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DICHOS SALIDOS DE LA BARRIGA

Ant贸logo: Alejandro Valencia-Tob贸n Antolog铆a comentada por Mario H. Valencia Alzate


Ilustraciones: Hernán Marín www.hernanmarin.co

Edición y corrección: Susana, Alejandro, Lucía y Mario Diagramación: Alejandro Valencia-Tobón 2013


En memoria de Glafira Rosa Betancur Gil


CONTENIDO Prólogo

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“A éste le gusta anotar ‘güevonadas’: toda cosa que yo diga va y la anota” 15 “Se me vienen las palabras de la barriga, sin permiso de la cabeza”

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“Primera vez que dije no, pero lo dije”

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al otro medio. Entonces yo me estoy comiendo mi parte”

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“Si abren empleo para todo el mundo se calma la situación”

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“El agua viene sucia desde la toma”

43

“El culo cuando quiere rejo, lo busca”

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“¡Virgen del Carmen, Madre Bendita!”

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“La religión es como un juego”

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“En la noche, uno se profunda”

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“Como estoy de querida, parezco un billete de cincuenta”

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“Si una arepa hay, la dividimos para todos”

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“A ver…. cómo te digo: medio mundo se hizo para comerse

“Se murió otra muchachita porque se hizo arreglar el culo: ojalá aprendan esas vanidosas”


“Es que yo soy racista: los negros no me gustan. Yo tuve que aceptarme pero los negros no me gustan”

73

“El vocabulario es muy importante”

79

“Es que les gusta mucho escarbarme la existencia”

83

“Dejame soñar, no me despertés, que despertarse es más triste”

87

“Uno quedarse con hambre es una putería”

93

“Uno tiene que ser grosero para que lo respeten”

97

“La violencia engendra violencia… contra los pobres animalitos de Dios”

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“Solamente los gallinazos y las pulgas no necesitan visa”

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“Tanta gente mijo y tanta vieja en embarazo…”

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“A mí me gustan mucho los colores contentos”

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“Si me hubieran dejado estudiar, hubiera sido bien inteligente, ¿cierto?” 119 “A sufrir, ni cuando tenga tierra encima” “Las lágrimas preocupan a la gente”

123

127

“Uno donde dice que lo van a espantar, allá ve bultos”

133

“Es una suerte contar con vida como está esto de verraco”

137


“Lo que a uno le da más vergüenza es lo que le pasa. Para que lo tenga en cuenta”

143

“Si la regañaron, deje que algo vuele. Uno le pone cuidado a todo lo que le dicen y se amarga”

149

“Todos estamos cubiertos de egoísmo”

153

“Trabajar y pensar, hay que hacerle a los dos”

159

“Cosa que a uno le den, hay que estrenársela… para que si uno se muere, la deje vieja”

163

“Uno vivo es casi muerto…uno no es nada mijo”

169

“…Por eso no hay que querer a nadie. Todo el amor es falso”

173

“Compañías ni con la hijueputa cobija. No ve que se voltean y le dejan a uno el culo afuera”

177

“Bien enfermos doña Amparo, doña Margarita, la otra Margarita, doña Ofelia, doña Soledad, doña Yo, don Evelio, doña Matilde... para venirse a morir Marinita bien aliviada…”

183

“Chao pescao, se acabó la pecera”

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PRÓLOGO Hace veinticinco años que empezó este proyecto. Sin embargo, sólo hasta hace cuatro años me di cuenta de la idea que tenía. Así, sin más teoría que mi amor y sin más pretensiones que guardar la memoria, comencé a anotar frasecitas en cada pedazo de papel que encontraba. Se volvió costumbre para mi tener un lápiz en mi bolsillo que no alcanzaba los siete centímetros de longitud. Creo que nunca he disfrutado tanto una idea y creo que ninguna idea la he desarrollado por tanto tiempo. El lapicito fue apuntado en hojas y hojas y hojas y hojas hasta que un día comencé a pensar que debía darle un orden a mi “trabajo”. Ese fue el inicio de la digitalización de cada palabra, cada expresión, cada acento, siempre con la misma idea en mi cabeza: hay que guardar la memoria. Somos muchos en un solo cuerpo, somos tantos como personas hemos conocido y amado. Creo fielmente en que a todos ellos les dimos algo y que todos ellos nos dejaron algo. Sin embargo, y sin querer entrar en discusiones de la materialidad o la inmaterialidad del ser, me limitaré a decir que somos en tanto nos recuerden. 11


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Mi abuela ha sido, desde que mis padres tienen memoria, una luchadora incansable. También ha sido, desde que yo tengo memoria, la pensadora más grande que he conocido. Y lo digo con orgullo: una campesina de San Pedro de los Milagros ha reflexionado y teorizado más sobre la vida que yo, que empiezo a cursar mis estudios superiores. Dejo entonces constancia escrita, visual y auditiva1 de lo que ha sido la filosofía de Doña Rosa que, aparte de ser mi abuela materna y brindarme su afecto, es el más grande referente teórico de mis días. Y ella, humildemente, considera que “me quedé sin saber si era inteligente o no, porque ¿a dónde estudié?, ¿a dónde quemé yo esa etapa?, ¿usted cree que fue mucho estudiar correr a caballo por ahí por todos esos morros?” Alejandro Valencia-Tobón Noviembre de 2011 Manchester, UK. A menudo, se me antojaba importante registrar diversos hechos de la vida de mi abuela, tanto en fotografía como en video. Lo hice siempre que tuve oportunidad y, en todos los casos, con la complacencia de ella. Muchos de estos registros, escritos, visuales y auditivos, pueden verse en mi página http://www.alejandrovalenciat.com 1

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http://www.alejandrovalenciat.com/alejandrovt/inicio_I_Dona_Rosa.html 13


“A éste le gusta anotar ‘güevonadas’: toda cosa que yo diga va y la anota” Lo que podría decírsele a Rosita, como la llamaba cariñosamente Susana, su nieta, es que gracias a esas “güevonadas” que un día se le ocurrió a Alejandro empezar a anotar, fue que pudo salir este libro. Menos mal que hubo quién lo hiciera, y menos mal que nunca faltará quién lo haga con otros, porque lo que se escribe queda como memoria. La escritura es duradera: dura más que los seres, animados o inanimados, porque los primeros rápidamente se desvanecen y los segundos son sepultados por toneladas de tierra, hasta convertirse ambos seres también en mera tierra. Lo que está escrito dura más que los dioses: al 15


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menos eso es lo que muestra la conversión de la religiosidad antigua en mito de la actualidad. La escritura permanece y cada vez los seres humanos, sin proponérselo, crean más y más medios que hacen que lo que se escribe sea perenne. Por eso, porque la palabra escrita no se olvida, vale la pena escribir lo que vale la pena. Y ya se verá porqué hemos considerado estos dichos como dignos de ser publicados, así ella los catalogara de “güevonadas”. Rosita, por fortuna, alcanzó a ver el trabajo que hizo Alejandro pues, por petición de él, llevamos un computador al hospital. Así, ella vio plasmado no sólo toda cosa que ella decía y él anotaba sino el video y la fotografía que juntos los tres se constituyen en un trabajo reflexivo que podrá ser visto y oído y leído por ésta y futuras generaciones. Después de verlo todo, la comunicamos con él y ella le dijo: “Muchas gracias por todas las groserías que me mandaste. Están muy bien situadas, muy bien organizaditas”. Fue como una aprobación para que se publicara. Pero, por las dudas, se le preguntó si estaba de acuerdo con publicarlo. Entonces dijo: “muéstrelo para que disfruten”. Luego dijo para quienes estábamos, refiriéndose a una de las fotografías: “Es que él no 16


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desperdiciaba oportunidad ¡Qué cosa tan horrible! Yo no creí que él era tan inteligente. Eh, Ave María”. Muchos de esos decires de Rosita son los que aquí se comentan. Se comentan porque vale la pena reflexionar no solamente acerca de las palabras profundas que dicen los grandes oradores, que a veces son necedades superficiales, sino también de las humildes “güevonadas” dichas por las abuelas, que a veces son razonadas profundidades. Así que escogí este dicho por dos razones: la primera porque, aunque Rosita no esté, consideré importante responder a la pregunta implícita —dirigida a Alejandro— respecto al porqué “cada cosa que yo diga va y la anota”. La segunda porque, acostumbrados a leer antologías de grandes obras, me pareció conveniente utilizarla para hacer un primer comentario, con carácter explicativo, de lo que puede significar una recopilación de este tipo de dichos en los que se muestra la sencilla sabiduría que alcanzan las abuelas, a pesar de que muchas veces sean ignoradas en sus apreciaciones. En síntesis esta expresión, por sí sola, da pié para abrir el camino que vamos a recorrer en este libro.

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“Muchas gracias por todas las groserías que me mandaste”


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“Se me vienen las palabras de la barriga, sin permiso de la cabeza” Se refiere este dicho a las expresiones naturales y fáciles del pensamiento, a las que se producen sin cuidados. Son palabras que, aunque salen de manera espontánea, encierran un profundo sentimiento o una posición frente a algún hecho concreto. Quien las dice se atreve a correr el riesgo de que sean mal interpretadas o que puedan ser juzgadas tan a priori como se dijeron. Son opiniones tiradas a un viento que las arrastra con sus ondas hasta hacerlas estrellar contra los tímpanos, que siempre están listos para contarle al cerebro de estos atrevimientos.

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Literalmente, son palabras que salen de la barriga: de las vísceras, de los pulmones, de la profundidad del aparato fonador, haciendo un sesgo en su paso por la tráquea y la laringe para no permitirle al pensamiento que intervenga. Por eso es que, también literalmente, no le piden permiso a la cabeza: ni a la propia ni a la ajena. Se adelantan a lo que algún otro pueda pensar, respecto al asunto que tratan, sin temor a equivocaciones porque el error es fuente de aprendizaje. Por tanto, si es necesario corregir se corrige y se sigue adelante. Dicen algunos que es buen proceder, que es de personas inteligentes, pensar para luego hablar; para no tener que arrepentirse de lo dicho. Pero hay quienes mantienen “pegada de la lengua” una respuesta, una opinión, una pregunta sobre cualquier circunstancia de las que está hecha la vida y la dejan caer, al punto que aquella se presente, en el momento y lugar precisos.

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“No nos dejemos achicopalar�


“Primera vez que dije no, pero lo dije” Decir “no”, esa palabra que nos cuesta tanto decirla a quienes consideramos, de manera equivocada, que no es bien visto eso de andar negándonos a hacer algo cuando se supone que podemos decir “sí”, ha ocasionado muchos desacuerdos, rencores, rupturas y otros tantos sinsabores en la vida. A eso nos impele el cura, a decir “sí”, cuando decidimos presenciar muy orondos nuestras propias nupcias. En ese momento aceptamos todo, todo…hasta que la muerte nos separe: ¡qué sentencia! Y lo peor, para no salirme del mismo ejemplo, las mujeres aceptan que el hombre sea la cabeza, “sometiéndose a él” como éste se “somete a Dios”. Es decir que el hombre es a la mujer, lo que Dios

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es al hombre. Con razón, y muy a pesar de su fe católica, llegó a decirme alguna vez Rosita que “la religión es como un juego”. Pero del comentario a esta otra expresión me ocuparé más adelante. De lo que me ocupo ahora es de la necesidad (¿o de la necedad?), de la urgencia que nos invade a veces para decir “sí” aunque queramos decir “no”. La solidaridad se nos confunde a veces con la falta de carácter. Somos necios cuando nos falta la razón en el obrar, cuando porfiadamente reiteramos un “sí” por no “herir” al otro, cuando presumimos de solidarios siendo en verdad ignorantes. A muchas de esas abuelas que se convierten en matriarcas cuando les falta su marido, como fue el caso de Rosita, les cuesta mucho decir “no”. Pero hay que ver la satisfacción que sienten ellas cuando lo dicen, siempre por razones justas. Decirle “no” a alguno de sus hijos, por ejemplo, no estaba dentro del vocabulario de ella. No importaba que el trabajo se le duplicara o que su, a veces, exigua economía la pusiera a inventarse maneras para resolver las dificultades económicas que se le venían encima. Pero qué importante fue para ella llegar a comprender que estaba en el error de 26


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aceptar lo que había que negar. Fue cuando dijo con orgullo: “Primera vez que dije no, pero lo dije”. De ahí en adelante tuvo la satisfacción, por lo menos en muchas de sus decisiones, de decir “no” sin bajar la cabeza. Seguramente eso le ayudó a tomar la decisión de someterse a intervenciones médicas a pesar del desacuerdo de algunos galenos, porque vio en ello una mediana posibilidad de vida. Pero también, seguramente, ese “no” proferido por primera vez le dio fuerzas para decidir no intentarlo más cuando estuvo convencida de que era el momento de decirle “no” a la vida misma.

