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Colección Deleite

Nicolás Monzón y el Corazón de Jade

A.P. Ramírez


A.P. RamĂ­rez


A.P. Ram铆rez Nicol谩s Monz贸n y el Coraz贸n de Jade


Título original: NICOLÁS MONZÓN Y EL CORAZÓN DE JADE © Copyright 2012 by Alejandro Pérez Ramírez


UN COMIENZO INESPERADO Era el tiempo en que todo existía en armonía, el tiempo primero; tiempo de luz en el que hombre y naturaleza se encontraban en perfecto equilibrio. En las Colinas Lejanas, Mexitl puso su corazón envuelto en hermoso jade y lo sembró para que diera vida. Nombró entonces a la vida entera y dio por nombre a la tierra en donde depositó su corazón Tierra del Águila. Pero fue también aquel el tiempo en que Omácatl negó la luz y quiso traer sombras a la tierra y sembrar odio y discordia en ella. Llamó entonces Mexitl a la existencia a los Centzon Totochtin y los hizo existir en el lugar de la blancura, a la que ellos llamaron Ixachi, para guardar el Corazón de Jade. Mas colocó Omácatl en el alma de Mictlantecuhtli el malvado deseo de robarlo. Reunió éste a los Teyaotlanis, un grupo de renegados de la luz, confrontaron a los guardianes del Corazón sometiéndolos y arrojándolos de las Colinas Lejanas, tomaron entonces el Corazón de Jade y lo entregaron a Omácatl. Ocultó Omácatl el Corazón de Jade en la llamada Tierra Negra en un lugar que nadie conocía, custodiada por los Tsitsimimej, demonios de la noche, seres abominables que sólo podían morir por obra de un alma pura. Vinieron entonces las sombras a la Tierra del Águila. Mas en Ixachi permaneció la esperanza, porque Mexitl consoló a sus hijos diciendo que habría de surgir quien traería de nueva cuenta el equilibrio. Fueron muchos los pueblos que quedaron en sombras. Todos ellos marcharon hacia Ixachi buscando la luz. Unos cuantos de cada grupo se adelantaron para celebrar consejo con el Sabio de Ixachi, al que Mexitl encomendó la búsqueda de su Corazón. Ahí estaba Kuautik de las Tierras Verdes, de enorme estatura, con sus insignes espada y escudo del valor; también Tesouani de las Tierras Bajas, de gallarda figura y gran habilidad en el manejo de la lanza y el makahuitl o mazo; Xiuitl, de las tribus del norte, conocía de hierbas milagrosas y menjurjes, solía acompañarlo un perro de nombre Xoloit. Ante ellos el Sabio de Ixachi reveló que no era ni en Ixachi ni en lugar alguno de la Tierra del Águila de donde habría de venir el de corazón puro, pero que era Ixachi la tierra señalada como su origen. Abrió entonces, ante todos, el portal, mostrando aquello que los dejo asombrados. *** -Después los alcanzó. Ahora tengo cosas que hacer. Todas las tardes, después de asistir a clases, Nicolás gustaba de ir a la biblioteca. Llevaba algunas semanas buscando algún libro que llenara su deseo de aventuras. La rutina escolar era demasiada. Encontraba triviales las diversiones a las que sus compañeros de escuela se entregaban. Lo consideraban extraño porque casi siempre se negaba a ir con ellos, además de su peculiar personalidad: alto de estatura, espigado, cabello pajizo y ojos color miel, su aspecto era atractivo, aunque contrastaba con su tez morena que remataba en un rostro sereno, pero de mirada inquieta. Esa tarde, Nicolás encontró un curioso libro, nunca lo había visto, cosa que le extraño, puesto que conocía prácticamente todos los rincones de la biblioteca y se preciaba de saber el catálogo de la misma, más extraño le pareció que el libro tenía la peculiaridad de mostrar en su pasta una puerta. -¡Qué extraño! Abrió entonces el libro y comenzó a leer: Era el Tiempo en que todo existía en armonía…


–Curioso libro ese que lees ¿no crees? La mirada del anciano librero despedía un peculiar brillo y sus ojos parecía que bailaban. –Debes de tener un alma demasiado incomprendida para que el libro viniera hacia ti. Nicolás no comprendía, el libro ciertamente era curioso, mas no encontraba en él nada especial como para que la atención del anciano se centrara en su persona. –Hace mucho que el libro esperaba que alguien lo tomara, la puerta ha deseado abrirse hace tiempo ya; no recuerdo hace cuánto, era yo aun joven, pero no entendía. Nicolás estaba cada vez más intrigado, pues la voz del viejo se tornaba en momentos lúgubre, como si hablara desde otro lugar. –Vamos, continúa leyendo, la puerta sólo se abre cuando el corazón siente, y lleva mucho tiempo esperando al que lo devuelva a su hogar. Quería irse del lugar, cosa que le asustó, pues siempre gustó de permanecer ahí por varias horas. Pero algo en el libro le hacía sentir el deseo de continuar. Le pareció que el libro no estaba escrito, sin embargo claramente podía leer lo que decía, las palabras cruzaban su mente como si supiera desde antes lo que ahí decía: Ante ellos el Sabio de Ixachi reveló que no era ni en Ixachi ni en lugar alguno de la Tierra del Águila de donde habría de venir el de Corazón Puro… El ser entero de Nicolás se estremeció al leer estas líneas. Recordaba que en sueños había estado en una tierra extraña en donde sucedían cosas que no entendía: un corazón luminoso que había sido opacado por extrañas sombras; un tumulto de gente de muy diversa naturaleza caminando hacia un lugar, que llamaban de la esperanza, y otras tantas que no recordaba muy bien. Sólo la voz del viejo librero logró sacar a Nicolás de su éxtasis. –No temas, adelante, llévatelo si quieres o si crees poder continuar. –Y, ¿qué podría suceder si continúo? Seguramente este libro es como cualquier otro. Está bien me lo llevó. –No te preocupes por regresarlo pronto. Esbozó el librero una sonrisa que a Nicolás le pareció una mueca desagradable, nunca como ahora le pareció tan inquietante la presencia del anciano. Tomó el libro, lo guardó en su abultado morral color marrón y salió corriendo hacia su casa. Las cosas serían distintas a partir de ese momento. *** La imagen causó desconcierto, no sabían de qué se trataba. Era como ellos, pero vestía de modo extraño. Además su aspecto no era el de un guerrero, era más bien el de un adolescente. –Acaso es una burla -vociferó Tesouani, el más arrebatado de todos-. ¿Cómo es que vamos a derrotar a Omácatl con este flacucho muchacho? Gran cantidad de risas resonaron, pero el Gran Sabio de Ixachi las acalló diciendo: –No es por la fuerza por la que Omácatl ha de caer, sino por la pureza del alma, y es éste el señalado para devolvernos el Corazón de Jade. Xiuitl, que además de sus grandes conocimientos, destacaba por su prudencia, y que hasta el momento había permanecido apartado en un rincón, tomó la palabra: -Bien lo dices, oh, Sabio de Ixachi. Mas cómo y en qué momento habrá de presentarse. Hemos caminado durante mucho tiempo, mi gente y yo, desde el norte,


que hemos perdido la noción del tiempo. Era yo un muchacho cuando mi pueblo emprendió el camino hacia Ixachi buscando al que habría de equilibrar el orden perdido. En Ixachi creíamos que encontraríamos a ese gran guerrero. ¡Y ahora, se nos presenta como un cuento, una promesa, una imagen! El Sabio comprendía lo que en el corazón de los hombres, mujeres y niños ahí reunidos sucedía. No pocas veces él mismo había dudado de la promesa. Pero los años lo habían vuelto paciente. Ya en su juventud había recibido señales de que el que traería equilibrio no era de su mundo. Esa ocasión cuando se encontraba cazando uitsilmichines, peces semejantes a los pez vela, pero de menor talla y de una carne deliciosa que su madre preparaba con una salsa de abrojos, fue sorprendido por una visión: observó la enorme ciudad con gran cantidad de luces multicolores y, atravesando un sendero de roca con extraños símbolos, al joven que su padre le mostraría antes de morir en aquella triste tarde en que sin saber cómo, un extraño vacío se formó en la orilla del lago, tragándose la barcaza en donde salía ir a pescar. -No desesperéis, justo es que sientan incertidumbre, pero les aseguro que el elegido está a punto de descubrirnos y entregarnos su corazón. *** -Es una locura, no puede ser. Los ojos del viejo parecían dos ascuas y su voz sonaba distinta a otras ocasiones –reflexionaba Nicolás mientras caminaba rumbo a su casa. Se detuvo Nicolás en el zaguán. La tarde comenzaba a sentirse fresca y el viento le traía un aroma desconocido, como de hierbas quemadas o incienso. –Qué extraño. Pensó Nicolás que algún vecino preparaba una especie de té o algo así. No le dio mucha importancia, sin embargo el aroma quedó profundamente impregnado en su sentido del olfato. Por la noche, habiendo cumplido sus deberes de la escuela, se retiró a su cuarto. Gustaba de leer un poco antes de dormir, pero en esta ocasión se sintió inclinado a jugar un poco con su videojuego. No llevaba ni diez minutos cuando comenzó a escuchar un extraño ruido. Supuso que era el viento que golpeaba los árboles, pero deshecho la idea cuando escuchó voces que decían: maxitia, maxitia, Nic, Nic. (acércate, acércate, Nic, Nic) El sobresalto fue mayúsculo sobretodo porque parecía que le llamaban. Todos en la escuela le llamaban Nic. Decidió dejar el videojuego y tomó nuevamente el libro. La lectura era cada vez más tensa para Nicolás. Las voces que resonaban en las páginas se escuchaban con una claridad abrumadora. De repente, ante él, se proyectó la imagen de una hermosa muchacha. No era el tipo de chicas con las que acostumbraba tratar en la escuela. Su rostro se mostraba sereno, pero reflejaba una tristeza que caló en lo profundo del alma de Nicolás. Sus cabellos eran de un negro intenso que contrastaba de manera peculiar con la blancura de su rostro, que en momentos destellaba intensos tonos cobrizos, pareciendo que brillaba. La escena se torno tan real que Nicolás quiso tocarla. Al acercar sus dedos, sin embargo, desapareció, regresándolo abruptamente a su lectura, que sin saber cómo, estaba colocada en una página que parecía adquirir tonalidades multicolores, no distinguía Nicolás las líneas escritas, pero claramente pudo leer:


El corazón del que es puro, guarda el interior del más grande regalo que Mexitl ha hecho al que de barro ha sido creado. Aturdido Nicolás se levantó percatándose de que era demasiado tarde ya, casi la hora de regresar a la escuela. Tomó un rápido baño y desayunó un tazón con cereal y frutas, cogió el libro y sus cosas para dirigirse rápidamente a clases. La imagen de la hermosa muchacha de negros cabellos y la frase extraña que ante sus ojos habían aparecido lo acompañaron durante el camino. Al llegar a la escuela un escalofrío recorrió su cuerpo. Se dio cuenta que en todo el camino no se había topado con nadie, al mismo tiempo había notado que los árboles eran enormes. El paisaje se fue transformando hasta llegar al lugar en el que debería de encontrarse la cerca blanca que el sábado anterior habían pintado. -¡Qué está ocurriendo! –pensó en voz alta, al tiempo que buscaba algún indicio que le dijera que estaba en el lugar correcto. El jardín que habían podado con esmero parecía un enorme campo de pastizal. –Debo estar soñando aún. A lo lejos se empezaron a escuchar unos desagradables chillidos. Curioso, se asomó entre los hierbajos para observar de qué se trataba. Repentinamente, aparecieron unas horribles criaturas que, amenazantes, se arrojaron sobre Nicolás, quien dando un salto empezó a correr sin dirección alguna. Por su mente aparecieron los eventos de las últimas horas, el librero, las extrañas voces, el hermoso rostro níveo de la joven, el rostro de su padre recordándole la tarea que tenía pendiente con la deteriorada fachada de la casa que tenía que pintar. De repente, un fuerte tirón le hizo sentir que todo le daba vueltas, en sus oídos se escuchó un fuerte estallido y entonces alrededor suyo no vio sino oscuridad.


IXACHI El crepitar del fuego despertó a Nicolás de su perturbador sueño. No reconocía nada de lo que había a su alrededor. Viejos utensilios colgaban de lo que parecía una gran manta de color ocre. El olor a viejo se percibía en el ambiente, al mismo tiempo que un extraño perfume, mezcla de suaves rosas, como las que su madre cultivaba en el jardín, y de un dulce aroma de jazmines. Al terminar de recorrer con sus ojos todo el lugar, su mirada se topó con aquel rostro que le parecía era el más hermoso que había visto. Ella se encontraba observándolo y una especie de vergüenza y de curiosidad se apoderó de él. -¿Quién eres y qué hago aquí? Por toda respuesta recibió una sonrisa y un recipiente que contenía una extraña sustancia verdosa. -¿Qué es? La mirada de ella le indicó que bebiera aquello. Muy a su pesar lo hizo. Inmediatamente sintió un extraño calor que le recorría todo el cuerpo. –Mi padre pronto estará aquí. Era agradable saber que por lo menos hablaba, pensó Nicolás. –Te hemos esperado por largo tiempo. Mi pueblo, nuestros pueblos, han hablado mucho de ti, Aejekatl, voz del viento. Nicolás no tenía idea de lo que aquella extraña chica estaba diciendo, únicamente estaba seguro de algo: ese lugar en el que se encontraba no era totalmente desconocido. El rostro del anciano le pareció a Nicolás como tallado en roca. Los surcos que se marcaban con la luz del fuego parecían labrados. Una sensación de inquietud comenzó a apoderarse de Nicolás cuando escucho la voz del sabio de Ixachi: -Al fin puedo verte, Nicolás Monzón, voz del viento. Mi pueblo ha esperado por ti hace mucho tiempo. A Nicolás esas palabras le sonaron incomprensibles. ¿Por qué habrían de esperar por él, de qué pueblo estaba hablando? –Los habitantes de la Tierra del Águila recibimos la promesa de Mexitl de que vendrías a liberarnos y a traer de vuelta su corazón a su hogar, entre nosotros. La sorpresa se dibujó en el rostro de Nicolás. No tenía la certeza de qué estaba ocurriendo, pero se daba cuenta de que el lugar en el que se encontraba era exactamente igual al que describía el libro que había estado leyendo. Su mirada se desvío buscando a la joven, tratando de encontrar una respuesta a todo lo que estaba escuchando. Ella permanecía en una esquina de la habitación, callada, pero con una sonrisa que lo puso aún más nervioso. –No comprendo de qué me habla. Me encontraba leyendo un extraño libro sobre un lugar que por cierto era muy parecido a este, en donde se hablaba de un corazón que había sido robado y que… El corazón de Nicolás dio un vuelco al darse cuenta de que se encontraba justo en el lugar que describía el libro antes de que perdiera el conocimiento. –¿De qué se trata todo esto? Debe ser un sueño. Sí, eso es, un sueño, así que sólo debo desear despertar y, ¡listo! Los ojos del anciano y de la hermosa joven contemplaron un tanto desconcertados a Nicolás, pero ella, con ansiedad, le dijo: -No hay tiempo para demasiadas explicaciones, tus guías te esperan. La voz de la joven empezó a sonar en la mente de Nicolás con una intensidad metálica. Cada palabra que escuchaba le parecía resonar mil veces. Al observar los rostros del anciano y de la joven se dio cuenta de que lo que ahí ocurría era real y cada frase lo implicaba en algo que desconocía. Se levantó con cierta dificultad del camastro y levantando el rostro dijo:


-Bien, estoy seguro de que esto no lo estoy imaginando, pero quisiera saber antes qué lugar es éste y qué se supone que hago en él. La muchacha respiró profundamente y mirando a su anciano padre señaló hacia la entrada de la habitación. Nicolás se puso en pie, dirigió sus pasos hacia la puerta hecha de cuero y asomándose quedó ante sus ojos un espectáculo increíble. Jamás había visto tanto verdor ni tanta luz. Le resultaba difícil creer que existiera algo como lo que estaba mirando. –Esto es Ixachi, nuestra tierra, que es el centro de la Tierra del Águila. Nuestro mundo o lo que queda de nuestro mundo -Nicolás se volvió hacia el anciano con incredulidad-. Hace mucho tiempo, mucho antes de que nacieran nuestros padres, toda la tierra conocida era así, la tierra era toda verde, toda transparente. Pero ocurrió que nuestro padre Mexitl confió su corazón a los primeros hombres. Éstos fueron seducidos por el malvado Omácatl, quien robó el Corazón que mantenía la armonía y daba la vida a esta tierra. Mexitl nos dejó la esperanza del día en que vendría quien trajera de nuevo su corazón a habitar entre nosotros. Omácatl escondió el Corazón de Jade, la Tierra del Águila empezó a morir y la serpiente ha cubierto de sombras todo lo que ha tocado. En algún lugar de la Tierra Negra está el Corazón de Jade, latiendo, esperando ser redescubierto para traer de nuevo luz a esta tierra. Nicolás escuchaba atento las palabras del sabio anciano, pero en su mente aparecía de manera vertiginosa la pregunta: ¿qué tenía que ver él en todo eso? Como si el sabio adivinara lo que ocurría se apresuró a decir: -La tuya fue la primera de las tierras en caer en poder de la serpiente. La oscuridad rápidamente se fue apoderando de todo lo que en ella existía, los hombres y mujeres han olvidado el sentido de lo que es la existencia. No conocen la pureza de un corazón que ha contemplado la luz del corazón de Mexitl. Tú has guardado en el tuyo el recuerdo de los primeros tiempos. Tu corazón está ansioso de contemplarlo. En la oscuridad que te ha rodeado has querido ver. Por eso, Mexitl dijo que no sería de estas tierras de donde habría de venir el que restauraría el equilibrio. Ahora lo entiendo, la luz ha de surgir de ahí donde hay mayor oscuridad, de la necesidad de ver nuevamente la verdad. Nosotros hemos esperado, pero no sabemos contra qué combatimos, no conocemos cómo actúa la oscuridad, pero tú sí, Nicolás Monzón. Las palabras del anciano calaron hondo en Nicolás. Era cierto que en muchas cosas no le agradaba el que las personas tuvieran siempre prisa, incluso para descansar; tal parecía que todos estuvieran vacíos de vida, por eso quienes lo conocían decían que iba tres pasos atrás. Sin embargo, a él no parecía preocuparle tanto el hacer las cosas rápido, le gustaba disfrutar cuanto hacía y más cuando se trataba de leer. No comprendía bien cómo sus compañeros encontraban divertido el desvelarse de continuo en fiestas, bebiendo y consumiendo sustancias que decían ellos los hacían sentirse felices. Encontraba que había una gran ansiedad por hacer algo, pero nunca sabían decir por qué cuando les preguntaba qué sentido tenía o adónde les llevaba el hacer todo eso. Sí, había una gran ansiedad por sentirse plenos, pero nada de lo que hacían los llenaba. Nicolás se sentía abrumado por no saber qué ocurría en el mundo que vivía. Ahora, al contemplar la belleza de este lugar y ver en los ojos de la joven la pureza de una mirada limpia y percibir en las palabras del anciano el valor de una palabra veraz, se dio cuenta que estaba frente a las respuestas a sus interrogantes. Respuestas que esperaban ser descubiertas. Había respuestas pero no iba a ser sencillo descubrirlas. Tomando la mano de Nicolás, la joven lo dirigió hacia una saliente del cerro en el que se encontraba la casa. Ahí Nicolás se conmovió al ver la cantidad de gente reunida, quienes al verlo levantaron la mirada. Nicolás experimentó al mismo tiempo la alegría y el temor por saber que en él recaía la esperanza de toda esa tierra. La joven levantó su mano y dirigiéndose a la multitud dijo:


-Pueblo de Ixachi, todos sabemos de la promesa de Mexitl, hoy los días de oscuridad están prontos a terminar. De aquel mundo que fuera oscurecido primero ha venido quien nos ha de liberar del temor. Nuestros anhelos no han de morir. Hoy, Nicolás Monzón, ha venido a combatir a Omácatl, ha venido a combatir la oscuridad que amenaza toda la Tierra del Águila, ha venido a combatir a la serpiente. Ha venido a rescatar nuestro corazón. Tras lo dicho la gente mostró su alegría y de diversas maneras daban muestras de gratitud por el que así se presentaba. –Necesitaremos algo más que buenos discursos para derrotar a Omácatl. La figura de Kuautik se irguió ante Nicolás que quedó impresionado por la gallarda figura del guerrero. –El sabio anciano ha confiado en ti, yo confió en ti. Mis armas están a tus órdenes. Al mismo tiempo que Kuautik hacía una reverencia ante Nicolás, Tesouani y Xiuitl se aproximaron a él. –Dinos qué hacer, ¡oh Aejekatl!, voz del viento, estamos prontos a partir –habló Xiuitl, extendiendo ante Nicolás su poderoso arco y su aljaba. Nicolás sólo supo agradecer ante tales muestras de confianza. La voz de la joven sonó a sus espaldas en ese momento. -Es tiempo de partir, debemos aprovechar la luz que aun cae en estas tierras, viajar de noche no es seguro. Por cierto, mi nombre es Sitlali, Sitlali Yeyektin.


EL CORAZÓN DE JADE La luz del sol iluminaba con una claridad turbia; las sombras proyectadas entre las ramas de los árboles le recordaron a Nicolás las tardes en que al regresar a su casa percibía el olor del combustible de los vehículos que esperaban ansiosos el cambio de luces en los cruces de las avenidas. Era un espectáculo que en varias ocasiones le hizo llegar a su hogar con un terrible dolor de cabeza. Su mamá en alguna ocasión le sugirió que regresara por el lado opuesto de la calle en donde el paisaje era más amable, aunque un poco más largo. Gracias a que siguió ese consejo se topó con la librería que se encontraba entre los puestos de comida y de chácharas. La tranquilidad y casi inmovilidad del lugar desentonaba, de manera evidente, con el mar de gente que corría de aquí hacia allá haciendo sus compras. Cuando entró por vez primera, recordó, no supo cómo sus manos empezaron a tomar libros y más libros hasta que eligió una docena, la voz que le atendió evidentemente era la una persona de edad madura, aunque sonaba con un vigor que le recordó a su padre cuando de niño le llamaba para que hiciera la limpieza del jardín o cualquiera otra tarea. Jamás en los dos años en que frecuentó la librería vio el rostro que pertenecía a aquella voz, sin embargo le gustaba acudir al lugar como si estuviera en su segunda casa. Ahora se preguntaba si la curiosidad por conocer al anciano librero era la causa para que ahora estuviera ahí, caminando con esos cuatro extraños ataviados con trajes que le parecían sacados de un libro de historia. Fijó su mirada en Kuautik, que parecía el más tenaz de los cuatro que le acompañaban, el traje que portaba era muy parecido a uno que había observado en una lámina: los pectorales adornados con una especie de puntas de flecha, remataban en unas alas de águila que se extendían hasta la parte superior de su espalda; de la cintura hacia abajo el extraño atavío presentaba una combinación de tonalidades verdes y azules, que le recordó a Chalchiutlikue, una deidad cuyas faldas eran todas de jade; las sandalias, adornadas con pequeñas semillas, sonaban con cada paso que daba. En verdad resultaba impresionante el caminar de este guerrero. Más atrás venía Xiuitl, cuyos vestidos eran más sencillos: todo él se cubría con un traje de un blanco que deslumbraba, la cinta de color rojo que adornaba su cabeza le daba un aire de sencilla realeza, el arco que remataba en la aljaba, donde guardaba sus flechas, estaba adornada de pequeños pájaros de grandes plumas que lo cubrían completamente. Se dio cuenta de que era, de los cuatro, el que más prudencia mostraba. Su aire sereno y su rostro imperturbable le inspiraban seguridad y confianza, el perro que lo seguía a todos lados le causó gran impresión por la fidelidad que le tenía a su dueño, era un animal de rara mezcla de lobo y de perro salvaje, por la fuerza que evidenciaban sus poderosas extremidades y la ligereza de sus movimientos al avanzar. Casi sin darse cuenta, a su lado se colocó Tesouani, quien le habló del largo tiempo que él y su pueblo habían esperado la llegada del que habría de alejar a las sombras de esas tierras, le confesó que no daba un tomin por él –después supo que se trataba de la moneda que utilizaban para cambiar objetos de valor-, pero que estaba dispuesto a dar su vida por lo que su pueblo anhelaba. De repente se plantó frente a él, diciéndole: -Espero que el sabio de Ixachi no se haya equivocado contigo, sería una lástima que nuestras esperanzas murieran contigo. Al tenerlo de frente Nicolás pudo admirar su rostro que parecía labrado en piedra, el color cobrizo contrastaba con el amarillo dorado de su traje de dos piezas, adornado de piedrecillas multicolores que remataba en un imponente makahuitl color ámbar, engarzado a los lados con varias puntas afiladas de obsidiana. Nicolás le dirigió una mirada, al mismo tiempo retador y suplicante. Esa mirada le fue devuelta fríamente por los ojos de Tesouani, quien sin continúo su camino.


–Es noble, pero algo testarudo –dijo Sitlali sacándolo de sus reflexiones. La mirada que tanto le había inquietado en sueños estaba ahora delante de él, podía admirarla plenamente, la piel de su rostro le parecía más delicada y su figura le resultaba tan grácil que daba la impresión de caminar sin tocar el suelo. -¿Estás bien? Nicolás, respondió con un sí entrecortado, que delató su perturbación, ante lo cual Sitlali sonrió. –Pronto entraremos en los bosques Matlaktik o deliberantes, que separan la luz de la oscuridad. Mi padre me dio esto para que te lo entregara una vez que llegáramos aquí. La joven extendió su mano y le mostró a Nicolás una hermosa piedra cuya forma semejaba la de un corazón humano. –Mi padre dijo que la usaras, está hecho del mismo jade con el que Mexitl confeccionó su propio corazón, ella te ayudará a llegar al lugar donde está ocultó el Corazón de Mexitl. -¿Cómo podré saber cuando estemos cerca? –Deja que el corazón te guíe. Cuando la luz esté cerca de él, entonces escucharás su voz. Sólo tú puedes portarlo, pues eres el único que puede distinguir la oscuridad de la luz. Las miradas de los guerreros seguían atentos lo que ocurría. Xiuitl se adelantó para señalar: -La noche está próxima, debemos ocultarnos antes de que aparezcan los Tsitsimimej de Omácatl. Caminaron hacia una planicie donde Tesouani comenzó a preparar el campamento. A lo lejos se escucharon unos estruendosos alaridos. Los ojos de Nicolás se fijaron en el cielo, vio entonces con sorpresa, dibujadas en el horizonte, unas siluetas que se aproximaban rápidamente hacia donde se encontraban. -Debemos apresurarnos, hay que colocar las cuerdas para sujetar las tiendas. La voz de Xiuitl sonó imperiosa. Al verlo realizar con habilidad los nudos, Nicolás se dio cuenta de que conocía a la perfección lo necesario para sobrevivir en esos lugares. Se dijo entonces que procuraría aprender todo lo que pudiera. –Es necesario que se rodee el campamento con akayetl o hierba de los sepulcros. Los Tsitsimimej no soportan su olor, estaremos protegidos al menos mientras dura la noche. Al amanecer podremos continuar. Tesouani tomó arrebatadamente un poco de akayetl de la mano de Xiuitl. -Más vale que tenga un poco de eso, no me gustaría que esas bestias se acercaran demasiado. Los alaridos se escuchaban cada vez más cerca, de repente Nicolás gritó, al mismo tiempo que señalaba con el dedo índice la sombra que se dibujaba entre los árboles. -¿Qué es eso? Un tenue resplandor dejó ver el rostro de la criatura, que parecía una mezcla de reptil y ave, los ojos demasiado grandes y casi a punto de salir de sus órbitas, estaban rematadas por un hocico que presumía una hilera de dientes afilados. El cuerpo parecía de humano, pero las escamas que brillaban ante los resplandores le daban un aspecto semejante al de un pez. En lugar de brazos, dos extremidades que le recordaron a Nicolás las de los murciélagos que había visto en sus libros de biología. La extraña criatura fijó los ojos en Nicolás, al mismo tiempo que daba estruendosos alaridos, casi al instante otros más se escucharon convirtiendo aquello en un verdadero infierno de ruido. -Tomen esto -dijo Xiuitl-, es hierba nakasatsatl, que también llaman hierba sorda, nos protegerá del efecto aturdidor de los alaridos de los Tsitsimimej.


Rápidamente le explicaron a Nicolás que los chillidos de aquellas criaturas eran capaces de reventar el oído de los humanos, por eso cada habitante de la Tierra del Águila procuraba cultivar en sus tierras una buena porción de esa hierba. Apenas habían bebido la extraña infusión, el cielo se cubrió con las sombras de infinidad de seres horribles que dibujaban círculos en el aire, algunos se atrevían a bajar hasta donde se encontraban, pero los efectos del akayetl incendiaban sus cuerpos, lo que hacía que se alejaran dando espantosos chillidos, pero sin extinguirlos definitivamente. -Esto los mantendrá alejados –señaló Xiuitl con el rostro apesadumbrado-. ¡Que Mexitl guarde a nuestros hermanos! Ésta es noche de cacería, la noche en que los demonios cazan a todo ser viviente que encuentran sin la protección de la akayetl. La akayetl nos ha protegido desde que nuestro padre Mexitl se alejó para evitar ser consumido por el mal que emanaba de Omácatl. Nuestro padre nos dio esta hierba para preservarnos del mal que la serpiente derramaría por toda la Tierra del Águila. Ahora esperamos que la noche sea propicia para nuestros hermanos. El corazón de Nicolás se sintió profundamente conmovido por la nobleza del corazón de Xiuitl, repentinamente Kuautik dejó escapar un profundo suspiro: -No hay camino recto hacia la luz, todo debe de transcurrir en el orden establecido, que no es sino una constante de subidas y bajadas, de retornos sin fin y de llegadas a puntos que parecen dejarnos al principio. Nuestra tarea es llevarte hacia el lugar en donde reconocerás lo que eres y para qué vives, a partir de ahí estarás tú solo, ninguno de nosotros podrá seguir a tu lado, sólo tu corazón, si es verdaderamente puro, podrá guiarte hasta el corazón de nuestro padre Mexitl. Nicolás sintió un escalofrío al escuchar las palabras del guerrero, las había pronunciado con una solemnidad que, hasta entonces, empezó a comprender que la existencia de todo su mundo y el de toda esa gente, dependían de él. Nunca como en ese momento se dio cuenta de cuan real era lo que estaba sucediendo. Él un adolescente, que hasta hace unas cuantas horas tenía como única preocupación el resolver sus tareas escolares, se encontraba ahora intentando salvar todo aquello que le daba razón a lo que hacía cada día. Le parecía descabellado, quiso retroceder, pero la figura de Tesouani se lo impidió. –No es el momento de mirar atrás, sino de mirar en tu interior, busca a Mexitl en ti, porque el ya te conocía desde antes de que tú existieras, eres parte de él y Él está en ti, no me preguntes como lo sé, simplemente veo en tus ojos algo que no había visto nunca en este mundo. Sitlali observaba la escena y mirando con ternura a Nicolás le dijo: -Muchos han puesto su esperanza en ti para que la luz nazca nuevamente en la Tierra del Águila, algunos hemos puesto además nuestro corazón sin conocerte por completo. Al decir esto el rostro de la joven se torno de un carmín que hizo que Nicolás esbozara una sonrisa. –Agradezco que confíes en mí, lo cierto es que tengo miedo de lo que pueda ocurrir. No sé a dónde voy, ni conozco a ese Omácatl del que tanto hablan, ni siquiera se cómo es el Corazón de Jade ni qué voy a hacer una vez que lo encuentre, si es que lo encuentro. –No te preocupes tanto por eso, tu tarea es caminar, pero sin olvidar. No olvides qué te trajo aquí ni porqué estás aquí, la oscuridad y la luz tienen mucha semejanza y de eso se vale Omácatl para confundir los corazones de los hombres, los seduce hasta que los pierde en su mundo, los devora y los aniquila. Tú has resistido a esa tentación en tu mundo, pero aquí eres tan vulnerable como cualquiera. Sólo el corazón que muestra nobleza, puede resistir el encanto de Omácatl. Si quieres conocer al Corazón de Jade, debes primero conocer al que lo ha aprisionado. Si quieres ver la luz, primero tendrás que enfrentarte a la oscuridad.


Los pensamientos de Nicolás comenzaron a incomodarlo, ¿realmente tenía que ser él quien debería de llevar tan tremenda responsabilidad? ¿Qué relación existía entre él y todo lo que hasta entonces había ocurrido? Demasiadas cosas le resultaban familiares en ese lugar, sin embargo también le parecían distantes. Estaba a punto de expresar todas estas dudas cuando el cielo se oscureció repentinamente. Al volver la cabeza hacia arriba no podía creer lo que estaba viendo. Ante los ojos de los cuatro viajeros el cielo se comenzó a tornar de un rojizo intenso que semejaba un fuego que se extendía por el horizonte. –Omácatl sabe que has llegado y ha comenzado a preparar a sus Teyaotlanis. Han desagarrado el cielo. Están advirtiéndote que no sigas o mucha sangre será derramada –señaló Sitlali dejando entrever una honda preocupación. -¿Qué debo hacer, si es verdad que ese Omácatl tiene un ejército y tiene pensado avanzar contra nosotros, cómo vamos a enfrentarlo? Tesouani se dirigió a Nicolás y mirándole a los ojos le dijo: -Tú sabes qué hacer, tu corazón sabe cómo despertar a los Centzon Totochtin, que Mexitl hizo dormir cuando Omácatl robó su corazón, sólo tú tienes ese poder, busca en tu interior y guíanos a la victoria. Nicolás estaba tan confundido por las palabras que Tesouani había pronunciado. ¿Qué sabía él de esas criaturas que había mencionado, cómo saber qué hacer? -Es necesario que lleguemos a las Cumbres Grises y encontremos las Grutas Pitsali o del Caracol, ahí dicen que Mexitl ocultó a los Centzon Totochtin, una vez ahí tú sabrás qué hacer –señaló Kuautik. Nicolás miró con agradecimiento a Kuautik por ayudarle a tomar la decisión. –En momentos como éste, -pensó Nicolás-, me gustaría tener a mi padre a mi lado, él siempre sabe qué hacer, aunque yo nunca se lo he reconocido, espero que en algún momento pueda decírselo. Sitlali miró con ternura a Nicolás y haciendo una seña para que tomara sus cosas lo instó a continuar el camino. La luz del nuevo día le resultó a Nicolás sumamente extraña. No parecía una luz clara, sino más bien le recordó un poco las mañanas en las que caminaba rumbo a la escuela y percibía el olor de los escapes de los automóviles cuyo humo formaba una capa de neblina que ahogaba los pulmones de quien lo respiraba, haciéndolo toser. Instintivamente Nicolás se llevó el antebrazo a la boca mientras su cabeza comenzaba a darle vueltas. A punto de caer desmayado los fuertes brazos de Tesouani lo sujetaron. -¿Estás bien chico? La pregunta y el interés del guerrero por su persona le hicieron sentir seguridad, apoyándose en un árbol cercano Nicolás le dio las gracias al tiempo que decía: -Este lugar me parece conocido, me da la impresión de que ya hubiera estado aquí aunque no recuerdo en qué momento. Sus compañeros de viaje se miraron unos a otros dejando que una amplia sonrisa apareciera en sus rostros. –Mexitl llamó a este lugar Kayotl, el lugar del Secreto, porque en él nuestros ancestros venían a pensar en lo que habían hecho en su vida, aquí renovaban su vida, dejando lo que no querían cargar y sólo se llevaban aquello que los hacía felices. Parece que en ti hay algo que quiere quedarse, pues lo mágico de este lugar se mantiene a pesar de la maldad que impregna el ambiente. Nicolás se quedó asombrado con el nombre que Tesouani había usado para referirse a esa neblina grisácea: maldad. ¿Era maldad la que estaba llenando el mundo que Nicolás conocía, no era contaminación acaso? Pidió que lo dejaran un momento solo, necesitaba ordenar sus pensamientos. Al alejarse un poco se percató


de que el lugar estaba lleno de árboles enormes, cuyas hojas eran de una forma bastante curiosa, semejaban corazones, al acercarse un poco más pudo darse cuenta de que las hojas susurraban, aunque a Nicolás le dio la impresión de que se lamentaban. -¿Qué escucho? ¿Están pidiéndome que arranque del árbol que está cerca del estanque, en el centro del bosque, cuatro hojas, una por cada pueblo de la Tierra del Águila, para qué habría de hacerlo, con qué finalidad? Una luz intensa vino a posarse delante de él, Nicolás no se percató de dónde había salido, simplemente la tenía enfrente de él. Haciendo entonces movimientos circulares y de arriba hacia abajo, la luz comenzó a moverse rápidamente. Instintivamente Nicolás la siguió entre la bruma y las ramas de los árboles que colgaban impidiéndole ver con claridad por donde iba. De repente la luz se detuvo bruscamente y comenzó a perder su brillo hasta desaparecer, entonces Nicolás vio delante de él un espectáculo increíble. Ante sus ojos se encontraba el árbol más alto y formidablemente grueso que había visto y de sus ramas colgaban cuatro formidables hojas doradas en forma de corazón. Nicolás se aproximó para tomarlas cuando un fuerte tirón lo hizo caer al suelo. Aturdido por el golpe, intentó ponerse en pie, pero una fuerza descomunal lo detuvo. -¿Quién se supone que eres tú? Ante él se encontraba un hombre, o lo que parecía serlo, de corpulenta complexión, de rostro barbado y con una gran cantidad de verrugas en toda la cara y el cuerpo, que se encontraba cubierto únicamente con una piel de algún animal. –Nadie puede tomar los corazones del árbol de Altepemej, del árbol del corazón. Mexitl me los ha confiado y yo debo alejar a los Tsitsimimej de aquí. Pero ¿cómo es que tú has logrado llegar hasta aquí? Nadie que no posea un corazón lo suficientemente noble puede acercarse al árbol. ¿Será acaso que eres tú de quien se ha rumorado ha llegado a la Tierra del Águila para liberarnos de la oscuridad de Omácatl? Nicolás se encontraba bastante adolorido por el peso de la bota de cuero del hombrón, así que dirigiéndose con voz ahogada le dijo: -Si quieres saber quién soy y qué hago aquí, bien podrías quitar tu enorme bota de encima. -¡Oh, lo siento! –replicó el hombrón-. No estoy acostumbrado a tratar con otras criaturas a no ser que se traten de enviados del maligno Omácatl, que intentan llevarse los corazones de mi pueblo. –Mi nombre es Nicolás Monzón, he venido a este lugar para salvar a la Tierra del Águila de… Al momento de decir esto, Nicolás paró en seco, su voz sonaba distinta, notó que las palabras habían fluido naturales, como si siempre hubiera sabido qué era lo que tenía que hacer. El hombrón sonrió y le dijo: -Mi nombre es Amokualnesi. Cuando Omácatl robó el corazón de Mexitl, yo intenté recuperarlo, pero el poder de la maldad que fluye de él me convirtió en lo que estás viendo. Sin embargo, mi amo Mexitl me prometió que una vez que el corazón fuera recuperado por un guerrero de noble corazón, todo en la Tierra del Águila sería como antes. Pero, han pasado muchos ciclos, y no ha habido señales de su presencia y ahora tú dices que vienes a recuperar el Corazón de Jade, me parece un kamanali, un chiste de mal gusto. Nicolás se acercó no sin cierto recelo a Amokualnesi. –Te juro que ni yo mismo creía en esto, pero han sucedido cosas demasiado extrañas. Parece que todo ha transcurrido en un lapso de tiempo muy corto y según veo ya llevó caminando dos días con mis compañeros de viaje.


