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BESTIARIA VIDA


La Colección las puertas de lo posible es un proyecto del Grupo de Estudios literarios y comparados de lo Insólito y perspectivas de Género (GEIG)

Primera edición: septiembre de 2018 Edición conmemorativa con motivo del décimo aniversario de la primera publicación de Bestiaria vida

© Cecilia Eudave © del prólogo: Carmen Alemany Bay © de esta edición: EOLAS ediciones www.eolasediciones.es Dirección editorial: Héctor Escobar Directora de la colección: Natalia Álvarez Méndez Imagen de cubierta: © Adolfo Weber Diseño y maquetación: Alberto R. Torices · www.albertortorices.com ISBN: 978-84-17315-29-0 Depósito Legal: LE 359-2018 Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com · 91 702 19 70 / 93 272 04 47 Impreso en España


Bestiaria vida Cecilia Eudave

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Prólogo Carmen Alemany Bay «Escribir siempre trae consigo una sorpresa, un asombro que necesariamente debe tocar muchas fibras sensibles a nivel del pensamiento como de las emociones. No puedo comenzar a escribir sin el temor, o la sospecha, de que el resultado no llegue a conmover, es decir, a tocar algo que nos es común a todos: nuestra condición humana». Cecilia Eudave

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n una entrevista realizada por Roger Vilar a la autora de Bestiaria vida, publicada en la revista Horizontum y titulada «Heredera de la secreta llave de oro de Alicia: Cecilia Eudave, una puerta a los mundos extraños e ignotos», el entrevistador iniciaba con un párrafo que puede ser un buen pórtico, una adecuada antesala para la presentación de nuestra autora. Decía así: Cuando empecé a leer a Cecilia Eudave, hace ya casi dos años, me dije: esta mujer tiene la llave de Alicia. ¿Cuál Alicia? Por supuesto la Alicia de Lewis Carroll. ¿Cuál llave? La llave de oro que le permite abrir una pequeña puerta, discreta y misteriosa, que conduce a un mundo de fantasías incontables. Una llave de oro… tenía que ser así. He leído varios textos de Eudave, y estoy convencido de que ella es una de las depositarias de las pocas copias que hay en el mundo de la llave de Alicia.

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Cecilia Eudave es una escritora que seguramente dejará una marca profunda en la literatura mexicana, y por extensión en la literatura escrita en español. Ella es de Jalisco, un estado en el que nacieron narradores tan relevantes como Juan Rulfo, Agustín Yáñez, Juan José Arreola o Guadalupe Dueñas. A Bestiaria vida, la obra que aquí presentamos, le han precedido libros de relatos y de microficción: a finales del siglo pasado vieron la luz las colecciones de cuentos Técnicamente humanos (1996) e Invenciones enfermas (1997); ya en el actual se editaron Registro de imposibles (2000, 2006, 2014), Técnicamente humanos y otras historias extraviadas (2010, un año después recibió mención honorífica en el certamen Annual International Latino Book Awards, en la categoría de mejor libro de cuentos, en el marco de la BookExpo America en Nueva York), y en el 2013, en España, la antología En primera persona. Tres son los volúmenes que se enmarcarían en la máxima brevedad narrativa, Sirenas de mercurio (2007), Para viajeros improbables (2011) y Microcolapsos (2017). Su literatura contempla asimismo otros parámetros de edad, de ahí que haya publicado novelas juveniles: la trilogía compuesta por La criatura del espejo (2007, traducida en el 2013 al coreano), El enigma de la esfera (2008) y Pesadillas al mediodía (2010), que tiene como protagonista a la doctora Julia Dench, una peculiar investigadora de lo paranormal. Otra novela, Aislados, publicada en el 2015 —que podríamos calificar como crossover—, con protagonistas adolescentes, que llega con facilidad al público adulto. Su escritura para el universo infantil vino de la mano de Papá Oso (2010), que se completa con la reciente entrega titulada Bobot (2018).


