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EL Negro Alejandro Masdeu

libro

G贸mez


Érase una vez, una profe“ sora, ésta daba clase en un colegio de un barrio de Madrid. Sus alumnos la adoraban, era la clase de profesora con la que no aprendes las normas or“ tográficas, o las excep“ ciones del español, pero si que aprendes a comuni“ carte, a hablar, a escribir y a leer: a lo importante.


Hay profesoras que lla“ man “Fomento a la lectura” a una aburrida clase en la que se lee en alto un li“ bro que no interesa a na“ die, y luego, para el colmo se les obliga a copiar pre“ guntas sobre el libro que luego tienen que contes“ tar; ella no decía que fo“ mentaba la lectura, ella la fomentaba, y ya está.


Ella pensaba que es“ tudiar es como cual“ quier otra profesión, haces el trabajo du“ rante el tiempo de cla“ se, y luego, te vas a tu casa y te relajas, lo lógico, y lo que, des“ graciadamente y miste“ riosamente nadie hace.


Pero lo mas importante es que era buena perso“ na, nunca insultó, otros sí, nunca faltó al respeto a nadie, otros sí, nunca castigó a alguien por“ que dijese lo que pensaba, otros sí, o porque no le cayese bien, otros sí;

NUNCa


Esa profesora daba clase al grupo del que ningún profe“ sor quería hacerse cargo, del grupo que le tocaba a los que acababan de llegar, pero ella lo eligió aposta. Un día decidió dejar a sus alumnos escribir un cuen“ to en sus clases, dijo 10 palabras que tenían que aparecer, y dejó liber“ tad para escribir lo que quisiesen. La palabras eran:


MisteriO

bosque

ENano Amistad Viaje FrĂ­o Ornitorrinco Edificio Libro

AlegrĂ­a


Ella se olvidó de la unidad que estaban dando, o del tiempo que les faltaría para acabar el libro de lengua y les dejó escribir. Meses más tarde, un niño, le dio su cuento acabado. Era un libro muy bonito, en“ cuadernado a mano. Un li“ bro negro escrito con le“ tras blancas.


La profesora lo pasó a or“ denador y lo llevó para que lo imprimieran de una mane“ ra parecida a como lo en“ cuadernó el niño. Una semana más tarde, el niño tenía en sus manos un libro, escrito por él. Nunca se olvidaría del mo“ mento en el que su profeso“ ra se lo dio, nunca se olvi“ daría de ella.


Los años pasaron, y los ni“ ños, aunque la profesora ya no les enseñaba, no se olvi“ daban de ella. Un mal día de octubre, la profesora no fue al colegio, la habían diag“ nosticado cáncer. Era viernes a última hora, los niños estaban jugando a pelota sentada en educa“ ción física, diez minutos an“ tes de acabar la clase llegó el director.


Les dijo que la pro“ fesora, que se lla“ maba Aída, se había muerto. Me gustaría decir que está feliz en el cielo, pero no puedo, porque no creo en esas cosas.


El libro negro  

Cuento en recuerdo de Aída, un profesora que, aunque falleció hace poco, siempre nos acordaremos de ella.

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