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Adios a la tristeza

Y tu me preguntaste un dìa que si yo tenìa tristezas en mi vida, ¡claro que sì! y me lastiman el alma y yo no se que hacer, y aunque nunca lo diga me angustia saber que esta doliente calma con la que vivo en apariencia dentro de mi gime con ternura y que en mi apagado corazòn ya no hay alegrìas. y que la melancòlica armonìa en un leve suspiro con el aire se desaparece, y que llega misteriosa en la noche serena

¡La prisión mas terrible!

¿Cuál de todas las prisiones, es la mas terrible? ¿No es aquella que hace temblar los corazones, y que a los ruegos se hace insensible? Su cielo es blanco, y los pilares que la sostienen se marean, importante es estar cerca de un banco, por si cielo y pilares tambalean. Ya no son dos, sino ahora tres, los que tienen la consigna de la carga, y es completamente lo opuesto a veintitres, y le gusta alojarse a carilarga. ¡La vejez,es la prisión mas terrible!, No hay ley humana que de allí pueda sacarnos. ¡Para algunos la muerte es preferible, que pasar la vejez en pasamanos!

Como no pensar en ti ?

Como no pensar en ti,Si tus abrazos me relajan Como no pensar en ti,Si tus ojos me cautivan Como no pensar en ti,Si tus caricias me erizan Como no pensar en ti,Si tus besos me provocan mil sensaciónes Como no pensar en ti,Si me hechizas con tu mirada de silencio dulce Como no pensar en ti,Si con recordarte me pone euforico Como no pensar en ti,Si quiero ser tuyo Como no pensar en ti,Si con tu querer mis penas se alivian Como no pensar en ti,Si me embriagas con tu belleza Como no pensar en ti,Si cuando te recuerdo me rompo en llanto


¡¡¡QUIERO TETERO!!!

Yo ya sabia...

Refranes primero mis dientes luego mis parientes

_¡Abuelito quiero tetero¡ gritaba Daiglis Fabiola ¡El abuelo sale corriendo, pues s su nieta, él adora! ¡Emocionada se ríe! ¡Y exclama con alegría! _¡Voy a tomar mi tetero! ¡Con una gran algarabía! _¡Mi mami no quiere que tome tetero! Por darmelo tú ¡Gracias querido abuelo!

Yo ya sabía de tus ojos mudos de tu labios sordos de tus manos ciegas anudando nudos. Yo ya sabía de tu boca estrecha de tus sueños rotos, de tu voz herida en la piel de mis muslos. Y aún así te quise con la entraña abierta con la vida expuesta ¡el corazón desnudo! y aún así te quise con el alma entera de aquella manera ¡que aman los absurdos!

