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El amplio sillón de cuero negro, de cuerpo doble, se imponía en la recepción como una isla, en medio del océano gris de cemento alisado del piso. Las paredes de hormigón a la vista, le daban al lugar una magnificencia impersonal que, en la espera, acentuaba más la distancia con el que llegaba. El techo estaba tan alejado del piso como para que uno se desalentara en el cálculo de su altura. Ya estaba tan acostumbrado a las esperas por entrevistas de trabajo que me entretenía tratando de decodificar el significado de la arquitectura de cada lugar al que iba. Estaba convencido de que, en ese tipo de empresas, nada se hacía porque sí, que todo estaba planeado para inducir a un estado psicológico de inferioridad que, obviamente, lo ponía a uno en desventaja ante la persona que lo entrevistaba. Y en última instancia, luego de divagar pensando qué querían inducir en la mente de uno con todos esos símbolos apuntados al inconciente, terminaba pensando que era simplemente capricho del dueño o del directorio de la empresa para demostrar su poder, lo cual me dejaba la secreta tranquilidad de que seguramente, en el fondo, eran pobres tipos. Una vez leí que quien tiene verdadera autoridad no necesita ostentar poder, eso me tranquiliza bastante cada vez que me enfrento a una entrevista de trabajo. Por eso trato de imaginarme que son pobres tipos, para darme ánimo. Ya me estaba impacientando y sentía la necesidad de empezar con algunos de esos tics que uno tiene cuando le gana la ansiedad: frotarse las manos, acariciarse la barba, rascarse una oreja, mover aceleradamente una pierna, en fin todas esas cosas. Pero me contuve. Tenía miedo de que la recepcionista que estaba a unos metros, detrás del inmenso escritorio de madera marrón oscuro cruzado con fajas horizontales de acero inoxidable, notara mi impaciencia y le comunicara mi estado a la persona que me iba a entrevistar. Porque en este tipo de empresas hasta las recepcionistas son entrenadas en lenguaje corporal para que después transmitan las primeras impresiones de uno y el entrevistador saque partido de eso. Hice mi esfuerzo más


grande y permanecí en una pose corporal neutra que ocultara mi ansiedad. Además eso de hacerte esperar más de cuarenta minutos para una entrevista laboral es una estrategia que tienen para demostrarte su poder, para decirte de manera elegante y amable: “ Yo soy el que manda. Te voy a llamar cuando a mí se me dé la gana”. Pero no les iba a dar el gusto. No señor. Por eso me contenía, para no demostrar ni siquiera con un sólo gesto de mi cara que estaba ansioso por aquella entrevista. La recepcionista me miró y me indicó que podía pasar. Me levanté y crucé una puerta de blindex esmerilado. Se abrió ante mí un salón inmenso, con techo más alto aún que el anterior, en el cual se podría organizar una Feria o “Expo algo” en la que tranquilamente entrarían miles de personas. ¿Qué necesidad había de tener semejante espacio vacío e inútil? En fin. Al final del salón vi que venía en dirección a mí un hombrecito calvo y regordete. Tenía ojos pequeños, celestes, que lo hacían más afable, al fondo de unos lentes que no parecían para aquel rostro. Un guardapolvo blanco, abierto, y debajo de éste una camisa celeste y corbata gris con líneas diagonales en azul. El celeste da sensación de tranquilidad, de serenidad, de aplomo, el gris marca distancia, impone respeto, y el azul, que es más fuerte, significa autoridad. Eso, a nivel inconciente, es como si te dijeran: “Bienvenido. Los límites los pongo yo” Así trabajan estas empresas. Todos los empleados, reciben capacitación en métodos subliminales para imponer su autoridad y su poder. En fin. Aceleré el paso para reunirme con aquel hombrecito. Le extendí la mano, atento a cuánta presión iba a ejercer en el saludo y respondí con la misma fuerza que él hizo, porque eso es lo que primero toman en cuenta. Dar la mano fláccida como un pescado significa debilidad de carácter, apatía, poco compromiso; la mano muy enérgica da la impresión de una persona imponente y poco manejable, y eso a las empresas no les gusta. Hay que dar la mano ejerciendo la misma presión que el otro para empatizar con