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“Es que si uno no se resuelve, no cruza el mar”


“A ver…. cómo te digo: medio mundo se hizo para comerse al otro medio. Entonces yo me estoy comiendo mi parte” Para empezar, quiero decir que ojalá fuera que medio mundo “se comiera” al otro medio, solamente eso, porque ello querría decir que a cada uno le correspondería otro ser humano y nada más. Pero no: hay quienes se la pasan criticando a otros, como si el proceder propio fuera el correcto. Rosita tuvo el valor de aceptar que, en algunas oportunidades (vale la aclaración porque no es que viviera en función de ello), le dio por criticar el comportamiento de tal o cual persona, sin que ésta estuviera 29


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presente. Así fue como, cuando lo consideró necesario, cuando con el proceder de aquella persona ella se sintió afectada, no vaciló en decírselo, aunque muchas veces con palabras como cuchillos. Ella era así, hay que reconocerlo: hiriente como la más cuando se lo proponía. Ese era uno de sus “lunares”. Pero “salía al ruedo” y manifestaba su queja. Es ahí en donde está la diferencia con el que gusta del rumor: en tener el valor de decirle al otro lo que consideramos que no está bien, cosa que normalmente no hacemos. Evitamos decir de frente lo que tenemos por decir, por varias razones: porque no tenemos los suficientes argumentos para nuestra apreciación, de manera que tememos que las palabras se nos devuelvan; porque carecemos de la capacidad de escuchar los argumentos que pueda tener el otro, convencidos de que nuestro parecer es el correcto; porque le tememos a la confrontación, prefiriendo entonces no movernos de la comodidad de “ver al toro desde la barrera”; porque nos cuesta reconocer que estamos equivocados. “Medio mundo se hizo para comerse al otro medio”, dice el argot popular. Rosita decoró este dicho con su gracia: “entonces yo me estoy comiendo mi parte”. Valga decir que sólo esa era 30


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su intención: ponerle gracia a lo que ya no la tenía, por lo común que se había vuelto.

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“—¿Es delgadita o es gordita? —Delgadita —Pues que no coma mucha cidra que se desbarata. La cidra es para adelgazar”


“Si abren empleo para todo el mundo se calma la situación” Rosita no sabía de tasas de ocupación ni de desempleo, o de los llamados empleos informales ni de los indirectos. Los conceptos de cesantes o aspirantes, o los de demanda y oferta laboral tampoco estaban en su caudal de términos. Ella solamente sabía que “si abren empleo para todo el mundo se calma la situación”: se calma la situación de hambre, de violencia, de miseria. Ella poco sabía de mercado laboral ni de fenómenos inflacionarios. Simplemente expresaba lo que su observación le señalaba como obvio y lo que podía inferir de su asidua escucha de las noticias del medio día y de la noche, que eran sus referentes. 33


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El salario lo resuelve todo. El salario está en relación directa con el alimento, con la educación, con la salud, con el techo ¿Quién puede ser tan ciego para no ver esta relación? Si el empleo genera salario y el salario satisface necesidades, el empleo es la solución. ¿Qué gobierno no es capaz de deducir esta sencilla relación transitiva? Eso era todo lo que pedía: que se hiciera efectivo el derecho al trabajo, al trabajo digno, propiciador de bienestar. Lo demás podía venir por añadidura. Lo decía así, palabras tiradas a cualquier parte, con la ingenuidad de una abuela, sin que su pedido se dirigiera a alguien en especial: “Si abren empleo…”, una queja sin destinatario, una voz que no será escuchada; “…para todo el mundo…” un ruego al aire, una esperanza ilusa; “… se calma la situación”, una consecuencia fácil, una deducción sencilla, cualquiera puede verlo. Lo que ella dijo no fue ningún descubrimiento extraordinario. Fueron las palabras de quien observa, reflexiona y concluye, de manera extraordinariamente patética. Rosita supo de aquella, del hambre, por oídas y también por vistas, no por sentidas. Por eso en sus días de bonanza, por allá en la montaña en donde pasó sus primeros años de casada, ayudó con provisiones a los 34


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necesitados que estaban cerca de ella. Por fortuna, y a pesar de muchos días de ahogo económico por los que tuvo que pasar después, durante los primeros días de vida citadina, el hambre quizá la rondó pero nunca llegó a afincarse en ella ni en los suyos. Pero se supo hacer la pregunta, como bien la hizo, por el “¿qué hacer con unos niños chillando detrás, con hambre?”. Fueron estas reflexiones las que la llevaron a tomar la decisión de no desgranarse en más de seis hijos, más que bastantes para cualquier mujer, a pesar del mandato de su religión de tener los que Dios quisiera darle.

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“—¿Y usted se va y viene y encuentra la coloca aquí? —No abuela —¿A buscarla? —Sí —Y de acá a eso más gente…”


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“Se murió otra muchachita porque se hizo arreglar el culo: ojalá aprendan esas vanidosas” La opinión es un dictamen que se emite gracias a la facultad que tiene el ser humano de reflexionar sobre un determinado asunto que le perturba el ánimo. La opinión es motivadora de controversia precisamente por su carácter subjetivo y, valga decirlo, muchos han sido juzgados y hasta asesinados por la poca tolerancia que tienen otros a maneras de pensar diferentes a las propias. Aunque ésta debe ser una de las razones por las que a veces no se opina, considero que la mayor razón que hay para ello es la incapacidad que muchas veces tenemos para formarnos juicios propios. Es cuando 39


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“nos pegamos” de lo que otros han dicho y hasta lo consideramos como un razonamiento nuestro. La opinión se funda en el intelecto de cada quien y cada quien es libre de expresarla o no, según su parecer y según también su capacidad discursiva, lo cual no es indicador de la validez del dictamen al que se hace referencia. En este dicho, vulgar si se quiere, hay implícita una profunda reflexión de una abuela; es decir, de una mujer que sabe de lo efímera que es la vida; que sabe acerca del sinsentido de estas intervenciones quirúrgicas vanidosas que incluso pueden adelantar la muerte de muchas de las personas que se someten a ello. Sin que ella lo supiera, hace más de cuatrocientos años, el gran poeta español Francisco de Quevedo opinó lo mismo, aunque con palabras floridas2:

Tomado de “Letrilla lírica”, Pagina%2050%20Naderias.htm 2

en

http://www.chvalcarcel.es/03%20Quevedo/

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“¿De qué sirve presumir, rosal, de buen parecer si aún no acabas de nacer cuando empiezas a morir? Hace llorar y reír vivo y muerto tu arrebol en un día o en un sol: desde el Oriente al ocaso va tu hermosura en un paso, y en menos tu perfección. Rosal, menos presunción ¿dónde están las clavellinas? Pues serán mañana espinas las que ahora rosas son.”

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“Esto está muy dañado, muy dañado”


“El agua viene sucia desde la toma” Cuando “el agua viene sucia desde la toma” es imposible limpiarla toda, interviniendo tan sólo una parte de su recorrido. Esos serían como “paños de agua tibia”, como se dice coloquialmente. Como hemos podido leer en lo que se ha comentado hasta ahora, Rosita acostumbraba tirar dichos propios por todas partes. Sin embargo, es sabido que este dicho es un refrán popular muy utilizado por todo aquel que, como ella, ha querido expresar su impotencia ante algún hecho sucio cuyo carácter procede de más arriba. Quise comentarlo, sin embargo, porque lo considero una inteligente incursión de Rosita en la política. En la política y en la paternidad, dice Lucía, porque ella 43


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pudo estar aludiendo también a aquellas situaciones en las que los padres tienen determinada manera agresiva, mentirosa, irresponsable o corrupta de proceder y luego se quejan porque un hijo o hija se comporta de manera similar. Era un análisis simple pero profundo, que también llegó a hacer Rosita, para dar cuenta de los efectos que logran verse en los seres humanos cuyos referentes no les han aportado lo mejor para la convivencia desde el respeto y la valoración del otro semejante. De todas maneras, aunque no sé explícitamente a qué se refería ella cuando pronunció este dicho, no es de extrañarse que lo estuviera aplicando al fenómeno de corrupción que tenemos en el País, cuyos casos abundan: ya sea que se hable de política, de educación, de la salud, del empleo y el desempleo, con toda seguridad que a cualquiera de ellos se refería Rosita. Yo por lo menos, cuando leí este dicho, no pude dejar de recordar a un tal expresidente de Colombia quien, untado de corrupción por todo el cuerpo, se lavaba las manos argumentando obrar en defensa de la soberanía pero quedaba arropado, no con un manto sino, con una sábana de dudas. Desde allí venía sucia el agua por lo cual, de ahí para abajo, se ensuciaban muchos otros. La autoridad 44


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está llamada a marcar la pauta con el ejemplo y, por ello, no puede ensuciarse; a menos que esté dispuesta a autorizar a todos los que estén de ahí hacia abajo para que hagan lo propio.

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“Hoy en día hay mucha picardía en esta sociedad”


“El culo cuando quiere rejo, lo busca” A éste lo considero un dicho marcadamente campesino, antioqueño por demás, por la severidad que denota en la crianza de los hijos “a golpe de rejo”. El rejo, para las familias antioqueñas, era una tira de cuero de vaca que mantenían los padres para castigar a los hijos cuando cometían alguna falta contra las normas hogareñas. Los hijos sabían de las normas y también del rejo. Por eso, cuando se atrevían a violar las primeras, se sometían al encuentro con el segundo, el cual se estrellaba contra el culo al punto de dejar una marca, tanto más cuanto mayor hubiera sido la falta. Pero la violación de la norma genera un placer perverso al que a veces no es posible resistirse. Rara vez se infringe 47


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la ley por desconocimiento de la misma, y aún en estos casos no hay absolución posible. Lo prohibido tienta por el mero goce de salir avante frente a lo que no se podía. Es una prueba que se asume a sabiendas del alto riesgo que se corre al ser descubierto, pero cuyo consuelo se funda en un criterio tan difícil de rebatir que se ha convertido en refrán popular: “Después del gusto, que venga el susto”. Es decir, el equilibrio entre el placer y el displacer, de lo cual dice Sigmund Freud en su obra El malestar en la cultura: “Estamos organizados de tal modo que sólo podemos gozar con intensidad el contraste, y muy poco el estado.”3 Una corroboración de esta tesis la escuché recientemente cuando se le preguntó a un hombre la razón por la que sentía gusto por su infidelidad: “Es como un goce por el temor a ser descubierto”, respondió el hombre, quien sabía que estaba “buscando el rejo” que consistía en la decisión de su esposa de separase de él si llegara a enterarse de aquella infidelidad. FREUD, Sigmund. El malestar en la cultura. En: Obras completas, (cd-rom) Vol. 6. Amorrortu Editores. 1978 a 1985. 3

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“Pa’ que corro si siempre me alcanza”


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MT


“¡Virgen del Carmen, Madre Bendita!” Las abuelas, sobre todo las antioqueñas, son acérrimas creyentes: creen en Dios, creen en la Virgen, creen en cuanto santo aparece por ahí. Paradójicamente, también creen en brujerías, en enyerbados y en pócimas salvadoras. Igual visitan al médico que al yerbatero, al cura que al brujo. A veces, cuando las abruma la culpa por considerar que no han rezado lo suficiente, sintonizan en la televisión o en la radio canales o emisoras religiosas a la vez que siguen en sus quehaceres y conversan con quien esté al lado aunque ello les interrumpa los rezos. Pero eso se les perdona y eso se los perdona también el Dios de ellas, el que tengan, porque ninguna otra persona tan piadosa como las abuelas.

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“¡Virgen del Carmen, Madre Bendita!”, una expresión que se les oye, ya sea como una manifestación de asombro, de impotencia, de goce, de dolor. Una invocación que se pronuncia por la fuerza de la costumbre ante cualquier hecho fortuito. Es un lugar común que ellas, las abuelas, pronuncian lo mismo como oración o como queja. Así, frente a un “machucón” en un dedo, por ejemplo, Rosita pudiera haber dicho: “¡Virgen del Carmen, Madre Bendita!”; y mi hijo, frente al mismo accidente, diría: “¡Ay, hijueputa!”. De esta manera, ambas expresiones se convierten en sendas interjecciones de dolor, solamente eso. Es decir que, para el primer caso, a nadie se le va a ocurrir pensar que la exclamación indica que alguien tiene una madre virgen, cosa sin sentido por demás, como tampoco en el segundo caso se va a entender que alguien tiene una madre puta.