perro ladrador no es buen mordedor

ojos que no ven corazón que no siente

aunque la mona se vista de seda, mona se queda

poderoso caballero es don dinero


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Pueblo fantasma La luz de un vehículo avanzaba por una apartada carretera, abriendo las tinieblas de la noche. En dicho vehiculo viajaba Mauricio. El GPS del auto se apagó de pronto, Mauricio sacudió la cabeza. ¡No puede ser! - se dijo a si mismo. Detuvo el aut o e intentó hacerlo funcionar, pero nada, el aparato estaba muerto. Resignado a seguir sin aquella ayuda, volvió a marchar, pero apenas había avanzado frenó nuevamente. Con la boca abiert a por el asombro, miró incrédulo lo que tenía por delante; la carret era ahora se dividía en tres. Tenía la impresión de que aquellas rutas habían surgido de repente, pero terminó descartando tan abs urda idea, pues allí estaban, las veía perfectamente. Su problema ahora era que no sabía cuál tomar. Dio unos golpecitos al GPS, pero esa técnica milagrosa no funcionó. Con un gesto de enfado volvió la cabeza hacia un lado, y quedó mirando los oscuros contornos de unas casas. Tras escudriñar un poco más, concluyó que había un pequeño pueblo allí, en la oscuridad. También se dio cuenta que estaba al lado un camino trans versal a la carretera, camino que se adentraba en el pueblo. Volvió a mirar las carreteras que tenía adelante, y fastidiado enderezó el auto rumbo al camino; tal vez alguien lo podía ayudar, darle indicaciones. Manejó lentamente entre aquellas casas. No se veía ni una luz, no salió ni un perro a ladrarle, ni vio movimiento alguno. Las palabras “pueblo fantasma” le vinieron a la mente y se estremeció. Comenzó a maniobrar para volver por el mismo camino y, como ya le había pasado esa noche, vio algo que un instante at rás no había notado; un edificio tenía luz en su interior, y por una gran vent ana se veía que había gente en él. Mauricio bajó del aut o. El edificio parec ía ser un bar. Al acercars e unos pasos, sintió que sus entrañas se retorcían, como si un estado de nervios agudo se hubiera apoderado de él de pronto. Algo en su interior le grit aba que no ent rara allí. Entonces se acercó a la ventana. Parec ía un bar de pueblo cualquiera, con gente rodeando mesas, jugando a las cortas, bebiendo; pero Mauricio notó algo raro, todos los present es le echaban cort as y disimuladas miradas, como si supieran que él estaba allí pero fingieran no importarle. Que voltearan hacia la ventana al notar que alguien estaba afuera no era raro; pero aquellas miradas… De repente la puert a del bar se abrió, y desde el umbral un hombre lo invitó a pasar: - Venga amigo, pase. Aquí tenemos una mesa para usted. - No… gracias, estoy conduciendo - dijo Mauricio, retroc ediendo hacia el auto. - No voy a acept ar un no - insistió el hombre con un tono enérgico. Mauricio subió al auto. Entonces todos los del bar comenzaron a llamarlo por su nombre: ¡Mauricio, Mauricio! gritaban al unísono. Cuando fue a acelerar, volteó hacia el bar, y éste nuevamente estaba a oscuras, y las voces que salían de adent ro sonaban terroríficas, y lanzaban carcajadas y gritos de terror. Cuando salió en la carretera, estaba dispuesto a tomar cualquiera de las tres, pero al enderezar el auto sólo vio una, y de pronto su GPS se

encendió.


El hospital aterrador - Bueno, ahí adentro que nadie se separe - dijo el polic ía de más rango a sus compañeros -. Tenemos órdenes de revisar el lugar. Si dependiera de mí no pondríamos un pie en este hospital abandonado, y menos de noche, pero yo como ustedes recibo órdenes, así que vamos a entrar. Era un grupo de cuatro policías, estaban ante la entrada de un viejo hospital abandonado, reconocido ya como un lugar embrujado; pero a una jueza se le había ocurrido qu e tal vez adentro andaba gent e haciendo algo ilícito, pues aparentemente ingresaban por la noche, y causaban ruidos de todo tipo que inquietaban a los vecinos de la zona. Entre esos polic ías estaba Aníbal. Él le tenía particular terror al hospital. Cuando era niño había estado internado allí, y durante una noche vivió una experiencia aterradora. Estando acostado en una habitación, en la penumbra, vio que alguien salió de abajo de la cama, una mujer de pelo gris vestida con un camisón. Después de salir de abajo de la cama, la vio caminar lentamente hacia una pared, para luego trepar por ella rápidamente, al alcanzar el techo giró la cabeza hacia él. La aparición desapareció cuando una enfermera ingresó a la habitación y encendió la luz. El policía de más rango abrió la puerta y miró a los demás. - Que nadie se separe - les rec ordó. Apenas entraron sintieron el característico olor de los hospitales, algo que no era normal porque hacía muchos años que estaba cerrado, y era imposible que el olor perdurara d e forma natural; aquello era la atmósfera embrujada del hospital. Como ya no tenía luz eléctrica sólo contaban con sus linternas. Hicieron ir y venir los hac es de luz por una sala amplia y vacía. Aníbal también iluminó el techo. Los cuatro juntos, dos adelante y dos atrás, avanzaron por un corredor. Por debajo de las gorras les chorreaba un sudor frío, y sus linternas apuntaban aquí y allá constantement e. Estaban por llegar a un corredor trans versal, cuando por él cruzó corriendo una mujer vestida de enfermera. Se habían detenido, y aún no salían de su asombro cuando vieron a la misma mujer hacer el mismo recorrido; era como una escena repetida, algo característico de una aparición. - ¡Se terminó! - dijo el policía de más rango -. ¡Nos vamos de aquí! ¡No nos pagan para lidiar con fantasmas! ¡La jueza que se vaya a la m…! - el susto lo había alterado como a todos. Volvían por el corredor, y de pronto escucharon una voz que venía de una habitación: - ¡Aníbal… Aníbal! ¡Ven aquí muchacho! ¡Jaja! Ven - la voz era de una mujer, era áspera y aguda a la vez: era terrorífic a. Al escucharla Aníbal se detuvo, para luego caminar hacia la puerta de la habit ación. Sus compañeros se lo impidieron, sacándolo casi a rastras después; parecía estar como hipnotizado, o dominado por el terror. Cuando salieron del hospital lo vieron sacudir la cabeza, como si se recuperara de un at ontamiento. Y desde esa noche ni los policías entran allí.


