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CRÓNICA DEL VIAJE A ROMA A finales del mes de Enero pasado un grupo de alumnos de Humanidades de los dos institutos de Santoña visitamos la ciudad de Roma en viaje cultural organizado por los Departamentos de Latín y Griego de ambos centros.

Durante la estancia, corta pero intensa, pudimos recorrer, cuando el tiempo nos lo permitió, los más interesantes lugares de la capital italiana. Llegamos al caer la tarde y pudimos dar un recorrido maratoniano por todo el centro histórico, lo que nos sirvió de aperitivo para los dos días de visita posteriores: nos maravillamos ante la grandeza de Santa María la Mayor, encontramos ya cerrada la iglesia de San Pietro in Vincoli con su monumental Moisés; le echamos una primera ojeada, y nocturna que tiene también su encanto, al Coliseo y atravesando la Vía de los Foros Imperiales llegamos hasta la Plaza Venecia con su gigantesca “máquina de escribir” omnipresente. La Vía del Corso nos guió por las recónditas callejuelas llenas de encantadoras plazas, con pocos turistas en esa época del año, gracias a todos los dioses. Nuestros ojos se maravillaron con la majestuosidad del Panteón, la soledad de la siempre bulliciosa Plaza

Navonna y la espectacularidad de la Fontana de Trevi. Tras una abundante cena “a la italiana”, o sea, pasta y más pasta, y tras elegir ya el modelo de coche, italiano, of course, que nos compraremos cuando la diosa Fortuna se digne acordarse de nosotros,

regresamos a nuestro hotel, el Tempio di Palade, bastante aceptable para lo que suele ser Roma, aunque un poquito alejado del centro. Vale, perdón, bastante alejado. El metro ya estaba cerrado, así que nos tocó deshacer el camino. Para ser el primer día, ya estaba bien. Nos esperaba la cama y un merecido descanso. Antes de ello, algunos nos tomamos la anteúltima en un garito que encontramos justo frente al hotel: algunos charlamos, otros haciendo sus pinitos al billar hasta que llegaron los carabinieri y casi les ponen firmes: ¿sería por la edad (a alguno le sobra barba y le faltan meses para los 18), sería por la bebida (sin problema, en los vasos sólo había bebida espirituosa)? Pues no, fue por lo del fumar y es que en este país, tan parecido al nuestro en cuanto a costumbres, hay algunas cosas que se las toman en serio. No llegó la sangre al río y nos pudimos ir todos tranquilitos para la cama. Por supuesto, nuestros alumnos, obedientes ellos, respetaron sus horas reglamentarias de sueño. Faltaría más, mañana nos esperaba un día agotador. Desayuno tempranero y reconfortante antes de vérnoslas con la ROMA CLÁSICA: nuestra primera


parada, el Coliseo, relativamente cercana.

nos

queda

Con un tiempo maravilloso (todas las predicciones nos daban aguas y más aguas) y sin colas a la entrada pasamos un buen rato imaginado lo que allí dentro pasaba y dejándonos cautivar por la magia del lugar. A la salida, tras una ojeada al Arco de Constantino, comenzamos la visita al Foro. La tarde anterior ya tuvimos ocasión de comprobar la grandeza de este enclave monumental. Iniciamos el largo recorrido por la colina del Palatino, la primitiva Roma: impresionante el complejo del emperador Domiciano y la vista del Circo Máximo: casi oíamos rugir a la plebe romana al paso de la cuádriga de Ben-Hur; bueno, en aras de la verdad, lo oíamos los profes porque nuestros alumnos ya les queda un poco lejano el bueno (¿?) de Charlton Heston. Dejamos de lado las casas de Augusto y Livia, las cabañas de Rómulo, etc., etc. Imposible verlo todo. Desde un magnífico mirador pudimos contemplar en toda su magnitud el Foro. Tal vez sea ésta la imagen que mejor se haya quedado grabada en las retinas de los alumnos, así al menos lo recogieron en un posterior ranking y en la foto que el bueno de Álvaro inmortalizó para gozo de nuestro fondo de escritorio:

Por la Vía Sacra nos adentramos por el Foro Imperial: contemplamos los restos de la Basílica Iulia, la Casa de las Vestales, la Curia, templos varios, hasta llegar al Arco de Domiciano, punto final del recorrido. Volvemos a ver otra vez, ahora mucho mejor, la maravillosa Columna Trajana, con sus fastuosos relieves y tras una opípara comida, o sea, pizza y pasta mezclada con birra (spina o chop, al gusto) comenzamos la tarde visitando los Museos Capitolinos, los más antiguos del mundo. Interesante visita, con piezas únicas que llamaron nuestra atención: ese Marco Aurelio subido en su caballo dorado, el dedo enorme de Constantino, las palomas que se salían del mosaico, la Loba Capitolina que seguía amamantando todavía a los

y la gemelos ventana del Tabularium con su majestuosa vista sobre el Foro. Proseguimos marcha hacia el Teatro de Marcelo y el Foro Boario con ánimo de “meterle mano” a la Boca de la Veritá, pero estaba cerrada. No pasa nada, faena para el próximo viaje. Paseo vespertino con la lluvia amenazando por la ribera del Tíber para llegar por Largo Argentina hasta el Panteón, una de las maravillas de Roma: por fuera y por dentro: su asombrosa cúpula, a pesar de ver caer la lluvia en su interior, nos deja a todos con la boca abierta.