Su obra ha traspasado fronteras y sus textos han sido traducidos al japonés, al chino, al coreano, al italiano, al checo, al portugués y al inglés. Y también ha tenido notables reconocimientos como haber sido invitada de honor, por su trayectoria literaria, por el Ministerio de Turismo, Deporte y Cultura de Corea del Sur en el 2014; dos años después se le otorgó la Chaire Amérique Latine (ChAL) en la Université Jane Jourès (Toulouse, Francia). Y si hemos hecho un alto en el camino para destacar sus publicaciones es porque no es descabellado hablar de un universo eudaviano, pues el lector que se anime a adentrarse en sus mundos de ficción comprobará que existen densas y tupidas redes en las escrituras por las que la autora se mueve. Como también intuirá la importancia del humor en sus textos, un humor que se combina con la intensidad de sus propuestas desde una escritura precisa que tiende a la esencialidad, una esencialidad directa y sin afectaciones. Nuestra narradora no es una escritora al uso en el contexto mexicano, y me atrevería a decir que tampoco en el ámbito de la escritura en español. Aunque mexicana no escribe sobre narcotráfico, ni sobre novela histórica, ni relatos próximos al realismo mágico. Su narrativa va por otra parte y no necesaria ni exclusivamente en el terreno de lo fantástico como insistentemente la ha ubicado la crítica. Desde mi perspectiva creo que se la ha encasillado en un espacio, no quiero decir incorrecto, no lo estoy diciendo, diré que no del todo preciso. Si bien sus primeras contribuciones se sumergieron en el terreno de lo fantástico; sus obras, a partir fundamentalmente de Registro de imposibles, se instalan en otro tipo de discurso, casi siempre dentro

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de la modalidad de lo insólito. Creo que esas obras, entre las que se incluye Bestiaria vida, formarían parte de lo que he denominado como «narrativa de lo inusual», ya que la etiqueta de «fantástica» no es lo suficientemente explícita para amparar una literatura, la eudaviana en este caso, pero que ampliamos a otras narradoras mexicanas actuales y también latinoamericanas. Estoy hablando de escritoras nacidas a partir de los sesenta y que han publicado sus principales obras en el siglo xxi; además de nuestra autora podría citar, en el ámbito mexicano, a Patricia Laurent Kullick, Daniela Tarazona, Paulette Jonguitud Acosta, Adriana Díaz Enciso y Lourdes Meraz. Se ampliaría la nómina con algunos relatos de Guadalupe Nettel, Karen Chacek, Bibiana Camacho, Verónica Gerber, Valeria Luiselli y Brenda Lozano. Fuera de México estarían, en esta misma línea, las argentinas Samanta Schweblin, Mariana Enríquez, Gabriela Cabezón Cámara, Ariana Harwicz y algún texto de Selva Almada; desde Perú Claudia Ulloa, desde Ecuador Solange Rodríguez Pappe y María Fernanda Ampuero. Todas ellas forman parte de un mismo contexto sociocultural y comparten semejantes preocupaciones estéticas que contribuyen a una escritura en la que se han perpetuado mecanismos como la fragmentariedad, la intertextualidad, la reescritura y la reinterpretación de textos canónicos o la metaficción. Amén de otros rasgos como la tendencia a la prosa poética o la hibridación entre la ficción y los elementos autobiográficos. Historias escritas, la mayoría de ellas, desde la primera persona; una narrativa de índole personal que experimenta episodios esquizoides, desdoblamientos y elucubraciones y que se manifiesta desde la subjetividad.