En el campo de batalla El rugir de la bat alla ya resonaba lejos de allí, y Roy seguía tirado en el suelo, fingiendo estar muert o. Cobardía, instinto de supervivencia o simple sentido común; lo cierto es que el hombre no quería morir. Se ensució con la sangre de un cadáver y quedó quieto, con los ojos bien apretados. Los cañonazos habían dejado surcos y hoyos en el campo, donde pequeños incendios ardían por aquí y por allá entre tierra arras ada. No eran poc os los cuerpos que había desparramados en aquella zona. Algunos tenían las entrañas de afuera, otros humeaban aún y estaban renegridos. Los buit res volaban en círculos en el cielo, y una nube de pólvora todavía se suspendía sobre el campo como una niebla fantasmal. Al sentirse a salvo lo invadió un sentimiento de culpa. No se atrevió a moverse, así que se quedó boca abajo, con la cabeza un poco ladeada hacia la izquierda, para poder respirar bien. Había caminado a paso forzado desde el amanecer hasta el mediodía, cuando comenzó la batalla. Estaba tan cansado que terminó durmiéndose. Cuando despertó ya estaba de noche. A su lado había un tronco caído que le sirvió para atrincherarse. Se acomodó boca arriba y vio que en el cielo brillaba la llena. Se estaba por enderezar cuando escuchó un ruido. Lo que anduviera allí estaba más allá del tronco caído. Irguiéndos e un poco se asomó lentamente. A unos veinte met ros de su posición, en una zona más baja, andaban dos enormes perros. Caminaban con la cabeza baja, olfateando los cuerpos. Roy bajó la cabeza y sonrió. Sólo eran dos perros carroñeros, basta con gritarles para ahuyentarlos. se asomó nuevamente tras el tronco, y lo que vio lo dejó helado; uno de los perros andaba ahora sobre sus patas traseras, erguido como un hombre. El otro también se levantó, para luego comenzar a trans formar su cuerpo. Las patas delanteras se estiraban y se escuchaba sonidos como de huesos que se dislocaban. Finalmente los dos adquirieron forma humanoide, seguidamente tomaron un cadáver y empezaron a jalarlo en sentidos contrarios, lo que lo partió en dos, entonc es comenzaron a devorarlo. Roy temblaba de terror; si aquellas cosas lo descubrían lo iban a comer vivo. De pront o una ráfaga de viento sopló hacia las bestias. Aquellos horripilantes hombres lobo levantaron el hocico y olfatearon el aire. Roy los vio girar la cabeza como buscando orientarse y se creyó perdido; mas los hombres lobo volvieron a su tarea de devorar al cadáver. Roy dejó de espiarlos, bajando un poco la cabeza y cerrando los ojos. Deseaba que aquellos monstruos se fueran, que se marcharan de allí. Pens ó que tal vez estaba sufriendo una pesadilla, pero enseguida lo negó, aquello era real. Y mientras pensaba en ello, una mano-pata le agarró la cabeza.El monstruo lo tomó del cabello y lo levantó, para luego arrojarlo a las patas del otro. Los gritos de Roy se mezclaron con los gruñidos furios os que lanzaban las bestias mient ras lo atacaban. En su agonía, Roy pensó que hubiera sido mejor morir de un balazo o un cañonazo.


