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Doctrina Social de la Iglesia ORÍGENES La Doctrina Social de la Iglesia, en sentido amplio, se refiere a la dimensión social evangelizadora; sin embargo en sentido más estricto, puede decirse que se refiere al conjunto de enseñanzas y orientaciones de la Iglesia en el campo social. La Doctrina Social de la Iglesia propiamente dicha nació con los problemas vinculados con la Revolución Industrial y la llamada “cuestión social”. Se amplió después a las relaciones norte-sur del mundo, al desarrollo, a la ecología, a la guerra y a la paz. Veamos un poco de historia para poder entender cómo surge la Doctrina Social:

ALGO DE HISTORIA La Revolución Industrial Se denomina así al conjunto de transformaciones económicas, políticas y técnicas que se inician en Inglaterra entre 1750 y 1850 y que posteriormente se extienden a Europa y al resto del mundo. El invento y desarrollo del motor a vapor reemplazó la energía muscular proveniente del hombre y las fuerzas del agua y del viento, con lo cual el trabajo manual pasó a convertirse en mecánico. Llegó la locomotora, nació la industria textil y, con estos adelantos, la sociedad pasó gradualmente de una organización feudal y rural a una industrializada con gran concentración urbana, debido a que la demanda de la mano de obra se concentró en las grandes ciudades. El cambio en las técnicas de producción de bienes y la aceleración y masticación de la producción abarcó la mayoría de las actividades humanas -que con el tiempo se vieron transformadas también por la evolución de la ciencia y de la tecnología- y vino acompañado de nuevas ideas y doctrinas entre las cuales se subraya la doctrina liberal, en la que se sustenta el capitalismo. La aparición del Capitalismo A partir del 1800, cuando la máquina en Europa suplantó a la herramienta y la fábrica al taller artesanal, y los grandes descubrimientos científicos de la época fueron aplicados a la industria, se produjo la llamada «Revolución Industrial» y con ella surgió la «cuestión social». La máquina permitía una producción más rápida, en gran escala, más eficiente y de menor costo. Hubiera podido contribuir a una mayor felicidad y bienestar de los trabajadores. Sin embargo, los dueños de las máquinas y de las fábricas se fueron organizando como una pequeña clase dominante (la burguesía) con una mentalidad de ganancia egoísta y una ambición desmedida, que los llevó a adueñarse hasta del poder político. Los patrones consideraban el trabajo como una mercancía que trataban de comprar lo más barato posible, y a los trabajadores, como si fueran máquinas. El trabajo llegó a ser brutal e inhumano, con salarios de hambre, jornadas de 14 a 16 horas y explotación de niños y mujeres. Por el progreso del maquinismo, sobrevino la desocupación y con ella el hambre y la miseria. El resultado fue el surgimiento de unos pocos enriquecidos de golpe y una mayoría explotada y más empobrecida. Los gobiernos liberales, aliados con la burguesía industrial, sometieron a los trabajadores a la prohibición de asociarse legalmente y estos quedaron indefensos. Sin embargo, organizaron su lucha de forma clandestina hasta organizarse en sindicatos (Trade Unions en Inglaterra). Su precursor fue un obrero católico irlandés, John Doherty. Los sindicatos y el movimiento obrero surgieron así de los mismos trabajadores. El Marxismo y la lucha de clases Mientras los obreros iban luchando por los contratos colectivos de trabajo, por la jornada de ocho horas, por un salario mínimo obligatorio, etc., también iba surgiendo una vigorosa corriente de pensamiento y acción en favor de una sociedad más justa. Se cuestionaba a la sociedad liberal capitalista y se proponía en su reemplazo una sociedad «socialista», conjugando la lucha sindical y política. Surgieron diversas corrientes socialistas: unas «reformistas», que perseguían cambios Doctrina Social de la Iglesia - 1


