Issuu on Google+

separata ag e n d a c u lt u r a l d e b o g ot á

|

mayo d e 2 0 0 8

CINE TEATRO MÚSICA DANZA PLÁSTICA TURISMO Para enviar información a esta agenda escribir a: agendaciudadviva@scrd.gov.co

exposición

Temporada de estrenos Nuevas producciones en diversos géneros de la danza como break dance, street dance, danza contemporánea, y los ritmos tradicionales nacionales y del mundo, se presentarán este mes en el Teatro Municipal Jorge Eliécer Gaitán, en funciones de entrada gratuita. Estas propuestas también incluirán música en vivo, instalaciones de video, artes plásticas y nuevos medios. Fecha: 2 y 5 al 14 de mayo Lugar: Teatro Jorge E Gaitán, Cr 7 22-47 Hora: 8:00 pm Costo: gratuito Inf: 3274900

La huella de los objetos Aborda temas como la producción de objetos patrimoniales, que incluyen mobiliarios, cerámicas, pinturas y platería. Charlas dictadas por expertos invitados como Gabriela Siracusano (Argentina) y Cristina Esteras (España), en la II Jornada Internacional de Arte, Historia y Cultura Colonial. Fecha: 21 al 24 de mayo Lugar: Museo de Arte Colonial, Cr 6 9-77 Costo: $40.000 a $60.000 Inf: 3416017

F OTO R AFAEL C ARO S UÁREZ

música

F OTO C ARLOS M ARIO L EMA

Festival de Blues y Jazz 2008 Llega la undécima versión del ya tradicional festival realizado cada año, y de forma ininterrumpida, por el Teatro La Libélula Dorada que desde hace algún tiempo también les apuesta a otras manifestaciones culturales. Agrupaciones de ambos géneros musicales — precursores del rock-and-roll— tocarán en vivo sus mejores temas inéditos, así como algunos covers de sus bandas insignes. Fecha: 1º de mayo al 14 de junio Lugar: Teatro La Libélula Dorada, Cr 19 51-69 Hora: 8:00 pm Costo: $14.000, $16.000 Inf: 2498658

literatura Revista de la Casa Silva Consiga la edición número 20 de esta publicación de poesía, editada en el marco del vigésimo aniversario de la Casa de Poesía Silva. Contiene poemas, entrevistas a escritores, reseñas, y un recuento de momentos especiales de la Casa Silva en sus veinte años de existencia. Inf: 2865710

El 18 de mayo, Día Internacional de los Museos. Entrada gratis a todos los museos.

danza

escultura La era de Rodin Espléndida exposición que llega a Colombia directamente desde los salones y bodegas de los museos Soumaya (México DF) y el Arte de Ponce (Puerto Rico). Un total de 70 obras de Rodin, el célebre escultor galo, hacen parte de esta muestra que se destaca por la magnitud de las esculturas en mármol, porcelana, yeso y terracota que el público podrá apreciar. Fecha: 1º de mayo al 13 de junio Lugar: Museo de Arte Moderno, Cl 24 6-00 Hora: martes a sábado, 10:00 am a 6:00 pm; domingo, 12:00 m a 5:00 pm Costo: $3.000, $4.000 Inf: 2860466 www.mambogota.com


página 8 | mayo de 2008

Bogotá se va de corrientazo Por Óscar Domínguez G.

M

ediodía. Millares de bogotanos aprovechan la feliz coincidencia de que las manecillas del reloj hacen el amor sobre las 12, y salen disparados a buscar ese maná meridiano llamado el corrientazo. El Diccionario que nos rige sólo acepta corrientazo en su significado de «descarga eléctrica en el cuerpo de una persona o animal». No importa. Paleontólogos del idioma del Caro y Cuervo y de la Academia Colombiana ya lo tienen clasificado, sin comillas. El corrientazo es el mismo almuerzo popular. Se hermana con comida casera, ésa que parece hecha por la mamá. Esta costumbre gastronómica tiene un pariente rico, el almuerzo ejecutivo, un tris más aristocrático. En Colombia todo tiene su estatus, hasta la forma de calmar el hambre. Gajes del oficio de ser colombianos.

