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PRELUDIO El frío viento matinal le acariciaba las mejillas. Aquello le ayudaba a desperezarse, especialmente los días en que soplaba del Oeste, entonces traía consigo el olor del mar. Aquel era uno de esos días y Malik estiró la espalda complacido mientras llenaba sus pulmones con todo el aire que era capaz. Luego se acercó a las almenas de la torre para otear el horizonte, que se alejaba una infinidad de millas en aquella extensa llanura verde. —No van a venir tan temprano —dijo Burk, que hacía la guardia con él. Tenía un gorro de lana gruesa y una bufanda que le daba tres vueltas alrededor de cara y cuello, lo que hacía que su cabeza pareciera enorme. —¿Quién sabe? Hace tres días que salieron, no pueden tardar mucho — respondió Malik sin quitar la vista del cielo grisáceo, oscurecido por las nieblas que se negaban a ceder ante los primeros rayos de sol. Efectivamente, el capitán Rorel había salido con ochenta hombres para frenar a un grupo de abalonienses hacía demasiado tiempo. Colinas Negras no estaba tan lejos, por lo que cierta incertidumbre había crecido en el castillo de ser Galven—. ¿Cómo puedes estar tan tranquilo? —Rezo todos los días. A todos los dioses. —¿Aún estás con eso? —preguntó frustrado—. Eso no funciona así. —¿Y cómo sabes cuál es el dios verdadero? Les rezo a todos y así no hay riesgo. —¡Todos son verdaderos! Así lo que haces es insultarlos. —¡Bah! ¿Y tú qué sabes? —dijo Burk dejando ver que estaba molesto y cansado de que siempre le dijeran lo mismo—. ¿Acaso eres clérigo?


En ese momento se escuchó un cuerno de aviso: “¡Woooooon!”. Malik aguzó la vista pero no vio nada en la llanura. «Espera, es de la torre Oeste» pensó. Corrió hacia el otro lado de la fortificación, donde ya esperaba Burk con ojos sorprendidos y asustados. Desde los escarpes de más acá de Bosque Tosco ascendía en hilera una larga hueste con estandartes de Abalon. El cuerno volvió a sonar desde la torre Oeste: “Wooooooon”. Ahora el sonido era más apremiante. —¡BUUMMMMM! —respondieron los abalonienses como si se mofaran. Malik hizo un cálculo como le habían enseñado para saber cuántos eran y corrió escaleras abajo para avisar a su señor.


CAPÍTULO 1 Finalmente la lluvia se le echó encima. Las finas gotas le asaeteaban el rostro como agujas cristalinas al tiempo que lo embarraban todo a su alrededor. Para colmo, el manto de nubes grises y negras había cubierto por completo el cielo, por lo que en cuanto el sol cayera por el horizonte la oscuridad lo envolvería todo y Turko tendría que correr a tientas. Por suerte, hacía casi una hora que no escuchaba los ladridos de los perros tras de él. Seguramente los habría despistado cuando cruzó el riachuelo pedregoso. Sin embargo, cuando llegara el anochecer, si encontraban de nuevo el rastro le recortarían camino con rapidez. Los guardabosques del Señor de Collado Bajo no sólo irían con perros, arcos y espadas, también con antorchas. Había sorprendido por casualidad a aquellos hombres cuando acababan de dar muerte a un ciervo en Bosque Acebo, algo que estaba penado con la pérdida de una mano si no se tenía permiso del señor de las tierras. —Eh, chico, ¿qué haces ahí? Acércate —había dicho uno de los tres cuando se percató de su presencia. Sus palabras sonaban amables, pero sus ojos gritaban mentira. Turko había dado un paso hacia atrás vacilante. Y una flecha le pasó silbando junto a la cara para clavarse en un acebo unos diez metros atrás. —¿Qué haces Tom? No irás a matar al chico. ¿Verdad? —inquirió un hombre huesudo y medio encorvado de barba mal afeitada. —Nos ha visto, ¿tú sabes qué pasará si Erland se entera? —intervino el tercero. —Diremos que lo cazó él… —Y perderá la mano, ¿cómo se iba a ganar la vida? Bah, matándolo le ahorraremos sufrimientos y desde luego nosotros estaremos más tranquilos — concluyó Tom mientras apuntaba una nueva flecha con su arco. Turko conocía


