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Por razones de espacio destacaremos solamente la variación estadística con relación al tercer problema, es decir, la depresión padecida por las mujeres. Los valores registrados son más bajos que los dos anteriores para los casos estatales y nacionales, aunque es idéntico al primero cuando se trata de hogares con migrantes internacionales. En los dos primeros escenarios migratorios los valores relativamente bajos pueden estar asociados a la frecuencia con la que las mujeres ven a sus esposos y por la interacción que éstos mantienen con sus hijas/os. Sin embargo, cuando se trata de hogares con migrantes internacionales, los síntomas de depresión registrados entre las mujeres son mucho más pronunciados. El dato que llama la atención es que la depresión, si bien es el tercer problema reportado por las mujeres, se manifiesta con una tendencia claramente ascendente y proporcional a la distancia entre la comunidad de origen y el destino migratorio de los hombres, así como en relación con la frecuencia con la que regresan a sus hogares. Claramente, las esposas y las/os hijas/os de los migrantes internacionales son quienes más padecen el peso psicológico de la ausencia de los esposos y padres. Esta carga emocional está directamente relacionada con la ausencia indefinida del esposo, con su regreso incierto y con la creación de un esquema mental entre las mujeres que asumen una relación a la distancia pero que, sin embargo, les afecta profundamente. Muchas mujeres que entrevistamos expresaron que la desobediencia de sus hijas/os, el rendimiento escolar ineficiente, los

sentimientos de abandono que perciben y los problemas de su propia salud física y la de sus hijas/os, son una consecuencia directa del desequilibrio emocional ocasionado por la ausencia prolongada de sus esposos. Los abortos de las mujeres, la falta de apetito de sus hijas/os y un estado precario de salud, entre otros problemas, son formas a través de las cuales las mujeres y sus hijas/os somatizan la ausencia del esposo y del padre. La salud física y mental de la familia se pone en entredicho durante la migración de los hombres, especialmente en el caso de los migrantes internacionales. A pesar de la frecuencia y gravedad del problema, las mujeres tienen pocas ocasiones para expresar estos sentimientos y, mucho menos, tienen la posibilidad de enfrentar profesionalmente estos padecimientos. Están obligadas a enfrentar esta situación solas y calladamente. Las entrevistas cualitativas que realizamos con las mujeres nos arrojan

información asociada con una actitud de “aceptación” de la soledad y depresión, es decir, de su situación personal como mujeres “abandonadas” a la necesidad de conformarse a vivir en soledad y con depresión. Con todo, esta aceptación no implica la inexistencia del sufrimiento. Este desgarramiento emocional es, sin duda, uno de los efectos subjetivos más penetrantes que las mujeres padecen a raíz de la separación familiar que conlleva la migración laboral de sus cónyuges. Si agrupáramos los dos primeros problemas, estaríamos entonces frente a un cuadro del impacto migratorio donde la salud mental de las mujeres aparece en segundo lugar. Esto confirma que las mujeres padecen dos problemas fundamentales, uno de orden físico y laboral, el otro de orden subjetivo y emocional. Es este doble impacto de la migración, el físico y el emocional, el que conforma la realidad cotidiana de cientos de mujeres yucatecas que están obligadas a enfrentar la migración masculina. La mayoría de las veces enfrentan esta situación de manera individual, sin apoyos materiales significativos y absolutamente carentes de protección o apoyo psicológico.

La migración como un factor de amenaza a las relaciones de pareja Hasta aquí consideramos algunos impactos de la migración masculina en la dinámica doméstica, así como los efectos de la ausencia del esposo en la esfera subjetiva de las mujeres que

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