democráticos, y otras «revolucionarias», que perseguían el cambio a través de un partido internacional y por medio de una revolución violenta. En definitiva, quienes capitalizaron todos estos intentos de Socialismo fueron el filósofo y economista alemán Carlos Marx (1820-1883) y su movimiento, partiendo de su libro básico: El Capital. A comienzos de 1848 surgió el Manifiesto Comunista, de Carlos Marx y Federico Engels, en el que proclama: «Proletarios de todo el mundo, únanse; no tienen otra cosa que perder sino sus propias cadenas.» En el Manifiesto, se subrayan tres puntos claves: la lucha de clases como motor de la historia; el partido revolucionario único como Movimiento de los Trabajadores y el internacionalismo obrero. Fueron justamente los partidarios de la revolución violenta los que llevaron a cabo las ideas de Marx y concretaron un nuevo modelo político de sociedad. Vladimir Lenin creó en Rusia en 1917 la primera República Socialista. La instauración violenta del Comunismo fue el inicio de un gobierno único, que pronto se volvió dictatorial (José Stalin) y antirreligioso, fundando el odio de clasesy la hegemonía absoluta del Estado.

¿CÓMO REACCIONÓLA I GLESIA FRENTE A ESTA REALIDAD? Frente al Capitalismo explotador y a la violencia desatada por el Marxismo, los pastores de la Iglesia se encontraron perplejos y divididos; hubo iniciativas valientes pero dispersas. A fines de 1848, año del Manifiesto Comunista, desde el pulpito de la catedral de Maguncia (Alemania), el futuro obispo católico Ketteler exclamaba: “La falsa teoría del derecho absoluto de propiedad es un crimen, porque llama justicia al robo organizado. Del falso derecho de propiedad ha nacido la falsa teoría del Comunismo.” Lentamente, frente a una mayoría católica conservadora que, defendiendo el “orden establecido”, se conformaba con predicar a los ricos la limosna y a los pobres la paciencia, fue surgiendo en toda Europa el Movimiento Social Cristiano. Este denunciaba los abusos del Capitalismo, defendía la función social de la propiedad privada, la subordinación de la economía a los principios morales, la intervención del Estado en vista del bien común, una legislación laboral, salario justo, sindicatos libres. El 15 de mayo de 1891 se publicó la famosa carta Encíclica de León XIII, Rerum Novarum (De las cosas nuevas), que provocó un profundo impacto en el mundo católico. En ella se denunciaba cómo “un número muy pequeño de opulentos y excesivamente ricos había impuesto sobre la multitud de los proletarios un yugo casi de esclavos.” El Papa recoge aquí y hace suyos el pensamiento y la experiencia de casi cincuenta años de los católicos sociales, distanciándose al mismo tiempo del Capitalismo como del Marxismo. A partir de ese momento la Iglesia comenzó a producir enseñanza sistemática y específica sobre los temas sociales A esta Encíclica fundamental siguió, cuarenta años después, la Quadragesimo Anno (A cuarenta años) de Pío XI (1931), de similar impacto. La Iglesia, que en un primer momento consideraba perdida la clase obrera, volvió a ser factor de avanzada de esperanza para el mundo del trabajo.

¿CÓMO ERA LA PRESENCIA DE LA I GLESIA ANTES DEL SURGIMIENTO DE LA DOCTRINA SOCIAL? Siempre la Iglesia ha desarrollado una importante acción asistencial no sólo en forma asistencial sino organizada. En este campo se adelantó al Estado, durante siglos, el analfabetismo, la enfermedad, la pobreza y la marginación contaron con la exclusiva presencia de la Iglesia. Pero esto ayudó en general a los pobres gracias a las donaciones de los ricos; a los ricos se le pedía la limosna y a los pobres resignación. La Iglesia no cuestionaba la causas de la pobreza ni el desorden socioeconómico en cuanto tal, aunque de su seno surgieran las denuncias y el testimonio profético de muchos actos. Esto se comenzó a hacer oficialmente con la Doctrina Social. Fue la pobreza inmerecida y progresiva del proletariado industrial la que motivó a la Iglesia a una reflexión profunda y a la decisión de “ir al pueblo” superando el asistencialismo y las obras de caridad. Doctrina Social de la Iglesia - 2


La Doctrina Social sin renegar de los servicios asistenciales que se les debe a los pobres en caso de urgencia, comenzó desde entonces a exigir y a predicar en primer término la justicia.

