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HISTORIA DE UN ABRAZO JORGE FRANCO SUS MÁQUINAS DE ESCRIBIR DANIEL SAMPER PIZANO LA GABA ANTES DEL NOBEL CONSUELO MENDOZA MAYO DE 2014 WWW.REVISTADINERS.COM.CO REVISTA DINERS IPAD DISPONIBLE EN EL APP STORE

EDICIÓN DE COLECCIÓN

Tarifa Postal Reducida No. 2014-278 4-72, vence 31 de Dic. 2014.

MEDIO

SIGLO

GABO CON

Foto Carlos Duque


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YO, GABO Yo, señor, me llamo Gabriel García Márquez. Lo siento: a mí tampoco me gusta ese nombre, porque es una sarta de lugares comunes que nunca he logrado identificar conmigo. Nací en Aracataca, Colombia. Mi signo es Piscis y mi mujer es Mercedes. Esas son las dos cosas más importantes que me han ocurrido en la vida, porque gracias a ellas, al menos hasta ahora, he logrado sobrevivir escribiendo. Soy escritor por timidez. Mi verdadera vocación es la de prestidigitador, pero me ofusco tanto tratando de hacer un truco, que he tenido que refugiarme en la soledad de la literatura. Ambas actividades, en todo caso, conducen a lo único que me ha interesado desde niño: que mis amigos me quieran más. En mi caso el ser escritor es un mérito descomunal porque soy muy bruto para escribir. He tenido que someterme a una disciplina atroz para terminar media página en ocho horas de trabajo. Peleo a trompadas con cada palabra, y casi siempre es ella la que sale ganando. [...] (Fragmento, en Retratos y autorretratos, de Sara Facio y Alicia D’Amico). Publicado en la Revista Diners No. 443, febrero de 2007.

FOTO BEN MARTIN


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A LOS LECTORES

MEDIO

SIGLO

GABO CON

Un regalo de cincuenta años

Cuando en 2013 empezamos a planear el especial que se convertiría en nuestra edición de aniversario número 50, decidimos mirar hacia el futuro e imaginarnos un mundo distinto, el que muy posiblemente tendremos mañana a partir de lo que estamos construyendo hoy. En esta ocasión, entendimos que nuestra tarea era la opuesta: mirar hacia atrás para recuperar a través de nuestras páginas la vida de un hombre que como ninguno ha sido protagonista de la historia de Colombia. Crónicas, anécdotas, textos, fotografías de infancia y hasta poemas de amor de un Gabo colegial han sido piezas fundamentales de las ediciones de Diners durante su medio siglo de existencia. Con él estuvimos desde sus primeras publicaciones, cuando vio la luz Cien años de soledad, cuando recibió el Premio Nobel, cuando publicó sus memorias, cuando cumplió 70 años y luego 80… Un recorrido que todos aquellos que han tenido la batuta de la revista han seguido fervientemente, buscando siempre los mejores autores, fotógrafos y artistas para llevarlo hasta nuestros lectores. Por eso el Grupo Bolívar, del cual hacemos parte, quiso rescatar en esta edición de colección esas memorables piezas que hoy cobran aún más valor. Nuestro propósito es contribuir con ello a esa gran maratón nacional de recuerdos en la que se convirtió la partida del colombiano que más ha logrado asombrarnos. La fuerza de sus abrazos, el sabor costeño de la gastronomía en sus libros, sus inseparables máquinas de escribir, su eterna compañera y su desconocida afición por el fútbol se convirtieron en inolvidables textos inspirados en la magia provocadora del propio Gabo. Joyas atesoradas en nuestro archivo que ameritan salir nuevamente a la luz pública como un regalo para nuestros lectores y un homenaje al colombiano más grande de todos los tiempos. Esperamos que al recorrer las páginas de esta edición ustedes, como nosotros, sucumban de nuevo ante las maravillas del inimaginable universo de un hombre que, como él mismo lo dijo alguna vez, solo quería escribir para que sus amigos lo quisieran más. Así sea. PILAR CALDERÓN DIRECTORA


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TRAPOLOCO


"No uso corbata porque no necesito nada más que me cuelgue" (1974) Desde Barcelona, su residencia habitual desde hace ya varios años, García Márquez "garrapatió" estas líneas, de su puño y letra, como memorial terrible contra el "corbatismo". Fiel militante de los "descorbatados", Gabito ha marchado en primera fila exhibiendo cuellos libres y desabrochados. En su última visita a Colombia llegó, inclusive, a escandalizar a la tropical Barranquilla con camisas salpicadas por violentos colores. Tanto, que los choferes de taxis ya no lo llamaban por ninguno de sus apellidos, sino por el sobrenombre de "trapoloco". No deja de reflejarse en sus garabatos, pleno y exultante, el clásico gesto del remate de una gran faena: Gabo acaba de terminar, por fin, su novela "El Otoño del Patriarca". Su conocida autoinconformidad parece ya vencida y los borradores van ya rumbo a las imprentas. Su risa preside la libertad de su cuello, más a menudo, por las avenidas de Barranquilla. Publicado originalmente en Revista Diners No. 64, julio/agosto de 1974.

FOTO KATHERINE YOUNG


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SUS OTRAS PASIONES

García Márquez EN EL ESTADIO POR GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ | FOTO JUAN CARLOS PÉREZ

Aunque no era amante de los deportes, Gabo se dejó llevar por la euforia colectiva, perdió el miedo al ridículo, y se convirtió en un hincha furibundo en las graderías de los estadios de Barranquilla y Bogotá. DE LA SANTA IGNORANCIA DEPORTIVA Con esta santa ignorancia de que me vanaglorio –entre muchas otras– en materia de fútbol, no puedo menos que confesar mis sentimientos de respeto por quienes se instalan en una gradería desde las primeras horas y bajo un sol, que ciertamente no debe tener nada de deportivo, a esperar que once caballeros vestidos de niños se empeñen en demostrarles a otros once igualmente vestidos, que con las extremidades inferiores puede hacerse, en determinadas circunstancias, mucho más de lo que habitualmente se hace con la cabeza. Tanto más profundo es mi respeto hacia los profesionales de ese fanatismo deportivo cuanto más incapaz me siento de llegar alguna vez a descubrir el misterioso secreto de su entusiasmo. Más aún si no fuera porque tengo noticias autorizadas de que el maestro León de Greiff es uno muy notable de los numerosos “hinchas” que tiene el país –un “hincha” con toda la barba y chambergo, además– y porque casi a diario tengo la satisfacción de leer a “Ulises” mencionado en su admirable sección los jerarcas del fútbol con todos sus títulos nobiliarios, además de otro que el mismo “Ulises” se ha encargado de inventar; si no fuera, finalmente, porque todos los domingos en la tarde tengo que quedarme deambulando por estas calles del Señor, solo porque mis más admirados amigos –cuya compostura mental respeto por encima de todo– se han ido a gritar de sincero entusiasmo en unas graderías, con tanta sinceridad como lo hicieron ante un poema

de Rilke o una novela de William Faulkner; si no fuera por todos estos factores, digo, creería que los insípidos, los tontos, son los fanáticos deportivos. Sin embargo, después de lo dicho, no me queda un recurso más sensato que el de reconocer que los insípidos y los tontos somos los de este lado, los que nos estremecemos ante un programa de fútbol casi tanto como frente al proceso de una ecuación de segundo grado. Tantos matices tiene ese deporte que en nuestro país ha empezado a convertirse en una suculenta industria, que en el último sábado asistieron siete mil personas al estadio de la Ciudad Universitaria en Bogotá, solo por presenciar el debut del árbitro inglés Mr. Brenent Sydney, que –según entiendo– para los fanáticos capitalinos significa casi tanto como si Virginia Woolf en persona fuera a desempeñarse de centro medio. [...] Algún fanático me decía en una ocasión, gráficamente, que si Dante en lugar de sentarse a escribir versos hubiera entrado a formar parte del personal los Millonarios, habría jugado como Pedernera.* EL JURAMENTO (El nobel colombiano cuenta en qué partido de fútbol perdió el sentido del ridículo y se convirtió en hincha): Y entonces resolví asistir al estadio. Como era más sonado que todos los anteriores, tuve que irme temprano. [...] Alfonso y Germán no tomaron nunca la iniciativa de convertirme a esa religión

dominical del fútbol, con todo y que ellos debieron sospechar que alguna vez me iba a convertir en ese energúmeno, limpio de cualquier barniz que fui ayer en las graderías del Municipal. El primer instante de lucidez en que caí en la cuenta de que estaba convertido en un hincha intempestivo, fue cuando advertí que durante toda mi vida había tenido algo de lo que muchas veces me había ufanado y que ayer me estorbaba de una manera inaceptable: el sentido del ridículo. Ahora me explico por qué esos caballeros habitualmente tan almidonados, se sienten como un calamar en su tinta cuando se colocan, con todas las de la ley, su gorrita de varios colores. [...] si los jugadores del Junior no hubieran sido ciertamente jugadores sino escritores, me parece que el maestro Heleno [De Freitas] habría sido un extraordinario autor de novelas policíacas. Su sentido del cálculo, sus reposados movimientos de investigador y finalmente sus desenlaces rápidos y sorpresivos le otorgan suficientes méritos para ser el creador de un nuevo detective para la novelística de policía. Haroldo, por su parte, habría sido una especie de Marcelino Menéndez y Pelayo, con esa facilidad que tiene el brasileño para estar en todas partes a la vez y en todas ellas trabajando, atendiendo simultáneamente a once señores, como si de lo que se tratara no fuera de colocar un gol sino de escribir todos los mamotretos que don Marcelino escribiera. [...]** *De Textos costeños 1, 1983, Oveja Negra, p. 155. **De El Heraldo, 5 de junio de 1950. Publicado en la Revista Diners No. 435 de junio de 2006.


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SU HUMOR


Cuando

García Márquez coronaba REINAS E POR JORGE GARCÍA USTA*|FOTO FRANÇOISE DE MULDER

Cuando apenas comenzaba su carrera periodística, y al tiempo que estudiaba Derecho en Cartagena, García Márquez se hizo célebre pronunciando discursos de coronación de reinas.

n 1949 y 1950 un joven periodista pronunció dos discursos de coronación: uno en un reinado estudiantil y otro en un carnaval de pueblo. Treinta y un años después una de esas piezas de oratoria fue publicada en una antología de textos. El desconocido reportero se había convertido en el famoso autor de Cien años de soledad. El otro discurso se refundió. Varios rastreadores lo buscaron sin encontrarlo. Aquí lo reproducimos, por primera vez. Es una muestra y un preludio de la personalidad literaria de nuestro premio Nobel. Para Gabriel García Márquez, coronador y discursero real hasta sus 24 años, los reinados de belleza representaron un medio especial para ejercitar la palabra y tratar estérilmente de modernizar una de las momias retóricas más viejas del país: el discurso de coronación de reinas. Aunque en algunas de sus obras hay sarcásticas alusiones al antiquísimo vicio nacional de los concursos de belleza y las reinas sin motivo, mientras era estudiante de Derecho en Cartagena, pobre y trasnochador, o pulía “Jirafas” en Barranquilla, el premio Nobel colombiano, a veces, coronaba reinas. El discurso real era de buen ver entre los numerosos tribunos políticos y las matronas perennes. Y las piezas del entonces joven periodista, además de ser joyas piedracielistas, arrancaron suspiros a las notables concurrencias. En julio de 1949, en la Casa Nacional del Periodista, García Márquez pronunció un enjundioso discurso en la coronación de la señorita Elvira Vergara Echávez, candidata a un reinado estudiantil organizado en la Universidad de Cartagena para conjurar los malos humores políticos generados por la violencia. García Márquez impondría ese año un récord de inasistencia en la Facultad de Derecho. “A Cartagena no le caería mal un reinado estudiantil en estos días en que todo parece saturado por los vapores políticos”, escribió, con toda ilusión, un cronista, que les exigió a los organizadores “un festival se-


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SU HUMOR

rio, meditado, digno de nuestro ambiente cultural”. La universidad local se convirtió en la tumultuosa sede de un certamen de belleza después de haber sido uno de los centros de agitación política más enardecidos por la muerte de Gaitán.

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as candidatas se escogieron entre las más bellas y distinguidas estudiantes de esa época, de trajes ceñidos y miradas lánguidas, y sus nombres fueron los de doña Albina Primera, doña Yolanda Primera, doña Carmen Primera, doña Alma Primera. La mayoría de estas “doñas” no pasaban de 20 años. García Márquez leyó su discurso frente a una rozagante Elvira Primera, “en medio de una selecta oligarquía espiritual”. Algunas de las hermosas alabanzas que le dedicaría, en su nota de despedida, al sabio catalán Ramón Vinyes, cuando este se marchó de Barranquilla, provienen del discurso señorial para Elvira Primera, en el cual habla del deber de “creer en la rosa por ser rosa y no por la certeza de sus espinas” y de “criar el cordero por su mansedumbre y no por la calidad de su lana”. El reinado estudiantil no fue, sin embargo, tan exitoso como el discurso de coronación de la bella Elvira. El 15 de julio de ese año, en “un ambiente caldeado”, se pretendió realizar la elección, y el reinado estalló. El comité pro-candidatura de Elvira Primera protestó por “la manera irreverente como un grupo ha hecho uso de sistemas contrarios a la caballerosidad y la cultura”, y retiró sus delegados del comité organizador, proponiendo (en un gesto que pudo hacer carrera para los reinados futuros) coronar por separado a su reina. Es decir, un reinado dentro del reinado. Los incidentes entre los estudiantes de distintas delegaciones continuaron después de que una bandera de la delegación de Alma Primera fue quemada por sus rivales. La elección fue anulada. Un cronista local aseguró que “los estudiantes mostraron más vocación para guerrilleros que para electores ponderados”. Las comitivas tomaron entonces una de las más originales y efectivas decisiones de reinado alguno: coronar por aparte a su reina, otorgándole los más soberanos méritos. Así, doña Elvira Primera fue declarada “reina de las facultades y so-

berana de la inteligencia”, doña Albina Primera “reina de la gracia y de la simpatía” y doña Carmen primera “reina de la cultura, la inteligencia y la gracia”. Los méritos no son abultados si se tiene en cuenta que García Márquez puso como testigos de la coronación de Elvira Primera a Cristóbal Colón, Erasmo, Virgilio, Dante, Euclides, Ptolomeo, Apolonio, Tales de Mileto, Esculapio, Hipócrates, Galeno e incluso a Ricardo Corazón de León y Felipe II. Siete meses más tarde, en otra tarima, se vería a García Márquez leyendo un nuevo discurso en el acto de coronación de la reina del carnaval de Baranoa, al norte del Atlántico. A la reina cuyo nombre se ha extraviado, la llamó “señora de la perfecta alegría”, “señora del perfecto regocijo” y “señora del perfecto dominio”, y repitió un párrafo entero de su primer y brillante discurso de coronación, leído en Cartagena. Leyendo ambos discursos de coronación nadie podrá negar que parte de las armas literarias que le permitieron ganar, 30 años después, el máximo premio mundial de literatura, fueron engrasadas en las tarimas de los escandalosos reinados costeños y frente a bellas muchachas que no sabían quién era ese muchacho de camisa multicolor, pantalón verde y zapatos sin medias, que les estaba diciendo tantas cosas bonitas. DISCURSO PARA ELVIRA PRIMERA Estas palabras de coronación de García Márquez se imprimieron como noticia, con el título de “proclamación de una reina” y con una breve nota introductoria, en El Universal de Cartagena, el 5 de julio de 1949. No aparecieron en la columna “Punto y aparte” que en ese periódico firmaba entonces el escritor. HONORABLE AUDITORIO: Antes de proclamar oficialmente el nombre de Elvira Vergara, para reina de los estudiantes, queremos sentar un precedente ante la opinión pública. Hemos entendido este certamen como una función exclusiva de la inteligencia. A este poderoso gremio que nos respalda no hemos ofrecido nada distinto de los méritos de las virtudes personales de una mujer distinguidísima. Pero quienes están con nosotros, quienes formamos este cálido nudo social en la jubilosa fiesta del

espíritu que estamos conformando, no hemos venido con el propósito exclusivo de imponer un nombre, sino con la voluntad irrevocable de imponer un estado de alma. Si hemos de tocar el alto límite de este certamen, estaremos satisfechos por haberlo logrado, como por la conciencia de haber llegado a él mediante un limpio proceso de dinámica mental. La voluntad de los dioses no podría estar de nuestro lado, no podría ser propicia a nuestra soberana si antes de que cante el gallo en la madrugada de la victoria negásemos siquiera una vez el nombre de la inteligencia.

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pporque creemos sin reservas que éste es el espíritu común de quienes participamos, desde campos virtualmente opuestos en el presente debate, hemos resuelto participar en él y hacernos personeros de una candidatura diáfana. Venimos a proclamar a Elvira Vergara para reina de los estudiantes en nombre de una selecta oligarquía espiritual. Reclamamos para ella el sitio inicial en una dinastía de palabras frutales y la facultad de ejercitar, desde su alta monarquía, todas las virtudes olvidadas: la virtud de encender una estrella en el norte de los navegantes; de mecer la campana con sincero dolor por los muertos; la de amar al prójimo por sus necesidades y no por su generosidad; la de creer en la rosa por ser rosa y no por la certeza de sus espinas; la de criar el cordero por su mansedumbre y no por la calidad de su lana; la de esperar la tarde por la pulsación del lucero y no por el reposo del trabajo diario; la de partir el pan en rebanadas de amor y no en rebanadas de transacción; la de amar al agua por su espejo y no por su servidumbre; la de criar las aves con espíritu de protección y no con propósito de subsistencia; la de cultivar la fruta por su color y no por su sabor; la de abrir la puerta para que entre el visitante y no para mostrar el interior de la casa; la de arar la tierra para sembrar y no para justificar el alquiler de los bueyes; la de cantar a la vida para exaltar su belleza y no para espantar a la muerte. El ejercicio de todas estas virtudes las reclamamos para Elvira porque sobre ellas estará edificado su poderío.