de llegar a puerto, nos reclaman las sirenas de un restaurante italiano en el que se nos acoge como Calipso hizo con Ulises. Repetiremos.

Paseo bajo la lluvia, más lluvia, cansancio acumulado, otra visita a la Fontana de Trevi, que nos sigue gustando mucho, tanto como la insistencia de los vendedores de paraguas que quieren hacer su agosto en enero a costa de los turistas. ¡Pero éstos no saben que venimos de Cantabria!. El grupo se bifurca: la selección natural de la que hablaba Darwin hace que los más débiles de la manada no quieran saber nada de la magnífica exposición de Julio César del Claustro de Bramante en la iglesia de Santa Mª della Pace. Sólo los fuertes nos empapamos de imágenes y recuerdos del bueno de Julio: desde la pérfida Cleopatra hasta el brutote de Vercingetórix, pasando por el maquiavélico Cicerón o el guaperas de Marco Antonio, van pasando delante de nuestros ojos. A la salida, nuestros colegas de viaje, empapados de lluvia y helados, piden una digna retirada hacia los cuarteles de invierno; las bajas en nuestro ejército empiezan a aparecer: rodillas en mal estado, gripes malcuradas, algún que otro mimo, compras por realizar, hambre vespertina, etc. empiezan a diezmar nuestras huestes. La Subcomandante Puerto, con su legión femenina a cuestas, emprende rumbo al Tempio di Pallade, no sin algún altercado con el mapa de la ciudad; el resto, con los legados Natalia y Javier al frente, le plantan cara al diluvio romano y atraviesan calles y plazas hasta llegar a la del Pópolo para acabar rindiéndose ante una salvadora estación de metro que nos lleva de camino a casa. Antes

RSTE. MAMMA MIA Ya estamos en el hotel pero las ganas de meternos en la cama no son muchas y como los dioses (seguramente la inteligente Atenea y Baco, claro) nos habían puesto justo en frente de la puerta de entrada del hotel ese garito regentado por unos amigos peruanos, pues allá que volvimos a entrar: no estaba mal para rematar la noche. Venga, a dormir, que mañana nos espera otra dura jornada. Los alumnos, como buenos chicos que son, obedecieron y no tardaron en dormirse ni diez minutos. Bueno, quien dice diez minutos, dice seis horas y diez minutos. Allá ellos, mañana les castigará San Pedro, el del Vaticano, digo. La jornada del sábado se las prometía: al personal le costó madrugar y las caras eran el espejo del……. no dormir. La Aurora de rosados dedos nos recibe con su cara más fea: la lluvia no nos abandonará durante todo el día, menos mal que nos toca bajo cubierta. Pillamos el metro y dirigimos nuestros pasos y algunas almas hacia la Ciudad Eterna, hacia el más diminuto Estado del mundo, donde hemos quedado con el Santo…………… Museo Vaticano. Contemplamos la espectacular Plaza de San Pedro, con la no menos impresionante Columnata de Bernini,


a la que le sobraban los adornos navideños (aquí hacen como en Santoña, que les sirve para Carnaval). Tras una pequeña cola de seguridad visitamos la Basílica de San Pedro. Las palabras se quedaron pequeñas para describir la grandeza de lugar y los inmensos tesoros que acoge: la Pietá, deslumbrante a pesar del cristal protector antivándalos, el Baldaquino, que se levanta imponente hacia el cielo de la Cúpula, cúpula a la que nos atrevemos a subir a pesar de las advertencias del pesado guía que recordaba pasados sufrimientos. Pero subimos, con dos….piernas, y sudamos, y nos agobiamos un poco cuando la escalera se cerraba y “se centraba”, pero el espectáculo mereció la pena: en el interior, con la enorme inscripción en latín ( sí hombre, aquélla de TU ES PETRUS ET SUPER HANC PETRAM AEDIFICABO MEAM ECCLESIAM) y en el exterior, a pesar de la lluvia que se emperró en no dejarnos apreciar la más espectacular vista de la ciudad. Vaya, que a pesar de las rodillas maltrechas y los hígados a punto de explotar, estuvo bien el subidón. Y vuelta a la Basílica, una última ojeada a la nave de San Pedro, un ligero tentempié junto a la columnata y un paseuco por las murallas hasta llegar a los Museos Vaticanos, nuestro último objetivo cultural importante. Hubo alguna baja durante el trayecto y el grupo volvió a dividirse: los

