos de ningún lenguaje hablado para comunicarnos, nos bastaba el cruce de nuestras miradas para saber perfectamente lo que sentía el uno por el otro. En ese momento, el deseo había 52


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llegado a ser fulminante para nuestros corazones que latían con la fuerza de los terremotos más devastadores conforme se iban acercando. Ya no había marcha atrás. "No quiero hablar" me dijo con un susurro al oído. Le contesté que no la iba a dejar sola y menos en ese estado. Intentó alejarme cortésmente con sus manos pero yo no cedí ni un centímetro, después de un momento dejó de insistir. El preámbulo de nuestra pasión desenfrenada fue el principio del caos, mis manos descontroladas ya estaban encima de ella, sobre sus muslos descubiertos, el dedo meñique jugueteaba entre la frontera de la piel y su falda verde de olancitos mientras mis ojos seguían clavados en la oscuridad abrumadora como centinelas de nuestra intimidad. El sonido de las caricias nerviosas y apresuradas viajaban a lo largo y ancho de la habitación sin dejar espacios vacíos, poco a poco nos adormecíamos elevándonos al más preciado sueño. Empezamos a sudar y agitarnos como animales salvajes, la


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recosté en la cama que apenas tenía de cubierta una sábana desgastada, yo sentía que toda la casa o toda la tierra se estremecía en espiral con nuestros movimientos y que de un momento a otro Mario y todos los demás huéspedes de la fiesta se darían cuenta pero en lugar de asustarme o enfriarme, esa fantasía hacía que me excitara más. Estando ella recostada me recargué sobre mi brazo izquierdo a su lado y con los dedos índice y medio de mi mano derecha emulé unas piernas vacilantes subiendo desde su ombligo cadenciosamente hasta parar por en medio de sus pechos y llegar a donde empezaba su quijada. Nuestras sombras se veían apagadas, con la naturalidad de dos amantes acostumbrados a observarse así cada vez que se reúnen para joderse. Era como si lo hubiéramos hecho ya en varias ocasiones, como si nuestros encuentros fueran algo cotidiano en nuestras vidas. Se levantó para recortar la ventana con su silueta, el movimiento de 54


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sus cabellos volando en cámara lenta hacía del reflejo de la luz un espectáculo de oleajes caleidoscópicos iluminado por la presencia de la luna y luciérnagas extraviadas. Me ausenté embriagado por mi instinto licántropo hacia sus labios, ella no me detuvo. No sé cuánto tiempo nuestras bocas estuvieron pegadas. Quise disfrutar y experimentar cada uno de sus órganos y partes, como si mi lengua fuera la mano derecha de un experimentado explorador o la navaja afilada de un cirujano o un matón a sueldo. Saboreaba su rosada carnosidad empapada de la mezcla de nuestras salivas, nuestras cabezas hacían presión, como si quisieran devorar por completo al otro y hacerse uno, nuestras bocas se abrían como las de las víboras al tragar a su presa, el veneno corría con tintes y olores orgásmicos, los cuerpos se preparaban para sepultarse. El beso hizo explotar al tiempo entero, rompiendo con todas las leyes conocidas. Y es que ¿qué es lo que saben los teóricos y científicos acerca del amor? Nada, el


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romance, el verdadero amor sólo lo conocen los locos y los estúpidos, los poetas versan sobre ese mundo paralelo e inexacto, intangible como la piel de Dios. Sabines entendía bien a los amorosos. Sin embargo, nadie experimenta lo mismo referente al amor que, a mi entender, es un camaleón etéreo, sirena y quimera, un vomito de significados y significantes sin sentido, es por eso que los verdaderos amantes no se detienen a explicarlo, se cogen y así se entienden, sin palabras, con gemidos húmedos, el verdadero lenguaje, el latín del amor. El movimiento de nuestros rostros generaba otras supernovas, lo sabía porque pensaba que el retumbar de las explosiones iba a hacer que mi corazón se detuviera en cualquier momento, estábamos creando todo de nuevo, desde otra perspectiva, renacíamos en Adán y Eva y despedazábamos cada centímetro de humanidad restante. Cuando me hube separado de su boca ya no volví a ser el mismo y estaba 56


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convencido de querer abandonarme en su templo húmedo, quería vivir ahí como bacteria o nervio, alimentarme de los desperdicios acumulados, dormir y morir bajo su lengua. ¡Cuánto tiempo te he amado sombra perdida! ¡Cuánto tiempo has permanecido opacada por el sofocante sol! ¡Tu reino es el de la noche con su corte de estrellas y en medio del ombligo de la luna yace tu castillo, tu cuna, tu altar! Lorena se aferraba a mí como el sostén de su vida y agachaba la cara mientras yo echaba un vistazo al panorama en la ventana que se esparcía como espuma con sus luces moribundas y los destellos de la mañana que poco a poco dejaban relucir nuestras deficiencias. Cerré la cortina, ella prendió la lámpara, abrió una botella de tequila blanco olvidada debajo de la cama y le dio un largo trago. De mi pantalón saqué la cajetilla maltrecha de cigarrillos y prendí uno, nos sentamos del mismo lado de la cama y veíamos a ningún sitio en particular. A decir verdad me sentía en shock, no sabía qué hacer con tanta


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belleza, así de borracha y desinhibida podía llegar a ser la mujer perfecta para mí, sin complejos ni tapujos. Con sus ojos llameantes y su boca jugosa me incitaba a destrozarle la ropa y comerme por completo sus bragas en un arranque de locura. La tomé de la mano quitándole la botella para beber un poco, con el sumo cuidado de no adormecer, más de lo que ya estaban, mis sentidos. "¿Qué es lo que estamos haciendo? Me pregunto, rompiendo el silencio. Le respondí con la razón ahuevada "No te preocupes por lo que pueda pasar, tenemos el día de mañana y los que le siguen para poder arrepentirnos o regocijarnos". Abrazándola con mi brazo derecho fuimos cayendo lentamente, le empecé a desabrochar los botones de la blusa blanca, acaricié su torso y los senos por encima del brasier también de color blanco como la pureza que resguardaba. Apagué la lámpara y quedamos en la espesa penumbra otra vez, mientras la tocaba tenía la impresión 58


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de que ella se había ausentado, tal vez viajaba al piso inferior para demostrarse lo infeliz que era de Mario o deambulaba en el futuro nebuloso, tan desolado como el cuartucho donde la estaba desnudando. La verdad me importaba un carajo dónde tuviera el pensamiento, para ese momento ya la tenía tan dura como un ladrillo, acariciaba sus muslos y su entrepierna recubierta por sus bragas, le hice levantar la cadera para quitarle por completo la falda, se irguió para quitarme la camisa, después de unos minutos ya estábamos completamente desnudos. Nos metimos en la sabana para buscar el refugio de nuestra carne, comencé con suavidad a meterle mano pero poco a poco la furia se apoderaba de mis sentidos, de la fuerza podía levantarla de la cadera con mis dedos metidos en su vagina, apretaba los ojos de dolor o de placer, de su sexo chorreaba cristal líquido, mercurio divino, nuestros movimientos se soltaban, yo estaba tan nervioso como un ciervo sintiendo de cerca la muerte, temblaba y


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sudaba, mi verga palpitaba apresuradamente. Fue en ese momento cuando un pensamiento abrasador atravesó mi cabeza: dudé de su pureza. Tantos años con mi amigo, era muy probable que ellos ya hubieran cogido como cerdos, ahora me tocaba competir contra el fantasma de Mario para ver quién era el que la follaba de la mejor manera. Ella podría burlarse de mi inexperiencia, por un momento ese pensamiento atroz me acobardó pero mi polla no quería echarse en retirada, era ahora o nunca, no se volvería a presentar oportunidad como ésta y como si hubiera encontrado una salida, la salida del ganador dije o pensé: "Que cada quien se ocupe de su orgasmo". El coraje volvió a enardecerme y sin que ella lo esperara la penetre como un toro enfurecido, le removí el color y las paredes de su sexo con brusquedad, tan caliente como el mismo infierno se sentía estar dentro de ella, me revolqué infestado de ansiedad y goce, nuestros cuerpos se 60


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tallaban y gemíamos como bestias, nos arrancábamos una a una las costras del pasado, las culpas y el remordimiento que dejaba el eco de la amistad y la lealtad. Quería estar cada vez más adentro, mis piernas se movían como si quisieran llegar a la cima de una montaña y Lorena se sostenía de mi como si fuera un salvavidas, como si naufragara y su única salvación fuera yo, goteábamos de sudor, la luz del alba se derretía con nuestro calor, exploté con fuerza entre gritos y brazos adormecidos, por un momento me quedé encima de ella, moviendo lentamente mi cuerpo, cuando hube terminado por completo me tumbé a su lado, poco después me quedé profundamente dormido.


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CAPITULO III Billie Holliday sonaba de fondo, ya iba por el décimo cigarrillo, se me hizo el hábito de contarlos desde que empecé a fumar, una costumbre obsesiva que podía llegar a controlarme al grado de no pensar en otra cosa. Las palabras se me habían escapado de la boca sin que me diera cuenta y tal cual le conté a Mario la primera experiencia que tuve con Lorena. Parecía ya no dolerle tanto aunque se notaba que mi sinceridad le había noqueado más o menos desde la mitad de la confesión, eso aunado al efecto de haberse chupado poco más de media botella de whisky. Tenía pinta de zombi o enfermo catatónico. "Recuerdo haber 62


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llevado al baño a Paula y limpiarle la sangre que le había sacado Lorena" comenzó a contarme, yo lo observaba atentamente aparecerse entre el humo que nos separaba. "Sentía tanto coraje por lo que había pasado y esa puta no dejaba de menearse en mi pantalón, me la cogí en la tasa del baño, hice que se tragara mi semen y ella ni rechistó, lo hizo con gusto. Cuando Lorena bajó por la mañana le pregunté dónde se había metido pero no me contestó, me mandó al carajo de nuevo, se fue con unos imbéciles poco después. Yo entré al cuarto donde habíamos dejado nuestras cosas y ahí estabas tú, inconsciente, desnudo. Cuando te vi ahí lo supe, o por lo menos dudaba, trataba de pensar que te habías tirado a cualquier otra, que no me traicionarías de ninguna forma. Yo también me fui después. Llegando a mi casa intenté marcarle pero nunca me contestó, en varias ocasiones me aparecí por su casa pero me negaba, sus papás la tapaban, Pasaron meses completos sin saber de


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ella hasta que me decidí a esperarla escondido en la esquina de su calle hasta que llegara de quien sabe dónde chingados. Pasé seis horas de aburrimiento e incertidumbre cuando a eso de las ocho de la noche apareció su silueta vestida con un suéter café y sus jeans azul marino preferidos, la intercepté por sorpresa tomándola del brazo, ella me vio con un gesto de asombro retirando mi mano con brusquedad, me dijo que no quería volver a verme y que la dejara de acosar, yo sentía que podíamos resolver lo que había pasado en esa estúpida fiesta pero ella no quiso saber nada al respecto. Del coraje le grité que hiciera lo que su chingada gana le diera, que Paula no era tan frígida ni cerrada como ella, que la había jodido por todos los hoyos y que lo habíamos disfrutado como nunca, ella y yo, y es verdad, esa mujerzuela llena de lascivia sabia como satisfacer a cualquier hombre a su corta edad, estoy seguro que ahorita se ha de estar muriendo de hambre 64


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si es que no se dedicó a ser la gran puta que la vida quiso que fuera". Guardó silencio por un momento, le dio un trago seco a su whisky, se sirvió más, se tambaleó en el camino, se sentó, continuó "Ella ni siquiera se molestó en voltear a verme, su boca había adoptado la forma de una mueca cínica y cruzada de brazos agachando la mirada me contó lo que había sucedido entre ustedes, me enardecí tanto que sin pensarlo golpeé con fuerza la pared de su casa imaginando que fuera tu horrendo rostro el que destrozaba, la realidad fue que me estropeé la muñeca y a la mezcla de cemento no le ocurrió nada. Comencé a interrogarla con gritos intentando que me contara hasta el mínimo detalle de su infidelidad, no podía contener las lágrimas que el coraje me hacía sacar, ella reaccionó con un gesto de espanto al verme fuera de mis casillas. Me contó realmente poco titubeando porque sus papás salieron a ver qué ocurría y también algunos vecinos, lo único que alcancé a percibir de su rostro al relatarme tan


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escueto recuerdo fue que le había gustado a la hija de la chingada, le había gustado traicionarme contigo o le había gustado que tú te la follaras, o el conjunto de las dos situaciones." Cada vez sentía más su mirada pesada, como si el odio renaciera de las cenizas del pasado, rememorar su rompimiento con Lorena hacía que el cáncer lo volviera a consumir. Ahora meneaba su cabeza viéndome fijamente en señal de desaprobación. "Siempre creí que eras un desgraciado, pero no del tipo que traiciona a sus amigos" empezó a reclamarme y yo sintiendo que se avecinaba un sermón largo le contesté rápidamente "Vamos Mario, tú mismo has dicho que te la pasaste muy bien con Paula, de cualquier manera las cosas se hubieran jodido, además tú sabias muy bien que Lorena nos gustaba a los dos desde el principio, yo creía que todas esas mamadas de casarte no iban en serio, ¡Teníamos veinte años, por el amor de Dios!" la última expresión salió como 66


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herencia de la boca de mis padres cuando hacía o decía algo estúpido, nunca he podido castrar el "Por el amor de Dios" de mi vocabulario. "Fue solamente un acostón, ustedes ya habían terminado, deja de una vez de recriminarme tu rompimiento con Lorena, no fui yo el detonante de su separación" Rápidamente Mario se levantó de su lugar y acercándose a mí, me restregó el olor etílico proveniente de su hocico que dejaba ver a sus colmillos a punto de atacar, acompañado de crudas y podridas palabras: "Hijo de puta, pendejo, ególatra, únicamente piensas en ti y lo único que importa para tu retorcida cabeza eres tú y tu goce, ¿sabes lo que ocurrió con Lorena, eh, hijo de la chingada?" No respondí aunque si sabía lo que le había pasado. Unos meses después fue a buscarme, sin tapujos me informó que estaba embarazada, que en su vientre se gestaba un hijo mío, que sólo quería informarme y quería saber qué es lo que íbamos a hacer. Todo indicaba que debía


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abalanzarme hacia ella y abrazarla, lo sentía en el ambiente y tal vez esa respuesta era lo que ella esperaba, en cambio, tragué saliva, alcé las cejas en señal de asombro y sin pensarlo mencioné conocer a un doctor clandestino que se ocupaba de eliminar ese problema y dejaba a las adolescentes como nuevas, que un amigo había estado en la misma situación, solamente teníamos que juntar un poco de dinero y hacerlo lo antes posible. Ella ya tenía más de tres meses. Sus ojos se llenaron de lágrimas, me soltó una estruendosa cachetada que me hizo reaccionar al instante "¡Desgraciado, maldito hijo de puta!" me gritó mientras se alejaba, la alcancé a tomar del brazo y con la misma fuerza de voz le respondí: "¡Mírame, fíjate bien quién soy! No tengo dinero ni lugar en mi vida para una criatura, los dos somos igual de irresponsables e inmaduros, estas cosas suceden a diario, no eres la única chica de veinte años preñada por accidente, los dos 68


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queríamos pasarla bien, nada más, no estamos preparados para tan grande compromiso y tampoco sería justo hacer sufrir por nuestros errores a un inocente. Podría robar y hasta matar para quitarnos esta pesadumbre de nuestras vidas, conseguir el dinero y llevarte a abortar de una vez y no volver a saber de lo ocurrido" se soltó con fuerza de mis manos "Para ti es muy fácil ¿Verdad cabrón? ¿A cuántas zorras has llevado con ese bastardo sanguinario? No necesito que robes ni que mates, maldito holgazán, ojalá te pudras con la mierda de vida que llevas" cuando terminó de maldecir estaba verdaderamente furioso y en un arrebato de enojo la tomé con más fuerza para que no pudiera escaparse y me escuchara "No vengas a sermonearme ni tomes tan a la ligera lo que te estoy diciendo, estúpida, a fin de cuentas no nos hemos visto en muchos meses, cómo sé que el niño que esperas es mío, tal vez por tu sed de venganza te revolcaste en el camino con algunos otros hijos de puta, ¿No es así?"


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su llanto se desbordó como una cascada incontrolable, perdió las fuerzas y se arrodilló con las manos cubriéndole el rostro "Cómo puedes estarme haciendo esto a mí" Sollozaba entre su lloriqueo "Eres realmente malo, creí que en realidad podrías amarme, no quiero volver a verte, ojala te mueras solo" Se quedó tendida ahí, en medio de la calle vacía, yo no sabia qué hacer, si irme o arrepentirme y consolarla, la había cagado y gacho. Lorena era una diosa con una fisionomía sentimental tan frágil como un jarrón fino, su corazón era de porcelana delicada. Ella creía en el amor de los cuentos de hadas y yo la había utilizado para la jodedera de una noche. Los sueños eran más agradables porque no había consecuencias catastróficas, en los campos verdosos de lo onírico sólo cabía la felicidad. Toda mi porquería ya la había vaciado dentro del vientre de mi amada.