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eesta es la monarquía que reclamamos para ella: la del estudiante simbólico, sin tiempo y sin espacio, síntesis de un conglomerado social. Reclamamos la monarquía del Estudiante, con mayúscula romántica, considerado como célula continente de todas las calidades humanas, cifra paradójica de artes y oficios, suma de geografía heterogénea, puerto donde una noche de borrasca se encontraron y confundieron todas las razas de la Tierra. No el estudiante convencional y literario, sino su símbolo intemporal. El que fue herrero para martillar la muerte de la bestia satánica en la espada de San Jorge y el que fue carpintero para fabricar la nave en que el diablo salió a perseguir el ángel por los mares del paraíso. El guerrero en su corcel trotante y el monje que le dio llave por dentro a su conciencia. Francisco, el amigo de los pájaros, adiestrando los animales del Señor, y Agustín, el africano, tambaleándose entre el cielo y el infierno. Porque estamos reclamando para Elvira la monarquía del estudiante humano. Y a estos nombres llamamos por testigo de su proclamación: invocamos la memoria de los grandes muertos, la de los grandes estudiantes históricos, para que desciendan sobre el instante y den testimonio de este acto. Que levanten la piedra sepulcral, blanca en polvo milenario, y vengan todos, fabricados en substancias eternas a ocupar el sitio que les corresponda. Llamamos como testigos de esta proclamación solemne, a Cristóbal Colón, por quien la Tierra fue redonda y familiar para todos los hombres; a Erasmo, estudiante de Rotterdam, custodiado por el arcángel de la locura; a Dante, viajero del infierno; a Virgilio, con su vanguardia de bueyes florales, y a Marcos, con su vanguardia de leones; a Euclides, a Ptolomeo griego y a Apolonio con sus rosales de geometría, y a Tales de Mileto, inventor de la línea recta; A David, cantor, con el arpa de Dios entre los brazos, y a Tubal Caín, descubridor de la música en las espadas; a Moisés, con su vara de virtud y sus códigos eternos; a Esculapio, a Hipócrates y a Galeno, con los párpados abiertos frente a la muerte; y otra vez a Crstóbal Colón, inventor de América, y a Miguel de Cervantes, inventor de España; a Ricardo

Estas palabras de coronación de García Márquez se imprimieron como noticia, con el título de Proclamación de una reina y con una breve nota introductoria, en El Universal de Cartagena, el 5 de julio de 1949. Corazón de León con su corazón de león; a Felipe II, contemplativo y tremendo; a Ignacio de Loyola, vasco y formidable, derrotando las legiones satánicas, y a Lenin, cobrizo y genial, de pie sobre la revolución. Desciendan sus espíritus sobre nosotros y den testimonio universal para todos los siglos de estas palabras últimas: Elvira Primera, soberana de la inteligencia. EL PÁRRAFO REPETIDO Este es el aparte del discurso que en febrero de 1950 pronunció García Márquez en la localidad de Baranoa, cerca a Barranquilla. Como se puede observar, resulta casi idéntico al remate de su discurso de coronación de Elvira Vergara. Esta segunda homilía real fue leída por García Márquez ante una “Esther primera” cuya memoria se la ha llevado el viento. Fue publicada ese mismo mes en la conocida columna “La Jirafa” que el escritor hacía para El Heraldo de Barranquilla con el seudónimo de Septimus. Y a estos hombres llamamos por testigos de tu coronación –señora de la perfecta soberanía–. Llamamos al primero

de ellos, a Erasmo de Rotterdam, custodiado por el arcángel de la locura. Tales de Mileto, inventor de la línea recta. A Esquilino y a Sófocles, que enseñaron a hablar a las máscaras. Al dios Pan y a su corte de sátiros, que enseñaron a cantar a los juncos, A Jubal y a David, bisabuelo y abuelo de las arpas. Al patriarca Noé, que exprimió a los racimos su embriagante raíz de locura. A Dyonisos, que daba lecciones de danzas a los moribundos. Al primitivo sin nombre que fabricó el primer tambor bajo la noche milenaria. A los monarcas babilónicos y a Ramsés, que dieron dignidad real a los disfraces, y a Esopo, que dio dignidad humana a los animales –señora del perfecto regocijo–, a Momo, al disparate y a la extravagancia sus derechos de primogenitura. Desciendan todos sobre el instante y den testimonio universal, para todos los siglos, de estas palabras últimas; “Esther Primera, soberana del carnaval, señora del perfecto dominio”. *JORGE GARCÍA USTA (1960-2005): Poeta y escritor colombiano, autor de Cómo aprendió a escribir García Márquez (1995). Publicado originalmente en Revista Diners No. 211, octubre de 1987.


"Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad". FRAGMENTO DEL DISCURSO “LA SOLEDAD DE AMÉRICA LATINA”, LEÍDO POR GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ DURANTE LA ENTREGA DEL PREMIO NOBEL DE LITERATURA EN 1982.

FOTO CORTESÍA RUVEN AFANADOR


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SUS GRANDES LIBROS

UNAQUEOBRA HARÁ

RUIDO POR GERMÁN VARGAS CANTILLO*

Germán Vargas Cantillo fue uno de los amigos más cercanos de Gabo, miembro del legendario grupo de La Cueva, y uno de sus críticos más acérrimos. En 1967, Vargas anunció al mundo el que sería quizás el suceso literario más grande del siglo XX: la llegada de Cien años de soledad. ABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, a los 40 años, está corrigiendo las pruebas de una novela que este año dará mucho que hablar. Hay razones suficientes para creer que Cien años de soledad –tal es el título– será la mejor novela colombiana escrita en el último cuarto de siglo y, desde luego, la mejor del autor. Es el quinto de sus libros y la cuarta de sus novelas. Antes ha publicado: La hojarasca (Bogotá, 1955; Lima, 1961; Montevideo, 1965), El coronel no tiene quien le escriba (Bogotá, 1959; Medellín, 1961; México, 1963 y 1966), La mala hora (Madrid, 1962; México, 1966) y Los funerales de la mama grande (México 1962). Todos estos libros están contratados por Editorial Sudamericana de Buenos Aires, para ediciones de bolsillo y el primero, los cuentos de Los funerales, aparecerá en julio de 1967. Casi todos han salido ya, o están próximos a salir, en ediciones francesas, inglesas, italianas, alemanas, holandesas y rumanas. Inicialmente, Editorial Sudamericana contrató la nueva novela de García Márquez para una edición de 10.000 ejemplares, con base en la lectura de los tres primeros capítulos. Hace un mes, al leer las

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pruebas de toda la obra, los directores de la editorial argentina decidieron doblar el tiraje. Esperan vender la primera edición en el curso del año. Mario Vargas Llosa, el excelente novelista peruano de La ciudad y los perros y de La casa verde, la recomendó a los editores franceses y norteamericanos de sus libros, diciendo que "es lo mejor que se ha escrito en muchos años en lengua castellana". En francés, Cien años de soledad será publicada por Editions du Seuil y en los Estados Unidos se están disputando la traducción y la edición en inglés dos importantes editoriales: Harper & Row y Coward McCann; base de la oferta: 10.000 dólares, la suma más alta que una casa editorial haya pagado por la primera edición de un libro colombiano.


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SUS GRANDES LIBROS

UN PERSONAJE: ARACATACA

Cien años de soledad es la culminación y la conclusión del ciclo de Macondo y significa el tránsito hacia nuevos temas y personajes. Macondo, el pueblo costeño de sol abrumador y calor inaguantable y de amplias calles arenosas, es la Aracataca natal del autor, un poblado magdalenense que vivió mejores épocas en los años de auge del cultivo y exportación de banano. En Aracataca, como en Ciénaga y otras poblaciones de la Zona Bananera, fueron muchas las noches en que se bailó la cumbia a la luz de los billetes de 100 pesos –en vez de espermas– encendido por los bailadores. García Márquez, al transformar a Aracataca en Macondo, ha hecho algo similar a lo que hizo William Faulkner al dar el nombre de Jefferson a su ciudad de Oxford. En Cien años de soledad, García Márquez no se atiene solamente a los hechos reales, sucedidos históricamente, y en los cuales participan los personajes por él creados, tales como las guerras civiles, la llegada, establecimiento, esplendor y retirada final de la United Fruit Company, la represión y masacre por la huelga de las bananeras en 1928, sino que introduce por vez primera en su creación elementos fantásticos y así, en ella, las alfombras vuelan, los muertos resucitan, hay lluvias de flores y, al morir, Remedios la Bella sube directamente al cielo, a la vista de la gente y sin que el hecho resulte increíble para el lector. Cien años de soledad comenzará a circular en toda la América Latina en mayo próximo y, según anuncia su autor, el libro incluirá una genealogía y una tabla cronológica para distinguir los personajes "porque los Buendía tenían la costumbre de poner a sus hijos los mismos nombres de los padres y, a veces, todo se vuelve confuso. En los 100 años de historia, hay cuatro José Arcadio Buendía y tres Aureliano Buendía". Agrega García Márquez: "Este es tal vez el menos misterioso de mis libros, porque el autor trata de llevar al lector de la mano para que no se pierda en ningún momento ni quede ningún punto oscuro. Aquí están todas las claves. Se conoce el origen y el fin de todos los personajes, y la historia completa, sin vacíos, de Macondo". TREINTA Y DOS GUERRAS CIVILES José Arcadio amaba los pájaros y llenó con ellos el pueblo. Tenía inclinación muy marcada hacia las ciencias y los inventos y a ello –y a su demencia– contribuyó en no escasa medida la inalterable amistad que le unió a Melquíades, un gitano visionario que a la cabeza de su tribu llegaba periódicamente a Macondo, llevando verdaderas maravillas: un telescopio, un bloque de hielo, un imán, una lupa para concentrar los rayos solares, unas alfombras voladoras. José Arcadio llega un día a un pavoroso descubrimiento: la redondez del mundo. Y llega a él con los sextantes, los astrolabios y las brújulas que le ha cedido su amigo Melquíades. Ya definitivamente loco, José Arcadio muere, sobrepasados los 100 años, delirando en latín y discutiendo de teología con un cura. El otro personaje principal, el coronel Aureliano Buendía, es figura destacada en los demás libros de García Márquez y

en Cien años de soledad alcanza una dimensión y un peso y un tamaño de persona viva, realmente extraordinarios. Este es "el miembro más importante de la segunda generación que hizo 32 guerras civiles y las perdió todas". A lo largo de su vida de aventuras, el coronel Aureliano Buendía engendró 17 hijos naturales, que fueron asesinados todos, casi simultáneamente y en distintos lugares, por los enemigos políticos de su padre. Aureliano, que a lo largo de la novela y de su vida realiza verdaderas proezas inútiles y escapa milagrosamente del pelotón de fusilamiento, muere orinando orgullosamente en el patio de su casa. Cien años de soledad no es solamente la azarosa biografía del coronel Aureliano Buendía, sino la historia de toda su familia desde la fundación de Macondo hasta que el último de los Buendía se suicida 100 años después y acaba con la estirpe. EL RASCACIELOS En realidad, esta novela es la primera que García Márquez comenzó a escribir cuando tenía 17 años, con el título de La casa y que abandonó hace años, por parecerle que el célebre mamotreto de entonces "era un paquete demasiado grande para mí". De la novela original se desprendieron, como cuerpos con vida independiente, personajes y hechos que conformaron sus otros libros, como La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y alguno de los cuentos de Los funerales de la mama grande. Y es así como en Cien años de soledad reaparecen personajes y ambientes y referencias a sucesos que ya estaban en sus obras anteriores. García Márquez trabajó duramente en La casa en sus primeros años de Barranquilla, hacia los comienzos de la década del 50. Vestido con un pantalón de dacrón y una camiseta a rayas, de colorines, García Márquez, encaramado sobre una mesa en la redacción de El Heraldo o sentado sobre su cama de madera en un cuartucho de El Rascacielos, un extraño burdel de cuatro pisos sin ascensor. En el diario barranquillero escribía a diario una columna –La Jirafa– que le era pagada todas las tardes en forma tan exigua que apenas si le alcanzaba para medio comer y cancelar el alquiler de la pieza –y algo más– en El Rascacielos. En este, el cuarto en que dormía quedaba en el último piso y era frecuente que se convirtiera en el sitio de tertulia de las prostitutas y de sus chulos que se encantaban conversando y pidiendo consejo al juvenil inquilino que llegaba después de la madrugada y leía extraños libros de William Faulkner y de Virginia Woolf, y a quien iban a buscar amigos, en carros oficiales de último modelo, amigos que a ellas les parecían demasiados distinguidos para el ambiente del burdel pobretón. Ellas nunca supieron quién era ni qué hacia el para ellas extraño compañero de alojamiento. Pero la verdad es que le tenían mucha simpatía y un cierto respeto y, a veces, lo convidaban a compartir la sencilla comida que ellas mismas preparaban y que les hiciera oír canciones vallenatas tocadas por él en una dulzaina. Después de muchos años de abandonado el proyecto, el año antepasado García Márquez se enfrentó de nuevo al tema que frecuentemente le volvía a la cabeza, cada vez más claro y más completo. Aquella novela de adolescencia, que era como la matriz de su obra publicada se fue haciendo cada vez más insisten-


te. Un día –refiere él– por la carretera entre Ciudad de México y Acapulco, se dio cuenta de que la tenía tan madura que hubiera podido dictarle allí mismo el primer capítulo, palabra por palabra, a una mecanógrafa. Hizo su plan de trabajo y en 18 meses, a razón de ocho horas diarias, escribió 1.300 cuartillas, revisó lo escrito y dejó en definitiva poco menos de 500 páginas. Fue una decisión tremenda ya que García Márquez tenía muchos trabajos de otro género, a plazo fijo, y muy poco dinero para encerrarse exclusivamente a escribir la novela. Sin embargo, tenía que escribirla y la escribió, porque le resultaba imposible concentrarse en ninguna otra cosa. Le dijo a Mercedes, su mujer, "tú verás qué haces con la casa". Dice no saber qué hizo pero, cuando terminó de escribir, estaba debiendo más dinero –dice– "del que me puede producir la novela en 10 años de ediciones sucesivas". Y concluye: "Se necesita una enorme irresponsabilidad para ser escritor". BARRANQUILLA EN MACONDO En la parte final de Cien años de soledad, García Márquez incorpora personas reales y hechos sucedidos en Barranquilla al ambiente del Macondo que se está consumiendo ya en oleadas de sopor y de aniquilamiento. Y es así como el librero catalán (don Ramón Vinyes), y Álvaro (Cepeda), y Alfonso (Fuenmayor), y Germán (Vargas) y el mismo Gabriel (García Márquez) conviven con los personajes de la novela y son amigos, los únicos, del último Aureliano Buendía que termina suicidándose para cumplir su trágico destino. Y episodios ocurridos en el otrora famoso burdel de la Negra Eufemia, así como hechos de la vida de esta legendaria matrona son trasladados a Macondo, mezclados con sucesos imaginarios por García Márquez. Y hay frecuentes reminiscencias de los muchos casos ocurridos en Barranquilla, al comienzo de los años 50, cuando en torno a la mesa de don Ramón Vinyes, gran escritor catalán, en el Café Colombia, se reunían los entonces jóvenes barranquilleros, entre ellos García Márquez, a discutir en voz alta sobre todos los temas imaginables, ante el escándalo que los vocablos usados y los asuntos tratados producían a los demás parroquianos. Ahora, García Márquez trabaja en El otoño del patriarca, el largo monólogo de un dictador latinoamericano que será posiblemente fusilado al amanecer a los 123 años de edad. También está escribiendo una serie de cuentos, homogéneos, para publicarlos en un libro que todavía no tiene título. Son cuentos de latinoamericanos en Europa. FAULKNER, WOOLF Y SÓFOCLES En una carta, G. G. M. dice a un amigo: "Estas son las influencias que considero importantes en mis novelas: del punto de vista técnico, Virginia Woolf, William Faulkner, Franz Kafka, Ernest Hemingway. Del punto de vista literario: Las mil y una noches, que fue el primer libro que leí a los siete años; Sófocles y mis abuelos maternos. *GERMÁN VARGAS CANTILLO(1919-1991): Periodista y escritor barranquillero, miembro del Grupo de Barranquilla, al que pertenecieron, entre otros, García Márquez, Alejandro Obregón y Álvaro Cepeda Samudio. Publicado originalmente en el diario El Liberal, abril de 1967.


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TESTIMONIO

ANTES DE LA FAMA DEL

PREMIO NOBEL POR GERMÁN VARGAS CANTILLO | FOTOS RODRIGO GARCÍA BARCHA Y BERTIL ERICSON

En 1982, cuando Gabriel García Márquez recibió el Premio Nobel de Literatura, en la comitiva viajaron Alfonso Fuenmayor, Nereo López y Germán Vargas Cantillo, tres de sus amigos más entrañables. Vargas reflexiona sobre su amistad, forjada tres décadas antes en el bar La Cueva, de Barranquilla.