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“Yo soy católica, apostólica y marrana”


“La religión es como un juego” A pesar de que muchas veces había escuchado yo que “el que peca y reza empata”, nunca se me había ocurrido pensar la religión como un juego tanto como ahora. Un juego por demás fácil porque bastaría con arrepentirse en el último momento para tener garantizado, por lo menos, un empate. Hay expresiones humorísticas, cuyo propósito es el goce; hay otras que exteriorizan el estado de ánimo que se tiene en un momento dado y, por tanto, no son precisamente intencionales sino que se producen espontáneamente; pero hay otras que tienen el propósito de expresar lo que el pensamiento explora, lo que se reflexiona. Cuando una abuela dice que “la religión es como un juego”, no lo dice porque 55


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sí. Es, de alguna manera y sin ser muy explícita, el reconocimiento de la posible inutilidad de la religión. Es la manifestación del sinsabor que deja la frustración. Es la incertidumbre de si vale la pena o no seguir pegada a los rezos. Por lo menos eso fue lo que se me ocurrió cuando escuché esta expresión en boca de Rosita, y pensé sin decírselo: “una madre le pide a la Virgen que le cuide a su hijo, a la vez que un sicario también le pide que le ayude a matarlo y…” Esta idea se me afianzó cuando leí otros de los dichos recogidos por Alejandro, que me dieron la impresión de que una especie de ambivalencia religiosa embargó a Rosita durante sus últimos días: “rezar lo que uno sabe y renegar cuando le toque”: así lo dijo y lo hizo ella. Parecía que su devoción se iba convirtiendo en costumbre cuando afirmaba que “yo voy a misa porque tengo que matar el tiempo”; o cuando manifestaba, de manera burlona, que “yo soy católica, apostólica y marrana”. Sin embargo, cuando ya le empezaban a faltar las fuerzas, pero sin saber aún de la enfermedad que le ganaría la batalla poco tiempo después, llegó a sentir tanto la supuesta falta en la que estaba incurriendo con su 56


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fé católica que también le dijo a Alejandro: “A las cinco de la tarde hay que rezar el rosario de la misericordia porque yo me volví una vieja mala: me voy para misa y me da desaliento” Es decir que era una “vieja mala” porque se había enfermado, como si la razón del desaliento fuera porque estuviera perdiendo la fé, no porque hubiera empezado ya el desenlace que pronto resolvería la trama de su vida.

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“Hay que hacer cosas buenas y malas juntas�


“En la noche, uno se profunda” ¿De dónde le provenían las palabras a Rosita? ¡Vaya uno a saber! Lo cierto es que, de pronto, aparecía con una como ésta: profunda. No dudo de que todos conocemos la palabra “profunda” e incluso la hemos utilizado cuando, por ejemplo, antes de entrarnos a una piscina, tomamos precauciones porque ignoramos lo honda que pueda llegar a ser y entonces preguntamos: ¿qué tan profunda es la piscina? En este sentido, la academia de la lengua la define de la siguiente manera: “Que tiene el fondo muy distante de la boca o borde de la cavidad.” Así, el término “profunda” da cuenta de la hondura de algo. Pero esta palabra también se refiere al entendimiento: una persona profunda 59


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en sus discursos, por ejemplo, es aquella que consideramos con mucho saber. De igual manera, el término lo utilizamos para referirnos a lo más íntimo de una persona. Hay también otras acepciones del término: cuando algo es difícil de penetrar o comprender, se dice que es un concepto profundo; o para algo que pueda ser intenso, como la oscuridad o el sueño. Como se ve, todas estas acepciones de la palabra en cuestión se refieren a cualidades de las cosas o de las personas. Pero no era a una cualidad sino a una acción a lo que aludía Rosita. No era al adjetivo “profunda” sino al verbo “profundar”, conjugado en tercera persona, a lo que se estaba refiriendo. A mí no se me hubiera ocurrido profundar en mi sueño porque ignoraba que existiera este verbo. Por tanto, tampoco hubiera considerado que yo profundo ni que tú profundas ni que él profunda ni que nosotros profundábamos. Lo que sí sé es que, en adelante, profundaré. ¿Que Rosita profundara? Claro que sí. Ella lo dijo: “en la noche, uno se profunda.” ¡Qué ocurrencias las que tuvo! Por eso es que vuelvo al comienzo: ¿de dónde le provenían las palabras a Rosita? ¡Vaya uno a saber!...pero de la barriga, no lo creo. 60


“Durmiendo pa’l lado derecho me acuesto en el dolor”


“Como estoy de querida, parezco un billete de cincuenta” Estar querida era estar bella, lustrosa, digna de admiración, con buen aire. Ella se refería a un billete de cincuenta mil pesos colombianos que, para la época, era el de mayor denominación. Luego, un billete de estos era querido en el sentido de pertenencia, de querer para sí, de ser deseado. Sus dichos eran inmediatos, veloces, precisos. Ese ingenio, esa gracia que tenía para decir y responder a todo, era lo que hacía la diferencia. Su comparación con el billete no daba cuenta de una personalidad materialista. Sabemos que los ingresos que tenía los destinaba para sus necesidades primarias y nunca mostró rasgo alguno 63


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de avaricia, como sí podrán tenerlo otras abuelas aun sin ser poseedoras de grandes sumas de dinero. Entonces no se trataba de eso. Más bien era como decir: “como estoy de querida me parezco al dinero”. Es aquí en donde radica la importancia, la categoría antológica de este dicho. Es como si, con palabras sencillas, hubiera dicho lo que ha significado el dinero desde siempre. Nuevamente puedo decirle a Rosita que eso ya lo había escrito Francisco de Quevedo en su poema “Es amarga la verdad”4: “¿Quién hace al ciego galán y prudente al consejero? ¿Quién al avariento viejo le sirve de río Jordán? ¿Quién hace de piedras pan sin ser el Dios verdadero? El dinero” Tomado de “Letrillas satíricas”, en http://www.los-poetas.com/f/quev3.htm

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El dinero que todo lo compra, ella sabía de eso. Lo supo desde muy niña, aunque no porque en su casa hubiera faltado el necesario para cada día. Estando apenas en edad escolar, ella supo del poder corruptor del dinero cuando un tío suyo, cura por decir más, le exigió a otra tía que le entregara sus tierras en pago de una deuda que nunca existió. Rosita contó esa verdad un día que no quiso tenerla más en la boca, igual que, otra vez, lo dijo Quevedo: “Pues amarga la verdad, quiero echarla de la boca; y si al alma su hiel toca, esconderla es necedad.” Parecía que la misión de Rosita fuera echar verdades de la boca, las mismas con las que el poeta construye su poesía. Ella lo dijo como decía todo, con soltura, sin pensarlo mucho. La corrupción que vio en el cura, tío suyo, fue la misma que vio el escritor Juan Ruiz por allá lejos, en los años mil trescientos, siendo clérigo también y ejerciendo el cargo de arcipreste, lo cual inmortalizó en el poema “Lo que puede el dinero”: 65


Dichos Salidos de la Barriga

“Yo he visto a muchos curas en sus predicaciones, despreciar el dinero, tambiĂŠn sus tentaciones, pero, al fin, por dinero otorgan los perdones, absuelven los ayunos y ofrecen oraciones.â€?

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—Abuela, estás muy linda. —¿Linda? ¿vos es que tenés los ojos sucios o qué?


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“Si una arepa hay, la dividimos para todos” Pareciera que estas palabras las hubiera pronunciado la madre, protagonista de Las uvas de la ira, la preciosa novela de John Steinbeck5: “—No sé que hacer —decía la madre, con desconsuelo—. Tengo que dar de comer a la familia. ¿Qué voy a hacer con éstos?” “Éstos” eran otros niños, ajenos a ellos, que estaban en un campamento de refugiados en el que también se encontraba la madre con su grupo familiar. Estos niños, hambrientos, miraban cómo ella

STEINBECK, John. Las uvas de la ira. Tomo 2. Bogotá: Casa Editorial El Tiempo, 2004. p.32 5

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Dichos Salidos de la Barriga

repartía los alimentos a los suyos. Steinbeck lo relata así: “Los niños no apartaban la mirada de ella. Sus ojos iban mecánicamente de la olla al plato de latón que sostenía en la mano. Sus ojos seguían a la cuchara desde la olla al plato, y cuando ella pasó al tío John el plato humeante, los ojos siguieron al plato. El tío John metió la cuchara en el estofado y los ojos se alzaron con la cuchara. El tío John se echó a la boca un pedazo de patata y los ansiosos ojos se posaron en su cara, esperando ver cómo reaccionaba. ¿Estará buena? ¿Le gustará?”6 Esto es lo que, a toda costa, evitan las abuelas, que también son madres: el hambre. Esa era parte de la filosofía de Rosita. En ese sentido, ella era “medio” comunista dentro de su grupo familiar. Así fue como enfrentó sus días difíciles: pegando botones a camisas de otros para conseguir la “arepa” de la que todos habrían de comer. Usaba el término con el que se nombra uno de los alimentos típicos de Antioquia, para designar todo cuanto sirviera al gusto o al sustento. Yo la ví partir esa “arepa”, bien que fuera alimento básico o mera 6

Ibid 70


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golosina. Como dicen por ahí: “todos en la cama o todos en el suelo”. Por eso también se llenaba de orgullo siempre al decir que a sus hijos nunca les faltó, por lo menos, el “aguadepanela” para irse a estudiar. Para muchas familias esa “aguadepanela” es el mero “pan de cada día”, es “la arepa bajo el brazo” con la que, se supone, nacen los niños antioqueños. Esa es otra de las virtudes de las abuelas, de las madres: evitar el hambre en los hijos a toda costa. Haya lo que haya, por poco que sea, no hay quién se quede sin su ración, sobre todo si es de la familia. Su “comunismo” se queda encerrado en su grupo familiar. “Si una arepa hay, la dividimos para todos”: no era necesario que Rosita lo dijera. Todos fuimos testigos de ello.

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“Si me toca hacer la aguadepanela más clara la hago, para que ella estudie”


“Es que yo soy racista: los negros no me gustan. Yo tuve que aceptarme pero los negros no me gustan” Aunque dicen que “no hay muerto malo ni niño feo”, aquí falló el dicho. Rosita: tu confesión te condena. ¿Quién podrá decir que no es malo el rechazo al semejante? Estábamos muy contentos haciendo inventario de las gracias y bondades de Rosita pero aquí vemos que también ella, como cualquier otro ser humano, tenía comportamientos y actitudes frente a los demás que no resultan tan deseables. Sin embargo, tener cualidades negativas, como dice Lucía, hace parte de la vida. No

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es el acabose. Alguno dirá que pude haber omitido este dicho, que nada bueno le aporta al libro, que se trataba de enaltecer las dotes de inteligencia y bondad que Rosita tenía. Pero sucede que, como es sabido por todos, aquello de que “no hay muerto malo…” es cosa vana. Es una afirmación que le permite a los muertos haberse “deslizado” sin que se les juzgue demasiado drásticamente y, a los vivos, nos facilita nuestros “deslices” que, de otra manera, nos mantendría en estado de contrición pues, al fin y al cabo, muertos seremos. Nos movemos en suelos resbaladizos que nos hacen estar en permanente riesgo de caer. No se preocupe entonces, Rosita, que de las reprobaciones no se escapa ningún ser humano, a pesar de los esfuerzos que haga por llegar a ser perfecto. En muchas ocasiones nos aprovechamos de esta debilidad para justificar cualquier acción reprochable diciendo que “el que tiene boca se equivoca”. Pero, por fuera de este “aprovechamiento”, es indudable que a los seres humanos nos caracteriza el hecho de andar errando con harta frecuencia, así en el pensar como en el obrar. Claro que hay algunos por ahí que no merecen siquiera que se les llame “seres 74


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humanos”. Son aquellos que de eso, de humanidad, nada tienen por cuanto su perversión llega a extremos insospechados. Pese a todo lo anterior, y no siendo mi intención justificar la “declaración” de Rosita, puedo afirmar que ella estaba a “muchos kilómetros de distancia” de los que son realmente racistas, declarados o no. Ella se declaró racista porque no le gustaban los colores oscuros, qué ingenuidad. Racistas fueron los invasores españoles, los ingleses, los portugueses y demás europeos que “cazaron” negros en el África para esclavizarlos, como bien lo sabemos en América, y ni siquiera se han dignado pedir perdón por esa atrocidad. Racista ha sido la Iglesia católica, que validó semejante ignominia, ultrajando a quienes muchos llaman “de color”, como si los demás fuéramos incoloros. A Rosita no le gustaban los colores oscuros, sin importar de qué se estuviera hablando. Tampoco entonces le gustaban las personas negras, así como a otros puede no gustarles las rubias, por ejemplo, y no por ello va a decirse que éstos son racistas. Es, a mi parecer, una cuestión de gustos. Alguna vez, al ver a Susana con un vestido oscuro, le dijo: “Esa batica es como muy ordinaria”. Es decir, de poca estima según su criterio. Sin embargo, a 75


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esta opini贸n, a este concepto, que repito era meramente de gusto, ella lo llamaba racismo. Que hable ahora quien haya visto a Rosita perseguir a otros por su color, o los haya nombrado como inferiores.