DEFINICIÓN La DSI es el “conjunto sistemático de verdades, valores y normas que el Magisterio vivo de la Iglesia, fundado en el derecho natural y en la Revelación, aplica a los problemas sociales de cada época, a fin de ayudar según la propia manera de la Iglesia a los pueblos y gobernantes a construir una sociedad más humana, más conforme a los planes de Dios sobre el mundo. Se llama “Doctrina” o cuerpo doctrinal sólo en cuanto a los principios y valores permanentes que ella defiende; por lo demás, la respuesta de la Iglesia a las realidades cambiantes de cada época evoluciona constantemente. Los principios permanentes que están en las base de la Doctrina Social son la dignidad y la centralidad de persona humana, la búsqueda del bien común, la solidaridad, la subsidiaridad en la vida social, el destino universal de los bienes, la opción preferencial por los pobres. La Doctrina Social es teología y propone una reflexión sobre el designio de Dios acerca de las cosas humanas; no propone soluciones técnicas para la economía o proyectos políticos concretos, sino que denuncia (a la manera de los profetas) las situaciones injustas de: pecado, anuncia principios de reflexión y criterios de juicio a la luz del Evangelio y convoca al compromiso para un cambio profundo y estructural de la sociedad, en la línea del Proyecto de Dios, con directrices de acción. La implementación de propuestas concretas y técnicas corresponde a los laicos que, a partir dichas orientaciones, deben capacitarse y profesionalizarse en vista de la acción directa.

FINALIDAD

La DSI tiene como horizonte al hombre. A partir de la RERUM Novarum, la Iglesia ha manifestado repetidas veces su pensamiento con una única finalidad: la atención y la responsabilidad hacia el hombre. No el hombre abstracto, sino cada hombre concreto, al que se ha unido Cristo para siempre a través del misterio de la redención. La DSI que se ha ido elaborando en forma progresiva y sistemática no ha surgido para imponer la concepción de la Iglesia sobre el particular sino porque ella tiene como horizonte al hombre en su realidad concreta de justo y pecador. La DSI tiene de por sí el valor de un instrumento de evangelización . Ya queparte de la fe (que revela la verdadera identidad del hombre) y valiéndose de todas las aportaciones de las ciencias y de la filosofía se propone ayudar en el camino de la salvación. (CA 53-54)

OBJETIVO La Iglesia tiene una palabra que decir sobre la naturaleza, condiciones, exigencias y finalidades del verdadero desarrollo y sobre los obstáculos que se oponen al hombre. La Iglesia no proponesistemaso programaseconómicoso políticosni tiene preferenciaspor alguno siempre que la dignidad del hombre sea debidamente respetada o promovida. La DSI no es una “tercera vía” entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista ni una posible alternativa a otras soluciones, sino que tiene una categoría propia. Su objetivo principal es interpretar las realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial, examinando su conformidad o diferencia con lo que el evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por lo tanto, no pertenece al ámbito de la ideología, sino al de la teología y especialmente de la teología moral. (SRS.41)

DINAMISMO Doctrina Social de la Iglesia - 3


La enseñanza social de la Iglesia acompaña con todo su dinamismo a los hombres en la búsqueda de la resolución de los nuevos problemas e interrogantes que parecen originales debido a su amplitud y urgencia. La Iglesia no se limita simplemente a recordar unos principios generales: • se desarrolla por medio de la reflexión madurada al contacto con situaciones cambiantes de este mundo, bajo el impulso del Evangelio como fuente de renovación. • Se desarrolla con la sensibilidad propia de la Iglesia, marcada por la voluntad desinteresada de servicio y de atención a los más pobres. • Se alimenta de una rica experiencia multisecular que le permite asumir, en la continuidad de sus preocupaciones permanentes, las innovaciones atrevidas y creadoras que requiere la situación presente del mundo. (OA. 42)