Y

tú, ¿quién eres? –Yo soy Gabriel García Márquez. Ya he contado varias veces cómo nos conocimos con Gabriel García Márquez, hoy Premio Nobel de Literatura 1982. Fue una tarde de finales de 1948. Álvaro Cepeda Samudio y yo éramos redactores del vespertino “El Nacional” de Barranquilla. Llegó un muchacho muy delgado, con un menudo bigotito; vestía un pantalón de dacrón y una camiseta rayada de colorines. El muchacho preguntó: “¿Quiénes son aquí Germán Vargas y Álvaro Cepeda?”. Yo, que estaba más cerca, le respondí:

“Ese que está ahí es Álvaro Cepeda y German Vargas soy yo. Y tú, ¿quién eres?” –“Yo soy Gabriel García Márquez”. Nosotros lo conocíamos de nombre, ya que él había publicado sus primeros cuentos en la sección “Fin de semana”, que dirigía en “El Espectador” Eduardo Zalamea Borda, cuentos que yo había comentado en mi columna la “Nota intrascendente”, del diario barranquillero. Desde ese momento comenzó una amistad que lleva ya treinta y cuatro años. Esa tarde llamamos a Alfonso Fuenmayor y nos fuimos los cuatro a celebrar el nacimiento de una amistad. Nos reunimos primero en la Librería Mundo, de Jorge Rondón, que estaba en la calle de San Blas. Más tarde nos emborrachamos y hablamos a gritos sobre política, sobre deportes, sobre las cosas cotidianas, hasta sobre literatura. Gabriel García Márquez había venido de Cartagena, donde escribía en “El Universal”, del cual era jefe de redacción Clemente Manuel Zabala. Allí completaban el grupo, Héctor Rojas Herazo, Ramiro de la Espriella, Gustavo Ibarra Merlano, Cecilia Porras, Carlos Alemán. Regresó a Cartagena y un tiempo después volvió a Barranquilla para escribir en “El Heraldo” su famosísima columna diaria “La jirafa”. El propio García Márquez recuerda así esos años en una vieja carta: “En Barranquilla yo tenía que escribir mucho. En un día me tocaba escribir una jirafa y a veces un editorial, además de otra nota anónima. Esto me planteaba problemas a veces. Todo era encontrar el tema: una vez que tenía el tema, me sentaba a la máquina y ahí mismo, de un solo jalón, escribía mi jirafa. Esto lo recuerdo con nostalgia ahora que me cuesta tanto terminar una sola página en, a veces, varias semanas de trabajo intenso. Y después salía tan tranquilo a emborracharme por ahí. Es evidente que a veces sentía una terrible desesperación por encontrar un tema para mi jirafa, hasta acudir a la falta de tema como tema. Así me servía de cualquier cosa. Retomaba textos viejos, escritos en Cartagena y editados allí, usaba apuntes que tenía engavetados, y también fragmentos de los que había de ser un libro, fuera “La casa” o “La hojarasca”.

Fue en 1950 cuando en un viaje a Aracataca, que hizo con su madre doña Luisa, para vender una casa, vio el letrero con el nombre de una finca o hacienda que se llamaba Macondo. García Márquez lo relata así: “En realidad, ese letrero pienso que seguramente lo vi muchas veces en mi niñez al pasar en el tren, pero lo había olvidado por completo cuando lo volví a ver en el año 50 y decidí adoptarlo para mi evocación literaria de Aracataca. Yo supe mucho más tarde que el macondo es un tipo de árbol en la costa y todavía ignoro de qué árbol se trata; no lo sabría designar. También me enteré mucho más tarde de que el macondo es o fue en la Costa un juego de azar, que se practica con dados”.

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ntonces ya, a partir de ahí, el pueblo de casi todos sus cuentos y novelas viene a ser Macondo, con su calor y su polvo. Es a mediados de 1950 cuando García Márquez se puso a escribir, ya decididamente, “La hojarasca”. Cuando estaba apenas en los comienzos de la redacción de su primera novela, Alfonso Fuenmayor llamó su atención, diciéndole: “Mire, maestro, qué vaina tan rara”. Y le señaló el extraño efecto que hacía la lluvia con la fachada del edificio de enfrente. En esa fachada habían hecho los arquitectos como llamas de cemento; como la lluvia era fuerte, tan violenta, que deformaba los objetos, las llamas de cemento parecían llamas de verdad, porque con la lluvia daban la impresión de que se movían. Hay en los comienzos de la vida literaria de García Márquez un episodio casi completamente olvidado, y por muchos ignorado. Fue quizás en 1952 cuando García Márquez hizo la adaptación radiofónica de una novela recién publicada en Barranquilla, de una narradora barranquillera. El libro se llamaba “Se han cerrado los caminos”, y la autora, Olga Salcedo de Medina. La radionovela fue transmitida, si no estoy mal de recuerdos, por la Emisora Atlántico. Y, de eso si me acuerdo bien, yo fui el narrador. Los episodios fueron seguidos por los radioescuchas con mucho interés.


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TESTIMONIO


En alguna parte, en alguna de las incontables entrevistas que le han hecho, creo que en una del profesor francés Jacques Gilard, García Márquez cuenta que a él siempre le ha interesado la radionovela. Y refiere cómo, un uno de sus viajes a Cuba, quiso conocer a Félix B. Caignet, el autor de “El derecho de nacer”. Lo visitó y le preguntó: “Maestro, dígame a qué atribuye el éxito de sus obras”. Y él, ya viejito, le respondió tranquilamente: “La gente quiere llorar y yo solamente pongo el pretexto”.

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uando García Márquez publicó en Bogotá “La hojarasca”, ocupó de inmediato un lugar de primerísimo orden en el pequeño mundo literario colombiano. Y es así como la segunda edición de esta su primera novela apareció publicada en lo que se llamó el primer festival del libro colombiano, a finales de la década del cincuenta. Y en una edición de doscientos cincuenta mil ejemplares en total. Los otros nueve títulos son los siguientes: Reminiscencias de Santafé y Bogotá, de Cordovez Moure; Sus mejores cuentos, de Tomás Carrasquilla; Cuatro años a bordo de mí mismo, de Eduardo Zalamea Borda; El cristo de espaldas, de Eduardo Caballero Calderón; Sus mejores prosas, de Hernando Téllez; El gran Burundún Burundá ha muerto, de Jorge Zalamea; El Caballero de El Dorado, de Germán Arciniegas; Los mejores cuentos colombianos, y Las mejores poesías colombianas. Es decir, ya desde entonces, está García Márquez con lo que Agustín Lara llamaría “la crema de la intelectualidad”. Resulta curioso hacer esta anotación; en la actualidad, y a partir de “Cien años de Soledad”, los editores se pelean por editar los libros de García Márquez. Los nuevos y los anteriores. Y hacen tirajes descomunales. El contraste es muy grande cuando se recuerdan las vicisitudes que hubo de pasar para editar “La hojarasca” y las posteriores cuando casi la totalidad de la edición fue retenida o embargada por un juez en juicio contra el editor, un uruguayo llamado Samuel Lisman Baum, por razones que nada tenían que ver con la novela.

Gabo, Germán Vargas, Fernando Gómez Agudelo, Guillermo Angulo, Teresa Gómez de Agudelo y Mercedes Barcha.

Fue en 1950 cuando, en un viaje a Aracataca que hizo con su madre doña Luisa, vio el letrero con el nombre de una finca que se llamaba Macondo. O las enormes y casi insuperables dificultades que se presentaron para publicar “El coronel no tiene quien le escriba”, cuyos originales llevé de editorial en editorial de Bogotá para obtener en todas la misma respuesta, una vez revisados por sus llamados “lectores”: “Parece interesante, pero no podemos arriesgarnos. Si usted paga la edición, sí la haremos”. Finalmente se publicó la breve novela en uno de los números de la revista “Mito”, de Jorge Gaitán Durán, en 1958. Y tres años después, en 1961, apareció la primera edición en libro. La hizo el librero-editor antioqueño Alberto Aguirre. Hay una anécdota que puede resultar interesante para algunos y que yo he contado en alguna parte, en no sé cuál escrito. Cuando García Márquez en París, en 1957, estaba escribiendo “El coronel no tiene quien le escriba”, recibí en Bogotá una carta suya. Me pedía que le consiguiera un memorando de alguien que supiera de gallos, que le explicara las diferentes razas y sus calidades, cómo funcionaban las galleras, en fin el mayor número de informaciones concretas sobre el asunto.

L

a única persona amiga mía que sabía de gallos de pelea, cuyos gallos además yo conocía por haberlos visto en su preparación y en sus peleas, pues tenía “cuerda” en Soledad, era Quique Scopell. Pero estaba en Cuba, en La Habana, adonde se había ido a vivir. Le escribí a Quique y la respuesta fue todo un tratado sobre gallos sumamente interesante y completo, que cometí la estupidez de empacar y remitir de inmediato al novelista en París, sin haber tenido la precaución de sacar siquiera una copia. Supe que le fue de mucha utilidad para ambientarse y para ambientar su novela. Pero yo perdí lo que estoy seguro de que hubiera sido un estupendo libro. De gran éxito además, al menos entre los galleros.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 152, noviembre de 1982.


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SU UNIVERSO

Todos los libros,

un LIBRO POR ROBERTO GONZÁLEZ ECHEVARRÍA* | FOTO YURI CORTÉS

Pocos libros resisten, como Cien años de soledad, el escrutinio crítico de la Academia. Diners invitó a uno de sus mayores expertos, de la Universidad de Yale, para que nos contara el trasfondo de esta novela total.

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a muerte de Gabriel García Márquez me hace recordar, con ánimo muy propio del autor de Cien años de soledad, el impacto que tuvo sobre mi vida esa gran novela cuando apareció, en 1967, justo cuando hacía yo mis estudios doctorales en la Universidad de Yale. Me hace evocar como si fuera un solo instante los cuarenta años de carrera como profesor y crítico que habrían de seguir, y es que esa deslumbrante obra marcaría de forma indeleble mi manera de ver la literatura escrita en lengua española y la narrativa en general. La publicación de Cien años de soledad me hacía contemporáneo de una indiscutible obra maestra, a la par con cualquiera en las otras lenguas que yo leía y estudiaba y de cualquiera de las que figuraban en las historias literarias que había sido mi deber asimilar con reverencia. No era poco. Era como haber estado presente cuando apareció el Quijote, En busca del tiempo perdido o el Ulises y haber podido darme cuenta del portento que esto significaba. En el caso de Cien años de soledad lo supe en seguida.

Me hipnotizó la prosa fluida, sin afectaciones pero tampoco poses populacheras, capaz de lidiar con todo, lo elevado y lo bajo en un mismo tono, con un ligero dejo irónico y un humorismo latente que a veces se hacía explícito. Era este un castellano culto, pero carente de la retórica que heredamos del latín y el legado romano, parecido en esto al de Borges, y al inglés de un Hemingway o un Faulkner –ambos reconocidos maestros de García Márquez–. Me impresionó cómo la voz narrativa se acoplaba a lo que serían las creencias de los personajes, que se mencionaban con toda naturalidad, sin falsas benevolencias, por muy sobrenaturales que fueran los acontecimientos narrados o los seres y objetos descritos. El llamado “realismo mágico”, que García Márquez aprendió leyendo a Alejo Carpentier, se trataba de eso, de narrar con impavidez la devoción de aquellas personas profundamente católicas que creen en milagros a pie juntillas. A ese trasfondo prodigioso que viene de la Colonia se sumaban otras creencias populares derivadas de culturas no occidentales –africanas, indígenas– asimiladas al catolicismo.

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ero al profesor de literatura en ciernes que era en 1967 lo estremeció sobre todo el delicado trabajo de relojería de la trama de Cien años de soledad y del discurso mismo de García Márquez, fraguado con base en un complejo sistema metafórico y simbólico que no parecía tener salideros de ningún tipo. Las raíces de esa maleza doctrinal se extendían hasta la Biblia y los griegos, con un espesor que no tenía nada que envidiar a los más cultos escritores en cualquier lengua. Los ecos del Antiguo Testamento se oyen desde las primeras páginas de la novela, así como las referencias a mitos de la tragedia griega como el de Edipo. Cervantes está por todas partes, desde los manuscritos de Melquíades, especie de figura de Cide Hamete Benenjeli –supuesto autor árabe del Quijote en la ficción cervantina– hasta los juegos de autoría y origen del texto que leemos y el humor que estos encierran. Además, la gracia cervantina de García Márquez se basa en el equilibrio logrado entre la fatalidad trágica de las persistentes repeticiones y la comicidad de estas, reforzado por el uso hilarante de


las hipérboles –todas esas guerras civiles que pierde el coronel–. Borges también figura en Cien años de soledad, especialmente en sus páginas finales, especie de versión de “Las ruinas circulares”, entre otros cuentos del argentino. Ya he mencionado a Carpentier, pero hay que incluir también a Juan Rulfo, cuyo Pedro Páramo García Márquez leyó en un momento decisivo de su carrera –a fines de los años cincuenta–. Macondo tiene mucho de Comala. También hay resonancias poéticas muy fuertes que pocos o nadie han notado. El alcance global –totalizante– de la existencia de Macondo, que contiene la historia entera de América Latina, es una especie de prosificación irónica del Canto general de Pablo Neruda –irónica porque García Márquez no se permite nunca la prosopopeya algo solemne del gran poeta chileno–. Pero su historia también empieza “Antes de la peluca y la casaca…” y nos retrotrae al presente (más o menos), recogiendo acontecimientos señeros de la historia del continente. El tejido temporal de Cien años de soledad, con su sugerencia de circularidad, debe mucho a Piedra de sol, el gran poema de Octavio Paz cuya factura refleja el calendario azteca.

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ambién me impresionó, desde que tuve que analizarla en clases con estudiantes de Yale, que Cien años de soledad resistía airosa el más implacable escrutinio crítico. Tomemos el principio de la novela que es, con el del Quijote, el más famoso en lengua española, y uno de los más famosos de todos los tiempos en todas las lenguas. Esa primera oración, que tantos nos sabemos de memoria, reza: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. García Márquez podría haber escrito, usando el potencial simple, “recordaría”, en vez de “habría de recordar”, el compuesto. No lo hizo, tal vez obedeciendo al ligero arcaísmo predominante en el español colombiano, pero pienso que hay una razón más profunda. “Habría de recordar” expresa el futuro de un pasado y produce la sensación de que ambos momentos están presentes a la vez, que es precisamente la sensación que se quiere crear, y que forma parte de la estrategia general de la novela que tiende a sugerir la simultaneidad de pasado, presente y futuro en el instante de la lectura. El acto de lectura debería ser paralelo a la visión del coronel ante los rifles que lo encañonan. Un ligero matiz gramatical aparece cargado de significado con respecto a la obra entera. No sabremos jamás si García Márquez tuvo conocimiento de lo que hacía, pero no im-

Ese bloque transparente es como el mundo ficticio de Macondo, con límites sólidos pero translúcidos y complejas relaciones internas que son como esas agujas de luz fragmentada.


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SU UNIVERSO

porta, su inconsciente sin duda le fue tan importante como sugestivo para el lector. Ese principio es, además, sublime, porque resulta difícil expresar de golpe tantos sentimientos simultáneos y contradictorios. Se trata de un momento de visión, de profecía, asistida en parte por la autoridad de que se reviste sacrificado, ungido por esa experiencia definitiva y definitoria en todos los sentidos. Por eso la escena del coronel ante el pelotón de fusilamiento, y sus repeticiones con otros protagonistas, como Arcadio, proyecta tantos significados sobre el resto de la novela.

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l acto de memoria del coronel frente al pelotón, es decir, ante la muerte perentoria, impregna al resto de Cien años de soledad con un hálito poético por su implícita instantaneidad: todo lo que sigue se va a agolpar en ese momento de clarividencia provocado por un cúmulo de emociones que incluyen el terror, el placer y la lucidez. Este haz de sentimientos lo representa el

bloque de hielo que recuerda el coronel: “Al ser destapado por el gigante, el cofre dejó escapar un aliento glacial. Dentro sólo había un enorme bloque transparente, con infinitas agujas internas en las cuales se despedazaba en estrellas de colores la claridad del crepúsculo”. Ese bloque transparente es como el mundo ficticio de Macondo, con límites sólidos pero translúcidos y complejas relaciones internas que son como esas agujas de luz fragmentada. El nexo entre el hielo y Macondo se verifica cuando se relata que José Arcadio Buendía soñó, antes de fundar el pueblo, con “una ciudad ruidosa con casas de paredes de espejo”, sueño que no logró descifrar “hasta el día en que conoció el hielo”. Las agujas internas son representación de los lazos entre los personajes que le dan cohesión y movimiento a ese mundo, que a mí me gustaría ver como reflejo (valga la palabra) de las obligaciones que organizan la sociedad macondiana; ataduras determinantes pero inconsútiles en su mayoría. Así pues, el chispazo de visión del coronel frente al pelotón de fusilamiento, emblema del

vínculo entre individuo, comunidad (ley) y castigo, proyecta una síntesis completa de Macondo, su historia íntegra, con los mecanismos que la arman. Esa historia está contenida en la figura del archivo que la novela proyecta en varios niveles y que refleja los estudios que García Márquez hizo de derecho, y la presencia determinante del derecho romano en la cultura latinoamericana en general. (Alguna vez contó que aprobó el curso de derecho romano con la ayuda de la prostituta con quien dormía en el burdel donde se alojaba en Cartagena durante sus años de pobreza extrema). El archivo está en la habitación de Melquíades, donde este redacta el manuscrito que resultará ser el de la novela misma, y se atesora la enciclopedia, suma escrita del saber del que emanan los conocimientos que hacen posible su existencia. El archivo es el depósito fichado de la historia de Macondo, y también, de su arcano, secreto o cifra. En el juego dialéctico entre ambos radica la poesía que está en su base, que cautiva a los lectores –sobre todo al que esto escribe– sin entregarse a ellos. Tal vez ese misterio poético sea un vestigio del origen coetáneo del derecho y la poesía, según postularon románticos como Jacob Grimm, o un filósofo adelantado a estos como Giambattista Vico; ambos situaban ese origen compartido en la violencia primigenia de la vida en sociedad, que solo puede acoger el lenguaje poético. De ahí la relevancia de la escena del coronel frente al pelotón de fusilamiento. La presencia de ritmos y rimas en épicas como el Beowulf o las sagas nórdicas quizás corrobore esa asociación de ley y poesía en sus más recónditos inicios.