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“Al perro le gusta mirarse en el espejo: ¿será que se ve blanco?”


“El vocabulario es muy importante” Antes de hacer cualquier comentario, no olvidemos que quien lo dijo no fue un letrado sino una campesina. Esta aclaración me parece pertinente porque alguien podría preguntar por la gracia, el valor de este dicho, siendo algo tan obvio. Pues bien, aunque como expresión de la modernidad parece sin mucha trascendencia, como dicho de abuela la tiene y mucha. Tal vez en este dicho esté la explicación a todo lo que ella dijo. Rosita habló mucho y bien. No fue una mujer mal hablada sino que, como lo hemos podido leer, asombra su capacidad para reflexionar lo cual, muy seguramente, fue lo que la llevó a “pulir” su vocabulario y a darse cuenta de la importancia del mismo. Aunque según lo que ella 79


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manifestó “no la dejaron estudiar”, su vocabulario fue más “pulido” que el de muchos otros, incluyendo a algún alcalde de su Ciudad. Y eso para no referirme a las reflexiones que son objeto de este libro. A veces pareciera que “empantanaba” las frases con términos soeces. Pero, si leemos bien, lo que nos encontramos son palabras decoradas con el color del humor, que con tanto genio, picardía o, a veces, ingenuidad dejaba salir. Sí: a Rosita le gustaba jugar con las palabras y por eso, así como un día se le oyó hablar de la importancia del vocabulario, así mismo, otro día expresó: “es muy bueno decir groserías, pero el resultado es muy malo”. Ni tan malo, Rosita, ni tan malo, sobre todo como vos lo hacías.

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“Eso sí me deja de sorpresa”


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“Es que les gusta mucho escarbarme la existencia” Hay diferentes maneras de escarbar la existencia. La mejor, diría yo, es escarbársela uno mismo, hacer un auto escarbado interno para tratar de saber los porqués de lo infames que somos a veces. Pero esta manera de escarbarse uno mismo no es, en modo alguno, a lo que se refería Rosita. Ni siquiera se refería, sabiendo ya de su catolicismo, a posibles exámenes de conciencia hechos por alguno de esos curas a los que les gusta auscultar a desprevenidos e ingenuos feligreses, haciéndoles creer que tienen licencia divina para juzgar el comportamiento humano, en tanto ocultan —algunos de ellos, repito— su verdadera catadura 83


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perversa. A nada de esto se refería ella con eso de que “les gusta mucho escarbarme la existencia”. Ella hablaba de los permanentes exámenes médicos a los que se vio sometida por su enfermedad. Pero valga decir que eran escarbados que ella misma quería que le hicieran, porque es sabido que a nadie le “escarban” el cuerpo sin su aprobación. De ello fuimos testigos todos los que estábamos cerca. Hasta podría decirse que, en ocasiones, llegaba casi al límite del masoquismo aceptando que la sometieran a pruebas diagnósticas, exámenes de laboratorio e intervenciones quirúrgicas que, en el caso de enfermedades como la que ella tenía, son más bien inútiles. “Les gusta mucho escarbarme la existencia” es una expresión de quien no quiere ser ejemplo de la debilidad humana frente a la inminencia de la muerte. Claro que en algún momento sí se vio al cuerpo médico deseoso de saber el origen de su mal, pero ella entró en el juego al aceptar que se le “escarbara”, así no hubiera solución posible, simplemente para saber qué era lo que tenía o de dónde provenía su daño. Probablemente lo que Rosita hizo fue mostrarnos cuál es el camino que seguiremos 84


En memoria de Glafira Rosa Betancur Gil

muchos, por no decir todos, no obstante en momentos de goce saludable afirmemos que, llegado el día de la muerte, no nos prenderemos a la vida. Tal vez aun los que ahora decimos no, sí nos haremos escarbar hasta los tuétanos que, por cierto, fue uno de los lugares invadidos por el mal que la atacó a ella. No sé qué es lo que nos deja pegados en el deseo de vivir, sabiendo de lo irremediable que es el morir.

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“Ojalá esto no me dé mucha degustación de dolor”


“Dejame soñar, no me despertés, que despertarse es más triste” ¡Qué profundidad tan enorme la que hay en este dicho! Podría decirse que es de una magnitud insondable, no porque no se pueda hablar de ella sino por lo contrario: porque tal vez nunca pueda terminarse de reflexionar al respecto. “Despertarse es más triste”: una reflexión propia de los grandes, de los que gustan del pensar. De los filósofos, que son quienes más piensan la vida, o de los psicólogos, aunque no de cualquiera sino de los que se atreven a ahondar en reflexiones sobre los porqués del comportamiento humano. La boca de una campesina arrojando semejante retórica, ¡quién lo creyera! 87


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Es mucho lo que habría por ahondar en esta reflexión, muchas las maneras de abordarla. Se me ocurre pensar en aquellos que se pasan la vida de ensoñación en ensoñación, viviendo de meras ilusiones. Están alegres, soñando apenas con lo que les es placentero, y por eso prefieren no despertar. Así mismo, tampoco queremos despertar a la realidad de la vida como indicio de muerte. Es decir que, si tuviéramos presente que el hecho de estar vivos trae como consecuencia irremediable la muerte, si despertáramos a esa realidad, tal vez nos preocuparíamos menos por luchar contra esa inminencia. Hay en el inconsciente del individuo una especie de sentimiento de inmortalidad que exteriorizamos con procederes que son validados por la sociedad, precisamente porque la sociedad está hecha de individuos. Entonces celebramos cumpleaños a la vez que ocultamos la edad y asistimos a funerales para corroborar que seguimos vivos. Ese es mi parecer. Son muchos los momentos en los que quisiéramos decir “dejame soñar, no me despertés”. Los encontramos en hechos tan vitales como llenarnos de basura sin razonar en la calidad de lo que consideramos alimento, o en situaciones circunstanciales 88


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como cuando nos sumimos en el sueño de que somos solidarios para no darnos cuenta de que, en realidad, nos cuesta mucho compartir con el otro a menos que sean las sobras. Alguna vez oí decir a algún tramposo que “este mundo es de los vivos”, dicho popular en Antioquia tanto como aquel que sentencia que “el vivo vive del bobo”. Tal vez por eso fue que, convencidos de ello, los antioqueños se hicieron “negociantes” y muchos de ellos consiguieron bienestar, mucho bienestar, a expensas de otros: había que comprar y vender de todo pero eso sí, buscando grandes ganancias. Pero si en algún momento el superyó aparecía con su censura, era necesario decirle “dejame soñar, no me despertés…” Muchos antioqueños se han dormido en la creencia de que son muy emprendedores, cuando realmente lo que han desarrollado es una gran habilidad para el engaño. Así permanecen, somnolientos en su maña, porque el despertar los haría reconocer la perversión de su astucia. Rosita no llegó a profundizar en sus expresiones. Por eso sus decires daban cuenta de su vida sencilla, como también sencillas eran sus fantasías. Ella no quería despertar de la dicha, del placer de saborear 89


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una rica golosina o un delicioso frito. Qué tal que cuando despertara supiera del aumento de los lípidos en su organismo y tuviera que menguar los placeres del sentido del gusto, tal vez el más importante para ella. Era a esos despertares a los que le temía. Probablemente si, en los momentos en los que Rosita se encontrara degustando una de estas sabrosuras, alguien le hubiera hablado de la gula como uno de los “pecados capitales” ella le habría respondido, a pesar de sus creencias: “Dejame soñar, no me despertés, que despertarse es más triste”.

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“El bobo no es el que castra, sino el que pone el culo”


“Uno quedarse con hambre es una putería” La definición del término “putería” que ofrece la Academia de la Lengua Española hace referencia a la “vida, ejercicio de prostituta”. Sin embargo, no era a eso a lo que se refería Rosita. Su “putería” estaba referida al sentimiento de rabia, impotencia, desasosiego o tristeza que embarga a quienes se quedan con hambre. Recientemente ha circulado en las redes sociales una serie de definiciones para el término “putería”, a propósito de la situación política que se vive en Colombia, entre los que destaco: “Putería es comparar la jubilación de un congresista con la de una viuda o un jubilado; o que los políticos se suban sus retribuciones en el porcentaje que les apetezca; o 93


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que un ciudadano tenga que trabajar cuarenta y cinco años para percibir una jubilación y a los políticos les baste sólo con dos períodos; o que los congresistas sean los únicos que están exentos de tributar un tercio de su sueldo; o que a un político no se le exija superar una mínima prueba de capacidad para ejercer su cargo (y no digamos intelectual o cultural)” Pero antes de que todo ello se hubiera dicho, Rosita ya había propuesto su propia definición: Putería es “uno quedarse con hambre”. Creo que ella nunca se quedó con hambre puesto que de niña y joven llevó una vida campesina ausente de necesidades, sobre todo las necesidades primarias. De casada tampoco le faltó qué comer aun cuando, por causa de un accidente de su esposo, ella debió garantizar los ingresos diarios para el sostenimiento de su prole con lo que le permitía su saber campesino. Fue de esa manera que evitó que aquella putería se hiciera presente en los suyos.

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“Llevo dos días sin comer dulce y mi vida no es vida”


“Uno tiene que ser grosero para que lo respeten” Seguramente muchos de los que lean esta afirmación, sin haber conocido a Rosita, pensarán que ella era una mujer soez, en el sentido de ser baja, indigna. Sin embargo, los que la conocimos, sabemos que ella era consciente de su gracia y dejaba entonces que la “grosería” le “saliera desde la barriga” que, como la misma Rosita lo dijo, era desde donde le provenían sus dichos. Así es que puedo adelantarles, a los que quieran lanzarle algún juicio, que ella lo dijo solamente para ponerle gracia a un reclamo jocoso que le hizo Alejandro, con la intención de escuchar alguna defensa “salida desde la barriga”: 97


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—“¿Usted por qué es tan grosera, abuela?” —le preguntó Alejandro alguna vez. —“Porque uno tiene que ser grosero para que lo respeten” —respondió ella. Fue, simplemente, una respuesta que obedeció a una instigación. Incluso en otra oportunidad, y frente a la misma pregunta provocadora, ella lo negó rotundamente argumentando con una expresión coloquial que en estas tierras es equivalente a decir: “lo que pasa es que tengo gracia”. Así que esto fue lo que ella respondió aquella otra vez: —“Tenés que pedirle perdón a Dios porque me estás calumniando. Yo no soy grosera: lo que soy es charra”. Como decía, ser “charro” es equivalente a ser gracioso. Rosita siempre fue una mujer muy vigorosa, activa, espontánea. Pero, poco a poco, su vigor se fue atenuando y su actividad se redujo a lo estrictamente necesario, aunque mantuvo con gran brillantez su espontaneidad. En uno cualquiera de aquellos días que Alejandro la vio tan opacada, ella le dijo como justificando un sopor que podría verse como mera holgazanería: “Yo sólo quiero quedarme sentada, diciendo groserías y viendo televisión”. 98


“A eso es que vos te venís a conversar conmigo: a hablar güevonadas”


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“La violencia engendra violencia…contra los pobres animalitos de Dios” La afirmación, poco cuestionada por cuanto la historia y la misma experiencia personal lo ratifican sobradamente, según la cual “la violencia engendra violencia” no nació en la boca de Rosita. Incluso, hasta se ha convertido en lugar común para todo aquel que pretenda justificar sus actos de fuerza. La diferencia con este dicho radica, y de ahí su carácter antológico, en el énfasis puesto en la segunda parte: “… contra los pobres animalitos de Dios”. Parto entonces de considerar que Rosita era, como todas la abuelas, una mujer pacífica. Claro que no faltará quien diga que la oyó lanzar 101


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vituperios contra muchos y enfadarse con otros tantos. Pero eso no habla de su supuesto carácter violento porque aquella actitud es común a todos los humanos. Sus oprobios no pasaban de ser exclamaciones con las que se refería a tal o cual persona con la que se sintió ofendida, mas nunca se le vio enfrentarse a aquel otro con palabras humillantes o herirlo en su amor propio. Lo que sí hizo fue tratar sin consideración a las ratas, pero a las de cuatro patas, cuando se acercaban a su morada. Es bueno hacer la claridad porque, en otras ocasiones, tuvo enfrente suyo a pequeños ladroncitos que se entraban a su solar para robarse los frutos de los árboles, bien que fueran naranjas, limones, papayas o cidras. Cuando los llegó a ver, lo más que les decía era algo así como: “Ve, muchachito: ¿vos por qué me estás dañando el árbol?” Así que, no obstante lo que haya sabido Rosita de la violencia ocurrida en este País, por más que haya visto la de esta Ciudad, o por mucho que haya sufrido y vivido en cuerpo y mente y espíritu propios la violencia desatada contra uno de sus hijos, ello nunca engendró violencia en su ser interno. Lo más que hizo fue maldecir a los asesinos, a quienes nunca perdonó, a pesar del amedrentamiento del que fue presa por lo 102


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que pudiera pasarle en un “más allá”. Desde la ocurrencia de aquellos hechos hasta el día de su muerte, ella vivió la ambivalencia de amar el perdón y no querer redimir a quienes le causaron la mayor pérdida de su vida. Tal vez cuando ella sentía ese fuego interior que a veces mueve a uno hacia la destrucción, era cuando desfogaba hacia las ratas su pulsión de muerte para regresar entonces a aquel estado de placidez que la llevaba a afirmar: “la violencia engendra violencia…contra los pobres animalitos de Dios”.