alguien que ya trabaja en la empresa. El hombrecito calvo me indicó que pasara a una sala que estaba a pocos pasos y me dijo que lo esperara ahí un instante. En la sala no había más que un escritorio y una silla que parecían no ser usados por nadie nunca. Las tres paredes de vidrio esmerilado se completaban con una sola pared frente a mí de color blanco. En esa pared había colgado un cuadro abstracto que, obviamente, había sido puesto ahí a propósito. Me acerqué al cuadro por si me estaban observando a través de una cámara. Es bueno demostrar que uno tiene conocimientos de arte, sobre todo si es abstracto; eso denota una aguda sensibilidad y da indicios de inteligencia, por el hecho de que a un paisaje o un retrato lo entiende cualquiera pero una pintura abstracta no. Así que me puse a mirar el cuadro que era todo blanco y lo único que tenía era el relieve de los trazos de óleo que deja el pincel. Si estaba ahí a propósito y me veían examinándolo detenidamente eso iba a hablar bien de mí, porque quién se va a poner a mirar un cuadro blanco que no tiene nada y que recién cuando uno se acerca distingue alguna textura. El hombrecito apareció abriendo una puerta, que yo no había tenido en cuenta, de una de las paredes de vidrio esmerilado. Me invitó a pasar a esa otra sala por donde apareció y me indicó que me sentara en un sillón que había detrás de un escritorio. Me detuve un instante creyendo que había entendido mal pero el hombrecito me indicó que me sentara en el lugar del entrevistador y él se sentó en el lugar del entrevistado. Esto jamás me había pasado y realmente me desconcertó. Metió la mano en uno de los bolsillos del guardapolvo, sacó un pañuelo de seda de color negro y me pidió que me vendara los ojos con él. Tomé el pañuelo y me lo até con fuerza, insistió en que no debía ver nada, ni siquiera que me entrara un poco de luz. Se levantó y corroboró que lo tenía bien ajustado a mi cabeza. -Bien- dijo- Ahora yo le voy a ir presentando una serie de estímulos y usted me irá diciendo de qué se trata cada uno de estos estímulos, ¿comprendió?


-Si-dije con tono seguro. -Comenzamos ¿Qué es esto? -Limón-respondí ante un fuerte olor. -Bien. ¿Y esto? -Calor-respondí ante lo que creía que era una llama de encendedor cerca de mi cara. -Bien. ¿Y esto? -Frío- dije cuando sentí una especie de gel sobre mi mano. -Bien. ¿Y esto? -Papel. -Bien. ¿Y esto? -Metal, moneda. -Bien. ¿Y esto? -Lana-dije al tocar un ovillo. -Bien. ¿Y esto de qué color es?- La pregunta me asombró de tal forma que dudé. -¿Perdón? -Sí, ¿esto de qué color es?- Me desconcertó por completo. No supe qué decir. -Conteste por favor-. No se me ocurría nada. -No piense, conteste por favor- me dijo en tono imperativo. -¡Azul!- respondí mientras sentía que el corazón me latía fuerte. -Bien. ¿Y esto de qué color es? -¿Es azul?-pregunté arrepintiéndome inmediatamente después de abrir la boca. -¡No pregunte nada, sólo conteste!- me dijo con vehemencia. Dudé un instante y escuché la respiración que antecede a la palabra, entonces respondí rápidamente.


-¡Amarillo! -Bien, puede quitarse la venda. Sin mediar palabra recogió unos objetos que había en la mesa y que supongo que fueron los que empleó en el test, mientras yo recomponía mi visión al enfrentarme de nuevo a la luz. Salió por la puerta por donde había entrado y volvió con una caja negra que puso sobre el escritorio. -Bien. Dentro de esta caja hay fotos que iré sacando, las voy a mezclar y las pondré dadas vuelta sobre la mesa para que usted no vea las imágenes. Usted tiene que ir seleccionando de a una y sin mirarlas decirme lo primero que asocie a esa imagen que usted no puede ver. ¿Entendió? -Si.-. Dije mecánicamente mientras intentaba razonar lo que me había dicho. Ya empezaba a fastidiarme todo esto. Siempre es lo mismo, hay que dibujar un árbol, un hombre bajo la lluvia o cualquier otro tipo de estupideces. No sé cómo pueden saber si uno trabaja bien con tanta parafernalia psicológica inútil. Aparte pareciera que no se dan cuenta del hecho de que si vienen haciendo los mismos tests desde hace años, la gente ya conoce las respuestas porque seguramente alguien se las dijo o las encontró en internet. En fin. No entiendo ya con qué criterio toman a una persona para un puesto de trabajo. Fui seleccionando las fotos una a una, las ponía frente a mí del reverso para no ver la imagen y le decía: -Noche- sacaba otra -Mar- sacaba otra -Japón-. Así hasta terminarlas.