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arcía Márquez sabrá hoy, si puede algo saber, el secreto de la muerte, cuya amenaza y enigma se ciernen sobre Cien años de soledad , como sobre toda obra maestra. Su visión ante esta, como la del coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento, nos dio esa inmortal novela, que perdurará por mucho más de cien años, como si el bloque de hielo se transformara en la substancia diamantina que remeda. Y lo hará, en la imaginación de los muchos lectores que gozarán de esa sensación fugaz de plenitud que una obra de esta envergadura provoca, salvándonos por un instante del incesante roer del tiempo y de la presencia rigurosa de la “siempre segura muerte”, al decir de Quevedo.

*ROBERTO GONZÁLEZ ECHEVERRÍA: Crítico literario y cultural cubanoestadounidense. Profesor de literatura hispana y comparada en la Universidad de Yale, Estados Unidos. En 2011 recibió la Medalla nacional para las Humanidades otorgada por el presidente Barack Obama.


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SU UNIVERSO


MACONDO

PERDURA, LA REALIDAD SE DESVANECE POR JUAN GUSTAVO COBO BORDA* | FOTO JEAN MARCEL CABRERA

García Márquez retrató, como ningún otro autor, el siglo XX colombiano. Y sin embargo, dice Cobo Borda, en el brillo del mundo de Macondo se exorcizan los males que siguen haciendo oscura y tediosa la realidad.

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emos asistido al paulatino milagro de ver nacer y consolidarse todo un continente narrativo, Macondo, desde su núcleo primigenio de sofocante atmósfera y estrictos límites en La hojarasca (1955) hasta su expansión jubilosa en Cien años de soledad (1967) y sus derivaciones caribeñas como El otoño del patriarca (1975) y El general en su laberinto (1989). También hemos visto cómo su escenario pasa de lo rural en su natal Aracataca al pueblo de La mala hora (1962) para luego afincarse en un mirador privilegiado con Cartagena de Indias recreada una y otra vez en El amor en los tiempos del cólera (1985) y en Del amor y otros demonios (1994). Desfilan allí personajes de muy diversa índole animados por un furioso apego a la vida pero también por una lejanía distante, de siluetas enmarcadas en su soledad intransferible. Se ha hablado, claro está, del poder que aísla e incomunica, trátese del coronel Aureliano Buendía, del Patriarca o incluso de Bolívar, pero lo que importa es subrayar la potencia imaginativa de García Márquez para recrear la peripecia vital íntegra, visible desde la jubilosa urdimbre infantil de los niños que observan el mundo, como el testigo que en La hojarasca balancea las piernas en la silla muy alta en el funeral del médico, hasta la senilidad jubilosa con la que Fermina Daza y Juvenal Urbino continúan navegando más allá de la muerte misma. Esa conquista de más años a la extinción inexorable incluso rompiendo las convenciones estatuidas, será también el motor de Memoria de mis putas tristes (2004). La vida no termina en la tercera edad. Y una película como la de Marcos Carnevale, Elsa y Fred, es buena prueba de cómo la literatura de García Márquez ha incidido en la vida cotidiana ampliando el espacio en que convivimos y permitiendo que los abuelos todavía tengan amorosos papeles que desempeñar. Esa

narrativa ha permeado la realidad con su estilo único hecho de eficacia nominativa, hálitos de poesía, tradiciones legendarias, citas del Romancero, sentimentalismo a flor de piel, cultura popular y comprensión de las leyes históricas que rigen el continente y, más aún, el país mismo. Piedad y humor, tragedia y comedia en un solo mundo que la literatura edificó. Por ello resultaba significativo que cuando apareció Cien años de soledad la política fuese aparentemente la que legitimase a la literatura. Nacimiento del hombre nuevo, encarnado en el Che Guevara, auge de la guerrilla, arrancarle a la burguesía el privilegio de la belleza,

La utopía se tornaba apocalipsis y la ciudad de los espejos no era más que un espejismo. “nuestra originalidad es el hambre” (Glauber Rocha), eran los tópicos del momento. Quizás por ello no se vio con claridad el melancólico pesimismo de las postrimerías que impregnaba todo el libro. Este era una elegía por una estirpe, el desgaste inexorable de un proyecto colectivo que aislado del mundo buscaba los inventos que iban a volver más grata la vida. Pero no solo la guerra, los gallos de pelea, las mujeres de mala vida y las empresas delirantes iban a dar al traste con el poder renovador del telescopio o el tren. Ambos acentuaron el desgaste de esas semillas que buscaran, intrépida, afanosamente, prolongarse por más de un siglo. La utopía se tornaba apocalipsis, y la original ciudad de los espejos no sería más que la herrumbrosa ciudad de los espejismos.

Pero lo decisivo es la perdurabilidad de la literatura misma, más allá de la revolución que no ocurrió, más allá de que en 1973 muriese Salvador Allende, más allá de las dictaduras que se instalaron, criminales y despóticas, por todo el Cono Sur. Una escena original en la que un niño contempla a un hombre muerto: de La hojarasca a El amor en los tiempos del cólera, el mismo cadáver al inicio del texto, el mismo dictador en el piso y atravesado como un obstáculo que solo la ficción puede vencer. Por ello ahora celebramos, en una nueva lectura, la profundidad histórica de un texto que dejó consignadas sus perplejidades al poner en boca de un general conservador, José Raquel Moncada, esta idea: “Consideraba a la gente de armas como holgazanes sin principios, intrigantes y ambiciosos, expertos en enfrentar a los civiles para medrar en el desorden”. El único orden era entonces el de la palabra escrita. Su luminoso ámbito de autonomía y plenitud, el exorcismo crítico de los males perennes que García Márquez denunciaba una y otra vez: gobiernos sin pueblo, tierras escrituradas a los señores del pillaje: “Los terratenientes liberales, que al principio apoyaban la revolución, habían suscrito alianzas secretas con los terratenientes conservadores para impedir la revisión de los títulos de propiedad”.

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os libros de García Márquez, releídos, se llenan de estremecedoras cargas de profundidad que iluminan los sombríos tintes del fracaso con la ilusión empecinada que solo la literatura puede extraer de sí misma. Por ello Macondo vive mientras la realidad degradada se anula, en su inútil reiteración de horror y tedio. La vida era la literatura, el esplendor nostálgico de Macondo y sus seres únicos, y no este pálido simulacro en que aún hoy nos debatimos. *JUAN GUSTAVO COBO BORDA: Poeta, periodista y diplomático colombiano. Publicado originalmente en Revista Diners No. 443, febrero de 2007.


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SUS GRANDES LIBROS

LECTURA DE UN LIBRO

PROFÉTICO POR WILLIAM OSPINA* | FOTO ULF ANDERSEN

“Esta novela es atroz como nuestra historia, como nuestro mundo”, escribió William Ospina sobre Crónica de una muerte anunciada, una sutil metáfora de la realidad latinoamericana.


A

ccomienzos de 1981 en París, un amigo me llamó para contarme que García Márquez acababa de publicar su novela Crónica de una muerte anunciada. El amigo me había llevado de Colombia un ejemplar y me lo entregó esa noche. Recuerdo que en la mañana siguiente la leí en tres horas, solo y maravillado, en la claridad de una habitación cerca del parque Buttes Chaumont, y salí conmovido a buscar con ansiedad alguien con quien compartirla. En la entrada de la Place de Vosges, en la rue Birague, vivían María José Durán y Carlos Arellano. Llegué a su casa al mediodía y leí en voz alta la novela con ellos entre las dos y las cinco de la tarde. Creo que habría sido capaz de leerla por tercera vez en la noche si hubiera encontrado algún cómplice. Nunca, desde la lectura de Cien años de soledad , había vivido yo una exaltación semejante. Esa noche, a falta de la oportunidad de leerla de nuevo, decidí escribir algo, y ese texto, nunca publicado, fue el primer ensayo que escribí en mi vida. Dar a la luz ese escrito veintiséis años después y compartir con los lectores las sensaciones que me produjo entonces la lectura de un libro de Gabo, sin soñar siquiera que algún día llegaría a conocerlo y a gozar de su amistad, es la mejor manera que encuentro de sumarme al homenaje por la plenitud de su vida y de su obra: “García Márquez llegó a mi vida antes que la escuela pudiera vacunarme contra él, y se apoderó de mis días sin que yo hiciera nada por evitarlo. Fue la primera gran tempestad que sacudió a nuestro país después de esa guerra que llamamos La Violencia. A nosotros, a quienes nos habían ocurrido tantas cosas atroces, nos acababa de ocurrir Cien años de soledad, el hecho más feliz de nuestra historia común, el primer acontecimiento mundial de Colombia desde la Guerra de Independencia. En él estaba esa historia: las guerras civiles, Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán, Silva y Darío, la conquista y los piratas ingleses, nuestro acartonado circo republicano, nuestra barbarie y nuestros sueños, y esa sed de universalidad que resumen los nombres de Caro y de Fernando González, de Nariño y de Barba Jacob. Nos hechizó su tono bíblico, la afinidad entre el tono de los contadores de cuentos del Caribe y el tono de Scherezada, sus énfasis, su gusto por la exageración, su humor estridente y esa riqueza de matices que nos llevaba de


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SUS GRANDES LIBROS

la pesadumbre oyendo los suspiros de Pietro Crespi a la doliente desesperación viendo a Rebeca Buendía masticar tierra con conchas de caracoles y cal viva, o al delirio bárbaro en las pantagruélicas parrandas de Aureliano Segundo.

G

arcía Márquez tenía un tono, el de narración oral que él mismo confiesa como una de sus fuentes. Lo fundamental de su obra había sido ese tono entusiasta y recitativo de Cien años de soledad, esa voz admirable de poesía y de complicidad con los personajes, esa convicción de la relación de los hechos más increíbles, ese buen ánimo que salva todo obstáculo, que seduce al lector y cadenciosamente lo obliga a creer y a participar. Aceptamos el galeón en tierra firme, la olla que se mueve por sí misma y se cae, el fantasma que cruza los patios, el gitano que vuelve de la muerte, la fiebre del insomnio, la jovencita que se eleva hasta el cielo, los recuerdos hereditarios, los pergaminos proféticos, como aceptamos los genios de la lámpara, el mar Rojo que se abre ante los hebreos, las cien manos que desde cien cielos recogen los cabellos de Buda, las brujas oraculares de Macbeth, por la convicción de quien nos los cuenta, por la fe del autor en su obra. García Márquez quiere a su gente, le gusta ser leído, y ser leído por todos. De ahí esa claridad de los hechos y de las imágenes que muchos legisladores de la literatura censurarán, sin duda con razones, que nunca faltan; esa claridad que lo ha convertido en uno de los autores más populares del mundo. En Bríndisi, junto al Adriático, se me acercó una noche un muchacho barbado y polvoriento. Venía de España, de cosechar naranjas en Andalucía, pero hablaba apenas el castellano. Me confesó ser persa, es decir, ahora iraní. Y cuando yo a mi vez le confesé que era colombiano, me dijo que algo sabía de mi país porque había leído, como muchos jóvenes de su edad, Cien años de soledad. Le pregunté si en España y en castellano, y me contestó que no, que mucho antes, en Irán y en persa, y que era una novela apasionante. Así me

enteré de que también a los musulmanes los había seducido Macondo. Crónica de una muerte anunciada puede parecer a simple vista el relato reiterativo y dramático de un crimen, la narración tranquila de un terrible recuerdo personal. Pero nos va arrastrando, ineluctable; logra en poco tiempo implicarnos en su trama, envolvernos en una red despiadada, y solo después comprendemos que estamos asistiendo a la cabal descripción de un mundo. Que ese pequeño pueblo de las ciénagas que en los días claros mira al Caribe es también un espacio más vasto, un escenario eterno donde se repite ritualmente un antiguo drama: el de la víctima inocente inmolada a los dioses terribles de la tradición y de la venganza. Digo víctima ino-

vértigo de la descomposición menoscaben la espléndida aventura verbal. Pienso en dos maneras posibles de leer una novela: la que considera el relato como una verdad literal, una ficción cerrada sobre sí misma, en la que cada cosa es lo que dice ser y no hay más secretos que los que soportan los mecanismos tácitos de la acción. Santiago Nasar es un joven árabe hermoso y rico que sabe utilizar su poder y que es asesinado a causa de una acusación inverificable. Ángela Vicario es una joven repudiada por su esposo, que en el momento de su perdición trama una incomprensible venganza, una victoria secreta o tal vez una infamia. Los hermanos Vicario son dos mozos psicológicamente predispuestos a la matanza,

Crónica de una muerte anunciada logra envolvernos en una red despiadada y solo después comprendemos que estamos asistiendo a la cabal descripción de un mundo. cente y me detiene enseguida la conciencia de la misteriosa colaboración de la víctima, y de todos aquellos que la aman, con los pobres verdugos. ¿No es un prodigio de penetración psicológica ese momento en que los verdugos despiertan, antes que nuestra severidad y nuestro rechazo, una creciente piedad en nosotros? Recorremos con un ser de verdad los caminos de hierro de la tragedia y vemos aterrados cómo el espacio de sus días se va transformando inexorablemente en su patíbulo. Sabemos desde el comienzo que el hombre ha muerto. ¿Por qué, al final, cuando el hecho se precipita hacia su desenlace sangriento, cuando Santiago Nasar va a ser alcanzado por la muerte, temblamos y secretamente esperamos que el camino se quiebre, y que el hecho, bien sabido, no se produzca? Esta novela es atroz como nuestra historia, como nuestro mundo. Y solo una valentía admirable y un inquebrantable rigor hacen que aun en los momentos más angustiosos el autor encuentre el camino poético que permite afrontar la monstruosidad sin que el resultado sea oneroso para el arte; sin que el desaliento, el espanto y el

que se ven obligados por la sociedad y por su propia naturaleza a una acción sangrienta. Lo visible permite presumir lo invisible. Largamente nos preguntamos si realmente Ángela y Santiago se amaron, o si la delación de ella es la confesión inesperada de un amor secreto; si Santiago se entregó a sus verdugos por esa sensación de invulnerabilidad que da la inocencia o por la admisión de su culpa. A diferencia de las novelas policíacas en las que todo está regido por la sed de la razón, esa sed que era el centro del delirio de Poe y de Chesterton, en esta novela, abrumadora de un realismo que linda con el puro juego matemático y con las grietas de lo sobrenatural, lo esencial queda velado por la incertidumbre y el misterio.

L

a otra manera consiste en ver en la novela un rastreo de los estados del alma del autor en el momento de escribirla: nos lleva a ver en toda obra una suerte de autorretrato o de noticia autobio-


gráfica. Si uno condesciende a esa lectura tiene que preguntarse qué ha llevado a García Márquez, desde el lujoso esplendor de sus obras previas, a este reencuentro con la tragedia, con la sobriedad del relato, a abandonar la exuberancia y replegarse en el rigor y el austero equilibrio. ¿Qué soplo grave y vivificante, por así decirlo, ha purificado su voz de esta manera? Me atrevo a pensar que unos hechos personales que no podremos saber lo han cambiado, y nos han cambiado, a la larga, a todos.

V

uelven a abundar aquí las frases y los personajes memorables. Uno de ellos, la madre del autor y narrador, que merece su lugar en la leyenda. ‘En esos tiempos Dios comprendía esas cosas’, dice. Y añade: ‘hay que estar siempre de la parte del muerto’. Esas frases quieren ser recordadas porque cifran, como los proverbios, sensaciones que son de todos. Y vuelvo a encontrar la oportunidad de admirar una de las mayores virtudes de García Márquez, la elegancia de su estilo. No existen en él ni la depravada voluntad de estimular dialectos ni la torpe ostentación de arbitrariedades. He hablado de la inexplicable colaboración de Santiago Nasar con los hombres que lo despedazan. García Márquez tuvo que sentir, no pudo no sentir, la crudeza de su narración de la muerte y el descuartizamiento. Esas cuchilladas, esa autopsia demente que padecemos como lectores, en páginas de una mesura ejemplar, fueron sentidas y padecidas por él como autor. Casi nadie se resigna a describir los matices, los avances de la corrupción, las metamorfosis de la muerte, y no puedo dejar de recordar en este momento algo que yo esquivo desde mi infancia: las estremecedoras fotografías de ese libro, La violencia en Colombia, que puede enseñarnos más sobre lo que somos que todas las universidades. He usado también la palabra tragedia, pero esta novela es sobre todo la nítida ilustración de algo que sólo podemos llamar la fatalidad. Nos es descrita casa por casa la vida de un pueblo colombiano. Después sabemos que todo ese escenario es fundamental para la trama, que para las contadas horas en que transcurre el hecho central, casi cada centímetro del

pueblo es definitivo. Esa ponderación de la importancia capital de los más leves hechos y de los más extraños azares es algo que deslumbra y que pasma. Asistimos a una realidad en la que todo parece preparado para que el crimen ocurra, para que se cumpla la fatalidad, para que sea imposible evitar el horror aunque todos estén advertidos, aunque los criminales parezcan estar a gritos reclamando que no les permitan abismarse en su crimen. Por eso es tan acertado su título, y no parece hecho sólo para nombrar una novela sino para nombrar un mundo donde lo atroz, lo irreparable, se repite sin fin. Vuelvo a decirme la frase que es el secreto epígrafe de esta novela, la enseñanza que tan obstinadamente ha recibido en la cumbre de su celebridad cuando tantos otros piensan que no tienen ya nada que aprender, este hombre de Aracataca que sigue enseñándonos a todos a ser dignos de nuestro rincón de planeta, de nuestros campos hermosos y de nuestra historia despiadada: ‘Escribe con sangre y aprenderás que la sangre es espíritu’.