La narrativa de lo inusual, creemos, es un producto resultante de la llamada posmodernidad, pues en este tipo de textos se refleja una realidad cotidiana accidentada y abrupta en la que los personajes no encuentran su lugar en el mundo. Y como fruto de nuestro tiempo, se trata de un discurso híbrido y permeable —asume los discursos de sus géneros hermanos para aplicarlos a su conveniencia— que oscila entre las fronteras de lo fantástico y lo real difuminándose los límites. En las obras de las autoras citadas, y palmariamente en Bestiaria vida, no hay una intencionalidad explícitamente fantástica aunque sí la necesidad de acudir a otros parámetros que fluctúan en esa franja que oscila entre lo real y lo fantástico pero que termina por detenerse en lo primero; al fin y al cabo se trata de analogías, fábulas, metáforas, comparaciones en las que la realidad vuelve con todo su peso, lo que la reduce a una representación inusual de esta. Mundos inusuales que son sistemas de representación metafórica y que intentan revelar las emociones ocultas detrás de las circunstancias cotidianas. La narrativa de lo inusual vendría a ser una mezcla híbrida de la representación de la realidad tradicional y una realidad insólita, su síntesis. Si la realidad es la tesis y lo insólito su antítesis, la síntesis sería la realidad inusual que trata de sintetizar, de armonizar los opuestos: un péndulo que oscila entre lo insólito y la realidad convencional o convenida. Ahora bien, si en lo fantástico lo real está al servicio de este; en los textos inusuales lo fantástico está al servicio de lo real. Esa oscilación entre la realidad y lo insólito, y a diferencia de lo fantástico, no produce extrañamiento en el lector, ni tampoco inquietud. No hay una incursión del elemento

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insólito en la vida cotidiana como apertura, como pasaje hacia nuevas realidades en las que lo cotidiano toma otro rumbo; los personajes tienen dudas, incertidumbres, vacilaciones, pero acaban afincándose en la realidad. Son conscientes de estar en ella, aunque ello no impida leves tránsitos a otros contextos; universos complejos, ambiguos, ante una realidad trastocada por la imaginación o por la desestabilización de quien lo enuncia y que está haciendo una reinterpretación de la realidad a partir de esos parámetros. La narrativa de lo inusual enlazaría con el discurso de lo fantástico más que con el juego de lo fantástico, con sus tópicos y referencias; al igual que lo inusual enlaza con el discurso de lo extraño, no con la historia y sus temáticas. Y como anunciábamos, ejemplo palmario de la narrativa de lo inusual es Bestiaria vida, Premio Nacional de Novela Corta Juan García Ponce (de la Bienal de Literatura Yucatán 2006-2007), publicada por la editorial Ficticia en 2008. A diez años de la publicación de la novela, esta sigue conteniendo la frescura de un decenio atrás por su particular uso del lenguaje; su prosa, invariablemente ágil, va más allá de los cánones convencionales: siempre modulada, no crea conflictos en la lectura, no se apoya ni en artificios ni en pretensiones sino más bien en una sencillez que genera un tapiz que impulsa el interiorismo emocional generando un modo de escritura que linda con lo poético. A lo largo del texto se van sucediendo frases impregnadas de tropos que conforman una especie de aullido existencial cargado de imágenes expresionistas y metáforas tentaculares. Asimismo, su atrevimiento tiene perfecta ubicación en nuestros días, y la fragmentariedad de la que se hace gala sigue


siendo un modo estructural de las narraciones de hoy. En una reciente entrevista de Simone Marino a la autora, esta relataba con meridiana claridad el porqué de la escritura de Bestiaria vida: Es una novela de entre siglos, que propone mi entrada al xxi, como la de muchos otros, con todo el desencanto de un siglo xx y todas las falsas promesas del venidero. Entonces decidí contar una historia íntima, cargada de violencia, ciertamente, pero de introspección. Los grandes acontecimientos impactan y nosotros somos sus daños colaterales, generaciones fracturadas por presiones de diversa índole, sin tiempo de mirar hacia dentro y observar cómo nuestro núcleo vital se desgaja y nos desgaja, sin comprender que somos el resumen y el resultado de una familia que vive su momento histórico y nos determina. Por otra parte los temas de la locura, la memoria, el olvido y la muerte me son muy próximos, quizá porque también han sido producto de las fuertes crisis que ha atravesado mi país.

La novela tiene un precedente dentro de la narrativa eudaviana, el relato «Eva entró por la ventana» que fue publicado en 2005 en la Antología del cuento fantástico. En él aparecen algunos personajes que guardan estrecha relación con otros que se insertarán en esta obra, fundamentalmente el del padre y el de la madre; pero también algunos rasgos de la protagonista de este cuento coinciden con los de la novela: una protagonista sin nombre, y lo mismo pareciera suceder en Bestiaria vida aunque este, y también el de la madre y la hermana —nombradas a lo largo de la novela con su correspondiente mitológico o del bestiario con el que se identifican— serán desvelados en las últimas páginas. […]