-Bien- dijo el hombrecito siguiendo una especie de ritual automatizado. Sentía que la ansiedad me corría por las venas ante tanto despliegue de imbecilidad y encima elevado a la categoría de ritual sagrado. La ansiedad se convirtió en cólera y ya no me pude aguantar. -Discúlpeme- le dije apretando los dientes- ¿Es necesario todo esto para saber si puedo ocupar el puesto o no? Se lo pregunto de persona a persona porque seguramente después de enfrentarlo de esta forma usted no va a hacer una buena evaluación de mí ante sus superiores. Así que dígame la verdad: ¿a usted le parece que sirve de algo toda esta evaluación delirante que está haciendo, poniéndome trampas psicológicas para descubrir mi personalidad o qué rasgos psicológicos negativos puedo llegar a tener para el puesto?- El hombrecito quedó atónito e hizo un giro de ojos como buscando una respuesta. -Mire... yo no hago otra cosa que seguir los pasos que me indicaron que haga. No sé para qué es todo esto ni qué significado tiene. A mí me contrataron para que siga detalladamente el test evaluativo y una vez terminado entregar los resultados en recepción y retirarme, no sé qué más decirle-dijo calmadamente. -¡Pero ustedes me enviaron la carta que decía que habían recibido mi curriculum vitae y que había sido seleccionado como postulante para un puesto jerárquico, yo ni siquiera conozco los antecedentes de la empresa ni sé tampoco a qué se dedica! ¡Es más, mandé mi curriculum a tantos lugares que lo podrían haber sacado de cualquier lado!-le dije elevando el tono de voz. -Yo no sé a qué se dedica la empresa, cumplo con lo que me pidieron- respondió el hombre encogiéndose de hombros. -¿Cómo que no sabe? ¿Y entonces qué hace acá? – dije ya exasperado. - A mí me contrataron para hacer el test y una vez hecho debo entregar los resultados en recepción y retirar mis honorarios. Eso es todo.


-Pero a mí me llegó una carta con membrete de la empresa Imag Corporation donde decía que fui seleccionado como postulante... -El mismo sobre me llegó a mí- dijo interrumpiéndome- pero diciendo que requerían mis servicios para realizar este test y que contra entrega de los resultados tenía que cobrar mis honorarios en recepción. Me pareció extraño pero como necesitaba el dinero aquí estoy. -¿Y el guardapolvo que significa entonces?-pregunté enojado.- ¿Usted es médico, psicólogo, psiquiatra? - No. Yo soy actor.- dijo excusándose-. El guardapolvo estaba dentro de las instrucciones que me dieron, abierto y dejando entrever la camisa y la corbata. La ropa la recibí en mi casa también. -¿Pero cómo que es actor? ¿Usted me está tomando el pelo? ¿Y cómo confía en gente que no sabe quién es? -Ya se lo dije, necesitaba la plata y por eso estoy aquí. Estoy desocupado hace casi un añoEstaba confundido y a la vez furioso pero el hombrecito parecía sincero. Creo que incluso en un momento tuvo miedo de que me le fuera encima y lo agarrara a trompadas. El hombrecito me interrumpió. -¿Podemos continuar?-preguntó con temor- Necesito cobrar ese dinero... -Está bien-dije receloso - ¿Qué más hay que hacer? -Ahora simplemente tiene que responder lo que ve en las imágenes que antes no pudo ver. ¿Entendió? -Si-contesté apáticamente. -Bien. ¿Qué ve aquí?- dijo mientras mostraba una foto donde se veía un paisaje de playa.