Con la niebla Una niebla espes a cubría los campos que rodeaban la solitaria casa. Carlos se enc ontraba solo. Sus padres habían partido rumbo al pueblo junto a su hermano, que se sent ía mal desde el comienzo de la noche, y al agravarse su condición decidieron llevarlo al hospital. Carlos los vio partir desde la ventana de la sala. Su hermano, que era menor que él, iba arroyado sobre los brazos de su padre; la madre llevaba un par de bolsos, ya suponiendo que lo iban a internar. Subieron a la camionet a y apenas arrancaron desaparecieron absorbidos por la niebla, y los puntos rojos de la part e trasera del vehículo parecieron apagarse. Él había elegido quedarse en la casa; le tenía aversión a los hospitales. Como por aquellos rumbos no había más intrusos que alguna comadreja o un zorro, sus padres consideraron que iba a estar bien, además ya tenía trece años, y en el campo se madura pronto. Carlos siguió mirando por la ventana, aunque no veía más allá de los árboles del patio, e incluso los árboles parecían estar detrás de una pantalla opaca. Observando aquellas tinieblas, le pareció ver unos contornos humanos que caminaban encorvados, que sin revelarse del todo, desaparecieron completamente en la niebla. La impresión hizo que se le erizara la piel. Corrió la cortina de la ventana, y para sentirse más seguro fue a buscar su escopet a, fiel amiga de las cacerías de pato. Ya con el arma cargada y entre sus manos, escuchó atent amente. Se estremeció al oír que golpearon la puerta. Cuando volvieron a insistir, Carlos atraves ó la sala, y apunt ando hacia la puerta preguntó:- ¿¡Quién anda ahí!? - Somos nosotros, tus padres - le contestó una voz que parecía ser la de su padre. Estuvo a punto de abrir, mas al escuchar una risita ahogada, como si se cubrieran la boca para no delatarse, le pareció muy raro, pues poco rat o antes estaban muy afligidos por su hermano. - ¿De qué se están riendo? - les pregunt ó extrañado. De nada, no nos estamos riendo. Ahora abre que tenemos frío.- Sí, ábrenos que tengo hambre - dijo una voz que sonaba igual a la de su hermano. Carlos dudó; algo no estaba bien. Su hermano había partido con un fuerte dolor en el vientre, ¿y ahora quería comer? ¿Y la camionet a? No la había visto llegar, ni escuchado. - ¿Vinieron a pié? ¿Qué pasó con la camionet a? - los interrogó nuevamente. - La dejamos en el camino. ¡A hora ábrenos de una vez ! - las últimas palabras sonaron muy diferente a la voz de su padre; era una voz desconocida, era chillona y reverberaba extrañament e. Carlos se alejó de la puerta y apuntó nuevamente su escopeta. Los que estaban afuera parecieron notarlo, y empezaron a emitir unos sonidos espeluznantes, que evidenciaban que no eran humanos. Entonces Carlos apretó el gatillo, sonó un cañonazo, y enseguida las criaturas se dispersaron lanzando horribles chillidos. Aunque aterrado, vigiló el resto de la noche, dispuesto a defenderse de l o que anduviera allí afuera. A vanzada la mañana llegaron sus padres; su hermano había quedado int ernado pero estaba mejor. Como suele sucederle a los niños, no creyeron del todo su historia. Desde esa vez, las noches que hay niebla, Carlos permanece des pierto, refugiado en un rincón de su cuarto y con la escopeta ent re las manos