Hasta entonces Nicolás reparó en que Sitlali, Tesouani, Xiuitl y Kuautik no tenían idea del lugar en el que se encontraba. Así que habló con voz de autoridad: -¡Necesito esas hojas para poder encontrar el Corazón de Jade, ignoro de qué manera podrán ayudarme, pero las voces del bosque me dijeron que era necesario tomar cuatro hojas del árbol que se encontraba en el centro, cerca del estanque! ¡Debo hacerlo pronto, pues el ejército de Omácatl está preparándose para someter lo que queda de esta tierra! Amokualnesi, miró a los ojos de Nicolás y se dio cuenta de que hablaba con sinceridad, tomó entonces a Nicolás con sus manazas y lo ayudó a tomar las cuatro hojas doradas. Al tomarlas las hojas adquirieron la forma y el tamaño de un corazón humano. Nicolás las guardó entre sus ropas y agradeciendo a Amokualnesi, tomó el camino de vuelta hacia donde había dejado a sus compañeros. –¡Buena suerte, hijo del viento! La voz de Amokualnesi se fue perdiendo entre los sonidos del bosque, Nicolás se encaminó de regreso hacia el lugar donde había dejado a sus amigos. Había caminado cerca de diez minutos cuando le pareció escuchar las voces de sus compañeros de viaje. Al estar cerca de donde creyó se encontraban, recorrió con su brazo una gruesa maleza que le tapaba la vista, pero al quedar al descubierto lo que había delante, Nicolás se llevó una desagradable sorpresa.


HACIA LAS CUMBRES GRISES Lo que observó Nicolás era verdaderamente repugnante. A primera vista las criaturas tenían piel que semejaba mucho a la de los reptiles de la cintura hacia abajo; hacia arriba, sus cuerpos era una mezcla de humano y perro; los hocicos babeaban ante el animal que estaban tratando de hacer pedazos y que se retorcía del dolor debido a los fuertes tirones que le daban. Nicolás debió contar unas diez criaturas, pero el observar lo que hacían le llevó a dar un fuerte grito que hizo que aquellos monstruosos seres volvieran su horrible rostro hacia él. -¡Dejen en paz a esa criatura indefensa! Las bestias se miraron unas a otras y arrojando lejos a la criatura que pensaban comerse se empezaron a acercar peligrosamente a Nicolás. A sabiendas de que había hablado de más, Nicolás comenzó a retroceder para finalmente emprender una loca carrera, hacia cualquier parte. -¡Auxilio, auxilio! –gritaba Nicolás, que sentía en sus espaldas las fétidas respiraciones de las bestias. Los gruñidos que hacían al ir tras él, lo ponían más nervioso. Nicolás no sabía hacía donde correr, sentía que en cualquier momento lo iban a alcanzar. Instintivamente tomó entre sus manos el corazón que Sitlali le había entregado. Al tiempo que éste irradiaba una intensa luz azul, el silbido de las flechas del arco de Xiuitl rompieron contra dos de las criaturas. -¡Ah, finalmente hay algo de acción, mis huesos estaban entumecidos! La makahuitl de Tesounai sesgó el aire al tiempo que partía en dos el cuerpo de una de las bestias. Nicolás cayó en su loca carrera atorado por las raíces ocultas de un árbol. Estaba a punto de ser sujetado por una de las criaturas cuando detrás de él apareció la figura imponente de Xoloit que de un gran salto se prendió del cuello de la bestia haciéndola retroceder. El valeroso perro se asía tratando de someterlo, pero en un movimiento furioso la bestia lo sujetó y lo arrojó lejos para nuevamente encaminarse hacia Nicolás, que desesperado buscaba con que defenderse. Estaba a punto de ser mordido cuando el cuerpo de la bestia cayó a su lado, inerte, dejando ver la figura de Kuautik, quien guiñando un ojo le dijo: -Deberías elegir mejor a tus amistades. Por su parte, Sitlali había logrado herir a otras criaturas, logrando así que regresaran hacía el interior del bosque. -¡Qué horrendas criaturas! Parecían salidas del mismísimo infierno. Los compañeros de Nicolás se miraron unos a otros, finalmente Tesouani se atrevió a decir: -¿Qué es infierno? Nicolás con voz balbuciente les explicó: -Es lo más horrendo que se puede uno imaginar, es un lugar donde hace un intenso calor y los que llegan ahí no pueden salir por haber ofendido y negado a Dios, constantemente son asediados por demonios de feo rostro y figuras descompuestas, los que están ahí son torturados por toda la eternidad con una sed y un apetito insaciables. Sitlali se dirigió a sus amigos y les dijo: -Creo que nuestro amigo está hablando del Miktlantli, la Morada de Sombras, el lugar en que Omácatl ha hecho su morada, el sitio en donde la vida ha dejado de ser y ha cedido su lugar a la muerte. Los rostros de Xiuitl y Kuautik adquirieron una faz de tristeza y pesadumbre al recordar cómo sus más queridos amigos habían sido llevados tan sólo en la última estación por los Tsitsimimej, sin que volvieran a saber de ellos. –Seguramente Omácatl los ha convertido en Teyaotlanis, que sirven a las fuerza de la oscuridad. Xiuitl acarició la cabeza de su fiel Xoloit y dirigiéndose a Nicolás le dijo:


-Estamos cerca de las Cumbres Grises, debemos apurar el paso, pues Omácatl seguramente ya sabe de ti, es necesario que conserves tu mente alejada de todo pensamiento impuro. Que no se anide el odio o la duda en tu corazón, pues de lo contrario Omácatl ya habrá vencido. Nicolás sabía que los cantos de los pájaros anunciaban el amanecer, sin embargo no tenía la certeza de qué hora era cuando comenzó a escucharlos. Los pies le dolían por tanto caminar, pero no sabía en qué momento habían reanudado el viaje. El vapor que los acompañaba no permitía distinguir si había luz. Para Nicolás lo único que lo guiaba era el canto de las aves, que con todo se escuchaban lejanas. Finalmente Kuautik señaló un punto: -Ese debe ser el árbol Yakana, el árbol del engaño, que señala el ascenso de las Cumbres Grises, debemos detenernos un momento para saber hacia dónde dirigirnos. -¿Por qué razón debemos detenernos si es claro que las faldas están detrás de él? – Nicolás se extraño por la propuesta de Kuautik, quien le contestó: -Nada es como pretende ser. Estas tierras están emponzoñadas por la maldad de Omácatl y quien se deje fiar de sus sentidos terminará en el lugar opuesto al que pretendía llegar. Debemos sentarnos para que Mexitl nos guíe y nos permita ver detrás de la maldad el camino correcto que nos lleve a las Grutas Pitsali. Las cumbres se levantaban imponentes delante de los cuatro viajeros. Nicolás se sentó sobre una roca que se encontraba cerca del árbol. Inmediatamente el sueño empezó a vencerlo. Tantas horas de camino lo habían debilitado y la falta de alimento (llevaba casi dos días sin probar bocado) lo habían puesto en un estado de delirio. Al recostar su cabeza contra el tronco del árbol una sensación de vértigo lo invadió, parecía que todo cuanto estaba a su alrededor cambiaba de lugar, el atrás se volvía delante y el arriba se volvía abajo. Sus músculos se comenzaron a tensar, entonces se vio a sí mismo con el pelo totalmente oscuro, los ojos de un color negro intenso, rodeados de sombras del mismo color, sus manos le parecían más largas y casi descarnadas, con las uñas renegridas y sucias. La imagen le causó repulsión. Al dar la vuelta se figuró que delante suyo estaban sus padres, de repente una ráfaga de viento sopló y dejó ante él la imagen de un hombre radiante de luz, con el rostro semejante al suyo, cuyos ropajes eran todos de oro, o semejantes al oro, sus ojos eran de un color amielado y su rostro dibujaba una sonrisa que a Nicolás le pareció sumamente hermosa. De repente el hombre levantó su bastón cuya forma remataba en un sol con siete puntas, lo dirigió hacia Nicolás y dando un estruendoso grito desapareció. Al mismo tiempo Nicolás despertó sobresaltado. Miró a su alrededor y le pareció que nada estaba donde él lo había visto, sin embargo se percató de que las Cumbres Grises estaban delante suyo, siempre estaban delante suyo, se moviera hacia atrás o hacia la izquierda, las cumbres siempre quedaban en la misma posición como si lo estuvieran siguiendo. -Es mejor que comamos algo antes de continuar. –dijo Tesouani. Ten amigo, creo que necesitas de esto. El guerrero arrojó a los pies de Nicolás un trozo de carne, cocida con un aroma delicioso. -¿Qué es? –preguntó Nicolás. –Xaltusan, aderezada con hierbas que Xiuitl ha encontrado por ahí. En cuestión de plantas nadie sabe tanto como él, preparadas así no se acuerda uno de qué es lo que está comiendo. Al decir esto le mostró a Nicolás una pequeña rata que estaba esperando su turno para ser cocinada. Nicolás no pudo evitar volver el estómago ante las carcajadas de sus compañeros. Sitlali le ofreció un poco de agua mezclada con xiautl, una bebida


amielada que le ayudó a recuperarse. Ya más tranquilo pudo continuar comiendo, esta vez con mayor avidez, debido al hambre que sentía. –Me parece que nuestro amigo finalmente ha condescendido a probar el alimento de los mortales. Se miraron unos a otros y una serie de risitas se escucharon ante la complacencia de Nicolás que sintió como si estuviera en el lugar correcto, con las personas correctas, sintió que aquellos ya ocupaban un lugar en su corazón. *** El ambiente comenzó a tornarse sombrío al tiempo que brillantes relámpagos se observaban en la punta de las cumbres. –Las grutas deben estar antes de llegar a la cima, debemos apresurarnos antes de que los Tsitsimimej, regresen de su cacería. Las palabras de Kuautik preocuparon a Nicolás, el pensar en que tendría que ver de nueva cuenta a las horrendas criaturas le causaba inquietud. -Creo que es buena idea la de Kuautik. -señaló Tesouani. Vayamos hacia delante. Apenas había caminado unos pasos cuando se vio de frente al mismo sitio del cual había partido. –¿Qué sucede? No es posible, continuó en el mismo sitio, estoy seguro que camino, pero no avanzo. Xiuitl, le recordó que sólo Nicolás podía tomar el sendero correcto, nadie más podía guiarlos por ese lugar. Se dirigió entonces a Nicolás y le dijo: -Hijo del viento, tú conoces el sendero a donde hemos de dirigir nuestros pasos, condúcenos. Nicolás cerró un momento los ojos, y ante él se dibujaron borrosas las imágenes del paisaje, finalmente pudo distinguir con claridad una angosta vereda que se encontraba a la izquierda del árbol Yakana, se dirigió hacia el lugar con pasos titubeantes, pero al acercarse más abrió los ojos y pudo observar que lo que estaba atrás de él se había vuelto su frente, continuó, no obstante, hasta que sintió el viento que rozaba su rostro y el árbol Yakana había quedado atrás de él, se dio cuenta de que estaba en el camino de las cumbres. En ese instante, se percató de que el corazón que pendía de su cuello estaba iluminado con una intensa luz azul, al tiempo que las hojas que guardaba comenzaban a pesarle más de lo normal. La voz de Sitlali, lo hizo voltear. Ahí, detrás de él, sus compañeros lo seguían con paso agitado. –Espera un poco, -señaló Sitlali. Nicolás estaba un tanto confundido, en ningún momento le pareció que caminara sino unos cuantos pasos, pero aquellos guerreros parecían verdaderamente exhaustos, como si hubieran recorrido una gran distancia. Al punto Tesouani dijo: -En verdad que debes ser el hijo del viento, para andar de esa manera. Al dirigir nuevamente la mirada hacia atrás Nicolás se pudo percatar que se encontraban casi en la cima de las cumbres. -¿Cómo es que llegué hasta aquí sin sentirlo? Xiuitl, alzando la mirada, señaló: -En este lugar nada es lo que parece y tú, hijo del viento, eres más de lo que ves. –No sé qué piensen ustedes, pero creo que debemos buscar un lugar para refugiarnos, no tardan en pasar esas horrendas criaturas y no me gustaría que nos vieran desprotegidos. A Nicolás le pareció que Tesoauni hablaba con razón. Tomó en sus manos el corazón que pendía de su cuello y al soltarlo éste señaló una pequeña gruta que apenas se notaba. Los cuatro se miraron entre sí y se dirigieron hacia el sitio. Kuautik


se encargó de encender un fuego mientras Tesouani sacaba de su aljaba unos cuantos xaltusan para ponerlos al fuego. Nicolás se recostó cerca del mismo y casi al instante se quedó dormido. Su sueño, sin embargo estaba muy lejos de ser tranquilo. Su sueño comenzó a plagarse de recuerdos, de su infancia al lado de sus padres y de los juegos que celebraba como niño, recordó su primer amor juvenil y la desilusión que lo acompañó, la soledad que experimentó cuando se dio cuenta de que estaba dejando de ser niño y lo aterrador que le resultaba el enfrentarse a la responsabilidad de ser adulto. Se vio ante un espejo que le devolvía una imagen que no era la suya: la figura imponente del altivo guerrero que proyectaba el espejo le atemorizaba. ¿Quién era? ¿Por qué su imagen lo perseguía? ¿Por qué encontraba tanto parecido consigo? Finalmente toda su mente se puso en blanco y sólo quedó un suave murmullo flotando en el aire: Maxitia, maxitia, Nic, Nic. *** El sonido de las brasas consumiéndose despertaron a Nicolás del profundo sueño en el que había caído. Se percató de que sus compañeros de viaje estaban todavía durmiendo. Para Nicolás eso era una buena señal, pues los Tsitsimimej debieron de haber cruzado sin percatarse de su presencia. Se levantó entonces y dirigió sus pasos hacia la entrada de la gruta. Al asomarse quedó ante sus ojos un espectáculo maravilloso que lo lleno de preocupación. Hacia el norte se observaban campos de un verde que semejaban una alfombra matizada por los dorados rayos de un sol que se asomaba discreto entre unas nubes de colores múltiples. Pensó que pasando las montañas que servían de límite natural entre su mundo y el lugar en que se encontraba debía estar su hogar y pensó de nuevo en todo lo que había tenido que dejar, no por voluntad propia, sino arrastrado por circunstancias que no terminaba de entender. Hacia el lado opuesto, al sur, todo se observaba de un negro profundo, era como si la noche habitara en ese lugar. Las siluetas de los árboles se dibujaban como sombras que bailaban ante la luz que parecía de salir de un gran fuego que amenazaba con acabarlo todo. Los alaridos de los Teyaotlanis se escuchaban con una intensidad que a Nicolás le parecía insoportable. Se dijo a sí mismo que era inconcebible que dos situaciones totalmente opuestas pudieran ser contempladas de una vez, la luz y la oscuridad, la claridad y la sombra. De sus ojos rodaron dos lágrimas al sentir en su corazón un dolor intenso, al mirar al interior del bolso donde había guardado las hojas en forma de corazón, se dio cuenta que estas habían perdido su color dorado y ahora presentaban un rojo intenso como la sangre. –Imagina un lugar sin cielo, sin un sol que nos ilumine, sin un mañana para despertar, sin aquél por quien somos y para quien somos, un lugar donde sólo exista la oscuridad. La mano de Sitlali tomó la de Nicolás y al momento sintió éste una fuerte ráfaga de viento. El calor de la mano de Sitlali contrastaba con lo helado de las suyas, ni siquiera se había percatado del momento en que la joven se había acercado. –¿Cómo es que se pueden ver ambos lugares? pareciera que son dos mundos distintos y no uno solo, ¿acaso será necesario que yo salve algo en este lugar, no parece que la oscuridad amenace esta tierra? –Desde las Cumbres Grises, todo parece normal, tu corazón debe mantenerse fiel a la esperanza. Este mundo que tú observas no siempre presentó estos contrastes, la oscuridad ha avanzado demasiado en los últimos ciclos. El interés de Omácatl por apoderarse de lo que queda de la Tierra del Águila ha aumentado desde el momento de tu llegada. No puede permitir que se le arrebate lo que ha buscado desde que se rebeló contra Mexitl.


La voz de Sitlali se quebró, pues sus antepasados habían muerto con la esperanza de que el mundo que tanto habían amado no cayera en manos de los guerreros de la oscuridad. –Mis abuelos combatieron al lado de Mexitl, en los primeros tiempos, cuando la oscuridad se atrevió a robar el Corazón de Jade que había sido confiado a nuestro pueblo. Omácatl se encargó de sembrar la envidia en el alma del guardián del Corazón y éste lo arrebató para esconderlo en algún lugar de las tierras oscuras. Nadie sabe en dónde se encuentra, sólo tú puedes recuperarlo. Para ese momento los tres compañeros de Nicolás se habían acercado. –Lo que no entiendo es por qué hasta ahora, si es que ha transcurrido tanto tiempo tiene que suceder esto. Además, he tenido sueños extraños en los que me he visto con un traje extraño, parecido a los de ustedes, pero rodeado de una luz intensa. No sé que significa todo esto, pero me parece una locura. A veces pienso que continuó dormido y éste es un mal sueño, pues ¿cómo es que existen dos mundos, el mío y el de ustedes, tan diferentes, pero conectados? ¿Por qué debo estar aquí? Si es necesario arreglar algo, ¿no debería hacerlo desde mi mundo, que es el que conozco? Sitlali miró a Nicolás y colocando su mano en el lado de su corazón le dijo: -Eso tienes que descubrirlo tú. Nuestro deber es acompañarte y protegerte de los peligros que te pueden rodear. De los que hay en ti mismo sólo tú puedes combatirlos. –Creo que es un buen momento para continuar –señaló Xiuitl atajando las preguntas de Nicolás-, recogeré las cosas y seguiremos, las Grutas Pitsali no deben estar lejos de aquí. Si nos apresuramos, podremos llegar antes de que los Tsitsimimej vuelvan a cruzar las cumbres. Nicolás volvió el rostro para contemplar nuevamente el espectáculo contrastante y dando un profundo suspiro caminó hacia la gruta. -Xiuitl tiene razón, debemos continuar, hay muchas cosas que aún debo saber y sólo caminando las podré conocer. Sus compañeros lo imitaron y contemplándolo levantaron sus rostros hacia el cielo.


DOS ENCUENTROS FORTUITOS El camino que conducía a las Grutas Pitsali era engañoso. Aparentemente era amplio, pero conforme se caminaba por él se angostaba dando la impresión de que no se podía seguir avanzando. Nicolás pudo apreciar en los rostros de sus amigos el temor y la inseguridad. Tomó entonces la mano de Sitlali quien a su vez tomó la de Xiuitl, quien la de Tesouani y, finalmente, éste tomó la de Kuautik. Nicolás tomó entonces entre su mano libre el corazón que pendía de su cuello y al momento el camino que parecía estrecho apareció ante sus ojos tal como era: amplio y sin ninguna dificultad para atravesarlo. La voz de Tesouani sonó enfática cuando dijo: -¡Por Mexitl, qué clase de brujería es esta! Estoy seguro que el camino parecía imposible de atravesar. Al momento se soltó de sus amigos únicamente para encontrarse nuevamente ante un camino estrecho, lo mismo ocurrió con los demás que instintivamente pegaron sus cuerpos hacia la pared de la montaña. –Debemos mantenernos juntos, nada podemos hacer para evitar los influjos de la maldad de Omácatl en este lugar, pero sí podemos contrarrestar sus efectos, nuestro amigo Nicolás ha sido inspirado por la fuerza de Mexitl y nos guiará sabiamente hasta el campo de los Centzon Totochtin. Tomemos nuestras manos y caminemos de esta manera hasta el final del camino. Las palabras de Xiuitl le aclararon a Nicolás algunas cosas que hasta ese momento le resultaban confusas. –Mantenerse unidos para evitar la oscuridad –reflexionó para sí Nicolás mientras avanzaba-. ¿No sería acaso eso lo que le había dado poder a Omácatl sobre Mexitl? ¿Sería que mi mundo se separó de lo fundamental, del origen de todo y es por eso que Omácatl lo pudo conquistar primero? ¿Será que acaso tengo que ser yo el que nuevamente una lo que está separado? Los pensamientos se le venían de manera vertiginosa expresándolos en voz alta. Sus compañeros pensaron, al escucharlo, que las cumbres estaban afectándolo. –¿Te sientes bien, hijo del viento, necesitas descansar? –preguntó Xiuitl con cierta preocupación. –No, no, estoy bien, continuemos. Debemos darnos prisa, creo que Omácatl pronto se dará cuenta hacia dónde vamos y qué pretendemos. Debemos llegar al lugar de los Centzon Totochtin, pues aun no sé exactamente qué hacer con las hojas del árbol de Altepemej. El final del camino se apreciaba ya cercano, lo que causó sonoras carcajadas en los cinco. No obstante, a pocos pasos del final, la tierra comenzó a temblar. Lo que los hizo detenerse abruptamente: -¡Auff, qué horrendo olor es ese! –expresó Kuautik tapándose la nariz instintivamente. Tesoauni se apresuró a tomar su makahuitl cuando lenguas de fuego salidas de la nada los hicieron retroceder. -¿Qué está ocurriendo, de dónde sale este fuego? –gritó alarmada Sitlali. Al momento, como si se tratara de una respuesta un fuerte alarido, acompañado de una serie de gruñidos, se dejó escuchar para dejar al descubierto, tras la espesa humareda provocada por el fuego, la espeluznante figura de un ketsalkuetspalin, un enorme dragón emplumado de enormes garras y larga cola con afiladas puntas a lo largo de la misma, el color de su escamosa piel se tornaba verde y azul en la parte superior, mientras que en la parte baja el rojo del fuego predominaba, las plumas multicolores tapizaban sus alas y cuello dándole un peculiar aspecto. -¿Qué hacemos ahora? –preguntó Nicolás, mientras Xiuitl tomaba su arco y lanzaba varias flechas a la vez logrando que la bestia se escabullera hacia una saliente. – ¡Ahora, rápido, crucemos antes de que vuelva!


No bien había dicho esto Xiuitl cuando se estremeció de nuevo la tierra bajo sus pies. Rápidamente se ocultaron tras una roca que sobresalía del suelo. Xoloit se lanzó atrevidamente, ante la impotencia de Xiuitl, contra el ketsalkuetspalin. Ágilmente se colocó detrás del animal buscando saltar sobre su cola. Tesouani aprovechó la distracción para darle un golpazo en el hocico con su makahuitl que hizo que la bestia se retorciera del dolor. Tesouani se dio cuenta de que no debía quedarse mucho tiempo cerca, pues el horrendo animal se preparaba para embestir con una ráfaga de fuego. Kuautik, dando muestra de su fuerza, tomó varias rocas que se encontraban cerca y las comenzó a arrojar contra el ketsalkuetspalin. Ante el ataque, la bestia se replegó causando furor entre los guerreros, sólo Nicolás se mantenía tenso, sin mostrar ninguna efusividad. Xoloit regresó a donde se encontraban. Xiuitl se percató que tenía algunas heridas debido al roce con la piel de la criatura. Sitlali se asomó para cerciorarse de que la bestia se había marchado ya, pero su sorpresa fue grande cuando se encontró con el fétido hocico delante de ella haciendo que un grito de horror saliera de su garganta: -¡Corran! La bestia arrojó su fuego, que estuvo a punto de quemarlos, a no ser porque Kuautik improvisó un escudo de piedra con una laja que había tomado del suelo. Nicolás parecía en trance cuando Xiuitl lo sujeto del brazo para hacerlo andar. –Está ardiendo, debemos alejarlo de aquí. Nicolás señaló con ansiedad la bolsa donde estaban guardadas las hojas del árbol de Altepemej. Xiuitl la abrió y se dio cuenta de que tenían un color rojo oscuro, como si estuvieran coagulando sangre en su interior. –Debemos llevarlas cerca del dragón, sólo su fuego puede renovar el calor que necesitan para continuar –señaló delirante Nicolás. –Es una locura, ¿cómo haremos para acercarnos a la bestia sin que nos devore o calcine? –dijo Tesouani. -Podemos intentar subir a su cuello y colocarlos en el hocico al momento en que exhala fuego –repuso Sitlali. –Sea lo que sea que vayamos a hacer, hagámoslo rápido, pues nuestro joven amigo está poniéndose débil y el calor en su cuerpo es cada vez más intenso –gritó Xiuitl. –Corramos en distintas direcciones para distraer al ketsalkuetspalin. Cuando esté distraído subiré a su cuello y colocaré las hojas en su hocico. Al terminar de decir esto, Sitlali corrió gritando ante la sorpresa de sus compañeros, quienes mirándose gritaron también para distraer al animal. Éste, levantándose en sus patas traseras, los dejo pasar. Al momento, Tesouani golpeó con su makahuitl el costado derecho del dragón, irritándolo aún más. Del otro lado, Kuautik le arrojaba rocas, mientras que por delante Xiuitl lanzaba flechas que rebotaban en la dura piel del animal. Sitlali por su parte aprovechó la distracción para arrojar una lanza cuya punta se clavó en el cuello del animal, que al punto reparó tratando de quitarse el extraño objeto. Sitlali se sujetó con todas sus fuerzas mientras la bestia giraba brutalmente. Finalmente pudo llegar hasta el cuello y una vez ahí se sujetó con cuerdas a los cuernos que sobresalían de la cabeza del animal para evitar ser derribada. –¡Ahora, hagan que les arroje fuego! –Claro, le voy a pedir que caliente mi agua para tomar un baño –replicó Tesouani en tono irónico. –¡No pierdan tiempo, es muy difícil sostenerme sobre esto! Al momento, Xiuitl dirigió una de sus flechas a las oquedades que servían de respirador al monstruo, una vez dentro la bestia comenzó a agitar la cabeza intentando libarse del extraño objeto, al mismo tiempo que hacia esfuerzos por exhalar. Por fin, el ketsalkuetspalin se deshizo del objeto con un estruendoso bufido que iba acompañado


de una intensa ráfaga de fuego. Esto lo aprovechó Sitlali para colocar la bolsa con los corazones cerca del hocico del monstruo, que aprovechando su distracción la derribó para quedar a sus pies. La bestia se disponía a devorarla cuando un fuerte gritó se escuchó: -¡Maxitia, maxitia! Al momento la bestia levantó su cara para mirar detenidamente al que había pronunciado tales palabras. Entonces olvidándose de la muchacha y lanzando un agudo chillido se abalanzó sobre Nicolás que se encontraba de pie sobre la roca saliente. Entonces, ocurrió algo sorprendente: del bolso emergieron las cuatro hojas en forma de corazón y formando la figura de un rombo sobre Nicolás dirigieron un haz de luz que se concentró en el corazón que pendía de su cuello, al instante Nicolás pudo tomar entre sus manos los cuernos del ketsalkuetspalin que se revolvió furiosamente. Nicolás lo sujetaba con tal fuerza que la bestia chillaba de dolor. Finalmente, Nicolás abrió las palmas de sus manos y las cuatro hojas se posaron en ellas. De sus manos salieron ráfagas de luz que se dirigieron al dragón que al momento se apaciguó, dio la media vuelta y se alejó. -Ignoró por qué, pero presiento que no será la última vez que vea a esta criatura. Cuando todo volvió a la calma, Nicolás volteó a mirar a sus compañeros, quienes lo observaban impresionados. -¿Qué fue eso? –señaló Tesouani, quien acercándose a Nicolás le tomaba las manos revisándolas de ambos lados. –Dime, ¿cómo hiciste eso? Nicolás únicamente se encogió de hombros, miró a Sitlali y tomando las hojas del árbol de Altepemej las colocó nuevamente en la bolsa. Al dirigirse a sus compañeros de viaje hizo una reverencia ante ellos y les dijo: -¡Gracias! Colocó sus manos en los hombros de Tesouani y Kuautik, le sonrió a Xiuitl y besó las manos de Sitlali, retomó entonces el camino ante la mirada de sus compañeros y el rostro sonrojado de la joven guerrera. *** La entrada a las Grutas Pitsali no mostraba ninguna situación extraña. Nicolás y sus compañeros se apresuraron a entrar en ellas. A los guerreros les parecía que Nicolás se había mostrado valiente ante el ketsalkuetspalin y caminaron confiando en que sabía lo que hacía. Apenas llegaron a la entrada de las grutas, Nicolás se detuvo bruscamente. Sus compañeros también se detuvieron en seco, preguntándole qué ocurría. -¡Shhh! ¿Escuchan? Todos pusieron atención a lo que parecía un susurro proveniente del interior de las grutas: Cuando el corazón, que ilumina con su luz la tierra, descanse en serena quietud, el águila remontará el vuelo, alejándose de las tinieblas que la han sumido en el olvido. –Es una extraña melodía, ¿qué querrá decir? –Mas bien preguntemos, quién la está cantando, porque aquí no hay nadie más que nosotros. Apenas había dicho esto Kuautik, cuando del interior de la gruta salieron dos extraños seres disparados como flechas. Quedaron a espaldas de los guerreros quienes se aprestaron a tomar sus armas.


–No lastimen. Amigos semos. No, no guarden armas, ansina no se dan la mano amigos. -¿Quiénes son ustedes? –Tesouani amenazó con su makahuitl a los dos seres. –¡No, bajate la makahuitl! Semos Chanekis. Andamos en las grutas de Pitsali, porque afuera uno de cara qui´spanta anda tragando todo. Eso da miedo a Chanekis. Nicolás se acercó para observar a los dos personajes. La vestimenta era algo tosca, parecía hecha con retazos de pieles, sus pies estaban llenos de grandes trozos de lodo, mientras que sus rostros eran de color amarillento, sus grandes ojos casi se les salían de sus cuencas, y las enormes orejas sobresalían de su cráneo prácticamente privado de cabello. -¿Saben ustedes dónde podemos encontrar el campo de los Centzon Totochtin? Los Chanekis se miraron con desconfianza. Uno de ellos colocó su dedo en la boca de Nicolás para indicarle que guardara silencio. –No son palabras que tú dijiste. El de que cara qui´spanta escúchalo todo. Nada debe de ser sabido. Entre ambos empujaron a Nicolás al interior de las grutas, Tesouani se acercó a ellos y les dijo con brusquedad: -Más vale que no sea una treta, de lo contrario probaran mi makahuitl. –No te desconfíes señor. Mexitl, que es nuestro señor de la luz, nos guardó en esta soledad, nadie supo que aquí los totochtinques, los que lanzan luz, descansan, nadie debe saber, nadie. Allá hay que andar con camino seguro, porque las sombras malas buscan el corazón que se ennegrece. No el corazón malo puede hablar a los totochtinques. Sólo despierta el que libera, el que es luz, el que es viento, el que aterra al qui´spanta. Los dos Chanekis señalaron un sinuoso paraje que bajaba por las grutas, miraron de reojo a Nicolás y entonces, de manera sorpresiva, colocaron dos hojas de obsidiana en su cuello. Tesouani se lanzó hacia ellos, pero estos apretaron con mayor fuerza a Nicolás. –Seres infernales, esto lo van a pagar. –Tranquilo debes, tu amigo es fuerte, pero debe pagar al Chaneki, algo ha de dejar, si el camino quiere cruzar. Nicolás señaló el bolso y al momento las dos criaturas metieron sus manos. Las sonrisas de su rostro se fueron transformando en muecas de dolor. Rápidamente las sacaron sólo para darse cuenta de que éstas se habían convertido en ramas secas que amenazaban con quebrarse. –¡No maldije a Chanekis! ¡Dar el brazo de Chanekis! Los alaridos de las dos criaturas se confundieron con la voz de Nicolás que instó a sus amigos a descender por el camino que habían señalado los dos seres. –¡Démonos prisa, no se nos vaya a presentar otra sorpresa antes de que lleguemos a nuestro destino! -Es mejor que pensemos que el camino no será fácil -señaló Xiuitl-, mucho me temo que Omácatl ya sabe que estás aquí y buscará detenernos de una u otra forma. –Bien, entonces estaremos preparados. –Así se habla, voz del viento -terció Tesouani tomando con presteza su makahuitl y acariciando el lomo de Xoloit, que fielmente seguía a su amo Xiuitl. *** El descenso por el camino no fue nada sencillo. A la orilla crecían enormes zarzales que amenazaban con rasgar la piel de los guerreros. En algunos tramos el camino estaba formado de piedrecillas de color rojizo, tezontli, le llamaba Xiuitl. En un momento, Tesouani resbaló cayendo de manera estrepitosa varios


metros adelante. Totalmente cubierto de polvo se levantó lanzando bufidos y sacudiendo de su rostro el ramaje que se le había pegado en la caída. Kuautik se echó a reír en sonoras carcajadas, mas no bien había comenzado cuando el suelo se movió a sus pies y cuan grande era resbaló también por la pendiente. Ahora fue Tesouani quien rió abiertamente ante la algarabía de los demás. Bajaron con cuidado hasta llegar al lugar en donde se habían detenido Tesouani y Kuautik. Entonces Xoloit comenzó a ladrar de manera inquieta. Xiuitl se puso a observar los alrededores buscando el motivo de la inquietud de su fiel compañero. –Guarden silencio, agáchense suavemente. Tesouani, tomó con lentitud su makahuitl, mientras Xiuitl preparaba su arco. Nicolás pudo ver entre las enredaderas del camino unas sombras como de humanos, pero el ruido que hacían le recordaron más bien el de fieras rabiosas. -¿Qué son? –preguntó en voz baja a Xiuitl. –Creo que son naualis, hechiceros. No sé si son hechiceros de la luz o de la oscuridad, pero qué importa, debemos alejarnos pronto de aquí. -¿Qué harán en este lugar? Un hechicero de la oscuridad ¿no debería estar en otro sitio y no precisamente en éste donde Mexitl ha resguardado a los Centzon Totochtin? Nicolás se irguió y con voz autoritaria dijo: -Escuchen, sean quienes sean, mi nombre es Nicolás Monzón, viajo con estos valientes guerreros buscando el lugar donde reposan los Centzon Totochtin, he venido a despertarlos para que combatan a mi lado contra los Teyaotlanis de Omácatl. Muéstrense si son amigos, de lo contrario tendremos que acabar con ustedes. Risas de burla se dejaron escuchar. Entonces, una voz que parecía de ultratumba respondió: -¿Y qué puedes hacer tú, insignificante ser, contra nosotros, los poderosos naualis, poseedores de la sabiduría ancestral, dinos por qué deberíamos de ayudarte a llegar a la tierra Teoyojtika, a la tierra sagrada donde descansan nuestros hermanos Totochtin? -He venido de un lugar lejano, más allá de estas tierras. Mexitl ha querido que sea yo quien libere este mundo de las fuerzas de la oscuridad de Omácatl. Me ha encomendado recuperar su Corazón, el Corazón de Jade, pero para ello debo de acabar antes con los Teyaotlanis, por eso necesito de los Centzon Totochtin. Nuevamente risas se dejaron escuchar. –¿Acaso piensa este jovencito que el mayor obstáculo es terminar con los Teyaotlanis? -Eso no es nada comparado con lo que tendrá que enfrentar una vez que haya logrado la victoria, si la logra. –Bien, ¿qué tanto murmuran? ¿Por qué no asoman sus rostros para ver quienes son? –Te ayudaremos, joven Aejekatl. Nuestros ancestros han hablado y nos dicen que confiemos, pero no pidas ver nuestros rostros, pues la oscuridad ha querido poseernos en más de una ocasión. Nuestra lucha ha sido larga y desgastante y Omácatl casi ha robado nuestras almas. Sin alma, el cuerpo se corrompe y deja una cáscara fea, que se asemeja al de las bestias. Escucha con atención lo que tenemos que decir. Sean uno sólo, que los pueblos que descansan en los campos de Teoyojtika sepan que sigue habiendo hermandad entre los hombres y mujeres de la Tierra del Águila. Los corazones deben ser uno solo, sin divisiones y que la sabiduría de los ancestros perviva en ti. Acto seguido, como si fuera una exhalación, las sombras desaparecieron entre agónicos gritos, quedando únicamente delante de los guerreros y de Nicolás un campo lleno de flores de muy diversos colores. El aroma que se


percibía en el aire contrastaba con aquel que habían olido al subir las cumbres, era éste un aroma de vida, de frescura, de campo. Dijo entonces Tesoauni: -Sería una excelente idea que acampáramos aquí, hace mucho que no me sentía tan bien. Sus compañeros secundaron a Tesouani, pero Nicolás sintió un escalofrío en el cuerpo cuando al mirar hacia el horizonte contempló escenas en donde criaturas aladas que eran cabalgadas por seres monstruosos arrebataban de sus hogares a mujeres, niños, ancianos, mientras los hombres eran sometidos por horribles Tsitsimimej. -¡No, no debemos permanecer aquí! Nuestro corazón está siendo probado, debemos mantenernos siendo uno, no lo olviden. Caminemos hasta encontrar el campo donde descansan los Centzon Totochtin. Nicolás se dio cuenta que encontrar el campo no sería tarea sencilla, se encontraban más cerca, pero las pruebas serían cada vez más difíciles.