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Los celos nos destruyeron, a los tres, y a causa de nuestra enfermedad pasó lo que pasó. Mario se metió con Paula, Lorena se vengó de Mario utilizándome y yo la acusé de convertirse en puta para vengarse de Mario y terminar embarazada de algún desconocido. Para los enfermos de celos solamente existe una verdad universal y ésta consiste en mezclar todas las variantes del engaño y la infidelidad, el mundo cae arrojado a los infiernos de la inseguridad indomable y todos se transforman en víctimas potenciales para formar parte de su juego destructivo, ya no hay honestos ni leales, traicioneros brotan por montones de los cielos y la tierra y se desnudan los unos con los otros en todas partes, siempre a escondidas de los sufrientes, sujetos vulnerables a su propia obra producida por sus desgracias y por los inocentes, repositorios del amor enfermizo, desmedido y demencial. "Te quiero como un hermano Mario" él seguía frente a mí, agachado para


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escuchar con detenimiento cada palabra que le respondiera "Tienes razón, he venido a pedirte dinero, no tenía a quien más acudir pero creo que ha sido un error, todos cometimos errores terribles en el pasado, lo que nos convirtió en lo que somos ahora" De momento se alejó sin quitarme su mirada de desprecio y escupió a mi lado, me dio la espalda y se aferró a su enorme ventana. "No vale la pena recordar todo esto, no nos hace mejores ni peores personas" No sabía que más decirle, estaba "cantinfleando". "Lorena intento suicidarse ¿Lo sabías hijo de tu puta madre?" De la sorpresa al oír sus palabras me levanté de mi lugar. Con un gesto de extrañeza le respondí que no me había enterado. "Yo lo sé porque sus papás creyeron que era por mi culpa, que yo era el padre del hijo que esperaba" continuó "Fueron a mi escuela y me soltaron todo el rollo, su papá estaba incontrolable y después de inculparme me golpeó hasta que unos compañeros y 72


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profesores me lo quitaron de encima. Lorena había arrancado el cable de su grabadora y lo ató a la columna de su ventana, luego se dejó caer poco a poco hasta sentir la asfixia que la iba consumiendo, por suerte su mamá llegó a casa antes de lo previsto y encontró la nota de despedida que había dejado en la cocina, subió como loca las escaleras y de un golpe derribó la puerta de la habitación de su hija, la encontró con la cara enrojecida como un tomate y los ojos desorbitados, como pudo le quitó el cable del cuello, la sostuvo entre sus brazos al momento que pedía ayuda a gritos, Lorena parecía estar inconsciente ya. Un vecino que escuchó los gritos desesperados llamó a la policía y a la cruz roja, se tardaron algo en llegar pero salvaron su vida, la del hijo que esperaba se perdió por la falta de oxígeno en el cuerpo de Lorena. Los detalles del accidente me los contó una amiga en común que teníamos. Después de eso ella ya no quedó bien, empezó a ir con un psiquiatra que la mantenía dopada


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la mayor parte del tiempo y al último supe que hablaba sola con su hijo, la llevaron al psiquiátrico, creo sigue internada ahí, sus papás murieron en un accidente camino a Michoacán de donde eran, tenían pensado llevarse a Lorena para ver si el cambio de ambiente le hacía bien pero los médicos no le permitieron salir, el abuelo de Lorena había enfermado, iban a verlo y quizá darle el ultimo adiós y murieron por la imprudencia de un trailero somnoliento. Se quedaron con la idea de que yo fui el desgraciado que la abandonó cuando más necesitaba de alguien". A medio camino me había quedado helado por la historia que me acababa de contar Mario, no sabía que decir, estaba profundamente afectado. "Dinero es lo que me sobra, sobre la mesa está mi cartera, toma lo que necesites y lárgate, no te quiero volver a ver". Mario no se despegó de la ventana, ni siquiera me fije si en verdad su cartera estaba sobre la mesa, simplemente salí sin vacilar de su apartamento. Me sentía realmente mal, la 74


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imagen que tenía de Lorena había cambiado por completo, la realidad dejaba ver a una mujer verdaderamente bella y exitosa sucumbir ante la desgracia, aventada a la desdicha y al olvido en gran parte por mi culpa. Al llegar a casa me tumbé sobre mi cama y traté de dormir, las pesadillas comenzaron a surgir.


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CAPÍTULO IV Recordar el pasado es olvidarse del presente. Los momentos felices se disfrutan por un momento fugaz y se sufren lo que resta de vida. Hay veces en que siento flaquear mi cordura y del otro lado de la percepción escucho a la locura seducir mi interior, veo cómo mis sentidos se necrosan dando pie a unos más nuevos y complejos. Tal vez es mi defensa para no adolecer tanto de realidad. ¡Cómo envidio a aquellos que se han despojado de este universo creando el suyo con sus colores y sus formas! Anhelo llegar a ser parte de los maestros constructores, los creadores, verdaderos dioses de galaxias enteras, 76


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pero sigo atado a lo que los demás ofrecen a fuerza de voluntad. Vivo, o mejor dicho, sobrevivo metido en esta cárcel mental cubierta por huesos roídos y carne podrida. Antes me gustaba quedarme encerrado en mi cuarto por días enteros sin saber nada que no pasara dentro de él. Ahora lo detestaba, he intentado desenredar a diferentes velocidades la telaraña de pensamientos que me he creado pero entre más lo intento más me pierdo en mi propio laberinto al grado de no saber ya quién soy. Tenía la sensación de haberme extraviado y ya no poder encontrarme, con trabajos pronunciaba mi nombre balbuceando, se me olvidó la manera de caminar de forma decente y había adoptado movimientos imaginativos de mi cuerpo fantasma, tics parecidos a los asociados con el síndrome de Tourette que ayudaran a sedar mi falta de espiritualidad creando rituales sagrados a la espera del nacimiento de un nuevo Dios, el protector


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de los desafortunados que han quedado sin refugio abstracto, de los que nacieron sin alma, de los imbéciles que mueren buscando la verdad y la felicidad. Él sería el encargado de comunicarles a éstos últimos, cuando su final se aproxime, que han desperdiciado su tiempo en esta tierra y que, todo esfuerzo que realizaron, no valió de nada. Porque la verdad y la felicidad son unas quimeras, las más putas y grandes quimeras que han existido jamás. Al abrir los ojos mirando hacia el interior de mi abismo descubría entre mis tinieblas un cuerpo nuevo y reluciente, tallado en roble dorado, como si volviera a nacer expulsado de la matriz mucosa y sangrante de una tubería subterránea me sentía un ser distinto pero también podía observar la porquería que merodeaba y me consumía desde lo alto del espacio, ya no había salida ni alternativas para mi yo magnifico, todo parecía estar echado a 78


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perder. Entonces decidí echar un chapuzón introspectivo, buscar la raíz del error, localizar el momento en donde todo se echó a perder. Me vi envuelto en papel gelatinoso, volvía a mi cuerpo infantil y trataba de revisar detenidamente cada segundo que pasaba. Podía ver la juventud desmejorada de mis padres, las noches oscuras que pasaba viendo lo negro de la existencia sentado en el sillón frente al televisor, como si dentro de esa pantalla se pudiera dibujar un hoyo negro capaz de devorar lo indeseable y traer la luz que necesitaban mis paredes pintadas de gris nublado. Siempre fui un chiquillo rebelde, adoraba a mis padres pero también los hacia berrear y sufrir con mi personalidad altanera y antipática, un flojo incorregible, desde temprana edad mostré cierta indiferencia hacia la humanidad y la sociedad en general. Me destacaba por mi agilidad mental, la rapidez con que aprendía en la escuela hacía que las clases lentas se


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tornaran aburridas y entonces me dedicaba a molestar a otros niños, Mario es el que más sufría con mis distracciones pero también el que más se divertía. Mis hermanos lloraban por todo y yo, a veces, tenía desplantes locuaces. Desde niño aprendí a interactuar con los demás por medio de máscaras sutiles y amables, pintarrajeadas con una sonrisa estúpida y programada una voz cordial. No podía ser de otra manera, o al menos eso pensaba. Por dentro, oculta en lo más recóndito de las mascarillas, se encontraba una expresión triste, una melancolía antigua y por lo visto eterna o por lo menos, perpetua. No había manera de negar, que ese era mi verdadero yo, una máscara débil hecha con la madera de un árbol destrozado por un rayo, quemada y olvidada, cuidada por siglos y moldeada a mi medida, favorecía en gran medida el entorno donde crecía, las canciones que escuchaba y las interpretaciones que le daba a las películas, caricaturas y series 80


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que veía. "Hay que darle sentido a la vida, por el hecho mismo que carece de sentido" decía el célebre escritor Henry Miller y relacionando este pensamiento con mi pobre historia, pienso que el sentido de mi vida es disfrutarla de una forma triste, encontrar la felicidad en la desgracia personal y gozar de cada herida y llaga punzante. Aquellos días felices y gratos quedaron inmaculados en un pasado caduco, disfrutar del abrazo sincero de mis padres, despertarlos con saltos por la mañana los fines de semana cuando nos levantábamos hasta ya muy tarde o jugar con mis hermanos o con mis amigos en la escuela, creer tener un mundo de sobra y el tiempo a tus pies, dormir tranquilamente por la tarde con el televisor encendido, juntar o robar dinero para gastarlo en las maquinitas o cigarrillos sintiéndonos hombres de mundo a los trece años. Ahora comprendía que el error no se encontraba en los recuerdos, ni había sido un conflicto tempranero, no, el error, el desastre y el caos se daba en este momento y


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amenazaba con prolongarse por mucho tiempo. Necesitaba frenar en seco, alejarme de mi yo, verme a través del espejo, del otro lado, donde Alicia jugaba a ser cuerda encerrada en el País de las Maravillas, ser el espectador en vez de protagonista y replantear mis posibilidades de trascender como ser humano intrascendente. Al parecer, pensaba, tenía que reconciliarme con ese pasado abrumador, desafiante, lastimoso. "Creo que tengo que ofrecer un par de disculpas" me decía observando mis ojeras, mi rostro sin rasurar y mis cabellos despeinados. No sé cuánto tiempo pasé en mi cuarto apagado, desenchufado de la vida monótona. Cuando de nuevo me enfrenté a la calle me sentía un cavernícola caminando entre homo sapiens avanzados o viajeros del tiempo observando y estudiando este último espécimen con vida, un clásico antropológico que podía hablarles del momento en que el hombre 82


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había convivido con bestias ancestrales y feroces y vivía en cuevas parecidas a las vecindades más austeras o casas de cartón improvisadas de bajo de los puentes, "¡Oh sí! ¡En ese entonces ya vivíamos mejor que muchos de ustedes y sin tanto rollo ni globalización!" todos seguían caminando como si nada, al parecer nadie escuchaba mis pensamientos, ni un sólo jodido psíquico en esta jodida acera. Si era verano o invierno, ya no notaba la diferencia, todas las avenidas habían sido pintadas con el mismo pincel desgastado, la lluvia escurría la mugre y al mismo tiempo enjuagaba mis lágrimas mudas y otras sensaciones de mi cara. En temporadas así prefería bañarme con agua del cielo en vez de la de las cloacas aunque supiera que la lluvia fuera ácida, tal vez, tenía la esperanza de que esa agua llegara a desintegrar mi carne al punto de dejarme sólo de huesos, que mi corazón enjaulado por costillas


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fracturadas pudiera ver entre rejas lo que solamente se imaginaba en sueños, por lo que seguía latiendo y ahora, ese órgano, se convertiría en mis ojos ausentes de miopía y de esa manera pudiera ver a la vida con más claridad y desde otra perspectiva. Pero no pasó eso, solamente me gané resfriados memorables pero nunca mortales. Le había marcado a Jimena, habían pasado un par de semanas desde que nos vimos por primera y última vez, conseguí unos cuantos billetes para invitarla a un lugar decente vendiendo unos audífonos y unas películas algo viejas a un amigo de la cuadra. La llamada telefónica fue corta, solamente la saludé, me saludó, para romper el hielo del nerviosismo platicamos de algunas cuestiones banales y la invité a salir, ella aceptó, pasaría por ella al trabajo y de ahí iríamos a cenar, nos despedimos y colgamos casi al mismo tiempo. 84


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En aquellos días Lorena se paseaba a menudo por mi cabeza, tenía cierto tipo de curiosidad y miedo, quería ir a buscarla al psiquiátrico donde según estaba internada, la idea revoloteaba a mi alrededor por momentos y después, sin que me diera cuenta, regresaba al extravío que era de donde venía. Salió por la puerta apresurada, como una ventisca brusca, cuando me vio se sonrió y caminó con rapidez intentando ocultar los nervios que la carcomían. Yo estaba recargado en un carro algo viejo y oxidado con las manos sudorosas metidas en los bolsillos, me había puesto mi mejor saco café y unos jeans deslavados. Ella portaba el uniforme de su trabajo pero aun así se veía hermosa. Nos recibimos con un beso en la mejilla y comenzamos a caminar en la misma dirección, el clima era adecuado como para pasarle el brazo por sus hombros y acercarla más a mí, lo hice y no dijo nada, seguimos caminando.


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Cuando llegamos a Coyoacán ya había anochecido completamente, la gente se paseaba aparentemente sin sentido y había comenzado a caer una leve lluvia más parecida a caricias húmedas que a gotas de agua. Mientras llegábamos al lugar donde íbamos a cenar nos pusimos al corriente de nuestras vidas, lo que había pasado en el tiempo que no nos habíamos visto. Ella me contó que todo seguía igual en el trabajo y en su casa, muchas entrevistas, muchas contrataciones, mucho papeleo. Me comentaba que era la primera vez que salía en semanas, la niña no era muy sociable, más bien, de aspecto tranquilo pero cautivador. Cuando interrumpí su monólogo, ya había pasado más o menos una media hora, no alcancé a escuchar bien lo que me intentaba contar, mi atención estaba centrada intentando grabar y reproducir una y otra vez cada movimiento que sus labios hacían al despellejarse, el andar y golpeteo de su lengua con el paladar, sus 86


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intentos de escape con cada abertura y su frustración cuando la cueva de su boca se cerraba sellando así a la lengua y al sonido por unos instantes. De vez en cuando alzaba la mirada para reconocerme en el reflejo que creaban sus ojos y creí saber perfectamente cuando emitir un "ok", un "aja", un "claro" para que ella pensara que estaba en el mismo canal de comunicación. En un instante fresco, perfectamente nacido para la ocasión, sin pensar siquiera, a calzón quitado, le dije que me gustaba, que me gustaba mucho, que era un festín de pupilas, "es más, de todos los sentidos" tenerla frente a mí, ella estaba con la boca abierta, se había quedado a media frase, me apresuré a decirle que no era mi intención "acelerar demasiado" o provocar que me diera otra cachetada, "solamente quiero que lo sepas, no podía soportar más la pesadez de esas palabras en mi garganta" terminé de hacer mi confesión. Poco después me contestó con su voz tenue que las cosas no andaban bien en su corazón, que había


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tenido un par de desilusiones amorosas por las que aun lloraba cuando la noche se tornaba insoportablemente solitaria. Yo quería una respuesta rápida, vaga, que me dijera con la boca o la mirada que yo también le gustaba, que no soportaba estar más tiempo lejos de mí y que podríamos empezar a acariciarnos en cualquier momento a partir de ya. En cambio, recibí una dosis de recuerdos castrantes y dolorosos, aparentemente agridulces por los sentimientos tan chocantes que le provocaba, y no era necesario que me lo dijera pues perfectamente se podía leer en su rostro el dolor y el goce de recordar, de ejercitar la memoria y resucitar a los fantasmas invocándolos en el mismo momento que pronunciaba su nombre, aquellos ángeles malnacidos que le hicieron experimentar el amor en todo su complejo esplendor, pasando del enamoramiento a la fantasía y de la fantasía a la ilusión y de la ilusión a la realidad y de la realidad al odio y del odio a 88


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la destrucción y de la destrucción a la resignación y de la resignación a la resurrección y, finalmente, de la resurrección al perdón. Sí, porque dentro del mismo amor se encuentra el odio y la destrucción, cobijados, camuflados por tintes enigmáticos y simbólicos, excusas paridas por un fuerte miedo a la soledad y el tener que soportarse a sí mismo. Los demás son, y nosotros también somos, distractores, envases vacíos ocupando un lugar hueco dentro de la vida de otros, objetos manipulables y reutilizables infinitamente que sólo sirven para que no nos demos cuenta de lo inservible, insignificante y tediosa que puede llegar a ser nuestra existencia, que no valemos por lo que pensamos de nosotros sino por la imagen que los demás tienen de nuestra persona. En fin, empezó por el final, salió a relucir el nombre del último culero que la había lastimado, el peor de todos, la pala apestosa que la seguía enterrando cada vez más hondo. Se llamaba Armando, se conocieron cuando trabajaban juntos


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gracias a una amiga en común que tenían. Al parecer Jimena recordaba su historia perfectamente, Armando copió el teléfono de ésta del celular de su amiga sin que se diera cuenta y una tarde cualquiera, sin rechistar, le marcó. Al principio la despistada Jimena no sabía quién le hablaba por el auricular hasta que él trajo a colación el nombre de Samantha, que en alguna u otra ocasión se encontraban en el comedor, que él estaba en el área de contaduría. Con tantas explicaciones Jimena me confesó en aquella ocasión que no tuvo otra opción que disimular conocerlo de lejos. El sujeto de buenas a primeras la invito a salir, le recomendó un lugar para bailar al que acudían muchas personas de la empresa y Jimena aceptó después de dudar un momento pausando la conversación con un prolongado mmm... Después de un par de citas casuales Jimena quedó encantada por los detalles de su prospecto, por la forma de resaltar sus atributos y hacerle ver lo bella que era, 90