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“A pesar de que soy tan mala, me da pesar de los ratoncitos�


“Solamente los gallinazos y las pulgas no necesitan visa” Entiendo que este dicho hace alusión a que no hay quien se escape de la necesidad de pedir visa para ingresar a muchos países. Dice Lucía que “Rosita la pronunció, un tanto para consolar a Alejandro, cuando le negaron la visa para viajar a Europa. Es una manera de decirle a quien se ama que acepte esa decisión de la instancia superior, del Estado o país al que se pretende entrar, pues al fin de cuentas estamos supeditados a ello. Es una especie de consuelo tonto, pero con ello se expresa solidaridad, amor, se intenta buscar las razones más allá de las propias limitaciones y posibilidades”. Quiero, no obstante, haciéndome a la idea de que ella 105


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está presente, decirle a Rosita que las fronteras son una invención del ser humano para los seres humanos. Por eso no “solamente los gallinazos y las pulgas no necesitan visa” sino que cualquier animal podría pasar una frontera sin problemas. Lo que pasa es que los animales no llegan a otro país a hacer daño, ni a propiciar desempleo para los nativos, ni a quedarse ilegalmente. Reconozco que muchas personas lo hacen ante su desespero por conseguir lo necesario para la subsistencia, en vista de la problemática social que probablemente se esté viviendo en su país de origen. Pero esto no es asunto que deba resolver otro gobierno sino el propio. El gobierno de cada país debe ocuparse del empleo, la vivienda, el estudio de sus habitantes, mas no puede abrirle las puertas al mundo entero porque nunca acabaría de resolver su problemática interna. Yo sé de muchos, y Rosita también lo supo, que están o estuvieron en otro país luego de haber obtenido la visa con engaños; y de otros que lo arriesgaron todo, hasta su vida, por pasar alguna frontera por caminos escabrosos; y de otros más que, también con trampas, han logrado subsidios, pensiones por vejez y hasta asilo político argumentando supuestas persecuciones por pertenecer a grupos de izquierda, cuando 106


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en verdad no son capaces de reclamar ni los derechos más elementales cuando les son violados. Supongo que esa es la causa por la que, algunos gobiernos, a los únicos que no le piden visa es a “los gallinazos y a las pulgas”. Entonces el problema, Rosita, no es tener que solicitar o no visa para entrar a algún país, sino que ésta sea negada injustamente por el hecho de que otros se hayan aprovechado de los beneficios ofrecidos a extranjeros. De todas maneras, vale la reflexión: “Solamente los gallinazos y las pulgas no necesitan visa”. Este dicho sí parece que le hubiera salido de la barriga.

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“Uno porque no lo tiene todo. Si no, no le lambería el culo a nadie”


“Tanta gente mijo y tanta vieja en embarazo…” Aclaro, aunque pudiera no ser necesario por lo obvio que resulta, que la expresión “vieja” hace parte de la jerga antioqueña para referirse popularmente a las mujeres, bien de manera despectiva o cariñosa. Lo que hace la diferencia es la entonación puesta a la palabra. Rosita había observado que en Colombia, y particularmente en Antioquia, se ha venido presentando un preocupante aumento de embarazos en menores de edad. Es un fenómeno que, incluso, está siendo catalogado como un problema de salud pública, específicamente en Medellín, por todo lo que puede derivarse de él. Pero, por fuera del problema de salud que implica, están los demás problemas que trae consigo un desordenado crecimiento demográfico. No sé hasta dónde le pudo haber dado a ella 109


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su observación para un análisis con cierto grado de profundidad, pero eso poco importa. El sólo dicho muestra, una vez más, la capacidad que tuvo para no pasar por este mundo ignorando este tipo de realidades. Para tener una idea de la magnitud del fenómeno, algún estudioso de la demografía podría hacer un análisis del crecimiento de la población en una ciudad como Medellín para lo cual, por supuesto, echará mano de su saber académico. Así que, muy seguramente, no se atreverá a dictaminar a la ligera sino que realizará el cálculo para un período de tiempo determinado. Según la rigurosidad esperada, el estudioso esgrimirá fórmulas que se aplican para estos casos en las cuales se interpretan variables como el número de habitantes que había en el momento inicial del lapso de tiempo que se quiere comparar, el que hay al final del período, así como la cantidad de nacimientos y de muertes ocurridas en el mismo lapso y, para un análisis más profundo, también habría que tener en cuenta la cantidad de inmigrantes y de emigrantes. Así las cosas el estudioso se valdría, mínimamente, de fórmulas como ésta para hallar el crecimiento absoluto de la población: Crecimiento = (Nacimiento – Defunciones) + (Inmigraciones – Emigraciones). 110


En memoria de Glafira Rosa Betancur Gil

Rosita fue más práctica en su dictamen. A ella le bastó la mera observación para darse cuenta de lo preocupante de un fenómeno que tiende a desbordar cualquier expectativa de crecimiento demográfico. Así se lo manifestó a Alejandro, como siempre, rotunda en el hablar: “tanta gente mijo y tanta vieja en embarazo…” Una expresión que me ha puesto a pensar en un asunto de discusión que nos involucra a todos, como es la judicialización del aborto.

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“No estudie más, que no hace sino cansarse”


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“A mí me gustan mucho los colores contentos” No es mi pretensión aquí explicar este bello dicho. Pero tampoco podía dejar pasar la oportunidad para comentar en este libro el enorme gusto que siento, desmedido tal vez, al leer tan hermosa metáfora. “A mí me gustan mucho los colores contentos”…“contentos como yo”, le faltó decir a Rosita. Porque fue así como siempre se le vió, no obstante la afectación que mostraba en su rostro con muecas de desprecio o las palabras soeces que echaba su boca cuando no le gustaba el proceder de alguien con ella. Nunca le faltaron palabras contentas, como los colores que le gustaban, para referirse a casi todo lo que pasaba por su cerebro. Puede decirse que tenía la gracia “a flor de piel”, aunque fuera 115


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precisamente su piel lo que no le gustaba mucho, se me ocurre que por tener un cierto matiz oscuro, un color poco contento. Aquellos, los llamados por el común de la gente como “colores vivos” o “colores subidos”, ella los nombró como hay que nombrar algo cuando se quiere dejar claro a qué se hace referencia: “colores contentos”. A nadie se le ocurrirá decir que el término contento es un adjetivo que solamente es aplicable a los seres animados, como los racionales que manifestamos con risa nuestro contento, o a los irracionales que también brincan de contentos. Nadie dirá entonces que siendo el contento un manifiesto de satisfacción de los animales, no tiene sentido aplicarlo a los colores. Nada de eso. La metáfora “colores contentos” es tan clara que hasta llega a ser contundente, impresionante, diría también, sin temor a equivocarme. Rosita fue coherente con sus principios y su proceder, aún en las cosas sencillas como el gusto que tenía por los colores. Una coherencia que mantuvo hasta en los momentos de su muerte, lo cual se nos hizo palpable a quienes quisimos percatarnos de ello. Por eso fue que, en su funeral, ella era de las pocas personas que vestían “colores contentos”. 116


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Alguien dijo por ahí: —Ella está vestida como si fuera para un paseo. —No —dijo Lucía, su hija—. Está vestida con los colores que eligió para su funeral. Fue una afirmación que no requería de explicaciones, al menos en ese momento. Mas ahora puede decirse que así se lo manifestó Rosita a Lucía cuando supo que se acercaba su fin: “yo quiero que me entierren con colores contentos”.

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“A mí se me está como terminando el talento para caminar. Los dolores ya no me dejan... esas falencias en mi cuerpo”


“Si me hubieran dejado estudiar, hubiera sido bien inteligente, ¿cierto?” A propósito de esta frase, me quedé sin contarle a Rosita una historia que leí en la novela “Tierra de cementerio”. Cuenta el escritor Mario Escobar Velásquez en ésta, su novela, que hubo una mujer, maestra de escuela, que quería tener un hijo con un hombre inteligente. A ella no le interesaba establecer relaciones de pareja. Su interés estaba puesto en un hijo, pero que fuera un muchacho tan inteligente como pudiera ser su padre. Quienes supieron de su deseo la catalogaron como una mujer pretenciosa, por querer relacionarse con algún científico, quizá, que estuviera dispuesto a “darle” un hijo. Pero no era ese el tipo de personas 119


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que ella quería. Así fue como, cualquier día, el pueblo entero, habitado tan sólo por campesinos, la vio en embarazo. Y fue precisamente un campesino que nunca tuvo escuela quien puso la semilla en su vientre. Fue un campesino capaz de hacerse preguntas acerca de la vida, del mundo, de todo aquello que lo rodeaba. Le asombraba todo cuanto veía, le inquietaba el conocimiento. Esa es, a mi entender, una de las grandes diferencias entre las personas que suelen usar su inteligencia y las que no lo hacen: la capacidad de pensar y de preguntarse por aquello que no entienden, por cuanto el pensamiento y la pregunta son el mejor camino para alcanzar el conocimiento. De haberle contado esta historia a Rosita, le hubiera hecho esta reflexión: ¿qué son los refranes, qué son los dichos sino pensamientos? ¿Acaso no están llenos estos dichos de preguntas por la muerte y por la vida, por la alegría y la tristeza, por el derecho y el deber? ¿No son propias de una persona inteligente las reflexiones acerca del origen y el fin de la violencia, de la pregunta por el doliente y el indolente, por el trabajo y el pensamiento? Así es que, frente a la pregunta “Si me hubieran dejado estudiar, 120


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hubiera sido bien inteligente, ¿cierto?”, mi respuesta es: no. No es cierto, Rosita, porque la inteligencia no la provee la universidad. Estése tranquila entonces, que perdió muy poco por no haber ido a ella.

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“Yo quería hacer hasta el bachillerato, pero no se pudo”


“A sufrir, ni cuando tenga tierra encima” A Rosita no le gustaba sufrir y fue poco lo que sufrió, tanto durante su vida como en el momento de su muerte. También creyó prepararse, por si acaso, para cuando “tuviera tierra encima”. Por eso nunca le faltó una Virgen cerca para que le ayudara en todo momento, estuviera donde estuviera. Ella siempre tuvo presente a la muerte, pero quiso que ésta le “saliera” por delante, de frente, al igual que Peralta, el personaje del cuento “En la diestra de Dios Padre”. Peralta le pidió ayuda al Maestro, Rosita lo hizo con la Santa de su devoción: “Virgen del Carmen, Madre bendita”. La vitalidad de ella fue tal que no podía quedarse quieta. Precisamente 123


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esa vitalidad fue, quizá, lo que le permitió alargar su vida sin sufrimiento durante más de seis años, luego de una cirugía de alto riesgo y con pronóstico reservado. Rosita necesitaba mantenerse en movimiento, necesitaba comprobar que estaba viva, se “inventaba” un quehacer en todo momento. Por eso tampoco consentía la quietud en los otros, la holgazanería. Tal vez fue esa actitud lo que la llevó a lanzar este categórico y paradógico mandato: “Los muertos, a moverse”. Fue como decir: que nadie se quede quieto. Establezco una relación en dos dimensiones entre los dichos: “A sufrir, ni cuando tenga tierra encima” y “Los muertos, a moverse”. Por un lado, está en ambos la referencia a la muerte, tantas veces nombrada por ella. Por otro lado está la relación de la quietud con el sufrimiento. Reconociendo que son divagaciones mías se me ocurre decirlo así: si los muertos no se mueven van a sufrir y yo no quiero sufrir ni cuando tenga tierra encima.