QUÉ SE ENTIENDE POR PROBLEMA SOCIAL Y FUNDAMENTO DE LA INTERVENCIÓN Tres elementos fundamentales constituyen lo que vulgarmente se denomina “problema social”: - Existencia real de un mal social - Toma de conciencia de dicho problema como un mal social, se experimenta vitalmente la injusticia de la situación que se sufre: por ejemplo, en la época en que existía la esclavitud, no había conciencia de ese mal social. - Esfuerzo de la sociedad, o al menos del grupo que toma conciencia del problema, para resolver la situación por considerar que es justo y posible.

Intervención de la Iglesia La Iglesia tiene el derecho y el deber de intervenir ante la presencia de estos problemas. En el documento de Puebla nos dice: “la Iglesia tiene el derecho y el deber de anunciar a todos los pueblos la visión cristiana de la persona humana, pues sabe que la necesita para iluminar la propia identidad y el sentido de la vida y porque profesa que todo atropello ala dignidad del hombre es atropello al mismo Dios, de quien aquél es imagen”

La misión de la Iglesia La Iglesia ha recibido, además de la misión de Madre y Maestra de los hombres, la de educarlos a través de la vida de cada día, para que puedan alcanzar la consumación de su vida cristiana. La posición exacta fue fijada por Pablo VI en su documento sobre la evangelización donde expresa que la Iglesia no admite sólo circunscribir su misión al terreno religioso, desinteresado de los problemas temporales del hombre, ella reafirma la primacía de su vocación espiritual, rechaza la sustitución del anuncio del reino por la proclamación de la liberación humana y proclama también que su contribución a la liberación no seria completa si descuidara la salvación en Jesucristo. (Manual de la Doctrina Social de la Iglesia. Mario Pedro Seijo- Alcides Numa Sánchez)

PRINCIPIOSDE LA DSI Los principios permanentes de la doctrina social de la Iglesia constituyen los verdaderos y propios puntos de apoyo de la enseñanza social católica : Se trata del principio de ladignidad de la persona humana en el que cualquier otro principio y contenido de la doctrina social encuentra fundamento, del bien común , de la subsidiaridad y de la solidaridad. Estos principios, expresión de la verdad íntegra sobre el hombre, conocida a través de la razón y de la fe, brotan «del encuentro del mensaje evangélico y de sus exigencias —comprendidas en el Mandamiento

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supremo del amor a Dios y al prójimo y en la Justicia— con los problemas que surgen en la vida de la sociedad». La Iglesia, en el curso de la historia y a la luz del Espíritu, reflexionando sabiamente sobre la propia tradición de fe, ha podido dar a tales principios una fundación y configuración cada vez más exactas, clarificándolos progresivamente, en el esfuerzo de responder con coherencia a las exigencias de los tiempos y a los continuos desarrollos de la vida social. EL PRINCIP I O DEL BIEN COMÚN De la dignidad, unidad e igualdad de todas las personas deriva, en primer lugar, el principio del bien común, al que debe referirse todo aspecto de la vida social para encontrar plenitud de sentido. Según una primera y vasta acepción, por bien común se entiende «el conjunto de condiciones de la vida social que

hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección». El bien común no consiste en la simple suma de los bienes particulares de cada sujeto del cuerpo social. Siendo de todos y de cada uno es y permanece común, porque es indivisible y porque sólo juntos es posible alcanzarlo, acrecentarlo y custodiarlo, también en vistas al futuro. Una sociedad que, en todos sus niveles, quiere positivamente estar al servicio del ser humano es aquella que se propone como meta prioritaria el bien común, en cuanto bien de todos los hombres y de todo el hombre. La persona no puede encontrar realización sólo en sí misma, es decir, prescindir de su ser «con» y «para» los demás. Esta verdad le impone no una simple convivencia en los diversos niveles de la vida social y

relacional, sino también la búsqueda incesante, de manera práctica y no sólo ideal, del bien, es decir, del sentido y de la verdad que se encuentran en las formas de vida social existentes. E L P RINCIP I O