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como un espejo mágico, Jimena se enamoraba cada vez mas de ella reflejada en las palabras y la mirada de Armando. Tuvieron una relación de tres largos y oxidados años, al final, lo que lo estropeó todo fueron las infidelidades de él, la dependencia, o codependencia de ella, las constantes peleas, depresiones e inseguridades y un largo etcétera de patologías que enganchaban con delicada finura. El último, que en realidad fue el primero, no era tan diferente de Armando, Ulises figuraba en la memoria de Jimena con los mismos rasgos de personalidad, aquella fue una relación de un año y meses. La chica parecía dispersa, sus ojos volaban hacia el pasado cuando me contaba sus trágicas anécdotas, de vez en cuando sonreía tratando de disimular el enojo o tristeza que sentía y otras veces volteaba al infinito moviendo la cabeza, reprochándose el haber caído en ese abismo sentimental tan desgastante como


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el líquido corrosivo sobre los objetos, aparentemente, sólidos. No sabía qué decir, ni qué hacer, en automático la tomé de la mano e hice una mueca en señal de empatía, aunque no fuera empatía lo que quisiera comunicarle sino más bien un “ya ni modo” “así son las cosas” “vaya mierda de vida”. Y allí estábamos los dos, mirándonos como estatuas viejas, desmoronándonos poco a poco con el paso del tiempo y el pesar de los siglos sobre nuestros pensamientos. Su mirada alcanzó a atravesarme con la agudeza de una flecha experimentada, la sentí hurgar mis pensamientos, mi historia, mi verdad, mis mentiras, toda la información estaba al alcance de sus dedos cortos, la muy perra. Sentí un escalofrío recorrer por todo mi cuerpo, la solté de la mano, creía que había visto por completo el capítulo de Lorena, el pequeño cadáver de mi hijo inacabado, la crueldad de todos mis actos. 92


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“Eres un buen chico ¿Sabes?” me dijo con su voz serena y calmada “Tu mirada me parece inocente e infantil, no me malinterpretes, con lo de infantil quiero decir tierna, agradable, sin malicia. En verdad me agradas pero tengo miedo de sufrir otra vez” En ese momento la interrumpí con brusquedad, sentí que era el momento perfecto para lanzarme hacia ella con todo, tan vulnerable estaba como un conejo asustado y eso me excitaba, me prendía y me descontrolaba de una forma inaudita, no podía evitarlo. Tal vez con el paso del tiempo aprendí a dominar los secretos sagrados de la hipocresía, me había convertido en un virtuoso de la manipulación y el disfraz; era eso o ella no era nada perspicaz. Había malinterpretado su mirada, no me atravesó, ni siquiera pudo conseguir pasar de la delgada antesala del cristal donde aguardan todos los intrusos. Le dije que tal vez ella seguía sufriendo sin darse cuenta, que había estado vagando durante muchas


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temporadas en la oscuridad y que sorprendentemente, se había acostumbrado a no ver creyendo que veía, pero que, cosas maravillosas pasaban ahí afuera, justo donde ella caminaba sin mirar, que lo que necesitaba era encontrar una salida, una luz que le hiciera vomitar todo el lodo podrido que guardaba con recelo en el fondo de su interior. Le dije que yo era el quita dolores, una fuente inagotable de goce y risas, que, si me dejaba, podía esforzarme por devolverle la dirección y la luz que había extraviado. Le repetí que me gustaba mucho, con un par de palabras la puse tan alto para que tocara la luna y se hicieran una misma entidad. Sentí que empezaba a amarla por su flaqueza, su delicadez y fragilidad ante una vida abrasadora, pensé que era mi deber protegerla como un tesoro y al mismo tiempo enterrarla para que nadie más supiera de ella, que lo que había descubierto era sagrado. 94


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Los siguientes días pasaron resbalándose como la miel sobre buñuelos en el panal. Esa mujer había despertado algo desconcertante en mí. Salieron a relucir de mi repertorio las pistas más románticas y melosas en diferentes géneros, le escribía también, sí que le escribía, nuestras llamadas por teléfono eran flamantes en cuanto a calidad, pobres en tiempo, prefería chaqueteármela o ver programas estúpidos en la televisión en vez de estar pegado a un auricular. Nuestras tardes y noches que pasábamos juntos eran algo agradable, digno para recordar antes de dormir, por ejemplo. Pasábamos mucho tiempo platicando en los parques, o en las plazas, igual nos sentábamos uno a lado del otro a observar a la gente, sobre todo a las parejas. Ella se ponía a inventar historias de los hombres y yo de las mujeres, a veces incluso de los animales. Como aquella vez, cuando caminábamos sobre Insurgentes, por el Parque Hundido, una familia se cruzó con nosotros, automáticamente, sin que ninguno lo


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propusiera, le dimos vuelta a nuestro camino y los empezamos a seguir. La imaginación floreció. Ella prefirió llamar a su protagonista Manuel Moreno y yo llamé a mi musa improvisada Amanda Bellateta, a Lorena no le causó risa, a mí, por lo menos, una discreta carcajada. El rol de los hijos, que eran dos, nos lo íbamos turnando. Unas cuantas cuadras dieron paso al inicio de la historia, aunque la familia desapareció poco después. Nosotros seguíamos contándonos su relato, como si todavía los tuviéramos enfrente. Todo empezaba cuando se conocieron, jóvenes brillantes en la universidad, una fiesta de fin de semestre en la casa de Johanna, una extranjera que vivía en el centro, estudiaba en México de intercambio, venía de Inglaterra. Manuel la conocía, iban juntos en Francés. Él estudiaba mercadotecnia y le gustaba Johanna. Por su parte, Amanda fue llevada casi a la fuerza, tenía una cena con su familia, su hermano mayor había 96


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anunciado su inminente matrimonio con su novia, una mujer recatada de veintiocho años, su hermano tenía treintaicinco. A la cena iba por obligación pues su cuñada le parecía de lo más despreciable. Solamente se hizo la difícil para asistir a la fiesta por un lapso de cinco minutos, después se le notaba entusiasmada. Iba con su bola de amigos, todos vestidos relajadamente como ella quien portaba alegremente una trenza en su cabello castaño claro y una flor de adorno, también en el cabello. Ella estudiaba una carrera poco común: lenguas muertas, las letras del pasado. Soñaba con ser la traductora de voces antiguas, calladas, enmudecidas por el paso del tiempo. Soñaba con volver a la vida a aquellos que tenían algo que decir en su tiempo y que no pudieron ser escuchados por oídos poco entrenados. No conocía a Johanna, pero un amigo de ella era su novio, su más reciente adquisición, además de ser la primera europea a la que próximamente se cogería, deseaba que fuera en esa fiesta.


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El apartamento era un lugar pequeño en lo alto de un edificio que alojaba a muchas familias de nivel socioeconómico bajo. A la inquilina no le importaba el espacio, era medio descuidada y disfrutaba de la compañía de los mexicanos. Cuando llegaron comenzaron a beber cerveza, Bacardi blanco con coca cola y agua mineral, fumaron un poco de marihuana, rieron, platicaron, siguieron fumando y bebiendo. En este punto Jimena quería que Manuel se acercara tímidamente a Amanda cuando se encontraba sola y desprotegida sirviéndose otro trago, o fumándose un cigarro en el pasillo del edificio por donde se veía el urbano paisaje negro, yo propuse que se conocieran cuando Amanda se despertara en la sala del departamento, debido al pasón que se había puesto con la marihuana y el alcohol y que Manuel se había ofrecido a llevarla a su casa. Al final, entre risas y bromas hicimos una mezcla de los dos. Amanda se sentía mal, tomó 98


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demasiado, se recostó un momento en el sillón, Manuel ya la había observado desde antes y le gustó desde el primero momento. El chico era medio tímido y algo tonto para hablarle a las mujeres. A diferencia de Amanda, a Manuel el alcohol le había sentado bien, no sentía cobardía y creía que su voz sonaba coherente. Se acercó a la muchacha, le preguntó si se sentía bien, ella respondió con la cabeza que no, se ofreció llevarla a su casa, ella en medio de la confusión accedió. Él se portó como todo un caballero (pues así lo había querido Jimena) ella no le había visto la cara todavía, lo besó, un beso largo y apasionado, el alcohol revoloteaba dentro de sus bocas, cupido etílico, el mejor de su clase. Al día siguiente ella no se acordaba de cómo había llegado a su morada. Él no pudo dormir en toda la noche por pensar en ella y en ese beso. Se buscaron por semanas en ese enorme campus. Gracias a la ropa y al estilo que vestía ella, él la pudo localizar en su facultad. La vio por la ventana de su salón,


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no conocía su nombre pero recordaba su rostro a la perfección. Espero a que terminara su clase, recargado a lado de la puerta. Cuando se abrió y salieron los estudiantes se asustó al no verla, tuvo que sumergirse en la corriente de personas, al final, ella lo encontró a él. No lo reconoció por su rostro, ni siquiera por su aspecto, creyó detectar, cuando pasó a un costado de él, un aroma familiar, cálido, que la proyectaba hacia una paz muy peculiar. Lo tomó del brazo y cuando él volteó, se sonrieron. Los años pasaron pero su amor duraba. Él se graduó primero, ella dos años después, se casaron al primer aniversario de relación. Manuel se posicionó rápidamente en su área y pudo comprar una casa para los dos. Cuando Amanda terminó la escuela a los pocos meses se embarazó. Nunca ejerció su carrera, las voces olvidadas continuaron sepultadas, por siempre. Nunca se lo pidió Manuel, ella fue la que actuó sin pensar. Desde el principio aceptó su rol de mujer 100


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mexicana, dedicada al marido y al hogar, sobre todo a los hijos. Le llamaron Joaquín, el pequeño Joaco. Creció como un niño bien educado y obediente, le gustaba que le leyeran por las noches, a la edad de seis años ya se había enamorado dos veces en la escuela, una de su maestra y otra de una niña nueva que acababa de entrar a su colegio. El otro niño nació cuando Joaco tenía tres primaveras. Éste se parecía más a Amanda, desde chiquillo aventurero y soñador; le tenía miedo a la oscuridad, cuando empezó a ir al baño pensaba que el retrete se lo comería y viviría para siempre en el estómago de un monstruo de piel color negro brillante. A sus tres años había creado sus primeras historias, basadas todas en la belleza de su mamá. Aunque en la actualidad se creían felices, tanto a Amanda como a Manuel se les complicaba dormir en la misma cama, ya no eran los mismos muchachos de hace ocho años, no. Los dos aunque no se lo comunicaran, consideraban que se habían


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apresurado, que se casaron demasiado inmaduros. Manuel veía con resentimiento a las chicas de su oficina, más que nada a las becarias, la carne es débil, se repetía mientras se masturbaba en el baño de su casa pensando en las faldas cortas y pegadas que dejaban ver las piernas torneadas y un prominente culo y las blusas de encaje por donde se asomaba sólo una parte de los senos que a Manuel se le antojaba morder, chupar, acariciar, pegar, sobar, un largo etcétera. A veces Amanda lloraba por las noches, cuando Manuel llegaba tarde a casa, principalmente. A diferencia de éste, Amanda no solamente se imaginaba, ella ya había “sufrido” un desliz con el carnicero del mercado que frecuentaba. A diferencia de muchos otros carniceros, Jimena lo había pintado joven, fornido, de cabello rizado y ojos claros, prácticamente sacado de una película porno barata. Manejaba con maestría el machete, fileteaba bien. Casi siempre le lanzaba 102


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indirectas a Mariana, ella se limitaba a sonreír y sonrojarse, un buen día la invitó a salir, “cuando salga de chambear, por ahí de las seis y media”. Mariana acudió, lo esperó impaciente, le temblaban las piernas y los labios, se la llevó en su bocho. El brother no se andaba con chingaderas, la metió en su depa, ahí por la Doctores. Pa’ no hacer el cuento largo, le dije a Jimena, la martilló durante dos o tres horas, en su catre, que rechinaba por falta de aceite, por estar más viejo que su abuela. Jimena ya no quiso escuchar, pero dejamos en claro que nuestro personaje se sentía culpable porque lo había disfrutado. Al finalizar ya estábamos en la entrada de su casa, abrazados, contándonos la historia prácticamente al oído. Caminaban aparentemente por el Parque Hundido, pensando en qué se dirían cuando llegaran a su casa. Amanda se imaginó confesarle su traición en una lengua muerta. Terminé el relato, a Jimena le gustó y me dio un beso, sin despedirse se metió a su casa.


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CAPÍTULO V Saco mi máquina de escribir mental, me pongo a trabajar. Recuerdo, no recuerdo. Los nombres se acortan y se alargan, se disfrazan de otros, maniquíes danzan por todos lados, mi padre con el cuerpo de un tiranosaurio, la cruz reteniendo a un dragón chino, crucificado. Los bigotes de menta y malvadas aristocracias, canciones suenan pegajosas como alquitrán endulzado, las moscas se me acercan, mascan ideas, vomitan mierda, se la comen al final. Andan sueltos los lobos, por doquier se escuchan aullidos y llantos, alguien ha muerto, soy yo tendido, sangrando dudas, de mi nariz sale 104


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petróleo, mugre dentro de mis huellas, en mis uñas hay pasado descolorido, si navego me hundo hacia el cielo. Otra vez estoy solo y escribo un réquiem en honor a mis amigos. A esos desconocidos que me pierden cuando no me encuentro. Toco una verdadera sonata en el teclado de las letras que apachurro con la agilidad de un virtuoso pianista. Me siento Rachmaninov con sus dedos tentáculos, sudo como cerdo, con la boca abierta como retrasado mental penetro en el caos a enormes velocidades, soy inalcanzable, me vuelvo cometa, eyaculo glaciaciones enteras, con la frente en alto me fundo en el núcleo de mi existencia. Mi espejo se convierte en el verdugo que está dispuesto a decapitarme, me recuerda quién soy, o lo que he sido, me corta la cabeza de tajo, me quita las particularidades de mi rostro para que ya no pueda reconocerme, los que recogen mis restos son los que alguna vez me han acompañado a visitar el infierno. Los


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legionarios de cantinas y burdeles, mis colegas más cercanos, arraigados los llevo en mi corazón viajero. Ahí están Alfonso Cénega “Piolín”, Daniel “Dany Boy” Ramírez, Emmanuel Arreola “El Perro”, Julio Ernesto Badillo “El Chaparro”, Rogelio Luna “El Dildo”, Eder Lazcano “Lazca” y Ángel “El Padrino”. Puro chingón, de todos creo ser el más cuerdo. Llevan mi cuerpo a lo alto de una montaña, en medio de un vasto desierto. Me reconstruyen poco a poco, llenan mis venas de aguardiente, mis pulmones con humo de cigarro, todos cooperan con fumarolas, en la cavidad de los ojos me ponen dos fogatas, ahora alumbro la noche con mi insomnio, si cierro los ojos me quemo, me han vuelto a bautizar como El Arlequin, lo han hecho con lava bendita. Tengo sed, les digo, entre hombros me acompañan a la primera parada, un table de mala muerte, de esos que 106


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acostumbramos en Avenida Central. Coral se sube a la pista y empieza a bailar, nosotros bebemos y fumamos, me recupero poco a poco, me acomodo la cabeza para que no se vaya a descocer, ellos aplauden y echan gritos, la chica se desnuda, me avienta su tanga, la engullo con placer, se acerca, le da un beso a Dany Boy. Mis amigos piden un privado pero como siempre escasea la lana, no hay para todos. El Perro convence a una chica que se lo haga de a grapa, es un desgraciado, sabe cómo vivir, después como de media hora sale bien cogido, con una sonrisa de oreja a oreja, a la muchacha se le nota con las mejillas rojas, por la cogida o por el pudor, quién sabe. El Chaparro opta por ir a otro putero más barato, todos accedemos. Caminando a las tres de la madrugada vemos de lejos el Eclipse, un lugarcito pequeño y acogedor, entramos, todos nos saludan con cortesía, nos ofrecen tequila, pasamos a ver. Nos sentamos en una


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mesa muy cerquita de la pista, viejas muy viejas, pasadas de tueste, dice Lazca, estamos pensando en retirarnos, a nadie se le ha parado, no hay con qué. De pronto, una música estruendosa empieza a sonar, a la pista sube una gordita, güera de pueblo, se mueve como licuadora, la lascivia sale como sudor por todo su cuerpo, se acerca a nuestra mesa, me sostiene la mirada y todos mis camaradas empiezan a chiflar y echar carrilla. ¡Cámara pinche compadre! La mujer se acaricia, se aprieta las chichis, toma mi cerveza y con la otra mano me toma de la cara, siento que mi cuello se separa, empiezo a mamar con desesperación su pezón mientras ella vacía la cerveza en su cuerpo, me chorrea de alcohol, sigo con destreza chupando, siento cómo su cuerpo se estremece. El tiempo se acaba cuando derrama por completo el contenido de la botella. Mis amigos están realmente enloquecidos, se carcajean, aplauden, gritan. Sol se llama la puta. Empieza otra 108


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canción más lenta, serpentea entre nosotros, nos pasa los brazos por el hombro, agarra de la corbata al Padrino, lo somete, éste está rojo, con las venas saltadas siente el ahogo pero no le importa, sentada en sus piernas se menea, le acaricia con la otra mano los huevos, es una experta. Cuando lo deja se sube a la mesa, nos baila, los otros clientes no lo pueden creer, están emputados, pero nosotros nos encontramos hipnotizados por esa gorda chaparra, tan puta como ninguna. Se agacha un poco, sobre Piolín posa un pie, lo agarra de los cabellos y lo sumerge en su sexo, se está dando un festín de gonorrea, sífilis y herpes, pero no tiene mayor importancia, de hecho, tan cochino es que cuando se separa de ella alcanza a arrancarle de una mordida unos cuantos pelos. Nos morimos a carcajadas, no lo podemos creer. Al terminar su baile, Sol nos plantea la idea de un “buffet”, por mil pesos se sube a la mesa de a perrito y le podemos hacer lo que queramos. Le decimos que ya no nos alcanza, nos


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responde que se ha enamorado de nosotros y que nos quiere coger, uno por uno o en bola, le vale madres. Le ofrecemos quinientos varos. Poco después nos meten a un cuarto privado, nos sentimos narcos, Sol se encuera otra vez, se pone en la posición prometida y “Atásquense que hay lodo” nos grita, por un momento nos quedamos inmóviles, nada más observándola. Rogelio es el primero que se levanta y le da unas nalgaditas, mordiéndose el labio inferior, ahora yo soy el que agarro una botella de cerveza y con rudeza se la clavo en la raja, ella grita de dolor y aprieta al sentir el vidrio frio, pero no se queja en realidad, al parecer lo disfruta. Lo saco con rapidez, no quiero que genere alto vacío y se la trague. El chaparro prácticamente me avienta, se sube a la mesa, se saca la verga y se la mete mientras dice que ya no aguanta más. Yo en cambio me pongo delante de ella, la veo con los ojos cerrados, frunciendo el ceño, con la boca apretada, 110


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no gime, pero puedo deducir que algo le duele o le desagrada, no me importa, igual me subo a la mesa, me bajo el cierre, se la ofrezco para que se la coma toda, ella agarra mi verga al momento de sentir que le acaricia el rostro, se lo mete a la boca, y empieza a chupar, los demás están viendo mientras toman su cerveza, le acarician las tetas o le dan de nalgadas. Después de un rato el chaparro termina dentro de ella, yo detengo su ocupación, la dejo con la boca abierta y le ordeno que se acueste de espaldas, me le encimo como si estuviera cabalgando al revés a un caballo, se me antoja una rusa, lo cumple a la perfección, yo tengo que apretar sus senos porque a los otros depravados se les ha ocurrido ocupar de buena manera las de Sol, El Padrino es el segundo que le mete la verga en su boca. Al final, los cuatro acordamos sincronizar el derrame, lo hicimos uno por uno en su boca, Lazca fue el último en cogérsela. Los quinientos pesos mejor aprovechados de nuestra vida.