F OTO G ERMÁN I ZQUIERDO M ANRIQUE

F OTO G ERMÁN I ZQUIERDO M ANRIQUE

Sonatas, periodismo, corrientazo Así como la sonata, el juego de ajedrez o una noticia periodística tienen apertura, medio juego o desarrollo, y final, el rito del corrientazo incluye sopa, seco y postre. En estas tres fases, los restauranteros —mamás del mediodía— procuran lucirse. De allí depende la viabilidad del negocio. En tales instancias podrán balancear dietéticamente tan fundamental componente de la cotidianidad. Así como el sábado se hizo para el hombre y el puntico para la i, muchos restaurantes están imaginados para satisfacer a la aristocracia del corrientazo. Allí nace y muere su parábola vital. Al mediodía, la ciudad se vuelve un solo corrientazo largo en todas direcciones. A nadie se le ocurri-

ría iniciar una revolución a las 12 del día. Correría el peligro de quedarse íngrimo. El almuerzo primero, las revoluciones después. El corrientazo tiene mucho de oasis en el desierto laboral del mediodía. Su oficio es desestresar. Los empleados, claro, aprovechan la coyuntura para despotricar del jefe, de sus camaradas más prósperos, o de la bella que les niega una canita al aire. Una derrota social Tratadistas gastronómicos como el mexicano Juan Villoro sostienen que almorzar solos es una derrota social. No es cierto. La soledad de uno, en compañía de su vianda meridiana, sirve para replantear lo hecho en la mañana y definir la estrategia para el resto de la velada. Los robinsoncrusoes del mediodía también son bienvenidos. Comprador es comprador, reflexionan los dueños desde su pragmatismo de todas las horas. Por inercia, a los solitarios les tocará compartir mesa con personas que sólo verán una vez en la vida. En esa charla, el solitario será estruendosamente ignorado. No importa, nuestro personaje sabe que la charla ajena será la salsa o el picante de su propio almuerzo. En ese lapso se enterará de cómo marchan las cosas en una oficina que no es la suya. Sabrá que mengano se extrovierte con fulana, perencejo con perengano. Conocerá las debilidades sexuales del jefe y se enterará de que zutanito ha logrado trepar en la nómina gracias a su capacidad de lagartería, intriga o arribismo. Mapa gastronómico Todo activista del corrientazo tiene diseñado un mapa mental de los sitios donde almorzará. Los hay que le guardan fidelidad a una sazón. En otros casos, la fide-

lidad está dada por los cinco o seis mil pesos que cuesta el golpe. La plata para el diario está rigurosamente repartida. Cualquier exceso puede comprometer el parsimonioso regreso a casa, convertido en racimo humano, en la claustrofobia del bus o del transmilenio, donde rateros que también comen harán todo lo posible por redistribuir forzosamente el ingreso del otro. En los días de quincena es otro el cantar. Como ese día somos millonarios fugaces, aprovechamos para salirnos del libreto y probar bocados más pantagruélicos, cuyos precios oscilan entre los diez y quince mil pesos. Adiós monótono menú diario. Al final de la quincena tocará buscar menús de tres o cuatro mil pesitos. En estos casos nos espera una servilleta partida en cuatro, atravesada por un anoréxico palillo, con el cual saldremos a la llanura a proclamar, mientras nos hurgamos entre los dientes, que este pecho acaba de almorzar. Los indiscutidos y anónimos héroes de estas jornadas gastronómicas son los propietarios, cocineras y meseros que lo han dispuesto todo para su prominente cliente, generalmente enemigo personal de la propina. La burocracia del restaurante ha madrugado a la plaza de mercado y a la cocina para que no escape detalle alguno. Todos han hecho un máster en atención al cliente, lo que les permitirá cambiarles la sopa por el huevo, la carne por pollo, el patacón por superávit de papas. De esa atención dependerá que se agoten las existencias. El resto habrá que reciclarlo para el día siguiente, o consumirlo. La burocracia restauranteril también tiene derecho a su corrientazo. Loor a estos seres que mueven, y de qué forma, la economía de la ciudad: dando de comer al hambriento del mediodía.