-Playa- dije y él al mismo tiempo dijo otra cosa que no logré entender- Perdón ¿qué dijo? -¿Perdón qué dijo?- respondió él imitándome -¿Me está haciendo burla? -¿Me está haciendo burla?-dijo imitándome nuevamente. -¡Oiga! ¡¿Me está tomando el pelo?! -¡Oiga! ¡¿Me está tomando el pelo?!-repitió conmigo. Me abalancé sobre él y lo tomé de la solapa. Él hizo exactamente lo mismo. Lo sacudí y él hizo lo mismo conmigo. Lo solté empujándolo y él volvió a imitarme. Me puse una mano en la cabeza y él igual. Me rasqué la frente y él hizo lo mismo. Me enfurecí y le grité. -¡¿Usted es idiota?! -¡¿Usted es idiota?!-respondió él -Ah ya sé. Hay una palabra clave para que usted deje de hacer eso y yo tengo que descubrirla- él repitió exactamente lo mismo que dije. -¡Playa!- dije y él la repitió. Si no es esa la que hizo que él comenzara a imitarme debe ser lo contrario, pensé, pero qué era lo contrario de playa. Me quedé en silencio y tratando de no hacer gestos para que no me fastidiara con su imitación. -¡Campo!- dije pero esa no era porque la repitió. Tal vez sería alguna palabra afín a playa. -¡Arena!-dije, pero esa tampoco era. Me quedé pensando un momento. Seguramente era la palabra que él dijo cuando yo dije la primera palabra, pero no llegué a escucharla. Me devané los sesos pensando cuál sería. Me pareció escuchar el final de la palabra algo como tópico o trópico.


-¡Trópico!- dije pensando que tal vez esa era la palabra asociada a la playa por afinidad con los climas tropicales, pero no era porque la repitió conmigo. Sentía ganas de estrangularlo pero el pobre hombre estaba haciendo su trabajo y no podía culparlo. Me senté en el sillón y él hizo lo mismo en la silla que estaba frente a mí. Me eché para atrás y me puse una mano en la cara tapándome los ojos para recuperar la calma y pensar fríamente. Entreabrí los ojos y lo vi en la misma posición que yo. No podía creer que esto estuviera pasándome. Tenía que haber una forma para terminar con esta payasada. Me levanté y me saqué el saco para estar más cómodo y él me imitó nuevamente sacándose el guardapolvo. Me senté y me quedé mirando el escritorio, todavía quedaban algunas fotografías boca abajo con su reverso blanco hacia arriba. Me quedé con la mirada fija en esas fotos, en su reverso blanco. Entonces se me ocurrió que tal vez podría escribir en ellas para que no me imitara. Saqué una lapicera de mi saco y él hizo lo mismo de su guardapolvo. Escribí en la parte blanca de una de las fotos: “¿Cuál es la palabra clave?” Y se la pasé para que él la leyera. Él también escribió algo en un papel y me lo pasó. Tomé su papel para que él me imitara y tomara el mío. En el suyo sólo había un garabato. Miró lo que yo había escrito, tomó su lapicera y escribió: “¿Cuál es la palabra clave?” en el mismo papel que le había entregado. Me levanté de repente enfurecido, lo agarré por las solapas y lo puse contra una pared. Hice una especie de gruñido para que no me imitara si decía algo y sin embargo él me imitó. Lo solté y retrocedí unos pasos. Se quedó mirándome. Entonces se me ocurrió una idea y me puse de espaldas. Según mi plan él iba a imitarme, y lo hizo. Me di vuelta sin que él llegara a notarlo y lo tomé por la espalda tapándole la boca para que no emitiera palabra. Lo llevé hasta el escritorio y le dije que agarrara la lapicera y un papel y escribiera la palabra que había dicho cuando comenzó a imitarme. Tomó la lapicera y escribió: “Utópico”. Entonces dije en voz alta “Utópico” y lo solté. Este mismo jueguito imbécil lo