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Nos salimos del Eclipse. Terminamos la jornada en el Excalibur. Una botella de Ron barato, más viejas, el que pagó todo a partir de ahí fue El Perro, fue a sacar del banco, lo acompañó uno de los matones del table, cuando volvió los demás ya habíamos mojado nuestra brocha, los culitos ahí estaban decentes. A mí se me antojó una chaparra morenita, de sonrisa tierna, mirada confusa. Platicamos un rato, cosas banales, su novio, la triste vida, ella no quería terminar así pero su familia, y el hijo que la esperaba en casa. Soñaba con tener su estética, cortar cabello y arreglar uñas, antes de que se callara para pasar a mamármela tuvo que confesar que seguía ahí por el desmadre, por el alcohol, las drogas y los jóvenes como yo, que de vez en cuando la salvaban de tratar con rucos gordos, cerdos, groseros y briagos. La verdad es que yo no noté diferencia alguna entre los señores que describía y yo. Tal vez intentaba halagarme. En el privado, 112


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después de una buena presentación y un moderado cruce de palabras para conocernos, todo salió como esperaba. Durante las primeras canciones se mostró retraída, me decía que yo no podía desnudarme, no por completo dijo después, cuando subimos a un ritmo decente el tono de nuestro manoseo, ella cedió, le dijo al matón de afuera que le diera chance, me pidió trescientos pesos, le dije que no los tenía en ese momento, que se los pagaría después, cuando se dio cuenta ya se la estaba metiendo, no pudo decir que no, sus manos hacían presión en el espejo. Yo me observaba empujarla una y otra vez, ella aguantó los gritos ahogándolos en la garganta, después me sentó, se montó en mí, de espaldas, se movió en formas circulares, levemente se apoyaba en mis piernas, yo mantuve mi espalda pegada a la silla, disfrutando del panorama. Desde el ángulo de mi vista su culo se veía fantástico, sus movimientos dibujaban siluetas psicodélicas, trataba de cerrar mis ojos para enfocar mi placer en el


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pito y lo que este estaba sintiendo al estar adentro y ser manipulado con tanta experiencia, pero el condón mutilaba demasiado al tacto verdadero. Me excité de sobremanera con su figura, no aguanté mucho, me vine y fue lo peor que pude haber hecho. Ella se volteó perdiendo ya cualquier regla y ética de su sitio de trabajo, nos besamos hasta que se terminó la canción en curso. Después de vestirnos y pasar a la mesa, cuando llegó Emmanuel le pagué lo acordado, ella se paró enseguida y fue a dárselo al guardia de los privados, íntegro. Ella había cogido por placer. Platicamos un rato más y ya que se le acabó su copa tuvo que despedirse de mí. Cuando me detuve para ver la hora mi reloj marcaba poquito más de las siete y cuarto de la mañana. El metro ya estaba abierto, podíamos regresar en paz a nuestras moradas. Al caminar sobre las calles, a plena luz del día, la gente se detenía para vernos, 114


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sabían perfectamente que éramos espectros nocturnos, que le dábamos vergüenza al alba. En el metro no se aguantaba la peste de nuestro aliento y nuestras ropas, una combinación de líquido orgásmico femenino, alcohol, tabaco, saliva seca y dientes sucios. La gente más sensible se salía, diciendo maldiciones que apenas percibíamos. Nos seguíamos riendo, recapitulando lo que había pasado en la noche. Algunos metiches paraban la oreja, unos reprobaban nuestros actos mientras otros se reían de lo que platicábamos. Cuando llegamos a San Lázaro todos nos separamos. Danny Boy y yo acordamos ir a comer unos tacos para desayunar, una rutina habitual en nosotros. Nos fuimos directo a los Chupas, debajo de un puente devoramos unos cuatro tacos y un refresco. Además de nosotros también estaban un trío de fresitas, dos mujeres y un hombre, por su aspecto acababan de


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salir de la fiesta también. Mientras las mujeres hablaban de pendejadas como ropa de moda o música fresa, el tipo alardeaba de lo que se había gastado la noche anterior y de lo que habían tomado. Gritaban y reían descontroladamente, no podía disfrutar de mis pensamientos mientras masticaba la carne y la tortilla, trataba de no tomarlos en cuenta. Mi amigo no aguantó más, azotó su botella de coca cola y fue directamente hacia el sujeto. Desde que lo conozco es así, un boxeador reprimido. Lo conocí en la secundaria, era repetidor de ciclo. Recién entramos a primer año y él ya había intimidado a más de la mitad del salón. Estuve presente en varias de sus peleas, apoyándolo por diversión y compañerismo. Golpeaba a diestra y siniestra, por todo y para todos, no le importaba que fuera su pelea, él se metía en los problemas de los demás con tal de partirle la cara a alguien. El desgraciado siempre salía airoso y esta no iba a ser la excepción. Se posó delante 116


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del junior, lo vio unos segundos de frente mientras el otro trataba de descifrar el porqué de su intimidación. De un zarpazo le tiró el plato con los tacos, le dijo entre dientes que ya lo tenía hasta la madre con sus pendejadas, lo aventó y lo tiró de nalgas, el fresa temblando se paró queriéndose hacer el valiente, no sabía en lo que se estaba metiendo. Yo veía el espectáculo masticando mi desayuno más a gusto y dándole un sorbo a mi refresco con más ganas que hace unos momentos, las tipas estaban con el ojo pelado, todo pasaba tan rápido que les era imposible reaccionar siquiera con gritos o tratando de separarlos, los taqueros se quedaron mirando de igual manera, parecía que la calle entera con carros y transeúntes se había detenido. Podía ver en la cara de Daniel su excitación y placer por impactarle los puños en el rostro, por esquivar los lánguidos golpes que el otro soltaba, por tirarlo una y otra vez, por sorrajar patadas en su cuerpo tumbado, enroscado como el caracol en el momento


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de sentir la sal sobre su piel. Cuando ya no hubo respuesta alguna, dejamos el dinero sobre la esquina del puesto sin preguntar cuánto era y nos echamos a correr, las sirenas de la patrulla habían empezado a sonar. Al parecer las chicas huyeron del lugar y encontraron a unos polis. Corrimos sin control y sin dirección, carcajeándonos como niños chiquitos después de hacer una travesura, mi amigo no podía aguantar la fuerza de su corazón, tenía los ojos desorbitados. En el final de nuestro escape, en un callejón baldío, mientras yo descansaba de la agitación por correr, él seguía haciendo ademanes de luchador, diciendo que quería volver ahí y otra vez partirle la madre, una y mil veces más. Nos fumamos un cigarro, después tuvo que vomitar su comida. Todavía no quería llegar a mi casa, después de dejar a Daniel en la suya, fui a dar una vuelta más al metro, me sentía melancólico. Mi chica no me había 118


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marcado y ya pasaban de las doce del día. De vez en cuando me quedaba en los andenes de cualquier estación mirando a las hormigas con traje de obreros, a las familias que iban de paseo, escuchaba atento la música de las voces y los sonidos cotidianos de las cucarachas con zapatos. Miles de personas ocupaban los vagones para llegar a su destino y, en cambio yo, me refugiaba en lo subterráneo para huir un poco más del mío. Eran casi las cuatro de la tarde y yo estaba parado enfrente del psiquiátrico donde se hallaba internada Lorena. No sabía si pasar, me mataba la incertidumbre de encontrarla en un mal estado. Tal vez ya no pudiera reconocer mi rostro, quizá se encontraba viajando en otra galaxia y el recuerdo de lo que fuimos en el pasado se había esfumado. Me aventuré a preguntar por ella, me dijeron que casi estaba por terminar el horario de visitas, la mujer que me atendió también me mencionó que ya nadie venía a ver a ese paciente, le dije


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que era un viejo amigo de la infancia y que apenas me enteraba que ella estaba en ese lugar. Me dejó pasar a regañadientes, sólo quince minutos, me advirtió. Esperé un poco a que llegara, la sala en donde estaba se hallaba casi vacía. Cuando la vi entrar de reojo, pude detectar que al ver mi figura se detuvo por un instante, titubeó, después empezó a caminar con la naturalidad de un enfermo dopado. Se sentó con la mirada agachada, a veces temblaba, movía las manos dibujando siluetas irregulares, a pesar de todo la notaba tranquila. Ya no era la misma niña que yo conocí, su rostro lucía demacrado, su cabello maltratado, las uñas de sus manos estaban cortas y podía notar algo de mugre, lo único que conservaba de aquella época eran sus ojos de jade, los mismos que ahora me veían con un rencor indescifrable. Era como si supiera que me odiaba por algo pero no sabía por qué, su cerebro no lograba recuperar aquellas conexiones que delataran mi participación 120


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en el inicio de su desgracia. Mi primer impulso fue tomar sus delgadas manos y arroparlas con las mías. Susurrando le ofrecí un sincera disculpa, ella solo emitía un débil sonido parecido a un maullido, babeaba con delicadeza. Volteaba a los lados y al parecer no reconocía el lugar, era una extranjera en su propio cuerpo, se desconocía por completo, de Lorena no quedaba nada allí adentro, o eso creía. Mencionó a Dante, creí que se refería a aquel poeta italiano que iba y venía del infierno cuando le complacía. No supe que contestarle, en seguida me dijo que su hijo, que nuestro hijo, también había librado a la muerte en el infierno y de vez en cuando la visitaba. Yo no estoy loca, continuó, yo sé muy bien que mi hijo sacrificó su vida por mí, que murió hace mucho, pero él se aferró a este mundo, lo hizo por mi amor de madre y por su amor de hijo, un lazo que no se rompe nunca, lo bauticé como Dante porque ha logrado burlar el castigo eterno de Satanás. A veces sonreía como si estuviera a su lado, le guiñaba el ojo. Le


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mencioné que me gustaba el nombre, que había elegido bien. Traté de preguntarle acerca de su estancia en la casa de lunáticos, no me dijo mucho, la comida era buena, según ella, y la mayoría de los “vecinos” la trataba bien, tenía una amiga que manchaba las paredes con popo. Imaginé a una poetisa incomprendida escribiendo versos preciosos, impregnando los pasillos del manicomio de belleza y olor a mierda, humedeciendo la corrosiva punta de su dedo con los desechos de su desayuno, metiéndose la puntita en el ano, haciendo girar el hueso para que quede bien empapada la yema mientras acomoda con cautela las palabras dentro de su distorsionada cabeza. Me contó también que tenía un novio francés, o canadiense, no sabía bien, que la trataba como reina, que de vez en cuando se encontraban en el jardín y platicaban. Él también veía a Dante, jugaban con el niño. La escuché atento, sin perder ningún detalle, durante la plática 122


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nunca cambió de expresión, no mostró ningún sentimiento, cuando su mirada se cruzaba con la mía era como si estuviéramos separados por un cristal de muchas dimensiones, cada uno en su espacio y su lugar, habitantes de constelaciones diferentes, yo la tocaba y ella posiblemente me sentía pero en realidad no estábamos ahí. Los guardias llegaron y sin avisar la levantaron y se la llevaron. Antes de que se desapareciera por completo le grité que la volvería a visitar pronto.


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CAPÍTULO VI Fue en un abrir y cerrar de ojos, de la noche a la mañana, tan efímero como un chasquido, más rápido que puchar el interruptor y ya tener un sol en casa. En mi cuerpo metafísico se empezó a gestar una revolución, un ataque de lucidez, empecé a saltar impulsado por movimientos espasmódicos, mi colchón se convertía en un lienzo del tamaño del universo mientras yo flotaba jugando con las galaxias, poniendo aquí y allá estrellas y esferas, nebulosas constelaciones. Volteaba a donde fuera y ahí me encontraba, repleto de espejos y otros yo, compartiendo mis memorias y gustos, malgastando los 124


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segundos. Nos besábamos en una orgía cósmica, amándonos con todos nuestros defectos y nuestros errores, sabíamos perfectamente que no éramos los mismos aunque pensáramos igual. De un momento a otro nos fundimos, yo y mis otros yo infinitos. De repente tenía mil dedos en las manos y en los pies, ojos por doquier, tenía por estrellas corazones y mis intestinos se formaban de hoyos negros, mis métodos de escape más antiguos. Mis brazos y piernas tenían la forma de cadenas de asteroides, mis cabellos parecían hechos de nubes estelares. Absorbía la vida desde la profundidad del respiro de todos mis poros, me había convertido en el universo entero, ahora yo era el contenedor de materia, espacio, tiempo y energía. Desde mi altura, con los ojos hacia adentro, podía ver a Dios inmiscuido en mi interior, él era uno más de los habitantes de mi creación. Sin mí proceder no sabía cómo hacer las cosas, se le notaba su cara de asustado, atolondrado, me preguntaba qué era lo que


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seguía, qué pasos daba o hacia a dónde se dirigía. Tomando su buen ejemplo no respondí, me hice el sordo y gracias a eso me construyó un templo, me adoraba y todas las noches me rezaba, un buen día me cansé de él y lo maté. Si, lo maté de muchas maneras: como cuando le dio cáncer de cerebro, o cuando le pegó el SIDA una prostituta, también hice que se suicidara tirándose al metro de la capital. Sufrió cuando una bandada de drogadictos lo golpeó y lo pateó hasta dejarlo bien muerto en un callejón, nadie reconoció su cuerpo ni lo buscaron, no lloraron por él, su foto no apareció en los envases de leche ni en los postes junto a las imágenes de algunas mascotas, cosas más importantes. También se lo comieron algunos vagabundos, lo hicieron el festín de una semana, lo saborearon hasta el último hueso, no dejaron nada, después lo cagaron, una cosa divina.