mayo de 2008

|

página 7

Bogotá en blanco y negro Por Germán Izquierdo Manrique

D

urante la Primera Guerra Mundial, Bogotá quedó perdida en el tiempo. Mientras en Rusia era asesinado el último de los zares y Estados Unidos entraba oficialmente en la confrontación luego del hundimiento del barco inglés RMS Lusitania, aquí, en una ciudad fría y plomiza como los trajes de sus habitantes, no pasaba nada. Se vivía una vida bucólica, inventando historias para condimentar una monótona realidad; se hacían pasteles de arracacha, tamales, suflés de zanahoria, postres de papayuela. Las mujeres cosían y tejían en los más complicados estilos: todo para matar los días que pasaban como arrastrándose. En plena guerra la ciudad vivía en un mundito pintoresco, informándose a medias en los papeles de noticias que transportaban primero los transatlánticos, luego los vapores del Magdalena y finalmente las mulas. En 1915, narra Eduardo Caballero en su libro Memorias infantiles, no llegaba casi nada a Bogotá: «Los intelectuales colombianos dejaban de recibir libros [...]. En materia de modas las señoras perdían sus puntos de referencia». Lejos de las bombas y las metrallas estaba esa Bogotá que pronto entraría en los años veinte, cuando en las revistas europeas se revelaría la vanguardista moda de la posguerra: los vestidos ajustados y largos en las damas, el sombrero panamá, que desplazaría definitivamente al bombín. Y las cremas Kosmeo y los maquillajes Max Factor, las plumas Parker, las gabardinas camel, los zapatos Crossets, «El crosset domina en Broadway», decía un anuncio publicado en Cromos en 1925, en cuya portada aparecen Inés Nieto Umaña, Leonor Ángel Montoya y otras señoritas bogotanas en un reinado en el Teatro Colon; todas salen con los ojos cerrados, encandelilladas por el flash de la cámara. La llegada de los judíos polacos en esta época fue fundamental para el cambio comercial. En los años veinte, anota Alberto Lleras, los comerciantes judíos establecieron el que a la postre se llamó «crédito po-

es un oficio difícil. Los precios de los vestidos chinos están acabando con el negocio. Y el contrabando. Aquí al frente, por la calle, pasan hombres vendiendo trajes que llevan al hombro». Luego de una pausa en la que respira medio agitado, pregunta: «Dígame usted qué significa eso?». Otálora cuenta que después de muchos años ha vuelto la sotana, como en la Bogotá de blanco y negro: «Los sacerdotes han vuelto a usarla porque el papa Benedicto la ha recomendado». En la calle once con carrera octava, cerca del taller de Otálora, quedan hoy las últimas sombrererías de la ciudad. El sombrero, que hasta los años cincuenta fue una prenda casi obligatoria, ha sido relegado desde entonces. Ernesto Ayarza es dueño de cuatro sombrererías en la calle once, y hace más de sesenta años se dedica a este negocio. Su esposa, Rosa Bermúdez, recuerda las faenas de costura de su familia en los años cuarenta: «En mi casa se confeccionaba la ropa de toda la familia. Los viernes santos mis tías caían rendidas, después de hacer ropa nueva para todos, porque ese día siempre había que estrenar». Pensar hoy en hacer la ropa de toda la familia resulta difícil de creer. Con los años Bogotá dejó de ser la ciudad de un puñado de familias ricas y de montones de analfabetos enruanados. Aquí el tiempo ya no pasa como arrastrándose, sino vertiginosamente. Bogotá se ha convertido en una gran capital, caótica como las grandes ciudades, pero tan diversa y cambiante que resulta difícil aburrirse. Quizás porque, casi siempre, existe la posibilidad de escoger. laco», un sistema de pago a plazos para los pobres, con el que muchos se lucraron ejerciendo la usura. No obstante, cuenta Lleras: «Las sirvientas, la inmensa y dispersa clase ancilar cuya situación no se diferenciaba mucho de la esclavitud anterior, de origen indígena, pudieron vestirse con algo más que los trajes abandonados por las señoras». En los años treinta, la otra Bogotá, la que compraba a crédito polaco, vivía en barrios como La Perseverancia, Las Cruces o San Fernando. Los habitantes de estos sectores tomaban chicha y jugaban turmequé. Eran loteros, tranviarios, zapateros, hombres que trabajaban como obreros de construcción, en alpargates y largas ruanas, que llevaban arrugados sombreros altos de ala corta. Y mujeres de manos fuertes que, sin los guantes de piel que usaban las patronas, bajaban con los brazos temblorosos por el peso de las grandes vasijas en las que traían el agua desde el Chorro de Padilla. Los hombres y mujeres imitaban en todo a los actores que veían en las películas del Teatro Faenza o en las páginas de las revistas donde se publicaban, acompañados por fotos, anuncios como el siguiente: «Mary Doran, encantadora actriz cinematográfica, luce un bello ensamble». Los sastres, el ondulado permanente del salón de belleza Biarritz y la brillantina disfrazaban a los bogotanos de estrellas de Hollywood, estrellas lejanas que nunca conocerían porque Bogotá era un punto insignificante y apartado en el mapa. Vuelve la sotana Rafael Ángel Otálora, como su padre y como su abuelo, es sastre especializado en trajes eclesiásticos. «Éste