N

o sé si este tono melancólico se justifica. Acabamos de recibir un enorme regalo, un regalo bello, laborioso, perdurable. Acaba de ocurrirnos de nuevo algo grande. Y después de la pesadumbre de ciertas necesarias certezas, podemos proceder al regocijo. Hemos pasado de la tragedia a la conciencia de la tragedia. Eso, yo personalmente lo siento así, es una hermosa promesa. Quién sabe cuánto tardaremos en convertir esa conciencia en un instrumento para proteger a nuestra sociedad de su cíclico desangre, de su obsesión por la repetición y por la venganza. Pero por ahora todos, como en un alba pagana, aun los que no lo saben, estamos de fiesta”. París, 1981.

*WILLIAM OSPINA: Ensayista, poeta y novelista colombiano. Autor de El país de la canela y Pa que se acabe la vaina, entre otros. Publicado originalmente en Revista Diners No. 344, febrero de 2007.


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SUS GRANDES LIBROS

LAS PISTAS SOBRE

AMOR tiempos

El

en los del

CÓLERA

POR ELIGIO GARCÍA MÁRQUEZ*

En 1985, justo antes de la publicación de El amor en los tiempos del cólera, Eligio García, hermano de Gabo y colaborador asiduo de Diners, anunció la llegada de un libro dedicado exclusivamente al amor, el tema favorito del nobel colombiano.


L

as primeras noticias que tuvimos de El amor en los tiempos del cólera datan de octubre de 1982, aunque en esa época aún nada sabíamos de su raro título medieval. Simplemente, el día anterior a que se le concediera el Nobel, Gabriel García Márquez le comentó a una periodista colombiana en su retiro del Pedregal de San Ángel, en Ciudad de México, que hacía dos meses estaba escribiendo una novela de amor. La noticia parecía una broma más de García Márquez, casi insólita incluso, si se recordaba sin demasiado esfuerzo que en muchas de sus páginas, desde la Eréndira hasta Cien años de soledad, pasando por El rastro de tu sangre en la nieve y El otoño del patriarca, el amor ha estado siempre presente. No obstante, por las escasas pistas que fue soltando poco a poco meses después, se fue sabiendo que existían efectivamente diferencias fundamentales con los otros amores de sus otros libros: los de ahora eran unos singulares amores entre ancianos y jamás serían contrariados ni trágicos como en los anteriores, sino todo lo contrario: amores felices con final feliz. Hoy, cuando la novela está felizmente concluida y a punto de salir a la luz pública en este diciembre memorable, el propio García Márquez ha sido aún más preciso: sólo hasta ahora tuvo el suficiente coraje para dedicarle todo un libro de cuatrocientas páginas al tema específico y único del amor. Es cierto: en las impecables 480 cuartillas del manuscrito procesado por el computador no existe un solo instante de sosiego en el que el amor no esté presente con todas sus alegrías y miserias, dramatizado en todas sus formas y en todas sus edades y en todos sus tiempos, incluidos por supuesto los inmemorables tiempos del cólera, la curiosa peste que azotó a finales del pasado siglo a Cartagena de Indias y que entre otras cosas y no por casualidad se parece tanto a la enfermedad del amor según Gabriel García Márquez. Y así lo recuerda alguien con letras de fuego en alguna parte del libro: “El amor se hace más grande y más noble en los tiempos de peste”. LA PRIMERA IMAGEN: UNA PAREJA DE ANCIANOS BAILANDO EN LA CUBIERTA DE UN BARCO El tema de la novela ha sido también resumido por el propio García Márquez en esta larga frase: es la historia de un hombre (Florentino Ariza) y una mujer (Fermina Daza) que se aman desesperadamente y que no pueden casarse a los 20 años porque son demasiado jóvenes, y no pueden tampoco casarse a los 80, después de todas las vueltas de la vida, porque son demasiado viejos. Ellos viven, se conocen, se enamoran y los separan y siguen viviendo cada uno su vida en una capital de provincia del Caribe colombiano. Fermina viene de otros lugares, uno de esos de juglar que van en adelanto, San Juan de la Ciénaga o Flores de María. Florentino, telegrafista aficionado a la poesía y al violín, romántico hasta las lágrimas, enamorado capaz de esperar pacientemente a su diosa coronada durante 51 años, 7 meses y 11 días con sus noches. El triángulo ardiente lo cierra Juvenal Urbino, médico especializado en París con Adrian Proust (padre del famoso novelista Marcel Proust), a quien el destino designa sofocar la peste: la que

azota a la ciudad y a Fermina Daza. Se casará con ella y vivirán juntos una larga y monótona y dura (“NADA en este mundo es más difícil que el amor”) y tranquila vida en común, hasta el día de su muerte, ocurrida precisamente en el primer capítulo de la novela. Pero es también la descripción de los prejuicios y la moral mentirosa de una ciudad caribeña a finales del siglo pasado y comienzos de este, y que muchos situarán y hasta confundirán con Cartagena de Indias. No lo es, según el propio autor, a pesar de algunas referencias más o menos concretas a su glorioso pasado colonial, sus barrios de la Manga y el muy antiguo de los Virreyes, su portal de los Escribanos y su plaza de los Coches, su otra plaza de la catedral adornada con la estatua del Libertador y palmeras africanas y su cementerio de galeones, con la Capitana San José incluida, en el fondo de las aguas de la bahía.

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s Cartagena en su espíritu, más que físicamente en su moral, esta ciudad imaginaria donde Florentino Ariza se consumirá a fuego lento en su amor por Fermina y a fuego de pasión inmoladora por todas las pajaritas, casadas o viudas o vírgenes, que arrasará durante medio siglo en su secreto oficio de tinieblo desaforado. La novela va tejiendo sabiamente todos estos hilos a través de seis apretados capítulos siempre girando sobre sí mismos, en el último de los cuales veremos a Fermina y Florentino juntos y felices para siempre en el eterno viaje de un buque navegando por las aguas inmemoriales del río Magdalena. Esta escena última del libro fue precisamente la primera imagen que de su historia tuvo García Márquez: una pareja de ancianos navegando en un buque. Una pareja de ancianos, felices en un buque, bailando en la cubierta. La imagen parece insólita, irreal, y sólo hasta cuando el lector la pueda leer comprobará todo lo que de genial y tierna tiene, gozará con ella, con ellos, y la aceptará fácilmente gracias a la casi insoportable sabiduría literaria de quien la narra. GÉRMENES DE INTUICIÓN POÉTICA Pero mientras usted lector no la lea, al igual que cuando se supo, hace dos, tres años, la imagen le será inquietante. ¿Un amor entre viejos? Sin embargo, a pesar de la novedad no es un tema nuevo en García Márquez. Algo de ese amor hay ya en El coronel no tiene quien le escriba, en El otoño del patriarca y, por supuesto, en el final cronológico de Crónica de una muerte anunciada. Y no sólo en sus libros: en sus columnas dominicales, García Márquez también había soltado una que otra pista sobre esa clase de amor en el otoño de la vida, en una de las cuales, breves nostalgias sobre Juan Rulfo y sobre sí mismo, descubre fascinado que los amores de Pedro Páramo con Susana San Juan son también amores de viejos. “Me pareció más grande, más terrible, más hermoso si (ese amor) se precipitaba por el despeñadero de una pasión senil sin consuelo”. García Márquez confesó haber llegado a esta conclusión en los tiempos anteriores a Cien años de soledad por pura intuición poética ante una estremecedora lectura de una novela que le cambió la vida: Pedro Páramo. Luego, al intentar adaptarla al cine comprendió sin embargo que en las salas oscuras de los teatros los amores entre ancianos no conmueven a nadie. No conmueven en el cine. Pero en la literatura magistral y con magia y con vida sí: allí estaba Pedro


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SUS GRANDES LIBROS

Páramo, según él mismo. Allí está también ahora como prueba El amor en los tiempos del cólera. Y no sólo es el amor entre ancianos lo que conmueve en su novela. Es la novela misma: meditación nítida y simple sobre la vida, el amor, la vejez y la muerte. LA DIOSA CORONADA, EL TÍTULO DEL AMOR Ahora todo el mundo sabe ya, gracias a la novela de García Márquez que aún nadie conoce, que “La diosa coronada” es un vallenato del músico ciego Leandro Díaz. Pero antes, hasta hace unos meses era sólo el nombre con que Florentino Ariza conocía en su corazón a Fermina Daza. Por esta razón le da una serenata de violín solo, en valse: “La diosa coronada”. Por esta misma razón es el santo y seña secreto entre ambos, y también quizás por eso mismo hasta el último instante García Márquez estuvo tentado a titular la novela con dicho nombre. Lo cual tampoco habría sido raro en él, ya que en cierta ocasión confesó que si no hubiera sido escritor habría querido ser el músico ciego que toca el piano para que los enamorados que bailan en la penumbra del bar se quieran más. Sin embargo, quedó allí como testimonio de su fascinación el epígrafe de la primera página: “En adelanto van estos lugares: ya tienen su diosa coronada”. Quedó igualmente el aire alegre de juglar de amores imposibles que impregnan todas las páginas de la novela. Amores de juglares v boleros. ¿A qué se parece entonces? Les interrogan a los pocos privilegiados que han tenido el privilegio de haberla ya leído en manuscrito. ¿Es mejor que Cien años? ¿Se parece al Otoño? He aquí, en este tipo de inquietud, un equívoco inevitable. Una fatalidad a la que está y estará expuesto siempre García Márquez. La respuesta es sencilla: no es grandiosa como Cien años, ni abrumadora como el Otoño, ni transparente como el Coronel, y ni siquiera gana por nocáut como la incandescente Crónica. No. Simplemente es distinta. Y no sólo no se parece a nada de lo anterior –excepto quizá en su inconfundible belleza–, sino

¿A qué se parece entonces? Les interrogan a los pocos privilegiados que han tenido el privilegio de haberla ya leído en manuscrito. ¿Es mejor que Cien años? ¿Se parece al Otoño? He aquí, en este tipo de inquietud, un equívoco inevitable. Una fatalidad a la que está y estará expuesto siempre García Márquez. que ni el terrible lastre de sus obras maestras, como tampoco el peso demoledor del propio nobel parecen haber influido sobre su escritura magistral. Uno de esos pocos privilegiados, el poeta grande Álvaro Mutis, ha gritado en privado que es la historia de amor más bella que se ha escrito después de Tristán e lsolda. Otro, ha llorado. Otro, el presidente Belisario Betancur, ha comentado públicamente que es una novela rosa muy fina. Otro, que es un manantial de sabiduría. Otro, que es un tratado no sólo sobre el amor sino sobre el delito del amor. Otros han corrido a la calle a finalizar de leerla en busca de alguien quién los quiera. Y otros, en fin, se han atrevido a confesar que la novela es, simplemente, la vida. *ELIGIO GARCÍA MÁRQUEZ (1947-2001): Físico, escritor y periodista. Colaborador asiduo de Diners. Publicado originalmente en Revista Diners No. 188, noviembre de 1985.


"Le recordó que los débiles no entrarían jamás en el reino del amor, que es un reino inclemente y mezquino". GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA.

FOTO ULF ANDERSEN


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SUS AMIGOS

LOS

AUTORES GABO HABLAN DE

Tres grandes escritores y el primer traductor de Gabo al inglés cuentan en qué momento se enamoraron de su obra y la influencia que esta tuvo sobre su escritura.

UN RECUERDO

E

ra la primavera de 1970. Yo llevaba veintitrés años escribiendo y traduciendo poemas, escribiendo ensayos y reseñas y también soñando que algún día fuera capaz de escribir novelas. Para ese entonces ya había leído a casi todos los maestros del siglo veinte –Joyce y Proust, Kafka y Beckett, Faulkner y Nabokov, Fitzgerald y Céline– y me estaba sintiendo un poco presionado. ¿Cómo es posible que una persona se pueda escapar de la sombra de esos gigantes? Un día cualquiera leí una reseña muy entusiasta de una novela de un escritor de América del Sur cuyo nombre me era desconocido. En ese momento, hace treinta y siete años, comprar libros de pasta dura era una extravagancia que difícilmente podía pretender, pero mi curiosidad fue

Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 1947). Es el más importante y famoso exponente de la nueva generación de narradores norteamericanos. Autor de más de diez celebradas novelas, entre ellas La trilogía de Nueva York y Brooklyn Follies. Premio Médicis 1993 por su novela Leviatán, y Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2006.

despertada de una manera tan fuerte que me lancé a la calle a comprar el libro. Comencé a leer Cien años de soledad en las primeras horas de la tarde y no pude dejarlo hasta que lo terminé de leer en ese mismo día por la noche. Tenía en mi poder algo nuevo y fresco y al mismo tiempo hipnotizador: una creación poética, una

voz, una sensibilidad que no se parecía a nada de lo que había descubierto hasta entonces. Y esa novela de Gabriel García Márquez, traducida de manera magistral por Gregory Rabassa, contenía todas las virtudes de la escuela tradicional, las cuales pueden resumirse en una sola frase: el amor por el cuento.


Ese amor es el que genera placer en el lector, el sentido de asombro y alegría que nos cobija cada vez que tropezamos con uno de esos libros raros que cambian la manera como observamos el mundo, que nos exponen a las infinitas posibilidades de lo que un libro puede llegar a ser. Todo lector apasionado ha tenido esa experiencia, y cada vez que sucede entendemos que los libros son un mundo aparte y que ese mundo es mejor y más rico que cualquiera otro que hayamos visitado con anterioridad. Esta es la primera razón por la cual nos convertimos en lectores. Por eso es por lo que nos apartamos de las vanidades del mundo material y empezamos a amar los libros por encima de todas las cosas.

INTRÉPIDA IMAGINACIÓN

A

gGabriel García Márquez le pertenecen el orgullo y el placer de la creación. Antes que cumpliera cuarenta años escribió un libro que rápida y ampliamente fue acogido como una obra maestra, un trabajo muy original que se volvió ineludible. Sólo en retrospectiva es que sus primeros trabajos –viajes cortos, morbosos y fantásticos de su intrépida imaginación– pueden ser reconocidos como gérmenes de lo grandioso, anticipaciones de Cien años de soledad.

La población de Macondo, oscura, estancada, y aun de vida intensa, tiene el papel de metáfora para toda América Latina con el realismo mágico como el método perfecto. Con exuberancia y de manera directa, intrincada y casual, la prosa se desata como si un mago usara su hechizo para abrir el aposento de la experiencia humana. Una frescura primaveral formó parte del milagro de haber descubierto un Nuevo Mundo ya decadente y saqueado aunque aún reciente, con ese primer párrafo en el cual aprendimos que “muchas cosas no tenían nombre y con el fin de nombrarlas era necesario señalarlas”. Obtener el éxito extremo muy temprano en la vida puede llegar a ser una carga, pero García Márquez después de Cien años de soledad continuó innovando con su ficción, y ninguno de sus libros se ase-

John Updike (Pensilvania, 1932 - Massachusetts, 2009). Uno de los mayores escritores del siglo XX estadounidense, ganador de dos premios Pulitzer y legendario cronista de la revista The New Yorker. Autor de quince novelas, entre ellas la famosa saga iniciada con Corre, conejo; Las brujas de Eastwick, La belleza de los lirios y Busca mi rostro.

meja a otro: ni los intrincados e inmensos párrafos de El otoño del patriarca, retrato amargo y compasivo de un tirano en Latinoamérica; ni la rápida y deprimente novela Crónica de una muerte anunciada; ni el romance tierno y prolongado de El amor en los tiempos del cólera ; ni la misteriosa y angustiada historia de ficción de Del amor y otros demonios; ni el periodismo mágico, como llegó a serlo, de Relato de un náufrago; ni diversos volúmenes de su autobiografía poetizada; ni su más reciente Memoria de mis putas tristes, de menos de cien páginas pero repletas de un sentimiento lúgubre. Todas estas invenciones y mutaciones de

método son características de una prosa que, habiendo sido traducida a un inglés hábil, tienen la fuerza, la dignidad y la economía flaubertiana, el ímpetu de le mot juste que llega sin apuro ni ostentación. Dos cualidades contradictorias distinguen la imagen que García Márquez proyecta sobre el mundo de la escena literaria: una gran movilidad afectuosa y solemnidad en el propósito, que nos recuerda a Camus y Hemingway; y ese buen humor olímpico que utiliza un surrealismo sereno para describir la tragedia de la comedia humana.


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SUS AMIGOS

MIS DOS ENCUENTROS CON GARCĂ?A MĂ RQUEZ

T

oda mi vida (y solamente soy cinco aĂąos menor que Gabriel GarcĂ­a MĂĄrquez) ĂŠl ha representado para mĂ­ y para millones de estadounidenses y de lectores de todo el mundo los niveles mĂĄs altos de la literatura y nos ha deslumbrado con su inventiva y sabidurĂ­a universal. GarcĂ­a MĂĄrquez es de esos raros ganadores del Premio Nobel cuya elecciĂłn fue recibida en todas partes con aclamaciĂłn, sin dejar duda alguna de que posee la grandeza para haber merecido la distinciĂłn mĂĄs apetecida.

He tenido el honor de que nuestros caminos se hayan cruzado de manera inesperada en mis viajes por el mundo. La primera vez que nos cruzamos fue durante mi visita a La Habana en enero de 1981, y luego lo vi en Roma mientras caminaba por la piazza. Conversamos por breves instantes. Y aprovechando la oportunidad le preguntĂŠ si podĂ­a ďŹ rmar su nombre en una libreta que yo llevaba en ese momento. Luego, de regreso a Nueva York, donde vivo, peguĂŠ su dedicatoria en mi ediciĂłn de Cien aĂąos de soledad. Considero a este documento una de mis posesiones mĂĄs preciadas.