DE

SUBSIDIAR I DAD

La subsidiaridad está entre las directrices más constantes y características de la doctrina social de la Iglesia,

presente desde la primera gran encíclica social. Es imposible promover la dignidad de la persona si no se cuidan la familia, los grupos, las asociaciones, las realidades territoriales locales, en definitiva, aquellas expresiones agregativas de tipo económico, social, cultural, deportivo, recreativo, profesional, político, a las que las personas dan vida espontáneamente y que hacen posible su efectivo crecimiento social. Es éste el ámbito de la sociedad civil , entendida como el conjunto de las relaciones entre individuos y entre sociedades intermedias, que se realizan en forma originaria y gracias a la «subjetividad creativa del ciudadano». La red de estas relaciones forma el tejido social y constituye la base de una verdadera comunidad de personas, haciendo posible el reconocimiento de formas más elevadasde sociabilidad. El principio de subsidiaridad se indica como principio importantísimo de la «filosofía social»: «Como no se puede quitar a los individuos y darlo a la comunidad lo que ellos pueden realizar con su propio esfuerzo e industria, así tampoco es justo, constituyendo un grave perjuicio y perturbación del recto orden, quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas pueden hacer y proporcionar y dárselo a una sociedad mayor y más elevada, ya que toda acción de la sociedad, por su propia fuerza y naturaleza, debe prestar ayuda a los miembros del cuerpo social, pero no destruirlos y absorberlos». Conforme a este principio, todas las sociedades de orden superior deben ponerse en una actitud de ayuda («subsidium») —por tanto de apoyo, promoción, desarrollo— respecto a las menores. De este modo, los

cuerpos sociales intermedios pueden desarrollar adecuadamente las funciones que les competen, sin deber cederlas injustamente a otras agregaciones sociales de nivel superior, de las que terminarían por ser absorbidos y sustituidos y por ver negada, en definitiva, su dignidad propia y su espacio vital. A la subsidiaridad entendida en sentido positivo, como ayuda económica, institucional, legislativa, ofrecida a las entidades sociales más pequeñas, corresponde una serie de implicaciones en negativo, que imponen al Estado abstenerse de cuanto restringiría, de hecho, el espacio vital de las células menores y esenciales de la sociedad. Su iniciativa, libertad y responsabilidad, no deben ser suplantadas. Doctrina Social de la Iglesia - 5


El principio de subsidiaridad protege a las personas de los abusosde las instancias sociales superiores e insta a estas últimas a ayudar a los particulares y a los cuerpos intermedios a desarrollar sus tareas. Este principio se impone porque toda persona, familia y cuerpo intermedio tiene algo de original que ofrecer a la comunidad. La experiencia constata que la negación de la subsidiaridad, o su limitación en nombre