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El fin de su historia quedó muchos milenios atrás pero yo todavía lo recuerdo como un buen tipo, polvo eres y en polvo te convertirás, nunca maldigas en nombre del Señor, no desearás a la mujer de tu prójimo, bendice las fiestas, ten temor de Él. Al parecer decía muchas estupideces. Quien no maldice no es humano, más aun si no maldice a Dios. Sobre todo cuando el hastío existencial corroe las entrañas. Existen numerosas maneras de terminar con nuestra historia, el objetivo de vivir es tomar la decisión correcta, apretar el gatillo o esperar un infarto, aventurarse con los virus o quedarse en el centro del estallido de una bomba nuclear. Da igual, el día que empecé a disfrutar la vida fue cuando verdaderamente me dejó de importar – La vida, o quien sea. – Ya no me preocupaba por mí, ni por nadie. Si Dios ya no existía, yo tampoco, y viceversa. Las nubes se forman de vapor y al mismo tiempo se evaporan, en un momento están en lo alto y de pronto se


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desvanecen en forma de gotas, miles de cuerpos formados por lo que antes era solo uno. Mi camino lo empieza a dictar el viento, espero siempre una llamada telefónica que marque la diferencia, aunque sea un fraude, puede resultar una buena oportunidad para volver a empezar. A unos cuantos pasos de atravesar la meta es donde se siente el mayor miedo o incertidumbre, qué pasará cuando el sueño se haya cumplido, como cualquier profeta, más miedo a cagarla, se le tiene más miedo a acertar, adivinar o alcanzar el futuro puede resultar terrible. La búsqueda interminable en la que nos inmiscuimos desde que nacemos, muchas veces se torna interminable, y nos acostumbramos a quedarnos en el limbo de las pistas y los rezagos, la desidia, la conformidad, rascarse los huevos sobre el sofá, postergar la misión, el sendero que nos 128


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hará libres, y de repente, cuando estamos a punto de descubrir, terminar o realizar lo que con tanto anhelo nos hemos propuesto, una interminable serie de preguntas se echan en estampida partiendo de nuestra cabeza hasta hundirse, fundirse con las estrías y raíces de nuestra razón, esculpidas sobre un suelo infértil y baboso, movedizo, inseguro de su resistencia. Los pasos en cámara lenta hacen de la duda una tortura difícil de soportar. Ahora creo que ya nadie piensa en eso, no hay un detenimiento con sensatez en el pensamiento colectivo ni en el individual, la gente pasa y pisa y pesa como si nada, dentro de los pocos desubicados como yo estaban mis amigos Cesar y German, de vez en cuando nos reuníamos para conversar acerca de cotidianidades y cuestiones de análisis desde un punto de vista psicológico. Los tres teníamos formación analítica, Cesar y yo ya contábamos con nuestro título universitario


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y German estaba en proceso de concluir la carrera aunque nunca se le notó gran entusiasmo en ello. Nos reíamos de las masas, de la pueril televisión, tratábamos de encontrarle un porqué Freudiano a cada cosa que se cruzara por nuestra mente, la filosofía echaba festines con nuestras conversaciones entrecortadas por cualquier chiste o chascarrillo guarro y sin sentido. Su compañía era completamente diferente a las que yo acostumbraba, por una parte Cesar era un tipo de apariencia tranquila, con los ojos grandes, saltones y desorbitados, una boca prominente, con la que a veces al hablar también escupía y babeaba con disimulo, sus palabras eran como los de un mesías inmaduro, decía muchísimas verdades, pero también estupideces, de cualquier manera sonaba muy inteligente y atractivo su discurso. German era más chico que nosotros, tenía veintidós años cuando lo conocí, siempre mostrando esa parte alegre de su personalidad aunque por dentro se lo 130


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estuviera cargando la chingada, tocaba la guitarra y era habilidoso para hablar, era difícil que pudiera estar callado más de un minuto, siempre tenía algo que decir, ya fueran verdades o mentiras, inventos o experiencias, o un conjunto entre realidad y fantasía. Muchas de las veces estaba drogado, le entraba a todo siempre y cuando le suavizara un poco el duro sentido de su existencia. Nos convidaba a veces de su marihuana, no era tacaño. Podíamos pasarnos el tiempo riéndonos como idiotas y de un momento a otro volver a una plática seria y profunda. La mayoría de las veces yo me quedaba callado y los escuchaba atento, trataba de masticar y tragar con avidez toda palabra y contexto que me generara un nuevo conocimiento; sin embargo pocos recuerdos tengo de aquellas conversaciones. A veces creo que la filosofía de cada individuo no se recuerda, no se puede transmutar a un conocimiento que lleve por sendero un lenguaje, ni siquiera una lengua. La filosofía se vive y


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se experimenta con el paso del tiempo y los minutos, viaja presurosa por nuestra sangre y su comunicación es todo aquello que no se dice, sino lo que se observa, lo que se interioriza en silencio, como aquel suspiro que nace con los ojos cerrados, en lo alto de una pradera verde, con el cielo azul de testigo. El hombre sabio inhala la inexperiencia y la convierte en vivencia, pero no la recuerda ni la memoriza y de esta manera es imposible que la llegue a comunicar de forma correcta, más aun a sus seres queridos a quien le importa tanto cuidar, que no se malgaste la relación, aquel amor puro y claro que lastima como el veneno de la serpiente más mortífera. Ellos no entenderían, hablo de aquellos que no tienen oídos porque nunca tuvieron ojos, ni siquiera sentido. Crecieron en lo alto de un árbol deshojado con las ramas enterradas en el culo, sintiendo el desgarre cerebral desde el recto, hipnotizados por cajas con contenidos brillantes pero 132


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huecos, programas con olor a mierda y pieles buenas, güeras tambaleándose de un lado a otro con su sonrisa estúpida y sincera y sus carcajadas de hienas, también tenía amigos de esos, la mayoría eran así. Me sentía un pseudointelectual de closet, tantas ideas y pensamientos cruzaban por mi mente y no podía expresarme como yo quería. Tantos conjuntos de palabras maravillosas perdidos o extraviados en esferas que no los merecían, al momento de su llegada a un templo vacío se esfumaban como fumarolas de tabaco, igual de dañinas y al mismo tiempo inofensivas. Incapaces de defenderse por sí mismas, las frases vagabundas merodeaban como gatos acechando un hogar abandonado. El cruce de una puerta rota y sus dientes podridos, la materia gris desgastada, el cementerio olvidado de las letras salvajes, sin dueño. Miles de tumbas y sepulturas caben en mi espacio, lo que no conservo es tiempo, ni materia, mucho


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menos energía, no me transformo ni me destruyo, mi evolución se hace con los mismos ingredientes, los insospechados poderes de un negro amanecer. De repente me podía materializar dentro de un putero, o un antro de clase, me despertaba sobre calles vacías, en la madrugada caminaba entre las avenidas, con los carros pasando de largo, al parecer no notaban mi existencia. ¿Qué hace un jamaiquino en el polo norte? Algo así se preguntaba Arjona. La mente de los incomprendidos es la más extensa, sabe a miel y a derrota, o al revés. La cruda verdad de madrugada, aguardando los placeres de la soledad, las lágrimas rotas, desquebrajadas sobre el pavimento con amnesia, la depredadora melancolía, no culpo a las fuertes tormentas por haber cambiado mis pies en abismos, no pretendo obligarme a ensanchar las habitaciones donde habito. Mas malgasto mis reproches en ahogos de difuntos, cabizbajo troto como un escarabajo 134


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fracturado, voy volando de pie, levitando como un santo, alzo los brazos para abrazarme pues yo mismo no me alcanzo, mis carcajadas se difuminan con la sequía de la mañana. Despierto y soy el mismo, hace falta rasurarme y cortarme el pelo, unos cuantos traumas han de caer, dejarse abandonar por uno mismo mientras otro arregla tus imperfecciones, desvanecerse como el pelo suelto al viento feroz y mordaz. Me lavo la cara con la ambición de un vagabundo ante un charco de agua puerca, me admiro las ojeras, hoy salgo a caminar como ningún otro, mis pasos han cumplido la metamorfosis.


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Capítulo VII Calamidades y cascajos surcan un suelo despedazado por pájaros apestosos y pisadas de gente que no sabe que ha nacido. Piensan que sienten y sienten que piensan pero en realidad no están del todo seguros. Hay veces que retengo los rostros de los muertos, los colecciono en un especial almanaque. Me sirven para poder decir que sueño, porque soñar es de vivos y de humanos. No encuentro otra conexión más sincera con el mundo, tomar a alguien de las manos no significa nada, ni siquiera una alianza. Soy sincero únicamente con la muerte porque ella lo es 136


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conmigo, no nos guardamos secretos ni nos decimos groserías, me ha prometido una cruz de cohete, un corazón radioactivo. Me ha dado un poco más de vida en honor a las faldas que no he levantado, estoy aquí para escuchar sermones épicos de gente reducida a masas, puedo pisotear lagartijas o gargantas, saborear el helado desde la boca de una fulana o incluso elegir la ropa para mi funeral. Para lo que no tengo tiempo es para mí, ni para mis libros, ni siquiera para mis letras, las horas se regalan así como los días. Los años son un compendio de sacrificios, de unos a otros, la vida se otorga como un banquete de bienvenida, no hay parcelas sin plagas ni gusanos. Las lejanías anidan en el destiempo, hay un horizonte inalcanzable que se expande en proporción del tamaño del deseo y la añoranza, esperanza desesperanzada, las clavijas de una pausa. Mi lengua arde entre paladares ajenos, las migajas de un


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día muerto se evaporan ante los ojos nublados, las tempestuosas tormentas de lo incierto rugen detrás de un edificio religioso, la soledad despierta entre los arbustos, no le asusta la luz ni los fuegos artificiales, busca el cuerpo decadente, echa raíces debajo de una banca, se dibuja en pieles resecas. Al final me abraza y al instante huye despavorida, no encuentra alma ni razón, extraña más mi voz que yo, también me he abandonado y estoy feliz conmigo porque ya no existo. Si aparezco en tu calle es por tu culpa. Si me ves y te sonrío has perdido la cabeza, se te zafó un tornillo. Hoy y siempre muero y vuelvo a nacer en tus adentros o en los míos. ¿Cómo es posible encajar en un mundo que ha extraviado las piezas de mi rompecabezas? Mi naturaleza es nómada, trato de asentarme, busco la manera de anidar en cualquier sitio, pero cuando lo hago me convierto en una especie de 138


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parásito, una sanguijuela que lo consume todo sin importar las consecuencias, acabo con mi espacio de forma súbita y al final desaparezco, preparándome para destruir mi próximo hogar. También padezco de aburrición crónica, esporádica y veloz. Me aburro muy rápido, incluso de las cosas, personas o actividades que alguna vez me gustaron o de las cuales disfrutaba. He llegado a cansarme hasta de mí, de la manera en que me levanto, de la forma en que me peino, de mi calzado y cómo camino, de la ropa que utilizo, de mi voz y mi mirada, de mi taza de café y los cigarros que me fumo, de mi malintencionada forma de pensar, de los perfumes que imagino con la nariz y las rosas que marchito. Hay en el aburrimiento una extraña forma de disfrutar la vida, desde el punto de vista del que se rinde, del que no da para más. No pienso que el rendido sea un perdedor, todo lo contrario, aquel que se rinde gana de una forma singular, pues prefiere, ante


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ciertas circunstancias, dejar de pelear por aquello que no tiene gracia ni consecuencias. Si, a veces es mejor voltearse, emprender el viaje hacia otro lado, porque el que se rinde tiene la posibilidad de empezar de mil y un formas nuevas. No se pierde, no se hace uno cobarde, de cierta forman nacen nuevos ojos, otros horizontes se yerguen ante uno, el sol puede salir desde cualquier punto cardinal, las posibilidades se hacen infinitas. Entonces, me quité el rezago de letargo de mi cara con unas cuantas cachetadas, decidí desnudarme para meterme a la ducha, hace mucho que olía mal, creo que había pasado bastante tiempo pensando en la asociación libre. Fui directo a la casa de Jimena sin avisarle, toqué la puerta un par de veces hasta que salió su mamá. Una señora de aspecto pálido, jorobada, todavía con su bata de dormir. Me miró de reojo, con suspicacia dejó que pasara a su 140


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sala en donde esperaría la llegada de su hija. Se tardó un poco al salir, la señora se sentó a mi lado, yo no sabía si dejar salir una sonrisa de cortesía o escupirle en la cara, su mirada era dura como el golpe de una roca, movía la boca con detenimiento y precisión, como si masticara perfectamente las preguntas que a continuación me haría para que no hubiese ningún error ni tartamudeo. No señora, conozco a su hija del trabajo pero yo no laboro ahí, no, aún no he conseguido empleo, me dedico a lo que me venga en gana, si quiero mañana puedo empezar a pilotear un submarino supersónico, sí, claro que estoy bromeando, ¿usted que creía?, me gusta su casa, es una mezcla de revoltijo temporal, no, ni siquiera yo sé lo que significa eso, simplemente digo que tiene cosas de toda época, como esa foto pegada a la pared en color sepia que está junto a su reloj de Bacardi, imagino que es de cuando era una niña, Jimena tiene sus facciones, ¿mi edad? Creo que he olvidado mis años en una fiesta, la semana


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pasada me desperté y olvidé la fecha de mi cumpleaños, podría tener cinco o quizá sesenta, perdón señora, me gusta contestar así porque quiero tratar de decirle que no importa quién sea yo o lo que aparente, lo único que le tiene que importar es que su hija disfrute estar conmigo, está bien, la próxima vez esperaré en la banqueta, no pretendo molestarla en su casa. Mire, acaba de bajar su hija, mucho gusto en conocerla. Espero no le incomode que la venga a dejar hasta tarde, tenemos cosas que resolver. Acompañé a Jimena a comprar algunas cosas al centro, tenía que organizar un pequeño proyecto para la capacitación de los nuevos empleados, conseguía chucherías para su dinámica. En el camino me hacía preguntas acerca de lo que yo quería para mi vida, cómo me veía en cinco o diez años, quizá veinte, le contesté que incluso en ese momento no sabía que 142


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era lo que quería, tampoco sabía adónde iba, simplemente la seguía a ella, como el náufrago que se aferra a su brújula ante la inmensidad de un océano infinito y repetitivo, que así era como veía a la vida o a mi existencia, que me sentía rodeado de olas regulares e irregulares, acordes al clima de mi perspectiva, que a veces se agrandaban o perdían su potencia, que en algunas ocasiones podía abrir los mares como Moisés para pasar desapercibido, para hundirme en mis adentros, que cuando llegara el atardecer empezarían a difuminarse mis planes y después la oscuridad de la noche mataría por completo los proyectos que había creado para empezar otros al día siguiente. Que quizá todas las noches yo también moría, que ya no era yo el del día anterior y ya no sería tampoco mañana el que era en ese momento. Todo se explicaba por una línea delgada y recta de sólidas contradicciones que se posicionaban y chocaban unas con otras para así formar leyes universales, como la moral y los valores, como lo que


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enseñan en las iglesias o en las escuelas, solamente que a mí no me importaba transmitir mi modelo de vida a los demás, que era mío y que no quería que otros vivieran como yo. Que también había empezado a cambiar la forma en que veía aquellos estándares sociales, porque a veces me ponía a pensar que nos habían engañado con todo eso del bien y el mal y que simplemente nos lo habían hecho ver al revés. Que la naturaleza dicta una cosa y que el ser humano en su estupidez la malinterpreta a su conveniencia, que en todo el reino animal se cometen crímenes de lo más infames y que no existe ley divina que los castigue, que así es y así debe de ser, que el ejercicio del poder por medio de la violencia es la forma más adecuada de llegar a un acuerdo de convivencia cordial y armónica y que nuestro raciocinio no nos exime de no apegarnos a ciertas normas, que los criminales son los seres humanos más normales y quienes los castigan o los 144


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odian son los anormales por la forma en que lo hacen, porque lo más fácil y natural es alzar un garrote y matar al desgraciado que ha lastimado a tus seres queridos, en vez de acusarlo con terceros que no han tenido nada que ver, por personas que creen en las leyes escritas por sujetos igual de estúpidos que ellos, leyes que se deforman de acuerdo a la conveniencia de unos cuantos, que no aplican para la mayoría de sus semejantes, personas que no les importa ni les interesa un caso ajeno, porque solo están ahí por apariencia, para ganarse el dinero que necesitan para cubrir sus imaginarias necesidades. Que la consolidación de mi yo real estaba en estado de transición, que primero necesitaba fortalecerme de una forma espiritual y metafísica para poder convertirme en materia orgánica y desechable. Ella sólo me escuchaba, asentía a veces con la cabeza o volteaba los ojos hacía otro lado, le ponía un poco más atención a sus compras pero a mí no me importaba, en realidad me daba igual a


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quien le llegaran mis pensamientos en forma de palabras, yo hablaba para mí en voz alta, como si lo estuviera escuchando de otra persona, de mi profeta favorito, como si mi mensaje fuera transmitido por la tele y la radio, para que mis palabras taladraran las mentes de personas como Lorena o Mario. De regreso a su casa en el metro, agarrándole la cintura, le seguía platicando, mi lengua era como una cloaca tapada que necesitaba el destapacaños preciso para soltarse, mi garganta era el túnel de fuga para mis frases que galopaban en estampida furiosa hacia un exterior desconocido. Ella a veces sonreía con expresión ingenua y me decía que era raro, que nunca había conocido una persona así, después de un beso indiferente cada quien volvía a lo suyo, ella a ver a la ventana del vagón y yo a despotricar oraciones sin detenimiento. Tiempo después caí en la cuenta que a ella lo que en realidad le preocupaba era que no veía futuro conmigo, ni siquiera 146


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presente, que estaba tan ensimismado en mí que ella no cabía en nuestra relación. Que lo que buscaba era casarse y formar una familia. Después de dejarla en su casa, de regreso, cerca del metro Pantitlán pasé por un lugar iluminado por luces tenues de neón color azul oscuro, como la noche de una playa coloreada por el reflejo de la luz del sol sobre la luna. Entré por curiosidad y por las ganas de disfrutar una cerveza. Un putero de mala muerte, eso era. Estaba rodeado de personas dantescas, personajes salidos de una película de terror que jamás se ha hecho. Me entretenía mirándolos a todos, además de estar contento por el precio de mi chela, podía darme el lujo de tomarme unas cinco con mi billete de cincuenta pesos. La mesera era una mujer robusta, con piernas de trompo de pastor, morena, de cabellos chinos, con los ojos pintados como tigresa, solamente podía ver de uno de ellos, el otro lo tenía blanco, como la neblina de


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una montaña lluviosa, labios rojo sangre, pechos anormalmente grandes, algo me inspiró en ese momento, cuando rozaba con intención uno de sus senos con mi rostro al servirme la primera cerveza, su perfume barato y desagradablemente dulce me sedujo, no sé por qué. Algunos soldados bailaban con las prostitutas al son de canciones norteñas, música de banda, un sonido asqueroso y repetitivo, letras estúpidas que incitaban al amor, las infidelidades, las fiestas y la peda pero de una manera tonta y hueca. Fumándome un tabaco me di cuenta de la hueva que me causaban esos sonidos venidos de cerdos vestidos como payasos con sombreros salidos de un chiste de vaqueros, acordeones, trompetas, guitarras y redobles de batería desperdiciados. La imagen de los militares metiéndoles mano a las putas era una mezcla de sensación triste y divertida. Cuántas vidas vacías, desperdiciadas en 148