m ayo d e 2 0 0 8

|

libros

página m-vi

Bibliotecas de Bogotá BIBLIOTECA PÚBLICA A RBORIZADORA A LTA

Bibliotecas de Bogotá

Nuevos Libro al viento A partir de este mes, nuevos títulos de Libro al Viento se consiguen prestados en las Bibloestaciones. Canción de Navidad Charles Dickens La noche antes de Navidad, el tacaño viejo Ebenezer Scrooge es visitado por tres fantasmas: el de las navidades pasadas, el de las presentes y el de las futuras. Las tres presencias le mostrarán, reflejadas en su niñez, en sus parientes, en la familia de su empleado, en el enfermizo Tim, que sólo la conversión de su espíritu lo hará un hombre feliz. Sobre Canción de Navidad anotó Chesterton: «La belleza y la verdadera bendición de la historia residen en aquel gran horno de la felicidad que resplandece a través de Scrooge y todo lo que le rodea; aquel gran horno, el corazón de Dickens». Hoy, 150 años después de haber sido escrito, seguimos leyendo este relato con la misma emoción, porque sus páginas logran un delicado equilibrio entre la fantasía y la condición humana. Cubiertos por la bruma se distinguen los sombreros de copa, las filas de casas, los faroles amarillentos, las mujeres de largos vestidos envueltas en chales, los hambrientos niños con gorras de paño. Pocos escritores describieron tan profundamente los barrios humildes de la Inglaterra victoriana y los contrastes sociales de mediados del siglo XIX. El argumento de Canción de Navidad y sus personajes no se agotan. Muchos hemos visto la historia en las pantallas, en versiones de la BBC, de Hollywood, e incluso representada por los Muppets. Pero lo mejor es leerla y deleitarse con anotaciones que nos muestran, por ejemplo, que Scrooge es solitario como una ostra, o aquel aldabón que le sonríe macabramente. Observar al viejo Scrooge caminando entre la bruma o asustado por las apariciones, imaginar al pequeño Tim y al buen Bob constituyen siempre una felicidad. En palabras de Nabokov: «Sencillamente debéis rendiros ante la voz de Dickens».

En 1834 sólo era una. Ese año, durante el gobierno del general Santander, se dictó la primera ley sobre depósito y conservación de libros en la Biblioteca Nacional de Colombia, la más antigua de las bibliotecas nacionales del continente. Actualmente, casi 180 B IBLIOTECA PÚBLICA COMUNITARIA S IMÓN EL B OLIVAR después, en Bogotá los libros están siempre al alcance, siempre cerca de la gente. En una calle empinada del centro se alza la Luis Ángel Arango, la segunda biblioteca más visitada del mundo. En un lugar de la Avenida Ciudad de Cali, donde alguna vez quedaba una planta de transferencia de basuras, se construyó en 2001 la Biblioteca El Tintal Manuel Zapata Olivella, que junto con la de El Tunal y la Virgilio Barco conforman las tres megabibliotecas de BibloRed. Pero Bogotá cuenta con pequeñas bibliotecas barriales y comunales que muchos desconocen, y que constituyen con frecuencia el principal lugar de entretenimiento, trabajo y relajación de numerosos habitantes de la ciudad. La Alcaldía Mayor acaba de publicar el libro Bibliotecas de Bogotá, BIBLIOTECA P ÚBLICA V IRGILIO BARCO uno de los treinta proyectos ganadores de las convocatorias Bogotá Un Libro Abierto, en 2007. Se trata de un completo volumen dividido en varios capítulos que reseñan, en vívidas crónicas escritas por Arturo Guerrero, bibliotecas pequeñas como la Julio Cortázar, situada en el Rincón, en Suba; especializadas, como la Rafael Pombo, y las mayores, ya citadas. Las páginas finales del libro enumeran las bibliotecas con que cuentan las veinte localidades de Bogotá. Como anota Carlos José Reyes en el prólogo de la obra: «Las bibliotecas son, en resumen, la recopilación de la memoria humana en todas sus instancias, el saber acumulado a lo largo de los siglos...».


cuidad vivia prueba