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EL GRAN GABO

H

ace más de cien años la poesía hispanoamericana fue rescatada del aburrimiento del colonialismo por Rubén Darío y su grupo de excelentes poetas que crearon el movimiento llamado modernismo, sólo comparado con sus contemporáneos franceses, pero con muchas más variaciones y campo de acción. Ahora en nuestro tiempo estamos celebrando los ochenta años de Gabriel García Márquez, quien ha hecho por la ficción hispanoamericana lo que Rubén Darío hizo por la poesía. En ausencia de un mejor término para describir lo que se ha denominado el realismo mágico, y sin importar la manera como lo describamos, el trabajo del Gran Gabo no sólo ha definido a Latinoamérica, sino que también ha rescatado la novela a escala mundial de su torpe esfuerzo en busca de dirección. El siglo XX, que en sus primeros años perteneció a Proust y Joyce, en sus años maduros le pertenece a García Márquez. Muchos años atrás, alguien que decía llamarse Avellaneda emprendió la tarea de escribir la secuela de Don Quijote y falló miserablemente. Hubo otros que perecieron en intentos similares. La lengua española, esculpida muy bien por Cervantes, tuvo que esperar hasta que llegara García Márquez a moldearla tan bien como lo había hecho su primer maestro. No hay necesidad de obtener muestras de ADN para probar que Cien años de soledad es la heredera de Don Quijote o darse cuenta de que el pueblo que Cervantes no quiso recordar, pudo muy bien haber sido Macondo. Fue para mí un gran honor y un privilegio haber recibido la tarea de traducir esta gran novela al inglés, y al parecer todo terminó muy bien. Cuando he recibido alabanzas por mi traducción, siempre he dicho que sólo transcribí al único inglés posible aquello que Gabo había escrito y se había escondido detrás de su perfecto español. De alguna forma sabía qué palabras estaban allí. Así escribe de bien. De manera paralela a su gran trabajo, García Márquez también ha hecho un excelente servicio en guiar a sus coterráneos de regreso a los senderos que Cervantes había trazado para ellos. Todo el novedoso y buen trabajo de ficción que sale de Hispanoamérica (y de España) puede casi siempre remontarse hasta estos dos maestros. No conozco de otros ochenta años que hayan sido invertidos de mejor manera y cuyos efectos se vayan a sentir por siglos. Gregory Rabassa (Nueva York, 1922). Hijo de padre cubano y madre norteamericana, tradujo al inglés Cien años de soledad (en 1970) y otras obras de García Márquez y es uno de los mejores conocedores de la literatura del boom latinoamericano, de la que ha interpretado –como él dice– al inglés más de treinta libros, entre ellos Rayuela, de Cortázar.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 443, febrero de 2007.


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SU ESCUELA

abrazo POR JORGE FRANCO* | FOTO ULF ANDERSEN

Conocer a un ídolo personal es uno de los momentos más importantes en la vida de cualquier escritor. Para Jorge Franco, ese día llegó cuando Gabo lo invitó a dictar con él el taller “Cómo se cuenta un cuento”, en la Escuela de Cine y Televisión de San Antonio de Los Baños, en Cuba.

¿Quién tiene una historia?”, preguntó el maestro, y todos guardaron silencio. Era el primer día de taller y todavía no creían la certeza de estar compartiendo una gran mesa, el mismo salón y el mismo propósito con Gabriel García Márquez. El respeto y el entumecimiento los hicieron callar hasta que algún osado se atreviera a romper el hielo. “¿Nadie?”, insistió él, a sabiendas de que no era cierto porque todos tenían una historia para contar, la misma que él se encargaría de desmigajar para encontrarle las posibilidades de trabajarla en su taller “Cómo se cuenta un cuento”, que ha dictado anualmente en la Escuela de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, Cuba. Mientras los talleristas se miraban nerviosos entre sí, y antes que cualquiera de ellos rompiera el hechizo con un “Yo tengo una”, yo, que había sido invitado por el maestro a dictar con él su taller, pensé: “Yo sí que tengo una historia”. Unos meses antes había encontrado, en un hotel mexicano, un mensaje telefónico difícil de olvidar. La voz de una amiga entrañable me decía: “Gabito quiere conocerte”. Como yo sabía a cuál “Gabito” se refería, me senté a escuchar el mensaje por cuatro o cinco veces más. Y luego, en medio del repentino insomnio, repasé los encuentros literarios que había tenido con García Márquez, encuentros de un solo lado pues fueron a través de la lectura de sus libros, en los que lo conocí como escritor. También repasé mi intento fallido cuando fui estudiante de cine y quise adaptar un cuento suyo, La viuda de Montiel, para hacer un cortometraje en mi escuela. Envié una carta a su agencia literaria, dirigida a la mítica Carmen Balcells, para solicitarle el permiso de adaptación, pero la respuesta nunca llegó. Pensé en su coronel que no tenía quién le

escribiera. Sin embargo, hoy agradezco que esa carta nunca fue respondida. Para ese cortometraje me tocó inventarme mi propia historia y escribirla. Desde ahí comencé este viaje de la invención, que espero dure hasta la muerte. Y en esa mañana en el taller de La Habana, cuando los estudiantes seguían sin aventurarse a hablar, le escuché a él su teoría sobre la invención de historias. Le tocó franquear el nerviosismo del grupo con una breve introducción sobre esa extraña manía de obstinarse en inventar, construir y contar mundos que buscan su órbita en el universo de la ficción. Nos habló de algo que ha dicho con frecuencia, de la inutilidad de un oficio donde el deseo de contar historias se convierte en una pasión y en el que se puede morir de hambre “con tal de hacer una cosa que no se puede ver ni tocar, y que al fin y al cabo, si bien se mira, no sirve para nada”. Sin embargo su principal interés estaba en todo lo que tuviera que ver con el proceso de la creación. No le importaba cuál era el destino final de esas historias que los talleristas tenían todavía guardadas; para él lo importante era que estuvieran bien contadas, y el destino, ya fuera el cine, la televisión o la literatura, era cosa de carpintería. Yo tuve que soportar dos noches más de insomnio antes de visitarlo en su casa de México. Ese domingo me recogió mi amiga. En la cara se me notaban los estragos del mal dormir. En el trayecto hablé con ella de otros temas diferentes de la visita, pero casi todo el tiempo me lo pasé callado mirando hacia afuera por la ventanilla del carro.

Cuando supe que ya estábamos cerca, le pregunté: “¿Cómo le digo?”, y ella se quedó pensativa. Le dije: “¿Gabriel?, ¿señor?, ¿Gabo?, ¿maestro?”. Ella me dijo: “Yo le digo Gabito”, y yo le dije: “Olvídate”. Se rió y le enfaticé: “Yo no le voy a decir Gabito”. Ella siguió manejando en silencio hasta que dijo: “Aquí es”. A mí me ha gustado conocer personalmente a los escritores que admiro porque antes de yo mismo ser escritor fui lector, y fascinado con sus libros anhelaba poder tratarlos. García Márquez estaba entre ellos. Y ahí, frente a la puerta de su casa, sabía que uno de mis deseos estaba a segun-


dos de hacerse realidad. Tocamos y nadie abrió esa puerta, sino otra de al lado, la del garaje, y desde allí se asomó Mercedes. Eso de entrar por el garaje, y que la misma señora de la casa nos abriera, me parecieron gestos muy familiares. Al fondo del garaje estaba él, esperándonos, enfundado en una ruana colombiana, sonriendo en la penumbra. “Maestro”, le dije y estiré mi mano para saludarlo. Él la agarró con fuerza pero no para saludar sino para halarme hasta él y estrujarme con un largo abrazo. Y metido entre sus brazos confirmé, parodiando uno de sus títulos, que quien me abrazaba era un escritor muy grande con unas alas enormes. *JORGE FRANCO: Escritor colombiano, autor de las novelas Paraíso Travel y Rosario Tijeras. Ganador del Premio Alfaguara de Novela 2014 por la novela El mundo de afuera. Publicado originalmente en Revista Diners No. 443, febrero de 2007.


TODAS LAS MUJERES DE

García

árquez POR SOLEDAD MENDOZA*

Haber crecido en una casa llena de tías que lo protegían y cuidaban marcó profundamente la obra de García Márquez. Sus personajes femeninos son inconfundibles: mujeres de personalidad avasallante.


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S

on inolvidables. Úrsula columna vertebral de Cien años de soledad; Remedios, la bella, que sube al cielo en cuerpo y alma, envuelta en las sábanas que ayudaba a doblar a su tía; la Mama Grande, soberana absoluta de Macondo y a cuyos funerales asistió el Sumo Pontífice; Fernanda del Carpio, educada para ser reina “único mortal en ese pueblo de bastardos que no se sentía emberejenada frente a dieciséis cubiertos”, o Eréndira, que para pagarle la casa incendiada por descuido a su abuela desalmada tenía que trabajar como prostituta durante diez años, acostándose por 20 centavos con 70 hombres, cada noche. Son personajes inconfundibles, mujeres con caracteres distintos, de edades diferentes, pero todas con algo en común: su fuerza, su valentía, su personalidad avasallante. Y estas mujeres tienen un paralelo en la vida del escritor. Criado por sus abuelos, vivía en una casa llena de tías solteronas que lo protegían y cuidaban, y donde sólo era rescatado por su abuelo, a las cinco de la tarde, cuando llevándolo de la mano al pueblo, charlando, o iban al circo, o le enseñaba a usar el diccionario. “Fue la figura más importante de mi vida”,

yo rocé mi mejilla contra su pecho. En ese momento no sabía lo que me estaba sucediendo, pero se me aflojaron las piernas y me sentí desvanecer”. EL MACHISMO ES LA HOMOSEXUALIDAD REPRIMIDA Gracias a todas estas mujeres, unido al hecho de que a su madre la conoce a los cinco años, lo marcan en tal forma que hoy confiesa: “Para sentirme seguro necesito tener siempre una mujer a mi lado. Es como si ellas pudieran resolverme todos los problemas. Creo que hasta me defenderían a puños llegado el momento”. Por su exacto conocimiento de la mentalidad femenina, por el querer tener siempre una mujer a su lado, por las mujeres de sus libros, quisimos preguntarle a García Márquez… –¿Usted definiría a las mujeres? –¿Usted sabe una definición de la música, que hizo Stravinsky? Él dijo: Es una cierta organización del tiempo. Así veo yo a las mujeres. –¿Y al hombre? –El hombre es el caos, y la única que logra organi-

Tanto por las mujeres de sus libros como por lo que dicen sus amigas, Gabo conoce muy bien la mentalidad femenina. dice hoy García Márquez de don Nicolás Márquez, un sobreviviente de dos guerras civiles, fundador de Aracataca –o Macondo– pueblo donde Gabo (como le dicen sus amigos), pasaría sus primeros ocho años. Pero su abuela no es menos importante en la vida de García Márquez. Doña Tranquilina es la mujer que le sirve de prototipo de una serie de personajes femeninos que aparecen en sus libros. Mario Vargas Llosa en García Márquez, Historia de un deicidio la define como “la mater familias, una matriarca medieval, emperadora del hogar, hacendosa y enérgica, prolífica, de terrible sentido común, insobornable ante la adversidad, que organiza férreamente la vida familiar, a la que sirve de aglutinante y vértice”. De aquella época hay dos personajes femeninos que inspiraron o presionaron a Gabo. Una fue su tía: “Una mujer muy activa. Estaba todo el día haciendo cosas en esa casa y una vez se sentó a tejer una mortaja, entonces yo le pregunté: ¿Por qué estás haciendo una mortaja? Hijo, porque me voy a morir, respondió. Tejió su mortaja y cuando la terminó se acostó y se murió. Y la amortajaron con su mortaja. Era una mujer muy rara”. La otra, una muchacha que trabajaba en su casa: “Yo tenía seis años, y ella era muy jovencita pero ya tenía senos. Una tarde oyendo música, me saca a bailar, y al acercarnos, por un problema de tamaño,

zarlo todo es la mujer. –¿Qué piensa del machismo? –Es la homosexualidad reprimida. –¿Es usted machista? –Esa es la mayor ofensa que me pueden hacer. Una vez le pegué a un tipo, por decírmelo. –Usted le dijo a Olguita González, en una entrevista para La República, que era Mercedes (su mujer) la que escribía los libros, pero que como a ella le daba pena firmarlos, usted le prestaba el nombre. Si eso fuera verdad, si fuera Mercedes la famosa, ¿cómo se sentiría en su papel de segundo? –Bueno, entonces no sería yo. Pero si ella fuera la que escribiera, me sentiría feliz. –¿Qué piensa de la virginidad? –No me llama la atención. –Y luego continúa en broma–. Me gustaría que las vendieran usadas. Ante una virgen, uno se siente como un tipo que viene con un palo para pegarles. TODOS LOS HOMBRES SON IMPOTENTES Muerto de la risa, como el niño que ha cometido una diablura, Gabo se voltea y dice: “todos los hombres son impotentes”. “Lo que pasa es que siempre se encuentra una mujer que les resuelve el problema”. –Y en el amor, ¿quién conquista a quién?


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–En una conquista son siempre las mujeres las que hacen el guiño, y uno las conquista cuando ellas quieren ser conquistadas. En eso uno nunca se equivoca. Se queda callado. Se pone las manos una sobre la otra, debajo del mentón, y luego ríe socarronamente. Él se equivocó una vez. Un día en el bar de un aeropuerto, entabló conversación con una mujer muy bella, que terminó dándole el teléfono y la dirección. Dos o tres meses más tarde al pasar por la misma ciudad, se acordó de la muchacha y la llamó. Se pusieron de acuerdo, y Gabo se sentó en el café a esperarla. Todo marchaba de acuerdo con las reglas del juego. Al poco rato entró la muchacha… acompañada de su papá. Un señor muy gentil, que le agradeció muchísimo el hecho de haberse acordado de su hija, le contó que en su familia todos lo admiraban y terminó invitándolo a cenar a su casa. Gabo pasó una noche muy agradable con gente encantadora, pero muy diferente a la que se había imaginado al marcar el teléfono. –Tanto por las mujeres de sus libros, como por lo que dicen sus amigas, usted conoce muy bien la mentalidad femenina. ¿A qué lo atribuye? –A que la única preocupación que tengo en la vida son las mujeres. Yo con los hombres me aburro. Para mí, la verdadera sensación de placer es que las mujeres me mantengan. Me den plata. Por otra parte durante años enteros esa fue mi situación. Y García Márquez lo logra a través de su representante legal. La que le maneja la venta de sus libros, la que da la cara por él en todas las negociaciones que tengan que ver con derechos de autor, la que le entrega la plata y le paga todas sus cuentas, es una mujer: Carmen Balcells. Por todo esto, uno entiende muy bien cuando él dice: “Siempre suelto a una mujer por delante, para que me arregle las cosas”. LAS MUJERES DE SUS LIBROS –¿Cuál es el personaje femenino de sus novelas, que le gustaría conocer en la realidad? –Amaranta Úrsula, la última de Cien años de soledad. Solo que en caso de conocerla, le daría anticonceptivos para evitar que le naciera un hijo con cola de cerdo. …“Activa, menuda, indomable, como Úrsula, y casi tan bella y provocativa como Remedios, la bella. Llegó de Europa a Macondo un pueblo muerto, deprimido por el polvo y el calor. Y se enamoró de Aureliano. En poco tiempo hicieron más estragos que las hormigas coloradas. Destrozaron los muebles de la sala, rasgaron con sus locuras la hamaca que había resistido a los tristes amores de campamento del Coronel Aureliano Buendía, y destriparon los colchones y los vaciaron en los pisos para sofocarse en tempestades de algodón. Aunque Aureliano era un amante tan feroz como su rival, era Amaranta Úrsula quien comandaba con su ingenio disparatado y su voracidad lírica aquel paraíso de desastres”. –¿Este personaje corresponde a alguien de la vida real?

–Sí, se parece a alguien. O a alguien que hubiera querido que fuera… Tal vez un pocotón de gente. –¿Por qué sus mujeres no intervienen en política? –Bueno, no pelean, pero ahí está Úrsula que con un cinturón rescata a don Apolinar Moscote del pelotón de fusilamiento. …“cuando Úrsula irrumpió en el patio del cuartel, después de haber atravesado el pueblo clamando de vergüenza y blandiendo de rabia un rebenque alquitranado el propio Arcadio se disponía a dar la orden de fuego al pelotón de fusilamiento. –¡Atrévete bastardo! –gritó Úrsula. Antes de que Arcadio tuviera tiempo de reaccionar, le descargó el primer vergajazo ‘Atrévete asesino’ gritaba. ‘Y mátame a mí también, hijo de mala madre Así no tendré ojos para llorar la vergüenza de haber criado un fenómeno’”. –En sus libros, son sus mujeres muy fuertes, muy matronas, ¿no será que en el fondo usted anda buscando a su madre? –Yo siempre ando buscando una mujer. Aunque sea mi madre. LAS MUJERES VISTAS POR GARCÍA MÁRQUEZ Esa admiración de Gabo por las mujeres, su deseo de estar siempre al lado de una mujer y la seguridad que siente al lado de ellas, es algo que se transparenta en sus libros. Cuando las describe lo hace en un grado superlativo. Si son gordas como la abuela desalmada:… “La abuela desnuda y grande parecía una hermosa ballena blanca en la alberca de mármol”. Si son flacas como la gitana cuando se desnuda… “y quedó prácticamente convertida en nada. Era una ranita lánguida, de senos incipientes y piernas tan delgadas que no le ganaban en diámetro a los brazos de José Arcadio”. Si son bellas como Fernanda del Carpio “La mujer más fascinante que hubiera podido concebir la imaginación” y años después “una anciana de una hermosura sobrenatural”; la discreción de Santa Sofía de la Piedad es tanta que ya es magia, “tenía la rara virtud de no existir por completo, sino en el momento oportuno”; de otra dice “una mujer tan tierna que podía pasar suspirando a través de las paredes” y “pensando con tanta fuerza que todavía no he logrado saber si lo que silbaba entre los escombros era el viento o su pensamiento”; describiendo a un personaje secundario: “…una pobre mujer que desde niña estaba contando los latidos de su corazón y ya no le alcanzaban los números”, y si eran ricas como la Mama Grande… “era dueña de las aguas corrientes y estancadas, llovidas y por llover, y de los caminos vecinales, los postes del teléfono, los años bisiestos y el calor, y que tenía además un derecho heredado sobre vida y haciendas… la matrona más rica y poderosa del mundo”. *SOLEDAD MENDOZA: Editora colombiana radicada en Venezuela. Fundadora de Soledad Mendoza Ediciones. Publicado originalmente en Revista Diners No. 95, febrero de 1978.