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sueños generalizados, los estándares de un adormecimiento cultural colectivo dejaban sin aspiraciones individuales a la mayoría de los humanos. Había otros tantos sujetos desparramados en sus mesas, babeaban tratando de cantar sus canciones preferidas aunque ya no se les entendiera nada. En ese momento lograba darme cuenta de la alegría que me causaba ser como ellos pero tener ideas y pensamientos independientes, ellos eran grises o blanco y negro, yo estaba pintado con otros colores más vistosos desde mi punto de vista. La única que estaba teñida como yo era aquella mesera tuerta, y mi objetivo era descubrir su gracia, la chispa con la que ella se iluminaba, brillaba como estrella en un universo desolado. Mi mirada transitaba entre ella y los demás, llegué a pensar que aquellos no merecían ni siquiera ser asesinados, morían desde el momento en que asistían a misa los domingos y rezaban al borde de su colchón, después de dedear a sus putas llegaban a darle el beso de las buenas


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noches a sus esposas y a sus hijos y su costumbre era ir cada fin de semana a embrutecerse con sus amigos por la obligación social de hacerlo y no pensar. Esos eran los mismos que se enorgullecían de tener colgados en su casa los cuadros de su graduación o de su boda, de su bautizo y primera confirmación, que siguen a un dios solo porque así se lo enseñaron desde chamacos. Nunca se preguntan, nunca analizan, les gusta el futbol por herencia y también adoptan el equipo favorito de la familia, aparentan riqueza y creen que son humildes al decir a sus invitados “bienvenido a su pobre casa”. Con la tercera cerveza ya me sentía un poco mareado, comenzaba a transitar entre la neurosis del hombre moderno y el tan anhelado ser primitivo de impulsos descontrolados. Tan solo de ver moverse a esas dos piernas rechonchas ya la tenía dura, el vaivén de su caminar entre mesas 150


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me excitaba de manera salvaje. Sentía la necesidad de arrancarle su vestido blanco barato, de pegarle con fuerza en las nalgas, de tener encima a tanta carne, de morderla y arrancarle trozos de obeso placer. Vino a mi mesa, con la cadencia y seguridad de una princesa de cuento de hadas. Me sirvió la cuarta, le pedí que se sentara, que me platicara de ella, quería escuchar su historia como el niño que pide un cuento antes de dormirse. Estaba enfrente de mí, lejos del alcance de mis manos que temblaban por acariciarla y apretarla. Me contó de cuando comenzó a vivir de verdad, a los diecisiete años, gracias a la violación que sufrió por parte de uno de sus tíos, antes de eso no se acordaba de nada. Recordaba estar acostada, con la mirada fija en la ventana, sola en su cuarto, su mamá había desaparecido desde hace mucho, no sabía si se había muerto o simplemente se había esfumado. Su papá y los hermanos de éste barajeaban las cartas en el pequeño comedor del departamento que tenían en


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la Colonia Doctores. Bebían tequila barato, aun recordaba el olor, Charro Negro decía, solo lo reconocía en el aliento de los hombres. Se tomó unas cuantas cervezas conmigo, lo hizo para aflojar su sinceridad y contarme todo con detalle. Continuó con su historia: casi al finalizar la velada ya solamente quedaban dos de los cuatro que estaban, los otros se habían ido a sus casas tambaleándose, el menor de los hermanos seguía ahí, era plan con maña, lo había estado maquinando durante mucho tiempo, desde que vio a su sobrina convertirse en una jovencita antojable cuando la observó vestirse en su cuarto con la puerta entreabierta. Sabía que era prohibida por políticas sociales pero su verga dictaminaba otra cosa, algo más directo y sin tantas culpas. La libertad de coger con quien se le dé la gana, era ese pedazo de carne el que dominaba en el cuerpo del tío de la mesera y no su cerebro, también le gustaba la dominación por medio de la fuerza, la sumisión de su 152


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víctima, el sufrimiento ajeno, chingue a su madre la familia. Lo haría de una manera fácil, utilizando como herramienta de convencimiento el vicio de su hermano por las apuestas y su borrachera. Ella recordaba su casa llena de humo, como si se estuviera incendiando pero la culpa de aquella nata espesa en el ambiente eran todos los cigarros ya consumidos. Su papá iba perdiendo como de costumbre una buena lana, en el momento justo, su tío pronuncio la sentencia definitiva, la moneda en el aire que cambiaría la vida de la mesera para siempre. “Una última partida, si pierdo te regreso toda tu lana más dos mil pesos más, mi sueldo de este mes”, le dijo a su hermano, ella escuchaba todo desde su cuarto sin ponerle mucha atención. “Pero si gano” continuó “Me vas a dar a tu hija por esta noche”. Su papá sabía perfectamente a lo que se refería su hermano, lo conocía, desde chico era famoso por sus comportamientos perversos. Tuvo problemas con los adultos y autoridades en su niñez y adolescencia,


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lo expulsaron de unas cuantas escuelas por lo mismo. Empezó tratando de meterles lápices en el culo a sus compañeras hasta llegar a sangrarlas. Se escondía en el baño de mujeres cuando se escapaba de clases sin que los maestros se dieran cuenta, esperaba a que una niña entrara, dejaba que se bajara la falda y el calzón, en ese momento entraba con rapidez para empezar a someter a su víctima de cualquier manera, con empujones y golpes, como no podía llegar a una erección decente a los once años sustituía sus genitales por sus lápices, prefería el ano por ser un orificio más estrecho, más difícil de penetrar y que les causaba más dolor, se había especializado en su forma de violación gracias a que la mayoría de las niñas en un principio no denunciaba por completa vergüenza y la rapidez con la que cometió sus crímenes, uno tras otro, en unos cuantos días. De hecho, me contaba la mesera, no lo descubrieron por denuncias sino porque el 154


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idiota lo intentó hacer con una maestra que, casi igualada en fuerzas, pudo controlarlo, tuvo que salirse del baño de las maestras desnuda de la cintura para abajo, berreando, totalmente descompuesta y agarrando al niño perverso. El conserje la asistió y castigó de entrada al tío de la mesera con unos cuantos golpes. Poco después lo corrieron de la escuela y posterior a eso fue a parar a instituciones más parecidas a reclusorios que lugares de enseñanza. Se mezcló con gente de su calaña, junto con otras mentes como la suya perfeccionó más sus métodos de violencia, los retos le encantaban, ya no le interesaban las jovencitas de su edad y se le quedó la fijación de las mayores, no cometería el mismo error que hace unos años, había estado quieto por un tiempo, esperando el momento oportuno. Aquí se detuvo un momento la mesera, le dio un trago a su cerveza, me quitó el cigarro de los dedos y se lo llevó a la boca, le dio una fumada profunda, como si quisiera tragarse sus


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palabras junto con el humo del cigarro, lo expulsó, poco a poco, su cara se nublaba, al parecer ya no tenía aspecto de nada. Me pasó otra vez el tabaco, con su mano derecha se acomodaba el cabello y después apoyaba su cabeza en ella, mirando a las cenizas, volteando a verme de vez en cuando, le costaba trabajo seguir con su historia. Continuó, su tío regresó por la que fuera su primera víctima mayor que él unos cuantos años atrás. Después de haber cometido un par de ultrajes con anterioridad para prepararse. Se paró afuera de su antigua primaria, la vio de lejos, la siguió cuadra por cuadra hasta llegar a su casa, era de día, lo había estudiado para que todo saliera a la perfección. Tiempo después, de lengua en lengua, el suceso se comentaría por todas las calles de su colonia, sin remordimiento ni culpabilidad, para las personas como su tío, él era un héroe, un sujeto de admirar, 156


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así fue que supo su historia la mesera, desde muy niña sabía también quién era su tío, pero con la naturalidad de quien crece en un hoyo lleno de lodo, no le parecía algo fuera de lo normal. El tío de la mesera vestía una camisa blanca de mangas cortas con su corbata negra, un pantalón del mismo color y sus zapatos bien boleados, iba perfectamente peinado, con su rayita de lado, afeitado y olía bien, se había conseguido una biblia pequeña y la llevaba colgando de su mano derecha. Cuando tocó la puerta y la profesora le abrió, éste se presentó como el hermano Juan, le dijo que venía hasta su morada representando a la Iglesia Cristiana de las últimas lágrimas de Cristo, trayendo consigo la palabra de Dios y un mensaje importante para ella y para su familia. Al principio la profesora lo rechazó diciéndole que no podía atenderlo porque no había nadie más en casa y que tenía algunas cosas que hacer. Él le detuvo la puerta con la mano antes de que se cerrara por completo, le dijo simplemente que no le


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robaría mucho de su tiempo, que lo dejara pasar solamente cinco minutos, que lo observaban desde lejos y que si no podía por lo menos ser invitado a pasar a una casa lo regañarían fuertemente, que si quería no lo escuchara, que le regalara un vaso con agua y que lo más pronto posible se marcharía. La profesora miró con desconfianza ambos lados de su calle y aunque no vio a nadie, se compadeció del muchacho que tenía frente a ella y lo dejó pasar. Ya adentró, él cumplió con lo prometido, en efecto se tomó tranquilamente el agua que le ofreció la profesora, éste le preguntó por su nombre a ella, Lucia se llamaba. En la sala, ella se sentó en el sillón individual con las piernas cruzadas. La profesora era una mujer cuarentona, bella, de cabello castaño claro, con ojos aceitunados grandes y perspicaces, delgada, usaba anteojos de pasta gruesa, debido a su carácter nunca pudo casarse, era una mujer determinada, inteligente y dominante. En su trabajo 158


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sabía mantener perfectamente a raya a sus estudiantes y al mismo tiempo la mayoría la quería. Quizá eso precisamente fue lo que más le atrajo al tío de la mesera, poder sublevar a semejante calidad de mujer. En la bolsa del pantalón traía su lápiz, la veía con detenimiento, observaba cómo el sol de la tarde que se colaba por la ventana de la habitación, entre las cortinas, bañaba con suavidad la ropa que utilizaba Lucia, su suéter color rojo carmín y su falda que llegaba debajo de las rodillas color beige, todo liso, debajo llevaba una blusa blanca que resaltaba principalmente del cuello, arriba de su pecho. A la profesora le resultaba familiar la mirada del joven aunque no podía descifrar de dónde lo conocía, su aspecto jovial y sereno escondía a la bestia que realmente era. Le pidió de favor que hiciera su trabajo, que le leyera la biblia o lo que fuera que hiciera cuando alguien lo invitaba a pasar a su casa. Éste obedeció sin rechistar. El tío de la mesera no era nada tonto, era un sujeto calculador y


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seductor, hábil mentalmente y ágil para actuar, preciso y meticuloso, le encantaba lo que hacía y lo cumplía con gusto, había nacido para hacer sufrir a sus víctimas y disfrutar de ello. Ya desde hace un tiempo preparaba su escenario con cuidado y éste podría ser su obra maestra. En el juego, para la profesora habría una salvación, siempre y cuando no se acordara de él, si su memoria le fallaba, él saldría como si nada, en su papel de hermano Juan. De la biblia escogió Génesis 19, la historia de Lot y su familia. El texto no había sido elegido al azar, por el contrario, significaba el simbolismo de su juego, la vertiente que tomaría su historia en caso de que la maestra perdiera, una parte en especial, cuando la esposa de Lot al voltear atrás y ver la destrucción de Sodoma y Gomorra se convierte en una columna de sal. La profesora escuchaba atentamente pero algo extraño sucedía, aquella voz también le era conocida, su timbre tenía otra entonación pero estaba segura que ella 160


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conocía a aquel chico, empezó a ejercitar su memoria tratando de asociar cosas para poder llegar a reconocerlo. Él era más joven que ella, entonces lo más seguro es que lo conociera de la escuela pero al parecer tenía como dieciséis años, entonces, posiblemente lo conocía de hace tiempo, sí, era un viejo conocido. Abrió el baúl de sus recuerdos, retrocedió en el tiempo, de las generaciones que habían pasado por sus enseñanzas, de los ciclos que había concluido, con terror se acercaba poco a poco al eslabón faltante de la cadena, el chico continuaba leyendo el pasaje de su biblia: “…Entonces el SEÑOR hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego, de parte del SEÑOR desde los cielos; y destruyó aquellas ciudades y todo el valle y todos los habitantes de las ciudades y todo lo que crecía en la tierra. Pero la mujer de Lot, que iba tras él, miró hacia atrás y se convirtió en una columna de sal.” Empezaba a recordar, con los ojos abiertos al igual que su boca, el momento


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en el que un chiquillo entraba por sorpresa mientras ella trataba de sentarse en el retrete, sintió de nueva cuenta el estremecimiento del impacto, del lápiz en su culo y los intentos de su agresor por someterla, el forcejeo de sus cuerpos y el miedo y pavor que sentía aunque fuera un mocoso, sintió otra vez la orina correr desde sus genitales hasta sus pantorrillas, el momento en el que los dos salieron a la luz entre gruñidos y lágrimas, entre maldiciones y gritos. “…y la menor se levantó y se acostó con él, y él no supo cuando ella se acostó ni cuando se levantó. Así las dos hijas de Lot concibieron de su padre.” Lucia temblaba descontroladamente, no podía contenerse, el peor trauma de su estancia en la escuela, mucho trabajo terapéutico para superarlo, el ver con desconfianza a todos lados y a todas las personas, más aun a los niños. El tío de la mesera lo supo enseguida, su profesora había perdido el juego, su memoria la había traicionado, la 162


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gente nunca olvida como lo afirma Braunstein. Ya en ese momento Lucia estaba destinada a convertirse en columna de sal, por haber volteado hacia atrás, hacia su Sodoma y Gomorra personal, la perversión y la voluptuosidad la representaba perfectamente el tío de la mesera, nacido en aquellas tierras. Se levantó como su dios, lentamente se acercó a ella, le susurró al oído que su castigo sería ser petrificada a su manera y contexto, que no tenían mucho tiempo. La mesera solo mencionó que a la profesora la encontraron sumamente golpeada, que el examen forense dictaminó que había sido violada vía genital y anal, que encontraron trozos pequeños de madera en el recto, que cuando sus papás entraron ya más tarde a su casa la hallaron metida en el closet de su cuarto, sus manos estaban amarradas en el tubo, su cuerpo desnudo estaba cubierto de talco, pegamento líquido blanco ya seco y harina, también había sal en el suelo, un


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puño puesto adrede debajo de ella. Qué más hubiera querido el asesino haberlo hecho mejor. Al tío de la mesera lo encerraron en la cárcel por un tiempo, más o menos unos dos años y medio. Sus familiares movieron palancas, conocían bien al juez que lo sentenció, sus hermanos lo sacaron con sesenta mil pesos y una fiesta llena de putas y un selecto coctel de drogas. La velada ya se había terminado en el putero, eran las doce de la noche. Habían cerrado temprano por falta de clientela, esperé afuera a que saliera la mesera, yo seguía intrigadísimo por la historia que me contaba, antes le había dicho que no podía irme sin haber escuchado el desenlace. Me dijo que la acompañara a un hotelucho que quedaba a unas cuadras, dejé claro que ya nada más me quedaban diez pesos para mi pasaje, “¡Ay, por qué será que siempre me consigo a puro pinche muerto de hambre!” gritó la mesera mientras 164


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seguíamos caminando, yo no repuse nada. “Con suerte el dueño nos presta el cuarto de la bodega para que sigamos platicando” me guiñó el ojo y me agarró más fuerte de la mano, yo asentí con la cabeza regalándole una mueca tenue. El lugar apestaba a humedad y mugre, había insectos por doquier, cuando prendimos con trabajo un foco casi apagado empezaron a correr desesperados para esconderse. Había muchas cosas tiradas, cajas apretujadas y en medio un colchón mugroso, casi negro, roto y roído. Ahí nos acostamos como marido y mujer al llegar a su alcoba. Antes de la acción me terminó de contar su historia, que era por lo que más estaba excitado. Como me decía, ella a sus diecisiete estaba acostada en su cama, escuchando la conversación de su papá y su tío con indiferencia hasta que el último mencionó el trato de la apuesta final. Su papá dudó en contestar, no es que le importara mucho su hija, ni que tuviera


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algún tipo de resentimiento moral, no, claro que no, de hecho él fue quien de un golpe la había dejado ciega de un ojo, se lo echó a perder en una de sus borracheras, a los nueve, por haber derramado en el suelo el último vaso de su Tonayan. No podía darse el lujo de perder todo su dinero rechazando la oferta, se relamía los bigotes como los gatos ante un platillo de leche suculento, toda su lana más dos mil pesos más, pensaba la manera segura de ganarlos. Todos en su familia eran tramposos por naturaleza, su hermano también jugaría con algún tipo de truco, estaba seguro de eso. Aceptó la apuesta, la mesera empezó a escuchar a alguien barajear las cartas, repartirlas, poco después se escuchó muchísimo ruido, los dos estaban encabronados y se empezaron a pelear, alguien había descubierto la jugarreta del otro, ya no podía distinguir quién era quien. Se acurrucó entre sus sábanas para taparse completa, cerró los ojos con fuerza. Los 166