de una pretendida democratización o igualdad de todos en la sociedad, limita y a veces también anula, el espíritu de libertad y de iniciativa. Con el principio de subsidiaridad contrastan las formas de centralización, de burocratización, de asistencialismo, de presencia injustificada y excesiva del Estado y del aparato público: «Al intervenir directamente y quitar responsabilidad a la sociedad, el Estado asistencial provoca la pérdida de energías humanas y el aumento exagerado de los aparatos públicos, dominados por las lógicas burocráticas más que por la preocupación de servir a los usuarios, con enorme crecimiento de los gastos». La ausencia o el inadecuado reconocimiento de la iniciativa privada, incluso económica, y de su función pública, así como también los monopolios, contribuyen a dañar gravemente el principio de subsidiaridad. A la actuación del principio de subsidiaridad corresponden: el respeto y la promoción efectiva del primado de la persona y de la familia; la valoración de las asociaciones y de las organizaciones intermedias, en sus opciones fundamentales y en todas aquellas que no pueden ser delegadas o asumidas por otros; el impulso ofrecido a la iniciativa privada, a fin que cada organismo social permanezca, con las propias peculiaridades, al servicio del bien común; la articulación pluralista de la sociedad y la representación de sus fuerzas vitales; la salvaguardia de los derechos de los hombres y de las minorías; la descentralización burocrática y administrativa; el equilibrio entre la esfera pública y privada, con el consecuente reconocimiento de la función social del sector privado; una adecuada responsabilización del ciudadano para «ser parte» activa de la realidad política y social del país. Diversas circunstancias pueden aconsejar que el Estado ejercite una función de suplencia. Piénsese, por ejemplo, en las situaciones donde es necesario que el Estado mismo promueva la economía, a causa de la imposibilidad de que la sociedad civil asuma autónomamente la iniciativa; piénsese también en las realidades de grave desequilibrio e injusticia social, en las que sólo la intervención pública puede crear condiciones de mayor igualdad, de justicia y de paz. A la luz del principio de subsidiaridad, sin embargo, esta suplencia institucional no debe prolongarse y extenderse más allá de lo estrictamente necesario, dado que encuentra justificación sólo en lo excepcional de la situación. En todo caso, el bien común correctamente entendido, cuyas exigencias no deberán en modo alguno estar en contraste con la tutela y la promoción del primado de la persona y de sus principales expresiones sociales, deberá permanecer como el criterio de discernimiento acerca de la aplicación del principio de subsidiaridad. EL PRINCIP I O DE SOLIDARI DAD La solidaridad confiere particular relieve a la intrínseca sociabilidad de la persona humana, a la igualdad de todos en dignidad y derechos, al camino común de los hombres y de los pueblos hacia una unidad cada vez más convencida. Nunca como hoy ha existido una conciencia tan difundida del vínculo de interdependencia entre los hombres y entre los pueblos, que se manifiesta a todos los niveles. La

vertiginosa multiplicación de las vías y de los medios de comunicación «en tiempo real», como las telecomunicaciones, los extraordinarios progresos de la informática, el aumento de los intercambios comerciales y de las informaciones son testimonio de que por primera vez desde el inicio de la historia de la humanidad ahora es posible, al menos técnicamente, establecer relaciones aun entre personas lejanas o desconocidas. Junto al fenómeno de la interdependencia y de su constante dilatación, persisten, por otra parte, en todo el mundo, fortísimas desigualdades entre países desarrollados y países en vías de desarrollo, alimentadas

también por diversas formas de explotación, de opresión y de corrupción, que influyen negativamente en la vida interna e internacional de muchos Estados. El proceso de aceleración de la interdependencia entre las personas y los pueblos debe estar acompañado por un crecimiento en el plano ético- social igualmente intenso, para así evitar las nefastas consecuencias de una situación de

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injusticia de dimensiones planetarias, con repercusiones negativas incluso en los mismos países actualmente más favorecidos. Las nuevas relaciones de interdependencia entre hombres y pueblos, que son, de hecho, formas de solidaridad, deben transformarse en relaciones que tiendan hacia una verdadera y propia solidaridad éticosocial. La solidaridad se presenta, por tanto, bajo dos aspectos complementarios: como principio social y como virtud moral. La solidaridad debe captarse, ante todo, en su valor de principio social ordenador de las instituciones, según el cual las «estructuras de pecado», que dominan las relaciones entre las personas y los pueblos, deben ser superadas y transformadas en estructuras de solidaridad, mediante la creación o la

oportuna modificación de leyes, reglas de mercado, ordenamientos. La solidaridad es también una verdadera y propia virtud moral, no «un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos ». La solidaridad se eleva al rango de virtud social fundamental, ya que se coloca en la dimensión de la justicia, virtud orientada por excelencia al bien común, y en « la entrega por el bien del prójimo, que está dispuesto a "perderse", en sentido evangélico, por el otro en lugar de explotarlo, y a "servirlo" en lugar de oprimirlo para el propio provecho (cf. Mt 10,40-42; 20, 25; Mc 10,42-45; Lc 22,25-27)». El mensaje de la doctrina social acerca de la solidaridad pone en evidencia el hecho de que existen vínculos estrechos entre solidaridad y bien común, solidaridad y destino universal de los bienes, solidaridad e igualdad entre los hombres y los pueblos, solidaridad y paz en el mundo. El término «solidaridad»,