tuvimos que hacer en una selección de personal para una empresa multinacional hace algunos años, sólo que en aquel momento ninguno de los que estábamos en el grupo encontró la solución cuando se agotaron los quince minutos que nos dieron para resolverlo. Es algo así como pensamiento lateral o algo por el estilo; en fin, una estupidez que se le ocurrió a alguien para creerse más inteligente que los demás. Después de soltarlo, se acomodó la ropa y se quedó de espaldas a mí. -Bien-dijo él- Con esto concluimos el test de evaluación-¿Cómo? ¿Ya está?- pregunté sorprendido- ¿Y ahora cómo sigue esto? ¿Yo qué hago? ¿Tengo que esperar como un infeliz a que me llamen o me llegue otro sobre a mi casa?- le pregunté indignado. -Ya le expliqué que mi tarea concluía con la entrega de los resultados del test. Los pasos que siguen no los conozco. - ¡Ah no! ¡Ahora usted se va y yo me quedo como un idiota! ¡Llame a la recepcionista y dígale que venga! ¡Yo quiero saber qué va a pasar y para qué fue toda esta pérdida de tiempo! dije yéndome hacia él. -Le pido por favor que no se acerque y no arme un escándalo, si no me veré obligado a... -¡A qué!-interrumpí vehementemente- ¡A qué! -¡No me obligue a tomar una medida drástica, se lo pido por favor!- dijo retrocediendo. -¡Pero qué medida ni medida, a ver si te animás! ¡Dale, dale!- le grité con furia e inmediatamente de haber dicho eso sentí una descarga eléctrica a la altura de la ingle y me desvanecí. Cuando recobré el sentido, tenía frío en una de mis mejillas. Abrí los ojos y tenía mi cara sobre una mesa de vidrio larga con sillones de respaldo alto a sus costados. Y al fondo, en la


cabecera, un sillón con respaldo más alto aún que los demás. Todavía aturdido, me costó recobrar el sentido de tiempo y espacio. Entonces recordé cómo había llegado ahí, lo que no sabía era cuánto tiempo había pasado o si estaba aún en el mismo edificio donde fui por la entrevista de trabajo. Una mujer bajita, de aspecto afable, con lentes de aumento a mitad de tabique y vestida de oficinista, pidió permiso y entró por una puerta que estaba detrás de la cabecera de la mesa, trayendo un pocillo de café. -Tómese esto que le va a hacer bien-me dijo-. Mi nombre es Margarita, si necesita algo simplemente me llama en voz alta y yo vengo. -¿Qué pasó? Yo vine por una entrevista de trabajo y ahora despierto acá por un… -Por una descarga que el Dr. Fredes tuvo que darle cuando usted se abalanzó sobre él-me interrumpió. -¿Qué doctor? Si a mí me dijo que era actor y que sólo seguía instrucciones. -Sí, él tuvo que decirle eso porque en eso consistía la primera parte de su evaluación para el puesto que va a ocupar. -¿Pero qué puesto? ¡Yo me quiero ir! ¡Ahora mismo me quiero ir! ¡Esto es de locos! ¡Ustedes están locos! -Cálmese-me dijo serenamente- Yo también pasé por pruebas que al principio me parecieron insólitas e inverosímiles, pero créame que esta es la mejor empresa en la que va a trabajar en toda su vida. Hágame caso. No se va a arrepentir. Intenté decirle algo más pero se dio media vuelta y se fue sin que pudiera atinar a nada. Me quedé pensando en lo que me dijo y me sentí confundido. Si realmente era sincera podría tener ante mí la oportunidad de mi vida, aunque no supiera muy bien de qué se trataba. Por otro lado, si me iba, tendría la intriga de qué era lo que me perdía. Además, era volver al trajín de


mirar el diario, presentar curriculums, hacer largas colas para un puesto de trabajo que no siempre era de lo mejor. Esta oficina era más cálida, más elegante. Una luz tenue sobre muebles delicados y costosos creaba una atmósfera de excelencia. Las paredes revestidas con grandes rectángulos de madera retro iluminada le daban un aire señorial, exquisito, refinado. Tal vez allí tendría mis reuniones frecuentemente. Tenía entendido que los exámenes para puestos jerárquicos no se parecían en nada a las entrevistas que normalmente se tienen para los puestos comunes. Un psicólogo laboral me dijo una vez que para los puestos jerárquicos de las multinacionales, las evaluaciones se basaban en juegos, trampas y presiones psicológicas. Y que los postulantes eran sometidos, a veces, a estados de confusión mental para evaluar su desempeño ante una situación real de conflicto y cómo reaccionaban al tener que tomar decisiones rápidamente. Tal vez si me quedaba sin saber a dónde conducía todo esto, por raro que pareciera, me iba a arrepentir toda la vida. Un nuevo entusiasmo me recorrió el cuerpo, un vigor que me alentaba a enfrentar lo que sobreviniese por descabellado que fuera. Escuché una conversación que llegaba del otro lado de la puerta abierta pero no pude descifrar qué decían. Una mujer de unos cuarenta años, de rasgos delicados, muy atractiva, imponente, entró precedida por un perfume que me cautivó, antes de notar que era seguida por un guardia de seguridad, con uniforme y pistola nueve milímetros en la cintura, que se quedó a unos pasos de la puerta. Esto me descolocó por completo y sentí temor por un momento. -Mi nombre es Dolores y soy la psicóloga laboral de la empresa-dijo sin mirarme- Mi tarea ahora es evaluar su perfil psicológico para determinar si es usted apto para el puesto al que aspira.