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“—¿Usted qué opina de los vegetarianos? —Ay mijo: deja uno de comer las cosas buenas, con lo que fue criado…y pa’ morir de ansiedad…”


“Las lágrimas preocupan a la gente” Es claro que esta expresión ha sido dicha por una mujer: por una mujer que sabe de la vida, del vivir; por una mujer que, por ser tal, sabe de lo que encierra su ser femenino. No es normal que un hombre lo diga puesto que son ellas quienes, con más frecuencia, son “consoladas” por los hombres; por eso las mujeres saben cómo preocupan las lágrimas a la gente. Quizá esto se dé por aquello tan repetido, sobre todo durante la infancia, de que “los hombres no lloran”, cosa que todavía nos cuesta hacer a un lado. Aún reconociendo que el llanto es afín al ser humano, que las lágrimas no tienen distingo de sexo, son ellas, las mujeres, las que no tienen moderación, porque no hay porqué tenerla, para dejar

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Dichos Salidos de la Barriga

salir sus lágrimas. Ese poquito de mar que todos tenemos dentro y al que nosotros, los hombres, contenemos para que no salga aun cuando tiene que salir, en las mujeres se desborda con tranquilidad. Nosotros nos regulamos frente a aquello que es tan natural en el ser humano porque no queremos dejar ver que estamos lejos de ser el “sexo fuerte”, que tanto nos enorgullece. “Las lágrimas preocupan a la gente”. Por ser las mujeres conocedoras de este sentimiento de inquietud en los hombres, a veces hasta se aprovechan de esa verdad. Porque todos los hombres, sin excepción diría yo, hemos sentido el impulso de ir hasta donde está la persona en llanto para ofrecerle algún consuelo. A muchos los mueve el morbo, la necesidad de saber los motivos del lloro. A otros, a la mayoría, la urgencia de ayudar pero sin saber a qué. Por eso, con frecuencia, reculamos. Reculamos porque no sabemos con qué respuesta nos vayamos a encontrar: con un silencio inquietante que nos hable de lo inoportunos que estamos siendo; con una respuesta irascible que nos dé cuenta de la intromisión que estamos llevando a cabo; con una lluvia de quejas que muestre la debilidad del ser humano frente a las mínimas 128


En memoria de Glafira Rosa Betancur Gil

vicisitudes de la vida; con un duelo tan enorme que nos haga silenciar porque hemos hecho el ridículo ofreciendo un consuelo que no tiene objeto. De todas maneras, aun sabiendo de lo poco que podemos hacer para ayudarle a esa persona que rompió en llanto, ¿quién no se ha conmovido con las lágrimas de otro? En muchas ocasiones, sobre todo si se trata de una mujer, la mueve tan sólo el hecho de querer llorar, cosa poco comprensible para nosotros los hombres. Pero ante la ambivalencia nuestra de ayudar o no, nuestro superyó nos impone lo primero y entonces vamos presurosos a socorrer a quien probablemente no lo necesitaba. “Lloro porque quiero”, podría ser la respuesta de ella, y nos quedamos sin saber cómo irnos de allí, sin que se note mucho nuestra vergüenza por haber invadido un espacio y un momento que solamente eran propicios para la soledad, mientras que ella reflexiona: “las lágrimas preocupan a la gente”. Sin embargo cuando no lo hacemos, cuando no ofrecemos el consuelo que se supone es debido, podemos estar ante el riesgo de ser censurados por indolentes y por nuestra falta de conmiseración. 129


Dichos Salidos de la Barriga

Rosita, sin embargo, en esta oportunidad no lloraba porque sí. No lloraba simplemente porque quisiera. Ella le lanzó esta expresión lagrimada a Alejandro cuando él decidió irse a estudiar a Europa, queriéndole decir que nada grave pasaba. Quizá en ese momento su intuición de abuela le estaba diciendo que, probablemente, no volvería a ver a su nieto.

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“A todos nos da miedo. Estamos cubiertos por el mismo frío”


“Uno donde dice que lo van a espantar, allá ve bultos” Esta afirmación de Rosita, que comparto plenamente, me llamó mucho la atención por varias razones: los antioqueños, en su gran mayoría, son personas muy aferradas a las tradiciones, a los mitos, a las leyendas, a la religión. Esta característica es mucho más notoria en unos pueblos que en otros, desconozco la causa. El municipio de San Pedro de los Milagros, por ejemplo, es uno de ellos, baste saber su nombre. No fue suficiente con que tuviera el nombre de un santo sino que, además, se le agrega el adjetivo que lo diferencia de otros: es milagroso. Exceptuando, tal vez, a las nuevas generaciones, la superstición habita 133


Dichos Salidos de la Barriga

en los antioqueños, no obstante lo paradójico que resulta con su religiosidad. Por tanto, es común oír hablar a un antioqueño, sobre todo si es viejo y más aún campesino, de espantos, apariciones o fantasmas. Todo lo anterior para argumentar porqué me llamó la atención que Rosita hubiera dicho: “Uno donde dice que lo van a espantar, allá ve bultos”. Y esto para atenerme tan sólo al sentido literal de la expresión. Aclaro, para quienes no lo sabían, que Rosita era antioqueña, sampedreña y nacida en los años cuarenta del siglo pasado. Ahora, en cuanto al sentido figurado, cabe todo lo que se quiera decir de este dicho. Por ejemplo, no prevenirse con cualquier propósito que se quiera emprender, con el supuesto de que le va a ir mal, porque “allá donde uno cree que lo van a espantar, allá ve bultos”; o atreverse a tomar decisiones sin temer mucho al equívoco; o cualquiera de las tantas situaciones en las que se pudiera aplicar esta analogía. Creo que era a todos esos “bultos”, que podrían estropearle a uno el camino, a los que ella se refería. Sabemos sí que, tal vez por su origen, ella era una mujer supersticiosa. Sin embargo, ignoro si hubiera pensado en algún momento de su vida que la fueran a “espantar” o si 134


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pudo haber visto, o creído ver, algún “bulto” allí donde ella pudiera creer que habrían espantos. De lo que sí estoy seguro es de la belleza de este dicho.

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“Siempre me supe defender en la vida�


“Es una suerte contar con vida como está esto de verraco” Consideremos el término “verraco” como aquello que es difícil de asumir o de comprender, por no hacer parte de lo que podríamos considerar como normal para un buen vivir. Es un término coloquial tan usado en Colombia con esta acepción, que convendría que fuera tenida en cuenta por la Academia de la Lengua Española. Precisamente esta expresión la tiró Rosita, y la recogió Alejandro, luego de saber de las inundaciones y los deslizamientos en algunas zonas de Bello y Medellín. En esa oportunidad la naturaleza cobró los desmanes del hombre en el uso de la tierra y de las quebradas. Pero así como en esta 137


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ocasión fue un fenómeno natural lo que llevó a Rosita a considerar que se vive por suerte, en otros momentos de la vida de ella hubo ciertos fenómenos sociales que, igual, pusieron a pender la vida de un hilo: fue “una suerte” haber sobrevivido también en esas veces. ¿Acaso no es un derecho permanecer vivo hasta cuando naturalmente uno se acabe? ¿Puede considerarse uno favorecido por la suerte solamente por el hecho de estar vivo? Pues sí, sería la respuesta para la primera, pues esta afirmación la soporta la naturaleza. Y, pues sí, también para la segunda, por ser una afirmación soportada en la violencia que Rosita vivió y sintió en varias ocasiones, cosa que no es diferente a lo que todavía vivimos en el mundo y, de manera extremadamente deplorable, en algunos barrios de Medellín. Entonces ella tenía razón en lo que afirmaba. Los que tienen memoria podrán recordarlo y los que no vivieron en la época en la que Rosita estaba niña, y después cuando joven, lo sabrán por oídas. Cuando ella contaba con doce años se desató una guerra civil en Colombia a causa de lo que se denominó “el Bogotazo”. Años después, cuando ella vivía en el campo con su esposo y sus primeros 138


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cuatro hijos, por allá por los años sesenta, todavía vivíamos rezagos de lo que fue aquella ridícula guerra entre liberales y conservadores o época de “La violencia”, como se denominaba. Era una época en la que no se conocía tanto como hoy el término “desplazamiento” para nombrar el fenómeno de abandono de tierras, pero aquella obligación de desplazarse era un hecho anunciado a través de pasquines en los que se daba el ultimátum al campesino para que se fuera de su propiedad. Rosita conocía muy bien el sentido de la palabra responsabilidad, sobre todo en lo atinente a los hijos. Quería irse a vivir a la ciudad para que sus hijos pudieran estudiar, pero también para protegerlos y protegerse porque “era una suerte estar con vida, como estaba eso de verraco”. Entonces convenció a su esposo para que vendieran su tierrita, casi regalada porque la violencia era la que ponía el precio, y llegaron a Medellín o, para mejor decir, a Bello. Llegaron a Bello sin saber mucho de la vida citadina y, “por suerte”, salieron adelante consiguiendo al menos para comer. Pero luego, otro tipo de violencia llegó a la ciudad: fue la época en la que explotaban bombas en cualquier parte y sin que se supiera el porqué. La única causa conocida se resumía en una palabra: 139


Dichos Salidos de la Barriga

narcotráfico. Más adelante vinieron las milicias, se apoderaron de los barrios, impusieron extorciones, asesinaron para intimidar. Fue por esos días que Rosita dijo, impotente, claudicante y como complemento a la afirmación según la cual se vive por suerte: “Esa violencia no se va a acabar. Bendito sea mi Dios”. Vaya qué cosa le enseñó la vida: la violencia es eterna. Una de las pocas cosas a las que cabe ponerle ese adjetivo.

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“Uno se muere dejando la mazamorra en bajo�


“Lo que a uno le da más vergüenza es lo que le pasa. Para que lo tenga en cuenta” En opinión de Susana, que fue quien recogió este dicho, Rosita se refería a que a uno le ocurre a veces, precisamente, lo que más puede afectarle la estimación propia. Es decir que había que entender el término “vergüenza” como algo penoso, humillante. Como es sabido, Rosita tiraba sus expresiones para que las recogiera el más perspicaz, el que tuviera la habilidad de ver la dimensión de lo expresado. En este caso le correspondió a Susana recoger el dicho, habiendo atestiguado que éste no salió de la barriga sino de las entrañas, de la intimidad de Rosita. Esa intimidad que no develamos por su mismo carácter, porque 143


Dichos Salidos de la Barriga

es propia, porque es algo que no queremos que sea conocido por otros, no queremos que sea de dominio público. Malo o bueno, feo o bonito, es nuestro, como un secreto que pudiera “avergonzarnos” si otro supiera de él. Eso fue lo que creyó sentir Rosita cuando, por razón del mal que le afectaba, tuvo que develar sus intimidades. Todas. Ella no creyó sentir pena sino vergüenza cuando ya no hubo cosas qué ocultar, al menos a los que estábamos con ella. Fue una “vergüenza” para la que no hubo palabra ni acción que la propiciaran pero a la que, igual, tenía ella que hacerle frente. Y la enfrentó. Hizo a un lado su pena, como si hubiera entendido que la honra nada tiene que ver con mostrar la desnudez cuando las condiciones lo exigen, y aceptó que la ayudáramos, así en el baño como en la atención médica. Aunque esto no significó que estuviera renunciando a su dicho, creo que logró comprender que nada había hecho para considerar esta nueva situación como una afrenta. Si bien era algo penoso, había que hacerle frente. Por demás, esto que le pasaba a ella era “para que lo tenga en cuenta”, para que sepa, para que no se le olvide que en la vida hay 144


En memoria de Glafira Rosa Betancur Gil

circunstancias que lo obligan a uno a develarse en su intimidad, mas no hay que asumirlas como vergonzantes. En mi opinión, de lo que hay que cuidarse es de las acciones deshonrosas, de las que sí causan vergüenza, de las que sí tienen por qué turbar el ánimo. Ah, estos dichos tan llenos de sabiduría…Si lográramos convertirlos en principios de vida, si por lo menos pensáramos en ellos antes de obrar, tal vez la vida se nos haría más llevadera y menos “vergonzosa”.