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vasos se estrellaban contra el suelo, la mesa seguramente ya estaba tirada, las sillas, el alcohol, sí, el alcohol, de repente una botella se había hecho añicos contra algo. Un silencio sepulcral cubrió su pequeño departamento, solamente lo opacaba una frágil respiración agitada, apenas y se alcanzaba a escuchar. Una silueta abrió la puerta de su habitación, seis pasos le tomó llegar hasta la cama donde estaba la asustada mesera. Se bajó el cierre, se desabrochó el cinturón, quitó la sábana con fuerza y rapidez y ahí estaba ella, su premio prometido, ya había trasgredido la mayoría de las normas morales, solo le faltaba cruzar la barrera de la máxima prohibición familiar y qué mejor victima que su sobrina. Ella no pudo resistirse, es más, muy en el fondo me confesó, no quería hacerlo, forcejeó con él por protocolo, para que la chispa no se apagara, pero lo disfrutó casi tanto como él, algo en ella había despertado esa noche, mientras su tío despedazaba su calzón arrancándolo de sus piernas,


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mientras se la encajaba reiteradas ocasiones por vez primera, sentía cómo sus cavidades le habrían paso como corte de la realeza al miembro animal de su agresor, sentía cómo el líquido orgásmico corría desde la profundidad de sus adentros hasta explotar empapándolos a los dos, como una presa que se rompe ante las insistencias de una tormenta demencial. Le masticó los pezones hasta dejarlos deformes, la golpeo en la cara con el puño cerrado, mientras se la metía por atrás le daba puñetazos en las costillas, le rompió unas dos de éstas. No faltó el ritual del lápiz, su tío casi se había olvidado de él, era la mejor cogida de su vida. Se lo metió dándole vueltas, ella acostada sobre su cama con el culo al aire, su estómago y pecho pegado a sus piernas, como si estuviera recibiendo la inyección más placentera de su existencia, su llanto y terror en su rostro era pura actuación, el desempeño glorioso de una actriz que disfruta de su papel. Al finalizar, la volteó 168


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de su posición, la agarró de la quijada con fuerza y le dio un beso brutal, masticaba con sus dientes lo que se le pusiera en frente, le había arrancado parte del labio inferior, lo mismo hizo con sus genitales, los masticó por largo rato, ella trataba de ahogar los gritos en su garganta pero parecía una tarea imposible. No lo soportó más, su tío terminó derramándose en su cara, le dio una cachetada que la tumbó en el colchón de nuevo. Cuando estaba a punto de irse ella se levantó apresurada, al salir de su cuarto vio a su papá tumbado en el suelo con la cabeza destrozada y vidrios de los vasos y la botella regados por todas partes, corría un río inmenso de sangre. Su tío confiado nunca más volteó a verla, sólo sintió la primera puñalada, el metal frío desgarrando piel, musculo y pulmón izquierdo, ella se le abalanzó y lo tiro boca abajo, en el suelo le dio otras veinte puñaladas más o menos.


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De igual manera estuvo metida en el tambo unos tres años, sus otros tíos la sacaron. Al momento de salir ya había subido considerablemente de peso. De su bolso sacó una foto de ella en su fiesta de quince años, nada parecida a la mesera de ahora, en la imagen se veía a una niña menuda, de finas facciones, bonita, sencilla. Sacó un frasquito delgado color dorado después de guardar su foto, en la uña larga de su dedo meñique vació un poco de perico, lo inhaló. Se montó en mí, me bajó los pantalones y se alzó la falda, se metió mi verga lentamente, sus labios se sentían rasposos al principio, imagino que por lo que me había contado, de vez en cuando trataba de hallar mi verga pero entre tanta carne me pareció imposible. Me asfixiaba con su peso y sus movimientos, a veces circulares, a veces verticales. Después posó sus manos en mi cuello directamente, apretó levemente al principio. En ese momento me confesó que ya en ese cuarto había matado a un par de 170


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clientes, los que tenían aliento de tequila barato, en especial de Charro Negro, en una señal de ofrenda para su familia, más para su tío y su papá, “…dos hijos de puta que me aventaron a la vida de una forma singular”. Yo trataba con desesperación de quitarle las manos de mi cuello pero cada vez apretaba con más fuerza y sentía que entre más apretujaba ella, mi verga se ponía cada vez más dura, parecía un tubo de metal caliente ardiendo en la vagina mordisqueada de la mesera, ella gritaba y jadeaba con más fuerza, yo sentía que las venas de mi cara en cualquier momento explotarían, mis ojos ya estaban saltados por la presión tan fuerte, lo último que sentí fue haberme venido dentro de ella en el episodio de un orgasmo único y explosivo, como si hubiera tenido suficiente líquido para haberla inundado por completo.


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Capítulo VIII El viento amaneció colmado de suelo. El ambiente olía a lagrimas podridas. Al salir de mi escondite pude contemplar con unos ojos más vivos la resequedad de las calles. Hace unos días había estado al borde de la muerte gracias a las manos rechonchas de una marrana maravillosa. Aquella fémina dejó marcado mi cuerpo de una manera especial, aun la sentía moverse sobre mí como anguila electrificando cada órgano, como el miembro fantasma de los que sufren amputaciones. Mi sexo seguía sus huellas, tan solo de pensar en sus humedad se me paraba con la fuerza de una piedra. Toda 172


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ella era una sublime contradicción: su cuerpo completamente imperfecto encajaba con singularidad sobre su personalidad forjada de oro. Era un monumento espantoso por fuera e inigualable en su interior, como un chocolate amargo y rancio que guarda un relleno suculento para el paladar que lo sabe apreciar. Claro estaba que, como en todas las ocasiones, la belleza carece de generalizaciones y anatomías establecidas, a menos que una sociedad adopte como tal algunos parámetros de estética. Mi musa, por ejemplo, era solamente una mesera gorda a los simples ojos miopes de los seres noctámbulos que acudían a ese putero. Por el contrario para mí podía ser una diosa extraviada, Venus en su máxima expresión, poniendo pruebas contundentes a la percepción humana de que la belleza se encuentra en el interior. Su naturaleza sicópata era la esencia de aquello, la forma en que la vida


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había moldeado su escultural personalidad hacia que quisiera estar cerca de ella para empaparme de experiencias limítrofes y extraordinarias, vivenciar mortales acontecimientos para que el corazón se me saliera de alegría o me lo sacaran como si fuera protagonista de un sacrificio azteca en nombre de la locura. Desde ese momento supe, cuando me dio oportunidad de seguir viviendo, que de igual forma ella había visto algo especial en mí, si hubiera sido cualquier otro pelele mi última fotografía habría sido la de las portadas de los periódicos amarillistas mostrándome estrangulado y ultrajado en el sótano de aquel hotel. La primera vez que le hice el amor a Jimena no podía dejar de pensar en la mesera. Fue unos meses después, el olor de su menstruación lo percibí desde que di vuelta en la esquina de la calle donde se encontraba su casa. Mi hembra estaba en celo y mi instinto lujurioso respondía a ello, 174


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no lo podía evitar, entre más extraño fuera el momento mejor y con mi novia, aparentemente normal, empecé así. La trabajé desde el metro, se me facilitaba decirle cosas bonitas al oído y ella respondía con una sonrisa tímida, luego, mientras la tomaba de la mano, le acariciaba lentamente su palma y sus dedos, esperando al gusano en el andén me ponía detrás de ella para abrazarla y darle un arrimón sutil, la besaba con una lentitud certera, con la paciencia de un monje del Himalaya trazaba una ruta perfecta con mis caricias sobre su cuerpo, sus puntos débiles cedían y ella se estremecía, suspiraba como los moribundos, sentía desvanecerse, derretirse entre mis abrazos. Se sorprendió un poco cuando vio que habíamos llegado a la entrada del hotel pero no dijo nada. Sus pasos eran firmes y determinantes, hice que pagara con la condición de que le rembolsaría la mitad después. Su pena se había extraviado en alguna parte de nuestro viaje sicodélico, al parecer ya no le


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importaba el sangrado, tal vez le emocionaba de igual manera la idea. Al principio el asunto fluyó con normalidad, nada fuera de lo común, le quite la ropa con lentitud aunque en mis pensamientos deseaba romperla con mis manos, con los dientes, la besaba cuando la quería morder, la acariciaba deseando rasguñarla y golpearla, sueño y realidad se contraponían abriendo dos brechas que serpenteaban chocando entre sí, hasta que no aguanté, le di un mordisco en el pezón que la hizo gritar y apartarse bruscamente, me reclamó, estaba enojada y atemorizada, solamente le dije que tanteaba el terreno, que tal vez le gustaba pero me lo negó rotundamente, me acerqué hacia ella con una sonrisa de goce y culpabilidad, le dije que no volvía a suceder y comenzamos otra vez. Ya en la cama la penetré sin sabor, parecíamos estar en una película blanco y negro, todo alrededor de nosotros era gris y eso nos devoraba, ella cerraba los ojos sin saber 176


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qué hacer o cómo responder, gemía con la originalidad del gallo que canta por las mañanas, se movía acartonada, la química no reaccionaba. Me harté, la levanté con fuerza de los brazos y la azoté sobre la cama, le mordí un labio mientras la jalaba de los cabellos, ella se quedó pasmada, “Vas a hacer todo lo que yo diga, sin rechistar” le dije mientras la ponía de espaldas a mí. Desde mi punto de vista su sexo tenía el aspecto de una cascada infernal, un río de sangre brotaba mientras le metía el dedo, podía escuchar un leve llanto saliendo de sus orificios, su cuerpo se estremecía con cada nalgada que le sorrajaba, me monté en ella tomándola del cuello, todo mi peso lo resintió pues no tuvo otra que hundirse casi por completo en el colchón. Le mordí una oreja mientras que ella trataba de ahogar su grito de dolor, la penetré otra vez, dando el primer tirón con fuerza, la levanté del cuello metiéndole un dedo en la boca ordenándole que lo mordiera, el daño hacía que se me pusiera cada vez más


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dura, no aguanté, la solté y me tiré boca arriba en el colchón, le ordené que se montara en mí y pusiera sus manos sobre mi cuello, que apretara con fuerza mientras se la metía. Al principio negó con la cabeza adoptando una mirada de extrañeza, como si me hubiera perdido por completo. “¿Pero qué te ha pasado?” me preguntó, solamente me limité a decirle que no había pasado nada, que siguiera con el juego. Y así fue, puso sus manos en mi cuello y me ahorcó con fuerza, al instante sintió la dureza de la erección y gritó, se empezó a menear rápidamente, yo sentía a mis ojos desorbitarse y a mis venas estallar, a ella ya no le importaba que casi me matara, gritaba y saltaba encima de mí apretando cada vez más su sexo y sus manos. Yo me encontraba en un estado de trance, a ratos veía en cámara lenta cómo mi novia se transformaba en la mesera rechoncha al compás de las sombras que cubrían la habitación. Un vaivén de rostros y cuerpos 178


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se colaban entre las rendijas de mis ojos moribundos, el placer se esparcía como marea viral, mis pulmones inflamados estaban dando las últimas. Me vine descontroladamente, ella también, le temblaban las piernas como ciervo recién nacido, gritaba como maldita demente, justo cuando estaba a punto de desmallarme, se dio cuenta de lo que hacía y al instante me soltó, horrorizada de mi aspecto se alejó mientras yo recuperaba el aliento. Era como si volviera a nacer, sentía el mismo vértigo que experimenté cuando me aventaron a esta asquerosa vida. Respirando agitadamente me volví hacia ella, vi de reojo mi cuerpo, mi sexo estaba completamente ensangrentado, las sábanas igual. Observé cómo Jimena se levantaba despacio, todavía tiritando, emprendió su camino hacia el baño y se encerró. Por mi parte hice como pude para recostarme sobre la cabecera, con un dedo recogí un poco de sangre de mi pierna y como si fuera caramelo líquido me la lleve a la


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boca, la chupe soltando al mismo tiempo una leve carcajada.

Capítulo IX Hay veces que el insomnio me acoge como un hijo desprendido del vientre de la madrugada. Adormezco a la vida, despierto en sueños, canto como las aves de rapiña, muerdo el anzuelo de profetas sin dientes, mastico astronautas y vomito galaxias. La podredumbre espera afuera, los sacerdotes avientan agua puerca a los rostros de sus ovejas, néctar divino que se consume como tabaco. Las estaciones cambian, nunca son la misma, los mismos gatos pero revolcados, en invierno nos venden al mejor postor, el escritor de destinos, de nacimientos y de muertes exactas, el plan maestro de un ser divino, divino pero puto porque nunca da la cara. 180


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Me desentierro y aparezco en un cementerio, soy nuevo en la existencia pero he llegado tarde, todo se ha inventado, hasta mi nombre. Trato de andar hurgando en la memoria de las lombrices, intentando ver qué es lo que ha sucedido durante mi ausencia y me doy cuenta que lo ha habido todo. Ya no queda ningún rincón vacío en este pinche mundo. Todo se ha dicho, ya no sobran las palabras ni faltan versos, la gente lo acapara todo, el ser humano es una falacia trascendental, nuestra especie vive y muere por sí misma, es un aparato en donde la boca y el culo están juntos. Me dan ganas de conocer a una inválida o a un ruiseñor, quiero platicar con un mudo y arrancarle una palabra. Se me ocurre cometer un crimen, matar a alguien para que me entamben. Quiero conocer a la mierda olorosa que habita en las alcantarillas de nuestras ciudades, me da igual el regreso del PRI o las muertas de Juárez, yo quiero codearme con las ratas,


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los robachicos, las moscas panteoneras y los extorsionadores, quiero recorrer cada círculo del infierno en vida y comunicarme con sus protagonistas. Camino por las calles atestadas de prostitutas, chulos y dealers, me fumo un cigarro para tranquilizar mis impulsos, mis agrietados y agitados ojos adoptan la agilidad de un halcón a la hora de cazar. Me animo por una morenita chaparra con aspecto agradable y a la vez salvaje. Mi llegada le es indiferente, el trato es rápido y directo, por cien varos una cogida, si le doy cincuenta más me la mama hasta que me venga, la puedo chorrear dondequiera menos en su cabello porque se lo acaba de arreglar. Ya en el cuarto la siento en la cama y le acaricio sus piernas desnudas, le digo que me cuente cómo es que ha llegado hasta aquí, para estar conmigo, me contesta de mala gana que si he venido a coger o a 182


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platicar porque no va a alcanzar el tiempo para las dos cosas con el dinero que le he dado. “No hay problema” le contesto “Tú platícame”. Al instante se acomoda y antes de empezar me notifica que no he sido el primero, que ha habido muchos clientes que ni se les para y solo quieren escuchar a alguien o que alguien los escuche. “En fin” suspira “Ay manito, mi historia es algo triste, yo nací en un pueblito pitero en el Estado, no vale la pena decirte el nombre, lo único que te puedo asegurar es que yo era requetepobre al igual que toda mi familia, tengo diecisiete años, los cumplí la semana pasada y la ando girando de putita desde hace dos años, poco más, poco menos. Un día a mi pueblo llegó el desgraciado que me vende, el que afuera te anda tomando el tiempo. Con toda su galanura me enamoró, yo en ese entonces era una chamaca estúpida, igual de pendeja que mi madre por creerles los chorotes a los desgraciados. Él me bajó la luna y las estrellas y además mis enaguas, ya sabrás”. Soltó una risita tonta y


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disparatada que me devolvió a la chingadera de habitación donde nos encontrábamos. “Como te decía, ese culero me enamoró y yo lo seguí hasta la capirucha, aquí merito donde me tienes, solamente que al llegar él no se esperó nadita en sorrajarme la jeta y explicarme de lo que se trataría el bisne, al poco tiempo llegaron sus amigos y una doña que les ofrecía comida antes de que empezara el “chou”. Me arrancaron mis ropas y me aventaron a la cama, se fueron turnando para violarme, al primero que se me montó lo guacarié todito, no pude soportar las ganas por su olor y su piel grasienta, no te creas que de donde vengo somos muy limpios pero ese pendejo se pasaba de verga, olía a lo que le sigue de la mierda. Me tocaron unos cuantos putazos que me aplacaron, yo no dejaba de llorar, ellos hicieron apuestas para ver qué tan rápido me desmayaba o me moría, con cada penetración de los marranos asquerosos yo sentía que mi cuerpo se 184


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partía en dos, que no soportaría más y sin embargo aguanté. Ellos descansaban, recuperaban fuerzas comiendo las garnachas de esa doña que tiempo después se convirtió en mi matrona, la condenada es buena onda, de vez en cuando nos hace el paro con esos güeyes para que nos podamos dar una escapadita si queremos ver a nuestros novios o irnos a dar una vuelta a algún parquesito y olvidar esta chingada manera de vivir, creer que soy de esas gentes normales que pasean de la mano con su familia. Pero bueno, el caso es que estuve más o menos unas ocho horas con los mismos pitos adentro, se puede decir que ellos me prepararon para lo que me esperaría. Al poco tiempo me enteré que estaba embarazada y tuve a mi niño poco después, nunca supe quién fue el padre de todos esos güeyes, nació prematuro, parecía rata el condenado, yo creí que se moriría pero aferrado a esta puta vida como su madre, sobrevivió. Ellos lo tienen no sé dónde chingados y sólo me dejan


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verlo de vez en cuando, el chamaco se le ve que no es feliz. Yo platico poco con él porque me la paso abrazándolo y besándolo aparte de que está todavía chiquito y es bien pendejito. Ellos me dicen que si intento cualquier mamada enseguida matan al chamaco y después a mí, es por eso que no me escapo o los denuncio, por mi Kevin, él qué culpa tiene de mis pendejadas. Y pues bueno, lo demás se cuenta solito, trabajo un chingo, me cojo a un chingo de güeyes y trato de sacar la lana que me piden para que no me madreen o le pase algo a mi hijo. He tenido algunas experiencias desagradables con un par de clientes que se quieren pasar de listos pero el José me defiende porque no le gusta que malluguen sus jitomates ¿Me entiendes?” Por lo que quedaba de tiempo le pregunto si sigue en pie lo de la chupada, sin decir nada se agacha y abre la boca.