-Bien-respondí expectante. -Comencemos, entonces ¿Puede decirme por qué le interesa trabajar en nuestra empresa? -¿Cómo? -¿No comprendió la pregunta? -Sí, la comprendí. Pero sucede que no conozco la empresa ni a qué se dedica. -¿Y cómo llegó hasta aquí entonces? -Recibí un sobre en mi casa con una notificación que decía que había sido seleccionado como aspirante a un puesto jerárquico y me fijaba una fecha y una hora para la entrevista. Eso es todo. Por lo demás, nunca oí hablar de la empresa ni sé a qué se dedica y mucho menos a qué puesto aspiro. -Bueno-dijo ella ofuscada-entonces toda esta evaluación no tiene ningún sentido. Si usted no tiene un interés concreto sobre el puesto no puedo evaluar si está capacitado para ocuparlo. -Está bien, pero por lo menos póngame al tanto de a qué se dedica la empresa y cuál es el puesto al que aspiro. -Esa no es la función que me corresponde. Yo sólo evalúo a los aspirantes. Ahora lo voy a dejar y enviaré mi informe. En unos instantes Margarita le traerá un formulario de confidencialidad que usted debe firmar comprometiéndose a no develar la ubicación de nuestras oficinas. -¡Oiga!-dije en un impulso y le tome la muñeca, mientras el guardia de seguridad me miraba y ponía una mano sobre su pistola. Le solté la mano y bajé la voz-.Yo no voy a firmar nada si no me dicen de qué se trata todo esto y a qué se dedican. ¿Son una Agencia Secreta? ¿Pertenecen a alguna Fuerza? ¿Son del gobierno?


-No estoy autorizada a darle ninguna información, sólo a obtenerla en caso de que usted tuviera un interés concreto en nuestra empresa. Eso es todo. Ahora si me disculpa debo retirarme. -¡Es que lo tengo!-dije exasperado tratando de no levantar la voz- ¡Lo tengo! ¡Quiero saber qué hace la empresa! ¡Quiero saber de dónde sacaron mi curriculum y cómo me seleccionaron! ¡Porque yo no recuerdo haberles enviado ningún curriculum a ustedes! -Está bien-dijo ella-voy a ver qué puedo hacer. Voy a hablar con mi superior, tal vez pueda aclararle esta cuestión y si todo fue un malentendido o no. Espere aquí por favor. Ella salió custodiada por la estela de perfume que la acompañaba como un microcosmos de seguridad personal. El guardia se quedó en su lugar mirando hacia el frente, hacia la nada. Pensé en hablarle pero obviamente no me iba a responder. El tiempo pasaba y nadie venía. El único sonido era el de mi ropa cuando me acomodaba o cambiaba de posición. El silencio era aplastante. Al menos yo lo sentía como una fuerza que me presionaba desde todas partes y me volvía más pequeño. Empecé a mover una pierna por la impaciencia y para que haya algún sonido, aunque más no sea, el de mi pantalón frotando el cuero del sillón. Ya no me importaba que me estuvieran mirando a través de una cámara. Lo que menos me preocupaba en ese momento eran los tics que revelaban mi ansiedad. -¡Shhhhhhhh!-dijo el guardia e inmediatamente detuve mi pierna. Y volvimos al silencio seco de la sala. El lugar ya no me parecía agradable ni señorial, me parecía sofocante. Como si se respirara una venenosa atmósfera de sutil autoritarismo que lo reducía a uno a la inmovilidad absoluta, tanto física como psicológica. No sabía por dónde canalizar el hormigueo de mi cuerpo que me pedía hacer algo, mover algo. Entrelacé los dedos, los apretaba y los relajaba. Al menos eso no hacia ningún ruido. Un rato estuve haciendo eso hasta que se me cansaron los músculos. No entendía cómo el guardia había estado todo ese tiempo sin moverse un instante de su