ampliamente empleado por el Magisterio, expresa en síntesis la exigencia de reconocer en el conjunto de los vínculos que unen a los hombres y a los grupos sociales entre sí, el espacio ofrecido a la libertad humana para ocuparse del crecimiento común, compartido por todos. El compromiso en esta dirección se traduce en la aportación positiva que nunca debe faltar a la causa común, en la búsqueda de los puntos de posible entendimiento incluso allí donde prevalece una lógica de separación y fragmentación, en la disposición para gastarse por el bien del otro, superando cualquier forma de individualismo y particularismo. El principio de solidaridad implica que los hombres de nuestro tiempo cultiven aún más la conciencia de la deuda que tienen con la sociedad en la cual están insertos: son deudores de aquellas condiciones que

facilitan la existencia humana, así como del patrimonio, indivisible e indispensable, constituido por la cultura, el conocimiento científico y tecnológico, los bienes materiales e inmateriales, y todo aquello que la actividad humana ha producido. Semejante deuda se salda con las diversas manifestaciones de la actuación social, de manera que el camino de los hombres no se interrumpa, sino que permanezca abierto para las generaciones presentes y futuras, llamadas unas y otras a compartir, en la solidaridad, el mismo don. La cumbre insuperable de la perspectiva indicada es la vida de Jesúsde Nazaret, el Hombre nuevo, solidario con la humanidad hasta la «muerte de cruz» (Flp 2,8): en Él es posible reconocer el signo viviente del amor inconmensurable y trascendente del Dios con nosotros, que se hace cargo de las enfermedades

de su pueblo, camina con él, lo salva y lo constituye en la unidad. En Él, y gracias a Él, también la vida social puede ser nuevamente descubierta, aun con todas sus contradicciones y ambigüedades, como lugar de vida y de esperanza, en cuanto signo de una Gracia que continuamente se ofrece a todos y que invita a las formas más elevadas y comprometedoras de comunicación de bienes. Jesús de Nazaret hace resplandecer ante los ojos de todos los hombres el nexo entre solidaridad y caridad, iluminando todo su significado: «A la luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse a sí misma, al revestirse de las dimensiones específicamente cristianas de gratuidad total, perdón y reconciliación.

Entonces el prójimo no es solamente un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos, sino que se convierte en la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo. Por tanto, debe ser amado, aunque sea enemigo, con el mismo amor con que le ama el Señor, y por él se debe estar dispuesto al sacrificio, incluso extremo: “dar la vida por los hermanos” (cf. Jn 15,13)».

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¿CUÁL ES LA JUSTICIA QUE BUSCA LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA? Justicia y promoción humana La Iglesia comenzó a percibir que la inmensa mayoría de los problemas sociales no son algo natural o fruto de la casualidad, sino el resultado de estructuras injustas (normas, leyes, organizaciones, sistemas...) que pueden ser cambiadas. Hay sistemas de gobierno, de propiedad, de producción, de comercio, intrínsecamente perversos porque sus mecanismos generan esclavitud, desigualdad, miseria. Se comienza a admitir que no basta tratar de solucionar los efectos sino que hay que llegar a descubrir y erradicar las causas de la miseria. Y esto en distintos niveles. La asistencia es importante (el hambre no puede esperar), pero es imprescindible promover a las personas para que el asistido colabore y pase a ser sujeto de su propio desarrollo (no solo hay que dar pescado; hay que enseñar a pescar). Esta concientización de las personas debe ir