UNA SITUACIÓN DESESPERANTE El camino era demasiado agradable, tanto que Nicolás se olvidó pronto de lo que había ocurrido al entrar en las grutas. Las flores que crecían a la vera del camino eran verdaderamente hermosas, las tonalidades que iban de los amarillos más variados a colores totalmente desconocidos para él le empezaron a provocar melancolía por el hogar y los compañeros de clase, la escuela, el barrio y cada una de esas cosas que le resultaban tan ordinarias en su vida. Súbitamente se dejó caer y gruesas lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. No se había percatado que llevaba ya un rato caminando solo. En algún momento del camino había perdido de vista a sus compañeros. En un instante, levantó la vista y se dio cuenta de su situación: no sabía en dónde se encontraba ni sabía en dónde estaban sus amigos. Se levantó bruscamente dando algunos giros como quien está desorientado. Empezó a mover las manos agitadamente tratando de sostenerse de algo, pero sus manos únicamente se topaban con el aire. -¡Xiuitl, Sitlali, Tesouani, Kuatik, Xoloit! Los gritos desesperados de Nicolás se perdían entre la espesura de la enramada que cubría los lados del camino. Caminó trastabillando cuando, delante de él, se presentó la figura de su madre. Nicolás, dónde has estado, ¡ven, es hora de ir a casa, dame tu mano! Instintivamente Nicolás iba a tomar la mano de aquella visión que tanto se parecía a su madre, pero al momento de tocarla, el corazón que pendía de su cuello se iluminó y ante él quedó el rostro desfigurado y prácticamente descarnado de una criatura horrenda. Saltó hacia atrás sumamente asustado, pero inmediatamente otra voz comenzó a escucharse. Nicolás, ven aquí, dónde estás Aejekatl. Al dar la vuelta Nicolás observó a Sitlali que se aproximaba. En ese momento Nicolás comenzó a sentir que la sangre le hervía. Sitlali se aproximaba a él toda joven, toda hermosa y con una sonrisa que conmovió su corazón; sentía que la amaba, pero algo extraño notó en su andar, parecía que los pies no tocaban el suelo. Entonces Nicolás detuvo su andar al tiempo que la figura de Sitlali se disolvía en el aire y en su lugar apareció una extraño pájaro de plumaje oscuro intenso. ¡Eres mío! Se escuchó aquella voz lúgubre entre risotadas al momento que el ave pasaba cerca de él. -¿Qué está ocurriendo, en dónde me encuentro, dónde están todos? La mente de Nicolás estaba totalmente confundida, no sabía qué ocurría ni qué significaba todo aquello. Decidió continuar por el sendero, pero conforme avanzaba se daba cuenta de que el fin del mismo parecía más lejano. Sin embargo, le dio la impresión de que no se había alejado en absoluto del lugar de donde había partido. Finalmente, abatido y con una profunda pena en su corazón se sentó en una roca de color rojizo que al ser iluminada proyectaba tenues haces de luz dorada. -¡Oh, Mexitl, origen de la luz, estoy aquí sin saber por qué me has elegido para andar en busca de tu Corazón, dime qué he de hacer, a dónde debo ir, dónde están mis amigos!


Colocó entonces la cabeza entre sus piernas y entonces se dio cuenta de que de la roca se desprendía un rayo de luz que se proyectaba hacia la maleza. Se levantó, recorrió la maleza y su rostro se iluminó de alegría. *** -No logro ver hacía dónde se fue. No es posible que hayamos podido perderlo. Estaba a tan sólo unos pasos de mí –Tesouani se lamentaba por haber perdido de vista a Nicolás. –Creo que debemos continuar por el camino. Si éste se ha dividido en algún momento que no nos percatamos, habrá otro punto en el que nuevamente se una. Las sabias palabras de Xiuitl, tranquilizaron a Tesouani, que ya estaba presto a correr en cualquier dirección. Sitlali se inclinó para observar el camino. –Es curioso. Las huellas de Nicolás desaparecen en este punto. Parece como si hubiera desaparecido, sin embargo no veo cómo pudo haber ocurrido. –Insisto en que debemos continuar. En este lugar ocurren cosas muy extrañas y recuerden que Nicolás dijo que debíamos estar juntos. Pase lo que pase debemos mantenernos unidos. Kuautik se puso a la cabeza del grupo, mientras que Tesouani se colocó al final. Sitlali comentó con Xiuitl que sentía una honda pena por Nicolás, ya que todo lo que él conocía estaba a punto de terminar. –Todo tiene un fin, pero en algunos casos el fin implica una renovación. Para Nicolás esto significará comenzar nuevamente, como lo que es. Nosotros sabemos quién vive en él y cuál es su origen. Nosotros únicamente tenemos que cuidar de que lo que Mexitl ha prometido se cumpla. –Sin embargo, Xiuitl, no deja de pesarme. Mi corazón siente dolor por él. Xiuitl colocó su mano en el hombro de la joven y señalando al frente dijo: -El corazón de los hombres también le pertenece a Mexitl, hacía él vamos, y tu corazón lo está sintiendo, caminemos, debemos encontrar a Nicolás. Tesouani empezó a escuchar voces detrás de él. Inquieto, llamó a Xiuitl. -Algo o alguien viene detrás, creo que deberíamos detenernos a ver de qué se trata. Xiuitl le respondió que no sería conveniente hacerlo, pues era claro que nada de lo hubiera atrás debía de interesarles. Tesouani replicó: -¿Y si se trata de Nicolás?, puede ser que no se haya adelantado, sino que simplemente se quedó atrás y no nos percatamos de ello. Xiuitl reconoció que el argumento de Tesouani era fuerte, pero señaló que debían de mantenerse alertas. Le indicó a Kuautik que esperara con Sitlali, mientras que él y Tesouani tratarían de ver de qué se trataba. Tesouani fue el primero en escuchar las voces de sus amigos. Uno a uno fueron apareciendo delante de él aquellos que en algún momento habían sido llevados por Tsitsimimej. Quiso entonces tocarlos ante el asombro de Xiuitl que no veía nada, ni tampoco escuchaba nada. Únicamente observaba a Tesouani hablando solo y haciendo extraños movimientos. -¡Tesouani, Tesouani! -le gritaba para despertarlo. No obstante en un momento él también comenzó a escuchar las voces de sus amigos, contempló la figura de su padre, el sabio de su pueblo, que le extendía los brazos. En ese momento, Xiuitl se dio cuenta de que todo era un engaño. Tomó de su bolso una extraña hierba y formó dos bolas con las que tapó sus oídos, al mismo tiempo se dirigió a Tesouani e hizo lo mismo con él. Al instante, Tesouani se volvió como si hubiera regresado de repente de un largo viaje. Con el rostro fatigado se dirigió a Xiuitl. -¿Qué ha pasado? ¿Qué ocurrió?


Xiuitl ayudó a su amigo a orientarse nuevamente en el camino mientras le decía: -Creo que estamos caminando por un sendero donde abundan los árboles de Istakayotl, llamados también árboles del recuerdo, que hacen que la mente se engañe, haciendo que nuestros más ocultos deseos se muestren, pero sin ser esto realidad. He utilizado un poco de planta de Neli, que nos permite contemplar la verdad. Sin ella lo que es aparente nos parecerá como cierto. ¡Rápido, tenemos que regresar a donde Sitlali y Kuautik! Me temo que también ellos están ya bajo el influjo de los árboles. En efecto, al llegar al lugar donde habían dejado a sus amigos los encontraron diciendo palabras entrecortadas y haciendo movimientos bastante extraños. Sitlali repetía constantemente: -¡Padre, padre!, ¡hijo del viento, hijo del viento! -y extendía sus brazos buscando en el vacío. Kuautik, por su parte, rebozaba sonriente diciendo: -¡En verdad que no hay mejor comida que la que tú preparas, dame un poco más de ese delicioso guiso, ah, si estuvieran aquí todos, qué banquete sería este! Sorpresivamente se levantó y comenzó a vociferar: -¡Malditos demonios, largo de aquí, no se llevarán mi comida, suelten a mi hijo, déjenlo! Entonces cayendo de rodillas empezó a sollozar intensamente. Xiuitl se apresuró a colocar los tapones de hierba Neli en los oídos de sus amigos. Poco a poco fueron recuperándose. Finalmente, Xiuitl les explicó lo que había ocurrido. Todos rieron, pero sólo por un instante, ya que el ruido proveniente de la maleza los puso en alerta. Tomaron sus armas esperando el ataque de alguna bestia. La maleza se movió entonces, cediendo el paso a Nicolás que con el rostro sonriente se alegró de ver nuevamente a sus amigos. *** Los rostros de los guerreros se alegraron al ver a Nicolás. Sitlali en especial se mostró efusiva al verlo. También Nicolás se alegró al ver a sus amigos. Se lanzó hacia ellos abrazándolos y preguntando atropelladamente: -¿Qué lugar es éste en el que ocurren cosas tan extrañas? Apenas me di la vuelta y no supe qué pasó con ustedes, creí que los había perdido. Xiuitl le explicó entonces lo que ocurre cuando alguien se expone a los árboles de Istakayotl. También le dijo que lo más seguro es que no se separaron en realidad sino unos cuantos metros, pero por los efectos de los árboles debieron sentir que se trataba de una enorme distancia. –Me pregunto, sin embargo, -señaló Tesouani-, ¿cómo es que él no necesitó de la hierba Neli para poder contrarrestar los efectos de los Istakayotl? Le pidieron entonces que les dijera qué había pasado. Entonces Nicolás les contó lo que había visto (omitiendo algunos detalles sobre la visión de Sitlali) y cómo al final se sentó en una extraña roca que despidiendo destellos dorados le orientó hacia donde se encontraban ellos. -¡Mira el corazón! Su color es ahora verde y dorado –señaló Tesoauni, asombrado. Todos miraron el corazón del cuello de Nicolás, que ya Sitlali estaba examinando con cuidado. –Parece que dentro de él ambos colores son uno solo y sin embargo a simple vista parecen separados. La observación de Sitlali, puso en alerta a Xiuitl que al momento gritó: -¡Corran, debemos ir al final del sendero, rápido! Apenas había dicho esto cuando los árboles comenzaron a caer uno tras otro. Nicolás tomó de la mano a Sitlali, mientras que Tesouani cortaba con su makahuitl el


ramaje que impedía el paso hacia delante. Con gran esfuerzo, los cinco pudieron llegar al final del sendero. Al voltear se dieron cuenta de que éste había desaparecido dejando sólo un enorme cráter que los separaba de la entrada de las grutas y, ante ellos, se alzaba una explanada de arena que, cual desierto no presentaba ningún signo de vida. *** Las arenas del lugar eran de un color amarillo con tonalidades entre grises y rojizas. Con excepción de los cinco valientes no se avistaba nada en absoluto. Viendo hacia delante todo parecía igual. Nicolás dijo entonces, dirigiéndose a Xiuitl: -¿Qué hemos de hacer ahora, pues esto no parece que nos lleve a algún sitio? Xiuitl se mantuvo observando hacia lo que parecía el horizonte. Cerrando los ojos, levantó un poco la barbilla, enseguida con potente voz le ordenó a Xoloit: -¡Ve! Acto seguido el animal corrió en línea recta hasta que, ante la vista de todos, desapareció. Tras unos segundos, nuevamente apareció trayendo consigo, sujetando con el hocico, una extraña criatura que se parecía según la observación de Nicolás a un conejillo de indias. –Ahora entiendo -dijo Xiuitl con voz profunda-, esto que vemos no es lo que en realidad es. Aparenta ser un desierto, pero éste sólo oculta lo que hay realmente aquí. Debemos tener cuidado. Xoloit sabe qué lugar es el correcto para entrar de nueva cuenta al sendero. Este lugar es un portal que permite ir de un lugar a otro. Aquí es fácil llegar a lugares en donde la oscuridad gobierna, por eso es necesario dejarnos guiar por Xoloit en esta ocasión. Su olfato está habituado a distinguir la bondad, no sólo en las criaturas, sino también en las cosas. La afirmación hecha por Xiuitl le resultó un tanto extraña a Nicolás, pues cómo era que las cosas pudieran ser buenas o malas, no era algo que hubiera aprendido cuando asistía a la escuela. Recordaba que en alguna ocasión un profesor les había mencionado que la intención del hombre es la que le da utilidad a las cosas, pero no que ellas pudieran por sí mismas poseer esa intención. Como si adivinara lo que estaba pensando, Xiuitl comentó: -Es común para el hombre, que está lleno de ambigüedad a causa de la influencia de las tinieblas, creer que el mundo depende de él exclusivamente, pero no es así. Mexitl le dio a cada ser que existe la capacidad de determinarse a sí misma. No es la voluntad del que usa las cosas o de quien utiliza al hombre mismo, quien determina lo que ha de ser sino que, en cada ser, existe la condición de ser algo, bueno o malo, ser luz o tinieblas. Lo que Mexitl nos dio fue su Corazón para que lo guardáramos y no dejáramos que el mal se apoderara de él, pero el corazón de los primeros hombres fue fácil de seducir por Omácatl, y así también sedujo el corazón que habitaba en todo lo existente. Algunos se resistieron, pero otros sucumbieron. En esta tierra no sólo hay criaturas que alaban al mal, también en la tierra y en las rocas y en las plantas hay mal sembrado. No es la voluntad la que determina a lo que vive, sino el mal o el bien que habita en el corazón del que vive. A Nicolás le asombró la explicación hecha por Xiuitl. Se imaginó a este guerrero haciendo la misma explicación ante los profesores que afirmaban precisamente lo contrario, que sostenían que el bien y el mal eran cuestiones puramente de orden moral y que dependía de cada individuo elegir entre uno y otro, dejando tal elección a un mero criterio de conveniencia. –Si realmente elegir entre el bien y el mal fuera en este momento una condición personal estaría en un verdadero problema –comentó Nicolás profundamente conmovido. –Me temo, mi querido Aejekatl, que estás dándote cuenta de que no tienes mucho de donde elegir. Estás aquí porque Mexitl te ha confiado su Corazón,


que es el corazón de todos los vivientes. Estás aquí para entregarle a Mexitl lo que Omácatl le ha arrebatado, lo que la serpiente ha querido arrojar a la oscuridad. –Pero, supongamos –reflexionó Nicolás con aire intrigado-, que esto sea así, no resultaría más fácil que el mismo Mexitl recupere su Corazón a que yo, que carezco de toda fuerza, habilidad o poder lo haga. La verdad no alcanzó a comprender. Xiuitl miró a Nicolás a los ojos y haciendo una seña para que lo siguiera le dijo: -Creo que la respuesta a algunas de tus inquietudes está del otro lado del portal. Caminaron entonces los cinco hacia el portal desapareciendo uno tras otro, primero Xoloit, enseguida Sitlali, Kuautik, Tesouani y al final Xiuitl y Nicolás, quien antes de entrar echó una mirada atrás, como presintiendo que una vez que cruzara nada en él iba a seguir siendo igual.


CENTZON TOTOCHTIN Al cruzar el portal, los cinco se quedaron pasmados por la belleza que se mostraba ante sus ojos. Aquello era un vergel, todo era de un color verde intenso, los colores de las aves que se posaban en los árboles iban de los azules más variados a los rojos intensos, pasando por el amarillo, naranja y combinaciones que Nicolás jamás hubiera imaginado. Caminaron lentamente por el lugar como si quisieran que esas imágenes se quedaran por siempre. –Es increíble todo esto. La voz de Nicolás sonaba entrecortada por la emoción. Inconscientemente, Sitlali tomó el brazo de Nicolás y recargó su cabeza sobre el hombro del muchacho, lo cual provocó en él sentimientos encontrados de nerviosismo y de alegría. Tesouani y Kuautik intercambiaron miradas de complicidad al tiempo que carraspeaban enérgicamente la garganta. Sitlali se dio cuenta y separándose de Nicolás se adelantó, no sin evidenciar un profundo sonrojo en su níveo rostro. Nicolás volteó hacia donde se encontraban los dos guerreros, encogiendo los hombros en señal de desconcierto. En ese momento Xiuitl se dirigió hacia Nicolás con voz ceremoniosa: -Aejekatl, voz del viento, hemos llegado al campo donde yacen los Centzon Totochtin. No hay más camino que éste para llegar al Corazón de Jade. Ahora te toca a ti despertarlos para combatir el ejército oscuro de Omácatl. Han dormido por mucho tiempo, así que debes mostrar paciencia. Has lo que debas, que nosotros estaremos aquí si se requiere. Terminado lo dicho, dio media vuelta señalando a sus compañeros un punto entre dos rocas que señalaban en punta el cielo, como si éstas estuvieran precisamente ahí para señalar el lugar al que todo viviente tiene que ir. Al acercarse, las rocas se extendían formando una bóveda, en la cual los cuatro guerreros se apostaron para aguardar. Tesouani tomó algunos frutos, que había en abundancia, los repartió entre sus compañeros, los tomaron y se sentaron en silencio meditando sobre lo que habían pasado hasta ese momento. *** Nicolás observó como Xiuitl pasaba a su lado, miró hacia delante y comenzó a caminar. No sabía exactamente qué hacer. Cómo iba a despertar a los Centzon Totochtin si ni siquiera sabía cómo eran. Decidió caminar sin seguir un rumbo fijo, esperando que algo pudiera ocurrir. Después de algunas horas en las que se fue solazando con la belleza del lugar, sintió hambre y tomó de los frutos de una enorme palma, se sentó en las raíces que sobresalían de la tierra y se dispuso a comerlos. Recostado sobre el fuerte tronco del árbol, el cansancio comenzó a vencerlo hasta que finalmente se sumió en un profundo sueño. Cuando despertó le pareció que había dormido varias horas. Sin embargo, a su alrededor todo parecía igual, la luz era igual de intensa y el canto de las aves a su alrededor le dio la impresión que no había cesado. Se levantó sintiendo un gran alivio, como si hubiera descansado profundamente durante días. Trató de orientarse para saber hacia dónde tenía que dirigirse. Decidió continuar de frente. Tras algunos minutos, se topó con una gran secuoya que doblaba el camino en dos. Le pareció extraño que un árbol fuera tan elevado y al mismo tiempo que su tronco fuera tan grueso que no se pudiera ver que había detrás, pensó que si tomaba cualquiera de los dos caminos terminaría por arriesgarse a tomar el equivocado, sin embargo no podía quedarse a esperar demasiado, sabía que a cada instante Omácatl estaba mejor organizado y listo para combatir a un ejército que Nicolás no sabía exactamente dónde iba a encontrar, ni cómo haría para que combatieran contra los Teyaotlanis. Decidió finalmente tomar el


camino de la derecha, le parecía que el saber que la derecha era el lado diestro, mientras que la izquierda el siniestro le daba un sentido lógico a la elección. Para su sorpresa al avanzar por el camino se dio cuenta de que en la parte posterior del árbol ambos caminos nuevamente se unían, dejándolo aun más desconcertado. En ese momento, el bolso donde guardaba las hojas del árbol de Altepemej comenzó a brillar. En su interior las hojas parecía que cobraban vida, como si la proximidad con el árbol les infundiera vida propia. Nicolás se apresuró a ver qué era lo que ocurría y al momento en que abrió el bolso las hojas salieron disparadas. Nicolás retrocedió sorprendido mientras observaba como las hojas formaban extrañas figuras en el aire, círculos que se entretejían en colores luminosos. Al mismo tiempo y con gran temor, Nicolás se dio cuenta de que el árbol comenzaba a despedir una luz áurea, el tronco parecía de oro puro mientras que se escuchaban voces que le dieron la impresión de estar orando. Se puso en pie contemplando aquello mientras instintivamente tomaba con su mano derecha el corazón que pendía de su cuello. No se había percatado de que el color del corazón era el mismo que reflejaba el árbol. *** Las condiciones en que todo había transcurrido habían hecho que las cosas le parecieran de lo más ordinarias a Nicolás. No obstante, lo que estaba presenciando se alejaba con mucho de las impresiones recibidas durante todo el trayecto. El enorme árbol estaba cobrando vida ante él lo que aumentaba su asombro. Más lo fue cuando aquella voz le preguntó imperioso el motivo de su llegada. -¿Acaso lo pequeño ha de perturbar a lo grande? ¿Quién eres y a qué has venido, o deberíamos preguntar cómo es que has llegado hasta aquí? Nicolás se sintió cohibido ante el árbol o lo que parecía un árbol. Las hojas de Altepemej continuaban trazando círculos en el aire, causando en él una mayor inquietud. Se acercó con suma lentitud al árbol esperando ver de dónde provenía aquella voz. Sin embargo, una ráfaga de viento repentina lo arrojó al suelo; al sentirla le pareció que su corazón latía con más fuerza. Se levantó y plantándose ante el árbol le explicó quién era y qué hacía en ese lugar. –Mi nombre es Nicolás Monzón. Vengo de una tierra lejana. He llegado aquí, sin saber cómo, a buscar algo que llaman el Corazón de Jade que dicen pertenece a un tal Mexitl. Me han dicho que está en poder de un horrendo ser de nombre Omácatl. He visto que en las regiones oscuras que están después de las cumbres grises un numeroso grupo de Teyatloanis se prepara para atacar a los pueblos de la Tierra del Águila. El sabio de Ixachi, que es quien me ha traído hasta aquí, me ha dicho que yo soy el único que puede acabar con Omácatl y restaurar el equilibrio que se perdió por el robo del Corazón de Jade. Al terminar se hizo un pesado silencio tras el cual se escuchó una sonora carcajada, seguida de ráfagas de luz y al final la voz que se desprendía del árbol. -¡Qué insensato es lo que has dicho jovencito! Acabar con Omácatl es imposible. Él domina prácticamente toda la tierra y todo el mundo que se conoce y más allá. Ha logrado adueñarse de todo y de todos. Únicamente en Ixachi han mantenido la creencia de que ha de llegar quien los liberará de las sombras que asolan la Tierra del Águila. Y ahora, te presentas diciendo que tú eres quien los guiará hacia la luz y que traerás de regreso el Corazón de Jade, ¡qué absurdo! -Dime árbol, ¿quién eres y dime también si sabes en dónde yacen los Centzon Totochtin? -¡Qué ingenuo eres muchacho! Los Totochtin no existen. En Ixachi han creído que todo lo que se ha contado es cierto, pero Mexitl jamás dejó nada, todo se fue con él. ¿Entiendes? no hay nada.


Nicolás se sintió desconcertado ante esas palabras, pero algo le resultaba fuera de lugar. El árbol cada vez se volvía más brillante; en ese instante, se percató que el corazón que pendía de su cuello tenía el mismo color, lo tomó entre sus manos y se lo quitó despacio. Al quitárselo por completo éste salió disparado hacia el lugar en que se encontraban las hojas de Altepemej y fundiéndose dejaron ver a Nicolás un enorme corazón que iba descendiendo lentamente hasta colocarse del lado izquierdo del grueso tronco del árbol. En un instante, el enorme corazón se balanceo delante del árbol y de manera vertiginosa se fundió con el tronco. Al instante se escuchó un fuerte alarido y múltiples voces gritaban: Libres, libres. Un haz de luz recorrió todo el árbol cegando momentáneamente a Nicolás. Después de unos segundos, todo empezó a verse con mayor claridad; sin embargo, del árbol no había rastros, sólo quedaron ante él una infinidad de guerreros con vistosos plumajes y gallardas figuras que observaban con gratitud al joven. –¿Quiénes son ustedes? Nicolás preguntó como sabiendo de antemano la respuesta. Esperó a que alguno de los ahí presentes hablara, sin embargo nada de eso ocurrió, únicamente lo observaban. Mientras Nicolás miraba y remiraba, la misma voz que había escuchado al inicio se dirigió a Nicolás. –Valiente hijo del viento, te damos las gracias por habernos liberado de esta prisión en la que habitábamos desde hace largo tiempo. Mexitl, el de corazón de luz, nos había resguardado en esta tierra, alejada de las oscuras miradas de Omácatl, pero no pudimos evitar su poder y habiendo utilizado contra nosotros el Corazón de Jade nos encerró en el árbol que tú ya viste y que no verás más. Nuestro padre Mexitl nos dio el nombre de Centzon Totochtin por ser, de nuestros pueblos, los que hemos jurado total fidelidad a su Corazón. Al escuchar aquello, Nicolás se llenó de alegría. -¡Qué bien, eso significa que ahora podemos ir a combatir al ejército de Omácatl y así yo podré regresar a mi mundo! ¡Vamos qué esperan no tenemos mucho tiempo! –Espera joven Aejekatl, no podemos irnos de este sitio. Todavía nos falta una parte importante para poder caminar contigo y luchar a tu lado. Aquello llenó de desconcierto a Nicolás. Le parecía demasiado el haber llegado hasta ahí por nada, únicamente para que tuviera que regresar donde sus compañeros y decirles que sí había encontrado a los Totochtin, pero que estos se habían negado a pelear. –Necesitamos tu corazón, Nicolás Monzón. Tú nos has liberado con el Corazón de los Pueblos y las hojas del árbol de Altepemej que guardan los recuerdos de nuestra gente, pero falta la otra parte. Falta el corazón de tu mundo Nicolás. Nosotros no podemos luchar sólo por una parte de lo que somos, luchamos por todo lo que somos y esa parte que falta vive en ti. –Pero cómo es que les voy a entregar mi corazón. Lo necesito para vivir. Es absurdo. Además el tiempo se acaba, ¿cómo voy a hacer esto? –Deja que Mexitl viva en ti, no te resistas, has viajado mucho para llegar hasta este lugar, pero has viajado cargando demasiado de ti. Te has preocupado demasiado de ti, de lo que piensas, de lo que sientes. Tienes que aprender a ser tú mismo dejando de ser para ti mismo. Camina, hijo del viento, nosotros aguardaremos. Dicho lo anterior, los guerreros se fueron desvaneciendo ante sus ojos. Nicolás sintió una tremenda angustia. Gritó con todas sus fuerzas con la cabeza erguida hacia el cielo:


-¡Qué quieres de mi, por qué haces esto! Gruesas lágrimas surcaron su rostro. Fueron las últimas lágrimas que derramó por él, de ahí en adelante para Nicolás Monzón no habría más lágrimas. *** Apesadumbrado, Nicolás regresó al lugar en donde se había separado de sus compañeros de viaje. Al verlo llegar los cuatro se levantaron. Le llamó la atención a Sitlali el rostro de Nicolás. No era el rostro del adolescente que había llegado hasta hace pocos días a esas tierras, su rostro parecía refulgir a pesar de la tristeza evidente que lo embargaba. El primero en hablar fue Xiuitl, quien con voz serena se dirigió a él. -Bien, joven Aejekatl, la primera parte del viaje está hecha, debemos regresar a las tierras de Ixachi, para que estés plenamente listo para cumplir tu encargo. Nicolás se mostró confundido, algo que estaba sucediendo muy a menudo, ante las palabras de Xiuitl. –Dime amigo, ¿ha tenido objeto este viaje? Hemos caminado no sé cuantos días, para tener que regresar ahora. ¿Hay algo de sentido en esto? –Escucha, hijo del viento, nada de lo que hacemos parece tener sentido inmediatamente, pero se necesita tiempo para que el fruto madure, de lo contrario daña al que lo come. Todo lo que está vivo tiene un corazón maduro o un corazón inmaduro, ahora debes descubrir qué clase de corazón es el tuyo. Recuerda que tu mundo y el nuestro descansan en tu corazón. Las palabras de Xiuitl, provocaron en Nicolás tranquilidad y ansiedad al mismo tiempo. Entendía que necesitaba tiempo para madurar sus emociones y sus pensamientos, pero al mismo tiempo la zozobra por saber que los Teyaotlanis de Omácatl amenazaban, le llenaba de ansiedad y temor. –Creo que debo escuchar lo que dices Xiuitl. No creo estar aun listo para enfrentar a Omácatl. Creo que aún hay ciertas cosas que debo aclarar. Xiuitl hizo un movimiento de cabeza, asintiendo lo dicho por Nicolás. –La primera parte de este viaje la has cumplido. Has entregado el Corazón de los Pueblos a los Centzon Totochtin, tal como lo había señalado nuestro señor Mexitl. Has hecho bien en arriesgarte para que otros tengan un corazón propio, pero ahora debes encontrar el tuyo. Comenzaron, pues, el viaje de regreso a la entrada de las grutas Pitsali, que para sorpresa de Nicolás resultó demasiado tranquilo y con muy pocos incidentes.


UNA REVELACIÓN INCOMPLETA El regreso a Ixachi resultó de gran regocijo para todos. El sabio se alegró de ver nuevamente a sus amigos y a su hija. Al dirigirse a Nicolás, observó complaciente que no llevaba el corazón que le había entregado a través de Sitlali. –Creo que estás casi preparado para guiar a nuestro pueblo a la liberación de las fuerzas de la oscuridad, ahora es tiempo de descansar antes que inicies tu viaje para probar que eres digno del nombre que llevas, hijo del viento. Pero antes ¡coman y recuperen sus fuerzas valientes viajeros! Al instante empezaron a servir comida de todo tipo. Nicolás se extasió al aspirar los aromas de los platillos que despedían olores mezclados: dulces y agrios unos por el uso de hierbas; otros de aroma fuerte debido al tipo de carne con que habían sido preparadas. Las bebidas eran a su vez hechas de frutos que Nicolás jamás había probado, todos los sabores eran una verdadera delicia. Ya entrada la tarde, y después de haber reposado, el sabio de Ixachi se acercó a Nicolás. –El camino ha sido largo ¿no es así mi joven amigo? Nicolás asintió con la cabeza, en un ademán un tanto distraído. –Y sin embargo no hay camino que por muy largo que parezca no tenga un término. Ven, acompáñame hay algo que debes ver. El sabio rodeó con su brazo derecho la espalda de Nicolás conduciéndolo hacia una edificación, el lugar en donde estaba apostado el portal. -Ven, siéntate a mi lado. Nicolás se sentó junto al anciano. La tenue luz que procedía del exterior se fue extinguiendo hasta que fue sustituida por el de las antorchas que unos jóvenes iban encendiendo. Al quedar solos, nuevamente el anciano comenzó a hablar como para sí mismo. –Al llegar a este lugar supe que eras tú, Nicolás Monzón, el que tenía que completar el ciclo. Nuestro padre Mexitl fue bastante claro al decir que el primer paso para vencer a la oscuridad es vencer el deseo de hacer las cosas para uno mismo, el anteponer lo que son los demás a lo que es uno. Tú ya diste ese primer paso al arriesgar tu propio interés, tu deseo de regresar a tu mundo por el de salvar a esta tierra. Este tiempo me ha revelado algo que es necesario sepas. Ciertamente debes preguntarte por qué tú, de entre tantos otros, tienes que estar aquí. Yo tampoco lo entendía hasta hace unos días, justo en el tiempo en el que ustedes se adentraban en las Cumbres Grises, el portal me lo reveló. Acto seguido el anciano se acercó al portal de piedra labrado con extraños símbolos, en una lengua que a Nicolás no le resultó del todo desconocida comenzó a murmurar lo que le parecieron oraciones de petición. Entonces, en la parte interna del portal, Nicolás empezó a notar la figura del mismo guerrero que ya había visto, el que tanto se parecía a él. Observó una serie de batallas en las cuales el guerrero hacía gala del manejo de un makahuitl similar al de Tesouani, labrado en roca de color rojo e incrustaciones de jade. Se notaba el arrojo con el que combatía a seres repulsivos. De repente, algo ocurría y el guerrero se postraba ante algo que Nicolás no alcanzaba a distinguir, pudo ver cómo los ojos del guerrero se tornaban grises y finalmente la oscuridad se apoderaba de todo, quedando únicamente un espeso humo negro. –No entendía el porqué deberías estar aquí, pero creo que la respuesta está en la historia de ese guerrero. Te habrás dado cuenta del enorme parecido entre tú y él. Nicolás estaba asombrado, sin embargo algo en su interior le indicaba que debía controlar la emoción que le causaba el haber visto de nueva cuenta la imagen aquella.


–No puedo decir más, pues escapa a mi entendimiento el encontrar una relación clara entre este guerrero y tú. Sólo puedo decirte que he buscado algún indicio que me permita decirte de quién se trata. Nicolás sintió que una ola de calor le subía por el cuerpo al escuchar al anciano. –En algunos antiguos escritos se habla de este guerrero que combatió al lado de Mexitl contra las fuerzas oscuras de Omácatl. Era el más valiente de todos, pero algo ocurrió en su corazón que le hizo mudar sus intenciones. Su corazón se volvió hacia el mal y atacó a los que antes eran sus amigos, se volvió un servidor de la oscuridad. Todos lamentaron tal cosa, pero más Mexitl, pues había confiado a este guerrero su propio Corazón, su Corazón de Jade. Este guerrero que lo había resguardado y que había sido tan amado por Mexitl terminó entregándolo a Omácatl. Su nombre era Mictlantecuhtli. *** Nicolás miró al anciano cuyos ojos permanecían fijos en la roca portal. Se dio cuenta de qué era lo que aquello significaba. Únicamente podría saber cuál había sido la razón por la cual se encontraba en ese lugar si lograba saber quién era aquel guerrero y qué relación tenía con él. –Seguramente la existencia de este hombre es improbable, ¿no es así? -¡Ah, joven Aejekatl! Nada sabemos de la vida ni de la muerte. La existencia que aparece ante nosotros puede ser tan vaga como los acontecimientos que la rodean. Creo que tú ya te has dado cuenta de eso en las Grutas Pitsali. Saber quién fue el guardián del Corazón de Jade es algo que sólo a ti te corresponde y creo que entiendes por qué. Nicolás sabía que el anciano se refería al enorme parecido físico entre él y el guerrero, sin embargo, algo le causaba inquietud: saber dónde debía de comenzar su búsqueda y si acaso el tiempo sería el suficiente para detener a los Teyaotlanis de Omácatl. –Mi joven amigo, toda búsqueda inicia siempre en uno mismo. Pregunta y llegarás al lugar que te ha de esperar, pero no te fíes de cualquiera. Los corazones de los vivientes también pueden estar llenos de oscuridad o de luz. El tuyo debe ejercitarse para distinguir entre esto o lo otro. –Buscar en mí. El anciano se levantó en ese momento dejando a Nicolás meditando, antes de salir se volvió hacia él y le dirigió unas últimas palabras: -Recuerda que todo es más claro cuando el sol se muestra en el horizonte iluminando el vuelo del águila matutina. Salió entonces mientras Nicolás meditaba lo que había dicho. Creyó conveniente salir hacia donde todos estaban reunidos, disfrutando todavía de la alegría de estar juntos. Sabía, sin embargo, que ese momento habría de terminar en cuanto la oscuridad comenzara a señalar el término de aquel día. Se acercó hacía el círculo en donde algunos guerreros entre los que se encontraba Tesouani compartían un asado de sabor agradable, le ofrecieron una porción que Nicolás tomó y comenzó a comer. –Debe ser difícil sobrellevar todo esto ¿no? La voz de Sitlali le pareció a Nicolás como música celestial. Mientras volvía el rostro hacia la joven, ésta se inclinó para tomar unas frutillas que se encontraban en un cesto a la derecha de Nicolás. –Me parece que hemos hablado muy poco Sitlali Yeyektin. Durante este corto viaje que hemos hecho me he dado cuenta de lo valiente que eres y sé que puedo confiar en ti.