posición, sin siquiera dar un paso o hacer algo. Lo peor de todo es que ya no podía calcular cuánto tiempo había pasado. Los relojes nunca me gustaron y el celular lo había apagado antes de entrar a la entrevista; prenderlo ahora iba a ser muy molesto, con toda esa musiquita de encendido. Empecé a creer que se habían olvidado que estaba ahí, pero descarté de inmediato esa posibilidad porque, de qué servía entonces tener al guardia custodiándome. Tampoco sabía para qué me estaba custodiando si no había nada de valor para robarse. Tenía ya la sensación de que habían pasado por lo menos dos horas. Estaba fastidiado y rabioso. Por un momento pensé en darle un topetazo al guardia y correr, pero no tenía idea de cómo salir. No sabía dónde estaba y por dónde podría encontrar la salida. Me enojé conmigo mismo por haber ido a una entrevista sin conocer la empresa o tomar siquiera la precaución de buscar antecedentes en internet. Por lo menos para ver qué información hay o que se dice de ella. De todas formas, lo mejor sería calmarse. No iba a ganar ni a perder nada ya. Oí las voces de dos mujeres que venían de afuera de la sala. Agudicé el oído lo más que pude para ver de qué hablaban, pero no lograba comprender la conversación. Al menos me sentí aliviado por el hecho de que, seguramente, venían a verme y a terminar de una vez con todo esto que ya realmente me tenía por demás saturado. Me quedé inmóvil y expectante, esperando el momento en que alguna de ellas entrara. Seguían hablando. Trataba de decodificar lo que decían por algunos leves cambios en el volumen y la entonación, pero no lograba captar nada de la conversación. De pronto se escuchaban más cerca y algunas palabras se podían entender, pero todas sueltas. Como si mantuvieran una conversación sin sentido. Una decía “pelo”, la otra respondía “entonces”. Después escuchaba “piedra” y la respuesta era “vestido”. En un instante no se escuchó nada más. Esperé a ver si por lo menos se oía el murmullo. Pero no. Nada. Sentí


que se me cerraba la garganta. Me estaba enloqueciendo. Tragué saliva para quitarme la sensación de ahogo. Respiré hondo. Me acomodé el nudo de la corbata y volví a tragar saliva. Esperé un poco más para ver si retomaban el diálogo. Pero no se escuchó nada más. Ya estaba entrando en un estado de desesperación. Sentí un calor en toda la cara y un hormigueo en la nuca. Tuve miedo de que se me subiera la presión. Una fuerza me comprimía la sien. Comencé a mover la mandíbula para ver si se me pasaba un poco. El guardia me miró y dejé de hacer eso, pero por el contrario a lo que esperaba, salió de la sala. Ya no entendía nada más. Empecé a sentir mi cuerpo flojo, como si me fuera a desvanecer. Seguramente era por haber pasado tantas horas sin comer. Tenía un gusto agrio en la boca, como un reflujo de acidez. Recordé lo que me había dicho Margarita, la secretaria, que si quería algo que lo pidiera en voz alta. Me vi tentado a pedirle un vaso con agua pero prefería esperar a ver si venía alguien de una vez y me podía ir de ahí. Necesitaba respirar aire puro, porque el aire de aquella sala ya me parecía enviciado. Escuché unos pasos que venían de afuera de la sala y alguien que venía hablando en voz alta. Entró intempestivamente, seguida de otro guardia de seguridad armado, una mujer muy elegante, delgada, alta, de cuello largo y fino. Tendría unos cincuenta y tantos años. Su presencia era realmente imponente, cambió la atmósfera que me oprimía con su sola entrada por la puerta. -Mi nombre es Magdalena. Soy socia fundadora y CEO de Imag Corporation. Soy doctora en Psicología, doctora en Antropología y Psiquiatra. Estoy aquí para darle la bienvenida dado que su evaluación ha sido satisfactoria. Por lo tanto a partir de este momento queda incorporado a la empresa. Felicitaciones-dijo y me extendió la mano. Respondí a su saludo con una sensación de desconcierto.