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Cuentos de hombres lobo La existencia de un hombre lobo me causaba muc ha gracia. Cu ando escuché aquel rumor tuve que cont ener la risa para no ofender a los que tenía adelante. Entiendo el origen de los cuentos y leyendas de terror que circulan en los medios rurales, pero me pareció muy curioso que aún creyeran en ellos, y más aún, que se aterraran al llegar la noche. Me alejé del grupo reflexionando sobre esas creencias; cuentos para asustar a niños que ahora generaban histeria colectiva.Seguí meditando sobre el asunto mientras caminaba en dirección a mi recién adquirida casa de campo. Andaba con la mirada baja y los brazos hacia atrás, en actitud reflexiva, como suelo andar cuando me hundo en mis pensamientos. Ya cerca de la casa elevé mi mirada y vi una luna llena levantándose en el horizonte. Grande y pálida era aquella luna, en la ciudad nunca la veía así. Estaba solo; una de mis sirvientas venía desde la ciudad tan sólo para limpiar, así que me preparé la cena yo mismo, el mundo culinario no me es desconocido. Acababa de llenar una copa de vino y la observaba a tras luz mientras la agitaba suavemente, cuando de pronto escuché un largo aullido. Confieso que me inquietó por un instante, dejé la copa sobre la mesa y escuché, en un intento por determinar de dónde venía el aullido, mas fue inútil porque el aullido cesó. Concluí sí que fue cerca, y que debía ser un perro grande. Pensé que aquel perro justificaba en parte la creencia de la gent e de la zona, y consideré prudente cerrar bien la puerta, pues según los rumores el hombre lobo rondaba las casas, lo que para mí significaba que era el perro quien lo hacía. Fui a acostarme temprano. La habitación es pequeña y tiene una gran ventana baja, y esa noche la luz lunar entraba a raudales por ella debido a una cortina blanc a y delgada. Estoy tan acostumbrado al ruido de la ciudad, que irónicamente el silencio del campo no me ayuda a dormir. Me levanté y fui hasta la vent ana, descorrí la cortina y tendí la mirada por todo el campo que alcanzaba a ver. Estuve as í un moment o, observando la quietud. Después de bostezar un par de veces me vol ví hacia la cama y, había dado dos pas os hacia ella cuando escuché que golpeaban la ventana. Instantáneamente sentí un malestar y mi corazón se aceleró; eran los síntomas del terror. Voltee hacia la ventana y lo vi: tenía cabeza humana y cuerpo de perro, l a mirada roja, como incendiada, y la lengua le colgaba fuera de la boca. Era enorme, tenía las patas delanteras apoyadas sobre el marco de la ventana. Me quemó no sé cuanto tiempo con su mirada. Finalmente se bajó y lo vi alejarse al trote por el campo. Partí con las primeras horas de la mañana. Mientras conducía por el camino crucé por el grupo de gente que me había encontrado el día anterior, los que me relataran los rumores sobre el hombre lobo, y entre ellos reconocí una cara, era el hombre lobo, aunqu e ahora luc ía como humano. Al cruzar me miraron mientras sonreían.


Ayer pase por tu casa y apestaba a gato muerto me asome por la ventana y era tu hermanita con su pirix abierto ¡BOMBA! QUE BONITO RELOJ TIENES HA DE SER DE MARCA CARA POR ESO DICEN TUS AMIGAS QUE A TI NUNCA SE TE PARA

¡BOMBA! Como tu eres mariposa y yo tu amigo Turix cuando tu quieras preciosa yo te rasco tu pirix.

¡BOMBA! Al pasar por un panteón me gritó una calavera si no me lo vas a dar, enséñamelo siquiera.

¡BOMBA!

¡BOMBA! CUANDO VAYAS A PROGRESO NO NADES BOCABAJO PORQUE VIENE EL TIBURON Y TE COME LO DE ABAJO

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