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-Ahora soy propietario de un pequeño negocio de albañilería con unos ingresos modestos, y ya no volveré a ser tan rico como antes. Lo más extraño de todo, sin embargo, es que no añoro aquella prosperidad. Dedico mi tiempo a actividades de voluntariado para diferentes grupos, a trabajar directamente con la gente, a ayudarlas lo mejor que puedo. Actualmente, disfruto más en un solo día que antes en un mes, cuando ganaba mucho dinero. Nunca he sido tan​ ​feliz. Meditación​ ​sobre​ ​la​ ​compasión Fiel a su palabra, el Dalai Lama terminó su ciclo de conferencias en Arizona con una meditación sobre la compasión. Fue​ ​un​ ​sencillo​ ​ejercicio.​ ​No​ ​obstante,​ ​pareció​ ​sintetizar​ ​poderosa​ ​y​ ​elegantemente​ ​su​ ​análisis​ ​previo. -Al generar compasión, se empieza por reconocer que no se desea el sufrimiento y que se tiene el derecho a alcanzar la felicidad. Eso es algo que puede verificarse con facilidad. Se reconoce luego que las demás personas, como uno mismo, no desean sufrir y tienen derecho a alcanzar la felicidad. Eso se convierte en la base para empezar a generar compasión. »Así pues, meditemos hoy sobre la compasión. Empecemos por visualizar a una persona que está sufriendo, a alguien que se encuentra en una situación dolorosa, muy infortunada. Durante los tres primeros minutos de la meditación, reflexionemos sobre el sufrimiento de ese individuo de forma analítica, pensemos en su intenso sufrimiento y lo infeliz de su existencia. Después tratemos de relacionarlo con nosotros mismos, pensando; "Ese individuo tiene la misma capacidad que yo para experimentar dolor, alegría, felicidad y sufrimiento". A continuación, tratemos de que surja en nosotros un sentimiento natural de compasión hacia esa persona. Intentemos llegar a una conclusión, pensemos en lo fuerte que es nuestro deseo de que esa persona se vea libre de su sufrimiento. Tomemos la decisión de ayudarla a sentirse aliviada. Finalmente, concentrémonos en esa resolución y durante los últimos minutos​ ​de​ ​la​ ​meditación,​ ​tratemos​ ​de​ ​generar​ ​un​ ​estado​ ​de​ ​compasión​ ​y​ ​de​ ​amor​ ​en​ ​nuestra​ ​mente. Tras decir esto, el Dalai Lama adoptó una postura de meditación, con las piernas cruzadas, y permaneció completamente inmóvil. Se produjo un intenso silencio. Era emocionante estar sentado entre la multitud aquella mañana. Imagino que ni siquiera el individuo más endurecido pudo evitar sentirse conmovido al verse rodeado por milquinientas personas que concentraban su pensamiento en la compasión. Al cabo de unos pocos minutos, el Dalai Lama inició un cántico tibetano en tono bajo, con una voz profunda y melódica, que se rompía, descendía suavemente y​ ​consolaba. Tercera​ ​parte Transformación del​ ​sufrimiento 8​ ​Afrontar​ ​el​ ​sufrimiento EN TIEMPOS DE BUDA, murió el único hijo de una mujer llamada Kisagotami. Incapaz de aceptar aquello, la mujer corrió​ ​de​ ​una​ ​persona​ ​a​ ​otra​ ​en​ ​busca​ ​de​ ​una​ ​medicina​ ​que​ ​devolviera​ ​la​ ​vida​ ​a​ ​su​ ​hijo.​ ​Le​ ​dijeron​ ​que​ ​Buda​ ​la​ ​tenía. Kisagotami fue a ver a Buda, le rindió homenaje y preguntó: -¿Puedes preparar una medicina que resucite a mi hijo? -Conozco​ ​esa​ ​medicina​ ​-contestó​ ​Buda-.​ ​Pero​ ​para​ ​prepararla​ ​necesito​ ​ciertos​ ​ingredientes. -¿Qué​ ​ingredientes?​ ​-preguntó​ ​la​ ​mujer,​ ​aliviada. - Tráeme un puñado de semillas de mostaza -le dijo Buda. La mujer le prometió que se las procuraría, pero antes de que se marchase, Buda añadió: -Necesito que las semillas de mostaza procedan de un hogar donde no haya muerto ningún niño, cónyuge, padre o sirviente. La mujer asintió y empezó a ir de casa en casa, en busca de las semillas. En todas las casas que visitó, la gente se mostró dispuesta a darle las semillas, pero al preguntar ella si en la casa había muerto alguien, se encontró con que todas las casas habían sido visitadas por la muerte; en una había muerto una hija, en otra un sirviente, en otras el marido, o uno de los padres. Kisagotami no pudo hallar un hogar donde no se hubiera experimentado el sufrimiento de la muerte. Al darse cuenta de que no estaba sola en su dolor, la madre se desprendió​ ​del​ ​cuerpo​ ​sin​ ​vida​ ​de​ ​su​ ​hijo​ ​y​ ​fue​ ​a​ ​ver​ ​a​ ​Buda,​ ​quien​ ​le​ ​dijo​ ​con​ ​gran​ ​compasión: -Creíste​ ​que​ ​sólo​ ​tú​ ​habías​ ​perdido​ ​un​ ​hijo;​ ​la​ ​ley​ ​de​ ​la​ ​muerte​ ​es​ ​que​ ​no​ ​hay​ ​permanencia​ ​entre​ ​las​ ​criaturas​ ​vivas. 42

El arte de la felicidad  

Aporte de DALAI LAMA

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