Los ojos de Sitlali se entrecerraron como aprobando el cumplido. De manera espontánea tomó de la mano a Nicolás y ante las sonrisas de complicidad de los reunidos en el círculo se encaminaron hacia un claro en la aldea donde los ahuehuetes y mezquites proporcionaban una fresca sombra. –Mi padre ha dicho que aún falta tiempo para que las cosas vuelvan a ser como deben ser. Ha dicho que tienes que partir, pero no ha querido decirnos a dónde. Espero que tu viaje sea propicio y que Mexitl esté siempre a tu lado. Las palabras de Sitlali, llenaron el corazón de Nicolás de una alegría que hasta entonces no había sentido. Le parecía que en su interior un calorcillo se alojaba en su pecho deseando que nada dañara a la jovencita que estaba frente a él. –Procuraré hacer lo correcto para regresar con ustedes. Te agradezco que te preocupes por mí. Quiero pedirte, antes de partir, que conserves esto. Nicolás hurgó entre sus ropas y sacó del bolsillo de su pantalón una pequeña medalla que mostraba por un lado la efigie de un águila en posición majestuosa, sosteniendo entre sus garras a una serpiente que se revolvía furiosa, del otro lado tenía grabada una inscripción que decía: Volar como el águila, voz del viento, ser un monzón que todo arrasa. Es una medalla que ha pertenecido a mi familia. Mi padre me la dio cuando era yo un niño diciéndome: Esta es la prueba de quien eres y lo que serás. En el momento correcto tú sabrás a quien la has de entregar. -Creo que ese es el momento. No me preguntes cómo lo sé. Cuida de ella. La joven la tomó y la guardó en un pequeño bolso de piel aterciopelada. Se quedaron juntos sin decir palabra contemplando el ocaso de aquel día. Finalmente se despidieron tomando cada uno un rumbo distinto aunque sabiendo que algo de ellos había quedado unido en el otro. *** Aquella noche Nicolás durmió como hacía mucho tiempo no lo hacía. Su mente se desligó de todo cuanto hubiera ocurrido y simplemente se dedicó a descansar. Al amanecer, Nicolás sintió que había descansado lo suficiente, así que decidió salir de la tienda en la que había sido alojado. Contempló extasiado cómo la luz de un sol que no alcanzaba a distinguirse iba asomándose detrás de los contornos dibujados de las montañas que señalaban los límites con las tierras oscuras. Un ruido llamó la atención de Nicolás en un momento. Alzó su mirada y pudo contemplar el majestuoso vuelo de un águila imperial, sabía que se trataba de un águila imperial pues siempre le había fascinado ese animal. Su mirada fue siguiendo el vuelo del ave que se perdía entre los rayos de luz, en algunos momentos le parecía Nicolás que se hacía más grande, pero sólo era el efecto que provocaba la distancia. Sin embargo, cuando los rayos de luz empezaron a tocar su rostro, el águila comenzó a descender rápidamente hacia él. Nicolás quiso correr, pero sus piernas parecían clavadas al suelo. Entonces ocurrió algo maravilloso: el águila retomó el vuelo y se dirigió hacia la montaña que más elevación tenía ante los ojos de Nicolás. Cuando ya era prácticamente un punto en el horizonte un destello surgió de la punta de aquella cumbre. Recordó en ese momento lo que el sabio anciano de Ixachi había dicho: Todo es más claro cuando el sol se muestra en el horizonte iluminando el vuelo del águila matutina.


Se dio cuenta de que el lugar al que tenía que dirigirse era precisamente esa montaña. Respiró el aire limpio y dando media vuelta se dirigió hacia su tienda. Tomó consigo su bolso, colocó dentro algunas cosas que consideró necesarias para el viaje que emprendería. Suspiró fuertemente y se puso de pie. Al salir de la tienda le sorprendió ver a sus compañeros de viaje aguardando. -¡Amigos! El rostro de Xiuitl adquirió un gesto de bondad cuando colocó su mano en el hombro derecho de Nicolás. –Aejekatl, este viaje lo tienes que hacer tú solo, pero ten presente siempre lo que nuestro padre Mexitl nos ha dicho: Mantenernos juntos. -No sé de qué manera pueda ser esto si ahora nos tenemos que separar, pero estamos seguros de que tú sabrás descubrir lo que significa. Tesouani se aproximó, lo mismo que Kuautik para tocar con su mano extendida el lado izquierdo del pecho de Nicolás, justo a la altura de su corazón. Finalmente, Sitlali se acercó y le dijo: -Vuelve pronto mi querido amigo, mi corazón está contigo. Se acercó y le dio un beso en la mejilla. Los cuatro se retiraron lentamente dejando a Nicolás de frente a la alta montaña que se erguía retadora, pero al mismo tiempo respiraba con aire alentador. En ella estaban las respuestas que Nicolás necesitaba para saber quién era y qué debía hacer en ese mundo que para ese momento ya no le resultaba tan extraño.


OSELOTL Antes de partir la voz del anciano sabio se escuchó a sus espaldas. –El camino es largo mi querido amigo y las respuestas pueden estar cerca o lejos, pero no pierdas nunca de vista el lugar al que te diriges. El anciano extendió su mano y le entregó un pedazo de cuero enrollado y sujetado con un pedazo de ixtle. –Este trozo de cuero ha pasado de generación en generación en mi familia. Mi padre me lo entregó antes de partir aquella tarde en que nos dejó, diciéndome: He aquí el camino que debe de seguir el de corazón puro para saber quién es. Mi padre me lo entregó para que lo entregara a mi descendencia, si es que aquel que habría de liberar a esta tierra no llegaba. Tómalo y ruega a Mexitl que las tuyas sean las últimas manos de nuestra familia que lo tengan. -Ahora Mexitl ha escuchado mis súplicas y te entrego a ti Nicolás Monzón, Aejekatl, voz e hijo del viento, la herencia de los que habitamos Ixachi. Nicolás tomó entre sus manos aquel pedazo de cuero, lo guardó en su bolso, hizo una leve inclinación con la cabeza y se despidió del anciano. No dijeron una palabra más y Nicolás tampoco volvió la vista mientras bajaba por el sendero que llevaba a la aldea. Pensaba que era necesario que su mente estuviera concentrada en llegar a aquella montaña lo más pronto posible. *** Al bajar por el sendero y reconocer algunos de los lugares por donde habían pasado él y los cuatro guerreros a su llegada a la aldea, Nicolás sintió que debía detenerse un momento. A la vista se encontraba la punta de la montaña en donde había visto que el águila matutina se perdía, sin embargo no tenía en realidad la certeza de a dónde o por dónde tenía que dirigirse. Se sentó entonces en una roca, a la sombra de un oyamel, tomó su bolso y sacó el pedazo de cuero que le había entregado el anciano sabio de Ixachi. Quitó el cordón de ixtle que sujetaba el cuero y ante él quedó un mapa que señalaba, a manera de indicaciones, algunos de los lugares que debían cruzarse antes de llegar a la montaña que en el mapa aparecía con el nombre de Techayiotl. Nicolás se percató de que el camino no era tan sencillo como aparentaba. Debía de pasar a través de aldeas que estaban señaladas con una especie de nube de color oscuro, que Nicolás interpretó como lugares en donde la maldad estaba presente, zonas pantanosas y un bosque que le llamó la atención, pues no tenía ningún símbolo o marca que le advirtiera sobre algún riesgo. Nicolás cerró el pedazo de cuero y lo colocó en el interior de su bolso. Tomó aire, se puso en pie y comenzó a caminar. Pronto entendería las palabras que en algún momento le dirigió Xiuitl cuando le dijo que el camino más rápido para llegar al final no es siempre el más recto. *** Luego de caminar cerca de dos horas, Nicolás comenzó a sentir hambre. Según sus cálculos debía ser un poco más de las diez de la mañana. Se sentó a la vera del camino para tomar un poco de los alimentos que había colocado en su bolso al partir. El canto de las aves que volaban entre los árboles lo llenaban de una paz tranquilizadora. Sin embargo, en determinado momento los cantos cesaron y el lugar se llenó de un silencio perturbador. Nicolás se incorporó lentamente como si presintiera que algo estaba por ocurrir. Guardó con cuidado el resto de los alimentos y


comenzó a caminar. Sin darse cuenta, salió del sendero y se fue internando entre el ramaje. Para cuando se percató de lo que estaba haciendo había perdido la orientación del lugar en donde se encontraba el sendero. Trató de ubicarse nuevamente, pero no se había fijado qué árboles había pasado o qué rocas había por el camino que estaba siguiendo. De repente, un extraño silbido se escucho a su lado, como si algo hubiera pasado a una gran velocidad, nuevamente el silbido. Nicolás se comenzó a inquietar. Girando hacia todos lados, trataba de distinguir de qué se trataba, pero no lograba ver nada. En un momento todo se volvió a quedar en calma, pero Nicolás ya se encontraba alerta. Se disponía a continuar, pero delante de él se encontraba una criatura de enormes proporciones: era un jaguar moteado que tenía clavada la mirada en él. Se acercó al muchacho rodeándolo como si estuviera esperando el momento para atacarlo. Después de dar dos vueltas alrededor de Nicolás, la criatura comenzó a hablar. Su voz era áspera y pausada como si con ello quisiera amedrentar al joven. -¡Vaya, vaya, entonces es cierto lo que se rumora por toda esta tierra! Realmente eres tú, el que ha de liberar a la Tierra del Águila de Omácatl, el Oscuro. ¡Jaa, jaa, jaa! ¿Qué te has creído? ¿Acaso piensas que vas a poder derrotar al Señor de la Oscuridad? Veamos, no usas armas, no parece que tengas alguna habilidad especial, no, no, no creo que seas tú, debe ser una broma. Sin embargo, más vale que no corramos riesgos ¿no crees? Nicolás estaba atento a lo que la criatura decía, pero no lograba entender de qué hablaba, parecía como si aquella bestia supiera mucho sobre él, así que intentó hablar con la criatura, buscando obtener información sobre el lugar en el que se encontraba y cómo podía llegar a la montaña Techayiotl. *** -Estoy seguro que una criatura tan sabia como tú, debe saber todo sobre alguien tan insignificante como yo ¿o estoy equivocado? Nicolás intuyó que la criatura era soberbia por el tono de voz que usaba para dirigirse a él, sin embargo sabía que no debía hablar demasiado. -¡Ah, creo que reconoces en Oselotl la sabiduría de la selva! Debes ser demasiado listo para haberte dado cuenta de eso. Tienes razón, no hay una criatura más sabia en esta tierra que yo. Conozco todos los secretos que existen, nada se oculta a mi mirada. Basta con que alguien se acerque a mí lo suficiente para saber quién es y qué pretende. Pero contigo algo no está bien, no puedo saber quién eres en realidad, tu marca no está definida, pues ni tú mismo sabes quién eres. Dime una cosa ¿qué buscas? –Eso precisamente, sabio Oselotl. Necesito saber quién soy. Me dirijo a la montaña Techayiotl, pues es ahí donde existe la posibilidad de encontrar una respuesta. Dime, oh sabio, ¿cuál es el camino para llegar a la montaña? El animal aguzó los ojos tratando de ver en el corazón de Nicolás, sus intenciones. –Cualquiera sabe que el camino está en el lugar donde los hombres han olvidado lo que es la luz y se internan en la oscuridad, pero de donde nadie ha salido sin entregar su corazón al señor Omácatl. Si te diriges a la tierra Tlapolistli, perderás lo poco que sabes de ti. Te sugiero algo mi amigo, desiste en ir allá, es mejor que te quedes aquí. En este lugar tendrás la certeza de saber cómo ha de terminar todo. Nicolás vio como el enorme jaguar se aproximaba. Al mismo tiempo él retrocedía lentamente. Instintivamente su mano derecha tomó una roca, que sujetó con firmeza mientras se preparaba para echar a correr. El animal saltó hacia Nicolás, quien ágilmente inclinó el cuerpo hacía la derecha. El animal se revolvió buscándolo, únicamente para toparse con la roca que Nicolás empuñaba la cual se fue a alojar en


su ojo izquierdo. El dolor que le causó el impacto lo hizo retroceder y mientras maldecía al joven en una lengua que Nicolás no comprendía, éste se hecho a correr en cualquier dirección. La criatura aullando de dolor se lanzó tras él. El ojo sangraba profusamente lo que le impedía tener una buena visión, pero le bastaba su olfato para seguirlo. Nicolás sentía el aliento de la bestia muy cerca. Tras correr desaforadamente por aquella selva, entre árboles y plantas de muy diversa textura, divisó el camino perdido. Supuso que una vez ahí la criatura dejaría de perseguirlo. Alcanzó el polvoriento sendero jadeante, se detuvo para tomar aire, pensando que había logrado perder al jaguar, pero al levantar la vista se llevó una desagradable sorpresa. Delante de él se encontraba un cuadro terrible: del hocico del animal caía una asquerosa mezcla de su propia sangre y baba, el único ojo que le quedaba estaba inyectado de sangre, mientras que el rostro se descomponía en una mueca de ira. –Nunca debiste hacerlo. Tu destino es someterte a Omácatl. Nicolás entendió entonces que la criatura era una pieza más que Omácatl usaba para evitar que llegara a su objetivo. Nicolás intentó dar la vuelta para huir, pero lo que vio entre la maleza lo hizo desistir. *** Aquellas miradas pararon en seco la intención de Nicolás de huir de Oselotl. Al regresar la mirada hacia la bestia se dio cuenta de que estaba atrapado. Entrecruzó entonces sus manos como en señal de plegaria y susurró en voz casi inaudible: -Señor Mexitl, creo que tú quieres que esta tierra no desaparezca entre las sombras de la oscuridad, ayúdame a salir bien librado de esto. Acto seguido corrió hacia el camino lanzando un fuerte grito. Al mismo tiempo, el enorme jaguar se abalanzó contra él dando enormes zancadas. Nicolás cerró los ojos justo cuando pasó al lado de las malezas donde se asomaban aquellos ojillos. Sus gritos se confundieron con una gritería ensordecedora que comenzaron a hacer unos diminutos hombrecillos de tez morena, casi tostada, armados con enormes escudos y largas lanzas. Todos a la vez se lanzaron contra la enorme bestia que perseguía a Nicolás, quien continuó su carrera todavía unos metros más, tras lo cual se detuvo para ver que estaba ocurriendo a sus espaldas. Observó como el enorme jaguar arremetía contra los hombrecillos, que a su vez se defendían hábilmente utilizando sus escudos como una barrera, mientras otra línea atacaba por detrás al animal que se revolvía furioso lanzando maldiciones y buscando herir a alguno de aquellos pequeños seres. Tras algunos minutos que a Nicolás le parecieron una eternidad, los diminutos seres comenzaron a golpear sus escudos y a percutir sonajas hechas de lo que le parecieron conchas de mar. El animalón se fue resguardando hacia atrás, como si adivinara lo que a continuación iba a ocurrir. Intentó dar la vuelta, pero sus pasos fueron cerrados por otro grupo de hombrecillos que apuntaban sus lanzas directamente al rostro que empezaba a mostrar una mueca de temor. Nicolás adivinó también que los hombrecillos estaban a punto de sacrificar a la enorme bestia. Gritó entonces con potente voz, aun sabiendo que estaba arriesgándose demasiado. -¡Alto, alto, deténganse! El sonido de las sonajas cesó y los hombrecillos se volvieron hacia él, sin dejar por ello de apuntar con sus lanzas al animal. Uno de ellos que parecía ser el líder se acercó a él y le habló en un lenguaje que Nicolás nunca había escuchado. -¿Tlein moneki? Nicolás, sin embargo, pudo comprender lo que le estaba preguntando, se inclinó, colocando sus rodillas en tierra, procurando estar a la altura del hombrecillo. –Mi nombre es Aejekatl, estoy en busca de la montaña Techayiotl. Necesitó que esa criatura, Oselotl, me informé por el camino más corto para llegar hasta ahí. El hombrecillo se le quedó mirando fijamente, susurró entonces al oído de otro que se


había aproximado algunas palabras que Nicolás no alcanzó a escuchar, entonces con voz de mando hizo que algunos hombrecillos ataran de las patas al enorme jaguar, mientras otros improvisaban una especie de camastro en donde colocaron el cuerpo del animal para posteriormente arrastrarlo entre la maleza. Entonces el hombrecillo que había dado la orden y que llevaba un penacho de extrañas plumas invertidas y una banda a manera de pectoral con piedras comunes engarzadas a todo lo largo de la misma se dirigió a Nicolás diciendo: -Notoka Masanejneki, no masahuatl. Nicolás hizo una reverencia que fue contestada por Masanejneki, que así se llamaba aquel pequeño ser, al tiempo que éste le hacía una señal para que los siguiera entre la maleza. Nicolás pensó en si sería conveniente hacerlo, pero la mirada de su nuevo aliado disipó sus dudas de inmediato. Se dejó conducir entre altas malezas que escondían una belleza de árboles, plantas y aves multicolores, pero lo que más impresionó a Nicolás fue la llegada a la aldea de la gente masahuatl. *** El colorido de las casas en el pueblo masahuatl era algo que Nicolás sólo había visto en libros donde los artistas se esforzaban por imaginar mundos de fantasía. Aquello sin duda superaba cualquier idea que a un creativo dibujante se le hubiera ocurrido. Las casas estaban todas rodeadas de flores multicolores, la mayor parte de ellas presentaba a la entrada un pequeño huerto donde las mujeres se afanaban; las calles estaban bien cuidadas y limpias al grado de que se olvidaba que estaban hechas de pura tierra. A Nicolás lo recibieron entre cantos que a todas luces eran de júbilo. Delante de él observó que llevaban a rastras al enorme jaguar, que se revolvía furioso tratando de zafarse de sus ataduras. Los niños, que en verdad le parecieron pequeños, caminaban en fila atropellándose, tratando de ver más de cerca al extraño que acababa de llegar y al fiero Oselotl que, por lo que Nicolás pudo entender, era temido entre los habitantes de la aldea. Al llegar al final del amplio camino que atravesaba la aldea se levantaba una casa que se distinguía de las demás por ser más elevada, como si la hubieran construido con el objetivo de dominar toda vista a la aldea. Los cantos cesaron cuando de la casa salió un hombrecillo de larga barba y tez morena intensa que contrastaba con unos profundos ojos de color azul. Los acompañantes de Nicolás le indicaron con la cabeza que se inclinara ante el anciano, que entendió se trataba de su sabio. –Una gran noticia ha llegado a mi mente. ¡Arriba, arriba mi amigo! El pequeño anciano tomó de los hombros a Nicolás para invitarlo a ponerse en pie. –Mexitl ha escuchado nuestros ruegos y los de nuestros padres que se han elevado incesantes para que el que nos ha de liberar se haga presente y hoy mis ojos han sido bendecidos con su presencia. Luego, dirigiendo su mirada hacia la criatura que habían capturado, su rostro dibujo una mueca de desprecio. –Y tú, criatura de la oscuridad, hoy serás ofrecida a nuestro Señor Mexitl, en pago de las grandes ofensas que has hecho a su pueblo, has herido el corazón de la gente amada de Mexitl por mucho tiempo, nuestros padres te mencionaban con el corazón contrito por la tristeza. Pero hoy, gracias al valor de nuestros guerreros y a la presencia de este joven que es la voz del viento, serás entregado finalmente a tu destino. En ese momento la fiera levantó la cabeza y rugió al tiempo que lanzaba retadora estas palabras: -¿Y qué sabes tú de mi destino? insignificante criatura. Nicolás habló entonces dirigiéndose con deferencia al anciano, alejándose con un evidente temor de la enorme bestia, que lo miraba con los ojos inyectados de


sangre y babeando profusamente al tiempo que se relamía la sangre seca que le había quedado de la herida en el ojo. –¡Escucha, oh sabio del pueblo masahuatl!, Mi nombre es Nicolás Monzón, he sido bautizado con el nombre de Aejekatl por el sabio de Ixachi, nombre que por lo que veo conoces. He recorrido esta tierra buscando respuestas para saber qué hago aquí, pues no pertenezco a este mundo. Largo sería contarte cómo llegue aquí, pero es irrelevante perder tiempo en detalles. Quiero, sin embargo, que sepas que después de haber caminado al lado de cuatro valientes guerreros por las grutas Pitsali que se encuentran en las Cumbres Grises, he visto a los Centzon Totochtin, quienes me han prometido combatir contra los Teyaotlanis de Omácatl para liberar a esta tierra de la oscuridad ayudándome a recuperar el Corazón de Jade que fue robado. Sin embargo, he tenido que regresar de nueva cuenta con la gente de Ixachi, pues en el camino a los campos de Teoyojtika, mi corazón ha insistido en saber por qué debo estar aquí. Me dirigía hacia la que llaman montaña Techayiotl, pues en ese lugar observé el signo que el sabio de Ixachi me señaló para encontrar respuestas, cuando esta criatura se apareció ante mí y, seguramente, hubiera acabado conmigo si no hubieran intervenido estos valientes de los cuales debes sentir gran orgullo. Nicolás hizo una pausa mientras el rostro del hombrecillo se iluminaba con una sonrisa, entonces prosiguió Nicolás. –Cuando iba a ser atacado por Oselotl, que así dijo llamarse, habló sobre el camino que debo seguir para llegar a la montaña. Sería una lástima que la única manera que tengo para llegar a ella fuera sacrificada, pues creo que nadie conoce mejor los caminos de la oscuridad que quien ha vivido en ellos. ¡Oh sabio, te pido humildemente que le perdones la vida a esta criatura y me la entregues para que sea mi guía! La petición de Nicolás fue escuchada con cierto recelo por parte de los que lo rodeaban, levantando murmullos que fueron subiendo de tono, hasta que el pequeño sabio levantó su mano acallándolos. –Mi joven amigo, sé quién eres. Los de Ixachi han hablado con entusiasmo de tu presencia y sabía que te dirigías a este lugar. Sabíamos también de la presencia de este ser, que el oscuro Omácatl mandó desde tiempo remoto para asolar a nuestro pueblo, por lo que hemos estado esperando tu llegada para protegerte, pero lo que ahora me pides me parece inconcebible, pues me estás pidiendo que te entregue en las manos de este instrumento del mal. Nicolás bajó la mirada como si buscara un argumento válido a lo que solicitaba. Levantó el rostro entonces y dirigiéndose a la gente ahí reunida habló de la siguiente manera: -Escuchen pueblo masahuatl, hace unos días yo dudaba de que el objetivo de mi vida fuera liberar a esta tierra de la oscuridad. Es difícil pensar en algo que se presenta de repente y que ha tenido como consecuencia un cambio total en mi existencia pero, lo juro por Mexitl, he podido constatar que algunas de las decisiones más importantes tienen que ser tomadas en el instante en que ocurren, sin meditarlas demasiado. Es cierto que esta criatura ha esperado por mucho tiempo con el corazón lleno de un odio que seguramente ni él entiende, pero también sé que para que yo pueda llegar a aquella montaña cuyo nombre es Techayiotl necesitó de los conocimientos de este servidor de Omácatl. ¡Qué Mextli proteja mis pasos y no permita que Oselotl me haga daño alguno! Las palabras de Nicolás causaron un efecto poderoso en la gente masahuatl, al punto de que su sabio ordenó que el enorme jaguar fuera soltado. Al verse libre de las ataduras quiso lanzarse contra el joven, pero un puñado de lanzas lo detuvo. Entonces Nicolás se acercó a él, erguido de tal manera que su figura se mostraba majestuosa. Los masahuatl se inclinaron colocando una rodilla en tierra. Parecía que de la silueta del joven se desprendía una luz lo que hacía que se viera aún más imponente. Oselotl


vio como Nicolás se aproximaba y no pudiendo ocultar su asombro agachó la cabeza. Entonces Nicolás se dirigió a él. –Amigo Oselotl, perdona el daño que he causado en tu rostro, sé que tú corazón está confundido, pero necesito de tu ayuda. Guíame hacia el lugar en donde están las respuesta que busco y deja que tu corazón sane de la maldad que lo envenena. Acto seguido Nicolás tocó con su mano izquierda el rostro de Oselotl. Al instante la herida que le había causado desapareció, dejando a todos los presentes estupefactos. Algunos gritaban: -Nuestro señor Mexitl está con nosotros. Y algunos más enmudecieron ante el prodigio que estaban contemplando. El mismo Oselotl al darse cuenta de lo que había ocurrido se postró en tierra al tiempo que decía estas palabras: -Aejekatl, voz del viento, has hecho por mí, en un instante, lo que nadie más ha hecho en tanto tiempo. El corazón de Oselotl arde por el deseo de servirte. Por mucho tiempo Omácatl lo ha sometido a una servidumbre infame, pero ahora te llevaré a la tierra donde se olvida, que es el lugar que hay que cruzar antes de ir a los bosques donde el día siempre es oscuro. Déjame advertirte antes que el corazón de este jaguar es inconstante y débil, por lo que deberás estar atento. No confíes en nadie allá a donde vamos. Confía en tu corazón y mantenlo alejado de cualquier pensamiento malvado. El jaguar se sacudió vigorosamente ante la mirada atenta de los masahuatl. Levantó la mirada, olfateó el aire y dirigiéndose a Nicolás exclamó: -¡Caminemos, mi señor Aejekatl, voz de Mexitl, hijo de Mexitl! El rostro de Nicolás se iluminó aún más, mientras que en la boca del sabio masahuatl se dibujaba una sonrisa de satisfacción. Ambos tomaron el sendero que continuaba rodeando la casa del sabio hombrecillo ante la mirada ilusionada de los masahuatl. Finalmente sus siluetas se perdieron en la espesura de la maleza.


UN PENSAMIENTO LIBERADOR El nuevo día sorprendió a Sitlali sentada frente al fuego que había preparado para cocinar los alimentos para su padre. Sus pensamientos se turbaban al recordar a Nicolás. Hacía ya tres días que había partido y sentía como si hubieran transcurrido meses. Cuando el sabio de Ixachi entró, se dio cuenta de la tristeza que embargaba el rostro de su hija. Sin decir palabra, se acomodó en el rincón en donde solía meditar antes de tomar las decisiones más importantes. Tras un breve silencio comenzó a hablar como si lo hiciera para él. -Los días pueden ser los mismos, pero lo que ocurre en ellos hace la diferencia entre nuestra felicidad y su opuesto. Al que parte hay que dejarlo ir y al que se queda ha enseñar a vivir debemos. -¿Padre? Las palabras del anciano hicieron que los pensamientos de Sitlali dejaran por un momento a Nicolás y, acercándose al anciano, se arrodilló hasta quedar a sus pies, recostó la cabeza en sus piernas y mientras el anciano acariciaba sus cabellos le decía: -Debes saber, mi pequeña Sitlali, que lo que tu corazón está sintiendo es la puerta para que el corazón de aquel en quien piensas se purifique. A muchas tentaciones el corazón del hombre está expuesto y Aejekatl también lo estará. Guarda siempre un pensamiento para este joven, que si es aquel de quien nuestro señor Mexitl nos prometió su llegada, necesitará más que voluntad para cumplir su destino. Dos lágrimas corrieron por el rostro de Sitlali. Sabía que Nicolás corría un gran riesgo, mas nada podía hacer ella o cualquiera otro por evitar ese momento. Era un camino que tenía que caminar solo, pero sabía, también, que en donde estuviera su corazón lo acompañaría. Se levantó y continuó preparando los alimentos para su padre y ella. El anciano la siguió con la mirada, levantó los ojos, los cerró y ahogó en su garganta un sentido suspiro. *** Caminar al lado del enorme jaguar resultaba bastante incomodo para Nicolás, más todavía por el hecho de saber que el corazón de toda criatura guarda sentimientos impuros por situaciones vividas previamente. No estaba seguro si aquella criatura iba a respetar su vida o, si de alguna manera, tramaba algo más. Sin embargo, sabía también que debía correr ese riesgo, si es que quería descubrir la relación que guardaba con aquel extraño guerrero, que tanto parecido tenía con él, y la razón por la cual se encontraba en ese lugar. –Parece que nos aproximamos a Tlapolistli. La voz del jaguar sonó hueca, manifestando temor ante la proximidad del lugar. –Creo que debemos detenernos un momento en este sitio antes de entrar a la aldea. Oselotl asintió con un leve movimiento de cabeza, se tumbó entre la hojarasca y descansó su enorme cabeza en las raíces salientes de un árbol que a Nicolás le pareció conocido. El sonido de las aves alrededor, hicieron, sin embargo, que olvidara momentáneamente ese detalle. La jornada anterior había sido agotadora, por lo que Nicolás no pudo evitar caer ante el sueño. No fue, por cierto, un sueño reparador. La cercanía de Oselotl, hacía que Nicolás despertara de vez en vez sobresaltado. A pesar de ello, los pocos minutos que pudo dormir le sirvieron para reponerse un poco. Le pareció que había transcurrido un breve instante desde que salieron de la aldea masahuatl. Nicolás se acomodó entre las raíces, observando con mayor detenimiento el árbol bajo el cual se encontraban, pudo reconocer entonces las hojas del árbol de Altepemej.


Le pareció curioso que estuviera precisamente antes de llegar a la aldea Tlapolistli. Tomó unas cuantas hojas y las guardó en su bolso, justo en el momento en que Oselotl se ponía en pie. –Es hora de continuar, la tierra de Tlapolistli debe estar al cruzar aquella enramada –señaló con su cabeza un conjunto de enmarañadas varas que eran cubiertas por hojas de diversas formas-, pero antes debo advertirte una cosa, hijo del viento: una vez que estemos ahí tus recuerdos irán desapareciendo, así que reflexiona bien lo que necesitas saber, pues entre más pronto te alejes de este lugar más rápido llegarás a tu destino. Nicolás se detuvo un instante, pues no había pensado en que debía de buscar algo en ese lugar, sólo que debía cruzarlo para llegar a la montaña Techayiotl. Tras unos segundos, reanudó la marcha. El enorme jaguar avanzaba delante de él sin mediar palabra alguna, sólo se escuchaba el murmullo del bosque y la respiración de los dos extraños viajeros. *** El tiempo pasaba lento para Tesouani, quien se había cansado ya de sacarle filo a su makahuitl. No ocurría lo mismo para Kuatuik, que se afanaba por ayudar en los más simples quehaceres en la aldea. Había logrado reunir en torno suyo a una montón de escuincles que escuchaban atentos las historias que el guerrero les contaba. Les hablaba del joven guerrero que había llegado de tierras extrañas para vencer a la oscuridad y cómo sus amigos le habían ayudado a vencer a los demonios Teyaotlani. Xiuitl, por su parte, constantemente se encontraba con el anciano sabio de Ixachi y por horas pasaban hablando de fórmulas y pócimas que servían para atacar los males que se habían desatado en aquella tierra tras el robo del Corazón de Jade. –Pero todo aquello que hoy es un mal para nuestros pueblos, desaparecerá cuando el hijo del viento le devuelva el Corazón a nuestro señor Mexitl. Y tú y yo sabemos mi querido Xiuitl, por qué motivo debió hacer este viaje. Xiuitl se inclinó para acariciar la cabeza de Xoloit y asintió con un leve movimiento de cabeza. -Así es, oh sabio, pero sólo Mexitl sabe cuánto tiempo tardará en cumplirse lo que ya está escrito. *** Al quedar al descubierto la aldea Tlapolistli, una sensación de extrañeza inundó a Nicolás. Delante de él parecieron desfilar todos sus recuerdos como una ráfaga. Le dio la impresión de que todo transcurría demasiado rápido. Observó como Oselotl se adelantaba hacia las casuchas que conformaban la aldea. Era un lugar muy distinto a todos los lugares habitados que había visto: demasiado gris y oscuridad por todas partes, como si en ese sitio la luz del sol se negara a aparecer; las chozas estaban hechas de maderos mal acomodados y en los techos se observaban hojas secas de palma, unas sobre otras en un completo desorden. Nicolás intentó recuperarse del vértigo que le estaba causando la inesperada visión. Decidió continuar caminando, pero al dar el primer paso lo que creyó era piso se rindió ante sus pies. Rodó violentamente en un declive hasta llegar a terreno parejo en donde su caída fue detenida por un enorme tronco que se encontraba tirado. Se levantó aturdido, sacudiéndose el polvo que se le había pegado a la ropa. Contempló, entonces, a plenitud el lugar, dejándole ver claramente que lo que había visto de lejos no era ni remotamente lo que estaba viendo de cerca. Además de la desagradable vista, el olor que se percibía en el lugar era nauseabundo: olía a carne descompuesta y enjambres


de moscas y abejas se escuchaban por todas partes. Nicolás continúo caminando, buscando con la mirada al enorme Oselotl quien se había esfumado de su vista. -¿Qué clase de individuos vivirán en este lugar? ¿Cómo soportan este olor? Nicolás miraba y remiraba, pero nada parecía dar señales de vida. De pronto, un movimiento por aquí; más adelante, lo que le pareció una figura humana, se atravesaba. -¡Hey, hey! ¿Hay alguien en este lugar? Nicolás detuvo sus pasos, un fuerte dolor de cabeza empezó a taladrarle, nuevamente los recuerdos comenzaron a desfilar delante de él. -¿Qué está pasando? Nicolás se tomaba la cabeza presionándola con fuerza, como queriendo evitar que las imágenes salieran de su mente. –Ahora sabes por qué a esta tierra se le llama Tierra del Olvido, poco a poco tus recuerdos irán desprendiéndose, causándote un enorme dolor, hasta que quedes vacío. Entonces, y sólo entonces, la gente de este lugar se hará presente ante ti, porque éste terminará siendo tu nuevo hogar. Oselotl miraba a Nicolás quien se revolvía, queriendo mitigar el dolor. Tras unos instantes cayó al suelo, fatigado, semiconsciente y con el rostro dirigido hacia el cielo que se pintaba de un gris opaco. Con los ojos entrecerrados pudo observar las figuras borrosas que se acercaban a él y lo levantaban en vilo, llevándolo a quién sabe que lugar. Finalmente la oscuridad se apoderó de él y perdió el conocimiento de lo que ocurría a su alrededor. Al despertar, Nicolás pudo aspirar un suave aroma, era una mezcla entre dulce y amargo la que saboreó en el tazón de barro que la anciana le había acercado. –¡Bien, bien! Bebe jovencito. Debes estar exhausto. -¿Quién eres? ¿En dónde estoy? -¡Ah, mi joven amigo! Tú no debes preguntar, sólo debes ponerte cómodo y disfrutar lo que encuentres aquí. El rostro de la anciana era verdaderamente repugnante. Los ojos casi se le salían de las cuencas, además de carecer prácticamente de toda la dentadura, los pocos dientes eran de un amarillo opaco, el cabello gris estaba hecho marañas y la ropa que vestía estaba confeccionada con aparentes retazos de diversas telas. No obstante, Nicolás no reparó en esos detalles, se levantó y trató de caminar hacia lo que parecía la salida, pero todo empezó a girar en torno suyo. –Descansa, joven, descansa. Tienes todo el tiempo para poder conocer tu hogar. Aquellas palabras sonaron como alarma en la mente de Nicolás, estaba seguro de que él no debía estar ahí, sin embargo no atinaba a saber el por qué. –Dime dónde estoy. –Nadie debe saber el dónde, mi joven amigo. Todo es nuevo aquí, siempre se renueva todo. Para qué pensar en lo pasado, o en lo futuro, si lo que vale es lo presente. –Necesito saber qué hago en este lugar. Estoy seguro que me dirijo a algún lado, pero no recuerdo a dónde. –Así es mejor. No saber te evita demasiados problemas. Saber sólo te llena el corazón de insatisfacción. Así es mejor. Tras un instante en el cual el silencio prevaleció entre él y la anciana, y habiendo recuperado algo de fuerza, Nicolás tomó el vaso de barro y se lo devolvió a la anciana. –Debo ver qué lugar es éste. Necesito que alguien me diga a dónde debo ir. Al salir de la choza, Nicolás notó que no había gente fuera, únicamente un enorme jaguar que se encontraba recostado a la sombra de los árboles que


circundaban una especie de plazuela hecha de rocas mal colocadas unas encima de otras. –¡Vaya, nadie parece habitar este lugar! El único ser que encuentro es este enorme animal. ¡Ah, si tan sólo pudiera decirme en dónde estoy! Nicolás se aproximó a Oselotl, que mantenía su único ojo bueno abierto. Al estar cerca se lanzó repentinamente contra Nicolás, derribándolo. -¡Espera, espera! –¿Cómo estás amigo? ¿Disfrutas tu estancia en la aldea Tlapolistli? Nicolás miró suspicaz al animal, que había colocado las patas delanteras sobre su pecho, lo que le impedía respirar libremente. –Tal vez si quitaras tus patas de encima, podría preguntarte si ese es el nombre de este lugar, y tal vez tú puedas decirme quién soy y que hago aquí, amigo. –Tal vez, tal vez pueda ayudarte, pero no es una tarea sencilla, te costara. Oselotl, se retiró, permitiendo que Nicolás se incorporara. El animal empezó a dar vueltas alrededor de él poniéndolo un tanto nervioso. –Esto me recuerda algo –pensó Nicolás-, quisiera recordar qué. El fuerte dolor de cabeza regresó con mayor intensidad, pero en esta ocasión Nicolás empezó a observar todos sus recuerdos como si pasaran de manera vertiginosa, tan rápidos que no distinguía nada con claridad. -¡Ahhh, qué ocurre! Este dolor es insoportable. Sujetaba con fuerza su cabeza como queriendo evitar que estallara en mil pedazos. Oselotl lo observaba con una mueca de satisfacción, aunque después de unos minutos se percató de algo que no era normal. -Se supone que en este momento debería de haber perdido sus recuerdos, pero hay algo que impide que estos se vayan –murmuró para sí el enorme animal. El rostro de Nicolás evidenciaba la gran batalla que se libraba en su interior, gruesas gotas de sudor comenzaron a llenar su rostro, al tiempo que éste adquiría un color rojizo, sus mejillas estaban inflamadas y sus ojos, que se abrían y cerraban intermitentemente, estaban inyectados de sangre, como si en su interior una gran furia estuviera haciendo presa de él. Oselotl se quiso aproximar, pero entonces la mirada de Nicolás se posó en él, haciendo que todo su cuerpo se crispara. Los ojos de Nicolás mostraban una furia que Oselotl no había visto antes. De repente, la mirada de Nicolás se torno suave y miró al animal con compasión. Entonces, la voz de Nicolás se escuchó fuerte y resonó por toda la aldea Tlapolistli. -¡Baaasta! Acto seguido se desplomó cayendo de rodillas, apoyándose con sus dos manos sobre la superficie del polvoriento suelo. Se levantó tras unos segundos e irguiéndose se dirigió al enorme jaguar: -Bien Oselotl, creo que hemos llegado al punto del cual partimos, es tiempo que me muestres el camino que debemos seguir para llegar a nuestro destino. La criatura estaba sorprendida ante lo que veía. Ningún ser humano había logrado mantener sus recuerdos siquiera por un día. En cambio, este joven, en apariencia insignificante, le hablaba a él con autoridad y además hablándole por su nombre. –Creo, mi señor Aejekatl, que eso no será posible por el momento. Nicolás volvió el rostro y se encontró con un espectáculo no muy agradable. Regresó su mirada hacia Oselotl, que ya se había encaramado hacía un árbol próximo. Nicolás estuvo tentado a hacer lo mismo, de no haber sido por la sombra que apareció de repente tras las chozas gritándole, al tiempo que le arrojaba una makahuitl cuyos filos eran de un verde intenso. -¡Toma niño, defiéndete y libéralos de ellos mismos! ***