-Disculpe-dije todavía extrañado-No consigo entender cuál fue mi evaluación. Desde el comienzo todo esto ha sido bastante ilógico y no comprendo qué aptitudes han podido evaluar con toda esta puesta en escena. Y esto último no lo digo faltándole el respeto, lo digo sinceramente, porque nunca tuve una entrevista de trabajo como esta. -Eso es precisamente lo que hemos evaluado, su respuesta ante estímulos tan disímiles y usted ha respondido como esperábamos… -Está bien-la interrumpí- Pero puedo saber por lo menos a qué se dedica la empresa y qué puesto voy a ocupar… -Cuando llegue el momento hablaremos de eso… -¡No!-dije con firmeza-. Necesito saberlo ahora, no puedo pertenecer a algo que no sé de qué se trata. -De nada le servirá que le revele eso ahora. Hay que continuar con una cantidad importante de pasos para que usted comprenda la actividad que desarrolla nuestra empresa. Ahora tiene que seguirme al laboratorio en donde le harán los exámenes médicos para su ingreso. -Bueno si esas son las condiciones entonces no acepto pertenecer a la empresa. Ya me harté. Me voy de acá. Deme los formularios de confidencialidad que tengo que firmar y me voy. Y quédese tranquila que no voy a mencionarle esto a nadie. Es más, trataré de olvidarlo lo antes posible. -Usted no puede irse ahora, una vez que ha ingresado a la empresa. Usted ya es parte de la empresa y para darlo de baja hay que seguir otra serie de trámites algo complejos. Esto no funciona como usted quiere. Usted ya trabaja para nosotros. -Yo no trabajo para nadie y le exijo que me muestre la salida y me deje ir si no los voy a denunciar por privación de la libertad-dije levantando la voz.


-Me parece que se está equivocando. Esa no es la forma de irse de aquí. Además se va a arrepentir de desaprovechar una oportunidad única como esta. Créame. Tranquilícese y piénselo. Si quiere le doy un momento para quedarse a solas y reflexionar. Le aseguro que todavía puede subsanar todo lo que ha dicho. -¡Y yo le digo que me quiero ir! ¡¿O no me comprende?! ¡Déjeme salir de acá adentro! ¡Basta de jueguitos misteriosos! ¡Por favor!-le grité sintiendo que la voz se me quebraba. Ella se quedó mirándome sin inmutarse por mis gritos. El guardia de seguridad no intervino ni con un gesto de su cara, parecía un perro entrenado que sólo atacaría a una orden de su amo. -Muy bien-dijo ella con serenidad-. Si eso es lo que quiere no tengo forma de retenerlo. Sólo déjeme decirle que se está equivocando y le reitero que esa no es la forma de irse de aquí. Pero usted elige. Puede irse. -¡Gracias!-dije sosteniendo mi furia y me encaminé hacia la puerta. Temía que una vez que pase cerca del guardia de seguridad, éste me tome de alguna forma o me hiciera algo. Pero no, me dejó salir tranquilamente. Un pasillo largo se abrió ante mí y lo único que se escuchaba era el rechinar de mis suelas reverberando en las paredes. El piso era de cemento alisado como el de la entrada así que deduje que estaría en el mismo edificio a dónde llegué originalmente. Al final del pasillo había una puerta de blindex esmerilado y no se podía ver qué había detrás de ella. Todavía absorto en aquella experiencia, se me venían imágenes de todo lo que había sucedido. El rechinar de otros zapatos en el pasillo duplicó los míos y fue seguido por el sonido de unos tacos de mujer. Me di vuelta para mirar y vi a Magdalena, la CEO, y el guardia de seguridad observando cómo me iba. Aceleré un poco el paso, quería salir a la calle de inmediato. Estaba confundido. Me di vuelta por


última vez y sus miradas eran como púas en mi espalda. Una urgencia desmedida aceleraba mi paso. Casi llegando a la puerta del final del pasillo me choqué a Margarita, la secretaria. Me miró sorprendida por encima de sus lentes. La voz de Magdalena resonó autoritaria como un estruendo. —¡Margarita, no se entretenga! ¡En una hora tenemos entrevista!— Una vez en la calle me sentí aliviado. Faltaban diez minutos para el mediodía. Todavía tenía tiempo de pedir el diario en algún kiosko para ver los clasificados de trabajo.

La Entrevista - cuento  
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