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“Eso debe ser deficiencia en los bronquios, o los años que se están cagando en mi”


“Si la regañaron, deje que algo vuele. Uno le pone cuidado a todo lo que le dicen y se amarga” Ella lo dijo porque lo sabía. Lo aprendió de niña, en la finca donde estuvo gran parte de su vida, y ya no se le olvidó más porque así es lo que se aprende con la experiencia. Pero ahora veamos las razones de lo que afirmo: Rosita me contó que, en una oportunidad, quiso saber cuánta panela había en la despensa y así se lo hizo saber a una de sus hermanas quien, sin pensarlo mucho, aceptó la propuesta que le hizo. Se trataba de contar, una a una, el bulto de panela que recién había traído su padre para preparar café y complementar el desayuno o el almuerzo de la mucha gente que había en la finca. Se dieron entonces a la tarea pero, 149


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en vista de que se les confundían las panelas que ya habían contado con las que faltaban, decidieron marcarlas a mordiscos. Marcaron y marcaron y marcaron panelas hasta que ya no pudieron más y creo que nunca terminaron de contar las que había. Cuando sus padres las descubrieron, vino el castigo de la madre y el enojo, severo enojo de su padre, lo cual tanto le dolía a ella. Entonces ella “dejó que algo volara” y pronto se olvidó de la reprimenda. Alguna vez decidió, junto con la misma cómplice hermana, divertirse a expensas de su abuelo. Se agenciaron sendas ruanas y sombreros masculinos, para parecer muchachos traviesos, y fueron a esconderse en un rastrojo para esperar el paso del anciano. Cuando éste pasaba junto a ellas le gritaron, simulando la voz de un muchacho: “Ey viejo: ¿para dónde vas tan despacio?”. El “viejo”, en apariencia, no hizo caso del llamado. Ellas repitieron la chanza y, cuando éste pasó de largo, se adelantaron por otro camino hasta llegar a la casa, corriendo veloces como lo hacen las niñas en tanto que él iba lento como es propio de los viejos. Así, Rosita y su hermana tuvieron tiempo de quitarse sus disfraces. Cuando lo vieron llegar, corrieron a saludarlo, en sus rostros pintada la picardía 150


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y la satisfacción por haber pasado inadvertidas. Su abuelo no respondió al saludo sino que, al llegar la mamá, le dijo: “Estas muchachitas estaban escondidas gritándome: “Viejo: ¿para dónde vas tan despacio?” Entonces llegó el castigo. Su hermana salió gimiendo y Rosita, de nuevo, esgrimió su táctica para no amargarse. Esta táctica era la que le posibilitaba volver rápidamente a sus andanzas. Así por ejemplo, como a ella le gustaba observar muy bien lo que pasaba en la finca, sobre todo en lo atinente a los animales, pudo darse cuenta de que, cuando un animal moría, pronto estaba en el cielo algún gallinazo que iba volando en ronda, en tanto se acercaba a su presa y, luego, bajaba para posársele encima. Como ella asoció la quietud del animal muerto con el acercamiento del ave, decidió engañarlo: se fue al monte y se tiró en un pequeño claro para que pudiera ser vista desde lo alto. Se aquietó y allí se estuvo por mucho, mucho rato. Cuando sus padres notaron su ausencia salieron a buscarla, junto con algunos trabajadores que había en la finca. Así fue como, en lugar del gallinazo, vino el regaño y entonces ella, nuevamente, dejó “volar algo” para no “amargarse” la existencia. Ese fue su secreto para vivir contenta como los colores que le gustaban. 151


“Si yo me pongo a llorar peor la cosa; mejor reírme”


“Todos estamos cubiertos de egoísmo” Esta es otra de las “verdades como puños” que Rosita tiró un día. El egoísmo, hasta cierto punto, podría decir uno que es necesario. El que se practica en exceso, como todos los excesos, es, a mi parecer, inhumano. Tal vez podría determinarse como límite para este calificativo el momento en el que empieza a escasear la solidaridad. En ocasiones podría incluso llegar a convertirse en delito por cuanto ciertos actos pueden estar legislados por la denominación de bien común, figura ésta que prima sobre el bien propio. No obstante, en la mayoría de los países, sucede lo contrario, por aquello de la propiedad privada. Tal vez en el altruista se encuentre la ausencia extrema de egoísmo. Aunque, al 153


Dichos Salidos de la Barriga

final de su vida, pudiera llegar a arrepentirse por la inutilidad de todo lo hecho. Así lo canta Facundo Cabral en “Pedro Mendizábal”: “A pesar de que siempre dudé del cura y sus promesas, le hice nueva iglesia donde el pobre sueña el cielo para que el estanciero pueda señorear sobre la tierra. Hasta organicé la huelga que no trajo solución y que me tuvo en prisión por un tiempo bastante largo, pero de ese trago amargo ya no bebe mi corazón. Hice el muro de cemento que paró a la inundación y el banco de la estación donde mi mujer se sienta a esperar todas las siestas al hijo que no volvió. En el final de mi vida tengo la cuenta muy clara: para los otros hice todo, pero para mí no hice nada.” Pero son tan contados estos casos que vale tu reflexión, Rosita: “Todos estamos cubiertos de egoísmo”, todos luchamos por lo propio. Esa es la naturaleza del ser humano, hace parte del instinto de conservación. 154


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Probablemente esto también tenga que ver con los apegos a los objetos, a tanta basura que acumulamos y de la cual no salimos, quizá por considerarla así: nuestra propiedad privada. Es cierto: el mundo entero está cubierto de egoísmo. Así lo dice el poema “La gran miseria humana”, que algunos atribuyen al poeta atlanticense Gabriel Escorcia Gravini7, quien murió leproso y escondido en su casa para que el egoísmo del pueblo de Soledad no exigiera su destierro:

“En este mundo idealista, de egoísmo y de censura, tan sólo la sepultura es la que no es egoísta.

Aunque muchas de las referencias consultadas atribuyen la autoría de este poema a Gabriel Escorcia Gravini, otros lo han publicado como anónimo. 7

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Dichos Salidos de la Barriga

Ella recibe humanista al santo y al condenado, al pobre y al acusado, al perverso, al bueno, al caco, al honrado, al gordo, al flaco, al bruto y al ilustrado.�

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“Fiar no es vender, sino exponer lo que uno tiene. Es mejor llorar sobre la mercancía que no llorar detrás del cliente”


“Trabajar y pensar, hay que hacerle a los dos” Según lo que apunta Rosita, no es que eso de trabajar llegue a causar dolor, como dice el estribillo de la canción “El negrito del batey”8 que sentencia que “el trabajar yo se lo dejo todo al buey porque el trabajo lo hizo Dios como castigo”. No, diría ella: el trabajo no es un castigo. El trabajo dignifica en la medida en que se ponga al servicio del pensamiento. Por eso es que se hace necesario “trabajar y pensar”. Si bien el asalariado, como dice el diccionario, es aquel “que, en ideas o en conducta, supedita su propio criterio al de quien le paga”, Interpretada por el cantante dominicano Alberto Amancio Beltrán, la canción “El negrito del Batey” fue compuesta por el también dominicano Medardo Guzmán. 8

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no quiere decir que por esta subordinación se esté “borrando” el dicho propio criterio. Y para poderlo tener, es preciso que obre el pensamiento. “Trabajar y pensar, hay que hacerle a los dos”. Menos mal, Rosita, que tu vida no fue atravesada por una dictadura militar porque esta afirmación, y otras tantas de las que ya hemos sabido, podría ser la causa de una desaparición forzada. Es que con las opiniones de ella acerca del desempleo, de la violencia, de la corrupción, del trabajo, del estudio, del pensamiento, de la religión inclusive, sólo faltó que se hubiera unido a alguna marcha en protesta por lo que consideraba poco justo en la vida de cualquier persona.

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“La esperanza se mantiene aunque sea con hambre�


“Cosa que a uno le den, hay que estrenársela… para que si uno se muere, la deje vieja” Rosita opinaba que “cosa que a uno le den hay que estrenársela…” Ella tenía sus razones entre las que estaba presente, como lo estaba en tantas otras cosas de su vida, la muerte. Por eso remataba la frase: “… para que si uno se muere, la deje vieja.” Me atrevo a pensar que ésta era la razón principal de su dicho, pues siempre estará abierta la posibilidad de morir antes de estrenarse aquello que nos regalaron. Ella aplicó su dicho: se estrenó toda cosa que le dieron, conforme con su misma convicción. Pero habrá que decir también que lo que dejó no fue precisamente viejo sino más bien un tanto usado. No digo que 163


Dichos Salidos de la Barriga

haya dejado muchas cosas. Lo más fue ropa que, aunque sin exceso, tuvo más de la que necesitaba. Así que, al final, por poco se le devuelve su decir pues mucha de la ropa estaba casi nueva. Después de verlo fui hasta mi ropero y me di cuenta de que yo también tenía más de la necesaria, aunque ya estrenada. A ella era grato regalarle algo por la manera que tenía de “estrenarse” aquello. Así por ejemplo, “se estrenaba” el comestible que le llevaba algún visitante sentándose a comérselo inmediatamente, sobre todo si se trataba de “cosas interesantes”, como lo nombraba Lucía haciendo referencia a las golosinas. No importaba la hora: igual que fuera en la mañana o en la tarde, en la noche o en la madrugada, Rosita se daba gusto con el presente que le entregaban, salvo que hubiera que cocerlo para poderlo consumir. Cuando le ofrecían algún dulce, dándole varias opciones para que escogiera el que más le gustara, ella pedía que le dieran una porción de todos porque, de lo contrario, preguntaba quejosamente: “¿entonces para qué me los ofreció? Pero valga el dicho de nuestra Rosita para comentar el gran sentido que el mismo tiene: nos la pasamos llenándonos de cosas que necesitamos 164


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tan poco o que usamos tan escasamente que, cuando muramos, podrán decir algunos, los más benévolos, ¡“qué poco práctico que fue ese!”; y los más francos: “¡Era un comprador compulsivo!” Y desde donde estemos, si es que estamos, veremos con vergüenza la inutilidad de todo lo acumulado. No terminamos de llenarnos de cosas. No nos alcanza la vida para comprar todo lo que quisiéramos comprar por el único afán de tenerlo. No nos basta con apreciar la belleza del objeto del cual nos sentimos atraídos sino que necesitamos tenerlo con nosotros. Rosita no compraba lo que no necesitaba, eso se le apunta. Pero le daba dificultad salir de lo que ya tenía y poco usaba, también hay que decirlo. Por eso, una variante a su dicho podría ser: si no se lo estrena, regálelo. Y todavía más: si luego de habérselo estrenado se da cuenta de que tiene mucho de lo mismo, regálelo. A mí me gusta observar al mundo y del mundo me gustan los espacios y de los espacios me gusta la gente y de ella me gusta saber del uso que le dan a las cosas. Por ejemplo, ¿qué tanto estrenan las personas? No me importa que se piense que es una observación trivial pues, de esa observación, yo saco mis opiniones. Alguna vez, por ejemplo, me 165


Dichos Salidos de la Barriga

llamó la atención una mujer a quien, en razón de mi trabajo, la veía con frecuencia. Observé entonces que le gustaba usar zapatos coloridos, cada vez diferentes, según el color de su vestido. Fue así como me puse en la tarea de fijarme diariamente en esto y, después de que pasaron varios días de observación, decidí enterarla de mi curiosidad y le pregunté cuántos pares de zapatos tenía. Ella, mientras se sonreía, me respondió con otra pregunta: ¿estrenados o sin estrenar? Luego se retiró con la misma sonrisa en los labios.