Las figuras eran verdaderamente grotescas. Aparentemente habían sido seres humanos en algún momento, pero su aspecto era deprimente. Nicolás sintió en un instante sentimientos de rechazo hacia aquellos infelices. Observó entonces el arma que suponía debía usar contra aquellas criaturas, la contempló y regresó su mirada hacia aquellos seres que balbucían lo que parecían palabras. Arrojó el arma hacía un lado y todos aquellos sentimientos se transformaron en compasión. Se acercó a los que estaban al frente y tocándolos les dijo: -Ustedes no quieren hacerme daño ¿verdad? ¿Quiénes son y quién les ha hecho esto? El que parecía estar al frente de todos levantó su mano derecha y señalando con su dedo el lugar en donde se ocultaba la anciana emitió un gruñido que parecía contener un dolor reprimido por mucho tiempo. -¿Quieres decirme que la anciana es la responsable de esto? ¿Ella es la que les ha robado sus recuerdos y por eso no saben quiénes son? Oselotl había bajado del árbol al darse cuenta de que Nicolás no había sido atacado por los Tlapolistli. Tomó con su hocico la makahuitl y se dirigió a Nicolás. –Bien Oselotl, creo que hay algunas cosas que debo saber. Desde su choza la anciana miraba extrañada la escena, al tiempo que sustraía de un viejo recipiente un trozo de delgada madera que contenía unas extrañas inscripciones. Encendió el fuego que alimentaba una enorme vasija y recitó lentamente las siguientes palabras: -¡La negrura del Oscuro, acabe con la fuerza de este miserable que pretende tomar el lugar del Señor de estas tierras! ¡Acabe el olvido su fuerza y valor, que sea su corazón ennegrecido con el odio, la ira y el rencor! La anciana tomó entonces un puñado de un polvo negro y lo arrojó hacia el fuego que comenzó a crepitar y una nube oscura se alzó saliendo de la choza al tiempo que Nicolás esperaba una explicación por parte del enorme jaguar. –Creo que fue hace ya bastante, cuando la Tierra del Águila era plenamente bella, Omácatl pretendía tomar el lugar de Mexitl y suscitó en algunos el odio, la ira, el temor, sentimientos que oscurecieron los corazones de aquellos que no sentían el amor con el que Mexitl los había creado. Los pueblos que se mantuvieron fieles, pudieron guardar con celo, la esperanza de que Mexitl recuperaría su Corazón y que un noble guerrero guiaría a un ejército contra Omácatl y los liberaría. Pero he aquí que aquellos pueblos que lo olvidaron, fueron confinados a este lugar al que los viejos llamaron de Tlapolistli. Todos estos desdichados que ves aquí, son los sin esperanza, a los que se les arrancaron las ilusiones y que entregaron su corazón a la oscuridad. En este lugar hay gente de todos los pueblos que en el principio rechazaron a su Señor. Deberían estar muertos, pero por instancias de la anciana que tú has visto, no pueden descansar; aquella es una siuacoatl, una hechicera que sirve, como yo lo hacía, a Omácatl. Es por eso que yo no olvide nada, porque sabe a quien pertenezco, o eso cree saber. El crepitar de los árboles hizo que Oselotl interrumpiera su relato. Nicolás dirigió su mirada al sitio del cual provenía aquel ruido, observó la oscura nube y pudo contemplar una aterradora visión: de la nube empezaron a salir horrendos Tsitsimimej, que se abalanzaron contra Nicolás y los Tlapolistli, quienes al observar aquello huyeron a esconderse. Tomó Nicolás la makahuitl y se dispuso a enfrentar a aquellos seres, la anciana salió entonces de su choza y chilló arengando a los demonios a ir contra Nicolás. -¡Acaben con él mis pequeños, no dejen ni sus pellejos! Nicolás se apostó en un pequeño promontorio que se encontraba a la mitad del camino que atravesaba la aldea, tomando con sus dos manos la makahuitl. Un furioso Tsitsimimej se lanzó contra él, únicamente para terminar partido a la mitad por el


impacto de la makahuitl. Nicolás observó perplejo por unos instantes lo que había ocurrido, se volvió y observó cómo el resto de los demonios se abalanzaban contra él. Estupefacto no atinó a moverse, justo en ese momento un enorme rugido se escuchó y Nicolás pudo ver a Oselotl lanzándose contra los Tsitsimimej. Entonces Nicolás, recuperado de su sorpresa, se arrojó contra los demonios moviendo de una manera singular la espada de jade, los demonios caían unos tras otros. Aquellos que no eran acabados de una vez por los golpes de la makahuitl eran rematados por el feroz Oselotl en el suelo. La anciana continuaba gritando, blandiendo un viejo y torcido bastón. -¡Necios, no merecen ser llamados siervos de mi señor Omácatl, mátenlos! La vieja estaba tan ocupada viendo lo que ocurría que no se dio cuenta que los Tlapolistli estaban acercándose a su choza. De repente, su mirada se encontró con la de un infeliz que pretendía sujetar su bastón. Arremetió furiosa contra él, golpeándolo en el rostro. Gritó entonces hacia los Tsitsimemej que continuaban saliendo de la nube oscura. -¡Destruyan a estos malditos, láncenlos a la negrura del olvido para siempre, que sus almas desaparezcan junto a sus cuerpos y que sean tragados por mi Señor Omácatl! Al instante los Tsitsimimej se arrojaron contra los Tlapolistli, que torpemente intentaban defenderse. Nicolás al ver aquello le gritó a Oselotl, quien se dirigió rápidamente al lugar en donde se encontraban. Rugiendo atacó a los demonios, que habían logrado derribar a varios Tlapolistli. Repentinamente, el enorme jaguar dejó escapar un doloroso rugido. Al dirigir Oselotl su mirada hacia su derecha se encontró con el rostro asqueroso de la anciana que había clavado la punta de su bastón retorcido en su costado. Nicolás, al ver aquello corrió tirando golpes de derecha a izquierda, abriéndose paso entre los Tsitsimimej que continuaban asediándolo, pero que no se atrevían a atacarlo directamente al reconocer en Nicolás un alma pura. Logró llegar Nicolás a donde la vieja intentaba herir de nueva cuenta al animal, de un salto se encaramó a donde aquella arengaba a los demonios y, blandiendo la makahuitl, partió en dos el bastón al tiempo que de un empellón arrojaba a la anciana al interior de la choza. Sin perderla de vista tomó una vasija que se encontraba aún con aquel brebaje que le diera a beber y lo arrojó sobre el fuego que alimentaba a la negra nube. Al instante, horribles alaridos se escucharon y, como ráfagas, los Tsitsimimej fueron tragados por el humo que se iba consumiendo, al tiempo que sus rostros se consumían entre horribles muecas. Afuera de la choza se escuchaban lamentos de los Tlapolistli lastimados. Para entonces Nicolás mantenía amagada a la anciana con la makahuitl. –Veamos entonces, vieja siuacoatl, dime quién eres y por qué mantienes a estos infelices en estado de desgracia. -¿Acaso piensas que debo darte respuestas? Eres un insignificante muchacho con mucha suerte, pero mi Señor ya te espera y sabe de ti. ¡Nunca llegarás a tu destino! –Bien, veamos si entiendo. Tú has servido a Omácatl desde tiempo atrás, ¿Desde hace cuánto? ¡Ah, ya recuerdo!, desde aquel instante en que estos desdichados titubearon y entregaron su corazón a las tinieblas, que tú te encargaste de alimentar con la ira, el odio y el temor, de esos sentimientos vives tú, pero ¿qué pasaría si aquellos que te han alimentado dejaran de sentir esto y renaciera en ellos la esperanza? Déjame adivinar. Nicolás se dirigió entonces hacia la puerta dejando a la anciana con el rostro descompuesto. Oselotl permitió que la vieja saliera, pero sin dejar que se acercara al muchacho. Nicolás se dirigió entonces a los Tlapolistli. -¡Hace tiempo ustedes eran gente feliz, que disfrutaban lo que su Señor Mexitl les había regalado! ¡Pero la fragilidad de su corazón hizo que cayeran en la seducción


de la oscuridad! ¡También saben que el Corazón de Jade fue robado por uno de ustedes, que entregó completamente su corazón a Omácatl! ¡Nuestro Señor, Mexitl, sin embargo, prometió regresar la felicidad a esta tierra! –Nicolás bajo el tono de voz para continuar-. Para ello, es necesario que ustedes recuperen lo que han perdido. Hace unos días, yo era un simple muchacho que llevaba una vida aparentemente normal. Ustedes deben saber que el mundo al que pertenezco ha dejado de creer en muchas cosas que ustedes aun tienen, honor, valor, amor y, principalmente, esperanza. Por alguna razón que no he logrado comprender he llegado hasta aquí, buscando una respuesta, pero también con la convicción de que Mexitl ha querido que sea yo el que porte el mensaje de que él no se ha olvidado de su promesa, aquella que les hizo hace ya mucho: La promesa de que serían liberados y gozarían de nuevo de su libertad, de su vida. ¡Tengan esperanza, porque Mexitl no se ha olvidado de ustedes y yo, Aejekatl, voz del viento, soy la prueba viva de que es así! Al escuchar esto los Tlapolistli se irguieron y dejaron escapar un largo suspiro, que quiso convertirse en un grito de alegría. La anciana quiso acercarse a Nicolás, pero Oselotl una vez más se lo impidió. -¡No le hagan caso, es un mentiroso, nadie va a salvarlos, ustedes son míos, son míos! Entonces ocurrió algo maravilloso: los cuerpos de los Tlapolistli empezaron a cubrirse de una maravillosa luz al tiempo que sus almas se separaban de sus cuerpos. Estos se hicieron polvo en un instante y Nicolás pudo escuchar con claridad: ¡Gracias, hijo del viento, habíamos olvidado quiénes somos, pero tú nos has devuelto lo que habíamos perdido! ¡Ahora sigue tu camino y confía en este que ahora anda a tu lado! Nicolás se volvió hacia Oselotl, que no perdía de vista a la anciana a pesar de que sangraba profusamente del costado. Los Tlapolistli se fundieron en una sola luz y como rayos salieron disparados hacia el firmamento. Al mismo tiempo la anciana empezó a dar alaridos desgarradores, se jalaba los cabellos y un hedor nauseabundo impregnó su cuerpo, que comenzó a desvanecerse hasta dejar únicamente sus harapos en el suelo. Tanto Nicolás como Oselotl se percataron de que, alrededor, sólo había quedado el bosque, como si la aldea Tlapolistli jamás hubiera existido. Entonces Nicolás lanzó un largo suspiro, se acercó a Oselotl y utilizando las hojas de árbol Altepemej que había recogido antes de entrar a la aldea empezó a curar al enorme jaguar que ya se había tendido en el suelo, agotado por el esfuerzo.


UN CAMINO EN SOLITARIO Agotado también por el esfuerzo, Nicolás se tendió un momento. La yerba crecida recibió su cuerpo al tiempo que una suave brisa refrescaba su sudoroso cuerpo. Entrecerró los ojos y a su memoria llegaron los recuerdos de sus amigos, que aguardaban en la aldea de Ixachi, esperando noticias de él. Recordaba en especial a la dulce Sitlali, su mirada llena de ternura, pero al mismo tiempo su carácter tenaz al momento de luchar. Su cuerpo sintió un escalofrío al recordarla, de frente a él, despidiéndolo y alejándose. Como si un rayo lo hubiera tocado se puso de pie, sobresaltado. Ahora lo comprendía. Sus sentimientos hacia sus amigos estaban siendo la puerta para que Omácatl supiera de él. Con brusquedad se levantó y arengó al jaguar a levantarse. –¡Vamos amigo Oselotl, creo que es momento de que terminemos la charla que fue interrumpida por los Tsitsimimej! Dime ahora todo lo que sabes. El animal levantó con dificultad la cabeza, pero se esforzó por responder. –Señor, hijo del viento, nada puede evitar que Omácatl sepa dónde estás. Él conoce y sabe casi todo sobre esta tierra, excepto aquello que no ha sido atrapado por las tinieblas de su maldad. Mientras en el corazón del hombre siga latiendo la esperanza y el amor, ese lugar es invulnerable. Pero basta una sombra de duda o un sentimiento malsano para que por ahí entre la oscuridad. Nicolás se volvió a estremecer. Ningún sentimiento es tan poderoso como el amor, pero también el más peligroso, pues de él puede brotar la duda, la desesperanza, si éste no es alimentado con la confianza, el respeto, el cuidado, la esperanza. Nicolás se dio cuenta que allá, en Ixachi, Sitlali podía ser la puerta que Omácatl necesitaba para conquistar la única parte de esa tierra que no se había doblegado ante él. Sabía que debía hacer algo, pero se encontraba ante un dilema. La oscuridad no podía nada en él, pues se encontraba en medio de ella, caminaba entre ella, pero Sitlali y sus amigos estaban en peligro al vivir en una tierra de luz. Si no lograba llegar pronto a la montaña Techayiotl, la desesperanza, la duda y otros sentimientos podrían apoderarse de ellos y convertirse en emociones descontroladas que los arrastrarían a la negrura del olvido, a merced de Omácatl. *** Al amanecer, Sitlali se dirigió a la plaza en donde ya se encontraban dispuestos a ofrecer sus mercancías los distintos artesanos de la aldea. El aire se impregnaba de un suave aroma que subyugaba los sentidos: peras, melocotones, sandías, mangos, se combinaban en el ambiente con el de diversos guisos hechos a base de carne y semillas. Mientras caminaba entre los puestos colocados en hileras, degustando aquí y allá los diferentes platillos, Sitlali notó la figura del caballero encapuchado que estaba descansando sobre unos costales hechos a base de ixtle. Le pareció que lo conocía, pero no pudo distinguir de quien se trataba, pues la capucha le tapaba prácticamente todo el rostro. En ese momento, las voces de Tesouani y de Kuautik le hicieron perderlo de vista momentáneamente. Al mirar nuevamente, el extraño sujeto había desaparecido, lo que llenó de inquietud a la joven. -¿Dónde te habías metido, querida amiga? Tesouani abrazó efusivamente a Sitlali, mientras Kuautik le sonreía de manera amistosa. –No deberías encerrarte tanto, hay que estar listos para el momento en que tengamos que ir con Aejekatl a combatir al Oscuro. Kuautik y yo no hemos dejado que nuestras armas se enfríen, ¿no es así?


–Me parece bien amigos. Es bueno saber que siempre se puede contar con ustedes. Díganme una cosa, en sus paseos por la aldea, ¿han notado algo diferente, digamos, han visto a alguien que no conocemos? Tesouani y Kuautik miraron intrigados a la jovencita. En ningún momento habían notado algo extraño en la aldea. -¿A qué te refieres, querida amiga? –A nada, olvídenlo. Creo que la preocupación por lo que esté pasando con Nicolás me hace ver cosas que no son reales. –¡Ah, eso debe ser! Tesouani le hizo un guiño y luego le indicó a Kuautik con un ligero movimiento de cabeza que tenían que irse. –Si necesitas algo, sabes que estamos cerca. –Les agradezco amigos. Estén seguros de que si así fuera, ustedes serían los primeros en saberlo. Los dos guerreros continuaron su camino despachando algunos frutos de los puestos mientras se carcajeaban con los vendedores. Sitlali se quedó pensativa. Sabía que había visto al encapuchado, pero le resultaba difícil que nadie más que ella hubiera notado su presencia. Movió la cabeza como queriendo convencerse a sí misma de que lo había imaginado. Continuó viendo los puestos del mercado y se alejó. Si hubiera vuelto la vista atrás se habría dado cuenta que un par de ojos la observaban con furia mientras se alejaba. Ya tendría noticias de él posteriormente. *** -Debes confiar, hijo del viento. No puedes volver tus pasos atrás en este momento, porque tú debes continuar adelante. Tú portas la esperanza de esta tierra. Nicolás sabía que Oselotl tenía razón, pero el saber que Omácatl lo seguía tan de cerca lo inquietaba, más aun sabiendo que sus amigos peligraban. –Está bien. Sin embargo, creo necesario saber a dónde tenemos que dirigirnos ahora. Puesto que Tlapolistli no existe más, estamos como al inicio. El enorme jaguar sonrió ante el desconcierto de Nicolás, que poco a poco fue tomando conciencia de lo que había dicho. -¿Quieres decir que en realidad no hay un camino a Techayiotl, sino que son muchos? ¿Y cómo voy a saber cuál es el que debo seguir? –Tu corazón nos guiara, hijo del viento. No hay caminos hechos cuando se está en la búsqueda de la verdad. Tú debes elegir el camino para llegar a ella, pero recuerda: debes dejar que lo más profundo de tu corazón te conduzca. *** Al tomar nuevamente el mapa que el sabio de Ixachi le había proporcionado al salir, Nicolás notó que había cambiado. La ruta que estaba marcada hacia la montaña Techayiotl parecía ahora más corta. También se percató de que el lugar en el que antes se apuntaba la aldea Tlapolistli había desaparecido. Al levantar la vista, observó al enorme jaguar que se había levantado y caminaba hacia la espesura del bosque. –¡Espera un momento! Según parece, la montaña se encuentra hacia este lado. Nicolás señaló el sentido opuesto al que Oselotl caminaba. El jaguar se detuvo un momento y oteando el viento, le dirigió una mirada al tiempo que le decía: -Hijo del viento, los caminos de la luz y la oscuridad se pueden encontrar repentinamente, pero es su naturaleza el continuar por sendas diferentes. Ahora tú continúas hacia tu destino y yo hacia el mío.


Nicolás presintió que esa era la última vez que vería al enorme jaguar. Tomó su bolso y dirigiéndose hacia Oselotl le expreso un profundo agradecimiento. Se abrazó a su cuello, tocó su ojo lastimado al tiempo que pedía perdón en voz baja. El jaguar respondió acariciando con su lengua el rostro de Nicolás para enseguida lanzar un fuerte rugido que resonó en múltiples ecos por todo el lugar. Entonces ambos dieron la vuelta y continuaron, cada uno, por su camino. *** No hay estado más difícil para un ser humano que el encontrarse solo. Hay que aprender a ser amigo de uno mismo, a hablar con uno mismo y a reconocer los propios temores. Nicolás llevaba cerca de cuatro horas caminando, teniendo siempre a la vista la montaña. Sabía que el camino era largo, pero le parecía curioso que nada extraordinario hubiese pasado en ese tiempo. La soledad a la que se enfrentaba, le resultaba un tanto incomoda, sobretodo porque los recuerdos le asediaban constantemente. Recordaba su vida en la ciudad, pensaba en qué estarían haciendo sus amigos en ese momento, seguramente estarían preocupados por no tener noticias de él, y sus padres, probablemente ya habían reportado la desaparición de su hijo. Por otra parte, pensaba en sus amigos, en Tesouani, Kuautik, Xiuitl, pero sobre todo en Sitlali. Pensaba en lo angustioso que debía ser para ellos el no tener noticias de lo que ocurría con él y eso le preocupaba. Sabía que si los sentimientos de alguno de ellos se debilitaban y permitía la entrada de alguna emoción descontrolada como ira, miedo, desesperanza, entonces Omácatl tendría la oportunidad de apoderarse del único lugar en la Tierra del Águila que no estaba en tinieblas. Comenzó a silbar, tratando de que tales pensamientos dejaran de inquietarlo. Al entrar en un recoveco del camino, guarnecido con arbustos llenos de flores rojizas, Nicolás quedó de frente a la montaña. Le pareció que era en verdad inmensa y pensó que seguramente tardaría varios días en llegar a la cima. Momentáneamente dudó de lo que pretendía hacer y en ese instante observó, en lo alto, sombras que daban vueltas, como esperando la oportunidad para abalanzarse sobre algo que seguramente se encontraba en la punta de la montaña. Sacudió su cabeza y al instante pudo observar como las sombras desaparecían. -¿Qué hay en la parte alta de esta montaña que causa tanto interés a Omácatl? Nicolás tomó de nueva cuenta el mapa y se fijó en el extraño dibujo que había aparecido en el lugar que ocupaba la montaña: era una serpiente que se encontraba devorándose a sí misma, mientras un águila real observaba con las alas extendidas. Nicolás estaba observando fijamente el extraño símbolo cuando le pareció que el águila dirigía sus ojos hacia él y levantaba el vuelo. Inquieto, Nicolás cerró bruscamente el trozo de cuero, mientras se percataba que estaba sudando copiosamente. Guardó el mapa, mientras una extraña sensación se apoderaba de él, como si una fuerza lo impulsara en ese momento a subir la montaña. Curiosamente, el ascenso no le resultaba pesado, le pareció que flotaba y que su cuerpo era tan ligero como una pluma. No tardó Nicolás en percatarse de que la cima de la montaña estaba a unos pasos. Sin embargo, fue allí en donde toda la ligereza que había sentido al subir se convirtió en una pesadez insoportable. -¿Qué está ocurriendo? Parece que dar estos últimos pasos va a ser imposible. Pensó en dejarse caer, y lo hubiera hecho si aquella vocecita no lo hubiera instado a permanecer en pie. ***


Lo primero que Nicolás notó fue lo pesada que sentía cada parte de su cuerpo. Parecía que sus pies estaban fijos al suelo rocoso y que no habría manera de continuar. Estaba entrando en un estado de desesperación cuando la voz chillona del diminuto ser lo hizo reaccionar. -¿Qué pasa contigo Nicolás? ¿No eres acaso el hijo del viento, el que se mueve con ligereza? ¿Dónde está tu confianza? No restan sino unos pasos para llegar a la cima y ya estás dándote por vencido. Nicolás encontró desagradables aquellos comentarios. Sin embargo, había en ese tono de voz algo que le resultaba familiar. Dejó de esforzarse un momento y retando al extraño ser, que le recordó a los chanequis encontrados en el camino a las Grutas Pitsali, le arrojó un pedrusco que aquel ser evitó, al tiempo que soltaba una carcajada burlona. –No pienses que vas a alejarme de ese modo. No puedes evitar lo que siempre te ha acompañado. –Nicolás dejó escapar un suspiro al tiempo que exclamaba: -¡Bien, qué significa esto! ¡Es que todo el tiempo he de estar tratando de descubrir enigma tras enigma! Dime pues, quién eres y qué quieres. –Amigo, amigo, sólo alguien que aparentemente no conoces te puede llamar por tu nombre ¿Te has dado cuenta de eso? Soy yo, Nicolás, tu yo, ese que has venido a encontrar en este lugar. ¿Te das cuenta de lo pequeño que soy? Pues así eres en realidad amigo. ¿Se ha vuelto pesado el camino? Y qué esperabas si nunca has estado convencido de nada. Los pretextos que siempre ponías ante los demás para no ir con ellos, tus huidas a la librería ¿qué eran sino el no querer saber nada de lo que ocurría a tu alrededor? Tu ánimo es pequeño Nicolás, no puedes acabar nada, acéptalo. ¡Nunca llegarás a la cima de la montaña! Nicolás sintió que la sangre le hervía ante lo que escuchaba. En parte el extraño ser tenía razón. Su corazón empezó a sentir una amarga tristeza y se dejó caer abatido. –Eso, eso mi joven amigo, para que luchar contra lo que es uno. Mira, yo he aceptado estar siempre a tu sombra, sin exigir ningún reconocimiento, sé que soy nada, que así debe ser. Instintivamente, Nicolás metió la mano en su bolso y observó el mapa. Se percató que en ese instante el lugar en donde se encontraba señalado el pueblo de Ixachi se cubría con una mancha negra, como si se estuviera quemando. Comprendió entonces lo que ocurría: si él dudaba y se daba por vencido, nada de lo que había ocurrido tendría sentido. Omácatl estaba hurgando en su corazón, tratando de encontrar un resquicio para entrar y terminar su obra. Violentamente se puso en pie y, en un veloz movimiento, agarró a la criatura sujetándola por el cuello. –¡Bien, sea lo que seas y de dónde vengas, ya no perteneces a este lugar! Si te he llevado durante estos años, es hora de que te entregue al que te ha puesto en mí. Yo no te necesito. Para encontrar la luz he de caminar por este sendero, aunque tenga que pasar por encima de una parte de mí. Dicho esto levantó en vilo a la criatura que se revolvía tratando de liberarse, entonces la soltó dejándola caer al vacío al tiempo que se escuchó un agudo grito y una cascada de blasfemias. Al instante, Nicolás notó que la pesadez había desaparecido, tomó su bolso y caminó los últimos pasos que lo separaban de la cumbre de la montaña Techayiotl.


DESCUBRIENDO EL MISTERIO Los pasos que separaban a Nicolás de la cumbre eran pocos y la ligereza con que se movía lo llevó pronto hasta la planicie que coronaba a la montaña. Una vez arriba, Nicolás dejó que sus pulmones recibieran el aire fresco y puro. Tocó sus rodillas inclinándose un poco, pero levantó la cabeza al escuchar un leve crujido, como si alguien caminara sobre la hierba que nacía de manera abundante. Se irguió esperando encontrarse con alguien. Su sorpresa fue grande al darse cuenta que nadie había en ese lugar. Comenzó a caminar hacia el interior de la planicie, buscando una señal que le permitiera saber qué respuesta iba a encontrar ahí. Había avanzado algunos metros cuando una extraña fuerza lo paró en seco y sin dejarlo salir de su asombro lo arrojó como si se tratara de una hoja. Nicolás cayó estrepitosamente, haciéndose algunos raspones en el rostro y los brazos. Se levantó con dificultad y nuevamente intentó caminar, sólo para recibir otro golpe que esta vez lo mantuvo en el suelo por más tiempo. -¿Qué está ocurriendo, quién me ataca? Sin saber qué hacer, Nicolás se incorporó nuevamente, pero decidió no avanzar, trató de ver qué o quién estaba atacándolo, sin embargo no lograba ver nada. Pensativo recordó lo que había ocurrido antes de llegar a la cumbre con el extraño ser. -¿Será que yo mismo estoy impidiendo mi llegada? Bien, si es así entonces tendré que pedirte que te muestres, ¡muéstrate! No había terminado de hablar cuando una nube de color azul empezó a formarse sobre la hierba. En sus formas se dibujaba una silueta que a Nicolás le pareció familiar. -¿Sitlali, eres tú en verdad? ¿Qué haces aquí? –Mi querido Nicolás, no deberías de estar aquí. Te he seguido porque te extraño demasiado. ¡Vamos, toma mi mano y regresemos juntos a la aldea! No tiene caso que continúes luchando. Es mejor que disfrutes lo que tienes ya, antes de que termine todo. El corazón de Nicolás estaba turbado, no comprendía cómo Sitlali podía haber llegado a ese lugar antes que él y sin embargo le parecía tan real que creía que incluso podía abrazarla. Quiso hacerlo, pero inmediatamente se desvaneció apareciendo prontamente un poco más lejos. –Para que pierdes tus tiempos en esta soledad tan bronca, mi querido amigo, si podríamos estar en un lugar mucho más agradable. Nicolás sacudió la cabeza violentamente y entonces preguntó: dime Sitlali, ¿quién soy? –Ah, mi querido Nicolás, por qué insistes en saber, no te basta acaso el hecho de que te ame. -¡No, no, esto no está bien! ¡Tú no puedes ser en realidad Sitlali! ¡Vamos, Omácatl da la cara y enfréntate de una vez conmigo! ¿O acaso me temes? Una sonora carcajada se escuchó con un eco tremendo en toda la cumbre de la montaña y acto seguido un fuerte viento arrastró a la vaporosa figura, dejando a Nicolás el camino libre para continuar. Retomó el paso entonces, luego de frotarse los ojos, tratando de cerciorarse de que todo había pasado. Pero no tardó en avanzar unos cuantos pasos cuando vio dibujada la figura de lo que parecía una anciana de cabello cano y trenzado, sentada sobre una roca. -¡Qué extraño, juraría que nada había sobre este lugar hace unos instantes! Nicolás se fue acercando a la anciana, que en todo momento le daba la espalda y le pareció que se estremecía entre sollozos. –Dígame, señora, ¿qué le ocurre, por qué llora? –No eres tú quien debería preguntar por qué, jovencito, sino para qué haces sufrir a esta anciana.


Nicolás reconoció en la voz de aquella mujer la voz de su madre y una profunda congoja y sentimiento de culpa comenzó a apoderarse de él. Abruptamente cayó de rodillas y con lágrimas en los ojos suplicaba que lo perdonara por todo. Con la cabeza inclinada, Nicolás sentía que todo su ser se desbordaba en llanto. La mano de aquella mujer se posó entonces sobre el cabello del joven, mientras una risilla empezaba a salir de su boca, la risa se convirtió en un alarido burlón y finalmente en una sonora carcajada. Nicolás levantó el rostro y haciendo el cuerpo hacia atrás apenas pudo detenerse para no caer. Se incorporó tambaleante mientras intentaba ver el rostro de la mujer, mas ésta no lo permitía. -¡Deja que vea quién eres en realidad! ¿Acaso eres también una proyección mía? Nada respondía la aparición. Mientras Nicolás se afanaba en verle la cara aquella levantó la mano, señalando el lugar de la tierra de las sombras. Como en sueños, pudo Nicolás ver infinidad de Teyaotlanis que atacaban la aldea de Ixachi, mientras sus amigos intentaban, en vano, defenderla. Observó cómo uno de aquellos horrendos seres tomaba entre sus garras a Sitlali y elevándose la desgarraba en mil pedazos, ante la mirada atónita y el llanto de sus amigos, que increpaban una y otra vez la cobardía del hijo del viento. –¿Ves lo que has ocasionado con tu necedad? Ha sido siempre igual, nunca estás conforme y haces sufrir a los que dices amar. Eres malo Nicolás Monzón y debes admitir que lo eres, acepta tu destino. ¡Únete a la oscuridad! En ese momento, la anciana descubrió su cabeza, dejando ver una horrible cara de perra rabiosa, que se abalanzó contra Nicolás. Él, instintivamente, se intentó cubrir el rostro con los brazos, pero antes de que aquel espantoso ser lo tocara se desvaneció sin dejar rastro visible de su presencia. Nicolás notó que estaba sudando y que su corazón latía fuertemente. En sus oídos aun resonaban las risas cual metales que chocaban unos contra otros. Se sentó a pensar en lo que aquella criatura le había dicho sobre él: -Por Mexitl, ¿qué está pasando? He venido a este lugar para encontrarme con lo que soy y me encuentro conmigo mismo lleno de cosas que no desearía ser. ¿Qué más debo esperar? ¿Será que este es el fin de mi viaje? Apenas había terminado la frase cuando Nicolás notó que todo se iluminaba a su alrededor. –¿Qué está ocurriendo? La luz se hacía cada vez más intensa, a tal grado que Nicolás tuvo que cubrirse los ojos para no enceguecerse. Al muchacho le pareció una eternidad el tiempo que se mantuvo en esa posición. Cuando finalmente decidió quitar las manos de sus ojos, se percató de que alrededor el paisaje había cambiado. El terreno había dejado de ser una simple planicie y ahora parecía un enorme huerto con plantas de muy diverso tamaño y enormes árboles que le recordaron la aldea de Ixachi. Se sentó nuevamente, esperando a que algo ocurriera, pero pasaron los minutos y nada. Nicolás se sintió un tanto desconcertado, a tal grado que su estado de ánimo se fue angustiando. –Es raro, todo este tiempo he sido sorprendido y ahora que espero a que algo suceda no ocurre absolutamente nada, este silencio me pone demasiado nervioso. Repentinamente, Nicolás pudo observar entre las raíces de un árbol una luz de un verde intenso. Los rayos que desprendía el objeto cautivaron la mirada de Nicolás que, como hipnotizado, se dirigió al lugar. Al estar frente al objeto se inclinó para tomarlo, pero al hacerlo se dio cuenta de que estaba cubierto por las raíces del árbol, como si fuera parte de él. Los ojos de Nicolás empezaron a adquirir un extraño brillo mientras intentaba liberar el objeto, que entonces le pareció tenía la forma de un corazón. -¡Vamos, sal, no te resistas, tienes que ser mío!


Nicolás utilizaba sus manos para golpear las raíces, pero sus esfuerzos eran inútiles. De repente, su mirada se topó con una piedra que a Nicolás le recordó la makahuitl que utilizaba Tesouani. –Bien, creo que esto servirá para hacerte cambiar de parecer. El rostro de Nicolás estaba transformado, parecía ansioso y su voz sonaba extraviada. -¡Ya, ya, debes ceder, vamos! Jaló una vez más la raíz, aparentemente más débil y, sujetando un extremo con una de sus manos, dejó caer un violento golpe con la roca. Al instante un potente grito de dolor inundó el ambiente, al tiempo que un torrente de sangre bañaba a Nicolás, quien sorprendido cayó hacia atrás. No obstante la sorpresa, intentó sujetar el corazón que había quedado al descubierto, lo tomó entre sus manos y, mirándolo detenidamente, empezó a experimentar miedo, soledad, tristeza e ira. Del corazón le parecía que se desprendían lamentos de dolor y angustia que le taladraban los oídos. Arrojó entonces lejos de sí el corazón, observó sus manos y miró en ellas inscritas los nombres de sus amigos, así como los de aquellos que había dejado en su mundo y la palabra “asesino” empezó a escucharse en cada rincón del lugar. Nicolás empezó a sentir vértigo. Vio entonces la silueta que se aproximaba, quiso correr hacia ella mientras gritaba. -¡Ayuda, por favor! Pero antes de poder darse cuenta quién era el que se aproximaba cayó totalmente desmayado y sin saber de sí. *** El sonido del viento y la fuerza con la que golpeaba su cara, hizo que Nicolás se levantará de súbito. Miró a su alrededor. Estaba seguro que había visto la alta figura de alguien antes de que cayera desmayado. Sin embargo, no había nada. Se sentó sobre el suelo, que para entonces le parecía más árido y gris. –Debo estar perdiendo la razón. Nada de lo que ha ocurrido aquí es real y sin embargo me parece tan vívido. Comenzó a entonar una melodía que le había escuchado a Sitlali. Hablaba de los tiempos en que todo era belleza y paz. De los tiempos en que la verdad no era una cuestión de principios, sino una condición que le pertenecía a cada quien, de los aromas que se respiraban, de los vientos que mecían los árboles y hacían que estos cantaran, de un tiempo que Nicolás sabía que había sido mejor. -¡Ah, mis queridos amigos! Heme aquí, sin saber qué hacer. El tiempo corre más rápido de lo que yo he podido averiguar cuál debe ser el camino que debo seguir para terminar con esto. Nicolás agachó la cabeza, colocando sus brazos alrededor de sus piernas. Estaba agotado y sin respuestas. Levantó el rostro y descubrió entonces al gigante que se había colocado en cuclillas delante de él. Acomodaba de manera parsimoniosa una gran cantidad de ramas secas con las que empezó a encender un fuego. Recogió unas varas de las que colgaban tres pequeños pescados, les agregó algunas hierbas y los comenzó a cocinar al fuego. Pronto el olor empezó a impregnar el ambiente y a despertar en Nicolás un gran apetito. –Este lugar solía ser mucho más amable hace algún tiempo. Creo que fue hace ya bastante tiempo para ser más precisos. Nicolás no salía de su asombro. Aquel extraño era igual al que había visto en sus sueños, para ser más exactos su rostro era claramente el reflejo del suyo, aunque con rasgos duros y con varias arrugas surcando su frente. La ropa que llevaba puesta era semejante a las que portaban los habitantes de Ixachi, aunque desgastadas. Parecía como si las hubiera portado durante años sin habérselas quitado nunca.