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BESTIARIA VIDA



Para Miguel Castro



El caracol y la Súcubo

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uando nací no lloré. Lancé solo un leve quejido, luego apreté las manos y los ojos. Después me limpiaron la sangre, contaron los dedos de los pies, de las manos, levantaron los párpados para revisarme las pupilas, me estiraron las piernas y cortaron el cordón umbilical. Quizá fue en ese momento en el que sentí el frío de afuera y, sin llorar, me hice como los caracoles deben hacerse antes de tener su caparazón: un círculo sobre mí misma. Era una pequeña bola de carne apretada y muda. El médico hizo un esfuerzo enorme por separar los miembros mientras la enfermera me envolvía en la sábana. Finalmente me llevaron con mi madre. Ella sí lloró al verme, debió pensar que después de ocho horas de parto merecía algo más que un caracol. Yo no me acuerdo de nada. Es más, no poseo ningún vago recuerdo de nacer, ni de mis primeros pasos, ni de cuando comencé a hablar. Yo no tengo, o por lo menos no digo tener, esa mente prodigiosa. Fueron ellos los que me dijeron todo esto: mis padres, mis abuelos, mis tíos, mi familia. Ellos se han empeñado en recordármelo como

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si fuera necesario llevar la bitácora de tu existencia sobre los hombros, registrando los acontecimientos del pasado donde has vivido y, a veces, de los que ni te has dado cuenta. E insisten en que no lo olvide, repiten: «naciste enrollada como un caracol». Mi abuelo era el más persistente, con sus ojos de cuervo solo decía: «uno es sus recuerdos, nada más, nada más, nada más…», luego, desaparecía. ¿Cómo se puede recordar? Pasan los acontecimientos tan rápido, tan sin tomarnos en cuenta, el tiempo nos juega siempre malas pasadas, y se lleva lo tuyo, allá, donde el pasado esconde lo inútil. Ahora yo me siento así, inútil. Se me acabaron las fuerzas, estoy como cuando nací, supongo, sintiendo ese frío inmenso colarse por entre mis huesos, obligándome a enrollarme como un caracol. Así estoy, en la cama, sin deseos de nada. Me cuesta levantarme. Abro un ojo, luego el otro, intento estirar una mano para ayudar a la otra a ponerme en pie. Nada. Vuelvo a caer de espaldas sobre las sábanas calientes y me envuelvo toda. Seguro pareceré una momia cuyo corazón quisiera estar dentro de un jarro de barro a un lado de un cuerpo que solo responde al silencio. Silencio. Eso sería lo mejor. Pero no, los recuerdos hacen ruido, los míos por lo menos, parecen una manada de bisontes acorralados, asustados, no saben a dónde ir. Seguro Gregorio desde su cama sentía lo mismo, allí, inmóvil ante su nueva condición de bicho, ajeno al mundo que había quedado afuera, ese que le regaló sin querer conciencia de sí mismo. ¿Por qué para tener conciencia hay que convertirse en otro? ¿Por qué hay que sentirse un bicho? Tendré


que anotarlo en mi libreta, tendré que hacerlo a menos que quiera dejar de recordar… Algo que recuerdo fue cuando nació mi hermana, y si algo queda de este acontecimiento, es porque nació con un cuerno en la cabeza. O por lo menos así le decían a esa protuberancia erguida un poco más arriba de la frente. Era el único tema en la casa: «la niña nació con un cuernito en la cabeza, la niña nació con un cuernito en la cabeza. Válgame Dios». Usaban el diminutivo, como si con ello remediaran un poco el mal, la diferencia de la que era objeto mi hermana. A mí me llamaba la atención que no fueran dos, como los demonios habituales, comunes y corrientes, rendidos a los pies de los arcángeles, con la espada incrustada en un costado, mientras miles de trompetas se asoman de las nubes tocando aleluyas o alabanzas. No, era solo uno, enorme, siniestro sobre su frente. Y otra vez se repitió la historia, de esa sí fui testigo, aunque no la recuerde bien. Mi madre volvió a llorar al verla. Quizá porque después de ocho horas de parto merecía algo más que un demonio con un solo cuerno en la cabeza. No me dejaban acercarme mucho a mi hermana porque estaba un poco delicada de salud; era «muy impresionable», eso decían. Hasta que un día me le acerqué mientras mis padres hablaban con el médico sobre la posibilidad de operarla. Me escabullí con cuidado y la vi. Fue una enorme decepción; fuera de ese cuerno no había nada anormal. Yo me la imaginaba monstruosa, inmunda, un espanto. Pues no, era incluso bastante bonita. Claro, poco tiempo después, revelaría que ese cuerno, único e insólito, era una ma-