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La

G

ABA POR CONSUELO MENDOZA* | FOTO STEVE PYKE

Si detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, Mercedes Barcha es la más grande. En este perfil de 1976, Diners exploró por primera vez a la ahora mítica Gaba.


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C

uando Mercedes Barcha viajó por primera vez al exterior y llegó a Caracas parecía una persona tímida, común y corriente, con las faldas angostas, un poco más largas de lo que se usaba entonces, y el pelo lo llevaba corto con una permanente que le favorecía poco. Se acababa de casar en Barranquilla el día de la primavera con su novio de toda la vida: un periodista y escritor que años atrás tuvo que viajar a Europa como enviado especial de El Espectador a una reunión en Ginebra, pero que luego se quedó en París más tiempo del previsto. LA NOVIA TENÍA QUIEN LE ESCRIBIERA Todos los lunes, miércoles y viernes, durante tres años, este novio fiel le escribió a Mercedes Barcha cartas que no contenían ni versos ni románticas frases a lo Pérez y Pérez. Tiempo después, en Caracas, las cartas tomaron un rumbo insólito. Su marido le propuso comprárselas y Mercedes se las vendió por doscientos bolívares. Aquellas hojas escritas por Gabriel García Márquez, unas a mano, otras a máquina, legajadas cronológicamente en dos fólderes, quedaron achicharradas por las llamas en pocos minutos. UN AMOR QUE ESPERÓ Alguien contaba que Gabo en París había tenido una novia española que hacía teatro y a quien tal vez quiso muchísimo. Pero no se casó con ella porque sabía que aquella muchacha de Magangué que había conocido desde pequeña –las familias eran amigas–, que estudiaba bachillerato y que lo estaba esperando quién sabe hasta cuándo, sería “su mujer”. Y lo ha sido por más de 19 años. Cuando agonizaba la dictadura de Pérez Jiménez, Gabo viajó de París a Caracas en 1957, invitado por Plinio Apuleyo Mendoza para trabajar en llave. Primero estuvieron en Elite y después en Momento. Un fin de semana de mayo del 58 vino a Barranquilla para ponerse su vestido azul oscuro de matrimonio que luego usó en Caracas cuando menguaban los calores del verano. También con Mendoza regresaron al país en el 59, para establecer en Bogotá la agencia de noticias de la revolución cubana, Prensa Latina. En el apartamento de la 60 con Cuarta, Rodrigo García Barcha tuvo que aprender a dormir con el bullicio de las reuniones frecuentes que informalmente hacían los Gabos. Era un apartamento amplio, sencillo, vivamente decorado con un sofá, una mecedora y algunos cojines. En ocasiones había que sacar el colchón de Eduardo Barcha, hermano de Mercedes, y cuando éste llegaba de la universidad, veía su cama

convertida en asiento y ocupada a veces por Jorge Child, Cecilia Porras, Germán Vargas, o Hernán Vieco, o los Mendoza y por tantos otros amigos y le tocaba encerrarse a estudiar su periodismo al pie de Rodrigo mientras éste tomaba su tetero de la media noche. Mientras tanto, Mercedes, ahora desenvuelta y divertida, ensayaba exóticos platos que Gabo le había enseñado. “Él sabía cocinar. Yo no –dice–. Pero ahora sé más”. Y aquellas fiestas terminaban con canciones a Cristo Rey que generalmente entonaba Pedro Acosta y que hacían llorar a Ligia, una de las hermanas de Gabo que venía a Bogotá de visita y no salía a la fiesta. Prefería rezar por los amigos de Gabito que se iban a “condená”. LA GLORIA ERRANTE Prensa Latina nombró a Gabo su agente en Nueva York. Allí permaneció poco tiempo. La segunda declaración de La Habana obligaba a los Gabos a emigrar hacia México. Fue una larga travesía en carro, en tren, sin plata y con niño en brazos. La Habana no había girado las prestaciones de García Márquez. Con la suerte se instalaron en México. Allí se vendieron por primera vez los derechos para cine de El coronel no tiene quien le escriba, y allí también nació Gonzalo. Tiempo después Gabo daba a luz a Cien años de soledad. Desde entonces Mercedes ha viajado con su marido, sus hijos y el prestigio por todo el mundo. Roma, Londres, España han sido su residencia. Vive con la fama de García Márquez sin afectarse. No obstante, la figura de la mujer del escritor no es conocida, quizá por la aversión que les tiene a las fotografías. CHISMES PARA GABITO Mercedes es en su casa una perfecta anfitriona, le agrada la buena mesa y atender bien. Cuando recibe, vestida con un elegante Balenciaga, o un vestido de Pucci y sobrias joyas, adquiere cierta sofisticación que a veces la asemeja a la de Farah Diba. Pero ella sigue siendo la misma Mechas de slacks y suéter que durante el día revolotea por la casa arreglando matas que son su debilidad o poniendo una rosa roja en el escritorio de su marido antes que empiece a trabajar (lo ha hecho toda su vida de casada porque a él le gusta), leyendo lo que encuentra “para contarle todos los chismes a Gabito” o archivando muchas de las cosas que sobre él se escriben. “Tengo varios álbumes de críticas que han salido en periódicos y revistas. Lo que vale la pena, porque con tanto viaje nos llenaríamos de papeles. Por ejemplo, tengo unas cartas escritas a cuatro manos por dos muchachas de Sofía (Bulgaria) que son muy divertidas. Guardo las cosas


Quizás el éxito de este matrimonio es el buen humor de los dos, o mejor, de los cuatro, porque Rodrigo y Gonzalo son unos "mamagallistas" eternos como su padre.

La Gaba, por Enrique Grau

según el texto. Y desde luego guardo también en sitio especial las condecoraciones: El premio Rómulo Gallegos, el doctorado honoris causa de la Universidad de Columbia, de Nueva York, el Books Abroad de Oklahoma, las medallas de miembro de la Academia de Artes y Letras de Nueva York”. De los libros de Gabo solo dejan tres de cada edición (en diferente idioma) y las obras que envían las amistades no todas quedan en la biblioteca de los Gabos porque llenarían muchos estantes LAS DOS OBRAS MAESTRAS Quizás el éxito de este matrimonio es el buen humor de los dos, o mejor, de los cuatro porque Rodrigo y Gonzalo son unos “mamagallistas” eternos como su padre. “Pero a veces uno se cansa –dice Mercedes–. ¿No ves que son tres contra una?”. “Yo soy la mejor obra del escritor” –dice Rodrigo–. “Pero yo soy la más exclusiva” –comenta Gonzalo–. Son unos muchachos altos, sanotes (17 y 14 años), de ojos grandes y burlones. Moreno el uno y de pelo castaño claro el menor. Rodrigo parece una edición mejorada de su tío Eduardo Barcha y Gonzalo tiene algo de Gabo, aunque también se parece a su mamá. Hablan con acento revuelto entre costeño, español y mexicano, pero entre ellos prefieren dialogar en inglés. Juntos estudian en un colegio bilingüe, en México. Ni Mercedes ni Gabo pretenden que sean escritores. Hasta hace poco Rodrigo comentó: “Papi, ¿sabes qué? Me gustó Cien años de soledad”. Y Gonzalo está leyendo actualmente la edición inglesa de El otoño del patriarca. Los Gabos no se interesaron porque leyeran las obras, sino hasta cuando espontáneamente lo quisieran los muchachos.

Pero eso sí, participan de todas las charlas de la casa. Su papá se divierte de oírlos y la Gaba se hace la que no les pone atención a sus tomaduras de pelo. Son charlas y chanzas que no puede escuchar el chofer que tienen en Ciudad de México, cuando la familia se dirige los fines de semana a su casa de Cuernavaca. Es que el conductor es sordo. “Cuando mi mamá lo contrató no se dio cuenta. Solo cuando mi papá lo interrogó hubo el siguiente diálogo”, cuenta Rodrigo: "–¿Cuántos años hace que maneja? –Sí, claro, señor, pueden estar tranquilos. –¿Conoces bien las vías? –No, nunca. No se preocupe señor. –¿Ha chocado alguna vez? –Sí, siempre, a la orden. Cuando papá comenta: Mercedes, qué bueno es tener un chofer sordo, el conductor voltea y dice: –Sí, sí, muy bien señor García”. Y Gabo no dudó un instante en contratar a este chofer. Sí, tal vez es la misma Gaba que llegó a Caracas en 1958 y leyó por primera vez una obra de García Márquez: La hojarasca. La misma que no pretende ser intelectual, que es una perfecta ama de casa y cuya mayor labor ha sido, sin quererlo, ser la base más sólida de uno de los más grandes escritores de los últimos tiempos.

*CONSUELO MENDOZA: Editora colombiana, fundadora de Consuelo Mendoza Editores. Fue directora de Revista Diners entre 1976 y 1994. Publicado originalmente en Revista Diners No. 80, noviembre de 1976.


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“ “ GABRIEL PARA MÍ SIEMPRE FUE Diners estuvo en el apartamento de Tachia Quintanar, la actriz vasca que vivió un romance con Gabo en 1955, cuando ambos eran unos jóvenes inmigrantes buscando abrirse paso en París. TEXTO Y FOTOS MELISSA SERRATO RAMÍREZ*

A

unque ya hace casi tres días que el Nobel falleció, Tachia Quintanar habla de Gabo en tiempo presente, en un ordenado y detallado torrente de recuerdos. Jovial con un vestido de terciopelo vino tinto, en una mañana soleada Tachia me recibe para hacer memoria sobre su tiempo juntos, desde su apartamento, siete pisos sobre la calle Montalembert, muy cerca del centro de París. “Conocí a Gabriel en la primavera del 56, aunque él dice que fue en el otoño del 55, pero no es verdad. Fue por un amigo común: Joaquín Novais, corresponsal de O Globo, que había estado con él en un evento importante en Ginebra. Yo daba un recital de poesía de Pido la paz y la palabra, de Blas de Otero, en el club Le quatre-vingts. Invité a Joaquín, quien, a su vez, invitó a Gabriel, que no fue porque dijo: ‘Uf, una señora diciendo poesía. Qué va, aburridísimo. Yo no voy’. Pero nos esperó en el Café Mabillon, en SaintGermain-des-Près. Novais debió pensar que ese chico era joven, que yo era joven y que mejor él se iba a dormir y nos dejó. Bueno, empezamos a pasear por el Sena, lo más romántico que hay… Me conquistó por su gracia, por su duende, por su espíritu, por su manera de ser, no era para nada el tipo físico mío. Y poco a poco nos hicimos novios.

”En aquel tiempo yo tenía un cuartito en el 90 de la Rue d’Assas, a unos 20 metros de los Jardines de Luxemburgo, y él vivía en el Hôtel de Flandre, del 16 de la Rue Cujas, por Saint-Michel. Era periodista y algunos días después de habernos conocido, El Espectador cerró por Rojas Pinilla y se quedó varado. Ninguno de los dos tenía fortuna y empezamos a darnos cuenta de que no teníamos ni para el metro. ”Entonces íbamos a todos los sitios a pie. Frecuentábamos sobre todo el Barrio Latino y el Jardín de Luxemburgo. Ahí me leyó todo lo que estaba escribiendo. Muy de vez en cuando también me leía en el Café Capoulade y en La chope parisiense, muy cerca de los jardines. Él siempre pedía café, y yo, chocolate; entonces las patronas del lugar me llamaban Mademoiselle Chocolat y él empezó a decirme así. De hecho, un día llamé allá y dije: ‘Habla Mademoiselle Chocolat, cuando vean llegar a mi novio, díganle que estoy retrasada, pero que ya no tardaré’. ”Como le encanta el cine, íbamos al Champollion, que daba buenísimas películas antiguas. Con él vi ahí Alexánder Nevsky, El acorazado Potemkin, maravillas que no llegaban a la España franquista. Además, era muy barato. Costaba 100 francos y luego, cuando hubo un cambio en la moneda, quedó a un franco y así, de vez en cuando, nos pagábamos un cinito. Éramos tan pobres que un día no teníamos ni qué comer. Yo buscando en un

cajón, encontré una tisana y Gabriel me dijo: ‘Ay, Tachia, esto sabe a procesión’. ¡Esas cosas que dice él y que yo no había oído nunca! ”Y eso que yo solía preciarme de darle de comer a él y a otros amigos con poquísimo dinero. Compraba un cuarto de kilo de carne picada, a la cual metía un buen pedazo de pan impregnado en leche y con eso hacía una especie de albóndigas, y esa era a menudo nuestra comida. Yo cocinaba en un reverbero, en el piso y nos sentábamos seis en la cama y otros sobre cajas de naranjas. ”Él llamaba a mis sopas soupe à la rigolade (sopa a la broma), porque yo le ponía cualquier cosa, lo mismo que la esposa del coronel: no sabe qué echar al puchero, mientras él espera la pensión, lo que le sucedía al pobre Gabriel, que se la pasaba esperando un cheque. Incluso, en un momento dado, llevamos su máquina de escribir al monte pío, o sea, al empeño.

”E

s verdad que éramos pobres y que pasamos tragedia con todo aquello del hospital, pero, al mismo tiempo, lo pasábamos muy bien. Íbamos mucho a la casa de Hernán Vieco, el único amigo que tenía sueldo. Él era arquitecto colombiano y estaba trabajando en la construcción del edificio de la Unesco.


Allá, Gabriel solo cantaba vallenatos y mejor que Escalona… ¡Ah! Y cómo baila cumbia… De hecho, en la entrega del Nobel, según me contó él, cuando habló con la reina Silvia, ella le dijo que le encantaba la cumbia y a él se le ocurrió responderle: ‘Sabe usted, señora, esto de la literatura es mi hobby, en realidad soy profesor de cumbia’. ”Él se repartía entre su hotel y mi cuartito, que había sido la cocina de un apartamento grande. Yo creo que los señores del edificio sabían que ahí había dos personas, pero fueron muy discretos, nunca me dijeron nada, aunque tenía que cuidar que no pasara nadie cuando Gabriel salía, porque había que conservar las formas. Hay una anécdota muy simpática: un día vino a verme el hermano de una amiga de Bilbao y Gabriel estaba ahí, y todo el ratito se metió bajo la mesa, cubierto por un mantel que caía hasta el piso. ¡Son cosas entrañables!

”Y

o creo que todo aquello hizo que conser vara su amistad, porque el cuento con Gabriel duró toda la vida, a pesar de

"El cuento con Gabriel duró toda la vida, a pesar de que nueve meses después de juntarnos, nos dimos cuenta de que no éramos el uno para el otro". que nueve meses después de juntarnos, nos dimos cuenta de que no éramos el uno para el otro. Yo daba órdenes, tenía mi genio y de ahí salió lo de ‘generala’. La pasábamos peleando y un buen día decidí dejar París, dejar todo. Gabriel me acompañó a la estación de Austerlitz, por donde regresé a Madrid, con ocho maletas que él y otros amigos me ayudaron a cargar, aunque él dice que yo llevaba 16, lo cual no es verdad. ”Muchos años después, en el 69, ambos ya casados, él me buscó y nos volvimos grandes amigos. Después, él compró el apartamento del sexto piso, el que queda justo aquí debajo del mío y siempre que venía íbamos a comer ostras con mi marido, con Mercedes y con sus hijos. Íbamos a los mejores restaurantes de París. Muy distinto del comienzo… Todo lo más selecto cuando empezaron a venir sus triunfos, aunque yo nunca lo llamé Gabo, para mí siempre fue Gabriel.

Ӄ

l tuvo la gentileza de dedicarme la traducción francesa de El amor en los tiempos del cólera y me dijo que Mercedes tuvo la idea. Yo lo agradecí mucho y todavía me emociono cuando lo recuerdo, pues él dice que ese es el libro que va a quedar, más que Cien años de soledad. Los críticos le dicen que no y él les responde que está de acuerdo en que Cien años es un libro mítico, pero dice que, en cambio, El amor en los tiempos del cólera es de gente humana, de cosas de verdad, con los pies en la tierra, de lo más real que nos puede pasar a todos, del amor”.


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SU GASTRONOMÍA

LA COCINA

EN LA LITERATURA

DE

García

árquez

POR TINA ALARCÓN* | FOTOS QUENTIN BACON, LIBRO CARTAGENA DE INDIAS EN LA OLLA


Berenjenas al amor, sancocho de mulata paseadora, cocadas de piña para las niñas y de coco para los locos, son los manjares de los personajes de García Márquez.