–En realidad, el tiempo es algo de lo cual deberíamos de preocuparnos menos. ¿Qué puede significar el tiempo para los inmortales? Para quienes hemos sido objeto del capricho de ellos, el tiempo puede representar lo único real que tenemos, pero ciertamente es nada. ¿Puedes entender eso? Nicolás movió la cabeza, con ademán de incredulidad. No sabía de qué estaba hablando el hombrón. Seguía aturdido por la impresión, además de que parecía que aquel no se había percatado del parecido físico entre ambos. –Seguramente no ha notado tal cosa. Nicolás pensó, entre otras cosas, que seguramente no había espejos en ese lugar y por lo tanto era muy difícil que se percatara de aquella situación. –Seguramente te estarás preguntando por qué hay tanto parecido entre tú y yo. Nicolás abrió los ojos, como si le hubieran asestado un golpe bajo y se hubiera quedado sin aire. –Sé quién eres muchacho y sé qué has venido a buscar. Pero ten por cierto algo: Nada de lo que encuentres aquí será agradable. Si insistes en saber, tendrás que acostumbrarte a vivir sin muchas cosas que ahora son importantes para ti. Y si te arriesgas a ir más allá, tendrás que aceptar que tu vida ha dejado de ser simplemente una existencia ordinaria y tomarla con todas las complicaciones que trae el saber quién eres en realidad. Tras hablar de esa manera, el gigante se inclinó para tomar los pescados que estaban completamente asados. Desprendió con un cuchillo hecho de piedra una pieza de la vara y, colocándola sobre una hoja, se la ofreció a Nicolás. –Toma, come, no avanzarás más si tienes el estómago vacío. El corazón y la razón no son nada si el cuerpo y el espíritu no se alimentan. Al cuerpo hay que darle de comer los frutos que la Tierra nos regala, al espíritu hay que alimentarlo con nuestras obras. Has caminado mucho buscando respuestas o, para ser preciso, una respuesta. Y te diré que has llegado al lugar en donde exactamente no encontrarás eso que buscas. Nicolás había empezado a comer del pescado mientras escuchaba al hombre, levantó los ojos y se quedó mirando fijamente el perfil del desconocido, le parecía un rostro labrado en piedra, de facciones duras que dejaban entrever un inmenso sufrimiento. -¿Y qué sabes tú de lo que yo busco? Las palabras le salieron casi sin pensarlas, a tal grado de que el propio Nicolás se sorprendió de lo que había dicho. El gigantón hizo a un lado su alimento e irguiéndose miró el cielo que había comenzado a oscurecerse, cerró los ojos y los abrió lentamente. -¿Sabes una cosa mi joven amigo? No existe una gran diferencia entre la luz y la oscuridad. Ambas pueden ser tan semejantes, pues una y otra te pueden enceguecer. Estando dentro de ellas no distingues lo que hay delante de ti, incluso no puedes saber en dónde te encuentras. La única diferencia que he observado entre ellas, es el lugar al que puedas llegar si caminas entre sombras o si caminas entre la luz. Sé quién eres Nicolás Monzón y se qué has venido a buscar aquí. Sabía que este momento tendría que presentarse, pero no esperaba que fuese tan de repente. Nicolás dejó de comer y se fue a plantar delante de aquel extraño. –Dime, ¿quién eres, y cómo es que sabes mi nombre? –Todo está escrito allá arriba, -el hombrón señaló el firmamento-. No hay nada que las estrellas no sepan. Hubo un tiempo en que ellas eran mis compañeras y aliadas y podía leer en el cielo lo que habría de ocurrir, pero mi debilidad y ceguera hicieron que les diera la espalda. Ahora no puedo hablarles, pues han enmudecido para mi. Nicolás insistió. -¿Cómo te llamas?


–Mi nombre es Mictlantecuhtli. Nicolás retrocedió pasmado ante la respuesta. Las historias del sabio de Ixachi se agolparon en su mente. Ese era el nombre del guardián del Corazón de Mexitl, el que había traicionado al Señor de la Luz y se había entregado a Omácatl y sintió vértigo al verse él mismo, reflejado en el rostro de aquel hombre. Pasada la tremenda impresión, Nicolás, con voz entrecortada le habló. –Hay algo que quiero que me expliques. Dime ¿has notado que somos demasiado parecidos físicamente? ¡Cómo es posible eso! Mictlantecuhtli volvió el rostro hacia Nicolás y dejó ver una mirada nostálgica en su rostro. –Mi querido Nicolás, te conozco mejor que tú mismo. La historia de tu vida es una parte de la mía. Decirte lo difícil que ha sido para mí estar en este lugar de sombras, paseando con espíritus, sería nada comparado con la pena de saber que tendrías que enfrentarte al Señor de la Oscuridad tú solo. Aejekatl, tú eres mi hijo, eres el hijo del viento. Has venido a este lugar para saber lo que tu corazón ya sabía: qué tu perteneces a esta tierra, que ésta es tu tierra y que debes recuperar lo que tu padre perdió. Nicolás sintió que las piernas se negaban a sostenerlo. Se dejó caer sobre la dura superficie y sus ojos miraban hacia todas partes como si trataran de encontrar la lógica en todo aquello. -¿Cómo ha sido posible esto? ¿Cómo puedo ser yo tu hijo, si lo que me dices ocurrió hace tanto tiempo? Mictlantecuhtli tomó por los hombros a Nicolás y le dijo: -El tiempo es algo diferente en este mundo y el mundo del que tú siempre has sido parte. En aquel lugar has podido crecer a la sombra del propio Omácatl. De haber sabido el Señor de la Oscuridad de tu existencia no habrías vivido hasta este momento. Escucha bien Nicolás, debes regresar a Ixachi y enfrentarte a los Teyaotlani. Sé que no estás solo, en tu corazón he percibido el amor que ha nacido en ti hacia una criatura de estas tierras. Toma este trozo de jade. Antes de que Omácatl lo escondiera, pude cascar del Corazón de Jade una parte de él. Invoca a los Centzon Totochtin para que luchen a tu lado. Cuando sepan que ya sabes quién eres no dudaran en seguirte. Muéstrales el trozo del Corazón para que en su corazón crezca el valor. Cumple, hijo mío, con tu destino. En ese momento, la figura del gigante empezó a desvanecerse. Nicolás aturdido aún gritó: -¡Espera, aún debo preguntarte más! –Lo que necesitas saber, por ahora, ya lo sabes. Lo demás lo irás descubriendo poco a poco. Finalmente, la figura de Mictlantecuhtli se esfumó, dejando ante Nicolás un paisaje sereno e iluminado. –Estoy seguro que esta vez no soñé esto. Observó su mano y en ella brilló el trozo de jade. Lo guardó en su bolso y con paso sereno y pensativo, emprendió el camino de regreso a Ixachi. Sabía qué tenía que hacer, pero sabía también que no sería sencillo enfrentar al ejército de la oscuridad y convencer a los Centzon Totochtin para que lucharan a su lado.


UNA BATALLA INEVITABLE El descenso de la montaña Techayiotl resultó mucho más ligero. Sin embargo, Nicolás no bajó del todo satisfecho por lo que encontró. La respuesta parecía inconclusa, al grado de resultarle más confusa aún que al principio. -Si pertenezco a este mundo, cuál ha sido la razón por la que he vivido en otro. Y quiénes son entonces los que dicen ser mis padres. Las preguntas se venían vertiginosamente una tras otra, pero en Nicolás sólo había vacío para contestarlas. Se percató, al bajar por la ladera, que en las tierras oscuras el remolino que hacían los Teyaotlani se iba cerrando, como si se estuvieran disponiendo a emprender el ataque. Escuchó a lo lejos el sonido de tambores y en su mente confundida se escuchaba una voz que le decía: Pon el trozo de corazón en el centro, el centro te dará la respuesta definitiva que buscas. -¿Qué centro, de qué me está hablando? Debo estar perdiendo la cordura. Los tambores se escuchaban cada vez más fuerte, definitivamente algo estaba ocurriendo más allá de la montaña y él estaba ajeno a ello. Decidió apresurar el paso para llegar lo antes posible al sendero que lo llevaría de vuelta a la aldea de Ixachi. Pensó que en el camino tal vez podría encontrar una respuesta a la extraña voz que no dejaba de hablarle. *** El tiempo que Nicolás había estado lejos de la aldea resultaba mucho más prolongado de lo que Sitlali hubiera supuesto. Definitivamente para ella y para Tesouani no era nada cómodo estar todo el día trayendo del arroyo peces o raíces del bosque para cocinarlas. La makahuitl de Tesouani estaba más desgastada de las múltiples afiladas que había recibido en ese tiempo. Ni el dedicar prácticamente todas las tardes con la espada y el escudo le habían mantenido lo suficientemente ocupado para olvidar el por qué se encontraban ahí. –No entiendo cómo puedes estar tan desenfadado siguiendo el curso de las nubes mientras que Aejekatl debe estar sufriendo quién sabe qué horrores en el camino a Techayiotl. –Vamos, mi querido Tesoauni, sabes bien que ni tú ni yo, ni nadie, puede cambiar lo que está escrito. El sabio de Ixachi permanece dentro de su choza y a mi eso me es suficiente para saber que las cosas andan bien. Estoy seguro de que si algo sucediera con Nicolás, el mismo sabio nos lo diría. El bravo Tesouani lanzó un bufido de enojo contra Kuautik, quien tirado en el pasto de una pequeña ladera cercana a las chozas donde se encontraban alojados, observaba el firmamento. –Creo que deberías ver esto Tesouani. –¡Ver qué! ¿Acaso quieres que contemple las lindas figuras que las nubes forman mientras el viento caprichoso juguetea con ellas? –No, observa esto, mira hacia allá. Kuautik se levantó al tiempo que señalaba con el índice de su mano izquierda el lugar en que se levantaba una enorme nube oscura. –Parece una nube que anuncia una tormenta. –Tienes razón, pero no es precisamente el tiempo en que eso ocurra, además ésta avanza demasiado rápido hacia acá. Sitlali y Xiuitl habían llegado al lugar en donde se encontraban los guerreros. Observaron el horizonte y entonces Xiuitl dijo:


-Los Teyaotlani se disponen a atacar. Es seguro que Aejekatl ha descubierto el lugar en donde está oculto el Corazón de Jade y ahora van a intentar detenerlo. Debemos prepararnos para el combate. Es inevitable. El guerrero dirigió su mirada hacia el centro de la aldea, en donde el sabio se había aposentado ya. Miró fijamente a los cuatro y con un movimiento de cabeza asintió. Los guerreros sabían lo que debían hacer. Tesouani, el más entusiasmado de todos comenzó a sonar los tambores, mientras que Sitlali organizaba a los guerreros de la aldea. Poco a poco la aldea y los alrededores estaban llenos de guerreros de toda la Tierra del Águila. Cada grupo era encabezado por formidables capitanes que lucían coloridos trajes de plumas multicolores y cabezas de jaguar y puma. Al frente de todos Tesouani, Kuautik y Xiuitl esperaban el momento para iniciar la refriega. El anciano sabio oteaba el horizonte. Sabía que el encuentro con los demonios de Omácatl era inevitable, pero le preocupaba el no tener noticia de Nicolás. El triunfo o el fracaso del Señor de la Oscuridad dependían en gran medida de lo que pasara con el hijo del viento. El sabio levantó la mano en señal de espera. Los guerreros entendieron que eso significaba dar ventaja al enemigo. Tesouani y Kuautik emprendieron hacia donde estaba el sabio anciano, pero Xiuitl los atajó sabiendo lo arrebatados que eran. –Esperen aquí mis amigos, yo hablaré con él. Xiuitl hizo volver a los guerreros donde los suyos, mientras la mirada de Sitlali seguía de cerca lo que ocurría. Al llegar ante el sabio de Ixachi, Xiuitl se arrodilló y dirigiéndose con respeto al anciano le preguntó: -¡Dinos, oh sabio de Ixachi, debemos esperar más tiempo para caminar hacia nuestro destino! Han pasado varios días sin que sepamos nada de nuestro joven amigo Aejekatl y no creo que pronto esté aquí. Nuestros guerreros arden de inquietud por las cosas que se han comenzado a ver y temo que será muy difícil controlar ese ímpetu. El anciano miró a Xiuitl, posó después su mirada en el cielo que cubría majestuoso al ejército reunido. –Sabes bien, mi querido amigo, que nada podemos sin los Centzon Totochtin y nadie puede llamarlos al combate si no es Nicolás. Debemos tener paciencia, los signos que ahora vemos en el horizonte sólo nos indican que Omácatl está realmente preocupado y que nuestro joven guerrero regresa a nosotros como un verdadero hijo del viento. *** A pesar de lo inquietante que era el observar el movimiento de aquellos seres, Nicolás no sentía premura, ni angustia por llegar pronto a la aldea Ixachi. Como si una luz atravesara su pensamiento, reflexionó acerca de los acontecimientos ocurridos. Pensó en qué fácil hubiera sido para Omácatl acabar con él mientras se encontraba en la tierra de Tlapolistli, o un poco antes si a Ocelotl se le hubiesen agregado algunas criaturas de la oscuridad para acabar con él. -¿Cuál puede ser la razón por la que me he mantenido con vida? Caminaba lentamente mientras intentaba dar respuesta a la pregunta. Instintivamente, dirigió su mano hacia el bolso que cargaba y pudo sentir el trozo de jade que había recibido en la montaña. El rostro se le iluminó y todo fue claro para él. -¡Eso tiene que ser! Omácatl no puede reinar completamente sobre la Tierra del Águila si no tiene completo el Corazón de Mexitl. Este pedazo es la respuesta. Una vez que el Corazón de Jade esté completo, si el Corazón está en Ixachi reinará la luz, pero si Omácatl lo tiene, entonces extenderá su reino de sombras por todas partes.


Creo saber entonces por qué Omácatl me permitió llegar hasta la cumbre de la montaña: yo era el único que podía sacar de ahí el trozo que faltaba. Aquella revelación hizo que el corazón de Nicolás diera un vuelco: si él era el portador de lo único que le interesaba a Omácatl y él se dirigía a la aldea en donde se encontraban sus amigos, seguramente los pondría en riesgo. –No debo permitir que los Teyaotlanis lleguen a Ixachi. Debo buscar un lugar donde pueda resguardar el trozo de Corazón, para que permanezca oculto a Omácatl. El rostro se le iluminó entonces. -Claro, los Centzon Totochtin. Debo ir a los campos de Teoyojtika, es el lugar más seguro y el único en donde debe estar este trozo de Corazón. Al terminar de pensar en ello, una oleada de estrepitoso ruido surcó el aire; a Nicolás le parecieron lamentos acompañados de murmullos que dejaban escuchar palabras llenas de odio hacia él. Cerró de prisa el bolso donde guardaba el trozo de jade y bajó a toda prisa la ladera de la montaña. Sabía que del tiempo que le llevara alcanzar la región de Teoyojtika dependería el que todos en la Tierra del Águila estuvieran a salvo. *** Los horrendos rostros de los Teyaotlanis exhalaban un vaho fétido, que inundaba todo el recinto. Las criaturas se encaramaban en los muros de aquel lugar lúgubre, mientras al centro se observaba el enorme trono en el que el Señor de la Oscuridad contemplaba el caminar de Nicolás. La voz de Omácatl resonó como un trueno. -¡De dónde ha sacado valor este insignificante ser para retar el poder del gran Omácatl! No sabe qué fuerzas está a punto de desatar. ¡Ah, mi odiado enemigo Mexitl se vale de lo más despreciable de su creación para inquietarme! Pero no tiene idea de lo que me interesa. Cree que es su Corazón el que me preocupa. Eso es sólo el pretexto. Ni siquiera Omácatl puede vivir sin la presencia de aquellos que lo adoran. ¿Qué sería de Mexitl si se acaban aquellos que le rinden, podría éste ser amado por la nada, si la nada me rinde honor a mi? No, por ahora no me ocuparé de ese jovenzuelo que no representa rival alguno. Lo más seguro es de que antes de que logre llegar a Teoyojtika, alguno de mis servidores se encargue de él. Pero procuraré asegurarme de que así sea. Por lo pronto, mis leales Teyaotlanis empecemos a prepararnos para dar fin a esta guerra. ¡Despertemos a los Tsitsimimej para que vayan hacia Ixachi a sembrar el terror antes de terminar con esos necios que se aferran a lo imposible! ¡Acabemos de una vez con su absurda esperanza y hagamos que las sombras reinen por siempre! Nicolás se extraño al ver que los Teyaotlani descendían rápidamente, mientras él bajaba entre el camino lleno de pedruscos. Momentáneamente perdió de vista las tierras oscuras para internarse en los bosques tratando de ganar tiempo para llegar a los campos Teoyojtika. Las copas de los árboles le impidieron ver el momento en el que los Tsitsimimej sobrevolaban rumbo a Ixachi ocultando cualquier resquicio de luz que pudiera pasar por entre la arboleda. A Nicolás únicamente le extraño el ruido tan estrepitoso como de cientos de aves que volaban sobre su cabeza. Sin embargo, no quiso detenerse a averiguar qué ocurría. En su pensamiento sólo estaba presente el alejar lo más rápidamente posible a las huestes de Omácatl de Ixachi. No tenía idea de lo que en realidad estaba ocurriendo.


*** Los guerreros se inquietaron al ver que las sombras que se movían en el horizonte se iban haciendo cada vez más amplias. Se daban cuenta de que algo estaba ocurriendo en las tierras oscuras. Esta vez Xiuitl dejó ver en su rostro la preocupación ante tal situación. Volteó a donde el sabio de Ixachi, pero sólo pudo ver la manta escarlata con la que cubría su túnica moverse al viento mientras se dirigía hacia la parte más elevada de la aldea. Tesouani se aproximó a Xiuitl para decirle en tono un tanto brusco: -Tal vez lo tomes a mal, mi querido amigo, pero creo que esta vez sí tendremos que tomar una decisión rápida. Xiuitl se volvió hacia Tesouani y colocándole la mano izquierda sobre el hombro le respondió: -Mi querido amigo, las cosas hay que enfrentarlas cuando las tenemos frente a nosotros, de lo contrario lo único que estaremos haciendo es abrirle la puerta a la ansiedad y el miedo. Debemos permanecer alertas y esperar. De lo contrario el Señor de la Oscuridad y sus demonios tendrán en nosotros un blanco fácil. Tesouani comprendió a qué se refería Xiuitl y, regresando hacia donde Kuautik y los guerreros se encontraban, les comunicó lo que debían saber: era importante mantenerse serenos y esperar la llegada del enemigo. Mientras tanto, el sabio anciano se había encumbrado hasta tener un panorama de lo que estaba ocurriendo más allá de Ixachi. El viento soplaba fuerte y el anciano recordó el momento en que su padre le había señalado el tiempo en el que debía hacerse cargo de su pueblo. Recordó que le había dicho que el viento sería siempre su mejor amigo, pues en él venía la liberación de su pueblo. Levantó los brazos y los extendió como si quisiera sujetar al viento con ellos. Clavó su bastón en la superficie y entonó un viejo canto que escuchaba con frecuencia a su padre: La liberación del pueblo de Ixachi ya está cerca, los vientos se mueven hacia una dirección, el que ha de venir es más fuerte que todos juntos, su corazón está con nosotros. Los tambores resonaban en el campamento mientras los guerreros se mantenían en espera de cualquier indicación que los lanzara al combate, pero el sabio anciano sabía que ese momento estaba más cerca de lo que cualquiera de aquellos valientes suponía.


UN CORAZÓN ATORMENTADO El corazón de Sitlali había estado en una constante exaltación e inquietud durante los dos últimos días. El no saber nada de Nicolás había revelado en ella el sentimiento que se había resistido a manifestar. Aunque trataba de disimular su inquietud, ésta no había pasado desapercibida por sus amigos, quienes se encontraban preocupados. Xiuitl, en particular se había inclinado a suponer que la inquietud era pasajera, pero al transcurrir las horas había notado sumamente nerviosa a la joven. Tal hecho había sido notado por su padre, quien encontraba el asunto demasiado peligroso. Sabía el riesgo que significaba para la aldea el que cualquiera de los habitantes se arrojase a la desesperación o la angustia. Sitlali había empezado a mostrarse demasiado ansiosa y afirmaba muy frecuentemente a quienes se encontraba que estaba segura de que Nicolás no tardaría en llegar, pero su corazón la traicionaba al terminar señalando que ojala nada malo le hubiera ocurrido. Omácatl había percibido tal perturbación en el corazón de la jovencita y sonreía satisfecho. –Mis despreciables Teyaotlani, el camino hacia la derrota definitiva de esos necios se hace ancho. Hay en ese lugar una miserable criatura que se está entregando poco a poco a su Señor. La angustia y el miedo crecen dentro de ella, pero debemos ser pacientes para que la puerta esté completamente abierta. Debemos mantener alejado a aquel quien es la razón de su angustia. Entre más lejos se encuentren, más sencilla será la victoria y yo, finalmente, reinaré. Sitlali se había dado cuenta de que algo no estaba bien. El cariño y la simpatía que había sentido por Nicolás al conocerlo fueron adquiriendo mayor fuerza, al grado de convertirse en un sentimiento que le causaba un gran dolor y una enorme pena. –Dime padre, qué debo hacer con lo que pasa en mi interior. Acaso el querer a alguien debe estar acompañado del sufrimiento por esa persona. Las preguntas brotaban espontáneamente de los labios de Sitlali ante la mirada compasiva de su anciano padre. –Nada hay, hija mía –le respondió el anciano con voz suave y pausada-, que sea tan fuerte como el amor. Pero es deber de quien lo porta el encauzarlo hacia lugares tranquilos en nuestro corazón, pues el sentimiento que se vuelve emoción, nubla el entendimiento y no hay nada que pueda evitar que éste se dirija a lugares oscuros en donde la maldad puede actuar libremente. El celo desmedido por la persona amada, puede llevar a su destrucción. La angustia y el temor de que algo malo le ocurra pueden llevar a la opresión. Ten cuidado mi pequeña Sitali, tu corazón es noble, pero peligra si dejas que este sentimiento te arrastre. En esos momentos, las palabras de su padre le sonaban huecas a Sitlali. Carecían de sentido ante las imágenes que se apostaban en su pensamiento. El corazón le dolía y comenzaba a crecer en ella la duda: -Y si Aejekatl se olvidó de nosotros y decidió regresar –pensaba mientras su rostro hacía gestos de angustia. Se habrá olvidado de nosotros, me habrá olvidado a mí. Los pensamientos la torturaban sin saber que, con cada duda que surgía en su mente, los Teyaotlanis observaban como se enanchaba el camino hacia la aldea de Ixachi. *** Nicolás sintió que el camino hacia la tierra de los Centzon Totochtin estaba resultando muy largo. Definitivamente tardaría más tiempo de lo que el hubiera pensado. Sin embargo, el saber que cada paso que daba alejaba a las criaturas de


Omácatl de la aldea de Ixachi y de sus amigos le daba fuerzas para continuar. Calculaba que había caminado cerca de tres horas en línea recta y el panorama le resultaba muy parecido. –Esto ya lo experimenté. Sentir que doy vueltas y no llegó a ningún lado. El árbol Altepemej debe estar por aquí. Nicolás miraba y remiraba a su alrededor esperando encontrar alguna señal que le recordara el lugar en el que se encontraba el árbol que lo llevaría por el camino hacia los campos de Teoyojtika. No se había percatado de que tras de él lo venía asediando casi desde que salió de la montaña Tlapolistli el más horrible y despreciable ser que hubiera visto hasta entonces. Su nombre era Tekuani y hacia honor a su nombre que quería decir bestial: los dientes salidos en hileras descompuestas y los ojos permanentemente inyectados de sangre, aunado a su tosca y mal hecha figura le daban un aspecto que causaba nauseas, si a eso se le agregaba el que despedía un olor putrefacto, era prácticamente imposible acercársele sin sentir horror. El resto de él era no menos horrendo: alas marcadas por membranas que recordaban a los murciélagos, orejas puntiagudas y llenas de un grueso pelo color negro y nariz curvada hacia abajo lo que lo asemejaba a las aves; sus manos que más bien parecían garras estaban coronadas con sendas uñas que evidentemente nunca habían sido limpiadas, pues estaban completamente renegridas. Caminaba (cuando no se encontraba volando) encorvado y lentamente, apoyado en sus extremidades inferiores que parecían las de un enorme macho cabrio, completamente cubiertas de un exuberante vello. Nicolás escuchó un ruido detrás de él y trató de ver qué lo había ocasionado. Sus ojos se toparon entonces con los del Tekuani, quien se abalanzó sobre Nicolás. Éste comenzó a correr entre la espesura, buscando un lugar dónde refugiarse, pero entre tantas raíces que había a su paso, terminó por tropezar y caer estrepitosamente. -¡Por Mexitl, qué criatura tan horrenda, es la más fea de todas los que he visto por aquí! La respiración de Nicolás sonaba agitada, y eso le permitió al monstruo ubicarlo. – ¡Deja de correr muchacho, enfrenta tu destino y sométete al Señor de la Oscuridad! –gritaba la bestia con voz potente que lastimó los oídos de Nicolás. Mientras la criatura hablaba, el ambiente se llenó de su hedor, causando en Nicolás una sensación de asco. -¡Pero qué es ese olor tan nauseabundo! ¡Qué clase de criatura es esta! Nicolás se levantó para alejarse del lugar, pero no logró avanzar demasiado. Delante de él, la criatura lo topó agitando sus enormes alas y mostrando una siniestra sonrisa, enseñando sus asquerosos dientes y su boca que babeaba profusamente. –Deja de correr, que no hay lugar a donde mi señor Omácatl no pueda observarte. Él sabe lo que tú no sabes, y sólo él tiene las respuestas que buscas. Vamos dame el trozo de jade que cargas contigo, a cambio te revelaré lo que quieres saber. -¿Por qué he de creer lo que dices? Siendo una criatura de la oscuridad, lo más seguro es que mientes. ¡No, no te daré nada, acaba conmigo, si lo deseas, pero ten por seguro que no obtendrás este trozo de corazón sin dificultad! –Bien, si así son las cosas. Entonces, la horrenda criatura lanzó un espantoso alarido y con una de sus enormes garras, golpeó a Nicolás quien cayó como si se tratará de una frágil rama, lejos y casi sin sentido. Al darse cuenta de lo ocurrido, sacudió fuertemente su cabeza, únicamente para ser tomado de uno de los pies y, sujetado en vilo, pudo oler con repugnancia el vaho de la criatura al grado que casi se desmaya.


–Miserable jovenzuelo, creo que es tiempo de que acabemos de una vez con esto. Mis hermanos y yo, tenemos que terminar un asunto pendiente con tus amigos de aquella miserable aldea de Ixachi. Nicolás, al escuchar aquello, sintió como si un rayo le atravesara el corazón. -¡No! ¡No se atrevan a tocarlos o juro que no descansaré hasta verlos muertos a todos! -¡Bravo, bravo, eso es insensato! Entrégate de una vez a la oscuridad, que el odio y el temor te dominen. Has tal como hizo tu padre. Abandona a los que creyeron en ti, dales la espalda. La criatura hizo el además de dar un golpe en el rostro a Nicolás cuando se escuchó un rugido que descendía entre los árboles. Tanto el monstruo como Nicolás se quedaron pasmados, mirando hacia el lugar del que parecía provenir aquel sonido. Nuevamente un rugido acompañado de varios agudos chillidos. Nicolás abrió desmesuradamente los ojos y exclamó: -¡Ketsalkuetspalin! La criatura fijó su mirada en Nicolás, mientras de la espesura del bosque brotaba la impresionante figura del dragón de las cumbres grises, arrojando bocanadas de fuego. Se abalanzó sobre el demonio de Omácatl que, ante el embate, tuvo que soltar a Nicolás. El joven tuvo que soportar el dolor que le causó el impacto al caer sobre el duro suelo. Se volvió rápidamente para observar el combate que se desarrollaba entre las dos criaturas. –Debo moverme rápido si quiero llegar a los campos Teoyojtika. No bien había dicho esto cuando el Tekuani se libró del ketsalkuetspalin asestándole un tremendo golpe con sus enormes garras. Se dirigió entonces hacia Nicolás advirtiendo lo que el muchacho pretendía. -¡No irás muy lejos jovenzuelo! Tomó entonces Nicolás unas ramas puntiagudas que sobresalían de un árbol que reconoció como el árbol de Altepemej. –No sé cómo llegó este árbol aquí, pero si estas ramas tienen el corazón de los Centzon Totochtin, entonces pueden vencer a este horrendo ser. Nicolás esperó a que la criatura estuviera cerca de él, entonces lanzó una de las puntas con todas sus fuerzas, pero la criatura eludió con facilidad el intentó y tomando por el cuello a Nicolás, comenzó a levantarlo nuevamente. La presión que ejercía sobre el cuello del muchacho estaba a punto de dejarlo sin aire y sin sentido. Instintivamente Nicolás metió su mano en el bolso donde guardaba el trozo de jade y cual si fueran una sola pieza la incrustó en una de las puntas que había logrado sujetar antes de que la bestia lo atrapara. -¡No avanzaras más, Nicolás Monzón! ¡Este es el final de tu camino! -¡No lo creo asquerosa bestia! Y sacando fuerzas de la debilidad, Nicolás sujetó la punta y la dirigió al costado del Tekuani, clavándola toda ella en el cuerpo del monstruo, que al sentirla comenzó a proferir tremendos aullidos de dolor. -¡Ah, maldito! ¡Eso ha dolido! Nicolás sostuvo la punta mientras sentía que las garras del Tekuani se iban aflojando. Los ojos de la criatura empezaron a ponerse en blanco, mientras una fetidez espantosa inundaba el ambiente. Nicolás tuvo que hacer un esfuerzo para evitar que el cuerpo de la criatura cayera sobre él. Ya sobre el suelo, Nicolás extrajo la punta con el trozo de jade, el cual había adquirido una luminosa tonalidad verde. El cuerpo de la criatura empezó a desvanecerse, pero Nicolás pudo observar algo que lo dejó maravillado: el cuerpo adquiría una forma humana para finalmente convertirse en polvo que fue arrastrado por el viento. Se liso el pelo con la mano, tratando de asimilar lo que había visto.


–En realidad estas bestias del mal son seres humanos, como cualquiera. Pero ¿qué los llevó a convertirse en tan espantosas criaturas? –La maldad es quien ocasiona que las criaturas vayan perdiendo su esencia. Aunque ésta perviva en cada ser. Se va desdibujando si se sigue alimentando con más maldad. Nicolás volteó para ver de donde provenía aquella voz. Giró repentinamente tomando una de las puntas que habían quedado regadas al pie del árbol de Altepemej. Al quedar de frente a la criatura casi cae de espaldas. Ante él, el ketsalkuetspalin lamía sus patas y sacudía su cuerpo para retirar la hojarasca que se le había pegado al estar luchando con el monstruo. –Vamos hijo, no me mires así. Sí, ya sé. Te debes estar preguntando cómo es que ahora estoy aquí, intentando ayudarte cuando la última vez que nos vimos casi acabamos el uno con el otro. Bien, la respuesta es simple. En aquella ocasión en ningún momento intenté hacerte daño a ti ni a tus amigos. Es cierto que mi aspecto no inspira mucha confianza, pero puedes estar seguro de que Mexitl no se equivocó al haberme dado esta figura. Oh, pero disculpa, he sido poco cortés, permite que me presente, el común de la gente me llama por mi nombre genérico, ketsalkuetspalin, pero yo prefiero el nombre que mi Señor Mexitl me otorgó: Ketzalkoatl. He vivido, desde que recuerdo, en las Cumbres Grises, cuidando de la entrada a las Grutas Pitsali. Cuando mi Señor fue traicionado por las fuerzas de la oscuridad de Omácatl, me encargó cuidar del recinto sagrado de los Centzon Totochtin. De ordinario no recibo visitas, así que puedes entender el por qué de mi aparente hostilidad cuando alguien desconocido se acerca. Nicolás no salía de su asombro ante tal situación. Lentamente se aproximó hacia el animal, al tiempo que bajaba la punta que poco antes estuvo dispuesto a clavar en él. –Me parece que te debo entonces una disculpa por las maneras como te tratamos en la anterior ocasión. Espero que no estés molesto, pero dime, ¿cómo es que apareciste justo en el momento en que esta criatura iba a acabar conmigo? – señaló el lugar en el que sólo quedaban los restos de lo que habían sido cenizas. –Como lo mencione, yo cuido de la entrada a las Grutas Pitsali y entonces escuché un alboroto. Al bajar a averiguar lo que ocurría observé que el Tekuani, ese es el nombre que le daban a esta criatura, te llamaba por tu nombre, entonces recordé que hace un tiempo mi Señor Mexitl habló de la llegada a estas tierras de un hijo del viento, cuya fuerza sería como un monzón y que restauraría el orden y la paz en la Tierra del Águila. Entonces supuse que se trataba de ti, aunque déjame decirte que me causó sorpresa al reconocer que eras el mismo joven que ya había estado en este lugar. Y, por cierto, ¿qué haces aquí? –la pregunta salió al tiempo que el dragón hacía un movimiento con su cabeza que la dejó muy cerca del rostro de Nicolás. Nicolás escuchó atento al ketsalkuespalin y le narró después lo que había ocurrido, cómo había regresado a la aldea Ixachi con sus amigos portando los corazones de los pueblos que le entregaron los Centzon Totochtin con la promesa de ir a luchar a su lado si descubría la manera de llamarlos de nueva cuenta al combate, cómo tuvo que iniciar el viaje hacia la montaña Techayiotl en busca de su origen y de respuestas para vencer a Omácatl y, finalmente, cómo al darse cuenta de que Omácatl estaría dirigiendo su ejército de Teyaotlani hacia la aldea de Ixachi, decidió regresar a las Cumbres Grises para hablar con los Centzon Totochtin. Al final, el ketsalkuespalin movió la cabeza en señal de asentimiento y le dirigió a Nicolás estas palabras: -Tu camino ha sido largo, hijo del viento, pero sólo es la mitad del que debes recorrer antes de cumplir tu destino. Ven, creo que debes ver esto. Nicolás siguió dócilmente al animal, quien comenzó a caminar hasta llegar a la falda de las Cumbres Grises. Entonces le indicó que subiera. Así lo hizo Nicolás; tras


unos instantes la neblina que cubría la falda de la montaña se fue disipando y Nicolás pudo contemplar lo que no se hubiera imaginado. -¡Esto es increíble, no puede ser!