acompañada además por el cambio de las estructuras. Los niveles asistencial, promocional y político deben estar interrelacionados. Hay que superar las actitudes puramente asistencialistas o paternalistas que crean dependencia y no ayudan a crecer. En el campo asistencial, hay que superar el concepto de beneficencia o limosna, que depende exclusivamente de la voluntad de uno y la pasividad del otro. Hay «paternalismo» cuando se les da todo en bandeja a las personas, protegiéndolas en exceso y no sabiendo exigirles los ellos mismos han de exigirse. En la base del paternalismo hay una falta de confianza en las personas o un deseo inconsciente dominio sobre las mismas. Justicia y caridad La palabra «caridad» (del latín caritas, amor) está hoy desgastada y desprestigiada. Sela confunde con la limosna y la beneficencia. Ya en el siglo XIX en la Iglesia se comenzó a hablar de «catolicismo social» y de lucha por la justicia. «Los obreros quieren justicia y no caridad y tienen razón» (P León Dehon). La misma organización no gubernamental de la Iglesia, Caritas, si bien dedicada a la asistencia de las necesidades primarias, no debería estar disociada da la promoción humana y las reivindicaciones políticas. La Iglesia lucha por una igualdad de oportunidades en lo que hace a los derechos fundamentales de las personas. La justicia precede a la caridad y hay que cumplir antes que nada las obligaciones de justicia, para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia. La caridad es un amor desinteresado hacia el hermano, que va mucho más allá de la simple ayuda y aun de la misma justicia; a esta la complementa, sin sustituirla. La justicia, sin caridad, es incompleta y mantiene las distancias; solo la caridad propicia el diálogo, la amistad, el perdón y la reconciliación. Pero la caridad sin justicia es hipocresía y falsedad; la primera manera de amar al prójimo es reconocer y respetar los derechos de cada persona. La caridad es la plenitud de la justicia. No hay que sacrificar la calidad del amor hacia la persona concreta por la eficiencia o la burocracia. Aun dentro de la sociedad mejor organizada, existe un «cuarto mundo» (ancianos, niños de la calle, minusválidos, drogadictos, mendigos, etc.) que siempre necesitará del testimonio cristiano del amor fraterno.

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PRINCIPALES ENCÍCLICAS SOCIALES Encíclica

Traducción

Papa

Año

Rerum novarum (RN)

De las CosasNuevas

León XIII

1891

Quadragesimo Anno (QA)

En el Cuadragésimo año

Pío XI

1931

Mater et Magistra (MM)

Madre y Maestra

Juan XXIII

1961

Pacem in Terris (PT)3w5

La Paz en la Tierra

Juan XXIII

1963

Populorum Progressio (PP)

El Desarrollo de los Pueblos

Pablo VI

1967

Humanae Vitae (HV)

Acerca de la vida humana

Pablo VI

1968

Octogesima adveniens (OA)

Al Acercarse el Octogésimo [Aniversario]

Pablo VI

1971

Laborem Exercens (LE)

Trabajo Laboral

Juan Pablo II

1981

Sollicitudo Rei Socialis (SRS)

Preocupación por la Cuestión Social Juan Pablo II

1987

Centesimus Annus (CA)

Centésimo Año

Juan Pablo II

1991

Veritatis Splendor

El esplendor de la verdad

Juan Pablo II

1993

Evangelium Vitae

Evangelio de la vida

Juan Pablo II

1995

Caritas in veritate

La caridad en la verdad

Benedicto XVI

2009

Episcopado Latinoamericano  Doc. Medellín – 1968  Doc. Puebla – 1979  Doc. Santo Domingo – 1992  Doc. Aparecida - 2007

Bibliografía: * PONTIFICIO CONSEJO« JUSTICIA Y PAZ », Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, A Juan Pablo II, Maestro de Doctrina Social, Testigo Evangélico de Justicia y de Paz. *http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/justpeace/documents/rc_pc_justpeace_doc_2006 0526_compendio-dott-soc_sp.html

* http://www.corazones.org/iglesia/mundo_iglesia/doctrina_social.ht

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DSI  

generalidades acerca de la DSI

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