hombrones y alguna amazona iniciamos la visita a estos inabarcables museos mientras que las chicas esperaban al grupetto rezagado en la entrada. Las joyas de estos museos son incontables y es muy difícil llegar a verlo entero y salir vivo de la experiencia. No se trataba de eso, sólo queríamos detenernos en la media docena de elementos más interesantes, sobre todo para los mayorones de 2º de Bchto, que tienen el Arte y la Selectividad a la vuelta de dos o tres kalendas. Nos esperaba Laocoonte y sus hijos

agobiados ya por la serpiente de Neptuno, y todos los filósofos de la Escuela de Atenas junto a los innumerables bustos de emperadores, emperatrices, papas y demás gentes de buen vivir. Nos dejamos en el tintero plantas enteras de arte etrusco, griego, medieval, era imposible. Nos sorprendimos ante los frescos-pastel de la Biblioteca y ante los mapas murales de la Italia renacentista. Y más, y más, y más. El cansancio empezaba a hacer mella, Morfeo empezaba a reclamar su espacio en las cabecitas de nuestros retoños más nictófilos (que no noctámbulos), pero nos quedaba el Tourmalet del día. Estar en el Vaticano y dejar de ver la Capilla Sixtina, es lo mismo que una murga sin meterse con los de Laredo, o sea, inconcebible. Pues allá llegamos y la impresión fue …. de decepción; sí, sí, al personal no le hizo tanta gracia: sería por el cansancio, o por lo incómodo de lugar o por tenerlo


ya muy visto, el caso es que, salvo excepciones, todo el mundo quería largarse de allí más temprano que tarde. Pero había que verla, y vista estaba. De nuevo en la calle: una escuadrilla tiene que regresar al hotel a evacuar… a algunos heridos en el combate mientras que el grueso de la tropa paseaba bajo la lluvia hacia el centro de la ciudad atravesando el Tíber por el Castello de SantAngelo, el Campo di Fiore hasta llegar al corazón de la ciudad y ahí las fuerzas resurgieron: donde antes había sueño y cansancio, ahora, al contacto con el mundanal ruido y el reclamo del gentío en las tiendas de moda de la Vía del Corso, todo era alegría y derroche consumista. Las puertas de Gucci, Versace, Armani y compañía estaban abiertas para nosotros, pero nos habíamos dejado la tarjeta en casa. ¡Qué pena!, en otra ocasión será. La lluvia continuaba cayendo sobre Roma y andar por andar era tontería: metro y para el hotel. Y en el bar de nuestros amigos los peruanos y haciendo cuentas los profes (no valen para otra cosa) nos dimos cuentas de que había un ligero superavit: no podemos volver a casa con dinero en el bolsillo y con la crisis que hay; lo dicho, consulta rápida a la tropa y allá que nos vamos a cenar al restaurante Mamma Mía: más vale lo malo conocido…. Y allí estuvimos pasando un buen rato con nuestro amigo el egipcio (bueno, más amigo de Ángela que de los demás) que nos regaló rosas, chupitos y mucha simpatía. Le prometemos enviarle la foto de despedida (cuando escribo estas líneas, me confirman que le ha llegado la foto y unas cuantas anchoas gentileza de la casa). Y se acabó lo que se daba. De vuelta al hotel y a intentar pasar la última noche lo mejor posible (para los alumnos, lo mejor posible era no dormir: alguno batió el record, ¿verdad, Tona? y para los profes, lo mejor era dormir algo). El caso es que el despertador marcó las

muyprontoycuarto y cuando las calles no estaban todavía no puestas enfilamos maletas en ristre camino hacia la estación de Términi para coger el bus hasta Ciampino. Sin novedad, llegamos con tiempo suficiente para echar una cabezadita en el incómodo aeropuerto romano y embarcarnos rumbo definitivo ya para Parayas, donde papases y mamases esperaban ansiosos a sus retoños. Y con ellos se quedaron, hasta el lunes a las 8.30 que estuvimos (¡¡¡casi todos!!!) otra vez en el tajo. Esto ha sido todo y así se lo hemos contado.

P.D.: Estamos seguros de que el viaje ha servido para mucho, seguros de que a partir de ahora nuestros alumnos van a estudiar mucho más latín y griego, de que van a traducir como locos a Cicerón y a Platón, y de que cuando digan que no les pega el aire ante cualquier pequeño problema en un análisis sintáctico se van a acordar de sus días en el Foro romano y van decir: AVE, PROFE, LOS QUE QUIEREN VOLVER A ROMA O IR A GRECIA VAN A ESTUIDAR MUCHO MÁS. Amén.


Crónica del viaje a Roma