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nifestación de su interior maléfico. Sí, si la maldad tuviera un nombre sería el de mi hermana. Yo no sé qué es lo malo para otra gente, ni si hay una maldad específica y cercana, generalizada; pero la que yo conocí, padecí y, a veces, sigo padeciendo, es la de ella. Les voy a dar un ejemplo: cuando por primera vez detectó mi presencia, comenzó a llorar de tal modo, que cualquiera hubiese jurado que le hice algo. Mis padres entraron a la habitación corriendo, y me vieron parada cerca de la cuna, mirándola, solamente mirándola. Ese fue su debut; ahí, justo en ese momento, comenzó a dar signos de lo que sería durante toda su vida: mi demonio personal. Sí, yo no tuve ángel guardián, me lo cambiaron por ella. Cabe acotar que no dejó de llorar durante 24 horas, mientras mi madre se jalaba los cabellos y mi padre no soltaba el teléfono, buscando en las voces del otro lado del auricular consuelo. También habría que agregar que yo estuve confinada en la casa de mis abuelos por lo menos seis meses. A un idiota, de esos que se riegan por todas partes, se le ocurrió la idea de que yo resulté una impresión muy fuerte para mi hermana. Al parecer a los demonios no les gustan los caracoles. Mi abuelo me consolaba: «Cuando le quiten el cuernito todo volverá a la normalidad», es decir, mis padres me querrán nuevamente y regresaré a casa. En efecto, volví, pero mi vida ya no fue como antes, aunque no recuerdo exactamente cómo era antes, seguro menos… impresionable, pues lejos de mejorar las cosas cuando le quitaron esa deformidad, empeoraron. Quizá porque creyeron que ella moriría tan pequeña y volcaron su amor desmedido en torno suyo; o quizá porque ese cuerno era un detente para


la maldad de mi hermana, y ahora sin él, era la encarnación de Belcebú; o quizá porque yo tiendo a verlo de ese modo, y qué más da. Debo ser sincera. Ni siquiera sé si así fueron las cosas. He dicho que no hay nadie cerca para recordármelo, para advertir las imprecisiones, estoy yo sola en medio de mis recuerdos fragmentados. Sin embargo, de algo estoy segura, me obsesioné con la idea de que mi hermana era diferente, y yo no era como ella. Y desde ese momento decidí que esa niña era un monstruo, un demonio, de esos que son así como son: abominables, rasgo destacado en su personalidad. Solo tenía que precisar bien a qué clase de monstruo o demonio pertenecía. Resultó ser una Súcubo y con el tiempo se confirmó. Pues cuando su maldad dejó de concentrarse en mí —yo solo fui su base de entrenamiento—, fue para centrarse en un montón de infelices a los que les destrozó la vida. Ojalá yo hubiera estado tan segura de mí como lo estaba de ella. Pero no, no tenía la menor idea de quién era yo, ni de por qué estaba allí. Y volví a enrollarme sobre la cama mientras la Súcu crecía y crecía.

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Prólogo, por Carmen Alemany Bay · 7 Bestiaria vida · 23 El caracol y la Súcubo · 27 Bestias familiares en el laberinto · 33 Cocodrilos en el agua azarosa · 51 La conciencia de los topos · 57 El abominable hombre del trabajo · 67 Los demonios desordenados · 75 Sin oráculos no hay serpientes ni destino · 93 Los espejos son medusas · 101 Los invasores del espacio interior · 105 Soliloquio verde · 111 Leones cazando bestias en el parque · 115 Bicéfalos, súcubos y búfalos corriendo por todas partes · 119 El último recurso · 125



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