UN MOMENTO DECISIVO La inquietud que reinaba en el campamento apostado en la aldea Ixachi, comenzaba a perturbar el ánimo de Sitlali Yeyektin. Para Xiuitl, el tiempo que le habría tomado a Nicolás regresar de la montaña Techayiotl era demasiado. -Sólo espero que nada malo le haya ocurrido -pensaba para sí, mientras observaba cómo Tesouani y Kuautik trataban de mantener activos a los guerreros. La noche estaba a punto de caer sobre la aldea y Xiuitl sabía que permanecer a la intemperie los volvía un blanco fácil para los Tsitsimimej, que no habían dejado de mostrarse de vez en cuando cerca de la aldea. Más inquietante le resultaba el saber que no contaba con la suficiente akayetl para repartir entre los guerreros de tal manera que pudieran protegerse contra los demonios de la noche. Xiuitl miraba hacia la choza del sabio, esperando que éste saliera trayendo buenas noticias, pero conforme avanzaba el día, la oscuridad se iba haciendo más intensa. En el horizonte se empezaron a dibujar las siluetas de los demonios que se aprestaban a salir en busca de presas. Los guerreros mostraban temor en sus ojos a sabiendas de que sus armas eran inútiles ante tales criaturas. Tesouani y Kuautik dirigieron miradas inquisitivas hacia Xiuitl, quien de manera instintiva asintió con la cabeza. Entonces, a grandes voces, los dos comandantes dieron la orden de replegar el ejército hacia las grutas que se encontraban en las cercanías de la aldea. Xiuitl, por su parte, se encargó de advertir a los habitantes de la aldea de refugiarse en sus casas. A cada una de las mujeres le entregaba un trozo de hierba de akayetl con la que mantendrían a raya a los demonios. Finalmente, se dirigió hacia la choza del sabio anciano, que observaba preocupado como su pequeña Sitlali era azotada por una fiebre sin causa aparente. –Me temo que Omácatl ha encontrado un resquicio para entrar más fácilmente en nuestra aldea –murmuró el anciano ante el guerrero que había entrado. –No será fácil librar esta batalla, oh sabio, pero confiemos en que el amor que Sitlali siente por nuestro amigo Aejekatl, prevalezca como un sentimiento puro y no se transforme en una emoción desordenada. El sabio anciano miró con nostalgia el cielo que se alcanzaba a ver entre los resquicios del techo de su choza y se inquietó al escuchar los chillidos que los primeros Tsitsimimej lanzaban, ya muy cerca de los cielos de la aldea. –Creo que debes resguardarte tú también mi querido amigo. Dentro de poco la lucha que libraremos mi hija y yo con el Señor de la Oscuridad requerirá de toda la ayuda posible. Tus guerreros deberán mostrar valor para mantener a raya al ejército oscuro, si es que Omáctal decide atacar esta noche, y así ganar tiempo hasta que Aejekatl logré llegar a la aldea. –Ante el optimismo que el sabio mostraba con la llegada de Nicolás, Xiuitl se sintió obligado a dejarlo y tomar el camino hacia las grutas en donde se refugiaba el ejército de la Tierra del Águila. Antes de irse, dejó en la puerta de la choza, un pedazo de akayetl. El sabio lo miró y le sonrió con gratitud. Repentinamente, Sitlali comenzó a llamar entre su delirio febril a Nicolás: -¡Aejekatl, no demores, mira que ya está a la puerta el de corazón turbio, ven, no desampares a tu pueblo! El sabio tomó de la mano a su hija y comenzó a recitar oraciones en la lengua de sus ancestros. En ese momento, Xiuitl se retiró. *** El lugar que Nicolás recordaba no se parecía en absoluto a aquel que sus ojos contemplaban. Tal parecía que la belleza misma se había estacionado en el valle de


las Cumbres Grises. Todo era de un verde exuberante, riachuelos corrían por aquí y por allá y de entre los árboles gran cantidad de aves multicolores viajaban de una rama a otra. -¡No es posible, esto es increíble! Volteó atrás mientras Ketzalkoatl arribaba a la cima de las cumbres. –Dime una cosa, cómo es que un lugar puede cambiar tan repentinamente. Tal como lo recuerdo, este lugar era sumamente árido y no había tal belleza. El ketsalkuespalin esbozó una leve sonrisa y le señaló que después de que se habían marchado tras visitar a los Centzon Totochtin, el lugar se comenzó a transformar. –Estoy seguro que los Centzon Totochtin sintieron que tu presencia presagiaba algo bueno para estas tierras. Hacía mucho tiempo que no manifestaban su alegría de una manera tan evidente. –Siento como si todo esto ya lo hubiera visto en algún momento, quisiera quedarme en este lugar para siempre. Nicolás no se cansaba de mirar todo lo que había ahí. Pero, en un momento su mano derecha rozó el bolso donde guardaba el trozo de jade. Como si se tratara de una pintura todo quedó estático: los cauces de los riachuelos se detuvieron, las aves quedaron suspendidas en el aire y la brisa que mecía las copas de los árboles amainó su fuerza. Nicolás avanzó entonces, con cierto resquemor. Tras él, Ketzalkoatl avanzaba lentamente. -¿Qué ocurre? ¿Por qué todo se ha detenido? –Me parece –dijo el ketsalkuetspalin-, que los Centzon Totochtin han sentido la presencia del Corazón, pero no están seguros de quien es el que lo porta. –Bien, estoy seguro que al verme me recordarán y sabrán el motivo por el que estoy aquí. Nicolás continuó caminando, tratando de recordar el lugar en donde se encontraba el árbol que resguardaba a los Centzon Totochtin. No bien había dado unos pasos, cuando se topó con aquél. Sin embargo, nada le indicaba la presencia de los guardianes. -¡Qué extraño! La anterior ocasión no hubo necesidad de que los buscara, pues ellos mismos se presentaron. ¡Eh, eh, soy yo Aejekatl, Nicolás, Nicolás Monzón! Nicolás gritaba, tratando de que los seres se presentaran, pero no había una respuesta. –Me parece que los Centzon Totochtin no están dispuestos a hablar tan fácilmente en esta ocasión. Las palabras de Ketzalkoatl le resultaron un tanto irritantes a Nicolás. ¿Cómo era posible que teniendo el trozo de jade que necesitaba el Corazón de Mexitl para restaurar la luz en aquella tierra, no tuvieran el mínimo deseo de hacerse presentes? –Tal vez no son ellos los que deberían estar buscando. Creo que hay aquí una cuestión que debemos entender. En esta ocasión Nicolás escuchó atento al ketsalkuetspalin. –Según me parece, tú has venido de una tierra distinta a ésta, pero en realidad no tan distinta. Creo que ese lugar del que vienes lo llaman Mundo y es un lugar que, aunque en desgracia por haber sido de los primeros que se sometieron al poder de Omácatl, resultó ser el más adecuado para que tú crecieras. La luz creciendo en la oscuridad. Pero la luz también a veces es opacada por las sombras, mi amigo. Eso quiere decir que los Centzon Tototchtin, no pueden aun manifestarse plenamente, pues tu corazón no es lo suficientemente puro como para que puedas contemplar toda la magnificencia del Corazón de Jade ni la pureza de los corazones de los pueblos. Sabes del poder que emana de ellos, pues has portado ya una parte de su esencia en aquellas hojas del árbol de Altepemej, pero no es nada comparado con el poder que manifiestan en toda plenitud.


Nicolás estaba un tanto confundido por las palabras del ketsalkuetspalin. ¿Acaso necesitaba algo más para lograr que los Centzon Totochtin le ayudaran a combatir a las huestes de Omácatl? El tiempo era cada vez más apremiante y Nicolás sentía que cada instante significaba dejar desprotegidos a sus amigos. –Dime entonces qué debo hacer para que los Centzon Totochtin se presenten. He viajado a la montaña Techayiotl buscando una respuesta sobre mi origen y me he topado con el antiguo guardián del Corazón de Jade, que según me ha dicho es mi padre. Él me entregó este pedazo del Corazón de Mexitl y creo es lo que Omácatl busca ahora, pero tú has escuchado al Tekuani, ahora Omácatl va hacia Ixachi para acabar con mis amigos y si yo no hago nada por detenerlo, las sombras reinaran definitivamente en esta tierra y en todas partes. –Bien, mi joven amigo, creo que es más de lo que pretendía saber esto que escucho. Sabía de la existencia de un hijo del viento, que había sido engendrado en tierras lejanas, lejos de la mirada del Oscuro. Pero lo que debes saber es que tu madre aún vive y sólo ella conoce la manera para que este trozo de jade lleve a los Centzon Totochtin a combatir a las fuerzas de Omácatl. Además, ella te dirá lo que debes hacer para purificar tu corazón y ser digno portador del Corazón de Jade. Nicolás se llenó de pesadumbre, ¿cómo iba a encontrar a su madre y además, de saber el lugar en el que se encontraba, cómo lograría llegar antes de que los servidores de Omácatl acabaran con Ixachi? –Vamos, amigo, no te acongojes. ¿Sabes?, tienes suerte de que yo esté aquí, pues soy el único de las criaturas que habitan la Tierra del Águila, que sabe dónde se encuentra tu madre. Es algo que mi Señor Mexitl me confió, además de ser el guardián de los campos Teoyojtika. Dijo que tal vez en algún momento, alguien necesitaría saber la ubicación de Chimalmak, tu madre. Nicolás se quedó mirando fijamente al ketsalkuetspalin y vio en sus ojos un brillo que le resultaba familiar, mas no dijo una palabra sobre aquello. –¡Bien, entonces no esperemos más! ¡Vayamos a ese lugar y hagámoslo pronto, pues nuestros amigos nos necesitan! El ketsalkuetspalin se irguió entonces y dejo ver unas hermosas alas de colores brillantes, la cabeza de serpiente adornada con plumas de color verde, carmín y azul turquesa brillaron ante la luz que poco a poco desaparecía del cielo. Montó entonces Nicolás en su lomo y tomando el vuelo se alejaron de las Cumbres Grises, que como si se tratara de un espejismo, tomaron el aspecto que Nicolás había contemplado la primera vez que había estado allí. Ketzalkoatl se elevó y dando un fuerte rugido se dirigió a las tierras de Mali, en donde se encontraba Chimalmak, prisionera de Omácatl. *** El valle se llenaba cada vez más de lamentos y gritos aterradores. En el interior de la gruta, los guerreros esperaban a que la luz del nuevo día ahuyentara a los demonios Tsitsimimej. El ruido que ocasionó Xiuitl al entrar precipitadamente en le interior hizo que los corazones de los valientes aceleraran sus latidos. -¡Qué ocurre afuera! –preguntó Tesouani, dirigiéndose bruscamente hacia Xiuitl. –Creo, que debemos estar preparados para combatir, no tenemos más akayetl que esta pequeña rama y no será suficiente para persuadir a los Tsitsimimej para que se alejen de este lugar. Las mujeres, los niños y ancianos de la aldea estarán bien con la que he repartido entre ellos, pero a nosotros no nos queda más opción que enfrentarnos a las criaturas de Omácatl. Los guerreros se miraron nerviosos ante las palabras del comandante. Sabían que enfrentarse a las criaturas era demasiado arriesgado. En la noche ellas tenían


ventaja, además de volar, eran demasiado rápidas. Xiuitl percibió su inquietud y llamó a Kuautik y Tesouani aparte. –Creo saber cómo detener a los Tsitsimimej sin arriesgarnos demasiado. Ustedes saben que estos demonios son criaturas de la noche y aborrecen la luz. Pues bien, haremos que sea de día. Tesouani y Kuautik miraron perplejos a Xiuitl, creyendo que éste había perdido la cordura. –No entiendo qué quieres decir al hablar de hacer que sea de día. ¿Cómo lograremos eso? –Observen bien, miren, son cristales que recogí de las Grutas Pitsali. Son brillantes y pueden reflejar la luz. Me di cuenta de eso en una ocasión en que caminaba por la orilla del río, tropecé y los cristales cayeron en la ribera. Al ser tocados por la luz del sol desprendieron una intensa luz blanca que por poco y me deja ciego. Tal situación me llamó la atención y seguramente alguno de ustedes pudo notar hace tres noches, que la noche tenía un brillo especial. –A decir verdad –dijo Kuautik–, me pareció que había más luz de la habitual, incluso pensé que el día aun no terminaba. –Pues no era la luz del día, mi querido Kuautik, sino los cristales que al reflejar la luz de la luna dentro de mi choza proyectaban la luz suficiente como para parecer que era de día. En ese momento utilice sólo dos, uno que me permitía captar los reflejos de la luna y otro que los proyectaba al interior de la choza. Si logramos ubicar sobre la gruta un cristal que proyecte la suficiente luz hacia el interior y a su vez colocamos los cristales necesarios para que iluminen el exterior podremos combatir bajo circunstancias ventajosas a estas horrendas criaturas. Lo demás se lo dejaremos a Mexitl. Tesouani hizo una mueca y enseguida se dirigió a sus amigos: -Creo que van a necesitar que alguien coloque ese cristal afuera y me parece que el indicado soy yo, sólo necesito que me indiques amigo Xiuitl en dónde la quieres. Xiuitl sonrió y tomando a Tesouani por la espalda le indicó el sitio donde debía ser colocado el cristal. *** El recorrido que Nicolás y Ketzalkoatl estaban realizando fue casi un suspiro. El ketsalkuetspalin volaba a una gran velocidad, mientras Nicolás observaba los territorios infestados por la oscuridad. En algún momento, le pareció ver como ésta avanzaba cual negro manto, tragando todo a su paso. –Es mejor no mirar lo que la maldad hace, mi joven amigo, es un espectáculo atrayente y nos puede perder. Nicolás tuvo que darle la razón a su nuevo compañero de viaje. La sensación al contemplar el movimiento de la oscuridad era subyugante. -¿A dónde nos dirigimos? –preguntó Nicolás tratando de desviar la atención de sus pensamiento a otro lado. –En las tierras de Mali, Omácatl ha mantenido cautivos a aquellos que osaron enfrentarlo. Tu madre fue una de las últimas que se atrevió a lanzar su espada contra el ejército de la oscuridad. Allí Omácatl la sometió y juró mantenerla con vida hasta que él lograra ser dueño y señor de estas tierras. Con cada ser que Omácatl atrae hacia su oscuro mundo, Chimalmak palidece y envejece, pero no lo suficiente para liberarla del tormento de ver a sus amigos perecer. Conforme llegaban al lugar que Ketzalkoatl llamaba de Mali, el panorama resultaba desolador. Infinidad de árboles silvestres se alzaban amenazadores con espinas cual si se tratarán de verdaderas armas dispuestas a dirigir sus disparos hacia


los que se atrevieran a pisar esas tierras. Nicolás advirtió que el lugar hacia el que se dirigían era semejante a una isla, pero en lugar de estar en medio del agua, ésta se levantaba sobre la superficie de tal manera que parecía flotar. –Esta imagen me parece haberla vista en algún lugar, pero no recuerdo en dónde. Ketzalkoatl sonrió levemente, mientras le señalaba a Nicolás que se sujetara fuertemente. Nuestro amigo obedeció al tiempo que el ketsalkuetspalin bajaba en picada adquiriendo una gran velocidad. Nicolás sintió la fuerza del viento golpeando su rostro mientras las cosas le parecían cada vez de mayor dimensión. Casi instintivamente, Nicolás cerró los ojos, apretándolos de tal manera que cuando los abrió de nueva cuenta le dolían. El momento en que el ketsalkuetspalin tocó tierra resultó imperceptible para Nicolás. –Ahora es necesario que caminemos con cautela. Este lugar poca atención le merece a Omácatl, pero hay algunos de sus servidores que de vez en cuando llegan a esta tierra a saciar sus oscuros apetitos. El comentario de Ketzalkoatl hizo que Nicolás se pusiera alerta. Dadas las circunstancias no era conveniente que llamara la atención de Omácatl. Caminaron sigilosamente mientras escuchaban lastimeros quejidos que inundaban el ambiente. –Este lugar siempre me ha causado una gran perturbación –murmuró el dragón. Nicolás intuyó que Ketzalkoatl ya había estado ahí antes, así que trató de indagar sobre ello. –Mi origen –continúo el enorme animal-, es un tanto confuso. Es suficiente el saber que nací al tiempo que Mexitl creaba la tierra conocida. Con la luz vine yo a la existencia. Debes saber que cada criatura que existe en esta tierra tiene su par que corresponde a lo que llamamos nahualli. El nahualli determina lo que eres, si eres criatura de la tierra, del agua, del fuego o del viento. Pero cuando las sombras comenzaron a apoderarse de nuestro mundo, muchos perdimos nuestro par, Omácatl separó esta tierra y dejó que aquellos que le pertenecían, habitaran lo que el llamó la Tierra de la Serpiente. Ahí la gente se olvidó de su nahualli y se dedicó a darse culto a sí misma, ustedes le llaman a eso egoísmo. Omácatl sabía que habiendo dividido lo que antes era una sola tierra tendría ventaja para adueñarse de la Tierra del Águila, que las fuerzas de Mexitl se debilitarían en la medida en que quienes tenían esperanza la perdieran por el miedo y el temor. Sin su nahualli, los hombres están partidos por la mitad. Por eso es importante despertar a los Centzon Totochtin, en ellos vive el nahualli de los que aún luchan por liberar esta tierra. Nicolás, esperó a que la criatura terminara. De repente, preguntó con cierto titubeo: -¿Eso significaría que yo también tengo mi propio nahualli, habitando en estas tierras? Ketzalkoatl lo miró, mientras Nicolás percibía en esa mirada un fuego que ya había visto en otra ocasión, le sonrió y le dijo con voz firme: -Está frente a ti, mi joven amigo.


PREPARANDO LA BATALLA Mientras Tesoauni colocaba los cristales en la posición adecuada, Kuautik y Xiuitl vigilaban las hendiduras de la gruta acompañados de varios guerreros. Cuando dio la señal de que estaba hecho, Xiuitl se apresuró a colocar en el interior de la gruta los cristales que servirían para proyectar la luz proveniente de la luna. –Es una noche clara –señaló Xiuitl-, esperemos que se mantenga así para poder combatir a los demonios Tsitsimimej. Mientras la noche avanzaba crecía el nerviosismo, situación que notó Xiuitl. Pidió a Tesouani y Kuautik que alentaran a sus guerreros señalándoles que no dejaran que el temor los venciera, pues así serían blanco fácil para los demonios. Los rostros de los guerreros, endurecidos por las largas jornadas de espera desde la salida de sus tierras, dejaban ver a través de sus ojos el resquemor ante lo desconocido. Habían visto muchas veces a los demonios sobrevolar sus campamentos y habían sido testigos, muchos de ellos, de cuando algunos de sus parientes y amigos habían sido llevados en vilo por los aires por aquellas criaturas. Algunos eran en ese tiempo unos niños y otros ni siquiera conocieron a sus padres. Los sentimientos se encontraban, pues había en algunos el deseo de acabar con aquellos seres, pero en otros el temor de revivir el pasado se paseaba como un fantasma ponzoñoso. La noche avanzaba cubriendo con su negrura el firmamento. Xiuitl se había colocado en una esquina de la gruta, recitando a Mexitl las oraciones que había aprendido de los ancianos de su pueblo. Recordó las lejanas tierras del norte, cuando de niño todavía se distinguían las verdes hierbas creciendo por todo el cerro y en las cuales aprendió desde joven las propiedades curativas de muchas de ellas. Recordó aquel trágico día en que encontrándose todos a la luz de la luna, los Tsitsimimej arrebataron de sus hogares a muchos guerreros, entre ellos a su padre; recordó los gritos desesperados de su madre que, impotente, gritaba al cielo para que le fuera devuelto su esposo. Al día siguiente, los ancianos reunidos, le señalaron el camino que habría de seguir durante cuatro años aproximadamente. Le dijeron que tenía que ir a la tierra de Ixachi, para pedir ayuda y consejo del sabio, en el camino se hizo hombre y conoció a aquellos que buscando también respuesta se le unieron, aquellos que ahora se encontraban con él, sumidos en esa gruta, esperando al tan temido enemigo. Hacía tiempo ya que no veía a sus amigos ni parientes, ni siquiera estaba seguro de que vivieran, pero en su corazón latía la esperanza de que los volvería a ver. De repente, un grito lo sacó de golpe de sus pensamientos. Era Kuautik, que gritaba con fuerza: -¡Ya están aquí, a las armas! Xiuitl se incorporó para preparar la defensa, no sin antes acercarse a sus amigos para tomarlos de los hombros y decirles: -¡Qué Mexitl guié nuestras manos y conduzca nuestras vidas! *** Pasada la sorpresa, continuaron caminando. Nicolás miró fijamente al ketsalkuetspalin. Con el poco reflejo de luz que se podía apreciar, pudo admirar entonces con detenimiento, en toda su majestuosidad al animal. –En verdad eres mi nahualli –expresó Nicolás casi sin pensarlo-. Ahora entiendo por qué desde niño sentía tanta fascinación por los seres como tú. Cuando veía en libros alguno que se parecía a ti, trataba de captar cada uno de los detalles.


Pero, algo me inquieta. Si tú eres mi nahualli, supongo que lo que en mi mundo se creía era una criatura imaginaria, en realidad existía. Entonces, ¿dónde están los demás nahualli? Ketzalkoatl, bajo la mirada y respondió con cierta melancolía: -Cuando Omácatl lanzó al mundo del que provienes a aquellos que ya habían sucumbido a su poder, se dio a la tarea de exterminar a todos sus nahualli. Yo pude librar ese destino, porque tu nacimiento fue posterior a ese momento y permaneció oculto a Omácatl. Mexitl me tomó y me llevó como un cachorro a las Cumbres Grises y me alojó en las Grutas Pitsali. Mientras crecía, los Centzon Totochtin me alimentaban con la brisa y el rocío que provocaban en las grutas. Sabía que existías, pero no sabía en qué momento nos encontraríamos. Así, Omácatl acabó con todos o casi todos los ketsalkuetspalin de la Tierra del Águila. Sé que existen otros como yo, pero nunca los he visto y creo que difícilmente los podré ver. Ketzalkoatl calló por un momento hasta que se detuvo bruscamente. Delante de ellos se levantaba una enorme roca. Hasta entonces Nicolás percibió la gruesa niebla que inundaba el ambiente. Era una neblina suave que, no obstante, impedía ver más allá de unos cuantos pasos. La roca se abrió paso como una gran masa entre la nada. Era de un color ocre intenso hasta donde se podía observar. En los lados infinidad de salientes le daban un aspecto macabro, cual si fueran lanzas a punto de ser disparadas. –Este es el lugar en el que algunas de las preguntas que aún andan por tus pensamientos se disiparán –señaló Ketzalkoatl, mientras observaba a Nicolás-, debemos buscar un lugar por el que entremos sin ser vistos. -¿Por qué no simplemente nos elevamos y entramos volando? El ketsalkuetspalin tomó con sus garras una roca de mediano tamaño y arrojándola con fuerza le indicó a Nicolás: -Observa. Al instante, múltiples puntas salieron disparadas de la roca hacia el pedruzco que Ketzalkoatl había lanzado, haciéndola añicos y cayendo pulverizada sobre la cabeza de Nicolás que, instintivamente, levantó los brazos para cubrírsela. –No hay nadie que vigile este lugar, porque Mali es la roca en donde están prisioneros los enemigos de Omácatl. Para llegar a donde está tu madre debemos entrar en él sin que lo perciba. Nicolás no entendía, era poco más que imposible que se pudiera entrar en algo que en apariencia tenía vida propia, más aún si con tan sólo pasar delante de la extraña criatura ésta disparaba inmisericorde sus dardos. Ketzalkoatl se dirigió entonces a Nicolás señalándole que el mal sólo distingue en las cosas el mal que puede existir, pero en los seres animados está definido lo que éstas tienen en su ser, pues su corazón no puede ser neutral al bien o al mal. –Ahora es cuando debes mostrar de qué está hecho tu corazón. Nicolás no comprendió del todo las palabras de su nahualli, pero dentro de él un calor crecía hasta dar la impresión de que lo iba a quemar. Al mismo tiempo se dio cuenta que Ketzalkoatl adquiría un color como de fuego. Sus plumas adquirieron un brillo singular y repentinamente un estallido de luz lo inundó todo. Nicolás sintió que caía en un abismo y la sensación de querer asirse de algo sin poder hacerlo comenzó a apoderarse de él. Su pensamiento se dirigió entonces hacia las personas por las que sentía un afecto especial, sus amigos de la aldea Ixachi, los amigos que había dejado en su mundo y por supuesto Sitlali. Al recordarla, una ola de oscuridad atravesó delante de él y mientras se alejaba ésta adquiría el rostro de un ser descarnado que lo miraba burlonamente. Comprendió Nicolás que Sitlali estaba siendo sometida por Omácatl y que de no hacer lo correcto seguramente toda la Tierra del Águila quedaría a merced del Oscuro.


Volteó la mirada Nicolás y pudo ver entonces al enorme guardián de piedra, que era a la vez prisión de los enemigos del mal. Con una determinación que ni él mismo se conocía, se dirigió hacia la criatura y cual centella lo atravesó dejándose escuchar un violento alarido al tiempo que el cuerpo de Nicolás se revolvía en espasmos para nuevamente dar paso a un estallido de luz. Sin saber exactamente lo que había ocurrido, Nicolás se levantó aturdido y miró a su alrededor. El lugar era sumamente lúgubre y prácticamente no se veía nada. De no ser porque Ketzalkoatl iluminó en ese momento su espina dorsal seguramente no se habría dado cuenta de lo que ahí había. *** Los Tsitsimimej se habían dejado ver en el cielo cuando Xiuitl tomó su arco al tiempo que silbaba para que su fiel Xoloit se apostara en la entrada de la gruta. Kuautik tomó su enorme escudo y blandió su espada, mientras que Tesouani agarró con fuerza su makahuitl y su lanza. En el momento en que los demonios pasaron por encima de la gruta, los guerreros se dieron cuenta que en esa ocasión no venían desnudos como siempre, sino embridados con sendos pectorales de color negro que brillaban ante los tenues destellos de la luna. Todos se quedaron sorprendidos al ver la cantidad de Tsitsimimej que estaban sobrevolando los campos de Ixachi. En realidad, parecía que la batalla que estaba a punto de librarse era la última. –Si estos demonios impiden el paso de la luz hacia los cristales, difícilmente podremos tener ventaja sobre ellos. Kuautik tenía razón en eso, pero ya Xiuitl había previsto algo así. Tomando su arco, dejó a un lado la aljaba en donde guardaba sus flechas. Impregnó algunas con hierba akayetl e inclinando el cuerpo lanzó hacia el cielo sus dardos. El efecto que tuvo esto fue apoteósico: los dardos dieron en el blanco de dos Tsitsimimej que cayeron cerca de la entrada a la gruta. Xoloit los remató, mientras que en el cielo los demonios parecieron confundidos. Una parte se replegó en dirección a al gruta mientras que otra parte continuó su camino hacia la aldea. Xiuitl aprovechó la confusión para colocar en posición el cristal en el interior de la gruta. Al instante, la luz de la luna se proyectó en el cristal que Tesouani había colocado en la parte superior de la misma. Entonces, cual si se tratara de un juego, la luz se reprodujo en cada uno de los cristales hasta dejar paso a un haz de luz que inundó el firmamento. Los Tsitsimimej que se habían quedado rezagados se vieron cegados por tan intensa luz. En ese momento Xiuitl gritó con voz potente, dirigiéndose a los guerreros: -¡Ahora! La gritería fue estridente, mientras los guerreros comenzaban a lanzar sus flechas y lanzas hacia el aire causando estragos entre los demonios que no sabían lo que estaba ocurriendo. Los que caían heridos eran rematados en tierra por las espadas y makahuitles de los valerosos combatientes. Tesoauni hizo estragos entre los demonios caídos, propinando sendos golpes con su makahuitl mientras que Kuautik no esperaba a que tocaran el suelo, pues usando su escudo como arma golpeaba en el aire a los Tsitsimimej que caían aturdidos por la luz. Xiuitl flechaba a aquellos demonios que trataban de alejarse y Xoloit iba a rematarlos una vez caídos. Los guerreros, al ver que lo planeado estaba dando resultado, se animaron y corrieron hacia la aldea tratando de dar alcance a los demonios que no se habían detenido sobre la gruta. Al ver esto, Xiuitl se alarmó. Los Tsitsimimej eran vulnerables por la luz que habían creado con la ayuda de los cristales, pero en la espesura de la noche que caía sobre la aldea, ellos tenían ventajas, además de que sabía que no bastaban las armas para herirlos de muerte.


Xiuitl quiso advertir a los guerreros sobre el peligro, pero cuando estos advirtieron lo que ocurría, ya los demonios llevaban al vuelo a varios de ellos entre gritos de dolor y espanto. Tesouani empezó a vociferar hacia los guerreros que estaban más atrás, diciéndoles que regresaran a la gruta. Sin embargo, los demonios eran más veloces y cual ráfagas empezaron a hacer estragos entre el ejército de Ixachi. Xiuitl tomó entonces uno de los cristales y le pidió a Kuautik que hiciera lo mismo. Proyectó entonces la luz que salía del cristal que habían colocado en la entrada de la gruta y la dirigió hacía donde Kuautik. La luz salió disparada hacia la negrura del cielo cual centella, hiriendo en los ojos a los Tsitsimimej y permitiendo así que los guerreros que huían pudieran llegar a la gruta y resguardarse. En sus ojos se reflejaba el terror, pero Tesoauni no les permitió un respiro, instándolos a tomar de nueva cuenta sus armas y lanzarlas contra los demonios que seguían acechando la gruta, aunque esta vez poniendo distancia de por medio. –Estoy seguro que esto no los detendrá completamente –señaló Xiuitl-, debemos encontrar otra manera para acabar de una vez con estos demonios. No bien acabó de decir aquellas palabras cuando un potente chillido resonó en el aire. -¡No puede ser! –exclamó Tesouani. –¡Por Mexitl, qué es eso! –se escuchó entre varios guerreros. La expresión de asombro que salió de los labios de Tesouani estaba justificada. En el cielo se dibujó la presencia de la criatura más horrible que sus ojos hubieran visto. Se trataba del Teselotl, el padre de los Tsitsimimej. -¡Qué Mexitl nos ampare! –expresó Kuautik, mientras en los rostros de los guerreros la mirada se perdía en el firmamento oscurecido ante la imponente figura de tan bárbara criatura.


UNA VISITA DEMASIADO APRESURADA La experiencia de estar solo era demasiada para Nicolás. Aquel lugar le recordó las horas que pasaba en los rincones de la biblioteca, solo y sumido en las lecturas que hacía y sus pensamientos. Recordaba también los momentos en que refugiado en su habitación trataba de entender el por qué de esa insistente inclinación hacia aquellos libros, cuyos relatos le parecían tan reales. Recordaba algunos títulos: El corazón del guerrero, La llama del mundo o El triunfo de Ixachi, pero sobre todo aquel que no había ni siquiera llegado a leer en su primera parte y cuyo título era demasiado profundo a su manera de ver, era aquel mismo libro que había estado leyendo justo antes de que ocurrieran todas aquellas cosas que lo llevaron a ese lugar, recordaba bien el nombre, Los Manuscritos de la Vida. Aquellas lecturas le descubrían una a una partes de su propio ser que, de manera irremediable, lo fueron encaminando a su destino. Ketzalkoatl sacó de sus pensamientos a Nicolás y le indicó una luz que se veía al fondo. Entre la luz que se desprendía del ketsalkuetspalin y las sombras que se dibujaban en lo que parecían paredes, Nicolás advirtió movimientos que rozaban su rostro y sus brazos. En algún momento le pareció que los muros se plegaban y formaban rostros que querían escapar de algo. Ketzalkoatl le dijo que no se detuviera, que continuara, pues las almas que estaban cautivas en el Mali buscaban aferrarse al mundo de la luz, pues en su prisión todo era oscuridad y lamentaciones. –Mantente lejos de sus insinuaciones, pues aunque no son malos seres, su corazón no distingue con claridad el bien del mal. Quieren salir como quien ha quedado preso, sin saber con certeza el por qué. Anda, mi joven amigo, es hora de que conozcas a tu madre. Al ir avanzando, un temblor sacudió el lugar. Nicolás fue arrojado hacia la pared y de no ser por Ketzalkoatl, muchas manos estaban listas para sujetarlo y llevarlo a los confines de la prisión de sombras. –Creo que Mali sabe que estamos dentro y busca la manera de expulsarnos. Hay que darnos prisa Aejekatl. ¡Ve, es la luz que nos indica que ya hemos llegado! ¡Ahora te toca a ti! Nicolás no entendió lo que había dicho su nahualli, pero al encontrarse de frente a la luz, pudo percatarse de que se trataba de una esfera luminosa y, dentro de ella, se encontraba una mujer tan hermosa que Nicolás creyó estar ante una visión. Sus cabellos eran una cascada color naranja, rizados hasta la mitad de la espalda; sus ojos eran de un color violeta, amplios y con unas cejas muy bien formadas; su figura era grácil, esbelta y con gran porte, su piel lucía un rosa pálido que evidenciaba su falta de contacto con la luz; algunas arrugas surcaban su frente y los pómulos, pero eso no opacaba en nada su hermosura. Al estar cerca de ella Nicolás quiso tocar la esfera, pero como si se tratara de un cerco eléctrico, ésta lo rechazó. Ketzalkoatl le señaló a Nicolás que la esfera era el corazón mismo de Mali, y que para liberar a Chimalmak era necesario que su corazón encontrara al de su madre. Nicolás notó entonces que la hermosa dama no parecía haberse percatado de su presencia, pues continuaba concentrada observando algo que Nicolás no alcanzaba a distinguir. De repente, los ojos de Chimalmak se fijaron en la esfera, como si tratara de escudriñar más allá de las paredes que la tenían prisionera. Entonces Nicolás pudo ver como la mujer se llevaba la mano derecha hacia el pecho, señalando su corazón, Nicolás sintió una punzada en el propio llevándose también la mano hacia el lugar donde sentía el dolor. Ketzalkoatl tuvo que retroceder un poco al ver que la esfera se enanchaba. Nicolás empezó entonces a escuchar una voz desconocida que le decía: ¿Quién eres y qué haces aquí?


La voz se escuchaba como si se tratara de un eco, pero entendía claramente lo que decía. Se volvió entonces hacia donde el ketsalkuetspalin se encontraba, inquiriendo con la mirada por lo que debía hacer. Ketzalkoatl hizo el ademán de que siguiera adelante, ante lo que Nicolás concentró su pensamiento en lo que pretendía saber. –Mi nombre es Nicolás Monzón, vengo de un mundo en el que la maldad ya no se distingue del bien. He llegado aquí sin saber cómo, pero si para qué. Me han dicho que mi nombre es Aejekatl y que soy el hijo del viento. –Al terminar de pensar en esto, un intenso zumbido se apoderó de su mente, al grado de derribarlo y ponerlo de rodillas. Al interior de la esfera, la dama se puso toda inquieta, pero al mismo tiempo reflejando una inmensa alegría. –Eres el corazón de mi corazón. Hace tiempo que esperaba por ti, mi querido Aejekatl –dijo la mujer en la esfera, esta vez con claridad. Nicolás escuchó esas palabras y sintió entonces una profunda ternura. Esta vez al tocar la superficie de la esfera no lo rechazó como en la anterior ocasión. –He encontrado a mi padre Mictlantecuhtli en la montaña Techayiotl, he caminado en busca de los Centzon Totochtin para que me ayuden a combatir al ejército de Omácatl que busca adueñarse de la Tierra del Águila por completo, pero no sé qué hacer. Mi nahualli me ha dicho que sólo tú sabes cómo hacerlo. Nicolás acalló entonces sus pensamientos y escuchó a su madre. –Suponía que Ketzalkoatl estaba contigo, sólo él podía traerte a este lúgubre sitio. La Chimalmak sonrió, entonces se dirigió nuevamente a Nicolás. –Los Centzon Totochtin han sido los guardianes de la esperanza de todos los vivientes, de éste y de otros mundos, pero la razón que los lleva defender a los hombres y mujeres está por encima de lo que para nosotros puede ser obvio. No defienden ni la libertad, ni el honor, ni la gloria, ni ninguna de estas cosas. Cuando fueron creados, su única misión era la de conservar el equilibrio en toda la creación, pero cuando Mictlantecuhtli fue seducido por el mal, los Centzon Totochtin tuvieron que refugiarse en las Cumbres Grises, pues Mictlantecuhtli era la cabeza de todos ellos. Sólo él podía guiarlos en su misión, pero al haberse perdido no les quedaba más que la esperanza de que algún día regresara a ellos –la mujer hizo una pausa como si tratara de recordar a detalle todo lo que había ocurrido, entonces continuo. Cuando todo eso había ocurrido, Mexitl tuvo la oportunidad de dirigirse a su antiguo guardián. Le señaló que aun podía liberarse de las cadenas que lo ataban a Omácatl, pero él se resistió. Mexitl le dijo que si alguna vez sentía amor por una criatura y ésta a su vez le correspondía, su corazón sanaría y podría descansar, de la misma manera que el equilibrio en el orden de las cosas se restauraría como consecuencia de ese amor. La dama hizo una nueva pausa, mientras Nicolás trataba de encontrar en las palabras que había escuchado una respuesta a sus interrogantes. –Cuando Mictlantecuhtli quiso alejarse de la presencia de Omácatl, éste sospechó que en su corazón estaba anidándose el remordimiento. Sabía que si aquel sentimiento se convertía en arrepentimiento, no dudaría en revelar el lugar en el que se encontraba el Corazón de Jade. Así que envío al Centzon Totochtin a la región de la ilusión, que se encuentra en la montaña Techayiotl, en donde ha vagado por varios ciclos sumido en la tristeza y la desesperanza. En ese tiempo Omácatl aprovechó para adueñarse de gran parte de la Tierra del Águila y concibió un mundo en el que ni el bien ni el mal se distinguen, ese mundo es el mundo del que tú vienes, mi querido Aejekatl. Ketzalkoatl, se acercó a donde Nicolás se encontraba y le señaló el libro que la dama estaba leyendo justo cuando llegaron al lugar. Nicolás notó que el libro tenía un gran parecido a aquel que se encontraba leyendo justo antes de que llegara a la aldea


de Ixachi. Sólo notó que aquel era mucho más grande y que las hojas parecían vivas, como si lo que en ellas estaba escrito estuviera ocurriendo realmente. –Dígame una cosa, Señora, ¿cómo es que conoció a quien dice es mi padre y de qué manera pudo concebir de él a un niño, siendo que estaba prisionero? La Chimalmak posó su mirada en lo alto, como si sus ojos quisieran traspasar las paredes que la sometían en ese lugar; en un momento una nueva perturbación sacudió el recinto, como si el Mali estuviera percibiendo lo que dentro de él ocurría y quisiera sacar de su interior a los extraños que le molestaban. –Hasta las criaturas que en esencia son malas, experimentan la molestia de lo que les es ajeno –señaló Ketzalkoatl, al tiempo que giraba sobre sí mismo para acomodarse en actitud de espera, mientras Nicolás dialogaba con su madre. Después de un suspiro, la dama se hizo escuchar nuevamente. –Mexitl es misericordioso con sus criaturas, así que sintiendo compasión por su querido Mictlantecuhtli, hizo crecer en el campo de la montaña en donde se encontraba preso, una hermosa flor. Era bella de verdad con pétalos color violeta y hojas aterciopeladas. Mictlantecuhtli se maravilló cuando la vio por primera vez y sintió en su corazón encender un fuego maravilloso hacia aquella flor. Todas las mañanas detenía su etéreo caminar para prodigarle palabras de ternura a aquella criatura. Hasta que un día se atrevió a levantar la voz hacia el cielo y clamar a Mexitl: ¡Oh divino creador de todo lo existente! ¡Mi vida ha sido miserable desde el día en que decidí dejar de contemplar la magnificencia de tu rostro! Ahora, heme aquí, varado en las sombras y la lúgubre morada etérea. ¡Señor de la luz, dame la oportunidad de concebir de nueva cuenta la esperanza en mi corazón que casi se ha vaciado! ¡Dame, Mexitl, la oportunidad de que esta llama que aún arde en mi ser, sea correspondida con el amor! Mictlantecuhtli, terminó su plegaria, que era como una súplica con los ojos bañados en lágrimas. Cuando inclinó la cabeza para continuar su andar, una lágrima cayó sobre aquella flor y entonces, ante sus ojos, aquella criatura se transformó en la que tú, Aejekatl, estás viendo. En mi vientre latía ya la vida de un nuevo ser, que fue concebido con la súplica de la esperanza y la simiente del viento que clamaba perdón. Nicolás no pudo menos que admirarse de lo que acababa de escuchar, pero lo que no comprendía era el hecho de que hubieran tenido que dejarlo a él en un mundo distinto al que pertenecía y tan solo, sin saber siquiera cuál era el objetivo de su existencia. Su madre escuchó sus pensamientos y se apresuró a contestar. –Para que tu existencia se mantuviera en secreto, era necesario que Omácatl no supiera siquiera que su antiguo servidor había concebido en una flor al que sería el que Mexitl había destinado para liberar a su pueblo. Durante el tiempo, antes de que nacieras, resultó sencillo ocultar tu existencia. Ketzalkoatl, quien vino a existir juntamente contigo, se encargó de protegerme en las Grutas Pitsali. Pero al llegar el momento de darte a luz, era necesario ocultarte. Elegimos el mundo donde no hay distinción del bien y el mal para que te criaras en el hogar de una buena pareja, que aceptó gustosa renunciar a la vida en estas tierras para preparar el camino de la liberación: son los que tú conoces como tus padres. Ellos se encargaron de cuidarte y enseñarte lo necesario para que, llegado el tiempo, pudieras cumplir tu destino. Nicolás asombrado, pero con un sentimiento más sereno, debido a que suponía que algo así explicaba el por qué sus padres en el mundo siempre estaban procurando que aprendiera a distinguir entre el bien y el mal, entre lo bueno y lo malo, dejó que pasaran unos instantes antes de soltar la pregunta. –Y dime, madre, si mi destino es restaurar el orden en la tierra ¿cómo he de lograr que los Centzon Totochtin luchen a mi lado? ¿Cómo he de convencerlos de


luchar contra Omácatl, si dices que no les interesa nada como la justicia, el honor o la virtud? –La respuesta la tienes tú mismo mi querido Nicolás. El libro que tú comenzaste a leer con afán en tus momentos de soledad antes de venir aquí, es la llave para liberar a esta tierra de la nefasta influencia de la oscuridad. Ese mismo libro que en este momento leo, es el que me ha dicho que estás aquí aunque no puedo verte. Mis ojos anhelan mirar tu rostro, el rostro que no conozco. Entonces dos lágrimas resbalaron por el rostro de la mujer, al tiempo que le decía a Nicolás: -Regresa al mundo, querido hijo, y busca en los Manuscritos de la Vida, busca dentro la respuesta a tu pregunta, yo estaré siguiendo tu caminar y no temas, tus amigos están bien, pero debes darte prisa, porque tu amiga libra una batalla, ella sola, y Omácatl la castiga arteramente para forzarte a rendirte. Ten fe y confianza hijo mío, Mexitl te acompaña, el corazón del viento y del amor están unidos al tuyo.