P

Peroles y ron. Butifarras, moscas, sancochos, acordeones, cafés cerreros, panelas, piñas maduras. Las cocinas de García Márquez son contundentes, estruendosas. Saben y suenan. Tienen su propio ritmo. Son generosas y elaboradas, mestizas. Con sus misterios nos remontan a Siria, a los barcos fenicios cargados de especias. Nos trasladan a las penumbras de los conventos castellanos, a las fondas gallegas, a las pulperías andaluzas, a las viejas plantaciones de banano del Magdalena, a las playas del África de origen. García Márquez esparce sabores y aromas entre página y página. Cuña sus relatos con tazas de chocolate y almojábanas, infusiones de tilo después de las gallinas de la Ciénaga de Oro. Ni siquiera las berenjenas doradas de los grandes visires fueron tan importantes como las de las costas caribes colombianas. En El amor en los tiempos del cólera, el tratado de la cocina costeña por excelencia, hay varias sugeridas, siendo las más reconocidas “las berenjenas al amor” del final y el puré de la página 302, que no es otra cosa que uno de los platos más refinados de la cocina cartagenera: la boronía. Sus historias se entretejen con la opulencia de las benditas (o malditas) berenjenas de Fermina Daza. Con los dos días, once meses y cuatro años de lluvias seguidas, con algas de azafrán que le nacían a la ropa mojada. Con la perfecta coordinación de José Arcadio y Aureliano Segundo, que al tomar la sopa parecían 0un solo reflejo. García Márquez le da a su cocina la importancia que ésta merece. Hay cuentos que solo se pueden contar desde un fogón, desde las hornillas. La tristeza de Sierva María, en Del amor y otros demonios, nos llega al alma, no tanto por su sometimiento como por la repugnancia que produce su eterno almuerzo rancio. ¿Remolachas nocturnas? Tiernas, cremosas, conservadas en sus propias mieles, siempre a la luz de la luna. Remolachas que esparcen su sabor nocturno a los manantiales de Lérida. Olores y sabores. Guayabas maduras que se sienten al caminar por la vieja plaza de Maubert Mutualité del Barrio Latino. Las tisanas que saben a ventana hervida, como si alguien hubiera probado las ventanas hervidas…, todas las cocinas tienen sus toques de locura. ¿En qué se distingue una receta de la otra? El temple del arroz con coco

cambia de puerta en puerta. Siempre ha existido una abuela que se ha atrevido un poco más, platos que se consuman lentamente con tres hilachas extras de coco. La cocina que resuella en los textos de García Márquez, es definitivamente el retrato de un pueblo generoso, envuelto en sudores. Es el árbol de recuerdos de la infancia: “Era como el recuerdo de otra época. Hasta cuando cumplió los 70, la Mama Grande celebró su cumpleaños con las ferias más prolongadas y tumultuosas de que se tenga memoria. Se ponían damajuanas de aguardiente a disposición del pueblo, se sacrificaban reses en la plaza pública, y una banda de músicos instalada sobre una mesa tocaba sin tregua durante tres días. Bajo los almendros polvorientos donde la primera semana del siglo acamparon las legiones del coronel Aureliano Buendía, se ponían ventas de masato, bollos, morcillas, chicharrones, empanadas, butifarras, arepuelas, hojaldres, longanizas, mondongos, cocadas, guarapo, entre todo género de menudencias, chucherías, baratijas y cacharros, y peleas de gallos y juegos de loterías. En medio de la confusión de la muchedumbre alborotada se vendían estampas y escapularios con la imagen de la Mama Grande”. (Los funerales de la Mama Grande) LA COCINA ESCASA El hambre, hermana legítima de toda cocina, tiene en la obra de García Márquez renglones directos, esparcidos por varios capítulos. ¿Cómo no pensar en el Coronel abandonado y su mujer? La tensión de sus hambres tiene su propia melodía. El viaje al correo, las miradas furtivas a los granos de maíz para el gallo, el gallo mismo. ¿En qué momento la frágil suerte del único bien de la familia podría evaporarse? Los gallos siempre son duros y más si son de puro músculo. El hambre en nuestra literatura es contundente. Hambre que rompe costillas, hambre que se siente ante la única tostada de plátano, ante el caldo claro de cebolla junca. De las hambres han salido manjares, de las hambres, las mujeres colombianas hacen el milagro diario de una comida. Ingrediente dramático, que con el poder de las letras adquiere la dosis necesaria de romanticismo, de leyenda. La verdadera cocina colombiana no puede existir sin sus flacuras y penurias, circunstancias obligadas que han precipitado sobre las mesas nacionales platos luminosos.

SANCOCHOS ÉPICOS En Colombia hay dos costas. La Caribe es la de García Márquez, la de los vallenatos, de arenas blancas y todos los azules del planeta en sus mares. La Pacífica es otra, su color es el verde. Es la magia de la selva y la lluvia eterna, es el misterio de sus ríos sin fin. Allí hasta el grano del arroz es diferente, los camarones se quedan dormidos entre las corrientes de agua dulce. La música no es de acordeón, es de marimba. En cada mar hay un sancocho costeño, como hay otros sancochos nacionales. En el Caribe, García Márquez lo llama “sancocho épico”, en el Chocó lo reconocen como “sancocho de mulata paseadora”. Los dos podrían ser épicos, los dos pueden haber sido guisados por mulatas paseadoras… pero son distintos. Por lo pronto vamos por el épico, que bien poco entusiasmó a Florentino Ariza. DULCES RECUERDOS “Se sumergió en la algarabía caliente de los limpiabotas y los vendedores de pájaros, de los libreros de lance y de los curanderos y las pregoneras de dulce que anunciaban a gritos por encima de la bulla cocadas de piña para las niñas, las de coco para los locos, las de panela para Micaela.” (El amor en los tiempos del cólera) Los loteros y los niños que salen del colegio, las moscas, que son las mismas de todos los días, desde los días de Fermina Daza. Es El Portal de los Dulces. ¿Cuántas veces se habrá quedado García Márquez atrapado entre tanta vida? Los frascos de vidrio, peceras gigantescas repletas de bolitas de tamarindo, de muñequitas de leche, de melcochas de maní. A mil, a tres mil, que no alcanza, que hoy sí fio y mañana de golpe no. Allí a la vera del reloj de la torre, que mal da la hora que toca. Allí, al calor de los abrazos de las negras, pareciera que las panelitas terminaran al fin por encontrar su punto de caramelo. Las líneas de García Márquez se unen con el amargo indescifrable del tamarindo, con el candor de las niñas que son diosas coronadas por los vientos de la tarde cartagenera. “La despertó del hechizo una negra feliz con un trapo de colores en la cabeza, redonda y hermosa, que le ofreció un triángulo de piña ensartada en la punta de un cuchillo de carnicero. Ella lo cogió, se lo metió entero en la boca, lo saboreó, y estaba saboreándolo con la vista errante en la muchedumbre, cuando una conmoción la sembró en su sitio. A sus espaldas, tan cerca de su oreja que solo ella pudo escucharla en el tumulto, había oído una voz: –Este no es un buen lugar para una diosa coronada”. (El amor en los tiempos del cólera) *TINA ALARCÓN: Periodista especializada en gastronomía y literatura, autora del libro Escritores en cubiertos. Publicado originalmente en Revista Diners No. 393, diciembre de 2002.


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SUS JUGUETES


LA INCREÍBLE

Y LARGA HISTORIA DE LAS

MÁQUINAS

DE ESCRIBIR DE

García

árquez POR DANIEL SAMPER PIZANO* | FOTO CORTESÍA ARCHIVO

Una de las relaciones más intensas que tuvo Gabo en su vida, tanto periodística como literaria, fue con sus máquinas de escribir. Biografía de un gran amor.


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SUS JUGUETES

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arcía Márquez no fuma: pero en el aviso aparecía una pipa. Ni escribe “había” con errores ortográficos: pero en el aviso la frase era muy clara: -el General Victorio Medina ya havía sido fusilado”. Ni escribiría nunca “acanpavan” por “acampaban”: pero en el aviso los hombres del coronel Aureliano Buendia conjugaban el verbo con ene y ve chiquita. García Márquez, finalmente no ha escrito nunca en una máquina brasileña, ni mucho menos en una Remington, pero el texto del aviso anunciaba alegremente: “García Márquez pode estar escrevendo numa máquina brasileira e não sabe”. “Lo que los anunciadores no sabían –observó García Márquez al conocer la propaganda– era que yo podía estar leyendo este aviso”. Y como nadie le había consultado el uso de su nombre, ni nadie le pagó derechos por utilizarlo, García Márquez se sentó ante una máquina Smith Corona y escribió un poder a una firma de abogados brasileños para que demandaran a la Remington. Así empezó la guerra de las máquinas, que por ahora no ha tenido final, ya que la Remington argumentó que el responsable del aviso era la agencia de publicidad y la agencia de publicidad resultó tener entre los craneadores del texto a un grupo de jóvenes de izquierda admiradores de García Márquez. El origen del problema fue una propaganda de una página entera aparecida en la revista Visão (la Visión brasileña) donde la orgullosa empresa fabricante de las máquinas revelaba a los lectores que las Remington del Brasil están siendo exportadas “para tudo quanto é canto do mundo, especialmente para os países de América Latina”. Y agregaba: “Por isso, um escritor como Gabriel García Márquez, colombiano, que vive em Barcelona, pode estar escrevendo numa máquina brasileira e não sabe”. Pero García Márquez no sólo no vive en Barcelona desde hace varios años, sino que está seguro de que la máquina en que escribe no es brasileña. Porque si hay alguien en el mundo que tiene presente la biografía de sus máquinas de escribir, ese es García Márquez. UNA VÍCTIMA ANÓNIMA DEL BOGOTAZO La primera que tuvo se la regaló el papá cuando Gabo estudiaba bachillerato en medio de la bruma zipaquireña. Era una

Remington portátil (pero no brasileña), donde escribió sus primeros cuentos. Terminado el colegio, Gabo y la máquina se trasladaron a una pensión en la carrera octava de Bogotá, donde, en un momento de acoso, resolvió empeñarla. El 9 de abril de 1948, mientras el centro de la ciudad era un fogón enorme, García Márquez se acordó de la máquina y, desafiando a los francotiradores, corrió a la prendería con intenciones de rescatarla. Pero cuando llegó ya era tarde. En medio de las cenizas del montepío alcanzaban a verse apenas las teclas retorcidas de la máquina. Después, como en las historias de amor y decepción, vino una larga lista de máquinas anónimas, de las que se encontraba en la redacción de los periódicos y le ofrecían desvergonzadamente sus teclas

se lanzó al desenfreno periodístico y se dice que terminó siendo editora de una “oscura” revista en Bogotá**. Para entonces García Márquez pensaba regresar a su tierra y no quiso hacerlo sin máquina nueva. Averiguó en Caracas cuál era la más resistente que se podía comprar con bolívares y le dijeron que una alemana de marca Torpedo. Gabo hizo el negocio a plazos y, cuando apenas había cancelado la segunda cuota, se voló para Colombia. Esta, la cuarta máquina de su vida, resistió varios cuentos, el relato de Los funerales de la Mama Grande y los capítulos iniciales de Cien años de soledad. En 1964, cinco años después, resolvió que la Torpedo se había ganado la jubilación. Rodrigo, el hijo mayor de Gabo y Mercedes Barcha, se encargó de

Si hay alguien en el mundo que tiene presente la biografía de sus máquinas de escribir, ese es García Márquez. dentro de unas horas o días. Pero ya se sabe que de estos excesos no queda nada distinto a un sabor amargo en los dedos, así que, cuando mediaba el decenio del 50, Gabo se fue a París, más sin máquina que nunca. Plinio Mendoza le vendió allí una máquina gozque, sin marca conocida, que perdió la letra d al cabo de dos o tres reportajes. García Márquez se las arregló para corregir el defecto con una operación de chuzoterapia consistente en teclear la c cuando necesitaba la d y agregar luego a mano el palito a la c a fin de que pareciera d. Así dio a luz el texto original de El coronel no tiene quien le escriba. LA ALEMANA DESAPARECIDA Un año después, en 1956, Mendoza reconoció que lo había estafado y le cambió la máquina desmueletada por una portátil, que Gabo usó hasta 1958, cuando viajó a Caracas y apareció su legítima dueña. Segunda estafa. Era Consuelo Mendoza, hermana de Plinio, a quien éste había despojado arteramente de la máquina. Más tarde, Consuelo quiso hacer carrera como cuentista pero, para su estupor tocano, la misma máquina que escribió El coronel se negó a fajarse un solo cuento bajo las órdenes suyas. Desencantada, Consuelo

guardarla. Sería la primera pieza del Museo García Márquez. La Torpedo residió en Barcelona por algún tiempo y luego se trasladó a México, donde el curador la colocó encima de una mesa. “Yo le decía a Rodrigo todas las noches: quita esa máquina de ahí, que se la van a robar”, explica García Márquez. Los viejos soldados no mueren: se desvanecen. Las viejas máquinas no se oxidan: se las roban. Así pasó con la Torpedo, que se fue una noche de 1975, junto con las cosas de plata de Mercedes, entre el talego de un ladrón mejicano, ándale, manito… EN LA ERA BIÓNICA Su primera máquina eléctrica fue una Smith Corona que compró en 1964 en México. Para un hombre nacido en Aracataca ya es bastante fuente de considerable admiración manejar un pequeño piano con teclado de letras; de modo que encontrarse con una máquina que se devolvía sola, correteaba el espaciador con sólo oprimirlo de seguido y producía originales de pareja nitidez, fue definitivamente un milagro. En alguna ocasión, Gabo declaró que él no tenía necesidad de pensar nada. La máquina eléctrica escribía por él. Con ella llevó a extremos una vocación


perfeccionista que siempre había tenido. García Márquez sólo da por terminada la jornada diaria cuando, tras haber corregido el texto varias veces, saca en limpio, sin un solo error mecanográfico, unas cuartillas que enorgullecerían a la más aventajada secretaria de la Escuela Remington Camargo.

E

n esa Smith Corona ter minó “Cien años de soledad”. En 1967, cuando vinó a España, la dejó al cuidado de Álvaro Mutis en Ciudad de México y compró en Barcelona otra de enchufar. Fue su sexta máquina de escribir, donde terminó La cándida Eréndira y El otoño del patriarca. Este último hecho seguramente hará pensar a muchos que la máquina tenía dañada la puntuación. Puede ser cierto. García Márquez no ha comentado nada al respecto. Durante su estadía en Londres a lo largo de la cual pretendió domar la rebeldía de su lengua costeña con rígidos ejercicios de inglés, la máquina española acompañó a los García Márquez. Necesitaba un transformador más grande que ella, por lo cual se hizo indispensable la

presencia de Rodrigo, quien se encargaba de trastearla en varios tiempos. A la larga, Rodrigo se quedó con ella y Gabo acabó comprando en México un aparataje de cinta encasetada que no funcionó ni un solo día. Cuando el mecánico fue a hacerle la primera revisión, preguntó si la máquina se había caído de un segundo piso. Mercedes la está vendiendo y no encuentra quién se la compre. Pese a todo, el autor de Cien años de soledad resolvió insistir en las máquinas de cassette. La segunda le salió excelente. Ya no se pintaba los dedos cuando se enredaban los tipos ni había que devolver el curetel a mano. La adquirió en Panamá y le sacó pieza en Bogotá desde hace dos años. En ella escribió el poder a los abogados para que demandaran a los autores del aviso según el cual él podía “estar escrevendo numa máquina brasileira e não sabe”. Gabo pensó que esa sería su máquina definitiva, hasta que un día del año pasado caminó frente a la vitrina de un almacén en Washington y se encontró con la máquina más linda que sus ojos habían visto jamás. Hipnotizado, entregó los 280 dólares y ordenó que le recambiaran el teclado a español, a fin de incorporar la ñ sin la cual no habría podido escribir Cien años de soledad ni El otoño del patriarca.

P

ero esta máquina, la bella, por poco tiene un terrible final. Después de haber viajado de Washington a Panamá y de allí en el avión de Hugo Torrijos a Cartagena, la máquina se perdió. No se sabe dónde: en el avión, en el aeropuerto, en la base aérea de Panamá. Gabo armó un escándalo, el país vecino se conmocionó, la torre de control se ocupó del asunto, la seguridad estuvo buscándola sin éxito. Hasta que tan sigilosamente como había desaparecido, esta máquina, la bella apareció. Happy end. En cambio, el final del pleito del aviso en Visão aún no se ha producido. Hoy cuando escribo en mi Olympia semi-portátil acerca de la propaganda de la Remington en que utilizan sin permiso el nombre de García Márquez, éste se encuentra en el Brasil. Allí le darían alguna razón sobre su demanda. De modo que en este momento García Márquez puede estar ganando un pleito brasileño y ya lo sabe. *DANIEL SAMPER PIZANO: Periodista y columnista colombiano, autor de Dejémonos de vainas e Impávido coloso, entre otros. **Consuelo Mendoza fue directora de Revista Diners entre 1976 y 1994. Publicado originalmente en Revista Diners No. 103, octubre de 1978.


FOTO CARLOS DUQUE


ADIÓS Soñé que asistía a mi propio entierro, a pie, caminando entre un grupo de amigos vestidos de luto solemne, pero con un ánimo de fiesta. Todos parecíamos dichosos de estar juntos. Y yo más que nadie, por aquella grata oportunidad que me daba la muerte para estar con mis amigos de América Latina, los más antiguos, los más queridos, los que no veía desde hacía más tiempo. Al final de la ceremonia, cuando empezaron a irse, yo intenté acompañarlos, pero uno de ellos me hizo ver con una severidad terminante que para mí se había acabado la fiesta. Eres el único que no puede irse, me dijo. Solo entonces comprendí que morir es no estar nunca más con los amigos. Tomado de Doce cuentos peregrinos, Editorial Oveja Negra, 1992.


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