a los de su calaña, escoria sin escrúpulos que por alguna razón habían conseguido estar cerca de un caballero al que mentían y chupaban la sangre, y que no dudaban en aprovecharse de los aldeanos cuando gustaban. Si ser Erland viera como son en realidad… El proyectil salió disparado hacia Turko. El joven lo esquivó sin saber muy bien como y acto seguido salió corriendo hacia el valle mientras oía los gritos de Tom ordenando que los demás reunieran a los perros. A partir de ese momento todo había sido correr y correr sin saber muy bien a donde. Tan sólo era un pobre campesino de apenas dieciséis años, y cortabolsas cuando la ocasión lo permitía y el hambre lo obligaba. No es que se enorgulleciera de aquello, pero cuando la cosecha venía mal dada no había muchas más opciones para sobrevivir. Además había tenido que cuidar de su querida hermana pequeña durante años hasta que se casó hacía dos otoños con el sobrino del panadero, que vivía en Las Marcas; y la dote le había costado casi una fanega de tierra. ¡Cómo echaba de menos la risa pícara de Mishana! Así pues, desde luego ser Erland, señor de Collado Bajo, creería antes a sus hombres que a Turko, y él lo sabía bien. «Si Patt lo hubiera sabido en su momento…» recordó con tristeza. No siempre había sido así. Hacía cinco años… ¿o eran seis? Cuando sus padres aún vivían, poseían algunas tierras dedicadas a pastos donde criaban caballos para luego venderlos. No se podía decir que fueran ricos, pero al menos vivían sin apuros. Luego llego la peste que se llevó a su padre, más tarde el incendio que devoró las cuadras, la muerte de su madre por fiebres y el abandono de su hermano mayor con los dos últimos caballos que les quedaban. Había prometido volver cuando hiciera dinero, quizás como mercenario, pero habían pasado más de dos años y no había dado señales de vida. Estaba completamente solo. Y ahora sin saber a dónde ir. Tras caminar otra hora o más divisó las Viejas Ruinas, restos de una ciudad tan antigua que ya nadie del lugar recordaba su nombre. Allí es donde de pequeño jugaba a caballeros con Patt y Miwen sobre los esqueletos de las torres del castillo; o comprobaban quien era el más valiente de los tres pasando la noche en aquel extraño cementerio custodiado por dioses aún más extraños. Ahora, tras años de duro trabajo día tras día, todo aquello le resultaba tan lejano y ajeno como un sueño lleno de lagunas neblinosas. Tras dejar atrás las ruinas atravesó cansado el sotavento de una colina a cuya sombra se extendía un lodazal repleto de juncos ennegrecidos cuando


divisó a una milla o poco más, al otro lado de una pequeña alameda de árboles temblones, un molino que parecía abandonado. Las piernas le flaqueaban, tenía hambre y la ropa mojada le pesaba cada vez más. Aquel podría ser un buen sitio para pasar la noche y descansar, al menos hasta que cesara la tormenta. Al acercarse vio que la puerta hacía mucho que la habían arrancado, parte del tejado se había derruido y parte del muro había desaparecido como si un gigante de las montañas lo hubiera arrancado de un mordisco. «De todos modos medio techo es mejor que nada» Pensó. Entrar le supuso un alivio, el viento dejó de fustigarlo y al fin pudo echarse hacia atrás su melena castaña que el agua le había pegado a la cara. El suelo seco y arenoso del interior crujía bajo sus desgastadas botas. La madera de las vigas, aunque vieja, estaba aún firme, para su tranquilidad, y el sólido techo tan sólo dejaba calar unas pocas goteras en el lado izquierdo. Turko se acercó a la escalera vertical que permitía subir a una buhardilla, en donde pensaba pasar la noche, cuando de pronto vio un pequeño reguero de sangre, y al segundo, el inconfundible brillo del acero y algo moverse entre un montón de paja amontonada. Era un caballero. Su armadura de cota de malla larga, su lustrosa espada y sobre todo la sobrevesta color nogal con un blasón bordado no dejaban lugar a dudas. Pero su aspecto estaba muy demacrado. El pelo gris mojado le caía sobre el rostro de facciones arrugadas, la barba aún conservaba algunos mechones negros y se le intuía un afeitado galante, pero un corte en el pómulo se la había dejado ensangrentada y pegajosa. Sus ojos eran pozos de resignación. Estaba lleno de tajos y contusiones, pero todas las heridas parecían ridículas en comparación con la que se le intuía en el costado izquierdo. La armadura, aunque quebrada, no la dejaba ver, pero el enorme charco de sangre coagulada que había bajo el cuerpo marchito la delataba. —Muchacho, ven aquí- dijo alzando la débil mano y moviendo los dedos indicándole que se acercara. —¿Quién eres? —preguntó Turko—. ¿Quién sois? —se corrigió al instante. El caballero se miró la herida del costado, cerró los ojos y sonrió. —Soy… Soy ser Galven de Lausedol. Tranquilo, no voy a hacerte daño, sólo quiero un poco de agua, ¿podrías hacerme ese favor?