UNA DEFENSA VALIENTE Para cuando Xiuitl había agotado sus flechas, tomó una makahuitl que blandió con verdadera maestría. Gritaba animando a los valerosos guerreros que habían empezado a tomar confianza al ver que los Tsitsimimej se iban replegando. Tesouani y Kuautik confiaban en que la batalla terminara pronto, pero el desgarrador alarido que cortó la noche los dejó perplejos y con un mal presentimiento. El cielo se fue opacando conforme la figura del Teselotl se aproximaba. -¡Rápido, entremos a la gruta, debemos pensar en algo más para combatir a esta criatura! Xiuitl gritó de tal manera que la respuesta no se hizo esperar. Cuando el demonio tocó tierra, ésta se cimbró de tal manera que los guerreros sintieron como si un sismo estuviera ocurriendo. La bestia era en verdad impresionante y horrenda. El cuerpo estaba cubierto por una piel rojiza escamosa que recordaba la piel de las serpientes. Sus extremidades eran musculosas, marcadas por venillas que daba la impresión de estar a punto de reventarse. En la espalda dos enormes alas de vampiro remataban su espina dorsal que terminaba en una cola de dragón en cuya punta se veía un enorme hueso en forma de lanza. El rostro no era menos espantoso, los ojos estaban inyectados todos de sangre y la nariz prácticamente no existía excepto por los orificios que hacían de respiradero. Las orejas eran puntiagudas, llenas de cerdas de pelo gruesísimo, el mismo que adornaba su cráneo casi calvo en una franja que iba de la frente hasta la nuca. Los bramidos que salían de sus fauces eran un sonido que parecía extraído de las mismas entrañas del abismo de la oscuridad. Xiuitl sabía que acabar con aquella criatura iba a requerir más que la luz que los cristales proyectaban, pues el Teselotl acostumbraba andar entre la luz y las tinieblas. –Creo que su presencia en este lugar obedece a algo más que nuestra lucha contra los Tsitsimimej –señaló Xiuitl con la voz agitada-, el Teselotl sólo aparece cuando Omácatl sabe que un corazón humano está a punto de perderse y se asegura de que nadie se lo arrebate. Tesoauni miró con preocupación hacia la aldea. Ellos sabían que Sitlali se encontraba en una situación crítica y la presencia de la criatura solo les indicaba que estaba perdiendo la batalla ante Omácatl. –Debemos hacer algo o de lo contrario Sitlali estará condenada a la oscuridad por siempre y el ejército de los guerreros oscuros tendrán un camino rápido hacia Ixachi. Sabían lo que eso significaba: el fin de su mundo y las tinieblas eternas sobre la Tierra del Águila. Kuautik se había mantenido al margen en esta conversación, como si su mente estuviera recordando. De repente, saltó de tal manera que causó sorpresa entre Tesouani y Xiuitl. –¡Esperen, esperen! Recuerdan cuando caminábamos hacia la tierra de Teoyojtika y Nicolás se extravió, mientras que nosotros sentíamos que habíamos perdido el rumbo. Recuerdan que eso ocurrió por efecto de los árboles que allí se encontraban. -¡Sí, lo recuerdo, eran árboles de Istakayotl, -recalcó Tesouani al tiempo que sus ojos se fijaban en su compañero de batalla-, causaban visiones en los que se exponían a su efecto! –Miren, he guardado esto en mi bolso todo este tiempo. Pensé que podría servirnos en algún momento. Los dos guerreros se miraron confundidos ante las palabras de Kuautik, pero este se apresuró a explicarles lo que pensaba. –Recuerdan cómo, bajo los efectos de esta planta, empezamos a imaginar aquellas cosas que más deseábamos, -miró a sus compañeros al tiempo que extendía las manos mostrándoles las hojas del árbol-, pues eso podemos hacer con Sitlali. Ella


desea profundamente que Nicolás regrese y que esté aquí. Si logramos que crea que eso es real, el miedo y la desesperanza se alejaran de ella y por lo tanto de Ixachi. No habrá manera de que se abra un portal que permita la llegada de los Teyaotlani a la aldea. La idea parecía descabellada, pero dadas las circunstancias valía la pena intentarlo. Sin embargo, había un problema: para llegar a la aldea tenían que atravesar por el sitio en donde el Teselotl se había colocado. Había que buscar otro camino para llegar donde se encontraba Sitlali. *** Una vez que le fue revelado a Nicolás el sitio en dónde debía buscar, la pregunta salió espontánea de su boca. –Dime, madre, ¿por qué no me dices tú, ya que el libro que tienes ahí es el mismo en el que yo debo buscar, cómo debo hacer para que los Centzon luchen contra los Teyaotlani? La mujer, levantó su rostro, posando su mirada en la pared de la esfera, justo en el sitio en donde se encontraba Nicolás, como si supiera que allí se encontraba, enseguida dio la vuelta y se posó sobre el tripie que sostenía el libro. Tras una pausa que a Nicolás le pareció una eternidad, habló. –Mi querido Nicolás Monzón, el viento que hay en tu ser te hace ser impetuoso. Nada de lo que hay en este libro puede ser contado o leído dos veces del mismo modo. Mi vida es un relato sólo abierto para mí, pero cerrado en otros caminos. Lo que tú leas, será entendido sólo por ti y las respuestas que escuches al leer sólo las podrás comprender tú. A mi me ha bastado con saber que tú estás aquí, aunque no pueda verte, pero no puedo saber cómo ha de terminar todo. Esa parte te toca a ti y sólo a ti. –Dime madre, ¿hay otro libro como este en esta tierra donde yo pueda encontrar la respuesta que busco? –Hijo mío, Mexitl fue prudente al crearlo todo y el libro en donde están los Manuscritos de la Vida no es algo que pueda existir como las hojas de los árboles o las nubes que se contemplan en los cielos o las partículas que arrastra el viento cuando sopla. No, mi querido Aejekatl, sólo existen tres libros como éste, los otros dos están, uno, en manos de nuestro enemigo, el otro, es el que tú tomaste de la biblioteca del viejo Amoxkali, el librero que tanta inquietud te causó. Por generaciones él lo guardó, esperando el tiempo en que había de entregártelo. –Eso quiere decir que tendré que regresar a mi mundo o lo que podría llamar mi mundo y buscar el libro. -¿Qué quieres decir? –preguntó la mujer al momento que su rostro mostraba un gesto de preocupación. –Que cuando llegue a este lugar, me encontraba en la calle caminando con el libro, pero cuando los Tsitsimimej me acosaban creo que lo perdí. Cuando desperté no lo tenía en mi bolso. Así que tendré que buscarlo. –Pues entre más pronto vayas y lo encuentres será mejor. Recuerda hijo que el libro te buscará, así que ten paciencia al leerlo. –Descuida, madre, la tendré. Nicolás se acercó a la esfera al igual que la dama. Ambos posaron sus manos en la pared. Nicolás se llevó la mano a la boca y simbólicamente besó a su madre en la palma de su mano. –Madre, espero que esto termine pronto. La mujer sonrió y le dijo a Nicolás: -¡Ve ya, hijo mío, que toda esta tierra ha puesto su esperanza en ti!


*** El Teselotl se acercó a la boca de la gruta buscando a los guerreros que, para evitar ser tomados, se arremolinaban en el fondo de la misma. Xiuitl observó entonces que en la parte superior, por donde habían colocado el cristal que proyectaba la luz hacia dentro, había la posibilidad de salir. Se necesitaba, sin embargo, que alguien pequeño se encaramara y pudiera distraer al Teselotl mientras alguien más salía con las hojas del árbol de Istakayotl rumbo a la aldea. –¡Necesito que sea veloz! –expresó Xiuitl sus pensamientos en voz alta mientras Tesouani y Kuautik lo miraban extrañados. –¡Escuchen, amigos!, enviaremos a Xoloit a la parte alta de la gruta para que distraiga a los demonios y lleve al Teselotl lejos de la entrada, una vez libre podrá salir alguno de nosotros llevando las hojas para dárselas al sabio anciano y éste a su vez a Sitlali. –Bien –dijo Tesouani-, ayudemos a este amigo a llegar hasta arriba. Tomó entonces a Xoloit en sus hombros y escalando las paredes de la gruta lo colocó en la hendidura de tal manera que pudiera salir en cuanto Xiuitl se lo indicara. –Espera allí, amigo. Veamos valientes guerreros, ¿quién de ustedes se puede mover como el viento y es capaz de arriesgar su vida en esta empresa? Los guerreros se miraron entre sí, como esperando que la respuesta llegara caída del cielo. De repente una voz se alzó de entre el grupo. –Mi nombre es Isiukak y me llaman pies veloces, porque en mi aldea era un tlanauatili que llevaba los mensajes de aquí a allá. –Bien amigo, hoy serás mensajero de esperanza para estos guerreros y para toda la Tierra del Águila. En esta bolsa hay hojas de árbol Istakayotl. Debes llevarlo hasta la choza del sabio anciano y decirle que es necesario que exponga a su hija al efecto de ellas. No es necesario que le digas más, pues seguramente él sabe que no debe exponerse a los efectos de las hojas. En cuanto a ti procura alejarte de la choza, pero no te arriesgues a regresar si no es necesario. El joven guerrero, que no medía siquiera el metro sesenta de estatura, era espigado y Xiuitl adivinaba que no debía frisar más de los diecisiete años. Tesoauni admiró el valor del jovencito, mientras que Kuautik colocó en el pectoral lapislazuli del muchacho una insignia con un águila elevando el vuelo. Xiuitl asintió con la cabeza y dándole el bolso al joven hizo una señal para que Tesoauni preparara a Xoloit. Entonces soltó un silbido que hizo respingar al perro lobo, que inmediatamente saltó hacia el exterior no sin antes dar una serie de rasguños en el brazo de Tesoauni. -¡Ah, amigo, da gracias de que estás de nuestro lado! –refunfuñó Tesouani mientras se tocaba instintivamente los brazos. Acto seguido bajó para apostarse en la entrada de la gruta junto a sus amigos. Xoloit comenzó a ladrar tratando de atraer la atención del demonio. Al inicio la distracción sólo fue para los Tsitsimimej que se lanzaban contra el perro tratando de capturarlo. Éste ágilmente corría de un lado a otro sin dejar de ladrar. Finalmente, ante el escándalo que estaba armando, el Teselotl, dirigió su atención hacia el lugar en que se encontraba. Sus pasos eran torpes y su boca chorreaba una repugnante baba verdosa, con sus brazos trató de sujetar al perro, pero sin conseguirlo. Xoloit se alejó más de la gruta ante el enojo del demonio que hacía todo lo posible por atraparlo. En el interior de la gruta, los guerreros se apostaron para dirigir la luz de los cristales hacia el exterior a fin de mantener a raya a los Tsitsimimej y permitir que Isiukak saliera corriendo rumbo a la aldea. En el momento en que Teselotl se alejó de la entrada, la luz de los cristales salió disparada encegueciendo a los Tsitsimimej que aún permanecían esperando. Isiukak corrió a toda velocidad, librando los pequeños arbustos que crecían a la entrada y los pedruscos que habían dejado caer los demonios al iniciar su ataque. Tras la repentina sorpresa, los Tsitsimimej se lanzaron


dando alaridos en pos del valiente guerrero, olvidándose del resto, quienes con arco y flecha empezaron a diezmarlos entre gritos de dolor y furia. El Teselotl, al escuchar el alboroto, se dio media vuelta para ver qué ocurría y al darse cuenta dejó escapar un estridente rugido al tiempo que avanzaba hacia el lugar en donde Isiukak se encontraba. Xoloit intentó distraerlo nuevamente, pero esta vez el demonio dando un coletazo lo alejó después de azotar con su extremidad la tierra, cimbrándola hasta hacer volar al valiente perro. El monstruoso ser tomó impulso tratando de elevarse y de esa manera llegar más rápidamente hasta Isiukak. Xiuitl al ver lo que ocurría le señaló a Tesouani el cristal que se encontraba en la parte superior, indicándole que lo dirigiera a la entrada de la gruta. Él a su vez tomó el cristal que se encontraba dentro de la misma y lo llevó hacia la hendidura en donde Kuautik y los guerreros seguían lanzando sus flechas contra los demonios. Xiuitl le gritó a Kuautik que dirigiera sus disparos hacia la cabeza del Teselotl en cuanto le proyectara la luz en la cara. A la voz de Xiuitl, Tesouani movió el cristal hacia la entrada de la gruta en donde Xiuitl, a su vez, la dirigió al monstruo. Éste al recibir la intensa luz, lanzó un bramido que evidenciaba su enojo. Con sus brazos y garras trataba de quitar la luz que lo cegaba, pero sólo lograba golpear a los Tsitsimimej que revoloteaban alrededor suyo. Kuautik y los arqueros aprovecharon para lanzarle una andanada de flechas que hirieron no sólo la cabeza, sino gran parte del cuerpo. El Teselotl había comenzado a sangrar, pero eso no iba a detenerlo tan fácilmente. Se había ganando tiempo suficiente, pero el demonio aún tenía fuerzas para seguir luchando. *** Nicolás lanzó un profundo suspiro que resonó en el interior del Mali como si se tratará de un estruendo. Al instante Ketzalkoatl se puso en pie, indicándole al muchacho que subiera. –Es necesario que salgamos ya de este sitio o el Mali pronto se consumirá a sí mismo tratando de acabar con todo lo extraño dentro de él y aún con lo que ya guardaba. ¡Vamos hijo, salgamos de aquí! Nicolás se trepó rápidamente, sujetándose del cuello del ketsalkuetspalin, que inició un veloz vuelo. Nicolás volvió el rostro, únicamente para observar como la esfera en donde estaba su madre prisionera se iba opacando hasta quedar convertida en una masa rocosa de un gris oscuro. –Tenemos que regresar por ella, Ketzalkoatl –le señaló Nicolás a su nahualli que ya se dirigía hacia el lugar por donde habían entrado. –Será más tarde mi querido amigo, ahora es necesario que nos ayudes a cruzar el Mali tal como lo hiciste al entrar. Nicolás cerró los ojos y pensó en sus amigos nuevamente. Recordó el rostro de Sitlali y de nueva cuenta el haz de luz estalló cual ráfaga, pero esta vez el efecto fue mucho más breve que cuando habían entrado. Ketzalkoatl no detuvo el vuelo, sino que con rapidez se alejó de aquel sitio. –Es importante que vayamos a Ixachi. Necesito preguntar al sabio cómo puedo regresar a mi mundo para encontrar la respuesta. ¡Debemos apresurarnos! El ketsalkuetspalin escuchaba mientras sobrevolaba los bosques que separaban la Tierra de Mali de las Cumbres Grises para divisar en pocos instantes la montaña Techayiotl. Nicolás pudo entonces ver lo que ocurría a lo lejos: la luz de los cristales que estaban proyectando sus amigos le indicó que algo ocurría. Fue entonces que pudo ver las lenguas de fuego que, brotando del hocico del Teselotl, parecían arrasar con todo. -¡No, vamos amigo, tenemos que ayudarlos! Ketzalkoatl incrementó la velocidad en su vuelo mientras le preguntaba a Nicolás:


-¿y cómo se supone que ayudaremos a los habitantes de Ixachi? Me parece a lo que alcanzo a ver que se trata del Teselotl, el rey de los Tsitsimimej, el que está en la aldea. Debe de estar a punto de llevar un alma a la morada de Omácatl. Nicolás pensó en Sitlali y su corazón sintió una punzada que le dolió profundamente. Sabía que Sitlali estaba siendo asediada de algún modo por Omácatl y que dependía de que él lograra despertar a los Centzon Totochtin el que pudiera salvarla. A lo lejos pudo adivinar lo que ocurría y se apresuró a combatir al lado de su nuevo amigo, de su nahualli.


UN REGRESO VICTORIOSO La llegada del joven guerrero a la choza tomó por sorpresa al anciano. El ruido que se escuchaba lo tenía preocupado, pues sabía lo que significaría para toda la Tierra del Águila el que los Tsitsimimej acabaran con la única resistencia hacia Omácatl. –¡Sabio anciano, mis compañeros resisten con valentía, pero es necesario que ahora seas tú quien nos alientes! –habló jadeante mientras extendía el brazo hacia el sabio-. En este bolso hay contenidas hojas de un árbol que Xiuitl ha dicho tú conoces y sabes para qué sirven. Me han pedido que te las entregue y me resguarde de sus efectos. Aquí están, tú sabrás que hacer con ellas. El anciano abrió el bolso y en su interior pudo ver las hojas de Istakayotl. Comprendió entonces lo que Xiuitl pretendía. Con sumo cuidado las dejó caer sobre el descanso de Sitlali que deliraba por los efectos de una intensa fiebre. Al instante se alejó, esperando el efecto que causarían en su hija. Casi de inmediato, el sueño intranquilo de Sitlali se transformó en un remanso. Dormida empezó a hablar a Nicolás como si en ese instante lo estuviera viendo: -Mi querido Nicolás, qué bueno que has vuelto y has traído contigo a los guerreros de la luz, finalmente nuestro pueblo será liberado de las tinieblas en que lo ha sumido el maligno Omácatl. Ya no tengo miedo, porque ahora estás aquí. Protégeme, mi querido Nicolás. Afuera el ruido se hacía más intenso, toda vez que el Teselotl había comenzado a golpear las paredes de la gruta intentando hacer salir a los guerreros que se encontraban resguardados dentro, olvidando de momento al guerrero que se había dirigido a la aldea. Pero también el monstruo sintió que la presa por la que iba, estaba luchando contra la oscuridad y eso lo debilitaba. –Vean –señaló Tesouani-, parece que se debilita. Los Tsitsimimej arremetían con furia, pues aunque la mayoría habían sido heridos por las flechas de los guerreros, algunos golpeados en tierra por las makahuitl y las espadas, no morían, pues sólo podían ser aniquiladas ante la presencia de un alma pura, es decir, por aquel en cuyo corazón estaban los corazones de los pueblos. Los guerreros empezaban a preocuparse por tal situación, pues la luz que proyectaban los cristales no era ya lo suficientemente fuerte para combatirlos y cada vez se arremolinaban más a la entrada de la gruta. Ya las flechas eran insuficientes y Xiuitl estaba a punto de dar la orden para retroceder cuando escuchó un grito y una voz conocida. -¡Aejekatl! ¡Es Aejekatl, Nicolás ha regresado, esta aquí y viene con...! ¿Ketsalkuetspalin? La llegada de Nicolás llenó a todos de emoción. Nicolás arengó a su nahualli a escupir fuego sobre los Tsitsimimej. -¡Vamos mi buen amigo, enseñemos a estos demonios el poder de Ketzalkoatl! El ketsalkuetspalin abrió sus fauces y arrojó grandes bocanadas de fuego contra los demonios que al instante caían abrazados. Tesouani al ver el efecto del fuego del dragón en los Tsitsimimej tuvo la idea de encender la punta de sus flechas con el fuego que había caído encendiéndolos. Disparó entonces y sucedió justo lo que pensaba: el fuego del nahualli estaba lleno de la pureza de Nicolás y aniquilaba a los demonios. Acto seguido, los demás guerreros empezaron a hacer lo mismo y prontamente los demonios empezaron a ser diezmados. Nicolás gritaba arengando a los guerreros al combate mientras rodeaba al Teselotl que hacía todo lo posible por alcanzarlo. El demonio agitaba los brazos tratando de capturar a Ketzalkoatl, pero éste se escabullía haciendo que el monstruoso ser lanzara ensordecedores chillidos que lastimaban los oídos de los valientes guerreros. Nicolás le indicó a su nahualli que girara hacia la


parte alta de la gruta, para ahí hacerle frente en igualdad de condiciones. Ketzalkoatl le advirtió a Nicolás que tuviera cuidado, pues el Teselotl era un Tsitsimimej distinto. Nicolás asintió con la cabeza y al bajar del ketsalkuetspalin lanzó un grito a donde se encontraba el demonio. -¡Eh, eh, horrible bestia, aquí abajo, voltea! Nicolás le arrojaba piedras para que el demonio volteara, pero al mismo tiempo sus pasos lo encaminaban hacia la aldea en donde Sitlali parecía haberse calmado. Los habitantes de Ixachi empezaron a asomarse con cuidado al percatarse de que el escándalo había cesado. Sin embargo, más de uno al divisar a lo lejos la figura del enorme demonio que se proyectaba por el fuego que consumía los cuerpos de los Tsitsimimej, prefirieron resguardarse de nueva cuenta en sus chozas. Xoloit, que se había resguardado detrás de unas rocas, salió al encuentro de Nicolás y dando fuertes ladridos increpaba al Teselotl a darse la vuelta. Nicolás le señaló entonces a su nahualli a que se colocara en el filo de la gruta mientras él se aprestaba a enfrentar al demonio. -¡Veamos de qué estás hecho criatura de la oscuridad! ¡Anda, ven por mí! La criatura se volvió entonces y observó con detenimiento, moviendo su horrible cabeza, al joven que lo retaba. Nicolás sujetó una de las lanzas que habían quedado regadas en el terreno, cuya superficie a la luz de la luna estaba cubierta con una fina hierba y arbustos de diverso tamaño. Tomó con fuerza la lanza y entonces la arrojó hacia el demonio que recibió el golpe justo en la parte superior del pectoral derecho. El monstruo bramó de dolor al tiempo que un líquido negruzco fluía de manera intensa de la herida. Nicolás pudo apreciar el intenso brillo en los ojos de la bestia cuando se arrancó de golpe la lanza al tiempo que se abalanzaba contra él. Entonces, mirando a su nahualli, le dio a entender que abrazara con su fuego al demonio. Sin que lo esperara, el Teselotl se vio inundado del fuego purificador de Ketzalkoatl, al tiempo que Nicolás le arrojaba dos lanzas, una se incrustó en el brazo izquierdo mientras que la otra lo hacía en la pierna. El demonio bramó de tal manera que la tierra misma se cimbró mientras los Tsitsimimej que aún se encontraban en el aire acompañaron el alarido con chillidos estridentes. Los guerreros al ver que el Teselotl se movía de la entrada fueron animados por Xiuitl a salir a combatir a los demonios afuera. Tesouani fue el primero en salir, pero Kuautik lo fue en flechar a dos Tsitsimimej que ya se disponían a atacar al osado guerrero. -¡Gracias, pero creo que deberías cuidar también tus espaldas! –señaló Tesouani al tiempo que lanzaba un tremendo golpe con su makahuitl que lanzó lejos a un Tsitismimej desfigurado que pretendía atacar a Kuautik. -¡Por Mexitl, que necias criaturas, no escarmientan! –gritó Kuautik mientras tomaba su arco y lanzaba dos flechas juntas que se clavaron en dos demonios. Nicolás al ver de cerca al Teseltol le gritó a Ketzalkoatl para que se aproximara a donde estaba y tomando con fuerza a Xoloit, para resguardarlo del peligro, se encaramó sobre su nahualli. –¡Vamos amigo, debemos terminar esto de una buena vez! Ya el demonio estaba siendo consumido por el fuego que Ketzalkoatl le había arrojado, pero no cejaba en su empeño de alcanzarlo. Quiso elevarse para ir tras el ketsalkuetspalin, pero sus alas estaban destrozadas. Tomó entonces del suelo dos enormes rocas, una la arrojó hacia la aldea y la otra hacia el lugar en donde los guerreros prácticamente habían acabado con los demonios. Los guerreros vieron venir la inmensa mole tras los gritos de Nicolás que los instaba a moverse. Algunos que no alcanzaron a moverse a tiempo se apearon cerca de la entrada de la gruta quedando prisioneros dentro de la misma. Los que pudieron esquivarla tomaron flechas y lanzas y, haciendo arder las puntas con el fuego que Ketzalkoatl había arrojado sobre el Teselotl y que había hecho arder algunos arbustos, las lanzaron hacia el demonio, que se retorció de dolor ante el ataque múltiple. Sin embargo, a Nicolás le preocupó más la


roca que la bestia había lanzado contra la aldea. En ella estaban las mujeres y los niños y aquella masa podía acabar con ellos. Le gritó a Ketzalkoatl que volara rápido hacia la aldea para evitar que la piedra lastimara a alguien. Rápido, Ketzalkoatl la alcanzó, pero una vez ahí le preguntó a Nicolás: -¿Y ahora qué hacemos? Rápidamente, Nicolás recordó el trozo de jade que su padre le había dado en la montaña Techayiotl y le dijo a Ketzalkoatl: ¡En cuanto yo lo diga arroja fuego sobre la roca, el resto lo hará este trozo de jade! Ketzalkoatl, haciendo caso, se aparejó con la roca y al tenerla cerca arrojó una gran cantidad de fuego al tiempo que Nicolás gritaba: -¡Por Mexitl y por la Tierra del Águila! Al instante, del trozo de jade salió una intensa luz que se fundió con el fuego de Ketzalkoatl golpeando a la inmensa roca que, tras un estallido, se quebró en miles de fragmentos. Al mismo tiempo, en la choza en donde se encontraba Sitlali, ésta se levantó como impulsada por un resorte al tiempo que decía agitadamente: -¡Nicolás! Ketzalkoatl se posó en el suelo húmedo que rodeaba la aldea, mientras caían los pedazos de la roca. Nicolás pudo ver a lo lejos como sus amigos terminaban con los Tsitsimimej y daban cuenta del Teselotl que, no pudiendo resistir más los ataques de los valerosos combatientes, inclinaba el cuerpo mientras se iba diluyendo en un cúmulo de cenizas negras que eran arrastradas por el viento. –Creo que hemos hecho lo correcto, mi querido nahualli, ahora debemos continuar el camino. Ketzalkoatl lo miró fijamente, asintió con la cabeza y comenzaron a caminar hacia la aldea en dirección de la choza del sabio de Ixachi.


EPÍLOGO El alba comenzaba a despuntar cuando los guerreros daban cuenta de los últimos Tsitsimimej, mientras Xiuitl invocaba a Mextli en alabanzas de gratitud por darles la victoria sobre los demonios de las tinieblas. El Teselotl se desvanecía entre estertores de dolor, dejando en su lugar una nube de polvo oscuro que se elevaba y era disipada por un suave viento que comenzó a inundar el valle. Algunos guerreros empezaron a empujar sobre la enorme roca que había bloqueado la salida de la gruta, removiéndola no sin esfuerzos hasta liberar a los valientes que habían quedado dentro. Cuando lograron moverla, el grito de júbilo resonó en todo el valle, llegando a los oídos de Nicolás que entendió que todo había salido bien para sus amigos. Xiuitl se reunió con Tesouani y Kuautik para decidir lo que harían posteriormente. Tesouani lanzó un hondo suspiro al tiempo que señalaba lo bien que le vendría un baño y un buen descanso. Todos rieron ante la sinceridad del gigantón. Kuautik por su parte se había inclinado para observar las flechas que habían quedado regadas en el campo, le resultó sumamente curioso que las puntas se hubieran puesto renegridas al entrar en contacto con los Tsitsimimej y que éstos se hubiesen desvanecido al contacto de las mismas. –Ten cuidado Kuautik, pues en las puntas ha quedado marcado el signo de la maldad que habitaba en el corazón de estas criaturas, lo mejor es que quememos todas para no poner en peligro a nadie –señaló Xiuitl, mientras recibía a su fiel Xoloit, quien bajaba apresuradamente de la cima de la gruta. Los guerreros empezaron a limpiar el campo con sumo cuidado de no tocar las flechas envenenadas, apilándolas hasta formar un montículo. Después de ello Xiuitl dio la orden de prender con fuego tomado de los pastos que aún ardían con el fuego de Ketzalkoatl. Con sendas antorchas los guerreros hicieron lo debido iluminando el amanecer que los recibía con un halo de esperanza en el corazón de cada uno. *** Nicolás y Ketzalkoatl se habían plantado ya a la puerta de la choza del sabio de Ixachi. La luz del sol, que anunciaba el día, le pareció al muchacho mucho más clara e incluso el aroma de las plantas que eran regadas por el rocío matinal resultaba de una frescura que inundaba el ambiente con una mezcla de yerbabuena, epazote y flores silvestres. Miró a su compañero y con un gesto de agradecimiento tocó su cresta. El ketsalkuetspalin miró con gratitud al joven y dando media vuelta emprendió el vuelo hacia su hogar en las Cumbres Grises. Nicolás sabía que el tiempo en que nuevamente se encontrarían no tardaría. Tocó su pecho en el lugar en que su corazón latía con intensidad mientras su nahualli rugía en el cielo al tiempo que su figura se perdía en el horizonte, hasta que la intensa luz del sol impidió a Nicolás verlo más. Respiró profundamente el aire del valle y la sensación de pureza le dio nuevos ánimos y el deseo intenso de ver a su querida amiga. Antes de que tocara la puerta, Isiukak se asomó para ver lo que ocurría afuera. Las miradas de ambos se toparon con cierta extrañeza hasta que el joven guerrero se postró ante Nicolás quien lo observaba extrañado. –Mi señor Aejekatl, mi nombre es Isiukak. El joven montañés le contó lo que había ocurrido antes de su llegada y el por qué se encontraba en la choza. Nicolás agradeció al guerrero su valor mientras detrás de él se asomaba ya la figura del anciano sabio. –Creo, mi joven amigo, que hay alguien que estará muy contenta de volverte a ver al igual que lo estoy yo. Nicolás entró entonces a la choza y miró en el fondo de la misma el fuego que ardía y a un lado el camastro en donde reposaba la frágil figura que tanto ansiaba ver.


La jovencita apenas percibió el ruido de los pasos que se detenían cerca de la estancia, se incorporó aunque no sin dificultad por todo lo que había pasado. -¿Nicolás, eres tú? –la voz sonó en los oídos del joven como un dulce repicar de campanillas. –Sitlali, soy yo, estoy aquí. La jovencita no espero y aun cuando la debilidad era evidente en su rostro, se incorporó y llegando a donde estaba su querido amigo, se prendó de él en un fuerte abrazo. –Temía tanto que no regresaras –le decía al tiempo que Nicolás sintió que el cuerpo de ella se desvanecía. Nicolás sujetó a Sitlali y la colocó nuevamente en la cama. Su padre y el joven Isiukak se acercaron para ver lo que ocurría. El anciano dijo que seguramente se trataba de los efectos de la planta del árbol Istakayotl que habían tenido que usar para debilitar la fuerza del Teselotl. Nicolás miró con ternura a la jovencita durante unos instantes, tras los cuales se volvió a donde el sabio anciano reposaba, agotado. –He venido únicamente para despedirme. Debo regresar a mi mundo. La respuesta para combatir y derrotar a Omácatl no la voy a encontrar en esta Tierra. He sabido quién soy y cuál es mi origen, sabio anciano, pero el saber esto me obliga a buscar en donde he crecido el modo como he de ayudar verdaderamente a esta Tierra. Necesito, oh sabio, que me ayudes a regresar, necesito que me ayudes a entrar en el portal que me trajo hasta aquí, sólo de ese modo podré descubrir la manera en que los Centzon Totochtin combatan al ejército de la oscuridad. El sabio anciano escuchaba con atención al joven. Mientras reflexionaba, sus ojos se posaron en los de su hija, que reposaba esta vez bajo un sueño tranquilo. –Este trozo de jade me lo dio mi padre, -señaló Nicolás al tiempo que lo mostraba al anciano-, es una parte del Corazón de Mexitl, con él sabré qué hacer y podré regresar antes de que Omácatl ataque con su ejército de demonios. –Bien, mi querido Aejekatl, creo que has encontrado lo que era necesario, pero has de saber que una vez que regreses a tu mundo estarás a merced de la oscuridad. Omácatl ya sabe quién eres y de dónde vienes y es casi seguro que tratará de evitar que descubras el secreto para llevar a los Centzon Totochtin a combatirlo. Así que sé cuidadoso y prudente. El corazón de Mexitl te ha de guiar, pero el corazón de los pueblos que llevas en tu corazón te ha de dar la fuerza para saber elegir lo correcto y leer sabiamente las palabras de los Manuscritos de la Vida. ¡Ve entonces, Nicolás Monzón, hijo del viento, a traer la fuerza que necesita la esperanza para vencer a las tinieblas! ¡Mira a los que esperamos en ti con confianza! Nicolás vio entonces como el portal se abría, mientras en la puerta de la choza se presentaban con los rostros llenos de sudor y polvo sus queridos amigos. Se dirigió hacia ellos y les dio un fuerte abrazo. Xiuitl lo tomó por los hombros y lo animó a continuar. Nicolás se dirigió, antes de entrar en el portal, hacia el sitio en donde reposaba Sitlali, se acercó y depositó un suave beso en los labios de la muchacha, que todavía entre sueños le decía: -Siempre te esperaré, Nicolás. Nicolás se incorporó y dando dos pasos se adentró en el portal para desaparecer de la vista de todos. -¡Qué Mexitl te acompañe valiente guerrero y te traiga de vuelta pronto! En la lejanía se escuchó entonces un estruendo que les advirtió a todos que aquello apenas empezaba y que Omácatl sabía en donde se iban a librar las siguientes batallas. Allí, en Ixachi, sabían que la guerra estaba declarada, que la esperanza sería lo único que los mantendría mientras Nicolás regresaba de nuevo a la Tierra del Águila para combatir y acabar finalmente con la oscuridad y el reinado de la Serpiente.


Fin de <<Nicol谩s Monz贸n y el Coraz贸n de Jade>>


NICOLÁS MONZÓN Y EL CORAZÓN DE JADE