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“Hay que aprovechar el sol mientras alumbre�


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“Uno vivo es casi muerto…uno no es nada mijo” Decires como éste, y venidos de la boca que vienen, es a los que me gusta llamar extraordinarios. Porque, de ordinario, no hay muchas bocas que pronuncien tanta sabiduría. Ya había comentado yo en otro aparte la sentencia de Francisco de Quevedo: “aún no acabas de nacer, cuando empiezas a morir”; o sea que la vida es, ni más ni menos, una enfermedad terminal. Es esa la paradoja de la vida: vivimos porque morimos, de lo contrario seríamos minerales. Podría decirse entonces que la principal característica de la vida es la muerte y por eso es que “uno vivo es casi muerto”. Así como Rosita y Francisco de Quevedo, también Freud lo dedujo: 169


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“Si nos es lícito admitir como experiencia sin excepciones que todo lo vivo muere, regresa a lo inorgánico, por razones internas, no podemos decir otra cosa que esto: La meta de toda vida es la muerte; y, retrospectivamente: Lo inanimado estuvo ahí antes que lo vivo.” 9 Es como si la muerte fuera una condición para la vida; como si nos dijeran: si no quieres morir, no puedes vivir. Entonces elegimos vivir, pero nos olvidamos de que la muerte nos espera en cualquier esquina. Por eso programamos para el futuro, sin considerar que estamos muriendo, y celebramos cumpleaños sin darnos cuenta de que conmemoramos realmente los años muertos, los años que ya nos gastamos. Entonces cantamos una ilusión: “…que los siga cumpliendo, hasta el año tres mil”. Deberíamos ser, al menos, más razonables y cambiar el estribillo por algo así como “…que los siga cumpliendo hasta cuando quieras vivir”. Ese sería un deseo más ajustado a la realidad porque, definitivamente, “uno vivo es casi muerto”. FREUD, Sigmund. Más allá del principio del placer. En: Obras completas, (cd-rom) Vol. 6. Amorrortu Editores. 1978 a 1985. 9

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“Algún mal tiene que ser el último”


“…Por eso no hay que querer a nadie. Todo el amor es falso” Yo opino que esa es una verdad a medias, Rosita. Yo sé que vos amaste de manera incondicional a tus hijos. Lo dabas todo por ellos, y me parece que es lo que nos pasa a la mayoría de los que los tenemos. Es el amor más entero que puede haber, al punto que preferiríamos morir con tal de que ellos vivan. Quizá cualquier otra manifestación de amor esté sujeta a la conveniencia. Me parece entonces que sí hay amores sinceros y hasta profundos. Lo que pasa es que la línea divisoria entre el amor y el odio es supremamente delgada. Igual la que divide al amor de la traición o la deslealtad. Tal 173


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vez entonces, Rosita, no es que “todo el amor es falso” sino que no es infinito, no es perenne. Tampoco me parece que no haya que querer a nadie sino que el mandato de que nos amemos los unos a los otros, independientemente de quien sea, es mera utopía. Hasta las religiones han errado. Las religiones, no obstante su prédica del amor como condición para “salvarse”, no sé de qué, han obrado en contravía de su discurso. En ese sentido te doy toda la razón, Rosita: todos esos amores sí que son falsos. Si no pensara de esta manera tampoco estaría convencido de que la guerra, contrario al amor, no tiene cuando acabarse. La guerra que se funda en el desamor aunque a veces se diga que se hace por el bien del otro. La guerra que pareciera ser la demostración de que quien ama también odia, como lo plasmó el español Juan Tomás Salvany en su poema “La guerra”10, en el siglo XVIII, que es como un desespero por aclarar que a pesar de su condición de militar el dolor no le fue indiferente: Tomado de https://sites.google.com/site/curiosidadesgdsm/poemas

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En memoria de Glafira Rosa Betancur Gil

— “… —¡Caray, que lucha tan fiera! —¡vaya un modo de matarnos! —¡Nos herimos sin odiarnos! —¡Sin conocernos siquiera! —Como me duele esta herida! —¡Tampoco mi mal se calma! —¿Me perdonas? —¡Con el alma! ¿Y tú? —Yo: con alma y vida. —…”

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“Esa violencia no se va a acabar, bendito sea mi Dios...”


“Compañías ni con la hijueputa cobija. No ve que se voltean y le dejan a uno el culo afuera” Hay en el ser humano un no sé qué, un algo que lo alienta a sacar ventaja de lo que debería ser repartido por igual. Eso, que pareciera ser algo natural, me lleva a pensar que quizá no sea que la confianza en el otro se ha perdido sino que nunca ha estado. Es ese afán de competir, de tener algo mejor que el otro, cosa que se manifiesta hasta en los hechos más triviales de la vida. Es un afán que estuvo en el pasado, está en el presente y lo seguirá estando en el futuro. De ello da cuenta el mito y la realidad; lo vemos a diario en hechos tan simples como ganarle al otro la carrera por el “mejor” puesto en el Metro, o quedarse con el pastel 177


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más apetitoso, o ponerse delante de la fila habiendo llegado más tarde que el resto de las personas que están allí. Cuenta la biblia un hecho de vendimia que vale la pena recordar11: Jacob, antes que compartirle a su hermano Esaú un plato de lentejas, se lo cambió por su primogenitura. En aquellos tiempos, el hijo primogénito era quien tenía derecho a heredar las tierras de su padre para garantizar con esto la estabilidad familiar. Jacob entonces le ofreció a su hermano primogénito un plato de lentejas para que calmara el hambre que éste tenía en ese momento, a cambio de que Esaú le calmara su hambre de tierras. Todo ello a escondidas de su anciano e invidente padre Isaac. Luego Rebeca, la madre de ambos, persuadió a Jacob para que engañara a su padre haciéndose pasar por el primogénito, en quien confiaba harto el anciano, obteniendo así todos los derechos de su hermano. La traición a la confianza era lo que prefería evitar Rosita cuando manifestaba que las “compañías, ni con la hijueputa cobija” se deberían tener. Si este tipo de engaños ocurre en el seno de las familias, ¿qué Génesis 25 27 - 34

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puede esperarse entonces de las demás compañías? Quizá fueron estos los análisis que hacía Rosita. Tal vez fueron hechos de traición a la confianza, sabidos por ella desde niña, lo que la marcó. Así como Rosita, el poeta argentino Guillermo Juan Robustiano Pichot, más conocido como Ivo Pelay, tampoco tuvo compañías ni con la hijueputa cobija.Por lo menos así lo deja ver en “Desconfiale”12, una de sus poesías vuelta tango:

“No desconfiar es cosa de inocentes, hoy que a granel se asoman los piratas y tipos hay forrados y pudientes que fingen ser más pobres que las ratas.

La música del tango “Desconfiale”, escrito por Ivo Pelay, fue compuesta por Francisco Canaro (Francisco Canarozzo) y grabado por Charlo con el acompañamiento de la orquesta del mismo Canaro, en el año 1937. 12

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Conviene estar hoy día bien despierto y desconfiar, lo mismo que hace el tuerto, y semblantear para lograr las intenciones desentrañar”

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“El buey solo bien se lame”


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“Bien enfermos doña Amparo, doña Margarita, la otra Margarita, doña Ofelia, doña Soledad, doña Yo, don Evelio, doña Matilde...para venirse a morir Marinita bien aliviada…” La muerte, ese manifiesto de vida; esa maestra de paradojas; fenómeno natural que abre las puertas de lo sobrenatural; hecho ordinario, por lo común, y extraordinario, por lo asombroso; esa muerte que no deja de sorprendernos, sorprendió también a Marinita estando tan aliviada. ¿Hacia dónde puede llevarnos esta reflexión? Rosita no lo dijo porque sí. Lo dijo porque también reflexionaba sobre la muerte,

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que nos llega a todos, aunque no la estemos esperando. Es como si se hubiera preguntado: ¿por qué no me morí yo primero, que sí estaba bien enferma? Pregunta sin respuesta pero que deja entrever que hacía tiempo que ella andaba presintiendo la muerte. La esperaba, antes de que le llegara a muchos otros. La veía cercana, por sus dolores permanentes que le andaban por todo su cuerpo y no le permitían disfrutar de sus días y sus noches de manera tranquila y reposada, y sólo encontraba alivio pasajero en lo que para ella era “el dios de la tierra”: el acetaminofén. Dentro de su lógica estaba, como es natural cuando la muerte es natural, que se fueran muriendo primero los enfermos y los viejos antes que los aliviados y los jóvenes. Hacía tiempo que daba por terminado su ciclo vital, tal vez desde cuando, seis años atrás, hubo que internarla para extraerle el tumor maligno que, muy a pesar suyo, dejó su huella. Huella viva convertida en célula dañina que viajó hasta llegar al pulmón para amañarse allí, incubándose, hasta alcanzar el desarrollo que le posibilitara mandar a sus hermanas gemelas a anidar en otras partes. Rosita empezó a sentirse acorralada y supo, porque lo supo de verdad, lo sabía desde antes, 184


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que tal vez este era su año, su último año. Fue cuando, sin que nunca sepamos por qué, se fue Marinita. Se fue primero que ella. Entonces le vino la reflexión, tal vez originada en lo azaroso de una muerte accidental como fue la de Marinita. Una reflexión que le salió a Rosita desde la barriga, que era desde donde ya sabemos que le venían, y se la manifestó a Susana: “Bien enfermos doña Amparo, doña Margarita, la otra Margarita, doña Ofelia, doña Soledad, doña Yo, don Evelio, doña Matilde...para venirse a morir Marinita bien aliviada…” Qué manera tan genuina de nombrarse a sí misma: “doña Yo”. Pues resulta que, aunque con sospechas bien fundadas pero sin tener certeza de lo que le estaba pasando, “Doña Yo” pronto se uniría a Marinita porque de las células aquellas, las mandadas a recorrer su mundo interno, unas hicieron su nido en el intestino, otras en los pulmones y otras más salieron hacia la columna. Allí establecieron un peaje para no dejar pasar las señales que venían desde el comando central en dirección a los miembros inferiores. Rosita estaba perdida. Aquel ejército de células atacaba por diversos frentes. Ahora querían subir hasta el mando central. Ya que dominaban los movimientos, querían llegar al cerebro para tener también el dominio 185


Dichos Salidos de la Barriga

de los sentidos. Entonces empezaron a atacarlo, logrando ganar algunas batallas. Era cuando “Doña Yo” deliraba. Un día tuvo una lucha tan fiera en su mando central, que salió muy mal librada. Entonces decidió llamar a su mamá para que acudiera en su ayuda. Era preciso destruir a aquel ejército y sólo había una manera de hacerlo. Entonces, a poco de esto, vino su mamá y también Marinita y trajeron a su hijo y al que fue su esposo y se unieron a todos los que estaban junto a ella, que también querían ayudar, y así fue como se acabó la guerra.

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“Para morirse no hay ni punto ni hora�


“Chao pescao, se acabó la pecera” Además de lo recóndito que resulta el fenómeno de la muerte, el momento mismo de su ocurrencia también ha sido un misterio, aún en casos de enfermos desahuciados, por cuanto no se sabe a ciencia cierta cuándo se desencadenará ese final sabido pero a la vez ignorado. No obstante el carácter de su mal, muchos de ellos alcanzan a vivir, o mejor a mal vivir, largos años más, con hartos dolores y sufrimientos no sólo para el enfermo sino para quienes lo acompañan. Dicen, sin embargo, que algunas personas alcanzan a presentir su final, presentimiento que utilizan para “poner todo en orden”, en el sentido de no dejar cuentas pendientes. Rosita fue una de ellas. Por

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Dichos Salidos de la Barriga

fortuna para todos, no llegó a padecer de esa manera e hizo lo que pudo para que quienes se dieron por entero a su cuidado tampoco padecieran con su mal. En una ocasión, cuando estaba siendo transportada en una ambulancia, se adelantó a decir, con toda la gracia que la caracterizaba: “Chao pescao, se acabó la pecera”. Aunque esto ya se lo había dicho al médico que le explicó del riesgo que tendría una intervención en el pulmón, ahora fue como un adiós un tanto prematuro. Su final no fue ese día, pero los días que le faltaban no eran muchos. El tiempo que le quedaba sólo era el suficiente para “dejar todo arreglado”. Regaló todo cuanto tenía, que eran pequeños objetos, nimiedades de las que se va llenando uno en la vida, y ya: “se acabó la pecera”. Entre sus haberes, lo más valioso para ella, lo que más había logrado “pescar” en la vida, fueron sus seis hijos y seis nietos, surtiditos en cuanto al sexo si hacemos la sumatoria: seis mujeres y seis hombres en total. Para los hijos ella fue la pecera por muchos años, tal vez más de los necesarios, pues todavía siendo adultos seguía presta a resolver muchas de sus necesidades. También para varios de los nietos fue la “pecera sustituta” por algún tiempo. 190


En memoria de Glafira Rosa Betancur Gil

Ese final presentido lo ratificó unos días después, cuando le preguntó a su hija: “¿Cómo se muere uno?” Lucía, bien parada en la tierra como se mantiene, respondió sin rodeos: “No sé, mamá, pero cuando venga el médico le preguntamos”. Ello no fue una evasiva sino la afirmación de que tampoco estaba en su entendimiento aquellas cosas que eran arcanas por naturaleza. Tampoco el médico lo iría a saber, pero era él quien podría estar más cerca a la respuesta. Al punto que llegó el médico lo abordaron con la pregunta y éste, de manera inteligente, le respondió que ella misma se daría cuenta de ello cuando llegara el momento. Pero que, por lo pronto, había que disfrutarse el tiempo que le quedara. Rosita se quedó tranquila con la respuesta, quizá porque estaba segura de que, muy pronto, ella misma, por sí sola, resolvería su duda. A los catorce días, efectivamente, se acabó la pecera.

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“Yo hice todo lo que tenía programado y viví bueno, ya ves. Ya se acabó quien te quería. Hasta ahí te cuento”


Este libro se termin贸 de imprimir en la Litograf铆a Solingraf Ltda., en el mes de diciembre de 2013.


Dichos salidos de la barriga  

"Los dichos populares son valiosos por su sabiduría. Su enseñanza deja atrás a quien los haya creado, bien que se trate de un gran académico...

Dichos salidos de la barriga  

"Los dichos populares son valiosos por su sabiduría. Su enseñanza deja atrás a quien los haya creado, bien que se trate de un gran académico...

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