Turko dudó un momento por la sorpresa, pero asintió. Fue fácil, sólo tuvo que acercarse a una de las goteras y recoger agua con un cacharro abollado que encontró en el suelo. —Gracias muchacho. Me gustaría pedirte un segundo favor, ¿podrías acercarme mi escudo? Está ahí mismo. Ningún caballero debería morir sin su escudo, es el símbolo de su casa, de su familia. Turko sabía mucho sobre eso. Su padre a veces vendía a caballeros, y todos aquellos nobles siempre se enorgullecían de las hazañas pasadas de su familia, a la que habían jurado honrar, y de las suyas propias. Y a Turko le fascinaba cada historia que contaban y cada blasón pintado en los escudos, el cual siempre tenía una nueva historia detrás. El escudo de ser Galven estaba a apenas tres pasos del caballero. Tenía forma de cometa y era de gruesa madera de tilo, forrado con cuero curtido y un borde rematado con hierro para darle mayor resistencia. Y sin embargo estaba bastante abollado y astillado por todos lados, como si una tormenta de golpes y tajos hubiera caído sobre él. Pero aún se podía distinguir el emblema de la familia Lausedol: un cisne emprendiendo el vuelo sobre campo de sable. Turko lo alzó, comprobando que pesaba bastante, y lo depositó junto al caballero, que lo recibió con agrado en su rostro. —Gracias de nuevo. ¿Cómo te llamas, muchacho? —Turko, Turko Bein, señor. —No me llames señor, tan sólo soy un caballero, o lo que queda de él al menos —dijo con una sonrisa lúgubre—. Bein… posees nombre familiar: así que libre y con tierras. Y ¿de dónde eres, Turko? —Vivo en Puente del Olmo —respondió justo cuando se dio cuenta de que quizás lo más prudente hubiera sido mentir. —Oh, lástima. Turko no entendió que quería decir con “lástima”. —¿A qué dios rezas?- preguntó el viejo caballero. —A El Guardián, por supuesto—. Turko sabía que ser Galven también tenía devoción por El Guardián, como todos los caballeros o cualquiera que pretendiera serlo.


—He de pedirte un tercer favor, joven Turko —dijo el caballero con voz cada vez más apagada—. Por la Fe que profesamos, ¿podrías hacer otro favor a este caballero moribundo? Turko asintió con la cabeza, no podía negarse a atender las humildes demandas de un caballero poco antes de morir. —Bien. Debes llevar un mensaje —dijo ser Galven al tiempo que sonreía complacido. —¿Un mensaje? ¿A dónde? —Debes ir a Gámelon de inmediato y llevarle este mensaje al rey. Escucha: no le des este correo a nadie que no sea el rey Belisar. ¿Me has entendido? —El tono de ser Galven se había vuelto más grave a pesar del esfuerzo que le costaba cada palabra. «Maldito viejo, me ha engañado. ¿Ir hasta Gámelon? Me ha hecho nombrar a El Guardián, ahora no puedo negarme.» Pensó. Incumplir la promesa a un caballero estaba realmente mal visto, pero romper un juramente hecho en el nombre de un Dios era condenarse a los Infiernos. Eso le había dicho su madre hacía muchos años. «¿Hasta qué punto los anteriores favores no eran parte de la treta para que me confiara y aceptara realizar un tercero?» —¿Pero cómo voy a…? Sólo soy —«un fugitivo»— un campesino. —Coge mi anillo y di que vas de mi parte, de parte de ser Galven de Lausedol. No lo olvides. —Está bien —respondió Turko casi derrumbado al tiempo que tomaba el anillo y el papel enrollado y sellado con lacre, arrugado y manchado de rojo. Aunque, a fin de cuentas, tampoco tenía un mejor sitio al que ir. Atrás solo quedaba una vida sin futuro, y ¿cómo iba a volver a Puente del Olmo? Se podría cruzar con aquellos tres hombres en cualquier momento. «Esto podría ser una especie de aventura, como las que narran las canciones ¡y podré conocer al Rey de Gámelon!» Tan sólo echaría de menos a su amigo Miwen y a Elaina. —Te regalaría mi caballo, te lo aseguro, creo que ya no me hará falta, pero murió hace dos días atravesado por una lanza abaloniense. Espero que El Guardián guarde su alma. Y espero que te proteja a ti mejor que a mí, Turko Bein.


Cerró los ojos lentamente y su respiración se fue apagando. Abrió los ojos de nuevo con mirada de alivio y los volvió a cerrar, esta vez para siempre. El caballero había muerto. Turko se quedó mirándolo un rato, sin saber qué hacer. Lo perseguían, tenía prisa… pero no podía dejar que el cuerpo de aquel hombre se convirtiera en alimento de animales y bestias. Además, desde siempre había escuchado que en aquellos bosques había Grorgs. No, El Guardián tampoco vería aquello con buenos ojos. Tenía que enterrarlo, era lo correcto. No podía darle la sepultura digna de un caballero, pero aquello era mejor que nada. Enterrarlo fue fácil, había piedras de sobra provenientes del muro derribado del molino; lo difícil fue decir las palabras adecuadas. Había estado en muchos entierros, incluidos los de su padre y su madre, pero nunca en el de un caballero. Finalmente recordó la oración que el clérigo dijo en alguno de aquellos funerales... —Que El Guardián acoja el alma de ser Galven de Lausedol en los Verdes Prados y que allí sea inmortal.

El falso caballero (Sombras de Gámelon)  

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