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Ya afuera de la antesala del infierno, en donde una dulce cleopatra azteca acababa de pulirme a lengüetazos la riata, cuando hube saciado mis morbosas necesidades, sentí la extrañeza de no sentir nada, se me vino a la cabeza la posibilidad de que el universo de su boca me había absorbido por completo, como si sólo quedara el cascarón áspero de mi cuerpo traslúcido. Solamente por sentir algo, lo que fuera, al salir del edificio le sorrajé un tremendo madrazo en la cara al tal José, con un semblante recién perfumado de asombro y de diablo volteó enseguida la mirada hacia mí y sin pensarlo me devolvió el golpe con la naturalidad de alguien que entrega un cambio por algo ya pagado. No me defendí, al contrario, ponía la cara para que pudieran usarla de pera de box, porque luego se le unieron sus cuatachos, ya cuando estaba tendido en el suelo me despidieron con unas cuantas patadas en la cabeza y las costillas. Con mi único ojo útil pude ver en sus rostros la insignia de la


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frustración de quienes no satisfacen su cometido. No había hecho ninguna mueca de dolor o sufrimiento, me escupieron en el rostro y un culero me orinó. De regreso a mi casa me puse a pensar en la suerte, aquella estrella guardiana que no dejó de protegerme y evitó que se les ocurriera introducirme un cuchillo o clavarme un balazo en medio de mis cejas. Cojeando, con el alma malherida y la carne de mis labios desecha toqué la puerta, mis llaves se habían extraviado en la golpiza. También mi cartera. Mis papás no quisieron escuchar otra de mis aventuras, estaban hartos de mi conducta y esa misma noche me corrieron de su casa. Mientras guardaba algunas mudas decidí que no quería estar mucho tiempo en la ciudad. Sin pelos en la lengua le pedí a mi papá dos mil pesos para sobrevivir un tiempo, sin siquiera hacer una mueca sacó de su billetera el dinero y me lo entregó. 188


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Al salir de su casa me alojé en el cuarto de un amigo de la carrera, me dio asilo por unas semanas en lo que dejaba que se balancearan las cosas y me recuperaba. La verdad es que en esos días no salí mucho, me la pasé en boxers bebiendo cerveza, fumando y jugando a los videojuegos. Cuando llegaba mi amigo de trabajar nos poníamos a platicar de muchos temas y muchas cosas. La tele prendida en algún canal porno evitaba que el eco nos rodeara, después de un rato se encerraba en su cuarto y volvía a mi rutina. Por las mañanas me dejaba cincuenta pesos para comer pero, sin que me dijera, se notaba con claridad que mi presencia comenzaba a pesarle. Una mañana como cualquier otra crucé la puerta de su departamento, ya bañado y perfumado salí sin rumbo fijo y sin dirección. De Jimena no volví a saber en un buen tiempo, al parecer se había decepcionado de la misma manera que mis padres. Aunque


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dolió, su adiós no fue más que el destape de una nueva era.

Capítulo X Mis párpados aminoran la luz, el sol hace que el pavimento brille con un aspecto aceitoso, la carretera es un intestino salvaje y convulsivo. El camino serpentea perdiéndose en una inmensidad horizontal. Llevamos ya tres horas de camino, mientras me he escapado del autobús leyendo un libro. Cuando vuelvo, el señor de mi lado derecho sigue babeando como reptil, roncando como león y recargándose en mi hombro como mono bebé.

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Hay veces que sufro de desilusiones tan extensas como el Ecuador. La mayoría de ellas son por desalientos personales, quizá nada del mundo exterior me puede afectar tanto como mis propios dilemas, pensamientos que van desde la punta del dedo gordo hasta la nube más alta. Entro en estado de trance, mi cuerpo se acalambra y siento la cabeza ligera. No reconozco presente ni pasado, por un momento se mezclan y empiezan a danzar, un déjà vu nace ante mis inexplicables ojos. La agonía se expande por todo mi cuerpo y un tren a toda velocidad me hace pensar en todo lo que he hecho y lo que no he hecho. Lorena se atraviesa y me atropella en incontables ocasiones. Mis horas desperdiciadas se me clavan como estacas. Me doy cuenta que soy la nada cubierta de carne, un saco de huesos roídos, un escarabajo calcinado. Mi mundo se alimenta de las fantasías y vivo más dormido que despierto. Me deprimo por un instante que parece eterno. Mi cuerpo agotado no tiene


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fuerzas ni para soltar el más leve chillido. Parezco una roca sobre mi asiento, desangrándome por dentro, sollozante de primaveras ya pasadas. La música es la que me regresa a mi sitio, Kurt Cobain y compañía hacen de las suyas en mi cerebro, me alimentan de adrenalina y ganas de sorrajarle la guitarra al conductor del autobús. La carretera se vuelve un cuello de botella por las reparaciones. Estábamos tranquilos esperando a avanzar cuando un imbécil como a cien kilómetros por hora se estrella con el carro de adelante, un impacto muy fuerte pero el conductor logra sobrevivir. Las personas afectadas del otro automóvil se bajan enardecidas y sacan al individuo de por sí ya lastimado de su asiento, lo empiezan a golpear con brutalidad. Yo puedo ver todo desde mi ventana perfectamente, mi compañero de asiento se despierta alertado por el ruido y 192


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comienza a temblar. De repente uno de los agresores saca una pistola dispara a quemarropa. Momentos después el autobús se vuelve un caos y toda la gente comienza a correr despavorida, las mujeres gritan y los niños lloran, todos quieren salir al mismo tiempo. La gente se apretuja en la puerta principal, los más listos rompen la ventanas que funcionan como salidas de emergencia, van hacia el matadero. Se escuchan un par de disparos más, cuando los llantos, los gemidos y los tiros cesan me asomo con cautela por la ventana, el humo que sale de los automóviles destruidos opaca con un velo tenue el panorama, los cuerpos yacen sobre el suelo en posiciones inexactas pero perfectas, la sangre sale lentamente y se instala dejándose calentar por el sol. La mayoría de la gente ha huido en todas direcciones como cucarachas y ratas asustadas y solo unos cuantos nos hemos quedado para ver qué es lo que sigue. Después de un rato la policía y los peritos llegan y acordonan el área, nadie pasa, ya


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nadie tampoco entra, a nosotros nos sacan, nos hacen unas cuantas preguntas generales, nada relevante y nos dejan ir. Yo me dispongo a caminar por una brecha hasta figurarme qué es lo que puedo hacer para seguir avanzando. Mi cuerpo se mueve con lentitud pero a un ritmo considerable, a pesar del calor no me siento agotado ni sofocado. El ruido de los disparos, como alarma de despertador, siguen sonando en mi cabeza, el corto en 8 mm del sujeto que cae en cámara lenta mientras la sangre se le escapa se repite y se repite en gota de agua mezclándose con el horizonte. Después de un tiempo un auto se detiene a mi lado, cuando la ventanilla del automóvil desciende puedo ver en el interior a una pareja de ancianos, me preguntan hacia dónde voy, me invitan a subirme al carro, cuando deslizo mi cuerpo hacia el asiento trasero me doy cuenta que 194


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también un adolescente viaja con ellos. Me dicen que me pueden llevar a Irapuato y yo accedo. Cuando los señores me recogieron yo ya había caminado más o menos una distancia de dos kilómetros o eso fue lo que me informaron, desde el incidente en la carretera hasta donde me encontraron era esa la distancia. La mayoría del tiempo me quedé callado, los evitaba mirando a la ventana de mi lado, sin voltear, observando la despedida de cada centímetro del exterior en un abrir y cerrar de ojos. Por haberme ayudado se creían con el derecho de hacerme preguntas personales, que si tengo papás y hermanos, que a qué me dedico o de dónde vengo, yo simplemente me dediqué a contestar con gentileza y seriedad tratando de comunicarles con el tono de mi voz que no quería hablar más y mucho menos de mi vida. Por un instante me quedé observando al chico que estaba a mi lado, lo noté un tanto pensativo y perdido. Era de la clase de joven menudo, con el cabello lacio y delgado, ropa común


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y corriente, despreocupado. Así como si nada le pregunté acerca de sus pasatiempos y su color favorito, si tenía a alguien por quien morir en esta vida, a lo que me contestó que únicamente le gustaba estar encerrado en su cuarto escuchando música y fumando hierba, que su color favorito era el púrpura porque quería hacer enojar a los demás y a la vez sentirse diferente, que odiaba a casi todo tipo de gente excepto a la que tiene ganas de morirse desde el principio y terminó con una oración un tanto agresiva y declarativa “Si piensas que soy gay eres un estúpido y ya no deberíamos seguir esta conversación”. Asentí con la cabeza un par de veces y volteé de nuevo hacia mi ventana, el chico continuó aunque yo no hubiera vuelto la mirada “Y si, si tengo a alguien por quien morir”. Me dejaron en una avenida grande cerca del centro de la ciudad, estaba a punto de anochecer. Le di vueltas a las calles, me 196


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senté un momento sobre una banca sin esperar mucho de mi visita. Al final encontré un pequeño hotel llamado “La Doña” en donde además de rentar una habitación también comí un poco de carne dura y refresco. Ya que estaba de incógnito en aquel sitio se me ocurrió la grandiosa idea de también alquilar compañía. Fui con uno de los mozos del lugar y le pregunté de algún sitio así o mínimo un número telefónico. El muchacho de no más de veinte años accedió a llevarme si le disparaba un rapidin. Cuando terminó su turno en seguida nos encaminamos, el lugar de mala muerte estaba como para que alguien me descuartizara y nadie se diera cuenta. Nos sentamos en una mesita chillona mientras una niña de unos diecisiete años estaba bailando en el centro del lugar. Su performance duró poco para nosotros que habíamos llegado ya casi al final de la canción y enseguida muchas parejitas saltaron a bailar ritmos guapachosos y pegajosos, una mujer chaparrita se me


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acercó y me extendió la mano, yo accedí embelesado por sus piernas. Nunca aprendí a bailar pero comprendía que así se comunicaban los simios, que era una forma de contacto sensual y que en Latinoamérica funcionaba muy bien para llevar a las niñas a la cama. ¡Cuántas ocasiones desperdicié embruteciéndome con alcohol y cigarros durante las fiestas en vez de sacar a bailar a las chicas! ¡Cuántos acostones y fajes, cuantas mamadas y nalgadas por no comprender el porqué de la situación! y las circunstancias de que a las mujeres ya no les gustaba la poesía ni la trova, que nací en una época en donde ya no se les endulza el oído para desvestirlas sino las piernas y las caderas al ritmo ya no de palabras sino de sonidos, compases e involuciones huecos, que ahora las mujeres cogen y adoptan cualquier baile para demostrar su histrionismo y falta de cariño, que los adultos que dejaron de ser niños ya no hacen girar el trompo sino a 198


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sus vacías parejas en incontables ocasiones y que eso basta para enamorar y para adorar. El buen bailador tiene muchas oportunidades de convertirse en un Don Juan de bodas, de quince años, de navidades y de barrios. Agarrando la cintura de Vanessa me derretía, sus ojos verdosos se enganchaban a los míos con astucia y lascivia, me tenía sometido del cuello, apretándome mientras se escurría en el suelo, sudábamos por el calor y los deseos, el aire podía cortar la espesa niebla de sexo que se respiraba en el ambiente. No comprendía lo que hacía una muñeca de ese calibre en un lugar tan asqueroso como ese. “Tengo dieciocho por si te lo preguntas” me mencionó mientras seguíamos bailando. Decidí no hacer investigaciones respecto a su edad para disfrutar el momento sin remordimientos. Cuando hubo terminado la canción regresamos a nuestra mesa donde seguía el mozo tomando. Por su parte él ya se


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había sentado a otras dos morras que tampoco se veían de mal ver. “No te vayas a asustar compa, la regla de aquí es que ninguna pase de los dieciocho años, bienvenido al paraíso de los pedófilos” hizo un gesto con los labios, le dio otro sorbo a su cerveza y continuó “Desde que te vi entrar a la chingadera esa de hotel supe que eras de ese tipo y luego te me acercaste, entonces no tuve ninguna duda, salud compa”. Brindamos como si fuéramos los mejores amigos y seguimos con el show. Unas cuantas horas después y a lo largo y ancho de muchas cervezas Vanessa y yo estábamos como lumbre en su punto máximo de éxtasis. En una silla pequeña de Cerveza Corona nos acomodábamos perfectamente para manosearnos por todos lados. “No tienes porqué esconderme cosas, sé que eres menor de edad” le dije con la sonrisa de quien descubre una mentira y se siente con poder sobre el otro. Ella me respondió con una mirada cabizbaja y argumentando 200


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que le daba pena, que aunque llevaba varios años trabajando ahí no podía acostumbrarse, sentía que estaba haciendo algo malo, su semblante cambió al de alguien inocente y sin malicia, sus ojos vidriosos me hacían pensar en una infante con miedo. Aunque ebrio, al instante comprendí que solamente seguía en su papel de niña pudorosa, que la habían entrenado perfecto para entiesar vergas febriles de niñas angelicales y ella era una experta desempeñándolo. No aguanté más y la azoté encima de la mesa, estaba quitándome el cinturón del pantalón listo para metérsela hasta el fondo cuando los guarros del lugar me sostuvieron y me aventaron lejos de ella. “No mames pendejo, ¿Qué crees que haces, te quieres parchar a la morrita? Eso tiene un costo y tenemos lugar para esas marranadas, los clientes van a pensar que es normal y que todos lo pueden hacer, imagínate a todo el pinche lugar cogiendo y apestando más de lo que ya apesta, todos esos pitos y esas puchas de fuera,


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un puto destrampe y todo por tu pinche culpa. Son 250 varos para que te la chingues, ¿Le entras o le llegas a la verga?” Saqué el dinero de mi billetera con dificultad y le di lo que pedía. Me metieron a un cuarto con goteras en el techo, un piso arenoso y una cama ya muy usada. Por primera vez tuve miedo de contraer algo, no de la vagina de mi amante, sino de las sábanas y las colchas, del colchón roído y negro. En fin, no hay fuerza más grande que el deseo aunque a veces te lleve a cometer estupideces. Vanessa me puso el condón con la boca, la chamaca era una desgraciada en cuanto a habilidades sexuales. Se levantó y me saltó encima de una forma brusca y desesperada, seguíamos parados, me guiaba hacia la pared y una vez recargados en ella, la muchacha dirigió su mano por la espalda haciendo casi una acrobacia para agarrar mi verga e introducirla en su agujero sediento de carne y húmedo de placer. Podía sentir 202


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toda la extensión de sus paredes, me exprimía la verga con majestuosidad y yo solo abría los ojos y la boca con cada metida y sacada. Ella seguía columpiándose en la verga mientras gemía y vociferaba que yo era malo con voz infantil pero que le gustaba. Cada que ella hablaba de esa manera me prendía más como asteroide entrando a la atmósfera. Nos derrumbamos en el colchón y justo en la caída se la metí hasta el fondo sintiendo que algo tronaba mientras ella dejaba escapar un grito desgarrador, le tapé la boca, forcejeamos unos momentos mientras ella trataba de escapárseme, de nuevo contemplé sus ojos llenos de terror, colmados de miseria, se la seguía clavando con rapidez a un ritmo perfecto como el compás de una melodía, sabía que la estaba ahogando y continuaba, no me podía detener. La débil niña se desvanecía poco a poco y a diferencia de su vida, mi excitación aumentaba. Me vine con fuerza, mi cuerpo se acentuó en sus adentros, mi torso y mi cabeza tomaron la


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pose de un lobo que aúlla al contemplar la luna llena. Satisfecho ya mis deseos volteé hacia la niña que yacía inconsciente sobre la cama, me horroricé al notar su aspecto pálido, los ojos se veían abiertos, sus pupilas se dirigían hacia arriba, desorbitadas, con la mirada de alguien que sigue observando algo que le causa terror o éxtasis, por un breve instante me cruzó por la cabeza que aquella niña quizá pudo haber experimentado el orgasmo más intenso de su corta vida pero que lamentablemente el tiempo no le alcanzó para que lo pudiera disfrutar más. Antes de vestirme me quité el condón y pude darme cuenta de que era lo que se había reventado, tal vez la niña lo sintió ¿Tan puta era? Y era por eso que quería que me saliera, que se quería quitar. Lo tire a un lado, no había líquido ahí, todo lo poseía ella. Me vestí con rapidez y salí del lugar sin despedirme de mi compañero que en ese momento se entretenía con las 204


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otras dos muchachas. Yo trataba de salir escabulléndome entre la gente, agradecía que no hubiera alguien cuidando la puerta en donde estábamos Vanessa y yo, la adrenalina salía de mis poros, mi respiración era agitada al igual que mi corazón. Un golpe de suerte, literal, un cliente borracho se la hizo de pedo a los meseros y se armó el zafarrancho, todos contra todos, patadas, puños cabezazos, botellas surcando el aire y de repente balazos, otra vez, a correr y tratar de escapar lo antes posible. Al hotel ya no volví, corrí de manera desesperada por mucho tiempo, cuando me cansé, esperé un momento a recuperarme y en seguida ubiqué un puesto de tacos de esos que abren las veinticuatro horas. Me acerqué con timidez


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